viernes, 19 de junio de 2026

CARTA A MARIANA, CON MÉXICO

Querida Mariana: fui a Chedraui y todos los empleados tenían la playera de la selección de México. En la tarde jugaba la selección. Llamó mi atención la estrategia, fue una decisión de la directiva. Casi casi vi a los empleados recibiendo su playera con la atenta sugerencia (orden) de portarla, para demostrar que todo mundo apoya a México. ¿De verdad es así? Hay grandes estudiosos del fenómeno que hablan acerca de cómo el fútbol soccer es usado como una herramienta ideológica, sobre todo en países tercermundistas. No hay necesidad de abundar sobre el tema de por qué esto se da en países subdesarrollados. La ignorancia de las masas hace que exista menos capacidad de reflexión. Por supuesto que en el súper mercado había una sección especial con productos para comprar y demostrar “el amor a México”, el apoyo a la selección, al grupo de futbolistas que, de igual manera, “se entrega por el país”. Lo que vi en Chedraui sigue fomentando lo que nos han inculcado desde niños, lo de “ponerse la camiseta”. Nos hace recordar lo que cantamos en los homenajes a la bandera: “…en cada hijo un soldado te dio…” Cuando Don Pancho González Bocanegra creó la letra no había esa moda de inclusión del lenguaje, sino andaríamos cantando: “…en cada hijo e hija un soldado y una soldada te dio…” ¿Una soldada? Qué feo. Mi amigo Daladier repite con certeza lo que dijo el compa Marx: “la religión es el opio del pueblo”. Decenas de países tercermundistas son opiómanos. Ya se sabe lo que produce el opio: adormece. Junto con ese opio aparece otro igual de dañino: el nacionalismo, que también adormece y, a la vez, estimula a grados que, en ocasiones, despierta la violencia y los peores sentimientos del ser humano. Recordemos Alemania, en la Segunda Guerra Mundial. ¡Viva México, cabrones!, es un grito de batalla con el que hemos crecido. Lo decimos, sin advertir la carga semántica, el peso histórico. El nacionalismo, igual que la religión, ha creado las más incruentas guerras, esto lo supo muy bien Don Pancho al escribir la letra del himno, una letra que promueve el más férreo sentido ingrato del nacionalismo: que ni un extraño enemigo profane con su planta el suelo mexicano, porque millones de connacionales le damos en la madre. A partir de ahí los discursos incendiarios de que la soberanía del país ¡no se toca, ni con el pétalo de una rosa! La patria está por encima de todo. ¿De verdad? A veces, sobre todo en los últimos tiempos, da la sensación de que el “extraño enemigo” ya está adentro y es de “los nuestros”. La patria se socava por dentro, mientras el discurso apunta hacia afuera. Todo el país debe ponerse la camiseta en esta justa deportiva. ¿No le vas a México? Sos un malinchista, un traidor. ¿No estás a favor de defender la soberanía del país? Sos un traidor. ¿No ves cómo los jugadores de la selección mexicana se parten el alma por defender al país? ¿No has visto cómo ellos, en sus pies, llevan el orgullo nacional? En esta temporada hay productos en los supermercados que son patrocinadores oficiales de la selección mexicana; es decir, estas empresas están con México. Después del súper fui al mercado primero de mayo y vi que los cacahuates que ofrecen las canasteras en la banqueta no tienen la marca de México. ¿Qué sucede? ¿En dónde quedó el amor a la camiseta, el apoyo indeclinable a la patria? Mientras caminé del parque central (mi parque) al mercado vi a dos chicos, tomados de la mano, riendo, portando las playeras de la selección mexicana. Pensé que ellos son del equipo que grita: ¡Viva México, cabrones! Que nadie se atreva a no apoyar a la selección de este país. En esta justa deportiva ¡que ningún extraño enemigo ose meter un gol en la portería nacional, porque la afición de millones defenderá nuestra soberana soberanía! Posdata: ya se dijo que la afición es el jugador número doce, México lindo y querido, en cada aficionado un soldado te dio. Soldado, sí, así como suena, como se interpreta. ¡Tzatz Comitán!