lunes, 17 de octubre de 2016

52 DÍAS VIVIDOS





En la vida hay instantes muertos. Días que no recordamos, días que son como lastre para lo que llamamos vida.
Yo, cuando menos, tengo conciencia de cincuenta y dos días vividos a plenitud. Días que he compartido con personas que no conozco, que tienen un título hermoso, pero indefinible. Son personas sin rostro. Y digo que ostentan un título hermoso, porque cuando estoy del otro lado de la página me convierto en uno de ellos, yo también soy lector; pero, además, soy escritor.
Ayer entré a mi blog: areni-ya.blogspot.com y hallé que he escrito dos mil quinienta Arenillas.
Hice entonces un recuento, metí ese bonche de Arenillas en un costal y lo llevé a la báscula que usa don Romeo para pesar los bultos de café.
¡Dos mil quinientas Arenillas! No son todas las que he escrito. Hay muchas más, pero estas son las que he subido al blog, a manera de bitácora de vida.
En promedio, porque las Cartas a Mariana me llevan mucho más tiempo, a cada Arenilla le dedico media hora en su escritura, sólo en la redacción. Los escritores saben que una cosa es el tiempo de escritura y otra es el proceso de creación. La última novelilla que escribí la redacté en mes y medio, pero, por supuesto, fue incubándose en un periodo de muchos meses más.
Así pues, si hago caso a la Media digo que he empleado mil doscientas horas de mi vida en la redacción de las dos mil quinientas Arenillas; es decir, cincuenta y dos días sin hacer alguna otra cosa. Imagino que un día me senté frente a la computadora y redacté durante cincuenta y dos días seguidos. No me levanté para ir al baño, para platicar, para leer, para comer, para caminar por el parque, para ver alguna película, para impartir mis clases, para soñar, para dormir, para abrir la ventana y mirar nubes, para dar de comer al Misha o para ver cómo teje mi mamá o para decirle a mi Paty que la Pigosa tiene “pú” nuevo. No hice más cosa que mover los dedos, con rapidez, para capturar en la pantalla lo que mi mente dictó de manera febril, enfebrecida. Cincuenta y dos días, atrapado; cincuenta y dos días, a bordo del barco a mitad del mar en plena tormenta. Cincuenta y dos días, vividos, maravillosamente vividos.
Si el relato bíblico menciona que Jesús estuvo durante cuarenta días y cuarenta noches en el desierto en oración, en ayuno y alejado, como dijera el cantante, “de la falsa sociedad”, yo, durante cincuenta y dos días de mi vida he hecho lo mismo (salvadas las distancias ante ese personaje único y trascendental). Ahora comprendo la grandeza de Jesús. Él ayunó, yo he hecho lo mismo. Durante esos cincuenta y dos días, hipotéticos días seguidos, he ayunado y me he fortalecido. No he comido más que la miga que cae del cielo, el pan que reparte la diosa de la creación. Todos los escritores acudimos al desierto para ayunar y orar.
Digo que estos cincuenta y dos días han sido plenos, como si hubiese sido un periodo sabático donde dejé lo urgente para atender lo esencial.
¿Qué pepena un escritor en el desierto? ¿Qué, donde no hay más que arena? No sé los demás, pero yo he pepenado arenillas, mi talento no me ha dado para pepenar algo más robusto, más luminoso, pero esas nubes brevísimas me han servido para matizar mi cielo y para, de vez en vez, volar uno que otro papalote.
He vivido cincuenta y dos días sin hacer otra cosa que escribir, no he hecho más. Durante ese tiempo he dejado a mis amigos, a mi Paty, a mi mamá, a mis hijos, a mis mascotas, a mi gente y a mi pueblo. He dejado todo, porque así lo exige esta actividad. He dejado de vivir para vivir. Como el granjero que mira el terreno sembrado con maíz, miro el terreno arenoso donde, con cuidado, he sembrado Arenillas. Cualquiera diría que soy un tonto: ¿Cómo sembrar Arenillas en medio de la arena, en el desierto? Tal vez no soy tan tonto, tal vez he pensado que las Arenillas no necesitan mucha agua para sobrevivir, para, tal vez, algún día ¡dar frutos!
Todo mundo ha dicho y todo mundo sabe que el oficio de escritor es el oficio más solitario del mundo. Para crear es preciso retirarse, aislarse. Yo lo he hecho durante cincuenta y dos días continuos, cuando menos. Falta la contabilidad de los libros de cuentos, de las novelas breves, de los cientos de dibujos, de las decenas de cajitas pintadas. Me he aislado. Por eso digo que soy escaso para los demás. Pero éstos son felices sin mi presencia, sin mi cara de piedra. Jodo poco. Me entrego mucho.
Si hay un periodo que pueda decir que me ha servido para llenarme ha sido este periodo de cincuenta y dos días donde no he hecho algo más que dar gracias a la vida ¡por la vida!
Esto ha hecho que yo me acostumbre a la soledad de la creación. Por ello, ahora me resulta difícil relacionarme con los demás. Se me hace un exceso seguir dándome cuando ya me di a través de mis obras. En fin.

sábado, 15 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE MI MESA DE REGALOS NO ESTÁ EN LIVERPOOL





