sábado, 31 de octubre de 2015

EN NOMBRE DEL PADRE Y DEL ABUELO




Me gustan los altares dedicados a los muertos. En casa no ponemos altar, no porque no tengamos muertitos, sino porque a mi papá no le gusta. Él, enojado, dice que debemos dejarlos descansar. Margarita dice que los muertos no se cansan, como son almas ya no caminan, ¡flotan! Y los que flotan no se cansan. Ah, a mí me gustaría tener ese don, sin morirme. Sería bonito flotar a la hora que camino por la subida a Guadalupe.
Me gustan los altares. En la casa de Martita sí ponen un altar en la sala, en el esquinero. La mamá corta papel de china y adorna una mesa, ahí colocan, en el centro, la foto del abuelo. Hace un año Martita me invitó a comer calabaza en dulce, bien rica. Cuando vi la foto del abuelo le pregunté quién era. Martita me contó que su abuelo llegó a Comitán cuando las calles eran empedradas y no había luz, bueno, sí había luz, pero sólo la daban de seis de la tarde a seis de la mañana. ¿En serio? Sí, dijo la mamá. ¿Y cómo le hacían para el refrigerador? ¡No había! Yo quise seguir preguntando, pero Martita me dio un platito con calabaza, bien rica.
Me gustan los altares porque es como si los vivos platicáramos con los muertos. A veces, mi mamá saca la foto de mi abuela y también me cuenta de cómo era ella. Mi abuela nació en el Distrito Federal, conoció a mi abuelo una vez que éste fue a la Ciudad de México por motivos de trabajo. No recuerdo en qué trabajaba mi abuelo, pero era algo como un banco. Mi abuelo se enamoró de inmediato de mi abuela. En la foto que me enseña mi mamá la veo muy guapa, con sus ojos claros y sus trenzas que caen generosas sobre su pecho. ¡Ah, qué bonita era mi abuela! Mi mamá dice que yo heredé sus ojos, tal vez por esto también soy muy bonita.
Me gustan los altares porque son como caminos para unirnos. ¿Qué es la muerte? No lo sé. Cuando se murió Aldo, el gato que me regaló mi tía Eugenia, lo abracé y le pedí que no se fuera, pero él ya no me oía. La muerte, dice mi mamá, es pasar al otro lado, pero cuando le pregunto en dónde está el otro lado ella no sabe decirme, elude mi pregunta y siempre, qué risa, comenta otra cosa. A mí me da risa ver cómo ella duda. Le cuesta decir lo que el maestro Romeo dice: la muerte es la Nada.
Pero la Nada no debe ser tan la nada, porque cuando veo los altares sé que ahí están esos hombres y mujeres que nos miran fijamente desde sus fotografías, desde el otro lado. En la casa de Martita colocan la ofrenda en honor a su abuelo; en casa de Rosario lo hacen en memoria de sus papás, quienes murieron, juntos, cuando el coche en que viajaban salió volando por una cuneta. Rosario dice que si el auto hubiese sido un avión, sus papás habrían volado como patos y se hubieran posado vivos en las ramas de esos árboles donde los cuerpos de sus papás quedaron colgados, sangrantes.
No sólo hacen altares para los abuelos y los papás, también hacen altares que dedican a héroes, a maestros, a científicos, a artistas y ¡a escritores! A mí me gustan los altares y me gusta leer. Leo mucho. A veces leo libros de escritores vivos, pero a veces también leo libros de autores ya muertos. Esta posibilidad me encanta. Pienso que los libros son como altares dedicados a los escritores y desde ahí nos hablan. Nos cuentan historias como las que me cuenta mi mamá. Mi abuelo ya no puede hablarme, porque está enterrado en el panteón de Comitán. A veces vamos a verlo, le llevamos flores, pero él ya no se da cuenta. Quien me habla de él es mi mamá. Es una lástima que mi abuelo no fue escritor. Si hubiese escrito libros, como R. L. Stevenson, me hablaría desde esas páginas. Me gusta mucho leer. He leído todos los libros de J. K. Rowling, la autora de Harry Potter. J. K. está viva y sigue escribiendo, pero cuando se muera seguirá hablando y contando a través de sus libros, por esto pienso que los libros son como altares. Me gustan los altares. Es una pena que mi papá no crea en la venida de los muertos. Él dice que debemos dejarlos descansar, pero Margarita dice que los muertos flotan. Ah, sería tan bonito flotar, sin estar muerta. A veces pienso que cuando leo floto, porque viajo a muchos lugares y no me canso. Los libros son bonitos, por eso me gusta leer.

viernes, 30 de octubre de 2015

DE SAPOS Y DE IMÁGENES CON NIEVE




Y un día de éstos se dará el Apagón Analógico. Pero este apagón no nos dejará en oscuras. Al contrario, dicen los expertos, la imagen y el sonido de la televisión mexicana serán de excelencia. ¿Y los contenidos, apá? ¡Ah -dijera Nana Goya-, eso ya es otra historia!
Por fortuna, ahora, gracias a los avances la brecha tecnológica ya no existe. Los comitecos podemos tener acceso a casi los mismos contenidos televisivos de que gozan los habitantes de la Ciudad de México; pero hubo un tiempo en que Comitán anduvo en el apagón televisivo; un poco como decir que acá no había llegado el Big Bang visual y auditivo.
La televisión llegó a la Ciudad de México en 1950. ¿A Comitán? Uf, veinte años después. Y si los que dicen que veinte años es nada ya quisiera verlos vivir sin televisión.
Quienes viajaban al Distrito Federal contaban las maravillas que existían en las casas. Trataban de hacer una comparación con los radios: “Hacé de cuenta la radiola pero con muñequitos que tienen vida”, decía la tía Eulogia.
Los comitecos, en los años sesenta, prendían veladoras para que San Caralampio hiciera el milagro que de que la televisión llegara al pueblo y, una tarde llena de luz, el santo más querido de esta ciudad ¡hizo el prodigio! Las mueblerías ofrecieron los primeros aparatos y la gente acaudalada los adquirió. Eran televisores en blanco y negro y las imágenes, decía todo mundo: “Se veían con nieve”. ¿Con nieve? Sí, por tanta interferencia las imágenes parecían paisajes nevados en forma permanente, porque caía una serie de burbujas que impedían ver las imágenes con claridad. Era tanta la emoción que los comitecos no advertimos esa proeza: ¡Tener nieve en un lugar donde lo más que conocíamos era el granizo! Pero, la emoción de la novedad pronto cesó y los telespectadores se enojaron porque no era posible ver imágenes claras. Pero eso no era lo peor. Lo peor fue que la televisión que llegó no era la estrictamente comercial (que era lo que los comitecos soñábamos). El canal que llegó era parte de un proyecto de la Secretaría de Gobernación llamado TCM (Televisión Cultural Mexicana). La programación era una mezcla de los programas culturales que emitían las televisoras. La tía Eulogia se quejó porque no tenía la posibilidad de ver las telenovelas del canal 2, ni “Los comerciales tan bonitíos donde niños güeritos toman coca cola”. Los anuncios de TCM era propaganda gubernamental, un poco al estilo de los gobiernos socialistas. Mi mamá menciona, ahora con risas, y en aquellos tiempos con enojo, la película de un sapo gigantesco que exhibían cada semana. Como no había mucho qué hacer en Comitán, en muchas casas prendían la televisión por las noches y los espectadores debían soportar la película del sapo. La emoción inicial se convirtió en una gran frustración. Algunos periodistas dijeron que más que un canal de televisión parecía un canal de desagüe y la tía Eulogia, en plan de broma, cuando andaba enojada decía que tenía cara de teceeme. Ya luego todo se volvió chacoteo: el alumno decía que, en la escuela, había sacado un teceeme, que significaba reprobado. Don Emilio, con gran pesar, una tarde se paró a mitad del grupo de jugadores de dominó y dijo: “¡Vivíamos mejor cuando vivíamos sin televisión!”, y todos los amigos aplaudieron con la misma emoción como si el tío, en 1945, hubiese anunciado el término de la guerra.
Los defensores del proyecto gubernamental decían que debíamos dar gracias a Dios por tener ya la televisión y, de igual manera, agradecer porque la programación no contenía la basura que hoy, gracias a la divinidad, tragamos todos los días. ¡Ah, cuánta razón tenían esos defensores del sentido común! Pero, a la mayoría le desagradaba esa muestra socialista, donde las decisiones corresponden al gobierno. ¿No era posible elegir qué ver? ¿No era posible que la tía pudiera elegir entre ver una telenovela rosa, cursi y babosa o ver la eterna película del sapo? ¿No era posible que cada uno pudiera elegir comer comida sana o comida chatarra? El pueblo comiteco, entonces, rechazó la actitud dictatorial y, como si fuese una comisión de maestros, salió a la calle a pedir que, por favor, los canales de Televisa llegaran a este pueblo. Se lo pidieron a San Caralampio con gran fervor. Y ya se sabe que este santo cumple todos los deseos de los comitecos. Y ahora, ya estamos a punto de entrar a una nueva etapa. Un día de estos ocurrirá el apagón analógico y el mundo será digital.

miércoles, 28 de octubre de 2015

CADA QUIEN SUS FILIAS Y SUS FOBIAS





Hay mil modos de ser. En el mundo hay obsesiones para todos los gustos. Margarita cuenta que conoció una niña que amaba a las arañas. En la gaveta del buró tenía una tarántula. Todas las noches, a la hora que su mamá llegaba a leerle un cuento, la niña sacaba al animal y lo ponía sobre su pancita empijamada. Mientras la mamá contaba cómo el pirata obligaba a Peter Pan a subir al tablón que estaba en un costado del barco, la niña veía a la araña, por si ésta tenía alguna duda. Peter Pan era obligado a caminar por el tablón, conforme se acercaba al final el tablón se movía más y ya a punto de caer al mar y ser devorado por los tiburones, la tarántula movía una de sus ocho patas. La niña decía a la mamá que suspendiera la lectura y explicara el significado de la palabra tablón. Cuando Margarita me contaba esta historia y miraba mi cara de incredulidad, ella llevaba a la boca la cruz que hacía con sus dedos y juraba que era cierto, juraba que la araña, mientras comprendía el texto, estaba quieta. Sus ocho patas las ponía en posición de descanso y sólo los colmillos los movía como relamiéndose, como si el texto fuese un postre delicioso. Cuando saltaba una palabra extraña, Artejona (que así se llamaba la tarántula) movía una de sus patas, lo hacía como lo hacen los gatos cuando juegan. Margarita dice que la tarántula levantaba otra de sus patas cuando aún no tenía resuelta su duda, un poco como si fuese un animal amaestrado de circo o fuese una de esas atracciones de las ferias en donde el animador, en la entrada de la carpa, anunciara: “¡Pasen a ver a la única tarántula en el mundo que le gusta que le cuenten cuentos infantiles!”. Y Margarita cuenta que la niña no se dormía hasta que miraba que su mascota lo hacía. La tarántula, resueltas sus dudas, bajaba las patas hasta que su abdomen se untaba con el edredón y quedaba como aplastada. La niña, entonces, con un dedo sobre la boca, le indicaba a su mamá que era hora de terminar con la lectura. La mamá debía caminar en puntillas, no por su hija, sino para no despertar al animal.
Lo simpático de la historia es que cuando le pregunté a Margarita qué había sucedido con la aracnofilia de la niña, dijo que ella creció y tuvo a su amada araña hasta la noche en que conoció a Armando, quien luego se hizo su novio y posteriormente su esposo. Armando era lo contrario de la niña, tenía aracnofobia. Una noche, la joven tomó a su mascota, que había vivido más de veinte años con ella, la colocó en el asiento del copiloto de la camioneta, prendió el motor y se encaminó con rumbo a los Lagos de Montebello. La luna se reflejaba en el lago mayor. La joven bajó la tarántula, la abrazó, la cubrió con su suéter y bajó por las gradas hechas con troncos. Subió a una canoa, se impulsó con un remo y llegó hasta la mitad del lago, casi como si se pusiera en el centro de la luna reflejada. Sacó a su mascota, la llevó a sus labios, la besó y, con ambas manos, la colocó en el agua: “Nada, pichita, nada”, dijo y la soltó. Y Margarita cuenta (yo no le creo) que la tarántula movió sus patas y se dirigió hacia la otra orilla, como si supiera que ese era el territorio que le correspondía, ya que en una ocasión, la mamá de la niña les había contado el cuento del patito extraviado. La joven regresó remando con movimientos lentos.
¿Y eso fue todo? ¡No! Margarita dice que una noche ella invitó a su amado. Subieron a la camioneta, llegaron a Los Lagos y subieron a una balsa. Armando estaba feliz, la luna se desplegaba como un manto sobre el agua tranquila. Llegaron al centro de la laguna, la joven se recostó sobre el pecho de su amado y le pidió que oyera. El silencio era impresionante, apenas se escuchaba cómo el agua chocaba contra la barca, era un sonido como si mil grillos chapotearan felices. Oye, dijo la amada, y Armando oyó una voz tenue, como de silbato lejano, la voz contaba un cuento, el cuento de un patito extraviado.

