miércoles, 12 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON ONDAS, BUENAS Y MALAS

Querida Mariana: Cuál es la onda, es el título de un cuento de José Agustín, pero bien pudo ser una pregunta de los chavos setenteros en Comitán. Y esto es así, porque la onda era lo actual, todo mundo juvenil andaba en la onda, aun cuando no supiéramos bien a bien qué era la onda. Bueno, sí, la onda era estar lejos de la momiza, cerca de la chaviza, porque los jóvenes pertenecíamos a la categoría de los chavos y de las chavas. Esa chava está linda, decíamos, y tal vez, no lo sé, las chicas decían que un chavo estaba lindo. ¡No! En realidad, la palabra lindo y linda no se aplicaba a la chaviza, eso sonaba como un término de la momiza, la momiza era la gente adulta, la gente mayor, los que olían a naftalina, los que se molestaban por lo que hacíamos nosotros, quienes decían que el mundo estaba mal, porque los jóvenes estábamos perdidos. Ellos, la momiza, no estaban en la onda, no agarraban la onda, la onda era la novedad, lo que imperaba, la onda era el pantalón acampanado, la camisa sicodélica, el cabello largo para los hombres y, por supuesto, las palabras que no olían rancio, los términos que sintetizaban la esencia de esos tiempos, tiempos de amor y paz, tiempos de hacer la v de la victoria con los dedos índice y medio; eran tiempos que habían crecido al amparo de la revolución cultural de los años sesenta, de los años donde el mundo conoció la píldora anticonceptiva y que fue como un pasaporte para el desenfreno sexual, el pasaporte para las comunas hippies. En Comitán, aunque te sorprendás, los chavos llegábamos al parque central, el íntimo, el que luego, al inicio de la nueva década, la del ochenta, se amplió para quedar como ahora está, y preguntábamos a los que estaban sentados en las bancas de granito con lienzos de madera a manera de respaldo: ¿qué onda? Y sabíamos que no era una pregunta que mereciera respuesta o que esperara respuesta, ¡no!, era a manera de saludo, era como decir: ¡qué onda!, ¡qué hay! ¿en qué la rolan?, porque el rol era parte de la onda y la onda era parte del rock, porque la chaviza de los años setenta, también veníamos de Los Beatles, el Cuarteto de Liverpool, esos genios musicales que habían revolucionado la música, que habían casi casi enterrado los valses de la momiza. Los Beatles habían inaugurado una nueva forma de moverse, de disfrutar el mundo, ya no era necesario tomarse de las manos y del talle para bailar, el baile, como si fuera una celebración de la vida se practicaba en comunidad, pero bailando solos, sin necesidad de tocar a la pareja, porque todo era un estar con todos, sin ataduras, por eso, en las comunas hippies se practicaba el sexo con la prédica de los Tres Mosqueteros: uno para todos y todos para uno. ¿Agarrás el patín? José Agustín dice que un sinónimo de la onda es el patín y era patín del diablo cuando algunos chavos le quemaban las patas al mismísimo demonio, porque en los años setenta hubo (los conocí) chavos que se daban pasones de la mary, que compraban con el conserje de una cancha de básquetbol (¡Dios mío!) A la salida del cine Montebello, después de haberse reventado dos películas gringas, de cuatro a siete de la noche, la música de un pequeño café nos esperaba, ahí, más o menos al lado de la casa del doctor Rodríguez, el odontólogo (dentista, le decíamos en aquellos tiempos), estaba un cafetín donde tocaba un grupo de chavos setenteros, tocaba la música de la chaviza, con guitarras eléctricas y batería. Este grupo luego se pasó a la Casa Yaninni (que ya conté era un edificio de mi papá, por lo que yo digo que era la Casa Molinari) y todo mundo conoció el Intermezzo y todo mundo (de la chaviza) llegó a tomarse un café o un refresco para escuchar al grupo que interpretaba música juvenil. La leyenda cuenta que la chica del grupo era muy linda (¡no!, linda no era un término que usáramos en esos años, tal vez podíamos decir que la chica era buena onda, era la onda, estaba como lo había recetado el doctor). Y todo era la onda. Así como había la buena onda, también había la mala onda, y la mala onda casi siempre aparecía en casa, con los hermanos, con las hermanas, que se ponían sus moños, y con los papás y las mamás, quienes no agarraban la onda; y, por supuesto, en las escuelas y en los colegios, donde la buena onda estaba en el grupo de amigos y amigas y la mala onda estaba en la actitud de los maestros que seguían sin agarrar la onda y continuaban dejando tareas, impidiendo que uno hablara en clase, molestándose porque nos íbamos de pinta, al billar, al parque, al café o a la cantina. ¿La momiza no se daba cuenta que la vida nos exigía salir a la calle? Posdata: Cuál es la onda es el título de un cuento de José Agustín, pero también pudo ser la pregunta saludo que hacíamos los chavos de los años setenta en el parque central de Comitán. ¡Qué onda! ¡Qué pex! ¡Qué pasotes! ¿En qué la jalan? Porque el jale también era palabra de aquellos tiempos, todo mundo buena onda le entraba al jale. ¡Tzatz Comitán!

martes, 11 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON EL VIEJITO DE LA NOCHEBUENA

Querida Mariana: lo vi y escuché en la televisión y pensé que debía compartirlo con vos. El domingo miraba el programa “Aprendiendo a envejecer” (ya que no aprendí a ser un joven, le entro a lecciones de tercera edad, para que mi vejez sea plena, digna, digo). Llegó un joven escritor, Adrián Chávez, a presentar su novela más reciente: “Querido Quetzalcóatl”. Hasta ese momento todo parecía normal, pero cuando contó el suceso histórico que inspiró su creación ¡me fui para atrás!, como tal vez te pase a vos. Te cuento, Adrián contó que un día se topó con un hecho histórico: el presidente de México Pascual Ortiz Rubio “decretó” que en nuestro país el encargado de traer los regalos a niños y niñas en navidad sería, nada más y nada menos: Quetzalcóatl. ¿Podés creerlo? Adrián dijo que la propuesta fracasó estrepitosamente. Uf. El pueblo no hizo caso de la bobera del presidente. En caso de que la iniciativa hubiese “entrado”, la niñez mexicana habría comenzado sus cartitas, con el título de la novela: querido Quetzalcóatl. El autor agregó lo que sabemos: la figura del Santa Clos actual es un invento de la Coca Cola, en los años treinta la imagen del viejo panzón, sonriente, vestido con colores rojos, comenzó a popularizarse. Si lo pensamos tantito vemos que nuestra identidad quedó en entredicho, preferimos una imagen capitalista norteamericana que nuestra imagen nacionalista. Pero también, el Ortiz Rubio se la jaló. Qué pena que ninguno de sus asesores le recomendó adoptar la figura del personaje que en Comitán imperaba. Acá ni Quetzalcóatl ni el pinche gordo, acá era El Viejito de La Nochebuena quien traía los regalos, era una imagen afable, afectuosa y era tan genial que cada niño y cada niña lo imaginaba a su real gusto. Pero vos sabés que en nuestro pueblo somos muy dados a vanagloriar lo de fuera, un día los niños y niñas prefirieron los “dulces extranjeros” y metieron los dulces regionales al bolso del olvido; de igual manera, le abrieron las puertas de las casas al tal Santa Clos y dejaron afuera al Viejito de La Noche Buena, sintiendo frío, con la bolsa llena de juguetes modestos. Como siempre, cambiamos lo más por lo menos. El Internet dice que Ortiz Rubio fue presidente del año treinta al año treinta y dos, del siglo pasado. Con este “decreto” se la jaló. Bueno, nuestro ex presidente tenía un apodo que, tal vez, da idea de su personalidad, le decían “El nopalito”, por ¡baboso! ¡Señor de todos los huertos! Qué cosas, ¿no? Algunos lectores y lectoras comentan que la novelita de Adrián está simpática. ¡Cómo no! Ya podemos imaginar a Quetzalcóatl, en el Olimpo mexicano, recibiendo miles de cartas donde le piden muñecas, juegos de té, pelotas y bicicletas. Posdata: el autor halló un suceso histórico extravagante y dijo ¡de acá soy y escribió una ficción! La realidad política mexicana da para muchas novelas y cuentos. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 10 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO INFINITA

