jueves, 17 de diciembre de 2015

FERNANDO Y LA GUERRA




Si tuviese que enviar un mensaje a Fernando Avendaño sería éste:
“Querido Fernando, ya recibí tu disco. Lo recibí en tiempos de paz, y, si estoy metido en la guerra no es por tu disco, ni por vos, sino por el libro de la Svetlana que ahora leo. Vos sabés que soy snob y que, en cuanto conozco el nombre del ganador o ganadora del Nobel de Literatura, muevo cielo y mar para conseguir algo de su obra. Este año fue difícil porque, salvo un libro, la obra de la escritora bielorrusa no estaba traducida al español. Pero ya conseguí el libro que narra cómo miles y miles de mujeres soviéticas participaron en la segunda guerra mundial. Así que, Fernando, ahora que recibí tu libro lo sentí como un saludo de vida en medio de tanta muerte.”
Si tuviese que enviar otro mensaje a Fernando Avendaño sería éste:
“Querido Fernando, ya recibí tu disco. Emiliano, quien es compañero de trabajo, entró a la oficina y me dio el disco que vos y tu familia acaban de grabar. ¿Por qué Emiliano me lo entregó? Porque Emiliano vive al lado de tu ranchito e imagino que te lo topaste y le pediste favor que me lo entregara. Emiliano ya cumplió con el encargo y ahora te digo que ya escuché una de las canciones del disco, escuché “El diccionario”, canción que, en la década del setenta escuché en la cantina que se llamaba “La jungla”. Nunca supe por qué al dueño de esa cantina le gustaba tanto la música interpretada por Fernando Valadez, pero en cuanto el mesero nos servía la botella de litro que mi plebe y yo beberíamos en medio de risas y alguna anécdota triste, el dueño ponía el disco de Valadez y, sin nosotros saberlo, nos injertaba su nostalgia. Nostalgia que rebrotó ahora que escuché la versión que ustedes realizaron. Ahora que escuché tu disco pensé en que el nombre de la cantina no era el más conveniente, sin embargo así se llamaba: “La jungla”. En mi infancia (cuando vos llegabas a la casa para jugar juegos de guerra, en el sitio) la jungla era un espacio donde podía aparecer Tarzán, algún chango y uno que otro león. ¿Por qué el dueño de la cantina lo bautizó con tal nombre? Debió ser el mismo impulso que tuvo el dueño de una cantina que ahora existe en Comitán y que se llama “La granja”. ¿Por qué las cantinas tienen nombres de lugares donde los animales son la esencia? Debe ser porque después de terminar la botella salíamos como cuches, butules de bolos”.
Digo que si tuviese que enviar un mensaje a Fernando Avendaño sería éste:
“Querido Fernando, ya recibí tu disco. No sé cuántos discos he comprado en mi vida, pero han sido pocos, muy pocos. Soy comprador de libros. Libros sí he comprado cientos y cientos. Ahora que recibí tu disco leo un libro de la Premio Nobel de Literatura: Svetlana Alexiévich. El libro narra la participación de miles de mujeres soviéticas que participaron en la segunda guerra mundial. Son testimonios brutales de esas experiencias. El libro es conmovedor, hay páginas que, como si fuesen vendedoras de flores, extienden ramos llenos de un dolor rojo y amargo. ¿Por qué existe la guerra, Fernando? Tu disco vino a dar un poco de ungüento a mi corazón, porque ya escuché la canción “El diccionario”, canción que inicia con el siguiente verso: “Yo voy a hacer un diccionario, un diccionario del amor…”. Estas palabras sólo pueden decirse en tiempos donde la guerra está ausente, porque en tiempos de guerra todo mundo hace diccionarios donde las palabras: sangre, dolor y muerte son las únicas que llenan las páginas. Hay libros que están llenos de polvo y de humo. Imagino que hay discos también que contienen ese polvo que envejece objetos y miradas. Tu disco, querido Fer, llegó en el instante en que tenía la palabra dolor injertada en la mente; tu disco injertó la palabra nostalgia y vos y yo estaremos de acuerdo en que la nostalgia es preferible al dolor, porque la nostalgia puede convertirse en una hoja seca que sirva de abono para un renuevo”.
Digo que si tuviese que enviar un mensaje a Fernando Avendaño sería éste:
“Querido Fer, recibí tu disco. Te felicito. Admiro esa capacidad para unir a tu familia en torno a ese arte maravilloso. Has formado un árbol lleno de vida con tu esposa, tus hijos y nietos. Sos un tronco hermoso. Imagino que ahora celebrás la aparición de este disco, que, sin duda, anhelaste mucho tiempo; imagino que lo celebrás en tu ranchito y que lo hacés cantando, silbando, bailando y tomando algunas cervezas y dos o tres vasos de güisqui. No lo imagino de forma diferente. Sos un bohemio y la bohemia exige que la vida resbale como si fuese un niño en tobogán. Te cuento que cuando recibí tu disco estaba leyendo el libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, de la escritora Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015. Pensé entonces que tu disco sí tiene rostro de mujer, un rostro como de aire enredado en esa utopía que se llama paz. ¿Cómo se llama tu ranchito? Ojalá no se llame “La selva” o “El desierto”, ojalá tenga un nombre más cercano al corazón del hombre, un nombre que me permita, ahora que llegue y brinde con vos por tu disco, conservar en mi espíritu aquel hilo de oro que siempre apareció cuando vos, en los años sesenta, llegabas a casa a jugar juegos de selva y de jungla”.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON PREGÓN INCLUIDO




Mariana vio el letrero. Caminábamos por una calle rumbo a la plaza central del pueblo. Mariana dijo que esa era la máxima prueba de oratoria. ¿Por qué?, pregunté. ¿No mirás?, dijo.
En la primera línea, a pesar de la carencia de signos de interrogación, se entiende que es pregunta: ¿Quiere pan? Mariana dijo que si la respuesta es negativa, el caminante sigue su camino muy tranquilo y llega a su casa, en donde se quita los zapatos, toma el periódico, se sienta en un sillón, lee y espera que su esposa lo llame para la cena. Pero, ¿qué sucede en caso de respuesta positiva? ¿Quiere pan? ¡Sí, sí, quiero! Ah, bueno, muy sencillo lo que usted debe hacer es ir al comedor (que está a dos casas del portón negro, y hablar, hablar. ¿Sólo eso? Sí, sólo eso, sólo hablar. Ah, pero eso sí, usted debe hablar de 8 de la mañana 5 de la tarde, de lunes a viernes. ¿Cómo? No, usted no podrá comer sino hasta que haya cumplido la condición; es decir, a las cinco de la tarde con un minuto del viernes, podrá entonces cumplir su deseo de pan.
La pregunta entonces fue: ¿Qué sucede en los tiempos muertos?; es decir, ¿qué sucede de las cinco de la tarde a las ocho de la mañana del día siguiente en que el “quierepan” deberá volver para continuar con su misión? Mariana dice que ese tiempo no lo debe destinar a lo que sí lo destina el hombre que respondió de manera negativa. El hombre que no quiso pan y llegó a su casa tranquilamente, después de cenar unas quesadillas con salsa verde en molcajete y tomar su café con panela, regresa a la sala, prende el televisor y espera el noticiario de las diez. Al término del noticiario da las buenas noches, entra al baño, cepilla sus dientes y entra al cuarto, donde se pone el pijama, y se dispone a dormir. El hombre que respondió de manera positiva, a las cinco de la tarde, en cuanto cumplió con la meta del día, va a su casa y, como si estuviese en un concurso de oratoria, debe estudiar los temas que disertará al día siguiente, en el comedor. ¿Es preciso señalar que el famoso comedor es un comedor público y la gente acude, no tanto a desayunar, sino a esperar la presencia de aquéllos que dijeron sí a la pregunta?
¿De qué hablan los que hablan en el comedor? Hablan de todo. Se cuenta que en una ocasión alguien, agotados los temas nacionales de las reformas, del petróleo, de la libertad de expresión, de la importancia de los medios de comunicación y de los valores familiares, se atrevió a comentar algunos detalles y sucesos de la vida del pueblo. Las personas que estaban en las mesas disfrutaron los chismes aderezados con la gracia y simpatía del hablador, pero hubo un instante en que se hizo un silencio como de piedra, porque el hablador no se dio cuenta que en la mesa de la esquina estaba don Pancracio, que era el papá de la muchacha de la cual el hablante hablaba. Don Pancracio se puso rojo del coraje al escuchar que el susodicho mencionaba que Mariqueta había estado tomando de más en la boda de Enrique y Dorotea y que en el momento en que el cantante del grupo musical dijo que había que hacer una rueda y que todos para arriba y luego todos para abajo, a la hora que la Mariqueta, después de haber ido hacia arriba, con los brazos levantados, y luego flexionar las piernas para ir hacia abajo, se le escapó un pedo, un pedo sonoro que compitió con el tarolazo que imprimió el baterista. El hablante esperó la carcajada común que se había dado cada vez que terminaba una anécdota simpática de hechos locales, pero todo mundo guardó silencio y volvió la mirada hacia la mesa en donde estaba don Pancracio. Tal vez a don Pancracio no le hubiese molestado tanto la anécdota si la gente hubiese sido más discreta y no lo hubiese volteado a ver. Cuando don Pancracio sintió todas las miradas sobre él pensó que debía reaccionar, pensó que todo mundo esperaba que hiciera algo, ¿cómo era posible que se quedase tan tranquilo cuando el hablante había dejado en mal a su hija única? ¿Él, que era uno de los hombres más severos de la región? Lo bueno fue que el hablante se dio cuenta de su dislate y corrió hacia donde estaba don Pancracio, se aventó y le besó las botas, una y otra vez. Cada que despegaba los labios de las botas de piel de cocodrilo, decía: “No vaya a pensar que fue su Mariqueta. No, don Pan, no. Estoy hablando de la Mariqueta de otro pueblo, de alguien de Motozintla”. Don Pancracio, molesto, puso sus manos sobre el descansabrazos de la silla para levantarse, tal vez para darle de golpes al hablador, pero a la hora que hizo el intento de ponerse en pie ¡un sonoro pedo se le escapó! Se hizo un gran silencio, pero fue cortado por la risa de guajolote de don Pancracio. “Igual que la Mariqueta”, dijo. Esto cortó la cortina de hielo y todo mundo rio. Así fue como se salvó el hablante. Desde entonces, todos los “quierepan” hablan de la segunda guerra mundial, de la reforma educativa, de los plantones y de marchas, de la contaminación ambiental y demás temas que nada tienen que ver con los habitantes del pueblo. “¿Quiere pan? ¡Hable en el comedor!”.