lunes, 26 de octubre de 2015

SIN CLASIFICACIÓN




En la entrada de los templos había un letrero con la clasificación de las películas. Hablo de los años sesenta. Los papás comprobaban que las películas a exhibir en el Cine Comitán eran adecuadas para que sus hijos las vieran. Las películas debían tener clasificación A; es decir, para todo público. Las películas en clasificación B eran para ser vistas por jóvenes con criterio (que decir eso era un contrasentido porque la juventud se caracteriza precisamente por no tener criterios definidos). ¿Una película con clasificación C? ¡Por el amor de Dios, eso estaba reservado para adultos calenturientos!
Bueno, parece que la sociedad funciona a través de códigos clasificatorios. Cuando tenía trece años anduve tras una muchacha bonita, tal vez un año mayor que yo. Era bien linda, siempre usaba falditas a mitad del muslo y se hacía dos trenzas que le caían coquetas sobre sus pechos que ya presagiaban lo generosos que iban a ser tiempo después. Mi mamá me dijo que no era conveniente que yo anduviese tras ella, parece que la chica era clasificación C, ya tenía un buen kilometraje recorrido. ¡Dios mío!
Ramiro llegó una mañana de sábado, muy temprano, a casa, dijo que en el Cine Comitán exhibirían “Sangre enemiga”, con Meche Carreño. “Sale encueradita”, dijo Ramiro. ¡Ay, Señor!, sin duda estaba en clasificación C. Ni nos dejarían entrar al cine, ni mi papá me iba a dar permiso. No te preocupés, dijo Ramiro, sacó un papel de su bolsa y me lo mostró. Era una copia fidedigna del anuncio que el padre colocaba en la entrada, en lugar de “Sangre Enemiga”, decía “Sangre de Cristo”, y en lugar del nombre de Meche Carreño aparecía el nombre de Sara García, clasificación A. Y riendo como hiena inocente, dijo que Juan (su primo de veintitantos años) nos acompañaría, el compraría los boletos y él le daría un “camarón” al boletero para que se hiciera tacuatz. Mi papá fue a misa, comprobó que la clasificación de las películas era apta para que yo entrara y me dio los diez pesos que me daba de domingo. Ramiro había hecho la proeza, con cera cantul había pegado el papel encima del que había colocado el padre. De hecho, cuando entramos al cine, vi muchos niños que insistían en entrar al cine, aun cuando el boletero les explicaba que esa película era clasificación C y no A como ellos aseguraban.
Con las revistas fue la misma historia. En la Proveedora Cultural vendían revistas para niños y para adultos. Las revistas para adultos estaban colocadas en un estante superior, para que los niños no pudiéramos alcanzarlas. Pero el morbo siempre nos picaba y le dábamos dinero a Juan para que él comprara las revistas de adultos que luego leíamos, debajo de un árbol, en un terreno que tenía el papá de Ramiro, por donde ahora está la escuela ITAES. Para ese tiempo yo era ya un lector voraz y (¡qué pena!) la literatura también estaba sometida a ese catálogo segmentando de lecturas infantiles, juveniles y para adultos (incluso pornográficos). La historia fue la misma. Un día me topé con una edición de “Las mil y una noches”, sólo para adultos. ¿Cómo era posible? Mi papá dijo que era una lectura inconveniente, pero yo le encontré una gran conveniencia a las diez de la noche, ya en mi cama, con las sábanas como casa de campaña, alumbrada con una lámpara de mano.
Si debo hablar de clasificaciones, me gustaría decir que el mundo ideal sería un mundo sin clasificaciones, pero si el Sistema insiste en imponernos segmentos me gustaría vivir en un mundo A, un mundo en donde las guerras, el secuestro y las violaciones estuviesen ausentes; porque si de clasificación hablamos es más agresivo un noticiario televisivo plagado de violencia que una revista Playboy en donde aparecen las Meches Carreño de estos tiempos mostrando generosamente sus pechitos y sus otras cositas.
El cine mexicano de los años setenta nos regaló imágenes bellas de mujeres encueradas. En la pantalla disfrutamos a Meche Carreño y a la gran diosa Isela Vega. Ahora, los cinéfilos jóvenes de estos tiempos ven películas de huevos y películas violentas. A nosotros nos dijeron que el desnudo era algo C y lo aceptamos en medio de la multitud, pero en lo individual supimos que el cuerpo de una mujer no tiene clasificación, es uno de los más hermosos obsequios de Dios. Ya ahora sé que lo que debería estar clasificado con triple equis y que nadie debería ver es la miseria del mundo, la imagen donde un niño en los puros huesos se muere de desnutrición. Eso sí es muy poca madre y no el desnudo de una muchacha bonita.

domingo, 25 de octubre de 2015

DE LENGUA ME COMO UN PLATO




El dicho se aplica a los lenguaraces, a los que acostumbran hablar sin cumplir sus promesas. ¡De lengua me como un plato!
En la foto se aprecia un plato (pequeño, apenas más grande que una hostia, de esas que los sacerdotes acostumbran levantar con ambas manos al decir: “Este es el cuerpo de Cristo”) y un montón (casi un montoncito) de lenguas de chayote hervido. En algunas casas a la lengua del chayote le llaman corazón, pepita o semilla. A mí me gusta el término lengua, porque a los chayotes, -ah, qué verduras tan traviesas- les encanta sacar la lengua desde que están trepados en los tapescos. Uno pasa por debajo, alza la vista y encuentra a decenas de chayotes sacando la lengua. ¿Y por qué la gente muestra la lengua a otro? En señal de desprecio, burla o juego. Los niños muestran la lengua a la tía que es una caemal o al maestro que insiste en dejar más tarea de la recomendable. Cuentan que aún hay maestros que dejan planas con la oración: “No debo hablar con mis compañeros a la hora de clase”; cuentan que los maestros aún acostumbran enviar a la esquina al alumno atrasado. El acto de sacar la lengua es un acto reflejo. Las personas sacan la lengua cuando están agotados, por eso se dice que algunos corredores no profesionales llegan a la meta con la lengua de fuera. Cuando algún expedicionario se queda sin agua a mitad del desierto también saca la lengua.
El platito de esta foto es apenas un poco mayor al tamaño de la hostia que el sacerdote presenta en misa de doce, los domingos. Llama la atención que para tomar la hostia, los creyentes deben (es imposible hacerlo de otro modo) sacar la lengua para que el sacerdote la coloque y el fiel la degluta. Los creyentes no le sacan la lengua a Cristo, ¡no!, se la sacan al cura. ¿Por qué será? Tal vez por esto, algunos sacerdotes prefieren que quien comulga tome la hostia con sus manos y la introduzca él mismo en su boca.
A mi tía Eugenia le gusta llamar corazón a la lengua del chayote. Dice que está en el centro y que es lo que garantiza la continuidad de la vida. Aplica otro dicho mexicano, el de que “El pez por la boca muere”, que indica que hablar de más no es conveniente. Mi tía dice que, de joven, pensó en ser una monja de clausura, que son aquellas que hacen voto de silencio. Cuando la tía sugirió tal deseo, su papá usó de más la lengua. ¡Ah, le dijo hasta de que se iba a morir si insistía en tal despropósito! En cambio, la mamá aplicó lo que después la hija tendría como dogma, sólo dijo: “De lengua me como un plato” y dejó que Dios y el tiempo hicieran su labor. Cuando, dos meses después, mi tía Eugenia conoció a Ramón (ahora mi tío y padre de mis ocho primos), ella se olvidó de sus votos y habló hasta por los codos. Mi tía Eugenia jamás perdonó todos los exabruptos que su papá, como agua fría, le había soltado. Con ello, la mamá de tía Eugenia reafirmó que la lengua debía usarse con moderación.
Yo, igual que todo el mundo, de lengua me como un plato. Cuando mi mamá prepara chayotes hervidos para usarlos después en una receta de chayotes rellenos (que le quedan bien ricos), ella separa todas las lenguas del chayote y me las ofrece en ese platito especial. A estas lengüitas basta soltarles unas gotas de limón y un poco de polvojuan para que se conviertan en un manjar tan preciado como el palmito, en Brasil, o como el caviar, en Rusia.
Yo como lenguas. Mi tía Eugenia diría que me como los corazones. Pancho diría que me como las pepitas y sonreiría con doble intención.
Igual que la tía Eugenia procuro usar la lengua con moderación, porque sé bien que el pez por la boca muere, pero en mi pueblo es muy difícil quedar callado. Cuando vengo a ver ya estoy hablando de más.

sábado, 24 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, EN MODO AVIÓN




Querida Mariana: te paso copia de un letrero que aparece en el cristal de un auto. Los comitecos reconocemos esta sentencia. ¿Cuándo alguien comenzó a decirla? ¡Quién sabe! Es una sentencia simpática, pero que contiene su jiribilla. ¿Has analizado el mensaje? “Fiero tu modo, nada te gusta, todo te puede”. Tía Idolina decía que eran muchas palabras, que era un gastadero de saliva y de tiempo; por ello, lo sintetizaba diciendo “Ishhh”, y es que un carácter ishhh es un carácter horrible, al que nada le satisface y todo le causa molestia.
Hoy me sorprende que cuando enciendo la computadora encuentro el mensaje: “Modo de avión”. ¿Cómo es el modo avión? Cuando los comitecos decimos que alguien tiene un modo fiero decimos que tiene un comportamiento ingrato. Cuando decimos “¡Fiero tu modo!” nos referimos a fealdad más que a fiereza. No significa que el fulano o la sutana sean como tigres, sino más bien que tienen un carácter afeado. Pero, digo yo, ¿quién es el galán que tiene un modo ciento por ciento agradable? Cuando una pareja inicia una relación, los dos integrantes se ponen en “modo avión”; es decir, todo fluye bien bonito, como si el camino no estuviera empedrado, sino que estuviera lleno de algodones de azúcar. Conforme la relación avanza el modo comienza a modificarse; el modo avión desaparece e inicia el modo burro con alas, que, como es previsible, comienza a tataratear en las alturas. Lo que era un vuelo impecable, con una velocidad de crucero, se convierte en un malhadado rebuznar. ¡El modo ha cambiado! La pareja deja las caretas bonitas y comienzan a aparecer los verdaderos modos. ¿Cuál es ya este modo? Ah, pues resulta que ya es un modo ishhhh, un modo fiero. Y cuando aparece el modo fiero, los enamorados se dan cuenta que al otro todo le puede y nada le gusta. ¡Ah, qué jodido! Pero, bueno, así es la naturaleza humana.
Lo que también llama la atención es el uso que le damos al concepto poder. ¿Qué significa “todo te puede”? Significa que todo te molesta. Ah, qué uso tan simpático. Poder es un verbo maravilloso porque habla de potestad y de mando. Quien puede es uno de los seres más privilegiados. En todo el mundo, sólo el realmente poderoso ¡puede!, pero acá en Comitán resulta que al que todo le puede es un tipo con modo fiero. Nuestro “Todo te puede” parece entrar en la categoría lingüística de “Es cuanto”; es decir, se eliminan las palabras finales a la oración. Decir ¡todo te puede!, significa decir ¡todo te puede molestar!
El modo avión de las computadoras y de los celulares evita las interferencias y permite el ahorro de energía; por esto, digo que el modo avión es un modo de altura. Pero como no somos celulares ni computadoras sino personas, el modo avión nos es complicado y preferimos el modo cuch, que es el modo en el que, por lo regular, nos levantamos después de una noche de antro o de una desvelada porque al maestro se le ocurrió exigir la entrega de los proyectos. El modo cuch es un poco como si dijéramos un modo baboso, porque la baba siempre juega columpio en las comisuras de los labios o en la orilla izquierda del corazón. La tía Idolina también decía que el animal más feliz de la Tierra es el cuch. Idolina hija decía que eso no era cierto, ¿cómo iba a ser feliz un animal que todo el día andaba metido en un chiquero maloliente? La tía, mientras lavaba la trusa del esposo, preguntaba si acaso la carne del buey era más sabrosa que la del cuch. No, decía la hija. ¿Ya mirás?, decía la tía, mientras con una jícara echaba un poco de agua sobre la prenda percudida, y completaba: “El buey come pasto y el cuch pura caca”. ¡Ay, mamá!, protestaba Idolina hija, mientras hacía caras de asco. Y ya, encarrerada en las píldoras filosóficas populares, la tía decía que el hombre más feliz es el que come caca. Y entonces ponía ejemplos de la situación política y de cómo los mexicanos éramos felices estando como estamos. Iba más allá porque remitía a estadísticas mundiales en donde se demuestra que México está catalogado como el país número catorce en la relación de los países más felices del mundo. Y luego, la tía, ya con cara de cierto enojo y refregando con fuerza el jabón Zote sobre el calzoncillo, decía que ahí estaba el ejemplo de Manuelito (Manuelito es el sobrino que está casado con Mariquita). La tal Mariquita siempre está en Modo Tormenta, pero Manuelito soporta todo, incluso, de vez en vez dos o tres zapes.
Los seres humanos nos relacionamos a cada instante con otros. Esta relación nos exige el trato, y el trato posibilita conocer nuestros modos. Ya se dijo que una cosa es el modo que presenta el pretenso cuando está “quedando bien” con una muchacha bonita y otra es el modo que salta cuando ya consiguió lo que quería; lo mismo puede decirse de ellas (de ustedes); lo mismo de los políticos que andan en campaña; lo mismo de los que buscan empleo. ¡Ay, no lo sabré yo! Cuando alguien busca empleo está dispuesto a quedarse una hora después de la salida y de cumplir alguna encomienda en días sábado o, incluso, en domingo. Pero, una vez que ha conseguido el puesto entra en la dinámica del modo burro con alas y rebuzna por todo.
¿Cómo es tu modo? Creo que como cualquier persona del mundo ¡depende! Yo puedo decir que, conmigo, mostrás tu mejor modo, pero el otro día (cuando sucedió lo del entripado con aquella muchacha) conocí tu modo fiero. ¡Ah, la de cosas que le dijiste a tu novio! Conmigo (y esto lo agradezco) siempre andás en modo avión, hay pocas interferencias y un gran ahorro de energía. Pero, lo cierto es que también tenés tu modo burro con alas y tu modo cuch.
¿Yo? Pues ya me conocés, soy burro y cuch, aunque trato de ser un hombre apacible y no joder al prójimo, pero mi modo es fiero. Sí, el dicho comiteco de “Fiero tu modo, nada te gusta, todo te puede”, se puede aplicar perfectamente a mi persona. Por esto, para no ofender al prójimo (porque éste qué culpa tiene) soy escaso, soy casero. Sólo mi Paty y mi mamá soportan mis modos fieros. Pero ellas ya me conocen, así que la llevamos más o menos bien. Yo escribo, yo pinto, yo leo; mientras ellas tejen y ven televisión. Procuramos no tener interferencias y ahorrar la energía que se tira en pleitos caseros sin importancia. Soy escaso. No voy a cafés ni me gusta estar en tertulias o fiestas donde hay más de dos personas. Aplico (hasta donde es posible) la recomendación de José Vasconcelos. Este eminente intelectual mexicano estaba convencido que el talento se desperdiciaba en tertulias, cuenta que en muchas ocasiones escuchó que sus amigos hablaban de la gran obra que iban a escribir, pero que no la escribían porque no tenían tiempo para hacerla. ¿Cómo iban a tener tiempo para escribir si la pasaban en bares, en cafés y en prostíbulos? Una obra se hace ¡haciéndola! Soy feliz cuando leo, cuando escribo, cuando pinto. Y estos oficios son oficios solitarios (sólo pueden ser compartidos con afectos muy cercanos y con intereses casi similares). Yo, gracias a Dios, me llevo muy bien conmigo, me siento bien en mi compañía. Esto me ha llevado a tener un modo fiero. Se sabe que la costumbre hace la regla y, como ya me acostumbré a no estar donde están las multitudes, cuando debo estar en un lugar con más personas ¡me engento!
¿Todo me puede? ¡Sí! Como me acostumbré a estar solo, también estoy acostumbrado a oficios solitarios. Cuando debo hacer un trabajo, cumplo con lo que a mí me toca, trato de hacerlo de la mejor manera, lo hago con alegría y con responsabilidad. Una tarde, Sandra de Los Santos me invitó a colaborar con una Arenilla semanal en Chiapas Paralelo, uno de los portales más leídos de Chiapas. Agradecí el honor y acepté. Desde entonces, cada miércoles envío mi colaboración. Esta semana cumplí la colaboración número cien. Busqué un tema especial para invitación tan honrosa. Las Arenillas que publico en Chiapas Paralelo son definiciones de palabras, definiciones que tratan de buscar algunos caminos alternos y juguetones a los caminos siempre solemnes del diccionario. El otro día hice la cuenta y me di ídem de que escribo seis columnas periodísticas cada semana. Publico Arenillas los lunes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo (los lunes y viernes en las redes sociales; los miércoles en el portal Hoy en Comitán; el jueves en Chiapas Paralelo; el sábado en el Diario de Comitán; y el domingo, en la DIEZ, revista digital que coordino desde hace más de seis años). Además escribo cuentos y mis novelillas breves cada año. Y también están los encargos de mi trabajo, y los libros que leo y los cuadros y cajitas que pinto. Estoy entretenido. Casi no voy a cafés, no realizo viajes. Soy feliz cuando hago lo que hago.

