miércoles, 31 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, ENVIADA DESDE EL MONTE OLIMPO





Querida Mariana: Sé que a veces te caigo mal, a veces por lo que digo, a veces por lo que hago o por lo que no hago. Pero como vos me querés perdonás mis exabruptos y múltiples defectos. Yo agradezco tu tolerancia. Lo agradezco porque sos de mis pocos afectos. A mí me cuesta mucho relacionarme con las personas. Soy tímido, soy escaso, soy ish y como soy así pocos se acercan a mí.
Por lo anterior, digo que esta carta no será de tu agrado, porque sonará como muy soberbia. Casi casi estoy a punto de decirte que no la leás. En realidad estuve a punto de no escribirla, pero luego pensé que era una bobera reprimirme. Los grandes periodistas del mundo han sostenido que no hay peor censura que la autocensura. Preguntan: ¿Querés decir algo? Recomiendan: ¡Decilo! Así que decidí escribirla, pero advierto que te caeré mal. Te caeré mal, porque desde el título ya miraste por dónde va el textillo. Sí, esta carta te la envío desde el Monte Olimpo, lugar griego en donde habitan los dioses.
A ver, a ver, tampoco quiero que se malinterprete. ¡No me creo Dios! ¡No, no! Si yo digo que Comitán es un lugar bendito y digo que soy comiteco no significa que yo sea un bendito. No, lo que significa es que nací, igual que vos, en un lugar tocado por la mano de Dios, y si soy agradecido sabré aquilatar ese don. De igual manera, el hecho de que mande esta carta desde el Olimpo no significa que yo esté sentado a la diestra del Señor. ¡No!
¿Por qué desde el Olimpo? Te cuento. El otro día, Maricela me dijo que no le gustaban las Arenillas, dijo que eran muy repetitivas, que siempre empleaba la misma fórmula. ¿En dónde estaba mi creatividad? Me defendí. Por lo regular no lo hago. Por lo regular escribo, subo las Arenillas a las redes o envío a periódicos impresos o digitales y me olvido. Sé que hay muchas personas (lo sé) que siguen mis escritos y sé que hay muchas otras (lo sé) que simple y sencillamente aborrecen mis textillos y los ignoran. Hasta ahí todo bien. Lo que me sorprende es que alguien como Maricela odie mis textos y los lea todos, ¡todos! ¿Quién está mal? ¿Ella o yo? Yo no leo textos de autores que vomito. ¡No! Cuando no me gusta la obra de algún creador no vuelvo a seguirla. He dicho que disfrutaba mucho los textos periodísticos que escribía Ana García Bergua, pero no me han gustado sus novelas. Sus novelitas y cuentos están por debajo de sus posibilidades creativas. En el caso de Ana cada vez que publica un libro de cuentos o una novela corro a la librería, espero que su numen creativo dé lo que puede dar y me sorprenda gratamente. Pero, por ejemplo, en el caso de Patrick Modiano, Premio Nobel, leí una de sus novelas y no me gustó, así que no volví a leer algo de él. A mí no me gustó y punto. ¿Por qué Maricela se empeña en leer todo lo que escribo si ya comprobó que no le gusta lo que escribo? ¿Qué necesidad tiene de sufrir de tal manera?
Por esto fue que le contesté. Le dije que, como ella sabía, yo redactaba una Arenilla cada día, desde hace muchos años. Mi blog (que funciona como archivo) tiene registradas más de tres mil cien Arenillas, ¡tres mil cien Arenillas! Pucha, es un mundo de textos. He sido un escritor muy disciplinado y pródigo.
Cuando dije lo último agregué: “Soy de la misma estirpe de Rosario Castellanos, de Gabriel García Márquez y de José Emilio Pacheco”. ¡Ah, cómo lo fui a decir! Maricela dijo que estaba yo pendejo, bien pendejo (así lo dijo). Con cara de guajolote en medio del horno, gritó que no era posible que me estuviera comparando con ellos. Ellos (lo recalcó) eran grandes escritores, yo era un simple pendejo.
Y, como ahora lo digo, si esta carta la envío desde el Olimpo no significa que yo sea un Dios. No, simplemente significa que la mando desde el lugar donde los creadores jugamos todos los días. Nadie puede hablar de creación si no entiende que tal proceso está enredado en la luz divina.
De igual manera, al decir que soy de la misma estirpe de Rosario, de Gabo y de Pacheco no significa que yo me compare con ellos, digo que, así como un apasionado jugador del fútbol soccer es de la estirpe de Pelé y de Messi, soy un apasionado escritor que hace lo mismo que hicieron ellos. En mi librero tengo libros que recogen la obra periodística de Rosario y de Gabo y, espero, en diciembre me regalaré la obra periodística reunida de José Emilio Pacheco.
Tres tomos reúnen más de quinientas colaboraciones que Rosario publicó en Excélsior; cinco volúmenes recogen la obra periodística de Gabriel García Márquez; y tres volúmenes contienen los textos periodísticos de José Emilio Pacheco.
Ah, cómo se enojó Maricela cuando dije que, si de cantidad hablábamos, no bastarían cinco libros para recoger todas las Arenillas. Ella rio como guajolote y fue cuando dijo lo que dijo: “Estás pendejo, bien pendejo”.
Pues seré lo que Maricela dice, pero soy de la estirpe de esos grandes escritores que han ejercido el periodismo, con pasión, con denuedo. Soy un escritor terco. Me complace saber que hay dos o tres lectores que son fieles a las Arenillas y disfrutan mis textillos; me complace saber que hay lectores que me ignoran, lectores que una vez leyeron alguna Arenilla y la vomitaron y jamás volvieron a leer algo mío. Lo que me intriga mucho es el comportamiento de Maricela. Odia mis escritos y ahí está, cada mañana, buscando la Arenilla y leyéndola de pe a pa.
Posdata: Te lo advertí. Esta Arenilla iba a ser medio mamila, peca de soberbia, suena a vituperio. La envié desde el Olimpo, lugar que habito. Por supuesto que no estoy en el Pent-house donde habitan los dioses, ni siquiera vivo en el fraccionamiento exclusivo donde están las residencias de Rosario, Gabo y Pacheco. ¡No! Yo habito en una casa sencilla de la periferia, pero vivo en ese lugar donde están los elegidos. Perdón. Te lo advertí. Dije que te iba a caer mal. Ni modos. Ya lo escribí.

martes, 30 de octubre de 2018

BELIS Y CHAYO




Belisario Domínguez es el gran héroe comiteco; Rosario Castellanos es la gran escritora comiteca. Ambos nombres siempre son mencionados como ejemplos de personas relevantes de este pueblo; ambos nombres aparecen en los discursos más elevados. Al político se le llena la boca cuando menciona alguna de las frases célebres emitidas por don Belisario (a quien, en confianza, los comitecos le decimos Tío Beli). Con frecuencia, los políticos de toda la nación repiten la siguiente frase del doctor Domínguez: “Si cada uno de los mexicanos hiciera lo que le corresponde, la patria estaría salvada”, y lo reafirman con un ademán enérgico del brazo derecho y con el índice levantado. De igual manera, los intelectuales acostumbran adornar sus mensajes con citas de la famosa escritora. En una ocasión escuché a una oradora, en una competencia nacional, iniciar su perorata con un fragmento poético de la Castellanos (a quien, en confianza, los comitecos le decimos Chayo o Chayito): “No me toques el brazo izquierdo, duele de tanta cicatriz”. En los discursos de las feministas es normal, casi obligatorio, que aparezca mencionado el nombre de Rosario.
Habrá que reconocer que ambos personajes son brillantes. Algunos pensamos que la Chayo es más conocida en el mundo que tío Belis. Esto debe ser porque siempre, en la historia de la humanidad, el genio creativo supera, apenitas, al genio político. Siempre se ha mencionado como ejemplo el siguiente: Todo mundo recuerda el nombre del pintor de la Capilla Sixtina (Miguel Ángel) y sólo medio mundo recuerda el nombre del papa que ordenó tal proeza pictórica (Sixto IV), a pesar de que se llama Sixtina, por don Sixto. Como el poder es el poder, don Sixto mandó nombrar a la capilla con su nombre, en realidad, dicha capilla debería llamarse Angelina, que iría más acorde con el contexto religioso y con el nombre del genial creador, pero ¡el poder es el poder! Por eso, muchos políticos poderosos mandan a poner su nombre en las obras que construyen en su “reinado”. Acá en Comitán, cuando mucho, el comiteco ilustre sólo alcanza que una calle lleve su nombre, ahí está el ejemplo de Armando Alfonzo, de Lolita Albores, de Víctor Manuel Aranda León. Por Cash hay una colonia que lleva nombres de doctores comitecos. Las colonias ya llevan nombres de los poderosos: Miguel Alemán, Luis Donaldo Colosio, Belisario Domínguez (bueno, hay que reconocer que el intelectual don Mariano N. Ruiz logró colarse y, por supuesto, la mencionada Rosario Castellanos).
En la administración anterior, las autoridades municipales de Comitán decidieron incluir la imagen de Belisario Domínguez en el logotipo. Nadie dijo algo en contra. Emplear la imagen de tío Belis le dio prestigio a ese ayuntamiento. Al final, todos los comitecos sabemos cómo terminó la administración. Es una pena decirlo, pero la imagen de tío Belis la pasaron a enlodar.
Ahora, esta nueva administración incluyó a Rosario Castellanos en su logotipo. Nadie ha dicho algo en contra. ¡Nada podemos decir, porque la escritora comiteca es un orgullo de nuestra tierra, así como lo es Belisario Domínguez! Con la experiencia de la administración anterior, ahora, los comitecos pedimos que, ya que las autoridades incluyeron a la Chayo en su imagen, deben honrarla. Sería muy lamentable que al final terminaran como la administración anterior.
López Obrador eligió las imágenes de Madero, Juárez y Cárdenas. Ellos, según su ideario político, fueron los tres presidentes que lograron las transformaciones más sentidas a favor del pueblo de México. López Obrador debe honrar la memoria de los tres personajes. Lo contrario sería una traición a la patria.
El lema de este ayuntamiento es: “Comitán de Domínguez eres tú”, que juega (en el sentido lúdico y respetuoso) con el libro de Rosario intitulado: “Poesía no eres tú” (aunque hay que decir que muchos ayuntamientos de México han empleado la misma frase. En 2010, el Ayuntamiento de Saltillo usó el lema: “Saltillo eres tú”; es decir, tampoco son muy creativos). Cuando se cumplieron los noventa años de Rosario, se editó un libro que llevó por título: “Poesía fuiste tú”.
Nadie ha dicho algo en contra del lema del ayuntamiento, porque todo mundo de acá se identifica con la ciudad. Nosotros somos Comitán (bueno, tal vez alguien ya jugó con el lema y lamentó que no se hubiera dicho Comitán sos vos. Pero, aún falta educación sentimental para hacer que el voseo se vuelva prestigioso y desplace al tuteo).
Todo mundo está de acuerdo con la inclusión de la imagen de Rosario en el logotipo del nuevo ayuntamiento, así como todo mundo estuvo de acuerdo con la inclusión de Belisario en el logotipo del anterior. Emmanuel Cordero, al elegir como imagen del logotipo de su ayuntamiento, debe honrar a Rosario Castellanos. Acá debe privilegiarse la palabra, herramienta fundamental de la obra creativa de la autora; acá debe privilegiarse el trabajo de la mujer, tal como Rosario lo procuró; y debe, sobre todo, enaltecerse a la inteligencia, divisa fundamental del proceso creativo de la gran Rosario Castellanos. Si el anterior ayuntamiento trató de privilegiar el pensamiento político, ahora se trata de enaltecer a la inteligencia. ¡Que así sea!

lunes, 29 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON LAMENTO GASTRONÓMICO




