sábado, 21 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN ELOGIO A LA LECTURA




Querida Mariana: Con frecuencia muchos se burlan de “El libro vaquero”, una revista ilustrada, que fue famosa en los años setenta y ochenta. Muchos, en plan de broma, dicen que fulano de tal sólo lee “El libro vaquero”, para burlarse de alguien que no es lector de literatura selecta. Recuerdo que cuando le preguntaron a Peña Nieto aquello de los tres libros y el ahora presidente de la república y ex presidente muy pronto no supo qué decir, Elena me enseñó un meme donde Peña Nieto, con gran seguridad, mencionaba tres títulos: “Justiciero Odioso”, “La muerte llevaba faldas” y “Cazador de indios”, y cuando el periodista preguntaba por los nombres de los autores, Peña Nieto decía: “Son de El libro vaquero”.
“El libro vaquero” es una revista popular, con historias comunes, que son, como ya dije, ignoradas por los intelectuales, pero el otro día escuché la historia de doña Elena, vendedora de tamales en el mercado, que me hizo reflexionar. Ella contó una historia digna de aparecer en “La rosa de Guadalupe”: De niña no fue a la escuela, porque tenía que ayudar a su mamá en el puesto, ya que su madre había enviudado y quedó con cuatro hijos que debió mantener. Doña Elena, ya grande, se decidió a aprender a leer y como tampoco tenía tiempo para ir a la escuela se puso a leer “El libro vaquero”. Doña Cholita, vecina de puesto, (como Dios le dio a entender) le ayudó a identificar las letras y, poco a poco, el milagro de la lectura creció en su mente. Por esto, el otro día, con mucho orgullo buscó entre las cajas de huevos, sacó un ejemplar de la revista y, ondeándola como bandera, dijo: “Yo aprendí a leer con El libro vaquero”. ¡Ah!, tenía una sonrisa como de tanate lleno de orquídeas.
¿Has oído del analfabetismo funcional? ¿Quiénes son los analfabetos funcionales? Los que saben dicen que son aquellas personas que saben leer pero tienen problemas para analizar ideas; es decir, tienen problemas de comprensión lectora. Son muchas las causas del analfabetismo funcional, pero entre ellas está la de falta de práctica de lectura. Conozco a un amigo que aprendió a hablar inglés, pero ahora ya tiene problemas de comprensión, porque (dice) le hace falta practicar conversaciones. Pienso que, en este país de alto porcentaje de analfabetismo, la existencia de revistas ilustradas ayuda a que la gente practique la lectura.
Soy un convencido, siempre lo he dicho, de que las revistas de “monitos” han formado miles y miles de lectores. Los niños que se acercan a leer revistas ilustradas tienen más probabilidades de convertirse en grandes lectores que aquellos niños que no leen tiras cómicas. Al lector de cómics le resulta muy natural dar el siguiente paso, ¡el gran paso!, a los libros de cuentos y a las novelas. He comentado en cartas anteriores que los grandes países lectores tienen a sus grandes personajes de cómics, en Argentina está esa niña maravillosa que se llama Mafalda, y en Francia está Astérix; estas revistas ilustradas han apadrinado a millones de lectores en todo el mundo; ellas han sembrado la semilla de la imaginación y han vuelto adictivos a sus lectores que, sin dudarlo, al crecer física e intelectualmente han subido un peldaño en la escalera infinita y maravillosa de la lectura más selecta. Este acto juguetón ha propiciado cambios en el mundo, porque los lectores son personas críticas y con una visión más amplia de la historia.
¿Vos sabés que el creador del periódico DIARIO DE COMITÁN – NOTICIAS A DIARIO fue Luis Armando Suárez Argüello, actual director de la Casa de la Cultura? Pues sí, el siempre inquieto Luis Armando fue el iniciador de esta aventura editorial, misma que bajo la dirección actual se ha convertido en el periódico más leído de la región. En la propia capital de estado de Chiapas hay muchos periódicos de renombre que no alcanzan a vender, en todo el estado, la cantidad de ejemplares que vende el DIARIO DE COMITÁN. ¿Cuál es la clave del éxito? Que ha dado lo que la gente demanda. Muchos lectores exquisitos critican que el periódico tiene mucha nota roja y que presenta mujeres en paños menores. La nota roja siempre responde al morbo natural que existe en los seres humanos desde los orígenes de la humanidad. Si un reportero del DIARIO DE COMITÁN hubiese vivido en el mismo pueblo en que vivían Caín y Abel, habría enviado un reportaje con el siguiente título: “Caín mata despiadadamente a su hermano Abel” y en el curso de la nota hubiera contado, con pelos y señales, los motivos que llevaron a Caín a darle chicharrón a su hermano; si el mismo reportero hubiera tenido una cámara Canon habría tomado, en primer plano, la quijada de burro que empleó Caín como instrumento asesino. La quijada, perdón, habría mostrado rastros de sangre.
Pero, el periódico es más. Cuando Luis Armando cedió sus derechos se retiró por completo del diario. Muchos años después volvió y se convirtió en colaborador semanal. En ese tiempo (lo juro) comencé a comprar el diario, sin falta, para leer las colaboraciones de Luis Armando, porque en medio de la nota roja y de las chicas en paños menores, había un artículo lleno de sugerencias literarias. El periódico comenzaba a acercarse con mayor inteligencia a la vida cotidiana de este pueblo, que, por desgracia, tiene muchos actos violentos (más en estos tiempos cercanos, donde las autoridades se ven incapaces de garantizar seguridad para los pobladores), pero también está plagado de un intelecto que ha dado luz al propio pueblo y a México entero. Por desgracia, Luis Armando dejó de enviar sus colaboraciones semanales. Ahora, Luis escribe en el HERALDO DE CHIAPAS, periódico estatal que dirige su cuñado Ricardo del Muro.
Hace años, dos de mis fieles lectores me propusieron que publicara ARENILLAS en el diario. Ellos, con buen tino, me indicaron que el DIARIO DE COMITÁN era el más leído y que mis textos alcanzarían a más público. Pensé que era buena idea. Pensé que lo mismo que había hecho tiempo atrás podían hacer otros lectores. Yo compraba el periódico, no para leer las notas rojas ni para ver los traseros de las chicas que por ahí asoman, lo compraba para leer la columna de Luis Armando. De la misma manera que muchos lectores de Playboy no adquirían la revista para ver sólo los traseros y delanteros de las chicas bellísimas que ahí aparecían, sino por la posibilidad de leer un cuento de Vargas Llosa o de Carlos Fuentes; yo buscaba la inteligencia de quien, Polo Borrás dijo, es el mejor escritor de Comitán. Pensé entonces que no faltaría el lector que compraría el periódico para leer la ARENILLA. Y esto, con el paso del tiempo, se ha hecho una realidad. No lo digo con orgullo sobrado, lo digo con satisfacción moderada. Muchos lectores me dicen que buscan con especial interés la edición del sábado porque ese día hallarán las cartas que te envío. Pero, además, y ésta sí es mi satisfacción desmedida, muchos lectores que estaban acostumbrados a solo leer la nota roja y a ver los traseros desmedidos de las chicas, ahora también leen las CARTAS A MARIANA. Vos y yo nos hemos vuelto conocidos. Pienso que esto le hace bien a la humanidad, desde esta pequeña burbuja celeste que se llama Comitán. Me siento chento al saber que, así como Vargas Llosa era buscado en el PLAYBOY, así es buscado Molinari. Mi nombre y apellido se pierden de vez en vez. La otra tarde, una amiga lectora, en el parque de San Sebastián, me llamó y dijo: “Don Arenillas”. ¡Ah, la gran pucha! Me dio gusto. De igual manera, el maestro Jorge llegó un día a la oficina y con la música de la famosa canción de “El organillero”, que cantaba Javier Solís, me cantó: “Ya llegó el Arenillero, con su tema juguetón…”
Por lo mismo, ahora te anexo una fotografía que tomé en el parque de San Sebastián, un sábado, como a las doce del día. Vi que el lector leía con atención el diario, pero mi sorpresa fue grande cuando descubrí que leía la ARENILLA. Fue una Arenilla en la que te platiqué del libro más reciente del investigador Amín Guillén Flores. En esa ocasión dije (tal vez Amín no esté de acuerdo, pero es mi opinión) que dicho libro, “Cántaro y yagual. Apuntes para la historia del agua en Comitán”, es su mejor libro y es como el “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. A pesar de que García Márquez se encargó de bulbuluquear que “El amor en tiempos de cólera” era su novela superior, la mayoría de lectores sabe que lo dijo porque jamás volvió a escribir un texto tan brillante como “Cien años de Soledad”. Yo espero que Amín siga dándonos muchos libros de calidad, pero creo que difícilmente superará ese libro generoso que aporta una historia fascinante acerca del agua en Comitán. Puede ser que Amín me calle la boca con un librazo. Ya nada más digo.
Posdata: Al periódico le hace bien la presencia de las ARENILLAS, equilibra la balanza donde está la sangre y la carne de los traseros; a mí me hace bien que las cartas que te envío aparezcan en el periódico, porque llego a más lectores que, de lo contrario, jamás se enterarían de las ideas que te comparto. Es una relación fructífera, de muchos años ya. ¿Irme a otra casa? ¿Para qué? En este espacio hay luz.

