sábado, 7 de noviembre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL ORIGEN DE LA ANÉCDOTA




Querida Mariana: Todo mundo cuenta anécdotas. ¿Qué es una anécdota? Es uno de los rasgos más luminosos de la vida. El contador de anécdotas es como uno de esos corredores olímpicos que pasan la estafeta al compañero. El contador de anécdotas las preserva y les otorga identidad. Si alguien no trasmitiera ese suceso especial dicho suceso se extraviaría en el tiempo y moriría. No nos damos cuenta, pero cuando las anécdotas fallecen de inanición algo grande se pierde en el mundo. Casi casi podríamos decir lo que decía un famoso astrónomo: “Se extinguió una estrella y el mundo no lo supo”.
Quien cuenta una anécdota comparte una experiencia. Cuando contamos una anécdota contamos un hecho inusual. Nadie cuenta lo que a continuación contaré: el tío Armando, a las seis de la tarde, decía: “Ya no estoy”, se sentaba en la mecedora, se cubría con una cobija de cuadros y se dormía. A las seis de la mañana del día siguiente, sin importar si había alguien en la sala, abría los ojos y decía: “Ya estoy”, doblaba la cobija y comenzaba su trajín del día, iba al jardín, podaba, regaba; hacía café y entraba a su taller donde recibía a las señoras y señores que le llevaban calzado para remendar. A las seis de la tarde repetía el ritual. Así era todos los días, incluso los domingos y días feriados. Nadie contaría esta anécdota, porque a don Armando nunca le sucedió un hecho extraordinario. Bueno, con decir que ni siquiera una enfermedad lo agobió. Los últimos treinta años de los ochenta y dos de su vida no hizo algo más. Todo fue una rutina agobiante, hasta que una mañana, su sobrina Elena se levantó a las seis con diez y le llamó la atención que el tío siguiera sentado en la mecedora. Elena se acercó y, con el pie izquierdo, movió una de las patas de la silla. El tío no reaccionó, Elena salió corriendo y, a mitad del corredor, gritó: “El tío murió, el tío murió”. El tío, en efecto, ¡ya no estaba!
Aunque, con ganas de meterla con calzador, alguien pudiese decir que lo acá narrado es una anécdota, porque el comportamiento del tío Armando era inusual. ¿Quién duerme todas las noches durante treinta años en una mecedora a mitad de la sala? El tío tenía una gran capacidad para invocar al sueño, porque la vida de la casa seguía sin modificarse mientras él dormía como bendito. Los niños jugaban carros, hacían ruidos como de sirena de patrulla, corrían, jugaban pelota y el tío ¡durmiendo! La tía gritaba, pedía café, miraba las telenovelas con el volumen alto, y el tío ¡durmiendo! El tío ni siquiera despertaba las noches en que había fiesta en la casa: en nochebuena todos corrían, los niños quemaban cohetes y los grandes sacaban las pistolas y disparaban al aire, y el tío, sí, durmiendo el sueño de los justos.
¿Cómo nació la anécdota? La tía Juventina contaba que en el principio, cuando todo estaba en silencio y en oscuras, Dios se asomó por la ventana de su cielo y miró que todo estaba tal como lo había dejado la noche anterior (la noche anterior significaba millones y millones de siglos luz), así que apagó la lámpara que tenía sobre su buró y dijo: “Buenas noches”, sabiendo que nadie lo escuchaba, porque Él era el Único. Durmió durante cuatrocientos treinta y dos billones de años luz, mas de pronto oyó algo como un pequeño ruido, algo como si un ratón estuviese royendo queso adentro de una caja de madera, aunque (se sabe) los ratones aún no existían; es decir, Dios aún no los había creado. Dios abrió los ojos, se desperezó con los brazos arriba, se puso el gorro, las pantuflas, abrió la ventana de su cielo y vio que, en el centro de la Nada, algo como una brasa hervía en un caldero y la ebullición hacía el ruido que Él había confundido con el mordisqueo de un ratón. En realidad el ruido era como el aire de una olla de presión que hirviera con la potencia de millones de bombas atómicas. Como Dios todo lo sabe, intuyó que estaba a punto de iniciar el Big Bang, levantó los brazos y dijo: “Se acabó la tranquilidad” y volvió a meterse a su cama. Dejó la ventana abierta porque sabía que la explosión iba a ser un maravilloso acto de fuegos de artificio y eso sí no se lo perdía por nada. Y en la madrugada de los tiempos el gran estruendo apareció, la alcoba Divina se llenó de deslumbres y Dios, recargado sobre la cabecera de nubes doradas, con los brazos detrás del cuello, disfrutó del espectáculo donde el universo respiró luz por primera vez y los ríos brotaron de la tierra y los pájaros volaron y las víboras se arrastraron por las ramas de los árboles recién nacidos. ¡Todo tuvo vida! ¡Todo fue un canto para bendecir la gracia de Dios! Y, la tía Juventina contaba, que una tarde de esas, cuando Dios se disponía a colocar el vaso de peltre lleno de agua en la hornilla de su estufa, un hombre metió la cabeza por la ventana y saludó: “Buenas, ¿se puede?”. Dios, que estaba de buenas, dijo: “Ya se pudo”, y le ofreció una taza de café (acá la tía decía que el café ofrecido había sido café chiapaneco, en específico “Café Conquistador”). El hombre (que, por supuesto, andaba desnudo) se sentó, cruzó la pierna y, con aire despreocupado, le preguntó a Dios si podía hacerle una consulta. Dios, que ya se comentó, andaba de buenas, dijo: “Sí, claro, pero recuerda que toda consulta causa honorarios”. El hombre rio de buena gana, porque sabía que Dios bromeaba. ¿Qué honorarios podría cobrar el dueño del universo? Dios jaló una silla y se sentó al lado del hombre, le dio una palmada afectuosa sobre el hombro y le dijo: “A ver, consulta”. El hombre se llevó las manos a la cara, como si llorara o tuviera vergüenza, y dijo, en voz baja: “Mi mamá dice que tú me hiciste de la costilla de Eva, ¿es cierto?”. Y la tía Juventina terminaba ahí su relato, nosotros, los sobrinos le reclamábamos, decíamos que la historia no podía terminar ahí, pero ella, sin más, se levantaba, se alisaba la falda y decía que ahí terminaba la historia, que eso era el origen de la anécdota y, cediendo tantito, nos preguntaba: “¿No entienden que al decir que no la mujer sino el hombre es el que nace de la costilla de la otra está lo simpático de la anécdota?”. Nosotros no entendíamos, porque cuando el tío Gumersindo (esposo de la tía Juve) contaba una anécdota, él le daba el final esperado. Los sobrinos argumentábamos, entonces, que la tía no sabía contar anécdotas y corríamos a la sala donde, siempre, el tío leía el periódico. El tío doblaba el periódico, lo dejaba sobre la poltrona y nos decía que nos sentáramos en el piso, a su derredor, y contaba la anécdota del ladrón que una noche entró a casa del tío y cuando fue descubierto con un bolso de tela lleno de cubiertos de plata, se hizo el sonámbulo, estiró los brazos y caminó hacia la puerta, con los ojos cerrados, como si, en realidad, fuese un sonámbulo, pero antes de que saliera, el tío le cerró la puerta y el ladrón chocó, el bolso rodó por el suelo y todos los cubiertos quedaron regados. El ladrón hizo como que el golpe lo despertaba y, con tono enojado, preguntó qué hacía el tío en casa de él y, siguiendo su farsa, trató de echarlo a la calle. La anécdota comenzaba a delinear su final cuando el tío contaba que sacó la pistola, obligó al ladrón a hincarse y lo amenazó con soltarle un plomazo si no confesaba su delito. El ladrón estaba a punto de confesar su culpa cuando se escuchó que alguien tocaba la puerta. La esposa del ladrón, que siempre lo acompañaba en todos los hurtos y lo esperaba en la calle, era quien tocaba la puerta. Ante la insistencia, el tío preguntó quién era y la mujer dijo: “Don, disculpe, estoy buscando a mi Eloy, es sonámbulo y no sabe lo que hace”. El tío contaba que eso hizo que soltara una carcajada. El tío abrió la puerta y dejó que la mujer se llevara al marido, quien, en un acto de preclaro arrepentimiento, alcanzó a meterse la mano en la bolsa trasera del pantalón y entregarle al tío su reloj de oro. La mujer dijo: “Mire, pues, Don, mi Eloy cuando está dormido no sabe lo que hace”, y ya el tío no supo si la mujer se refería al hecho del hurto o a que, tonto, había devuelto el reloj. Nosotros los sobrinos aplaudíamos y comentábamos que el tío sí sabía contar anécdotas porque les daba un final. Y es que en ese tiempo pensábamos que, en efecto, todas las historias tenían un final, pero cuando lo decíamos en voz alta, la tía Juventina reía como garza sin pico y nos decía que éramos unos mocosos necios, ¿qué no nos dábamos cuenta de que el origen de la anécdota decía que la historia del origen no tiene final? No le entendíamos, entonces ella, como si contara con manzanas, decía que el universo no tendría final y se metía en cuestiones científicas y explicaba que los sabios decían que el universo está en expansión, pero que un día (dentro de miles y miles de años luz) llegará a su límite y comenzará a contraerse para volver a ser Nada (billones de años luz después). ¿Y cuando sea Nada?, preguntábamos. Entonces, ella, victoriosa, caminando de un lado a otro del pasillo, con las manos en la cintura, decía que todo volvería a la calma inicial, a la tranquilidad de Dios y la historia se repetiría.

