sábado, 17 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY MÁS CIELOS



Con un respetuoso abrazo para el Presidente Municipal,
por su cumpleaños.



Querida Mariana: Romeo dice que empleo la palabra nube con frecuencia. A veces se burla y dice que me creo cielo. Tiene razón, ¡me gustan las nubes! En realidad, más que ver el piso me gusta ver hacia arriba. Y me gustan las nubes porque matizan el cielo. Los comitecos presumen el cielo azul, limpio, sin nubes. A mí me gusta más cuando tiene nubes. Y me gustan las nubes porque de ellas se desprende la lluvia. Como nunca he sido ducho en física aun no entiendo muy bien el proceso de la evaporación y de la condensación. Aun no logro explicarme bien a bien cómo es que la nube carga tanta agua, como si fuese carro cisterna, y cómo, en un momento impredecible, abre su panza y, en sorprendente cascada, bota su carga.
Hay oficios de altura. Dan temor. Los albañiles, a veces, deben andar trepados en andamios y en tejados. En estos tiempos se ven algunos albañiles trastejando, en previsión de las lluvias, que, parece, se adelantaron. A veces pienso en los hombres y mujeres que deben limpiar los ventanales de los edificios; pienso en esos hombres y mujeres que, mediante canastillas colgadas desde la azotea del edificio, se balancean en el vacío. A veces pienso en los hombres y mujeres que trabajan en aviones que viajan a Europa. ¿Cuántas horas pasan “caminando” arriba del cielo? Entiendo que hay instantes en que olvidan que están por encima del suelo. ¿De qué otra manera puede vencerse la sensación incómoda de la ingravidez? Sé que ellos cuando terminan su labor y regresan al piso sienten un alivio. No debe ser cómodo estar todo el día como globo de Cantoya o como papalote. Conozco amigos que padecen acrofobia y no soportan estar tantito alzados del suelo. Cuentan que un famoso escritor (iba a escribir el nombre de Juan José Arreola, pero tal vez no sea el protagonista) temía las alturas y una noche lo invitaron a dar una conferencia en el décimo piso de un edificio. La gente debió bajar hasta el estacionamiento (que se encontraba a un nivel debajo del piso). A mí no me gustan las alturas, pero sí me gusta ver para arriba. Una cosa sublime es tirarse en el piso, colocar las manos debajo de la nuca, y mirar el cielo; ver cómo las nubes pasan sin prisa, sin rumbo, sin amontonarse, sin provocar embotellamientos.
No me gusta mojarme. No soy de esos que disfrutan la lluvia ¡mojándose! No. A mí me gusta la lluvia ¡de lejitos! Me gusta verla, a resguardo; verla a través de cristales, por ejemplo. No rechazo un té de limón, bien calientito; ni rechazo una mecedora de madera de cedro frente a un balcón en una casa en lo alto de Comitán, viendo cómo la lluvia se desgrana en todo el valle. Es maravilloso ver cómo las nubes (a veces iluminadas por líneas de fuego) cesan su movimiento y se estacionan, bajan su pantaleta, se acurrucan, abren sus piernas y sueltan el chorro de agua bendita. Mi tío Lucio (también adorador de la lluvia) decía que todo sería perfecto, si lloviera sólo por las noches y sólo encima de las milpitas. Pero la vida no es así. La lluvia es jodona. Se suelta, como chucho travieso, a la hora menos pensada, a la hora que los niños salen de las escuelas; a la hora que la novia sale de casa con su vestido blanco impecable; a la hora que el abuelo está dormitando a mitad del patio en su silla de ruedas, a la hora que el hombre de la jerga (dije jerga), con un trapazo, indica que ya terminó de lavar el auto. La lluvia es jodona, pero necesaria (diría Margot); casi como todas las cosas de la vida.
Lupita Albores me hizo famoso por cinco minutos. Me hizo una entrevista que se difundió en La Hora Nacional, hora en que todas las emisoras de Chiapas se “encadenan”. Romeo dijo que ahí pronuncié la palabra nube varias veces, casi casi como si no supiera otra palabra. Dice que dije que parte de mi oficio era pepenar cascaritas de nubes. ”¿Cómo nubes en el suelo?”, me dijo, mientras esperábamos un autobús urbano en la parada de la esquina de Banamex. ¿Qué no las nubes están en el cielo?, reclamó. Sí, pareciera un contrasentido, pero a los seres humanos no nos queda más que pepenar nubes; no nos queda más que, como empleados de limpia del Ayuntamiento, sacar las pinzas, recorrer las calles y pepenar nubes. “¿Es una metáfora?”, preguntó, mientras subíamos al camión y él pagaba. No, le dije, es algo real.
Recuerdo que uno de los cuentos que mi mamá contaba cuando yo era niño era el cuento del pollito que corría alarmado por todo el gallinero gritando “¡el cielo se está cayendo!”. El cielo, lo saben los adultos muy bien, se cae de vez en vez.
Tal vez vos nunca has oído el cuento del pollito, porque los cuentos de hoy son diferentes. Un pollito andaba picoteando la tierra cuando sintió algo en la cola. “El cielo se está cayendo”, le dijo a la mamá. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó la mamá y el pollito dijo que un pedazo le había caído en la cola. No sólo fue con la mamá, corrió por todo el gallinero y le dijo al gallo, éste, como en teléfono descompuesto, fue con el pavo y le contó, el pavo fue con el ganso, el ganso fue con el cuch, el cuch fue con el conejo. Pasaba por ahí la zorra (que es un animal muy astuto) y al oír el temor de los animales les dijo que les prestaba su cueva para que se resguardaran. Allá fueron todos los animales, moviendo sus patitas. El pavo y el ganso con el culito parado. Cuando la zorra los vio adentro se relamió y pensó en la buena cena que se iba a dar. Sólo el chucho no entró a la cueva. Cuando el pollito sintió otro pedazo en su colita corrió a dar aviso, pero se dio cuenta que era una hojita de un árbol lo que tenía sobre su cuerpo. Entonces avisó que no era el cielo que se caía y el chucho obligó a la zorra a liberar a los demás animales.
Así aprendí que el cielo no se cae. Ahora sé que el cielo no necesariamente está “arriba”. Si la tierra es como una naranja que flota en la inmensidad del universo no existe ni arriba ni debajo ni a los lados. El cielo es una mera representación mental. La hoja del árbol cae por la fuerza de atracción, no porque esté “arriba”. Las nubes sueltan su agua hacia la tierra por la misma razón. Bueno, esto ya nos lo explicó Newton una tarde que estaba debajo de un árbol y le cayó una manzana (Newton era casi casi el pollito del cuento). Newton no corrió y salió gritando “el cielo se está cayendo”. No, él razonó y elaboró la Ley de la Gravedad: todo es atraído al centro.
Pero, como nosotros estamos parados sobre el piso y miramos cómo cae una hoja o una piedrita desde lo alto de una azotea, llamamos cielo a lo que vemos arriba de nosotros. Ahí, en el cielo, están las nubes que se abren para soltar su lluvia.
Los Newton del mundo hacen la ciencia; los pollitos son quienes hacen el arte. Quien razona ¡explica el mundo!, quien lo imagina ¡crea otra posibilidad de mundo! Ambas “especies” le hacen bien al mundo. Si no fuera por los Newton este mundo no tendría la tecnología que posee; si no fuera por los pollitos del mundo éste sería más simple, menos afectuoso.
En el cuento del pollito hay más de una lección. Cuando el pollito se da cuenta que es una hojita lo que cayó sobre su cuerpo todo regresa a la normalidad. Es una pena admitirlo, pero en ese instante el pollito se convierte en pollo, deja de ser niño, deja de jugar. Cuando el pollito cree que lo que está sucediendo es el colapso del cielo, el mundo se vuelve interesante.
Yo, querida Mariana, nunca he dejado de ser pollito. Parece que los creadores deben creer que sí es posible que el mundo se caiga. Los adultos dicen que esto es imposible, pero (insisto) yo he visto cómo a veces a mucha gente se le cae el cielo, se le cae con tanta brutalidad que no pueden levantarse y los vemos arrastrándose, cargando esas losas sin peso que son nubes ya sin agua. Porque, debo confesarlo, las nubes son bellas por lo que contienen. Son casi casi como mujeres embarazadas. La mujer embarazada siempre es vista con afecto por la bendición que llevan en sus panzas. Bueno, pues lo mismo sucede con las nubes. ¿Cómo no decir que es una bendición una nube panzona con su carga bendita? Además, las nubes panzonas son las más bonitas. Tienen tonalidades que van del blanco blanquísimo (casi lavadas con jabón Ace) hasta el gris moho de tumba.
Me gustan las nubes porque todas son inéditas. Igual que los seres humanos no hay una sola nube que se parezca a otra. A veces, el cielo de Comitán está limpio de nubes, es como una sábana recién lavada y planchada: impoluta (dije impoluta). Pero, de pronto, sin aviso previo, una nube aparece, viene de por el rumbo de La Ciénega, por esto la confundimos con una parvada de garzas. Llega sin la alharaca de las cotorras. Llega tímida. Es como un tren blanco que no pita. Avanza lento, como danta invisible. ¡La nube enriquece el cielo comiteco, le da vida! A mí no me gustan las camas bien tendidas, me producen un vértigo como de hospital donde la cama vacía significa que el enfermo ya no está. ¿Se curó? ¿De veras? ¿Murió? En cambio, las camas que están “destendidas”, las que amontonan montoncitos de sábana medio percudida, algo húmeda, dicen que ahí está la vida. Casi casi puedo ver los ácaros y los celebro, como celebro la aparición de las chicharras y de los tzizimes en esta temporada de lluvia. Las nubes son como los ácaros ante la presencia del cielo bien tendido, sin mancha. Las nubes tienen la función vitalísima de manchar las nubes, de darle vida a ese telón de fondo. Por esto, las imágenes del espacio son aterradoras. Líneas arriba escribí que hay muchos oficios que se dan en las alturas: hombres que cambian los focos de las lámparas públicas; hombres que podan los árboles en los parques; mujeres que sirven las cervezas en los aviones que viajan a Europa; hombres que limpian cristales en los edificios altos. Hay mil oficios de “altura”. Oficios que provocan mareos en hombres y mujeres que odian las alturas. A mí me aterra la altura (en todos los sentidos). Procuro no subirme a algún ladrillo, procuro mantenerme, siempre, con los pies bien puestos sobre el piso (aunque este piso sea de tierra y no tenga alfombras rojas o de cualquier otro color). Nací en el piso, crecí en el piso. Los mejores momentos de mi vida los he pasado en el suelo. Los juegos más emocionantes los he tenido en el piso; desde el juego de canicas hasta el juego de palabras que son como aire, como caricia, como cordel de papalote. Así como no sé nadar ¡no sé volar! Vuelo mucho, pero con la imaginación, siempre con los pies bien sembrados en el piso.
Uno de los momentos cumbres de la literatura latinoamericana es cuando asciende un personaje femenino de Gabriel García Márquez. La mujer comienza a volar a la vista de todos, se eleva, se pierde en medio de las nubes, desaparece para siempre en la infinitud del cielo. Los lectores aman la imagen literaria. Yo la odio. La odio porque no me gusta que la gente se evapore, como agua. Sé que si el agua no se evapora las nubes no se forman y no llueve. Pero a mí no me gusta que la gente cercana se evapore. Me gusta que mis afectos estén a mi lado, con los pies bien puestos sobre la tierra.
Remedios, la bella, estaba agarrada de una sábana. “Un suave viento de luz” apareció y Remedios comenzó a levitar, como si fuese una hoja seca, como si fuese una brizna de juncia. Remedios se perdió en la infinitud del cielo. Así sucede en la novela de García Márquez. Así sucede en la vida. A veces estamos al lado de un afecto y vemos que una sábana de miedo la envuelve, precisamente a la hora que un ventarrón hamaquea los árboles y cierra de golpe todas las puertas y postigos de madera. Nuestro afecto es aventado contra el cielo y se estrella contra el cristal húmedo de la Nada. El afecto desaparece para siempre. Se vuelve un mero referente histórico en la memoria, un mero clavel marchito, una simple sonrisa de agua podrida. Por esto, querida mía, no me gusta la altura. Me gusta ver el cielo y las nubes, pero de lejos, desde mi atalaya de tierra, desde mi punto de observación cercano a mi cueva.

