domingo, 7 de febrero de 2016

CUBA, ME HACE FALTA




Desperté con esa sensación. Abrí los ojos y pensé: Cuba, me hace falta. Si esto se lo contara a Quique diría: “Te lo dije, buey, te hace falta echar trago” y trataría de convencerme de que fuéramos a La Casona y pidiéramos una charola con chicharrón de hebra; longanizas, estilo Teopisca; picles; pellizcadas; tostadas de manteca; cebollas asadas; frijoles refritos, con queso y chile de Simojovel; costillas; patitas en vinagre; chorizos y butifarra. Esto como mero pretexto para resbalarnos dos o tres cubas libres. Pero, por eso, abrí los ojos y pensé: Cuba, me hace falta; la Cuba libre, la que un día amaneció con el puño levantado, comandado por un grupo de barbones irrespetuosos que le habían quitado el peluquín a Batista.
Pero, ¿cómo me hace falta Cuba, si yo nada sé de esa Cuba que acabo de mencionar líneas arriba? Ya he contado que varios compañeros de mi generación, en los años setenta, tenían carteles del Che pegados en las paredes de sus cuartos y hablaban de que allá los revolucionarios habían logrado la utopía de implantar el Socialismo y que nosotros (es decir, México) estábamos jodidos porque seguíamos oliendo el trasero de Estados Unidos (unos iban más allá y decían que éramos el trasero de los gringos y que por eso (¡qué asco!) el país olía a lo que olía). ¿Qué dirían esos compas del hedor actual? Dirían: ¿Vieron? Nosotros lo advertimos a tiempo. Pero eso lo decían ellos, porque yo, de veras, ni sabía dónde estaba Cuba, ni sabía nada de Fidel, de Batista, de Bahía de Cochinos. Yo leía revistas de monitos (Memín, Kalimán, Chanoc…) y libros de la Colección Básica, de Salvat. Ahora, con justa razón, ellos, los compañeros que tenían al Che en el frente de las playeras y soñaban con ir a Cuba para integrarse a las brigadas que, años después, harían de ese país un país sin analfabetas, podrían decirme que yo vivía en una burbuja, alejado de la realidad. Concluirían: Por gente como vos es que estamos como estamos.
Sí, perdón, nunca fui como ellos. Cuba comenzó a brotar en mí como una isla emergiendo a mitad del mar en el instante en que llegó una Antología del Cuento Cubano y (perdón) más que el olor de la Revolución me deslumbró el aroma de sus calles, de esas calles donde, aún, transitan autos de los años sesenta, porque allá nada de que cambio carro cada año y de que estoy pendiente del nuevo modelo 2016. Allá, la gente hace fila en la Nevería Coppelia y se sienta frente a una mesa al aire libre donde (es inevitable, y qué bueno), como en el cuento de Senel Paz: “El lobo, el bosque y el hombre bueno”, un marica se sienta a tomar helado con una cuchara pequeña y da gritos como de ardilla encaramada en un pino cuando se topa con una fresa, porque los helados de fresa y de chocolate (dicen) son los más solicitados en esa heladería que prepara las nieves más sabrosas del mundo. Tan es así que todo mundo dice: “Cambio mi reino por quince minutos de gloria”, ya que quince minutos es, más o menos, el tiempo en que un goloso termina la copa de helado.
Amanecí sudando y tal vez ese sudor, como si fuese un botón en mi memoria, me envió a Varadero a sentarme debajo de una palmera y ver, en ese horizonte que une el azul del mar con el del cielo, a las jineteras que, al caminar, mueven sus culitos como si las olas fuesen bongós y el viento las tocara en un ritmo afroantillano que sabe a sal, a sol y a rumba.
Desperté con la sensación de que Cuba me hacía falta. Tal vez me hace falta volver al librero, como si volviera al malecón de La Habana, para sentarme y ver la puesta de sol, mientras niños morenos y colochos juegan en la arena. Tal vez me hace falta volver a leer “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier, o “Paradiso”, de José Lezama Lima (viejo panzón, que tanto amó Julio Cortázar, quien tanto amó a Cuba); tal vez hace falta que me siente en una banca del parque central de Comitán y lea en voz alta un poema de Dulce María Loynaz (el libro que me obsequió mi amiga Paloma y que es una edición cubana); tal vez debo subirme a un colectivo (imaginando que me subo a una guagua) y, como si fuese uno de esos muchachos que suben con una guitarra y cantan para luego pedir una moneda, sostenerme en un tubo y leer el poema de Eliseo Alberto que, en su parte final, dice así: “… no poseyendo más / entre cielo y tierra que / mi memoria, que este tiempo; / decido hacer mi testamento. / Es este: / les dejo / el tiempo, todo el tiempo”.
Y, aunque no lo creyeran aquéllos que soñaron con Cuba en los años setenta y que me conocieron, un día me fui de Comitán dispuesto a llegar a La Habana. Pensé que, antes de morir debía conocer esa tierra donde había vivido ese escritor enorme llamado Ernest Hemingway, sólo para decir que “Cuba era una fiesta”. Cuando Sergio Pitol (otro enorme escritor) se enteró, me dijo: “Ahí está tu libro”, en el viaje a Cuba pepenaría un libro.
No alcancé a llegar. Cuando vine a ver no pasé de Chacaljocom. Volví a mi tierra. Cuba se diluyó como se desintegra el cubo de hielo en los vasos. Por eso, si Quique se enterara dijera: “Dejá de escribir boberas, vonós a meternos una”. Una cuba, una cuba libre, ¡una Cuba Libre! Beber un ron, un mojito, en nombre de Italo Calvino y su novela “Si una noche de invierno un viajero”.

