lunes, 9 de marzo de 2015

ALGUNA TARDE



Los niños de todo el mundo somos traviesos. Cuando salimos de la escuela, todos en tropel después del toque de la campana, caminamos por las calles, con la mochila al hombro y a la señal de uno de nosotros, el que camina detrás del grupo, con las manos adentro de las bolsas del pantalón, saca una mano y toca el timbre de una casa, ¡se pega al timbre! Echamos a correr. Acezando llegamos a la esquina, doblamos y luego sacamos las caras, como búhos, detrás de la pared, para ver el momento en que la dueña de la casa abre y, molesta, descubre que, ¡otra vez!, nosotros, los niños traviesos, le hemos jugado una mala pasada. Entonces reímos. Ese es el chiste del juego, hacer que las mujeres que están adentro, lavando, haciendo la comida, lavando los trastos, planchando o en el baño, vayan a la puerta y mienten madres. A veces, con nuestros impermeables, nos ponemos de acuerdo, en tardes de lluvia, a salir y tocar timbres. Es cuando más nos divertimos, porque las dueñas de las casas se molestan de más, porque deben salir con paraguas y se mojan los zapatos y los pies. Nosotros tocamos en muchas casas antes de llegar a las nuestras, pero donde sí no nos hemos atrevido es a tocar el timbre de la casa de don Quién Con. Éste es un viejo pelón, con bigote como cepillo para bolear zapatos. Para caminar se apoya en un bastón que, también, le sirve para golpear a los niños que se atraviesan en su camino. Le tenemos miedo, porque en el parque siempre se para a mitad del kiosco y, con el bastón en alto, amenaza a los niños de ¡toda la ciudad! Si alguien se atreve a tocar su puerta lo buscará, hasta por debajo de las piedras (así lo dice), y le dará una tunda con el bastón que le dejará las nalgas como piel de puerco espín pero sin espinas. ¡Eso provoca miedo en todos los niños! Don Quién Con se pone rojo y parece que, de un momento a otro, se le romperán las venas de su cuello, que es grueso como un tronco de árbol viejo. Don Quién Con es un viejo solitario, sin familia, sin mascotas. Tal vez vive enojado por eso, por las carencias. Y no nos atrevemos a tocar el timbre de su casa y hacer la travesura porque tiene una cámara que, cuentan los adultos, graba todo lo que sucede en la calle. Así que, dice Coquín, cuando alguien de nosotros toque el timbre él verá quién es y no saldrá, así que la travesura no contará y, además, él irá hasta la casa del travieso y esperará que salga con su bicicleta y se irá contra el niño y lo molerá a golpes de bastón. Por eso no nos hemos atrevido. Bueno, hasta ayer lo habíamos considerado una hazaña imposible, porque, en la tarde, mientras nos poníamos los patines para patinar en la cancha que hay en el parque, Coquín (¿quién más?) lanzó un reto. Dijo que había visto en la televisión un programa donde un grupo de ladrones robaba un banco y varios de ellos, con pintura negra en aerosol, cancelaban las cámaras. “¡Lo hagamos así!”, dijo Coquín, emocionado. “¡Sí, sí!”, dijimos los demás, alzando los brazos, como si tuviésemos bastones, igual que don Quién Con.
¿Por qué le decimos así a don Quién Con? ¡Muy sencillo! Cuentan los adultos que antes, las casas no tenían timbre. La gente llegaba y tocaba la puerta. Adentro, don Quién Con gritaba: “¿Quién?”, y el que tocaba decía su nombre; acto seguido don Quién Con, preguntaba: “¿Con?”; es decir, el viejo pelochas pensaba que siempre quien tocaba debía ir acompañado con alguien y si alguien llegaba solo ¡no abría la puerta! Todo mundo de la ciudad le puso ese apodo de Quién Con.
Después de patinar durante toda la tarde, a la hora que tomábamos un refresco en la tienda de doña Efulvia, Coquín dijo que preparáramos el plan. La cámara de la casa está enfocada hacia la puerta, colocada en un alero. Llevaremos una escalera, Martín subirá, extenderá el brazo izquierdo y pintará el lente. Cuando ya Martín haga una seña, Coquín se prenderá al timbre. ¿Qué hará don Quién Con cuando oiga el bramido de la chicharra y nada vea en la pantalla? Mientras Julio pedía otro refresco de naranja, Martín dijo que sólo tenía dos posibilidades: azotar el bastón contra el suelo, ignorar el timbre y llamar por teléfono al técnico para que revise la cámara de seguridad o, picado por la curiosidad, caminar hacia la puerta y preguntar: ¿Quién? Si pasa lo primero perderemos la oportunidad de gozarlo y habremos fracasado, pero si sucede lo segundo, a la hora que don Quién Con pregunte ¿quién?, nosotros, a coro, gritaremos “¡Con!” y saldremos corriendo y cuando él abra la puerta ya no podrá reconocernos y seremos felices, correremos con los brazos en alto, recibiendo la bendición del aire.
Así, hoy, el peluquero y doña Sebastiana, a la hora de contar el pan que lleva en un canasto doña Arminda, vieron que el grupo de niños pasó cargando una escalera de metal y la colocaron justo detrás de la cámara de seguridad de la casa de don Quién Con; vieron a Martín trepar y, con un bote de pintura en spray, ennegrecer la lente. Y vieron lo que no tomamos en cuenta a la hora de revisar las posibilidades. El viejo pelochas estaba pendiente de la pantalla y cuando vio que ésta comenzaba a ponerse oscura supo que alguien (pensó que un ladrón) estaba cancelando la visión, así que tomó su bastón y, casi corriendo, fue a la puerta, la abrió y vio a Martín trepado en la escalera y a nosotros deteniéndola. Levantó su bastón y, como si fuese un samurái, lo blandió contra el grupo. Todos corrimos en diferentes direcciones. Sólo escuchamos el grito de “¡Me las pagarán, cabrones!”, y luego, para que comprobáramos que, en efecto, se la íbamos a pagar, gritó, como si fuese maestro pasando lista, cada uno de los nombres de quienes corríamos. Sólo Martín quedó atrapado arriba de la escalera. Lo dejamos olvidado. El viejo llegó hasta la escalera y, golpeando la escalera con el bastón y moviéndola de un lado a otro para hacer que Martín perdiera el equilibrio, gritaba como cuervo adentro de una pira. Creímos que Martín nunca nos perdonaría el haberlo abandonado, pero cinco minutos después, nos alcanzó en el parque, y riéndose como nunca nos contó qué sucedió. Cuando Martín vio que el viejo insistía contra la escalera no le quedó más que, como chango, colgarse de una viga y patear la escalera. Esto descontroló al viejo. Martín pensó que esa era su única oportunidad para escapar y se dejó caer, con tanta suerte, que cayó justo sobre los hombros del viejo pelochas. Cuando Martín vio que cabalgaba sobre el viejo dijo que tuvo un impulso irrenunciable y gritó: ¡Arre, arre!, y lo espoleó. El viejo, al sentir los puyazos en su costillar se hizo para abajo y con el peso de su carga cayó hincado sobre la banqueta. Al ver Martín que había quedado parado sobre el piso se bajó y corrió hacia donde sabía que nos habíamos reunido. Cuando lo contó nos hamaqueamos de risa, dijo que el viejo, en lugar de estar enojado, parecía contento a la hora que él le jaló de las orejas y gritó: “¡So, so, so!” para detener la carrera desbocada del caballo. Coquín se hizo para atrás y, como estaba sentado en un pretil, cayó sobre el arriate donde están sembrados unos rosales. Sin importar lo espinado que quedó, se revolcó de la risa. Cuando dejamos de reír, todos alzamos los brazos y cantamos victoria. Habíamos logrado superar la única misión que teníamos pendiente. Pero, luego, Martín dijo que el viejo nos había reconocido. No nos la acabaríamos. Coquín dijo que ojalá que el viejo se hubiese quebrado una costilla y que, ojalá, se muriera. Pero los demás dijimos que no. Entonces sentimos pena por el viejo, bigote de cepillo, y Martín dijo que fuéramos a ayudarlo y estuvimos de acuerdo, pero cuando llegamos a la esquina y doblamos vimos que ya mucha gente estaba alrededor de una ambulancia y dos camilleros subían al pobre viejo. La sirena se oyó, toda la gente se hizo a un lado y la ambulancia se fue a todo lo que daba. Corrimos detrás de la ambulancia, haciendo el mismo sonido con nuestras bocas. Como la clínica de salud está a dos cuadras llegamos justo a la hora que los camilleros bajaban la camilla y la ponían a mitad de la calle. Martín nos sorprendió pues comenzó a llorar a gritos, se acercó a los camilleros y dijo que era nieto del viejo. Nosotros nos cubrimos las bocas para no dejar paso libre a las carcajadas. Los camilleros le creyeron a Martín y permitieron que se acercara al viejo, los demás hicimos lo mismo. El viejo volvió la cabeza y nos vio. Su cara se transformó, hizo un mohín como de piedra, pero luego algo en él se hizo como paleta de fresa con bombones, sonrió y, en voz muy baja, se dirigió a Martín y dijo: “En cuanto yo salga de acá ¿volvemos a jugar a los caballitos?”. Martín dijo que sí, sí, y, tal vez por la emoción, siguió llorando y tomó la mano del viejo y dijo: Sí, sí, abuelito, sí. Los camilleros nos hicieron a un lado y metieron la camilla para que los médicos atendieran al viejo pelochas. Nosotros nos vimos sin decir algo. ¿El viejo había quedado contento con el juego de Martín? Parecía que así fue. Tomamos a Martín de uno de los brazos y dijimos que ya era hora de marchar, pero él nos detuvo y dijo que no, que él se quedaría ahí, hasta que “su abuelo” se recuperara. Coquín dijo que eso era una bobera, pero cuando vimos que Martín hablaba en serio respetamos su idea y supimos que, a partir de ese momento, todos veríamos de manera diferente al viejo y, tal vez, por respeto a Martín, dejaríamos de decirle don Quién Con; tal vez, también nosotros le diríamos abuelo y en lugar de jugar esos juegos bobos de tocar el timbre para molestar, iríamos en las tardes a platicar y acompañaríamos a Martín a jugar con él.
Los niños de todo el mundo somos traviesos. Algunos se dedican a molestar a las señoras tocando los timbres de sus casas y echándose a correr. Muy pocos son los niños que juegan a los caballitos con los viejos.

