lunes, 21 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE EL FANTASMA DE GABO





Querida Mariana: caminaba por el parque de San Sebastián cuando recibí un mensaje: “estamos de luto, ha muerto don Gabriel García Márquez”. Le enseñé el mensaje a mi acompañante, ella tomó el celular y se santiguó frente a una cruz que estaba hincada en un arriate del parque. La cruz serviría para la representación de la ópera rock “Jesucristo súper estrella” que, el viernes santo, un grupo de jóvenes representó, bajo la conducción del párroco de San Sebastián. “Chin” dijo mi acompañante y volvió a santiguarse. Luego preguntó “¿resucitará a los tres días o dentro de cien años?”.
Caminábamos por el parque, eran las cuatro y feria de la tarde, del diecisiete de abril de dos mil catorce. Era un jueves santo, un santo jueves. Nos sentamos en una banca y suspendimos lo que íbamos a hacer. Nos pusimos a ver la fachada del templo de San Sebastián. Vimos las cuatro imágenes de yeso, tres de ellas ¡sin cabeza!
“Ahora medio mundo saldrá con las grandes declaraciones”, dijo mi acompañante. Sí, pensé, ahora, dos o tres, dirán que en algún momento conocieron a Gabo y que él les dijo tal cosa. No faltará el permanentelugarcomún de “es una pérdida irreparable para la literatura del mundo”. No faltará la niña que escriba en el Facebook: “oh, ahora entramos de lleno a cien años de soledad” o “ahora sí el Coronel ya no tiene quien le escriba” o el más tontito de “fue la muerte de una crónica anunciada”.
Mi acompañante (fanática de los cuentos y novelas de Gabo) estiró las piernas, se puso los brazos detrás de la nuca y recitó el inicio de “Cien años de soledad”: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”. Ella sabe de memoria cien líneas del inicio de la novela. Cada línea representa un año de soledad. Cuando se siente sola recita una línea y con ello conjura la ausencia y el vacío.
“¿En qué piensas?”, me preguntó. Yo dije que en la cantidad de periodistas que andaba tras de Mario Vargas Llosa para obtener su declaración. “Pensaste en vaguedades, caíste en el terreno banal”, dijo ella y se paró. “¿Nos vamos?”. No, le dije, por favor, sentate. Y le dije que dentro de años ella, por alguna extraña relación, se preguntará qué hacía el día que murió Gabo y sería un absurdo recordar que caminaba y caminaba por la subida de San Sebastián, sin hacer una pausa. Se sentó y dijo que tenía razón. Si todo mundo hablaba de Gabo, si David había dicho en el mensaje que “estábamos de luto” había que honrar la memoria de ese escritor que tantas historias encajó en nuestra memoria y en nuestro corazón. La vi a los ojos y le conté lo que ya he contado varias veces, que tuve que comenzar más de tres veces la lectura de “Cien años de soledad”. Comenzaba y me parecía una novela sensacional, fantástica, pero llegaba un momento en que pensaba que no era la maravilla que había prometido al final y ¡la dejaba! Fue en la cuarta o quinta ocasión que intenté leerla cuando, por fin, llegué al término. Sigo sin explicarme bien a bien tal situación. Tal vez se deba a una incapacidad lectora o sea un bache en el puente de luz que Gabo intentó construir.
Esa tarde recordamos algunos cuentos de Gabo, algunas novelas. A las cinco con cincuenta ella dijo que ya debía despedirse, que tomaría un taxi. Ya nunca hicimos lo que íbamos a hacer. Todo fue porque recibí un mensaje que decía que Gabo había muerto. Antes que ella subiera al taxi dijo que nunca me había dicho que coincidía conmigo: la última novela de Gabo, “Memorias de mis putas tristes”, era malita.
Muchos se conmocionaron ante la muerte de Gabo. Hicieron declaraciones fabulosas. La única declaración más o menos sensata fue la de Alpuleyo, que dijo que su muerte era una consecuencia natural. En los últimos tiempos el Alzheimer jugó con él. Gabo, como si fuese personaje de su novela, había comenzado a perder la memoria, a extraviar los nombres de los objetos y del uso de cada uno de ellos. Alpuleyo dijo que la tarde en que murió, Gabo había perdido el nombre del aire y había olvidado para qué servía respirar. Le dije adiós a mi acompañante y miré que sólo una de las cuatro imágenes de la fachada del templo tiene cabeza, las otras tres ya la perdieron, la extraviaron.

sábado, 19 de abril de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN PÁJARO INTENTA EL VUELO




Muchos creían extinta a esta ave. En el mundo hay pocos ejemplares, algunos se encuentran en las piedras, otros en pieles. La que acá se ve está en una piel de agua, de lago. Permanece en cautiverio porque existen muchos depredadores que quieren exterminarla. Por eso, su propietaria (de quien no se dice el nombre para no entorpecer el ritmo del universo) la mantiene cautiva con una ligera cinta de sostén, de color negro. El ave (todo mundo puede verla) tiene una mirada de ojo de pozo donde falta la luz. Los expertos indican que siempre ha tenido esa mirada de hoyo negro, de línea que bebe la luminosidad.
Algunos ilusos creen que esta ave puede escapar a la hora que la muchacha bonita se libera del sostén. Creen que a la hora que ella (poeta), en la intimidad de su recámara, corre la cortina, se quita la blusa con ambas manos frente al espejo y se desabrocha el sostén negro para liberar sus pechitos (piel de agua) el ave intenta el vuelo. No es así, esta ave permanece como si estuviese adentro de una jaula. Ocurre de esta manera porque ella se siente muy bien en ese lugar, ahí cerca del hombro (piel de lago). Cuando alguien (¡bendito sea!) acaricia a la muchacha bonita y pasa su mano sobre el hombro, el ave piensa que es como una línea de viento que la cuida y la protege de tanto depredador.
La simetría de su cuerpo obligó a la naturaleza a proveerle dos cabezas a esta ave. Por eso, la muchacha, también (¡perfecta!), tiene dos manos, dos ojos, dos orejas, dos pechitos (piel de agua). Si yo fuese ave, si tuviera dos alas, también me gustaría estar en ese hombro y desde ahí, desde esa colina, advertir el vuelo del águila y advertir la hora en que el sol se oculta tímido para intuir el instante en que el ave es liberada con el simple movimiento de ella al desabrochar el sostén y dejar libre el más prodigioso de los cielos.

