viernes, 20 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN ACTO INAUGURAL
Querida Mariana: comparto foto histórica. El 4 de enero de 1988 se inauguró el edificio que hoy ocupa el Preescolar del Colegio Mariano N. Ruiz. Debo decir que el terreno perteneció a la familia de Armando Alfonzo Alfonzo, el triple A. En el pueblo estamos en el 2026 celebrando el centenario del nacimiento del ilustre comiteco. Este edificio tiene mucha historia, albergó a los estudiantes de la secundaria y de la preparatoria. La supervisión arquitectónica estuvo a cargo del arquitecto César Alfredo Guillén Cota y el maestro Jorge Gordillo y mi papá viajaron a la ciudad de Puebla para adquirir los bloques de cemento que se emplearon para el techo. No recuerdo el nombre de ese sistema constructivo, sin duda que el arquitecto César debe recordarlo. ¡Paren máquinas! ¡Oh, mente prodigiosa! Ahora me llegó el nombre: bovedilla. La bovedilla es un elemento prefabricado, hueco en su interior, lo que permite aligerar el peso del techo. Cuando el maestro Jorge y mi papá regresaron de Puebla, días después llegaron camiones con las bovedillas. Ya el arquitecto se encargó de diseñar el tendido.
Al ser el Colegio Mariano N. Ruiz una institución educativa fundada por un sacerdote, el padre Carlos J. Mandujano (un intelectual comiteco brillante. De mi parte, sólo admiración tengo hacia él), el acto inaugural fue precedido por la bendición que hizo el padre Raúl (hermano del padre Carlos), quien también fue un hombre docto (llegó a ser rector del Seminario Diocesano, en San Cristóbal de Las Casas). Acá está el momento en que fue el corte de listón, de color azul; el maestro Jorge (director general emérito) hace uso del micrófono, mientras las demás personalidades acompañan al sacerdote cuando esparce el agua bendita. Como nuestra sociedad es tolerante, afectuosa, el acto reunió a personajes de ideologías diferentes. Quien está de lentes, trajeado, es Don Polito Leal Melgar, quien era el presidente municipal de Comitán en ese momento; entre el padre Raúl y la pared se ve el perfil de Don Víctor Trujillo, quien era el secretario municipal; a su lado, apenas se ve parte del rostro de Don Mariano Penagos, periodista y escritor, Premio Chiapas; detrás del padre Raúl, el maestro Cicerón Argüello, quien era supervisor de la zona; entre el maestro Cicerón y el presidente, mi papá, bien trajeado, pichito lindo, lleva un libro que utilizaría el padre Raúl para el acto religioso; detrás está Martha Araceli Guillén de León y el chico que está apoyado en un pilar metálico es Jaime Torres Gil, quien era alumno de la institución en el glorioso año de 1988.
Toda la comitiva realizó el recorrido, donde el padre Raúl bendijo cada pasillo, cada aula, cada patio. El edificio es de dos plantas (tiene un espacio donde hay un tercer piso).
Muchos estudiantes tienen gratos recuerdos de este edificio. A la hora del receso, los chicos jugaban básquetbol en el patio delantero y partidos de fútbol cuya garra no se ha visto nunca en el Estadio Azteca, en la parte posterior había un pequeño jardín (al lado de la cafetería) donde las chicas y chicos disfrutaban su lonch y platicaban. El terreno es tan generoso que tenía entrada y salida por ambas avenidas, una avenida era subida (la que venía de San Sebastián) y la otra era bajada (la que venía de San José). Tal vez mi memoria me hace una jugada, pero yo diría que para esa época, el director de la secundaria y preparatoria era Manolo Nucamendi Pulido; el maestro José Hugo Campos Guillén era el director de la primaria. Había dos cafeterías, una la atendía Doña Cata y Don Quique, y la otra era atendida por Doña Cholita. Yo estaba amarchantado con Doña Cata y Don Quique, subía al local donde atendían y ya estaba dispuesto lo que desayunaba, dos gringas, con salsa verde, picosita y de bebida una coca cola, de seiscientos. ¿Qué querés? También era del club de los que han caído. El padre Raúl (esto lo sabe mi amado Gutmita) era una persona con un gran conocimiento de literatura. Los chicos que tuvieron clases con él tuvieron ese gran honor, así como yo lo tuve al tener como maestro de literatura a su hermano, el fundador del colegio, el padre Carlos. Repito lo que dijo la Paty Armendáriz, actual diputada federal: el padre Carlos narraba los hechos literarios como si hubiera estado presente. Es cierto, jamás olvidaré las clases donde nos contaba los sucesos que narra la obra El Cid. ¡Genial!
Posdata: después del acto inaugural, tarde fría, los compañeros del colegio ofrecieron ponche caliente, con pedacitos de marquesote (que dicen que en otros lugares le llaman pan esponja, va pues). ¿Llevó piquete el ponche? Pienso que sí, pienso que los adultos recibieron un pitz de traguito, para calentar el espíritu en un acto tan importante para el pueblo. ¡Salud!
¡Tzatz Comitán!