viernes, 20 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE LOS DESHONESTOS SON MÁS DE VEINTIDÓS




Querida Mariana: ¿Ya viste el error ortográfico? ¿Sabés de qué programa de televisión proviene la foto? ¡No me lo vas a creer! ¡Del noticiario cultural del canal 22! Del canal 22 que este año cumple veinticinco de “servir” a la nación. ¿Cómo es posible que en una transmisión a nivel nacional se “atrevan” a difundir tal aberración?
Cuando veo este tipo de dislate siempre recuerdo a mi maestro y amigo Enrique García Cuéllar. El maestro dice que, en ocasiones, los letreros hechos por un rotulista tienen errores ortográficos, porque el pintor apenas terminó el tercero de primaria; pero lo que no tiene justificación es encontrar errores ortográficos en un texto redactado por un universitario. ¿Cómo justificar que el Canal 22, ¡el canal cultural de México!, difunda estas barbaridades?
Enseñé la fotografía a un amigo y me dijo: ¿Pero no vieron el título del libro? ¡No, no lo vieron! Los ignorantes son ciegos.
Te contaré la historia de la fotografía. El martes 17 de julio vi el noticiario cultural. En una sección hablaron del libro “Desconfianza. El naufragio de la democracia en México”, que es un libro de ensayos, escrito por De Jandra, Fadanelli y Oliveira. En un momento apareció una etiqueta como la que aparece en la fotografía, una etiqueta que estaba plagada de errores ortográficos. Intuí que el reportaje incluiría más etiquetas y que, de igual manera, tenían errores. Si hubieras estado a mi lado, habríamos apostado y habría ganado la apuesta.
Fui a la mesa del comedor, donde había dejado la cámara, la saqué de su estuche, la prendí y esperé. No tuve que esperar mucho, porque segundos después apareció esta etiqueta. ¡Bingo! ¡Sí! Tenía errores. Claro, el tipo encargado de hacer estas etiquetas era un iletrado, un ignorante absoluto. Casi casi como si fuera un tipo (¿tipa?) que no hubiese cursado el cuarto de primaria. ¿Cómo una persona con tal nivel de desconocimiento de las reglas del lenguaje labora en el canal cultural del país?
Recordé entonces lo que platicamos el otro día. Una mañana de febrero de 2017, Pedro Cota Tirado, un señor que fue vicepresidente del club de fútbol Necaxa; es decir, que sabe de cosas de balón y de patadas (Tirado, Dios mío, qué presagio), fue nombrado como director del canal 22 de televisión. Días después, el señor Tirado nombró a Rafael García Villegas como director de noticias 22, pero éste no se sintió satisfecho con el nombramiento. Imagino que pensó: “Soy un funcionario picudo, ganaré buena paga, pero me faltará la luz del reflector”, y con el ego hasta el tope pidió (¿decidió?) ser conductor del noticiario cultural y, ¡faltaba más!, le fue concedido y, una tarde, apareció en pantalla al lado de Laura Barrera y Huemanzin Rodríguez (conductores agradables e inteligentes). El nuevo conductor, desde el primer día, mostró el cobre, un cobre lleno de soberbia; desde el primer día quiso demostrar que era el papá de los 22 pollitos y que su presencia en pantalla daba brillo a la pobre cultura mexicana. ¡Ay, Señor! Se presentó con ínfulas sobradas, su imagen (he preguntado con amigos) causó repulsa inmediata, pero ¿qué? ¡Nada! Él es jefe y su presencia no puede evitarse. Los directivos usan la empresa pública como si fuese privada. En la actualidad, el señor García Villegas continúa apareciendo en el noticiario. Como dicen los jóvenes: Ya le bajó de espuma a su chocolate. Sin duda que los expertos en medios de comunicación visual le indicaron que su presencia era de una soberbia indecible, algo que no se merecían los espectadores del noticiario (que apenas se cuentan por varios miles y no millones). Su presencia no estimulaba a ser telespectador consuetudinario del canal cultural, al contrario, impulsaba a cambiar de canal. Le bajó de huevos a su ponche. Sin duda le costó mucho admitir que su imagen no contribuía a sembrar audiencias. Sigue siendo pedante, pero ya no tanto. Para concluir digo que cuando él no aparece en el noticiario, éste fluye como un río limpio. Cuando él aparece algo como una niebla de chaquiras baratas oscurece el panorama. Ojalá que un día (no muy lejano) haya cambios en el canal 22 y el señor García Villegas se vaya con sus complejos de grandeza a otros territorios, que se mire en otros espejos, unos que estén en la oscura recámara de su vanidad. ¡Ay, Dios mío! Nunca imaginé que conocería la versión masculina de “Espejito, espejito, ¿quién es el más bonito?”
Posdata: Todo esto para decir lo que siempre es lamento nacional: En las dependencias gubernamentales hay un desgraciado intercambio de influencias, que permite que lleguen a puestos importantes sobrinos del hombre de Neanderthal. Ojalá que, poco a poco, esta práctica deshonesta se vaya al rancho del presidente electo de la república, lugar en donde deben estar miles y miles de obscenos improvisados. Ojalá que los redactores del canal 22 tengan un profundo conocimiento de la ortografía, tal como es la función del ¡canal cultural de México!

jueves, 19 de julio de 2018

DEFINICIÓN DE NARRATIVA




Nunca falta el amigo que te coloca al borde del abismo. Ayer, mientras comíamos esquites, sentados en una banca del parque central de Comitán, Luis (amigo desde la primaria) me preguntó: ¿Poesía o narrativa? ¡Ah!, qué manera de treparnos a la viga de equilibrio sin necesidad. Como es clásico en tal tipo de juego mental, Luis dijo que debía elegir una, la de mi preferencia. Yo, como es clásico en tal tipo de juego, quise decir que mi privilegio es gozar ambas. La poesía y la narrativa son como la tortilla con sal y el café, pero con pan. Pero no, el juego era elegir una entre ambas ramas del árbol, sólo uno de los frutos.
Pensé entonces: ¿qué elige un poeta? Si a Sabines le hubieran hecho la pregunta en una entrevista en canal 22, sin duda habría optado por la poesía, porque ésta fue su elección a la hora en que el destino le dijo que sería poeta. Para los poetas verdaderos no hay más cielo que la sugerencia del verso. Pero, por ejemplo, si un periodista le hubiese hecho la pregunta a Laco Zepeda, ahora no sé qué hubiera elegido, en caso de que el periodista, como Luis lo hizo conmigo, lo urgiera a elegir sólo un género literario. Laco escribió poesía y narrativa.
Pensé entonces que hay un elemento que parece abrir la puerta para evitar la oscuridad. Los sabios siempre han recomendado a los narradores se acostumbren a leer poesía. Pero (hablo a título personal) nunca he escuchado que tales sabios recomienden a los poetas a leer narrativa. ¿Ustedes sí? Que quiero decir con esto. Pues ¡lo obvio! Que un escritor puede ser un excelente Villaurrutia sin necesidad de leer a Pitol, pero un Pitol nunca llegará a ser un buen escritor si no lee a Villaurrutia. Si Luis me obligara a decir cuál es la cúspide del lenguaje y me diera las dos opciones: poesía o narrativa, tendría que decir que en la primera está la esencia del espíritu. El universo no puede nombrarse a través de una novela, es preciso nombrarlo con el pétalo de la poesía.
Pero, mientras disfrutábamos los esquites y mirábamos a las muchachas bonitas que pasaban frente a los hombres con los zapatos sobre el banco de los boleros, le dije que prefería la narrativa. En el instante que lo dije sentí como si un monstruo me rasgara la piel y esto me provocara un dolor infinito. Pensé que había dejado un par de alas hermosas y que, desde ese momento, caminaría sobre el lodo y el fango del cuento y de la novela, géneros que, con todo su aire, colocan sus manos sobre nuestros hombros y nos dan un envión hacia el piso, como para dejar muy en claro que somos hijos de la tierra, a pesar de que soñemos con el cielo.
La narrativa, por más imaginativa que sea, nos pone los pies en el suelo. Cuando fui niño volé en una alfombra mágica al escuchar un cuento. Volé por encima de alminares y de cúpulas y, desde arriba, miré los bazares llenos de personas y mantas de mil colores; escuché la algarabía de los mercaderes que ofrecían telas, collares y ollas de cobre. Pero no fui más allá, no fui más allá de la luna cuando Julio Verne me llevó allá; no fui más allá del planeta a donde me llevó Carl Sagan.
En cambio, con la poesía, a veces, he vislumbrado casi casi los confines del universo. Nunca he tenido una imagen clara de ellos, pero sí he sentido la mano de luz que siembra y que canta.
Elegí la narrativa, porque ella me ha hecho caminar por caminos agradables, en donde la condición humana está presente. En los cuentos y novelas he hallado (sin salir de mi casa) la mano de la muchacha bonita, la recámara donde se encuentran dos amantes (o tres, sin importar el sexo); en los cuentos y novelas he descubierto que un ratón habla con un gato sin ningún recelo, y he visto cómo la sangre se derrama cuando un hombre abre la puerta y recibe un hachazo a mitad del rostro.
Cuando elegí la narrativa por encima de la poesía abandoné la cumbre máxima y decidí caminar por senderos oscuros llenos de alambres de púas. Sentí una opresión en mi pecho.
Lo bueno es que sólo era un simple juego. Al volver a mi casa mandé a la chingada el juego de Luis y, como si fuera un desterrado del desierto, abrí la llave y bebí el agua de Szymborska, poeta polaca, cuya obra me encanta leer.
¿Qué es la narrativa? Es la ventana que da hacia el patio donde vuela el colibrí que se llama poesía.

