sábado, 31 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA "PALABRA ESCRITA"



A LA VUELTA DE LA ESQUINA

A veces la vida me parece eso: una simple esquina. Todo lo encuentro a la vuelta. A veces no espero a diciembre para hacer el recuento de lo sucedido.
La prisa no es buena consejera, por esto, para ver una puesta de Sol o una “puesta de vida” es recomendable sentarse. No siempre puede mirarse desde la cima de una montaña, es preciso salir al portal de la casa y sentarse en una butaca. Desde ahí se ve mejor el horizonte y lo que se ha dejado atrás.
Sin dudarlo un solo instante digo: ¡El camino andado ha sido deslumbrante!, como si todo hubiese sido un sacar la cara por el balcón y mirar la novedad en la calle (no hay cosa más bella que recibir la llovizna en pleno rostro).
Después de todo, la vida es como salir a la calle. De niños queremos estar todo el día afuera pero en cuanto son las seis de la tarde debemos despedirnos de los cuates y volver a casa; cuando somos adolescentes nos damos el lujo de regresar a las dos o tres de la madrugada, incluso, a veces, no volvemos sino hasta ya bien entrado el día siguiente. Pero los años otorgan madurez y cuando llega el momento en el cual (por fin) no tenemos que dar explicaciones ni pedir permiso a nadie la prudencia nos hace volver a casa a “buena hora”. A medida que nos hacemos viejos, regresamos más temprano a casa.
Estoy en el momento de la vida en que he dejado las prisas atrás. Mis salidas son escasas y no voy más allá de la esquina. Si un día quise comerme el mundo, pronto me di cuenta que me indigestaba. Me bastó un poco de miel y un poco de mierda para empalagarme. Hoy ya no aspiro a comerme el mundo. Me di cuenta que el mundo de afuera es un pedazo de carne llena de grasa y poco condimentada.
Mi balance está hecho de ciudades. Como si fuese una receta coloco los ingredientes en la dosis correcta: 31 años de Comitán; 9 de Puebla; 6 de la ciudad de México; 5 de Tuxtla Gutiérrez; una pizca de lugares por trabajo, por estudio y por vacaciones: Xalapa, Oaxaca, San Cristóbal y Mérida; y unas hojitas de Browswille, Texas; Quetzaltenango y la Antigua en Guatemala; así como lo que tomen los dedos de Santa Rosalía, Baja California; Matamoros, Tamaulipas, y el puerto de Veracruz.
Mi mamá, quien es una excelente cocinera, me transmitió el secreto culinario: Cada ingrediente debe dejarse “airear” antes de realizar la mezcla. Por esto siempre dejé que la ciudad de México se sofriera sin agregarle los cien gramos de Oaxaca, por ejemplo.
Así, mi vida ha sido como un exquisito trozo de Comitán con el encanto del sabor de muchas especias especiales.
El destino hace que cada hombre nazca con su porción de ingrediente principal. Los aderezos los conseguimos en el trayecto. Al final, cada hombre logra una receta única y especial.
Dos o tres despistados me han pedido mi receta. Siempre he respondido como responden los clásicos: “La receta es que no hay receta”.
Durante la historia, cientos de miles de comitecos hemos preparado el platillo que tiene como ingrediente principal a esta ciudad, pero cada platillo ha resultado una receta única. Puedo decir que cada uno tiene su forma de preparar “el cocido”.
Mi receta se llama: “Hojas de colibrí con polvo dorado de Comitán”. Mi mamá prepara una receta para chuparse los dedos: “Comitán a la buena de Dios” y mi papá bautizó su receta como: “Comitán a la hierbabuena”. Así cada uno tiene su propia sazón.
Hay comitecos que consiguen especias exóticas; otros traen dátiles del desierto o algas del fondo del mar. Hay comitecos que han condimentado su Comitán con viento o con nubes, y no falta el compa que cree que “el coymut” es condimento y lo unta como salsa encima de los tacos de Comitán. Cada uno es libre de hacer la receta que quiera. Total, este guiso lo prepara cada comiteco sólo para él. Los golosos que, llevados por el aroma, toman un pedazo del guiso ajeno se “empachan”. Ya lo dijo el Mandamiento: “No desearás la vida de tu prójimo”.
Apenas es octubre y ya puse sobre la balanza los ingredientes de mi vida. Por lo que me resta de vida trataré de encontrar las mejores especias en este mismo pueblo. Hay tanta “maravilla”, tanta albahaca, tanto tenocté, tanto chipilín, tanta semita, tanto “asiento”, tanta agua de rosas, tanto chulul. Espero, al final, lograr una receta equilibrada donde “la flor de la ceniza” sea como una bendición.
A veces es bueno hacer el recuento sin esperar a diciembre.



LA RESPIRACIÓN DE LOS CHUNCHES

Hay tardes en que me descubro viendo la respiración del gato y de la perra. Me acerco y, mientras duermen botados en el suelo, veo cómo sus panzas suben rítmicamente. ¡Están vivos!, pienso y me alejo con tranquilidad.
Un afecto me dice que esto es como una obsesión. Mientras preparo la masa para hacer pan integral “caigo en la cuenta” que sí, es como una obsesión. De niño, cuando mi papá llegaba medio “bolito” a la casa y se recostaba en su cama, yo iba hasta su cuarto y en puntillas me acercaba para ver si su panza subía. Cuando lo oía roncar y miraba que su panza se alzaba como pan adentro del horno, yo regresaba a mi cuarto, ya tranquilo. ¡Está vivo!, pensaba, “mañana sólo tendrá cruda”, decía.
A veces, a la hora que coloco la levadura sobre la harina, me descubro viendo cómo la masa “respira”. La masa sube su panza y yo, tranquilo, la dejo reposar treinta minutos antes de meterla al horno.
El otro día me descubrí viendo la respiración de las cosas. Me acerqué a la computadora personal y la prendí (los objetos modernos necesitan de un empujón, de echarle viento). Tardó un poco en subir su panza (el ritmo de respiración de los chunches electrónicos es diferente al de los objetos que no necesitan electricidad para vivir).
Me gusta mirar cómo respira el sillón de la sala. Me siento en una silla que está frente a él y lo miro fijamente. La respiración del sillón es como la de una vaca gorda, apenas perceptible, pero dificultosa. Cuando mi mamá se sienta sobre él entonces el sillón se convierte en una especie de mamut y bufa, pero luego retoma su ritmo original y respira sin aspavientos.
A veces me descubro pegando mi oreja a la pared para oír su respiración. La tierra está más viva que la pared, el sillón, el gato o la perra. Por esto me gusta acostarme sobre el suelo (sobre todo en el campo). Cuando la tierra respira siento como un ligerísimo temblor. Procuro que mi respiración se sincronice a la respiración del suelo. Es como si yo fuera un poco como la tierra. El aire que está por encima de mí también se acompasa a mi ritmo, al ritmo del suelo y ya somos tres entidades las que respiramos al unísono. Entonces, por un prodigio que no logro explicar, siento que el cosmos entero y yo respiramos al mismo tiempo y sé que soy parte del universo y es cuando siento a Dios muy cerca, tan cerca como a mil millones de millones de años luz.

viernes, 30 de octubre de 2009

A PROPÓSITO DE PROPÓSITOS



Panfleto cree en su proyecto. Le ha invertido tiempo y sus pocos ahorros. Hace dos días me invitó a su casa para conocer la Máquina de Propósitos. Más que una máquina del siglo XXI parece una de esas máquinas que inventaba Ciro Peraloca o de esas que aparecían como escenografía futurista en películas de Santo, el enmascarado de plata.
No obstante, Panfleto casi me convence de la bondad de su proyecto. “Nos hemos quedado sin propósitos en la vida”, me dijo, a la hora que me sirvió una taza de té de manzanilla. “A ver, a ver -insistió-. Tú, por ejemplo, ¿qué propósitos tienes?”. Como soy malo para eso de andar respondiendo preguntas de todo tipo, hice tiempo llevándome la taza a la boca. Me quemé. “¡Te quemaste!”, dijo él y yo asentí, mientras sacaba mi lengua y me servía un poco de agua fría. “Sí, te quemaste, porque no sabes qué responder, ¿verdad?” A veces soy muy obvio.
¿Qué propósitos tengo? ¡Ninguno! Vivo al día. Tal vez vivir el instante de la manera más digna sea mi propósito esencial.
“Eso es lo malo”, dijo Panfleto, mientras se levantaba para abrirle la puerta a Sansón, su perro, que es de raza chihuahueña. “Vivimos como perros, porque vivimos sin forjarnos propósitos. Los animales no tienen por qué hacerse propósitos, pero ¿los hombres?” (Chin, pensé, ¡otra pregunta!).
En ese momento volví a tomar un poco de té. Tuve la precaución de soplar para no quemarme.
La Máquina de Propósitos es como una silla de nave espacial. En la parte superior tiene un árbol de cátodos que se conecta al cerebro del “aspirante”. Panfleto dice que funciona mediante la emisión de impulsos electrónicos. Dependiendo de la edad, fortaleza y personalidad del “aspirante”, la máquina proyecta una gráfica en la pantalla. En dicha gráfica aparece, en orden de importancia, los diez propósitos que el tipo debe “hacerse”.
Mi amigo me explicó que la máquina tiene un archivo de más de cien mil propósitos. Reunir tal cantidad le llevó ocho años de investigación. Panfleto es un convencido de que el mundo no se ha acabado gracias a que en siglos pasados la gente tenía propósitos de vida y los cumplía en buen porcentaje.
Como un auténtico investigador, probó su máquina con Sansón. Le conectó los cátodos y echó a andar la máquina. Después de diez o quince minutos, la máquina prendió el foco rojo y arrojó el resultado sobre la pantalla: “Propósitos de Sansón, para los próximos diez años, en orden de prioridad: 1.- Comer; 2.- Dormir; 3.- Coger”. Y ahí acabó la relación. Del cuatro al número diez apareció la palabra Vacío.
“¿Ves?”, me dijo Panfleto y yo tomé otro sorbo de té, rogando a Dios que no me hiciera más preguntas. “El mundo se ha quedado sin propósitos”.
Mientras colocaba un plástico transparente sobre su máquina, mi amigo inventor me invitó para que otra tarde me sometiera a la prueba. Fuimos al jardín, podó algunas ramas y, con un poco de tristeza, me dijo que, hasta el momento, todo mundo se ha burlado de su invención. “Son como perros -dijo- no tienen más propósito en la vida que comer, dormir y coger. Y no necesariamente en ese orden. Conozco muchos que su prioridad parece ser coger y coger, coger y coger”. Y como mi amigo también posee buen humor me dijo esto último cantándolo al ritmo de “El Rey”, de José Alfredo Jiménez.
No sé si su máquina sea el prodigio que Panfleto sueña, pero casi casi me convence de la necesidad de que los hombres tengamos propósitos en la vida, más allá de lo inmediato y de lo que el consumismo nos ha hecho creer.

jueves, 29 de octubre de 2009

"CON LOS OJOS ABIERTOS"


"Con los ojos abiertos" se llama un libro de entrevistas con Marguerite Yourcenar. No sabía, ayer me enteré, que Marguerite fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Francesa. Bueno, ¿qué se puede hacer con una niña que aprendió latín a los diez años de edad y griego clásico a los doce? ¿Qué puede hacer el mundo con una escritora que escribió algo que se llama "Memorias de Adriano", un libro que apenas se abre destella por su casi perfección?
Hoy en la mañana me topé con un comentario de Juan, quien, al parecer, es un paisano que radica en Atlanta (por ahí en la franja amarilla está su comentario) y esto me recordó lo que apenas anoche leí en el libro "Con los ojos abiertos".
Marguerite dice: "El sentido de clase no existe para mí. Al hablar esta mañana con el repartidor que trae la ropa que se manda a la tintorería, no siento ninguna, verdaderamente ninguna diferencia con lo que me hubiera producido en su momento hablar con Churchill. Se trata sólo de un contacto con un ser humano. Algunos son más agradables que otros, pero no por razones de clase, ni siquiera por razones de cultura".
Me pasa lo mismo que la Yourcenar. Mi papá (quien fue un hombre muy chambeador toda su vida y trabajó desde los siete años de edad en una tienda de abarrotes, de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas) me enseñó aquella prédica que se menciona frecuentemente: "Nadie es más que tú, ni tú eres más que nadie". Así veo a la vida, al mundo que está frente a mi casa.
Cada hombre vive su circunstancia. Cada mañana, cuando dejo la cama, le pido a Dios me conceda uno de los cinco principios del Reiki: "Que yo trabaje de manera honesta". Voy al Colegio donde laboro de siete y media de la mañana a dos de la tarde y cuando llega el día de quincena me siento satisfecho a la hora que recibo mi paga (modesta pero que alcanza para mi sobrevivencia). En estos últimos tiempos trato de aplicar aquel precepto que dice: "Necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco".
Ya entendí que la riqueza de la vida está puesta en cada piedra, en cada río, en cada bosque y en cada nube que la naturaleza nos concede (Naturaleza es el otro nombre con que nombramos a Dios en lo cotidiano). Y esto ¡esto lo poseemos todos1, a cualquier hora, en cualquier lugar. Basta hacer lo que hizo la gran escritora Marguerite Yourcenar: Vivir "con los ojos abiertos".