jueves, 17 de abril de 2014

SIN PODER RELLENAR LOS VACÍOS





Entiendo a quienes odian los domingos. Los domingos tienen cara de ¡domingo! Cuando alguien te encuentra y, con los brazos abiertos, sonríe y te dice: “¡Vamos, hombre, dejá ya esa cara de domingo!”, te está diciendo que dejés el territorio del insomnio. ¡Ah, qué cara de lago contaminado tiene el domingo!
El otro día (¡domingo!) salí de casa (por el momento vivo en el barrio de San Sebastián). Salí a las seis de la tarde. Subí de San Sebastián al parque central. El parque de San Sebastián tiene árboles viejos. Muchos de los árboles están como podridos, como chimuelos. El parque es agradable, pero si uno lo ve con atención ve que tiene muchas grietas en el aire. En la fachada de su templo tiene imágenes de yeso sin cabeza. Esto es así todos los días, pero uno detecta tales hendiduras, sobre todo, los domingos. ¡Los domingos son imágenes sin cabeza! Algo tiene el ambiente de domingo que todo brilla como una nata que provoca nostalgia. Algo se enreda en el corazón, algo como una cinta con alambre de púas. Y es que los domingos muere todo lo que vive entre semana. Entre semana todo mundo trabaja. En el parque caminan muchachos que van o regresan de la escuela, que se paran tantito ante el hombre que, en su carrito de madera, ofrece raspados o salvadillos con temperante. Pero ¿los domingos?
Los domingos desaparecen los habituales de entre semana. Los comercios están cerrados. La gente llena el parque durante la mañana, cuando acude a misa. ¡Ah, qué bonito se ve el parque lleno de niños que corren y mamás que descansan en las bancas! Pero, a las dos de la tarde, como si alguien decretara Toque de Queda, el parque “queda” solo. Sólo algunos viejos dormitan en las bancas; sólo algunos teporochos levantan los brazos como si fuesen condenados o náufragos.
Subí por la Calle Central. Todo estaba cerrado. Incluso el color de las fachadas de domingo toma otro color, algo más deslavado, algo más baboso. Hubo un instante en que todo quedó en suspenso: ni un auto, ni un perro, ni un pájaro, ni un hombre, ni una mujer. Sólo yo y mis pasos y el silencio. El cielo, que en Comitán es rotundo y es como un espejo de cristal, no mostraba ni una sola nube. Tanta sábana de Dios me encogió el corazón, me apachurró. Tuve miedo. Pensé que en cualquier momento, de un remetido, saldría una mano con una navaja y una voz me obligaría a entregar mi cartera (que en ese momento llevaba un billete azul de veinte pesos y mis credenciales). Mi intuición no estaba tan alejada de la realidad, porque treinta pasos más adelante me topé con una camioneta estacionada, tenía un cristal roto. Alguien (el cabrón de la navaja, sin duda) había quebrado el cristal, metido la mano y hurtado el bolso o el portafolio. Como si fuese algo proverbial, en ese momento, en la esquina, apareció una patrulla con elementos de seguridad. Mi primer impulso fue llamarlos y decirles que un delincuente, un vándalo, había cometido un asalto sin que el dueño de la camioneta se percatara, pero ya la patrulla avanzaba y todo era como inútil. Seguí caminando, apresuré el paso. Imaginé la reacción del dueño de la camioneta a la hora que regresara a su auto. Imaginé que este tipo de atropellos no se da entre semana, porque entre semana hay movimiento a esa hora del día. ¿Quién imagina que a las seis de la tarde, a escasas tres cuadras del parque central, sufrirá un atraco? ¡Sólo en domingo! Y es que los domingos son tan carentes de aire, tan grises dentro de la luminosidad del día. Entiendo a quienes odian los domingos. Las tardes tienen el sabor de un filo de cuchillo (o de una navaja). Cuando llegué al parque central todo tomó otra cara, pero supe que era un mero antifaz. La marimba tocaba, la gente comía chicharrines o esquites, reía; un niño corría tras unas pompas de jabón y la gente movía sus pies al compás del sonido de la marimba; una pareja bailaba mientras los demás, sentados en sillas plegables o en las gradas del parque, miraban. Todo tenía como cara de domingo, pero ¡no!, era un mero espejismo, en realidad, esa tarde tenía cara de domingo. Y es que el domingo es engañoso, nos muestra una cara sencilla de domingo, pero el domingo no es sencillo, no es la pausa que nos han contado. El domingo tiene cara de domingo y con esto ya se dijo todo. Entiendo a los que se emborrachan en domingo, a los que ven la tele botados en sofás, en chanclas, en pijama. Los entiendo.

lunes, 14 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN PACO NO ES POCO





Querida Mariana: no sé cuántos jóvenes leen las cartas que te envío. Estas cartas son como mensajes que lanzo adentro de botellas. Las lanzo desde mi isla, las lanzo al mar, sin saber si alguien se arremangará el pantalón y entrará al mar para rescatarlas. Todos somos como Robinson Crusoe, todos deseamos, pero tememos, hallar a un Viernes en el territorio que creemos desértico. Cuando menos una certeza tengo: una joven lee estas cartas: ¡vos! Y me refiero a los jóvenes, porque estas cartas, además de decirte que te quiero, llevan el propósito de preservar la tradición. Es obligación de los viejos decir a los jóvenes que todo lo que existe, todo lo que es, viene de antes. Es bueno que los jóvenes sepan que el Ipad tuvo un padre y un abuelo y un bisabuelo. Sería una enorme pérdida cultural que alguien pensara que todo apareció de la Nada.
Tal vez vos nada sabés de la vida de don Paco Chanona. A veces ignoramos la vida de muchos talentosos chiapanecos. Y nada sabés porque él ya cumplió (así me lo dijo) sus “primeros 86 añitos”. El otro día abrí la bandeja de mi correo electrónico y hallé un mensaje de don Paco, me dijo que él, igual que yo, nació un cuatro de abril, él, de 1928. Muchos jóvenes artistas chiapanecos no lo saben, pero don Paco es un gran compositor. ¿Te dicen algo los nombres de Armando Manzanero y de Luis Aguilar, el papá de Pepe Aguilar? Manzanero, igual que don Paco, es un gran autor de canciones. Bueno, pues, canciones de don Paco fueron interpretadas por Manzanero, por Luis Aguilar, por Carlos Lico, por Manoella Torres y muchos famosos más. A Manoella, el propio Manzanero la llamó “la mujer que nació para cantar”. Nosotros nunca lo hemos dicho, pero don Paco “nació para componer”. De las líneas de don Paco provienen los pentagramas de estos tiempos.
Los escritores reconocen que sus textos vienen de la tradición. Gabriel García Márquez (quien, físicamente, anda malito y esto es una pena) reconoce venir de Kawabata y de Faulkner, ambos Premios Nobel de Literatura (igual que él). No hay un solo escritor (por más soberbio que sea) que no reconozca haber sustentado su trabajo en los que lo antecedieron.
Digo esto porque nada es por generación espontánea. Es bueno que los jóvenes lo sepan; que sepan que alguien sembró los árboles que en el parque les dan sombra; que sepan que antes de Cunjamá estuvo Picasso en la pintura y antes de Picasso, ¡Monet!, y mucho antes que éste ¡los pintores anónimos de las Cuevas de Altamira! Antes que Maroon 5 estuvieron los Beatles. Es bueno que los jóvenes sepan que cuando prenden la luz hay toda una historia que antecede ese simple “suicheo”. Si los viejos no les decimos a ustedes que hubo un tiempo de penumbra que fue roto por el fuego de la caverna, corremos el riesgo de que un día la oscuridad infinita ¡regrese!
A los jóvenes hay que ofrecerles un tour por los edificios viejos, pero hermosos, que dan sustento a los edificios jóvenes. Me cuentan que en Florencia a los edificios añejos los cuidan con el mismo esmero con que limpian los contemporáneos. Los italianos están orgullosos de esos edificios que les otorgan identidad. Nosotros deberíamos ser apapachadores con nuestra tradición y con los artistas que han hecho este Chiapas más grande. Deberíamos limpiar los edificios viejos, pero hermosos, que dan sustento a los edificios jóvenes.
Cuando amontonamos bloques de modernidad ocultamos los edificios viejos, segamos la tradición. No sabemos lo que hacemos: cancelamos nuestro propio pasado y esto es como decir que cancelamos nuestra propia vida. Porque nosotros, los seres humanos, mi niña bonita, no somos más que la secuencia de los años. ¿Mirás cuanta ternura y cuánta humildad en las palabras de don Paco cuando dice que el pasado cuatro cumplió sus primeros 86 añitos? Estoy seguro que él los celebró escuchando música, dando vida a su vida. Una vida plena que tanto ha entregado a la tradición musical del mundo.
Hubo un tiempo en que don Paco reunió una serie de poemas de Jaime Sabines y los musicalizó; hubo un tiempo en que don Paco escribió una columna periodística durante más de diez años. ¿Mirás qué activo es don Paco? Yo le conté que leía su columna en el periódico “La voz del sureste”. En ese tiempo, don Roberto Coello Trejo, director de ese periódico, me recibía en su oficina y platicábamos tantito, mientras yo entregaba los cartones de “Don Piedra” que ahí se publicaban. Así pues, con don Paco coincidimos una vez en páginas de periódico, además de coincidir en que nuestros cumpleaños se celebran el día cuatro.
Ojalá que don Paco vea la botella cabeceando de un lado para otro, se arremangue el pantalón y se meta al mar a rescatar este mensaje. Ahí hallará este abrazo que le envío, este abrazo que reconoce su labor de tantos años y que le agradece en nombre de Chiapas ¡por continuar la tradición!
No lo olvidés, querida Mariana, mi cariño, también, viene de mucho atrás, no se dio de la noche a la mañana.

