sábado, 25 de marzo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE UNA CALLE




Querida Mariana: Armando tiene sesenta años, la misma edad que yo. Él nació en Comitán, igual que vos y yo. Pero él, a diferencia de lo que ha sucedido contigo y conmigo, ha vivido toda su vida en la misma casa; es decir, en la misma calle. Yo, cuando menos en Comitán, he vivido en tres calles diferentes. Mi casa de infancia es la casa que está frente al Súper del Centro; mi casa de adolescencia fue donde ahora está el Hotel Los Lagos Colonial; y la casa donde ahora vivo está cerca de las tres cruces, en el barrio de Guadalupe. He cambiado de calle durante tres veces. Esto, así se entiende, modifica la vida y el destino.
Pareciera una bobera, pero el lugar donde vivimos nos otorga uno u otro carácter. Hay muchas historias de niños que salían a reunirse con los niños de la calle, para jugar fútbol o un improvisado juego de béisbol. Los niños que vivían en la misma calle formaban una palomilla. Esa cercanía posibilitaba el encuentro. Hay también (una vez vi una película con este tema) historias donde una chica y un chico viven en el mismo edificio, en departamentos diferentes, y un día se encuentran y se enamoran.
Lo que se ve en una calle hace que el carácter se modifique. Yo, de niño, ya lo dije, viví a media cuadra del parque central. Lo que veía en la calle era algo muy diferente a lo que veía Rodrigo (mi compañero en la primaria Matías de Córdova), quien vivía en una esquina donde comenzaba la calle de las prostitutas, en el barrio de La Pila (lugar conocido como La tía Maty, porque ella era como la madrota del lugar). Rodrigo no usaba zapatos, llegaba descalzo a recibir sus clases, y su vocabulario era un poco florido. ¡No podía ser de otra manera! Todas las tardes, desde su ventana, oía las conversaciones de aquellas mujeres, así como las pláticas que éstas tenían con sus posibles clientes, quienes, la mayoría, eran albañiles, carpinteros, zapateros y curtidores de pieles. Para la gente que tenía algo más de paga existía el burdel de Tía Lola, que tenía prostitutas que venían de otras partes del estado. Ya te conté que cuando llegaban mujeres de otras ciudades, la tía Lola salía a caminar por las calles de todo Comitán, se acercaba a grupos de hombres que platicaban y, en voz baja, pero seductora, decía: “Hay carne nueva”, con lo que les metía el alfiler del deseo a los calenturientos. Era carne nueva para los comitecos, porque si la muchacha era de Tapachula, por ejemplo, allá era carne ya bien mascada, casi casi talguate para gato.
En la calle que yo vivía, la gente se dedicaba a oficios llamados decentes. A media cuadra del parque central, has de comprender que vivía otro tipo de gente. Frente a mi casa vivía un médico que laboraba en el Seguro Social que, en ese tiempo, también estaba muy cerca del parque, a escasas dos cuadras, con rumbo a la Cruz Grande. A mí me gustaba sentarme en el balcón que estaba como a metro y medio de altura del nivel de la calle. Desde ahí veía la gente que caminaba: mujeres envueltas con sus chales, que iban a misa; burreros que jalaban burritos con las gaseosas de don Jorge Soto, porque su fábrica estaba a media cuadra de mi casa. Asimismo veía a mujeres que, con canastos en su cabeza, pasaban ofreciendo chayotíos o manía. Esas mujeres llegaban al centro de muy lejos, de por Los Riegos. Eran mujeres honestas que ofrecían el producto de su trabajo en los campos que, en ese tiempo, eran regados por el agua limpia que provenía de Jishil (Ji-shil). Desde mi balcón, con mis manos sostenidas en los barrotes, veía a señores trajeados que saludaban a otros señores de abolengo y, en ocasiones, cruzaban la calle para platicar acerca del suceso novedoso del día, que bien podía ser la presentación de la película Ben-Hur, en el cine, o la inauguración de la pavimentación de una calle donde había estado presente el presidente municipal.
Las calles de la periferia de las ciudades, por lo regular, son calles llenas de polvo, con perros tristes, con casas de madera, con basureros que rebosan basura, con olores a orines y caca; por el contrario, las calles de zonas residenciales o de zonas comerciales presentan un rostro diferente, mucho más limpio, más oloroso a Chanel 5 o a Hugo Boss.
Armando es orgullosamente bataneco; es decir, habitante del barrio de San Sebastián, que, como vos sabés, es un lugar cuya característica es la tranquilidad. Aunque (¡ah, tiempos ingratos!), ahora ya no es como hace cincuenta años. Ahora, dos calles abajo del Niñito Fundador, hay un lugar donde se reúne un grupo de borrachitos que, desde temprano, beben su “Charrito”. Siempre están con los brazos cruzados, como si tuvieran frío; siempre con la mirada de vidrio, con los rostros deshechos. Quienes viven por ahí cerca han tenido que habituarse a esa presencia desagradable. Los niños que por ahí crecen, están creciendo con esas imágenes. Esa zona es un espacio áspero. En ocasiones, esos hombres, ya borrachos, se atreven a subir y llegan al parque de San Sebastián y ahí interrumpen a las personas que, tranquilamente, disfrutan de la armonía del parque. Por fortuna, Armando vive en el otro lado, cerca del Centro de Salud. En esa zona todo es más agradable, huele a tenocté. Armando tiene en su piel el recuerdo del viejo árbol de chulul, donde los muchachos y viejos se sentaban en sus ramas más altas para ver las corridas de toros que organizaban, en el festejo del santo, en una plaza que ahí existía.
No puedo imaginar qué sucedía con las señoras que, para subir al centro de Comitán, debían pasar por la calle donde estaban las prostitutas. Las más recatadas, sin duda, buscaban otras calles y eludían la de Tía Maty; las más indiferentes hacían gala de su estoicidad y caminaban como si lo hicieran en la calle del frente del templo de San Caralampio y no en la mera arteria de las suripantas. Las calles que rodean al parque de La Pila son diferentes a las que rodean el parque de San Sebastián. En las de San Sebastián, que yo recuerde, jamás ha existido una cantina; en cambio, en las de La Pila, siempre hubo cantinas. Todavía en estos tiempos hay un bar que confirma la vocación de ese barrio que los comitecos siempre han identificado como un barrio bravo. Quien se sentaba en una banca del parque de San Sebastián escuchaba las melodías de un músico que tocaba el piano en alguna sala, con piso de madera y balcones disimulados con cortinas de encaje italiano. La gran compensación del parque de La Pila siempre han sido los chorros que, ahora un poco disminuidos, siempre nos recuerdan los orígenes de nuestro pueblo.
Si me preguntaras cuál ha sido la calle más bonita, de las tres en que he vivido, sin dudar respondería que la calle que da al parque central. Fue un privilegio vivir a media cuadra del corazón de la ciudad. El parque central fue como mi patio de juegos. María Elena Jiménez me contó el otro día que ella también guarda recuerdos muy gratos del parque central, porque sus papás tuvieron un restaurante en el portal cercano al Hotel Delfín. Ella se paraba en la puerta del restaurante y miraba los pájaros jugueteando en los árboles, así como los niños que corrían al lado de los boleros que, sentados en pequeños bancos, esperaban que alguien llegara a solicitar la boleada de a peso. Las calles que rodean a los parques se distinguen con respecto a las que tienen casas en ambas orillas. Las calles del parque son como puertos que dan a mares. Los domingos, el parque central se llenaba de personas que daban vueltas y vueltas. La costumbre era simpática. Los hombres caminaban en sentido contrario al que hacían las mujeres. Esto posibilitaba que los hombres lanzaran miradas a las muchachas bonitas que pretendían. Según los cronistas ese ritual se denominaba “Quemón”. Los pretensos se daban “quemones”. El nombre es bello y, sin duda, refiere a la posibilidad del fuego de la pasión y del deseo.
El otro día le pregunté a Armando si no hubiera deseado cambiar de “aires”, vivir en otra casa, en otra calle. Lo vi entrecerrar los ojos y suspirar, luego dijo: “No. He sido feliz viviendo en la casa que fue la casa de mis abuelos, de mis padres y que ahora es la casa de mis hijos.”
Vos y yo hemos cambiado de casas, por lo tanto ¡de calles! Nos hemos adueñado de varias calles, pero ninguna de ellas ha sido tan determinante en nuestras vidas, como sí lo es la calle donde Armando ha vivido toda su vida. Con qué emoción me dijo que ha sido feliz viviendo en la casa que fue de sus abuelos, de sus padres, de él y que ahora es la casa de sus hijos y que, hago votos por ello, será la casa de sus nietos y bisnietos. Ese pedazo de calle debería tener una placa que consignara que casi casi es propiedad de la familia de Armando, porque él me dijo que su mamá aún sale a barrer el pedazo de calle que le corresponde. ¿Mirás cómo me lo dijo? “Pedazo de calle que le corresponde”. Sí, ¡claro! Como si fuese una extensión de la sala de la casa, la mamá, todas las mañanas, barre ese pedazo que “le corresponde”, que la sociedad le ha dado en comodato, desde tiempos en que los papás de la mamá de Armando llegaron a vivir a esa casa con patio central y dos corredores.