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL RESTAURANTE "JULIO VERNE" DESDE LA TORRE EIFFEL


Tal vez los desayunos son más comunes en todo el mundo. En Comitán tenemos platillos muy especiales para la comida y para la cena. Son eso que se llama antojitos, sobre todo.
En mis tiempos de adolescente fue famoso "Tono Gallos", un restaurante que servía una serie de platos pequeños con una gran variedad de "botanas": Tortillas con asiento (la grasa que queda en un perol donde fríen la carne de puerco); frijoles negros con queso y cilantro; butifarra; carne adobada; carne en salsa verde; quesillo; crema; tostadas de manteca; chile en vinagre y otras nubes envueltas en salsas. Asimismo los antojitos para cenar son famosos: panes compuestos, chalupas y huesos.
Existen algunos platillos especiales para las mañanas. Por ejemplo, los huevos revueltos que se comen en cualquier parte del mundo, acá le agregan "chaya" o "chayote" (la chaya es la hoja que sirve para los anémicos).
Los comitecos saben a dónde ir cuando quieren comer estos antojitos, pero los visitantes ¡no!
Por lo regular, los turistas y visitantes van al centro de los pueblos. En este pueblo, como en todos los pueblos del mundo, en el Centro hay varios restaurantes. Hay un café en los corredores de lo que es la Casa de la Cultura. Yo, que casi como nada fuera de mi casa, cuando me siento en esas mesas no pido algo. Pero a veces me ha tocado acompañar a amigos que desayunan o comen ahí. El comentario general es que la comida es muy común y corriente. ¿Por qué entonces la gente elige este café? Ah, por el lugar privilegiado. Desde ahí uno ve la vida que transcurre en el parque y puede deducir cuáles son las coordenadas del espíritu de este pueblo.
Es una pena que los restaurantes del Centro no alíen el privilegio de su "vista" con la exquisitez de su gastronomía.
Otro "Tono Gallo" nos cantaría si frente al Centro hubiera un restaurante con esas características: otro "Foquito" nos iluminaría si en los corredores exteriores de la Casa de la Cultura existiera un restaurante que, por las tardes y noches, ofreciera los sabrosos panes compuestos y los exquisitos "huesos".
Pero acá en el pueblo se cumple la consigna de que no todo se da completo en la vida. Los panes compuestos los comemos en medio de salones pequeños con paredes pintadas en colores esquizofrénicos y las "vistas" maravillosas se nos atragantan en los ojos cuando sabores insípidos resbalan por nuestro cogote.
Por esto, la sugerencia para propios y extraños es sentarse en el parque de Comitán a comer una "trompada" o un "turulete" e ir a comer al distante restaurante de "Tono Gallos" y caminar un poco para cenar rico en "El Foquito".

martes, 27 de octubre de 2009

JAIME, OTRA VEZ, EN BOCA DE TODOS



Circula un correo en Internet que denuncia un “fraude en Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2009”. Joaquín Gaviria, supuesto autor, envía el correo desde Colombia. Joaquín dice que participó en el Certamen y de ahí su inconformidad por el fallo que contraviene con lo establecido en la Convocatoria.
No sé si el nombre del remitente corresponda a un nombre real o ficticio, pero lo que parece real es la pesquisa.
En esencia, Joaquín denuncia que el poemario elegido como ganador corresponde a una poeta que no respetó el principio de Anonimato. La obra ganadora tiene el título de “LIBER SCIVIAS” y según pruebas que aporta el tal Joaquín dicho título sugería con “descaro” la identidad de la autora.
La historia es sencilla: Claudia Posadas, la poeta que ganó el Premio, tiene un proyecto que se llama: “Tríptico de los caminos”. En la prensa escrita aparece, con mucha anticipación al fallo del Premio, los títulos de los libros que constituyen esa trilogía: “Lapis Aurea”, “Consolament” y “Liber Scivias”. Es decir, en este instante, por las pruebas que Joaquín aporta, se sabe que el título del poemario ganador ya era conocido, así como el nombre de su autora.
Los conocedores de la obra de Claudia hablan de las bondades de su poesía; es decir, tal vez la obra premiada corresponde al nivel de calidad que exige un certamen de esta naturaleza. La demanda de Joaquín no pone en duda la calidad de la obra premiada. Yo, al contrario de algunas voces que ya se escuchan, no dudo de la honorabilidad del Jurado. El error no corresponde a las instituciones convocantes, ni a los integrantes del Jurado. Corresponde única y exclusivamente a la poeta por enviar a concurso una obra que no respetó el principio de anonimato.
¿Qué es lo que sigue? Las autoridades convocantes deben investigar lo dicho por Joaquín y en caso de que se compruebe la violación de lo estipulado en la Convocatoria debe revocarse el fallo por ese “fallo” de la poeta concursante. Continuar con la premiación demeritaría, en efecto, la credibilidad y la seriedad de este certamen que lleva el nombre del poeta chiapaneco. Sería una burla para su memoria precisamente en el año en su honor.

lunes, 26 de octubre de 2009

LA PALABRA PERDIDA Y HALLADA EN UNA SOPA DE LETRAS



El maestro de Literatura, de la Universidad, escribió la pregunta en el pizarrón. Todos los alumnos, incluida Leonora, la escribieron en su computadora personal: “¿Cuál es la palabra que elegirías para tenerla como amuleto?”. El maestro había colocado un CD en el aparato y sonaba una música suave, parecía Beethoven. Afuera, en los campos de la universidad, los estudiantes que ya habían terminado sus cátedras del día, platicaban en pequeños grupos.
Los alumnos de literatura se concentraron en la pregunta. Únicamente Leonora pareció ausente. No que no le interesara el tema, sucedía que ella no necesitaba reflexionar en eso. El día que cumplió ocho años le fue dado el estado de gracia de saber qué palabra la acompañaría para siempre.
Aquella tarde, mamá Tita sirvió la sopa. Con el cucharón de plata sirvió hasta la mitad del plato hondo de cada uno de sus hijos y regresó a la cocina a preparar la ensalada de betabel y berros. Leonora puso la servilleta de tela sobre sus piernas, metió la cuchara adentro de su plato y la llenó de letras. Antes de llevar la cuchara a la boca, la niña leyó una palabra que se había formado. En el comedor sonaba la 5ª. Sinfonía de Beethoven que mamá Tita había puesto en el aparato de la sala.
Leonora no dijo nada de la palabra. Sus dos hermanos, Mario y Arturo, habían regado sobre el mantel algunas letras y se entretenían en formar palabras. La mamá, desde la cocina, los reprendió. Les dijo que tirar la comida era un pecado, que no debían desperdiciar algo, que en África -así lo dijo- niños como ellos, en ese instante, morían de hambre.
Leonora tragó la primera cucharada como quien toma medicina. Volvió a meter la cuchara adentro del plato. Lo hizo con los ojos cerrados para evitar que su mirada hiciera una trampa. Sacó la cuchara rebosante de sopa, abrió los ojos y descubrió, con cierto espanto e incredulidad, que la cuchara tenía la misma palabra de la primera vez. Supo entonces que algo extraño estaba sucediendo, como cuando aparece un arco iris a lo lejos. La música hacía más dramática la escena porque ahora una cascada de violines y trompetas se desparramaba sobre las paredes blanquísimas. Vio el cielo oscuro a través de la ventana. Sus hermanitos habían limpiado el mantel. Ahora los violines sonaban lentos, como si fueran mariposas posándose sobre claveles.
Mamá Tita, sacando la cabeza por el dintel de la puerta, preguntó si ya habían terminado, para servirles la ensalada. Sus hermanitos gritaron ¡sí, sí! Leonora hizo un esfuerzo y volvió a llenar la cuchara, ahora lo hizo con los ojos bien abiertos. Así pudo ver el instante en que las letras, como si estuvieran hechizadas, nadaron como pececitos para volver a formar la palabra. La niña sostuvo la cuchara frente a sus ojos, tratando de retener en su memoria para siempre eso que ella consideró un prodigio.
La mamá llegó y sirvió los berros, jitomates y queso panela. Movió la cabeza de un lado para otro cuando vio que su hija no había terminado la sopa, pero sonrió y la acarició sobre la cabeza porque ¡era su día de cumpleaños!
¿Cuántos hombres -de los millones y millones que han poblado el mundo- han tenido la fortuna de Leonora? La suerte mayor es descubrir la palabra nahual, la que nos acompaña durante la vida. La mayoría de hombres y mujeres van de una a otra, sin la certeza de su vocación. Algunos eligen la palabra “Vida”, pero cuando se dan cuenta que ésta no es nada sin la palabra “Dignidad” reculan y botan aquélla para cobijar ésta. Pero cuando se dan cuenta que la palabra “Dignidad” suena hueca cuando carece de “Humildad” entonces la depositan en el basurero.
Algunos extraviados creen que “su” palabra se las puede dar otro y se la pasan enviando mensajes por el celular en espera de que algún vidente (estilo Walter Mercado) les señale el camino. ¡Qué tontos! La Palabra Madre sólo la pesca quien pone de cebo a su corazón.
Cuando el maestro pidió a sus alumnos la respuesta, Leonora apagó su ordenador, cerró los ojos y, en medio de la música de Beethoven, volvió a pensar en aquella tarde. Tarde prodigiosa, llena de luz.

domingo, 25 de octubre de 2009

"JARABE COMITECO"


REINA DE LA EXPO FERIA COMITÁN 2008.