domingo, 8 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE CÓMO CAMINA EL TIEMPO




Una expresión común es “¡Cómo pasa el tiempo!”. Se dice para expresar que el tiempo ¡vuela! Pero ¿es cierto eso? Acá, en esta fotografía, perdón, se ve que el tiempo no vuela, ni siquiera corre. El tiempo ¡camina lento, muy lento, a paso de tortuga! Claro, nunca se detiene, nunca hace una pausa. El tiempo no se agota, es infinito, pero no lleva prisa, camina con paso cansino.
Con respeto, se solicita al lector observe los elementos que esta fotografía contiene: una pared con manchas de humedad y huellas de algún cartel retirado; un grafiti; apenas una orilla de balcón; el poster que anuncia un acto infantil en el teatro; una puerta de madera con lunares de metal; y un hombre. ¿Y el tiempo? ¿En dónde está el tiempo? Es apenas una sombra, una sombra cansada, pero si el lector mira con atención verá que el señor, con gorra, chamarra de color negro, pantalón claro y botines color café, está concentrado en un chunche que detiene su mano izquierda. Ese chunche es un teléfono celular. ¿Qué tiene en la mano derecha? ¡Es una lupa minúscula! Apenas un dedal que amplifica. ¿Qué hace el hombre? Nos da una lección de vida: el tiempo camina lento. Por eso, el señor se inclina tantito, porque el tiempo no es como un huracán, es como una brisa suave, pero aire al fin levanta el polvo de la calle, seca la ropa tendida en la azotea y hace que los viejos inclinen tantito el cuerpo, como si fueran barcos a mitad del mar.
¿Quieren saber qué hace el hombre? Deja que pase el tiempo, el tiempo que dejó la huella húmeda en la pared; el que pintó de manchas la pared, el que pegó el cartel sobre la puerta. Porque (el lector estará de acuerdo) hubo un “tiempo” en que la puerta estaba recién barnizada; la pared impecable; el balcón abierto y completo. Hubo un tiempo en que la grada estaba lisa y pulida y que las losetas del portal brillaban con la luminosidad de lo nuevo.
Los elementos de esta fotografía (incluido el hombre) acusan desgaste. Es la presencia del tiempo que es como una gota de agua que, a base de constancia, taladra una piedra. El tiempo no vuela, ni siquiera corre. Sin que se advierta de manera ostensible, camina, camina con paso de tortuga, pero lo hace sin pausa. Por ello, los elementos de esta fotografía están húmedos, con moho. Hubo un tiempo en que el hombre de esta fotografía fue niño, fue joven. Y ahora, sin que él se hubiese dado cuenta bien a bien, ya está como árbol sin hojas.
Pero, ¿qué hace este hombre? Nos deja la lección de cómo pasa el tiempo. Con la mano izquierda detiene un teléfono celular y con la mano derecha detiene una lupa, que es como un dedal. Este dedal lo coloca frente a su ojo (muy cerca) y busca el número para oprimirlo. Así con cada número del número telefónico. Cuando, con trabajo, termina esa labor, entonces lleva el celular a su oreja y habla con su hijo, que quién sabe dónde vive. Bueno, bueno, dice. ¿Cómo estás?, pregunta.
Ah, el tiempo, qué cruel. Camina casi en puntillas pero jode como si fuese un instrumento de cámara de tortura. Todo lo jode, mancha la pared, carcome la grada, debilita el ojo, golpetea la columna vertebral. El tiempo hace que el ojo ya no mire bien y obliga al hombre a usar un chunche que amplifique su visión. Lo que en los jóvenes es como saltar la cuerda, en los viejos es pasar de una a otra orilla en un puente colgante. ¿Cuánto tiempo se lleva el hombre en buscar el número y en marcarlo? ¿Cuánto tiempo en pasar de una a otra orilla?
El tiempo camina con paso cansino. Casi no se advierte. Es como el paso de una nube que no se sabe bien a bien hacia dónde va, pero que camina de un lado a otro impulsada por el viento. El tiempo es como una gota de aire que, terca, impulsiva, sin descanso, perfora el espíritu del hombre y de las cosas del mundo y las llena de humedades y de ramas secas.

sábado, 7 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (parte VII y última)



Querida Mariana: ¿en qué nos quedamos? ¡Ah, ya! En una anécdota que me contó Bonifaz y que sintetiza (si es posible decir esto) su secreto para permanecer siempre joven. Ahí, sentados ante la pequeña mesa de madera de su cocina, adornada con un mantel de tela, me contó que una vez su hijo Alex, siendo estudiante universitario, le llamó por teléfono y, alarmado, le dijo que le sucedía un fenómeno extraño, mientras leía el libro de química, las palabras se desprendían de las hojas, flotaban, subían al techo, rompían el techo y ascendían más, pero de pronto, como si fuese una tormenta, las palabras caían en cascada y venían en alud contra él. Maestro Óscar lo escuchó con atención y cuando Alex terminó de contar, él le dijo que no se preocupara, que se mantuviera tranquilo, que dejara que las palabras se desprendieran de las hojas, se elevaran, rompieran el techo y que a la hora en que, en tropel, vinieran contra él les hiciera así, y el maestro abrió la mano izquierda e hizo un hueco, como de horqueta, entre el pulgar y el índice y en seguida, llevó el dedo índice de la derecha y lo somató varias veces en el hueco de la palma izquierda. Con esto quiso decir que los mandara a ¡la chingada! ¿De verdad ésta es la clave de Bonifaz para mantenerse en un estado de armonía permanente? Pareciera que sí, ¡no hacer caso a los problemas! Dejar que la vida fluya como río de agua limpia.
En el año 2010, la Universidad Mariano N. Ruiz y el Centro Cultural Rosario Castellanos le hicieron un homenaje por su cumpleaños ochenta y cinco. Del 6 al 10 de septiembre hubo una serie de actos celebratorios. ¡Cinco días dedicados a la vida y obra de este personaje comiteco! Al término del homenaje, en el corredor de la Casa de la Cultura (espacio creado por él) me acerqué, mientras hablaba con su hijo Alex, y le dije: “Nos vemos en los noventa”. Él sonrió y yo también. Bueno, ahora ya estamos cerca de su cumpleaños noventa. Una mañana de éstas lo encontré en el Pabellón Municipal, después de saludarnos le recordé el compromiso y, muy serio, me dijo: “No, no voy a estar en Comitán, tengo que ir a la ciudad de México, porque Alex…”, y salió sin despedirse. Sonreí porque me acordé de esa noche en que dijo que sería padrino de bautizo. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué bautizo se realiza a las nueve de la noche?
De todos modos creo que será bueno celebrar los noventa años de nuestro autor literario. En sus ochenta y cinco hicimos un guateque.Tal vez será bueno hacer una revisión de su obra completa. Que los jóvenes se acerquen a leerlo y que los críticos hagan una crítica de cada uno de sus libros. A final de cuentas el mayor reconocimiento ya le fue entregado en diciembre del año pasado: ¡el Premio Chiapas! Este premio también tuvo un intenso recorrido. En el año 1987, la Biblioteca Rosario Castellanos impulsó su candidatura. Decenas de instituciones vieron con agrado tal propuesta y firmaron cartas de adhesión. Ese año, Federico Álvarez del Toro recibió el galardón. ¡Ni modos!, dijimos, ahí será para la otra. La otra fue el año pasado.
En el año 2005, iba manejando mi carro en un bulevar de la ciudad de Puebla. Iba a comprar papel a la papelería Lozano, cuando escuché por la radio que el gobierno de Chiapas había conferido la Medalla Rosario Castellanos a Bonifaz. Me detuve y sonreí. Desde Puebla celebré la noticia. Cuando regresé a la casa, a punto de llamar por teléfono al maestro para felicitarlo abrí una página de Internet y lamenté la noticia. La medalla le había sido conferida a Bonifaz, sí, pero a Bonifaz Nuño. Ya no me dio tanto gusto la noticia. Este 2014 sí disfruté la noticia, porque junto a mi maestro Heberto Morales Constantino, Óscar Bonifaz también recibió la distinción que le es otorgada a muy pocos chiapanecos.
¿Qué más, mi niña? Tengo mil bultos más de palabras. Muchas se quedan en el tintero. En su más reciente novela un personaje del siglo pasado dice que la mayor virtud es el silencio. Esto no es así. Mentira que calladitos nos vemos más bonitos. Es preciso hablar. He querido, en esta serie de cartas que te he enviado, hablar de Bonifaz, de mi relación con él, de cómo lo he visto y de cómo lo veo. Queda en el tintero el análisis de los últimos tiempos. Si Dios me lo permite esperaré la perspectiva que otorga el tiempo para poner su personalidad en el plano objetivo. En estas líneas que escribí y que tuvieron la pretensión de hacerte llegar mi visión acerca de este personaje está decantado mi cariño por él. Trato (siempre lo he hecho) de poner a mis semejantes en el plano real, sin olvidar que cada uno de ellos no es más que un simple hombre que cumple con su tiempo y con su circunstancia. De una cosa estoy seguro, mi cariño por él es inamovible.

