jueves, 10 de septiembre de 2009

TESTIMONIOS DE VIDA


José Antonio Melgar Downing donó su colección de medios impresos. La donó al Centro Cultural Rosario Castellanos.
Lo hizo anoche, en medio de la música de una banda y del vino de honor; lo hizo en medio de un buen número de personas que acudieron a la invitación de la Fundación Colosio (los panistas se han dormido y aún no crean la Fundación Mouriño. Ya se sabe que este país funciona con la creación de mártires).
A José Antonio le pregunté si podía vislumbrar qué pasará con su donación dentro de diez años. Por fortuna, José Antonio está consciente de lo que puede suceder. Me dijo que ahora todo está en manos de las autoridades “culturales”.
Es bueno que los donantes no tengan demasiadas expectativas. Muchas donaciones terminan en cuartos húmedos y olvidados.
Ahora es posible digitalizar los medios impresos. Tal vez sea bueno que el Centro Cultural Rosario Castellanos (ahora que su directora, Angélica Altuzar Constantino, ha comenzado con mucho entusiasmo) considere la posibilidad de digitalizar el acervo donado.
Di una vuelta por la exposición y constaté el valor documental del acervo.
Incluso, hay que ir más allá. Digitalizar todo lo que no está incluido en la Colección de José Antonio. Parte importante de nuestra identidad está concentrada en esos papeles amarillentos que se resisten a morir. Sobreviven porque su fuerza se concentra en que son testimonios vivos del pasado.
Acto generoso. José Antonio comparte con el pueblo lo que el pueblo ha realizado.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS



El tío Alfonso tenía tantos amigos que parecía un talabartero reuniendo tornillos o clavos. El día que cumplió ochenta y cuatro años de edad, su casa se convirtió en una romería, por tantos amigos que llegaron a felicitarlo. Los festejos tardaron dos días, con sus correspondientes noches.
Los hombres amistosos poseen la cualidad de ser un poco coleccionistas. Hay gente que colecciona timbres postales (bueno, había); gente que colecciona cajitas pintadas (su colección siempre estará incompleta si no tiene una maravillosa cajita pintada por Molinari); o gente que colecciona amigos (de esta estirpe era tío Alfonso). Él decía que, como los tamales, tenía amigos de dulce, de chile y de manteca.
Por esto -y de acuerdo con la ley de probabilidades- cuando el tío falleció, dos de sus amigos fallecieron ese mismo día. Las tres familias dolientes acordaron incinerar los cuerpos a la vez. Si habían estado reunidos en vida que lo siguieran estando en muerte, adujeron.
Al término de la ceremonia los dolientes recibieron urnas laqueadas conteniendo la ceniza revuelta de los tres amigos. El tío Armando -hermano de tío Alfonso- hizo una mueca de asco y escupió al piso; en voz baja le dijo a su esposa que no permitiera esta falta de respeto con sus restos mortales. “A mí me entierras a la antigüita, y solo, ¿oíste? ¡Solo!”, dijo.
Ayer tía Filogonia, esposa de tío Alfonso, me mandó un recado con la sirvienta. Me bañé y, con puntualidad inglesa, estuve en su casa a las cinco de la tarde. Su sirvienta abrió, me condujo a la biblioteca y me dijo que “la señora” ya me recibiría (no sé de dónde mi tía saca esas muchachas. Son como sirvientes de alguna novela alemana burguesa del siglo XVIII).
“Ay, hijito -dijo en cuanto entró con el pañuelo limpiándose los mocos- parece que la regué”. Se sentó a mi lado y me contó, mientras la sirvienta servía el té, en tazas de finísima porcelana, acompañado con galletas de avena.
Antenoche, la tía prendió una veladora y rezó un rosario por el alma de su difunto esposo. Dice que iba por el cuarto misterio cuando la puerta de la biblioteca se abrió y una ráfaga de aire helado le recorrió toda la espalda. Dejó el rosario sobre la mesa del altar y fue a cerrar la puerta, pero la misma serpiente fría la detuvo al recorrer su espalda de nuevo. Una voz, que parecía provenir de un pozo muy profundo, retumbó en todo el oratorio: “Onia, ¡no tengo piernas!”.
“¿Mirás, hijito? Sólo él me decía Onia. Ay, Dios, la regué”. Me acerqué y la abracé, le dije que no se preocupara. Me vio como si yo fuera el espíritu santo y, con el pañuelo, resignada, se secó las lágrimas y los mocos. “Tengo un amigo -le dije- que es ingeniero experto en separación de residuos, mediante un “Análisis Cromatográfico” determinará cuáles son los gránulos correspondientes a la entidad corpórea de tío Alfonso y los separará”.
Lo dije así porque tenía que dar rasgos de verosimilitud. Los lenguajes crípticos ayudan mucho cuando de impresionar se trata. La tía, en efecto, me creyó, fue por la urna y me la entregó.
A ella le dije que mi tío debía tener completas sus cenizas para que volviera “a caminar”, así que llamó por teléfono a las dos viudas cómplices, quienes de inmediato llevaron las otras urnas. “Ay -dijo una de ellas- Pancracio no se me ha aparecido, debe ser que también le falta algo. Capaz que sus ojos están en las cenizas del compadre Alfonso”.
Hoy en la mañana regresé las urnas. Mi tía abrió las manos y los ojos de manera generosa cuando le entregué la suya. Me preguntó cuánto debía por el servicio, le dije que nada, mi amigo, el ingeniero en cromatografía, también era amigo de tío Alfonso –seguí con la mentira- y no había cobrado un solo centavo. “Ya mirás que mi tío tenía amigos de todas las edades”, dije. “Sí -respondió ella, motivada- él decía que tenía amigos de dulce, de chile y de manteca”.
Debo acá aclarar que cuando tuve entre mis manos las tres urnas vacié las cenizas en una bolsa negra, de esas que sirven para guardar basura (claro, antes pedí perdón a los tres amigos) y llené las urnas con ceniza del fogón de la panadería de doña María. Más tarde fui hasta un lugar que en Comitán llamamos El Cenicero. Subí a un montículo y, al amparo de una luna llena brillantísima, abrí la bolsa negra y regué el contenido. Si murieron juntos que juntos vuelen, pensé.
Cuando regresé a casa recordé que el tío Armando es sabio pues insiste en la teoría aquella de: “Juntos, pero no revueltos”, como debe ser.