lunes, 14 de diciembre de 2015

COMO PALETA




“Mirá, mami -dijo Monse-, la señora le saca punta al lápiz con un cuchillo”. Luego, mi sobrina me vio y dijo: ”¿Verdad que no debe hacerlo con un cuchillo?”. Antes que yo dijera algo, Romina le dijo a su hija: “Está afilando un palo para elote”. Ya después no sé qué dijeron, porque me paré y fui hasta donde estaba la señora, debajo de un toldo, adentro de un puesto en la feria de Guadalupe. ¿Afilando un palo? Eso había dicho Romina. Afilar: Hacer punta en una cosa. ¿Para qué la punta? Buenos días, le dije a la señora. Ella, sin dejar de hacer lo que hacía, dijo buenos. ¿Para qué lo afila? (uf, estaba en un tono de entrevistador que yo mismo me caía mal, pero ya lo he dicho, me cuesta mucho trabajo relacionarme con las personas). Ahora ella sí me vio, dijo que era para ensartar en los elotes, tomó uno y me enseñó cómo ensartaba la punta. Ella ensarta el palo en la base de la mazorca. “Quiere fuerza”, dijo y somató la mazorca contra el palo y éste contra la mesa. “Llevo más de treinta y cinco años vendiendo elotes hervidos”, dijo, sonrió, tomó otro palo y se puso a hacerle punta. Afilar: hacer punta en una cosa. Entendí (perdón, nunca había visto el proceso de cerca) algo que todo mundo entiende: el palo no podría entrar en la base de la mazorca si no tuviese filo. Por eso la mujer destinaba bastantes minutos en preparar los palos con punta, para que, a la hora que el comprador llegue, ella pueda ensartar (con cierta dificultad, porque “quiere fuerza”) el palo en la base de la mazorca. Antes, los vendedores de elotes hervidos no le ponían el palo. Ahora he visto a vendedores de mangos pelados que hacen lo mismo: ensartarle un palo para que el comprador pueda tomarlo con la mano y comer el mango o el elote. Siempre, el palo debe tener punta para que entre en el fruto. Monse no estaba equivocada, mi abuelo Enrique, tajaba el lápiz con un cuchillo para hacerle punta. Claro, Monse también tiene razón cuando dice que eso es peligroso. Monse, en su escuela, usa un sacapuntas de plástico para hacer la punta a sus lápices de colores. La señora me vio y dijo: “Se debe de tantear bien, porque si se pasa, la punta se quiebra” y agregó lo que ya me había dicho: que tiene más de treinta años en el oficio; es decir, difícilmente ella se pasa, ya lo tiene bien medido.
A veces voy a Yashá y compro un elote hervido, en el puesto que está junto a la carretera que va a Altamirano. A veces me estaciono en la orilla y, en medio de una llovizna con cara de ardilla detrás de los árboles, como el elote. Ahí no le ensartan un palo. La mujer que los vende, saca los elotes de la cuba donde hierven y, con sus manos toscas cubiertas con una bolsa de plástico, parte el elote en cuatro partes, le echa un poco de limón, un puñito de sal y, con una cuchara de madera, un poco de polvo juan. Luego, con ambas manos, frota los trozos contra la bolsa, para que el chile penetre en medio de todos los granos. En el principio de los siglos, así debieron comer los elotes los moradores de estas tierras, sin palito, con la punta afilada.
Busqué a Monse y la vi comiendo un elote. Con la mano derecha sostenía el palito y se auxiliaba con la izquierda para que no se le cayera. Había pedido el elote con mayonesa, queso y salsa picante. Había despreciado el polvo juan que la señora había ofrecido. Monse me preguntó si podía conservar el palito, después que terminara el elote. Su mamá no dejó que yo respondiera, de inmediato dijo que ¡no!, que el palo afilado era peligroso. Por mi mente pasaron imágenes dantescas. Esa tarde, en el barrio de Guadalupe todo era armonioso, y sin embargo, ahí estaban las imágenes de mujeres que afilaban algo que no era un palo ¡con un cuchillo!; imágenes de mujeres que, con fuerza, metían palos afilados sobre algo que no era precisamente la base de una mazorca. En cuanto la mamá dijo que no, Monse bajó el elote y dijo que ya no quería, abrió la mano y la mazorca cayó a mitad de la calle, ahí por donde decenas de antorchistas caminaban con rumbo al templo; caminaban al lado del puesto de la señora, quien, desde hace más de treinta años, vende elotes hervidos. ¿Desde cuándo saca punta a los palos que ensarta en las bases de las mazorcas? Olvidé preguntarle su nombre. Acá sólo quedó consignado su oficio y el tiempo que lleva ejerciéndolo. ¡Qué pena!
Yo como elote hervido, sólo con limón, un poco de sal y un tanto de polvo juan. Por eso, a veces voy a Yashá, porque ahí el elote está recién cortado, tierno, suave. Además, hay un mundo de diferencia entre comer el elote viendo las casas, los autos y la gente, a comerlo en medio de montañas, árboles, ovejas y alambrados donde se paran los pájaros. Hay un mundo de diferencia entre ensartar un palo en la base de la mazorca que cortarla con las manos en cuatro pedazos. Los movimientos son otros. Envían señales diferentes al universo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

