lunes, 30 de noviembre de 2009

CUANDO LA PIEDRA SE CONVIERTE EN ARENILLA


Con un abrazo para Karina Alejandra Trujillo, por la ausencia física de don Serafín Trujillo.


“¿Te autocensurás?”, me preguntó Marcos, un día. No me autocensuro, dije, pero luego corregí: “Bueno, me impongo ciertos límites”. A veces, en un mal entendido concepto de la libertad de expresión, dan ganas de caer en el exceso. Pero la práctica del periodismo exige, precisamente, caminar por los terrenos de lo correcto. Y lo correcto está delimitado por las normas éticas.
No me autocensuro porque el periodismo que realizo tiene que ver, sobre todo, con el juego de la imaginación. Sería un absurdo censurar la propia imaginación, cuando la condición para que ella exista es la libertad total.
No me autocensuro, pero, como buen merolico de mercado, “pinto mi raya” y no paso de ahí. Entender que existen límites, y que es obligación respetarlos, es condición necesaria para ejercer cualquier oficio. ¿Quién impone los límites? Los generales y obligatorios están consignados en la Constitución. No obstante cada periodista se “impone” algunos límites personales. Quienes estrechan mucho su propio espacio son los llamados “chayoteros”; en la medida que un periodista se otorga espacios más amplios, en esa medida es más libre. Pero, que quede claro de una vez, nadie es objetivo al ciento por ciento (dejaríamos de ser simples mortales).
Imaginemos (acá comienza el juego de ficción) que una fulana de tal -famosa columnista política en la prensa - se enamora de un hombre que tiene un cargo en la administración pública. Se vuelven amantes (el lector puede ubicar esta narración en Chiapas, en Baja California o en Nazca). Cada semana -de siete a nueve de la noche- se reúnen en un departamento de un tercer piso de edificio lujoso. Como es obvio de entender (entre una copa de vino, pedazos de queso y música de saxo en la estancia a media luz) el hombre le confía algunos “secretos”. Pregunto: ¿la periodista dará a conocer esas irregularidades públicas poniendo en riesgo el trabajo de su amado? Y la otra pregunta es: ¿Hará lo mismo cuando ambos rompan la relación y el tipo, como si ella fuera su madre, la repudie?
Cada periodista se mueve adentro de una burbuja que desinfla o infla a voluntad para que haya aire en dónde respirar.
Hay un artículo en nuestra Constitución Mexicana que alude a la libertad de tránsito por todo el territorio. Hasta donde recuerdo, garantiza que nadie puede impedirnos viajar por México; es decir, subo a un camión y puedo, perfectamente, llegar hasta Mérida, por ejemplo; pero Marcos -como chiste- siempre que entra a mi casa me dice que “usa su derecho al libre tránsito garantizado en la Constitución”. Yo, siempre -como chiste, pero con chanfle- le digo que mi casa es la Embajada de Francia en México y su famoso artículo no procede, a menos que yo lo permita. Hecha la aclaración, lo invito a pasar y le sirvo un vaso de vino blanco.
Ayer, Marcos vino a verme a casa. En cuanto me vio, dijo: “Ya mirás, cabrón ¡bien que te autocensurás! Todas las arenillas que te has tragado se volvieron piedras” y rió.
La semana pasada, dos médicos de este pueblo, el doctor Roberto Gómez Alfaro, y su hijo, el doctor Omar Gómez Cruz, auxiliados por el anestesiólogo doctor Madrid, hicieron favor de realizarme una cirugía abierta porque mi vesícula estaba llena de piedras.
Hoy, en proceso de recuperación, botado en casa, pienso en lo que Marcos me dijo. Hace varios años publiqué una serie de cartones con el nombre de “Don Piedra, en “La Voz del Sureste”. ¿No será que “Don Piedra” me hizo la travesura y confundió mi vesícula con su morral?
Por ahora no tengo más piedras, ahora sólo tengo un camino lleno de luz que iluminaron esos benditos médicos que tanto bien han hecho y siguen haciendo en este pequeño rincón del universo. ¡Que el propio universo llene de ríos de luz a las familias Gómez Cruz y Gómez Alfaro!
Hay hombres que tiran la primera piedra; hay otros hombres que insisten en cargar piedras (tanto en el cuerpo -ya lo comprobé- como en el espíritu). Hay otros hombres, en cambio, que nunca levantan piedras del suelo para arrojarlas a sus semejantes. ¡No sólo no hacen eso! Además, ayudan a otros despojándolos de esas cargas.
“Que Dios bendiga a Dios” por mandarnos hombres que pulverizan las piedras.

domingo, 29 de noviembre de 2009

INTERRUPCIONES


Sucedió en la FIL. Carlos Fuentes presentó a Villarraigosa (Alcalde de la ciudad de Los Ángeles, California, USA). Carlitos se paró frente al atril y, justo al empezar a leer, una edecán se acercó y colocó un vaso con agua a su lado derecho. El escritor (con cara de medio encabronado), en voz baja para que sólo lo escuchara ella y los miles y miles de personas que veían la transmisión por televisión (y los cientos que formaban el auditorio) le dijo: "No más interrupciones, a partir de ahora".
Pucha, sin duda que a la edecán se le enrollaron los calzones de más. Ya tiene la anécdota para contar a sus nietos; algo así como: "Una vez, al escritor Carlos Fuentes le serví un vaso de agua y..."
Algunos pensarán que Carlitos, con estas actitudes, se cree "La región más transparente de México", pero yo pienso que tiene razón.
Tiene razón porque el mundo ha trivializado el acto de lectura y por esto nos va como nos va.
¿Alguien se atreve a interrumpir al cirujano a la hora que hace un corte con el bisturí? ¿Alguien se atreve a interrumpir al odontólogo a la hora que está en labor de extracción de una muela? Bueno, ¿alguien se baja de la tribuna e interrumpe al jugador que lanzará un penalty? (Esto último sí sucede, pero no es correcto. Por lo regular, las fuerzas públicas entran a la cancha y se llevan al "simpático").
Pues sucede que con la lectura ¡no hay respeto!
Hace tiempo tenía la costumbre de ir a leer al parque central. Me sentaba en una de las bancas junto al kiosco (previendo que el grueso de los caminantes lo hace por la periferia). Abría el libro y comenzaba la gran aventura. Ay, pobre de mí. No sé por qué misterio perverso de la vida, algún compa me "detectaba". Cuando más entrado estaba en la lectura y menos me lo esperaba, mi compa me palmeaba la espalda y se sentaba a mi lado con gran alegría.
En esas ocasiones pensaba que me hubiese gustado ser futbolista para que nadie se bajara a la cancha a interrumpirme a la hora del juego.
¡Pobre de Carlitos! Pobre, porque cuando terminó la presentación y el alcalde de Los Ángeles tomó su lugar en el atril, Carlitos se sentó en la mesa de honor, ladeó tantito la silla para escuchar con respeto lo que Villarraigosa diría, la edecán (con otro pinche vaso de agua) se acercó y lo puso sobre la mesa. Imaginé que el taconeo sobre la duela era como un taladro para la conciencia de Fuentes.
¡Digo, qué pinche falta de respeto!
Claro, la nena no tiene la culpa. La culpa la tienen los "maravillosos" organizadores, quienes, en afán de vender una imagen, creen que el acto de la lectura es como una función de lucha donde las edecanes deben salir, levantar la tarjeta y anunciar la siguiente caída.
Pobre Carlitos. Pobres todos los lectores que en el mundo han sido.
Mi Paty se enoja cuando yo estoy escribiendo un textillo y no la pelo. Me ha dicho que soy un grosero. A veces ella no entiende que estoy jugando y es ella quien se baja a la cancha y me quita el balón.
Pobre Carlitos.

sábado, 28 de noviembre de 2009

LOS CINCUENTAS


Felipe me regaló un devedé. Él es melómano. El disco presenta el concierto donde Enrique Guzmán celebra 50 años como cantante. ¡Te va a gustar!, me dijo mi afecto.
Estoy seguro que yo no hubiese comprado este devedé, ni en sueños.
He comprado muy pocos discos, casettes y, ahora compactos y devedés. Cuando tenía alguna paguita de sobra (tiempo pasado) compraba ¡libros!
Pero como a Guzmán regalado no se le ve el colmillo puse el devedé en este chunche (ah, prodigio de estos tiempos).
Me impactó lo de siempre: la multitud que acude a actos públicos; me recordó lo obvio: estoy hecho, también, de canciones de Enrique Guzmán.
Nunca compré un disco de él, jamás me aprendí de memoria una de sus canciones (¡miento, miento!, porque me sé un buen cacho de aquella que dice: "Acompáñame, porque puede suceder...").
El Quique -igual que el César Costa, Alberto Vázquez y demás Angélicas Marías- me llegó a través del cine Comitán.
He reconocido muchas veces que no me formé en el blues, en el jazz ni en la batería de Deep Purple. ¡No! Ahora que lo escribo debo reconocer que el Quique también fue injerto de la radio local XEUI.
Hace apenas unos días entrevisté a Romeo Torres Ventura, pionero de la radio local, y me dijo que conducía un programa juvenil. En dicho programa "confrontaba" a Enrique Guzmán con Alberto Vázquez, por ejemplo. ¡El programa era un trancazo!, me dijo. Tal vez escuché ese programa muchas veces.
Ahora vi el concierto de sus cincuenta años. ¡Muchas lunas han pasado!
Soy un espíritu casi simple. Descubro obviedades. La gente me queda viendo cuando hago "un descubrimiento", porque tal acto es común para los demás.
Soy como un gato. Cada mañana salgo a olisquear las flores, a ver qué novedades hay en el patio.
Ayer descubrí que estoy formado con Enrique Guzmán. Descubrí que en mi interior existe algo que quiere rechazarlo. No sé por qué.
Ayer descubrí que la multitud acude y llena salas de concierto porque sabe lo que apenas descubrí el día de ayer.
Estoy seguro que yo no hubiese comprado ese devedé. Tal vez la certeza acude porque mis afectos los compran por mí. Manolo, La Noches, Felipe y otros compas se encargan de comprar el vino, de catarlo y luego de darme una probadita. Cuando tengo la copa frente a mi mesa y huelo el vino, de inmediato me reconozco en él.
Descubro obviedades. Digo que no soporto las canciones de Leo Dan, pero, de vez en vez, me escucho cantando -en voz baja- aquella de "Mary es mi amor, sólo con ella vivo la felicidad..." Me dan ganas de vomitar, pero no lo hago. Tal vez un día descubriré que también estoy hecho de eso; descubriré que de chavo cantaba esta canción a todas horas y en todo lugar; descubriré que cambiaba el nombre de Mary por el diminutivo del nombre de la niña bonita que me traía por la calle de la amargura.
Algún día descubriré que "la calle de la amargura" no está en un vecindario ajeno sino a dos cuadras de la casa y, con frecuencia, caminé por ella.
Para sobrevivir -o para hacer más intenso ese trayecto- me acompañé con canciones de ese tiempo. ¿Con qué más? Ahora sé que la poesía también es buen lazarillo, pero en ese tiempo no había más que la XEUI, que el Cine Comitán, que Enrique Guzmán.
Descubro obviedades. Disculpen ustedes.

