sábado, 21 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, CON SEBO Y CEBO
Querida Mariana: ¿cómo se llaman estas palabras? ¿Las palabras que con el cambio de una letra cambian su sentido? Hay la palabra cebo y la palabra sebo, así como hay la palabra cima y la palabra sima. Sima (con ese) es la parte profunda de un sitio y cima (con ce), al contrario, es la parte más alta. Si un compa dice: “Llegué a la cima”, el escucha no sabe bien a bien si está en lo más alto o en lo más bajo, porque, a diferencia de los españoles, los mexicanos no hacemos diferencia en la pronunciación, porque en España, como cecean, pues no hay problema para entenderlos en forma oral. Pero, digo, ¿cómo se llama esta característica lingüística? A ver, para no andar con la permanente interrogante, ahora entro al Internet y pregunto a la IA (qué maravillosa asistente). Y mirá qué encontré: “Palabras Homófonas: Son aquellas que tienen el mismo sonido, pero diferente ortografía y significado”. Pues en término estricto no es tan cierto, porque ya dije que en España no tienen el mismo significado, pero, bueno, digamos que ya quedó resuelto el enigma. Palabras homófonas, sí, bien. Sebo y cebo, suenan igual, pero tienen significados diferentes. A ver, cebo (con ce) se usa como sinónimo de carnada. Una vez, mi tío Gilberto Bermúdez y mis primos me llevaron a Los Lagos de Montebello, antes fuimos a la casa de su madrina a buscar lombrices en el jardín para que fueran el cebo para los peces. A mí me llamó la atención la palabrita, entendí su uso cuando llegamos a uno de los lagos y mis primos me enseñaron a enredar una lombriz en el anzuelo unido a un lazo. Era la carnada, el cebo para que los pobres pececitos picaran y los sacáramos ya coleteando. No tuvo más chiste el experimento que darles un sufrimiento. La emoción era a la hora de sacar el anzuelo con el pececito retorciéndose, porque al rato los tiramos en el campo, porque dijo el tío que se pudrirían y apestarían la camioneta. Yo quería llevar uno para enseñarlo a mi mamá y mi papá, como si fuera el testimonio de la aventura del domingo. ¿Y qué es sebo con ese? El Internet dice que es “grasa sólida o sustancia cutánea”. La tía Hermila se molestaba mucho con un empleado que tenía que, parece, no era muy aficionado al baño diario. “¡Estás todo seboso!”, le decía y, con un dedo, le señalaba la parte del cuello donde, en efecto, se veía algo como una costra transparente, pero sucia.
Y te cuento lo anterior, porque ayer encontré este pequeño candelabro. Lo usaba mi mamá para colocar una vela de sebo cada primer día de mes. Esta tradición la pepenó de mi abuela Esperanza, quien, a su vez, sin duda, la copió de su mamá Casimira, la famosa Mamá mía (la canción del grupo Abba: Mamma mía, se popularizó en los años setenta, en todo el mundo. A mi bisabuela le decían Mama mía, en los albores del siglo XX, allá en Huixtla). Hallé el candelabro y pensé que con la muerte de mi mamacita se acabó la tradición. A mí me da temor prender velas, por lo de los incendios. Mi abuelita Esperanza y mi mamá Hilda Cecilia prendían la vela en la mañana y estaban pendientes hasta que se consumía. No sé quién me contó que las velas de sebo son las preferidas para uso de altares porque casi no hacen humo. Andá a saber si es cierto. Te he contado, asimismo, que a mí me encantaba hurgar en el veliz de mi abuelita Esperanza cada vez que llegaba a casa, buscaba cuántas velas traía, el número me decía cuántos meses iba a tardar, casi siempre le hice trampa porque iba a comprar una vela o dos y las unía a las otras para que ella se quedara más tiempo. Mi abuelita no era tonta, pero era muy amorosa, sabía que yo hacía esa trampita y la toleraba, sonreía y se quedaba dos o tres