Posdata: Hay calles de algunas ciudades, que llegan a ser importantes por los personajes que ahí vivieron. Por ejemplo, la Rue Martel, en París, es famosa, porque ahí vivió el escritor Julio Cortázar. En el edificio donde está el departamento que habitó hay una placa que consigna que ahí vivió Julio, “Ecrivain argentin, naturalisé francais”. Julio vivió ahí algunos años, porque Julio, a diferencia de Armando, vivió en muchas calles, primero en Argentina y luego en Francia. Él, por ser un gran creador, logró el prodigio (que pocos logran) de hacer que una calle en Buenos Aires lleve su nombre. Esa calle pertenece al catálogo de calles que tienen historia; al repertorio de historias donde aparecen calles.

viernes, 24 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE COMPAÑÍA




Cualquier diccionario dice que compañía es “Cercanía de personas, animales o cosas que están juntas en un lugar al mismo tiempo”. Como ya todos advirtieron, es una definición muy pedestre. Siempre me ha parecido una ingratitud de la vida tener como compañía a quienes están cerca de mí y no a quien yo quisiera cerca de mí. La compañía, en muchas ocasiones, es como un tormento que debemos soportar, como si fuésemos primos de Adán o de Eva y hubiéramos pecado y este pecado nos obligara a abandonar el Paraíso.
Un clásico dice que “Más vale solo que mal acompañado”. Esto tiene relación directa con la compañía; es decir, con lo que a veces nos acompaña sin nosotros haberlo pedido o deseado.
Digo que es una definición muy pedestre, porque limita la compañía a lo cercano y se desatiende de aquello que sin estar ¡siempre está! Nadie puede decir que está acompañado por energías que están más allá de la Vía Láctea, porque sería tildado de demente; nadie puede afirmar que tiene como compañía a espíritus de seres que ya fallecieron, porque, de igual manera, sería condenado a ser visto como un desequilibrado. Es decir, las personas, para ser consideradas normales, tienen que conformarse con admitir que sus acompañantes son los que están en la proximidad.
Una canción de los setenta, interpretada por Rocío Dúrcal, decía: “Acompáñame, porque puede suceder (…) que me llegues a querer. Pon tu mano sobre mi mano…”. No sé qué digan los teóricos del amor y de la pasión, pero parece que estas líneas reafirman la definición de diccionario; es decir, para que una pareja coincida en sentimientos debe haber una cercanía física: mano sobre mano, pechito sobre pechito y demás cositas sobre las otras cositas. La narradora chiapaneca Ethel Beatulspacher decía que nos enamoramos de las personas que tenemos cerca. Siempre pregunto a mis conocidos cómo se enamoraron de sus parejas y siempre escucho las mismas respuestas revolcadas: “Una tarde, a la hora de comprar palomitas en el cine, la vi y me acerqué a ella”; “Nos tocó el mismo taller de dibujo en la universidad”; “Fui a un partido de fútbol y él se sentó a mi lado. Todos los de ahí le íbamos al América, sólo él le iba al Guadalajara”; “Nos conocimos en un viaje que hice a Guadalajara. Ella trabajaba en una librería del aeropuerto”. Todas las respuestas coinciden en la cercanía. Por un instante, prodigioso, dicen muchos, hubo cercanía del uno con la otra, o de una con la otra, o del otro con uno.
¿Qué pasa en estos tiempos cibernéticos cuando el Internet posibilita extender la cercanía más allá del mero contacto físico y una chica que vive en Londres puede conocer a un chico que vive en Argentina y comenzar una relación amorosa? Los expertos dicen que esta relación se consumará en el instante en que el argentino viaje a Londres para encontrarse con ella. ¿Y el sexo cibernético? Los conocedores de la experiencia humana dicen que es mera ilusión, porque el contacto es esencial entre los seres humanos; la virtualidad es una mera utopía. Y, sin embargo, esta posibilidad virtual abre el espectro de esa definición tan limitada. La compañía no sólo debería aplicarse al plano donde lo cercanía está a la mano y lo lejano está en la esquina.
Hay compañías permanentes que están ausentes en el plano de lo físico. Hay amantes que aman en exceso a personas que están distantes; hay personas que sueñan con ciudades lejanas y las tienen más próximas a su corazón que la ciudad donde viven y padecen.
La definición de compañía debería conservar el concepto de cercanía, pero eliminar el concepto espacial, que obliga a entender a un acompañante como aquel que está al lado de uno, siempre.

jueves, 23 de marzo de 2017

MILAGRO CONCEDIDO




Nunca tuvimos la costumbre de hacer un oratorio en la casa. Quien necesitaba pedir algún favor a Dios lo hacía donde podía: en el sitio, cerca del árbol de jocote, algunos, incluso, oraban a la hora que estaban en el baño. Uno pasaba por enfrente y escuchaba detrás de la puerta el chorro de los orines confundido con un padre nuestro o un ave maría. Por eso, el día que tía Lencha se puso mala y pidió una imagen para pedir por su salud ¡nadie supo qué hacer! El tío Eusebio, nervioso, preocupado, estrujándose las manos, entró a mi cuarto y me pidió una imagencita, aunque fuera pequeña, aunque fuera de un santo que no fuera conocido por milagroso. “Tu tía quiere una imagen para pedir por su salud”, dijo y me urgió a que buscara en mis libros alguna fotografía. El tío estaba realmente inquieto, así que me paré de la cama, donde estaba recostado leyendo un libro de Michael Ende. Lamenté, ahora sí lamenté mucho, no tener libros con “figuritas”, tal como los pedía mi sobrina Pau. Busqué y busqué entre todos los libros, pero todos eran novelas y antologías de cuentos. Pero (Dios siempre es misericordioso) cuando abrí el libro “Cien años de Soledad” una foto cayó. Era la foto de Rodrigo Díaz (no De Vivar), mi amigo de la prepa que, dos o tres años antes, había mandado una foto para que se la entregara a mi prima Rocío, como “muestra de cariño”. A mí me sorprendió que, en tiempos de celulares y fotografías digitales, alguien se atreviera a enviar una foto impresa, en color sepia, como lo hacían los antiguos amantes. Sin duda que Rocío (siempre cruel con el amor manifiesto de Rodrigo) había ignorado tal detalle y, solo por no quemarla, la metió dentro de mi libro, mandándola a la jaula del olvido. Pero (los caminos de Dios son inescrutables), ahora la fotografía de Rodrigo aparecía en buen momento. Con un plumón, de tinta dorada, le pinté un aura, a la usanza tradicional de los santificados. Salí al corredor y llamé a mi tío Eusebio. “Acá está”, dije y le extendí la foto. Él, como si fuese un retrato de un verdadero santo, lo acarició y dijo: “Sí, qué maravilla”, luego me preguntó quién era y yo dije que Rodrigo, iba a comentar que era un amigo mío, pero decidí jugar seriamente desde ese instante: “Rodrigo, San Rodrigo, es rete milagroso”. Mi tío sonrió, llamó a Prudencia, la sirvienta, le dio la fotografía y pidió que quitaran la foto de la abuela del marco y que pusieran en su lugar la de San Rodriguito y que se la llevaran, de inmediato, a la tía Lencha. Cuando la tía se incorporó en su cama y Prudencia le arregló la almohada, comenzó a llorar al ver la imagen de San Rodrigo. Tomó el cuadro entre sus manos, lo llevó a sus labios y comenzó a besarlo: “San Rodriguito, te pido, por lo que más querás, que este mal abandone mi cuerpo”. Prudencia dijo que así sería, que ya vería cómo San Rodrigo era rete milagroso y que, en un abrir y cerrar de ojos, haría el milagro de que sanara, al ciento por ciento. La tía pidió caldo de gallina y (cosa que no había hecho en los últimos meses) pidió que le dieran un poco de arroz con leche.
Todos los de casa fuimos testigos de la evolución de la enfermedad de la tía, pasó de estar considerada como muy enferma, a enferma y de enferma a delicada y de delicada a mejoradita y de mejoradita a buenita y de buenita a casi sana y de casi sana a como si nada. Cuando estuvo como si nada, se paró y pidió que un grupo de albañiles construyera, cerca de la troje, una capilla dedicada a San Rodrigo. Mientras un ejército de hombres cargaba cubetas llenas de arena, agua y cemento y hacían las mezclas en el piso y pegaban ladrillos e improvisaban andamios con tablas tembleques, el tío me preguntaba qué sucedería la tarde que inauguráramos la capilla y llegara mucha gente y alguien (nunca falta una devota) dijera que esa imagen no era de San Rodrigo. ¿Existía San Rodrigo? Yo le decía al tío que no se preocupara, le decía que colocaríamos la imagen de mi amigo adentro de un nicho y éste lo pondríamos en la parte más alta del retablo, de tal suerte que quienes se hincaran en los reclinatorios no pudieran distinguir bien la imagen. Además, le decía, le colocaríamos una veladora de esas electrónicas para que el reflejo de la lucecita roja hiciera una sombra luminosa sobre el rostro del santo.
Pero, así como Dios es muy generoso en sus bondades, también manda travesuras de vez en vez, y una mañana, Prudencia tocó la puerta de mi cuarto. “¿Quién?” pregunté, bajando el libro de Vargas Llosa que leía, tumbado en la cama. “Soy yo”. Reconocí la voz de Prudencia. “¿Qué querés?”. “Lo buscan”, dijo Prudencia. “El hombre me dijo que yo dijera que es su amigo Rodrigo que lo busca”. ¿Qué? Me incorporé como si hubiese visto una araña en el buró. “¿Qué Rodrigo?”, pregunté, mientras caminaba hacia la puerta. “¡Ah, no sé, sólo me dijo que yo dijera que era su amigo Rodrigo!”. Abrí la puerta y vi a Prudencia que tejía, mientras señalaba hacia la sala de la casa: “Ahí lo dejé esperando. ¿Hice bien en dejarlo pasar?”. Dije que sí y caminé hacia la sala. No hizo falta que entrara para saber que el tal Rodrigo era mi amigo Rodrigo Díaz, porque vi que él estaba parado a la mitad de la sala, al lado de la mesa de centro, y tenía una mirada como si estuviera ante un abismo, porque, justo frente a él, estaba mi tía, hincada, abrazada a sus piernas, besándole los zapatos y diciendo: “San Rodriguito, gracias, gracias”. Mi tía lloraba, su rostro estaba transfigurado. Mi tía tenía razón de estar así, porque no a cualquiera se le aparece un santo milagroso, a plena luz del día y en la casa.
El tío me llevó a un esquinero del patio central y me preguntó qué haríamos. “Nada”, dije, “Nada”. Y nada hicimos. La tía, después de la catarsis, le preguntó al santo si podía servirle una taza de chocolate y un plato de pan. Rodrigo se dejó conducir. Nada dijo en el trayecto. Se sentó y esperó que le sirvieran el chocolate y el pan. Prudencia (haciendo eco de su nombre), en un instante en que la tía fue a la cocina, se acercó a mi amigo y le dijo que yo estaba en mi cuarto. Hasta ahí llegó. Nos dimos un abrazo y cuando nos apartamos, de inmediato, me preguntó qué había sucedido. Le expliqué. Rodrigo rio a carcajada limpia. Se sentó en el borde de mi cama y cuando su risa se extendió como mar se tiró sobre la cama y pataleó. “Soy un santo. Esto debería verlo mi mamá”, dijo, mientras somataba el colchón con ambas manos. Cuando se calmó, se sentó en el borde de nuevo y dijo: “Esto también debería reconocerlo Rocío”, y puso una cara de ardilla melancólica. Yo, para animarlo, dije que su foto había servido para hacerle el milagro a mi tía. “Sí, la mente es poderosa.”, dijo. Yo estuve de acuerdo y agregué que la fe también es poderosísima. “Bueno, creo que no puedo quedarme.”, dijo Rodrigo. Estuve de acuerdo. Antes de irse, pidió algo especial: quería ver el altar y tomar una foto. Lo llevé a la capilla y, en la puerta, tuvo que detenerse ante el marco de cedro. Quedó extasiado ante la belleza del retablo. El cuadro con su foto estaba enmarcado con columnas jónicas, recubiertas con hoja de oro. No había más imagen que la suya. “¿Todo esto está dedicado a mí?”. Asentí, sin decir algo más. Lo vi emocionarse y guardar su celular sin tomar la foto. Entendí su reacción y la agradecí.
Oímos unos pasos menudos. Era mi tía que se acercaba. Rodrigo se volvió, levantó la mano y, dirigiéndose a ella, dijo: “Hija mía, tu fe te ha salvado.”. Mi tía se hincó, llevó sus manos a su cara llena de lágrimas. En ese momento, Rodrigo me hizo una seña para que, de puntillas, saliéramos de ahí. En la puerta le di un abrazo y agradecí su complicidad.
De más está decir que el día de la inauguración se llenó la casa y muchas personas se pasaron al bando de los devotos del milagroso San Rodrigo.
Muchos más levantaron oratorios dedicados al santo, pero nadie tuvo la imagen que tenía la capilla de la casa. Cuando la tía llegaba a algún oratorio vecino nada decía, sólo nos quedaba viendo y sonreía, como pidiendo nuestra complicidad, porque yo le había dicho que San Rodrigo, el nuestro, a la hora de despedirse había pedido que no se diera copia de su imagen, de tal manera que quien quisiera un verdadero milagro tuviera que arrodillarse ante su imagen de la capilla de la casa.
Cuando los fieles no reciben la tan anhelada petición, la tía los invita a que lleguen a orar ante nuestro altar y, según cuentan, muchos de ellos sí han recibido los favores del santo que está en medio del retablo, el nuestro, el que es muy milagroso.

