jueves, 22 de octubre de 2026
CARTA A MARIANA, CON CAJITAS
Querida Mariana: sabés que pinto cajitas. Existen personas que las disfrutan, que las compran. En el pueblo (¿cómo dice eso de no hay profetas en…) he vendido muy poco. Pero vendí mucho en Puebla, ¡en Puebla!, y vendí también en Oaxaca, ¡Oaxaca, la tierra de los grandes artistas plásticos! Sigo pintando, porque me divierte, porque lo hago con pasión, porque siempre habrá gente que disfrutará mis creaciones.
¿Te comparto una primicia? Participaré en el XXVI Festival Internacional de Las Culturas y Las Artes Rosario Castellanos 2026. No seré profeta a quien le compran obra, pero sí soy un artista reconocido en el pueblo, me aplauden, pues. ¿Qué fue lo que dijo aquel compa?, no podemos comer del aplauso. En fin, estoy muy quejitas, esta mañana.
Es que lo hago, porque no creo en eso de que “alabanza en boca propia es vituperio”. ¿Qué significa vituperio? ¡Saber! Cuando hablo de mi obra lo hago convencido de que soy un artista único y no me interesa la opinión de mis detractores, que no saben de arte, ni son buenos lectores de la vida. ¡Qué bruto, sigo trepado en la cruz! Perdón, querida mía, pero si no vomito con vos, todo queda trabado en mi garganta. Si supieras que muchas personas han admirado mi obra, me ofrecen comprarla, cuando se enteran del precio ponen su cara comiteca acostumbrada al regateo. Digo: no compas, es mi trabajo, es mi inspiración, es mi talento, no hay una obra igual en todo el universo, ni siquiera en el planeta Xsirysio119. ¿Puede ser a pagos? Eso sí, pero que no sea pagos cada dos años. ¡No, cómo podés creer! Entonces se llevan el cuadro y no los vuelvo a ver. Vos sabés cómo son esas historias, un compa presta dinero y el que pidió prestado se evapora. No vuelve a dar la cara. Hay gente miserable.
Uf. Ya vomité. Vos, qué necesidad tenés de estar soportando mis bilis. Lo hago para que la bilis no se enrede en mi hígado bonito, precioso, gran compañero de mi cuerpo.
Digo que pinto y soy un pintor exquisito, único. ¿Torcidas las caras que pinto? ¿Torcidas las manos, los pies, los cuerpos? Sí, todo torcido. Es mi estilo. No hay cuerpo perfecto, aunque alguien pretendió decir, en los años setenta, que Bob Derek era 10, la mujer perfecta. Pero, como dijo nuestro amigo El Panda, hasta la mujer más guapa hace su bola de caca. Ay, perdón, qué vulgar soy, me convierto en un desagradable.
Pinto cajitas, bien bonitas. Hace dos mañanas llegué a la oficina muy temprano y, en la banqueta de enfrente, estaban dos personas lijando unas cajitas de madera de pino. Me acerqué, como lo hubiera hecho si hubiese visto libros. Supe que eran comerciantes de Veracruz, preparaban las cajas que ofrecerían en el pueblo. Me encantó esa coincidencia, saber que madera de Veracruz estaba en esas cajitas que, amorosamente, habían trabajado. Vi que todas tenían chapa y llavecitas, muy sencillas, pero continuando con la tradición donde las cajitas sirven para guardar objetos preciados, no tanto de valor económico como sí de valor sentimental. Una prima mía, que un tiempo vivió en el estado de Veracruz, tenía una cajita bien bonita, con llave, ahí guardaba su Diario, donde consignaba los actos más relevantes de su día a día.
¿Cajitas jarochas pintadas por un artista comiteco? No lo pensé dos veces, revisé el bolsillo de mi pantalón y me alcanzó para comprar dos. Solamente dos, pero me emocionó la posibilidad de que esas cajitas emocionen a alguien más y las compren. Me emociona pensar que alguien pueda dar una cajita como presente.
Posdata: ahora tengo dos cajitas de madera de pino, veracruzanas, las pintaré con emoción, como siempre lo hago. Soy feliz, recordá que cada día recuerdo lo que dijo el gran pintor y caricaturista Abel Quezada: “la pintura es la libertad total”. Cuando pinto ¡soy libre! Soy libre cuando leo, cuando escribo, cuando estoy con vos, cuando camino por nuestro Comitán, cuando voy a mi parque central, cuando veo que alguien se emociona con mis cajitas pintadas y las adquiere. Soy feliz cuando el mundo se acomoda muy cerca de mí, cuando se vuelve gato y me ronronea y, sin sacar las uñas, me da la manita y yo pienso en mi papá, quien amaba los gatos, porque, siendo niño, jugaba con un gatito en la bodega de la tienda del tío Víctor.
¡Tzatz Comitán!