Querida Mariana: Los príncipes están en extinción. La exquisitez está a punto de desaparecer. En el mundo de libros se llama Edición Príncipe a la primera edición. Los bibliófilos se hinchan de orgullo cuando, en sus bibliotecas, poseen una edición príncipe. Y esto se llama así porque, dicen los que saben, la palabra príncipe viene de una palabra latina que significa “lo que va adelante o va primero”; es decir, la palabra príncipe no sólo puede aplicarse al hijo de un rey, sino a todo aquello que es primigenio. Mis amigos se enojan y me molestan cuando yo les digo que soy un príncipe. ¡Lo soy! Soy el primero de los hijos de mis padres, fui el primero, estuve por delante de los que no nacieron.
Vos pensarías que como soy príncipe mi mesa de regalos está en Liverpool. ¡No! Esto de la mesa de regalos en Liverpool está de moda. En Comitán ni hay sucursal de dicha tienda, pero ahora, los novios nos sugieren entrar al Internet, hacer una visita virtual y adquirir uno de los regalos que ellos eligieron. El compa que es prole es el clásico compa que va a Liverpool y pregunta al dependiente que atiende la mesa exclusiva: “¿No tiene’sté una cosita así como de doscientos pesos?”.
Soy príncipe y mi mesa de regalos está en otros espacios. Porque, en realidad, a mí no me atrae mucho lo que sí atrae a otros. Los obsequios materiales me abruman. Cuando alguien, por agradecimiento, me obsequia algo me pone en un brete. Sostengo el regalo en la mano y no sé cómo agradecerlo. Porque, vos lo sabés, hasta para agradecer hay modos sutiles y graciosos. ¿Qué puede esperarse de mi cara de piedra?
Una vez me dio gusto una participación de boda, porque decía: “Su presencia será nuestro mejor regalo”. Ah, qué elegancia de pareja, ¡qué príncipes tan dignos! Cuando yo era niño iba a las fiestas de cumpleaños de los amiguitos y no existían mesas de regalos. Uno llevaba un pequeño “detallito”, un “cariñito”, que no se medía en pesos.
Hubo, hace tiempo, un comercial que decía: “Regale afecto, no lo compre”. Era un mensaje muy bello. Dicho mensaje rescataba la esencia de las cosas sencillas de la vida.
Mi mamá me cuenta que en una ocasión llegó un muchacho que trabajaba en carga y descarga de los camiones de Transportes Grijalva. Preguntó si mis papás podían apadrinar la boda. Se iba a casar. ¿Podían ser padrinos de música, junto con cinco parejas más? Mis papás aceptaron. Mi papá se encargó de reunir la cooperación de las parejas restantes. Cuando tuvo la paga, el muchacho llegó y dijo, muy serio, casi autoritario, demandante: “Quiero que la marimba sea Águilas de Chiapas” (ya en ese tiempo, años ochenta, la marimba de don Límbano Vidal era la marimba non, la más artística, la más cotizada, la más costosa). Mi papá le explicó que la paga sólo alcanzaba para cuatro horas. Al muchacho no le importó la explicación razonada de mi papá en el sentido de que si contrataban una marimba menos cotizada alcanzaría para más horas de guateque. Quería la marimba de don Límbano y su gusto fue cumplido. ¡Ay, Dios! Dice mi mamá que a las doce de la noche, a la hora que estaba más alegre el bailongo, don Límbano metió los bolillazos de despedida y comenzaron a guardar sus bártulos. Mis papás y los demás padrinos de música salieron vivos, sólo porque Dios es grande. Los invitados, ya bolos, comenzaron a gritar, a mentar madres a los padrinos de música. Mi papá dijo que podía “disparar” una hora más, pero mi mamá, más consciente, dijo que huyeran, porque la multitud ya estaba a punto de dispararles, en serio. Mi mamá tomó su bolso y jaló a mi papá, buscando la puerta, porque ya las personas comenzaban a rodearlos, pidiendo que la música siguiera y siguiera y siguiera.
Me cuentan que ahora los novios nombran padrinos de todo. Dios mío, hay padrinos de álbum de fotografías, padrinos de salón, padrinos de decoración del salón y del templo, padrinos de recuerdos, de pastel, de música, de bebidas, de la película del recuerdo y, me cuentan, en casos extremos, de invitaciones. ¿Así es la cosa? Sí, así es. ¡Dios mío! ¿De veras es así? Y para rematar con el ceremonial, los novios expresan que la mesa de regalos está en tal parte.
No sé qué pensás vos de esto, pero yo siento un agobio, como una cuerda que, poco a poco, va asfixiándome. No entiendo estos rituales, no los comprendo. O bueno, sí los entiendo, pero no los justifico.
A veces me dan ganas de preguntar a los padrinos si aceptan tal honor con gusto o lo aceptan como un compromiso, como una carga que deben llevar y hasta con cierto desagrado.
En el caso que te cuento del muchacho que trabajaba cargando y descargando camiones mis papás no tenían mayor trato con él más que el meramente laboral. El muchacho llegaba a la casa a dejar cajas con estambres para la tienda de mi mamá. No había ninguna relación afectiva. Pero, la aceptación se convirtió en algo que pudo ser dramático.
Conozco un amigo que se hace tacuatz con las sugerencias de la mesa de regalos en Liverpool. No envía regalo, no va a la ceremonia religiosa, pero eso sí, a las ocho y media de la noche, se aparece en el salón, da mil abrazos a los contrayentes, a los papás y suegros, busca la mesa donde están los amigos de confianza, llama a un mesero y pide un güisqui. Y baila, ríe, vuelve a abrazar a los novios, les dice que está feliz por la felicidad de ellos, brinda, les desea una “eterna luna de miel” y es uno de los últimos en salir de la fiesta. No acepta ningún padrinazgo.
Me cuentan, ¡Dios padre!, que algunas novias permiten (propician) que los invitados pasen a pegarles billetes con ganchitos o con cinta en el vestido. ¿De veras? ¿Cómo? ¿Por qué?
El tío Eugenio fue más sabio. Llamó a su hija y al futuro yerno y les expuso todo esto que acá narré. Dijo que no era digno de su familia. ¿Entonces? Dijo que era más digno que el novio se robara a su hija. ¡Pero, papá!, dijo la hija; ¡Pero, Eugenio!, dijo su esposa. No hay pero que valga, dijo el tío. Dejó sobre la mesa un sobre que contenía cincuenta mil pesos y boletos de avión, viendo al futuro yerno, dijo que ahí estaba ese dinero para que robara a su hija y la llevara a Huatulco. Ya estaba hecha la reservación en un hotel y estaba pagada la estancia por cinco días y cuatro noches.
Y el novio se robó a la novia y disfrutaron su luna de miel. Y cuando las amigas le reclamaron por qué no las había invitado, ella, muy orgullosa, decía que habían huido, un poco como era antes, cuando, en tiempo del tenocté preparaban su maletía y evitaban los protocolos engorrosos. Diez días después fueron al Registro Civil y formalizaron legalmente su unión. Quiere decir que no la pasaron mal en Huatulco. A la fecha siguen casados, ya tienen dos hijos y todo bien.
Mis mesas de regalos están en los lugares sencillos. Donde nada hay en venta. Sé que no todo mundo piensa como yo, pero digo que sería formidable que una pareja de novios, a punto de casarse, sólo por sentirse bien, escribieran en sus participaciones de boda: “Nuestra mesa de regalos está en Uninajab”, y los invitados subieran a sus autos o a las combis y bajaran a ese lugar de descanso y hallaran, al lado del amate, una mesa con frasquitos llenos de aire, pulseras hechas con juncia y puñitos de hojas secas. ¿Imaginás lo que ello propiciaría? El día de la boda, a la hora de salir del templo, todos los invitados abrirían los frasquitos para que el aire de Uninajab bendijera a la pareja para toda la vida. Los invitados formarían una fila y, una vez soltado el aire, colocarían sus labios en las bocas de las botellitas y soplarían para que una música de viento iluminara, para siempre, el camino que los recién casados están a punto de iniciar. Las damas de honor colocarían a los desposados las pulseras de juncia y macerarían las hojas secas para, posteriormente, abonar las plantas que están sembradas en el parque central. Todo lo harían en nombre de los novios para pedir al universo que los hilos de luz siempre tejan bordados sublimes en sus corazones.
Sí, ya sé, pareciera una cursilería. En este mundo complejo, los rituales exigen el glamur de una sociedad materialista, donde, al contrario de aquellos tiempos sencillos, ahora “el afecto se compra, no se regala”. Los tiempos actuales insisten en repetir el apotegma: “Tanto tienes, tanto vales”, cuando, en realidad, quien tiene mucho en cuestiones materiales tiene poco, muy poco corazón, muy poca sensibilidad, muy poco sentido del verdadero sentido de la vida.

Posdata una: Mi mesa de regalos está en la mirada asombrada de un niño cuando le cuento un cuento; en la sonrisa de mi madre cuando me sirve el plato de fruta que me preparó; en el aire enredado en los árboles del bosquecito que está en la universidad donde laboro; en los pechos de la muchacha bonita que se inclina para servirme el té en el restaurante; en las páginas del libro que leo; en los libros de las páginas que vuelan; en el vuelo del libro que pagino. Está en tu mano, en el movimiento que hacés a la hora que le decís sí a la vida.
Mi mesa de regalos no está en Liverpool. Lo que ahí venden se agota, se echa a perder, se oxida con el paso del tiempo. Los verdaderos regalos de la vida son infinitos, como infinitos son los senderos por donde camina el aire y por donde camina Dios.

jueves, 13 de octubre de 2016

AND THE WINNER IS ¡BOB DYLAN!





Sí, ya todo mundo sabe que a Bob Dylan le concedieron el Nobel de Literatura. Algo insólito. Por vez primera, en la historia del mundo, millones de melómanos aplaudieron la decisión y millones de lectores buscaron en el youtube textos del premiado y una que otra canción del laureado.
Una vez, Jaime Sabines dijo que aspiraba a ser declamado por la gente sin que ésta supiera el nombre del autor; es decir, la máxima aspiración era pasar a formar parte del dominio público, que las personas se apoderaran del poema y lo dijeran como si fuera suyo. Un poco como sucede con las canciones del Nobel de Literatura de 2016.
Los jóvenes de mi generación escucharon a Bob y lo admiraron (lo siguen admirando, ahora más). Pero yo, que no he sido aficionado a la música, desconocía a Bob, sin embargo, escuchaba con gusto esa canción famosa que se llama “La respuesta está en el viento”. Ah, qué bonita canción, tanto en su letra como en su canción. Muchas veces, cuando estaba en el bosque, al lado de decenas de pinos, canté el pedacito que aprendí de memoria: “…blowing in the wind”. No sabía quién era el autor de esa letra. No importaba.
Quienes aplauden la decisión de la academia dicen que Bob Dylan es un poeta; manifiestan que con este veredicto inesperado se regresa a los orígenes de la palabra oral, de cuando los juglares se paraban a mitad de las plazas y hacían barcos de aire y los soltaban en el mar infinito.
Todo muy bonito. Medio mundo celebra el triunfo de Bob y yo, con dos o tres más, celebro que Murakami no haya sido el elegido. Ganó una propuesta más inteligente.
Sólo tengo una pregunta: ¿Quién perdió? Es decir, sé que perdieron los ciento noventa y nueve nombrados en la lista de posibles. Pero, también, y esto me conmueve y me provoca cierto escozor, parece que el gran perdedor es el libro.
¿El libro? Sí, el libro. En años anteriores, los millones de snobs (como yo) corríamos a buscar un libro del elegido, del ungido. Este año no sucedió esto y, parece, las filas no se harán en las librerías. Porque, nadie puede negarlo, Bob es más reconocido como cantante que como poeta.
Los memes no se han hecho esperar, uno que me provocó desazón fue el siguiente: “A Borges no le concedieron el Nobel. Ah, no te enojés, tampoco se lo dieron a Agustín Lara”.
El libro fue el gran perdedor de este año. Porque, dicen dos de mis amigos, ahora escucharemos al ganador del Nobel de Literatura. Y sé que pocos, muy pocos, en comparación con años anteriores, se acercarán a buscar un libro de poesía de Bob.
¿Se puede mencionar lo positivo? Tal vez esta decisión abone en el mismo sentido que abonan las canciones de Serrat donde musicaliza poemas de Miguel Hernández, Machado e incluso uno de Sabines. Mucha gente pasó de los poemas de Benedetti interpretados por Nacha Guevara a los libros del autor uruguayo; y muchos se volvieron lectores cuando supieron que esas canciones de Serrat eran poemas de grandes escritores españoles. Tal vez este premio actúe como actúan los cómics, que son la puerta para llegar al espacio donde habitan los grandes autores literarios. Basta un paso para ir del cómic al libro. ¿Bastará un paso para ir del disco al libro de Bob?
Romeo imaginó una imagen cruel, pero cercana a la realidad: El lector snob que corrió a la librería en cuanto se enteró de la decisión y no halló ningún libro de poesía de Bob. El librero le dijo que no se preocupara, que fuera a Mixup, y el lector fue y halló muchos discos de Bob.
Sí, parece que el libro perdió este año. ¿Cómo se recuperará? Romeo me barrió, dijo que no me preocupara, que cuando Murakami gane, millones de lectores correrán a las librerías y todo volverá a la normalidad.