Grisel entró ayer a este cuaderno y dejó un comentario. Lo dejó en la cinta amarilla que está en el extremo derecho. Grisel (aclaro para los lectores que no son comitecos) habla de Estefanía, la reina de la Expo Feria Comitán 2009.
Grisel es un anónimo, porque en otro blog comiteco entró ayer y escribió un mensaje similar con el nombre de Carlos. Carlos-Grisel se empeña, desde hace varios meses en comparar a Estefanía con Laurita (la reina de la Expo Feria Comitán 2008). Bueno, no sólo con la reina actual sino con las inmediatas anteriores. No sé qué tan válido sea la comparación, en el entendido de que cada una de las reinas tiene una personalidad diferente. Esto de la comparación debe ser algo como un resabio de una tendencia actual: "Reina de Reinas", que como su nombre lo indica es un concurso para elegir a la mejor soberana. Por desgracia, lo que el-la anónimo propone ya no es válido. Sí es válida su opinión personal y, por supuesto, este espacio es para que ella-él lo externe. Su opinión es tan enriquecedora que ahora mismo iba a escribir acerca de otro tema, pero retomo su mensaje porque llamó mi atención la frase: "jarabe de pico"; es decir, un jarabe que se hace con puro palabrerío y que, según la opinión popular, no sirve para algo (aguas, mi estimada Grisel porque en tu obsesión puedes caer en el mismo juego que censuras).
La frase llamó mi atención porque en dos o tres ocasiones también la he empleado. ¿Para qué sirve un jarabe? Cuando era niño descubrí dos vocaciones del jarabe: una cuando me enfermaba de la garganta y mi mamá me daba un jarabe "para la tos" (el maestro Jorge insiste en que está mal empleado el término porque parece que dijéramos es un jarabe para provocar la tos); y otra cuando mi papá abría un pomo grande de cristal y sacaba un poco de esencia de manzana para hacer los refrescos en la pequeña fábrica que tenía. Mi papá me explicaba que esa esencia era "jarabe" de manzana. El primero yo lo tomaba directo; el otro lo tomaba ya diluído en agua, mucha agua purificada.
El "jarabe de pico" que fabricamos los mortales con nuestro palabrerío también, parece, puede usarse de ambos modos: directo o diluído. Los diputados, por ejemplo, nos tienen acostumbrados a darnos "jarabe de pico", lo hacen como si fuera un "jarabe para la tos" (nos la hacen de...).
El México Político es un país productor de este jarabe, en cantidades industriales. Por fortuna, el México Pueblo ya se acostumbró a diluírlo en agua bendita.
En Comitán también hemos crecido tomando "jarabe de pico". Por lo regular aparece en botellas de desecho y sin etiqueta de patente. "El jarabe de pico comiteco" es anónimo. En algún tiempo levantó ponzoñas, ahora medio mundo está acostumbrado y se ha diluído tanto que ya es como una raya en el agua. No obstante sigue siendo una práctica nociva porque siempre es malo que aparezca una cucaracha en el patio de la casa.


REINA DE LA EXPO FERIA COMITÁN 2009.

En el año que Laurita ganó el título de Reina de la Expo Feria fui parte del Patronato. De esta manera la conocí y estuve cerca de ella. Estefanía es ex alumna del Colegio Mariano N. Ruiz, institución donde laboro, por lo que, también, estuve cerca de ella. Conozco a ambas y puedo asegurar que a ninguna de ellas les quedó grande la corona, les quedó ¡a su justa medida! Entendiendo la medida como el horizonte de cada una de ellas. Ambas salieron electas en concursos abiertos, lo que indica que se sometieron a un concurso donde un jurado conocedor determinó que cada una de ellas, en su año, fue considerada la idónea para tal cargo. Ambas son agradables, bonitas y comprometidas con su pueblo. Ambas portaron con orgullo y con gran dignidad el honor que el pueblo de Comitán les concedió. Ambas son niñas talentosas, estudiantes, con deseos de superación. Ojalá que el universo les conceda sus sueños "a la medida" de sus aspiraciones y capacidades.

sábado, 24 de octubre de 2009

ESO QUE LLAMAN "CULTURA"



Abrí la bandeja de entrada y hallé la foto. De izquierda a derecha: Óscar Bonifaz, yo y Enrique Hidalgo Mellanes. Enrique envió la foto. Dice que es de 1997 y corresponde a algún acto de esos llamados “culturales”, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. ¿De qué hablábamos? Tal vez, como siempre sucede, la palabra no fue más que pretexto que nos dio el destino para coincidir.
Según Enrique “todo indica que estamos durmiendo”. No estoy de acuerdo. En apariencia yo estoy “en uso del micrófono” y mi lectura debe estar tan “interesante” que, en efecto, Enrique está durmiendo y Óscar busca algo entre papeles.
Si como dice la canción “veinte años no es nada” ¡doce son muchos! Son muchos para quien está haciendo uso del micrófono en 1997 y ahora “hace uso” del teclado, porque para Óscar Bonifaz el universo es como una carcajada de gato. Juro que desde que lo tuve de maestro de literatura en 1974 se veía así. No, corrijo, tal vez ahora -en 2009- está más rejuvenecido. ¿Cuál es el prodigio? ¿En dónde está el pomo de la bendición?
“Todo indica que estamos durmiendo” dice Enrique. Yo digo que todo indica que estamos viviendo, pero a unos la vida los trata como si fueran leños y a otros los trata como si fueran nubes. Siempre me he pensado nube, pero, a veces, siento la piel tan rugosa que me asumo como un ahuehuete venido a menos.
Los árboles, así como las nubes, viven del agua. Acá queda demostrado que dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno pueden dar vida a sustancias tan disímiles como un árbol y una nube. Óscar, Enrique y yo también vivimos gracias al agua, pero, parece, que el “hache dos o” forma nubes en los cielos de Óscar y árboles en la tierra de Enrique y en la tierra mía. ¿De agua y de qué más está hecho el árbol de nuestros suelos? No lo sé. Tal vez por esto cuando llueve advierto cierto temor en mis hojas, es el temor al trueno y luego al rayo demoledor.

viernes, 23 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA ESCRITURA SÍ DA PARA COMER



Querida Mariana, basta ser canario para ser escritor. Los canarios sólo necesitan alpiste y una jaula para vivir. Los canarios cantan de manera bella porque nada les preocupa. Así pues, el reto del escritor es ser canario. El día que logra la transformación sus textos adquieren un ritmo como de camino al Sol.
Antes de aprender conceptos raros como cacofonía, oxímoron, sinécdoque, aféresis o sinalefa, es preciso que un escritor aprenda cómo convertirse en canario.
Aunque pareciera empresa imposible, ser canario es de lo más simple del mundo. Primero, el escritor debe acostumbrarse a vivir como en una jaula, para estar “lejos del mundanal ruido”. Es preciso entonces adecuar un cuarto en la parte más escondida de la casa. De preferencia, se recomiendan esas viejas casonas comitecas con “sitio” atrás. Se sugiere eliminar, con un poco de veneno, las plagas del televisor y de los radios. Ya se sabe que estos bichos son perniciosos y, como si fueran “pescaditos”, roen las hojas de los libros. Las palabras son como los estantes de madera, si la polilla las ataca comienzan a perder fuerza.
Hay canarios blancos, pero los mejores son los amarillos, por lo tanto es bueno que la piel de un escritor tome el color de los orientales. Esto se logra después de estar mucho tiempo frente a la computadora o frente al cuaderno en blanco. Las desveladas durante mil y una noches producen un maravilloso tono hepático.
Acto seguido, es preciso llenarse de plumas (no fuentes, ni bolígrafos). ¡Plumas que permitan el vuelo! Esto se logra a través de un proceso de ósmosis. Mil y una noches abrazado a los libros produce el milagro.
¿Mirás que ser canario no es tan difícil? Claro, lo complejo es el vuelo y el canto. Sin el canto un canario es un simple zanate amarillo.
Para el vuelo es preciso el aire, y para el canto, ¡el aire! También para la vida, Mariana, ¡el aire! Todo es el aire: la música, el ritmo, el bongó, el modo de caminar y la forma de treparse sobre una escalera para alcanzar el aire.
La gente recomienda a los jóvenes estudiar una carrera como medicina, contaduría o mecatrónica; y les advierte que si estudian literatura corren el riesgo de “vivir del aire”. Los jóvenes se llenan de temor, abandonan su vocación y eligen un camino impuesto.
“¿Vivir del aire?” ¿Imaginás el prodigio? El canario vive del aire más una pizca de alpiste. ¿Y qué pero le pones a la vida del canario? ¿Has oído con atención cómo canta? ¿No te ha pasado nunca que caminás al lado de una jaula y de pronto pensás que estás en La Scala de Milán? ¿Nunca has confundido un canario con Pavarotti?
¡Canarios necesita el mundo! La Tierra está llena de cuervos médicos, águilas contadoras, zanates mecatrónicos y pájaros bobos políticos. Por esto nos va como nos va.
P.d. Estuve en la celebración de los veinticinco años del Instituto Tecnológico de Comitán. Como parte del festejo hubo pastel y una enorme reja de papel de china frente a la puerta del auditorio. ¿Vos sabés que cuando alguien cumple años se acostumbra colocar una reja de papel de china en la puerta del cuarto del festejado? Es bien bonito levantarse, oír el ronroneo de afuera, abrir la puerta y toparse con esa cortina translúcida; es hermoso dar dos pasos y “romper” ese muro frágil para hallar la luz y el abrazo de tus afectos en medio del canto de “Las mañanitas”. A veces también pienso que el escritor no es más que un topo que debe pasar a través de la reja para hallar la luz, ¡la luz! ¿En qué se transforma el topo una vez que sale de su cueva? Eso no lo sé, de eso se trata este camino.

jueves, 22 de octubre de 2009

LA P -ALA- BRA


La palabra ha sido la gran viajera del mundo. ¿De dónde llegó a Comitán la palabra Chido? ¿De dónde Chido guan? ¿El guan viene de la inglesa one?
Las palabras se meten, como cucarachas, en las maletas de los viajeros. Me sorprende que las palabras chinas, por ejemplo, no quedaran a vivir por estos lugares. Con tanto chino que llegó a la Costa Chiapaneca, ¡alguna palabra debíamos usar!
A veces escucho la palabra japonesa Arigato y pienso: ¡Pucha, cuántos kilómetros viajó, qué lejos anda de su pueblo!. Lo mismo pienso cuando en alguna calle comiteca veo un carro que tiene placas de Sonora, por ejemplo.
En los hombres hay un deseo innato de viaje. Lo mismo sucede con la palabra. La palabra es bien "pata de chucho" (¿De dónde los comitecos sacamos eso de decirles chuchos a los perros?).
No me equivoco nunca. Bien le miro la cara de gringa a la palabra OK. A veces me da como un poco de risa cuando algún prietito de nosotros dice la palabra OK con gran donaire. Resulta simpático ver cómo esa palabra cacariza, blanca, de ojos azules y con el pelo blondo se asoma en medio de labios gruesos y carnosos, morenos hasta decir ¡basta!
Reconozco el vigor de la palabra. A pesar de viajar miles y miles de kilómetros jamás se agota. ¡Al contrario! Cuando una palabra se siente a gusto en un nuevo territorio como que se insufla y vuela por miles de patios y cielos.
Me encanta mirar la cara de extranjera de las palabras Oki doki. Suena como si fuese una gringa desabrida metida adentro de un kimono.
Me encanta oír la palabra Cotz, la miro con sus huaraches y con su horma de comiteco adoptado.
La palabra ha sido la gran viajera en todo el mundo, a través de todos los tiempos. La mayoría de estas palabras que puebla este texto llegó en barco hace cientos de años (un poco más de quinientos años) y sigue tan campante, tan llena de aire.
Ah, qué maravilla. Qué ganas de ser palabra para entrar a salones donde nadie te entiende, pero donde todos se maravillan con el prodigio de ese viento que jala.
Por esto no extraña cuando en Estados Unidos los gringos, con esa erre medio arrastrada y confusa, dicen: "Mi gustarr torrtilla". ¡Qué chingona la palabra, que vocación de globo aerostático!

