lunes, 20 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL MAR




Ramiro nació en Comitán y vivió acá muchos años hasta que fue a la ciudad de México a estudiar. Luego ya no volvió. Ahora lo hace sólo por vacaciones. Vive en Huatulco. Él me dice que es feliz, que va al mar, se mete y juega con los peces. Mete sus manos como si fuesen palas y atrapa a un cardumen que, sin inquietarse, sigue nadando como si nada. (Ah, qué bonito juego de palabras resultó: nadando como si nada).
Lucy, al contrario, nació en la ciudad de México y una tarde llegó a Comitán, en compañía de sus papás y hermanos. Acá vive. No sé cuántos años lleva viviendo en esta ciudad. Acá se casó y tuvo dos hijos, una niña y un niño. La niña, una mañana del año pasado, viajó a Estados Unidos de Norteamérica y, hasta el día de hoy, vive allá.
Cuando entro a la oficina de Lucy veo su escritorio que es como una pared con una cubierta de vidrio. Y digo que es como una pared, porque en la oficina de Armando Pinto, el Director de la revista Crítica, una pared está tapizada de fotografías de autores literarios famosos.
Crítica es la revista cultural de la Benemérita Universidad de Puebla. Es una de las revistas más importantes de Iberoamérica. Cuando yo entraba a la oficina de Armando me gustaba ver los retratos (la mayoría en blanco y negro) de famosos escritores. Era como entrar a un café intemporal donde ellos, de ciudades diferentes y tiempos disímbolos, echaban la plática tomando un café o una copa. Al estilo del maestro de la película “La sociedad de los poetas muertos” que invitaba a sus alumnos a acercarse a las fotografías de generaciones pasadas para escuchar las voces de los maestros y alumnos, a mí me gustaba acercarme a la pared de la oficina de Armando para oír cómo platicaban esos autores.
En ocasiones, algún autor literario se da la licencia de enfrentar y confrontar a dos autores que vivieron en épocas diferentes. Tal vez tal juego literario inicia con la pregunta: “¿Qué habría platicado fulano con zutana?” (dije zutana ¡no sotana!). Es fácil imaginar una mesa del fondo, en una cantina, donde el mesero, sin saber el instante prodigioso que ahí se produce, mientras limpia la mesa con una servilleta roja, pregunta qué desean tomar. No sabe que la mujer, quien pide un café, es Rosario Castellanos, ni puede imaginar que el hombre que mueve los dedos sobre el tablero de la mesa y pide una copa de vino, es Miguel de Cervantes, nada más y nada menos que el famosísimo autor de El Quijote.
A veces, Ramiro me cuenta que tiene una foto de Comitán sobre su escritorio, allá en su tienda de Huatulco y, pienso, acerca tantito su oído para oír el rebumbio de su pueblo.
No sé si Armando, en su oficina de Puebla, hace lo mismo, pero, imagino, él colocó esas fotos ahí para propiciar el diálogo inteligente entre gente inteligente.
Imagino, entonces, que Lucy hace lo mismo con las fotografías que, igual que peces en el mar de Huatulco, nadan sin descanso debajo del cristal de su escritorio. Todas las fotografías son de su niña, de su pichita, de su Fanny. Estos tiempos permiten (Lucy lo cuenta) que su hija le envíe mensajes por estos chunches tecnológicos, pero a ella eso no le basta. Debe tener a la mano, en la orilla de su corazón, ese oleaje que es su hija. Mientras Lucy trabaja, le basta ver hacia su derecha para hallar a su hija, en medio de un cuerpo de coral, en medio de un cardumen de peces ángel. Ah, es tan bonito el pez ángel, con sus colores de círculo psicodélico, con su capacidad de hacernos dudar que el territorio de los ángeles es el cielo. Un pez ángel es primo hermano de un ángel pez o de un ángel pescado. Tal ver por esto, Ramiro siempre está feliz cuando mete las manos en el mar de Huatulco y los peces juegan a la ronda en las palmas de sus manos.
Fanny no sabe que su mamá tiene el mar en su oficina, no sabe que ella forma un cardumen de peces ángel, de peces vela. No sabe que su mamá vela su vuelo de ángel y la invoca a cada instante. Por esto, Lucy colocó, a la manera de Armando, muchas fotos de su hija en la pared de su corazón. Y esto me sorprende. Me sorprende porque jamás había visto un escritorio con tales características. He visto muchos escritorios que tienen un portarretrato en la superficie, un portarretrato donde está la fotografía familiar. Nunca había visto un escritorio que conserva el orden de los memorándums y de los oficios, pero que es como una pared colgada en el cielo. Acá, el mar sólo tiene una orilla, sin flecos. ¿Y el otro hijo de Lucy? El otro hijo está cerca, a la vuelta de la esquina. Cuando la mamá quiero abrazarlo le basta entrar a su cuarto y recostarse junto a él, quien, cansado, duerme y sueña otras playas. La pichita de Lucy no está a la vuelta de la esquina, la Quinta Avenida no está cerca del par vial. Por eso, Lucy mete las manos en el mar de su oficina y como si hallara estrellas de mar encuentra la sonrisa de su hija, de su amada hija, quien dice que yo soy su abuelo. ¿Su abuelo? Ah, qué privilegio. Jamás un viejo tuvo como nieta a la niña más bella de esta región y de puntos intermedios. Un día de éstos Fanny volverá y su mamá tendrá la dicha completa. Podrá entrar a su recámara, se recostará a su lado y la abrazará. Mientras tanto, mientras ella, cenzontle maravilloso, vuela por otros cielos, Lucy mete su mano en el mar de su oficina y sonríe.

domingo, 19 de abril de 2015

POR HIGIENE




Lavarse las manos es uno de los actos más sencillos; uno de lo más cotidianos. Imaginemos el departamento de una muchacha que trabaja en una universidad. El elevador de su edificio no funciona, así que ella (llamémosle Sonia) debe subir por las gradas hasta el cuarto piso, porque su departamento es el 401. Cuando ella regresa del trabajo, en la noche, después de cenar dos panes tostados con mermelada y una taza de café, en la fonda de doña Abundia, busca la llave y abre la puerta de la calle. Debe, no puede evitarlo, coger el pasamano para ayudarse a subir. Antes de cenar se lavó las manos en el sanitario de la fonda, un sanitario con muebles en tono rosa subido. Siempre le ha llamado la atención el acto de lavarse las manos, las llena con mucha espuma, y luego el cometido es eliminarla hasta dejar las manos como al principio, sin rastro de espuma. ¿De veras ese acto elimina todos los gérmenes? ¿Elimina todos los bichos microscópicos que recoge cada vez que sube un peldaño y, con su mano izquierda, se apoya en el pasamano lleno de grasa? El pasamano es como el brazo de un sifilítico, lleno de costras, como esas costras que crecen en los trapos de los cocineros o en las jergas de los mecánicos. ¿Cuántas otras manos asquerosas repasan ese pasamano? Los niños juegan con mocos; los hombres orinan y después de hacerlo no se lavan las manos. A veces, cuando llega más noche a su departamento, encuentra en el descanso del piso tercero a una pareja de jóvenes que, amparados en la oscuridad porque el foco de ese piso siempre está fundido, se tentalean todas las partes de su cuerpo. A veces ha visto que la mano de él está escondida en la entrepierna de ella, mientras la mano de ésta se pierde en medio del cierre del pantalón de él. Quién sabe qué excrecencias y fluidos quedan en sus manos. Sonia (llamémosle S para economizar letras) imagina a los amantes del tercer piso al término del acto. Imagina que no tienen papel higiénico y mira (casi lo mira) que el hombre se levanta y embarra su mano en el pasamano para limpiarse la mano que está llena de semen. Lo mismo hace ella. Y luego imagina que su mano (la mano izquierda de ella) debe apoyarse en ese tubo donde los demás (decenas y decenas cada día) también se apoyan para bajar o subir las escaleras. En el piso cinco vive un carnicero; en el segundo piso una muchacha que, según decires de doña Abundia (la de la fonda, que vive en un cuarto de la azotea), trabaja en un prostíbulo. Puede ser cierto, ella, la del segundo piso, siempre viste minifalda y botas negras que le llegan hasta la rodilla; siempre está muy arreglada, con el cabello corto que permite ver el tatuaje que tiene en la nuca, algo como una mariposa que besa a un colibrí, algo así.
Un día, S siguió la recomendación de R y compró un par de guantes y antes de entrar al zaguán del edificio y subir las escaleras para llegar a su departamento, se colocó el guante blanco en la mano izquierda. No volvió a hacerlo. Desde el principio imaginó el resultado. Cuando llegó a la puerta de su departamento (ahí sí hay buena luz) vio que el guante estaba percudido de tanta mugre. Sintió repulsión al quitarse el guante con la mano derecha que también se contaminó. Como ella es diestra sintió doble náusea al ver sus dedos llenos de una mucosidad negra y verde que tenía el guante blanco.
Por ello, S se apoya en el pasamano que tiene al lado de su mano izquierda. Nunca toca el que corre por el otro lado. Con su mano derecha busca la llave de su departamento, abre, deja su bolso en la mesa del vestíbulo y entra directamente al baño (que siempre tiene abierta la puerta), abre la llave con la mano derecha y, sin hacer uso de la izquierda, toma la pastilla de jabón y, con gran destreza, mueve los dedos de la derecha hasta que forma una pasta generosa. En ese momento su mano derecha cubre la izquierda y la llena de esa espuma que, según los anuncios de la televisión, logrará matar el 99.9 de los gérmenes recogidos en los tubos de los camiones, en las perillas de las puertas, en los teclados de las computadoras, en las mesas de los restaurantes, en las manos de los otros al apretarlas para el saludo. Lo que más repulsión le provoca es pensar a la hora que entra al sanitario que emplean todas las compañeras de la oficina. A veces entra después de que María, la gorda que siempre resuella en cada inhalación, sale del sanitario. La imagina sentada, con las piernas abiertas. Sabe que defecó porque el olor es como una bofetada para su olfato. S toma papel higiénico que reparte en todo el aro de la taza para evitar que el sudor de las nalgas de María ofendan su trasero. Al terminar de orinar, toma otro pedazo de papel higiénico y con él, de manera cuidadosa, forma algo como un guante para que a la hora de bajar la palanca no la toque. Regurgita. A veces las náuseas le duran toda la tarde. No come. Cada vez que abre la llave del agua y lava sus manos, las coloca frente a una fuente de luz, puede ser una ventana o una lámpara, y las observa con atención. Imagina que ese punto uno que el jabón no puede eliminar es como un pequeño gusano que se le ha metido debajo de la piel, a través de un poro. Siente pánico al pensar que cada vez que se lava las manos un punto uno por ciento de gérmenes no puede ser eliminado. Hace cuentas. Sabe que lleva miles de veces acunando esos pequeños gránulos de mierda.
Lavarse las manos es un acto de los más sencillos, uno de los más simples.