EL UNIVERSO CONDENSADO





¿Cómo puede llamarse a alguien que es atrevido en extremo? ¿En Comitán se aceptaría llamarle aventado? Porque aventado es el que se avienta y se avientan los atrevidos, los que se avientan en paracaídas desde la altura altísima de un avión o los que se avientan desde la proa de un barco para bucear en las profundidades del mar. Aventado fue Gonzalo, niño al que yo admiraba, porque se aventaba desde lo alto de los zanjones y llegaba al piso sin un rasguño. Yo nunca me atreví a eso.
El maestro Gustavo Álvarez ¿es un aventado? Yo siempre pensé que Quique ha sido un aventado, porque él se atrevió a acciones de las cuales yo fui testigo, pero desde la ventana. Quique, en una ocasión que tomábamos cerveza en la Ciudad de México, y, en medio de la nata de la nostalgia, recordábamos nuestro amado pueblo, dijo que él había sido boy scout, y, medio bolo, nos dio una cátedra de cómo hacerle nudos a una cuerda. Jorge, más “cuerdo”, después de que Quique hizo varios nudos que, como si fuese mago, le valieron el anuncio del respetable (conformado por los ya mencionados, más Miguel y yo) dijo que ya bastaba, porque, conociéndonos, al rato íbamos a querer usar la cuerda para hacer suertes como si fuésemos charros sobre caballo y el lugar donde estábamos era respetable.
¿De veras fuiste boy scout?, le preguntamos a Quique y él dijo que sí. Ahora me entero que el grupo se llamó “Grupo de Boys Scouts Número 1, de Comitán”. ¿Cómo me enteré? Porque Gustavo Álvarez le dedica a ese grupo un libro de haikús. Gustavo fue maestro de Quique, en la primaria del Colegio Mariano N. Ruiz. Sin duda, entonces, ahí coincidieron, el maestro como guía y Quique como fiel aprendiz.
¿Alguien de estos tiempos sabe en qué consiste ser boy scout? No sé cuántas agrupaciones subsistan en el país. Acá en Comitán, puedo afirmar casi con certeza, es una sociedad extinta. Y esto es una pena. En Puebla, durante los años que viví allá (principios del siglo XXI) hallé un grupo de boys scouts. En un parque que frecuentaba era común verlos con sus uniformes azules y un pañuelo amarillo sostenido al cuello a manera de corbatín. Yo, sentado en una banca, con un libro de Dante o con un libro de Cortázar, los veía divertirse y aceptar los dictados del guía. Varias veces imaginé a Quique y a Jorge, en algún campo cercano a Comitán, caminando a mitad del grupo, cantando, apoyándose en un cayado, subiendo una montaña. Fue, sin duda, su privilegio estudiar en la Mariano, porque ahí el maestro Gustavo organizó dicho grupo. En mi memoria también aparece el nombre del maestro Artemio Torres. Tal vez él andaba enredado en esa aventura, porque él, de igual manera, es un hombre muy aventado. Ya en la secundaria tuve el privilegio de estudiar en la Mariano y ahí me tocó que el maestro Temo me diera la cátedra de Historia Universal y además me invitara a formar parte del grupo de filatelistas. Ya no me tocó el escultismo, pero sí me tocó “caminar” muchos caminos del mundo a través de la cultura miniaturizada de los sellos postales. Y sé que el maestro Temo, igual que el maestro Gustavo, es un aventado, porque si no ¿de dónde su hija Julia habría salido tan aventada? Julia, lo digo para aquéllos que no lo saben, actualmente realiza el viaje más aventado que mujer comiteca alguna realizó jamás. Ella, junto con su pareja, una mañana, se subió a la bicicleta y comenzó el viaje hacia Sudamérica. Hace rato pasó por Perú. Ambos se dirigen hacia la Patagonia. El viaje es el más hermoso y soberbio que ningún comiteco se atrevió ni siquiera soñar.
Bien dicen que el mundo es de los aventados, el mundo es de los Artemios y de los Gustavos.
Y digo que Gustavo es un aventado porque es un escritor que trata de condensar el pensamiento y la belleza a través de esos poemas de ascendencia japonesa que son como perlas cultivas en el corazón. ¿Cómo hacer que un universo quede expresado en tres breves líneas de una brevedad suprema? ¿Cómo, sin que se asfixien, colocar diecisiete sílabas en tres versos? Todo mundo sabe que el haikú consta de un verso de cinco sílabas, le sigue uno de siete y concluye con uno de cinco sílabas. ¡Ah, qué prodigio!
Quique, Jorge y los demás niños scouts ¿subieron alguna vez al Junchavín? No lo sé. En aquella ocasión que tomábamos cerveza en un bar de la Ciudad de México, el alcohol nos llevó por otros recuerdos, por otras nostalgias.
El maestro Gustavo ¿a menudo sube a la Pirámide del Sol, allá en Teotihuacán? No lo sé. Pero imagino, sé, que él en la cima del mundo recuerda, con nostalgia, el pueblo que lo vio nacer: Comitán. Y digo esto, porque en su libro más reciente hay haikús dedicados al pueblo del tenocté. ¿Gustavo alcanza la cumbre de su pretensión a la hora de escribir? No lo sé. Pero como él es un aventado, digo que ha obsequiado una joya para Comitán, algo breve que trata de sintetizar el amor a su pueblo.
El maestro Jorge fue el amable conducto para recibir este libro que el maestro Álvarez me envió desde Teotihuacán, lugar de dioses. Libro que contiene los intentos de Gustavo por condensar el universo.
Copio ese haikú que él escribió y me despido.
“Comitán lindo
que tu luz no se apague
¡Que horade siglos!”

miércoles, 12 de octubre de 2016

LIBROS, LIBROS, A MIS DEDOS CRECEN




Llegaron a Comitán. Llegaron, como dice García Márquez que llegaron los gitanos a Macondo. Llegaron con sus panderos. Los comitecos salieron a husmear, abrieron las ventanas y comentaron la llegada de esos extraños, ya propios. Y digo propios, porque, desde hace varios años, los promotores de la lectura de Coneculta se adueñan del parque central. Nadie dice algo en contra. Todo mundo los recibe con afecto. Incluso los que siempre están contra la instalación de carpas en pleno parque, nada dicen. Y esto es así, porque saben que debajo de esas carpas montarán mesas y sobre éstas colocarán libros, que es como decir que exhibirán nubes y gatos que sonríen y hablan y cantan y bailan.
Llegaron a Comitán. Llegaron, como dice Mario Vargas Llosa que llegan las lluvias esperadas, sin aviso, sin anunciarse. Llegaron con sus atados de libros. Los comitecos, argüenderos de por sí, comentaron que los libros habían arribado. Y la gente, poco a poco, en silencio, caminaron por las calles empinadas y subieron o bajaron con rumbo al parque, porque ahí, como si fuesen pájaros, los libros habían hecho sus nidos.
Nunca nadie, en alguna parte del mundo, ha declarado huéspedes distinguidos a los libros, pero éstos se encaraman en todas las ramas de cientos de árboles, en espera de que alguien (mejor si es un niño) alce la mano y los corte como se cortan los mangos que se caen de maduros, de dulces, de buenos.
Porque, habrá que decirlo, no todos los libros son buenos. Se necesita que, como dijo Juan Gelman, el libro se abra como se parte la semilla, para que el catador descubra si el vino de ese odre es de buen año, de excelente cosecha.
Por eso, porque la experiencia de vida sólo se adquiere con el contacto, es que los hombres que cantan las bondades de los libros llegan a Comitán, una vez al año. Sólo de esta manera los niños de hoy, viejos del mañana, sabrán qué leer, a qué barco subirse o qué par de zapatos botar.
En Comitán no es común el oficio de vender libros. No es frecuente ver vendedores de telescopios o de naves interplanetarias, por ello resulta novedoso ver hombres y mujeres que abren sus tiendas de campaña y ofrecen pequeñas ventanas donde, sin telescopios, se logra ver miles de galaxias y, sin naves interplanetarias, puede realizarse viajes hasta topar con el infinito y, tal vez, más allá.
Llegaron, como dice José Saramago llegan los elefantes para recuperar su memoria. Porque el libro es el objeto más amado de todos los tiempos.
Llegaron, como antes llegaban las zacatecas y levantaban sus tiendas donde ofrecían trepatemicos, confites y las cajetas de membrillo y de durazno.
Y el parque, durante algunas tardes, se convierte en el patio de fiesta, sus cielos se llenan con manteados y con festones hechos con flores de cristal.
Si como el advenedizo dijo se trata de contar las cosas buenas, contemos que Comitán, una tarde ya esperada, se llena de vida a través del objeto que, como dicen que dijo Borges, es una extensión de la memoria y de la imaginación.
Las tardes en que los extraños, ya propios, se adueñan del parque, nadie se sorprende al oír que un niño levanta el brazo, señala el cielo y dice que ahí, en aquella nube se escondió un diplodocus o que, detrás del árbol de chío, está escondido Dobby, el elfo que aparece en Harry Potter. Nadie se extraña cuando, del interior de las carpas, asoma un titiritero y convoca a los niños a jugar a los encantados o a las nubes invisibles.
Llegaron a Comitán y abrieron sus manos para demostrar que la generosidad siempre es una flor abierta, un sol que está a punto de aparecer.
Llegaron como dicen que llegan las olas para empujar el agua del mar, como llega el viento para insuflar la vela de la barca. Llegaron como dicen que llega la flama para hacer la luz.