miércoles, 21 de octubre de 2009

INVITACIÓN DEL CARICATURISTA COMITECO

RÉQUIEM POR UN DUEÑO DE NADA



El Mingo se murió y ¡qué se le va hacer! Esto de morirse, así como lo de nacer, es cosa de todos los días. Con excepción de ingeniero, los demás oficios que terminan en “ero” no garantizan paga. El Mingo era yesero. Pero a pesar de sus escasas posesiones, la tía Marina y los demás sobrinos andan de la greña por la herencia. ¿Cuál?, diría El Mingo, si poseía sólo chunches corrientes. ¡Qué ganas de haber tenido un brazalete de oro, un cenicero de cristal cortado o un vino de esos que aparecen en las portadas de las revistas que lee la Micaela! ¡Qué ganas! Pero no, El Mingo apenas posesiones chafas. Y ahora están llenas de polvo y de humedades y de polilla y de sarro. Pero doña Marina y los demás buitres se disputan la herencia como si fueran perros peleando una ensarta de chorizos.
Qué ganas de ser como yate, pero El Mingo apenas balsa de madera y lazos podridos. Ser yesero no le dio más que para sobrevivir, para pagar una operación de la próstata, y para comprar un terreno de 8 x 10 donde levantó una casa con techo de láminas de asbesto. ¡Qué ganas de tener mujer e hijos! Una mujer de esas que aparecen en Vogue y niños como esos que salen en la portada de People; pero ¡con qué tuertos divinos ojos! Por eso, sólo de vez en vez, se atrevió a solicitar los servicios de una puta barata, para darle alpiste a su pajarito.
Le hubiera gustado vivir más. Tenía pendiente un trabajo de yeso para el retablo del templo de Santo Domingo. Nunca fue de ir a misa, pero sólo por ver su obra hubiera ido el domingo. Dejó pendiente un juego de dominó con la palomilla. Su palomilla. Ah, si El Mingo supiera, ninguno de sus compas fue al velorio, menos al entierro. Estaban entretenidos en el juego del dominó. Su entierro fue una tarde lluviosa. Menos mal que fue precavido y, cuando cumplió veintiocho años, se regaló una perpetuidad de cuatro cajones.
Tal vez por eso la tía Marina se cree con derecho de vaciar la casa de El Mingo. Dice que ella pagó la misa y el servicio de café en la funeraria. Los sobrinos dicen que el café ya estaba incluido en el pago que hizo el difunto. Porque eso sí, servicios modestos, pero a El Mingo le gustaban completos. Lo mismo cuando iba con el barbero, que cuando iba a cenar al restaurante de don Julián; lo mismo cuando se metía al cine o cuando pedía dos tortas para llevar. Siempre pedía “Con todo”, aunque costara más.
¡Ah, si hubiera tenido la suerte de otros! Seguro que se hubiera comprado un carro como esos que salen en las contraportadas del Playboy; un par de tenis como los de Ronaldinho; unos caballos como los de Vicente Fernández. Porque eso sí, jodido y todo, pero de buenos gustos. Tal vez el único lujo que se dio en vida fue el sombrero que compró en 1982, cuando viajó a la ciudad de México por aquello de la operación. Caminaba por una avenida enorme, cuando se paró frente a un aparador y vio el sombrero, tejano, de ala volada, con una cinta y ribetes de filo plateado y una tarjeta de color fluorescente con el precio. Era el último día, ya le habían dado de alta en el hospital; estaba haciendo tiempo para que llegaran las siete, hora de su salida. Revisó su cartera y vio que apenas le ajustaba. Entró, se probó el sombrero frente a un espejo y salió de la tienda con una sonrisa que jamás tuvo.
El día que lo encontraron tirado en su taller ¡no sonreía!
El Mingo se murió y ¡qué se le va a hacer! Dejó pendientes. Sobre todo dejó sueños inconclusos. Una tarde fue al banco HSBC a abrir una cuenta de ahorros. Se había hecho el propósito de ahorrar lo más que pudiera para que, si Dios le daba vida, le alcanzara para un viaje de ida y vuelta a los juegos olímpicos del 2016. Pensó que tenía tiempo para lograr un buen ahorro. Porque otro sueño que canceló en vida fue el de ser campeón olímpico. En su taller tenía un par de argollas. Cada mañana se ponía una camiseta con los colores de la bandera mexicana y, mientras hacía el Cristo, soñaba con la gloria.
Pobres los buitres. Pobre la tía Marina y los sobrinos. Cargando chunches viejos. El día que se mueran quién sabe quiénes pelearán esos mismos despojos materiales que ahora se empecinan en poseer.
¡Qué ganas de ir a Brasil y enredarse con una garota de Ipanema! ¡Pero ya no!
El Mingo se murió y con él se murieron sus sueños. ¡Qué se le va a hacer!

martes, 20 de octubre de 2009

¡QUE VIVA EL NIÑO FUNDADOR!


"Te hacés viejo, Alejandro".
"A diferencia de El Niño Fundador, tu rostro está como estropajo. El Niño cada vez está más niño, cada vez su carita es como salida de Sol. Mientras tanto vos, cada vez sos más colchón viejo, batea apolillada".
Ayer en la tarde, Paty y yo fuimos a misa de seis y media en el Santuario de El Niño Fundador (uno de estos días es su día). Fuimos llenos de esperanza. Antes no era así, pero ahora todo el parque está inundado de puestos de fritangas y de juegos. Por un lado el "chingolingo"; por otro dos pequeñas pistas con carros eléctricos desvencijados (para atraer a incautos suena una de esas alarmas que alertan robo. Impresionante el ruido). "Ya son las seis y media", me dijo Paty. Dejamos de bobear y entramos al Santuario. Dos tipos, uno frente al teclado y otro frente a una batería, estaban en la parte de atrás. Interpretaban "canciones románticas" (así lo dijo el tecladista cuando terminó una canción y empezó la otra, no sin antes echar vivas al Niñito Fundador).
"Te hacés viejo, Alejandro".
El problema de estos tiempos es que hemos confundido la vocación original de los espacios. El santuario de El Niñito Fundador fue el patio de una casa comiteca, era un poco como es el lugar donde veneran a la Virgen de Lourdes. Pero un buen día, un político comiteco quiso dar gracias "por favor concedido" y remodeló la casa. Lo que era un patio hermoso, lleno de luz y de viento, lo convirtió en la nave de un templo. La imagen del Niño apareció en un nicho impoluto, un poco como si ascendiera en la escala social y se convirtiera en un niño "nice" a quien los fieles ya no pueden tocar (antes era costumbre llegar y tocar sus pies o su vestidito). Ahora permanece detrás de un cristal, como si fuese muñequito de aparador.
"Te hacés viejo, Alejandro".
El tecladista y su compañero interpretaban "canciones románticas" adentro del santuario. Eso parecía, más que templo, una cantina. En un instante me dio ganas de aventarme un "¡Ay ay ay!", gritado con tono de borracho enamorado.
La escritora Emma Godoy dijo una vez que la inversión más tonta que había hecho la iglesia católica era permitir que sus templos dejaran de ser un espacio para la oración y la reflexión. Un día (en los años setentas) los curas alentaron los grupos de rock, con la intención de atraer a los jóvenes. A partir de ese día en nuestras mentes y en nuestros corazones injertaron confusión. El espacio que funcionaba como templo también servía para "discoteque". Y entonces los pies de los fieles comenzaron a brincar sobre el suelo, igual que brincaban en el patio de la casa cuando había fiesta o cuando estábamos en la cantina o en la "disco".
Lejos quedaron los tiempos de los Cantos Gregorianos; los tiempos en que la música era como una varita de incienso o un camino seductor para ascender a Dios.
Ya los templos no tienen ese ambiente dorado de las velas en penumbra o del Sol filtrándose por los vitrales. Ahora la luz es enceguecedora, el ruido también lo es.
Sí, me hago viejo. Me dan cierta pena estos tiempos. Todo es una confusión.
"Que viva el Niño Fundador", gritaba el tecladista y los fieles aplaudían y con cierta reserva todavía gritaban a coro: "¡Que viva!". Y el niño, detrás del cristal, con su vestidito nuevo, parecía como esos niños a los que les festejan su cumpleaños en medio de mariachi y de una tremenda borrachera. ¿Así se celebra el cumpleaños de un niño?
"Te hacés viejo, Alejandro. Viejo al que todo le cae mal, el que todo lo critica. Sos un viejo anticuado. No sabés que vivimos en el 2009. Estos tiempos son otros tiempos. No sabés nada de Mercadotecnia. Ay, pobre Alejandro, qué pena me das. Te estás haciendo viejo cascarrabias. Cómo no aprendés al Niño Fundador, cada vez está más "in", más "nice", más en onda con estos tiempos".

lunes, 19 de octubre de 2009

PARA LOS QUE SE ABURREN



Nos hemos vuelto rutinarios. En el principio todo era emocionante. Después de miles de millones de años, un bicho marino salió a la playa y ahí “evolucionó” en animal terrestre; luego este animal se creó alas para trepar a los árboles y convertirse en pájaro. ¿O fue al revés? Lo que haya sido, ¡la vida era fascinante! Había un afán de ser otra cosa, de evolucionar. Fue tan intenso este movimiento que la Asociación de Animales Evolucionados decidió ir más allá y -según Darwin- eligió al mono para que se convirtiera en hombre.
Una vez que el hombre fue hombre vio que todos los animales se divertían como changos en la cuerda y decidió evolucionar también. Se inventó aletas y nadó en los mares como si fuera un pez; más tarde se inventó unas alas y, como si fuera pájaro, voló sobre un aparatejo que llamó avión.
Un día, quién sabe por qué, el hombre se conformó con ser lo que había sido durante miles de años.
Desde entonces todo se volvió soso. Como que al hombre se le agotó el deseo de cambio o descubrió que el mundo es limitado. El hombre no puede ir más allá del fondo del mar. Y, en el espacio, no le queda más que volar, volar, para alcanzar alguna estrella a cientos de años luz.
El hombre del siglo XXI difiere muy poco de su antepasado del siglo XVI. Por esto, ahora trata de evitar la rutina inventando ideas estúpidas, como la de bombardear la Luna para hallar agua.
Antes era emocionante creer que la tierra era redonda, por lo que un día algún intrépido trepaba a una carabela en intento de demostrar su idea. La gente, en la playa, lo despedía con esperanza, a sabiendas de que kilómetros más adelante su carabela caería en el abismo del infinito. Pero el intrépido regresaba a su lugar de origen y contaba que la tierra era redonda y que más allá de los confines existía una tierra maravillosa. Cientos de hombres, entonces, trepaban sobre sus carabelas y se enfrentaban a lo desconocido conocido. Ahora ya no es así. Las mayorías han quedado afuera de toda emoción. Seis u ocho astronautas trepan a una nave y “caminan” en el espacio. Regresan y platican su experiencia, pero ya no sucede más. Medio mundo les cree pero las multitudes ya no suben a las naves interplanetarias en afán de imitar a los neo conquistadores. La gente se mete a su casa, prende la televisión, calienta una taza de café, se pone las pantuflas, se tumba en la poltrona y mira una película (a veces mira una película que cuenta cómo el mundo de antes era muy emocionante).
Mi cuadra es reflejo de lo que sucede en el mundo. El otro día abrí la puerta y me senté en la banqueta. Después de diez o quince minutos comencé a sentir una presión en mi garganta y en mi pecho. La calle estaba vacía, de vez en vez pasaba un auto o se oía el paso de una línea de cotorros en el cielo. Pasaron veinte minutos y ni un niño apareció. Pensé entonces que el mundo se había quedado sin niños, porque en mis tiempos de niño, no había tarde de Dios en que la calle no estuviera llena de chavales jugando pelota, saltando la cuerda, lanzando el trompo o echando canicas. A los treinta minutos no pude más, me paré y fui a tocar en las puertas de las casas. Las señoras abrieron y, con desconfianza, me dijeron que sus hijos estaban bien, que estaban viendo la tele o jugando videojuegos o chateando. Pensé entonces que los niños de estos tiempos están contagiados del mismo mal que aqueja al mundo entero: la rutina.
A nadie le interesa explorar el mundo. Hemos dejado que unos pocos lo hagan por todos nosotros. Los pocos suben al Everest o llegan al fondo del mar o caminan por el espacio, mientras la mayoría espera tumbado en su casa el mensaje por twitter que dé cuenta del suceso.
Nos cerramos todas las puertas del descubrimiento. Es cierto, ya no podemos inventar que el mundo es plano o jugar a la “involución” para convertirnos en changos trepadores de lianas; pero bien pudiéramos salir a la calle a inventar nuevos juegos que no tengan nada que ver con la pantalla de la computadora o del televisor. Hemos llegado a un punto donde no hay retorno y, parece, tampoco hay mucho por delante.
¿Qué nos pasó?