miércoles, 22 de marzo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HACE UN HOMENAJE MODERADO A FORD




Querida Mariana: El automóvil es un gran invento. Los abuelos comitecos cuentan cómo era la vida antes del automóvil, antes de las carreteras. Hacer un viaje a la Ciudad de México exigía hacer testamento, porque era un viaje arriesgado que tardaba muchos días. Hoy, quienes viajan en auto, llegan a la megalópolis en pocas horas.
Pero, como todo en la vida, a las ventajas del auto se agregan los fastidios. Ahora, los viajantes comitecos ya no tienen necesidad de hacer sus testamentos, aunque, en las carreteras, fallecen más que en aquellos viejos tiempos. ¡La imprudencia es cosa de todas las horas! Las estadísticas señalan que han muerto más personas en la súper carretera de San Cristóbal a Tuxtla que en la peligrosísima carretera vieja, que está llena de curvas. ¿Cuál es la causa? ¡La velocidad imprudencial! He visto a amigos que se pavonean como jolotes cuando comentan que el trayecto de San Cristóbal a Tuxtla lo hacen en treinta minutos o menos. Viajan a velocidades superiores a los ciento diez kilómetros por hora. ¡Ah, la imprudencia!
Hay personas y sociedades que han cambiado la vocación del automóvil: de un mero medio de transporte lo han convertido en símbolo de poder. Hay algunos que (parientes ricos de los guajolotes soberbios) se pavonean por poseer autos de lujo y se burlan de los que, en forma modesta, manejan vochitos y tsuritos. Olvidan que el automóvil es un medio, un simple medio y no el entero de la aspiración.
En la foto que anexo, mirás cómo esta calle (frente al parque central) servía para estacionar autos. Ahora, la banqueta se amplió y en ese sitio hay espacio para que la gente se siente y tome un refresco o una cerveza o una famosa macharnuda y platique y mire cómo se relaja la tarde. Igual que como sucede en las grandes capitales del mundo, donde la gente se sienta en un café al aire libre y disfruta una buena conversación o lee el periódico o un libro, con una copa de vino. ¿Ganó Comitán? Pues no sé qué pensés vos, pero yo creo que sí ganó, ganaron los comitecos, porque en tiempos anteriores los comitecos pasaban por ahí y sólo miraban las trompas y los culos de los autos y, a menos que sea una exhibición de autos antiguos o de autos de carreras, no creo que sea un buen hábito andar viendo llantas y parabrisas. Además, los autos ahí estacionados eran de los propietarios de negocios cercanos que llegaban desde temprano y usaban el espacio como su cochera particular.
Antes, en Comitán, quienes poseían un caballo (como dicen que sucedía en el caso del doctor Belisario Domínguez), para trasladarse de un lugar a otro (el doctor Domínguez lo usaba para visitar a sus enfermos), acondicionaban una caballeriza en la parte trasera de la casa. Ahora, como ya no se usan caballos, la gente acondiciona cocheras. Todo es lógico y muy correcto. En la casa hay un lugar especial para estacionar el auto. Nadie se atrevería a modificar la vocación de una sala o de un comedor para que un auto se estacionara ahí. De la cantidad de metros cuadrados de la residencia se destina un mínimo porcentaje al garaje. El dueño del vehículo llega, estaciona el carro en su cochera y camina hacia la cocina, hacia el cuarto, hacia el sitio donde hay árboles de naranja agria, limón y jocote. Todo es lógico y muy correcto.
¿Qué sucede en nuestro hogar común, nuestro pueblo? Un lema gubernamental dice que: En Comitán ¡el peatón es primero! ¿De verdad es así? Cuando se amplió la banqueta de esta fotografía y, en lugar de estacionamiento, se convirtió este espacio en un andador (así se llama: Andador San José) el slogan sí reafirmó su vocación. Pero de ahí en fuera, vemos que en la ciudad el auto es el primero en todo, como si este medio fuera el completo del ideal. ¿En qué momento dejamos que el caballo mecanizado tuviera más relevancia que el ser humano?
El contador Marco Antonio Moya revivió el otro día la idea de la peatonalización del centro de Comitán. Con ello revivió el ideal de muchos comitecos de devolver al pueblo algo de la armonía que fue su distintivo. El automóvil, con sus grandes ventajas, vino a llenar de smog los cielos azules, a llenar de ruidos el aire silencioso, a llenar de sangre la avenida limpia de nuestros cuerpos. ¿Ya viste lo que ahora es la Ciudad de México, lo que, en un momento, fue nombrada por Carlos Fuentes como la Región más transparente? Los segundos pisos hablan de un absurdo, pero necesario recurso para desahogar las arterias de ese cuerpo congestionadísimo. Pero, ¿en Comitán es preciso comenzar a constreñir nuestro organismo, a ahogarlo?
¿Y si en lugar de hacer de nuestro centro la cochera de la casa o el pasillo por donde deben pasar todos los carros, lo convirtiéramos en el espacio donde el peatón fuera primero en todo? ¿El espacio donde los niños pudieran correr libremente, donde los jóvenes caminaran agarrados de la mano, donde los mayores tomaran una limonada o una cerveza, donde los ancianos botaran con orgullo los años acumulados?
¿Perderían mucho los automovilistas al devolver a Comitán su vocación irrenunciable de ciudad comprometida con la vida armoniosa?
Los autos son necesarios, pero ¿a quién se le ocurriría meter el carro a la sala de su casa o al comedor? ¿Que no la sala es para compartir una buena plática y tomar una taza de café caliente? ¿Que no el comedor es para disfrutar un buen plato de olla podrida, de esa que hace doña Conchita Pérez, con tortillas recién salidas del comal? ¿Que no el chiste de esta vida es vivirla a plenitud y no en medio de claxonazos y de escapes llenos de humo?
Un día alguien imaginó que esta calle dejara de ser un estacionamiento ¡y lo logró! Hoy, el contador Moya (y con él cientos más) sueña en que esta calle sea peatonal y los autos transiten por vías alternas. ¿Se logrará? ¿Ganaría Comitán? ¿Ganarían los comitecos? ¿Ganaríamos todos?
En la Ciudad de México no les quedó de otra que rendirse ante el automóvil, ¿por qué en nuestra ciudad debemos rendirnos si no hay necesidad?

