lunes, 15 de octubre de 2018

CON AROMA DE CHAMPAÑA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que tienen el aroma de una noche lluviosa, y mujeres que huelen a barra de cantina.
La mujer barra de cantina está llena de imágenes que huelen a noche abierta. Para empezar, la puerta de su espíritu es abatible, con una serie de cejas de madera que, a manera de persiana, permite que pase el aire y la mirada de algún voyeur pervertido o inocente. He visto a hombres que, con el pretexto de conocer el interior, pretenden abrir esa puerta abatible, creyendo que es posible violar la intimidad de esta mujer que es única, única por desmesurada, por franca y porque el falso pudor nunca es parte del barril donde conserva la cerveza que sirve en vasos llenos y deja sobre la barra.
La mujer barra de cantina no tiene nombres comunes, jamás se llama Carmen, Guadalupe o Elena. ¡No! Ella adopta nombres que suenan muy de hombres, como “León de Oro” o como “El gallo de Oro”. Hay, se mira, una obsesión por emplear metales preciosos. En Xalapa conocí a una falsa mujer barra de cantina que se llamaba “La puerta de ónix”, pero, cuando fuimos al puerto de Veracruz y nos sentamos en un café al aire libre confesó que su nombre verdadero era Clara y luego, como si estuviéramos en una cantina de mala muerte, hizo el chiste de que también servía cerveza oscura, como el color de su piel. ¿Entendiste?, me preguntó: Clara y oscura. Yo reí, pero lo hice con el mismo tono con que la tarde abría su ventana para recibir la noche.
En este instante es importante decir que hay dos tipos de mujer barra de cantina, una falsa que acepta que los amigos del amado lleguen a casa y otra, la auténtica, que es renuente a las manifestaciones amistosas tumultuarias. La primera permite que los amigos se sienten en la mesa y vean, en la pantalla del televisor, el partido de fútbol soccer o el Súper Tazón del americano. Ella sirve los jaiboles con un popote, en lugar de servir una cucharilla larga, y sirve pequeños platos con cacahuates, pedazos de queso, aceitunas y chicharrines con salsa chamoy. La otra mujer barra de cantina es más selecta, si el término puede adjudicársele. Tal vez sea más justo decir que es mujer que tiene el cabello de color champaña, que, en lugar de poner discos de Chavela Vargas en el reproductor, pone discos donde el sax de Charlie Parker parece bajar nubes y sembrarlas a mitad de la sala. El amado de la falsa mujer barra de cantina termina borracho; el amado de la auténtica mujer barra de cantina se embriaga.
No obstante esta diferencia, ambas mujeres tienen la particularidad de ser excelentes acompañantes a la hora del dolor o de la pena, a la hora que el amado piensa que la vida le debe la gloria prometida, a la hora que el amado cree que todo se reduce a una ventana sin cristal o que el único abono de la vida es la mierda del buey. Ella tiene el alma regada con mezcal o con tequila o con comiteco o con champaña, por eso, cuando el amado la toma entre sus brazos siente que una brasa comienza a abrazarlo. Ese fuego tiene la misma esencia de la veladora del templo o la calidez del sol a la hora que se oculta tras las montañas.
¡Ah, bendita mujer! ¡Bendita entre las benditas! No hay nadie como ella, porque su columna vertebral está tallada en madera de cedro, porque el espejo que tiene en la pared posterior, en la contrabarra, siempre abarca toda la pared, y esto es así para que el amado sepa reconocerse a cualquier hora y en cualquier dirección. Ella es como un encantamiento que descubre el origen y el destino.
Cuando el amado ha bebido suficiente de su fuente, ella, generosa, le abre sus piernas para que él pruebe el brebaje de Ambrosía, el que tiene el sabor pepenado en la casa materna, el que posee el secreto que la abuela le transmitió desde niña. Porque ella es fruto de la tradición, su nobleza no es gratuita, viene de siglos atrás, de cuando en las pulquerías estaba prohibida la entrada de mujeres, de uniformados y, sobre todo, de ambulantes.
Ella juega Rentoy, ese mítico juego de cartas, típico de las pulquerías del siglo pasado. Es maravilloso saber que el rentoy permite que uno de los compañeros pueden hacer señas sugerentes para que el otro sepa por dónde debe ir el juego. La mujer barra de cantina es experta en ese tipo de señales. El amado descubre en ese juego de señas la maravilla de la seducción, la plenitud del lenguaje erótico.
Muchos hombres desean a la mujer barra de cantina. Para no caer en equívocos, es preciso insistir en que hay dos tipos de esta mujer: una que sirve popotes en los jaiboles y otra que tiene el sabor del Martini seco y que el amado debe tener la suficiente clase y categoría para humedecerla.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que tienen mariposas en los pechos, y mujeres que son como una calle con baches.

sábado, 13 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE HAY UN LETRERO DE VENTA DE VINAGRE CASERO