domingo, 18 de octubre de 2009

CON EL PIE DERECHO


Cuando dieron la noticia me alarmé: "Cierran Luz y Fuerza del Centro". ¡Cierran Chiapas!, pensé. Porque Chiapas es el estado que da Luz y Fuerza al Centro.
Hoy en la mañana, a las cinco, desperté y algo raro se movió en el ambiente. Me vestí, salí a la sala y volví a tener una sensación rara. De pronto entendí: la veladora eléctrica del oratorio no estaba prendida. ¡No había luz!
El otro día Nacho me preguntó qué hago a las cinco de la mañana. "Escribo", respondí (entre otros rollos escribo las Arenillas). Así que hoy no podía hacerlo (no se trata de escribir al amparo de luz de vela, digo, ¡qué siglo XVIII en pleno siglo XXI!). Oriné y regresé a la cama. Desperté a las ocho. Tenía siglos que no dormía tanto.
Los chunches fallan, casi con la misma frecuencia con que fallamos los seres humanos. A las ocho ya había luz y el calentador también estaba prendido. El calentador de casa tiene un temperamento voluble, a veces se apaga cinco minutos después que comenzó a calentar el agua (tal vez el termostato falla).
Y digo que los chunches fallan igual que nosotros porque, no sé ustedes, yo fallo a cada rato. Hace rato, por ejemplo, Paty me dijo que pasaría al patio delantero los pantalones que no se secaron ayer. Dejé de escribir y salí al patio, caminé con dirección a la puerta y al dar el paso número doce sentí como si pisara una nube: ¡mierda de la Tasha!
Los chunches fallan, siempre fallan. Ayer, en la Universidad Mariano N. Ruiz, me quedé sin Internet, justo a la hora en que comentaba con los alumnos las características de los géneros periodísticos. El servicio regresó cinco minutos después sin que yo o alguien hiciera algo.
Estoy acostumbrado a sentarme cuando algún servicio falla. La mayoría de veces todo se arregla de la misma manera en que se desarregló. Tenía una televisión que se apagaba (siempre en el momento más emocionante de la serie) y volvía a funcionar dos o tres minutos después como si nada, como si sólo hubiera ido al baño y regresara tranquila.
Los chunches fallan. Fallan los carros a mitad de carretera; se zafa un tornillo de la bicicleta; se apaga el calentador a la hora menos pensada; se va la luz; el resorte de la pluma brinca y ahí estamos media hora, hincados, buscando debajo del escritorio. Tenemos un último cigarro y un último cerillo. ¡Doble contra sencillo que el cerillo fallará! Tenemos que salir a la calle a comprar una caja de cerillos o un encendedor porque no podemos irnos a la cama sin fumar. Nos ponemos la bata y salimos a la tienda de don Ramón, quien -por fortuna- siempre cierra a las once de la noche. ¡Menos esa noche, porque algo sucedió y está cerrado! Regresamos, buscamos la llave y no la encontramos porque tenemos puesto el pantalón del pijama. Comienza a llover. Los chunches y las personas fallamos. Así es esto.

sábado, 17 de octubre de 2009

CONSTRUYENDO ALGO COMO UN PUENTE


Llegué a casa y mi mamá me dijo: "Jorge te trajo una invitación". Jorge y yo fuimos compañeros en la escuela primaria "Fray Matías de Córdoba". Hace mil años (bueno, un poco menos). La participación estaba sobre la mesa, al lado de este chunche.
Bastó esa tarjeta para recordar otras nubes. Fue un poco como si Jorge y yo volviéramos a vernos niños, corriendo por el patio detrás de una pelota. Salones oscuros, porque la escuela estaba instalada en una vieja casona.
En ese tiempo las escuelas tenían más "horma" de casa que de escuela. Tal vez por esto nos sentíamos tan a gusto. Tal vez por esto los maestros nos querían tanto, tanto que se enojaban como si fueran nuestros papás y nos pegaban cuando no les hacíamos caso.
Hace dos o tres días, con otro compa, recordamos cómo un maestro cuando no sabíamos las capitales de los países del mundo nos golpeaba las manos con una regleta de madera. Ambos concluimos que era una exageración, pero ninguno de los dos guardamos ni una pizca de rencor hacia ese maestro (al contrario, yo lo amo y respeto. ¿Será el síndrome del golpeado? No lo creo. Nunca puse ningún lodo en mi corazón. Y por esto, tal vez, es que ahora transito por el mundo con mucha tranquilidad).
Jorge inaugurará hoy una negociación que se llama "Grabados profesionales y artísticos Domínguez"(al lado de Abarrotes Súper Cordero). No podré ir porque a las diez de la mañana -hora de la inauguración- debo estar en la Universidad Mariano N. Ruiz, impartiendo la cátedra de Comprensión Oral y Escrita.
No acudiré, pero le deseo mucho éxito, hoy y siempre.
Acá no es el país de las oportunidades, como sí lo es Estados Unidos, pero -todavía- los mexicanos creemos en nosotros y emprendemos aventuras laborales.
Jorge debe tener más o menos mi edad (cincuenta y dos años), y a esta edad comienza un sueño. Ya lo dice el dicho: para el amor no hay edad. Y lo que hace Jorge no es más que un recordatorio de amor a la vida, al trabajo, a la esperanza.
Vi la invitación sobre la mesa y fue como si viera el viejo patio de la escuela. Tal vez algún maestro nos dijo que la vida era reto; tal vez, en medio de algún "reglazo" aprendimos que la vida no es simple y que los hombres, a pesar de los golpes, debemos sobreponernos.
Por esto, yo creo que esos golpes no fueron producto del resentimiento o de la maldad. A pesar de que la pedagogía moderna censura el castigo corporal, nosotros -de una o de otra manera- "aprendimos" a base de uno que otro "reglazo".
¿Nos trataban como borricos? No sé. Ahora veo muchos niños que no andan por el camino correcto. No hay manera de "encaminarlos". A veces (no sé) pareciera que es necesario un jalón para poner al hombre en el camino de luz. No sé.
Lo cierto es que los de esa generación "ahí vamos". Con trompicones y jaloneos nos hicieron caminar por un camino menos incierto.
Y ahora yo, primero Dios, entraré al rato a un salón universitario; y Jorge atenderá a sus invitados donde les propondrá hacerles grabados profesionales y artísticos. ¡Nadita!

viernes, 16 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO “ALAS A LAS ARAÑAS” ES PALÍNDROMO JUGUETÓN



Querida Mariana, me gusta el espacio que se llama sala. Los arquitectos han creado el concepto especial de “Sala de juegos”, sin entender que toda sala sirve para el juego; por esto, en Comitán, al conjunto de muebles le llamamos “juego de sala”. Los gringos bautizaron como “love seat” un mueble especial para dos (los franceses, que son más perversos y juguetones, meten hasta tres en un asiento del amor cuando juegan al ménage à trois).
Me gustan las salas minimalistas donde todo es como muy ordenado y escaso; pero me gustan más las salas comitecas llenas de chunches.
A veces juego que soy una sala. Lo primero que hago es abrir mis ventanas para que entre el aire, luego, cambio de sitio los muebles. Me gusta poner cada sillón en un esquinero. Me divierto mucho cuando un afecto llega y lo invito a sentarse. Él en una esquina y yo en la otra. Advierto su confusión, pero luego le digo que es como un juego. Entonces como que se relaja, estira las piernas y grita para comentarme algo y ríe porque eso se le hace novedoso.
El otro día una muchacha bonita llegó con un ramo de flores. Busqué un vaso y abrí el grifo de la cocina. El vaso con las flores quedó a mitad de la sala, sobre el suelo, porque la mesa de centro había perdido su vocación a la hora que la coloqué pegada a la pared. Estos juegos me divierten. Es bonito cambiar la vocación de los objetos. A veces me siento en el suelo y uso el sofá como mesa, pongo el plato sobre el asiento y saboreo el pan integral; a veces descuelgo la cortina de tela y la pongo sobre el piso e imagino que es el mantel (esto es como hacer un picnic a mitad de la sala. Tiene muchas ventajas: mirás llover y no te mojás; no hay abejas molestosas y el Sol no te quema).
Me gusta creerme una sala comiteca. Cuelgo todas las fotos familiares sobre mis paredes. Las fotos de mis papás las cuelgo en la pared cercana a mi corazón; la foto, en sepia, del tío Carlos la coloco cerca de la puerta de salida.
Me gusta imaginarme sala. Dependiendo de quien llega a verme coloco en la puerta de entrada uno u otro cartel: si es afecto cuelgo el que dice: “Mi casa es tu casa. Bienvenido”. Si es un compa pesado o un extraño, cuelgo el otro: “Cuidado con el perro bravo. No está vacunado contra la rabia”.
Sólo una vez jugué a que era oratorio. Llegaron muchas beatas y me ofrendaron flores y veladoras; pero luego se olvidaron de cambiar el agua de los floreros y un hedor de agua estancada y flores podridas me acompañó varios días. El olor era tan desagradable que cuando jugué a ser fachada la gente se cambiaba de acera.
La vez que fui oratorio sólo una muchacha bonita se acercó, la mayoría de visitas -ya te lo dije- fue de mujeres mayores en busca de sosiego espiritual. Cuando la muchacha bonita entró yo estaba iniciando el Padre Nuestro: “Padre Nuestro que estás en los cielos”. La niña se cubrió la cabeza con una mantilla española, se hincó frente a mí y jugó a repetir mi oración, modificándola tantito: “Alex mío, que estás a mi lado”, dijo. Yo seguí: “Santificado sea tu nombre” y ella dijo: “Bienaventurado seas tú, que eres mi hombre”. Yo dudé, pero seguí en intento de que comprendiera que se había equivocado de lugar: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y ella: “Hágase tu voluntad en mi cuerpo sobre el suelo”. ¡No pude más! Me paré y quise decirle que estaba ofendiendo ese recinto, pero luego me di cuenta que quien estaba confundiendo el juego era yo, así que, de inmediato, cambié el espacio y jugué a ser recámara y todo funcionó a la perfección.
P.d. ¿Nunca has jugado a ser cocina comiteca, de esas de los años cincuentas donde había un fogón enorme para calentar el café y los frijoles; y donde había un horno de leña para hacer pan? ¿Por qué no jugás a ser patio y me invitás a jugar el juego: “¡A que no atrapás al viento!”?