viernes, 27 de noviembre de 2009

CON OLOR A HUMEDAD


A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como azoteas, y mujeres que son como cuartos cerrados.
Las mujeres no lo aceptan pero todas tienen algo de cuarto cerrado. Siempre que me acerco a una mujer algo de humedad y de oscuridad me alcanzan.
La mujer cuarto cerrado está siempre en la parte más lejana de la casa; por ello es una mujer llena de misterio. Los hombres la deseamos desde niños, porque ella es la rama del árbol prohibido. Nos seduce la prohibición materna: “Ni se te ocurra acercarte al cuarto cerrado”. No sabemos por qué, nadie nos explica, el cuarto debe permanecer siempre cerrado y nosotros permanecer alejados de él. Pero, crecemos y la leyenda se teje. Alguien nos cuenta que ahí murió la tía Eréndira, quien permaneció tres días sin que su cadáver fuera descubierto. Matías, su nieto, llegó a visitarla una mañana y apenas entró a la casa dijo: “Huele como a perro”. Desde entonces el cuarto se llamó “El cuarto del perro”.
A veces el misterio es menos trágico y Sara, la sirvienta, nos llama y hace que nos sentemos junto al fogón donde calienta el café, y nos cuenta. El rostro de Sara se llena de latigazos dorados que salen del mero corazón del fuego. “Cuando levantaron la casa, dos veces se cayó la pared que da al sitio. Los albañiles comenzaron a decir que este cuarto no quería estar cerrado, que debían dejarlo como parte del patio, como que ese territorio era hijo del viento. Pero ahí está pues que los ladinos no hacen caso de lo que dicen los naturales y el arquitecto obligó a los albañiles a construir por tercera vez la pared. La pared quedó medio torcida, pero, al fin, quedó lista. Cuando los dueños de la casa la inauguraron y la habitaron pensaron que ese cuarto era el cuarto ideal para la niña Eusebia, quien, como ustedes saben, era la niña más linda del pueblo. Cuando Eusebia se despertó al día siguiente del estreno de su cuarto, se sentó frente a la luna del tocador y comenzó a peinarse. Con cada cepillada la pared ronroneaba, como si fuera un gato y cada alisada de cabello lo acariciara a él. Cuando la niña terminó de peinarse y se vio linda ante el espejo, la pared se abrió como una ventana y dejó que el aire y el sol de la mañana entraran de lleno en la estancia. “Es un cuarto difícil” dijeron los albañiles, entonces los dueños, en lugar de pared levantaron una tapia con planchones de madera de pino y clausuraron el cuarto. Dicen que por la mañana se oye como un aletear, pero como la madera está sujeta con una gran cadena y dos candados no puede volar. Por esto, niños, no deben acercarse al cuarto cerrado”. Así Sara nos lo platicaba. Cuando le preguntábamos qué podía pasar si lo hacíamos, nos decía que si en una de esas las maderas agarraban vuelo, el viento también nos podía levantar a nosotros e ir a parar al fin del mundo (que para Sara era Chicomuselo, el lugar donde había nacido).
La mujer cuarto cerrado posee las mismas características. Siempre está como atada, pero dispuesta al vuelo. El misterio es su ingrediente principal. Nadie sabe por qué siempre está cerrada y todo mundo, ¡todo mundo!, quiere abrirla (en el más amplio sentido de la palabra).
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como corcholata de cerveza; y mujeres que, a la hora de sacarles el corcho, dan mucha lata.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Nobleza obliga


Bris supo que me operaron. Me envió un correo de aliento. A su mensaje agregó un textillo de Susan Sontag.
Bris es generosa, aparte de sus palabras, me envió un ramo de la Sontag.
Como se hace en las familias agradecidas, de inmediato saqué un florero, lo llené con agua hasta el cuello y coloqué el ramo de palabras de la Sontag.
Ahora que escribo esto veo el florero sobre la mesa de centro.
A Bris le dije que no leería a la Sontag de inmediato. Por el momento estoy como en un llano donde no hay montañas.
Tengo mi Biblia y leo Salmos. ¡Ah,estos hilitos de agua limpia hacen mucho bien al espíritu!
Leo un compendio de revistitas de la Familia Burrón mientras mi mamá (¡Que Dios la llene de luz, siempre, siempre!) me prepara un plato con fruta (¡Que Dios ilumine a doña María Elena, a Paco Gamboa, a la maestra Dely, a mi tía Betty que en lugar de piedras han puesto fruta en mis caminos en estos últimos días! Bueno ya entrado en peticiones, que Dios bendiga siempre a todos los hombres y mujeres buenos que me han dado mucho cariño en estos días).
Una vez en Puebla, hace ya mucho tiempo, tuve una dolencia que me obligó a estar en casa dos o tres días, botado en la cama. Un afecto llegó y me dijo: "Como sé que te gusta te traje El Ciudadano Kane" y me dejó la película que había rentado en un blockbuster. En efecto, esta película puedo verla mil y una veces; pero esa vez ¡no la vi! Le dije que, por favor, pusiera una película del Santo que por ahí tenía.
Cuando quiero ser un niño feliz veo películas de Tarzán o de El Santo; leo a Memín Pinguín; escucho marimba. Soy sencillo, casi simple. Claro, y no por ser snob, a veces le entro a Fellini y escucho a Mozart.
Ahora, gracias a la Bris bonita, tengo un ramo de Susan Sontag sobre la mesa.
Que Dios bendiga a los espíritus nobles y también a los Nobles.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

EL OTRO YO



Soy mil y un Alejandros. Uno de ellos es insoportable, realmente insoportable, pero debo tolerarlo porque, en el fondo, es la milésima parte de lo que soy. No sería lo que soy si esa parte no estuviera en mí. Es como un niño travieso que juega a ser perfecto y, ya se sabe, no hay peor cosa que ser más Papista que el Papa. Se llama Alejandro “Erata” y se define como un “Modesto Detector de Erratas” (en realidad, de modesto no tiene ni la eme minúscula, porque es un tipo soberbio y, lo peor, obsesivo hasta decir ¡ya basta!).
El Erata es insoportable porque no deja texto con cabeza. Cuanto papel cae en sus manos lo corrige, como si de él dependiera el ritmo del universo. Este tal Erata lo imagino como el compa ese que anda por las calles de la ciudad de México colocando tildes a todas las palabras que, en los anuncios públicos, carecen de ellas. ¿Qué ganan Erata y el “Colocatildes” con tales obsesiones? ¡En realidad nada! El mundo sigue igual después de que ellos creen enderezar los caminos chuecos. Pero ¡son tercos!, esto hay que reconocerles.
El otro día invité a Erata a tomar un refresco en el Café que está frente al parque central de Comitán. Lo hice con la intención de que moderara su desmedida afición. Pero él me dijo que Julio Cortázar era también un corrector incorregible. Y ya se sabe que otro de los Alejandros que hay en mí es fan del tal Julito, por lo que, esa tarde, fueron dos contra mí.
Hace meses, Ricardo Cuéllar Valencia me obsequió el primer número de “Horal”, la revista del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, de Chiapas. No había terminado de agradecer a mi maestro universitario, cuando ya el tal Erata estaba trepado sobre mi hombro urgiéndome a que abriera la revista. Sí, ya saben para qué. Abrí la revista en la primera página y el Erata comenzó, como rata en mercado del París de siglo XVI, a hallar su alimento (es triste que exista un ser que se alimente de los desperdicios, pero así es). Debo confesar que a mí me dio pena ajena porque, en efecto, el Erata terminó panzón de tanto error que detectó en la revista oficial de la Institución “Cultural” más importante del estado.
Desde entonces, cada mes el “comerratas” me urgió a entrar al Internet para “bajar” la revista y darse un atracón con tanta errata hallada. En el mes de julio, como si fuera una de esas lluvias que se negaban a llegar, no hallamos la revista. Para compensar, como si fuera el desbordamiento de aguas en Tabasco, apareció un “número especial” hace pocos días. Erata se emocionó, me jaló de la camisa y me urgió a “bajar” el número. Así lo hice.
¿Debo decir que, si bien el Erata no quedó hinchado del vientre, sí logró satisfacer su hambre? En la primera página hallamos la siguiente “perla” (dijera el célebre Nikito Nipongo): “Hoy el Soconusco está de pié” (si el calor se acentúa ¿por qué no acentuar que esa zona territorial está de pie?, comentó Erata y se la tragó sin ningún miramiento). Porque he de decir que el tal Erata halla en cada errata un poquito de luz que atenúa el desliz de los correctores.
En la siguiente página apareció esta perla: “revista de carácter mensual en esta ocación…” y luego en un maravilloso texto del buen Quincho una tilde se creyó gaviota y voló hacia sus magresales: “Además de ser el más viejo es también el mas corpulento” (Claro, Erata dijo, al Quincho no le hubiera caído tan bien). Y no le hubiera caído bien, porque los poetas son muy estrictos en la buena redacción de sus poemas.
Yo me caía del sueño, así que le dije a mi yo perfeccionista que era hora de dormir. Pero él me dijo: una más, sólo una más. Y, en menos que canta un búho, la halló: “Y yo cavilaba en por cuál malentendido supuso que él prefria las mojarras”. La tomó de un texto de Marco Aurelio Carballo (no sé qué diría el Premio Chiapas al constatar que sus paisanos son maravillosos pues ya inventaron un verbo compuesto con el verbo preferir y el verbo freír, y con ello fríen dos mojarras de un solo anzuelo).
El Alejandro Erata es insoportable, pero no puedo quitarlo de mi vida. Me acompaña a todas partes. ¡Eso sí, él no escribe textos! Dice que así evita que los otros le devuelvan sus propias piedras.
Acá entre nos, diré que conmigo es muy tolerante, porque jamás ha intentando corregir mis textos. ¡Esto es lo que se llama Solidaridad!

martes, 24 de noviembre de 2009

BARCO


¿Qué hacen los marinos cuando un huracán amenaza? Se quedan en casa, prenden los hornos, calientan el té y se sientan en los pórticos a contar historias. Frente a ellos el mar violento, rugiendo, como si fuese una bestia a la que algo le duele, a la que algo le molesta.
Los marinos prenden los cigarrillos, se sirven un poco de aguardiente en los vasos de peltre donde el aroma del ponche ayuda a recuperar las nubes de la infancia. Frente a ellos el mar desplegando banderas de viento.
¿Y los escritores, qué hacen cuando una tormenta de arena amenaza? Se quedan en casa, prenden los fogones y calientan el té. La única diferencia respecto a los marinos es que los escritores abandonan los portalillos y se resguardan en casa, cierran ventanas y, a través de los cristales, ven ese "viento negro" que cubre todas las cosas (el Sol incluso).
Los escritores prenden los quinqués. Igual que los marinos se reúnen a contar historias. Sólo que a diferencia de aquéllos, éstos las consignan en sus bitácoras de vuelo, para que el día de mañana, cuando un grupo de alpinistas deba descansar a mitad del ascenso al Everest pueda recuperar las historias a través de la lectura.
Cuando el cielo amenaza con soltar un gran aguacero, los hombres prefieren resguardarse en casa, prender los quinqués y el fuego de las chimeneas.
No hay un solo grupo humano que haga silencio total. Los hombres imitan a los leños que arden y platican con sus impresionantes lenguas de fuego.
Los escritores, igual que los marinos, revisan sus redes. Para que estén listas la mañana en que de nuevo sale el Sol. El "temporal" escribe su sino en el nombre; lo permanente es "lo otro": La luz, el Sol, el viento en la cara y la llovizna de flores amarillas.

lunes, 23 de noviembre de 2009

PARA MIS LECTORES

Me extirparon la vesícula porque estaba llena de piedras. Marcos insiste en decirme que por escribir tantas "Arenillas" me pasó lo que me pasó. Yo, al contrario, pienso que si estoy bien es porque gracias a los textos expulsé las más molestas.
Gracias a Dios ya estoy en franca recuperación.
Gracias a quienes estuvieron al pendiente de mi operación. Un abrazo. Que Dios los recompense con luz en su huerto.

