lunes, 2 de mayo de 2016

DÍA DEL DÍA




La Asociación de Pachoncitos quiso entregarme la medalla de oro por la mejor idea, pero no acepté el honor. No acepté la medalla porque es visible que dicha idea no tiene nada de novedoso.
Medio mundo ha dicho ya que existen Días que festejan casi todo; pero, asimismo, el otro medio mundo se queja de que no hay Días para todo.
Los primeros se quejan de que hay Día del Taco, Día del estudiante, Día del Maestro, del Padre, de la Madre, de la Tierra, del Agua, del Libro, del Medio Ambiente, de la Mujer, del Compadre, del Abuelo, de la Amante, de la Sororidad (que quién sabe qué significa), de la Guerra y de la Paz (y no se sabe si es para festejo de la obra de León Tolstói o es una ironía fina del preludio de la Tercera Guerra, porque no ha existido jamás una Primera Paz) o el Día de los Muertos. En fin, en México celebramos el Día del Meñique Chueco y el Día de Las Picaditas (que, dicen los expertos, inició como un festejo para esa delicia culinaria que preparan en los fogones instalados sobre las banquetas y derivó en un festejo que exige la renta de un cuarto de motel). Festejos para todo.
Los segundos se quejan de que no existe, por ejemplo, el Día del Hombre. Faltan muchos días. Los exagerados dicen que ya es hora de implementar el Día del Día o el Día de la Fiaca o el Día del Tequila (en Comitán, hay un grupo que impulsa el Día del Comiteco, pero muchos insisten en que se puede confundir con el gentilicio y lo que se quiere celebrar es la bebida alcohólica llamada así). Hay gente que llega a excesos tales como sugerir que, si existe un Día de Los Muertos, que se decrete el Día de los Vivos y que se celebre el último viernes del mes de abril, para que el día siguiente (como si fuese puente programado), se celebre el Día de Los Vivos. Tampoco falta el intelectual snob que propone se celebre el Día de La Letra (aunque el contador, también snob, pregunta si está incluida la letra de cambio).
Más que del primer grupo me asumo como integrante del segundo grupo, así que una mañana me desperté con la idea de buscar al diputado de mi distrito para que, en el Congreso, lance la idea de decretar el Día de los Hombres Pachoncitos.
Ante el desmedido ataque publicitario, en televisión y revistas, que hace apología de los hombres que tienen estómago de lavadero y brazos y muslos llenos de bolas sin grasa, es necesario que se revalore la idea del pachoncito (léase bien, ¡pachoncito!, no obeso). Los pachoncitos no entran en la estadística de aquéllos que comen hamburguesas y chalupas poblanas sin medida y cuyos estómagos parecen tanques de gasolina de camionetas todo camino. No, los pachoncitos son aquéllos que, en lugar de acumular agua como los dromedarios, acumulan un tantito de grasa como previsión para los tiempos de vacas flacas; no acuden a gimnasios a levantar pesas y a hacer mil lagartijas, por lo que sus brazos son flácidos. Así pues, las parejas de los pachoncitos pueden recostarse a gusto sobre los abdómenes de ellos y disfrutar el juego de “Cuando compres carne no compres de aquí ni de aquí, ¡sólo de aquí!”. El cuerpo del pachoncito no tiene la dureza de los músculos entrenados de los asistentes al Gym, ni tienen el bofo de los asistentes consuetudinarios a las fondas donde mujeres gordas venden “gorditas”.
De acuerdo con las últimas estadísticas, la obesidad masculina comienza a puntear en las relaciones de tendencias corporales. Esto es así porque todo mundo habla de los obesos o de los cuerpos de Adonis. El imaginario colectivo está colocado en los dos extremos. Se ha olvidado mencionar que existe un grueso (perdón por incluir este término obeso) de la población que bien puede llamársele pachoncito o justo medio.
El lector, en este momento, estará brincando de coraje porque el Arenillero ha olvidado a los famélicos, pero, bueno, se trata de lanzar la iniciativa de un festejo. ¿Cómo recibiría el mundo la idea de que se celebre el Día del Muerto de Hambre? Tal vez algunos estarían a favor de la intención porque conllevaría una crítica severa ante lo que la hambruna provoca en el mundo por la voracidad de los asquerosos capitalistas; pero muchos otros pondrían cara de desagrado, porque la pobreza y la miseria, se sabe, no son para celebrarse. Al niño se le obsequia un carro o una pelota el Día del Niño; al anciano se le regala una papilla de manzana el Día del Adulto Mayor o el repuesto de una placa dental; pero ¿qué se le puede regalar a un hombre el Día del Muerto de Hambre?
La propuesta es que se instaure el Día del Pachoncito y se celebre con un gran acto en las plazas centrales de todos los pueblos y ciudades de México.
Sé que en este momento una lectora está furiosa porque no he incluido a las pachoncitas, pero debo decir que, por gustos personales, no me gustan las gordas ni las gimnastas ni las pachoncitas. No soporto verlas con sus blusitas por encima de sus ombligos mostrando una ligera cintura llena de grasa. ¡No! A mí me gustan las clásicas 90 – 60 – 90 que se divierten jugando el 69.
A propósito ¿Ya hay Día del 69? ¿No? Tal vez no sería mala idea implementarlo, también.

sábado, 30 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON NOSTALGIA DE SMOG



Con un abrazo respetuoso para la familia Escobar Trujillo,
por la ausencia física de mi amigo Paco Escobar