jueves, 15 de octubre de 2009

VOLADORES


La UNESCO determinó que Los Voladores de Papantla sean considerados como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. De la primera frase privilegio el vuelo y de la segunda el término Inmaterial.
El vuelo es inmaterial. Es bueno que la UNESCO reconozca a los voladores, pero, en sentido estricto, es irrelevante.
Es irrelevante para términos del propio vuelo. Sólo un estúpido no advierte la grandeza en el vuelo.
Prodigio hubo el instante en que los primeros voladores escalaron el palo que tanta semejanza tiene con el "palo ensebado" que colocan en las plazas cuando hay feria. Desde ese día el vuelo fue como un estado de gracia para el ojo del hombre, para su corazón. Porque estos hombres, en realidad, no vuelan, "se descuelgan" como si fueran arañas temerosas. Más que su destreza con el ala se valora su intrepidez al vencer el miedo. ¿Por qué se descuelgan? Los historiadores y cronistas deben tener la respuesta. Pero ¿qué pensó el primer hombre que hincó un tronco enorme en el centro de la plaza? ¿Qué representa esta "caída"? Porque, insisto, el vuelo tiene la característica del ascenso, y los voladores de Papantla no ascienden.
No es la caída libre, es la caída en suspenso. ¿Qué nos dicen estos hombres que se desenredan como si despertaran de un sueño? ¿Hay mujeres en este ritual? ¿No? ¿Será que las mujeres sí, en verdad, son las que vuelan y nunca descienden?
Es simpático el término Inmaterial. Alude al aire, a la nube, al sueño, al hueco. ¿Será que los Papantlecos descienden sobre los muros del viento?

miércoles, 14 de octubre de 2009

SERENATA EN MARIMBA Y CON BANDONEÓN



“La Negra” lo vaticinó. “La Negra” es Mercedes Sosa, quien falleció la semana pasada.
Hace más de diez años salí de Comitán para rodar por el mundo, pero el mundo no me alcanzó más que para llegar a la esquina. Cuando era niño mi mamá no me dejaba salir de casa. Pocas veces llegué a la esquina para comprar una nieve o para mirar el horizonte desde ahí. Siempre tuve que imaginar cómo era Comitán más allá de la Pila, más allá de Yalchivol. Con esta prohibición, mi mamá me enseñó a amar a Comitán, fue como si dijera: “No hay algo fuera de casa”. Y “La Negra”, en los años ochentas, me lo recordó. Sucede que en ese tiempo ocupaba mis tardes en la lectura y en escuchar música. Después de cerrar el negocio de venta de madera, me sentaba en la sala de mi casa y me ponía los audífonos de un “walkman”. Estaban de moda Emmanuel (el de las primeras canciones) y Vicky Carr (ya madurita). Y aunque Mercedes no estaba de moda, porque los grandes son atemporales, yo escuchaba a la Sosa (siempre, al ver su foto, se me hizo un sapo de cuento de fantasía, una mujer de piedra prodigiosa. Sé que no hay “sapas”, pero Mercedes es una sapa hermosa, pues croa notas luminosas).
Escuchaba una canción de Mercedes a cada rato. La canción se llama: “Serenata para la tierra de uno” y tiene letra de la poeta María Elena Walsh. Empieza así: “Porque me duele si me quedo / pero me muero si me voy, / por todo y a pesar de todo, mi amor / yo quiero vivir en vos”. Yo tenía un gran dolor por permanecer en mi pueblo y a pesar de que amaba vivir en él, quería saber cómo la gente vivía en otros territorios, cómo cantaba, cómo amaba, cómo descolgaba las nubes para tejer sus hamacas. Pero a cada rato, mi mamá me decía que fuera de casa hay nada, y Mercedes insistía en decirme que era doloroso quedarme en el pueblo, pero “moriría” si me iba.
Veinte años después “me dio mi mal” y deseché las recomendaciones de mi mamá y de “La Negra”. Tomé la mochila y traté de volar por otros territorios. Las alas no me alcanzaron. Un inmenso lastre no me dejó ni siquiera abrir las alas. No había llegado a la primera nube y ya la nostalgia me empapaba. ¿Quién vuela con las alas mojadas? El peso me impidió “agarrar” altura. A poco de haber salido caí como “sapo” todo mojado, todo destripado. Necesité ocho o diez años para recuperarme. Cuando estuve listo para reemprender el vuelo lo hice con emoción, pero en lugar de emigrar hacia el Norte, volví la mirada y emprendí el vuelo hacia el Sur, hacia mi amada tierra. Durante todo el trayecto sólo canté una canción: “Porque me duele si me quedo / pero me muero si me voy, / por todo y a pesar de todo, mi amor / yo quiero vivir en vos”. Y ahora vivo en Comitán por obra y gracia de Dios. Sigo teniendo un gran dolor por quedarme, pero sus calles empinadas Van Gogh, sus patios Mozart, sus casas con techos de tejas, sus aromas de tenocté y de pan compuesto compensan mis tardes llenas de neblina. Me duele la ignorancia de otros cielos, me producen escozor las espinas conocidas, pero ya no siento la opresión de la ausencia. Ahora cada vez que camino por sus calles me detengo y lleno mis pulmones con su aire, y así lleno mi vida con su vida.
Comitán es como un cuarto lleno de polvo y moho, pero tiene una hendija por donde se cuela la luz. Y esta minúscula grieta genera la luz más intensa del universo, la más amada.
“La Negra” lo vaticinó. Duele mucho vivir sin volar a otras regiones, pero el vuelo con ojos cerrados provoca la muerte. Vale más crecer en el sufrimiento.
Ya sé lo que es vivir fuera de Comitán. No vuelvo a hacerlo. Ahora pienso dos veces cuando debo salir a la tienda de la esquina o cuando por algún encargo debo ir a Tuxtla o a San Cristóbal o a París o a Islamabad. Prefiero estar en casa. Total, ya aprendí que afuera hay nada. Todo está concentrado en esta ventana húmeda, llena de polvo y moho. ¡Acá está la vida!
Y ahora que Mercedes Sosa murió, su tierra se ensanchó. Cuando canta canta al universo: “…mi amor / yo quiero vivir en vos”.

martes, 13 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA



DE LAJA HA DE SER LA CAMA, DE LAJA LA CABECERA

Hoy el tiempo es vertiginoso. Los Dioses del principio, como tenían todo el tiempo del mundo, se entretenían inventando ciudades. Ahora, medio mundo anda a las carreras por llegar a tiempo a la escuela, a misa, al trabajo, al mercado o a la cita con la novia o con el empresario. La gente medio desayuna, medio come, medio cena porque debe conseguir dinero para comer. Los Dioses, igual que los hombres, ya no tienen tiempo. Por esto ya no inventan ciudades prodigiosas.
En los tiempos cuando el tiempo era una burbuja lenta, los Dioses decidieron crear un pueblo maravilloso. “Se llamará Comitán”, vaticinaron y pusieron manos a la obra. Echaron mano de los materiales a la ídem: zacate, barro, tejamanil, madera de pino y cedro, nubes, piedra bola y lajas. Las nubes las emplearon para adornar los arcos de los corredores, y las piedras y lajas las emplearon para las calles y banquetas.
Cuando el pueblo asomó en el valle y sobre el cerro, la gente y los animales poblaron esa sucursal de El Paraíso. Los constructores hicieron altas las puertas de los zaguanes para el paso de los caballos. Los patrones regresaban de las fincas y entraban con todo y caballo al fondo de la casa, donde estaban las caballerizas. A la casa entraban hombres y animales (esto es lo que sucede, según La Biblia, en todos los espacios que son como El Paraíso).
Pero un día luminoso, lleno de Sol, buganvillas, y frijoles molidos adornados con queso crema y chile de Simojovel, llegó el primer carro. El propietario (quién sabe por qué motivo) le dio un valor desmedido a ese vehículo. Mandó ampliar la puerta de entrada y rompió la banqueta para construir una rampa. Por la tarde de ese día, cientos de personas se reunieron frente a la casa del hacendado rico y vieron cómo el dueño guardaba el carro. Cohetes, marimba y baile sobre la calle llena de juncia acompañaron el histórico acto. Nadie se dio cuenta de que (en mala hora) la banqueta había roto su continuidad. A partir de ese instante, como si fuera la marabunta, cientos de carros llegaron al pueblo. Cada auto demandó la fractura de una banqueta para construir la rampa. Ningún comiteco advirtió que no sólo se fracturaba una simple banqueta, también se fracturaba para siempre un modo de ser. Desde entonces, el espíritu del comiteco está fracturado, y, para seguir en la tónica, ahora hay cientos de comitecos fracturados cada vez que resbalan por las empinadas rampas. Cualquier persona con un mínimo de sentido común reconocería que la lisura de las lajas no es el ideal para hacer una rampa (a menos que se quiera hacer una resbaladilla para disfrute de los niños). He visto (todo mundo lo ha visto) cómo los adultos hacen malabares para sostenerse en pie ante esas resbaladillas. He visto (todo mundo lo ha visto) cómo algunas personas resbalan y se tuercen los pies o sufren alguna rotura de hueso.
Se me hace una injusticia para los habitantes de este maravilloso pueblo. Quienes un día decidieron remodelar el Centro Histórico para rescatar la esencia olvidaron un detalle importante: Cuando los Dioses construyeron Comitán los carros no existían. Esta plaga absurda y necesaria ha desplazado al hombre. Ahora el auto tiene preeminencia. En las esquinas hay letreros que indican que en Comitán el peatón es primero, pero esto es letra muerta, porque en el pleito de pasar uno por uno, cada automovilista se olvida del transeúnte.
No sé qué puede hacerse para evitar esas resbaladillas peligrosas que han fracturado a decenas de comitecos. Pero ¡hay que hacer algo!
El otro día, un compa comiteco que ahora radica en la Costa, me dijo que el Patronato encargado de la remodelación del Centro Histórico olvidó una cosa esencial: Esta ciudad es para que la vivan los comitecos. Uno de los goces de este pueblo es la caminata por sus calles. Ahora este goce se ha convertido en un pesar porque los adultos, sobre todo, deben bajar de la banqueta a cada tramo por lo peligroso de las entradas de los autos. Al bajar se exponen a que un carro los atropelle.
Antes no ocurría esto, porque los dueños de las entradas tenían el cuidado de hacer “morroñosa” la superficie encementada, de tal suerte que no fuera tan resbaladiza. Hoy, esto no es posible porque el reglamento exige que las entradas tengan laja. La laja es como jabón. Ante esto una pregunta es necesaria: ¿Tenemos que caminar por banquetas peligrosas en aras de conservar una tradición? La tradición es importante en la medida que no daña nuestra integridad física y espiritual. Ninguna tradición está por encima del hombre.
Los Dioses crearon este pueblo maravilloso con un solo cometido: Que sus habitantes fueran felices, hasta donde esto es posible.
El INAH, una entidad gubernamental dedicada a la preservación del patrimonio, debe dar una respuesta consciente a esta problemática. Ya que son expertos en ciudades históricas deben presentar una alternativa para la entrada de los autos. Es absurda la exigencia de que las entradas de los autos sean de laja. ¿No es posible que estas resbaladillas se hagan como las rampas para discapacitados que están en la contraesquina del templo de Santo Domingo? ¿No es posible que la exigencia de piedra laja en las rampas se revierta y se coloque un material antiderrapante para seguridad de todos los caminantes comitecos?
Ahora este pueblo parece un homenaje al absurdo. Es como si fuera un museo que debe visitarse desde los autos. Es como si viviéramos en una sucursal de Jurasic Park. No podemos bajar de los autos porque corremos el riesgo de ser atrapados por los dinosaurios rex de estos tiempos: las rampas de laja. ¡Qué absurdo! ¿Por qué no hacen algo las autoridades municipales?



