miércoles, 18 de octubre de 2017

EN EL PARQUE DE SAN SEBASTIÁN




Margarita me habló por teléfono. En cuanto dije: Bueno, ella me dijo: “Sos un cabrón. Me la vas a pagar”. Y colgó. Luego supe que todo lo había causado una apuesta que hizo con Sebastián. Yo ignoraba tal apuesta.
Una tarde antes, Sebastián me preguntó: “¿Nunca quisiste ser jugador de fútbol americano?”. Él estaba con su celular en la mano. Estábamos sentados en el parque de San Sebastián, él comía una paleta de chimbo; su hijo Rafalli (su hijo menor) buscaba las ardillas que su mamá le dijo tenían sus casas en los árboles del parque.
Dije que no. En mis tiempos de niño o de adolescente, el fútbol americano era un deporte ajeno a Comitán.
“Ah, me estás mintiendo”, dijo Sebastián y me dio un palmazo en la rodilla.
Volví a decir que no. Bueno, con decir que ni siquiera deseé ser jugador de fútbol soccer. Dije que, en realidad, nunca soñé con algo que tuviera que ver con el deporte. Ni basquetbolista, ni clavadista, ni pesista, ¡nada!
“Veo que me estás engañando, bien estoy viendo en tu cara que sí querías ser jugador de fut americano”.
Claro que no, dije. No estás viendo bien. Le dije que viera bien.
“Es lo que estoy haciendo”, dijo Rafalli, creyendo que le hablaba a él. Y agregó que no hallaba las ardillas que le había dicho su mamá. Dijo que tal vez habían ido a comer y por eso no estaban ahí. Se acercó a su papá y le pidió dinero para comprar una paleta. Sebastián buscó en su bolsa, abrió la cartera y dijo que sólo tenía un billete de doscientos. Yo busqué en la bolsa de mi pantalón y le di dos monedas de diez pesos. Rafalli dio las gracias y salió corriendo con rumbo a la tienda de doña Estelita.
“Margarita me dijo que vos le dijiste que querías ser jugador de americano, que soñabas con ponerte una hombrera, para que te vieras bien ponchado”. Reí. Por supuesto que no, dije. El juego de Sebastián comenzaba a sacarme de armonía. ¿Por qué insistía? ¿Y si le cambiaba la jugada y le decía que sí? Podía decirle: Sí, tenés razón, ahora que mencionaste a Margarita recordé que durante un tiempo soñé con ser un famoso jugador de americano; soñé que era un receptor de primera, que durante una temporada lograba estar en el Top Ten del Touchdown.
Iba a decirle que sí, para cambiarle la jugada, para irme por una lateral y lograr el primero y diez, cuando él dijo: “¿Por qué tenés pena en admitirlo? Era un mero sueño guajiro. Yo conozco a varios chaparritos que sueñan con ser altos. No tiene nada de malo”. Sí, pensé, este diálogo me está cansando. Decidí retirarme, decir que tenía otro compromiso. Ya que tenía su celular en la mano le preguntaría la hora y cuando me la dijera yo pretextaría que tenía otro compromiso, le tendería la mano y diría que había sido un gran gusto platicar con él. En realidad pensé lo contrario desde el principio. Yo estaba en el parque, leyendo un libro del Nobel de Literatura 2017 cuando los vi acercarse. Sebastián ya llevaba la paleta de chimbo y cuando me vio alzó los brazos como si yo fuera una playa y ellos se salvaran de un naufragio. Llegó, se sentó, me dio una palmada en la rodilla y luego, antes de decir hola o cómo estás, me preguntó: ¿Nunca quisiste ser jugador de fútbol americano?
¿Cuál era su objetivo? ¿Jugar o molestar? Su presencia ya estaba hartándome. Pensé que en cuanto Rafalli llegara me pararía sin más y me despediría. Sebastián seguía escribiendo algo en su celular, como si respondiera un mensaje o fuera un escritor que redactara sus impresiones acerca de mi comportamiento. Vi a Rafalli cruzar la calle y dirigirse hacia nosotros. Cuando estuvo cerca, me paré y le dije a Sebastián que había sido un gusto, le tendí la mano, él la cogió con la suya. Fue como si se cogiera de un pescante porque con el impulso se paró y dijo que no, ¡ah!, no, no iba a irme sin responderle la pregunta. Yo traté de retirar mi mano, pero no lo logré, porque él la tenía atenazada. Dije, un poco molesto, que ya le había respondido y, ya con cierta calma, dije que no (sonreí, en ánimo de atemperar su carácter), que nunca había soñado con ser jugador de fútbol americano. “¡Ah, cómo no!”, dijo él e insistió en que Margarita, un día, le había contado que yo decía lo contrario y cuando pronunció el yo, me soltó la mano y con su dedo índice me picó el pecho.
¡Uf!, pensé, qué fastidio. Entonces decidí hacerle su gusto y dije: “Sí, tenés razón, ahora que lo decís, es cierto. Siempre soñé con ser jugador de fut americano, lo que pasa es lo que decís, me da pena reconocerlo. Bueno, nos vemos”. Lo vi sonreír. Rafalli me dio la mano, dijo: “Adiós, tío”. Yo le hice un cariño en su cabeza y le dije: “¿Sabés por qué no viste a las ardillas? Porque están muertas, ¡las envenenaron!”. Rafalli vio a su papá y le preguntó si era cierto. Yo me di la vuelta. Llevaba una sonrisa en mi boca. Andá, cabrón, pensé, respondele esa pregunta a tu hijo.
Pero luego supe que el que ríe al último ríe mejor, porque Sebastián le demostró a Margarita que yo había confesado que sí había deseado ser jugador de fut. Margarita había dicho que eso era ¡imposible! ¿Alejandro? ¡No! ¡Nunca! Entonces Sebastián hizo la apuesta y Margarita aceptó. Sebastián dijo que le demostraría y lo demostró, porque le enseñó el video donde yo dije: “Sí, tenés razón, ahora que lo decís es cierto. Siempre soñé con ser jugador de fut americano, lo que pasa es lo que decís, me da pena reconocerlo”.
Cuando me topé con Margarita le expliqué y le dije que ella era la culpable por andar metiéndose en juego de apuestas con el cabrón de Sebastián.
Al final limamos asperezas y Sebastián dijo que todo era un juego, pero no le regresó su dinero a Margarita.

lunes, 16 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA: DONDE APARECE ISHIGURO DOS O TRES VECES