martes, 8 de septiembre de 2009

HORMIGA O MERCADER


¿Crees en la reencarnación?, me dijo. Se paró y fue hasta el balcón. La calle estaba concurrida, llena de estudiantes, de carros, de ruidos y de niños acompañados por sus mamás.
Se quedó en el balcón viendo el ajetreo del día. Era un día común y corriente en una ciudad llamada Comitán.
Antes me había dicho que él fue un vikingo en una vida pasada, y luego fue un príncipe en un país europeo. Esto fue lo que le dijo una vidente en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas.
Me preguntó si alguna vez alguien me había "leído" mi pasado. Le contesté que no. Una vez, una mujer, en Xalapa, me leyó la mano, pero no me dijo nada de mis vidas pasadas.
En todo caso, si me diera la curiosidad, no me interesaría conocer qué fui en vidas pasadas sino en dónde viví en vidas pasadas.
Sin necesidad de pitonisas intuyo que viví en este pueblo, en algún tiempo pasado.
Estoy seguro que nunca fui un príncipe de palacio europeo; casi puedo apostar que tampoco fui esquimal o un famoso pirata.
¿Que si creo en la reencarnación? No sé, no puedo negar la posibilidad. Una vez mi papá preguntó si era real la posibilidad de la reencarnación. No supe qué decir. Él ya estaba enfermo y tal vez meditaba en la frontera más allá de la muerte.
Por aquello de las dudas, siempre que un ser vivo, por alguna razón se acerca a mí, lo trato con respeto. No vaya a ser cierto eso de la reencarnación.
¿Qué fui en una vida pasada? No lo sé. La única certeza que poseo es que viví en este mismo pueblo, por esto ahora es como si volviera a casa y me siento tan a gusto en estos cielos comitecos.
Se retiró del balcón y me vio. A mí me gustaría reencarnar en águila, me dijo. Se sentó en la mecedora, se cubrió con una manta. Hacía frío. Afuera la tarde continuaba con su ajetreo diario: bocinazos, pasos apresurados y gritos. Adentro él y yo meditábamos acerca de qué personalidad habíamos tenido hace muchos muchos años.
¿Alguna vez fuimos hormigas? me preguntó. No supe qué responder.

lunes, 7 de septiembre de 2009

SEGUNDA CARTA ABIERTA AL SENADOR MANUEL VELASCO COELLO.