sábado, 18 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN PUNTO




Querida Mariana: En el patio de muchas universidades existe un dibujo en el piso que señala un Punto de reunión. En caso de algún desastre natural, los estudiantes saben que deben salir de los salones, en orden, y reunirse en ese punto. Imaginemos que una mañana todo transcurre con normalidad, el maestro escribe en el pizarrón y los alumnos hacen lo de costumbre: dos o tres ponen atención y escriben en sus libretas, los demás consultan sus celulares, miran las piernas o las nalgas de las compañeras, éstas se pintan las uñas y platican con la del asiento de al lado y dos o tres dormitan, porque una noche antes fueron a una fiesta. De pronto, la tierra comienza a mecerse, alguien ve hacia el techo y señala con el dedo: ¡la lámpara se mueve! ¡Está temblando!, grita alguien y todos se levantan, uno abre la puerta y los demás salen corriendo, atropellándose. La indicación fue no empujarse y salir en orden, pero quién, ¡Dios mío!, tiene la suficiente calma para hacer caso a esas indicaciones. La mayoría va al punto de reunión, así lo sugirió el personal de Protección Civil cuando acudió a la universidad y dio normas de qué hacer en caso de siniestro.
Estos diagramas son recientes. En 1985 ocurrió un temblor, en la Ciudad de México, con consecuencias nefastas. Muchos edificios cayeron y mucha gente murió. Fue un sismo de 8.1 grados Richter. Fue de tal intensidad que hubo gente que no dudó en calificarlo de terremoto. A partir de ahí, el gobierno intensificó las normas de protección civil. Antes no había tal precaución, ni existían esos dibujos en el piso, esos que indican “Punto de reunión”.
Antes, si por casualidad ocurría un temblor leve, la gente se quedaba adentro de los cuartos, buscaba que no hubiese una viga encima de la cabeza, y rezaba a todos los santos, sobre todo a San Goloteo, el santo del relajito, ya para que le parara al rebumbio. Antes, los comitecos no sabíamos que Chiapas es una de las zonas de la república con mayor índice de movimientos telúricos. Acá, gracias a Dios, no ha ocurrido un desastre mayor. El tío Armando dice que acá no se sienten los temblores porque la ciudad está edificada sobre una enormísima roca. Algo de esto debe ser cierto. Un temblor se siente más en el barrio de San Sebastián que en el barrio de Guadalupe. Y esto no tiene algo que ver con la fuerza del santo comparada con la de la virgen, tiene que ver con la solidez del terreno.
Antes, ah, qué tiempos, los puntos de reunión no eran una señal para evitar las catástrofes, sino el lugar donde se reunían los amigos para conversar o para ir a tomar la cerveza. Y los puntos de reunión siempre han sido espacios públicos que, poco a poco, la gente se apropia.
Los muchachos de los años setenta, por ejemplo, se citaron en el Restaurante Nevelandia; en el Café Intermezzo; en los Billares de don Lampo Flores o en las bancas del parque central, al lado de tío Belis (la estatua que ahora está a la entrada de Comitán, estuvo colocada en el mero corazón del parque central). Cuando el punto de reunión era en un lugar como el café “La Pantera Rosa”, significaba que todos los amigos jalaban la silla y se sentaban ante una mesa para pedir un refresco y estar horas y horas platicando, viendo a quienes caminaban por el portal donde estaba “La casa del ciclista” o “La marina”, la famosa cantina de tío Tavo, el inventor de la macharnuda.
Ahora, no sé por qué, nuestro pueblo se ha hincado ante el Dios Automóvil. En los años setenta, el café La Pantera Rosa tenía unas sombrillas y maceteros sobre la calle, al lado del parque central. Esa calle era un andador, los autos no circulaban por ahí. Era un disfrute caminar y ver caminar a los papás con sus criaturitas, con toda la calma del mundo, sin el peligro de los autos. Los papás acompañaban a sus pichitos y pichitas, quienes, en sus triciclos o con globos en la mano, disfrutaban la tarde.
Cuando el punto de reunión era en un espacio público significaba que iríamos a otro lado. Nos veíamos en la rotonda de don Belis para ir, ya todos juntos, al Cine Comitán. Mi palomilla tenía la costumbre de reunirse en el Restaurante Lupita, que estaba al lado del Cine Montebello. Los domingos era un ritual, una tradición. Nos veíamos en el restaurante de doña Lupita y de don Rica, a la una de la tarde, pedíamos la caguama (bien helada) y la carne adobada, los picles, los frijoles refritos con chile de Simojovel y pedazos de queso, las tostadas, los chorizos y las longanizas. Otra caguama, pedíamos a la media hora de haber llegado. La intensidad de nuestra plática subía. En una esquina, sobre un soporte metálico, había una televisión. Ahí veíamos el segundo tiempo del partido de fútbol, a veces coreábamos el gol, nos levantábamos, subíamos los brazos y no faltaba el que, con el movimiento, tiraba el vaso de cerveza que mojaba la mesa y parte del pantalón. Doña Lupita llegaba y, con una franela, limpiaba la mesa. Pedíamos otra caguama (yo siempre pensé que la “tirada” era el mero pretexto para pedir la otra). A las cuatro de la tarde, ya “a medios chiles”, pedíamos la cuenta, cada uno daba su parte. Armando se colocaba al frente de la fila donde todos los demás colocábamos las manos sobre los hombros del de adelante y en trenecito salíamos del restaurante y nos metíamos al vestíbulo del cine; comprábamos los boletos y, en trenecito, entrábamos a la sala. A esa hora ya había comenzado la exhibición, nosotros entrábamos haciendo el sonido de chucuchú en voz alta. “¡Bolos, cállense!”, decía el respetable y nosotros, ahora intensificando el golpeteo con nuestros pies, subíamos a la parte de arriba del cine. Mis amigos tenían novias, éstas ya tenían apartados sus asientos. Yo buscaba un asiento disponible y veía la película, porque en ese entonces (todavía hoy) no había disfrute más agradable que ver cine o leer un libro. En ocasiones no me quedaba solo, porque alguna novia se molestaba ya que mi amigo siempre llegaba borracho y lo echaba, así que, con la cola entre las piernas, silbaba y yo contestaba alzando la mano.
Nos citábamos en alguna casa. A veces veíamos el box en la casa de Jorge; a veces nos citábamos en su casa (que tenía una sala enorme) y de ahí nos íbamos a los quince de Lourdes o de Lupita; a veces (éstas eran pocas) nos citábamos en una casa para hacer tarea.
En ocasiones nuestro punto de reunión fue la Proveedora Cultural. Cuando esto sucedió yo disfrutaba ver, a través de las vidrieras, los libros más recientes. Si tenía paga compraba el nuevo libro de la Biblioteca Salvat y mientras mis amigos llegaban yo leía a Julio Verne o el inicio de un cuento de la Matute. Ahí aprendí los primeros versos de “Las moscas”, de Machado: “Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras moscas vulgares / me evocáis todas las cosas…”. Ah, qué belleza. Cada uno de los versos de Machado me hacía ver las moscas rondando por las mesas y encima de las plastas de mierda. Pensaba en esa cualidad de esas “vulgares” para estar, bien tranquilas, en medio de la caca o encima de ese pastel delicioso que, en ese tiempo, preparaba mi mamá: el niño envuelto.
En ese tiempo no existía “la fuente”, que, ahora, es uno de los puntos de reunión más recurridos. Los chavos de estos tiempos tienen sus espacios donde se reúnen. Como los hombres y mujeres de todos los tiempos, si se citan en un lugar cerrado ahí se quedan. “Nos vemos en el Suite”, dicen los chavos y ahí echan el reventón; algunos (debe haber) se citan en el templo de Santo Domingo y escuchan la misa. A veces se citan en los corredores de la Casa de la Cultura. Este espacio es una belleza porque funciona como mera escala o, también, como punto de destino. A veces, los chavos se citan ahí para ir a otro lado; a veces, las parejas se quedan y es como su espacio íntimo donde platican, se besan y se tactean.
Las señales del piso no son agradables. Son espacios destinados para desastres naturales, sobre todo para sismos. La gente llega temerosa. Por ello, el otro día sonreí, cuando vi que un grupo de muchachos jugaba en ese punto de reunión. Los vi sentarse en el piso, sacar unos sándwiches, unos refrescos y, como si estuvieran en un picnic, se recostaron y platicaron. Una de las muchachas (la más bonita, la de pantalón y playera bien ajustados, la de rostro iluminado) les dijo que dijeran güisqui y tomó la selfi, que, minutos después, trepó en el Facebook. Dejaron libre el letrero que decía: Punto de reunión. Me gustó ese juego, donde, como si lo exorcizaran, borraron la niebla de ese espacio tenebroso y lo convirtieron en el centro del juego y de la camaradería.