VOCACIÓN DE PÁJAROS



Somos lo que somos porque no logramos ser lo que queríamos. Los hombres cínicos afirman: “Si volviera a nacer ¡sería el que soy!” ¿De veras?
No soporto a los hombres que, desde niños, supieron qué “iban a ser”. Esas vocaciones tempranas son frustrantes, porque cierran todas las demás puertas de la vida.
Admiro a los hombres que realizan muchos oficios, porque en esa profusión admiten su deseo de haber querido ser otra cosa o de ser otro algo.
Es odiosa la pregunta que los adultos hacemos al niño: “¿Qué quieres ser de grande?”. A veces el niño responde: “Tal cosa”. El niño que, a sus escasos ocho años, se muestra seguro de lo que va a ser es un pobre diablo. Su supuesta certeza le impide caminar otros caminos, ¡pobre!
Da Vinci o Miguel Ángel ya no están por acá para darnos su versión. Pero a mí me gustaría invitarlos a tomar un café con un pan compuesto, cualquiera de estas tardes lluviosas, y preguntarles -entre otras cosas- si no tuvieron otro sueño en la vida; es decir, si no a fin de cuentas fueron maravillosos pintores porque se dieron cuenta que pintaban como “los dioses”. ¿No será que no se dedicaron a hacer lo que soñaban porque tuvieron temor de atreverse en terrenos donde no se movían como “peces en el agua”?
Siempre he pensado que los hombres nos dedicamos a hacer aquello que nos otorga cierta seguridad y por temor no nos atrevemos a perseguir nuestro máximo sueño. Siempre he pensado que todos los hombres soñamos con ser un Everest y nos conformamos con ser un simple Pico de Orizaba o una loma que apenas levanta del horizonte.
Ahora pienso en los millones de secretarias y de funcionarios de “primer nivel”; ahora mismo pienso en los diputados y senadores; pienso en todos los hombres y mujeres que están adentro de oficinas (lujosas o modestas). ¿De veras ese fue su sueño o están ahí porque esa estancia asfixiante les garantiza una seguridad de estatus?
Tal vez sea cierta la leyenda que, con una taza de té en la mano, me contó don Pedrito. Dice que hubo un tiempo (en el inicio de los tiempos) que los hombres y animales conseguían su deseo vocacional con una mano en la cintura (bueno, con un ala o con una pata en caso de los animales). Los dioses, por ejemplo, concedieron el deseo al hombre que soñaba con ser el mejor cantante del mundo o el que soñó con ser el más fuerte (dicen que Hércules fue uno de los beneficiados). ¡Todo mundo era feliz! Pero como nunca falta un arroz en medio de los prietitos, hubo un tipo que deseó ser más poderoso que los dioses. Los dioses se molestaron ante petición tan soberbia y, desde entonces los terrícolas debemos conformarnos con ser lo que alcanzamos a ser y ¡no más!
Don Pedrito dice que es una pena, pero un alivio a la vez, porque en aquel tiempo los animales también soñaban. En el momento menos pensado un canario se convertía en un león feroz o un caballo se convertía en ratón (cuenta que más de dos jinetes perdieron la vida al ir trotando sobre caballos que, sin previo aviso, se convirtieron, uno en mariposa y el otro en colibrí).
Yo doy gracias a Dios por el oficio que me envió, pero en el fondo tengo algo como una frustración. De niño soñé con ser un gran pintor, como lo fue Miguel Ángel.
Soñaba con pintar el cuadro más hermoso del mundo; soñaba con ver mi cuadro colgado en una pared del Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York; soñaba que un día, ya súper famoso, llegaba a Comitán y las muchachas bonitas (cientos de ellas) aventaban, a mi paso, pétalos de clavel (la flor preferida de mi papá). Pero como decía Sara (que fue sirviente en la casa de mis papás): “Soñabas, tiempo pasado”.
¿En qué soñaba Miguel Ángel? Estoy seguro que soñó con ser otra cosa, pero como la vida es veleidosa, ella no le alcanzó más que para ser uno de los más grandes pintores de todos los tiempos. Se quedó sin cumplir su deseo subterráneo, y ahora ya no tenemos chance de preguntarle cuál fue ese. Qué pena.

jueves, 19 de noviembre de 2009

AVISO A MIS LECTORES


Estaré fuera del aire, por un rato. Espero verlos pronto. Hasta en tanto, que el universo ilumine nuestras estancias. Un abrazo.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

LIENZOS PARA ARTISTAS GRAFITEROS




¿Muro de Berlín? De niño pregunté: ¿qué es un muro? ¿Dónde está Berlín? Y hoy, viejo, vuelvo a preguntar lo mismo.
Disculpen sus mercedes, pero no me corto las venas cuando alguien, iracundo, grita que el mundo levanta muros. Si alguien se enoja porque levantan muros en la línea divisoria entre México y Estados Unidos yo me quedo tranquilo. Disculpen, nací en un pueblo donde la palabra muro ¡no existe! Acá, lo más que levantamos son paredes de bajareque para construir casas o bardas para delimitar terrenos. Y esto ya es un avance, porque antes las construcciones las hacíamos con paredes de tejamanil y las divisiones entre terrenos las hacíamos con un amontonamiento de piedras de una altura apenas superior al metro y medio. El tejamanil es como una “telita” de madera, por esto más que paredes las divisiones eran como vestidos de viento.
Los libros de historia consignan que los compas de Berlín Oriental no podían visitar a los compas de Berlín Occidental. Discúlpenme, pero acá en Comitán lo más que pasaba era que los de La Pila se encabronaban cuando los de San Sebastián llegaban a enamorar a “sus” mujeres de “su” propiedad. Los pileños esperaban a los “batanecos” con piedras y uno que otro cuchillo cebollero y los expulsaban de su territorio. Pero ¡nunca levantaron muros! En las ferias de ambos barrios se establecía una tregua. En la feria de San Caralampio los “batanecos” paseaban y bebían mistela con toda tranquilidad, y lo mismo hacían los pileños en el barrio de San Sebastián en la fiesta de enero.
Dicen que en Berlín el muro dividió familias que nunca volvieron a reunirse. Digo, ¡qué métodos tan complicados para hacer lo que acá hacemos con la mano en la cintura! Acá en Comitán, sin necesidad de levantar muros, las familias se dividen en serio. Basta que la mamá fallezca para que todos los hijos se agarren de la greña por la herencia y no vuelvan a hablarse jamás.
Crecí en un lugar donde el viento corre sin riesgo de tropezarse. Los niños trepábamos sobre las bardas enanas y entrábamos a los “sitios” a cortar jocote de corona, chulules o limas de pechito; brincábamos los “empedrados” y nos atrevíamos a robar el aguamiel de los magueyales. El horizonte era una línea sin impedimentos y el viento un corcel sin prótesis.
Cumplimos al pie de la letra el artículo constitucional en donde se reconoce que todo paisano tiene derecho al libre tránsito en territorio comiteco y puntos intermedios.
Sólo como broma y por pura envidia, una vez en Chiapas circuló el chiste de que los tuxtlecos iban a colocar un muro para que ya ningún comiteco fuera gobernador. Fue broma porque no construyeron tal cosa, pero algo de hechizo tuvo porque los cositías no suenan ya por el momento para la grande de Chiapas, “quesque” porque está flaca la caballada.
Siendo niño leí una revista de “monitos” que contaba la historia de Marco Polo, recuerdo que una de las imágenes mostraba una gran culebra sobre las montañas: La muralla china. En ese tiempo lo vi como la barda que había entre la casa vecina y mi casa. Claro, era una barda a lo bestia, una culebra fenomenal. Pero la vi como si fuera una simple raya que dividía dos terrenos. Ya se sabe que los seres humanos juegan constantemente a la venta y compra de inmuebles. Y la vi como cosa natural porque don Marco bajó del caballo, tocó la puerta de la muralla y entró como Polo por su casa. Dicen que la muralla es la única estructura humana que los astronautas ven desde arriba. Tal vez entonces los muros y murallas tienen un objetivo que no alcanzan a ver los que permanecen con los pies sobre la tierra.
En el pueblo circula una sentencia filosófica al estilo de Güemes: Un compa se paró frente al panteón municipal y reflexionó: “Esta barda está de más, porque los que están afuera no quieren entrar y los que están adentro no pueden salir”. Tal vez esto piensan los hombres que se enojan cuando alguien en el mundo tiene la ocurrencia de levantar un muro. Pareciera que los muros están de más en la tierra. Como acá en mi pueblo los muros no existen no sé qué sienten los hombres que, de la noche a la mañana, hallaron que el muro de Berlín que los dividía ya no estaba. ¿Les ayudó en algo pasar de un lado a otro, sabiendo que el otro lado es un territorio ajeno que nunca llegarán a tenerlo en su corazón?
A mí me disculpan, pero yo nací en un territorio donde no hay muros. Sin embargo, no voy más allá de mi espacio porque sé que “del otro lado” no hay nada. Disculpen sus mercedes.

martes, 17 de noviembre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA "PALABRA ESCRITA"


