miércoles, 5 de octubre de 2011

VASOS DE CRISTAL FRAGMENTADO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como muñecas de cera, y mujeres que son como muñecas de trapo.
La mujer cera se derrite ante la primera provocación, por ello es buena para acompañar las ofrendas en el altar o en los atrios de los templos donde se invoca el espíritu de la luna. No sirve para hacer caminos en las maquetas. Quien la invita a tomar café caliente se expone a quedarse solo en la cafetería o en la habitación del hotel. Cuando acepta ir a la playa de Puerto Arista lo hace con nostalgia de hallar la flama del afecto.
Quien insiste en estar a su lado debe tener el espíritu de un iglú y mantener su corazón a una temperatura de cero grados.
Ella ofrece sus avenidas enceradas como si fuesen pistas de hielo; asimismo, su cuerpo permite, como si se expusiera a un acupunturista, prender pábilos en todo su cuerpo. Un momento triste es cuando su amado decide terminar la relación y prende todos los pabilos con un cerillo; es triste ver cómo ella se consume poco a poco y entrega al viento su corazón de parafina.
Con ella se puede hacer música pues sus manos son como pentagramas donde se enredan las fusas, semifusas y también las confusas. Por lo regular la mujer cera es aficionada a las percusiones más que a los metales, debido a que le gusta sentir en sus oídos el movimiento frenético de la cerilla.
No es mujer que salga con quien le gusta jugar “quemados” o con algún pirómano. No obstante es masoquista porque su bebida favorita es “París en Llamas” y a todas sus mascotas las bautiza con el nombre de “Nerón”.
Le gusta que su amado sea como un helado de limón para sentir que se derrite en sus labios. Es mujer que, a pesar de los riesgos, le gusta caminar a mitad de la calle, a la hora que el Sol calienta todos los rincones. Se acuesta temprano y no le gusta ir de campamento a la montaña o en las orillas de las lagunas, ni ponerse a aullar a la luna sobre la cima de alguna pirámide como Chincultik o Tenam. Cree firmemente en los horóscopos y en el destino que le marca su amado, siempre y cuando éste tenga el tacto del agua en “baño María”.
La mejor mujer cera para el sexo es la mujer vela por todas las posibilidades de juego y de fuego; la mejor mujer cera para el espíritu es la mujer veladora por todas las posibilidades de iluminar los pasillos más oscuros.
No es difícil saber quién es mujer cera, basta invitarla a prender la lámpara de la alcoba, si lo hace como si se pintara la uña del dedo gordo del pie ¡es mujer trapo y debe ser desechada!
Le gusta creerse bloque de hielo y que su corazón sea acariciado con un dedo en forma de picahielo. A veces, cuando el otoño está en su apogeo sale a las calles y emprende marchas de protesta; se prende carteles en el pecho con leyendas como: “No al calentamiento global y al calentamiento de las habitaciones” o “No me digas que soy el Sol de tu vida porque sólo quiero ser una simple estrella de nuestro cielo”. Por lo regular estas manifestaciones las hace sola y en silencio, mientras la gente, en las banquetas, la ve con cierta mirada de desdén o de conmiseración.
Ella no tiene la culpa, cuando es niña es perseguida por curas pederastas. Es su aroma natural que seduce a los seguidores de Maciel y la confunden con la cera que derrite los pétalos de la virgen.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como el Puente Chiapas, y mujeres que son como un puente de hamaca sobre el río de Chamic.

lunes, 3 de octubre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AGUA QUE HAS DE BEBER TIENE BACTERIAS COLIFORMES




Querida Mariana, no creo en los refranes. Eso de que son consejos sabios ¡no va conmigo! Te pongo un ejemplo: “Con la vara que midas ¡serás medido!”. ¡Que sea menos! No creo que Moisés haya sido medido con el mismo cayado con que midió al Mar Rojo, ni que el Mar Muerto haya sido medido con la misma vara con que fue asesinado. No, mi querida muchacha, los refranes se aplican con la misma insolencia e ignorancia que la “vitacilina” se aplica a toda raspada. Todo hombre es medido con diferentes varas, dependiendo de su tamaño y de su tozudez. Un enano puede medir a un gigante con una vara enorme, pero es un despropósito que el chaparrito sea medido con la misma vara.
Los niños de los años sesenta fuimos “medidos” con varas escolares. La mayoría de maestros nos azotaba con una vara. ¡Ah -cuentan- las varas de membrillo eran las preferidas de los maestros más perversos, por su flexibilidad y por su dureza! Algunas de esas varas se hicieron famosas porque, al estilo de los caballos de los personajes egregios de la historia y de la literatura, tenían nombres apoteósicos: una se llamó “Dalila” y no había niño Sansón que la soportara.
Con el aval de otro refrán estúpido: “La letra con sangre entra”, los maestros se daban gusto empleando las varas. El maestro exigía aprender de memoria las capitales de los países del mundo. Me da pena decirlo ahora, pero no recuerdo cuántos países había en ese tiempo. Con esto que acabo de escribir, el lector ya se dio cuenta que nunca, ¡nunca!, aprendí los nombres de las capitales. Fui de los niños que recibió en las manos los azotes de la “Dalila”. Bastaba un simple titubeo para que el castigo apareciera: “¿Budapest?”. ¡No, no era Budapest! El maestro hacía la señal, los niños desaplicados colocábamos las manos como lo hacíamos cuando revisaban si las teníamos limpias y cerrábamos los ojos. Dos varazos aguaban nuestros ojos y salíamos al patio a seguir repasando la lección.
¿Fueron medidos con la misma vara nuestros maestros fustigadores? ¡No! Al contrario. Crecimos y en nuestro corazón sólo dimos cabida al agradecimiento. Dicha muestra de afecto la cobijamos cuando reconocimos que ser maestro es una labor pesada. ¿Cómo moderar los reparos de cincuenta animalitos desbocados?
Las varas con que medimos son diferentes a las varas con que nos miden. ¿Carlos Slim es medido con la misma vara con que él mide? Parece que no. Los poderosos siempre tienen varas que parecieran medir en el sistema inglés de pulgadas y de pies (por esto, tal vez, es frecuente tener una sensación de ser pisoteado ante la presencia de un poderoso).
Los refranes, querida mía, son intentos de diseñar el mundo desde la perspectiva de los que poseen las varas. A veces me rebelo ante estos absurdos y trato de medir a los otros sin pensar en que la misma vara me será aplicada. La naturaleza aplica a cada ser humano una medida única, precisamente porque somos únicos. Algunos merecen un trato con vara de membrillo y otros con vara de bambú o con vara de nube.
Pd. ¿De qué sirve saber que “no por mucho madrugar amanece más temprano” o que “al que madruga Dios lo ayuda”, si cada ser humano tiene su propio concepto de “temprano” y de “ayuda”? No es lo mismo recibir ayuda de un hombre generoso que de un político prepotente. ¿Quien es creyente cree que Dios ayuda? No creo que este concepto esté incluido en el diccionario Divino. Incluso pienso que Dios no nos mide con alguna vara porque las varas no sirven para medir el espíritu del hombre. Si los maestros de los años sesenta usaron varas fue porque no eran dioses y por esto es que, en el recuerdo, somos condescendientes con ellos.

sábado, 1 de octubre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO YA SOMOS OTROS, PERO AÚN NOS DISTINGUIMOS DE LOS OTROS.