Querida Mariana: El jueves 12 de octubre, el mundo conoció el nombre del autor que obtuvo el Premio Nobel de Literatura 2017: Kazuo Ishiguro. Beltrán, a las seis y quince de la mañana, llamó a la casa (sabe que ya estoy despierto a esa hora, que me preparo para ir al trabajo; sabe que desde las cuatro ando trajinando). Me preguntó: “¿Ya supiste?”. Dije que sí. Tenía prendida la televisión en el noticiario del canal 11 y Javier Solórzano ya había dado la noticia, noticia esperada en todo el mundo. Porque, en realidad, de todos los Premios Nobel, el que más argüende provoca es el de literatura. “Ahí te va un chiste que acabo de inventar”, dijo Beltrán. ¡Viene!, le dije yo, un poco apenado porque había matado su gallo. ¿Por qué no le dije que no sabía y dejé que me diera la noticia, que para eso había llamado? Uf, siempre me paso de honesto y no sé fingir. Nunca aprendí ese capítulo tan socorrido por parte de las madres de familia, que se llama: “Mentiras piadosas”. Debo recibir un curso exprés de esa materia tan necesaria que se llama “Fingimientos piadosos”. Debí decirle a Beltrán: “No, no sé, ¿qué pasó?”, y él, feliz, me hubiera dicho que Kazuo Ishiguro había obtenido el Nobel y que es un escritor que nació en Japón y que vive en Inglaterra y que no estaba considerado en las listas de las relaciones de las casas de apuestas y luego habría preguntado si tenía algún libro de él, si ya lo había leído. Pero no, mi tontera mató su gallo y mató una posible conversación. ¿Ven por qué digo que soy escaso y no tengo amigos? No tengo amigos porque soy un ish, un matador de noticias. En fin, Beltrán, generoso como es siempre, hizo caso omiso de mi grosería y dijo que me contaría un chiste. Para tratar de enmendar mi comportamiento grosero alcé la voz y con mi mejor tono dije que sí, que quería escucharlo. Entonces él me contó el chiste que comenzó con una pregunta: “A ver -dijo Beltrán- qué respondió Haruki Murakami cuando un periodista le preguntó: >¿Usted ganará el Nobel de este año?<”. Me quedé en silencio. El único que hizo bulla fue El guazú (la cotorrita australiana que duerme en la sala, en su jaula). Beltrán me exigió que dijera algo y a mí no se me ocurrió más que decirle que no, que no sabía. Entonces me sentí bien, porque presentí que abría la puerta para que mi amigo se luciera. “¿No sabés?”. Repetí que no. Entonces él dijo: “Murakami dijo, como si fuera comiteco: Caso es seguro. ¿Lo oíste? ¡Caso es seguro! Kazuo Ishiguro” y se rio como si estuviera en un columpio, y yo también reí. Celebré su ingenio y él volvió a repetir: “Caso es seguro, Kazuo Ishiguro”, como para que yo reafirmara su chispa.
En cuanto colgamos, le envié un inbox a Samy, le pregunté si tenía libros del nuevo Nobel. Ya sabés que soy un snob y desde hace muchos años (con excepción del año pasado) siempre corro a una librería para adquirir uno o dos libros del escritor laureado. Y el año pasado no lo hice porque la Academia Sueca nos cambió la jugada y en lugar de ir a comprar libros, todos entramos a Youtube y escuchamos canciones de Bob Dylan, entronizado príncipe de las letras.
Samy buscó en su relación de existencias y me respondió con una pregunta: “¿Del escritor que se parece a Murakami, pero no es Murakami?”.
Pensé que Kazuo ya andaba estimulando el ingenio de medio mundo, a costa del pobre Murakami, quien, otra vez, se quedó vestido y alborotado.
Samy me dijo que lo lamentaba, pero que nada tenía de Kazuo, pero que ya había hecho un pedido y que, a más tardar, el miércoles siguiente los tenía disponibles.
Y resultó que no tardó. El martes, Samy me escribió un mensaje con la noticia que ya tenía libros de Ishiguro para venta.
Ya leí la novela que tiene un título bello “Los restos del día”. Y puedo decir que su literatura es superior a la de Murakami. Disfruté la novelilla. Ahora estoy con la muy nombrada novela: “Nunca me abandones” (conocida, porque hicieron una versión fílmica de ella). Voy a la mitad y ahí voy, pero ésta no tiene la calidad de “Los restos del día”. Armando se molesta cuando, como si yo fuera un maestro, otorgo calificaciones a los libros, dice que es algo muy pedante de mi parte. Yo sostengo que es una manera de evaluar mi capacidad de lector. Si Murakami es autor de seis punto cuatro y muy de vez en vez alcanza siete punto seis, el tal Ishiguro llegó a obtener ocho punto cinco con “Los restos del día” y ahora anda en el siete punto siete (que sube a ocho) con “Nunca me abandones”. A ver si sube un poco más. Tengo ya en el buró la novelilla: “Un artista del mundo flotante”. Creo que con ello tendré ya una visión general del genio del Nobel de este año. Insisto, la de “Los restos del día” me dejó un grato sabor. Esta novelilla también ya la hicieron película. En español se llama “Lo que queda del día”, título menor al de la novela, que es muy buen título: “Los restos del día”.
En fin. Mi espíritu snob ya está satisfecho. Ya le entré al Nobel de este año. Esto me ha permitido conocer a un nuevo autor. Su obra me parece más relevante que la del gran perdedor: el tal Murakami.
Posdata: Creo que nunca olvidaré el nombre de Kazuo y será por la ingeniosidad de Beltrán: Señor Murakami, ¿usted ganará el Nobel de este año? ¡Caso es seguro! (Kazuo Ishiguro).
Simpático el Beltrán. ¿Por qué no dejé que me diera la noticia? ¿Por qué no me hice tacuatz e hice como que no sabía la noticia? ¡Ay, no sé hacer fingimientos piadosos!

domingo, 15 de octubre de 2017

CELIA MARIMBA




Beatriz del Carmen Espinosa González me invitó a comentar su libro “Anecdotario-Celia Marimba”. La presentación fue el viernes 13 de octubre, en el parque central de Comitán. Paso copia del textillo que leí:

Buenas tardes.
Beatriz Carretón de la Lectura es hija de Celia Marimba. Hoy, Beatriz Carretón presenta el libro Anecdotario – Celia Marimba, libro que, como su nombre indica, narra anécdotas de la vida de Celia. Este libro, entonces, es como una fiesta donde la marimba hace la bulla para que el guateque de la vida sea infinito.
Beatriz cuenta que su madre, cuando era niña decía llamarse Celia Marimba. ¡Ah, qué belleza, qué prodigio! ¿A qué niña se le ocurre apellidarse marimba? Sólo a alguien muy especial, sólo a alguien que está bautizada con el agua de los ríos de Chiapas.
Si Celia hubiese nacido en Francia se hubiera llamado Celia Acordeón; si hubiese nacido en Italia se hubiese llamado Celia Violín. Pero ella, nació en Chiapas y se llama Celia Marimba.
Cuando Beatriz me envió su libro vi la portada y la palabra marimba se llevó mi atención. Deduje que el libro de Beatriz se refería al tema de la marimba, pensé que eran ensayos antropológicos o históricos de este instrumento. Pero luego vi las otras palabras: Anecdotario y Celia y ya supe que era un libro singular. Sí, es un libro especial, porque no me equivoqué tanto. Este anecdotario, en realidad tiene como columna vertebral a la marimba, es un libro que suena a fiesta chiapaneca. Cada anécdota es como una melodía. Al principio hay una que suena como diana con chin chin, luego hay otra que suena como suenan las mañanitas y así, el lector como si se parara a bailar o siguiera sentado y viera bailar a los otros va descubriendo una historia de vida.
Beatriz Carretón de la Lectura vino a presentar su libro a una tierra en donde la anécdota tiene un lugar especial. En este pueblo han organizado encuentros de contadores de anécdotas. Amigos de la Rial Academia de la Lengua Frailescana han venido a compartir sus anécdotas. Comitán reconoce que en la anécdota está la síntesis de la vida. La hija de Celia Marimba supo que era importante preservar y compartir las anécdotas que su mamá cuenta, porque estas anécdotas sintetizan una vida llena de momentos prodigiosos, lamentables, irónicos, chispeantes.
En este libro, por ejemplo, se cuenta que Celia Marimba nació en un pueblo que actualmente se llama Cristóbal Obregón. ¿Por qué Cristóbal Obregón? Beatriz cuenta que un porcentaje de pobladores quería que su pueblo se llamara Cristóbal Colón y otro porcentaje deseaba llamarlo Álvaro Obregón. Para no tener problemas y que uno u otro bando se molestara por haber perdido el volado llegaron a una decisión salomónica y el pueblo se llama Cristóbal Obregón. Este prodigio sólo se da en pueblos de Chiapas.
Tal prodigio entrevió Beatriz. Si este pueblo es único por su nombre insólito, la vida de su madre también es insólita. A ver, digan ustedes ¿cuántas mujeres conocen que se presenten con un apellido de instrumento musical? Celia niña, sin saberlo, realizó uno de los mayores prodigios del mundo. Beatriz pensó que el nombre de su madre debía ser conocido por todas las personas, para que, en medio del silencio, sonara como suena esa canción que se llama Las chiapanecas.
Por eso, pienso, Beatriz reunió una serie de anécdotas vividas por Celia y las armó a manera de concierto para que los lectores las fueran escuchando.
Con el libro de Beatriz Carretón de la Lectura reafirmamos la idea de la importancia de los testimonios, de conservar los rasgos biográficos de las personas que forman las sociedades. Cada testimonio de vida es como un pilar de este edificio que se llama Chiapas.
Hoy, el mundo sabe que en estas tierras no sólo hay apellidos que trajeron los conquistadores españoles o apellidos que llegaron con los migrantes italianos o franceses o alemanes. No, hoy, el mundo sabe que hay apellidos que provienen de instrumentos musicales autóctonos. Ya Celia inauguró la novedad. No será raro que un día de estos alguien se autonombre como Pancho Chirchil o Elena flauta de carrizo.
Todo porque hace años, una niña dijo llamarse Celia Marimba. Nuestra Celia ya debe estar en el muro donde aparecen los nombres de las Celias más importantes del mundo, al lado de la también muy musical Celia Cruz. ¡Azúcar! ¡Piloncillo!

sábado, 14 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AIRE DE ITALIA LLEGA HASTA COMITÁN