Posdata: Para que la anécdota sea sabrosa debe ser contada en vivo y en directo, tomando un café o una cerveza.

viernes, 6 de noviembre de 2015

LOS CAMBIOS




Tía Alicia no decía su edad exacta. Cuando alguien le preguntaba, ella hacía bromas y juraba tener más años que un bebé, pero menos que un tiranosaurio, y de ahí nadie la sacaba. Reía y cambiaba el tema, mientras se cubría las manos, en intento de disimular las manchas que aparecen conforme avanza la edad. Una tarde se le ocurrió cambiar el acta de nacimiento. Hizo contacto con Armando, quien es un “huizachero” efectivísimo, y, en menos que canta un gallo y con un desplume de cuatro mil quinientos pesos, logró que su acta tuviera una reducción de cinco años, ¡cinco! ¡Ah, cómo se pavoneó al mostrar el documento y jurar que tenía la edad que ahí ostentaba! La alegría se le terminó en el instante en que sus comadres, todas de la misma edad, hicieron fila para recibir su dinero del programa “setenta y más”. Tuvo que tomar té de tila para calmar los retortijones de su panza. Los retortijones del corazón todavía le asfixian.
Los que saben dicen que los cambios son necesarios. El tío Patioclo (sí, así se llamaba) decidió una tarde cortarse el bigote y la barba que había tenido por más de treinta y cinco años. Sólo para cambiar. La historia del nombre del tío Patioclo es la misma historia de equívocos que se dan con frecuencia en las oficinas del Registro Civil de todo México. El papá del tío fue muy aficionado a la literatura griega y cuando lo llevaron a apuntar al Registro Civil el secretario no oyó bien el nombre de Patroclo y como el papá del tío tampoco oía bien, dijo que sí, que así quería llamar a su hijo, cuando el secretario se puso los lentes y con voz de abeja sin panal dijo: Patioclo. Los amigos del tío le dicen Patio y los de más confianza Patiecito. Cuando decidió rasurarse el pelambre que tenía el brillo de lo antiguo, su nieta Ariadna le preparó la espuma y un pomo con agua tibia para que la navaja resbalara sin mucha dificultad. Así fue. El tío, con cuidado tomó la navaja con la mano derecha y fue repasando su rostro como si en lugar de podar estuviese cardando una oveja querida. Ariadna abrió un frasco con alcohol, echó un generoso chorro en sus dos manos y las untó en la piel que lucía como autopista en día de inauguración. Ah, al tío no le bastaron dos noches de arrepentimiento. En cuanto salió al patio, Kalimán (el perro doberman) lo vio, le ladró como si fuese un demonio y se le echó encima. Las hijas que, en la cocina preparaban los tamales para celebrar el día de San Juditas, oyeron los ladridos y salieron a ver qué ocurría. Juana y Toña, las dos hijas vieron que Ariadna tenía una mano en el brazo del hombre y dedujeron que el hombre era un delincuente, ¡un secuestrador!, que trataba de llevarse a la nieta de Patioclo. Ambas gritaron y, sin dudar, corrieron a la cocina, tomaron, con dos trapos, la olla con agua hirviendo y salieron para patear al perro y echar el agua al cuerpo del delincuente. Ah, al tío no le bastaron las dos noches en el hospital donde, después que Ariadna reveló la identidad, fue atendido de las quemaduras de segundo grado, en pecho y brazos. Por fortuna, dijo la tía Hermisenda, su esposo logró cubrirse el rostro, porque de lo contrario, ese cutis de culito de niño recién nacido hubiese quedado como cara de momia de Guanajuato.
En estas anécdotas se advierte la necesidad del ser humano por propiciar cambios, por ser parte de las transformaciones, pero sucede que algunos no resultan como se esperaban. Estos sucesos caseros parecen reflejar lo que a nivel mundial relata la Historia. Las grandes Revoluciones, en lugar de ser esos rostros tersos como nalga de niño, han terminado siendo nalgas aguadas de vieja de ochenta y nueve. A veces más vale rostro barbado que rostro nuevo por conocer.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN LLAMADOR




María debe tocar. Debe tocar porque la vocación de una puerta, además de abrirse y cerrarse, es recibir los toques. Si no fuera por el toque, los de casa, los de adentro, no sabrían que alguien desea algo. ¡Ah, qué bonita vocación de la puerta! Se asemeja a la campana. Cuando alguien de casa oye el toque, deja de hacer lo que hace, se limpia las manos con un trapo, camina por el patio (lleno de macetas con helechos) y pregunta: “¿Quién?”. Esta pregunta en apariencia sencilla reúne muchos misterios. Puede sintetizarse en dos caminos: es la vida o es la muerte. Porque en muchas ocasiones (las más, gracias a Dios) la vida es la que ronda la casa, pero, a veces (qué pena) es la muerte. Quien toca responde: “Soy yo”, y quien está adentro reconoce la voz, no hay necesidad de decir más. Quien toca dice: “Soy yo”, no tanto para que quien está adentro lo reconozca, sino para reconocerse ella misma. Decir soy yo, es como decir Sé quién soy.
María debe tocar. Debe tocar porque su mamá le dijo que fuera a casa de la tía Rosalinda y avisara que don Romualdo falleció en la madrugada. María no quisiera ser emisaria de esa noticia. Pero ya dijimos que, a veces, la muerte es quien toca.
María debe tocar, pero se resiste a hacerlo. Desde hace dos minutos, tal vez un poco más, está parada frente a la puerta, está como fuera de este mundo. Mira con atención la puerta. Porque (ya todo mundo la vio), esta puerta no es una puerta común. ¿Ya vieron cuántas hendiduras? ¿Ya vieron cuántas arrugas? Las puertas que hoy fabrican carecen de estos atributos. Esta es una puerta antigua, tiene chapetones fabricados por los herreros del rumbo de Las Siete Esquinas.
María está a punto de tocar el llamador para levantarlo y, con insistencia, tocar. Pero no lo hace, porque está sorprendida ante la belleza de la puerta. Sabe que si toca la mujer de adentro preguntará ¿quién?, y, después de un tiempo breve, abrirá la puerta. Ah, son tan bellas las puertas que están clausuradas, las que, por algún motivo, olvidaron su otra vocación, la de abrirse. Por lo regular, las puertas ancianas son las que olvidan abrirse; son las jóvenes las que, a toda hora, se abren y se cierran. Ah, cómo se parecen las puertas jóvenes a las muchachas bonitas de estos tiempos.
María debe tocar para avisar a la tía Rosalinda que don Romualdo murió esta madrugada, pero no toca, permanece con las manos adentro de las bolsas de su pantalón. Mira la belleza de la puerta, de esta puerta antigua. María se pregunta por qué la llave está prendida. ¿Acaso la dejaron para que ella le dé vuelta y abra? ¿Acaso quieren cambiarle de vocación, también, al llamador? Por lo regular, las llaves permanecían en un bolso y sólo se sacaban cuando las propietarias de la casa estaban frente a la puerta. ¿Por qué esta llave se quedó prendida para siempre?
María debe tocar porque debe cumplir el encargo de su mamá, pero parece que no está dispuesta a cumplir con la encomienda. Ya han pasado más de cuatro minutos y ella sigue allí, parada como estatua, sigue fascinada con la puerta. Sabe que quien fabricó esos rosetones los hizo para que ella los viera, para que los vieran todos los que pasan frente a la puerta.
Cuando la puerta se abre, la puerta pierde su principal vocación: la de impedir el paso. Porque si la vocación original fuera la de ceder el paso, las casas no tendrían puertas, bastaría con dejar un hueco para que la gente (y los animales) entraran y salieran con toda libertad. Pero esto no es así, ¡no! Las puertas tienen como vocación original la de impedir que alguien entre. Por esto, los de adentro preguntan: ¿Quién? Si el que toca es una persona no grata, la puerta sigue clausurada.
Por ello, María no toca, a pesar de que debe tocar. Sabe que está siendo respetuosa con la condición natural de esa puerta magnífica. Por ello, cuando la de adentro, la tía Rosalinda, pregunta: ¿Quién?, María responde: “Soy María. Dice mi mamá que te dijera que hoy en la mañana murió don Romualdo”. María cumple con el cometido y echa a correr. Ya cumplió con el encargo. Corre porque no quiere ver la puerta a la hora que se abra, para que la tía asome la cabeza y diga: “Pero, niña, ¿por qué no pasás? Eh, ¿por qué te vas? Ay, esta niña, se va a mojar bajo este tremendo aguacero”.