Respetado Senador, ¿a Usted le gusta la canción mexicana? En tal caso recordará aquella canción de Felipe Valdés que dice, más o menos así: “Hace un año que yo tuve una ilusión, hace un año que hoy se cumple en este día”. Dicha canción la popularizó Antonio Aguilar, papá del ahora famoso Pepe Aguilar.
En realidad no quiero hablarle de canciones ni de Los Aguilar, si saqué esos versos a colación es porque “Hace un año” le escribí una Carta Abierta en este mismo espacio. En dicha carta formulé la petición para que Usted, como representante de Chiapas en el Senado, gestionara acciones para dignificar la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
La casa donde nació Belisario Domínguez, por desgracia, está lejos de ser el espacio digno para honrar la memoria del ilustre héroe. El tiempo ha hecho estragos a dicha casa y tiene muchas deficiencias. Cuando escribí aquella carta los empleados de la Casa Museo me enseñaron documentos históricos que estaban deteriorándose por la acción de una plaga, asimismo varias salas carecían de luz porque las lámparas estaban fundidas.
Por fortuna, un grupo de comitecos bien nacidos se enteró del contenido de la Carta Abierta y gestionó la fumigación de las vitrinas y la reposición de las lámparas.
Pero, tal hecho no fue suficiente. Si Usted se da una vuelta por la Casa Museo constatará que muchas puertas de madera están a punto de derrumbe (las puertas de los balcones están deterioradas por la acción de la polilla).
Don Jesús Reyes Heroles dijo que “La forma es fondo”. Apena entonces que los visitantes de esa Casa (incluidos muchos jóvenes estudiantes) observen una imagen de deterioro cuando debía ser todo lo contrario.
Hoy, de nuevo, insisto en mi petición: Encabece un movimiento de dignificación de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
Sé que Usted no padece el Síndrome Fox para decir: “Y yo ¿por qué?”.
Así como insisto en mi respetuoso pedido, varios amigos insisten en decirme que esta carta jamás obtendrá respuesta positiva. Pero ya dije que soy necio y, además, confío en que Usted hará algo al respecto. Tal vez la botella lanzada al agua no llegó a sus manos la vez anterior y aún sigue flotando en mar abierto.
Hoy vuelvo a lanzar el mensaje, confiado en que ahora sí llegue a sus manos. Lo hago en nombre de los chiapanecos bien nacidos; lo hago en nombre de los mexicanos tan necesitados en estos tiempos de un rostro limpio que nos otorgue identidad; lo hago en nombre de la patria, de esta patria por la que luchó Belisario Domínguez y ofrendó su vida.
Cada vez que escucho a un político mencionar a Belisario Domínguez como ejemplo de valor civil, algo se retuerce en mi corazón al recordar el abandono en que está el recinto donde “brilla” su memoria.
Tengo confianza en que si es necesario escribir una tercera Carta Abierta será para notificar a los chiapanecos que “la Representación Estatal cumplió con su deber”.
Un abrazo respetuoso.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La espera salta donde menos se le liebre