Querida Mariana: “Angelo’s Pizza” tiene un mapa de Italia en su fachada. Siempre que subo desde San Sebastián con rumbo al parque central me detengo justo en esa esquina, esquina que vos sabés es como el copete de la empinada subida. Me detengo un rato, porque me encanta ver desde ahí los techos de teja y el horizonte que, casi siempre, sostiene un azulísimo cielo. Cuando estoy ahí recuerdo mis años de estudiante de secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz, porque (igual que ahora) en ese tiempo hacíamos un alto para esperar a que Javier llegara cargando la máquina de escribir de la chica bonita que pretendía. Ahí (era casi ley) Javier entregaba la máquina, su pretensa le agradecía y ella continuaba el camino con sus amigas. Javier (es penoso decirlo) era usado como simple cargador, pero él era feliz sirviéndole a la chica de sus sueños y de sus deseos. Ahora me detengo en esa esquina porque recuerdo mi adolescencia, pero también lo hago porque ahí está una parte de Italia en Comitán, y vos sabés que mi árbol genealógico paterno está enraizado en aquellas tierras que sólo conozco por fotografías y por ese mapa que está colgado en la fachada del negocio de Angelo.
Gerardo me dijo que el apellido de Angelo es Antonelli (escribilo con doble ele, me dijo) y sostuvo que Angelo tiene más de veinte años viviendo en Comitán.
Amín Guillén me contó que realiza la investigación de cómo llegó la familia Gutman a Comitán. Tal vez un día también realice la investigación de la llegada de apellidos alemanes o apellidos italianos y ahí deberá incluir la historia de Angelo, cuyo nombre significa Mensajero (mensajero del cielo).
¿Cuándo llegó Angelo a Comitán y por qué decidió quedarse acá? Hugo me dijo que en una ocasión el propio Angelo contó que la situación en su país no era bonancible, por lo que emigró y en Chiapas halló una buena tierra (una buona terra). Gerardo amplió datos: dice que Angelo inicialmente llegó a San Cristóbal, pero le gustó más Comitán. Alicia, que estaba en el grupo que tomaba café, dijo que a ella le gustan las pizzas que Angelo prepara, dijo (y lo dijo con un aire de gran conocedora, de bon vivant) que eran auténticas pizzas italianas, no pizzas de cartón como las que venden en la plaza. Agregó que Angelo vive en Quijá.
Yo, querida Mariana, quedé asombrado por la profusión de datos que me dieron en pocos minutos. Saqué en conclusión dos cosas: primera, que vivimos en Comitán y que acá es difícil pasar inadvertido, porque somos chismositos (comunicativos, dice tía María), y dos, que Angelo ya es parte de la comunidad, se ha ganado la ciudadanía por derecho propio, ya es un italocomiteco que, sin duda, debe dudar entre irle a la Selección Azurra o a la Tricolor cuando ambas selecciones se enfrentan en un partido de sóccer, aventurando que a él le guste ver el fútbol.
Conocí a Angelo en los primeros años de su residencia comiteca. Él abrió su pizzería frente a la escuela primaria Fray Matías de Córdova. Yo vivía en casa de mis papás, justo a una cuadra de su negocio. En ocasiones, a mis hijos se les antojaba comer pizza (el antojo italiano lo traían en la sangre) e íbamos a pedir una pizza (a mi Paty le gusta la Hawaiana) y luego la comíamos en casa. En una ocasión llegué a pedir una pizza, Angelo apuntó el pedido y preguntó a nombre de quién quedaba la orden, yo di mi nombre y cuando escuchó mi apellido lo repitió con ese acento italiano tan peculiar: “¡Ah, Molinari! En Italia hay un sambuca que es Molinari.” Sí, dije, yo sabía, ya un amigo que había viajado a Italia se había topado con una botella y me había compartido la fotografía que tomó. El sambuca es un licor de anís y, me cuentan, las marcas más famosas son: Ramazzotti (debe ser fábrica de algún tío del cantante Eros), Romana Black y Molinari.
Ya que mencioné a Amín debo decir que él anda chento por la presentación de su más reciente libro de investigación: “Cántaro y yagual. Apuntes para la historia del agua en Comitán.” Tiene razón, es un libro que hacía falta. El agua es vital para los pueblos, así como es vital el flujo de migrantes que llegan a dar aliento a los pueblos. Hay migrantes que son como lluvia, que hacen crecer la vida. Angelo (puedo estar equivocado, ya Amín o los cronistas enmendarán el yerro) fue el primer chef que ofreció pizzas en Comitán, y trajo la receta secreta de Italia. En ese tiempo (hablo de mil novecientos noventa y ocho, más o menos) Comitán sólo cenaba huesos, panes compuestos, chalupas y tacos de tío Jul. Angelo rentó un local, construyó un horno y ofreció pizzas y con ello nuestro menú se amplió en variedad y en buen gusto.
Ahora ya hay muchos locales que ofrecen Pizza, desde el también italiano Due Torri hasta el comiteco Mecos Pizza que, me cuentan, son muy exitosas, ya que las personas hacen fila para hacer su pedido. Pero (insisto, los cronistas darán cuenta de ello) parece que el primer restaurante que ofreció pizzas en Comitán fue el de Angelo. ¡No, no es cierto! Ahora que escribo esta línea recuerdo que mucho antes Luis Romeo Muñoz abrió un restaurante en el edificio que ahora ocupa Exa-Fm y ahí ofreció pizzas. “Lucello” se llamaba el restaurante de Luis Romeo. Y lo recordé porque Luis Romeo se anunciaba en el semanario que dirigí en 1982 y que se llamó “Ensayos”. Pero, bueno, Angelo fue el primer italiano que ofreció pizzas en Comitán.
Angelo tiene una motocicleta. La primera vez que lo vi en una calle del pueblo recordé una película clásica que vi en el Cine Comitán que se llama “Vacaciones en Roma”, donde Gregory Peck y Audrey Hepburn dan una vuelta en motoneta por las calles de aquella legendaria ciudad italiana. Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero el camino de Angelo no lo llevó a la capital italiana sino a la ciudad pavimentada por Dios que se llama Comitán (bueno, Dios hizo sus calles empedradas y andaban bien, pero cuando los presidentes municipales cambiaron el empedrado por las asfaltadas comenzó la debacle de lo que actualmente se queja medio mundo de acá, porque no hay calle que no sea un almácigo de baches. Qué sin gracia la ineptitud de las autoridades que usan los recursos para intereses particulares y no para el beneficio de la colectividad, como debería ser).
De aquella vez que comento, pasaron muchos años para que volviera a hablar con Angelo. No sé él, pero sabés que yo soy de pocas palabras. Una vez, hace como tres años, más o menos, nos topamos en la calle y él volvió a saludarme mencionando mi apellido con una sonoridad italiana maravillosa: ¡Molinari!, donde la a la deja correr tantito, como si fuese un balón sobre el estadio donde juega el Nápoles: Molinaaari. ¡Ah, me encanta! Angelo no sabe cómo me encanta escuchar mi apellido pronunciado con ese acento original, bendecido con agua del río Po. Me dijo que le gustaban mis escritos, que compraba el periódico para leer mis colaboraciones y fue más allá, dijo que pasara por su restaurante y que me ofrecería una pizza de cortesía. Agradecí su gesto generoso y me despedí.
En 1998 no tenía el régimen alimenticio que ahora llevo, ahora no como lácteos, por lo tanto no como quesos, por lo tanto no como pizzas. Por esto, ahora ya no visito su restaurante. Lo lamento. Días después pensé que era posible que el amigo que me acompañaba el día que Angelo me ofreció la pizza de cortesía fuera a verlo y dijera que iba de mi parte y que Angelo la preparara y se la diera, porque mi amigo es un poco travieso, por no decir abusivito, pero espero que no haya sido así.
Siempre que veo a Angelo en la calle lo saludo afectuosamente, pidiendo a Dios que diga mi apellido en voz alta, un poco como para que yo, desde Comitán, me sienta en la isla de Cerdeña o en Torino o en la genial Florencia. Cuando escucho mi apellido con tono italiano mi mente brinca como chapulín y procesa una serie interminable de imágenes que tienen que ver con aquel país maravilloso, cuna de mis ancestros. Mi abuelo (fallecido hace muchísimos años) también se llamó Ángel.
Veo a Angelo y escucho la voz de Marcello Mastroianni en alguna película de Federico Fellini y también veo a Miguel Ángel trepado en un andamio pintando un muro o escucho el discreto sonido de la seda a la hora que Edwige Fenech se quita la pantaleta y todos los cinéfilos miramos su hermoso trasero desnudo a la hora que entra a la bañera. Veo, incluso, la cara boba del comediante Alvaro Vitali (Alvaro, así, sin tilde) que salía en las películas de la Fenech y tenía cara como de moco escurrido petrificado.