lunes, 2 de noviembre de 2015

A MITAD DE UNA CALLE




Tío Manuel se paró a mitad de la calle y me dijo: “¿Qué mirás?”. Yo iba a responder, pero él se adelantó: “Antes, desde acá se miraba la Ciénega”. Antes significa los años cincuenta del siglo pasado. “Ahora ya no se mira nada de eso. Ah, la Ciénega tenía miles de garzas, miles, no es broma. Yo iba de muchachito y me metía a la Ciénega, me arremangaba el pantalón y me dedicaba a buscar shashibes”. Yo iba a preguntar qué cosa eran los shashibes, pero él, de nuevo, me interrumpe: “Los shashibes eran culebras de agua, no hacían nada. Mi mamá siempre me regañaba y hacía que yo las echara de casa, pero yo las llevaba al sitio y ahí las dejaba. En ese tiempo, las casas tenían sitio, lleno de árboles y de tapescos con chayotes. ¿Qué tal ahora? Vivimos como en la Ciudad de México, en casas de interés social, en cuartos tan pequeños como el hoyo de mi culo”.
Regresé a la mañana siguiente, me paré en el mismo lugar y me pregunté: “¿Qué mirás?”. El tío Manuel no lo sabe con precisión, pero su pregunta es la pregunta esencial para la vida: ¿Qué miramos? Cada hombre y cada mujer miran diferente. Cada ser humano hace su propia lectura. Ahora ya no se ve la Ciénega, ahora ya no se ve el espejo de agua que albergaba “miles” de garzas según el decir del tío. Ahora vemos un espejo de tierra, apenas tachonado por el verde de los árboles, porque (diría el tío) ahora ya ni siquiera está tupido de árboles, ahora hay muchas manchas y muchos huecos porque los hombres de estos tiempos escarban las montañas para extraer la piedra y la arena para las construcciones.
El tío habla de un Comitán lejano. Habla de un tiempo en el que no existía luz eléctrica. Cuando el tío se paraba en el mismo sitio veía la Ciénega llena de shashibes, pero no miraba las lámparas que ahora vemos. Acá, en primer plano vemos una lámpara con un foco ahorrador. ¿Qué mirarán los hombres y mujeres en el año 2050 cuando se paren donde nosotros nos paramos?
Si algo podemos rescatar del tiempo del tío Manuel es la techumbre de la casa parroquial y los árboles que están sembrados en el parque.
¿Qué miro? Miro la escultura en metal, con la cúspide retorcida, como si fuese un camino sinuoso que debemos recorrer. Porque un día (o una tarde, vaya uno a saber) a Luis Aguilar (nuestro escultor) se le ocurrió hacer un simposio de escultura en metal y llegaron artistas de muchas partes del mundo, y cuentan los que vivieron esos tiempos (recientes) la ciudad se llenó de oficiantes que hicieron su obra en las calles y plazas de Comitán. Un día, los artistas se fueron y dejaron sus obras, un poco como si dejaran parte de ellos para que el corazón de nuestro pueblo rescatase algo de aquellos miles de garzas que, cuenta el tío Manuel, tuvo la Ciénega.
Si ahora me paro en ese punto, ya no veo el espejo de agua, ahora veo un espejo de tierra, pero, también, que fortuna, un espejo de metal que es como un camino que se levanta en el aire. Porque eso sí, coincidimos con el tío, lo que el tiempo no ha podido robar a este pueblo es su aire. El tío y yo nos paramos a mitad de la calle y él y yo henchimos nuestros pulmones con este aire bendito y en esas inhalaciones nos chupamos todo el cielo de Comitán.
El tío a veces bromea y dice que las culebras de agua subieron al pueblo y ahora andan por las calles y cuando pasa la fulana de tal dice que ella es una de las más chismosas. Yo sigo la broma y pregunto si siguen siendo inofensivas. El tío ríe y dice que las de la Ciénega eran como más calladas. Nada agrego. Inhalo, exhalo. Hay sustancias inalterables. El aire, por ejemplo.