martes, 17 de julio de 2018

CASA DE LA PALABRA




Cuando llegué a la Ciudad de México, para estudiar en la UNAM, me asombré al conocer LA CASA DEL LIBRO. Era una librería inmensa, con vidrieras que permitían ver, desde la calle, el interior lleno de estantes con libros. Ante esa rotundez, pensé que La Proveedora Cultural, lugar muy amado, tenía estantes esmirriados y su oferta era pishcul. Entiendo que La Casa del Libro aún existe, de igual manera que existe la querida Proveedora Cultural.
¿Cuántos libros había en la Proveedora? No pasaban de dos mil. La Casa del Libro, pensé, tenía miles y miles de libros, que eran como árboles llenos de ramas y de hojas y de nidos. Ahí estaba mucho del conocimiento humano y (lo advertí desde entonces, en los años setenta) no alcanzaban cien vidas para beberse todo ese tonel de aire limpio.
Me asombré ante esa librería, pero luego pensé que, de igual manera, debía existir algo que se llamara LA CASA DE LA PALABRA, pero apenas lo había pensado caí en la cuenta que la Casa de La Palabra es el diccionario, porque ahí están archivadas la mayoría de las palabras de una lengua.
Cuando llegué al departamento donde vivía en ese tiempo (departamento de la tía Josefa, mamá de Alfredo y del Güero, en la colonia Roma) saqué el diccionario Larousse del pequeño mueble que me servía como librero y le pegué en la portada una hoja con el letrero: Casa de La Palabra. Pensé que, así como lo había hecho el tío Mario, quien pegó en su vocho setenta y dos una calcomanía del Che en el frente, para personalizarlo, yo había personalizado mi diccionario y desde entonces se convirtió en la Casa de La Palabra. Si tenía duda de cómo se escribía una palabra o de su significado tomaba la Casa de La Palabra y la duda desaparecía. Hubo un instante que pensé que el diccionario también podía llamarse DESPEJADOR DE DUDAS. ¡Ah!, el diccionario era un buen libro práctico.
Pero, cuando días después le platiqué a Quique mi logro, él, comiendo el coctel de camarones acompañado con una Tecate, dijo que yo estaba equivocado, que la casa de la palabra era la voz del pueblo y, tomando un poco de cebolla con limón y salsa, con una galleta salada, dijo que el diccionario era clasista, que no agregaba las palabras verdaderas, las que usaba el pueblo a diario. Yo estuve de acuerdo. Sabíamos que los académicos (viejos gatos dormilones) se tardan mucho tiempo en incorporar vocablos nuevos, los que nacen del ingenio popular.
¿Entonces? Entonces ¡nada! ¡La casa de la palabra es esto!, dijo Quique, y movió su brazo derecho como si abriera una puerta y abarcó todo el espacio de la pequeña cantina. Vi que tenía razón. En las otras mesas, así como en la nuestra, la palabra era un venado saltando cercas; era un águila en la cima de la montaña; era una bola de nieve en alud; era una ola contra la escollera; era un barco encallado; era el silencio del templo; el golpeteo del balón sobre la duela del gimnasio. ¡Sí!, Quique tenía razón, la casa de la palabra estaba en la conversación diaria, en el grito, en el murmullo, en la súplica, en la ofensa y en la bendición.
Pero, insistí todavía, mientras echaba unas gotas de limón al bote de cerveza, las personas no tienen la definición de cada palabra que usan, es más, dije, hay mucha gente que no sabe el significado real de cada palabra. Recordé que mi papá decía: “Me es inclusive”, cuando quería decir que algo le valía sorbete. Mi papá jugaba con el idioma. Caí en la cuenta que esa ironía, esa capacidad de juego no está contenida en el diccionario, porque el diccionario, como decía mi amado Julio Cortázar, es “un cementerio”, porque los académicos siempre son muy solemnes, muy sobrios, muy poco pueblo.
Así pues, esa tarde, mientras Quique pedía otra ronda de cervezas y dos cocteles de ostiones, concluí que la casa de la palabra es el espíritu del hombre.
Cuando salimos, ya medio bolencones, nos abrazamos y caminamos por la calle de San Juan de Letrán, esa maravillosa calle que, según Sergio Esquivel, en una magnífica canción, era una calle “…de siempre, de todos los días, de toda la gente”, así como materia de todos los días es la palabra del hombre. Esa tarde, ya acercándonos al Palacio de Bellas Artes y a La Alameda, Quique y yo hicimos la promesa de que, al día siguiente, iríamos a la Casa del Libro para comprar uno o dos libros. Yo, pensé, compraré una novela de Jorge Ibargüengoitia; Quique dijo que compraría un libro de Alfonso Reyes. En ese tiempo leíamos a muchos autores mexicanos. Como dice la canción: “Llevábamos a México en la piel”.

lunes, 16 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE VISLUMBRA QUE LA CREATIVIDAD ES LA RESPUESTA




Querida Mariana: Vi en la televisión el partido final de la copa mundial de Rusia. Vi en los letreros de la periferia de la cancha el anuncio: “Creativity is the answer”. Mi conocimiento elemental de inglés tradujo: “La creatividad es la respuesta”. ¿Cuál es la pregunta? La pregunta es todo sueño del hombre. Sí, la campaña comercial de Adidas es un acierto. Este promocional es inspirador, de la misma manera que fue inspirador el slogan de Nike: “Just do it”, que (en mi inglés elemental) traduzco como: “Sólo hazlo”; es decir, al principio Nike nos dijo que debíamos atrevernos a hacerlo, pero como no se trata de aventarse como el Borras, ahora Adidas nos dice que la respuesta para toda empresa es la creatividad. Y esto, tan elemental y simple, es la respuesta universal. ¡Sí!
Vi en la televisión el partido final de la copa mundial de Rusia y vi que la ceremonia de clausura (previo al partido) no tuvo la brillantez que los analistas dicen tuvo el evento, porque a los organizadores les faltó creatividad. Hubo detalles innovadores que se perdieron a la hora que Will Smith, actor norteamericano, apareció en escena y se puso a cantar. Fue tan de domingo de plaza su participación que la creatividad escenográfica quedó oculta.
Sí, Adidas tiene razón, ¡creatividad es la respuesta a toda pregunta! Por esto, en México fallan muchas iniciativas. ¿Por qué en el país hay ausencia de creatividad? ¡Ah, pues muy sencillo! Porque la educación que reciben los alumnos en la primaria no cuenta con algún aprendizaje en tal sentido. ¿Se desarrolla la creatividad? ¡No! Se desarrollan aprendizajes imitativos.
Recuerdo con gran emoción la clase de dibujo que recibí en la secundaria: Dibujo de imitación. La maestra, en un pizarrón cuadriculado, copiaba el dibujo de un león que había trazado en su cuaderno. Nosotros, en un cuaderno con hojas cuadriculadas, seguíamos el trazo de la maestra. Con un poco de paciencia lográbamos un dibujo con trazos muy cercanos al original. Lo iluminábamos, lo llevábamos al escritorio, donde la maestra sonreía, nos felicitaba y “dibujaba” un hermoso diez. Nosotros éramos felices. El otro día revisé el cuaderno de mi sobrina Pau y hallé que tenía una serie de dibujos de caricaturas de Walt Disney. Su mamá me mostró los dibujos, con un gran orgullo, con una gran satisfacción de mamá ganso. ¿Entendés lo que quiero decir, querida Mariana? Si alguno de mis compañeros se hubiese rebelado con la idea de copiar el león del pizarrón y hubiera hecho trazos libres, con un león diferente, la maestra se habría molestado. El dibujo habría obtenido un cinco de calificación. ¿Mirás lo que digo? Mi sobrina Pau, que es una niña listísima, desperdicia el talento innato que traen todos los niños y lo dedica en copiar figuras hechas por dibujantes de Disney. Dibuja al ratón Mickey en lugar de crear un dibujo original del tacuatz Lampo, con trazos libres.
Y este ejemplo de la disciplina del dibujo es algo que está presente en todos los conocimientos que los niños reciben en este país, un conocimiento adocenado.
Vi el partido donde las selecciones de Francia y de Croacia disputaron el primer lugar del mundial de fútbol. Traté de hacer memoria: ¿He leído algún cuento o novela de un escritor croata? ¡No!, creo que no. En realidad, cuando supe que la selección de su país iba a jugar la final entré al Internet y busqué un mapa que me dijera la ubicación de tal país. Pero lo que sí recordé es que he leído muchas novelas y cuentos de autores franceses y lo primero que vino a mi mente fue “El principito”, de Antoine de Saint-exupéry (escritor francés). Este recuerdo me sirvió para apuntalar la idea de Adidas. Sí, la creatividad es la respuesta. En las escuelas mexicanas casi no enseñan a los alumnos a ser creativos, a formular pensamientos que dejen la horizontal y vuelen como enormísimos globos aerostáticos. Todo el conocimiento es como un papalote que tiene una cola hecha con fierro. Así no se puede volar, así no hay crecimiento, así no hay senderos creativos. ¡Qué pena!
“El principito” es un libro de gran creatividad, gracias a eso ha volado por todos los cielos del mundo. Su creador abandonó el mero acto de imitación y entró al prodigioso campo donde la imaginación es la ventana de la creatividad.
¿Qué clase de profesionales tendremos en el porvenir, cuando ahora como alumnos bajan la información del Internet en un proceso que se llama “Copia y pega”?
Posdata: Así no se puede volar, así no hay crecimiento, así no hay senderos creativos.