Querida Mariana: No sé cuántos años llevo sin comer carne roja. Mi dieta “exige” carne de pescado. Una o dos veces al mes como filete de pescado a la parrilla o empapelado (con hoja de momón). El pescado debe ser fresco. Me cuentan que en Mújica llega el comensal y señala la mojarra que desea comer. El pescador la saca del estanque y la lleva directito a la cocina, en donde la preparan frita, que es como más la disfrutan los compas de estas tierras. ¡Claro!, acompañada de una Tecate bien fría, debajo de la sombra de un árbol.
El otro día encontré un libro de comida de la Costa de Chiapas y hallé la receta de “Los casquitos”, que son unas tortugas pequeñas, que están en proceso de extinción, precisamente por la desaforada caza para prepararlas en caldo. A mi primo Cuauhtémoc le encantaba la sopa de casquitos. Cuando fue presidente municipal de Huixtla, muchas gentes que deseaban quedar bien con él lo invitaban a comer a casa y le preparaban su platillo favorito.
Ya no recordaba el proceso de preparación. La receta indicaba que las tortuguitas las dejan sin comer dos o tres días y luego, ya listas para el caldo, ponen a hervir agua en una olla y cuando el agua está hirviendo meten a las tortuguitas en el agua. Las meten vivas. Las tortuguitas se queman antes de morir. No sé bien, pero parece que un proceso semejante ocurre cuando preparan las langostas y los langostinos.
Ay, Mariana, mi cuerpo se cimbró como si recibiera un latigazo con una cuerda mojada. Pensé que tal preparación es de una crueldad extrema. Recordé que una vez una mujer japonesa, que radicaba en Japón, y compró una de las cajitas que pinto y que vendía en el Bazar Los Sapos, en Puebla, me dijo que la tortuga es un animal muy respetado en Japón. No creo que allá coman tortuguitas en caldo.
Poco a poco le di una vuelta al recetario y constaté que era como un muestrario de tormentos de la Santa Inquisición.
Ya te conté que cuando era niño, en un cumpleaños de mi papá, llegó mi tío Ernesto, quien era experto en preparar barbacoas y demás chiverías. Mi papá dijo que el tío prepararía “la sangrita” de un borrego. A mí me encantaba la sangrita, con cebolla, chilito y hoja de hierbabuena. Colocaba una porción generosa en una tostada frita y la disfrutaba como creo que los rusos disfrutan el caviar. No sé qué me llevó a ir a la bodega. Lo que ahí presencié fue aterrador. El animalito estaba colgado de una viga, con la cabeza hacia abajo. El tío le había hecho una cortada en el cuello y por esa herida manaba la sangre que caía sobre una bandeja honda. Salí corriendo. ¡Jamás volví a comer sangrita!
Ay, Mariana, esta carta es como un repertorio de congojas. Ya te conté que en el sitio de la casa había conejitos, conejitos que hacían averías en todas las paredes, incluso las de los vecinos. Abrían huecos. Yo los veía correr, pararse, mover las colas, blanquitos, como bolas de algodón. Eran lindos. Una tarde me senté a comer y cuando iba a darle una mordida al guisado me enteré que esa carne había pertenecido a un conejito, cuando estaba vivo. Deseché el plato y le exigí a la sirvienta que me preparara dos quesadillas. En mi vida volví a comer conejo (ahora ya ni queso como, ni como queso ni tomo leche).
Amigos me han contado que el sacrificio de los cuches y de los toros es brutal. El chillido de los cuches a la hora que les ensartan la cuchilla es un lamento cruel. El pinchazo ocurre y todo el patio se llena de sangre. No sólo el patio, he visto las batas de los matanceros, sucias de tanta sangre seca. El olor es desagradable.
A mí no me gusta caminar por los pasillos del mercado donde están las carnicerías. Es una bobera lo que diré, pero pienso que por ahí huele a muerto, a cadáver. No resulta una experiencia agradable. Las cabezas de los cerdos están suspendidas de ganchos oxidados.
Bueno, con decirte que esa riqueza gastronómica que es el tsizim no tiene una forma muy cristiana de morir. En cuanto atrapan al tsizim lo meten en una cubeta en la que muere ahogado. Apenas está saliendo del agujero, ya no alcanza a ver la luz del sol.
¿Algún animal muere de manera decente? No creo. Pero lo que se me hace de crueldad mayor es lo que le hacen al animalito sagrado de Japón. ¿Cómo es posible que un animalito que no se mete con nadie lo sometan a morir quemado en agua hirviendo?
El otro día fui a comer un filete de pescado a la plancha y cuando el mesero puso el plato frente a mí, pensé en la forma en que murió ese pescado, murió asfixiado en medio del aire.
Posdata: Mi dieta “exige” el pescadito. Cuando vivía en Puebla, viajaba a la Ciudad de México y, en un criadero de truchas, elegía cuál deseaba para que me prepararan en la parrilla. El chef metía una red y sacaba el pez “elegido” y lo llevaba a la cocina. Me consuela (así lo pienso) saber que al pez no le dan macanazos para que muera ni le ensartan ganchos para que sangren. Los peces mueren al ser expuestos al aire, se asfixian con tanto oxígeno y dejan de vivir, de dar coletazos. Me duele pensar que para sobrevivir tengamos que matar a los animalitos.
Los venados son de los animales más bellos de la creación, pero recuerdo que cuando íbamos al rancho de Jorge y preparábamos una redada y Quique, con su puntería exacta, mataba un venado, la carne de este animal era un goce para mi paladar. Cortábamos la carne ya asada con un cuchillo, la colocábamos en una tortilla, le agregábamos una salsa picante y, acompañados de una Tecate, brindábamos por tal exquisitez. ¡Dios mío! Ya no como venado.

sábado, 27 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA INCLUIDA




Querida Mariana: ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Sí? Gracias. ¿A quién le pertenece el parque central de Comitán?
Si le pregunto a un experto en Derecho, me dirá que el “dueño” es el municipio. ¿Es así? Las ciudades (hablo sin ser experto, sólo por lo que alcanzo a ver desde mi ventana) tienen espacios públicos y privados. Si caminamos por las calles de Comitán vemos que la mayoría de residencias son propiedad de particulares.
A ver, si caminamos por el Pasaje Morales advertimos que ahí hay un ejemplo de propiedad pública y privada, ya que una pared lateral de la presidencia municipal (que es como un frontón aburrido) colinda con el pasaje, compuesto en su mayoría por locales, propiedad de iniciativa privada. El lugar en donde está San Marcos es propiedad privada. ¿De quién es el pasaje; es decir el corredor donde caminan Pedro, María, Pablo y Eugenia sin problema alguno? El local donde está la radio “Extremo grupero” tiene un seguro automático en la puerta, uno toca el timbre, la recepcionista ve quién es y si le parece conveniente activa un dispositivo electrónico que abre la puerta. Si la recepcionista ve que quien toca es un borrachito puede decidir no abrir. Ese espacio es particular. No cualquiera puede entrar. En cambio, en el corredor camina todo mundo sin restricción alguna, incluso el borrachito. Esto que escribo lo hago para explicarme cómo funciona el espacio público y el privado. De este último no tengo duda: pertenece a particulares y sólo es de ellos, de nadie más; en cambio la calle, la plaza, los parques, son espacios públicos. ¿Tiene dueño el parque? Sí, el “dueño”, insisto, es el municipio. Por eso, cuando alguien desea hacer uso de ese espacio (una presentación de títeres, por ejemplo) debe solicitar permiso para disponer de tal lugar. El permiso, entonces, es otorgado por el Síndico. Este funcionario (se entiende y él debe entenderlo) tiene la obligación de velar por el espacio público y de mantenerlo limpio y ordenado. Si yo llego y, mediante un oficio, solicito permiso para presentar en la explanada del parque central un “Espectáculo sólo para mujeres”, en el que aparecerán hombres bellísimos, en tanga. El funcionario debe apegarse al bando de buen gobierno y negar la autorización, porque, como en el parque llegan niños y niñas a jugar, tal espectáculo empolvaría la moral (pucha, releo lo que he escrito y me sorprendo. Parece que fuera yo un experto en este tipo de cuestiones). En el caso de la presentación de títeres debe autorizarse porque no afecta la moral, al contrario lleva arte al pueblo. Una función de títeres la gozan los niños y los adultos.
Pregunto lo que pregunto, porque el otro día, mientras estaba sentado en una banca del parque central, hojeando el reciente libro, editado por Porrúa, que contiene ocho historias de Chanoc, vi lo que todos hemos visto: Personas caminando en total libertad, niños jugando, parejas platicando, hombres y mujeres ofreciendo chicharrines y yo, leyendo; es decir, el parque es un espacio público. Perdón por mi insistencia, pero debo reafirmar mi experiencia para comprobar lo que digo. Cuando voy a una casa particular, debo tocar el timbre y si la persona me quiere recibir lo hace, si no ¡no! Yo mismo lo hago en casa. Vos sabés que soy escaso, casi no recibo visitas. No les abro. Me apena ser tan ish, pero así soy. Escribo, pinto o leo, así que a la hora que escucho el timbre, me molesta dejar de hacer lo que me gusta, así que me hago tacuatz, dejo que el timbre suene. Digo que cuando voy a una casa particular debo esperar a que abran o no la puerta. En cambio, cuando empleo los espacios públicos de Comitán y de las demás ciudades del mundo (en caso de que fuera viajero) camino con total libertad. Salgo de casa, cierro la puerta y comienzo a caminar como si fuera “el dueño”, corro, me detengo ante aparadores (por ejemplo, los aparadores tan bonitos que ahora tiene el local de Manualidades Águeda), miro a las muchachas bonitas que pasan a mi lado, veo que la licenciada Lupita ya abrió un negocio especializado en fiestas infantiles, que se llama Funidu, bajo por las gradas del parque y entro a la tienda San Marcos y busco alguna camisa que me guste; camino por el corredor de la Casa de la Cultura, entro al patio, me siento en una banca, escucho a los ejecutantes de la marimba, veo a niñas cargando sus trajes regionales que vestirán en la presentación de la danza regional. ¡Uf, hago mil cosas! ¡Aprovecho el espacio público! Como a mí no me gusta que me interrumpan, procuro hacer lo mismo, procuro ser muy respetuoso del espacio y tiempo de los demás. Cuando camino por el corredor del Centro Cultural saludo a su director desde la ventana, cuando él me dice que pase a saludarlo, doy la vuelta, entro, me siento y platico con Luis Armando no más de cinco minutos, sé que tiene muchas cosas por hacer.
Perdón si me extendí, pero se trataba, querida Mariana, de decirme que cuando voy al mercado Primero de Mayo a comprar fruta o unos chinculguajes o un vaso de atol de granillo o de jocoatol nadie me lo impide, porque el mercado es un espacio público que pertenece a todos. Los demócratas insisten en decir que México es de los mexicanos. Yo soy mexicano, vos sos mexicana, millones de mexicanos son mexicanos (perdón, digo boberas, pero reafirmo, reafirmo, porque hay algunos que no entienden este concepto tan sencillo, tan elemental).
Regreso entonces a mi pregunta inicial: ¿De quién es el parque central de Comitán? ¿Quién es el dueño de parque de La Pila, del de San Sebastián? El jurista insistirá: Del municipio. ¿Quiénes conforman el municipio? El cabildo. ¿Quién encabeza el cabildo? El presidente Municipal. ¿Quiere esto decir que Emmanuel Cordero Sánchez es el dueño? ¡No! Ya dije que el representante legal del ayuntamiento es el síndico (¡Dios mío! Me estoy metiendo en un pantano. Cualquier experto en jurisprudencia puede rebatirme en este momento. Bueno, me gustaría que lo hiciera, porque así podría despejar mi duda). Pero, ¿el síndico (síndica en el caso actual) es el propietario? ¡No! Yo aprendí que al presidente municipal lo eligió el pueblo. El pueblo eligió a la síndica y a los regidores. ¡Fue el pueblo! El pueblo es ¡la máxima autoridad! El pueblo nombra a sus representantes, ¡representantes! El cabildo, con todo respeto, no es más que la representación del poder supremo: ¡el pueblo! El pueblo es el mandante. ¿Estamos? ¡Pucha, me sorprende la contundencia con que te escribo hoy mis dudas!
¿Qué debe hacer, entonces, el presidente municipal, la síndica y los regidores? Responder con responsabilidad a la confianza que el pueblo les ha otorgado. La síndica debe cuidar y preservar los espacios públicos. No puede conceder permisos que alteren el orden público, que interrumpa la armonía de los habitantes que gozan de los espacios públicos. Las autoridades municipales (según mandata la Constitución, Carta Magna) estarán tres años en funciones. No más (Bueno, ahora los presidentes municipales pueden buscar la reelección. Pero ya quedó demostrado en Comitán que si al pueblo no le parece ¡los desaparece! El señor Fox intentó reelegirse, el día de la votación la mayoría decidió que no, que no debía seguir y, la mayoría, siempre la mayoría, les dio la oportunidad a Emmanuel Cordero y a los integrantes de su planilla. El pueblo los eligió, se deben al pueblo. El pueblo es el poder supremo.
Uf, parece que ahora me metí en terrenos que no me corresponden y de los cuales nada sé. Pero creo que el sentido común y la ley están de mi lado. ¿Qué deben hacer las autoridades con el parque central? Bueno, el pueblo (¡la mayoría!) dice que no puede convertirse en un simple mercado. Hay que poner orden. Hay que recordar que Comitán es un Pueblo Mágico y que los lineamientos de la Secretaría de Turismo (a nivel federal, institución que distinguió a Comitán con tal título) establecen que los parques públicos deben ser un espejo de rasgos distintivos de la cultura local.
Si las autoridades no cumplen con el mandato del pueblo lo están traicionando. Es preciso que las autoridades tengan sentido común, tengan un conocimiento profundo de la aplicación de las leyes y, de manera especial, tengan un profundo amor por Comitán. Las autoridades deben honrar a sus familias y al pueblo al que están obligados (por decisión propia) a servir.
Posdata: Pucha, qué rollo me aventé hoy. Yo pido, en nombre de la comunidad, que las autoridades arreglen el parque Benito Juárez. Las banquetas y toda la plaza tienen grandes huecos que provocan torceduras en los pies de los comitecos y de los visitantes. ¿Cómo es posible que el centro de nuestro corazón esté tan averiado?
Querida Mariana, vos tenés amigos que son abogados, que son conocedores de la ley. Por favor, preguntales si estoy en lo correcto, preguntales si es cierto todo lo que mencioné, y si estoy equivocado que me lo digan. No soy experto en estos argüendes (bueno, vos lo sabés, en nada soy experto), pero sí tengo claro que ¡el pueblo es quien manda y los servidores obedecen! ¿O qué decís vos?