Posdata: Los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares no lo saben, pero tienen un punto de reunión donde los sismos del mundo no tienen cabida: el corazón.

miércoles, 15 de abril de 2015

FRENTE A LA ESTUFA




Paty y yo nos hicimos novios una tarde. En términos estrictos yo nunca había tenido novia. Fue mi primera y única novia. Era delgada como una brizna y siempre, siempre, sonreía. Estar con ella era entrar a un bosque con aire calmo.
A los dos meses de novios yo ya le pedía que se casara conmigo. Era la certeza de que había conocido un país donde mis sueños tendrían una nacionalidad propia. Desde los primeros días algo me quedó claro: a ella no le gustaba la literatura ni le gustaba la cocina; a ella le gustaba el cine y le gustaban los animalitos (yo bromeaba y le decía que como siempre había sido un animal nos llevaríamos bien). A la fecha, después de treinta y dos años de casados, nos llevamos bien. Vamos al cine muy seguido y disfrutamos ese instante; reconozco y admiro la forma en que trata a los animalitos, todos, y de manera especial, los de la casa. Es muy amorosa. Una vez tuvimos una iguana en casa (Iguanol, le llamó. En ese tiempo estaba de moda un artistillo que ya anda perdido: Imanol y los muchachos universitarios que llegaban a nuestro local, así le llamaban). Era tanto el cuidado que Paty le dispensaba a ese animalito que, en una ocasión, un cliente ya mayor le dijo que si la reencarnación era cierta él pedía llegar a las manos de mi Paty. Al principio me enchinché porque la declaración del viejo llevaba jiribilla, pero luego entendí que, al quitarle el chanfle, la declaración era el reconocimiento al amor que Paty le dispensa a los animalitos. Yo trato de ser un animal para que ella me siga queriendo, en la misma forma que yo la quiero. Las otras dos cuestiones tampoco han sido impedimento para recorrer juntos el tramo de vida que Dios nos ha dispensado. ¿No le gusta la literatura? Qué importa, leo solo y siempre hay un mundo afuera para compartir lecturas. ¿No le gusta la cocina? ¡Qué importa! Qué importa si de sus manos he recibido, en lugar de panes compuestos, su corazón pleno y generoso.
Cuando éramos novios, un mediodía fuimos a un bosque cercano a Francisco Sarabia (camino a las ruinas de Tenam). ¿Qué compramos para comer?, fue mi pregunta (ya había comprado tres cervezas para mí y dos refrescos para ella). Me dijo que compráramos pan Bimbo, jamón, jitomates, cebollas, un frasco de mayonesa y una latita de chiles. Dijo que ella hacía ¡los sándwiches más ricos del mundo! La vi untar la mayonesa sobre el pan; colocar la rodaja de jamón como si colocara la primera piedra de un edificio de cuarenta pisos; colocar dos rodajas de jitomate con una disciplina y estética semejante a las que usaron los diseñadores de los jardines de Versalles. ¿Qué tal?, preguntó cuando le di la primera mordida. Hummm, hmmm, dije, sí, mi vida, son maravillosos. Ella sonrió. Era su máxima creación, su quedar bien: sándwiches de jamón.
Ya casados, una tarde me dijo que ella sabía hacer las tortillas con nata, como nadie más en el mundo. ¿De veras?, pregunté. Asombrado porque después de los sándwiches no había vuelto a manifestarse su espíritu culinario. Abrió el refrigerador, sacó la nata, prendió una hornilla de la estufa, puso a calentar una tortilla, le untó nata y luego, con la misma destreza que había mostrado la tarde del sándwich, regó algunas gotas de limón y agregó tantita sal. Me la sirvió en un plato (de la misma manera que las cocineras de Comitán ofrecen las tortillas con asiento) y me dijo que la comiera rápido, así calientita. ¿Qué tal?, preguntó. Y yo dije que sí, era la tortilla con nata, limón y sal más exquisita del mundo.
Me quedó claro que no le gustaba la literatura ni, tampoco, la cocina; pero de vez en vez escucha algún texto que le comparto y me hace sugerencias, atinadas, muchas de ellas.
El otro día me dijo que haría el platillo más exquisito de toda esta parte de América y me mostró una pieza de chicharrón de hebra, un pedazo de cáscara de chicharrón. Vi que cortó en trozos pequeños el chicharrón de hebra, puso la cáscara de chicharrón sobre la mesa y como si fuese Bruce Lee le metió un karatazo y luego colocó los trozos de ambas esencias en un sartén; luego agregó el jitomate cortado, también, en pequeños trozos y una cantidad decente de pedazos de cebolla, prendió la hornilla y, con una cuchara, le dio una vuelta por aquí y otra en sentido contrario, como he visto que hacen las mejores chefs del mundo. Al final, cuando ya el guiso olía bien, ella tomó una cuchara de madera, tomó un poco del sartén y la puso sobre la palma de su mano izquierda y la probó. Yo estaba atento, casi casi como si presenciara el despegue de un satélite y esperara que éste dejara la órbita terrestre para respirar tranquilo. Vi a Paty cerrar los ojos, abrirlos y con el pulgar levantado darme a entender que había preparado el más exquisito platillo de chicharrón de hebra con cáscara de chicharrón aderezado en una salsa de jitomate y cebolla. En la noche, cuando regresó de la comida con sus amigos me dijo que todos la habían felicitado.
Desde el primer día me quedó claro que Paty no era aficionada a la literatura ni a la cocina. Pero, sus incursiones en ambos territorios han sido ¡prodigiosos! Una vez escribió un haikú, y ya hubiese querido Tablada escribir como ella. Sólo uno escribió y, entre tanto papeleo, lo extravió. ¡Una verdadera pena!
La otra pena es que ahora ya no como sándwiches (me pierdo los de jamón que ella prepara); ya no como nata, por lo tanto me pierdo sus tortillas únicas y deliciosas; y, por supuesto, no como carne, menos de cuch. Ya no probé su más reciente platillo que, no dudo, podría entrar, tranquilamente, como una delicia exótica en la carta del restaurante Maxim’s, de París.
En los años setenta fue famosa la frase: “Amor es no tener que pedir perdón”. Esto debe ser entre humanos, entre animales amor es esperar que ella llegue a casa. Cuando mi Paty sale, nuestra perrita se confunde y entra en desasosiego, se sube a un sillón y ahí espera pacientemente que mi Paty regrese. Cuando ella abre la puerta, la perrita se para en dos patas y con sus manitas rasca la ventana en signo inconfundible de su alegría porque Paty volvió a casa.
Hace más de treinta años, le pedí a Paty que viniera a casa. Ella, siempre generosa, amorosa, aceptó. Y yo, cuando ella regresa a las nueve de la noche, después de estar en casas de sus amigos, yo, como la perrita, también muevo mis dos manitas.
En el parque, en las calles y en cualquier lugar veo muchas muchachas bonitas, a mí me gusta ver sus pechitos alborotados, como jugosos frutos de temporada. Uf, hay tantas niñas lindas en el pueblo, en el mundo; pero, la verdad, es que la niña más bonita de mi vida sigue siendo ella. Mi Paty ya no es la niña delgada, su carita tiene una arruguita; yo ya perdí los dientes y a veces no recuerdo el día exacto de su cumpleaños, pero la sigo queriendo, mucho, porque ella es mi casa, la estancia más dulce de mi espíritu.
Me quedó claro que no le gustaba la literatura ni la cocina; pero disfrutamos nuestras coincidencias: el cine y el respeto y amor a los animalitos. Ella es una buena mujer, ella es linda.

