lunes, 29 de febrero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA RUTINA RECIBE UNA PUÑALADA DE MUERTE





Sucede cualquier tarde de parque. La mayoría de personas está instalada en la rutina. Hay viejos que llegan al parque, se sientan y esperan a sus amigos para platicar. ¿De qué platican? Creen que platican de cosas novedosas, no se dan cuenta que platican de lo mismo. En las pláticas siempre se platica de lo mismo: cambian los personajes, los entornos y los espacios temporales, pero las historias siempre son las mismas: asesinatos, envenenamientos, ahorcados, casamientos, quince años, graduaciones, bautizos, guerras, amores, amoríos, enfermedades y demás vainas manchadas con carbón.
Quienes son lectores saben que las historias que suceden en Comitán ya han sucedido mil veces en muchas novelas y en muchos cuentos. Quienes son aficionados al cine, al buen cine, al cine de arte, reconocen que las historias familiares y vecinales ya han sido mostradas en las pantallas, porque, la historia de Adán y Eva se repite a cada rato, porque a cada rato vemos a papás engorilados expulsando de sus casas a las hijas que ya salieron con su domingo siete.
Por eso, lo que sucede en el parque también no tiene novedad alguna. Los niños corren, las palomas se posan en la fuente; las niñas comen cáscaras con elote encima y abren la boca como si se ahogaran a mitad del mar cuando el polvojuan está picante. En los parques el sol se acuesta como si fuese turista en Acapulco y poco a poco cede a la modorra que se instala en el parque al atardecer y si no se duerme y olvida ocultarse detrás de las montañas es por la alharaca de los pájaros que buscan resguardo en las frondas de los pinos.
Por eso, de pronto la presencia de dos jóvenes sorprende, porque ellos no caminan como lo hace la mayoría que camina de prisa para llegar a casa, a comprar el pan, para acudir a tiempo a la cita en el café o para ir a misa. Estos dos jóvenes (nadie podrá precisar el instante en que la flama apareció ni por qué) caminaban como los demás y de pronto él, el muchacho de tenis blancos y cabello pintado con color remolacha, se paró. Ella (la niña bonita del bolso amarillo, con la cinta cruzada a mitad de su pecho inspirado con la blusa roja) también se paró y lo vio, con una sonrisa de cielo iluminado en naranjas y amarillos, porque ya el sol estaba a punto de ocultarse. Se pararon casi en el inicio de la rampa de discapacitados del palacio municipal. No se sabe si esta casualidad fue la que motivó a que él la tomara de la mano y, como si escuchara una música, la jalara hacia sí y comenzara a bailar ahí, en pleno parque, cerca de la rampa, donde otro muchacho caminaba en dirección contraria. La niña bonita, la del pantalón ajustado y botines de color negro, se dejó guiar, casi casi como si escuchara la misma tonada que el muchacho escuchaba en su interior. Quienes estaban sentados en las bancas metálicas del frente del palacio municipal dejaron de platicar, así como de observar lo que de cotidiano veían y concentraron sus miradas en la pareja que bailaba, que movía los pies con una precisión de relojero suizo. El muchacho, de playera azul, y la niña bonita, de cabello con una diadema trenzada, bailaban como si estuviesen en un salón de baile de algún palacio europeo, pero quebraban las reglas porque no bailaban el vals que la orquesta ejecutaba sino que bailaban algo más cercano a este trópico. Los nobles ponían caras de enfado, pero, poco a poco, las cambiaban y, en lugar de caras de esculturas de piedra de jardines de Versalles, adoptaban rostros de colibríes libando miel en los alcatraces de un jardín comiteco. Porque, ¡ah, qué maravilla!, los muchachos seguían bailando. Él hacía un resorte con su brazo y ella, muchacha de aire, pasaba por debajo del brazo de él, como si fuese un barco pasando debajo del Pont des Arts, sobre el Sena. Los niños y niñas que jugaban y corrían en el parque dejaron de hacerlo, dos de ellos se sentaron en el piso de laja y vieron como los muchachos danzaban. Casi casi todo se puso en silencio, incluso la alharaca de los pájaros se detuvo por un instante, como si el instante quisiera adivinar de dónde provenía la música que ellos escuchaban y que nadie más oía.
Todo mundo gozaba el goce de ellos. Sólo la rutina boqueaba, porque (¡Bendito Dios!) había recibido una puñalada a mitad de su pecho y ahí, donde por lo regular crece el zacate del hastío, crecía una flor del mismo color de los labios de la muchacha bonita.

domingo, 28 de febrero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UNA NIÑA POSA SUS LABIOS SOBRE UNA MANO




A Mariana llamó su atención la mezcla. Una mezcla, dijo, que no es común. Dijo que esta niña, de lunes a viernes, por la mañana se sienta en una silla de madera o de plástico en la escuela; llega a su casa y se sienta en una silla de madera para comer; asimismo, a la hora que hace la tarea la hace en la misma mesa donde una hora antes comió. Mariana juró que la niña lava su ropa y lo hace en una batea de madera y cuando juega al columpio lo hace en el columpio que cuelga de una rama del árbol de jocote y sobre la asiento de madera que el papá ató a dos cuerdas.
A Mariana llamó su atención el hecho de que la niña estuviera recargada sobre una banca del parque, una banca de fierro. Por un lado, dijo Mariana, la niña está segura porque el respaldo es rotundo. La niña se hincó sobre el asiento de fierro, se apoyó sobre el respaldo y, como si estuviese en un barco y se recargara contra la barandilla, miró la superficie tranquila de ese mar de laja.
Si uno ve con la misma atención que ella ve el piso, hallamos que la plancha forrada de laja está desierta, todo es una nube de silencio que asfixia el espacio.
La mezcla llamó la atención de Mariana. El hecho de que los pétalos tiernos de la piel de la niña estuviesen en contacto con el frío metal. Mariana dijo que en pocas ocasiones los seres humanos tenemos contacto con el metal. En ocasiones, cuando uno sube a un transporte urbano no queda más que apoyarse en los tubos o en los respaldos de los asientos. Los respaldos tienen un soporte metálico en la parte superior, tubos como de sanitario descuidado. Por lo regular esos tubos están oxidados, expelen un aire de humedad podrida. Mariana siempre lleva un gel en su bolso. En cuanto se sienta abre el bolso, saca la botella y se limpia la mano. El otro día, después de hacer la operación de limpieza me dijo: “Huele” y puso las palmas de su mano frente a mi nariz. Yo tomé su mano izquierda de la muñeca y la acerqué a mi nariz, olía a alcohol, pero por encima, o por debajo de este aroma, aparecía un hilo oloroso a fierro. Cuando vio mi reacción, Mariana dijo: “¿Verdad que sigue oliendo a mierda oxidada?”. Sí, ahí seguía el hedor del óxido, del tubo corroído. “No lo soporto”, dijo Mariana e hizo una cara como cuando a una niña la obliga su mamá a comer la sopa de lentejas. Por esto, cuando Mariana vio a la niña de la fotografía recargada sobre la banca de hierro, dijo que era una fortuna que ese material no se corroyera como el de los autobuses, pero que la niña, de todos modos, había advertido la dureza de ese material y por ello había posado sus labios sobre el dorso de su manita, un poco, como si sus labios fueran la mamá y dijeran: “Ya, ya, todo estará bien”.
Mientras Mariana se levantó para ir a comprar un vaso de esquites, al lado de las gradas de acceso de la Casa de la Cultura, yo pensé en las ocasiones en que estoy cerca de objetos hechos con metal. Me di cuenta que son pocas las ocasiones. Cuando Mariana volvió le dije que jugáramos a imaginar que todos los objetos estaban hechos con metal. ¿Por qué tal castigo para los humanos?, preguntó ella y yo dije que era porque los hombres y mujeres estamos contaminando los ríos. ¡Bien aplicado el castigo!, dijo ella y comenzó por decir que el cepillo de dientes tiene cerdas de metal. Sí, dije yo y reviré con decir que la taza de baño está hecho de fierro. Mariana puso cara de colibrí sin alas y dijo que no quería imaginar sentarse para hacer pis en una madrugada de invierno. Luego, mientras elegía unos granos de elote para llevárselos a la boca, dijo que el colchón de mi cama estaba hecho con hierro. Yo, para desquitarme, dije que su brasier y pantaleta estaban hechos con fierro retorcido. Ella rio. Sí, dijo, como si fuese la época medieval. Bueno, dije yo, tendría la ventaja de que no podrías ser infiel de manera tan sencilla. Bobo, dijo ella, y comentó que los autos estaban hechos con tubulares, del mismo material herrumbroso con que están hechos los asientos de los autobuses urbanos. El cepillo para el cabello también está hecho con cerdas de hierro; y los envases de los refrescos están hechos de fierro. Mariana se llevó una mano a la boca e hizo una cara de asco. Dijo que jamás volvería a tomar un refresco, pero le dije que los ríos ya no llevaban agua en su cauce, que eran hilos de metal los que corrían hacia el mar. Sí, dijo, el mar también está hecho con residuos metálicos y las personas que van a Acapulco no se meten al mar, simplemente se tiran en la playa y, como si estuviesen en un spa, se broncean con los reflejos del sol contra el metal.
Íbamos a seguir jugando, pero Mariana se quedó con la cuchara de plástico a medio camino y ya no comió porque la niña había desaparecido. No vimos el instante en que ella (qué bueno) se despegó de ese barandal, bajó y, como Jesús, caminó por la superficie del mar.
Mariana dijo que, cuando menos, ella había posado sus labios sobre su piel y reconoció que no hay nada más afectuoso que la caricia de una mamá. Luego rio, rio mucho y agregó: Bueno, siempre y cuando no tenga brackets.

sábado, 27 de febrero de 2016

CARTA A MARIANA CON NOMBRES CERCANOS



Con un abrazo respetuoso para la familia Guillén Alcázar,
por la ausencia física de doña Reina Alcázar de Guillén.