jueves, 25 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SUCEDEN COSAS




Querida Mariana: Muchas cosas suceden en las esquinas. Hay una ley física (no escrita) que indica que la mayoría de cosas que suceden en el mundo ocurren en las esquinas y no, por ejemplo, a mitad de la calle. Tal vez por esto, la mayoría de puertas están a lo largo de la calle y no en las esquinas, porque si así fuera, una puerta esquineada podría ser el acceso a otra dimensión.
Siempre que salgo a la calle pongo mi atención en las esquinas. Ahí he tenido encuentros sorpresivos y sorprendentes. A veces camino en la banqueta y en una esquina me topo, de manera intempestiva, con un amigo que tenía años de no ver. El encuentro es prodigioso, es como si, de pronto, uno viera en el cielo una lluvia de estrellas, en un día soleado. El otro día, al llegar a una esquina me detuve como si estuviera frente a un enorme muro porque las garras de un perro doberman se asomaron. Me detuve, generé adrenalina al mil, y sólo regresó la armonía cuando vi que el perro tenía un bozal en la trompa y era guiado por una muchacha bonita a través de una correa resistente. Una vez vi una película donde un delincuente corría y corría, llevando en la mano el collar que había arrebatado de una chica que estaba en la puerta de una librería. Al dar la vuelta a la esquina, el delincuente chocó contra un hombre que resultó ser un policía. Hasta ahí llegó su carrera delincuencial. Supe que eso sólo podía haber ocurrido en una esquina.
Cuando a Alfonsina le dije que muchas cosas suceden en las esquinas, ella me dijo que yo era un viejo perverso, que siempre estaba pensando en puterías, así lo dijo. Comprendí. Hay mujeres que, por las noches, se adueñan de las esquinas, se paran debajo de un farol. Pero yo voy más allá, no me quedo, diría Alfonsina, en la simple putería, ¡no! La esquina, por su forma y por el misterio que encierra, posee un sentido especial.
Por eso, el otro día presencié algo único. Iba en mi auto y paré en la esquina para ver si venía auto en la calle perpendicular, de pronto vi a Fer, el indigente que le apodan Aluxe. Estaba parado en la esquina y movía los brazos como si fuera un pájaro suspendido en el aire. Fer tiene una sonrisa fácil, sus ojitos siempre son como de alcancía, así que cuando ríe, sus ojos son apenas una rendija de papel de china. Movía sus brazos en forma frenética y reía. ¡Fer!, le grité y él, sin dejar de mover sus brazos, dijo: “¡Estoy volando, estoy volando!”. El automovilista de atrás tocó el claxon de manera amenazante y yo tuve que avanzar. Lamenté hacerlo. Lamenté que no hubiera un espacio para estacionar el auto, para bajarme y presenciar ese prodigio, ese encanto. “¡Estoy volando, estoy volando!”, dijo Fer, mientras, gozoso, movía los brazos como si fuera un colibrí. Sus pies estaban en el suelo, pero su emoción estaba encaramada en el cielo, en alguna otra dimensión. Cualquiera hubiese dicho que estaba drogado. No sé si él se droga, no lo sé. Sé que toma su poquito de alcohol, eso sí. Pero yo nunca había visto a alguien tan cuerdo iniciar un vuelo. No, perdón, nunca había visto volar a alguien con tal conmoción.
Por eso digo que es difícil hallar puertas en las casas de las esquinas. La esquina posee un misterio. Fer no habría volado a lo largo de la calle. No. Tal vez la calle le sirvió como pista para el despegue. La esquina fue como su Cabo Cañaveral, el espacio ideal para hacer el vuelo.
Me hubiese gustado que presenciaras ese instante, que te llenaras con ese hilo de oro. Fer, uno de los hombres más sencillos del mundo, chaparrito, con ojitos de rendija, ¡estaba volando! Era un delicioso chupamirto en una esquina de Comitán. Pensé que en ese momento, en ninguna calle del mundo estaba ocurriendo un fenómeno semejante.
Posdata: A mí no me sorprende la aparición de un cometa o de un arco iris. Estos son fenómenos naturales. ¿Mirás? Naturales; es decir, deben verse con naturalidad. Siempre voy pendiente de las esquinas de mi pueblo. Ahí encuentro el prodigio, ahí está el azar, lo sorprendente. A veces, como me sucedió hace poco, aparece don Carlos Navarrete, quien, después del homenaje que le brindaron en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, caminaba por Comitán. A veces, me topo con hombres maravillosos, como Fer, que vuelan por lo bajito, pero que se emocionan en su vuelo, porque saben que no hay vuelo sencillo, no hay simple vuelo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE A VECES ME DEJO IR, COMO EL AIRE




Querida Mariana: A veces veo la vida como cuando iba al Cine Comitán. Iba muy seguido al cine, sin importar qué película exhibirían. Compraba el boleto, se lo daba al señor que lo depositaba en una urna de madera y luego compraba una orden de tacos, un refresco de cola en vaso encerado y entraba a la sala, dispuesto a divertirme. ¿Qué película exhibían esa tarde? ¿Una obra maestra? ¿Un soberano churro? No me importaba, yo, como gato, me enredaba en la butaca y, mientras comía los tacos, disfrutaba ese genial invento del género humano.
Ayer fui al Museo Rosario Castellanos, con el mismo ánimo. Fui sin espíritu criticón. Fui a divertirme, a dejar que los muchachos (dos) que ahí realizan su servicio social me explicaran lo que han aprendido del acervo de las diferentes salas.
Entré y disfruté la casa desde la entrada, que es un zaguán de esos que antes era distintivo de los hogares comitecos. La casa es una casa tradicional, de gente de paga (fue residencia de don Jaime De la Vega, papá de Jorge De la Vega), tiene tres corredores con arcos y pilares.
En la entrada, cuatro muchachos de servicio (estudiantes de la Escuela Rosario Castellanos) me atendieron, uno de ellos anotó mi nombre y me pidió mi número de teléfono. A todo lo que me pidió (yo, que soy medio cascarrabias) accedí con agrado. Estaba disfrutando mi estancia, paladeando la casa donde ahora está el museo dedicado a Rosario Castellanos. No siempre tiene oportunidad de entrar a una de esas casas de gente paguda.
Al terminar el registro de datos, dos muchachos, del CBtis 108, me dijeron que ellos serían los guías de mi visita. Ella, muchacha bonita que nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas, y él, muchacho simpático que nació en Comitán, Chiapas, me dieron la bienvenida y me invitaron a pasar a la primera sala, en la cual hay una serie de fotografías que dan muestra de la evolución física del rostro de la escritora. En la primera foto se ve casi niña, puberta, con la carita limpia, y en la última hallé un rostro seco, con las cejas pintadas, repintadas como alas de cuervo. Si alguien me hubiese dicho que era el rostro de una actriz de Kabuki, esa forma teatral tradicional japonesa, lo habría creído, porque es como una estatua que tiene apenas delineados los labios que son una línea de horizonte, incapaz de tomar la forma sencilla y dúctil de la sonrisa. Es como un rostro labrado en piedra, con cien arrugas invisibles, pero intactas, eternas.
Los muchachos, Paola Mora González y Brian López Álvarez, me condujeron a la siguiente sala, donde me explicaron el árbol genealógico de Rosario. Ahí está señalado el nombre de la madre (Adriana, quien murió -según la línea del tiempo que ahí se encuentra- el uno de enero de 1949. ¡El uno de enero! Bah, qué día para morirse. Pero ahí también aparece otra Adriana, la hija de Rosario que nació el 12 de noviembre de 1959 y murió el 15 de noviembre de 1959. ¡Vivió tres días! Bah, qué manera de vivir. En esa sala hay vitrinas con libros de la escritora y hasta una máquina mecánica de escribir (réplica casi exacta de la que ella usó para redactar sus novelas, poemas, cuentos, obras de teatro y colaboraciones en el Excélsior).
Luego pasé a la siguiente sala en la que hay unos árboles sintéticos que aparentan ser verdes, pero que dan la sensación de estar secos. Ahí hay juegos interactivos y se pueden escuchar grabaciones de poemas con la voz de la poeta y, también, traducidos a lenguas indígenas. Un mensaje advierte que los museógrafos agradecen a Puertarbor la posibilidad de compartir sus grabaciones. Entiendo que dicha empresa fonográfica es iniciativa de una hija del poeta Óscar Oliva, amigo de Rosario.
En la siguiente sala hay una imagen de bulto (insisten en decir que tiene la misma altura que la escritora, a pesar de que, físicamente, no se parece a Rosario). En esta sala me divertí porque los dos guías me invitaron a llevarme un recuerdo del museo, me dijeron que me parara frente a una mesa, que colocara una hoja de papel blanco sobre un grabado realzado del rostro de Rosario y que, con un crayón negro rayara la hoja para que el rostro apareciera. Recordé que en la primaria hacíamos un ejercicio semejante: Tomábamos una moneda de veinte centavos y le colocábamos una hoja encima y, con un lápiz, hacíamos el prodigio de aparecer la imagen de la moneda. Todo era como magia. Bueno, hice lo que los muchachos me indicaron e hice aparecer el rostro de nuestra escritora, un rostro mucho más amable que el rostro Kabuki de la primera sala.
Posdata: A veces me va bien dejarme ir por la vida con la misma ingenuidad y emoción con las que iba al Cine Comitán. A veces me siento en la butaca y disfruto el espectáculo de la vida. Todo me parece bien, pienso que todo es como el vuelo de un colibrí y siento el aleteo suave, casi tierno.
Al final agradecí la compañía de Paola y Brian. Pensé que era bueno que ellos hicieran su servicio en ese espacio. Están conociendo la vida y la obra de Rosario. Esto es ganancia para el país y, por supuesto, para ellos. Les pedí su autógrafo en el grabado que recién había impreso. Acá te lo comparto, para que yo nunca lo pierda, para que siempre lo lleve en la memoria. Disfruté la visita. Tal vez algún día regrese. Tal vez ese día el criticón aparezca y opine sobre lo que al museo le falta. Por ahora gocé la posibilidad de ser un turista sorprendido, en mi propia tierra.
Agradecí y celebré la reapertura del museo Rosario Castellanos. Vos sabés que la administración municipal anterior cerró el museo durante diez o quince días del mes de septiembre. Ojalá que los comitecos no volvamos a permitir que las autoridades cometan desatinos semejantes. Fue una falta de respeto para la memoria de Rosario Castellanos, fue una bofetada infame a la inteligencia, una afrenta para las mujeres del mundo.

