jueves, 19 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON DECENIOS

Querida Mariana: cada vez lo escucho con más frecuencia: la vida es apenas un instante. Ningún niño piensa en ello. Conforme crecemos ese rostro asoma su cara detrás de una barda. Es un rostro que ya no nos abandona jamás, donde vamos aparece y nos recuerda que la vida es apenas un instante. Ya tengo sesenta y ocho años de edad. Sesenta y ocho. ¡Dios mío, a qué hora llegué a esta edad, una edad donde las estadísticas oficiales señalan que ya es de la tercera edad! ¿A qué hora pasé de la primera a la segunda edad y de ésta a la actual? Parece que la gente, ¡qué mierda!, tiene razón: la vida es apenas un instante, un instante acumulado por millones de instantes, que se consumen con la velocidad de un bólido. Los viejos nos movemos con lentitud, ah, pero ¡qué tal el tiempo! Cada vez avanza con más prisa, qué contradicción. En intento de hacer un recuento del tiempo acumulado (o mejor dicho: agotado), el otro día hice un ejercicio bobo, pensé que me ayudaría a ver cambios, a determinar en dónde está el albañal que recoge el agua de la vida, porque el agua de la vida no es como el agua de la lluvia, ¡no!, no moja la tierra y regresa al cielo, ¡no!, el agua de la vida se va en el drenaje del tiempo, donde hay rostros igual de monstruosos, con risas irónicas, fastidiosas, como las de los niños maldosos que nos exigían las monedas que nos habían dado los papás para el recreo. ¿Cuál fue el ejercicio bobo? Escuchar una canción que fue famosa cuando tuve diez años, luego una de mis veinte… Cuando tuve diez años estaba de moda la canción “Adoro” de Armando Manzanero. ¿La has escuchado? “Adoro, la calle en que nos vimos…” Mis papás y yo vivíamos en la casa que mandaron a construir, a cuadra y media de la Matías de Córdova, escuela a donde iba de lunes a viernes. El otro día saludé a Rodulfo Guillén, compañero de escuela. Fue inevitable, en un momento de la plática dijo que tiene setenta años, pero se conserva bien. Lo vi, en efecto, bien de salud, caminando, contento, satisfecho, pero fue como si me viera en un espejo: los niños de entonces ya se fueron y, como dijo el poeta, ya no somos los mismos. Cuando llegué a la edad de veinte años, la vida me cachó en la ciudad de México, donde estudiaba en la UNAM. En 1977, una de las canciones de moda era: “Gavilán o paloma”, cantada por José José. Un exitazo. “…algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola…” Uf. Qué letra tan boba, qué rima tan de primaria. La escuché completa, no me gustó saber que en ese tiempo estaba con la misma indefinición vocacional de ser gavilán lector o paloma ingenieril. Otra vez apareció en mí un bostezo de insatisfacción. Vivía en la gran ciudad de México, pero soñaba con mi pueblo, con mi familia, con mi gente. Llegó el año 1987, de nuevo estaba en mi pueblo, sin haber conseguido el título universitario. Ya me había casado con mi Paty y habían nacido los dos hijos: Alejandro y Fernando. Ya tenía treinta años. Seguía insatisfecho, sin saber bien a bien cuál era el camino correcto. Una de las canciones famosas de ese año fue “Ay, amor”, de Ana Gabriel. Cantante que no elegiría jamás, pero que debí escuchar para completar el ejercicio. Esta canción volvió a ser como un castigo, porque mi vida en ese momento también oscilaba entre la tarde y el amanecer. Ya trabajaba en el Colegio Mariano N. Ruiz y vivíamos en casa de mis papás. En ese momento no sabía que tres años después moriría mi papá de un infarto fulminante, me quedaría sin él. Qué jodido. “Ay, amor, no sé qué tiene tu mirar…” En 1997 la canción famosa fue: “Por debajo de la mesa”, de Luis Miguel, un éxito de su disco, igual de exitoso: “Romances”. Con la idea boba de que mi vida debía consagrarla a la literatura descuidé a los hijos, que, como es normal, habían crecido, sin que nos diéramos cuenta bien a bien, Fernando estudiaba en la Mariano y Alejandro en la ETI. Alejandro, en lugar de llevar libretas en su mochila, llevaba cajas de dulces que vendía entre los compañeros, esto valió que mi Paty fuera requerida (yo no figuraba como tutor) para que le avisara al hijo que eso estaba prohibido. “Por debajo de la mesa, acaricio tu rodilla…” Y llegó el cambio de siglo. En 2007 cumplí cincuenta años, medio siglo de vida. Con música intrascendente mi vida se había ido con ritmos planitos. Nada de rock, todo había sido como una balada. Me bastó hacer un recuento de los intérpretes y ver que mis cincuenta años de vida se habían pasado con canciones, dijera el escritor Villoro, de “vértigo horizontal”. ¿Cuál fue una de las canciones de moda cuando cumplí cincuenta años? “Ni Freud ni tu mamá”, con Belinda. Dios mío. ¿Esto escuché a mis cincuenta años? ¿Habíamos crecido con todo esto? La música mexicana parecía haberse metido en un hueco y yo con ella. “no puedo respirar, somos diferentes, necesito un brake…” Pucha, Freud ya no estaba, ya no podía explicarme. ¿Un brake? ¿Una pausa para qué? ¿Un detenerse en el camino, otra vez? Y llegó la edad de sesenta años, insisto, niña mía, casi sin darme cuenta, como si nunca hubiese tenido conciencia del paso del tiempo, como si al nacer me hubiesen puesto sobre una banda de esas que hay en los aeropuertos para las maletas. En 2017, ya con sesenta años encima y a los lados, la canción de moda fue: “Tú sí sabes quererme”, de Natalia Lafourcade. “Ha pasado tanto tiempo…” Natalia, como si descubriera el hilo negro ¡lo dijo! Ha pasado tanto tiempo. La pregunta es: ¿dónde quedó? ¿Qué hice con ese tiempo? ¿Llegaré a escuchar el éxito del 2027, el del 2037? Posdata: sí, querida mía, el tiempo se agota sin darnos cuenta. Despertamos y continúa el paso del tiempo que no cesa. Al acostarnos decimos: un día más, un día menos. La vida es un instante. Se va como si llevara prisa, ¿de qué? ¡Tzatz Comitán!