Posdata: benditos los Newton del mundo, pero más benditos los pollitos que dan cuerda a la imaginación. Los pollitos son los que escriben los cuentos y las novelas que los lectores disfrutan. No siempre son hojitas las que caen sobre el cuerpo de un pollito, a veces (más seguido de lo que pensamos) es el cielo que se cae, que se cae en fragmentos. Por esto me gusta pepenar cascaritas de nubes. Las encuentro en las calles y en los patios y en los parques de Comitán. Me gusta ver el cielo. Me gusta verlo de lejitos, con los pies bien puestos sobre el piso.
Cuando Romeo y yo bajamos del autobús, él se detuvo, vio hacia arriba y dijo: “Tenés razón, las nubes son bonitas porque son como gordas húmedas”. El cielo de Comitán estaba lleno de nubes. Iba a llover. Nos apuramos.

viernes, 16 de mayo de 2014

UNA LÍNEA TENUE





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como árboles que crecen en el cemento y mujeres que son como grietas en banquetas.
La mujer grieta en la banqueta no conoce más que la suela del zapato. A veces sueña con alcanzar a ver el sombrero o el foco de la lámpara que está en la esquina.
Dicen que de niña soñó con ser viajera del mundo, que podía, en forma libre, acercarse a la mujer que ofrece arroz con leche y pan por las madrugadas.
Cuentan que, a veces, alcanza a ver cómo dos hombres bajan de un carro y cruzan la calle sin ver los balcones y el cielo.
Pobre su destino. Su grieta sólo se llena a veces con aguas negras o con basura o con lodo o con tierra. Sólo en ocasiones alcanza a lavar sus caminos con el agua de la lluvia.
Sólo alcanza a ver la miseria del mundo, los grafitis que aparecen en todas las paredes. Imagina cómo es el interior de las casas, imagina cómo es viajar en carro o en avión. No le es permitido soñar. ¿Para qué va a soñar si no puede descubrir el hilo de la posibilidad? Se siente prisionera, se siente atada por siempre a la calle.
A veces, le comienza a crecer una especie de musgo. ¡Es la vida que no se deja abolir! En ese instante ella siente como si alguien colocara una jarra de cerveza en la mesa. Pero la dicha es apenas una revista de sociales. El dueño de la casa donde está la mujer grieta en la banqueta manda a cortar el musgo y manda a rellenar la grieta con cemento. ¡El hombre no puede soportar que la vida crezca en medio del cemento! El cemento es el símbolo máximo del progreso. Los futurólogos establecen que un día todo estará encementado. Ese día el mundo estará complacido por lograr su objetivo de cancelar la vida y plantar una línea de luz falsa.
La mujer grieta en la banqueta imagina cómo es la habitación en donde la mujer de la esquina atiende a su cliente. Ella imagina el verde del semáforo, la luminiscencia de la ventana donde los pájaros llegan a mirar su reflejo.
La mujer grieta en la banqueta imagina el calor de la lámpara en una sala donde una muchacha bonita deja que el novio meta su mano adentro de la pantaleta. Ella no sabe de cortinajes dorados ni de jardines en mansiones, ni de albercas, ni, tampoco, de claveles creciendo a la vera de un sendero.
No tiene suéter para las noches de invierno, ni una gota de agua para preparar un vaso de taxcalate.
A veces juega a que es un caminito por donde las hormigas pueden llegar al arco iris; a veces juega a que es una línea que Dios pintó en el camino; juega a que es un cabello petrificado y que, en cualquier mañana, el aire le concederá la vida para que vuele como papalote.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como funda de almohada rota y mujeres que son como escalones de madera a punto de desplome.

miércoles, 14 de mayo de 2014

EL AGUA DEL CIELO





¿Cómo decir que no soy lo que dicen que soy? Al estilo de García Márquez podría decir que no soy más que el hijo de un hombre sencillo, honesto y bueno que falleció en 1990 y que se llama Augusto. Eso soy, un niño, ya viejo de cincuenta y siete, que le gusta jugar en las calles de Comitán. No me gusta jugar “cascaritas” de fútbol, sino levantar cascaritas de nubes.
Digo esto porque un mediodía de septiembre de 2013 el Presidente de mi pueblo me invitó a colaborar con él y me honró con el nombramiento de Director de Cultura, del Ayuntamiento. Cargo en el que empeño el poco talento que poseo y el mucho de voluntad y cariño.
Este cargo me instala, a veces, en una silla de la mesa de honor de un acto significativo. A veces acudo en representación del Presidente y, en otras ocasiones, acudo con la representatividad de mi encargo.
En varias ocasiones, en lugar de dar mi cargo me adosan otros. A veces, quien conduce el acto dice mi nombre y agrega “Director de la Casa de la Cultura” (ah, ya imagino la cara de sorpresa de mi amigo Luis Armando Suárez Argüello, Director de la Casa de la Cultura). El otro día el maestro de ceremonias me presentó como Director de Coneculta (¡Santo Dios y María Santísima! Si se enterara Juan Carlos Cal y Mayor).
¿Qué hago? ¡Nada! ¿Qué voy a hacer? Como nunca he sido muy solemne, porque en el fondo, ya lo dije, soy un niño de cincuenta y siete, estos hilitos retorcidos los tomo como si fuesen meros jueguitos que Dios me envía, un poco como la cuerda para saltar, un poco como el hilo para enredar el trompo.
A veces alguien me dice doctor (¡quién sabe por qué!). En una ocasión que vestía traje y la bufanda la llevaba sobre los hombros como estola, se acercó una señora, chaparrita y con medias negras, me tomó la mano izquierda (no me pregunten por qué ésta), la llevó a sus labios, la besó y me dijo: “Buenos días, padrecito”. ¿Qué me tocaba hacer? Pues seguir el juego, levanté la mano derecha, hice la señal de la cruz en el aire, casi casi como si fuese el Papa y dije: “Que Dios te bendiga, hija mía”. Miré que su carita se iluminó. Supe que había jugado bien, supe que el juego es cosa buena en la vida.
¿Cómo decir que no soy lo que dicen que soy? Hace quince o veinte años recibí un oficio de un alto funcionario local del IFE que se refería a mí como “Presidente de la Asociación de Intelectuales de Comitán”, cargo inexistente de una asociación inexistente. Pensé, entonces, que sería bueno fundar dicha organización. Uh, me daría mucho prestigio, así como les da prestigio a todos los presidentes de fundaciones equis, zeta y ye.
¿Cómo explicar a las personas que no soy lo que ellos dicen que soy? Ni soy todo lo bueno que me adosan, ni soy todo lo malo que dicen. Soy un niño de cincuenta y siete. Me gusta ir a los mercados, disfruto los aromas y los colores. Disfruto el cantadito de la gente de mi pueblo. Disfruto el aire y el cielo de mi pueblo; lo disfruto como muchachito, como si me subiera a un carretón o jugara canicas.
Alguien, cuando escuchó que me nombraron como Director de Coneculta, dijo que me estaban elevando de categoría. ¿Cómo explicar que el más alto honor que hoy disfruto es el de ser Director de Cultura, del Ayuntamiento de Comitán, y que lo considero de más relevancia que el otro puesto? ¿Cómo decir que la mayor bendición es ser hijo de un sencillo hombre bueno?
¿Cómo decir que la altura sólo me gusta a la hora que vuelo el papalote de mi imaginación?