domingo, 13 de abril de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE EL CORAZÓN DEL CEMENTO




Jesús, cuando recién habían construido el Parque de la marimba, dijo que tenía mucho cemento. Nuestras ciudades contemporáneas están plagadas de cemento. Hubo un tiempo en que la Tierra estaba hecha de tierra, ahora la Tierra está encementada. Grandes bloques de cemento son el símbolo de la modernidad.
Por ello, a Jesús le daría gusto ver esta fotografía. Jesús es un escritor chiapaneco, uno de los grandes escritores chiapanecos. Siempre está atento a los movimientos sociales que suceden en nuestro estado; siempre atento a lo que deteriora nuestro ambiente. A Jesús le agradaría ver esta fotografía, porque ella es una fotografía de resistencia, un poco como si alguien hablara del espíritu del Che.
Acá se ve, en una banqueta cualquiera, cómo la Tierra resiste. El hombre modifica el ambiente sin pensar en el daño que hace al planeta. Pero éste encuentra la manera de alzar banderas sobre las almenas de todos los castillos del mundo. Acá se ve ¡el corazón de la Tierra! Un corazón sencillo, minúsculo, pero que late verde, por encima del gris del cemento. Este corazón crece sobre una banqueta simple. Los hombres, no conformes con llenar de cemento todas las calles y banquetas, no dudan en pisar este corazón, pero éste, terco, necio, recupera su forma y vuelve a mostrar su orgullo de ser la vida. Nació de una fractura, nació de una hendidura, nació del sueño de la esperanza.
La gente camina por esa banqueta y no percibe este corazón. ¡Ah, si los caminantes se detuvieran tantito! Si así lo hicieran podrían escuchar cómo este sencillo corazón late, como si fuese un tambor de paz, como si fuese un huracán nervioso. Pero la gente tiene prisa, tiene prisa por llegar quién sabe a dónde.

sábado, 12 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA POESÍA ES COMO EL ALPISTE



Con un respetuoso abrazo a la familia Castellanos Pérez y Castellanos Macal,
por la ausencia física de Luis Eduardo, estimado comiteco.



Querida Mariana: ¿llena el alpiste? Paty tiene en casa una cotorrita australiana. Paty me enseñó a querer y respetar a los animalitos. Hoy los respeto tanto que soy vegetariano. Recuerdo que, de niño, lloré mucho cuando mataron a un conejito y lo sirvieron a la hora de la comida.
Paty prepara la jaula de la cotorrita, todas las mañanas. Coloca un periódico en la bandeja y, al pajarito, le pone agua y alpiste en dos compartimentos que la jaula trae integrados. Casi casi el agua lo sirve con gotero y el alpiste con una medida que más bien parece para alimentar hormigas. ¿Se llena la cotorrita con tan poca agua, con tan poco alpiste?
Los editores de libros publican ahora poca poesía. Los recitales de poesía tienen poca afluencia de escuchas. Cuentan que en la Rusia Comunista, los poetas llenaban estadios. Como si fuesen famosos jugadores de fútbol, los poetas eran aclamados. Acá en México la gente recuerda cómo nuestro paisano Jaime Sabines llenó el Palacio de Bellas Artes. Fue necesario instalar pantallas gigantes en el vestíbulo del Palacio para que la gente pudiera escuchar el recital. Los jóvenes (cuentan quienes vivieron tal prodigio) le pedían poemas a Sabines como si fuese un artista y complaciera con las canciones más escuchadas. Hay mucha gente que sabe de memoria poemas de Sabines. Pero, no todo mundo es Sabines.
Una mañana, el poeta Fernando Trejo decidió organizar un Festival de Poesía. Le llamó “Carruaje de pájaros” y convocó a poetas de toda la república mexicana. Este 2014 se efectuó la séptima edición del Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes de México. Fer tuvo el tino de incluir a Comitán en esta gira. Así, el 4 de abril, poetas de Baja California, Chihuahua, Ciudad de México, Guerrero, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, San Luis Potosí, Tabasco, Zacatecas y Chiapas compartieron su poesía en la tierra de Rosario Castellanos.
¿Con qué se alimentan los poetas? ¿Qué comen, qué beben? Bueno, los poetas, como cualquier mortal, comen y beben lo mismo que comen los demás seres humanos. Algunos son carnívoros y otros son vegetarianos.
¿Por qué Fer llamó “Carruaje de Pájaros” al Festival? Tal vez porque los poetas son como pájaros. Los poetas, al contrario del “Guazú” (que así se llama la cotorrita que está en casa), no permiten el encierro. Los poetas aman la libertad y son tan audaces que, algunos y algunas, trasponen las fronteras y vuelan más de la cuenta, vuelan por territorios que, en ocasiones, son parcelas llenas de piedras.
¿Sólo con pan y agua se alimenta el poeta? ¡No! El poeta tiene hambre de luz. Pero (todo mundo lo sabe) conseguir la luz no es sencillo. Para llegar a vislumbrar una línea iluminada es preciso que el poeta se arremangue el pantalón y la camisa y se interne por territorios que le son vedados al común de los mortales. Por esto, por esto, el poeta, a veces, camina por en medio de aguas negras y, en ocasiones, llega a comer mierda. Al poeta ¡no le basta el alpiste! Y yo lo entiendo, porque el alpiste es tan frágil, tan delicado. Por esto, siempre me pregunto si a las cotorritas del mundo les alcanza el alpiste. Tal vez no, tal vez por esto “el guazú” sigue prisionero en esa jaula, que está colgada en una pared de la sala de la casa. Si Paty le diera de comer algo más a este pajarito, tal vez éste lograra abrir la puerta de la jaula y recuperara su libertad. ¿De qué le sirve a la cotorrita tener alas si no puede usarlas en un espacio tan breve?
Me dio gusto ver, minutos antes de las doce, a un grupo nutrido de estudiantes de preparatoria ingresar al Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. Su maestra, mi amiga Mallgualida Albores, los invitó. ¡Ah, el jardín del museo se llenó de luz con la presencia de los muchachos! Ellos estuvieron muy atentos a las lecturas y, al final, se acercaron a los poetas para platicar, para comprar libros y pedir autógrafos. Pensé, entonces, ¿con qué se alimentan los jóvenes para crecer? ¿Cómo le hacen para fortalecer sus alas y no permitir los encierros del espíritu? Estos muchachos, sin duda, se llevaron algo de luz en su corazón. Reconocieron que la palabra también puede servir para alimentar el alma. Hay palabras “sabritas” y palabras luz. Los muchachos de hoy (bueno, los muchachos de todos los tiempos) consumen y han consumido palabras chatarra que sólo los engordan y les provocan colesterol. Esa mañana, los jóvenes confirmaron que la palabra puede ser como una piedra que levita y juega en medio de las nubes.
Las ediciones anteriores del “Carruaje de pájaros” se han efectuado en Tuxtla Gutiérrez y en San Cristóbal. Fer, generoso, como siempre, pensó: ¿y si Comitán se convierte en sede? El Honorable Ayuntamiento de Comitán ofreció comida y cena para todos los participantes y Coneculta Chiapas brindó el hospedaje. De esta manera, Fer trajo el mar a esta tierra que, a veces, da la impresión de ser un páramo. La poesía llegó a Comitán.
El guazú es un animalito simpático. Cuando Paty se acerca a la jaula y le dice: “cotorrita, cotorrita”, el pajarito levanta su cabecita y las alitas las coloca en escuadra y camina hacia atrás, como si bailara, como si efectuara un ritual. Paty se emociona y le dice: “olé, olé” y el pajarito mueve sus patitas y va de un lado a otro, mientras repite, con una vocecita muy tenue: “cotorrita, cotorrita”. Paty se emociona más y me dice “y luego dicen que los animalitos no tienen inteligencia”. Paty le otorga la capacidad de inteligencia al animalito, porque, en efecto, el animalito pareciera poseer tal facultad. ¡Esta cotorrita es simpática! Pero no posee inteligencia, porque ahí sigue en el encierro. Pobre animalito apenas come granitos de alpiste. ¿Qué fuerza puede proveerle tal cantidad de “prodigiosos miligramos”?.
No todos los poetas vuelan. Hay algunos que apenas se levantan del suelo, que son como pájaros bobos. Pero hay otros, ¡Dios mío!, que, en su aparente fragilidad, camuflan el aire que son, la nube que los cobija. La palabra es como el alpiste, apenas alcanza para llenar. ¿No acaso todo mundo se queda callado ante un funeral? ¿Qué palabra untar en el corazón de los dolientes? ¿Cómo decirles que los queremos? ¿Qué decir ante el amigo que acaba de perder a un ser querido? ¿Qué palabras decir cuando uno está enamorado y el amor supera el tamaño del universo? La palabra no alcanza, es escasa, pero tiene la capacidad de vuelo. Cuando la palabra vuela en la voz de un verdadero poeta ¡es una saeta de luz! Y (se sabe) las saetas de luz abren hendijas a mitad del pecho de la más profunda oscuridad. Por esto, el 4 de abril, en Comitán, en el Jardín del Museo de Arte, la palabra fue como un colibrí juguetón.
Los comitecos somos exagerados. Cuando vemos a un amigo que hace años no veíamos decimos: “Uh, tenía como mil años que no te veía”. ¿Mil años? Pues mil años tenía de no ver a Francisco Magaña, poeta tabasqueño, amigo de mi amigo Jorge Filigrana Rosique. A Chico Magaña lo conocí en un encuentro de poetas que organizaba el Instituto Chiapaneco de Cultura, hace como mil años. Esa mañana, Jorge y yo fuimos a escuchar la poesía de Francisco. Chico no es chico, su estatura es enorme, su estatura física y su estatura poética. Chico es Premio Nacional de Poesía. Lo mismo Jorge Humberto Chávez. Jorge Humberto obtuvo en 2013 el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes. Este premio es el más prestigioso del país. Pues Jorge Humberto anduvo por estas calles de Dios. A Jorge Humberto lo conocí a finales del año pasado, en Zacatecas, en el Festival Internacional de Poesía que organiza la Universidad de aquel estado. En esa ocasión se rindió homenaje a nuestro poeta Óscar Oliva y se le concedió el Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde. Ya, querida niña viento, en una carta anterior te conté cómo me fue en ese viaje. Te conté de la belleza de la ciudad. Ana Corvera, poeta de Zacatecas (y quien ahora radica en Guadalajara) también estuvo en Comitán y leyó su poesía y alegró el espíritu y el ojo de todos los que la conocieron. Su piel tiene la suavidad del ópalo y la gentileza del aire al amanecer. ¡Ah, qué niña tan bonita y tan agradable!
El 4 de abril, la palabra jugó en estos cielos comitecos, se trepó a los árboles de tenocté y resbaló, cachonda y guapachosa, en las lajas de las banquetas de Comitán. Y como de jugar se trataba, Fer Trejo aceptó el clásico juego de la Arenilla en diez preguntas. ¿Qué respondió Fer a estas provocaciones juguetonas? Acá te paso copia.

