lunes, 4 de mayo de 2015

UNA, DOS, TRES, POR LOS PATIOS DE COMITÁN




¿Qué es mejor: encaramar los recuerdos o colocarlos en fila, como si fuesen soldaditos de plomo? Si uno encarama los recuerdos se puede formar torres. Por el contrario, si se colocan en fila se quedan al ras del piso. Los recuerdos como torres tocan las nubes y se colocan por encima de los árboles, se hablan de tú con los pájaros y, de vez en vez, sienten la fuerza del rayo y del trueno.
He vivido en tres diferentes casas en Comitán. Tres calles de Comitán me han visto salir y entrar por la puerta. Siempre al ras del suelo, pero, también siempre, con la vista en el cielo.
La primera calle fue la Central Poniente Benito Juárez (la casa que rentaba mi papá estaba a media cuadra del parque central, éste fue mi patio de recreo, en la infancia y luego en la prepa, porque la Escuela Preparatoria también estaba a media cuadra del parque); la segunda casa estuvo en la Tercera Calle Norte Poniente (a media cuadra de la escuela primaria Fray Matías de Córdova, escuela donde estudié, así que para llegar a la escuela salía cinco minutos antes de la hora y caminaba); y la tercera casa está en la Quinta Avenida Poniente Sur (avenida que lleva el nombre de Dolores Albores Albores, cronista eterna de Comitán).
Mi casa actual es la más pequeña en dimensiones. La primera casa que habité tenía cuatro corredores, un patio central, muchos, muchísimos cuartos y un sitio donde jugaba a los vaqueros y a los soldaditos de plomo; la segunda casa (la que construyó mi papá) era más grande que la primera: tenía tres corredores, una bodega enorme (donde se apilaban las cajas de refresco, que era el negocio de mi papá), menos cuartos, pero un sitio que era un deleite, porque no era el sitio descuidado, sino un sitio que era como un jardín francés, con arriates bien cuidados y los senderos pavimentados. Ahí, mi papá sembraba claveles (tal vez una de sus flores favoritas), pero también había un árbol de aguacate (de cuyas ramas colgaban ollas porque era escaso y no daba frutos); árboles de níspero, de guayaba, un tapesco con chayotes y flores, muchas flores.
Mi casa actual es pequeña. No tiene “sitio”. No hay árboles. Mi mamá improvisa un jardín breve en la cochera. Ahí florecen las orquídeas. No obstante, es una casa que también irradia luz. Aunque sea como por una pequeña claraboya, la luz del sol se filtra y alegra las mañanas. En las otras casas, las que habité de niño, de adolescente y los primeros años de adulto, el sol era como una pantera trepando a todos los árboles. Ah, qué generosos esos patios llenos de refulgencia. Cuando el aburrimiento asomaba en mi cuarto, me bastaba caminar por el corredor lleno de colas de quetzal y llegar al sitio para hallar un mundo. Muchos amigos me cuentan que ahí jugaban luchas, improvisaban circos, se colgaban de bejucos y jugaban escondidas con las primas con caritas de mojigatas.
Los recuerdos, como si fuesen cubos, pueden encaramarse hasta formar una torre alta o colocarse en fila india. Los recuerdos, a final de cuentas, también son materia de juego. Yo recuerdo con afecto las casas que habité porque ellas siguen habitándome. Soy esas casas. Esas casas con patios llenos de luminosidad.
Las dos primeras casas siempre estuvieron llenas de gente. En la primera llegaba medio Comitán a la Corresponsalía del Banco Nacional de México. En los años sesenta no había sucursales bancarias en el pueblo. Mi papá atendió al Corresponsalía. Mucha gente entraba y salía a la casa. Cambiaban cheques, hacían depósitos y transferencias. Yo veía cómo mi casa era como un mercado, como una plaza. Montado en un carro de pedales que el Viejito de la nochebuena me había dejado miraba a las personas, con maletines, vestidos de traje, saludando al entrar y despidiéndose al dejar el zaguán. En la segunda casa, siempre entró gente a comprar refrescos o a comprar triplay (otra de las actividades que mi papá realizó). Desde las siete de la mañana había el rumor de los motores de los camiones repartidores.
Ahora, la casa es sosegada. Nada vendo, por lo tanto, la gente nada compra. Ahora (ahora mismo) estoy “solo” en casa. Mi mamá y Paty han ido a un desayuno. Yo escribo. Y entrecomillo la palabra solo, porque ahora (ahora mismo) la Pigosa está a mis pies. No me abandona. Sabe que soy un niño desvalido y solo que necesita su compañía. Somos tan frágiles los seres humanos. En la jaula, el guazú anda de un lado para otro en su columpio y de vez en vez dice: “pichito, pichito, pichito”, como si fuese un trenecito subiendo por la subida de La Pila. El Misha no sé dónde está. Los gatos son también escasos. Debe estar en el cuarto de los trebejos. Ahí hay un ropero viejo que le sirve de resguardo. Se echa sobre una colcha y duerme. Sólo sale cuando escucha el rebumbio que se hace a la hora que mi mamá y mi Paty regresan. Entonces unta su cuerpo peludo en las piernas de Paty para pedirle sus croquetas.
Nunca estoy solo. Mis recuerdos (como si fuesen la Pigosa y el Misha) me acompañan. A cualquier hora se refriegan en mis piernas y en mi corazón. A veces los pongo en fila india, a veces (como ahora) los encaramo hasta formar una torre. Me gusta que nunca caen. Son como la Torre de Pisa, se hacen para un lado, como si el aire los inclinara, pero no se caen. Los recuerdos nunca caen. Nunca llegan al piso.
Hace rato salí al patio, que es cochera, y hallé un tzisim. Fue el primero de la temporada. Por eso cuando digo que estoy solo lo entrecomillo. Siempre hay presencias que me acompañan.

domingo, 3 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL GUGGENHEIM DE COMITÁN




Marcos es presuntuoso. Al regreso de su viaje a Estados Unidos me presumió su visita al Museo Guggenheim, de Nueva York. No lo hizo con humildad, lo hizo con soberbia, como si él estuviese parado sobre el Everest y yo estuviera fundido en un pozo húmedo. Quería que yo lo viera desde abajo, desde mi condición de comiteco que no ha pasado de Chacaljocom. Lo escuché.
¿Cómo decirle a Marcos que yo, sin salir de casa, estuve dos días antes en el Museo más hermoso del mundo? No lo hice. Lo escuché, comí cacahuates mientras él presumió los Picasso que vio. Otro mundo, me dijo, nada comparable con el arte de nuestro Comitán, tan mediocre, terminó. Yo abría los cacahuates, metía la cáscara en una bolsa de plástico y decía sí a todo lo que Marcos me contaba y comía los cacahuates. Los cacahuates de esta región son riquísimos. Claro, diría Marcos, en Nueva York él había comido otro manjar, un manjar de otro mundo.
Lo escuché. ¿Cómo decirle que yo había estado frente a obras únicas?
Ahora, que Marcos está en Europa; ahora que sé que un día de éstos, a su regreso, llegará a la Universidad donde trabajo y me presumirá lo que vio en el Guggenheim, de Barcelona, lo escucharé, como siempre, con atención y no le diré que yo, poquita cosa, estuve en el museo más hermoso del mundo. No lo haré, porque él es tan alabastro, tan mármol, que no tendrá la capacidad para acercarse a lo altísimo del arte.
El Guggenheim, de Comitán, está a pocos minutos del centro. Desde la sala principal del museo, al aire libre, se ve cómo el pueblo, a lo lejos, se desparrama en un alud de casas llenas de color. Este museo está al lado de un camino de terracería, un camino poca cosa (diría Marcos). Para llegar a él es preciso subir al auto o a la motocicleta o, de preferencia, a la bicicleta, en el centro de la ciudad. A pocos kilómetros, después de una curva peraltada, al lado de unos árboles llenos de flores luminosas, el muro principal del museo aparece. Es tan simple, tan poca cosa (diría él). Es como cualquier pared, construida con tabiques y con malla de gallinero, en su primer tramo; y con tabique en el tramo final. Esto le da una profusión de texturas maravillosas. En el primer tramo, el aire pasa de un lado a otro, así como la mirada juega con la profundidad; en el siguiente tramo, el muro impide que el aire y la vista vayan a otra parte, “obliga” al espectador a concentrarse en las formas que se recortan en el cielo. Nunca nadie sabrá quién es el artista que colocó, en cada “castillo”, las piedras que cuentan mil y una historias. Este Piccaso comiteco ha caminado todos los caminos y en cada uno de éstos ha pepenado las piedras que, como nubes, como manchas en las paredes, aluden a formas geométricas o sombras de animales, sombras hijas de la luz. Cada piedra tiene una forma especial y cada forma especial impulsa la imaginación del espectador. Y es el mejor museo del mundo porque, a diferencia de los demás (controlados con la luz artificial), éste juega con la luz del día, de la tarde y de la noche. He acudido muchas veces. En cada ocasión la luz me ha dado una lectura diferente. Una tarde, mientras estaba frente a la obra número doce (la colección contiene treinta y un piezas) cayó una ligera llovizna. Esos pétalos de agua le dieron una tonalidad diferente y hallé una forma inédita. Mi sobrina María ha disfrutado junto conmigo sus visitas al museo. A veces ella encuentra formas que yo no alcanzo a percibir; a veces, cuando las nubes están rosadas por la caída del sol, María encuentra diálogos increíbles entre las piezas del museo y las nubes que se extienden en el cielo que acaricia a nuestro Comitán.
Voy constantemente. Subo a mi auto, dejo el asfalto del centro de Comitán y circulo por donde los pájaros vuelan como si nadaran en un infinito mar de aire. Esos mismos pájaros también se solazan en las obras del museo. Por ello (Marcos no lo entendería) digo que es el mejor museo del mundo. Es un espacio pleno de libertad. En los museos de grandes ciudades los letreros de “No tocar” son como moscas o como cucarachas. Acá, en el Guggenheim, de Comitán, los espectadores pasan por el camino de polvo y miran cómo los pájaros se detienen sobre una de las obras, la picotean y, tal vez, le echan una cagadita. Nadie se enoja. Se sabe que la lluvia limpia todo, incluso el espíritu.
Nunca a Marcos le diré lo del museo de Comitán. No lo entendería. A veces creo que el vuelo de América a Europa lo llenará de polvo como lo hizo el viaje a Nueva York. Es un polvo tan denso, tan soberbio.