Abrí este chunche y me enteré: ¡México goleó a Costa Rica!; es decir, los televisos estuvieron en plan de videntes: México ganó a toda Costa.
Debo confesar que, como medio México, me contagio seguido del virus Aachefútbol. De una o de otra manera estoy pendiente de los resultados de la Selección Mexicana.
Cuando jugó México contra Estados Unidos (que fue una tarde) me sucedió algo especial.
Por la mañana de ese día, me habló Caro. Ella necesitaba un maestro de lengua indígena, ¿conocía yo a alguien?
Justo a la hora que iba a comenzar el partido, Caro me dijo que estaba en la tienda con sus papás; así que llamé a su tienda y le pregunté si no había inconveniente en que pasara por ella para ir en busca del maestro que domina el tojolabal. Me dijo que no, así que Paty y yo trepamos al carro y fuimos por Caro.
Estuvimos de un lado para otro, preguntando con vecinos nos dieran referencia de la casa (para no hacer el cuento largo, diré que jamás dimos con el bendito maestro).
Durante el regreso puse la radio y, lógico, escuchamos un segundo la transmisión del partido. Lo apagué. Comentamos algo acerca del fútbol.
Ahí me enteré: Caro estaba lamentando la salida. Le dio pena decirme que no podía salir.
Ya luego nos confió que durante más de quince días o no sé cuántos (el tiempo que Televisa nos ensarta la promoción previa), estuvo esperando con ansia el partido y cuando estaba a punto de sentarse a presenciarlo, el Molinari le habla y le echa a perder el encanto.
Entonces fui yo quien se apenó. Caro es una niña excelente, muy estudiosa y responsable. Nunca hubiera imaginado que fuera fanática del fútbol; es decir, no me sorprendió su afición sino su pasión por dicho deporte.
Luis Felipe es mi afecto muy cercano, por eso sé que cuando hay partido de fútbol no debo llamarle a su casa y menos, mucho menos, ir a verlo. Simple y sencillamente no me responde ni me recibe. El fútbol es su religión y yo soy muy respetuoso. Ahora sé que Caro también es de ese rebaño sagrado. ¿Cuántos millones más en el país?
Esperaba, se los juro, que hoy en la mañana me enterara de la derrota de México y no es así. ¡México goleó a Costa Rica!
¿Nos vamos al Mundial? Parece que sí ¡Nos vamos al Mundial! Dios mío ¡la que nos espera!

sábado, 5 de septiembre de 2009

Diálogo de confesionario


- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
- ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas?
- Hace como mil años, padre.
- Dime tus pecados.
- En realidad no tengo pecados. Sólo quiero hacerle una consulta: Sin pretender ser la Virgen María ni mujer impoluta, ¿es posible concebir por obra del Espíritu Santo?
- No, hija. No es posible. Esa es una gracia divina reservada para la madre de Dios.
- ¿O sea que, desde entonces, ninguna mujer puede aspirar a ese don?
- No, el misterio de...
- Déjelo así. Ya entendí. Me queda el recurso de la inseminación artificial, ¿no?
- Bueno, es...
- Déjelo. Ya comprendí. Gracias por despejar mi duda.
- Bueno, en realidad...
- Ya, ya, no se preocupe. ¿Puedo ir con Dios?
- Sí, hija, Dios está contigo.
- ¿No me va imponer ninguna penitencia, ¿verdad?
- No, en realidad no, pero no estaría de más que rezaras un Padre Nuestro para que nuestra Madre María te ilumine por siempre.
- Sí, lo haré, aunque no creo que ella me pase el tip de cómo le hizo para que el Espíritu...
- ...
- Ya, no se mortifique, ya me voy. Gracias, padre. Buenas tardes.
- ...

