domingo, 22 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, CON NOTICIA
Querida Mariana: sí, fotografía de privilegio, pero merece comentario. Estoy con Javier Trujillo López. ¿Ya viste qué tengo en la mano? ¡Es un libro! Es la primera novela de la autoría de Javier. La novela se llama “Mi deuda con Franco”. ¡No! Nada qué ver con el dictador de España. Javier llamó así al personaje de su novela, personaje que es su papá, que fue contador público, que se llama Francisco y ya falleció.
Te cuento un poco la historia. Impartí un taller en la Universidad Mariano N. Ruiz y Javier fue uno de los asistentes. En el taller vimos elementos que sustentan algo que pienso: las grandes obras literarias son aquellas que tienen como esencia ¡el viaje! En la tercera o cuarta sesión, Javier se acercó y me dijo que había escrito una novela, ¿podía yo leerla y darle mi opinión? Claro, Javier, le dije, es un honor. Días más tarde recibí un engargolado con el título “Mi deuda con Franco”. Metí el engargolado en la mochila con otros papeles y al llegar a casa lo coloqué en el buró, sería mi lectura antes de dormir.
Vos sabés que, casi siempre, me acuesto a las siete y media, tomo un libro, leo un rato y antes de las ocho ya me dispongo a dormir. Esa noche me metí a la cama, tomé el engargolado y comencé a leer. A las ocho me llegó el primer bostezo, pero como estaba muy interesado en lo que leía continué en la lectura. Segundo bostezo, tercero, mi cuerpo se olvidó de avisarme que debía dormir y yo me olvidé de hacerlo, continué con la lectura hasta casi las diez de la noche, no quería detenerme en el acto de leer, pero ya mis ojos cerraron la posibilidad de continuar. Dejé el engargolado, puse el reloj despertador a las tres de la mañana y apagué la luz.
A las tres, el despertador me sacudió con sus manos, desperté, fui al baño, regresé a la cama y tomé el engargolado, tres, cuatro, cinco de la mañana. Ya, ya, dije, me paré, un baño y a comenzar con el trabajo, subir en redes sociales y compartir con amigos la Arenilla, luego cortar la frutita, prepararme el desayuno y disponerme a ir a la oficina. Metí el engargolado en la mochila, al llegar al trabajo, saqué la computadora, la prendí y seguí con la lectura del libro de Javier hasta que terminé. El libro me fascinó. Pensé que era una de las mejores novelas escritas por un escritor comiteco, por fortuna hay varias, pero no muchas. Muchas novelas de los grandes nunca me proporcionaron el goce que el libro de Javier me prodigó. Su novela es sencilla, sin pretensiones, está narrada a través del corazón, pero con malicia literaria.
Cuando tuve oportunidad le hice saber a Javier mi opinión. Él siguió trabajándola, como un buen sastre le cortó las partes donde las mangas estaban largas y la planchó como un experto modista. ¡Listo! La mandó a imprimir, con el editor consentido de Tuxtla y puntos intermedios: Juventino, de Editorial Tifón.
¿Estás en tu oficina?, me llamó una mañana, de hace días, le dije que tenía un compromiso para ir a la UNACH, porque la directora, la Maestra Fanny Abarca Argüello daría su primer informe, pero si quería lo pasaba a ver, porque su trabajo está de pasada para la UNACH. La razón del deseo de llegar a la oficina era la entrega de un ejemplar de su novela, su ópera prima. Me emocioné, porque fui como un testigo de parte del proceso. No dudo en recomendarte la novela en forma amplia, amplísima. Es una novela que, como dijo su tocayo Javier Cercas, excelso escritor español, contiene muchos géneros. La novela de Javier Trujillo López es un testimonio, es una crónica, es una especie de diario. Inicia con el temblor brutal ocurrido en la Ciudad de México, ciudad donde vivía Javier con su familia. El temblor provocó que el papá de Javier (Franco) decidiera volver a su tierra natal: Comitán. Javier llegó a estudiar al Colegio Mariano N. Ruiz (ahí nos conocimos), hizo nuevos amigos y comenzó a entender los vericuetos del pueblo, sus picardías, sus defectos y virtudes. Todo transcurría bien, hasta que un día, un malhadado día, su papá tuvo un deterioro en su salud y…
Posdata: Javier cuenta la relación de un hijo con su padre. Lo hace con generosidad. No es fácil hablar con inteligencia, sentido del humor, y con destellos de espejo brutal, sobre los días en que sucede un deterioro en la salud del padre.
La novela me hizo reír, llorar, sufrir, gozar, reflexionar. La novela está llena de vida. La novela de Javier tiene un costo de doscientos pesos, es nada, para todo lo que uno recibe. La novela de Javier es buena, porque es, como sostengo, un viaje, un maravilloso viaje, del cual el lector no sale indemne, uno recibe la lluvia y a veces no hay paraguas o impermeable que impida mojarse. El agua de este libro hace bien al espíritu. Conseguilo, querida mía. Es un libro afectuoso.
¡Tzatz Comitán!