sábado, 14 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE EL ETERNO JOVEN DE COMITÁN




Querida Mariana: Anexo fotografía de una avenida de Comitán. No es cualquier avenida, es la avenida que se llama Profr. Víctor Manuel Aranda León.
Hay muchas calles que llevan nombres de profesores. Cuando el maestro Ernesto Cifuentes fue presidente municipal convocó al cabildo y propuso que las calles del centro de Comitán honraran a profesores comitecos que habían servido a la patria desde el aula. El cabildo aprobó la propuesta. Fue cuando esta avenida fue bautizada con el nombre de quien fue director de la Escuela Primaria Fray Matías de Córdova. El maestro Víctor fue muy querido, porque, además de ser un buen maestro, era un deportista ejemplar. Lo recuerdo vestido con ropa blanca, deportiva, trepado en una bicicleta. En ese tiempo, muchas personas montaban bicicleta, pero pocos, como él, lo hacían como deporte, la mayoría empleaba la bicicleta como medio de transporte.
Pero, en realidad, no quiero hablar de la avenida, sino de la casa donde, ahora, aparece un enorme letrero de “No estacionarse. Salida las 24 horas.” Debo decir que nunca he creído este cuento de las veinticuatro horas. Entiendo que los propietarios de las casas advierten que los automovilistas deben respetar la entrada, porque hay muchos inconscientes que estacionan sus autos frente a las cocheras. El tío Eusebio puso un letrero que decía: “No estacionarse. Entrada a urgencias del hospital.” ¿Era entrada a urgencias? ¡No! Pero, comentaba que los automovilistas respetaban el lugar. Bueno.
¿Qué tiene de especial esta casa? ¡Nada y todo! Nada porque es una casa común, es una casa tradicional, con vigas de madera que soportan un techo de tejas. Lo más moderno es la puerta de metal que, sin duda, el actual propietario mandó a colocar, para que pasara su auto. Antes, en el tiempo en que ahí vivió el niño del que hablaré, no tenía este portón metálico, debió tener una puerta de madera, de esas que tenían chapas antiguas y llaves enormes.
¿Qué niño vivió en esa casa? El otro día encontré en mi muro del Facebook un comentario del maestro Cuauhtémoc Alcázar, el eterno joven de Comitán. Ahí, el maestro comentó que esa fue la casa donde creció. Algún día le preguntaré si la fachada no tenía ventanas, como acá se ve. ¡Esto sí es una rareza! ¿Por qué no tiene ventanas que den a la calle? Lo que sí se observa es un árbol. Esto indica que hay un patio al lado de la cochera, un patio en donde el niño Temo jugó de niño. En el comentario que el maestro Temo escribió dijo que él nació el catorce de julio de 1940 y dio las referencias de la casa donde vivió. Esto significa que hoy, el maestro Temo cumple setenta y ocho años, años de salud física y mental óptimas.
Vos sabés que yo admiro la fuerza de voluntad del maestro. Pienso que es un hombre congruente (y de éstos hay pocos en la viña del Señor). Predica con el ejemplo, es un deportista ejemplar. Nunca ha fumado y nunca se ha emborrachado, siempre está en práctica constante del ejercicio, no sólo del ejercicio físico, sino también del ejercicio de la vanidad. Porque esto sí debo decirlo, al maestro le encanta que las muchachas lo volteen a ver. Se piensa guapo, se sabe guapo.
El día diez de julio me topé con él en el barrio de San Sebastián, llevaba una piña que había comprado en el parque. Le pregunté, en forma de broma, si el catorce íbamos a echar trago y me confesó que el día de su cumpleaños desaparece de Comitán, viaja a San Cristóbal y allá celebra su día. Le encanta ser apapachado, pero no celebra con sus amigos y conocidos, que son muchos. Le encanta ser admirado. Frecuentemente sube a las redes sociales fotografías con los reconocimientos que ha recibido, sobre todo, por su disciplina deportiva. Hay una pequeña unidad deportiva en esta ciudad que lleva su nombre, pero él quisiera más. Por eso, en plan de broma, de nuevo, le dije que en la fachada de la casa que habitó debemos de colocar una placa que diga: “En esta casa vivió Cuauhtémoc Alcázar, el Eterno Joven de Comitán”. ¡Ah!, vi que sonrió, vi que imaginó la placa. Y dije que en toda la avenida se pintarían murales que plasmaran su vida, de cuando asistía a los gimnasios, de cuando refereaba funciones de box y de lucha, de cuando participó en concursos de fisicoculturismo, de cuando daba clases de educación física a los niños de primaria, de cuando fue director del deporte municipal, de cuando jugaba básquetbol o hacía gimnasia. El maestro sonrió. Y fui más allá, dije que esa avenida debería contener elementos deportivos, como si fuera un mínimo gimnasio al aire libre; y dije que en las esquinas habría “peras” para que los jóvenes pasaran a practicar el golpeteo de los boxeadores; en un remetido habría un “costal” para que los jóvenes practicaran el “gancho al hígado”; y habría unos tubos horizontales que sostendrían “argollas” para que los muchachos hicieran “El cristo”. ¡Todo sería una fiesta para el cuerpo! Miles de turistas acudirían a tomar fotografías de esta avenida dedicada al cultivo del deporte. ¡Ah!, sería maravilloso ver a muchachas con licras mostrando sus cuerpos maravillosos. El maestro Temo sería feliz y el pueblo sería feliz.
Esta avenida se convertiría en una de las más visitadas y celebradas de Comitán. Los locales de esa avenida cambiarían su vocación comercial, sólo habría negocios relacionados con la rama del deporte: ropa deportiva, gimnasios, comida nutritiva, bicicletas, tenis, artículos para pesca, pesas, pelotas, gorras, trofeos, medallas, suplementos y demás vainas. Y como la avenida se convertiría en un espacio para hacer carreras de triciclos y de carreras pedestres para niños, pensé que debía ser un andador y la gente disfrutaría toda esa maravilla. Pero luego pensé ¿qué pasaría en las noches? No faltaría el compa que sacara unas mesas para vender micheladas y de ahí en adelante. Las organizaciones pondrían también sus carpas y comenzarían a vender tacos de carne asada (sí, de esa que parece carne de perro, toda tatemada). Y luego no faltaría el compa que ofrecería alguna pastillita y…
No, le dije al maestro. Olvidemos la idea. Vi que la idea se fue desinflando como globo, así como se desinflan miles de buenas ideas en esta patria, y todo porque hay personas que le dan vuelta a toda buena idea. En nuestro pueblo hay muchas personas que generan ideas positivas, pero que no van más allá porque hay intereses que no apuntalan el beneficio colectivo. ¿A poco no es buena idea hacer peatonal el centro de Comitán? ¿A poco no es buena idea dignificar el parque central? Cuando, en alguna plática, aparece este par de temas, siempre se disuelven como manzanas en ácido sulfúrico cuando alguien dice que ¡no!, no, al rato las organizaciones se apoderarán del centro, colocarán vendimias y no habrá poder humano que los saque.
Al maestro Temo le encanta ser apapachado, él mismo procura el apapacho popular. Posee algo que es común a la mayoría de los cultivadores del gimnasio: un culto a la personalidad física. ¡Cómo no! Mientras levantan una pesa con ciento veinte kilogramos se ven en el espejo, mientras hacen lagartijas ¡se ven en el espejo! Siempre están viéndose al espejo. Levantan los brazos, muestran sus conejos y, como si fueran aquel famoso Polivoz, dicen: ¡Qué bonito soy, como me quiero!
De broma le dije si íbamos a echar trago el día de su cumpleaños. Dijo que no, que lo celebraría con su familia, en San Cristóbal. Le di su abrazo anticipado. Con ese abrazo manifestaba mi admiración a su voluntad férrea. Ha dedicado su vida a cultivar su vida, su cuerpo y su alma; en ese camino ha sido generoso con los comitecos, siempre ha motivado a otros a hacer ejercicio y a tener una alimentación sana. Su presencia en las calles de Comitán es una presencia generosa, porque siempre pareciera estar diciéndonos: ¿Quieren llegar a los setenta y ocho años de vida con la plenitud con la que he llegado? Pues la receta es sencilla: hagan ejercicio moderado y aliméntense de igual manera; háganlo con constancia.
Constancia ha sido el concepto puntal de su espíritu. Así se conforman los grandes espíritus del mundo, con constancia.

