martes, 17 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON MEMORIAS DELGADAS

Querida Mariana: no sé si sea condición general, pero pienso que a falta de memoria ahí está la imaginación. Todo mundo ha conocido a un tío que cuenta historias casi increíbles, como sacadas de Las Mil y una Noches, o tardes. Una vez, tendría dieciséis años, un amigo de apellido Figueroa nos invitó a su casa (muy cerca del mercado primero de mayo). Eran las cuatro de la tarde, así que yo no tuve problema para ir con ellos, como tres o cuatro chavos, mayores que yo. Entramos por una puerta metálica estrecha a un patio enladrillado, sin una sola maceta o planta. ¡Nada! El callejón era largo, al fondo estaba la casa, cuando llegamos al final subimos unas escaleras, también de ladrillo y nos recibió lo que era el comedor, con una mesa y cuatro sillas. El compa de apellido Figueroa entró a otro cuarto y sacó dos sillas más, nos invitó a sentarnos, abrió un gabinete y sacó vasos y una botella de ron (en ese tiempo yo no bebía), sirvió el trago en vasos y comenzó la tertulia. Me conocés, yo no soy buen conversador, pero sí soy buen escucha, así que comencé a disfrutar la plática y más, mucho más, cuando la conversación dio una vuelta y se metió en el terreno de la cacería. A mí me habían dicho que los cazadores son los más mentirosos del mundo, esa tarde lo comprobé, porque uno de ellos, joven, igual que los demás, era aficionado a la cacería y comenzó a platicar hazañas que comenzaron a acercarse a los maravillosos terrenos pantanosos producto de la imaginación, pero él lo contaba como si en efecto hubiese ocurrido así. Todos reíamos, algunos aplaudían, decían ¡salud!, casi como si brindaran por él. Llegó el momento en que todos guardaron silencio, como que supimos que estábamos ante el rey del cuento y no debíamos querer imitarlo, apenas alguien se atrevía a comentar algo de lo que él platicaba. La tarde se fue y llegó la noche, vi el reloj de uno de ellos, Dios mío, ya iban a dar las siete, me despedí en medio de pullas, pero nadie se opuso a que me retirara, bajé y corrí por el corredor en penumbra, el resplandor luminoso llegaba de la calle, como si fuera un delincuente afectuoso saltando por encima de la barda. Llegué a la puerta, quise abrir y me di cuenta que tenía llave. Sentí la serpiente del frío recorrer mi cuerpo, volví la mirada y respiré tranquilo, vi que se acercaba el anfitrión: siempre cerramos con llave, dijo, tal vez por el miedo que me había invadido y que seguía enredado en mi cuerpo escuché su voz como la de esos habitantes de palacios de Transilvania, metió la llave y abrió la puerta. Salí apresurado y corrí, corrí por la subida del mercado, llegué acezando hasta la escuela Fray Matías y comencé a sosegar mi paso para llegar sin aflicción a casa. Mi papá y mi mamá también estaban llegando, pensé en hacerme el gracioso: sin ponernos de acuerdo, llegamos al mismo tiempo, dije. Metí la llave y abrí, cedí el paso a mi mamá y luego a mi papá, dejé que éste cerrara. Mi papá se quedó conmigo, iba a comenzar a interrogarme, cuando tocaron la puerta, yo tenía urgencia de ir al baño, le dije a mi papá y él abrió. Oí las voces, fui a hacer pis, hasta el baño me alcanzó mi papá. Te busca tu tío Javier, dijo. Uf. Sí, mi primo Enrique era uno de los de la tertulia, lo habían estado buscando (eran otros tiempos) y alguien le comentó al tío que habían visto al hijo conmigo. Sí, dije, estuvimos juntos, él se quedó en casa de Figueroa. Gracias. Se subió a su carro, un auto grande, de lujo y arrancó. Le dije a mi papá que tal vez se haría grande la cosa, porque Enrique había estado echándose sus tragos y ya estaba un poco bolito cuando yo me despedí. Qué bueno que yo no tomaba, bueno, tiempo después comencé a entrarle y, bobo, traté de recuperar el tiempo “perdido”. Posdata: lo que te cuento es algo que pasó realmente. Así es mi recuerdo. Recuerdo las anécdotas que contó el cazador, que eran brillantes, hilarantes, con una gran malicia literaria. ¿Qué es la literatura? ¿Una mezcla de vivencias aderezadas con cosas inventadas? En Comitán he conocido grandes contadores de anécdotas, poseen un talento para seducir a las audiencias con lo que cuentan, nunca falta el compa que les sugiere: ¡deberías escribir un libro! No, no todos los cuenta anécdotas tienen la gracia que sí tiene un escritor, asimismo no todos los escritores tienen la gracia para contar anécdotas; es decir, no todo mundo es Eraclio Zepeda, gran escritor que poseía un talento especial a la hora de seducir a la audiencia con su palabra hablada, él escribía como hablaba, pero, como su palabra era literaria volaba con la delicadeza de una diosa. El compa que contó esa tarde las anécdotas de cacería las contaba con la misma gracia de Laco. Nunca supimos qué sucedería en caso de que intentara escribir un libro de cuentos o una novela. ¡Tzatz Comitán!