Posdata: Querida Mariana, se considera al centro como el corazón de la ciudad. Sería maravilloso que el corazón estuviera limpio, siempre limpio, como limpio el espíritu de los comitecos.

lunes, 20 de marzo de 2017

DE MANERA MUY RESPETUOSA Y ATENTA SE SUPLICA NO USAR COMO BAÑO ESTE LUGAR




El coraje del dueño del predio es del mismo tamaño de la letra del aviso, ¡enorme! Sin duda que, de igual manera, ve los promontorios de excremento que amanecen al lado de la barda. Todo mundo estará de acuerdo que el letrero no es ofensivo, lo ofensivo es la actitud de los que, sin pena, sin vergüenza, se bajan los pantalones y defecan en ese espacio que, si bien público, exigiría un mínimo de decoro.
Al dueño del predio no le quedó más remedio que usar la palabra cagar para que el cagón lo entienda. En este caso no se vale usar eufemismos. En este caso hay que aplicar la prédica de llamar vino al vino, pan al pan y caca a la caca. ¡Qué pena!, dirá alguno. Sí, claro, pero la pena no está provocada por el que usó la palabra sino por el cagón irrespetuoso.
Hace cincuenta años este tipo de letreros en las bardas era inconcebible, por dos motivos: uno, porque la gente era más decente, y dos, porque todos los espacios eran descampados. Si la gente tenía necesidad de defecar buscaba un campito, se colocaba detrás de un árbol y, como el Tigre de Santa Julia, descomía sin mayor culpa. Porque, a pesar de que es obvio, es necesario reiterar que todos los seres humanos tenemos necesidades fisiológicas que cumplir. Ya lo dice el dicho que se aprende en los patios de las escuelas primarias: “Hasta la reina más guapa, hace su bola de caca”; pero, para eso existen lugares adecuados. Romeo siempre pregunta: “¿Y si la urgencia te gana en un lugar donde no hay sanitarios?”. Ah, en tal caso, el afligido debe buscar un “descampadito”. Pero, parece, los afligiditos de esta población ya hallaron su “descampado” en esta barda, porque, sin duda, el letrero enorme da a entender que mañana tras mañana el dueño del lugar halla promontorios con aromas pestilentes.
Hace cincuenta años no se encontraba este tipo de letreros en las bardas de la región. En Comitán, por ejemplo, a lo más que llegábamos a ver en las bardas eran los “famosos” letreros de la “famosa” palabra, que en la lengua tojolabal significa jolote. Los traviesos pintaban la palabra con letras gigantes, para que se notara la travesura.
Cuando un dueño de casa mandaba a pintar la fachada con colores armoniosos, cuando el pintor de brocha gorda terminaba su labor, el dueño contrataba a un rotulista para que, con letra clara y pequeña colocara el siguiente mensaje: “No anunciar”, con lo cual, el propietario prohibía que algún abusivo pegara carteles publicitarios con engrudo. Hoy, parecerá insólito, pero la gente de ese tiempo ¡respetaba la indicación! En cambio ahora, ¡ay, prenda! Una amiga mía tiene una casa bella, de esas casas enormes de los años cincuenta, por el barrio de Jesusito, ya lindando con la Pilita Seca. Cuando ella manda a pintar la fachada, al día siguiente, sin tardanza, encuentra enormes grafitis que ensucian su casa. ¿Qué hacer? ¡Nada!
Cuando vimos este letrero de No cagar, Emilia dijo que el dueño de la barda era muy decente, lo que debía hacer era sembrar ortiga en todo el perímetro, sólo así los cagones dejarían de ensuciar ahí. Romeo dijo que le gustaba el letrero, que debería haber más de estos en México, que deberían colocarlos cerca de algunas presidencias municipales y en algunos palacios estatales. Emilia dijo que no entendía por qué Romeo decía eso, pero dos segundos más tarde rio y dijo que ya, que ya había entendido. Claro, dijo, hay gobernantes que se la pasan defecando afuera del bacín.
Romeo dijo que no sólo eso, dijo que, por ejemplo, sería maravilloso ver letreros, así, bien grandes, que dijeran: “No chismosear”. Ah, dijo, Emilia, de nada serviría, nadie haría caso. Sí, dijo Romeo, igual que sucede con este letrero de No cagar. Nadie le hace caso. Por eso, insistió Emilia, el dueño debería sembrar ortiga para que los cagones salieran con las nalgas todas sarpullidas.
En esas estábamos cuando Romeo comenzó a bailar a media calle, alzaba una y otra pierna, una y otra vez, como si un ejército de hormigas subiera por sus calcañales, dijo que le ganaba, que tenía ganas de orinar. Emilia rio, dijo que el letrero nada decía de orinar y Romeo siguió la broma y dijo a Emilia que se volteara y cuando ella se volteó, escuchamos el chorro como si un vaso de presa se rompiera.
Cuando Romeo se unió al grupo dijo: “Es que cuando la gana gana, la pena no condena”. Y caminamos con rumbo al parque hundido, de ese maravilloso pueblo que antes se llamó Zapaluta. Fuimos a comprar caramelitos.

viernes, 17 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE HABLA




Rodrigo dice que los discípulos de Jesús se equivocaron en la traducción de sus palabras. Donde dicen que dijo: “Levántate y anda”, en realidad debió decir: “Levántate y habla”. Porque, en el principio, fue El verbo. Y no sólo en el principio. El verbo lo es a la mitad y lo será al final de los siglos. De hecho, la trascendencia de Jesús radica en su palabra y no en su caminar.
Hablar es más importante que andar. El problema de la actualidad es que muchos hablan como andan. Rodrigo dice que muchos “andan en la pendeja”, por lo tanto: “Hablan ¡a lo pendejo!”.
Las sociedades se destacan por su capacidad de habla. Ya la ciencia nos ha explicado (y nosotros lo comprobamos a cada instante) que la principal distinción con los animales irracionales es nuestra capacidad de hablar. Lo único que no pueden hacer los irracionales es, precisamente, hablar. ¿Y los loros? Muchos políticos son loros, sólo repiten conceptos. ¡No hablan! Porque hablar implica pensar, razonar, dar claridad a los pensamientos.
Maruca dice que las mujeres son tan listas que “hablan” no sólo por los codos, sino también a través de la mirada.
Rodrigo asiente y dice que todas las mujeres hablan más con los ojos que con la boca. Ramón (quien, los lectores de estas Arenillas lo saben, es un perverso juguetón) dice que las chicas expresan lo sublime cuando no ven; es decir, hablan mejor cuando tienen la boca ocupada haciendo una fellatio, porque, en ese instante, mantienen los ojos cerrados.
Rodrigo sostiene que uno de los personajes más intrascendentes de la Biblia es Lázaro, porque Jesús lo devolvió a la vida, pero sin la gracia del bienaventurado. De acuerdo con los evangelistas, Jesús lo mandó a levantarse; es decir, a volver a la vida, pero sin mayor objetivo en la vida que caminar. ¿Cuántos seres existen en el mundo que son como Lázaro?
Si Lázaro hubiese escuchado lo que Rodrigo argumenta y se hubiera dedicado a hablar, su vida, ahora, estaría signada por la gracia infinita.
¿Qué nos hubiera quedado de Jesús sin la bendición de su palabra? ¡Nada! Su vida sería una vida de lo más común. La gente lo recordaría como un mero mago que, en ocasiones, lograba hacer prodigios como el de devolverles la vida a los muertos o el de convertir el agua en vino; es decir, un mero mago prodigioso. Pero, la imagen de Jesús es trascendente por el misterio de su palabra, a través de las parábolas.
¿Cuántas veces el género humano se ha topado con la parábola de El hijo pródigo? ¡Millones de veces! En dicha parábola está resumido el valor del habla, su rotunda capacidad de transformar. ¿Cómo, se pregunta medio mundo, Jesús se atreve a sugerir que un padre debe halagar al hijo cabroncillo, dejando en último término al bien portado? ¿Qué justifica tal comportamiento? ¿No hay aquí, acaso, una injusticia mayor al no reconocer la buena conducta? ¿Por qué Jesús advirtió que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, antes que un rico entre al reino de los cielos?
Ramón dice que si fuera tan rico como Carlos Slim no se preocuparía por el significado de la parábola cristiana, dice que mandaría a hacer una aguja gigantesca para que no sólo pasara un camello sino veinte camellos, uno encima del otro; y, de igual manera, compraría el reino de los cielos.
El habla es la capacidad de coincidir o de disentir; la capacidad de transformar el mundo mediante la imaginación que es, quién lo duda, la ociosa madre del habla.
Si los políticos hablan pura basura es porque no leyeron bien la Biblia y porque carecen de imaginación. Ellos sólo andan. Rodrigo dice que el pueblo bien pudiera hacer uso del don de Jesús y, en lugar de tratarlos como el hijo pródigo, debería revivir a los ingratos políticos y mandarlos a “andar”.

miércoles, 15 de marzo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO RICARDO QUE CRECE TORCIDO, YA NUNCA SU ARJONA ENDEREZA





