miércoles, 20 de agosto de 2014

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO



HASTA EL PRÓXIMO SIGLO

Armando mató al fantasma. La portada del diario del lunes 18 de marzo mostró el siguiente título a ocho columnas: “No pudo más y mató al fantasma de la Casa López”. El vendedor de la esquina agotó todos los ejemplares. A las ocho de la mañana con veinte fue por más periódicos, pero en la distribuidora le dijeron que la edición se había agotado. Todas las personas de Comitán sabían la historia del fantasma de la casa de Armando, así que cuando vieron el titular del periódico corrieron a adquirirlo. En el puesto de Nelo la gente, incluso, hizo fila y los últimos patalearon y exigieron un mejor trato cuando hallaron que no habían alcanzado periódico. Algunos pidieron prestado el periódico al vecino y fueron a sacar fotocopia al reportaje.
Por lo regular, todas las noches, desde tiempo inmemorial, la gente que pasaba por la calle se detenía frente al balcón de la Casa López porque la sombra caminaba, justo a las diez con doce minutos de la noche, del baño hacia la cocina. La sombra caminaba con parsimonia, como si lo hiciese en cámara lenta, un tanto encorvada, con ayuda del bastón. El tranvía turístico hacía una pausa en su recorrido y a la hora que el fantasma aparecía el guía informaba: “Ustedes están presenciando el recorrido que hace el fantasma todas las noches” y los turistas accionaban sus cámaras y exclamaban asombro, acodados sobre la baranda del camión. Armando contaba, a los periodistas que lo entrevistaban, que desde niño había convivido con el fantasma. Según la versión de la abuela, el fantasma era el espíritu de tío Cleofas que murió una noche que se bañaba y resbaló en la tina. Los parientes hallaron el cuerpo del tío hasta la mañana siguiente, dicen que estaba bocabajo como un sapo, con los brazos extendidos. Los parientes llegaron, como lo hacían todas las mañanas en que le llevaban el desayuno, y tocaron la campana, pero nadie salió a abrir, entonces brincaron la barda, quebraron un cristal de la ventana de la sala y hallaron, en la mesa de la cocina, una taza de café frío y dos panes franceses al lado de una mantequillera. Buscaron al tío en la habitación y luego fueron al baño, abrieron la puerta y vieron el culo del tío como una enorme isla partida en dos. Por eso el fantasma se aparecía por la ventana, iba al baño y luego se deslizaba hacia la cocina, como para cumplir el ritual de la cena que su muerte dejó inconcluso.
La nota decía que la noche del 17, después de tomar una botella de ron, Armando (“joven estudiante de la universidad”) tomó un soplete, se colocó detrás de la puerta del baño y cuando el fantasma, como lo hacía todas las noches, se coló por la ventana de la sala (“con los brazos extendidos, como buscando su café con pan”), Armando salió y, loco, como si fuese un combatiente de Vietnam, fumigó al fantasma. Éste se hizo para atrás, en intento de esfumarse por donde había llegado, pero el fuego modificó la constitución de su ser y se topó con la pared, casi casi como si fuese un humano. Armando no dejó de accionar el gatillo del soplete que, como llave de agua, vomitó fuego por borbotones. El fantasma se consumió. Sólo una pizca de ceniza quedó, como si alguien hubiese tirado la ceniza de un cigarro. Para evitar que el fantasma recuperara su condición original, Armando, con una escobetilla, reunió la ceniza y la aventó en el fuego de la chimenea. Ahí, el fantasma del tío Cleofas se consumió íntegro. El pueblo se enteró de la desaparición del fantasma la noche siguiente cuando los turistas del tranvía se quedaron esperando la visión. Al otro día, el dueño del tranvía (quien tenía un contrato firmado y pagaba dos mil pesos mensuales a Armando) fue a reclamar. Armando abrió la puerta y dijo: “Ya, ya, no me diga nada, acá está su dinero. Mi tío no volverá a aparecer, porque anoche lo quemé”. Más tarde llegaron los periodistas e incluso la autoridad municipal. Armando los invitó a pasar y les señaló la boca de la chimenea: “Ahí está su pinche fantasma. Hagan de él lo que quieran”. El jefe de la policía ordenó a un subalterno a que recogiera la ceniza, por ver si se podía hacer algo con “el cadáver”.

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (II)

Eso fue lo que el periódico narró. El periódico completaba la nota con la descripción del entorno, una camisa sucia tirada en el piso y una botella de ron (“él jamás había probado alcohol en su vida”) y una pregunta que Armando, se supone, hizo al fantasma antes de desaparecerlo: ¿por qué él y no su abuelo Ramiro tenía el privilegio de seguir ? Lo que el periódico no mencionó es por qué cuando Armando y el fantasma se llevaban mejor ocurrió la tragedia. Tampoco mencionó que Armando, sin saber bien a bien por qué, pensaba siempre en su abuelo a la hora en que el fantasma aparecía.
Como ya se dijo, Armando convivió con el fantasma desde niño. Nunca le tuvo miedo. La primera vez que supo de su presencia jugaba carritos en el piso de la sala, al lado de su abuela que tejía una chambrita. Escuchó un ruido como de serpiente deslizándose en la arena, volvió la mirada y vio al fantasma que cruzó el cristal de la ventana sin mayor dificultad. “Ay, ¿por qué a esta hora?”, dijo la abuela, sin percatarse que el nieto estaba presente. El fantasma pasó frente a ellos, sin verlos y se dirigió directamente al baño, cruzó la puerta y, un minuto después, regresó por donde se había extraviado y fue hacia la cocina. El niño se levantó y preguntó a la abuela: “¿Por qué el señor es tan blanco, abuela?”. Hasta entonces la abuela cayó en cuenta de que el niño había presenciado todo. Dejó el tejido sobre la mesa circular, se paró y abrazó al nieto. No podía ocultar lo evidente, no podía mentir, no podía seguir negando la presencia del fantasma. “Es tu tío Cleofas -dijo-, es el fantasma de tu tío”. Así, con el niño envuelto en sus brazos, esperó que él preguntara ¿qué es un fantasma?, pero el niño no lo hizo. “Ah, bueno”, dijo el niño y se separó del abrazo de la abuela y se hincó de nuevo y siguió jugando carritos.
El fantasma nunca regresaba por el mismo sitio. En la cocina se evaporaba, como si fuese agua hirviendo y no volvía sino hasta la noche siguiente.
El periódico tampoco dijo que el fantasma y Armando, en los últimos tiempos, conversaban. La primera vez fue una noche en que Armando, ya estudiante del primer semestre de la Universidad, fue a la cocina y halló al fantasma a punto de esfumarse, era apenas como un hilo de humo. “Ay, tío, ¿por qué te vas tan pronto?”, dijo Armando, lo dijo como cuando alguien habla con un gato echado sobre el sofá, seguro que la pregunta no hallará respuesta. “Me voy porque acá nadie me ofrece una taza de café”, fue la respuesta que hizo que Armando sintiera una mano helada recorrer todo su cuerpo. ¡Dios mío -pensó Armando- el fantasma me respondió! Lo había hecho con una voz venida más allá de lo humano. Armando, entonces, venció el miedo y la próxima tarde fue a la cocina y, previendo la hora que llegaría el tío, calentó café y preparó una taza y dos panes franceses al lado de una mantequillera; luego fue a la cochera, sacó la bicicleta y fue a dar una vuelta, fue a hacer tiempo. Cuando regresó, dejó la bicicleta sobre la banqueta y entró corriendo a la casa. En la cocina halló que la taza de café estaba a la mitad, el cuchillo tenía rastros de mantequilla y uno de los panes había desaparecido. Había unas migas sobre la mesa. ¡El fantasma había tomado café y comido uno de los panes! Tal vez se había sentado, pensó Armando. Al día siguiente hizo lo mismo y así durante varias tardes más. Probó y descubrió los gustos del fantasma. El café lo terminaba cuando estaba endulzado con panela y no dejaba rastro de pan cuando, al lado de la mantequillera, había un poco de mermelada de fresa.
La tarde del uno de enero, Armando se atrevió. Sacó un poco de pavo del refrigerador, lo sirvió en un plato y se sentó a comerlo. Lo hizo a la hora que el tío, regularmente, llegaba a casa y “entraba” a través de la ventana. Adoptó una pose casual, como si fuese un papá inquieto por la llegada del hijo a medianoche, como no esperándolo, como si de pronto, en pijama, le hubiese dado un golpe de hambre y hubiera abierto el refrigerador para comer algo y, ¡oh, casualidad!, a la hora que el hijo entraba lo hallara ahí sentado a la mesa. El fantasma entró, después de cruzar la puerta del baño y se sentó frente a la taza de café humeante. Armando, con la vista agachada, siguió comiendo el trozo de pavo. Mascaba cada bocado con cuidado, apenas si abría la boca. Tenía la certeza de que en cualquier momento el fantasma hablaría. Lo sentía en el ambiente, que era como un cuchillo a punto de cortar el aire. “Han cambiado los tiempos. El café de antes era mejor”, dijo, por fin, el tío. Cuando lo dijo, un halo helado alcanzó el cuerpo de Armando, quien no pudo evitar cimbrarse. Un aroma de frutas podridas salió de la boca del fantasma e invadió toda la cocina. Armando se recuperó de inmediato, levantó la mirada y dijo: “Mañana tendré café de Córdova, de Veracruz, es el mejor”. El fantasma dejó la taza sobre la mesa y comenzó a desvanecerse, antes de convertirse en nada dijo: “Eso espero, Armando, eso espero”. Armando sonrió. A partir de ahí el fantasma comenzó a dejarse querer. Ya la abuela había muerto. Conforme el trato fue haciéndose más cercano, las intimidades y confidencias poco a poco se intensificaron. Llegó el momento en que Armando, entre sorbo y sorbo de café, comenzó a preguntar las dudas que todo mundo se hace con respecto al más allá. ¿En dónde permanecía? ¿Por qué seguía vagando por esas estancias? ¿De verdad era un alma en pena? ¿Podía hacer algo para darle sosiego a su espíritu? ¿Por qué algunas personas seguían vagando como fantasmas y otras no? ¿En dónde estaba la abuela? ¿En dónde su querido abuelo Ramiro? ¿Había café en la otra dimensión? El fantasma, fumando un puro, acompañado con una copa de coñac, sentado en una mecedora y ya con una bata de toalla, a cuadros verdes y blancos, dio respuesta puntual a cada una de las interrogantes. Cuando Armando se dio cuenta del legado maravilloso que tenía en las manos buscó la cámara de video y la instaló en un sofá, debajo de cojines. Después de la primera grabación, y cuando ya el fantasma se había ido, Armando la proyectó sobre una pared y sucedió lo que todo mundo sabía: la voz era un mensaje indescifrable, como si mil gallinas cacaraquearan al mismo tiempo. El fantasma no aparecía en el video, todo era un mero vacío. (Continuará).