sábado, 6 de febrero de 2016

CARTA A MARIANA, PARA DAR TESTIMONIO




Querida Mariana: ¿No te molesta si vuelvo a mencionar a Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura 2015? Ella nació en Ucrania. Una tierra un poco lejana de la nuestra. Para compensar mencionaré a Guillermo Bermúdez Domínguez, quien nació en el barrio de La Pila, de nuestro Comitán.
Estoy seguro que Svetlana, de muchacha, no imaginó que una mañana su nombre estaría en boca de todo el mundo. El nombre de Guillermo no está en boca de todo el mundo, pero sí en boca de muchos comitecos; a veces para bien y otras sólo como mero chisme.
¿Por qué ahora relaciono a la ucraniana con un pileño? ¿Qué tiene que ver una cultura con la otra? ¿Qué punto de contacto existe entre alguien que creció en terrenos donde los osos y los paisajes helados no son infrecuentes y alguien que creció en medio del canto de los cenzontles y nadando en ríos de aguas templadas? Bueno, todos sabemos que los seres humanos tienen las mismas aspiraciones y temores, sin importar el lugar del mundo en que vivan. El mayor punto de contacto de un ser humano que vive en el otro lado de la tierra con otro que vive de este lado es, precisamente, su condición de humano. Los seres que habitan en la selva de La Amazonia también gozan, sufren, ríen, hacen el amor y celebran rituales, así como lo hacen los ucranianos o los comitecos. Claro, los seres de La Amazonia (lo mismo que nosotros) nunca han padecido los horrores de una guerra mundial, como sí la padecieron los ucranianos. Pero nuestros temores y nuestras desgracias están todos contenidos en el mismo hoyo del infierno.
Relaciono a Memo con la Aleksiévich porque esta última logró el máximo premio de literatura gracias a los libros que ha escrito donde da a conocer testimonios de vida. Dos de sus libros más famosos son “Voces de Chernobil” y “La guerra no tiene rostro de mujer”; el primero cuenta la tragedia ocurrida en la planta nuclear de Chernobil, el segundo narra la participación de mujeres en la Segunda Guerra Mundial. Lo importante es que lo narra a través de las voces de hombres y mujeres que contaron sus propias experiencias.
¿Y nuestro Memo comiteco, qué tiene que ver en esta historia? Resulta que, como parte de un trabajo de investigación universitaria, Gustavo de Jesús Gordillo Gutiérrez (estudiante del cuarto semestre de la licenciatura en Trabajo Social, de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar) le pidió un testimonio de vida. ¿Por qué Gustavo le pidió esto a Memo? Porque Guillermo fue su maestro en primaria. Tal vez Gustavo no sabe que el trabajo que realizó (salvadas las distancias profesionales) es el mismo trabajo que Svetlana realiza: hacer que la voz de un personaje se exteriorice y quede grabada para siempre. Gracias al trabajo de la ucraniana, ahora, todos los lectores podemos “escuchar” las voces de quienes padecieron, por ejemplo, el horror del desastre nuclear de Chernobil. El lector, querida Mariana, siente la cuerda de fuego que viven quienes deben habitar un territorio contaminado. ¿Podés imaginar lo que significa vivir en un terreno que está expuesto a la radiación? Vivir en esas condiciones debe ser como vivir en el límite, en la orilla del vacío, sin saber si en esa tierra puede sembrarse algo, porque la cosecha puede ser como una granada de fragmentación. A veces pienso en esos niños de Europa que juegan tranquilos y sonrientes hasta que alguno de ellos pisa una mina enterrada en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y todos mueren por la explosión. Sólo lo imagino, porque nunca he vivido en un territorio de guerra. Pero imagino que debe ser dramático vivir así. Si vivir donde vivimos ahora es un problema ¿qué podemos decir de aquellos territorios? Ahora nos da temor vivir en un espacio que tiene ríos que no contienen agua limpia, como antes, sino que son cauce de sustancias contaminadas. Es triste caminar por las orillas del Río Grande y ver que está lleno de caca.
Así como muchos personajes bielorrusos contaron su testimonio a Svetlana, Memo contó su testimonio a Gustavo y éste nos entrega una historia que cuenta las emociones y tragedias de un personaje muy cercano a nosotros. El testimonio de Memo está salpicado de anécdotas simpáticas y de anécdotas dolorosas. Como ejemplo de las primeras te paso copia de una: “En mi juventud me practicaron la circuncisión, corrí con la mala suerte que a media operación se fue la luz y no tenían hilo para costurar, recuerdo que a esas horas fueron a conseguir una lámpara de cacería para que pudieran continuar con la operación. Lo más simpático del caso es que al llegar a la escuela, después de varios días, el profesor Humberto Bautista me dijo: > ¿Cómo estás Bermúdez? ¿Te operaron? <. Sí, profe, y luego me dice: > ¿Y es cierto que con el cuerito te mandaste a hacer un par de botas? <, y mis compañeros soltaron las carcajadas”.
Lo que narran los personajes de los libros de Svetlana da cuenta de las miserias humanas provocadas por los mismos humanos. Esos testimonios son como alambres de púas que ahogan y terminan por asfixiar. Si no fuese por el trabajo inteligente de la escritora, esos testimonios de vida se hubiesen extraviado y los seres humanos olvidaríamos. Preservamos la memoria porque es la prueba de la existencia. Si Gustavo no hubiese entrevistado a su maestro (muchos años después de que fue su maestro) la historia de Memo hubiera sido como esas lluvias que caen en el desierto y sólo alimentan a dos o tres cactos. Por fortuna, una tarde, Gustavo se sentó ante su maestro y, con una taza de café escuchó la voz de Memo, y esta voz se riega como agua de represa por muchas comarcas: “Hubo cosas tristes que las recuerdo con mucho dolor, porque, ahora que conocemos ese tema tan sonado del bullyng, me tocó ser víctima en varias ocasiones de este problema y quedaron grabadas, porque me pasaron dos situaciones difíciles de superar. En una ocasión un compañero me reclamaba que le había derramado un frasquito de Resistol y lo cobraba quitándome a diario mi gasto o la fruta que me ponía mi madre, llegó a tal grado que me acosaba en la esquina de mi casa. Una mañana me mandaron a comprar las tortillas y ahí estaba él y me dijo que si no le llevaba cinco pesos me iba a matar y llegó con una navaja, me dio mucho miedo; a mi mamá no le decía del problema, me llevó casi a rastras a la escuela y allá sí tuve que decir la verdad y me costó mucho superar esa situación…”
Los hombres contamos lo que vivimos, lo hacemos para dar constancia de la vida. Entre todos escribimos el gran libro de la humanidad. Ningún testimonio es menor. Todos son importantes. La Historia (con mayúscula) nos ha acostumbrado a conocer las biografías de los grandes personajes, de los héroes, y ha menospreciado las vidas de los modestos, de quienes, a final de cuentas, han participado en las grandes hazañas de los grandes. ¿Conocíamos las historias de las mujeres sencillas y comunes que, en la trinchera, en los pabellones, participaron en la Segunda Guerra Mundial? ¡No, hasta después de los libros de Svetlana! Conocíamos, sí, las historias de los mariscales y de los personajes principales. ¿Cuál testimonio es más valioso? ¿El testimonio de quien, en palacio, detrás de un escritorio, declaró la guerra, o el de quien, en un foso, tomó el fusil y apuntó al enemigo, sin saber bien a bien por qué debía matarlo? No sé qué pensés, Mariana. Yo digo que ambos testimonios son valiosos para conocer los pensamientos de los seres humanos y de sus comportamientos. De igual manera creo (insisto, proporciones guardadas) que el trabajo de Gustavo es igual de valioso que el de Svetlana, porque el testimonio que Memo le regaló preserva parte de nuestra identidad. La historia de Memo Bermúdez es la historia de un comiteco que creció en este pueblo, nuestro pueblo. Al inicio del testimonio, Memo dice: “Mi nombre es José Guillermo Bermúdez Domínguez. Soy originario de Comitán de Domínguez, Chiapas. Nací el 23 de agosto de 1957, en el barrio de La Pila, calle del Resbalón…”. ¿Mirás, querida Mariana, qué maravilla? ¡Calle del Resbalón! La simple mención del nombre hace que la identidad de este pueblo halle acomodo. ¿Qué haríamos los comitecos si algún día extraviamos esos tesoros lingüísticos que son como chimbos para nuestra alma? Hoy (es una pena) el letrero que existía en esa calle ya no está. Tal vez a alguien, algún día, se le ocurra pintar una lámina pequeña con ese nombre y pida permiso al propietario de la casa para devolverle ese nombre tan original a la calle. No creo que autoridad alguna se opusiera a rescatar esos pequeños rasgos de nuestra identidad. Mientras llega el momento, ya Gustavo y Memo nos han obsequiado una tableta de manía que endulza nuestro espíritu.

