lunes, 15 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN LIBRO SIN AUTOR




Roberto Carlos dijo que mi librincillo no tenía el nombre del autor en la portada. ¿Por qué? El noventa y tantos de libros contiene el nombre del autor en la portada. Esto es así (lo dicta el sentido común) para que los lectores sepan quién escribió tal o cual libro.
Todos los lectores tenemos autores predilectos. Nunca son lo mismo. Esto habla de las diferencias y de los gustos.
Tengo, como cualquiera, autores consentidos. Cuando voy a librerías me encanta caminar por los pasillos y ver cientos de portadas. Es maravilloso descubrir el talento de los diseñadores, quienes, echan todo su resto, para que las portadas sean llamativas. Se sabe (cualquiera lo sabe) que las portadas son las que venden. Cuando alguien se acerca a un libro porque su atención fue capturada, los editores ya tienen ganado un buen trecho.
¿Por qué mi librincillo no tiene mi nombre en la portada? Cuando el editor, Luis Armando, me mostró tres propuestas de portada, llamé a Roberto Carlos, a Margarita y a no sé quién más, para que me ayudaran a elegir una, ¡la definitiva! Todos coincidieron en que la portada más acorde al tema del librincillo era la que ahora tiene. Sólo una sugerencia hice: que se le incluyera la oración: “Cartas a Mariana”. Pensé que ello ayudaría a los lectores a identificar un poco más ese aspecto de Arenillas, que se publica, sábado a sábado, en el Diario de Comitán. Luis Armando atendió a la sugerencia. Lo que nunca imaginé es que la portada iba a aparecer sin nombre.
¿Cuántos libros en el mundo no tienen el nombre del autor en la portada? Deben ser pocos, muy pocos y cada uno de éstos debe tener una razón. ¿Cuál es la razón de que mi librincillo no tenga el nombre del autor de la portada y sólo lo tenga en el lomo?
Cuando voy a librerías y camino por en medio de cientos y cientos de volúmenes me siento feliz. Cuando me acerco a la mesa de novedades veo las portadas y me sorprendo con los colores y con las formas de las ilustraciones. Mi librincillo tiene una portada muy atractiva, pero (ay, ¡ya!), no tiene mi nombre.
Cuando me acerco a la mesa de novedades si encuentro un libro con el nombre de uno de mis autores favoritos, algo como una cosquilla aparece en mi corazón, casi casi como si un gusano bailara una rumba. En muchas ocasiones consulto con mi bolsillo y (en el ciento por ciento de ocasiones) mi deseo cancela el vacío de mi bolsillo y adquiero el libro. El nombre del autor en la portada es ¡indispensable! Si no, cómo saber quién escribió el libro.
El logo de la empresa editorial sí se ve grande y bonito, pero el nombre de Benito ¡no aparece!
Pero sé que este aparente olvido es propositivo. Luis Armando no puso mi nombre porque propondrá el libro al Concurso de “Libros que no se sabe quién escribió” y estoy casi seguro que nos llevaremos el primer lugar. O lo hizo porque, como cualquier gran poeta, todo mundo aspira a que sus textos sean cantados sin necesidad de autor, que todo sea como de dominio público y el mundo entero repita frases enteras de memoria.
Acá en Comitán todo mundo (bueno, bueno, es una exageración) sabe que las Arenillas las escribe un tal Molinari, pero ¿más allá de Chacaljocom?
Este librincillo no es común ni corriente. Por esto, Luis Armando quiso hacer una portada que se saliera de lo común, de lo corriente y sólo colocó el título de Arenillas y el agregado sugerido de “Cartas a Mariana”.
Luis Armando estudió en la escuela donde trabajo desde hace muchos años, la escuela cuyo lema es “hacer las cosas ordinarias de manera extraordinaria”. Luis hizo una portada ordinaria de manera extraordinaria. Va pues.

domingo, 14 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE LA TELE QUE NO SE VE




La “imagen” no es común. Es un poco como el chiste aquel de “Papá, ¿puedo mirar la tele?” “Sí, pero no la prendas”.
¿Dónde se ha visto una tele con el monitor hacia la pared? En esta fotografía. ¿Qué función cumplen las piedras? ¿Son acaso el sostén de la sentencia de Azcárraga que dijo: “Sobre estas piedras edificaré mi iglesia”? Porque igual de sobado que el chiste es el dicho de El Tigre Azcárraga (el papá del pintito actual): “Yo hago televisión para jodidos, México es un país de jodidos, y nunca cambiará”.
Esta televisión está a punto de pasar a mejor vida ahora que se dé el apagón analógico y sólo funcionen las televisiones digitales (Mariana dice que estoy equivocado, dice que esta tele desde hace mucho pasó a mejor vida).
Caminábamos por una calle cuando Mariana señaló con su dedo. Nos paramos. “Tomale una foto”, dijo. Saqué la cámara y apreté el obturador. Es la entrada de un taller donde reparan aparatos electrónicos. Mariana dice que este televisor pasó a mejor vida desde hace muchos años y el dueño del taller lo colocó en la banqueta, así como los mecánicos dejan olvidados, en la calle, los carros que ya no tienen remedio. Cuando dijo esto último, nos reímos, porque supimos que este país tampoco tiene remedio y por eso ya, la patria, nos dejó en la calle “de la amargura”.
Qué pena reconocer que Azcárraga, el viejo, tuvo razón. ¡Nunca cambiaremos! Su televisora nos sigue dando mierda y la consumimos día y noche. A veces le ponemos un poco de polvojuan para que se disimule un poco el sabor a caca, pero de que le entramos le entramos. Si tuviésemos un poco de dignidad ya desde cuando habríamos presionado al gobierno a cancelar el programa de Laura de América. Pero nadie hace algo, porque hay millones de personas que consumen “lo que el país produce”. El país (léase inversionistas) producen lo que interesa a sus intereses y al interés del supremo poder.
¿Imaginás lo que sucedería en México si todo mundo le diera la espalda a la televisión abierta?, preguntó Mariana. Pero no pude hacerlo, porque ya, cualquier día de éstos, el “país” donará millones de televisores digitales para que los mexicanos no se queden si ese producto de primera necesidad, alimento de los pobres (de los pobres de espíritu y pobres de mente). Las personas colocarán las pantallas digitales sobre la mesa del oratorio y seguirán prendiéndole veladoras a todos los santos y vírgenes que Televisa y Teveazteca nos presentan.
Mariana y yo nos sentamos en la banqueta de enfrente y vimos la televisión. Vimos el culo de la tele y nos causó risa. Imaginamos que pasaba una señora con rumbo al mercado y miraba hacia donde estaba la tele y luego volvía la cara hacia nosotros y preguntaba: “¿Qué hacen, muchachitos?” (Yo agradecía lo de muchachitos). “Vemos la tele”, decíamos a coro. “Ah, muchachos bobos, están locos”, decía ella y se subía el chal y continuaba su camino. Mirábamos la tele e imaginábamos que veíamos una serie basada en el libro “Necrópolis”, de Santiago Gamboa, escritor colombiano, quien, según Manuel Vázquez Montalbán, es “junto con Gabriel García Márquez, el autor colombiano más importante”. Y veíamos esa serie porque Quique me acaba de obsequiar el libro. Imaginamos que cambiábamos a lenguaje comiteco el caló de José Maturana, uno de los personajes de la novela. Y donde José dice: “mis guariguaris, más que todo lo que nunca tuve y amé”, nosotros dijimos: “mis compas…”; y no cambiamos nada cuando se refiere a Dios o Jesús: “The Big Boss, Don Chuchito El Propio”, porque el juego de palabras era como una línea de agua limpia. Y así nos estuvimos buen rato y dijimos que la televisión no es la caja idiota, tiene mil posibilidades de alentar la imaginación, siempre y cuando no se prenda o no se miren los canales de Televisa o Teveazteca.
Mariana tuvo un impulso a la hora que nos paramos y dijo: “¿Y si tomamos las piedras y las tiramos contra la tele en acto de protesta?”, pero luego dijimos que no, que mejor no, porque este televisor ya estaba frito desde hace mucho tiempo y nos había servido para jugar un rato, a mitad de la calle.

sábado, 13 de diciembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE CÓMO UN LIBRO ES UN PRESENTE QUE DEFINE UN FUTURO