lunes, 10 de octubre de 2016

PRESENTACIÓN




¿Cómo se llama la fobia a los festejos? ¿Guatequefobia? No sé. Lo único que sé es que yo sufro ante la posibilidad de un festejo, tanto en los que soy invitado, como cuando a mí me corresponde ser anfitrión. Preferiría ser cancerbero del infierno antes que preparar una fiesta. Porque, cuando uno es diletante y no posee la suficiente capacidad de convocatoria, siempre aparece la incertidumbre de si alguien acudirá a la invitación. Conozco el caso de un amigo, tímido, oscuro, soso, que se quedó con todas las colaciones porque nadie, ¡nadie!, acudió a celebrar con él sus treinta y dos años de vida. Ahí está una fotografía que da cuenta exacta de esto que digo: está el amigo sentado, en una silla plegadiza, con la cabeza entre las manos y los codos sobre las rodillas, en medio de decenas de sillas, ¡vacías! Cuando vi la foto pregunté: ¿Entonces quién tomó la foto? Yo, dijo el que me enseñó la foto. La tomé escondido detrás de un pilar, pero en cuanto la tomé salí de inmediato. Ya nada dije. Sólo los expertos en relaciones sociales tienen la certeza de que sus fiestas serán un éxito. Los tímidos y escasos dudan, tienen elementos de sobra para que así sea.
¿Qué debe hacer el anfitrión? La norma de buenas costumbres advierte que el objetivo principal es que los invitados se la pasen bien. ¿Qué es pasársela bien? Mi magra experiencia dicta que si no hay traguito la mayoría de invitados dice que el festejo estuvo aburrido. Y la aburrición es lo que me provoca más temor. No por mí, porque yo nunca me aburro; sino por los otros. Y es que, entre otros complejos que poseo, siempre quiero que, en una lectura, nadie bostece, nadie se duerma, nadie se salga de la sala, nadie se infarte del tedio.
Cuando fui pichito no me importó el festejo, porque mi mamá era la encargada de organizarlo y yo (así lo creo) pasé de noche. Pasar de noche los tragos amargos convierte a los tragos en dulces, transparentes, inadvertidos.
Pero llegó el momento en que tuve conciencia de que los invitados llegaban por mí. ¿De veras? Recuerdo con especial entumecimiento un cumpleaños en que caí en la cuenta de que debía hacer algo para que los demás se divirtieran. Mi mamá había repartido gorritos y una gelatina. Vi a mis amigos sentados en el corredor de la casa, haciendo una fila donde lo que imperaba era la seriedad y el buen comportamiento. Todos mis amigos estaban peinados con gomina y vestían trajes especiales para la ocasión. Esa imagen me desesperó. Hubiese querido tener el carácter para levantarme (porque yo también estaba sentado en una de las orillas de la fila que parecía velorio) y gritar que se movieran, que saltaran en la cuerda, que jugaran pelota, que treparan a los árboles, que llenaran vejigas con agua y subieran al techo y las aventaran a los caminantes. Pero me quedé con las manos adentro de las bolsas del pantalón, con las manos sudorosas.
Me paré y le dije a mi mamá que ese festejo era un soberano fracaso. No te preocupés, dijo mi mamá, están tomando su gelatina. Ahora que acaben los invitaré a una función de cinito. Y cuando los amigos acabaron su gelatina mi mamá los invitó a pasar a mi recámara, donde había colocado sillas al lado de mi cama y dijo que les pasaría una función de cine. Encendió un proyector, que era de plástico, y proyectó sobre la pared una serie de filminas que contenían historias con caricaturas. Recuerdo una del señor Magoo, personaje que padece miopía, lo que ocasiona anécdotas como la que se contaba en esa ocasión donde cree que camina sobre la banqueta cuando, en realidad, camina sobre una viga que, sostenida por una grúa, levantan para llevarlo a lo alto de un edificio en construcción; cuando da el paso que lo enviará al vacío, aparece otra viga, suspendida, asimismo, de otra grúa, y salva la caída, así logra llegar hasta lo alto del edificio. Como en ese tiempo no había televisión en Comitán la función de cinito fue un éxito. Después mi mamá dijo que pasáramos a la mesa a partir el pastel y a cenar, y como ella siempre se ha distinguido por preparar unos guisos deliciosos mis amigos me cantaron con doble emoción las mañanitas un poco para justificar la glotonería que luego demostrarían. Al final de la cena todos se despidieron. Quedé triste. Mi mamá preguntó si había estado contento, dije que sí, pero luego le dije que no. Ella dijo que si no me había gustado no me prepararía nada para el otro año. Respiré tranquilo, saber que ya no habría más fiestas fue el mejor instante de ese cumpleaños, pero, al otro día, cuando llegué a la escuela, los compas que habían estado en la fiesta me dijeron que la fiesta había estado increíble. Dijeron que ojalá los invitara a la casa más seguido. ¿Podía mi mamá preparar unos bocadillos similares? Bola de chuchos, pensé, pero me sentí contento.
¿Y ahora? Esto es como una fiesta. Adriana dice que cada libro nuevo es como un hijo. Así que esto podría decirse que es un bautizo. ¿Qué se hace en estos casos? He visto que algunos papás literarios invitan a escritores famosos para que presenten sus libros o, si son más listos, se hacen acompañar de políticos importantes. Con ello garantizan que los amigos de los importantes y famosos acudan a la presentación y todo mundo celebra el momento en que el político importante toma la palabra y el acto se convierte en el más relevante del año. Pero, como yo soy muy escaso en cuanto a relaciones sociales y no poseo experiencia en la preparación de guateques, porque, ya lo dije, les tengo temor y me producen un estado de inquietud que linda con el desasosiego, me pregunté dos días antes de éste: ¿Qué voy a hacer? Tuve la certeza de que mi mamá y mi Paty me acompañarían y que, como aquella tarde, estarían formaditas esperando que algo ocurriera. Pero como ahora mi mamá no organizó esta fiesta no hizo pastel ni nada de los exquisitos bocadillos que prepara. ¿Qué ofrecer?
¡Una función de cinito! Sí. ¿Qué tal que invito a mis amigos a entrar al cuarto y enciendo el proyector y les paso una serie de filminas, no de míster Magoo, sino de ese enormísimo escritor que se llama Julio Cortázar y que es el autor que saqué a bailar en esta novelilla que ahora presento?
(Acá se presentó un prezi con imágenes de Julito)
Como ustedes saben, Julio Cortázar, en un viaje que realizó al país visitó Palenque. Los demás pueblos de Chiapas sólo fueron de paso.
En esta novelilla, que hoy presento, “El día que Julio Cortázar llegó a Chiapas” hago que él llegue a nuestro pueblo.
Les cuento. Un periodista que radica en la Ciudad de México se entera un día que en Comitán vive don Caralampio, que tiene cuarenta y nueve años. El personaje le llama la atención porque, con excepción de cuando tenía tres años y fue a la escuela, nunca salió de su casa. Ha vivido atendiendo un café que sus papás abrieron y le heredaron. Tiene contacto con la gente que llega a su café y su conocimiento del mundo se complementa con su afición al cine. Ha visto cientos de películas mexicanas. El periodista concreta una cita para entrevistarlo, porque, para asombro de todo mundo, un día don Caralampio sale de su casa, pero no para ir a la esquina o a algún pueblo cercano a Comitán, ¡no!, el hombre que nunca había salido de su casa sale para ir a Buenos Aires y a París. ¿Por qué? Ah, pues para investigar eso llega el periodista. De eso trata esta novelita. Del día que Julio Cortázar llega a la cafetería de don Caralampio y éste se entera que el escritor argentino escribió el cuento “El otro cielo”, cuento que, todo mundo sabe, es un prodigio de la literatura, porque cuenta la historia de un hombre que entra al Pasaje Güemes, en Buenos Aires, y…
Perdón, ¿ya ven cómo no soy un buen anfitrión? Ahora resulta que quiero contarles la anécdota del cuento, cuando, sin duda, ustedes lo han leído.
Les agradezco que me hayan acompañado en este festejo; agradezco su tolerancia ante mi ineptitud social; asimismo agradezco a Lalilu por prestar su patio para colocar el manteado y recibir a los invitados; de igual manera agradezco a la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar y a mi jefe, el maestro José Hugo Campos Guillén, por el apoyo para iniciar este proyecto editorial.
No hubo pastel ni bocadillos exquisitos preparados por mi mamá, para gozar de ello debieron haber estado en casa la tarde que cumplí siete años y mi mamá me preparó el festejo. Gracias por estar.

sábado, 8 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CAMINA PASO A PASO