Posdata: Como no tengo tiempo para desperdiciarlo en actividades ajenas a mis actividades cotidianas, los demás dicen que soy un alzado, un creído, un poco amigo; en síntesis, que mi modo es fiero. Lo admito.

viernes, 23 de octubre de 2015

LA DE LA SEGUNDA




Mariana y yo caminábamos por la calle 2ª. Ella comía papas fritas, no de las industrializadas sino de las que preparan en enormes cazos. Recién había abierto la bolsa de plástico transparente y le había echado salsa (ésta sí industrializada). Comía una tras otra, movía las manos como si las secara y sacaba la lengua en señal de que el picante estaba bravo. Yo caminaba detrás de ella, porque la banqueta exigía que, como en desfile, fuésemos en fila india. De pronto ella se paró en seco y yo choqué contra ella. “¡Así me siento cuando el mundo no me entiende!”, dijo. Se había detenido frente a esa piedra ahogada en la banqueta. Entonces bromeamos, dijimos que cuando ella tuviese ese sentimiento diría: "Estoy como la de la segunda” y sabríamos a qué se refería.
La de la segunda es como un iceberg. ¿Quién sabe el tamaño de la parte que está ahogada? Se intuye que la parte mínima es la que quedó visible, la que (si es posible decirlo) recibe el agua, el sol y el aire. Imaginé el sentimiento de Mariana y pude verlo tal cual: ahogado, enterrado.
La historia de esta banqueta es muy sencilla. Cuando hicieron el trazo se toparon con la piedra. ¿Iban a destinar un día para que un albañil la eliminara? ¿Iban a usar un cartucho de dinamita para hacerla polvo? ¡No! Tampoco era solución darle la vuelta. La solución fue la que se ve: ahogar la piedra y dejar que asomara su punta. Tal solución logró una alianza poco común entre el cemento y la piedra; de tal suerte que el maestro albañil decidió marcar los tramos con líneas hechas con piedra de río, un poco como si el juego fuera imaginar que la piedra grande es una mamá tortuga de Parlama y la fila de piedritas las hijas que esperan la orden para bajar a la calle y buscar el camino para llegar al mar. Entonces, Mariana dijo que la gente era inconsciente porque, sin dudar, muchas personas caminaban por ahí y pisaban por encima del caparazón de la mamá. Yo dije que no, dije que nadie sería tan tonto para pisar la piedra resbaladiza, pero acaba de decirlo cuando un niño pasó frente a nosotros y, en lugar de brincar o de rodear la piedra tortuga, hizo justo lo que Mariana advertía: pisó sobre el caparazón y, no satisfecho con su maldad, remató poniendo su pie izquierdo sobre la línea de tortuguitas. Pero ¿es que a ese niño tonto nunca le enseñaron que no es bueno pisar línea? ¿Nunca jugó el juego de Rayuela, en donde hay que poner la huella adentro del cuadro?
Mariana dijo que se sentía como la de la segunda y yo entendí. Sí, a veces es difícil entender a los humanos. No tienen conciencia del entorno ni del cuidado del medio ambiente. A veces, los humanos hacen trazos para hacer carreteras y, en lugar de dar la vuelta, tumban todos los árboles que interfieren en su trazo recto. Cuando menos, el albañil que hizo la banqueta de la segunda respetó la casa de esta tortuga, pero, qué pena, la ahogó para siempre. Uno entiende que una de las grandes ventajas de las tortugas es su inmovilidad, su capacidad de ensimismamiento, su don infinito para meditar, pero acá sí se pasaron. Esta tortuga se quedó semienterrada para siempre. ¿Qué dirían los japoneses? Los japoneses creen que las tortugas son los animales más sagrados de la tierra.
Esa mañana, Mariana se sentó un rato en una banqueta paralela que está por encima de la de la tortuga. Siguió comiendo las papitas, pero lo hizo en un ritmo más lento, como si la influencia de la piedra tortuga hiciera eco en su espíritu.
Comencé a sentir una opresión en el pecho, sin saber bien a bien porqué. Cuando el mundo no nos entiende nos sentimos como la de la segunda, así, apenas con la cabeza por encima, apenas con el espacio suficiente para respirar. La inmovilidad nos agobia y nos aplasta. Diez minutos después, Mariana sonrió y dijo que no todo era tan malo. Estar como la de la segunda le había permitido reflexionar y darse cuenta que, después de todo, no era tan mala la inmovilidad. Dijo que, al final, existía el recurso de aplicar el zapapico.

miércoles, 21 de octubre de 2015

DE CUANDO APARECEN IDEAS




“¡Ay, pobre Cata!”, dijo la tía Emilia. Sí, pobre Cata. Era un caso único en el pueblo. El doctor Ibarrola decía que era un caso único en la región, y don Efrén, que era un hombre muy leído, muy estudiado, decía que, sin duda, era un caso único en el país. Lo cierto es que pobre Cata. Cuando le llegaban las oleadas de ideas se ponía muy mal. De hecho, la tarde del 8 de enero de 2013, la oleada fue tan intensa que le dio una marejada temblorosa, tan intensa que sus brazos y piernas se azotaban contra el piso como si alguien majara hierro. De ahí ya no volvió a pararse, quedó como en estado de coma permanente. Cuando la tía Emilia la vio tirada en el piso, como si fuese un trapo de esos que usan los mecánicos, lloró, pero, dos minutos después, se limpió los ojos con la punta del chal y dijo que eso era lo mejor, así dejaría de sufrir esa molestia indecible, llamó a los dos hombres que la ayudaban en la limpieza de la casa y llevaron a la Cata a su cama y desde entonces ahí sigue. Ya los de casa la han olvidado, puede decirse que ya agarraron otra diversión, porque lo que le sucedía a la Cata era el entretenimiento favorito de los de casa, inicialmente. Conforme en el pueblo se supo del hecho insólito los vecinos comenzaron a llegar a la hora que asomaba el grito de: “¡Ya le va dar!”. En ese instante comenzaba la procesión de decenas de personas, las señoras se limpiaban las manos con el mandil y dejaban los platos sucios sobre la mesa; los niños aventaban los carros sobre el montón de arena; las niñas dejaban a sus muñecas y ya no importaba cambiarles el pañal; los carpinteros daban el último envión con la garlopa. Todo mundo salía a la calle y corría con rumbo a la casa donde la pobre de la Cata, ya desparramada en un sofá que dejaba ver uno o dos resortes torcidos, esperaba la llegada inminente de la oleada. El primer día que la oleada le dio, Cata estaba en el jardín regando los claveles y, de paso, las acelgas. Tuvo que sostenerse en el árbol de durazno, sintió algo como un avispero adentro de su cabeza, parecía que cientos de abejas intentaban abrirse paso por su corteza cerebral, como si cientos de pájaros carpinteros insistieran en abrir huecos. La Cata tiró la regadera y se llevó las manos a las sienes. Era un ruido insoportable, pero, cosa rara, dos minutos después la sensación de cientos de hombres golpeando contra una viga de metal, se convirtió en una sensación placentera, porque era como si su cabeza (así lo explicó días después en el consultorio del doctor Ezequiel) recibiera oleadas de plumas de paloma. En cuanto tal sensación cesó, se vio obligada a abrir la boca porque sentía algo en su interior y fue entonces cuando se sorprendió ante el vomitadero de palabras que era la condensación de muchas ideas revueltas.
El noventa y nueve, punto noventa y nueve de la población mundial tiene, de pronto, ideas que quién sabe de dónde llegan. Mucha gente se pavonea porque, sin invocarla, aparece una idea que puede ser común, como la del hombre que pensó que inventar un calzado contra el agua puede ser la panacea, o una idea infrecuente, como la de la mujer que cree que la cura del cáncer está en el análisis del corazón, porque, asegura que el cáncer de corazón es extremadamente raro. ¿Será porque el corazón está siempre en movimiento? Pero, como aseguraba don Efrén, el caso de Cata era un caso inusual. A Cata le llegaban oleadas de ideas, eran tantas que, como en un día intenso de tráfico vehicular en cualquier calle de Tokio, las ideas chocaban, se empujaban y, al final, buscaban una salida antes de morir por la estampida.
Así, pues, los vecinos del pueblo, en cuanto supieron lo que a Cata le sucedía, corrieron a ver cómo su rostro se transformaba y no podía evitar tal fenómeno. “¡Ya le va a dar!”, gritaba alguien cuando veían que Cata estiraba el brazo para sostenerse. La gente, entonces, corría, se sentaba en el piso y miraban cómo ella comenzaba a convulsionarse, a torcérsele la boca y a hundírsele más los ojos en las cavidades, de tal forma que su rostro tomaba la apariencia de esas calaveras que Guadalupe Posada pintó. Cuando Cata abría la boca, expertos en semántica, semiótica y en sistemas filosóficos, tomaban un lápiz y papel o computadoras personales y escribían al ritmo que las palabras eran vomitadas. En este momento, muchos espectadores dejaban de ver a la Cata y veían el prodigioso fenómeno en que los sabios trataban, como si fuesen pescadores de peces vela o de salmones, atraparlas para el análisis y su correspondiente registro. Porque en cuanto la noticia de la mujer que vomitaba borbotones de ideas geniales cruzó los límites del pueblo, los sabios se interesaron y llegó el momento en que, una mañana, una delegación del Instituto Talverkov (especializado en el estudio de la mente) bajó del autobús que hacía la corrida nocturna, se instaló en el único hotel disponible y, a la mañana siguiente, acudió a presentar sus credenciales en casa de la Cata. La oferta fue muy atractiva: la familia permitiría que ellos llevaran un registro de la actividad mental de la Cata y, en compensación, recibiría un pago de mil dólares. Para tener una idea de lo que significaba la cantidad de mil dólares bastaba saber que los empleados de la fábrica de aguardiente, por trabajar de lunes a sábado, de seis de la mañana a seis de la tarde, recibían un salario mensual de treinta dólares.
La familia de la Cata pudo hacerse millonaria si no hubiese sido porque una semana después de la llegada de la delegación del IT, la Cata comenzó a vomitar pura idea tonta. En cuanto el bonche de ideas pasó por el tamiz de los científicos se dieron cuenta que las ideas geniales que habían dicho los pobladores salía de la mente de su paisana se habían agotado. Así que los científicos se retiraron y, para no dejar mala imagen, dejaron sobre la mesa del comedor un sobre con dos billetes de cien dólares.
La tarde del ocho de enero, la Cata vomitó un enredijo que ni Dios padre podría entender, fue tal la confusión que algunos de los espectadores dijeron que era como un bosque con los árboles volteados, así que las frondas tocaban el piso y las raíces de movían como cabezas de Medusa. Llegó el momento en que las raíces se enlazaron de tal forma que todo fue como mil telarañas enredadas. A las seis de la tarde con treinta y dos minutos, La Cata ya no pudo más y dobló la cabeza como si fuese un pajarito agotado, y desde entonces está en coma.
Resulta ingrato saber que una mujer que tuvo tantas ideas enredadas en la mente, ahora no pueda generar ni una sola imagen. Aunque, ¿quién sabe? La doctora Mariela Iturriaga, quien le conectó electrodos, dice que su cerebro aún registra cierta actividad mental. ¿Será que, como si fuese un volcán algún día despertará y lanzará su magma de ideas a todo el mundo?
Mientras tanto, la gente del pueblo extraña a la Cata. A veces, para evitar el aburrimiento alguien grita: “¡Ya le va a dar!”, y todos corren, pero, cuando encuentran a los traviesos botados de la risa a mitad de la plaza, regresan a sus actividades que dejaron en suspenso. A veces, alguien dice: “Ay, pobre Cata” y los que están cerca suspiran y dicen: “Sí, pobre la Cata”.