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (III)

Una noche después, a la hora del segundo café y mientras el tío veía el partido de fútbol en la tele, Armando se acercó y le pidió por favor que escribiera “dos o tres líneas, tío”. “Pero qué quieres que escriba”, preguntó el fantasma, y Armando dijo que repitiera lo que ya había dicho acerca de por qué algunos muertos vagan de un lado para otro, sin sosiego. El tío tomó la pluma que Armando le acercó y comenzó a escribir sobre la hoja. Lo hizo con trazos exactos de letra manuscrita. El fantasma terminó, subió los pies a la mesa de centro, abrió una cerveza en bote y siguió viendo el partido. De vez en vez bajaba los pies, se paraba y gritaba: “Mándala al centro. Vertical. Avancen de manera vertical”. Cuando el partido concluyó, el fantasma se despidió y desapareció. Armando se acercó a la mesa y vio la hoja manuscrita, la tomó entre sus manos y llevó éstas a su pecho. ¡Era una prueba irrefutable! Pero, apenas lo pensó, la hoja se deshizo entre sus manos. ¡Mierda!, dijo, no hay una sola prueba de la existencia. Igual que sucedió con Jesús, todo lo que escriben los fantasmas ¡desaparece! Jesús escribió sobre la arena, los fantasmas escriben, al parecer, en el aire. Ellos mismos son el aire. Fue entonces, cuando, según el periódico, pensó en eliminarlo con algún elemento. Pensó que si el tío Celso había muerto ahogado, el elemento agua estaba descartado. ¿Cómo se eliminan los fantasmas? ¿Con tierra? No, con tierra se desaparecen a los muertos. ¿Con aire? No, porque los fantasmas, ya se dijo, son aire y se sabe que perro no come perro. ¿Qué quedaba? ¡El fuego! El fuego purifica. Se sabe que en la India no existen fantasmas, debe ser porque allá incineran los cuerpos a orillas del Ganges.
De acuerdo con la narración del periódico, la noche de su desintegración, Armando tomó una botella de ron, cuando resulta inverosímil, porque ahí mismo se consigna que él jamás había probado una gota de alcohol. Sin duda que el periodista lo escribió para justificar la acción de Armando. En realidad, esa tarde (porque fue en la tarde) el fantasma se sirvió el último trago, colocó un par de hielos en el vaso y dejó vacía la botella, todavía le dio unos ligeros golpes en el culo para que no quedara una sola gota. “Sé que estás pensando en desaparecerme”, dijo el fantasma: “Está bien, ya estoy cansado de esta rutina. De toda mi vida fantasmal, sólo estos últimos tiempos, a tu lado, me han sido placenteros”. Y el fantasma contó cómo todo era pasar paredes de un lado a otro sin sentido. Al principio, lo admitía, había sido interesante la rutina, incluso emocionante. La primera vez que se presentó en la casa, la abuela quedó tan blanca como él, ella se desvaneció sobre la mecedora, tiró su bordado y fue necesario llamar al médico de la casa, quien llegó con su maletín negro y sacó su estetoscopio y dijo que el shock había sido producto de una fuerte impresión. La abuela quedó sin habla por dos o tres días y se negó a que la llevaran a la sala. Pero, cuando la abuela se acostumbró a la presencia del fantasma, éste pasó a ser como el gato o como el canario que sólo de vez en vez se acuerdan de él y le dan un poco de alpiste. Al fantasma jamás le sirvieron un plato de alpiste, menos una taza de café. “Está bien, desaparéceme, ya estoy cansado de esta vida de mierda”. “No, no, en realidad, yo…”, dijo Armando, pero el fantasma lo interrumpió: “No lo niegues, todo lo sé, porque los fantasmas podemos saber el pensamiento de cada hombre”. “En realidad, tío…”, intentó justificarse Armando, pero el fantasma volvió a interrumpirlo, con voz alta dijo: “con una chingada, yo no soy tu tío”. “¿Cómo?, preguntó Armando, entonces, ¿quién eres?”. El fantasma se sentó, sopeó un pan en el café y, con voz lenta y cálida, dijo: “Soy tu abuelo, hijo”. “¡No!”, dijo Armando. “¿Cómo que no? ¿Quieres que te dé una prueba?”.
El lector inteligente ya intuyó el final de la historia (continuará. Próxima entrega final).

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (IV y última parte)

La portada del diario del 18 de julio (justo cuatro meses después de la nota de la desaparición) señaló, a ocho columnas: “Revivió el fantasma de la Casa López”. Contó que el tranvía se estacionó frente a la casa y los turistas vieron (a las diez con doce minutos de la noche) cómo un fantasma se desplazó y entró por la ventana. Decenas de aplausos brotaron y no faltó la mujer de edad que se desvaneció sobre el asiento. El periódico contó que las leyes sobrenaturales estaban por encima de la comprensión de la realidad. El fantasma había ¡regresado de ultratumba! Al otro día una multitud se agolpó frente a la Casa López. Armando salió al balcón, a las diez de la noche, levantó las manos como si fuese Moisés y apaciguara el mar y dijo que Comitán, de nuevo, tenía un gran atractivo turístico. Los pobladores aplaudieron, alguien accionó una matraca. Armando dijo que el fantasma había vuelto y se quedaría para siempre. De nuevo los aplausos brotaron como cascada.
El pueblo regresó a su rutina. Sólo en el interior de la casa se supo la verdad.
La noche del domingo 17 de marzo, Armando supo que su corazonada no andaba equivocada, el fantasma era su abuelo. Armando colocó una silla al lado del fantasma y recibió mil y una pruebas de que el ente era quien decía. “No te vayas”, dijo Armando y abrazó al fantasma, en realidad abrazó al aire, pero éste lo sintió cálido, como nube de geiser. Acá se dio una típica escena cursi entre abuelo y nieto (en realidad era una escena inusual, porque no es común que los fantasmas abuelos se reúnan con sus hijos vivientes). Al final, el fantasma reiteró lo que ya había dicho, los últimos tiempos, al lado del nieto, habían sido los únicos importantes de su rutinaria “vida” y, con voz de actor de telenovela, se quejó del poco caso que le hacían los de casa y dijo lo obvio, que recibía más atención por parte de los turistas que de sus propios familiares, “con decir que tu abuela me confundió, con eso te digo todo”. Armando supo que esto había sido así porque el abuelo nunca respondió a las preguntas de la abuela, pero nada dijo, porque no quería terminar con el encanto del instante. “¿Te quedas?”, preguntó Armando y el fantasma dijo que sí. “Sólo hay una cosa que me disgusta”, dijo y explicó que estaba hasta la madre (así lo dijo) de los turistas. ¿Podía quedarse en casa y dar por terminado el espectáculo tan desagradable? Sí, dijo Armando, claro que sí. Entonces se le ocurrió inventar la historia que contó al periódico. Del 18 de marzo al 17 de julio todo transcurrió de manera armoniosa. El abuelo volvió a ocupar su cuarto, Armando procuró que siempre estuviese limpio, porque intuyó que en el más allá, los fantasmas no se ocupan de minucias higiénicas. Todas las mañanas le preparaba el desayuno y lo llevaba al cuarto. El fantasma salía del baño y decía que el agua había estado excelente, pero Armando sabía que todo era una manera de procurar hacerlo sentir bien, porque pronto se dio cuenta que los fantasmas no se bañan.
Esta es la historia real y ahora doy por terminado el texto.
Perdón, perdón, algún lector avieso debe estarse preguntando qué sucedió con el encabezado del regreso del fantasma que publicó el periódico el 18 de julio. Perdón, ya dije que todo fue armonioso hasta ese día. La noche del 18, un fantasma se apareció por la casa, sin aviso previo entró por la ventana e hizo el mismo recorrido que realizaba el fantasma del “tío Cleofas”. Armando y el abuelo no se dieron cuenta del instante en que sucedió porque cenaban en la cocina. El fantasma se escabulló por la ventana, pasó por la sala, fue al baño y luego entró a la cocina. Armando sintió un viento helado y miró hacia la puerta y vio la imagen del fantasma. No dudó. Supo que el fantasma era su abuela. “¡Elena!”, exclamó el abuelo, pero el fantasma pasó sin verlos, junto a la estufa se detuvo y a punto de la desaparición dijo: “Cleofas, ¿qué haces acá?”. Armando supo que el fantasma de la abuela padecía Alzheimer.
Actualmente todo es pura rutina. El fantasma de la abuela se presenta puntual, los turistas aplauden y toman fotos. Sólo lo que sucede en el interior de la casa es novedoso, porque, aunque el lector no lo advierta al ciento por ciento, no en todas las casas del mundo se da la convivencia cotidiana entre un nieto vivo y un abuelo fantasma. A veces salen al patio y juegan con las preguntas; a veces Armando le pregunta al abuelo qué sucederá cuando él muera. ¿Se convertirá en fantasma también? ¿Seguirán “viéndose”? Armando, en los últimos tiempos deja una taza de café endulzado con panela para la abuela. La otra mañana encontró la taza a la mitad. Es posible que un día de éstos también la abuela se siente a la mesa y todo vuelva a ser como era cuando Armando tenía seis años; tal vez un día la abuela reconozca en el “tío Cleofas” al fantasma del abuelo y vuelva a tejerle una bufanda de cuadros azules y amarillos. Mientras tanto, Armando goza de la compañía del abuelo, le pide que le cuente cuentos y el abuelo prende un puro y cuenta el cuento del fantasma que se aparecía todas las noches en una casa de Comitán que era conocida con el nombre de la Casa Anzueto.

lunes, 18 de agosto de 2014

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO



HASTA EL PRÓXIMO SIGLO

Armando mató al fantasma. La portada del diario del lunes 18 de marzo mostró el siguiente título a ocho columnas: “No pudo más y mató al fantasma de la Casa López”. El vendedor de la esquina agotó todos los ejemplares. A las ocho de la mañana con veinte fue por más periódicos, pero en la distribuidora le dijeron que la edición se había agotado. Todas las personas de Comitán sabían la historia del fantasma de la casa de Armando, así que cuando vieron el titular del periódico corrieron a adquirirlo. En el puesto de Nelo la gente, incluso, hizo fila y los últimos patalearon y exigieron un mejor trato cuando hallaron que no habían alcanzado periódico. Algunos pidieron prestado el periódico al vecino y fueron a sacar fotocopia al reportaje.
Por lo regular, todas las noches, desde tiempo inmemorial, la gente que pasaba por la calle se detenía frente al balcón de la Casa López porque la sombra caminaba, justo a las diez con doce minutos de la noche, del baño hacia la cocina. La sombra caminaba con parsimonia, como si lo hiciese en cámara lenta, un tanto encorvada, con ayuda del bastón. El tranvía turístico hacía una pausa en su recorrido y a la hora que el fantasma aparecía el guía informaba: “Ustedes están presenciando el recorrido que hace el fantasma todas las noches” y los turistas accionaban sus cámaras y exclamaban asombro, acodados sobre la baranda del camión. Armando contaba, a los periodistas que lo entrevistaban, que desde niño había convivido con el fantasma. Según la versión de la abuela, el fantasma era el espíritu de tío Cleofas que murió una noche que se bañaba y resbaló en la tina. Los parientes hallaron el cuerpo del tío hasta la mañana siguiente, dicen que estaba bocabajo como un sapo, con los brazos extendidos. Los parientes llegaron, como lo hacían todas las mañanas en que le llevaban el desayuno, y tocaron la campana, pero nadie salió a abrir, entonces brincaron la barda, quebraron un cristal de la ventana de la sala y hallaron, en la mesa de la cocina, una taza de café frío y dos panes franceses al lado de una mantequillera. Buscaron al tío en la habitación y luego fueron al baño, abrieron la puerta y vieron el culo del tío como una enorme isla partida en dos. Por eso el fantasma se aparecía por la ventana, iba al baño y luego se deslizaba hacia la cocina, como para cumplir el ritual de la cena que su muerte dejó inconcluso.
La nota decía que la noche del 17, después de tomar una botella de ron, Armando (“joven estudiante de la universidad”) tomó un soplete, se colocó detrás de la puerta del baño y cuando el fantasma, como lo hacía todas las noches, se coló por la ventana de la sala (“con los brazos extendidos, como buscando su café con pan”), Armando salió y, loco, como si fuese un combatiente de Vietnam, fumigó al fantasma. Éste se hizo para atrás, en intento de esfumarse por donde había llegado, pero el fuego modificó la constitución de su ser y se topó con la pared, casi casi como si fuese un humano. Armando no dejó de accionar el gatillo del soplete que, como llave de agua, vomitó fuego por borbotones. El fantasma se consumió. Sólo una pizca de ceniza quedó, como si alguien hubiese tirado la ceniza de un cigarro. Para evitar que el fantasma recuperara su condición original, Armando, con una escobetilla, reunió la ceniza y la aventó en el fuego de la chimenea. Ahí, el fantasma del tío Cleofas se consumió íntegro. El pueblo se enteró de la desaparición del fantasma la noche siguiente cuando los turistas del tranvía se quedaron esperando la visión. Al otro día, el dueño del tranvía (quien tenía un contrato firmado y pagaba dos mil pesos mensuales a Armando) fue a reclamar. Armando abrió la puerta y dijo: “Ya, ya, no me diga nada, acá está su dinero. Mi tío no volverá a aparecer, porque anoche lo quemé”. Más tarde llegaron los periodistas e incluso la autoridad municipal. Armando los invitó a pasar y les señaló la boca de la chimenea: “Ahí está su pinche fantasma. Hagan de él lo que quieran”. El jefe de la policía ordenó a un subalterno a que recogiera la ceniza, por ver si se podía hacer algo con “el cadáver”.