Querida Mariana: Sara me mandaba a Japón. ¿Cómo la sirvienta me decía eso? Estoy seguro que ella nada sabía de aquel país, tal vez ni siquiera había visto un mapamundi y ubicado Japón. Ahora pienso que alguien, en algún momento, le dijo que Japón era un país que estaba muy lejos y entonces ella cuando quería que no estuviera en la cocina molestándola me decía que me fuera al Japón (Rosario decía: “Andá a mirar si ya puso la cucha”).
¿En dónde queda Japón? Creo que, igual que Sara, no sé bien a bien. Una tarde vi una película (¿cómo se llama?) donde un actor norteamericano fue contratado para hacer un comercial del güisqui Suntory. Apenas va en el taxi, del aeropuerto al hotel, y nosotros sabemos que la ciudad de Tokio es un mundo que nada tiene que ver con Nueva York. Basta imaginar el impacto cultural que significa enfrentarse a cientos de anuncios luminosos con los ideogramas de la lengua japonesa. Se ven bellos, pero son indescifrables. La película es de gran factura, fue dirigida por la hija de Francis Ford Copola.
Sara me enviaba a Japón para que no la molestara a la hora que echaba las tortillas al comal. Ahora entiendo que era una forma decente de su deseo de enviarme lejos, porque, ahora lo sé, los seres humanos tenemos muchas formas de enviar muy lejos al otro. Mi tía Eugenia, por ejemplo, siempre estaba enviando a los sobrinos “Al quinto infierno”. Padre mío, pensábamos nosotros, pues ¿cuántos infiernos existen? Dante, junto con los grabados de Durero, nos había enseñado que el infierno tenía varios círculos (como terrazas japonesas), pero era uno solo. Si la tía Eugenia nos enviaba al quinto infierno quería decir que había más infiernos y que, tal vez, ir al quinto infierno era más dramático que ir al segundo infierno. Marcos, quien siempre ha sido apasionado de la matemática, decía que el primer infierno estaba reservado para quienes habían cometido pecados tolerables, como hombres y mujeres infieles que habían pecado por causa de la pasión; al segundo infierno iban a dar los hombres y mujeres que infligían daño a los niños (pederastas incluidos) y daño a viejos (que golpeaban a sus madres y padres ya ancianos). Conforme avanzaba la escala los castigos eran más severos, por ejemplo, en el tercer infierno el fuego no sólo quemaba los cuerpos sino también los espíritus de los castigados, ello provocaba que sus almas se hicieran ceniza. El tercer infierno estaba destinado para hombres y mujeres que mentían y con sus mentiras ocasionaban que los destinos de los otros se torcieran y en lugar de tener vidas sosegadas se atormentaban en los pantanos de la infelicidad. Cuando a Marcos le decíamos que cómo era posible que la mentira fuese castigada con mayor severidad que la infidelidad, él explicaba que la infidelidad era cosa de la carne, pero la mentira era cosa del espíritu. Nosotros nos maravillábamos con la explicación y por eso crecimos convencidos de que debíamos, siempre, decir la verdad y que si, en algún momento, cometíamos infidelidad debíamos reconocerla, porque (era como una catafixia) era preferible ir al primer infierno que al tercero. ¿Y el cuarto? ¡Dios nos libre y nos agarre confesados! Al cuarto infierno iban a dar los hombres y mujeres que eran curiosos. ¡Oh, Señor!, exclamábamos, mientras Marcos reía con una risa mefistofélica. Todos éramos curiosos. ¿Qué niño o niña no es curioso? ¿Por qué la curiosidad es tan mala?, preguntábamos y Marcos respondía en automático: Ya lo dice el dicho: La curiosidad mató al gato. Nosotros quedábamos sin saber qué decir, pero Marcos abundaba: No hay hombre más terrible que el cabrón que mata a un animalito. Nosotros abríamos la boca y expulsábamos un ¡Ah!, que era un ¡ah! de admiración por todo el conocimiento que Marcos poseía, pero al mismo tiempo era un ¡ah! de temor. Nosotros no matábamos animalitos, ya nuestros papás nos habían prohibido las resorteras y habíamos olvidado la práctica de cortar las colas a las lagartijas del panteón; pero si Marcos decía que la curiosidad era la que mataba al gato, reconocíamos que más de una vez al día lo hacíamos porque la curiosidad era algo que practicábamos con emoción. Teníamos curiosidad, por ejemplo, por saber si era cierto que debajo del piso del templo de Santo Domingo corría un túnel y éste llegaba hasta el templo de la Virgen del Rosario, en Yalchivol. Mi papá decía que eso era un mito, pero el tío Rosendo juraba que él, de niño, había entrado por un subterráneo y había caminado como cien metros por ese túnel que no tenía final. El maestro Rodrigo contaba que en ese túnel, en tiempos de la guerra cristera, los frailes se escondían para que no los hallaran y si el peligro era mayor caminaban por debajo de la tierra y salían en Yalchivol donde ya les tenían preparados los caballos para que huyeran con rumbo a La Trinitaria y luego a Guatemala. Yo llegaba a la casa y le contaba a mi papá, mi papá reía, mientras sopeaba el pan en el café, y decía que no, que eso del túnel no era verdad, pero nosotros (niños al fin) seguíamos con la curiosidad y entrábamos al templo y tratábamos de sobornar a don Abelardo, que era el sacristán, pero éste nos decía lo mismo que mi papá, que todo era una patraña y que saliéramos, que fuéramos a ver si ya había puesto la cucha.
Nada sé de Japón y sin embargo la cultura japonesa me seduce. ¿Será porque Sara siempre me estaba enviando para allá? Ah, ¿imaginás mi querida Mariana si yo le hubiese hecho caso y una tarde, con la maleta de cuero, dijera a mi mamá que luego volvía porque iba a ir a Tokio?
Cuando leo alguna novela de una autora alemana (traducida al español) tengo dificultad al pronunciar los nombres de las ciudades de aquel país. ¿Por qué no tengo dificultad alguna al leer los nombres de lugares japoneses? ¿Por qué, incluso, los nombres de aquel país me suenan tan cercanos como si dijera Pamalá, Jatón, Uninajab, Islapá, Quistaj? Sé que para un occidental leer en japonés el nombre de una ciudad oriental es como entrar a una habitación en oscuras, pero ya en la traducción es como si entráramos al patio central de una casa comiteca. Ahora leo la novela “Lo bello y lo triste”, de Yasunari Kawabata, autor japonés que, en 1968 (año de la Olimpiada en México) ganó el Premio Nobel de Literatura. Ahí hay nombres de lugares japoneses y me suenan como si dijera Chacaljocom, Nicalococ, Cumpatá. Me suenan próximos a pesar de la lejanía y a pesar de que pertenecen a una cultura que está en la antípoda a la nuestra. Oí estos nombres de personajes: Otoko, Keiko, Fumiko, Oki y Taichiro. Si quisiera hacer un chiste sobado diría que el nombre de Taichiro suena chido. ¿Y los nombres de ciudades y lugares japoneses? Tokio, Kioto, Miyako, monte Arashi, puente Togetsu, parque Kameyama. Ah, qué sonoros estos nombres, casi casi como si fuesen el eco de una campana o el eco de los pasos de un caminante por un jardín de piedras, a la vera de un riachuelo de aguas limpias.
¿Recordás que de Kawabata ya leímos su novela “La casa de las bellas durmientes”? ¿Recordás que pensamos que es una novela excelsa? El pobre de García Márquez quiso hacer un homenaje a su maestro Kawabata y escribió la novela “Memoria de mis putas tristes”. Ah, pobre García Márquez, nunca lo hubiera intentado. “Memoria de mis putas tristes” es una puta memoria triste. La novela de Kawabata pareciera escrita con agua del monte Fujiyama, con pétalos de cerezos y con la cera de las velas que prenden en un templo budista. ¿La novela de García Márquez? Ay, qué pena, pareciera escrita con la pulpa de una guayaba podrida.
Armando dice que soy un irrespetuoso con la memoria de García Márquez siempre que digo que su novela de las putas tristes es una mala novela. Recuerdo entonces el respeto que los japoneses guardan a sus muertos. Kawabata dice que en los cementerios existen espacios para los muertos no llorados. Esto llamó mi atención. Luego entendí que son tumbas donde entierran a las personas que no tienen descendencia. ¿Quién llora a los que no tienen hijos ni nietos? Se me hizo un espacio sensacional porque permite a uno llevar flores a la tumba de un desconocido, con la misma intención del viejo que, en el parque, reparte granos a las palomas o de la mujer que deja una bandeja con agua sobre la banqueta para los perros callejeros. ¿De qué sirve una flor para la tumba del papá muerto? ¿De qué sirve el llanto frente a la tumba de la mamá ya desaparecida?

Posdata: Odiábamos a la tía cuando nos enviaba al quinto infierno. ¿Cómo era el castigo en ese infierno? Marcos decía que nosotros hiciéramos un contra conjuro, ¡qué enviáramos a la tía al sexto infierno! ¿Y ahí qué sucedía, cuáles eran los castigos? Marcos se hacía tacuatz y no nos decía. Nosotros pensábamos que no era bueno ser como ella. Así que una tarde propuse que si queríamos mandarla lejos, como ella nos mandaba a nosotros, la mandáramos a Japón. Todos estuvieron de acuerdo y una tarde vimos que ella preparaba maletas y desapareció de casa. Mi papá juraba que ella había ido a vivir a La Ilusión, el rancho del tío abuelo.

viernes, 26 de febrero de 2016

IMAGINÁ QUE TE LLAMÁS ATARDECER




Imaginá que te llamás atardecer. Que sos atardecer. Imaginá las ventajas. A diferencia de los niños que no los dejan salir de casa, vos podrás salir a jugar todas las tardes, en el patio, en los parques, en los atrios de los templos, en los restaurantes y en las cantinas. Claro, si jugás en estos últimos espacios debés ser muy cuidadoso con los bebedores porque a esa hora ya caminan como barcos en medio de una tormenta y algunos de ellos zozobran y quedan embrocados sobre las mesas o tirados sobre el piso. Así que si llevás patines no es recomendable que caminés por las cantinas. Además, en las cantinas hay mucho ruido, como de mil pájaros bobos hablando de política o de venganzas o de infidelidades. Por eso, mi recomendación (en caso de que aceptés ser atardecer) es que jugués en los parques donde los pájaros vuelan y hacen su jolgorio en las frondas de los árboles que son, siempre, como una oración a la vida.
Imaginá que te llamás atardecer. Que sos atardecer. Ah, cuántas niñas se enamorarán de vos, porque serás capaz de encaramarte sobre las montañas y, como si cabalgaras en un caballo de color, pintarás los cielos con los colores más hijos de los renuevos. Serás como un Van Gogh (¡ah, qué de cielos en espiral, de cielos alucinados!); serás como un Cézanne o como un José María Velasco. Los macizos de flores que, por lo regular, reposan en los campos, vos los pondrás sobre la línea de horizonte y harás enramas en los cielos de todos los cielos. Dejate amar a la hora que las niñas suspiren por vos cuando estés lleno de naranjas, grises y azules; dejá que ellas suspiren como si fuesen peces afuera del estanque a la hora que el sol asume su cara por en medio de tu cara de persiana; dejá que algún iluso aprendiz de pintor te haga un apunte que le sirva para hacer, luego, un retrato tuyo; dejá que las niñas se tomen la selfie a tu lado, porque jamás olvidarán tu rostro de ardilla infinita.
Si te gusta jugar juegos de imaginación y aceptás ser atardecer aceptá que cuando la niña hechicera aparezca vos tendrás que despedirte de esa burbuja libre y decir: hasta mañana. Aceptá que la vocación de la hechicera de la noche es tender la tela de sombra sobre todas las montañas, campanarios, techos y colocar manteados sobre todos los patios de las casas. A esa hora, tendrás que sentarte sobre una banca, quitarte los patines y correr hacia tu casa, donde, tu mamá, siempre iluminada con rayos de sol dorado, ya tiene preparada tu pijama y el agua de la tina, para que te bañés y, luego, ya con tus pantuflas puestas te sentés ante la mesa y cenés una rosquilla chuja con una taza de chocolate bien caliente. Hacé silencio y escuchá las campanas del templo de Santo Domingo que convocan a los grandes a misa de siete.
Imaginá que te llamás atardecer. Que sos atardecer. Imaginá que sos la cinta de aire que se expande como papalote. Aceptá que de todos tus primos (excepto el mediodía) vos serás el que menos oportunidad tendrá de estar fuera de casa pateando latas en la calle o columpiándote en los columpios que el tío Eiber cuelga en las ramas más altas de aquel ciprés que sembraron juntos cuando vos eras muy crío. Tu prima madrugada dura afuera el mismo tiempo que vos. La mañana sí es más juguetona, porque permanece en la calle más tiempo. ¡No se diga la niña hechicera! Ésta es la más lúdica, la más misteriosa. Aparece cuando ya vos estás de regreso a casa y no vuelve a la suya hasta que la madrugada, como si sentara en una banca del templo, la empuja con sus caderas. La niña hechicera es tu prima más rebelde, la oveja negra de la familia. Su mamá siempre le pregunta ¿Dónde estuviste? ¿Qué hiciste?, y siempre le echa en cara que anda en malos pasos, porque no sólo camina en las plazas y en los pórticos de los templos, sino, también, retoza por callejones y en cuartos de prostíbulos y, como si fuese un delincuente, salta bardas de residencias y espanta a niñas que se cubren con sus chamarras en sus camas, porque tu prima niña hechicera tiene ojos que son oquedades sin brillo, como si fuesen huecos de cráneos desnudos.
¡Ah, qué bonita vida la tuya! Siempre sentite orgulloso de ser atardecer, porque, ya lo dijo el sabio, en el atardecer de la vida aflora la sabiduría, así que, con tantita suerte, llegás a ser reconocido como lo que sos: ¡una bendición!, porque cuando vos jugás en el parque y en las calles los pájaros están de regreso; asimismo, de regreso, está el obrero, y vos sabés que no hay cosa más reconfortante que saber que los de casa están de regreso. A la hora que vos retozás, la abuela se dispone a descansar, corre la cortina de su cuarto y toma el rosario para rezar y pedir que la potestad divina ponga su mano sobre todos los de la familia; mientras el abuelo, en el viejo gramófono, pone el disco de Agustín Lara, cierra los ojos y se mece en la mecedora de mimbre.