Posdata: Memo dice que cuando iba al rancho de su abuelo materno, a los más chicos los metían en un tambito, uno de cada lado en un caballo. Así fue esta historia, Memo fue en un tambito y Gustavo en el otro. Gracias por invitarnos a este fabuloso viaje de vida.
(Nota: La presentación del cuadernillo será el lunes 8 de febrero, a las once de la mañana, en las instalaciones de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, barrio Los Sabinos.)

viernes, 5 de febrero de 2016

LECTURA DE UNA PUERTA CON VENTANILLO




¿Qué altura tiene esta puerta? ¿A qué altura está el ventanillo? Las puertas, igual que los ventanillos, se abren y cierran. La diferencia es que por la puerta entra y sale gente, no sucede lo mismo con el ventanillo. Este último tiene la capacidad de dejar pasar la mirada y el aire (ocasionalmente algún pájaro despistado; ocasionalmente alguna cucaracha o araña). Este ventanillo es como un respiradero para la habitación, porque los cuartos de las casas de antes eran completamente oscuras. No tenían ventanas. Sólo poseían una puerta que daba al corredor (miento, tenían puertas laterales interiores que permitían el acceso a los cuartos aledaños, ocasionando que la intimidad fuese una mera utopía, porque en cualquier instante, el vecino, que bien podía ser el papá o el hermano, entraba a la recámara de la muchacha que se desvestía. El grito de sorpresa accionaba las manos que cubrían los pechitos descubiertos y detonaba el reclamo enardecido)
Este respiradero permitía, entonces, el paso de la luz. Era el permanente recordatorio del Origen del Universo: “¡Hágase la luz!”, así pues, cada mañana, el morador de la habitación se levantaba, buscaba las pantuflas debajo de la cama, se calzaba y abría el ventanillo. El aire y la luz entraban, aleteaban como pájaros y refrescaban el rostro entumecido del recién levantado.
Pero, dije que el ventanillo también permite el paso de la mirada. Y esta acción (es comprensible) se realiza en ambos sentidos: los mirones pueden estar dentro o afuera. Si están adentro la acción es permisible; si están afuera es una acción un tanto indebida. Si la muchacha está en el interior de su cuarto vestida sólo con ropa interior y sube a una silla y mira por el ventanillo qué provoca ese ruido que asoma en el corredor, el juez diría que es un acto lícito; pero si el muchacho, en medio de la penumbra de las ocho de la noche, arrima una silla y, con mucho sigilo, se encarama y con la mano avienta el postigo para ver cómo la muchacha se retira la pantaleta y la avienta con desparpajo sobre la cama, el juez diría que es un acto casi perverso, porque el voyerismo no se ve con buenos ojos (si se permite el término, porque son necesarios buenos ojos para realizar tal acción).
Esta puerta proviene del siglo pasado. Se aprecia que la cerradura no es una cerradura moderna; es una cerradura que fue fabricada por algún herrero comiteco, que tenía su taller allá por el barrio de Las Siete Esquinas.
Cuando los voyeristas no tenían los ventanillos para hurgar, no les quedaba más que ponerse en cuclillas y pegar un ojo al hoyito que servía para meter la llave y abrir.
Esta puerta es semejante a la puerta que dio paso a la partera que atendió a la Nana Chila cuando nació José y, muchos años después, permitió que entraran, apresurados, los dos enfermeros que sacaron a Nana Chila, porque le había dado un infarto. Esta puerta se cerró la tarde que a la Nana la sacaron en una camilla; no se volvió a abrir para ella. Desde entonces, por instrucciones de la tía Eugenia, quedó cerrada. Cuando alguien sugiere que la abra, para que se oree el cuarto, para que saquen la ropa de la fallecida y vuelva a dársele vida, ella dice que el ventanillo está abierto y le entra aire y luz. Los pájaros y cucarachas no entran, porque tiene una malla de cuadros mínimos que tiene la función de servir como mosquitero.

miércoles, 3 de febrero de 2016

EL GATO PESSOA




Romeo subió y, como si me aventara un balde de agua fría, dijo: “¡Los gatos tienen siete vidas!”. Yo seguí poniendo piezas al rompecabezas. Sin levantar la vista dije: “Ya lo sé”. Entonces Romeo, al ver que no festejaba su descubrimiento, se sentó a mi lado y me ayudó a armar la figura de la Torre Eiffel. Me pasó todas las figuras que estaban en azul, para que completara el cielo, el cielo de París, desde Comitán. ¿Cuántos años teníamos? ¿Ocho, nueve?
¿Por qué Romeo decía eso? Días después, en casa de tía Sofía (dueña de Satín, Hildebrando y Gostita, tres gatos siameses), me atreví a preguntarle, mientras ella regaba un poco de leche en sus platos personalizados. Mi tía dijo que, en efecto, los gatos tenían siete vidas, porque se salvaban siete veces de ir a la muerte. Y me contó de una vez que Hildebrando cayó al pozo, pero, con tan buena suerte, que lo hizo sobre una madera que flotaba y así ni se mojó ni menos se murió. ¡Esa fue una de sus vidas! Le quedaron seis, dijo, sentenciosa, mientras caminó hacia la cocina y fue a servirme un pedazo de pastel de chocolate, que le salía muy rico.
Ahora, con cincuenta y nueve años de vida (la única que tengo), puedo decirle a Romeo que, en efecto, tuvo razón: ¡los gatos tienen siete vidas!, pero no como decía tía Sofía. Ahora a la tía puedo decirle, por mi experiencia de convivir muchos años con El Misha, que los gatos tienen siete vidas, pero paralelas. Nada de que acá termina una vida y comienza la siguiente. ¡No! Los gatos viven sus siete vidas al mismo tiempo; es como decir que tienen siete personalidades, que son siete gatos en uno (tal vez valga decir: siete animales en uno); un poco como si fuesen como ese poeta Pessoa que tuvo muchos heterónimos.
Una mañana, mi Paty bajó una jaula del estante que está en el cuarto de tiliches, la llevó al patio de servicio y, con una manguera, la lavó. Dijo que doña Chelo le daría una cotorrita australiana. “Se llamará Guazú”, dijo Paty, y dejó la jaula a mitad del patio para que se secara. El Misha bajó de su silla, husmeó, olió la jaula y se echó a su lado. Paty dijo que El Misha no sabía que era gato, lo dijo no con la suficiencia de Romeo, sino con la sencillez de quien mira un atardecer. Ahí fue donde descubrí que el gato era gato, pero, además, era otro animal; es decir, una de sus siete vidas era la de ser gatito (sus maullidos diarios me lo aseguraban), pero, usaba otra de sus vidas en ser otro animal. Cuando Paty llevó el Guazú a casa estuvo a punto de ocurrir una tragedia. Mientras colocaba el contenedor de agua, de plástico (de color amarillo), el pajarito salió de la jaula, aleteó en toda la estancia y se fue a parar (¡ay, Dios mío!) justo en donde dormía el gato. Paty gritó, corrió, el gato despertó, vio a la cotorrita y volvió a cerrar los ojos. Paty dejó al pajarito, quien, también, no hizo algo para volar, se quedó ahí, petrificado, no sé si por la impresión de ver a semejante animal o porque (¡Ay, Señor!) el pájaro también tiene heterónimos parientes del león o del jaguar. Ahí supe que, en efecto, El Misha era, también, un pájaro. Paty, todas las tardes, saca al Guazú de su jaula, le da besos, lo coloca al lado del gato y éste no hace ni el más mínimo intento de atacarlo; es como si en un alambre de luz estuviesen dos pájaros, digamos un zanate y un garbancero, y se ignoraran olímpicamente, porque se sabe que pájaro no come pájaro.
Siempre que llegó a casa por la noche, guardo el auto, cierro el portón y, a la hora que abro la puerta de la sala, El Misha sale al patio sin saludarme. Da una vuelta al auto, luego, frente a la llanta delantera izquierda, mueve la cola como si fuese un sacudidor y sube al cofre del auto. Se echa, levanta la vista y se pone a mirar el cielo. ¿Qué ve? Ahí supe que, además de gato y pájaro, también es un astrónomo, siempre pendiente de la próxima lluvia de estrellas.
Pero no sólo gato, pájaro y astrónomo, también masajista. Paty se coloca una frazada encima de los muslos, echa ahí al gato y éste, sin ninguna indicación, con sus dos manitas comienza a espulgar la tela. Al principio creí que era un movimiento en cámara lenta que imitaba el movimiento de cubrir sus excrementos, un poco como si echara tierra a los desechos, pero Paty me aclaró que su movimiento es como de un molino que mueve sus aspas al ritmo de un río de aguas lentas, puras, diáfanas. El movimiento es de tal perfección que basta verlo unos minutos para sentir que el cuerpo se relaja. “Se siente bien sabroso”, dice Paty. Cuando le pregunto si no tiene miedo de que saque las uñas y la lastime, ella me recuerda que El Misha no sabe que es gato. De donde colijo que si el gato no sabe que es gato, entonces otro de sus vidas es la de ser personaje del cuento infantil escrito por Alexis De la Fuente donde todos los animales no saben quiénes son.
Está bien que El Misha sea personaje de cuento infantil, astrónomo, gato, pájaro y gurú de La India, pero ayer me provocó una inquietud. Lo vi metido en una caja de tomates. ¡No!, pensé, que no se esté convirtiendo en un tomate. Me di ánimos diciendo que los tomates son rojos y él es blanco,pero un segundo después pensé: ¿y si el gato está comenzando a congelarse, ya que este producto es de exportación? A Paty nada le he dicho. Ella sonríe y le toma fotos al gato adentro de la caja. Yo no puedo hacer más que dejarlo todo en manos de Bastet, la diosa gata egipcia, protectora del hogar y de la felicidad. Ayer le prendí una veladora a Bastet y le pedí que haga el milagro de que El Misha no use una de sus vidas en convertirse en un simple tomate.
Romeo tenía razón, la tía ¡no!

