lunes, 11 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE PERRO




Querida Mariana: Los perros no piensan. Por ello, un doberman no puede saber la ferocidad de su raza, ni puede saber que un chihuahueño, a veces, enseña los colmillos como si fuese un doberman. Los seres humanos sí poseemos la capacidad de pensar, o cuando menos de eso nos jactamos. Así, Jorge podía, perfectamente, discriminar entre un chucho y una persona, pero como era tan jodón decía que Ramón era chihuahua, igual que el Toby, que era su chucho. Ramón lo toleraba y cuando Jorge le hablaba, emitía ladridos.
Digo que los perros no piensan, por lo tanto, no pueden saber si el destino de casa es mejor que el destino de calle; es decir, el chucho que anda por la calle no se le antoja, ni un segundo, pensar: “¡Ah, qué vida de perro tan perra! ¡Cómo no me tocó ser perro de casa como al cabrón de Toby!”. ¡No! El perro de calle anda por ella sin saber que le tocó un destino menos halagüeño que aquel que vive en casa, mimado por toda la familia.
Ni siquiera piensa: “¡Púdrete!”, cuando un tipejo lo patea en la calle o le echa agua para que se retire de su banqueta. Así pues, tampoco el perro de casa piensa: “Gracias, Dios mío, por darme esta ama tan buena”, a la hora que María lo envuelve en una frazada y lo lleva a una cama, como si fuese un bebé.
Los chuchos, tanto el de casa como el de calle, sólo sienten. Esto sólo trata de hacer obvio lo que ya dije al principio: Los chuchos no piensan. El pensamiento (nos lo han dicho los sabios, pero cualquiera de nosotros lo sabe) es un acto intelectual exclusivo de las personas.
Pero, imaginá que, como en película de caricatura, el chucho que tenés en tu casa ¡sí pensara!, ¿qué diría acerca de, por ejemplo, el trajecito que tu mamá insiste en ponerle, ya que “Se ve tan mono”? (Nunca he entendido esa comparación tan insólita: ¿Cómo un chucho se puede ver mono? Por favor, no vayás a decirle esto a tu mamá. Si de por sí no le caigo bien, si supiera lo que digo te prohibiría hablarme por el resto de sus días, que espero sea basto y de buena catadura.) Y digo esto, porque cuando un doberman le quita media nalga a un compa no pensó: “¡Anda, ahora sí te comeré las sentaderas!”. Los que saben nos han explicado que los chuchos atacan por instinto (quién sabe qué sea esto, pero no es un acto de pensamiento). Por el contrario, cuando un compa ataca a un chucho sí lo hace de manera consciente: “Chucho mierda, te voy a hacer picadillo”. Por eso, dicen, que algunos taqueros pensaron: “Nadie se dará cuenta”, y en lugar de ponerle carnita de res al taco le ponen de chucho callejero. Los chuchos no piensan el ataque, los humanos sí.
No hay diferencias notorias entre el chucho de la calle y el chucho de la casa. Marlene dice que ella adoptó un chucho callejero, en lugar de comprar un chucho con pedigrí, y sostiene que fue la mejor decisión que pudo haber tomado, ya que su chucho (“Derbi”) es muy cariñoso y agradecido. Marlene dice que los chuchos más amorosos son los de calle, porque saben que el dueño los sacó de una miserable condición. Lo dice con tanta convicción que nada digo. ¿De verdad el Derbi sabe que su vida ahora es mejor que antes? ¿No extraña aquellas jornadas en que, al lado de una jauría, recorrían jariosos las calles de Comitán detrás de una chuchita?
Cuando alguien dice que fulano “Es chucho para beber trago”, lo dice porque el fulano no razona la forma de su bebida. Bebe como los peces, en esta temporada navideña, que beben y beben y vuelven a beber.
Los chuchos no beben trago. En la calle no se advierte a chuchos bolos, como sí sucede con los teporochos que beben el famoso Charrito. La única vez que vi un chucho bolo fue la ocasión (estudiaba en la preparatoria) en que dos compañeros de clase forzaron a beber brandi a un perro de casa. Al pobre animal se le aguaron las patas y tatarateó de uno a otro lado. Mis compañeros disfrutaron la escena. Yo no. Yo sentí compasión por el animal.
Los perros no piensan. ¡Sienten! Los seres humanos pensamos y sentimos. Bueno, eso es lo que pregonamos.
Posdata: A mí nunca me gustó que, de niño, mi mamá me disfrazara. Pensaba: ¿Por qué no se disfraza ella?
Los chuchos no piensan. Tal vez por eso, los chuchos son tan fieles.

domingo, 10 de diciembre de 2017

OFERTAS




El letrero llamó mi atención. Ofrecía muchas cosas. No es común que un letrero, en Comitán, ofrezca tantas cosas a la vez. Por lo regular un anuncio ofrece venta de llantas, otro ofrece sandalias, y uno más panes compuestos.
Mariana y yo íbamos en carro con rumbo a Las siete esquinas cuando nos topamos con este letrero: “Se vende máquina de coser. Se venden patos. Se vende un perol de freír. Se venden gatitos.” Ella dijo que bajáramos.
Mariana no se sorprendió ante la prolijidad del anuncio, lo que la sorprendió fue el borrón de la segunda línea. Dijo que, sin duda, ya habían vendido lo que anunciaban antes. Ya nunca sabríamos qué habían ofrecido, a menos que tocáramos y, cuando la señora con una regadera en mano, nos preguntara qué queríamos, nosotros, con caras de anticuarios expertos, dijéramos que nos interesaba ver la máquina de coser. La mujer, entonces, nos habría pasado al interior de la casa, pasando por el patio de tierra. Ahí habríamos visto a los patos, momento en que Mariana preguntaría por el precio y luego soltaría la pregunta: ¿Qué habían ofrecido antes? La mujer, dejando la regadera al lado de un rosal un tanto seco, habría dicho el precio de los patos y el precio de los gatitos. Nunca sabríamos qué ofrecía la línea borrada.
¿Tocamos?, preguntó Mariana. Dije que no, que mejor no. En realidad no tenía la menor importancia que el letrero dijera: Se venden patos. Daba lo mismo que dijera se venden gatos o se venden ratos.
¡No debí decirlo! Mariana me quedó viendo y rio. Dijo que sería hermoso que alguien pusiera un letrero de “Se venden ratos”. No faltaría, dijo Mariana, el muchacho que pidiera comprar dos o tres ratos, dependiendo del costo de cada rato. No faltaría, dije yo, el abuelo que, como en aquella clásica parábola, pidiera comprar un rato del nieto que nunca lo escucha. A mí, dijo Mariana, me gustaría comprar un rato del poeta Efraín Bartolomé, le pediría que nada hiciera, que se mantuviera quieto por el rato comprado. Así podría decir que el poeta era una liana o un quetzal detenido en su vuelo. Me gustó lo que Mariana dijo. Yo no dije más, pero pensé que me gustaría comprar el rato de una muchacha bonita, le pediría que se asomara a un balcón y yo, sentado en la banqueta, la vería como si fuera un día de fiesta y ella abriera las contraventanas del balcón para ver el desfile y sólo yo fuera el desfile. ¡Ah, vos!, dijo Mariana, siempre estás pensando en mirar muchachas bonitas. No dije algo, pero pensé que ella siempre está pensando en ver quetzales detenidos en su vuelo.
Pero después de esta pausa juguetona, Mariana dijo que ya sabía, lo repitió, ¡ya sé!, dijo. La línea borrada decía: “Se vende gata”. ¡Claro! La señora vendió a la mamá de los gatitos, por eso ahora vende a éstos. Son gatitos huérfanos. Ya no está la gata para alimentarlos. ¿Por qué vendió la gata?
Yo pregunté quién compra una gata. Y me respondí: ¡Nadie! Tal vez el anuncio de venta no era ese. Tal vez la señora, viendo la relación de lo ofrecido: máquina de coser, patos, perol de freír y gatitos (dos y dos) había ofrecido un radio viejo o una plancha antigua.
Mariana, catastrofista, dijo que tal vez la gata había muerto cuando, al jalar el mantel, la plancha antigua se había caído haciendo papilla su cabeza.
Dijo que los gatitos se habían quedado sin su mamá. ¿Podíamos tocar? Quería comprar uno. ¡No!, le dije y le recordé que su novio es alérgico al pelo de los gatos. Le dije que sería motivo de discusión. Su novio podía interpretar que ella había comprado el gato para fastidiarlo a él.
“Tenés razón”, dijo Mariana. Todavía insistió en que tocáramos y viéramos el perol de freír. Entonces vi que se puso lívida, como si estuviera en el panteón y una mano saliera de un hueco recién abierto (aunque luego se diera cuenta que era la mano del albañil tratando de subir). ¿Qué te pasó?, pregunté. Ella me dijo que subiéramos al carro. Una vez dentro dijo que prendiera el carro y nos retiráramos de ahí. Cuando llegamos a La pila pidió que me detuviera, bajó, corrió hacia los chorros y, con las dos manos, se echó agua en la cara y fue a sentarse en una banca del parque. ¿Qué te pasó?, volví a preguntar. Y ella, sonriendo, dijo que había visto cómo la gata (la mamá de los gatitos) se había resbalado de la repisa y había caído adentro del perol con el aceite hirviendo. Por eso, dijo, los gatitos están huérfanos.
Yo le dije el clásico chiste que usan los jóvenes: “Si no la controlás, no la fumés”. Ella rio y dijo que sí, que a veces, su mente trepa a lo alto de una montaña rusa y cuando viene a ver ya está en bajada frenética, botando y quebrando todos los bibelots del orden lógico.
Ambos reímos. Vimos en la escalinata del templo a dos mujeres tojolabales que estaban sentadas, algo buscaban en un canasto.
¡No, no!, le dije a Mariana, no vayás a decir que ahí llevan a la gata.
Reímos. El viento de la Ciénega era una mano limpia que nos acariciaba.