Querida Mariana: ¿Ya viste el letrero que está en la baranda de esta tienda? Dice: Se vende vinagre casero. Entiendo, por la certeza del letrero, que adquirir vinagre casero es garantía de calidad. La cocinera puede decir a la hora que presuma de un guisado que empleó vinagre hecho en casa. Entiendo, hasta donde da mi conocimiento culinario, que este vinagre puede ser hecho de piña o de manzana. A veces he visto en casa que mi mamá corta la piña, me ofrece la fruta y las cáscaras las mete en un bote de cristal lleno de agua. Lo deja reposar como quince días, luego le agrega piloncillo y deja que repose otros cinco días. Este momento es prodigioso, porque el agua comienza a tomar un color piedra de ámbar, de atardecer comiteco. Mi mamá raya zanahoria, pone a cocer los trozos, luego le agrega cebolla sofrita y le echa vinagre y un poco de agua, una pizca de pimienta de la tierra, orégano, hojas de laurel, una pizca de sal y lo pone a hervir. Es una especie de los llamados “picles” que hace mi mamá y que yo como con una tostada horneada con frijol molido. Digo que esto es mi privilegio, comer en casa unos picles, como anuncia el anuncio de este tendejón sancristobalense: ¡caseros!
Antes de seguir con esta carta, querida mía, debo decir que adoro los espacios que son como los de esta fotografía. Sí, lo sé, son tiendas que están en proceso de extinción. Los Oxxo nos han quitado una parte fundamental de nuestra identidad. Nos han quitado, por ejemplo, la belleza sencilla de la baranda de madera que servía para evitar que los perros entraran y que era un ritual maravilloso. Recuerdo de niño apoyar mis manos en la baranda, mientras mi mamá decía: “Buenas tardes, doña Emita”. Adentro se escuchaba un lejano: “Entren”. Mi mamá entonces, en un movimiento exacto tomaba la baranda, la destrababa y la recargaba en una hoja de la puerta, también de madera. El colmo de la belleza de la tienda de doña Emita era el piso, también de madera y los estantes y el mostrador (igual que los de esta fotografía) del mismo material. No sé qué dirás vos, pero yo debo decir que la madera propiciaba una calidez como de alfombra de juncia. Ayer entré a un Oxxo porque debía hacer un depósito (sí, vos lo sabés, en los antiguos tendejones hacer depósitos no es posible. En mis tiempos, sólo en los bancos se hacían los depósitos; es decir, antes había instituciones especializadas, ahora hay tiendas donde comprás de todo, por todo, para todo) y establecí la diferencia notoria: puertas de cristal, mostrador de material plástico y piso con losetas brillantes. Sí, debo reconocer que estos espacios posmodernos están iluminados y provocan una imagen impoluta, pero fría, distante. Es una bobera lo que diré: Extraño la penumbra de las misceláneas antiguas; cierto olor a humedad, cierto olor a viejo. Ahora lo único que expele el aroma a viejo es mi cuerpo. Debo confesar extraño ir de la mano con mi mamá a la tienda de doña Emita. Doña Emita, igual que su canario y que su loro, ya murió. A veces llegábamos, mi mamá tocaba y desde adentro del patio se oía: “Entren”; a veces no era doña Emita quien respondía, ¡era el loro!, loro que también sabía cantar el himno nacional y decía malcriadezas. A veces escuchábamos: Pendejos, pendejos, y sabíamos que no era doña Emita quien decía las groserías.
Agradezco a mi mamá que prepara el vinagre en casa; sin duda, muchos clientes de esta tienda también agradecen que los propietarios vendan vinagre casero. Tal vez en San Cristóbal el vinagre lo hacen con manzana. Hay muchísimos árboles en la zona de San Cristóbal, árboles que producen manzanas riquísimas, grandes, con el mismo color que tienen las chapas de los habitantes de aquella entrañable ciudad.
Amo los lugares que son como esta tienda. Me encanta la profusión de elementos que producen un retablo lleno de color y de aromas. ¿Ya viste los pomos llenos de duraznos encurtidos? No sé bien, pero creo que esos pomos reciben el nombre de vitroleros. A mí me seduce esta palabra, el sonido que provoca cada vez que alguien lo pronuncia tiene un ritmo de vitrola. ¿Sabés a qué se le llamaba vitrola? A un aparato que reproducía el sonido. La vitrola era como una consola, como un reproductor de CD. Vitrolero me suena a eso, ¡a vitrola!, ¡a sonido! ¿Por qué? Porque en mi casa de infancia un día encontré un vitrolero en la bodega, era un pomo pequeño, como si fuese un juguete o un chunche para jugar en la casa de muñecas. Lo tomé prestado y lo llené con canicas hasta la mitad. Por las noches, antes de dormir, lo tomaba con ambas manos por los extremos y hacía que las canicas fueran de un lado a otro. Había ocasiones que provocaba oleajes de mar, en otras ocasiones provocaba carreras de autos o, si volteaba de más el pomo, provocaba aludes en altas montañas. Pensaba que ese vitrolero era mi vitrola generadora de sonidos. Mi mamá odiaba tal sonido (ella decía que era un ruido insoportable). Tal vez ella había olvidado sus años niños, porque todos mis amigos celebraban, cuando llegaban a casa, el sonido de las canicas. Decían que lo que hacía era genial. ¿Genial? Yo decía que no, que era una simpleza, pero luego comprendía que ninguno de mis amigos tenía vitroleros en su casa; nadie hacía esa música que yo diseñaba todas las noches. Una vez, Armando me dijo que probara a colocar las semillas del árbol de chío (estas semillas las usaban los boleritos para jugar canicas en el parque. Todavía -¡qué bueno!- hay un árbol de chío en el parque central). Lo hice, cambié todas las canicas de cristal por los chíos. El sonido cambió, fue más ronco, más como de carrera de pasos de viejo cansado. Supe entonces que mi vitrola personal podía generar miles de sonidos, dependiendo del movimiento que imprimían mis manos y del material. ¿Cómo sería el sonido con decenas de balines de metal, de esos que Enrique tenía en su casa y había conseguido en el taller mecánico de su papá? Una tarde fui al taller y le pedí a Enrique que me regalara balines. Esa noche fue prodigiosa, porque el vaivén de las bolitas de metal consiguió un sonido que, ahora lo pienso, habría entusiasmado a las bandas de rock pesado y a todos los metaleros de estos tiempos. El contacto del metal con el cristal fue como una explosión de aviones contra ventanales. Fui cambiando los materiales y los fui mezclando: Un día coloqué hojas secas y las moví, otro día metí dulces revueltos con monedas, luego probé con llaves revueltas con piedritas de río, más tarde metí cacahuates pelados y sin pelar, corcholatas, pedazos de tostada con ramitas de laurel. Cuando hice el último experimento el sonido provocado fue insólito, pero amortiguado. Lo que descubrí en esa ocasión fue que al abrir el pomo salía un aroma grato, como de montaña al amanecer. Entonces (mi mamá dio gracias a Dios) dejé de meter objetos extraños en el pomo, comencé a meter hojas que producían aromas, como hojas de albahaca, menta o hinojo. Luego incorporé flores (secas y frescas). Una tarde, Armando llegó y cuando abrí el pomo y el metió su nariz dijo: “Pucha, huele como el cuarto de mi abuela”. Disfrutaba esos aromas. Antes de acostarme, abría el pomo y aspiraba esos hilos perfumados. Yo sabía que estaba haciendo algo que tenía relación con el letrero que está en esta fotografía de una tienda de San Cristóbal de Las Casas, estaba haciendo “sueños caseros”.
¿Ya viste el letrero de “Cervecita dulce”? Esa cervecita es una riquísima tradición coleta. En esta tienda la siguen manteniendo. Rocío odia la cerveza, porque una vez que la probó dijo que estaba muy amarga, que no entendía cómo las personas la tomaban. Sí, la verdad es que la cerveza es amarga, debe ser por el lúpulo, no lo sé. La cervecita de San Cristóbal es dulce. Eso hace diferencia en el mundo. Además, esa bebida coleta no se llama cerveza, ¡no! Nadie llega a pedir una cerveza dulce, ¡no! Todo mundo pide una cervecita dulce. Ese diminutivo hace que todo sea más afectuoso, más de cordel de aire limpio. De igual manera, antes, las personas iban a la tiendita de la esquina. ¿Mirás? Había un diminutivo que describía el mundo tranquilo de antes de la invasión de los Oxxo. Esto último que dije parece título de película del Santo: Santo contra la invasión de los Oxxo. ¡No suena mal! No suena mal, pero es una mera ilusión, porque Santo ya no está para defendernos de esa pandemia que cada día ahoga a las tienditas afectuosas con estantes de madera, con mostradores de madera, con pisos de madera, con barandas de madera.
Posdata: ¿Ya viste que hay un pomito con incienso? A ver, a ver, quiero ver el Oxxo en el que vendan incienso, quiero ver el Oxxo en que vendan vinagre casero, quiero ver el Oxxo en que vendan cervecita dulce, el Oxxo en que vendan duraznos encurtidos. Quiero ver el Oxxo en que, desde adentro, el pinche loro diga: ¡Entren!, y luego, imitando la voz de doña Emita, agregue: Entren, pendejos, entren.
Soy, irremediablemente, un viejo que extraña cosas. Por eso, cuando me topé con esta tiendita en San Cristóbal, me quedé viendo durante muchos minutos todo lo que ahí había. Apoyé mis manos en la baranda y pensé que era yo un cursi con las manos sobre la baranda de un trasatlántico viendo el oleaje del mar en un atardecer, y cuando vi los vitroleros pensé en mi vitrola de infancia y escuché el sonido del mar que yo provocaba cuando las olas de canicas iban de un lado a otro. Tal vez la palabra vitrolero viene de vidrio, no lo sé. Tal vez nada tiene que ver con vitrola. Tal vez.