miércoles, 24 de febrero de 2016

A LA ORILLA DE LA CARRETERA




Al principio me caía mal. Por cualquier cosa, el tío Romeo decía: “Es endoculturación”. Yo no sabía qué significaba la palabreja y creía que tampoco el tío; creía que lo decía sólo por hacerse el interesante. Hasta que un día no pude más y revisé el diccionario y luego fui con el tío para comprobar si sabía el significado. Sí, sí lo sabía. Me dijo que era algo como la transmisión de saberes de los mayores a las nuevas generaciones. Sí, eso, más o menos, decía el diccionario. Y el tío, ya en pose de Platón, dijo que ese proceso era lo que permitía que el mundo siguiera siendo un mundo interesante. ¿Qué pasará el día en que ya no haya endoculturación?, preguntó, ¿En dónde quedará la estafeta?
Siempre que voy en la carretera y paso a un lado de este letrero digo: “Todo es endoculturación”, pero además pienso en el tachilgüil de culturas y sonrío. Acá está, sin saberlo bien a bien, un tachilgüil de dos culturas: la de Michoacán y la de nuestro pueblo. Si alguien menciona que son carnitas estilo Michoacán es como si asegurara que las carnitas de puerco están preparadas de manera exquisita; asimismo, si alguien menciona al cotzito, ya lo dijo el Mincho: “Nada hay más sabroso en la vida que el cotzito lindo y jacarandoso”.
Nunca he entrado al restaurante, porque no como carne (y dijera el Quique que por mi edad ya no debo andar jugando juegos de adolescente).
No he entrado al restaurante, pero imagino que las carnitas son ricas; de igual manera imagino que el dueño es Michoacano y un día llegó a Comitán y advirtió cuál era la palabra más simbólica, la más decidora y no tardó en hallar que el cotzito era lo más recurrido. Porque, ya todo mundo lo ha dicho: el comiteco más famoso es el comiteco y la palabra más comiteca es cotz, que, viéndolo bien, no es una palabra nuestra, pero que la hemos apropiado como si fuese una de las nueve estrellas que dicen protegen este pueblo.
El otro día, Óscar Bonifaz platicó que su hija Olivia vino de España, país donde radica desde hace muchos años. Olivia, por supuesto, es comiteca. Una de las primeras cosas que ella comentó fue que la famosa palabra ya no está pintada en las paredes como antes. Óscar contó que en ese momento salieron a la calle y pintaron un cotz discreto en la fachada de su casa, un poco como para decir ¡eso somos, de esto estamos hechos! (Y para quienes no son comitecos, habrá que advertirles que en Comitán la palabra cotz tiene dos significados: guajolote y acto sexual. Así que cuando decimos que estamos hechos de eso sólo reiteramos que fuimos hechos del acto amoroso más amoroso y, dijera Mincho, del acto más lindo y jacarandoso).
El restaurante está instalado en un lugar icónico de Comitán: frente al Chumis, espacio de reunión de los grupos tojolabales que acuden a la Entrada de Flores en honor a San Caralampio el día diez de febrero. Por ello el nombre del restaurante es como un homenaje a la etnia tojolabal. Sin duda que cuando los hombres y mujeres se concentran con sus banderas, tambores, pitos, cohetes y atados de flores y leen el letrero hallan algo de su propia identidad.
Alguien podrá decir que es una mezcla rara. Sí, la mezcla de la cultura michoacana y chiapaneca es inusual, pero acá está integrada en una serie de modismos y sabores indecibles.
El letrero, escrito en el dialecto comiteco, dice: “Si querés desayunar y comer galán y sabrosito vení al Cotzito”. Desde ahora, las muchachas bonitas deberán tener cuidado en enojarse a la primera provocación, porque es posible que el amado, inocente, sólo las esté invitando a comer una carnitas estilo Michoacán, cuando les dice “Vonós a echar cotzito”.
Como dijera el tío Romeo: ¡Todo es endoculturación! Los mayores trasmiten sus conocimientos para que no se pierdan. Los mayores se encargan de decir cómo se preparan las carnitas para que queden ricas; asimismo, se encargan de repetir la palabra cotz para que el mundo sepa que de ahí venimos. Ya la práctica del cotzito sí es responsabilidad de cada uno.
Al principio me caía mal que el tío anduviera diciendo la palabra por cualquier cosa, pero ahora entiendo que este proceso cultural es de vital importancia para que pervivan los diferentes modos de ser. ¡Que vivan las carnitas estilo Michoacán! ¡Que viva el cotzito lindo y jacarandoso! ¡Que vivan las diferentes culturas!

lunes, 22 de febrero de 2016

TODAVÍA




El tío Ernesto decía: “Still beautiful”, como medio mundo dice buenas tardes o buenas noches. Era su saludo y era, también, como una invocación, porque subía los brazos y miraba hacia el cielo. A mí me causaba gracia y a él también le resultaba gracioso cuando llegaba a su casa y lo imitaba (el pedacito de gente) y alzaba las manos y decía Still beutiful, sin saber qué significan esas palabras, que luego, meses después, la tía Emerenciana se encargó, a la hora de servirme un pedazo del pastel de manzana que le salía riquísimo, decirme que eran dos palabras en inglés y que significaban “Todavía bella”.
El tío lo decía, pero como si fuera parte de una oración, como si rezara el inicio del padre nuestro, porque siempre quedaba como esperando que otras palabras llegaran a su boca.
Yo lo aprendí e igual que él lo decía a todas horas, en el salón de clases, en la calle, en el mercado y en la casa. A la hora que Sara me llamaba para servirme dos tortillas con nata y una taza de café con tostada adentro, yo, en lugar de decir gracias, decía Still beutiful, ella reía y yo le explicaba que eso era inglés y lo que significaba. Yo veía que Sara se sonrojaba tantito, como si su rostro tomara un ligero reflejo de la brasa del fogón y comenzaba a silbar una tonada, en tono muy bajo.
La vez que me conmocioné fue una tarde que visité a los tíos. Ya estudiaba en la Universidad Nacional Autónoma de México. Siempre que estaba de vacaciones en mi pueblo, pasaba a su casa para saludarlos. Mi tía me abrazó, me hizo una seña con el dedo para que callara y me llevó hasta la ventana que daba a la sala. ¡El tío bailaba! Iba de un lado a otro, hacía un lado una silla, levantaba los brazos y las piernas, uno, dos, uno, dos. Mi tía rio. El tío nos vio, abrió los brazos como si me abrazara y luego movió la mano para que fuera con él. Lo abracé muy fuerte. Escuché que la canción decía: “Still beautiful”. El tío se sentó, sacó un pañuelo, se limpió la frente y me preguntó cómo estaba. ¿Así que es una canción?, dije, y él mencionó que recién la había descubierto, que Mónica le había llevado el disco, que el cantante era Chris Rea, un cantante inglés. Mónica, igual que vos, dijo el tío, siempre oyó que decía Still beautiful y ahora se ha convertido en mi canción favorita. ¿La has oído? Dije que no, que nunca. Ah, es una canción muy bella. Yo dije: Todavía bella. Él rio. Dijo que me invitaba a comer. Llamó a mi tía y le pidió que preparara algo sabroso para mí. Cuando salió la tía le pregunté por qué siempre decía esas dos palabras. Me contó que lo había encontrado en un poema que leyó siendo niño, en clase de inglés. Dijo que había llamado su atención la sonoridad de esas dos palabras y cuando la maestra (así como mi tía lo había hecho conmigo) le dijo el significado pensó en su mamá: aún bella. El tío dijo que su mamá fue una mujer bellísima y, a pesar del paso del tiempo, conservaba una dignidad de vitral de catedral europea. Por eso, dijo, mientras abría una cerveza y me la ofrecía, siempre he pensado que la vida, a pesar de toda la mierda, aún es bella. Y rio, rio con una carcajada de bocina a todo volumen.
“Still beautiful” se convirtió en la canción predilecta de mi tío. Desde niño había presentido que algún día un autor compondría la canción que él invocaba a toda hora. En la Ciudad de México me enteré que la tarde de su entierro, la tía, antes de salir de casa para ir al panteón donde fue la misa y luego el entierro, puso el disco de Chris Rea y bailó como si estuviese con él. Todos los que la vieron no pudieron reprimir el llanto. Dicen que fue una imagen bella, “todavía bella”, antes de la niebla gris en el panteón.
Desde entonces supe que todo mundo debe reconocer la canción que lo acompañará toda la vida. Aquélla que, igual que la tía Francisca, le haga bailar aún en medio de la lluvia fortísima. Una vez vi a la tía Francisca ir de un lado a otro del sitio de su casa, bailando en medio de un torrencial. Estaba como iluminada, plena, sublime. En el tocadiscos de la sala, a todo volumen, sonaba su canción favorita, una que no recuerdo cómo se llamaba, pero que era interpretada por Celia Cruz, salsera de lujo.
Mi papá también tenía su canción favorita: Vereda Tropical. Nunca vi que la bailara, pero lo vi cientos de veces, con la camisa arremangada en los brazos, abrir la consola, colocar el disco y sonreír a la hora que los primeros acordes, como si fuesen el sol, asomaban por su horizonte. Tomaba la regadera y regaba las plantas del corredor de la casa. Cuando la canción terminaba, mi papá silbaba la tonada, así terminaba de regar, así, silbando, se sentaba al comedor y esperaba que Sara le sirviera el desayuno.
Ahora que el Internet nos brinda el prodigio de tener tanta música a la mano, a las cuatro de la mañana me pongo los audífonos y escucho Vereda Tropical; escucho el ritmo como de olas que vienen y van, el órgano que baila al lado de un clarinete y la voz de Lupita Palomera: “…hazla volver a mí, quiero besar su boca, otra vez junto al mar, vereda tropical…” y es como si viera a mi papá, en el corredor, en mangas de camisa, regando los helechos que había en los corredores de la casa; y escucho la voz ronca de Chris Rea, voz como de agua adentro de un tonel: “…and you are still beautiful, you are still beautiful, in this cold white nigth…” y es como si viera a mi tío levantando los brazos, bailando de un lado a otro de la sala. Y solo, mientras escribo párrafos de una novelilla, silbo una partecita de Vereda Tropical y digo still beutiful y sonrío. Solo. Solo, en la madrugada, aun en busca de la canción que me acompañe el resto de mi vida.

domingo, 21 de febrero de 2016

INVENTOS DEL SIGLO XXI




El tío Eusebio no podía creerlo. Fue preciso que su nieto Armando le sirviera una cerveza y un caballito de tequila y que luego lo llevara a su carro. Subí, abuelo, dijo Armando. El tío subió, metió la llave, prendió el auto y éste, en automático, se paró y no volvió a prender jamás, a pesar de que el tío insistió mucho. El tío preguntó si el auto se había ahogado, si la gasolina había terminado. No, dijo Armando, el carro detecta tu aliento alcohólico y por eso se inmovilizó. ¿Imaginás lo que esto significa? El abatimiento de los índices de accidentes causados por conductores borrachos. El tío se asombró y cuando se reunió con sus amigos en la banca del parque central contó lo que había visto. Los viejos también se asombraron y don Eulogio recordó cuando el compadre Chemingo murió la tarde en que bautizaron a su nieto Elías. Habían estado muy contentos, debajo del árbol de jocote, debajo del manteado. Habían comido chicharrón, tostaditas con carne deshilachada, frijolitos refritos con chile de Simojovel. Habían brindado con la botella de comiteco, auténtico, que don Romualdo había traído. Cuando Chemingo se despidió todos salieron a la tranca y desde ahí le dijeron adiós. No sabían que lo estaban despidiendo por última vez. En la curva de La dentada, ahí Chemingo se quedó dormido y se fue al voladero. La comadre Arminda lo lloró más de cien tardes. Cada que recordaba el accidente renegaba de Dios y decía que el trago era hijo del diablo. Todos los amigos del tío Eusebio quedaron en silencio, escuchando el rebumbio de los pájaros a la hora que buscan su alojamiento. Todos quedaron ensimismados, recordando, tal vez, sus años de adolescentes: los tiempos en que se reunían con los amigos para ir a tomar la cerveza en el restaurante “Tono Gallos”.
Todo mundo, igual que el tío Eusebio, reconoció que ese invento era ¡el gran invento! Hasta que los reclamos asomaron. El auto se inmovilizaba cada vez que detectaba un olor a alcohol en el carro. En ocasiones, aunque el chofer estuviera sobrio el auto detectaba el aliento alcohólico de un pasajero y se paraba. Los genios de la Volkswagen (inventores del auto maravilloso) estudiaron el caso y lograron que el auto sólo se inmovilizara cuando el chofer era quien estaba pasado de copas. El auto volvió a tener el prestigio inicial y, en efecto, los índices de accidentes bajaron de manera sorprendente. El Presidente de Alemania condecoró a los inventores y los propuso como candidatos del Nobel de la Paz. Su principal argumento fue que la tranquilidad en las carreteras contribuía a la armonía de las sociedades. Cuando el tío Eusebio vio la noticia en la televisión, llamó a Armando a gritos y le dijo que viera. Armando dijo que era lo más sensato que había escuchado. El tío fue al refrigerador, sacó dos cervezas y ofreció una a su nieto. Hoy no saldremos de casa, dijo el tío, sonrió y destapó su botella. ¡Salud!, dijo. Salud.
¿Y qué hay de nuevo?, preguntó el tío, después de dejar la cerveza en la mesa de centro y tomar, con un palillo, un trozo de queso enchilado. Y el nieto contó que el mundo estaba conmocionado con el más reciente invento de la IBM. Había levantado tal polémica, que grupos feministas habían marchado por todo el mundo exigiendo la destrucción del nuevo invento, porque ya era el colmo de la intromisión de los derechos humanos. El tío se meció en su mecedora de mimbre y mostró interés. Armando tomó, con los dedos, una aceituna, la llevó a su boca y limpió su boca y mano con una servilleta de papel. Dijo que así como la Volkswagen había inventado el detector de alcohol e inmovilizaba el auto, la IBM había inventado un aparato que detectaba a las personas que habían tenido relaciones sexuales en el lapso de cinco horas. El tío se sorprendió y, con las manos levantadas, como si se abanicara, pidió que su nieto explicara más acerca de ese invento. Sí, dijo Armando, quien se echó hacia adelante. Haz de cuenta que yo me acuesto con mi novia y subo a mi carro, éste se inmoviliza de inmediato. No puedo subir a un taxi, porque éste se inmoviliza de inmediato. Así pues debo caminar hasta mi casa. ¿Imaginás si fui a un motel a las diez de la noche? ¿A qué hora voy a llegar a mi casa, caminando? El abuelo abrió los ojos como claraboyas de trasatlántico, dio otro sorbo a la cerveza y dijo que eso era una perversión. Claro, dijo el nieto, es lo que las mujeres de todo el mundo están diciendo. Pero, preguntó el tío Eusebio, ¿no es posible evitar que el dispositivo lo coloquen en tu auto? No, dijo el nieto. El aparato no está en el auto. La IBM lo colocó en los satélites artificiales, inmoviliza los autos desde el cielo. Ya podrás imaginar, dijo el nieto, la de historias que se han dado en el mundo. Ayer salió en la prensa (su personal no pudo evitarlo) la noticia de que la superiora del templo de la Santa Asunción subió a su auto y éste se inmovilizó. Ella se sorprendió, juró a su asistente que no había tomado ni una gota de alcohol. El asistente nada dijo, pero cuando éste llegó a la cocina del convento, con risa de ardilla saltando de rama en rama, dijo que el auto de la superiora se había inmovilizado. Sí, dijo, en medio de la risa de todas las cocineras, el auto del señor obispo también se inmovilizó.
¡Ay, Señor!, dijo el tío Eusebio, tomemos otra cerveza. Hoy no saldremos a casa. Sin decirlo en voz alta, pensó que tener ochenta y dos años era una ventaja, pues ya sus ímpetus juveniles habían cesado. Sonrió. Dijo salud. Imaginó la cantidad de historias que irían brotando en el mundo entero, la de tragedias que asomarían. En voz alta dijo: Tienen razón las feministas, es un invento perverso.