Querida Mariana: ¿Quién no ha escuchado el poema “Canto a Chiapas”? El otro día, en plática con Armando, asomó el nombre de Enoch Cancino Casahonda, autor del famoso poema. Estábamos en esas cuando Rodrigo se acercó y nos dio una ingrata noticia: “Paco Escobar acaba de morir”. Armando dijo que no podía creerlo. ¿Cómo Paquito estaba muerto? “Sí -dijo Rodrigo- no aguantó su corazón. Le dio un infarto”. Paco era relativamente joven. Por eso la noticia nos cayó como si alguien aventara un globo lleno de agua y se reventara frente a nosotros mojándonos los pies.
Yo tuve trato cercano con Paco. A pesar de que no fuimos amigos cercanos, él me distinguía con su amistad y yo le correspondía, porque lo conocí como un buen hombre. Fuimos compañeros de trabajo, durante tres años, cuando él se desempeñó como Secretario Municipal del Ayuntamiento de Comitán.
Antes de que Rodrigo nos diera la noticia, Armando me decía que don Enoch se había vaciado con el poema del “Canto a Chiapas”, porque no se le conocía otro poema famoso. Estuve de acuerdo con él, pero le dije que don Enoch había escrito muchos poemas, sencillos, pero bellos, y que si los lectores no conocían más de su obra es porque, ¡tenía razón!, su “Canto a Chiapas” fue su máximo poema; pero también se debía al desconocimiento del resto de su obra que ha sido poco difundida. Don Enoch era un verdadero poeta. Muchos historiadores sostienen que se equivocó cuando aceptó la invitación para ser presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez. Su nombre, que había sido un nombre inmarcesible, comenzó a llenarse de lodo. Don Enoch era un bohemio, le encantaba la tertulia, adoraba el instante en que la botella de trago se abría y convocaba a celebrar la vida. Cuentan que, en varias ocasiones, dejó su encargo de presidente para ir a echar traguito. ¡Claro! Él era un poeta, un poeta celebrado, celebradísimo, porque su Canto a Chiapas no sólo es declamado por los niños de las escuelas en los festivales de fin de curso, sino también por las personas mayores a la hora que se reúnen en la mesa. Ya te conté que nosotros (Quique, Jorge, Roge, Rodolfo, Miguel, César y yo), de vez en vez, a la hora que ya habíamos tomado la quinta copa en el departamento de la Ciudad de México, escuchábamos el poema de Enoch y llorábamos, en nuestra soledad compartida. En ese instante hubiésemos cambiado, con gusto, la estancia en la megalópolis por el pedacito de tierra llamado Comitán. ¡Nunca tan bien puesto el nombre para nombrar la nostalgia! Don Enoch nos legó un verdadero Canto a Chiapas, canto que celebra la vida.
En la Ciudad de México nos sentíamos solos. Por ello, tratábamos de unirnos. Los compas de Comitán que nos habíamos cruzado en alguna calle o en el parque y con los que no teníamos mayor trato, de pronto, allá se convertían como en nuestros aliados, como en el puente que nos hacía sentirnos cerca. Es proverbial el hecho de que cuando algún comiteco se encontraba con otro en la Plaza de la Universidad, por ejemplo, se escondía detrás de un poste y gritaba “¡Cotz!”, sólo para ver que el otro volteaba de inmediato, porque reconocía que ahí estaba un hilo que lo unía, temporalmente, con la tierra amada. Porque, ya lo he dicho en muchas ocasiones, toda la gente ama a sus pueblos de nacencia, pero los comitecos somos las personas que más amamos a nuestro lugar de origen. ¿Qué tiene esta tierra que nos ata de tal manera? Uf, no me alcanzarían mil cartas para nombrar todos sus dones y todas sus ingratitudes. Porque los comitecos somos tan querendones que, igual que los enamorados, hacemos caso omiso de los defectos de nuestra ciudad, que vaya que también los tiene por racimos.
Tengo algunos amigos y amigas que ahora viven en la Ciudad de México y dicen que dan gracias a Dios por vivir allá, lejos de nuestro pueblo chismoso y cabrón; dicen que allá nadie se mete con ellos, que viven en armonía, alejados de chismes y de cizañas, pero los veo con una nata en la mirada, la nata provocada por el smog, pero también por la nostalgia. En medio de su desaliento y rencor sigue brillando la brasa del amor a su pueblo Comitán. Extrañan los cielos, los verdes, las calles, los balcones, la comida, los paisajes de este pueblo; extrañan, incluso, a muchos de sus afectos. Ah, si no fuera por algunos cabroncetes ellos tuvieran otra imagen de este pueblo, pero, bueno, ya se sabe que pueblo chico ¡infierno grande! Pero nosotros, los que habitamos de día y de noche este pueblo sabemos que sus bendiciones suplen todas las carencias y por ello a este pueblo no lo cambiamos por otro. No hay París, Florencia, Nueva York que nos seduzca; no hay pastas italianas que nos conmuevan. Nosotros somos felices con nuestro parque de San Sebastián y sus paletas de chimbo; somos felices con nuestro parque central y su fuente “despeltrada”; somos felices con nuestro parque de Guadalupe y la imagen de su eterno vigilante: “El nene”. Vivimos en Comitán a gusto. Por eso nos enoja tanto cuando alguien quiere grafitear la pared de su espíritu. Nos molesta y nos entristece ver que el pájaro armonioso pierde su canto y se convierte en un zopilote desplumado. Por eso reconocemos el talento de Enoch y, como lo hace medio Chiapas, a la hora que tomamos la cerveza, acompañada por un taco de chicharrón de hebra con salsa verde molcajeteada, cantamos: “¡Chiapas! / He de volver a ti como un suspiro al viento, / como un recuerdo al alma. He de volver a ti / como el cordero fiel de la leyenda / para ser una nota, que perdida, / vague en la soledad de tus veredas.”
Tal vez no fue casualidad que el nombre de Paco Escobar se uniera al de Enoch Cancino Casahonda la mañana en que nos enteramos de su muerte. No lo fue, porque Paco, igual que Enoch, tuvo un sueño llamado Chiapas y, en la medida de su capacidad, luchó por hacer menos pedregoso el camino.
No fue casualidad porque, ante la desolación de la Ciudad de México, Paco, igual que muchos comitecos talentosos, se unieron en torno a lo que se llamaba Asociación de Estudiantes Comitecos Radicados en el Distrito Federal. Una tarde de éstas platicaremos más en extenso acerca de esta Asociación, de gratos recuerdos y de grandes realizaciones.
Digo que nos sentíamos solos en aquella inmensa ciudad. ¿Cómo convocar a “la manada”? Uniéndonos en espíritu, recurriendo a la cercanía del terruño. La Asociación era como la casa fuera de casa. Ella nos decía que, con todas nuestras diferencias ideológicas, había algo que nos unía: el carácter comiteco. Proveníamos del mismo árbol, éramos tiucas que volábamos libres por otro cielo y, en ese cielo lleno de smog (no tanto en esos tiempos), necesitábamos el cuidado de un ave mayor, esa ave no podía ser otra que nuestra madre, llamada Comitán.
Hoy ya no existe esa Asociación. No me preguntés por qué murió. Debe ser porque ahora los estudiantes comitecos ya no tienen como destino la Ciudad de México. En aquel entonces, los preparatorianos soñábamos con ingresar a la UNAM, al Poli; hoy, los muchachos estudian en Xalapa, en Puebla, en Guadalajara, en Tuxtla o en el propio Comitán. Pocos, muy pocos, sueñan con llegar a la Ciudad de México. Tal vez por eso, ahora la Asociación no es más que un recuerdo, como un recuerdo es la imagen de don Enoch en los Concursos de Oratoria que promovió la Asociación, con el genio director de Mario Uvence; como un recuerdo, ahora, es la presencia inconmovible de Paquito Escobar quien, sin duda, en alguna tertulia estuvo al lado de don Enoch, o frente a él, y escuchó que Tomás Yarrington o Polo Borrás o el gran Benjamín López declamó el Canto a Chiapas y cuando el declamador dijo los últimos versos: “… A esa bendita tierra, / que cual ella me hiciera: / con un alma de cruz / y de montaña.”, él se paró y dijo: “¡Salud, amigos del alma, salud!”.
La Asociación murió; don Enoch, hace rato, también murió; y una mañana de estas, cuando Armando y yo platicábamos, supimos que Paquito también había muerto, bajo este cielo de Chiapas. ¿Con qué nos quedamos? Con su recuerdo, con sus acciones, con las piedras con que construyeron cimientos.

Posdata: A Enoch la revolución poética no le ha hecho justicia. En Chiapas se encumbra de más, casi hasta el hartazgo, la figura de Sabines. Don Enoch fue un poeta y no sólo escribió esa obra sublime del Canto a Chiapas. ¿Qué pensás del siguiente poema de Enoch Cancino Casahonda, que se llama La fuga?: “He perdido un amor, / un familiar, / y el tiempo. / La vida es un continuo /andar perdiendo / lo que tuvimos / y lo que tenemos. / Es una bolsa rota / en que ponemos / las monedas, las llaves / y los sueños”.
Un poema sencillo, con aroma de juncia. “La vida es una bolsa rota”, por ahí, por ese huequito se nos fue Paco. ¡Salud, querido Paquito, salud!