FERNANDO TREJO
1. ¿Qué trae Trejo en la troje?
Trejo no trajo traje, pero Trejo traga trago.
2. ¿Hay generales en la poesía o todos son cabos?
Hay generales, muchísimos. Y un séquito de cabos siguiendo a los generales.
3. ¿Cuál es el objeto más amado que ahogas en tu corazón?
A mi primo Carlos Trejo.
4. Si caminas por un camino empedrado, ¿qué clase de diálogo sostienen tus pies?
Un diálogo cansado y pedregoso.
5. La palabra que está de moda, ¿qué tipo de vestido lleva?
Hipster, un vestido completamente hipster.
6. ¿Quién sube a un carruaje de pájaros?
Todo el pueblo en general, no solamente los hacedores de poesía sino todos aquellos que se alimentan de ello y leen poesía y aman el arte de las letras y de la literatura y, sobre todo, el arte poético.
7. ¿Para qué sirve un pájaro sin alas?
Para demostrar que uno puede volar a pesar de las limitaciones.
8. Si fueras teléfono ¿qué tono tendrías?
Uno pausado. Soy paciente, apacible.
9. ¿Repruebas la prueba?
No, no la repruebo para nada.
10. ¿Qué tipo de cartas envía un tahúr?
Místicas. A lo mejor amorosas. De todo tipo, porque un tahúr es el que mejor las maneja.
Posdata: ¿qué tipo de ave es un poeta? Como en botica ¡hay de todo! ¿Águilas? Contaditas, ¡pero hay! La mayoría son zanates, argüenderos, maravillosos, buscadores de frondas. Algunos son cenzontles y los escuchas (o lectores) disfrutamos de sus cantos a media tarde. Hay chinchibules y calandrias. Hay también pajaritos simpáticos, como el guazú. A la hora que cantan se echan para atrás, levantan la colita y la mueven como si fuesen abanicos.
Hay poetas que beben agua limpia, que beben vasos de luz. Hay otros que beben trago, se emborrachan, hacen desfiguros. Hay poetas que dan testimonios brutales de vida. El poeta Yáñez echó traguito el día que estuvo en Comitán, cuando le tocó leer, ya en la noche, estaba más para allá que para acá. Pasó a la mesa de lectura (parecía un zanate que hubiese vencido una tromba) y cuando le tocó hablar, dijo: “la verdad, ¡no quiero estar aquí!”, y se jalaba los cabellos mojados, porque esa tarde había llovido mucho y él se mojó. Estaba empapado. Su cuerpo y su espíritu estaban empapados. Y es que, querida Mariana, los pajaritos no tienen cómo resguardarse cuando la lluvia los alcanza en pleno vuelo.
Ana Corvera es un pájaro, es el pájaro que nace cuando la flama aparece.