lunes, 12 de mayo de 2014

LAS MECEDORAS DEL MUNDO





Sentarse es el acto más común del mundo. Nos cuesta más pararnos que sentarnos. A veces, los viejos se sientan y ya no pueden pararse.
Los soberbios creen que lo valioso de la vida no es el acto sino el asiento. Por esto, conozco hombres que se sienten inolvidables cuando se sientan en el asiento de un jet o de un yate. Asimismo se sienten hijos predilectos cuando se sientan en asientos de piel. En Comitán, la gente es más humilde, no obstante, conocí algunos tíos que se sentaban en “butacs” forrados con piel de tigrillo o de venado, que es un poco como decir que colocaban sus asquerosas pieles arrugadas de humano sobre las pieles delicadas y humildes de los animales que fueron los dueños originarios de estas tierras.
Ya el otro día hice el recuento de cuántas horas al día pasamos sentados. Basta mencionar las horas del desayuno, del aula, de la comida, del café y de la cena, para darnos cuenta de que la sentada es cosa seria. Se dice que ahora gran parte del tiempo lo pasamos sentados (hay que agregar las horas en que jugamos videojuegos o vamos al cine). En la ciudad de México es extraordinario el número de horas que la gente pasa sentada en el auto, en el Metro o en los autobuses. Por fortuna, acá en Comitán nuestros desplazamientos son más naturales y, la mayoría de veces, podemos caminar de San Sebas a La Pila, sin tanto problema. Claro, cuando llegamos a La Pila y subimos el graderío para entrar al templo, después de hincarnos para la persignada y la petición a San Caralampio, nos sentamos, nos sentamos para bobear, para mirar hacia arriba o a los lados y darnos cuenta de cuántas fotografías están en el retablo, como agradecimiento por los milagros concedidos.
Aparte de la cama, el hombre no inventó mayor invento que la silla para descansar. Cuando la gente está exhausta por una jornada intensa de trabajo o por una caminata de varios kilómetros, de manera inconsciente, busca una piedra para sentarse, si no la encuentra se tira en el piso. A mí me encanta la hamaca, porque tiene dos vocaciones bien delimitadas. Creo que el inventor de la hamaca la hizo para que la gente de la playa, de Arriaga y de puntos intermedios, durmiera; pero la hamaca es usada como silla por muchísima gente. Es tan fácil salir al corredor, abrir la hamaca por la mitad con las dos manos, sentarse y columpiarse tantito. Mucha gente sólo alza la pierna y se sienta sobre la hamaca como si ésta fuese un potro tejido.
La silla es un objeto bendito, pero a la vez, para los escritores, es un tormento. Un amigo poeta me dice que cada vez que se sienta cree que se sienta en una Silla Eléctrica. Un famoso escritor (de esos que venden millones de ejemplares de sus libros en el mundo) dijo que es imposible pensar cuando uno está sentado. Él siempre recomendó, a los escritores, escribir parado. Él mandó a construir una especie de atril para colocar su libreta y escribir. Su método es redactar parado, caminar, acercarse a la ventana y regresar al atril para seguir escribiendo. Cuando le platiqué a Roxana esta anécdota literaria, ella se limpió la boca con la servilleta de papel y dijo: “Debe tener razón. Cuando cagamos siempre lo hacemos sentados. Tal vez parado, él no la caga”, y siguió bebiendo su café.
Sentarse es el acto más común. El tío Romeo pasó sentado los últimos tiempos de su vida. Lo hizo en una silla de ruedas. Ahí dormía, ahí comía. Una tarde me pidió que lo llevara al patio y que lo tirara sobre la tierra. Por favor, me dijo, quiero volver a caminar. Yo iba a decirle que eso era imposible, pero él me dijo que caminaría con su cuerpo. Con ambos brazos empujé la silla hacia adelante y el tío cayó como fardo. Lo vi sonreír, lo vi darse vuelta, impulsarse con ambos brazos; lo vi caminar como si fuese un ciempiés. Cuando llegó la tía me regaño, me empujó, me corrió de su casa, pero yo vi que el tío sonreía como un niño mientras Joaquín y Chalo, los muchachos que ayudaban en la casa, lo cargaban y lo volvían a sentar en su silla de ruedas.
Sentarse es el acto más común.

domingo, 11 de mayo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL CENTRO DEL MUNDO





La fotografía fue tomada en el parque central de Comitán. La luz que baña la fachada del Centro Cultural Rosario Castellanos indica que la hora exacta es las cinco de la tarde, con cuarenta y dos minutos, en el horario de Dios. Porque Dios es quien mandó esa tarde apacible, sin desasosiego. Así lo demuestra la actitud de la mujer que, con la cabeza hacia abajo, concentrada en su labor de tejer la palma, carga a su criaturita. El niño, con un gorro azul y una sudadera blanca (para estar a tono con el cielo comiteco) tiene una palma en su mano.
La mamá de este niño llegó a Comitán desde Aguacatenango. Trajo un cargamento de palma para tejerlo, para hacer cálices, cruces y demás ornamentos que los católicos de Comitán compran para bendecirlos el Domingo de Ramos. Mi prima Ausencia insiste en llamar a ese día Domingo de Palmas. A mí me gusta más este nombre: ¡Domingo de Palmas! Debe ser porque siempre recuerdo la irreverencia de Antonio que cuando su hermana le decía que se apurara para ir a la bendición de las palmas porque era Domingo de Ramos, él decía: “¿A dónde decís que vamos? ¿A pelarle el chile a Ramos?” Su rima era graciosa, pero irreverente. En cambio, el nombre de Domingo de Palmas es bello. Como si no bastara con la bendición sino además la gente aplaudiera, aplaudiera a la vida.
El niño, mientras su mamá tejía la palma para hacer un cáliz, se entretenía en mirar el paso de los carros y de la gente. En su casa mira otras esencias. En su casa mira cómo corre el aire, mira el cordelito de humo que sube al cielo a la hora que su mamá pone la lumbre en el fogón. En su casa, este niño no juega con palmas, él juega con lodo, con tierra. Acá, la vida le dio la oportunidad de jugar con la palma que su mamá tejía para ganarse unos pesos.
La imagen es apacible y formuladora de destinos. La mujer lleva años viniendo a Comitán a vender sus palmitas. Lo hizo igual que esta criatura, enredada en un kujchil. Desde niña sabe que dos días antes del Domingo de Ramos debe llegar a Comitán a ofrecer sus ramos de palmas. ¿Qué destino le espera al niño? ¿Crecer y viajar a Comitán para tejer palma? Si el niño entiende que este tejido puede formular otros destinos, puede seguir jugando como lo hacía esa tarde, pero hacerlo de tal forma que sus tejidos no estén sobre un costal en el piso, sino expuesto en grandes salas de Museo. Sólo falta que le dé la gran torcedura. Hay gente que sigue haciendo ollitas de barro y ofreciéndolas en los pisos de los mercados; y hay gente que con el barro modela objetos que se convierten en obras de arte.
Este niño jugaba con una palmita. Puede que su destino sea ser tejedor de palma. Ojalá sus chunches no estén tirados en el piso sino adornando los cielos del mundo.

sábado, 10 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO ESTOS TIEMPOS SON TIEMPOS DE CONFUSIÓN