Querida Mariana: Caminamos. Algunos lo hacen con gran dignidad, como si caminaran sobre nubes. Otros, más totorecos, caminan como si fuesen güets, levantan las piernas como si el piso estuviera lleno de chinchetas con la punta hacia arriba. ¿Has visto cómo algunos caminan como faquires, como si fueran esos chamanes hindús que se acuestan en camas con clavos? Las puntas de los clavos no les preocupan, no les provoca ningún escozor. Tal vez estos compas son los que ya aprendieron que la razón de la vida es el camino y que, como decía la canción, “una piedra en el camino” enseña que el destino es rodar y rodar, siempre y cuando se hagan a un lado las piedras, para no tropezar, y se eludan los alambrados de púas, para no terminar con la piel en tiras.
Caminamos. Unos caminan como si fuesen Alejandro Magno y vieran a los demás desde la altura de una torre; otros, con las manos adentro de las bolsas del pantalón, caminan como si fuesen de esos mendigos que, debajo de los puentes, no hacen más que tentalear el piso para buscar una botella de Charrito.
Comitán, lo ha dicho mucha gente, es una ciudad para caminar. Creo que todas las ciudades, pueblos y comarcas del mundo son para caminar (salvo esas moles de cemento donde ya los automóviles son los dinosaurios que regresaron para dominar la tierra).
Esto que diré te puede parecer una bobera, pero tiene su encanto. A veces voy en auto en una carretera y me dan ganas de orinar (ya estoy viejo y mi vejiga también). Busco, entonces, un espacio para estacionar el carro y bajar a hacer lo que debo hacer. Camino. Camino apenas diez pasos, pues urge hallar un arbolito que disimule mis miserias y no ofenda a los que viajan en otros autos y tienen sus caras repegadas a los cristales para extasiarse con el paisaje y con el verde de Chiapas. La urgencia me obnubila, bajo el cierre y hago lo que debo hacer, mientras cumplo con la urgencia, el paisaje se me presenta con toda su bendición, el aire es como una mano que limpia mi rostro y el aroma de los pinos suaviza el cristal de mi corazón. El ¡ah! que sale de mis labios lo propicia el alivio de mi vejiga y la piedra de viento que se deshace generosa frente a mí. Cuando vuelvo al auto ya tengo conciencia que camino (porque al buscar el arbolito casi corría) y sé que esos pasos son la pausa que hizo la diferencia.
¿Cuánto has caminado? Yo llevo cincuenta y nueve años caminando. He preferido caminar a correr. A veces he querido volar, pero la fuerza de gravedad me ha enseñado que mi vocación (como la de medio mundo) es caminar, caminar con la dignidad que sea posible.
No podemos ser como Nacho Loco que, cuenta la leyenda, caminaba de San Cristóbal a Comitán y cuando llegaba a este pueblo, daba media vuelta y emprendía de nuevo la caminata para regresar a San Cristóbal. No podemos hacerlo, porque los reparos sociales nos lo impiden. Es una pena (según cuenta la leyenda) que Nacho no tenía conciencia del prodigio de su caminar, porque su apodo indica que estaba loco y si caminaba lo hacía por lo mismo. ¿Sólo los locos caminan de un lado para otro sin saber bien a bien por qué lo hacen? Entonces, medio mundo tiene una cercanía rotunda con los Nachos del mundo.
Caminé de noche. Caminé de noche la Ciudad de México (en los años setenta) y caminé de noche, muchas noches, nuestro Comitán. Caminé nuestro pueblo en mi adolescencia, cuando salíamos del Club de Leones, después de estar en el festejo de los quince años de una amiga. Debía, a esa hora, subirme el cuello del saco, porque el viento de la Ciénega era una sábana helada. Caminé a las once de la noche, cuando, el sábado, terminaba la función de box que veíamos en la tele en blanco y negro, en la casa de Jorge. El Comitán de esas noches era un Comitán apacible, como una rama de mirto, con aroma a tenocté. A veces me topaba con algún bolo que cantaba su tristeza alegre, y como yo también iba entonado porque habíamos bebido cervezas con Miguel, Javier, Quique, Memo, Jorge y Armando, también cantaba. A mí me gustaba cantar esa canción de Alberto Cortez que habla de un árbol y que se llama “Mi árbol y yo”, la que dice: “Mi padre y yo lo plantamos / en el límite del patio / donde termina la casa…” Y es que en la casa mi papá había sembrado un árbol en el sitio y yo (cuando menos) había pasado la cubeta con agua para que la regara.
Pero llegó un día que dejé de caminar por las noches. Un poco por mi edad, me fui haciendo viejo (ahora, ¡el colmo!, vos sabés, me acuesto a las ocho), pero otro poco por la inseguridad. A veces (me da pena decirlo) hasta en las tardes me da temor caminar por las calles de la ciudad. Antes disfrutaba la tranquilidad de las calles. En una ocasión jugué con una amiga el juego de la calle solitaria. Por el rumbo de la Cruz Grande existe una calle que está entre dos avenidas, la calle es como un pasaje corto, no más de cien metros. A mí me encantaba recorrer ese espacio. Esa tarde invité a mi amiga a recorrerla. Llegamos y yo le dije que pusiera atención, que comprobara que nadie habitaba las casas de esa calle. Nos sentamos en la banqueta y pasaron los minutos y la calle estaba vacía, seguía vacía, mientras en las dos avenidas la gente caminaba y los autos pasaban. Conforme los minutos pasaron comencé a creerme la historia. ¿De verdad por ahí no iba a pasar ni un chucho? Pues no pasó ni un chucho. Mi amiga estaba fascinada. Comencé a contarle entonces la historia de cómo los habitantes de esa calle dejaron de vivir ahí. Inventé un cuento, un cuento fantástico. Ella, como niña de quinto de primaria, abría los ojos maravillados y no perdía palabra de lo que yo decía. Cuando puse el punto final a mi historia la puerta de la casa donde estábamos sentados se abrió, mi amiga y yo volteamos, vimos una mujer envuelta en un chal que le cubría la cabeza. Mi amiga me abrazó y cerró los ojos. Temblaba. Mi historia decía que los habitantes de esas casas las habían abandonado porque el fantasma de una mujer ciega se aparecía en los patios y reclamaba sus ojos. Las personas juraban que la mujer ciega llevaba un cuchillo en la mano derecha y extendía el brazo izquierdo, en medio del aire, intentando atrapar a la persona con que se topaba. Oímos que la puerta se cerró, volteé, pero ya no vi a nadie. Pensé que la mujer había entrado de nuevo, pero mi amiga juró (hasta la fecha sigue haciéndolo) que la mujer había desaparecido, que era el fantasma del callejón. Mi amiga, sin abrir los ojos, me pidió que nos saliéramos de ahí. Yo sentía un cordel helado recorrer mi espalda.
Hay tardes en Comitán que el pueblo está como aquel callejón: vacío. Ya no es agradable esa tranquilidad. Causa desasosiego (por decir lo menos) caminar por espacios donde no hay personas caminando, espacios donde se advierte unas sombras detrás de los postes en penumbra. Mario me dijo que el otro día un amigo fue asaltado por un individuo que le mostró una navaja. Su amigo le pidió al delincuente que no se alterara, advirtió que iba a sacar su billetera (para que no pensara que iba a sacar un arma blanca, igual a la que él tenía en la mano) y ofreció su celular. El delincuente se conformó con los dos billetes de cincuenta y el teléfono móvil. Guardó el producto del robo y echó a correr. El amigo dejó que avanzara unos metros y él hizo lo mismo, echó a correr, en dirección contraria. Mientras duró el atraco ninguna persona caminó por ahí, eran las cinco de la tarde (tarde llena de sol, de luz). El amigo, a la hora que echó a correr, vio que detrás de los cristales de una ventana, cuatro pares de ojos lo miraban. Esos vecinos habían sido testigos del atraco, pero permanecieron sin hacer algo. ¿Para qué meterse en camisa de cuatro varas?

Posdata: He caminado, mucho. Camino por el simple placer de hacerlo. A veces salgo de mi casa sin una ruta previa. Voy al parque central, camino con cuidado, porque ahora las banquetas están cubiertas de lajas resbalosísimas. Camino con sumo cuidado. Ya no puedo caminar con el caminar atrabancado de los jóvenes. Bajo por la “bajada” de Guadalupe, siento el viento que viene de la Ciénega, miro el árbol jacarandoso lleno de morados, aspiro el aroma que vuela de las florerías, doblo a la izquierda y, a la mitad de la calle, encuentro la peluquería de mi maestro Armando Aguilar, peluquero que me cortó el cabello desde niño. Salgo sin ruta previa, sólo la que dicta el corazón. De hoy en adelante haré la misma ruta, pero ya no entraré a la peluquería de mi maestro Armando, porque mi mamá me dijo que la otra tarde escuchó que las campanas del templo de Guadalupe tocaron a muerto. Dejó de lavar los trastes, levantó la cara y oyó. Dejó que el tañido se deshiciera. Pensó que esas campanas anunciaban la muerte de alguien. Al otro día se enteró que era misa en honor al maestro peluquero. “Si lo hubiera sabido habría ido a misa”, dijo mi mamá.
Si algo me causa ansiedad es ir a cortarme el cabello, me enerva sentarme frente a espejos que reflejan mi imagen, tener que decir algo con el hombre (o la mujer) que me corta el cabello. Un día te conté, mi niña, que tal ansiedad se diluía cuando hallaba a mi maestro Armando en su peluquería. Ahí él era quien hablaba, él quien me contaba cómo era mi casa, cómo era yo de niño y cómo él y mi papá fueron amigos.
Ahora caminaré, como siempre lo he hecho, sin ruta preestablecida, pero cuando pase por la casa de mi maestro extrañaré su presencia. Desde acá mando un abrazo respetuoso a toda su familia. Permitan que les diga que don Armando fue un hombre trabajador, un buen hombre.

