martes, 30 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON PANTALLAS
Querida Mariana: a veces no sabemos, pero se dan cambios que modifican la vida. Un día, cuentan los cronistas, llegó el primer auto a Comitán. Podemos imaginar lo que eso significó para la vida tranquila del pueblo, de burros y caballos se pasó de golpe a un auto con tantos caballos de fuerza. Hoy, el pueblo es dominado por autos, se ven muy pocos caballos y pocos burros (bueno, bueno).
A mí me sorprendió la llegada de la máquina eléctrica de escribir. Crecí viendo máquinas mecánicas, en secundaria (en el Colegio Mariano N. Ruiz) aprendí mecanografía con el maestro Jorge, con el uso de una máquina mecánica portátil. Un día, muchos años después, no sé cómo, tuve frente a mí una máquina eléctrica, recuerdo que si tenía un error de dedo podía eliminar el yerro (con las máquinas mecánicas había que usar un corrector, de papelito o líquido). Y así como te lo cuento, con esta velocidad de gacela, un día estuve frente a una computadora de escritorio (los errores de dedo se corregían de inmediato, echando reversa con una tecla).
Ahora que vemos el Mundial en pantallas gigantes recordé que en el del 70 vi un partido (te he platicado) en casa del maestro Paquito García, en una televisión, en blanco y negro. Pocos años después mi mamacita compró una televisión en Casa Tovar, en pagos, también en blanco y negro, en franca oposición de mi papá que se negaba a comprar un aparato de esos (luego terminó amando los programas de la televisión, veía con emoción los partidos de béisbol y las telenovelas). Hubo una televisión en casa, aunque la programación era escasa, porque no había más que algo llamado TRM (Televisión Rural Mexicana) que era una señal enviada por la Secretaría de Gobernación con un criterio de país socialista. Mi mamá decía: “volverán a dar la película del sapo”, que era algo como terrorífico donde un sapo crecía de tamaño y hacía desmanes en los pueblos. Cientos de personas quejosas enviaban cartas a los directivos y esto hizo posible que la TRM programara partidos de fútbol de liga nacional y todo mundo quedó contento, hasta que llegó la televisión comercial (la tía Chena decía que hasta los comerciales eran bien bonitos).
Lo mismo sucedió con los teléfonos, de los fijos pasamos a los móviles. A mí nunca me ha seducido el cambio, me gusta lo rutinario, pero un día, en Puebla, debí comprar un móvil, en los años noventa, un pequeño ladrillo, porque Jesús Ramos, destacado columnista de la prensa poblana, me invitó a acompañarlo a las entrevistas que tenía con políticos destacados y me llamaba con urgencia, así que necesité un chunche de esos, por si estaba fuera de casa. No recuerdo cómo poco a poco los teléfonos se hicieron más pequeños y llegaron a ser lo que son hoy. Durante muchos años estuve contento con un “cacahuatito”, pero Mario me dijo que debía cambiar porque los tiempos así lo exigían, ahora tengo un celular con camarita que recibe WhatsApp (ya lo registré, tal como lo exige el gobierno, a final de cuentas todos mis datos ya los tiene el Sistema).
Pasamos de la gran pantalla del cine a las pantallas micro del celular, porque todas las tardes veo cine y lo hago en el celular; el otro día quise ver un partido de fútbol de esta serie del Mundial y en la tele se congelaba la imagen y no permitía el disfrute de las acciones, Fer hizo favor de bajar la aplicación de TvAzteca en el celular y ahí lo vi muy bien. Como todo mundo ahora me he acostumbrado a deslizar mi índice derecho sobre la pantalla para subir o bajar las páginas que aparecen en el Facebook. Ahora todo es vertiginoso, sé que cuando Gutenberg tuvo la gran idea de crear los tipos para los libros impresos el mundo tardó en recibir la noticia; en estos tiempos los avances tecnológicos llegan de manera inmediata a todas partes del orbe. Formamos pues una aldea global, sin darnos cuenta somos parte de un Todo, un Todo manipulable. Los grandes expertos han explicado cómo cuando hay una gran concentración de personas cada una pierde su individualidad y pasa a formar parte de una masa que olvida, momentáneamente, sus principios. Hemos visto cómo en grupo la gente actúa en forma irracional, basta recordar el linchamiento que se dio en la celebración de la victoria de un equipo, la gente comenzó a mover el auto de una persona sin pensar en las consecuencias. No lo pensamos, no lo advertimos, pero ahora, en el instante de prender el celular y entrar a las redes sociales pasamos a formar parte de ese inmenso grupo de personas que está siendo bombardeada ideológicamente por intereses superiores.
Posdata: pasamos de la pantalla grande a la pantalla pequeña, hablo del tamaño, porque si hablamos de influencias mediáticas, la pantalla chica del celular es poderosísima, tan poderosa como el más desalmado monstruo que jamás tuvo la humanidad.
¡Tzatz Comitán!
