viernes, 28 de agosto de 2026
CARTA A MARIANA, CON TRIPLAY
Querida Mariana: mi primer acercamiento con el triplay fue en el cuarto grado de primaria. Fui a una carpintería y pedí un pedazo de 3mm, luego, en la ferretería de Don Carlitos Siliceo, que estaba en el portal donde ahora está Farmacia del Ahorro, compré una segueta, un arco y una lija, con estos elementos realicé el trabajo escolar que nos puso el maestro Javier Flores Torres. Copié un dibujo, luego con el arco recorté la figura, la lijé y, al final, la pinté con pinturas acrílicas, de colores subidos. ¡Quedó lindo!, como lindos quedaron los trabajos de los demás compañeros. En ese momento nunca imaginé que tendría contacto, ya no sólo con pedazos de triplay, sino con hojas completas y de muchos grosores.
Ayer caminé un rato por el parque central, mi parque, mientras daba vueltas en la sección interna, porque ahora el corredor principal está inundado con carpas donde hay ofertas de artículos escolares, por la temporada. Escuché la plática de dos compas, ya de edad. Uno de ellos, luego supe que se llama Caralampio y tiene 85 años de edad (está muy bien, física y mentalmente), comentaba que había trabajado en la fábrica de triplay del ingeniero Valadez. Me detuve, los saludé y pregunté si podía sentarme con ellos, dijeron que sí. De esta manera me enteré que Don Caralampio laboró en la fábrica de triplay durante muchos años, tantos que se volvió persona de confianza, lo que le permitió entrar a la casa que cerca de la fábrica tenía la familia del ingeniero Valadez, dijo que la casa tenía una alberca (cierto, la conocí). Habló con emoción de su trabajo y de la fábrica, mencionó que la fábrica tenía dos enormes secadoras a las que les llamaban “tiburones”, por la forma. Todo, dijo, se controlaba con botones, las pulidoras, cepilladoras, canteadoras. La madera les llegaba de los aserraderos de la zona de Las Margaritas, era madera de pinabeto. La fábrica tenía dos calderas, peladora de trozas y tornos. Apretaban un botón y ¡taz, taz, taz!
Tres turnos tenía la fábrica (lo que da idea de la importante fuente de trabajo que significó). Un turno era de 7 de la mañana a 4 de la tarde, luego venía el de 4 a 12 y el tercero: de 12 a 7 de la mañana. En muchas partes de la ciudad se escuchaba un silbato potente que indicaba el fin de un turno y principio del otro. Decenas de trabajadores y trabajadoras salían de la fábrica y entraban los del nuevo turno.
Don Caralampio lamentó lo que hizo el general Absalón Castellanos, ya siendo gobernador, pues con el pretexto de la explotación irracional de bosques expropió la fábrica y provocó su cierre posterior. Don Caralampio dijo que sólo acabó con trabajos, porque la tala inmoderada sigue y seguirá.
Mi papá laboró con el ingeniero Valadez, era su amigo. Cuando mi papá se quedó sin trabajo, buscó. Fue a ver al ingeniero y le propuso que no le pagara, que le permitiera trabajar, el ingeniero aceptó y quince días después mi papá fue contratado, porque era un hombre muy listo, responsable, honesto y chambeador. Igual que Don Caralampio mi papá fue hombre de confianza y terminó siendo el distribuidor al menudeo del triplay, de tres, de seis, de nueve milímetros y de tableros. Cuando regresé de la ciudad de México, le ayudé en el negocio, que era muy floreciente. Cada mes viajaba a Tuxtla Gutiérrez, iba a comprar triplay de cedro que acá no hacían y en la casa (a media cuadra de la Escuela Fray Matías de Córdova) llenamos la bodega con hojas de triplay, donde llegaba la mayoría de carpinteros y ebanistas. Mi papá amplió el negocio con venta de molduras y jaladores para gavetas.
Cuando el gobernador de Chiapas expropió la fábrica, los nuevos encargados vendieron producto a muchos paisanos, quienes comenzaron con la venta del producto, por lo que nosotros nos quedamos ya sin esa distinción, por lo que mi papá cerró el negocio y buscamos una nueva forma de subsistencia, yo puse una papelería con mi Paty y mi papá se dedicó en cuerpo y alma al auxilio del negocio de mi mamá. La venta de estambres siempre fue un salvavidas económico en la casa, gracias a la disciplina y al tesón de mi mamacita, quien también poseyó los mismos dones de mi papá: responsable, honesta, trabajadora indeclinable.
Posdata: aún está por escribirse la historia de los aserraderos de la región, con todas sus luces y sombras. Un hijo del ingeniero Valadez estudió algo relacionado con lo forestal, me obsequió su tesis profesional, que consistía en el aprovechamiento racional de los recursos maderables, con el ejemplo de Canadá, donde (así decía el estudio) cortan un árbol y siembran diez. Canadá, como muchos otros países del mundo, aplican esas técnicas, lo que garantiza que siempre haya bosques y que los recursos maderables se utilicen para servicio de los seres humanos. Con la expropiación se cerró una importantísima fuente de empleo en la ciudad. Don Caralampio sigue lamentando esa decisión que lo dejó sin empleo y sin una compensación económica por tantos años trabajados.
Escuché la historia, supe que era un gran testimonio. Ya no platicamos más, porque noté cierto recelo. ¿Para qué anotaba tanto dato? Ay, Don Caralampio, para honrar su trabajo, para decir que esa fábrica fue una importante fuente de empleo, pero que sin el trabajo de esos laboriosos trabajadores, en tres turnos, nada hubiese ocurrido.
¡Tzatz Comitán!