sábado, 20 de febrero de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE VISLUMBRA EL BRILLO DE UNA AURORA



Con un abrazo respetuoso al notario Gerardo Pensamiento,
por la ausencia física de su esposa, doña Ruth Morales.



Querida Mariana: anexo a esta carta hallarás la foto de una pintura. Es una obra pintada por Aurora Argüello, paisana nuestra.
Nuestro pueblo presume con orgullo sus músicos y escritores. Entre los primeros, los conocedores se llenan la boca cuando hablan de Isabel Soria (dicen que cantó en las grandes salas de Europa), ella fue hija de Fernando Soria, un chiapaneco que nació en Coita y radicó una buena temporada en nuestra ciudad; asimismo se enorgullecen de Esteban Alfonzo, autor de danzones bien sabrosos; hablan del pianista Roberto Martínez (Roberto hijo es el encargado de afinar los pianos del Palacio de Bellas Artes; su hija Lucía dirige una academia de música muy prestigiada en nuestro pueblo; y Felipe es catedrático en la Escuela de Música, de la UNICACH, y dirige el famoso grupo Na’rimbo); también presumen a Leticia Román de Becerril, destacada pianista y, por supuesto, incluyen al maestro marimbista Límbano Vidal, quien, a pesar de que nació en Socoltenango, se hizo comiteco y con sus Águilas de Chiapas puso en alto el nombre de Comitán en medio mundo. No puedo omitir el nombre de Sonia Conde Durán, quien fue una niña prodigio, porque desde pequeña tocaba el acordeón en forma magistral.
¿Y qué decir de los escritores? Tenemos muchos para presumirlos. Claro, la figura señera es la de Rosario Castellanos, pero por ahí ya tenemos las obras de Omar Ruiz, quien escribe bien bonito; lo mismo sucede con los ensayos que escribe el talentosísimo Roberto Culebro Jiménez. ¿Y qué decir de los Bonifaz? ¡Una triada de lujo! Marirrós, Leticia y Óscar son escritores de altos vuelos. Tal vez de quien menos se conoce su obra es de Lety, pero escribe unos ensayos deliciosos y unos haikús de vuelo de grulla. La obra de Marirrós ha sido reconocida a nivel nacional y no faltan los lectores que dicen es una de las voces más importantes de la literatura chiapaneca. Ya de Óscar ni hablamos, ahora anda por todos lados presumiendo el Premio Chiapas que le concedieron el año pasado.
Y hablando del Premio Chiapas, ¡por fin!, el pasado jueves entregaron los correspondientes al año 2015. En Artes lo obtuvo el poeta Óscar Wong, y en Ciencias, el doctor Andrés Fábregas Puig. Cuando algún chiapaneco obtiene un reconocimiento a nivel nacional o internacional nos sentimos chentos. El año pasado, los comitecos nos alegramos con la noticia de que Óscar Bonifaz era el merecedor del máximo reconocimiento que gobierno y pueblo de Chiapas entregan. Ahora, los tonaltecos están de plácemes porque Wong lo obtuvo. ¿Qué decir de Andrés Fábregas Puig? Nada y todo. Decir que él es de esos hombres que honran el premio y que lo engrandecen. En el reconocimiento al doctor Fábregas, el premio se dignifica. Porque habrá que decir que ha habido ocasiones en que se ha premiado sin mucho mérito. Chiapas se ha contagiado del mal que ha pervertido la entrega de la Medalla Belisario Domínguez. ¿Cómo fue posible que un año Fidel Velázquez, el nefasto líder sindical, la recibiera? Bueno, lo mismo sucedió el año pasado en que muchas personas criticaron el hecho de que la medalla la obtuviera un empresario. El año pasado, junto a Bonifaz, Heberto Morales Constantino recibió el Premio Chiapas. El mensaje que el doctor Heberto leyó la noche de la entrega del premio reafirmó la categoría del galardonado. Su discurso queda como muestra de que el jurado no se equivocó al premiarlo.
En Comitán tenemos buenos escritores. En la relación asoma la poeta Mirtha Luz Pérez, quien ha sido premiada a nivel nacional por la calidad de su obra. ¿Qué decir también de los Armendáriz? Igual que los Bonifaz son integrantes de familias sobresalientes en la escritura. Por ahí tenemos la novela “Amores de selva y sombra”, de María Luisa Armendáriz (quien por desgracia falleció recientemente), asimismo, se inscribe dentro de la nómina de escritores comitecos Luis Armando Armendáriz con su novela “El nahual. Falsa crónica de la fundación de Balumkanan”. Dejo al final a quien nos hizo un gran legado donde reconocemos nuestra identidad: Armando Alfonzo Alfonzo, con sus inolvidables libros “Sólo para comitecos” y “Comitán 1940”. Libros inteligentes, llenos de historia, picardía, anécdotas y buen humor.
La relación de músicos también podría extenderse. Ahora viene a mi memoria la figura de Fidel Castañeda, un gran guitarrista, bohemio de hueso colorado; así como la buena horma de Enrique Penagos, un gran baterista (amigos míos juran que tocó en un grupo muy famoso de los años setenta y ochenta: Los pasteles verdes). Y, por supuesto, la presencia magistral de la soprano Lupita Guillén Utrilla, quien nació en Tuxtla, pero cuyos ascendientes comitecos le hincaron el placer de nuestra identidad. Lupita ha brindado conciertos en salas de Europa y de nuestro país. ¡Ah!, cómo nos hinchamos de orgullo cuando alguno de nuestros paisanos descuella en el mundo del arte o del deporte o de la política (siempre y cuando estos políticos sean bien portados, porque si no sólo pena ajena nos injertan).
¿Y la pintura? Comitán ha sido muy poco fértil en este terreno. En el terreno de la escultura no podemos quejarnos porque tenemos al brillantísimo Luis Aguilar, pero en artes plásticas sólo brilló (a nivel estatal) el maestro Güero Mandujano (íntimo amigo de Rosario Castellanos) y, más recientemente, Mario Pinto Pérez, quien es un excelso acuarelista, alumno del célebre Rafael Muñoz López, autor del mural que está en los corredores internos de la Casa de la Cultura. Quien ahora comienza a brillar con colores propios es la autora del cuadro que aparece en la fotografía que te anexo: Aurora Argüello. Ella hace su apuesta en este terreno plástico. Junto con el maestro Bernabé son los dos pintores que comienzan a hacer escuela en los corazones de los alumnos asistentes a sus talleres. Quien ve la obra de Aurora aprecia que ella domina ya muy bien la técnica. Los dos cuadros que ha presentado en el parque central de nuestro pueblo en las exposiciones que ha organizado el grupo Bonbajel Mayaetic muestran un gran colorido y sus formas son una síntesis de rituales propios de nuestro pueblo. El cuadro de esta fotografía sintetiza la riqueza cultural de la entrada de flores en honor a San Caralampio; hace un magistral tachilgüil de figuras simbólicas: por ahí asoman el tamborero y el pitero, asimismo indígenas vestidos con trajes autóctonos y marimbistas que moderan la ruidazón que hace el cohetero. Están presentes dos figuras de gigantes hechos con cartón (figuras que eran presencia fundamental de la entrada de flores en años pasados). Esa mezcla de gente está enmarcada con las banderas que portan los participantes de la entrada de flores, así como colgajos de flores (eques) que son parte importante de la enrama. Aurora eligió una calle que no es tradicional para el recorrido de la entrada, pero que permite al espectador tener una doble visión: una es la que muestra el templo de San Caralampio al fondo (imagen real), y la otra es una visión virtual que hace al espectador sentir que está dentro del templo y que ahí es donde están llegando los peregrinos, porque la enrama es la que da marco a la pintura. ¡Que entren los peregrinos, los que ofrendan su manda por un milagro recibido! ¡Que pasen los que tocan el tambor y el pito! ¡Recibamos a los indígenas de comunidades cercanas que vienen a ofrecer sus flores y a pedir que Tata Lampo bendiga sus tierras, sus sembradíos y cuide a sus familiares! En medio de personas anónimas aparecen los rostros conocidos del cohetero y de un personaje famoso de nuestra localidad: Rafita, así como un personaje que se ha vuelto cercano en los últimos tiempos: el jinete de un caballo negro de una gran estampa. Caballo que es contrapeso de los animales flacos que cabalgan los jinetes con máscaras horrendas que se han integrado al conglomerado en los últimos tiempos.
Nuestros paisanos reconocerán sin ningún problema a Rafita. Lo verán un poco caricaturesco. Aurora nos pone frente a un cuadro donde la ironía está presente a través de la exageración de rasgos. Los marimbistas tienen una figura fuera de proporción si se considera que están cerca del jinete del caballo negro. Aurora nos propone hacer una lectura, no real, sino simbólica de estos tiempos en que los tradicionalistas han acusado la pérdida de identidad. La entrada de flores de San Caralampio actual es como una caricatura de lo que anteriormente se hacía. Por eso, en este cuadro de Aurora, los participantes no van hacia el templo, vienen hacia el espectador. Todo ya es mero pretexto para la fiesta y para la pachanga.

Posdata: Nuestra artista plástica está instalada en la pintura costumbrista, pero nos aporta una mirada novedosa y enraíza nuestra nostalgia. Bienvenida su propuesta. Ojalá tenga mucho éxito.

viernes, 19 de febrero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN CANAL