Querida Mariana: Óscar Bonifaz publicó, hace años, un libro de fotografías que se llama “Semblanzas”. Ahí aparecen fotos antiguas de Comitán en contraste con fotos del tiempo de la edición. El libro nos enseñó que Comitán, como muchos pueblos del mundo, modificó su entorno arquitectónico y, con ello, su carácter. Ahora muchas casas carecen de “sitio”. Ayer vi que, a cuadra y media del parque central, remodelaron la casa del señor Albores y ahora es Alborada - Plaza. Los “sitios” donde los niños jugaban al Tarzán o a las luchas están a punto de desaparecer. Los niños comitecos ya no juegan al aire libre; los videojuegos demandan espacios cerrados. Como no les “pega” el Sol ahora tienen la piel más blanca y se creen sajones. Los niños ya no trepan a los árboles para cortar jocotes o chulules (¡Dios mío, los chulules también están desapareciendo!).
El centro de Comitán, como sucede en la ciudad de México y en muchas ciudades de esta patria, perdió su vocación residencial y ahora está convertido en un espacio exclusivo de restaurantes, cafés, posadas, hoteles, locales comerciales, bares, plazas y antros. Anteriormente, muchos propietarios destinaban un cuarto de la casa para el negocio; cualquier persona podía entrar a ese espacio delimitado, pero al interior de las casas sólo entraban los amigos, la gente de confianza y los empleados. Hoy, cualquier persona puede entrar a esas casas modificadas, porque se han convertido en espacios públicos. Don Enrique Trujillo jamás pensó que su casa se convertiría en la Plaza Margarita. Esto ha trastocado la personalidad del comiteco: nos hemos vuelto más confianzudos, menos “respetuosos”. El sentido ritual de antes lo hemos olvidado. Las vendedoras que pasaban a ofrecer su mercancía lo hacían desde la calle, frente a la puerta abierta: “¿No merca’sté chayotíos?”, preguntaban y, sentadas en el quicio, con el canasto a un lado, esperaban la respuesta. Ahora medio mundo entra como Juan por su casa. Nuestras propias mujeres (¡qué bueno, dirán muchos!) olvidaron el recato que las hizo famosas en todo México. La timidez se transformó en desenfado y éste, en ocasiones, en reto.
Al modificar la traza de las casas comitecas se modificó la personalidad del pueblo y de sus habitantes. Desapareció ese espacio que era la bienvenida de la casa: ¡el zaguán! Este espacio arquitectónico era como un breve túnel nebuloso que, pasos después, se abría a la luz del patio central. ¡Nuestro carácter era así! Cuando saludábamos a un desconocido lo hacíamos con la penumbra del zaguán, pero instantes después le abríamos nuestro afecto, de la misma forma que se abría la flor de luz del patio.
La transformación de nuestro pueblo derivó de cierto esnobismo y afán de copia. En los años setenta los comitecos pensaron que debíamos estar a la altura de las grandes ciudades del mundo. No faltó quien soñó con construir edificios de cinco o diez pisos, un poco para imitar el Empire State, de Nueva York. ¡Ah, la pucha! Un día, en pesadilla prehispánica, a Comitán lo treparon al altar del sacrificio y le arrebataron su corazón de adobe para injertarle uno de cemento y hormigón.
Vos sos muy joven, querida mía; tu entorno ya tiene otro color y otro aroma. Vos estás hecha con las huellas de porcelanite que cubren los pisos de todo México. ¿Podés imaginar que hubo un tiempo en que los pisos de las casas comitecas estuvieron cubiertos por mosaicos hechos en esta tierra, en los talleres de don Augusto Caralampio García o en los del maestro Paquito García o en los de don Enrique Cancino, entre otros? ¿Podés imaginar que los patios centrales y los corredores de las casas estuvieron cubiertos por ladrillos hechos en los talleres del barrio de Yalchivol? Ah, niña bonita, los barrios también entraron en la confusión y ahora son colonias; por lo tanto, los nombres ya están “colonizados”. Las colonias tienen los mismos nombres que las de cualquier ciudad de México. ¡Transformamos nuestra identidad!
Esto que te escribo no es para lamentar el cambio, ni para decir que “todo tiempo pasado fue mejor”. Esto es una mera reflexión de la forma en que los hombres cambiamos por la modificación de nuestro entorno; si el cambio es irreflexivo los pobladores extravían el camino. Escribo esto como una forma de decir que hoy, los comitecos ¡somos otros! Ni mejores ni peores ¡simplemente otros! Así como otros ¡los pollos engordados en granjas! Vos, sin ningún empacho vas a comer una hamburguesa en la Plaza Las Flores, sin preguntar si la carne es de vaca engordada con clembuterol. Esto que te escribo es sólo para decir que acá hay muchos, todavía, por fortuna, que desdeñan las gallinas de granja y prefieren un caldo ¡de gallina de rancho! ¿Mirás? Gracias a Dios, hay gente que no tiene complejos y prefiere los productos orgánicos a los transgénicos. Esto es para decirte que, en algún tiempo (no muy lejano), Comitán fue un pueblo orgánico. Hoy, tiene conservadores y, a veces, es un producto congelado.
La transformación trajo beneficios al pueblo (envueltos en papel de estraza -des trazado- destrozado -de estresado). El Comitán de este 2011 es diferente al de 1950. Digo esta perogrullada para significar que nuestra personalidad también se ha modificado. Yo nací en los años cincuenta. El ritmo de los hombres y mujeres de mi generación ¡es otro! A veces te impacientás conmigo porque quisieras que caminara con la premura que vos lo hacés. ¡No puedo! El tiempo de mi tiempo era sosegado. Los cielos de aquellos tiempos se veían iluminados por papalotes más que por helicópteros. Mi tiempo es el que aún perdura en el barrio de La Pilita Seca, donde una señora saca una mesa a las siete de la noche y, bajo el resguardo de un foco, prepara chalupas, panes compuestos y tacos dorados. Ese tiempo donde la gente se sienta en la banqueta y mira pasar los minutos como si fueran horas y no segundos. Soy de tiempos donde la gente “banqueteaba”.
Te cuento que en un pueblo de Oaxaca existe un taller donde están recuperando la fabricación de mosaicos. Un grupo de diseñadores incorpora diseños contemporáneos a la fabricación artesanal tradicional. Esto es un poco para decirle al mundo que las tecnologías de estos tiempos no están reñidas con el conocimiento ancestral.
El libro de Bonifaz tiene un prólogo de Hermila Grajales de De la Vega -doña Milita- que reflexiona, precisamente, sobre la conjunción de lo tradicional con lo moderno. ¿Cuál es el secreto para aliar la tradición con la modernidad? Ciudades de todo el mundo nos han enseñado que es posible respetar los procesos de identidad sin renunciar a los avances de los tiempos actuales.