viernes, 12 de octubre de 2018

DEFINICIÓN DE REUNIÓN




A ver, ¿cuántas personas deben estar en un mismo espacio para que se diga que eso es una reunión? Una vez, hace muchos años, Juan me dijo que me invitaba a una reunión en su departamento. Cuando me lo dijo imaginé un grupo de amigos y conocidos. Cuando llegué, muy puntual a las dos de la tarde, con una botella de vino en la mano, y Juan abrió vi que nadie había en la sala. Nada dije. Pensé que yo había sido demasiado puntual. Me senté en la mecedora que Juan tenía a mitad de la sala y vi que él colocaba un disco en la tornamesa y luego iba a la cocina y desde ahí me decía si quería beber algo. Dije que una cerveza. Apareció él con dos botes en la mano, luego trajo un platón con cuadritos de queso, jamón serrano y aceitunas negras. Abrió el bote, hice lo mismo. Alzamos las cervezas y dijimos el clásico ¡salud! ¿A qué hora llegarían los demás? Mientras bebía un sorbo de la cerveza, que estaba deliciosa, con el frío adecuado, aguzaba el oído, con la esperanza de escuchar algunos pasos y risas en la escalera, esperaba que tocaran el timbre.
Tal vez porque soy hijo único, siempre he visto con admiración los grupos de personas. Detesto formar parte de las multitudes, pero me sorprendo ante la visión de un estadio lleno de gente, gente que acudió a un concierto o a ver un partido de fútbol.
Odio las corridas de toros, pero me subyuga ver cómo cientos de aficionados se paran y gritan olé y beben vino o cerveza. Me emociona ver cómo cientos de personas pierden poco a poco su identidad y se vuelven parte de un conglomerado fantástico. Masa informe que no tiene brazos ni piernas, que sólo tiene ojos y bocas, grutas oscuras y luminosas.
Cuando Juan se paró, puso otro disco y fue a la cocina por otras cervezas, yo, desde la sala (no tuve el valor para decirlo de frente) le grité: “¿A qué hora vienen los demás?” Sin saber bien a bien qué quería yo decir con ese los demás. ¿Quiénes eran los demás y, sobre todo, cuántos eran? Juan sacó la cabeza por la puerta abatible y preguntó: ¿Quiénes? Supe entonces que no habría más, que la famosa reunión se concretaba a nosotros dos. Juan regresó, me dio el otro bote y yo me paré. ¿Vas al baño?, preguntó él. Yo caminé hacia la silla donde había dejado mi suéter y mientras metía un brazo en una manga dije que debía retirarme, que me había acordado que tenía una reunión en el trabajo. Juan me vio como si una grieta se abriera en el piso, me dijo que si no podía cancelarla, dije que no, dije que no acostumbraba cancelar las reuniones, que mi presencia ahí en su departamento era la prueba más fehaciente, pero que, a veces, debía retirarme, porque otras reuniones exigían mi asistencia.
Sé que mi salida intempestiva fue porque Juan había empleado la palabra reunión, yo había dado por sentado que esa tarde habría más personas y cuando vi que sólo estaríamos él y yo sentí una especie de cierta frustración, casi casi como si hubiese sido una fiesta en la que la mayoría, abrumadora, había cancelado y nos hubiesen dejado solos y yo tenía que cargar con el peso de la charla.
Siempre he dicho que me cuesta mucho trabajo relacionarme con la gente. No sé de qué hablar cuando estoy solo frente a otra persona. Doy gracias a Dios cuando hay más personas y la plática fluye bien sabrosa, sin necesidad de que yo tenga que decir algo.
Esa tarde, en el departamento de Juan, me atrapó ese complejo. Creo recordar que hablamos de la película Rocky (la primera), que recién habíamos visto en video, pero cuando se agotó el tema hubo una pausa en donde él se paró a revisar los discos y yo no supe qué decir ni qué hacer. Tomé un pedazo de queso y comencé a roerlo como si fuese un ratón tierno, de tal suerte que si Juan me preguntaba por qué estaba tan callado yo pudiera decir que estaba comiendo y le mostrara el minúsculo pedazo roído.
Me agobian esas pausas que se producen en pláticas de pareja. Cuando asisto a una reunión nunca falta la voz que corta de tajo esa pausa y todo vuelve a ser un río donde fluye el agua de la plática.
En fin, ¿cuántas personas deben estar en un mismo espacio para que pueda llamarse reunión? ¿Dos personas hacen una reunión? Los compañeros de oficina bromean, dicen que fulano de tal tuvo una reunión, ¡pero de ombligos!, y uno sabe que en ese instante el fulano de tal está sólo con sutana en el cuarto de un motel. Son dos y, según los compañeros de oficina, están en una reunión, de ombligos, pero reunión al fin. Yo, desde la humedad de mi espíritu, pienso que el término reunión se aplica cuando hay más de dos, ¡tres ya es reunión!, según yo.

jueves, 11 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON TECHO INCLUIDO (SIN ALBUR)




Querida Mariana: Esta fotografía la tomé en San Cristóbal de Las Casas. ¿Mirás qué nombre tan bonito? No vayás a preguntar qué clase de negocio es. No lo sé. Lo que sí puedo decirte es que no venden madera. ¡No! Tal vez a los propietarios les gustó la palabra y así bautizaron a su negocio. Es una palabra que a muchos chiapanecos los remite a la infancia. Al menos a mí me remitió a la tarde en que conocí el tejamanil. Estaba, por primera vez, en el rancho La Hierbabuena, de tío Guillermo. Mi mamá me dijo que la acompañara a la cocina, que estaba en una casita aparte de la casa grande. Caminamos al lado de pinos y de pájaros azules y de hilos de aire fresco. Cuando llegamos a la casita de madera, que nadie dudaba que era la cocina, porque siempre soltaba columnas de humo, vi que las paredes estaban construidas con maderas muy finas, delgadísimas. Pensé que era un prodigio que la casita no se cayera con un simple soplido, al modo en que el lobo tiraba la casa de uno de los tres cochinitos. ¡Era tan frágil, tan delicada! Cuando mi mamá vio mi cara de asombro dijo la palabra: Tejamanil, las paredes eran de tejamanil.
Años después reconocí que mi primo Pedro (Peter) estaba hecho de otra sustancia. Un día, Peter llegó a Comitán, mi papá dijo que él vivía con su familia en Los Ángeles, California. Allá había nacido, porque el primo de mi papá, del mismo nombre del hijo, había pasado al otro lado “De mojado”. ¿De mojado? Sí, mi papá dijo que así nombraban a los mexicanos que pasaban (de manera ilegal) al otro lado (Estados Unidos). Mi papá dijo que tal vez les decían así, porque en ese tiempo era común que los mexicanos cruzaran nadando el Río Grande, que era zona limítrofe entre México y Estados Unidos.
Cuando tomamos cierta confianza, Peter me contó cómo era la vida allá en su ciudad. Me la contó, mientras caminábamos por las calles de Comitán y yo le mostraba el mercado, el templo de El Calvario, el parque central y el cine Montebello (al que fuimos todas las tardes). Cuando nos sentamos en una mesa de “Nevelandia” y pedimos helados de vainilla, Peter sacó su cartera y me enseñó unas fotografías: en la primera aparecía una güerita con blusa hasta el cuello, dijo que era su novia (Peter en ese momento tenía dieciséis o diecisiete años y había llegado a Chiapas para conocer a la familia paterna. Yo tenía doce años); luego me enseñó una fotografía donde estaba su casa, era una casa sin barda, con jardín al frente, con el pasto bien podado y con unos setos laterales a manera de murete delimitador. Dijo que la casa era de madera. Yo me sorprendí porque establecí una gran diferencia entre la casita de madera (de tejamanil) que había conocido en La Hierbabuena y la casa donde vivía Peter. La casa de éste era una residencia de dos plantas. Pensé que la casita de tejamanil jamás resistiría un piso arriba, le sucedería lo mismo que a la casa del hermano cuch, como diría don Elías Cordero, quien, como si fuese San Francisco, trataba de hermanos a todos los animales, así decía hermano cenzontle, hermana mariposa, hermana burra (por favor, Mariana, no te vayás a sentir aludida, es un mero ejemplo).
Más me sorprendí cuando Peter comenzó a enumerar las distintas partes de la casa. Cuando llegó al techo dijo que estaba hecho con tejas, también de madera. ¿Cómo? ¿Tejas de madera? Pero ¿qué no las tejas estaban hechas de barro, como las que había en muchas casas comitecas, esas tejas rojizas manufacturadas en el mítico barrio de Yalchivol? Peter dijo que el techo de su casa estaba hecho de pequeñas tejas de madera y me explicó el procedimiento de construcción, porque dijo que su papá había hecho la casa. Claro, dijo, no solo. La había construido con ayuda de dos amigos.
Cuando Peter se fue, le pregunté a mi mamá si conocía alguna casa hecha de madera. Me dijo que sí. Entonces la vi directo a los ojos y le pregunté si conocía algún techo construido con tejamanil. Dijo que sí, dijo que por ahí, en alguna caja (no recordaba bien a bien en dónde), había una fotografía antigua del parque de Comitán y ahí se veía el kiosco y ella recordaba que el techo estaba construido con “delgadas tejas de tejamanil”. Así lo dijo mi mamá: Delgadas tejas de tejamanil. Imaginé el techo del kiosco comiteco como una delicada sábana, como de ala de mariposa.
Posdata: Peter me contó que el techo de su casa estaba construido con tejas de madera, y me contó que el entrepiso de la casa estaba, igual que las paredes, hecho de tablones gruesos, resistentes, tratados para que no se apolillaran. Supe entonces que el espíritu de mi primo gringo estaba hecho de otra sustancia. Mi espíritu estaba hecho con tejamanil, casi casi como decir con esencia de ala de mariposa.