viernes, 29 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UN REY




Querida Mariana: El jueves, Reynaldo Velázquez estuvo en Comitán. Vos sabés que él es un dibujante y escultor en madera, un gran artista figurativo. Un año del siglo pasado recibió el Premio Chiapas, en Arte. ¡Bien merecido!
¿Cómo le dicen a Reynaldo sus amigos? ¿Alguno, de manera afectuosa, lo nombra Rey?
Reynaldo vino a Comitán porque se presentó una exposición de su obra y un libro que, igual que la exposición, se llama “La piel despierta”.
En la mesa de honor, aparte de Marco Antonio Orozco Zuarth, quien, ya sabés, realiza una labor editorial fecunda en el Coneculta-Chiapas, estuvieron Julio Pimentel (quien leyó un texto iluminador y erudito que mostró los caminos que Reynaldo camina y abre en el arte), el propio Reynaldo, y Óscar Bonifaz (también Premio Chiapas), quien (ahora sí) leyó un texto en el más puro estilo Bonifaz. Y digo que ahora sí, porque cuando recibió el Premio Chiapas, en el Auditorio Belisario Domínguez, dijo que había escrito su discurso, pero que lo ignoraba porque la emoción del momento exigía la improvisación e improvisó y su discurso improvisado no tuvo la contundencia del texto que leyó la noche en que Reynaldo Velázquez estuvo en Comitán. Fue un texto muy disfrutable. Óscar comenzó diciendo que la presencia de Reynaldo en Comitán era fruto de un milagro, un milagro de San Caralampio, y luego comenzó a bordar un tapete con palabras, palabras medidas en una balanza, bien dichas. Como es característico en Óscar la anécdota brilló. Hubo un instante en que dejó el texto porque dijo que aunque Reynaldo se enojara contaría la anécdota de la tarde en que el artista plástico, en Tuxtla Gutiérrez, le propuso que fuera su modelo para una obra. ¿Modelo de un cuadro de Reynadol?, pensó Óscar, ¡ah!, eso era un privilegio, así que aceptó de inmediato. Reynaldo le dijo que Óscar debía posar completamente desnudo. ¿Ni la trusa? La respuesta fue al estilo Padre Naty. Óscar posó desnudo. Pero, se preguntó Óscar, ¿por qué Reynaldo lo había elegido como su modelo? Acá, el escritor dijo que probablemente el artista plástico no recordaba, pero le había dicho que tenía encargo de pintar un santo para una iglesia y los santos, ¿cómo decirlo?, no tenían cuerpos perfectos, sino un poco maltrechos. ¡Por eso! ¿Debo decirte que la audiencia disfrutó el texto de Óscar? Reynaldo también disfrutaba. Él, el artista que tanto arte ha generado con sus manos, las movía como si también ella rieran y fueran guajolotes en el sitio de la casa. Se notaba que estaba contento. San Caralampio, a decir de Óscar Bonifaz, le había hecho el milagro y él disfrutaba su estancia en Comitán. Marco Antonio Orozco comentó que la exposición “La piel despierta” se presentaba primero en Comitán, antes que en Tuxtla, la capital de Chiapas. Por algo será. Bueno, qué tonto me estoy viendo, ya lo dijo Óscar: ¡fue milagro de San Caralampio!
¿Mirás la foto que anexo? Son dos obras únicas. Así como te las envío pareciera que las une un puente, el puente de la genialidad. En primer plano está el pichito, que mueve las manos y las piernas, como si la vida, después de todo, fuera un juego; en el fondo aparece el hombre que levita, que pareciera estar recostado sobre una cama, pero donde la cama no se ve, porque el aire es el que ha tomado la forma de su cuerpo. Acá está la síntesis de la obra de Reynaldo y la síntesis de la esencia de la presencia del hombre en el universo. Ambos están boca arriba, porque del infinito somos. Al niño lo protege un capelo transparente; al hombre lo protege un manto negro que lo rodea por todos los costados, sin embargo está lleno de tonalidades rojas y amarillas, como si un sol lo tocara con sus manos y le dijera: ¡Levántate y anda!
Óscar Bonifaz dijo esa noche, en un texto lleno de juncia fresca, que las pinturas de Reynaldo hablan y si algún espectador no alcanza a oír es porque no sabe ver el arte.
Óscar terminó su participación con una de esas ocurrencias que tanto lo definen, pero antes confió un secreto, dijo que Reynaldo cuando crea escucha música clásica. Dicho esto, como si fuese un mago y todo mundo escuchara una sonata dedicada al silencio, abrió una bolsa de plástico y sacó una imagen pequeña de San Caralampio y se la entregó a Reynaldo, éste la recibió, sonrió y la sostuvo entre sus manos y jugó con ella, como si fuese el pichito de su escultura, como si cerrara los ojos y, de igual manera que el durmiente de su pintura, imaginara que hay santos que no tienen cuerpos tan torcidos como lo tuvo el modelo llamado Óscar que un día posó para el Rey.

miércoles, 27 de abril de 2016

TRANSFORMACIONES




Mariana dice que lo importante está detrás del muro. Esto es como la luna: sólo vemos un lado. Nos falta ver el lado oscuro de la luna. Acá, dice Mariana, lo que nos falta ver es ¡el lado luminoso de la pared!
Mariana dijo que yo me fijara bien. ¿A poco pensaba que estas matas crecían en el borde superior de la pared? ¿No, verdad? Mariana dice que estas plantas están sembradas en el sitio contiguo, ahí crecen, crecen hasta alcanzar el tamaño del muro y es, entonces, cuando se pasan al sitio de este lado. Empiezan de poco a poco. Primero sólo se les ve los dedos de las manos, como si fuesen niños jugando a encaramarse en una barda; luego ya asoman sus ojos (es el momento más riesgoso) y, posteriormente, suben sus piernas y, como si fuesen vaqueros, se montan sobre el borde superior. En ese momento ya están posesionados de ese espacio.
La gente de este lado cree que las plantas son inofensivas. Cuando algún amigo llega de visita, los anfitriones le enseñan al amigo la barda y le dicen que es un prodigio de la naturaleza y el amigo, con cara de sapo en medio de la lluvia, asiente y confirma su emoción. Sí, se ve tan bonita la parte superior del muro, porque es como una bendición.
Pero, ¿de veras es una bendición? Mariana dice que no. Ella afirma que estas plantas son como esas plantas carnívoras que existen en el Amazonas. Son plantas de una gran belleza y colorido. Los colores y formas bellas las usan para seducir a sus víctimas. Estas plantas trepadoras son igual de perversas.
En un cuento de Aquiles Hernández Vasconcelos, que se llama igual que el texto de Kafka: “Metamorfosis”, la protagonista, una muchacha llamada Anabel, le regala una planta carnívora a su novio, una planta de colores hermosísimos. Lo que el muchacho no sabe es que la planta es carnívora ¡en serio y no de mentiras!, por ello no tiene mayor cuidado a la hora que, a la mañana siguiente, le da una mosca como desayuno. La planta abre sus pétalos, orlados por una fila de dientes tan finos como si fuesen los dientes de un pez sierra. Arturo (que así se llama el novio de Anabel) coloca la mosca adentro de la flor y ésta cierra sus pétalos, con tal fuerza y precisión, que le cercena la mano. La planta, al contacto con la sangre, se transforma, ya no es una simple planta carnívora, sino que se convierte en una planta vampiresca que se fortalecerá con la sangre de sus víctimas. Arturo abre la puerta de su departamento y va en busca de Enrique, su vecino, para que le ponga un esparadrapo y evite el sangrado, mientras lo lleva a un sanatorio. Ahí, la doctora, encargada de urgencias, pregunta cómo perdió la mano y si ésta puede recuperarse. Arturo dice que no, a esa hora, sin duda, ya la planta la hizo picadillo. Arturo, días después, comienza a acostumbrarse a llevar una venda en el muñón y a cambiársela todas las mañanas. Anabel le llama por teléfono y le pregunta cómo está la planta (ella nunca se entera del accidente). Arturo dice que la planta está muy bien e invita a su novia a visitarlo. Arturo, no sabe por qué, siente un impulso de venganza que va más allá de toda lógica, quiere que su novia también sufra lo mismo que él sufre. La novia llega y Arturo le da una mosca, con la mano izquierda. Espera con atención el momento en que Anabel se acerque a la planta, alargue la mano y la planta coma lo que debe comer, pero Anabel suelta la mosca antes de tiempo y ella vuela, vuela casi hasta la mitad de la estancia, pero ahí es alcanzada por la lengua de camaleón que la planta ya ha adquirido y la succiona. Arturo no puede creerlo. No puede creer que la planta, como si pensara, después de engullir a la mosca, mueve su lengua por toda la habitación hasta ubicarlo a él. La planta apunta su lengua hasta el cuello de Arturo. La lengua ya se ha convertido en una especie de boa constrictora, lo ahoga y comienza a chuparle la sangre. El lector sabe que es así, porque la planta vampiresca necesita alimentarse con la sangre que le dio la vida: la sangre de Arturo.
El desenlace es un apocalipsis. La novia va por un cuchillo y trata de liberar al novio. Pero a cada corte, la planta, como si recibiera una poda, crece más y más y más; y se descuelga por la ventana hacia el patio y, como planta trepadora, asciende por el muro y se asoma al patio de la casa vecina donde juega un par de niños…

martes, 26 de abril de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN LECTOR VA EN UN BARCO