Pd. Una vez, querida Mariana, escribí que Comitán desaparecería como pueblo, no el día que llegara una sucursal de McDonald’s sino el día que cerrara la última cenaduría de panes compuestos. Las hamburguesas, como los marcianos, ¡llegaron ya!, pero nuestros panes siguen siendo disfrutados por nuestra gente, por jóvenes como vos. El otro día vino Raymundo Zenteno, famoso escritor, y lo primero que pidió fueron panes compuestos y los llevó a su regreso. Luego me escribió diciendo que su mamá y sus hijas los habían disfrutado, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. ¿Mirás? Tal vez es el secreto que demandaba doña Milita en el libro de Bonifaz: abrir espacios a la avalancha de la globalización sin ceder un centímetro a nuestra identidad; a aquello que nos hace diferentes; a aquello que nos hace auténticos, ¡únicos, no sólo en el mundo, sino en el universo!
¿Paso por vos, mañana domingo, para ir al mercado Primero de Mayo a tomar un vaso de atol agrio?

viernes, 30 de septiembre de 2011

LOS QUE NO CUENTAN


Con un abrazo respetuoso para la familia Figueroa Jasso
por la ausencia física de don Rami.



Desperté por el ruido, ¿o fue por el nombre fragmentado de la mujer? A la hora de abrir los ojos, recordé, en medio de la niebla inconsciente, algo como un vendaval de campanas y de cadenas chocando entre sí. ¡Tuve la certeza de que ese alud me había despertado! Luego dudé porque apareció el nombre. Me senté sobre la cama. Yo, que no sudo, sudaba copiosamente. Mi corazón latía como émbolo atormentado. Agucé mis oídos. Ya no estaba el ruido. Al contrario, ahora el silencio cancelaba todos los ruidos. Eran las dos de la madrugada. El nombre sí estaba presente. Eran fragmentos regados en el piso, como cucarachas, pero tenían una consistencia como de roca.
Fue tal mi desasosiego que no volví a dormir. Mientras la madrugada llegaba pensé en el nombre. Ya no lo recordaba con exactitud, pero era el nombre de uno de los personajes de mi novelilla “Yo también me llamo Vincent”. Personaje que ya no aparece en la versión final. Apareció en algún momento de la creación y comenzó a tomar cuerpo, pero luego desapareció. Desapareció porque una amiga (a quien le di a leer la versión antes de publicarla) me cuestionó la importancia de dicho personaje. Después que lo comentamos me di cuenta que mi amiga tenía razón: ese personaje no aportaba algo al desarrollo de la trama; al contrario ¡confundía! Entonces, con la arrogancia del creador, eliminé el personaje. El texto ganó con esa eliminación.
Tal vez esto fue lo que me despertó: ese desasosiego. ¿Cuántos personajes no han visto la luz porque el escritor los ha eliminado, por una u otra razón? Pensé, de inmediato, en el peso específico de El Quijote y de muchos personajes de la literatura. ¡Ah, cuántos personajes inolvidables!
¡Que nadie diga que son personajes ficticios! Las vidas de los hombres y mujeres “reales” han sido tocadas por esos personajes “inventados”.
Continuaba sudando, a pesar de que ya tenía despierto más de una hora. Ese personaje femenino ¿me reclamaba su muerte prematura? ¡Qué absurdo! Ni siquiera recordaba su nombre. Sin embargo, algo como un residuo quedó en mi cerebro. La prueba fue ese insomnio y ahora esta Arenilla.
Ahora pienso en todos los “abortos” que han provocado los escritores; pienso en todos los personajes que pudieron ser y no fueron; pienso en que, tal vez, algunos de esos personajes pudieron ser importantes si hubiesen sobrevivido. Incluso pienso en los que permanecen adentro de gavetas y que nunca han recibido la luz del Sol. ¿Saldrán algún día? ¿No será que, en medio de todos ellos, existe un personaje que puede modificar alguna vida real? ¡Oh, Dios mío, pienso en que, tal vez, alguno de ellos puede, para bien, cambiar el mundo con sus palabras, con sus actitudes! ¿Quién puede asegurar que algunos de ellos no habría sido otro Quijote, por ejemplo, si los escritores lo hubiesen dejado crecer? No es raro hallar en la vida real historias de niños que no prometían y se convirtieron en adultos maravillosos.
Esa madrugada, cuando salió el Sol, prendí la computadora y busqué el borrador de la novelilla. ¿Por ahí habría quedado algún vestigio? ¡Nada! ¡Nada! A las siete de la mañana le envié un mensaje a mi amiga: por casualidad ¿guardaba el original que le di? Dos minutos después llegó la respuesta: ¡no!, ya lo había tirado a la basura. Otro mensaje: ¿se acordaba del nombre del personaje? Cinco minutos después: ¡no! También lo había botado de su mente.
Bueno, pensé, eso ayudaba al proceso de eliminación. Si no recordábamos su nombre significaba que no era importante. Pero entonces ¿qué significaban esos fragmentos regados en el piso de mi espíritu?
Ya tiene más de diez días que ocurrió. Sin embargo sigo dándole vueltas al asunto. Esto es como el Limbo donde -contaban los viejos- iban a dar los no bautizados. ¡Pero no! Ese personaje sí lo bauticé. El problema es que en algún instante extraviamos el nombre. Ese extravío lo causó su desaparición. Los autores, así como dan vida, ¿también son asesinos inclementes? ¿Esto es reflejo de la Creación?
Ahora estoy seguro que fue el ruido el que me despertó esa mañana: el ruido de mi mente, de mi corazón. ¿A dónde van a dar los muertos? ¡Quién sabe a dónde irán! Los muertos del panteón literario, ¿adónde van?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS JÓVENES SON LA LUZ DE CUALQUIER HORA