miércoles, 10 de octubre de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




No se trata de engañar. Es una canoa, pero no está sobre el agua, elemento que sería su condición natural. ¿Puede decirse que es una canoa vieja, que por su vejez ya no disfruta de las lagunas y ríos como en su juventud?
Si pienso que lo que está en primer plano es la proa de la canoa, puedo decir que se notan las arrugas en su rostro cansado. Las estrías no son las naturales de la madera, ¡no!, son arrugas húmedas, como si la mano del tiempo le hubiese dado un guantazo.
No se trata de engañar. Los chiapanecos saben que esta canoa está varada en una casa frente al museo Na Bolom (que los guías explican que significa Casa del jaguar, Na: casa, Bolom: jaguar). Los lacandones supieron que Frans tenía el apellido Blom, le decían Bolom.
Nadie me explicó, pero deduzco que esta canoa proviene de la región lacandona. Todo adquiere sentido. Digo que todo adquiere sentido, porque cuando me acerqué quedé patidifuso (como decía la tía Raquel). ¡Ah, qué canoa tan grande! Jamás en toda mi vida había estado cerca de una canoa tan grande. Y esto es así porque no soy hombre de mar. Pero aunque lo fuera. No creo que alguien de Tonalá tenga a su alcance una canoa tan grande. Digo que esto debe ser porque en la costa chiapaneca no hay árboles tan grandes como sí los hubo en la Selva Lacandona.
Cuando Frans anduvo por la Lacandonia, los árboles eran enormes troncos que dialogaban con las nubes, se alzaban con el mismo sueño que alimentó a los gigantes. Yo, debo confesarlo, vengo de una tierra en que los árboles son más modestos, coquetos como el tenocté, pero modestos en su talla. Aunque, ahora que lo pienso, también tengo a la mano al árbol madre de los mayas: la ceiba, que es rotundo, como garra de jaguar, pero (hay que decirlo) es un árbol escaso. La selva es una ventana más luminosa. Si uno ve fotografías de la Lacandonia de los años cuarenta, por ejemplo, observa un ejército de enormísimos árboles, hay lugares donde el piso (húmedo, lleno de hojas secas, con olor a podrido) no alcanza a pepenar un rayo de sol, porque el tapesco vegetal es una mano divina que cubre todo el espacio.
No se trata de engañar. Esta canoa tiene muchos años que no prueba más agua que la de la lluvia. Es como si fuera una anciana a la que bañan, en lugar de la adolescente arrecha que se aventaba, desnuda, soberbia, con los pechos al aire, y nadaba en las aguas del Tulijá.
No se trata de mentir. Ahora, en lugar de dormitar en la orilla del río, se retuesta en medio de un jardín. Ya no hay casas de palma, ahora está al pie de una casa con corredor y techo de teja.
No sé si la madera tenga memoria, no sé si esta canoa, de vez en vez, añora aquellos años y aquellas tierras.
Es una canoa enorme. Más grande que un cuarto de dimensiones normales, más grande. Yo, jamás había visto una de estas dimensiones. La observé con atención y descubrí algo que cualquier mortal descubre a primera vista: la canoa está hecha de una sola pieza; es decir, es un tronco tallado, casi podía decir ¡desvaciado!, aunque la palabra no es prestigiosa. El lacandón tomó un instrumento con filo y comenzó a raspar la panza del tronco hasta dejar este prodigio que navegó todos los ríos y ahora alienta todos los sueños.
No se trata de engañar. No me engañé. No sé nadar. El agua me provoca pánico. Pero cuando estuve frente a este tronco vuelto nave, imaginé, sólo por un instante, que me trepaba y bogaba por en medio de esos árboles. El viento me sobaba la cara y las manos (sólo eso, porque como siempre tengo una chamarra y camisa de manga larga, el aire difícilmente juega en mi piel).
Imaginé que acompañaba a Frans, imaginé que él, recostado sobre la barca, con los brazos sobre los bordes, en posición de águila, señalaba hacia la orilla y yo veía, entusiasmado, temeroso, un lagarto que se echaba al agua y nadaba hacia nosotros.
No se trata de engañar. Cuando el lagarto, también enormísimo, estuvo cerca de la canoa, yo me bajé del barco de la imaginación y dije que estaba en San Cristóbal, que estaba frente al museo Na Bolom, que no había peligro alguno, que todo estaba bien. Sudaba, sin duda de miedo, pero estaba contento, porque jamás, lo juro, había estado tan cerca de una canoa tan grande, talla de un solo árbol.

lunes, 8 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE HAY UN LAMENTO QUE LA MIENTA




Querida Mariana: vos sabés que me gusta leer, pero también me gusta el cine. Me encanta la experiencia de comprar un boleto, entregarlo y caminar por el pasillo de la sala donde, minutos después, la pantalla se iluminará y con ello se iluminará mi mirada.
Crecí leyendo y viendo cine. Parte de mi oxígeno actual son los libros y las películas. Cientos de comitecos recordamos con agrado la experiencia de acudir al Cine Montebello y al Cine Comitán, salas que estaban, una frente al parque central, y otra a media cuadra del parque central. Estas salas eran como los brazos del parque, abrían las manos y nos entregaban la savia cultural de otras regiones. Tal vez desde entonces aprendí que para conocer el mundo bastaba con abrir las ventanas del cine y de los libros. No hacía falta subirse a un tren, a un avión, a un barco o en el lomo de una mula, el libro y el cine eran los transportes ideales.
Pero no sólo me gusta la experiencia de ver una película en la sala de proyección o en la pantalla del televisor o en la pantalla de la computadora, también me gusta el glamur que rodea al cine; es decir, me dejo atrapar por el mito de la vida de los grandes actores, actrices y directores. Me gusta conocer qué películas obtienen el Óscar o el Goya o el Ariel. Disfruto ver, por televisión, la ceremonia de entrega de los premios y la previa alfombra roja donde está concentrado el reflector mayor. El jardín que rodea a la casa es decisivo para entender el concepto de hogar.
La industria cinematográfica sabe que los millones de cinéfilos del mundo adoramos esos salones donde hay deslumbres que abandonan lo cotidiano, que abonan luz en la penumbra diaria. Por eso, han inventado ese universo virtual, por eso nos dan esos panes y esos vinos que provienen del Paraíso prometido.
Por lo mismo me duele estar ahora con las manos vacías, con el espíritu seco, al comprobar que, cuando menos este año, no habrá entrega del Nobel de Literatura. Los inútiles de Estocolmo se unieron a los inútiles de Chiapas y, cuando menos por este año, anularon al Nobel de Literatura, así como los chiapanecos (hablo de las autoridades ineptas) cortaron de un tajo el Premio Chiapas. Los millones de lectores en el mundo somos también culpables por permitir esa afrenta; los chiapanecos también somos culpables por dejar que las autoridades hayan cortado ese árbol enormísimo que sembraron los antiguos, los que pensaron que era necesario honrar la inteligencia.
Los inútiles de Estocolmo (me refiero a los académicos que entregan el Nobel) fueron más allá de sus prerrogativas; no entendieron que sus decisiones sólo cumplen con el deseo (a veces frustrado) de millones de lectores. De igual manera, las instituciones convocantes del Premio Chiapas, CONECULTA y la Secretaría de Educación (simples títeres de la voluntad del gobernador) desaparecieron una presea que honraba a paisanos ilustres, presea que demostraba que la ciencia y el arte son materias decisivas para el mínimmo avance de este pobrísimo estado.
Posdata: El gobernador electo de Chiapas ha convocado para que los chiapanecos participen en la conformación del Plan de Trabajo. Bueno, yo sólo pido (¡exijo!) que el Premio Chiapas se reinstaure. No es justo que la cultura sea minimizada, erradicada; no es justo que el mínimo reconocimiento a la inteligencia sea cortada por las mentes simples y autoritarias.
Mientras tanto, querida mía, protesto por la cancelación momentánea del Nobel de Literatura. Leo cuentos de William Faulkner (Premio Nobel del 49) y cuentos de Isaac Bashevis Singer (Premio Nobel del 78). En estos tiempos tan estúpidos me refugio en la inteligencia.
Mientras tanto, mi niña, espero, con ansia, el estreno de “Roma”, la película de Alfonso Cuarón que representará a México en la entrega del Óscar y del Goya.
Mientras tanto, lamento la decisión de cancelar el Premio Chiapas. Lo lamento y la miento.

sábado, 6 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN MENSAJE PRODIGIOSO