El canal es visible. Un puente de cemento lo remarca. Aun cuando no hay autos se intuye que la orilla cercana es una calle y la orilla distante es la acera por donde la gente camina. Acá, bueno se da en muchas partes, en el lugar donde los autos corren, camina un muchacho.
Los lectores no pueden saberlo, pero el muchacho (con uniforme escolar y zapatos blancos) no dobló en el puente y cruzó, siguió caminando por el arroyo vehicular, como si fuese una bicicleta o una moto.
Este texto no tiene la pretensión de dar moralejas; de decir que acá están los opuestos de la vida bien establecidos; no se trata de decir que el estudiante se comporta de manera equivocada; ni se trata de decir que el niño hace el acto más generoso del mundo y sacar por conclusión que los mayores se equivocan y que los niños, con su bastón inocente, son los que cobijan el copón de la esperanza.
No, este texto (como todas las Arenillas) sólo tiene la pretensión de remarcar los elementos que, de tan cotidianos, luego no se observan con atención. Por ejemplo, acá se advierte un árbol que ha sido podado, de tal manera que parece un soldado de esos con corte de pelo al casquete. Es un árbol que ya perdió la lozanía y el rostro juvenil, se nota cansado. Tal vez por contraste, entonces, la imagen del niño que carga a su perro se magnifica, porque ese niño, a pesar del peso del animal, va feliz, carga a su mascota como si cargara el carrito de plástico o la pelota de hule para llegar a jugar.
¿Ya advirtieron cómo los árboles del fondo sí tienen hojas? El árbol del frente, el que está sobre la banqueta está triste, debe ser porque en algún momento alguien no tuvo el cuidado de respetar su espacio, de no dejarle (cuando menos) una circunferencia que pudiera darle respiración. Se quedó sin brazos, trunco. Los constructores (los de siempre) llegaron y echaron el cemento con la misma imprudencia con que se queda dormido el borracho. Pobre árbol, qué pena, quedó ahogado, prisionero en su propia libertad. Lo rescatable de esta imagen es el aire que rodea al niño que carga al perro. El escolar va con la mirada al frente y con la frente llena de nubes un poco grises. Algo le preocupa, camina como si fuese un vagón de tren lleno de vacas; en cambio, el niño (sin zapatos, con una chamarra desleída) lleva una sonrisa en su cara, no piensa en problema alguno, disfruta cargar al perro que, igual, como si fuese un papalote, va con las patitas alzadas y se deja conducir por el hilo que el niño jala. ¿Ya vieron el tamaño del perro? ¿El tamaño del niño? El niño se sabe fuerte y el perro se reconoce pichito y se deja consentir. ¡Ah, si todo mundo fuera como este niño, el mundo fuera más rostro de ángel!
La plancha de cemento que funciona como puente de nada le sirvió al escolar, lo ignoró, no pasó a la otra orilla. Cualquiera podría pensar que no supo que en la otra orilla estaba la vida encaramada en los brazos del niño descalzo. Si el escolar, en los próximos dos o tres años, no se da cuenta de que el puente está puesto para que él pase del otro lado y camine sobre la banqueta, puede suceder que ya nunca lo haga, que sea como esos hombres que caminan de un lugar a otro en los extremos de una carretera, expuestos a sufrir un accidente, porque se sabe que los automovilistas se creen dueños de esos espacios.
Todo en la fotografía pareciera miserable, el paso lento y cansado del escolar, el árbol soldado triste, las ventanas canceladas con hojas de lámina, la parrilla desnuda que no tiene pollo alguno, la reja de plástico sin refrescos, la ventana del estanquillo sin clientes ni moscas, el tubo de desagüe que nada desagua, ni siquiera el vacío. Todo es una imagen falsa, porque ni siquiera el canal cumple con su vocación: la de llevar agua. Todo es como plano. Si algo salva esta imagen tan llena de polvo es la imagen del niño que carga al perro, es la del perro que viaja como si volara en una nube.
El niño caminaba, acezando, pujando, diciendo: “Ya vamos a llegar, Pilo”. Y Pilo parecía sonreír, parecía un chupamirto aleteando como si fuese hijo del viento. Y llegó el momento en que el niño del perro (a pesar de la carga) superó al escolar que seguía con su paso cansino.
Estos textos no dan moralejas, nunca dicen que tal vez la plenitud es la actitud y que los niños descalzos debieran tener un mejor destino, ser hijos del aire y volar papalotes por lo ancho del universo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

EN EL MAR DE LA PUBLICIDAD




Óscar Bonifaz estuvo en la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar. Los estudiantes gozaron la hora que pasó con ellos. La charla que comparte el escritor siempre es una charla salpicada de humor y de ocurrencias. Muchas anécdotas vuelven a salir y toman el brillo de lo novedoso. Dijo, por ejemplo, que él no cree en la inspiración, él cree en el estado de ánimo. A veces tiene ánimo de escribir, a veces no. Pero lo que sí sorprendió fue la declaración que hizo en el sentido de que un día leyó la convocatoria de la Cervecería Moctezuma donde se invitaba a los escritores a escribir un cuarteto que serviría para publicitar la bebida. Óscar (apenas niño) participó sin que alguien más lo supiera.
Se sabe que Óscar cuenta que desde niño (un poco igual que Rosario Castellanos) escribía poemas. Una tarde inventó la palabra Chachasca (que era onomatopéyica y disfrutaba mucho al decirla). Así pues, no resulta raro oírle decir que envió el cuarteto y saber que días después recibió un comunicado donde le avisaban que había ganado.
Cuando el papá se enteró (así lo contó el escritor) le preguntó si había probado la cerveza. No, dijo el niño. ¿Entonces cómo pudiste hacerlo? Bonifaz no lo explica bien, pero se asume que viajó a algún lugar para recibir el premio, en compañía de su papá: “Mi papá se llamaba Eduardo. Entramos, se dirigen a mi papá y dicen: Óscar Bonifaz, pase. No, dijo mi papá, Óscar Bonifaz es él y me señaló”. No es difícil imaginar los rostros de los ejecutivos de la cervecera al ver al autor del cuarteto. ¿Un niño? Su papá comentó: “Él lo escribió, ¡dice!”. Y los ejecutivos, después que le hicieron “varias pruebitas” comprobaron que él era Óscar Bonifaz, por lo tanto ¡el escritor del cuarteto!
Como no tenemos por qué no creer lo que dice Bonifaz, es momento de decir, entonces, que él se agrega a la lista de famosos escritores que también realizaron anuncios publicitarios famosos. Todo mundo recuerda el anuncio que decía: “Los tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda”, cuyo autor fue el poeta Salvador Novo; asimismo todo mundo sabe que el gran escritor Fernando del Paso fue el autor de un comercial exitosísimo: “Estaban los tomatitos / muy contentitos / cuando llegó el verdugo / a hacerlos jugo. / “¡Qué me importa la muerte!” / Dicen a coro. / “Si muero con decoro / en los productos Del Fuerte”.
Bonifaz dice que le enviaron el premio, no recuerda el monto. “Mi papá recibió el premio, después de que me había pegado” y concluye diciendo que no sabe si don Eduardo compartió con él algo del dinero, pero que él estaba “pagado” con haber obtenido el primer lugar.
En Yucatán recuerdan a Belito Sosa, destacado locutor, que era la voz que decía el cuarteto que Óscar Bonifaz dice escribió: “Sería belleza suma / sentirse pato y nadar / si estuviera lleno el mar / de cerveza Moctezuma”.
El gran Xavier Villaurrutia inventó el siguiente anuncio que, también, fue un éxito arrollador y que hasta la fecha aún recuerda mucha gente: “Mejor mejora Mejoral”.
Pero si de cuartetos ingeniosos hablamos no podemos dejar afuera el que escribió el yucateco Pastor Cervera y que se puede aplicar a muchos con toda libertad: “Dios en su enorme bondad, / todo lo tiene medido. / Por eso si estás jodido, / no es por casualidad.”
La anécdota que la mañana del trece de febrero contó nuestro paisano no es muy conocida. Desde ahora sabremos que él debe aparecer en la misma relación donde están los nombres de Gabriel García Márquez, Fernando Del Paso, Salvador Novo, Álvaro Mutis y varios más. Escritores que extendieron su talento para crear obras publicitarias inolvidables.

lunes, 15 de febrero de 2016

LA MEMORIA QUE SE DILUYE




Dichosos los que son fieles. Lo digo porque desde siempre he convivido con una infiel: mi memoria. Ésta es una muchacha que en cualquier esquina me abandona y vuelve cuando quiere y a la hora que quiere. Sé que quien está en la fotografía es Manolo (espero no equivocarme) y creo saber que durante algún tiempo su mamá, doña Esperancita, tuvo a su cargo la cafetería de la Casa de la Cultura. Tal vez por esto, Manolo, con gran desparpajo, está sentado en ese espacio. Si esto es real Manolo tuvo un privilegio non: convivir en ese espacio que es sagrado para muchos (ahora, la cafetería ha vuelto y nuevas generaciones podrán apropiársela).
Si una mañana de éstas se me ocurriera ir a tomar una fotografía en ese espacio, hallaría algo similar (bueno, Manolo ya no tiene esta edad): las mesas ahí están, los arcos también. Sólo algo (y por ello mi comentario) ya no existe: el murete divisorio. Ahora, ese espacio no tiene división. Las personas suben y bajan a través de los arcos sin ningún impedimento. Alguien podrá decir que eso es una gran ventaja. Pero nosotros, los preparatorianos que a principios de los setenta estudiamos en la gloriosa escuela Preparatoria del Estado, sabemos que eliminar ese murete fue una de las más grandes afrentas que alguien hizo a nuestra sociedad. Es una pena que a cada rato las autoridades (por caprichos) modifican la traza urbana y nos quitan elementos que apuntalan nuestra identidad. Una tarde tiraron la manzana de la discordia, años antes (en la década del cuarenta) alguien mandó a tirar la estructura que estaba en La Pila y que, en semejanza a la pila de Chiapa de Corzo, tenía cuatro arcos y en medio un tanque donde fluía el agua. Una de las mayores afrentas fue la ocurrencia de un presidente municipal que decidió “modernizar” las calles de este pueblo y decretó que cada vez que un vecino remodelara su casa debía “meterse” un metro. Imaginó (qué imaginación tan pobre) que un día todas las calles se podrían ampliar. Así, cada vez que un vecino pidió autorización para el arreglo de su casa debió tirar la fachada para cumplir con la disposición presidencial. ¿Cuál fue el resultado? Treinta o cuarenta años después vemos que las banquetas son un zigzag y apreciamos que las fachadas perdieron su belleza auténtica y original. Ah, cientos de balcones y puertas soberbias se extinguieron para siempre.
El murete de la Casa de la Cultura (anteriormente Preparatoria del Estado) conservaba la celosía que nos da identidad. Las personas se acodaban ahí y veían la calle (además, los niños y adultos no corrían peligro de dar un paso en falso y caer a la banqueta). Rosy me enseñó el otro día lo que resulta de hacer una figura en papel que simula esta celosía triangular. Tomó una hoja de papel, cortó un pedazo e hizo el acordeón que imitaba esta estructura, lo paró sobre la mesa. Pero el asombro fue cuando ella tomó el papel con triángulos y lo unió: la resultante fue ¡una estrella! Rosy dijo que esa celosía eran las nueve estrellas extendidas que siempre nos protegen.
Dichosos los que son fieles. Muchos comitecos han sido fieles con su ciudad: siguen conservando sus tradiciones, siguen regando el árbol de nuestra identidad. Pero, ¡ay, Señor!, muchos otros, igual que mi memoria, han sido infieles. Y si uno de estos infieles (o varios) llega a tener el poder de decidir ya vemos lo que le sucede a nuestra ciudad.
¿Qué ganan los que modifican nuestras plazas y nuestros edificios simbólicos? ¿Qué ganan los que tiran parte importante de nuestra historia? Parece que lo único que ganan es afirmar su carácter de infieles. (Cualquiera dirá que ganan paga y que por eso inventan modificaciones).
Una tarde, Manolo se sentó en una silla del Café de la Casa de la Cultura (¿tenía algún nombre especial?). Doña Esperancita (su mamá) colocaba, sobre ese murete, ollitas de barro que funcionaban como macetas. Por esto Rosy me decía que ese murete era la síntesis exacta de nuestra personalidad: ahí estaban las estrellas que resguardan a este Comitán de las Flores. ¿Ahora? Ahora nada. La nada es la tónica. Ay, los infieles, cuánto daño nos hacen.
Mi admiración infinita para los que son fieles y, además, leales.

domingo, 14 de febrero de 2016

CON TODOS LOS COLORES DEL UNIVERSO





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como una penca de nopal y mujeres que son como un bordado en el cielo.
La mujer bordado en el cielo siempre tiene las mejillas llenas de color sol, como si hiciese mucho calor, como si estuviese en la cocina donde el fogón calienta la estancia; como si acabara de recibir a su amado; como si, minutos antes, hubiese corrido diez kilómetros sobre la pista de tartán; como si ella fuese la brasa que calienta el mundo y deshiela los témpanos del Polo Norte.
Siempre ríe como si fuese un arco iris y las nubes no fuesen más que un mero pretexto para tejer las grecas de mil colores que son herencia de las mujeres mayas, de quienes, por primera vez, echaron las tortillas al comal.
A la mujer bordado en el cielo le sobresalen las venas de las manos, las venas no están ocultas, son como tzucumos que, orgullosos, caminan por todas las veredas de sus brazos, de sus piernas y de sus muslos. Cuánta dignidad en esas venas resaltadas. Ahí, los amados juegan a que sus dedos caminan por las mañanas y las noches para ir al huerto, al lugar en donde se siembra la luna para que dé el fruto de la luz y del misterio. Porque la mujer bordado en el cielo hila sus grecas con las figuras que descubre en el cielo y en la tierra, a la hora que hace el amor. Porque esta mujer reconoce el significado completo y absoluto de la palabra coger. Porque sabe que para apropiarse del universo es preciso coger las estrellas, los caminos y las enramadas que conforman la piel del amante. Ella, a la hora que desnuda a su amado, sabe que deja al descubierto el manantial donde brota el agua, sabe que abre la esclusa para que el agua caliente inunde los valles y las oquedades de su cuerpo; sabe que el agua bendice cada porción de terreno, porque en donde el amado sostiene su cayado, ahí está la semilla de la esperanza. Cada bordado de su piel y de su espíritu es como ala de un pájaro niño. Cada cinta de una blusa o de un chal es el camino que abre el aire para marcar el destino. Porque la mujer bordado en el cielo tiene como misión sembrar árboles de sal en medio de los mares del mundo.
Reconoce la riqueza de cada uno de los colores, pero elige (cuando le es permitido) los colores tierra, los que combinan a la perfección con las tonalidades que son como la música de una marimba o de un tololoche.
Su vocación es intentar bordar el árbol de la vida en el cielo de todos los cielos, a fin de que el universo sea un solo plano, un lugar donde el hijo de la tierra pueda subir por las ramas, como si fuese chango o mico, y salude al hombre que vive en los planetas distantes. No es menor su vocación: es la de unir al hombre terrícola que se cree único con el hombre de la otra dimensión que, tal vez, también se cree único.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un agudo de trompeta y mujeres que son como el espejo que nada refleja.

sábado, 13 de febrero de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE DEMUESTRA CÓMO LA LETRA MANUSCRITA ES MÁS BONITA QUE LA LETRA DE MOLDE



Con un abrazo respetuoso para la familia
Siliceo Guillén, por la ausencia física de doña Panchita Guillén de Siliceo.