martes, 23 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON ALAS DE MIGRANTE




Querida Mariana: mi papá rentaba una casa, a media cuadra del parque central de Comitán. Por necesidad de su trabajo era una casa grande, con cuatro corredores y muchos cuartos. Era tan grande que, en muchas ocasiones, funcionaba como una posada, así que los familiares que llegaban hallaban asilo. Yo, desde mi recámara, veía a tíos y primos en sus habitaciones y los veía contentos e independientes. Mi papá era feliz prodigando su corazón y los cuartos de la casa en forma gratuita. Siempre fue muy generoso.
Tal vez de ahí me nació la idea de aceptar migrantes en mi casa. Pero, como las casas en que he vivido, después de aquellas enormes casas de mi papá, son pequeñas, no acepto ni a primos ni a tíos ni a amigos ni a advenedizos. Mis huéspedes están hechos, como aquel personaje cinematográfico interpretado por López Tarso, ¡de papel!
Mi emoción es grande, pero el territorio es mínimo, así que, como decía el chiste: “Si va a llevar tostadas, llévelas en polvo juan”, yo recibo a muchos migrantes en versión condensada (Pienso que debo explicarte lo del supuesto chiste: En la terminal de los transportes Cristóbal Colón había un letrero con el mensaje: “Si va a llevar tostadas, llévelas en polvo juan”; sucede que un titipuchal de tostadas hace mucho bulto, por lo que si muelen la tostada y lo vuelven polvo juan el montón de tostadas cabe en un pomito).
Sé que mi comentario puede caer en el terreno de lo banal, porque el problema de la migración es una cosa seria en el mundo, pero debo decir que hay millones de casas en el mundo que son como la mía: Reciben decenas de inmigrantes, a pesar de que son espacios minúsculos. Y esto es una demostración que, a pesar de las fronteras y de las distintas culturas, todos somos como una gran familia, la utópica familia humana, en la que tanto daño nos hacemos los unos a los otros, desde el principio de los tiempos.
Yo sé que tu familia es comiteca por varias generaciones. No es mi caso. Mis abuelos maternos sí fueron chiapanecos, así como mi abuela materna, pero mi abuelo paterno llegó de Italia, en un barco. Soy nieto de un migrante italiano. Mis papás no nacieron en Comitán, mi papá nació en San Cristóbal de Las Casas y mi mamá en Huixtla. ¿Por qué miles y miles de personas van de un territorio a otro? Por muchas razones. Los que van de uno a otro lado lo hacen por motivos de estudio, o de trabajo, o por alguna pasión o por que huyen. Los que huyen también lo hacen por múltiples razones: porque son delincuentes, porque son perseguidos políticos o porque un alambre de púas les circunda el espíritu.
A mi casa, desde adolescente dejé que entraran muchos inmigrantes. No te enojés si digo que siempre he sido como el presidente Cárdenas, porque he dado asilo a la inteligencia trashumante. Desde que tuve once años más o menos he recibido gente inteligente de todo el mundo. Ellos, ya lo supusiste, vienen envueltos en libros.
Ayer, en una Arenilla, mencioné al poeta español Machado. Sí, él, junto con Unamuno y el francés Julio Verne, fueron de los primeros inmigrantes que llegaron a mi casa. Yo, emocionado, los atendí; los atendí con el mismo desprendimiento con que mi papá recibía a los viajeros en casa. Algunos amigos y parientes llegaban a la casa y se quedaban dos o tres días, porque iban de paso; pero algunos se quedaron por más de un año. Mi papá los dejó ser. Ahí hallaron un cuarto y comida para pasar la mala racha o el desasosiego de la penumbra.
Perdoná mi imprudencia. Yo he recibido sólo a grandes mentes. Ninguno de ellos pide algo, no molestan, sólo me hacen compañía. Ellos son inmigrantes que dan, son como muchos que han llegado de otros países y han dejado sólo un camino de luz. Los inmigrantes españoles que acogió Cárdenas vinieron a sembrar enormísimos árboles que prodigaron sombra. En Chiapas recordamos al maestro Fábregas, papá del doctor Fábregas Puig, y Luis Alaminos (a quien tuve el privilegio de conocer y tratar, aunque hay sido en no más de dos ocasiones). Alaminos y Fábregas fueron inmigrantes que, como si fueran Moisés, abrieron los mares de muchos mares chiapanecos.
A mi casa han llegado inmigrantes de Francia, de Turquía, de Chile (poetas enormísimos: Rojas y Neruda), de España, de Argentina, de Estados Unidos, de Canadá, de Guatemala, de Cuba (ah, de la bella isla. Ahora recuerdo a dos de ellos, bueno, a tres, a la poeta Carilda y a los narradores Senel Paz y Leonardo Padura, de quien ahora leo la novela “La transparencia del tiempo”, por sugerencia de Samy, el librero de Lalilu. A mi casa han llegado muchos inmigrantes de Japón, de Alemania, de Bélgica, de Chile, de Colombia (¡ah!, el gran narrador Juan Gabriel Vázquez llegó a casa y ahí se quedó y esto es para agradecer. Puede quedarse todo el tiempo que desee.)
Mi casa se ha llenado de inteligencia inmigrante. Éstos han llenado mi casa de luz. A mí me han hecho feliz a lo largo de más de cincuenta años. Ha sido tan grata su compañía que, cuando he tenido necesidad de emigrar de un lugar a otro (también he sido inmigrante), los he envuelto en cajas de cartón y los he llevado o he recomendado que amigos míos los reciban y les den alojamiento.
Posdata: Mi abuelo vino de Italia. En reciprocidad yo he admitido inmigrantes italianos en mi casa. Acá duermen Baricco (que leo porque el maestro Sarelly lo mencionó en algún texto), Calvino, Tabucchi, Pasolini y Moravia.
Los que llegan a mi casa llegan de muy lejos, de más allá del mar. Han llegado con los pies húmedos, llenos de arena, de estrellas de mar y de cielos. Pero me hablan de manera tan cercana que parece que llegaran de la esquina, donde se toma café con pan de Las Torres. Mi vida se ha llenado de la inteligencia de inmigrantes. Perdón. Sé que la migración es un problema y no es el aire tan suave que rodea mi jardín. Perdón. Pero mi experiencia ha sido ésta.

lunes, 22 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE TODOS ESTAMOS EN UNA CALLE EMPEDRADA




Querida Mariana: Digo que Raúl viaja por mí, viaja por todos. Los tiempos actuales lo permiten. Antes, cuando mi tío Manuel viajaba a Europa (lo hacía con frecuencia, porque tenía los recursos económicos para hacerlo y porque, igual que Raúl, era un sibarita) enviaba postales a la casa. El cartero hacía sonar su silbato, el perro ladraba y la sirvienta salía a recibir la correspondencia. En la mesa de centro de la sala, mi papá hallaba la correspondencia: cartas comerciales del banco Nacional de México o de la cervecería Moctezuma o de la Coca Cola, la revista Selecciones, publicidad para el sorteo del Tec de Monterrey y las postales de tío Manuel, enviadas desde Roma y París. Dichas postales eran las clásicas imágenes del Coliseo Romano y de la Torre Eiffel. En la parte posterior, con letra clara y elegante, mi tío nos enviaba saludos desde Roma y desde París. A la hora de la comida, mientras servía en el vaso de cristal un poco de agua de chía, mi papá comentaba que su hermano Manuel estaba en Europa y se había acordado de nosotros. Sonreía. Muy orgulloso levantaba la postal para que la viéramos todos, la levantaba como si fuera una vela inflada de un barco bogando por los mares del mundo. Pero las postales no tenían personalidad. Un fotógrafo profesional (anónimo) se paraba frente a los grandes monumentos y hacía la toma que se reproducía por miles y miles. En todas las casas del mundo recibimos la misma fotografía, que se salvaba de la repetición por las letras que, como corazones pegados, venían en la parte posterior.
Ahora ya nadie envía postales desde Europa o África o Asia. ¡Nadie! Todos los viajeros suben las fotografías a las redes sociales y comparten sus experiencias de viaje con medio mundo. Hace meses yo viví la experiencia de Julia y Richard, quienes hicieron un viaje en bicicleta, desde Chiapas hasta la Patagonia. Desde mi mesa de trabajo, a través de la pantalla de la computadora, los fui siguiendo.
Debo decir que hay viajeros que están contaminados con el Síndrome de la Postal y suben fotografías comunes; es decir, se paran frente a la Fuente de Trevi y toman la foto; se paran frente al Coliseo Romano y toman la foto; se paran frente a la Torre Eiffel y toman la foto. El comediante mexicano diría: ¡Qué les pasa! Miguel Ángel Godínez me contó que, en un viaje a Europa, aprendió más de la cultura ajena en las calles que en los museos. La vida está trepada en la cuerda donde las personas hacen de equilibristas, día y noche.
Hay viajeros, como Raúl, que suben a las redes sociales su experiencia de vivir el instante y lo comparten, porque saben que ellos viajan por los otros, por los que, bien en el encadenamiento del trabajo o en el encadenamiento del ocio, estamos sentados frente a una pantalla viendo lo que sucede afuera, lo que hacen los que desatan el cordel de la rutina y suben a aviones, barcos, autobuses o trenes y viajan, viajan, porque saben que la mayor experiencia de la vida es el viaje. Yo coincido con ellos, la vida es un viaje, las mejores novelas y cuentos que he leído en mi vida han sido las que son como viajes. Los mejores escritores son grandes viajeros. Yo, a través de sus libros, viajo. Sé que ellos, como Raúl, también viajan por mí, ¡para mí!
Raúl (y miles más, ¡millones!) viaja y sube fotografías a las redes para que los otros vivamos su experiencia. No nos da la postal de la Torre Eiffel. Sabe que de nada serviría decirnos: Acá estoy parado y les comparto esta experiencia para que ustedes sientan lo mismo que yo. Sabe que no podemos estar parados en el lugar que él está.
La fotografía que anexo, querida mía, sí me pone en el lugar correcto: Yo soy la mirada. Veo a Raúl y veo un grupo de personas caminando por una calle de Segovia. Raúl es como un director de cine que prepara la escena de vida y como Hitchcock y como Polansky y como Francois Truffaut también aparece en la película. En esta fotografía, su esposa camina detrás de él, platica y busca algo en su bolso, algo que tiene que ver con lo que platica. Detrás de Mary una mujer ve hacia arriba, busca algún detalle en un balcón. La chica de la chamarra azul turquesa ve el portón. Raúl nos da a escuchar el murmullo de las pláticas, de los pasos sobre las piedras, del asombro ante lo que no había sido visto jamás. Y yo, junto con Raúl y con ellos (desde el balcón donde estoy), escucho cómo el eco de este tiempo rebota en esa cantera silenciosa de siglos. Y recuerdo, gracias a este instante, que una tarde, sentado en una banca del parque central de Comitán, a la hora que los pájaros se arracimaban en los árboles en busca de su hueco para dormir, abrí un libro de Machado (el prodigio verbal de España) y leí que el poeta había dictado cátedra en Segovia, en el mismo pueblo al que Raúl me llevó una tarde de éstas, mil tardes después que lo caminé al lado de Machado.
Imaginé estar al lado de Raúl y le pedí que se detuviera tantito; busqué en mi alforja y abrí el libro de Machado y, emocionado, leí en voz alta: “Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, espuma de la montaña, ante la azul lejanía; sol del día, claro día, ¡hermosa tierra de España!”.
Posdata: ¿Qué más queda? Gritar a toda voz: ¡Cotz! ¿A poco no? Desde la hermosa tierra de España, desde la tierna rama de un árbol que se llama Comitán, lugar original de Raúl y de tantos.
Viajeros llegan a Comitán y los veo como veo a Raúl: Gozando del sol que injerta renuevos en sus cuerpos y en sus espíritus.