LOS HOMBRES QUE HACEN LOS NOMBRES

Cuando alguien, en el mundo, menciona Aracataca de inmediato pensamos en Gabriel García Márquez. Algo similar ocurre cuando alguien menciona Comitán, ¡pensamos en Rosario Castellanos! Los escritores dan identidad a los pueblos. Su obra los renombra. Rosario Castellanos es la comiteca más conocida en el mundo y es la mujer que más hizo para que el nombre de este pueblo esté en boca de medio mundo. Ella no lo buscó. Los hombres célebres no buscan la celebridad, ésta es la que los persigue como sombra fiel.
Muchos pueblos del mundo valen por uno o dos de sus hombres. ¿Quién hubiese sabido de un lugar de la Mancha si Don Quijote no hubiese salido de ahí? Calcuta es más famosa desde el instante en que una tal Teresa le dio luz.
Los pueblos son sus hombres y mujeres. Tal vez por esto la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo parió ese verso tan celebrado que dice: “No soy de Comitán, Comitán es mío”. El pueblo no es nada sin sus moradores. Cada pueblo está hecho con la savia de sus habitantes, con sus modos de ser, con sus sueños, sus anhelos y sus frustraciones.
Comitán está, más que en este pueblo, en el corazón de cada comiteco desperdigado en el mundo. Ahí donde está un hijo de esta tierra está el cielo comiteco lleno de chinchibules y de cenzontles y de tzizimes y de vasos de jocoatol.
¿Comitán de Domínguez? Para efectos oficiales ¡así es! Para efectos de vida y de identidad, Comitán tiene el apellido del hombre y de la mujer que lo lleva entre sus manos.
Por esto, a la usanza antigua, cada uno de los comitecos tiene un nombre propio que se complementa con la región que lo ilumina. Decenas de miles de nombres propios terminan con Comitán. ¿Yo? Alejandro de Comitán. ¿Vos? ¿Rosario, Guadalupe, María, Patricia, Enrique, Caralampio, Carlos, Eugenio, Jorge de Comitán? Sí, así es como nos identificamos ante el mundo, porque Comitán es la tierra que nos nombró desde el principio y ahora nosotros, en acto de reciprocidad, nombramos a nuestro pueblo cada vez que decimos nuestro nombre. ¿Yo? Alejandro de Comitán. ¿Y vos?

PRESENTACIÓN DE LIBRO "SABINES TRIDIMENSIONAL", DE ALEXANDER DOMÍNGUEZ

lunes, 12 de octubre de 2009

A MÍ TAMBIÉN ME GUSTA DIOS



Según Sabines, a Dios “le gusta jugar”. Y según varios lectores, a Sabines también le gustaba jugar. Sabines, a veces, jugaba a la botella, a veces a encontrar el poema debajo de la piedra.
A todo mundo le gusta jugar, pero no todo mundo juega bien. Quienes juegan al perfecto ¡no saben jugar! Lo bonito del juego es la imperfección, la piedra con grietas.
Hay muchachas que tienen la gracia del juego, así como hay gatos que son más gato que otros. Los gatos más simples únicamente juegan el bollo de estambre con una de sus manos o trepan al tejado en noches de luna llena; los más lúdicos juegan a que son perros y a la hora que ladran sacan las uñas y se divierten mucho porque ya se sabe que gato que ladra no muerde pero sí entierra las uñas.
Hay poetas que son como gatos simples; hay otros que juegan a aullar en noche de luna llena. Dios es un poeta aullador. Bien pudo haber hecho el universo en un solo guiño, pero prefirió hacerlo en varios días, todo porque el juego es más emocionante si se le da su tiempo. Esto lo sabe muy bien el amante sabio. Hacer el amor es como inventar el universo. Debe hacerse en varios tiempos y descansar el séptimo día.
Claro, como todo juego, la creación del universo aceptó el azar de la improvisación. El fútbol tiene sus reglas bien precisas, así como el soneto en la poesía tiene una estructura de corsé; pero ambas disciplinas pueden -si los poetas del balón y del verso libre así lo deciden- optar por la ruptura de lo estricto. Así, el mundo, de pronto, se topa con una maravillosa jugada de Ronaldinho o un verso luminoso de Efraín Bartolomé. Pero como todo juego tiene luz y sombras, también por ahí se cuela un “oso” de Giovanni o un verso malogrado de uno que se creyó poeta. Y esto le pasó al Dios juguetón cuando creó el universo. Entusiasmado con esa pizca de azar dejó que algunas imperfecciones se colaran. Después de todo el juego tiene a la imperfección como característica esencial. Si el fútbol o la poesía fueran perfectos todo sería robótico, como escrito o jugado sobre una placa de metal.
Por esto, lo que para el ateo es un defecto, para los demás hombres resulta una bendición. El Dios juguetón permitió, con esas imperfecciones, que los hombres también participaran del juego.
La vida no es más que el juego de Dios en el que los humanos jugamos a jugar. ¡Un mundo completamente luminoso sería muy aburrido! Esta es la grandeza de Dios. Por esto, Sabines no dudó en decir que Dios “es un viejo magnífico que no se toma en serio”. El propio Sabines también fue un viejo -no tan magnífico- que no se tomó muy en serio. Su creación tiene imperfecciones gramaticales. Un lector de su obra encuentra al lado de una vía láctea enormes hoyos negros que no se sabe porqué tragan la energía.
Tal vez ese sea el mérito literario de Sabines. Escribió para hombres y mujeres juguetones. Dejó la poesía de Octavio Paz para los que se toman todo en serio.
A mí, más que Sabines, me gusta leer a Efraín Bartolomé. Es mi grano de maíz con el que señalo la luna o el valiente en el juego de lotería que Dios creó. A mí, igual que a Sabines, “me encanta Dios”, por el juego maravilloso que nos legó; me encanta porque, si de Sabines hablamos ya en pasado, Dios siempre es presente.

domingo, 11 de octubre de 2009

¿NOS VAMOS AL MUNDIAL?


Bueno, cuando menos el periódico Reforma no fue amarillista. "Se va el Tri a Sudáfrica" colocó en su titular.
Claro, ello no servirá de nada, porque medio mundo en México grita: "¡Nos vamos al Mundial!"
Los medios de comunicación ya nos hicieron creer que, en efecto, ¡Nos vamos al Mundial!
Nos han hecho creer que nosotros Somos el número 12. Así, en el Estadio Azteca, más de cien mil gargantas entonan "El Cielito Lindo". ¿Por qué esta canción para un encuentro de fútbol? Los conocedores dicen que dicha canción es como el sucedáneo del himno en el exilio. Los mexicanos que están fuera de México la cantan a punto de llanto.
"Ay, ay, ay, canta y no llores", dice un verso, y los aficionados del Azteca la cantan como si intuyeran que son exiliados en su propia tierra. El gobierno, a cada rato, nos dice a los mexicanos que "Saldremos de la pobreza" y es como si nos dijera: Nos Vamos al Mundial.
Ahora resulta que el número 12 es el que debe pagar el 2 por ciento para que "salgamos de la pobreza".
Tal vez la canción es apropiada. Medio México debía llorar porque "Nos vamos al Mundial", pero es más recomendable cantar para hacer menos dramática "la ida".
¿A qué vamos al Mundial? A nada. ¿De veras iremos al Mundial? ¿Por qué casi casi se nos va la vida en el juego de once?
Mis lectores saben que ayer prendí veladoras para que México perdiera. Por desgracia la selección ganó. No me quedó más que apagar el televisor, luego apagar las veladoras y, con la voz más entonada que pude, comencé a vomitar lo de: "Ay, ay, ay, canta y no llores"

sábado, 10 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

EL BURÓ COMO VENTANA DEL UNIVERSO



Nunca imaginé que lo diría: “Tengo, “sobre” la pantalla, dos libros pendientes de lectura”. Empleo la palabra “sobre” porque toda mi vida me acostumbré a decir: “Tengo dos libros sobre el buró”. Así fue para la humanidad desde que Gutenberg inventó esa maravilla llamada libro.
Desde que me convertí en lector empedernido, siempre tuve libros sobre el buró (aún los sigo teniendo, pero ahora ya no sólo ahí tengo libros pendientes). Hoy muchos libros están adentro de la computadora que tengo sobre una mesa de trabajo (que ya no la mesa de noche).
El otro día leí que Google cumplió once años. Pensé que esos once años también me correspondían porque, desde el inicio, he estado pegado a ese buscador. Cuando entro al Internet la página de Google es la que me recibe (sé que los Googlemaníacos somos millones). Ahora que lo escribo me “choca” confesar que la primera imagen que veo al levantarme todos los días son esas seis letras que no sé qué fregados significan. Ya se volvió un poco mi Sol, un poco mi amanecer, un poco mi ablución. ¡Qué pena!
Google ha resultado más efectivo que Sherlock Holmes. A través de él he hallado cientos de libros y muchos afectos desperdigados por todo el mundo.
Tengo dos de esos libros dentro de mis pendientes.
El otro día un afecto me dijo que estaba leyendo “La sombra del viento”, y otro afecto, más tarde, mencionó así como al azar el testimonio de Gabriel García Márquez: “Vivir para contarla”. Al llegar a mi casa prendí la computadora y “le pedí” a “Gugle” que buscara esos libros. Dos segundos después estaban en la pantalla.
Antes, cuando bajaba un libro era porque yo andaba encaramado sobre una escalera y tomaba el libro de la parte más alta del librero. Ahora, “bajo” un libro cuando doy Enter y lo guardo en la “memoria”.
¿Qué pasará el día que tenga un e-book en mis manos? El primer día pensaré que regresa mi vida de antes porque podré dejarlo sobre el buró, pero al día siguiente me apabullará la imposibilidad de pensar que adentro de esa tableta delgada están concentrados miles de libros.
Aún ahora, me abruma la idea de pensar en miles de libros sobre mi buró. Nunca imaginé que esto fuera posible. ¡Toda una biblioteca al lado de mi cama! Sé que soñaré que dialogan los personajes. Miles de personajes, como si fueran cucarachas (incluido el propio Gregorio Samsa), saldrán de esa caja. Ya imagino la alharaca y los bisbiseos que no me dejarán dormir. El Quijote peleando contra José Arcadio Buendía y contra Pedro Páramo, mientras Humbert persigue a Ana Karenina pensando que es Lolita.
¿Hacia dónde camina el futuro? Tal vez algún día nuestra mente pueda crear hologramas que contendrán cientos de bibliotecas. El conocimiento, entonces, estará al alcance de la mano. Ya no será necesario que los alumnos tengan que memorizar. El mundo será más sencillo y más estimulante. Todas las personas se dedicarán a poner en práctica el conocimiento.
Pero, ¿de veras el mundo puede ser más luminoso y esperanzador? ¿Qué haríamos si el conocimiento de la bomba atómica (por decir algo que para ese tiempo será obsoleto) estuviera a nuestro alcance?
Pero, bueno, como ahora no tengo más que el presente. Aprovecharé el día de hoy para leer uno de los libros que tengo en la pantalla de la computadora. Que Dios bendiga a los hombres que “suben” estos textos para que yo los “baje”.

jueves, 8 de octubre de 2009

PRESENTACIÓN DE LIBRO



¿Y si acudimos a la presentación "virtual" de un libro de poesía?
Imaginemos que estamos en una sala de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. No hay mucho frío. Por ahí está el Doctor Andrés Fábregas Puig (Rector de la Universidad Intercultural). En la mesa de honor está el Licenciado Ruiz Abreu; Paty Chandomí,autora del libro que se presenta; y las dos presentadoras: Valeria Valencia Salinas y Sandra de Los Santos.
Ahora, por favor, hagamos silencio porque el moderador presenta a Valeria Valencia, quien lee su texto. Shhh.
APUNTES DE UNA LECTORA AMIGA
Valeria Valencia

Antes de referirme a la obra, quiero referirme a la autora. Prevengo al público mi poca o nula objetividad puesto que es ella, Patricia, fruto consentido de mi huerto amistoso.

Hablaré primero de ella, porque al leer a Guanábana me recuerda inevitablemente los tiempos alocados y hermosos de la universidad, en donde resaltaba entre mis compañeros una cabellera ensortijada, pantalones rotos y camisas del Che Guevara. Era ella, “la Pati” quien dejaba escuchar su firme voz para dar controvertidas opiniones en el salón de clases y la que nos contagiaba con su sonora risa que intempestivamente soltaba.