sábado, 2 de mayo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL MEJOR DESPERTADOR ES UNA MANO



Querida Mariana: a veces pienso intrascendencias. Bueno, casi siempre. El otro día, como a las doce del día, entré al mercado primero de mayo y miré, en el zaguán de entrada, un puesto donde venden mil cosas: resorteras, calcetines, baterías doble A, pañuelos, y relojes despertadores. De esos chinos, color verde fluorescente, que son del tamaño de un ratoncito de casa (porque los ratones del mercado son tan grandes como tacuatzes de rancho, bien galanotes). Pensé, entonces, ¿cuándo fue la primera vez que el hombre usó un reloj despertador? Pensé en un Comitán lejano, en que no había relojes despertadores. Nuestros mayores se levantaban con auxilio de su reloj biológico o con la ayuda del canto de un gallo.
Ya te conté que durante el tiempo que viví en Puebla no escuché el quiririquí de un gallo. Acá, en la casa, sí oigo los cantos del gallo. Hay un despistado (le llamo el gallo jodón) que comienza a cantar con voz de tísico a las cuatro de la madrugada. A la hora que me levanto ya está el jodón dándole cuerda a su campanario. Otro, el más digno, canta a las cinco y media, una hora decente para levantarse. Imagino a éste trepado sobre un promontorio de cajas de madera, de esas que usan para entregar tomates, bien erguido, papaloteando sus alas, enderezando su pescuezo y lanzando sus notas al viento como si fuese un Pavarotti. Los gallos, benditos gallos, son los mejores despertadores del mundo.
No sé si la historia de un hombre pudiera sintetizarse a través de esas señales que nos indican que ya es hora de dejar la cama y ponerse en activo. ¿Mi primer despertador? Ah, el más hermoso del mundo: ¡mi mamá! La recuerdo entrando a mi cuarto, caminando casi en puntillas, y, amorosamente, poner su mano sobre mi cuerpo (por lo regular uno de mis hombros) y remecerme como si meciera una cuna. “Ya, ya, hijito, ya es hora de levantarse”. Recuerdo que yo me hacía para el otro lado, remolón. Apenas balbuceaba: “Otro ratito” y volvía a dormirme. Mi mamá, quien representaba el papel de despertador tolerante, salía de nuevo, porque había tenido la precaución de entrar diez minutos antes de la hora que debía levantarme. Luego, era como una segunda llamada escénica y desde la puerta, con una voz de cenzontle joven, a media voz, recordaba: “Ya, Alejandro, ya es hora de levantarse”. ¿Mirás, cómo el hijito de la primera vez se convertía en un Alejandro a secas? Yo nada decía, sólo volvía a dar una vuelta sobre la cama y regresaba a los brazos de Morfeo. ¡Ah, son tan sabrosos esos minutos robados al sueño! Mi papá decía que el diablo ponía un brasero debajo de las camas, para que los flojos siguiéramos durmiendo y completaba la sentencia diciendo que las horas perdidas los santos las lloraban. Pero, flojear es el deporte favorito de medio mundo. No por algo se dice que la pereza es la madre de todos los vicios. ¿Cuáles son los vicios que adopta el güevoncito que se queda botado en la cama? Ah, son varios. Lo dejo a tu imaginación. En fin, cinco minutos después de la segunda llamada, mi mamá entraba al cuarto, ya con paso de coronel de ejército en tiempo de batalla, y, como si se convirtiera en un cabo y tocara el clarín, desde la puerta anunciaba: “Ya, ya a levantarse”, luego caminaba hasta mi cama y ponía su mano sobre mis muslos y los comenzaba a mover como si amasara la masa del pan, cada vez con un movimiento más intenso. Yo decía: “Sí, ya, ya”, pero no abría los ojos. El movimiento se intensificaba. Yo comenzaba a enojarme, rezongaba. “Ya, ya voy”, y seguía con los ojos cerrados. Entonces, mi mamá hacía el movimiento estratégico y ganaba la batalla, de un solo tirón me quitaba las chamarras, yo, de manera instintiva, como si fuese combatiente en Waterloo, al sentir el frío de la mañana, me encogía y me ponía en posición fetal. El frío entraba en cada uno de mis poros y yo sentía cómo miles de hormigas se metían y colocaban pequeños gránulos de granizo. Abría mis ojos para buscar mis colchas, pero éstas ya las tenía abrazadas mi mamá. ¡Ahí perdía! Ya había abierto los ojos, ya entraba de lleno al día. Mi mamá, como general, no se movía de su lugar y volvía a decirme que ya debía levantarme. Entonces, con gran trabajo, me sentaba en la orilla de la cama, buscaba las pantuflas y, con ayuda de mi mamá, como si fuese un inválido, me levantaba. Y ahí terminaba el oficio de despertador que ejercía mi mamá y se cambiaba de camiseta porque debía servirme el desayuno mientras yo me vestía. (En esos días mi mamá me bañaba en las noches.)
¿Cuándo tuve mi primer reloj despertador? Mientras estudié en la primaria y en la secundaria mi mamá siguió ejerciendo el oficio de gallo, pero un día renunció, pensó que ya estaba lo suficientemente grande como para responsabilizarme acerca de tal acto y me dio un despertador. Era uno enorme (lo compró en la Línea). Tenía dos campanas en la parte superior y a la hora programada, algo como un martillo golpeaba ambas campanas. El martillo era como un péndulo que iba de un lado a otro golpeando inclemente las tarolas. El despertador no lo colocaba en mi buró sino en una silla a diez pasos de mi cama. Esto obligaba que para apagar el despertador, que no se cansaba de darle duro al campanario, debía pararme y extender el brazo. Esto lo hacía así porque la primera vez, acostumbrado a los mimos de mi mamá, pensé que cuando ella viera que no me había levantado llegaría a mi cuarto. Dejé el reloj nuevo en el buró, sonó y yo, con los ojos cerrados, di un manotazo para apagarlo y volví a dormirme (otros diez minutitos). Cuando desperté el sol ya estaba en lo alto. Fui al comedor a reclamarle a mi mamá. Ella nada dijo, sólo señaló mi desayuno. Tapado con un plato estaba lo que había preparado. Ya eran las diez de la mañana. Los frijoles refritos ya estaban fríos, de igual manera el huevo estrellado; asimismo las tortillas ya estaban duras y ni qué decir del café con leche. Sólo el pan (bendito pan) estaba delicioso. No me quedó más que comer ese guiso que sabía a papel mojado. Entendí la lección, ya mi mamá se había desentendido de su oficio de despertador y de ahí en adelante todo dependía de mí. Después de desayunar, me lavé la boca, tomé una libreta y corrí para ir a la escuela. Aún alcancé la última clase. Eran tiempos de la prepa. Esa noche dejé el despertador sobre la silla de madera, retiré ésta lo más que pude, para que, como ya dije, al día siguiente debiera levantarme para apagar el despertador.
Cuando fui a la Ciudad de México a estudiar la profesional, mi mamá metió en mi maleta un despertador más discreto, pero igual de efectivo. Era pequeño, era como una ostra. En la noche debía abrirlo para que su carátula quedara expuesta. En los números que marcaban las horas tenía rayas fluorescentes, así que en la noche yo podía ver qué hora era, aún en la oscuridad del cuarto, porque las manecillas también tenían una fluorescencia verde. ¡Ah, qué prodigio! El despertador funcionaba a la perfección. Todas las mañanas a las cinco y media me despertaba y yo, con un movimiento similar al que hacía mi mamá en la tercera llamada, aventaba las colchas para que las agujas frías del Distrito Federal hicieran la función de picotearme todo el cuerpo obligándome a levantar. Bueno, funcionaba muy bien, siempre y cuando yo no llegara a las doce a la casa, con una docena de cervezas encima, porque, en estos casos, me tiraba en la cama, a veces sin quitarme la ropa, dormía como cuch y olvidaba abrir la ostra y ésta no repiqueteaba adentro de su concha.
Siempre deseé un reloj despertador que fuera eléctrico, de esos que habían en la casa de mi tía Sonia, en la Ciudad de México, y que traían integrado un radio con a.m. y f.m. Una mañana mandé una carta a mi papá y, como si escribiera al Viejito de la Noche buena, pedí mi deseo. A los diez días recibí, puntualmente, un giro telegráfico que cambié por el dinero que mi papá me envió para comprar ese despertador deseado. El reloj marcaba la hora con números rojos y cambiaba cada minuto. Yo prendía el radio en el 590, Radio La Pantera, lo programaba para que se callara a las once de la noche y para que se prendiera a las cinco de la mañana. ¡Ah, qué prodigio! A veces, despertaba con el rugido de una pantera, a veces con una rola de los Rolling Stones. Un locutor decía: “Comunícate panterizadamente”. ¡Pucha!
Posdata: un día platiqué con Romeo acerca de este tema y él cerró los ojos y recordó los despertadores que había tenido en la vida. Sonrió cuando recordó un despertador inolvidable. Pidió dos cervezas más, colocó las manos sobre la mesa, como si se apoyara sobre la baranda de un trasatlántico y el aire de alta mar lo acariciara, y contó que su mejor despertador fue la muchacha bonita que durante un año lo acompañó en sus noches y madrugadas. Ella, puntual, a las cinco de la mañana, ponía su mano sobre cada parte del cuerpo de mi amigo. Ah, dijo, era una gallinita, pero fue el mejor gallo del mundo.