Querida Mariana: Hubo un niño guatemalteco que, en lugar de ser pastor, regidor, actor o pepenador, decidió ser un rimador ¡con calzador!
Y anduvo por todas las calles de la capital de Guatemala, con un letrero, anunciando: “Para primas, ¡se hacen rimas!, y para hermanas, también ¡rimas galanas!”
El maestro de retórica decía que Ricardito no tenía vocación de rimador. Elena, quien era una maestra golosa, reía y decía que más que rimador, el niño parecía arrimador, porque era un arrimadito.
¿Por qué el maestro decía que el niño no tenía el don? Porque en clase, siempre era el niño que daba la rima menos luminosa. Cuando el maestro pedía que los niños dijeran una palabra que rimara con cielo, Juanita levantaba la mano, decía: “Violonchelo” y, mientras entrecerraba los ojos, movía su mano derecha como si tuviese el arco del instrumento; Martín se ponía de pie y, muy formal, decía: “Mozuelo”, en el momento que, orgulloso, se señalaba con ambas manos; Esperanza, abanicándose con su cuaderno, decía: “Caramelo” y levantaba los dedos índice y pulgar, se los llevaba a la boca y los chupaba como si disfrutara un dulce de miel. Entonces, Ricardito, pasaba al frente y, como si fuese Pablo Neruda, se ponía una mano sobre el pecho y decía: “¡Alfombra!”. ¡No, no, no!, gritaba el maestro, mientras golpeaba el escritorio con la regla de madera. “Alfombra no rima con cielo”. Pero, el niño, decía: “Cielo rima con alfombra, porque la alfombra está en el suelo” y caminaba con rumbo a su pupitre, como si fuese el poeta más sagaz.
El dicho de la maestra Elena llegó a oídos del niño Ricardo la tarde que aventó al basurero el letrero, lero, lero. En ese momento (momento ingrato para el buen gusto), Ricardito dijo que ¡eso era! Sería arrimador y no rimador. ¡Claro!
De esta manera, al día siguiente, el niño caminó por todas las calles, luciendo un letrero, con fondo blanco y letras negras, que decía: “Le quito lo virgencita, en la primera cita”.
Perdón, Mariana, sé que esta Arenilla está resultando tediosa, odiosa, gaseosa, con horma de osa. Perdón.
Debe ser porque la rima cuando no es sublima ¡da grima!
El niño Ricardito jamás lo entendió y, contra todos los pronósticos, decidió escribir canciones que “arrimaran”, porque concluyó que su sino era ser un arrimadito de la poesía. ¡Y lo logró! Ahora, millones de personas en Latinoamérica cantan sus rimas arrimadas, un poco como si dijéramos que cantan un ritmo arrítmico.
Ricardito no sólo reprobó la materia de Rimas, sino que también se quedó a mitad de la clase de Símil 1, por eso, cuando tuvo necesidad de comparar la tontería escribió: “Más tonto que un disparo” y cuando necesitó comparar la debilidad escribió: “Más débil que la anemia”. Romeo dice que Ricardito padece tontería anémica y dispara pura debilidad. Romeo dice que los estudiosos del lenguaje deben levantar una estatua al insigne cantautor chapín, pues ha demostrado que la palabra (luminosa por esencia) también es capaz de parir engendros.
Lo que los simples mortales llamamos prostíbulo, el buen Ricardito lo nombra como “Abarrotería del amor” y uno imagina a las putas trepadas en estantes, al lado de jabones y latas de salchichas (sin albur). En esa “abarrotería”, el arrimador dice que podemos encontrar: “… medio kilo de amor (…) y un litro de sudor”. ¡Qué rima tan arrimada!
Lo que el maestro de retórica advirtió ahora, millones de melómanos aplauden: Las rimas del tal Ricardito eran las menos luminosas, las más babosas, las menos gozosas, las más fastidiosas, las roñosas.
Hubo un niño guatemalteco que quiso ser rimador con calzador. ¡Y lo logró! Y ahora millones lo adoran, y, como si fuese San Ponciano o San Herculano, ante él oran, rascándose el…
Posdata: Como no sé rimar, plagio letras de Ricardito y me despido con estos tres versos de su autoría: “Vine desde mi galaxia a investigar este mundo. / Lo encontré detrás de una esquina y me bastó un segundo / para saber que aquí flotan de la mano, lo trivial y lo profundo”.
¡Dios mío! ¡Qué profundo! ¡Me hundo!

martes, 14 de marzo de 2017

EL GATO QUE FUE FELIZ




Yo fui un gato. En una vida pasada fui ¡un gato! No un gato persa o un gato de angora, pero sí fui un gato hogareño muy bello. Mi ama era soltera, como era escritora trabajaba en casa.
“Picho” era mi nombre. Cuando llegaban sus amigas y les servía una copa de vino y yo andaba por ahí, sobándome en las patas de los sillones y alisando mis uñas en la parte trasera del sofá, ella contaba que me había hallado una tarde lluviosa, debajo de una escalera. “Era una bolita de estambre, una esponja”, decía ella y, con sus manos, formaba una bola de aire donde yo cabía. Era muy pequeño, entonces.
El día que mi ama (Sofía) me trajo a casa, entró al baño, tomó una toalla y secó mi cuerpecito y dijo que me llamaría Picho. Como estaba todo mojado ya no me echó más agua a la hora de mi bautizo. Después que me puso sobre el sofá y me cubrió con una colcha de color azul con rayas rojas, que desde ese momento fue mi colchita consentida, fue a la cocina por un plato con leche, mismo que yo tomé con fruición. Mi ama contaba que yo era una bolita de estambre, flaca, flaca, cono bola de fideos, pero, gracias a su mano bienaventurada, crecí hasta convertirme en un gato príncipe, con unos ojos azules que eran como dos zafiros, como dos de esas canicas lecheras con las que los niños jugaban en la hora del recreo. ¡Ah, cómo me mimaba! Cuando mi ama tomaba su morraleta para ir de compras al mercado, me colocaba una cinta de tela roja anudada a mi cuello (para que no me hicieran ojo) y me abrazaba, como si ella fuese una niña y yo fuese su muñeco favorito. En la calle todo mundo la volvía a ver a ella, porque en ese tiempo no era común que las mujeres llevaran abrazadas a sus mascotas y ¡menos a un gato tan bonito! Todo mundo decía: “¡Qué bello!” y se acercaba a tocarme, a preguntar cómo me llamaba, a decir que ella se parecía a mí. ¿Ven lo que digo? ¡A decir que ella se parecía a mí y no al contrario! Yo me sentía bien, ronroneaba, bajaba la cabeza y lamía mi pecho, adelantaba una de mis manitas para que vieran que yo, igual que ella, estaba pleno. Era feliz en su compañía. Por eso, cuando Pola (que era la mejor amiga de Sofía) decía que yo, como todos los gatos, era un gato vanidoso, un pesado, porque atravesaba la sala como si el piso fuera una pasarela y todo mundo estuviera pendiente de mí, ¡no me importaba! No me importaba, porque sabía que Pola tenía la atención de mi ama durante las horas que pasaba en el departamento; horas que podían prolongarse todo el fin de semana, pero cuando ella besaba en los labios a Sofía y decía adiós, yo volvía a ser el consentido de mi ama, y como si ésta supiera que me había abandonado un lapso breve, pero intenso, me colocaba la cinta roja y me abrazaba, me consentía, me decía: “Mirruñito precioso, lindo” y me llenaba de besos y alisaba mi pelaje y, con el pulgar e índice, me hacía cariñitos en la punta de mis orejitas. Ella me llevaba al parque y ahí compraba un helado de pistache y se sentaba en una banca al lado de un framboyán y me daba a que yo lengüetera la bola helada. ¡Era feliz!
Ella era muy disciplinada. El reloj nos despertaba a las cinco, ella se sentaba en la cama, mientras yo me estiraba y dejaba mi carpeta mullida, colocada a los pies del buró. Con su mano izquierda buscaba sus calcetas, mientras, con la derecha, me acariciaba y con su boca de lima de pechito decía: “Buenos días, mi pichito lindo”, yo le respondía con un bajísimo miau alargado que significaba: “Buen día, niña linda”. Ella salía del departamento para ir a correr al parque, mientras yo me subía a la bardita que tenía el balcón que daba a la calle y esperaba que ella volviera. La esperaba con la misma inquietud y fidelidad de un perro, pidiendo a la diosa egipcia Bastet que el tiempo se volviera agua y se evaporara. Cuando volvía, se duchaba y yo la esperaba en la puerta; cuando salía (ya vestida) íbamos a la cocina y, mientras yo tomaba mi leche, ella preparaba su desayuno. La cocina se llenaba de aromas gratos: de manzana cortada en gajos y rociada con miel; de avena y plátano; de pan tostado y mermelada casera sabor frambuesa. Sofía se sentaba. Yo veía al sol estirarse, como gato, a mitad del parquet, mientras ella desayunaba y escuchábamos a Aretha Franklin cantar soul, con esa voz llena de sugerencias.
Luego llegaba el momento que más me gustaba. Sofía colocaba la máquina mecánica sobre el escritorio y colocaba una hoja blanca en el rodillo; luego, me llamaba y juntos caminábamos hacia el balcón. Me subía sobre la bardita y ella se descalzaba y se sentaba frente a mí. Como si ella fuera una gatita curiosa miraba con atención lo que pasaba allá abajo, en la calle (nuestro departamento estaba en el piso tres). A esa hora de la mañana, los sonidos son intensos, porque están llenos de energía. Escuchábamos a las mujeres subiendo a los autobuses colectivos; a las niñas del colegio corriendo para no llegar tarde a la escuela; al afilador de cuchillos, haciendo sonar su silbato.
Me gustaba ese momento, porque yo escuchaba lo que pasaba afuera, pero mi vista la concentraba en la figura de Sofía. Me gustaba ver cómo los rayos de sol se recostaban sobre su cabello dorado. Un pie lo dejaba sobre el piso, mientras el otro lo subía a la bardita. Este pie era el que estaba más cerca de mí. Yo imaginaba (siempre) que ese pie lo ponía ahí para que yo lo acariciara, para que yo, con mi patita la repasara y con mi caricia le dijera que la amaba mucho, que era mi preferida, que era mi gatita más querida, la más deseada.
Su pie era delicado, lleno de vida, porque movía sus dedos como si ellos también conocieran mi código secreto y me pidieran que los mimara, que no dejara que se enfriaran en esas mañanas invernales, donde, en la calle, abajo, los hombres trajeados, con sus maletines, discutían por subir primero al primer taxi que se detenía.
Ese momento era un momento prodigioso, lleno de luz. A veces, ella dejaba de ver hacia afuera y me miraba y me llamaba y yo me acercaba con pasos lentos y ella me tomaba con sus dos manos y me colocaba en su pecho. Yo procuraba armonizar mis latidos con los de su corazón para que fuéramos una sola entidad. Yo olía su aroma y reconocía en sus pechos el milagro oculto de la lechita que me había servido en la cocina. Luego, ella se levantaba y se sentaba frente a la máquina y se ponía a escribir novelas. Yo me quedaba en el balcón, cerraba los ojos, escuchaba el sonido de la máquina, como de persistente gota de agua y me dormía.
Yo fui un gato. Me llamé Picho. Tuve un ama que se llamó Sofía. Sofía me amaba, casi con la misma intensidad con que la amaba yo. Una mañana, igual que todas las mañanas, mi ama me hizo cariñitos y cerró la puerta para ir a correr al parque. Yo me trepé a la bardita y, con la inquietud y lealtad de un perro, esperé que el tiempo se hiciese agua y se evaporara para que ella volviera pronto. Pero, esa mañana, a los ruidos de siempre: las campanas del templo de San Agustín, el silbato de la fábrica que avisaba el cambio de turno y los pasos menudos de las mujeres que iban a misa, se agregó el sonido de una sirena de ambulancia.
Yo fui feliz hasta una mañana que ella (nunca supe por qué) no volvió al departamento.
Mi ama no volvía. Me bajé de la bardita y fui a echarme al lado de la puerta. ¡La sorprendería! Cuando ella entrara se sorprendería al verme ahí, pero me abrazaría y sé que diría: “¡Ah, pillo!, creiste que no volvería, ¿verdad?”. Y así fue ella no volvió. Quedé echado al lado de la puerta como si fuese uno de esos trapos viejos que la gente tiraba en el callejón. El tiempo pasó. Ni pensé en que tenía hambre. No lo pensé. Yo quería escuchar la llave en la cerradura y mirar que la puerta se abriera y que Sofía, con el rostro de manzana roja, iluminara el departamento, mi vida, como siempre lo hacía. La luz del sol desapareció. Los sonidos cambiaron. La calle perdió su intensidad y sólo, de vez en vez, en medio de la noche, se oía algún ladrido o unos pasos que corrían apresurados, con temor. Mi ama no volvió. No volvió jamás.
Dejé de ser feliz. Una mañana escuché el sonido de una llave en la cerradura, abrí los ojos y esperé ver a mi niña linda. Yo estaba agotado. En lugar de Sofía llegó Pola y dio órdenes a unos hombres que, con los brazos descubiertos y con fajas en la cintura, cargaron las sillas y los sofás y las mesas y los trinchadores y los estantes y los libros y las cortinas y los sombreros y los tenis y las zapatillas, hasta dejar vacío el departamento.
Pola me cargó y, ya en la camioneta, le preguntó a una mujer anciana que yo no conocía: “¿Qué vamos a hacer con este gato?”, y la mujer, prendiendo un cigarro, sin pensar la respuesta dijo: “No sé, pero en la casa no puede quedarse”.
Yo fui un gato. En una vida pasada fui un gato. Terminé mis días en un asilo para animales. Ahí conocí a dos gatos que eran muy traviesos y les encantaba escaparse por las noches. Yo, desde el balcón, los miraba trepar sobre los tejados vecinos y desaparecer detrás de los tinacos. Pensaba: Que regresen pronto, que regresen, Señor. Y sólo descansaba hasta que volvía a verlos entrar por debajo de la hendija de la ventana.
Morí de viejo. Ya nunca más volví a ser feliz, como sí lo había sido con mi ama.
Nunca supe por qué ella ya no volvió. A veces pensaba que me había dejado olvidado, pero luego pensaba que, tal vez, se había equivocado de camino y, en lugar de llegar a casa, había seguido corriendo al lado contrario y pensaba que había llegado hasta el mar. Pensaba que había dado media vuelta y había iniciado el viaje de regreso a casa, pero como la malvada Pola había vaciado el departamento y a mí me había confinado a ese espacio de gatos olvidados ya no me había hallado. En el asilo, algunas noches me subía a un pretil que tenía la ventana y miraba la calle y pensaba que vería a Sofía cruzar la calle, dirigiéndose a la casa. Pero sólo lo imaginaba.