Querida Mariana: El lunes 24 de septiembre se realizó un acto solemne en la Sala de Cabildo, de la presidencia municipal. El ayuntamiento comiteco nombró Hijo Predilecto de Comitán a Mario Uvence.
Mario es un distinguido intelectual. La tarde que recibió el reconocimiento dijo: “Me siento muy honrado con esta distinción, siempre he tenido con Comitán una relación de magia, una relación de encuentros y también, a veces, una sensación de desencuentros, pero siempre prevalece mi amor por Comitán.“
Dijo lo que muchos comitecos piensan de este pueblo: A veces provoca enojo o tristeza ver cómo está Comitán, pero, por encima de todo, luego aparece el arco iris de afecto por esta tierra.
El acto fue significativo, porque sienta un precedente: Reconocer a los hijos de esta ciudad que se han significado por honrar a la tierra que los vio nacer. Si en tiempos de Armando Alfonzo Alfonzo y de Rosario Castellanos hubiese existido una iniciativa semejante, no dudo que habrían recibido una honra similar.
El mensaje que Mario expresó al recibir el nombramiento de Hijo Predilecto de Comitán se dividió en dos: una parte dictada por la razón y otra dictada por el corazón; una parte fue la lectura de un texto preparado y la otra parte fueron palabras improvisadas. Lo más emotivo, sin duda, fueron las palabras donde Mario abrió la ventana de su espíritu y escarbó en su memoria. Su mensaje inició, no podía ser de otra manera, aludiendo a la palabra: “Instrumento del diálogo y de la amistad”, y esto fue el aire que elevó el papalote de su emoción.
Todos los que estuvieron esa tarde en Sala de Cabildo, funcionarios del ayuntamiento, ciudadanos, amigos y familiares de Mario, fueron testigos (no podía ser de otra forma) de una pieza oratoria de excelencia. Mario dijo que quien cultiva la palabra, como cultiva el jardín, es un afortunado: “Como esa comiteca excepcional dueña de las palabras y de la memoria, la inolvidable e irremplazable Lolita Albores, la que tejió de palabras las casas, los patios, las calles de Comitán, creando un paisaje de entrañable presencia, paisaje que resuena en la madera de los portones, de los balcones, de las arcadas, paisaje que resuena en las teclas de las marimbas que esparcen al aire las notas que nos hacen recordar y soñar, recordar las fiestas, los cohetes, el papel de china, notas que saben a temperante”.
¿Qué tal, querida Mariana? ¿Cómo oís las palabras de Mario? Son precisas, bellas, ¿verdad? Mario siempre se ha caracterizado por el buen decir, es un artesano de la palabra, la ha consentido desde su infancia. Hay personas (Mario es de ellas) que emplean la palabra como si ésta fuese siempre un trapito para limpiar el corazón.
Debo decir que (normal) el reconocimiento a Mario fue recibido con agrado por muchos comitecos, pero otros no estuvieron de acuerdo. Lo sabemos, nadie es monedita de oro. Si a mí me preguntan digo lo que ya dije: Mario es un intelectual destacado; y si me preguntan qué ha hecho Mario por Comitán acudo a dos hechos relevantes, sólo como mero ejemplo: La creación del Concurso Nacional de Oratoria y la publicación del periódico LANCE. Los comitecos nos beneficiamos con ambas iniciativas. Es memorable recordar cómo el auditorio de la Casa de la Cultura y del Teatro de la Ciudad se llenaban hasta el tope con cientos de comitecos que escuchaban, absortos, encantados, la palabra flama de oradores de todo el país; de igual manera, el periódico LANCE fue un detonante de la imaginación y de la inteligencia para cientos de lectores comitecos que conocieron el mensaje de escritores soberbios. Los dos actos que menciono tuvieron la marca que siempre ha distinguido a Mario: la excelencia.
Mario, hay que decirlo, es un bien hecho, le gusta que todas las empresas que emprende estén bien hechas.
Los que saben nos han explicado que mucho de lo que somos de grandes lo modelamos en la primera edad. Mario no es la excepción. Uno de los momentos más emotivos de su mensaje fue cuando recordó a su mamá. Te paso copia de lo que dijo: “Recordar… (Acá Mario hizo una larga pausa. La pausa no fue para buscar la palabra exacta, no fue producto de titubeo porque Mario hila las palabras con la proeza con que la artesana borda un huipil; la pausa fue porque la cuerda de la emoción se le enredó no sólo en la garganta sino en todo el espíritu a la hora del recuerdo) ¡a mi madre!, la mujer que me formó, la mujer que me dio los valores fundamentales de la vida, la disciplina, la responsabilidad, la integridad, la honradez, el compromiso, el servicio, la capacidad de asombro y el tratar de vivir la vida sin deberle nada a la vida misma. Mi infancia está llena de recuerdos, siempre con las caricias de mi madre.”
Pero no sólo recordó a su mamá, también recordó a otra mujer, una mujer que muchos comitecos también le darían un especial reconocimiento por su labor esmerada a favor de la educación de cientos de niños, que, como Mario, también abrevaron savia de su noble corazón: La madre Dolores de la Barreda Guevara, la querida madre Sara. Te pido que escuchés con atención lo que Mario dijo: “Me eduqué en el Colegio Mariano Nicolás Ruiz y tengo los más bellos y gratos recuerdos de ello, especialmente de la madre Sara, esa bendita hermana no sólo me enseñó a leer en público, no sólo me hizo sufrir, siendo niño, hasta el cansancio para que yo repitiera una y otra vez la prosa de un libro o las líneas de El Pelícano, en la fiesta del sacerdote del barrio. Esa mujer me abrió las primeras aspiraciones de la sensibilidad artística, cuando nos enseñó la letra gótica, cuando nos enseñó a hacer pájaros con arte plumario y teñir las plumas para lograr un excelente regalo que le dábamos a nuestra madre un 10 de mayo; esa mujer me enseñó a declamar los primeros poemas, hizo que me aprendiera, de niño, ¡más de noventa poemas!, que ahora, porque así es la memoria en la vida, vuelvo a recordar cuando ya los había olvidado hace muchísimo tiempo. Y con ella vienen a mi recuerdo el maestro Artemio Torres, la maestra Lucha, el maestro Álvarez, hermano del padre Eugenio, y de otros. Fue, sin lugar a dudas, lo que más marcó mi destino y lo que más marcó mi vida y con ello también conocí a mis primeros amigos, muchos de ellos aquí presentes. Empecé a sentir lo que era coleccionar buenos amigos y eso es algo que, también, como decía el maestro José Muñoz Cota, se lleva en la alcancía del corazón. Así que esos fueron mis años en Comitán, hasta que en el segundo año de secundaria, la necesidad, los hermanos que se habían ido, y la necesidad de mejorar y sobrevivir nos hicieron emigrar a la Ciudad de México.”
Esa tarde, Mario, con sus palabras, reconoció que Comitán y algunos comitecos sembraron lo que se ha convertido en un gran árbol. Por ahí, en los cielos de Comitán, Mario, igual que Rosario Castellanos, bebió la raíz de la palabra, palabra que Rosario usó para escribir sus libros y Mario emplea para formar esculturas de palabras al aire.
Mario, así lo dijo, es subastador internacional de arte y uno de los anticuarios más reconocidos de México. Contó lo siguiente, que queda para el anecdotario histórico de nuestro pueblo: “El primer San Caralampio que se conoció en Comitán está en ese museo (el museo que está en el Parador Santa María. Hacienda que rescató), y que cuando lo adquirí descubrí en el reverso del cuadro una leyenda que me llenó de emoción, una leyenda con letra a tinta, con letra antigua que dice: “Imagen comprada a una compañía de la Grecia, por don Flavio Guillén”, y entonces se confirma lo que siempre hemos sabido que nuestro queridísimo San Caralampio viene de la iglesia ortodoxa de Oriente y que aquí se desarrolló ese culto hasta la fecha.”
Casi a punto de terminar su mensaje, las campanas del templo de Santo Domingo comenzaron a sonar. Era un repique a misa, pero también era como el aleteo infinito con que Comitán saluda a todos sus hijos. Minutos después no serían las campanas sino los aplausos de la audiencia los que sellarían el acto, el pacto de un comiteco con su pueblo.
Posdata: ¿Recordás la anécdota de la rueda de la fortuna que Rosario Castellanos describe en “Balún-Canán”? Es una imagen que permanece en la memoria de miles de lectores. Ahora, al imaginario colectivo se agrega la anécdota chusca y penosa que le sucedió a Mario y que contó así: “Me subieron a la rueda de la fortuna y abajo, en el carrito de abajo, estaban dos muchachas, trabajadoras domésticas con unos cabellos larguísimos, preciosas, y yo tenía una vomitadera. Yo observaba a esas pobres mujeres que me veían con un odio tremendo.”
Ahora, esas muchachas, ya mayores, podrían, tal vez, perdonar a Mario y decir que un día un niño las vomitó sin querer, un niño que, nunca lo imaginaron, sería nombrado muchos años después ¡hijo predilecto de Comitán!
Mario concluyó diciendo: “Sin Comitán nunca habría conseguido la felicidad que he construido.”
Por eso, ahora, todos decimos ¡Que viva Comitán!