Querida Mariana: hasta los tzizimes se confunden. El otro día caminaba por el patio de la Universidad y hallé un tzizim. ¿Cómo un tzizim el día 3 de mayo? ¿Era un tzizim albañil que buscaba el festejo de la Santa Cruz? No lo creo, era un tzizim desorientado. Como llovió una noche antes, este tzizim confuso creyó que ya era momento de salir de su bolcojosh. Aunque Elías me dijo que el único que tiene confusión en su cabeza soy yo, porque no era un tzizim, sino un sulup.
Menos mal que aún queda algo de cordura. Lo digo porque las chicharras sí andaban con su jaloneo de chachalacas bien prendido. ¡Vaya, vaya! Las chicharras sí andan en su tiempo. Las chicharras (me cuentan) piden agua; me cuentan que cuando llueve ¡truenan! No lo sé. Tampoco sabía que se comen. El otro día vi una fotografía donde un compa comiteco come chicharras. ¿De verdad las comía? No me extraña. Acá comemos tzizim y tzatz, ¿por qué no habríamos de comer las chicharras? Comer chicharras debe proporcionar un canto diferente al espíritu. Lo digo porque quien come tzizim come la oscuridad de las cavernas y quien come tzatz come el verde del árbol y del aire. El tzizim apenas hace un ligero sonido cuando vuela, el tzatz es un gusano callado, pero la chicharra ¡canta! Canta como si la fueran a festejar, como si la vida fuese esa oración que ensordece. En Comitán a la chicharra le decimos tzizquirín o chisquirrín, según el oído del escucha. Es una onomatopeya, porque así escuchamos que dice en su canto: “tzizquirín, tzizquirín, tzizquirín…” Esto tampoco me confundé, recordá que en América oímos el canto del gallo como quiquiriquí mientras que en Francia lo escuchan como cocorocó.
Hace un año (¿o dos?) me paré a mitad de un pequeño bosque de ocotes, en el Tecnológico, y oí el canto de las chicharras. Cerré los ojos y escuché. Al principio aún tuve conciencia de los árboles, del aire, del césped. Poco a poco, el sonido de las chicharras fue como un caudal de agua que se “derrumbó” desde lo alto de una montaña y me cubrió por completo. Sentí que esa agua me ahogaba, me asfixiaba. ¡Tuve que abrir los ojos! Salí casi corriendo de ese bosque. Me extraña no hallar en el Manual de Tormentos tal experiencia. Ahora, me cuentan, ese micro bosque ya no existe. Las autoridades del Tecnológico de Comitán talaron parte de los árboles, porque se llenaron de plaga. ¿De veras? ¿No sería que alguien también tuvo esa pesadilla de cientos de chicharras cantando un Canto Gregoriano Nebuloso y quiso conjurarla? ¡Hay confusión! ¿Ahora dónde se reúnen las chicharras para pedir agua?
Llama mi atención la vocación de las chicharras: ¡pedir agua! Es como si fuesen los mendigos de la naturaleza. ¿Algún otro animal pide algo? ¿Pide algo el búho cuando “arranca” los ojos en las noches? ¿Qué pide el pato cuando deja Canadá y se desplaza a algún territorio sudamericano? Y llama mi atención, porque mientras los patos abandonan el Norte, muchos del Sur van al Norte en busca del “Sueño Americano”. ¡Hay confusión!
La mayoría de los animales no pide ¡da! Aunque, a decir verdad, el gato sí es un animal “pedilón”. En las mañanas, cuando me levanto para ir a orinar, el gato baja de su silla, maúlla y se refriega, una y otra vez, en mi pierna. Debe sentir sabroso el refregarse sobre la tela del pijama. Yo siento sabroso, mientras orino, el contacto de su pelambre, es como si fuese una chicharra débil, porque hace un ruido apenas perceptible. Me gusta, en el silencio de la madrugada, escuchar su ronroneo y el suave frote de su cuerpo sobre el mío. Es bueno saber que hay vida y que la vida está a mi lado y me saluda. Pero, el gato me hace festejos porque quiere sus croquetas. En cuanto le sirvo comida en su plato ¡él me ignora! Se sube de nuevo a su silla y entonces se vuelve un animal indiferente, altivo, soberbio, pagado de sí. La perrita también pide, mueve la cola, se para en dos patas, da vueltas (como si fuese animalito de circo), se echa a mi lado mientras escribo estas Arenillas. A la Pigosa (que así se llama la perrita) no le gusta que salgamos de casa. Cuando lo hacemos se queda llorando, es su manera de pedir compañía. Aunque Paty me explica que los acompañados somos nosotros. Esta perrita fuera feliz si nos pasáramos todo el día en casa.
Yo recuerdo un perro negro en mi casa de infancia. Recuerdo que Víctor y yo nos subíamos en su lomo, porque era enorme el perro negro. Pero mi mamá dice que eso es un recuerdo falso, “jamás tuvimos un perro en casa”, dice ella, con una gran seguridad. Pero yo, muy seguro, sé que ese perro negro habitó mi casa. Se cuenta que los perros son capaces de “sentir” a los fantasmas. Mi tío Rodo contaba que cuando los perros ladran a media noche es porque están viendo fantasmas. A veces, a las doce de la noche en punto, yo despertaba en el cuarto oscurísimo y oía el ladrar infinito de los chuchos de las casas cercanas. Sentía un escalofrío que no se quitaba ni cuando me cubría todito con las chamarras. A veces oía el ruido de cascos de caballo sobre la calle empedrada y creía que era el Sombrerón que pasaba por el frente de la casa, me santiguaba, mientras los chuchos ladraban como si alguien les apretara el cogote. El silencio volvía a instalarse en la casa. Era señal de que el fantasma se había alejado. Imaginaba a los perros recostados sobre las pilastras del corredor, ya tranquilos. Yo también me calmaba. Desde entonces supe que no debía temer a los fantasmas, porque los fantasmas se espantan con los ladridos y nunca, nunca, se quedan en casas. Los fantasmas de la calle ¡pasan! ¿A poco alguien puede asegurar que El Sombrerón vive en su casa? ¡Nadie! El Sombrerón es el dueño de los caminos de media noche. Porque, de igual manera, nadie puede asegurar que lo vio durante la mañana. Los fantasmas, igual que los vampiros, son hijos de la noche. En cuanto amanece, los fantasmas desaparecen.
Y si digo que los tzizimes están confundidos es porque ahora llueve cuando no debería llover. Antes, cuentan los abuelos, todo tenía un orden. Los campesinos sabían cuándo iniciar la siembra. Los tiempos eran cíclicos y todo era parte de un plan divino. Ahora todo está inmerso en la confusión. ¿Ya miraste cómo hasta el árbol de tenocté anda confundido? Antes la gente sabía que en primavera, Comitán se llenaba de nubes. Ah, era bien bonito subir a una lomita y mirar, en medio de los tejados, los árboles llenos de ramos blancos. Ahora, en diciembre pasado, muchos árboles de tenocté ¡florearon! Las propias muchachas ya no saben si deben preparar su “maletía” para huir o no con el novio.
¿Por qué el perro negro es parte de mis recuerdos? ¿Es una invención mía? De acuerdo con lo que mi mamá dice, el perro negro fue inexistente en la casa. Para no caer en la confusión dejo que ese perro siga instalado en mi mente. Dejo que mi vida sea un poco al estilo García Márquez, quien decía que la vida no es “la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”. De todos modos, mi perro “inventado” no sirvió más que para jugar, para subirme a su lomo y volverlo caballo. No sirvió para defenderme del animal que más me jodió de niño: un gallo que, en cuanto entraba al sitio, me perseguía y se empecinaba en subirse a mi espalda para picarme. A mí me gustaba ir al “sitio” de la casa a jugar, pero el gallo me jodía. No sé si el gallo intuía lo que muchos me decían en la escuela, que era “un gallina” y, de igual manera que el tzizim, andaba metido en la confusión y me miraba cara de gallina y quería “pisarme” (¿por la espalda? ¡Ah, la bendita confusión!). Yo no sabía qué hacer. El sufrimiento terminó hasta que el gallo se ahogó en un riquísimo mole que preparó Sara, la sirvienta, mamá de Víctor.
Son tiempos de confusión. Mi primo Arnulfo me dijo que es tal la confusión de estos tiempos que hasta los relojes ya no saben qué hora dar, si la del horario de verano o la otra.
El perro negro está presente siempre. Tal vez muchas de las cosas que me suceden no me suceden en realidad. Tal vez invento sucesos, tal vez yo mismo me invento. Y digo esto, porque, a veces, entro a un local donde necesito que alguien me atienda y nadie me atiende, un poco como si yo fuese invisible. Siempre ha sido así. A veces platico algo con alguien y este alguien no me ve, ve hacia otro lado. Esto me enerva, pero soy tolerante. Cuando alguien me habla trato de verlo fijamente, de ponerle atención. Ahora entiendo porque lo hago, lo hago para saber que el otro no es un fantasma, que no es una invención mía.
Los niños inventan personajes. A veces hablan con ellos, con sus amigos imaginarios. No he llegado a tal extremo, según yo, pero a veces dudo. Dudo porque mi mente, igual que la de la tía del Maestro Jorge, es “un puto cine”. Cientos de imágenes se reproducen. Muchas de estas imágenes no corresponden a la realidad real. Tengo muchos “perros negros”
Estoy seguro que el perro negro existió. Tal vez lo único que hizo mi mente fue trasladar el animal a mi casa; tal vez en casa de un amigo el perro existía y era manso y permitía que mi amigo y yo nos subiéramos a su lomo; tal vez no fue Víctor quien me acompañó a trepar sobre el perro. La vida, a final de cuentas, está hecha de lo que nos pasa, de lo que nos imaginamos y de lo que soñamos. A veces, la vida es tan prodigiosa que permite que el sueño y el deseo se conviertan en una realidad. Tengo un amigo que siempre soñó con ser millonario. Los otros amigos se burlaban de él, le decían que se bajara de la nube y que pusiera los pies sobre la tierra. Pero él soñaba. Se fue del pueblo y muchos años después volvió convertido en un millonario, tal como lo había soñado, tal como había prometido que regresaría. Bueno, Marianita de mi corazón, algunos jugamos con perros negros y otros juegan con billetes verdes.
Hay gente que no se confunde. Gente que, desde la niñez, tiene una certeza ante la vida, como si algún hado le permitiera vislumbrar un futuro halagüeño.

Posdata: No sólo imagino que juego, también juego a que imagino. Una vez, en la ciudad de México, siendo estudiante de la UNAM, entré a un local de esos famosos donde venden las famosas hamburguesas. Me paré frente a la barra de pedidos y cuando la señorita me dijo qué deseaba, yo, como si fuese mudo, le pedí (a señas) una hoja de papel y una pluma. Escribí la orden. Ella leyó y luego (a señas) me dijo cuánto era. Vi su aflicción pues no estaba acostumbrada a tratar con “mudos”. Pedí otra vez la pluma y escribí que anotara la cantidad. Ella, como si descubriera el hilo negro, alegró su rostro, anotó la cantidad, recibió un billete y me dio el cambio. Anotó en la hoja que debía esperar a que estuviera listar mi orden. Escribió que me sentara, mientras tanto. Cuando mi orden estuvo lista, ella (maravillosa muchacha bonita, tal vez quebrantando los protocolos) dejó su puesto y fue hasta mi mesa y me entregó la bolsa con las papitas, el refresco y la hamburguesa. Yo asentí con la cabeza y sonreí. Ella sonrió también. Abrí la bolsa y le entré a la comida como pelón de hospicio. Cuando terminé, tomé la bandeja y la deposité en el basurero, me acerqué a la barra, vi a la muchacha, le di la mano, ella hizo lo mismo y miré su cara de asombro y luego de enojo cuando le dije: “Gracias. Hasta luego”. Si ella hubiese tenido una cuerda ¡me habría ahorcado!
Esto que cuento ¡es real! No lo inventé. Así sucedió. No sé por qué lo hice. Por lo regular, los seres humanos modificamos nuestro comportamiento cuando estamos en grupo. Pero, cuando estamos solos no hacemos actos fuera de nuestro carácter. Vos sabés que soy payaso cuando estoy con mi plebe (y cuando fui joven lo fui más), pero cuando estoy solo soy un hombre tímido y retraído. Muchas cosas me dan pena. Si hoy entro a un restaurante busco la mesa más alejada del centro y espero, sin mucha impaciencia, a que un mesero se acerque y me pregunte qué deseo. Ni loco, de veras, se me ocurriría jugar “al mudo”.
No sé, a veces me confundo. No sé si soy espíritu tzizim o tzizquirín. Creo que mi carácter va más con el tzizim, porque la mayor parte del tiempo la paso en las cavernas, pero, a veces, por esos prodigios de la naturaleza, me da por cantar, por volverme tzizquirín y hago alharaca y bailo y pido agua. Espero no reventar en el tiempo de lluvias.

viernes, 9 de mayo de 2014

UNA VUELTA SIN BICICLETA





El miércoles pasado estuve en el Salón Salomón González Blanco, de La Trinitaria, para presentar la novelilla “Yo también me llamo Vincent”. Con este acto, el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Chiapas, Plantel 08, de La Trinitaria, celebró el Día Internacional del Libro. Fue emocionante estar frente a más de trescientos alumnos. Algunos (la mayoría) estuvieron atentos a mis palabras; algunos (los menos, qué bueno) checaron mensajes en sus celulares. Se sabe, los jóvenes son así, ¡maravillosos! Me emocionó ver dos copias de un cuadro de Van Gogh, cuadro que usé para ilustrar la portada de la novelilla, en su versión electrónica. Tal detalle fue hecho por Addy Belén Espinosa Aguilar. A Addy agradezco su tiempo, su talento y su generosidad; así como agradezco la generosidad, el tiempo y el talento de los jóvenes estudiantes y maestros que estuvieron ese día en el Salón. Paso copia del textillo que leí:

Esta novela breve cuenta la historia de un hombre-niño que tiene treinta y tantos años de edad. Y digo hombre-niño porque, a pesar de que tiene 30 y tantos años y mide más de uno ochenta de altura y es tan gordo como un tinaco rotoplás, es como un niño inocente y tierno.
Esta novelita cuenta la historia de ese hombre-niño y de cómo muere. En realidad se suicida. ¿Por qué se suicida? Porque así lo exige su trabajo. ¿Imaginan un trabajo en donde el jefe indica que su empleado tiene que suicidarse y el empleado debe cumplir la orden? ¿Qué tipo de trabajo es ese?
Su trabajo es muy simple, pero, a la vez, ya lo vieron ustedes, es muy complicado. Les pregunto: ¿qué harían ustedes si, de pronto, un escritor que está sentado en una banca del parque de acá de La Trinitaria, acá frente al templo, o frente a la colina donde está la cueva de los murciélagos, los llama y les pregunta si quieren trabajar como personajes de su próxima novela? Estoy seguro que ustedes dudarían. ¿Qué clase de trabajo es ese?
Hay miles de trabajos en el mundo. Hay gente que trabaja como personajes de telenovelas y como personajes de películas y de series de televisión. Claro, a ellos les llaman artistas y son famosos en todo el mundo. Ahí está William Levy, ahí está Eugenio Derbez (pregúntame, pregúntame), ahí está Mariana Ríos (mamita), ahí está Angelina Jolie. Ser personaje de una telenovela, de una película o de una serie de televisión es lo más común del mundo.
¿Ustedes han estado cerca de una artista de cine? ¿Han platicado con ella? Yo tuve una compañera en la escuela secundaria. Ella era de Comalapa, de acá abajo por Tierra Caliente. Ella se sentaba en el asiento anterior de donde yo estaba sentado. Ella se sentaba al lado de una compañera que se llamaba María de los Ángeles. Yo me sentaba al lado de Ramiro. Ella, que se llamaba Leticia, siempre soñó con interpretar personajes en el cine. Cuando salimos de la escuela tuvimos una reunión y al despedirnos, ella me abrazó y me dijo: “Nunca cambies, Alejandro”. No recuerdo qué me dijeron mis otros compañeros, pero sí recuerdo mucho lo que ella me dijo y recuerdo mucho su abrazo, tal vez porque ella era muy bonita.
En fin, años después fui a estudiar a la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Distrito Federal, y, una tarde, caminando frente a un cine y bobeando me detuve a ver los carteles de los próximos estrenos. Vi uno que anunciaba la película “La banda del carro rojo”, donde actuaban Los Tigres del Norte, un actor de apellido Almada (debo decir que los hermanos Almada fueron muy famosos en los años setenta y, sin duda, sus papás saben de quiénes estoy hablando) y una actriz llamada Leticia Pinto. ¡Supe que era ella!
El día del estreno, mis amigos y yo, estábamos sentados en primera fila para ver a la Lety.
Hay miles de trabajos que ejecutan millones de hombres y de mujeres. Hay peluqueros, carpinteros, secretarias, arquitectas, científicas, químicos, futbolistas, maestros, ingenieros, cargadores, comerciantes y mil oficios más, pero, ¿alguien de ustedes conoce a un tío o a un primo que trabaje como personaje de novela o de cuento?
¿Conocen a un escritor que contrate a personas para que trabajen como personajes de cuentos o de novelas? ¡Suena a locura!, ¿verdad? Bueno, pues el personaje de esta novela breve trabaja como personaje de una novela que se llama “Yo también me llamo Vincent”, que es el título a la vez de la misma novela. El nombre verdadero del personaje no es Vincent; dice llamarse así porque interpreta, como si fuese una obra de teatro, a un personaje famoso en la historia de la humanidad: el pintor Vincent Van Gogh.
Ustedes, sin duda, conocen obra del pintor Vincent Van Gogh, él pintó muchos cuadros y, en vida no vendió su obra. Ahora, sus cuadros están colgados en todos los muros de los museos más importantes del mundo y cada uno de sus cuadros se cotiza en millones de dólares.
El escritor que contrató al hombre-niño hace que Vincent Van Gogh llegue a Comitán, en compañía de otro gran pintor que se llama Paul Gauguin. Ustedes saben que Comitán, como cualquier lugar del mundo, es un pueblo mitotero. Cuando la gente ve a los dos pintores raros comienzan a inventarles historias y uno de los comitecos dice que es muy extraño que ellos estén ahí. ¿Qué harían en sus pueblos de origen? Una tarde, decenas de comitecos, con palos y machetes, se paran frente al hotel donde Vincent Van Gogh y Paul Gauguin están hospedados y, con gritos, les dan un ultimátum. Deben salir de Comitán.
Inicialmente, la novela iba a terminar con la huida de dos de los pintores más importantes de la historia de la humanidad. El hombre-niño iba a cobrar su paga y todos tan contentos. Pero el escritor perverso, en afán de lograr la gloria, hace que el hombre-niño vaya más allá.
Ustedes saben que Vincent Van Gogh, en una tarde en que el valle de Aubers se teñía de dorado trigo, salió de la posada donde vivía y, a la hora que una bandada de cuervos trazó una línea en el cielo, él sacó una pistola y se metió un balazo a mitad de la panza. No murió de manera instantánea, caminó como pudo, llegó a la posada, subió a su habitación y ahí, como si fuese un niño recién nacido, como si fuese un pichito, se colocó en posición fetal y dejó que su vida se diluyera como se diluye el agua tierna. Esa tarde murió uno de los más grandes artistas del mundo. Esa tarde, también, el pobre hombre-niño, murió, murió de la misma forma que murió el personaje que interpretaba. ¡Mierda! Cuando un artista en el cine muere por un disparo, a la hora que el director dice: “Corte”, el actor se levanta, se sacude la ropa para quitarse el polvo y deja que le tomen fotografías y da autógrafos.
Acá, en la novela, no sucedió así. El hombre-niño se pega el tiro y se lo pega de verdad, porque así lo exige la trama de la novela, porque así lo exige el perverso escritor. El hombre-niño muere, muere debajo de un árbol de tenocté, su cuerpo es tapizado por florecitas blancas. Esa tarde, en Comitán, muere uno de los hombres-niños más hermosos que pobló el mundo.
Bueno, muchachos, esta novelilla breve que escribí, cuenta esta historia. Si a alguno de ustedes llama su atención y quieren leerla completa, pueden entrar a la página de Coneculta-Chiapas, en el Internet, y descargarla. El librincillo fue publicado por el gobierno de Chiapas, a través del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
¿Ahora qué? Si ustedes están de acuerdo daré respuesta a dos de las preguntas que más a menudo me hacen cuando asisto, como hoy, a la presentación de libros. La primera pregunta es: ¿cómo se hace uno escritor?, y la segunda es: ¿Es fácil ser escritor?
Doy respuesta a la primera. ¿Cómo se hace uno escritor? Respondo de manera individual. Tal vez hay mil modos de hacerse escritor, pero en mi caso, yo fui como Leticia Pinto, mi compañera de la escuela secundaria. Siempre quise ser escritor. No aspiré a ser famoso, porque eso de la fama es muy complicado, está inmerso en leyes complejas de mercadotecnia y del azar. Quise ser escritor porque cuando escribía boberitas en la escuela ¡me sentía pleno, a gusto! Era la actividad que más me gustaba. Más que jugar fútbol (era malísimo, era gordo y me cansaba mucho) me gustaba escribir boberitas. Tenía una libreta especial donde consignaba, a manera de diario, lo que me sucedía en la escuela, en el parque, en las calles. Escribía todo. Así que un día dije que sería bueno ser escritor y me dediqué a escribir más. Una vez, en clase de literatura, en la prepa, el maestro Óscar dejó una tarea: debíamos leer un libro que narraba los viajes de Colón (de Cristóbal) y hacer una síntesis. Yo no resistí la tentación y, en lugar de hacer una síntesis común, escribí una especia de historia donde Cristóbal Colón se aparecía por un corredor de la Presidencia Municipal y contaba la experiencia de sus viajes. ¿Miran cómo esta historia se asemeja a la de Vincent Van Gogh? ¡Dios mío, desde la preparatoria ya estaba preparándome para escribir esta novelilla!
Escribí, escribí muchas historias, sólo por el mero placer de hacerlo. Ahora sigo escribiendo, escribo todos los días. Siempre me levanto a las cuatro de la madrugada y escribo. Hoy, lo juro, a las cuatro de la mañana, me preparé un té de limón, prendí la computadora, me puse los audífonos, escuché a un músico muy bueno llamado Barry White, y escribí estas líneas que ahora les estoy leyendo. Escribo todos los días. La única manera de ser escritor es escribir siempre. La disciplina hace la diferencia. Mi maestro de preparatoria me dijo que si yo escribía una cuartilla al día (una cuartilla, es casi nada), al final del año tendría trescientas sesenta y cinco cuartillas. ¡Un libro! Conozco muchos amigos que son muy talentosos y siempre están hablando de la gran novela que escribirán, pero no la escriben. La escritura exige disciplina. Creo que todas las cosas en la vida exigen disciplina. Hay que ser necios, tercos, con la pasión que uno siente. Porque, para ser escritor, se necesita pasión. ¿Cómo se hace uno escritor? ¡Escribiendo! Escribiendo diario con mucha pasión.
Ahora doy respuesta a la segunda pregunta: ¿Es fácil ser escritor? Sí, es una de las profesiones más sencillas. Basta tener una libreta a mano y una pluma para ejercerlo. Bueno, ahora también se vale usar una lap top o un Ipad. Ahora bien, para no escribir boberitas es condición indispensable ejercer otro de los más hermosos oficios del mundo: ser lector. Todo aquel compa que desea ser escritor, que sueña con ser escritor debe leer mucho. Leer todos los días. Debe ser un apasionado de la lectura. El acto de la lectura, ustedes lo saben, es uno de los actos más bellos del Universo entero. No sé si en otra galaxia los seres que la habitan comen como comemos nosotros. No creo que coman taquitos de chicharrón o carne asada en una parrilla. Pero de lo que sí estoy seguro es que leen, leen de la misma forma que lo hacemos nosotros. Leen muchos libros.
Ustedes saben que la vida es simple. No tenemos más que una vida. Nuestras vidas son casi casi aburridas, casi casi monótonas. En Comitán, a veces, voy al cine; a veces, voy al parque; a veces, me subo a un camión o a un avión y viajo a otra ciudad en donde voy a los parques y a los cines. La vida no es muy emocionante que digamos. Y no es emocionante porque sólo podemos vivir una vida. Ah, pero la vida se convierte en la gran aventura de la vida cuando conocemos otras vidas. Acá no sé, pero allá en Comitán, la gente es muy chismosa y metida. ¿Por qué creen que la gente es chismosa y metida? Muy sencillo. Quieren conocer de las otras vidas. Por esto, desde que Dios amanece, andan husmeando en las otras vidas. Van al mercado y preguntan: ¿ya sabés lo que hizo fulanita anoche?, y, en voz baja, pero gritadito para que lo oiga medio mercado, cuentan que la fulanita se acostó con… Y así nos pasamos la vida, metiéndonos en vidas ajenas. Ah, pobres pobres. De todos modos, La Trinitaria y Comitán son pueblos pequeños y las vidas son, de igual manera, limitados.
Quien lee ¡vive otras vidas! ¿Cuántas? ¡Miles y miles de historias, millones de vidas! Yo nunca he estado en el fondo del mar. No sé nadar. No he estado en el fondo del mar de manera física, pero, a través de la lectura, he estado muchas veces y he estado al lado de cachalotes y he descubierto, al lado de maravillosos personajes, tesoros que estaban ocultos desde tiempos en que Colón y todos los demás marinos recorrieron los mares del mundo. He estado, de veras, en el espacio y he vivido la maravilla de conocer otros mundos.
Desde el día que supe que no me había tocado vivir más que una vida limitada, en un pueblo limitado, decidí no aceptar mi destino. Decidí leer mucho, conocer miles de vidas y vivirlas todas a plenitud. Cada vez que abro un libro abro la posibilidad de conocer el mundo y más allá. Vivo muchas vidas. Por esto digo que soy un hombre pleno. Soy feliz. Leo, leo mucho, porque un día decidí ser escritor y pensé que era bueno que yo conociera cómo se cuenta una historia ¡leyendo historias! He leído, por eso, a los mejores escritores del mundo. No leo boberitas. Leo grandes historias, porque aspiro a escribir grandes historias. No sé si lo logro, pero lo intento, y en el intento me divierto enormidades. ¿Es fácil ser escritor? Tan fácil como leer, leer mucho, leer a los grandes escritores. Tan fácil como escribir, procurando no escribir boberitas.
Gracias por su atención. Fue un placer estar con ustedes.

