miércoles, 29 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA OPTIMISTA





El mensaje es lo que llama la atención. Por desgracia. Si el mensaje no estuviese, la barda coronada por la humedad sería una buena lectura del mundo. Las hojas que cuelgan de los árboles provocan un dibujo en la parte alta de la barda. Para hacer el contraste, las plantas de abajo también juegan a que vuelan. Ah, sí, sería una lectura muy interesante si el mensaje no estuviese. El verde de la tierra con el verde de la altura hablaría de vida.
El moho que se desprende de lo alto de la barda es como una pintura clasicista que se sueña expresionista, con esa carga maravillosa que tuvo el expresionismo alemán. Tal vez es una nube que habla de verde esperanza en lugar de negros oscuros que alentaron las piedras de Berlín y las cercas de los Campos de Concentración. Acá también hay concentraciones, pero no de muerte, sino de vida.
Es una pena, entonces que el mensaje sea el que llama la atención. El letrero dice: “Nos espera un gran futuro en la indepencia”. ¿De veras así nos puede esperar un gran futuro? El tío Hipólito diría lo que dicen miles de gentes: “Que nos espere sentado, porque tardará en llegar”. ¿Qué futuro puede esperarnos ante tal mediocridad?
Tal vez, entonces, la barda no está equivocada. Y es, en efecto, una alegoría de lo que el futuro nos depara. Un futuro deslavado, un futuro lleno de moho, un futuro sin lectura. Porque, después de todo, este presente atora la llegada de ese futuro esperanzador.
Aunque tal vez la redacción no miente y un gran futuro nos espera, pero no tenemos posibilidades de acceder a esa montaña y nuestro presente nos conduce hacia el desfiladero en lugar de ir hacia la cima.
O tal vez este letrero no miente y nos habla de la posibilidad de tener un futuro donde todo esté por inventarse. ¿Es acaso indepencia una nueva palabra? ¿Es como un juego donde los jóvenes pueden lavar sus sueños en ríos de agua limpia?
A final de cuentas, el mensaje es optimista. Desde siempre, el hombre se plantea un futuro más pleno. Siempre ha sido así. Cuando el futuro nos alcanza vemos que todo fue un mero espejismo. Este presente que vivimos alguna vez fue el futuro de los jóvenes hoy viejos. A estos viejos habría que preguntarles si el futuro cumplió con sus expectativas. Todo mundo dirá que no. Hay grandes avances tecnológicos, pero en lo esencial, en el corazón del hombre, todo es como una piedra pesada, llena de moho, del mismo moho (verde esperanza) que corona esta barda que tiene un letrero mediocre.
¿Quién puede pensar en un futuro prometedor, cuando este letrero habla de una gran pobreza? El letrero está pintado sobre una barda triste, miserable. Sólo los hierbajos del piso hablan de cierta alegría, todo lo demás es como una construcción de cementerio. Nunca esta barda representó una tendencia moderna. Un grupo de albañiles la levantó. El grupo sólo pegó los bloques, con un poco de argamasa, y la dejó aparente. Aparente es el término que se usa para designar algo que está inacabado, algo que ya no fue posible darle una vista mejor. Este presente es aparente, inacabado y, casi se puede asegurar, el futuro también será endeble, como si fuese una estructura hecha con alambres de amarre oxidados.
¿Nos espera un gran futuro en la indepencia? Tal vez el letrero no miente y sea así, pero ¿dónde es la indepencia? ¿Es un lugar cerca de esa Arcadia inventada por los Románticos?

martes, 28 de octubre de 2014

UN SALTO HACIA ARRIBA





Ayer estuve en la presentación del libro “El salto de los duendes”, de Luis Antonio Rincón García. Paso copia del textillo que leí.

Un día decidí no estar más en una presentación de libros. En las presentaciones de libros, la gente consulta su celular, bosteza, platica con el vecino. Es difícil estar en una mesa de honor hablando de algo que los demás no saben de qué se trata. Sería mucho mejor repartir libros, dos o tres días antes de la presentación, para que así todo mundo supiera ¡qué vainas con el libro! Sería mejor, porque no habría necesidad de presentadores. Todo sería como un foro donde se podría comentar acerca del libro. La labor de presentar un libro es muy compleja, porque es imposible construir el mismo edificio que logró el autor.
Decidí no estar en presentaciones de libros, pero no he logrado cumplir con mi promesa. Como si no hubiese más lectores en el mundo, nunca falta alguien que me invita a presentar un libro. ¡Por el amor de Dios! Hay amigos que se burlan y me molestan. Dicen que soy un busca presentaciones, dicen que “me muero” por salir en la foto.
Dios sabe que no es así. Me escondo, pero me encuentran.
Ahora estoy acá, porque el maestro Ornán me invitó. Estaba a punto de agradecer la invitación y decir que no, cuando me dijo que el libro a presentar era un libro de Luis Antonio Rincón García. Entonces, como rata salí de mi rincón y dije que si era de Rincón sí le entraba. De nada me sirve rezar eso de “y no nos dejes caer en la tentación. Amén”. Dios me manda pruebas y como soy duro como el árbol de papaya, acá estoy.
Acepté y agradecí la invitación porque ya es como un récord que algún día meteré al Guinness. Con este libro, “El salto de los duendes”, llevo tres libros de Luis Antonio que presento.
Hace ya tiempo Araceli me invitó a presentar un libro de Luis Antonio, “Las raíces de la ceiba”. Ya para entonces había decidido no entrarle a presentaciones. Se me hizo feo negarme de primera, por lo que acepté el libro y pensé: “Lo leo y luego le digo a Araceli que me salió otro compromiso”. Pero al leer el libro hallé que era un libro muy bien escrito. Disfruté su lectura, así que acepté con gusto el honor de presentarlo. Lo hice porque pensé que era una buena oportunidad para decir que Luis Antonio está llamado a ser uno de los más grandes escritores del Sureste, de México, tal vez de Hispanoamérica, tal vez del mundo.
Cuando me invitaron a presentar el segundo libro de Luis Antonio no dudé. Y ahora, Dios mío, volví a caer en la tentación. Confieso que me he vuelto fanático de la obra de Rincón y de sus rincones. Cuando comparte “Cotidianidades”, una columna que publica en el Facebook, no dudo en entrarle. Como en todo, algunas columnas me gustan más que otras, pero todas, en general, tienen esa esencia que llena de vida lo que parece inerte.
Hoy, con gusto acompaño a Luis. Doy gracias a Ornán por el privilegio. Llevo tres de tres. Corro el riesgo de caer mal por estar en todo, pero lo corro como si fuese una maratón que el destino me envía, un destino afectuoso.
“¿Qué decir de El salto de los duendes?”. Nada, nada diré. Bueno, sí, algo. Repetiré lo que sabe todo mundo, que es un librincillo que obtuvo un premio. Una mañana, en el Cuarto Poder, apareció la siguiente noticia: “Chiapaneco obtiene certamen nacional de letras infantiles”. Era una noticia espléndida, un poco como si el camino intuido fuera, poco a poco, iluminándose para Luis Antonio. Además, pensé: ¿existen las letras infantiles? ¿Hay letras adultas? Parece que las letras, sin sexo y sin edad, sirven para contar historias especiales para adultos (hay textos pornográficos) e historias especiales para niños (acá está como ejemplo el librincillo de nuestro autor, que bien pueden leerlo los niños verdaderos y aquéllos que son viejos pero que siguen conservando el aroma de un renuevo de tenocté).
Ya luego me enteré que el libro de Luis tendría un tiraje de más de ochenta mil ejemplares. Eso era otra buena noticia. Cuando los tirajes de libros en México son de quinientos o mil ejemplares y muchos quedan en bodega, la noticia de que “El salto de los duendes” sería repartido en las manos de ochenta mil lectores es una noticia maravillosa. Ante estos datos, ¿qué agregar? Nada.
El libro que hoy se presenta está antecedido por una larga historia de talento y de disciplina. No queda más que felicitar a Luis. Desearle que siga por el camino de la luz (bueno, por el camino de la penumbra y de la sombra ¡dando luz!). Y a ustedes, lectores de bien, sugerirles que se den el chance de unirse a ese número de ochenta mil chiquitíos que leerán a Luis.
Hoy caí en la tentación. Gracias por enviármela, Señor. Fue un poco como si Dios dijese que no debía comer del árbol del bien y del mal y, sin Eva, subí por una escalera de madera y descolgué el fruto. No me arrepiento. Ahora puedo estar afuera del Paraíso. Valió la pena. Luis es un gran narrador.

lunes, 27 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ LA CLAVE DE LA VIDA





Roxxy preguntó: “¿Qué hace Melo?”. Pensé que me albureaba. Pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos malcriados al ciento por ciento!”
¿Qué hace Melo? En voz baja, en volumen que me escuchara Mariana, pero no su sobrina Roxxy, dije: Me lo lava, me lo limpia, me lo… Pero Mariana me calló. Dijo que viera al carro de enfrente. Entonces vi el letrero y comprendí la pregunta de Roxxy. De todos modos pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos niños inteligentísimos!”
Claro, “Gracias a Dios, tomo la vida como el melo…”. ¿Qué hace Melo para ser tan sabio? ¿Para aceptar la vida con soberana alegría? ¿Se vale el albur? ¡No lo creo!
Esa tarde íbamos para la Plaza Las Flores. Mariana llevaba a su sobrina al cine. El tráfico estaba pesado, casi casi como si estuviésemos en calles de Tuxtla. Platicábamos. Escuchábamos el programa “Jazz para despistados”, que trasmite Radio IMER. Yo llevaba el encargo de hacer un depósito en Banco Wal-Mart y de comprar papel higiénico para la casa. Mariana y Roxxy se quedarían para la primera función del sábado. Ellas verían la película “El libro de la vida”, en caricaturas. Platicábamos de eso. Mariana me decía que compraría un subway de jamón de pavo, cuando nos topamos con el carro y con ese mensaje que pareciera sacado de “El libro de la vida”. Es un poco como decir: deja que fluya la vida y ¡vívela!
Ahora bien, la pregunta es la que hizo Roxxy: ¿Qué hace Melo para tomar la vida con filosofía tan positiva? Si damos respuesta, y sin que suene a albur, pareciera que Melo piensa en el otro. Siempre Melo, me lo lava, me lo limpia, me lo sacude, me lo saca (¡y hasta ahí!)
Al momento de jugar y mientras veíamos a un par de niños en el crucero, a la hora del semáforo en rojo, hacer unos malabares con un par de naranjas que estaban tan “tutimes” como ellos, Mariana dijo que ese tal Melo era un conformista de mierda. ¡Santo Dios! Así lo dijo. (Y Mariana no es dada a usar palabras altisonantes.)
Y repitió que era un conformista de mierda porque no era más que un lavacoches, por los ejemplos que di: me lo lava, me lo limpia, me lo engrasa, me lo frota. Y dijo más, dijo que el tal Melo era un ejemplo de quien no pretende más. Dijo que Dios puso todo ante la mesa y que cada quien toma lo que desea, lo que sus sueños alientan. Pensar como el tal Melo es pensar de manera mediocre, pensar que Dios ya tomó la decisión de cómo será nuestra vida. ¡No!, dijo Mariana, y Roxxy la quedó viendo con ojos de lechuza inteligente. No, repitió, no hay que tomar la vida como viene, hay que darle una torcedura; hay que hacerle una maravillosa mangana, tirarla y domeñarla, porque para eso está la vida. La vida es un reto fantástico, agregó y luego me preguntó: “¿Qué opinas?”. Yo, que siempre ando dando manganas a las ideas y a las palabras, pensé que ella me lo… Pero, reculé en mis pensamientos. No me llevo así con ella, con mi niña reata (digo, para hacer la mangana de la vida). Y le contesté que todo era un mero juego, que había sido feliz en ese trayecto. Ya habíamos llegado a la Plaza. Ellas irían al cine y yo a comprar papel higiénico. ¡Dios mío, qué imagen! Me lo limpio, me lo lavo, me lo sacudo. ¿Yo? Yo, igual que Melo, tomo la vida como Dios me la manda, pero no se lo dije a Mariana porque me tildaría de mediocre.

sábado, 25 de octubre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN VELIZ NO SIEMPRE ESTÁ FELIZ