lunes, 13 de marzo de 2017

LA ÚLTIMA VOLUNTAD




Todos esperaban que Romina dijera sus últimas palabras. La palabra todos engloba a Rosario, a Rodo, a Raúl y a Ricardo. Todos, sobrinos legítimos de Romina.
Salvo todos y el notario, nadie más sabía por qué ellos estaban tan pendientes de las últimas palabras de Romina.
Romina había determinado que lo más grueso de la herencia (según el testamento) quedaría en manos del sobrino que “escuchara sus últimas palabras”. ¿Por qué tal decisión? Porque Romina pensaba que quien escuchara sus últimas palabras sería el sobrino que estuviera pendiente de los cuidados que ella necesitaba en su lecho de muerte.
Todos (gracias a una estrategia calculada de Romina) se enteraron de la voluntad expresada en su testamento y se dedicaron en cuerpo y alma a atender a Romina y, con sus celulares prendidos, grababan lo que la tía Romina ordenaba, ya que cada orden podía convertirse en las últimas palabras de la enferma.
El notario había mandado instalar una cámara en el cuarto de Romina, en lo alto de un esquinero, para que la grabación le sirviera de testimonio a la hora de abrir el testamento y leer que, por voluntad expresa de la, en ese instante, ya fallecida Romina, la casa grande, los dos autos, el rancho de tierra caliente y la cuenta bancaria serían de quien hubiese estado a su lado y hubiera escuchado sus últimas palabras.
Romina logró su objetivo de ser atendida por todos, porque su recámara era un avispero, donde las abejas (es decir: todos) se movían a su alrededor cumpliendo sus deseos a fin de que uno de ellos fuera el elegido.
Cuando Romina comenzó a agravarse, ella gozó su decisión, porque pedía que alguno de todos se acercara y balbuceaba algunas palabras incomprensibles. El elegido rogaba a su Dios que en ese instante la enferma cerrara los ojos para no volver a abrirlos. Pero, la enferma llamaba a otro sobrino y, de igual manera, balbuceaba incoherencias. Así hasta agotar la lista de sobrinos. Cuando terminaba, solicitaba (con palabras claras) que la sentaran, prendía el televisor y veía su serie favorita, como si la enfermedad no estuviese haciendo mella en el interior de su cuerpo.
De más está decir que los sobrinos se lamentaban y se la mentaban a la tía Romina.
A la hora de la cena, todos se sentaban en la gran mesa de cedro, cerraban la cortina de encajes y revisaban su celular en intento de descifrar lo que Romina había dicho. Todos coincidían en que “la puta vieja” estaba jugando con ellos, porque fingía su voz, la hacía cansada, como si tuviera una piedra sobre la lengua. Sus palabras eran ininteligibles. A todos les daba un escozor pensando que el notario, a la hora de abrir el testamento, los obligara a repetir las últimas palabras de Romina. Nunca podrían interpretar ese lenguaje abstruso.
Rosario comentaba, con frecuencia, que sabía de la existencia de una cláusula adicional, pero nadie conocía el contenido de ella. Cuando lo hacía llamaba a los tres hermanos, les ofrecía un café en la cocina y les proponía un acuerdo: “La herencia es amplísima, ¿por qué no acordamos que, independientemente de quién escuche las últimas palabras, nos la repartamos en partes iguales?”. Ninguno de los erres aceptó. La avaricia los consumía. Cada uno pensaba que había destinado cientos de horas en los últimos tiempos en intento de ser el afortunado heredero. Así que la presencia de todos en la recámara de Romina era como una batalla campal encarnizada.
Una mañana que amaneció con llovizna y las cortinas de la recámara de Romina fueron corridas y debieron prender la luz de la mesilla de noche y colocar un paño sobre los ojos de la enferma para que no estuviera incómoda, la enferma tuvo conciencia de que su fin estaba cerca. Supo que no llegaría a la hora de la comida, así que, con mano indecisa y tembleque, llamó a Rosario y le pidió que le diera un poco de agua, lo hizo con voz de mirlo apagado. Rosario también supo que la tía estaba muy mal. Pronto moriría, así que decidió no hacer caso a la petición de la tía, porque podía suceder que mientras ella iba a la cocina por el vaso de agua la tía dijera sus últimas palabras. Romina, con la cabeza apoyada de lado sobre la almohada, vio que la sobrina jaló una silla y accionó el grabador del celular. Vio que los demás sobrinos se sentaron en el piso de madera e hicieron lo mismo que Rosario. Era como si un grupo de periodistas esperara una declaración vital de una política en decadencia. Decidió entonces no volver a hablar, pero hizo un registro mental para determinar cuáles habían sido sus últimas palabras y a quién se las había dicho. Si alguien hubiese accionado la grabación de la cámara en el esquinero del techo habría dicho que sus últimas palabras habían sido: “Un vaso de agua” y se las había dicho a Rosario, a la fatua de Rosario, que no le había hecho caso y se había quedado apoltronada como una niña malcriada.
Romina ya se había divertido y había logrado su objetivo de no ser olvidada. Los sobrinos interesados le habían prodigado cuidados hasta horas antes de su muerte, así que decidió que sus últimas palabras las diría en voz alta y viendo hacia el techo. Imaginó la escena en el siguiente minuto de su último aliento: los sobrinos se despedazarían como hienas tras una pierna de venado.
Romina sintió cómo la muerte tomaba su mano, que estaba tan fría como la de la señora de las tinieblas infinitas, y pensó que debía decir sus últimas palabras. Los sobrinos la vieron llevarse las manos al pecho, dirigir su mirada ya casi agotada al techo del cuarto y escucharon, con voz clara, pero ya como de corredor en el último metro de una maratón: “Luz, ¡más luz!”. Estas palabras las había elegido en el momento de leer una biografía de Goethe y saber que habían sido las últimas palabras que dijo el famoso escritor alemán. Apenas dichas las palabras, se volvió hacia el lado izquierdo, cerró sus ojos y, como pajarito, trincó el pico.
Ninguno de los sobrinos hizo alguna muestra de afección dolorosa, ninguna lágrima asomó a sus rostros. Todos checaron su celular para comprobar que habían grabado las últimas palabras. Después de tres minutos, Rosario se paró, dio la vuelta a la cama, se hincó y colocó un espejo frente a la nariz y boca de Romina para comprobar que el azogue no se empañaba. ¡Romina había muerto!
Los lectores inteligentes ya advirtieron el final de la historia. El día que el notario llamó a los sobrinos para dar lectura del testamento de Romina, todos se abalanzaron sobre el escritorio lleno de papeles y cada uno accionó la grabadora para demostrar que tenía las últimas palabras. Rosario se atrevió a exigir que el notario viera la grabación de la cámara del cuarto para comprobar que su celular era el que estaba más cerca de los labios de la difunta; Rodo exigió que el notario llamara a un topógrafo para que determinara que, como él estaba parado en el instante de la última declaración de Romina, el ángulo determinaba que los ojos de la difunta estaban más cerca de él que de los otros.
Después de escuchar con paciencia las sandeces de todos, el notario abrió una gaveta del escritorio, sacó un legajo de papeles y leyó la voluntad de la occisa: “El sobrino que escuche mis últimas palabras será quien herede mi casa grande, el rancho de tierra caliente, los dos autos y mi cuenta bancaria. Pero, si sucediera el caso que todos fueran testigos presenciales de mis últimas palabras determino que se aplique la cláusula B1 que a continuación expreso…”
El notario se quitó los lentes que había usado para leer, apoyó su espalda sobre el sillón de cuero y dijo: “Queridos míos, parece que, en este caso, tal como lo predestinó su tía, todos fueron testigos presenciales de sus últimas palabras, por lo que debe aplicarse la cláusula B1…”
Y todos salieron bufando de la oficina del notario. Rosario, antes de subir al auto, dijo, casi a gritos para que la escucharan los tres hermanos: “Ambiciosos y pendejos. Si me hubieran hecho caso, ahora todos tendríamos parte de la jugosa herencia. No que ahora, los putos niños del hospicio de San Juan tendrán lo nuestro. Pendejos. Chinguen a mi madre, que también es la suya.” Subió a su auto, azotó la puerta y arrancó rechinando las llantas.