miércoles, 7 de mayo de 2014

LOS COMPAÑEROS DE LA NIÑEZ





Los ositos son los consentidos de los niños. Más que los gatos y los perros, los osos son los preferidos. Por esto, en las camas de los niños y de las niñas se hallan ositos. Por esto, Julio Cortázar le decía “osita” a su amada Carol; por esto, los amantes acostumbran darse el abrazo de oso a la hora que se encuentran en camas de moteles.
Los ositos son los consentidos de los gitanos. Cuando los gitanos llegan a los pueblos y levantan sus carpas (como de circo) un oso aparece y baila al ritmo del pandero.
Los ositos son los animales que más aparecen en cuentos para niños. Algo mágico tienen que las historias fluyen sin necesidad de que intervengan más personajes de fábula. Muchos creen que la fábula más importante de la historia de la humanidad es la del zorro o la del cuervo o la de la rata o la de león o la de la jirafa atrabancada. Se equivocan, la fábula más querida y recordada es la del osito que no podía dormir. ¿La recuerdan? La fábula cuenta que un osito tomó su vaso de leche, dio besos a papá Oso, y a mamá Osa le dijo que en cuanto estuviera listo le avisaría para que le leyera un cuento. Subió a su cuarto, subió los peldaños de dos en dos ya que era un osito muy arrecho. Hizo a un lado la colcha y se acostó (recuerden que los ositos no necesitan pijama). Tomó el libro de cuentos que tenía sobre el buró y llamó a su mamá, a gritos: “Apúrate. Ven a leerme el cuento”. La mamá osa refunfuñó tantito, porque aún le faltaban dos platos y dos tazas por lavar. Cerró la llave del agua, se limpió las “manos” con una toalla roja y subió al cuarto del osito. El osito no estaba acostado, su culito asomaba por encima del faldón de la cama, buscaba algo. “¿Qué pasa, hijo?”, preguntó la mamá. “No encuentro mi muñeco”, dijo el osito. El muñeco que le había regalado su papá estaba extraviado. Durante una hora, el osito y la mamá osa buscaron el muñeco, debajo y encima de los muebles. El papá oso se les unió en la búsqueda, desarmó la cama y el ropero. ¡Nada! Parecía que el muñeco había desaparecido. Tal vez algún gato lo había hecho aserrín o un perro lo había enterrado a mitad del patio, creyendo que era un hueso. El osito no permitió que su mamá le leyera el cuento, se metió en el ropero y amenazó con quedarse ahí hasta que el muñeco apareciera. Papá oso -remolón, porque eran ya las once con veinte de la noche- se puso el abrigo de cuadros rojos y amarillos, su gorra (tejida con cabello humano) y, dando un portazo, salió al bosque. Caminó y caminó por en medio de grandes árboles de ocote, hasta que llegó a las inmediaciones de la aldea, donde vio apenas dos o tres casas con luces. Se acercó, sigiloso, hasta donde estaba una casa con las luces apagadas, colocó sus manazas en el pretil de la ventana y se levantó tantito para ver el interior. En la cama dormía plácidamente un niño.
“Ya”, dijo la mamá. “Papá ya halló tu muñeco. Tiene ropa nueva”. El osito abrió la puerta del ropero, sacó la cabeza y vio que su papá, en efecto, abrazaba a un muñeco. El osito salió, se limpió las lágrimas y recibió el muñeco. “¿Es otro, verdad?, dijo. “Me gusta. Está calientito”, dijo y se metió a la cama, abrazó al muñeco y dejó que su mamá le leyera el cuento de “La caperucita roja”. Poco a poco cerró los ojos y se quedó dormido. Papá oso se llevó una garra a la trompa y le indicó a su esposa que no hiciera ruido. Ambos caminaron de puntillas. Sólo se escuchó un ligero rasguño como de gis sobre el pizarrón. Salieron, se abrazaron y prometieron ser más cuidadosos con los muñecos de su hijo.
Mientras tanto, en la aldea todas las luces de las casas se prendían y la noticia causaba alboroto. Los hombres tomaron sus escopetas y salieron en busca de huellas del animal.
Yo tuve un osito de niño. Lo llevaba a todas partes. Cuando iba a acostarme, lo arropaba bien y le decía buenas noches. Miraba, desde mi cama, cómo mi mamá y mi papá apagaban la luz y salían del cuarto.

lunes, 5 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE PRACTICA EL VUELO





Querida Mariana: los zanates vuelan y caminan. ¿Todas las aves tienen esta particularidad? ¿Vuela el pájaro bobo? El avestruz es ave, ¿vuela? El otro día fui al parque central. Me senté en nuestra banca.
Como vos fuiste a San Cristóbal con tu novio, yo me dediqué a ver zanates (no aludo a alguien en especial). Miré un zanate macho y (supongo yo) a un zanate hembra. El zanate macho se esponjó y, como si fuese un chupamirto panzudo, se elevó tantito del suelo y se mantuvo suspendido en el aire. Entendí que estaba cortejando al zanate hembra. La hembra, ya lo podés imaginar, ni lo peló. O bueno, hizo como que lo ignoraba. Tal vez así debe ser el ritual; tal vez así debe ser el comportamiento de las hembras: hacerse las interesantes.
Vos no estabas. Vos no podés volar, vos sólo caminás. A veces caminás conmigo y el día se ilumina, a veces lo hacés al lado de tu novio y, sin duda, iluminás su cielo. El cielo (esa tarde, en Comitán) estaba nublado. Sin duda que el cielo de San Cristóbal estaba pleno. A mí (disculpá) no me gusta el cielo nublado, pero lo soporto. Cuando el cielo está así no me queda más que mirar el cortejo de un zanate macho con su hembra. El pobre pájaro esponjado quedó suspendido en el aire, como si fuese una pirinola sobre una mesa invisible. Él quería que su pirinola (sin albur) cayera en “Toma todo” o, ya de perdida, “Toma uno”, pero después de uno o dos minutos, la hembra caminó sobre el césped y siguió buscando gusanitos o piedritas. Caminó como si estuviese sola; caminó ignorando la danza del pobre esponjado que tenía los ojos inyectados de sangre (imaginé que así debía estar todo su cuerpo). Al zanate macho no le quedó más que descolgarse del aire como globo desinflado y se puso a dar vueltas en el césped como león enjaulado. ¿Mirás lo que le pasa a los pájaros macho, en tardes nubladas? Creo que el macho entendió que esa tarde, con esa hembra, le tocaba la cara de “Todos ponen” o, más jodido, la de “Pierdes todo”. La hembra, coqueta, subió sobre una plancha de cemento que debe ser un registro de energía eléctrica, vio al macho y (así lo intuí) levantó el pico como si fuese el Pico de Orizaba y voló hasta una rama a mitad de un framboyán. Ahí se quedó. Yo, expectante, esperé ver qué hacía. Pedí, con todo mi corazón, a los Dioses de los zanates, que le otorgaran la gracia de la dignidad y no se rebajara, pero (tonto de mí), el pobrecito (estúpido) se acercó al tronco y voló hasta donde estaba ella. Ella (por supuesto) lo vio, otra vez, de manera indiferente y voló. Voló a una rama superior (así se sentía ella). Y allá (necio) de nuevo fue el pobre e indigno zanate. Éste no había puesto una de sus patas sobre la rama cuando ella voló y bajó a la plancha de cemento. Estaba a punto de gritar: “¡Ahórcate!”, pero me dio pena. En la banca de a lado estaba una pareja de jóvenes que, sin necesidad de rituales bobos, se besaba y se acariciaba. El zanate macho se quedó en la rama (parece que entendió, al fin). Se veía triste, era como un foco negro a mitad del árbol.
Pensé que, en ese instante, vos y tu novio caminaban, de la mano, por algún Andador de San Cristóbal, él te contaba algo y vos reías (ya mirás que es muy ocurrente); luego se sentaban ante una mesa, debajo de una sombrilla, y pedían un café (vos) y una cerveza (él). Mientras el mesero les servía, él (tu novio) se acercó (de nuevo) a vos, te dijo algo al oído y vos reíste y él te besó cerca del lóbulo de la oreja y vos sentiste bonito, levantaste tantito los hombros y entrecerraste los ojos. A él, casi casi lo vi como si se inflara y quedara suspendido en el aire y vos (al contrario del zanate hembra de acá de Comitán) te dejaste seducir. No sé a qué hora regresaron esa tarde. ¿Yo? Como siempre, a las ocho estuve en casa, cené, leí tantito y me acosté.
Cuando vos no estás, voy al parque. Me siento en nuestra banca. Me siento como un zanate, como un zanate mojado. Es que, aunque no llueva, no sé por qué siempre el ambiente está como húmedo, como lleno de neblina.
Me dio gusto, mucho gusto, saber que te divertiste. Al otro día, cuando hablé con vos (no sé por qué) me sentí como zanate desplumado.
Los zanates vuelan y caminan. A veces vos sos un pájaro que sólo camina. ¿Y tus alas? ¿Te las quitás cuando estás con tu novio? ¿Tenés pena de que vaya a confundirte con un ángel?
Me dio gusto saber que te divertiste.