viernes, 4 de septiembre de 2009

CON AROMA DE FELLINI



A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como plaza de toros, y mujeres que son como pista de circo.
La mujer pista de circo levanta su carpa en cualquier terreno. La noche menos pensada ella llega hasta el territorio de su amado y, como si fuese lluvia de estrellas, comienza a desperdigar su manto de palcos, jirafas, trapecios, mujeres barbadas, monos amaestrados y maestros de ceremonia con trajes oscuros y sombrero de copa.
Con ella se puede hacer todo menos el acto de meter la cabeza adentro de la boca del león.
Ella renueva en los hombres el prodigio de ser niños. Vuelve a injertarles el sabor del algodón de París y la emoción del instante en que el payaso avienta un cubetazo de agua convertida en confeti.
Es bueno alejarse tantito para mirarla desde lejos, para ver el letrero luminoso donde anuncia su espectáculo y ver, al fondo, el cielo lleno de estrellas. Conviene cerrar los ojos para escuchar la banda con tambores, cornetas y músicos uniformados con trajes rojos y borlas doradas.
El hombre que ama a una mujer pista de circo debe ser un hombre de mundo acostumbrado a ver serpientes que danzan al influjo de una flauta; no debe ser un hombre delicado pues su amada huele un poco a león, un poco a llama, un poco a estiércol de elefante expuesto a los cuatro vientos.
Por lo regular no se puede contar con la mujer pista de circo durante las mañanas porque ese tiempo lo dedica a practicar el paso de la muerte sobre el trapecio. En compensación ella se entrega por completo durante todas las noches. Siempre está dispuesta a brindar sus mejores actos de contorsionista y de feliz acróbata. Ella sigue al pie de la letra aquella máxima de “El show debe continuar” sin importar las condiciones meteorológicas del espíritu; es decir, es diferente a todas las mujeres porque nunca se queja de dolor de cabeza.
En Comitán, me tocó la bendición de conocer a una mujer pista de circo. Por las noches ella iniciaba el acto con el de la perrita amaestrada que brinca el aro; luego ponía en medio de la cama un banco de madera pintado con estrellas y franjas azules y ejecutaba el acto del elefante que coge con su trompa la cola del otro; en seguida -para solaz y esparcimiento del respetable- salía de payaso y me hacía la rutina del globito destripado. Ella terminaba la función con el acto donde un oso panda se recuesta sobre una nube y dibuja algo que es como hilo de bambú. El final final era un magno desfile de todos los participantes sobre la pista de polvo de oro, aventando serpentinas, globos y dulces tradicionales. Todo ello con el fondo musical de la marimba de Nandayapa.
La única desventaja de la mujer pista de circo es que es trashumante. El día menos pensado deshace su carpa y emprende la retirada. Sabe que otro territorio la espera. A veces levanta su circo a la orilla de un río o en medio de un desierto.
Es mujer inolvidable. Cuando ella abandona a su amado, éste se siente un poco como esos terrenos sucios y abandonados que existen en medio de grandes rascacielos de Manhattan.
No hay peor cosa en el mundo que el abandono de una mujer pista de circo. El hombre se siente miserable. ¡Cómo no! De pronto vuelve a quedar convertido en hombre. La mujer vuelve a dejarlo sin su niñez.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que son como alfombras voladoras, y mujeres que son como hamacas con lazos podridos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El búho que sueña ser gallo


Escribí un correo a Valeria. Ella se sorprendió porque lo escribí a las cinco de la mañana. ¿A poco sos el gallo -dijo- encargado de despertar a Comitán?
Dicen que es cuestión de temperamentos. Hay gente que prefiere la noche para hacer todas las actividades (incluyendo lo que están pensando). Hay otros que preferimos la madrugada; es decir, nos levantamos temprano, muy temprano, pero eso sí ¡nos acostamos, también, muy temprano!
De niño me sorprendí cuando supe que mi tío Ramiro se levantaba a las cuatro de la madrugada. Él, durante mucho tiempo, había sido encargado de un rancho. Parece ser que las comunidades rurales obligan a levantarse temprano para las faenas. La ciudad demanda otro tipo de comportamiento.
Las ciudades también tienen su temperamento. Hay ciudades que "nunca duermen de noche" (no sé, imagino a Las Vegas, por ejemplo). Están acostumbradas. Al otro día, al despertar, despiertan rozagantes y bellas.
Si yo, por alguna razón suprema, me desvelo, amanezco fatal al otro día.
Y dentro de esta tipología existen los raros. Mi compadre Miguel es de éstos. Se acuesta a las doce de la noche y se levanta a las cinco de la mañana y anda bien campante durante el día.
Sé que no podría resistir dormir únicamente cinco horas. Necesito dormir ocho para estar al ciento por ciento al otro día.
Por lo regular escribo estas entradas a las cinco de la mañana. Comunicarme con ustedes, demanda, cuando menos, un mínimo de lucidez. Me daría mucha pena estar "groggy" a la hora de escribir la primera palabra, y la segunda y la última.
Ahora mismo me siento muy bien porque anoche, a las nueve, me despedí del mundo temporal.
Valeria sabe que a las nueve "me muero", pero eso sí, a las cinco, el maravilloso acto de resurrección sucede y la luz me acompaña todo el día. Que así sea siempre para ustedes, también (sin importar si son de los que adoran "vivir" de noche).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Sueños de aparador