Posdata: Siempre que Angelo me saluda con su acento italiano pienso en mis antepasados que no conocí físicamente, pero que son parte importante de mi ser. Un día mi abuelo llegó a México y luego a Chiapas y mi padre nació en San Cristóbal y luego yo nací en Comitán. Fue casi la misma ruta que muchos años después siguió Angelo: Llegó a México, luego a Chiapas y tal vez sus hijos nacieron en Comitán. No lo sé.
No bebo más que agua, si no brindara con un sambuca. Hace dos o tres días encontré a Angelo en el stand de la Librería Lalilu, de la Feria del Libro que hay en el parque central (feria que, salvo excepciones, está muy pishcul). Nos saludamos. Angelo dijo, con su tono italiano: “¡Molinari! Te sigo leyendo.” Dijo que compra el periódico y, lo primero que hace es buscar mi texto para leerlo. ¡Salud! ¡Salute!

viernes, 13 de octubre de 2017

DEL PAN QUE NO ES PARTIDO POLÍTICO




En Comitán, como en muchos pueblos del mundo, hay una preferencia por el pan. El arquitecto Trujillo me confesó un día que no puede dejar el pan; es decir, tiene recomendación médica de dejarlo, pero él cede a la tentación. ¡Ah, qué rico el pan de Las Torres! ¡Ah, qué sabroso el pan de por Microondas! ¡Ah, el pan de doña Lupita!
Así como a la hora del amigo los comitecos ofrecen una cerveza bien fría, pero acompañada con unas costillitas adobadas, chile al pastor y tostadas de manteca; de igual manera, en la tarde ofrecen un cafecito. “Pero, con pan”, dice de inmediato el invitado. Café, ¡pero con pan! En realidad: ¡pan!, aunque no haya café ni leche ni chocolate. ¡Ah!, tan sabrosas las semitas, las rosquillas chujas y las costras. Comitán es tan aficionado al pan que uno de sus principales antojitos es el ¡pan compuesto!, como si alguien dijera que el pan simple ¡está descompuesto! Decenas y decenas de años consumiendo el pan comiteco ha provocado que las personas difícilmente acepten nuevas propuestas. Se sabe que la fuerza de la costumbre es columna vertebral del comportamiento. Cuando llegó “La flor de México” que se especializa en pan de la Ciudad de México, sólo las personas que estaban acostumbradas a comer las conchas y los bolillos se acercaron. Hoy los paradigmas han cambiado. Mucha gente aceptó la variedad. Hay gustos para pan comiteco y gustos para pan de la Ciudad de México y para pan de La Trinitaria y para pan de San Cristóbal de Las Casas. En fin, pan para gustos diversos. No hay necesidad de aferrarse a una sola variedad.
En materia política ha sido lo contrario. El PAN casi no tiene fuerza en Comitán. Acá la tradición política siguió la inercia que avasalló a la república que, como dijo Vargas Llosa, se acostumbró a la “dictadura perfecta” del PRI. Por un instante Comitán se volvió Verde, pero, como sucedió a nivel nacional, Comitán regresó como oveja al redil tricolor. En la actualidad la autoridad comiteca es del Partido Revolucionario Institucional. A nivel nacional vemos que el desencanto ha vuelto a florecer, millones de mexicanos se arrepienten de haberle dado otra oportunidad al PRI. ¿Qué sucede en Comitán? ¿Cómo nos fue con el regreso? A nivel nacional millones de electores están viendo hacia otro lado ¿Es opción el PAN a nivel nacional? En una ocasión lo fue y el inepto de Vicente Fox logró ser elegido presidente de la república. ¿Es opción el PAN en Comitán? Parece que no, porque no realiza propuestas inteligentes. Es una pena, porque bien podría integrarse al abanico de aspirantes y ¡en una de esas! Parece que el único pan en Comitán es el pan de todos los días, el que preparan en los hornos comitecos.
Con la misma lógica de la fuerza de la costumbre, el pan integral no ha sido una opción real en Comitán. Es casi difícil de creer que en una ciudad de más de cien mil habitantes no existe la opción de un pan más sano, un pan que, probablemente, le hiciera menos daño al cuerpo del arquitecto Trujillo.
El otro día caminaba por la calle donde está la oficina del Registro Civil y me topé con la Panadería “Corazón de trigo”. Llamó mi atención el dibujo del corazón, un corazón (si se me permite el término: integral, holístico). Entré y hallé que hay panes con ajo (ricos) y panes con cardamomo (riquísimos) y pensé que esta opción es muy válida y necesaria.
¿Por qué los anteriores intentos de panaderías integrales no han prosperado? Porque a los comitecos (como a cualquier sociedad) les cuesta cambiar sus hábitos alimenticios. Pero, cuando una opción puede ser una buena elección habría que modificar paradigmas.
La sociedad mexicana está acostumbrada a tomar Coca Cola y, a pesar que sabe que le hace daño, le cuesta trabajo cambiar paradigmas. La sociedad mexicana está acostumbrada a tener gobernantes ineptos y corruptos y, a pesar que sabe que le hace daño, le cuesta trabajo cambiar paradigmas. A los comitecos les cuesta trabajo cambiar su pan comiteco. Ahora sí que, como dijera Polo Borrás, ¡que con su pan se lo coman!

jueves, 12 de octubre de 2017

COMO LIBROS QUE SEDUCEN




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como un Premio Nobel de Literatura y mujeres que son como el Libro Vaquero.
La mujer premio Nobel de Literatura tiene una fama temporal y una gloria permanente. El año en que es venerada es motivo de mil atenciones por parte del amado. Como dicen en el pueblo: “¿En dónde te pongo?”. La invitan a cenar; le abren la puerta del auto; la sorprenden con ramos de rosas; la hacen reír; la sostienen en los momentos más aciagos; le dicen, al estilo de Neruda, que “su sonrisa se extiende como una mariposa”; le tienden el saco para que sus pies no se mojen en los charcos; la leen como si sus hojas fueran palomas de Szymborska o alfileres Sabines.
Ella cancela la teoría de que el enamoramiento dura seis meses, ella lo prolonga durante todo el año de fama, pero no puede ir más allá, porque ella misma sabe que la popularidad tiene fecha de caducidad, porque (es inevitable) siempre aparece otra que seduce a los amados, a los que están en busca de la novedad, los pobres hombres inmaduros que sostienen su endeble virilidad en estadísticas sexuales. Por esto, ella siempre es una mujer que es admirada por millones de hombres, pero inalcanzable en su esencia. Ella sabe que goza de la gloria infinita aunque los hombres (simples mortales) nunca alcancen siquiera a vislumbrar su grandeza.
La mujer Premio Nobel de Literatura es como un infinito libro hecho con hojas de luz; su costillar no viene de algún Adán redivivo y su pasión está por encima de explicaciones dadas con manzanitas, como si fuesen de cualquier escolar.
Ella es tan liviana como el vuelo de una paloma sobre la Cúpula de El Vaticano; es tan atrevida como el astronauta que sale de la nave para nadar en el aire. Ella es como un viaje en parapente en medio de la lluvia, es como la línea de una carretera que se suspende; tiene la gracia de un marco dorado en una pared del Louvre y la distinción de una mochila en el hombro de un niño de preescolar. Ella es la alegría de una pareja en medio del bosque, a la hora que levanta hongos. Ella es como la niña que se sube al columpio y se sorprende a la hora que despega los pies del suelo.
La mujer premio Nobel de Literatura está encantada con los reflectores y con los aplausos de las audiencias majestuosas. Sabe en el fondo que pertenece al mundo entero, que no puede entregarse a un amado en particular, porque su jardín no es para una sola fuente, para un solo papalote.
Posee el encanto del diente de león a la hora que se desprende del tallo y se prodiga en el viento; posee la humedad del pétalo que se resiste a despertar en la madrugada y es el rosetón que preside la fachada de la catedral.
Ella es sublime. Está conformada con las palabras más bellas de todos los idiomas. Es políglota. Por esto, cientos de traductores trasladan su espíritu a miles de lenguas, para que todos los fieles puedan llenarse con su flama, con su cordón de luz.
La mujer premio Nobel de Literatura tiene el encanto sutil de la veladora a punto de apagarse, a punto de volver oscuridad total la penumbra sugerente.
Ella es como el hueco de la torre, como la nube, como el pez que salta por encima de la horizontal del agua. Ella es como un pie desnudo sobre la piedra, como una foto en sepia, como un celular que se cae pero cuya pantalla no se fractura. Ella es como un vuelo de pájaro, como un puente sobre un río seco, como una película inolvidable.
La mujer premio Nobel de Literatura tiene cien nombres y cien apellidos, puede ser mariposa García Márquez o Elefante Saramago o Luciérnaga Castellanos o surtidor Paz o risco Alfonsina o sonrisa Almudena o trapecio Kafka o caja Pamuk. Tiene mil formas, mil amarres, mil nudos.
Es un pájaro, una ampolleta, un tapete, un bordado, un caballo de madera, una soga para colgar ropa recién lavada.
Ella es un libro y como es un libro contiene todo el universo. En sus pechos tiene mil galaxias, en sus muslos mil agujeros negros y en sus agujeros mil vías lácteas. Ella es una biblioteca inmensa, tan inmensa como mar, como gotas de miel, como aleteos de colibrí, como piedra de río, como limonada en la terraza, como huella en la arena, como taza de café caliente, como pan recién hecho.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un par de lentes y mujeres que son como canales sin agua.