Querida Mariana: Ahora todo mundo escribe con letra de molde. Hubo un tiempo en que los alumnos aprendimos a escribir con letra cursiva. Llama mi atención la forma en que nombramos a los actos. ¿Mirás qué simpático resulta decir letra de molde? ¿De molde? Un poco como si habláramos de pan o de gelatinas o de paletas. ¿Por qué de molde? Un amigo mío hace figuras con moldes de yeso.
¿Y la letra cursiva o manuscrita? Yo estudié la educación primaria en la Escuela Fray Matías de Córdova. Ahí aprendí, como dicen los clásicos, las primeras letras (tampoco sé por qué dicen así, como si luego hubiesen las segundas y terceras letras). Aprendí a escribir con letra manuscrita, que es una escritura bien bonita porque cada letra va enlazada con la otra. Toda la palabra va unida. El lápiz no se despegaba del papel hasta el fin de la palabra. Era un trazo continuo, sin interrupciones. Los niños de estos tiempos escriben letra por letra, cada vez que terminan el trazo de una letra levantan el lápiz.
¿Aprender a leer y escribir es un proceso sencillo? Sí, no es un proceso complejo. Millones y millones de personas en el mundo saben leer y escribir. ¿Por qué, entonces, muchas personas no poseen este conocimiento? México es un país con grandes índices de analfabetismo. El tío Eugenio, dueño del rancho “La ilusión”, me contaba que, de todos los empleados que había en la finca, nadie sabía leer y escribir. De nada había servido aquella obligación moral y responsabilidad constitucional que Rosario Castellanos menciona en su novela “Balún-Canán” y que fue decreto del presidente Cárdenas, un presidente que procuró una mejor existencia a los campesinos.
José Vasconcelos es un personaje que admiro. Lo admiro por dos acciones: la primera, porque en algún momento dijo que abandonaba la tertulia con sus amigos, porque sólo le servía para beber cerveza y perder el tiempo, tiempo que mejor invirtió en crear una obra imperecedera. Dijo que sus amigos hablaban de la gran novela que escribirían, pero nunca lo hicieron. ¡Cómo!, si todo su tiempo lo malgastaban en la tertulia. Cuando, hace muchos años, leí tal decisión pensé que haría lo mismo, no malgastaría mi tiempo en tertulias. Desde entonces, en lugar de estar en el café o en la cantina con los amigos, destiné mi tiempo a la lectura y al acto de crear obras a través del dibujo, de la pintura o de la escritura. Puedo decir que me he sentido más pleno, he sido más feliz. La segunda acción por la que admiro a Vasconcelos fue porque, cuando fue Secretario de Educación, se dio cuenta que las declaraciones de algunos generales revolucionarios en el sentido de que se aplicaría pena severa a quien no aprendiera a leer no fue tomada en cuenta por la sencilla razón de que no había escuelas ni libros donde se pudiera aprender. Entonces él se empecinó en suplir esta carencia haciendo grandes tirajes de obras clásicas. Ya te conté que mi papá (en buena hora) una tarde llegó a casa y me obsequió los dos tomos de la obra “Lecturas clásicas para niños”, libros que fueron distribuidos por primera vez en 1924, en un tiraje que se repartió por toda la república mexicana.
El otro día, en el Centro Comiteco de Creación Literaria leímos una leyenda japonesa que viene en el tomo número uno: “La mujer de nieve”. Este relato tiene toda la belleza y sencillez de la cultura japonesa. Al término de la lectura todos los asistentes coincidieron en que era un texto muy bello. Bueno, pues esa clase de lectura era la que Vasconcelos propició para la niñez mexicana, convencido de que los niños debían leer a los clásicos, porque eran lo suficientemente inteligentes para acercarse a la gran literatura. No está de más decir que en los dos tomos hay textos de Homero, de Cervantes, de Rabindranath Tagore, de Goethe, de Shakespeare, de Óscar Wilde, de Gabriela Mistral, de… ¡pucha!, decenas de grandes escritores. Claro, estoy hablando de Vasconcelos. ¿Qué lecturas tienen los niños de hoy, los niños que crecen en el ejercicio de alguien que se llama Aurelio Nuño? Perdón, querida Mariana, pero hay como cien abismos entre la calidad moral de Vasconcelos y la propuesta intelectual de Nuño. Ya te platiqué el otro día que un amigo me dijo que ahora los libros de texto traen chistes como propuestas de lecturas. Ahora hay menos analfabetismo, pero de nada ha servido para el crecimiento intelectual de nuestra niñez y juventud porque los textos que las autoridades proveen son textos sin sustancia para el desarrollo espiritual.
Chiapas es uno de los estados de la república con menor índice de aprovechamiento en educación. Aún existen muchísimos analfabetas. A estas alturas del partido, el marcador menciona: Analfabetismo 8, Chiapas 0. ¡Una señora goliza! No obstante (paradojas de la vida) en nuestro estado florece la poesía como margaritas en el campo. Hay muchos poetas, por fortuna; también hay muchos que se creen poetas, por desgracia. Pero los primeros nos han dado motivo de gran satisfacción: Chiapas ha dado al mundo grandes poetas: Joaquín Vázquez Aguilar, Efraín Bartolomé, Balam Rodrigo, el multicitado Jaime Sabines, Marirrós Bonifaz y muchos más. Cuando Quique, Jorge, Miguel, Roge, Rodolfo y yo estudiábamos en la Ciudad de México, después que tomábamos dos o tres cervezas y dos o tres cubas libres, acompañadas por butifarra de Comitán que alguna de nuestras mamás había enviado en una cajita, y la nostalgia por nuestra tierra y por nuestros afectos afloraba, alguno de nosotros se paraba y, sin decir agua va, como un baldazo de agua fría, para terminar de remover el sedimento de la nostalgia, recitaba “Canto a Chiapas”, de Enoch Cancino Casahonda. Nuestros ojos no podían evitar las lágrimas, porque la voz, también quebrada del declamador medio bolo, decía que “Chiapas es en el cosmos lo que una flor al viento, es célula infinita que sufre, llora y canta…” y más adelante nos emocionábamos de más con los siguientes versos: “…y surgió inadvertida, como un rezo de lluvia entre las hojas…”. ¿Mirás, rezo de lluvia entre las hojas? ¡No, no! Estas palabras eran como un puñal de fuego que nos acariciaba el espíritu. El declamador era interrumpido y alguien le daba un agregado comiteco: “Cotz con tío Mingo” y levantaba el vaso y tococheaba el chincaste de ron que tenía. “…y supe además que a ratos era una fiesta en el barrio…” y nosotros pensábamos en la feria de San Caralampio, en los puestos de las zacatecas, olíamos la juncia y llorábamos y nos metíamos otro pitutazo de trago. ¿Cómo un estado tan jodido en educación ha procreado tantos hijos tan sublimes?
Sin duda que don Enoch escribió su famoso poema con letra manuscrita. En esos tiempos la gente comparaba a la letra manuscrita con el deslizamiento de patinadores (tal vez sobre hielo). ¿Con qué comparamos ahora la letra de molde, de imprenta? Los niños escriben levantando la mano a cada rato, cada vez que terminan una letra, como si fuesen caballitos huichitoperos. Los viejos nos acostumbramos a no levantar la pluma hasta que terminábamos de escribir la palabra. Para que nuestra escritura no fuera escritura de doctor, recibíamos clases de caligrafía, con cuadernos con rayado especial. Claro, hubo gente que ni así, gente que escribía como si una cucaracha hubiese pasado por encima del papel. Dicen (y ahí están los originales para comprobarlo) que nuestra famosa Rosario Castellanos se distinguió por su letra fea y difícil de entender. Escribía bien jodido, pero, en compensación, escribió obra literaria excelsa (yo me quedo con sus colaboraciones periodísticas que son muy disfrutables).
Como en todo México había mucha gente que escribía como Rosario Castellanos, las autoridades decidieron que el Sistema Educativo cambiara la enseñanza de la escritura a letra de molde. Ahora todo mundo escribe de manera entendible, pero, habrá que consignarlo, con menor belleza. Porque así como hubo gente que escribía muy feo, hubo gente que escribía de manera sublime, con una letra muy elegante, porque la escritura manuscrita permitía que la palabra fuese casi casi un ideograma de gran belleza.

Posdata: Ahora vivo en el pueblo. Ya no tengo la nostalgia de la lejanía. No obstante, a veces, subo al mirador, veo a mis pies el caserío y, en voz baja, para que no piensen que estoy loco, digo el verso: “surgió inadvertida, como un rezo de lluvia entre las hojas” y me emociono con la palabra de don Enoch, palabra exacta, sublime, gloriosa, y la aplico a Comitán: esta ciudad nació “como un rezo de lluvia entre las hojas”.

viernes, 12 de febrero de 2016

PORQUE HAY PÁJAROS ASÍ




Margoth y yo caminábamos quitados de la pena. La tarde era bella. El sol se desparramaba como si caminara en puntas.
¿Cómo camino? Viendo hacia el frente, hacia los lados y hacia el piso (pendiente de las lajas resbalosas). Esporádicamente veo hacia el cielo. Fue Margoth (la llevaba cogida de la mano) quien gritó y me señaló la altura: “Mirá, tío, mirá, un Molinari”. Entonces vi el cablerío y la catazumba de pájaros equilibristas, como si fuesen corcheas en un pentagrama. Vi lo que Margoth vio, el pájaro que estaba alejado de la parvada. Ese pajarito solitario fue el que llamó la atención de Margoth y dijo que era un pájaro Molinari, porque estaba alejado de la multitud.
Sí, dije, sonriendo. Sí, pensé, ese soy yo. Ahí está la multitud unida, conversando, chanceando, haciendo planes, mientras yo, el solitario, estando sin estar, observo, hago mi propia lectura. Estoy donde los demás están, pero estoy distante. Escucho la algazara y disfruto verlos felices. Participo incluso de su felicidad, pero no me integro, porque me cuesta trabajo estar donde los demás están. No lo hago (siempre lo he sostenido) porque sea un pedante, sino porque mi naturaleza me empuja a ser escaso. ¿Por qué este pájaro Molinari -casi mi alter ego con alas- estaba alejado de los demás? Le pregunté a Margoth. “Ah, tío, porque así sos vos”, pero cuando insistí, ella dijo que era porque era el vigilante. “¿Mirás cómo mira para todos lados?”. El solitario, en efecto, movía su cabecita a la izquierda, a la derecha, y, sobre todo, miraba el cielo. Estaba pendiente de algo superior, acaso un aguilucho. Nos quedamos parados, sin molestar, para que la parvada no se alborotara y levantara el vuelo. Poco a poco nos hicimos para atrás y nos apoyamos en la pared. Si hablábamos lo hacíamos en voz baja. La multitud, fiel a su vocación, era una fiesta, porque hacían un alebrestado jolgorio, como si platicaran, como si contasen todo lo que habían visto y hecho durante la mañana, porque la noche ya no tardaba mucho en llegar. Pero el solitario estaba callado, miraba, miraba hacia los lados y hacia arriba. Jamás lo vimos ver hacia el piso, como sí lo hacían dos o tres de la parvada (tal vez estos buscaban algunos gusanos todavía). El pájaro solitario estaba muy pendiente del cielo. ¿Qué esperaba ver? ¿No le preocupaba tanto el cazador del piso como el cazador de las alturas? ¿Cuál es el principal temor de los pájaros? ¿Qué les preocupa? Margoth dijo que ese pájaro solitario era el vigía, que era como el marino que se sube a lo más alto del palo mayor en un barco y es quien está pendiente de la línea del horizonte. Pero, entonces, ¿por qué estaba parado sobre un alambre inferior? Parecía que la hipótesis de Margoth no era correcta. Se lo dije. Ella no lo pensó mucho, dijo que yo era un tontito. ¿No habíamos quedado en que él no miraba hacia abajo sino hacia arriba? Sos un bobo, dijo Margoth, los vigías del barco suben a lo más alto porque ven hacia abajo; los vigías Molinari bajan a los infiernos para ver el cielo. ¡No, no podía ser! ¿Esto había dicho Margoth? Sí, y como había levantado la voz tantito, ya emocionada, el pájaro solitario había movido sus alas y todos, todos, la parvada completa, inmensa sombra, había levantado el vuelo. Había sido un estruendo instantáneo. Luego todo quedó en silencio. Como no pasaba carro alguno todo había sido como estar en un lugar alejado del mundo. Margoth señaló con su dedo índice y dijo: “Mirá, tío, el Molinari, a la hora del vuelo, se integra a la parvada”.
Pensé entonces que ese pájaro solitario era diferente a mí. Pensé, asimismo, que los demás pájaros que caminan por estas calles de Comitán también son diferentes a esa parvada: yo no me integro ni en el vuelo, y ellos, mis amigos, conocidos y paisanos, no vuelan en grupo. A veces ni siquiera alcanzan el vuelo.

