lunes, 23 de mayo de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA “HECHA DE MÉXICO”





Quienes se dedican al estudio de la literatura recuerdan con frecuencia la cita italiana que dice: “Traduttore, traditore”, que, más o menos, significa: “Traducir es traicionar”.
En la caja que aparece en esta fotografía vemos que el traductor traicionó la literalidad y en lugar de escribir “Hecho en México” se le ocurrió traducir: “Hecho de México”. Un experto lingüista dirá que el traductor es un bobo, porque cambió el sentido de la frase.
Hace años, en una cantina comiteca escuché una canción de José Alfredo Jiménez. Era la famosa canción “Corazón, corazón”. Como era interpretada por una mujer le cambió un verso. La letra original (¿quién no la recuerda?) dice: “…Si has pensado cambiar tu destino / recuerda un poquito / quién te hizo mujer…”.
Como bien se nota, José Alfredo la escribió pensando en la historia de un hombre. La intérprete la cambió (escribo de memoria): “…Si has pensado cambiar tu destino / recuerda un poquito /quien te dio su querer…”. ¡Asunto arreglado!
Muchos intérpretes opinan que debe respetarse la letra y no acomodarla al género del cantante. En el caso que ejemplifico no le encuentro problema al “acomodo” realizado.
Algo similar existe al traducir un texto a otra lengua. Por esto, los que saben dicen que “traducir es traicionar”. No puede respetarse la literalidad. Así pues, para disfrutar la poesía en su plenitud debe leerse el original. ¿Pero quién se atreve a leer en su lengua original a Li Po? Ahora sí que ¡está en chino!
Cuando los lectores nos acercamos a un texto traducido sabemos que perdemos algunas nubes del cielo original. Esto se da, sobre todo, en los sonetos. Ningún traductor está pendiente de respetar la rima original, se trata de acercarse lo más posible al espíritu del poema. ¿Cómo trasvasar el alma? ¡Imposible!
El traductor simple de esa frase brevísima de “Made in México” hizo una gran traición. ¿De verdad? En una primera lectura vemos que sí, porque hay un mundo de diferencia entre decir: “Hecho en México” y decir: “Hecho de México”. En efecto, le cambió todo el sentido. Pero ¿no acaso este último sentido tiene un sentido supremo?
Si yo digo “Hecho en México” aludo a que el contenido de la caja fue fabricado en ese país; pero si digo: “Hecho de México” estoy aludiendo a la sustancia y, acaso, al espíritu de esa patria.
Creo que no estaría mal que los fabricantes y constructores tomaran la sustancia de México para hacer sus creaciones.
Juguemos. Juguemos a que hacemos un libro. Al final, en lugar de decir: “Hecho en México”; es decir, que fue escrito por un mexicano y publicado por una editorial mexicana; diremos que fue “Hecho de México”; es decir, que en su contenido existirá la esencia de este país.
¿Se vale? ¡Claro que se vale!
El mensaje de la caja se complementa con “Fragile” y “Handle with care”. Frágil. Trátese con cuidado. ¡Ah!, qué maravilloso sería que los mexicanos tuviésemos presente estos dos conceptos a la hora de vivir nuestro país. Un país que, históricamente ha sido frágil (a pesar de los intentos de la historia oficial por pintárnoslo como un país fuerte y poderoso. Si esto fuese así nuestro país tendría índices de desarrollo de primer mundo). ¡Ah!, sería bello saber que los mexicanos tenemos conciencia de tratar con cuidado a esta joya que la naturaleza nos dio en comodato.
No sé qué conservaba esta caja de cartón. Pero creo que si su contenido, en lugar de estar “Hecho en México” estaba “Hecho de México” pudo haber sido un buena creación, una obra sublime, porque eso sí, nuestra patria es frágil, pero está llena de virtudes, virtudes ahora canceladas porque existen bestias que no la tratan con cuidado.
El traductor era un bobo, pero, tal vez, un bobo genial.

sábado, 21 de mayo de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE LA VIDA ES LA MEJOR MAESTRA




Querida Mariana: no es la madre, sino la propia vida la mejor maestra de la vida. Por esto, el tío Eusebio dice que el Día del Maestro debe, también, celebrarse como el Día de la Vida; y, como la madre es la primera maestra que tenemos en la vida, el Día de la Madre debe ser, de igual modo, el Día de la Vida. Y cuando está medio bolo, dice que todos los días de la vida deben ser declarados como el Día de la Gran Maestra.
¿Confuso? ¡Para nada! Es un juego inútil del tío, pero que, como si fuera parte de la vida, nos deja una gran enseñanza: la enseñanza de que para aprender no basta el consejo materno, ni la indicación paterna, ni las enseñanzas en el aula, para aprender hay que vivir la vida.
El maestro Eulogio siempre decía que “Nadie aprende en cabeza ajena”. Manuel, que siempre ha sido un irreverente, dice que el maestro es un genio porque tenía mucha razón, ahí está el ejemplo de “El jinete sin cabeza”. Manuel es un bobo.
En días pasados, México entero conmemoró el Día del Maestro, hubo abrazos, felicitaciones, comidas (con cervecitas y traguito), regalos, bailes y marchas, muchas marchas (de los propios maestros para mostrar su inconformidad con la Reforma Educativa).
En Comitán llamó mi atención dos ejercicios que hicieron en Internet: uno, impulsado por “Don Chico Pizzas”, rifó una pizza; y el otro, impulsado por “Arriba el Cotz”, invitó a los usuarios de las redes sociales a escribir apodos de los maestros comitecos. Los dos ejercicios fueron muy interesantes porque nos demostró que la vida no está completa sino se muestran todas sus aristas.
Por lo regular, el Día del Maestro aflora la miel y algo de hipocresía. La vida es así. Lo mismo ocurre el Día de la Madre. Para conmemorar a las madres, todo mundo se vuelca en elogios y arrumacos y apapachos. No falta el realista que suelta la verdad: ¿por qué la labor de la madre no es reconocida todo el año? Hay muchos hijos que tienen poca madre y molestan a su ídem durante los demás días del año. Además (también hay que decirlo) hay madres que no son peritas en dulce, ni son la imagen llena de bondad que nos enseñó el cine mexicano en las primeras apariciones de doña Sara García. Lo mismo sucede con los maestros. La labor del magisterio se ha imbuido de una aureola, como si todos fueran unos santos. Ahora comienza a revertirse tal imagen y mucha gente estigmatiza a los maestros como revoltosos e ignorantes. Ni todas las madres son buenas ni todas son malas, así como tampoco todos los maestros son santos ni todos son demonios. La vida está hecha con mil esencias.
“Don Chico Pizzas” organizó un concurso en el cual los usuarios de las redes debían subir una fotografía donde un alumno estuviera con su maestro favorito. La foto que obtuviera más “Me gusta” daría la oportunidad de ganar una pizza al alumno y otra para el maestro (después de una votación nutrida y competida, ganó la foto donde estaba Samy (el propietario de la Librería Lalilu) y el maestro Roberto González Alonso (reconocido y admirado catedrático de la ETI No. 5).
“Arriba el Cotz” invitó a dejar la gazmoñería y expresar, sin hipocresía (con cierto cinismo), los sobrenombres con los que los alumnos identifican a los maestros. Lo que antes se expresaba en voz baja ahora se grita a los cuatro vientos y resuena en todo el mundo virtual.
En una primera lectura puede decirse que ambos ejercicios nos permitieron conocer, superficialmente, dos aspectos de esa compleja trama que se da en el terreno educativo. En el primer caso hubo el reconocimiento de algo que trasciende: la amistad entre un alumno y un maestro. No sé vos, pero yo recuerdo con emoción a algunos de mis maestros, pero, también, tengo algunos recuerdos ingratos de otros. Creo que en el caso de quienes son maestros debe existir el mismo sentimiento: deben recordar con agrado a algunos de los alumnos, pero con desagrado a los malcriados y groseros.
Así pues, llamaron mi atención ambos ejercicios, porque nos ayudó a quitarnos una venda nociva. El Día del Maestro no puede felicitarse a todos en general. Quienes participaron en la propuesta de la pizza lo hicieron por dos motivos: el primero para reconocer a un maestro querido, cercano; y el segundo para ganar el premio y atragantarse con esa delicia italiana. (Sin duda que los ganadores la acompañaron con un buen vaso de vino). Creo que la iniciativa de la pizzería fue exitosa. Logró sus dos objetivos: reconocer ese lazo indisoluble entre alumno agradecido y maestro favorito, y promocionar su local. Ojalá que el próximo año “Tío Jul” haga una propuesta similar y ofrezca huesos, para que los ganadores lo acompañen con un vaso de temperante.
Asimismo, los encargados de “Arriba el Cotz” lograron sus dos objetivos: posicionar su página y ser el canal para que los muchachos gritaran a voz abierta lo que, la mayoría de ellos, dice entre dientes, pero que todo mundo sabe. Se demostró que en nuestro pueblo (para gracia o desgracia) el apodo sigue imperando. Por ahí (¡qué pena!) apareció el sobrenombre de “Ni llegas”, que el ingenio estudiantil le endilgó al licenciado Villegas (que en paz descanse). No sé, de veras no sé, si el apodo correspondió a la realidad, pero lo cierto es que la maledicencia juvenil hizo que muchos estudiantes se refirieran al licenciado Villegas con el mote hallado en un juego verbal.
Ahora que escribo lo que escribo lo hago con pena, pero me la reservo, mi niña, porque estoy tratando de decirte que esto es la vida. Basta de caretas. Esto es lo que me pareció importante como fenómeno sociológico.
Cualquiera pensaría que la primera propuesta fue más decente, pero debemos reconocer que la segunda no fue indecente. Tal vez la segunda resulta un tanto ofensiva, pero si lo vemos con lupa hallamos una costura que define parte de nuestro modo de ser.
Mi Paty dijo que, entre los apodos de los maestros, no estaba el de “Totón, totón” que se le aplicaba al maestro Rey. El maestro Reynaldo Avendaño fue subdirector de la prepa y fue reconocido por medio mundo por su entrega a la labor educativa y por ser un experto en el estudio de la lengua española. En la prepa de los años setenta impartía la cátedra de “Ejercicios Lexicológicos”. Le dije a Paty que no apareció en la dinámica del Internet porque la mayoría de los participantes fueron jóvenes que reconocen a los maestros actuales y desconocen a los de generaciones anteriores.
Lo que acabo de escribir da cuenta de que en todos los tiempos, incluso los pasados (que se privilegian por ser más respetuosos), han existido todos los matices de la vida. El maestro Rey, que fue un reconocido apóstol de la educación, fue tratado por muchos como el “Totón, totón”. Esto era así, porque él mismo lo propició: cuando un alumno era flojo le decía que le pondría cincuenta de calificación; es decir, un tostón, pero él, por alguna deficiencia fonética, pronunciaba totón, totón.
Recuerdo con emoción a algunos de mis maestros que aportaron para mi conocimiento de vida y desniego de los que me impusieron tareas casi crueles. Doy gracias a la vida (la gran maestra) por poner en mi camino (ya en la universidad) a la maestra que me dio la pauta para hallar la senda donde la luz se baña a medio día.
Desde hace treinta años ejerzo la docencia, procuro hacerlo con decencia. Algunos alumnos me recuerdan con afecto, otros (muchos) “me la recuerdan” con “doble afecto”. De igual manera, he tenido mis alumnos consentidos y otros que quisiera no recordarlos. Recuerdo con afecto a los alumnos traviesos, inquietos, sobrados, me da urticaria cuando aparece el recuerdo de un alumno grosero. La grosería es la que no se tolera.
Me han puesto mil apodos. El que más perduró fue el que me puse yo mismo: “El Molcas”. Me han puesto apodos simpáticos y apodos malcriados. A todos les he dado entrada. Ahora, ya viejo, mis alumnos en voz alta me dicen maestro Moli (por mi apellido), otros le quitan el maestro y lo dejan sólo en Moli; no faltan los comitecos de hueso colorado que me tratan con diminutivo y me dicen Molito (mi Paty me dice Molcajete y en el colmo del cariño Molitío). En voz baja, detrás de la niebla, me dicen los apodos que rayan en la grosería, tal vez inventados por un alumno al que no le caigo bien.