Querida Mariana: me emociona la juventud, por esto disfruto mucho la presencia de los jóvenes. En ello no debés mirar una nostalgia por mi juventud perdida (perdida en el tiempo y en la confusión imperante de mi comportamiento desordenado). ¡No! Vivo con gran emoción mis tiempos de adulto mayor (bah, qué eufemismo para tratar de desviar la idea de que ya estoy viejo). Vivo a gusto mi edad y, por nada del mundo, desearía volver a ser joven. Me siento bien a mis cincuenta y cuatro años; me sienta bien esta etapa de la vida que es como el inicio de la tarde sosegada.
Te cuento esto porque el sábado pasado me acerqué a un grupo de jóvenes que tenía las alas de la vida prendidas en su sonrisa y en su corazón. Era un grupo de cinco muchachos, cuatro niñas bonitas y un muchacho con manos de surco. Con esto que te digo ya caíste en la cuenta que conozco al muchacho. Lo conozco porque en dos ocasiones ha estado en Comitán, tocando ese prodigio de instrumento que se llama marimba. Alexander Cruz ya lo conoce medio mundo y medio mundo reconoce su talento como ejecutante de marimba. La forma en que toca sólo tiene una palabra para designarla: ¡viento! Sus manos, brazos y cerebro son huellas de esa línea que hace crecer el agua. Cuando Alexander toca el mundo retoma su cara de papalote o de hoja de eucalipto en medio de un ventarrón. Sus manos fluyen como fluye la tela ante la sugerencia del aire. Nunca había estado cerca de él. Como la juventud me contagia me permití una bobera, le dije que si esa misma habilidad la sostenía en lo demás de su vida su novia debía ser una niña bendecida. Todos rieron y quedaron viendo a Iveth. Supe entonces que ella era su novia y que, como siempre, había cometido una imprudencia. Pero, querida Mariana, lo bonito de estar entre jóvenes es que el vacío siempre encuentra un puente, un puente que tienden ustedes mismos para que los viejos, como yo, no resbalemos (nuestros huesos se quiebran ante una caída). Rieron, disfrutaron mi derrapón. Gaby y María de los Ángeles Zepeda, de igual manera, soportaron que me metiera tantito en su vida. ¿Son gajo de algún árbol de San Cristóbal de Las Casas?, pregunté. Ellas sonrieron, me contaron que tocan el violín y entonces entendí porque abrazaban esos estuches con tanto afecto, tanto como si abrazaran el cielo que protege la nube llena del otoño. Marcela Escobedo, quien toca la viola, también sonrió y dejó que yo jugara con la manida idea que provoca la palabra. Por esto, para que yo no insistiera en mi ignorancia, ella, con magnanimidad, me explicó que la viola es un instrumento un poco más grande que el violín y su sonido es más grave e imitó el sonido. Yo, mi niña bonita, estaba fascinado con ellos. Marcela me dijo que se presentarían en el Teatro de la Ciudad, dos horas después. Resultó que esa noche presentaron la Ópera Bufa: “Marimba, la gran arrecha”, con música de Federico Álvarez del Toro y texto literario de Dolores Montoya-tramoya. Gaby auguró lleno completo, así que, sentenció, debía llegar diez minutos antes que comenzara la función para que yo encontrara asiento.
Fui y disfruté el espectáculo, de la misma manera que lo disfrutaron todos los espectadores que llenaron el teatro. ¡Maravilloso! Y supe que había sido mi privilegio conocer a los artistas antes de su acto. Ahí, sobre el escenario seguían siendo la misma sonrisa de Dios. Las tres niñas de las cuerdas estaban frente a Federico y ante la menor provocación de la batuta demostraban por qué, en algún instante, eligieron esos instrumentos para abrazar el corazón del aire. Y en la marimba, ¡ah, en la marimba!, Iveth y Alexander jugaban a deshilar el viento.
Pd. Sí, niña mía, me gusta estar con los jóvenes. Me gusta estar con vos y agradezco tu tolerancia. Los jóvenes son los más tolerantes del mundo porque descifran el mundo para nosotros, los viejos, en intento de decirnos que el futuro es de ustedes y que nosotros, nosotros, no podemos bordar el horizonte porque ya estamos parados encima de él.

lunes, 26 de septiembre de 2011

DESDE LA VENTANA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como las bolsas del mandado, y mujeres que son como la caja fuerte de un viejo avaro.
La mujer mandado soporta todo. Está hecha de plástico o de costal. Es modesta a decir ¡ya basta! Su rutina se concentra en la línea que va de la cocina al súper o al mercado. Sirve para personaje de telenovela barata; de nube de guión donde “la chacha” conoce al “joven” multimillonario y éste, renunciando a su sangre azul, quiere mezclarse con los colores tierra.
Después de una jornada intensa, se recuesta en un catre, abre las piernas como si jugara los juegos que juegan los amantes de las películas ¡y sueña! ¡El sueño es su premisa! Sueña que, en una torre de cajas de cartón, ella es la caja de arriba, la que está a punto del vuelo (aunque ya sabemos en qué termina la historia: el destino tira la torre y ella, ¡ella!, es la primera que cae y se da un somatón de canción de Los Tigres del Norte).
Pega, en las paredes de su cuarto, con diurex, carteles de sus artistas favoritos: Arjona y Julión Álvarez. ¡Sueña! Sueña en la toalla con que el cantante se limpia el sudor; sueña en el peluche que los amantes regalan el día del amor; sueña en el corazón de los pasos no contados; sueña en la luz que sale de una lámpara de neón; sueña en los audífonos del niño que toca la guitarra eléctrica.
Sale, los domingos, por la tarde, con sus amigas, a dar vueltas en el parque. ¡Sueña! Sueña con el equilibrio de los pájaros que se paran en los cables de luz; sueña en las botas de los que caminan sobre pisos regados con el matiz del invierno; sueña con palabras que huelen a luna o a foco de vestidor; sueña con el cuello de los avestruces; sueña con el rímel de las mesas donde hay frutos.
Se pinta los labios con rojo achiote y se pone polvo rojo talco en sus mejillas. ¡Sueña! Sueña con las plumas que rellenan las almohadas de las cabras y de los cabrones; sueña con la mirada de una cadena de oro; sueña con los señalamientos de la carretera del sueño; sueña en todas las interrogantes enredadas en las manos de los indignados; sueña con la sombra de quienes soportan la luz de las doce; con el color trigo que crece en el cabello de las que se despiertan a las doce del día.
Juega con la tierra, con el polvo, con un pedazo de jerga (dije ¡jerga!). ¡Sueña! Sueña con los hilos de luz que se reflejan en el agua; sueña con los residuos de vida que dejan olvidados los pepenadores; sueña con el reloj que nunca marca las horas, con la distancia que existe entre la ausencia y el olvido.
La mujer mandado se mira al espejo, se sienta en el borde de la cama, se pone las medias y, con un diurex, trata de enmendar los hoyos. Es que las medias “se corren”, de la misma manera que la vida “corre” de las manos de la mujer mandado. Todo se le diluye entre los dedos, el amanecer, la tempestad y el destino. ¡Sueña! Sueña con la nada, con el vacío. Y, a veces, sólo a veces, logra llenar sus vacíos con un sueño donde sueña que sueña otro sueño lleno de sueños.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como una farmacia, y mujeres que son como una droguería.

sábado, 24 de septiembre de 2011

"YO TAMBIÉN ME LLAMO VINCENT", UNA NUEVA TENDENCIA EN LA LITERATURA CHIAPANECA


Nota: El doctor Sarelly Martínez escribió un comentario acerca de la novelilla breve "Yo también me llamo Vincent". Él, generoso, lo compartió conmigo y yo lo comparto con los lectores de este blog.