miércoles, 11 de octubre de 2017

DE GUAJOLOTES Y OTRAS MATERIAS




La frase es contundente. Está escrita en el piso. Fue escrita con un plumón de tinta negra, indeleble. El autor usó un mosaico. Su acto fue como el acto del bailarín de danzón, que se mueve en cuatro baldosas.
La frase es una frase heredada. La mano joven que la escribió la recibió como legado de los mayores del pueblo.
Cotz es una palabra tojolabal que significa guajolote, pero que en el pueblo se usa como sinónimo de acto sexual. Los que saben dicen que la lengua tojolabal no emplea la ce, por lo que, en término estricto, la palabra cotz debería escribirse con ka: Kotz. Pero, ya se dijo, esta palabra es heredad y los mayores la han escrito con ce desde siempre.
Acá no se usa la palabra en su acepción de guajolote, sería un contrasentido decir: Guajolote con pelo; en todo caso, si fuera temporada de pavo al horno, se diría: Guajolote con pluma.
Acá, la palabra se usa como sinónimo de acto sexual.
La tradición ha sido tan rotunda que el pelo continúa presente. Los mayores recuerdan que la frase era más extensa y esta extensión le otorgaba un sentido de perversión mayor. Los jóvenes de la segunda mitad del siglo veinte acostumbraban decir o escribir la siguiente frase: “Cotz con pelos y turusa en caldo”. La turusa, en Chiapas, cuando menos en Comitán, es uno de los nombres que se emplean para designar a la vagina. Otros nombres son paloma, panocha (o panocho), concha, papaya y, en términos más recientes, los jóvenes emplean la palabra cotorra, cuando tienen relaciones sexuales dicen que le dieron de comer a la cotorra o los más osados dicen que despeinaron a la cotorra.
Lo de turusa en caldo era muy prosaico y no era una frase muy afortunada, como sí lo era lo de cotz con pelos, porque los jóvenes de aquel tiempo tenían la fascinación del Monte de Venus. En aquellas épocas no era costumbre rasurarse los pendejos de la entrepierna, por lo que la mayoría de desnudos femeninos mostraban una mata abundante o rala, pero mata de cabellos a fin de cuentas. El ideal voyerista de muchos jóvenes era alcanzar a ver la mata de vellos de la muchacha amada. Muchos estudiantes comitecos, en la Ciudad de México, asistían al burlesque y se unían a los gritos de la audiencia que, después que la vedete se había quitado el sostén y había liberado un par de pechos espléndidos, exigía que se quitara la tanga y mostrara “¡Pelos, pelos, pelos, pelos!”. La pelambre de la entrepierna era el platillo que cerraba con broche de oro la función.
Los jóvenes de hoy, fieles a la tradición, continúan escribiendo la frase. La escriben con la alegría con que el loro repite la frase de “Lorito dame la pata”. La repitem sin mucha conciencia del significado, porque en pleno siglo XXI, la mayoría de muchachas bonitas tiene rasurada la cotorra. La cotorra ya no tiene plumas, ya no la despeinan.
Las actrices del cine de los años setenta fueron famosas por sus matas de vellos. Mientras más velludas más interesantes. Por eso, muchos jóvenes, de manera disimulada veían los brazos de las chicas y si éstas tenían bastantes vellitos decían, con un tono lúbrico cachondo: “Si así está el camino ¡cómo estará el rancho!”, presagiando que el Monte de Venus sería generoso y suficiente.
Pero la tradición continúa. Los muchachos de estos tiempos siguen escribiendo lo que aprendieron de los mayores. El grito ¡Cotz! sigue siendo un signo de identidad comiteca.
Tal vez muchos formales puedan sentirse frustrados al decir Cotz con pelos y constatar que la muchacha tiene rasurado el pubis. Ahora, la modernidad exige, el cotz se hace sin pelos, cuando menos de la parte femenina. Ahora ya no se da lo que los jóvenes de los setenta sugerían a sus parejas: “Juntemos nuestros monitos”.
Los jóvenes siguen escribiendo la frase con plumón de tinta indeleble, para que el agua de lluvia no la borre, para que los adultos tarden más en borrarla, olvidando que ellos la escribieron en su juventud y son los benditos transmisores de la riqueza idiomática.

martes, 10 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE LA PORTADA DEL PLAYBOY




Querida Mariana: Fue noticia internacional: Murió el creador del Playboy. En las redes sociales hubo comentarios dispares, desde quien decía aborrecerlo por cosificar a las mujeres, hasta quien decía amarlo por hacerle más bella su vida.
¿De veras el señor Hefner convirtió en “cosa” a las mujeres al presentarlas desnudas? Pienso que eso es una exageración a la ene potencia. La primera mujer que imaginé desnuda la vi en el oratorio de la casa de mi abuela Esperanza. Ella, al lado de una imagen del Corazón de Jesús, tenía un cuadro donde estaba una representación de “nuestros primeros padres”: Adán y Eva, y ellos (se supone que ya habían sido expulsados de El Paraíso) estaban conscientes de su desnudez porque estaban avergonzados y se cubrían “sus partes” con hojas de parra. Y digo que fue la primera mujer que vi desnuda, porque la imaginé con sus pechos descubiertos. Ya te conté que la primera mujer desnuda que vi (no a todo color sino en blanco y negro) fue en el cine, ella fue “La venada”, de la película “Viento negro”.
Eva y Adán se cubrieron los cuerpos porque se avergonzaron al descubrirse desnudos. Pienso que quienes satanizan al creador del “Playboy” por presentar mujeres tienen un poco o un mucho de esa vergüenza primigenia, de ese absurdo pecado original. No comprendo cómo alguien puede decir que la mujer es “cosificada” por desnudarse ante las cámaras. Si así fuera, todo mundo se sentiría avergonzado al ver los desnudos en el cine, en la fotografía, en la pintura, en el teatro. Es absurdo pensar que el visitante a un museo debería aborrecer a Picasso, a Modigliani, a Rivera y a los demás excelsos pintores por presentar modelos desnudos.
Somos carne y espíritu, y hay personas (Dios las bendiga siempre) que se sienten orgullosas por los cuerpos que la naturaleza les prodigó. Miles de mujeres en el mundo se “mueren” por ser modelos de “Playboy”, por mostrar sus cuerpos en esa revista y ser admiradas por millones de lectores (no necesariamente hombres). Recordemos que también hay “Playgirl” y miles y miles de mujeres la compran, así como miles y miles de hombres.
Gabriel siempre compró revistas de desnudos que nada tenían que ver con Playboy. Siempre me dijo que las muchachas bonitas que aparecen en la revista del señor Hefner eran inalcanzables. Por eso, a Gabriel le gusta ver mujeres más cercanas a nuestro entorno, morenas, chaparritas, con ojos grandes y bustos decentes. El creador de Hefner no cosificó a la mujer, lo que sí hizo fue dictar un ideal de belleza femenina: mujeres que, como dice Gabriel, no se topa uno con ellas a la vuelta de la esquina. Las conejitas son muchachas elegidas entre millones (iba a escribir escogidas, pero se iba a prestar a una doble interpretación). ¿Quiénes aparecen en Playboy? Mujeres tipo Marilyn Monroe. Y todo mundo sabe que estas mujeres, así como los genios, se dan muy de vez en cuando. El mito las rodea, las hace inaccesibles. La grandeza de revistas como Playboy es precisamente eso: nos ponen en las manos, en la mirada, en todo el cuerpo, a mujeres que ni en sueños podemos alcanzar. Si esto no está en el mundo de la posibilidad, entonces es posible hacerlo en el mundo de lo irreal, de lo fantástico.
Todos los adolescentes del mundo tienen la oportunidad de conocer El Paraíso desde este Valle de Lágrimas a donde fue expulsado el género humano. Cuando menos, en Playboy se rescató el espíritu único, el del sin pecado original, el de la inocencia total. Los adolescentes abren la revista y al ver los cuerpos desnudos sienten una emoción indecible, como si estuvieran en lo alto de una montaña y sintieran la caricia del aire y el batir inmenso de las alas de las águilas.
¿Por qué a muchas personas les molesta el cuerpo desnudo? ¿Cargan algún complejo soterrado?
Ya te conté que la primera vez que compré un Playboy en la Proveedora Cultural (con cierta pena), don Rami Ruiz me dijo: “¡Ah, ya estás cambiando de tipo de lecturas!”, y metió la mano debajo de su escritorio y me dio un libro diciendo: “Para que no olvidés lo otro”.
¿Mirás la gran lección de don Rami? No hubo una sola palabra restrictiva, ni una sola palabra que prohibiera; lo que hubo fue un complemento en la balanza. Desde entonces (estoy hablando de los años setenta) mis lecturas son la revista de chicas desnudas y los libros de buena literatura.
Soy, desde siempre, un voyeur, gozo al ver esos cuerpos de muchachas bonitas que no se dan en todos los terrenos. Las chicas de Playboy son generosas, sin culpas gratuitas. Se muestran orgullosas de sus cuerpos bellos y nos dicen que los desnudos son parte intrínseca de nuestro ser.
Posdata: Adán y Eva iban desnudos de un lado a otro. Pero un día comieron el fruto del árbol del bien y del mal y, un segundo después, tuvieron conciencia de su desnudez y se cubrieron y el sentimiento de culpa apareció en sus mentes y no los abandonó jamás. Pero eso fueron ellos, hay personas que se han liberado de complejos y de culpas ajenas y disfrutan mostrando o viendo cuerpos desnudos, como una manera de expresar que la libertad no sólo implica liberar a las mentes sino también quitar correas a los cuerpos.