Querida Mariana: “pero te peinas”. Frase que usaron en un comercial del IFE (actual INE), frase que se hizo muy famosa. En el ingenioso anuncio un compa le avisaba a otro que iría a tomarse la foto de la credencial y el segundo le decía: pero te peinas. Durante mucho tiempo se volvió frase común, de cotorreo. Cuando alguien decía que se iría a tomar una foto (aunque no fuera la de la credencial) alguien decía: ¡pero te peinas! Recordé la frase la mañana de ayer. Fui a Plaza Las Flores y en la entrada de Walmart vi a un grupo de chicos de prepa en una caseta que, por treinta pesos, toma fotos instantáneas. ¿Mirás el prodigio? En tiempos de fotografías, de las famosas selfies, aún hay gente que se toma fotos para imprimir. Los vi entrar, eran cinco, tres chicas y dos chicos, los vi correr la cortina negra, no lo vi, pero intuí que se encaramaron unos con otros sobre la pequeña banca para que salieran sus rostros; escuché sus risas (ya se sabe cómo se goza la vida en convivencia, cuando la juventud es un pájaro al hombro). Cuando salieron de esa breve jaula les pedí (viejo metiche) que me permitieran ver la foto. Amables lo hicieron. Vi ocho pequeños recuadros donde aparecían ellos haciendo diversos gestos. Papelito que daba constancia del instante gozoso, pensé en la cita común: “papelito ¡habla!” ¿Y quién se quedará con la fotografía?, pregunté. Uno de los chicos dijo que la recortarían y se repartirían los pedacitos, fotos minúsculas. En algunos pedacitos una o dos caras salieron movidas. Desde afuera los escuché divertirse, una avalancha de risas brotaba del cuartito. Cuando la cámara dejó de funcionar, los vi correr la cortina y regresar a lo cotidiano, donde la gente entraba a Walmart para surtir su despensa. Ese cuartito les permitió una pausa divertida. Esperaron que la máquina vomitara la fotografía impresa y todos se acercaron para verla (yo incluido, viejo metiche). Lo hice porque deseaba atrapar ese instante que el prodigio de la vida me permitió vivir (compartir con ellos). Pudieron tomarse la selfie en cualquier lugar de La Plaza, tomarse mil fotos (exagero, pero sí existe la posibilidad, hacer mil caras, sacar la lengua, ponerse serios, hacer bizco), pero decidieron gastar sus treinta pesos y meterse a la cabina para tener otra experiencia, algo que parece venir del pasado en tiempo presente. La fotografía siempre ha estado presente en la historia del ser humano, digo, desde el descubrimiento de la fotografía. Mi mamá tiene dos o tres fotos que le fueron tomadas en San Juan de Letrán, en la Ciudad de México, los fotógrafos ambulantes (sin permiso) tomaban fotos a los peatones y luego ofrecían un papelito con la dirección donde podían pasar a comprarlas. En el pueblo hubo un fotógrafo callejero, en la calle que da a la parte posterior de la Biblioteca Rosario Castellanos y del Auditorio Roberto Bonifaz, casi frente al local de “Chacharilandia”, cuando había urgencia de unas fotos para una credencial de un equipo deportivo, uno se paraba frente a su cámara de cajón y minutos después las entregaba, todas húmedas. Hoy, medio mundo tiene celulares con los que toman fotos (miento, debí decir ¡todo mundo!) Todos se toman las selfies. Vos mirás que yo tengo mi sección sagrada, la de las fotos de privilegio, donde amigos y amigas me permiten tomarme una foto para compartirla en mi muro. Estuve a punto de decirles a los chicos de la fotografía instantánea que me permitieran tomarme una foto con ellos, pero sosegué. Posdata: pienso que este tiempo permite que exista un registro fotográfico como jamás se dio en épocas pasadas de la historia de la humanidad. Dentro de muchos años, todo mundo podrá saber cómo era nuestro Comitán actual y podrá advertir los mínimos cambios que se fueron dando. ¿Cómo fue el Comitán de los años cincuenta? Poseemos pocas evidencias. Por fortuna, Armando Alfonzo Alfonzo nos regaló sus libros “Sólo para comitecos” y “Comitán 1940”, que, a través de su narrativa y de sus espléndidos dibujos, nos ayudan a conocer algunos aspectos. Asimismo, tenemos el libro “Así te recuerdo, Comitán”, de la querida Lolita Albores; y la presencia de escritores como nuestra amada Rosario Castellanos y de B. Traven y de Basauri. Las fotografías que pueden ayudarnos a armar, más o menos, el rompecabezas, aún siguen en los baúles, ahí están humedeciéndose, echándose a perder. ¡Qué pena! Bastaría que sus propietarios les tomaran una foto con el celular y las compartieran en redes sociales. Todos los días se toman millones de fotografías en el mundo, se comparten en el Facebook (libro de caras). No siempre nos peinamos, a veces salimos con nuestras hormas desaliñadas. Total, se trata de compartir vida con los demás. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 9 de febrero de 2025