Querida Mariana: me gusta el lema: “Regale afecto, no lo compre”. En esta temporada todo mundo compra “presentes” para obsequiar a sus cercanos. Descreo de esta temporada en que todo huele a miel. Pero, tampoco soy tan Ebenezer Scrooge (personaje de una novela de Charles Dickens, que odiaba la navidad). Entiendo que la temporada de navidad es un pretexto para reafirmar cariño a los afectos. Así que siempre he pensado que si debo dar algo debo dar ¡un libro! Creo que todos los demás obsequios se agotan. Mis amigos saben que si obsequian una canasta con latas y botellas de coñac o güisqui ¡se terminan en un dos por tres! Un carro ¡se vuelve antiguo y pierde su belleza! Todo se agota, menos ¡el libro! El libro puede mojarse, quemarse o perderse, pero su contenido siempre perdurará en el cerebro del hombre. Un libro no genera un simple recuerdo (como los demás objetos), un libro genera conocimiento, es la llave que puede echar a andar el motor de la imaginación. Quien entrega un libro entrega palabras y quien entrega palabras da un bálsamo para el corazón y para el espíritu. Por eso, ahora, mi niña bonita (como los años anteriores), te daré un libro, pero ahora, Dios me concede el privilegio de que es un libro especial, es un libro que contiene una selección de tus cartas. ¿Mirás qué prodigio? ¡Un libro con las cartas que te he enviado, puntual y amorosamente cada semana! Acá estás, en este libro está tu rostro, tus manos, todo tu cuerpo y todo tu espíritu. Quienes tengan este libro entre sus manos, como si se asomaran a una ventana, hurgarán como pajaritos y conocerán esta relación que vos y yo hemos mantenido ya por varios años y que Dios permite sea una cuerda que no se rompe.
Vos sabés que dos o tres lectores, antes de decirme buenos días o buenas tardes, me preguntan quién sos. ¿Quién más vas a ser? Sos el motivo permanente de estas cartas. Me preguntan: ¿Quién es Mariana? ¿Qué no es obvio? Mariana sos vos, la niña amada a quien le escribo estas cartas y sos tan bella y tan llena de gracia (no como el Ave María, porque esto sería un atrevimiento), digo que sos tan llena de gracia que ya sos motivo de un libro.
Ayer, día de la Virgen de Guadalupe, presenté el libro en el patio central del Colegio Mariano N. Ruiz. Mi colegio, el colegio donde he laborado durante muchos años. Fue una tarde prodigiosa, porque siempre es bueno alimentar el espíritu con ese juego eterno de las muñecas rusas. Presenté el libro que habla de vos en el corazón de mi casa; es decir, una caja sos vos (que sos como mi casa), otra caja es el colegio (que también es mi casa), y una caja más es Comitán (la casa de todos nosotros). Todo debajo de un solo cielo, el cielo que alimenta la mano de Dios.
Porque me lo pediste, paso copia del textillo que leí ayer.

Buenas tardes. Gracias por estar acá. Ustedes saben que no creo en las presentaciones de libros. En ocasiones anteriores he realizado firmas de libros. Las presentaciones de libros obliga la presencia de amigos, intelectuales o políticos, para que, en una mesa de honor, realicen comentarios. ¿Qué se dice? Elogios. ¿Alguien hablará mal de la obra o del autor? No es común. Así que el acto de presentar un libro se convierte en una planicie donde todos sueltan avioncitos a favor del viento. No sé si Cervantes organizó algún día la presentación del Quijote; no sé si esa tarde, allá en un lugar de La Mancha, la gente asistió y al final tomó el vino de honor. No lo creo. Estas prácticas son modernas, aunque Fabio Morábito, el gran poeta y narrador, me dijo hace seis o siete años que las editoriales contemporáneas también han proscrito las presentaciones y prefieren entrevistas en prensa escrita, Internet, radio y televisión.
¿Por qué entonces convoqué a esta presentación? Por tres razones esenciales: una, porque nunca imaginé que las cartas enviadas a Mariana fuesen motivo de un libro; dos, porque es un compromiso moral que tengo con mis lectores y mi pueblo; y tres, porque debo agradecer de manera pública el abrazo que Víctor me dio, primero, al sugerirme la impresión de este libro y, segundo, al soltar la paga para que fuese una realidad.
Según Borges, el libro es “una extensión de la memoria”. Entiendo la palabra memoria en dos de sus acepciones: la memoria individual, la del hombre de todos los días; y la memoria colectiva, la que formamos, también día a día, y la que logra dar sustento a la historia.
Somos la memoria. Por ello, el libro es el objeto más preciado de la cultura, porque ayuda a preservar el legado de todos los tiempos, aun los que están por venir.
Quienes hemos vivido debemos contar lo vivido. No como un acto narcisista, sino como una responsabilidad histórica. Siempre he pensado que el día que un extraterrestre llegue a la Tierra, la memoria será esencial para el encuentro. No somos lo que proyectamos, somos lo que hacemos.
Mi mamá, quien está acá presente (Dios bendiga a Dios, por este privilegio), me dice que yo me “exprimo” el cerebro (así me lo dice, que me lo exprimo, como si fuese naranja de Tierra Caliente) y nada gano. Se refiere al billullo. Paty, mi Paty, quien me acompaña acá también, sólo sonríe cuando yo sonrío, es solidaria. Ella sonríe, así como lo ha hecho desde hace más de treinta y dos años, incluso en los momentos más oscuros. Sabe que este oficio no nos da billullo, apenas coloca una sonrisa en mi cara y ella, entonces, se solidariza conmigo. Sí, este libro es producto de cientos y cientos de horas frente a la computadora. Ellas saben que cumplo con mi destino de escribir lo que he vivido, lo que veo, lo que pepeno con mis manos titubeantes y mi corazón pequeño.
Ustedes saben que la vida no es una elección, la vida es una renunciación. He renunciado, por voluntad, a vivir en las calles para vivir en el encierro de mi casa. Lo hago por ustedes, por mis lectores; lo hago por mi pueblo; lo hago porque esa es la forma más divertida y sosegada que he hallado para vivir mi vida. Soy hijo único. Me cuesta trabajo convivir con los otros, pero no puedo ser un anacoreta, por esto, mi forma de decirles hola es a través de mis libros. Es mi forma de establecer un diálogo con el mundo; mi forma de decirles que es bueno estar entre ustedes, sin necesidad de meterme a ese río que corre impetuoso. Los saludo desde la orilla y muevo mis pies como si bailara; y silbo, bajito, como si celebrara la vida.
Publicar un libro, cuando no hay paga, implica tocar muchas puertas. A veces el acto es indigno, pero el autor extravía esa piedra, con tal de ver publicada su obra. Hay ese afán por dar, por entregar.
Por ello, porque, en esta ocasión no tuve que tocar puertas, porque Víctor y el doctor Nelson abrieron la ventana, agradezco su abrazo generoso. ¿Qué gano? Gano la dicha de tener este librincillo en mis manos, un libro que es como un presente para mi pueblo y para la niña amada, la que motiva mis cartas.
Nunca imaginé que pudieran reunirse estas cartas para formar un libro. Pero, parece que, en estos tiempos en que pocos practican el género epistolar, es como una buena señal, como un papalote volando en medio de tanto avión y de tanto satélite.
Dije que es un compromiso moral. Lo sigo asumiendo como tal. Los escritores de todo el mundo debemos entregar a nuestro pueblo lo que el pueblo nos injerta. Hoy cumplo con este compromiso moral.
Hoy, los convoqué para decir que a Comitán le cumplimos. El editor, Luis Armando, hizo un trabajo muy digno, el librincillo puede volar por cualquier cielo a gran altura; Victor (Dios bendiga siempre sus parcelas) cumplió con honrar (siempre lo hace, siempre lo hará) la mano que alguna tarde, de hace muchos años, mi papá le tendió; ustedes, lectores de estas cartas, acá están, para dar fe del acto, de un acto sencillo, pero que tiene la grandeza de un cerillo en medio de la penumbra; y yo, también cumplo, cumplo sueños, los míos y los de algún lector que pueda ser tocado por una línea de estas cartas.
En estas cartas está mi visión particular del pueblo donde nací, donde he crecido, donde me he formado y donde, pido a Dios con todas mis fuerzas, me permita morir con la cara sin mucha cicatriz y sin mucho lodo.
Gracias pues por estar acá. Ahora, si me lo permiten, a la usanza del protocolo de las presentaciones, leeré una de las cartas que viene en el libro. Gracias por su tolerancia, gracias por acompañarme en esta orilla que extravía su condición de orilla a la hora que ustedes impulsan un puente. Si alguien quiere conservar este librincillo y leerlo, puede adquirirlo. Vale ciento cincuenta pesos y lo vende la editorial Entre Tejas. Yo, ¡faltaba más!, el día de hoy también ejerzo el oficio de vende libros. ¡Bendito Dios!