¿Cómo explicar la Teoría de la Relatividad, de Einstein? No es materia sencilla. Algunos científicos emplean el ejemplo de un hombre trepado en un tren que, a través de la ventanilla, mira a otro hombre que conduce un carro a la misma velocidad. El hombre del tren tiene la impresión de que el auto viaja a una velocidad cero; en cambio, si hubiese un espectador en el andén vería que el auto y el tren se alejan a una velocidad de cien kilómetros por hora, por ejemplo.
Bueno, parece que el muchacho que acá viaja en la góndola de esta camioneta está demostrando la relatividad del tiempo. Él (que Dios lo cuide siempre) viaja leyendo, pero cómo la lectura le permite viajar ¡realiza un doble viaje! Quienes están en los corredores de la Casa de la Cultura o quienes están sentados en las bancas del parque no están viajando: para éstos el tiempo es único, lineal, plano; en cambio, el lector está en otro tiempo, en otro lugar. Pero se comprende que no es la misma sensación la que tiene el lector que está sentado en una poltrona en el corredor de su casa, porque quien lee sentado sin más movimiento que un ligero cabeceo de la mecedora no cambia de lugar físico; en cambio, este muchacho sí realiza un acto maravilloso. Acto que se sublima con respecto a quien va sentado en el asiento trasero de un auto o en el asiento de un autobús con dirección a Tuxtla Gutiérrez o en el asiento de un Boeing 787 con rumbo a París. Estos últimos lectores viajan en el tiempo y en el espacio por doble partida (igual que este muchacho), pero no poseen la gloria de este lector: la gloria de sentirse libre, casi pájaro, porque el vuelo de su lectura no es interrumpido por un toldo, como sí lo es cuando se viaja en auto o en avión. La góndola de esta camioneta le permite al lector sentirse en un barco, como esos en que viajaba Barba negra.
El muchacho es un aventurero intrépido, porque (Dios lo cuide siempre) es osado y atrevido. ¿Cómo no tiene la mínima precaución a la hora de leer en la góndola de una camioneta en movimiento? ¿Acaso no sabe que si la camioneta frena de improviso él se irá al suelo con todo y libro? Pero, él se cree pájaro porque la lectura lo hace volar y entonces no piensa en los peligros; además, ¿qué puede ser más peligroso que las aventuras que lee? Ahí, en el libro está el pirata que se atrevió a navegar por todos los mares y desembarcar en islas donde llegaba, con la espada desenvainada, a las tabernas antiguas y exigía a los bebedores que entregaran los doblones de oro.
Esa tarde, en Comitán, algunos vieron ese barco enormísimo donde un lector era la prueba máxima de la relatividad del tiempo: él estaba viviendo otro tiempo y otro espacio. Los de a pie, los que estaban en el parque o en los corredores de la Casa de la Cultura, caminaban el presente, mientras él viajaba al pasado en un caballo del futuro y luego regresaba al presente que para él ya era un pasado, un remotísimo pasado.
Así pues no hubiese resultado extraño que él, en lugar de ver a las personas del siglo XXI, viera a los monjes dominicos del siglo XVI y que el campanario del templo de Santo Domingo le llevara los ecos de cantos gregorianos y aromas de incienso antiquísimo; no hubiese sido extraño que él creyera que no estaba viajando en la parte posterior de una camioneta sino en la proa de un navío con dirección a China. No hubiese sido extraño que, en cualquier esquina, se topara con Marco Polo sobre un caballo, en un camino polvoriento a las puertas de Pekín.
La teoría de la Relatividad no es sencilla, abre puertas que son incomprensibles a las mentes ignorantes. ¿Cómo alguien puede superar la velocidad de la luz y viajar en instantes lo que llevaría siglos? Bueno, parece que este muchacho es un aprendiz de vuelo y, tal vez, algún día su nave alcance una velocidad superior a la de la luz y, como sucede en la Guerra de las Galaxias, entre a otra dimensión.

lunes, 25 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON ARCO IRIS INCLUIDO





Querida Mariana: ya te conté que una tarde hice enojar a Francisco Toledo, allá en Oaxaca. Él estuvo dispuesto a concederme una entrevista y yo quise catafixiarla por cinco minutos viéndolo trabajar en un cuadro. Saltó como chapulín en comal y dijo que ¡no!, que eso ¡nunca! Bueno, bueno, no se enoje, maestro, le dije; pero ya estaba enojado, así que mejor me retiré para que mi presencia no lo ofendiera más. Como periodista salí perdiendo, porque ni obtuve la entrevista ni lo vi en el proceso de creación, pero gané algo, no sé bien qué, pero algo gané.
El maestro Güero Mandujano, un pintor comiteco de excelencia, era como Toledo: no permitía que alguien estuviera presente a la hora que pintaba.
¿Por qué? No me lo preguntés a mí. Yo ¡qué voy a saber!
Sin embargo, los grandes maestros artesanos no tienen empacho en que los vean a la hora que crean sus obras.
Esta artesana, por ejemplo, no tiene empacho en hacer su bordado en medio de la gente. La bordadora de telar de cintura fue una de las artistas que participó en el Peatonarte que, en esta ocasión, se convirtió en Festival del Pan Compuesto.
¿Recordás que una vez estuvimos en el Museo de los Altos de Chiapas (Ex Convento de Santo Domingo) y vimos a una bordadora? ¿Recordás que ella estaba sentada en el piso y, con su telar de cintura, pasaba los hilos en el entramado? Lo que era un tendido blanco se convertía, poco a poco, en un bello tejido multicolor, lleno de grecas.
Esa mañana, vos y yo comentamos que era un trabajo exquisito que le llevaría horas y horas, días y días.
Aquella mujer de San Cristóbal, igual que la mujer que estuvo en Comitán, dejó que la viéramos bordar y, además, platicó con nosotros y respondió a todas nuestras preguntas.
Tengo una teoría del porqué los artistas famosos no permiten que los aprendices los vean en el momento de la creación: porque se sienten un poco dioses o un mucho. ¿Imaginás que alguien hubiese estado presente a la hora que Dios, el infinito, creó el universo? Ese alguien podría, con una mano en la cintura, al rato hacer lo mismo. Los famosos no están dispuestos a enseñar, a transmitir. Son envidiosos. Su envidia llega a tal grado que mueren llevándose sus secretos de creación. Y esto es así, porque, después de todo, el acto de creación no es tan complejo. Si un diletante tuviese la oportunidad de ver a un grande en el acto de creación podría apropiarse de capacidades y aptitudes que lo convertirían en un profesional.
La artesana que aparece en esta fotografía (igual que la de aquella mañana) fue generosa y, con las manos abiertas, dejó que las personas vieran cómo bordaba el arco iris en un entramado blanco. Y las personas se maravillaron de la maravilla que sus manos tejían.
Así, con el prodigio asomado en la boca, hubiese quedado ese alguien si hubiera presenciado el instante en que Dios movió la mano y ordenó que la luz se hiciera.
Los dioses no dejan que los simples mortales los vean en el acto de creación; por el contrario, los artesanos son generosos y dejan que sus aguas rieguen todas las orillas, por esto, querida mía, yo admiro más a los anónimos bordadores que a los Tamayo encumbrados; es decir, admiro la obra de los Picasso del mundo, pero no me hinco ante ellos, como si nos hincamos, vos y yo, ante la bordadora del Ex convento de Santo Domingo, en San Cristóbal. Ella estaba sentada sobre el suelo, cerca del barandal que protege el andador del segundo piso. Nosotros nos hincamos y admiramos la maestría con que sus manos entrecruzaban los hilos rojos y formaba las grecas que son la tradición de siglos y siglos. Ahí ella (igual que la artesana del Peatonarte, en Comitán) era como una Diosa que dejaba que nosotros, legos, presenciáramos cómo, con el movimiento de sus manos, creaba un universo con la orden sencilla de: ¡Hágase la luz!
Toledo brincó como un chapulín tatemado. Esta artesana volaba como un colibrí alrededor de nuestro corazón.

sábado, 23 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA A DOMINGO INFINITO