miércoles, 10 de febrero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN HOMBRE IGNORADO




Los seres humanos somos vanidosos. Unos más que otros, pero todo mundo quiere ser admirado por el de enfrente. Nadie quiere ser ignorado. Es difícil ser sometido a la Ley del Hielo. No obstante, este hombre vive en un mundo de hielo, porque vende paletas y nieves. Ricas paletas y nieves: helados americanos.
Uno sabe que son tiempos de globalización y hasta los helados ya no son autóctonos. Las nieves locales han cedido su lugar de preminencia a los helados de marcas trasnacionales. Acá se ve un carrito de helados que, de alguna manera, remite a la bandera norteamericana, los colores, las estrellas (ya no son las nueve de Balún-Canán) y la forma del helado que, siempre, termina en una punta coqueta. Pero, pobre hombre, en esta ocasión se ve que ha sido ignorado rotundamente.
Digo que todo mundo es vanidoso, pero acá no se trata de vanidad, el hombre (de lentes oscuros y gorra que tiene inscrita una frase en inglés) necesita ser visto para que alguien se acerque y le pida un helado o una paleta. Pero acá, a pesar de que hace todo el intento, no logra ser visto por alguien. Todo mundo está pendiente del paso del desfile y nadie, ni siquiera por caridad, mira al pobre hombre. El calor está en su punto y cualquiera diría que caería bien un helado, pero ni siquiera la niña de la blusa rosa insiste con la mamá para que le compre un helado.
Los encargados de imagen de las grandes empresas dirían que el hombre de los lentes negros no está vendiendo de manera correcta su producto. Todo mundo del Comitán de los setenta recuerda al famoso paletero que empujaba un carrito similar al de la fotografía y, con la voz gangosa, gritaba: “Paletas, paletas de limón, de vainilla y de rábano”. Todo mundo se acercaba a preguntar por las de rábano. Este hombre no tiene una estrategia parecida, es más, si apreciamos su rostro veremos que más que estar presente en el desfile de carros alegóricos de inicio de feria, debía estar en la procesión que los vecinos de Nicalococ hacen cada año, por el rostro de viernes santo que el calor le ha impuesto.
El hombre empujó su carro frente a toda la audiencia que veía el desfile y nunca hizo un intento de decir: ¡paletas, paletas, acá están sus paletas de chocolate, de vainilla y de fresa! Pasó como si fuese parte de algún contingente y nadie de la multitud levantó la mano y pidió un helado.
A mí siempre llama mi atención el hecho de que en lugares donde hay helados naturales propios de la región, la gente consuma los productos trasnacionales. Entiendo las intensas campañas que realizan para promocionar sus productos y la fragilidad de las voluntades de los consumidores, pero, por el amor de Dios, ¿quién, poseedor de todos sus sentidos, prefiere un producto cremosito artificial a un helado de tequila (en el centro del país) o una paleta de chimbo (en esta tierra de Dios)?
Tal vez este hombre fue ignorado porque lleva veintiuna estrellas en su carrito. Tal vez se equivocó (tiene horma de extraterrestre) y no supo que en Comitán las estrellas siempre son nueve. Si los telespectadores no ven los programas del Canal de las Estrellas es porque siempre nos ofrecen estrellas también artificiales y artificiosas.
Tal vez este hombre fue ignorado porque parecía primo hermano de Will Smith. Más de uno, sin verlo directamente, se preguntó si no era uno de los Hombres de Negro. Parece que el niño que está detrás de la niña de blusa rosa sí se hace la pregunta y está a punto de levantar la mano, no para pedir una paleta de fresa, sino para pedirle un autógrafo.
¿Por qué nadie lo ve? ¿Por qué todo mundo parece ignorarlo?
Pasó empujando su carrito de helados y, metros más adelante, se confundió entre los integrantes de una batucada y ya no volvió a aparecer.
Los seres humanos somos vanidosos. Nos encanta saber que somos vistos y aclamados. Nos encanta imaginarnos en la alfombra roja y pasar frente a todos y escuchar sus vítores y aplausos. Es feo cuando uno pasa frente a una multitud y todo mundo nos ignora.

lunes, 8 de febrero de 2016

LA NOTICIA DEL SIGLO, DESPUÉS DE CRISTO




La noticia se difundió en segundos por todas las redes sociales: Jesús visitaría la ciudad. El presidente municipal de Catorce recibió una llamada. La voz del otro lado dijo que llamaba de Presidencia de la República. El presidente municipal, quien participaba en una cabalgata, carraspeó y dijo que no estaba enterado de la visita de Jesús, pero que investigaría. ¡Es urgente!, dijo la voz del otro lado del auricular. Sí, señor, dijo el Presidente Municipal, que se bajó del caballo y en una sombra de ciprés se puso en contacto con su directora de comunicación social. Ésta aún no se levantaba. Aseguró que, en cuestión de minutos, le informaría. Tu cabeza está en juego, le dijo el presidente, quien volvió a colocarse el sombrero y siguió cabalgando, en medio de nubes de polvo que los cientos de caballos levantaban en ese camino de terracería.
¡No era posible! La mayoría de usuarios de Internet argumentaba que era mentira y pedían más seriedad y más respeto. Dios mío, decían, si de Jesús hablan que de menos de su santidad.
Se sabe que, en varias ocasiones, en las redes sociales han matado a Chabelo (aunque se sabe que Chabelo, al ser descendiente directo de Matusalén, es una persona longeva).
La directora de comunicación social llamó a su secretario (éste, igual que aquélla, aún no se había levantado. Pretextó que una noche anterior había estado cubriendo la fiesta de quince años del Secretario Municipal). Tu cabeza está en juego, dijo la directora y colgó. Llamó al presidente y se aventuró a decir que todo apuntaba a que era una noticia falsa, usted sabe, dijo, los internautas son perversos. Recuerde cómo dicen que usted… Acá fue donde el presidente bufó, dijo que no podía decir en Presidencia de la República que “todo apuntaba a que”. Quería certezas. ¡Viene o no viene Jesús! Cuando lo dijo dudó y expresó su duda en voz alta: Por cierto, ¿qué Jesús es el que viene? Bueno, dijo la directora, todo apunta a que es Jesús, el hijo de Dios. El Presidente Municipal volvió a bufar: ¡Todo apunta! Todo apunta a que te quedarás sin trabajo. Te doy dos minutos para que me confirmes la noticia. Ya me volverán a llamar de Palacio. Colgó. Pidió un vaso de pozol con hielo, porque el calor aumentaba y la polvareda ya era como el viento negro del desierto.
En las redes sociales la efervescencia había crecido, algunos preguntaban por dónde iba a ser el recorrido y si estaba permitido rentar las azoteas; otros preguntaban en qué se transportaría el Señor durante el trayecto, ¿en su propio burro o tenían qué buscar uno de buena alzada?; unos más decían que no era posible, con la inseguridad que se vive en estos tiempos, que Jesús hiciera el recorrido en un simple burro, había necesidad de blindar el jumento y, de ser posible, cubrirlo con cristales antibalas, así como protegen al Papa (hubo un internauta poeta que propuso que el burro se llamara Platero, en honor al de Juan Ramón Jiménez, pero de inmediato, otra internauta lo ofendió y dijo que no fuera tonto, ¿cómo llamar platero al borrico que trasladaría a Jesús, el hombre más humilde de toda la historia? Platero era un nombre adecuado para un burro que transportara a un arzobispo con cruces de plata y anillos de oro).
La directora, ya tomando un té de tila, llamó a su secretario. Éste (bebiendo un tequila) se aventuró a decir que no, que la noticia era falsa, que todo era una broma pesada, pero cuando terminó de decirlo tomó de un solo trago el resto de la botella de tequila. Que Dios se apiade de nosotros, dijo. La directora colgó y llamó de inmediato al presidente: ¡No, señor, todo es falso! El presidente municipal le dijo que se presentara a primera hora el día siguiente (que era lunes) y que llevara su renuncia firmada. Colgó. A la directora no le quedó más que llamar a su secretario y decirle que, de inmediato, fuera a la oficina y le dejara su renuncia en el escritorio. El Presidente marcó el número de Palacio Nacional y en cuanto le contestaron dijo que todo era una mentira. La voz preguntó: ¿Qué cosa es mentira? Lo del viaje de Jesús a mi pueblo. ¿Quién llama? El Presidente Municipal de Catorce. ¿Y dice que lo del viaje de Jesús es mentira? Sí. Ustedes me llamaron hace rato, preguntando si es cierta la versión de que Jesús llegará a Catorce. A ver, ¿Catorce en qué estado está? Pues en muy buen estado, le hemos vuelto a dar brillo después del desastre que nos dejó el anterior. No, señor presidente, no se haga el gracioso, pregunto a qué estado de la república corresponde su pueblo. En ese momento, el diputado local le dio una palmada afectuosa al presidente municipal y, sin advertirlo, tiró el celular de éste, que cayó en medio de las patas de cientos de caballos que avanzaban. El presidente se bajó, pero no pudo agacharse a recoger el aparato, porque decenas de caballerangos parecieron venírsele encima. Uno de sus guardias logró rescatarlo de la multitud.
En las redes sociales, minutos antes ya habían bajado la etiqueta con la información. Si alguien entraba a buscar hallaba el siguiente mensaje: “Lo sentimos, esta página no está disponible. Es posible que el enlace que seguiste esté roto o se haya eliminado la página”.
Hoy se sabe (gracias a una investigación realizada) que toda la confusión se generó cuando un internauta subió una imagen donde aparecía Cristo con el siguiente texto: “Francisco estará en San Cristóbal, pero Jesús estará con nosotros. Espéralo este quince de febrero. Abre tu corazón”. Un experto rastreó la página del internauta, pero resultó ser un perfil falso, de alguien que, en un cibercafé de Jolostlán (a ochocientos treinta y dos kilómetros de Catorce) había abierto su página en Facebook, subido la etiqueta y, una hora después, cancelado su muro.
El presidente municipal dijo que bastó una hora con doce minutos para que hasta una oficina de Presidencia de la República se interesara en la noticia falsa. Pero, días después se supo que la llamada telefónica no había sido hecha desde el Palacio, sino desde una cabina telefónica de Jolostlán.