viernes, 11 de abril de 2014

SUEÑO DE TORERO





Imaginá que te llamás ere. Imaginá que sos la letra ere. Ah, qué bonito debe ser ser una letra que suena como tren, que hace mucho ruido, ¡que retumba!
¿Mirás en cuántas palabras estarás enredado? No sé cuál es la letra que más aparece en las palabras. No lo sé. Pero cuando escucho a una persona con frenillo, de esas personas que son como Julio Cortázar, que arrastra la ere, sé que la ere es una letra que está en muchas palabras. Ahora mismo caigo en la cuenta que, en esta Arenilla, he usado muchas palabras con ere. ¡Acá está la palabra palabra! ¡Ahí está la ere enredada! También está enredada en la palabra arenilla.
Los latinos no hallamos dificultad en pronunciar la ere, pero, ¡oh, Dios mío!, los norteamericanos, por ejemplo, parece que nacieron con un frenillo intelectual. ¿Por qué no pueden pronunciar la ere? No sé. Pero cuando un gringo quiere decir pero ¡dice perro! “Perro no ves que no puedo decirr perro”. Su mamá, orgullosa, dice que lo está diciendo, pero lo que su bendita madre no sabe es que el hijo no quiere decir perro sino pero.
Pero vos, siendo ere, podrás estar en el pero y en la pera. Conocí un gringo (pobres gringos) que en su lógica elemental creía que el pero debía usarse cuando usaba él y pera cuando usaba ella. Por ejemplo, decía: “perro él es muy bueno”; y decía: “perra ella es muy buena”. El marido de ella (macho mexicano) estaba a punto de matarlo, lo tomaba de la solapa y lo zangoloteaba en la palapa cuando escuchaba decir que ella -su mujer- era una perra. Uf, yo intervenía y explicaba lo de la erre, decía que quería decir pera, y explicaba la confusión del pero con la pera.
Los latinos (¡bendito Dios!) tenemos a la ere y a la erre. Los gringos (perdón por la insistencia) sólo tienen a la erre. Cortázar sólo tenía a la erre, también. Arrastraba a la ere y la convertía en un trapiche herrumbroso. ¿Cómo pronunciaba su apellido?
Si te llamás ere podrás estar en estar y en podrás, así que estarás y podrás y esto es una bendición para el hombre. Estar y poder son dos actos maravillosos de la vida. No hay peor cosa que no estar y no poder. Al famoso “Ser y estar” yo le agregaría “poder”, poder de poder no de Poder. El Poder (con mayúscula) es para gente que no cree en su poder. Lo importante, como decía el poeta Efraín Huerta, “no es el Cuarto Poder, sino poder en el cuarto”.
Sí, si sos la letra ere, estarás también en el cuarto y será importante que podás ser y que al ser ¡podás! Estarás en la palabra entrar, en la palabra seducir, en la palabra desnudar, en la acariciar, en la besar, en la dedear, en la mamar y en la palabra coger. ¿Mirás cómo la letra ere es esencial para amar?
Estarás también en la palabra aire, en la palabra mar, en la palabra primavera y en verano también. Serás la letra consentida de la vega que sueña con ser verga; serás la letra más amada de la palabra abracadabra y podrás hacer diez mil conjuros.
Y estarás en la palabra Dios, porque Dios es el Origen, el origen de todas las cosas, de todos los ríos, de todos los mares y de todos los Dioses de la Creación. Pero lo más importante ¡estarás en el corazón de todos los hombres!

lunes, 7 de abril de 2014

PALABRA VIEJA JOVEN





Fer Trejo, organizador de “Carruaje de pájaros”, me invitó a participar. “Carruaje de pájaros” es un Festival Nacional de Poetas Jóvenes que ya está en su séptima edición. Fer tuvo el buen tino de incluir a Comitán. Así, el 4 de abril, Comitán recibió a jóvenes poetas de todo México que compartieron su talento. Paso copia del textillo que leí:

Esto es un carruaje de pájaros y participan jóvenes poetas. Yo no soy joven y no estoy seguro de ser poeta, pero los organizadores del encuentro, generosamente, me invitaron y acepté, porque, como dijera Sabines, la juventud se logra por contagio. ¡Qué tal que en lugar de ser un viejo chinchibul me es otorgada la gracia del vuelo del colibrí! Lo dudo, pero en fin.
El diccionario es muy preciso. Define a la palabra conjuro de esta manera: “ruego o invocación de carácter mágico que se recita con el fin de lograr alguna cosa”. A mí siempre me sorprende esta capacidad de la palabra que pareciera poseer el don de la magia. No nos damos cuenta, pero estamos más cerca del conjuro que del milagro. El milagro pertenece a entidades supremas; en cambio, el conjuro está a la vuelta de la esquina, o más bien dicho: a la vuelta de la palabra de cualquier mortal. No cometo una irreverencia si digo que los poetas son quienes están más cerca de ser hechiceros y de realizar el prodigio invocado.
El diccionario no consigna la palabra contraconjuro, pero mucha gente la pronuncia. Entiendo que se aplica cuando alguien quiere revertir el efecto del conjuro. Hay gente, la conozco, que hace contraconjuros para cercenar la voz del poeta. Se sabe, hay gente murciélago que no soporta la luz.
Por esto, porque a veces hay necesidad de revertir el orden de las cosas escribí dos anti contraconjuros.

ANTI CONTRACONJURO PARA EVITAR QUE UNA MUCHACHA SE HAGA POLVO EN EL DESIERTO

Sobre la arena tierna, tus muslos eran como frutos. Ante el conjuro, tu mar se abrió en dos y ¡sucedió el milagro!

ANTI CONTRACONJURO PARA EVITAR QUE QUIEN NADA ¡VUELE!

Coriades era un pez; Alfira era un ave. Alfira deseaba ser pez; Coriades ¡ave! El pez intentó el vuelo, se desgajó a mitad del cielo. Alfira se zambulló y voló, en el agua, a contrapelo.
¡Más vuela quien vuela, que quien nada vuela, que quien sólo nada y no vuela!

sábado, 5 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UNA TARDE EL ESPISTOLARIO SE CONVERTIRÁ EN LIBRO