CUANDO SE DIO EL MILAGRO DE LA CHICA SOBRE EL AGUA

¿Cómo se llamaba el pueblo de la costa? No recuerdo, perdón. Armando, con un short, me invitó a subir a un barco, que tenía un toldo, el sol se regocijaba en los cuerpos de quienes por ahí andábamos, nos hacía sudar, nos achicharraba (vi a dos niñas que tenían las espaldas rojísimas, como si hubiesen sido pedazos de carne puestos sobre una parrilla con fuego). En ese tiempo nadie usaba bloqueadores, las personas que viajaban en plan de vacaciones se tumbaban en las playas y se bronceaban. Tampoco sé cómo se llama ese brazo donde entraba el mar, los hombres y mujeres de las costas sí saben el nombre de esas curiosidades geográficas. La gran extensión marítima parecía jugar escondidas y se metía en un callejón largo, pero no muy ancho, bueno, ¡sí! Armando y yo estábamos en una orilla, desde esa orilla yo podía ver la orilla contraria, a muchos metros de distancia. Desde la orilla donde yo estaba podía ver las residencias levantadas en la otra orilla. En la orilla nuestra todo era una retahíla de construcciones modestas, con pilares de madera y techos de palma; en cambio, en la orilla distante las construcciones eran residencias fastuosas, se veía una serie de arcos en la planta baja y techos de tejas rojas, con la sombra de palmeras esbeltas, altísimas. Armando me dijo que en la otra orilla vivía la gente de dinero, me contó que ahí tenían casas de campo algunos artistas de Hollywood y también un príncipe europeo tenía una quinta. Vi estacionados (¿así se dice?) varios yates. Armando me invitaba a subir a un barco modesto, el toldo que tenía había sido improvisado con una serie de postes de madera y una lona agujereada. Yo veía, era lo único que hacía. Veía todo lo que era novedoso para mí. Siendo habitante de un lugar donde no hay ni ríos, es comprensible que ese brazo de mar me sedujera. Pero el grado máximo de seducción apareció cuando asomó una lancha justo a mitad del brazo de mar, la vi majestuosa de lejos y conforme se acercó mi asombro creció, pero jamás imaginé que al final, cuando ya había pasado frente a mí, apareciera una mujer que practicaba esquí acuático (luego supe que así se llamaba lo que hacía), ella llevaba lentes para protección del sol, cabellera húmeda, las piernas abiertas, colocadas sobre una tabla que era como el lomo de un pez deslizándose sobre el borbollón de agua que salía de la parte trasera de la lancha, ella tenía agarrado algo como un manubrio con una mano, la otra mano la tenía extendida en el aire, como un pañuelo divertido, el manubrio estaba enganchado, mediante una soga firme y delgada, a la lancha que servía para jalarla. Ella sonreía, su sonrisa parecía una mantarraya luminosa en su rostro. Mi recuerdo es de una escena llena de agua, agua en medio de una orilla y de otra, de agua que, en forma de espuma, era como un camino blanco que le indicaba por dónde debía ir la chica sobre la tabla. Pensé, fue inevitable, en pasajes bíblicos donde hombres, siempre hombres, caminaban sobre el agua, esta chica desafiaba la ley de la gravedad y se deslizaba sobre el agua, pensé que había, más que una esencia divina, una muestra de la física, donde la velocidad y la forma ergonómica de la tabla le permitían avanzar sobre el agua, sin que se hundiera. ¿Era una chica de la otra orilla? ¿Alguna actriz de Hollywood? ¿Una princesa? Yo no sé nadar. Siempre digo el chiste sobado “como anona anonadada porque nado nada”. Cuando estoy en un lugar donde hay agua me retiro lo más posible de la orilla. Todo lo veo desde lejos. Así, de lejos, vi a la chica. Nunca pensé en envidiarla, porque ella hacía lo que yo no podría jamás. No. Nunca he envidiado a Dios por crear el universo, sólo me dedico a observar su creación, a verla, a disfrutarla. Esa mañana fue lo que hice, la vi un lapso breve, pero sigo recordando a la chica y será un recuerdo inagotable. No, le dije a Armando, lo dije, según yo, en forma amistosa, pero el terror, tal vez, imprimió un tono alto a mi respuesta. No, por supuesto que no, no subiría con él al barco. ¿Qué vería desde el barco? Lo mismo que estaba viendo desde la orilla. No me preocupa saber el nombre del pueblo costero, así como no me preocupó saber el nombre de la chica.

sábado, 8 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON UN PIZARRÓN VACÍO

