miércoles, 25 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE ESTUDIÉ EL TERCER GRADO DE PRIMARIA EN LA MATÍAS DE CÓRDOVA
Querida Mariana: nací en 1957, en 1965 estudié el tercer grado de primaria. Acá estoy en la fotografía de grupo. Estamos en el patio trasero de la Escuela Primaria del Estado “Fray Matías de Córdova”, que funcionaba en una casona a media cuadra del templo de Jesusito. En este patio jugábamos partidos de básquetbol y en las laterales: canicas, un juego al que le entraba era a la “timbirimba”, un compa hacía un montoncito con cuatro canicas, lo coronaba con una quinta canica y el juego consistía en tirar desde una línea que marcaba. Si se le atinaba las cinco canicas pasaban a la bolsa del tirador, si fallaba la canica lanzada era ya propiedad del organizador timbirimbero. Siempre pensé que era más ventaja para el tirador, porque perdía una, en cambio ganaba cinco, pero como en este juego las leyes de probabilidad no correspondían a la lógica, el timbirimbero, casi siempre, terminaba con las canicas de los demás. Era muy difícil atinarle, porque la distancia era considerable.
El otro día saludé a Cristóbal Albores, que también está en medio de este grupo, y dijo que tenía dos fotografías que quería compartir. Una resultó ésta, la otra es el grupo de quinto año. Acá estamos con el maestro Alberto Gómez (abuelo del arquitecto José Alberto Gómez Conde), quien era el titular del tercer grado. Nuestro salón tenía dos puertas, una lateral en el patio central y una trasera que daba a este patio, donde también se celebraba el acto cívico los días lunes, rendíamos honores a la bandera, interpretábamos el Himno Nacional (no se cantaba el Himno a Chiapas) y se realizaba alguna otra actividad relevante. Cuando era un día solemne que exigía izar la bandera, nuestro director, profesor Víctor Manuel Aranda León, citaba a algunos alumnos a las seis de la mañana para el izamiento y a las seis de la tarde para bajar la bandera. Había un asta bandera en la parte superior de la fachada, en el centro del portón donde entrábamos y salíamos.
Agradecí a Cristóbal que me compartiera las fotos, porque no las conocía. Vine a conocerlas sesenta años después. Le dije que eran un tesoro, un verdadero alimento para el espíritu, un misterio enredado. Digo esto porque desde el momento que tuve las fotos ante mi mirada le he dedicado buen tiempo a observarlas. Conté cincuenta y un muchachitos y el maestro. He ampliado las imágenes en intento de descubrir las caritas de mis compañeros y me ha costado mucho reconocerlos, apenas he reconocido a dos o tres o cuatro. Mi mente me ha dicho que estos cincuenta niños fueron parte de mi vida en ese instante, convivimos en el aula y a la hora del recreo y tal vez en alguna actividad especial, pero todo es como si lo viera a través de un cristal, un cristal empolvado. Todos estamos viendo hacia la cámara (bueno, yo veo hacia otra parte. No sé el porqué. Me da pena decirlo, pero estoy en una posición como si fuera uno de los integrantes de una selección de fútbol, ¡yo!, que nunca fui practicante de ese deporte).
Si te das cuenta, en esos años no llevábamos uniforme. Cada uno se ponía la ropa que tenía en casa, la que preparaba la mamá. Tal vez el maestro no nos dijo que al día siguiente tendríamos una sesión para la foto del recuerdo. Llegamos y el maestro dijo: cierren los cuadernos y salgan al patio para la foto. Cerramos cuadernos y salimos por la puerta trasera y esperamos que nos colocaran en estas tres filas. Los de atrás, parados, los de en medio un poco en cuclillas y los del frente con una rodilla al piso. El maestro se colocó casi al centro y abrazó a los dos niños que están a su izquierda y a su derecha. Eso habla de la cercanía que el maestro Beto tenía con sus alumnos.
Todos son varones. Te he contado que así era la enseñanza. En la escuela primaria estudiábamos niños y niñas, pero todo era como en la canción de Chico Che: “los niños con los niños y las niñas con las niñas”. Las niñas tenían maestras y nosotros maestros. Convivíamos con las niñas a la hora del recreo, ahí comenzaban esos famosos “quemones”, que eran miradas donde había la señal de: “me gustás”, tanto de ellas como de nosotros. La otra posibilidad de convivencia era cuando las maestras ensayaban los bailables donde participábamos en los actos del Día de la Madre o en la ceremonia del fin del curso (que se efectuaba en el Cine Comitán, escenario prodigioso). En ese tiempo no había celebración del Día del Padre. Recuerdo haber participado en dos bailables, uno donde tuve como compañera a una chica que estaba enamoradita de mí y que desplazó a la que de origen la maestra me había asignado, la enamoradita retiró a la otra, se paró frente a mí y nos hicimos pareja, cuando menos de bailable. Yo acepté lo que el destino enviaba, me sentí bien al ser el elegido de la niña bonita que “quería” conmigo.
Agradezco a la vida y al cuidado de Cristóbal por conservar estas dos fotografías llenas de recuerdos para los que ahí estamos.
Posdata: seguiré viendo la fotografía, en intento de rescatar los nombres de las caritas que acá están. Identifico a algunos compañeros, procuraré recordar algún instante donde ellos y yo, en efecto, fuimos compañeros que convivíamos día a día. Sé que no todos éramos compas, en los grupos de estudiantes se forman subgrupos. ¿Hay alguno de estos niños que siga siendo mi compa frecuente? ¿Ya me identificaste? Estoy en la primera fila, con una rodilla al piso. A ver, a ver si me encontrás.
¡Tzatz Comitán!
