viernes, 23 de octubre de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO SOY EL TRAPEADOR DE COMITÁN
Querida Mariana: ayer fue un día espléndido, maravilloso. Mi amiga Dora Patricia Espinosa presentó su libro en la Feria Internacional del Libro de la UNACH 2026. Ya la conocés. Hizo una exposición genial. Al final de su charla, varias personas de la audiencia la felicitaron y le hicieron preguntas acerca del contenido del tema de su libro, que está relacionado con la figura de Rosario Castellanos para hacerla una marca de Comitán. Nuestro pueblo tiene todo para honrar, en serio, a nuestra pichita amada, pero no lo hacemos. Mientras en otros pueblos del mundo aprovechan a sus hijos predilectos: William Shakespeare, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y de más compas y comas, Comitán desperdicia la oportunidad de aprovechar a nuestra máxima escritora. ¿Por qué somos así? Andá a saber. Me sentí contento por la recepción del libro de mi querida amiga y porque fue comprendida la grandeza de su trabajo que, si alguna autoridad o la sociedad en su conjunto, le hacen caso Comitán tendrá un gran desarrollo comercial, industrial e intelectual.
Ahora viene el quejitas. ¿Por qué a mí me agarran como su trapeador? ¿Por qué me dejo? Sucede que en la mañana, mi amigo el arquitecto José Alberto Gómez Conde me invitó para hacer comentarios al libro que presentó, también un libro excelente. Acepté su invitación, le dije que era un honor. La presentación fue de once quince de la mañana a doce y diez del día. ¡Chin! Resulta que un maestro de la Universidad Nacional Rosario Castellanos me invitó para que a las doce diera una charla a un grupo de estudiantes de turismo, algo acerca de los productos culturales como incentivo para la actividad turística. Acepté. Esto me obligó a decirle a mi amigo José Alberto que me permitiera salir cinco minutos antes de las doce para correr hacia el Museo Rosario Castellanos donde se efectuaría la plática. José Alberto, amable, dijo que no había problema. Así, cinco minutos antes de las doce, anunció que este tiempo era como “mi mundialito”, porque estaba enredado en muchos actos culturales, así que iba a retirarme antes. Salí casi corriendo y llegué, acezando, al museo. ¡Nada! Ahí no tenían noticia alguna. Revisé mi celular y hallé un mensaje de la persona que me invitó, que iban retrasados, la cita sería media hora más tarde. Volví al Centro Cultural Rosario Castellanos y todavía alcancé algo de la interesante sesión de preguntas y comentarios. Como Dora Patricia Espinosa fungió como moderadora en ese momento terminó su chamba, ya me acompañó al museo: doce treinta y cinco, doce cuarenta, doce cuarenta y cinco. ¡No! ¡Ya no! Me agarran como su trapeador, le dije a mi amiga de la recepción del museo que si llegaban los estudiantes dijera, por favor, que ya me había retirado. Era el colmo. ¿De verdad? No el colmo llegaría más tarde. Fuimos a comer mi Paty, Dora Patricia y yo al Restaurante Doña Chelo. Todo sabroso, a la hora que salí encontré en el parabrisas del tsurito un papel, ¡ah, multa! Me quitaron la placa. Luego contaré este desaguisado. Sabemos que los de vialidad sólo se dedican a quitar placas, porque deben entregar una cuota diaria para engordar las arcas públicas. Ya luego te platicaré del tema. No me enojé, acababa de comer rico, ese detalle no iba a echar a perder mi día. ¿Más?
Pasamos a casa, mi Paty se quedó ahí, tomé seis librincillos de los que al rato presentaría en la feria. Pasamos a la oficina, Dora Patricia Espinosa tomó su computadora, hizo un repaso mental: ahí iba el video de mi presentación (dura como veinte minutos) y las diapositivas para su presentación. Llegamos a la UNACH media hora antes del inicio de mi participación. ¿Con quién se ve lo del video? Con anticipación dijimos a los mandamases de la universidad que necesitaría pantalla. Dejé que Dora Patricia viera lo del video. Media hora después me dijo que no podía proyectarse. Estaba una autoridad y dije que correspondía a ellos solucionar el problema. Los minutos pasaron, vi que nadie hacía algo para subsanar el problema. La sala ya estaba llena de chicos y chicas, ellos, estudiantes de Contabilidad, aprovechaban el tiempo para hacer tareas en unas hojas verdes que aún utilizan. Subí al escenario (es un decir, me senté en la gradita), tomé el micrófono y dije que las personas encargadas de proyectar el video eran ineptas, no había una persona que pudiera subsanar el detalle, así que manifestaba mi molestia (otra vez fui tratado como trapeador). Un viejo de sesenta y nueve años no tenía un poco de empatía. ¡Tontos! Así que dije, no podía hacer la presentación, porque el video era la introducción, lo había hecho especial para esa tarde, quería mostrar algo bonito, algo decente. Salí de la sala muy molesto. Alguien de la universidad me alcanzó en el patio y dijo que yo debía llegar mucho antes, mucho antes. Pensé que ella pensaba que yo era Lila Downs y debía hacer prueba de sonido muchas horas antes. Se trataba sólo de proyectar un video.
Posdata: dos amigos míos estaban en la sala, el médico veterinario José Ramón Domínguez y el arquitecto José Alberto, ellos viendo que yo era tratado como trapeador se afligieron, se acercaron a la computadora y diez minutos después solucionaron el desperfecto. ¡Geniales! ¿Alguien de la UNACH? ¡Nadie! Bueno, sí, ellos, porque ambos son destacadísimos hijos de la UNACH, así como yo. Cuando hay voluntad se solucionan los problemitas. Cuando no, el mundo se hace tacuatz.
Posdata: al final, hice una rápida presentación, cumplí. Se proyectó el video y dos personas se acercaron a decirme que había estado muy bien el video. Dos, fue ganancia. Yo lo hice con mucho cariño, para que la presentación no fuera tan sosa.
Tenía razón Polo Borrás, que con su pan se lo coman. Ya hice la promesa de no volver a aceptar invitaciones ni de irme a meter donde soy mal recibido.
Pero, fue un día prodigioso, mi amiga Dora Patricia presentó su libro y fue un acto sensacional.
¡Tzatz Comitán!