Querida Mariana: un día, hace tiempo, íbamos Pau y yo en el tsurito; bajamos rumbo al barrio de La Pila, por la calle que está detrás del templo de San Caralampio. Al pasar frente a la casa de Doña Conchita Pérez, Pau casi sacó la cabeza en la ventanilla y dijo: “Mirá, tío, una escuelita callejera”. Lo dijo porque Doña Conchita siempre sacaba un pizarrón donde anotaba el menú del día. El 6 de febrero 2025, bajé por la misma calle, como a las ocho de la mañana y, en lugar del pizarrón, hallé una cartulina pegada en la puerta con un mensaje triste, ahí avisaban del fallecimiento de nuestra querida amiga, Doña Conchita Pérez. El letrero decía: “Falleció la Sra. Conchita Pérez de Penagos. Sus restos están siendo velados en Funerales Figueroa, planta alta, cerca de la Unidad Deportiva”. La vida era bonita, en los tiempos donde Pau y yo pasábamos frente a su casa y encontrábamos el pizarrón. Pau, con su inocencia y fina ironía, dijo que parecía una escuelita callejera, porque siempre había un pizarrón, pero el pizarrón avisaba el menú del día, porque en los últimos tiempos, la gran maestra de la gastronomía comiteca, avisaba a sus clientes qué platillos habría para ese día. Siempre pensé que algún maldoso pasaría a borrar el menú, sólo para hacer la travesura, pero eso nunca sucedió. No sucedió porque los del barrio conocían perfectamente a la maravillosa vecina, quien tenía un carácter amigable, pero también era de carácter fuerte, cuando la ocasión lo ameritaba. Ah, que no la buscaran porque la encontraban. La cocina comiteca, en una de sus mejores versiones, estaba en su casa, casa maravillosa, con un patio generoso que tiene una vista sorprendente hacia la parte alta de la ciudad. Te conté que hace años ella tuvo un restaurante abierto al público, en los últimos tiempos sólo preparaba comida para llevar. Cuando tuvo su restaurante, con mesas y sillas en el patio, con los amigos fui en una o dos ocasiones a tomar la cerveza y degustar las exquisiteces que preparaba. Muchos amigos de buen comer, de exquisito gusto, gente de mundo, personas que han estado en grandes restaurantes, alababan la sazón de Doña Conchita y disfrutaban su plática sabrosa. Ella, todo mundo lo hizo notar al conocerse su fallecimiento, fue gran devota de San Caralampio, ¡cómo no!, su casa está pegada al templo de Tata Lampo. No cualquiera tiene como vecino de al lado a un santo y menos al santo más querido de Comitán. Su devoción por el santo inició desde que era pequeña, ella platicaba cómo desde niña vivió con intensidad los festejos dedicados al santo, desde que un grupo de hombres levantaban el jacal y lo adornaban con ramas, hasta la entrada de flores, del día 10 de febrero y la algarabía de la feria del 20. Con su carácter de lideresa ella coordinaba los festejos, por supuesto que hubo gente que le peleó el puesto, porque pensaban que no podía ser de su propiedad, pero, digo yo, cuando vivís al lado del santo pues adquirís el llamado Derecho de Cercanía. Ningún mortal estuvo tan cerca, porque si bien la familia Morales Sarti también colindó con el templo, nadie estuvo cachete con cachete con Tata Lampo. La familia Morales Sarti fue vecina del graderío, pero Doña Conchita estuvo pegada a la sacristía y cerca, muy cerca, de la imagen del santo. Cinco días antes de la celebración de la Entrada de Flores se despidió de la vida. No sé cuál fue el motivo de su deceso, pero recuerdo que dos días antes pasé frente a su casa y estaba colgado el pizarrón con el menú del día, esa mañana llamó mi atención el tercer platillo: “Tortas comitecas”. En el título de este platillo estaba concentrada la tradición que ella se encargó de preservar. Hay miles de formas de preparar una torta, basta recordar en la Ciudad de México, las tortas que les llaman “Guajolotas”, que son las tortas que llevan un tamal en medio, un tamal de rajas (los tamales de rajas, los verdes, son exquisitos); basta recordar en Guadalajara, las tortas ahogadas (sin duda que mi amiga Eva Morante las ha saboreado); ¿y en Mérida?, ah, pues las deliciosas tortas de cochinita. ¡Mil variedades de tortas, todas exquisitas! Te he contado que cuando estudié en la Ciudad de México, iba, en compañía de mi palomilla, al mercado cerca del departamento de Avenida Cuauhtémoc, a disfrutar unas excelentes tortas cubanas (ahora en Comitán hay una fonda que vende “tortas mata hambre”, tortas tortugotas). Pues Doña Conchita preparaba “Tortas comitecas”, muy seguido las anotaba en el menú del pizarrón. En Arenilla fuimos amigos de Doña Conchita, ella siempre nos trató con mucho afecto. Cuando salía la edición de la revista impresa, en forma muy atenta, pero con su carita exigente, me enviaba un mensaje donde decía que no le había pasado a dejar su ejemplar. Con atingencia bajábamos al barrio con Paty Cacjam, tocábamos en la puerta y esperábamos que ella apareciera en la ventana, ahí nos saludábamos y ella extendía la mano para recibir su Arenilla. Fue una fiel lectora. Nos cabe el orgullo de decir que ella apareció en nuestro primer número, que apareció en 2017, allí ella nos compartió la receta de la barbacoa, de la barbacoa a su estilo, al estilo comiteco. No transcribiré la receta, pero si te interesa buscá nuestro primer número y la hallarás, sólo diré que para preparar el recaudo (que en el pueblo le llamamos “recado”, qué simpático) ella utilizaba los siguientes ingredientes: pimienta chica, pimienta gorda, canela, clavo, anís, nuez moscada, mostaza, semilla de cilantro, tomillo, orégano, laurel, hojas de aguacate y vino tino. ¿Mirás la magia? La gran maestra de la cocina comiteca, quien a diario sacaba el pizarrón a la calle, para compartir sus conocimientos gastronómicos, para dar la clase de identidad, tenía el conocimiento preciso y exacto para mezclar las esencias. Una de las más grandes comitecas no nació en el pueblo, Doña Conchita (así nos lo contó) nació en Torreón, Coahuila, pero muy criatura llegó a Comitán y acá se quedó a vivir. ¿Cómo se apropió de la esencia de la comida comiteca? También contaba que fue su suegra, Doña Virginia Pérez Rivera, quien le pasó la estafeta, quien le dio la receta mayor. Doña Virginia le enseñó a deshuesar gallinas y guajolotes, así como la preparación de los más conocidos platillos comitecos: pierna mechada, lomo relleno, tachilgüil y chanfaina. Muchísimas personas lamentaron el fallecimiento de Doña Conchita y escribieron mensajes afectuosos en las redes sociales. Cada palabra fue como un ingrediente para hacer un platillo divino, porque fueron mensajes últimos para una de las últimas maestras de la gastronomía comiteca. Por fortuna, hay muchas mujeres y hombres que en nuestro pueblo continúan con la tradición, lo hacen con innovaciones, con nuevas propuestas. Doña Conchita fue agua de La Pila, fue un “aguafuerte”, un agua limpia, un agua fresca; ella fue como un gajo de la ceiba, el árbol sagrado de los mayas; fue un rayito de luz emanado de la imagen de San Caralampio; en su palabra estuvo enredado el sonido del carrizo y del tambor. A veces tuvo la imagen de "diablita” y en otras ocasiones fue la diosa del hinojo, mirada del aire, memoria del azafrán. Su carita redonda siempre fue un sol, un comal sin tizne, un comal con colorete provocado por el fuego del horno, del horno de la vida. Ella fue musgo para la humedad del encanto, ausencia de caminos. Desde su casa, amplia extensión, miraba los techos de las casas que se desparraman en la cima comiteca, desde ahí presenció en noches de luna llena el barco luminoso con la bandera de la paz; desde la orilla del mundo siempre lo saludó, para que nada se olvidara, para que todo fuera la raíz de la esencia; ella fue adoradora del sabor, cada mañana escribía en su pizarrón, escribía una lección sencilla, la de la buena sazón. Era tal su magia, que los clientes casi casi olían esas palabras, cuando escribía “espinazo con chaya”, esta esencia era como una cinta mágica que jalaba los recuerdos y no los dejaba hasta que tocaban y pedían “dos órdenes”. Ella, ¿ya miraste?, servía “órdenes”, así fue siempre su modo alegre, la gente le “ordenaba” y ella respondía con “órdenes”. Nunca se dejó, siempre supo que era una mujer privilegiada, era la más cercana vecina del santo más amado del pueblo. Que nadie osara meterse con San Caralampio, ese santo le correspondía, era suyo, por Derecho de Cercanía. Posdata: se apagó su luz, su pecho fue demasiado para el corazón, el viento fue insuficiente para su vuelo. ¡Descanse en paz, la maestra del pizarrón callejero! ¡Tzatz Comitán!

viernes, 7 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, A MANERA DE DIARIO

Querida Mariana: no siempre, sólo a veces, me llega la gana de escribir un diario. He escrito algunas entradas. Los creadores literarios saben que es un buen ejercicio, como las lagartijas que, a diario, hacen los deportistas. El músculo de la creatividad se pone en acción. Claro, los diarios son íntimos. No puede hacerse público lo que corresponde al terreno de la confidencia. Aunque soy escaso, huraño, diríamos, durante el día saludo a mucha gente, en esos saludos hay intercambio de temas y unos, ¡bendito Dios! son como guiones de verdaderas telenovelas. Muchos escritores no ponen los nombres verdaderos en los diarios, los disfrazan con pseudónimos o con simples letras. Ellos sí saben las identidades verdaderas de quienes aparecen con una simple equis o una indeterminada ye. Pero a vos sí puedo contarte qué me pasó ayer, estaba en la oficina (estamos en la última revisión de la revista correspondiente al bimestre febrero-marzo, que tiene un contenido sensacional) cuando recibí la llamada del poeta Uberto Santos, hijo predilecto de Laja Tendida. Después de los saludos de rigor me contó que tiene un nuevo libro,un maravilloso libro, libro rechoncho (con más de cuatrocientas páginas), que reúne toda su obra poética. ¡Genial! Es de la Editorial Tifón y es bajo pedido. Muy bien. También me dijo que está preparando otro libro, un libro con poemas suyos que redacta con letra manuscrita. Me contó que en la escuela primaria participó en un concurso de caligrafía y obtuvo el primer lugar. Le dije que un día él me obsequió una carpeta con poemas escritos con su propia mano, lo conservo como un tesoro. Él dijo que no recordaba que me lo hubiera regalado. Pucha, le dije, no te lo robé. Reímos. Nos despedimos. Seguí con el trabajo de revisión. Dos o tres minutos después recibí otra llamada, de un número que no tenía registrado. Por lo regular no respondo a llamadas de números desconocidos, pero contesté, porque venía precedido por la lada de Comitán (963). “Alejandro, ¿sabés quién soy?” Dios mío. No me gusta jugar a las adivinanzas, menos por teléfono. Permanecí en silencio, aguzando el oído, en intento de pepenar algún sonido que delatara el lugar de la llamada, pero ningún ruido asomó, entonces me aventuré a decir al hombre (voz gruesa, como de un cedro) que él abusaba de su poder, porque él tenía mi número telefónico y sabía mi nombre. Si quería platicar conmigo, le pedía que tuviera la gentileza de identificarse. En ese momento ya tenía como un ramo de ortiga en mi alma. Esperé. El tipo dijo que yo seguía siendo el pesadito de siempre, porque no era cierto lo que decía, ya tenía su número. Uf. Pensé que era un absurdo seguir con tal estupidez, me sentí agredido. Colgué. Minutos después me llegó un mensaje: “no te enojés soy Miguel, el Migue”. No respondí. Bloqueé el número. Un instante pensé en el Migue, pero supe que era caer en el juego de un tipo tóxico. Posdata: te lo cuento a vos, porque sé que todo mundo cae ahora en bromas, desde unas que son juegos inocentes hasta otras que son muy pesadas. Seguiré con mi costumbre de ignorar números no registrados. Siempre se agradece un mensaje donde alguien se presenta antes por Whatsapp. A veces escribo mi diario. Lo hago sólo para mí. El escultor Luis Aguilar me dijo que todos los días cambiamos. Es cierto. La bitácora diaria es testimonio de ello. Cambiamos, somos otros, nos transformamos. Además, el registro de lo vivido es un gran ejercicio literario. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 6 de febrero de 2025