Querida Mariana: hay rituales de fin de año. Uno de éstos dice que quien desea viajar todo el año por venir debe sacar, a las doce de la noche del treinta y uno, dos o tres maletas y dar una vuelta a la manzana. (Menos mal que ahora las maletas tienen llantitas.) Por eso, la última noche del año se ve a miles y miles de personas yendo de un lado para otro jalando maletas, como si las calles fuesen salas de inmensos aeropuertos.
Las maletas son chunches generosos. Sirven para guardar pantalones, camisas, blusas, desodorantes y mil objetos más que el viajero cree le serán necesarios. Los traslados por vacaciones son sensacionales. Incluso los traslados por necesidad no son tan malos. Se sabe que existe la esperanza del retorno. Los traslados que sí son fastidiosos son aquéllos que son de ida sin vuelta. Y entre estos últimos están los más oscuros: los cambios de residencia. Ir de un pueblo a otro es una experiencia ingrata. Las maletas no alcanzan. Son tantos objetos que cambian de lugar que es preciso hacer uso de cajas de madera o de cartón. Las bolsas que se usan para ir por el mandado pierden su vocación y se llenan con cepillos, rollos de papel higiénico, el alpiste de los pájaros y las croquetas del gato y de la perra.
Hace muchos años, Luis Roberto con toda su familia dejó Comitán. A su papá lo enviaron a otra plaza. Luis y yo éramos amigos. Él llegó a despedirse, me llevó dos revistas de Kalimán. Me las dio y no agregó más. Yo supe que era una manera de decirme que, a pesar de la distancia, seguiríamos juntos. (Aun cuando esto es un imposible. La gente que está distante, poco a poco, se olvida de lo que deja.) Luis se fue y (como ya dije) poco a poco nos olvidamos. Ahora, cuarenta y pico de años después no sé qué fue de él. La otra noche prendí la computadora y a través del buscador comencé la localización del amigo de hace añísimos. ¡Uf, qué labor tan difícil! En el Facebook aparecieron cientos de Luis Roberto Gómez García. Busqué uno a uno, tratando de ubicar rostros y ciudades. ¡Imposible! Sucede que con Luis Roberto nunca supe a dónde se había ido. Cuando llegué a casa y le conté a mi mamá cómo todos los amigos de su papá habían acudido a despedirlos, ella, mientras miraba por la ventana, me preguntó a qué ciudad habían trasladado a su papá y no supe qué decir. ¡No sabía! (¿A dónde lo mandaron?)
Uno pensaría que en un traslado llevamos todo. ¡Mentira! Dejamos más de lo que llevamos. Siempre es así. Cuando alguien muda de residencia llama el camión de mudanza y lo llenan de maletas y de cajas. El camión va lleno de camas, refrigerador, burós, lámparas, libros, televisores, colchones (con manchas), cajas llenas de ropa, roperos, trastos, la bacinica de la abuela y mil chunches más. (Todos son objetos.)
Cuando Luis Roberto se fue. Me paré al lado de su hermana Flor y esperé a que todos subieran al carro. El camión de mudanza ya se había adelantado. No obstante, la parrilla que tenía sobre el toldo la camioneta del papá iba repleta de cajas y maletas. Era como si en el desierto hubiesen levantado cien tiendas de campaña. Cuando el papá se despidió de todos sus amigos y compañeros de trabajo, Flor me dio la mano y me dijo: “Nos vemos”. Luis (no sé por qué) ya estaba arriba de la camioneta, desde un principio. Estaba sentado en el asiento posterior, al lado de la ventanilla, del otro lado de la banqueta donde yo estaba, tenía en las manos una revista de Kalimán y la leía (o hacía que la leía). Mientras permanecí en la banqueta al lado de su hermana, él no me vio. Yo le había llevado una piedrita azul que juntos habíamos levantado en la orilla del Lago de Montebello una vez que nos había llevado su papá. Cuando Flor me dijo: “Nos vemos” yo le di la piedra a ella. (Nunca me perdoné la acción, yo había pensado en él, mi amigo, cuando puse la piedra en la bolsa de mi pantalón.) A Flor le di la piedra y ella la guardó en su mano. “Nos vemos” dije. Ella subió al carro y vi que abría su mano y mostraba la piedrita a mi amigo. Él vio la piedra y luego volvió a leer Kalimán. Yo me había quedado solo en la banqueta de la casa de mi amigo. Todos estaban a mitad de la calle, alzaban las manos y las movían como palomas en vuelo. Luis seguía con la cabeza agachada, con la mirada prendida en la revista de Kalimán. Yo tenía los ojos nublados. Cuando el papá prendió el motor de la camioneta, sus compañeros de trabajo se adelantaron y se pusieron casi al frente y desplegaron una manta con el siguiente mensaje: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”. Pensé que, tal vez, la mamá de Luis lloraba porque igual que mi amigo tenía la cabeza agachada. Flor volteó y, por el cristal trasero, me dijo adiós. Yo pensé “Nos vemos”. Mi amigo seguía con la vista clavada en la revista. Vi cómo la camioneta avanzó y luego desapareció (para siempre) de mi vista, de mi vista llena de niebla.
La tarde que Luis se fue entendí que la gente deja más que lo que lleva. Tal vez por esto todo mundo dice que cuando alguien muere nada se lleva, ¡deja todo! Cada despedida es un poco como un anticipo de muerte. La manta de los amigos sintetizaba todo: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”; es decir, si algún día te va mal, no dudés, acá te esperamos, acán están tus amigos para ayudarte. Pero, la familia de Luis ya no volvió a Comitán. Tal vez les fue bien en otra parte y Luis ahora es un hombre exitoso, más no famoso, porque si fuera famoso ya lo hubiese reconocido en los noticiarios de la televisión. A veces pienso en las cosas que le gustaba hacer y pienso que por ahí debió haber ido su profesión. A él le encantaba jugar a construir puentes y carreteras. En los promontorios de arena del sitio de su casa siempre hacía túneles maravillosos por donde pasaban los carritos. ¿Será un gran constructor? ¿Seguirá viviendo en México? ¿Algún día su empresa lo mandó a la filial que tienen en Colombia y, con su familia, debió hacer la misma acción que él y su familia hicieron en Comitán una tarde? Sus papás no eran de acá. Un día llegaron e inscribieron en la Matías de Córdova a su hijo. Ahí nos conocimos. Nunca supe, porque nunca le pregunté, en qué ciudad habían vivido antes de llegar. (Ahora me doy cuenta que nunca supe más de su vida. Qué pena. Ahora me doy cuenta que después que se fue tampoco supe más de él. ¡Doble pena!)
Las maletas de todo el mundo no alcanzarían para llevar todo lo que deja alguien que cambia de lugar de residencia. Deja mucho, deja todo. Quien se aleja lleva lo que bien pudiera ser prescindible. Imaginemos, mi niña viento, que alguien se va y nada lleva. En el otro lugar podrá comprar, sin mayor problema, ropa, zapatos, camas, refrigeradores y los mil objetos más que envió en el camión de mudanza. Lo que no podrá adquirir jamás es ¡todo lo que dejó atrás!
¿Qué queda atrás cuando cambiamos de residencia? Dejamos cielos, patios, soles, lluvias; dejamos afectos irrecuperables e irremplazables. En el nuevo lugar de residencia nos acomodamos, llegamos a la “nueva” casa, colocamos los muebles, sembramos una planta de buganvilia en el jardín, salimos a recorrer las “nuevas” calles y comenzamos a medir el “nuevo” entorno. ¡Sí! Todo huele a novedad, todo es novedad. Lo que quedó atrás pasa a formar parte de un pasado muy reciente que aún huele a mirto, pero ya es pasado. Los sabios recomiendan enterrar lo que queda atrás y recibir como lluvia bondadosa la nueva posibilidad de vida. Pero, algo en nuestro interior reclama el espacio de las cosas abandonadas.
Los seres humanos, como víboras, siempre estamos cambiando de piel. A veces estos cambios son radicales y pareciera que se abre una ventana insólita en nuestras vidas. Como si fuésemos bordadores de Zinacantán comenzamos a hilar un nuevo rebozo. ¿En dónde queda lo hecho en nuestro lugar de origen?
A menudo recuerdo la frase pintada en la manta la tarde de la despedida de la familia de Luis. ¿De veras los corazones sembrados están dispuestos a latir cuando hay necesidad? ¿De veras quienes se quedan siguen recordando al que se fue? No todo es tan simple. Hay leyes en la vida que son inmutables. La distancia marca diferencias. La distancia comienza, desde el primer instante, a llenar de polvo el afecto. No es lo mismo tener siempre cerca a la amada. Por ahí dicen que amor de lejos… “se divierten los cuatro”. El afecto necesita de ese puente que se llama costumbre. Muchos dicen que la costumbre mata al amor, pero esto no es cierto al ciento por ciento. La costumbre (los actos repetidos) hacen que una relación permanezca. Lo cotidiano (aunque suene ilógico) es el agua que revitaliza. Quien tiene cerca a su pareja no come de ese durazno amargo que se llama distancia. La distancia no fortalece, al contrario ¡limita!
Quienes por cualquier motivo se alejan de su lugar de origen y adoptan otro jamás recuperan lo que dejaron. Hay una inmensa nostalgia por lo que se dejó atrás, incluso pareciera que se fortalece el amor a la tierra original. Piensan que esa perspectiva otorgada por el tiempo y por la distancia magnifica el amor y potencia el cariño y el afecto. Pero esto es como un espejismo. Jamás (ellos en el fondo lo saben) podrán recuperar lo que dejaron, lo que dejan cada día no vivido en el espacio amado. Viven en otras latitudes y disfrutan aquellos cielos, mientras añoran los cielos de la tierra que los vio nacer. Cuando se hacen viejos ese polvo de nostalgia les imprime a su espíritu un color de hoja de libro antiguo. ¡Dejaron de vivir lo que no vivieron! ¡Vivieron como en un universo alterno! A veces vuelven, sólo por un periodo breve, al pueblo entrañable y saben que ese pueblo ya no es el que dejaron. A ese pueblo se le nota las cicatrices y las canas. Todo ha envejecido. Ellos mismos, incluso. Pero ellos envejecieron en medio de otras ramas, sus cantos fueron otros. Sus amistades de entonces los reciben con gran algazara y les ofrecen comidas donde beben, platican y cantan. Pero hay un instante, un instante que define todo, en el que se produce un silencio, no tienen ya más que decirse. Es la hora en que deciden que sí, que es bueno regresar al otro lado. Acá ya no encontrarán lo que dejaron, porque el abandono provocó su muerte. Si entran a la casa donde vivieron su infancia, la casa abandonada, ven que el cuarto donde durmieron ya no es el mismo. Las casas sufrieron modificaciones y otra fue la voz que ordenó la rehabilitación.
Quien cambia de residencia sabe que abandona algo de su corazón. El que se aleja sabe que su corazón se va fracturado. No hay cura para este mal. No hay “curita” que pueda restañar las heridas provocadas por la lejanía. Todo cambio significa un abandono.

Posdata: ¿y qué sucede cuando la naturaleza exige un cambio radical de tiempo y de lugar? ¿Qué sucede cuando alguien abandona la vida y se interna en el territorio de la muerte? Nada lleva el que se va, lo deja todo. Apenas ayer nos enteramos del viaje de don Romeo Torres Ventura, pionero de la radio comercial en Comitán. Medio Comitán lamenta su muerte. Don Romeo nada se llevó. Dejó todo. Dicen que los muertos no vuelven. Es bueno que así sea. Sería lamentable que volvieran después de mucho tiempo y hallaran que ya nada es lo que dejaron.
Don Romeo ya no necesitó maletas. Uno no sabe, porque él siempre fue muy travieso, si el año pasado sacó su maleta la noche del treinta y uno de diciembre y la paseó por la manzana de su casa. Uno nunca sabe cuál es la medida exacta de esas vueltas. Tal vez, uno nunca sabe, le dio una vueltita de más y por eso ahora ya se fue para siempre. Esta palabra es la que duele. Siempre es así. Los amantes juran amarse para siempre. La palabra duele, porque se sabe que los amores infinitos duran lo que duran y no más. Lo único que es para siempre es la ausencia en ese viaje que no tiene boleto de regreso. Se fue don Romeo. Quiero imaginar que él, la noche previa, prendió la radio (con volumen bajo, para no despertar a su esposa) y escuchó las voces generadas en otros territorios. A veces, la gente tiene ganas de estar en otras partes. A veces la gente se aburre de lo rutinario de esta vida comiteca y sueña con volar. Tal vez don Romeo soñó de más. Lo bueno es que se despidió sin despedirse. Prendió su radio y su voz salió “al aire”. Sí, ya don Romeo Torres Ventura se confundió con el aire, se volvió aire.
Yo no tengo costumbre de realizar algún ritual en la última noche del año. Mi vida es tan rutinaria que llego al extremo de no esperar la llegada del año. No debo esperarlo a él. Que él me espere. Se me hace horrible la espera. Nunca me acostumbré a ir al andén a esperar la llegada de alguien. No me gustan los andenes, ni las salas del aeropuerto, ni las terminales de camiones. Me gusta la vida cotidiana, la que no se despide, la que no cambia, la que no viaja, la que aspira el aire, desde el mismo balcón, el de siempre. No me gusta decir: “Nos vemos”. Por esto, tal vez, a Luis no se lo dije jamás.