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (II)

Eso fue lo que el periódico narró. El periódico completaba la nota con la descripción del entorno, una camisa sucia tirada en el piso y una botella de ron (“él jamás había probado alcohol en su vida”) y una pregunta que Armando, se supone, hizo al fantasma antes de desaparecerlo: ¿por qué él y no su abuelo Ramiro tenía el privilegio de seguir ? Lo que el periódico no mencionó es por qué cuando Armando y el fantasma se llevaban mejor ocurrió la tragedia. Tampoco mencionó que Armando, sin saber bien a bien por qué, pensaba siempre en su abuelo a la hora en que el fantasma aparecía.
Como ya se dijo, Armando convivió con el fantasma desde niño. Nunca le tuvo miedo. La primera vez que supo de su presencia jugaba carritos en el piso de la sala, al lado de su abuela que tejía una chambrita. Escuchó un ruido como de serpiente deslizándose en la arena, volvió la mirada y vio al fantasma que cruzó el cristal de la ventana sin mayor dificultad. “Ay, ¿por qué a esta hora?”, dijo la abuela, sin percatarse que el nieto estaba presente. El fantasma pasó frente a ellos, sin verlos y se dirigió directamente al baño, cruzó la puerta y, un minuto después, regresó por donde se había extraviado y fue hacia la cocina. El niño se levantó y preguntó a la abuela: “¿Por qué el señor es tan blanco, abuela?”. Hasta entonces la abuela cayó en cuenta de que el niño había presenciado todo. Dejó el tejido sobre la mesa circular, se paró y abrazó al nieto. No podía ocultar lo evidente, no podía mentir, no podía seguir negando la presencia del fantasma. “Es tu tío Cleofas -dijo-, es el fantasma de tu tío”. Así, con el niño envuelto en sus brazos, esperó que él preguntara ¿qué es un fantasma?, pero el niño no lo hizo. “Ah, bueno”, dijo el niño y se separó del abrazo de la abuela y se hincó de nuevo y siguió jugando carritos.
El fantasma nunca regresaba por el mismo sitio. En la cocina se evaporaba, como si fuese agua hirviendo y no volvía sino hasta la noche siguiente.
El periódico tampoco dijo que el fantasma y Armando, en los últimos tiempos, conversaban. La primera vez fue una noche en que Armando, ya estudiante del primer semestre de la Universidad, fue a la cocina y halló al fantasma a punto de esfumarse, era apenas como un hilo de humo. “Ay, tío, ¿por qué te vas tan pronto?”, dijo Armando, lo dijo como cuando alguien habla con un gato echado sobre el sofá, seguro que la pregunta no hallará respuesta. “Me voy porque acá nadie me ofrece una taza de café”, fue la respuesta que hizo que Armando sintiera una mano helada recorrer todo su cuerpo. ¡Dios mío -pensó Armando- el fantasma me respondió! Lo había hecho con una voz venida más allá de lo humano. Armando, entonces, venció el miedo y la próxima tarde fue a la cocina y, previendo la hora que llegaría el tío, calentó café y preparó una taza y dos panes franceses al lado de una mantequillera; luego fue a la cochera, sacó la bicicleta y fue a dar una vuelta, fue a hacer tiempo. Cuando regresó, dejó la bicicleta sobre la banqueta y entró corriendo a la casa. En la cocina halló que la taza de café estaba a la mitad, el cuchillo tenía rastros de mantequilla y uno de los panes había desaparecido. Había unas migas sobre la mesa. ¡El fantasma había tomado café y comido uno de los panes! Tal vez se había sentado, pensó Armando. Al día siguiente hizo lo mismo y así durante varias tardes más. Probó y descubrió los gustos del fantasma. El café lo terminaba cuando estaba endulzado con panela y no dejaba rastro de pan cuando, al lado de la mantequillera, había un poco de mermelada de fresa.
La tarde del uno de enero, Armando se atrevió. Sacó un poco de pavo del refrigerador, lo sirvió en un plato y se sentó a comerlo. Lo hizo a la hora que el tío, regularmente, llegaba a casa y “entraba” a través de la ventana. Adoptó una pose casual, como si fuese un papá inquieto por la llegada del hijo a medianoche, como no esperándolo, como si de pronto, en pijama, le hubiese dado un golpe de hambre y hubiera abierto el refrigerador para comer algo y, ¡oh, casualidad!, a la hora que el hijo entraba lo hallara ahí sentado a la mesa. El fantasma entró, después de cruzar la puerta del baño y se sentó frente a la taza de café humeante. Armando, con la vista agachada, siguió comiendo el trozo de pavo. Mascaba cada bocado con cuidado, apenas si abría la boca. Tenía la certeza de que en cualquier momento el fantasma hablaría. Lo sentía en el ambiente, que era como un cuchillo a punto de cortar el aire. “Han cambiado los tiempos. El café de antes era mejor”, dijo, por fin, el tío. Cuando lo dijo, un halo helado alcanzó el cuerpo de Armando, quien no pudo evitar cimbrarse. Un aroma de frutas podridas salió de la boca del fantasma e invadió toda la cocina. Armando se recuperó de inmediato, levantó la mirada y dijo: “Mañana tendré café de Córdova, de Veracruz, es el mejor”. El fantasma dejó la taza sobre la mesa y comenzó a desvanecerse, antes de convertirse en nada dijo: “Eso espero, Armando, eso espero”. Armando sonrió. A partir de ahí el fantasma comenzó a dejarse querer. Ya la abuela había muerto. Conforme el trato fue haciéndose más cercano, las intimidades y confidencias poco a poco se intensificaron. Llegó el momento en que Armando, entre sorbo y sorbo de café, comenzó a preguntar las dudas que todo mundo se hace con respecto al más allá. ¿En dónde permanecía? ¿Por qué seguía vagando por esas estancias? ¿De verdad era un alma en pena? ¿Podía hacer algo para darle sosiego a su espíritu? ¿Por qué algunas personas seguían vagando como fantasmas y otras no? ¿En dónde estaba la abuela? ¿En dónde su querido abuelo Ramiro? ¿Había café en la otra dimensión? El fantasma, fumando un puro, acompañado con una copa de coñac, sentado en una mecedora y ya con una bata de toalla, a cuadros verdes y blancos, dio respuesta puntual a cada una de las interrogantes. Cuando Armando se dio cuenta del legado maravilloso que tenía en las manos buscó la cámara de video y la instaló en un sofá, debajo de cojines. Después de la primera grabación, y cuando ya el fantasma se había ido, Armando la proyectó sobre una pared y sucedió lo que todo mundo sabía: la voz era un mensaje indescifrable, como si mil gallinas cacaraquearan al mismo tiempo. El fantasma no aparecía en el video, todo era un mero vacío. (Continuará).

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (III)

Una noche después, a la hora del segundo café y mientras el tío veía el partido de fútbol en la tele, Armando se acercó y le pidió por favor que escribiera “dos o tres líneas, tío”. “Pero qué quieres que escriba”, preguntó el fantasma, y Armando dijo que repitiera lo que ya había dicho acerca de por qué algunos muertos vagan de un lado para otro, sin sosiego. El tío tomó la pluma que Armando le acercó y comenzó a escribir sobre la hoja. Lo hizo con trazos exactos de letra manuscrita. El fantasma terminó, subió los pies a la mesa de centro, abrió una cerveza en bote y siguió viendo el partido. De vez en vez bajaba los pies, se paraba y gritaba: “Mándala al centro. Vertical. Avancen de manera vertical”. Cuando el partido concluyó, el fantasma se despidió y desapareció. Armando se acercó a la mesa y vio la hoja manuscrita, la tomó entre sus manos y llevó éstas a su pecho. ¡Era una prueba irrefutable! Pero, apenas lo pensó, la hoja se deshizo entre sus manos. ¡Mierda!, dijo, no hay una sola prueba de la existencia. Igual que sucedió con Jesús, todo lo que escriben los fantasmas ¡desaparece! Jesús escribió sobre la arena, los fantasmas escriben, al parecer, en el aire. Ellos mismos son el aire. Fue entonces, cuando, según el periódico, pensó en eliminarlo con algún elemento. Pensó que si el tío Celso había muerto ahogado, el elemento agua estaba descartado. ¿Cómo se eliminan los fantasmas? ¿Con tierra? No, con tierra se desaparecen a los muertos. ¿Con aire? No, porque los fantasmas, ya se dijo, son aire y se sabe que perro no come perro. ¿Qué quedaba? ¡El fuego! El fuego purifica. Se sabe que en la India no existen fantasmas, debe ser porque allá incineran los cuerpos a orillas del Ganges.
De acuerdo con la narración del periódico, la noche de su desintegración, Armando tomó una botella de ron, cuando resulta inverosímil, porque ahí mismo se consigna que él jamás había probado una gota de alcohol. Sin duda que el periodista lo escribió para justificar la acción de Armando. En realidad, esa tarde (porque fue en la tarde) el fantasma se sirvió el último trago, colocó un par de hielos en el vaso y dejó vacía la botella, todavía le dio unos ligeros golpes en el culo para que no quedara una sola gota. “Sé que estás pensando en desaparecerme”, dijo el fantasma: “Está bien, ya estoy cansado de esta rutina. De toda mi vida fantasmal, sólo estos últimos tiempos, a tu lado, me han sido placenteros”. Y el fantasma contó cómo todo era pasar paredes de un lado a otro sin sentido. Al principio, lo admitía, había sido interesante la rutina, incluso emocionante. La primera vez que se presentó en la casa, la abuela quedó tan blanca como él, ella se desvaneció sobre la mecedora, tiró su bordado y fue necesario llamar al médico de la casa, quien llegó con su maletín negro y sacó su estetoscopio y dijo que el shock había sido producto de una fuerte impresión. La abuela quedó sin habla por dos o tres días y se negó a que la llevaran a la sala. Pero, cuando la abuela se acostumbró a la presencia del fantasma, éste pasó a ser como el gato o como el canario que sólo de vez en vez se acuerdan de él y le dan un poco de alpiste. Al fantasma jamás le sirvieron un plato de alpiste, menos una taza de café. “Está bien, desaparéceme, ya estoy cansado de esta vida de mierda”. “No, no, en realidad, yo…”, dijo Armando, pero el fantasma lo interrumpió: “No lo niegues, todo lo sé, porque los fantasmas podemos saber el pensamiento de cada hombre”. “En realidad, tío…”, intentó justificarse Armando, pero el fantasma volvió a interrumpirlo, con voz alta dijo: “con una chingada, yo no soy tu tío”. “¿Cómo?, preguntó Armando, entonces, ¿quién eres?”. El fantasma se sentó, sopeó un pan en el café y, con voz lenta y cálida, dijo: “Soy tu abuelo, hijo”. “¡No!”, dijo Armando. “¿Cómo que no? ¿Quieres que te dé una prueba?”.
El lector inteligente ya intuyó el final de la historia (continuará. Próxima entrega final).

domingo, 17 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL CUELLO DE UNA JIRAFA





