jueves, 4 de junio de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO

Querida Mariana: murió Fer Avendaño, mi amigo, mi compañero de la primaria en los años sesenta. En los años sesenta, la sociedad comiteca se enteraba de fallecimientos a través de la radio XEUI, cuando escuchábamos una música fúnebre, sabíamos que en seguida nos enteraríamos quién había fallecido, con una voz engolada, el locutor en turno leía el papelito donde se consignaban los datos de la persona fallecida. Si no me equivoco empezaba así: “en el seno de nuestra madre católica, apostólica y romana…” y luego venía la información del fallecido en turno. La melodía era triste. En el disco picaresco de Doña Lolita Albores se habla de un deceso y la comadre dice, más o menos: “a mi comadrita le hubiera gustado oír su nombre en la radio”. Los amigos y familiares escuchaban el nombre del fallecido, iban a sus recámaras, se ponían el traje de luto e iban a la casa del muerto a presentar condolencias. El manteado ya estaba colocado en el patio central, ahí las sillas, ahí los tecitos de hierba de limón (tan sabroso), para los grandes con “piquete”, mientras en un cuarto, junto al corredor, en el centro, estaba el ataúd del desgraciado, del que había perdido la gracia de la vida. En esa recámara los diálogos eran casi susurros o se escuchaban los padres nuestros de rigor, en señal de respeto por los familiares que no paraban de llorar, que no paraban de contar los últimos momentos de vida del occiso. Mientras, en el patio, las conversaciones eran más altas, cuando el clima se intensificaba porque la bebida alcohólica ya había hecho el milagro se escuchaban las grandes carcajadas. Los que llevaban el dolor agradecían estas carcajadas, agradecían el acompañamiento, sabían que los acompañantes jamás tendrían el mismo dolor que ellos, pero sabían que, si el ataúd permaneciera solo, en la burbuja del silencio y del misterio, el trance sería más difícil. Ah, cómo agradecían el acompañamiento. Hoy, en 2026, la historia ha cambiado tantito. Hoy nos enteramos de fallecimientos a través de las redes sociales y de inmediato la gente manifiesta ahí su pesar, basta un mensaje breve para decir que acompañamos a la familia en su dolor, bastan cuatro letras que lo dicen todo: qepd. Que en paz descanse mi amigo Fernando, quien en los últimos tiempos me decía Alex Ben (apócope de mis nombres, Alejandro Benito). Hoy ya nadie me dirá Alex Ben, sólo él lo hacía. Yo le decía Fer. Él fue mi compañero en la primaria Matías de Córdova, en los años sesenta; fuimos compañeros de salón en la vieja escuela y en la nueva, fuimos de los alumnos que nos tocó la odisea de pasar de una casona, en el barrio de Jesusito, a un nuevo edificio (el actual) en mil novecientos sesenta y ocho. Mi amigo Héctor Cortés Mandujano, gran escritor y estudioso del fenómeno, me ha contado los misterios del recuerdo, me dice que las personas colocamos trozos falsos para completar una historia. Con Fer lo comprobé, porque él siempre me aseguró que se sentía orgulloso porque yo había dado el mensaje de bienvenida al presidente Gustavo Díaz Ordaz, cuando éste llegó a Comitán e inauguró el edificio. Ya te he contado que yo, ese día, fui comisionado por el director Víctor Manuel Aranda León para que fuera al Hotel Los Lagos y a la hora que viera la llegada de la comitiva presidencial corriera, con todo lo que daban mis regordetas piernas, para avisar y en la escuela se prepararan para el recibimiento. Cumplí la misión con orgullo, pero jamás hablé una sola palabra frente al presidente. Alguien me sugirió que no desmintiera a Fer, incluso que compartiera más dicha versión, porque me daba estatus. Me resistí ante la tentación. ¡No!, dije, yo fui un sencillo mensajero, eso fui, y he contado mi recuerdo verdadero, lo que a mí me tocó vivir. Y hablando de vida, porque de esto hablo, puedo asegurar que Fer gozó la vida, la gozó con una de sus grandes pasiones: la música, la gozó a tal grado que hincó esa pasión a sus hijos y a sus nietos; en su residencia de Los Sabinos, espacio generoso en aire, en árboles y en pájaros, construyó un estudio donde transmitía por radio en Internet, asimismo construyó un amplio escenario donde él, al lado de su familia, amenizaba las reuniones. Ya te conté que en uno de sus