domingo, 7 de febrero de 2016

CUBA, ME HACE FALTA




Desperté con esa sensación. Abrí los ojos y pensé: Cuba, me hace falta. Si esto se lo contara a Quique diría: “Te lo dije, buey, te hace falta echar trago” y trataría de convencerme de que fuéramos a La Casona y pidiéramos una charola con chicharrón de hebra; longanizas, estilo Teopisca; picles; pellizcadas; tostadas de manteca; cebollas asadas; frijoles refritos, con queso y chile de Simojovel; costillas; patitas en vinagre; chorizos y butifarra. Esto como mero pretexto para resbalarnos dos o tres cubas libres. Pero, por eso, abrí los ojos y pensé: Cuba, me hace falta; la Cuba libre, la que un día amaneció con el puño levantado, comandado por un grupo de barbones irrespetuosos que le habían quitado el peluquín a Batista.
Pero, ¿cómo me hace falta Cuba, si yo nada sé de esa Cuba que acabo de mencionar líneas arriba? Ya he contado que varios compañeros de mi generación, en los años setenta, tenían carteles del Che pegados en las paredes de sus cuartos y hablaban de que allá los revolucionarios habían logrado la utopía de implantar el Socialismo y que nosotros (es decir, México) estábamos jodidos porque seguíamos oliendo el trasero de Estados Unidos (unos iban más allá y decían que éramos el trasero de los gringos y que por eso (¡qué asco!) el país olía a lo que olía). ¿Qué dirían esos compas del hedor actual? Dirían: ¿Vieron? Nosotros lo advertimos a tiempo. Pero eso lo decían ellos, porque yo, de veras, ni sabía dónde estaba Cuba, ni sabía nada de Fidel, de Batista, de Bahía de Cochinos. Yo leía revistas de monitos (Memín, Kalimán, Chanoc…) y libros de la Colección Básica, de Salvat. Ahora, con justa razón, ellos, los compañeros que tenían al Che en el frente de las playeras y soñaban con ir a Cuba para integrarse a las brigadas que, años después, harían de ese país un país sin analfabetas, podrían decirme que yo vivía en una burbuja, alejado de la realidad. Concluirían: Por gente como vos es que estamos como estamos.
Sí, perdón, nunca fui como ellos. Cuba comenzó a brotar en mí como una isla emergiendo a mitad del mar en el instante en que llegó una Antología del Cuento Cubano y (perdón) más que el olor de la Revolución me deslumbró el aroma de sus calles, de esas calles donde, aún, transitan autos de los años sesenta, porque allá nada de que cambio carro cada año y de que estoy pendiente del nuevo modelo 2016. Allá, la gente hace fila en la Nevería Coppelia y se sienta frente a una mesa al aire libre donde (es inevitable, y qué bueno), como en el cuento de Senel Paz: “El lobo, el bosque y el hombre bueno”, un marica se sienta a tomar helado con una cuchara pequeña y da gritos como de ardilla encaramada en un pino cuando se topa con una fresa, porque los helados de fresa y de chocolate (dicen) son los más solicitados en esa heladería que prepara las nieves más sabrosas del mundo. Tan es así que todo mundo dice: “Cambio mi reino por quince minutos de gloria”, ya que quince minutos es, más o menos, el tiempo en que un goloso termina la copa de helado.
Amanecí sudando y tal vez ese sudor, como si fuese un botón en mi memoria, me envió a Varadero a sentarme debajo de una palmera y ver, en ese horizonte que une el azul del mar con el del cielo, a las jineteras que, al caminar, mueven sus culitos como si las olas fuesen bongós y el viento las tocara en un ritmo afroantillano que sabe a sal, a sol y a rumba.
Desperté con la sensación de que Cuba me hacía falta. Tal vez me hace falta volver al librero, como si volviera al malecón de La Habana, para sentarme y ver la puesta de sol, mientras niños morenos y colochos juegan en la arena. Tal vez me hace falta volver a leer “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier, o “Paradiso”, de José Lezama Lima (viejo panzón, que tanto amó Julio Cortázar, quien tanto amó a Cuba); tal vez hace falta que me siente en una banca del parque central de Comitán y lea en voz alta un poema de Dulce María Loynaz (el libro que me obsequió mi amiga Paloma y que es una edición cubana); tal vez debo subirme a un colectivo (imaginando que me subo a una guagua) y, como si fuese uno de esos muchachos que suben con una guitarra y cantan para luego pedir una moneda, sostenerme en un tubo y leer el poema de Eliseo Alberto que, en su parte final, dice así: “… no poseyendo más / entre cielo y tierra que / mi memoria, que este tiempo; / decido hacer mi testamento. / Es este: / les dejo / el tiempo, todo el tiempo”.
Y, aunque no lo creyeran aquéllos que soñaron con Cuba en los años setenta y que me conocieron, un día me fui de Comitán dispuesto a llegar a La Habana. Pensé que, antes de morir debía conocer esa tierra donde había vivido ese escritor enorme llamado Ernest Hemingway, sólo para decir que “Cuba era una fiesta”. Cuando Sergio Pitol (otro enorme escritor) se enteró, me dijo: “Ahí está tu libro”, en el viaje a Cuba pepenaría un libro.
No alcancé a llegar. Cuando vine a ver no pasé de Chacaljocom. Volví a mi tierra. Cuba se diluyó como se desintegra el cubo de hielo en los vasos. Por eso, si Quique se enterara dijera: “Dejá de escribir boberas, vonós a meternos una”. Una cuba, una cuba libre, ¡una Cuba Libre! Beber un ron, un mojito, en nombre de Italo Calvino y su novela “Si una noche de invierno un viajero”.

sábado, 6 de febrero de 2016

CARTA A MARIANA, PARA DAR TESTIMONIO




Querida Mariana: ¿No te molesta si vuelvo a mencionar a Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura 2015? Ella nació en Ucrania. Una tierra un poco lejana de la nuestra. Para compensar mencionaré a Guillermo Bermúdez Domínguez, quien nació en el barrio de La Pila, de nuestro Comitán.
Estoy seguro que Svetlana, de muchacha, no imaginó que una mañana su nombre estaría en boca de todo el mundo. El nombre de Guillermo no está en boca de todo el mundo, pero sí en boca de muchos comitecos; a veces para bien y otras sólo como mero chisme.
¿Por qué ahora relaciono a la ucraniana con un pileño? ¿Qué tiene que ver una cultura con la otra? ¿Qué punto de contacto existe entre alguien que creció en terrenos donde los osos y los paisajes helados no son infrecuentes y alguien que creció en medio del canto de los cenzontles y nadando en ríos de aguas templadas? Bueno, todos sabemos que los seres humanos tienen las mismas aspiraciones y temores, sin importar el lugar del mundo en que vivan. El mayor punto de contacto de un ser humano que vive en el otro lado de la tierra con otro que vive de este lado es, precisamente, su condición de humano. Los seres que habitan en la selva de La Amazonia también gozan, sufren, ríen, hacen el amor y celebran rituales, así como lo hacen los ucranianos o los comitecos. Claro, los seres de La Amazonia (lo mismo que nosotros) nunca han padecido los horrores de una guerra mundial, como sí la padecieron los ucranianos. Pero nuestros temores y nuestras desgracias están todos contenidos en el mismo hoyo del infierno.
Relaciono a Memo con la Aleksiévich porque esta última logró el máximo premio de literatura gracias a los libros que ha escrito donde da a conocer testimonios de vida. Dos de sus libros más famosos son “Voces de Chernobil” y “La guerra no tiene rostro de mujer”; el primero cuenta la tragedia ocurrida en la planta nuclear de Chernobil, el segundo narra la participación de mujeres en la Segunda Guerra Mundial. Lo importante es que lo narra a través de las voces de hombres y mujeres que contaron sus propias experiencias.
¿Y nuestro Memo comiteco, qué tiene que ver en esta historia? Resulta que, como parte de un trabajo de investigación universitaria, Gustavo de Jesús Gordillo Gutiérrez (estudiante del cuarto semestre de la licenciatura en Trabajo Social, de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar) le pidió un testimonio de vida. ¿Por qué Gustavo le pidió esto a Memo? Porque Guillermo fue su maestro en primaria. Tal vez Gustavo no sabe que el trabajo que realizó (salvadas las distancias profesionales) es el mismo trabajo que Svetlana realiza: hacer que la voz de un personaje se exteriorice y quede grabada para siempre. Gracias al trabajo de la ucraniana, ahora, todos los lectores podemos “escuchar” las voces de quienes padecieron, por ejemplo, el horror del desastre nuclear de Chernobil. El lector, querida Mariana, siente la cuerda de fuego que viven quienes deben habitar un territorio contaminado. ¿Podés imaginar lo que significa vivir en un terreno que está expuesto a la radiación? Vivir en esas condiciones debe ser como vivir en el límite, en la orilla del vacío, sin saber si en esa tierra puede sembrarse algo, porque la cosecha puede ser como una granada de fragmentación. A veces pienso en esos niños de Europa que juegan tranquilos y sonrientes hasta que alguno de ellos pisa una mina enterrada en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y todos mueren por la explosión. Sólo lo imagino, porque nunca he vivido en un territorio de guerra. Pero imagino que debe ser dramático vivir así. Si vivir donde vivimos ahora es un problema ¿qué podemos decir de aquellos territorios? Ahora nos da temor vivir en un espacio que tiene ríos que no contienen agua limpia, como antes, sino que son cauce de sustancias contaminadas. Es triste caminar por las orillas del Río Grande y ver que está lleno de caca.
Así como muchos personajes bielorrusos contaron su testimonio a Svetlana, Memo contó su testimonio a Gustavo y éste nos entrega una historia que cuenta las emociones y tragedias de un personaje muy cercano a nosotros. El testimonio de Memo está salpicado de anécdotas simpáticas y de anécdotas dolorosas. Como ejemplo de las primeras te paso copia de una: “En mi juventud me practicaron la circuncisión, corrí con la mala suerte que a media operación se fue la luz y no tenían hilo para costurar, recuerdo que a esas horas fueron a conseguir una lámpara de cacería para que pudieran continuar con la operación. Lo más simpático del caso es que al llegar a la escuela, después de varios días, el profesor Humberto Bautista me dijo: > ¿Cómo estás Bermúdez? ¿Te operaron? <. Sí, profe, y luego me dice: > ¿Y es cierto que con el cuerito te mandaste a hacer un par de botas? <, y mis compañeros soltaron las carcajadas”.
Lo que narran los personajes de los libros de Svetlana da cuenta de las miserias humanas provocadas por los mismos humanos. Esos testimonios son como alambres de púas que ahogan y terminan por asfixiar. Si no fuese por el trabajo inteligente de la escritora, esos testimonios de vida se hubiesen extraviado y los seres humanos olvidaríamos. Preservamos la memoria porque es la prueba de la existencia. Si Gustavo no hubiese entrevistado a su maestro (muchos años después de que fue su maestro) la historia de Memo hubiera sido como esas lluvias que caen en el desierto y sólo alimentan a dos o tres cactos. Por fortuna, una tarde, Gustavo se sentó ante su maestro y, con una taza de café escuchó la voz de Memo, y esta voz se riega como agua de represa por muchas comarcas: “Hubo cosas tristes que las recuerdo con mucho dolor, porque, ahora que conocemos ese tema tan sonado del bullyng, me tocó ser víctima en varias ocasiones de este problema y quedaron grabadas, porque me pasaron dos situaciones difíciles de superar. En una ocasión un compañero me reclamaba que le había derramado un frasquito de Resistol y lo cobraba quitándome a diario mi gasto o la fruta que me ponía mi madre, llegó a tal grado que me acosaba en la esquina de mi casa. Una mañana me mandaron a comprar las tortillas y ahí estaba él y me dijo que si no le llevaba cinco pesos me iba a matar y llegó con una navaja, me dio mucho miedo; a mi mamá no le decía del problema, me llevó casi a rastras a la escuela y allá sí tuve que decir la verdad y me costó mucho superar esa situación…”
Los hombres contamos lo que vivimos, lo hacemos para dar constancia de la vida. Entre todos escribimos el gran libro de la humanidad. Ningún testimonio es menor. Todos son importantes. La Historia (con mayúscula) nos ha acostumbrado a conocer las biografías de los grandes personajes, de los héroes, y ha menospreciado las vidas de los modestos, de quienes, a final de cuentas, han participado en las grandes hazañas de los grandes. ¿Conocíamos las historias de las mujeres sencillas y comunes que, en la trinchera, en los pabellones, participaron en la Segunda Guerra Mundial? ¡No, hasta después de los libros de Svetlana! Conocíamos, sí, las historias de los mariscales y de los personajes principales. ¿Cuál testimonio es más valioso? ¿El testimonio de quien, en palacio, detrás de un escritorio, declaró la guerra, o el de quien, en un foso, tomó el fusil y apuntó al enemigo, sin saber bien a bien por qué debía matarlo? No sé qué pensés, Mariana. Yo digo que ambos testimonios son valiosos para conocer los pensamientos de los seres humanos y de sus comportamientos. De igual manera creo (insisto, proporciones guardadas) que el trabajo de Gustavo es igual de valioso que el de Svetlana, porque el testimonio que Memo le regaló preserva parte de nuestra identidad. La historia de Memo Bermúdez es la historia de un comiteco que creció en este pueblo, nuestro pueblo. Al inicio del testimonio, Memo dice: “Mi nombre es José Guillermo Bermúdez Domínguez. Soy originario de Comitán de Domínguez, Chiapas. Nací el 23 de agosto de 1957, en el barrio de La Pila, calle del Resbalón…”. ¿Mirás, querida Mariana, qué maravilla? ¡Calle del Resbalón! La simple mención del nombre hace que la identidad de este pueblo halle acomodo. ¿Qué haríamos los comitecos si algún día extraviamos esos tesoros lingüísticos que son como chimbos para nuestra alma? Hoy (es una pena) el letrero que existía en esa calle ya no está. Tal vez a alguien, algún día, se le ocurra pintar una lámina pequeña con ese nombre y pida permiso al propietario de la casa para devolverle ese nombre tan original a la calle. No creo que autoridad alguna se opusiera a rescatar esos pequeños rasgos de nuestra identidad. Mientras llega el momento, ya Gustavo y Memo nos han obsequiado una tableta de manía que endulza nuestro espíritu.

Posdata: Memo dice que cuando iba al rancho de su abuelo materno, a los más chicos los metían en un tambito, uno de cada lado en un caballo. Así fue esta historia, Memo fue en un tambito y Gustavo en el otro. Gracias por invitarnos a este fabuloso viaje de vida.
(Nota: La presentación del cuadernillo será el lunes 8 de febrero, a las once de la mañana, en las instalaciones de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, barrio Los Sabinos.)