sábado, 9 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE SAN JOSÉ




Querida Mariana: Me gusta leer al Premio Nobel de Literatura del año. Este 2017, el Nobel lo obtuvo Kazuo Ishiguro. Me gusta leer al ganador porque, entre otras cosas, permite que los lectores del mundo estemos en sintonía. Por lo regular, los lectores franceses no leen lo mismo que los lectores mexicanos o los lectores rusos. Los lectores comitecos (imagino) leemos a autores chiapanecos (no muchos), a autores mexicanos y a los autores que las editoriales españolas nos inducen. ¿Quién de nosotros lee al autor ruso que es la revelación del año? ¡Nadie! ¿Quién de los lectores rusos lee “Linda 67”, de Fernando del Paso, novela que acaba de ser reeditada? ¡Ninguno! Por el contrario, el Nobel del año se convierte en un autor de moda. Los lectores del mundo acuden a las librerías y solicitan algún libro del premiado para constatar la excelencia de sus textos o lo contrario. No es remoto que en este instante, ahora que tengo en mi buró el libro “Nocturnos”, de Kazuo, una lectora francesa también tenga el mismo libro (traducido, por supuesto). Sin duda que una lectora inglesa (paisana del premiado) está leyendo el mismo libro que leo. El Premio Nobel de Literatura pone en el candelero a un autor y medio mundo lector coincide. Las coincidencias lectoras son como el agua que cae sobre una piedra.
Vos, ¿qué estás leyendo en este momento? (Bueno, qué mudo soy, ahora, en este momento leés la carta que te escribo). ¿Leés algún clásico? ¿Leés alguna novedad? El otro día me fui para atrás cuando leí que en la reciente Feria Internacional del Libro, de Guadalajara, que terminó el domingo pasado, hubo cuatrocientos mil títulos disponibles. ¿Mirás? ¡Cuatrocientos mil títulos disponibles! Dios mío, no alcanza la vida. Por eso, Arturo dice que los lectores debemos saber discriminar, para elegir lo mejor de lo mejor. Arturo dice que no podemos desperdiciar nuestra vida leyendo literatura menor. Debemos, insiste, leer sólo a lo mejor, sabiendo que la vida no nos alcanzará para leer a todos los maestros del arte literario. Él sólo lee a autores clásicos, los que, el paso del tiempo, ha decantado. Yo, por mi oficio, leo de todo. Leo muchas novedades, leo a mis paisanos y, por supuesto, leo a los clásicos, para saber cuál es la ruta correcta.
Por fortuna, el Premio Nobel de Literatura de este año no me ha decepcionado. De cuatro novelas que he leído de él, dos me satisficieron, y ahora que leo su libro de cuentos “Nocturnos”, he hallado cosas interesantes. Es un buen narrador y cumple con aquel mandamiento que todo escritor debe seguir, y que Sergio Ramírez (el más reciente Premio Cervantes) promueve: “No aburrirás”.
La lectura de libros coincidentes hace que los lectores de todo el mundo viajemos por los mismos territorios desde territorios muy distantes; es decir, cuando el lector comiteco lee la misma página que la lectora inglesa, ambos caminan por la misma plaza donde camina el personaje de la novela o del cuento. Esto es una bendición coincidente y aún no sabemos bien a bien lo que sucede en el universo, pero algo bueno sucede, sin duda.
Digo esto, porque miles y miles de turistas coinciden en plazas. Por ejemplo, en este momento hay miles de turistas en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Estos turistas viajaron desde su lugar de origen y coincidieron en aquella ciudad italiana. ¡Es un prodigio! Pero es más prodigioso coincidir en la plaza de San Marcos a través de la lectura. Imaginá el prodigio de que ahora, una lectora inglesa, en su departamento de alguna calle de Londres, mientras prepara el té, se sienta en la mesa del comedor, abre su libro y lee la siguiente línea del libro de cuentos de Kazuo: “Las calles estaban silenciosas y a oscuras cuando fui a reunirme con el señor Gardner. En aquella época me perdía en Venecia cada vez que me alejaba un poco de la Piazza San Marco…”, y mientras la lectora inglesa escucha el zumbido de la tetera sobre la hornilla de la estufa, en ese preciso instante, el lector comiteco, en el parque de San Sebastián, mientras mira cómo el vendedor de salvadillos riega temperante sobre el pan, abre el libro y lee las mismas líneas que su cómplice anónima inglesa. ¿A poco no es un prodigio? Ambos, en lugares tan distantes, sin saberlo coinciden en las callejuelas de Venecia y respiran el aroma de algas de los canales de aquella mítica ciudad. ¿Nada ocurre en el universo? Algo, algo sucede. ¿Qué? No lo sé, pero algo debe suceder. Así como la coincidencia de turistas hace que algo suceda, por ejemplo, que una muchacha italiana, de Roma, de vacaciones en Venecia, conozca en un café al aire libre, a un escritor mexicano y se citen y se enamoren y se vuelvan pareja.
La escritura tiene prodigios de coincidencia. Por ejemplo, ahora, mientras escribo veo a la Pigosa echada sobre el sofá y escucho el ruido de las cadenas del camión repartidor de gas. Esta imagen candorosa y llena de ruido te llega de inmediato. Si te cuento que ayer estuve en San José Obrero, una comunidad cercana a Cash, que está a cinco o seis kilómetros del centro de Comitán y cuento que me bajé del carro y me paré al lado de la carretera y vi cómo el sol se ocultaba y llenaba de grises y naranjas el azul del cielo, es posible que vos también veás esa imagen y que la mirés desde el lugar que leés esta carta, que no sé cuál es en este momento. Porque ahora mismo podés leerme en tu cuarto (recostada en tu cama king size, sobre el edredón blanquísimo) o en el carro de tu novio, a la hora que vas de copiloto rumbo a San Cristóbal, mientras mirás los puestos de artesanías en la orilla de Amatenango, o podés leer mi carta en el baño, mientras orinás.
Me gusta ir a San José Obrero, en la tarde. El regreso es un deleite. Carlos Gordillo, uno de los mejores fotógrafos del país y que es paisano, dice que las mejores fotografías de atardeceres de Comitán las ha logrado desde ese lugar. Además de ese disfrute visual, San José Obrero tiene una significación especial en mi recuento vital. Con mis papás, los domingos, en los años sesenta, íbamos muy seguido a esa comunidad, porque, al lado de curas y de monjas, impartíamos doctrina. A mí me encantaba reclinarme en la pared del templo (en la sombra de las once de la mañana) para esperar que llegara la bola de muchachitos mucho menores que yo para recibir el adoctrinamiento. Desde entonces tal vez reforzaba la vocación de magisterio que luego sería mi modo de vida en el Colegio Mariano N. Ruiz, en la secundaria, luego en el bachillerato y ahora en la universidad. Yo, en casa, preparaba, sobre la mesa del comedor, una serie de dibujos que ilustraban los pasajes de la biblia que les narraba. Recuerdo, por ejemplo, la cartulina donde dibujé a Adán y a Eva para ilustrar el instante en que Dios, todo molesto, los expulsa del Paraíso. Un muchachito, de esos que son bien averiguados, cuando vio el dibujo levantó la manita y preguntó: “¿Y no les escuece ahí abajo?”, yo pregunté por qué decía eso y él explicó que esas hojas que cubrían los cuerpos eran hojas de ortiga. Yo no sabía qué era la ortiga y entonces la doctrina se convirtió en una excursión porque los muchachitos me llevaron a un terreno y me enseñaron las hojas de ortiga, que en realidad se parecían mucho a las que había dibujado. Los niños me explicaron que esa hoja provocaba sarpullido intenso y una niña contó que su maestro les refregaba una hoja de ortiga en las piernas si se portaban mal. “Yo, por eso de boba me porto mal en clase”, dijo y rió y dejó ver el hueco que formaban sus dientes apenas recién caídos.
Cuando uno llega a Comitán, desde San Cristóbal se ve un valle hermosísimo que abarca parte de la Ciénega; cuando uno llega a Comitán desde La Trinitaria se observa parte del cerro ahora llamado de Tío Belis, donde está El Mirador; si uno viene de Tzimol casi no se observa la ciudad; pero si uno viene de Las Margaritas o de la Independencia (rumbo de San José Obrero) se tiene la mejor vista de Comitán, que es un amontonamiento gracioso de cientos de casas sembradas en los cerros. Sí, las mejores panorámicas de Comitán se logran desde la Ciénega, desde Tinajab, desde Cash y, por supuesto, desde San José Obrero.
En los años setenta, desde ese lugar, de noche, las luces del pueblo formaban la imagen de un cocodrilo, con las fauces abiertas. Muchos jóvenes invitaban a las muchachas bonitas a ir a ver la imagen del cocodrilo. Como no sólo miraban la imagen sino aprovechaban otras cosas, se hizo famoso el siguiente dicho: “Ah, aquella ya miró el cocodrilo”, que significaba que la susodicha ya había conocido también “La zeta”, que era un entremetido en una curva de la carretera que va a Las Margaritas donde los jóvenes hacían travesuras en los asientos traseros de los carros.
Posdata: Tal vez algún Premio Nobel de Literatura ha escrito algo acerca de San José Obrero, no el poblado cerca de Cash y de Comitán, no. Me refiero al santo que llama mi atención porque no hay, entiendo, algún otro santo que alíe su nombre con el oficio. Conozco a muchos santos que ostentan el nombre de las ciudades donde nacieron, pero, a ver, ¿vos conocés a otro santo que privilegie el nombre del oficio? San José ¡obrero!, ah, qué privilegio para los obreros del mundo que siguen sin unirse tal como era la recomendación de ese santo laico que fue Engels, y que por eso, dice Sofía, siguen jodidos.
A mí me da gusto que, cuando menos, en este instante coincidimos, yo, en mi escritura, y vos, en la lectura de mi carta.