Posdata: Querida Mariana, sabés que me cupo el honor de ser compañero del maestro Temo en un programa de radio. Él llegaba una vez al mes, para hablar de casas y personajes comitecos. En ese programa dije que él es muy “metidito”. Como si gozara del don de la ubicuidad está en mil lugares donde se produce lo que después será noticia. Esa cualidad, adosada con una prodigiosa memoria, le ha permitido conservar en su alma una serie de datos que ayudan a conformar nuestra identidad comiteca.
¡Ah, el maestro bien quisiera que en la casa que habitó de niño hubiera una placa que así lo consignara! Le encanta que lo apapachen.

viernes, 13 de julio de 2018

DEFINICIÓN DE OBRA




Yo era un niño. Iba a misa con mis papás. A veces escuchaba “…fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”. Desde mi altura veía a mi papá, en intento de que me explicara en qué consistía eso de obra y gracia. Mi papá bajaba su mirada, me miraba y nada decía, regresaba su mirada al frente, donde estaba el cura presidiendo el culto y la retahíla de imágenes, entre las cuales estaba la de la virgen con el niño, niño que, según la lectura, fue concebido por obra y gracia de…
Jesús era un niño como nosotros. ¿Nosotros habíamos sido concebidos por obra y gracia del Espíritu Santo? ¿Qué significaba concebidos?
Como mi papá nada decía, una tarde, mientras estaba sentada en el corredor, fumando un cigarro Alas Azules, le pregunté a mi abuelita Esperanza, ¿qué significaba concebir? Mi abuela me vio, tosió, como si se le hubiera atorado una bola de humo, y dijo que qué clase de preguntaba era esa. Le platiqué y ella, entonces, descolgando palabras como si fueran calcetines en el tendedero, me dijo que el niño Jesús había nacido de una virgen, que concebir era tener pichito, pero que ella no había tenido relaciones como los demás, que todo había sido por intercesión del Espíritu Santo. ¿Quién era el Espíritu Santo? Entonces mi abuelita, ya un poco molesta y cercada, me agarró de mi mano, me llevó al oratorio y me enseñó un cuadro en donde estaba el Espíritu Santo. ¿Una paloma? Al día siguiente llegué a la escuela, con pose de sabelotodo y le dije a mis amigos que el niño Jesús había sido concebido (sí, así lo dije) por obra y gracia de una paloma. Enrique, hijo del taquero que tenía su taquería frente al parque central y que era mayor que nosotros, dijo que eso lo sabía todo mundo, que el niño había salido de la paloma de su mamá. Mis amigos rieron. Yo no, porque no entendí, hasta que Juanito me explicó qué era la paloma en la mujer. En ese momento, mi sabiduría cayó como meteorito. Entonces, la concepción del niño había sido por obra y gracia ¿de dos palomas? Cuando pregunté a Roberto, él, también con la duda en su cara, dijo que tal vez el Espíritu Santo era macho; es decir, era palomo, porque era imposible la concepción entre paloma y paloma, se necesitaba un macho y una hembra, y para explicármelo me llevó al sitio donde el tío Emerenciano tenía palomas en jaulas. Roberto me dijo que viera el cuello de las aves con plumas más llenas de color, dijo que esos eran machos. Las hembras tenían las plumas con colores más apagados. Luego dijo que, por lo regular, en la naturaleza, los animales machos son más bellos que las hembras y puso como ejemplo al faisán, me enseñó dos ejemplares que tenía su tío, también en jaulas. El macho tenía un colorido que dejaba casi oculto el plumaje de la hembra. Cuando regresé a casa fui al oratorio, prendí la luz y observé el cuadro donde estaba el Espíritu Santo, por más que le busqué no hallé plumas plenas de color, parecía que esa ave era hembra. ¡No, no podía ser! Ya Roberto me había explicado que el Espíritu Santo debía ser palomo. Fui de nuevo con mi abuelita y le planteé mi duda. Ella, echando humo por su boca (humo del cigarro), dijo que el Espíritu era Santo, ¿qué no miraba que así lo decía su nombre? Y los santos, dijo, con voz grave, ya echando humo también en los ojos, de coraje, pueden hacer toda clase de milagros. ¿Incluso que dos palomas conciban un niño?, pregunté. ¡Sí, también!, dijo mi abuelita y me mandó a la tienda a comprar una cajetilla de cigarros. Me dio un billete y me dijo que me quedara con el cambio y que dejara de hacer preguntas tontas.
Mientras iba en la banqueta, pensaba que el Espíritu Santo, fuera paloma o palomo, poseía dos virtudes que lo posibilitaban para la concepción: la obra y la gracia. Cuando escuché que don Raymundo era maestro de obras, pensé que sólo le faltaba la gracia para poder concebir.
Ya más grande, cuando más o menos entendí el fenómeno de la concepción y mi prima Esther quedó embarazada y me confió que ella (¡por Dios santo! ¿De verdad no entendía?) no era virgen, pensé que Alfonso era como aquel palomo santo de mi niñez y había embarazado a mi prima por su obra y gracia. Deduje que era como el maestro Raymundo, era un maestro de obra y gracia, y si mi prima ya no era virgen, mi primo sí era un santo, casi casi tan poderoso como el Espíritu Santo.

jueves, 12 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL DINOSAURIO NO ES EL MEJOR ANIMAL




Querida Mariana: Julio Cortázar dijo en una ocasión que deberíamos tener cuidado a la hora de escribir, porque siempre está el riesgo de terminar escribiendo textos como el famoso microrrelato de Monterroso, ese que dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Muchos lectores alaban este cuento mínimo, otros dicen que es la tomada de pelo más grande del mundo. Julio opinaba lo último. Pienso que muchos opinamos de igual manera. Dentro de los primeros hay dos o tres que realizan estudios exegéticos (¡qué palabra!) y análisis hermenéuticos (¡perdón, otra palabra dominguera!). Me cuentan que dos o tres alumnos de profesional han realizado tesis acerca del cuento “El dinosaurio”. ¿Cómo es posible que un cuento de siete palabras haya generado textos con miles de palabras?
Ya te conté que en una ocasión coincidí con Monterroso. Escritor simpático, chaparrito, con carita de ardilla asustada. Asistí a un encuentro de escritores y ahí estaba él, junto a su esposa Bárbara Jacobs, también escritora y que ahora (a la muerte de Tito) es pareja del artista plástico Vicente Rojo. En esa ocasión, muchos escritores noveles escribieron microrrelatos y al leerlos dijeron que eran en homenaje a Tito Monterroso. ¡Ay, señor! ¿Cómo se atrevían a leer cuentos breves frente al que la crítica considera autor del cuento mínimo más célebre del mundo? Era un poco como aquella cita clásica que dice que hubo un señor que le quería enseñar a hacer chiles a Clemente Jacques. Además resultó lo contrario de lo que decían. No era homenaje a Tito, al final querían que sus cuentos fueran aplaudidos y, en una de esas, considerados superiores al de El dinosaurio.
¿Por qué algunos lectores (muchísimos) consideran una genialidad el cuentito de Tito? “Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí”. Como decía el coordinador general del Centro Chiapaneco de Escritores, todo lector, al término de una lectura, debe preguntar ¿Y? En el caso del cuento de Monterroso, la pregunta se hace cinco segundos después, que es el tiempo que uno tarda en leer el cuentito. Después de hacerse la pregunta uno termina concluyendo que “El dinosaurio” es ¡la gran tomadura de pelo!
Varios críticos han comentado que como inicio de un cuento serio es muy bueno, pero, por lo mismo, falta todo lo demás. Ignacio me dijo un día que sería bueno realizar un concurso, al estilo de “Concluye el cuento”, en el que el inicio fuera el “cuento” de Tito. Ah, le dije, sin duda saldrían textos interesantes, textos que, sí, en realidad, fueran cuentos serios y no ese mero ejercicio que a Monterroso le significó recibir el reconocimiento mundial. Si en verdad el texto de Monterroso no es tan excelso como muchos pregonan, la pregunta obligada es: ¿Cuál, entonces, es el nivel que tenemos como lectores? En las redes sociales, con mucha frecuencia, hallamos ahora textos que son de calidad menor, casi ínfima. Pululan (pucha, ya asomó otra palabra de piedra que sueña con ser nube) textos mediocres que son alabados. Lo que en mis tiempos se llamaban “Pensamientos”, porque eran textos simples, ahora se llaman “Poemas”, con lo que la confusión es mayor.
Ahora, por los signos de los tiempos, apareció un nuevo género literario, la twitteratura; es decir, textos constreñidos al número de letras que permite tal sistema de comunicación. Monterroso fue cultivador de la telegrafiatura (los telegramas permitían un uso de diez palabras), ahora hay millones de cultivadores de la twitteratura. La ocurrencia suple al talento y a la inteligencia. Esto (no lo advertimos bien a bien) provoca que los lectores cada vez sean más conformistas. ¿Quién lee un cuento serio si existen posibilidades de leer un texto con doscientos ochenta caracteres, que son textos de no más de cien palabras? ¿Qué nos espera en el futuro? ¿Adoradores de textos semejantes a El dinosaurio?
Posdata: No vayás a pensar que tengo algo personal en contra de Tito. ¡No! Hay textitos que él escribió y que no me disgustan. Lo que no admito es que esa tomadura de pelo reciba tanto elogio y tanto análisis por parte de estudiosos y de críticos literarios, porque se supone que estos últimos son lectores expertos, cuya obligación moral es discriminar entre lo digno y lo indigno. ¡Uf!
“Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí”. Cuando vemos que la línea se emplea, en forma irónica, para ilustrar el sistema político mexicano, podemos concluir que es un texto mediocre. Ahora, ya, como parte del juego, podemos decir que, con el triunfo de López Obrador, el dinosaurio desapareció. Y con esto, hacemos más breve el famoso cuento mínimo de Tito: “Cuando despertó, el dinosaurio desapareció”, que es lo que sucede con la nata de los sueños.
¡Ay, Tito, le tomaste el pelo a medio mundo!