Posdata: Don Frisón es el personaje mítico del siglo pasado. Le atribuyen el noventa y nueve por ciento de los apodos de los comitecos. Es proverbial su tino para poner apodos. Ahora, hay decenas de Frisones. A la vuelta de la esquina se topa uno con un comiteco “ingeniosito” que es especialista en poner apodos, sobre todo a los maestros. Desde el primer día de clases, el alumno hace un escaneo del profe y a mitad de la clase las risas estudiantiles se dan en voz baja, a la hora que el maestro da la espalda y escribe en el pizarrón: ¡Ay, hermano! Ya no hay vuelta de hoja, ya te endilgaron un apodo: serás “Totón, totón”, para el resto de tu vida y en la inmortalidad. ¡Que viva el maestro Rey!, el recordado maestro de Ejercicios Lexicológicos, Ejercicios Lexicológicos, Ejercicios Lexicológicos (siempre que dictaba repetía tres veces las palabras). Tan tan.

viernes, 20 de mayo de 2016

TIENDA DE CAMPAÑA





No creo que los amontonamientos sean buenos. Pienso ahora en los maestros que, en tiendas de campaña, duermen sobre colchonetas a mitad de la calle. ¿Cuántos maestros duermen hacinados? El tema se presta a broma, porque no falta el tipo que desliza la idea de que ese amontonamiento provoca la posibilidad de juegos. Pero, insisto, no creo que los amontonamientos sean buenos, ni para la salud corporal ni para los espíritus.
Imagino (y lo hago con horror) el hacinamiento de los refugiados o de los desplazados por guerra. No puedo imaginar (hasta ahí mi imaginación no llega) el espanto que debió ser vivir adentro de una covacha en los campos de concentración; no puedo imaginar la miseria de la aglomeración existente en las cárceles de México. ¿Cómo un ladrón de una gallina debe dormir al lado de un secuestrador?
A veces tengo pesadillas. Y mi pesadilla más inquietante es la que me instala adentro de un pabellón donde duermen cientos de personas en el piso. Por fortuna yo soy el único que está sano, todos los demás padecen una enfermedad cuyo nombre no puedo pronunciar, pero que les provoca que sangren de manera constante y que sus brazos, piernas, rostros, pies, manos y troncos tengan llagas y sus pieles se desgajen como si fuesen naranjas podridas. El espacio es tan pequeño que hombres y mujeres deben dormir uno junto al otro. A veces, lo veo, la cercanía de sus cuerpos hace que choquen, se junten y sus llagas se vuelvan una. El techo es de lámina de zinc, el calor es asfixiante, en la noche el calor baja del techo como si fuese una lluvia de brasas y como cobija nos cubre a todos y nos hace sudar, abrir la boca en intento de atrapar alguna burbuja de aire. A todos les cuesta darse la vuelta, parecen que están en esa misma posición desde siempre. Pienso que si alguien los obligara a pararse, si alguien, a las seis de la mañana, entrara al pabellón y tocara una corneta dando la orden de que todos salgan al patio, no podrían despegarse y si, en el colmo de la imaginación, lograran ponerse de pie sería como si una pared se levantara, una pared de hombres putrefactos, y el vaho que se desprendería a la hora que ellos se despegaran del suelo, sería como si se abrieran todas las esclusas de los albañales de la Ciudad de México.
Cuando tengo esa pesadilla, recurrente, pido a Dios despertar pronto. Cuando despierto doy gracias por despertar solo en mi cama, debajo de cobijas limpias, con mi pijama que huele a campo. Cuando la pesadilla asoma y la vigilia retorna voy al patio y miro el cielo, despejado, sin amontonamientos.
Los amontonamientos me provocan asco. No puedo evitarlo. Por esto no voy a marchas; no acudo a conciertos de rock ni a masivos donde se presenta Paquita, la del barrio; ni dejo mi casa para ir a la promesa de una lunada o de un rancho, donde, lo sé, el hacinamiento se dará por ley natural. Odio los baños públicos, donde, a cada instante, gente extraña se sienta y un minuto después otro es el que debe hacer uso de la misma taza y no hay agua y no hay papel limpio, porque el papel sucio se desborda en los basureros de plástico, llenos de costras.
Me gusta el cine, pero voy a la matiné. No toleraría ya más una función en donde cientos de personas estuvieran a mi lado comiendo palomitas acarameladas, comentando alguna escena, revisando celulares o cuchicheando historias personales. No toleraría el olor del sudor de los otros.
En las comunidades indígenas las habitaciones son escasas. En ocasiones una sola habitación sirve para todo: ahí, en una esquina, tienen el fogón; a mitad comen, en una pequeña mesa de madera; ahí, los niños, hacen su tarea, tirados en el piso; y en las noches, tienden colchonetas y, botados, duermen los pequeños y los adultos inventan sus juegos. Ahí, en ese amontonamiento, los seres humanos, como si fuesen gallinas adentro de una jaula, tienen sus sueños y sus pesadillas. ¿Qué clase de pesadillas tienen los seres que están acostumbrados al hacinamiento? ¿Sueñan con espacios donde la intimidad y la privacidad son como un bosque lleno de aire y de pájaros y de venados que corren libres por el campo?
Sí, perdón, no creo que los amontonamientos sean buenos, ni para la salud física, ni para la salud mental. Que Dios cuide y proteja a los que ahora mismo viven en el hacinamiento total.