MAÑANITA GUADALUPANA



Lo decidí, en la mañana. A las ocho con treinta y dos minutos, del día sábado 12 de diciembre, decidí ir al parque central para leer. A veces me gusta leer sentado en una banca, al resguardo de una sombra de árbol. De vez en vez levanto la vista del libro y veo a las muchachas bonitas. Recordé cómo Quique preparaba la ida a su rancho. Yo no viajo mucho, a lo más que llego es al parque central de mi pueblo. El parque está a seis cuadras de mi casa. Por eso, no debo hacer muchos preparativos, como sí los hacía Quique. Quique elegía una lámpara de cazador; una escopeta; cobijas; tortas de pierna, compradas en la Lonchería Yuly y empacadas en papel estraza; un par de botas, también de cazador; y una caja con cartuchos para escopeta. Si uno no se alarma ante el peligro de tales cartuchos puede decir que son simpáticos. Los recuerdo de dos colores: amarillos y rojos, colocados sobre la mesa eran como torres con las que podía jugarse a formar ciudades del futuro (muchos años después, en la Ciudad de México, Jorge Ismael, un compañero universitario, me enseñaría un cartucho transparente que permitía ver los perdigones de su interior. Éstos eran aún más divertidos. Pero, se sabe, los cartuchos no son divertidos, al contrario).
El preparativo de mi viaje, la mañana del sábado, fue menos emocionante, pero más sencillo: me puse una chamarra y tomé un libro (el viernes compré en la Librería Lalilu “La vida privada de los árboles”, del escritor chileno Alejandro Zambra). Dije: “Ahora vuelvo” y salí a la calle. Calle llena de basura (los desechos de los antorchistas); calle llena de camiones, igual de sucios (camiones con las plataformas llenas de colchas y ropa y de dos o tres que no podían definirse como bellas durmientes, porque tenían las monteras propias de medusas trasnochadas). Torcí a la derecha y ahí me topé con decenas de grupos de personas con los rostros ahumados y cantando, de manera desafinada: “María, María, María, / María, la madre de Dios…” Una muchacha, también con el rostro ahumado, me puso la antorcha, casi casi como si yo fuese San Juan Diego. Sentí el calor, no de la muchacha, sino de la antorcha. Debí moverme hacia atrás, pero ahí sentí un calor similar, no en mis mejillas sino en mis cachetes posteriores, vi y vi que era un anafre donde una mujer tenía elotes asados. La mujer no advirtió mi temor, sino que vio en mí a un potencial comprador y me ofreció un elote: “Están bien tiernitos, patrón”. Seguí caminando, casi como si estuviese en medio de jugadores de un equipo contrincante, ellos, con teas, insistían en repegarse a mí para, una: mancharme la ropa con el hollín de las suyas; o dos: quemarme las pestañas (tan escasas) con sus antorchas. Entendí que era un jugador solitario, porque todos, todos, entiéndase bien, pertenecían al mismo equipo, así me lo señalaba el uniforme todo sucio, pero con la imagen de la guadalupana al frente. Invoqué a la virgen y la escuché decir: “Hijo mío, el más pequeño. Nada te asuste, nada te altere…”, así que, como si fuese un jugador de fútbol americano, logré llegar a la yarda final, ahí donde me encontré lejos de las avalanchas humanas, pero me topé con ríos de orines. Como si fuese un matemático experto hice una ecuación mínima: cientos y cientos de antorchistas exigen “desvaciar” sus vejigas (para no quedar como un mentiroso, un niño, parado sobre la banqueta, al lado de un puesto de churros, con el pantalón a la mitad de sus muslos, se agarraba su pene, con ambas manos, y orinaba, casi casi con la misma tranquilidad como si estuviese en el baño de su casa o en un descampado). Al término de la bajada me topé con un camión enorme (proveniente de Oaxaca) que intentaba dar vuelta, mas lo estrecho de las calles lo metió en un embudo, su chofer tardó más de diez minutos en librar el obstáculo, se hacía para adelante diez centímetros y luego recorría la misma distancia pero en sentido inverso. El chofer sudaba, se llevaba la mano derecha a la frente y se secaba y luego continuaba con la operación de dar vuelta al volante, una y mil veces. ¿Por qué me quedé viendo eso? Porque no podía aventurarme a ir más allá. El camión (ya lo dije) con su trompa, casi besaba la casa de la esquina y hacía lo mismo con la parte trasera. Pasar por ahí significaba correr a toda velocidad para salvar el escollo y mis cincuenta y nueve años de edad y mi falta de pericia, así como la poca condición física que poseo, auguraba un fracaso total y quedar como pavo prensado, antes de nochebuena. Por fin, después de cien intentos, el chofer logró dar la vuelta. Hubo un espectador que aplaudió con emoción, casi casi como si presenciara un juego de fútbol y un jugador de Los Pumas hubiese anotado un gol. Yo, mientras cruzaba la calle, pensé en el problema que, en otra esquina, le esperaba al pobre chofer, a quien, los elementos de Vialidad, debieron haber prohibido entrar a las calles estrechas del centro. Lejos de los ríos de orines y de camiones atorados, me enfrenté a la subida. La pausa obligada permitió que tomara resuello suficiente y logré llegar hasta la cima. Ya en planito vislumbré el parque central que imaginé tranquilo, en oposición al parque de Guadalupe que estaba lleno de humo, de cohetes, de rodillas y manos sangrantes, de olores de aceites quemados y de más de diez bocinas que difundían una mezcla de música que iba desde villancicos navideños hasta la canción del taxi, pasando por un repetitivo sonsonete de Julión.
Respiré tranquilo. No lo hubiera hecho. Segundos después, conforme me acerqué al parque, escuché que la mezcla de sonidos era semejante. Acá no celebraban a la Guadalupana, acá simplemente trataban de atraer a los clientes con aguinaldo para que compraran ropa: en cada local comercial había un par de bocinas, acompañadas por dos o tres edecanes (estaban tan escuálidas que pensé eran antorchistas extraviadas). Los cantos y oraciones a la virgen habían sido trastocados en pregones similares al “Llévelo, llévelo”, “No se lleve una, no se lleve dos, a ver, dale otro, para que se lleve tres”.
Vi un taxi libre, le hice la parada y le pedí que me llevara a casa. Metí la llave, abrí, cerré la puerta y, una vez adentro, llevé el libro a mi pecho. Me hice la promesa de no volver a salir tan lejos. Para la próxima caminaré hasta la esquina y volveré.
Entendí por qué Quique se preparaba con tantos pertrechos para el viaje. Uno nunca sabe qué puede hallar en la selva.
Me senté en el único sillón que tenemos en la sala, abrí el libro y leí. No pude evitar comparar esta novelilla con la que leí el jueves, del mismo autor: Alejandro Zambra. Concluí que “Bonsái” sí es una buena propuesta. Ésta es flojona. Tal vez, Alejandro la escribió una tarde en que había mucha bulla y cohetería en su calle.

