sábado, 31 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA A PATIO VACÍO





Querida Mariana: El tío Armando decía que el año era el único que sabía con precisión cuándo iba a morir. La tía Eréndira decía que era una bobera, que era una chochez del tío, pero cuando éste, el uno de enero, decía que el año no llegaría más allá del treinta y uno de diciembre, ella sacaba su pañuelo y, con discreción, se limpiaba el lagrimal del ojo izquierdo.
Era una bobera, pero era tan contundente que nadie (salvo la tía Eréndira) se atrevía a rebatir tal certeza. El 2016 termina el treinta y uno de diciembre, a las doce en punto de la noche. Hora en que medio mundo comerá las doce uvas y, con una maleta, dará la vuelta a la manzana como buen deseo para que el 2017 esté lleno de viajes. Bueno, eso de medio mundo es un decir, el abuelo Romeo no saldrá. Él se quedará sentado en su silla de ruedas viendo los fuegos artificiales que transmitirá el televisor y, sin duda, en su imaginación, brindará por la tía Eugenia.
¿Cuándo morirá el abuelo Romeo? Nadie sabe. En noviembre de hace dos años, la tía Eréndira alertó a todos los familiares para que estuvieran pendientes. La tía dijo que el abuelo estaba muy enfermo, tan enfermo que era cosa de horas; tan enfermo que la tía Eugenia voló desde Los Ángeles y llegó ya con el vestido negro. Quien recibió a la tía Eugenia fue el abuelo, chapeado como durazno de San Cristóbal, con una cerveza en cada mano, una para la tía y otra para él. La tía Eréndira, para esconder su vergüenza ante pronóstico tan ominoso como fallido, dijo que era la única manera de hacer venir a la tía Eugenia. Así resultó. El abuelo se sintió feliz ante la presencia de su hermana y ésta también disfrutó su estancia, misma que prolongó por diez días. Raúl (nieto consentido del abuelo) se preocupó por atender a la tía que radica en Estados Unidos. Raúl, una mañana, cargó al abuelo hasta la camioneta, hizo lo mismo con la silla de ruedas y agarró camino hacia Montebello. Ahí desayunaron frijoles de la olla, café endulzado con panela, tortillas recién sacadas del comal y chorizos asados con salsa verde molcajeteada. Un día después, el abuelo le pidió al nieto los llevara al Río Grande y ahí estuvieron. El abuelo, en su silla de ruedas, estuvo durante varios minutos frente al hilo de agua y removió sus recuerdos y contó que cuando era niño nadaba en ese lugar, con todos los amigos del barrio. Ya podés imaginar, mi niña, que no faltó el suspiro prolongado a la hora que dijo que el agua, en aquel tiempo, era tan limpia como la carita de la Virgen del Rayo. Ahora, todo mundo lo sabe, el agua del río grande es como la cara de un carretera llena de chapopote.
Cuando llegó el día de la despedida, el abuelo salió al patio donde estaba la tía Eugenia parada al lado de las maletas. Los helechos, igual que la cara del abuelo, miraban al piso enladrillado. Pero, el abuelo no parecía dispuesto a rendirse ante el huracán del adiós. Su enfermedad le había dado una pausa y había disfrutado como niño la estancia de su hermana. Habían cantado a mitad del patio después de comer olla podrida con tostadas de manteca; habían esperado que la luna apareciera por encima del tejado, mientras bebían café endulzado con panela, en jarros de barro; habían escuchado todos los días discos de las Águilas de Chiapas. Una mañana (la tía Eréndira se había llevado la mano a la boca para ahogar su espanto o su coraje) el abuelo (de ochenta y dos años de edad) y la hermana (de setenta y tantos) habían comido un canasto lleno de jocotes de corona. La tía Eréndira dijo que ahí sí le daría el patatús al abuelo, pero nada le pasó.
La mañana de la despedida, ambos estaban callados, como si ya no les quedara más aire. Todo lo habían consumido en la convivencia de días memoriosos y memorables. Pero, antes de que la tía Eugenia dijera el clásico: Bueno, pues acá se rompió la taza y cada quien a su casa; el abuelo llamó a la tía Eréndira y le pidió que trajera dos cervezas, ¡bien frías! Ante la rotundez de la orden, a la tía no le quedó más que ir a la cocina, abrir el refrigerador y regresar con dos botellas de cerveza. El abuelo llamó a su hermana y cuando la tía Eugenia estuvo a su lado él tomó una de las botellas y se la pegó al brazo. La tía puso cara de témpano a medio hervir y dijo que sí, que en efecto, estaba muy fría. El abuelo sonrió, pidió a la tía Eréndira que destapara ambas botellas y ofreció una a su hermana y dijo: ¡Salud! Ambos bebieron y, al unísono, después que el líquido bajó por sus gargantas emitieron un ¡Ah! de satisfacción que parecía sintetizar el tiempo breve que habían compartido. La tía Eréndira, limpiándose las manos con el mandil, pensó que había sido una buena idea decirle a la tía Eugenia que el abuelo estaba a punto de morir. Lo pensó en intento de volver a justificar su premonición equivocada. Cuando terminaron de beber, la tía Eugenia levantó el brazo y, calculando que no hubiera alguien cerca, aventó la botella hacia arriba y al caer, a mitad del patio, apareció un fuego de artificio de cristal. Los pedazos de cristal volaron más allá del corredor y algunos cayeron debajo de las macetas colocadas en rinconeras de madera. El abuelo aplaudió y los demás hicieron lo mismo. El abuelo levantó el brazo y también aventó la botella, y ésta cayó casi en el mismo punto de la otra. El abuelo aplaudió, los demás hicieron lo mismo. El abuelo pidió que Raúl lo llevara al centro del patio donde el sol pareció iluminarlo. El viejo dijo: “Bueno, ahora sí, ya se quebró la taza”, y la tía completó: “Por eso, ahora, me voy a mi casa” y caminó a abrazar al abuelo y éste abrazó a su hermana. Y así se estuvieron durante un buen tiempo, como dos pájaros que, en medio de la lluvia, buscaran secarse sus alas.
Nadie puede saber con certeza cuándo morirá. Sólo el tiempo, que es infinito, que es inmortal (¡qué paradoja!) sabe que sus lapsos tienen los días y los minutos contados. El día de la muerte del año, la gente se reunirá en la plaza y ante el cadáver del 2016 levantará los brazos y, al unísono de las campanadas, gritarán: “Muerto el Rey, ¡Viva el Rey!”. Y, en el balcón central del palacio real, la madre universal levantará al pichito y mostrará al nuevo soberano: ¡El 2017! Esto será en el mundo occidental, porque en China otra vaina los protege.
¿Cuándo morirá el abuelo? Nadie lo sabe. La única certeza es que el tiempo es demoledor y algo del viejo comenzó a morirse un instante después que la tía Eugenia se separó de él. Ambos supieron que, tal vez, era la última vez que se verían. Ella tomó su bolso y los de casa ayudaron a subir las maletas al carro de Raúl, quien la llevó al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez. Cuando Raúl regresó, a la hora de tomar café con rosquillas chujas, comentó que la tía, mientras miraba las casitas de la orilla de la carretera, dijo que la vida no era más que una suma de encuentros y desencuentros, una suma de coincidencias y ausencias, y sonrió. La tía Eréndira dijo que era extraño, pero ninguno de los dos viejos había llorado a la hora de la despedida.
Desde aquel día, el abuelo no aceptó una cerveza más. En las mañanas, cuando Raúl llega a verlo, con ambas manos mueve las llantas de su silla y de ruedas y se pone en el corredor que da a la puerta de calle; pide que Raúl le prenda el radio y que la tía Eréndira le sirva el café con pan. Una mañana que Raúl no llegó, porque había ido a Tapachula a entregar un pedido de las blusas que borda la tía Eréndira, ésta prendió la radio, pero el abuelo zarandeó el aire con sus manos y dijo que ¡no!, que no prendiera la radio, porque eso era el gusto del nieto. La tía torció la boca como rama de árbol de navidad con exceso de esferas, apagó la radio y corrió a la cocina con el llanto del coraje ya en la orilla de sus ojos. Medio mundo, después, entendió la exigencia del abuelo: Nadie puede sustituir una presencia. Ante la ausencia lo mejor es la indiferencia. A la mañana siguiente, cuando Raúl llegó, el abuelo le pidió que prendiera la radio, el nieto se extrañó, porque era su diaria misión, pero sonrió y dijo: Sí, abuelo; y el abuelo dijo gracias, lo llamó y lo abrazó. Todo mundo entendió también por qué jamás volvió a tomar una cerveza como sí la tomó con su hermana. Hay actos simples que si se repiten con otra persona pierden su grandeza.
El otro día, Raúl me dijo que, a veces, su abuelo le recita un poema del poeta argentino Oliverio Girondo. Lo toma del brazo, lo aprieta, como si se estuviera resbalando sobre una ladera y necesitara un asidero, y recita el poema Llorar a lágrima viva: “… Llorarlo todo, / pero llorarlo bien. / Llorarlo con la nariz, / con las rodillas. / Llorarlo por el ombligo, / por la boca. / Llorar de amor, / de hastío, / de alegría. / Llorar de frac, / de flato, / de flacura. / Llorar improvisando, / de memoria. / Llorar todo el insomnio y toda la alegría.” Raúl dice que lo dice con una voz de cristal a punto de quebrarse. Lo dice con una ternura de mañana tierna que hace que Raúl llore. Pero el abuelo no llora. Mientras lo dice mira hacia el techo donde las chinitas detienen un rato su vuelo. Al final del poema, el abuelo toma del brazo al nieto y le pregunta, casi sonriendo: “¿Será que el flato que menciona Girondo es nuestro mismo flato comiteco?”. Entonces, ambos ríen. Raúl se limpia el llanto con el dorso de su mano y responde que no sabe.

Posdata: Sólo los años saben que no durarán más del año. Las personas no saben cuántos años vivirán. A los animales no les importa pensar en esas vaguedades. Lo mismo le sucede a las piedras, al aire, al árbol, a las nubes. Tal vez lo importante sea llorar, como dice el poeta, “llorarlo todo, pero llorarlo bien”.

viernes, 30 de diciembre de 2016

DEFINICIÓN DE CALLEJÓN





Jorge dice que botón es una bota que exagera el pie. Por desgracia, a la palabra callejón no puede aplicarse tal lógica, porque callejón no es una calle exagerada. Al contrario, el callejón es prima venida a menos del bulevar.
No obstante, los callejones han tenido gran importancia en la literatura, en el cine, en la vida ¡sin más!
Yo recuerdo un cuento y más de dos películas que han tenido al callejón como entorno esencial. En el cuento, el callejón sirve como guarida de un grupo de delincuentes. Ellos, los malandrines, se han apoderado del callejón y la han convertido en su residencia. Han levantado casas de campaña permanentes y cerrado las dos entradas al callejón con vallas metálicas. Los habitantes del callejón vieron cómo los malandros se adueñaron de su espacio, obligándolos, casi, a permanecer encerrados en sus casas. Era una tarde de lluvia, la tarde que en el noticiario de la tele anunciaron que la gasolina en el país estaba racionada (cada automovilista podría comprar veinte litros máximo cada semana. Nadie sabía entonces cómo le haría el gobierno para llevar el control).
En una de las películas (la vi en el Cine Comitán), el callejón era el lugar donde ocurrieron dos asesinatos. El detective (creo que era Víctor Junco) debía descubrir al asesino. El detective, con sombrero e impermeable, deduce que el asesino es uno en ambos casos ya que la policía halló un chicle pegado sobre uno de los ojos de cada cadáver (dos muchachas que eran prostitutas).
El callejón de la otra película (la vi en el Cine Estadio) es la opción que tiene el conductor del Ferrari a la hora de huir de la policía. Diez o quince minutos antes los policías han descubierto en la cajuela del Ferrari el Picasso que fue robado en la residencia del doctor De la Fuente.
¿Ven la importancia del callejón en la vida? No hay un solo ser humano que no tenga un referente de ese espacio que pareciera tener existencia sólo por un desorden mental. Yo (lo sabe medio mundo) tengo una memoria chichina, memoria impura; no obstante, recuerdo ese cuento y las dos películas gracias a las imágenes del callejón. Tengo la certeza de que si ese cuento y esas películas no tuvieran el recurso del callejón ¡no los recordaría! No sé cuál será la definición exacta del callejón, yo lo defino como el principal elemento nemotécnico de los olvidadizos, de los olvidados.
Y esto es así porque el callejón es el espacio donde la penumbra ilumina los pasos de los caminantes que se atreven a caminar por ahí a media noche. ¿Quién, jodidos, se atreve a caminar en la madrugada en un callejón? Las madres y abuelas recomiendan prudencia, encargan caminar por calles iluminadas, donde camine mucha gente; sugieren no caminar solos, hacerlo siempre en compañía de otros, que, se sabe, también son solitarios.
Si algún lector ahora quisiera tener una referencia cercana a la definición exacta, le ahorraré el trabajo de abrir el diccionario. El de la RAE dice: “Callejón: Paso estrecho y largo entre paredes, casas o elevaciones del terreno”. Sí, ¿verdad?, que definición tan pobre, tan de cucaracha. Y digo cucaracha porque Isabel dice que los callejones siempre son los espacios donde se reúnen las ratas, los ratones, las cucarachas y los cucarachones. Isabel dos, que es la gemela que nació segunda, dice que los callejones también son los espacios donde el dinosaurio Ardiulio creció y creció y lo hizo de tal manera que tiró las paredes que formaban el callejón y de esta manera este último perdió su vocación de callejón y se convirtió en un común terreno baldío.
¿Puede decirse que el callejón es una calle niña, una calle que, por alguna razón extraña, no creció? ¿Puede decirse que el callejón es una calle autista, una calle que quisiera desentenderse del mundo?

