sábado, 13 de junio de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN MAGO

Querida Mariana: ¿has conocido a gente que hace magia? Tal vez, cuando niña, fuiste a un circo y viste a un mago. Yo recuerdo a uno. El típico mago con bombín y varita que aparecía un conejo del sombrero. A mí me encantaban los conejos. Pensé ser un mago para tener muchos conejitos, pero me faltaba la varita mágica, la que hacía el prodigio de aparecer conejos. No hablo de esos profesionales, que se dedican a aparecer y desaparecer cosas. Cuando dije que hablaría de un mago me refería a esa gente que posee un don especial, gente que hace magia con la esencia de la vida. Hay gente que trae, por naturaleza, la varita que hace los prodigios, que con cualquier elemento de la vida hace magia. Vos y yo sabemos la historia de Jesús, el hombre que hacía los llamados milagros, él fue uno de los grandes magos de la humanidad. Ni tenía chistera, ni tenía varitas, le bastaba la mente y el corazón. Parece (no lo sé, ¡yo qué voy a saber!) que los grandes dones de la magia están en el corazón y en la mente, el espíritu es el hilito que los une. Por esto, tal vez has escuchado que alguien dice: “fulanita de tal tiene un gran corazón”, es una manera de decir que posee el don de la generosidad; tal vez vos has escuchado: “sutanito es una mente brillante”, lo que significa que su IQ no responde a medidas mentales, sino que está por encima del común de los mortales. ¿Qué es la inteligencia si no se aplica bajo las leyes del corazón? Te comparto la foto de un mago, con barbita, lentes, sonrisa de chinchibul arrecho y collar de cuero enredado al cogote. Al fondo hay un cántaro de barro, que indica, como si fuese GPS, la tierra de origen; y al frente ¡el sol!, el sol de los mayas, es un pan de elote, presentado (dirían los chefs actuales) sobre una cama de gajos de la envoltura del maíz. Ya acá podés ver el acto de magia, la forma en que se presenta el pan. Si ya mencioné a Jesús debo decir que en la mesa que él compartía con sus compas colocaban el pan ácimo en el centro, sobre una sencilla mesa de madera. Algunos historiadores dicen que el pan se cortaba con las manos y se repartía en dosis iguales. Acá, el mago comiteco, mero comiteco, ante los ojos de los convidados preparó el pan (sin harina), colocó todo en las proporciones correctas en una licuadora de última generación, de esas que indican con foquitos y pantallitas el tiempo de mezclado fino. Mientras eso sucedía (porque las licuadoras también hacen magia, porque funcionan con un simple impulso eléctrico) el mago comiteco untó el molde y cuando la mezcla estuvo lista la colocó, con la misma maestría con que la mujer del atol del mercado vierte con un cucharón el preparado en el vaso. El mago explicó que la mezcla, como todo en la vida, tiene un tiempo justo, que no se pase, que la emulsión sea la precisa, si se pasa la magia no se cumple. Los magos y las magas saben que el tiempo es la medida exacta del prodigio, así es en todas las actividades humanas y sobrenaturales, el tiempo es el reloj sin manecillas que ordena el caos. Los convidados acompañamos al mago para llevar el molde al horno (que está en el corredor de la casa). El horno (también de última generación) ya estaba listo, la leña colocada con anterioridad, ya calentado el vientre para recibir el pan y cocerlo. Regresamos a la mesa y desde ahí el mago volvió a sorprendernos, porque preparó la comida, con sapiencia dijo: mientras comemos se cocerá el pan. ¿Mirás lo que dijo? Esto puede aplicarse para todo en la vida. Como en restaurante de cinco estrellas, en pueblo de nueve estrellas, preparó salmón a las finas hierbas; ensalada fresca primavera, con aderezo de miel y mostaza; una copa de espumoso blanco; y, para los abstemios, una jarra de limonada sin azúcar (fresca como la ensalada, como la plática que versó, entre otros caminos, en una síntesis de la encíclica del papa León XIV, que trata acerca de la Inteligencia Artificial. Todo esto sucedió en casa del mago, de inteligencia natural, de genio otorgado por la naturaleza). Y sin contar tres le entramos al salmón y demás exquisiteces. Yo, como niño asombrado, preguntaba a qué hora aparecería el conejo de mi niñez. No apareció. Bobo de mí. Ya dije que la magia tiene como ingrediente principal el tiempo, es mientras transcurre que se da el prodigio, entendí que en mí no ha pasado el tiempo, sigo siendo el niño de los años sesenta, pero el tiempo universal no deja de fluir como río infinito, por eso, ahora apareció un pan de elote en forma de sol o lo contrario, el sol en forma de pan. Recibí la luz eterna. Bobo de mí, no disfruté el pan, porque uno de sus ingredientes fue la mantequilla y evito ésta, en la medida de lo posible. Así que sólo me limité a recibir los rayos del sol, me dejé broncear el espíritu a través de la mirada. Posdata: no todos los días está uno frente a un demiurgo que hace el pase mágico ante los ojos de la audiencia. Por lo regular, los magos hacen pases mágicos detrás de pañuelos o de complicadas estructuras. Sólo Jesús no necesitó de paneles para hacer sus prodigios, los hacía a la vista de todos, por eso mucha gente no cree en sus dones, porque es complicado, frente a simples mortales, hacer un pase que diga: “levántate y anda”. Nos levantamos, después de comer el salmón y beber la limonada sin azúcar, fuimos al horno y hallamos esta belleza que ahora comparto con vos. Igual que yo, disfrutalo a través de la mirada. Ahí será para la otra, cuando regresés de Guadalajara y el mago nos invite a su residencia y disfrutemos los pases mágicos que él realiza con esta mirada de tiuca traviesa. ¡Tzatz Comitán!