Eran tiempos agitados. Aún resonaba con fuerza la dura lección que nos daba el grito zapatista, grito de rebeldía que Paty acogió con fuerza y cariño en su corazón. Ella, muy a su manera, lo dejó salir reuniendo en varias ocasiones a bandas de rock de todo el estado en solidaridad con los desplazados zapatistas. La entrada a los conciertos era un kilo de despensa.

Les cuento todo esto en primer lugar porque supongo algunos de ustedes desconocían esta faceta de la autora de Guanábana, y en segundo, porque siempre es bueno recordar de qué madera está hecho el árbol.

En este caso, se podrán dar cuenta es una madera firme y a la vez jugosa, tan rebelde como cachonda, tan tímida como atrevida, tal y como ella misma se define. Por ello, creo atinada la elección que hizo Paty al fijar en nuestras mentes a una fruta tropical como símbolo de su poesía. El parecido con su personalidad es muy grande.

Abrir Guanábana es como abrir el pensamiento y corazón de Paty. En él hace un trabajo reporteril de la cotidianidad mediante la poesía. Son cada uno de sus poemas el registro del gran hecho que significa ser mamá, pero también mujer, compañera, fruta deseada y que desea.

En ese andar tan suyo en su huerto personal, la poetisa no olvida sin embargo a los frutos cercanos, a los que ha conocido en su crecimiento como árbol y se duele, y se sangra, y llora el abandono y la muerte ajenas. A este dolor le agrega otra de las características de su personalidad: el humor, humor costeño, Tal y como lo manifiesta en

Dónde estabas
Ay dolor de semilla, que ni me quisiste,
aunque siento,
que tú sabes que somos uno del otro,
pero no me ves,
no te reconoces.

Lunes, martes y miércoles pasan sin amor,
ay pasado a qué hueles
cuando te descubro y me niegas,
y te descubro,
y no te da gusto.

Esperé 28 años para conocer el origen,
y el origen no se acuerda,
y si se acuerda ya se perdonó,
y si no se ha perdonado,
se hace pendejo.

Y así estoy, sin pasado,
dándole de comer a los días,
con el dolor de saber que no hay amor
en la leche tirada,
ay condón de mis reclamos, dónde jodido estabas.
------------------------------------------

Son sus poemas instantáneas de la vida, breves como el tiempo terrenal, sencillos y profundos a la vez como su pensamiento. En ellos, lleva impregnado el amor al arraigo, a la patria chiapaneca, costeña o cintalapaneca da lo mismo, el amor por el terruño lo reparte por igual.

De las notas de mi alma

Voy a ir a Francia,
a robar al griego,
necesito que me cante.

Voy a ir a España
a robar al gitano,
necesito su melancolía.

De Cuba,
lo necesito todo,
sus boleros, su mar.

De aquí.
de aquí no me puedo ir;
qué putas voy a hacer sin marimba.

Hace no mucho todavía, quizá unos 9 o diez años, en el salón de clases una melena con rebeldes rastas me pasaba un papelito a rallas, arrugado, mientras el maestro hablaba sobre algún tema equis. Era un pequeño escrito, con letra apresurada, con alguno que otro tachón. Lo leí y de inmediato lo relacioné con una fotografía familiar que había visto en su casa. Ahora, lo leo impreso en papel cultural, empastado y con una bella portada al igual que muchos otros sentimientos y reflexiones que salieron así, de manera espontánea, en un salón de clases o sentada en la orilla de una banqueta o durante su transporte en colectivo, como la vi incontables ocasiones.

Hoy, leo Guanábana y sé que es fruto de muchos sabores y sinsabores de la vida de una mujer cargada de esperanzas, de sueños, valor, amor y sobre todo de sonrisa franca, corazón sincero y mucha arrechura.

miércoles, 7 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA


CONTAR LA VIDA

Una tarde apareció una foto. Yo buscaba un documento en el archivo “muerto” de mi casa y la foto brincó en medio de muchas más. La foto es de los años setentas. Ahí estamos Paco Gamboa, Rodolfo Castellanos y yo. Estamos en Avenida Cuauhtémoc, de la ciudad de México. Asumo que es día domingo, porque el Sol está vestido de fiesta, de fútbol en el Estadio Azteca, de paseo por Chapultepec o Xochimilco, de Cine Prado o de Museo de Arte Contemporáneo.
Para el lector, probablemente, la foto no dice nada. Es una simple foto donde aparecen tres jóvenes. Por esto debo abundar un poco más, para que el lector comprenda que esta foto dice más de lo que dice. La perspectiva cambia si digo que esta fotografía muestra a tres jóvenes comitecos que, un día, abandonaron su pueblo para ir a estudiar a la ciudad de México. Esto no tendría nada de raro, a menos que dijera que esos tres jóvenes, un día, regresaron a su pueblo y hoy viven ahí.
Por lo regular las historias de vida no son así. Muchos compas de mi generación se fueron a estudiar a otras ciudades (en los años setentas no existían tantas opciones de educación superior como ahora. Incluso en Las Margaritas existe ya una Universidad Intercultural). Muchos de esos compas setenteros se titularon y se quedaron a vivir en otros lugares. Compas de mi generación viven en otras ciudades: Tlaxcala, Puebla, Veracruz, ciudad de México y varios lugares más. Regresan a Comitán sólo en temporada de vacaciones. A veces sé de ellos, los veo aparecer en televisión o hablan de ellos en la radio o en la prensa; a veces, algún otro compa pasa el dato que fulano de tal fue a dar una conferencia al extranjero o perengano es dueño de una empresa donde gana mucho dinero; a veces sabemos que sutano, en forma más modesta, busca para la chuleta todos los días.
Por fortuna, ellos se sienten bien en los lugares donde residen y son exitosos en sus diversos campos profesionales. A veces, cuando platico con algunos de ellos, en corto aseguran que les gustaría regresar a este pueblo, pero, ¿qué regresan a hacer? Llevan viviendo fuera más de veinticinco años (¡toda una vida!). Formaron sus familias en otros cielos. Las esposas e hijos están acostumbrados a otro modo de ser. A estos compas, Comitán les resulta ya un mero referente nostálgico. Sus familiares están acostumbrados al movimiento continuo, por lo que la ciudad de Comitán se les antoja somnolienta.
¿Por qué, entonces, regresaron los tres jóvenes de la foto? Cuando a Rodolfo le mostré la foto él parodió a Gabriel García Márquez y dijo: “Vivir para contarla”.
El encuentro de la foto lo tomé como una bendición porque la mayoría de compas que salen de esta ciudad para ir a estudiar a otro lugar ¡están vivos! Muchos no regresan. Quienes lo hacen ¿por qué lo hacen?
Las fotos de generación muestran compas ya fallecidos, pero la mayoría, siempre, sigue vivita y coleando, muchos coleando, como peces, en otras aguas. Por esto las fotos antiguas son como un rayo de luz en el presente. La mayoría -dijera Gabo- ¡vive para contarla!
Por esto, cuando la foto brincó a mis manos ¡sonreí de más! Mi sonrisa fue a manera de agradecimiento a la vida, porque la foto nos muestra completos.
¿Por qué esos tres jóvenes de la foto regresaron a su pueblo? Sabemos bien que se desprendieron para ir a rodar el mundo, pero, ¿cuál fue el prodigio que provocó su regreso? ¿Qué encuentran en Comitán tres jóvenes que ya conocieron la magia de las ciudades grandes? ¿Qué encanto posee un modesto poblado ante el oropel de los grandes aparadores? ¿Qué futuro tiene un hombre que salió para conocer el mundo y apenas llegó a la orilla del mundo dio media vuelta sin atreverse a cruzar el mar?
Hace tiempo Óscar Bonifaz publicó un libro bello: “Semblanzas de mi pueblo”. Reunió una serie de fotos de principios del siglo XX y, a fines de los setentas, se ubicó en el mismo lugar para dar constancia de las transformaciones. La foto de esos tres jóvenes es una foto que juega el mismo juego. Hoy, bien podrían reunirse los tres, cuarenta años después, no para dar constancia de las transformaciones de su físico sino simplemente para invocar el prodigio del río de la vida. Ha corrido mucha agua debajo del puente, pero el agua de la vida ¡no los sacó del caudal!
A los tres los veo complacidos, agradecidos con la vida. Tal vez entendieron que el porvenir está en el corazón del hombre. Y el corazón del hombre está en el lugar donde enterró su “mushuc”.

EN MEMORIA DE LA MEMORIA

Hay una enfermedad que se llama Alzheimer. Qué ironía porque a pesar de que es un nombre que alude a la pérdida de la memoria no se nos olvida. Muchos juegan con el nombre, como si fuese un aro de esos que se avientan para ensartar en una botella. “Ya comienza a darme el alemán”, dicen y ríen. En mis tiempos de joven bromeábamos, cuando un compa olvidaba algo le decíamos: “Tomá tu sukrol”. El “sukrol” era una medicina, en pastillas, que -según rezaba el mensaje en la caja verde- ayudaba a la buena memoria. En ese tiempo el “sukrol” sólo se conseguía en Guatemala.
No juego con ese nombre. Me aterra la idea de que al mundo le diera Alzheimer y un día olvidáramos todo. Gabriel García Márquez dice, en “Cien Años de Soledad”, que un día apareció el mal en Macondo y los moradores tuvieron la necesidad de escribir en pedazos de papel los nombres de los objetos; luego debieron escribir también para qué servían.
Me aterra pensar que algún día Comitán comience a padecer esta enfermedad, que olvide los nombres de sus cosas más íntimas y el uso de cada una de ellas.
¿Alguien recuerda el prodigio de la entrada de velas y flores que parte del “Chumís” para celebrar a San Caralampio? ¿Alguien recuerda cómo eran las tallas de madera de San Caralampio? No sé. Parece que “El Alemán” ha comenzado a inundarnos, de poco a poco.
La entrada de velas y flores del año pasado fue un simple remedo de carnaval lleno de travestis y de malas copias de personajes de otras partes. Las imágenes de San Caralampio ahora son simples caricaturas de lo que fueron antes (he visto algunas imágenes de yeso donde las manos salen del pecho como si el santo no tuviera brazos. Es una imagen humillante y triste).
Dicen que no hay cura para tal enfermedad. Un día, el hombre comienza a perder los rasgos de su propia historia. Llega la hija, por ejemplo, y el viejo no la reconoce como tal. “Soy María, tu hija”, dice ella y el viejo la ve como quien mira un barco en el horizonte. Poco a poco la memoria se convierte en una nata difícil de eliminar. El hombre con tal padecimiento pierde los retazos de su historia. Llega el momento en que ¡ya no es! Pierde su pasado, su nombre, su identidad, su calidad de hombre. El árbol fuerte termina siendo una simple rama seca. La memoria se le fue, como agua, entre las manos. Tiene sed pero no sabe qué puede saciarla, no sabe qué es sed, ni sabe que el agua se llama agua y que ésta mitiga la sed. No sabe que el Sol se llama Sol y que calienta las madrugadas del hombre, porque ya no recuerda qué es la madrugada y qué el hombre.
Así Comitán, poco a poco, parece estar olvidando su memoria. En el intento de rescatar algo está apropiándose de otros rasgos culturales. Un día creerá que se llama de otra manera. Creerá que se llama Veracruz o Mazatlán cuando mire el remedo de carnaval el día de la entrada de velas y flores de San Caralampio. Creerá que el mar le corresponde y buscará una playa para desovar, pero los depredadores no dejarán que las crías vuelvan al agua.
Al paso que va, Comitán descubrirá que no se llama Veracruz y ya tampoco se llamará Comitán. Se quedará sin nombre y ya no hallará quién lo nombre.
No juego con esa palabra. Me aterra. ¿Cómo una simple palabra puede designar esa plaga que roba todos los nombres y objetos del hombre?