sábado, 11 de marzo de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA INDESCIFRABLE




Querida Mariana: ¿A qué huelen las mujeres comitecas? Me refiero al aroma natural, no al que está disimulado debajo de perfumes franceses.
Entiendo que no todas las mujeres huelen igual. De igual manera que no todas las ciudades del mundo tienen los mismos aromas.
Comitán tenía un aroma a pan recién hecho, a chimbo, a butifarra, a juncia. Ahora, (¡qué pena!), Comitán huele mal, apesta a albañal, a rata muerta. No sé si lo has advertido, en algunas zonas huele muy feo, sobre todo en zonas bajas: algunas partes de Yalchivol y zonas aledañas al periférico. El olor es insoportable. El otro día pasé por el cauce de lo que le llamamos río grande y, prácticamente, tuve que huir del lugar porque apesta a mierda y es que, literalmente, lo que ahí fluye es agua del albañal.
En el lugar donde, hace años, la autoridad construyó unos merenderos y área de juegos, el río ya se secó, que es la zona con rumbo a Los Riegos, a Señor del Pozo, a Yalumá. Los mayores cuentan que el paseo al río grande era un paseo muy recurrido de los comitecos. Los jóvenes se bañaban en esas pozas. Ahora, el lecho está agrietado, porque no fluye el agua. Pero, más adelante, del otro lado de la carretera que va del CBTis a la ciudad de Las Margaritas, el agua sigue fluyendo. ¿Por qué sucede esto? Un amigo me explicó que la causa es muy simple: el agua que ahí corre proviene de las salidas del drenaje; es decir, las aguas negras del pueblo van a dar a ese cauce. Por eso ahora, la pestilencia está concentrada. Antes, el agua que nacía limpia, fresca, del nacedero de Jishil (Ji-shil), al unirse con el agua del albañal hacía que la peste no fuera tan rotunda, pero ahora está la esencia de la caca en toda su magnitud. Esto es un problema severo de salud municipal. Al lado de este afluente hay huertos, dichas verduras son regadas con agua de este canal. ¿Qué mujer comiteca lavaría con el agua del drenaje las frutas y verduras que sirve a su familia? ¡Ninguna! Por supuesto que ninguna. Pues en nuestro pueblo, los productores están regando sus huertos con agua de caca. ¿Dónde está la autoridad sanitaria?
Me da pena escribirte esto, pero es una realidad que modifica (insisto, ¡qué pena!) el aroma de nuestra ciudad y con ello, el aroma de sus habitantes, de sus mujeres, de sus jóvenes, de sus viejos, de sus niños, de todos.
Comitán olía a mujer joven, a campo plantado con menta, a aroma de jazmín. Ahora comienza a oler a una mujer vieja, descuidada. Las ancianas que no son atendidas en las casas por sus familiares, las que son arrinconadas como sacos viejos, huelen a humedad, a moho, a los meados y a los excrementos que se convierten en parte de su carne. Me da pena decirlo, pero Comitán comienza a asemejarse a una vieja abandonada. ¿Y las autoridades, en dónde están?
En cualquier ciudad del mundo, las autoridades son como los hijos mayores. El grueso de la población los eligió para que cuiden y salvaguarden el entorno común, el hogar de todos. No es otra la responsabilidad, el compromiso, de quien solicita, a través del voto popular, la encomienda de representar a la ciudadanía. La confianza está puesta en ellos, para que el hogar sea un espacio limpio, correcto; un espacio que huela a tenocté y no a jutush ya podrido.
Somos las casas que habitamos. Si nuestro hogar está sucio, algo de esa podredumbre se nos pega. ¿A qué huelen las mujeres comitecas? ¿A qué olés vos? No podemos tapar el sol con una capa de barniz, no podemos encubrir un aroma con un olor artificial.
Los comitecos, tal vez sin mucha conciencia, siempre hemos respetado a la mujer de esta ciudad. Y esto es así, porque la mujer comiteca está siempre presente en cada instante de nuestra historia, tanto la historia con hache mayúscula, como la de todos los días.
Armando llegó un día a Comitán. Vino porque el jefe de la empresa donde laboraba lo comisionó para un encargo especial. Llegó y se enamoró de la ciudad y de una de sus hijas. Una tarde, en la casa que rentaba, tomando una cerveza en el corredor, me dijo que se había enamorado de Lucía (que así se llama su esposa) porque era una con Comitán y viceversa. A mí me pareció un juego de palabras interesante, pero por encima de eso, entendí lo que él me decía: nuestro Comitán enamora por sus cualidades, por lo tanto, lo mismo sucede con sus mujeres. ¿Qué dice la letra de esa maravillosa canción que se intitula “Comiteca”? Es una canción que elogia las virtudes de las mujeres de este pueblo y por eso, entre otras linduras, dice: “Eres orgullo de Chiapas, nacida en Balún Canán”. ¿Orgullo de Chiapas? Sí, las mujeres de este pueblo son de una belleza soberana, que es cuando se conjunta la belleza física con la belleza intelectual. Pero, más adelante, el autor de “Comiteca” dice: “Qué bello símbolo tienes en la flor del tenocté. Se nota que eres mimada, yo también te mimaré”.
¿Hay necesidad de decir más? Pareciera que no, pero sí. Insisto, somos la casa que habitamos y nuestro hogar tiene mucho de lo que nosotros le imprimimos. La mujer comiteca es lo que es la ciudad y ésta posee las virtudes de sus mujeres. El símbolo de Comitán es la flor del tenocté (árbol que ha dado pie a una de las anécdotas más simpáticas y picarescas de nuestro pueblo). Antes, cuando llegaba la primavera, el paisaje se llenaba de palomitas blancas que matizaban el azul inmaculado de la ciudad. Ahora, ante el rebumbio provocado por el calentamiento global y demás nubes infecciosas, el tenocté florea a todas horas y en cualquier tiempo. En el pasado diciembre, los árboles florearon de manera indecisa y confusa.
¡Ah!, qué hermoso sería que la autoridad, el garante de nuestra armonía, tuviera como directriz esencial la línea que en la canción dice: “Eres mimada, yo también te mimaré”. Porque (todo mundo lo sabe, lo intuye), hubo un tiempo en que cada comiteco mimó la ciudad, la cuidó, la protegió. Hubo un tiempo en que la hierba fue cortada de tajo a fin de que sus calles estuvieran relucientes. Hubo un tiempo en que la autoridad buscó el bien común, antes que el nefando interés personal. Hubo un tiempo en que en el cauce del río grande fluyó agua limpia, tan limpia como el rostro de la comiteca más sencilla.
Hubo un tiempo en que la mujer comiteca olía a mañana fresca, a salvadillo con temperante, a festón de juncia, a cántaro de agua pura. ¿Y ahora?
La mujer comiteca es ejemplo de talento a nivel internacional, basta mencionar a Rosario Castellanos.
Una mujer fue la primera cronista oficial del pueblo, una mujer que tenía la cultura comiteca en el corazón y en la punta de la lengua: doña Lolita Albores, siempre fresca, siempre plena; casi casi tan llena de gracia como el Ave María.
Una mujer es el paradigma del valor histórico en ese mítico pasaje donde doña Josefina García se puso de pie y motivó a que la turba libertaria no olvidara su sueño de independencia.
Pero las mencionadas, querida niña, son las mujeres que están en los peldaños más altos de la historia. Cientos, miles de comitecas bordan, de manera modesta, las nubes que adornan nuestros más valiosos cielos. Las comitecas son los colibríes que liban la luz del día y el misterio de las noches. Las comitecas son las guacamayas que pintan el sol de nuestros patios y la luna de nuestras alcobas. Doris Lesing, premio nobel de literatura, dice que las mujeres “parecen estar dotadas de una armonía natural con el devenir del mundo”. Sí, así es.
Hubo un tiempo que Comitán tuvo el aroma de la buganvilia, el color de la buganvilia. ¡Ah!, todo mundo admiró el bulevar con su camellón estallando en rojos y lilas. ¿Quién logró tal prodigio? Lolita Guillén, quien siendo secretaria del ayuntamiento, siempre veló porque esas flores se abrieran con la misma intensidad con que se abre un abrazo de comiteco. El otro día leí la opinión de un paisano en el sentido de que ahora esas plantas carecen de una tierra abonada y suelta, ahora el piso es como una capa compacta que no permite el paso del aire y del agua.
La mujer comiteca siempre ha sido una mujer sencilla, limpia, hacendosa. Siempre ha mantenido su casa ordenada, con patios iluminados, con oratorios donde los floreros siempre tienen flores frescas. ¿Qué pasa con la casa mayor?
En los últimos tiempos, las autoridades se han desentendido y cada vez más nuestra casa pierde su color de fábula, de historia bien contada, de poema iluminado.
¿A qué huelen ahora las mujeres comitecas? Siguen oliendo a durazno, a mango, a hierbabuena, pero en el ambiente hay un olor a podrido, a caca, que puede contaminar sus vestidos. No estamos cumpliendo con la consigna de mimarlas, no en forma cursi, sino como forma de respeto por todo lo que han hecho por este pueblo.