Sí, es una jirafa prehistórica. Al fondo se ve la tienda de un jeque árabe. La jirafa se asoma por encima de la tienda, le atrajo el sonido de unos panderos y la sombra de una bailarina que baila la danza del vientre. La jirafa viene de los inicios del tiempo, de cuando Dios dijo ¡hágase la luz!, de cuando llenó de animales al mundo; viene del Arca de Noé, por esto tiene, en su cuello manchas de humedad, de cuando el mundo se inundó y ellos, los animales, estuvieron pendientes del instante en que una paloma se apareciera en el cielo.
Es una jirafa que, a veces, sirve de resbaladilla para los niños. Su cuello tiene una rugosidad que habla de los siglos que ha vivido. Por esto, los científicos se acercan y le preguntan cuántos años tiene. Se sabe que los científicos tienen obsesiones y una de éstas es el tiempo. Los científicos están preocupadísimos por saber cuántos años tiene el universo, se preocupan por saber cuándo la tierra acabará. Los científicos son irrespetuosos con su motivo de estudio, son irrespetuosos porque nadie se acerca a una tortuga y le pregunta cómo se siente, qué piensa, qué desea. ¡No! Todos los entomólogos, con ayuda de lupas, estudian las patas y callos de los ronrones, pero ninguno de ellos se acerca a un ciempiés y le pregunta si le gustaría un masaje en los pies a la hora que llega a casa después de la jornada. Los científicos son duros como las rocas que estudian y tan alejados como las estrellas que descubren más allá de la Vía Láctea.
Esta jirafa nunca ha tenido la más mínima muestra de aprecio. Está en el parque central de Comitán desde hace siglos y ningún mortal se ha preocupado por preguntarle si extraña su desierto, si tiene suficiente agua.
A veces, a veces, los pájaros llegan y le cuentan historias. Le dicen cómo es el mar, le cuentan de qué color son los lagos de Montebello. A veces, los niños comitecos la señalan y preguntan a sus mamás: “¿cuánto viven las jirafas?”, y las mamás, jaloneando a los niños, porque llevan prisa porque ya se les hizo tarde, dicen que las jirafas viven mucho tiempo. “Pero ¿cuánto?”, insisten los niños, y las mamás, viendo el reloj, alzando la mano para parar un taxi vacío, dicen que no saben, que muchos años. Los niños se pegan al cristal de la ventana del taxi y ven el cuello de la jirafa comiteca y vuelven a la carga: “¿más que los dinosaurios?”, y las mamás, buscando dinero en el monedero, dicen que los dinosaurios ya no existen, que ya se extinguieron. Pero, dicen los niños, las jirafas son más recientes, dicen que los dinosaurios acabaron cuando una lluvia de meteoritos cayó sobre la Tierra. Y las mamás, diciéndoles a los taxistas que vayan más rápido y dándoles unas monedas como pago anticipado, piden a los niños que se callen, que ya se les hizo tarde, que ya no los dejarán entrar a la escuela, y que ellas llegarán tarde al trabajo, y que la vieja ratona les descontará. Y los niños sabrán que la vieja ratona es la jefa, porque, siempre, a la hora de la cena, las mamás, agotadas, se sientan en las mesas, sirven la leche con café, y cuentan que la vieja ratona les hizo tal o cual travesura. Y entonces, los niños ya a punto de llegar a la escuela, preguntan si las ratonas también subieron al Arca de Noé y si así fue cómo le hicieron para no ser pisadas por las jirafas prehistóricas. Y como las mamás ya no responden, porque se les hace tarde, imaginan que las ratonas fueron amigas de las jirafas y subían al cuello y se resbalaban como si estuviesen en un tobogán, a mitad de la bajada subían las patitas y dejaban que el viento jugara también con ellas.

sábado, 16 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA PALABRA ES CHENTA




Querida Mariana: el lenguaje es uno de los rasgos culturales más importantes de los pueblos. Cada pueblo tiene su particular modo de hablar (acá en Comitán le agregamos un “cantadito” maravilloso). Cuando fui estudiante de la secundaria alguien me dijo que el tojolabal era un dialecto y lo creí. Ya en la universidad aprendí que el tojolabal es ¡una lengua!, igual que el español es una lengua y lengua el inglés y el francés y el alemán y muchas más. Dialecto es lo que hablamos en Comitán, el habla comiteca es una variedad dialectal del español. Así, entonces, en el país tenemos mil y un dialectos, porque cada pueblo tiene su modo de hablar el español.
Ayer se presentó el libro “Arcaísmos, regionalismos y modismos de Comitán, Chiapas”, de Oscar Bonifaz. Como su título lo indica el libro recoge muchas palabras que usamos en el pueblo. La importancia del libro es obvia: preserva el significado de palabras que corren el peligro de perderse por falta de uso. Es una pena, pero ahora existen muchas palabras que han desaparecido del habla cotidiana. Ahora, adoptamos modismos que nos llegan del centro del país. Estas palabras (que bien pudieran llamarse palabrejas) no tienen relación directa con nuestro modo de ser. Son un poco como si comprásemos chunches chinos, chunches plásticos, de calidad dudosa. Antes, cuando veíamos algo que valía la pena decíamos que estaba “mero lek”, ahora, los chavos dicen que está “chido”. Hace algún tiempo, una alumna me dijo que yo “no agarraba el patín”; es decir, que no “entraba en onda”. Chido y onda son vocablos importados.
Se sabe que el lenguaje es un ente vivo. Todos los días está sujeto a transformaciones. No podemos permanecer con cortinas cerradas ante el viento nuevo. Nuestro lenguaje se modifica y se enriquece todos los días, pero no podemos cambiar nuestros tesoros por espejitos. Hace apenas unos años nadie hablaba del “whatsapp”, ahora todo mundo manda “guatss”. El otro día oí que una señora le decía a otra: “¿Y vos, tenés güatz?”, y la señora, mera comiteca, le dijo: “Ay, dichosa de vos, ya ni güet tengo”. (El güet era un ave que antes proliferaba en las casas comitecas). ¿Ya te conté la anécdota que me platicó Juan Carlos? ¿No? Juan Carlos vivía frente al parque central. Al frente de la casa su mamá tenía un restaurante, y en el fondo las habitaciones donde vivían. Una noche, Juan Carlos quedó solo en la casa, sus hermanos y papás habían salido. Él entró a su cuarto, se puso el pijama y se acostó. Ya le estaba agarrando el sueño cuando oyó que algo rascaba detrás de la puerta. Se sentó sobre la cama y comenzó a sudar, el sudor frío que da cuando hay miedo. El silencio era como una nube pesada. Volvió a oír pequeños golpeteos sobre la puerta de madera. Juan Carlos sintió que un viento helado lo abrazaba. Estaba a punto del grito o del llanto cuando se acordó de lo que su abuelo siempre le había recomendado: él siempre debía vencer al miedo, siempre existía una explicación para todo fenómeno raro. Así que, haciendo caso a la voz del abuelo, se levantó, caminó de puntillas sobre los planchones de madera, en medio de la penumbra del cuarto y abrió la puerta, la abrió con lentitud, sonrió: era el güet del sitio que había entrado a la casa y con su pico había “tocado” la puerta. Si abrimos el libro de Bonifaz hallamos que lo que en Comitán se llama güet en otras regiones de Chiapas le llaman alcaraván.
En Comitán tenemos la manía de llamar “manía” al cacahuate. De ahí que un postre muy rico, hecho con cacahuate y panela, lo llamamos “tableta de manía”. ¿Mirás la riqueza de los modismos?
Mi recordado primo, José Luis González Córdova, que ya descansa en paz, hizo un libro que llamó “Glosario”. Dicho libro va en el mismo sentido del libro de Bonifaz: preserva voces que recibimos de los antiguos y que forman parte de nuestra herencia cultural.
El mismo Bonifaz cuenta que ahora los jóvenes, para todo, comienzan una conversación diciendo: “Lo que pasa es que…” Un grupo de estudiantes tocó en la puerta de su casa, él abrió, dio los buenos días y preguntó qué deseaban, uno de ellos dijo: “Buenos días, maestro, lo que pasa es que la maestra de español nos dejó como tarea venir a entrevistarlo” y otra agregó: “Lo que pasa es que si no hacemos este trabajo nos reprobará”; un tercer alumno intervino: “Lo que pasa es que debemos entrevistar a un escritor”, y luego la cuarta alumna remató: “Lo que pasa es que mi tía nos dijo que usted sos’té escritor”. Óscar Bonifaz cuenta que les respondió así: “Lo que pasa es que no tengo tiempo, pero pasen, pasen, los atenderé” (se entiende que lo dijo con una gran ironía, para ver si entendían la lección).
Todo mundo reconoce que el libro de Bonifaz es un aporte esencial para nuestra cultura. Si no hubiese personas como él, con oído atento, con puntual compromiso de rescate cultural, mucho de lo nuestro se perdería y, lo hemos comentado muchas veces, los pueblos se mantienen gracias a esas diferencias, diferencias dialectales en este caso.
El otro día te escribí algo acerca del flato. Bonifaz dice que un flatuliento es alguien que padece flato, melancolía. Y dije que es muy difícil hallar la cura del flato. Pues resulta que, no sé cómo, el señor equis se enteró de lo que escribí y una de estas tardes que estaba en el parque, él pasó en su auto, al verme se estacionó como si fuese un policía y yo un delincuente, corrió hasta donde estaba y me dijo: “Toda la semana estuve pensando en vos, mirá, acá te paso la fórmula para la cura del flato. Mirá cómo tengo el papel, todo arrugado, donde lo escribí”, y me dio una hoja de papel que parecía chicharrón. Ahí estaba escrita la fórmula para curar el flato. La transcribo, ya vos dirás si ves que puede ser efectiva:
Para el remedio del fla
Hay una cosa segu
Meterse el dedo en el cu
Y olerlo a cada ra
Cuando lo leí solté la carcajada. No pude evitarlo. No creo que sea un remedio muy efectivo, pero cuando menos sucede lo mismo con aquellos que tienen gripa y les recomiendan tomar tequila con limón y agregan: “si no cura, cuando menos hace que te olvidés”. En fin. Yo prefiero no enflatarme y si me da el mal de la nostalgia subo a mi carro, voy a Los Lagos, me boto debajo de un pino y miro el azul del cielo y oigo cómo los dedos del viento tocan la juncia.
Nuestros más preclaros hombres y mujeres de Comitán han escrito en comiteco, así como los más grandes escritores de Argentina han usado el voseo. Armando Alfonzo Alfonzo escribió bombas que tienen un aroma comiteco inconfundible:
Adiós pue mi cositía
Qué chulos ojos tenés
Tengo una gran armonía
Por saber si me querés.
Bonito, ¿verdad? La palabra cositía no tiene problema, todo mundo sabe que se refiere al oriundo de Comitán y en este caso está aplicado con afecto a una muchacha bonita. La palabra armonía si es más compleja, porque si la buscamos en un diccionario de la lengua española hallamos que significa: “conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras”, por esto la usamos en términos musicales, pictóricos e incluso espirituales. Pero, en nuestro pueblo, la usamos de manera diferente, la usamos como sinónimo de inquietud: “¿qué te dijo tu novio, tengo una gran armonía por saber?”. Pucha, qué maravilla, lo usamos casi casi en sentido opuesto. Cuando en cualquier otra parte del mundo alguien está en estado pleno de armonía está equilibrado, acá ¡no!, si alguien tiene armonía está a punto del estrés. ¡Qué maravilla! Estas diferencias hacen único a nuestro pueblo. Esta unicidad hace que seamos un pueblo mágico. A ello se debe la importancia de conservar esas pequeñas joyas que son como turuletes para el corazón.
Antes de conocerte a vos tenía un afecto con quien jugaba el juego de las palabras. Ella (muchacha bonita, demasiado bonita, perseguida por muchos muchachos) disfrutaba con el juego de palabras comitecas. A veces llegaba a mi oficina y ponía una tarjeta sobre el escritorio, mientras se sentaba y se quitaba el suéter. A mí me encantaba ese ritual donde levantaba los brazos y, con lentitud, se quedaba con una playera bien ceñida a su cuerpo. En la tarjeta, siempre, aparecía una palabra comiteca que había copiado del libro del maestro Oscar. Yo leía “desguachipado” y trataba de definirla: “se aplica cuando alguien está mal vestido” y daba un ejemplo: “Mirá ese totoreco, anda todo desguachipado, como que durmió con la ropa puesta”. Y ella, muchacha bella, le daba la torcedura a la palabra y jugábamos. Decía, por ejemplo, “mi amor es un amor desguachipado”. ¿Por qué?, preguntaba yo, y ella decía: “Porque ya me quedó demasiada grande la playera”. “¿Tiene remedio?”. “Cambiar la playera o quitármela por completo”. “¿Qué pasa si quedás desnuda?”. “Me siento libre y pienso que no necesito playeras. Me siento ola acariciando la playa”. “¿Entonces?”. “Decido cambiar mi amor desguachipado por un amor chinculguaj”. “¿Cómo es el amor chinculguaj?”, preguntaba yo, y ella, sonriendo, decía: “Un amor chiquito, lleno de maíz y de frijol, culantro y chile”. “¿Qué tanto de frijol y de maíz?”. “Poco, muy poco, más culantro y más chile”. Y ella lo decía en voz baja, lo decía mientras se pasaba la mano por detrás del cuello y cerraba los ojos. Jugábamos con palabras comitecas. ¡La pasábamos bien!
El libro de Bonifaz lleva ya varias ediciones. El libro estaba agotado. Ahora, por fortuna, la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas volvió a editarlo. Es bueno tener este libro entre las manos, es como un pumpo donde, guardadas con una manta bordada para que no se enfríen, conservamos palabras muy nuestras. ¿Vos sabés que es chucub? El libro de Bonifaz dice que es la “varita de madera que sirve para agitar bebidas y para mover los alimentos que están en el fuego”. ¿Mirás cuántas posibilidades para jugar? Los amantes pueden usar un chucub para agitar su pasión y para mover la piel que está a punto en el fuego.