domingo, 1 de noviembre de 2015

MISA DE PÁJAROS




Garrincha y su plebe lo hicieron por travesura. Una tarde amarraron a don Alfonso en el confesionario. Jugando jugando lo llevaron hasta el confesionario y, en bolita, lo amarraron, le pusieron una cinta en su boca y le dijeron: “¡Volvemos!”. El pobre viejo se retorcía como lombriz, mientras los cuatro muchachos corrían por la nave del templo que, a esa hora, estaba sin fieles. Hay una hora en que los templos se quedan solos y sólo se escucha el chisporroteo de las velas. Forzaron las armellas, quitaron el candado y, como si fuese soldados, subieron marchando por la escalera de ladrillos húmedos. “Uno, dos, uno, dos”, hasta llegar al campanario. Ahí, con una tenaza, cortaron la cadena que sostenía el badajo de la campana que, todas las tardes, don Alfonso usaba para dar los repiques llamando a misa. En lugar del badajo colocaron un revoltijo de lazos. Garrincha y su plebe lo hicieron por travesura. La idea nació una tarde en que platicaban y fumaban en una banca del parque, a la hora en que cientos de pájaros se arremolinaban en busca de cobijo para pasar la noche. Ah, qué bulla tan de fiesta, hacían los pájaros.
El tripas dijo que le gustaba el sonido de las campanas, dijo que había crecido con ese sonido, porque su casa estaba a una cuadra del templo. El chanfaina, que siempre ha sido el más molestoso de la plebe, puso su mano sobre el frente de su pantalón y dijo: “Acá está tu badajo, papacito” y todos gozaron la leperada. Fue cuando Garrincha preguntó qué sentían los sordos a la hora que tocaban las campanas. Nada, dijo El Tripas, qué van a sentir, si nada oyen. Y de nuevo, El chanfaina se tocó y dijo: “¿Querés sentir?”. Ya nadie festejó su gracejada, porque Garrincha preguntó cómo sería una campana para sordos. La pasita dijo que era una estupidez pensar en una campana para sordos, para qué serviría. Garrincha sacó una cajetilla de cigarros, tomó uno, lo prendió y echó el humo sobre la cara de La pasita, dijo que los sordos sienten las vibraciones. El chanfaina, ¡ah, qué obsesivo!, volvió a tocarse y dijo: “Acá está tu vibrador, papito”. Todos volvieron a ignorarlo, porque El tripas contaba que vio una película en donde un sordo ponía las manos sobre una bocina para sentir la música. Claro, dijo La pasita, el sonido está compuesto de ondas. ¡Qué onda!, dijo El chanfaina y le pidió un cigarro a Garrincha, quien no le hizo caso, porque estaba viendo la torre del templo y miraba a don Alfonso que, con una mano apoyada sobre la pared y con la otra en el lazo, iniciaba el primer toque para misa de siete. Fue cuando tuvo la idea. ¿Y por qué no hacemos una campana para sordos? Sí, dijo El tripas, hagamos una campana para Emiliano, que por una vez en su vida sienta cómo es el sonido de una campana. Y fue cuando Garrincha dijo que subirían a la torre, quitarían el badajo, harían uno con lazo y llevarían a Emiliano para que pusiera sus manos y sintiera el sonido de una campana para sordos. El tripas levantó los brazos y dijo que sería la primera campana para sordos del mundo. Garrincha tiró la colilla y dijo ¡manos a la obra! La tarde siguiente esperaron que don Alfonso prendiera los cirios y, en bolita, lo llevaron hasta el confesionario. Al principio, don Alfonso rio, pidió que no lo molestaran, pero todavía seguía el juego al que lo obligaban los muchachos; cuando éstos hicieron más pequeño el círculo y tomaron al viejo de los brazos, inmovilizándolo, el viejo comenzó a gritar (sin decir palabras altisonantes, pues no podía ofender al Altísimo), fue cuando La pasita (como lo habían planeado) sacó la cinta de la bolsa trasera de su pantalón y le cubrió la boca. Ya luego, El tripas y El chanfaina lo ataron, como si fuera un tamal de bola, lo llevaron hasta el confesionario y lo aventaron como si fuera un bulto de maíz en una troje. Garrincha, con señas, llamó a Emiliano y los cinco muchachos subieron al campanario. Emiliano nunca había estado ahí arriba, miró el cielo, las frondas de los árboles y los cientos de pájaros que hacían sus circunvoluciones en el aire limpio de esa tarde. Dejó que La pasita le pusiera las dos manos sobre un costado frío de la campana de bronce y esperó, esperó que Garrincha, con una cuerda llevara de un lado a otro el badajo de lazo. Este revoltijo de lazos comenzó a golpear las paredes internas de la campana y el golpeteo leve hizo que el cobre lanzara vibraciones sobre las palmas de Emiliano que sintió un escozor como si cientos de hormigas caminaran sobre sus manos. Emilio sintió cosquillas. El Tripas señaló a Emiliano y, sonriendo, dijo que éste estaba oyendo la música de la campana. El chanfaina dijo que era la primera vez en la historia que sucedía algo semejante y agregó que eso se debía a ellos, que eran unos chingones y abrazó a Emiliano, mientras éste seguía con las manos sobre la campana que seguía resonando por el movimiento del badajo de lazo. La pasita oyó un ruido como de viento y miró hacia el cielo y vio cientos de pájaros que se dirigían al templo, a la entrada. La pasita se hincó, puso las manos sobre el pretil y sacó su cabeza por el arco del campanario y vio que esos cientos de pájaros entraban al templo, en un hecho insólito, más insólito que el propio sonido de la campana de sordos. ¡Están entrando a la iglesia!, gritó La pasita y todos vieron los cientos de aves que volaban y entraban al templo. Garrincha dejó su oficio de campanero, Armando se hincó al lado de La pasita, El tripas dijo que no podía creerlo y el chanfaina dijo que eso también era la primera vez que ocurría en el mundo. La pasita dijo que era como si los pájaros hubieran sido convocados a misa.
Bajaron. Vieron cientos de pájaros. Todo estaba en silencio. Las aves se movían, pero apenas batían las alas. Estaban parados sobre las bancas de madera, sobre los respaldos, sobre los asientos; otros cientos estaban posados en los arremetidos de los ventanales; y cientos, casi miles, estaban en el piso de madera, como si buscaran comida sin buscarla, porque sus cabezas estaban dirigidas hacia el altar. Todas las aves veían hacia el altar. Cualquier creyente podría decir que miraban hacia donde estaba la paloma que, cuentan, simboliza al Espíritu Santo. Era impresionante ver que el único lugar que no había sido invadido por los pájaros era la mesa de mármol donde, cada noche, oficia misa el padre Óscar.
La pasita tomó del brazo a Garrincha y, en voz baja, dijo: Ya es hora de sacar a don Alfonso. El tripas y el chanfaina entraron al confesionario, desamarraron a don Alfonso. Cuando éste estuvo libre abrió la boca para proferir la primera maldición, pero se quedó mudo cuando vio cientos y cientos de pájaros adentro del templo.

sábado, 31 de octubre de 2015

EN NOMBRE DEL PADRE Y DEL ABUELO




Me gustan los altares dedicados a los muertos. En casa no ponemos altar, no porque no tengamos muertitos, sino porque a mi papá no le gusta. Él, enojado, dice que debemos dejarlos descansar. Margarita dice que los muertos no se cansan, como son almas ya no caminan, ¡flotan! Y los que flotan no se cansan. Ah, a mí me gustaría tener ese don, sin morirme. Sería bonito flotar a la hora que camino por la subida a Guadalupe.
Me gustan los altares. En la casa de Martita sí ponen un altar en la sala, en el esquinero. La mamá corta papel de china y adorna una mesa, ahí colocan, en el centro, la foto del abuelo. Hace un año Martita me invitó a comer calabaza en dulce, bien rica. Cuando vi la foto del abuelo le pregunté quién era. Martita me contó que su abuelo llegó a Comitán cuando las calles eran empedradas y no había luz, bueno, sí había luz, pero sólo la daban de seis de la tarde a seis de la mañana. ¿En serio? Sí, dijo la mamá. ¿Y cómo le hacían para el refrigerador? ¡No había! Yo quise seguir preguntando, pero Martita me dio un platito con calabaza, bien rica.
Me gustan los altares porque es como si los vivos platicáramos con los muertos. A veces, mi mamá saca la foto de mi abuela y también me cuenta de cómo era ella. Mi abuela nació en el Distrito Federal, conoció a mi abuelo una vez que éste fue a la Ciudad de México por motivos de trabajo. No recuerdo en qué trabajaba mi abuelo, pero era algo como un banco. Mi abuelo se enamoró de inmediato de mi abuela. En la foto que me enseña mi mamá la veo muy guapa, con sus ojos claros y sus trenzas que caen generosas sobre su pecho. ¡Ah, qué bonita era mi abuela! Mi mamá dice que yo heredé sus ojos, tal vez por esto también soy muy bonita.
Me gustan los altares porque son como caminos para unirnos. ¿Qué es la muerte? No lo sé. Cuando se murió Aldo, el gato que me regaló mi tía Eugenia, lo abracé y le pedí que no se fuera, pero él ya no me oía. La muerte, dice mi mamá, es pasar al otro lado, pero cuando le pregunto en dónde está el otro lado ella no sabe decirme, elude mi pregunta y siempre, qué risa, comenta otra cosa. A mí me da risa ver cómo ella duda. Le cuesta decir lo que el maestro Romeo dice: la muerte es la Nada.
Pero la Nada no debe ser tan la nada, porque cuando veo los altares sé que ahí están esos hombres y mujeres que nos miran fijamente desde sus fotografías, desde el otro lado. En la casa de Martita colocan la ofrenda en honor a su abuelo; en casa de Rosario lo hacen en memoria de sus papás, quienes murieron, juntos, cuando el coche en que viajaban salió volando por una cuneta. Rosario dice que si el auto hubiese sido un avión, sus papás habrían volado como patos y se hubieran posado vivos en las ramas de esos árboles donde los cuerpos de sus papás quedaron colgados, sangrantes.
No sólo hacen altares para los abuelos y los papás, también hacen altares que dedican a héroes, a maestros, a científicos, a artistas y ¡a escritores! A mí me gustan los altares y me gusta leer. Leo mucho. A veces leo libros de escritores vivos, pero a veces también leo libros de autores ya muertos. Esta posibilidad me encanta. Pienso que los libros son como altares dedicados a los escritores y desde ahí nos hablan. Nos cuentan historias como las que me cuenta mi mamá. Mi abuelo ya no puede hablarme, porque está enterrado en el panteón de Comitán. A veces vamos a verlo, le llevamos flores, pero él ya no se da cuenta. Quien me habla de él es mi mamá. Es una lástima que mi abuelo no fue escritor. Si hubiese escrito libros, como R. L. Stevenson, me hablaría desde esas páginas. Me gusta mucho leer. He leído todos los libros de J. K. Rowling, la autora de Harry Potter. J. K. está viva y sigue escribiendo, pero cuando se muera seguirá hablando y contando a través de sus libros, por esto pienso que los libros son como altares. Me gustan los altares. Es una pena que mi papá no crea en la venida de los muertos. Él dice que debemos dejarlos descansar, pero Margarita dice que los muertos flotan. Ah, sería tan bonito flotar, sin estar muerta. A veces pienso que cuando leo floto, porque viajo a muchos lugares y no me canso. Los libros son bonitos, por eso me gusta leer.