Posdata: en el barrio de San Sebastián hay un restaurante que vende tamales de bola (César Robles me aseguró que eran los mejores tamales de bola de la región y ya Paty, que los probó, dice que, en efecto, son muy buenos). Dicho restaurante se llama “El tachilgüil”. En las paredes hay cuadros con la columna de Bonifaz que publicó en el Boletín Imaginarte, ese maravilloso medio impreso que es también un referente en la historia de Comitán y que se debió a la inteligencia y espíritu generoso de Lourdes de La Vega y Xavier González. En el mundo hay restaurantes que son como homenajes a los grandes escritores. Este restaurante comiteco es un homenaje a Bonifaz, un homenaje envuelto en hoja de tamal. Nunca he cenado en ese local, pero debe ser un privilegio sentir el aroma de los tamales recién sacados de esa nube vaporosa de la olla, mientras el comensal se divierte leyendo las anécdotas del maestro.
El Tachilgüil se hizo popular en el boletín. El maestro hizo un libro que fue un éxito editorial. La edición se agotó. ¿Qué contenía el Tachilgüil? Anécdotas y chistes. Anécdotas comitecas y chistes de todo el mundo que, al pasar por el tamiz de Bonifaz, adquirieron ciudadanía.
Copio un Tachilgüil para que mirés por dónde iba esta vaina. Este Tachilgüil se llama Comedimiento: “Don Julián, aquel viejito que vive en la ranchería El Ocotal Ojo de Agua, del municipio de La Trinitaria, vino aquí a Comitán a comprar sus cositas y, naturalmente, también compró su pachita de trago que se bebió hasta la última gota. Ya bolito pasó a la veterinaria y le gustó un pollito tierno que, naturalmente, se llevó para contentar a su mujer. Metió al animalito dentro de su camisa, subió al autobús, se sentó y se quedó bien dormido. El pollito aquel, medio asfixiado, buscó aire y se asomó por la bragueta semi abierta de don Julián. ¡Pi! Una señora, también de rancho, muy comedida, sacudiendo al viejito del hombro le dijo alarmada: Don Julián, don Julián, despiertesté; como que se le acaba de reventar un huevo”.
¿Otro? Ahí va uno que se llama La viuda cortés: “Pues fijesesté que mi comadre Enedina me pidió que yo la acompañara para unos asuntos que dejó pendientes su marido recién muerto. Llegué a su casa y antes de salir a la calle, mi comadre entró al baño a hacer pipí. Al salir me dijo: “¡Salud, compadrito!”. Luego yo también entré al baño para hacer pipí y al salir también le dije: “¡Salud, comadrita!”. “Bueno, compadrito, ya que nos dijimos salud, ¿por qué no chocamos los envases?”.
¿Mirás? Son como pildoritas cuya pretensión es provocar la risa. No va más allá. Por supuesto que contienen una buena dosis de picardía. El humor mexicano, el de pueblo, tiene vasos comunicantes con el albur y el doble sentido. El humor tiene que ver con la vida. Bonifaz comparte, a diestra y siniestra, ¡la vida! La ha compartido a través de sus obras y a través de su plática. La vida fluye más plena cuando uno está a su lado escuchando sus anécdotas.
He tenido el privilegio de gozar del aprecio de Bonifaz. Me ha obsequiado sus libros y, de manera invariable, en sus mensajes pone algo como esto: “A Alejandro, comiteco que como él quisiera que fueran todos”. ¡Dios nos libre! Sé que lo dice en buena onda, pero no imagino un pueblo uniforme. No imagino, tampoco, un pueblo lleno de cientos de Óscar Bonifaz. Él es único. Para que este pueblo, también, siga siendo único es preciso que cada comiteco conserve su autenticidad. Única sos vos, mi niña bonita, nunca nadie alguien como vos. Sólo yo tengo el privilegio de tu afecto más cercano. Muchos quisieran, pero no es así. Por esto, cuando alguien me pregunta por vos, le digo que por ahí andás, que andás pajareando por saber qué cielos.
¡Larga vida a Óscar Bonifaz! ¡Larga vida a todas sus ingeniosidades! Comitán es único por la calidad de su gente. El mundo entero vuelve la vista hacia este lado y sonríe al saber que hay un pueblo en la vida que ama la vida. ¡Cotz con Óscar Bonifaz!

viernes, 6 de marzo de 2015

LOS 88 DE GABO




Hoy, Gabriel García Márquez cumple 88 años. Cuando alguien ya está muerto ¿puede cumplir años de vida? El mundo festeja cumpleaños, incluso de los muertos. El año pasado, México celebró el centenario de Octavio Paz y de José Revueltas; el mundo celebró el centenario de Julio Cortázar. ¿Para qué se celebra un nacimiento cuando el festejado ya está ausente? En vida esto no ocurre. Sería un absurdo hacer un gran guateque sin la presencia del festejado. Por lo regular la casa se llena de juncia y aparece la marimba para gusto del cumpleañero. Desde temprano se pega una reja de papel de china en el cuarto del festejado, para que, al ritmo de Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David, el celebrante salga y rompa ese papel translúcido en un acto simbólico de “salir a la vida”. ¿Cómo celebrar los ochenta y ocho de Gabo si ya Gabo no anda de parranda sino que anda bien petateado?
Hay una idea de compensar algunos agravios. En las casas, cuando es cumpleaños de alguien ya fallecido, las abuelas prenden veladoras frente al altar donde están las fotos de los abuelos ya idos. Las abuelas rezan, mientras pasan las cuentas de los rosarios entre sus dedos. Los hijos y los nietos cargan cubetas de plástico, escobetillas y compran atados de flores (nube y claveles rojos), acuden a los panteones y limpian las tumbas y echan agua a los floreros y los adornan con flores. Y, a veces, llevan mariachis o alguna marimba y, en medio de lágrimas, cantan las estrofas de hoy por ser día de tu santo te las cantamos aquí. Y el festejado ni se entera, porque ya anda bien muerto. Pero los vivos siguen celebrando la ausencia, porque algo se quedó pendiente. Siempre es así. Los vivos cargan algunas piedras y tratan de hacerlas polvo para que se integren al polvo infinito del difunto.
Porque, todo mundo lo sabe, pero no lo acepta, la vida es una y termina cuando el individuo lanza su última exhalación. Algo sucede en ese instante, el fuelle que funcionó sin pausa cada segundo suspende su labor y todo queda como una piedra, como un páramo. La muerte es tan tonta, tan cruel. Un segundo antes todo es vida (aunque sea un poco gris) y un instante después todo es la oscuridad infinita. Pucha, qué tramposa la muerte.
¿Para qué festejamos a los ausentes? ¿Qué cordel de luz nos hace falta amarrar al vacío? El año pasado, alguien se aventó la puntada maravillosa de exigir “Menos Paz y más Revueltas”, porque la derecha quemó más cohetes a la figura de Octavio Paz y fue menos generosa con la de José Revueltas. ¿Qué exigimos hoy, en los ochenta y ocho de Gabriel? Si fuese un reclamo literario diríamos: “Menos Putas tristes y más años de Soledad”, y digo esto porque parece increíble que un hombre que escribió ese prodigio de novela llamado “Cien años de soledad” también haya escrito ese bodrio llamado “Memoria de mis putas tristes”.
El propio Gabo contó que una vez soñó con su muerte y se dio cuenta que “morir es no estar nunca más con los amigos”. En efecto, ahora, que conmemoramos sus ochenta y ocho, Gabo ya está bien muerto y no está más con sus amigos. Pero y ¿sus amigos? ¿Acaso la muerte es también esto: estar siempre con los ausentes? Porque los vivos lo recuerdan, lo leen, lo festejan. No faltará algún lugar de Colombia, alguna escuela, donde los niños lean un fragmento de su obra y, al final, soplen mariposas amarillas de papel. Ojalá que la lectura sea un fragmento prodigioso (tuvo varios) y no vaya a ser una basura como la de la ya mencionada “Memoria de mis putas tristes”. ¿Cómo es posible que un Premio Nobel de Literatura haya escrito una novela tan mediocre, tan malita? Bueno, hoy, en sus ochenta y ocho celebramos el numen de sus mejores líneas y construimos una pira donde se consuman sus peores oraciones. En sus ochenta y ocho le colocamos una reja de papel de China a Gabo y cantamos De las estrellas del cielo tengo que bajarte dos, una para saludarte, otra para decirte adiós. Adiós, Gabo, adiós.

domingo, 1 de marzo de 2015

HACE DIEZ (parte X)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.

PRESENTACIÓN
Estaba invitado para presentar el libro. Diez días antes del viaje, el destino me puso una piedrecilla en el camino. Hablé con el maestro Jorge y le dije que ya no iría. El destino hizo que la piedrecilla se convirtiera en una alfombra voladora. Ya se sabe, el destino es juguetón, es maravilloso. Claro, cuando llegué a Comitán ya me habían borrado de la lista. Yo entendí. El único que se rebeló un poco fue el texto que yo había preparado. Como lo tenía en la bolsa de la camisa sentí sus patadas en mi corazón. El texto pataleaba, hacía su berrinche. “¡A ver, a ver! –le dije– ¿has pensado cuántas botellas lanzadas al mar siguen naufragando?” Sí, mi texto lo entendía pero no lo comprendía y se arrugó conforme se fue humedeciendo. Yo lo saqué de la bolsa y le prometí que buscaría la forma de que no se quedara flotando para siempre; le prometí que buscaría la manera de que alguien pudiera enterarse de su contenido. Me oyó atentamente y al final vi que una mariposa se paró en su rostro. Ah, texto juguetón. Estaba feliz. Ahora sé que el destino de este texto no fue ser leído en un auditorio repleto de gente, su destino fue más humilde. Este texto fue escrito para ti –maravilloso Robinson Crusoe– que ahora te metes al mar y rescatas la botella. Ojalá encuentres una palabra, sólo una, que justifique el tierno berrinche de mi texto.