lunes, 1 de febrero de 2016

PARA LOS QUE NO ENTIENDEN




¿Puede el mundo detener su marcha un instante? Sólo un instante. Sucede que daré a conocer un descubrimiento. Un descubrimiento que a mí me ha resuelto casi el noventa por ciento de mis problemas de vida. Es posible que a algún lector de esta Arenilla pueda serle útil. Pido, entonces, que el mundo detenga su marcha un instante.
Durante años y años busqué la solución a un problema ingente: ¿Cómo ir al parque central a leer y evitar que alguien se acerque a platicar conmigo? Siempre he puesto el ejemplo de que los futbolistas no los interrumpen a la hora que practican su juego. Nadie (sólo eso faltaba) se baja a la cancha y se pone a dialogar con el jugador. ¿Por qué, entonces, cualquier hijo de vecino se atreve a interrumpir a los lectores? He visto decenas de casos en los que una persona lee y otra persona se acerca, se sienta a su lado y se pone a platicar con la mayor irreverencia y el menor pudor por haber interrumpido uno de los actos más sublimes. Antier mismo, mientras en un salón la gente se divertía en una comida celebratoria, yo me senté afuera y leí. Un compañero de trabajo se acercó y me dijo: “¿Por qué estás acá tan aburrido?”. ¿Qué podía argumentar? ¡Nada! Jamás entendería que mi decisión es celebrar la vida a través de la lectura y que si (perdón) elegí estar leyendo en lugar de estar en la comida es porque (perdón, de nuevo) me hace más feliz lo primero que lo segundo.
Me gusta ir al parque central a leer, pero debo buscar una de las bancas del interior, para que los árboles circundantes ayuden a camuflarme, porque sé que los “sinquehacer” son como los testigos de Jehová: siempre están en busca de una víctima.
Es un defecto cultural. Lo entiendo. En un país que sacraliza el fútbol soccer e ignora el hábito de la lectura; en un país donde millones y millones de habitantes destinan su domingo a ver o jugar el juego de la patada, es de la ídem reconocer que pocos millones leen. ¿Cómo entonces pedir que algún conocido que me ve leer en el parque respete mi intimidad? Ayer, después que el compañero de trabajo me hizo el comentario pensé que debía colocar algo que le hiciera saber al otro que estoy ocupado y que si él no tiene algo qué hacer que vaya a hacerlo a otro lado. De pronto, los dioses del Olimpo me iluminaron. ¡Claro! ¡Un letrero luminoso, similar al que usan los taxistas para indicar que están libres u ocupados! Así que, durante toda la tarde, confeccioné dos letreros con bordes luminosos que indican ¡Libre u ocupado! Ayer, en la tarde, fui al parque central, busqué una banca (ya no en la periferia), me senté, abrí el libro (“Noticias del Imperio”, de Fernando del Paso), estiré las piernas y comencé a disfrutar. Dos minutos habían transcurrido cuando asomó el primer “amigo” solidario. “¡Cómo estás!”, dijo. Accioné el botón y prendí el letrero de “Ocupado”. No estoy libre, dije y seguí leyendo. Él dudó, se sentó a mi lado, pero ya no dijo algo más. Sacó un cigarro y lo prendió. No soporto el humo del cigarro, así que me paré, le di la mano y le dije que había sido un privilegio saludarlo. Caminé y me senté dos bancas más allá. Sé que este “amigo”, a partir de ese instante, me odiará hasta el infinito. Lo siento mucho. Cuando se acercó el segundo “amigo”, antes de que dijera algo, prendí el anuncio de “Ocupado”. Vi que se paró en seco y dio media vuelta. ¡Vaya, por fin, un entendido! A partir de ese momento ya no tuve interrupción alguna. Algunos caminaban por ahí, pero cuando veían el letrero de “Ocupado”, brillando con tal intensidad, torcían su camino. Disfruté mi lectura. Creo que poco a poco las personas irán aprendiendo que los letreros personales indican la disponibilidad o no. Cuando cerré el libro y ya estaba a punto de caminar hacia la casa pensé que debía hacer otra prueba, di vueltas por el parque y cuando vi a dos muchachas bonitas venir hacia mí, prendí el letrero de “Libre”, las dos chicas sonrieron y una de ellas preguntó: “¿De verdad está libre?”. Sí, dije, ¿las llevo a algún lado? El vuelo de las cinco con cincuenta y ocho (esa hora marcaba el reloj de la presidencia) lleva, sin escalas, al México que vivió la Emperatriz Carlota. ¿Ustedes saben cómo murió Maximiliano de Habsburgo? Las dos titubearon. Dije que lo asesinaron en el Cerro de las Campanas. En cuanto lo dije comenzaron a sonar las campanas del templo de Santo Domingo, en el tercer repique para misa. ¿Escuchan?, dije, y ellas, como si las escucharan por primera vez, levantaron sus cabezas como si fueran canarios. ¡Ah, qué maravilla de descubrimiento! ¿A poco no? Entonces, ya a punto de entrar en confianza con ellas, apagué el letrero de “Libre” y prendí el de “Ocupado”. Adiós, dije. Cuando di la vuelta alcancé a escuchar: “Simpático el viejito, ¿verdad?”. Ya no escuché lo que dijo la otra. Espero que nada haya dicho, porque era la más simpática y era la que se mordía el labio inferior mientras me veía. ¿Cuántos años tenía? Le calculé veintitrés o veinticuatro. ¡Bonita! Tal vez algún día vuelva a topármela en el parque, de inmediato prenderé el letrero de “Libre”, ellas se acordará y, muy probablemente, me aborde. Sé que disfrutará el viaje.
Gracias, mundo, ahora puedes seguir tu marcha.