jueves, 29 de diciembre de 2016

DÍA DE CELEBRACIÓN





Elena había cerrado la puerta y echaba llave cuando escuchó la campanilla del teléfono. Entró y levantó el aparato. ¡Era Eugenia! De haber sabido no vuelve. Pensó que podía ser la tía Amada, llamando desde Los Ángeles. Siempre, el veinticuatro, llama para desear felices fiestas. Elena, de mala gana, urgió a su hermana a decir qué deseaba. Dijo que no tenía tiempo, precisamente había cerrado ya la puerta porque iría a visitar a la mamá, en el asilo. Pedile que no se muera en estas fechas, dijo Eugenia, ya mirás que hace dos años el abuelo pasó a joder la cena de fin de año. ¡Ah, qué tino, morirse precisamente el último día del año! ¡Mierda! Elena preguntó, de nuevo, para qué había llamado. ¿Cómo para qué?, dijo Eugenia, en tono de pregunta y reclamo. ¡Mierda! Vos también te morís cuando menos se espera y echás a perder todo. Te llamo, hermanita, para desearte feliz navidad. ¿No puedo tener espíritu navideño? ¿No tengo derecho a llamarle a mi hermana para preguntar cómo están todos? ¿Cómo está Rocío, ah? Elena dejó su bolso en la mesilla y se dejó caer sobre la silla con descansabrazos. Ahí la lleva, dijo. ¿Ya camina?, preguntó Eugenia. Elena habría querido decirle que en realidad ella, su “querida hermana”, no se preocupaba por el estado de salud de su sobrina, hubiera querido decirle que ella, igual que medio mundo, sabía que Rocío no volvería a caminar. La lesión de la columna era irreversible. Estaba condenada a permanecer en silla de ruedas por el resto de su vida. ¿Qué responder ante la pregunta ya camina? ¿Qué decir ante eso que sonaba como una pregunta tonta que sólo cabe en una niña que tiene dos años y no los catorce que Rocío tiene? Le hubiera gustado mandarla a la mierda, pero siempre que Eugenia llamaba por teléfono Elena se controlaba. Está recibiendo terapias, dijo Elena, mientras buscaba en su bolso un cigarro y lo prendía. ¿Y vos, seguís fumando? ¿No te das cuenta que estás matándote de a poco?, dijo Eugenia, cuando oyó que, del otro lado del teléfono, Elena prendía el cigarro. Elena acercó el cenicero de cristal y apagó el cigarro recién prendido. No, dijo, como si pidiera perdón. ¿Y Martín, cómo está? ¡Mierda!, pensó. Era demasiado. ¿Qué quería que le dijera? Que el cabrón de Martín ya no vivía con ellos. ¿A poco no lo sabía? Claro que lo sabía. Eugenia sabía todo de ella. La pregunta era sólo para fastidiar la armonía de estas fechas. Iba a decir algo, pero eligió la evasión. Sí, eso era lo más recomendable. Hacer como que no había escuchado la pregunta. Perdón, Eugenia, debo colgar. La hora de visita del asilo es restringida. Recordale lo que te dije, que no se muera en esta época, que no pase a jodernos. Antes de colgar, escuchó que su hermana decía que había enviado unos obsequios para ellos, es una insignificancia, sólo para manifestarles mi… Elena colgó. Pensó que le haría caso a Rocío: compraría un celular y sólo le daría el número a los amigos cercanos. A Eugenia ¡no!, por supuesto. Tampoco se lo daría a la tía Amada, y cancelaría su número residencial. Tomó sus llaves y su bolso y, desde la base de la escalera, dijo que ya se iba. La enfermera se acercó al barandal en el piso superior y, de nuevo, dijo que se fuera tranquila, ella estaría pendiente de que nada le faltara a la señorita Rocío. Elena cerró la puerta, echó llave y ya abría la puerta de su auto cuando vio que de una camioneta de FedEx bajaba un hombre uniformado con un paquete y se dirigía a la puerta de su casa. ¿Busca a alguien?, preguntó. Sí, dijo el empleado, a la señora Elena Santos. Soy yo, dijo ella. El muchacho se acercó y le extendió el paquete y la bitácora de control de entregas. Elena tomó la pluma electrónica y estampó su firma. El muchacho preguntó si podía ver su carnet de identidad. Elena dijo que sí, dejó el paquete sobre el frente del auto y buscó en su bolso la credencial de elector. El muchacho se lo regresó y, como si fuese un japonés, hizo una leve reverencia y se retiró. Elena, sin ver el nombre de la remitente, supo que era el envío de su hermana. Subió al carro, buscó un cigarro en su bolso y lo prendió. Puso sus manos sobre el volante y colocó su cabeza sobre él, cerró los ojos. Pidió paciencia, calma, armonía. No supo a quién solicitaba clemencia, porque no era creyente, pero pidió paciencia, calma, armonía. Antes de dar vuelta a la llave un pensamiento absurdo cruzó por su cabeza: ¿Y si Eugenia enviaba una bomba? Sonrió y movió su cabeza como si negara algo, en intento de desechar idea tan loca, pero tomó el paquete y lo llevó a su oído. Movió el paquete, con fuerza. ¿Qué hacer? No podía dejar los regalos en el árbol de navidad, porque, dijo, en voz alta: Con ésta ¡nunca se sabe! Quitó la cinta adhesiva del paquete y lo abrió. Adentro había un disco con un moño, era un disco de Juan Gabriel, estaba dirigido a: Mi cuñadito Martín, que eligió a la mujer más bella del mundo, mi querida hermana Elena, para hacerla su esposa; un bolso de piel, también con un moño rojo, con la siguiente dedicatoria: Para mi querida Elena, de su hermana la latosa, pero que la quiere mucho; y un paquete envuelto en papel metálico, rojo, con una etiqueta que decía: Para mi querida sobrina Rocío, la más amada, deseando que ya pronto esté al ciento por ciento. Elena sonrió. Pensó: El disco será mío, porque Martincito ya es difunto. Lo abrió y lo colocó en el reproductor. La voz de Juan Gabriel se escuchó fresca, traviesa, sensual: “Hoy me he despertado, con mucha tristeza, sabiendo que mañana…”. ¿Y el regalo para Rocío, qué sería? Elena, como si tuviera urgencia de terminar una historia que no había convocado, rasgó el papel con ambas manos. La caja de cartón mostraba en la tapa una foto de unos patines de cuatro ruedas, marca Canariam. La etiqueta tenía un mensaje escrito con letra manuscrita: “Para ti, adorada sobrina, para que patines todos los días del resto de tu vida. Besos”.
¡Mierda! ¡Mierda!, gritó. Aventó la caja sobre el cristal lateral del copiloto. Elena vio la cara sorprendida de la enfermera que se hizo para atrás y se protegió el rostro con sus manos. La enfermera se había parado frente al cristal y, con la palma de su mano, lo somataba, mientras decía: ¡Señora, señora!, le llaman con urgencia del asilo, dicen que algo le pasó a su señora mamacita.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

FINA COMO ARENA, DULCE COMO MADRUGADA





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como la maicena y mujeres que son como un dulce de panela.
La mujer maicena, como su nombre lo indica, es muy fina, no tiene grumos. Su piel es tersa, delicada. Por eso, su pensamiento, de igual manera, es discreto, como si un terrón de ideas pasara por un colador de Vía Láctea.
Uno puede hallar una mujer maicena en una librería, en un bar o en un parque en tardes de llovizna. Cada una de éstas tiene un rasgo especial, las que frecuentan librerías tienen la piel translúcida, como de poema para corazones cobardes; las que acuden a bares siempre dejan su cabello sin peinarse, dejan que los fiambres de su cabeza se descuelguen como si fueran de esas líneas que dibujan los niños en el pizarrón de la escuela. ¿Y la mujer maicena que pasea por los parques en tardes aguadas? Esta mujer tiene ojos de otoño, mujer que queda con el alma sin hojas, sin ojos.
Ella tiene una memoria endeble, trata de recordar los momentos más sublimes de su vida, pero apenas recuerda el bolero que bailó una tarde en aquel bar donde su primer novio le prometió fidelidad absoluta; apenas tiene capacidad para recordar el color de la mesa donde jugaba con su muñeca la tarde en que su papá abandonó la casa y las dejó solas, a ella y a su mamá; apenas recuerda el sabor de la piel del hombre que no quiso acostarse con ella, porque ella tenía dieciséis años; apenas recuerda la promesa de que volviera cuando cumpliera los dieciocho; apenas sabe cómo es el ruido que hace la cama a la hora que ella se acuesta sola y cuál el ruido que hace la cama cuando un hombre se recuesta a su lado y la penetra.
Muchas personas se confunden. Creen que la mujer maicena no sirve más que para hacer un atole o para hacer engrudo. ¡No es cierto! La mujer maicena es una mujer que gusta de sentarse en los cafés al aire libre; le satisface leer aquel poema de Cavafis que empieza así: “En estas oscuras piezas, donde paso días agobiantes, voy y vuelo arriba abajo para hallar las ventanas”. Y le satisface decir este poema en instantes no comunes: en medio de un vuelo o en la hora que el niño juega con ella.
No es cierto que la mujer maicena sólo sirva para hacer atole; ellas se riega en medio de la luz como si fuera una cascada de pétalos; llueve como si fuera un aire tibio a la hora del ayuno; suena como si su mano fuera un teclado de marimba. La mujer maicena es como un rayo de luz que corta la oscuridad del cuarto. No tiene una edad definida, es como una calle que sueña con ser puerto.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como un cocodrilo a mitad del río, y mujeres que son como el llanto que no se desprende del ojo.

