viernes, 26 de junio de 2026

CARTA A MARIANA, CON CAMINATAS

Querida Mariana: camino. Sabines dice que fue un peatón. Cuando camino soy un peatón. Camino mi pueblo. Los visitantes caminan otros pueblos. No todo mundo es turista en su pueblo. Yo sí. Camino, soy un peatón. Antes caminaba más. Ahora, a mis sesenta y nueve años de edad, me topo con amigos en la banqueta, nos saludamos y más de dos me dicen: “acá seguimos caminando”. Jamás hubiésemos dicho o pensado eso a los dieciocho. Cuando uno tiene dieciocho, la caminata es cosa natural. A los sesenta y nueve comienza a entrar al terreno de lo sobre natural. Medio mundo dice que la edad es algo mental. Las piernas desmienten tal aseveración. Es necesario, dicen los expertos, que el cuerpo humano esté en movimiento. Caminaba, caminaba mucho a los dieciocho. Los amigos y conocidos también caminaban mucho. En ese tiempo no teníamos carros, caminábamos, sin que el maestro Víctor nos dijera, con el megáfono: “uno dos, uno dos, uno dos”, nosotros caminábamos. Ahora entiendo la diferencia entre amigos y conocidos. Tenemos muchos conocidos, basta caminar por la banqueta para hallar a muchos conocidos, nos saludamos. Que estés bien, igualmente. Hasta luego. Adiós. Cuando uno se topa con un amigo el afecto obliga a detenerse tantito, aparece el saludo de mano o el abrazo y un ligero intercambio de palabras. A veces, se hacen citas para un día después, para ir a desayunar o a tomar la copa. A los dieciocho caminábamos sin pensarlo, casi casi como maneja un automovilista que lo hace, con cuidado, pero ya de manera automática; casi casi como escribo en el teclado de la computadora. Caminábamos con pericia. De pronto, un día vimos a alguien que caminaba delante de nosotros y lo hacía titubeante, era un hombre mayor. Supimos que caminar no era un acto tan sencillo y natural. Camino y veo un pueblo sucio. Siempre ha sido así. Desde que tenía dieciocho años, cuando tenía quince, seis. Pueblo sucio. En los años sesenta en la parte posterior del mercado Primero de Mayo había un enorme basurero, los mercaderes botaban ahí su basura, era frecuente hallar cabezas de reses, los esqueletos con residuos cárnicos; era frecuente ver decenas de zopilotes desayunando. Caminaba y lo veía. A dos cuadras del parque central. Pueblo cochino. Ahora, a mis sesenta y nueve, camino y encuentro basura por todos lados. En las paredes hay pintas, grafitis, la palabra puto aparece en muchos lugares, de vez en vez un ocasional cotz. En las calles encuentro muchas bolsas de plástico, condones usados, bolsas de Sabritas, envases de yogurth, caca de chucho, papeles diversos. Un amigo me dijo, hace tiempo, que le había sorprendido Comitán en una visita, por la limpieza de sus calles. No sé en qué tiempo fue, no en los míos. He caminado mi pueblo y he constatado que es un pueblo sucio. Me explican que es un tema cultural, no aprendimos a ser limpios, siempre hemos sido cochinones. Tuvieron que venir los fanáticos japoneses para dar una lección de limpieza, al término del partido levantaron toda la basura, dejaron los espacios como los hallaron. Muchos mexicanos aplaudieron tal actitud. Lástima que fue lección no aprendida. Culturalmente, México es un pueblo cochino, todo lo convertimos en un chiquero, todo lo hacemos un achigual. Camino. Cuando camino por el centro, por las pendientes, tengo mucho cuidado para no resbalar por las lajas. Cuando camino por la periferia disfruto la caminata, sólo debo cuidar de no pisar excremento y vigilar que no haya perros cerca, les temo, ellos saben que les temo y genero una sustancia que es atractiva para ellos, dicen: “ahí viene un temeroso, ¡ataquémoslo!”. Posdata: camino. Me gusta caminar. Camino con precaución. Ya no lo hago con la pericia y la naturaleza de mis dieciocho. A veces le digo a mi mente que todo es mental, que la vejez es una actitud, pero mis piernas contradicen mi pensamiento y se mueven más lento, más lerdas. A la lentitud debo agregar los esquivos de las jaurías y de la basura. Pido a Dios que no aparezcan chuchos, no podría eludirlos. ¿Correr? Ni que tuviera la condición física del maestro Temo Alcázar, hombre de más de ochenta años que él sí parece de dieciocho. No todo mundo. ¡Tzatz Comitán!