viernes, 1 de mayo de 2015

DE LIBROS Y DE OTROS CIELOS




Hablo del libro. De abrir un libro. De bajarlo de un estante y tomarlo entre las manos. Abrir es el acto más sublime. Dios abrió las manos e hizo el universo. Desde entonces, los humanos sabemos que la apertura es el instante más prodigioso. ¿Qué hay detrás de la puerta? ¿Qué hay detrás del telón del teatro? No lo sabemos hasta que alguien abre la puerta o el telón. Abrir una ventana es acercar imágenes al corazón. Cuando un viejo abre la ventana de su cuarto abre la posibilidad de untarse de aromas y de puestas de sol, de aire inmaculado; cuando una muchacha se tiende sobre una cama y se ofrece al amado, abre el pomo de las esencias.
Hablo del libro, de tomarlo entre las manos, de acercarlo al corazón o de llevarlo a las narices para oler su aroma de libro nuevo. Hablo de acudir a esos espacios en donde los libros son como racimos de uva, como árboles llenos de mangos. En cualquier bosque, las aves se posan sobre las ramas y construyen su nido, de la misma forma que, en cualquier biblioteca, los hombres y mujeres que desean alas se posan sobre los estantes para elegir entre la luz y la oscuridad.
Hablo del libro, de abrir un libro a mitad de la noche, para iluminar los caminos. Hablo de acercarse con emoción para oír la voz de los que ya no están. Hablo de abrir un hueco en el cielo, así como el universo abre los hoyos negros para chupar la luz circunvecina.
Los lectores saben que el libro es un laberinto, es un desierto, una promesa. Los lectores saben que no hay más tiempo que el tiempo concentrado entre líneas. Ah, qué bello atardecer cuando en la tarde, en el parque, unos niños se sientan en el piso, alrededor del abuelo y éste se pone sus lentes y abre un libro y les cuenta un cuento. Abrir es el acto más prodigioso del mundo: abrimos la boca para comer, para vivir, así como abrimos las ventanas de nuestra alma para beber los cielos.
Los lectores somos pájaros y los libros son el abracadabra que abre la puerta del misterio.
Hablo del libro, del libro que contiene en sus páginas la historia de Alicia en el país de las maravillas; hablo de Alicia, niña maravilla, que contiene el país de los libros; hablo del país de Alicia que es como un río de maravillas.
Hablo de que para despertar es necesario ¡abrir los ojos! Abrir el espíritu, como si fuese un baúl, como si fuese Troya y necesitáramos un caballito de mar para llegar al patio.
Hablo de los muchachos que leen versos en libros; hablo de esas tardes dóciles en que ellas, las amadas, escuchan atentas los versos de Sabines o de Neruda y abren su corazón como si extendieran sus alas. Porque las niñas bonitas que abren sus piernas antes ya abrieron el chal del deseo a través del prodigio de la palabra.
Abrir los ojos para descubrir el mundo, para advertir que en la piedra más pequeña también hay un corazón que espera el milagro de la resurrección. Hablo de los pájaros que pasan en bandada con rumbo a Los Lagos de Montebello; hablo de las orquídeas y de las lianas que se trenzan en los troncos como si su vocación fuese ser corales de aire, de viento.
Hablo del instante en que el papá lee un cuento a su niña. La niña que cierra los ojos para abrirse a los mundos de la imaginación y de los sueños.
Abrir las cortinas para que entre el sol; abrir las puertas de las jaulas para que los canarios vuelen libres; abrir las mentes para que no haya ataduras posibles. Hablo de la mesa donde los papás, los abuelos y los hijos se reúnen y abren una botella de vino para beberse la vida, para decir que la montaña también va a los pies de Mahoma.
Hablo del artista que pinta un cuadro para que el ojo se abra al deslumbre.
Abrir la boca para pronunciar una palabra, para nombrar un objeto, para bautizar a la amada. Abrir, como Moisés, los mares que, como tapacaminos, restringen nuestro paso. Abrir el libro para soñar, para amar, para vivir. Abrir, siempre abrir, porque abrir es el acto máximo que inicia en el instante supremo en que nuestra madre abre las piernas para que nazcamos al mundo que, abierto, nos está esperando.

miércoles, 29 de abril de 2015

EN LA LÍNEA DEL ABISMO



Buenas tardes:

Ornán Gómez, destacado promotor de la lectura y escritor, llegó a la oficina y me invitó a presentar su libro de relatos “Miedo en la sangre”. Acepté, agradecí su invitación y acá estoy, sin miedo en la sangre. Y estoy sin miedo en la sangre porque el entorno en que estamos ¡está lleno de luz! Siempre que se presenta un libro, en el universo hay como una ventana de esperanza. Pero no puedo mencionar esta palabra porque lo que menos existe en el universo de la literatura de Ornán es precisamente la esperanza. Esperanza, lo sabe todo mundo, es la posibilidad de que ocurra algo que pedimos. Y, estoy seguro, nadie de los que estamos acá pediríamos oscuridad o pantanos llenos de mierda. Tenemos esperanza por mejores mundos, por mejores caminos. Los relatos de Ornán están plagados de personajes sin esperanza, son personajes que permanecen al borde de los abismos, se saben sin alas, reconocen que caerán como fardos y que sus cabezas estallarán en el fondo al chocar contra enormes piedras. Los personajes de Ornán se mueven en submundos, donde está la muerte.
Y es que la muerte es un tema muy cercano a la cultura mexicana. La muerte nos seduce, nos jala todo aquello que está envuelto en el misterio de esa garita que está en el límite de la vida y de la muerte. El personaje mítico más reconocido en nuestro país, La llorona, viene de la muerte, del espanto de la muerte. Quienes la han visto, cuentan que, a medianoche, vaga por las calles desiertas y grita: “¡Ay, mis hijos!”. En las calles vacías y silenciosas su grito abre la flor de la noche. Todo mundo sabe que ese grito lo avienta, como pañuelo sucio, porque ella es la madre de la literatura. A final de cuentas, la literatura es una recreación de la vida, y la vida no está por encima de la muerte. Los clásicos nos dicen que la muerte también es una de las ramas del árbol de la vida. ¿Por qué grita la llorona? ¿Busca a sus hijos extraviados o sólo lamenta tener los hijos que tiene? ¿O, acaso, el vocativo no es un lamento sino un grito de orgullo por tener hijos? ¿Qué dirían las feministas de estos tiempos? Tal vez éstas exigirían que la leyenda se transforme y que la mujer grite: “¡Ay, mis hijos; ay, mis hijas!”. Esto, en el supuesto caso que la llorona no sólo varones haya tenido. Las feministas no sólo exigirían que se incluyera a las hembras, sino que, también, fueran en primer lugar: “¡Ay, mis hijas; ay, mis hijos!”. Son las mismas que insisten en dividir la literatura en literatura hecha por hombres y literatura hecha por mujeres, como si la palabra tuviese sexo.
La llorona es una mujer que debe su fama al periodo de la Colonia, pero viene de mucho atrás, viene de la época prehispánica. Se sabe que este siglo XXI es hijo de la tradición. Y la tradición literaria en México siempre ha sido seducida por la muerte. Los mexicanos, ya lo dijo Octavio Paz, se burlan de la muerte, tal vez como ningún otro pueblo del mundo. En ese juego irónico subyace un profundo horror. El cantante dice: “Si me han de matar mañana que me maten de una vez” y, como si todo México, fuera León, Guanajuato, gritamos que “la vida no vale nada”. Lo gritamos a manera de conjuro para exorcizar los demonios de la oscuridad. Basta decir que nuestro escritor más significativo escribió acerca de muertos que caminan por un pueblo llamado Comala. La muerte nos seduce. Ante esta seducción, Ornán Gómez, escritor que se seduce también ante la vida, nos presenta ahora un libro de relatos que coquetean con ese inframundo que, nos injertó, el Popol Vuh.
¿De qué escribe Ornán? Escribe de los hombres y mujeres que están en el borde del abismo. No distingue fronteras entre la vida y la muerte. Sus personajes pasan, como si no existieran líneas divisorias, de un territorio al otro. Los muertos conviven con los vivos en una alianza difícil de distinguir. Pero no sólo los muertos están presentes ni los vivos que, como dijera el poeta Fabio Morábito, también son carne para la muerte. Los relatos de Ornán nos muestran la cara oscura de la vida. Sus personajes son los que, ¡Dios mío!, habitan en el fango y en los albañales de la sociedad. Son seres sin esperanza. Por ello, tal vez, los espacios en donde los personajes se mueven son burdeles, cuartos húmedos, callejones sin salida. Por ello, tal vez, el lenguaje que aparece en este libro que hoy se presenta: “El miedo en la sangre”, es un lenguaje con piedras, con púas, cincelado con el filo del cuchillo.
En la página 25 está el relato que se llama “Espera, sigue jugando”, ahí, el personaje principal es una estudiante de secundaria cuyos pechos son “como torrecillas alzadas sobre un valle”. Ella es un canto a la vida, a la vida fresca, llena de aire enredado en los muslos de una niña que apenas se asoma al secreto del misterio. Pero esto que digo no es cierto, el personaje del relato es una niña, sí, estudiante de secundaria, pero que se entrega a su maestro por dinero y con la factura del chantaje en la mano. A su maestro le dice: “si yo contara que me violaste, seguro vas a la cárcel”. Hay un instante en que el maestro quiere penetrarla y ella dice que no, que siga jugando, abre las piernas y pide que le lama la vagina.
Los personajes de Ornán están alejados de la luz, son seres sin esperanza. Aún los más tiernos están contaminados con la podredumbre que flota en el aire. No puede ser de otra manera. Vivimos en un país contagiado por la violencia y ajeno a los valores más elementales; vivimos en un mundo que es como una manzana podrida.
Uno es el Ornán maestro que insiste en que los alumnos de todo Chiapas se acerquen a la lectura como signo de esperanza, como conjuro para un mejor porvenir; y otro es el Ornán escritor que nos refriega en la cara la crudeza de la vida.
No hay esperanza, todo es como un albañal, incluso la luz más limpia se llena de lodo a la hora que pasa por ese vitral que se llama vida. ¿Para qué leer el libro de Ornán? No lo sé, tal vez para tener un referente más inmediato y cercano, acaso para saber que el mundo es una cloaca y que ahí estamos metidos todos. Acaso para abrir otra ventana y vislumbrar la posibilidad de lo posible. No sé. Cuando menos yo ya leí el libro de Ornán y ahora comparto estas reflexiones. ¿Sirven de algo estas reflexiones? Yo no sé. Ya me voy. Me voy sin miedo en la sangre, porque al menos esta tarde, todo es como una flor que se abre a la luz, y esta luz, parece, no está contaminada con lodo.
Gracias.

lunes, 27 de abril de 2015

EL PODER DE LA PALABRA Y DEL PENSAMIENTO




Juan siempre está contento. Es pintor. Pintor de brocha gorda. Pone la escalera y sube por ella, con un bote de pintura blanca, y pinta la fachada de la casa de tío Chilo. Silba, mientras pasa y repasa la brocha sobre la pared, silba las canciones de Jorge Negrete, las de Pedro Infante. Hay momentos en que deja de silbar y canta y no canta mal: “Que lejos estoy del suelo donde he nacido”, canta. Y cuando lo hace mira hacia abajo, hacia donde está el piso. La gente que pasa a su lado, evitando pasar por debajo de la escalera, lo saluda y él responde el saludo con la brocha en alto.
Juan siempre está contento. Él dice que es feliz, cuenta que tiene una palabra que es como un conjuro para invocar la felicidad, la palabra es “Ravida”, antes de que alguien le pregunte, él explica que es como una palabra compuesta. El Ra es como un prefijo para palabras que empiezan con tal sílaba. Dice que él invoca sólo palabras luminosas: Radiante, Raíces, Ramito, Ramificación y Radionovela. Cuenta que cuando piensa en una de estas palabras y luego dice, en voz alta, la palabra Ravida, el universo (así lo cuenta) “limpia sus chacras” y hace que su vida sea radiante; tenga raíces sobre tierra buena; sea como un ramito de albahaca; se extienda con mil ramificaciones por cielos altos; y todo sea como una radionovela, de los años sesenta, donde el bien siempre triunfa sobre el mal. Por esto, Juan siempre silba, siempre canta, siempre saluda con su mano llena de pintura seca.
El maestro Julio no lo sabe, pero en un tiempo hizo lo mismo que Juan. El otro día, al salir del auditorio Belisario Domínguez, donde la Orquesta Esperanza Azteca ofreció un concierto, me topé con el maestro Julio, que caminaba con rumbo al bulevar, con su infaltable portafolios. Abrí la puerta del copiloto y lo invité a subir. Dijo “Ah, siempre lo he dicho, más vale tener dinero que amigos” y subió. Yo pensé que el dicho bien podría ser: “Más vale tener un montón de dinero y un resto de amigos”.
Julio tuvo a Jorge Melgar y a Raúl Garduño como sus grandes amigos de adolescencia. Ambos ya murieron. Le comenté a Julio que al maestro Jorge le gustaba echarse sus tragos, así como a Raúl, quien también le gustaban otras sustancias. Sí, dijo, y me contó, casi silbando, casi cantando, que él nunca tuvo el vicio del trago porque todas las mañanas llevaba el desayuno a un tío que perdió todo por causa del alcoholismo. Su mamá usaba a su hermano como modelo de lo que su hijo no debía hacer. Lo que sí hizo el maestro Julio fue fumar. Me contó algo que jamás había escuchado. Dijo que tuvo principios de asma, le costaba trabajo respirar. Cuando creció, imaginó que algunas protuberancias estaban encarnadas en sus pulmones y ellas impedían que su sistema respiratorio funcionara de manera adecuada. Un amigo que estudiaba en la Ciudad de México le contó que también había padecido algo como una alergia primaveral, pero que en el Distrito Federal tal alergia había cesado. El amigo bromeaba: “Chingué la alergia con tanto smog”; así que el maestro decidió que jodería a los pólipos de sus pulmones: “Las chingaré con humo, hasta que se asfixien”, y comenzó a fumar. Me contó que sólo fumó cigarros de la marca Raleigh. Cada vez que le daba un chupete al cigarro y le tomaba el tiro, imaginaba que los pólipos se llevaban las manos a sus gargantas y se asfixiaban. Resulta que a la vuelta de cierto tiempo, de quién sabe cuántas cajetillas de cigarros, la famosa asma se fue mucho a la fregada. El maestro sanó. Hasta la fecha. Ahora ya no fuma, porque el acto de fumar, ya se comprendió, era un tratamiento médico que él se recetó. ¡Muerta el asma, se acabó la fumada! Cuando me lo contó, casi silbando, sonriendo, pensé en Juan y vi que la marca de cigarros comenzaba con el maravilloso prefijo Ra. Tal vez, sin saberlo, el maestro Julio unió la sílaba con la palabra vida y el universo hizo el milagro. Tal vez los prodigios se vuelven milagros cuando alguien, en cualquier parte del mundo, a cualquier hora, pronuncia la palabra vida con otra Radiante palabra. Tal vez.