Posdata: Este año, dos libros míos fueron publicados. Gracias, Dios.

viernes, 12 de diciembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE VE CÓMO EL SOL APENAS ES UNA MOTA DE POLVO EN EL UNIVERSO





Querida Mariana: ahora resulta que el sol es como un oso. El otro día leí en el periódico “La Jornada” que el sol entró en un proceso de hibernación. ¡Como oso! ¿Lo mirás? Y a estas alturas uno no sabe si el sol copió al animal o si el oso entra en hibernación porque algo en su naturaleza le indica que, después de todo, es hijo del sol. Porque, pareciera, los terrícolas somos hijos del sol, así como era “hijo del sol” un albino que, en los años sesenta, trabajaba arriba del camión de la basura y que, también, le decíamos “el güero de la basura”. Vos, mi niña bonita, sos “hija de la luna”, porque das luz a mis noches más oscuras.
Un investigador de la UNAM dijo que el sol hibernará todo el siglo XXI. ¿Qué significa esto? Pues dicen que el sol se puso en estado reductor de energía. Por simple sentido común uno deduce que esto afectará a la Tierra. ¿Cómo? No lo sé, eso es cosa de científicos.
Cuando leí la nota no pude evitar imaginar al sol como un oso, lento, como si estuviese cansado de que la Tierra le diera tanta vuelta, todos los años, encaminándose hacia su guarida. Lo imaginé entrando a una cueva (congelada) y, hecho una bola de armiño helado, tirándose sobre el piso. ¡El sol, Dios mío, adoptando una posición fetal! Lo imaginé abrazándose, tiritando de frío, durmiendo hasta que el sol (¡ay, qué confusión!) le avisara que ya era hora de salir a la primavera.
Lo pensé como un año sabático, como si el sol, ya harto de estar dándole a la manivela todos los siglos, se diera un descanso. Imaginé y tuve temor (como si fuese un niño o como si fuese un hombre de la Edad de Piedra) que el sol ya no salía a la mañana siguiente. No lo hacía porque ya estaba muy cansado, porque ya estaba harto de “alumbrar” a la Tierra.
Y ahora, niña mía, ¿qué pasará con ese ahorro de energía? ¿A poco ya el sol se contagió con esa práctica ingrata del gobierno federal de tener dos horarios? ¿Ya le dio el mal del foco ahorrador y ahora le bajará “volumen” a su ardor? ¿Se contagió de esos hombres disminuidos en su libido?
Nunca imaginé leer una noticia similar. Cuando leí la nota sentí frío, casi casi como si abriera la ventana en la madrugada y todo estuviese en silencio.
¿Y si el sol se enflata? ¿Qué sucederá si se contagia de su propia baja calorífica y comienza a entristecerse, a deprimirse? Pienso en que el sol comiteco dejará de serlo y se volverá un sol parisino, ese sol que sale tarde y con bufanda.
Pobres los enamorados que repiten frases comunes. Ya el amado no podrá poner cara de tuna podrida y decirle a su amada: “Eres el sol de mi vida”. Ya no podrá ser, porque la muchacha le aventará la plancha y gritará: “¿Tu sol? ¿Tu sol deprimido, tu sol en hibernación? ¡Salí de aquí, mudenco!”.
Y si vamos más allá, yo sugeriría a la compañía cervecera que fuera buscando un nombre sustituto para la cerveza Sol. ¿Quién -digo yo- puede alegrarse ante la posibilidad de tomar una cerveza fría, asoleada, pero con gutzera?
No dejo de pensar en el sol como un oso, un oso polar, con una bufanda a cuadros. ¿Hiberna el sol? ¿De veras? ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo impulsa a tal jugada insólita?

miércoles, 10 de diciembre de 2014

TE MIRARÉ MAÑANA





Te miraré mañana, dijo don Ruperto. La tarde ya estaba inclinada sobre el pueblo, algunas luces comenzaban a aparecer. Eugenia dijo que sí, que se mirarían mañana. Don Ruperto levantó las últimas herramientas y las colocó sobre la pared. Era algo que le gustaba hacer, poner cada herramienta sobre el dibujo. Los contornos de las herramientas estaban dibujados sobre los ladrillos aparentes. Era como un juego. Cada vez que lo hacía se sentía como un niño buscando la forma exacta que encajara con el objeto.
Te miraré mañana, había dicho. Eugenia se quitó la bata, tomó su bolso y salió. Pasó a comprar pan y llegó a su casa. Su hija estaba sentada frente a la mesa y recibía la taza con café que la abuela le dio. Eugenia se sentó y dejó que su cuerpo se desparramara como si fuese un bulto de frijol. La jornada había sido pesada. Don Ruperto le había dicho: Te miraré mañana. Y ella había sonreído. Lo había hecho porque don Ruperto era un hombre tozudo, no sabía que ya no podría ser lo que dijo: te miraré mañana. No, ya no la miraría. Ello porque, como dijo la mujer, ya no viviría.
Ocho días antes, una mujer pasó al taller y pidió un vaso de agua. Don Ruperto le dijo que pasara y pidió a su hija que le ofreciera un vaso de leche. Eugenia estaba limpiando un carburador, le echaba un poco de gasolina y, con una brocha, hurgaba en los huecos más escondidos. La pordiosera se limpió la boca con el suéter deshilachado, manchado de grasa, y recibió el vaso que apuró con avidez. Vio con afecto al viejo y le dijo: “Es una pena que los hombres buenos tengan que morir”. Don Ruperto sonrió, dijo que la vida era así, que todo mundo moriría algún día, pero la mujer se paró y dijo que: “Sí, pero hay hombres que no deberían morir tan pronto”. Don Ruperto metió la mano en la bolsa de su pantalón y ofreció un billete arrugado a la mujer. Ella lo aceptó.
Cuando la mujer estaba en la puerta, Eugenia (no supo por qué había tenido tal reacción) la detuvo y en voz baja preguntó: “¿Por qué dijo lo que dijo?”. La pordiosera se tapó con el chal y con la boca cubierta dijo: “Don Ruperto morirá la noche del siete”, y, como si fuese una sombra malnacida, desapareció. Eugenia salió a la calle y vio cómo la mujer daba vuelta en la esquina, sin volver la mirada.
“¿Cómo te fue?”, preguntó la abuela. Eugenia tomó la taza de café que le ofrecía y, como si se desinflara, dijo: “Bien, mamita, bien”. “Gracias a Dios”, dijo la abuela, en una oración ya hecha, desde siempre. Las tres bebieron al mismo tiempo, como si fuese una tabla gimnástica. La hija abrió la mochila que estaba sobre la mesa y pidió a su mamá que la ayudara en su tarea, en la de español. Eugenia dejó la taza y, a pesar del cansancio, sonrió y abrió el libro. Sí, pensó, la ayudaré en la tarea, miró al derredor: un mueble con vajilla que nunca empleaban, un trinchador, un cuadro de la Última Cena (todo cagado por las moscas), una caja de cartón donde se echaba el gato y un foco que como ahorcado iluminaba el comedor (minúsculo. Con mesa para cuatro, mesa que era como de cantina). Tomó un diccionario y comenzó a dictar palabras a su hija, ésta, con un lápiz bien afilado, copió en su libreta, en escalerita. Sí, pensó, Eugenia, estaré con mi hija. Lo pensó así, porque estaba segura de que el día siguiente sería un día pesado. Esta noche era la noche del siete de diciembre. “No lo miraré, no me mirará”, pensó, cuando recordó que don Ruperto, su jefe por más de dieciocho años, le había dicho: “Te miraré mañana”. “Mañana”, dictó, pero corrigió, porque se dio cuenta que esa palabra no la había elegido del diccionario. Eugenia le dictaba a su hija palabras que comenzaban con la letra erre. La niña sonrió y borró las dos letras iniciales de mañana.