Querida Mariana: muchos me preguntan por vos. ¿Quién es Mariana?, me dicen. Carlitos Rojas ya nos invitó a su cafetería, que está en un altillo del restaurante donde su mujer prepara comida para llevar. Carlitos me dijo: “traé a Mariana, nos tomamos un café”. Una lectora de Tuxtla (lectora asidua de El Heraldo de Chiapas), una tarde que estuve en un homenaje que le prepararon al poeta Raúl Garduño (tarde en que también estuvo Jorge Melgar, amigo íntimo de Raúl), me dijo que quería conocerte. Le ofrecí que cuando viniera a Comitán procuraría invitarte. Algunos me piden darte saludos; otros, más atrevidos, me piden darte un beso. ¡Por el amor de Dios! ¡La gente es confianzuda! Algunos lectores que preguntan por vos lo hacen enfundados en la blusa que se llama buena intención; otros lo hacen con intereses ¡andá a saber de qué clase! Los primeros son aquellos que ven nuestra relación con ojos llenos de luz; los otros muestran un cierto desagrado. Saben que vos tenés veintidós años y yo tengo cincuenta y siete. ¿Por qué se da esta relación que pareciera, en medio de su sencillez, tener un tinte prohibido? Yo soy casado y vos tenés novio.
Lo cierto es que unos y otros lectores ¡desean conocerte! Parece que no les basta que vos estés presente en estas cartas como jamás lo estarías en fotografía, como jamás lo estás en vivo y a todo color. Porque, debemos reconocerlo, acá sos la que yo miro, la que yo intuyo, la que quiero. Vos, acá, sos otra de la que sos cuando no estás conmigo. En la calle, a la hora que caminás con tus amigos y reís y hacés bromas (no te enojés), sos una pared sin gracia, sos una pared grafiteada, sos una de esas nubes que pasan por el cielo comiteco y se difuminan, se extravían. Quisiera que estuvieses todo el tiempo conmigo para que fueras mi patio más querido, pero sé que la vida te nombró otro destino. Cuando estás conmigo sos diferente a cuando estás en tu casa, o cuando estás con tu novio. Aquella muchacha no es mi muchacha. Ella no me es dada. Ella no me pertenece. Por esto, cuando vos y yo estamos juntos, trato de aprovechar todo de vos; como si fueses un trozo de caña te chupo, te exprimo; me convierto en la mula que da vueltas y vueltas alrededor del trapiche. Ramón me confesó el otro día, después de haberte conocido, que te imaginaba diferente. Nada le dije. ¿Qué le iba a decir si estaba diciendo algo previsible? La gente sabe que acá sos mi muchacha bonita, la más querida, pero afuera ¿qué sos? Nada. Por esto, algunos lectores que siguen estas cartas con emoción ¡ya te aman! Y este es el riesgo. Me dan celos que pregunten por vos, que quieran conocerte. Me da temor que me cambiés por otro. Porque no hay cosa peor que ser traicionado por alguien cercano. Los lectores son gente muy cercana. Te conocí con novio y sé que a él lo amás. Pero sé que lo amás de manera diferente a como me querés a mí y yo lo entiendo. Pero si quisieras a otro, sé que lo querrías como me querés a mí y esto sí me da el retortijón de la vaina. Dos o tres lectores ya te aman. Te siguen. Esperan tus cartas con emoción. Y esto también lo entiendo. Acá, vos y yo (vos sin quererlo, pero sí aceptándolo) mostramos una relación que va más allá del simple saludo, más allá del simple compartir un desayuno en un restaurante. Acá, vos y yo (lo sabe medio mundo que lee estas cartas) abrimos una ventana donde hurga la gente. Menos mal que nuestra ventana está al nivel de las caras de los que los que pasan por la calle. Me daría mucha pena (no por mí sino por ellas) que las personas se pararan de puntillas y metieran la cabeza para husmear, para descubrir el aroma que tiene el cuarto donde vos y yo leemos, platicamos, reímos y, de vez en vez, tocamos la luz.
A algunos lectores les gusta leer estas cartas que te escribo. Lo hacen porque se identifican con la relación que llevamos. Algo de sal les cae en sus propias heridas y se refugian en esta relación. Otros (los hay, los hay) les gusta el estilo literario de las cartas, les gusta este rescate a botepronto de un género literario que está a punto de extinción: el género epistolar. A algunos más les gusta el uso del voseo que empleo cuando te escribo, dicen que se identifican y, si están lejos de Comitán, se sienten de nuevo en el patio de la casa.
¿Recordás la carta que te escribí el sábado 22 de marzo, donde hablo de la nostalgia? Lety García Barrera la leyó y, desde Mérida, escribió: “ya me hiciste llorar. Gracias”. El gran artista Luis Aguilar, cuyas esculturas adornan el parque central de nuestro pueblo, me envió la foto de una pintura que hizo, motivado por la lectura de esa carta. Sé, entonces que hay gente que aprecia estas cartas. El Maestro Marco Tulio Guillén Barrios me ha dicho en dos ocasiones que cuándo hago una selección de estas cartas y las convierto en libro. ¿Será? ¡Pues sí, parece que ahora sí será! El viernes me llamó Víctor Manuel, un hombre que me quiere mucho porque mi papá, una tarde, le mostró un rayo de luz. Él también lee estas cartas y las comenta. Cuando Víctor halla un error en la redacción me llama y me lo señala y ríe. Dice que le cuesta trabajo hallar erratas, pero las consigue. El viernes me llamó porque, dijo, estaba emocionado con la lectura de esa carta y, al estilo de Marco Tulio, me preguntó por qué no sacaba un libro con tus cartas. ¿Valdrá la pena hacer una recopilación de estos gajos que han formado el árbol de nuestra relación? ¿Servirá de algo reunirlas como si fuesen un haz de claveles y dedicar ese bonche al hombre que, igual que a Víctor, me entregó la luz que me guía todos los días? Porque Víctor tiene razón, si él reconoce en mi papá a un hombre bueno, yo también reconozco que mi papá fue un hombre sencillo que no tuvo más pretensión en la vida que servir desde su modesta trinchera. Por esto, ahora pregunto si el tambache de cartas que te he escrito ¿servirá de algo a alguien?
Mientras son peras o manzanas o son tzizimes o curgüatones me he dado a la tarea de pepenar todas tus cartas. Vos y yo llevamos más de cinco años de ser afectos. Estas cartas ya están a punto de cumplir cinco años. Las cartas que escribí en 2009 siguen casi inalteradas por el tiempo. Yo he envejecido, vos has crecido, pero tus cartas se han mantenido intactas, lozanas.
¿Cuándo murió José Emilio Pacheco? Fue este año, pero no recuerdo el mes. No sé, tal vez enero o febrero. Yo, el 21 de septiembre de 2009, te escribí una carta que en su inicio alude al poema que tanto me gusta: “Alta traición”.
Por eso, porque ahora la mano de Dios decidirá si vale la pena hacer de ese bonche un librincillo, copiaré la carta que te envié ese 21 de septiembre. Esa carta fue un homenaje al poeta, pero también fue un homenaje a la patria y, lo sabés, parte importante de mi patria ¡sos vos! Vos, que no tenés bandera, ni tenés leyes caducas; vos que sos como una nube que siempre está, como manteado, sobre mi cabeza.
¿Vale la pena volver libro este epistolario? ¿Le servirá de algo a Comitán, a Chiapas, a la patria?

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA CUENTA DE UN “FULGOR ABSTRACTO INASIBLE”

Querida Mariana, ¿has leído el poema de Pacheco que habla de la Patria? “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos. / Cierta gente / puertos / …” y ta ta ta ta tá.
Te invito a jugar el juego de “Alta Traición” (así se llama el poema). Me toca.
Mi patria es breve como un trozo de pan. Es la casa donde vivo, es mi familia; y es el gato, la perrita y las tortugas que a diario me acompañan. Mi patria es un territorio modesto donde a diario el Sol se oculta y sale. Mi patria es la lluvia, las plantas del jardín improvisado y el cielo lleno de estrellas; es la presencia constante de mis ausencias y es la sonrisa de la niña que vende la tortilla hecha a mano.
¿Mirás la diferencia? La tortilla no está hecha en una máquina con banda transportadora, la hace una mujer que se esmera en que salga redonda. Así es mi patria, querida Mariana, está hecha a mano, sus hombres la ponen a cocer al comal, amorosamente. Mi patria es el techo donde me resguardo; es el patio donde juegan los niños, el cuarto donde mi amada cuelga su hamaca. Mi patria es la esquina donde está la farola; donde hay montones de basura; donde -a medianoche- la puta ofrece su cuerpo. Mi patria es la cantina donde un hombre levanta el vaso y brinda; donde otro hombre lamenta su destino; donde la rocola canta una canción triste.
Mi patria es un árbol de tenocté; es la subida de San Sebastián; es la marimba en el atrio de San José; es la fuente frente a Santo Domingo; es el santo que no es tan santo porque es el enmascarado de plata. Mi patria es el Cine Comitán que ya no existe; es la casona donde estuvo la primaria Matías de Córdova; es Mingo y Manuel trepados en un carretón; es la tienda de doña Pijuy (una vez mis compas me hicieron una travesura pesada. Me dijeron que entrara a una tienda donde una señora vendía dulces típicos y me dijeron que comprara dos “trompadas”, cuatro “africanos”, tres “turuletes” y dos “pijuyes”. Entré y pedí los dulces en ese orden. La señora fue colocando en una bolsa de papel estraza los dulces pedidos, pero cuando pedí los dos “pijuyes” sacó un machete de abajo del mostrador y me amenazó “Pijuy, tu chingada madre, muchachito pendejo”. Yo no sabía que ese era su apodo. Afuera de la tienda mis compas se retorcían de la risa). Esto, Mariana, esto que acabo de contarte, también es mi Patria, porque mi patria es la resbaladilla, el trompo, las canicas, la cola de una ardilla, los cenzontles, los libros y el aroma del viento.
Mi patria es el patio donde una mujer borda; donde un hombre apila la leña; donde una mujer se arremanga la falda y lava sus pies y piernas. Mi patria es el pilar donde me escondo para ver a la muchacha bonita que me gusta. Mi patria es el ave que pasa fugaz por mi cielo; la nube de algodón que se deshace en agua. Mi patria es la madrugada que es polvo de oro en medio de mis ojos; y es la tarde donde los zanates buscan su refugio en los árboles del parque.
Mi patria es el Cine Montebello que ya no existe. Porque mi patria, Mariana, es lo tangible, pero también es aquello que no ven mis ojos, lo que no ven los otros, pero que ahí está, porque la patria más que la realidad es el deseo que cada hombre formula en su corazón. Mi patria es el mortero donde macero mis sueños.
Mi patria tiene un nombre: Se llama Comitán; se llama papá, mamá, hijo, abuela, abuelo; se llama tierra, agua, fuego, viento. Mi patria tiene una patria y ésta, a veces, toma la forma de la mujer amada.