LA ILUSIÓN ESTÁ HECHA DE AZÚCAR

La casa era inmensa, llena de corredores y cuartos. Uno de los cuartos servía como bodega para guardar las cajas de refrescos que mi papá vendía. Las cajas se apilaban una sobre otra y formaban una increíble estructura de madera y cristal. Una vez, Víctor, hijo de la sirvienta, me dijo que en la bodega estaba el regalo que me “dejaría” Santa Clós. No le creí, porque apenas era dieciocho de diciembre.
En Comitán, a Santa le llamábamos Viejito de la Noche Buena y creíamos que vivía en el Polo Norte; creíamos que la noche del veinticuatro subía a su trineo jalado por renos y repartía regalos a todos los niños del mundo que se habían portado bien durante el año (en Comitán no entendíamos bien a bien cómo eran esos animales, pero, según relatos de los niños mayores eran como burritos voladores con amplias cornamentas).
Víctor era más grande que yo y, por supuesto, era más malcriado. Por esto, todos los años, el Viejito le dejaba juguetes más modestos. Un año antes le había dejado un carrito de madera y una bolsa de canicas, mientras a mí me dejó dos suéteres y un carro con pedales, color plata (ninguno de mis amigos tuvo un carro como ese. Yo era un privilegiado).
Además era un niño bien portado y creía -de veras lo creía- que el Viejito era quien dejaba los regalos de navidad. Mis papás, durante todo el año, me decían que si me portaba bien el Viejito me traería todo lo que pidiera. Mi lista de pedidos era extensa, en consonancia con mi buen comportamiento. ¿Cuáles eran mis pecados? Algún robo de veinte centavos para comprar un dulce, o alguna palabra altisonante, como “pendejo” o “cara de coyol” (esto último no sabía qué significaba pero Víctor lo decía a cada rato).
En una ocasión escuché en la escuela una canción que decía: “Dame tu cu, dame tu cu, dame tu cubeta de agua, para mi ve, para mi ve, para mi verde jardín”. La tonadita se me pegó y llegué cantándola a mi casa. Cuando mi papá la escuchó me pegó un sopapo y yo, lo juro, nunca entendí por qué mi papá se había enojado. ¡Sí, ya lo descubrieron!, aparte de ser un niño bien portado ¡era cándido!
Pero Víctor estaba empecinado en robarme la inocencia. Los niños malcriados disfrutan mucho robándoles la candidez a los niños inocentes, de la misma manera que los adultos borrachos disfrutan cuando a un abstemio lo extravían en los abismos del trago.
Víctor insistió que arriba de las cajas de refresco estaba mi regalo. Insistió tanto que le pedí me ayudara a subir. Vencí mi temor y subí por las endebles columnas de cristal y madera. Al fondo encontré un promontorio envuelto en una manta sucia. Levanté la manta y descubrí una marimba. Bajé y le dije a Víctor que era un mentiroso, con las manos me limpié el polvo del pantalón y sonreí satisfecho.
No había pedido ninguna marimba, así que ese regalo era para otro y no provenía de la fábrica del Viejito.
¿Cómo, los niños de ese tiempo, nos imaginábamos la fábrica de El Viejito? No sé cómo lo imaginaban los demás niños, pero yo lo imaginaba muy al estilo comiteco. Lo imaginaba como un gran taller en el “sitio” de una casa, con varios cuartos. En cada uno de éstos fabricaban diferentes tipos de juguetes. En un cuarto hacían los juguetes de madera, en otro los de latón, en uno más los de plástico, y en el salón más importante, hacían los juguetes de tela.
¿Quiénes eran los constructores de los juguetes? No los imaginaba como gnomos con gorro verde, los imaginaba como angelitos muy diestros en todo eso de fabricar sueños. Por eso, cada veinticinco, cuando abría mis regalos sentía un olor de albahaca y, a veces, encontraba una que otra pluma que mi mamá tiraba porque -decía- era de alguna paloma o gallina. Pobrecita mi mamá, ya algún cabrón le había robado su candidez en un momento ingrato.
¿Cuántos años tenía El Viejito de la Noche Buena? Una vez le pregunté a mi mamá y ella me dijo que El Viejito no tenía edad. Había nacido así. ¿Con barbas?, le pregunté. Sí, me contestó, mientras siguió colocando los claveles rojos en el florero de la mesa de centro.
Los niños queríamos que el tiempo pasara pronto para que llegara el veinticinco, pero sucedía lo contrario. Los dos días antes de la noche buena pasaban lentos, muy lentos, como si viajaran arriba de una carreta jalada por caballos viejos.
¡Por fin, la noche del veinticuatro llegó! Acompañé a mi mamá a prender los dos quinqués que, desde siempre, mi mamá prendía para esa noche especial. Un quinqué lo colocamos en el zaguán para que el Viejito supiera que lo esperábamos en esa casa; y el otro quinqué lo dejamos en la entrada de mi cuarto. A las ocho de la noche cené y mi mamá me dijo que me acostara para que el Viejito caminara por el camino de mi sueño.
La mitad del total de niños del mundo no duerme bien la noche del veinticuatro (la otra mitad sí cae rendida en su cama miserable, porque es pobre y se agota con el trabajo del día o con la falta de alimentos). La primera mitad “no mira la hora de que el Sol del veinticinco llegue” para levantarse vestida con la pijama, correr a la sala y abrir los regalos que “aparecen” debajo de los árboles, al lado del pesebre donde el niño Jesús duerme tranquilo (Jesús duerme tranquilo porque ya no espera ningún regalo; a pesar de que es el niño más bien portado del mundo ¡nadie le deja nada! ¿Será que aún tiene sobrantes del oro, incienso y mirra que le dejaron los reyes magos?).
Cuando amaneció, tiré las chamarras, me senté en el borde de la cama, me puse las pantuflas y, en puntillas (para no despertar a mis papás), fui a la sala para abrir mis regalos. Al lado del Nacimiento hallé el promontorio de huesos de madera con cuatro bolillos. ¡Ahí estaba la pinche marimba!
El papelito no podía estar equivocado. La marimba tenía mi nombre. Más tarde, mi papá, con cara de tiuca descubierta en el acto de robar un pedazo de pan, admitió que él era El Viejito.
Era tan cándido que aún cargué la mochila de la ilusión por un tiempo más. No me decepcioné, al contrario, me sentí orgulloso. ¡Pucha, cuando yo les contara a mis amiguitos de la escuela la verdad les daría envidia! ¿Saben quién es El viejito de la Noche Buena?, les preguntaría, y cuando ellos respondieran que ¡No! Les contaría mi secreto.
A mis amiguitos de la escuela les conté que mi papá era el Viejito de la Noche Buena (a pesar de que en ese tiempo mi papá era un hombre joven, apuesto. A pesar de ser chaparrito, cuando vestía de traje se parecía a los actores que salían en las películas que veía en el Cine Montebello). Todos mis amigos dijeron que no descubría nada nuevo. Esa mañana -bola de cabrones- descubrí que cada uno de los papás del mundo era El Viejito de la Noche Buena. La banderilla más profunda me la dio el torero de la última faena: “El Viejito no existe”.
El Víctor (cara de mi coyol izquierdo) me jodió para siempre.
No me quedó más que botar mi mochila de candidez y adoptar otra. Desde entonces la vida me ha enseñado que para crecer debemos botar los sueños inocentes. ¡Qué joda! Descubrimos que lo más sublime es mentira. Lo único real es la mierda de todos los días.
Por esto, cuando un presidente municipal de Comitán o un gobernador de Chiapas o un presidente de México, promete algo ¡no le creo! Soy el hombre más escéptico del mundo. Ya sé que El Viejito que me regalaba ¡no existe! Y para acabarla de joder mi papá ya no vive.
Crecí, me casé y tuve dos hijos. Cuando Alejandro tuvo siete u ocho años descubrió que Santa Clós era un invento, pero Fernando, mi hijo menor, aún creía en Santa. Mi hijo Alejandro se pavoneaba, como si ese conocimiento le otorgara madurez. Pensé entonces que los niños habían cambiado. Ya no vivían en mundos de ilusión, sino en mundos reales y tangibles. Entonces, en intento de que mi Fernando también se sintiera orgulloso de poseer un conocimiento de gente “grande” le dije que Santa no existía. Mi hijo me quedó viendo con una cara de perrito y se echó a llorar.
Pobre de mi Fer, fui su Víctor. Lo jodí para siempre.

lunes, 16 de noviembre de 2009

UN AÑO DE AGUA BENDITA



La palabra del poeta ilumina, es como agua de bendición. Por esto, a veces, los reinos se dan cuenta del valor de la palabra.
Cuentan que una vez un reino decidió celebrar la obra de un poeta. El Consejo de Ancianos convocó a los poetas vivos. Acudieron miles de hacedores de palabras (En el reino existía un viejo apotegma que rezaba: “En el reino hay tantos poetas que basta levantar una piedra para hallar uno que se cree tal”). El Consejo destinó muchas noches al proceso de elección. Por fin, a las doce de la noche del día doce, las trompetas del reino sonaron por todo el territorio. Grupos numerosos de personas acudieron desde todas las comarcas. Llegaron a la plaza principal del reino, con cientos de antorchas. El Presidente del Consejo se paró en el balcón, carraspeó, y leyó el Bando Declaratorio. Al término de la lectura los cientos de asistentes prorrumpieron en aplausos y porras. Hubo fiesta durante tres días continuos.
El Presidente declaró que el homenaje sería de tal solemnidad que, a partir de ese día, se conmemoraría “El año del poeta”, pero no sería para ninguno de los poetas vivos, sería para el poeta muerto más reconocido: El Poeta Mayor. El Consejo razonó que si el homenaje se realizara en honor de un poeta vivo éste podía caer en el pecado de la soberbia, y ya se sabe que no hay peor cosa que un hacedor de palabra que no sea humilde ante esa gracia divina (El Consejo descubrió que la mayoría de poetas participantes era soberbia).
Los corifeos aparecieron y gritaron a todo pulmón: “¡Pintaremos bardas con versos de El Poeta Mayor!”. “Sí, sí”, dijeron los dueños de los feudos y enviaron a sus súbditos a pintar todos los muros ciegos que se llenaron de luz con los versos del homenajeado.
El Consejo de Ancianos subió a sus carruajes e inició un viaje de reconocimiento. Por todos los poblados vieron bardas llenas de palabras como nubes. Un concejal, que padecía el mal que aquejaba a los miles que se creían poetas, dijo: “Es como si una lluvia luminosa humedeciera los muros de nuestro espíritu”. Sus compañeros le dieron la mano, lo palmearon y sonrieron complacidos. “El año del poeta” era un éxito. Desde los carruajes, los integrantes del Consejo veían cómo el pueblo se detenía ante las bardas y miraba los versos.
Al final del viaje, al Presidente se le ocurrió bajar del carruaje para escuchar la voz del pueblo. Los concejales se apearon y una multitud los rodeó ante una barda pintada. El Presidente llamó a un hombre que, con el sombrero de palma en la mano, miraba la barda con una gran emoción. “¿Qué te parece, vos?”, preguntó el Presidente. “No me parece”, dijo el hombre, retorciendo su sombrero. Un murmullo apareció y, como si fuese una víbora, serpenteó entre la multitud. El Presidente somató su bastón sobre el suelo arenoso y con voz grave preguntó: “¿Por qué no te parece?”. “Porque no sé qué dice ahí”, dijo el hombre y se retiró en medio de la gente. “A ver, vos, vení”, dijo el Presidente a un niño que llevaba una mochila en la espalda (con esto garantizaba que el niño supiera leer). El niño, con cara de niño inteligente, se acercó y preguntó: “¿No sabía escribir El Poeta Mayor?”. Una piedra de silencio pareció asfixiar a la multitud. El Presidente volvió a somatar el bastón. “¿Por qué dices eso?”. El niño se acercó a la barda y señaló una palabra que estaba mal escrita, le faltaba una tilde y en lugar de “zeta” tenía una “ese”. El Presidente dio media vuelta, subió al carruaje y ordenó partir en seguida.
Una vez en Palacio, el Consejo de Ancianos se reunió y determinó olvidar el incidente y continuar con el homenaje.
“¡Hagamos una revista que sea un homenaje al poeta!”, dijeron los corifeos. “Sí, sí”, dijeron los siempre dispuestos a aplaudir. Los creadores se desvelaron durante dos noches, fueron de un lado a otro de la oficina, tomaron café, apagaron y encendieron cigarrillos a granel, hasta que, a las tres y cuarenta y dos de la madrugada del segundo día, alguien gritó “¡Eureka!”. El grupo se acercó, dos o tres que dormitaban en los sofás y debajo de los escritorios también se levantaron para rodear al iluminado. “¡Ya lo tengo! -dijo el iluminado- Que la revista lleve el nombre del primer libro de El Poeta Mayor”. “Sí, sí”, dijeron a coro y pusieron manos a la obra.
Cuando la revista estuvo lista, el Presidente ordenó le llevaran un ejemplar. Abrió la revista en la primera página, leyó y se dio cuenta que el texto estaba plagado de errores de ortografía. Molesto, cerró los ojos y vio la carita del niño, la vio como un reclamo. ¿Es que en el reino no había alguien que supiera escribir? El Presidente ordenó una reunión extraordinaria. Una vez que el Consejo estuvo reunido, el Presidente somató su bastón sobre la duela barnizada e impecable de la Sala de Ceremonias y decretó: “Ordeno que se suspenda el pintado de bardas; ordeno que se suspenda la publicación de la revista; asimismo sugiero que cada persona celebre a su manera la gracia de “El Año de El Poeta Mayor””.
Y cuenta la leyenda que el Presidente fue a casa del niño inteligente y le obsequió un ejemplar del “Nuevo Recuento de Poemas” para que comprobara que El Poeta Mayor sabía escribir y lo hacía ¡muy bien!