viernes, 5 de octubre de 2018

DEFINICIÓN DE PLUMA




¡Ah!, es una palabra hermosa. Es una palabra que me acompaña desde niño. Jugábamos. Jugábamos con la palabra y con el objeto, porque mi mamá tenía, en la sala de la casa, un jarrón lleno de plumas de pavorreal. ¡Estaba prohibido tocarlas! Sólo podíamos verlas. A mí me encantaba sentarme frente al jarrón y observar los ojos de las plumas de pavorreal. Imaginaba que estaba en un bosque encantado y decenas de ojos me observaban, en medio de la oscuridad llena de luz y de colores.
Digo que jugábamos porque cuando llegaban Adolfo y Rosaura, la prohibición de mi mamá quedaba suspendida, caminando de puntillas llegábamos hasta el jarrón y tomábamos varias plumas y corriendo nos encerrábamos en el cuarto. Nos sentábamos en el piso, recargando nuestras espaldas en la orilla de la cama. Rosaura estiraba su cuello y pedía que Adolfo o yo repasáramos la pluma sobre su piel. Ella cerraba los ojos, nosotros hacíamos lo mismo, porque era una sensación muy agradable. Sin la pluma de pavorreal no hubiese existido el juego. Lo sabíamos. La pluma era un objeto muy delicado que nos provocaba sensaciones agradables. Un día dejamos abierta la puerta y, como estábamos entretenidos en el juego, no escuchamos los pasos de mi mamá que cuando vinimos a ver ya estaba encima de nosotros y nos pegaba con su mano y nos decía que éramos unos cochinos y nos urgía a ponernos las camisas y corría a Rosaura y Adolfo, quienes, apresurados se ponían los calcetines y se calzaban y salían corriendo como alma que lleva el diablo. Mi mamá todavía alcanzó a quitarse uno de los zapatos y aventárselos.
Pero antes que descubriéramos el juego de las plumas del pavorreal, con el tío Armando jugábamos también. El tío nos llamaba, nosotros nos acercábamos a la mecedora donde estaba sentado leyendo el periódico. Nos decía que estuviéramos listos, porque se echaría una plumita, así lo decía. Nosotros, acuclillados a su alrededor, poníamos atención a lo que hacía: con la mano derecha, la palma abierta, comenzaba a golpearse el vientre, como si fuese un tambor. Esto hacía que su estómago acumulara gases. Cuando sentía que ya estaba listo, se inclinaba hacia un lado y levantaba el culo y soltaba un soberano pedo. Reía. Nosotros también. La diversión acabó el día que mi mamá se dio cuenta de lo que el tío hacía. Le dijo que era un viejo perverso y le dio en la cabeza y en la cara con el periódico enrollado. Le prohibió jugar a eso “con los niños”. El tío sólo alcanzó a decir que era un juego inocente, que sólo eran plumitas lo que se echaba. Lo cierto es que el juego había ido subiendo de intensidad. Primero sólo era la pluma, pero luego hizo que Rosaura pusiera su mano en el ano para que sintiera el instante en que la pluma salía al exterior. Como Rosaura rio la primera vez y dijo que había sentido bonito, luego también nosotros hacíamos lo mismo. A la hora del plumazo sentíamos la ráfaga de un viento instantáneo, una ráfaga que movía tantito nuestra mano. Reíamos. Muchos años después, Rosaura dijo que era extraño que los pedos del tío no fueran apestosos. Sí, dijo Armando, por eso era agradable el juego.
Jugábamos. Cuando estábamos en el salón de música, Rosaura le decía a Armando que le prestara su pluma. Nos botábamos de la risa. Los demás alumnos no entendían. No faltaba el acomedido que le prestaba su pluma, pensando que lo que Rosaura pedía era un bolígrafo. Nos atacábamos de la risa. El acomedido se sonrojaba.
Jugábamos. La palabra pluma es mucho más que vestido de pájaro, mucho más que objeto para dibujar o escribir, mucho más que relleno para almohada, mucho más que hilo para bordar sueños.

jueves, 4 de octubre de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Imaginemos a un habitante de Barcelona o de Buenos Aires o de Benarés. Imaginemos a un habitante de alguna ciudad del mundo que comience con B: Baltimore o Belo Horizonte. Imaginemos que ese habitante ve esta fotografía. ¿Qué ve? Ve a un grupo de mujeres (incluida una niña) que platican; lo mismo hacen los dos hombres que están frente a la puerta de un edificio, un edificio que se antoja bello, porque tiene balcones y remates de columnas aparentes. El edificio se ve deteriorado, un remate de columna ya está incompleto, como si la rata del aire lo hubiera carcomido. El habitante de la ciudad cuyo nombre comienza con B, y que puede ser cualquier ciudad del mundo, miraría una imagen más o menos común, en un día más o menos común. Tal vez pensaría que es una lástima que el edificio, bello, sobrio, tenga ese deterioro en la fachada. Tal vez pensaría que en su ciudad, Barcelona o Baltimore, las autoridades municipales ya habrían procurado que una cuadrilla de obreros, dirigida por un experto en restauración, arreglara el desperfecto. ¿Se haría alguna pregunta el habitante de la ciudad con Be? Tal vez, sólo como juego, se preguntaría cuál es el tema del que hablan las mujeres que están muy concentradas; tal vez, sólo como juego, se preguntaría si entre ellas y los dos hombres hay algún hilo que emparente las conversaciones, porque, a veces, ocurre que un grupo de personas (en una esquina) habla de la película más reciente y en la otra esquina un grupo de personas habla acerca del mismo tema. Lo mismo sucede en las cafeterías o restaurantes.
Pero dejemos afuera de esta lectura al habitante de la ciudad que comienza con B e imaginemos que esta fotografía la observa un habitante de una ciudad cuyo nombre comienza con C, Comitán por ejemplo. Este habitante, al primer vistazo, sabrá que el edificio corresponde al Teatro de la Ciudad y reconocerá a los dos hombres que están en la puerta abierta: David Esponda y Óscar Bonifaz y entonces sabrá que la fotografía es histórica, porque dicha foto corresponderá al 3 de octubre de 2018, día en que David dirá, a todo el que pase por ahí: “El maestro Óscar me está entregando el teatro”, porque David (así lo asegura) fue nombrado como director del Teatro de la Ciudad, por el actual presidente. El habitante comiteco que vea esta fotografía reconocerá que este edificio tiene una historia fascinante, porque (ya Óscar Bonifaz contó la historia en un delgado libro) el papá de Natalia Rovelo mandó a construirlo como un obsequio, en agradecimiento encadenado, por la docilidad de su hija, quien (así lo dictaban los tiempos), jamás se opuso a una orden de su padre, sin importar que afectara el destino de su felicidad; Óscar Bonifaz cuenta que Natalia Rovelo siempre decía: “Sí, papá”, a todo ordenamiento del padre (el libro de Óscar se llama así). Este mismo edificio fue el lugar en donde estuvo la primera sucursal del Banco Nacional de México y también alojó imprentas, restaurantes, billares y el famoso y mítico Cine Montebello. En tiempos de Absalón Castellanos, como gobernador, y con la dirección del arquitecto José Gustavo Trujillo Tovar, se inició el remozamiento del edificio hasta convertirlo en lo que hoy es: El Teatro de la Ciudad. El arquitecto Trujillo (como dictaba el buen gusto y la tradición histórica) respetó toda la fachada e intervino los interiores para convertirlo (en opinión del señor Juárez, técnico espléndido que conocía todos los teatros de Chiapas) en el teatro más afectuoso y cálido del estado.
El maestro Óscar fue director del teatro durante mucho tiempo. Cada cambio de administración municipal dos o tres despistados preguntaban si habría renovación en la dirección del teatro, pero los presidentes consideraban a Óscar parte del inventario y lo ratificaban. Él (Óscar) días antes del término del ejercicio gubernamental guardaba en una caja de cartón las fotografías y cuadros que colgaba en su oficina, sólo como un mero juego, porque sabía que dos días después del inicio del nuevo trienio sacaría las fotografías y cuadros para volverlos a colgar en la pared, porque había sido ratificado y continuaba incólume en su puesto.
El día de esta fotografía ya no subió a su oficina. Ahora, la oficina estaba ocupada por el nuevo director. A Óscar Bonifaz, el ex presidente Fox lo pensionó. Esta fotografía casi es el testimonio no oficial del adiós de Óscar al espacio en el que estuvo durante más de diez años. Abandona el escenario para entrar de lleno, de nuevo, al espacio donde la única luz que se desparrama proviene del reflector mayor: El sol.
Y ahora, ¿qué hará Bonifaz? Ya prepara una publicación que promete tener la picardía que siempre lo ha acompañado. La publicación se llamará Tutís. Él dice que los comitecos preguntarán: ¿Ya leíste el tutís de Bonifaz?, y cuando alguien lo tenga en sus manos dirá: Ahora sí está muy arrugado el tutís de Bonifaz (para los habitantes de las ciudades con B digo que tutís es un modismo que significa culo).
Ya corresponderá a David Esponda hacer las gestiones urgentes para que el teatro tenga el mantenimiento que demanda. Protección Civil ha advertido que la butaquería de la parte superior debe ser intervenida para que vuelva a ser una zona segura, tal como lo exige el protocolo de espacios públicos donde la asistencia es, en ocasiones, apabullante.
En el mundo hay muchas ciudades cuyos nombres comienzan con B o con C. Los habitantes de las B reconocen a sus personajes relevantes, así como los de las C saben quiénes son los que, de pronto, se detienen ante la puerta de un edificio y platican. Acá están Óscar y David.