martes, 27 de diciembre de 2016

ADENTRO





Cada año hacen concursos de La palabra más bonita, el Mejor libro del año, La mejor película y de La mujer más bella del universo. ¿Cuándo hacen el concurso de El sonido más bello? Digo esto porque hay sonidos que nunca hemos escuchado. No sé si el sonido del agua al caer suena igual en Las Tzimoleras que en las Cataratas del Iguazú. No conozco ninguno de estos dos lugares, pero imagino que el sonido del agua derrumbándose en las Tzimoleras es apenas una mano temblorosa ante el trémolo del agua desgajándose como tornado en Iguazú. He visto fotografías de ambos lugares y he visto que las cataratas de Iguazú son como millones de estrellas de agua estrellándose contra el pavimento del espíritu. Iguazú debe ser un sonido tan monumental que las piedras a su lado no deben dormir nunca. Mariana dice que le gustaría vivir en una cabaña donde el agua se despeinara a cada instante. ¿Soportaría una cabaña al lado de las cataratas del Iguazú?
Nunca he estado solo en el interior de una caverna. En mi juventud entré a la gruta que existe en el Paso del Soldado, en Montebello. Un grupo de cinco o seis muchachos entramos con la guía de un niño de la región. Él prendió dos hachones de madera. No fuimos más allá de cien metros, en medio de rocas húmedas que nos hacían resbalar por la lama que crecía en la superficie. Rocío dijo que apagáramos las antorchas. Todos dijimos que sí. Vi que ella se acercó a Miguel. Cuando el niño apagó las antorchas, observé una pequeña abertura de luz, era la entrada de la cueva. En el otro extremo estaba la oscuridad total, de ahí, de esa boca oscura, venía una bocanada de aire frío que nos abrazaba. Oí un gemido, como si Miguel tocara a Rocío. Pero, luego, por encima del sonido de la mano que se metía por debajo de la blusa de ella y rozaba un pezón a punto de despertar, oí el sonido persistente de un goteo, la gota caía puntual sobre una roca hecha por ella misma. ¿Cómo se llama la piedra que crece a mitad de una gruta? ¿La que se levanta como árbol de piedra? ¿Estalactita? ¿Estalagmita? Esa gota caía infinita y su caída germinaba sobre la tierra húmeda y engendraba esa verga de piedra que, majestuosa, se levantaba a mitad de la gruta. ¿Cómo se llama la columna de piedra que brota del piso y se hace una con el techo de la gruta? Por encima del sonido agobiante del silencio de la gruta brotaba el sonido de tic tac de la gota que caía inmensa. La gota se abría como pétalo al caer y se convertía en un cáliz que interpretaba un rezo para los dioses de la oscuridad.
Si alguien promoviera el concurso de El sonido más bello ¿cuál obtendría el premio? Acá, en el pueblo, escuchamos sonidos que son comunes en las demás ciudades del mundo: cláxones, sirenas de ambulancias, rechinidos de llantas, llantos de niños que piden leche y el rumor del aire al jugar por las frondas de los pinos. Pero también escuchamos algunos sonidos que no son comunes a las regiones del mundo: la marimba, por ejemplo, no se escucha en Alaska; pero, de igual manera, nosotros (habitantes de esta línea que no está tan distante de la línea ecuatorial), jamás hemos escuchado el lamento de un alud de nieve que se desbarranca de lo más alto de una montaña. ¿Cómo será el estruendo de ese sonido que entierra a las casas a la hora de un alud?
Nunca he estado solo en el interior de una cueva. Nunca, por lo tanto, he escuchado la oración que la piedra lanza en medio de la oscuridad total. Pero no sé si lograra el prodigio, porque ya nunca estoy solo. Siempre que pienso en aquella gruta de El paso del soldado, escucho la mano de Miguel bajando por la cascada del vientre de Rocío, escucho el sonido del dedo que se abre por en medio de su monte de Venus y escucho cómo se resbala adentro. La cueva estaba húmeda. Del fondo nos llegaba una bofetada de aire helado. Todos estábamos parados, en silencio. Sólo el dedo resbalaba y engendraba el sonido que siempre aparece cuando la pasión entra por los labios húmedos.
A veces, a las cuatro de la madrugada, me siento en el sofá de la sala y cierro los ojos. Trato de concentrarme para escuchar los sonidos que abren sus bocas a esa hora inusual. Por encima de ladridos lejanos, pasos apresurados, tráileres a la distancia, trato de pepenar el gemido que a esa hora emite el universo. ¿Qué lamento o risa nos llega desde un punto alejado en millones de años luz? Cuando sé que estoy a punto de lograr algo, una interferencia me interrumpe: el sonido que hace Rocío con sus labios. Ella tiene los ojos cerrados. La mano de Miguel, como experto violinista, le hace brotar ese sonido que es más intenso que la gota que cae sobre la piedra. Es, tal vez, el sonido más bello del mundo. Tiemblo. Sueño. Deseo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

DE ESPÍRITUS





La Real Academia de la Lengua Española debería hacer su chamba y nosotros, los hablantes de la lengua, seguir sus indicaciones. Todo en bien de nuestro porvenir. Porque si la vaina sigue como va llegaremos al caos. A ver, a ver, ¿qué pasa con la palabra espíritu? Mientras camina sola todo parece funcionar más o menos bien. Si alguien dice: Luz para tu espíritu, la gente no duda, sabe que el interlocutor envía vibra positiva al espíritu, pero ¿qué es el espíritu? Si buscamos en el diccionario de La Real hallamos lo siguiente: “Ser inmaterial y dotado de razón”; es decir, en teoría, todo ser humano tiene espíritu, pero en la realidad nos damos cuenta que no resulta así, porque, puede ser que todos poseamos un ser inmaterial que nos acompaña siempre, pero que ese ser esté dotado de razón ya resulta más difícil de creer. Por esto, por esto, el espíritu ha tenido necesidad de acompañarse de adjetivos que lo califican. Así escuchamos que fulano de tal tiene un espíritu perverso; es decir, el ser inmaterial de fulano de tal está dotado de la sinrazón.
A mí, no sé ustedes, me produce escozor el espíritu santo, porque de niño supe que él había logrado el prodigio de que la virgen María concibiera sin necesidad de mayor trámite. Jesús, dice la Biblia es hijo biológico del espíritu santo (se entiende que este término tiene cercanía con lo divino). De ahí le viene la santidad, la grandeza de espíritu. Hasta ahí todo muy bien. Pero ahora tal concepto sirve para mofa y burla. El otro día (yo creo que todos hemos pasado por ahí) escuché que fulanita de tal jugaba con tal idea y decía que su embarazo (a los dieciséis años) era producto del espíritu santo. Desde entonces, al Miguel (causante del embarazo de fulanita de tal) le dicen el santo espíritu.
Y ahora, en estos días pasados, medio mundo pidió que el espíritu navideño anidara en nuestros corazones. Y medio mundo hizo caso al llamado y anduvo comprando regalos para que el espíritu de la navidad no se extravíe. No faltó el cuerdo; es decir, quien tiene un ser material dotado de razón que exigió a la comunidad restituir el verdadero espíritu navideño, el que indica que debe haber paz y armonía en los corazones de todos. Pero, la confusión viene de origen, porque la misma Biblia cuenta que cuando nació el hijo único del espíritu santo tres reyes magos le reverenciaron y, como muestra de su veneración, le ofrecieron incienso, mirra y oro. Entonces, dicen los comerciantes, para no perder la tradición, la gente debe ofrecer obsequios a los hijos (como si los padres fueran el espíritu santo y tuvieran la categoría de reyes orientales). Y ahí tenemos a medio mundo regalando muñecas Barbie, juegos de play station, bicicletas, carros a control remoto.
¿Qué fue lo importante de la fecha: el nacimiento del hijo del espíritu santo o la reverencia de los reyes? Lo primero alude a la sencillez y a la humildad, lo segundo no es más que un acto de sumisión. ¿Qué debe privilegiar el mundo?
Se ha perdido el espíritu del espíritu navideño. Los entendidos nos explican que un ser grotesco (burlón y obeso) se ha colado en todas las casas y él es el encargado de entregar los obsequios a todos los niños del mundo. Por ahí se perdió el espíritu de la dignidad, porque, en un principio (como todo mundo sabe) fueron reyes los que se hincaron ante Jesús. ¿Quién es el personaje que ahora representa el espíritu navideño? Un innoble, porque se ve en su cara de viejo bonachón miserable, Santa (Dios mío, hasta confusión sexual tiene) no tiene blasones de alcurnia. Ahora que, como dice mi Paty, ¡quién sabe qué pata puso ese huevo!
En mi niñez, el Viejito de la Noche Buena era quien nos daba los obsequios en navidad. Este viejito nunca tuvo una representación iconográfica, así que cada niño tenía una imagen única en su mente. Pero, además, en México tenía prioridad el seis de enero y no la noche del veinticuatro. Los mejores regalos los traían los reyes magos. En México éramos listos, comprendíamos que la nobleza estaba en los mandatarios del oriente y no en la figura del viejo barbón. Pero ahora, la confusión cada vez es más grande. Santa Clos, como vil delincuente (¿por qué entra con un bolso en la espalda, a través de la chimenea de la casa?) borró una linda historia, la historia de la noche en que tres reyes magos acuden a reverenciar a Jesús, recién nacido, y le ofrecen incienso, mirra y oro, donde cada una de estas esencias tienen un simbolismo que supera con mucho a las bicicletas y muñecas que hoy día se obsequian.
Sería bueno que la RAE hiciera su chamba de regresarle nobleza al término espíritu y que éste no se aplique de manera indiscriminada, porque es un contrasentido que a un mero acto mercantilista se diga que es muestra de espíritu navideño.

sábado, 24 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, UN POCO AGUADA




Querida Mariana: Comitán padece sequía. No del cielo, sino de las tuberías del subsuelo. A las casas no llega el agua entubada. Las autoridades no logran resolver esta carencia, demanda muy sentida de la población. La incapacidad no es sólo de la administración actual, sino también de administraciones anteriores. Las autoridades dan a conocer estadísticas donde se demuestra que un buen porcentaje de usuarios no paga la cuota mensual; pero, asimismo, muchos usuarios muestran sus recibos de pago (algunos, incluso, con pagos anuales) y exigen que, a la hora de abrir la llave, tengan agua y no aire.
Una de las imágenes románticas de este pueblo es la de los burreros y los burros en el tanque de La Pila. Esa imagen corresponde a épocas en que no existía el sistema de distribución de agua que, muy pomposamente, llaman agua potable. En ese tiempo, un gran número de personas se dedicaba a vender agua. Llenaban los barriles en los chorros de aquel barrio y, con los burros, los transportaban al centro de la ciudad; “estacionaban” los burros, bajaban los barriles y los metían al patio o al sitio de la casa, donde, en un esquinero, había grandes ollas de barro que servían como contenedores para el agua que se usaba en la preparación de la comida y para el baño (no muy frecuente) de los propietarios de la casa. Armando Alfonzo nos ha regalado estampas muy bellas de esa época y nos ha platicado, a través de sus escritos y dibujos, el ritual que se seguía para tomar un baño. El agua se estimaba, porque todo mundo sabía de la dificultad para conseguirla. Nadie tiraba el agua para lavar autos, porque los autos eran contados; nadie tiraba el agua en los sanitarios, porque no existían sanitarios. Cuando alguien tenía una urgencia física iba al sitio y usaba los baños de cajón (letrinas), donde jamás se usaba el agua ya que el cuch que siempre andaba por ahí se encargaba de mantener limpia la zona.
Como vos sabés, viví en Puebla, durante algunos años. ¿Sabés cuánto costaba una pipa de agua en el año dos mil dos? ¡Ochocientos pesos! Gracias a que la casa tenía cisterna nunca tuve necesidad de pedir una pipa. ¿Sabés cuánto pagaba mensualmente por el servicio de agua? ¡Quinientos pesos! Sí, en serio, quinientos pesos mensuales.
En Comitán, vos lo sabés, el pago mensual no llega a los cien pesos. Es una pena que no existan medidores como sí existen en el cobro de la energía eléctrica. Lo ideal sería que cada quien pague lo que consuma. Pero no es así y, con la incapacidad gubernamental, resulta que, como se dice, pagan justos por pecadores, ya que quienes sí realizan responsablemente su pago también carecen del líquido. Lo que acá se cuenta es una historia interminable de injusticia evidente. Los comitecos de los años cincuenta pagaban cada barrilito de agua que consumían. ¿Cómo, ahora, hay personas que no pagan el agua que llega a su casa? Es una irresponsabilidad que pasa a joder al vecino. De igual manera es injusto que quienes pagan puntualmente no reciban el servicio adecuado. Hay irresponsabilidad ciudadana del que se hace tacuatz y cree que toda el agua cae del cielo como maná, e irresponsabilidad gubernamental por no cumplir con el servicio. Quienes saben de vainas políticas dicen que los presidentes municipales han usado el arca del agua potable como su caja chica y por eso nunca hay dinero suficiente para dotar al organismo de un sistema de distribución efectivo. Por eso, siempre hay carencias.
Una tarde, de hace dos años, asistí a una reunión donde se trató el problema del agua. La encargada del organismo pintó un escenario catastrofista, casi como si ella fuera escritora del guion de la película “También la lluvia”, donde actúa nuestro paisano Gael García. En dicha película se trata el tema que fue muy sonado de la privatización del agua en Bolivia, lo que ocasionó violentas protestas en aquel país. El tema de la guerra del agua es muy recurrido. Los científicos dicen que, en poco tiempo, el agua será más codiciada que el petróleo y las sociedades se enfrentarán por la posesión de ese tesoro. Al final de la reunión, la encargada no dijo cómo resolvería el problema de la carencia de agua, pero sí lanzó una recomendación: “Construyan una cisterna, porque vienen tiempos peores.” Se levantó y nos dejó en la sala de cabildo, cabildeando, sin ser regidores, acerca de los tiempos por venir. Bueno, esos tiempos ¡ya llegaron!
Ahora ya no son los burreros los que venden el agua, ya no se escucha más el andar de los burritos sobre las calles empedradas; ya no se escucha más el rítmico sonido del agua que choca contra las paredes de los barriles. Bueno, con decir que la construcción de barriles está en extinción. Ahora son los piperos los que venden el agua, los que hacen su agosto en diciembre.
El otro día me platicó un joven que labora en la empresa Agua Maya que, cuando hay escasez de agua y no llega a las casas, la gente compra garrafones para satisfacer sus necesidades, para preparar la comida y para el baño. ¿Podés creerlo? No sé cuántos litros tienen los garrafones de agua purificada. ¿Veinte litros? Poné que sí, que tiene veinte litros. Si el garrafón tiene un costo de quince pesos, recordando las matemáticas de preparatoria, impartidas por el maestro Pepe Gómez, concluimos que la gente paga casi a peso el litro. Esto es nada si comparamos lo que paga un deportista cada vez que compra una Bonafont de a litro, en el OXXO o en la tiendita de la esquina. ¿Cuánto paga el deportista por el agua? ¿Ocho pesos? No soy corifeo del gobierno municipal, pero se me hace una grosería, por decir lo menos, que algunos comitecos (muchos) no paguen la cuota mensual por recibir decenas de litros en su domicilio. Y no soy corifeo del gobierno porque éste también es un grosero (por decir lo menos) al no cumplir con su obligación de proveer agua entubaba (pedir agua potable ya es demasiado en un sistema político tan mediocre como el nuestro).
Yo, querida niña, advierto un problema severo en esta escasez de agua. Los encargados de proveer el servicio son quienes menos interesados están en solucionar la carencia. Hacen declaraciones que tratan de explicar el fenómeno y luego prometen la reanudación del servicio en fechas próximas y vuelven a enconcharse. Salen a dar explicaciones ante la insistencia del reclamo popular. Los ciudadanos que padecen la carencia del agua en las casas vociferan, se quejan, se lamentan, levantan la voz, se enojan, pero sus reclamos se extravían como dicen que se pierden las voces en el desierto. (Pucha, ¡qué simil!, decir desierto es decir una zona que se ahoga en la arena y se asfixia por la carencia de agua).
De nada sirve que la gente se moleste, porque en el gobierno no hay personas que los escuchen. Quienes gozan de las mieles del poder (aunque sea de manera temporal) no se preocupan con estas carencias, porque en sus residencias tienen cisternas y éstas son llenadas con pipas del ayuntamiento.
El otro día, varios amigos y yo coincidimos en una certeza: en Comitán está haciendo falta un verdadero líder, un comiteco comprometido (o comiteca, pues, ¡faltaba más!) que encabece un verdadero movimiento de transformación positiva para la comunidad; hace falta alguien que aglutine las voluntades de los grupos de bien. Si vos y yo llegamos a la presidencia y exigimos a la autoridad que resuelva (entre otras urgentes necesidades) el problema del abastecimiento de agua ¡no nos hacen caso! ¡Ah, dirían, es la Mariana, es el Molinari, díganles que sí, que ya pronto se atenderá su solicitud! Vos y yo saldríamos igual que como entramos. Miento, saldríamos con cierto malestar, con cierto encono. Pero si el líder apareciera y aglutinara voluntades y todas estas voluntades (miles y miles) acuerparan esa petición, todo cambiaría. La gente del poder se replegaría a la hora que viera entrar a un grupo de cientos de comitecos al palacio municipal, la casa del pueblo, y exigiera (con buenos modos, por supuesto) una entrevista con el presidente. Estoy seguro que habría una atención diferente. Pero, si además, este grupo llegara no con ánimo de confrontar sino de aportar, el problema social comenzaría a tener visos de solución, porque (de esto estoy seguro) fuera de palacio hay gente bien intencionada y con conocimientos suficientes para dar solución a problema tan ingente.