viernes, 30 de octubre de 2015

DE SAPOS Y DE IMÁGENES CON NIEVE




Y un día de éstos se dará el Apagón Analógico. Pero este apagón no nos dejará en oscuras. Al contrario, dicen los expertos, la imagen y el sonido de la televisión mexicana serán de excelencia. ¿Y los contenidos, apá? ¡Ah -dijera Nana Goya-, eso ya es otra historia!
Por fortuna, ahora, gracias a los avances la brecha tecnológica ya no existe. Los comitecos podemos tener acceso a casi los mismos contenidos televisivos de que gozan los habitantes de la Ciudad de México; pero hubo un tiempo en que Comitán anduvo en el apagón televisivo; un poco como decir que acá no había llegado el Big Bang visual y auditivo.
La televisión llegó a la Ciudad de México en 1950. ¿A Comitán? Uf, veinte años después. Y si los que dicen que veinte años es nada ya quisiera verlos vivir sin televisión.
Quienes viajaban al Distrito Federal contaban las maravillas que existían en las casas. Trataban de hacer una comparación con los radios: “Hacé de cuenta la radiola pero con muñequitos que tienen vida”, decía la tía Eulogia.
Los comitecos, en los años sesenta, prendían veladoras para que San Caralampio hiciera el milagro que de que la televisión llegara al pueblo y, una tarde llena de luz, el santo más querido de esta ciudad ¡hizo el prodigio! Las mueblerías ofrecieron los primeros aparatos y la gente acaudalada los adquirió. Eran televisores en blanco y negro y las imágenes, decía todo mundo: “Se veían con nieve”. ¿Con nieve? Sí, por tanta interferencia las imágenes parecían paisajes nevados en forma permanente, porque caía una serie de burbujas que impedían ver las imágenes con claridad. Era tanta la emoción que los comitecos no advertimos esa proeza: ¡Tener nieve en un lugar donde lo más que conocíamos era el granizo! Pero, la emoción de la novedad pronto cesó y los telespectadores se enojaron porque no era posible ver imágenes claras. Pero eso no era lo peor. Lo peor fue que la televisión que llegó no era la estrictamente comercial (que era lo que los comitecos soñábamos). El canal que llegó era parte de un proyecto de la Secretaría de Gobernación llamado TCM (Televisión Cultural Mexicana). La programación era una mezcla de los programas culturales que emitían las televisoras. La tía Eulogia se quejó porque no tenía la posibilidad de ver las telenovelas del canal 2, ni “Los comerciales tan bonitíos donde niños güeritos toman coca cola”. Los anuncios de TCM era propaganda gubernamental, un poco al estilo de los gobiernos socialistas. Mi mamá menciona, ahora con risas, y en aquellos tiempos con enojo, la película de un sapo gigantesco que exhibían cada semana. Como no había mucho qué hacer en Comitán, en muchas casas prendían la televisión por las noches y los espectadores debían soportar la película del sapo. La emoción inicial se convirtió en una gran frustración. Algunos periodistas dijeron que más que un canal de televisión parecía un canal de desagüe y la tía Eulogia, en plan de broma, cuando andaba enojada decía que tenía cara de teceeme. Ya luego todo se volvió chacoteo: el alumno decía que, en la escuela, había sacado un teceeme, que significaba reprobado. Don Emilio, con gran pesar, una tarde se paró a mitad del grupo de jugadores de dominó y dijo: “¡Vivíamos mejor cuando vivíamos sin televisión!”, y todos los amigos aplaudieron con la misma emoción como si el tío, en 1945, hubiese anunciado el término de la guerra.
Los defensores del proyecto gubernamental decían que debíamos dar gracias a Dios por tener ya la televisión y, de igual manera, agradecer porque la programación no contenía la basura que hoy, gracias a la divinidad, tragamos todos los días. ¡Ah, cuánta razón tenían esos defensores del sentido común! Pero, a la mayoría le desagradaba esa muestra socialista, donde las decisiones corresponden al gobierno. ¿No era posible elegir qué ver? ¿No era posible que la tía pudiera elegir entre ver una telenovela rosa, cursi y babosa o ver la eterna película del sapo? ¿No era posible que cada uno pudiera elegir comer comida sana o comida chatarra? El pueblo comiteco, entonces, rechazó la actitud dictatorial y, como si fuese una comisión de maestros, salió a la calle a pedir que, por favor, los canales de Televisa llegaran a este pueblo. Se lo pidieron a San Caralampio con gran fervor. Y ya se sabe que este santo cumple todos los deseos de los comitecos. Y ahora, ya estamos a punto de entrar a una nueva etapa. Un día de estos ocurrirá el apagón analógico y el mundo será digital.