lunes, 13 de abril de 2015

MECHE, LLEGASTE TARDE




Tenía catorce años. Mis amigos tenían catorce o quince. Nuestras amigas tenían trece o catorce. Alguna tenía dieciséis. Íbamos al Cine Comitán o al Cine Montebello. Cuando íbamos al Comitán veíamos películas mexicanas. Mis amigos tenían novia. Les compraban órdenes de tacos dorados y un refresco. No veíamos películas “palomeras”, porque no comíamos palomitas como ahora todo mundo consume en el cine. Nosotros veíamos películas “taqueras”. Bueno ¡no!, porque a veces eran unas películas tontas y absurdas; en cambio, los tacos que vendía doña Lola, en la dulcería del cine, eran tacos sublimes.
Mis amigos, después de muchos días o meses, se atrevían a tocar la mano de la novia y éstas, como si fuesen primas hermanas de la Virgen María, se resistían. Poco a poco iban avanzando. Pasaban más meses, hasta que un día mis amigos les tocaban los pechos. Ellas, como si fuesen el Espíritu Santo en minifalda, se resistían. ¿Hipócritas? ¿Beatas? ¡No! Estaban hechas a imagen y semejanza de la Novia de América: Angélica María.
Ah, cuánto daño nos hizo Angélica María. Íbamos al cine y veíamos sus películas. Ella siempre estaba acompañada por Enrique Guzmán, con sus cantos de tiuca destrozada; por César Costa, con sus suéteres a rayas y su cara de billete arrugado; o por Alberto Vázquez siempre de traje. ¿Qué podía esperarse de una generación que creció viendo la cara y las actitudes de una muchacha tonta? ¿Qué podía esperarse de muchachos que imitaban a Enrique, César y Alberto?
Las muchachas actuaban y sus papeles eran representar a Sor Yeyé. No bastaba con Angélica sino que, además, el cine mexicano nos endilgaba a Hilda Aguirre, quien, mientras cantaba, barría el corredor del convento.
Crecimos viendo modelos de muchachas modositas y recatadas. Soñamos, entonces, tener a una novia con tales características y, por eso, mis amigos toleraron, e incluso dieron gracias a Dios, tener novias que sólo se dejaban tocar, de vez en vez, los pechos y los muslos. ¡Nunca ir más allá! Más allá estaba la zona del pecado de donde era muy difícil regresar. Así lo decían las mamás (las pinches madres que crecieron viendo a Sara García y a Libertad Lamarque. ¡Dios mío!). Yo no tenía novia, pero soñaba con una revoltura Angélica Hilda. Una con la que estuviera en el parque, viendo los pájaros y el atardecer; una con quien compartiera mis mejores momentos. Otra vez ¡Dios mío!
Pero una tarde, ya con dieciséis años, entré al cine. Solo. Compré una orden de tacos, una bolsa de cacahuates japoneses y un refresco. Me senté en una butaca pintada de rojo y en la pantalla asomó Meche Carreño. Otra vez: ¡Dios mío! ¿Así que no todas eran palomas culonas y apretadas como la Angélica? Había otro tipo de mujer, una más plena. Meche, con su cabellera larga, que era como una cascada, se recostaba sobre la arena caliente de alguna playa y dejaba que su amado buscara estrellas de mar por en medio de sus muslos. Lo más relevante era que el amado, en efecto, hallaba esas estrellas de mar y Meche cerraba los ojos, colmada. Ella no fingía, era como un río y se dejaba besar por el aire y por las manos de quienes buscaban mitigar su sed.
¡Bonita historia! Meche llegaba tarde. Ya muchas no dejarían de ser Angélicas. Ya muchos no renunciaríamos al ideal de buscar una paloma culona y apretada, modosita, como dijera Javier “con temor a Dios”, porque la Meche estaba besada por el diablo. Tarde, ya muy tarde, llegaría la Lety Perdigón, con pechos grito de jaguar, y pezones como de taza de café en tarde de lluvia. Meche, Lety, llegaron tarde. Ya Angélica nos había jodido. Nos había torcido a nosotros y a nuestras amigas.
Y desde entonces, los de mi generación nos emocionamos con las Meches del mundo. Pero, ¡eso sí!, queremos a Angélicas a nuestro lado.
Muchas veces soñé con Angélica, la imaginaba encuerada. Imaginaba sus pechos y su Monte de Venus, pero era frustrante, porque sus pechos eran como dos panes franceses desabridos y su entrepierna mostraba un pequeño macollo de pelos azufrados. Ya Meche había prendido la flama. Me gustaban los pechos altivos, morenos, como potros en medio del bosque; me gustaba una generosa mata de pelos negros, como selva misteriosa.
Por esto, hasta la fecha, las muñecas rasuradas no conmueven mi emoción. Las veo como Angélicas. Me gustan las Meches, admiro las mujeres que son como el aire, que son como la brasa del fogón. Me caen mal las mustias que llevan algo de la Novia de América en su piel y en su corazón. Esto debe ser porque es mi forma de reclamarle al cine mexicano el mal que nos hizo al presentarnos como modelo de muchacha una bobalicona y mustia.

domingo, 12 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN JUEGO SOBREPUESTO




Mariana dijo ¡juguemos! ¿De qué otra cosa puedo jugar con Mariana que no sea el infinito juego de palabras?
Acá hay un libro sobre un soporte de madera. Dos objetos comunes. Bueno, en este país es más común la mesa de madera que el libro. Los dos (lo sabemos) deben sus vidas a un árbol. Por ello, muchos ecologistas maldicen a quienes talan un árbol para construir una mesa o para formar un libro. Por ello, en este país hay muchos ecologistas que aborrecen los libros.
Pero ¿no es bueno podar una nube para construir un cielo? Hay muchas personas, en este país, que le dan más valor a la mesa que al libro. Por ello, la gente se la pasa comiendo y bebiendo en mesas de madera. En medio de los amigos las personas colocan sus codos sobre las mesas de madera, las manos empuñadas como mampuesta sobre las quijadas y escuchan atentamente a un amigo que cuenta que los árboles producen oxígeno y dan cobijo a miles de pájaros. Escuchan con atención y bendicen a los árboles que les proveyeron la mesa en donde, a su derredor, beben, platican, ríen y cantan. ¿Qué sería de la humanidad sin las mesas de madera? Estos objetos provocan encuentros. Muchas parejas deben su puente gracias a que una tarde él se animó a extender su mano sobre la mesa para tocar la mano de ella.
Acá hay un soporte de madera, un libro y un tercio del rostro de un escritor. Sólo se le ve parte del ojo, del ojo derecho en su cara, del ojo izquierdo para quien lo ve. Las fotografías siempre muestran el reflejo del otro, como si siempre estuviésemos viendo el agua de un lago y el otro nos dijera que más allá de su superficie está la profundidad, el vacío, el infinito.
Este ojo a medias ve a quien lo ve. Siempre es así. Cuando una persona se esconde detrás de un poste y se asoma, asoma apenas la parte de un ojo y con ello ve todo, pero el todo sólo alcanza a ver una parte.
Si se ve bien hay más objetos. La superficie de madera tiene vetas, como arrugas, como rasguños, como caminos para jugar a descifrar códigos; el libro tiene letras, algunas en rojo, otras en negro, como si fuese un homenaje a Stendhal; pero, además, hay dos pequeños cuadros de papel que Mariana cortó y colocó sobre dos letras en negro. Lo hizo para ocultarlo, lo hizo para decirme que jugaríamos el juego de las palabras extraviadas. Lo hizo para que yo advirtiera cómo una palabra contiene muchas más. Cada palabra es como ese rostro reflejado en la laguna: lo que se ve en la superficie es apenas como la nariz de un iceberg, en el fondo está la razón de su existencia, el cordel para brincar, la pelota para mantenerla en el cielo y evitar que caiga en el piso. Porque, se sabe, no hay palabra más piedra que la que es como canica y sólo juega, como gusano, en la tierra. La palabra globo, la palabra mariposa es la que busca todo mundo. Y acá eso es lo que parece advertirnos el ojo del escritor: no es acá en la superficie donde hallarán la esencia; es necesario adentrarse en el libro para que, como buzo, encuentren los corales y las cuevas donde duermen los tiburones.
Mariana, mi Mariana, dispuso el juego. Rio cuando encontró la primera palabra: cotz (los comitecos saben de qué se trata el juego), y luego pronunció Zar. Y dijo que Cortázar era una rayuela y colocó un dedo sobre el primer cartón y luego brincó al otro y luego dijo que el segundo cartón era un comodín y gritó la palabra azar; entonces yo brinqué en sentido contrario, como si fuese un cangrejo o como si fuese un palíndromo juguetón y dije Raza. Y Mariana rio. Soy feliz cuando ella ríe, cuando ella encuentra una cuerda para brincar sobre montañas de azúcar.
El juego de la palabra es infinita. Este juego se juega sobre un tablero que se llama libro. Por ello, algunos millones de personas en el mundo dan gracias a Dios que alguien catafixie un árbol por un libro. Los libros también dan oxígeno y, además, provocan sueños. Los sueños más azarosos, donde, ya lo advirtió José Vasconcelos: por la raza ¡habla el espíritu!