sábado, 12 de diciembre de 2015

CASA DE MUÑECOS




¿Han visto las casas de muñecas que no tienen las paredes del frente? Uno, en la juguetería, se para frente a la casa de juguete y observa la sala, la cocina, el baño, las recámaras, la sala de televisión y un cuarto de planchar, porque las paredes del frente no existen, precisamente para que pueda verse el interior de la casa. Bueno, pues el tío Eusebio mandó a construir una casa así. Nadie pudo explicar las motivaciones. ¿Recordaba la casa de muñecas de alguna prima, en su infancia? La mandó a construir a tres cuadras del centro, en la calle tercera, rumbo a Guadalupe, una de las calles más transitadas del pueblo. Un día, decenas de albañiles comenzaron a trabajar en el terreno, que estuvo olvidado por años. La gente pasaba, se detenía y alguna persona hacía el comentario: “Mirá, don Eusebio está construyendo una gran casa. ¿Habrá ganado la lotería?”. No, no había ganado la lotería, era el ahorro de muchos años de trabajo. Después de tres meses, la construcción ya estaba casi terminada. Faltaban, únicamente las paredes de la fachada. No faltaron los observadores que comenzaron a preguntarse por qué habían dejado para el último levantar esas paredes. En los años sesenta fue famoso el método constructivo de cimbrar descimbrando, que fue descubrimiento de un famoso ingeniero mexicano. Tal vez, el método constructivo de don Eusebio era una innovación. Todo mundo estuvo pendiente del instante en que colocarían las paredes del frente. Pero tal supuesto no sucedió. Los detalles avanzaron, los albañiles colocaron los azulejos, baños, tinas y tazas del baño; los carpinteros colocaron los estantes de cedro, en donde, los alumnos de tío Eusebio, clasificaron los cientos de libros de su biblioteca; la tía Eugenia señaló con el brazo derecho el lugar donde los empleados de la mueblería debían colocar el sofá y los sillones del juego tapizado en piel. Así, en cada habitación, todo quedó ordenado. La tarde en que el maestro electricista terminó la instalación, los dos tíos salieron a la calle, la cruzaron y se pararon en la banqueta del frente y admiraron el destello de los candiles de la sala, las lámparas del baño y las luces íntimas de las recámaras. La gente que pasaba se detenía al lado de los propietarios y, de igual manera, admiraban la magnificencia del alumbrado. Era tal la brillantez, que iluminaba toda la calle. Los automovilistas se detenían y admiraban la construcción. Don Alfonso dijo que ya había entendido, los propietarios habían cumplido su gusto: ver el interior iluminado, terminado, como nadie jamás en el mundo había visto su residencia. Todos estuvieron de acuerdo y aplaudieron la osadía del tío. La pregunta, entonces, fue: ¿Cuándo comenzarían a levantar las paredes? El mundo de acá se conmocionó cuando al día siguiente, en el mercado, en las redes sociales, a la salida del templo, las personas comentaron que esa noche inicial, los propietarios habían dormido ya en su residencia, a la vista de todos. ¿Cómo? ¿Así, como si estuvieran al aire libre, a la vista de todos? Doña Cuca dijo que era una soberana estupidez haber construido una casa tan bonita y estar expuesto a los ventarrones de la Ciénega y a los piquetes de miles de zancudos. Doña Ausencia, con cara de iguana trasnochada y gritos de chachalaca desnuda, preguntó por qué no le pusieron cortinas o cristales, si tanta era su gana de andarse mostrando sin pudor. Porque, muchos peatones y automovilistas comentaron que habían visto al tío sentado en la taza, con un libro en la mano; o a la tía despojarse de su ropa, frente al espejo, sentarse en la cama y ponerse su bata de dormir; los habían visto cerrar la puerta de calle, cuando parecía innecesario porque no había paredes que impidieran la entrada de algún delincuente o depravado.
Algunos dicen que si no hubiese sido por la orden judicial, los propietarios hubiesen continuado viviendo adentro de esa locura, y quién sabe qué hubiese pasado en estos tiempos de tanta violencia y delincuencia. A los dos días de estar habitando su residencia, el tío recibió una orden urgente que les prohibía, terminantemente, habitar la casa hasta que no estuvieran levantadas las paredes “porque va en contra de los ordenamientos de la buena moral”; es decir, como todo mundo los veía a la hora que se bañaban o a la hora que hacían paradas técnicas para desahogar una necesidad fisiológica, la autoridad exigía levantar las paredes frontales.
Al tercer día, se vio a decenas de albañiles levantar los muros, colocar las ventanas y, como hace todo mundo, cerrar los ventanillos con cortinas que salvaguardan la intimidad de los propietarios.
Pero, en el imaginario colectivo, quedó el recuerdo de la osadía del tío Eusebio. Cuando los amigos e íntimos le preguntaban sobre esta experiencia decía la clásica respuesta de “¡Lo volvería a hacer!”, pero cuando alguien iba más allá y le preguntaba si lamentaba algo, él prendía un cigarro, miraba al cielo, soltaba la bocanada hacia arriba y le daba la razón a doña Cuca: “Lo jodido no era que me miraran meando, lo jodido fue en la noche, la picazón de tanto zancudo”.

viernes, 11 de diciembre de 2015

UN COMITÁN CAMBIANTE




¿Hemos cambiado los comitecos? Por supuesto que sí. Alfredo vino de vacaciones y me dijo eso: que los comitecos hemos cambiado. Le dije que hemos cambiado porque nuestras casas han cambiado. Se sabe que las personas somos las casas que habitamos. Fuimos las casas que eran: casas con patios llenos de luz, con corredores donde trepaban las enredaderas y los helechos se descolgaban; fuimos las casas que tenían sitios llenos de árboles; las casas donde los cuartos estaban interconectados, donde, para ir al baño, debíamos cruzar por la habitación de los papás. Hoy somos las casas que son: sin traspatio, con cocheras llenas de autos, con cuartos independientes, con carencia de aire.
Los comitecos hemos cambiado al ritmo que cambiaron nuestras casas. Y la confusión es tal que no sabemos si nuestras casas cambiaron porque las cambiamos o ellas fueron transformándose al grito de la modernidad.
Alfredo, sentado ante una mesa del Italian Coffee, dijo que le lastimó ver una barda con gusanos metálicos en lo alto, como si no fuese una casa sino un campo de concentración. Recordó un viaje que hizo a Europa cuando aún existía el Muro de Berlín. Dijo que jamás imaginó que un café comiteco tendría un nombre de franquicia. No, nunca lo imaginamos. Nosotros crecimos con nombres más cercanos: Café del tío Jul, Lonchería Yuly, cenaduría de tía Petra.
Cuando Alfredo mencionó lo de la barda hicimos un ligero recuento histórico. Hubo un tiempo (los jóvenes no lo creerán) en que las bardas eran apenas pequeños muretes de piedras encimadas. La gente que caminaba por la calle podía brincar y entrar al sitio de la casa. Por supuesto que en ese tiempo todo mundo respetaba. Bueno, algunos traviesos brincaban para “robar” jocote o duraznos. Eran muchachadas. Poco a poco las bardas divisorias comenzaron a crecer en altura, casi casi de manera simultánea a como fueron creciendo los temores. La ciudad comenzó a hacerse violenta y los propietarios de casas levantaron las bardas perimetrales, hasta llegar a lo que hoy son: muros que en la parte superior tienen gusanos con púas para disuadir la intención malsana de maleantes. Hay una gran distancia entre aquellos muretes graciosos que dejaban pasar libremente el aire y las miradas, a estas murallas que tienen sus antecedentes en los bunkers. ¿Hemos cambiado los comitecos? Por supuesto que sí. Nuestro carácter ha dejado de ser el patio lleno de luz con sitios arbolados; ahora, los comitecos somos desconfiados, nuestro espíritu (sin saberlo ni desearlo) está circundado por esos gusanos con puntas metálicas.
Durante mucho tiempo, los comitecos supimos que estábamos hechos a imagen y semejanza de nuestras casas. Cuando llegaba algún desconocido nos mostrábamos recelosos, éramos como el zaguán de bienvenida, en penumbra y con cierta humedad; pero, dos minutos después nos abríamos como los patios centrales, llenos de luz, y los ajenos sonreían y nosotros con ellos. Los desconocidos se volvían nuestros y, por eso, soñaban con no abandonar ya esta tierra que era pródiga en luz y en afecto.
Hemos cambiado. ¡Cómo no! El mundo ha cambiado con nosotros. Ahora volvemos la mirada y encontramos en la frontera Norte un gran muro divisorio que nos dice que los de afuera no son bienvenidos. Lo mismo hacemos ahora nosotros. Viene gente del sur y amurallamos nuestras casas, porque estos desconocidos también han cambiado y son muy diferentes a aquéllos que llegaban al Comitán de los muretes de piedra. Como nosotros hemos cambiado también han cambiado ellos. Ya nadie puede reconocerse. A veces, incluso, entre los mismos comitecos notamos que algo ya no encaja. Son otros tiempos. Y lo que falta por venir.
Antes encontrábamos zanates en los alerones de las casas, zanates hurgones; ahora, en los alerones, encontramos cámaras de vigilancia.
Cambiaron nuestras casas; es decir, nuestro espacio vital. Ahora, la tendencia es construir edificios verticales. Los sitios de antes ya se consideran un lujo. Muchos comitecos viven, actualmente, en departamentos minúsculos o en casas de interés social. Cualquiera entiende que estos cambios modelan nuestro espíritu. Los niños de ahora ya no juegan al aire libre, en medio de una arboleda; ahora lo hacen en un cuarto, frente a una pantalla. Estos cambios han hecho que ahora seamos otros. Es irremediable.
Las fachadas de antes tenían un remate superior casi artístico que nos daban una imagen de paz y de sosiego. Hoy, los remates de las fachadas nos recuerdan escenas de guerra. ¡Hemos cambiado!

miércoles, 9 de diciembre de 2015



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL DESCANSA BRAZOS DE UN BALCÓN