sábado, 20 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON RECUERDOS DE LOS SETENTA




Querida Mariana: En los años setenta existía una manzana frente al parque central. Dicha manzana luego fue conocida como la Manzana de la Discordia, porque el gobierno decidió derruirla para ampliar el parque. Muchos propietarios se opusieron, pero, al final, el poder gubernamental venció y, previo pago, derruyeron la manzana, hasta quedar como está actualmente (bueno, esto es una exageración, porque el estado actual es lamentable).
En la manzana derruida había muchos negocios que, para quienes vivimos esos tiempos, significan un cordel para jalar la memoria del corazón. No sé cuántos de esos negocios siguen vivitos y coleando. Muchos de ellos ya no existen, por ejemplo, recuerdo a Casa Tovar que ya pasó a mejor vida. Pero aún hay algunos que sobreviven: La Proveedora Cultural, Singer, Casa del Ciclista y Novedades Cecilia (que el humor popular dice que por el paso del tiempo ya son Antigüedades Cecilia. ¡Ah!, ya mirás cómo es jodón el pueblo). También sigue vigente el doctor Enrique Cancino, quien tenía su consultorio dental en esa manzana. Desaparecieron la Joyería Escobar, la Casa Ancheyta, Nevelandia, Tío Tavo, Selecciones (de Merce Solís), la Casa León, la Casa Yanini (que luego fue tienda de estambres que atendió mi mamá) y varios más.
Ese tiempo está muy distante. Vos y los de una generación anterior y de generaciones posteriores y actuales han crecido ya con el parque ampliado. Ahora hay muchas fotografías tomadas desde la parte alta del parque que muestran los soberbios edificios del templo de Santo Domingo y el del Centro Cultural Rosario Castellanos (fachada esta última que Gladys Bonifaz definió espléndidamente al decir que está “bañada en piedra”. ¡Ah, qué bonita comparación!) Las fotografías de mi tiempo muestran apenas la parte alta de la torre del templo, por encima de los tejados de los locales comerciales que estaban alineados en un portal (ahora recordé al Rincón Brujo, que era una cantina muy visitada).
Aquellos años están más allá del cordel de la memoria. A veces aparecen con cierta nitidez, pero la mayoría de ocasiones se muestran como una película en blanco y negro un poco diluida. ¿Todo ya desapareció? No, digo que hay todavía algunas huellas, a veces hay necesidad de rascar, en otras ocasiones se presentan como un sol que deshace la niebla. Esto me sucedió hace dos o tres días. Caminaba por la banqueta donde ahora está La Casa del Ciclista y vi este exhibidor con nueve discos de aquellos tiempos. Estos discos casi casi tienen la misma cara del recuerdo de la manzana: algunos artistas ya murieron, otros siguen vigentes (bueno, esto de vigentes es un decir, digamos que aún sobreviven).
A ver, hagamos un ejercicio de sobrevivencia. De los tres compas de arriba, sólo sobrevive Julio Iglesias; Víctor Yturbe y Chayito Valdez ya pasaron a mejor vida. El caso de Víctor fue trágico, porque, se dijo en su momento, que lo habían asesinado porque andaba metido en cosas no muy limpias. ¡Andá a saber!
De la fila de en medio, Leo Dan y Roberto Carlos siguen vivitos. Te he contado que no soporto a Leo Dan, pero bien que me sé esa canción que dice: Mary es mi amor, sólo con ella vivo la felicidad. Los chavos de mi generación cambiábamos el nombre de Mary por el de nuestra chica añorada. ¿Qué sucedió con los “tres grandes de la Matancera”, que era un grupo musical cuyo nombre completo era Sonora Matancera? El primero que aparece en la portada del disco es Daniel Santos. Busco en Internet y encuentro que ya falleció. A ver, ¿qué sucede con el segundo cantante, Celio González? ¡Uf! Ya falleció también. ¿Y Bienvenido Granda? De igual manera ya no está en este mundo.
¿Mirás? De ocho cantantes sólo tres sobreviven. ¿Y qué pasa con la fila de abajo? Bueno ahí aparece un cantante. Los otros discos son de marimba. ¿Vive José Luis Rodríguez, “El puma”? Sí, él, igual que Julio Iglesias, Leo Dan y Roberto Carlos, sigue tumbando caña. Julio Iglesias (papá de Enrique Iglesias) es español, Leo Dan es argentino, Roberto Carlos es brasileño y El puma es venezolano. De los cuatro, coincido con mi amigo el arquitecto Jesús Estrada, el único que vale la pena es Roberto Carlos. En los años setenta era un trancazo. Se hizo más famoso en México cuando una de sus canciones fue elegida para recibir a Juan Pablo I, aquella que dice: “Tú eres mi hermano del alma, realmente mi amigo…”, una de las canciones medianonas, pero, bueno. No me gusta Julio Iglesias, pero el otro día me encontré escuchando canciones interpretadas por él, en youtube. ¡Cómo! Pues muy sencillo, mis primeras ilusiones platónicas crecieron con esas canciones. El otro día, qué pena, me escuché cantar: “Tiré mi pañuelo al río, para mirarlo cómo se hundía”. Miré para todos lados, para constatar que nadie era testigo de esta vergüenza. ¿Ya viste qué bobera de letra? El tipo (la canción se llama Río Rebelde) tiraba su pañuelo para mirarlo cómo se hundía. La primera vez que oí la canción en casa de Mónica, quien la ponía a todas horas, pensé que, tal vez, el tipo tiraba el pañuelo porque estaba sucio, lleno de mocos. Pero una línea después escuché que lo tiraba porque era el último recuerdo que tenía de su muchacha bonita. Pensé que era una bobera que lo tirara. Yo lo hubiera conservado siempre (aunque estuviera lleno de mocos de mi muchacha). Siempre fui dado a guardar objetos que habían sido tocados por las manos de la niña que me gustaba, siempre estaba pendiente del instante en que mi muchacha le quitaba el papel al dulce y tiraba el papel. Yo esperaba que ella se retirara riendo al lado de sus amigos y corría a levantar el papelito. ¿Conciencia ecológica? ¿Defensor del medio ambiente? ¡No! Era simple cursilería. Ahora ya no sé quién era más cursi, si Julio Iglesias que tiraba al río el único recuerdo que tenía de su muchacha o yo que guardaba el papel del dulce que comía mi amor platónico (quien nunca se interesó por mí). ¿El pañuelo se hundía? Pensaba entonces que sí, que si yo fuera al río grande (el único que estaba a nuestro alcance) el pañuelo se hundiría casi en automático. Lo lanzaría, el pañuelo de tela empaparía el agua y el peso lo hundiría. Pero, pensaba, que el pañuelo no se hundiría tan rápido si lo aventaba en uno de esos ríos furiosos que veía en las películas de Tarzán, ríos en los que la corriente corría más veloz que el más veloz de los maratonistas. Imaginaba al pañuelo dando vueltas sobre la corriente atolondrada, dando tumbos; imaginaba que por la fricción el pañuelo tardaba mucho en empaparse, por lo que el tipo que tiraba el pañuelo ya no alcanzaba a ver cómo se hundía. Era preciso que se trepara a una bicicleta y pedaleara en la orilla del río, para que fuera a la par del pañuelo que, como serpiente borracha, se dirigía, como todas las cosas del mundo, al mar. Porque todo se iba al mar: el pañuelo y el amor que yo le tenía a la muchacha que nunca me echó un lazo y que jamás me dio un pañuelo como recuerdo y de quien sólo tuve papelitos que botaba.
La Casa del Ciclista ¿vende antigüedades? Pues sí y no. Sí, porque son discos de hace más de cuarenta años, pero no, porque esto no ha muerto del todo. A pesar de que ahora ustedes los jóvenes escuchan música en dispositivos posmodernos que nada tienen que ver con estos acetatos, el otro día vi un programa en la televisión, en canal once, donde Alexia (la conductora) entrevistó a un chavo que tiene un negocio de venta de acetatos, en la Ciudad de México. Él contó que cuando le dijo a su esposa que abriría un negocio de venta de discos, ella estuvo de acuerdo, dijo que sería magnífico vender discos compactos. Su alegría terminó cuando él le dijo que sería de acetatos. ¡Quién comprará esas antiguallas!, gritó ella. ¡Pues sí! Hay mucha gente que aún adquiere tales chunches. Contra lo que dicta el sentido común, el joven vendedor de acetatos explicó que los dispositivos actuales no tienen la calidad de sonido que sí tienen los discos viejos. Mi sorpresa fue mayor cuando él explicó que fabrica las tornamesas para escuchar esos discos. ¿Lo mirás? ¡Fabrica las tornamesas! Mostró portadas de sus discos favoritos. Recordé entonces a Miguel, quien era un melómano consumado y compraba discos en La Casa del Ciclista en Comitán, pero, sobre todo, los pedía a la Ciudad de México y en una disquera de los Estados Unidos. Siempre presumía el arte de dichas portadas. Como en ese tiempo estaba de moda la sicodelia, las portadas eran alucinantes y muy coloridas. En realidad eran ilustraciones extraordinarias. ¿Ahora? Los jóvenes se pierden esa experiencia. Ahora, un USB guarda cien canciones, sin el arte de la portada, sin la fotografía del cantante.
Posdata: Julio Iglesias tiraba su pañuelo al río. Durante algún tiempo, muchos tiramos los acetatos al basurero. Ahora sé que muchos (inteligentes) buscan con denuedo los acetatos, porque la calidad de sonido es superior. Si uno tiene cuidado al colocar la aguja sobre el surco, el disco puede mantenerse en buen estado, sin rayarse. Sí, querida Mariana, los chavos de los setenta comprábamos discos en La Casa del Ciclista. Comitán es muy surrealista. Sólo faltaba que alguien abriera un negocio llamado Casa del Músico y ahí compráramos bicicletas.