miércoles, 18 de mayo de 2016

UNA HEROÍNA PARA GLORIA DE LA HISTORIA





A Miguel Alemán Velasco se le ocurrió escribir una novela. Un día, del siglo pasado, se sentó frente a su máquina mecánica y escribió “El héroe desconocido”. Como Alemán Velasco es hijo de quien fue presidente de la república, además de ejecutivo de Televisa y, ya de paso, ex gobernador de Veracruz, no le resultó difícil que su novela se imprimiera y tuviera una buena difusión y similar distribución.
La novela no se quedó en tal, Julián Pastor, prestigiado director de cine mexicano, tomó el guion e hizo una película con el mismo título. Película que, ¡oh, Dios!, tuvo como fotógrafo al gran Gabriel Figueroa.
Se entiende que todo este apoyo estuvo sustentado en la red de amistades que los integrantes de la clase política y de la clase inversionista utilizan para apropiarse de los reflectores.
Pero, en descargo de Alemán Velasco, puede decirse que la novela no es tan mala; al contrario, es digna.
Los lectores deben recordar la trama de esta novelilla: un tipo, en intento de ascender en la escala social, toma a un antepasado y le crea una historia donde lo hace pasar como amigo de un importante personaje real de la historia mexicana y lo convierte en un héroe. Como en su pueblo no ha habido ningún personaje célebre todo mundo aplaude el advenimiento de ese héroe y lo adopta.
Crear mitos es tarea simple, porque la gente necesita creer. Sería ocioso que acá se mencionaran cientos de ejemplos que existen. Tal vez uno sea suficiente.
Muchos años antes que a don Miguel Alemán Velasco se le ocurriera la trama de su novelilla, ya la historia local chiapaneca había creado a su heroína. Este dato no puede pasar inadvertido para las feministas. Como había necesidad de crear un héroe que diera sal y pimienta a la historia de la independencia de Chiapas, se inventó el mito de una heroína: Josefina García Bravo.
Si México había tenido a su Josefa Ortiz de Domínguez, ¿por qué Chiapas no iba a tener a su Josefina? Los creadores del mito tuvieron en cuenta los detalles mínimos, así, el apellido materno de nuestra heroína da una idea de la personalidad del personaje; además es un apellido emparentado con Nicolás Bravo que llegó a ser presidente de la república.
De igual manera que el personaje de ficción de Alemán Velasco, el pueblo aceptó con orgullo la historia creada y levantó estatuas y nombró escuelas con el nombre de la heroína (acá en Comitán hay un busto de la heroína en el parque de San Sebastián, busto que, se ha dicho hasta la saciedad, fue realizado por el escultor copiando la fotografía de la tía de un personaje político de la región).
No existe alguna evidencia real que compruebe la existencia de nuestra heroína y mucho menos un documento de época que consigne el discurso valiente que expresó cuando, al ver titubear a los hombres, dijo que ellos se quedaran en casa, porque las mujeres irían a luchar por la independencia. Un discurso muy emotivo que mueve al patriotismo y al reconocimiento del valor de las mujeres chiapanecas, en general, y de las comitecas, en forma particular.
Ha sido de tal reconocimiento la presencia de nuestra heroína que en el muro del Congreso del Estado aparece su nombre escrito en letras doradas.
Hallar héroes en estos tiempos se antoja labor imposible. La clase política está inmersa en su interés personal y alejado del interés supremo de la patria. ¿Y el pueblo? El pueblo, confundido, acepta héroes virtuales y prende veladoras a cantantes mediocres (como Julión Álvarez), a deportistas de a dos por un peso (cualquiera de Jaguares), y artistas que sueñan con ganar el Óscar pero trabajan en telenovelas de televisa (cualquier actriz de tvazteca).
Bendito momento en que apareció Josefina García Bravo en nuestro calendario cívico. Dignifica la conciencia cívica de Chiapas.

martes, 17 de mayo de 2016

LA MESA CUADRADA





“Dejalo ahí sobre la mesa”, dijo Eugenia. Era un pastel. Un pastel para la celebración de la tarde. Un pastel de chocolate blanco.
Romina buscó la mesa en el comedor, pero nada halló. Empujó la puerta abatible y entró a la cocina. Tampoco ahí había una mesa. Salió con el pastel entre las manos. Eugenia repitió: “Dejalo sobre la mesa”. Entonces, Romina dijo lo que cambió todo el ambiente: “¿Cuál mesa?”.
Mientras Romina nada dijo todo parecía normal. Don Evandro leía el periódico, sentado en la mecedora; doña Arminda tejía al lado de la ventana, sentada sobre un banco pequeño; y Eugenia, también al lado de la ventana, quitaba hojas secas a una planta.
Romina se quedó a mitad de la sala, con el pastel entre las manos. Ya comenzaba a molestarle. Buscaba algún lugar para depositarlo.
“¿Cómo que cuál mesa? Esa que está ahí frente a tu carota”, dijo Eugenia, sonrió y, silbando, siguió buscando, entre las hojas verdes, las secas.
Don Evandro dejó el periódico sobre sus piernas y vio a Romina. Doña Arminda depositó su tejido en el piso, sacó un pañuelo de papel debajo del puño de la blusa y lloró. Romina ya estaba cansada. Caminó al centro de la sala y colocó el pastel en el piso.
“Te lo dije”, dijo don Evandro, en voz alta y volvió a su lectura. “¿Qué me dijiste?”, preguntó Eugenia sin dejar de revisar la planta. Tomó una tijera podadora y, con delicadeza, cortó una ramita. “Que ya no hay mesa”, dijo su papá.
Romina caminó, jaló un pequeño banco, se sentó y pensó que tampoco estaba la sala ni el librero. Doña Arminda levantó los ojos llorosos y volvió a sumergirse en su llanto. El pañuelo era un hilacho ya.
Romina pensó que Eugenia quería ocultar lo obvio. Tal vez había necesitado vender esos muebles y… ¿Las camas estarían en las recámaras? Preguntó: “¿Me prestás tu baño?”. “Sí, claro. Ya sabés dónde está”, dijo Eugenia, mientras levantaba la maceta y la colocaba a contraluz de la ventana.
Romina caminó por el pasillo, abrió la recámara de los papás y halló lo que había imaginado: ¡Nada! En el lugar donde habían estado las camas había un par de colchonetas tiradas en el suelo, en lugar de almohadas unos rollos hechos con cortinas deshechas. ¡Tampoco estaban los roperos! Volteó para asegurarse de que Eugenia no había abandonado la sala, caminó diez pasos más y abrió la puerta. Le bastó entreabrirla para darse cuenta que la recámara de su amiga también estaba vacía. Regresó.
“Se están tardando. Creo que tendremos que cantar las mañanitas sólo nosotros”, dijo Eugenia. Doña Arminda soltó un grito leve, casi ahogado, se llevó las manos a su boca y lloró de nuevo. Don Evandro volvió a dejar el periódico sobre sus piernas, se quitó las gafas y preguntó si ponía el disco de las mañanitas con Pedro Infante, pero doña Arminda volvió a gemir. Romina se dio cuenta que don Evandro se había equivocado. No había modular ni la colección de discos.
A Romina, ahora sí, le llegaron las ganas de hacer pis. “¡Pendeja!”, pensó. ¿Qué diría Eugenia si volvía a pedir pasar al baño?
“Bueno. Vamos a cantar las mañanitas”, dijo Eugenia. “¿Te vas a lavar las manos?”. “Sí”, dijo Romina y se pasó la mano por la frente, tranquila porque podría hacer del uno. Caminó de nuevo por el pasillo, abrió la puerta del baño y se topó, de nuevo, con el vacío. No había cortina, ni lavabo, ni taza. Lo extraño era que el piso estaba completo. Donde había estado la taza no había el hueco de la conexión con el drenaje; ni existía el cespol de la regadera. Las baldosas estaban completas, como si ese cuarto jamás hubiese servido de baño.
Romina estaba detenida del pomo de la puerta. Escuchó que alguien cantaba en la sala: “Están son las mañanitas que cantaba el Rey…”. Mientras caminaba por el pasillo, la voz se intensificó: “…hoy por ser día de…”. Entró a la sala: Eugenia, hincada sobre el piso había cortado el pastel. Tenía un pedazo en la mano, sonreía.
“Dale a mi mamá”, le dijo a Romina, pero Romina vio hacia todos lados y no halló a su mamá. “¿Dónde está tu mamá?”, preguntó. Eugenia volvió la cara, vio a Romina y dijo: “¿Cómo dónde? Ahí está, ¡frente a tu carota!”.
Pero en la habitación sólo estaba Eugenia, hincada sobre el piso, frente al pastel, sin vela. En la base de la ventana estaba la maceta con la planta sin una hoja, como si estuviera completamente seca. Debajo estaba el bordado de la mamá de Eugenia. Pero ya no estaba el banco, ni la mecedora, ni el periódico. Eugenia, en voz muy baja seguía cantando: “…ya los pajarillos cantan, la luna ya se metió”.