domingo, 31 de enero de 2016

SIN BANQUETAS




Veo fotos antiguas y veo banquetas libres. Las calles tienen pocos automóviles, mucha gente camina. Las fotos actuales tienen muchos carros. Esto es comprensible, la población aumentó y muchas personas adquirieron sus autos. Esto es normal. Lo que se me hace fuera de lógica es la invasión de las banquetas. Las fotos actuales de ciudades mexicanas más o menos grandes y de las grandes urbes están llenas de contaminación visual por la proliferación de vendedores ambulantes. ¿En qué momento, las personas de estratos sociales menores se apropiaron de este bien común: la banqueta? Que no se malinterprete mi comentario, que nadie vea en esta pregunta una intención clasista. Que se vea, por favor, como un reclamo a las autoridades que no han sabido, primero: planificar los espacios urbanos para esta realidad que ya se advertía desde los años setenta; y, segundo: implementar políticas sociales que contrarresten tal situación lamentable.
Si uno mira fotografías de ciudades extranjeras, con desarrollo social sostenido, advierte que las plazas y banquetas no están invadidas. Las banquetas y andadores están libres y la gente camina sin estorbos.
Se advertía que las plazas y banquetas serían inundadas. Todo mundo dice que las personas que ponen sus puestos de venta en los andadores tienen derecho a buscar un modo de agenciarse dinero para sobrevivir. Sí, las estadísticas señalan que el país pare cada vez más pobres. ¡Dios mío, qué pasará dentro de diez, quince o veinte años!
Emilio Torija, escritor jarocho, tiene un cuento que se llama “La tarde que no quisimos vivir”. En dicho cuento narra cómo en una navidad, las autoridades permitieron que ambulantes se posesionaran de las calles centrales del pueblo, para instalar casetas provisionales y vender juguetes, pirotecnia, ropa, alimentos, imágenes religiosas, escarcha y series de focos. Las calles fueron invadidas. Los peatones nunca advirtieron que en el interior de esas barracas, los hombres abrieron hoyos y se conectaron a la red de drenaje. Entonces fue muy fácil que colocaran tazas y regaderas para hacer sus necesidades y asearse. Días después se introdujeron por la red subterránea y salieron a los patios de las casas circunvecinas. Como todas las calles estaban invadidas, los compradores ya no caminaban por las banquetas sino por el callejón del medio de la calle, así nadie advirtió que (un día) levantaron bardas con madera y unieron sus barracas con las casas, porque los vendedores habían asesinado a los propietarios de las casas. El cuento es apocalíptico: los vendedores se adueñan de las calles y de las casas. Cuando termina la temporada navideña, las autoridades ya no pueden sacar a los ambulantes de esa zona. El cuento termina en el momento en que los ambulantes se reúnen y dicen que para la próxima temporada de Semana Santa harán lo mismo en las calles aledañas a la catedral.
En Comitán, la sociedad ha ido perdiendo espacios comunes. En los portales del centro, los comerciantes exponen su mercancía en el paso de los peatones; en el parque central, integrantes de organizaciones populares se han adueñado de ciertos espacios que impiden que los paseantes caminen de manera franca. Poco a poco, las banquetas tienen más obstáculos. De manera sutil los ambulantes se adueñan de los espacios públicos, sin darnos cuenta perdemos el bien común.