jueves, 7 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON POLÍTICOS EN LA CUERDA DE LA LITERATURA O ESCRITORES EN LA CUERDA DE LA POLÍTICA




Querida Mariana: ¡De lo que se entera uno! Mario Vargas Llosa participó en una contienda política para ser presidente del Perú, y Sergio Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua.
¡Qué cosas! ¿No? Bueno, el chileno Pablo Neruda fue el candidato del Partido Comunista para la presidencia de Chile.
Y Václav Havel sí logró el deseo de ser presidente de su país natal: Checoslovaquia.
¡De lo que se entera uno! ¿Vargas Llosa habría sido un buen presidente? ¿Qué hubiera pasado si Neruda llegaba a ser presidente de Chile? ¿Fue Václav Havel buen presidente?
¿Por qué los escritores, de pronto, deciden participar en una contienda por la presidencia de su patria? ¿Qué los impulsa a salir de los encierros de los estudios a la intemperie de la política? Todos los lectores estarán de acuerdo que hay un mundo de diferencia (un vacío gigantesco) entre el territorio de la imaginación y el pantano de la vida real.
¡De lo que se entera uno! Ayer, hojeaba el libro “Eraclio Zepeda. Iconografía”, una edición de Coneculta Chiapas, cuando, en la página menos pensada, me topé con una fotografía que muestra un poste con un cartel que dice: “Vota por Laco”. ¿Qué? Ya no recordaba esta aventura de Laco. ¡Ah!, qué infiel es mi memoria, tan infiel como aquella mi amiga que me respondió con un viejo chiste cuando le reclamé que le andaba poniendo los cuernos a mi amigo: “¿Querés hallar fidelidad?, comprate un telefunken” (que era la marca que reproducía la música con gran fidelidad). Esta aventura de Laco fue tan osada como aquella que realizó con Elva Macías cuando, muy jóvenes, se casaron y fueron a parar hasta la China.
El otro día anduve presumiendo que mi paisano Jorge De la Vega Domínguez, político priista, anduvo así de llegar a ser presidente de la república. Pues el tuxtleco Laco, mejor cuentista que político (si no que lo diga Óscar Oliva), anduvo igual de cerca o igual de lejos, depende de cómo se vea el vaso medio lleno o medio vacío, pues en 1993 lo postularon como precandidato a la presidencia de la república. ¡Pucha!, me emocionó y me dio cierto telele a la hora que vi la fotografía donde Laco mira no a la lente de la cámara sino hacia un punto indefinido que lo mantiene con el rostro en alto, sereno, altivo, casi soñado.
Y así como me pregunto, de vez en vez, si Vargas Llosa hubiera sido un buen presidente para el Perú, me pregunté, mientras tomaba un té de limón, si Laco hubiera sido un buen presidente para México. ¿Mirás qué alcance de pregunta? ¿Hubiera sido Laco buen presidente para México? Casi casi como si dijera si Elva Macías hubiera sido una buena “primera dama”. ¡La gran flauta! Imaginé a los compas de Villaflores yendo a Los Pinos para saludar a Elva; imaginé a los compas de Tuxtla yendo a Palacio Nacional para saludar a Laco. Imaginé a Laco, en un rato de ocio, rodeado de jóvenes contando cuentos, en la escalinata central, debajo de los murales de Diego Rivera.
¿Qué impulsa a algunos escritores a dejar la placidez de la biblioteca y sumergirse en el tráfago de la calle y de la plaza y de la bullanguería del pueblo? ¿Qué mueve a un escritor soñar con construir la realidad, cuando su poder está en la construcción de ficciones?
No sé cuál es el resorte que mueve a un escritor a lanzarse al escenario político. Pero hay ejemplos en el mundo que dan constancia de ello. Un día, el escritor guarda la libreta de creaciones literarias en la gaveta central del escritorio y camina hacia el balcón de su departamento y desde ahí, quinto o sexto piso, mira el horizonte y piensa que él puede cambiar la situación de miseria de la gente de su patria, esa gente que ve en la calle, que carga cajas para llevarlas al mercado; que carga mochilas para entrar al salón de clases; que carga bolsas para hacer la compra del día; que carga una chamarra porque el frío de la madrugada es intenso; que carga las piedras que le ha impuesto un gobierno atroz. Y piensa que él, como David, puede vencer al Goliat del poder, y baja los escalones de dos en dos y hace una marcha a mitad de la calle y la gente lo ve, lo reconoce y lo aplaude, mientras, victoriosa, esperanzada, grita: “Tú sí puedes. Estamos contigo”. Y el escritor levanta el brazo y piensa lo mismo: que él puede, que el pueblo está con él, y sigue, orondo, caminando con la frente en alto hasta que se topa con un muro hecho con ladrillo y refuerzos de alambre de púas y ve que la ficción y el sueño no coinciden con la rueda llena de clavos que se llama realidad.
Posdata: ¿Sabías que Laco, un día, fue precandidato para alcanzar la presidencia de la república? ¡Viento, viento, viento!
En la contraportada del libro viene una cita de Juan Rulfo. Este escritor jalisciense dijo de los cuentos de Laco que “son cuentos que lo tienen a uno en vilo…”. ¿Nos hubiera mantenido en vilo a los chiapanecos si hubiese llegado a ser presidente de la república? ¿O sólo nos hubiera mantenido en el cuento?
¡Uf, de lo que se entera uno!