lunes, 9 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE LA PROPUESTA HILDA




Querida Mariana: Si alguien hiciera una encuesta en Comitán, un alto porcentaje de ciudadanos diría que las banquetas con laja son un peligro. Muchas personas se quejan. Las entradas a las cocheras son toboganes peligrosísimos que provocan caídas con los consecuentes daños físicos.
Pronto comenzarán a salir (como tzitzim en temporada de lluvia) los candidatos a la presidencia municipal y harán mil ofrecimientos a fin de ganar el voto.
¿Y qué tal si los candidatos, todos, firman una carta compromiso para ejecutar la Propuesta Hilda? ¿Qué tal que se comprometen para que, en caso de obtener el ansiado puesto, estén del lado de lo que la ciudadanía solicita? ¿En qué consiste tal propuesta?
Te cuento: Hace años, la señora Hilda me llamó por teléfono a la casa. Recuerdo su nombre porque es tocaya de mi mamá. Me apena no recordar su apellido. Ella pidió verme. ¿Era posible que llegara a su casa? Dije que sí sin saber lo que deseaba. Fui a su casa (no si aún vive ahí, dos o tres casas más allá de donde está la Pizzería Sanse).
Su solicitud era muy sencilla, pero complicada. Me pidió que redactara un texto que entregaría al presidente municipal, a manera de petición que haría en nombre del pueblo de Comitán. Su exigencia era muy atenta. Vi en su rostro, que se contraía cada vez que desamarraba sus palabras, un rasgo de preocupación. Le alarmaba el peligro de las banquetas, me contó que dos de sus amigas habían resbalado y se habían fracturado, una la pierna y otra un brazo. Decía, con justa razón y con lógica apabullante, que la conformación topográfica de este pueblo no era para que las banquetas tuvieran lajas tan resbalosas. El sentido común dice lo contrario, comentó doña Hilda, la razón dicta que las banquetas tengan materiales antiderrapantes por la dificultad natural de sus subidas y bajadas. ¿A quién se le ocurrió colocar lajas resbalosas a las banquetas de Comitán?
Escribí lo que solicitó y ella solicitó a la autoridad, de manera atenta y respetuosa, que se atendiera su petición y que consistía en lo siguiente: Que cada mes se cambiara las lajas de la banqueta de una calle a fin de hacer más seguras los espacios por donde caminan los comitecos. La autoridad, de manera atenta y respetuosa, hizo caso omiso de la petición. Jamás respondió el oficio, como tenía la obligación de hacerlo, porque es garantía constitucional, de acuerdo con el artículo octavo, que a la letra dice: “Artículo 8. Los funcionarios y empleados públicos respetarán el ejercicio del derecho de petición, siempre que ésta se formule por escrito, de manera pacífica y respetuosa; pero en materia política sólo podrán hacer uso de ese derecho los ciudadanos de la República. A toda petición deberá recaer un acuerdo escrito de la autoridad a quien se haya dirigido, la cual tiene obligación de hacerlo conocer en breve término al peticionario”; es decir, la autoridad debe responder por escrito, de manera positiva o negativa, pero debe responder. Bueno, pues ni eso. Se sabe, en cuanto la autoridad ostenta el poder olvida las promesas de campaña.
Ahora que los aspirantes comienzan a alborotarse sería bueno que la sociedad les solicite firmar la Propuesta Hilda, y que con su rúbrica establezcan el compromiso de arreglar una banqueta por mes. Nuestra ciudad es una ciudad que vivirá por siglos. No es posible que durante los años por venir la gente de edad tenga que caminar por esas banquetas resbalosísimas.
Colocar lajas en las banquetas fue un gran error. Ya no importa saber quiénes fueron los responsables de tal insensibilidad. Ahora hay que ver hacia adelante. Que, poco a poco, se corrija tal tontería.
¿Estarán dispuestos los aspirantes a establecer tal compromiso? ¿Piensa la sociedad comiteca que la Propuesta Hilda es de beneficio para la colectividad?
Una banqueta al mes significa la dignificación de treinta y seis banquetas en el trienio. Es un porcentaje mínimo, pero puede ser un avance para que cada gobierno realice tal acción. A la vuelta de pocos años Comitán podrá ser una ciudad más segura para los visitantes, pero, sobre todo, para los que acá residen.
Quienes “enlajaron” las banquetas no radican acá, por eso andan campantes en otras calles de Dios.

Posdata: Se trata de hacer una ciudad más habitable, más humana. En cuanto se oficialicen las candidaturas se presentará la Propuesta Hilda a cada aspirante. ¿Qué pasará?

domingo, 8 de octubre de 2017

DEFINICIÓN DE CIÉNAGA




En Comitán se usa más el término Ciénega. Según el diccionario se puede emplear ambos términos, pero el más prestigioso es el de ciénaga.
En Comitán la Ciénega fue famosa (sigue siendo famosa, aunque sólo sea por la mera mención). Los viejos recuerdan que en la Ciénega había patos y mucha fauna y mucha flora. En fotografías de los años cincuenta se aprecia cómo ese terreno pantanoso estaba lleno de agua, era un espejo gigantesco que jugaba a atrapar la luz enormísima de los cielos comitecos. La extensión era inmensa, como inmensos los juegos de los niños que se atrevían a ir a atrapar culebras de agua (creo que le llaman Shashibes), para llevar al otro día a la escuela y molestar a las compañeritas. Los traviesos metían las culebritas en las mochilas de las niñas. Los niños de ese tiempo llevaban tiradoras y rifles de munición para divertirse espantando a los animales.
La Ciénega era un espacio lleno de vida. Y los comitecos reconocían que ese espacio les daba vida. Pero eso era lo que reconocían los antiguos, porque los más recientes han ido (como en todo el mundo) depauperando la zona, a tal grado que ese humedal se contagió del mal de Pedro Infante y lo que era un cántaro rebosante de agua se quebró y ahora sólo brotan chisguetes.
Una tarde, Alfonsina trató de enmendarle la plana al tío Eusebio. Éste contaba que, de muchachito, iba con toda la palomilla, se arremangaban las piernas del pantalón y entraban (descalzos) al humedal. Contó que le encantaba la sensación de sentir el lodo en la planta de sus pies; decía que era como si mil babosas se enroscaran en sus talones, como si fuera un hortelano de Italia y en lugar de aplastar uvas en la vendimia aplastara gusanitos llenos de fango. Cuando más emocionado estaba contándolo dijo que ellos (los niños de ese tiempo) eran felices en la “Ciénega”. Ahí fue cuando Alfonsina brincó y trató de corregirlo: “Ay, tío, no se dice así, se dice Ciénaga”, y repitió silabeando: Cié-na-ga, y la na la gritó, para que el tío y los demás que ahí estábamos identificáramos bien la diferencia. El tío se puso colorado, pero un segundo después se recompuso, se echó para atrás en su sillón y se carcajeó con una risa que era como un temblor moviendo láminas en el techo. “Ah, pero qué muda sos, sobrina -dijo-. Los comitecos siempre le hemos dicho Ciénega a la Ciénega, así como le decimos pendejas a las pendejas”. Alfonsina nada más dijo. Ahora ella fue la que se sonrojó. Para desviar la atención de todos dijo que ahora hasta el Río Grande estaba seco. Todos reímos, dijimos que sí, y entramos a otro tema.
Salí un rato al patio y Romeo fue a mi lado. Nos sentamos en una grada. Él prendió un cigarro. Roxana se acercó y le llevó una cerveza a Romeo. Ella me preguntó si deseaba un té. Dije que no. Ella dijo que le hiciéramos un lado, nos movimos y se sentó a mi izquierda. Dijo que Alfonsina se había excedido. Habló de la pertinencia del lenguaje, de la fuerza del uso, y de los términos prestigioso y no prestigioso. Romeo dijo que Alfonsina se creía muy ilustrada y siempre trataba de corregir los modos de hablar de la familia. Tal vez lo hace con buena intención, dijo Roxana. No, dijo Romeo, lo hace de acomplejada, quiere demostrar que ella sabe más, que tiene un dominio exquisito del uso del idioma. Entonces oímos unos pasos, era el tío. Se recargó en la columna y dijo que a la palabra Ciénega le faltaba algo y preguntó por qué la Ciénega se llamaba Ciénega. Romeo dio una fumada y dijo que tal vez venía de cieno. Roxana se paró y le pasó una silla al tío y éste se sentó. También nosotros nos paramos y fuimos donde estaba el tío. Sonreía. Repitió lo que había dicho: que a la palabra Ciénega le faltaba algo. Hizo una pausa. Pensaba, lo vimos como si fuera un pájaro en vuelo tratando de posarse en una rama. Mientras se mecía en la silla mecedora algo brilló en sus ojos, volvió a sonreír, dijo: “Debería llamarse Cienagua”. ¡Sí!, dijo Roxana, como si ella también hubiese hecho el descubrimiento. ¡Claro!, dijo Romeo, ¡por supuesto! ¡La combinación perfecta de cieno y agua! Roxana besó al tío en la frente. Dijo que para la próxima debía decir la palabra frente a Alfonsina. Se va a atacar del coraje, dijo. Los cuatro reímos.