lunes, 8 de diciembre de 2014

ARRIBA DEL BARCO





¿Qué hacen los turistas? Viajan y conocen. Los turistas de mitad del siglo pasado hasta estos días ¡tomaron y toman fotografías!
El tío Eusebio siempre recomendaba estar con mirada de turista. Vivir el propio pueblo con el asombro que acompaña al turista.
No hay peor cosa en el mundo (después de tener ganas de ir al baño y no hallar dónde) que cubrirse con el chal del fastidio y del hartazgo.
Mariana dice que puedo hacer varios libros. Digo que sí. Un amigo lector de Arriaga me sugiere hacer un libro con las Arenillas donde divido el mundo en dos; otro lector de Tuxtla dice que debo hacer uno con las auténticas Arenillas, es decir, las que son cuestionarios de diez preguntas. A mí, un día de éstos, me gustaría hacer un librincillo con las colaboraciones que envío a “Chiapas Paralelo”, que son definiciones. Podría hacer uno con aquéllas que se engloban en el tema: “Imaginá que te llamás”, donde el lector debe jugar a ser un objeto, un rostro, un espíritu o un río limpio en su nacimiento y lleno de caca en la cercanía con el mar. Podría hacer muchos libros. Sí. Sólo como mero juego, como quien sale a grafitear paredes o va de día de campo. A final de cuentas, los libros no son más que objetos juguetones, y los lectores no somos más que gatos desenrollando ovillos de estambres de la marca que vendía mi mamá en su tienda de tantos años: Estambres “El gato”.
Una vez, hace varios años (¿2004?) llegué a Comitán como turista, porque hacía cinco que no vivía acá. Llegué para la presentación del libro: “Nueva Teoría Cósmica”, de Mariano N. Ruiz. Una reedición de dicho libro. Estuve en Comitán durante cinco o seis días. No más. Lamenté no estar más tiempo, pero debía regresar a Puebla, porque tenía mucho trabajo. Y digo que estuve como turista porque tuve esa mirada de asombro ante aquello que no es lo cotidiano. ¡Ah, bendita capacidad de asombro! Elimina la absurda telaraña que la rutina insiste en tejer sobre todo aquello que se vuelve el pan de nuestros días: nuestro pueblo, nuestras calles, nuestros amigos, nuestras novias y nuestras esposas. La cercanía nos impone un velo que impide el paso de la luz completa. Cuando regresé a Puebla ¡hice un libro! Un librincillo que da cuenta de ese viaje, breve, pero infinito.
¡Ah, lo olvidaba! También podría hacer un librincillo (edición de lujo, papel couché, con imágenes a color) de todas las Arenillas que tienen como título: “Lectura de una fotografía donde…” ¡Sí, claro! Sería un librincillo bellísimo y tal vez inspirador.
Por eso, el otro día pensé que debo escribir un libro similar al que escribí en 2004, un libro donde quede registrada mi mirada sobre Comitán, como si yo fuese un turista y caminara, sin premuras, estas calles y patios maravillosos. Debo alimentar mi espíritu con la emoción de quien viaja a un lugar deseado por muchos años. Por esto, el otro día, dije que mi París es Comitán. Deseé tantos años estar en París que ahora debo aprovechar este Río Grande que no tiene nada que ver con El Sena, pero que es el río que me toca vivir y disfrutar.
Debo, como cualquier turista, visitar hoteles y restaurantes. Digo que debo pedir los alimentos y probarlos como si fuesen la primera vez que los degusto (mis lectores saben que soy vegetariano, pero los alimentos también se prueban con el olfato, el tacto y con la mirada, así como se disfruta la imagen de una muchacha bonita, sin llegar a ser como Diego Rivera, que dicen que era antropófago). Digo que debo quedarme a dormir en uno o dos hoteles y sentarme en las bancas de sus parques y hurgar en casas y, tal vez, comprar dos o tres recuerdos para llevar a mi regreso, para el día que deba regresar a mi Comitán. Cuando ese día suceda y me tope con amigos que dejé de ver muchos años, tantos como dure mi viaje en Comitán, los abrazaré con ese abrazo lleno de luz que lleva quien vuelve a la tierra querida y cuando me pregunten por dónde anduve, diré que estuve de vacaciones (muchos años) en una tierra increíble llamada Comitán. Sé que mis amigos me verán con incredulidad y pensarán que estoy enloqueciendo, sé que se extrañarán cuando los abrace y les pregunte qué han hecho los últimos años, porque no faltará el despistado que me diga que estamos chupando tranquilos, que apenas ayer, por la tarde, nos encontramos en la fuente y platicamos. Pero él no entenderá (es complejo) que la tarde anterior yo viajaba en avión desde la ciudad de México, con el deseo de llegar ya a mi pueblo e ir, “sin prisa, pero sin tregua”, al mercado Primero de mayo, para pedir un vaso de jocoatol, bien caliente, porque es el atol que me regresa a mi lugar, a mi pedazo de cielo.
He decidido comenzar a escribir este libro. Un día de éstos viajaré a Comitán. No me despediré, porque no me gustan las despedidas. ¿Cuánto duraré en el viaje? Lo más que pueda. Sé que es una ciudad prodigiosa, por lo tanto lo disfrutaré al máximo. Disfrutaré sus cielos, sus calles, sus jardines y su gente y de todo esto tomaré registro fotográfico. Cuando regrese a Comitán haré un libro que sea a la manera de Lecturas de fotografías. ¿Qué tanto de luz y qué tanto de caca aparecerá en ese libro? Mucha más luz, pero también habrá caca, porque Comitán, como cualquier pueblo del mundo, tiene sus virtudes y defectos y éstos y aquéllos aflorarán en el viaje que estoy a punto de iniciar. ¡Estoy emocionado! ¡Preparo maletas! Estoy a punto de iniciar el viaje más maravilloso que me ha tocado vivir: ¡viajar a Comitán! ¡Qué alegría!

domingo, 7 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE CÓMO EL TIEMPO CONVIVE CON EL PASADO





Pocos elementos. Un radio del siglo pasado; una piedra pintada por Paty (en el año mil novecientos noventa y tantos), es una catarina; otra piedra sin pintar, una perilla del radio que ya no está en su lugar; y un jaguar de barro (artesanía de Amatenango).
Llama la atención el dial. Tiene nombres de ciudades como La Habana y Santiago. Un poco como para decir que quien juega con ese radio puede, en un instante, trasladarse a puntos distantes.
Hubo un tiempo en que Paty pintó catarinas, muchas catarinas, sobre piedras pequeñas. Una mañana dijo que iríamos a un río a traer piedras y fuimos al lecho de un río que está por Tierra Caliente. Nos bajamos de la camioneta y ella caminó por la orilla y eligió algunas piedras (muchas). Piedras pequeñas y medianas, piedras de río, especiales para pintarlas.
Hubo un tiempo en que este radio de bulbos funcionó y permitió viajar a lugares distantes de Comitán.
¿Y el puma? ¡Porque es un puma! No puede ser otro animal. Aunque en Comitán tenemos confusión respecto a los animales. La leyenda cuenta que un grupo de conquistadores buscó un lugar para edificar una ciudad, la ciudad más bella del mundo, y, en su caminar, halló un león tomando agua. (La leyenda no dice qué pasó con el famoso león, tal vez porque lo importante era hallar un manantial de agua limpia). Así, en el famoso barrio de la Pila se originó la ciudad.
Muchos años después, cronistas e historiadores repararon en el hecho de que la leyenda contaba que un “león” ta ta ta ta ta. ¿Un león? Pues sí, en la fuente del parque central de los años sesenta había la imagen de un león de melena (en correspondencia con la leyenda). Dicho león aún existe en el Tanque de Los Caballos.
Los cronistas determinaron que el “león” era un puma americano, animal que, tal vez, tenía más posibilidad de andar por estos rumbos. ¿Dónde -por el amor de Dios- un león africano?
Esta figura es un prodigio. ¿Ya vieron el detalle de la trompa y de la cara? ¿El cuidado con que está pintado? ¿Saben cuál fue el precio? Ya lo dije: cincuenta pesos; es decir: ¡nada!
¿Cuánto vale la catarina de Paty? Ella no las vende, las regala. Las regala a sus amistades, quienes las reciben con afecto. Hace dos o tres años, Paty regaló una catarina. ¿En dónde está?
En esta imagen hay una confluencia de tiempos: el tiempo del radio antiguo y el trazo de las artesanías más novedosas. Hay algo como un diálogo entre abuelo y nieta; algo como silencio del río y el eco de la rumba y del merengue.
Imagino (sólo imagino) a la abuela sentada en el sillón de ratán. La imagino, a las seis de la tarde, con una taza de café en la mano, mientras el abuelo prende la radio y espera que se “caliente”. Porque los radios de bulbos debían calentarse. (Ah, si los jóvenes supieran de este método y lo practicaran con las muchachas bonitas, otro gallo les cantaría, un gallo más tenue.)
¿Qué oían los abuelos? ¿Alguna tarde sintonizaron la estación de La Habana y soñaron con aquellos mares llenos de estrellas? ¿Alguna vez sintonizaron la estación de Santiago y oyeron un poema de Neruda? Se llaman estaciones porque es el lugar a donde los barcos desembocan. Se sabe que la vida es un camino que tiene mil paradas, mil estaciones. En algunas estaciones hay bancos de madera para sentarse y esperar que lleguen los familiares; en otras sólo hallamos mujeres con canastos donde llevan tortas o tacos suaves para venta.
¿Es un jaguar este jaguar? ¿Puede ser un león? ¿Puede ser pariente del león de La Pila? Es una imagen de barro, pero, por el diseño de su cuerpo, parece que está a punto de dar el salto. Si uno la ve detenidamente observa que su cuerpo está a punto de desenrollar la cola. ¿Serán los puntos lo que hace posible esta visión?
Acá hay una confluencia de tiempos y de épocas. Un puma pintado por una mujer anónima (que cobra cincuenta pesos por la pieza) y una catarina pintada por Paty (quien no vende su obra, la regala). ¿Qué puente une a aquella mujer con la de mi casa?

sábado, 6 de diciembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY VECES QUE EL DON DE LA UBICUIDAD SE POSA EN EL ÁRBOL





Con un respetuoso abrazo a las familias Pulido Gutman y Durán Flores,
por las ausencias físicas de doña Martita y del Profe Roberto.