miércoles, 22 de octubre de 2014

FLOR DE JARDÍN





Florecita Esponda vive en Comitán. Ella fue Directora de la Casa de la Cultura en dos ocasiones. ¡Dobleteó! Ahora se dedica a vainas periodísticas y a cuestiones de sanación. Podíamos decir que está de moda. ¿Hay flores de moda? Cuando menos nuestro personaje ¡sí! Sí, porque en el libro de poesía más reciente del gran poeta Roberto López Moreno, ella, toda, ¡es el verso de un poema! ¿Qué dice López Moreno, uno de los poetas más importantes de Chiapas? Hace un juego con su nombre. Roberto escribe un poema que se llama “Comiteca” y cuyo único verso dice: “Flor es ponda”. Punto y aparte. Una ingeniosidad del ingenioso. El poema en cuestión puede hallarse en el libro “Meteoro”. Dicho libro fue presentado por su autor en la reciente Feria del Libro Chiapas Centroamérica que se celebró en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, como uno más de los actos celebratorios por los cuarenta años de la fundación de la Universidad.
El otro día me topé con la maestra Florecita y le pedí un testimonio acerca de Rosario Castellanos. Lo hice porque me enteré que la mamá de Florecita fue amiga íntima de Rosario. Paso copia de lo que ella dijo:
“Rosario y mi mamá fueron muy amigas. Cuando se cierran las escuelas en Comitán, don César contrata a la maestra Ana María Román, para que le dé clases a su hija en su casa y así termine sus conocimientos de primaria. Rosario invita a su amiga Sara (mi mamá) y entonces las dos terminan la primaria ahí. Mi mamá se llamaba Sara Natividad Argüello Solís. Era mayor que Rosario, nació en el 22. En la novela la familia importante es Argüello, ahí Rosario da un cachito de su novela a la familia Argüello.
“En el 69 Rosario vino a Comitán con su novela “Oficio de tinieblas”. Está presente mi mamá. Se saludan, se abrazan. Yo tenía como veinte o veintidós años. Le doy un ramo de flores. Me autografía el libro. Ella se va a cenar a la casa del maestro Óscar y de Olguita. Ese acto fue en el auditorio de la Casa de la Cultura, cuando era la prepa. Creo que fue una invitación de la presidencia municipal. Rosario se dejaba venir a echarse una vueltecita dos o tres días para ver a sus amistades.
“Hay un pasaje terrible que yo he narrado. Rosario en alguna ocasión estuvo tuberculosa, entonces todos los amigos huyeron de ella. En ese tiempo nadie se podía acercar a un tuberculoso, era una cuestión mortal. Entonces en ese tiempo hasta el novio, que en ese entonces era Wilberto Cantón, desapareció. Su amigo del alma, Fedro Guillén, era el que llegaba a visitarla en el hospital donde estaba. Pero ella se recupera y viene a Comitán. Mis abuelos tenían una tiendita en la esquina de mi casa, que está frente a Ulises. En ese tiempo las calles estaban empedradas, estaban los burritos con agua. De pronto va pasando Rosario, a la mitad de la calle, entonces sale mi abuela y le dice ‘Chayito ¿qué es esto?, ¿por qué así?’ Y Rosario se pone a llorar y dice, doña Cuquita, ¿me va a usted a recibir?, ‘sí, Chayito, ¿por qué no?’; pues es que todos me cerraron las puertas y me tuve que ir a un hotel. Todos los parientes, las amigas del alma, le cerraron las puertas y se tuvo que ir a un hotel porque nadie la quiso recibir en esa ocasión.
“El siete de agosto de 1974 muere rosario. Cuando me entero es algo caótico para mí. Yo ya había visitado a Rosario en su casa, nos habíamos encontrado, platicábamos de vez en cuando. Cuando ella vino en dos ocasiones de Israel a México tuvo la gentileza de llamarme para saludarme y enviarle saludos a mi mamá. Me envió una carta que perdí en alguna casa de huéspedes por donde anduve. En el 74 yo vivía en la ciudad de México. Yo trabajaba en oficinas del ISSSTE, y es ahí que me entero de la muerte de Rosario y del homenaje que le harían en Bellas Artes. Fui al homenaje. Pero me sentía muy mal. Por la amistad ya leía a Rosario y todavía la sigo leyendo.”
Hasta acá el testimonio de Florecita. Palabras que ayudan a seguir completando ese rompecabezas maravilloso que se llama Rosario. ¿Comiteca? Ya lo dijo Roberto López Moreno: “Flor es ponda” ¿Qué es ponda?

lunes, 20 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN NIDO





Imagino que Dios hizo así el universo (los universos). Con ramitas y con semillas, Dios construyó el universo. Porque la esencia del Todo es humilde y sencilla. Humilde como vara delgada; sencilla como semilla.
De la semilla ¡la semilla! Todo está en la forma.
Una niña, sonrisa de Dios, pasó el parque, halló las ramas y las semillas en el pasto y formó un nido, que es como un Universo, porque es la esperanza de la vida.
¿Ven la perfección de la forma? ¿Cuánto tiempo empleó la niña en construir el nido? Ella, sin duda, será una madre amorosa. Con cuidado eligió las ramitas y formó un muro circular, algo como un horno para calentar la vida. No fue rectangular, porque el círculo es la forma precisa para resguardar el deseo.
La niña, con pericia, con precisión, unió las varas hasta formar el tejido que acá se observa. Una vez hecha la casa para el sueño, buscó las semillas que son como aves, que son como crías para el vuelo.
Sobre un murete hecho con piedra y cemento, la niña formó la construcción más importante: la de la vida, la de la muerte.
Su mamá la llamó. “Ya, hija, se hace tarde”, dijo la mamá que estaba sentada más allá, cuidando de su cría, pero sin ver la maravilla que ella había creado. La niña se paró, se limpió la ropa y fue a donde la mamá la esperaba. La mamá tomó el bolso, le dio la mano a su hija y caminaron por el parque. Se perdieron en una esquina. El nido quedó solo. Como una mandala quedó expuesto al tiempo. ¿Quién -¡Dios mío!- alimentará a esas semillas que son como crías de cenzontle? ¿Cómo se protege un nido, esperanza de luz? Es imposible llevarlo a otra parte, es imposible colocarle una campana de cristal para protegerla del viento, del huracán, de la bestia.
La niña ya estaba lejos y Mariana y yo veíamos ese nido que con sus manos había formado. ¿Qué hacer ante la perfección si ésta es frágil y débil?
Mariana dijo que nada podía hacerse. Cuando menos, pensé yo, capturamos la imagen en la cámara, pero un instante pensé que eso era un absurdo. Acá, la fotografía nada vale, es como mera refracción de un sueño inconcluso.
Mariana dijo que antes que el nido deberíamos cuidar y proteger a la niña, mano de Dios.
Ella, dijo Mariana, es capaz de hacer mil nidos como éste, mil universos. Ella es un Dios, dijo. (No dijo Diosa, dijo Dios.)
La tarde amenazaba lluvia. Caminamos. Compramos esquites y los comimos sentados en las gradas de la Casa de la Cultura. Comimos sin hablar. Pensábamos en el nido olvidado. En el nido hecho con ramas quebradizas y delgadas. Pensamos en las semillas del árbol, crías de cenzontle.

domingo, 19 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA LUZ ES MÁS QUE LA LUZ





Es el salón de actos de una universidad. Al fondo se ve un par de cortinas que cubre la luz del patio. Por esto dos lámparas sustituyen la luz natural. ¿Paradoja? No, simple cauce natural de los tiempos. En el primer plano, una asistente a la conferencia sonríe, es una muchacha bonita emocionada. Es bueno decir ahora que no todo mundo se emociona con Julión Álvarez ni con Arjona. Hay gente inteligente que se sorprende ante la inteligencia, ante la luz de la creación. Ella sonríe porque el autor literario (José Martínez Torres) firma su libro (La isla en el lago). Quienes están detrás apuran los pendientes. Durante una hora, el escritor charló con jóvenes universitarios, platicó cómo inició su novela. La sala estuvo repleta de muchachos, todo era como un árbol lleno de pájaros dentro de sus nidos, un poco como si, con el pico abierto, esperaran su alimento. Se sabe que cuando los jóvenes se reúnen hacen la algazara de mil pájaros en los árboles de las plazas, a las seis de la tarde. Esta charla fue en la mañana, pero igual, los muchachos eran como un racimo de promesas.
¿Qué escribe el autor? Sólo él y la muchacha bonita lo saben. Este instante, cuando un autor está cerca de un lector, es un momento prodigioso. Es un poco como un pase de estafeta en la carrera de la vida. Puede ser que el lector sea tocado por la luz de ese instante. Ella (podemos imaginar) le dio la mano al escritor y agradeció la firma, él vio a quienes conformaron su staff esa mañana y preguntó qué seguía en el itinerario (en realidad, esa mañana el itinerario marcaba ir al hotel, comer, descansar un poco para continuar, a las seis de la tarde, con otra conferencia en el vestíbulo del Teatro Junchavín. (Llegó más gente de la esperada, por lo que la conferencia debió realizarse en el interior del teatro.) Ella salió, alcanzó a sus compañeros y éstos se arremolinaron en torno suyo y le preguntaron qué había escrito el autor. Ella, aún emocionada, con esa sonrisa de libro nuevo, abrió el libro y leyó. Llevó el libro a su pecho y lo abrazó como si fuese un hijo, como si fuese un amante. Ella (podemos imaginar) guardó el libro en su mochila, subió al transporte universitario, platicó de muchas cosas con sus compañeros, rio, pidió bajada en una esquina, caminó y llegó a su casa. En su casa tiró la mochila sobre un sofá, entró a la cocina, saludó a su mamá, comió y, ya, en la tarde, descansada, abrió la mochila y halló el libro que, en la mañana, el escritor le había dedicado. Podemos imaginar que ella se recostó en el sofá, se descalzó, subió los pies y abrió el libro. En el momento que abrió el libro abrió el mundo. Todos los lectores del mundo que ese instante es sublime. Ella se abrió como una isla en el lago y dejó que el aire circundante la rodeara. ¿Hasta dónde llegó? Sólo ella lo sabe. Pero, todo este acto de luz fue propiciado por el instante que captó la fotografía: el instante en que una muchacha bonita se acerca al escritor y pide la firma del libro.
¿Qué escribió el autor? Sólo él lo sabe, sólo ella lo sabe. Por esto, se dice que acá hay un puente, un puente que él tiende a la otra orilla y que ella cruza con gusto, con el gusto de saber que la vida puede ser este momento en que un hombre, con una pluma, nada más, tiende algo como una línea de luz en la Vía Láctea.
Dos lámparas sustituyen la luz natural, pero no son las lámparas que están sobre el techo, es la luz que está acá al frente, dos lámparas votivas: la del autor y la de la muchacha bonita que está a punto de leer.

sábado, 18 de octubre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL OFICIO NO HACE AL MONJE