sábado, 7 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE HAY DE ESCRITORES A ESCRITORES




Querida Mariana: ¿Por qué ninguna comiteca ha participado en Juegos Olímpicos? ¿Por qué ningún comiteco juega en la Selección Mexicana de Fútbol Soccer? Las preguntas parecen ociosas, casi absurdas, pero si, con una taza de café y una buena pieza de pan de Las Torres, las ponemos sobre la mesa del diálogo podemos obtener respuestas que ayuden a recomponer esquemas del deporte comiteco. Claro que los autorizados para dar respuestas son los expertos. Ni vos ni yo.
Vuelvo a preguntar: ¿Por qué, en la historia de las Olimpiadas, no aparece un comiteco en la relación de participantes?, y ahora agrego una más (del tema que vos sabés me apasiona): ¿Por qué a nivel nacional la única escritora comiteca que ha brillado es la Chayo Castellanos?
Amanda me dijo el otro día que Baldomero, hijo de mi amigo Roberto Gutiérrez Dávila, es promesa para que llegue a Juegos Olímpicos, porque ha obtenido ya muchos premios relevantes a nivel internacional.
Creo que esto que Amanda menciona da pauta para tratar de responder las preguntas iniciales. Baldomero es un muchacho con grandes aptitudes en el deporte de su especialidad que, entiendo se llama Taekwondo y que es una disciplina (así lo advierte el nombre) que viene del Oriente. ¿Cómo esto llega a Comitán y cómo Baldomero se apasiona a tal disciplina? No lo sé. Alguien, en algún momento, sembró la semilla de este árbol que hoy está grande y bien fortalecido. Entiendo que Baldomero entrena con Félix Ogando, junior.
Si mirás bien, querida Mariana, he mencionado a dos chiapanecos: Baldomero y Félix; de acá colijo que en estas tierras hay buena madera; es decir, no sólo hay madera de hormiguillo para hacer buenas marimbas, sino también hay madera para sembrar pasiones, para hacer que los sueños sean más altos que la torre Eiffel y tan sublimes como la Ceiba del parque de la Pila o la Ceiba del parque de San Sebastián. ¿Por qué entonces no hay deportistas comitecos en las ligas mayores?
Ahora se me ocurre preguntar: ¿Por qué no hay políticos comitecos que brillen a nivel nacional? Están lejos los tiempos de Jorge de La Vega que estuvo así de llegar a ser Presidente de la República y se quedó en la orilla donde están los que nunca alcanzan los lugares más excelsos, los más reputados (¡Ah, qué palabra tan más de temperante sin salvadillo!) ¿Por qué ya no hay actores como mi admirado niño bonito: Javiercito Esponda, quien participó en, cuando menos, tres películas famosas de los años setenta: “El jardín de Tía Isabel”, “Los perros de Dios” y “El reventón”? Yo recuerdo a Javiercito en su papel del “niño del tambor” en la película dirigida por el gran director del cine mexicano Felipe Cazals (Javier, ya lo dije en dos ocasiones, ahora es el productor del programa “La rosa de Guadalupe”, programa de Televisa que ve medio México). Ahora que mencioné a Cazals se me ocurre la pregunta: ¿Por qué ningún comiteco ha llegado a ser un gran director de cine? ¿Y muchachas bonitas comitecas que sean actrices? Ya te conté que fui compañero de Lety Pinto, niña preciosa, que en los años setenta participó en dos películas al lado de uno de los famosos Almada y de Pedro Infante Jr. ¿Y ahora?
¿Y los científicos comitecos por qué no andan papaloteando por los laboratorios de Harvard? ¿Y qué pasa con los artistas plásticos? La historia del arte no consigna a alguna comiteca en las páginas de los artistas más brillantes a nivel nacional.
Bueno, con decirte que ni siquiera en el libro de los Artesanos Mexicanos aparece un artista de esta tierra. Y vos sabés que en estas parcelas hay gente talentosísima que trabaja el barro de manera espléndida.
Cuando estas preguntas asoman la única frase que aparece en mi mente es: “Algo nos está faltando”. Y en cuanto la digo aparece otra frase en mi mente que cancela la primera: “Por supuesto, tonto, por supuesto que algo falta”. La pregunta, entonces, es: “¿Qué le hace falta a Comitán para alcanzar los altos niveles?”. La materia prima es basta, suficiente; la madera es buenísima, con gran tradición, pero algo pasa con esa materia prima que se queda sin llegar a constituir los grandes productos; la madera se desperdicia y jamás alcanza a integrar marimbas sonoras, deslumbrantes, que alucinen a las audiencias de los grandes escenarios. Bueno, como compensación vemos que Luis Felipe Martínez, excelso músico ha triunfado en planos internacionales y lo mismo sucede con Lupita Guillén, soprano que nació en Tuxtla, pero tiene raíces bien fincadas en este pueblo. Pero aún no han ganado la medalla de oro. ¿Por qué?
¿Y qué pasa con los escritores? Salvo la mencionada nadie más brilla. Mi querida y talentosa amiga María del Rosario Bonifaz no tiene la trascendencia que mereciera su obra. Su tío, Óscar, de igual manera es una gloria estatal. ¿Los escritores jóvenes dónde están? En nuestro pueblo hay muchos narradores y poetas que han alcanzado premios estatales y premios nacionales, pero sus nombres no están colocados en el muro permanente de la gloria. ¿Por qué?
El mundo conoció, el pasado cinco de octubre, el nombre del escritor que fue tocado con la gloria del Premio Nobel de Literatura. Los periódicos anunciaron que es un escritor que nació en Japón y radica en Inglaterra, y que no era mencionado en la lista de los candidatos. ¿Imaginás el suceso? Kazuo Ishiguro andaba tranquilo en su casa cuando le dijeron que tenía una llamada telefónica. ¿Quién es?, preguntó y la mujer que recibió la llamada dijo: “No sé, dicen que es de la Academia Sueca”. En ese instante, Kazuo sintió una descarga eléctrica que paralizó todo su cuerpo; un segundo después tomó el teléfono, dijo ¡Hola!, la voz del otro lado preguntó si era Kazuo Ishiguro, él dijo que sí y fue cuando la otra voz anunció que la Academia Sueca le concedía el Premio Nobel de Literatura de 2017. A partir de entonces y hasta dentro de un año, Ishiguro estará inmerso en un tobogán que modificará su vida. Deberá responder las preguntas de decenas de periodistas, deberá acudir a presentaciones oficiales, viajará a muchas partes del mundo, donde será recibido con el entusiasmo que despiertan los grandes personajes del mundo. Se convertirá en un hombre espectáculo de la literatura y su nombre ingresará a la relación de los que obtienen medalla de oro.
¿Qué hizo Kazuo para lograr tal prodigio? No hizo más que lo que han hecho los demás escritores del mundo: disciplinarse y escribir una obra. ¿Su obra es la más sublime del mundo? ¡No! Con certeza te lo digo. Hay muchos escritores que han obtenido el Nobel cuyas obras dejan mucho que desear en cuanto a cualidades estéticas. Ya hemos comentado en ocasiones anteriores que el japonés Murakami siempre aparece en las listas de probables ganadores del Nobel y vos y yo coincidimos en que su obra literaria no es excelsa. Hay obras (las he conocido) que superan lo alcanzado por Murakami y sin embargo sus autores permanecen en la esquina oscura donde habitan los que nunca alcanzarán la trascendencia. ¿Qué pasa? ¿Qué deben hacer los escritores comitecos para dar el brinco a la otra esfera?
Armando Alfonzo fue un escritor que alcanzó el éxito local. Cuando escribió su primer libro y lo puso a la venta en el pueblo ¡se agotó la edición! El libro se llama “Sólo para comitecos”. Tal vez, los autores que han escrito libros después de él se contagiaron del mal y han escrito “Sólo para comitecos”. El éxito está relacionado con una serie de imponderables que los mortales comunes y corrientes no pueden descubrir, pero una cosa que en literatura es insoslayable es algo que han practicado los más exitosos escritores: “Convertir lo local en ¡universal!”; es decir, los escritores que pretendan alcanzar un escalón más alto que el simple ladrillito local deben escribir del entorno cercano con afanes de convertirlo en la gran historia que seduzca a todo el mundo, deben escribir ¡no sólo para comitecos!
Tal vez, digo que sólo tal vez, lo que Kazuo, el Nobel de este año, ha realizado no es más que escribir historias de lo que sabe y ahora se ha reconocido la universalidad de sus narraciones. La gloria lo ha tocado, desde hoy hasta que la historia del hombre esté presente. Ahora deberá dejar su cotidianidad y se verá inmerso en un callejón donde la gloria prende la mecha de los fuegos de pirotecnia y las fanfarrias suenan noche y día.