sábado, 11 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AIRE TAMBIÉN SE ASFIXIA




Querida Mariana: leo “Kassel no invita a la lógica”, la novela más reciente de Vila-Matas. Vila, vos lo sabés, es un novelista español. En el texto encontré una palabra que no conocía: “McGuffin”. ¿Vos sabés que significa esta palabra?
Me emociona conocer palabras. Nuestro idioma tiene miles y miles de palabras que desconocemos. Los académicos nos explican que nuestro léxico es mínimo. Nos comunicamos con un “pitz” de palabras. Lo bueno es que, acá en Comitán, tenemos muchos regionalismos que seguimos usando y esto le otorga a nuestra lengua una gran riqueza. ¿Viste que usé la palabra pitz? La uso como sinónimo de poco, de poquitío.
En nuestro pueblo a los borrachos les decimos bolos. A veces, cuando voy a casa de la tía Romelia, ésta se queja: “¡Ay, Alex, la Martha otra vez vino bien bola!”. A mi prima le gusta el guateque y seguido se pone unas papalinas de ¡Dios perdone! Acá, la gente no se emborracha, acá se embola. Alicia, con frecuencia, dice: “Nos pongamos butules de bolos”. No sé qué significa la palabra butul ni de dónde Alicia la sacó, pero, por el contexto, imaginó que es quedar hasta las chanclas de borracho.
McGuffin es un anglicismo y es un término que usan los cineastas y cinéfilos. Un McGuffin es, más o menos, la escena de una película que, en apariencia, es importante para el desarrollo de la trama, pero que, al final, resulta irrelevante. Es casi casi una palabra inventada por Alfred Hitchcock, el mítico director del cine de suspenso. Cuando aparece un McGuffin en la pantalla, el espectador se va con la finta, no sabe que el director lo está usando como un mero distractor. La tía Romelia usa una palabra bien bonita a cada rato. Cuando llego a su casa y toco, ella abre el ventanillo y me mira con un ojo, como lechuza. “Ah, sos vos”, dice y abre. En cuanto entro le pregunto cómo está y, sin variación, responde: “Estoy, un poco destanteada, pero estoy”; que es un poco como decir que siempre anda desorientada, despistada. Y una persona despistada es una persona fuera de pista, que anda en una pista falsa. Así que tal vez lo que mi tía dice es como un sinónimo de McGuffin. El director de cine pone una pista falsa para destantear al espectador. Así que el invento de don Alfred no es tan original. Acá en Comitán llevamos siglos destanteando a la gente. Por eso, Carlos Gordillo dice que en nuestro pueblo nadie se hace pendejo, el que bolsonea ¡se hace tacuatz! A cada rato oímos de alguien que es un tacuatzón; es decir, es un tipo que anda sin ponerse a trabajar. ¿Por qué en Comitán usamos la palabra tacuatz como sinónimo de hacerse tonto? No sé. La verdad es que nunca he visto a un tlacuache en vivo. En una ocasión vi uno muerto a mitad de la carretera. Jorge, quien iba conmigo en el auto, dijo: “Ve, ese tacuatz sí se está haciendo tacuatz en serio”.
Tal vez a vos no te diga mucho el nombre de Hitchcock, porque él es uno de los grandes directores del cine de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Aún recuerdo haber visto la película “Los pájaros”, en el Cine Comitán. Debió ser por el año de 1971 (dicha película se estrenó en 1963). ¿Cómo explicar que una parvada de pájaros me causara tal conmoción? Yo estaba acostumbrado a sentarme en las bancas de los parques a las seis de la tarde y emocionarme ante la bulla de cientos de pájaros que buscan un lugar en medio de la ramazón de los árboles. Cerraba los ojos y dejaba que mis oídos fueran el túnel por donde la alharaca entrara directo a mi espíritu. ¡Ah, qué maravilla esa cabalgata de gorjeos que caía como alud! ¡Era tan alegre! Después de ver la película de Hitchcock la felicidad se convirtió en angustia. Esas parvadas no eran tan apacibles. Pensaba ¿qué tal que alguno de estos zanates es pariente de los cuervos y gaviotas que aparecen en la cinta? Hay una escena donde niños estudiantes salen corriendo de su escuela. Las caritas de los niños reflejan el horror ante el vuelo feroz de una parvada de cuervos que, como si fuesen perros de cacería, se abalanzan contra ellos. Lo viví como una escena de guerra, donde aviones caza se preparan a lanzar bombas contra los habitantes inermes de poblaciones tristes. Aún escucho, por encima de la bulla de los pájaros, los gritos de los niños, que sonaban como cuando un grupo de ovejas es enviado al matadero. Todos los que estábamos en el cine permanecíamos, como se dice, al filo de la butaca, con las manos apretando los descansabrazos, sudando, pidiendo a Dios que les diera fuerzas a las piernitas de esos niños y niñas que bajaban en tropel por la carretera, mientras las aves, con los ojos de pantera, iban contra ellos. ¿Qué mente perversa había ideado tal tormento? ¡Hitchcock! ¿Quién más? Alfred Hitchcock, el mago del suspenso. Llegó un momento en que cerré los ojos y pedí que pasara todo, como si estuviese ocurriendo un temblor y, agarrado de una columna, rezara porque cesara el movimiento. De tal intensidad era la escena.
Nunca volví a ver con la misma inocencia a los pájaros. Ahora, incluso, la cotorrita australiana de la casa la veo a distancia. Me acerco y disfruto la belleza de su plumaje y soy feliz cuando sube a su aro y se columpia o cuando baja a la bandeja de la jaula y va de un lado a otro como si bailara. Ah, qué bonito mueve sus patitas y su colita mientras Paty le canta. Pero hay un instante en que le veo el pico y la imagen de cientos de pájaros feroces llega a mi mente y tiemblo, tantito, como si una corriente de aire moviera la planta sembrada en mi jardín. Entonces sudo, sudo como si estuviese de nuevo sentado en la butaca del Cine Comitán y viera cómo decenas de niños corren aterrorizados porque una bandada de pájaros va contra ellos, para picarlos, para sacarles los ojos. Es apenas un instante, pero ahí permanece esa imagen avasallante. Es el genio de Alfred, es su capacidad para infundir temor y suspenso. Me pongo gutz, que es estar triste o melancólico.
Y hablando de melancolías, vos sabés que acá en Comitán tenemos una palabra maravillosa: flato. Si consultás el diccionario de la lengua española hallás que flato es “una acumulación molesta de gases”, pero acá y en muchas partes de Centroamérica la usamos para decir que estamos tristes. Muchas veces el flato no tiene una causa bien definida, decimos: “Estoy enflatado y no sé por qué”. El flato comiteco está emparentado con la saudade portuguesa. La saudade es una palabra que define un estado parecido a la tristeza, a la nostalgia. Los que han viajado por todo el mundo dicen que hay territorios que son como nidos para cobijar sentimientos tristes; dicen que el suspiro está enredado en una cuerda que tiene colindancia con el vacío.
¿Mirás cuántas palabras aparecen? Nuestro dialecto comiteco posee una riqueza inmensa de regionalismos. La comida, además de ser una riqueza para el paladar, ha permitido el enriquecimiento de nuestra lengua. La convivencia con los amigos en una cantina hace que la palabra comiteca cante como si fuese enunciada por un Pavarotti: “Nos echemos un guachifulazo”, dice uno. “Sí -dice otro, mientras levanta el vaso-, nos metamos un pitutazo de comiteco”. Todos llevan el brazo al centro de la mesa, mientras otro compa dice: “Hagamos tzilín, tzilín”. “Cele el que deje algo”, dice el quinto de la mesa y toma tococh tococh el resto de cerveza que tiene en su vaso. ¡Sorprendente! En veinte segundos brota una espléndida riqueza dialectal. Y de esto estamos hechos. Los ingleses, sin duda, deben tener bien aprehendido el término McGuffin, pero nosotros, como bien dice la tía, destanteamos la cosa.
Hay algunos términos que los empleamos de manera equivocada. Cuando usamos la palabra tintintop no falta quien diga que estar tintintop es estar en “posición supina”, pero si recurrimos al diccionario de la lengua española vemos que la posición supina implica que el cuerpo descansa sobre la espalda (en posición bocarriba). Y estar tintintop es como si estuviésemos de “chivito en precipicio”, con las nalgas viendo hacia el cielo. Un compa puede terminar tintintop de bolo (es una posición delicada pues puede terminar perdiendo el modo de andar).

Posdata: la biografía de Borges da cuenta que a él le gustaba leer los diccionarios. Tal vez le gustaba el juego de hallar palabras que ya casi no se escuchan. Tal vez algún día se topó con la palabra McGuffin. Los jóvenes actuales poseen una riqueza idiomática muy restringida. Es una pena, porque son como árboles secos, con pocas hojas. Las personas del siglo pasado eran como bosques, llenos de árboles, llenos de pájaros (chin, no sé por qué los mencioné ahora, ya me da temor, de nuevo, como si fuese yo un tortolón).