lunes, 19 de octubre de 2015

NIEBLA DE TODOS LOS AIRES




En el centro de Comitán es difícil que haya niebla. No obstante, a pocas cuadras de ahí, sí hay días en que amanece con neblina. El día que el maestro de Física, en secundaria, explicó el fenómeno de la niebla yo andaba haciendo dibujos en mi libreta, por esto ¡no sé cómo se produce tal fenómeno! En el barrio de Los Sabinos hay días que amanece nublado. La fotografía que acá se ve corresponde a una mañana en que la niebla me jugó una mala pasada (me ocurre a menudo), salí de casa con una chamarra ligera y al llegar a la Universidad me topé con un frío como de congelador de carnicería o de depósito de venta de cervezas. Quienes me conocen saben que soy lo que se dice un tipo friolento. Es difícil que yo ande sólo con camisa, por lo regular me pongo un suéter o una chamarra y cuando el común de los mortales necesita ponerse un suéter o chamarra porque el frío cala yo necesito un abrigo de esos que usan en Alaska. Una amiga de Tuxtla no podía creer cuando me vio en plena avenida central de aquella ciudad con un suéter. ¡Por el amor de Dios!, dijo, verte me provoca más calor. Le dije, en broma, que viera para otro lado, porque yo me sentía cómodo. ¿Por qué cuando en el centro de Comitán hay calorcito sabroso en Los Sabinos está la niebla que nos arropa como bufanda de hielo? Debe ser porque este barrio está en la parte baja de la ciudad, debe ser porque forma algo como un nido bien armado, tal vez la niebla ahí encuentra un acomodo sutil, algo como si fuese un regazo para solazarse antes de desaparecer. Porque la niebla tiene esa particularidad: desaparece ante nuestra vista. Yo siempre trato de estar pendiente del instante en que la niebla se desintegra, porque no es que viaje y se exilie, ¡no!, entiendo que la niebla se desintegra como si fuese una tela antigua que se deshace. De la niebla no queda algún rastro, sólo la constancia fotográfica o el dicho de alguien que la vio, un poco como si fuese un fantasma que, un instante después, ya no está. En realidad, la niebla siempre está relacionada con los paisajes fantasmales. Recuerdo las películas de vampiros en donde la bruma es necesaria para dar el entorno requerido; además, esa bruma es característica de países nórdicos donde, cuenta la leyenda, son los territorios naturales de los vampiros. De hecho, en nuestra tradición oral no existen leyendas de vampiros, a lo más que llegamos es a una o dos leyendas que dan cuenta de murciélagos, pero es obvio que existe una gran distancia entre un simple hematófago que se alimenta de vaquitas que de un ser de ultratumba que se regodea en prender sus colmillos en el cuello de una muchacha bonita que, por lo regular, el cine presenta con un pecho también muy apetecible, propio para vampirines que, en lugar de sangre, se engolosinan en beber lechita.
A veces, cuando salgo de casa en auto para dirigirme al trabajo veo a lo lejos, con rumbo a la Ciénega, un manto de nubes. Mi Paty señala y dice que eso es muy bello. Claro que es bello ver esa alfombra de nubes que cubre parte de las montañas, es como un mar. Pero a la idea de belleza siempre le agrego el hecho de que quienes caminan debajo de ese tapete blando deben estar sufriendo de frío. Paty dice que no, que los campesinos están acostumbrados y que ellos cada vez que meten la coa en la tierra entran en calor. Pero yo pienso siempre en que alguien debe ser como yo, digo, debe haber un tipo que sea cuidadito, que no camine descalzo y que se cubra con suéter por aquello de los ventarrones de más. Pero Paty insiste en que el único raro de la región soy yo, asegura que el noventa y nueve por ciento de la población mundial es normal y que, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, todo mundo se abanica, busca la sombra, toma un raspado de nanche y viste en camisa o playera. ¿Alguien que use suéter en una temperatura de treinta y tantos grados? ¡Sólo vos!, dice. Y lo creo, porque al llegar a la universidad veo a Miguel en mangas de camisa, metido en medio de la niebla, gozándolo como si él fuese un fantasma o descendiente del Conde Drácula.
Nunca puse atención a la hora que el maestro de Física explicó el fenómeno de la niebla; ni puse atención a la hora que el maestro de Vampirología explicó cómo es que los vampiros logran succionar la sangre a través de sus colmillos.

domingo, 18 de octubre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DE RECUERDO




¡Ay, mi perrita! Siempre tan linda. Hace cuatro días me recibió en la puerta de casa. A mi Paty le hace más bulla, a mí me ignora, pero de vez en vez mueve la cola y se para en sus patas traseras, hasta que yo le hago un cariño en su cabeza. Pero ayer, la Pigo hizo gracias de más. ¡Ah!, ya sabía que deseaba pedirme algo y después de dos o tres vueltas alrededor de mí pidió permiso. ¿Permiso? ¿Para qué? Para ir a la edición treinta y dos del Congreso Latinoamericano de Animales. Me quedé como si fuera yo un pájaro carpintero sin pico.
¿Congreso? Pero, ¡Dios mío!, si la Pigo nunca ha salido de casa. De vez en vez mi Paty la abraza y la lleva a dar una vuelta en el auto, pero como no está acostumbrada le resulta una aventura ingrata. Paty dice que le gustaría que nuestra perrita fuera como esas que sacan la cabeza por la ventanilla del auto y entrecierran los ojos cuando les da el viento en la trompa. ¡Ah!, el pelo de las orejas se vuelve como un oleaje de terciopelo. Pero ¡no!, la Pigo es igual que yo: es escasa. Siempre está en el interior y su mayor atrevimiento es salir a la cochera y ladrar, asomada por la hendija inferior de la puerta, cuando un par de perros pasa por la calle.
A mi Paty le comenté la petición de la Pigo y mi esposa, de inmediato se llevó las manos al rostro y dijo: “¡Ay, mi chiquita! Estará expuesta a mil peligros, pero si es lo que quiere no se lo podemos negar”. No podía creerlo, ¿así que mi Paty daba permiso de que la Pigo se expusiera a mil peligros? Como no podía creerlo, aventé el argumento de que si se extraviaba no sabría qué hacer y entonces (yo hice lo mismo que ella, me cubrí el rostro con las manos) dije, en tono dramático: “La Pigo no volverá a casa ¡jamás! Y este jamás lo dije como si yo fuese un actor de teatro inglés y, en tono Shakesperiano, dijera: “¡Ser o no ser!”. Mi Paty dijo que no fuera yo tan dramático, que todo estaba puesto en las manos de Dios y comenzó a hacerle la maleta a la Pigo que, daba vueltas y vueltas por el cuarto; como loca subía a la cama, bajaba, corría por el parqué, llegaba a la pared y, como si fuese competidor de natación en Juegos Olímpicos, apoyaba las manitas, se impulsaba y volvía a correr por el cuarto para subir de nuevo a la cama.
El viernes la despedimos. Yo me quedé apoyado en el marco de la puerta de calle, mientras ella tomaba su combi con rumbo al Congreso. “¡Ya, ya -dijo Paty- no te preocupés! El Congreso es acá en San Sebastián. Estará bien.” Paty se metió a poner ropa en la lavadora y yo me sentí un tonto, porque sentí una opresión en mi pecho, como si despidiera a una hija que partiera hacia Sudáfrica, para hacer labor de misionera en campos de refugiados.
Por la tarde del viernes, a mi Paty le pregunté si había noticias. Me dijo que sí, que todo estaba bien, que la Pigo ya estaba integrada al grupo y me mostró esta fotografía que nuestra perrita le había mandado por whatsapp. Pero, ella ¿en dónde está?, pregunté. Ya, ya, dijo Paty, no seás mudo, ella tomó la foto.
Ayer me mandó un mensaje, dice que está muy contenta, que ha hecho amistad con dos jirafas que le cuentan historias de África, dice que cuando regrese a casa me las contará.
Ahora tocan. Paty corre a la puerta, lleva el celular en la mano, pegado al oído. Mi Paty me grita: ¡Es ella!, dice que está en la puerta. ¡Corré, corré!, le digo a Paty. ¡Uf, nuestra pequeña regresa a casa! Ella que jamás había salido sola. Estuvo en un Congreso Internacional. ¡Pucha, qué atrevida!

sábado, 17 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUÉ HACÍAMOS EL DÍA QUE ENTREGARON EL NOBEL DE LITERATURA