miércoles, 28 de octubre de 2015

CADA QUIEN SUS FILIAS Y SUS FOBIAS





Hay mil modos de ser. En el mundo hay obsesiones para todos los gustos. Margarita cuenta que conoció una niña que amaba a las arañas. En la gaveta del buró tenía una tarántula. Todas las noches, a la hora que su mamá llegaba a leerle un cuento, la niña sacaba al animal y lo ponía sobre su pancita empijamada. Mientras la mamá contaba cómo el pirata obligaba a Peter Pan a subir al tablón que estaba en un costado del barco, la niña veía a la araña, por si ésta tenía alguna duda. Peter Pan era obligado a caminar por el tablón, conforme se acercaba al final el tablón se movía más y ya a punto de caer al mar y ser devorado por los tiburones, la tarántula movía una de sus ocho patas. La niña decía a la mamá que suspendiera la lectura y explicara el significado de la palabra tablón. Cuando Margarita me contaba esta historia y miraba mi cara de incredulidad, ella llevaba a la boca la cruz que hacía con sus dedos y juraba que era cierto, juraba que la araña, mientras comprendía el texto, estaba quieta. Sus ocho patas las ponía en posición de descanso y sólo los colmillos los movía como relamiéndose, como si el texto fuese un postre delicioso. Cuando saltaba una palabra extraña, Artejona (que así se llamaba la tarántula) movía una de sus patas, lo hacía como lo hacen los gatos cuando juegan. Margarita dice que la tarántula levantaba otra de sus patas cuando aún no tenía resuelta su duda, un poco como si fuese un animal amaestrado de circo o fuese una de esas atracciones de las ferias en donde el animador, en la entrada de la carpa, anunciara: “¡Pasen a ver a la única tarántula en el mundo que le gusta que le cuenten cuentos infantiles!”. Y Margarita cuenta que la niña no se dormía hasta que miraba que su mascota lo hacía. La tarántula, resueltas sus dudas, bajaba las patas hasta que su abdomen se untaba con el edredón y quedaba como aplastada. La niña, entonces, con un dedo sobre la boca, le indicaba a su mamá que era hora de terminar con la lectura. La mamá debía caminar en puntillas, no por su hija, sino para no despertar al animal.
Lo simpático de la historia es que cuando le pregunté a Margarita qué había sucedido con la aracnofilia de la niña, dijo que ella creció y tuvo a su amada araña hasta la noche en que conoció a Armando, quien luego se hizo su novio y posteriormente su esposo. Armando era lo contrario de la niña, tenía aracnofobia. Una noche, la joven tomó a su mascota, que había vivido más de veinte años con ella, la colocó en el asiento del copiloto de la camioneta, prendió el motor y se encaminó con rumbo a los Lagos de Montebello. La luna se reflejaba en el lago mayor. La joven bajó la tarántula, la abrazó, la cubrió con su suéter y bajó por las gradas hechas con troncos. Subió a una canoa, se impulsó con un remo y llegó hasta la mitad del lago, casi como si se pusiera en el centro de la luna reflejada. Sacó a su mascota, la llevó a sus labios, la besó y, con ambas manos, la colocó en el agua: “Nada, pichita, nada”, dijo y la soltó. Y Margarita cuenta (yo no le creo) que la tarántula movió sus patas y se dirigió hacia la otra orilla, como si supiera que ese era el territorio que le correspondía, ya que en una ocasión, la mamá de la niña les había contado el cuento del patito extraviado. La joven regresó remando con movimientos lentos.
¿Y eso fue todo? ¡No! Margarita dice que una noche ella invitó a su amado. Subieron a la camioneta, llegaron a Los Lagos y subieron a una balsa. Armando estaba feliz, la luna se desplegaba como un manto sobre el agua tranquila. Llegaron al centro de la laguna, la joven se recostó sobre el pecho de su amado y le pidió que oyera. El silencio era impresionante, apenas se escuchaba cómo el agua chocaba contra la barca, era un sonido como si mil grillos chapotearan felices. Oye, dijo la amada, y Armando oyó una voz tenue, como de silbato lejano, la voz contaba un cuento, el cuento de un patito extraviado.

lunes, 26 de octubre de 2015

SIN CLASIFICACIÓN




En la entrada de los templos había un letrero con la clasificación de las películas. Hablo de los años sesenta. Los papás comprobaban que las películas a exhibir en el Cine Comitán eran adecuadas para que sus hijos las vieran. Las películas debían tener clasificación A; es decir, para todo público. Las películas en clasificación B eran para ser vistas por jóvenes con criterio (que decir eso era un contrasentido porque la juventud se caracteriza precisamente por no tener criterios definidos). ¿Una película con clasificación C? ¡Por el amor de Dios, eso estaba reservado para adultos calenturientos!
Bueno, parece que la sociedad funciona a través de códigos clasificatorios. Cuando tenía trece años anduve tras una muchacha bonita, tal vez un año mayor que yo. Era bien linda, siempre usaba falditas a mitad del muslo y se hacía dos trenzas que le caían coquetas sobre sus pechos que ya presagiaban lo generosos que iban a ser tiempo después. Mi mamá me dijo que no era conveniente que yo anduviese tras ella, parece que la chica era clasificación C, ya tenía un buen kilometraje recorrido. ¡Dios mío!
Ramiro llegó una mañana de sábado, muy temprano, a casa, dijo que en el Cine Comitán exhibirían “Sangre enemiga”, con Meche Carreño. “Sale encueradita”, dijo Ramiro. ¡Ay, Señor!, sin duda estaba en clasificación C. Ni nos dejarían entrar al cine, ni mi papá me iba a dar permiso. No te preocupés, dijo Ramiro, sacó un papel de su bolsa y me lo mostró. Era una copia fidedigna del anuncio que el padre colocaba en la entrada, en lugar de “Sangre Enemiga”, decía “Sangre de Cristo”, y en lugar del nombre de Meche Carreño aparecía el nombre de Sara García, clasificación A. Y riendo como hiena inocente, dijo que Juan (su primo de veintitantos años) nos acompañaría, el compraría los boletos y él le daría un “camarón” al boletero para que se hiciera tacuatz. Mi papá fue a misa, comprobó que la clasificación de las películas era apta para que yo entrara y me dio los diez pesos que me daba de domingo. Ramiro había hecho la proeza, con cera cantul había pegado el papel encima del que había colocado el padre. De hecho, cuando entramos al cine, vi muchos niños que insistían en entrar al cine, aun cuando el boletero les explicaba que esa película era clasificación C y no A como ellos aseguraban.
Con las revistas fue la misma historia. En la Proveedora Cultural vendían revistas para niños y para adultos. Las revistas para adultos estaban colocadas en un estante superior, para que los niños no pudiéramos alcanzarlas. Pero el morbo siempre nos picaba y le dábamos dinero a Juan para que él comprara las revistas de adultos que luego leíamos, debajo de un árbol, en un terreno que tenía el papá de Ramiro, por donde ahora está la escuela ITAES. Para ese tiempo yo era ya un lector voraz y (¡qué pena!) la literatura también estaba sometida a ese catálogo segmentando de lecturas infantiles, juveniles y para adultos (incluso pornográficos). La historia fue la misma. Un día me topé con una edición de “Las mil y una noches”, sólo para adultos. ¿Cómo era posible? Mi papá dijo que era una lectura inconveniente, pero yo le encontré una gran conveniencia a las diez de la noche, ya en mi cama, con las sábanas como casa de campaña, alumbrada con una lámpara de mano.
Si debo hablar de clasificaciones, me gustaría decir que el mundo ideal sería un mundo sin clasificaciones, pero si el Sistema insiste en imponernos segmentos me gustaría vivir en un mundo A, un mundo en donde las guerras, el secuestro y las violaciones estuviesen ausentes; porque si de clasificación hablamos es más agresivo un noticiario televisivo plagado de violencia que una revista Playboy en donde aparecen las Meches Carreño de estos tiempos mostrando generosamente sus pechitos y sus otras cositas.
El cine mexicano de los años setenta nos regaló imágenes bellas de mujeres encueradas. En la pantalla disfrutamos a Meche Carreño y a la gran diosa Isela Vega. Ahora, los cinéfilos jóvenes de estos tiempos ven películas de huevos y películas violentas. A nosotros nos dijeron que el desnudo era algo C y lo aceptamos en medio de la multitud, pero en lo individual supimos que el cuerpo de una mujer no tiene clasificación, es uno de los más hermosos obsequios de Dios. Ya ahora sé que lo que debería estar clasificado con triple equis y que nadie debería ver es la miseria del mundo, la imagen donde un niño en los puros huesos se muere de desnutrición. Eso sí es muy poca madre y no el desnudo de una muchacha bonita.