miércoles, 11 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE ANEXA LA QUINTA CARTA QUE ENVÍA HUGO TRUJILLO FRITZ




Querida Mariana: Hugo te envió otra carta. Hace días que la recibí. Sé que estás en otras vainas, por ahora. Pero no quiero que cuando volvás de Guadalajara te enterés del envío y me reclamés, así que te la mando. Como siempre que recibís carta de él, mi posdata es su envío. Sólo digo que espero que aprendás mucho. Con lo que me has platicado sé que la estás pasando muy bien, que has visto muchas películas interesantes y que ese escritor de guiones hindú debe ser un gran tipo. Cuidate, cuidate mucho. Va la carta de Hugo.

Hola, amiga, espero te encuentres muy bien en compañía de tus seres queridos; me enteré que el 12 de mayo fue día de tu cumpleaños, no sé cuántos, pero a una dama no se le pregunta la edad.
Como lo comenté en mi carta anterior, te voy a platicar algo de lo que viví en mi estancia en Comitán. Pues bien, empezaré diciendo que fue un poco decepcionante no poder conocerte, pero, bueno, en otra ocasión será. No pude saludar a muchos amigos y amigas; sin embargo, platiqué con un amigo (Fernando) que leyó la carta anterior que te envié, donde te invito a que contestes alguna de las cartas que Molinari te envía y me dijo que me veía como Dante, en busca de mi musa. Ja ja ja. Yo le contesté que tal vez tenía razón, pero me encuentro apenas en el Infierno; claro, de la mano de mi guía Virgilio (Molinari) para que me conduzca rápidamente por los senderos del Purgatorio y arribe, lo más pronto posible, al Paraíso, para encontrar a Beatriz, mi musa; hallándola, me permitirá escribir todos los pensamientos que tengo en la cabeza y que no he podido redactar. Este paso por el Infierno ha sido muy caliente, porque mi guía me lleva por un largo camino sinuoso, aunque muy ameno y bastante interesante, que ha logrado superar los obstáculos que me presenta el devenir de la vida cotidiana y de la convulsionada situación que los mexicanos vivimos. En verdad, Mariana, tú has podido hacer crecer mis intenciones de escribir lo que por mucho tiempo ha sido tan solo una idea y que ahora veo que se está volviendo una realidad.
Mi estimada Mariana, no sabés cuánto lamento no tener más tiempo en mi tierra, para platicar con mucha gente con la que deseo hacerlo, charlar acompañado de una buena cerveza bien fría y una buena botana y poder discernir todo eso que me parece horrible, que está sucediendo con las obras inconclusas, la falta de agua en varias barrios y colonias, los asaltos, los tiraderos de basura, los feminicidios, los problemas de tránsito y en general la violencia; más aún, ahora que se vivió una efervescencia política y que, en verdad, me da mucha tristeza no poder apoyar en el trabajo político que se necesita hacer con la gente, para coadyuvar en elevar el nivel de conciencia del pueblo trabajador, para que se organice y luche y no deje que los políticos profesionales hagan de los dineros del pueblo su botín para su enriquecimiento ilícito personal.
Mariana, estarás de acuerdo conmigo en que es tiempo de que la gente despierte y levante la voz para detener esta violencia, corrupción e injusticia que se vive. En fin.
También quiero comentarte que visité el nuevo Museo Rosario Castellanos Figueroa, en verdad me dio mucha pena entrar y encontrarme que de museo no tiene mucho, que digamos, excepto el nombre. Cambiaron el letrero de la fachada, pero resultó de muy mal gusto, claro que está mejor que ese horrible nombre de MUROC que le habían puesto. Desde la entrada te das cuenta que esto no tiene la intención de resaltar a un personaje que merece toda nuestra admiración y reconocimiento, te encuentras con unos aparatos para escuchar la historia de Rosario, pero todo eso lo puedes encontrar en Internet, con información más amplia y con diferentes puntos de vista; también hay fotos que, de igual manera, se encuentran en el Internet. Me extrañó no ver ningún apunte con su puño y letra o algo más personal, no sé, lo sentí muy desolador, con poca creatividad. No hay elementos que animen a admirar el museo y al personaje. Lo que sí me pareció bien fue la reconstrucción que hicieron de esa casa del señor De La Vega y de la playa de descanso que pusieron a la orilla de la calle, sin duda fue un acierto que debo reconocer y espero que la gente lo respete y cuide y no lo destruyan como destruyeron la que estaba frente a la CFE. Fuera de esto, el museo quedó a deber mucho, dado los millones que se gastaron. Da la impresión que sólo sirvió para justificar políticamente que este gobierno apoya la cultura en Comitán. Saliendo del museo me dirigí al mercado de artesanías, para ver qué podía comprar de recuerdo de mi visita al pueblo que me vio nacer y crecer. Volví a decepcionarme. Me encontré con un edificio que partieron en dos espacios. El edificio, como tú debes saber, antes albergaba un mercado, el mercado de Jesusito, como se le conocía; ahora, en una parte se encuentran unas oficinas del municipio y en la otra parte está el mercado de artesanías, en donde nada más hay dos tiendas, y lo peor es que casi no hay artesanías de Comitán, ni de Chiapas, o muy poca, y sí muchas mercancías de Guatemala. El edificio, que en otros tiempos era novedoso e interesante por su arquitectura modernista, ahora está abandonado, sin mantenimiento, ni pintura, ni flores, ni nada que lo haga atractivo para el turismo. ¡Qué gran decepción, no pude comprar nada! Lo único agradable que me sucedió al salir fue ver pasar al amigo Molinari, en su tsurito, y decirle adiós, no alcance a ver quién lo acompañaba; no vi si iba con Paty, su compañera, hubiera sido un gran momento para saludarla, pero desde luego, él me saludó moviendo su mano, yo respondí de la misma manera. Fue tan rápido, que lo único que logré fue sacarme la mala imagen que me quedó del mercado de artesanías.
Al pasar por el parque central tuve la misma sensación con todos los puestos que pusieron, donde venden pura artesanía de Guatemala, me dio la impresión de que esos puestos, más que un atractivo al turismo, es una concesión a las organizaciones electoreras, mal, muy mal. Bueno, mi estimadísima y querida Mariana, espero no haberte quitado mucho tiempo al leer las babosadas que te escribo, pero quise compartir contigo parte de mi viaje a Comitán. Que sigas pasando un día maravilloso.
Cuídate. Fuerte abrazo para vos.
Saludos a Molinari.
Hugo Trujillo Fritz

Al pie del Xinantécatl.

martes, 10 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, CON ALMANAQUE INCLUIDO