A Rosario Castellanos le gustaban los balcones. Los balcones fueron los primeros rebeldes de las ciudades. Los balcones, igual que los alerones de los techos y las caídas de agua, fueron elementos que negaron someterse al plano de las fachadas. Claro que los balcones son los más insurrectos, porque los alerones y los tubos donde cae el agua de los techos tienen la ventaja de estar en lo alto. ¿Quién se atreve a regañar a alguien que está acostumbrado a estar en las alturas? Pero los balcones, con toda la alevosía del mundo, proclamaron su libertad con los pies bien puestos en la tierra. Los señores de los años treinta caminaban con sus bastones de madera de cedro y se topaban con esos salientes que, osados, se atrevían a remarcar su individualidad sobresaliendo de la lisura de la fachada. Don Concho, ya en los años noventa, fumaba un puro en el corredor de su casa y comparaba a los balcones con los jóvenes de los años setenta, decía que un día Comitán se conmocionó porque pasó un grupo de hippies con los pantalones acampanados, las camisas floreadas y las cabelleras largas. Todas las mujeres se santiguaron al paso de esos desarrapados y les echaron agua bendita a su paso para quemar el demonio que llevaban en su espíritu. ¡Ah, esas mujeres nunca supieron que la semilla ya estaba sembrada! Los jóvenes comitecos ya habían pepenado esos modos rebeldes de ser y dejaron que su cabello creciera libre sobre sus cabezas. El agua bendita y la paciencia de las beatas se agotaron a la par que las cabelleras crecían más y más. ¿Qué hacer ante tal afrenta? ¡Nada! Ya nada podía hacerse. ¿Qué hacer ante los balcones de las casas comitecas que, años antes, se habían rebelado y, soberbias, eran una sobresalidas? ¡Nada! Las banquetas no lo sabían pero comenzaron a perder su capacidad de libre tránsito. Por eso, ahora nadie debe mostrarse sorprendido cuando la tendera saca los trastos que vende y los coloca a mitad de la banqueta. ¿Qué hace la mujer que vende elotes asados? No hace más que seguir el ejemplo del balcón y adueñarse de un mínimo pero enorme espacio. Los peatones deben bajar al arroyo con riesgo de ser atropellados. ¿Esto que acá se cuenta es una exageración? No. Cuando un propietario de casa con balcón abre éste y coloca sus codos en ese descansabrazos que sobresale de la fachada, el peatón se siente intimidado. Si el peatón es un tipo de esos con botas y hebilla enorme puede caminar sin hacerse a un lado, en intento de que el propietario recoja tantito los brazos; pero si el peatón es un hombre de esos que en los años setenta estuvieron de moda (los que obsequiaban una flor y estaban convencidos de que debían fomentar hacer el amor y no la guerra) lo más probable es que se haga a un lado para no interrumpir la parsimonia de quien hace uso del balcón. ¿Sabe el dueño del balcón que está apropiándose de un espacio que debiera corresponder a todos los peatones? El balcón jamás entendió que la banqueta es el espacio público por excelencia y que pertenece a todos los andantes. El balcón, como si fuese la boca de un monstruo, prolongó las ramas del bosque encantado y canceló la posibilidad del libre tránsito.
Tal vez a Rosario le gustaban los balcones por esa virtud de desobediencia; tal vez de ahí aprendió que había “otro modo de ser”. Los balcones se hacen notar a fuerza de interrumpir el paso de los peatones. Las puertas de las casas nunca sobresalen del plano; algunas, por el contrario, están remetidas; pero, los balcones siempre (es parte de su personalidad) están, como mujeres que piden autostop, mostrando sus piernas para que la gente detenga su camino.

lunes, 7 de diciembre de 2015

PARA CUANDO LA VIDA ASOMA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como manuales de redacción y mujeres que son como libros de poesía.
La mujer libro de poesía no es común. Se le encuentra en pasillos húmedos con luz tímida. Los hombres apasionados son felices cuando encuentran a una mujer poesía (aunque no sepan leer). Se entiende cuál es el prodigio de este tipo de mujer: es necesario abrirla para hallar la luz que la nimba. A los hombres les ilusiona la idea de acostarse con una mujer que, como pájaro o como nube, siempre está en el vuelo. Claro, la mujer libro de poesía no es accesible a cualquiera, pero el cualquiera siempre se atreve, porque el mundo le obsequió la idea tonta de que “verbo mata carita” (ya quiero ver a una mujer decidir entre Brad Pitt y el más famoso orador de la Sierra Madre). Pobres los “verbosos”, no saben que la mujer poesía no admite cualquier verbo, abomina la rima fácil o el verso común. La mujer libro de poesía está acostumbrada a ser iluminada por los más altos espíritus; por eso es que ella misma es como una lámpara de mil bujías, de esas que no deslumbran, de esas que se acompañan con la luz de quinqué del corazón.
La mujer libro de poesía es como un camino de difícil acceso, como si fuese un sendero, en medio de la montaña, lleno de hojas secas y árboles con racimos de pájaros. Ella (por más posmoderna que sea) no puede ser una supercarretera ni puede tener dobles pisos. Ella pepena todo lo que la mano alcanza. La vida enseña que debe uno coger lo que está a la vuelta de la esquina: el árbol, el laúd, la rama, el ave, la teja y el aire que juega en el pasillo húmedo donde ella tiene su espacio vital.
Duerme en espacios con luz tenue, porque es como uno de esos capullos que luego revientan para ir a la luz. Porque la mujer libro de poesía se siente bien a la hora que los hombres y mujeres ¡viven! A la hora que suben al autobús, en el instante en que piden una cerveza en medio de la multitud que acude a un partido de fútbol. Ella es feliz a la hora que se sienta en una butaca del Palacio de Bellas Artes y presencia el ballet o la ópera o un recital de piano. Ella se mueve como palabra en diccionario cuando acude a la plaza que celebra la feria de la Virgen de la Soledad (le encantan esos juegos contradictorios donde la festejada es la Soledad y acuden miles y miles de peregrinos).
¿Cómo la mujer libro de poesía encuentra, en momento sublime, su vocación? ¿En qué instante deja de ser la flor común y se convierte en la cinta de oro que borda las palabras? ¿En qué momento deja de ser la aguja y se convierte en el hueco donde se ensarta el hilo? Porque a la mujer libro de poesía no le interesa el bordado ni la manta, la mujer poesía siempre está en pos del vacío, de ese espacio donde, como antes del Origen, todo está por hacerse, por llenarse. La poesía, lo sabe cualquier lego, está llena del aire y de la luz que forman el hueco.
No es frecuente hallarla. En el universo hay trillones de estrellas, pero sólo una Andrómeda. A la hora que el hombre toma un puño de sal y hace el movimiento para salar la carne recuerda que el mar tiene millones de toneladas de agua y de sal, pero para que el mundo sea la sal y el agua deben estar separadas. Así funciona el corazón de la mujer libro de poesía: están juntas las palabras y el concepto, pero sólo cuando la palabra rueda sin ataduras conceptuales es cuando ¡la vida asoma!
Mañana dividiré el mundo en dos. Lo dividiré en: mujeres que son como manecilla de reloj y mujeres que son como el viento que juega tobogán.

domingo, 6 de diciembre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁN ROCÍO Y ÓSCAR