Querida Mariana: A veces oímos de más. ¿No te ha pasado que estás en un lugar y, aunque no querás, oís conversaciones ajenas?
Siempre que alguien está con otro aparecen las conversaciones. Las conversaciones son acerca de mil temas, de cien mil temas.
La gente no siempre es cuidadosa de lo que platica. Algunos sí tienen cuidado de no hablar muy fuerte, o de conversar cuando están en lugares separados. He visto a algún político que jala a otro y lo lleva hasta el lado más alejado del salón y ahí platican a salvo de oídos argüenderos.
Pero no siempre es así. Una vez (yo laboraba en una dependencia federal) me tocó estar en un hotel de Oaxaca donde fui testigo de un hecho fantástico. Mis compañeros y yo estábamos en la capilla de un edificio antiguo que, ya restaurado, ahora funciona como hotel de cinco estrellas. Ahí, en la capilla, el gobierno de Oaxaca había instalado la oficina de prensa. De pronto vi que un diputado tomó de un brazo a un alto funcionario de gobierno y lo llevó hasta el extremo de la capilla, pensando que ahí estaban a resguardo de orejas entrometidas. ¡Nunca imaginaron la travesura que la física les hizo! Sucede que estábamos debajo de una cúpula. Lo que ellos conversaban, en voz baja, se reproducía con nitidez en el lugar opuesto, donde estábamos nosotros. Escuchamos la conversación como si estuviésemos al lado de ellos. El sonido viajaba a través de la curvatura en el techo y bajaba exactamente en nuestro punto. Un compañero de trabajo llamó a un amigo periodista y le dijo que si quería podía grabar tranquilamente la conversación privada de esos dos connotados personajes oaxaqueños. Ya no sé qué hizo el periodista con esa información confidencial, pero pudo darle muchos usos, desde una travesura hasta un chantaje fenomenal.
Cuento esto, porque el otro día fui al parque central y me senté en una de las bancas que están en los pasillos internos, cerca del kiosco. Me senté ahí, porque en ese espacio la gente no acostumbra caminar y ello evita la clásica intromisión de los “atentos” que siempre se quedan a interrumpir a los que, con su libro en las manos, buscaron la manera de alejarse del “mundanal ruido”. Leía el libro de cuentos “Fragmentos del gran zoo y otros cuentos invitados”, de mi amigo Gabriel Hernández, escritor chiapaneco, cuando dos personas un poco mayores que yo, digamos que pegándole a los sesenta y cinco o sesenta y seis años de edad, me saludaron y se sentaron a mi lado, en la banca pública. Di gracias a Dios porque la presencia de ellos imposibilitaba que algún amigo o amiga me saludara, se sentara y comenzara a platicarme del problema de los gorgojos en los frijoles o de cómo antes no llovía tan fuerte y que las granizadas no eran tan comunes como lo son hoy en día.
La lectura propicia uno de los diálogos más sublimes, pero, si el lector lo desea (y es lo deseable) no existe eco; es decir, cuando alguien lee, ningún otro se entera de ese diálogo. Por eso, el diálogo de la lectura es el que más me gusta: un diálogo sin interrupciones, un diálogo inteligente (la mayoría de veces, cuando se elige un buen libro).
Digo pues que los dos hombres, ya viejos, se sentaron a mi lado, uno de ellos apoyó sus manos sobre el mango del bastón y colocó su quijada sobre las manos. Escuchó lo que el otro dijo. Yo también escuché la plática, porque el hombre no tuvo empacho en hablar en voz alta, como si fuese uno más de esos latosos pájaros que croaban como sapos alterados.
El hombre dijo que fulano de tal estaba muy mal, que se hundía en severos estados depresivos. El otro, sin variar su posición, preguntó por qué a fulano le pasaba lo que le pasaba. “Porque no se preparó”, dijo el otro. Fulano de tal, cuatro o cinco meses antes, se había jubilado y ahora no sabía qué hacer con tanto tiempo libre por delante.
¡Dios mío!, pensé. A mí no me alcanza el tiempo, siempre se me vuelve agua, siempre estoy detrás de él en carrera libre, pero el tiempo, lo sabe medio mundo, es un corredor de maratón.
Mi papá decía que el tiempo perdido los santos lo lloraban, un poco como para decirme que no debía perder mi tiempo, porque luego lo lamentaría.
¿Mirás qué escuché? Como vi que estaba abriendo una ventana para meterme en lo que no me importaba, cerré el libro, dije buenas tardes y me paré. Decidí que ya había estado bueno de ese baño de aire libre, debía regresar a casa y continuar mi lectura en la “soledad de mi crujía”, tal como mencionaba aquel famoso místico.
Fulano de tal, según el decir del hombre, estaba hundido en la depresión, porque no se había preparado. ¿Qué hacer al otro día de la jubilación?
He escuchado que la historia de fulano de tal se repite en forma constante. Son miles las personas que no se prepararon para la jubilación. Hay muchos otros que, como sí se prepararon, no tienen problema en transitar ese último jalón de vida: viajan, pintan, imparten clases, construyen muebles, tejen, ven cine, leen, dibujan, cocinan, se dedican a la jardinería, revisan archivos, encuadernan libros, aprenden a tocar algún instrumento, juegan dominó o ajedrez, escriben libros de viajes, practican el senderismo o visitan a sus hijos (tres meses en casa de cada uno de ellos) y cuentan cuentos a sus nietos o juegan en el patio con ellos. Pero, ¿qué sucede con los que no se preparan para tener una vejez digna, ya fuera de los espacios de trabajo? Pues le da el merequetengue depresivo que le dio a fulano de tal. Debe ser difícil vivir inmerso en ese pozo oscuro.
Yo, querida mía, no sé cuántos años viviré. Ya viví cincuenta y nueve y jamás (hasta donde recuerdo) me ha sobrado tiempo para desperdiciarlo. Ahora, con tantos libros de cuentos y novelas por escribir; con tantas colaboraciones periodísticas por hacer; con tantos dibujos por bocetear; con tantas cajitas por pintar; con tantos (¡tantísimos!) libros por leer; con tanto cine de arte por ver; con tanto por vivir, pido más tiempo, mucho más. No me queda un solo instante para regodearme en la hamaca de la güeva.
Creo que llevo más de veinte años preparándome para mi jubilación, que, de igual manera, no sé cuándo se dará, porque mi trabajo aún me resulta placentero y creo, eso es lo que yo creo, aún soy útil para la patria. Porque mi trabajo es una actividad que no tiene fecha de caducidad, como sí la tiene, por ejemplo, el que se dedica, de manera profesional, a jugar fútbol, a boxear o a jugar tenis. Los deportistas de alto rendimiento se jubilan pronto. Un jugador de fútbol que tiene cincuenta años ya no puede desarrollar su actividad de manera aceptable. En cambio, un escritor, un catedrático o un pintor (ahí está el ejemplo clásico de Picasso) desarrollan sus actividades como si tuviesen el don del vino, que es como decir ¡el don divino!
No pienso en la jubilación, porque es algo que viene detrás de mí y tal vez no me alcance, pero si me alcanzara no tengo mayor problema, porque si fuese dueño de todo el tiempo del mundo leería más, pintaría más, dibujaría más, escribiría más, ¡viviría más!
Todo el tiempo del mundo es poco para el mar de mis ansias.
Soy tan extraño, por ejemplo, que, a diferencia de muchos de mis amigos y conocidos, amo los domingos, porque esa pausa tan asfixiante, me permite disponer de más tiempo. El domingo pasado, por ejemplo, me levanté, como siempre, a las cuatro de la madrugada, escribí, me bañé, preparé mi desayuno, subí a mi carro y fui a comprar cosas del mandado; regresé y me puse a pintar una cajita, luego dibujé el sexto dibujo de una serie que se llama “Sueños de Altamira en el siglo XXI”, que, espero, montaré en exposición para su disfrute y para su venta. Luego vi la película “El tambor de hojalata”, comí, cabeceé frente al televisor, leí a la Oates y, cuando ya eran las cinco y media de la tarde, me puse a escribir Arenillas, las que publico en el Facebook y la que me publican en Chiapas Paralelo y en el Diario de Comitán; cené y a las ocho en punto sentí que mi batería ya estaba cerca del nivel cero, me puse mi pijama, me acosté, leí dos líneas de “Noticias del Imperio”, de Del Paso, y ya no supe más. El tiempo no me alcanza. ¡Benditos domingos! Ojalá fueran todos los días.