Posdata: Esta carta, querida Mariana, tomó cauces fuera del río (¡cómo no, si no hay agua!). Pero es necesario insistir que Comitán es uno y sólo quienes aman este pedazo de cielo podrán hacerlo más habitable, pero se debe hacer en unidad. Si exigimos que la autoridad cumpla con su obligación, también es preciso exigir que todos los usuarios se comprometan con el pago de la mensualidad. Si todos pagamos ¡todos podemos exigir! Y ante una exigencia popular el gobierno no puede hacerse tacuatz. Si los gobernantes hacen lo que quieren es porque la sociedad está fragmentada. El ideal de Comitán nos debe unir. Bueno, ya, ya. Tenés razón, mejor vonós a tomar un café en los portales.

viernes, 23 de diciembre de 2016

DEFINICIÓN DE INTRIGA





A los adultos les cae mal. Es un juego de Pau, un juego de palabras. Siempre que escucha una palabra, ella trata de dividirla, como si la escuchada fuese una palabra compuesta. Por ejemplo, si ella escucha la palabra palabra, la divide en pal y en abra y juega con ese puente que de por sí está unido. Cuando ella divide la palabra y luego vuelve a unirla se da una serie de asociaciones jamás imaginada. Dice que, en un principio, la palabra fue palabra niña, apenas tenía una o dos sílabas, no podía tener más. Ahora es que las palabras son multisilábicas, han crecido, dice.
Siempre que Pau llega a la casa de tía Eugenia me da a conocer sus hallazgos. Corre por el vestíbulo, sube por la escalera monumental de la casa y entra a la biblioteca y me suelta la nueva palabra. Ayer, mientras hojeaba el número más reciente de Gatopardo (donde viene un artículo que trata de explicar el adobo en que se ha convertido la historia de Bolaño, el escritor chileno) ella se sentó sobre mis piernas y dijo que tenía una palabra nueva y, como si fuese un regalo, desamarró la cinta roja y dijo: “In-triga. In, vocablo inglés que significa dentro, y triga, esposa del trigo”. Sonreí. Ella pasó la pierna por mis muslos y se paró: “¿Te gusta?”. Dije que sí, que era un concepto bien bonito. Sí, dijo ella, y repitió la palabra compuesta: In-triga, que está dentro de la esposa del trigo. Entonces comenzó a dar vueltas sobre sí misma, como si bailara en medio de un escenario. Se agotó y se dejó caer sobre el sofá. Así, recostada, con las piernas estiradas comenzó a cantar: “Tres tristes tigres tragaban triga en un trigol, tres trastos tigras tregueben trago en un trigal”. Y dijo que doña Trigal es la mamá de la triga y que la triga es la esposa del trigo, así que trigal es suegra del trigo; y se sentó sobre el sofá, subió las piernas, las dobló y me preguntó si yo había estado alguna vez en un trigal. Dije que no. Ella dijo que sí, que de ahí había sacado la palabra in-triga, porque al principio, cuando estuvo a la orilla del sembradío tuvo temor, porque en una caricatura había visto un sembradío de trigo del cual salían volando decenas de cuervos, negros, como eructos del demonio. Me preguntó si había visto esa imagen. Dije que tal vez era un cuadro famoso de Van Gogh. Sí, sí, dijo ella. ¿Verdad que ahí está la in-triga?, preguntó. Iba a decir que no comprendía, cuando ella dijo que la in-triga estaba en que si los cuervos estaban dentro de la mujer del trigo, quería decir que ella los había parido; es decir, dijo, los cuervos son hijos del trigo y de la triga, por lo tanto, los cuervos son trigalitos, trigalitos que se portaron mal y por eso perdieron su color dorado. Los trigalitos son demonios, hijos de la oscuridad, por eso son negros, tan negros como la columna vertebral del mundo. No supe qué decir.
Pau juega con las palabras, pero, a veces, los adultos se fastidian con sus juegos. Si un lector revisa el diccionario encuentra que intriga es: “Un plan secreto que se da entre dos o más personas, para manipular algo que supone beneficio o perjuicio”. La definición de Pau es más sencilla: “Estar dentro de la mujer del trigo”. Su definición es más luminosa, elimina la carga ominosa. Claro, a veces, dice Pau, dentro de la triga se encuentran trigalitos que se portaron mal y perdieron su color de oro y se convirtieron en pájaros negros; tal vez Pau tiene razón, los trigalitos son aves castigadas, porque alguna intriga estaban planeando. Plan-e-ando.

jueves, 22 de diciembre de 2016

UN JUEGO TONTO




A veces propongo jugar el juego: Imaginá que te llamás tal cosa, que sos tal cosa. A veces el lector (si tiene ánimo de jugar y acepta el juego, claro) juega a que es piano, cola de caballo, pluma, blusa (con escote generoso), lápiz, pecho, culo. ¡No, no! No es cierto, nunca he propuesto esto último, porque sé que el lector se enojaría. No es una propuesta de juego interesante, inteligente. Sin embargo, perdón, veo que hay muchas personas que, sin darse cuenta, no sólo imaginan, sino que se creen culo. He visto, acá en Comitán, a dos o tres muchachas, bonitas, debo reconocerlo, que creen que tienen el culo de oro, que no hay otro igual en la región, en la patria, en el mundo. Las he visto bajar de sus autos (de lujo, por supuesto), las he visto caminar como si fuesen pavo reales, como, si en verdad, como dijera Anacleto, no fueran al baño a hacer lo mismo que hacen todos.
Me apena esta Arenilla, sobre todo en temporada en que el espíritu navideño está en la mano de todos y medio mundo derrama miel y temperante.
He propuesto al lector el juego de imaginar que es barra de salón de estudio de ballet, espejo, labio, lluvia de pétalos, puerta de madera de cedro, vaso de leche, plato lleno de galletas de almendras, filtro para aceite, pestaña, libro, pasillo, clóset (para encerrarse y jugar a las escondidas con la prima que se derrama en la luz de sus dieciocho años). Pero nunca, que yo recuerde, propuse el juego tonto de imaginar que uno es culo. No lo he hecho porque es una propuesta estúpida, casi asquerosa.
A ver, dirá el lector (con justa razón) ¿por qué no lo jugás vos? (y en este caso la propuesta es para mí). Yo, de verdad, no tendría empacho en jugar el juego, porque sé que en el juego todo se vale. No hay mucha diferencia en imaginar que uno es estadio de fútbol, escultura de Luis Aguilar, nube de cielo comiteco, carretera con topes, corona, edificio con ventanas canceladas, balón de básquetbol, traje o culo. Siempre y cuando sea un mero juego y no una expresión vital permanente.
Porque, insisto, es muy penoso, pero he visto a mucha gente que juega el juego y lo juega como si jugara el juego más excelso, como si imaginar ser culo fuera el más soberbio juego de las próximas olimpiadas y se prepararan con tesón para alcanzar la medalla de oro o ya de perdida la de bronce.
He visto (no sé el lector) a muchos políticos que (igual que esas muchachas) se creen pavo reales y, en realidad, lo que están jugando es el juego en que se creen culo, porque apestan, porque sus comportamientos son dignos del albañal.
Insisto, me apena escribir esta Arenilla, pero si el lector reflexiona tantito verá que este juego es el que más se juega en el mundo. ¿Cuál es la función vital del culo? ¡Excretar lo podrido! ¿Qué sucede en el mundo actual? Pues parece que medio mundo juega ese juego, porque no otra cosa es lo que se ve en las páginas del diario: guerras, secuestros, hospitales sin atención médica suficiente, ríos contaminados, matanza de focas, trata de blancas, violaciones a niñas de trece años, violencia en las aulas contra niños indefensos, canciones de Ricardo Arjona, actos de corrupción por parte de políticos mierda. No lo queremos aceptar, pero miles y miles (en todo el mundo) juegan el juego de imaginar que son culos y excretan pura caca.
Acá he propuesto imaginar que somos bandoneón, que somos campana, que somos luz. He visto a cientos de lectores imaginar que son labios, lámpara, alfombra, silla plegadiza, marimba, patio enladrillado, manos de anciana, aroma de chocolate, pan compuesto, saxofón, cortina, piso trece de hotel, aeropuerto, aire, ¡aire! Hemos jugado muchos juegos divertidos, excelsos, sublimes, amistosos. Pero (es penoso, mas es real), la vida no sólo propone juegos festivos; a veces (más de las que quisiéramos) la vida nos pone ante juegos insoportables. Y el juego de hoy es uno de ellos. Un número inimaginable de personas, sin mucha conciencia, juega el juego de ser culo y excreta pura miseria; por eso nos enteramos de raptos, violaciones, asesinatos, vómitos.
Nunca había propuesto imaginar tal cosa. A mí me gusta proponer actos mariposa, actos árbol, actos papalote. Pero, ¿por qué, entonces, el mundo juega los juegos donde el aire limpio está ausente?