jueves, 6 de octubre de 2016

ENRIQUE VILA MATAS DUERME A PIERNA SUELTA





Vila Matas, escritor español, duerme sin insomnios. Duerme tranquilo, porque en la lista de posibles merecedores del Premio Nobel está como en el número 60; es decir, no tiene posibilidades de llevarse el galardón. Cuando vio la relación de nombres debió emocionarse. Estar considerado entre los cien mejores debe ser emocionante. Pero, esa noche durmió plácidamente porque sabe que no ganará.
¿Qué pasa con los escritores que encabezan la lista de los posibles ganadores de tal reconocimiento, el máximo galardón que puede recibir un escritor?
Hace muchos años leí un best seller del escritor norteamericano Irving Wallace, el libro se llama “El premio Nobel”, ahí, con malicia de escritor de best sellers, da a conocer qué sucede en la vida de hombres y mujeres que, por telegrama, reciben la noticia de haber sido elegidos para entrar al altar de la gloria. (Por telegrama, ¡Dios mío!)
El escritor que recibe el comunicado es un compa norteamericano que tiene un problema severo con la bebida. Él se pregunta si estará sobrio a la hora que pase a recibir la medalla entregada por el Rey de Suecia. El de Wallace es una novelilla atractiva porque acude al morbo que tenemos todos los mortales. Nos seduce la idea de conocer esos mundos que nos están vedados a los simples mortales. Yo, lo más que conozco es a escritores que han ganado los juegos florales de ciudades chiapanecas (escasos, porque los juegos florales cada vez son menos). Aun así, sé poco de sus vidas. Conocer cómo es el mundo de los grandes tiene su encanto. ¿Qué hacen?, ¿qué problemas les atosigan?, ¿cómo son sus relaciones interpersonales?, ¿qué muchachas bonitas se acercan a Juan Villoro, por ejemplo, y manifiestan su admiración?
Wallace nos regaló una historia de ficción que escarbaba en ese morbo. Pero, ¿qué sucede, en la vida real, con quienes están nominados y saben que tienen una posibilidad de acceder al Olimpo? ¿De verdad, como cuentan los que participan en un concurso de literatura, olvidan el asunto y se dedican a otra cosa? No lo creo. No es posible que Haruki Murakami no debe revolverse con tranquilidad en su cama a la hora que apaga la luz del buró. Favorito en la lista desde hace años debe pensar en el premio. En algún momento la duda debe entrar a su mente como delincuente a media noche y debe revolver las gavetas de su emoción. Porque todo escritor sueña en algún momento soñar con la gloria del Nobel, de igual manera que los deportistas sueñan con obtener una medalla olímpica de oro. Para el corredor de maratón de nada sirve obtener el segundo o tercer lugares, de nada. Todo mundo aspira a la gloria del oro; todo mundo aspira a la gloria del Nobel. Y cuando digo todo escritor, hablo de los grandes, de aquéllos que están en las manos de medio mundo. El autor local que apenas es leído por sus paisanos no debe soñar con el Nobel. No debe hacerlo a fin de no aparecer como un lunático.
¿Cómo se llega a ser grande? ¿Cómo alguien puede aparecer en la relación de candidatos al Nobel? ¿Cómo los Mario Vargas Llosa o Vila Matas del mundo llegan a aparecer en diarios y noticiarios de televisión? ¡Ah, ese es uno de los grandes misterios de la vida! Así como dar respuesta de cómo se manejan las listas de probables ganadores al Nobel ¡es otro gran misterio! La vida está llena de éstos. ¿Le darán este año el premio a Murakami? Por el momento es un gran misterio. Cuando se devele, por bien de la literatura, pido que aparezca otro nombre, un nombre literario que vaya más allá en su propuesta creativa, un nombre que demuestre que en el plano literario debe imperar la inteligencia y no el simple recuento de historias sin mucho cimiento. El Nobel a Modiano fue un premio otorgado a lo mediano. ¿En dónde está lo grande? Lo literario no se circunscribe a contar una historia, la literatura aparece cuando esta historia linda con un misterio de la vida y nos seduce esa posibilidad.
¿Por qué no hay un solo mexicano en la lista y sí varios escritores españoles? Ah, este misterio sí se conoce y, tal vez, devela algunos otros misterios que parecen insalvables. España domina, desde hace varios años, el mercado editorial hispanohablante, por ello, por intereses meramente económicos, interesa que aparezcan autores españoles como posibles ganadores del premio máximo de la literatura, para que se sepa que, todavía, la madre España lo sigue siendo. ¡Uf!
¿Qué pasa en la mente de quienes son nombrados como posibles ganadores del Nobel de Literatura? ¿Duermen a pierna suelta? No lo creo. A mitad de la noche deben despertar con angustia, deben sentarse y recargarse contra la cabecera y así, en la oscuridad del cuarto, sólo matizada por una línea de luz que se cuela a través de la cortina de la ventana, deben pensar en el momento en que reciban, ya no un telegrama, sino una llamada telefónica avisándoles que obtuvieron el Nobel, y minutos después cientos de llamadas de periodistas de todo el mundo, como alud, les caerá sobre su cabeza, sobre su conciencia, sobre su vida, transformando ésta para siempre, para siempre.

miércoles, 5 de octubre de 2016



DE LA SERIE “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES” (3)
MARIO ALMADA

Parece que Armando se especializa en noticias fúnebres. Un día me sacó de la clase que impartía y con voz de grillo me dijo: “Murió Juan Gabriel”, lo dijo y se fue. Yo me quedé en la puerta del salón pensando cuál era la urgencia. Entendí que quería ser el primero en informármelo. Lo mismo sucedió con la muerte de Mario Almada, entró a mi oficina, deslizó un papel doblado sobre mi escritorio y, como había entrado, caminando sin pisar fuerte, salió. Desdoblé el papel y leí: “Murió Mario Almada”. Sonreí. Pensé que Armando se “muere” por ser el primero en dar la noticia cuando muera Chabelo, cuando muera Isela Vega.
El mismo Armando dice que el cine mexicano es un cine mediocre, porque no se ha atrevido a eliminar clichés. Un día me dijo que los machos siempre son machos y que las sufridas siempre lo son. No estuve de acuerdo, le dije que un día los cinéfilos nos sorprendimos con la película “Mecánica Nacional”, donde Sara García, quien siempre hizo papeles de madrecita sufridora, interpreta un papel que la obliga a decir palabras altisonantes, tan altisonantes que parecen dichas en altavoz por un verdulero. La abnegada viejecilla se mostraba como una vieja cabrona.
Pero, Armando quería ir más allá. Dijo que el cine debía proponer papeles de homosexuales a los grandes machos. ¿Imaginás -me dijo- a Vicente Fernández interpretando el papel de homosexual? No, le dije, no puedo imaginarlo. Sería un éxito cinematográfico, dijo Armando, y agregó que eso ayudaría a evitar el cliché de país machista que en el extranjero se tiene de México. Lo que no le dije a Armando es que sí podía imaginar al hijo de Vicente Fernández interpretando un papel de homosexual.
La noticia que me dio Armando no me sorprendió. Mario Almada ya había muerto en la película “El mar muerto”, había muerto en una de las muertes más dulces que hombre alguno pueda tener. En dicha película, Mario vive al lado del mar, vive en una cabaña solitaria en una playa solitaria, vive solitario. El hijo llega a verlo, don Mario ya está viejo, casi anciano. La penúltima escena de la película es sensacional, los dos hombres están sentados en la playa viendo el mar, uno está al lado del otro. Don Mario dice: “Cuéntame un cuento” y el hijo dice: “Había una vez”, entonces don Mario, el hombrón enorme del cine mexicano, como si fuese un tímido pajarito dobla la cabeza y la sostiene sobre el pecho del hijo. El hijo, pasa el brazo por detrás de su cabeza, y lo acaricia. Don Mario ha muerto. La última escena de la película muestra al hijo caminando mar adentro, cargando en brazos al padre muerto, a Mario muerto.
Mientras don Mario no actuó en la película “La banda del carro rojo” yo nunca le tomé atención. Para mí, don Mario murió en la película “El mar muerto” y nació en la película “La banda del carro rojo” y esto último fue así, porque, una tarde, Quique y yo, en la Ciudad de México, compramos boletos, palomitas, y nos sentamos en las butacas para ver “La banda del carro rojo”. ¿Tan bajo habíamos caído? Nosotros, los que adorábamos el cine de arte, ¿habíamos hecho fila para ver una película mexicana, perdón, tan de rancho? Sí, lo habíamos hecho porque en el cartel, casi junto al nombre de Mario Almada aparecía el nombre de Lety Pinto, joven actriz mexicana, que había sido nuestra compañera en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz. ¡Ah, qué chentos nos sentimos cuando vimos a la Lety, la Lety que se sentaba delante de nosotros, al lado de María de los Ángeles, y que jugaba a dar saltitos sobre la banca para que nosotros dijéramos a quién de las dos se les movía más los pechos, y que, al final, Ramiro declaraba empate, para que de nuevo iniciara el juego! Y sí, en el instante esperado apareció Lety, nuestra ex compañera, nuestra amiga. Nosotros nos inflamos de orgullo porque sabíamos que no cualquiera tiene una amiga que aparece en la pantalla grande, ¡en la grande, a todo color, y al lado (esto lo supe después) de un grande de la cinematografía nacional: don Mario Almada! Don Mario que (perdón, Armando) murió en “El mar muerto”, con estas últimas palabras: “Cuéntame un cuento”.