Querida Mariana: mi amiga Rocío Hernández fue a la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. Ahí se tomó una fotografía con mi más reciente novelilla entre las manos. La subió al Facebook y escribió: “Molinari, aquí estás”.
La semana pasada, el Director General de la Editorial Entre Tejas me llamó para decirme que ya estaba en Comitán el primer volumen de una selección de Arenillas. Este libro reúne una serie de cartas que te he enviado.
A mí me gusta la palabra ubicuidad, que según el diccionario es la capacidad de la “omnipresencia”; es decir, la facultad de estar en un bonche de lugares al mismo tiempo. El ejemplo del diccionario dice: “Sólo Dios tiene el don de la ubicuidad”. (Bueno, dicen que Carlos Monsiváis, el famoso escritor mexicano, parecía poseerlo, porque, a veces, estaba anunciado para dar conferencias a la misma hora de un mismo día en tres o cuatro lugares.)
El libro ocasiona tal posibilidad. El autor de un libro (sin saberlo bien a bien) puede estar en muchos lugares a la vez. Por esto, el escritor juega a ser Dios, no en su persona, sino en su obra. Cervantes ya está bien muerto y, sin embargo, su obra sigue cabalgando campante. ¿Cuántos lectores, en este momento, están leyendo alguna obra de García Márquez, en el mundo? El buen Gabo también ya está “pelas”, pero sigue vigente y más vivo que muchos vivos. Ya te he contado que a mí me gusta eso de pintar cajitas, porque, sin estar en grandes museos, estoy en muchos lugares del mundo. Algo de mí está en cada una de mis creaciones. Cuando vendía las cajitas en el bazar, en Puebla, varios de mis compradores eran visitantes de otras regiones del mundo y me decían: “Esta caja la llevaré a París”. Pucha. ¿Mirás? En alguna residencia, en este momento, quiero creer que esa cajita está expuesta sobre una mesa de centro y algo contiene en su interior, tal vez, algunas llaves, o algunos papeles importantes para su propietario.
Vos, como cualquier persona en el mundo, te has acercado a un árbol, a un árbol grande, de esos que tienen frondas generosas y en cuyas alturas los pájaros juegan a volar, a cantar o a construir sus nidos. Nos acercamos a los árboles porque, creemos, nos prodigan buena sombra. Pero, a veces (lo sabés), quien se acerca a un árbol, en intento de buscar un refugio ante el aguacero, termina achicharrado por un rayo.
En la carta anterior te dije que no deseaba ir a la FIL, de Guadalajara. No tengo tiempo ni recurso. Pero, Rocío me envió una foto donde detiene mi más reciente novelilla y, ya lo dije, escribió: “Molinari, aquí estás”. Y cuando ella tenía entre sus manos al “Molinari”, yo estaba en Comitán, tal vez estaba leyendo dos o tres páginas de “El tambor de hojalata”, de Gunter Grass (libro que releo, porque se me hace un prodigio de literatura). Pensé, entonces, en ese don maravilloso de la ubicuidad. Estar en varias partes al mismo tiempo. Pensé que ningún mortal posee en términos estrictos tal don, pero que hay algunos oficios que te permiten jugar a ser Dios y estar en varios lugares al mismo tiempo.
Cuando mirás alguna fotografía de tu infancia ¿no tenés la sensación de que, por un instante, no más, también estás ahí? A mí me sucede con frecuencia. ¿Recordás aquellas magdalenas (que son como galletas) que aparecen en la novela “En busca del tiempo perdido” y que, con el simple aroma, hace que el protagonista recuerde su infancia? Bueno, de igual manera, a veces algún olor o algún espacio (eso que llaman deja vu) nos tiende un puente hacia el pasado. El otro día vi a un señor que era muy parecido al Notario Javier Aguilar Torres (ya fallecido). Lo seguí una cuadra, hasta que me di cuenta que era una bobera. Lo dejé ir y con ello dejé ir el recuerdo. Estuve a punto de llamar a Javier (su hijo) para contarle, pero también lo consideré una bobera. Lo consideré así, porque Javier jamás tendría la sensación que yo viví, que yo sentí. Sólo quien se acerca al árbol y se recarga y cierra los ojos y respira pausado, sabe la sensación de armonía que produce la cercanía de un árbol, de un árbol viejo, enorme, en cuya fronda los pajaritos juegan.
Hay oficios que permiten jugar un poco a la idea del don de la ubicuidad. Los artistas de cine y de televisión, así como los artistas de la radio, están en muchos lugares a la vez. Hablamos, por supuesto, de las imágenes. ¿Imaginás en cuántos lugares está la imagen de una artista de telenovelas, por la tarde? En millones de hogares, en fondas, en los puestos de tacos y hasta en las pantallas mini de los autos. De igual manera, la palabra del escritor vuela en muchos cielos a la misma hora. No sé cuántos lectores, en este momento, tienen en sus manos un libro de García Márquez. Deben ser muchos, muchísimos. Su obra se difunde como una gran fronda de enormísimo árbol.
Yo, querida mía, como cualquier mortal insignificante y frágil, físicamente sólo puedo estar en un lugar a la vez, pero mis librincillos y cajitas vuelan por otros cielos. De manera modesta, mis librincillos aparecen, de vez en vez, en manos de algunos lectores. En una o dos ocasiones, amigos catedráticos han pasado copia de alguno de mis cuentos a sus alumnos y éstos los han leído al mismo tiempo. Pienso entonces que, en ese momento, cuando yo camino por la subida de San Sebastián y miro los balcones que aún (por fortuna) ahí están colgados como enormes lienzos blancos sobre tendederos, tengo el don de la ubicuidad, porque estoy en dos lugares o más al mismo tiempo.
La creación, parece, permite estar en varios lugares a la vez. Los fotógrafos, los pintores y demás fauna creativa, logra el prodigio de tocar corazones diversos.
Mientras yo estaba en Comitán, mi más reciente novelilla se paseaba, oronda y fresca, por los pasillos de la FIL, en Guadalajara. Rocío me dijo: “Molinari, aquí estás”. Y ahí estaba. Ya te conté cómo es que esta novelilla llegó a ser publicada. Una tarde recibí una llamada de Margarita, la secretaria de la Dirección de Cultura. Me dijo que el Lic. Mario Uvence (entonces Director del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes) había llamado y pedía que, de manera urgente, me comunicara con él. Así lo hice. Me hice a un lado de la carretera (donde viajaba) y ya en lugar seguro, mientras los demás carros pasaban a mi izquierda, marqué su número de celular. El Lic. Uvence me preguntó si tenía algún texto mío para publicar. Le dije que sí. Recién había dado la última revisión a mi más reciente novelilla: “Triste historia de un cuentahistorias”. Mandámela, dijo Mario, la publicaremos. Así lo hice. Veinte días después, el Lic. Uvence dejó Coneculta y fue nombrado Secretario de Turismo, del gobierno de Chiapas. ¡Adiós a la publicación!, pensé. Pero semanas después, Marco Antonio Orozco Zuarth (ya Director de Publicaciones de Coneculta Chiapas) viajó a Comitán y nos saludamos en los pasillos del Centro Cultural Rosario Castellanos. Me dijo que había hallado sobre el escritorio el original de mi novela y valoraría si se publicaba. Días después, en el mismo espacio, el Maestro Óscar Palacios (brazo derecho del Director General de Coneculta) me dijo que había leído el principio de mi novelilla (yo la había enviado a mis amigos, a través del correo, en PDF) y preguntó si alguna editorial la publicaría. Dije que no. Entonces él, de inmediato dijo que Coneculta lo publicaría, que le diría a Orozco Zuarth y mucho tiempo después Marco Antonio me escribió y dijo que la novelilla ya estaba en Talleres Gráficos del Estado y se presentaría en la Feria del Libro Chiapas – Centroamérica. Y así fue. Y así es la historia de cómo nació este librincillo. El Licenciado Uvence abrió el camino y luego ya otras voluntades lo fueron pavimentando.
¿Y el librincillo de Arenillas? ¿El libro que reúne parte de estas cartas que te mando? Eso es una galantería de mi amigo Víctor, de Almacenes San Luis. Un día me preguntó por qué no integraba este haz de palabras en un libro y le dije que no tenía paga. Él, generoso (Dios compense siempre), puso la paga y ya el libro está en Comitán. Me emociona saber que este hilo que enredo en tu corazón puede trascender en el corazón de más lectores. Vos y yo ya tendimos un puente por donde caminan algunos comitecos que encuentran un poco de agua para la sed que se llama nostalgia. Porque acá estás vos, pero también están los patios y los balcones de nuestro pueblo; esas ventanas por donde la gente se asoma y hurga y se mira como en un espejo.