miércoles, 6 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN HOSTAL CON RUGIDO AFECTUOSO





Querida Mariana: Hernán Becerra cuenta la anécdota. Hernán dice que Rosario le decía “Güerito jaguar yu” a su amigo Javier Mandujano Solórzano, el famoso maestro Güero, de Comitán.
Hernán se refiere, por supuesto, a Rosario Castellanos. El otro día fui a San Cristóbal y caminando por una de las calles cercanas a Na Bolom hallé este hostal, cuyos propietarios tal vez ignoran que el “Jaguar you” lo dijo Rosario hace muchos, muchos años.
Desde que Hernán lo contó llamó mi atención el juego de palabras. Tal vez debo aclarar que el maestro güero impartía inglés, además de física, química, dibujo técnico y modelado, en el Colegio Mariano N. Ruiz, en la secundaria y en la preparatoria del estado. Era, además, un soberbio pintor y fue amigo íntimo de la escritora. Por ello, ésta lo trataba con tal afecto: güerito jaguar yu, porque en el juego de palabras está implícito el saludo.
El hostal de San Cristóbal juega con lo mismo, en una tierra que es territorio natural de los jaguares. El otro día vi, en el parque central de Comitán, un jaguar negro, disecado. El empleado del Zoomat me explicó que dicho animal murió en el zoológico. Me acerqué con respeto y emoción. Un niño que estaba a mi lado, con cara de asombro y espanto, preguntó si podía tocarlo, el empleado dijo que estaba prohibido hacerlo. El niño se echó para atrás, uno o dos pasos y ahí se quedó. Cuando el empleado siguió platicando conmigo, el niño se acercó al animal y lo tocó. Vi la sonrisa en su cara, la sonrisa del pícaro que se atreve, la misma sonrisa de la muchacha que evade a los guaruras y sube al escenario y hace lo que está prohibido: ¡besar a Luis Miguel!
El rostro del jaguar negro disecado tenía cara de palo seco. Era un contraste con el rostro del niño. ¿Cuántos han tenido la oportunidad de tocar a un jaguar disecado? ¿Cuántos han tocado a un jaguar vivo? El mismo Hernán Becerra me contó una vez que estuvo frente a varios ejemplares vivos, metió la mano entre los barrotes y tocó a uno de ellos. A Hernán le creo lo que cuenta, le creo lo de Rosario y lo de güerito jaguar yu, y lo del jaguar que tocó. ¿Por qué no le creería? Estoy acostumbrado a vivir la realidad y la ficción y sé que la vida, a veces, está hecha de retazos de la una y de la otra. Todos los escritores son unos mentirosos divinos que tienen como pasaporte a la exageración.
Le creo a Hernán, pero le creo más a don Miguel Álvarez del Toro, quien, en su libro “Así era Chiapas”, cuenta que un día se topó con un jaguar. Con una prosa deliciosa, don Miguel cuenta que le sorprendió “el súbito silencio que se hizo en la zona” y que su cerebro no captó la imagen que le enviaban sus ojos “negando la realidad de algo pinto de amarillo y negro que se movía entre el matorral”, hasta que vio al animal “un jaguar adulto que, panza al suelo y muy lento, avanzaba cautelosamente cazando a Primitivo, que continuaba recostado sobre la arena y espantándose los moscos, muy ajeno a lo que se le aproximaba…”
Un amigo del grupo, Rosendo, con un rifle de alto poder le sorrajó al jaguar un certero disparo que evitó que el animal hiciera picadillo al tal Primitivo. Don Miguel termina diciendo que “la noticia se difundió rápidamente” y que toda la tarde y parte de la noche la gente de la comunidad se acercó a ver el jaguar muerto, “se aclaró el misterio de desaparición de muchos cerdos y algunos perros, de lo que ya estaban culpando a los vecinos de otra colonia…”
No puedo evitarlo, veo a un jaguar (ahora que lo han puesto tan de moda) y pienso en Rosario Castellanos, la miro modosita, al lado del maestro Javier, picándole la panza y diciéndole lo mismo que dice este hostal en San Cristóbal.
Posdata: Ahora, cuando escuche la palabra jaguar no sólo pensaré en Rosario y el güerito (Mandujano, Mandujano), también pensaré en Primitivo que, sin saberlo, estuvo a centímetros de la trompa de un jaguar; también pesaré en este hostal donde lo primero que hacen al recibirte es preguntar ¿cómo estás?, en inglés, para que suene como saludo de Rosario Castellanos.

martes, 5 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON COLORES INTEGRADOS




Querida Mariana: Nochebuena ya está a la vuelta de la esquina. Ayer en la tarde recordé que, en mi carta al Viejito de la Nochebuena, siempre incluía un juego de colores. Me encantaba pintar. Creo que todo niño se maravilla con la posibilidad de que, con un simple lápiz, puede pintar de verde el cielo y de azul la tierra.
Ayer recordé ese deseo, porque estuve en el Museo Rosario Castellanos y ahí me topé con el color auténtico.
A ver, si te pregunto ¿cuál es el color que predomina en esta fotografía?, casi estoy seguro que dirás ¡el azul!, porque, aparte del gris del blanco lavado de Rosario, azul es el color de fondo y el color que viste mi amiga, que ahora te presentaré. Pues no, querida Mariana, ¿sabés cuál es el color dominante? El Violeta, porque mi amiga es Violeta Pinto, Violeta de nombre, azul con una pizca de rojo.
Ella, al entrar al museo, dijo que el color dominante era el azul con que están pintados los muros de los corredores. ¿De verdad es el azul el color dominante de Comitán?
¿De qué mezcla sale el violeta? Todo pintor principiante sabe que nace de la mezcla del rojo con ¡el azul! Sí, Violeta (ella lo sabe) tiene mucho de azul, pero un poquito de rojo. Este rojo (ella lo sabe) lo pepenó en algún atardecer de mar o en algún tejado de San Cristóbal.
Cuando Violeta se paró al lado de Rosario me dijo que le encantaba esa foto, porque Rosario reía. Y acá están las dos (ya para siempre, para el rosario del infinito) sonriendo, riendo, posando para la vida. La posición de Violeta es la única que puede adoptarse cuando alguien abraza a una amiga muy querida, porque todo Chiapas reconoce el cariño que Violeta tiene por la obra de Rosario.
A partir del día de hoy, Violeta inaugura un dicho comiteco, que recoge aquél que dice que quien viaja a Cuba y no se toma un mojito ¡no fue a Cuba! Pues bien, ahora Violeta amadrinó el dicho que dice: “Si venís a Comitán y no te tomás una foto al lado de Rosario ¡no viniste a Comitán!”, porque Rosario (Violeta lo sabe muy bien) es la mujer que más ha dado a conocer a este pueblo.
Hoy, Rosario tiene un museo, un museo que algo le falta para estar a la altura de la grandeza de la escritora, pero que ya permite este prodigio: tomarse una foto con ella, en un patio enladrillado, con pilares de madera y con corredores que invitan a sentarse para leer un libro de poesía o un libro de cuentos. No forzosamente debe ser uno de Rosario, pero tampoco es mala idea, porque debe ser un deleite leer, en este su museo, algo como esto: “En mi casa, colmena donde la única abeja / volando es el silencio, / la soledad ocupa los sillones / y revuelve las sábanas del lecho / y abre el libro en la página / donde está escrito el nombre de mi duelo.”
Violeta, corazón de gaviota y piernas de rana; Violeta, madrina de la foto del recuerdo; Violeta, la del punto rojo y el mar azul; Violeta, violanda, la de la viola y el violín infinito.
Violeta estuvo en el Museo de Rosario Castellanos y se tomó la fotografía del recuerdo, porque si venís a Comitán y no te tomás la foto al lado de Rosario ¡no viniste a Comitán!
A partir de hoy el viaje estará incompleto si solo tenés una foto en el parque de La Pila, al lado de los chorros; o tomando una paleta de chimbo, en el parque de San Sebastián; o en las escalinatas de Tenam; o en los corredores de la Casa de la Cultura, comiendo unos esquites. No. Ahora, desde que Violeta inauguró el dicho, vos no habrás visitado el Comitán auténtico si no te tomás una foto con Rosario, en su museo.
Ayer recordé que, en Nochebuena, siempre pedía un juego de colores, porque me encantaba pintar de amarillo los perros y de gris el rostro de Greta Garbo; ayer estuve con Violeta y la vi abrazar a Rosario, y la escuché decir que le gustaba esa fotografía porque ahí Rosario ríe, y la oí balbucear que ella, desde siempre, ha sido una admiradora de la escritora comiteca y, desde su trinchera, ha procurado honrar su obra y su memoria.
Posdata: A mí me gustaría que todos los escritores de Chiapas y de Tabasco y de Yucatán y de todo México y de Guatemala y de Costa Rica y de Brasil y de España y de Francia y de todo el mundo vinieran a Comitán y se tomaran la foto al lado de Rosario y que todas esas fotografías se colgaran en un muro que, en lugar de llamarse Muro de lamentaciones de Dido, se llamara Muro de Violeta sonriente y fuera un homenaje permanente a Rosario y a Violeta que acá, en esta foto, sonríen y bendicen el instante prodigioso en que Violeta llegó a saludar a la Chayo.