viernes, 19 de octubre de 2018

DEFINICIÓN DE VALOR




“¿Tienes el valor o te vale?”
Alfonso dijo que me sentara. Lo hice, me senté en el pasto, mientras escuchábamos los murmullos del bosque, los pájaros, el aire, los pasos en las hojas secas. Habíamos ido de día de campo. A mí no me gusta sentarme en el piso, no puedo. Mis piernas no tienen la flexibilidad suficiente para hacerlo. Mis piernas, parecería, están diseñadas para sentarse en sillas. Pero hice lo posible por cumplir con la indicación. Alfonso me pasó un “paquito” de frijol y un refresco embotellado. Iba a dar la primera mordida al “paquito” (así le llamamos, en Comitán, a una tortilla doblada), cuando llegó Alicia y dijo que no soportaba los mosquitos, movía las manos de un lado para otro, como si fuese una agente de tránsito enloquecida. Alfonso le dijo que se sentara con nosotros. ¡No!, dijo ella, y explicó que no soportaba estar sentada en el piso, dijo que el suelo es el cementerio donde viven todos los bichos y bacterias, así lo dijo: El cementerio donde viven. Llamó mi atención esta frase, como si fuera un oxímoron. Digo esto porque, desde entonces, pienso que, parafraseando a Alicia, digo que el Valor es el cementerio donde vive la cobardía. Ninguna otra palabra del diccionario está tan imbricada con su contrario como la palabra valor que, en apariencia, significa lo que expresa, pero que, en realidad es como personaje de la fábula en la que el lobo se viste con piel de cordero o viceversa.
El concepto valor tiene muchas acepciones, pero en este país se emplea con frecuencia otorgándole el sentido de fuerza, no por algo somos una nación machista. La televisión privada, en los últimos tiempos, emprendió una campaña que como eslogan empleó lo siguiente: ¿Tienes el valor o te vale?, impulsando el ejercicio de la acción ante algo negativo. ¿Tienes el valor de comenzar una campaña de no tirar basura en lugares públicos? ¿Lo tienes? ¡O te vale!
El concepto valor, entonces, implica fuerza, física o mental para consolidar la voluntad. Y para lograr fortalecer la voluntad (enorme capacidad) es preciso amarrar con grilletes a la cobardía que es como el ya mencionado lobo con piel de oveja.
El tío Armando siempre pregonó ser un hombre con gran valor, siempre que lo mencionaba subía sus brazos y mostraba sus bíceps que se inflaban como enormes sapos artríticos. Contaba mil historias en las que había demostrado un valor supremo, ¿a poco no era un acto de valor haber trepado sobre el lomo de un cocodrilo de más de dos metros de largo en una playa del río Grijalva, mientras con las dos manos mantenía cerradas las mandíbulas del peligroso animal? ¿A poco no era un acto de valor, usando un tronco como palanca, haber levantado el tractor bajo el que había quedada atrapada la pierna de Manuel, el fiel empleado de la finca? Sí, la opinión pública coincidía en afirmar que el tío era un hombre de valor, con valor, pero, en lo íntimo sabíamos que el tío era un gran cobarde, porque le tenía un pavor extremo a las arañas. Era casi imposible imaginar al tío parado sobre su cama, mientras la tía Eulogia, con una escoba, mataba a la araña que se había colado al cuarto. El tío, además, nunca pudo dejar el cigarro, a pesar de la recomendación médica y del noble propósito que se hacía cada inicio de año. Lo más que pudo dejar el vicio fue el récord de doce días. El día trece de enero, como un hombre poseído por el diablo, salió de la casa y fue al potrero donde estaban los empleados maneando a los toros que serían capados. El tío llegó hasta donde estaba un vaquero sentado sobre las trancas y con un movimiento grosero le quitó el cigarro que tenía entre los labios y lo fumó como si el cigarro fuese un vaso de agua y él hubiera estado en el desierto sin beber durante más de diez días.
El valor es el cementerio donde vive la cobardía, lo digo como un elogio para la frase que Alicia acuñó. A mí, igual que ella, no me gusta sentarme en el suelo, me cuesta trabajo y pienso lo mismo: El suelo es el cementerio donde viven todos los bichos, en la tierra (y no en el óxido del clavo) está latente el tétano.
¿Tenemos el valor o nos vale?

jueves, 18 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE ESBOZA UN MANUAL PARA MANUEL




Querida Mariana: Manuel es mi sobrino. En casa le dicen Manú. Bueno, no todos. Elena le dice Mané. A mí me gusta más este último nombre. Bueno, no sólo le dicen Manú o Mané, Juan le dice Man y cuando lo dice lo pronuncia como si lo pronunciara en inglés.
Manuel es mi sobrino y es comiteco. Cuando en la calle o en el billar o en la oficina alguno de sus amigos le dice Manuel él se comporta como lo que es: un comiteco, de La Pila. Pero cuando la tía Eulogia le sirve una taza de té en el corredor de la casa, en tardes de lluvia, y le dice Manú, él cambia de personalidad, deja de ser el sencillo comiteco de La Pila y adopta una mirada casi bíblica. Yo sé que él piensa que Manú suena como Maná, por eso camina como si fuera primo hermano de Moisés, como si calzara sandalias y caminara sobre la arena del desierto. Lo mismo sucede cuando Elena lo invita a montar bicicleta para hacer el recorrido de Yalchivol a Yocnabaj. Manuel deja de ser tal y se convierte en Mané y en lugar de ser un simple bicicletero se convierte en un ciclista de competencia, como si en lugar de pedalear por los campos de La tapadera lo hiciera en un camino de la campiña francesa, en el Tour. ¡Ah!, pero la transformación más impresionante ocurre cuando alguien le dice Man. A mí me tocó verlo el otro día caminar por la bajada de San Sebastián. Yo estaba parado en el quicio de Creaciones Águeda, miraba a todos los que subían y bajaban, a los camiones urbanos que echaban su polvareda de humo y a los muchachos que salían de la escuela, cuando lo vi. Caminaba como el sencillo comiteco pileño que es, caminaba distraído, miraba hacia la calle y luego las fachadas, cuando, desde un carro, vi que alguien sacó la mano, saludó y dijo: “Adiós, Man”. Manuel, entonces, se transformó. Fue una transformación inmediata y total. Manuel no levantó la mano para responder al saludo. Lo que hizo fue levantar la cara y recibir el rayo transformador. Su cara se iluminó y caminó como si, en lugar de hacerlo en una simple banqueta comiteca resbalosa, llena de huecos y de lajas, lo hiciera en una calle del Londres neblinoso. ¡Sí!, por quién sabe qué recóndita señal, Manuel (Man) se piensa (digo yo) un gentleman. Él no piensa en Súper cuando escucha Man, ¡no!, él cree que camina en algún salón del Palacio de Buckingham, que se dirige a algún salón donde la Reina lo espera para tomar el té. Desde la puerta donde estaba parado casi vi que su vestimenta se transformaba, en lugar de la gorra de los Lakers llevaba un bombín y su pantalón de mezclilla y la camiseta con un logotipo bordado en el pecho se convirtieron en un frac de tela inglesa (por supuesto). Si no hubiera sido por un leve titubeo al meter el pie sobre un hueco, se diría que era el hombre más serio y formal de todo Comitán. A la hora que estuvo a punto de resbalar casi escuché un ¡Puta madre!, que acabó con toda su flema inglesa y con la corrección en su andar. Se sostuvo en la pared y vi en su cara que trató de recuperar la figura de Gentleman, pero el hechizo ya lo había abandonado. Me vio, alzó la mano y gritó: “Buenas, tío”. Yo alcé la mano, sonreí y le respondí: “¿Cómo estás, Manuel?”. Como él sabía que yo había presenciado todo el montaje de transformación, titubeó en su respuesta y se despidió. Lo vi caminar en forma perpleja. Su altivo rostro bajó para ver en dónde colocaba el pie. Yo pensé que los pasillos del palacio de Buckingham no tienen los huecos que sí tienen las banquetas del pueblo. Hasta ahí llegó su transformación, misma que recibió la nota de gracia a la hora que le dije su nombre verdadero.
¿Por qué titulé Manual para Manuel esta Arenilla? Porque recordé que una tarde de lluvia, hace muchos años, Manuel (que en ese tiempo era Manuelito) se paró junto a mí en el balcón y mientras veíamos correr a las personas en la calle, cubriéndose con plásticos o debajo de paraguas, me dijo que como yo era escritor debía escribirle un Manual para Manuel (no sé de dónde había obtenido el título). Le pregunté: ¿Un manual de qué?, y él, con una mirada que ya comenzaba a tomar tintes diferentes, dijo que no importaba de qué, que él quería un Manual para Manuel de lo que fuera. Yo sonreí, dije que sí, que cualquier tarde lo haría, pero lo olvidé y ahora, casi veinte años después recordé mi ofrecimiento. Lo recordé la tarde que lo vi transformarse. Cuando perdí su figura, porque ya estaba llegando al parque de San Sebastián, pensé que cualquier tarde de éstas redactaré el manual.
Posdata: Estoy entre redactar un manual para un sencillo pileño o un manual para un confundido comiteco que se cree gentleman. De cualquier manera, pienso que contendrá algún punto en que yo manifieste mi admiración por el hecho de que alguien se transforme de manera tan radical con la simple modificación de un nombre.
¿A vos te ha tocado ver un fenómeno similar? ¿Qué sucede cuando tu abuelo Enrique elimina el María de tu nombre y te dice Nita? ¿Te volvés otra por un momento? ¿En qué te convertís? ¿Nita, princesa del universo?

miércoles, 17 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE LA IMPORTANCIA DE SER