PEDAZOS DE TIEMPO

En casa se cayó una manecilla del reloj, quedó como un pajarito sobre la repisa de una ventana. Cuando nos dimos cuenta alguien preguntó si era la que marcaba la hora o el minutero. “El minutero”, respondió Alicia y explicó que en los relojes de pared el minutero estaba encima de la manecilla que marca las horas. Alfonso dejó de armar el rompecabezas, sostuvo una pieza y dijo: “qué bueno, nos hubiéramos quedado sin horas”. Alicia prometió que se comunicaría con el relojero para hacer una cita y llevarle el reloj. Alfonso volvió a suspender su labor, puso sus manos sobre la mesa y dijo: “que sea una hora cerrada. Recordá que nos quedamos sin minutos”. El reloj siguió caminando, la manecilla de las horas caminaba ignorando la ausencia de su compañera. Alicia comenzó a decir en voz alta la hora, viendo la posición de la manecilla entre un número y otro. “Son las once y media”, dijo y todos vimos el reloj, que tenía la manecilla a la mitad del once y del doce. Elena, sentada, con las piernas dobladas en el sofá, vio el reloj y comprobó en su celular, que eran las once con treinta minutos. Alicia entró a su recámara, al volver dijo que el relojero la esperaba a la una. Ramón trajo la escalera de tres peldaños y subió para descolgar el reloj, Alicia lo recibió, la manecilla fue de un lado a otro, como pez en una burbuja. Alfonso dijo que el minutero había adquirido un sonido atolondrado, cuando toda su vida había tenido un sonido marcial, de paso de soldado y le pidió a Alicia que fuera cuidadosa, que no zangoloteara el reloj. Fue el momento donde Ramón sugirió que abriéramos el reloj y quitáramos la manecilla, dobló la escalera, la llevó a la bodega, de donde volvió tiempo después con la caja de herramientas. Todos, como si hubiésemos estado de acuerdo en su sugerencia, hicimos un círculo alrededor de Ramón, lo vimos buscar un destornillador de cruz y quitar los tornillos que aseguraban la carátula transparente. Ramón se secó el sudor de la frente, secó su mano en el pantalón y como si manejara una bomba, con ambas manos jaló la carátula y se la pasó a Alicia, quien, con igual cuidado, la dejó en la esquina de la mesa del rompecabezas. Ramón quedó con el reloj sobre los muslos y le pidió a Alfonso que retirará la manecilla. Alfonso cumplió la encomienda, tomó el minutero con los dedos pulgar e índice y lo dio a Ana, quien lo dejó al lado de la carátula. Alfonso también se secó la frente y preguntó: “¿ya se dieron cuenta que la manecilla no necesita de la que marca los segundos?” Alfonso se sentó en su lugar, tomó una pieza e intentó acomodarla en un hueco grande y, con tono de viejo sabio concluyó: “nuestras vidas son pedazos de tiempo”. Elena se paró, fue a la cocina por una galleta de jengibre, antes de empujar la puerta abatible, se volvió y le dijo a su tía Alicia: “apurate, ya te está comiendo el tiempo, son las doce, en punto”. Todos vimos el reloj sin carátula, en efecto, la manecilla solitaria apuntaba el número doce”. “¿Y si intentamos colocarle la manecilla?”, preguntó Ramón, cuando Alicia ya se colocaba el sombrero y colocaba en la bolsa de yute la carátula, el reloj y la manecilla. Todos nos vimos. Elena, con un tono de hiena traviesa, dijo: “no jueguen a ser dioses”. Alicia se colgó la bolsa al hombro, se despidió y dijo que volvería. Elena abrió y cerró los ojos como si fueran colibríes arrechos y dijo: “sí, volvé pronto, nos quedamos en una burbuja pausada”. Quisimos reír, pero una mueca apareció en nuestros rostros. Alicia cerró la puerta por fuera y tuvimos una sensación de vacío. “Ojalá vuelva pronto”, dijo Alfonso y colocó una ficha en su rompecabezas. “No os preocupéis, chavorrucos -dijo Elena, enseñando su celular- lo bueno que acá tenemos un repuesto digital”.

miércoles, 5 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON UN VASO DE AGUA

Querida Mariana: el 5 de febrero de 1950 el cielo comiteco fue más azul, inició el ciclo de un azul sublime, el azul que hoy distingue el uniforme de los estudiantes del Colegio Mariano N. Ruiz, que es un azul tan luminoso como los azules que pintó Van Gogh. El padre Carlos, emulando a Martín Luther King, tuvo un sueño y, hombre de fe y de principios, el 5 de febrero de 1950 inició los cursos de su escuela primaria para varones, que bautizó con el nombre de Mariano N. Ruiz, en memoria del sabio maestro que le impartió clases en su escuela de Comitán. En 2025, el Colegio Mariano N. Ruiz (que imparte los niveles de preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad) celebra con júbilo ¡setenta y cinco años de servir a la juventud de la patria! Setenta y cinco años de ofrecer un vaso de agua al sediento de conocimiento, sediento de valores universales, sediento de conocer los misterios de la fe para apuntalar los pilares del espíritu. Durante estos setenta y cinco años han pasado cientos y cientos de estudiantes en las aulas del colegio. El infinito se ha reunido para las rondas, para la solución de problemas matemáticos, para los juegos en comunidad. La campana ha sonado miles de veces convocando a las diosas del saber, a las diosas del arte. La mayoría de estudiantes conserva gratos recuerdos de su colegio, cientos y cientos de Marianitos se sienten orgullosos de haber hecho convivencia en esos patios y en esos corredores; cientos y cientos de Marianitas, de igual manera, pepenaron esencias maravillosas. Es imposible presentar el archivo de todos y todas, así como imposible nombrar a todos los maestros y maestras que ofrecieron el agua limpia de sus ríos para saciar la sed del sediento. La mayoría de maestros y maestras que acompañaron al padre Carlos al inicio de este maravilloso viaje ya han fallecido. En fecha recentísima falleció el maestro Jorge Gordillo Mandujano, quien fue un ser especial para el desarrollo de la institución. En el festejo de los setenta y cinco años destacan tres personalidades directivas: la presencia del Maestro José Hugo Campos Guillén, director general y representante legal de la Asociación Civil, quien, durante muchísimos años, ha tenido una entrega ejemplar para el desarrollo de la institución; la profesora María de Lourdes Aguilar García, directora del nivel preescolar; y profesora Verónica Solórzano Vera, quien recientemente fue nombrada como directora del nivel primaria. En sus almas y mentes están los senderos que ahora conducen a la estación del centenario. El faro luminoso del Colegio Mariano N. Ruiz ha iluminado los caminos de cientos y cientos de chicos y chicas, miles de anécdotas forman el libro de su historia. En sus mentes existen jardines llenos de flores, de vuelo de pájaros, de sonidos sublimes, de colores perdurables. El azul Mariano ha sido un cielo, cielo tan prodigioso como el que pintó Van Gogh, pintor que supo que su camino era impresionista y que hoy pone rayos luminosos en las miradas de miles de espectadores. De igual manera, los estudiantes del Colegio Mariano N. Ruiz, en su práctica profesional imprimen, cada día, notas de excelencia. En la celebración de los setenta y cinco años de vida, de fructífera vida, el Colegio Mariano N. Ruiz hace el pase de lista a cada uno de sus alumnos y alumnas. ¡Presente! es el grito que resuena en el espacio, ¡presente! la palabra que nombra el porvenir y remoja la nostalgia del pasado. Honorable fundador del Colegio Mariano N. Ruiz, ¡presente! Maestros y maestras que llenaron sus manos de gis, ¡presentes! Padres y madres de familia que confiaron lo más preciado de ustedes a la institución, ¡presentes! Alumnos y alumnas que pasaron por sus aulas, ¡presentes! El aroma de la tierra los nutre, el espíritu del cielo los acompaña. Todos y todas, siempre, haciendo de lo ordinario algo ¡extraordinario! Posdata: brindemos con un vaso de agua, con un vaso de agua bendita del Río Jordán, del Río de La Vida. ¡Felicidades por esos setenta y cinco años! ¡Vamos por los cien! ¡Tzatz Comitán!

