viernes, 2 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON PIEDRITAS
Querida Mariana: un día crecí. Escuché que la gente recomendaba “tirar piedras”, no cargarlas.
Un día crecí. Dejé de jugar con piedritas, porque los mayores recomendaban usar las piedras para hacer cimientos, para hacer bardas y puentes. Decían que no era bueno cargar piedras.
Crecí y olvidé las piedritas. Las simples piedritas que me acompañaron en la infancia. En el sitio de la casa las piedritas eran mis amigas, las compañeras que cancelaban la soledad.
Pienso que los niños comitecos nacimos con el don de jugar con las piedritas, heredamos el don. En mi infancia había muchos terrenos que eran delimitados con muretes de piedra, así de este alto, sí, chaparritos. Las piedras estaban colocadas una encima de otra, sin argamasa. No se caían. Eran las grandes vencedoras de esa ley que hace que todo caiga para el suelo. Los niños de mi tiempo, hablo de los años sesenta, del siglo XX, jugábamos a hacer muretes con piedritas. Los muretes servían para protegernos de los ataques de los piratas que llegaban hasta nuestras costas. Los piratas, con pata de palo, loro en el hombro y cimitarra en el cinto, se enfurecían cuando se topaban con las grandes murallas que levantábamos en los sitios de las casas. Mario tenía un ardid cuando llegaba a jugar al sitio de la casa, cuando los piratas bajaban a tierra, él quitaba las piedritas que habían servido para hacer la represa donde estaba el agua que simulaba el mar y los barcos, como si fueran carretas, quedaban amarradas al lodo.
Puedo decir que casi todas las tardes, una vez hecha la tarea, tomaba una taza de chocolate con un pastelito de manjar y luego iba al sitio, que estaba a pocos pasos del comedor. La disposición de la casa parecía darle aliento a la vida, comía y luego iba a jugar. ¿Había algo más importante? No. La vida se centraba en eso, el juego.
En el sitio de mi casa de infancia había conejos, árboles, un aljibe cerrado, arena y piedritas. Nunca me pregunté cómo habían llegado allí. ¿Alguien había dispuesto esas piedritas para que fueran mis acompañantes? Así como ahora me acompañan los libros, que me basta estirar la mano para coger uno de ellos, así las piedritas estaban al alcance de mi mano.
Cuando me inscribí en la carrera de ingeniería electrónica en la UNAM pensé que sería pan comido, porque yo era experto en circuitos. Hacía unos bellísimos. Ahí circulaban a alta velocidad los carritos de plástico, incluso, en el trayecto le ponía obstáculos, así que los autos daban saltos espectaculares.
Crecí y dejé las piedritas de lado, las dejé donde estaban. Por ejemplo, ahora vivo en una casa modesta que no tiene sitio (muchas casas actuales ya no tienen sitio), todo es como una plancha de cemento. Ya no hay piedritas. Cuando vamos al campo, mi Paty, como si buscara monedas en el piso, busca piedritas para pintarlas. Ella sigue siendo como una niña, sabe que los seres humanos nos quedamos cojos y mancos del espíritu sin piedritas.
Crecí y alguien me dijo que las únicas piedras que valen son las piedras preciosas y, en voz alta, dio una relación de ellas. Tuve que entender que las piedritas de mi infancia no entraban en la categoría de piedras preciosas, no eran más que piedras simples, piedras plebeyas. Quise rebelarme, decir que esas piedritas eran bellísimas, como diría don Abelardo: preciosísimas, pero nadie me hizo caso. Todos ya habíamos crecido, ellos más que yo, porque yo insistía en sentirme niño. Te he contado que tengo la costumbre de contar los años de mi edad en decimales, así que no tengo sesenta y ocho años de edad como establece mi acta de nacimiento, ¡no!, yo tengo 6.8, soy un pichito, más o menos de la edad cuando jugaba en el sitio de mi casa de infancia, que sí tenía un sitio generoso, lleno de árboles, conejos, tierra, arena y muchas piedritas.
Posdata: he visto fotografías de movimientos estudiantiles donde levantan barricadas, así como nosotros levantábamos fortalezas para detener el avance de los piratas; asimismo he visto que levantan piedras, no para jugar, sino como arma de defensa, veo a los chicos (con pañuelos en la boca y nariz) aventando piedras para golpear a policías, granaderos, para quebrar los cristales de las patrullas. Olvidaron el juego. Crecieron y abandonaron el sitio, un lugar que era la placidez total, un espacio que era como el abrazo de mi papá, como el abrazo de mi mamá.
Crecí y dejé olvidadas las piedritas. Quise hacerle caso a los mayores que recomendaban tirar las piedras, no cargarlas.
¡Tzatz Comitán!