“¿Qué tienen en común la banca de un parque, una carta enviada a Comitán desde la ciudad de México y unos libros? Es difícil decirlo, pero, a veces, hay vasos comunicantes que existen, sin que haya una explicación racional del hecho.
La banca era una banca del parque de San Sebastián; era una loza de granito con respaldo de madera pintado en color verde.
La carta era una hoja manuscrita; y los libros, son dos.
Y, tal vez, el lazo que une a la banca del parque, a la carta y a los libros, es una palabra: la palabra es héroe, con todo lo que ésta significa.
Estaba yo sentado en la banca del parque leyendo una carta que me había enviado Adolfo Gómez Vives, cuando llegó Manolo Nucamendi. Guardé la carta y saludé a Manolo. Manolo se sentó y platicó conmigo, la plática dio las vueltas misteriosas que acostumbran dar todas las pláticas, así que no me sorprendió que en algún momento Manolo dijera: Para mí, Batman es mi superhéroe favorito, porque no necesita superpoderes para hacer el bien. Es el superhéroe más cercano al héroe de carne y hueso. Y yo pensé: ¡Qué coincidencia!, porque minutos antes había leído en la carta que Adolfo aseguraba que en este país había carencia de héroes y que cada hombre debía inventar el suyo.
¿Qué es un héroe? Yo crecí en un lugar llamado Comitán, en donde a la vuelta de una esquina me topaba con la casa donde vivió el máximo héroe civil de México: el doctor Belisario Domínguez; es decir, hubo un tiempo en que los actos heroicos no fueron cosa inusual; es decir, existe un pueblo –Comitán– en donde los héroes jugaban en sus patios.
Aquel día, cuando Manolo se despidió y lo vi subir la calle de San Sebastián, con rumbo a su casa, saqué de nuevo la carta y leí la despedida de Adolfo. Ambos tenían razón. Manolo me dejó la certeza de que este tiempo no necesita superhéroes, necesita, por el contrario, héroes más cercanos al hombre. Los superhéroes que vuelan o que pueden estirar sus brazos, como si estos fueran elásticos, no salvarán al mundo. Este mundo de carencias, de hambre, de intolerancias y de actos bestiales cometidos por humanos, si acaso tiene la esperanza de una posible salvación, tal esperanza está dada por hombres comunes que hacen a diario actos heroicos. Adolfo, por su parte, me dejó la certeza que la vida en sí es un acto heroico y que, ante la carencia absoluta de prohombres, es preciso acercarse a los más cercanos, a los que están al alcance de la mano y del corazón. Este mundo estará perdido el día en que un hombre busque y ya no encuentre un acto heroico que justifique el paso del hombre por la tierra.
Y acá es donde aparecen los dos libros. ¿Qué cosa sino héroe puede ser un hombre que dedicó su vida a tratar de salvar el mundo desde un apartado lugar del mundo? Mariano N. Ruiz tejió sus utopías con el hilo del sueño, con el ideal del héroe.
¿En qué momento se presenta un acto heroico? Se presenta en el instante en que el hombre deja de lado su propio yo y piensa en los demás. Y los demás puede ser una patria –ahí está como ejemplo Gandhi–, o puede ser la humanidad entera –y como ejemplo pongo a Albert Einstein–, o también, puede ser la redención de un solo hombre –y acá pongo como ejemplo a Jesús.
Mariano N. Ruiz tiene un poco, o un mucho, de Jesús, de Gandhi y de Einstein. Tiene un mucho de ese espíritu renacentista que hizo grande a Leonardo Da Vinci, y tiene un poco de ese hombre desconocido que se vuelve anacoreta para encontrar lo mejor de sí y darlo a la sociedad.
El héroe necesita esos dos elementos que, dicen los que saben, es preciso tener para que el mundo se entere del hecho realizado: estar en el momento y lugar adecuados. Mariano N. Ruiz –el sabio desconocido, el héroe desconocido– se adelantó al momento y estuvo en un lugar que, en ese entonces, era el lugar más desconocido. Sólo los que vivían en Comitán podían asegurar su existencia. Para el mundo de afuera, cuando alguien mencionaba Comitán tal vez sonaba como si dijera La Atlántida. De esto estaba consciente el Maestro Mariano N. Ruiz, por eso, a cada rato, enviaba mensajes adentro de botellas. ¿Será todavía tiempo para que el mundo rescate esas botellas? ¿Será todavía tiempo para saber de sus sueños? ¿Comitán, México, el mundo, estarán a tiempo de rescatar a ese náufrago heroico? Mariano N. Ruiz Lazos y Jorge Gordillo Mandujano han visualizado también que estos tiempos precisan de héroes más cercanos, más íntimos. El sobrino del sabio y el profesor Gordillo Mandujano también, a su modo, celebran actos heroicos, empeñan sus sueños en lo más trascendente que posee el hombre: EL DAR. Hoy entregan a la comunidad, su comunidad, dos libros; es decir, dos cajitas laqueadas que también contienen sueños, ya que el héroe no es más que un sueño vuelto realidad.
Yo imagino que una de estas tardes alguien llegará al parque de San Sebastián, se sentará en una banca, leerá alguna página de un libro de Mariano N. Ruiz y tomará una pluma y escribirá una carta. La carta la meterá adentro de una botella y la tirará al mar, porque tendrá la certeza de que alguien, en alguna parte del mundo, espera la noticia de que en Chiapas hay un lugar en donde la gente no tiene necesidad de inventar héroes. Ese alguien se enterará, entonces, de que un simple maestro de escuela se atrevió a botar muros inmutables, se atrevió a decir a toda voz que la Atracción Universal es el principio del universo, y lo gritó tan fuerte y con tal convicción que aún hoy, casi un siglo después que lo dijo, sigue sonando su voz, su palabra, su grito y su silencio. Ese silencio que también es su silencio, que también es su sueño, su pasión, su amor por Comitán. El sueño del héroe llamado Mariano N. Ruiz.”
¡Hasta acá! Ah, lector, si pudieras ver el texto. Asoman sus manos y cara por los bordes de la bolsa de mi camisa. Brinca de felicidad. Siento sus patadas en mi corazón.

sábado, 28 de febrero de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (Parte VI)