martes, 4 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON LA PRESENCIA DE JORGE MANDUJANO

Querida Mariana: Jorge Mandujano es un gran escritor de Chiapas, experto en cine. Tengo el privilegio de contar con su amistad, desde hace ya varias cuadras. Cuando él se casó, su padrino fue el poeta Jaime Sabines, con quien mantuvo una amistad cercana. Esto lo digo para que mirés el entorno luminoso de mi amigo Jorge, quien redacta unas crónicas soberbias. Ahora tengo el gusto de compartir con vos la breve reflexión que redactó para celebrar el Centenario del Nacimiento de Rosario Castellanos. Va copia: “PARA BRINDAR POR ROSARIO (el mero lek) “Qué no hubiera dado por conocer personalmente a nuestra tan querida y muy recordada Rosario Castellanos. Creo que no somos pocos quienes, después de conocer su obra a cabalidad, nos hubiera encantado estrechar su mano en el parque de La Pila, sobre las gradas de San Caralampio, justo allí, en su adorada tierra, su Comitán, de donde partió y a donde volvió -acaso- tan sólo un par de veces. O tal vez ser ese chico que la tomó de la mano cuando se fue la luz bajando las escalinatas que a diario recorría tras impartir su última clase, en el corazón de Ciudad Universitaria de la UNAM: “Sentí su mano tibia, de muchacho adolescente, e invoqué a los dioses porque nunca volviera la luz, para que ese joven -tal vez mi alumno- no se arrepintiera de haber osado tomar de la mano a una mujer tan fea como yo”, confesó alguna vez. “Felizmente, nos quedamos con la rica tibieza de su obra que, sin duda alguna, presumimos orgullosos por el mundo. La vasta y maravillosa obra de una “mujer que supo latín…” “Ojalá y pronto lleguen los festejos ruidosos, llenos de luz y de colores, por los cien años del nacimiento de esta inconmensurablemente bella mujer”. Mi admirado Jorge Mandujano se agrega a la relación de personajes que han compartido breves líneas para honrar a Rosario Castellanos; ya compartí con vos el texto enviado por el profe Denis Solís Alvarado, presidente municipal de La Trinitaria, y el texto del licenciado Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, presidente del Congreso del estado de Chiapas. Jorge nos lleva al sendero de lo posible imposible, pero territorio del deseo de muchas personas, el de conocer a Rosario en persona. En Comitán, hasta hace poco tiempo, había personas que la conocieron, siendo niña y cuando ya fue famosa, pero el tiempo ya también las ha vuelto recuerdo y no tenemos más asidero que los testimonios que contaron y la posibilidad de acercarnos mediante la ficción. Jorge dice que le hubiera encantado estrechar la mano de Rosario, en el parque de La Pila, lugar donde ella colocó la escena famosa de su novela “Balún Canán”, la del indio que sube a la rueda de la fortuna. Pero como tal deseo no se puede cumplir en el mundo real, Jorge nos dice que poseemos “la tibieza de su obra” y ahora, en medio de la celebración por el centenario de su nacimiento, todos podemos acercarnos a sus libros de poesía, de cuentos, de ensayos, de teatro y a sus novelas, porque ahí está ella, impidiendo que se vaya la luz. Desde su tierra, Comitán, honramos la memoria de Rosario; se unen voces de personajes importantes en la historia contemporánea de Chiapas, lo hacen desde el lugar donde el viento es uno de los guardianes de este pueblo, pueblo donde la escritora pepenó esencias. Acá queda el testimonio para el mundo. Paty Cajcam siempre insiste: la forma de honrar la memoria de escritores y escritoras es leyendo sus obras. Acá Jorge nos invita a refugiarnos en la tibieza de la creación de Rosario. Posdata: nosotros hemos ido colocando ladrillo tras ladrillo, día tras día, porque el año tiene trescientos sesenta y cinco días y este año es Año de Rosario Castellanos Figueroa. Gracias a Jorge Mandujano, por llevarnos a La Pila, de la mano de Rosario. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 3 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON TAMALIZA