Querida Mariana: Los sabios nos dicen que es importante ser y no parecer. Armando Alfonzo, distinguido comiteco, era y no parecía. Era un hombre que entendió la importancia de ser, por eso, al final de su vida y en la posteridad, es reconocido como un ser importante.
Los jóvenes de estos tiempos tal vez desconocen la grandeza de su obra, por eso, su hija, como si fuera una manda divina, hace hasta lo imposible para que la obra de su padre sea difundida, que no desaparezca escondida en el polvo del olvido, polvo injusto que, en muchas ocasiones, desintegra obras grandiosas. Ahora que estamos cerca de celebrar en México el Día de Muertos recordamos la necesidad de no olvidar a quienes fueron antes que nosotros. La sociedad actual viene del esfuerzo de los ciudadanos anteriores. La obra de los artistas plásticos contemporáneos viene de la tradición y en ésta, en la más ilustre tradición, aparece la obra de don Armando. Raúl Espinosa, el caricaturista comiteco, tiene dos grandes influencias: la obra del gran cartonista Carreño y la obra de Armando Alfonzo. Es tanta la admiración de Raúl que tiene caricaturas donde coloca sus personajes en escenarios que Armando creó. Raúl, poco a poco ha dejado de lado esa influencia para hallar el estilo propio que, en el futuro, será el camino de los artistas comitecos por venir.
La hija de Armando sabe que el legado de su padre es vital para la identidad comiteca, por eso, en estos tiempos de redes sociales, ella sube cada mañana una obra de su padre (A veces insiste, vuelve, como si fuera álbum de figuritas, imágenes repetidas. ¡No importa! En la intención intensa está la efectividad). Ella, como si el Facebook fuera un inmenso museo (¡que lo es!), abre las puertas cada mañana para que nuestras miradas se posen, como pájaros entusiasmados, en las ramas donde están las tintas de Armando Alfonzo.
El otro día, ella subió un dibujo a tinta que muestra una imagen de los míticos zanjones, que el artista dibujó en diciembre de 1958; es decir, el próximo día diecisiete de diciembre, esta obra cumplirá sesenta años. Los jóvenes de hoy tienen una impresionante obra gráfica de los instantes vividos y de los paisajes, cuando acuden a un viaje toman el celular, “pushan” y obtienen cientos de fotografías que pueden conservar en álbumes digitales. En los años cincuenta era difícil llevar una cámara fotográfica. Armando, gracias a su genio e ingenio, se dedicó con afán y alegría a realizar bocetos de los espacios comitecos que visitaba, así tenemos imágenes del parque central, de calles y avenidas, de fachadas de casas y de templos y, como en este caso, de una imagen casi bucólica de los zanjones. Los zanjones ¿aún existen? No lo sé. Esa zona no está reconocida oficialmente con ese nombre, por esa zona hay una colonia que se llama El Arenal (a mí me gustaba más el nombre de Los Zanjones). Tengo algún recuerdo de aquella zona, ahora, entiendo, parte de ella tiene un campo deportivo que se construyó aprovechando el zanjón, provocado por la extracción de barro para hacer tejas y ladrillos, por esto (digo yo) la zona de los zanjones está cerca de las ladrilleras de Yalchivol. No sé si mi recuerdo es real, pero en este dibujo de Armando Alfonzo hallo muchas referencias. En primer plano (artista sublime) hay una serie de ramitas para dar la sensación de profundidad, y en el fondo hallamos (achurado) un montículo de arena, que era la montaña de donde los artesanos iban a sacar el barro, por eso el nombre, porque la actividad provocaba zanjones donde antes hubo montículos. Puedo estar equivocado, pero la galera que se ve al fondo es una ladrillera, casi puedo ver las filas de ladrillos y al fondo hallar el horno donde ponen a cocerlos; casi puedo oír el sonido de los pies de los artesanos a la hora que aplastan el lodo chicloso del barro con agua; casi puedo ver las hileras de ladrillos puestos a secar en el amplio patio; casi puedo oír el sonido que hacen los pajaritos que, en primer plano, se paran en las matas y picotean las semillas; casi puedo oír el lento andar de las nubes que se ven al fondo; casi puedo oír el sonido de la carreta (hecha con madera) que transporta el material a la ladrillera; casi puedo oír la risa de los niños que se resbalan desde lo alto del montículo hasta llegar al zanjón, todos empolvados. Casi, de verdad, puedo oír el trazo que hace la plumilla sobre el papel cada vez que don Armando dibuja una línea.
Posdata: Gracias al genio de Armando Alfonzo y a la terquedad de su hija, los comitecos tenemos en nuestras manos y en nuestros corazones ramitas inéditas que nos ayudan a entender el enormísimo árbol del cual provenimos y del cual formamos parte. Que Dios conceda a ambos la gracia infinita.

martes, 16 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN LETRERO CON UN APELLIDO




Querida Mariana: No sólo ropa llevamos en las maletas de viaje. Llevamos todo lo que somos, lo que hemos sido. Cada vez que un viajero (comiteco, haitiano, francés, español) sube al camión o al barco o al avión o a la carreta lo hace con todas las nubes y piedritas que conforman su historia personal.
Algunos dicen que van de vacaciones para dejar en casa lo rutinario. Se trata, insisten, de llenarse con la luz de otros territorios, de abandonar lo que nos rodea frecuentemente. Pero está demostrado, casi científicamente, que adentro de la maleta del corazón van escondidos los territorios abandonados, con su carga de siglos, y esta carga va con nosotros a todos lados, en cada instante.
Y digo esto porque, de vez en vez, amigos que andan de viaje por el mundo se topan con mi apellido, escrito, bien en una taza o en un libro o en una fachada, y me envían fotografías para que yo las observe y las conserve.
Raúl Macal y su esposa viajan ahora por Europa y Raúl, el otro día, me envió una serie de fotografías donde aparecía mi apellido en un cruce de caminos y en una botella de sambuka. Antes, mi maestra Miriam, me envió la fotografía de una taza que tenía escrito mi apellido; y hace como veinte días, Lulú García Díaz me envió la fotografía que anexo. Esta foto la tomó, desde el auto en que viajaba, en una calle de San Francisco, California.
Esto, por supuesto, me halaga. ¿Mirás qué prodigio? Mis amigos reciben la luz de otros territorios, sus miradas pepenan piedritas y nubes inéditas, pero en alguna esquina o en una mesa se topan con mi apellido y piensan en mí. ¿Mirás el privilegio? A miles de kilómetros, con sus miradas llenas de nubes y cielos extranjeros aparece mi apellido y es como si apareciera mi imagen y al hacerlo (lo sé) piensan en esta tierra y algo de ésta vuelve a enredarse en su espíritu. Imagino entonces que yo soy el feliz pretexto para hacer un nudo en el hilo de Ariadna, que es el hilo que les sirve para no perderse en el laberinto de todo aquello que no es Comitán.
Hace como dos años, Rocío fue a Buenos Aires y cuando volvió, emocionada, me invitó un café y al estar sentados frente al parque central de Comitán, con una sonrisa picarona, mientras mirábamos a los niños que jugaban al lado de los boleros, deslizó sobre la superficie de la mesa redonda una bolsa de papel y dijo que la abriera y que mirara, y la abrí y miré que había un libro de poesía de Ricardo Molinari. Entonces contó que cuando vio mi apellido en la portada pensó en mí y pensó que, tal vez, el gran poeta argentino era como mi tío abuelo. Y cuando vio que yo, también emocionado, abría el libro y leía en voz alta un fragmento, dijo que debía viajar, que debía hacerlo, y me recordó los años en que platicaba a todos mis amigos que mi mayor deseo era viajar a París y mencionaba todos los lugares que visitaría: el Louvre, Montmartre, Montparnasse; y que caminaría a la orilla del Sena y me sentaría en un café al aire libre y haría apuntes de los lugares visitados y, a mi regreso, escribiría un libro con esos testimonios y esos apuntes y …
“Viajá”, dijo y agregó que me estaba haciendo viejo y que un día ya sólo me quedaría como única posibilidad la de sentarme ante una ventana para ver lo que sucedía en la calle. Entonces me lanzó un reto, dijo que debía viajar y conocer los países de los cuales tuviera libros y tomando su obsequio dijo: “Este libro es de Argentina”. Yo, que soy muy dado a darle vuelta a los retos, dije que prometía viajar a todo el mundo, pero que antes debía completar mi colección de libros editados en todos los países del mundo (cuando lo dije pensé en los álbumes de figuritas que coleccioné cuando niño. Cuando completara mi álbum de “Libros impresos del mundo” ¡haría un periplo jamás realizado por ser humano!). Rocío preguntó cómo iba mi colección y yo dije que tenía ya el suyo, tenía un libro impreso en España, otro en México y uno más de Cuba, que me obsequió mi amiga Paloma. ¿Cuatro? ¡Sí! Rocío se golpeó la frente con la mano derecha y vaticinó que nunca completaría ese álbum; es decir, jamás viajaría y riendo dijo que no fuera caballo, que hiciera lo posible por comenzar con los cuatro países mencionados, bueno, cuando menos con Argentina, un año, y España, el otro, y Cuban después; dijo que cuando estuviera en España, bien podía dar un brinquito a Portugal y a Italia y a Francia (están tan cerca, dijo) y comprar libros en portugués, en italiano y en francés.
Hace como diez días, Charito regresó de un viaje a Europa y me trajo de obsequio un libro editado en Francia. Ya tengo cinco figuritas en mi álbum que contiene (según el dato que siempre maneja Eusebio en sus clases) ciento noventa y cuatro países. Ya sólo me faltan ciento ochenta y nueve. No sé si algún amigo viajará a Sudáfrica y me traerá un libro de allá.
A Rocío le dije que prometía cumplir mi palabra. Ella levantó la mano, pidió la cuenta y dijo que estaba bien, que yo nunca haría el viaje. Yo también sonreí, dije que nunca debe decirse nunca, metí la mano en la bolsa de mi pantalón y saqué un billete de cien y pagué la cuenta.
Posdata: Mientras lleno mi álbum sé que mis amigos viajan por mí. Yo, desde este chunche, viajo todos los fines de semana. El domingo pasado entré a Google Maps y fui a la colonia Roma, de la Ciudad de México, una de las primeras colonias aristocráticas de aquella ciudad. Mi punto de inicio fue el departamento en el que viví cuando estudié en la UAM-Iztapalapa, que estaba en la calle Tlacotalpan. Caminé por Baja California, llegué a Insurgentes y me dirigí al sur hasta llegar a Ciudad Universitaria. ¡Uf! Fue un viaje alucinante, un viaje que me regresó a 1974. Hallé un poco cambiada la ciudad, pero reconocí nubes y piedritas que recogí hace más de cuarenta y tantos años.
Mis amigos viajan por mí y lo hacen conmigo. Cuando se topan con un letrero donde aparece mi apellido toman la fotografía y me la envían. ¡Piensan en mí, a miles de kilómetros de distancia! Gracias, Miriam, Lulú y Raúl y gracias al amigo que cuando esté en China me traerá un libro impreso en aquel enigmático país. ¿Completaré algún día mi álbum? ¡Está en chino!

lunes, 15 de octubre de 2018

CON AROMA DE CHAMPAÑA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que tienen el aroma de una noche lluviosa, y mujeres que huelen a barra de cantina.
La mujer barra de cantina está llena de imágenes que huelen a noche abierta. Para empezar, la puerta de su espíritu es abatible, con una serie de cejas de madera que, a manera de persiana, permite que pase el aire y la mirada de algún voyeur pervertido o inocente. He visto a hombres que, con el pretexto de conocer el interior, pretenden abrir esa puerta abatible, creyendo que es posible violar la intimidad de esta mujer que es única, única por desmesurada, por franca y porque el falso pudor nunca es parte del barril donde conserva la cerveza que sirve en vasos llenos y deja sobre la barra.
La mujer barra de cantina no tiene nombres comunes, jamás se llama Carmen, Guadalupe o Elena. ¡No! Ella adopta nombres que suenan muy de hombres, como “León de Oro” o como “El gallo de Oro”. Hay, se mira, una obsesión por emplear metales preciosos. En Xalapa conocí a una falsa mujer barra de cantina que se llamaba “La puerta de ónix”, pero, cuando fuimos al puerto de Veracruz y nos sentamos en un café al aire libre confesó que su nombre verdadero era Clara y luego, como si estuviéramos en una cantina de mala muerte, hizo el chiste de que también servía cerveza oscura, como el color de su piel. ¿Entendiste?, me preguntó: Clara y oscura. Yo reí, pero lo hice con el mismo tono con que la tarde abría su ventana para recibir la noche.
En este instante es importante decir que hay dos tipos de mujer barra de cantina, una falsa que acepta que los amigos del amado lleguen a casa y otra, la auténtica, que es renuente a las manifestaciones amistosas tumultuarias. La primera permite que los amigos se sienten en la mesa y vean, en la pantalla del televisor, el partido de fútbol soccer o el Súper Tazón del americano. Ella sirve los jaiboles con un popote, en lugar de servir una cucharilla larga, y sirve pequeños platos con cacahuates, pedazos de queso, aceitunas y chicharrines con salsa chamoy. La otra mujer barra de cantina es más selecta, si el término puede adjudicársele. Tal vez sea más justo decir que es mujer que tiene el cabello de color champaña, que, en lugar de poner discos de Chavela Vargas en el reproductor, pone discos donde el sax de Charlie Parker parece bajar nubes y sembrarlas a mitad de la sala. El amado de la falsa mujer barra de cantina termina borracho; el amado de la auténtica mujer barra de cantina se embriaga.
No obstante esta diferencia, ambas mujeres tienen la particularidad de ser excelentes acompañantes a la hora del dolor o de la pena, a la hora que el amado piensa que la vida le debe la gloria prometida, a la hora que el amado cree que todo se reduce a una ventana sin cristal o que el único abono de la vida es la mierda del buey. Ella tiene el alma regada con mezcal o con tequila o con comiteco o con champaña, por eso, cuando el amado la toma entre sus brazos siente que una brasa comienza a abrazarlo. Ese fuego tiene la misma esencia de la veladora del templo o la calidez del sol a la hora que se oculta tras las montañas.
¡Ah, bendita mujer! ¡Bendita entre las benditas! No hay nadie como ella, porque su columna vertebral está tallada en madera de cedro, porque el espejo que tiene en la pared posterior, en la contrabarra, siempre abarca toda la pared, y esto es así para que el amado sepa reconocerse a cualquier hora y en cualquier dirección. Ella es como un encantamiento que descubre el origen y el destino.
Cuando el amado ha bebido suficiente de su fuente, ella, generosa, le abre sus piernas para que él pruebe el brebaje de Ambrosía, el que tiene el sabor pepenado en la casa materna, el que posee el secreto que la abuela le transmitió desde niña. Porque ella es fruto de la tradición, su nobleza no es gratuita, viene de siglos atrás, de cuando en las pulquerías estaba prohibida la entrada de mujeres, de uniformados y, sobre todo, de ambulantes.
Ella juega Rentoy, ese mítico juego de cartas, típico de las pulquerías del siglo pasado. Es maravilloso saber que el rentoy permite que uno de los compañeros pueden hacer señas sugerentes para que el otro sepa por dónde debe ir el juego. La mujer barra de cantina es experta en ese tipo de señales. El amado descubre en ese juego de señas la maravilla de la seducción, la plenitud del lenguaje erótico.
Muchos hombres desean a la mujer barra de cantina. Para no caer en equívocos, es preciso insistir en que hay dos tipos de esta mujer: una que sirve popotes en los jaiboles y otra que tiene el sabor del Martini seco y que el amado debe tener la suficiente clase y categoría para humedecerla.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que tienen mariposas en los pechos, y mujeres que son como una calle con baches.