domingo, 26 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY UN CIELO Y UN ÁRBOL EN UN CUADRO DE MANUEL SUASNÁVAR



Querida Mariana: las fotos de paisajes, en su mayoría, tienen dos elementos insustituibles: árboles y cielos. Acá te mando la fotografía de una pintura que tiene un árbol y un cielo. La pintura es de Manuel Suasnávar.
Vos sabés que me gustan los juegos donde una ventana muestra otra ventana. El juego de hoy va en tal sentido: una fotografía que muestra un cuadro donde está un árbol y un cielo. La fotografía es una ventana y la pintura es la otra.
¿Ya estás en el juego? Imaginá que estás en tu cama, durmiendo, con pijama (ese pijama que tiene ositos, que tanto me gusta) y el despertador suena. Despertás, como gatita estirás tus brazos y tus piernas, te sentás en el borde, te ponés las pantuflas y, todavía adormilada, vas al baño a hacer pis. Vos me has contando que no hacés ese movimiento automático que hacen las demás muchachas bonitas en que se bajan de un romplón el pantalón y el calzoncito; vos sos delicada, hacés todo como si fuese un ritual, por eso te quiero. Bajás la palanca de la taza y, aún con lagañas y sin despertar al ciento por ciento, entrás de nuevo a tu cuarto y abrís la ventana. Tenés los ojos cerrados y sentís el aire limpio, que huele a juncia fresca. Ya son las seis y cuarto de la mañana, ya el sol comienza a aparecer por encima de las montañas que rodean a nuestra ciudad. Abrís los ojos y mirás el paisaje que ahora te envío a través de esta fotografía. ¿Qué pensarías?
Las fotografías de paisajes tienen aves, cielos, nubes y árboles. Hace mucho tiempo, lo sabés, practiqué la fotografía, siempre me ha parecido un arte maravilloso. En los años ochenta, Quique hizo un viaje a Canadá y me compró una cámara de 35 mm., con un juego de lentes. Uno de los lentes era el llamado “Ojo de pescado”, lente que permite tomar fotografías con un ángulo de 180 grados. Fui feliz con esa cámara, casi casi tanto como cuando mi papá me regaló mi primera cámara, un día que con mi mamá fui a La Trinitaria. Esa mañana, mi mamá y yo esperábamos el camión para ir al templo de La Santísima Trinidad, en Zapaluta. Esperábamos el camión frente a donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos. No sé por qué ahí. Esperábamos, cuando mi papá asomó y me entregó una cajita con una funda de cuero, en color café. Me dijo que ya tenía rollo, me explicó que era una cámara fotográfica y me enseñó qué debía hacer para tomar fotos. Puse la cámara a la altura de mi pecho y vi, en el pequeño cuadro que tenía en la parte superior, la imagen que la cámara fotografiaría. ¡Ah, qué maravilla, en ese pequeño ojo cabía casi casi todo el universo! Abracé a mi papá y le di las gracias y quedé feliz con “mi juguete nuevo”. Ya imaginarás que en cuanto llegamos a Trinitaria, como si fuese un turista japonés, comencé a tomar fotos a todo lo que se asomaba. Desde entonces admiré esa práctica. Aún hoy, cuando tomar fotografías se ha vuelto algo tan común, me sorprendo ante ese prodigio. Ahora ya no acostumbro a ir de safari fotográfico como lo hice en los años ochenta. En ese tiempo tomaba mi cámara, la bolsa de cuero donde iban los lentes, un par de sándwiches, una cantimplora con limonada, subía al auto y estacionaba éste cerca del camino a Cash. En ese lugar caminaba por las veredas (es espléndido para tomas de la ciudad, porque ésta parece un lienzo con urticaria lleno de luz). Creo que ahora no podría hacer eso. Ya todo está alambrado, todo es como un territorio prohibido, todo comienza a llenarse de carpas de plástico con sembradíos de jitomate. Hoy, las fotografías no dan constancia de la belleza del árbol o del vuelo del pájaro o del nido, hoy, todo es una mera constancia de cómo el hombre se apodera de espacios, los transforma y los convierte en fábricas productoras de caca.
Por fortuna para mi espíritu, un día también aprendí que existía la pintura y que la pintura, al contrario de la fotografía, no era un don para replicar la naturaleza, sino para abrir otras ventanas. Varias veces he repetido lo que decía Abel Quezada, uno de los grandes caricaturistas de México y quien también se aventó a lo de la pintada: “la pintura es la libertad total”. Coincido con eso. En la pintura, encaramar un color sobre otro es posible, no sólo posible sino deseable. El pintor puede arrepentirse de algo y pintar encima (los técnicos usan la palabra pentimento) y ello no desmerece.
Imaginá a un fotógrafo frente a una pared de la Casa de la Cultura. ¿Qué tomas puede hacer? Puede retratar el muro como tal o agregarle algunos elementos que transformen la realidad, en cierta medida. Si alguien pega una serie de sombreros sobre la pared puede alterar la realidad y abrir otras posibilidades de lectura. Pero, ¿algún fotógrafo puede abrir un hueco en la pared para ver qué hay del otro lado? ¡No, eso sí no! Es decir, sí puede hacerlo, pero no debe hacerlo. Al otro día, el INAH va y lo demanda y puede pasar la noche en la cárcel. ¿Quién -Dios mío- se atreve a agredir un inmueble propiedad del pueblo? El fotógrafo llega hasta ahí, a jugar con luces, a agregar algunos elementos provisionales. No puede ir más allá. Tiene límites. Quienes son escritores o pintores no tienen más límite que su imaginación y ésta puede ser tan infinita como el universo. El escritor puede escribir acerca de esa pared y agregarle todo lo que quiera, lo mismo hace el pintor.
¿Mirás lo que el prodigio de Suasnávar nos obsequia? ¿Seguimos jugando? Nos quedamos que vos abrís la ventana de tu cuarto y ves, en lugar de la imagen cotidiana, un árbol suspendido en el cielo, como si fuese un ángel con las alas extendidas. Ves un coro de pájaros que sobrevuela la fronda, que hace el rebumbio de mil piedras en alud; ves cómo las raíces no son el sostén del árbol para que no pierda la vertical, sino que son como los pies del bailarín que se impulsa para entrar al escenario en un movimiento de ballet. El cielo es igual que el cielo que vemos todos los días; los pájaros son los mismos que, por las tardes, en parvada, buscan resguardo en los árboles del parque; las raíces son el mismo entramado que absorbe la savia cuando está enterrada; las nubes son las mismas sábanas que van de un lado a otro como si no supieran dónde es su hogar. Todos los elementos son los mismos de la realidad y ¡sin embargo! ¡Qué prodigio de imagen! ¿Quién duda del vuelo de Remedios la bella al ver este cuadro? ¿Quién duda del milagro de todos los días a la hora que un ángel pasa a nuestro lado? ¿Quién duda del hombre que, en el Tibet, levita todas las mañanas? ¿Quién duda del sueño del hombre para alcanzar el vuelo? Don Chico que vuela no alcanzó las alturas (como sí las alcanzó Remedios la Bella) porque no tomó en cuenta un elemento: antes de intentar el vuelo debió ver el cuadro de Manuel, para saber en dónde radica el instante en que la materia toma el vuelo grácil de lo inmaterial. El día que ocurra la resurrección, los árboles se alzarán con la misma ingravidez con que lo hace el árbol de Manuel, con la misma sonrisa con que hace un guiño. ¿Qué pensarías a la hora de abrir la ventana y toparte con este árbol espléndido?
No sé, tal vez pensarías lo mismo que pensó Erika cuando vimos el cuadro en el Museo Hermila Domínguez de Castellanos. Te cuento, la otra tarde llegaron Marco Antonio Orozco Zuarth, Juan Carlos Cal y Mayor y Manuel Suasnávar a Comitán, llegaron para inaugurar la exposición “La huella de la mirada”, acto que celebra los cincuenta años de Manuel, como pintor. Acudí a la inauguración. Como siempre lo hago, regresé al día siguiente para ver, ya con calma, la obra. La noche de inauguración es imposible, la gente quiere platicar, la gente pasa a tu lado con la copa de vino en la mano y no falta el que, con pose de crítico de Nueva York, expresa comentarios, en voz alta, frente a cada cuadro. El día siguiente permite un acercamiento verdadero y auténtico, sin poses; el día siguiente permite el diálogo entre la imagen y el espíritu del espectador. Pero al otro día no fui solo, Erika me acompañó. Cuando estuvimos frente a este cuadro (después de ver muchos más) mi sobrina se detuvo más tiempo y dijo: “Me gusta, tío, está sembrado en el cielo”. Yo quedé mudo, como ahora quedo.