Querida Mariana: Jorge me dijo que escribiera algo acerca del día de la elección presidencial. Le comenté que eso ya lo habían hecho los analistas políticos. Insistió. Dijo que debía escribir algo con mi mirada. ¿Qué decir? ¿Decir que asistí a votar, en compañía de mi Paty y de mi mamá? ¿Decir que llegamos a las ocho, hora de apertura de casilla, sólo para constatar que los encargados aún abrían paquetería y que la votación inició más allá de las nueve? ¿Decir que los votantes hicieron dos filas y tuvieron la suficiente entereza para esperar? Una señora, con un chal que le cubría la mitad de la cara, representante de un partido, dijo en voz alta que debíamos tener paciencia. Su compañera, sentada en una silla plegable, afuera del salón donde abrían los paquetes electorales, comentó que debíamos seguir la recomendación de Kalimán: Serenidad y paciencia. Y agregó que Kalimán sugería a Solín, “Dominar la mente, porque quien domina la mente domina todo”. Quienes estábamos ahí sonreímos. Le pregunté a la señora del chal si había escuchado el programa Kalimán en la radio. Sí, dijo, por supuesto que sí y, en automático, dijo en voz alta: “Y en el papel de Kalimán, el propio Kalimán”. Volvimos a reír. Yo pensé que todo era una mentira, en la radionovela de Kalimán, Luis Manuel Pelayo era quien hacía la voz de Kalimán. Pensé que en México hemos vivido en el mito y en la mentira.
En esas estaba, cuando se acercó la maestra Mary Carmen Velasco (vecina de calle, que también votaría en la misma casilla). Me dijo que desde hace tiempo quería entregarme algo y aprovechaba ese instante. Me dio el calendario que acá mirás. No me dio oportunidad de decir más. Dijo que en mis manos estaría en muy buenas manos. ¡Ah, mi querida y admirada maestra, no sabía lo que decía! Mis manos (en sentido metafórico) son como mi mente que aprecia y desecha. Mis “manos” no retienen. Igual que el día que Violeta me dio un cachito del sorteo conmemorativo de Rosario Castellanos tomé foto del objeto y traté de regresarlo, pero en esta ocasión no surtió efecto mi jugada. La maestra desapareció y ya no volví a verla. Ahora, en casa, tengo el calendario. ¿Qué haré con él? Es un objeto antiguo que da pistas de nuestra identidad comiteca. ¿Llevarlo al Archivo de la Ciudad? ¡No! Muchos amigos cuentan historias amargas de ese recinto; cuentan historias de documentos que se perdieron por la humedad, o historias de documentos desaparecidos. ¿Entonces? Pues que la imagen sea parte del museo virtual que ahora se da en el Internet. En 2014, el comiteco Francisco Domínguez creo la página: Imágenes Históricas, Leyendas y Personajes de Comitán, con el objetivo de que los comitecos compartieran fotografías familiares y de documentos que ayuden a armar el rompecabezas de la historia comiteca. Por fortuna, en este museo virtual está garantizada la permanencia perenne. Cumplo entonces con el cometido, subo la fotografía de este calendario a la red. En tiempos actuales, son pocas las casas comerciales que obsequian calendarios. En 1958, doña Leonila D. vda. de Mandujano, sin duda propietaria de CASA MANDUJANO, obsequió calendarios a sus clientes y amigos para que éstos supieran cómo andaría el año 1959. La CASA MANDUJANO fue fundada en 1916 y estaba ubicada en la casa de la octava avenida, número 8. ¿Qué vendía esta negociación? Sombreros de fieltro, telas de “Río Blanco”, camisas, driles, telas de fantasía y, saliéndose un poco del género, pero ofreciendo una variante de expansión comercial: artículos de ferretería.
Debo decir que, del día de la elección, me quedé con este calendario, un calendario antiguo. Sé que ese día, el uno de julio de 2018, los mexicanos que acudimos a votar diseñamos un nuevo calendario para la celebración cívica de la patria. Cuando menos, las estadísticas han demostrado que México se pintó del color del partido MORENA y esto, como si fuera de esos calendarios antiguos que marcaban las fases de la luna, señaló las fases de la esperanza, que, dicen, es lo último que se pierde; aunque en el otro extremo, dicen que algún famoso dijo que la esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena. El dos de julio tuvimos un buen desayuno. ¿Cómo estará la cena?
Posdata: Jorge me dijo que escribiera algo de la elección presidencial. ¿Decir qué, que no se haya dicho ya? ¿Decir que algún día por venir se dirá que ese día los comitecos recuperamos, gracias a la maestra Vázquez, un documento para recordar que esta ciudad está construida, en gran medida, por los cimientos de personas trabajadoras? ¿Decir que el comercio, desde siempre, ha sido una actividad fundamental en el desarrollo local y que eran los comerciantes quienes obsequiaban esas cartulinas, llamadas calendarios, con imágenes religiosas o con paisajes de Suiza, para que los beneficiarios vieran cuándo era el cumpleaños de la comadre Virginia y en qué día “caía” el grito de la patria? Si mirás bien, en 1959, el día del grito cayó en martes y ese día se coronó a la Reina de las Fiestas Patrias.
¿Quedó en buenas manos el calendario antiguo? No lo sé. Cuando menos ya pasé el mensaje a todo el mundo. ¡Ya cumplí con la encomienda de la maestra! Bueno, eso es lo que digo yo.
Ahora pienso que debo ponerle un marco con cristal al calendario antiguo y, tal vez, colocarlo sobre una pared como si fuera parte de un oratorio, porque en la imagen está la Virgen de La Caridad del Cobre, quien, según se ve, debe ser protectora de las personas que se echan a la mar. Después de todo, ¿qué hacemos los seres humanos en la vida? ¿Acaso no somos personas que se echan a la mar del día de todos los días?

lunes, 9 de julio de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




No sé, pero a mí me parece que el chayote es una de las verduras más atrevidas. Por si alguien duda, en esta fotografía hay un chayote travieso. Los lectores deberán creer lo que digo: Este chayote está del lado de la calle, del lado de la banqueta. Es un chayote atrevido, rebelde. Si yo fuera un escritor de guiones de programas estilo “La rosa de Guadalupe” (cuyo productor es el actor comiteco Javiercito Esponda), escribiría: “¡Ay, pobre mamá Chayota! Ella siempre recomendando al hijo que se porte bien y éste, malcriado, se descuelga de la barda y abandona la casa.” Pero como no soy escritor de dramas televisivos, mejor hago una pregunta que siempre ronda en mi cabeza y que, con toda seriedad, expongo a los estudiosos del Derecho: ¿A quién corresponde este chayote? ¿Al dueño del predio o al peatón que lo ve primero? Es decir, si yo camino frente a esta barda y veo el chayote que está afuera ¿puedo tomarlo porque está en un espacio público? ¿O debo respetar, porque la mata está sembrada en el interior? A ver, ¿qué doctor en Derecho puede responder a esta cuestión que tiene tintes de legalidad y de ilegalidad? Porque, de la respuesta dependerá otro tipo de cuestionamientos, uno de éstos puede ser: ¿Es legal que un comerciante coloque sus productos en la vía pública? El tío Eusebio comentaba que todo lo que estaba en la vía pública era de todos y ponía el ejemplo del anillo perdido. Imaginemos que una mujer camina por uno de los pasillos del mercado Primero de Mayo y, frente al puesto donde venden quesos de Ocosingo, mira algo que brilla en el suelo, se agacha y ve que es un anillo de oro. Ella lo levanta. ¿Qué debe hacer con el anillo? El anillo, decía el tío Eusebio, está en la vía pública, por lo tanto, la señora, perfectamente, puede guardar el anillo en su bolso y, a partir de ese momento, considerarlo suyo. ¡Ah!, decía Gabino, ¿entonces, puedo tomar el auto que está en la vía pública? No, decía el tío, porque el auto no está tirado en el suelo; además, para entrar al auto se necesita una llave que sólo posee el propietario. Cuando un delincuente abre un auto con una ganzúa, está cometiendo un hurto y debe ser llevado a la cárcel, pero la mujer del anillo no podrá ser acusada de hurto.
¿Y qué sucede en caso de un celular que, igual que el anillo, está tirado en el pasillo del mercado? ¿Qué sucede con una cartera en el piso? El tío Eusebio decía que ahí entraba en juego el orden legal y el orden moral y explicaba que de acuerdo a su leal entender estos casos eran iguales que el del anillo. La señora puede levantar el celular y la cartera y quedarse con ellos. Pero, como el celular y la cartera tienen forma de ubicar a los propietarios entonces interviene el orden moral. La señora que levantó tales objetos puede esperar a que el propietario del celular llame desde otro y entregarlo; puede revisar la cartera y ver la dirección del propietario a través de la credencial de elector y regresarla.
¿Sucede lo mismo en el caso del chayote que acá se ve? Un peatón puede cortar el chayote y, de acuerdo con el dicho del tío, no cometerá ningún ilícito, porque el chayote ya no está en el terreno del dueño de la planta; pero si aparece el código moral, el peatón puede pensar que no le corresponde porque él no es quien sembró la mata de chayote. ¿Qué pasa si el chayote cae a la banqueta? ¿Qué pasa si tomo una escoba y, como no queriendo, le doy un garrotazo al chayote para que caiga y pueda yo justificar que estaba en el piso?
Muchos frutos y verduras son obedientes. Las piñas crecen en un solo lugar, lo mismo sucede con las naranjas, con las tunas. ¿Qué decir de las verdolagas o de los jitomates? En cambio, los chayotes son traviesos, se descuelgan de tapescos, caminan sobre los capiteles de las bardas o, como éste, se descuelgan de la barda y juguetean en la calle. ¡Ay! Si yo fuera escritor de dramas televisivos diría: ¡Pobre mamá chayota, siempre está preocupada porque no sabe en dónde están sus hijos!