Querida Mariana: hay mil un oficios en el mundo. Hay oficios agradables y oficios difíciles. Siempre he dicho que el oficio de campanero del camión de basura no es fácil. Hay otros que son más complejos y pesados. El otro día vi a un hombre con medio cuerpo adentro de un registro de albañal. Yo estaba a cincuenta metros y aún ahí se sentía el olor a caca, repulsivo. Y el pobre hombre, por necesidad, tiene que estar, todos los días, como cuch, oliendo y batiendo mierda.
Ser lector ¿es un oficio? Hay millones de lectores en todo el mundo. Las estadísticas dicen que en México no hay muchos lectores. No hay tantos como en países de Europa, pero ¡sí hay millones de lectores! Muy pronto será la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, y nos enteraremos que más de setecientos mil potenciales lectores acudieron. ¡No es una mala cifra! En Comitán ¡la gente lee! Me cuentan los amigos de Coneculta-Chiapas que cuando se instala una feria del libro, en el parque central, mucha gente compra libros. ¿Qué leen? Ah, bueno, esto ya es otro cantar. Muchos jóvenes leen a Paulo Coelho. Hay esperanza de que luego pasen a lecturas más inteligentes. Ya te conté que una vez estuve, en Jalapa, con el escritor Sergio Pitol (éste sí un escritor inteligente) y me dijo que, por favor, no leyera al brasileño Coelho. Me sugirió leer al brasileño Rubem Fonseca. (Yo nada le dije, pero en ese momento, en mi cuarto tenía una antología de cuentos de Fonseca. Éste otro ¡también gran escritor!)
Un oficio que a mí me da ñáñaras es el de limpia vidrios, en Nueva York. He visto en fotografías a hombres que, sostenidos por cables y cuerdas, limpian los cristales del piso treinta y dos de un rascacielos. ¡Dios mío! ¿Qué siente ese hombre que está apenas suspendido por una cuerda a una altura mayor a cien metros del piso? ¿Se siente pájaro? ¿Se siente mota de polvo? ¿Piensa en la posibilidad de que, en el instante que lava un cristal, un temblor aparezca, tire la estructura que sostiene la cuerda y él, como avioncito de papel, vuele en caída libre y se despanzurre en el cemento del suelo?
Así como hay oficios ingratos, hay oficios luminosos. La lectura es el oficio más cercano a la felicidad. Y digo que la lectura es un oficio, porque si bien hay millones y millones de lectores que leen por placer, por hobby, hay miles que lo hacen por oficio. Hay gente que recibe dinero por leer, y reciben buen dinero. Un ejemplo es el crítico literario. A este amigo lo contrata un periódico, el New York Times, por ejemplo, para que lea las novedades literarias y ejerza un juicio estético. Cuando un crítico tiene un gran prestigio puede convertir a una novela en un best seller (leída por millones de lectores) y, asimismo, puede, como si fuese obrero de albañal, hacer caca el prestigio de un autor. ¿Imaginás ser lectora y recibir miles de dólares al año por ejercer tu oficio? Los críticos literarios se la pasan en presentaciones de libros y en Ferias de libros; se la pasan leyendo todo el día. Piden un café o un ron o un güisqui, se sientan en un sofá tapizado con cuero, prenden una lámpara de pie, y leen. De vez en vez hacen anotaciones en su Ipad y siguen leyendo. Cuando terminan la lectura de una novela ¡escriben su reseña! Al día siguiente, miles de lectores en todo el mundo leen su opinión y la valoran. Si el crítico dice que la novela es buena, ésta se vende como pan caliente; si dice que es mala, la novela se queda en la mesa de novedades y sólo la mamá del escritor, ocasionalmente, compra un ejemplar para regalar al tío Ausencio. Claro, debe llegar un momento en que la lectura “obligada” debe ser una carga. Por esto (todo mundo lo sabe) la lectura no debe ser por obligación ni por necesidad, la lectura debe ser por el placer de subir todos los días al Everest sólo por el gusto de ver el horizonte desde esa altura.
Otro oficio maravilloso es el que ejerce el crítico de cine. ¿Imaginás la gloria de ver cine todos los días? ¿Imaginás el privilegio de asistir a todas las muestras de cine en el mundo? ¿Tener cerca de vos a los grandes directores y actores? ¿Imaginás el goce de estar en Cannes, Francia, y ver caminar, aunque sea de lejos, a Sophia Loren, en la alfombra roja? Hubo un tiempo en que imaginé que podía ejercer este oficio. Vos sabés que soy cinéfilo de corazón. Te he contado que mis papás fueron grandes aficionados al cine. Todos los domingos íbamos al Cine Montebello (bueno, yo iba a la matiné del Comitán y, entre semana, iba dos o tres veces a uno o a otro cine. Por esto, luego no entregaba tareas. ¡Ay, que Dios y el maestro Hermilo Vives me perdonen, pero era más importante -y aún lo sigue siendo- ver a Brigitte Bardot en el cine que resolver el problema de álgebra!)
Siempre pienso en el hombre que se encarga de prender el faro en una isla. ¿Qué más hace? De igual manera pienso en los hombres y mujeres que trabajan en una plataforma petrolera en medio del mar. Ellos deben permanecer en su puesto de trabajo dos o tres meses, cuando menos; luego, un barco o un helicóptero debe llegar por ellos, para llevarlos a “la civilización”. ¿Cómo viven los hijos que ven a sus padres cada cierto tiempo, porque sus papás laboran en una estación meteorológica en lo alto de una montaña?
Hay oficios jodidos y oficios luminosos. Mi oficio, gracias a Dios, es de estos últimos.
Cuando Gonzalo Ruiz Albores fue presidente municipal de Comitán, Lucely (su esposa) me llamó y dijo que quería hablar conmigo. Fui a su oficina y, después de ofrecerme asiento y una taza de café, me dijo que Gonzalo quería invitarme a que yo fuera el Director del DIF Regional. El gobernador Absalón Castellanos había mandado construir el complejo que está por el panteón y que alberga escuelas y el DIF municipal y el DIF regional. Lucely me dijo que tendría una camioneta con chofer a mi servicio y que tendría la potestad de elegir a mi personal (más de cuarenta personas). Le dije que agradecía la deferencia y que me permitiera responderle al día siguiente, pues lo comentaría con Paty.
A la hora de la comida llegó mi mamá a casa y me dijo que si era cierto que iba a ser el Director del DIF Regional. Una señora había llegado a su tienda y le dijo: “doña Hildita, ya sé que Alejandrito será el director. Por favor, dígale usted que mi hermana está buscando trabajo, que le eche la mano”. ¡Por el amor de Dios, aún no le había dicho a Paty la noticia y ya medio Comitán la sabía! Comenté con Paty y con mi mamá lo que haría al día siguiente y ellas, con un poco de resmolición, me apoyaron.
Al día siguiente se repitió el ritual, Lucely (mi querida Lucely) me ofreció asiento y una taza de café en su oficina. “¿Qué decidiste?”, me preguntó. Yo me acomodé en el asiento y pedí que le dijera a Gonzalo que me nombrara Director de la Biblioteca Pública Municipal, que por esos días estaba por inaugurarse. Ella se sorprendió. Repitió los privilegios que tendría aceptando estar en el DIF Regional y remató diciendo que el sueldo era mucho más en el DIF que en la Biblioteca. Sí, dije, lo sé, ya lo platiqué con mi familia (por eso la resmolición de mi mamá y de Paty), pero, insistí, mi mundo son los libros. Así me convertí en el primer director de la biblioteca y permanecí ahí hasta que recibí un comunicado de Conaculta (a nivel federal) donde informaban que la solicitud de una librería Educal había sido aceptada. Renuncié. Dejé los libros de la biblioteca y me metí en la venta de libros. Esta aventura tardó dos años por razones comprensibles. Tres o cuatro comitecos tenían la sana costumbre de comprar libros, el resto (cincuenta y tantos mil comitecos) bien podían vivir sin libros, ¡vivían sin libros! Llegó el momento en que las autoridades de Conaculta levantaron la librería que yo había montado en el Pasaje Morales. Yo insistí. ¡Estábamos sembrando! Sí, dijeron ellos, pero la cosecha está muy “pishcul”.
Mis oficios relacionados con los libros han sido luminosos. Por desgracia, también han sido miserables, porque no permiten vivir con dignidad. Los ingresos son tan magros que uno apenas sobrevive (cuando bien va).
Mi oficio de escritor ¡es maravilloso! Destino horas y horas y horas a dicha actividad; horas y horas que son casi casi la felicidad. El problema está en que uno no puede vivir de ello. ¿Quién, por el amor de Dios, compra uno de mis librincillos? Cinco o seis lectores manifiestan su gusto por mi escritura y dicen que qué bonito; me alientan a que siga escribiendo. Cuando un librincillo mío se pone a la venta, los cinco o seis lectores desaparecen. En ocasiones cuesta que los acepten de regalo. Y el problema mayor está en la lectura. ¿Leen mis librincillos? No. El otro día, un amigo me dijo que intentó leer una de mis novelillas, pero que le pareció muy complicada y la dejó. ¿Debía colgarle una medalla porque había hecho, cuando menos, el intento?
Hay oficios gratos y hay oficios ingratos. El oficio de escritor es las dos cosas a la vez. Un amigo (de esos pagudos, que tienen harta lana) me dijo un día que el gobierno del estado debería darme una beca, de por vida (así lo dijo), para que yo me dedicara sólo a escribir. Le dije que eso no se daba, era un sueño irrealizable. Estaba más cercana la posibilidad de que él fuera mi mecenas. Le expliqué que hubo un tiempo en que los pagudos apoyaban a los creadores y que, gracias a ellos, el mundo ahora tenía obras maravillosas. Él me quedó viendo (lo vi como si lo pensara y pensé que estaba a punto de decir que sí), me abrazó y dijo: “A ver qué día vamos a comer. Yo invito”. Cabrón, pensé, como sabe que casi no como.
Entonces pensé en el oficio de limosnero. Mucha gente cuenta historias maravillosas acerca de limosneros; dicen que algunos son millonarios; otros cuentan que los hijos explotan a sus padres, ya viejos: por la mañana los llevan a alguna esquina y los obligan a pedir limosna toda la mañana. Como a las cuatro de la tarde pasan por ellos y los “pasan” por la báscula. Si lograron recaudar suficiente dinero les dan dos o tres tortillas con un pedazo de pollo empanizado; si no alcanzaron la cuota, los castigan a fin de que aprendan la lección y al día siguiente consigan más dinero.
Hay mil y un oficios en el mundo. Algunos son como ventanas a patios luminosos, otros son como galeras oscuras. Pienso en los veladores, en los catedráticos universitarios, en los que barren las calles, en los que pilotean aviones o helicópteros; pienso en las putitas que, en las noches, se dejan manosear por borrachos y que en ocasiones las golpean o las matan; pienso en los taxistas que, a las tres de la madrugada, les indican un domicilio alejado del centro de la ciudad. Hay mil oficios que son como el vuelo de una mariposa; mil oficios que son como una flor podrida. Pienso en los voceadores, que a las cuatro de la mañana, van por el periódico; pienso en los periodistas que, a la misma hora, cubren la nota policiaca.
Si alguien me preguntara, en un mero juego, qué oficio me gustaría ejercer en la vida, no dudaría ni un instante, respondería que los oficios que ejerzo. Soy feliz a la hora de escribir, soy feliz a la hora de pintar, soy feliz a la hora de leer. Sería maravilloso que estos oficios me dieran paga. Sé que hay escritores que viven de la venta de sus novelas; sé que hay pintores que viven de la venta de sus obras; sé que hay lectores que viven de esa profesión. Algo se trabó en la maravillosa línea del universo. Hubiese sido tan agradable que ese camino llegara hasta arriba. Se quedó en el mero placer de la creación. Ya no llegó más allá. Esto que te cuento es la historia de miles y miles de seres humanos. ¿Cómo se completa ese camino donde el creador vive, ¡y bien!, de sus creaciones? Ese es el misterio más grande del mundo. Es más fácil descubrir el hilo del origen del Universo que descubrir los hilos que hacen que un creador no se muera de hambre.