Posdata: Entiendo que los domingos son como esa pausa a la que entran los jubilados. Entiendo las depresiones de los jubilados. Han odiado los domingos, por lo tanto, extrañan las actividades febriles de lunes a viernes (incluso los sábados). Yo, mi niña querida, llevo veinte años viviendo con emoción los domingos y pido a Dios que me bendiga con brindarme la delicia de los domingos permanentes. Alguna de estas tardes aparecerá un mecenas, tocará en la puerta de mi casa y, como si fuese el papa Julio II, me concederá una pensión vitalicia para que yo dé “gloria y lustre” al mundo con mis dibujos, con mis cuadros, con mis textos, con mis cuentos, con mis lecturas y con mis novelas. Pero como vos me dijiste el otro día que esto es un sueño muy guajiro, pues no queda más que seguir laborando y lamentando no tener más tiempo para lo realmente importante.

viernes, 22 de abril de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL AIRE JUEGA




Porque, el lector estará de acuerdo, el aire es el protagonista de esta fotografía. Sus elementos son sencillos: una cortina de árboles, al fondo; una portería; algo como una pendiente con pasto seco y renuevos; un hombre que empuja una carretilla donde van dos niños; y el aire, el aire que envuelve todo. Si el lector aguza sus sentidos puede sentir cómo el aire, como si fuese un aro, rueda de acá para allá, de arriba había abajo. Es tan sutil el aire, que no despeina a los niños ni hace ruido. Los pasos del aire son tan cautelosos como los de este hombre que empuja la carretilla donde van sus nietos. Porque esa carretilla, cuando es día de trabajo, carga ladrillos, carga bultos de cemento, arena, piedra y, de vez en vez, escombro. Pero, ¡bendito Dios!, cuando es día de descanso, el abuelo les dice a sus nietos que suban al tren, porque así les dice: “’Ora, ‘ora, trépense al tren”, y los niños, con cara de sandía colorada, coloradísima, ponen sus manos en la orilla para sostenerse y suben una pierna y luego la otra y se impulsan y suben al vagón principal y ríen. Ya saben, porque sus asientos siempre están reservados, cómo se acomodarán, la niña, siempre se sienta en la ventanilla de la izquierda; el niño le corresponde el ventanal de la derecha. Los niños esperan que el abuelo, el maquinista, se ponga las manos como bocina y diga: “¡Vámonos!”. Entonces los niños, emocionados, esperan el instante en que el conductor, nuevamente, pone sus manos en la boca y comienza a hacer el ruido que la máquina hace cuando comienza a deslizarse por las vías; el mismo sonido que hacen los niños cuando juegan rondas en el kínder y juegan a que son trenecitos. Y ahí van los niños sobre el tren. Ah, cómo juega el aire sobre sus manos, sobre sus brazos, en su cara hace surcos de luz, de una luz tan suave como la que se posa en el campo de fútbol, que, más tarde, se llenará de jugadores que nunca imaginarán que dos horas antes pasó un tren por la orilla.
¡Ah, qué juguetón el aire! El aire ríe, porque siente cómo el tren avanza por en medio de su cuerpo y le hace cosquillas y también siente cómo los dedos de la voz del hombre acarician su cara llena de viento, de un viento dócil.
Y los niños miran a ambos lados. El maquinista, siempre cuidadoso, les pide que no saquen las manos ni las cabezas por las ventanas. Pero ellos, los niños, intuyen que la herrería de esas ventanas también está hecha de columnas de aire y no se asoman más allá del límite. Miran a ambos lados, miran, en la lejanía, las casitas que se esconden detrás de los troncos de los árboles; miran las ardillas que, desde las ramas, mueven sus colas como si fueran abanicos, como si les dijeran adiós, como si recordaran que no hay más en la vida que estos elementos que están presentes en esta foto: árboles, canchas para el juego, césped, sol, sombra, carretillas y un hombre que lleva a sus nietos a dar una vuelta por el Kilimanjaro y por el Tibet. Los niños ven esos paisajes desde las ventanillas del tren; como si fuesen personajes de García Márquez y vieran las plantaciones de plátano de Aracataca.
No hay necesidad de más. Sólo se precisan estos elementos y el aire, ¡el aire! El aire resbalando por un tobogán; trepándose sobre la rama donde el mirlo hace su nido; desparramándose ahí donde el sol también, como si estuviese en una tumbona, dora su piel con su propio calor. ¡El aire!, que es como decir el bosque, que es como decir la sábana con que la tierra se cubre cuando hace un poco de frío.
Después de una vuelta de quince o veinte minutos, que son como varios días, como varias alas de pájaro, el tren regresa a los niños al andén de su pueblo. Ahí los están esperando sus mamás y papás. Los niños, ahora no tienen que dar un salto para bajar del vagón. Ellos, los papás, los cargan y los dejan sobre el andén donde las mamás les ofrecen un agua de horchata. Los niños, antes de recibir los vasos con el agua, dicen que primero al abuelo, que primero al maquinista y éste acepta el vaso de horchata, espera que sus nietos reciban sus vasos, y bebe, bebe el agua que es como decir el aire que da vida al río, al mar, a la vida.

martes, 19 de abril de 2016

PALABREJAS




Vimos la parte trasera de la camioneta y nos acordamos del tío Eusebio. Cuando alguien le preguntaba ¿Qué es vida?, él, recostado en su hamaca, se ponía las manos detrás del cuello, y decía: “Más sabrosa” y aclaraba, es que hay una canción que dice: “En el mar la vida es más sabrosa…”, y si ustedes quitan las palabras En el mar, les queda una definición de vida: La vida es: más sabrosa. Nosotros le decíamos que era una incorrección gramatical decir eso, que no podía eliminar las primeras palabras que le daban sentido al verso de la canción, pero él no nos hacía caso, cerraba los ojos y reafirmaba su definición: “La vida es: más sabrosa”.
De igual manera, Mariana me dijo que mucha gente podía jugar con esta definición que estaba escrita en la parte trasera de la camioneta. ¿Qué es vida? ¡Vida es ecaución! Cuando alguien preguntara qué es ecaución, ya el jugador podría buscar una rima que completara la oración, o podría inventar alguna definición a esta palabra de cuño reciente. Un poco como jugaba Sabines con la palabra Yuria, donde Yuria puede ser todo y nada puede ser.
Ecaución es la palabra con la que se designa el jugo que brota de los labios cuando alguien sonríe, podría decir alguien. Otro podía decir: es un sustantivo, pero también puede ser un verbo. Yo ecauciono, Vos ecaucionás, Él ecauciona, vosotros ecaucionáis; y se emplea cuando alguien está en plenitud, cuando está lleno de vida, porque decir ecaución es casi decir vida. Entonces, todo mundo sabría que ecaución era sinónimo de vida, por eso cuando alguien decía: ecaución es vida, era un pleonasmo, porque decía: vida es vida.
Cuando alguien, con cara de plato viejo, diría que su hermana había desencaucionado, habría dicho que ella ya no vivía; es decir, que había pasado a otro plano, donde, sin duda, seguiría ecaucionando, pero de diferente manera.
Mariana dijo que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes debería emitir un decreto en el cual, a partir de la publicación en el Periódico Oficial, todos los transportes públicos deberían llevar escrito el mensaje positivo de “Ecaución es vida”, que, como se ve, es la frase motivacional más iluminada que jamás se ha escrito.
En las escuelas primarias los estudiantes llevarían una clase con ese nombre, precisamente, dividido en dos módulos. En tercer grado estudiarían: “Ecaución es vida I”, y en el cuarto grado: “Ecaución es vida II”. Formarían grupos de investigación e irían al bosque, donde su maestro les enseñaría que las piedras y las plantas y los árboles y los jaguares y los ratones y la arena son elementos esenciales de la ecaución, porque se sabría ya, para ese entonces, que ecaución es vida. Todo mundo tendría la palabra ecaución en la punta de la lengua y eso sería bueno, porque los muchachos jugarían a pasarles un tantito de ecaución a sus muchachas a la hora de darles un beso.
Sería tan famosa la palabra de nuevo cuño que los publicistas la retomarían y la emplearían en todos sus anuncios; llegaría a tanto que, la Coca Cola, pagaría millones de dólares para hacer uso de la palabra y Coca Cola sería “La chispa de la ecaución”. Claro, como nosotros tendríamos el registro ante la Comisión de Derechos de autor, la empresa refresquera nos tendría que pagar esos millones de dólares y nosotros viviríamos felices, gracias a la ecaución. Viajaríamos mucho, a la India, al Japón; compraríamos una residencia en París y otra en Londres; levantaríamos una estatua en el centro del patio de la casa del tío Eusebio, quien se murió definiendo a la vida como “es más sabrosa”, en la mayor incorreción gramatical que jamás ojos de estas regiones vieron. Crearíamos una Fundación que otorgara becas a escritores y académicos de todo el mundo para que se dedicaran a inventar palabras, palabras que, siempre, alentaran el gusto por la ecaución y por todo lo que hace más agradable la ecaución del hombre.