sábado, 7 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN RECUERDO




Querida Mariana: Por favor, dejá que hoy te cuente algo íntimo. La otra tarde bajé a La Pila. Me encanta hacerlo, de vez en vez, para escuchar el sonido de los chorros. Me siento en una grada, cierro los ojos y escucho el murmullo del agua en su caída. Un sonido aparece en la caída y otro en el choque del piso. El agua sale de un hueco y desaparece en otro. No sé de dónde llega esta agua (Amín Guillén y los de COAPAM deben saberlo, tal vez Amín lo sabe mejor que los funcionarios del Sistema de Agua); no sé adónde se oculta.
Bajé a La Pila y, cuando abrí los ojos, vi esta figura. ¡Es mi primo!, dije. Ramiro nació en Comitán, pero ahora radica en Guadalajara. De vez en vez regresa al pueblo y recorre las calles que recorrió de niño. Ver a Ramiro me causó gran gusto. Algo como un aleteo con alas de agua apareció frente a mi cara y frente a mi corazón; la presencia de Ramiro colocó una sonrisa de mariposa en mi rostro. Lo vi así como lo estás viendo vos, con el pie izquierdo posado sobre el cemento y con el pie derecho a punto de dar el paso. Si mirás bien, ya no camina en el tramo empedrado, ¡no!, ya está en el piso de cemento agrietado. Algún símbolo hay en ello.
Si veo la sombra advierto que la tarde aún es tierna, pero ya no niña. Tal vez eran las cuatro o cuatro y media de la tarde. Él caminaba con precaución, con paso lento. Mi primo ya no es un jovencito, debe tener más de setenta años. Es el mayor de los hijos de mi tía Rosita y de mi tío Ramiro. Esa tarde vestía un pantalón de mezclilla (siempre lo he visto así), una camisa de manga corta y una boina.
No sé qué pensaba mi primo a la hora que comenzó a bajar por la mítica Calle del Resbalón. Ya te conté (en alguna carta anterior) que la calle que baja del parque con rumbo a la Ciénega se llamaba del Resbalón (en una casa estaba anotado tal nombre. En una ocasión, Mario Escobar sugirió que se volviera a pintar dicho nombre y una funcionaria del Ayuntamiento actual se comprometió a hacerlo, pero un año después sigue sin cumplir). ¿Por qué se llamaba del Resbalón esta calle? Ah, porque como siempre estaba mojada, por el agua que rebosaba de los chorros, muchas de las personas que por ahí bajaban ¡resbalaban! Es, como mirás, un nombre simpático, casi tan simpático como el Callejón del Beso, que existe en la ciudad de Guanajuato. ¡Claro, es más simpático que una pareja se bese en el callejón a que termine con las nalgas sobre el suelo! En Guanajuato está el letrero que ostenta Callejón del Beso y muchos turistas llegan y se toman las fotografías del recuerdo. En Comitán (por desgracia) no tenemos conciencia de lo mínimo, pero que nos da identidad. Juan propuso el otro día que si el gobierno no lo hace deberíamos hacerlo nosotros, el pueblo, pero luego alguien dijo que es preciso solicitar permisos ante las autoridades, y éstas son como los que “ni pichan, ni cachan, ni dejan batear”. Ya en una ocasión un grupo de jóvenes quiso rehabilitar la ciclo vía de la Séptima. Apenas habían sacado brochas y pintura, cuando llegaron policías y dijeron que los muchachos no tenían autorización para hacer tal acto. Las autoridades luego dijeron que ellas se encargarían de la remodelación. Como en el caso del letrero, la ciclo pista nunca recibió atención. ¡Ni pichan ni dejan cachar! ¡Ah, qué indolencia!
No sé qué sentimientos se amontonaban como tsizimes en el bolcojosh del corazón de mi primo. Porque, querida Mariana, mi primo creció en este barrio. Vivió en una casa que existe en la calle lateral a la del Resbalón. Pero el revoloteo de su espíritu, sin duda, se dio, porque en la esquina inferior de la calle del Resbalón, estuvo la casa de la abuela Juanita y del abuelo Guillermo. Esa casa que recuerda mucha gente del Comitán de los años sesenta. Sin duda que mi primo bajó cientos de veces esta calle para ir a casa de la abuelita Juanita; sin duda que en una de esas bajadas, mi primo resbaló y se dio un sentón de padre nuestro. Llegó con el trasero del pantalón todo húmedo y le dio un beso a la abuela Juanita (quien siempre estaba sentada en el corredor de la casa, esperando a los niños que llegaban a bañarse en “los tanques”. Ella esperaba ahí, extendía la mano y recibía la moneda que le daba derecho al niño a echarse clavados). Ramiro, por supuesto, no pagaba. No lo hacía, porque era de casa, de la familia, era uno más de los muchísimos nietos que tuvo (mi tía Juanita tuvo más de diez hijos. Una vez le confió a mi mamá: “Ay, Hildita, me da pena con el agente viajero, siempre que llega me encuentra con la gran panza”). Así que Ramiro se quitaba la ropa, colgaba el pantalón mojado y corría hacia donde varios niños retozaban en las albercas. Los “tanques” de los Bermúdez fueron famosos, igual de famosos que la alberca que había en “La Primavera”, en el barrio de Yalchivol; igual de famosos que el canal de “La Castalia”, en el mismo barrio; tan famosos como “La Poza del Soldado” del Río Grande, o “La Tapadera”, que eran los lugares de recreo en los que los niños de aquel tiempo llegaban a bañarse. En algunos casos pagaban una moneda (de mínima denominación) y en otros, por ser lugares públicos, nada pagaban. Quienes vivieron ese tiempo recuerdan momentos hermosos. ¿Cuántos recuerdos gratos tiene mi primo, cuántos ingratos?
Lo vi en su barrio y me dio mucho gusto. No corrí a saludarlo, porque supe que él, en ese instante, estaba pepenando una serie de vivencias con el atrapa sueños de su memoria. Bajaba sólo para recordar, para recuperar las huellas que sembró de niño. Esas huellas sembradas en los años cincuenta han crecido, han crecido tan altas como si fueran ceibas. Los seres humanos, a medida que envejecemos, tenemos necesidad de trepar a lo más alto de esos árboles, para recuperar los sonidos y aromas de nuestra niñez. ¿Qué jugaban todos los primos y hermanos en aquel patio célebre de la casa del tío Guillermo? ¿Cómo sonaba el agua a la hora que chocaba contra las paredes de las albercas, a la hora que los niños tomaban carrera y se aventaban al tanque? ¿Cómo sonaba la risa de los niños a la hora de jugar de caballito, a la hora de aventarse agua, a la hora de echarse bucitos? ¿Cómo sonaba el viento que se enredaba en las ramas de los árboles donde cantaban las tiucas?
Esa tarde, los chorros estaban secos. Tal vez alcanzás a ver el saliente del tubo y mirás que está seco. ¡Qué indolencia de las autoridades!
Esa tarde jugué a imaginar los chorros de agua. Cuando abrí los ojos y vi a mi primo ¡escuché sus pasos! Pasos lentos, cuidadosos. Ya sin la vitalidad del paso que tuvo cuando fue niño y corrió por toda la bajada para llegar a la casa de los abuelos, de cuando trepaba a los árboles a cortar jocotes; de cuando se despatarraba sobre un carretón y se deslizaba en la bajada; de cuando jugaba chinchinagua; o de cuando jugaba escondidas y se ocultaba debajo de la cama, detrás de un árbol o adentro de un ropero.
Esa tarde volví a cerrar los ojos, quise retener en mi memoria los pasos de mi primo, ya con más de setenta años. Esa tarde, ya no niña, ya un poco llegando al ocaso, porque el sol estaba a punto de ocultarse, tuve los sonidos de un Comitán eterno: el viento de la Ciénega y el rumor de las hojas de la Ceiba que se movían, ellas sí, con la vitalidad de la eternidad.
Vi a mi primo y me sentí contento. Sentí su espíritu dándome la mano. Había llegado desde Guadalajara para pepenar las semillas que acá dejó sembradas.
Su hermano Pepe (que en paz descanse) era fiel creyente de San Caralampio. Cuando Pepe llegaba a Comitán, desde la ciudad de Puebla, iba al templo, oraba, y luego se sentaba en una banca del parque y, como si los gajos del aire fueran pétalos, bordaba coronas de flores limpias. Cuando se sintió ya muy mal físicamente pidió a sus hijos que pusieran la imagen de San Caralampio, pequeña, de madera, en el cajón. Así se fue, de mano del santo consentido de este pueblo.
Me dio gusto ver a mi primo Ramiro, el mayor de los hermanos.
Esa tarde, los chorros de La Pila estaban ausentes. Tal vez se hicieron a un lado para que lo único que resonaran fueran los pasos de ese querido hijo del barrio. Mi primo caminó por la calle del Resbalón. La sabiduría que conceden los años le permitió el sosiego y la calma. En tiempos por venir regresará a Comitán y entonces volverá a cortar los frutos que colgó esa tarde en el cielo de Comitán, en el maravilloso espacio donde Tata Lampo es el mero mero.
Posdata: Gracias, querida Mariana, por dejar que hoy abriera esta ventana y te contara de mi emoción al ver a mi primo. La fotografía que anexo es una imagen que guardo para siempre en mi corazón. La casa de la familia Avendaño perdió el copete, pero, por fortuna, mi primo lo conserva y lo corona con una boina y con una mente que funciona como bicicleta en el Tour de Francia.