Yo también me llamo Vincent, una nueva tendencia en la literatura chiapaneca

Sarelly Martínez*

De Alejandro Molinari admiro su pulcritud y elegancia en la escritura, pero sobre todo, su buen humor. Si tuviera que buscar un parecido, diría que me divierte tanto como su tocayo Baricco.
Acabo de leer Yo también me llamo Vincent y, pese a que cuenta una historia triste, disfruté aquí una anécdota, allá una buena frase, que dan, en conjunto ,un libro ligerito, sabroso, para disfrutarlo entre cervezas y botanas comitecas.
Es difícil, enormemente difícil, saber manejar el humor. Molinari lo hace con elegancia y destreza. La única arenilla que pondría sería ese constante recordatorio de Comitán: de los apodos, que ya sabemos que son variados e ingeniosos pero reiterativos, de la gente moldeada con plastilina y que a fuerza de repetirlo se ha hecho eterna y prototípica.
Aunque a partir de lo local se expande el universo, preferiría que no hubiese tanta referencia a Balún-Canán. Se cae, a veces, en el lugar de siempre, solo con algunas anécdotas nuevas, propios de una Rial Academia de los Cuchumatanes. Ese sería el único asuntillo que objetaría y sólo por objetar, pero yo sé que una de las muchas cosas que a Alejandro le da aliento, ánimos y gozo de escribir, es precisamente la referencia a esa tierra inasible, amada y cósmica.
Yo también me llamo Vicent me llegó por la generosidad de Alejandro. Sin conocerme me envió su novela –o no sé si la remitió traspapelada entre el montón de correos de sus amigos–. Como sea. Eso habla de su corazón ancho y abierto, para la botana, para el traguito y comentarios como el mío.
Y ese teclazo generoso ha marcado, sin duda, una nueva tendencia de la literatura chiapaneca: tirar palabras por la red a mansalva, para regar con frases alegres, renovadas o marchitas a los escasos lectores.
Los quejitas, que se dicen víctimas de las políticas culturales y de la red asfixiante de amigos escritores –con sus clubes exquisitos– ya no tienen más pretextos: que den un teclazo a su obra, que no la guarden para el próximo siglo, que reciban nuestros amargosos comentarios ya, ahora, en esta tierra y no en la venidera.
¿Por qué a fuerzas se debe ver impresa una obra, muchas veces soporífera, pestilente y mala? ¿Cuántos árboles, esfuerzos y dinero se necesita para ver concretadas sus cien, doscientas páginas? Basta, digo, darle el teclazo final para sacar al autor de su oscuro anonimato al más reluciente parnaso literario.
Stephen King puso en marcha el experimento de distribuir sus libros en internet con The Plant. Sus lectores debían pagar un dólar y baste decir que fue un éxito. Incluso muchos lo acusaron de querer hacerse rico (¿más?) a través de este nuevo mecanismo.
Pero en Chiapas, en donde nadie vive de vender palabras, mucho menos las literarias, lo que podemos ver en la distribución de obras en internet no es sino mero altruismo y el afán verdadero y desinteresado del autor por entablar una comunicación rápida, eficaz y económica con la esmirriada clase lectora
En realidad me estoy metiendo en un tema que no deja más que sinsabores y que ya se gastarán hartos caracteres cuando se haga práctica común y el estado decida, entonces, entregar becas en función del número de descargas de libros que presente un autor. Pero esos serán otros tiempos.
Volvamos a Yo también me llamo Vincent. Y volvamos al humor, porque en ese contar la historia con candidez, casi con inocencia, se dispara la ironía.
Es imposible no encontrar en Molinari la presencia de un maestro del buen ánimo, como lo es Óscar Bonifaz, un personaje que ha escondido su obra para exaltar la de su amiga eterna, Rosario Castellanos.
La diferencia más notable que percibo entre Molinari y Bonifaz, sin embargo, es que el primero pone la anécdota al servicio de la obra. Bonifaz es diferente: busca la anécdota, la persigue, la atosiga, y una vez decapitada persigue otra, otra y otra hasta enlazar una obra anecdótica de, por supuesto, Comitán.
Aparte de ese regusto, de esa alegría que me dejó Yo también me llamo Vincent, me atrapó el ritmo agradable, con sorpresas por aquí y fauleos por allá; con el alter ego de Molinari, ansioso por regresar al ombligo del mundo, porque en otro lugar se siente atrapado, lleno de nostalgia y deseos de retornar mas que por la casa, por la gente a quien extraña, y por ese clima que debe ser el más agradable del planeta moribundo.
¿Qué hacer en una tierra así? ¿Convertirse en cantinero, fabricador de aguardiente, finquero, transportista, tratador de blancas? Su alter ego no tiene dudas: no importa a qué pero desea estar de vuelta con su gente. Y el oficio viene añadido: ser actor en el lugar más insólito de la tierra.
El lector asume que el alter ego se enfundó en la piel de un actor dislocado, pero creíble. El cuento, como decía el título de algún libro, está precisamente en creérselo, y a Alejandro Molinari no le cuesta nada mentirnos tan descarada ni tan alegremente.


*Dr. Sarelly Martínez: Doctor en Ciencias de la Información, por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de Tiempo Completo de la UNACH.

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO SE PASA DE LA AUSENCIA AL ¡VIVA MÉXICO!