meses más. Era una viejecita amorosa. Ya te conté que en una ocasión me trajo un álbum de figuritas, ¡lleno! Se iba, allá en la Ciudad de México, a echar volados con los chamacos, en la entrada del mercado, para conseguir las figuritas que le hacían falta para llenar el álbum. Ella se pasaba temporadas con los hijos, así estaba una temporada con nosotros. En Comitán hizo varias amistades. Cuando estaba en el pueblo iba de visita, antes de salir de casa iba a la cocina, tomaba la cajetilla de cigarros y la cajita de cerillos, porque, eso sí, fumaba como chacuaco, e iba a visitar a sus amistades, quienes la recibían como si hubiera sido comiteca. Cuando se iba quedaba un hueco en casa, hueco que se hizo más grande cuando falleció. Ella estaba en nuestra casa, cuando comenzó a sentirse muy mal, mi mamá la llevó al aeropuerto de Tuxtla y, llorando, pidió que le vendieran dos boletos de urgencia. No sé cómo lo logró, la cosa es que treparon al avión, llegaron a México, donde ya las esperaba mi tía Sonia, quien las llevó de inmediato al hospital. Todo fue inútil, dos días después falleció mi amada abuelita Esperanza, quien llevó el apellido Córdova con honor, ya que era pariente directa del héroe Fray Matías de Córdova.
Hallé el candelabro. Mi mamá falleció en noviembre de 2025, falleció en casa, tranquila, tenía 95 años de edad. Este 24 de marzo hubiésemos celebrado sus noventa y seis. Sus 95 los celebramos en el restaurante Bonampak, por el rumbo de Chacaljocom: ella, Fer, mi Paty y yo. Pienso que la última vez que usó el candelabro para prender la vela de sebo fue el primer día de octubre de 2025. El primer día de noviembre ya estaba cansadita, no recordó el ritual y nosotros ¡menos! Y desde entonces, el candelabro ha estado sin uso (con decir que ni cuando se va la energía eléctrica lo usamos, porque no prendemos velas, ahora mi Paty ha comprado unas lamparitas recargables que usamos cuando la CFE hace travesuras y corta la energía eléctrica).
No sé en cuántas casas continúan con la tradición de prender velas por algún motivo. Mi mamá prendía la vela cada inicio de mes, el ritual lo completaba con regar agua bendita por toda la casa (hasta el tsurito le tocaba unas gotas). En Pandemia no salimos de casa, así que ya no hubo oportunidad de ir al Niñito Fundador para comprar agua bendita. Mi mamá ponía la botella con agua frente al televisor y cuando el sacerdote católico, desde un templo en Colombia, ofrecía bendecir agua e imágenes, mi mamá oraba y, con milagro virtual, el agua quedaba bendita. Una vez se le acabó y ella se inquietó, porque no aparecía el padre colombiano, me senté frente a ella, la miré a los ojos y le dije: mamacita, vos sos una buena mujer, hacé favor de bendecirme el agua de esta botella. Sonrió, algo rezó en voz baja y luego con su mano, con dedos torcidos por la artritis que la aquejó en los años sesenta y que, gracias a Dios, superó, como si fuera una papisa, hizo el signo de la cruz. ¡Listo!, dije. Ya está bendita el agua y la usó para regar la casa el primer día de mes. Tal vez dudó y al otro día me mandó a que consiguiera un litro de agua bendita.
Posdata: dicen los que saben que una vela prendida purifica el ambiente. Mi mamá era muy devota de la Santísima Trinidad, la llevaba a La Trinitaria, cada día primero del año. Recuerdo que en ese templo existe un espacio especial para que coloquen veladoras. La luz que de ahí emana tiene una energía especial, la cera derretida se extiende con amplitud sobre una charola y hace figuras que invitan a hacer lecturas, como si uno fuese uno de esos quirománticos que leen la mano. Ya me quedé sin mi mamá, ella me leía la mirada, el corazón. Ahora, el candelabro está sin ocupación alguna.
¡Tzatz Comitán!