lunes, 18 de abril de 2016

DE MOSCAS Y OTRAS ALIMAÑAS




Mariana le pidió al tío Romeo que le explicara. Estábamos en casa de él. La tía Alondra nos había servido té de limón y un trozo de pay de manzana, en platos muy delicados. Yo había dejado el plato con el pay sobre la mesa de centro y con mi mano izquierda sostenía el platito y con la derecha la taza.
El tío Romeo nos platicaba del tiempo en que estudió en la Ciudad de México, decía que viajaba en tranvías y, a veces, tenía que ir de “mosca”.
Mariana no entendió el término, apresurada tragó el pedazo de pay y preguntó: ¿Cómo de mosca? Entonces el tío, cruzando la pierna, encantado de que le pusiéramos tanta atención a su relato, contó que viajar de mosca era ir colgado del tranvía, como mosca, literalmente. ¿Cómo?, insistió Mariana. El tío dijo que era como “chicar”, cuando el tranvía pasaba cerca, él corría detrás y, de un salto, se apersogaba de un saliente en la parte trasera del tranvía y así, colgado, viajaba hasta que, ya cerca de su destino, bajaba, a la carrera, con el pie derecho, porque bajar con el pie izquierdo significaba enredarse y raspar el suelo con la cara. ¿Entendiste?, preguntó el tío y, sin esperar respuesta, concluyó: Se dice ir de mosca, porque vas colgado como vil mosca.
No creo, dijo el tío, que ahora la gente siga viajando así en los camiones. En aquellos tiempos, la Ciudad de México, no era el monstruo que es hoy, el tráfico no era tan endiablado. Ahora, dijo el tío, si alguien viaja como mosca puede terminar estampado como vil mosca.
Mariana dijo que odia a las moscas, que son los bichos más repugnantes, los más asquerosos. En su casa, dijo, siempre anda con un matamoscas, pero cuando destripa una se arrepiente, porque ve cómo quedan, con toda la menudencia de fuera, y confirma que la mosca es el bicho hijo del odio de Dios.
Cuando el tío contó su historia yo recordé que mi papá tenía dos camiones para el reparto de refresco, en Comitán. Estos camiones tenían una plataforma en la parte trasera, donde viajaban los empleados que cargaban las cajas de refrescos; asimismo tenían un tubo en la parte superior, de donde los empleados se agarraban mientras los camiones estaban en movimiento. En ocasiones, un chofer pasaba por mí a la hora de la salida de la escuela y algún compañero pedía permiso para viajar, de San Sebastián al parque central, como mosca. Pero Jorge, el chofer, tenía prohibido que alguien más viajara así, me explicaba que si alguien caía él iba a ser el responsable y podía ir a la cárcel, pero, a veces, Jorge no se daba cuenta y uno o dos muchachos se trepaban en la parte trasera y ahí iban colgados.
A uno de los empleados le decían Chapulín. Yo entendí que le decían así porque viajaba como tal, en la parte de atrás. Acá, en Comitán, “los colgados” no era moscas sino chapulines.
Cuando a Mariana le conté esto, ella sonrió. Me dijo que por eso me quería. Dijo que los chapulines son bichos que le caen bien, que son más limpios.
Mariana le pidió al tío que cuando contara su historia no dijera más que viajaba como mosca, sino como chapulín, porque, insistió, cuando bajaba ¡brincaba!, brincaba como chapulín y no volaba como mosca. Nunca había quedado como mosca destripada, gracias a Dios. El tío razonó y dijo que no estaba mal, que, en realidad, no modificaba la esencia de la historia de su vida y, para hacerle su gusto a Mariana, dijo que sí, que él había viajado de chapulín en un tranvía de la Ciudad de México. Mariana sonrió. Llevó la cuchara a su boca cuando vio que, ¡no, no podía ser!, una mosca llegó y se paró en el pedazo de pay que estaba en su plato.
Ya el lector puede imaginar la escena posterior y final de esta historia.

sábado, 16 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON MARIANATECA INCLUIDA



Con un abrazo respetuoso para la familia Robles Gómez,
por la ausencia física de la doctora Carmelita Gómez de Robles.


Querida Mariana: ¿vos sabés qué es la Gaboteca? Pues es la Biblioteca Virtual que contiene información acerca del enormísimo escritor Gabriel García Márquez. Ahora, los estudiosos y amantes de la obra literaria de Gabo tienen información suficiente a la vuelta de un clic.
El gobierno colombiano impulsa el conocimiento de la obra del hijo más universal de Colombia. ¿Mirás lo que acabo de escribir? ¡El más universal de los colombianos! Y vaya que Colombia tiene gente para presumir.
Los artistas son los mortales que están más cerca de la inmortalidad. Ya don Poncho de la Fuente ha mencionado que pocos, muy pocos, recuerdan el nombre del Papa que mandó a pintar la Capilla Sixtina, pero muchísimos saben que fue Miguel Ángel el artista que realizó ese prodigio. ¿Quién recuerda el nombre del gobernante de España en la época de Miguel de Cervantes Saavedra?
Cualquier político podría mencionar el nombre del libertador Simón Bolívar y decir que es el gran personaje histórico de Colombia. No lo creo. ¿Quién en Japón conoce a Bolívar? Pocos, muy pocos. Sin embargo, el nombre del creador de la novela “Cien años de soledad” sí es recordado y permanentemente leído por cientos de japoneses.
Lo mismo sucede, ya te he contado en varias ocasiones, con los nombres de Belisario Domínguez y Rosario Castellanos. Con la pena, en Japón pocos, muy pocos, saben y les importa saber quién fue Belisario; por el contrario, el nombre de Rosario está vigente y así lo estará hasta el fin de los siglos. Por eso, el tío Arsenio, quien es muy respetuoso de las instituciones, siempre que escribe un oficio y debe colocar el nombre de Comitán lo escribe con su nombre oficial: Comitán de Domínguez, pero abajo, entre paréntesis, escribe: “Comitán, antigua Balún-Canán”, porque el nombre de Balún Canán está en la boca de muchísimos lectores en muchísimos países, en todos aquéllos donde la novela de Rosario ha sido traducida.
Hace falta que Comitán haga la biblioteca virtual de la vida y obra de Rosario: la Rosarioteca o Balúnteca.
Anexo a esta carta una fotografía de la portada que aparece en la traducción árabe de “Cien años de soledad”. ¿Ya miraste cuál es la ilustración? Es un fragmento del mural pintado por Diego Rivera. Cualquier lector latinoamericano puede, perfectamente, preguntar: “¿Qué tiene que ver “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” con “Cien años de soledad”?”.
¿Qué tiene qué ver la Catrina, Posada, Frida y demás personajes de la historia de México con las genialidades del viejo Melquiades y los sueños de vuelo de Remedios la bella?
En Arabia desconocen mucho de lo nuestro y viceversa. Los sueños de los hombres y mujeres de todo el mundo y de todos los tiempos ¡son los mismos!, pero cada pueblo tiene su modo de matar las pulgas y de impulsar sus sueños.
En la Gaboteca hallé esta portada que te anexo y encontré una historia bien bonita, que apuntala esa idea de que desconocemos mucho. ¿Sabés cómo escribieron en portada el nombre del autor de “Cien años de Soledad”? Lo escribieron así: “El marqués Gabriel García”. ¿Mirás? Pensaron que su apellido Márquez no era tal sino era un título nobiliario. ¡Ah, qué prodigio! Algo que tiene mucho que ver con el Realismo Mágico.
Hace falta crear la “Balúnteca”, la que recopile toda la información de los cientos y cientos de textos que se han escrito acerca de la vida y obra de Rosario Castellanos. Debemos ser humildes y reconocer que nos hace falta mucho para abarcar el mínimo conocimiento de la paisana, que igual que su colega Gabo, puso en alto el nombre de esta tierra.
Me topo, de vez en vez, con personas que están hasta la coronilla de escuchar el nombre de Rosario Castellanos, preguntan si no hay más personajes en esta tierra. Parece que no hay más, por el momento no hay más. Cada vez que alguien interioriza en el pensamiento de Rosario encuentra más vetas para investigar y estas vetas abren nuevos caminos para hallar luz, no sólo para iluminar su rostro de tiuca insatisfecha, sino para iluminar la conciencia de nuestra sociedad.
Ahora se habla mucho del feminismo. Bueno, sería correcto reflexionar en la tesis que presentó para obtener el Master en Filosofía: “Sobre cultura femenina”. Ahora se habla mucho de la inclusión de los grupos indígenas, excluidos desde siempre. Bueno, sería deseable estudiar qué dijo esta mujer que, en novelas y cuentos, abordó el tema de la cultura indígena de nuestros pueblos. ¿Por qué el pensamiento de Rosario y no otro? Bueno, habrá que recordar que muchos críticos literarios (en un exceso, hay que admitirlo, pero con bordes cercanos al hecho real) dicen que la escritora más grande de México es Sor Juana y a continuación colocan a nuestra Rosario. ¿No es esto suficiente?
Rosario tiene muchas afinidades con Gabriel García Márquez. En realidad todos los escritores se mueven en aguas que los mojan de igual manera, pero Rosario es muy cercana a Gabo, porque ella también privilegió el periodismo como un acto importante de su creación literaria. Hay muchísimos escritores (pedantes, pedorros) que no escriben periodismo cultural porque lo consideran un género menor. Pobres, pobres pedorritos. ¿No les bastaría reconocer que Rosario y Gabo, la enorme Rosario y el enormísimo Gabo, escribieron reflexiones inteligentes en las páginas de los periódicos a fin de llegar a sectores menos pretenciosos? ¿Nunca han reflexionado en el hecho de que los lectores de libros son muy inferiores a los lectores de prensa? Yo creo que lo que sucede es algo muy sencillo: el periodismo exige una disciplina. ¿Cuántas columnas culturales escribió Rosario? La recopilación de sus artículos periodísticos se ha impreso en dos libros gordos, bien gordos. ¿Y la obra periodística de Gabo? ¡Uf! Sus columnas culturales han sido recopiladas en cuatro libros gordísimos, ballenísimos.
El periodismo exige un talento especial que no todos desarrollan. Por ello, Gabo y Rosario son grandes entre los medianos; es decir, ante los demás compas que no escriben en periódicos porque consideran que es un género menor, ante sus pretensiones superiores.
Algunos argumentarán que Gabo no es el más universal de los colombianos; otros se rasgarán las vestiduras y dirán que Rosario no es la comiteca más universal. Muchos pronunciarán los nombres de la cantante Shakira; de Botero, pintor de gordas; de Higuita, portero celebérrimo; del cantante Juanes o, ya lo dije, del libertador Simón Bolívar. Pero, ¿quién recordará a Shakira dentro de cincuenta años? Sólo los jóvenes de hoy que serán los viejitos de ese tiempo. En Comitán, ¿quién más universal que Rosario? ¿Belisario Domínguez? No, en Japón no lo mencionarán, como sí seguirán pronunciando (saber cómo se oirá) el nombre de Balún-Canán. A veces a mí me da ganas de decir que nací en Comitán, antigua Balún Canán, pero, hay cuestiones oficiales que es difícil cancelar, porque ¿quién soy para andar restando méritos al más grande héroe civil de esta patria?
Sofía, esta mañana, cuando le comenté lo de la Gaboteca y lo de la Balúnteca dijo que sí, que Comitán debía crear una biblioteca virtual con la vida y obra de Rosario y, siempre simpática, siempre flor de tenocté, dijo: “Que se llame Chayoteca”, pero no estuve de acuerdo, porque, seguro que muchos periodistas pensarían que ahí era el lugar para pasar a cobrar sus “Chayos”, ya mirás pues cómo somos los comitecos.
Pero entonces pensé que yo, en homenaje permanente a tus líneas de luz, debía crear la Marianateca, el lugar donde todos tus admiradores puedan hallar información acerca de tu vida y de tu obra. Todos los que me preguntan ¿Quién es Mariana?, ya no tendrían impedimento alguno en conocer los entretelones de tu vida, pero ¿qué tanto te dejarías? ¿Permitirías que el mundo reconozca esos hilos con los que bordás los puentes más tenues pero más soberbios? Gabo, sin alimentar su egoteca de manera chocante, logró que ahora el mundo se rinda ante su genio. Hubo un día que miles de lectores lo empujaron a ese escalón primo de la soberbia y de la altanería que se llama fama. Vos sos humilde, vos sos como un gajo de viento sin nombre rimbombante. Tal vez entonces peco de grosero al proponer la Marianateca. Tal vez deba hacerlo, pero sólo para que vos y yo naveguemos por ella, porque, como decía Julio Cortázar: “Acá los juegos”, acá y no allá.