lunes, 16 de mayo de 2016

PARA LOS QUE HABLAN DE VOS





Un estudiante de bachillerato me paró a mitad del parque central y, con alevosía y ventaja, me lanzó la siguiente pregunta: “¿Cuál cree usted que es el aporte de Óscar Bonifaz al pueblo de Comitán?”. Él iba con una libreta en la mano izquierda y con su celular en la derecha. El celular me lo puso frente a la boca y yo entendí que grabaría mi respuesta. Como me tomó de bote pronto titubeé y dije que eran varios los aportes. Dije lo que dije en intento de hacer tiempo y acomodar mis ideas. Soy de esas personas a las que les tarda un poquito en caer el veinte. Seguí haciendo tiempo y reviré diciéndole por qué me hacía esa pregunta. Él dijo que era un trabajo escolar. En ese momento, ya dueño de la situación, dije que privilegiaba un aporte de Óscar Bonifaz: la preservación de nuestro dialecto.
Bonifaz, hace años, hizo una labor de investigación de los modismos, arcaísmos y regionalismos que pueblan nuestro lenguaje e hizo un libro, un libro que ahora es referente de nuestra identidad y que, precisamente, se llama: “Arcaísmos, regionalismos y modismos de Comitán, Chiapas”. Antes de él nadie había hecho una labor de desbroce y de agrupamiento de vocablos comitecos. Gracias a su tesón, hoy los estudiosos e investigadores del lenguaje tienen un punto de partida.
José Luis González Córdova continuó con dicho afán de investigación y publicó el libro “Glosario (habla popular comiteca)”.
El libro de Bonifaz da la palabra y la definición; el libro de González Córdova agrega ejemplos donde se usa la palabra en cuestión. José Luis era un hombre muy simpático y agudo, así que los ejemplos están plagados de buen humor. El libro de González Córdova agrega contexto y esto hace más comprensible la palabra, porque la viste, le otorga prestigio.
González Córdova no fue un experto lingüista, ni tampoco Bonifaz lo es. A ambos escritores los movió su interés por preservar las costumbres y los modos de ser del pueblo donde nacieron y crecieron.
Los dos libros son de gran valor para la preservación del dialecto comiteco. Sin duda que estos trabajos son pilares para la construcción que, en el futuro, harán los científicos del lenguaje. Hace falta el libro que hurgue en los orígenes de las palabras y dé cuenta de las transformaciones. Hay varias palabras que cambian por simple eufonía. Por ejemplo, en Comitán muchas personas dicen “Disipela” cuando se refieren a la “Erisipela”. El otro día, una amiga pronunció disipela y yo puse mi cara de extrañeza, pero ella me dijo que sabía por qué ponía esa cara de “what”, pero que ella “era pueblo”; es decir, tenía idea exacta de ambos vocablos y estaba privilegiando el modo de hablar de nuestra población.
En este ejemplo aparece la siguiente pregunta: ¿Qué tanto una palabra parchada puede emplearse en sustitución del término prestigioso?
Cuando los comitecos empleamos un término tojolabal lo hacemos con la suficiente autoridad que nos concede la herencia, pero ¿qué tan válido es otorgar carta de apropiación cuando a una palabra castellana le cambiamos su pronunciación por un proceso de interrupción que se da en el hablante y en el escucha y este último abre paso a la invención de una palabra?
Recordemos que en Comitán se habla una variante dialectal del castellano. Nuestra lengua madre es el español, lengua que es aderezada (en buena hora) por modismos, regionalismos y arcaísmos, como ya Bonifaz nos lo señaló. Por ello es hermoso usar ese lenguaje coloquial en el voseo y sus correspondientes formas verbales, como: vení, sentate, abrí, callate, olé, amá y demás hierbas; asimismo es prestigioso emplear las palabras injerto que fue apropiación del tojolabal y del chuj, pero ¿es prestigioso usar palabras que fueron mal oídas y, por el uso de la costumbre, se convirtieron en palabras “mal pronunciadas”?
Bonifaz nos señaló, con su libro, la importancia de preservar las palabras que fueron de uso común en tiempos pasados. Estos tiempos posmodernos necesitan de asideros culturales para no extraviar la identidad. Debemos hacer uso de nuestro legado con moderación. No es conveniente el abuso y la sobreexposición, porque ello mueve a burla y escarnio.
El muchacho dijo que, en realidad, iba a ver a Óscar Bonifaz al teatro, pero que si no lo encontraba, cuando menos, con lo que yo había dicho iba a hacer su tarea. Guardó su celular, me dio la mano y me dijo ¡cotz! Como me la soltó de bote pronto nada pude decir. Cuando reaccioné él ya entraba al teatro. Ojalá haya encontrado a Bonifaz, para que su trabajo escolar tuviese brillo.