martes, 4 de octubre de 2016

EL NATURAL




La tía Romelia decía que a Julia le brincaba “su natural”. Su natural aparecía en el momento que caminaba frente a una banca del parque donde se reunían los jóvenes del pueblo; movía el trasero como si fuese un barco en medio de una tormenta, mandaba sus nalgas para la izquierda y segundos después las bamboleaba para la derecha. Lograba su objetivo, porque ninguno de los jóvenes despegaba la vista de ese espectacular trasero.
¿Por qué la tía Romelia decía que a Julia le brincaba su natural? Porque, aseveraba, esta indizuela de porra ya trae la calentura desde que nació. En cuanto probó el chupete (chupón) no quiso dejarlo jamás. ¿Usted ha visto cómo los niños disfrutan un pedazo de pastel de tres leches? Pues la Julia se relamía y cerraba los ojos cada vez que chupaba y chupaba. El día que lograron quitarle el chupón (a la edad de siete años), pasó al escalón del dedo, el dedo gordo, por supuesto, pero como el gordo de la mano del tío Arcadio era más gordo y más grande, cada vez que el tío llegaba a casa, Julia se sentaba en sus piernas y, con sus dos manitas, tomaba la mano tosca y llena de vellos del tío y se solazaba chupando el dedo gordo del tío.
Una noche, Juan Jorge, primo de Julia, que había llegado de vacaciones al pueblo, procedente de Veracruz, lugar donde residía y donde estudiaba el bachillerato, entró al cuarto de Julia (que ya tenía trece años) y se sentó en una poltrona que daba a la ventana y la llamó para enseñarle una revista con fotografías del puerto. Julia se acercó y vio que Juan Jorge tenía unos pies hermosos. Calzado con chanclas de plástico, dejaba al descubierto sus pies que tenían un tatuaje realzado en el ojo de pescado. Juan Jorge no se sorprendió cuando su prima se hincó y tomó un pie entre sus manos y le quitó la sandalia. Creyó que ella quería ver la figura del tatuaje, pero sí se sorprendió cuando vio que, contra todos los pronósticos, ella llevó el pie a su boca y comenzó a chupar su dedo gordo. Juan quiso decir algo, detenerla, pero el movimiento fue tan abrupto y resultó tan delicioso que se dejó chupar. Vio que la prima cerraba los ojos, succionaba, hacía un movimiento hacia adentro y hacia afuera, como si fuera un émbolo. Quiso cerrar los ojos para disfrutar la arremetida, pero cuando iba a hacerlo notó que Julia sacaba la lengua y, en lugar de chupar, comenzaba a lamerlo. De acuerdo a la versión que contaba la tía Romelia, esa tarde, Julia agregó a su experiencia chupadora la afición por lamer y jugar con su lengua, ya no en un juego de succión, sino de envolver el dedo en círculos y en juegos de ida y vuelta ensalivados.
Como los lectores comprenderán, Julia (que parecía responder sin trabas a su llamado natural) pasó al siguiente escalón. Cuando el tío Arcadio la llamaba al lugar más oscuro del pasillo y le daba su dedo gordo para que ella lo chupara, la sobrina lo hacía con destreza, pero, minutos después dejaba el dedo y comenzaba a lamer todo el brazo. La primera vez, el tío llevaba una camisa de manga larga, Julia, con su boca, destrabó el botón y ensalivó la muñeca y lamió el brazo hasta llegar al codo.
De ahí, Julia pasó al siguiente escalón. Y lo hizo una tarde en que Juan Jorge, quien desde siempre había pasado la navidad con sus papás, se presentó de improviso en la casa. Todo mundo se sorprendió pero recibió con agrado al sobrino. Lo primero que Juan Jorge hizo fue preguntar por su prima (quien ya tenía catorce años y cuyo cuerpo había ido recogiendo las transformaciones de tal manera que Teodomiro decía que la había tocado el dios del deseo, porque todas las miradas masculinas quedaban arrobadas ante la visión de ese trasero espectacular, de esa boca cuyos labios eran peces siempre dispuestos a saltar y de unos pechos que parecían dos naranjas sin cáscara a punto de derramarse).
La tía Romelia dijo que Julia se había ido al rancho. Lo hizo porque presentía que su hija ya estaba a punto de pasar al siguiente escalón, como fue, porque Julia se escapó del cuarto donde su mamá la había encerrado, entró al cuarto de Jorge y le dijo que había cometido una imprudencia, no debería volver a casa en tiempo de navidad. Juan Jorge quiso hablar, pero ya Julia se hincaba ante él y le lamía la punta del cinturón que, poco a poco, quitó de su cintura.
La tía nada pudo hacer para impedir el natural de su hija. Como decía Teodomiro había sido tocada por el dios del deseo, desde niña.

lunes, 3 de octubre de 2016

AL LADO DEL AGUA




Lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, en medio de la oscuridad, ver la luz. El primer suceso fue en Uninajab, un espacio de recreo que los comitecos conocen de sobra y al cual acuden en temporada de vacaciones (“temporada” le llaman). Antes, los paseantes mandaban a construir jacales, más tarde mandaron a construir residencias y ahora el espacio cuenta con todas las comodidades de la modernidad. Ganó en comodidad, perdió en naturalidad.
Fue en la casa del maestro Hermilo Vives Werner. Adolfo y yo fuimos un domingo. Cuando la tarde se asomó y luego la noche, salimos al patio y el maestro Hermilo levantó la mano y con ello instruyó para que un muchacho fuera a apagar las luces. Estábamos junto al canal donde corría el agua que baja desde el Ojo de agua; se escuchaba el bramido sosegado de un chorro que caía, desde una gárgola simple, a un extremo de la alberca. El muchacho apagó la luz y la oscuridad se hizo y, en medio de esta oscuridad, apareció el cielo iluminado por cientos de estrellas. ¡Ah, qué cielo oscuro más luminoso!
Lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, en medio de la oscuridad, ver la luz. La tía Chilita le gustaba leer, pero más le gustaba que le leyeran. Rosario, que era la menor de las primas, había heredado el gusto de la tía: le gustaba leer, pero adoraba leer en voz alta. Los primos la rehuían, porque ella, siempre con el libro de cuentos infantiles, debajo del brazo, insistía en leerles en voz alta, a la hora que los demás querían jugar a las escondidas, a treparse a los árboles a cortar jocotes, a deslizarse por el pasamanos como si éste fuese una resbaladilla, a echarse una “chica” en la bicicleta del tío Antolino. Pero Rosario no se acongojaba, porque sabía que a la hora que la Chilita terminaba con su quehacer se sentaba en el corredor de la casa al lado de una maceta con helechos, sacaba su tejido y le pedía a Rosario que le leyera en voz alta. Yo veía cómo la tía cerraba los ojos y así, como si fuese ciega, continuaba tejiendo con sus hábiles manos y escuchaba las historias que Rosario leía en voz alta y con correctas modulaciones de voz.
Una vez le pregunté a la tía cómo le hacía para tejer con los ojos cerrados, me dijo que tenía una experiencia de más de cuarenta años, dijo: “Mis manos ya saben el camino”. Cuando le pregunté si la lectura también era un camino conocido y por eso escuchaba con los ojos cerrados, me dijo: “Los besos saben más ricos si cerrás los ojos”.
A X un día le pedí que me enseñara a besar y ella me dijo que el primer paso era cerrar los ojos. Así lo hice y descubrí que, en efecto, así, en medio de la oscuridad, se hacía la luz, esa luz de la que habla la Biblia cuando Dios, con un pase mágico, brillante, rotundo, hizo el universo.
Con los ojos cerrados se logra ver la luz. Sé que lo mismo hacen los místicos, lo mismo hacen quienes meditan. No se puede alcanzar la luz divina con los ojos abiertos. Para que la luz llegue al espíritu es preciso apagar todas las luces, las fluorescentes, las de las velas, las impertinentes de las esquinas, las de las pantallas led.
La noche de Uninajab me sorprendió. Jamás había visto el cielo con tanta luciérnaga suspendida. Conforme el tiempo pasó el resplandor se hizo más evidente. Creí que llegaría el instante en que todo sería luz, porque pensé que ese destello de cientos de estrellas se agrandaba hasta hacer minúsculo el espacio de sombra, era como si las estrellas jugaran a tomarse de las manos, a través de los hilos de luz que habían expedido millones de años luz atrás. ¡Millones de luz! Es decir, esa luz que advertíamos había recorrido túneles oscuros a través de miles de galaxias. Entonces decidí hacer lo que la tía Chilita había recomendado: cerré los ojos y dejé de ver el cielo, abrí los labios y esperé que el universo, al estilo de Julio Cortázar, “tocara mi boca, con el borde de su dedo”. ¡Y fui tocado! Y sentí su beso y sentí rico, muy rico, como si los labios de una muchacha bonita posaran sus alas en los míos.
No tengo duda, lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, como ciego, atrapar la luz. Y el rumor del agua al lado, de la corriente que fluye, el tiempo, la nada.