Querida Mariana: ¿en dónde estabas la mañana que apareció el humo blanco en El Vaticano y el mundo supo que Francisco Bergoglio sería el Papa?
El 7 de octubre de 1990 yo estaba en un salón de la preparatoria Mariano N. Ruiz. Me acerqué a la ventana, mientras mis alumnos redactaban un ensayo. Miré a Paco que caminaba por el patio y subía corriendo al salón donde yo estaba: “¡Le dieron el Nobel a Octavio Paz!”, me dijo. No recuerdo qué comenté, pero esa era buena noticia. Siempre es bueno que un paisano brille en el universo. Salí del salón, bajé, fui a mi oficina, saqué un libro de poemas de Paz, regresé al salón y escribí en el pizarrón verde, con un pedazo de gis, el poema “La rama”: “Canta en la punta del pino / un pájaro detenido, / trémulo, sobre su trino. / Se yergue, flecha, en la rama, / se desvanece entre alas / y en música se derrama. / El pájaro es una astilla / que canta y se quema viva / en una nota amarilla. / Alzo los ojos: no hay nada. / Silencio sobre la rama, / sobre la rama quebrada.”
Soy un snob, lo sabés. Siempre que inicia el mes de octubre espero con ansia dos sucesos: la noticia de la entrega del Nobel de Literatura y la noticia del cambio de horario (me disgusta el horario de verano). El año de 1990 está lejano. En este 2015 me entero de muchas cosas por el Facebook. Este 7 de octubre estaba en la Sala de Maestros, de la Universidad Mariano N. Ruiz, y leí en mi muro: “Lo que otros sólo intuían nosotros ya lo teníamos por cierto. Fue la bielorrusa”. Era un mensaje de Samuel Albores. Y es que, un día antes, en su librería, bromeé con él, le dije: “Si gana Svetlana Alexiévich, ¿encontraré libros de ella acá en Lalilu?”. El único libro de la Nobel de este año, que ha sido traducido al español es “Voces de Chernóbil” y sólo está disponible en e-book.
En reuniones siempre se juega el juego de “me lo dijo un pajarito”. En los últimos tiempos amigos han sido como emisarios de esa gran noticia, han sido un poco como tiucas o cenzontles. Lo mismo sucedió en 1996, cuando Wislawa Szymborska obtuvo el Nobel. Impartía una clase y una amiga llegó hasta la escuela, se paró en el patio y, con ambas manos, desplegó un papel que, en letra suficientemente grande, decía: “Ganó una poeta de Polonia. ¡Ganó la poesía!”, y es que nuestra apuesta era por un narrador o por un poeta. Yo había apostado por un narrador. Alguien había deslizado el nombre de Adolfo Bioy Casares. Ella había apostado por un poeta, ¡había ganado! Luego, mi amiga subió al salón y, por las tabletas de la ventana, me pasó copia de un poema de Wislawa que ya había bajado de Internet. Entonces, igual que cuando Paz ganó, copié el poema en el pizarrón, dije que era un poema de la escritora que había recibido el Nobel de Literatura y pregunté a mis alumnos qué les transmitía. Una alumna levantó la mano y dijo: “Me choca la poesía, pero este poema me dejó pensando”. En el pizarrón había escrito el poema que se llama “Las tres palabras más extrañas”: “Cuando pronuncio la palabra Futuro / la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, / lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, / creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.”.
No sé en qué momento comencé a interesarme por el Premio Nobel de Literatura. Ahora pienso que cuando enterraron a Rosario Castellanos, mis amigos y yo andábamos en la ciudad de México, estábamos allá para presentar examen de admisión en la Universidad. Pero, pasamos de noche. Tal vez esa tarde, como Sabines cuando murió su tía Chofi, nosotros fuimos al cine. Era una tarde lluviosa (así lo consigna la crónica del día 9 de agosto, día en que fue inhumada en la Rotonda de los ciudadanos ilustres). Por cierto que, en su monumento, la fecha de su nacimiento es incorrecta, en lugar de 1925 dice 1926. ¿Por qué nadie ha exigido una rectificación? En 1974 ya era un lector voraz. En “La proveedora cultural” compraba libros, iba al sitio de la casa y, debajo de un árbol de aguacate, acometía el acto más digno del mundo: ¡la lectura! ¡Ah!, qué bello instante el instante en que abría un libro nuevo y comenzaba a vivir otras historias, muy distantes de las que, por lo común, sucedían en Comitán. Historias llenas de vida, en donde aparecían tigres y leones, animales que, sólo de vez en vez, aparecían por el pueblo cuando llegaban los circos. Y estos tigres y leones circenses eran unos animales tristes, casi sin vida, encerrados (¡pobres!) en jaulas mínimas. Los tigres y leones de las novelas se encaramaban en árboles inmensos de la selva y eran amigos de un personaje maravilloso que también aparecía en el Cine Comitán: Tarzán, el rey de la selva. Hoy, querida Marianita, pocos hablan de Tarzán; hoy, los personajes son otros.
La verdad es que no nos enteramos del fallecimiento de Rosario, la paisana. En 1974 (lo sé ahora) el Premio Nobel de Literatura fue compartido (desde entonces no ha vuelto a repetirse tal acto. Ahora lo entregan a una sola persona). El año de la muerte de Rosario, dos escritores suecos obtuvieron el máximo reconocimiento. ¿Por qué la Academia premió a dos escritores ese año? No lo sé y, la verdad, me viene sobrando. Lo único que advierto es que la Academia es Sueca y los premiados fueron paisanos. Si comparo (¡ah!, qué odiosa práctica) el poema de Paz que copié líneas arriba y un poema del poeta laureado en 1974, Harry Martinson, encuentro que es más alto el de nuestro paisano. A ver, paso copia de un poema breve de Martinson y ya vos dirás. El poema se llama “La despedida de los recuerdos”: “Cuando los recuerdos van a desvanecerse nos visitan con gran frecuencia / como si quisieran ser completamente consumidos. / Lo mejor es comerlos como el manjar favorito, / muy a menudo, hasta que uno ya se harta de ellos. / Así disminuye su valor / para el día en que sean presa del insolente olvido.”. Sí, claro, tiene algo, pero tal vez sea la traducción la que le hace tener como cierta piedrita, algo que no permite la fluidez completa que sí logra el de Octavio.
Y comparo porque no siempre la Academia ha premiado a las Voces Mayores. En 2014, el francés Patrick Modiano obtuvo el Nobel de Literatura y, la mera verdad, este escritor no tiene una obra de altos vuelos. Claro, mi niña, es mi apreciación como lector, cualquiera diría que es cuestión de gustos.
Se sabe que la entrega del Nobel tiene muchos intereses, desde los políticos hasta los económicos, por lo tanto, a veces, el arte queda relegado.
¿En dónde hallar la obra de la escritora laureada en este 2015? Los que saben dicen que sólo “Voces de Chernóbil” puede hallarse en español y es un libro escasísimo. Hay que esperar que las grandes editoriales publiquen los otros libros y las reediciones de Las voces. Ya imagino cómo, en este instante, cientos de traductores le dan duro a la conversión del ruso al español, porque millones de lectores estamos en espera de los libros de la Svetlana. Por fortuna, los periódicos han publicado un fragmento inicial del libro traducido; ahora puedo decir que es ¡un libro soberbio! Ahí está la esencia del ser humano, narrado a través de testimonios. Los críticos han ponderado el hecho de que la Academia haya premiado a una periodista. Su trabajo literario tiene como fundamento las voces de los otros. Los que saben llaman a esto Polifonía, como si se tratara de decir que es necesario la voz de muchos pájaros para escuchar la verdadera voz del bosque. Su obra es un bosque, un bosque donde la miseria es el nido. Leí, querida mía, las dieciocho páginas iniciales del libro “Voces de Chernóbil” y entendí por qué un lector dijo que no pudo dormir dos noches seguidas después de la lectura de ese libro.
Ya no recordaba la tragedia de Chernóbil ocurrida en 1986. No recuerdo en dónde estaba cuando el mundo se enteró de la explosión de esa central nuclear. Los países de la antigua Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas están muy lejos. Pero, el libro de Svetlana acerca a sus lectores a esos horrores. Las voces de hombres y mujeres que vivieron y viven esa tragedia, expuestos con el bordado mágico e impecable de la escritora, nos toca el espíritu. Y la buena literatura no es más que tocar el alma; tocarla a través del humor, de la inteligencia, de la violencia o de la mierda que envuelve al hombre y a la mujer de todos los tiempos. Svetlana es una gran escritora, es una periodista admirable.

Posdata: Soy un snob. En cuanto se da a conocer el nombre del ganador o ganadora del Nobel de Literatura trato de conseguir, de inmediato, uno de sus libros, para saber por dónde va la vaina de la excelsitud literaria. Este año celebro la designación. Svetlana es una Voz Mayor que nos estruja el alma y nos hace más conscientes de nuestra grandeza y de nuestra debilidad suprema.
Siempre que llega octubre espero dos actos: el Nobel de Literatura y el destronamiento del Horario de Verano. Ahora esperaré el Horario de Dios, que es el horario más bello del mundo.
Mariana mía, ¿qué hacías la mañana del día que pedí que tu lluvia bendijera mis parcelas?

viernes, 16 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA COMO LA PUNTUACIÓN ES NECESARIA




Querida Mariana: Cuando la oración termina hay que poner punto. Puede ser punto y seguido, punto y aparte o punto final. Las mamás acostumbran dar lecciones de puntuación. Cuando la hija pide permiso, y la mamá lo niega, y la hija insiste, la mamá termina con esto: “¡Ya dije que no, y punto!”. Siempre ha llamado mi atención tal comportamiento. Lo que nunca expresa la mamá (perdón) es si se trata de un punto seguido, un punto y aparte o un punto final. Uno (a distancia) podría asumir que la sentencia de la mamá es determinante, por lo que el punto es final; es decir, ya no hay más oportunidad de discusión.
Rodimiro González, escritor Peruano, escribió un cuento donde la protagonista, una hormiga muy floja, extravió un punto que le había dado su maestra Elefante. La hormiga sacaba las peores calificaciones. Una mañana, la maestra, desde su estrado (que estaba construido con barras metálicas, para que no sucediera lo que pasó en el salón B donde la tarima de madera se quebró con el peso de la maestra Hipopótamo) dijo que daría un punto extra a todo alumno que demostrara contribuir con el cuidado del medio ambiente. La hormiga levantó la mano y dijo: “Mi mami me ha dicho que nosotras cumplimos una función muy importante: la de dispersar las semillas para que crezcan” y se sentó, orgullosa, viendo hacia sus demás compañeros. La maestra sonrió y dijo que eso era cierto, así que le daba un punto extra, le otorgó una tarjeta de color rosa. La hormiguita pensó: “Uf, me salvé, ya tengo seis en este bimestre”. Pero (¡oh, destino ingrato!), el día en que la maestra hacía el recuento de puntos extra para entregar calificaciones al Departamento de Servicios Escolares, la hormiga vació su mochila, la tomó con ambas patitas y la somató en el aire. ¡Nada!, el punto extra era un punto extra-viado. La hormiga se sentó en una banca y lloró. “Oh, más me valiera morir”, dijo, entre sollozos y llevándose la mano a sus mandíbulas para limpiarse los mocos. El ratón, que estaba a su lado, comiendo el sándwich de queso que le había preparado su mamá, le dijo: “Ay, no te preocupes. Yo siempre robo puntos a los textos, los pego en tarjetas color rosa y saco diez, en todas las materias”. La hormiga dejó de llorar, se acercó al ratón y preguntó: “¿De veras haces eso?”. “Claro”, dijo el ratón y siguió dándole con fe al queso gruyere. La hormiga se paró y fue al salón, que estaba vacío porque todos estaban en el patio de recreo. Abrió una libreta y vio infinidad de puntos en todos los textos escritos en clase de redacción. Entonces, viendo a todos lados, quitó un punto y lo guardó en su bolsa; abrió otra libreta y extrajo otro punto y, ya con gran confianza, porque basta hacer algo una primera vez para que luego todo sea común, tomó uno y otro y otro punto. Antes de que la chicharra indicara el fin de recreo, la hormiga tenía la bolsa llena de puntos, estaba tan llena que parecía la panza de un dromedario. En la tarde pegó los puntos en cartulinas de color rosa, y al día siguiente le entregó tres tarjetas a la maestra que, se quitó los lentes y preguntó: “¿Tres?”. Sí, dijo la hormiguita, con cara de tiuca inocente. La maestra anotó y dijo: “Bien, por primera vez alcanzaste el ocho” y firmó la boleta. La hormiga regresó feliz a su asiento, pero acababa de hacerlo cuando el loro se paró y dijo que a uno de sus textos le faltaba el punto final y la historia se había desparramado y mostró el cuaderno que rebosaba de palabras y éstas caían en cascada y manchaban con tinta el piso. Sí, cacaraqueó la gallinita, a mí también me hace falta un punto y seguido. Y a mí, dijo el pato, también me hace falta un punto y aparte. Los cuadernos rebosaban de palabras y era como si todas vomitaran porque habían cenado algo pesado. La maestra, al ver el desorden que se había generado en el salón, salió a llamar al Prefecto, que era un búho sabio. El prefecto entró y dijo que eso era muy sospechoso, dijo: “el gato es de casa”, queriendo expresar con ello que el ladrón de puntos estaba en el salón. Sacó una lupa y, como si fuese Sherlock Holmes, revisó una de las tarjetas. ¡Ah!, dijo, este punto no es real. Tomó el punto entre sus dedos pulgar e índice, lo llevó ante su boca y sopló, el punto voló y fue a posarse en la libreta abierta del pato. De inmediato, la libreta del pato dejó de chorrear palabras. La maestra descubrió que los puntos correspondían a las tarjetas que la hormiga le había entregado. La hormiga se puso de pie y pidió permiso para ir al baño, su cara estaba roja. Antes de salir le dijo a la maestra, en voz baja: “Parece que volví a sacar cinco, ¿verdad?”.
Y ahora, querida Mariana, pongo punto final a este texto, pero mañana te escribo más.

miércoles, 14 de octubre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON CORAZÓN