Posdata: ¿y vos, Mariana? Doy por descontado que amás a tu patria, pero ¿de qué nubes está formada? ¿Me contás? ¿Sale?

Posdata: ahora esta es la posdata de la carta que te escribo ahora en abril. La anterior fue la posdata de la carta escrita en 2009. Esta posdata la escribo en la madrugada del 4 de abril, día en que cumplo 57 años de edad. Son las cuatro y cincuenta y dos minutos ahora. Escucho (con audífonos) a Barry White. Sobre la mesa está un libro de Vargas Llosa y otro de Marguerite Yourcenar. Tomo un té de limón que me preparé al levantarme. Ahora espero que el agua del calentador esté caliente para darme un baño. Ahora te pienso y pienso en lo que dije al principio: ¿vale la pena hacer libro lo que te escribo? Como siempre, en los últimos tiempos, dejo todo en manos de Dios y que Él decida. Me cito: “mi patria tiene una patria y ésta, a veces, toma la forma de la mujer amada”.

viernes, 4 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN DÍA CANTÓ EL REY DAVID





Querida Mariana: 1957 puede significar muchas cosas. Puede ser el número de pollos que tiene tío Alfonso en su granja; puede ser el número de veces que la tía Eusebia se ha cortado las uñas de los pies, en los últimos tres años; puede ser el número de veces que Alicia ha dicho ¡no! a la reiterada insistencia de Arturo para llevarla a un motel. 1957 puede ser también el año del siglo pasado. Hoy, querida mía, cuatro de abril, cumplo cincuenta y siete años de edad. Sé que en la mañana, mi mamá y mi Paty, me cantarán las mañanitas que cantaba el Rey David. No sé si creeré eso de que el día que yo nací “nacieron todas las flores”. ¿De veras? ¿También los pensamientos y las amapolas nacieron el mismo día en que nací yo? ¡Dios mío! ¡Qué gran compromiso decidir entre el pensamiento o la amapola! Los que saben dicen que la esencia de la amapola sirve para formular pensamientos sublimes, pero no sé, no lo sé.
Las mañanitas que me cantan las acepto como si fuese un combo de la vida, como si el dependiente, detrás de la caja registradora sobre el mostrador, dijera: “por diez pesos, le incluimos Las mañanitas”, y yo, porque así me lo exigen los que están en la fila detrás de mí, sin pensarlo mucho, respondiera que está bien. Pero, la verdad, a mí no me gustan Las mañanitas, no me gustan los pasteles, no me gustan las piñatas, no me gustan los regalos, no me gustan los abrazos. Paty dice que yo soy el raro, que el mundo funciona bien. Estoy de acuerdo. Me cae muy bien la gente que celebra su cumpleaños. Tengo amigos que, un mes antes, comienzan con los preparativos, contratan una marimba, compran cajas de cervezas y de botellas de trago. Aprecio mucho a la gente que hacen una relación detallada de los amigos que convocarán; respeto a quienes llenan de juncia el patio de su casa, colocan un manteado y distribuyen las mesas con los manteles blanquísimos. Ah, cómo respeto a quienes convocan a multitudes para compartir el día de su cumpleaños. Pero, yo, niña bonita, soy escaso. Vos sabés que el primer día del año me levanto a las cuatro y media de la mañana, como todos los días, y cuando ya el día avanzó salgo a caminar por las calles de nuestro pueblo. Esa es mi manera de recibir el año nuevo, es mi manera de invocar la luz. No soporto pensar en que el primer día del año me levante a las nueve o diez de la mañana. ¿Cómo puedo invocar la luz si cuando ella aparece yo sigo botado en la cama? Esto es lo que yo pienso, es en lo que creo. De igual manera, el día de mi cumpleaños me gusta pasarlo solo. Creo que ese día es muy íntimo. Yo soy quien nació, nadie más. Ese día debo hacer una pausa y hacer un recuento. ¿Qué he hecho de mi vida? Ese día es un día para que yo dé gracias a Dios. Me gusta, como si fuese aire, enredarme y jugar en las frondas de los árboles y de las nubes. Antes me desaparecía. Para evitar el abrazo de algún bien intencionado, de algún afecto desbordado, ¡desaparecía! Cuando mis hijos estaban pequeños invitaba a uno de ellos y viajábamos a San Cristóbal (un año uno y otro otro). Cuando regresábamos a Comitán ya el día había pasado y todo tomaba su cara de rutina maravillosa. No me gusta sentirme especialmente consentido. Me gusta pensar que el mundo sigue siendo el mismo para todos los demás. Quien cumple años soy yo y nadie más. Soy yo, en la soledad, quien tiene que reflexionar en ello. 1957 es el año de mi nacimiento. Hoy cumplo 57 años. Hoy hago una pausa para agradecer a la vida y a Dios. No puedo creer eso de que el día que yo nací nacieron todas las flores. ¡Es un exceso, es una exageración, es una nota de soberbia! Al contrario, este día debe ser (para mí) un día humilde y sencillo, un día para postrarse y agradecer, en lo íntimo. Después de todo ¡yo soy quien nació y no soy más que una mota de polvo en el universo!