Si Óscar está junto a Rocío ¡Óscar es una flor! Si Rocío está junto a Óscar ¡Rocío es una palabra! Rocío puede ser todas las palabras, las más sublimes y las más desgraciadas. Óscar puede ser todas las lluvias, todas las aguas, las más puras y las más miserables. ¿Hay palabras desgraciadas? ¿Palabras sin gracia? ¿Hay aguas miserables? El agua debería llover para bendecir la tierra, pero no siempre es así. De igual manera, la palabra debería servir para bendecir el corazón del hombre, pero no siempre es así.
Óscar burila sobre la piedra, busca el corazón, ahí donde, se supone, está el espíritu del hombre. En el trayecto, como si fuese uno de esos hombres que se internan en las cuevas de Ocosingo, encuentra el ámbar de la palabra. Pero el poeta no quiere el artificio; el poeta va en pos de la niebla; aspira a hallar la oscuridad para refregárnosla a mitad del pecho.
Rocío es el río por donde las palabras son barcas, donde son peces, gaviotas.
Cualquiera podrá decir que el resplandor proviene del reflejo del cristal de la puerta. La física determina que eso es lo que sucede, pero nosotros, en lo íntimo, advertimos que esa cinta de luz es como el aura que rodea a Óscar y a Rocío. ¿De dónde proviene ese resplandor? Es una pregunta ociosa. ¿Quién anda, como merolico en la plaza, preguntando por qué el santo y la virgen; es decir, el hombre bueno y la mujer buena, están ceñidos por una corona de luz? La luz, se sabe, proviene del exterior, pero, fundamentalmente, proviene del interior del ser humano. Hay mujeres (Rocío lo sabe, Óscar puede afirmarlo) que, con su sola presencia, iluminan las manos ciegas de los hombres.
Acá, Rocío y Óscar coincidieron en una lectura en voz alta; es decir, la flor y el agua reciben la bendición de la palabra; por ello, ambos ven al frente, escuchan. En sus miradas se aprecia el aleteo de la palabra que, antes que en sus oídos y en sus corazones, bate sus alas frente a sus ojos, porque (se sabe) la palabra vuela y, cuando es sublime, alcanza la excelsitud.
¿Qué busca la flor que se llama Óscar? Ya se dijo: busca refregarnos en la conciencia la dureza del cáliz. ¿Qué busca el agua que se llama Rocío? Llover sobre los desiertos donde la espina del cactus pretende ser la cinta de luz que constriña la parte alta del hombre.
Rocío y Óscar coincidieron. De la misma manera que yo he coincidido con ellos. La cuerda de coincidencia, siempre, ha sido la palabra. Cuando ellos hablan yo escucho. Rocío ha sido el río donde los peces mojan sus deseos de ser pescados; Óscar ha sido la piedra que triza el muro de la desobediencia. Ambos, el deseo y la desobediencia, son esencia donde la palabra coloca el pie para dar el siguiente paso.
En este acto ¡la palabra vuela! Óscar y Rocío son pescadores. Se advierte en sus miradas la plenitud de sus redes. Siglos de tradición los empuja a acercarse a la orilla del mar, del río, del viento. Las palabras aletean, indecisas, confirmadas.
La coincidencia, ya se dijo, es de la misma naturaleza con que los simples gránulos del Big y del Bang unieron sus voluntades. Acá, en esta minúscula ventana, está la síntesis del universo, donde una flor, llamada Óscar, y un viento líquido, llamado Rocío, unen sus miradas en un solo centro, ahí en donde la palabra es brasa y el verbo es la extensión del alma que les da un abrazo, acaso el mismo que yo, por una hendija del muro, envío a ambos: una columna vertebral de río y un pétalo de aire.

sábado, 5 de diciembre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE “LA VIDA ES ASÍ”




Querida Mariana: En los últimos días he escuchado la frase: “La vida es así”. Recientemente falleció Mauricio. Cuando lamenté la muerte del talentoso joven y dije que la vida era ingrata, un amigo me dijo: “La vida es así”.
La tía Eusebia decía que la vida era como un grano de sal, había que tomarla grano por grano para que supiera bien, tomarla a puños podía hacer que vomitáramos.
“La vida es así”. Esta sentencia indica que no hay manera de desviar el destino. Entiendo que hay caminos que no pueden modificarse, porque están trazados por fuerzas superiores. El día que tiembla y las casas se caen y la gente muere ¡es imposible modificar destinos! Sé de casos donde alguien está en la playa y, de pronto, cae un rayo sobre él y lo mata. ¿Qué hacer ante esto? Cuando acontece un suceso semejante es cuando aparece la sentencia: “La vida es así”; es decir, no puede hacerse algo para evitarlo.
Pero, ¿de veras la vida es así? Cuando fui niño ¡la vida no era así! Ahora que estoy viejo sé que “la vida siempre ha sido así”, pero en ese tiempo (no sé por qué), la vida tenía un rostro más amable. Sin duda que cuando fui niño hubo muertes lamentables, muertes de niños y jóvenes que, según la lógica, no debieron fallecer, pero yo nunca me enteré, porque la vida no era así. La vida, en esos años luminosos, era como una cinta de luz; una cinta de luz que todo mundo llevaba atada en la frente. La vida era algo cercano, tibio. La vida era como el agua del lago que, en la orilla, besaba amorosamente mis pies. No recuerdo algún suceso dramático, salvo el de la muerte de mi pato, que ya te he contado hasta la saciedad. Mi mamá (de manera inconsciente, no puedo verlo de otra manera) ordenó a Sara (la sirvienta) que matara un pato para que fuera el platillo principal de la comida y Sara (de manera inconsciente, no puedo verlo de otra manera) alargó la mano y tomó del pescuezo a mi pato, a mi querida mascota. Fuera de ese suceso gastronómico lamentable, en casa nada malo pasó. Se murió mi padrino, pero yo no me enteré, porque mi vida estaba instalada en una burbuja apacible. En el traspatio de la casa mi abuela María (mi abuela paterna) había sembrado un árbol en el centro de un pozo que mi papá clausuró con tierra para evitar que su hijo amado cayera y se ahogara. Ahí, mi abuela sembró un árbol que creció junto a mí (un poco al estilo de aquel mítico árbol de la canción de Alberto Cortez). Cuando jugaba bajo la sombra de ese árbol yo elevaba la mirada y veía muchos pajaritos brincando de un lado a otro, piando. Creía, en ese tiempo, que los pajaritos platicaban, ¡ah!, qué argüenderos. Los pajaritos reían. Nunca, ¡lo juro!, vi que uno de ellos llorara. Ya lo dije, todo era tan plácido, tan elemental. Si algún adulto hubiese aparecido en ese instante y, señalando el jolgorio de pájaros, dijera: “La vida es así”, yo habría asentido y, con una sonrisa, hubiese saltado, como si brincara la cuerda. Porque, ahora pienso, la vida debería ser eso, esa rueda de caballitos que era entonces. No sé, querida Mariana, en qué instante, la vida se volvió esto que es ahora y que es como una rueda de fortuna que lleva la miseria hasta la cima. Era bonito pensar que la vida era una rueda de caballitos, donde todo mundo se veía sin el vértigo de la altura, sólo con el cosquilleo de las vueltas. Hay una gran diferencia entre el vacío y el mareo. El mareo, montado sobre un caballito, era un disfrute.
Mi casa era la palma de la mano de Dios, mano que tenía la forma de un nido, donde yo podía, como si fuese un chinchibul, acostarme y sentirme protegido. La vida era un rayo de sol, continuo, casi eterno. El tiempo no tenía prisa, todo era tan de vuelo de mariposa. Si llovía fuerte, mi mamá me decía que fuéramos a la sala, cerraba la puerta, prendía la lámpara, tomaba un libro con ilustraciones y leía un cuento. Yo, cubierto con una cobija, tomaba el chocolate caliente que Sara había preparado y oía el cuento que mi mamá leía. La vida, a pesar del golpeteo constante de las gotas sobre el piso de afuera y sobre las tejas, no modificaba su cara iluminada. Cuando terminaba la lluvia, en ocasiones mi mamá me llamaba y yo iba al patio: ¡ah, el deslumbre del arco iris aparecía frente a mis ojos! Eso era la vida, un continuo sin alteraciones.
Si la vida se alteraba es porque mi papá había decidido, siempre generoso, abrir de más su cartera. Me llamaba y me entregaba un paquete de cinco revistas de monitos, o un cohete con fulminantes, o un muñeco de cuerda (recuerdo con especial emoción el conejito que tocaba su tambor). Años después, muchos años después, cuando vi la portada de “El tambor de hojalata”, la espléndida novela de Günter Grass, me emocioné al recordar aquel muñequito.
La vida estaba llena de personajes comitecos afectuosos, todos los adultos que llegaban a la casa me revolvían el cabello, en un acto cariñoso; algunos tíos procedentes de otra ciudad me entregaban obsequios; mi tío Manuel siempre me daba un billete de cien (¡Dios mío!, cien pesos era como una montaña de dinero). Ellos, los adultos, se sentaban ante la mesa del comedor y Sara les servía botanas y una botella de licor. Ellos bebían, se carcajeaban. ¿Qué podía pensar de la vida? ¡Eso! Que la vida era como un arco iris infinito. En ocasiones íbamos de día de campo y todo era una extensión armoniosa de la casa. Escribo del tiempo anterior al tiempo de ir a grados superiores de la escuela; escribo del tiempo en que no tenía deberes; del tiempo en que todo era un juego.
Pero mi vida no sólo estuvo rodeada de personajes comitecos, también estuvo cobijada por personajes famosos: artistas de cine. Mi mamá me subía a su cama y me ponía un saco de lana. Yo sabía que ese ritual era el previo para ir al cine. ¡Ah, qué emoción ir al cine! Mi papá me cargaba, atravesábamos el parque central y entrábamos al cine. El cine, también era la extensión de la casa, porque yo me emocionaba al ver que el sheriff, sobre un caballo con manchas blancas, perseguía al galope al individuo que había robado el banco. El sheriff, en la mano izquierda llevaba la rienda, y en la derecha la pistola con la que disparaba hasta que el delincuente era alcanzado por una bala y se rendía ante un costado de su caballo. En la caída, el delincuente quedaba sostenido del pie derecho y el caballo no detenía su carrera. El cuerpo del delincuente iba dando tumbos sobre el terreno quebradizo hasta que el caballo, exhausto, detenía su marcha. El sheriff desmontaba, caminaba hacia donde estaba el cuerpo y calmaba al animal, todo sudado. Esta escena, que alguien podría calificar de violenta, era, de igual manera, la extensión de mis juegos. Por lo tanto, no había más que júbilo a la hora de saber que la justicia había, de nuevo, triunfado sobre el mal. Yo era feliz cuando el sheriff pronunciaba las mágicas palabras: “El que a hierro mata ¡a hierro muere!”. Mientras tanto, entre escena y escena, en blanco y negro, los tres comíamos las tortas de pierna planchada que mi papá había comprado en la Lonchería July. Por eso, a los nombres de mi madrina Clarita, mi tía Elenita, el tío Gilberto, la maestra Dely, se agregaban los nombres de Gregory Peck, Elizabeth Taylor, Richard Burton y Santo, el enmascarado de plata. Y a los nombres de Patricio (nombre de mi mascota que terminó en caldo) se agregaban los nombres del perro Rin Tin Tín; de Flipy, el delfín; y del mono Chita. Eso era la vida. ¿En qué momento se torció y se convirtió en esta alucinante y terrorífica montaña rusa?
Como es costumbre, la familia ofreció una novena por el alma de Mauricio. Me acerqué al templo de Guadalupe el último día de novena. Lo hice en un intento de decirle a la familia que me dolía reconocer que la vida “es así”. Me senté en la primera banca de atrás. Desde ahí fui testigo de cómo decenas de amigos, conocidos y familiares, se unían al rezo. La plegaria era como un pájaro y podía sentir su aleteo. Yo, que soy fanático de la palabra, advertí en un momento que, tal vez, hacía falta que nos uniéramos en una plegaria de silencio, pensé que el silencio podía ser un abrazo que abarcara a sus hermanos y a sus papás, porque la palabra se estaba convirtiendo en un tobogán ingrato. Por fin, el rosario terminó y una pausa se hizo. Paco se acercó y me dijo que, a continuación, habría una misa. Me levanté. Era momento de regresar a casa, pero antes de salir del templo escuché el sonido de una marimba. Ricardo, hermano de Mauricio, tocaba la marimba, lo hacía con la maestría del intérprete experto. Me recargué sobre la pared y olvidé mi deseo de regresar a casa. Lo que Ricardo tocaba (en especial, la segunda melodía) era como el goteo juguetón del agua cayendo en el interior de una gruta. Cerré los ojos. La ejecución de Ricardo era el aleteo del silencio, era la mariposa que, en medio de la oscuridad, prendía una vela en nuestros corazones. No sé qué sucede con el alma de las personas que fallecen (¡nadie lo sabe!), pero hubo un instante que supe que Mauricio disfrutaba ese aliento en su corazón ya callado para siempre. Su hermano le extendía una mano silenciosa, era lo que necesitaba su espíritu. Supe entonces que la vida también puede ser ese ramito de aire fresco colocado al lado de una veladora.