sábado, 14 de mayo de 2016

CARTA A MARIANA, CON SABOR A COMITÁN





Querida Mariana: ¿qué es lo auténtico? ¿Es bueno ser auténtico? En este mundo globalizado es difícil hallar la autenticidad. Pocos pueblos logran resistir el embate de lo global.
El lenguaje también ha caído ante el influjo de lo extranjero. Hubo un tiempo en que el español le buscó una salida digna al vendaval globalizante: la palabra computador, que se originaba del inglés “computer”, tuvo su sucedáneo en la palabra ordenador. En España, todo mundo prendía el ordenador, mientras en América medio mundo prendía la computadora. Lo cierto es que España perdió la apuesta porque ahora nadie dice la palabra ordenador cuando se refiere a la computadora.
Ahora, España ya no hace más esfuerzo en tal sentido. El iPhone es iPhone acá, en España y en China. ¿Para qué inventar una palabra castellana cuando el ritmo de la moda nos empuja a adoptar con gusto las palabras inglesas?
El exceso llega cuando se adopta palabras inglesas sólo para dar una falsa idea de refinamiento. Incluso, la palabra refinada ya pocos la emplean porque para dar idea de ello decimos que algo es “nice” o “cool”. ¿Quién dice ahora que algo bien hecho está mero lek?
Poco a poco, sin darnos cuenta, hemos perdido nuestra autenticidad. Nuestra mayor herencia (el brillo de nuestras palabras) la cambiamos por los clásicos y bobalicones espejitos.
Por ello, querida mía, cuando veo que existe un intento de preservar nuestras palabras lo aplaudo con entusiasmo, porque ello nos permite, todavía, sentirnos auténticos en un mundo tan liso y parejo.
Es una pena que no se adopte un decálogo donde se indique la importancia de que los negocios locales no adopten nombres extranjeros. Un ideario que refuerce la idea de que nombrar con palabras inglesas o francesas un negocio no es más que remarcar un soberano complejo de inferioridad. ¿Por qué un negocio mexicano debe llamarse “Pretty Woman”? Tal vez el propietario creyó que si lo nombraba así su negocio tomaría una categoría diferente y podría compararse con un local sito en Nueva York.
Los complejos nos abruman. Esto lo saben los grandes creadores de la mercadotecnia y del manejo de las masas (los acomplejados usarían el término “marketing”).
En los años sesenta, los negocios sencillos tenían nombres humildes. Hoy, los comitecos recuerdan con emoción esos nombres, porque, sin saberlo, ellos colocaron un pedestal donde, todavía, se levanta la estatua que da lustre a nuestra identidad y originalidad. ¿Quién no recuerda “La tienda de doña Angelita” o “la tienda de doña Hermila Coronado”? En ese tiempo no había necesidad de nombres rimbombantes, bastaba con decir que doña Angelita era la propietaria de ese local, y esto, tan simple en apariencia, significaba un rasgo distintivo de nuestro carácter, porque era sublime entrar a la tienda, con mostradores y estantes de madera, y hallar a la dueña del negocio. Un poco como si en la tienda de perfumes Carolina Herrera halláramos a la propia Carolina poniéndose un poco de perfume en la mano y ofreciendo el aroma a sus decenas de clientes. ¿Qué tiene Carolina que no tuviera doña Angelita? Existe un complejo que nos hace creer que el nombre de Carolina Herrera es superior al de doña Angelita, una sencilla comerciante comiteca, alejada del glamour. Para el mundo, en apariencia, doña Angelita es como una mota de polvo, pero no es así: Digamos que pronunciar el nombre de Carolina Herrera es como nombrar la Vía Láctea, y nombrar a doña Angelita es dar lugar a aquella estrella que no tiene nombre y se encuentra a millones de años luz de la Tierra. Pero, debemos aceptar que esa estrella sin nombre es vital para el universo.
Fue emocionante saber que la tienda de don Arturo Rivera Alfaro la nombró como ARA. Si ahora recuerdo el nombre del propietario, con total certeza, es porque él, con ingenio (ingenio un poco repetitivo, común y corriente, pero ingenio al fin) empleó las iniciales de su nombre para pasar a la inmortalidad. Lo mismo sucedió en San Cristóbal de Las Casas, cuando mi padrino Ramiro Ramos Ruiz nombró a su negocio como Supermercado Las tres R.
Hay decenas de Wal-Mart en el país, pero ¿cuántos restaurantes que se llaman “Ta’Bonitío”? No hay, en todo el mundo, en todo el universo, un local que se llame así como se llama el restaurante del Hotel Delina. ¡Eso, mi niña amada, es signo de autenticidad! Eso ayuda a que el universo no pierda su personalidad. ¿Has visto alguna foto de lo que los astrónomos alcanzan a ver del universo? Vemos que cada planeta tiene sus propias características. Esos anillos de Saturno son espléndidos. No hay otro planeta que tenga esa belleza. ¿Qué decir de Marte, el llamado Planeta Rojo? ¿Qué decir de la cara cacariza de la luna con su imagen de conejo? Todo en el universo es diferente, auténtico. ¿Por qué, entonces, Dios mío, en este Neo liberalismo, los terrícolas insisten en ser parejitos como robots? ¿En qué momento se nos subió el complejo y, como el diablo de los cuentos infantiles, nos susurró la idea de que lo de afuera es mejor que lo nuestro?
El otro día caminé por una calle donde recién inauguraron un restaurante. No sé la calidad del servicio. Yo espero que sea de una atención digna, como sí la ofrecen en el “Ta’Bonitío”. No sé de la calidad de su comida y del servicio que ofrecen, pero sí aplaudo, con gran emoción, el nombre con que lo bautizaron: “Restaurante El Kanip”, que un amigo me explicó es el nombre tojolabal con que se designa a la flor de calabaza. ¿A poco no es una belleza de nombre? Oí cómo suena: ¡Kanip! ¡Ah!, se antoja llegar, sentarse debajo de la sombra de un árbol y pedir una quesadilla de kanip.
Sé, me han contado, que en el “Ta’Bonitío”, ofrecen chinculguajes gourmet. Es un lugar de categoría que no tuvo necesidad de importar algún nombre con ascendiente francés. Este restaurante es, digo yo, ejemplo de cómo puede prestigiarse la cultura local. Acá no hay complejo, al contrario ¡hay orgullo por lo nuestro!
Lo mismo sucede con los nombres de los equipos de fútbol. Ahora, ¡Dios mío!, hay una tendencia maligna a nombrar a los equipos locales con nombres de equipos europeos. Hay (de verdad) un equipo que se llama Barcelona y otro que se llama Real Madrid (¡ay!, qué nostalgia con aquel Real San Sebastián).
¿Un equipo de estas zonas se llama Real Madrid? ¡Cómo, en el nombre de Dios, si ahí juega el Tiuca y el Cheves, este último un jugador timboncito que acostumbra reventarse dos caguamas al final del partido, gane o pierda su equipo! Por más que le busqué (y mi prima Amanda hizo lo mismo, con gran emoción) no encontré a Cristiano Ronaldo enredado por ahí.
Perdón, Mariana, somos acomplejados, nos da pena enseñar con orgullo lo nuestro. No reconocemos que la originalidad es elemento fundamental de la identidad y la identidad es la que constituye la diversidad del mundo. Y digo que somos acomplejados porque, la mera verdad, no hay un solo equipo en España que se llame “Los cositías”; es decir, ellos se enorgullecen de lo suyo y exportan su cultura. Y ahí andamos nosotros vistiendo playeras del Barcelona y del Real Madrid, con un orgullo como si fuésemos españoles de cepa. ¡Padre eterno! En lugar de vestir playeras con la palomita de “Nike”, bien podríamos portar esas playeras tan bonitas que tienen palabras nuestras, como “Cositía de corazón” o “¡Qué fiero tu modo, vos!”.
¡Qué pena! Seguimos cambiando el oro por espejitos jodidos.
Me da gusto caminar por el barrio de San Sebastián y hallar el letrero de “Paletas Estelita”, empresa ciento por ciento comiteca y que produce las riquísimas paletas de chimbo. ¡Ah!, qué ricura. ¿Qué tienen que hacer los helados Holanda ante esas nieves de cacahuate? ¡Nada! Helados Holanda hay en todo el mundo, pero las paletas Estelita sólo las produce este hermoso pueblo. Digo que me da gusto caminar por el barrio de San Sebastián y me emociona hallar el restaurante “Sabores de Comitán”, donde preparan panes compuestos, chalupas y huesos estilo Tío Jul. ¿Mirás qué belleza de palabras y de sabores? Ahí está nuestra identidad. Gente de todo el mundo se acerca a estos negocios y disfruta de nuestros sabores, de nuestros aromas, de nuestros modismos, de nuestro lenguaje, de nuestro modo de ser, en tres palabras: ¡de nuestra cultura!
El otro día, en el programa “Crónicas de Adobe”, de Radio IMER-Comitán, el maestro Temo Alcázar dio la receta de los panes compuestos que preparaba tío Tavo, el famoso creador de las macharnudas. Los comitecos podemos vivir, perfectamente sin coca cola y sin hamburguesas, pero no podemos vivir sin panes compuestos y sin atol de granillo. Esto somos y deberíamos bulbuluquearlo por todas partes del mundo con gran orgullo, pero todo el ánimo se desinfla cuando nos topamos con nombres ingleses o franceses (los nombres de caché).

Posdata: No soy experto en gastronomía, pero el otro día se me ocurrió preparar un chinculguaj gourmet que lo nombré “Chinculguaj a la Mariana”, en tu honor. Paso copia acá de la receta para que los restaurantes de categoría los incluyan en su menú. No deben pagarme regalías, bastará ver tu nombre en el menú para darme por bien servido. Caliente un chinculguaj en el sartén, llévelo al plato, riéguelo generosamente con miel pura de abeja y espolvoree pepita molida. ¡Ah, bocatto di cardinale! La mezcla de sabores dulces con lo salado hacen de esta propuesta algo que, en serio, no lo comen ni en el Maxim’s, de París.