miércoles, 3 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECIÓ EL RECUERDO DE AMALIA





Querida Mariana: Amalia murió hace dos o tres años. Emiliano detuvo su carro, sacó la cabeza, me saludó y gritó: ¡Amalia murió! Los automovilistas de atrás tocaron el claxon, con insistencia, Emiliano debió seguir la marcha, sacó la mano y se fue. Vi la placa de su auto: Michoacán. Tal vez Amalia vivía allá. No lo sé. Ya nunca lo supe.
Yo recuerdo a Amalia en su casa, sentada en el balcón, tejiendo chambritas y viendo la calle. Los amigos la saludaban, desde la banqueta platicaban. Nunca tuvo novio, a pesar de que tuvo muchos pretendientes. Era muy bella, tenía ojos color aceituna y una cabellera negra que le llegaba hasta la cintura, pero casi no salía de casa. Le encantaba hacer lo que hacía: sentarse en el balcón, tejer y ver la calle. Yo iba a su casa, porque Emiliano, primo hermano de ella, era mi amigo.
Cuando entraba a su casa escuchaba la música que provenía de la sala. Olvidé decir que Amalia también escuchaba música, era otra de sus pasiones, ponía discos de los Beatles. Decía que era el grupo más grande del mundo. Yo platicaba en ocasiones con ella. Tal vez con ella aprendí a cortar una conversación cuando ésta amenaza con prolongarse. Amalia, cuando advertía que era hora de cerrar la conversación, se paraba y decía: “Los días pasan” y ella entraba a su recámara y así yo me quedaba parado sin saber qué hacer.
El otro día pensé en Amalia, pensé que ella se pasaba los días sentada ante el balcón. En cuanto lo pensé me di cuenta de esa pequeña torcedura lingüística: Ella decía “Los días pasan” y yo pensé: “Ella se pasaba los días”. Pensé entonces que esa ligera desviación era una grieta enormísima. Una cosa es decir que los días pasan y otra, muy diferente, decir que uno pasa los días haciendo tal cosa. Pensé que los hombres y mujeres que saben vivir optan por pasar los días en lugar de que los días pasen por ellos.
Así como lo platico, en tono de sol ocultándose en tarde de otoño, parecería que la vida de Amalia fue muy plana, porque no hacía más que tejer, escuchar música y ver la calle desde el balcón de su casa. Pero, Amalia era feliz, se le veía en el rostro, siempre como ventana recién lavada, como llena de luz. Ella decía: “Los días pasan”, pero, la verdad es que ella no dejaba que los días pasaran por ella, ¡no!, ella se pasaba los días haciendo cosas, cosas mínimas, sencillas, casi simples: tejer, escuchar música y ver la calle. Digo que nunca tuvo novio, a pesar de que muchos muchachos la pretendían. Ella decía que no, cuando algún muchacho la invitaba a salir, a tomar un café, a ir al cine o a un día de campo. Digo que a veces platicaba con ella, en esas contadas ocasiones me confesaba que su vocación era ser feliz, un poco como decir que si mantenía una relación lo dejaría de ser. Los jóvenes de hoy dirían que seguía la prédica de “Más vale solo que mal acompañado”. Tal vez ella sabía que mantener una relación significaba estar mal acompañado. Insisto, querida Mariana, ella siempre tenía el goce de un canario, su rostro siempre mantenía la plenitud de un día soleado. Yo conocí a otras muchachas, muchas, que tenían pareja y eran infelices, a menudo las vi enojadas o llorosas (dos o tres, incluso, enfermas de depresión), porque sus parejas les habían hecho trastadas. Amalia siempre fue un mar armonioso, sin tormentas.
Cuando platico la historia de Amalia, Armando dice que era una vida sin chiste; dice que el chiste de la vida es atreverse a navegar en mares tormentosos. Yo no sé. Amalia nunca se arriesgó a los huracanes, jamás tuvo necesidad de nadar para llegar a una isla después de zozobrar. ¡No! Ella, desde que nació, supo que había llegado a la isla y disfrutó ésta de la mejor manera.
A mí me encantaba entrar a su casa, escuchar “Let it be”, caminar por el patio enladrillado, entrar a la sala y saludarla: “Hola, Amalia”. Desde entonces el nombre de Amalia me ha gustado pensarlo y pronunciarlo. Entraba y la dividía en dos sílabas bien marcadas: Hola, Ama-lia. Me encanta saber que este nombre comienza con la palabra ama.
Posdata: El otro día pensé en Amalia, pensé en lo que ella decía: “Los días pasan”, y pensé en lo que yo pensé: “Se pasaba los días”. Sí, ella pasaba sobre los días, caminaba muy por encima de ellos, caminaba con una gran dignidad, con un gran sosiego.
Sé que los demás pensarán que ella no vivió, porque ahora, en tiempos posmodernos, todo mundo dice que uno debe atreverse a vivir y este atreverse significa salir, correr, trepar, nadar, volar, zozobrar; pero yo digo que sí vivió, vivió a plenitud, con gran armonía. Ella fue una gaviota diferente, de vuelo sosegado, armonioso, verdaderamente feliz.