Posdata: cuando a Julio le pregunté, como mero juego, qué oficio le gustaría ejercer en la vida, me dijo que le gustaría ser un junior, un hijo de papi. Me dijo que ese es el mejor oficio del mundo. Y entonces pensé en los pocos reinados que quedan en el mundo y cómo muchos habitantes, de España, por ejemplo, critican esos rancios injertos de tiempos caducos. ¿Cuál es el oficio de una princesa? He visto fotografías donde aparecen en yates, bronceándose y tomando bebidas que se antojan con sólo verlas. ¿Ese es el oficio de una princesa? No se ve que sea un oficio muy complicado y, además, tiene el agregado de que no se preocupa por la sobrevivencia. Las princesas viven en palacios y beben los mejores vinos y comen los más regios platillos. En México no hay monarquías. No obstante, Julio dice que la clase política vive como tal, dice que los mexicanos somos como súbditos. ¿Qué decís a eso?, me pregunta. Yo contesto que no sé, ¡qué voy a saber! Yo, dedico la mayor parte de mi tiempo a ejercer mis oficios maravillosos: la lectura, la escritura y la pintura (¡pura tura!, como decía Cortázar). Mis oficios no me dejan paga, no me permiten vivir como príncipe, pero me dan la savia suficiente para vivir casi con felicidad, dentro de la sobrevivencia, y esto es una bendición.

viernes, 17 de octubre de 2014

PROCESO CREATIVO




María Girasol me invitó. Recibí la invitación para participar en una mesa redonda con el tema: “Proceso creativo”.
El nombre de mesa redonda ya es creativo de por sí. En el Museo Jumex existe una mesa redonda para jugar billar. Las mesas de billar, de todo el mundo, son cuadrangulares. A algún artista se le ocurrió darle una torcedura a lo común e ideó una mesa redonda. Tengo un amigo que, de igual manera, es ingenioso y, en su casa, la mesa del comedor es cuadrangular, pero con niveles diferentes. Estos diferentes niveles exigen sillas con alturas diferentes. Es maravilloso ver a la familia sentados en torno de esa mesa insólita. Los hijos están en un nivel superior de donde están sentados los papás. 30 centímetros hacen la diferencia. ¿Por qué ese diseño? No lo sé, pero provoca sensaciones y, después de todo, el proceso creativo lo que logra es provocar.
El proceso creativo, entiendo, se da de mil maneras. Se dice que cada persona tiene su modo de matar las pulgas. Esto es un exceso, pero así lo dicen. Yo sólo he visto un modo de matar pulgas. La gente toma una pulga con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, mueve los dedos en intento de hacer polvo a la pulga y cuando ésta ya está más para allá que para acá, el susodicho hace una jugada magistral: coloca la pulga en la superficie de la uña del pulgar izquierdo y con la uña del pulgar derecho termina de hacerla papilla. Pero, en el proceso creativo, lo sabemos, la mente sí es capaz de imaginar otras maneras de matar pulgas. Aniceto Rocardini, autor italiano, especialista en obras infantiles, tiene un cuentito en donde uno de sus personajes mata pulgas con una escopeta de calibre 12/76 magnum. Ya pueden imaginar lo que cada pulga ocasiona.
Y digo que cada uno tiene su manera especial de matar pulgas, porque cada artista tiene su particular modo de enfrentar el proceso creativo. Por esto, hoy, hablaré tantito de cómo funciona mi mente a la hora de escribir o de pintar que son dos actividades de creación a las cuales he dedicado mi vida.
Soy un convencido de que todo acto creativo necesita de la constancia. Así funciono yo. Tengo una disciplina férrea. Procuro no salirme de ese esquema. Algunos amigos me dicen que si esa cárcel autoimpuesta no me genera insatisfacción. Digo que no. Soy un apasionado de lo que hago, por lo tanto, cuando alguien me invita a socializar o a sentarme en una mesa (redonda, cuadrada o rectangular) a compartir historias lo tolero cierto tiempo.
He contado en múltiples ocasiones que soy hijo único y que estoy acostumbrado, desde niño, a formular mis propios juegos. Cuando era niño iba al sitio de mi casa y jugaba solo. Me acostumbré a ello. Tal costumbre determinó que mi mente (así quiero pensarlo) se “acostumbrara” también a la soledad, a dar por hecho de que el mundo de afuera no era tan importante como el mundo “de adentro” que yo formulaba. En la actualidad, ya viejo, mi mente sigue “forzándome” a inventar mundos. Por esto, me siento muy a gusto con esos mundos interiores y desprecio los mundos que se me presentan como la realidad. No sé cómo el mundo de afuera soporta lo que la sociedad y el gobierno les están dando como opción. El día de ayer entré al Internet y leí la página principal del periódico La Jornada. ¿La leyeron? El titular de ocho columnas era: “PGR informa: ningún normalista en las cinco fosas”. ¿Qué queda ante esta grieta, ante este caldero lleno de mierda? ¡La creación! El acto creativo no como un método de evasión sino como una línea de esperanza de un mundo mejor. ¿Qué otra cosa hacen los artistas sino abrir ventanas para oxigenar los cuartos oscuros de la memoria? Cuando María Girasol danza, ella nos oxigena; cuando Daniel Saborío reparte el periódico Círculo ¡nos oxigena!; cuando cada uno de los creadores abre la llave de la luz lava la mancha de la sábana absurda que es la realidad.
¿Cómo es mi proceso creativo? Es muy sencillo. Dejo que un magma inexplicable me rebose. A veces me siento con la idea de escribir un cuento que ya tengo armado en la mente. Comienzo a escribir según los planes divinos del Molinari; cien líneas más adelante el camión de la creatividad anda ya transitando por otros caminos. ¿Qué fenómeno ocurre? No me lo cuestiono a la hora de escribir. Me lo pregunto y lo comparto a la hora en que alguien me invita a hablar acerca del proceso creativo. Hay algo que está conectado con lo que Carl Jung llamaba el inconsciente colectivo, esa brasa que contiene todo el conocimiento del mundo, lo pasado, el presente y lo que está por venir. Esto es lo que yo entiendo como un proceso de creación, dejar que ese fluido que está en el interior brote. ¿Cómo brota? Convocándolo. ¿Cómo se le convoca? Trabajando. Quien espera sentado el arribo de la musa puede hacérsele el milagro, quien, como Picasso, permite que la aparición de la musa lo agarre en plena chamba obtendrá el milagro a diario. Siempre pregunto a mis alumnos: ¿qué desean ser en la vida, alguien que se arrastre en la medianía o alguien como Picasso? ¡Ándale, pues, entonces a chambear! ¿Alcanzarás la fama de Picasso? ¡Ah, eso ya es otra historia, una historia mundana que está lejos de ese camino de Dioses que se llama creación! ¿Para qué la fama si lo maravilloso está en el instante en que uno escribe, pinta, baila, esculpe, toca, vive?
El chiste no es hacer una mesa cuadrada para jugar billar. Eso ya está hecho. El chiste es formular nuevos caminos, nuevas formas de diseñar al mundo.
Gracias.

martes, 14 de octubre de 2014

DOS MUJERES PROTAGONISTAS EN LA LITERATURA CHIAPANECA



Nota: el otro día impartí una charla en la Universidad Intercultural de Chiapas, en San Cristóbal de Las Casas. Paso copia del textillo que leí.