viernes, 13 de mayo de 2016

LA LIANA DE CRISTAL 2016




El Honorable Consejo de La Selva se reunió. Desde una noche antes, el León mandó a instalar la tienda donde se llevaría a cabo la reunión especial. El punto único a tratar era la creación y concesión del premio: “La liana de cristal”, máxima presea que el Consejo entregaría al animal más destacado del año.
Cuando el conejo, secretario de actas, leyó la relación para el pase de lista y se comprobó que los doce integrantes del Consejo estaban presentes, la serpiente movió su cascabel varias veces y el conejo declaró que había quorum.
El león, con su voz de trueno emitió un sordo rugido, carraspeó, se puso en dos patas y dijo que la patria de la selva se enorgullecía por la decisión que estaban a punto de tomar, porque, sin duda, y volvió a rugir, todos los integrantes estaban de acuerdo en crear La liana de cristal, ¿verdad? Los once animales reunidos en torno a la mesa levantaron la pata delantera izquierda manifestando con ello su total acuerdo. El león continuó expresando que era un honor ser recipiendario de la primera presea, porque, sin duda, que los once integrantes del Consejo estaban de acuerdo en que él, y sólo él, era merecedor de tal reconocimiento, ¿verdad? Los once integrantes manifestaron su acuerdo levantando la pata delantera izquierda.
El búho, que, por obvias razones, no había sido llamado por el león para integrar el Consejo levantó el ala y, disculpándose, preguntó por qué ningún pájaro estaba representado en ese tribunal. El león rugió, carraspeó y dijo que el secretario daría respuesta a la interrogante. El conejo se quitó los lentes, movió la cola como si fuese una mota salpicando de pintura un cuadro, y dijo, con su vocecita de animal asustado: “Los pájaros no están incluidos porque ellos vuelan”. Todos los integrantes del Consejo aplaudieron hasta rabiar, lo hicieron, como ya se dijo, con tanta pasión, que el perro (concejal número siete) se fue a echar en una esquina, porque intuyó que le había dado rabia.
El búho, disculpándose de nuevo, preguntó: “¿Está prohibido, acaso, el vuelo?”. El conejo ya no esperó que el león le hiciera una indicación, sin respirar dijo: “No es eso, lo que sucede es que, según el acuerdo número treinta y dos, los integrantes del Consejo manifestarán su aprobación levantando la pata delantera izquierda y los pájaros, usted lo sabe muy bien, compañero búho, tienen alas y las alas no están contempladas en el reglamento”.
El elefante movió una oreja y pidió la palabra. El conejo la concedió. “¿Por qué, dijo el elefante, no está contemplado ningún paquidermo en el Consejo? Nosotros sí tenemos patas delanteras izquierdas”, y para que no quedara ninguna duda, el elefante se paró, levantó su pata y la dejó caer sobre la mesa de debates. Ésta se deshizo como polvorón y los doce integrantes del Consejo quedaron despatarrados sobre el piso. A la hora que el elefante levantó su pata para volver a su posición inicial quedó sobre la cabeza del león, que era como una canica ante la rotundez de la pata del paquidermo. El elefante dijo: “¿Pueden volver a votar por el animal que recibirá el premio este año?”. El león carraspeó, quiso rugir pero no pudo y a la hora de querer hablar no le salió la voz. El conejo, entonces, preguntó: “¿Hay alguien en la asamblea que esté en desacuerdo con la votación emitida y quiera proponer otro candidato?” La zarigüeya se paró y con su vocecita de niña de kínder dijo: “Yo propongo que la Liana de cristal se entregue al compañero elefante”.
“Sí, sí”, dijo el león que ya parecía haberle vuelto el don del habla. Los demás integrantes del Consejo, sin levantar las patas izquierdas delanteras, porque las tenían atrapadas en los escombros de la mesa, dijeron sí, sí, que sea el elefante. El conejo limpió sus lentes y, como si leyera un acta, dijo: “Se levanta el acuerdo de que el elefante sea declarado el animal del año y le sea concedido la Liana de cristal 2016”. Todos aplaudieron.
El búho vio que el elefante aún tenía la pata levantada sobre la cabeza del león, así que aprovechó a solicitar que en el Consejo se incluyera a diez animales con alas. Sí, sí, dijeron todos y se asentó en el acta. La zarigüeya aprovechó la euforia y dijo: “Y que se declare animal del año a mi mamá y que la liana de cristal 2017 le sea concedida a ella”. Sí, sí, dijeron todos y aplaudieron y se consignó en el acta.
El conejo, entonces, se paró, se quitó algunas astillas que tenía en su cabeza y dijo: “No habiendo otro asunto que tratar, se levanta la sesión”.

miércoles, 11 de mayo de 2016

UNO DE LOS GUARDIANES DE COMITÁN




Un libro de cuentos de Carson McCullers se llama “¿Quién ha visto el viento?”. Los lectores de Rosario Castellanos recuerdan cómo la niña protagonista de “Balún-Canán” llega con la nana y le dice que conoció el viento y la nana le recuerda que el viento es uno de los guardianes de Comitán.
El otro día, en casa de mi sobrina Paulina, aventé la pregunta, como si fuese confeti. Lo hice ante un grupo de cinco niños que estaba ocupado en hacer cajitas de papel. Mi prima Martha los guiaba. En el piso estaban regados papeles de colores, pegamento, tijeras, broches, plumones, gomas de borrar. ¡Era como un patio de preescolar! Los niños estaban fascinados. Yo los veía desde el corredor, estaba sentado en una mecedora (como clásico viejito) y tomaba un té de limón que preparó mi tía Martha (a quien llamamos Martha uno, porque mi prima es Martha dos. Paulina dice que qué bueno que no se llamó Martha, porque sería la tres).
Tal vez eran las cinco de la tarde. No sé. Vi, en el pretil de una ventana un pájaro que se paró (una de esas aves que llamamos chinitas). Me pregunté: ¿a qué hora es la hora en que más pájaros sobrevuelan nuestros cielos?, porque (no sé bien) creo que no todo el día está el mismo tráfico aéreo. En realidad he visto más chinitas por las mañanas que por las tardes. Entonces pensé en la pregunta de la McCullers: ¿Quién ha visto el viento? ¡Rosario!, sin duda. De chiquitía se paró frente a él, en el barrio de Nicalococ, y dejó que el viento la acariciara, la azotara con su mano que, en lugar de dedos, tiene flores.
¡No! Reculo en lo dicho. Rosario no vio el viento. Rosario sintió el viento y a través de esta sensación dijo que había conocido el viento, pero, en realidad, ¿quién ha visto el viento? La gente no lo ve. A veces en Comitán, como en cualquier lugar del mundo, el viento es como un potro que levanta hojas secas, llena los patios con basura, hace borlote en las oficinas y tira los papeles o levanta láminas de zinc de los techos de las casas cuando anda un poco encabronado. El viento, a veces, se trepa en remolinos y se convierte en una culebra (¡culebra de viento!) y hace más desmadre, porque, a veces, el viento es como un viejo borracho que abre las puertas de una patada y busca a una madre o a los hijos para darles de golpes y empujarlos contra los armarios. ¿Vemos el viento? Parece que no. Lo sentimos, como si fuese una víbora refregándose en nuestro cuerpo, dejándonos su baba y su ponzoña, pero no lo vemos, ¡lo sentimos!
Los hombres y mujeres somos como ciegos ante la presencia del viento. Apenas lo tocamos. Pero no lo vemos, porque él es como el hombre invisible que se esconde a la vuelta de la esquina para, en el momento más inesperado, brincar y darnos el susto, porque, estarán de acuerdo, el viento es una presencia que aparece sin aviso. A veces camino por las calles de este enlajado Comitán y miro a mitad de la calle cómo se forma un pequeño remolino y levanta polvo y hojas, como si fuese un brincolín va de un lado para otro y yo cierro los ojos. ¡Claro!, ¿cómo voy a ver el viento, si cierro los ojos cada vez que él aparece? Cuando comienza a dejar su condición de invisibilidad ¡yo cierro los ojos! Debo hacerlo, de lo contrario la basura entra a mis ojos y debo consultar con el oftalmólogo. Tal vez me convenga usar de esos lentes que emplean los nadadores, para proteger la vista y poder ver en todo su esplendor el viento.
¿Qué forma tiene el viento? No tiene forma dijo una de las amiguitas de mi sobrina. Ella se puso de pie, como si estuviera en el salón de clases, y dijo que el viento es como un globo, pero no tiene la forma de globo. Otro niño, el de los ojos de rendija y cabello chino, dijo que su papá dice que el viento es como un potro, pero no supo decir de qué color es. El viento no tiene color, dijo otra niña, la de cabello rojo, sin levantar la vista, pero luego agregó: “tiene el color del cielo más allá del cielo”.
Paulina, ya cuando sus amigos se habían ido, se acercó a la mecedora, puso un pie sobre una de las patas, me meció y dijo: “Tío, ¿no será que el viento, como el amor, es ciego?”. Vaya, pensé, ya le dio la vuelta. Yo creía que los ciegos éramos los otros. Pero, pensé en lo que Pau dijo y tal vez tiene razón, por eso el viento se tropieza, porque anda tentaleando, y tira todas las cosas del cuarto.
¿Las chinitas sí ven el viento?