domingo, 25 de octubre de 2015

DE LENGUA ME COMO UN PLATO




El dicho se aplica a los lenguaraces, a los que acostumbran hablar sin cumplir sus promesas. ¡De lengua me como un plato!
En la foto se aprecia un plato (pequeño, apenas más grande que una hostia, de esas que los sacerdotes acostumbran levantar con ambas manos al decir: “Este es el cuerpo de Cristo”) y un montón (casi un montoncito) de lenguas de chayote hervido. En algunas casas a la lengua del chayote le llaman corazón, pepita o semilla. A mí me gusta el término lengua, porque a los chayotes, -ah, qué verduras tan traviesas- les encanta sacar la lengua desde que están trepados en los tapescos. Uno pasa por debajo, alza la vista y encuentra a decenas de chayotes sacando la lengua. ¿Y por qué la gente muestra la lengua a otro? En señal de desprecio, burla o juego. Los niños muestran la lengua a la tía que es una caemal o al maestro que insiste en dejar más tarea de la recomendable. Cuentan que aún hay maestros que dejan planas con la oración: “No debo hablar con mis compañeros a la hora de clase”; cuentan que los maestros aún acostumbran enviar a la esquina al alumno atrasado. El acto de sacar la lengua es un acto reflejo. Las personas sacan la lengua cuando están agotados, por eso se dice que algunos corredores no profesionales llegan a la meta con la lengua de fuera. Cuando algún expedicionario se queda sin agua a mitad del desierto también saca la lengua.
El platito de esta foto es apenas un poco mayor al tamaño de la hostia que el sacerdote presenta en misa de doce, los domingos. Llama la atención que para tomar la hostia, los creyentes deben (es imposible hacerlo de otro modo) sacar la lengua para que el sacerdote la coloque y el fiel la degluta. Los creyentes no le sacan la lengua a Cristo, ¡no!, se la sacan al cura. ¿Por qué será? Tal vez por esto, algunos sacerdotes prefieren que quien comulga tome la hostia con sus manos y la introduzca él mismo en su boca.
A mi tía Eugenia le gusta llamar corazón a la lengua del chayote. Dice que está en el centro y que es lo que garantiza la continuidad de la vida. Aplica otro dicho mexicano, el de que “El pez por la boca muere”, que indica que hablar de más no es conveniente. Mi tía dice que, de joven, pensó en ser una monja de clausura, que son aquellas que hacen voto de silencio. Cuando la tía sugirió tal deseo, su papá usó de más la lengua. ¡Ah, le dijo hasta de que se iba a morir si insistía en tal despropósito! En cambio, la mamá aplicó lo que después la hija tendría como dogma, sólo dijo: “De lengua me como un plato” y dejó que Dios y el tiempo hicieran su labor. Cuando, dos meses después, mi tía Eugenia conoció a Ramón (ahora mi tío y padre de mis ocho primos), ella se olvidó de sus votos y habló hasta por los codos. Mi tía Eugenia jamás perdonó todos los exabruptos que su papá, como agua fría, le había soltado. Con ello, la mamá de tía Eugenia reafirmó que la lengua debía usarse con moderación.
Yo, igual que todo el mundo, de lengua me como un plato. Cuando mi mamá prepara chayotes hervidos para usarlos después en una receta de chayotes rellenos (que le quedan bien ricos), ella separa todas las lenguas del chayote y me las ofrece en ese platito especial. A estas lengüitas basta soltarles unas gotas de limón y un poco de polvojuan para que se conviertan en un manjar tan preciado como el palmito, en Brasil, o como el caviar, en Rusia.
Yo como lenguas. Mi tía Eugenia diría que me como los corazones. Pancho diría que me como las pepitas y sonreiría con doble intención.
Igual que la tía Eugenia procuro usar la lengua con moderación, porque sé bien que el pez por la boca muere, pero en mi pueblo es muy difícil quedar callado. Cuando vengo a ver ya estoy hablando de más.

sábado, 24 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, EN MODO AVIÓN




Querida Mariana: te paso copia de un letrero que aparece en el cristal de un auto. Los comitecos reconocemos esta sentencia. ¿Cuándo alguien comenzó a decirla? ¡Quién sabe! Es una sentencia simpática, pero que contiene su jiribilla. ¿Has analizado el mensaje? “Fiero tu modo, nada te gusta, todo te puede”. Tía Idolina decía que eran muchas palabras, que era un gastadero de saliva y de tiempo; por ello, lo sintetizaba diciendo “Ishhh”, y es que un carácter ishhh es un carácter horrible, al que nada le satisface y todo le causa molestia.
Hoy me sorprende que cuando enciendo la computadora encuentro el mensaje: “Modo de avión”. ¿Cómo es el modo avión? Cuando los comitecos decimos que alguien tiene un modo fiero decimos que tiene un comportamiento ingrato. Cuando decimos “¡Fiero tu modo!” nos referimos a fealdad más que a fiereza. No significa que el fulano o la sutana sean como tigres, sino más bien que tienen un carácter afeado. Pero, digo yo, ¿quién es el galán que tiene un modo ciento por ciento agradable? Cuando una pareja inicia una relación, los dos integrantes se ponen en “modo avión”; es decir, todo fluye bien bonito, como si el camino no estuviera empedrado, sino que estuviera lleno de algodones de azúcar. Conforme la relación avanza el modo comienza a modificarse; el modo avión desaparece e inicia el modo burro con alas, que, como es previsible, comienza a tataratear en las alturas. Lo que era un vuelo impecable, con una velocidad de crucero, se convierte en un malhadado rebuznar. ¡El modo ha cambiado! La pareja deja las caretas bonitas y comienzan a aparecer los verdaderos modos. ¿Cuál es ya este modo? Ah, pues resulta que ya es un modo ishhhh, un modo fiero. Y cuando aparece el modo fiero, los enamorados se dan cuenta que al otro todo le puede y nada le gusta. ¡Ah, qué jodido! Pero, bueno, así es la naturaleza humana.
Lo que también llama la atención es el uso que le damos al concepto poder. ¿Qué significa “todo te puede”? Significa que todo te molesta. Ah, qué uso tan simpático. Poder es un verbo maravilloso porque habla de potestad y de mando. Quien puede es uno de los seres más privilegiados. En todo el mundo, sólo el realmente poderoso ¡puede!, pero acá en Comitán resulta que al que todo le puede es un tipo con modo fiero. Nuestro “Todo te puede” parece entrar en la categoría lingüística de “Es cuanto”; es decir, se eliminan las palabras finales a la oración. Decir ¡todo te puede!, significa decir ¡todo te puede molestar!
El modo avión de las computadoras y de los celulares evita las interferencias y permite el ahorro de energía; por esto, digo que el modo avión es un modo de altura. Pero como no somos celulares ni computadoras sino personas, el modo avión nos es complicado y preferimos el modo cuch, que es el modo en el que, por lo regular, nos levantamos después de una noche de antro o de una desvelada porque al maestro se le ocurrió exigir la entrega de los proyectos. El modo cuch es un poco como si dijéramos un modo baboso, porque la baba siempre juega columpio en las comisuras de los labios o en la orilla izquierda del corazón. La tía Idolina también decía que el animal más feliz de la Tierra es el cuch. Idolina hija decía que eso no era cierto, ¿cómo iba a ser feliz un animal que todo el día andaba metido en un chiquero maloliente? La tía, mientras lavaba la trusa del esposo, preguntaba si acaso la carne del buey era más sabrosa que la del cuch. No, decía la hija. ¿Ya mirás?, decía la tía, mientras con una jícara echaba un poco de agua sobre la prenda percudida, y completaba: “El buey come pasto y el cuch pura caca”. ¡Ay, mamá!, protestaba Idolina hija, mientras hacía caras de asco. Y ya, encarrerada en las píldoras filosóficas populares, la tía decía que el hombre más feliz es el que come caca. Y entonces ponía ejemplos de la situación política y de cómo los mexicanos éramos felices estando como estamos. Iba más allá porque remitía a estadísticas mundiales en donde se demuestra que México está catalogado como el país número catorce en la relación de los países más felices del mundo. Y luego, la tía, ya con cara de cierto enojo y refregando con fuerza el jabón Zote sobre el calzoncillo, decía que ahí estaba el ejemplo de Manuelito (Manuelito es el sobrino que está casado con Mariquita). La tal Mariquita siempre está en Modo Tormenta, pero Manuelito soporta todo, incluso, de vez en vez dos o tres zapes.
Los seres humanos nos relacionamos a cada instante con otros. Esta relación nos exige el trato, y el trato posibilita conocer nuestros modos. Ya se dijo que una cosa es el modo que presenta el pretenso cuando está “quedando bien” con una muchacha bonita y otra es el modo que salta cuando ya consiguió lo que quería; lo mismo puede decirse de ellas (de ustedes); lo mismo de los políticos que andan en campaña; lo mismo de los que buscan empleo. ¡Ay, no lo sabré yo! Cuando alguien busca empleo está dispuesto a quedarse una hora después de la salida y de cumplir alguna encomienda en días sábado o, incluso, en domingo. Pero, una vez que ha conseguido el puesto entra en la dinámica del modo burro con alas y rebuzna por todo.
¿Cómo es tu modo? Creo que como cualquier persona del mundo ¡depende! Yo puedo decir que, conmigo, mostrás tu mejor modo, pero el otro día (cuando sucedió lo del entripado con aquella muchacha) conocí tu modo fiero. ¡Ah, la de cosas que le dijiste a tu novio! Conmigo (y esto lo agradezco) siempre andás en modo avión, hay pocas interferencias y un gran ahorro de energía. Pero, lo cierto es que también tenés tu modo burro con alas y tu modo cuch.
¿Yo? Pues ya me conocés, soy burro y cuch, aunque trato de ser un hombre apacible y no joder al prójimo, pero mi modo es fiero. Sí, el dicho comiteco de “Fiero tu modo, nada te gusta, todo te puede”, se puede aplicar perfectamente a mi persona. Por esto, para no ofender al prójimo (porque éste qué culpa tiene) soy escaso, soy casero. Sólo mi Paty y mi mamá soportan mis modos fieros. Pero ellas ya me conocen, así que la llevamos más o menos bien. Yo escribo, yo pinto, yo leo; mientras ellas tejen y ven televisión. Procuramos no tener interferencias y ahorrar la energía que se tira en pleitos caseros sin importancia. Soy escaso. No voy a cafés ni me gusta estar en tertulias o fiestas donde hay más de dos personas. Aplico (hasta donde es posible) la recomendación de José Vasconcelos. Este eminente intelectual mexicano estaba convencido que el talento se desperdiciaba en tertulias, cuenta que en muchas ocasiones escuchó que sus amigos hablaban de la gran obra que iban a escribir, pero que no la escribían porque no tenían tiempo para hacerla. ¿Cómo iban a tener tiempo para escribir si la pasaban en bares, en cafés y en prostíbulos? Una obra se hace ¡haciéndola! Soy feliz cuando leo, cuando escribo, cuando pinto. Y estos oficios son oficios solitarios (sólo pueden ser compartidos con afectos muy cercanos y con intereses casi similares). Yo, gracias a Dios, me llevo muy bien conmigo, me siento bien en mi compañía. Esto me ha llevado a tener un modo fiero. Se sabe que la costumbre hace la regla y, como ya me acostumbré a no estar donde están las multitudes, cuando debo estar en un lugar con más personas ¡me engento!
¿Todo me puede? ¡Sí! Como me acostumbré a estar solo, también estoy acostumbrado a oficios solitarios. Cuando debo hacer un trabajo, cumplo con lo que a mí me toca, trato de hacerlo de la mejor manera, lo hago con alegría y con responsabilidad. Una tarde, Sandra de Los Santos me invitó a colaborar con una Arenilla semanal en Chiapas Paralelo, uno de los portales más leídos de Chiapas. Agradecí el honor y acepté. Desde entonces, cada miércoles envío mi colaboración. Esta semana cumplí la colaboración número cien. Busqué un tema especial para invitación tan honrosa. Las Arenillas que publico en Chiapas Paralelo son definiciones de palabras, definiciones que tratan de buscar algunos caminos alternos y juguetones a los caminos siempre solemnes del diccionario. El otro día hice la cuenta y me di ídem de que escribo seis columnas periodísticas cada semana. Publico Arenillas los lunes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo (los lunes y viernes en las redes sociales; los miércoles en el portal Hoy en Comitán; el jueves en Chiapas Paralelo; el sábado en el Diario de Comitán; y el domingo, en la DIEZ, revista digital que coordino desde hace más de seis años). Además escribo cuentos y mis novelillas breves cada año. Y también están los encargos de mi trabajo, y los libros que leo y los cuadros y cajitas que pinto. Estoy entretenido. Casi no voy a cafés, no realizo viajes. Soy feliz cuando hago lo que hago.