El otro día asistí a un foro donde se habló de acoso callejero. Muchas mujeres se quejaron de que los hombres las agreden en la calle. Antes eran los albañiles quienes acostumbraban decir piropos a las muchachas. “¡Esa de rojo!”, gritaba uno y ya se sabía la rima final. Hoy, las mujeres dicen que no sólo son los albañiles. Nuestro lenguaje se ha degradado. Las mujeres pelean su derecho a caminar sin acoso por las calles. Hoy, las mujeres se asumen como seres humanos integrales, con los mismos derechos que los hombres. Se asumen en igualdad de circunstancias. Antes no era así, antes las mujeres apenas tenían capacidad para levantar la voz.
Cuando recibí la invitación para estar con ustedes esta mañana, pensé en compartir una plática sencilla con el título de “Dos mujeres protagonistas en la literatura chiapaneca”. He sido lector durante muchos años. Antes de que ustedes nacieran yo ya leía. Me encanta preparar un té de limón, prender una lámpara personal y bajo el cono de luz, abrir un libro y sumergirme a conocer historias de otros tiempos y de otros lugares. Esta es la maravilla de la literatura, me permite estar en dos lugares a la vez y en dos tiempos diferentes. Ahora mismo, ah, qué bendición, podremos desde el 2014 de San Cristóbal remontarnos a otras épocas.
Hoy, quiero que ustedes también, aunque sea por un instante, se acerquen a la maravilla de la lectura. ¿Por qué decidí presentar dos protagonistas de la literatura chiapaneca? Porque el tema nos acercará a algo que lo tenemos a la vuelta de la esquina y porque creo firmemente en que los personajes literarios son tan reales como ustedes y como yo; a veces incluso son más reales que nosotros.
Todo mundo sabe que El Quijote es un personaje de ficción, un personaje que nunca fue de carne y hueso; un personaje que no existió en la realidad. Un día, en la novela, El Quijote muere y uno presume que, a la usanza de aquéllos y de estos tiempos, su cuerpo es enterrado. ¿Habrá algún despistado arqueólogo que decidiera iniciar una investigación para ver en dónde está la tumba de dicho personaje? ¡Por supuesto que no! ¡Nadie cree tal historia! Cualquiera le diría: “no seás tonto, El Quijote no existió”. Y sin embargo, ustedes lo saben, todo mundo habla de El Quijote y es tan famoso que muchos lo mencionan a cada rato. Casi estoy seguro que ahora que estamos hablando de él acá, en San Cristóbal de Las Casas, en alguna parte del mundo también lo están mencionando. No sólo en un lugar, sino en muchos más. El Quijote, personaje de ficción, es muy real.
Por esto, hoy, hablaremos de dos personajes de ficción. Dos mujeres que pueden darnos una idea de cómo era la sociedad en años anteriores y cuáles eran los comportamientos y la visión del mundo a través de la literatura. Tal vez esta plática nos ayude a reflexionar en cómo, a pesar de todo, el mundo ha caminado sobre sendas menos polvorientas. Hoy, acá lo vemos, muchas mujeres tienen la posibilidad de estudiar en las universidades. Ustedes saben que apenas en los albores del siglo pasado, las mujeres tenían problemas para acceder a estudios superiores.
Hoy, ya lo dije al inicio de la plática, las mujeres siguen siendo acosadas y discriminadas, pero ya su situación ha cambiado. Hay, por fortuna, mejores condiciones de vida y de desarrollo. Los hombres, por la herencia cultural recibida, seguimos viendo las nalguitas de las muchachas bonitas cuando pasan frente a nosotros. Unos sólo vemos, otros más abusivos, les dicen piropos (a veces no muy agradables) y algunos más, bobos, van y meten una nalgada. ¿Con qué derecho? Acarician una nalguita como si las nalgas de la muchacha fueran manzanas o duraznos del mercado y pudieran magullarla sin ninguna consideración. Los hombres, a veces, no saben decir por qué responden de manera automática a tal comportamiento. Porque, ustedes lo han visto, los hombres, en automático, ven las nalguitas de una muchacha cuando pasa frente a ellos. Son nuestros condicionamientos culturales. Crecimos con ese condicionamiento. El cine es ejemplo de ello, los hombres eran machos y siempre aparecían con una botella en la mano.
¿Cuáles son los dos personajes literarios femeninos que compartiré con ustedes? La primera es personaje de una tetralogía que escribió Laco Zepeda. Ustedes saben que Laco Zepeda es uno de los grandes escritores de Chiapas. Un día, Laco pensó en escribir cuatro novelas que tuvieran sustento en los cuatro elementos: el agua, el fuego, el aire y la tierra. ¡Titánica tarea! Pues bien, Laco ya cumplió, ¡escribió las cuatro novelas! En tres de estas cuatro novelas aparece un personaje que ya se incorpora a los grandes personajes literarios de Chiapas y de Iberoamérica: doña Juana Urbina. De este personaje les platicaré un poco el día de hoy.
El otro personaje literario se debe a la imaginación de Rosario Castellanos, la gran escritora de Chiapas. Es una niña que no tiene nombre, pero que es uno de los personajes principales de la novela “Balún-Canán”.
Hay que aclarar, estos dos personajes se desarrollan en entornos de clase media alta. La niña de “Balún-Canán” es hija de hacendados; es decir, es una niña cuyos padres tienen recursos económicos suficientes y bastos. Por otro lado, doña Juana, personaje de las novelas de Laco Zepeda, es una coleta rica. Las mujeres de las zonas rurales, de las zonas indígenas, vivían en condiciones más adversas. Tal vez ustedes se interesen por el tema y ya, por su propia voluntad, se acerquen a leer novelas donde se refiere a ese entorno.
Comencemos pues. Comencemos con el personaje de las novelas de Laco. La primera novela de Laco Zepeda se llama “Las grandes lluvias” y, como ustedes ya apreciaron, tiene al agua como elemento vinculador. La novela inicia con un velorio, el velorio de un personaje que se llama Mariano Montes de Oca. Al lado del cajón está una mujer, la mujer que hoy nos interesa, es su viuda y se llama doña Juana Urbina. ¿Quién es doña Juana? Doña Juana vive en el siglo XIX. En tiempos de la Federación de Chiapas a México, acto que ocurrió en 1824.
Doña Juana es hija de don Desiderio Urbina, quien fue un integrante reconocido en la sociedad coleta en los años treinta y cuarenta del siglo diecinueve. Ahora bien, ¿cómo Juana llega a casarse con don Mariano Montes de Oca, quien llegó a ser gobernador de Chiapas de 1835 a 1836? Laco Zepeda escribe: “Juana aún no cumplía los once años cuando sobrevino la muerte de su madre. Delgada, menuda, con el rostro fino y oval, la nariz como indagando, Juana poseía un vigor oculto en su cuerpo magro. Dueña de un gran dominio sobre sí misma, gustaba demostrar a Enrique, el hermano segundo, sus habilidades ecuestres y, más adelante, su precisión en el uso de las armas de fuego. Las actividades al aire libre la atraían sobremanera, pero al volver a la casa paterna sus músculos reposaban, gozando de la protección que techos y paredes le regalaban. Eran los momentos de volver a la lectura”.
¿Cómo ven? Acá tenemos ya una descripción de quien era Juana, era una persona que dominaba las actividades al aire libre y manejaba las armas de fuego, además de que era una gran lectora de libros. No era una mujer común, podemos decir que era una persona con carácter y, además, con un bagaje cultural que no era el común denominador. Podría decirse que era una mujer que ya gozaba de libertades, no obstante, Laco narra cómo fue que llegó a casarse con don Mariano. Acá podemos entender cómo era la ideología de ese tiempo respecto a las relaciones interpersonales.
La riqueza económica del papá de Juana, por diversos motivos, comienza a menguar. ¿Qué hacer? Pues lo que se estilaba en ese tiempo: tratar de unir capitales. Se sabe de muchos hacendados que “amarraron” noviazgos con el fin de unir sus riquezas y así volverse aún más poderosos. El tema del amor pasaba a un segundo o tercer planos, lo importante era preservar las herencias y continuar alentando los grandes apellidos. Acá vemos la prosapia de los apellidos. Ustedes que conocen de apellidos de esta región podrán dar cuenta que el apellido Montes de Oca suena con la misma importancia del apellido Urbina. Tal vez conocen todavía algunas personas que llevan dichos apellidos y que son apellidos de la alta sociedad. Así que al papá de Juana se le hizo muy fácil ofrecer a su hija en matrimonio, con un viejo que ya estaba más para allá que para acá. Así garantizaba que, a la muerte de don Mariano, todas sus riquezas pasaran a formar parte de su hacienda y con ello regresaría la bonanza de tiempos lejanos. Así lo hizo. Veamos qué nos dice Laco:
“La boda causó escándalo. Sin celebrar aún los dieciséis años, Juana fue llevada al altar por un novio a punto de cumplir la muerte. La fiesta fue generosa y la casona de la Calle Real recuperó la música y las risas”.
Acá ya tenemos un motivo para reflexionar. ¿Fue válido que el papá de Juana decidiera su destino? No lo sé, pero así era antes. Aún hoy, en estos tiempos del siglo XXI, hay relaciones interpersonales que siguen dándose no por decisión de los involucrados, sino por decisiones paternas. Se sabe que, en pleno año 2014, en algunas comunidades los padres siguen recibiendo la dote. Hay ocasiones en que la muchacha no ha tenido mayor contacto con el pretendiente, pero éste ofrece la dote y con ello compra el derecho de llevarse a la muchacha a su casa.
Juana, a pesar de que es una muchacha que posee cierta instrucción, acata la decisión del padre y se casa con un hombre mucho mayor que ella. Ella es una niña, apenas dieciséis años y ya debe casarse por ordenamiento del papá, con un viejo. ¿Qué tipo de relación lleva con el viejo? Laco dice: “Desde el día en que don Desiderio (que es el papá de Juana) le anunció el compromiso de boda, se dio cuenta de que la había utilizado en un mero trámite para que los bienes del anciano pasaran a manos de su padre”. Y así fue, cuando el esposo de doña Juana murió todos los bienes del difunto pasaron a formar parte de los bienes del papá de Juana. Vean a qué grado: “De los bienes personales del difunto, la bacinica de oro fue la primera en pasar a manos del señor Urbina sin ningún trámite. Simplemente la tomó, la metió en un saco de manta y ordenó a un criado que la llevara a su casa, a su recámara”.
Dice Laco que “la casona fue puesta en venta sin opinión alguna de Juana”. El papá decía: Juanita, Juanita, vení a firmar, y ella firmaba. El papá se quedaba con toda la fortuna, pero, en cambio, Juana hacía una vida cada vez más independiente. Este detalle es importante, porque denota cómo el carácter de la mujer, sumiso ante las órdenes del papá, se vuelve más libre en la medida que toma conciencia de su ser.
Un personaje interesante es el que delinea ante nuestros ojos el gran Laco Zepeda. Una de las cosas que doña Juana valora más es la lectura. La lectura nadie se la prohíbe. Cuando estuvo casada con don Mariano, la historia de amor no se dio en su vida personal. Conoce historias de amor, a través de los libros. ¿Qué podía esperarse de una relación con un hombre mayor? Si a ustedes les da curiosidad podemos ver cuál era la rutina que sostenía con el viejo todas las noches. Escuchen: “Se ponía el camisón no sin antes friccionarse el pecho enjuto con un agua de buen olor que le preparaba el barbero. Se calzaba medias de lana y pantuflas de pelo de conejo sentado en un taburete, se calaba el gorro de noche y salía hacia la cama. Antes de acostarse se aseguraba de que su bacinica de oro estuviera al alcance de la mano. Se arropaba con las sábanas y las cobijas cara al cielo, se santiguaba con reverencia, musitaba sus oraciones, deseaba a Juana buenas noches y se volteaba sobre el costado izquierdo. En un santiamén, roncaba”. Mientras tanto Juana, ya pueden imaginar las noches que tenía. Ella leía apasionadas historias de amor en los libros que leía y miraba que a su lado sólo dormitaba un viejo que roncaba como si fuese un cuch en un chiquero. Así es siempre, los viejos son más roncadores y más pedorros. No me pregunten por qué es así.
¿Qué tenemos hasta ahora? A una mujer que fue obligada a casarse con un viejo y que, para compensar la vida, lee. ¿Ustedes creen que haya sido justo que el papá obligara a Juana a casarse con el viejo? ¿Creen que sea justo que el papá haya usado a la hija como medio para apoderarse de la fortuna del otro? ¿Ustedes leen? ¿Leen para compensar la miseria de la vida? ¿Leen para ampliar su conocimiento y para estar mejor preparados? Bueno, estas preguntas ustedes deben respondérselas. La historia es cíclica. Sin duda que ustedes recuerdan el nombre de Isabel La Católica, la reina española que le dio paga a Cristóbal Colón para que hiciera el viaje que, al final, dio por resultado el descubrimiento de América, o encuentro de dos mundos como es más correcto decir. Pues, bueno, doña Isabel tuvo una hija que se llamó Juana (igual que el personaje de Laco Zepeda) y que fue casada a la edad de dieciséis años con Felipe, el llamado Hermoso. Juana es famosa en la historia porque se conoce con el nombre de Juana la loca. ¿Por qué los reyes católicos casaron a Juana con Felipe? Por el mismo motivo por el cual el papá de Juana Urbina la obligó a casarse con don Mariano Montes de Oca. Los biógrafos de Juana la loca cuentan que ella nunca había visto a Felipe, pero ya estaba comprometida. Los reyes católicos unieron reinados con los papás de don Felipe.
La historia de doña Juana Urbina es muy interesante. Después que queda viuda, ya por decisión propia, se une a un sacerdote y con éste tiene seis hijos. La historia se pone más interesante, ¿no? ¿Cómo es posible que en un ambiente tan cerrado, como el del siglo XIX, en una sociedad cerradísima, como la chiapaneca, Juana haya tenido amoríos con un cura? ¡Válgame Dios! Pues así fue. Si alguien se interesa por saber cómo acaba la vida de este maravilloso personaje lo invito a entrarle a las novelas escritas por Laco Zepeda.
Pasemos, de manera breve, a dar una mirada al siguiente personaje: la niña, protagonista de la novela “Balún – Canán”, de Rosario Castellanos. Ustedes saben que Balún-Canán fue el nombre de Comitán. Balún significa nueve y Canán significa luceros o estrellas; de ahí que Balún-Canán se traduce como el lugar de las nueve estrellas. Rosario Castellanos nació en Comitán y su historia tiene mucha semejanza con la historia de la protagonista. Esta niña, a diferencia de doña Juana, no tiene nombre, pero igual que Rosario tiene un hermanito que se muere. Podemos decir, entonces, que la niña tiene muchos rasgos biográficos de su autora.
Ya dije que la niña de Balún Canán es hija de una pareja de gente que tiene dinero. Sus papás son dueños de haciendas y, como se estilaba en esa época, son dueños, también de los destinos de los trabajadores. Las haciendas, en esos tiempos, se vendían con todo lo que contenían: casas, potreros, caballos, vacas, toros, ovejas y trabajadores. Los hombres y mujeres que laboraban en las haciendas no tenían más futuro que vivir y morir en esos espacios. Los hijos de los trabajadores heredaban las deudas contraídas por sus papás y eran obligados a trabajar, como esclavos, para saldar la deuda, pero como ellos solicitaban más préstamos era una historia que nunca acababa. ¿Recuerdan el concepto de tienda de raya? Sí, esas tiendas que los propios dueños establecían en sus haciendas. Ahí, los sirvientes debían comprar sus cosas. Los hacendados, abusivos, les pagaban con vales que eran canjeables sólo en la tienda de raya. El azúcar, el café, el trago, la sal, la manta para sus vestidos, hilos y demás productos los compraban más caro. Ellos, los siervos, nunca tenían dinero para hacer otras compras. Si necesitaban la atención de un doctor, el patrón, entonces, les prestaba y les cobraba intereses. ¿Cómo pagaban la deuda? Nunca la pagaban. Los hijos heredaban la deuda y así esto era un sistema esclavista.
La niña, de la novela “Balún-Canán”, como el nombre de la novela lo delimita, crece en Comitán, y lo hace en tiempo en que el Presidente Lázaro Cárdenas decreta el Reparto Agrario. Estamos hablando de los años treinta del siglo pasado, el siglo XX. Ustedes pueden imaginar lo que significó este reparto agrario. Los hacendados de Chiapas (y de toda la república) andaban bien tranquilos siendo poseedores de grandes extensiones de tierras. Los hacendados eran dueños de cientos y cientos de hectáreas. Las condiciones en que vivían los campesinos eran miserables. Para el caso que nos ocupa es importante recordar, por ignominioso, lo que se llamó Derecho de Pernada. Los que saben dicen que este “derecho”, así entrecomillado, proviene de una práctica de la Edad Media y consistía en el derecho “de la primera noche”; se refiere a un presunto derecho que otorgaba a los señores feudales la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella de su feudo, que se casara con uno de sus siervos. Imaginen la atrocidad. Imaginen a una muchacha que se enamora de un muchacho, imaginen que se conocen, que platican, que se toman de la mano y que un día deciden casarse. Imaginen que el muchacho llega ante su “amo” y le comunica la decisión. El patrón (imagínenlo) con un fuete en la mano se golpea afectuosamente la pierna y el muslo derechos mientras escucha lo que su siervo le dice. Camina de un lado a otro de la sala, en medio de finos muebles hechos con madera de cedro. Al final, se acerca a la ventana, ve los jardines y, sin ver al sirviente, dice que le dará permiso de que ambos se casen, pero ya sabe que antes de acostarse con él, la doncella debe acostarse con el patrón, por el famoso derecho de pernada. El muchacho agradece y sale contento porque ya recibió la autorización del patrón, llega a casa de la muchacha y le comunica la decisión, la muchacha sabe que debe entregarse sexualmente al patrón. ¡Así eran los modos de ser de ese tiempo! La novia, en lugar de amar al novio, en su noche de bodas, debe soportar el aliento asqueroso del patrón. Hoy lo vemos como un absurdo, pero hubo un tiempo en que era la cosa más natural del mundo. Debió ser una práctica asquerosa para las muchachas, pero así era.
¿Cómo era el mundo de la niña protagonista de la novela “Balún Canán”? Ustedes me harán favor de reflexionar en los cambios que se han suscitado, desde esas épocas hasta la actualidad, y dirán si los cambios han sido positivos o, por el contrario, han propiciado el retroceso y, por lo tanto, debemos continuar luchando por los derechos de las mujeres. Y esto no sólo es cosa de mujeres, porque ya veo a muchos muchachos, diciendo “eso es cosa de viejas”. No, la equidad es cosa de todos, porque todos somos seres humanos. ¿Qué nos falta hacer como sociedad para vivir en una más justa? Ya ustedes lo dirán.
¿Cómo se define la niña? Oigamos la voz de Rosario al describir a su personaje: “No soy un grano de anís. Soy una niña y tengo siete años. Los cinco de la mano derecha y dos de la izquierda. Y cuando me yergo puedo mirar de frente las rodillas de mi padre. Más arriba no. Me imagino que sigue creciendo como un gran árbol y que en su rama más alta está agazapado un tigre diminuto”.
“Miro lo que está a mi nivel. Ciertos arbustos con las hojas carcomidas por los insectos; los pupitres manchados de tinta; mi hermano. Y a mi hermano lo miro de arriba abajo. Porque nació después de mí y, cuando nació, yo ya sabía muchas cosas que ahora le explico minuciosamente”.
Ella crece al amparo de una persona que ejercía un oficio muy común en ese tiempo: la nana. Su nana era una indígena. Muchos comitecos crecieron al cuidado de una nana, por esto, el dialecto comiteco está lleno de palabras provenientes del tojolabal, porque muchas mujeres indígenas de esa zona llegaban a laborar a la casa de los hacendados.
¿La escuela? ¿Cómo era la escuela a la que asistió la niña? Rosario dice: “Nadie ha logrado descubrir qué grado cursa cada una de nosotras. Todas estamos revueltas aunque somos tan distintas. Hay niñas gordas que se sientan en el último banco para comer sus cacahuates a escondidas. Hay niñas que pasan al pizarrón y multiplican un número por otro. Hay niñas que solo levantan la mano para pedir permiso de ir al ‘común’.
“Estas situaciones se prolongan durante años. Y de pronto, sin que ningún acontecimiento lo anuncie, se produce el milagro. Una de las niñas es llamada aparte y se le dice:
–Trae un pliego de papel cartoncillo porque vas a dibujar el mapamundi.
La niña regresa a su pupitre revestida de importancia, grave y responsable. Luego se afana con unos continentes más grandes que otros y mares que no tienen ni una ola. Después sus padres vienen por ella y se la llevan para siempre.
(Hay también niñas que no alcanzan jamás este término maravilloso y vagan borrosamente como las almas en el limbo).”
Una mañana cierran la escuela. La escuela a la que asistía era un colegio particular. Bueno, pareciera que la vida de la niña no es tan mala. Es hija de hacendados, tiene su propia recámara, tiene sirvientes a su servicio, pero, oh, Dios, se sabe que la vida no es tan plana. La niña (ya lo dijimos) tiene un hermanito. El hermanito, por ser varón, es discriminado. Bueno, ustedes saben que en este tipo de sociedades machistas aún perdura esa discriminación a las niñas. Cuando alguien espera una criatura, no falta el compadre que pregunta qué será, niño o niña. La respuesta inmediata es: lo que Dios quiera, que venga bien. ¡Mentira! En el fondo, o tal vez no tan en el fondo, el padre quiere que su criatura sea niño, que sea varón. En las comunidades indígenas tal sentimiento sigue imperando. Parece que los varones valen más que las “hembritas”.