sábado, 30 de enero de 2016

CARTA A MARIANA, CON JAULA INCLUIDA




Querida Mariana: Existe una escritora que admiro. Es simpática y penosa mi admiración por su escritura ya que sólo he leído una novela de ella. Pero, en mi descargo digo que esa novela ha bastado para descubrir su talento. La escritora se llama Joyce Carol Oates. He visto fotografías de ella y la miro con su carita de canario translúcido, como si fuera mujer de otro siglo y no hubiese nacido en 1938. Mi tía Eugenia decía que hay personas que nacieron en otro tiempo del que viven. Así explicaba la presencia de su esposo, quien siempre se comportaba, en efecto, como si hubiese nacido en el siglo XIX. Ella decía que, a veces, le mostraba fotos antiguas y de lugares diversos en intento de que él, señalando con su dedo índice, dijera: “Acá, acá viví”. Me confesaba que era una locura, pero albergaba esa esperanza. Decía que temía que algún día sucediera lo que pensaba. “¿Qué voy a hacer, hijo, el día que resulte que tu tío no nació cuando nació sino que nació en otra época y en otro país?”, me decía. Luego, cuando miraba mi cara de espanto, ella echaba la carcajada y repetía que era una locura, pero la duda la mantenía.
Joyce Carol Oates nació en un pueblo de no más de quince mil habitantes, en el estado de Nueva York, en los Estados Unidos de Norteamérica. Cuando imagino su pueblo lo imagino como La Trinitaria, que es un poco un pueblo como jaula de canario. Mi Paty dice que no soportaría vivir en un pueblo tan tranquilo, demasiado tranquilo. Ella lo dice porque sabe que a mí me encanta el ritmo de ese pueblo, donde el tiempo parece estar siempre recostado en una hamaca, con los brazos debajo de la nuca y meciéndose con un pie en el piso.
El carácter de la mayoría de las personas, digo yo, tiene cierta influencia por el lugar donde nace cada una de ellas. Quien nace, por ejemplo, en la Ciudad de México tiene una forma de ser muy diferente a quien nace en Comitán o en La Trinitaria o en una comunidad indígena de la selva lacandona. El entorno nos marca y nos modela. Por esto, la misma tía Eugenia decía que ella había nacido en un pueblo jaula, porque el pueblo donde nació era como el pueblo donde nació Joyce Carol. ¿Por qué mi tía llamaba pueblos jaula a los pueblos pequeños? Ah, hijo -me decía- porque ahí vivís feliz, tenés tu comida, cantás todo el día y, por lo mismo, a pesar de que está abierta la puerta, estás tan contento, que no salís y no volás.
A mí siempre me aterró esa descripción de la tía, un poco como si los habitantes tuviesen alas, pero no supieran para qué sirven. Es cierto, hay muchas personas que nacen en un lugar, lo llegan a amar e ignoran al mundo exterior. ¿Esto es bueno? ¿Es bueno ser canario por siempre? A veces le digo a Paty que el canario debería estar volando de manera libre, pero ella me dice que si el canario saliera de la jaula se moriría días después, porque es un pájaro que nunca potenció sus capacidades y no sabe proveerse de su alimento. Los canarios, cotorritas australianas y demás primos son aves dependientes.
Alfonso (admirador de la literatura de Joyce Carol) se atacó de la risa cuando comparé La Trinitaria con el pueblo donde ella nació. Dijo que nuestro país está a mil años luz de Estados Unidos. ¿La Trinitaria? ¡A cien mil años luz! Además, me dijo, pero ya como chanza: “Allá hablan inglés”. Sí, no comparo el avance industrial o tecnológico, comparo el aire que se mueve en los pueblos pequeños. La escritora nació en un pueblo muy diferente a la ciudad de Nueva York, por ejemplo; y los compas de La Trinitaria viven en un pueblo que nada tiene que ver con la Ciudad de México. A mí me imponen las grandes ciudades; por el contrario, me seducen los pueblos con casas con sitios grandes. Cuando viajo a La Trinitaria, a visitar a los amigos de Radio Brisas de Montebello o a comprar caramelitos con doña Margarita o entro al templo del Padre Eterno siento algo como una cobija que me dice que todo está bien, que si el mundo se acaba, los demás pueden irse a Mérida, pero yo agarro mis chivas y me voy a La Trinitaria. Y digo esto, porque la literatura demuestra que las grandes historias no sólo están concentradas en las grandes ciudades. Las historias más grandes también están en los pueblos pequeños.
La escritora Rosa Beltrán ingresó el jueves pasado a la Academia Mexicana de la Lengua (es la décima mujer que lo logra). Ella sostiene que ahora debe darse atención especial a dos géneros literarios un tanto olvidados: la crónica y el testimonio. ¿Mirás? ¡El testimonio! Claro, ahora todo mundo vuelve la mirada a la gente común, desde que la periodista Svetlana Aleksiévich obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Los escritores de todo el mundo saben lo que ahora está de moda: la literatura está hecha con lo que le sucede a las personas; y a todas las personas les suceden hechos. Por supuesto que son la experiencia y la malicia literaria las que hacen los grandes libros, pero todo está hecho de ese sustrato. ¿Imaginás la cantidad de historias que han sucedido en el mercado Primero de Mayo, en los colegios, en el interior de las casas de todos los habitantes de Comitán? ¿Imaginás las historias que se bordan en los moteles y en las casas de huéspedes? La pregunta ahora es: ¿lo interesante sólo se da en Nueva York? ¿Es una fórmula matemática decir que a mayor cantidad de habitantes mayor cantidad de historias interesantes? En literatura no es cierto que la cantidad esté relacionada con la calidad.
Imagino a Joyce Carol, de niña, caminando por su pueblo de no más de veinte mil habitantes, la imagino recorriendo, una y otra vez, los caminos empolvados o llenos de nieve; la imagino viendo los pájaros en vuelo de emigración; yendo a templos; visitando parques donde los niños (igual que en La Trinitaria) juegan carreras o saltan la cuerda. La imagino, sobre todo, jalando la silla pequeña para sentarse al lado de la abuela y, mientras ésta teje un suéter o una bufanda, Joyce Carol escucha atenta las historias que la mamá grande cuenta. ¿Recordás qué decía García Márquez? Que las más grandes historias de sus libros le fueron dadas por su abuela. Doña Lolita Albores (quien fue cronista vitalicia de nuestro Comitán) decía que algunas historias que Rosario Castellanos puso en sus libros las contaba su mamá Adriana.
¿Qué pasa en los pueblos jaula, ahí donde el tiempo es un niño que juega en la arena? La gente tiene más tiempo para contar historias. Siempre se ha dicho que en los pueblos pequeños nada pasa. Pero, los escritores saben que ahí están pasando muchas historias detrás de los muros y adentro de las habitaciones, por ejemplo.
En la Ciudad de México no alcanza la vida para sentarse un rato y disfrutar de una buena plática tomando café con pan. Los habitantes de las grandes ciudades malgastan sus horas en traslados de un lado a otro. Quien vive en Satélite, ¿a qué hora llega a la UNAM para recibir sus clases? Los universitarios corren para alcanzar un vagón del metro que va lleno (Margarita me dice que cuando sube a un vagón se siente como papa frita adentro de una bolsa bien sellada). ¿Cuántas horas destinan los habitantes de la Ciudad de México para ir de su trabajo a la casa? ¿A qué hora llega a su casa la mujer que sale de la oficina a las ocho de la noche? ¿Y qué pasa con el pueblo de nuestro ejemplo? ¿Qué sucede en La Trinitaria? Los niños que van a la escuela deben ir pateando un bote para hacer tiempo y no llegar tan pronto, porque los niños de La Trinitaria caminan las calles sin prisa. Cuando alguien perdió el tiempo limpiando las plantas del jardín, sale a la calle, hace la parada y sube a un moto taxi y, con cara de apremio, dice: “Dios santo, ya se me hizo tardísimo”, pero diez minutos después, cuando mucho, ya está en su lugar de destino.
La novela que leí de Joyce Carol se llama “La hija del sepulturero” y, por la dedicatoria, uno deduce que mucho de esa historia le fue legada por su abuela Blanche.
Las ciudades del centro de la república mexicana brindan más oportunidades de asistir a salas de cine, a buenos restaurantes, a museos y a un sinfín de actividades recreativas. Es una de las ventajas. Los pueblos olvidados no pueden competir con esa oferta cultural. Del 10 al 14 de febrero, en San Miguel Allende, Guanajuato, se celebrará el Festival Internacional de Escritores y Literatura y ¿qué creés? Pues nada, que doña Joyce Carol estará por ahí para brindar una conferencia. Ahí estará ella con su mente privilegiada y su cuerpo de canarito, como a punto de hacerse agua, de hacerse aire. Ahí estará también Rosa Beltrán (casi estrenando su inclusión en la Academia Mexicana de la Lengua) y estará el amigo de Samy y de Malena: Juan Villoro.

Posdata: ¿Qué tan grande es San Miguel de Allende? Los que conocen dicen que es como Comitán. ¿Por qué, entonces, allá llega Joyce Carol y acá jamás llegará, a menos que llegue empaquetada en un libro? Ah, ya lo dije: la cantidad no está siempre aliada a la calidad. Hay, mi tía Eugenia siempre lo dijo, pueblos que son como jaulas. Nosotros somos, hay que admitirlo, un pueblo jaula, tenemos alas, pero a veces, no sabemos para qué sirven.