Posdata: En esta temporada siempre he sugerido agregar uno o dos libros al paquete de regalos navideños. El libro de tus cartas está a la venta en el Centro Cultural Rosario Castellanos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE MUESTRA COMO EL FUTUTO NOS ALCANZARÁ (YA NOS ALCANZÓ)





En este 2014, Chiapas celebra cuarenta años de la UNACH y México todo los cuarenta de la UAM. Mi generación terminó en 1974 el bachillerato. Medio mundo buscó opciones: Pedro y Javier decidieron quedarse en el terruño y entraron a la Escuela de Ingeniería de la UNACH; Quique, Jorge, Miguel y yo fuimos a la ciudad de México y nos inscribimos en la UAM, la famosa Universidad Autónoma Metropolitana, que estaba recién hechecita. Javier y Pedro lograron titularse (el ciento por ciento de nuestra camada ¡se logró!) De quienes fuimos a la UAM, sólo Quique y Miguel lograron el anhelado título (apenas cincuenta por ciento). Muchos años después me uní a Pedro y Javier y me titulé en la UNACH. Como ya advirtió el lector, soy el único de la palomilla que tiene doble motivo de festejo. Festejo los cuarenta de la UNACH y los cuarenta de la UAM. Por ello llamó mi atención la contraportada del más reciente número de “Proceso”. ¿Error de dedo a nivel nacional?
El lema de la UNACH es “Por la conciencia de la necesidad de servir” y el de la UAM es “Casa abierta al tiempo”. Si alguien me diera a elegir, elegiría el de la UAM, tiene más aire, abre más ventanas. El lema de la UNACH se me hace confuso y pobre. Tal vez el país fracasa, de vez en vez, porque hay un erróneo concepto del servicio. El servicio no es una necesidad, tendría que ser una pasión, una convicción. Hay un abismo de diferencia entre la necesidad de trabajar y la pasión por trabajar. El que trabaja por necesidad le cuesta trabajo trabajar. ¿Debemos ser conscientes de que existe una necesidad de servicio?
La UAM estaba tan abierta al tiempo que eligió un himno alejado de esos himnos soporíferos que son costumbre. El día que se inauguró el plantel Iztapalapa (el plantel que me correspondió por la carrera que elegí), María Medina, cantante yucateca de moda en estos tiempos, trepó a un templete al aire y cantó, cantó con esa voz que, igual que la Universidad, también estaba abierta al tiempo del universo. Esos tiempos eran tiempos de la OTI, un concurso de canciones donde participaban cantantes de toda Iberoamérica. En esos escenarios volaba esta yucateca bonita y bien entonada.
Y ahora resulta que para conmemorar los cuarenta años de la UAM, la revista “Proceso” nos regala un error de dedo y sentencia que esta Universidad tiene proyección al “fututo”.
Cuando llegué a la UAM me sorprendí. Sus laboratorios nada tenían que ver con el “gallinero” que teníamos en la prepa y que funcionaba como laboratorio de Química. Todo era de gran nivel. Los catedráticos eran, también, de primerísimo nivel. El Doctor Carlos Graef Fernández, eminente científico mexicano, me dio Física I. Sólo un cuatrimestre duré en la UAM. Y fue así porque mis calificaciones no estuvieron a la altura de la Universidad y, en lugar de estar en un buen nivel, se deslizaron por los más intrincados albañales. Con el eminente Doctor Graef obtuve, en mi primer examen, 0.57 (sí, como suena. No alcancé ni el uno).
Digo que sólo maravillas vi en ese espacio, como si estuviera frente al mar y todo estuviera dispuesto para asombrarme.
Por eso, tal vez, ahora que lo pienso lo del “fututo” no sea un error. Si hago caso al lema y, aunque sea en espíritu, entro a esa casa abierta al tiempo, puedo pensar que el futuro no es la incógnita llena de intriga que muchos vaticinan. Tal vez el futuro sea algo más sencillo, más luminoso, algo como una palabra juguetona. A cuarenta años de haber estado en una aula de la UAM abro mis manos y recibo esta palabra que me regala el presente (que hace cuarenta fue futuro). Me quedo con la palabra “fututo” y, desde hoy, jugaré con ella, como si fuese una cometa y yo, desde la ventana de la casa, le diera cuerda para que suba más, más, más, hasta ochenta años, fecha en que celebraremos las ocho décadas de esta maravillosa Casa Abierta al Tiempo y, también, de la UNACH, institución que, espero, puede servir sin necesidad y sólo por la pasión de hacerlo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

POR LOS ANIMALES DEL MUNDO





Hay un día del año en que todos llevan a bendecir a sus animales. La tía Martina se levanta temprano y baña a su gato (el gato se rehúsa). Lo seca con la misma toalla con que ella se seca todas las mañanas, después del baño. Luego lo lleva al patio, donde ya Marciano colocó una mesa y un mantel blanco. Ahí coloca al gato y lo peina, lo peina con el mismo peine con que ella se peina todas las mañanas. Le pone un moño rojo y luego sale a la calle, echa candado a la puerta. (Eso de echarle candado a la puerta pareciera un absurdo, porque toda la cerca que rodea a la casa es un murete de piedra de apenas un metro de alto. Cualquier persona que camine por la calle puede brincar y meterse a la casa, como si fuese un delincuente, pero no ocurre así, porque, en el pueblo, todo mundo es respetuoso y el echar candado a la puerta de calle sólo avisa a los amigos y parientes que la tía no está en casa, que (por la fecha) ella está en el templo, ahí donde toda la gente del pueblo hace fila y carga o jala a sus animalitos para la bendición.)
Hay un día del año en que el sacerdote del templo de San Sebastián se para a mitad del atrio, mete un ramo de claveles blancos en el agua bendita y, como si tocara una campana imaginaria, mueve las manos por todos lados a fin de que el agua llegue a tocar el cuerpo de los animalitos. La gente se mueve. En el instante en que las gotas tocan los cuerpos de los gatos o de los perros o de los avestruces, las personas las abrazan y caminan por los extremos a fin de que los demás puedan llegar hasta donde el padre riega agua como aspersor.
Hay un día del año en que la tía Martina se levanta temprano y baña al gato. Un día en que, con parihuela, el tío Armando lleva a Gregorio Samsa para que lo bendigan. La gran cucaracha que es Gregorio se mueve con dificultad. Siempre en la posición bocarriba (¿cómo se llama la boca de la cucaracha?) Gregorio resiente el roce de la colcha con que el tío lo arropa. Sus patas son tan sensibles que la cucaracha Samsa preferiría que lo llevaran sin esa colcha que le produce tanto calor, pero el tío prefiere que sea así. Se sabe, nunca falta el que se sorprende ante cualquier cosa y termina haciendo una gran tragedia. El pueblo aún recuerda cuando aquel chaparrito escritor, que un día llegó de Guatemala, tuvo la puntada de llevar a su dinosaurio a la ceremonia de la bendición anual. La gente corrió por todos lados cuando en la esquina apareció el hombre jalando a su mascota. Los gatos maullaron como nunca y arañaron a sus dueños y dueñas que los cargaban; las mulas salieron corriendo desaforadas y jamás regresaron. Días después, las personas hallaron a sus animalitos, con la panza inflada, a mitad del lago o en el fondo de los pozos o muertos en lo alto de la montaña. Lo que la gente no le perdonó nunca al padre Toribio fue que salió a dar la bendición al animal de don Augusto, salió al atrio, elevó el brazo y, con la vista hacia el cielo (donde estaba el cuello del animal) echó agua al aire.
Hay un día del año en que todas las personas llevan sus mascotas al templo para la bendición. El atrio del templo se llena con festones de juncia, la comisión encargada “pone” marimba, y la gente que viene del Río Grande arma un tianguis donde venden flores y tzolitos, elotes y manojos de rábanos.
Hay un día del año en que todos llevan a bendecir a sus animales. Un día en que todo se vuelve una gran fiesta, como si fuese el último día del mundo. La gente sale a la calle y lleva a todas sus mascotas. En el atrio del templo hay una gran concentración, desde el cuervo, de don Esopo (el dueño de la cantina que se llama “La fábula”) hasta el becerro que presentó Abraham. Es una gran fiesta y la gente del pueblo la cobija porque sabe que los pueblos enriquecen su historia si conservan sus tradiciones.