lunes, 4 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON HELADO INCLUIDO




Querida Mariana: ¿Sabés cómo le dicen al que vende helados en Nicaragua? Le dicen “Sorbetero”, porque allá a los helados (a las nieves) les dicen sorbetes. Acá en el pueblo, como en todos los pueblos de México, a los sorbeteros de allá les llamamos neveros, “ñeveros”, dice el Quique, en uno de sus cuentos. Y Quique les llama ñeveros porque en Comitán, en los años de nuestra infancia; es decir, en los años sesenta, los neveros gritaban: “Ñeve, ñeve”, o cuando menos así lo escuchábamos. Y entonces, nosotros pedíamos una moneda de veinte centavos a nuestros papás, corríamos a la puerta de calle y pedíamos: “Deme’sté una ñeve de limón” (cabroncitos, lo hacíamos como remedo, porque como ya íbamos a la escuela sabíamos que no se decía ñeve, sino nieve.) Quique juega con el lenguaje.
Hace años, en México, hubo una discusión acerca de si se decía nieva o neva, esto porque la Chica Dorada, la tal Paulina Rubio, cantaba una canción que decía más o menos así: “Esta melancolía me está dejando fría (…) Nieva, nieva en mi primavera…”. Y todo esto salió porque el verbo nevar (nos dicen los entendidos) es un verbo irregular y los verbos irregulares (como su nombre lo indica) son difíciles de conjugar. Al final de la discusión los académicos dijeron que lo prestigioso era, precisamente, nieva. Yo, cuando tengo duda, me acuerdo de mi amigo Humberto Nieva y sé que debo decir nieva.
Cuentan los entendidos que en Managua aún es posible toparse con sorbeteros en las plazas, los días domingo, o en la entrada a los estadios. Llevan carritos, así como acá los neveros, con letreros pintados que dicen: “Sorbetes”.
Ahora que escribo esto pregunto ¿por qué en México decimos “Me vale un sorbete” cuando queremos expresar que nos importa un cacahuate la opinión del otro? ¿Es como decir “Me vale una nieve”? ¡No! Eso sería un sacrilegio. ¡Cómo nos va a valer un sorbete la nieve de chimbo que hace doña Mary, la de la papelería “El escritorio”! ¡No! ¿Por qué decimos entonces que una opinión intrascendente nos vale un sorbete? Ya miro a los nicaragüenses diciendo: “Me vale una nieve”.
Ramón dice que en Argentina el sorbete es el popote (la pajilla, de Guatemala). Entonces, si tomamos la acepción argentina, cuando los mexicanos decimos que algo nos vale un sorbete, decimos que nos vale un popote.
Los chapines no están mal encaminados cuando al popote le dicen pajilla, porque un experto lingüista comenta que popote viene del náhuatl “popotli”, que significa paja.
¿Está bonito, no? Cuando decimos popote retomamos una voz náhuatl; es decir, la palabra es hija mexicana, así como lo es la palabra tiza, que ahora ya no usamos los mexicanos, porque empleamos la palabra gis, que es española. Esto es un fenómeno simpático: los mexicanos botamos nuestra palabra tiza y recogimos la palabra gis; y los españoles, botaron su palabra gis y absorbieron la palabra tiza. ¡Bonita historia! ¡Rara, pues!
Si vamos de nuevo a Argentina, allá al popote le llaman pajita. Pero si estuviéramos en España, si alguien dijera que se hará una pajita es que se masturbará poquito, porque “hacerse una paja” es “volarse una chaqueta”. Así que si queremos hacer un homenaje a nuestros ancestros náhuatles podemos decir, con toda propiedad: “Con permiso, entraré al baño, para hacerme una popotli”. Y los no enterados pensarán que popotli es manera simpática de referirse a la popó, pero los entendidos sabrán que entraremos a masturbarnos.
Posdata: Es simpático el lenguaje. En Comitán no usamos la palabra sorbete para nombrar un helado o una nieve. Por eso acá hay neveros y no sorbeteros. Por eso acá nos “vale un sorbete” algo que no tiene importancia. Bien podríamos decir: “Me vale un popote lo que digás”, y como popote es paja y como paja es masturbación, pues…
Sí, tenés razón, esto ya fue como una pajita mental. Mejor me callo.