sábado, 13 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE HAY UN LETRERO DE VENTA DE VINAGRE CASERO




Querida Mariana: ¿Ya viste el letrero que está en la baranda de esta tienda? Dice: Se vende vinagre casero. Entiendo, por la certeza del letrero, que adquirir vinagre casero es garantía de calidad. La cocinera puede decir a la hora que presuma de un guisado que empleó vinagre hecho en casa. Entiendo, hasta donde da mi conocimiento culinario, que este vinagre puede ser hecho de piña o de manzana. A veces he visto en casa que mi mamá corta la piña, me ofrece la fruta y las cáscaras las mete en un bote de cristal lleno de agua. Lo deja reposar como quince días, luego le agrega piloncillo y deja que repose otros cinco días. Este momento es prodigioso, porque el agua comienza a tomar un color piedra de ámbar, de atardecer comiteco. Mi mamá raya zanahoria, pone a cocer los trozos, luego le agrega cebolla sofrita y le echa vinagre y un poco de agua, una pizca de pimienta de la tierra, orégano, hojas de laurel, una pizca de sal y lo pone a hervir. Es una especie de los llamados “picles” que hace mi mamá y que yo como con una tostada horneada con frijol molido. Digo que esto es mi privilegio, comer en casa unos picles, como anuncia el anuncio de este tendejón sancristobalense: ¡caseros!
Antes de seguir con esta carta, querida mía, debo decir que adoro los espacios que son como los de esta fotografía. Sí, lo sé, son tiendas que están en proceso de extinción. Los Oxxo nos han quitado una parte fundamental de nuestra identidad. Nos han quitado, por ejemplo, la belleza sencilla de la baranda de madera que servía para evitar que los perros entraran y que era un ritual maravilloso. Recuerdo de niño apoyar mis manos en la baranda, mientras mi mamá decía: “Buenas tardes, doña Emita”. Adentro se escuchaba un lejano: “Entren”. Mi mamá entonces, en un movimiento exacto tomaba la baranda, la destrababa y la recargaba en una hoja de la puerta, también de madera. El colmo de la belleza de la tienda de doña Emita era el piso, también de madera y los estantes y el mostrador (igual que los de esta fotografía) del mismo material. No sé qué dirás vos, pero yo debo decir que la madera propiciaba una calidez como de alfombra de juncia. Ayer entré a un Oxxo porque debía hacer un depósito (sí, vos lo sabés, en los antiguos tendejones hacer depósitos no es posible. En mis tiempos, sólo en los bancos se hacían los depósitos; es decir, antes había instituciones especializadas, ahora hay tiendas donde comprás de todo, por todo, para todo) y establecí la diferencia notoria: puertas de cristal, mostrador de material plástico y piso con losetas brillantes. Sí, debo reconocer que estos espacios posmodernos están iluminados y provocan una imagen impoluta, pero fría, distante. Es una bobera lo que diré: Extraño la penumbra de las misceláneas antiguas; cierto olor a humedad, cierto olor a viejo. Ahora lo único que expele el aroma a viejo es mi cuerpo. Debo confesar extraño ir de la mano con mi mamá a la tienda de doña Emita. Doña Emita, igual que su canario y que su loro, ya murió. A veces llegábamos, mi mamá tocaba y desde adentro del patio se oía: “Entren”; a veces no era doña Emita quien respondía, ¡era el loro!, loro que también sabía cantar el himno nacional y decía malcriadezas. A veces escuchábamos: Pendejos, pendejos, y sabíamos que no era doña Emita quien decía las groserías.
Agradezco a mi mamá que prepara el vinagre en casa; sin duda, muchos clientes de esta tienda también agradecen que los propietarios vendan vinagre casero. Tal vez en San Cristóbal el vinagre lo hacen con manzana. Hay muchísimos árboles en la zona de San Cristóbal, árboles que producen manzanas riquísimas, grandes, con el mismo color que tienen las chapas de los habitantes de aquella entrañable ciudad.
Amo los lugares que son como esta tienda. Me encanta la profusión de elementos que producen un retablo lleno de color y de aromas. ¿Ya viste los pomos llenos de duraznos encurtidos? No sé bien, pero creo que esos pomos reciben el nombre de vitroleros. A mí me seduce esta palabra, el sonido que provoca cada vez que alguien lo pronuncia tiene un ritmo de vitrola. ¿Sabés a qué se le llamaba vitrola? A un aparato que reproducía el sonido. La vitrola era como una consola, como un reproductor de CD. Vitrolero me suena a eso, ¡a vitrola!, ¡a sonido! ¿Por qué? Porque en mi casa de infancia un día encontré un vitrolero en la bodega, era un pomo pequeño, como si fuese un juguete o un chunche para jugar en la casa de muñecas. Lo tomé prestado y lo llené con canicas hasta la mitad. Por las noches, antes de dormir, lo tomaba con ambas manos por los extremos y hacía que las canicas fueran de un lado a otro. Había ocasiones que provocaba oleajes de mar, en otras ocasiones provocaba carreras de autos o, si volteaba de más el pomo, provocaba aludes en altas montañas. Pensaba que ese vitrolero era mi vitrola generadora de sonidos. Mi mamá odiaba tal sonido (ella decía que era un ruido insoportable). Tal vez ella había olvidado sus años niños, porque todos mis amigos celebraban, cuando llegaban a casa, el sonido de las canicas. Decían que lo que hacía era genial. ¿Genial? Yo decía que no, que era una simpleza, pero luego comprendía que ninguno de mis amigos tenía vitroleros en su casa; nadie hacía esa música que yo diseñaba todas las noches. Una vez, Armando me dijo que probara a colocar las semillas del árbol de chío (estas semillas las usaban los boleritos para jugar canicas en el parque. Todavía -¡qué bueno!- hay un árbol de chío en el parque central). Lo hice, cambié todas las canicas de cristal por los chíos. El sonido cambió, fue más ronco, más como de carrera de pasos de viejo cansado. Supe entonces que mi vitrola personal podía generar miles de sonidos, dependiendo del movimiento que imprimían mis manos y del material. ¿Cómo sería el sonido con decenas de balines de metal, de esos que Enrique tenía en su casa y había conseguido en el taller mecánico de su papá? Una tarde fui al taller y le pedí a Enrique que me regalara balines. Esa noche fue prodigiosa, porque el vaivén de las bolitas de metal consiguió un sonido que, ahora lo pienso, habría entusiasmado a las bandas de rock pesado y a todos los metaleros de estos tiempos. El contacto del metal con el cristal fue como una explosión de aviones contra ventanales. Fui cambiando los materiales y los fui mezclando: Un día coloqué hojas secas y las moví, otro día metí dulces revueltos con monedas, luego probé con llaves revueltas con piedritas de río, más tarde metí cacahuates pelados y sin pelar, corcholatas, pedazos de tostada con ramitas de laurel. Cuando hice el último experimento el sonido provocado fue insólito, pero amortiguado. Lo que descubrí en esa ocasión fue que al abrir el pomo salía un aroma grato, como de montaña al amanecer. Entonces (mi mamá dio gracias a Dios) dejé de meter objetos extraños en el pomo, comencé a meter hojas que producían aromas, como hojas de albahaca, menta o hinojo. Luego incorporé flores (secas y frescas). Una tarde, Armando llegó y cuando abrí el pomo y el metió su nariz dijo: “Pucha, huele como el cuarto de mi abuela”. Disfrutaba esos aromas. Antes de acostarme, abría el pomo y aspiraba esos hilos perfumados. Yo sabía que estaba haciendo algo que tenía relación con el letrero que está en esta fotografía de una tienda de San Cristóbal de Las Casas, estaba haciendo “sueños caseros”.
¿Ya viste el letrero de “Cervecita dulce”? Esa cervecita es una riquísima tradición coleta. En esta tienda la siguen manteniendo. Rocío odia la cerveza, porque una vez que la probó dijo que estaba muy amarga, que no entendía cómo las personas la tomaban. Sí, la verdad es que la cerveza es amarga, debe ser por el lúpulo, no lo sé. La cervecita de San Cristóbal es dulce. Eso hace diferencia en el mundo. Además, esa bebida coleta no se llama cerveza, ¡no! Nadie llega a pedir una cerveza dulce, ¡no! Todo mundo pide una cervecita dulce. Ese diminutivo hace que todo sea más afectuoso, más de cordel de aire limpio. De igual manera, antes, las personas iban a la tiendita de la esquina. ¿Mirás? Había un diminutivo que describía el mundo tranquilo de antes de la invasión de los Oxxo. Esto último que dije parece título de película del Santo: Santo contra la invasión de los Oxxo. ¡No suena mal! No suena mal, pero es una mera ilusión, porque Santo ya no está para defendernos de esa pandemia que cada día ahoga a las tienditas afectuosas con estantes de madera, con mostradores de madera, con pisos de madera, con barandas de madera.
Posdata: ¿Ya viste que hay un pomito con incienso? A ver, a ver, quiero ver el Oxxo en el que vendan incienso, quiero ver el Oxxo en que vendan vinagre casero, quiero ver el Oxxo en que vendan cervecita dulce, el Oxxo en que vendan duraznos encurtidos. Quiero ver el Oxxo en que, desde adentro, el pinche loro diga: ¡Entren!, y luego, imitando la voz de doña Emita, agregue: Entren, pendejos, entren.
Soy, irremediablemente, un viejo que extraña cosas. Por eso, cuando me topé con esta tiendita en San Cristóbal, me quedé viendo durante muchos minutos todo lo que ahí había. Apoyé mis manos en la baranda y pensé que era yo un cursi con las manos sobre la baranda de un trasatlántico viendo el oleaje del mar en un atardecer, y cuando vi los vitroleros pensé en mi vitrola de infancia y escuché el sonido del mar que yo provocaba cuando las olas de canicas iban de un lado a otro. Tal vez la palabra vitrolero viene de vidrio, no lo sé. Tal vez nada tiene que ver con vitrola. Tal vez.