Posdata: Pasé mi brazo por encima de la espalda de Erika y la abracé, casi como si abrazara el árbol de Manuel. ¿Mirás qué prodigio? Erika dice que este árbol no vuela, no levita, no es como el aire, este árbol está sembrado ¡en el cielo! Es hijo de la altura, conversa con los pájaros y con las nubes, está sembrado en las nubes, su savia es la misma que alimenta las nubes a la hora que llueven. Tal vez por esto, a veces, cuando en Comitán llueve muy fuerte, en la casa caen hojas a pesar de que mi jardín sólo tiene rosales, tiucas, chinchibules y orquídeas. ¡Ya entendí! ¡Llueven hojas, hojas frescas, del árbol de Manuel!

GRIETA EN LA MEMORIA



Torcuato olvidó cerrar la puerta de su casa. Fue el primer síntoma de su enfermedad irreversible. Al principio, Roselia dijo que era normal el olvido en una persona de cincuenta y dos años. Por fortuna, ese día, don Chema, el vecino, vio la puerta abierta y llamó a Roselia. Pero el olvido de Torcuato no era tan simple, fue la primera manifestación de que su mente había comenzado a perderse en los vericuetos donde los actos cotidianos pierden su esencia. La puerta abierta fue el primero de una larga cadena de sucesos que, poco a poco, se incrementó. Un día después, Torcuato se puso los zapatos, pero no hizo lo mismo con los calcetines. Los sobrinos se burlaron, en ronda cuchichearon y se taparon las bocas para evitar la risa. “El tío es la pura onda”, dijo Martha a la hora que vio al tío sentarse y cruzar el pie en la sala. Algo extraño sucedía en la mente de Torcuato, parecía que tenía conciencia del segundo paso pero olvidaba el primero. Esto fue muy evidente cuando prendió el motor del carro, puso reversa y tiró el portón. ¡Lo tiró! Los que estaban en casa oyeron el rebumbio como si la tierra diera un remesón y temblara, se asomaron a la ventana que da a la cochera y vieron que el tío metió primera, fue hacia adelante y luego metió reversa e insistió contra el portón que cedió ante el impacto brutal. Fue como si la mente de Torcuato sólo registrara el deseo de sacar el auto. Ese día le tocaba ir a Wal-Mart para comprar papel higiénico, pasta de dientes, polvo para pegar la placa de su boca y un kilo de manzanas Golden. Cuando volvió dejó sobre la mesa todo lo que contenía la relación de compras. Cuando Roselia le preguntó por qué había tumbado el portón, Torcuato fue a la puerta y le dijo a Marian que sería bueno que cerraran el portón porque algún perro podía colarse y regresó a la sala donde tomó una revista de la mesa de centro y se puso a leer.
Torcuato olvidó cerrar la puerta de su casa. Fue el primer síntoma de su olvido. Poco a poco los olvidos se intensificaron. Siempre era como el segundo paso. Abría la llave de la regadera y se bañaba, sin quitarse la ropa; se limpiaba el culo sin haber defecado; se levantaba de la cama sin haber dormido.
Roselia, quien al principio había dicho que no era de cuidado, se preocupó, cuando vio que Torcuato se sentó ante la mesa del comedor y comió una paloma sin haberla cocinado. Roselia pensó que debía hacer algo para evitar la degeneración de Torcuato. Pero, ¿qué hacer? Como habían vaticinado los médicos, podría llegar el momento en que Torcuato se olvidara de vivir y tomara el camino del siguiente paso: la muerte. ¿Cuál es el siguiente paso de la respiración?, preguntó Roselia. Martha dijo que el ciclo completo era inspirar y expirar, el tío Torcuato podría insistir en expirar, simplemente.
El 26 de abril de 2015, a las siete de la mañana, Torcuato despertó. Ya había olvidado el año que vivía y despertó en el 2020, se bañó (con la ropa puesta), tomó el auto y salió (ya Martha había mandado a colocar un dispositivo automático que abría el portón eléctrico a la hora que alguien cruzaba la puerta de la casa hacia la cochera), tomó la carretera (recién terminada) que conduce de Comitán a Las Margaritas) y fue hacia esta ciudad, pero no volvió a casa, sino hasta las cuatro con treinta y dos minutos de la tarde del 26 de abril de 2020. Cuando entró a la casa (tumbando el portón) preguntó por Roselia, y Martha, a punto de reclamarle: ¿por qué los había abandonado?, vio en sus ojos que él no recordaba la muerte de su esposa. Torcuato se sentó en el sillón de la sala y durmió con los ojos abiertos, cuando despertó cerró los ojos y caminó. Su enfermedad avanzaba día a día. Ya había olvidado abrir los ojos para vivir; ya había olvidado cerrarlos para dormir.

viernes, 24 de abril de 2015

VALENCIA




Puede ser el nombre de una ciudad española. Puede ser un apellido. Ayer me enteré que Sixto Valencia falleció.
Atrevimiento de Agustín Lara, quien (dicen) jamás fue a España, pero se atrevió a componer canciones dedicadas a aquel país. En un verso de su canción Valencia escribió: “Yo no sé qué tiene de tibia y de clara la luz de tu sol”. Quién sabe si el sol de Valencia es así o, ahora con esto del calentamiento que agobia incluso el clima de Comitán, su luz no sea tan tibia y más bien brumosa.
Murió don Sixto. ¿Y? ¡Nada! La gente de España y de México se muere, abandonan los países de luz clara y tibia.
Para quien no es de los años sesenta, para quien no leyó revistas de “monitos”, no está de más la explicación. Don Sixto fue el dibujante de “Memín Pinguín” (de pingo, dicen). El Memín fue una de las revistas que la gente de este país más leyó. Cada semana se vendían millones de ejemplares, ¡millones! Memín tenía su ma’ linda, que era una negra chambeadora amante de su hijo. Los actuales defensores de los niños quemarían en leña negra a Yolanda Vargas Dulché, la escritora del guión, porque la ma’ linda, cuando Memín hacía una travesura (no había día de Dios que no las hiciera) castigaba a su amado hijo pegándole con una tabla con clavo. Dios mío, ahora que lo escribo veo cómo la mamá pone a su hijo sobre sus muslos, robustos como columnas dóricas, le baja el pantalón y deja expuesto el culito negro de su negro hijo, levanta el brazo cuya mano sostiene una tabla con un clavo como de dos pulgadas. Nunca se vio cómo la doña le sorrajaba al hijo, pero sólo de pensar en ese castigo que era como de la Santa Inquisición, los niños de esos tiempos procurábamos portarnos bien, para evitar que alguna mamá tomara ideas.
Dicen los que saben que el acto de dormir es el más parecido al acto de muerte. ¿De veras? ¿No será que el acto de dormir permite el sueño y éste permite la vida? Cuando dormimos no estamos muertos, estamos realizando una actividad neuronal impresionante y, además, estamos en el proceso de recuperar energías, como si fuésemos plantas que pepenan todos los nutrientes de la tierra. Nuestro sueño es nuestra tierra. De igual manera, nuestra niñez se nutrió de los dibujos de don Sixto. La historia de la revista era simple, cándida, pero llena de valores. Cuatro amigos formaban una palomilla que era la réplica exacta del grito de los tres mosqueteros: “Uno para todos y todos para uno”. Ernestillo, era un niño muy pobre que no tenía mamá, su papá era un carpintero que vivía al día; Carlos (Carlangas) no tenía papá, su mamá (en algunos capítulos) se dedica a ir a centros nocturnos para alcanzar dinero; Memín no tiene papá, su ma’ linda es una mujer que lava ropa ajena para sobrevivir; y el cuarto integrante de la palomilla, Ricardo, es un niño ídem, cuyos papás tienen harta paga y viven en una residencia con alberca. Ricardo es el único niño cuya familia es, lo que le llaman, una familia funcional. No obstante estas condiciones de vida, los niños son felices y siempre son solidarios. En los primeros números, Ricardo invita a sus amigos a la casa, se bañan, Memín hace piruetas y buzitos en la tina. Cuando la mamá lo ve desnudo sale corriendo como alma desorientada porque lo confunde con un chango. El trazo de don Sixto es exagerado, el niño negro posee unos enormes ojos, unas orejas gigantes como lámparas fundidas y unos labios que abarcan gran parte de su rostro. La carita de Memín es ojos y boca, su nariz apenas es como bolitas de carnero.
Los niños de Francia tuvieron a Astérix; los de Argentina, a la gran Mafalda; nosotros tuvimos a Memín. Para quienes fuimos lectores de revistas de monitos nos fue muy fácil dar el siguiente paso: el libro. Muchos lectores de mi generación crecieron con Memín. Nadie se traumó con las imágenes de la tabla con clavo, al contrario, nos emocionamos con el cariño de esa madre, que se jodía en el lavadero todas las mañanas, para dar algo material a su hijo, que era como un changuito. En Comitán le pusimos Memín, de apodo, a un compañero de clases que era moreno. Él jamás se enojó, al contrario, se enorgullecía cuando, a la hora del partido de básquetbol, alguien decía que Memín era el mejor.
Don Sixto se murió. ¿Y? No es novedad. Pero ahora que sabemos que él murió nos dimos cuenta que no era cierto lo que la revista nos contó. Ricardo tuvo a su mamá y a su papá; Ernestillo sólo tuvo a su papá; Carlangas sólo a su mamá; pero Memín no sólo tuvo a su ma’ linda. Ahora, ¡a qué hora, Dios mío!, venimos a enterarnos que también tuvo papá. Ayer nos enteramos que murió don Sixto, su papá. Los niños de los sesenta estamos tristes, porque se fue otro hombre que hizo que nuestros sueños tuvieran una luz tibia y clara.