domingo, 4 de mayo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ LA CASA DE UN GUAJOLOTE





Dicen los que saben que la palabra Cotz significa guajolote, por eso, acá se ve el dibujo de un guajolotito. El negocio se llama “El cotzito”, porque acá, en Comitán, todo mundo lo sabe, nos encanta hablar en diminutivo. Si alguien, con todo respeto, le pide el tutís a una muchacha bonita, le dice que si su pajarito puede hacer nidito en su tutisito.
Pero, en Comitán, cotz no sólo significa guajolote. Nadie sabe explicar bien a bien la razón, pero acá la palabra cotz, ¡benditas las almas del purgatorio!, también se usa como sinónimo de “jimbiritzear”; es decir, de hacer cositas ricas sobre el petate. Si en el resto de la república “petatear” es sinónimo de morir, acá también significa echar cotzito lindo y jacarandoso. Por esto, mucha gente se divorcia, porque encuentra a su amado o amada “petateando” con otro.
Pero este anuncio no anuncia ni una ni otra cosa. Este anuncio, de manera muy pulcra y casi inocente (sí, ¡cómo no!), sólo anuncia la venta de abarrotes. ¡Ah, barrotes!
¿Por qué un expendio de abarrotes se llama El cotzito? Porque esta tienda está en Comitán. Esta tienda jamás la hallarán en una ciudad argentina o en una ciudad española. En Buenos Aires, tal vez, hallarán una tienda que se llama “El mate” y en Barcelona una tienda que se llama “Arza”. En Comitán no hay tiendas que se llamen “mates” o “arzas”, acá, hay tiendas que se llaman doña Mariana o tío Rami o cotzito.
Lo simpático es que en esta tienda no venden guajolotes, así que (podemos pensar) el nombre alude a lo otro. ¿Venden condones? No lo sé. Lo único que sé es que una mañana entré y pregunté si el guajolote lo vendían en pie o en canal. “En pie”, me contestaron. ¿Con plumas o sin plumas?, pregunté. Y el dueño del negocio me dijo: “No, joven, no tiene plumas, ¡tiene pelitos!”. ¡Dios mío! Ya no supe de qué estábamos hablando. Y es que, ya lo dije, en Comitán, el cotzito puede ser un guajolote pequeño o un rapidín.

sábado, 3 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL CHINCULGUAJ Y DEL CHENCULGUAJ





Querida Mariana: Raúl Espinosa dijo el otro día que los tres más grandes anecdotistas de Comitán, de los tiempos más recientes, son: Óscar Bonifaz, doña Lolita Albores y Armando Alfonzo. La semana pasada acudieron anecdotistas de la región. En el Teatro Junchavín se efectuó el acto cultural llamado “Los más mero lek” (es decir, los más fregones dentro de los más fregones). El teatro estuvo lleno de personas que disfrutaron de las ocurrencias de contadores de anécdotas de La Trinitaria (contadas por Lucrecia Guillén Alvarado, Raúl Gordillo y Francisco Javier López Hernández, el famoso “gorrión”, de la radio Brisas de Montebello); de Las Margaritas (Armando Pérez López, Rodolfo Salazar García, Rodolfo Salazar García y Absalón Hernández Gordillo, el famoso “Nolaska”); y de Comitán (contadas por Julio César Robles Solís, José Antonio Alfonzo Pinto, Héctor Castellanos, Anita Castellanos de Baca, Raúl Espinosa Mijangos y Eduardo Tovar Avendaño). ¿Mirás? Puro mero lek. Un compa preguntó qué significaba mero lek. Los estudiosos explican que es una voz tojolabal que significa “bueno, bien”, por eso cuando alguien hace algo fregón se dice: “quedó mero lek”.
En nuestro pueblo usamos muchas palabras que vienen del tojolabal. El nombre de la gaceta oficial de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Comitán, “kujchil”, es una palabra tojolabal y se usa para nombrar el rebozo con el que las mamás cargan a sus criaturitas. Otra palabra que es muy conocida es “chinculgüaj” con la que denominamos esas sabrosas tortillas rellenas de frijol. Aunque, Rodolfo Salazar García, quien es Cronista de la Ciudad de Las Margaritas, dijo que la forma correcta es decir “chenculgüaj”, a lo que Chusito, técnico del Teatro, comentó: “Pucha, entonces a partir de hoy diré chengada”.
En Comitán la anécdota picaresca tiene un sitial de honor. La gente disfruta creándolas y recreándolas. La anécdota brinca a la hora de la reunión. Basta que dos amigos se sienten en la sala o ante la mesa de una cantina para que aparezca la anécdota. Por lo regular la anécdota tiene su clímax al final. Todas las palabras se bordan para llegar a un final de fuego artificial que, a su vez, detona la carcajada en el escucha. El otro día, la Licenciada Andrea Coronel, compañera de trabajo, subió al Facebook el siguiente cerillito que alumbra el rostro de medio mundo de Comitán:
-¡Mamá, el pan ya no sirve!
-Pues componelo.
…y así, amiguitos, es como se inventó el pan compuesto.
¿Mirás qué sencillo y qué genial? Al final terminás con una sonrisa pegada en el rostro y con un hilo de luz untado al corazón.
Los contadores de anécdotas tienen, entre otros atributos, el mismo don que poseen los escritores: el don de observar más allá del horizonte. Además, un contador de anécdotas debe tener una gran memoria. Los que tienen memoria García Márquez no sirven para contar anécdotas. Y digo memoria García Márquez porque ahora, ahora que murió el gran escritor, se sabe que en los últimos años de su vida le dio el Mal del olvido. Como si fuese personaje de su novela Cien años de soledad su memoria entró en un remolino de niebla. ¡Qué friega! ¿Podés imaginar qué siente un hombre que radica mucho de su fuerza en la memoria cuando se percata que ella se va al albañal? No puedo imaginar cómo un hombre comienza a darse cuenta de la pérdida de la memoria. Vos sabés que yo siempre he tenido muy mala memoria, así que si algún día me ocurre lo que le ocurrió a don Gabo no extrañaré mucho. Apenas hace dos o tres días me ocurrió algo que hacía tiempo no me ocurría. ¡Olvidé dónde dejé el auto! Hace muchos años, en la ciudad de México, olvidé dónde había estacionado mi auto. ¡Dios mío, en la ciudad de México! Llegué apurado a la colonia Roma, estacioné el carro y, corriendo, fui a la Universidad del Valle de México, universidad donde estudiaba Arquitectura. Recibí mis clases, desayuné en la cafetería, platiqué con los amigos y, al salir a la calle, me di cuenta que no sabía dónde había estacionado el carro. ¡Ya lo imaginarás! Me pasé más de media hora dando vueltas y vueltas por las cercanías. Llegó el momento que pensé que me lo habían robado (era un Renault que me regaló mi papá, azul, tipo flecha, bien bonito). A punto de ir a la Delegación para levantar un Acta de Hechos (con la esperanza de que la grúa de vialidad lo hubiese llevado) miré mi “azulito”. Pues hace dos o tres días iba a comenzar con tal calvario. Claro, Comitán no es el monstruo aquél y pensé que me sería más fácil hallarlo. Así fue. Lo dejé en el estacionamiento del Súper del Centro, sólo que, como llevaba prisa, no recibí el “tiquet”. Por lo regular coloco el “tiquet” en mi cartera, así sé que dejé el auto en el estacionamiento. ¿Es principio de Alzheimer? No lo creo. Siempre he sido desmemoriado. Ya nací con esta grieta. Por esto (siempre lo he dicho) admiro a quienes tienen memoria prodigiosa. Doña Lolita Albores, por ejemplo. En una ocasión que estuve con la escritora Carmen Boullosa, en las oficinas del periódico Reforma, ella me dijo que Carlos Monsiváis tenía una memoria sorprendente. Yo le dije que en nuestro pueblo, doña Lolita era igual de prodigiosa. Admiro la memoria del Maestro Jorge Gordillo Mandujano. Cuando se topa con un ex alumno lo saluda y le dice su nombre al estilo del pase de lista: apellido paterno, apellido materno y nombres. ¡Ay, prenda! Si me topo con un ex alumno el peor tormento que puede hacerme es preguntar la clásica: “¿Se acuerda de mí? A ver, cómo me llamo”.
En el número más reciente de la revista Proceso están publicados varios testimonios que giran en torno a lo mismo: la pérdida de memoria de Gabo. Por fortuna, a ninguno de nuestros escritores comitecos ni a los contadores de anécdotas les ha dado este mal, el mal que llaman “La peste del olvido”. Hay un testimonio de gran ternura. Cuenta el hermano de Gabo, Jaime García Márquez, que, ya con la memoria muy disminuida, el Premio Nobel se acercó a él y le dijo: “No sé quién eres, pero sé que te quiero mucho” y lo abrazó. ¡Ah, qué bendición! Fue como la última gota en un vaso de agua.
Los contadores de anécdotas deben tener una memoria prodigiosa. No obstante, he visto a varios que, en una presentación en público, llevan un “acordeón”.
Hay una anécdota que la he escuchado en varias partes, pero que acá se la atribuyen a varios comitecos. Una mañana, estaban reunidos varios intelectuales en el café de La Casa de la Cultura (café que ahora ya no existe). Entre ellos estaban Jorge Melgar, Neto Carboney, José Melgar y dos o tres más. Discutían acerca de la vida y de la muerte. De pronto se acercó Romeo (ya olvidé el apellido), se apoyó en el respaldo de una silla y, parado, escuchó la pregunta que lanzó Jorge Melgar: “¿Qué habrá después de la muerte?”. Romeo, como si nada, dijo: “¿después de la muerte? La chalupa, el valiente y ¡lotería!”. La anécdota le da una torcedura a lo plano. Siempre es el lado oscuro de la luna. Por esto, la gente suelta la carcajada, porque el final de una anécdota es lo inesperado. Guayito Tovar cuenta que en un viaje por la Colón a la ciudad de México (cuando los autobuses no llevaban clima ni baño) se sentó al lado de una mujer que se mareó. Ella comenzó a regurgitar, así que viendo que estaba a punto de vomitar le dio una bolsa vacía de pan Bimbo. La mujer tomó la bolsa y vomitó. Guayito abrió la ventana y le pidió la bolsa para tirarla. La mujer amarró la bolsa y dijo: “Ay, no, es la comida de mi cuchito”.
La anécdota es un valor cultural importante de la sociedad. Es casi casi como un guiso con muchas propiedades. Preserva la palabra y conserva los personajes. Acá en Comitán hay muchas anécdotas que cuentan hechos ocurridos a personajes famosos, tanto los encumbrados como los modestos. Se cuenta, por ejemplo, la anécdota “Del deley”, bolito que siempre decía que no era el trago sino la coca la que mataba y, como si fuese un personaje de García Márquez con capacidad de adivinar el futuro, una mañana corrió la noticia de que un camión repartidor de Coca Cola lo había atropellado. El Deley murió de ese atropellamiento, con ello se corroboró que “la coca es la que mata”.
Yo, lo sabés, soy el hombre más simple del mundo. Cuando debo ir (por obligación) a una fiesta me preocupo. ¿De qué voy a hablar con el compa que me toque al lado? Procuro llegar temprano a la cita, voy a la mesa donde está el agua, me sirvo, me acerco a los marimbistas, platico un rato con ellos y cuando ya llegaron dos o tres amigos busco al que cuenta anécdotas. Dicen que mucha gente hacía lo mismo cuando vivía doña Lolita. Esperaban que ella llegara y se sentaban en la misma mesa. Con esto garantizaban una tarde inolvidable, llena de anécdotas, plena de carcajadas. No hay peor cosa que sentarse al lado de un tipo que casi no habla; no hay peor cosa que sentarse al lado de Molinari. Pero, ya lo dije, caso soy tu mudo. Yo me siento al lado de hablantines y así mi carro rueda a la perfección, porque el anecdotista necesita gente que lo oiga y, ¡eso sí!, yo soy el mejor escucha del mundo. Soy tan correcto que cuando asisto a una conferencia busco no sentarme al lado de los hablantines, para que pueda brindarle toda mi atención a quien dicta la conferencia. Es una gran falta de respeto no poner atención a quien habla. A veces, en una conferencia, me ha tocado sentarme al lado de un hablantín que está perdiendo el sentido del oído y cuando habla lo hace en voz alta y todo mundo voltea a ver. Nunca falta el que hace “shhhhht” y a mí eso me da mucha pena, porque no soy yo quien interrumpe. Estos hablantines son como celulares que llaman. Ahora, cuando tengo un festejo con compañeros de trabajo busco sentarme al lado del doctor José Antonio Alfonzo Pinto o al lado del Juez Municipal. ¡Ah, me doy una divertida sensacional! Ellos son grandes contadores de anécdotas, poseen el don de la gracia (esto parece un pleonasmo, pero no lo es, ellos son los más mero leck).
Lo mismo sucede a la hora que somos lectores. Buscamos a los más mero leck de la escritura. Tal vez por esto la obra de Gabriel García Márquez ha sido leída por millones de lectores en todo el mundo. La escritura de Gabo es atractiva. Leer a Gabo es como sentarse al lado de un buen contador de anécdotas. Gabo tuvo la propensión a exagerar. Los anecdotistas exageran también. En toda anécdota hallamos un cierto grado de exageración, algo que rebosa. ¿Quién es el lector que prefiere leer libros aburridos, sosos? ¡No existe! Todo mundo busca lecturas agradables, bien contadas, lecturas que atrapen desde un principio y que no suelten al lector ¡hasta el final! Ahora bien, habrá que decir (para que no haya confusión), una cosa es contar una historia de manera oral y otra contarla de manera escrita. Doña Lolita era muy buena contando anécdotas en las fiestas, en los convivios y en las charlas que dio en muchos teatros, pero falló a la hora de pasarlas al papel. Una anécdota contada de manera oral pierde mucho a la hora de pasar al papel. El contador de anécdotas y el escritor tienen ligas, pero, como dicen los clásicos, permanecen “juntos, pero no revueltos”. Comparten algunos dones, sin los cuales no llaman la atención. Te he contado que tengo una comadre que me cuenta chistes sin chiste. El chiste puede ser bueno, pero ella no posee la gracia para contarla. A ella le gusta contarlos y yo dejo que lo haga. Total ¡es su gusto! ¿Quién soy yo para quitarle su gusto? Claro, al final yo quedo con mi cara de piedra, con mi cara de siempre y ella ríe, ríe y yo pienso “¿de qué ríe?”.