Querida Mariana: llegamos a la hora del baile. Mi Paty y yo fuimos al Festival del tamal. Alrededor de la fuente estaban las carpas de las vendedoras y un templete donde tocaba el grupo musical “La compañía”, integrado por tres artistas, dos chicos y una chica guapa, de buena voz. Llegamos a la hora del guateque. Un grupo de personas bailaba sobre la carpeta de juncia verde. La música era contagiosa, invitaba a celebrar la vida, mover los pies, alzar los brazos, recibir la lluvia cálida del sol. Mi Paty comenzó a buscar los tamales de cambray, a lo lejos vimos una lona que los anunciaba. Ay, mi prenda, ya acabaron. ¡Cómo! Apenas era la una de la tarde. Volaron, como si fueran palomas refrescándose en la fuente. Corrimos a comprar en el puesto de Lupita Albores, no se fueran a acabar los de verduras, los de rajas. Alcanzamos (en casa los probó mi mamá y dijo: están sabrosos. Ah, qué alegría. Que viva la Virgen de La Candelaria y la Virgen del Confeti y de La Juncia). Seguimos caminando, viendo la oferta culinaria, saludando a los amigos y amigas (a Malena Jiménez, iniciadora del festival; a Karen Sánchez, directora de turismo, del ayuntamiento; y a Diego Greene, director de cultura municipal; muy pendientes del acto, que estaba resultando un gran éxito, gajo de tambor bien afinado). En un puesto frente al templo de Santo Domingo saludé a Jorge Guillén quien llevaba un vaso de café en la mano. Me dijo: “oí, dónde queda Cajcam, te pregunto porque escucho que lo mencionás, y el café que estoy tomando es de ahí, está muy bueno”. Le dije dónde queda (rumbo a La Independencia) y expliqué que hablo de Cajcam, con frecuencia, porque ahí viven Roberto Carlos, Cielo y Paty, integrantes del grupo editorial Arenilla. Jorge estaba tomando café orgánico de Cajcam. ¡Me cayó el veinte! ¡Por supuesto! El café que tomaba es producido por Melissa y Alermo, quienes tienen un espléndido huerto en Cajcam (K’in Balam) donde trabajan productos orgánicos de excelente calidad. Cuánta vida. Qué alegre el Festival del tamal. Bajo el cielo, que era una palmera azul, recordé una “bomba” que viene en uno de los discos malcriados de Doña Lolita Albores, que dice así: “no hay que darse a las congojas / aunque nos traten muy mal. / No hay que aflojar el tamal / aunque se pudran las hojas”. ¡Bomba, bomba! Cotz con los marimberos, pero los marimbistas llegarían más tarde. A esa hora “La compañía” sembraba notas en las lajas y en la juncia y varias personas movían su cuerpecito, como acomodando las tripas para que cupieran los tamales de bola, los de hoja, los de chipilín, los de momón. Vi rostros contentos, sonrisas de papel de china, oleajes de alegría, retumbando en el espíritu y en el corazón. Llegamos a la hora en que el aire hacía una pausa, a la hora que el potro del sol saltaba por encima de todos los puentes. Llegamos con las manos vacías y regresamos con un itacate lleno de tamales. ¡Qué bendición! Maíz sagrado, olores llenos de fiesta. Posdata: la tradición se vistió con hoja de maíz, vuelo de golondrina, de chinchibul. Buena iniciativa. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 2 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON ENCUENTROS GENIALES

Querida Mariana: cada instante es sorprendente. Pero no siempre lo advertimos. Vos sabés, el diario trajín nos cubre la sensibilidad, pensamos que la rosa que vemos es la rosa de todos los días. Digo que cada instante es sorprendente. Ayer, la vida me tomó de la mano y me llevó a una cascada de pétalos. Te cuento, entré al museo Rosario Castellanos. Una mujer me recibió, dio la información que pedía, hizo una pausa, me vio con atención desmedida y soltó: “sos Molinari, ¿verdad?” Conmovido dije sí. Ella sonrió y, como si abriera una ventana, dijo: “soy Coco, trabajé en la Proveedora Cultural”. La vi con la misma atención que ella había dispuesto al verme y su rostro apareció en mi memoria disminuida. Claro. Por supuesto. Y Coco, María del Socorro Argüello Figueroa, me contó que trabajó en la Proveedora Cultural, de Don Rami Ruiz; dijo que estuvo allí de 1968 a 1972. Yo llegaba a comprar “cuentos” (las revistas de monitos). Sí, me acuerdo, dijo Coco, “eras gordito, panzoncito”, mostré mi panza y dije que sigo honrando esos tiempos. Ella estudió su primaria y al término comenzó a trabajar, porque en su casa eran muchos hermanos, no alcanzaba la paga del papá (Don Antonio Argüello Hernández, quien fue empleado de Don Ramiro De la Vega) ni la de la mamá (Doña Bertha Figueroa, quien era modista). Coco nació en 1955, así que cuando entró a trabajar con Don Rami tenía trece años, “entré niña y salí señorita”. Recordó que entraba a las nueve de la mañana, salía para comer, a las dos y regresaba a las cuatro, hasta las siete. Comía en su casa, en el barrio de Jesusito; es decir, caminaba tres o cuatro cuadras. Dijo que en la tarde compaginaba el periódico que llegaba de Tuxtla y acomodaba las revistas, “por ratitos leía el Memín y Lágrimas y Risas, me gustó tanto Rarotonga, que me corté el cabello en su estilo afro”. Platicamos algunos minutos, pero ambos nos zambullimos en el recuerdo de los años setenta, de un Comitán que hoy sobrevive en el álbum de la nostalgia de aquellos años. Ella laboró en la Proveedora Cultural, cuando estaba en la manzana que derruyeron en 1979. Recordó el negocio de estambres de mi mamá y contó que acudía a la cantina de Tío Tavo a comprar los panes compuestos que él hacía, “no le ponía picles”, no, dije, en lugar de la carne deshebrada, los panes (¡exquisitos!) de Tío Tavo llevaban una transparente lonja de chicharrón de hebra. Ella y yo aseguramos que jamás se ha vuelto a hacer un pan tan exquisito, en Comitán. Posdata: y digo que en el jardín de la vida, asoma, a cada rato, el asombro; el otro día en el grupo de WhatsApp de los universitarios que estudiamos arquitectura en la UVM, en los lejanos años ochenta, apareció Juan Ramón Jasso Aguilar, quien hoy radica en los Estados Unidos de Norteamérica. Me hizo una llamada y dijo que de todos los grupos de educación superior en los que estuvo, el nuestro es el que más gratos recuerdos injerta en su espíritu. Lo mismo sucede conmigo, a pesar que sólo estuve con ellos durante tres semestres, tengo en mi alma una cinta luminosa bordada por ellos y ellas. A él le decía Jasso y él me decía Molinari, hoy nos decimos amigos, por siempre, para siempre, como amigos somos los de todo el grupo. La mayoría de ellos y ellas sí se tituló, son arquitectos egresados de la gloriosa UVM, en el viejo plantel de San Rafael, donde tuvimos catedráticos exiliados que habían llegado de Chile a México. Los cielos parecerían ser los mismos, los cielos de todos los días, pero, si ponemos atención, aparecen instantes sorprendentes, mágicos. Sí, en la foto estoy con Coco, Rosario Castellanos está con nosotros. ¡Todo en la vida es sorprendente! Sin darnos cuenta, sobre la flor aparece una mariposa que la sobrevuela, o una catarina o algún insecto prodigioso. El día se renueva a cada momento, la vida. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 1 de febrero de 2025