Querida Mariana: los comitecos somos sobrinos de medio mundo de acá. Fernando Escárcega, en un texto maravilloso, recordó que a don Belisario Domínguez le decimos “Tío Belis”. A nuestro héroe le damos un trato más que afectuoso. Asimismo, a las mujeres que están detrás del mostrador en las tiendas escolares las llamamos “tías”. En mis años de secundaria, los amigos pasábamos a la casa de Tía Elena a comer cazueleja con un vaso de temperante y en el local de Tía Petra disfrutábamos las tostadas más ricas del barrio de San Sebastián y puntos intermedios. ¿De dónde nos viene esa urgencia de enlazar afectos? Muchos hijos de mis amigos me dan, también, ese trato afectuoso. Es un poco como si dijeran que me reconocen como hermano de sus padres.
Por esto no fue extraño que un día de septiembre, en los años setenta, “tío Quique” apareciera en mi vida. Medio mundo de Comitán le daba el trato de tío.
Te cuento: mi amigo Javier vivía frente a la casa de él. ¡Era dieciséis de septiembre y Javier y yo, con sillas sobre la banqueta, nos disponíamos a ver el desfile! El alboroto de la gente y el sonido de los tambores y cornetas nos avisaron que el contingente de las escuelas se acercaba. Vi que Javier saludaba a alguien, elevé la vista y miré al famoso “Tío Quique” en uno de los dos balcones de la planta alta de su casa. El señor tenía puestas unas cananas que le marcaban una equis en el pecho, y ostentaba un sombrero de ala ancha, al estilo zapatista. La mano izquierda la tenía empuñada sobre el corazón y en su mano derecha enarbolaba una bandera mexicana. ¡Quedé sorprendido! (desde entonces y hasta hoy). Era como la imagen rescatada de algún libro de Historia de México. Un hombre rescatado de tiempos en que el mundo era color sepia.
Pregunté quién era y me respondieron que era el famoso “Tío Quique”. Al paso del tiempo conocí algunos detalles de su vida. Los datos que me daban lo envolvían en un aura de mito. “¡Está chifladito!”, dijeron muchos; “La Luisa Loca es una de sus muchachas”, dijeron otros. Éstos aseguraban que en la casa del tío había muchachas de la “vida alegre”. Nunca comprobé la certeza de los dos asertos. No lo consideré esencial. Lo que sí me dejó intrigado fue la versión de Alfredo acerca de la existencia de murales en los interiores de los cuartos. Él juraba haber estado en la casa una vez y juraba haber visto esas pinturas. Me describía el inmenso colorido de los fondos y cada una de las poses de las modelos, algunas vestían telas vaporosas y otras, de manera sugerente, mostraban sus pechos. Decía que las bocas de las mujeres eran como un vaso de temperante y que sus ojos eran como reflejo del Lago Aguatinta, de Montebello. Alfredo juró que esa tarde se deslumbró ante la visión de esa “Capilla Quiquina”. Se impresionó ante la presencia de una mujer, de carne y hueso, que estaba reclinada sobre uno de los murales. La silla acojinada estaba junto a la pared, en tal forma que la mujer sentada parecía ser parte del cuadro o lo contrario: salida de la pintura para materializarse. Alfredo decía que el cuarto era grande y con paredes altísimas. En una de éstas había un tragaluz, en forma circular, por donde se colaba la luz. Esa tarde, los rayos de Sol caían directamente sobre la mujer. Su piel -Alfredo repetía una y otra vez- era un campo de trigo que invitaba a recostarse sobre él.
Así que, según algunos comitecos, tío Quique, además de ser un espíritu zapatista redivivo, era proveedor de un servicio esencial para los calenturientos del pueblo. Pensé entonces que medio Comitán adulto había emparentado con tío Quique en la misma forma que eran parientes de tía Lola y tía Maty, dueñas de los prostíbulos más famosos de Comitán. ¡Dios mío, cuántos tíos y tías teníamos los habitantes de este pueblo!
¿Le decíamos tíos a todos aquéllos que proveían servicios? ¡Claro, esto era antes! Ahora sería un despropósito decir que vamos a comprar galletas con “Tía Aurrerá” o a comprar una torta con “Tío Hipocampo”. Nuestras relaciones interpersonales han cambiado. Ya no tenemos los referentes directos de las personas y de sus nombres. Los calenturientos iban antes con Tía Lola, ahora acuden a “La Zona”. Esto, que parece una intrascendencia, nos marca una ruptura en la tradición y en la identidad.
Anteriormente, un referente gastronómico era Tío Jul. Un día tal luz desapareció y hoy andamos extraviados por los caminos de “Burger King”. Los tíos han sido cambiados por “reyes” de dudosa sangre azul.
Con la ausencia de tío Quique se nos fue un referente histórico. Mucha gente se burlaba cuando el viejo aparecía en su balcón, convertido en un personaje que nos recordaba que México es la suma de símbolos revolucionarios, entendidos éstos como elementos de cambio.
El otro día, niña bonita, pasé por el frente de su casa, miré hacia los balcones (la casa, por fortuna, aún permanece inalterada en su fachada) y traté de imaginar la figura de tío Quique, en medio del bullicio del tráfico actual. Entiendo que Óscar Bonifaz (en su novela: Una piedra en mi zapato) rescata para el imaginario colectivo la imagen del tío, de su tío. En medio de la ficción aparecen rasgos de su personalidad real. Alfredo se fue a vivir al Norte del país y ahora no sé a quién preguntar si los murales existieron. Si fue cierto que una mujer (en la pintura) tenía una mano abierta donde se posaba el águila de nuestro escudo nacional, simbolizando acaso que la mujer era la patria y que las manos de ella son su sostén.
Manolo me dijo un día que nuestra costumbre de decirles tíos y tías a nuestros cercanos está definida en nuestro gentilicio afectuoso: cositía.
La tarde que Alfredo me contó lo de los murales, le pregunté qué había entrado a hacer a la casa. ¿Había tenido relaciones sexuales con alguna de esas mujeres? ¿Cuánto cobraban? ¿Cómo eran los cuartos? Él, en voz baja, como si me revelara el gran secreto, dijo que su papá lo había llevado para saludar al tío. El viejo sacó dos sillas y las colocó al centro del cuarto y ofreció una copa de rompope para su papá y un vaso de tascalate para él. La mujer del color de trigo mantuvo los ojos cerrados y las manos sobre su regazo durante el tiempo de la visita. Alfredo me contó que otra mujer caminaba por el corredor, se acercaba al vano de la puerta, sonreía y se retiraba para volver minutos después con su carita de ardilla pintada de rojo achiote. Todo era como un juego, como una puesta en escena. Según Alfredo esas mujeres mostraban tal dignidad que su oficio parecía ser el de modelos de pintores famosos como Renoir. ¿Tío Quique era muralista? Alfredo trató de ubicar los rostros de las mujeres en los muros pero no logró hallarlos.
Quizá, pensó, sus rostros están inmortalizados en otros murales, en otros cuartos.
Pd. Los niños de los años sesenta recibimos libros de texto gratuitos con una portada del artista González Camarena. El cuadro se llama: “Alegoría de la patria”. Una mujer bellísima, piel de tabaco, sostiene en una mano la bandera y en la otra un libro, un libro de donde mana un afluente, un afluente de luz que riega los campos de la nación. No quiero ser irreverente, Mariana mía, pero tío Quique simbolizó una imagen cercana a la que mirábamos en los libros de texto. Nos daba identidad, nos recordaba la seriedad de sabernos hijos de la patria. Ahora, los escolares no tienen asideros patrióticos. Sus libros de texto tienen portadas que cada vez se alejan más del sentido de la patria. Los niños de mi generación aprendimos a leer con oraciones tan sencillas como “Mi mamá me ama, mi mamá me mima”. Y no sólo nuestras madres nos amaban, también las tías y los tíos comitecos de esos tiempos nos amaban y nos mimaban. Ahora ¿quién ama a nuestros niños? ¿Quién ama a la patria? ¿Quién eleva la mirada y se encuentra en el balcón a un viejo “chifladito” enarbolando la bandera?
Tal vez Alfredo inventó la historia de los murales; tal vez la historia de las mujeres también fue inventada. Tal vez en este pueblo inventamos historias. Tal vez inventábamos una idea de patria que estaba cercana a nuestro corazón. ¿Ahora qué patria estamos inventando para nuestros niños y para nuestros jóvenes? ¡Ay, Mariana! ¿Quién iba a decirnos que, en el futuro, tío Quique nos haría falta?

