jueves, 18 de junio de 2026

CARTA A MARIANA, CON SERES HUMANOS

Querida Mariana: escuché que ya somos “seres digitales”. Lo escuché y no supe bien a bien el significado. El otro día platicamos del concepto Ser. Recordá la frase del gran dramaturgo: “ser o no ser”. Lo novedoso del término es la palabra digital. Digital, digo yo, viene de dígito; es decir de dedo. ¿Por qué se dice que somos seres digitales? Parece que la cuestión está en que estos tiempos son de mucha ciencia aplicada; es decir, la tecnología aparece en el día a día y así nos movemos. Cuando estudié ingeniería; es decir, cuando estuve inscrito en ingeniería en la UNAM, los compañeros y yo asistíamos a una clase que se llamaba Métodos Numéricos, donde los problemas tenían solución, precisamente, aplicando numeritos. Asistíamos a un laboratorio donde había una serie de máquinas que perforaban tarjetas. Cada tarjeta -así lo recuerdo- era una orden. Esas perforaciones usaban un lenguaje binario, esto es una maravilla porque no usa más que dos números: el cero y el uno. Con esa combinación de unos y ceros era posible hacer mil órdenes. El cero es apagado y el uno encendido. Pucha, toda una ciencia, elemental, pero ciencia. Acá está lo de dígitos, de números. Cada alumno “picaba” las tarjetas en la máquina especial, luego presentaba el tambache de tarjetas ante un maestro (el paquete debía ir bien ordenado y sujeto con una liga). Los técnicos del laboratorio metían esas tarjetas para que las leyera una computadora y un día después nos entregaban una sábana con los resultados, misma que presentábamos ante el catedrático de la asignatura. Estoy hablando de la prehistoria digital, de tiempos de abuelitas de las computadoras actuales. Las computadoras de la UNAM, entiendo, ocupaban cuartos enteros, porque eran muy grandes. Te conté que esta materia la llevé con el doctor en ciencias Jorge Domínguez y, andá a saber el porqué, un día expuse un tema, lo hice más o menos, tal vez más que menos, y el doctor quedó impresionado. Al final obtuve una calificación MB (tal vez fue el único diez que obtuve en ingeniería). Cuando, tiempo después, nos saludábamos en algún pasillo, él me detenía y preguntaba cuándo iba a recibir la medalla Gabino Barreda, que es la máxima distinción que reciben los alumnos destacados. ¡Ay, mi prenda! No sabía que era un pésimo alumno, ya conté que siempre iba, en lugar de las aulas de ingeniería, a la Biblioteca Central Universitaria. Algo en mi interior, de todos modos, me hacía sentir bien porque él creía en mí. Yo evadía la pregunta, como si fuera una chica a la que alguien le dice que es la niña más linda del universo. Hablo pues de los años setenta del siglo XX. En ese tiempo ya vivíamos cerca del mundo de la computación, pero la mayoría no estaba tan inmersa como sí lo estamos ahora. Por esto, ahora somos lo que dicen los expertos: seres digitales. Seres que estamos en contacto permanente con la tecnología. En los años setenta debí entrar a un salón especial y ver desde un ventanal a la gran computadora de la facultad. Ahora, ¡ay, padre!, las cartas que te envío las escribo en una laptop, una pequeña computadora que puedo llevar de un lado a otro. He visto a chicos y chicas que realizan trabajos en la mesa de un café o que colocan la computadora sobre sus muslos, sentados en una banca del parque o (ya el colmo) colocan la compu sobre sus muslos mientras ellos descansan en la cama. Bueno, con decir que hay gente que escribe textos en los teléfonos celulares mientras están sentados en la taza del baño. Estos son los comportamientos de los seres digitales, en la actualidad. La gente de tu generación y de las más recientes ya creció con el mundo digital. Los niños de mi época jugamos carritos en el sitio de la casa, donde hacíamos carreteritas sobre la tierra; los niños de hoy juegan carritos en pantallas digitales, mueven palanquitas y compiten en autos veloces sobre pistas de carreras. Posdata: podés ver películas en el celular. En mis tiempos de niño debía ir a una sala cinematográfica (Cine Montebello o Cine Comitán), hoy alguien se inscribe en una plataforma (hay muchas) y la mensualidad se paga a través de una transferencia bancaria hecha en la banca digital. Somos seres digitales, entiendo que la base sigue siendo el uno y el cero, ese lenguaje se ha perfeccionado. Mi amado Gutmita, a cada rato me menciona que él aprendió el Lenguaje COBOL (Common Business-Oriented Language) que fue inventado en 1959. Fue tan ducho en estos argüendes computacionales que le decían “Tiburón”. Lo que sí lo sacaba de balance es que le dijeran que era un experto computólogo, no le gustaba la palabrita. Pues dicen que, todavía, muchas transacciones bancarias tienen como fundamento tal lenguaje arcaico. ¡Tzatz Comitán!