Posdata: La vida es así. Pido a Dios que siempre sea como el traspatio de mi casa donde, después de la lluvia, las gotas jugaban a ser trenecitos y corrían por las ramas del durazno.

viernes, 4 de diciembre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN LA MASTRETTA Y DEL PASO



Querida Mariana: Terminé de leer “Marienbad eléctrico”, de Vila-Matas. Un texto que devolvió mi entusiasmo por la obra literaria de este autor que acaba de recibir el Premio de la Feria Internacional del Libro, de Guadalajara. Samy y yo coincidimos en que su libro anterior no estaba a la altura de su prestigio.
Revisé mi librero y hallé, entre los pendientes, la novela “Noticias del imperio”, de Fernando del Paso, escritor que recibirá el Premio Cervantes, en el 2016. ¡Puros novelistas laureados! No está mal la elección. Ya los sabios han dicho que la vida es tan corta que no debe uno desperdiciarla en leer a autores menores.
En ocasiones no sólo leo un libro. Resulta divertido pasar de una historia a otra, de manera casi simultánea. Por eso, ayer que fui a la Librería Lalilu y me topé con un libro de Ángeles Mastretta, “El viento de las horas”, lo compré (aún no me han dado mi aguinaldo y ya lo hice talco). Comencé a leer a la Mastretta y después retomé a Del Paso. Y así me los llevaré. Por supuesto que el libro de Ángeles lo agotaré en dos o tres días, porque está muy sencillo y tiene pocas páginas. Caso contrario a “Noticias del Imperio”.
Ambos libros tienen referencias a Puebla. La novela de Del Paso (en el capítulo que leo) habla del paso de los franceses por la capital poblana; y el libro de la Mastretta tiene muchos guiños a esa ciudad donde la escritora nació.
En 1999, llegué a Puebla, después de estancias, que llamé culturales y que fueron un gran aprendizaje, en las ciudades de Xalapa y de Oaxaca. ¿Ya te conté que viví en “El cielo”? Así se llamaba la casa de huéspedes a la que llegué y que tenía corredores alucinantes, llenos de jaulas vacías (tal vez, la doctora, propietaria de la casa, imagina que así es el cielo). Sin falsa modestia puedo decir que ya estuve en el cielo y regresé para contar cómo es. Un día me extenderé en ello.
Una tarde abrí el periódico y leí que la Mastretta estaría en el Museo Amparo, daría el mensaje de presentación de una exposición de cuadros de Gilberto Aceves Navarro. Tenía ciertas referencias visuales de la obra del artista plástico poblano y, por supuesto, lecturas sosegadas (en mi pueblo) de la novela “Mujeres de ojos grandes”, de la Mastretta. Subí a mi recámara (leía el periódico en el corredor principal, debajo de ocho jaulas pintadas en blanco), me puse una chamarra y salí a tomar un urbano. Cinco minutos antes de las seis de la tarde llegué al Museo (era la primera vez que entraba), me deslumbró el vestíbulo, con un cuadro de doña Amparo, esposa de Manuel Espinosa, quien en sus buenos tiempos, fue casi casi el dueño de Bancomer, antecedente del BBVA. El cuadro de doña Amparo fue pintado por Diego Rivera. Busqué el salón donde sería la presentación de Ángeles y busqué un asiento. No me arrepentí. El texto que leyó la Mastretta fue luminoso e iluminador. Ella me obligó a hacer un ejercicio de síntesis, primero al escucharla y luego al ver la obra de Aceves: pasé de un árbol a la hoja y luego a la nervadura y posteriormente al universo. La lección de esa tarde fue: tender a lo sencillo. Me gusta la obra de Ángeles, porque escribe de cosas cotidianas. En este libro reciente me entero de su vida con sus perros, con la playa, con los árboles, con sus cielos. Toca las cosas más sencillas y vuelve a recordarme que en lo sencillo está la grandeza. Entiendo que este libro es como una recopilación de colaboraciones periodísticas. En Chiapas tenemos grandes escritores que, en forma periódica, publican sus columnas. Disfruto los escritos de Luis Rincón (Cotidianidades); asimismo siempre estoy pendiente de las publicaciones de Héctor Cortés Mandujano (Casa de Citas). Estos escritores van en el mismo sendero de Gabriel García Márquez, quien, con sus Jirafas; caminaba una senda en donde lo cotidiano tomaba su mejor rostro: el literario.
Con la Mastretta me entero que le gustan los domingos. ¡Ah, somos tan pocos los integrantes de ese club de adoradores del domingo! A mi maestro Enrique García Cuéllar no le gustan los domingos, le fastidia esa pausa donde el trabajo es como un trebejo en el desván. ¿Qué hacer con tanto tiempo libre? Yo leo, dibujo, pinto, veo películas en la tele, veo el jardín y me pongo a contar ovejas sin cerrar los ojos. Con Del Paso me entero que Juárez tuvo un rostro feo, con una cicatriz sanguinolenta. Juárez fue un poco como el Agustín Lara del Palacio; y de esto me entero en el libro de don Fernando, porque en los libros oficiales de nuestra historia Juárez es casi el más bonito.
Una de estas tardes terminaré la lectura del libro de la Mastretta. Continuaré con la novela de Del Paso. Ambas lecturas me llevan por calles, edificios y personajes de Puebla, lugar donde viví más de siete años.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