CARTA A MARIANA, CON LA TRADICIÓN

Querida Mariana: México está lleno de tradiciones culturales. Los habitantes de esta patria crecemos con esas costumbres, costumbres que vienen de siglos. Por ahí asoma el término “aculturación”, que se aplica cuando una cultura entra en contacto con otra. De la aculturación las diversas culturas toman parte de las otras. Lo que platicaré hoy, querida mía, es ejemplo de ello. Vos ya viste por dónde irá esta carta. Sí, hablaremos del 11 Festival del Tamal, que se celebrará durante dos días: el uno y dos de febrero de 2025. ¿Por qué digo que esto tiene que ver con la aculturación? Porque si lo vemos bien el festejo es producto de la mezcla indígena y española. Veamos, los tamales tienen al maíz como ingrediente principal, digo yo, y el maíz es algo esencial de la América Precolombina. Antes que llegaran los conquistadores españoles, las culturas de esta zona comían maíz. Pero, el festival del tamal tiene otra cinta: la costumbre donde las personas que partieron la rosca el Día de Reyes y hallaron un niñito (muñequito de plástico) deben “pagar” con unos tamales el día dos de febrero, Día de La Candelaria. ¿Mirás? Todo lo que acabo de escribir viene de la tradición católica y ésta viene directamente del paquete de conocimientos que los misioneros españoles nos legaron a la fuerza. Entender este proceso histórico es esencial para comprender el México actual. Nada, a estas alturas, puede revertir la apropiación que nuestra patria hizo de lo que los españoles nos trajeron. Basta ver en qué idioma te escribo estas cartas para darse cuenta de la influencia que tuvo la presencia castellana en nuestro país (y en la mayoría de países de América Latina). En todo el país se celebra la partida de la rosca de Reyes, en las casas, en los trabajos, en las escuelas. El 6 de enero medio mundo le entra con gusto al ritual panadero. Sobre la mesa se coloca la rosca y cada uno de los participantes se acerca, toma el cuchillo y parte un pedazo, los demás siempre están pendientes si en el pedazo aparece las patitas o la cabecita del muñeco (blanco, generalmente, para que sea visible en el amarillo del pan). Quien “saca” un muñequito lo enseña y sabe que el 2 de febrero deberá compartir tamales. ¿Ya viste la simbología de esa rosca? Se parte el día de los Reyes Magos, el día que los altos dignatarios se presentaron ante el niño Dios; por supuesto, el muñequito representa a ese niño divino. Cuando estás en un festejo de rosca aceptás las reglas del protocolo: si te toca muñequito, el Día de La Candelaria (otra presencia católica) no podés hacerte “rosca”, tenés que comprar tamales y compartir con las personas que estuvieron el Día de Reyes. Resulta que, en Comitán, desde hace once años inició un festival que ha crecido exponencialmente, porque en la primera edición hubo cuatro puestos de vendedoras y ahora, en 2025, se espera la presencia de más de 60 puestos con una amplia oferta para atender a los cientos de compradores. Y ha crecido tanto que ahora no sólo es un día de festejo sino ¡dos! El primer día habrá (según el programa) dos actos: una exposición fotográfica y la proyección de una película. A las cinco de la tarde será la inauguración de la exposición “Raíces y sabores”, con fotografías del talentosísimo fotógrafo comiteco Carlos Gordillo. Según el Internet la fotografía es un invento del siglo XIX y surgió en Francia. ¿Por qué digo esto? Porque es otro ejemplo de cómo un artefacto cultural sirve para ampliar la cultura de otros países. Carlos Gordillo es uno de los más excelsos fotógrafos de nuestra tierra, así que será una gran oportunidad acercarse al Museo Rosario Castellanos el 1 de febrero a las cinco de la tarde, para ver su trabajo creativo. Y ya estando ahí, a las seis de la tarde, en la Sala Audiovisual, se exhibirá la película “Chocolate”. Pienso que dicha cinta es donde actuó la genial actriz francesa Juliette Binoche. ¿Es esa? Puede ser. Hace años vi la película de la Binoche y me gustó. ¿Mirás? Francia de nuevo. En el festival comiteco dos cintas que unen a nuestra patria chica con aquel país. Bueno, sólo para amarrar más mi comentario diré que Francia está reconocida como una nación que tiene una inmensa tradición gastronómica, igual que México. Y bueno, después de esta entrada vendrá el platillo fuerte para el día 2 de febrero, el mero día de la tamaliza. En el parque central de Comitán, de doce del día hasta las ocho de la noche, más de sesenta vendedoras ofrecerán diversos tamales, los conocidos y tal vez alguna innovación: tamales de bola, de hoja, pitaúles, tamales de cambray y más, mucho más, recordá que el genial investigador Francisco Mayorga nos dijo que en Chiapas hay más de doscientas variedades de tamales. Somos un pueblo tamalero, esto queda demostrado porque siempre que hay un festejo social, los tamales aparecen en las grandes mesas. No sólo venta de tamales habrá, los organizadores han programado diversos actos culturales y hace que el festival gastronómico cumpla con creces su objetivo. Si alcanzás a ver en el programa mirarás que a la una de la tarde habrá la presentación de “La compañía”, el acto inaugural será a las tres de la tarde (pero, ya se dijo, la venta iniciará a las doce del día); a continuación de la inauguración participará el grupo de danza folclórica del Centro Cultural Rosario Castellanos y, a las cinco de la tarde, la magna presentación de la Marimba del Honorable Ayuntamiento de Comitán. Suena muy sabroso el guateque. Como lo señala el programa, el de este año será el onceavo festival y habrá venta de chocolate, atole, café, pastelitos, chile en vinagre y, por supuesto, el invitado de honor: el tamal. Si mirás bien, en el programa aparecen los logotipos del ayuntamiento comiteco, del pueblo mágico y de Casa Rosario, bazar de arte. Te cuento, la iniciativa nació hace once años en una plática que sostuvieron Mario Escobar y Malena Jiménez. Mario era el director de Radio IMER, Comitán; y Malena era conductora del programa radiofónico “Comitán de mis sabores”. Ambos pensaron que sería bueno que en Comitán se realizara un festival del tamal. No habían acabado de decirlo cuando ya estaban poniendo manos en la masa. Y hoy ya llega la edición número once. Ahora Mario es el director del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía; y María Elena es la directora general de Casa Rosario, Bazar de Arte. Mario nació en Tuxtla, Malena nació en Comitán, Mario vino a Comitán y acá encontró una tierra que lo recibió y que se ha beneficiado de su talento. Ambos han sembrado, hoy, la semilla que depositaron en tierra fértil hace once años ya es un árbol grandioso. Malena me contó que la primera edición se realizó en el parque de San Sebastián, luego la hicieron en el parque de La Colonia Miguel Alemán, luego en El Turulete, y ahora se celebra en el parque central, en el corazón de nuestra ciudad. Al principio fue una iniciativa ciudadana, ahora la autoridad municipal se ha agregado. Bien, porque este festival del tamal habla bien de nuestra sociedad. He estado presente en versiones diferentes. En términos generales hay muy buena respuesta por parte de la gente compradora. Me dijeron que este año les dirán a los vendedores que coloquen letreros donde se pueda ver el precio de su producto, pues cada productor sabe lo que vale el tamal que prepara, de esta manera, los compradores sabrán el costo de cada tamal en cada puesto; también me dijeron que procurarán poner unos platos de degustación para que los posibles compradores puedan hacer una “cata” previa y así saber que el sabor de lo que comprarán les satisface. Estoy seguro que estas dos propuestas serán recibidas con agrado, tanto de vendedores como de compradores. A mí, como a todo el mundo, me gustan los tamales. No como de todo, lo sabés. No como los que tienen carne de puerco, pero sí le entro galán a los tamalitos que hacen con frijolito tierno y los que preparan con esa hoja maravillosa que acá le llamamos momón, ¡ah!, qué sabor tan rico tiene esa hierba bendita, por algo también le llaman Hoja Santa, porque es una santa hoja. Amandita me dijo un día: “En Comitán, cuando algo ‘ta bien se celebra con ta-mal”. Posdata: el festejo once se antoja exquisito, bien cocido, con la cantidad precisa de manteca. A mí me encantaría que alguna cocinera preparara un tamal de bola, que en lugar de carne de cerdo, le pusieran camarones secos. Me encantaba, siendo niño, cuando mi mamá me daba un plato de arroz con camarón seco. ¿Cómo sabrá el tamal de bola con camarón seco? Digo esto, porque la masa del tamal de bola es especial. ¡Tzatz Comitán!