Posdata: ¿Cuándo un escritor comiteco alcanzará la gloria del Premio Nacional en Lingüística y Literatura, que es como el Nobel mexicano? ¿Nunca un escritor comiteco obtendrá el Nobel de Literatura? ¿No? ¿Por qué no? ¿No es acaso limitarse en capacidades? Los tuxtlecos se sienten chentos, porque dos de sus escritores ya lograron el agua bendita de la gloria: Jaime Sabines y Eraclio Zepeda subieron al podio de los consagrados. ¿Qué hicieron estos paisanos para alcanzar tal goce? Parece que no hicieron más que lo que Kazuo hace: escribir con pasión, con disciplina y tratando temas locales. Siempre, pienso, a la hora de llenar una cuartilla lo hicieron con el convencimiento de que escribían la obra más importante jamás escrita; lo hicieron desde sus estudios lujosos o desde miserables buhardillas. ¿Qué está haciendo falta a los comitecos para que estén en los lugares que la grandeza de su destino parece tenerles reservados? ¿Qué? ¡Ah, a mí no me quedés viendo! No tengo la respuesta. Yo sólo tengo preguntas y te las pongo en las manos para ver qué hacés con ellas.

viernes, 6 de octubre de 2017

EL DE LA ÚLTIMA FILA




Soy el de la última fila. Cuando entro a un aula o un auditorio o un teatro o una sala cinematográfica elijo, de preferencia, la última fila.
En ocasiones (¡ni modos!) debo estar en la mesa de honor de una graduación escolar o en una presentación de libros o en una lectura de textos narrativos. Asumo el compromiso y lo soporto. Lo soporto, porque si me dieran a elegir preferiría estar sentado en la última fila.
Si pienso en esta obsesión, en este comportamiento inusual, encuentro que, en la primaria, por ser de los niños más pequeños del salón, siempre estuve sentado en las primeras filas, porque ahí me sentaban los maestros. Me di cuenta que a los de la primera fila no les queda más que ver al maestro o al pizarrón. Los compañeros que se sentaban atrás podían esconderse detrás de las cabezas de los que estaban sentados adelante y jugaban muñequitos u otras cosas. Desde entonces siempre anhelé sentarme en la última fila, porque entendí que ahí la vida era más divertida.
La secundaria la estudié en el Colegio Mariano N. Ruiz (institución donde laboro desde hace más de treinta años). El primer día que entré al salón hallé una situación simpática, además de insólita. En la escuela primaria Fray Matías de Córdova (donde estudié) los salones estaban divididos en sexos: unos salones era para varones y otros para mujeres. En el Colegio, ya en secundaria, mujeres y hombres compartíamos el aula, pero la distribución era original, porque las mujeres estaban sentadas en las primeras filas y los hombres nos sentábamos en la parte de atrás. El padre Carlos (fundador y director de la institución) decidía quién se sentaba en determinado lugar. Esta era la primera acción que realizaba el primer día de clases. Los alumnos hicimos dos filas: una de hombres y otra de mujeres. Las filas fueron integradas con el criterio de la altura de los alumnos, los más pequeños al frente y los más altos al final. Esto provocó que las chaparritas estuvieran en la primera fila y las más grandes (las más desarrolladas) en la última fila de mujeres; en seguida, comenzaba la sección de varones, la primera fila de varones estaba integrada por los más pequeños y los varejones se sentaban en la última fila, recargados en la pared del fondo.
A mí me tocó (junto con Ramiro) sentarme en la primera fila de varones, justo detrás de la última fila de mujeres (detrás de las más grandes, las más desarrolladas). Esta posición de privilegio me permitió, por primera vez, apreciar las ventajas de no estar en la fila delantera. Detrás de las compañeras podía camuflarme, podía jugar al fútbol con bolitas de plastilina y, sobre todo (¡Bendito Dios!), podía, en lugar de ver el pizarrón o el rostro de cristo fastidiado del maestro, ver las cabelleras y los cuellos de mis compañeras, y, si me hacía tantito para adelante, podía admirar sus espaldas y, ocasionalmente, sus muslos o pechos.
Esa posición libertaria era ventajosa. Me enseñó que el mejor lugar para ver el mundo siempre está en las últimas filas, porque la vida no sólo está concentrada en el paisaje del frente, sino, sobre todo, en los seres humanos que ven ese paisaje. Ahí comencé a tener conciencia de mi vocación de escritor, supe que yo no sería de los que están en los escenarios ni tampoco de los espectadores de la primera fila, sino del que se sienta en la última fila, porque así lo decidió, a fin de ser un testigo fiel de la obra de teatro y de quienes la ven; es decir, necesitaba tener una visión total del gran espectáculo que es la vida.
Esto me convirtió en una especie de voyeur que estaba alimentado por mi natural timidez. Me costaba trabajo relacionarme con la gente, pero me fascinaba la fiesta donde las personas se reúnen y platican, bailan, beben, se acarician, cogen.
Desde siempre había sido un gran cinéfilo. Me gustaba sentarme en la última fila, porque me gustaba ver, además de la historia que se escenificaba en la pantalla, las mínimas historias que se desarrollaban a mi lado, porque los enamorados también elegían la última fila para evitar las miradas indiscretas de los demás, pero yo, con la técnica del que está pendiente del gato y del garabato, miraba cómo Jorge Rivero le quitaba la blusa a Isela Vega, al mismo tiempo que Juan equis acariciaba el pecho a María ye, mientras yo (Alejandro zeta) sudaba por la duplicidad de escenas que despertaban mi emoción más erótica.
En la sala cinematográfica, igual que en los demás espacios de reunión, aprendí que lo que aparece en la pantalla es una historia más. Entendí que la última fila permite aliar la historia del frente con las demás: las laterales; y que estas alianzas hacen que la vida sea más entretenida, más llena de vida.
“Pasá adelante”, me dicen a veces y me ofrecen un asiento en primera fila, de esos asientos que tanto buscan los que son felices expuestos a los reflectores, lo hacen como símbolo de generosidad. Yo, como símbolo de cortesía, agradezco el gesto, pero digo que no, que prefiero el asiento de la última fila. Ellos, los generosos, han de considerar que soy un pedante, que soy un grosero. No saben que si me siento en la primera fila sólo tengo una visión parcial del instante y yo, por mi vocación de escritor, de lector del mundo, debo tener una visión total de cada instante. Soy un convencido de que la vida es más vida cuando se ve desde la última fila.