martes, 21 de marzo de 2023

CARTA A MARIANA, CON LA PRESENCIA DE CIRITO

Querida Mariana: acá está Cirito. En las funciones de lucha libre o de boxeo, de esto sabe mucho mi querido maestro Temo Alcázar, el maestro de ceremonias anuncia, con voz de locutor de la XEW: “En esta esquina…” Bueno, acá digo: “En esta esquina: ¡Cirito!, el maravilloso sacristán del templo de San Sebastián”. Un día, Cirito falleció y para perpetuar su memoria, en la tienda que atendía su esposa, colocaron un cartel con su fotografía. Ahora, en una esquina de su tienda, sigue presente el gran luchador de la vida: Cirito. La mayoría de fieles católicos que acude al templo de San Sebastián tiene un grato recuerdo de Cirito, quien, desde temprano salía de su casa, caminaba unos cincuenta pasos y entraba a la sacristía para preparar la vestimenta del sacerdote, luego pasaba al altar y prendía los cirios. Los que conocen los misterios de la vida anuncian que los nombres de las personas tienen relación directa con el destino. No lo sé, lo que sé es la semejanza eufónica que existe entre la palabra que designa al cirio y la que designa a Ciro. Por ahí, en la Biblia aparece otra palabra pariente cercana de las mencionadas: Cirineo. De acuerdo con los diccionarios, la palabra cirineo se aplica ahora a la persona que ayuda, que sirve. Mirá qué coincidencia. Cirito fue un excelso cirineo en el templo de San Sebas, de la mañana a la noche. ¿Cuándo conocí a Cirito? Cuando estudié la secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz. Una mañana me encontré en medio de los compañeros haciendo fila para comprar unas gorditas que vendían las monjas del Niñito Fundador, en un local que tenían en el portal que va al salón anexo al histórico templo. Cirito ayudaba a vender las gordas. Si ahora le preguntás a alguna persona de esos años se acordará de esas gorditas, que estaban rellenas de carne con papa, y te dirá que eran “las gordas de Cirito”. ¡Mirá! Nadie dice las gordas de las madres, porque sonaría un poco agresivo y cercano a la realidad, porque había dos o tres religiosas pasaditas de peso. El trabajo de Cirito fue el de ser cirineo en el templo de San Sebastián, pero atendió el negocio de gordas de las madres y, en su local, vendió taquitos dorados que, de igual forma, fueron conocidos como los tacos de Cirito. Parece pues que el nombre de Cirito está colocado en el mismo muro de honor donde aparece el nombre del tío Jul, quien es de los pocos tesoros de la gastronomía comiteca que tiene platillos con su nombre: huesos de tío Jul y tacos estilo tío Jul. Cirito sigue siendo recordado por los de mi generación también por vender las gordas, las gordas de Cirito, aunque no haya sido él quien las preparaba. Quien entre ahora a la tienda de Cirito lo hallará en una esquina del local. Él ve directamente a la puerta del negocio, está sentado en una silla de madera con respaldo, sus manos están en reposo; las manos que siempre estuvieron activas, prendiendo velas y veladoras, sirviendo tacos y gordas, vistiendo al sacerdote, colocando los discos con música clásica con los que el padre Carlos ambientaba el templo antes de iniciar el ritual litúrgico. Entré a su tienda y me dio gusto hallar la fotografía donde está Cirito. Ahí hay un recuerdo permanente. La fotografía que tomé lo presenta rodeados de exhibidores, estantes y refrigeradores, además de un calendario donde aparecen dos vacunos blancos. Los signos de estos tiempos están presentes en esta fotografía, donde los anuncios de Marinela y de Coca Cola están presentes y lo acompañan. Posdata: en la esquina de una pequeña tienda del barrio de San Sebastián, lugar donde inició la Independencia de Comitán, de Chiapas y de Centroamérica, está Cirito, ve a todos los que entran y piden un refresco, un vaso de unicel, una veladora, un pingüino. Si apareciera un despistado compañero mío y preguntara si venden gorditas, la respuesta inmediata sería ¡no! Ya no venden las gorditas que preparaban las monjas que son reconocidas como “las gordas de Cirito”. ¡Tzatz Comitán!