martes, 10 de mayo de 2016

PARA UNIR




Mariana dice que me porté como un patán (lo dijo con otra palabra). Por eso, le dije, siempre pido a Dios que me ignoren, que nadie me obsequie algo. Nunca aprendí a ser agradecido. Sólo le pido a Dios que él me bendiga, pero Mariana dice que, a veces, los dones de Dios llegan a través de los otros. Sí, lo entiendo, pero me cuesta mucho trabajo aceptarlo.
Agradezco cuando un amigo va a Francia y no me trae algún recuerdo. Ya dije que sólo me da gusto recibir libros. Y, de preferencia, que el libro obsequiado sea a la manera en que un amigo lo hizo una vez: pasó a dejarlo debajo de mi puerta de calle. Cuando entré a mi casa encontré el libro y fue como si, a mitad de la noche, viera un enjambre de luciérnagas.
Mi comadre Rosita se acercó y, sonriente, extendió su brazo y me dio un separador para libros. No, le dije, no debiste molestarte, pero a la par de lo que decía rechazaba su obsequio. Ella titubeó, sonrió, porque pensó que yo bromeaba, pero yo no bromeaba (Dios mío, perdóname). Le regresé su separador y le dije que no podía aceptarlo. Al ver que yo hablaba en serio ella se sonrojó y no supo qué hacer. Cuando me di cuenta que yo también iba a entrar a la etapa del arrepentimiento y no sabría qué hacer, me despedí, alargué mi mano, pero ella, ya instalada en el coraje después del estupor, no me hizo caso alguno y se dio la vuelta, muy indignada. Yo pensé que eso le serviría de lección, para que, de acá en adelante, siga el consejo que dice que: No tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre. De acá en adelante debe evitar todos los compadrazgos posibles.
¿Un separador de libros? Rosita ¿habrá reflexionado en el simbolismo de tal concepto? Sé, no soy tonto (soy un grosero, sí, pero tonto no), que ella me lo ofreció con todo su corazón, que lo hizo con la mejor de las intenciones, pero ¿cómo regalar un separador para libros, a alguien que ama los libros? ¿Separador? ¡Dios mío, no!
Una vez, hace muchos años, una muchacha, a quien yo no le disgustaba, me obsequió un separador que ella, con sus manitas, había hecho. Le había dibujado caritas de animales y lo había personalizado, pues tenía mi nombre y mis apellidos, así como un corazón bien colorado, bien coloreado. Durante un tiempo lo llevé en el libro que leía en ese momento, hasta que un día sucedió lo que le sucede a la mayoría de esos chunches, ¡se cayó y se extravió! (Los separadores que obsequia la Librería Gandhi tienen una lengüeta para que se traben en las hojas y, en lo posible, ahí se detengan. Los separadores de Gandhi ya son el colmo: además de separar, ¡sacan la lengua!). Yo, como si fuese el culpable, le expliqué a mi muchacha lo que había sucedido y ella quedó de reponérmelo. Antes de que lo hiciera, otro amigo me obsequió un libro que, ¡oh, maravilla!, traía integrado una cinta que servía para indicar en dónde había quedado la lectura. Se me hizo el invento del siglo. ¿Quién necesitaba separadores cuando el libro traía integrado ese chunche que no se caía ni se extraviaba? Es decir, este libro, en lugar de un separador poseía un integrador. En lo dicho: ¡el invento del siglo!
Así que cuando mi muchacha, muy sonriente, tan sonriente como mi comadre Rosita, me llamó por aparte y se puso las dos manos detrás para que todo fuera como una sorpresa, yo la sorprendí antes pues le enseñé el libro con la cinta integrada de color verde. ¡Patán!, me dijo ella (me lo dijo con otra palabra) y desde entonces nunca volvió a hablarme.
Tiempo después comprendí que sólo algunos libros traen integrado ese listón maravilloso. Esto, tan elemental, me obligó a descubrir algo que tiene cientos de años de haber sido descubierto: cuando un lector desea dejar una marca que le recuerde en dónde dejó la lectura, basta con doblar la esquina superior de la hoja. ¡Este sí fue el descubrimiento del siglo! ¿Quién necesita aditamentos estorbosos como esos chunches que se llaman separadores?
¿Separadores? Por el amor de Dios. Lo que nuestra humanidad necesita es ¡unificadores!
Quien regala separadores para libros, ¿piensa realmente en el simbolismo del acto?
Soy un grosero, pero a veces necesito dejar muy en claro lo que pienso. A veces nos parece un comportamiento grosero el hecho de que un manifestante, a mitad del zócalo, grite, con el puño en alto, que el gobernante es un tonto, pero es necesario hacerlo para dejar en claro que el gobernante es un patán (bueno, a veces lo dicen con otra palabra).
A veces, qué pena, suena grosero que alguien diga que un separador es el obsequio más insultante que alguien puede hacer a un amante de los libros.

lunes, 9 de mayo de 2016

ELOGIO PARA MI PATY




Mi Paty es muy mujer, pero es el hombre de la casa. Casi como si pensara como su tocaya Paty, ex mujer de Mario Vargas Llosa, dice que yo sólo sirvo para escribir frente a la computadora o para leer, despatarrado en una silla (¡ah!, qué diera por hacerlo en una hamaca. Me refiero a la lectura). Sí, soy un inútil para las cosas prácticas.
Ante tal perspectiva, a ella no le ha quedado más que asumir el control de la casa. Me cuentan que hay hogares donde el hombre de la casa es el hombre y éste es quien se encarga de matar los ratones, mientras la esposa, trepada en una silla, grita como se ve en las caricaturas. En mi casa no sucede así, cuando aparece un ratón, mi Paty es quien toma la escoba y le da al roedor como si fuese piñata en posada.
Me cuentan que en las demás casas cuando existe una fuga de agua el hombre es quien hace los arreglos. En mi casa no es así. Yo, ¡por el amor de Dios!, ¿qué sé de arandelas y de manijas?
No me comparo a Paz, ¡Dios me libre!, pero siempre pongo el ejemplo del día en que Octavio manejaba y su auto se detuvo a media carretera. ¿De qué le sirvió a don Octavio ser Premio Nobel de Literatura? Tal vez después hizo un soneto bellísimo de la experiencia, pero en ese instante fue el hombre más inútil del mundo, porque tuvo que esperar que pasara algún experto en mecánica, quien reconoció al célebre personaje, se orilló y le echó la mano al eminente escritor. ¡Ah, qué espléndido don Octavio! ¡Le dio un autógrafo a su salvador! Pobre Paz, no supo que el valioso era el otro y no él.
Yo, cada vez que me subo a mi auto, le pido a Dios que, además de librarme de los abusivos que manejan a tontas y a locas, permita que mi carrito no se descomponga. Que si tiene que descomponerse lo haga en el garaje de mi casa. Como mi carro ya no se cuece a la primera vuelta de autódromo, en ocasiones reiteradas se resiste a andar. Cuando meto la llave y no funciona no me inquieto, salgo a la calle, tomo un taxi o me subo a un colectivo y ¡asunto arreglado!
El otro día entré al baño a orinar y cuando quise bajar la palanca de la taza mi mano se fue hasta abajo. ¡Dios mío, qué pasó! ¿Se había acabado el agua? ¡Paty, Paty!, grité, casi como si un ratón estuviese en el baño. Ella llegó, le platiqué el suceso, quitó la tapa del depósito (que estaba lleno de agua) y con su dedo índice señaló la causa del desperfecto: el chunche que acciona la palanca estaba roto. Ella, de manera manual, accionó el mecanismo y el agua corrió. A mí se me hizo un acto sensacional, prodigioso, casi casi como si mi Paty fuese la descubridora del Principio de Arquímedes. Al día siguiente entré al baño, hice lo que tenía qué hacer y al accionar la palanca ¡todo funcionó de maravilla! Ella lo había solucionado. Como si fuese MacGiver, que fue famoso en la serie televisiva de los años ochenta, mi Paty, con tornillos y con alambres, soluciona los desperfectos de la casa. Claro, hay cosas que ella no puede solucionar, no por voluntad, sino por falta de tiempo (ella borda, hace cajitas de cartón, estudia guitarra, toma coca cola y, por temporadas, come dulces en popote). Ya lo dije, si el auto se avería tengo que acudir con el maestro Jorge para que encuentre el remedio. Pero, si hay necesidad de cambiar un foco o de colocar un clavo en la pared, mi Paty lo hace. Yo, al estilo clásico, para cambiar un foco, en lugar de darle vueltas a la bombilla, soy quien da vueltas.
Mi Paty es muy mujer, siempre lo ha sido. Pero, también, es el hombre de la casa. Su carácter está sustentado en sus gustos cinematográficos. Yo no desdeño una comedia bobalicona hollywoodense, donde lloro como dicen lloró Magdalena; ella ¡no! Ella siempre elige películas de acción. Es feliz cuando, en la película, hay muchas carreras de autos, choques, volteretas, sangre y mil peleas.
Si alguien (como sucedió el otro día) con su camioneta nos alcanza (leve, gracias a Dios) y nos da un empujoncito, yo veo por el espejo retrovisor y levanto las manos y digo que no pasó más; ella se voltea e insulta al chofer tonto. Yo le recuerdo que los códigos de sobrevivencia sugieren no alterarse, porque nunca se sabe quién es el tipo que conduce el auto agresor. Le pregunto qué pasaría si el tipo resulta ser integrante de una Organización. ¡Le parto su madre!, dice ella, y yo pido a Dios que ya se ponga el verde para que el percance se diluya, y, como Dios es buena gente conmigo, hace que el semáforo cambie y yo pongo primera y avanzo. Sonrío y pienso que el tipo tonto se salvó, porque, si tardamos un minuto más, mi Paty se baja y ¡le parte su madre!

sábado, 7 de mayo de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE SILLAS Y DE SILLONES