miércoles, 22 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DESPUÉS DEL AMANECER




Hay palabras que son más grandes que sus letras. Hay palabras que son como ríos, como ríos de luz o como ríos donde vuelan papalotes.
Una palabra enormísima es Persistencia. Los lectores estarán de acuerdo en que esta palabra dice más que la palabra insistencia. Los persistentes son más, mucho más, que los insistentes. Y esto es así porque la palabra insistencia la usan todos, la otra ¡no!
Acá, en esta fotografía, vuela la persistencia.
He oído a muchachas que les dicen a sus amados que no insistan, que nunca serán sus novias, sus parejas. Veo a los amados dejar las rosas sobre la mesa y retirarse como, dicen, se retiró Napoleón, en Waterloo. Los veo subirse el cuello de la chamarra, meter las manos en las bolsas, abrir la puerta de cristal y salir del café, salir a la lluvia que cae en la ciudad. Las muchachas se quedan tan tranquilas. Se justifican, dicen que es preferible decir un no a tiempo que alentar más esperanzas. Veo a los amados hundirse como grandes trasatlánticos, como si se burlaran de aquella sentencia del Titanic: “No lo hunde ni Dios”. Pobres amados. No saben que su fracaso estuvo en que insistieron y la insistencia es pobre, apenas llovizna en medio del desierto. Ah, si hubiesen persistido. Si hubiesen dejado mil rosas en el dintel de la ventana, mil cartas, mil poemas, mil nubes. Quienes insisten se agotan, como boxeadores mediocres, tiran la toalla. Los persistentes son los que cantan en el Palacio de las Bellas Artes, quienes exponen en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, quienes suben al Everest, quienes (en pleno siglo XXI) siguen jalando burritos en una calle de Comitán. Porque esta fotografía habla de la persistencia de la tradición, de la terquedad de ciertos hombres para trastocar los tiempos modernos. Acá está el hombre jalando un par de burros, enfrentado al auto que viene en sentido contrario, en maravillosa paradoja, en contrasentido del futuro: unos van hacia el futuro, otros caminan, seguros, hacia el pasado. Porque el pasado (los viejos lo saben) era tiempo de persistencia. Ya los modernos nos han dicho hasta la saciedad que estos tiempos son tiempos desechables. Todo se tira, todo se sustituye. Por ello, las muchachas bonitas se atreven a desechar a los amados, como si fuesen toallas sanitarias.
Acá hay un símbolo de persistencia en la calle y en la banqueta. La tierra se resiste y diseña un craquelado sobre la banqueta, porque el cemento es algo que no va con su constitución; la tierra se resiste y empuja la vida en las orillas y en las grietas. Acá, como si fueran millones de tzisimes, las hierbas empujan hacia el sol, hacia donde está el aire. Sólo una cosa expresan: su derecho a vivir. Son persistentes. Les dicen al hombre y a la mujer de estos tiempos que no importa que tanto hagan para agotar la vida, ellos seguirán con la línea que define el universo.
Persistencia es la palabra. El universo no insiste, el universo ¡persiste!, que es un poco decir que existe por sí. La vida persiste. Y acá van los burros obedientes, obedientes al mando del hombre, que va en sentido contrario del auto que, con sus caballos de fuerza, se dirige hacia el futuro.
Ah, si los hombres supieran que deben persistir, con la misma pasión que el mar persiste en reventar sobre las rocas; con la misma efusividad con que Dios coloca todas las mañanas las piezas sobre el tablero.
Persistencia es una palabra huracán, una palabra infinita. Y el infinito no es más que una planta que crece en medio de la grieta, que se abre a la vida eterna.