domingo, 15 de noviembre de 2009

JARRONES DE PORCELANA


Somos niños. Entramos a un cuarto donde el tío Dobleele guarda pantalones, calcetines y camisas en una maleta de cuero. El cuarto apesta a león. Nunca hemos estado cerca de un león pero repetimos lo que todo mundo dice cuando algo apesta a humedad revuelta con aroma de chorizo a las brasas. Llovizna afuera.
El tío nos señala las camisas recién planchadas y nosotros corremos a levantarlas para dárselas. Él las dobla y las mete. Ya casi no cabe algo más. Entra la tía Dobleú, con un paquete envuelto en papel aluminio, hace a un lado al tío y, como si dijera la sentencia más sublime del siglo, engola la voz y dice: "Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar".
Y, desde entonces, crecemos repitiendo la famosa sentencia, aún cuando bien pensado sea una estupidez que se aplica muy de vez en cuando.
El maestro, en secundaria, trata de enseñarnos el principio físico de que todo cuerpo ocupa un determinado espacio y no puede ser ocupado por otro cuerpo, pero nuestra cabeza se resiste al conocimiento porque ya la famosa tía Dobleú nos enseñó que "todo cabe sabiéndolo acomodar".
Por esto vemos que en el estadio de fútbol -diseñado para cien mil espectadores cómodamente sentados- "caben" ciento treinta y dos mil ochocientos; por esto las combis públicas, diseñadas para once pasajeros más un chofer, van "reatacadas" con quince o dieciséis pasajeros.
El transporte público de Comitán a Trinitaria (y viceversa) lo constituyen dos camiones medio destartalados y cinco o seis suburbans de modelo más o menos reciente. No viajo en combis o suburbans, siempre lo hago en camión (bueno, casi siempre). El otro día no había ningún camión en el andén, me desesperé y acepté la propuesta de Paty: Vayamos en combi. ¡Nunca lo hubiéramos hecho!
El chofer -tal vez pariente lejano de la tía Dobleú- metió dieciocho pasajeros donde debían ir doce. Paty y yo nos sentamos en el asiento trasero (cuando subimos nos sentamos en el asiento posterior al chofer, pero un compa que se sentó atrás de nosotros tenía "gripe" y estornudó dos veces en mi nuca. "Preferimos" cambiarnos de asiento).
Hasta eso debo confesar que el chofer "acomodó" con gracia a los pasajeros en el "jarrito". "Con tanto frío, ¡bien les va a caer ir apretaditos!", dijo cuando ya éramos quince adentro del carro.
¿De qué chingados estaba hecho el jarrito de la tía Dobleú? Los jarros, jarritos y jarrones que yo conozco son de un material no maleable y no aceptan más cosas en su interior que el límite de su capacidad física.
Tal vez la tía -imaginativa como ella sola- tenía un jarrito "extendible".
Lo que sí debo admitir es que, después de sacar todo lo que el tío había metido, volvió a acomodar todas las cosas de una manera en que la maleta cerró sin dificultad.
Ahora que lo pienso, tal vez la tía no es tan culpable. Los culpables somos nosotros por entender mal los conceptos. Los choferes entendieron que los pasajeros somos "cosas" y se la pasan aplicando la famosa sentencia como si fuésemos chunches.
Pero si lo pienso bien, tampoco se aplica a todas las cosas. Si los chunches a meter en el famoso jarrito son peluches ¡no hay problema! Pero a ver, ya quisiera ver a la tía tratando de meter en un jarrito pequeño una docena de grandes lámparas de cristal cortado (así terminarían).
¿Todo cabe en un jarrito? Depende, depende. Siempre y cuando el jarrito no sea más pequeño que las cosas a guardar. Digo, digo. El mundo cabe dentro del universo, pero el universo no cabrá jamás dentro del mundo.
A mis cincuenta y dos años sigo pensando que ese dicho es una soberana estupidez, pero ahí voy repitiéndolo y tratando de rellenar maletas como si éstas fuesen panzas de sapos.

sábado, 14 de noviembre de 2009

LUNA AGUADA


"¡Hay agua en la luna!", dice la noticia. Para esto bombardearon la luna. Lástima que Bush ya no es presidente de los Estados Unidos. El bombardeo Irakí lo hubiese justificado diciendo: "¡Hay petróleo en Irak!". Para esto bombardeó aquel territorio fantástico.
"¡Hay agua en la luna!" ¿Y? Ahora mismo -sin ser científico ni bicho que se le parezca; sin bombardear ninguna estrella- puedo afirmar que existen millones de lunas en el universo que ¡tienen agua!
¿Y ahora qué? ¿Venderán aguas frescas en la luna? Los de la NASA ¿piensan formar lagos y -así como ya organizan sus "tours" para millonarios- ofrecer torneos lunares de pesca para gente "Totalmente Slim"?
Sin necesidad de recurrir a bombardeos, cualquier espíritu cursi les hubiese dicho que no es agua pura sino lágrimas; las lágrimas que han derramado todos los terrícolas enamorados.
Hay agua en la luna. ¿Y? De niño creí que la luna estaba hecha de queso (lo mismo creía Ratatouille). ¿No será que no es agua sino el suero del queso?
¿Y si son aguas negras? (Habría que llamarlas aguas Obama, digo, no por cuestión racista sino para reafirmar el espíritu del conquistador).
El otro día apareció la noticia que Obama es el hombre más poderoso del mundo (claro, la firma encuestadora era una gringa poderosa). ¿Qué pensarán en China acerca de esta declaración?
Y ahora resulta que tenemos una luna aguada. ¿Esta es la noticia del siglo? No lo creo, tal vez sí es el inicio de las afrentas que el hombre le prodigará a la luna durante el siglo XXI. Imagino que ahora los poderosos ya diseñan planes tal como si en la tierra hubiesen descubierto un yacimiento de petróleo. ¡Qué tontos! Los científicos de la NASA de los años sesentas ya sabían que había agua en la luna. El lugar en donde se supone alunizaron los tripulantes del Apolo XI se llama "Mar de la Tranquilidad", bueno, tal vez ahora ya se llama Mar de la Intranquilidad.
Dios mío, ¿qué le espera a la luna? Lugar donde pone su pie el hombre lo hace talco. El hombre descubrió que en Cancún había agua y había Sol y miren lo que hizo de ese paraíso; el mismo hombre descubrió que en la Selva había maderas preciosas y vean cómo está ahora ese territorio de maravilla; los comitecos descubrimos que había agua en Uninajab (que según me dicen es una palabra maravillosa que significa "Casa de agua") y vean el cochinero que ahora es.
Los hombres, por desgracia, nunca descubriremos que "lo natural es mejor al natural".
El hombre es el ser más depredador de todos los que existen sobre la tierra.
Para demostrar su poderío, ahora que ya se dio cuenta que la tierra entró en un proceso de degradación irreversible por el comportamiento irracional del propio hombre, levanta la vista y ve la luna, pero no la ve con admiración y respeto por la obra del creador, no, ¡no!, la ve con los ojos rapaces del conquistador.
¿Por qué desde siempre los lobos han aullado a la luna? Esos aullidos han sido lamentos, pues ya presentían que un día el hombre se enorgullecería por descubrir que el sátelite tiene agua.
¡Pobre luna! ¡Pobre humanidad! Auuuuu, Auuuuuu.

viernes, 13 de noviembre de 2009

COMO DESCOLGAR ESTRELLAS



A los cincuenta y dos años descubrí que escribir es el oficio más sencillo del mundo, el más simple. Algunos recomiendan hacerlo de pie, pero la mayoría de escritores escribe sentada. Así pues, basta jalar una silla frente a la mesa para ejercer un oficio tan viejo como el oficio más antiguo del mundo, que no es el de la prostitución, sino el de la vida.
El oficio de escritor puede hacerse a la antigüita (y no me refiero a una piedra con cincel), o hacerse en forma moderna. Este oficio no requiere mayor ciencia que pepenar palabras para bordar un tapete con ellas.
Y digo que es el oficio más simple, porque si entrañara alguna dificultad suprema yo no sería escritor. No lo sería porque soy un hombre muy simple. Por esto no soy astronauta, ni ingeniero, ni buzo o diputado.
El mundo está lleno de oficios complejos. Únicamente los seres dotados con una gracia especial se dedican a la albañilería, a la carpintería o a la plomería.
Ayer me di cuenta que en casa hay muchos desperfectos porque soy un hombre simple. No hago acá la relación de chunches averiados porque esta Arenilla sería interminable, pero, sólo como ejemplo, digo que hace tiempo una llave del fregadero gotea, dos lámparas están fundidas y la lavadora está inservible.
Sara, Benjamín, Carmelino, Jorge, Antonio y los demás empleados de la casa de mi infancia desaparecieron una tarde con lluvia. Con ellos se fue mi mundo práctico. Desde su ausencia me siento indefenso. Ellos hacían todo por mí.
Si estuvieran a mi lado bastaría hablar, sin alzar la voz, para que ellos (como fantásticos genios) cumplieran mis deseos.
Varios amigos me han dicho que lo de la lavadora debe ser una cosa sencilla: “¡Es la banda, seguro!”. Y me dicen que basta con cambiarla para que el aparato vuelva a funcionar como en sus mejores épocas. Yo, por supuesto, digo que sí, que debe ser eso, que cómo no lo había pensado antes, que al regresar a casa abriré la lavadora, retiraré la banda y la cambiaré.
Callo lo de las lámparas porque no quiero que mis amigos se enteren que soy el hombre más inútil del mundo (ya de por sí es penoso admitir que soy “simple”).
Mi simpleza llega a tal grado que la convivencia con los otros me es difícil. Debe ser que Benjamín, Carmelino y los demás también platicaron y jugaron por mí con los otros niños. Por esto me acostumbré a jugar solo y a platicar solo. Por esto, ahora, me abruma lo complejo de la vida. De niño no jugué rondas. ¿Cómo me exigen ahora que me siente en una mesa donde medio mundo platica bien sabroso?
No digo que hay dos lámparas fundidas en mi casa, porque los demás se burlarían. Ah, si fueran focos “simples” no habría mayor problema. Bastaría trepar a una silla para cambiarlos, pero ¿cómo se cambian esas lámparas fluorescentes de tubo que miden más de metro y medio? En los extremos tienen algo como pivotes que, imagino, deben insertarse en huecos de la base. Pero ¿cómo llegar a esa altura de más de dos metros y medio? ¿Por qué estas lámparas las instalan en la parte más alta de las paredes? Ah, si Benjamín estuviera, ya le hubiera pedido mi deseo y, en menos que canta un gallo, estaría cumplido.
Un día estos hombres desaparecieron de mi casa. Mi papá cerró el negocio que tenía y al día siguiente “mis” genios cambiaron de botella.
Por esto, ahora lo confieso, como no sé hacer algo más práctico, mi oficio es la escritura. Me resulta simple, sencillo. ¿Cómo saber si hago bien o mal este oficio? No sé, evaluar un texto me parece una labor compleja.
Mis lectores entenderán que escribo a ras del suelo; sólo de vez en vez me subo a la silla para cambiar un texto fundido; pero jamás, ¡jamás!, me subo a una escalera para descolgar una nube que está al lado de una lámpara fluorescente. Y ya se sabe que quienes creen que saben dicen que los textos sublimes están siempre colgados en las alturas. ¡Ah, qué complejo!

jueves, 12 de noviembre de 2009

A PROPÓSITO DE CIELOS


Me invitaron a dar una plática acerca de los conceptos de Respeto y de Tolerancia. Paso copia del textillo que preparé para la ocasión.