Fany estuvo un año en USA. Ayer me dio este souvenir, que me recordó el logo: “I Love NY” (el diseñador sustituyó la palabra Love por un corazón). Margoth, amiga mía desde hace muchos años, decidió un día hacer un logotipo para mí. Ella estudió Diseño, en la Universidad de Las Américas. Una tarde llegó a mi casa con las manos detrás, me dijo: “¿A que no adivinas?”. Le dije que era mi logo. Por lo regular no soy muy expresivo cuando alguien tiene una atención para mí (bueno, no soy expresivo en momento alguno, siempre tengo mi cara de piedra), pero ese día traté de sonreír y de mostrar entusiasmo. Margoth rio, expuso sus manos al frente, dijo “¡tantararán!” y me enseñó el logo: ¡era una copia del logo de Nueva York: en lugar del corazón tenía un hígado y en lugar de las letras NY tenía AM. “¿Entiendes?”, preguntó y sonrió de nuevo. ¿Qué lectura podía hacer? ¿Un hígado? Sí, soy un hígado (ya dije que siempre tengo mi cara de piedra), pero si interpretaba bien su mensaje ella me estaba diciendo que “odiaba a AM”. ¿De verdad era eso lo que quería decirme? “No, tontito -dijo- esto no es un hígado, es un corazón, pero es un corazón verdadero”. Tenía horma de hígado, pero si ella decía que era un corazón, entonces el mensaje cambiaba.
Cuando Fany me dio el souvenir traté de ser expresivo. No lo logré. Me dio gusto que me obsequiara tal chunche, pero, ¡ay, Dios mío!, me cuesta mucho agradecer algo. Esto es resultado de un complejo, por lo regular me encanta ser ignorado. Si no me invitan a fiestas, ¡soy feliz!; si el día de mi cumpleaños no me felicitan ¡soy feliz!; si no me obsequian presentes ¡soy feliz!, y soy feliz cuando no me dan presentes, porque sólo aspiro a que Dios me entregue futuros, futuros llenos de aire y de luz.
No obstante mi cara de piedra, mi corazón saltó de gusto al ver el chunche que vino desde Nueva York, adentro de alguna maleta. ¿Cuántos recibieron este detalle de Fany? No muchos, sólo los elegidos.
Tal vez, después de las iniciales del nombre propio, las iniciales más famosas del mundo son las de Nueva York. Sólo alguien que viva en el hoyo más profundo de la Amazonia podrá ignorar qué significan esos dos elementos icónicos de nuestro tiempo. ¡Ah, los gringos son muy vivos para vender imágenes del sueño que ellos mismos han formulado!
El chunche que Fany me obsequió tiene, al frente, una serie de edificios y monumentos simbólicos. Por ahí está el Puente de Brooklyn (que es el puente maravilloso que aparece en la película “Manhattan”, de Woody Allen). ¿Y qué decir de la Estatua de la Libertad, que fue un obsequio del gobierno francés al pueblo norteamericano?
En cuanto Fany me dio el chunche pensé en cambiar mi llavero viejo. Saqué las llaves del antiguo y las coloqué en este nuevo llavero Neoyorquino, pero luego me di cuenta que era un error, porque las puntas de las letras iban a provocar un gran agujero en la bolsa de mi pantalón. Regresé las llaves a mi querido llavero viejo y el detalle de Fany lo coloqué en el espejo retrovisor de mi carro. Ahí permanecerá, siempre que viaje pensaré en todas las imágenes neoyorquinas que guardo en mi memoria. Entre esos recuerdos aparecerá, sin duda, el Puente de Brooklyn. Me gustaría tanto que así como millones de personas en el mundo reconocen tal puente, fuese reconocido, por ejemplo, el Puente Hidalgo, de nuestro Comitán. Pero, ¡Dios mío!, acá nos ha faltado un Woody Allen. Tal vez, así lo invoco, algún día un cineasta comiteco hará un film que sea como un enorme reconocimiento a este pueblo y dicha película se exhiba en todo el mundo y millones de personas reconozcan el Puente Hidalgo; de igual manera invoco al talento de los diseñadores comitecos para que, cualquier día de éstos, se refinen un logo tan icónico como el de NY. ¿Cómo hacerlo? Ah, yo no sé.
Me maravilla la idea de que, mientras yo esquivo un bache por una calle cercana al Puente Hidalgo, el detalle de Fany irá bamboleando de un lado a otro; seré feliz cuando vea que los baches de Comitán no le provocan ni el menor rasguño al Empire State o a la Torre que los gringos levantaron donde antes estuvieron las Torres Gemelas.

lunes, 12 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE HACE UNA PREGUNTA SIMPLE





Querida Mariana: el otro día, una amiga dijo que ella odiaba la clase de mecanografía. Otro amigo, de la misma generación, dijo que esa materia era ¡la onda!
Mi pregunta es: ¿cómo aprenden los jóvenes de hoy a escribir en un teclado? Quienes estudiamos en los años sesenta aprendimos mecanografía. Tres días a la semana debíamos llevar a la escuela una máquina mecánica con su estuche. La máquina no sólo servía para aprender mecanografía, también servía como pretexto para romper el hielo con alguna muchacha bonita. El pretenso se acercaba y, con su mejor sonrisa, preguntaba: “¿Te llevo la máquina?”. La mayoría de ellas aceptaba, de inmediato daban la máquina. Los muchachos del Colegio Mariano cargaban la máquina toda la subida de San Sebastián, al término de la subida, las muchachas daba las gracias y no volvían a ver a los sufridos cargadores.
Me sorprende ver cómo ustedes manejan los celulares. Envían los mensajes con gran habilidad. Pero, no sé cómo escriben en los teclados de las computadoras. Veo que en sus celulares emplean los dos pulgares. Pregunto: ¿Para escribir en un teclado emplean todos los dedos (como quienes aprendimos mecanografía) o sólo emplean los dos dedos índices? Julio Cortázar (enorme escritor que vos y yo adoramos) escribía en su máquina mecánica con dos deditos (perdón, esto de deditos es por el afecto que le tengo, en realidad eran dedazos ya que tenía unas manazas enormes).
No sé cuánto me puso el maestro Jorge de calificación en la materia de mecanografía, pero no importa. No importa, porque aprendí muy bien. Algunos jóvenes se sorprenden al ver la rapidez con la que escribo. Bueno, años y años dedicados al periodismo y a mi vocación de escritor de novelillas y de cuentos han hecho que tenga una gran habilidad con el teclado. Si debo transcribir un texto lo copio sin ver el teclado.
Aprendí tan bien que dos o tres años me atreví a dar la clase en secundaria. ¡Ah!, fueron los años más felices frente a grupo. Los muchachos entraban al salón y el jefe de grupo abría el estante especial donde guardaban las máquinas. Les indicaba cuál ejercicio del Método debían hacer y metían sus manos debajo del “babero” que les impedía ver las teclas. Así comenzaba el concierto, el sonido era como el de un metrónomo. ¿Qué hacer? ¡Nada! Desde mi escritorio, colocado en una tarima podía supervisar su labor, así que ese tiempo lo dedicaba a leer o a escribir. ¡Ah, qué años tan productivos! Espero que mis alumnos, igual que yo, hayan potenciado la capacidad de escribir y ahora sus dedos se deslicen con la misma facilidad con la que Rubinstein deslizaba sus dedos sobre el teclado del piano. Porque ahora, y desde hace varios años, procuro que al escribir suene como una sonata de Beethoven. El ritmo que imprimo a mis dedos tiene mucho que ver con el ritmo del texto que escribo. He escuchado el ritmo del teclado cuando escribo un texto que tiene algunos deslices simpáticos; es diferente a cuando el texto alude a algo más serio. Para escribir de algo violento se necesita el ritmo de una pavana; para escribir algo chusco bien puede deslizarse el ritmo de una tambora oaxaqueña acompañada con gotas de mezcal, como si fuese una calenda que destellas por las calles.
Cuando te veo escribir un mensaje escucho algo como un ritmo de rock, como si los Rolling Stones estuvieran encaramados en tus dedos pulgares. ¿Cómo escribís en un teclado de computadora? ¿Lo hacés igual que yo, con todos los dedos y sin ver el teclado?
El tío Romeo escribe en la computadora de igual manera que yo escribo en el teclado del celular. Cuando envío un mensaje escribo como si mis dedos fueran las patas de una gallina tullida. La mayoría de veces los mensajes se van con errores propiciados por el auto corrector. ¡Ah, qué pinche aplicación tan jodona! El otro día, en lugar de escribir corsé, el chunche corrigió y escribió corte; así, mi mensaje “Me gusta la mujer con corsé” se convirtió en “Me gusta la mujer con corte”.
Los tiempos en que fui maestro de mecanografía los recuerdo con afecto. Leí mucho, gran parte de la obra de Cortázar, el escritor que (vaya ironía) escribía con dos dedos, con dos dedotes de sus enormes manazas.

domingo, 11 de octubre de 2015

POR EL NOMBRE DEL NOMBRE



Mis papás dijeron que me llamaría Alejandro Benito. Cuando tuve edad suficiente pensé: ¡Ah, qué bonito! (sólo para que rimara). Hace como cinco años, mi Paty (que ella se llama Elsa Patricia. ¡Ah, qué delicia!) platicó con una señora que recién había alquilado una casa cerca de la nuestra. Después de unos diez minutos de plática y cuando yo andaba moviendo el pie ya con cierta desesperación, salió un perrito del interior de la casa y asomó su cuerpo en el quicio de la puerta, mi Paty rápido le hizo cariñitos y la señora dijo que se llamaba Benito. ¡Ah!, mirá, dijo mi Paty, dirigiéndose a mí, se llama igual que vos. La señora se apenó. No encontré el motivo. Hay cientos de loros que se llaman Paco.
El otro día, por un error de dedo, el poeta Roberto López Moreno, Premio Chiapas, en lugar de escribir Alejandro, escribió Alñejandro y yo, de broma, le dije que tal vez lo había puesto en relación a añejo, puesto que, como soy de la cosecha del 57, ya soy un comiteco añejado. Y luego le conté que el poeta Joaquín Vázquez Aguilar, cada vez que me veía, en lugar de decirme Alejandro me decía Acercandro. Quincho era un hombre juguetón con la palabra y cuando jugaba en serio escribía poemas de altísimo vuelo. Roberto López Moreno es igual de juguetón. En una ocasión, hace muchos años, en un Encuentro de Escritores, que organizaba la UNACH, en un auditorio escolar, después de la participación programada de los escritores, el poeta López Moreno (quien había participado en otras mesas) se paró y comenzó a improvisar una serie de versos con una rima exacta. La audiencia quedó gratamente sorprendida. López Moreno sí las compone al vuelo.
El error de dedo no quedó ahí. El poeta (también enormísimo, igual que Quincho) siguió jugando y me regaló una palabra que es como una brasa que apuntala la decisión de mis papás. Te llamarás Ardejandro, dijo Roberto López Moreno, y entonces vi la flama y sentí su calor.
Todo lo que no es el nombre es un sobrenombre. En Comitán somos muy dados a ello. Mi Paty me nombra de varias formas. A veces me dice Molis (cuando está de buenas), Molcajete (cuando está más de buenas) y Molito (cuando está amorosa). El otro día, un amigo del trabajo se hamaqueó de la risa cuando oyó que mi Paty me decía Molcajete. Ya luego me contó la anécdota del compadre que a su esposa le decía molcajete porque él ahí metía su chile. ¡Dios mío! ¡Cosas veredes! ¡Cosas escuchares!
He impartido cátedra más de treinta años, en tal lapso, los alumnos me han puesto mil dos sobrenombres. Todos han sido pegados con chicle porque ninguno ha perdurado. Fue necesario entonces, dentro del juego, que yo me impusiera uno: Molcas, personaje literario que aparece en obras de Del Paso y de Aguilar Camín.
A mi Paty, de novios, le decía flaca; luego, ya casados le dije Patrulla. Una vez, mi Paty entregaría algo a una señora y yo le dije que al rato pasaría la Patrulla y le dejaría el paquete. La señora, entonces, muy inocente, preguntó: “¿La patrulla de la Cruz Roja o la de la Policía?”.
Hoy recuerdo con afecto al poeta Quincho que me nombraba Acercandro y luego me decía que fuéramos a tomar una cerveza; y saludo con cariño a Roberto López Moreno por nombrarme con palabra tan ardiente: Ardejandro. ¡Salud y larga vida!