Posdata a la posdata: se aplica la palabra tortolón a alguien amujerado, porque al órgano sexual femenino también se le conoce con el nombre de tortolita.

viernes, 10 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN BOSQUE DE PLASTILINA




¿Qué harían si supieran que un niño será un genio de grande? ¿Qué harían si supieran que ese niño será un científico que hallará la cura de una enfermedad “incurable”? Por supuesto que lo cuidarían como a “la niña de sus ojos”, lo enviarían a los mejores colegios para estar bajo la tutela de los mejores maestros; lo becarían, le darían todas las oportunidades para que sus conocimientos no se extraviaran en el fango de la mendicidad.
Pero, ¿qué harían si supieran que un niño perderá sus potencialidades en cuanto crezca? Mariana me dijo que ella pediría, con todas sus fuerzas: ¡que no crezca este niño! ¡Que se quede niño por siempre!
En esta fotografía se ve, al fondo una serie de cuerpos que caminan por la banqueta. Son turistas en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas (ciudad maravillosa). Ellas, las niñas de blue jeans caminan con sus coquetos tenis y cargan bolsas después de haber ido al shopping. La niña de azul celeste viste una blusa adorable. En primer plano se puede observar a dos niños, uno de éstos está recargado sobre un pequeño murete que también sirve como asiento para los cansados o, como en este caso, como mesa de juegos. El otro niño está inclinado sobre el murete y juega con una serie de figuras hechas con plastilina, hechas por él. El otro niño, el del suéter franjas blancas y verdes pistache juega con un carro de plástico que conduce en la carretera de abajo. Se ve cómo un carro rojo hace intentos de superar la montaña azul sobre la autopista superior.
Estos niños son los dueños de este espacio, el parque donde está la estatua de Fray Bartolomé de Las Casas, al lado de una escuela de educación media superior y de un mercado de artesanías. Son los niños dueños y permiten que los demás, como esas niñas bonitas de muslos soberbios, caminen por sus praderas, siempre y cuando sean respetuosos de sus territorios. Porque estos niños, a diario toman posesión de algunas parcelas, parcelas que convierten en sus bosques mágicos.
El niño de la playera de color naranja, el que juega con las figuras de plastilina, que él mismo realizó, es ¡un genio! Por esto Mariana, mi Mariana, pide que no crezca, que siga siendo el niño maravilloso que es. En dos ocasiones que hemos viajado a San Cristóbal lo hemos visto. En la primera ocasión, en medio del bosquecillo que está limitado por arriates, en el parque, comandaba a un ejército de siete niños, él les indicaba por donde debían atacar, como si fuese un Napoleón Bonaparte. Con un palo de escoba, en la mano derecha, les indicaba que formaran dos grupos y que uno avanzara por este sector y el otro dando la vuelta por allá. A una orden suya los soldados avanzaban. Todos jugaban, él jugaba pero con una convicción de que, en efecto, ese espacio era la tundra y tenía que vencer animales poderosos antes de llegar a la fortificación donde estaban los enemigos. Todos jugaban, pero él poseía una energía como si el Universo no fuera más que eso y él tuviera la convicción de que podría terminarse si él, el héroe, no terminaba con el enemigo.
Y ahora, en este segundo viaje, volvimos a toparlo. Jugaba con sus figuras de plastilina. Mariana me dijo que no hablara, sacó su cámara y, de escondidito, tomó esta fotografía. Quise decir algo, pero ella me puso un dedo en mis labios. Nos sentamos y vimos lo que hacía, era como estar frente a Picasso viendo cómo pintaba Las señoritas de Avignon; era como estar (perdón por la irreverencia) frente a Dios a la hora que hacía el pase con su mano derecha y creaba todos los planetas del universo. Si hubiese un Concurso del Niño Más Juguetón del Universo, el niño de la playera color naranja no participaría porque él está encima de solemnidades y de concursos bobos. Él juega porque es como su corazón. Esa tarde él jugaba con figuras amorfas que eran como naves interplanetarias. Mientras el niño del suéter jugaba con un carro de plástico (made in China) sobre el piso, el niño de la playera naranja jugaba con naves y monstruos interplanetarios y, con la seriedad del juego más divertido, volaba por universos muy alejados de donde las niñas bonitas de nalgas altivas caminaban para subirse a su BMW.
¿Qué sucederá el día que este niño crezca? ¿Qué pasará con el Universo cuando él deje de crear naves interplanetarias? ¡Que no crezca, Alejandro! ¡Pide que no crezca!, me decía Mariana, mientras, con una telilla húmeda en sus ojos, me tomaba de los brazos y gritaba lo que gritaba en voz baja, bajísima, de tal suerte que sólo yo lo escuchaba. Gritaba enmudecida para que los niños no suspendieran su juego, porque, se sabe, nunca ha sido bueno interrumpir la labor de los genios.

miércoles, 8 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE TODO ESTÁ EN SU LUGAR




Hace muchos años hubo una campaña que decía: “Ponga la basura en su lugar”. La campaña fue exitosa porque su ambigüedad permitió jugar con el lema. Algunos tomaban un bote de basura, lo colocaban al lado de algún amigo o algún político, tomaban la foto y ya se sabía el resultado. Y es que la gente juega con la basura. Tal vez esto provoca cierta confusión en los latinos. Los europeos no juegan con la basura, ellos tienen muy claro el concepto. La basura siempre debe estar en su lugar, y el lugar de la basura es el basurero.
Hace muchos años, en Comitán, no existía un lugar especial para concentrar la basura del pueblo. Las personas sacaban su bolsa de yute (una bolsa especial para la basura) o baldes y llevaban la basura a un lugar que llamaban “La labor”, por el barrio de San Sebastián. Ahí, muy cercano a las casas, las ratas y perros se solazaban con los residuos orgánicos. Bueno, habrá que aclarar que no era necesario separar la basura en orgánica e inorgánica. Tal como se ve en la fotografía esta división es muy reciente. Acá se advierte cómo la civilización ya llegó a este territorio y existe un depósito para la basura orgánica y otro para la inorgánica. Los críticos, que nunca faltan, dicen que el material empleado para los contenedores no fue el adecuado, porque el fierro ya está todo oxidado. “¿Cómo -preguntó enardecido el Doctor en Ciencias Osvaldo de La Integral y Derivada (apellidos muy a tono con su profesión)- no advirtieron que el agua oxidaría el material?”. Salvo este detalle y el hecho de que la gente debe colocarse una escafandra y un traje de buzo para colocar la basura en su lugar, este par de contenedores nos da una idea de cómo nuestra sociedad es muy civilizada.
Los ambientalistas más tolerantes encuentran de muy buen gusto este par de contenedores a mitad del lago; dicen que los desechos orgánicos sirven de alimento para los peces que ahí nadan tranquilamente; asimismo, aducen que tal práctica ha generado un nuevo oficio: los pepenadores náuticos. Quienes viven por los alrededores ven que todas las tardes un grupo de pepenadores se colocan impermeables y un par de aletas; nadan hasta donde están los contenedores y buscan (en el basurero de productos inorgánicos) los cartones y botellas de plástico que luego emplean para reciclar. Don Ovidio San Martín (apellido muy acorde con su oficio) un buen día decidió que debía buscarse un modo honesto de vivir e inventó una historia donde un día, Jesús, el buen pastor, había caminado por esa laguna. Cuando la multitud, en la orilla, le reclamó alimento, Jesús (de acuerdo con la versión de Ovidio) sacó un pan todo mojado del contenedor de orgánicos y lo repartió. La gente no dio crédito cuando dicho pan alcanzó para todos. La versión original cuenta que la multitud se hincó de inmediato y agradeció a Jesús el milagro, no tanto porque haya alcanzado para todos sino porque, como estaba mojado, los ancianos no tuvieron dificultad alguna en masticarlo. Desde entonces, don Ovidio, muy temprano, lleva un bolillo al contenedor y dos minutos después toca una campana para que los fieles salgan de sus casas de campaña, entren a la laguna (con la ropa que llevan puesta), lleguen hasta donde Ovidio toma migajas del pan mojado y lo reparte entre la multitud, diciendo “Este es el pan de la vida”. Por supuesto, las limosnas deben ser en moneda corriente y los fieles deben depositarlo en el contenedor de productos inorgánicos. Al término de la ceremonia, Ovidio levanta los brazos y envía a la multitud a la orilla, les pide que se recuesten sobre los petates que previamente fueron colocados, ordena que cierren los ojos y que invoquen a la divinidad, mientras él, con un par de guantes levanta las monedas del día. Esto pareciera una parábola, porque en este país, hay algunos vivales que, como el Rey de la Basura, de la Ciudad de México, se convierten en millonarios, gracias a la basura.