miércoles, 21 de diciembre de 2016

LAS DE TERROR





Me gusta el cine, pero no me gustan las películas de terror. Me gusta mucho el cine, pero si la única opción fuera una película de terror ¡no entraría al cine!
Como llevo una vida sosegada no me estreso con frecuencia. Si fuera el caso, para desestresarme vería una película afable. Miguel, cuando está estresado, busca una película de terror, compra un boleto en taquilla, unas palomitas y refresco en la dulcería, y se sienta muy tranquilo en una butaca de la sala. Miguel se quita el estrés ¡viendo una película de terror! La primera vez que me contó le pregunté el motivo de este comportamiento, dijo que en la tensión de la cinta elimina toda la adrenalina negativa (así lo dijo) y, al final del film, él ya tiró todo lo malo. Cuando aparece el final feliz (así lo dijo) el huracán de su vida ya es como una playa llena de sol y un mar sereno. ¿De veras las películas de terror tienen un final feliz?
De igual manera no soporto ver, en el Facebook, videos cercanos al terror, videos que muestran actitudes violentas ante los seres humanos o ante los animales. Hay videos que se muestran de manera automática. Los evito. Hoy me produce escozor en el espíritu, como si alguien le echara chile piquín, cuando veo que alguien maltrata a un gato o a un perro o a un toro en una corrida. No me gusta solazarme en medio de la caca de la miseria humana. Pero, de igual manera que no soporto ver que alguien dañe físicamente a un animal, no logro comprender cómo un ser humano disfruta la imagen donde un torero es cogido por un miura. El torero es lanzado hacia los aires porque el animal lo cogió desprevenido y le metió un cuerno en el muslo, cerca de la ingle. ¿Cómo alguien puede decir: “Qué bueno, para que sienta lo que siente el animal”? ¿Es acaso la versión moderna del nefasto apotegma: Ojo por ojo, diente por diente?
Ayer, por un segundo, incumplí mi norma. Mi mamá veía y escuchaba un noticiario en la televisión, mientras yo veía mi muro en el Facebook. De pronto me dijo que había sucedido una tragedia en el estado de México. ¡Pobre gente!, dijo. Más tardó ella en decirlo que en aparecer en mi muro un video que daba cuenta de esa tragedia. En un predio enorme (así lo mostraba la imagen a vuelo de pájaro), donde estaba instalado un mercado de cohetes, ocurrió una serie de explosiones que dejó varios muertos y muchos heridos. El video no mostraba más que columnas de humo, no tardó más de un minuto. No llamó mi atención la imagen de las columnas de humo sino una serie de caritas (emoticones) que pasaba como si la pantalla fuera una carretera. Sé que cuando hay una transmisión en vivo, los usuarios del Facebook pinchan los emoticones y éstos aparecen por la pantalla. En el video de la tragedia de la explosión, pasaban manitas con el pulgar levantado (que entiendo significa Me gusta), caritas con una lágrima (en señal de duelo) y caritas a plena carcajada. Sí, llamó mi atención la serie de caritas sonrientes. ¿Cómo alguien puede sonreír ante la desgracia ajena? He visto imágenes donde algunos ambientalistas y amigos de animales expresan que quienes queman cohetes (que provocan temor en los animalitos) deberían meterles un cohete por el trasero para que sintieran lo que sienten los pobres animales. ¿Esto es correcto? ¿Qué expresaron todos los usuarios del Facebook que pincharon en el emoticón de la carita sonriente?
Me queda claro (nunca lo comprenderé) que hay gente que se solaza con el dolor ajeno. Gente cuya tabla de valores está invertida. Hay gente que lamenta el sufrimiento de un animal en la corrida de toros, pero también hay gente (de esa misma gente amiga de los animales) que disfruta el sufrimiento del torero cuando es alcanzado por el cuerno de un toro.
Los diputados deberían legislar para prohibir el maltrato animal (corridas de toros, incluidas) y la venta de cohetes que tanto daños provocan en mascotas y en humanos.
Digo que me gusta el cine, pero no me gusta el cine de terror. No obstante, cuando fui niño e iba al Cine Comitán disfrutaba las películas de guerra. En el sitio de la casa jugaba con los soldados que mi papá me había comprado. Formaba dos bandos (los de uniforme verde y los de uniforme gris) e imitaba las acciones que había visto en el cine. Ahora me pregunto: ¿Puede haber algo más terrorífico que la guerra? ¿Algo más dramático que esas escenas donde los niños corren espantados a mitad de la calle, con edificios en ruina, tratando de escapar de los bombardeos inclementes de los ejércitos de países poderosos?
¿Cómo quitarse el estrés producido por tanta violencia y tanto terror? ¿Viendo películas terroríficas? ¡Sólo Miguel lo logra!

martes, 20 de diciembre de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE ESTÁ UNA GUAYABA





Acá aparece una planta de sábila. Detrás de la olla ¡el tronco del árbol de guayaba! No pasa un río. Las piedras de río las colocó el propietario del predio. Este círculo aporta el verde del que carece el taller. Porque en el taller hay perfiles de aluminio para construir ventanas, por ejemplo.
Los propietarios del taller hicieron este círculo con piedras, plantas de sábila y el árbol de guayaba. Uno puede imaginar que ese árbol ya estaba ahí cuando construyeron el taller; uno puede imaginar que respetaron ese árbol generoso (dicen los que saben que la guayaba es rica en vitamina c). O, tal vez, Malena y Fredy sembraron el árbol a propósito, porque antes, los talleres se acondicionaban en los sitios de las casas comitecas y en los sitios había árboles de guayaba, de aguacate, de durazno, de jocote y de níspero.
Dicen los que saben que la sábila atrae la buena suerte, por eso, en muchos locales comerciales, los propietarios colocan macetas con sábila, en la entrada.
A mí me llamó la atención las guayabas tiradas. Se cayeron de tan maduras y nadie las levantó. ¿Ya vieron que las guayabas que están en el piso están ya en proceso de pudrición? Las manchas cafés son como lunares infectos. Sin embargo, la guayaba que está en la olla está como recién cortada, como recién caída. Mariana dice que la guayaba de la olla es la más reciente, apenas cayó de la rama, por eso está impecable, intocada. Yo digo que no. Perdón. Yo digo que esto es un gran símbolo: Las que caen al piso están condenadas a la descomposición; las que caen sobre las macetas serán las que se salvarán.
Es una bobera, pero el maestro Jorge hacía un experimento brutal con los exámenes. Ponía las calificaciones con un método aleatorio casi irracional. El mito cuenta que tomaba el paquete de exámenes y los aventaba para arriba, los exámenes que caían sobre la mesa tenían calificaciones de diez y de nueve, los que caían al piso obtenían calificaciones de siete y de seis. Menos mal que nunca reprobó a algún alumno, porque su método hubiese sido penado por la institución. Como el maestro Jorge impartía matemáticas, y esta materia es compleja, todo mundo quedaba satisfecho de obtener un siete o, si el destino era benigno, obtener el nueve o diez que la suerte deparaba. Santiago, que era el más flojo de la clase, una vez obtuvo un nueve, ¡un nueve! No cabía en su calzón.
¿No será así en la vida? ¿No será que la vida es como un gran árbol y los seres humanos somos como guayabas? Algunos caen sobre las ollas y otros sobre el piso. Mariana dice que esto que digo es una estupidez, que nada es así, que todo mundo tiene la capacidad de forjar su futuro. Yo digo que sí, que tiene razón, pero ¿por qué algunos nacen en tierras mullidas y otros nacen en los espinales? Mariana dice que la vida es así, que no todo mundo puede nacer en terrenos donde los blasones son dorados, ni todo mundo puede nacer en medio del fango. Yo digo que eso es un poco como el árbol de guayaba. ¿Por qué no, entonces, dice Mariana, ponemos más ollas debajo del árbol, para que las guayabas no caigan en el piso y se pudran? Yo digo que de eso se trata la vida, que eso es el ideal. Pero… Y entonces, Mariana (sin darse cuenta que me da la razón) dice que el pinche gobierno nos ha arrebatado las ollas y deja que la mayoría de guayabas caigan sobre el piso y ahí se pudren, porque nadie las levanta, porque ya están tocadas con la viruela de la miseria.
Pero luego, Mariana regresa a la realidad y dice que la guayaba de la fotografía acaba de caer. Dice que si nadie la levanta se pudrirá igual que las otras, igual que las del piso. Yo muevo la cabeza en sentido afirmativo. Sí, digo, a veces es preciso que haya una mano que te eche la otra.
Mariana se queda pensando. Dice que en el sitio de la casa de su abuela hay sembrado un árbol de durazno. Me pregunta si los duraznos, igual que las guayabas, caen al piso, de tan maduros.
¿Se vale cortarlos verdes? Luego sonríe y pregunta si es posible que las guayabas no caigan al piso. ¿No es posible colocar una malla alrededor del árbol y alrededor del árbol un mecanismo con la inclinación adecuada que permita que las guayabas caigan sobre la malla y luego corran por la tubería que las lleve hasta donde está la cocina para que la abuela prepare jalea y mermelada? Yo digo que de eso se trata la democracia. ¿De hacernos mermelada?, pregunta Mariana. Reímos.
No sé. Pero, en la vida, hay semillas que caen en lugares generosos y otras que caen en lugares áridos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

A MITAD DE UN PORTAL




Claudia y yo jugábamos. Ella doblaba los dedos de su mano derecha y los hacía como carrizo. Decía: “Es el catalejo del capitán Berdejo” (gracias a Dios no hacía la rima con otra palabra). Y miraba a través de sus dedos. Movía su mano de un lado a otro, como si, en efecto, estuviera en la proa de un barco y buscara alguna señal de tierra o de barco enemigo.
El otro día fui a Venustiano Carranza y recordé el juego de Claudia, porque estaba en la calle donde ponen el mercado y miré que al fondo, muy al fondo, había un templo encaramado en la montaña. Con mi mano derecha formé el catalejo del capitán Berdejo y miré a través de él. Todo mundo sabe que al formar un carrizo con la mano y poner el ojo en un extremo puede acercarse lo que está lejos y los objetos se observan con mayor nitidez. Pero no veía bien, un objeto interrumpía el camino de mi mirada. Dejé de usar el catalejo y vi que, de un lado a otro de la calle, había un lazo tendido que sostenía una serie de banderitas plásticas, verdes, azules, amarillas y rojas. Las banderitas estaban caladas, imitando los pliegos de papel picado que antes se colocaban en las celebraciones más importantes de los pueblos de Chiapas. Caminé cinco o seis pasos, entre los puestos del mercado y la gente que se inclinaba ante las mesas para elegir los alfeñiques, las naranjas, las mandarinas, los manteles bordados o los racimos de guineos. Lo hice para que las banderitas no interrumpieran mi mirada, pero al hacerlo leí el mensaje que tenían esos pliegos plásticos. En tres líneas caladas se leía lo siguiente: “40 años. Los Portales”. Mi mirada, como si siguiera estando detrás del catalejo del capitán Berdejo, se desplazó intuitiva a la izquierda y descubrió que encima de un puesto de tacos que estaba sobre la banqueta, había un letrero: “Los Portales”. Me acerqué a la mujer que cortaba cebolla sobre una tabla de madera, llena de grasa, y le pregunté cuándo era la celebración de los cuarenta años. Ella dejó de cortar, se limpió las manos en el mandil a cuadros y dijo que el patrón podía darme informes y señaló al fondo del local, donde un hombre cortaba unos papeles con una tijera. Caminé por en medio de varias mesas y llegué hasta una barra donde, sin duda, preparan bebidas y licuados. Saludé. El señor me vio y respondió a mi saludo, lo hizo con una ligera sonrisa. Me sentí en confianza. Le pregunté entonces acerca del festejo de los cuarenta años. Él intuyó (así lo pensé) que yo no era cliente habitual ni habitante de la región, por lo que (no sé por qué) como si fuera una pared con una ventana, el hombre se abrió y me dijo: “Tenemos un año y meses en este local. El anterior se quemó cuando quemaron la presidencia municipal”, y, dejando de cortar los papeles, dijo que por eso se llama Los Portales, porque antes estaba en los portales frente al parque central. Hizo una pausa. Dijo que había perdido mucho y que nadie había escuchado sus reclamos. Yo, sorprendido con la historia, puse mis manos en el respaldo de una silla, como si buscara apoyo, y pregunté si alguien se había hecho responsable del acto incendiario, ¿alguien había respondido por las pérdidas? El hombre tomó la tijera y como si cortara el aire abrió y cerró las cuchillas con fuerza. Dijo que nadie se responsabilizó. Metió oficios a la presidencia, pero no hubo respuesta. Al ver su rostro perturbado dejé de preguntar. Deseaba saber qué organización había quemado la presidencia y su negocio, pero me pareció un abuso echar más lumbre en la brasa. Le extendí la mano, agradecí que me hubiera atendido y cuando me dio la mano lo felicité, le dije que le deseaba muchos éxitos en los próximos cuarenta años de la taquería Los Portales. Cuando salí miré que la mujer volvía a su labor de cortar cebolla. Mientras estuve con el patrón, ella no dejó de mirarnos. Fue como si estuviera atenta a lo que sucediera.
En la salida encontré a mi mamá comprando alfeñiques. Pensé que, ojalá, los próximos cuarenta de Los Portales sean benignos, que el único fuego que exista sea el que prende la mujer en la taquera, para cocer la carne.
Ya a mitad de la calle doblé los dedos de mi mano, hice el catalejo de Berdejo y miré hacia la montaña, ahí donde está un templo construido hace muchos, muchos años. Recordé que estaba en la prodigiosa Bartolomé de Los Llanos.