cumpleaños hizo lo que pocos (o nadie) han hecho: contrató el Teatro de La Ciudad (o alguno de sus compas políticos se lo prestó) para que llegara toda la plebe y disfrutaran de una velada musical en su honor (el personal del teatro me contó que el festejo se prolongó hasta altas horas de la noche, ya pedían que la última canción fuera eso, pero Fer, como Vicente Fernández, mientras le aplaudieran seguía cantando y como los bellos durmientes en las butacas aplaudían por inercia, él seguía trepado en el escenario, disfrutando la vida mediante la música). Se murió Fer, a la usanza antigua no harían el velorio en una funeraria, su cuerpo y alma fueron velados en su residencia. Cuando lo supe imaginé que el velorio sería un gran guateque. ¿Cómo no despedir con música y traguito a quien fue un gran bohemio? Imaginé que habría grupos musicales, que sus hijos interpretarían las canciones preferidas; imaginé que habría marimba. No sé de qué murió, lo que sé es que él ya entró a la relación donde estaremos todos, porque (te he dicho que ya entendí la ley de vida) ¡todos moriremos! Lo que sé es que un día, tampoco sabemos cómo, sus cuerdas vocales comenzaron a destemplarse, su voz potente, con erres arrastradas, comenzó a minimizarse. La fotografía que anexo muestra el día que él y su esposa, Cecy, llegaron a la oficina de Arenilla para un Platicatorio donde ella participó. Él insistía en hablar, pero era difícil entenderle, su garganta estaba cansadita. Yo le decía que no se esforzara, que, al contrario, procurara darle reposo a la garganta para que comenzara a tomar fuerza de nuevo. La fotografía es de julio de 2025. Pienso que no volví a verlo hasta el día que cumplió cincuenta años de casado, lo vi de lejos, llegar al altar, en Arenilla publicamos un reportaje de ese aniversario de bodas que se celebró en el templo cercano a su casa y el bailongo y la comida y la bebida y el disfrute de la música fue en su domicilio, en medio de esa burbuja de aire que siempre lo rodeó, ambiente que él creó. Ya no volví a verlo, porque cuando fui a su casa, tiempo después de las bodas de oro, me recibieron su hijo Nico su esposa Cecy, ellos dijeron que Fer descansaba. Mientras vivió fue uno más de los cenzontles del barrio, pero, digo, poco a poco su voz potente, como la de Pedro Infante, se convirtió en un chisguete. Cuando me enteré de su dolencia pensé en Borges, ¿cómo pudo quedarse ciego alguien que amaba la lectura? Así ocurrió con Fer, él que siempre había hecho homenaje a los grandes cantores de México ya no pudo cantar como le gustaba. Pensé en Juan Manuel González Tovar, el gran locutor, quien sufrió una chiripiolca que en sus últimos días le canceló la posibilidad de hablar con la elegancia que fue su don. Posdata: se murió Fer. Mi mamá contaba que de niño lo invitaba a comer en la casa. Él vivía en el barrio de La Lana, subía a la escuela y avisaba, desde temprano, que comería en casa y le daban permiso. Sara, la sirvienta, nos servía en el comedor, tomábamos la sopa, luego el guisado y al final el postre, Fer disfrutaba esos momentos, luego íbamos a jugar carritos al sitio y cuando la noche comenzaba a entrar, mi mamá decía que Fer debía irse, qué dirían en su casa que no llegaba, él se despedía y se retiraba (eran otros tiempos, los niños caminaban solos en las calles de este pueblo tranquilo). Yo, desde la puerta de mi casa, lo veía de espaldas, caminar sobre la banqueta, alejarse, ir hasta su casa, bajar por calles empedradas. Por esto, cuando en 2025 él y su esposa llegaron a la oficina de Arenilla y bajé a despedirlos los vi a la distancia y les tomé esta fotografía. Fer ya no iba solo en la noche, ya iba acompañado por su compañera de vida, iban juntos, él ya no podía hablar bien, hacía el esfuerzo, pero sé que su garganta resentía cualquier esfuerzo. No volví a verlo, un día fui a su casa, platiqué con Nico y él me dijo que a su papá lo estaban tratando, porque no era una enfermedad extrema, era sólo un ligero cansancio de sus cuerdas. Ah, el Fer se había desafinado. El 2 de junio de 2026, Fer falleció, se cayó para siempre su voz, una voz potentísima que, como todas las cosas en la vida, se cansó. Fer, el incansable, murió de cansancio. ¿Qué se le va a hacer? Abrazo para mi querido amigo y para los suyos. ¡Tzatz Comitán!