Posdata: en Comitán usamos palabras que son comunes en los demás pueblos del mundo. Nosotros tomamos esas palabras y les damos un giro que las convierte en únicas. Cuando todo mundo sabe que africano es un hombre oriundo del continente negro, nosotros sabemos que africano es el nombre de un dulce. Por esto, cuando alguna muchacha bonita dice que “se echará un africano”, la mamá se queda tranquila, porque no imagina que (¡golosa, impúdica!) su hija haga travesuras con uno de esos negros que Dios libre.
Acapulco es una de las zonas turísticas más visitadas del país. En Comitán, la mayoría de veces, nos referimos a “cierta clase de machete”. Así que ya podés imaginar la confusión cuando un fuereño lee en el periódico que “fulano de tal fue muerto con un Acapulco”.
¿Qué cara pone la muchacha de fuera a quien el novio la invita a sentarse para comer una “tortilla con asiento”?
¿Qué piensa un español cuando cuenta una anécdota graciosa y su novia comiteca le dice: “Ah, qué caballo sos, qué bueno estuvo eso”? En Comitán no es un insulto ser un caballo o un burro, hay ocasiones en que es el más alto honor a que puede aspirar alguien. Ser un caballo o un burro puede ser el don para contar algo con gracia inigualable.
El chulul es una fruta riquísima. El libro de Bonifaz explica que es un injerto de mamey y zapote borracho. Antes, existían muchos árboles de chulul en la ciudad. Ahora hay pocos. Para que el chulul no desaparezca hay comitecos que cuidan y protegen los que aún perviven. Así, con cariño, debemos cuidar nuestro árbol lleno de palabras dulces y frescas. Nuestra palabra es como un chinchibul hermoso.

viernes, 15 de agosto de 2014

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO





Armando mató al fantasma. La portada del diario del lunes 18 de marzo mostró el siguiente título a ocho columnas: “No pudo más y mató al fantasma de la Casa López”. El vendedor de la esquina agotó todos los ejemplares. A las ocho de la mañana con veinte fue por más periódicos, pero en la distribuidora le dijeron que la edición se había agotado. Todas las personas de Comitán sabían la historia del fantasma de la casa de Armando, así que cuando vieron el titular del periódico corrieron a adquirirlo. En el puesto de Nelo la gente, incluso, hizo fila y los últimos patalearon y exigieron un mejor trato cuando hallaron que no habían alcanzado periódico. Algunos pidieron prestado el periódico al vecino y fueron a sacar fotocopia al reportaje.
Por lo regular, todas las noches, desde tiempo inmemorial, la gente que pasaba por la calle se detenía frente al balcón de la Casa López porque la sombra caminaba, justo a las diez con doce minutos de la noche, del baño hacia la cocina. La sombra caminaba con parsimonia, como si lo hiciese en cámara lenta, un tanto encorvada, con ayuda del bastón. El tranvía turístico hacía una pausa en su recorrido y a la hora que el fantasma aparecía el guía informaba: “Ustedes están presenciando el recorrido que hace el fantasma todas las noches” y los turistas accionaban sus cámaras y exclamaban asombro, acodados sobre la baranda del camión. Armando contaba, a los periodistas que lo entrevistaban, que desde niño había convivido con el fantasma. Según la versión de la abuela, el fantasma era el espíritu de tío Cleofas que murió una noche que se bañaba y resbaló en la tina. Los parientes hallaron el cuerpo del tío hasta la mañana siguiente, dicen que estaba bocabajo como un sapo, con los brazos extendidos. Los parientes llegaron, como lo hacían todas las mañanas en que le llevaban el desayuno, y tocaron la campana, pero nadie salió a abrir, entonces brincaron la barda, quebraron un cristal de la ventana de la sala y hallaron, en la mesa de la cocina, una taza de café frío y dos panes franceses al lado de una mantequillera. Buscaron al tío en la habitación y luego fueron al baño, abrieron la puerta y vieron el culo del tío como una enorme isla partida en dos. Por eso el fantasma se aparecía por la ventana, iba al baño y luego se deslizaba hacia la cocina, como para cumplir el ritual de la cena que su muerte dejó inconcluso.
La nota decía que la noche del 17, después de tomar una botella de ron, Armando (“joven estudiante de la universidad”) tomó un soplete, se colocó detrás de la puerta del baño y cuando el fantasma, como lo hacía todas las noches, se coló por la ventana de la sala (“con los brazos extendidos, como buscando su café con pan”), Armando salió y, loco, como si fuese un combatiente de Vietnam, fumigó al fantasma. Éste se hizo para atrás, en intento de esfumarse por donde había llegado, pero el fuego modificó la constitución de su ser y se topó con la pared, casi casi como si fuese un humano. Armando no dejó de accionar el gatillo del soplete que, como llave de agua, vomitó fuego por borbotones. El fantasma se consumió. Sólo una pizca de ceniza quedó, como si alguien hubiese tirado la ceniza de un cigarro. Para evitar que el fantasma recuperara su condición original, Armando, con una escobetilla, reunió la ceniza y la aventó en el fuego de la chimenea. Ahí, el fantasma del tío Cleofas se consumió íntegro. El pueblo se enteró de la desaparición del fantasma la noche siguiente cuando los turistas del tranvía se quedaron esperando la visión. Al otro día, el dueño del tranvía (quien tenía un contrato firmado y pagaba dos mil pesos mensuales a Armando) fue a reclamar. Armando abrió la puerta y dijo: “Ya, ya, no me diga nada, acá está su dinero. Mi tío no volverá a aparecer, porque anoche lo quemé”. Más tarde llegaron los periodistas e incluso la autoridad municipal. Armando los invitó a pasar y les señaló la boca de la chimenea: “Ahí está su pinche fantasma. Hagan de él lo que quieran”. El jefe de la policía ordenó a un subalterno a que recogiera la ceniza, por ver si se podía hacer algo con “el cadáver”.

HASTA EL PRÓXIMO SIGLO (II)

Eso fue lo que el periódico narró. El periódico completaba la nota con la descripción del entorno, una camisa sucia tirada en el piso y una botella de ron (“él jamás había probado alcohol en su vida”) y una pregunta que Armando, se supone, hizo al fantasma antes de desaparecerlo: ¿por qué él y no su abuelo Ramiro tenía el privilegio de seguir ? Lo que el periódico no mencionó es por qué cuando Armando y el fantasma se llevaban mejor ocurrió la tragedia. Tampoco mencionó que Armando, sin saber bien a bien por qué, pensaba siempre en su abuelo a la hora en que el fantasma aparecía.
Como ya se dijo, Armando convivió con el fantasma desde niño. Nunca le tuvo miedo. La primera vez que supo de su presencia jugaba carritos en el piso de la sala, al lado de su abuela que tejía una chambrita. Escuchó un ruido como de serpiente deslizándose en la arena, volvió la mirada y vio al fantasma que cruzó el cristal de la ventana sin mayor dificultad. “Ay, ¿por qué a esta hora?”, dijo la abuela, sin percatarse que el nieto estaba presente. El fantasma pasó frente a ellos, sin verlos y se dirigió directamente al baño, cruzó la puerta y, un minuto después, regresó por donde se había extraviado y fue hacia la cocina. El niño se levantó y preguntó a la abuela: “¿Por qué el señor es tan blanco, abuela?”. Hasta entonces la abuela cayó en cuenta de que el niño había presenciado todo. Dejó el tejido sobre la mesa circular, se paró y abrazó al nieto. No podía ocultar lo evidente, no podía mentir, no podía seguir negando la presencia del fantasma. “Es tu tío Cleofas -dijo-, es el fantasma de tu tío”. Así, con el niño envuelto en sus brazos, esperó que él preguntara ¿qué es un fantasma?, pero el niño no lo hizo. “Ah, bueno”, dijo el niño y se separó del abrazo de la abuela y se hincó de nuevo y siguió jugando carritos.
El fantasma nunca regresaba por el mismo sitio. En la cocina se evaporaba, como si fuese agua hirviendo y no volvía sino hasta la noche siguiente.
El periódico tampoco dijo que el fantasma y Armando, en los últimos tiempos, conversaban. La primera vez fue una noche en que Armando, ya estudiante del primer semestre de la Universidad, fue a la cocina y halló al fantasma a punto de esfumarse, era apenas como un hilo de humo. “Ay, tío, ¿por qué te vas tan pronto?”, dijo Armando, lo dijo como cuando alguien habla con un gato echado sobre el sofá, seguro que la pregunta no hallará respuesta. “Me voy porque acá nadie me ofrece una taza de café”, fue la respuesta que hizo que Armando sintiera una mano helada recorrer todo su cuerpo. ¡Dios mío -pensó Armando- el fantasma me respondió! Lo había hecho con una voz venida más allá de lo humano. Armando, entonces, venció el miedo y la próxima tarde fue a la cocina y, previendo la hora que llegaría el tío, calentó café y preparó una taza y dos panes franceses al lado de una mantequillera; luego fue a la cochera, sacó la bicicleta y fue a dar una vuelta, fue a hacer tiempo. Cuando regresó, dejó la bicicleta sobre la banqueta y entró corriendo a la casa. En la cocina halló que la taza de café estaba a la mitad, el cuchillo tenía rastros de mantequilla y uno de los panes había desaparecido. Había unas migas sobre la mesa. ¡El fantasma había tomado café y comido uno de los panes! Tal vez se había sentado, pensó Armando. Al día siguiente hizo lo mismo y así durante varias tardes más. Probó y descubrió los gustos del fantasma. El café lo terminaba cuando estaba endulzado con panela y no dejaba rastro de pan cuando, al lado de la mantequillera, había un poco de mermelada de fresa.
La tarde del uno de enero, Armando se atrevió. Sacó un poco de pavo del refrigerador, lo sirvió en un plato y se sentó a comerlo. Lo hizo a la hora que el tío, regularmente, llegaba a casa y “entraba” a través de la ventana. Adoptó una pose casual, como si fuese un papá inquieto por la llegada del hijo a medianoche, como no esperándolo, como si de pronto, en pijama, le hubiese dado un golpe de hambre y hubiera abierto el refrigerador para comer algo y, ¡oh, casualidad!, a la hora que el hijo entraba lo hallara ahí sentado a la mesa. El fantasma entró, después de cruzar la puerta del baño y se sentó frente a la taza de café humeante. Armando, con la vista agachada, siguió comiendo el trozo de pavo. Mascaba cada bocado con cuidado, apenas si abría la boca. Tenía la certeza de que en cualquier momento el fantasma hablaría. Lo sentía en el ambiente, que era como un cuchillo a punto de cortar el aire. “Han cambiado los tiempos. El café de antes era mejor”, dijo, por fin, el tío. Cuando lo dijo, un halo helado alcanzó el cuerpo de Armando, quien no pudo evitar cimbrarse. Un aroma de frutas podridas salió de la boca del fantasma e invadió toda la cocina. Armando se recuperó de inmediato, levantó la mirada y dijo: “Mañana tendré café de Córdova, de Veracruz, es el mejor”. El fantasma dejó la taza sobre la mesa y comenzó a desvanecerse, antes de convertirse en nada dijo: “Eso espero, Armando, eso espero”. Armando sonrió. A partir de ahí el fantasma comenzó a dejarse querer. Ya la abuela había muerto. Conforme el trato fue haciéndose más cercano, las intimidades y confidencias poco a poco se intensificaron. Llegó el momento en que Armando, entre sorbo y sorbo de café, comenzó a preguntar las dudas que todo mundo se hace con respecto al más allá. ¿En dónde permanecía? ¿Por qué seguía vagando por esas estancias? ¿De verdad era un alma en pena? ¿Podía hacer algo para darle sosiego a su espíritu? ¿Por qué algunas personas seguían vagando como fantasmas y otras no? ¿En dónde estaba la abuela? ¿En dónde su querido abuelo Ramiro? ¿Había café en la otra dimensión? El fantasma, fumando un puro, acompañado con una copa de coñac, sentado en una mecedora y ya con una bata de toalla, a cuadros verdes y blancos, dio respuesta puntual a cada una de las interrogantes. Cuando Armando se dio cuenta del legado maravilloso que tenía en las manos buscó la cámara de video y la instaló en un sofá, debajo de cojines. Después de la primera grabación, y cuando ya el fantasma se había ido, Armando la proyectó sobre una pared y sucedió lo que todo mundo sabía: la voz era un mensaje indescifrable, como si mil gallinas cacaraquearan al mismo tiempo. El fantasma no aparecía en el video, todo era un mero vacío. (Continuará).