Posdata: Querida mía, hubo un tiempo en que la casa comiteca fue el templo para nuestros deseos y para nuestros sueños. Lo adornamos con festones de juncia y flores de pape crepé y pagamos marimba para que los pies de nuestras paisanas se movieran como si fueran un mar de ternura. ¿Y ahora? ¿Por qué permitimos que estén viviendo en una casa que no las honra, que no les corresponde?

viernes, 10 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE MONO




Las feministas no pueden quejarse. Aquello de que “El hombre desciende del mono” no les corresponde. Porque si así fuera escribirían: “El hombre y la mujer descienden del mono y de la mona”. Por el contrario, las mujeres que no insisten en esa absurda costumbre heredada por uno de los presidentes de la república más ignorantes (el de chiquillos y chiquillas, bolitas y bolitos), aceptan (sin aceptarlo) dicha teoría explicada en “El origen de las especies”, porque no se molestan cuando un muchacho bonito les dice que son muy monas.
La palabra mono, cuando menos en nuestro país, se aplica como un sinónimo cursi de simpático. La muchacha (también cursi) dice: “Fulano de tal es bien mono”, y como el fulano de tal es un muchacho de uno ochenta de altura, brazos, torso, muslos y piernas llenos de músculos, y posee una sonrisa encantadora, se entiende que está a mil años luz de esos primates que, en los zoológicos, andan de rama en rama y tienen mirada como de suegra trastornada.
Joaquín, siempre, en la escuela secundaria, decía que la pregunta era: “El mono, ¿de quién desciende?”. Alicia, la que tenía el labio leporino (shelito, decimos en Comitán), decía, matándose de la risa: “De la palmera, el mono desciende de la palmera”.
Rodrigo dice que las feministas sí tienen motivos para enojarse, pues (¡como siempre!) el lenguaje las discrimina de fea manera, pues el dicho “La mona, aunque se vista de seda, mona se queda.”, las agrede directamente, porque el buen Rodri dice que este dicho se aplica a feministas y no feministas, y acá, el término se emplea de manera despectiva, como sinónimo de fea, corriente, lejos, muy lejos, de ser una Scarlett Johansson o una Sofía Loren. Pero Rodrigo insiste que este uso peyorativo puede atenuarse si las feministas no fueran tan radicales y permitieran que la palabra mona no tuviera la carga rotunda de fea sino de simpática.
Alicia, quien ha viajado a muchos países y domina tres idiomas, me dice que existe una prenda de vestir que se llama mono. Dice que es una prenda de una sola pieza (como si el pantalón estuviera integrado a la blusa). Jorge, por su parte, quien no ha salido del taller mecánico donde entró a trabajar desde los ocho años de edad y que, con trabajo, domina el idioma español, dice que su abuelo le enseñó a decirle mono a su ropa de trabajo, que, de igual manera, es de una sola pieza y que se diferencia del traje que Alicia menciona en que tiene las mangas largas y que viste a cuerpos distantes mil años luz en su forma. Se puede jugar con el lenguaje diciendo: “Cuando Jorge y Alicia visten monos, él se ve bien mono y ella se ve bien mona”; es decir, Jorge parece un primate peludo y grosero, mientras Alicia se ve como la muñeca más simpática del mundo.
Pero la aplicación del término va más allá, porque el mismo Jorge explica que, en nuestro país (¿dónde más?), la palabra mono también se aplica al monte de venus. Una vez me contó que, en el cuarto de un motel, lleno de manchas en las paredes y en la alfombra deshilachada, se asombró cuando la prostituta se bajó la pantaleta y puso a su vista su monte de venus (en ese tiempo no existía la costumbre de rasurarse el pubis): “Ah, mi Alex, tenía un mono precioso, peludo, peludo, como chango del África. Era muy monito, monito.” (Esta palabra de monito, Jorge también la empleaba en doble sentido: como diminutivo de mono y como una derivación de bonito.)

jueves, 9 de marzo de 2017

RADIO (2)




Una mañana, como siempre, sonó el despertador marcando las cuatro de la madrugada. Tentaleé el buró hasta hallar el reloj para apagarlo. Prendí la lámpara de mano y puse el despertador para las cuatro y media; luego tomé el radio y lo prendí. Siempre estaba sintonizado Radio Nederland, en la banda de onda corta. Apagué la luz y volví a acomodarme en la cama para escuchar tranquilamente la emisión, pero de improviso escuché los cascos de un caballo que galopaba por la calle. ¿Un caballo? ¿A las cuatro de la madrugada? Era el Comitán de los años setenta. Los caballos ya no se usaban como antaño. Por la historia sabía que el doctor Belisario Domínguez usaba un caballo para ir a visitar a sus enfermos, pero, en la época que escuchaba Radio Nederland, los médicos subían a sus autos y manejaban a ochenta kilómetros por hora.
El caballo no iba a galope. El paso cadencioso del caballo marcaba cada paso de manera puntual, se escuchaba el sonido de los cascos como si el caballo marchara, como si fuese uno de alta escuela. Pero luego pensé que no era un caballo de alta escuela, sino que era un caballo inmortal: el caballo de El Sombrerón. En el pueblo, a cada rato, los abuelos se sentaban en un piedrón debajo del árbol de jocote para contar historias de aparecidos y de fantasmas. Una de las historias más socorridas y que a los niños divertía y asustaba más era la del Sombrerón, el ranchero con sombrero de ala ancha que tenía un caballo negro, pura sangre, que era el animal más hermoso del universo. Los abuelos contaban que el sombrerón robaba muchachas y mataba del susto a los que andaban por la calle en la madrugada. Las abuelas, para obligar a los niños a dormir, les decían que si no se acostaban se les iba a aparecer el sombrerón. Los niños saltaban de un brinco a la cama, se persignaban y se cubrían la cara con las chamarras, para no oír, para no ver.
Apagué el radio y traté de moderar mi respiración y, si era posible, el golpeteo de la sangre en mi corazón, pero mi corazón, contrario a mi deseo, intensificó su bombeo y yo sentía que el sonido era como el de un tambor. No me moví. Me quedé escuchando cómo los pasos del caballo se hacían más fuertes a medida que se acercaban. Si hubiese estado en un bosque me habría escondido detrás de un árbol y habría cerrado los ojos, para no ver al maligno personaje, porque mi abuela Esperanza me había dicho que cuando uno se topaba con una visión sobrenatural debía cerrar los ojos y no abrirlos hasta estar seguro que la furia diabólica hubiese pasado, de lo contrario, el demonio se apoderaba del espíritu del mortal y éste se iba consumiendo poco a poco. La carne del cuerpo perdía su consistencia y se iba arrequintando en los huesos y cuando ya estaba bien estirada se iba deshilachando como si estuviera hecha de hilo podrido. Pensé que a mí me protegía la pared de por medio, pero sudé como nunca cuando escuché que el caballo detenía sus pasos justo frente a la puerta de mi cuarto, como si olisqueara algún mortal temeroso, como si tuviera visión de rayos equis y supiera que yo estaba ahí. Mi corazón ya retumbaba. Quería poner mis manos contra mi pecho, en intento de acallar los latidos desmesurados, pero no lo hice porque si movía mis manos, el caballo podía escuchar el movimiento de ellas deslizándose por debajo de las sábanas y sabría que yo estaba ahí agazapado, como un pájaro detrás de un matorral, asustado, ante la visión de un gato con las uñas de fuera.
El radio se prendía con pinchar un botón. ¿Me creerían que el radio se prendió en el instante en que sentí que el caballo se detenía frente a la puerta de mi cuarto? Yo nada hice, porque estaba tieso, mis músculos estaban como muertos. El radio se prendió en otra banda, porque, en lugar de Radio Nederland comenzó a emitir ruidos de estática, como si las ondas fueran cables y se cruzaran y se golpearan y cada vez que hacían contacto soltaban chispas, cientos de chispazos que sonaban a aguijonazos sobre una placa metálica. No pude más. Tomé valor y saqué las manos de debajo de las chamarras, apagué el radio y lo llevé hacia mi pecho, como si fuera un gatito temeroso y quisiera protegerlo, como si fuera un ratón maldito y quisiera ahogarlo.
Oí que el caballo bufó. Sentí cómo de sus belfos salían vahos calientes y espumosos. Yo no podía más, estaba a punto de tirar las colchas y salir corriendo hacia el cuarto de mis papás, pero sentía mis piernas sin fuerza.
En medio del pánico, una luz apareció en mi mente. ¿El Sombrerón? El Sombrerón no existía, era una alucinación. ¿Entonces por qué, a las cuatro y media de la madrugada, un caballo estaba frente a la puerta de mi cuarto? Y digo que eran las cuatro y media porque justo en ese momento el reloj comenzó a sonar de nuevo. En lugar de apagar el despertador dejé que sonara sin descanso, tal vez con el deseo de que mis papás escucharan el timbre y entraran a mi cuarto a ver qué ocurría.
Cuando la cuerda del reloj se agotó, prendí la radio en la estación de Holanda, subí el volumen. Mi mamá entró al cuarto, prendió la luz y me pidió que apagara la radio, que no los dejaba dormir. Yo, todo sudado, le pregunté si el sombrerón existía de verdad. Mi mamá, sin duda, advirtió el temor en mi voz, voz de hilo de agua, porque apagó la luz, se acercó y prendió la lámpara del buró. Yo me abracé a ella. Ya no oí qué me dijo. Yo hubiese querido que, a mis dieciséis años, me asegurara que el sombrerón no existía, que era puro cuento.
Ahora que tengo ya casi sesenta años, cuando despierto a las cuatro de la madrugada para escribir y pongo agua a calentar, aguzo el oído y trato de escuchar algún sonido extraño. Ahora sólo se escuchan algunos perros; un gallo que siempre está despistado y que, en lugar de cantar a las seis, canta a las cuatro; el sonido de una ambulancia lejana; o las toses de algún viejo en una casa vecina. ¡No hay caballos!, me digo. ¡El sombrerón no existe!, me digo.