Querida Mariana: te cuento cosas que sucedieron en el siglo pasado, cosas que ocurrieron cuando vos no eras ni anteproyecto de vida. Los viejos somos así, recurrimos al pasado para tratar de explicarnos el sentido o sin sentido de la vida. Trato de nombrar a Óscar Bonifaz para entender a Comitán y retrotraer a mi pueblo para entender al escritor, porque para entender a ambos debo acercarme al humor, a esa picardía que hace famosos a los comitecos en todo el mundo. Milan Kundera, el gran escritor checo, dice que “la gente ríe de un modo diferente en las distintas partes del mundo”. Es proverbial la flema de los ingleses que los hace aparecer como unos seres sosos, pero si pensamos que es inglés el gran humorista Oscar Wilde debemos corregir ese paradigma. ¿Cómo es el humor comiteco? Se acerca mucho a la anécdota que contaba doña Lolita Albores, a la que cuentan Óscar Bonifaz, Enrique Robles Solís, José Antonio Alfonzo Pinto; nuestro humor radica en la palabra que suelta, como papalote, el arquitecto Héctor Castellanos, uno de los más brillantes y lúcidos. Para llegar a sintetizar el humor comiteco se necesita una “poca de gracia” y otra cosita. ¿En qué consiste esa otra cosita? No podríamos definirlo así de primera intención, porque -como en todas las cosas en la vida- existe una conjunción de elementos. ¿Para qué le sirve la anécdota a Óscar Bonifaz? Lo pregunto porque su literatura está plagada de estos elementos que le otorgan un sentido único del humor. Ya te dije que una de sus poesías más celebradas es la del zancudo que basa su originalidad y contundencia en el sentido del humor. Cuando una persona ya conoce la “anécdota” de dicho texto y el final aparentemente “sorpresivo” destruye la contundencia, el efecto continúa, como si fuese un chiste bien contado mil veces. Tal vez, digo que sólo tal vez, el humor le ha servido a Óscar como un escudo. Sus primeros años de vida no fueron sencillos. Ante la personalidad férrea de su papá, quien era un militar de carácter severo, él tuvo que sobreponer una máscara a su rostro fino y sensible. Rosario Castellanos, al igual que nuestro escritor, usó la máscara de la ironía fina para suplir un carácter introvertido. Quienes la trataron cuentan que ella siempre mostraba esa ironía como un rasgo inmanente, pero basta leer las cartas que le escribía a su amado Ricardo para descubrir a una mujer débil, sumisa y de una gran dependencia con respecto al amor. ¿Hay dependencia mayor que una persona apasionada? ¡No! El más grande dependiente de droga alguna es el que depende del amor. ¿Cuál ha sido la más grande dependencia del maestro Bonifaz? Nunca le he preguntado eso. El humor es una máscara, una máscara ante los tiempos adversos, ante los tiempos de guerra. Todo mundo conoce la frase del humorista en el escenario: “la función debe continuar” y que se pronuncia en tiempos de adversidad. El otro día, en su oficina del Teatro de la Ciudad (oficina cuyas paredes están tapizadas por fotografías, en blanco y negro, de actores y actrices mundialmente famosos), el maestro me dijo que estaba triste y me contó el motivo. Lo vi, entonces, serio, con los ojos de cenzontle sin canto; pero, minutos después me contó una anécdota y yo me hamaqueé de la risa. Así es la vida del que está acostumbrado a estar arriba del escenario, de quien está acostumbrado a recibir a cada instante la luz del reflector. El humor es el impulso vital en la vida y en la obra de Bonifaz. La persona que se acerca a saludar al maestro recibe, minutos después, el obsequio de una anécdota, un poco como si él tuviese necesidad de dar, de abrir la mano y ofrecer una rosa blanca, “en junio como en enero”, a cualquier hora, en cualquier lugar del mundo.
¿Cuál ha sido el centro del mundo para Óscar Bonifaz? Si uno hace un ligero balance de su obra literaria y revisa su bibliografía podrá comprobar que su centro, su hogar, ha sido Comitán. Todo apunta a ello. Sus novelas tienen puntos de contacto con esta tierra. Su novela más reciente: “Los labios del silencio”, tiene como entorno el paisaje de Comitán, pasando por la ranchería Cajcam. La historia cuenta los comportamientos obtusos de nuestra sociedad. Hay un interés en Bonifaz en hurgar adentro de las casas y de los pensamientos de los comitecos y de colocarlos sobre la mesa para que todo mundo los vea, sin tapujos, sin tabúes. En la novela más reciente no se cuenta nada que nos sorprenda: un padre sanciona de manera severa a la hija que, fuera del matrimonio, está embarazada. Hoy (¡por fortuna!) la situación es diferente. La sociedad comiteca ya no es tan intolerante, pero Bonifaz insiste en dejar registro de cómo fue nuestra cerrazón, para que la historia no se repita.
En 1982, una tarde fui a Casa de Cultura y hablé con el maestro Óscar, quería integrarme al grupo de teatro que dirigía. Diez años después logré lo que debí hacer en la preparatoria: hacer teatro, bajo la dirección de Bonifaz. El maestro me incorporó a una de las obras que en ese momento montaba (él, en ese tiempo, era un infatigable promotor de obras de teatro). Disfruté mucho el proceso de memorización (en mi casa, yendo de un lado a otro en el corredor, repitiendo los diálogos una y otra vez hasta que los parlamentos se incorporaban en mi mente); de igual manera disfruté la emoción de los ensayos en grupo (ya en el escenario de la Casa de la Cultura) y los “nervios” de la noche de estreno (con un teatro lleno). Quince minutos antes de escuchar “tercera llamada, tercera llamada, ¡comenzamos!”, que es como el toque de campana de la escuela que indica ¡ya es hora de recreo! (porque el teatro, antes que otra cosa, es la máxima diversión), el maestro nos llamó a todos los actores y nos dijo que nos tomáramos de la mano, cerráramos los ojos, inhaláramos hasta henchir los pulmones y dedicáramos nuestra actuación a una persona amada (cerré los ojos y dediqué la actuación a mi Paty, que era mi novia y quien estaba esa noche entre el público). Tiempo después, Bonifaz me nombró Coordinador en Casa de Cultura y más tarde, una mañana, me dijo que me propondría para dar la clase de teatro en la Escuela Preparatoria (ya en el edificio que ocupa actualmente). Así fue, durante un tiempo (muy corto, porque luego me casé con Paty y me dediqué a otras vainas) trabajé a su servicio. Una tarde le pregunté por qué me había elegido para el puesto y él me dijo que se dio cuenta que la noche de estreno de la obra en la que actué hubo un instante dramático en que yo debía decir el nombre del personaje que interpretaba y decir el apodo con que era conocido por los alumnos, el público rio; así que la segunda noche omití tal parlamento. El maestro dijo que en la vida son necesarios los hombres que toman decisiones correctas. Y di clases de teatro durante un semestre en la escuela preparatoria. Jamás imaginé que estaría en el lugar que Bonifaz había ostentado mientras yo fui alumno de la Prepa. Estos dos actos hablan del afecto que el maestro me ha dispensado desde siempre. Afecto que se ha prolongado, porque (no sé si ya te lo conté, mi niña bonita) una vez que viajé de Puebla a Comitán, él me recibió en su casa. La habitación de su hijo Alex me la destinó. Cuando llegué a su casa, el maestro me dio la llave de la puerta de calle y me dijo que esa era mi casa, que entrara y saliera con toda la confianza. A las seis y media de la mañana tocaba la puerta de mi cuarto y decía: “Ya está caliente el agua”; yo me calzaba las chanclas, tomaba la toalla y entraba a su cuarto donde está el baño y me bañaba. Al salir, él ya estaba en la cocina (pequeña) preparando su desayuno, yo hacía lo mismo, cortaba la fruta y “armaba” los menjurjes que acostumbro desayunar (avena y una pócima que incluye miel y polen) y me sentaba ante la mesa donde él ya tomaba su café. Ese momento era casi casi el momento más importante del día, él me contaba historias y anécdotas de Comitán o algunos fragmentos de su vida. Con las anécdotas yo terminaba, literalmente, debajo de la mesa, botado de la risa. Ese instante era reparador, más que el sueño y más que el desayuno. Escuchar la gracia de Bonifaz me llenaba de energía y de vida. Una de esas mañanas me atreví a preguntarle lo que todo mundo se pregunta: ¿cuál es su secreto para mantenerse, física y mentalmente tan bien? Él eludió un poco la pregunta, como diciendo que no hace más que vivir en medio de un mar de sonrisas. Insistí en que, como si deseara conocer lo que todo mundo anhela: La fuente de la eterna juventud, me diera el secreto por el cual se conserva tan bien. (Ahora, de acuerdo con lo que dice su biografía, cumplirá ¡noventa años!, el próximo mes de septiembre; y parece un jovenazo de setenta y tantos). Ante mi insistencia, el maestro me contó una anécdota que resume ¡el gran secreto! (continuará).

viernes, 27 de febrero de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE UNA PALABRA LUMINOSA




Cuentan que hay un pueblo que es un pueblo cotzero. Este pueblo es único en el mundo. Sus moradores comen tzizim, beben macharnudas y echan cotz. Los extraños se asombran ante la sonoridad de esas palabras que refieren a conceptos, también, asombrosos. ¿Qué es tzizim? ¿Qué es macharnuda? ¿Qué es cotz? Los extraños llegan, caminan las calles de este pueblo luminoso. Caminan con cuidado porque sus subidas y bajadas tienen lajas y las lajas son muy resbalosas. Claro, los bebedores de macharnudas cuando resbalan a mitad de la banqueta le echan la culpa a las lajas resbalosas. Pero, los nativos saben que la macharnuda tiene un efecto demoledor, ya tío Tavo sentenció que el caminante caería bien bolo a un determinado número de calles.
¿Qué es tzizim? Tzizim es una hormiga que los nativos comen. Cuando inicia la temporada de lluvias, los tzizimes, como si fueran maestros en manifestación, salen de sus cuevas y vuelan. Los nativos toman cubetas llenas de agua y, con las manos, recogen montones de hormigas que meten a las cubetas. Esas hormigas las asan en comales, las ponen en tortillas recién hechas, les sueltan gotas de limón y disfrutan esos tacos. Los extraños no soportan la idea de comer hormigas. Creen que el pueblo cotzero es un pueblo extraño, un pueblo raro. Los nativos dicen que sí, son un pueblo extraño, un pueblo único. Los días en que el pueblo levanta tzizim son días de fiesta, las calles se llenan de personas, niños, jóvenes y viejos. Como si fuesen en peregrinación caminan de un lado a otro, corren, y levantan las hormigas que, saben, luego, doradas, será un manjar exquisito. En los mercados, las mujeres colocan sus canastos de mimbre y venden las “medidas” de tzizim. “¡Ah, pucha, está muy caro!”, dicen algunos compradores. “¡No lo compres’té!”, dicen las vendedoras y siguen arrullando a su pichito que cargan en la espalda.
¿Qué es la macharnuda? Es una bebida alcohólica que inventó tío Tavo Penagos. La leyenda cuenta que cuando alguien entraba a la cantina “La Marina” y pedía una macharnuda, tío Tavo preguntaba: “¿De cuántas cuadras lo querés, hermano?”. Y la leyenda concluye diciendo que el cantinero preparaba la bebida con tal precisión que si el beodo pedía una macharnuda de tres cuadras, justo al cumplir tal cantidad, el caminante caía bien bolo. Los bebedores, por lo regular, pedían una macharnuda que les permitiera llegar a su casa. ¿Qué ingredientes contiene la macharnuda? Eso es un secreto. Los bolos (borrachos) no saben si el secreto de la borrachera consiste en la mezcla del azúcar con el alcohol en cantidades desmedidas.
Y el cotz ¿qué es? Ah, esa es la máxima expresión de ese pueblo. En el mundo no todo mundo acostumbra comer insectos ni beber bebidas alcohólicas. Pero, casi casi puede asegurarse, que en el mundo no hay persona que no eche cotz. Echar cotz significa elegir una pareja, tomarle su manita, darle besitos en su cara, en sus brazos, en sus piernas, en sus muslos y en su entrepierna y luego, ya cuando el horno está para cocer marquesote, todo mundo dice que es hora de mover el bote, hora de ¡echar cotz! Así, pues, el lector avezado ya entendió por qué cuando decimos que casi todo mundo echa cotz sin saber que echa cotz es porque casi todo mundo hace travesuras en las camas para preservar la especie.
Por eso, en este pueblo cotzero la vida se vive en su máxima expresión. A veces, los amigos se reúnen con las amigas, toman una macharnuda, comen tzizim como botana y ya, entrados en la cachondería, se van a los cuartos o a mitad del campo, tienden una cobija, y ¡echan cotz!
Los expertos dicen que no hay cosa más rica que echar cotz, cotzito rico y jacarandoso. Los más prosaicos dicen que no hay como echar cotz con pelos; y los que no tienen perdón de Dios (cochinos) insisten que lo mejor es el cotz con pelos y la turusa en caldo (¡Señor, estos últimos no tendrán perdón el Día del Juicio Final y arderán en el fuego del infierno por los siglos de los siglos, amén!).
Hay un pueblo único en el mundo, un pueblo que disfruta la vida, es un pueblo cotzero. Como cualquier pueblo del mundo no se aparta de las estadísticas mundiales, buen porcentaje de muchachitas bonitas ya entrena duro a partir de los catorce o quince años. Si existiera un Concurso Mundial de Cotz, no dude el lector que este pueblo cotzero quedaría en los primeros lugares. Algunos afirman que lograría el primerísimo lugar.