lunes, 6 de abril de 2015

POR LOS CAMINOS HÚMEDOS




Imaginá que te llamás agua, imaginá que sos agua. ¡Ah, qué divertida te darás! Podrás elegir ser agua estancada, podrida, sosegada, casi muerta; pero, de igual forma, como si fueras lluvia, podrás elegir ser agua que fluye, de manera permanente, hasta llegar al mar y ahí, serás más feliz aún pues, como si ella fuera una yegua, podrás encaramarte al lomo de una ola y besar la arena de la playa, besarla con la tranquilidad de una mujer que lava a la orilla del río.
Ah, podrás elegir ser agua de un pequeño arroyo que, como serpiente, se desliza en un cauce tapizado de piedras bolas, pequeñas y grandes, tan grandes como las que menciona Gabriel García Márquez, que eran como huevos prehistóricos. Si elegís ser agua de un arroyo, serás agua limpia, cristalina, cantarina; caminarás de puntillas y las piedras no lastimarán tus pies, porque tus pies serán tan tenues como beso de madre cariñosa. Podrás jugar a correr por debajo de un remetido lleno de plantas; asimismo podrás elegir pasar entre rocas o brincar por encima de ellas. Si elegís brincar tus manos formarán un cuerpo de espuma, de barbas como de montaña nevada. No te preocupés, ese color blancuzco de granizo enojado, no te durará más que el tiempo en que volvés a integrarte a tu cola de armadillo translúcido.
El instante más pleno de tu vida será cuando el agua de la lluvia caiga del cielo y te bese por asalto; sin aviso previo, abrirás tu boca y tus piernas y tus muslos y las palmas de tus manos, para recibir la bendición de la nube que, juguetona, se abrirá, igual que vos, para regar la bendición que luego, a través de tu río, compartirás con todas las orillas del mundo.
Imaginá que sos agua y que poseés la capacidad de hervir o de congelarte. Imaginá que sos temida y bendecida. Mirarás las caras de las personas cuando caigás en forma de lluvia o cuando, niña sensual, acariciés sus cuerpos tibios en una alberca. Mirarás sus caras de terror cuando llegués a darles un abrazo convertida en un tsunami o en un huracán. Verás sus caras felices cuando te dejés coger por los niños y niñas y ellos y ellas se llenen sus manitas con tu cuerpo y te avienten adentro de globos que se revientan, ¡chas, chas!, en el piso de ladrillos.
Si decidís ser agua serás tan fuerte como una gota que, necia, terca, logra horadar la piedra y formar estalactitas en el interior del espíritu del hombre.
Agua pura, niña holgura; niña que corre detrás del venado del aire, en pos de una flor que se llama mar. Niña amada, niña resentida. Agua que brinca y canta el canto de la vida en cada paso, en cada letra, en cada pie de agua, de agua consentida.
Imaginá que le jugás la vuelta a todo lo que el hombre hace para contenerte: el muro, el tubo, la cortina de la presa. Cuando te topás con un obstáculo vos lo brincás, como si fueses un caballito, o le das la vuelta, como si fueses una mariposa. Abeja que poliniza la flor de la tierra; zancudo que alimenta la piel del hombre.
Imaginá que te llamás agua y que los hombres te llaman con voz urgida; imaginá que tenés dioses y diosas y que los hombres y mujeres bailan alrededor de hogueras reclamando tu presencia. Porque, a pesar de todos los puñales que a diario te entierran, ellos y ellas reconocen que no hay esencia más necesaria en la vida que vos. Por eso, a veces, los niños se reúnen al amparo de la sombra de la ceiba y, mientras juntan sus palmas y aplauden, cantan: “Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…”, y vos, traviesa, travesaño de sueño, como si tuvieras alas, volás, volás muy alto, para desgajarte como fruto de temporada y alimentar sus sueños.
Imaginá que sos agua; imaginá que no sos acuífera, sino terrícola y tenés los pies sobre la tierra, y caminás como si fueses un zanate, a brinquitos, dejando tus huellas húmedas en el suelo, en la piel del mundo.

domingo, 5 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA A LA MITAD




Un lago ¡a la mitad! La mitad de una mojonera y la mitad de un hombre con cerveza Cabro en la mano derecha.
Una fotografía no es más que una fracción del mundo, no es más que un instante fragmentado.
Habrá que decir que el hombre sentado, con la cerveza en mano, nació en Comitán, una ciudad que, también, está partida a la mitad. En una mitad viven los que ahí nacieron y en la otra los que ahí llegaron. ¿Cómo llegan los que llegan? Con la misma facilidad con que el hombre que está sentado en la mojonera puso su nalga izquierda en territorio de Guatemala. Porque, para quienes nacieron en Comitán, y viajan constantemente a Guatemala no es noticia ni causa asombro que la línea divisoria está apenas señalada por mojones. Quien sabe nadar puede, tranquilamente, pasar de un lado a otro de esa línea donde están colocadas las boyas: una brazada puede estar en Guatemala y la otra en México. No hay tiburón ni charal que impida que una persona nade en el agua de ambos territorios. Tal vez la máxima lección sea esa: el agua de esa laguna no distingue territorios, fluye libre por ambas orillas, va de un lado a otro, como si fuese aire, porque el aire tampoco sabe de fronteras. Así pues, el hombre de esta fotografía se sintió agua, se creyó aire y puso una nalga en territorio chapín y dejó que la otra, la nalga derecha, continuase en territorio mexicano, para no perder la identidad. Hizo más, cerró los ojos, con la cerveza guatemalteca en su mano y cantó, en voz baja, el Cielito Lindo, como para sentirse parte de ese conglomerado que en el estadio de cualquier mundo toma cerveza y canta “qué lejos estoy del suelo donde he nacido”, aunque, como en este caso, sea una mera ficción, porque el pie derecho sí está en suelo mexicano. El lugar (todos los comitecos lo saben) se llama Gracias a Dios, y este pueblo es como una mojonera que delimita los territorios mexicanos y chapines. En el pueblo es más difícil saber en qué momento se está en el otro territorio. Llega un instante en que nadie sabe bien a bien por dónde camina. No hay nadie que impida (como sí sucede en la frontera Norte) un paso más allá de la frontera. No hay restricción alguna. Todos los viajeros son como agua, como aire, como pájaros, como gusanos. Es triste reconocer que sólo el hombre y la mujer tienen vedados sus pasos por territorios “ajenos”. ¿Quién determina por dónde debe caminar el hombre?
Resulta difícil pensar que las naciones también tienen restricciones ¡de vuelo! ¿Cómo alguien tiende una línea en el cielo para delimitar espacios? El hombre de esta fotografía, ese mediodía no tuvo intenciones de vuelo, dejó sus alas prendidas en la pared de su cuarto. Lo hizo así porque tenía intenciones de volver a casa por la tarde (y así lo hizo), pero llamó su atención la facilidad de llegar a una nación extranjera y pasar y caminar como Pedro por su casa. En menos de una hora (en automóvil, sin necesidad de vuelo) llegó a Gracias a Dios. Se sentó en esa mojonera que señala la división entre Guatemala y México, miró el cielo y vio cómo las nubes, igual que él, volaban de un lado a otro sin problema alguno. Las nubes eran libres, libres también era el viento, el agua y las hojas de los árboles. La libertad era uno más de los prodigios de ese mediodía. Por esto, el hombre cerró los ojos y en voz baja cantó: “…cantando se alegran, cielito lindo, los corazones…”. Y supo que todo era un canto, porque la voz, la palabra, también, igual que el colibrí, vuela libre por todos los cielos. Sólo el paso del hombre puede ser detenido, colocado en pausa. El pensamiento no conoce de mojoneras ni de cables tendidos por encima de una laguna. La palabra es como una nube que va de un lado para otro y llueve donde quiera, donde se arracima el bosque, donde la semilla apenas muestra, como gusano, su cabeza por encima de la tierra.
El hombre subió a su auto y viajó no más de una hora, lo hizo con la intención de llegar a Gracias a Dios y poner una nalga en territorio guatemalteco, lo hizo para sentarse en ese trono blanco que es como una silla majestuosa que posee el don de dividir el mundo en dos, a cualquier hora, en cualquier instante. Lo hizo para cerrar los ojos e imaginar que, a veces, dividir el mundo en dos no es más que un mero juego por donde los hombres y mujeres transitan libremente y juegan a brincar de uno a otro lado: “ahora estoy en mi país, ahora en otro; ahora regreso, ahora me voy”. Porque todo está a la mitad, a la mitad la ventana, a la mitad el corazón.