domingo, 3 de diciembre de 2017

EL AÑO 1957 HA CRECIDO CON NOSOTROS




Quienes nacimos en 1957 ya cumplimos sesenta años. Fuimos creciendo con los años, como si el año 1957 fuera un bebé y ahora también el calendario cumpliera los mismos años que nosotros, porque nuestra historia personal está signada por los sucesos ocurridos desde aquel año hasta este 2017 que vivimos; porque todo aquello que sucedió durante el año que nacimos creció en nuestra mente y ahora esas efemérides son como las huellas por donde hemos andado. Porque, sin importar que haya sucedido o no en nuestro lugar de nacimiento los hechos de 1957 nos impusieron una señal.
El año que nacimos (dice Google), Tin Tan filmó la película “Las mil y una noches”. Por eso, cuando tuvimos seis años, nuestras mamás se sentaron en el borde de nuestras camas y tomaron el libro del buró y nos contaron el cuento de Aladino y la lámpara maravillosa; por eso, nosotros, supimos antes que nadie, que el hombre llegaría a la luna porque las alfombras voladoras nos eran muy conocidas.
El mismo Google dice que el año en que nacimos, Andy Williams colocaba la canción “Butterfly” en el primer lugar del top ten, en los Estados Unidos. Por eso, las mamás no lo sabían, nosotros, los nacidos en 1957, nacimos con alas y cuando intentábamos el vuelo, un coro de niños, al estilo de la orquestación de Andy, cantaban: Ohhhh, ohhhh. Ellas, las mamás, pensaban que nos quejábamos. ¡Por favor! Nosotros estirábamos nuestras alas y las frotábamos como grillos.
¿Y qué libro apareció el año que nacimos? ¿Qué libro nos dio su bendición para el destino? Vuelvo a consultar el buscador en Internet y arroja el siguiente dato: Erich Fromm publicó el libro que ahora está convertido en un clásico: “El arte de amar”. ¿Qué puede agregarse a esto? ¡Nada! Nosotros ya nos hemos convertido en clásicos y siempre andamos buscando debajo de las sillas esa moneda que se llama amor o ese pájaro travieso que se llama arte.
¿Y Picasso qué pintaba? Pablo pintaba “Las meninas” cubistas. Retomando la imagen de Velázquez, Picasso hacía una reinterpretación. Por eso, los nacidos en 1957 le damos torcedura a todo lo existente, un poco como si Cortázar nos dijera que no debemos descreer de todo.
Y ya que mencioné a Julio, ¿qué hacia este maravilloso escritor el año en que nosotros nacimos? ¡Ah, ese año publicó “El perseguidor”, en la Revista Mexicana de Literatura! Apareció en abril de 1957 (perdón, yo nací en abril de ese año. Perdón, nací el mismo día que nació ese maravilloso cuento dedicado al jazzista Charlie Parker). Por eso, sí, por eso, los nacidos ese año somos perseguidores de sueños y de utopías y muchos andamos enredados en los maizales de la literatura.
¡Sí! Tienen razón, Rosario Castellanos también publicó ese año su primera novela “Balún-Canán”, que ha sido traducida a, cuando menos, ocho idiomas: inglés, italiano, tojolabal, árabe, francés, alemán, danés y polaco. Por eso, los de esa generación somos intraducibles en espíritu.
El año 1957 ha crecido con nosotros y este año cumple sesenta. Por eso, junto a nuestros cumpleaños, tomamos champaña (o agua de temperante) en honor a Las Meninas torcidas de Picasso. No admiramos el arte figurativo excelso de Miguel Ángel. Nos subyugan las imágenes que se superponen y nos ofrecen una tercera dimensión en un plano simple, un simple plano.
Conmemoramos a “Balún-Canán”, pero no celebramos su historia, porque, sesenta años después, muchas condiciones de vida de aquellas fincas siguen gritando su miseria en este miserable estado.
Aquel año ha crecido como nosotros. Algunos de nosotros llevamos bordón, hemos perdido el cabello y los dientes; otros están en sillas de ruedas; pero algunos más (los más) corren maratones, son médicos famosos a los que no les tiemblan las manos en el instante que usan el escalpelo y toman el aire en jícaras envueltas en sueños.
El año, de igual manera, lo vemos distante, un poco encorvado, con dolor de rodillas, con esperanzas rasuradas.
El año creció con nosotros y nosotros crecimos con él. Lo llevamos en la bolsa del pantalón como un amuleto, porque ese año (¡bendito Dios!) la Real Academia Española eligió como nuevo académico al escritor Camilo José Cela, y eso nos marcó para siempre, porque don Camilo fue un escritor desenfadado, cachondo. Él incorporó en su obra el lenguaje erótico de la recámara y el lenguaje malcriado de las plazas. ¿Quién más que él pudo decir que “No es lo mismo decir: Estoy dormido que estoy durmiendo, de la misma manera que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”?
El cincuenta y siete ha crecido junto a nosotros. Hoy es un viejo vigoroso y achacoso de sesenta. Fue de buena cosecha, porque ha resistido una guerra en Vietnam, por ejemplo, y un alzamiento indígena armado en Chiapas. Ambos movimientos no sirvieron de mucho para cambiar el rostro humanista del mundo. Dejó muertes y lamentos. Pero, de todos modos, el 57 ha estado movido y aún sigue moviendo las patitas cuando escucha “Dios nunca muere”, interpretada por marimbistas.

sábado, 2 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO INGRESA UN NOMBRE AL DICCIONARIO




Querida Mariana: Las computadoras son prodigios de estos tiempos. En los años setenta no imaginamos este prodigio. Escribíamos en libretas, usando una pluma. Los muchachos de hoy, pueden escribir en libretas, pero, sobre todo, escriben en procesadores de textos. Ahora, por ejemplo, te escribo esta carta en Word. Me encanta este procesador de textos, porque, con una raya roja, indica que puede haber un error ortográfico y, con una raya verde, indica que hay una metida de pata en cuanto a sintaxis. ¿Mirás qué prodigio? El Word tiene integrado un diccionario y si yo escribo una palabra con error ortográfico basta que pinche lo correcto para corregir el yerro. Por supuesto, el diccionario de Word no tiene integradas algunas palabras, algunos modismos o regionalismos. Si escribo Nicalococ (ahora mismo sucedió) la computadora le coloca una raya roja a la palabra, indicando que la palabra tiene algún error. Yo sé que no tiene error. Nicalococ es una palabra nuestra que designa a uno de los barrios más tradicionales de Comitán. El diccionario no la reconoce porque no es una palabra que se use en otras regiones del mundo, pero (ahora lo hago) yo (quien ordena al ordenador) le digo a la computadora que agregue la palabra a su diccionario y de hoy en adelante la reconocerá como bien escrita. ¿Mirás qué maravilla? Sin ser académico he integrado una palabra nueva al diccionario de la computadora, casi me siento como si fuera yo integrante de la Real Academia de la Lengua Española. Nicalococ, a partir de hoy, está integrada en el diccionario de mi computadora. Esto es como personalizarla, porque si vos escribís Nicalococ en tu computadora te indicará que es una palabra mal escrita hasta que vos le digás que está bien. Te invito a que lo hagás, a que incorporés al diccionario de tu computadora esta palabra tan sonora.
Lo mismo pasó el primer día que escribí mi apellido Molinari. No tuve problema con otra palabra de mi nombre. La computadora reconoció el Alejandro y el Benito (son nombres muy comunes) y mi apellido materno, Torres; pero cuando escribí Molinari apareció la raya roja. Molinari no es un apellido común en nuestras tierras. Si Helena Molinari escribe su nombre en Italia, su computadora no le colocará raya roja, porque en Italia el apellido es común. Así que le pedí a mi computadora que, por favor (soy muy decente), agregara el Molinari a su diccionario. Desde entonces, mi apellido dejó de aparecer con raya roja.
Como ya te diste cuenta, la raya roja es como el foco rojo del semáforo, dice que nos detengamos. Es como el cinco rojo que me ponía el maestro de matemáticas en la escuela secundaria. La solución de mi problema estaba mal, por lo que el maestro (de manera perversa) se daba vuelo usando su lápiz rojo y le ponía un tache a mi hoja de examen. En estos casos, el rojo es nefasto. Cuando el rojo aparece en los labios de una muchacha bonita no hay problema; cuando el rojo aparece en el calzoncito de la misma muchacha bonita ¡todo va bien! Pero cuando el rojo aparece en la raya de una palabra mal escrita en computadora o en la equis que pone un maestro de matemáticas en la hoja de examen ¡todo va mal!
No quería que mi apellido tuviera la línea roja, por eso la integré al diccionario de mi computadora. ¿Y qué pasaba con la palabra Comitán? La escribí y ¿qué creés? Apareció sin raya roja. Claro, el nombre de nuestra ciudad estaba bien escrito, con la ce mayúscula y con tilde en la a. Me dio gusto ver que el diccionario “sabía” el nombre de nuestro pueblo. ¿Era así con todos los pueblos de Chiapas? Chamula es muy conocido y, sin embargo, no la reconoce el diccionario de mi computadora. ¿Cuántas palabras no están integradas a mi computadora? ¿Cuántas que para mí significan tanto? Sólo de pensar que no estaba integrado el Molinari que heredé de mi papá me provocó escozor.
Cuando tuve ese escozor fue cuando decidí hacer un recuento mental de las palabras que me significan más. Porque entendí que cada ser humano tiene lo que podemos llamar su diccionario sentimental; es decir, el diccionario que contiene las palabras que refieren a conceptos o personas que han marcado su vida. Porque ese juego de los diez libros de tu preferencia o las diez películas de tu predilección pueden ser un simple juego, pero también son como una referencia de lo que te ha marcado. Uno es lo que ve, lo que escucha, lo que lee. Uno está marcado por esos gustos. Hay una gran diferencia entre quien creció escuchando música grupera a quien creció escuchando música clásica; hay un mundo de diferencia entre quien creció viendo películas de Viruta y Capulina y quien creció viendo películas de Akira Kurozawa. Lo mismo puede decirse de nuestras palabras más cercanas, las que nos han marcado, las que han definido nuestra vida.
Desde entonces he tenido cuidado de integrar a mi diccionario sentimental palabras que no debo olvidar, las que debo recordar siempre, las que debo escribir sin error ortográfico. Hablando del pueblo pienso que no debemos borrar los modismos que son como esos animales que están en peligro de extinción y que son tan valiosos por ser razas únicas. En un santuario de México (no sé bien en qué lugar) han logrado evitar que el lobo mexicano se extinga. La reproducción en cautiverio, gracias a cuidados y atención de especialistas amantes de la fauna, hace que dicha raza siga viva en la Tierra. Pienso que lo mismo sucede con los pueblos donde existen modismos y regionalismos. Estas palabras son únicas y las personas que habitan esos pueblos son los especialistas que deben preservarlas para que el universo tenga más joyas. Todos los comitecos debemos cuidar y proteger esas palabras que dan luz. Oí bien, por favor: Nicalococ. ¡Nicalococ! ¿Oís la sonoridad de la palabra, la belleza? Parece que en ningún otro lugar del mundo usan esta palabra, es un tesoro nuestro. Y digo esto porque los políticos se han encargado de extinguir las voces propias. A estos compas les encanta bautizar calles y plazas con nombres de héroes y con nombres de la clase política, pues con ello preservan sus gracias. Hubo un tiempo (cuentan los cronistas) que las calles de Comitán tenían nombres de flores. Sin duda que, en ese tiempo, hubo una calle con el nombre de Tenocté. Esto ayudaba a conservar esta palabra hermosísima que designa al árbol emblemático de esta tierra. Un día (hicieron bien los urbanistas) la nomenclatura se cambió por una más adecuada. Lo malo estuvo en que se eliminó los nombres simbólicos. Lo ideal hubiese sido que, debajo de la nomenclatura moderna, se hubiese consignado el nombre de la flor. Esto nos hubiera dado identidad, nos hubiera hablado de cómo se llamaba antes la primera avenida oriente norte, por ejemplo. Nada perdíamos, al contrario ¡ganábamos! Nuestro parque central se llama Benito Juárez. ¡Ay, por Dios! Digo, está bien. El nombre de Juárez debe preservarse, sobre todo en estos tiempos en que la política se olvida de principios éticos por los que él propugnó. Pero hay miles de plazas, escuelas y calles que se llaman Benito Juárez en toda la patria. Lo que quiero decir es que los pueblos deben procurar conservar sus rasgos de identidad y dejar que impere la cordura. Que una escuela y una calle lleven el nombre del héroe está bien, pero que todo se llame Benito ¡es un exceso!
Cuando camino por la Unidad deportiva y me topo con el súper que se llama “El cotzito” me da gusto, porque eso ayuda a conservar como joya esa palabra que nos identifica. Ahora que está de moda abrir plazas en el centro de la ciudad, no sé qué decís vos, pero sería bueno que ellas fueran bautizadas con palabras propias de Comitán. Encuentro a la Plaza Margarita, a la Plaza Bicicleta, a la plaza Galería. Todo está muy bien, pero estos nombres existen en todo el mundo de habla hispana. Menos mal que no han empleado palabras extranjeras, que también son moda, porque la gente cree que si le pone una palabra gringa a su local le va a dar más prestigio, cuando, en esencia, es todo lo contrario, porque es como una muestra de sumisión, una manera de desechar lo auténtico y unirse a la caterva de adoradores de culturas ajenas.
En los últimos tiempos me he dedicado a incluir modismos comitecos en el diccionario de mi computadora, para que cada vez que las escriba aparezcan sin raya roja, para que yo sepa que están bien escritas en la pared de mi corazón.