TOLERANCIA Y RESPETO

La palabra Tolerancia viene del verbo latín: tollere que significa: Déjalo.
Asimismo, la palabra Respeto viene del latín respectus y significa atención o consideración.
Al hablar de Valores tenemos necesariamente que relacionarlos con todo un Sistema. La Tolerancia y el Respeto no tienen razón de ser si no se inscriben en un Corpus de Principios y Valores. Si la Tolerancia es el “Respeto a la diversidad” no puede existir un hombre tolerante sin la comprensión y aplicación del Respeto.
En la actualidad está de moda decir que “La sociedad está perdiendo los valores”. Es una idea equivocada. Los valores son permanentes y universales, por lo tanto no pueden perderse. Lo que ocurre es que la sociedad los ha dejado de lado: ¡están olvidados! Pero esto tampoco es cierto, porque hoy, más que nunca en la historia de la humanidad, se habla de Tolerancia y de Respeto. No obstante, la sociedad actual es intolerante e irrespetuosa.
¿Qué sucede entonces? El enfoque que la sociedad le ha dado a Los Valores es erróneo.
Desde niños aprendemos ambos conceptos, pero no los vivimos.
Recordemos la forma en que nuestra sociedad nos transmite estos conceptos. De niños escuchamos conceptos como el siguiente: ¡Más respeto, que soy tu madre!
En este enunciado queda perfectamente expresado el yerro en que incurrimos. Nos han inculcado ser respetuosos ante “el otro”, Ser tolerantes ante “el otro”; ha sido un poco como si nos dijeran: Vive por y para “el otro”. ¡Acá está el fallo!
Los Valores Universales no son semillas para sembrar indiscriminadamente en los patios traseros de las casas; al contrario, son como gajos de luz que sólo “prenden” en el jardín del hombre.
Benito Juárez expresó: “El respeto al derecho ajeno es la paz” y, en nuestro país, esto se enseña como modelo de Respeto. Pero si lo analizamos con detenimiento suena un poco a: Si no respetas mi derecho ¡te hago la guerra!; es decir, siempre en la supuesta enseñanza de los Valores está implícita una amenaza. Y si algo está opuesto a la imposición es precisamente El Principio Ético.
Todo Principio Ético sustenta su eficacia en La Voluntad y ésta se inserta en el círculo más próximo del Ser. La Voluntad es el motor que impulsa al hombre a trascender el plano de la mera animalidad.
La esencia de un Valor Universal está cimentada en el espíritu del hombre. Antes que el respeto hacia “el otro” (Ser inexpugnable) o hacia “el entorno” (Materia distante) la transmisión de los Valores Universales debe estar dirigida al “Yo”.
Imaginemos una sociedad donde, en lugar de oír: El respeto al derecho ajeno es la paz, escucháramos algo como: La paz nace en el respeto hacia uno mismo.
Cuando un ser humano se apropia de los Valores Humanos no para dignificar “al otro” sino para ser digno él mismo sucede el prodigio que menciona La Biblia: “Todo lo demás llega por añadidura”.
Hemos olvidado que la sociedad no es una masa amorfa de seres. El constitutivo esencial de la sociedad humana es ¡el hombre! Si bien es cierto que cada uno forma parte de un conjunto, nunca el individuo pierde su condición de unicidad.
Ahora bien, ¿Qué beneficios otorga respetarse a sí mismo? ¿Para qué ser tolerante con los “muchos” que somos? Como es lógico comprender, las respuestas a estas dos preguntas están en el interior de cada ser humano.
Un hombre no puede respetar ni tolerar a sus semejantes si no se respeta y tolera él mismo; de igual manera si no tiene respeto hacia su persona es irrespetuoso con los animales, plantas y estrellas que conforman el universo.
Un hombre no puede respetar la Luz de la Creación si no posee dignidad.
Quien carece de Dignidad es apenas algo más que un costal de basura.
Hubo una vez un maestro que respondía al nombre de Reynaldo. Cuando el maestro Rey entraba al salón, algunos alumnos irrespetuosos no le ponían atención a su clase. Una mañana, un grupo de padres de familia recorrió los corredores de la Escuela Preparatoria, un padre, al ver, el descontrol del grupo dijo: “¡Qué falta de respeto para el profesor!”, pero, de inmediato, una madre de familia, en voz baja, comentó: “No, no le faltan el respeto al maestro, se faltan el respeto a ellos mismos”.
Cuando advertimos la degradación que el hombre le hace al medio ambiente, ¿debemos decir que es una falta de respeto para el entorno; o tal vez, de mejor manera, como lo hizo aquella madre de familia de los años setentas debemos decir: “El propio hombre se falta el respeto”?
Parece entonces que la escala de Valores está en relación directa con la manera en que se comportaba aquel bendito maestro de la Escuela Preparatoria de Comitán y en el comportamiento de algunos alumnos. El maestro, a pesar del desorden del salón de clases, impartía su clase con tolerancia hacia aquellos jóvenes que merecían el respeto de un hombre respetuoso.
Los hombres que transforman la sociedad para bien están inscritos en ese círculo de hombres que hacen de la Dignidad el pan suyo de cada día.
¡No le faltamos el respeto a los otros, nos faltamos el respeto a nosotros!

miércoles, 11 de noviembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS LIBROS TAMBIÉN VUELAN ADENTRO DE CAJAS



Querida Mariana: La luz exterior siempre es la misma, pero en el interior de los edificios se modifica. Una es la luz del templo, otra la de una cantina. La luz de las bibliotecas es como un riachuelo de agua transparente. La luz de la biblioteca es más cercana a la que brota en un fogón, pero más distante a la luz intensa de un estadio o a la flama difusa de una plaza a media noche. ¿A vos te gusta la luz que prende el “mushcac” (que le dicen luciérnaga en otros lados)?
Pedro Ortiz Gutiérrez llegó a la escuela donde trabajo. Llegó con tres cajas de cartón que contenían libros. ¡Es maravillosa la capacidad de las cajas de cartón! Son como hospicios que dan albergue a los chunches desvalidos (incluso líquidos traviesos que toman la forma del cristal que los contiene).
Pedro entró a la biblioteca y dijo: “Vengo a donar estos libros”. Lo dijo así, como si supiera que el Sol no hace alarde de algo cada mañana. Pedro dejó las cajas y se retiró, con la sencillez que el Sol, en la tarde, mueve la mano.
Pedro sabe que quien regala un libro no sólo regala hojas pegadas o costuradas; quien dona un libro dona algo como un gajo de luz, como una rama de viento fresco. Quien dona un libro dona palabras. Pedro, el otro día, nos compartió muchos ríos: Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Marguerite Yourcenar, Platón, Mario Vargas Llosa, Walt Whitman y muchos más.
Las cajas reciben mil y un objetos. Es fantástica la capacidad mimética del cartón; fantástica su tolerancia ante los diversos aromas, texturas y colores. A pesar de su capacidad de camaleón prolífico el cartón no distingue entre tostadas y libros. Quien abre la caja ¡sí reconoce la diferencia!
Las cajas de Pedro quedaron en el suelo. A la mañana siguiente, muy temprano, abrimos las cajas y fue como si abriéramos las ventanas de la casa que da al huerto, a la calle, al mar. Porque un libro es semilla de luz.
Con la emoción del niño que abre la caja el día de su cumpleaños o el día después de noche buena descubrimos un libro con poemas de Neruda, nos sentamos en el suelo y leímos una oda a la gaviota y supimos que el libro también tiene vocación de vuelo. El libro es ave que no discrimina ningún cielo.
El libro vuela hacia todas las direcciones e inventa pretextos estacionales para migrar hacia otros territorios.
Pedro, esa mañana, fue como una gaviota sobre la playa, como una raya de luz sobre los cielos. Al día siguiente colocamos los libros en la Sala Universitaria de Lectura. Hoy, los libros de Pedro están en manos de alumnos de la Universidad Mariano N. Ruiz. ¡Están en buenas manos!
Quienes donan libros riegan semillas de luz a los cuatro vientos. ¿Sabe Pedro lo que hizo? Los hombres que colocan un libro sobre las manos de otros hombres ¿saben el prodigio que hacen?
La luz de nuestra biblioteca está más cerca de la luz de quinqué de una casa comiteca, y muy distante de la luz de reflector de un aparador de Nueva York.
P.d. Alicia, quien era la mala del cuento, quiso molestar a Jazmín y le hizo un regalo el día de su cumpleaños. Cuando Jazz abrió la caja halló una cucaracha viva. Jazz sonrió y dijo: “Gracias, Al, gracias por acordarte de mí y regalarme a Gregorio Samsa”, y siguió leyendo a Kafka.

martes, 10 de noviembre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA "PALABRA ESCRITA"


EL ESCENARIO DEL CINE COMITÁN

“Un barco cargado de…” ¡Recuerdos!, respondió Emilio y cada uno de los muchachos dijo un recuerdo (teníamos entre dieciocho y diecinueve años). Jugábamos en el patio trasero de la casa, a las ocho de la noche, junto a un árbol de cedro y una fogata que había prendido Artemio, quien fue “Boy Scout” a la edad de siete años. Estábamos en una casa de la Colonia Narvarte, en la ciudad de México
Cuando tocó mi turno dije: “Mi recuerdo es “el templete” del Cine Comitán”. Todos me vieron como si yo tuviera cara de quetzal adentro de una jaula de leones. Como el juego consistía en decir el recuerdo más cercano a nuestro corazón, dije lo que dije aunque sólo Enrique conociera el Cine Comitán. Dije la palabra “templete” porque no supe si lo del Cine Comitán era un escenario o un foro. Ese escenario siempre lo vi como estructura liviana de feria pueblerina. Y sin embargo era el espacio más bello del mundo cuando las luces se apagaban y la función de cine comenzaba.
Continuando con el juego, Alicia preguntó: “¿De qué está hecho?”. Dije: Está hecho de madera, cuando subo al templete mi nariz huele la humedad. El aseador del Cine Comitán riega la madera con agua y luego lo barre.
“¿Para qué lo usas?”, preguntó Enrique. Dije: Para cumplir mis sueños de artista. Cuando es fin de curso de la escuela primaria participo en ese baile de Michoacán que llamamos “Baile de los viejitos”.
“¿Cómo lo llevas?”, preguntó Xavier. Como me tardé más de dos minutos en responder perdí mi turno y todos se pararon y me hicieron “pamba”. Mi cabeza la convirtieron en tambor y todos lo somataron con sus manos. Luego le tocó el turno a Mariano y él respondió bien todas las preguntas. Mariano nunca tardaba en sus respuestas; nunca le hacíamos pamba y él siempre ganaba el juego. Alguna de las muchachas le daba el premio: un beso.
No supe responder a la pregunta: ¿Cómo lo llevas? Lo más simple hubiera sido responder que era una estructura pesada, inamovible, pero ahora sé que esto tampoco era cierto, porque alguien, en algún momento, se lo llevó. La pregunta ahora es: ¿Cómo se lleva un recuerdo? ¿Se carga como una piedra o se alimenta como una nube? ¿Se disipa como la niebla o se evapora como el agua? ¿Perdura como la idea de Dios o es frágil como una montaña de sal?
Quienes, como yo, crecieron en Comitán en los años sesentas y setentas recordarán el escenario de ese cine.
Imagino que el sueño de cualquier niño artista de la ciudad de México es actuar en el escenario del Palacio de Bellas Artes. ¿Con qué soñábamos los niños comitecos que soñábamos con ser artistas en los años sesentas? También soñábamos con Bellas Artes. Después de haber pisado el foro del Cine Comitán ya no quedaba más por pisar en este pueblo y el sueño era ¡Bellas Artes! Medio mundo había actuado en el templete del Cine Comitán, porque ese espacio servía para celebrar los festivales de fin de cursos.
Los niños, con vestido de manta, sombrero de palma y cinta bordada, nos amontonábamos en un pasillo para esperar la indicación de salir a actuar al escenario. Algunos inquietos se escapaban e iban a ponerse atrás de la pantalla. La pantalla del cine era una inmensa tela plástica llena de poros como ojo de mosca gigante. Los intrépidos que se atrevían a llegar hasta ese lugar acercaban su cara a la pantalla y curioseaban la grandeza de la sala.
Quienes actuamos en ese escenario fuimos bendecidos por el prodigio. Nosotros, niños sencillos con ganas de comernos el mundo, actuábamos sobre el mismo escenario donde, a la hora de la matiné o de la función vespertina, El Santo luchaba, o Gary Cooper galopaba en montes llenos de cactus, o Pedro Infante lloraba a mares porque su Torito había muerto.
Por eso, todos los niños de ese entonces siempre nos creímos un poco El Látigo Negro o Mil Máscaras o, los más atrevidos, Charlton Heston o Cary Grant.
La vez que bailamos “El baile de los viejitos” salimos con máscaras de ancianos, con un bordón sujetado por ambas manos. Imitamos el paso cansado de los viejos, al ritmo de una música insistente. Una noche antes yo había imaginado el escenario (que, insisto, era como el de Bellas Artes) y había imaginado el momento de nuestra actuación. Imaginé que, al final, en lugar de seguir la fila de mis compañeros, “hacía como que me equivocaba” y tomaba el sentido contrario, a mitad del camino volteaba y corría para alcanzar la fila. ¡Ah, imaginé la carcajada de medio mundo espectador! Esa noche decidí que haría la gran actuación.
La mañana del acto llegó y, dos minutos antes de que saliéramos a escena, estaba convencido de que tendría fuerzas para el acto final. Pero a medida que se acercó el momento del baile, comencé a dudar. ¿Y si se enoja el maestro?, pensé. Cuando el maestro nos formó para salir al escenario nos recordó: “Háganlo tal como lo ensayamos”. Salí e hice lo mismo que mis compañeros. Al final, el público aplaudió nuestro esfuerzo, pero yo siempre me quedé con el resabio de que ese día Comitán perdió una estrella estilo Chaplin o Buster Keaton. Al llegar a mi casa me encerré en mi cuarto y cubrí mi cara con mis manos. No había tenido el valor para ser diferente, para decirle a todo Comitán que yo era un innovador de la escena.
Muchos años después fui a estudiar a la UNAM, en la ciudad de México. Una noche, en el patio trasero de la casa de huéspedes, jugamos el juego de un Barco Cargado de…”Recuerdos”, y yo recordé ese sencillo “templete” en aquella ciudad, bajo un inmenso cielo que aún no estaba tan contaminado.
Tiempo después, alguien me dijo que el Cine Comitán había desaparecido. Ahora el edificio donde estuvo el Cine es una tienda de ropa. De vez en vez entro al local, alguna señorita dependiente se acerca y me pregunta si quiero algo. Trato de sonreír y le digo que no. ¿Cómo le voy a decir que estoy buscando dónde quedó el templete?
El recuerdo es como un puente de madera podrida. A veces, a pesar de su fragilidad, tenemos que cruzarlo. ¡No hay de otra! El hombre no sabe bien a bien para qué puede servirle un escenario de madera húmeda, pero, a veces, lo busca con denuedo.
Uno de estos días del pasado octubre coincidí con el Arquitecto Guillermo Ochoa y su esposa, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. Cuando Memo platicó que su papá laboró durante mucho tiempo en el Cine, su esposa, de pronto, así como si apareciera un viento desde “La Ciénega”, dijo: “¿Adónde habrán llevado las butacas?”.
Yo tenía la pregunta del templete en la punta del corazón. ¿Adónde los gritos de los niños cuando mirábamos a Santo vencer a las momias de Guanajuato? ¿Adónde los instantes en que aparecía la palabra “Intermedio” y la vida era como una pausa? ¿Adónde esas horas que hoy parecen muertas y que entonces fueron tan vivas? ¿En dónde están esos niños simples y sencillos que, como comían los panes compuestos de doña Lola (encargada de la dulcería), querían comerse el mundo entero? ¿Alguna vez, alguno de nosotros llegó a estar arriba del escenario de Bellas Artes?
Memo desvió la plática y la pregunta de su esposa quedó flotando. ¿En dónde quedaron las butacas? Deben estar en el mismo lugar a donde fue a parar el escenario, en el mismo lugar donde se oxidan los trompos y canicas que jugamos los niños de ese tiempo.