sábado, 4 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE MÉXICO




Querida Mariana: México es mi país y es el tuyo también. Como si no bastaran todas las coincidencias que nos unen ¡poseemos el mismo país! No es poca cosa. Tengo amigos cuyos afectos más íntimos son mujeres norteamericanas o españolas. Los comitecos vivimos cerca de la frontera de Guatemala, vamos de paseo a Atitlán, a la Antigua, o vamos de compras a La línea. No es raro, entonces, que algún comiteco se enamore de una patoja. Quien se enamora de una patoja (chapina, guatemalteca) adquiere una doble nacionalidad, porque el amor no es más que atar otra cuerda al nudo que ya poseemos. Por eso, cuando hay una coincidencia de patria hay una coincidencia de realidades y de sueños. Nosotros respiramos los mismos aires limpios y, de vez en vez, padecemos los mismos olores de albañal.
Me llegan Noticias del Imperio, querida Mariana. Esas noticias dicen que Fernando del Paso cumplió ochenta años. Los cumplió una mañana de Semana Santa. Y esta noticia hace que yo recuerde dos cosas: una, que te debo un libro, el libro de don Fernando que se llama “Palinuro de México”. Una tarde, en el corredor de tu casa, mientras tomábamos té de limón, te dije que esa novela es brillante. Y dos, también hace que yo recuerde mi infancia en temporada de la Semana Mayor, en Comitán.
Molcas es el sobrenombre que, en algún instante, elegí. El mejor amigo de Palinuro es el Molkas. Mis alumnos me han puesto mil apodos, pero ninguno ha logrado sobrevivir. Digo sobrevivir por encima del nombre. Sé que los apodos los callan. Ahora, mis alumnos universitarios (ellas, sobre todo) me dicen Moli, apócope de mi apellido. Muchos de mis ex alumnos sí me dicen ¡Molcas! Cuando voy por la calle y ellos caminan en la banqueta de enfrente o van conduciendo sus autos, gritan: ¡Molcas!, yo me paro, vuelvo la mirada, levanto la mano y los saludo. El Molcas lo retomé de la novela de Del Paso y de un cuento de Héctor Aguilar Camín (“Mañana lloraré”). No sé cuántas personas en el mundo eligen su sobrenombre, pero yo sí lo hice y ando en el mundo bulbuluqueando mi apodo por todos lados. Pensé que si debía tener un apodo, que fuera, cuando menos, algo como un homenaje a los libros, que tanta vida me han dado. Pero cuando alguien me dice otro apodo no me molesto, es como si alguien tocara un güiro sordo y discreto. Dos minutos después ya la melodía está en el fondo de un barranco. El otro día, un compa que trabaja en el ayuntamiento quiso ofenderme y me dijo “papa”, dizque así había escuchado que me decían de apodo. Yo sonreí y dije que no me decían así, que había escuchado mal, que a mí me lo dicen con tilde: papá, y lo repetí ¡papá! Se quedó mudo. Seguí caminando. A mí no me ofenden los apodos. Sé quién soy y cómo me llamo. Como dijera el clásico: buena lana gastó mi papá en el registro civil y en mi bautizo para nombrarme Alejandro Benito.
Hace años conocí, en la Ciudad de México, a una muchacha bonita que cuando le pregunté su nombre, me dijo: “Me llamo Grandet, con t al final”, y cuando lo dijo fue como si escupiera la te con una dignidad de reina. Ya luego, uno de sus amigos me confió: “La grande está medio tocada. El nombre lo robó de una novela francesa”. Investigué y di con la pista: era el apellido de Eugenia, título de la novela de Balzac: “Eugenia Grandet”. El amigo dijo que era una muchacha rara, a mí se me hizo genial; admiré que, a fuerza de su insistencia, supliera el común Guadalupe que llevaba de pila por el enormísimo Grandet. Hay gente que retoma nombres de personajes sublimes del cine o de la literatura. Lo hace sólo para sentirse parte de otro mundo. Sí, Mariana mía, reconozco que en mi intento de tener el sobrenombre de Molcas existe el deseo de mezclarme tantito en ese mundo donde los personajes permanecen inalterados.
Ochenta años cumplió don Fernando. Una de sus declaraciones fue que hubiese podido dar más en la vida, pero que está satisfecho con lo realizado. Ah, es que la vida es apenas un instante, no alcanza para hacer más. Pero don Fer ha dado mucho, mucho más que muchos. Basta leer ese prodigio de novela: “Palinuro de México”, para entender que hay hombres y mujeres que son como cielos. Inicialmente pareciera que construyen icebergs o montañas. ¿Quién se atreve a escalar el Everest sin piolet y cuerdas? Mas cuando, después de largas jornadas de camino al lado de precipicios, se llega a la cima, basta mirar el horizonte desde ahí para entender que esos hombres y mujeres han valido la pena. Los ochenta de don Fernando han sido un privilegio para la vista y para el espíritu. Su palabra no ha sido la cuerda que enreda cuellos sino la que ayuda a construir puentes.
Y al saber que don Fernando cumplía ochenta, recordé que te debo el libro y, como los cumplió en semana santa, recordé una tarde en que mis papás me llevaron al templo de Santo Domingo, para escuchar el Sermón de las Siete Palabras. El interior del templo era como una sucursal del infierno. Había tanta gente que el clima templado de afuera había sido convertido en un clima parecido al de Tonalá, pero sin el agua del mar. Apestaba a sudor revuelto con perfume barato y con cerveza, porque un borracho estaba a mi lado. Pensé que los comitecos eran fregones y hacían una representación muy real del momento en que crucificaron a Cristo, en medio del polvo, de la sangre y del hedor de los soldados romanos.
¿Siete palabras? Uf, don Fernando no se conformaría con tal economía de lenguaje. Don Fer es basto. La riqueza está en la selva de lianas que conforman su selva literaria. Ah, qué deslumbre de rebose, qué manera de vomitar luz.
Esa tarde, donde las mujeres vestían de luto y los hombres llevaban traje oscuro, en medio de ese sopor, el cura se aventó un sermón como de hora y media. Yo esperaba que, en efecto, el padre repitiera siete palabras, pero resultó que tampoco Jesús dijo ¡siete palabras! Son más. Aún no sé por qué la iglesia insiste en llamar al sermón el Sermón de las Siete Palabras, cuando son más, muchas más. Pero, bueno, querida Mariana, ya sabés cómo somos los humanos. Nos encanta complicar lo sencillo.
El momento que más me impresionó fue cuando el sacerdote dijo que explicaría “la quinta palabra”. El padre colocó sus manos sobre la tribuna y, como si fuese un actor del cine mexicano de la época de oro, dijo: “Tengo sed”. Yo quedé viendo a mi papá y miré que él, igual que yo, igual que todos los que estábamos en el templo: teníamos sed. (Creo que el más sediento era el bolo de mi lado, porque a esa hora, se hincó, apoyándose en el asiento de la banca, se medio persignó y salió trastabillando). Entendí que Jesús hablaba de una sed física porque un soldado romano, en lugar de darle agua, metió una esponja en vinagre, la ensartó en la punta de la lanza y alcanzó los labios del Señor, en uno de los actos más mierdas que registra la historia. Pensé que no era justo que le hicieran eso a Jesús, un hombre que había recomendado el amor al prójimo. Y ahí estaba ese prójimo cabrón haciendo más intensa su sed. Digo que supe que Cristo hablaba también de una sed espiritual, porque, años más tarde, el padre Carlos, una mañana en que platicábamos en su oficina, me explicó el concepto de sed. El padre dijo que Jesús hablaba de una sed más allá del agua, me dijo que los hombres más estériles son los que no tienen sed. El mundo, dijo el padre, es de los sedientos, de los que no están conformes con lo que tienen o con lo que son. Al final, el padre dijo que los hombres y mujeres deberíamos tener sed de acercarnos a Dios, de abrir norias en la tierra para alcanzar el agua del cielo. Y esa imagen me gustó, querida Mariana. Desde entonces, pienso lo mismo que el padre Carlos, miro por todas partes que los hombres y mujeres que tienen sed son los que logran las transformaciones personales y de la sociedad. El mundo alcanza mejores aires, gracias a hombres y mujeres que abren sus bocas y sus espíritus porque tienen sed de justicia, de aprender, de ser, de vivir.
Como si hubiese yo presagiado qué iba a decir muchos años después el Procurador de la República, jalé la tela del pantalón de mi papá y le dije: “ya me cansé”; entonces, mi papá, contra su costumbre, le dijo a mi mamá que saliéramos ya. El rito estaba por concluir. Nosotros estábamos chapeados por tanto bochorno. Pedimos permiso entre tanta gente y salimos a la luz de la tarde, al aire libre del centro de Comitán. En ese tiempo todavía se conservaba la manzana frente al atrio del templo. Caminamos por la banqueta, le dimos vuelta a la manzana y llegamos al parque. Ahí, mi papá me compró un globo y luego fuimos a la Lonchería July y compramos tres tortas de pierna que fuimos a cenar a la casa.
¿Siete palabras? No, a mí tampoco me alcanzan. Desde entonces he leído decenas de libros y he bebido cientos, miles de palabras. Sigo al pie de la letra lo que el padre Carlos me enseñó: ¡soy un hombre que tiene sed! Sed de leer, de acercarse al mundo de la literatura. Gracias a los libros conocí el prodigio de la palabra de Del Paso, quien, hace días, cumplió ochenta años.

Posdata: Pude nacer en otra ciudad, en otro país. Por fortuna nací en Comitán y tengo a México como mi país. A veces pienso que las fronteras son una estupidez y sueño en que el mundo las borrara, pero mientras llega ese día, me siento orgulloso de esta patria y agradezco porque vos también seás de acá. Tenemos los mismos anhelos para nuestra patria; olemos los mismos hedores de albañal que, a veces, vuelan por encima del aire limpio que todos deseamos para este país. De acá, también, es don Fernando Del Paso, por eso mismo Palinuro no es de Francia ni de Sudáfrica, Palinuro, igual que el Molkas, ¡es de México!