Pues bien, la niña de “Balún-Canán” es discriminada por sus propios padres. Cuando el varón muere sucede algo dramático. Veamos lo que Rosario escribe:
La nana le dice a Zoraida que Mario morirá. Que se lo están comiendo los brujos. Comienza a sufrir por este hecho. La niña solo escucha.
“–El niño tiene seis años. Después de él ya no nació ninguno más. Es el único varón. Y es necesario que se logre. Es necesario”.
Y más adelante:
“–Si Dios quiere cebarse en mis hijos… ¡Pero no en el varón! ¡No en el varón!
– ¡Zoraida!
– ¡No en el varón! ¡No en el varón!
–Cállate mujer. Lo que dices es una blasfemia. (…)
Mi madre nos empujó para que saliéramos. Al pasar cerca del señor cura él hizo un gesto como para detenernos. Pero mi madre nos apartó con violencia.”.
De esta manera, la niña protagonista crece con una frustración.
“Y Mario apretando los dientes, resistiendo en medio de sus dolores y pensando que yo lo he traicionado. Y es verdad. Lo he dejado retorcerse y sufrir, sin abrir el cofre de mi nana. Porque tengo miedo de entregar esa llave. Porque me comerían los brujos a mí; a mí me castigaría Dios, a mí me cargaría Catashaná. ¿Quién iba a defenderme? Mi madre no. Ella sólo defiende a Mario porque es el hijo varón.”
“Pero Mario no puede correr; está enfermo. Y yo no puedo esperar. No, me marcharé yo sola, me salvaré yo sola”.
“El señor cura alcanzó a llegar. Alcanzó a saberlo todo. Alcanzó a castigar a Mario. Pero la llave está bien guardada en el cofre, entre la ropa de mi nana. Y yo estoy a salvo”.
“Don Jaime Rovelo se inclinó hasta mí y me tomó entre sus brazos mientras musitaba:
–Ahora tu padre ya no tiene por quién seguir luchando. Ya estamos iguales. Ya no tenemos hijo varón.”
Bueno, hasta acá lo dejaré. Agradezco su atención y me gustaría conocer su opinión, acerca de estos comportamientos literarios que son el gran espejo de nuestra conciencia. ¿Hemos cambiado? ¿Ha sido para bien o para mal? ¿Qué dicen ustedes?

lunes, 13 de octubre de 2014

EL CHICHÓN





Imaginá que te llamás volcán. Imaginá que sos volcán. Podés elegir tu territorio. En donde sea causarás problemas, porque tu sangre es muy caliente, casi lava, casi brasa líquida, casi mujer de esas que, en las noches, busca consuelo en una esquina iluminada por una lámpara triste.
Si elegís un territorio desolado ¡no harás mucho perjuicio en la periferia!, pero tus exhalaciones llegarán a lugares distantes. Hay casos (la historia lo consigna) en que las nubes de ceniza viajan, como si fuesen patos canadienses, y buscan climas más benignos para hacer su nido. Si, por el contrario, hacés tu casa en un lugar poblado causarás tragedias en miles de hogares. Uno solo de tus resoplidos hará que miles y miles de personas evacuen. A la par de tus ríos de lava, ríos de gente saldrá de su casa, sólo con lo que tiene puesto. No sabrá bien a bien a dónde dirigirse. A pesar de los señalamientos de ruta de evacuación, la gente se confunde ante un evento. ¿Qué hace el hombre a la hora que, mientras toma un güisqui en la terraza de una cafetería, escucha tus bramidos de gigante encabronado y mira que tu cabeza (supuestamente extinta) se llena de nubes funestas, como si fueses una medusa inédita?
Imaginá que un día, así como las muchachas bonitas se dan vuelta en sus camas en la madrugada, vos te desperezás y provocás grietas en el piso, en los techos, en las paredes y en el ánimo de las personas. Ante tu ligero movimiento, la gente se hinca y pide a Dios que todo pase pronto. Ya luego tendrán toda la vida para costurar las heridas.
¿Por qué la gente construye sus aldeas y ciudades cerca de donde hay volcanes? Debe ser porque el fuego del subsuelo es como la sangre de la tierra. Así pues, vos serás elegida por tu corazón de brasa.
Imaginá que sos volcán y que Malcolm Lowry se imagina debajo de vos. Imaginá que podés concentrar la esencia de la roca, volverlo piedra, volverlo río de agua hirviendo. Imaginá que todos los polvos del inframundo se concentran en tu sonrisa y estornudás y la gente cree que el fin del mundo ya llegó y corre o se pone a tomar trago (por aquello de “el mundo se va a acabar”) o, por fin, se atreve y jala a la muchacha y coge con ella porque ya no hay más futuro y la esperanza de vida sólo fue una flor de diente de león.
Imaginá que los huesos salen a flote y ellos, algún día, servirán de abono (junto con la ceniza) para que florezcan nuevas flores.
Mientras vos tosés, las campanas de la iglesia comenzarán a tocar para alertar a la gente y ésta prenderá sus veladoras, se hincará ante vos, porque sos poderosa, ¡imponente en el sueño y exuberante en el baile de la vida cotidiana!
Tus amados no serán muchos, porque no a todo mundo le gusta despertar en medio del desasosiego. En cambio, los pocos que te busquen serán hombres a quienes les gusta acariciar a los chuchos fieles de la plaza y duermen a mitad del corredor, sin más abrigo que la corbata adosada cada mañana alrededor del cuello.

sábado, 11 de octubre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL VIENTO VA PARA UN LADO