Posdata: no me gustan los festejos. Como estoy acostumbrado a estar solo o siempre estoy con un afecto muy cercano o leyendo un libro, me causa escozor estar en una mesa al lado de gente que, tal vez, espera que yo diga algo. ¿Qué puedo decir? No poseo la gracia de los grandes anecdotistas, no conozco el chisme del día. No me gusta meterme en vidas ajenas. No me gustan los festejos. A veces me toca sentarme al lado de otro ¡que tampoco habla! ¡Ay, Dios mío, qué tormento! No hay peor cosa que estar sentado ante una mesa, revisando los cubiertos, viendo las caras de quienes están al frente. Soporto dos minutos, me levanto, digo que iré al baño, salgo a la calle, tomo un taxi y voy a un parque. Ya ahí saco de entre mi ropa el libro que siempre llevo y vuelvo a ser yo. Vuelvo a ser feliz.

viernes, 2 de mayo de 2014

PARA MATAR EL TIEMPO





“¿Qué hacemos?”, era la pregunta que alguien de la palomilla lanzaba, a las cinco de la tarde. Estábamos en el parque, sentados en los respaldos de las bancas. Teníamos los pies sobre el asiento. Algunos fumábamos. El viento fresco de la tarde se hamaqueaba en las frondas de los cipreses. Las muchachas bonitas pasaban frente a nosotros. Algunas nos miraban de reojo, sonreían, caminaban como codornices; otras nos ignoraban, se hacían las interesantes. Fumábamos. “¿Qué hacemos?”. No había mucho qué hacer. Nuestras opciones eran limitadas: que Jorge pidiera el carro de su papá; que nuestra mamá nos diera dinero para ir al cine y luego ir a cenar al restaurante del Hotel Internacional (siempre pedíamos una orden de tacos dorados y una malteada de fresa). “¿Qué hacemos?”. A veces el demonio nos calentaba el alma y bajábamos al barrio de La Pila y recorríamos la calle donde estaban las muchachas de Tía Maty (algunos hacían trato con las putas y entraban a refocilarse en camas desvencijadas, en cuartos húmedos, con mujeres que no tenían completa la dentadura y que tenían exceso de grasa en la cintura) o íbamos al “Camechín” a tomar unas cervezas, acompañadas con un plato de costillitas grasientas (que Memo decía que eran las sobras de la botana de medio día). Eso era entre semana, porque el sábado no teníamos necesidad de hacer planes. Todo mundo sabía que íbamos al parque a mirar muchachas bonitas, sólo como antesala para ir a las siete a la casa de Jorge a ver la función de boxeo, en la tele en blanco y negro. Jorge tenía una sala especial para ver tele (una sala pequeña donde cabíamos todos los de la palomilla). Sus papás de Jorge siempre fueron muy tolerantes y no ponían nada en su corazón cuando miraban que Jorge pasaba por la sala con el six de cervezas heladas (jamás nos emborrachamos, tal vez por esto su línea tolerante).
Ahora extraño ese “¿Qué hacemos?”. Lo extraño porque ya no me lo planteo. Tiene años que no sé lo que es el tedio. Siempre tengo mucho qué hacer. No padezco el síndrome del desasosiego, ni tengo el apresuramiento de muchos de mis amigos que corren detrás de sus ideales. Yo estoy sosegado y laboro en la medida de mis capacidades y de mis compromisos. Camino paso a paso. Pero así como tengo muchas nubes para colgar en todos los lazos del patio, así también ya no tengo tiempo para sentarme en las tardes sin hacer más que mirar a las muchachas bonitas. Javier va todas las mañanas al café de once a una y sigue mirando lo que pasa en el parque; Jorge lo hace desde el mostrador de su ferretería, cuando paso por la calle levanto la mano, lo saludo, miro que él, recargado sobre el mostrador, sigue en espera de que lleguemos y digamos “¿Qué hacemos?”. Quique va al Ojo de Agua y, desde ahí, con una cerveza en la mano, con el agua hasta el cuello, mira las montañas que circundan a Santa Lucía. ¿Qué hace Miguel? Miguel murió hace muchos años, ya nunca sabremos qué hace en las tardes, en las tardes en que nosotros quisiéramos reunirnos e ir al parque a sentarnos sobre los travesaños de madera de las bancas del parque central de Comitán.
Cuando llegaban las nueve de la noche, todos dejábamos de hacer la pregunta. Sabíamos que era hora de ir a casa. Esto entre semana, porque el sábado, a las nueve de la noche, seguíamos viendo la función de boxeo en una tele en blanco y negro, en una sala pequeña, tomando cerveza de bote.