martes, 2 de octubre de 2018

SONIDOS




Compré un conejo de cuerda. Lo compré en el Mercadito. En realidad iba a comprar manzanas. Me encanta caminar frente a los puestos de frutas, llenos de naranjas, uvas, melones, kiwis, peras. ¡Ah!, todas las frutas formadas en líneas, como si fueran ejércitos de colores. Pero subí los escalones y lo primero que vi fue un pequeño puesto con juguetes de plástico. El puesto lo atendía una mujer de ojos cafés y pechos soberbios. Ella estaba sentada en una pequeña silla, inclinada hacia adelante, revisando su celular. Debo confesar que si ella no hubiera tenido esos pechos, yo no la habría visto y no hubiese hallado el conejo de cuerda. Vi los pechos de ella, porque asomaban por encima del borde de su blusa. Siempre que veo un par de pechos me gusta imaginar el tamaño de la areola y del pezón. Me gustan las areolas grandes, tal vez por esto me gusta ver los puestos de frutas, los melones, las manzanas. Había ido a comprar manzanas, pero las olvidé. Vi los pechos de la mujer y cuando ésta dejó de revisar su celular y me preguntó qué deseaba, titubeé en mi respuesta, quise decirle que quería… pero no lo dije, entonces tomé el conejo de cuerda, le di cuerda y vi cómo movió sus manitas y golpeó el tambor. Pregunté cuánto costaba, ella subiéndose tantito el escote de su blusa dijo que veinte. Pagué. Ella sonrió. Di las gracias. Volvió a sonreír.
Olvidé las manzanas. Bajé los escalones, me paré, di cuerda al conejo de plástico y un hilo de tristeza me amarró. Compré el conejo de cuerda, porque mi papá, cuando yo era pequeño, me regaló un conejo de cuerda que compró en la línea, en la frontera con Guatemala. Sentí tristeza porque entendí que los objetos no pueden sustituirse. Aquel conejo era de latón, por lo tanto, el sonido del tambor era diferente, más sonoro, más lleno de lianas de luz. El sonido de este conejo es sordo, de plástico. Supe entonces que el sonido es lo que hace la diferencia. Miré hacia la calle y escuché el ruido de los carros en fila en espera de que avance el de adelante. La calle del Mercadito siempre está atascada de autos, algunos automovilistas se desesperan y tocan el claxon o aceleran sin avanzar. Estos movimientos provocan un ruido espantoso. Cuando mi papá me regaló el conejito de lata, los sonidos eran más diáfanos, menos estorbosos; es decir, el rebumbio de los pocos carros y camiones estaba por debajo de los sonidos verdaderos: el martilleo en las herrerías, el punzón en la talabartería, el pedaleo de la máquina de coser en la sastrería, el paso lento de las mujeres en el interior del templo y el corte de carne en el mercado, que siempre el carnicero hacía sobre un tronco de madera.
El sonido del plástico es signo de estos tiempos. Ahora todo es plástico. Ahora que escribo este texto tengo a mi lado (sobre la mesa) el conejo de plástico. Una de sus manos está elevada, la otra reposa sobre el tambor. Ambas manos esperan que yo dé cuerda al muñeco para que, en movimiento sincrónico, provoquen el sonido del tambor. No lo hago. Imagino que lo hago, pero no lo hago, por el contrario, lo que hago es provocar que mi mente reproduzca el sonido original de aquel conejo que me obsequió mi papá.
Esto es lo que hago, a veces, cuando camino por las calles de Comitán. Me detengo en la banqueta, cierro los ojos y comienzo a eliminar el ruido de los autos y camiones. Discrimino los ruidos y logro, después de un prolongado intento, desechar los claxonazos y los acelerones, entonces un sonido menos de tigre y más de canario aparece en mi espíritu, logro escuchar al loro que está en el zaguán y que repite una y otra vez lo de lorito dame la pata; logro escuchar la carrera de las gallinas a la hora que la abuela riega maíz en el sitio; logro escuchar cómo las ramas del encino se columpian con el viento que llega desde la Ciénega; logro oír el pespunteo de la aguja de mi madre a la hora que teje. Dejo atrás los ruidos de estos tiempos tortuosos: las sirenas de las ambulancias, el freno con motor de los tráileres, las bocinas que vomitan canciones de moda en todos los locales donde venden ropa. Logro hacer un conjuro y, en lugar del ruido del camión del gas, escucho la rama tierna de la voz de un cenzontle.
Compré un conejo de cuerda, de plástico. Si le doy cuerda mueve sus manitas y toca el tambor de plástico. Me costó veinte pesos. Me lo vendió una muchacha de ojos cafés y pechos generosos. Espero, ahora pido a Dios que así sea, que esos pechos hayan sido auténticos y no fruto de implantes, de plástico.

lunes, 1 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE EL MONSTRUO ENERGÉTICO QUE ROBA LA ENERGÍA DE LOS PUEBLOS




Querida Mariana: Hoy ya no está la administración municipal 2015-2018. Ayer fue el último día de su mandato. Esa fallida administración (que cerró por más de veinte días el Museo de la Ciudad y por más de diez días el Museo Rosario Castellanos, tal vez para no pagar el salario del personal que ahí labora) permitió en los festejos patrios la instalación de decenas de casetas, carpas y toldos en el parque central y en una calle aledaña. En esas carpas y toldos vendieron, desde artesanías piratas y comida chatarra hasta pantaletas y corpiños (Dios no permita en el futuro una experiencia semejante). Como remate, la semana pasada permitió que este impresionante camión entrara a la plaza y, al lado de la fuente, los empleados de la empresa regalaran la bebida energizante que, las autoridades sanitarias han advertido, causa problemas a la salud de los consumidores, ya que cada lata contiene más de diez cucharadas de azúcar. Muchas personas que estaban en el parque, de inmediato hicieron fila para recibir la bebida de manera gratuita. La gente, a veces, no tiene conciencia del daño que provoca a su cuerpo al consumir productos nocivos.
¿Esos armatostes en el parque corresponden a la imagen de un pueblo mágico como el nuestro? ¡Por supuesto que no! Las autoridades anteriores contribuyeron de manera negativa a manchar el distintivo de pueblo mágico que ostenta nuestro pueblo.
El pasado mes de julio, las autoridades de la Secretaría de Turismo informaron que catorce pueblos mágicos están en riesgo de perder su distintivo (la autoridad no precisó los nombres de tales pueblos). ¿Por qué dichos pueblos pueden perder esta distinción? La autoridad señaló lo siguiente: “Por ambulantaje, por acumulación de basura y porque pierden la imagen urbana, por tener letreros que no deben ser”.
¡Ay, querida Mariana! No digo que Comitán es uno de los pueblos con tache, pero si analizamos la relación, vemos que nuestro pueblo estuvo, en los últimos tiempos, contribuyendo a crear una imagen descuidada, y si no la cuida puede perder la distinción y con ello perder la oportunidad de ser promocionado en todo el mundo como uno de los pueblos mágicos de México.
¿Cómo es posible que la propia autoridad haya propiciado el aumento de ambulantaje en el patio central de nuestra ciudad? ¿Cómo es posible que la propia autoridad haya contribuido a llenar de basura la imagen de nuestro pueblo al permitir que un punto de acopio fuera la banqueta en la que está colocada la placa que nos distingue como pueblo mágico? ¿Cómo es posible que se haya incrementado el número de anuncios de bandera, en lugar de hacer una campaña para revertir dichos anuncios? ¿Cómo es posible que la propia autoridad haya mandado a cerrar dos museos tan importantes como el de la Ciudad y el de Rosario Castellanos? (No sé si la autoridad saliente se enteró que el nuevo ayuntamiento emplea la imagen de Rosario en su logotipo y lo hizo en plan de venganza. No, no fue así. Cerró el museo porque siempre mostró indolencia ante lo que fue la actividad cultural y porque no tuvo idea de lo que significa para nuestro pueblo la imagen de la destacada escritora, orgullo de los hijos nobles de esta ciudad.)
Ayer, en la ceremonia de transmisión de poderes, a la hora que el presidente saliente dio su mensaje (mensaje que, de manera lógica, estuvo lleno de autoelogios), la audiencia que llenó el auditorio Belisario Domínguez le lanzó una rechifla al final, con lo que quedó demostrado que la ciudadanía reprobó su actuación.
Hoy, Comitán de Domínguez tiene una nueva administración. La esperanza está puesta en ella. Como lo expresó Emmanuel Cordero Sánchez, el nuevo presidente, los cambios serán graduales. Los comitecos así lo entienden, pero lo que sí puede hacerse desde ya es la limpieza integral del parque central, el corazón de nuestra ciudad; asimismo puede comenzar a cumplir en atender esos descuidos que anotaron las autoridades de la Secretaría de Turismo. El nuevo presidente mencionó que nuestra ciudad volverá a ser “la ciudad más limpia del estado”. Se entiende que no sólo tendrá un eficiente servicio de recolección de basura, sino, además, estará libre de armatostes, como el que se ve en esta fotografía. ¿Cómo, la autoridad anterior, permitió que este camión estuviera adentro del parque?
Posdata: Las autoridades de la Secretaría de Turismo advirtieron que las deficiencias de los pueblos mágicos que están próximos a perder su distinción si no mejoran su imagen se debe, también, porque los comités no están trabajando. Una revisión del comité comiteco también es una materia urgente para las nuevas autoridades.