viernes, 9 de octubre de 2015

A QUE NO PUEDES COMER SÓLO UNA





La mamá tortuga ha dicho a su hija, esta mañana, que no salga de casa. Pero Ita, que así se llama la tortuga hija, es una niña muy traviesa. Bueno, con contarles que una mañana de abril desapareció y la encontraron hasta el día siguiente en la entrada del albañal. Cuando la mamá la reprendió, ella dijo que ahí estaba muy a gusto, que le encantaba sentir cómo, cuando corría el agua que soltaba Juana, la lavandera, la llevaba hasta la entrada del albañal, como si fuese una barca o una cáscara de nuez y el canal fuese un tobogán de esos que ponen en los centros de verano. Ita estaba sorprendida de cómo cada descarga de agua era la cantidad exacta para desplazarla justo a la entrada. Cuando la corriente se agotaba, la tortuguita caminaba de nuevo por el túnel hasta el centro del albañal y esperaba la nueva descarga. Claro, este trayecto lo realizaba en una hora treinta y dos minutos, así que sólo esperaba dos minutos más para que la nueva descarga se realizara. Ese día realizó cuatro viajes, de ida y de vuelta. De ida no tenía inconveniente porque lo realizaba en menos de diez segundos, ¡ah!, pero de regreso, ¡uf!, ya se dijo, se tardaba una hora con treinta y dos minutos (si algún lector lo desea puede hacer la sumatoria de acuerdo con la siguiente estadística: la tortuguita tarda un minuto con dos segundos desde el instante en que hace el arco y logra colocar la planta en el piso, en el piso húmedo). Fue tan intenso el juego que, a las seis de la tarde con treinta y dos minutos, Ita quedó a mitad del trayecto, agotada, profundamente dormida. Despertó hasta la mañana siguiente, a las siete con veintidós, hora en que Juana hizo la primera descarga. Danielito, que es el hijo de los dueños de la casa, fue quien halló a la tortuguita y la llevó hacia adentro.
Esta mañana, la mamá tortuga ha salido para ir por el mandado. Regresará hasta entrada la tarde. Ha cerrado con doble llave la puerta. Mamá tortuga toma su mini patineta, su morraleta y vuelve a recomendarle a su hija que no salga. Ita jura que no saldrá, que permanecerá leyendo en la sala, pero en cuanto la mamá sale, la tortuguita sube al pretil de la ventana y ve algo sorprendente. ¡No puede ser! El camión de Sabritas está en la tienda de la esquina. ¡Ah!, todo pueden ponerle enfrente y, mediante una intensa lucha interna, logra vencer la tentación, pero a Ita no pueden ponerla frente a una bolsa de papitas porque todas sus resistencias se hacen polvo. ¿Las tortugas acostumbran comer papitas? Bueno, parece que las tortugas comen de todo. En casa tenemos una tortuga, casi prima hermana de Ita, que come croquetas de gato, y otra, venida de quién sabe dónde, que come pedacitos de carne cruda de res (cada vez que mi Paty va al mercado y pide cien gramos de carne, el carnicero le dice que la tortuga morirá de un paro propiciado por la grasa acumulada en sus venas, pero la tortuga ya tiene treinta y dos años en casa y sigue tan campante).
“Papitas”, pensó Ita, se relamió la boca, movió la cola como si fuese un perrito, y se trepó en la catapulta de madera que Danielito usa en sus juegos de guerra. La tortuguita subió a la catapulta, la accionó con una pata y voló, voló a través de la ventana, por encima de la cuneta de la carretera y cayó justo a mitad de la carretera. ¡Ah!, se puso tan contenta, quiso brincar como sapo, pero no logró hacerlo. El brinco fue apenas como un upa. Vio al fondo y vio que ahí estaba el camión de las papitas. ¡Ah, qué alegría! Pero la emoción inicial se convirtió en desaliento cuando (quienes hicieron la sumatoria ya comprobaron la velocidad de sus patas) levantó una patita y, un minuto con dos segundos después, colocó su pata en el piso, y luego el mismo movimiento con la pata izquierda. ¡Dios mío, qué lejos estaba el tesoro! Oyó cómo el chofer cerraba la puerta del camión repartidor, prendía el motor y, ¡no, no, no!, venía en dirección a ella. ¡Oh!, se estaba acercando, qué bendición, pero ¡no, no, no!, estaba a mitad de la carretera, quedaría hecha polvo, como papa aplastada. Ni cómo sacar una banderita para decir: ¡acá estoy, no me aplasten! El camión pasó a su lado, el viento provocado por la velocidad movió tantito su coraza, fue como si estuviese expuesta a un ventarrón intenso. Pasó el camión repartidor, se perdió de vista y la tortuguita quedó ahí, a mitad de la carretera, expuesta a todos los peligros que se ve expuesta una criatura que está lejos de ambas orillas. ¿Cómo llegaría a una orilla si estaba justo a la mitad y ya se sabe cuál es la velocidad que alcanza? Tuvo ganas de llorar, tuvo ganas de gritar: ¡mamá!, pero su mamá estaba tan lejos. ¡Moriré!, pensó y metió su cabeza dentro de su coraza. Pensó que cuando la muerte llegara era preferible no verla. Rezó y encomendó su alma de tortuga a todos los dioses. ¡Ah!, pensó, qué joven moriré, ya no alcanzaré la edad de ciento veintidós años.
Pero, la naturaleza es pródiga, Danielito entró a su cuarto y vio que alguien había usado su catapulta, se asomó a la ventana y vio a Ita a mitad de la carretera. ¡Ah!, dijo el niño, qué tortuga tan traviesa. Así que salió de casa y fue a la carretera. Tomó a Ita de sus extremos, con los dedos abiertos como garfios y la regañó: Traviesa, un día te matarán. Y la regresó a casa.
Cuando la mamá tortuga volvió a casa con el mandado, estacionó su patineta a la entrada y entró corriendo (es un decir): ¡Ita, Ita, mira que te traje! ¡Una bolsa de papitas! No, mamita, no quiero comer, dijo Ita, estoy un poco mal de la pancita.

miércoles, 7 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN JUEGUITO SENCILLO




Querida Mariana: en la prepa me gustaba acompañar a Chito. Él siempre se sentaba en la bardita que daba a la calle. Cada vez que teníamos un receso, bien porque no llegaba el maestro o porque el salón estaba cerrado, ya que uno de nosotros le había puesto Resistol 5000 a la chapa, Chito corría (es un decir, porque caminaba con paso lento) al pretil de piedra y se sentaba con las piernas al aire. Desde ahí miraba lo que pasaba en la calle. Y en la calle pasaban muchas cosas: pocos autos, pero muchas personas. Cuando yo le preguntaba por qué le gustaba estar ahí, me decía que era como estar en el cine, pero en vivo. Y entonces yo miraba hacia el frente e imaginaba que eso que ahí pasaba era el cine, era la vida. Me sentaba, a su lado, en el pretil y hacía lo mismo que Chito: ¡miraba! No hacíamos otra cosa. De vez en vez él decía algo y yo lo oía. Pocas veces yo hacía comentarios. Por eso me gustaba acompañar a Chito, porque, como él decía, era como estar en el cine. Mirábamos lo que sucedía enfrente. Una vez, la película fue intensa, porque un automovilista dio la vuelta sin fijarse, perdió el control y estampó su auto en la casa de la esquina (que era una tienda donde vendían telas). La gente se arremolinó, el automovilista bajó y checó el daño de su auto, el dueño de la tienda salió, revisó el daño de la pared y encaró al automovilista imprudente. Vimos, desde nuestro palco, cómo el tendero levantó las manos, las bajó, una y dos veces, señalando la esquina escarapelada. Como siempre sucede, el tendero comenzó a subir la voz y a exasperarse. Vimos cómo flexionó los brazos, puso las manos sobre el pecho del automovilista y lo empujó. El automovilista se fue hacia atrás y quedó recostado, de fea manera, sobre el cofre del auto. Uno de los curiosos abrazó por detrás al tendero y (lo vimos) le habló en intento de calmarlo. El automovilista se repuso, dio la vuelta al carro, abrió la cajuela y sacó la llave que sirve para cambiar las tuercas de las llantas y gritando, como si fuese un piel roja (que su piel estaba de ese color por el coraje), se fue encima del tendero que seguía aprisionado. Cuando el tendero vio que el energúmeno venía contra él, con la llave de cruceta por lo alto, aventó a la persona que lo detenía y se agachó delante del carro. La persona samaritana cayó y su cabeza chocó contra la esquina dañada. Su cabeza sonó y comenzó a sangrar. Los curiosos gritaron y tres hombres detuvieron al automovilista, le quitaron la cruceta, mientras otras personas se hincaban en torno al hombre que sangraba profusamente de la cabeza.
En ese tiempo no sucedían muchas cosas en Comitán. La ciudad era tranquila, pero Chito y yo, de vez en vez, veíamos cosas sorprendentes. En ese tiempo, la Cruz Roja no existía, así que un muchacho corrió hasta el parque central (la distancia era de una cuadra), hasta el sitio de carros de alquiler, y vimos (desde nuestro lugar de privilegio) cómo el taxi recorrió la cuadra en reversa hasta que llegó al lugar donde el herido ya había sido levantado. Dos hombres ayudaron al resquebrajado a subir al auto y el taxista enfiló con rumbo al consultorio del doctor Guillén, que estaba, también a media cuadra del centro. Ya para esa hora, media preparatoria había salido al corredor y miraba el suceso. Dos de nuestros compañeros se pusieron las manos en las bocas, como bocinas, e imitaron el sonido de las sirenas de las ambulancias. Todos reímos. Algunos niños corrieron detrás del taxi ambulancia y se arremolinaron a la hora que bajaron al herido.
Chito tenía razón: estar mirando la calle, desde el pretil de los corredores de la prepa, era como estar en el cine. Ahí pasaban los autos y las muchachas bonitas que estudiaban en otras escuelas.
Ahora, siempre que veo a una persona que saca una silla a la banqueta y se sienta a ver lo que pasa en la calle, pienso en Chito y en el cine que tuvimos en los años setenta.

lunes, 5 de octubre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON ZAPATOS




Mariana y yo caminábamos por el parque central. Cerca de donde los boleros tienen sus sillas. Vi lo que en esta fotografía se ve, pero seguí caminando sin mayor asombro. Pero, Mariana me jaló de la manga de la chamarra y dijo: “Mirá, Alejandro, mirá, qué bonito. Rentan zapatos”. Ya no me dejó decirle que eso no era cierto, no me dejó decirle que alguien (un señor de paga) había llevado algunos pares de zapatos para que les dieran lustre. El bolero cumplió con el encargo y los colocó en fila (tal como se ve), los expuso al sol para que tomaran el brillo natural del día. Cuando el ilustre llegara, el bolero diría es tanto y ayudaría al señor de paga a subir los pares al auto de lujo. Esta fue la lectura que hice de ese montón uniforme de zapatos, pero Mariana no abandonó su sonrisa, insistió en que eso era el primer negocio en Comitán que rentaba zapatos. Y dijo que eso era magnífico, porque el dueño del local lo había abierto con la única intención de que aquellos hombres que no tenían posibilidades de usar zapatos cómodos ¡lo hicieran! Por unas cuantas monedas el zapatero generoso proveería de un par para cuando la lluvia cayera inclemente. ¡Ah!, dijo Mariana, no hay cosa más incómoda que un par de zapatos con hoyos en la suela en temporada de lluvia.
Como Mariana brillaba de la emoción, como brillaba con la misma intensidad de los zapatos recién boleados, le di un poco de cuerda a su juego y le pregunté si los usuarios dejaban su credencial de elector. Por supuesto que no, dijo ella. Dijo que dejaban, en prenda, los zapatos con hoyo. Vi su rostro y vi que, en efecto, creía lo que me estaba diciendo. Entonces pensé en aquéllos que nunca han tenido un par de zapatos y recordé el cuento de Ernesto Lafranco, escritor de El Salvador, que narra el caso de un hombre que robaba zapatos en casas de ricos y, al estilo de Chucho El Roto, los dejaba en casas de hombres miserables que, al despertar, encontraban ese generoso obsequio y daban gracias al cielo y a los dioses. Pero lo que el ladrón benévolo no calculó es que uno de los que recibieron el ultraje del robo contrató a un par de investigadores privados para que dieran con el paradero del ladrón. Los dos investigadores, después de intensas pesquisas, llegaron hasta la casa de uno de los hombres beneficiados, llamaron a la policía para detener al supuesto ladrón. El pobre hombre que no tenía más culpa que haber usado el par de zapatos robados fue sentenciado a cumplir una condena de diez años en la prisión más sórdida del país. Ahí sufrió horrores. Para reducir la condena se dedicó a realizar un servicio social en la biblioteca del penal y, poco a poco, su comportamiento ejemplar dio pábulo para que el alcalde de la prisión lo propusiera para una reducción de la pena. El gobernador de la provincia decretó la liberación adelantada. Una noche antes de su salida, él preparaba su maleta con las pocas pertenencias. Estaba emocionado porque sabía que al día siguiente su esposa y dos hijos (uno de ellos ya casado) lo estarían esperando en la entrada del penal. El custodio abrió la reja y dio paso franco a un hombre de barba. El custodio dijo que al nuevo presidiario le habían asignado esa celda. El nuevo se sentó en el camastro vacío, prendió un cigarro y ofreció otro a quien estaría libre al día siguiente. Éste aceptó el cigarro y con ello la plática entre ambos se dio. Los lectores de esta Arenilla ya intuyeron quién era el hombre de barba. Sí, era el ladrón noble, el que robaba zapatos. Cuando el viejo recluso se enteró de la historia, que el otro contaba con tranquilidad y orgullo, sufrió un arrebato de ira que no logró dominar. Ya no pensó más que en los años de miseria y de encierro que el otro le había propinado.
A la mañana siguiente, la esposa, la nuera y los dos hijos fueron llamados a la dirección del penal y ahí se enteraron de que el presidiario no saldría libre. Había ahorcado a un nuevo recluso, por lo que debería pagar una pena de diez años.
Llegamos a la esquina y, mientras Mariana me decía que nos sentáramos tantito en el parque, para ser testigos del instante en que alguien llegara a alquilar un par de zapatos, yo le dije que mejor fuéramos a la librería para ver si ya había llegado el libro de Del Paso. Ella no lo pensó dos veces. Dijo que estaba bien, que fuéramos. Mientras caminábamos lamentó no estar presente en el acto sublime de renta, pero se alegró por la posibilidad de que “Noticias del Imperio” ya hubiese llegado. Supe que había dado en el clavo (bueno, para estar a tono con el lenguaje de zapateros: había dado en la tachuela).

domingo, 4 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE HACE UNA PREGUNTA