miércoles, 25 de febrero de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN CHAPULÍN




Es el corredor de la casa de la cultura. ¿Es el corredor? Uno no sabe si el escritor habla del espacio físico o del animal que acá se ve. El lector no puede saberlo, porque el animal está en posición de ¡en sus marcas, listos, fuera!
¿Es un chapulín? Es un chapulín de color de hoja seca, avejentado. Anita dice que le llaman mulitas. Mariana fue más allá, dice que a las mulitas cafés les llaman mulitas del diablo.
Cuando Mariana vio a la mulita café se tiró al piso y dijo que sí, que era la mulita de la leyenda. ¿Qué leyenda?, pregunté.
La leyenda cuenta que Arsenio, un campesino de la zona de Bajucú, despertó una mañana, abrió la ventana de su casa y dijo: “¡Ah, qué chingón está el día!”. Su mujer, quien ya preparaba el bastimento para que su esposo llevara a la milpa, se sorprendió. Su marido jamás usaba palabras altisonantes y aunque había sonado simpático porque refería a la belleza del día, no dejó de inquietarse. Pensó: “¿Qué le pasa al Arsenio?”. Arsenio se acercó a su mujer, le dio un beso y recibió el bastimento que consistía en una bola de pozol blanco, chile verde, tortillas y un puño de frijol molido, más un tecomate con agua de chía. “Ahora sí -dijo el campesino- es hora de ir a la labor” y dio una nalgada a la mujer que, de nuevo, se sorprendió, porque jamás lo había hecho. La mujer vio al esposo perderse por la vereda de tierra, se sentó en la piedra de la entrada y comenzó a desgranar el maíz. Hizo un recuento de los días pasados. ¿Arsenio había faltado a su casa? No, todo había sido como en los meses anteriores. Había salido temprano a la milpa y había regresado a la misma hora de siempre. ¿En dónde había aprendido esas palabras altisonantes? ¿En dónde esos modales para tratar a las mujeres? ¿Estaría yendo a esos lugares donde las mujeres se pintaban las bocas y abrían sus piernas para que los hombres metieran su cuenterete? No, se dijo. No era posible. A menos que, pensó, en lugar de ir a la labor fuera a esos lugares besados por el diablo. Entonces no esperó más, levantó el bote con el maíz desgranado y entró a su casa para ponerse el chal. ¡No! Su marido no estaba en lugares prohibidos. Desde la cerca con alambre de púas lo vio calzando la milpa, muy hacendoso. Regresó y volvió a desgranar. En los días subsecuentes hizo lo mismo, en cuanto su marido le daba una nalgada e iba a la labor, ella lo seguía. Nada extraño pasaba. Mas una noche, cuando ella lavaba los trastos sucios de la cena, escuchó que su esposo hablaba. ¡Se volvió loco!, pensó. Dejó la taza que lavaba y, en puntillas, caminó a la cama. Escuchó una voz como de silbato de olla exprés que decía: “…y le sobó las tetas una y otra vez…” Arsenio tenía un chapulín en sus manos y parecía contar una historia, como si fuese un papá contando un cuento a su hijo. ¿Qué hacés?, preguntó su mujer y Arsenio, ocultando lo que tenía en la mano, dijo que rezaba, que le pedía a San Caralampio la bendición de su milpa. La mujer olvidó su enojo ante la malcriadeza que había oído y la suplió por el enojo de que, por primera vez, su esposo le ocultara algo. Se aventó contra él para abrirle la mano. Arsenio hizo la mano hacia atrás para resguardar al animal. La mujer lo rasguñó y comenzó a subir sobre su cuerpo en intento de atrapar al chapulín. ¡Dame ese chapulín!, gritó ella. De nuevo se escuchó la voz de pito: “¡A la mierda!”. La mujer dudó si la voz provenía de su esposo o del animal. Su coraje, como serpiente, se enroscó más en ella y comenzó a golpear fuerte a su esposo, en el pecho, en la cara, mientras él levantaba más el brazo a fin de que la mujer no alcanzara la mano. “¡A la mierda!”, volvió a escuchar. La mujer buscó en el buró y halló la lámpara de mano, la tomó y con ella le pegó al hombre, en la cara, en el ojo. El hombre, con la otra mano, se cubrió la cara y le pidió a su esposa que dejara de golpearlo, pero ésta ya no escuchaba, seguía golpeando al hombre, mientras la voz continuaba con la cantaleta: “¡A la mierda, a la mierda!”. El hombre ya no soportó, hizo un movimiento con su cuerpo y tiró a la mujer de la cama. Ella se golpeó la cabeza contra el buró, quedó inmóvil. El esposo se hincó, puso su oído contra el pecho de la mujer y comprobó que el corazón de ella también estaba inmóvil.
Esa es la leyenda, me dijo Mariana y agregó: Al otro día, cuando descubrieron el cuerpo de Azucena, los pobladores vieron que sobre su pecho estaba una mulita con el color de rama seca. Doña María tomó una escoba y lo empujó hasta la majada de la casa, se persignó y dijo: “La mató la mula del diablo”.
El chapulín que se observa en esta fotografía tiene abiertas las patas delanteras, las tiene en posición de herradura, como si en lugar de ser un corredor a punto de iniciar la carrera, estuviese a punto de atrapar algo.

lunes, 23 de febrero de 2015

HACE UN CUARTO DE SIGLO




Querido papá, el 19 de febrero de 2015 hallé una carta que le escribiste a tu mamá (mi abuelita María a quien ya no conocí, porque murió meses después que yo nací). La hallé justo veinticinco años después de tu muerte. Es una hoja que ya acusa el paso del tiempo porque la escribiste el 18 de diciembre de 1921. ¡Dios mío, qué frágil es la vida! La escribiste sobre una hoja de esas que se llamaban hojas para carta. Hoy, ya escribimos las cartas en la pantalla de una computadora. Estimo que tenías ocho años cuando la escribiste. Te juro que me he conmovido ante tus palabras sencillas. Tal vez todos los niños le escriben así a su mamá, pero al saber que estas líneas las escribiste vos me he conmovido de más. ¿Qué le decías a tu mamá ese 18 de diciembre? Le mandás esas líneas para saludarla cariñosamente; le preguntás si ya sanó tu hermanita de los granos que tenía; le decís que le mandarás tus cuadernos, tus calificaciones y tus trabajos manuales; le pedís que te mande un portarretrato que hiciste allá en Tuxtla, junto con el retrato de tu papá; volvés a preguntar por tu hermanita, querés saber si ya anda; enviás saludos a todos los asilados (recuerdo que mi abuelita María fue Rectora del Asilo de Niños, en Tuxtla Gutiérrez); le decís que a don Toribio le mandás un muñequito que sacaste en una tómbola; le contás que de vez en cuando te jalan las orejas porque te portás mal; y le preguntás cuándo va a llegar a San Cristóbal; “en fin, querida mamacita, me despido de usted, enviándole muchos besos y un abrazo fuerte. Su hijo que la quiere y que no se olvida nunca”.
Me conmoví. Nada pediste para vos, sólo el portarretrato que hiciste porque ahí está la foto de tu papá. Tus líneas te retratan de cuerpo entero. Como fuiste de hijo ¡fuiste de padre! Siempre dando, dando muñequitos a don Toribio; siempre preguntando por los demás. Cuando fuiste mi papá ya nadie te jaló las orejas, porque te portabas bien, a veces exagerabas y cuando yo necesitaba que me jalaras las orejas porque me portaba requetemal, vos decías que todo estaba bien y me duplicabas tu abrazo.
Ya pasó un cuarto de siglo desde tu muerte y digo que la vida es muy frágil y es un suspiro. Igual que todos mis amigos que ya perdieron a su padre, en la muerte, yo también te extraño mucho. Mis amigos me dicen que les hace mucha falta su papá y que, a veces, en las tardes de lluvia, como si fuese un viento inesperado, el recuerdo de su papá abre la ventana de golpe y se les mete en los huesos y en el alma. Aseguran que extrañan mucho a sus papás, incluso, a veces, me dicen que sueltan alguna lágrima que está enredada en sus ojos y en su espíritu quién sabe desde cuándo.
Me conmovió tu carta, tu letra, tu firma. Me conmovió pensarte escribiéndola al amparo de un quinqué y firmando Agusto, en lugar de Augusto. Me emocionó ver cómo al finalizar tu apellido hiciste un intento de firma y jalaste la colita de la i hasta dibujar algo como un tiburón por debajo de tu nombre, como si tu nombre fuese la superficie del mar y todo lo demás el fondo.
Me conmueve saber que después de veinticinco años de tu partida seguís eterno, inmutable, en mi horizonte. Cuando estoy a punto de caer te invoco y tus benditas manos me sostienen y no caigo. Seguís a mi lado, sigo siendo la niña de tus ojos, por eso, ahora, igual que vos, hace noventa y cuatro años, cuando le dijiste a tu mamá que la querías y no la olvidabas nunca, yo te mando muchos besos y un abrazo fuerte, muy fuerte, fortísimo, hasta topar con pared, con la pared del cielo, con la pared de tu corazón, querido padre.

domingo, 22 de febrero de 2015

LIBRO "GUÍA Y RECETARIO DEL TAMAL CHIAPANECO"



El pasado viernes 20 de febrero participé en la presentación del libro “Guía y recetario del tamal chiapaneco”, de Francisco Mayorga Mayorga. Paso copia del textillo que leí. (Fotografía de María Elena Jiménez.)