lunes, 11 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN CAMINO DE PIEDRA





Juguemos a eliminar elementos a esta fotografía. Juguemos a eliminar a la muchacha bonita, el tripié y la cámara. Dejemos sólo el murete de piedra y esas gárgolas modernas. Imaginemos que esas gárgolas sirven para desfogar agua. Ahora realicemos la primera pregunta: ¿de dónde viene el agua? ¿Del corazón de este muro?
Si la modelo no estuviese todo sería como un camino de piedra para hormigas. Cada piedra está delimitada por un camino que se bifurca a cada tramo. Tal vez la vida del hombre no es más que eso; tal vez las personas nacemos sobre un muro de éstos y lo caminamos sin saber bien a bien qué sendero elegir. Imaginemos que somos una de esas hormigas que caminan por esos caminos; imaginemos que salimos del hueco de la gárgola (comparémoslo con el útero materno), caminamos un tramo y ¿luego? Las piedras están expuestas de tal manera que todo es plano, no existe ni un solo tope en el camino. El problema a resolver es el camino que elegiremos. Si una persona tiene bien definido a dónde quiere llegar el trayecto es más simple. Pero (todo mundo lo sabe) cuando los seres humanos son jóvenes no tienen bien definida la meta. Pareciera que la vida no es más que tomar un sombrero para cubrirse del sol del mediodía y caminar y disfrutar el paisaje, sin importar si el agua de la gárgola es suficiente para refrescar la pausa inclemente de las doce.
Imaginemos que somos hormigas, pero somos de una clase distinta. Imaginemos que, mientras las compañeras se esfuerzan en recorrer los senderos trazados, nosotros, igual que el poeta, “hacemos caminos al andar” y bajamos del murete y caminamos por donde la gente camina. Tenemos el riesgo de terminar como hoja por el pisotón de algún humano, pero podemos descubrir que más allá del murete hay algo más emocionante. Porque (todo mundo lo sabe) la vida, en realidad, es simple. La vida es un simple caminar por esos senderos. Senderos que conducen siempre al mismo lugar adonde llegan todos. Por esto, hay hormigas que abandonan la fila, hormigas que se rebelan y protestan y tiran la carga de las hojas y buscan otras nubes para cargar. Se sabe que las hormigas que piensan diferente no son bien vistas en la sociedad, pero ellas hacen la diferencia.
La muchacha de la fotografía no ve el murete, por eso no sabe la historia del camino de la hormiga. Ella posa para la cámara en una pose casual, ignorando el entrecruzamiento de líneas que está a su costado. Ella simplemente tiene las manos en jarras y ve hacia la cámara, deja que el espectador imagine su pensamiento, porque ella (aun no lo sabe) tiene un entrecruzamiento de líneas en su cerebro. Esas líneas son como esos caminos que se ven en el murete. Las personas, a cada rato, deben elegir entre una ruta u otra. Por esto, a veces nos sentimos hormigas; por esto, a veces seguimos a las demás y cargamos nuestra hoja verde.

domingo, 10 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO TIENE UNA VOCACIÓN





El otro día entré a la Sala de Cabildo, del Ayuntamiento de Comitán. En la sala no había alguien. Los espacios vacíos imponen por su rotundez, por su vocación de ausencias. En la sala existe un muro con una galería fotográfica de expresidentes de Comitán. Es un muro que algo quiere decir, pero cuyo grito se atora en la garganta.
A veces, mi niña, pienso en el Museo del Louvre, pero no lo pienso a la hora que las multitudes lo visitan, no lo pienso a la hora que hay filas ante el cuadro de la Gioconda. ¡No! Lo pienso vacío, a la hora en que sólo los guardias van de una sala a otra, con una lámpara de mano. Igual que en la Sala de Cabildo de mi pueblo, esos cuadros se quedan con el grito atorado en el cogote. Porque, todo mundo está de acuerdo, las fotografías y las pinturas algo le dicen al espectador. Cuando alguien se para frente a un cuadro, ese alguien sostiene un diálogo mudo. Si es un retrato, el del retrato nada dice, en apariencia. Tendría uno que estar loco para sostener que el retratado le habla. Sin embargo, las personas que ahí están retratadas dicen algo, enuncian palabras.
Es famosa la escena de la película “La sociedad de los poetas muertos” donde el maestro les dice a sus alumnos que se acerquen, que peguen las orejas a los cuadros y que escuchen, que escuchen la voz del tiempo ya ido.
Entré a la sala (de Cabildo, jamás he estado en el Louvre) e imaginé la vida de esas fotografías. Vas a decir que estoy loco, pero no es así. Al ver esos rostros que me miraban sin parpadear, pensé que algo tenían que decirme. Sé que son meros objetos, pero son más que las sillas o las mesas o las ventanas que también forman la sala. Los retratos no son ladrillos ni son radios ni son televisiones. Los retratos siempre son más. Por esto, antes, los enamorados llevábamos en la cartera el retrato (tamaño infantil) de la amada. Por las tardes, cuando la lluvia asomaba, abríamos la cartera y veíamos la foto. Era un retrato en blanco y negro, la muchacha bonita no tenía más de catorce años. Esa foto ¡hablaba! El amado oía lo que ella decía. De todos los chunches en el mundo sólo los retratos tienen la misma capacidad que las personas: ¡hablan! He visto gente que acude a los panteones, se sientan en las lápidas, debajo de los cipreses y hablan con los retratos de los difuntos. Los he visto hacer pausas, como si escucharan lo que ellos les dicen.
En la sala de Cabildo hay muchos retratos de presidentes muertos, algunos más aún viven. No hay una sola mujer que haya ostentado el cargo de Presidente. Todos son hombres. Esa mañana vi a todos de frente y ellos me vieron. Pensé en la importancia del cargo. Sólo un hombre o una mujer (durante un determinado periodo) pueden ostentar el puesto de Presidente. Es un honor poder servir a la comunidad. Cada uno de ellos sirvió en la medida de sus capacidades y en la medida de sus intereses. Los vi de frente y comencé a deletrear las palabras en sus miradas. Algunos tienen miradas francas y limpias, otros están con cierta niebla, no supe si por el tiempo o por el entorno.
La Sala de Cabildo estaba vacía. Esta sala, como su nombre lo indica, sólo adquiere su vocación en el instante en que el Cabildo, en pleno, sesiona. Mientras tanto no es más que una simple sala, un simple muro donde cuelgan retratos de expresidentes municipales. ¿Será que algo quieren decirnos ellos? ¿Podemos escucharlos?

sábado, 9 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE UNA GENERACIÓN LUMINOSA DE BACHILLERES





Querida Mariana: estudié la preparatoria en el edificio donde ahora está la Casa de la Cultura. Ahí funcionaban la escuela secundaria y la escuela preparatoria. Ya podés imaginar la alegría del centro de Comitán con tanto estudiante que salía y entraba en ese edificio que (como dice Gladys Bonifaz) está bañado en piedra, bañado en luz.
El sábado 2 de agosto nos reunimos los compañeros de esa generación. ¿Sabés cuántos años cumplimos de haber egresado de la prepa? ¡Cuarenta! ¿Podés imaginar el titipuchal de años que eso significa? Basta con que imaginés tus veintiún años y le agregués diecinueve. Pero esta cuenta no es suficiente. Te pido que a ese total de cuarenta le agregués los años que teníamos entonces. Cuando terminamos el bachillerato, algunos (pocos) tenían diecisiete, la mayoría dieciocho, pero había algunos más que oscilaban entre los diecinueve y veintidós años. Estoy hablando de que todos los que nos reunimos el sábado tenemos más de cincuenta y siete años de edad. ¡Toda una vida! Toda una vida que nos alcanza para reunirnos a celebrar la vida.
Vos sabés que en los salones de clase se hacen grupos. Uno nunca puede explicar por qué brinca la afinidad y en qué consiste, pero sucede que avanzado el curso ya fulano de tal se “junta” con sutano y perengana. Todo el día están como nuégados. Son inseparables. Pero, por encima de esas células existe la certeza de un Todo que se llama Grupo de clase. A pesar de que estudiamos áreas específicas tuvimos asignaturas comunes. Ahí nos reuníamos toda la banda. Cuando teníamos clases comunes, el salón se cuajaba y si alguien (nunca falta) decía algo chispeante lo celebrábamos con gran entusiasmo. Podés imaginar que los salones eran húmedos y sin la luz suficiente. El laboratorio de química era un cuarto con un graderío de madera (“el gallinero”, lo llamábamos). Los chunches más modernos para hacer una exposición eran un proyector de filminas y un retroproyector. Éste último era una maravilla, se colocaba una hoja de libro y la proyectaba sobre la pared o se usaba un acetato donde podía dibujarse. No soñábamos en que alguna mañana, como sucede ahora, usarían “cañones” para proyectar, sobre pantallas, presentaciones en “power point” o en “prezi”.
Cuando concluimos el bachillerato nos tomamos la fotografía del recuerdo. La mañana en que llegó el fotógrafo, presentábamos examen de literatura, con el maestro Óscar Bonifaz. Dejamos el examen sobre las “paletas” de las sillas, salimos y posamos en las gradas principales. Todo fue casual, sin poses, eran otros tiempos. No nos vestimos con toga y birrete, bastó poner nuestras hormas frente a la cámara para inmortalizar ese instante. Algunos fueron sorprendidos checando el libro, aprovechando el momento para copiar. Eran los años setenta, los años en que vestíamos pantalones acampanados, camisas floreadas y el cabello lo llevábamos larguísimo.
El sábado pasado nos reunimos en un desayuno. No estuvimos todos. Es imposible. Pero sí estuvo la mayoría. Muchos se trasladaron de la ciudad de México, de Tuxtla o de otras ciudades donde actualmente radican. Viajaron sólo para estar en esa reunión donde volvimos a ser un grupo.
¿Por qué te cuento esto? ¿Por qué hablo de algo que sucedió hace cuarenta años? Lo hago porque quiero que sepás que ahora los estudiantes de la CESCO tienen instalaciones más adecuadas, lo mismo sucede con los estudiantes de la Escuela Preparatoria y ellos no saben que si tienen salones más iluminados y menos húmedos es porque muchos de mis compañeros lucharon por ello. El día del desayuno me senté al lado de Pepe Hernández y de Rafa Morales y ellos iluminaron mi magra memoria, me contaron cómo se hizo el movimiento de huelga donde exigieron la construcción de mejores instalaciones. Tuvo tal fuerza el movimiento que el propio Secretario de Educación de Chiapas se trasladó a Comitán en intento de dar solución al paro, pero, mis compañeros no cedieron tan fácil. En un acto inédito e irreflexivo retuvieron al Secretario (Lic. Javier Espinosa Mandujano, el mismo que el año pasado recibió el Premio Chiapas, en la rama del arte) y no lo soltaron hasta que firmó una minuta donde se comprometía a dar solución al pliego petitorio. Pero la cosa no quedó ahí. El Presidente de la República, Luis Echeverría, realizaba una visita a Chiapas en esos días. Una comisión se trasladó a Tuxtla y no cejó hasta que pudo hablar con el Presidente y obligar así a que Manuel Velasco Suárez, gobernador de Chiapas en ese momento, se comprometiera a cumplir las demandas. ¿Lo imaginás? Rafa me dijo que se trasladaron en una camioneta de Miguel Román (quien, junto con Lupita Gordillo, Ramiro Domínguez y Raúl Sánchez Crócker son los compañeros del grupo que ya fallecieron).
El día del desayuno, los organizadores del encuentro me concedieron el honor de que dijera una semblanza breve de esos tiempos. Después que Roberto González Alonso dio la bienvenida, me tocó leer un textillo que escribí a propósito. Te paso copia, mi niña bonita. Algunas partes no las entenderás a cabalidad. Se comprende, ¡está escrito para mis compañeros! No obstante, sé que advertirás la luz que nos cobijó en ese tiempo. Eran otros tiempos, eran otras lianas, otra manera de ver el mundo. Mis compañeros, a pesar de su juventud, ¡eran grandes!
Va pues, te paso copia de lo que esa mañana leí:

Buenos días: por ustedes, los chavos preparatorianos de hoy ¡tienen instalaciones modernas! ¡Tienen canchas, árboles, cafeterías y alboroto de mil carros que pasan por el bulevar! ¿Ganaron? ¡Sí, ellos ganaron mucho! Pero, nunca lo sabrán, porque no tienen elementos de comparación como sí los tenemos nosotros, también perdieron. Perdieron lo que nosotros gozamos.
Nuestra escuela es una de las tres preparatorias en el mundo que tuvo un parque central como su patio de recreo. Nunca estuvimos como reclusos, jamás hubo una reja que nos impidiera salir. Nosotros entrábamos y salíamos como Pedro por la casa, incluso con más libertad porque la puerta siempre estuvo abierta y la puerta de nuestra casa permanece cerrada por aquello de los enagüitas y de los clientes de las casas de empeño. (Bueno, hubo un tiempo de excepción, un tiempo en que se cerró la puerta, fue el tiempo maravilloso de la huelga en que algunos de ustedes tapiaron la puerta por dentro con enormes lienzos de madera y el pobre Maestro Rey casi se infarta cuando metió la llave y no logró abrir. Recuerdo al pobre maestro empujando la puerta, pateándola, sorprendido por no poder entrar a su casa, nuestra casa. Sorprendido como la vez en que, cuenta la anécdota, estaba dándole un arrumaco a la sirvienta y la esposa entró al cuarto y, molesta y confundida, dijo: Reynaldo, “me sorprendes”. No, dijo nuestro maestro de ejercicios lexicológicos, dejando de abrazar a la susodicha, te equivocas, el sorprendido soy yo.)
Los preparatorianos de hoy nunca sabrán lo que significó jugar billar en “Nevelandia” o tomar un café en el “Intermezzo”. Nunca tuvimos un patio de juegos ni una cafetería adentro de la escuela. ¿Para qué si el centro de todo Comitán era nuestro? Tuvimos, incluso, un testigo de honor: la estatua de tío Belis. Tal vez por esto todos ustedes hoy vuelan libres como ancolines. Los aires de libertad que vivimos durante nuestra preparatoria nos injertaron un amor al viento y a la palabra sin cadenas. Un aliento que los llevó a algunos de ustedes a colgar la bandera rojinegra en el asta donde, por tradición histórica, ondeaba la enseña nacional. Ya Marcos Constantino no está para corroborar el instante en que Don Luis Bonifaz, enardecido, subió los escalones de nuestra escuela, sacó la pistola y demandó, en nombre de la patria, bajar, de inmediato, ese trapo negro y rojo, ese trapo propio de comunistas.
Los preparatorianos de hoy no sabrán que, en las mañanas o en las tardes, nos acodábamos o nos sentábamos en la baranda de piedra de los corredores externos para ver pasar los pocos carros que entonces circulaban por el frente; ahí platicábamos, fumábamos, dábamos el último repaso porque al rato teníamos examen de Psicología con el maestro Víctor Manuel Aranda. Más de uno de los muchachos se acodaba sabroso y pegaba su cuerpo a la baranda. Esto era así, porque enfrente pasaban todas las muchachas bonitas de este pueblo que iban al parque a tomar un helado o un refresco en “La Pantera Rosa”.
La mayoría de ustedes se comprometió con el movimiento de huelga e impulsó la construcción de los edificios de la prepa y de la secundaria. Pusieron contra la pared al abuelo del actual gobernador y el doctor Velasco tuvo que ceder. Nada pidieron para ustedes, se adelantaron al Subcomandante Marcos y pidieron todo para todos. La tendencia urbanística dictaba que se debía desfogar el centro de las ciudades y construir los espacios educativos en la periferia. Mucho tiempo antes, en la ciudad de México, el presidente Miguel Alemán, había impulsado la creación de Ciudad Universitaria para evitar el amontonamiento de escuelas y facultades en el centro histórico. Ustedes continuaron dicha tendencia, pero se quedaron cortos. Era tanta su fuerza que debieron expropiar toda la manzana, todo el Centro Histórico. El templo de Santo Domingo debieron convertirlo en un auditorio maravilloso, para que tocara la rondalla, para que Roberto González con su grupo de rock se reventara unas rolas setenteras. La casa parroquial debieron convertirla en espacios maravillosos para crear los talleres de música, de canto, de danza, de teatro y para los foros de discusión con el padre Joel y la maestra Angelita. En el espacio donde ahora están la biblioteca y el museo arqueológico debió ser un estadio con pista de tartán; y la cancha Pantaleón Domínguez debió ser nuestra también. Sé que Marirrós, ahora, está con el hígado ya a punto de encebollársele, porque advierte el caos que ello representaría, pero yo lo digo sólo como una gota de nostalgia, un poco para decir a los actuales preparatorianos que tienen muchas cosas novedosas, pero no tienen lo que tuvimos nosotros, no tienen el servicio a domicilio de los tacos de papa de don Mario, las nieves de la “Nevelandia”, los raspados de la esquina; no tienen la posibilidad de ir a hojear las revistas de “playboy” en la “Proveedora Cultural”; ni tienen la bendición de sentarse en una banca del parque, mirar el cielo y dejar que el azul infinito defina sus vocaciones y sus destinos.
No nos extraviamos gracias a que siempre estuvimos en el centro y no en la periferia. Fuimos privilegiados.
Me siento orgulloso de ser parte de esta generación. Los recuerdo con afecto a cada uno de ustedes (presentes) y también recuerdo a los ausentes y los miro con respeto. Hoy volvemos a ser grupo por un instante, pero al rato volveremos a nuestras individualidades. Miro sus trayectorias y siento por ustedes una profunda admiración. Los muchachos de hoy no saben lo que ustedes hicieron por ellos, pero yo sí estuve ahí y los miré y supe que estaban gestando algo grande. Cada uno de nosotros, desde su modesta o encumbrada trinchera, sigue aportando un grano de arena para hacer mejor este país. Fuimos la primera generación de tres años, llevamos cuarenta años consolidándonos como la generación del cambio, la que los provoca, la que los fortalece, la que dará un significado más preponderante a la historia del mundo. Esto somos. ¡Nadita!
¿Por qué el peor de todos tuvo el privilegio de compartir esta palabra? Sólo puedo entenderlo como una muestra más de la generosidad de sus corazones. Gracias por este hilo de luz. ¡Larga y plena vida a ustedes! ¡Larga vida a la generación 1971-1974 de nuestra preparatoria! ¡Salud!

Posdata: por ahora te paso copia de la fotografía que nos tomaron este sábado dos de agosto de dos mil catorce. Algún día compartiré la foto de 1974. La mañana del desayuno hicimos un ejercicio nostálgico y vimos hacia atrás y recordamos anécdotas y reímos. La vida estaba de nuestro lado, como siempre ha estado. Al final nos abrazamos y regresamos a nuestras individualidades. En el fondo sabemos que somos parte de un grupo, de una generación. Vi en las caras de todos que nos sentimos orgullosos por ello. La vida nos concedió el privilegio de unirnos en un salón de clases y no desperdiciamos esa oportunidad. Hoy seguimos unidos. Lo seguiremos estando siempre. A pesar de que esta generación fue la primera que se atrevió a separarse en dos grupos y hacer dos bailes de graduación, pero, como dijera nana Goya, ¡esta es otra historia! Algún día te la contaré.