Querida Mariana: El maestro de secundaria decía que no hay pregunta tonta. Si existe alguna duda, así sea una cosa elemental, debe formularse la pregunta. Por eso, ahora me atrevo a preguntar: ¿cómo crece el monte? El otro día vi una fotografía de un desierto y, como su propio nombre designa, tal espacio estaba lleno de arena, sin un rastro de hierba. ¿Cómo, en el patio de la casa, crece la maleza? Juancho, hace muchos años, se hizo la misma pregunta y llenó de arena su patio, a fin de hacer una réplica mínima del Desierto de Gobi. Ah, le quedó un territorio planchado como alfombra amarilla. Pero, su goce se fue al pozo cuando, después de varias semanas, un hilillo de hierba abrió la alfombra y asomó su cara. ¿Cómo crece el monte? He visto fisuras en piedras donde una plantita asoma. ¿Cómo es posible que la vida aparezca en medio de una hendija inerte?
Un lunes caminé por el parque de Guadalupe, miré la escultura que ahí está colocada, escultura fruto de uno de los simposios que organizó el artista Luis Aguilar. El arriate tiene dos árboles sembrados y tierra y pasto, un pasto que es como estropajo usado. El miércoles recibí una llamada telefónica y una amiga me citó en el parque central. Salí de casa y pasé por el mismo parque y, ¡oh, sorpresa!, el arriate resplandecía. Decenas de plantas compartían su rostro amable. Me hice la misma pregunta tonta: ¿cómo crece el monte? Y me hice la pregunta porque supe que esas plantas no habían crecido por generación espontánea. Entonces fui y pregunté con un vecino cuál había sido el prodigio y el vecino, muy tranquilo, pero con la voz orgullosa, dijo que eso había sido una iniciativa ciudadana, un poco en la misma tónica del grupo de comitecos que ha realizado una intensa campaña a favor de salvaguarda y embellecimiento del bulevar. ¿De qué va la campaña? Va en intento de hacer agradable la vida de los vecinos y de quienes transitan por ahí, va en intento de hacer más afectuosa la propia vida. El desierto es inclemente, decenas de cuentos y de novelas y de películas hablan de las condiciones arduas que “florecen” en esos páramos. Los trashumantes no alcanzan a ver más que arena y arena, un poco como si la vida se escondiera, porque la vida está encaramada en los árboles, ahí en donde los pájaros cantan y el agua se descuelga como chango contento.
Un sector aledaño al parque de Guadalupe ha tomado un rostro más afectuoso. Ya te conté cómo una vecina obsequia macetas para que quienes ahí habitamos sembremos plantas y las coloquemos en las banquetas. El rostro de esta parte esboza ya una ligera sonrisa. Hace falta más. Será cuestión de que todos los vecinos se solidaricen con esta noble propuesta. Y ahora, ¡ah, qué bueno!, más vecinos han unido sus entusiasmos y han sembrado plantas en los arriates del parque.
Me dio gusto ver cómo varios padres de familia llevaron a sus hijos a sembrar buganvilias en el bulevar. El mismo contento apareció en mi espíritu cuando vi que en el parque de Guadalupe la gente abría huecos donde sembraba flores y cargaba botes con agua para regarlas.
Los desiertos son impresionantes y de una belleza insólita. Nosotros, los de estas regiones templadas de América, no estamos habituados a esos territorios en donde la arena es la diosa. Nosotros estamos habituados a llenar de plantas los patios y los jardines de las casas. No nos conformamos con ello, empleamos las paredes para colgar maceteros de donde cuelgan helechos y esas plantas hermosas que son como racimos verdes de caquita de borrego. Ha sido proverbial el éxodo de indígenas que llegan de la región de Los Lagos y ofrecen las orquídeas. Estas plantas son una ofrenda que la región Chuj nos entrega a los ladinos, pero con la condición de que las cuidemos, de que las protejamos, de que las hagamos sentir bien, como si continuasen en su espacio sagrado. Ahora, los arriates del parque de Guadalupe también están convertidos en santuarios donde la vista de los caminantes puede hacer una oración. Un grupo de ciudadanos conscientes y comprometidos con su ciudad ponen su fe en aras de hacer una ciudad más digna, más habitable. Ellos no ponen su granito de arena (porque no desean construir un desierto), ellos contribuyen con su gránulo de luz para iluminar el corazón de los vecinos y de los trashumantes. ¿Qué puede decirse de ellos? Tal vez sólo valga un gracias. Gracias por hacer que nuestra ciudad no se convierta en un páramo, por procurar que siga siendo la ciudad maravillosa que siempre ha sido: Comitán ¡de las flores!
Creo que nunca sabré cómo nace la maleza, pero ya sé, un poco, cuando menos, cómo las personas siembran fe en medio de una tierra buena.

sábado, 3 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE EL LIBRO ES COMO UN ÁRBOL




Querida Mariana: vos y yo vivimos entre libros. Los libros son como árboles y nuestro entorno es como un bosque. ¿A qué se juega en un bosque? ¡Uf, no alcanza la vida para jugar todos los juegos! Ahora recuerdo cuando mi primo Memo iba al rancho de su papá, cuenta que al término de la temporada de vacaciones él lloraba, porque sabía que debía dejar ese espacio y volver al engorroso territorio de la escuela. ¿Qué niño puede preferir el encierro entre cuatro paredes al generoso espacio abierto de los bosques y de las montañas?
Me gusta el término “montaña de libros”, así como también disfruto el término “torre de libros”. ¿Mirás cuánto puede hacerse con los libros? Los libros son como árboles que forman bosques, pero también son como chinchibules que juegan en medio de las frondas. ¿Cantan los libros como chinchibules? ¡Por supuesto que sí! ¡Ah!, basta abrir un libro de poesía para oír cómo la palabra echa gorgoritos, a veces son gorgoritos como los que aventaba Pedro Infante cuando ya sólo le quedaba un chisguete de voz, pero a veces, ¡genial!, son verdaderas arias que suenan como la voz de La Callas o la de Plácido Domingo.
Vivimos entre libros. Así lo decidimos. El otro día recordé un par de libros que me obsequió mi papá. Eran dos tomos de pasta dura que contenían la selección que hizo José Vasconcelos para que los niños mexicanos de 1924 tuvieran contacto con textos de Andersen, Homero, Cervantes y Wilde (¡Ah!, Wilde, ahí leí el cuento de “El príncipe feliz”, un cuento que disfruté enormidades y que llenó de placidez y ternura mis tardes en aquella casa inmensa donde vivimos). También leí textos de Tolstoi, Shakespeare y muchos más escritores de gran altura. Los libros se llamaban “Lecturas clásicas para niños”. En esos tiempos no existían esas absurdas luchas sexistas de lenguaje. Ese “para niños” incluía a todos: niñas y niñas, adultos y “adultas” con el corazón fresco.
Mi papá, niña querida, siempre me obsequió chunches mágicos. En una navidad me regaló un carro de pedales que hizo que yo fuera el “Checo” Pérez, de mi generación. Las crónicas de esos tiempos dirían que en los amplios corredores de la casa se vio a un corredor de autos ganar todos los premios de carreras habidos y por haber (mi auto era plateado, casi casi como un descapotable que usaba Santo, el enmascarado de plata). En otra navidad, recibí el regalo de una marimba (acá entre nos disfruté más el auto que este chunche, pero debo reconocer que mi papá, con ese obsequio, me dijo que la marimba era una vena importante que siempre bombearía vida a mi corazón). Luego, otro obsequio fantástico fue ese par de libros que me permitió acercarme a buenas lecturas.
El otro día, un amigo comentó que los actuales libros de texto gratuitos tienen chistes, en las páginas correspondientes a la materia de español. Él dijo que, cuando estudió la primaria, sus libros traían poemas y fábulas clásicos. Fue cuando pensé que yo, de niño, gracias a mi papá, conocí a Wilde y a Cervantes, entre otros grandes. Parece que José Vasconcelos andaba bien encaminado, sabía qué debían leer los niños de los años treinta. Julio Cortázar recomienda no hacer concesiones en el terreno literario; es un poco como decir que los lectores deben ser tratados como lo que son: ¡personas inteligentes! Vasconcelos pensaba, entonces, que los niños debían leer lo mejor de la literatura. Ahora, medio mundo se queja de los textos malhechos que redactan los niños y jóvenes. Bueno, no conozco los libros de texto actuales, pero si creo lo que mi amigo dice, los chistes son mal ejemplo para los niños lectores. Juan dice que todo es un plan con maña, insiste que a los gobernantes no les interesa que los niños y jóvenes de esta patria sean grandes lectores, porque, se sabe, el lector se convierte en un ser reflexivo y pensante, y, a los gobernantes, les interesa que los mexicanos no reflexionen. La ignorancia de la población es buen caldo de cultivo para la explotación. Yo conocí el caso de Monchito, quien era un empleado analfabeta. ¡Ay, Dios mío! Su jefe le hacía las cuentas equivocadas y a Monchito no le quedaba más que aceptar las cuentas que su jefe le hacía, cuentas que siempre estaban a favor del cabrón explotador. ¿Será que nos está haciendo falta espíritus con la marca Vasconcelos?
Ah, si la gente que no lee supiera toda la maravilla que encierran los libros, con seguridad se volverían lectores.
El otro día fui a la librería Lalilu (uf, es maravilloso que en Comitán exista una librería atendida por propietarios que son lectores y amantes de los libros. Una vez que estuve en Xalapa y caminé en la Feria del Libro al lado del escritor Sergio Pitol, éste me dijo que en el país hacían falta librerías, pero además faltaban libreros con conocimiento. Sol y Samy -propietarios de Lalilu- sí son como esos antiguos libreros que amaban su oficio y contagiaban el amor a los libros). Ahí en Lalilu me topé con Ornán Gómez, escritor, lector y maestro promotor de la lectura. Bastó que abriera su morral de tela para que viera dos libros recién adquiridos, estaba a punto de hincarles el diente a “Los detectives salvajes”, del escritor chileno Roberto Bolaño y “La tristeza extraordinaria del leopardo de las nieves”, del escritor brasileño Joca Reiners Terron. ¿Mirás qué prodigio? En esa pequeña bolsa, Ornán llevaba dos grandes bosques, un chileno y otro brasileño. El libro de Bolaño ya lo leí. Bolaño es muy buen narrador. Harold Bloom, reputado crítico literario (pucha, qué palabrita me aventé: reputado, ¡ah, la reputada!), cuando le preguntaron qué pensaba de la obra literaria de Bolaño, dijo: “Hay algo ahí, ya veremos”, y, niña mía, cuando algún lector profesional encuentra “algo” en la obra quiere decir que algo hay ahí que puede dar luces. ¿Quién es Joca Reiners Terron? ¡Quién sabe! Ya Ornán anda en camino de saberlo. ¿Habrá algo ahí? Espero que sí y espero que Ornán encuentre también algo que le ayude a descubrir su propio camino literario. Ornán es generoso, porque parte de su vida la dedica a promover la lectura, a hacer que niños y jóvenes se acerquen. Lo hace, tal vez, con la misma intensidad con que el maestro Florio hace florituras a la hora de contar cuentos, porque Florio anda en el mismo camino que Ornán, y Florio ya está reconocido como uno de los grandes cuenta cuentos de la región.
Vos y yo vivimos entre libros. Igual que los demás lectores del mundo, no salimos de casa sin un libro en la mano, en el bolso. Los libros son lo que el cigarro para el fumador y lo que la botella de “Charrito” para el teporocho. Ellos, desde que Dios amanece están con el cigarro en la mano o empinándose la botella de alcohol. Cuando el fumador no tiene cigarros, se tira debajo de la mesa y busca una “chenquita” para saciar la ansiedad; cuando el bebedor amanece sin un poco de trago siente que se muere. Los lectores también somos de la misma estirpe. Claro, la lectura está colocada en el extremo opuesto del vicio dañino. Algunos lectores dicen que su vicio es ¡la lectura! Esos lectores se equivocan, la lectura no es un vicio, porque éste es un hábito que hace daño. Si bien la lectura es perniciosa, porque causa daño a los poderosos y tambalea la estructura de los explotadores, la lectura es un hábito, es una dependencia. El fumador depende de la nicotina, así como el bebedor de Coca Cola depende del ingrediente secreto que esta agua negra contiene (algunos expertos dicen que es una pizquita de cocaína). De igual manera, el lector depende de la luz de la palabra, pero hay kilómetros de distancia entre depender de la muerte o depender de la vida. Los seres humanos dependemos del aire, del agua y del sol. Estos tres elementos están presentes, de manera singular, en los bosques, y los libros, querida mía, conforman los mejores bosques del intelecto. ¡Ah!, qué sabroso pasear por esos caminos donde todas las estaciones del año están presentes. Qué sabroso caminar por encima de las hojas secas, qué rico ver cómo las hojas que aún penden de los árboles aglutinan el rocío de la madrugada. ¡Qué divertido mover una rama y mojar al que está debajo! Qué prodigio observar cómo se cuela la luz del sol por en medio de la fronda. Qué deleite cerrar tantito los ojos y escuchar el canto de cientos de chinchibules que brota de las simples hojas de papel.
Lloré, mi niña. Lloré cuando leí el cuento de Wilde. La golondrina (golondrinita, le dice el Príncipe Feliz), en lugar de volar hacia Egipto, país al que volaron sus hermanas, se queda al pie de la estatua para hacerle compañía, pero ella muere por el frío del invierno. ¿Te das cuenta? Se queda con las patitas engarrotadas a los pies del Príncipe. La tristeza es tal que hasta el corazón de bronce del Príncipe se parte en dos.

Posdata: Claro, cuando Dios pide a un ángel que le lleve dos esencias, el ángel le lleva el corazón de bronce, fracturado, y la golondrinita. También donde Dios mora ¡es un bosque!