sábado, 17 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN MURAL





Querida Mariana: La tradición de pintar murales es ancestral. Hubo una época en que José Vasconcelos, intelectual comprometido con México, convocó a los llamados tres grandes: Diego Rivera, José Clemente Orozco y Siqueiros, para que pintaran murales que consolidaran la identidad mexicana, para que el arte estuviera por donde caminaba la gente, para que el arte no estuviera sólo en las residencias de los pudientes, para que el arte fuera de todos y para todos.
Pero el muralismo mexicano viene de más atrás. Basta darse una vueltita por Bonampak para hallar muros pintados en las salas, porque (ya lo dijeron los que saben) la palabra Bonampak significa, precisamente: Muros pintados; es decir, el muralismo mexicano tiene siglos de abonar luz a los caminantes.
Quien visita la Ciudad de México queda arrobado ante los murales de la Secretaría de Educación o los que están en el interior del Palacio Nacional. Todos los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México caminan frente a Rectoría y se dejan seducir por ese mural de David Alfaro Siqueiros, que parece brotar como si fuese la rama cuadrada de un árbol inmenso. ¿Y los murales de Chávez Morado y los de Nishizawa y el de Diego Rivera, en el estadio olímpico, o la fastuosidad del mural de Juan O’Gorman, que cubre casi todo el exterior del edificio de la biblioteca central? Toda la ciudad universitaria, de la UNAM, abre sus muros, como si fueran ventanas, para mostrar arte.
El sábado diez de diciembre se inauguró, en nuestro pueblo, el nuevo quirófano del Sanatorio Fraternidad, de un comiteco sencillo y ejemplar: el doctor Roberto Gómez Alfaro. En el vestíbulo del edificio recién inaugurado aparece un mural pintado por doña Gloria Cruz de Gómez, esposa del doctor. Es un mural discreto que se sustenta en dos conceptos: retratos de su esposo e hijos frente a edificios urbanos; y la imagen de una cadena montañosa, un sembradío y personas oriundas de una aldea rural. De esta manera, la artista nos recuerda nos pone ante los dos mundos que conforman nuestro mundo local: la ciudad y la aldea.
Siempre que pienso en el doctor Gómez Alfaro pienso también en mi maestro Hermilo Vives Werner, porque cuando paso por su negocio leo el letrero que dice: “Hermilo Vives y sucesores”. Con el doctor Roberto sucede un poco lo mismo, la vida lo premió con la bendición de que su profesión tiene magníficos sucesores: varios de sus hijos también ejercen la medicina y la practican con el mismo espíritu de servicio que, desde siempre, se le reconoce al tronco de este gentil árbol.
El día de la inauguración no pude asistir. Debía estar en la universidad impartiendo cátedra. Mi mamá sí fue. Compartió la alegría de la familia Gómez Cruz por este logro que, como siempre sucede en su actuar, será para servir a la comunidad. A la hora de la comida (ya más de las tres, porque el sábado salgo tarde de la universidad) mi mamá me contó que todo estuvo bonito, que, entre los invitados, había saludado a Víctor Manuel y al doctor Nelson (personas de toda nuestra estima y admiración) y que, en la entrada, doña Gloria, había pintado un muro, que yo debía ver. Pensé que sí, que debía verlo, que debía admirar y reconocer la obra de esta familia admirable. Así que antier fui al Fraternidad. Desde la banqueta miré el anexo recién inaugurado. La puerta, nuevita, estaba cerrada, pero como tiene cristales hice lo que cualquier niño: pegué mi cara al cristal y miré, y miré el mural. Y vi que la pintura abarca una de las paredes, las otras dos están en blanco. ¿Cómo tomar una fotografía que dé cuenta exacta de lo que ahí está plasmado? Se puede hacer abriendo la puerta y parándose frente al mural, pero como la puerta estaba cerrada hice lo que cualquier niño, como si el ojo de la cámara fuera mi ojo pegué la lente al cristal y tomé la foto, rogando a Dios que el reflejo del cristal no apareciera. Miré la pantalla y descubrí que el reflejo del cristal no aparecía. La foto, si bien me salió de lado, muestra con cierta claridad los dos conceptos que ya te dije.
Sé que si hubiera ido a la casa de la familia, el doctor o doña Gloria o cualquiera de sus hijos me hubiesen acompañado al Sanatorio y, con la llave adecuada, habrían abierto la puerta de cristal para que yo viera la pintura mural de frente y, tal vez, doña Gloria habría comentado lo que pintó. Pero, entonces, todo el juego de niño habría perdido su encanto. Yo, querida Mariana, estaba encantado con lo que veía desde el cristal, era como un niño que pega su cara a la vidriera de una dulcería y mira los nuégados y los chimbos y las trompadas y las obleas. Todo desde lejos. La experiencia siempre me ha enseñado que a la distancia los objetos se aprecian mejor. Se pierde el detalle, pero se logra ver el todo y (permitime jugar con el lenguaje) después de todo lo que importa es hallar el Todo.
Porque, estoy seguro, el doctor y sus hijos buscan, de igual manera, el Todo. Y doña Gloria, a la hora de tomar los pinceles, busca lo mismo: sintetizar en una escena el Todo. Por eso, acá, en esta pintura colocó elementos que sintetizan toda una vida de servicio. Entre los edificios urbanos que están como fondo advertí dos imágenes muy cercanas: el corredor de la casa que habitan y la fachada del sanatorio, porque en esos corredores con flores sus hijos (hombres y mujeres) han pepenado la luz que se desparrama generosa en el patio enladrillado.
Por supuesto, ya te diste cuenta, los colores dominantes son el azul, que se despliega en el cielo y en las batas de los cirujanos; el blanco, que, de igual manera, constituye el fondo del ambiente urbano y que es uniforme de los médicos; y el verde que pinta las montañas y los maizales. Todos son tonos fríos y, sin embargo, ahí, en ese mural está el rojo de la pasión y el amarillo del sol. Estos colores no están visibles, sólo se alcanzan a advertir en la mirada de los médicos, porque (nunca está de más recordarlo) la labor apostólica que el doctor ha realizado a través de su vida ha sido una jornada sin descanso a favor de las comunidades indígenas y de nuestra comunidad urbana. Por esto, cuando vi el mural y observé las dos paredes en blanco pensé que esos muros eran para llenarlos de imágenes y de palabras invisibles, pero significativos. Ya doña Gloria cumplió con su deber, con su deber de compañera, con su deber de madre, con su deber de artista. Ella, desde siempre, ha abierto sus manos para prodigar arte, para engendrar luz. Cuadros de ella están expuestos en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos; cuadros de ella, desde siempre, están expuestos en los corredores del sanatorio de su esposo y de sus hijos. Ella se ha brindado sin regateos, en la misma medida que el doctor ha servido a la comunidad, desde su especialidad médica. Los muros blancos que rodean el mural del anexo del sanatorio están llenos de palabras en lenguas indígenas, todas dicen ¡gracias! Porque en esas comunidades tojolabales hay hombres, mujeres, niños y niñas que, a la hora de soltar las tortillas al comal o a la hora de meter el azadón en la tierra o a la hora de correr detrás una pelota, con los pies descalzos, agradecen la mano del doctor Gómez Alfaro por abrir surcos de luz. La milpa que aparece en el mural pintado por doña Gloria es la representación de decenas y decenas de hombres y mujeres que recibieron la bendición de la salud, gracias a la generosidad del sanatorio Fraternidad. ¡Ah, nunca tan bien puesto un nombre para una institución que ha ejercido con humildad y orgullo el precepto médico por antonomasia: devolver la salud al enfermo, sin ánimo de lucro!
En nuestro pueblo hay muchas personas que han ennoblecido su grandeza. Hombres y mujeres que con su talento y su generosidad han sembrado luz. Lo hacen desde las tribunas más altas o desde las trincheras más modestas, pero ¿cuántas familias son generosas en su integridad? ¿Cuántas familias existen donde cada uno de sus integrantes abre su corazón para servir al otro de manera generosa? Pocas, son pocas. En estos tiempos donde pareciera privilegiarse el tener antes que el ser, por fortuna aún existen familias que se dan para dar, sólo dar. Querida mía, la familia Gómez Cruz es una de estas familias. Yo veo a sus integrantes, así, a distancia, para tratar de abarcar el Todo, y veo que cada uno de ellos realiza su trabajo de manera honesta, sin ningún interés malsano, sin algún requiebro ventajoso. Acá, igual que en el letrero del negocio del maestro Hermilo, hay una historia plena de sucesión.
Posdata: Los seres humanos estamos hechos de palabras, de sonidos y de imágenes. A los comitecos nos llena caminar por las calles de nuestro pueblo. Nos bebemos sus cielos como si fueran vasos de temperante azul. Pepenamos cada campana que ilumina nuestro cantadito a la hora de hablar. Ahora, también, podremos empaparnos de esa tierra tojolabal que doña Gloria nos entrega de manera generosa.
Yo ya lo hice, querida mía. Fui al anexo del sanatorio Fraternidad y, como niño, puse mis manos sobre los cristales de la puerta y pegué mi cara para ver el mural. Lo vi como si lo viera desde una cortina de aire; olí el aroma de la siembra, del maíz, de la mano generosa que ha sembrado para siempre, desde una pequeña e infinita trinchera.
Luz, siempre luz, para doña Gloria Cruz de Gómez y para su esposo e hijos. Todos. Todos los que siempre tienen en sus manos el hallazgo del Todo esencial.

viernes, 16 de diciembre de 2016

DEFINICIÓN DE ALDEA




Nunca la aldea imaginó crecer tanto como en estos tiempos. La aldea siempre fue un concepto modesto, sencillo. Todo mundo tiene en su mente una aldea. Quienes viajan de Comitán a San Cristóbal registran una aldea en medio de la niebla, a la falda de un cerro niño. Esas aldeas muestran chozas de adobe y techo de palma, corrales con ovejas negras, tierras rojas y niños que corren levantando las manos como si quisieran atrapar estrellas. De la choza, siempre solitaria, emerge un hilo de humo de la cocina donde preparan tortillas en el comal y sobre el fuego está la olla con los frijoles negros. Los viajeros se trasladan en sus autos y ven esta imagen desde la carretera. Ocasionalmente se detienen en una orilla, alguien baja del auto y toma dos o tres fotografías, sube de nuevo al auto y su comentario es: “Hace mucho frío”. Si alguien tocara su chamarra hallaría que el cuero de la chamarra está frío, como si la escarcha de afuera se hubiese pegado a su piel. Nadie se pregunta cómo vive la gente de la aldea. Todo mundo sabe que son dos mundos diferentes.
Yo, no sé por qué, cuando alguien pronuncia la palabra aldea aparece en mi mente la imagen de una aldea japonesa. Jamás (ni en sueños) he estado en Japón. Pero sí, debo reconocerlo, he viajado a Japón a través de las películas. Tal vez la imagen que siempre asoma en mi mente viene de una sala cinematográfica, de alguna vez que, de niño, fui al cine (tal vez el Cine Comitán) y, por azares del destino, por equívoco del proyeccionista, en lugar de colocar el rollo con la película de Santo, el enmascarado de plata, colocó un rollo con una cinta japonesa, en blanco y negro, donde, la primera imagen fue un lago con una montaña nevada al fondo. En el primer plano había una casa con un techo simpático, era de cuatro caídas y en la cima del techo había un detalle que era como una campana con una esfera en el remate. Cambió la escena y ya no recuerdo qué sucedió. No sé por qué esa imagen quedó grabada en mi mente. La vi sólo unos breves instantes. Tal vez me quedó grabada para siempre porque significaba un contraste. Yo tenía la imagen de una aldea chiapaneca, de los Altos de Chiapas, con los campos llenos de escarcha en mañana fría, con una montaña casi enana, y en la imagen del cine había aparecido un enorme lago con una montaña al fondo, muy al fondo, que estaba llena de nieve en su corona. Imaginé que esa montaña era altísima. En efecto, mi papá corroboró que era enorme en su altura, por eso, dijo mi papá, estaba llena de nieve en su cima. Era tanto el frío que se congelaba. En las aldeas de estos territorios no sucedía eso. Busqué por todos lados y no hallé nada semejante. Tal vez la montaña más parecida a aquélla era la que está en la zona del Soconusco, pero el Tacaná, ni de broma se llena de nieve. Busqué entonces en un libro de Geografía de México y hallé que el Pico de Orizaba, por ejemplo, o la Mujer Dormida, también, a veces, se llenaban de nieve; es decir, había aldeas que eran similares a la aldea japonesa que había visto en el cine. Le pedí a mi papá que me llevara a Orizaba, le expliqué que, en verdad, mi interés no era por la montaña nevada, sino por conocer la casa con la campana en el techo. Mi papá no entendió, le expliqué lo que habíamos visto en el cine. Él me dijo que ese tipo de construcción no se daba en ninguna parte del país, en ninguna parte de América, en ninguna parte de Europa. Sólo en Japón. Y el remate del techo no era una campana. Yo entristecí, sentí un frío en mi espíritu. Había imaginado que ese remate, con forma de campana, era en realidad ¡una campana! Imaginé que los niños japoneses jugaban a tocar la campana desde el centro de la sala, que se colgaban de la cuerda y subían y bajaban mientras el badajo tan, tan, tan, tan, como sucede en las aldeas cuando en los templos católicos llaman a misa. Imaginé que los papás japoneses regañaban a sus hijos y les prohibían hacer tanto ruido porque el abuelo estaba durmiendo; imaginé que los papás japoneses más tolerantes se colocaban orejeras para no escuchar el tan, tan, tan, demoledor, que hacía temblar los cristales y las paredes de madera de las casas con el techo a cuatro aguas. Imaginé que los pájaros del bosque volaban en parvada cada vez que los niños japoneses tocaban la campana del techo de sus casas; imaginé cómo, en festejos especiales, todas las casas tocaban a rebato y el sonido era como un coro multitudinario de ovejas balando.
Nunca la aldea imaginó crecer tanto como en estos tiempos. En mis años de niño la aldea era sencilla. Ahora, medio mundo habla de la aldea global y sé que este término se refiere al mundo. La Tierra es una aldea global. ¿En dónde están las casas de cuatro techos con la campana de remate? Romeo dice que siguen estando en Japón, frente a un lago, con una montaña nevada al fondo.