domingo, 30 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE NADA SE VE





Lucía me enseñó una tarjeta negra. Era un papel fotográfico. “¿Qué ves?”, me dijo. Yo, sólo por jugar, le dije que veía una casa, un camino y un pajarito. Lucía sonrió. Abrió la ventana y le gritó a su mamá, quien regaba las plantas del jardín: “¿Ya viste, mamá, mi tío Alejandro sí sabe mirar?”. Y yo, con pena, seguí leyendo el libro de Modiano (Premio Nobel de Literatura) que llegó en el paquete de Gandhi (la librería).
Sólo por jugar me senté en el piso, al lado de Lucía. Tomé una de las muñecas y, siguiendo con el juego, le pregunté (a la muñeca), qué veía en la fotografía de Lucía. Lucía volvió a sonreír y luego haciendo voz de pajarito dijo: “Veo una araña que juega a la comidita con un elefante”. Yo moví la muñeca como si fuese un títere y, en efecto, ella respondiera mi pregunta. Lucía volvió a hacer la vocecita de hilo delgado y preguntó: “¿Y tú, qué ves?”. Hummm, dice, yo veo una montaña de sal y hasta arriba veo un venado que disfruta su cena. Lucía rio y pidió a su mamá que se acercara. Rocío dejó la regadera al lado del árbol de durazno y, limpiándose las manos con su mandil a cuadros, se acercó hasta nosotros. El sol se ocultaba. Una sombra dulce iluminaba el patio de la casa de mi prima.
No sé, tal vez en algún agujero negro del Universo puede jugarse este juego. Alguien (no sé) puede preguntar: “¿qué ves?”.
A veces imaginó que el origen del universo fue este juego. Todo era oscuridad y silencio. Alguien (una niña bonita, como mi sobrina) le mostró la negritud total e infinita y le preguntó: “Dios, ¿qué ves?”, y Dios pronunció una extensa relación de objetos y seres. Conforme los fue nombrando, ellos tomaron forma. Se sabe que cada vez que Dios nombra ¡crea!
Rocío me dijo que si estuviéramos en los años sesenta diríamos que esa fotografía estaba “velada”. Sí, dije. En los años sesenta, a veces, los rollos fotográficos se velaban porque los lastimaba la luz. Los rollos fotográficos debían ser manipulados adentro del cuarto oscuro para que, mediante un proceso maravilloso de revelado, aparecieran las imágenes. A veces, el rollo se velaba y sólo se obtenía una placa negra, como la que mi sobrina tenía entre las manos y con la que jugábamos.
Rocío, con su pie, hizo a un lado las hojas secas, y se sentó sobre el espacio “limpio”. Jugó, también, con nosotros. Cuando Lucía le preguntó qué veía, mi prima dijo que veía un sombrero de mago y del sombrero salía un conejo. ¿Cómo se llama el conejo?, preguntó Lucía y su mamá dijo que no tenía nombre, que el animal la había nombrado madrina y que ella, Lucía, debía nombrarlo. Romeo se asomó en el portal de la casa, prendió el foco y dijo que ya iba a comenzar el partido de fútbol, preguntó que si lo veríamos. Lucía y Rocío dijeron que sí (en casa todos son aficionados al fútbol americano), que ya íbamos. Romeo abrió la puerta abatible con mosquitero y entró a casa. Hummm, dijo Lucía, casi como si me imitara, con la mano derecha en su barbilla, y bautizó al conejo. Reímos por el nombre. ¿A quién se le ocurre nombrar a un conejo con el nombre de Titanic cuatro? A mi sobrina. Como estábamos jugando le pedí a Lucía que corriera a apagar la luz del portal, la que había encendido su papá; y a Rocío le pedí que apagara la luz de la casa. Ya la noche había entrado. Ambas se pararon y corrieron. La luz del portal se apagó y luego las de casa. Vi las sombras de los tres en el portal, los vi caminar hacia mí y, cuando llegaron, Lucía dijo que nos acostáramos bocarriba sobre el césped y que viéramos el cielo. Vimos entonces algo como una fotografía en negro. Y pensé que sí, que igual que nosotros, alguien jugaba “allá arriba” y preguntaba: “¿Qué ves?”.