Posdata: Rosario Castellanos usaba mucho la palabra “cutushito”. ¿Viene de Cutush? Busqué en Internet y encontré que hay una población en el Perú que se llama Cutush. Desde aquella región que fue asiento del Imperio Inca hay un lazo que hace guiños. ¿Qué significa cutush? No lo sé. Tal vez algún experto lingüista puede dar luces. Lo que sé es que a mí me gusta mucho la palabra que usaba Rosario. Pienso que sería bueno preservarla para siempre. Cutushito la empleaba para designar algo querido. Es un término afectuoso, como decir consentido, lo más amado. Por eso está en diminutivo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

DEFINICIÓN DE ITINERARIO




El poeta de Yultec dividía la palabra en dos: Itinera-río y las leía unidas. Esto hacía, en automático, que el itinerario (rico de por sí en su extensión) fuera un río que abría más posibilidades de disfrute, porque quien hace un itinerario debe anticipar una ruta; es decir, programar la jornada para llegar a un destino y quien juega con este último concepto cambia, de raíz, la visión de la vida. Quien programa una ruta para llegar a un destino está formulando su futuro y cancelando el determinismo.
Cuando escucho la palabra itinerario pienso en el río del poeta de Yultec y en el viaje que Julio Cortázar hizo con Carol Dunlop. El trayecto de París a Marsella que, dicen los que saben, en auto, se realiza en unas seis horas, a ellos les llevó treinta y tres días. ¡No, no! No es que se hayan topado con bloqueos, que son el pan nuestro de cada día en Chiapas. ¡No! Julio y Carol realizaron el viaje con base en un itinerario fantástico: detenerse en cada parador de la autopista a fin de que el tiempo tuviera una torcedura insólita.
En estos tiempos, las personas realizan viajes con premura, como si ese fuera el signo de su vida. La mayoría de itinerarios se hace teniendo como prioridades el tiempo y el dinero, como si estos conceptos, en realidad, fueran lo que los estadounidenses han marcado: Time is money; sin darse cuenta que lo contrario nunca será un buen árbol para hacer un nido. ¿Dinero es tiempo? ¡Jamás! El tiempo se dilapida cuando las personas realizan su itinerario de vida en busca del dinero.
Julio y Carol decidieron no hipotecar su vida y realizar un viaje de seis horas en treinta y tres días, dejando la gran lección de una vida sosegada. Lo hicieron para comprobar que, en efecto, el tiempo es el mayor tesoro del hombre, por lo que debe usarse en lo esencial, en lo más significativo.
Carol y Julio (infinitos cosmonautas) dijeron que los itinerarios deben extenderse cuando se trata de vivir. ¿Tiene alguien seis horas para llegar a un destino? ¿Por qué no estira esas horas y las convierte en días y los seis días los vuelve treinta y tres, la edad de Cristo?
¿Por qué no a todo itinerario le damos la torcedura y lo convertimos en el río propuesto por el poeta de Yultec?
La esposa de Coppola, el famoso director de cine, decidió internarse en el mundo de Francis y presentó su primera cinta: “Paris puede esperar”, donde el argumento se centra en esa posibilidad de elongación del tiempo, de darle la vuelta. Si París puede esperar ¿qué más no puede esperar? Dejemos que el destino se convierta en deseo y no en posibilidad cancelada. Hagamos que la ruta recta tenga pausas y se desvíe por rutas insólitas a fin de que el viaje de la vida sea algo más que una carretera derecha.
Démosle sonoridad a la erre de itinerario, que no suene como una simple ere, sino como la erre arrastrada con la que Julio Cortázar hablaba, a fin de que se convierta en un río que inunde orillas inadvertidas, para que sea un camino de agua y de aire.

jueves, 30 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA CUENTA DE UN LIBRO GENEROSO