Placera ¿viene de plaza? Cuando era niño oía que mi tía Alicia decía que fulana era una placera, por decir que era muy "hablantina", un tanto corriente. Las placeras no eran mujeres de buenos modales. Tal vez en este pueblo el término plaza está emparentado con el de mercado. Así, placera era un poco como mercadera. Y, al menos en mis tiempos de niño, las mujeres del mercado eran mujeres de segunda categoría en este pueblo donde la discriminación ha sido el pan nuestro de cada día.
Pues ahora resulta, por esos aires de globalización contaminante, que el pueblo entero se convertirá en un pueblo "placero". Hoy en la tarde fui a Trinitaria y transité por el bulevard principal de Comitán y descubrí que dos plazas están en construcción. Una es modesta, pero la otra tiene aires snobs porque contendrá lo que llaman franquicias gancho (además de un conjunto de cinemas).
En las ciudades que se precian de modernas las plazas se han convertido en el centro de reunión. En mis años de estudiante en la UNAM (años setentas) los compas nos reuníamos para ir a Plaza Universidad o Plaza Satélite. Ahí nos embobábamos con todo ese mundo glamoroso que se nos ofrecía delirante ante nuestros ojos.
Ahora, me platican algunos compas, muchos comitecos viajan a Tuxtla Gutiérrez los fines de semana para ir a las plazas de "shoping", para comer en los restaurantes de franquicia y entrar al cine.
Pronto (así lo aseguran) Comitán contará con una Mega -media - Plaza. Los comitecos nos acostumbraremos a "placear" y los compas de Trinitaria, Comalapa, Chicomuselo y puntos intermedios viajarán a Comitán para deslumbrarse con ese falso oropel. A su regreso contarán de lo que vieron (como si fueran modernos Marco Polos) y soñarán con el día que en sus pueblos también tengan esas maravillosas estructuras arquitectónicas que parecen hechas con cartón.
Todo mundo nos embobaremos ante un maniquí dentro de un aparador. ¿Encontraremos algo de nosotros en él? Ojalá que nunca nos olvidemos de mirar hacia la izquierda o derecha, donde (espero) todavía estará un ser humano en la cercanía de nuestro corazón.
Los comitecos seremos placeros. ¡Cómo cambia el mundo!

EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA, EN TUXTLA GUTIÉRREZ.

martes, 1 de septiembre de 2009

INVITACIÓN

Detrás de la pared


"¿Ya te fijaste cómo ha cambiado el pueblo?", me dijo Mario. No dijo nada nuevo, todo cambia constantemente. Comitán no tendría porqué ser la excepción. A Mario no le digo nada pero, de reojo, veo cómo ha cambiado su físico: su pelo ya está escaso, igual que sus dientes; por encima del cinturón aparece una prominente panza y su rostro tiene ya algunas arrugas; camina un poco encorvado. Tiene un año más que yo; es decir, como decimos en Comitán: ¡ya está "andando" en los cincuenta y cuatro" (gulp, si pienso que la tercera edad comienza a los sesenta, digo ¡gulp!).
Miramos a Comitán desde El Mirador. Desde ahí Comitán se asoma en todo su esplendor, se tiende magnífico en la alfombra verde del valle. A lo lejos se miran las montañas que son como paredes de la casa de Comalapa y de Chicomuselo.
Pero como se trata de llevar un poco la contraria, a Mario le digo que no todo ha cambiado. La noche ya comienza a aparecer y le digo que bajemos al pueblo. Vamos al parque central y ahí, mientras miramos a las muchachas bonitas que caminan al lado de sus novios, oímos la campana del templo de Santo Domingo que convoca a misa de siete. ¡No todo ha cambiado! El sonido del templo es el mismo que oímos de niños. Basta cerrar los ojos para oír el mismo aleteo de bronce. Así, con los ojos cerrados, advertimos que el tiempo es el mismo, que trae los mismos aromas.
El otro día -creo que ya lo dije- bajé al barrio de La Pilita Seca. A las siete de la noche, algunas personas sacan mesas sobre la banqueta, frente a las puertas de su casa, colocan focos, tienden manteles, y sobre éstos colocan canastas con tostadas y platos con carne deshebrada, salsas, frijol y mayonesa. Con estos ingredientes preparan las chalupas. La gente que transita en sus carros se detiene(como si fuesen en góndolas sobre una calle húmeda de Venecia) y pide dos órdenes de chalupa o las personas bajan y se sientan en las sillas plegables (o mejor ¡en la banqueta!) y comen sus chalupas acompañadas con un refresco embotellado, mientras la gente camina en la otra banqueta y dice buenas noches y camina con rumbo a su casa, en tanto la campana del templo suena con el mismo sonido de siempre. ¡Gracias a Dios, no todo ha cambiado en Comitán!