sábado, 29 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA UN DESEO




Querida Mariana: los seres humanos estamos llenos de deseos. ¿Puede decirse que hay tantos deseos como personas en el mundo? Tal vez sí. Tal vez algunos deseos son comunes: la salud, el dinero, el amor y otros chunches, pero, como regla general, cada persona tiene deseos específicos.
¿Vos deseás algo, con intensidad? Nina, quien es la niña que ganó el Concurso de Cuento “Los animales de la selva”, me dijo que su mayor deseo era conocer un oso panda. La maestra Alicia le dijo que cuando fuera a la Ciudad de México a recibir el premio podía ir a Chapultepec. “¡Ahí hay un oso panda!”, dijo la maestra, casi emocionada, como si ya estuviera frente a la jaula de cristales transparentes y viera al oso comiendo un trozo de bambú y así se cumpliera el deseo de Nina. Pero Nina dijo que no, que no quería ver un oso panda encerrado.
Los deseos, mi niña bonita, casi no se cumplen siempre, porque la manifestación del deseo siempre es menor a lo deseado. Las mamás cuentan que siempre soñaron con su príncipe azul, pero, al final, terminaron con un plebeyo medio gris azulado (a su lado).
Vos sabés que hoy inicia la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. No puedo imaginar el deslumbre de esa feria. Los datos que leo son luminosos, abrumadores. Esta feria, dicen los que saben, ya es la segunda feria del libro más importante del mundo. La Feria del Libro de Frankfurt, Alemania, es la número uno. Es impresionante el número de asistentes a la Feria del Libro, de Guadalajara, el año pasado acudieron más de setecientas cincuenta mil personas. ¿Lo imaginás? Hay un día (de los ocho o nueve de la Feria) que la población total de Comitán visita las instalaciones. ¿Imaginás a todo Comitán hojeando libros, asistiendo a conferencias, haciendo fila para conseguir el autógrafo del autor predilecto? A mí me cuesta trabajo imaginarlo, porque nunca he estado en un acto donde se manifieste tanta gente. Siempre me han seducido esos actos donde la multitud se hace presente: los conciertos de rock o de pop en estadios; las marchas que ahora realizan en la Ciudad de México; los estadios de fútbol llenos a todo lo que da, con miles y miles de hinchas gritando ¡gol, gol, gol!, cuando ocasionalmente cae uno; las ferias pueblerinas, llenas de puestos donde venden micheladas, pizzas con grasa y papas fritas cagadas de mosca. Me seduce la Plaza de San Pedro llenísima de fieles en espera de que un hombre les dé la bendición. Pero todo lo he visto en imágenes de televisión y en fotografías. Por esto, no puedo imaginar la multitud que hoy acudirá a la fiesta de la inteligencia, en Guadalajara. ¿Deseo estar allá? A vos, ¿te gustaría estar en medio de esa multitud, viendo montañas de libros? ¿Alguna vez has estado en un lugar donde los lectores son como pájaros y vuelan por encima de árboles cuyos frutos son libros? ¿Alguna vez has estado en un lugar donde hay miles y miles de libros?
Los deseos causan frustración, son como el fruto del árbol prohibido. Los deseos son el hilo que usan los demonios para enredar la miseria. Quien desea se mete, voluntariamente, a una celda. El deseo es una maldición. “Te deseo”, dice el amado a su muchacha. “Yo también”, dice la otra, con ojos de pez a mitad de la pecera esférica. Esas palabras contienen todo un universo, porque el deseo es el motor que acciona el mundo. El deseo es un alacrán, pero sin él, el mundo no funcionaría. ¿Imaginás una sociedad sin deseos? ¿Una sociedad satisfecha? Todo se mueve a través del deseo. Los hombres que no desean son los más felices, pero son los más estériles.
Mi amiga Eva Morante siempre trata de sembrarme el deseo de ir a la FIL. Me presume aquel oasis en medio del páramo editorial. Este año, Argentina es el país invitado de honor. Este año (a partir del día de hoy), el nombre de Julio Cortázar correrá, como canica traviesa, por todos los pasillos de la Feria. ¿Deseo estar allá? No, no lo deseo. Y no lo deseo porque sé que será imposible asistir. Entonces, ¿para qué lo deseo? Desde niño he sido una persona alejada del deseo. A veces, como a cualquier humano, el deseo me toca, pero al rato lo desecho.
Hace como veinte años algo como una pequeña planta comenzó a crecer en mi espíritu. Comencé a desear conocer París. Vi muchas películas que tenían a París como telón de fondo; leí muchas historias de muchachos y muchachas que se besaban en los pasadizos húmedos de las casas Parisinas y en los entremetidos de las calles que son como orillas del Río Sena. Vi muchos documentales y compré dos guías de París. Una amiga me obsequió un llavero con la imagen de la Torre Eiffel. (Llevaba a París en la bolsa de mi pantalón. Esto fue una mala decisión. Parece que debí llevar a la Torre en mi corazón y no en la bolsa de mi pantalón. En la bolsa de mi pantalón debí llevar muchos billetes para lograr mi deseo. Lo único que logré fue un gran hoyo en la bolsa que provocó que las pocas monedas que tenía se perdieran). Deseé con toda mi alma ir a París. Como decía el comercial de Pronósticos Deportivos: “Me vi”. Me vi haciendo fila en el Museo del Louvre, bajando por la Pirámide diseñada por el arquitecto Pei; me vi, en medio de una multitud, subiendo a la Torre Eiffel y cenando en el Restaurante “Julio Verne” y, mientras tomaba una copa de vino, veía a París desde las alturas; me vi tirado en el piso en la Plaza de La Concordia, bocarriba, con los brazos en cruz, viendo el cielo nocturno; me vi, una mañana lluviosa, caminando por las calles solitarias del cementerio de Montparnasse, con el cuello de la chamarra hacia arriba, buscando la tumba de Julio Cortázar (ese maravilloso cronopio que hoy, como papalote, volará en los cielos de la FIL). Aprendí algunas palabras en francés y me vi (me oí) decirlas a la hora de solicitar una habitación o a la hora de preguntar adónde quedaba la rue Martel, para caminar esa calle donde está la casa que habitó Cortázar y su primera esposa: Aurora Bernárdez. Y para cumplir mi deseo, un día pinté mi raya en Comitán y quemé naves. ¡Ay, Dios mío, no pasé de Chacaljocom! Tal vez lo deseé tanto que alargué demasiado el deseo y los deseos que se dilatan mucho (dilatar en la acepción de extender) se hacen débiles y a la menor provocación se rompen como si fueran ligas muy tensadas. Entendí que había roto con mi propia naturaleza: nunca desear, sólo recibir lo que Dios me da. Regresé a Comitán ya sin desear más (porque mi retorno sí lo deseé con gran intensidad). Ahora estoy acá, en mi pueblo de nuevo y ¿qué deseo? ¡Nada! ¡Nada pido! Dejo que mi energía fluya hacia donde el universo lo envía. ¿Carro nuevo? No. ¿Casa nueva? No. ¿Viajes? No. ¿Dinero? ¿Para qué si nada deseo? ¿Es esto una actitud conformista y mediocre? No lo sé. Aprendí que el deseo frustra y mete a la persona en una prisión. Además, es sentencia popular, el ser humano no tiene llenadero. En el instante que un deseo se cumple la luz del deseo se apaga. Los deseos infantiles son ejemplo de ello. Ahora que está cercana la nochebuena y los niños esperan con alegría que sus deseos se cumplan a través de los regalos que les dejará el viejito de la nochebuena hay una gran emoción en sus caritas. “¿Qué le pedirás al viejito?”, le pregunté el otro día a Rosy, la hijita de Rosaura. Ella, con su dedo índice de la mano derecha, enumeró sobre los dedos de su mano izquierda los cinco juguetes que quiere. Su cara tenía la luz de un reflector de escenario de teatro. Ya sé qué pasará. Si el viejito le cumple todos sus deseos, ella sonreirá como paloma en vuelo, brincará y bailará, pero días después esa luz se irá apagando y se volverá un árbol sin hojas. El deseo, una vez cumplido, se convierte en agua hedionda. Es necesario alentar un nuevo deseo, para que el afán de vida no sea un mero vacío. Es necesario que aparezca la novedad.
Los que le saben a esta vaina de la vida recomiendan vivir “el aquí y el ahora”. Esta sentencia excluye el deseo; esta sentencia no incluye el futuro y (todo mundo lo sabe) el deseo se instala en el futuro, no corresponde al presente. Deseamos un mejor porvenir, todo está relacionado con el futuro. Deseo un mejor carro, una mejor casa, un amor eterno e ideal. Deseo que mis papás tengan buena salud, que mis hijos se gradúen y tengan trabajos bien remunerados, que mis nietos vivan en un mejor país. Todo apersogado en lo que está por venir, porque nos da miedo lo desconocido.
Ahora que lo pienso, veo que he sido inexacto. ¡Mentira, mentira! El deseo también alude al pasado y lo hace con gran fuerza. Hay personas que desean regresar al pasado, son quienes siempre dicen que “todo pasado fue mejor” y viven en el eterno rezo del “hubiera”.
Te conté que hubo un tiempo en que lamenté estudiar en la Facultad de Ingeniería, en la UNAM. Pensé que si hubiera estudiado la carrera de Filosofía y Letras mi vida hubiese tenido mayor sentido. Mientras estudié en la UNAM jamás falté a la escuela, nunca me fui de pinta. Lo que sí hacía es “volarme” las clases que me correspondían. Iba a la Biblioteca Central y leía novelas y cuentos; iba a los ciclos de cine que organizaban en las diversas facultades; asistía a las charlas y conferencias; es decir, era un universitario que vivía intensamente la propuesta cultural que la universidad ofrecía. Jorge me dijo el otro día que él se concentró en su carrera, desperdició la oferta extracurricular. Bueno, el resultado es que, después de cinco años, Jorge concluyó satisfactoriamente su carrera y yo regresé a Comitán con mi batea de babas. Pensé entonces la clásica cantaleta de que si volviera a tener la oportunidad ¡no la desperdiciaría! Pero ahora, instalado en el “aquí y ahora” veo que debí recorrer ese camino para ser lo que soy. Y ahora me siento bien conmigo mismo, ya lo dije, soy mi mejor amigo. Si no hubiese pasado lo que viví no sería lo que soy. Mi papá me perdonó no entregar el título. Me puse a trabajar con él y años después (mi papá ya no lo vio) me titulé como Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericana (que era lo mío, lo mío, lo mío).
Nada deseo, porque quien desea reconoce que la vida no está en su esfuerzo personal sino en ese misterio azaroso que es el destino. Cuando alguien dice deseo tal cosa coloca su voluntad en el objeto o en sujeto deseados. “Te deseo”, dice el amante a su muchacha, mientras su mano recorre el muslo y la entrepierna. La muchacha obtiene el poder. Mientras más intenso el deseo del amado, más escarpada la otra orilla. Porque (debemos reconocerlo) el deseo siempre está fuera de nosotros, es lo que le corresponde al otro (¡quiero ser presidente!, dice el político ansioso de poder), es lo que está en la otra orilla (¡quiero tener un BMW!, dice el muchacho que admira los carros de lujo).
Si pudiera desear algo del pasado, pediría que Vincent Van Gogh fuera a los grandes museos del mundo y con los coleccionistas más renombrados y les exigiera sus derechos de autor. ¡La gran incongruencia del mundo es el hecho de que él vivió en la miseria y ahora sus cuadros se cotizan en millones de dólares! Amamos a Vincent, amamos su obra, pero somos incapaces de hacer que él viva una vida digna. Fue un pobre miserable. Tal vez el máximo deseo sería la utópica y estúpida idea de que el mundo fuera más justo, menos violento, más afectuoso. Pero esto es un deseo de candidata a Miss Universo; es decir, una bobera.
Pero el deseo va más allá. Es una perversión. A veces (muchas veces) no proviene de un anhelo auténtico sino que es engendrado por otro. Al estilo de la bruja que en el cuento infantil ofrece una manzana (envenenada), alguien extiende la mano con una oferta irresistible. El deseo engendra como si fuese un crío hijo del mal. Por esto, un gran porcentaje de las grandes tragedias del mundo provienen del deseo insano y mal incubado. El hombre que desea a una muchacha bonita que está por encima de sus posibilidades debe hacer uso de la violencia para lograr su deseo; el hombre que desea el poder (por encima de todas las cosas) no tiene límites y va tras él sin importar lo que debe hacer para lograrlo.
Hoy se inaugura la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. Más de setecientas cincuenta mil personas acudirán en los próximos nueve días. ¡Una multitud que entablará un diálogo con la imaginación y con la inteligencia! ¿Desearía ser uno de esos setecientos cincuenta mil lectores? No. Acá estoy tranquilo. Leeré algunas crónicas, estaré al pendiente de las noticias. Procuraré, desde Comitán, estar allá, sin el desosiego por la falta de dinero para comprar ¡tanto libro que me gustaría poseer!
¿En qué porcentaje aparece la envidia en el deseo? En qué medida, quien no desea es ¿un mediocre conformista? ¿El deseo mueve el mundo? ¿Las personas que desean algo son quienes logran las transformaciones?

Posdata: una vez que se alcanza el deseo, la novedad cesa. Todo toma un aire de niebla. El deseo vuelve a manifestarse con una novedad. El ser humano se mueve a través de deseos. Así es la vida. Pobre de aquél que deseara formar un dique y evitar la naturaleza humana.
¿París? Ahí está, incólume en su grandeza; sin saber que un día yo “morí” por caminar una de sus calles; por beber en uno de sus cafés; por tirarme, bocarriba, con los brazos en cruz, para mirar su cielo. Ahí sigue, amplísima en sus sueños y en sus deseos. ¿Yo? Ahora tranquilo. Camino las calles de mi París particular (bien puede ser Comitán o Chacaljocom). Miro este cielo y cuando veo un ave cruzarlo, como línea de sueño, pienso en qué deseo lo mueve y tomo un sorbo del atol de granillo que tengo entre las manos. El deseo cesa cuando ya se tiene el objeto o el sujeto entre las manos. Luego aparece, de nuevo, la novedad. Así es la condición humana.