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN ESPACIOS PARA CONSTRUIR MIRADAS SUBLIMES





Querida Mariana: ¿Para qué los hombres construyen bibliotecas, museos, auditorios, salas de concierto y demás estructuras destinadas al fomento de la creación y del arte?
Bueno, como todas las preguntas, ésta puede tener varias respuestas. Desde la que está de moda y que es la manera de que los gobernantes deshonestos justifican el apoyo a las artes y se quedan con una buena tajada del presupuesto hasta la que sería deseable y es la de que el arte ayuda a hacer sociedades más dignas.
Al principio, las sociedades crearon espacios especiales para el disfrute del arte. La gente acudía a las grandes salas a regocijarse con la ópera, con el ballet, con la música culta. Había una necesidad espiritual, una necesidad de crecimiento en las humanidades. ¿Qué sucede ahora? No sé qué pensar cuando me entero que en el Palacio de las Bellas Artes (sí, así se llama, porque invoca, precisamente las bellas artes) se presentó, en días pasados, un concierto de Mijares. Manuelito es un cantante soberbio, pero ¿Bellas Artes es el escenario para que presente sus canciones que son muy medianonas? Poco falta (¡Dios mío, que nunca se cumpla!) para que el guatemalteco Arjona también solicite dicho espacio.
Mario Vargas Llosa, en un libro luminoso e iluminador, habla acerca de cómo el arte puro ha ido perdiendo terreno y ahora el arte se presenta como un gran espectáculo. El cine de arte ha cedido su espacio privilegiado y ahora medio mundo adora el cine de Hollywood con la gran parafernalia de los efectos especiales.
Ya muchos críticos expertos han comentado cómo el performance y las instalaciones que proliferan en museos y galerías son, en muchas ocasiones, muestras fraudulentas, alabadas por gente sin la menor educación en artes plásticas.
Con frecuencia escucho que algunos intelectuales sostienen que la gente común no acude a museos ni a los espacios donde el arte se presenta. ¡Es cierto! Pues ¿qué querían? En los países subdesarrollados (como el nuestro) no existe una educación artística. La gente acude a los espacios donde está lo cotidiano, lo que se ha vuelto costumbre. La gente acude a los estadios, los días en que el fútbol soccer aparece o cuando un cantante o grupo musical actúan.
Pero, ¿cómo revertir esa tendencia negativa? ¿Cómo hacer para que la gente acuda a espacios donde puede alimentar su espíritu? Ya se dijo que el concepto de educación es fundamental. Es una pena que el sistema educativo de este país no le dé importancia al arte; es una verdadera pena que las autoridades gubernamentales soslayen la trascendencia del arte. En el recorte presupuestal de este año, ya lo dijeron los expertos, impacta el porcentaje que el gobierno eliminó al sector llamado cultura. A este sector le mocharon más del treinta por ciento con respecto al año anterior.
A mí, más que los organismos oficiales, me atraen los espacios que promueve la iniciativa privada.
En Comitán, en los años sesenta, querida niña, no existían museos. ¡No! ¿Cómo era posible esto? No lo sé. En casas particulares existían pequeños museos arqueológicos. Los comitecos coleccionaban las figuritas que se hallaban en los campos de siembra. Muchas zonas arqueológicas eran usadas para sembrar maíz, cuando los labriegos echaban la coa brotaban las figuras de barro y los tepalcates (nunca, que yo sepa, alguien dio con un gran tesoro de piezas en oro o alguna máscara de jade). Esas figuras servían para adornar repisas de casas particulares. También existió lo contrario, un tráfico intenso de piezas arqueológicas que eran vendidas a compradores extranjeros. Esta es la razón por la cual mucho de nuestro tesoro cultural está exhibido en vitrinas de países ajenos.
No sé bien, pero, sin duda, quienes poseen piezas arqueológicas en su casa no cometen delito federal. No lo sé. El tráfico sí es penadísimo. Y digo esto, porque, hasta la fecha, conozco a más de dos comitecos que en sus casas poseen piezas originales. Cualquiera podría pensar que esas piezas deberían estar a resguardo de las instituciones culturales oficiales (digamos INAH), pero, se entiende que esos coleccionistas mantienen en custodia el tesoro de nuestro país. Son como pequeños museos privados. Seguro que es más el número de piezas que se ha traficado que el que se conserva en casas particulares. A fines de los años ochenta, con un grupo de amigos, iba a las ruinas de Tenam (aún no estaban bajo la encomienda del Instituto Nacional de Antropología e Historia). En la comunidad de El Puente llegábamos a casa de un muchacho (Víctor, creo que se llamaba o se llama. Ya no debe ser muchacho) y le preguntábamos si tenía figuritas para vender. Nos pasaba a la sala de la casa, con piso de tierra, nos ofrecía unas sillas para sentarnos y un vaso de agua de chilacayote para beber y, poco a poco, iba sacando las piezas de barro que mantenía en otra habitación. Eran figuras prehispánicas que él o sus familiares rescataban de la zona arqueológica en el momento que preparaban la tierra para la siembra. Víctor (¡ay, por Dios!) tenía la costumbre de pintar las figuritas. Como si fuera un ejercicio escolar él tomaba la figura de barro y le echaba color. Usaba el color azul con frecuencia. Como que ese era su color favorito. Adolfo se molestaba, le decía que no lo hiciera, pero nosotros, ya afuera de la casa, le decíamos a Adolfo que no dijera eso, porque entonces Víctor entendería el valor de las piezas y nos las vendería más caras. Una vez, Víctor nos llamó, nos llevó al patio y nos mostró una pieza de piedra. Era la figura de un guerrero, sin cabeza, con las manos atadas a la espalda, hincado. Jorge dijo (como si fuese un experto) que representaba la figura de un hombre que había sido vencido en el juego de pelota. La figura estaba desnuda, apenas se alcanzaba a mirar un mashtate cubriéndole el bajo vientre. Adolfo dijo que no, que no podíamos comprar esa figura. Eso ya rebasaba nuestra inocente acción de comprar figuritas pequeñas hechas en barro o puntas de flecha talladas en piedra. Conozco mucha gente que conserva en su casa puntas de flecha talladas en piedra. Es emocionante saber que esas puntas fueron empleadas para cazar animales de la zona. Las figuras que Víctor nos ofrecía fueron siempre muy pequeñas, tal vez estas figuras eran juguetes de los niños que habitaron esa zona arqueológica. El día que Víctor nos sorprendió fue cuando nos enseñó la figura de piedra, ésta sí medía más de medio metro de altura. ¿Cómo la bajaste?, preguntó Jorge. Víctor sonrió y nos mostró la carreta que estaba en el sitio.
Ahora, el INAH mantiene un museo arqueológico en el edificio que anteriormente ocupó la escuela federal Belisario Domínguez. Ahí están las piezas a resguardo, para el disfrute de todo mundo; ahí, los investigadores las estudian y nos dan pautas de nuestro pasado histórico; pero también hay casas particulares (en todo el país) donde están exhibidas figuras pequeñas que son el complemento de ese rompecabezas incompleto que es nuestra historia. Miles de piezas están en museos extranjeros, en casas de extranjeros millonarios.
Ah, no, a mí no me quedés viendo así. No tengo ni una sola pieza. Tenía un pedazo de estuco que una mañana levanté en la zona arqueológica, pero ya se perdió. Las piezas que a Víctor le compré, que no fueron más de cuatro o cinco (incluidas dos puntas de flecha) las obsequié. Siempre he sido muy dado a regalar los objetos que me rodean. Gracias a Dios no tengo un sentido exagerado de posesión material. Una vez llegaron dos amigos poetas a desayunar a la casa, salió el tema a la hora que tomábamos café y yo me levanté, traje dos de esas piezas y las puntas de flecha y se las obsequié. No sé si ellos las conservan todavía. Debe ser que sí.
Esta historia que te cuento es una historia que se repite en muchos casos. Para nosotros, los legos, es muy difícil identificar la originalidad de las piezas. Mi tío Neto era experto en moldear figuras. Tomaba una piedra, cualquiera del rancho, y, con la paciencia de Job, pero con la impaciencia del comerciante judío, la tallaba teniendo como modelo una de las piezas auténticas que había encontrado cerca de un montículo en la hacienda. Tocado con la gracia de los dioses mayas, el tío lograba crear una pieza que sólo los expertos podían descubrir que no era auténtica. Tenía un método de “envejecimiento” de las piezas con el cual les imprimía un aire de pieza del siglo X. Metía la pieza en un morral y se iba a ofrecerlo a San Cristóbal. En la tarde ya estaba de vuelta en Comitán, con la paga en la bolsa. Esos norteamericanos (sobre todo) deben tener esas piezas en sus residencias creyendo que poseen tesoros originales. Sólo faltaba que el tío le pusiera una etiqueta, en la base, con su número de teléfono por si alguien deseaba adquirir otra figura tallada por los mayas.

Posdata: Me fui por otro camino. Quería contarte de los espacios dedicados al arte que la iniciativa privada ha construido y de los beneficios que esto provoca en la población en general, pero, bueno, será motivo de reflexión en otra carta.