UN HOMENAJE A LOS MIRADORES DE CASAS




El mundo debería crear una agrupación denominada “Enamorados Anónimos”. Miles y miles de adolescentes pasarían a formar parte de tal asociación. Muchos no lo aceptan, pero, la mayoría de humanos ha tenido los síntomas que padecen los enamorados anónimos. Como en el caso de los alcohólicos el enamoramiento es una dolencia progresiva. No sé si el lector ha conocido a un amigo, vecino o compañero de trabajo que acusa los síntomas. ¡Ah, pobre tipo! Poco a poco su piel se vuelve como capa de cebolla: traslúcida. Sus ojos se convierten en lentes que, en lugar de servir para ver el exterior, dejan ver el interior. No es difícil acercarse y, como en un pozo, ver el espíritu del enamorado, un espíritu que se asemeja a una mina de esas de Simojovel que conserva ámbar (sólo que en el caso referido no existe alguna piedra valiosa). Si un espeleólogo pudiera internarse en el fondo de ese amigo encontraría, en lugar de corazón, que bombea sangre y bambolea vida, un trozo de carbón.
Y la agrupación debería llamarse Enamorados Anónimos, porque sus potenciales integrantes serían quienes viven su enamoramiento en el anonimato; eso que los clásicos denominaban “Amor Platónico”; es decir, un amor irrealizable.
El domingo pasado fue cumpleaños de Rosy Guillén, comiteca que hoy radica en Tuxtla. En el instante que el Facebook me recordó tal fecha, mi memoria (para no quedarse atrás de este chunche tecnológico) me recordó, asimismo, que Rosy fue una niña encantadora que, cuando estudió la secundaria (sí, a edad muy temprana) era una niña muy perseguida por amigos de mi generación (Rosy es mucho más joven que yo). Los preparatorianos la veían como una muchacha bonita codiciable, porque ella (eran tiempos de minifaldas y chunches sugerentes) era bella. No podría decir que era la niña más bonita del pueblo, pero (recordemos, con respeto, a Navokob y a su Lolita) las muchachas con “feeling” no necesariamente son las más bonitas de un grupo. Hay algo que es como un toque divino que las hace distinguirse, incluso, por encima de quienes obtienen diez en la pasarela. Rosy tenía ese feeling, era una niña que no podía pasar desapercibida en este pueblo que (todo mundo lo dice y reconoce) se ha hecho famoso por la belleza de sus mujeres. Ella cancelaba esa máxima que dice que “en gustos se rompen géneros”, ella rompía el género porque ¡gustaba a todos!
Bueno, ¿a qué viene todo este cuento? Viene a que una tarde (en los lejanos años setenta del siglo pasado) caminaba por el barrio de San Sebastián, por la calle donde estaba la casa de Rosy y me topé con Agustín, quien era mi compañero en la prepa. Cuando le pregunté qué hacía noté que titubeaba, no insistí. Seguí mi camino hacia la casa de Moncho. Dos días después volví a toparme con Agustín, volvió a titubear (en esta ocasión se puso rojo y evitó mirarme). El trayecto frecuente hacia casa de Moncho se convirtió en algo interesante, porque no sólo me topaba con Agustín, sino también con Pedro (quien, de igual manera, estudiaba en la preparatoria, en el primer grado). Una tarde me quedé en la esquina y desde ahí vi aparecer a Agustín, caminó diez o quince metros sobre la banqueta, siempre viendo hacia la casa de Rosy que estaba en la banqueta paralela; luego, como si se olvidara de algo, se volvió y recorrió el camino ya andado, siempre viendo a la casa de Rosy. ¡Supe qué hacía! Ah, no lo sabría yo que hacía lo mismo en la calle donde estaba la casa de la niña de la que estaba enamorado. Entonces deduje que no sólo Agustín estaba en ese estado de indefensión, sino también Pedro. Yo, casi casi detective privado, había descubierto que ambos pasaban por la calle viendo hacia las ventanas. Cuando encaré a Agustín y le dije que sabía todo, él abrió su corazón y me dijo que sí, que estaba enamorado de Rosy. ¡Cómo no! Ya lo dije, medio mundo de Comitán estaba enamorado de Rosy. Miguel (amigo mío que falleció hace tiempo) anduvo cortejándola. Recuerdo a ambos en la rotonda del parque central, donde estaba la estatua de Belisario Domínguez, Rosy jugando con un cinturón metálico que le ceñía la escultural cintura y Miguel tratando de contar algo simpático. Ella vestía una minifalda que dejaba apreciar sus piernas.
Pero, ¿qué hacer en el caso dramático de Pedro y Agustín? ¿Qué hacer si este par de inútiles sólo se conformaba con verla de lejos, con caminar por su calle y ver su casa? La mayor dicha de Agustín (así me lo confesó) era coincidir con la salida de ella. Era el culmen de la emoción ver que la puerta de su casa se abría para dar paso a Rosy, era (decía el cursi de Agustín) como si el sol apareciera por detrás de la montaña del Junchavín.
Para espíritus como los de Agustín, Pedro y miles y miles de hombres más, debería crearse la agrupación de “Enamorados Anónimos”.
Desde esos tiempos he sido un convencido de que somos las casas que habitamos. Agustín y Pedro, a media noche, caminaban por la calle de la muchacha amada y, frente a la casa, prendían un cigarro, recargaban un pie en la pared de la casa del frente y se dedicaban a fumar, a ver la ventana de la recámara de la chica en cuestión y, por ratos, a entrecerrar los ojos, para imaginarla en su cama. Imaginaban (así me lo contaba Agustín) el instante en que se desvestía y se colocaba su traje de dormir, que podía ser un pijama de lana o una batita transparente. La niña amada dormía a pierna suelta sin importarle quién, con los brazos cruzados y el cuello de la chamarra en alto, esperaba que terminara la llovizna afuera.
Tal vez por esto muchos hombres defienden el patrimonio histórico y rechazan modificaciones a las construcciones de los pueblos. Debe ser porque no les duele tanto el destrozo arquitectónico de las paredes y ventanas, sino lo que estas paredes y ventanas resguardan. El contexto histórico inmutable permite que el recuerdo siga inmodificable. Agustín era feliz viendo la ventana del cuarto de Rosy e imaginando que ahí, apenas detrás de esa ventana, estaba ella, su niña amada.
Estoy seguro que Rosy reconocía la polvareda que levantaba en muchos corazones, porque caminaba como una palomita de esas que son dueñas de las plazas del mundo, pero no sé si ella supo que dos o tres de esos corazones nunca se manifestaron en voz alta y siempre conservaron su secreto. Esos enamorados anónimos jamás tuvieron el arrojo de aventar una piedrecita en el cristal y, a la hora que ella abriera la ventana, levantar el brazo y ofrecer un mensaje o una rosa, ¡Dios mío!, algo que le hiciera saber a ella que la querían más que a sus propios sueños.
Estoy hablando de los años setenta, de un Comitán ya nebuloso. No sé si la casa de Rosy se mantiene sin cambios. De lo que estoy seguro es que Agustín y Pedro siguen con su recuerdo intocado.
Si la agrupación se formara, muchos (quienes ya hubiesen tocado fondo) acudirían en busca de ayuda, porque, se sabe, lo primero es reconocer que esa pasión está por encima de nuestras fuerzas, que nuestras vidas se han vuelto ingobernables y que sólo un poder superior podrá ayudarnos.
Los lectores que tienen “buen beber” en el amor no pueden saber los demonios que violentan el corazón de todos aquellos que se paran frente a la casa de la muchacha amada y nunca, ¡nunca!, se atreven a decirle que la aman. El otro día, Maricruz subió una foto de ella cuando tenía, no sé, tal vez catorce o quince años, y Jaime escribió: “Esa niña es de la que me enamoré”. A Maricruz no le quedó más que decir: “Cosas que uno se entera”. Maricruz, igual que Rosy, fue muy perseguida. Con ese escrito Jaime confesó ser del mismo grupo de Agustín y Pedro. ¡Ah, salud y larga vida para los miradores de casas!