viernes, 29 de enero de 2016

UNA MARIMBA HUNDIDA




“¡Oí, oí!”, dijo Mariana. Me paré y oí: por encima del piar de dos pájaros que peleaban en la fronda de un ciprés, la marimba sonaba. Era la marimba, más las trompetas, más las congas, más los palitos, más la batería y, por encima de ellos, el saxofón. Caminábamos por una calle, distante tres cuadras del centro de La Trinitaria. Hacía frío, la niebla nos cubría como una tela de cortina. Mariana dijo: “La niebla está bajando. También quiere bailar con la marimba”.
Entonces le conté a Mariana que cuando fui joven, la plebe de amigos tenía la costumbre de hacer silencio para escuchar si en algún lugar había marimba. Dejábamos de hablar y aguzábamos el oído para ver si por el rumbo de San Sebastián asomaba el guateque. En muchas ocasiones escuchamos el rebumbio a distancia. Decíamos: “Es por el rumbo de la Pila” y hacia allá nos enfilábamos para entrar a la fiesta de chalequeros. “¿De chalequeros?”, preguntó Mariana. Sí, dije, de chalequeros, de colados.
A un lado del parque central (un parque que los habitantes de La Trinitaria llaman El parque hundido), en un local pequeño, casi en penumbra, estaba la marimba. Los integrantes de la marimba municipal ensayaban: Uno, dos, tres, cuatro. El bolillazo marcaba el inicio y la batería sonaba con un ritmo ritual que, de inmediato, mandaba a los pies a moverse, como si la marimba y demás instrumentos tuviesen hilos que, como instrucción de marioneta, jalara los pies, ahora uno, ahora otro y con el movimiento de los pies todo lo demás, porque cuando un pie se mueve jala la cadera para un lado, pero el otro pie hace lo mismo y la cadera adopta un movimiento de vagón de tren bamboleante, y en las muchachas bonitas el movimiento se vuelve como de tornado suave, que apenas levanta las hojas del piso, pero levanta el espíritu del mundo hasta arriba, por encima de las nubes. Y la marimba que ensaya en un cuarto hundido del parque hundido, parecía levitar por encima de todo lo existente de ese pueblo que, por lo regular, camina con pasos lentos y quedos, en puntas.
Mariana me dijo que nos sentáramos, que oyéramos un rato ese sonido que era como de agua nadando en un río acompasado, ahora para un lado, ahora para el otro. Así, sentados sobre el filo de la banqueta, con los pies estirados, pies que se movían como árboles en medio de un viento cálido, vimos aparecer a dos turistas, con mochilas en las espaldas, se pararon en la esquina y, de igual manera que lo habíamos hecho nosotros, pararon las orejas en intento de ubicar la procedencia del sonido. Ella, con camiseta roja y pechos generosos, señaló el local y hacia allá se dirigieron. Cuando pasaron frente a nosotros (que estábamos casi enfrente del local) dijeron Hola y sonrieron, hicimos lo mismo. Mariana dijo Hello y rio. Ella soltó su mochila, la dejó en el piso y se acercó hasta la puerta con cristales del local, husmeó, regresó hasta donde estaba él, quien, también, ya había dejado su mochila en el piso y lo tomó de las manos y lo invitó a bailar. Vimos que la pareja de turistas comenzó a bailar, primero junto a la banqueta, pero como no pasaba auto alguno por la calle (porque La Trinitaria aún goza de ese privilegio, donde las calles aún no están saturadas de autos), por pura inercia, por el movimiento de pirinola que tenían, se fueron desplazando hasta el centro de la calle. Ambos reían, como niños. Ella era la que más se movía y, por momentos, ¡qué maravilla!, lograba algunos pasos que hacían olvidar que era anglosajona, parecía una mulata de Cuba o del África, su cadera iba de un lado para otro y sus pechos, generosos, se movían con la cadencia sabrosa de un péndulo, con la exquisitez de las campanas convocando a misa. Un barrendero se acercó, jalaba su depósito de basura. El barrendero puso sus manos sobre el extremo superior de la escoba y vio a la pareja, se dio una pausa en su labor; los dos pájaros (quiero pensar que eran los mismos) se posaron en el techo de una casa y los vimos ir de un lado a otro, como si siguieran el ritmo sabroso que salía de las manos y de las bocas y de los pies de los integrantes de la marimba. A dos casas del local están los baños públicos. Mariana me codeó cuando vio que una mujer entró al sanitario de damas y dijo: “Orinará contenta”. Mientras tanto, los turistas ya habían tomado confianza, se desplazaban por toda la calle como si estuvieran en un salón de baile. Ella tenía el rostro colorado, sudaba, se le notaba en la camiseta, reía; a veces levantaba la cabeza y miraba al cielo, como si agradeciera algo; bajaba la cabeza y miraba el piso, sus pies, que se movían como sapos en medio de brasas.
Nosotros no lográbamos ver el interior del local. Desde donde estábamos sólo veíamos a un hombre con saxofón que, igual que nosotros, movía los pies al ritmo de las tarolas, de los bolillazos y del sonido agudo de las trompetas.
Todos, gracias a la marimba, nos habíamos dado una pausa. Cuando los integrantes dieron fin a la pieza, con un redoble de tambor, los bailadores se tiraron sobre la banqueta, al lado de sus mochilas, pusieron sus manos sobre la nuca y, agotados, pero satisfechos, como si hubiesen hecho el amor, cerraron los ojos. Sus respiraciones hacían que sus pechos se inflaran como si fuesen un fuelle de vulcanizadora.
La niebla, también, ya volaba, igual que los pájaros, a otro cielo. Se había disuelto, con la misma discreción que se había disuelto el sonido. Ahora todo estaba en silencio, apenas se oía los pasos de una mujer que, en la esquina, cargaba una bolsa. El barrendero abandonó su posición de descanso y comenzó a barrer un tramo de la calle, movía su escoba de un lado a otro. A Mariana le dije: “¡Oí, oí!” y Mariana dijo que sí, el barrendero silbaba, la misma tonada que hace rato había sonado magistralmente en la marimba.