viernes, 8 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN HOMBRE CAMINA




El hombre camina, en un descanso. Está a punto de subir. ¿Va a mitad de la subida? El paso que está a punto de dar es un paso decidido. Tal vez piensa que es bueno que existan esos descansos. Si todo fuese escalón tal vez se cansaría. Sólo de ver la fotografía provoca cierto agobio. Los sabios dicen que la subida es lo más difícil. Caminar por lo planito no tiene chiste, bajar tampoco tiene mayor gracia. El verdadero reto es la subida. Los sabios insisten en que el ascenso vale la pena, pero no falta el tipo que en la punta del Everest se cuestiona para qué sirvió la subida. Sobre todo si se sabe que deberá bajar. Nadie se queda en la cima del Everest. Este hombre no asciende la montaña más alta del mundo. Apenas sube por una colina que, en Comitán, se conoce con el nombre de El cenicero. Mariana siempre se sorprende ante este nombre. Es así porque ella no conocía más que esos chunches que aparecen en las mesas para tirar la ceniza de los cigarros.
Un día llegó una compañía constructora, metió máquinas, como dinosaurios metálicos, y construyó este graderío. Antes sólo eran veredas, veredas por donde los niños bajaban resbalando. El lugar es una hondonada donde, cuentan los ancianos, la gente llegaba a tirar la ceniza. Los niños aventureros daban cuenta exacta de ello, porque, después de un recorrido por el cauce, regresaban todos tiznados a sus casas.
El hombre sube porque debe hacer algo en otra parte. Siempre es así. Antes la zona no estaba tan poblada. Todo era ladera de una montaña. Sólo llegaban a la zona quienes aventaban la ceniza o quienes se iban de pinta de la escuela. Una vez, un grupo de niños avanzaba en medio de las piedras cuando alguien tropezó y cayó. Extendió sus manos para amortiguar la caída, cayó sobre un cuerpo. El hombre (el cenizo) despertó. Los compañeros del niño corrieron y se escondieron detrás de los árboles. Ya el cenizo había cogido de la mano al niño que, como serpiente, se retorcía en intento de desasirse. El cenizo se carcajeó, como si estuviese loco (en realidad era un loco que había convertido al cenicero en su hogar). “¡Ayuda, ayuda!”, pidió el niño. El cenizo reía más. Pero luego se quedó callado y el niño también hizo silencio. El cenizo lo vio y le preguntó: “¿Vos sos mi hijo?”. El niño dudó. ¿Qué era lo más conveniente? ¿Decir que sí, que era su hijo o negar? Si aceptaba era posible que el cenizo no dejara irlo jamás, pero si lo negaba podía ser que el hombre lo viera como una presa desconocida. “Sí, sí”, respondió de manera tímida el niño. El cenizo lo soltó. El niño sobó su mano. La tenaza del hombre lo había marcado. El hombre metió la mano en la bolsa del pantalón y sacó un billete ajado y se lo dio al niño. “¿Qué hago con esto?”, preguntó. El cenizo se recostó sobre la sábana de ceniza y le pidió que fuera a comprarle una botella de trago. El niño se paró, con las manos se limpió parte de la camisa y del pantalón. Los demás niños lo esperaban. En cuanto alcanzó a sus compañeros, estos corrieron. El niño los siguió. Comenzaron a ascender, en medio de piedras, acezando. No pararon hasta llegar a lo más alto. Se acercaron y vieron en el fondo al hombre, confundido entre el manto negro, era como una piedra, como un cadáver de perro. “Vámonos ya”, dijo el mayor del grupo, pero el niño con el billete en la mano dijo que no, que debía ir a comprar la botella de trago. “¡Pendejo! -dijo el mayor del grupo- ¿Cómo puedes creer? Te va a volver a atrapar”. “No, no”, dijo el niño y explicó que no podía dejarlo solo. “Es mi papá”. De nuevo el mayor le dijo que no bromeara. “Tu papá es don Armando”. “Sí, sí”, dijo el niño, pero explicó que ese hombre creía que él era su hijo y había confiado en él. “Pero qué pendejo, haz lo que quieras”, dijo el mayor y jaló a los demás del grupo. “Espérenme, espérenme”, dijo el niño, corriendo hasta alcanzarlos. “¿Entonces qué hago con el billete?”. El mayor lo tomó y dijo que alcanzaba para comprar nieve para todos. Caminaron. Caminaron por donde está a punto de llegar el hombre de la fotografía. Ahora El cenizo ya no está. Algunos cuentan que murió como un perro abandonado. Otros cuentan que cuando el niño creció fue por él, lo llevó a su casa y lo cuidó hasta el día de su muerte. No dudó en lo que debía hacer, incineró el cuerpo del hombre y regó sus cenizas en el cenicero. Pero algunos dicen que esto tampoco es cierto.

miércoles, 6 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE QUE LA VIDA ES MÁS SENCILLA AL AIRE LIBRE




Es un campo. Si no fuese por los autos y por las personas todo mundo sabría que es un campo. En el campo hay maleza, árboles y cielos, cielos con nubes (como éste).
Cuando una persona citadina acude a un campo llena su vista con árboles, con cielos y con maleza. Procura no ver los autos, porque los autos son la plaga de todos los días en su ciudad.
Los citadinos van a los campos a llenarse de vida, de una vida pausada. Porque todo mundo sabe que en el campo la vida tiene otro ritmo. El aire corre libre, sin trabas.
En esta fotografía se ve un cerco que delimita. Esa línea con postes y malla de gallinero es la franja que divide el campo común con el campo privado. Del otro lado hay un campo cultivado por las manos de personas. Se alcanza a ver un sembradío de maíz. Una de estas tardes, las plantas crecerán y prodigarán elotes, muchos elotes, para asar, para hervir. Los niños comerán elotes como ahora se acostumbra, con mayonesa, queso y salsa roja; los viejos los comerán como los han comido desde siempre, quitando los granos uno por uno (los que ya no tienen dientes) o agarrándolos con las dos manos y dándoles una tarascada.
Pero, se sabe, para que la milpita crezca necesita del agua bendita. Si el terreno (como es el caso) no es terreno de riego, las personas imploran la lluvia. La lluvia debe ser perfecta, en la proporción suficiente. Debe caer cuando la planta está creciendo y debe hacerlo en la dosis precisa para que la planta “no se ahogue”. ¿Qué sucede cuando una milpa no se está logrando? La gente reza, pide que Dios envíe la lluvia. Algunas personas, en su desesperación, hacen lo que estos hombres hacen, acuden a los límites precisos del campo sembrado e inyectan urea a la tierra. Es un intento desesperado por abonar la tierra, por aportarle nutrientes, por ver si Dios hace el milagro de amacizar la milpa.
Los más prácticos dicen que esto es mentira. En realidad, estos hombres tuvieron necesidad de orinar y, como no son descarados, se retiran hacia donde está un muro “invisible” y hacen lo que tienen que hacer.
Mariana dice que esto tampoco es cierto, que no les ganó la urgencia, dice que estos hombres participan en un concurso. Dice que de este lado, donde está el fotógrafo, están cientos de espectadores (que comen elotes asados). Es el concurso tradicional de orinadas. Mariana dice que en el piso hay jícaras (como esas que se usan para beber pozol) y el chiste del juego consiste en atinarle con el chorro de orín a la jícara. Gana quien (después de un análisis como de químico parasitólogo) haya llenado más la jícara. A la cuenta de ¡uno, dos, tres!, los cuatro mejores orinones del ejido corren, sacan su instrumento, apuntan a la jícara y orinan. Los chorros se muestran plenos, como de cascada. La gente, en las tribunas, echa porras. Algunas de estas porras tienen rima: “¡Pancho, Pancho Panchón es el más orinón y será el campeón!”. Algunas otras son más impúdicas: “Algodón, dril y jerga; algodón, dril y jerga, la del tío Concho es la mejor verga”.
En esta fotografía se aprecia cómo el primer competidor está a punto de encontrar su pinga; mientras el segundo, tonto, en lugar de concentrarse en su objetivo, mira cuánto orín logró el de la chamarra blanca, porque éste, a pesar de que es el mayor, ha sido durante ocho años consecutivos el campeón. Se ve en la fotografía que el tercer concursante ya terminó, se aprecia el movimiento de su mano izquierda al darle las últimas sacudidas al miembro. El cuarto concursante está concentrado, va a la mitad del desfogue de su vejiga y está a punto de llenar la jícara. Al final, el mundo sabrá que este cuarto concursante fue el campeón.
Ah, qué gusto sentir el aire del campo. Qué alegría rememorar esos juegos tan del Medioevo.

lunes, 4 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ ROSARIO





Puede ser cualquier tarde en Comitán. Mientras los niños juegan en el parque, un grupo de personas va en procesión. Es una entrada de velas y flores en honor a un santo o una virgen. La calle abandona su vocación de guiar carros y, ¡qué bueno!, se convierte en un río que conduce a hombres, mujeres y niños. La calle deja su cara agria llena de humo y retoma un rostro más amable. Los tambores y pitos suenan y se descuelgan como lianas de los árboles, se posan sobre las piedras como pájaros, renacen como orquídeas en el corazón de la gente. Los caminantes hacen una pausa frente al busto de Rosario Castellanos y el artista que toca la flauta de carrizo se convierte en pájaro.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. El rostro de Rosario deja que el aire juegue al ritmo de esa música que tiene siglos de herencia. Es un ritmo que marca el paso de los caminantes, casi casi como si fuese un verso que marca la cadencia de la palabra. Rosario dice: “se destejen los días”, pero acá, en esta tarde, estas personas, vuelven a tejer la esperanza de los días. ¿Ven los ramos que llevan entre sus manos? Esas flores les sirven para bordar un huipil lleno de esas luces ambarinas que engendra la tarde. Pronto la tarde se agotará y se hará la noche; pronto llegarán al templo, entrarán, se persignarán y sus rodillas se flexionarán en un ritual que, de igual manera, tiene siglos de tradición. Todo viene de antes, de lo que los abuelos enseñaron. Acá, estos hombres vuelven a tejer los días para construir los siglos.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. Si el lector ve con atención observará que un hombre lleva una escoba con la montera para arriba, es una montera de color rosa, con pelos de plástico. En el palo (sin albur) lleva enredado un algodón de París. ¿Qué simbolismo representa en esta procesión?
“Hombre, donde tú estás, donde tú vives / permaneceremos todos”, dice Rosario. Lo susurra, en esta tarde, que un grupo de músicos tradicionales llegó a darle serenata. Apenas fue un instante, porque estos hombres presiden la romería que se dirige a un templo. Cuando lleguen habrá porras para la virgen o el santo. Los hombres, mujeres y niños se hincarán frente a una imagen. Dejarán atrás la luz del día, penetrarán en la penumbra de la nave del templo. Los piteros y tamborileros harán silencio. Colocarán los tambores sobre el piso, guardarán la flauta en el morral, y también se hincarán, pedirán por sus hijos, por su milpa. Alguien, tal vez, dirá: “Señor, que el próximo año me sea concedido volver a tu casa, que yo esté buenito, que la señora del viento vuelva a recibirme”. Y allá, en la inmensidad del infinito, alguien se confundirá porque pensará que la señora del viento es una virgen, revisará su base de datos y no la hallará porque el hombre hablaba de Rosario, la mujer que desde su altura de bronce “desteje los días” en Comitán.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. Los niños corren en el parque, los boleros esperan sentados. La luz de ámbar deja su recuerdo en el piso y en las ramas de los árboles. Pronto la noche llegará, pronto la luz se volverá artificial. Todo será para confundir la oscuridad, la misma sombra será plástica, como plástica la montera de la escoba que carga el hombre y que es como una ofrenda, es el mensaje eterno de barrer la estancia, sacar el polvo y comer un algodón de París, porque la vida es una y es breve.

domingo, 3 de agosto de 2014

DE FUEGO




El pasado miércoles 30 de julio, Comitán tuvo el privilegio de contar con la presencia del poeta Uberto Santos. Paso copia del textillo que leí esa tarde.
Uberto Santos es un verdadero poeta. De la tierra, como alfarero, toma la sustancia para sus poemas; del aire, como si fuese hijo del viento; del agua, como si un árbol creciera dentro de sí; del fuego.
Hoy, en Comitán, privilegio nuestro, presenta la antología poética “Cantar del fuego”. ¿El fuego crepita? ¿Qué el fuego en medio de la piedra? La biografía de Uberto dice que él nació en un lugar llamado Chachí, pero cuando lo conocí otro amigo poeta me dijo que Uberto era de un lugar llamado Laja Tendida y me dijo que Uberto, además de poeta, era agricultor. Cuando estuvimos juntos alrededor de la mesa vi sus manos y, en efecto, descubrí que eran manos acostumbradas a remover la tierra. Luego descubrí que no sabía cómo reconocer el oficio de poeta. El oficio de poeta no puede reconocerse en las manos, ni en los labios, ni siquiera en los ojos. El oficio de poeta está en el fuego. Uberto lo sabe, tal vez por esto, nombró “Cantar del fuego” a su libro, porque sólo en el brocal de la palabra se fragua el poema.
Siempre he creído que Uberto nació en Laja Tendida, porque su poesía tiene similitud con ese nombre. Su poesía tiende palabras de fuego encima del páramo, su palabra es capaz de sembrar aire en medio de la piedra. Es un prodigio ver cómo, en medio de la piedra, la palabra crece y se vuelve árbol y prodiga ramas y alienta el vuelo de mil pájaros. En medio de la Nada, Uberto siembra el Todo.
La mayoría de los poemas de Uberto son breves, apenas líneas de vuelo, apenas sugerencias para completar el árbol. En su mirada hay una sutileza que desgrana esa flama que él llama el canto del fuego. Escuchemos:
“Ahora que estallo en frutos / cómo me zumba la carne / cómo me zumba la sombra / cómo me zumba el color / De tanta pulpa que vengo / de tanto sabor que soy / ni dejo dormir el aire / ni dejo soñar el sol.”
A quienes no metemos la mano al fuego por nadie ni por nada, nos sorprende este vertiginoso crepitar, nos emociona este canto, que es el canto del fuego.
¿Para qué hablar más? Mejor hacer silencio y dejar que el poeta, esta tarde, nos comparta algunos de sus poemas.
Gracias por tu visita a Comitán, querido Uberto.