Buenas tardes:

A veces me topo con guías. Algunos comitecos desperdiciamos la cercanía de Los Lagos, de esos bosques llenos de aromas afectuosos. Por ello, de vez en vez, subo al auto y viajo hacia Los Lagos de Montebello. En uno de los topes “me topo” con muchachos y niños que se acercan a la ventanilla y ofrecen sus servicios de guías. No, gracias, digo, no necesito quien me guíe. Y sigo mi camino, mientras ellos se sientan al lado del letrero que indica: “Tope, aquí”, cuando dicho letrero debió advertir la cercanía del tope cien metros atrás para evitar el frenar de improviso.

Hoy, el investigador Francisco Mayorga comparte su libro que se llama “Guía y recetario del tamal chiapaneco”. Título que expresa con claridad el contenido del libro. En la primera parte ofrece un recorrido por el territorio de este platillo y en la segunda presenta un recetario.

¿Por qué no acepto el ofrecimiento de los guías para ir a Los Lagos? Porque pienso que, a diferencia de los visitantes, he ido con frecuencia a ese lugar y asumo conocer y reconocer sus veredas. Mis papás me llevaban a los lagos, desde antes que hubiese una carretera pavimentada; desde antes que este territorio fuese nombrado parque nacional. Pero, ¿de veras conozco en extenso a esa región? No, la verdad que no. Ahora que lo pienso sé que soy un diletante. Ahora reconozco ante Dios todopoderoso que he pecado de pensamiento, obra y omisión. Conozco apenas un porcentaje mínimo.

Tal vez me sucede lo mismo con el territorio del tamal. Reconozco que, igual que medio mundo de acá, he sido tamalero de toda la vida y, sin embargo, ha sido en el instante en que he tenido entre mis manos el libro de Mayorga que he descubierto un mundo hasta hoy inadvertido. Un poco como si alguien me dijera que en los lagos hay más de cien variedades de orquídeas y que yo sólo he palpado, como si fuese mariposa, las alas de unas cuantas.

Mayorga dice que Chiapas es de los pocos estados que poseen la mayor variedad de tamales, que se pueden clasificar por su forma, color y tamaño. Y ahora, de igual manera, reflexiono acerca de la extensión de los lagos y sé que desconozco sus diferentes formas, colores y tamaños.

¿Qué nos dice este libro acerca del tamal? Nos hace patente la riqueza de nuestra gastronomía local y nos advierte que si no la cuidamos podemos, como en los lagos, ir perdiendo el color del sabor. Tal vez, de los rasgos culturales del hombre los más ricos y diversos son la gastronomía y el lenguaje. Ah, qué de sabores diferentes en el mundo; ah, qué de distintas maneras de nombrar las cosas.

Nuestro autor, ahora sí que como coloquialmente se dice, se metió hasta la cocina, y nos entrega el misterio. Como un hábil guía nos lleva de la mano por ese país inigualable que se llama tamal y nos confirma que, mientras conservemos y mimemos este guiso, nuestro mundo no irá tan mal. Esta riqueza de sabores es una de las vetas que con ansia demandó Rosario Castellanos cuando dijo que debería haber otro modo de ser.

Gracias a este libro maravilloso, ahora me doy cuenta que he caminado por los paisajes del tamal, de igual manera que he andado las veredas de Los Lagos. He ido sólo por ratos, he incursionado apenas por el borde. Jamás, ahora lo admito, he entrado al corazón del maíz; así como jamás he recorrido con calma cada uno de esos árboles donde existen miles de variedades de orquídeas. Apenas tengo amarrados algunos aromas de esa región boscosa: el musgo, el ocote, la juncia. ¿Y los demás aromas? En mí, como tal vez en muchos de ustedes, no está enredado el aroma del pescado en medio de la masa, como sí lo está en los habitantes de la costa de Chiapas; asimismo, ahora lo sé, jamás he probado un tamal de hongos. Y el aroma de los hongos es un aroma que está impregnado en la base de los árboles de Los Lagos. Jamás he probado un tamal agrio, a pesar de que el atol agrio es una de las ramas más visitadas de nuestro árbol culinario. ¿Tamal de pejelagarto? Jamás, el único pejelagarto que conozco en mi vida es el que dice llamarse Andrés Manuel. ¡Dios mío! Ahora, gracias al libro de Mayorga, sé que hay un tamal que se llama Petul. Acá en Comitán comemos el pitaúl, pero ¿petul? El pitaul y el petul son primos hermanos, porque el petul, dice el investigador, es un tamal de origen tzeltal que se prepara con frijol botil. Rosario Castellanos llamó Petul a uno de sus famosos títeres. Rosario sabía que ese nombre está metido no sólo en el corazón del mundo tzeltal sino también se pasea en la mente y en la panza de los habitantes de Los Altos de Chiapas. Mayorga, igual que Rosario, pretende que todo mundo tenga el conocimiento del tamal no sólo en su panza, sino también en su corazón y en su mente. Esta es la única manera de apropiarnos realmente de lo nuestro, de lo que es uno de los más grandes legados de los antiguos moradores de esta región, donde (todo mundo lo sabe) vivieron los hombres de maíz y aún, gracias a Dios, perviven.

¿Necesito guías para ir a Los Lagos? Sí, ahora reconozco que si me pongo en manos de un guía hábil puedo hallar más formas, más colores y más tamaños. Mayorga ha caminado los territorios del tamal y nos entrega una guía completísima y variada; una guía que nos dice que debajo del puente de piedra y por encima del paso del soldado hay más veredas por caminar en los sabores de Chiapas. A partir del día de hoy todo mundo será sibarita, porque de la vista y del sabor y del aroma y del leve rumor del fogón nace el amor.

sábado, 21 de febrero de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (parte V)