EL CRISTAL DEL ESPÍRITU

Hace años estuvo de moda la teoría de “La ventana rota”. La teoría establece que un barrio es más inseguro si no cambia sus ventanas rotas. El deterioro y la decadencia son señales para los delincuentes, les dice que no hay autoridad para detener delitos menores.
Comitán, ahora, cada vez es más una ciudad insegura porque muestra un grado alto de deterioro. Los vecinos conscientes pintan las fachadas de sus casas y barren el frente de su casa, pero los vándalos grafitean las fachadas y quiebran las botellas de alcohol a mitad de la calle.
Estos tiempos nos han roto no sólo la ventana sino algo de luz. Ahora nos llega algo como un haz quebrado. Pero no sólo los jóvenes dañan las paredes; hay adultos que, también, destrozan el cristal de nuestro espíritu. Son tiempos difíciles.

lunes, 9 de noviembre de 2009

FREE TOUCH



Lo pregunté así como quien dice “Buenas tardes”: ¿Qué es lo peor que te ha sucedido en la vida? “Un sueño”, me respondió y la vi temblar, como si el fulgor de aquel sueño todavía la cimbrara.
Adriana no me contó el sueño, por supuesto. Pero le creí por la luz de quinqué disminuido en sus ojos.
Miente quien dice: “Logré mi sueño”. ¡Todos los sueños son irrealizables! La vida es tan misteriosa que al hombre le cumple los deseos pero jamás sus sueños.
El deseo tiene su origen en la conciencia del hombre, en cambio el sueño viene de lo profundo.
Jaime Jaimes soñó un sueño. Soñó que se sentaba en el filo de la cama, se desvestía, miraba la Luna por la ventana, se quitaba los calcetines y los zapatos. Soñó que se acostaba, cerraba los ojos, rezaba y luego, por el prodigio del azar surrealista, soñó que caminaba por una calle que era como una viga suspendida a mil metros del suelo. Caminaba como si fuera un equilibrista, lo hacía con gracia, como si no dudara ni tuviera miedo ante el abismo de ambos lados. Los abismos eran como un pozo de luz, le herían sus ojos, lo deslumbraban, pero él seguía caminando como Jaime por su casa. De pronto, sucedió lo inevitable; es decir, lo previsible, el pie izquierdo titubeó y al dar el siguiente paso (ya próximo a llegar a la esquina) Jaime tropezó y cayó, pero en su sueño no sintió temor, porque entró a otro sueño y soñó que le crecían alas y, justo antes de estrellarse contra el suelo (un suelo presentido porque nunca llegó a palpar su consistencia), voló y remontó hasta volver a alcanzar la calle que ahora ya era un lago lleno de nubes, y Jaime, ya con otro nombre, siguió caminando por encima de las nubes que eran de muchos colores, de la misma manera que otro personaje, hace miles de años, caminó sobre el agua. Las nubes eran como un arco iris y eran suaves como almohada con pluma de ganso. Justo en ese instante sucedió que Jaime, ya con el nombre de Jesús, despertó del sueño dentro de su sueño y al hacerlo perdió las alas y de nuevo cayó en un pozo oscuro. A medida que, en caída libre, se precipitaba hacia el fondo comenzó a sentir frío, mucho frío, sus ojos se llenaron de escarcha y no pudo abrirlos más. Tuvo miedo, por primera vez en su sueño ¡tuvo miedo! Pero su subconsciente actuó y le recordó que seguía metido en su sueño así que buscó un alfiler entre su ropa y antes de desbaratarse contra el suelo se pinchó en el brazo izquierdo. ¡Despertó! Despertó en el lugar donde había iniciado el sueño de su sueño: la calle angosta que parecía suspendida en el cielo. Iba a dar un paso, pero desconoció si era o no un sueño. Pensó que estaba completamente despierto. Sintió temor, el temor del hombre que camina en un pretil ubicado a cientos de metros de altura. Se hincó en la calle, bajó sus pies y quedó colgado de la viga de cemento. Una paloma pasó volando. El hombre (ya no supo si era Jaime o Jesús pues el ser humano nunca sueña con su propio nombre) cruzó los pies por debajo de la calle y se acostó sobre la viga y la abrazó con fuerza, fue como un moño apretado a una caja de regalos. Durmió. Con todos sus deseos trató de forzar el sueño, pero éste nunca llegó. Después de horas, ya en el límite de sus fuerzas, por fin, durmió, pero antes que en su sueño se soñara barco o colibrí, se hizo tantito hacia la izquierda y cayó. Dos minutos después, se despedazó sobre la calle del pueblo y ya no despertó nunca más.
Tal vez a Adriana le ocurrió un sueño semejante, pero ella, gracias a Dios, no logró entrar a otro sueño dentro del sueño. Dicen que estos son los peligrosos. Por lo regular los humanos nos acostamos y soñamos y luego despertamos y volvemos al lugar del principio: nuestra cama. Pero cuando alguien dentro del sueño accede a otro sueño y quiere regresar del segundo al primero puede extraviar el camino. Así le sucedió a Jaime, ¿o se llamaba Jesús?

domingo, 8 de noviembre de 2009

CUCARACHAS POLÍGLOTAS


"Vayan al patio a estudiar todas las capitales del mundo". Los alumnos de sexto de primaria salíamos del salón y buscábamos una sombrita en los corredores y ahí estábamos dale y dale con Francia, París; Guatemala, Guatemala; El Salvador, San Salvador, hasta que en la puerta del salón el alumno saliente llamaba al entrante. "Molinari, te toca", y el Molinari, arrastrando los pies como cuentan los arrastraban los condenados con rumbo a la guillotina, se dirigía al salón. El maestro, en una esquina del salón, esperaba. El alumno se acercaba haciendo un rápido repaso mental, pero, por alguna extraña razón, las capitales parecían cucarachas y se movían sobre el mapamundi, así cuando el tal Molinari, con la cabeza gacha, comenzaba a buscar la capital del país que el maestro demandaba la pinche ciudad capital ya no estaba y en lugar de decir Estocolmo decía Dublín y entonces el maestro sacaba la regleta, señal inequívoca de que el alumno debía colocar las manos al frente para recibir el castigo. Con el agua en los ojos, el alumno salía del salón, y en la puerta, con voz aguada, decía: "Ramírez, te toca". Mientras el Molinari volvía a tumbarse en la sombrita para continuar con el estudio de las capitales, el tal Ramírez se enfilaba hacia el cadalso.
Y ahora, cuarenta años después, el tal Molinari aún no entiende la lección. Cree, de veras lo cree, que ese martirio fue como una invocación negativa. Odió tanto ese aprendizaje que por ahí se coló un odio gratuito a todas "las capitales del mundo". ¿Por qué nunca ha ido más allá de Chacaljocom (comunidad a dos o tres kilómetros de Comitán)? Pues porque envió malas vibras a París, Roma y Londres desde chiquitío. Eran más de cien capitales, era un conocimiento que rebasaba el disco duro de su mente. Tal vez en este ejercicio también mandó vibras negativas a su memoria, porque ésta (ahora) se empeña en no retener casi nada.
El Molinari anda en la vida como esperando que lo llamen al salón para, de entrada, extender las manos y recibir la regleta por no aprenderse de memoria lo que lee. El Molinari (ahora y desde siempre) lee algo y no "retiene" algo, un poco como acto de rebeldía ante aquellos "reglazos" de la primaria.
Ha comprobado (y tal vez acá está su venganza inútil) que la vida se puede vivir sin saber de memoria los nombres de las capitales del mundo. Se puede vivir tranquilamente sin conocer los datos biográficos de todos los Premios Nobel de Literatura o de todos los Presidentes de la República Mexicana. ¡De hecho le vale un comino saber o ignorar en dónde nació Emilio Portes Gil o si Felipe Calderón es de Michoacán o de Baja California! ¿Cuál es la capital de La India o de Rusia?
En todo caso, si él llegara a necesitar un dato acerca del Presidente de tal país lo buscaría en un libro o en este chunche (claro, el pobre maestro de los años sesentas ¡qué iba a saber de este chunche maravilloso!).
Por esto, cuando el maestro de física en el bachillerato dio un formulario para el examen el alumno pensó que el maestro era un maestro sabio. Él mismo explicó que no quería que sus alumnos aprendieran las fórmulas de memoria (un bonche de fórmulas) sino que supieran aplicarlas. Ah, pucha, qué diferencia.
Pero, bueno, de esto hace ya cuarenta años. No obstante, ahora debo confesar que al momento de escribir esto todavía sentí algo como un ligero temblor pues no recordé el nombre de la capital de Uruguay. Ay, Benedetti, ya te moriste, ya no podés "soplarme" el nombre de la capital de tu país. Chin. El único recurso que me queda es el de levantarme para buscar en el librero o "guglear" y escribir: "Capital de Uruguay". Acabo de hacerlo y -¡qué maravilla!- aparecieron diez resultados de aproximadamente treinta y nueve millones seiscientas mil entradas que hablan de Montevideo. ¡Pucha, qué maravilla!