Posdata: En el mural, Diego se pintó como un niño. Frida, adulta, aparece detrás de él, como si lo protegiera. ¿Quién protegió a Rosario niña? ¿Quién a Rosario desvalida? ¿A Rosario frágil? ¿A Rosario aire tirada en el piso?

viernes, 15 de abril de 2016

UNA NOCHE DIFERENTE




Dije que sí, que una vez había estado en la cárcel. Una noche. No sé, de las doce de la noche a las diez de la mañana. Los policías me habían subido a la camioneta (la julia) y me habían golpeado con su cachiporra, luego me habían metido a una celda, una celda pequeña, en la que no había más que un camastro hecho con dos tablones de madera. Ahí dormía un hombre (“El sarampahuilo”, un borracho consuetudinario que, de manera frecuente, lo “cargaban” los policías para que al día siguiente cumpliera la condena barriendo el parque. Así, la autoridad evitaba el pago de un empleado que mantuviera limpio ese espacio).
Dije que había sido porque esa noche había chocado contra una esquina. Estaba tomado. Algún vecino avisó a la policía que alguien había chocado. Los policías llegaron y me hallaron sobre el volante. Me sacaron y me llevaron a la julia, me empujaron, me golpearon con sus cachiporras.
Le dije que nada había sentido. No había sentido dolor a la hora que mi pecho chocó contra el volante; no había sentido dolor a la hora que el policía me golpeó la espalda con su garrote; ni había sentido dolor a la hora que el otro policía me dio el empellón y me fui de bruces contra el piso de la camioneta; ni sentí dolor a la hora que el otro policía me pateó en el trasero a la hora que me metió a la celda; ni sentí dolor a la hora que otro guardia me pegó en las manos, que las tenía agarradas en los barrotes de la celda, porque gritaba que necesita atención médica. Porque el dolor lo había sentido a la hora del impacto, por eso, a la hora que los dos policías me sacaron del coche yo pedí que me llevaran con un doctor y uno de los policías me dijo que sí, que me llevarían al médico y yo le creí y me dejé conducir y di gracias por lo que hacían por mí, pero en la puerta de la julia, el tipo me pegó con su cachiporra en la espalda y su compañero me dio un empujón para que cayera en el piso de la camioneta. Tirado en el piso de la camioneta oí la risa de ambos y el latigazo del cerrojo.
Dije que sí, que estaba tomado, que había perdido el control del volante; dije que conducía en una de las bajadas de Comitán y al dar vuelta a la derecha mis manos, igual de tomadas que yo, trastabillaron, perdieron el equilibrio y condujeron el auto hacia la esquina de una casa. El impacto fue como un restallido de fuete.
Dije que había salido de una fiesta de quinceaños; que alguien me había advertido que estaba tomado y no debía conducir. Ese alguien estaba, como todos los demás, debajo del manteado, escuchando la marimba que interpretaba una canción que estaba de moda. La canción, la recuerdo bien, era del tabasqueño Chico Ché, era esa que dice: “…los nenes con los nenes, las nenas con las nenas…”.
Dije que nunca había imaginado estar en la cárcel, que nunca hubiese imaginado decir al Sarampahuilo que se hiciese tantito para allá, que no ocupara toda “la cama”, porque yo estaba cansado, quería dormir, dormir en la cárcel, ¡Dios mío!
Dije que había dado un nombre diferente a la hora que el encargado del presidio había preguntado mi nombre. Yo, por fortuna o por desgracia, no llevaba la credencial de la escuela. Digo por fortuna, porque pensé que mi nombre no quedaría en el registro de personas que han estado en la cárcel; digo por desgracia, porque cuando mis familiares me buscaron en el hospital, en la cruz roja y en la cárcel mi nombre no aparecía. Fue hasta las diez de la mañana que un amigo supo que yo estaba ahí. No sé cómo lo supo. El papá de mi amigo habló con el presidente y éste, después de preguntar si no había atropellado a alguien (¡Dios me libre!), dio la orden para que me sacaran de la cárcel.
Sí, le dije, yo ya estuve en la cárcel. Le dije que él no tenía idea de lo que eso significa. Permanecí sólo una cuántas horas. No puedo imaginar el horror que significa estar prisionero meses y meses y años y años y vidas y vidas y sueños y sueños.