lunes, 20 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL MAR




Ramiro nació en Comitán y vivió acá muchos años hasta que fue a la ciudad de México a estudiar. Luego ya no volvió. Ahora lo hace sólo por vacaciones. Vive en Huatulco. Él me dice que es feliz, que va al mar, se mete y juega con los peces. Mete sus manos como si fuesen palas y atrapa a un cardumen que, sin inquietarse, sigue nadando como si nada. (Ah, qué bonito juego de palabras resultó: nadando como si nada).
Lucy, al contrario, nació en la ciudad de México y una tarde llegó a Comitán, en compañía de sus papás y hermanos. Acá vive. No sé cuántos años lleva viviendo en esta ciudad. Acá se casó y tuvo dos hijos, una niña y un niño. La niña, una mañana del año pasado, viajó a Estados Unidos de Norteamérica y, hasta el día de hoy, vive allá.
Cuando entro a la oficina de Lucy veo su escritorio que es como una pared con una cubierta de vidrio. Y digo que es como una pared, porque en la oficina de Armando Pinto, el Director de la revista Crítica, una pared está tapizada de fotografías de autores literarios famosos.
Crítica es la revista cultural de la Benemérita Universidad de Puebla. Es una de las revistas más importantes de Iberoamérica. Cuando yo entraba a la oficina de Armando me gustaba ver los retratos (la mayoría en blanco y negro) de famosos escritores. Era como entrar a un café intemporal donde ellos, de ciudades diferentes y tiempos disímbolos, echaban la plática tomando un café o una copa. Al estilo del maestro de la película “La sociedad de los poetas muertos” que invitaba a sus alumnos a acercarse a las fotografías de generaciones pasadas para escuchar las voces de los maestros y alumnos, a mí me gustaba acercarme a la pared de la oficina de Armando para oír cómo platicaban esos autores.
En ocasiones, algún autor literario se da la licencia de enfrentar y confrontar a dos autores que vivieron en épocas diferentes. Tal vez tal juego literario inicia con la pregunta: “¿Qué habría platicado fulano con zutana?” (dije zutana ¡no sotana!). Es fácil imaginar una mesa del fondo, en una cantina, donde el mesero, sin saber el instante prodigioso que ahí se produce, mientras limpia la mesa con una servilleta roja, pregunta qué desean tomar. No sabe que la mujer, quien pide un café, es Rosario Castellanos, ni puede imaginar que el hombre que mueve los dedos sobre el tablero de la mesa y pide una copa de vino, es Miguel de Cervantes, nada más y nada menos que el famosísimo autor de El Quijote.
A veces, Ramiro me cuenta que tiene una foto de Comitán sobre su escritorio, allá en su tienda de Huatulco y, pienso, acerca tantito su oído para oír el rebumbio de su pueblo.
No sé si Armando, en su oficina de Puebla, hace lo mismo, pero, imagino, él colocó esas fotos ahí para propiciar el diálogo inteligente entre gente inteligente.
Imagino, entonces, que Lucy hace lo mismo con las fotografías que, igual que peces en el mar de Huatulco, nadan sin descanso debajo del cristal de su escritorio. Todas las fotografías son de su niña, de su pichita, de su Fanny. Estos tiempos permiten (Lucy lo cuenta) que su hija le envíe mensajes por estos chunches tecnológicos, pero a ella eso no le basta. Debe tener a la mano, en la orilla de su corazón, ese oleaje que es su hija. Mientras Lucy trabaja, le basta ver hacia su derecha para hallar a su hija, en medio de un cuerpo de coral, en medio de un cardumen de peces ángel. Ah, es tan bonito el pez ángel, con sus colores de círculo psicodélico, con su capacidad de hacernos dudar que el territorio de los ángeles es el cielo. Un pez ángel es primo hermano de un ángel pez o de un ángel pescado. Tal ver por esto, Ramiro siempre está feliz cuando mete las manos en el mar de Huatulco y los peces juegan a la ronda en las palmas de sus manos.
Fanny no sabe que su mamá tiene el mar en su oficina, no sabe que ella forma un cardumen de peces ángel, de peces vela. No sabe que su mamá vela su vuelo de ángel y la invoca a cada instante. Por esto, Lucy colocó, a la manera de Armando, muchas fotos de su hija en la pared de su corazón. Y esto me sorprende. Me sorprende porque jamás había visto un escritorio con tales características. He visto muchos escritorios que tienen un portarretrato en la superficie, un portarretrato donde está la fotografía familiar. Nunca había visto un escritorio que conserva el orden de los memorándums y de los oficios, pero que es como una pared colgada en el cielo. Acá, el mar sólo tiene una orilla, sin flecos. ¿Y el otro hijo de Lucy? El otro hijo está cerca, a la vuelta de la esquina. Cuando la mamá quiero abrazarlo le basta entrar a su cuarto y recostarse junto a él, quien, cansado, duerme y sueña otras playas. La pichita de Lucy no está a la vuelta de la esquina, la Quinta Avenida no está cerca del par vial. Por eso, Lucy mete las manos en el mar de su oficina y como si hallara estrellas de mar encuentra la sonrisa de su hija, de su amada hija, quien dice que yo soy su abuelo. ¿Su abuelo? Ah, qué privilegio. Jamás un viejo tuvo como nieta a la niña más bella de esta región y de puntos intermedios. Un día de éstos Fanny volverá y su mamá tendrá la dicha completa. Podrá entrar a su recámara, se recostará a su lado y la abrazará. Mientras tanto, mientras ella, cenzontle maravilloso, vuela por otros cielos, Lucy mete su mano en el mar de su oficina y sonríe.

domingo, 19 de abril de 2015

POR HIGIENE




Lavarse las manos es uno de los actos más sencillos; uno de lo más cotidianos. Imaginemos el departamento de una muchacha que trabaja en una universidad. El elevador de su edificio no funciona, así que ella (llamémosle Sonia) debe subir por las gradas hasta el cuarto piso, porque su departamento es el 401. Cuando ella regresa del trabajo, en la noche, después de cenar dos panes tostados con mermelada y una taza de café, en la fonda de doña Abundia, busca la llave y abre la puerta de la calle. Debe, no puede evitarlo, coger el pasamano para ayudarse a subir. Antes de cenar se lavó las manos en el sanitario de la fonda, un sanitario con muebles en tono rosa subido. Siempre le ha llamado la atención el acto de lavarse las manos, las llena con mucha espuma, y luego el cometido es eliminarla hasta dejar las manos como al principio, sin rastro de espuma. ¿De veras ese acto elimina todos los gérmenes? ¿Elimina todos los bichos microscópicos que recoge cada vez que sube un peldaño y, con su mano izquierda, se apoya en el pasamano lleno de grasa? El pasamano es como el brazo de un sifilítico, lleno de costras, como esas costras que crecen en los trapos de los cocineros o en las jergas de los mecánicos. ¿Cuántas otras manos asquerosas repasan ese pasamano? Los niños juegan con mocos; los hombres orinan y después de hacerlo no se lavan las manos. A veces, cuando llega más noche a su departamento, encuentra en el descanso del piso tercero a una pareja de jóvenes que, amparados en la oscuridad porque el foco de ese piso siempre está fundido, se tentalean todas las partes de su cuerpo. A veces ha visto que la mano de él está escondida en la entrepierna de ella, mientras la mano de ésta se pierde en medio del cierre del pantalón de él. Quién sabe qué excrecencias y fluidos quedan en sus manos. Sonia (llamémosle S para economizar letras) imagina a los amantes del tercer piso al término del acto. Imagina que no tienen papel higiénico y mira (casi lo mira) que el hombre se levanta y embarra su mano en el pasamano para limpiarse la mano que está llena de semen. Lo mismo hace ella. Y luego imagina que su mano (la mano izquierda de ella) debe apoyarse en ese tubo donde los demás (decenas y decenas cada día) también se apoyan para bajar o subir las escaleras. En el piso cinco vive un carnicero; en el segundo piso una muchacha que, según decires de doña Abundia (la de la fonda, que vive en un cuarto de la azotea), trabaja en un prostíbulo. Puede ser cierto, ella, la del segundo piso, siempre viste minifalda y botas negras que le llegan hasta la rodilla; siempre está muy arreglada, con el cabello corto que permite ver el tatuaje que tiene en la nuca, algo como una mariposa que besa a un colibrí, algo así.
Un día, S siguió la recomendación de R y compró un par de guantes y antes de entrar al zaguán del edificio y subir las escaleras para llegar a su departamento, se colocó el guante blanco en la mano izquierda. No volvió a hacerlo. Desde el principio imaginó el resultado. Cuando llegó a la puerta de su departamento (ahí sí hay buena luz) vio que el guante estaba percudido de tanta mugre. Sintió repulsión al quitarse el guante con la mano derecha que también se contaminó. Como ella es diestra sintió doble náusea al ver sus dedos llenos de una mucosidad negra y verde que tenía el guante blanco.
Por ello, S se apoya en el pasamano que tiene al lado de su mano izquierda. Nunca toca el que corre por el otro lado. Con su mano derecha busca la llave de su departamento, abre, deja su bolso en la mesa del vestíbulo y entra directamente al baño (que siempre tiene abierta la puerta), abre la llave con la mano derecha y, sin hacer uso de la izquierda, toma la pastilla de jabón y, con gran destreza, mueve los dedos de la derecha hasta que forma una pasta generosa. En ese momento su mano derecha cubre la izquierda y la llena de esa espuma que, según los anuncios de la televisión, logrará matar el 99.9 de los gérmenes recogidos en los tubos de los camiones, en las perillas de las puertas, en los teclados de las computadoras, en las mesas de los restaurantes, en las manos de los otros al apretarlas para el saludo. Lo que más repulsión le provoca es pensar a la hora que entra al sanitario que emplean todas las compañeras de la oficina. A veces entra después de que María, la gorda que siempre resuella en cada inhalación, sale del sanitario. La imagina sentada, con las piernas abiertas. Sabe que defecó porque el olor es como una bofetada para su olfato. S toma papel higiénico que reparte en todo el aro de la taza para evitar que el sudor de las nalgas de María ofendan su trasero. Al terminar de orinar, toma otro pedazo de papel higiénico y con él, de manera cuidadosa, forma algo como un guante para que a la hora de bajar la palanca no la toque. Regurgita. A veces las náuseas le duran toda la tarde. No come. Cada vez que abre la llave del agua y lava sus manos, las coloca frente a una fuente de luz, puede ser una ventana o una lámpara, y las observa con atención. Imagina que ese punto uno que el jabón no puede eliminar es como un pequeño gusano que se le ha metido debajo de la piel, a través de un poro. Siente pánico al pensar que cada vez que se lava las manos un punto uno por ciento de gérmenes no puede ser eliminado. Hace cuentas. Sabe que lleva miles de veces acunando esos pequeños gránulos de mierda.
Lavarse las manos es un acto de los más sencillos, uno de los más simples.