Querida Mariana: La madre Teresa de Calcuta y la poeta Socorro Trejo de Chiapas son lo mismo. La madre tuvo como consigna “Dar hasta que duela” y Socorro por ahí anda. Socorro, en una edición de Coneculta-Chiapas, acaba de publicar el libro “Universo poético de Chiapas. Itinerario del siglo XX”. Generosa, como siempre, publica a doscientos cuarenta y nueve poetas. Socorro incluyó a todas las voces, las más altas voces y las que, como ratoncitos, comienzan a sacar la cabeza.
Hace años apareció el libro: “Árbol de muchos pájaros”, una antología de poetas chiapanecos. Lo que Socorro ha hecho ahora es un “Enormísimo árbol de muchas ramas”. Algunas ramas son fuertes, otras son más endebles.
No falta. Ya las he escuchado, voces que dicen lo clásico: “No son todos los que están”. Pero a diferencia de lo que dicta la sentencia popular, acá sí puede completarse con que sí están todos los que son, así sean ramitas débiles.
Socorro, con este libro, ha sembrado, ya lo dije, un enormísimo árbol, cuyas raíces están contenidas con todos los poetas de Chiapas. La poeta Trejo, pienso, consideró que era importante hacer un compendio de todas las voces. Ella, en la introducción, recalca que el libro no es una antología sino un registro. Con eso acalla a los que dicen que al lado de voces mayores hay algunas menores. Sí, así es. Acá están todas las voces, desde el soberbio canto del cenzontle hasta el débil del garbancero.
Ella pepenó todas las piedritas y deja la tarea de la selección a los lectores y a los investigadores. Si el lector decide que fulano de tal no tiene la altura de sutano ya es decisión propia.
Acá, y esto es maravilloso, hay una tarea de decantación: Que sea el lector quien pase los textos por el tamiz de su intelecto y de su gusto literario, que conserve las piedritas de oro y que deseche las otras, si así lo desea, pero que sea bajo la luz del conocimiento.
No conozco un trabajo similar al de Socorro en el estado. El libro es gordo, enorme. ¡Cómo no ha de serlo si contiene el trabajo de doscientos cuarenta y nueve poetas! El libro tiene más de quinientas páginas.
Cuando tuve el libro entre mis manos hice lo que ya mencioné: Conté cuántos poetas están incluidos. Y luego, sólo como mero juego, hice el registro (siguiendo el método de Socorro) de los lugares de nacimiento de cada poeta. Esto me dio (¡ah, bendita estadística!) una gráfica de las ciudades donde han nacido más poetas (los incluidos en el libro) y hallé lo que, sin duda, vos estás pensando. Sí, querida Mariana, es Tuxtla, la capital política del estado, la ciudad más paridora de poetas (56); luego le sigue San Cristóbal de las Casas (21), y la medalla de bronce se la adjudica la ciudad de Comitán (20). Tapachula y Huixtla se quedan con el cuarto lugar (8 poetas en cada ciudad). ¿Mirás? La producción poética parece corresponder a la clásica mención de las cuatro ciudades más importantes de Chiapas: Tuxtla, Tapachula, San Cristóbal y Comitán (aunque acá, por la bendición de Roberto López Moreno, Eduardo Hidalgo y seis poetas más, Huixtla se cuela. Mi mamá está contenta, porque ella nació en esa ciudad plancha). Esto tiene cierta lógica. La concentración mayor de habitantes hace que la producción sea más prolífica. Esto no tiene relación directa con la calidad de lo producido, porque como ya dije (y Socorro nos lo reafirma en su registro enormísimo), hay lugares, como Ocosingo, que sólo tiene un poeta inscrito en este libro, pero ese poeta es, nada más y nada menos, que Efraín Bartolomé. Así que los habitantes de aquel lugar pueden dormir tranquilos porque están más que bien representados. Lo mismo puede decirse de Villa Comaltitlán, porque ahí nació Balam Rodrigo.
En fin, querida mía, el libro es un episodio de fe y un acto generoso por parte de Socorro, quien, igual que la madre Teresa de Calcuta, da hasta que duela. Ella entrega a todos las voces de todos. No escatima su esperanza en la palabra, deja que todo sea como un río que riegue todas las riberas.
Faltan voces. Tal vez en un día de este siglo alguna poeta, generosa como la de Calcuta y la de Chiapas, continúe la labor. Es preferible pecar de acción y no de omisión, tal parece ser el criterio de esas mujeres dadivosas.
Iba a anotar que falta, por ejemplo, Miguel Ángel Godínez (también falta su obra en el libro de cuentos que publicó Alejandro Aldana), pero no lo haré porque si a esas vamos, medio mundo comenzará a anotar nombres faltantes y la relación será infinita. Porque, en algunos pueblos hay más voces que no tienen la difusión que sí tienen los que habitan en la capital del estado.
Posdata: No hay “registro” en Chiapas de un registro poético como el que emprendió Socorro. Es una labor muy encomiable para trepar por ese árbol enormísimo, con el cuidado de pisar sobre las ramas más portentosas para no caer y fracturarse el occipucio del espíritu. Felicidades a Socorro y a la dirección de publicaciones de Coneculta Chiapas por sembrar esta ceiba en medio de las nubes de nuestra expectativa.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

DIEZ MINUTOS




Romeo tuvo conciencia del tiempo. Estaba en su cubículo, con ventanal al bosque, cuando Martha, su alumna del sexto semestre, entró. “Maestro, ¿me regala cinco minutos?”. Sí, dijo él, dejó el libro “Ortografía básica de la lengua española” que revisaba, y vio el reloj de pared. Eran las once con veinte minutos. A las once con treinta entraría al seminario de lexicología. Le dijo a Martha que se sentara, ella preguntó si podía cerrar la puerta, porque lo que quiero contarle es algo muy íntimo. Sí, dijo él, gracias, dijo ella. Se sentó y se inclinó hacia él. El maestro vio la curvatura de sus pechos, él se hizo para atrás. Ella, con voz de pajarito indemne, dijo que le quería contar un sueño que tuvo. Sí, dijo él. Vio el reloj, ya eran las once con veintidós minutos. En el bosque caminaban parejas de muchachos y volaban zanates sobre las frondas. Soñé con usted, estaba acá en su cubículo y yo le pedía que me besara, que, por favor, lo hiciera. El maestro colocó las manos sobre el escritorio, las retiró, dejó una mancha de sudor. Le explicaba, continuó ella, que nunca había tenido novio y que deseaba sentir la sensación de unos labios sobre los míos. El maestro sonrió, lo hizo con una ligera mueca, diríamos que con delicadeza para que su alumna supiera que la escuchaba con atención y respeto. Le preguntó si él, en el sueño, había tenido alguna respuesta a la petición, ella dijo que sí, que él se había acercado a ella y había dicho que no podía hacerlo, que agradecía la confianza, pero que, debía comprender, no era ético. ¿Por qué no intentaba esperar a que la oportunidad apareciera de manera natural, no forzada, o si, era mucha la necesidad (cuando lo dijo ella rio) buscaba la oportunidad de hacerlo con algún amigo, alguien de su edad? Ella dijo que no, no podía esperar, en las noches soñaba con un beso en los labios, sólo eso, no más, una boca cálida en diálogo húmedo con la de ella. Lo soñaba y lo deseaba. Y tenía que ser él, porque él era el único que podía ser discreto. Cualquiera de sus compañeros o pretendientes eran muchachos de boca floja.
El maestro sonrió, vio hacia el bosque, había una calidez en el ambiente, algunas hojas caían al suelo y matizaban con rojos quemados el verde del césped. El reloj de pared marcaba las once con veintisiete. En tres minutos debía estar en el aula magna. Apenas le quedaba tiempo para llegar. Esto le dijo a ella. Ella se acercó más a él y preguntó: ¿Qué dice, entonces? Él titubeó y cuando se recompuso preguntó si el sueño continuaba. No, dijo ella, ahora la pregunta es real, ¿me besa en los labios? Cuando lo dijo sacó tantito su lengua y la repasó sobre su labio inferior y avanzó su mano hasta rozar la de él. La dejó ahí, al lado de la mano del maestro. Él sintió un ligero temblor, un suave calor, como si una mariposa aleteara.
Vio el reloj: Las once con veintiocho. Se levantó, cerró el libro que leía, tomó su libreta de apuntes y se disculpó con ella. Ella le dijo gracias, gracias por oírme. Tenía que contarle mi sueño, tenía que decirle que no duermo pensando en el instante que usted me tome entre sus brazos y me bese en los labios. Me cuesta trabajo dormir porque pienso en ese deseo y mi labio se humedece y mis labios también se humedecen. Gracias, repitió, se paró y fue hacia la puerta. Al abrirla volvió la mirada, vio al maestro y repitió: gracias, es usted muy lindo. Gracias por escucharme. Y se retiró. El maestro vio que ya eran las once con treinta, salió corriendo, cerró la puerta de un golpe, se tropezó con ella, pidió perdón, la tomó de los brazos para evitar que ella cayera. Se vieron. Apenas habían transcurrido diez minutos. Él siguió corriendo, se le hacía tarde para llegar. Tuvo conciencia del tiempo.