jueves, 15 de diciembre de 2016



MEMO ZANAHORIA

Murió Guillermo Samperio, escritor mexicano. Sólo una vez lo vi, a lo lejos, en una mesa de lectura. Nunca platiqué con él. Nunca me acerqué. Jamás pedí un autógrafo.
Yo estaba al fondo del auditorio, auditorio lleno de jóvenes. Memo leía un cuento, su cabello parecía mojado, algunos cabellos caían sobre su frente y formaban ligeros círculos que, maravilla, parecían dos lentes, como reflejo de los lentes que usaba para leer.
Hubo un instante, a mitad del cuento, que suspendió la lectura. Toda la audiencia hizo silencio. Nadie entendía el comportamiento de Memo. ¿Por qué había suspendido la lectura cuando todo mundo estaba pendiente? Yo busqué, desde la última fila donde estaba sentado, si había algún niño que hubiese alterado el momento de lectura. Pero no, pronto, todo mundo de ahí se dio cuenta la razón del suspenso: Memo sacó un cigarro y un encendedor rojo (de esos Bic, que no saben fallar), prendió el cigarro, lo llevó a su boca, le dio una fumada, soltó el humo que, por un instante, difuminó su rostro, como si estuviera en medio de la niebla, volvió a tomar el libro y continuó con la lectura. Una muchacha, con huaraches y blusa bordada por alguna mujer oaxaqueña, comentó con su pareja (otra mujer), a la que tenía cogida de la mano y la acariciaba continuamente: “Este chavo es la onda”. El chavo era, por supuesto, Memo, y la definición correspondía a la personalidad del escritor: Memo Samperio era ¡la onda!
Y era la onda, porque aunque a mí no me satisfacen sus textos, muchos lectores jóvenes lo siguen con emoción y con pasión. Fue cultivador del cuento fantástico, un género que ahora está en franca decadencia. Memo, apasionado lector de Cortázar, decía que el cuento fantástico debía continuar creando mundos imaginativos.
Y era la onda porque de la vez que hablo, de la ocasión en que suspendió la lectura de un cuento para prender un cigarro, él tenía el cabello del color que, sin duda, tuvo desde su nacimiento, un cabello negro, ya un poco matizado por cintas blancas, por la edad; pero años después, en la televisión (en el canal Once) vi al escritor en una entrevista que una periodista le hacía con motivo a su participación en la Feria del Libro, de Guadalajara, y el escritor había abandonado (como si fuese una serpiente mudando de piel) el color negro y blanco de su cabello y mostraba una cabellera color zanahoria. ¿Quién, ¡Dios mío!, se pinta el cabello de color oro? ¡Memo Samperio! Sólo él. Su frente se había ampliado, parecía un campo desértico, pero al fondo brotaba un campo lleno de pelos de elote. Tenía un camino a la mitad de la cabeza y de ahí, de ese centro, se desgajaban, a ambos lados, chorros de líneas de bronce.
Murió Memo Samperio y sé que los cientos y cientos de jóvenes que lo seguían y lo admiraban estarán tristes y tomarán sus libros de cuentos de los libreros y leerán algunas piezas, las más inolvidables.
El otro día, un comentarista del Canal Once dijo que este año había sido implacable con la vida de algunos famosos. En apenas quince días el mundo del arte mexicano se enteró del fallecimiento de Tovar y de Teresa (Secretario de Cultura); de la cantante de blues, Betsy Pecanins; y, ahora, los lectores y escritores se enteran de la muerte de Guillermo Samperio.
Memo era la onda. Creó su fundación y ahí impartía cursos de cuento. Ahí llegaban muchos chavos que sueñan, también, algún día, convertirse en la onda.
Memo se transformaba. En algún momento de su vida pensó que debía mudar su físico y se pintó el cabello con un tinte zanahoria. ¿Cuántos escritores mexicanos entran en esta categoría de transformación? Pocos. Los que lo hacen, lo más que hacen es raparse o dejarse la melena larga y, es muy de intelectuales, hacerse una cola. Algunos otros se tatúan o esconden su mirada detrás de lentes insólitos, pero nadie, nadie (hasta donde sé) se pintó el cabello con el color zanahoria como sí lo hizo Memo. ¿Algo nos dijo a través de esa transformación? ¿Algo les decía a los personajes fantásticos que, a veces, se convierten en conejos? ¿Algo le decía a Van Gogh al momento de pintar los fantásticos campos sembrados de amarillo trigo?
¿Memo Samperio? ¡Memo era la onda!

martes, 13 de diciembre de 2016

FRIDA Y JULIO





Cuando vi esta figura pensé en Julio Cortázar. A partir de hoy, cuando escuche el nombre de Frida ya no pensaré en la Kahlo.
Yo, como medio mundo me contamino. Por eso, a veces camino por sendas no tan trilladas. Hasta hace poco tiempo, antes de ver esta figura, oía el nombre de Frida y pensaba, primero en la Kahlo (como medio mundo), y luego en mi amiga de Cholula, sobrina de El Memelas. Hoy pienso en Frida, la de Julio.
Vi este axolotl (¡qué bonita palabra, qué eufónica!) y pensé en Julio. Pensé en su cuento que así se llama.
“Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl (…) Ahora soy un axolotl”. Así empieza el cuento de Julio. El personaje va, con frecuencia, a ver los axolome, en el acuario del Jardín des Plantes, en París. (Fernando, que ha estudiado el náhuatl, dice que el plural de las palabras que terminan en tl suprimen esta terminación y le agregan la sílaba me. Cuando lo dijo dio un ejemplo: pájaro se dice tototl, pájaros se dice totome.)
Nunca imaginé ver un axolotl en Comitán. ¡Jamás!
El otro día vi una película mexicana en la televisión: “El mar muerto”, al parecer la última cinta en donde actuó Mario Almada. Hay una escena donde una mujer se acerca a una pecera pequeña, que tiene en su casa, y ahí está un axolotl. Animal místico, casi de la misma familia de la tortuga, por silencioso, enigmático. La actriz mira al animal casi con la misma atención que el personaje literario de Julio.
A mí siempre me sorprende el movimiento que hace un espectador ante un acuario pequeño, de esos que hay en las casas particulares o en los acuarios modestos. La persona casi pega la cara al cristal que es la barrera entre el espectador y el animal. ¿Puede, el espectador, en algún momento, imaginar que el cristal es un espejo? Tal vez sí, de lo contrario el movimiento no tendría razón de ser.
Por lo regular, los acuarios (su nombre lo dice) contienen agua. Adentro del agua he visto peces y axolome.
Igual que la mujer de “El mar muerto”, igual que el hombre de “Axolotl”, la tarde que fui a la galería Nanishaw y vi la pieza modelada por Frida, quedé seducido con la perfección de este animal callado, con el grito contenido de siglos y siglos. Los ojos de este animal parecieran ser las raíces de esas ramas que brotan de su cabeza. ¿Con qué savia se alimentan esas raíces? ¿Con la mirada de los espectadores?
Los que saben dicen que en los canales de Xochimilco existen decenas de estos animales. Nadan con discreción, apenas moviendo sus patas perfectas, en medio del fango, en medio de la penumbra del fondo. Cuando alguien saca un animal de su entorno natural lo coloca en un ambiente ajeno. Imagino al axolotl del Jardín des Plantes. ¿Qué hacía un animal mexicano en un cuarto de París?
Igual que la actriz y el personaje, yo también quedé callado ante el espasmo de la mirada de esta pieza de Frida. ¿Por qué ella eligió este animal para traerlo a Comitán y dejarlo ahí, sobre un estante, expuesto al aire de este pueblo? Porque el axolotl de Frida no está adentro de un acuario, no tiene el abrazo del agua. Acá, este animal recibió el aire incontaminado de este pueblo.
Hice lo mismo que hace cualquier espectador ante un acuario. Me acerqué lo más que pude, me acuclillé y dejé que esa mínima distancia fuera como el cristal. Y entonces, como la mujer del mar muerto y como el hombre del jardín des plantes, vi que el axolotl era mi reflejo. Yo frente a ese animal, apenas separado por el cristal del aire. Él frente a mí, apenas separado por la cortina transparente. Él, con sus siglos de barro; yo, con mis años de carne.
Parodiando el texto de Julio, yo podría decir: “Hubo un tiempo en que yo no pensaba mucho en los axolotl”. Ahora pienso en este animal. Lo pienso en la sala de la galería. Ahora pienso en Frida. No en la Kahlo, no en mi Frida de Cholula. ¡No! Pienso en Frida, la ceramista que, con sus manos, dio vida a este animal. Pienso en lo que acabo de escribir: “Frida, dio vida a un axolotl”. Ella no lo sacó de su medio ambiente, no fue a Xochimilco y lo atrapó. ¡No! Ella, gracias al taller que impartió el siempre generoso y deslumbrante artista Robertoni Gómez, creó un axolotl. Sólo uno, porque el singular siempre es mejor que el plural (axolotl es un sonido más agradable que axolome).
Un tarde, la Frida de Julio se apropió de su sueño de París y lo modeló en un taller de Tuxtla. Otra tarde, llena de luz y de aire, la Frida de Julio trajo ese sueño a Comitán.
Nunca imaginé que podría ver un axolotl en este pueblo. Un axolotl que no fue arrancado del agua sino que fue creado en mitad del aire e insuflado con las manos del fuego.
Hoy pienso en Frida, la Frida de Julio, la creadora de los axolome.

lunes, 12 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE LA NINA MENOCAL DE COMITÁN