Querida Mariana: En el libro de “Una piedra en mi zapato”, un personaje dice que es como un alfabeto. No recuerdo bien quién lo dice (¿es acaso el tío Enrique, el tío loquito?). Ahí, en ese personaje está sintetizado el anhelo de Bonifaz, la vocación a la que le ha sido fiel toda la vida. Imagino a Óscar de niño, un niño que no tiene el mismo arrojo que sus hermanos Luis y Roberto. Óscar, al ser niño de papel, se muestra frágil, se lo lleva el viento. Anhela ser como un barquito, de esos que en las tardes de lluvia los niños comitecos sueltan en las corrientes que bajan por las calles, pero tiene temor, tiene temor porque puede humedecerse y hundirse. Una pregunta que siempre me he hecho y que jamás le he preguntado a él es: ¿por qué cuando fue a estudiar a la ciudad de México, teatro con Seki Sano, no se quedó allá, puesto que era el espacio idóneo para desarrollar sus capacidades? En ese tiempo (aún ahora) los que se empecinan en ser actores o escritores de renombre debían codearse en aquellos círculos centralistas. Recordamos que Irma Serrano soñó con ser actriz y se fue a la ciudad de México para cumplir sus sueños y no cejó hasta lograrlos. Se paró frente a la puerta de los Estudios Churubusco y a partir de ahí la historia se escribió. Lo mismo hizo una compañera mía de secundaria, Lety Pinto. Cothy Soto (la cantante) me cuenta que Lety y ella vivieron en el internado del Colegio Regina y Lety le decía a cada rato que sería actriz. Lety se fue y también, en escala menor, logró su sueño de aparecer en películas al lado de los hermanos Almada (¿quién no recuerda la película “La banda del carro rojo” donde aparece Lety bellísima también al lado del hijo de Pedro Infante?). ¿Por qué el maestro Óscar no insistió en sus sueños? ¿Por qué regresó al ambiente un tanto asfixiante de Comitán? En la ciudad de México, él pudo haber desarrollado todos sus talentos y vivido, tal vez, de manera más libre. Nunca se lo he preguntado. Alguien me contó en una ocasión (no sé si sea cierto al ciento por ciento) que un amigo generacional de Bonifaz, el maestro Güero (Javier Mandujano Solórzano) ya no continuó con sus estudios de pintura, en la academia, en la ciudad de México, porque su mamá se enfermó y él debió regresar para cuidarla. Te platico esto, porque, de igual manera que me pregunto por la vida de Óscar Bonifaz, una vez pregunté por qué un hombre con el talento del maestro Güero no lo amplificó de manera más exponencial. Hay miles y miles de hombres y mujeres que son conocidos como “las glorias locales”; es decir, son personajes de gran talento, pero cuya obra no alcanza a tener la difusión nacional que bien pudieran tener. Las glorias nacionales son Irma Serrano y Rosario Castellanos (no sólo nacionales sino ¡internacionales!). Estas dos mujeres lograron el deslumbre de los grandes reflectores porque tuvieron la difusión de las grandes instituciones. Lo cierto es que no es lo mismo que alguien aparezca en la prensa local que en el periódico “Reforma” de la ciudad de México. Los grandes medios nacionales impulsan las carreras de los grandes escritores y actores. Óscar Bonifaz, insisto, ha hecho una obra de relevancia para Chiapas y para la región del sureste, pero no tiene el reflector que él deseara a nivel nacional, a pesar de que sus estudios acerca de la vida y obra de Rosario Castellanos han sido publicados en Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo. ¿Por qué el maestro regresó a Comitán después de haber estado en los grandes escenarios de la ciudad de México, al lado de grandes directores y actores de teatro? Nunca se lo he preguntado.
¿Por qué, de todas las obras de Bonifaz, prefiero “Una piedra en mi zapato”? Porque es la visión de un niño. Los niños son los que están más cerca de la verdad. Si Bonifaz se ha pasado toda su vida pepenando palabras del piso y descolgando estrellas de las ramas más altas, fue en su infancia (infancia de un niño no temerario) cuando alcanzó a llenar sus bolsas. De ahí en adelante (como en la vida de cualquier ser humano) se ha dedicado a buscar esa región perdida para siempre. Por esto, a veces, Óscar Bonifaz se convierte en un ser temerario, en un gran aventurero, en el gran contador de historias, acaso para suplir las carencias de la infancia.
Un día abandoné la dirección del semanario “Ensayos” y la retomó el maestro Marco Tulio Guillén Barrios. Teníamos un suplemento satírico que se llamaba “El cositía”. Mientras estuve en la dirección de dicho semanario, debajo de la puerta de mi casa metieron más de dos anónimos donde me amenazaban y me mentaban la madre. El autor de dichos anónimos (debió ser el mismo) se decía ofendido por lo que ahí publicábamos y, sobre todo, por el nombre del suplemento. Decía que era una ofensa para todo Comitán el uso de esa palabra que denigraba a los comitecos. ¡Padre eterno! Paty, que estaba embarazada, me pidió que dejara ese periódico, me dijo que no valía la pena, que esos lectores parecían ser fundamentalistas y podrían provocarme un daño. En realidad dejé el periódico porque la paga ya no alcanzaba a cubrir los gastos semanales. El periódico lo maquilábamos en la imprenta de Amado Avendaño (el que un día llegó a ser Gobernador en rebeldía de Chiapas). Abandoné el periódico, pero no el periodismo. En el periódico de don Amado seguí publicando una columna que hablaba ya un poco de ese compromiso que había retomado de los textos del maestro Óscar: la defensa del lenguaje comiteco.
Dicen que nadie es indispensable, pero soy un convencido de que las acciones de las personas son únicas. El otro día vi una fotografía donde aparece doña Esperancita Solís, abuela de Manolo Nucamendi, y recordé cómo una vez me invitó a presenciar una pastorela que hacía año con año en el patio de su casa. Aún recuerdo la emoción de pasar por el zaguán de su casa, un zaguán generoso en anchura y luminosidad, y encontrar el patio, más ancho y luminoso. Ahí, un grupo de niños del barrio, amigos y parientes de doña Esperancita representaba una pastorela sencilla, pero llena de imágenes bellas. Sé que todos los niños de ese tiempo (hoy ya mayores) gozaban esas representaciones. El día que doña Esperancita murió no sólo se fue ella, también se fue la tradición que ella impulsaba. ¿Nadie es indispensable? Es cierto, pero cada persona tiene su particular forma de modelar el mundo. Hay personas, como doña Esperancita, que hacen cosas sensacionales, un poco como si dijéramos que sin ellas la vida no es tan bella. De igual manera, la obra de Óscar es única e invaluable. Si él no hubiese hecho lo que hizo y si no hiciera lo que hace nuestra sociedad no sería lo que es. Esas piedritas que él nos lega son piedras de valía para reconocer nuestra identidad. Por eso, algún día tendrá que hacerse una relación exhaustiva de sus obras y un pormenorizado estudio de lo que acá se vislumbra. Sin la piedra angular de Bonifaz, tal vez mi primo Pepe González no hubiese acometido la aventura de escribir “Glosario”. Sin la presencia de ambos, el futuro lingüista que aportará más datos para entender la importancia de nuestra lengua no tendría sustento. Todos nos basamos en la tradición. Bonifaz ha aprovechado la herencia de nuestro pueblo y la ha mostrado en todas partes.
En agosto de 2013, los amigos de la “Rial” Academia de la Lengua Frailescana visitaron Comitán. En el Teatro de la Ciudad se organizó un encuentro entre ellos y contadores de anécdotas de Comitán. Entre estos últimos estuvo el maestro Óscar, quien, con esa gracia única que posee, hizo las delicias de todos los que llenaron el teatro hasta el tope. Esa tarde, Óscar, minutos antes de que concluyera el acto se despidió. Los amigos de Villaflores dijeron que el maestro había aducido ser padrino de bautizo o de bodas y debía retirarse. El maestro se paró y todo mundo aplaudió. En ese aplauso iba el reconocimiento por su ingenio y gracia para narrar anécdotas. Si Tuxtla tiene a su Laco Zepeda, contador non de cuentos; Comitán tiene a su Óscar Bonifaz. Esa noche, ¿de verdad, el maestro era padrino? ¿Padrino a las nueve de la noche? ¡No! Esto es parte de su personalidad. Él no podía compartir el aplauso con los demás integrantes de la mesa, debía levantarse antes para que el aplauso no fuera repartido, fuera sólo para él. El maestro siempre ha sido así, le gusta estar en medio del reflector y que la luz lo “encandile” sólo a él. Cuentan que cuando en un guateque se encontraban el maestro Óscar y doña Lolita él duplicaba su gracia.
Pero si en “Una piedra en mi zapato” está la figura niña de Óscar, es en su poesía donde podemos hallar los rasgones y los vislumbres luminosos que han conformado su vida. En su poesía está la luz y la grieta. (continuará).

viernes, 20 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte X)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.

MESA
¿Mesa que más aplauda? No, esta mesa es otra. Tal vez tiene que ver con aquello que dice: Te dejaron la mesa puesta. Llegué a Comitán y encontré a mi amigo Jorge Gordillo sentado ante una gran mesa de madera; luego me topé en el barrio La Pila con una surrealista escena en donde una mesa estaba colocada a media calle; y días después encontré, a la entrada del auditorio de la Casa de la Cultura, una mesa llena de libros. Todo parecía estar dispuesto sobre una mesa. También, frente a una mesa, tomando el café, saludé a Marco Tulio Guillén, a don Ramón Blanco, a Guayo Bonifaz, a Ernesto Carboney y a más conocidos. Muchas cosas de la vida parecían suceder en las mesas. Ya la historia da cuenta de ello, tal vez el momento más dramático y sublime de Jesús fue el que se dio en la Última Cena.
Ahora que fui a Comitán encontré muchos chunches afectuosos alrededor de mesas. Mi desayuno ocurría frente a una mesa de no más de un metro por lado. El antecomedor de la casa de mis suegros tiene esas dimensiones. Primero desayunábamos don Roberto y yo, luego doña Amelia y mi mamá. Era preciso hacerlo así: ¡por turnos! Eso le otorgaba un encanto especial, el mismo que tiene toda mesa comiteca.
¿Por qué la mesa tiene un encanto especial en Comitán? ¿Será porque las marimbas, muy a su modo, son mesas de madera de hormiguillo que, en algún momento, botaron su vocación de ser simples mesas?
Lo de La Pila fue muy curioso. Bajábamos por la escalinata del templo y mi mamá dijo: “seguro que alguien chocó” y señaló hacia el portal. Enfrente del portal estaba arremolinado un grupo de gente. Como buenos comitecos fuimos a ver qué había sucedido. La mayoría curioseaba lo que hacían dos tipos en torno de una mesa que tapaba la calle. Un camarógrafo filmaba mientras un hombre metido en un disfraz de marioneta comentaba las delicias de la comida comiteca. Vi entre los curiosos a don Roberto Cordero por lo que intuí que filmaban un promocional turístico. Ahí, sobre la mesa, estaba dispuesta una buena muestra de platillos típicos: butifarras, tortillas con asiento, quiebramuelas, africanos, quesos, palmito, tostadas de manteca y muchos platillos más. ¡Qué generosa mesa comiteca! ¡Cuántos sazones reunidos! En Comitán todo cabe en una mesa sabiéndolo acomodar. Para el comiteco es muy difícil elegir entre una butifarra y una tableta de manía, por eso nunca elige ¡come todo!
Nadie se asombra cuando una mesa está llena de comida porque las mesas tienen como principal oficio ser soporte de alimentos. Por eso, cuando, en la presentación del libro de don Mariano N. Ruiz –La Nueva Teoría Cósmica– vi una mesa llena de libros supe que ahí había una grata torcedura del destino de las mesas. Al lado de la mesa estaba mi comadre Virginia, quien esa noche tenía el oficio de vendelibros, que es, junto al de limpiaestrellas, uno de los oficios más bonitos que hay sobre la tierra. Sobre un paño azul estaban colocados los libros. Los libros parecían así pequeños satélites perdidos en la inmensidad del universo. El paño azul era el universo. ¿Qué, entonces, era la mesa que lo soportaba?
Si repienso la imagen surrealista de La Pila puedo eliminar la gente, el camarógrafo y la marioneta y dejar únicamente la mesa llena de comida. La mesa es de pino y la madera contrasta con el empedrado de la calle y con las lajas del parque. No es casualidad que la mesa estuviera ahí, a su lado estaban los pilares, las puertas y los balcones de madera del portal. La mesa parecía, entonces, haber salido de la casa, “haberse” ido de pinta. Y es que Comitán es un pueblo que siempre está con la mesa puesta.