sábado, 7 de noviembre de 2009

DE PREOCUPACIONES Y OTROS CHUNCHES


La mujer de Adriano llegó a decirme que él estaba extraviado. Le dije que no se preocupara. Pero, ya van dos noches que no llega a dormir. Por ahí debe andar, ya mirás cómo es él. No te preocupés. Lo dije para calmarla. Se fue más tranquila. Ahora yo soy el que está preocupado. Hace como cuatro meses, Adriano me dijo que sentía algo raro cuando se veía a un espejo. Como lo vi realmente preocupado le dije que no se viera al espejo por un tiempo; pero (igual que hice con su esposa) lo dije sólo para que dejara de preocuparse. Me dijo: Es una buena idea. Ni tanto, pensé. El rostro de Adriano tenía el color que toman los rostros cuando estás solo en tu casa y apagás la luz y sentís que "algo" te toca en la espalda y sentís frío, un frío como de congelador, como de tumba, como cuando sentís que un cadáver se te repega a la hora que estás dormido. ¡Eso haré!, dijo Adriano y vi que se fue más tranquilo, pero lo cierto es que parecía que Adriano poco a poco se estaba "borrando".
El de Adriano no es el único caso que me ha tocado ver. Hace varios años, Armando, el pintor que hacía rótulos, desapareció. Nadie se explica su desaparíción. Aparentemente sólo a mí me hizo la confesión de que sentía "algo raro" cuando se miraba al espejo. En ese tiempo le sugerí lo mismo que le sugeri a Adriano.
Ahora me doy cuenta que no es tan fácil dejar de verse en el espejo. Armando me dijo que se rasuraba y se peinaba frente a una palangana de agua; me dijo que tapó con mantas azules todos los espejos de su casa, pero, a veces, cuando su esposa limpiaba los muebles y, por descuido, una manta caía, él sentía un irrefrenable deseo de ver su rostro. Trataba de resistirse, pero no lo lograba y terminaba viéndose al espejo. Él se justificaba diciendo que era para comprobar si el color de su rostro había mejorado. Lo cierto es que cada vez que caía en la tentación su color desmejoraba.
Armando dejó de salir a la calle, porque una mañana descubrió que el cristal de un aparador de una tienda de ropa le provocaba el mismo sentimiento. Se paró para ver la ropa de verano y al lado del maniquí descubrió su imagen y sintió como si un viento soplara y él estuviera hecho de un barro que se desintegraba. Se tapó la cara y corrió hasta llegar a su casa.
Su esposa lo abandonó porque Armando renunció al trabajo y a todo contacto con el mundo exterior. Pintó su cuarto de negro y cubrió la ventana con un triplay, tambíén pintado con negro.
Un día, doña Marina (quien le llevaba la comida y lavaba su ropa) no halló a Armando y lo buscó en casa de los vecinos. Todo el vecindario se movilizó y desde entonces se le dio por desaparecido.
Hoy hizo ocho días que Adriano desapareció. Hace rato fui a su casa y su esposa me dijo: "Sí, no se preocupe don Alex, por ahí debe andar". Sí, por ahí debe andar, dije.

viernes, 6 de noviembre de 2009

CON RUMBO AL PRIMER MUNDO



Dicen que no es poca cosa. El otro día, en Comitán, inauguraron un Wal Mart. Cientos de personas acuden, desde entonces, a conocer este centro comercial. Dicen que esto es un avance, que, poco a poco, dejamos de ser pueblo y nos inscribimos en la relación de las ciudades “con aspiraciones”. En diciembre inaugurarán una plaza con salas cinematográficas y esto nos colocará en la dimensión de las ciudades grandes como Tuxtla y San Cristóbal. Seremos la envidia de ciudades como Comalapa, Chicomuselo, Las Margaritas y demás puntos intermedios. Los comitecos nos sentiremos “chentos”, casi casi como si ya estuviéramos instalados en la pasarela donde caminan París o Londres.
Lo cierto es que las compras de este próximo diciembre modificarán nuestros hábitos de años. Nuestros gustos culinarios también se modificarán. Anhelamos probar una pizza de esas que nos la llevan a domicilio antes de treinta minutos. Como no tenemos el referente de una auténtica pizza italiana creeremos que ese sabor de cartón húmedo es la neta. Igual que en cualquier parte de México el modelo de vida norteamericano nos deslumbra. Por la mañana gritamos ¡Viva México!, a la hora en que “nuestra” selección de fútbol vence a la selección de Estados Unidos, pero en la tarde celebramos el triunfo comiendo una hamburguesa de franquicia gringa. El American way of life nos seduce.
A inicios de los años ochentas la mayoría de comitecos soñaba con que la televisión comercial llegara al pueblo. Únicamente teníamos acceso a TRM. El deseo de que la tele comercial llegara estaba sustentado en la ilusión de estar a la altura de las demás ciudades. Doña Elena, quien había viajado recientemente a la ciudad de México, le decía a su hermana que jamás abandonó Comitán: “Ay, lo vieras, Nita, hasta los comerciales son bien bonitos”. Y era cierto y sigue siendo cierto. La televisión mexicana, llamada cultural, se especializa en hacer programas aburridos. Y la otra, la comercial, se especializa en seducirnos a través de sus comerciales bonitos para que nos sumemos a esa inmensa fila de consumidores inertes y compulsivos.
Desde 1950, año en que Comitán se “unió” a la república a través de la Carretera Panamericana, hubo un deseo de abandonar la categoría de pueblo olvidado para, en acto de premonición, convertirnos en parte del mundo global. Algo como un complejo nos ha acompañado siempre: Queremos ser como son los otros.
Pero no se crea que esto sea exclusivo de nuestro pueblo. En todas partes del mundo se cuecen complejos. En 2002 inauguraron El Palacio de Hierro, en la ciudad de Puebla. El tránsito de la zona se colapsó por la cantidad de personas que querían conocer el nuevo inmueble. Ese día Puebla mostró su verdadero rostro. La ciudad de un millón y medio de habitantes se mostraba como un pueblote que ya no tenía nada que envidiarle a la ciudad de México. Ese día, la gente bonita de la Angelópolis decidió ser Totalmente Palacio. Hace días en Comitán mucha gente decidió ser Totalmente Wal Mart (digo, para ser Totalmente Palacio nos faltan kilómetros de años).
No lo aceptamos en público, pero nos sentimos menos ante el oropel que nos ofrecen las ciudades con pedigree, por esto ahora pensamos que ya no estamos tan lejos de la mano del Dios del Glamour.
El día que Televisa llegó no nos hizo mejores (tal vez ocurrió lo contrario). ¿Qué pasará con Comitán ahora que estamos metidos de lleno en el camino del “progreso comercial”?
Hace tiempo escribí que la personalidad de Comitán no desaparecerá el día que abran locales con hamburguesas de franquicia extranjera. El espíritu del comiteco se cancelará el día que los pequeños restaurantes de panes compuestos, butifarras y chalupas cierren sus puertas porque ya nadie los consume.
Hoy tenemos Wal Mart y nos sentimos chentos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

CRISIS Y JUÁREZ


A nosotros, niños de los años sesentas y jóvenes de los setentas, la crisis nos hacía lo que el viento a Juárez.
Anoche soñé que estaba en una panadería. Cuando la mujer terminó de colocar el pan en una bolsa de papel me dijo: "Son tres mil quinientos pesos". Amanecí con cierta molestia. Yo había sacado unas monedas de diez y de cinco pesos para pagar. Cuando me dijo la cantidad le dije que estaba ¡loca!, así que con mi mano derecha como rasero levanté las monedas que había dejado sobre el mostrador. Por el prodigio de los sueños levanté, además de las monedas de diez y de cinco, un bonche de moneditas diminutas.
¿Existen las monedas de diez y de veinte centavos? Bueno, la pregunta es: ¿Sirven para algo? Parece que ahora el valor mínimo de algo es de cincuenta centavos. ¿Cuánto vale un chicle?
Los niños de los sesentas comprábamos muchas cosas con un peso de gasto: cohetitos que tronaban al caer al suelo; canicas; un trompo de medio pelo; nieves y paletas; e infinidad de dulces (quiebramuelas, turuletes, panelitas, turrones, chimbos).
Antenoche escuché que el "gremio" cinematográfico del país se quejó por el recorte. Se quejó de que (a raíz del TLC) el trato es desigual por parte de los exhibidores. La mayoría de salas está destinada al cine hollywodense.
Por esto digo que a nosotros las crisis nos pelaban los dientes. En el pueblo existían dos salas cinematográficas: El Cine Montebello y el Cine Comitán. Todo mundo sabía que en El Montebello exhibían películas extranjeras (gringas, sobre todo); y en el Cine Comitán exhibían únicamente películas mexicanas (y ambos cines se llenaban).
No había el rechazo que ahora se escucha con frecuencia: "No, no entremos, es película mexicana". En ese tiempo entrábamos al Cine Comitán y al Cine Montebello porque era nuestra religión. No sabíamos ni qué iban a exhibir, ni importaba. Era un poco como se da en la misa del domingo: los católicos no saben de qué tratara el sermón.
El Cine Comitán fue, al menos en la ciudad, el principal promotor de nuestra cinematografía. Ahí crecimos (perdón que yo lo diga) amando los territorios de nuestra patria. Supimos que nuestro ser de mexicano estaba hecho con las borracheras y valentonadas de Pedro Infante y de Jorge Negrete (qué pena); con las valentonadas de Jorge Rivero y de El Mayor David Reynoso; con las cachonderías de Meche Carreño y de Isela Vega; con la mamonería de María Félix y de su hijo Enrique Álvarez Félix; con los pastelazos de Viruta y Capulina (qué pena); con los requiebros de Mauricio Garcés y de -otra vez- Enrique Álvarez Félix (doble pena). Nuestros ojos se llenaron de campos con magueyes y de los inenarrables cielos maravillosos de Gabriel Figueroa. Casi llegamos a creer que el "Oeste" era ese set del norte del país que siempre salía en las películas de vaqueros; casi llegamos a creer que esa utilería de cartón que salía en las películas de El Santo era en realidad el prototipo de los laboratorios de los científicos del mundo.
Con diez pesos entrábamos al cine, veíamos dos películas en flamante blanco y negro o en color, comíamos cacahuates japoneses, panes compuestos, una orden de tacos dorados, un vaso de pepsi (en vaso encerado) y aún -como dice Romeo Torres Ventura- nos quedaba un "restecito" para llevar a casa.
¿Tres mil quinientos pesos por un montoncito de pan? ¡Pucha, la mujer está loca! Hoy, en cuanto tenga tiempo iré a una panadería y compraré una pieza de pan. Acá por la casa existe una panadería que vende unas piezas pequeñitas a cincuenta centavos. ¡Lo juro!
Bendito Dios, con una moneda de cincuenta puedo comprar un chicle o un pan. ¿Tres mil quinientos? ¡Pucha, pues de qué estaban hechos sus pinches panes!