Querida Mariana: Romeo dice que no podemos estar en dos lugares al mismo tiempo. Aunque, tal vez esto no sea tan exacto. Enrique, una vez que fuimos a la línea divisoria Guatemala-México, puso un pie en territorio mexicano y otro en territorio guatemalteco. A veces, Mónica juega a meter un pie adentro de la tina llena de agua, mientras mantiene el otro sobre los mosaicos, de esos mosaicos gruesos, con grecas, que hacían en “El Terrazo”. Ella está en el agua y en la tierra, al mismo tiempo.
Augusto dice que la lectura también es una herramienta que permite estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Y dice que la lectura va más allá porque no sólo permite estar en dos lugares sino, también, en dos tiempos diferentes. Es muy sencillo y complejo a la vez. Si alguien abre el libro de “El Quijote”, por ejemplo, en la sala de su casa en Comitán, de inmediato se trasladará a “Un lugar de la Mancha, de cuyo nombre…”, esto en la meritita España. ¡Qué prodigio! Pero el mojol de este prodigio está en que desde esta segunda década del siglo XXI entra de lleno al siglo XVII, un siglo donde no hay carros, donde Sancho Panza viaja sobre un burro, donde no hay Internet ni tampoco celulares. La lectura permite viajes imaginarios ¡prodigiosos!
Así que eso que dice Romeo, que no podemos estar en dos lugares al mismo tiempo, es cierto, pero puede no serlo. Los futurólogos dicen que algún día la ciencia logrará que el hombre, a través de algo como un holograma, se desdoble y esté en la sala de su casa comiteca y, al mismo tiempo, en un café de París.
A mí me gusta viajar sin salir de casa. Ahora hay muchas opciones para hacerlo. En los tiempos de El Quijote no quedaba más que salir o leer. Ahora podemos viajar a través del cine, del Internet y de la televisión (ah, y por supuesto, de la lectura).
¿Mirás por qué amo a los libros? Porque los libros alimentaron el viaje de El Quijote (en el siglo XVII) y siguen alentando los viajes imaginarios de los hombres de este siglo. El libro ha sido el fiel acompañante, ha sido como el chucho lazarillo de nuestra ceguera infinita. Si no fuese por los libros, quién sabe qué sería de este mundo. No puedo imaginar un mundo sin libros. Y esto es así porque no puedo vivir sin libros. El otro día, al término de la presentación de mi novelilla “Historia triste de un cuentahistorias”, que se efectuó en la Sala Carlos Fuentes, de la Biblioteca Central, de la Universidad Autónoma de Chiapas, una muchacha bonita se paró y pidió la palabra, dijo que es comiteca, que estudia en la Facultad de Humanidades, y que cuando está en el pueblo, a veces, me ve en las calles. Dijo que siempre me ha visto con un libro en las manos; dijo que en Comitán no ve mucha gente leyendo, que no ve a jóvenes con libros en las manos a diferencia de los viejos. Cuando mencionó lo de viejos todos los que estábamos en la sala reímos, porque intuimos que me estaba diciendo viejo. Mi paisana bonita no dijo más que la verdad, casi siempre estoy con un libro en las manos. ¿Puedo decir que son como mis alas para viajar por mil lugares? El otro día te conté que leí dos libros de Coetzee, Premio Nobel de Literatura. Coetzee (quién sabe cómo se pronuncia, el comiteco picarón dirá que se dice Cotz, pero no) nació en Sudáfrica y escribe acerca de ese entorno que conoció y de otros entornos ampliados. Primero leí un libro que se llama “Esperando a los bárbaros” y luego otro que se llama “Foe”. El primero, como lo indica el título, trata acerca de un Imperio que un día “decidió” que estaba amenazado por la presencia de bárbaros, por lo que debían exterminarlos. Sólo un viejo magistrado se opone a esa loca idea, les dice que los bárbaros han sido vecinos de su imperio desde hace muchos años y ambos bandos siempre han convivido, pero el Imperio no entiende esta explicación y se empecina en acabar con “los bárbaros”. El segundo libro es un libro increíble, retoma la idea central del libro “Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe. Coetzee cuenta que una muchacha bonita de Inglaterra viaja en barco, naufraga, llega a una isla y ahí se topa con Cruso y Viernes. ¿Mirás? Cruso es como un desdoblamiento de Robinson Crusoe. Coetzee le da una maravillosa torcedura a la historia original y mete una mujer en la historia de la isla.
¿No podemos estar en dos lugares al mismo tiempo? Es relativo. La lectura nos abre una ventana en donde pareciera que esa posibilidad, físicamente imposible, puede realizarse a través de la imaginación. Mientras leo el libro de los bárbaros de Coetzee, sentado tranquilamente en una banca del parque central de nuestro Comitán, a la vez recorro espacios llenos de arena. Mientras leo el libro del naufragio, sentado en la sala de mi casa, tomando un té de limón, camino al lado de Susan en la orilla de una playa y me hago tantito más hacia adentro, porque como no sé nadar tengo miedo de que una ola me trague y muera ahogado en el mar.
Cuando leemos “Balún-Canán”, de Rosario Castellanos, nos trasladamos al Comitán de los años treinta; viajamos a fincas y vivimos la historia que padecieron los hacendados cuando a don Lázaro Cárdenas se le ocurrió repartir tierras. Idea que fue aplaudida mil veces por los campesinos pero repudiada (cien mil veces) por los dueños de las haciendas.
Todo libro es la posibilidad de abrir una puerta (en el presente) y asomarnos al pasado, al futuro o al mismo presente, pero en otro lugar.
Por lo mismo, desde siempre fui aficionado al cine, por esa misma posibilidad. Ya te conté que mis papás eras aficionadísimos al cine. Cuando viajábamos a otra ciudad, en vacaciones (Mérida; la ciudad de México; Puebla; Santa Rosalía, en Baja California; Guadalajara o Matamoros, Tamaulipas) durante la mañana nos dedicábamos a visitar museos, templos y lugares turísticos, y ya en la tarde buscábamos un cine. En Comitán íbamos muy seguido, al Cine Comitán o al Cine Montebello. Esa religión que me heredaron siempre la he conservado como uno de mis grandes tesoros. Ahora, siempre que puedo, voy a La Plaza y entro a una sala cinematográfica; ahora voy con Paty. Ella elige. Sus gustos no coinciden con los míos, pero yo cedo. Cedo porque imagino que todo es como cuando iba al cine con mis papás: no importaba qué película veríamos, importaba el acto maravilloso de entrar a ese mundo alterno. Desde una butaca del cine viajábamos por otros lugares y conocíamos historias muy distintas de las que se daban acá. En un lugar donde no hay más río que el Río Grande era una bendición conocer el mar, el de Acapulco (en una película de Tintan) o el de la Costa Azul (en una película de Sofía Loren).
El cine es maravilloso, pero (como casi todas las cosas en el mundo) es limitado. Uno no puede estar viendo cine todo el día. Cuando hay tiempo (el cinéfilo debe procurarlo) uno va a la sala, compra palomitas (ay, cómo extraño los tacos dorados de doña Lola, que vendían en el Cine Comitán) y entra a la sala. No he visto a alguien que vaya caminando por la calle y lleve un lector de dvd. En cambio, la lectura de libros ¡sí permite este milagro! Mientras hago fila en el banco o hago antesala para que me reciba algún director o mientras como o, ya en la cama, busco el sueño ¡leo!
Siempre que veo a una persona leyendo pienso en la maravilla de su mundo. Pienso, de igual manera, en el instante en que a alguien (quién sabe quién) se le ocurrió hacer el libro con la forma que tiene. Recordemos que los aztecas hacían libros con una forma diferente. Los códices eran como una serie de barajas pegadas que constituían un gran chorizo. De igual manera, los pergaminos usados por los egipcios conformaban grandes rollos. Quién sabe en qué momento el libro adoptó esa forma maravillosa que sigue poseyendo. El libro (como si fuera la más hermosa muchacha del mundo) se acomoda a las manos del lector que lo acaricia, lo palpa, lo lleva a su corazón, lo huele, lo hojea como si fuese un haz de naipes. Doy gracias a Dios por ser lector de estos tiempos y no lector de códices o de pergaminos. Uno de los grandes inventos es el libro de bolsillo, libro barato, edición modesta pero digna, que puede llevarse (como su nombre lo indica) en la bolsa trasera del pantalón. Y digo que es uno de los grandes inventos porque es como la idea de que el libro es el corazón del espíritu de las personas y éstas jamás deben dejar su corazón. El libro se lleva a todas partes para estar en ¡todas partes!
El día que fui a Tuxtla a la presentación de mi novelilla aproveché conocer la nueva librería “José Emilio Pacheco”, que, en terrenos de la UNACH, abrió el Fondo de Cultura Económica. Es un espacio maravilloso. De igual manera visité la Feria del Libro Chiapas-Centroamérica y compré dos o tres librincillos. Uno de los libros que compré fue “El apocalipsis (todo incluido)”, de Juan Villoro, libro que su autor presentó un día antes en ese espacio. El librincillo en cuestión contiene una serie de cuentos. El segundo inicia de esta manera: “Nunca antes me había cautivado un pie, al menos no de ese modo…”. ¿Mirás? Contará cómo un hombre que viaja en un avión de pronto ve el pie de su vecina de asiento y por ahí se va. Comencé a leerlo en el viaje de regreso, de Tuxtla a Comitán. Viajaba en un autobús, de ADO. Mientras en la ventanilla miraba el paisaje del Sumidero, yo me sumía en la historia que se llama “Confianza”. El autobús se deslizaba por la carretera y yo veía las nubes que estaban por encima de Chiapa de Corzo, mientras, a la vez, estaba adentro de un avión, casi al lado de este compa que veía el pie (y se excitaba) al ver los dedos del pie que aparecían en la sandalia que calzaba la mujer. Y yo, igual que él, me extasiaba en ese pie delicado, lleno de promesas. Entonces imaginé que me acercaba a la ventanilla (del avión) y veía hacia abajo. Era posible (en ese juego de imaginación) que yo viera, desde la altura, un autobús que viajaba hacia Comitán, el mismo camión en el que yo viajaba. Y mientras el hombre del avión veía el pie de la muchacha yo, en el camión, leía que un hombre se extasiaba con el pie de una muchacha. Este juego de espacios y tiempos sólo lo permite la lectura (ni siquiera el cine), porque la pausa para la reflexión es más cercana a la lectura de libros que a la lectura de películas. Por eso, el cine es ese avión que no se puede detener en el cielo, mientras el libro es como ese pájaro que se detiene en la rama ¡y canta!
Estábamos en la línea fonteriza entre México y Guatemala, por este lado de la Mesilla. Habíamos pasado a tomar unas cervezas en Chamic. Como ya estábamos medio bolos, Javier, como si jugara rayuela, decía: “ahora estoy en México, ahora estoy en Guatemala” y brincaba de uno a otro lado de la hipotética línea. Eran otros tiempos. No sé qué sucedería ahora. Lo digo porque justo al otro lado de la línea estaba el monumento de un quetzal, símbolo de nuestro país vecino. Lo digo porque justo en el instante en que Javier brincaba, como sapo borracho, de uno a otro lado de la franja, a Enrique le ganó la gana de mear y meó la base del monumento. ¿Qué hubiese pasado si algún soldado guatemalteco lo descubre? No sé. El otro día me enteré que un mexicano, también medio bolo, orinó la llama eterna que está debajo del Arco del Triunfo, en París. El mexicano (que se volvió famoso, pero que fue a parar a la cárcel) apagó con su chorro la llama “eterna”. ¡Para eso me gustabas flamita eterna! ¡Para que no aguantaras ni un simple meado! ¿Será que eso fue como una metáfora de lo que en realidad es la eternidad?

Posdata: querida Mariana, ¿el viento sólo va para un lado? Pareciera que sí. Alfonso dice que el viento viene del sur, se para a la mitad de la majada de su rancho y mira hacia el sur, cierra los ojos y recibe esa bofetada cariñosa del aire. Pero, Eugenio dice que no es cierto eso de que el viento sólo va para un lado, dice que a veces el viento se aloca y hace remolinos y se vuelve culebra de viento y, como si estuviese bolo, tataratea por todos los patios de las casas y levanta techos y hace volar láminas de zinc que son como mil abejas africanas.
Eugenio dice que nuestra mente es como el viento, a veces sólo camina en una dirección; pero a veces también se atepereta y se vuelve torbellino y, toda borracha, toda tornillo, imagina que está en dos lugares a la vez y en dos tiempos diferentes.
Los que saben, dicen que el amor es como una droga que también catapulta a las personas a otras dimensiones. Se sabe de la niña guatemalteca que “se murió de amor”, pero también se sabe de la niña chiapaneca que “enloqueció por amor”. La locura no es más que entrar a otra dimensión en un tiempo diferente desde el tiempo real. ¿No podemos estar en dos lugares al mismo tiempo? Romeo dice que no. No sé si esto sea así. Lo que sé es que a veces, cuando estoy con vos, siento que el universo no es lo que está más allá del infinito, sino que el universo ¡es esa distancia que separa mi mano de la tuya!

viernes, 10 de octubre de 2014

ESCALÓN CON HUECO





Los escalones son indispensables para la vida de estos tiempos. Muchos motivadores los usan para decirnos que al éxito se llega escalón por escalón; algunos se olvidan y no nos explican que los escalones deben ser en ascenso.
Los médicos también recomiendan a gente de mi edad o mayores a subir escalones. Dicen que ayuda al ritmo cardiaco. Un tío mío no entendió la sugerencia y se quedó arriba, para siempre.
Los escalones, digo yo, han servido para tirar a más de cuatro y dejarlos inválidos para siempre.
Un día, Elena se enamoró de los cinco escalones que estaban en el lateral del escenario de un teatro. Se enamoró porque dijo que era maravilloso ver cómo cinco breves escalones (un metro de largo y 25 centímetros de peralte) hacían el prodigio de que una persona común y corriente pasara de ser una persona común a ser un actor de excelencia (en caso de que el actor fuese alguien como Richard Burton). Marina, quien siempre jodió a Elena, le decía que los escalones no tenían nada que ver en el asunto. Había actores que entraban por la parte de atrás y el resultado era igual. Pero Elena no le hacía caso porque, ya lo dije, se enamoró de los escalones de madera. Luego, a medida que creció, empleó dicho símil para aplicarlo en su vida. Cuando estuvo en edad de tener novio pensó que su amado sería la escalera para que ella alcanzara la mejor actuación de su vida. No se dio cuenta cómo, pero tal imagen la comenzó a usar para todo. Pues sí, es una imagen tan común que no se necesita ser un genio para pepenarla y usarla como un amuleto de vida. Pero, pronto, Elena se dio cuenta que el escalón (tal como había dicho Marina) no era el importante, lo realmente importante era el escenario. Sí, la vida era como un teatro y entonces ella debía prepararse como se preparó Ingrid Bergman. Pero, años después se dio cuenta que esto tampoco era muy original. ¡No! Existen millones de personas que, a cada rato, emplean tal idea en afán de decir que la vida puede ser un drama o una comedia dependiendo del cariz que le imprima el director. Elena dudó, porque pensó que lo importante, entonces, era el guion escrito por el dramaturgo. Lo importante era el texto. ¿Qué hubiese sido de Burton sin el texto de Shakespeare? Entonces, Elena olvidó al escalón, el escenario, el actor y privilegió, sobre todas las cosas, el texto que escribía el gran dramaturgo. Ahí, en ese momento de su vida, cuando creía que, por fin, había alcanzado la respuesta al gran misterio, se apareció la jodona de Marina, quien se sentó en la silla de mimbre, la que estaba al lado de la radiola, pidió una taza de café y, con una sonrisa de cucaracha sobre refrigerador, dijo que ero era absurdo, absurdo porque permitía que otro, y no ella, escribiera el guion de su vida. No importaba que fuera Shakespeare el autor (“Ser o no ser, he ahí el dilema”) o fuera un tonto como… (¿De verdad dijo Arjona, aunque éste sea un escritor de canciones y no de obras de teatro?).
Elena tomó, con delicadeza, con el dedo pulgar y el índice, la taza de café y también sonrió, pero lo hizo con una sonrisa triste, como de pingüino en el desierto del Sahara.
¿Entonces?, se atrevió a preguntar. Dándose por vencida y dándole el gusto a Marina para que ella se convirtiera en una especie de gurú para los días que le faltaban por vivir, que ya no eran muchos. Marina se limpió la comisura de los labios, dejó la taza sobre la mesa de servicio y dijo, con cierta solemnidad, tal como el instante lo demandaba: “Parece que es más digno subir al escenario por la escalera lateral que por el fondo o por en medio de las piernas del teatro. Parece que tenías razón. Una simple escalera puede hacer el prodigio, siempre y cuando estés preparada y sepás bien el guion. ¿Quién lo escribe? Es bueno, para la vida, que el guion sea escrito por alguno de los grandes o por el más grande, que ya sabés quién es.”
Dicho lo anterior, Marina dejó la servilleta sobre la mesa, se acercó a María, le dio un beso en la mejilla, abrió la puerta y bajó los dos escalones que daban a la calle.
¿Escribí María? ¿No acaso era Elena el personaje de esta historia? ¿En qué escalón me confundí?