viernes, 23 de septiembre de 2011

DESDE EL TECHO DEL MUNDO




Imaginá que te llamás azotea, imaginá que sos una azotea. Claro, podés ser azotea de edificio de diez pisos o de una modesta casa donde cuelgan la ropa para secar. De una o de otra manera estarás llena de aire y de viento. Tu mirada no tendrá límites (a menos que vivás en Nueva York y seás techo de un edificio de cuarenta pisos en medio de edificios de más de cien). Pero lo anterior es un sueño porque a lo más que podés aspirar es a ser techo de una construcción de Tuxtla o de Arriaga o de Tapachula o de Palenque o de Comitán o de San Cristóbal de Las Casas o de San Juan Chamula.
Procurá que tu piso tenga cierto desnivel para que no te llenés de agua cuando llueva. Siempre es conveniente no ser horizontal al ciento por ciento, una cierta pendiente en la vida produce un gusto de tobogán o de resbaladilla. Debés consentir que sobre tu cuerpo coloquen la “cochina” del gas estacionario y alguna antena parabólica de televisión de paga, más el inefable “rotoplas”. También es posible que sirvás como patio de chunches viejos y no será raro que sobre tus piernas o sobre tu pecho pongan ladrillos, tejas galvanizadas con roturas, bicicletas oxidadas y uno que otro pedazo de tejamanil.
Nunca podrás ver las baldosas de la planta baja o los rosales del jardín o los peces de la fuente, en cambio podrás ver todas las nubes y todos los azules de todos los cielos de todos los días de todas las noches de toda la vida.
Tu vocación será mirar hacia arriba, siempre hacia arriba. Serás pariente del Everest (pariente menor, pero pariente al fin); serás el punto de vista de todos los que visitan el cielo, desde las palomas hasta los aviones pasando por las golondrinas que buscan hacer verano.
Te visitará la sirvienta que cuelga la ropa en el tendedero; te visitarán los niños, en las mañanas, que suben a jugar escondidas mientras su madre está en el súper; te visitará el señor y la sirvienta, en la tarde, cuando la esposa está jugando cartas con sus amigas en el club; te visitará la hija universitaria con su novio cuando juegan a encontrar la Osa Mayor en noches de luna menguante; te visitará la abuela en noches de insomnio y de nostalgia; la niña que pide tres deseos; el político que no encuentra el hilo del sosiego; el escritor que escribe sobre abejas y panes que vuelan en laberintos.
Serás el sueño de la casa y su propio límite. La casa no podrá ir más allá de tus deseos. Si vos no soñás con volar, la casa siempre estará atada a sus cimientos. Si vivís en Tuxtla podrás mirar a la Torre Chiapas; si vivís en Cahuaré podrás mirar las garzas que se preparan a surfear en el Río Grande; si vivís en San Cristóbal podrás oler el aroma de los cotones chujs cuando ofrecen su copal al santo; si vivís en Cabeza de Toro podrás oír el aleteo de los poemas de Quincho; de igual manera, si vivís en el barrio de Guadalupe podrás tocar el sueño de un pueblo llamado Comitán. Por eso, digo, elegí ser techo de una casa que esté con los pies bien puestos en la tierra. Procurá que tu dueño siempre te maquille con chapopote para que, en tiempo de lluvia, ¡no te maldigan! Para que, al contrario, tus moradores siempre bendigan su paciencia y tu tiempo y todas las mañanas den gracias a Dios por tener un techo que los cubra y los proteja de las inclemencias del tiempo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

POR LOS OJOS DE LA PIEDRA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que huelen “a limpia rosa temprana” y mujeres que huelen a viento.
La mujer viento trae todo lo que está en el aire. Es como esas mujeres que van de pueblo en pueblo vendiendo especias; como esas mariposas deshojadas que, en las esquinas, debajo de un farol, ofrecen el sueño de la oruga.
En sus alas carga el polen de todas las esencias. Mujer que trae las hojas secas del otoño; que trae el rumor de la gente en un concierto de Shakira; que lleva colgado el morral con rehiletes de hojalata; que se mira en un espejo con sombrero de copa; que baila sobre un piano de cola; que descompone un rompecabezas vestido con traje y corbata.
Cuando camina por las calles de Comitán convoca al sol y a la lluvia. Los hombres que la desean deben andar debajo de un paraguas o arriba de un tractor para desbrozar el trigo de su boca. Es tan impetuosa que sus amados le piden “stop” mientras son conducidos al cadalso o al encierro de un manicomio.
La mujer viento amarra globos y se avienta desde un primer piso a treinta centímetros del suelo; se sube a una Montaña Rusa y descuelga dos o tres estrellas antes de estrellarse en el piso; se convierte en un filamento de foco de 60 watts y se enciende ante su amado; levanta los brazos como si triunfara en un acto deportivo o como si se desperezara después de bañarse en la jungla del sueño. Ella camina como si no quisiera despertar las líneas que unen las losetas de los salones de fiestas; come con el recato de una flor que se despierta en la madrugada; orina como si no deseara desequilibrar algún ladrillo de la Torre de Pisa; duerme como si fuese una pared con epitafio en medio de una montaña.
Es contradictoria porque no discrimina ningún aroma a su paso. Lo mismo pepena el olor del agua estancada que el aroma de un muchacha virgen recién bañada; lo mismo arrebata el azote del humo de una quemazón de llantas, que el aroma de pino de la piel grafiteada. En su cabellera cabalga el cielo del Sumidero y el enigma de la cuerda del ahorcado. En sus pies está el ritmo delirante de un caballo por la pradera y el movimiento del ave que picotea sobre un tronco.
Huele a la leche del ojo sembrado en la entrepierna de las muchachas; huele al abrazo que da el viejo a punto de despedirse; huele a la nube que se descuelga en las lianas del agua; huele a los ojos del águila, a los rayos del Sol envueltos adentro de una olla de aire, al collar que circunda la trompa de los elefantes, a la nave del templo donde oran los desesperados. Huele al arco, al puente, a la campiña, a los labios de la tarde, a los cabellos de la esperanza. Huele a mirto, a copal, a la mesa de la cantina, a la enredadera, al huerto y al piercing sobre la lengua.
La mujer viento, cuando camina por las calles de Comitán, se mueve como un pájaro sin jaula o como un león con alas. Tiene en sus manos el secreto del voyeur y las ansias del que danza en medio de una rampa.
La mujer viento es la línea del fuego o del agua que nunca se fragmenta. ¡Bendita sea la hora en que los hombres la aspiran y se llenan de ella, con ella!
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como una ruina arqueológica y mujeres que son como el edificio que se construirá mañana.

