jueves, 11 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO DEL MUNDIAL
Querida Mariana: comparto con vos la fotografía de una gran amiga de mi mamacita: Doña Elva Cristiani de Torres, esposa de Don Polo Torres, dueño de la Joyería Tocris, que estaba al lado del Hotel Delfín, frente al parque. Don Polito y doña Elvita vivían en la planta alta del negocio, donde vendían joyas y artículos de fotografía. Ya te conté que Don Polo tenía una Polaroid que me impresionó, porque vi cómo tomó la fotografía (en el Paso del Soldado, en Los Lagos de Montebello) y salió una lengüeta del aparato, que Don Polo sacudió en el aire, para que, segundos después, apareciera la foto impresa, húmeda, pero de calidad excepcional, ¡en color!
Dejá que te cuente algo que está relacionado con el fútbol y con Doña Elvita, algo donde mi mamá también participó.
Un día apareció el grito: ¡Nos vamos al mundial! ¡Nos vamos al mundial! En los años setenta, mi palomilla y yo gritamos: ¡No vamos al mundial! ¡No vamos al mundial!
En 1970, vos no eras aún proyecto de vida, yo tenía trece años de edad, cursaba el tercer grado de educación secundaria, en el Colegio Mariano N. Ruiz. Nunca he sido aficionado al fútbol soccer, pero, igual que medio mundo, estaba interesado en el Mundial de Fútbol, que se desarrolló en nuestro país. En la CDMX todos estaban pendientes y en el resto de la república ¡también! Y nosotros, en Comitán, éramos parte del resto de la república. Así, el primer partido: México contra Unión Soviética lo escuché en radio, en casa de mi tío Gilberto Bermúdez, Mario, Miguel, Gil y yo escuchamos la transmisión del partido que terminó cero a cero; el siguiente partido que me tocó oír y ver fue el de México contra Italia, ahí la selección del país fue eliminada por Italia, cuatro a uno. El portero de México era Nacho Calderón que tenía el apodo de “Coladerón”, porque, bueno, la goliza de cuatro explica el porqué. Este partido lo vimos en casa del maestro Paquito, que estaba justo en la parte alta de la pendiente de San Sebastián. Alguien nos invitó (tal vez, Paco, hijo del maestro) y vimos el partido en una tele en blanco y negro. El maestro Paquito tenía una gran antena y captaba la señal de Guatemala. Todos estaban muy tristes al ver que Italia metía uno y otro gol y otro y uno más, yo (traidor) no sentía lo mismo que mis compas, porque muy dentro de mí tenía el orgullo que la tierra de mis ancestros paternos se llevaba el triunfo (cierta tristeza apareció cuando en la final, Italia fue vencida, por cuatro a uno, por el seleccionado de Brasil, donde jugaba el gran Pelé. Y digo cierta tristeza porque quién no iba a caer seducido ante el fútbol que jugaban los brasileños, de hecho, la mayoría de la afición que estaba en el estadio le iba a Brasil y vivieron el triunfo como si hubiera sido una victoria de México). Mi recuerdo termina ahí. Para mí no hubo más mundial, como si el desarrollo del torneo se hubiera reducido a las participaciones de México y como la selección de la patria había sido eliminada el juego había terminado. ¡Falso! El Mundial siguió y con grandes sorpresas.
Un día (ahora chequé la fecha en Internet: 17 de junio de 1970) llegué a casa por la tarde, saludé a mi papá y pregunté por mi mamá, aún no había llegado. ¿Cómo? Yo había pasado por la tienda de estambres que tenía y la señorita que trabajaba ahí me dijo que mi mamá había salido. Va, pensé, no tardará (en ese tiempo no teníamos teléfonos móviles, ni cómo preguntar por dónde andaba). Mi mamá llegó y al entrar a la sala, donde estábamos mi papá y yo, de inmediato me preguntó: ¿viste el partido? Mi papá rio y yo quedé impávido. ¿Qué partido? Sin duda que era algo del Mundial 70. ¡No!, dije. Te lo perdiste, dijo, y contó, contó que en el departamento de Doña Elvita, al lado del grupo de amigas cursillistas, la maestra Vicky Albores y la esposa de Don Jorge Pinto (gran amigo de Rosario Castellanos), habían visto (en tele) lo que luego se llamó “el partido del siglo”, partido donde jugaron Italia y Alemania. Pocas veces había visto tan emocionada a mi mamá, contó que el partido terminó empatado, así que se fueron a tiempo extra y en estos minutos sucedió algo maravilloso: “un equipo metía gol y luego el otro empataba”, contó mi mamá, dijo que las amigas se paraban de los asientos y coreaban el gol, ¡gol! Ah, imaginé a las señoras disfrutando de este partido que se volvió histórico.
Posdata: ¿mi palomilla y yo? Ni nos dimos por enterados, y eso que varios de ellos eran fanáticos de hueso colorado. Al otro día todo mundo hablaba de ese partido, súper emocionante, maravilloso. Yo platiqué que mi mamá lo había visto. ¿En dónde?, preguntaron. Y conté lo que ahora te cuento. Toda esta emoción se vivió en el departamento donde vivían Don Polito y Doña Elvita. Comparto con vos una foto de ella, gran amiga de mi mamá, gran amiga de muchos comitecos. En 1970 no todo mundo tenía televisión en su casa. En la Ciudad de México ya había televisores a color, acá teles pequeñas, en blanco y negro. Don Polito y Doña Elvita fueron gente de bien, de nobles sentimientos, muy trabajadores.
¡Tzatz Comitán!