jueves, 3 de abril de 2014

OTRA Y UNA



Y cuenta la historia que los habitantes de un pueblo creyeron que para llegar al cielo se necesitaba una escalera grande y una chiquita. Ellos fueron a las casas más cercanas y preguntaron a sus dueños si tenían escaleras. Todo mundo respondía que sí, pues una escalera es el objeto más común de las casas donde habitan hombres y mujeres prácticos. Siempre se necesita una escalera para subir a ver el agua del tinaco, para impermeabilizar la azotea, para cambiar cristales en la parte más alta de las ventanas, para husmear en el patio vecino, para mirar a la vecina a la hora que se cambia de ropa. Las escaleras son objetos comunes en casas comunes. Así que todo mundo respondía que sí, a la pregunta de si había una escalera en casa. Pero la respuesta cambiaba a un rotundo no, a la hora que las pedían prestadas. ¡No!, decían los propietarios, mañana tengo que podar el árbol de aguacate; no, mañana tengo que descolgar catorce nubes, es que son los quince años de mi hija Fátima; no, mañana tengo que ir al mercado y mis bolsas las guardo en el tapanco; no, mañana es el Día del Santísimo y ya miran que Dios está en las alturas. Total que no fue posible hallar escaleras que ayudaran a llegar al cielo. Hasta que una mañana, Alfonso, el tartamudo, Alfonsito, el burrero, el que carga bultos de arena, allá en las ladrilleras, para que hagan las tejas, llegó, atolondrado, jadeante, colorado de tanto calor, y tocó en la casa del Principal del pueblo y dijo que que en el pa pa parque ha ha había esca ca ca leras. ¿Quién las dejó ahí?, preguntó el Principal y Alfonso, el tartamudo, Alfonsito, el burrero, dijo que nadie, que era un árbol que daba escaleras, que ahora tenía dos que ya estaban maduras y que podían cosecharse. El Principal tomó el suéter que estaba sobre una silla y gritó que regresaba; su mujer, quien estaba en la habitación (también principal) cortándose las uñas de los pies, tomó la toalla que le servía de alfombra, se limpió el pecho y dijo que estaba bien, que no tardara, porque ya iba a servir la comida. El Principal y Alfonso salieron apresurados, ambos se limpiaban con un pañuelo el sudor del cuello y de la frente; Alfonso lo hacía con un paliacate y el Principal con un pañuelo de seda que, una tarde de invierno, compró en un almacén del Puerto de Veracruz.
Llegaron al parque y Alfonso, sin decir más, señaló con el dedo índice de la mano derecha. El Principal, limpiándose la cara y el cuello, dijo: ¡ah, chingá, chingá! (casi contagiado por la repetición de eructo del tartamudo). Ahí, frente a sus ojos estaban las escaleras que brotaban del árbol. ¡Y son tres!, dijo, asombrado. Sí, pero la ma ma más chi chi chica es hijuelo, to to todavía no es es está ma ma madura, dijo Alfonso.
En efecto, se veía una escalera más tierna, más endeble, como que si alguien subía se podía desgajar como alud de montaña. El Principal sacó su teléfono celular y llamó a la comandancia. Que vengan rápido tres guardias y corten esas escaleras que están en el árbol del parque. Dos minutos después, tres guardias bajaron de una patrulla, con tenazas de hierro. ¡Aquellas dos!, dijo el Principal. ¡Sí, jefe!, dijeron al unísono los tres e iban a comenzar con su labor cuando tres chalanes, con overoles manchados de pintura, llegaron, metieron los brazos por la mitad de las escaleras y se las llevaron. ¡En plena cara del Principal! Éste, trabado del coraje, levantó la mano y ordenó a los tres guardias que persiguieran a los ladrones y los metieran a la cárcel.
Los tres chalanes demostraron que esas escaleras eran de su propiedad. Los propietarios de las escaleras salieron bajo fianza, pero el Principal decomisó las escaleras pretextando el artículo 18, inciso B1, del Bando de Buen Gobierno, en el que explícitamente se indica que “nadie podrá usar los árboles del parque como lockers para guardar objetos personales, como escobas, recogedores, bacinicas, etc., etc.”.
Algunos siguen con la idea de subir al cielo y usar una escalera grande y una chiquita; para esto sugieren podar la tercera, la más tierna, a fin de usarla, pero la mayoría de habitantes del pueblo ya olvidó la idea de subir al cielo. Emplean las escaleras para subir a ver el agua del tinaco, para cambiar focos fundidos o para husmear en patios vecinos.

lunes, 31 de marzo de 2014

LOS ÁRBOLES QUE BROTAN A MITAD DEL PATIO





Querida Mariana: siempre me pregunté: ¿cómo cesa el deseo? De niño creí que el deseo cesaba en el instante en que el deseo se cumplía. Cuando ya tenés el juguete que tanto deseabas, ¿para qué seguir deseando el objeto si ya es tu posesión? Pensé que la posesión mataba el deseo. Cuando tuve quince o dieciséis años, el tío Gur se puso malo. Yo llegaba a su casa y todo lo veía triste. Las mismas flores risueñas que colgaban de las paredes del corredor se veían oscuras. Mis primas me recibían también con su cara de ramos marchitos. Con sus mandiles blancos se secaban las manos mientras me decían cómo había amanecido su papá. Cada amanecer era más desalentador el informe. El tío se estaba muriendo. Mientras mis primas me ofrecían una taza de café o un vaso con atole de granillo, yo veía cómo las sirvientas corrían de un lado a otro. Todo era tan inusual, tan vago. Parecía como si los corredores de la casa se hubiesen convertido en pasillos de hospital. Mi tía me abrazaba y lloraba tantito. No podía darse el lujo del desahogo, porque ya una u otra sirvienta le demandaba una venda o una palangana con agua caliente. Dentro de la tragedia, era simpático ver cómo las sirvientas se sentían celosas ante la presencia de un ajeno y soltaban amarras al barco de la tía para que ésta se echara de nuevo al mar y abandonara el puerto donde estaban los jodones de buena fe que nunca faltan en las enfermedades. Pero yo no era un jodón ni era un extraño, así que, después de tomar el vaso de atole, les decía a mis primas que quería entrar a ver al tío. Sí, decían ellas, volvían a limpiarse las manos y daban vuelta al pomo. La estancia (la imaginarás) estaba en penumbra, olía a alcohol y ruda. En la esquina del cuarto se advertía un bulto sobre la cama que respiraba como si fuese una ballena varada en una playa. Las chamarras de cuadros rojos y azules y un barbiquejo de color amarillo apestaban con la misma peste que apestaba la carnicería de don Emiliano, a las seis de la tarde. Al lado del buró estaba una bacinica tapada con un pedazo de cartón, pero yo la imaginaba llena de orines y de caca. El tío respiraba con mucha dificultad, como si fuese un viejo tronco de árbol al que le quitaron todas las ramas. Le faltaban los pájaros y los renuevos de primavera. Entraba un minuto, lo veía y salía. No soportaba más tiempo esa peste de toalla vomitada. Afuera, mis primas me esperaban. En cuanto salía del cuarto, ellas soltaban dos o tres lágrimas que se limpiaban con los mandiles blancos y me invitaban a desayunar. Nos sentábamos ante la mesa, con mantel impecable, y me servían chorizo con huevo, frijolitos de la olla, un pedazo de queso crema, salsita hecha en molcajete; mientras en otro platito colocaban dos o tres panes de yema y en una taza servían chocolate espumoso, caliente. Entonces me repetían la historia de siempre: una mañana entraron al cuarto del tío, abrieron la cortina, pero él, sentándose con dificultad en la cama, exigió con un manoteo que no abrieran la cortina. Papito, dijeron ellas, así no se curará, necesita que entre aire, que entre un poco de sol a la recámara, pero él, con un acceso de tos interrumpido por sus palabras dijo que no, que no quería ya nada más, que sólo quería morir. Ellas corrieron, lo abrazaron y llorando le dijeron que no, que no se muriera, pero él les dijo: “ustedes no saben lo que yo estoy sintiendo” y les pidió que se retiraran, llevó sus manos al estómago y volvió a recostarse. Supe entonces que en ese instante el pájaro del deseo del tío había volado, pero supe, de igual manera, que otro deseo se había instalado. Abandonó el deseo de vivir, pero se aferró, como hombre a punto de ahogarse, al deseo de la muerte. Supe entonces que hay hombres que, por diversas causas, desean la muerte. Sólo el que “sufre” el deseo sabe lo que siente. El deseo es insano, perjudicial, pero es la válvula que desatora la inercia. ¿En qué momento cesa el deseo, mi niña querida? Yo no te poseo, nunca te poseeré, por eso ¡te deseo! ¡Te desearé hasta el infinito!