lunes, 19 de septiembre de 2011

EL VUELO DEL ÁGUILA MAYOR




En los últimos tiempos, el grupo de marimba más famoso de Comitán es “Águilas de Chiapas”. Siempre se anunció anteponiendo el nombre de su creador: Límbano Vidal Mazariegos.
Un día don Límbano murió, murió sin recibir el homenaje que el pueblo y gobierno de Comitán le tenían preparado.
Por fortuna, don Límbano aceptó el homenaje que le rindieron en su pueblo natal: Socoltenango. Ahora, la Casa de la Cultura de aquel lugar lleva su nombre.
Cuentan que don Límbano acudió con gusto a recibir el homenaje en aquel lugar; cuentan que subió al escenario y, al lado de sus hijos, tocó el instrumento que lo hizo famoso; cuentan que su rostro adquirió el color del flamboyán. ¡Qué bueno que en el lugar donde enterró su “mushuc” recibió el abrazo de hijo querido!
En Comitán no fue posible. Hay avenidas por donde, de pronto, corre el agua de manera impetuosa y no es posible caminar.
En Comitán nos quedamos con la palabra atorada, con el abrazo extendido, con las nubes envueltas en papel de china; nos quedamos con ese resabio del que se contiene para decir “te quiero”.
Nos quedamos con el canto del cenzontle enjaulado. Teníamos preparado una enrama con esas flores que se llaman “eques”; teníamos dispuesto celebrar que en Chiapas el viento es afectuoso porque el sonido de la marimba seduce al aire y las manos de Límbano eran expertas seductoras.
El esqueleto de los chiapanecos no está hecho de huesos, está formado por teclas de hormiguillo, por esto, cuando alguien tropieza y cae no se oye el clásico “pongoch” de otras regiones; se escucha algo como el sonido del “rascapetate” cuando comienza a caminar.
Nos quedamos con la orquídea en la mano. Teníamos dispuesto celebrar que en estas tierras tenemos cántaros donde cobijamos el agua y Límbano era uno de los mejores cántaros para contener el agua del viento.
La música de don Límbano, con sus “Águilas de Chiapas”, bordó los mejores arpegios en los patios de las casas, en las fiestas familiares; en maravillosos conciertos al aire libre y en espacios cerrados. Al entrar a las casas llenas de juncia y de manteados y manteles blanquísimos, el corazón se llenaba de trementina al oír la marimba de don Límbano. La trementina del corazón ardía al contacto con la música.
Nació en Socoltenango, pero en el árbol de Comitán construyó su nido de luz. Nuestro horizonte es ahora una línea de aire puro y en mucho se debe a su música.
Un día, al maestro Límbano se le ocurrió morir. Por fortuna, el universo es infinito y conserva por siempre su magia. Nosotros, acá, nos quedamos con cierto “flato”. Ya no pudimos decirle en voz alta, en medio de la gente, en el lugar adecuado, que era el águila mayor. ¡Ahí será para la otra!

miércoles, 14 de septiembre de 2011

PARA INVENTAR UNA NACIÓN




En un país sin nombre, a Arcadio se le ocurrió inventar una bandera. Pero ¿cómo tener una bandera, sin antes nombrar a la patria?, preguntó su mujer, que era una mujer práctica; de esas que temprano dan de comer a los cerdos y a las gallinas; de esas que saben cómo se quiebran los cascarones sobre el borde del sartén; de esas que, por las tardes, cosen los calcetines con un huevo de madera; de esas que por las noches cosen sus roturas con las caricias de sus esposos. Arcadio, desde su mecedora, con una cerveza en la mano izquierda y un libro de poesía en la mano derecha, dejó de mover su pie para detener el movimiento de su cuerpo: ¿A poco vos y yo no fuimos nosotros, antes de tener un nombre?, preguntó y luego dio un trago a la cerveza. Se limpió la boca con la manga de la camisa y vio a su mujer, como esperando que ella dijera algo. Pero la mujer no dijo algo, fue a la ventana y vio cómo las nubes se confundían con la ropa tendida, con la ropa blanca que, como banderas, ondeaban en el aire, revoloteaban en medio del viento y de la sonrisa asfixiante de la tarde.
Un día antes, Arcadio había revisado varios libros de historia y de geografía. Supo que todos los países del mundo tenían banderas. Todas las banderas, sin excepción, se distinguían por los colores empleados. Quienes las habían inventado jugaban con las formas geométricas. Como si fuese un decreto, todas las banderas se sujetaban al diseño rectangular. Arcadio pensó que su bandera podía distinguirse en su forma. ¿Podía -su mujer- costurar una bandera circular o informe, como si fuese un trapo tijereteado?
Había descubierto que todas las banderas contenían formas geométricas que funcionaban como símbolos. Había una, bien bonita, que tenía una media luna. Arcadio se rascó la cabeza y sonrió cuando vio que algunos países empleaban ejemplares de la fauna. Había una con un águila y otra con un quetzal. ¡Era tan elemental!, pensó. ¿Acaso los diseñadores de banderas no tenían imaginación como para inventar formas más sofisticadas? ¿Cómo se vería una bandera con un unicornio al centro? ¡No! Esto sí era un absurdo. Su país carecía de nombre, pero no era un país imaginario. ¿Qué caracterizaba a su patria? El territorio tenía cierta semejanza con Marte. Sus valles eran pedregosos y llenos de polvo, un poco al estilo de esa tierra lejana donde vivía su compadre Pedro Páramo. Pasaban años sin que cayera una sola gota de agua. ¿Podía colocar una piedra como símbolo? Su mujer sirvió el caldo de pescado con verduras, puso una servilleta de tela a la derecha y un vaso al frente. Arcadio fue al refrigerador y sacó una botella de cerveza, la destapó y fue a sentarse. Metió la cuchara en el caldo y la llevó a su boca. El caldo estaba caliente, demasiado caliente, tal como a él le gustaba. Sorbió. ¿Cómo se vería una piedra al centro de la bandera?, preguntó, sin ver a los ojos de ella. Miraba el cielo recortado de la ventana, el vapor del calor de las tres de la tarde; miraba cómo una mosca hacía equilibrio sobre el borde del vaso. Sí, dijo la mujer, se vería bien. Nuestro país está lleno de piedras. La mosca cayó sobre la espuma. La mujer tomó la servilleta, con cuadros rojos y blancos, y sacó la mosca con los dedos pulgar e índice. La tiró. El perro despertó, vio a la mosca y volvió a cerrar los ojos. ¿Cómo se vería una bandera circular?, preguntó Arcadio. Sí, dijo la mujer, una bandera circular está bien.
Arcadio retiró el plato vacío. Sólo había dejado el esqueleto de la mojarra. ¿De qué color sería el fondo de la bandera? Sí, dijo la mujer, ¡color caca, está bien! Arcadio se sorprendió porque no había hablado. Pero -pensó- la idea no es mala. ¡La bandera ya estaba lista! Ahora sólo faltaba buscarle un nombre a su patria.