Querida Mariana: El nombre de Nina Menocal es reconocido en el mundo de las artes plásticas. En 1990, Nina abrió una galería de arte, en la Ciudad de México. Los artistas y críticos reconocen en Nina a una verdadera promotora del arte contemporáneo.
En Comitán, María Elena Jiménez se ha convertido en la Nina de la ciudad. Una tarde de hace ya tres años (¿tres?), María Elena abrió una galería de arte en nuestra ciudad. ¡Una galería de arte! ¿Podés creerlo? Tal vez la labor que María Elena realiza está a la altura de lo que realiza Nina. Digo esto porque realizar promotoría cultural en este país es una faena titánica. En el país, cada año, se abren cientos de negocios culturales, pero abrir galerías de arte no es el común denominador.
¿Cuántas personas abren negocios culturales en Comitán, cada año? Si recordamos que cultura es todo lo que hace el hombre, en este pueblo se abren muchos negocios culturales: panaderías, tiendas de ropa para dama y tiendas de ropa para caballero. Cada año se abren zapaterías, fondas, restaurantes, hoteles, posadas, expendios de frutas y verduras, y moteles, muchos moteles, porque es muy buen negocio. Cada año se abren tiendas donde ofrecen bisutería, importaciones, dulces típicos, pastelerías y cafés. No es extraño hallar en esta misma relación el conteo de cantinas y prostíbulos. Muchos negocios se abren en este pueblo. De igual manera, muchos de ellos cierran apenas unos cuantos meses después que se instalaron. ¿Por qué se inician tantos negocios? El motivo principal es el imperativo económico. Quien abre un negocio de compra-venta o de servicios lo hace para satisfacer las necesidades de sus clientes, para ganar dinero. Nada sé de valores financieros, pero entiendo que quien, en su local, vende una manzana, compró la manzana con un intermediario que, a su vez, lo adquirió con el productor. En esta cadena el precio se incrementa. El intermediario recibe unos pesos por su trabajo de intermediarismo y el vendedor final también obtiene ganancia. Por eso, quien tiene la visión del negocio se dedica a vender productos de primera necesidad: zapatos, ropa, comida, medicinas y demás objetos y servicios necesarios para la vida y para la sobrevivencia.
María Elena, si su cometido fundamental fuera hacer dinero, habría abierto un negocio diferente, pero ¡no! Ella, como Nina, abrió una galería de arte, en Comitán. ¿Podés creerlo?
A Nina Menocal le han reconocido el impulso que ha dado a los llamados artistas emergentes (artistas cubanos, por ejemplo). A María Elena, Comitán, en la hoja del tiempo, deberá reconocerle este esfuerzo por el arte en una ciudad que tiene otros intereses emergentes (en el sentido de emergencia).
En Comitán las personas compran chayotes, huevos de rancho, botas, camisas de marca, suéteres, autos (modestos o, algunos, de lujo), casas, terrenos en Uninajab, bicicletas, tenis, chicharrón, tortillas, pasteles, celulares (modestos o, algunos, los más caros). Los comitecos sueñan con viajar a Los Ángeles (la excepción es un ángel que sueña con viajar a Utopía) o a Cancún. ¿Quién sueña con comprar arte?
María Elena es la Nina Menocal de Comitán, es la mujer comprometida con sembrar arte. Imagino que cuando abrió la galería Nanishaw no pensó en el dinero como la prioridad. Para hacer dinero, en Comitán, se abre otro tipo de negocio.
Es comprensible que en la Ciudad de México existan decenas de galerías que promueven y venden arte. Y es comprensible porque, en una ciudad de más de diez millones de habitantes, con decenas de museos, muchas de esas personas tienen la suficiente sensibilidad para apreciar el arte y, además, la capacidad económica para llenar los muros de sus residencias con obras artísticas. Hablo de la capital del país.
En Comitán hay personas que tienen un gran potencial económico. María Elena se ha dedicado a promover arte, a sembrar el gusto por el arte. En una labor permanente de relaciones sociales se dedica a colocar arte en los muros de los amigos pudientes y con sensibilidad. Ella promueve a los artistas. Lo hace desde su galería, desde ese mínimo espacio que es tan extenso como la imaginación y como la apreciación por el arte.
Entre tanta zapatería, moteles, licoreras, tiendas de ropa y fondas, la línea de luz que pinta María Elena pareciera diluirse, pareciera ser apenas una raya en un grafiti, pero no es así. La línea de luz, por mínima que sea, siempre es una raya de esperanza en medio de la oscuridad.

Posdata: Poco a poco, gracias a la siembra de María Elena, más artistas brotarán y más coleccionistas adquirirán arte. Poco a poco, las paredes de las residencias dejarán de mostrar esos absurdos paisajes que venden en los grandes almacenes y que son copias de copias. Poco a poco aparecerán los cuadros de los artistas locales que, de igual manera, poco a poco deberán presentar propuestas novedosas, abandonando los caminos trilladísimos de la creación costumbrista. Porque, si Nina Menocal es famosa lo es porque tiene gran exigencia en el arte que expone en su galería.
Un día, la exigencia será la tónica en este pueblo y Comitán ganará y María Elena también ganará.

sábado, 10 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON DESEOS SUPREMOS




Querida Mariana: Mi papá quería que yo fuera contador. A mí se me trepó la idea que sería ingeniero en electrónica (no sabía ni qué era una resistencia y, hasta ahora, no sé bien a bien de dónde pepené esa idea absurda). Miento, sí sabía qué era resistencia, pero no resistencia electrónica. Resistencia era la entereza de X (la niña que me gustaba) para hacerme el feo y rechazarme, siempre.
Cuando salí de la preparatoria no tuve la atingencia de sentarme un instante (pudo ser en el parque de San Sebastián, que es un parque que ayuda a la meditación y a la contemplación) para pensar cuáles eran mis fortalezas, cuáles eran las actividades que más me gustaba realizar; es decir, saber para qué era yo bueno. Años después supe que hay algo que se llama vocación y que es la que define el llamado hacia una determinada actividad. ¿Qué sabía de electrónica? Nada. Sólo sabía prender la radio, ver la tele y maravillarme con los avances tecnológicos de esa época. Tenía una grabadora de carrete y se me hacía un prodigio que ese aparato pudiera grabar mi voz en una cinta. ¿Cómo se daba ese milagro?
Nunca me di cuenta (¡qué tonto!) que mi llamado vocacional estaba en el dibujo (no era un gran dibujante, como otros amigos, pero dibujaba imágenes que sorprendían a algunos y que -no lo sabía en ese momento- eran únicas en todo el mundo). Asimismo me encantaba leer (muchos años después supe que esto era una fortaleza, un don divino); y me gustaba imaginar historias, muchas historias. Siempre estaba como “ido”, porque me abstraía de la realidad y me introducía en mundos que imaginaba.
Te cuento esto, porque si yo hubiera hecho un análisis vocacional le hubiera hecho caso a mi papá: hubiese sido contador, pero contador de cuentos, desde un principio. Así pues, cuando me inscribí en la UNAM, en lugar de buscar un lugar en la Facultad de Ingeniería lo hubiera buscado en Letras o en Artes Plásticas. Mi vida hubiese sido tersa. Como has de entender, mi paso por Ingeniería se convirtió en un martirio y en un fracaso. Ya te conté que jamás falté a la universidad. Tempranito tomaba el camión en Insurgentes y llegando, en lugar de ir al salón donde recibiría Electrónica I, iba a la Biblioteca Central para leer novelas y cuentos o a cualquier auditorio a ver una película de arte o a escuchar una conferencia acerca de la pintura en México. Como es comprensible, al término de cinco años de vida universitaria no obtuve mi título de Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica y como no existe un título de Licenciado en Lectura de Cuentos y Novelas, o de Licenciado en Apreciación de Películas de Arte o de Licenciado en Escucha de Conferencias Magistrales, regresé a Comitán sin el título profesional que había prometido a mis papás.
Lamenté mi desidia. Me sentí un traidor. Pero un día, ya laborando en el negocio de mi papá, decidí dejar las lamentaciones y dedicarme a vivir mi vida, de acuerdo a mis capacidades y fortalezas. Me puse a escribir, a leer, a dibujar, a pintar y ¡me sentí pleno! Decidí hacer caso a mi llamado vocacional. En este camino terminé agradeciendo todo lo vivido, porque, como dicen los clásicos, si no hubiera vivido lo que viví no fuera lo que soy. Te contaré lo que Miguel descubrió. Esto me ayudó mucho en mi decisión de vida.
El escritor debe conocer todo, saber todo. Esto lo supo Miguel desde que tenía catorce años; es decir, el día que escribió su primer cuento. El cuento era sencillo, contaba la historia de una polilla que rehusó a comer la madera de un ropero de cedro, porque dicha polilla había nacido con el gusto del arte y reconoció desde que entró a la recámara la belleza del mueble, tallado finamente en cada uno de sus elementos. Las dos puertas abatibles tenían finas tallas, en los extremos columnatas jónicas coronadas por rosarios de hojas de arce. El trabajo del orfebre era de tal belleza que la polilla cayó en éxtasis la primera vez que vio el ropero, casi como si hubiese estado frente al Partenón, en Grecia. Pero, al propietario del ropero no le había bastado con la belleza de la talla de madera, sino que había exigido al relojero del pueblo que instalara un rollo de música, de tal suerte que, al abrir una de las puertas (cada una de ellas tenía adosada un espejo de Murano, con ribetes dorados) se escuchara el tercer movimiento de la Séptima de Beethoven. La polilla creyó que había muerto e ingresaba al cielo a la hora que la dueña de la residencia abrió una puerta y el sonido de los violines se escuchó, era como si un coro de ángeles, como trapecista, saltara sobre unas cuerdas finísimas. Y luego, ¡Dios mío!, el sonido de la flauta transversal, como cenzontle encaramado sobre una rama de pino, de esos pinos que desahogan aromas de aire limpio (todas las polillas estaban escondidas detrás de un biombo pintado con paisajes japoneses: cerezos y montañas nevadas). Por eso, cuando el jefe del comando ordenó entrar subrepticiamente al ropero y atacar todas las partes más débiles, la polilla esteta se resistió. Esto, en síntesis, contaba el cuento de Miguel, cuento que escribió cuando tenía catorce años, edad en que supo que la profesión de escritor era la más demandante de todas las profesiones del mundo. Porque no sabía mayor cosa acerca de las polillas e intuyó que para escribir acerca de la polilla esteta debía conocer casi todo acerca de estos bichos (¿eran bichos?). Y luego supo que debía también conocer las propiedades de las maderas. ¿Era cierto que la madera del eucalipto no es atacada por las polillas? Si esto era cierto debía saber por qué. ¿Por el aroma? Si esto era así, la esencia del eucalipto podía servir para hacer una pócima que alejara la polilla de las casas.
Y no bastaba conocer acerca de las polillas sino también ser experto en el conocimiento de esos rollos que, con las lengüetas de fuera, al chocar con laminillas producen sonidos al dar vueltas y vueltas. ¿Qué mecanismo lograba hacer que estos rollos giraran y produjeran música? Miguel supo que debía tener conocimiento mínimo de la música culta y entender el proceso mental que Beethoven tenía a la hora de crear sus obras. ¿Qué don le hacía crear esas obras monumentales? ¿Cómo era posible que en su mente se mezclaran con tal belleza todos los instrumentos de la orquesta? ¿Cuántos instrumentos participan en una orquesta de cámara? Y Miguel supo que debía conocer la función de un director de orquesta, porque esa música que brotaba del ropero no podía haber sido creada sin la presencia de los ejecutantes y del director, dando por entendido el genio creativo del autor. ¿En qué siglo había vivido Beethoven? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Cómo vivía la gente en esa época? ¿En qué momento se había manifestado su genio? ¿Su padre había tenido gusto por la música culta?
Miguel supo que todas las demás profesiones del mundo eran profesiones especializadas en el conocimiento de sus temas, pero el escritor debía apropiarse de todos los demás conocimientos, debía saber cómo la sangre dejaba de llegar al corazón o al cerebro; saber en qué momento la mente de un hombre se altera de tal manera que enloquece; saber por qué, a veces, los puentes se caen; saber por qué los becerros deben mamar y cómo deben hacerlo; saber de qué está hecho un balón de fútbol; saber cómo piensan las mujeres y cómo pueden ser seducidas. Miguel supo que él, si quería ser escritor, debía conocer de residuos tóxicos que envenenan a las ciudades; debía conocer cuál es la función del oxígeno en el agua; saber cómo respira el universo; cómo un trompo da vueltas y saber qué les ocurre a los niños que están colgados con la cabeza hacia abajo en las ramas de los árboles.
Miguel sólo escribió un cuento: el de la polilla esteta. Lo dejó así, casi sin cerrar la idea, porque se abrumó de tal manera que supo que si quería redactar un cuento de manera más o menos decente debía conocer el mundo de esos animales que tienen el gusto de comer madera. ¿Por qué? Supo que el conocimiento preciso era basto, inmenso, casi fastidioso. Cuando su papá le preguntó qué quería estudiar, él dijo que medicina humana. Su papá le palmeó la espalda, lo hizo con una gran sonrisa, satisfecho. La mamá gimió, se cubrió la boca con una mano y por las hendijas de los dedos, como si fuera una persiana, dijo: “Es una profesión que exige mucho. Deberás conocer todo el cuerpo humano al derecho y al revés”. Miguel asintió. Reconoció que había pensado ser escritor y esta profesión sí exigía saber todo de todo. La carrera de médico no era tan demandante. Sonrió y abrazó a su papá y le dijo que estuvieran tranquilos, que cuando se enfermaran él los iba a curar.
Yo, igual que Miguel, supe, entonces, que ser Ingeniero en Electrónica era menos pesado que ser escritor. Y supe que los años que estuve en la universidad habían sido el tiempo más fecundo, porque en la UNAM pepené mil piedritas y mil cielos. Ahora continúo con tal afán.

Posdata: Mi papá quería que yo fuera contador. Él era muy ducho para la matemática. Yo no. Apenas le aprendí a hacer sumas sin necesidad de calculadora. Cuando regresé de la Ciudad de México y le dije que no había concluido la carrera, él (siempre generoso) dijo que no me preocupara, me invitó a trabajar en su negocio y fue feliz teniéndome a su lado. Sé que si supiera que ahora me dedico a contar cuentos (en forma escrita y oral) sonreiría.