Querida Mariana: Jorge pregunta quién ocupará la silla que el escritor Laco Zepeda dejó vacía. Le digo a Jorge que está equivocado. Cuando muere un escritor nadie más ocupa el lugar. Esto sucede en la política y en la monarquía. Cuando un gobernador deja el puesto otro llega y se sienta; lo mismo sucederá cuando fallezca la Reina de Inglaterra. Ahora, qué pena, la política a la mexicana se asemeja a la monarquía y muchos gobernantes se abrogan el derecho de heredar sus sillas. ¡Bonita democracia tenemos!
Jorge insiste. Dice que si no me he dado cuenta de que hay un movimiento para cubrir el lugar de Laco. ¿No he visto que un grupo pretende colocar a Javier Espinosa Mandujano en ese sitial de honor? Bueno, digo, sé que el crítico Ricardo Cuéllar Valencia ha dicho que don Javier es, por ahora, el mejor novelista de Chiapas. ¿De verdad es así? No sé qué opinan de esto los lectores de la obra de José Martínez Torres, por ejemplo. No sé qué dicen los fans de Héctor Cortés Mandujano. ¿Qué opinan los jóvenes lectores de la obra de Nadia Villafuerte? ¿En dónde queda la obra de Luis Rincón? ¿En dónde los libros de Heberto Morales Constantino? ¿Dónde la obra de Jesús Morales Bermúdez?
En alguna ocasión, Miguel Ángel Godínez comentó que la literatura en Chiapas está conformada no sólo por las catedrales sino también por los pequeños santuarios que, en ocasiones, poseen hermosos retablos. Opino igual que Miguel Ángel: cada escritor tiene un lugar y nadie puede apropiarse de ese título imaginario e irreal que se llama “El mejor novelista de Chiapas”. Así como (perdón) el título de “El mejor poeta de Chiapas” no le corresponde a Sabines, aun cuando ha existido un intento gubernamental por meterlo con calzador. ¡Como si la creación pudiese celebrarse por decreto!
Don Laco camina ya por otras sendas, pero eso no significa que su lugar haya quedado vacío. Al contrario, los creadores son tan grandes (cuando lo son) que jamás abandonan su sitial de honor. En ocasiones, la muerte los revaloriza. Existen cientos de ejemplos de creadores que lograron ser reconocidos después de muertos (es una pena, pero así es). Basta mencionar el sobadísimo ejemplo de Vincent Van Gogh, quien en vida no tuvo el reconocimiento brutal y espectacular que tiene su obra hoy en día, no sólo en el plano artístico sino también en el plano económico.
El otro día leí la novela “Soledad que viene”, de Javier Espinosa Mandujano, y, al final, pensé que es buen escritor. Lo que narra lo narra bien. Espinosa Mandujano ya tiene su sitial de honor en el parnaso de la creación chiapaneca, pero bautizarlo como el mejor novelista de Chiapas es un exceso. Como es un exceso creer que Sabines es el mejor poeta de esta tierra. ¿Sabines o Rosario Castellanos? ¿Sabines o Efraín Bartolomé? ¿Sabines o Joaquín Vázquez Aguilar? ¡No, no! Los poetas no son contendientes de box.
Creo que nadie puede abrogarse el título de El Mejor. Cada uno tiene un sitio especial, porque la creación es un elemento subjetivo. Varias personas han explicado la subjetividad de los concursos de poesía o de narrativa. ¿Con qué criterio se determina que tal obra poética es mejor que la otra? Es labor imposible. En las pruebas de cuatro por cien metros de relevos no hay duda: gana el equipo que cruza la meta en primer lugar; pero, ¿qué sucede con la competencia de clavados, por ejemplo, donde los integrantes del jurado deben determinar la precisión de un clavado que se ejecuta en cuestión de segundos? Si en este último ejemplo vemos la subjetividad presente, con mayor razón aparece en los concursos de arte.
Archibaldo fue mi compañero en la Facultad de Ingeniería, en la UNAM. Él era de Guanajuato y soñaba con ser escritor. Un día me dijo que era un tonto, porque, en lugar de estudiar Ingeniería, debía estudiar Letras; pero, un segundo después, me dijo que Jorge Ibargüengoitia había estudiado ingeniería y luego se había convertido en el gran escritor que era. Yo, dijo, seré como Jorge. Ese mismo día, a la hora que íbamos en el autobús, sobre la Avenida Insurgentes, me dijo: “¡Mira, mira, así debía ser la vida!”. Yo miré lo que señalaba con su dedo índice, pero no alcancé a ver qué era lo que quería decirme. Volteó y señaló un edificio de diez niveles que dejábamos atrás. Preguntó si no sería bonito que todos los que soñaban con ser escritores vivieran en un edificio similar. ¿Lo imaginas?, dijo. ¿Imaginas que yo viviera en el diez y Martha en el catorce? ¿Qué Martha?, pregunté. Martha, mi prima de León, que también sueña con ser escritora. Y así con todos los demás aspirantes a ser escritores o poetas.
Y como si soñara dijo que compraría un proyector y exhibiría películas de arte. Y dijo que todo México sabría que ahí vivían los poetas y escritores que darían lustre al país. Cuando alguno de ellos publicara su primer libro harían una fiesta en el salón y contratarían a un grupo de rock para que amenizara el festejo. O si el libro publicado fuese el de Armando tendría que ser banda, porque él era de Oaxaca y beberían mezcal.
Cuando llegamos a la Glorieta Insurgentes pareció desinflarse y volvió a tocar tierra. Se quedó callado, viendo hacia la calle donde caía una lluvia ligera. Pero no, dijo, la vida no es así. Ahora tú te bajas y yo me sigo hasta Tlatelolco.
A veces pienso en la idea de Archibaldo. ¿Funcionaría un edificio llamado Chiapas en donde vivieran todos los aspirantes a ser poetas y narradores? ¿Soportarían esa vecindad los incipientes egos? Se sabe que los autores consagrados se creen seres especiales. Jorge dice que no sería posible. Me dijo que imaginara un edificio donde hubiesen sido vecinos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Seguro que cada dos o tres mañanas se toparían y Mario volvería a soltarle un moquetazo a Gabriel.
¿Quién ocupa ahora el lugar de Sabines? ¡Nadie más que él! ¿Quién asumirá la silla de Laco? ¡Nadie puede robarle el lugar de privilegio que su obra le destinó! ¿Quién puede llamarse “La mejor poeta de Chiapas”? Nadie. Falso que sea Rosario. Falso. ¿Quién “El Mejor novelista de Chiapas”? ¡Nadie!
La creación es muy subjetiva. Tanto en su concepción como en su propuesta. También es muy subjetivo el gusto de los lectores. No a todo mundo le gusta Sabines, como no a todo mundo le gusta la poesía de Óscar Wong o la de Marirrós Bonifaz o la de Fernando Trejo o la de Óscar Oliva. Pero sí hay miles de lectores que aman la obra de Sabines; y muchísimos lectores que encuentran sendas luminosas en la obra de Wong o en la de Fernando Trejo; así como muchos creen que la obra de Marirrós o la de Óscar Oliva son de una excelencia sin igual.
Sé que el Premio Nobel de Literatura encumbra a un escritor cada año, sólo para ser desplazado al año siguiente por el nuevo ungido. Pero esto sucede en la monarquía de las letras; en la democracia de la literatura cada escritor y poeta tiene su propio nicho, su propia torre de cristal. En nichos especiales están todos los nombres y hasta ahí acuden los lectores, no en busca de egos humanos, sino en busca de obra literaria.
¿Quién ha sido el mejor escritor mexicano? ¿Juan Rulfo? Archibaldo consideraba que el mejor escritor mexicano de todos los tiempos era Jorge Ibargüengoitia, y Amalia cree que el mejor escritor de todos los tiempos, a nivel mundial, es escritora. Amalia dice que el título de la mejor escritora corresponde a Carson McCullers, escritora norteamericana que nunca obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Pero esto es lo que opinan Archibaldo y Amalia. ¿Qué opinan los millones y millones de lectores, quienes, sin duda, tienen a sus favoritos de cabecera?
Me gustó la obra de Espinosa Mandujano, así como disfruto leer las novelas de Heberto Morales o las novelas de José Martínez Torres. Si alguien me forzara a decir quién de los tres es mejor lo enviaría a ver si ya puso la cocha, porque no podría elegir a alguien por encima del otro. Los tres (sólo como un ejemplo) son fundamentales para la historia de la narrativa chiapaneca.

Posdata: Estuve cinco años en la Facultad de Ingeniería, pero no logré terminar la carrera. Una tarde abandoné la UNAM y me inscribí en la Facultad de Arquitectura, de la Universidad del Valle de México, en el plantel Roma. Le perdí la pista a Archibaldo. A veces busco en el Internet su nombre, lo relaciono con su estado natal, pero hasta la fecha no he logrado dar con él. No sé si logró su sueño de ser escritor. Tal vez él sí logró titularse como ingeniero y ahora es un gran científico y lee mucho, relee la obra de Ibargüengoitia. Yo también releo, con gusto, a Jorge.