Posdata: Como no tengo tiempo para desperdiciarlo en actividades ajenas a mis actividades cotidianas, los demás dicen que soy un alzado, un creído, un poco amigo; en síntesis, que mi modo es fiero. Lo admito.

viernes, 23 de octubre de 2015

LA DE LA SEGUNDA




Mariana y yo caminábamos por la calle 2ª. Ella comía papas fritas, no de las industrializadas sino de las que preparan en enormes cazos. Recién había abierto la bolsa de plástico transparente y le había echado salsa (ésta sí industrializada). Comía una tras otra, movía las manos como si las secara y sacaba la lengua en señal de que el picante estaba bravo. Yo caminaba detrás de ella, porque la banqueta exigía que, como en desfile, fuésemos en fila india. De pronto ella se paró en seco y yo choqué contra ella. “¡Así me siento cuando el mundo no me entiende!”, dijo. Se había detenido frente a esa piedra ahogada en la banqueta. Entonces bromeamos, dijimos que cuando ella tuviese ese sentimiento diría: "Estoy como la de la segunda” y sabríamos a qué se refería.
La de la segunda es como un iceberg. ¿Quién sabe el tamaño de la parte que está ahogada? Se intuye que la parte mínima es la que quedó visible, la que (si es posible decirlo) recibe el agua, el sol y el aire. Imaginé el sentimiento de Mariana y pude verlo tal cual: ahogado, enterrado.
La historia de esta banqueta es muy sencilla. Cuando hicieron el trazo se toparon con la piedra. ¿Iban a destinar un día para que un albañil la eliminara? ¿Iban a usar un cartucho de dinamita para hacerla polvo? ¡No! Tampoco era solución darle la vuelta. La solución fue la que se ve: ahogar la piedra y dejar que asomara su punta. Tal solución logró una alianza poco común entre el cemento y la piedra; de tal suerte que el maestro albañil decidió marcar los tramos con líneas hechas con piedra de río, un poco como si el juego fuera imaginar que la piedra grande es una mamá tortuga de Parlama y la fila de piedritas las hijas que esperan la orden para bajar a la calle y buscar el camino para llegar al mar. Entonces, Mariana dijo que la gente era inconsciente porque, sin dudar, muchas personas caminaban por ahí y pisaban por encima del caparazón de la mamá. Yo dije que no, dije que nadie sería tan tonto para pisar la piedra resbaladiza, pero acaba de decirlo cuando un niño pasó frente a nosotros y, en lugar de brincar o de rodear la piedra tortuga, hizo justo lo que Mariana advertía: pisó sobre el caparazón y, no satisfecho con su maldad, remató poniendo su pie izquierdo sobre la línea de tortuguitas. Pero ¿es que a ese niño tonto nunca le enseñaron que no es bueno pisar línea? ¿Nunca jugó el juego de Rayuela, en donde hay que poner la huella adentro del cuadro?
Mariana dijo que se sentía como la de la segunda y yo entendí. Sí, a veces es difícil entender a los humanos. No tienen conciencia del entorno ni del cuidado del medio ambiente. A veces, los humanos hacen trazos para hacer carreteras y, en lugar de dar la vuelta, tumban todos los árboles que interfieren en su trazo recto. Cuando menos, el albañil que hizo la banqueta de la segunda respetó la casa de esta tortuga, pero, qué pena, la ahogó para siempre. Uno entiende que una de las grandes ventajas de las tortugas es su inmovilidad, su capacidad de ensimismamiento, su don infinito para meditar, pero acá sí se pasaron. Esta tortuga se quedó semienterrada para siempre. ¿Qué dirían los japoneses? Los japoneses creen que las tortugas son los animales más sagrados de la tierra.
Esa mañana, Mariana se sentó un rato en una banqueta paralela que está por encima de la de la tortuga. Siguió comiendo las papitas, pero lo hizo en un ritmo más lento, como si la influencia de la piedra tortuga hiciera eco en su espíritu.
Comencé a sentir una opresión en el pecho, sin saber bien a bien porqué. Cuando el mundo no nos entiende nos sentimos como la de la segunda, así, apenas con la cabeza por encima, apenas con el espacio suficiente para respirar. La inmovilidad nos agobia y nos aplasta. Diez minutos después, Mariana sonrió y dijo que no todo era tan malo. Estar como la de la segunda le había permitido reflexionar y darse cuenta que, después de todo, no era tan mala la inmovilidad. Dijo que, al final, existía el recurso de aplicar el zapapico.