miércoles, 27 de enero de 2016

EL HOMBRE QUE AMA LOS BACHES




Mariana dijo que sólo un ignorante o desequilibrado mental puede amar a los baches. Me puse frente a ella y le dije: “Te presento a un desequilibrado”, y luego le conté una historia: En un pueblo con cara de ponche calientito había un tramo con calles de doble sentido, como de cuatro calles en línea recta, cada calle tenía varios baches (de tres a cuatro cada calle). Los peatones se molestaban, porque, a veces, un auto caía en uno de esos baches llenos de agua y los salpicaba. Los peatones levantaban el brazo derecho y somataban la mano izquierda sobre el bíceps a la hora de la flexión. Sólo algunos peatones se enojaban, pero la totalidad de automovilistas manifestaba su enojo y coraje, porque, en temporada de lluvias, el agua ocultaba los cráteres y los autos caían dañando quién sabe qué piezas mecánicas. Así pues, el reclamo general era que la autoridad municipal rellenara esos baches, que no los rellenara con piedrín y arena, sino con algún material duradero a fin de que los autos no sufrieran averías. Porque, además, el tiempo de recorrido se duplicaba. Cuando el automovilista recorría el trayecto varias veces comenzaba a aprenderse de memoria el lugar de los hoyancos y debía, maniobra muy peligrosa, eludir los baches e invadir el otro carril por donde transitaban los autos que iban del poniente al oriente, lo que causaba uno que otro “laminazo”. Fue tanto el coraje de los automovilistas y vecinos que una tarde cerraron las calles, colocaron piedras y una manta que sentenciaba que no sería abierto el tramo hasta que la autoridad compusiera esas calles con cara de muchacho lleno de acné. A la autoridad no le quedó más que ceder a los reclamos y enviar una cuadrilla de chalanes para rellenar los baches y dejar las calles como nalga de niño. ¡Ah, fue día de fiesta el día que terminaron las obras! El presidente llegó, junto con todos los integrantes de su cabildo, levantó las manos, sonrió, recibió los aplausos y vítores de la ciudadanía y ésta manifestó su alegría bebiendo dos o tres cervezas, acompañadas con una barbacoa que sirvieron en las mesas de manteles blancos que pusieron en las calles recién arregladas.
Al día siguiente, los automovilistas notaron la diferencia, no había necesidad de ir con precaución para no caer en algún bache, porque no había baches, toda la superficie de las calles era tan tersa como el vuelo de un chinchibul. Si alguien les hubiese quitado el freno a sus autos no habrían protestado, porque era tan bonito aplastar el acelerador y sentir la felicidad del vértigo de la velocidad. Ah, era como tener una pista de Le Mans. Si algún automovilista despistado viajaba con velocidad moderada, los seguidores de Checo Pérez los rebasaban y sentían la misma felicidad que siente el corredor de fórmula uno cuando deja atrás al conductor de un McLaren. Los peatones y vecinos comenzaron a sentir una especie de cosquilla de clavo. Un señor dijo: “Niños, vean a ambos lados antes de cruzar la calle, ¿no ven que estos animales manejan como bestias?”. Sí, los automovilistas manejaban como bestias, a una velocidad de crucero. Olvidaron que transitaban por calles y no en súper carreteras.
Por esto digo que amo los baches. Recuerdo que antes viajaba a Tuxtla por la carretera vieja de Tzimol, era una carretera que no estaba asfaltada. Los pocos automovilistas que por ahí transitaban viajaban con cuidado y a velocidades más que moderadas. Una vez ocurrió un accidente con un camión cargado y fue la noticia en toda la región. Esa vez se quebraron cientos de botellas de refresco, pero, por fortuna, el chofer salió ileso, con dos o tres raspones, pero ileso. Ahora, esa carretera está asfaltada. Ya no hay necesidad de que los automovilistas viajen a velocidades moderadas.
Antes, para viajar de San Cristóbal a Tuxtla Gutiérrez había que hacerlo por una carretera peligrosísima, que tenía cientos de curvas. Todos los automovilistas debían manejar con mucha precaución, en cada curva debían bajar la velocidad y tener cuidado de los barrancos que se despeñaban como lágrima en velorio. Ahora, el viaje de San Cristóbal a San Cristóbal se hace en una carretera sin curvas, casi como en bajada de tobogán. El trayecto es de pocos minutos. He escuchado el comentario de amigos que hacen el trayecto en tales minutos (muy pocos) y a velocidades equis (superiores a ciento veinte kilómetros).
No tengo a la mano las estadísticas de años recientes de accidentes de las carreteras de Tzimol, de San Cristóbal a Tuxtla y de las calles de voy y vengo sin baches, pero tengo el suficiente sentido común para decir que son muy superiores a cuando esas carreteras y baches obligaban a manejar con sentido de responsabilidad. ¿Cuánta gente ha muerto en accidentes automovilísticos en la carretera de San Cristóbal a Tuxtla, en el último año?
Perdón, soy un desequilibrado, amo los baches y amo las carreteras que no son súper carreteras. Tengo nostalgia por aquellas carreteras donde se necesitaban horas para llegar a los destinos, pero uno, todo empolvado y con dolor de cintura por tanto brinco, ¡llegaba!
A veces sueño que voy a las calles y, con una barreta, abro hoyancos para que los automovilistas se detengan y manejen con precaución porque ellos, siempre, están muy pendientes de que sus autos no se deterioren con tanto bache.

martes, 26 de enero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN FERRARI




Estábamos en el parque de San Sebastián. Ellos, mis amigos, hablaban de carros. Yo (un poco sintiéndome mujer, de esas que odian el fútbol, autos y todo lo demás que apasiona a los hombres) leía una página de “Los cachorros”, de Vargas Llosa. Mario lanzó la pregunta, en general: “¿Cuál es la mejor marca?”; Romeo bromeó, dio una fumada a su cigarro y dijo que Raleigh. Ah, pues sean serios, dijo Mario, ya, sin bromear, ¿cuál creen que es la mejor marca? Rafael se paró y dijo que Ferrari. Todos estuvieron de acuerdo. Como yo estaba sin estar, Mario me dijo: “Vos, ¿qué decís?”, dije que sí, que era obvio, llevé mis manos al cuello de la camisa e hice un movimiento de guajolote esponjado y dije que no podía ser de otra manera, Ferrari era una marca italiana y, por si no lo sabían, Molinari era un apellido italiano, de caché, no como el Pérez (y quedé viendo a Romeo) que es meramente mexicano (estas dos últimas palabras las dije con tono de Pedro Infante en la película Tizoc). Ah, qué mudo, sos, dijo Mario, pero luego dijo que sí, que el mejor auto del mundo era un Ferrari y que él no iba a tener otro auto que no fuera de esa marca. “¿Y con qué ojos divina tuerta?”, bromeó Arturo. Ah, pues, por eso voy a ganar en dólares. Y lo vimos cerrar los ojos e imaginar su sueño, que nosotros sabíamos bien cuál era: trabajar en la NASA. Era un sueño, pero él no lo veía inalcanzable y nosotros lo apoyábamos porque sabíamos que era un genio para la matemática y un experto en mecánica. Mario aún tenía cerrados los ojos cuando el vendedor de raspados de nantze y salvadillos con temperante estacionó su carrito a nuestro lado y ofreció sus productos. Mario abrió los ojos y Arturo, poniendo las manos al frente como si fuese un monje, dijo: “¡Es una señal! Dios ya te mandó tu Ferrari comiteco”. Todos reímos. Yo acababa de leer, en el libro de Vargas Llosa, la siguiente frase: “Todavía llevaba pantalón corto ese año”. Y pensé que nosotros éramos como protagonistas de su novela, porque, si bien no llevábamos pantalones cortos, éramos muy jóvenes, con todo el porvenir a la distancia. Nadie tenía asegurado el futuro, ni sabíamos bien a bien qué estudiaríamos, la única certeza es que era el último año de la prepa y queríamos irnos a México (en ese tiempo todo mundo estudiaba en la Ciudad de México. Aún no había la retahíla de universidades que existen hoy). Soñábamos con dejar la casa y volar por otros cielos. ¿Qué estudiaríamos? No lo teníamos muy claro. Con excepción de Mario, todos los demás andábamos en la cuerda de la indefinición. Yo leía, leía mucho, pero no sabía que eso podía ser una profesión. No lo sabía. Qué pena.
Por lo regular, los de la palomilla siempre andábamos chanceando, pero esa tarde del salvadillero, noté (no sé cómo, ni por qué) que algo cambió en nosotros. De pronto, el silencio se hizo, fue un silencio como de templo en viernes santo. Nadie dijo algo. Mario volvió a cerrar los ojos; Romeo sacó de la bolsa de la camisa la cajetilla de cigarros y buscó uno, como si eligiera uno entre todos, sabiendo que todos eran iguales; Arturo me vio y alzó los brazos como si me hubiese preguntado algo y yo no supiera qué decir. Mi reacción fue regresar mi vista al libro y hacer como que leía. No pasé de la frase: “Todavía llevaba pantalón corto ese año”. Quien, como si aventase una piedra, quebró el cristal del silencio, fue el salvadillero: “¿Entonces, qué, jóvenes? ¿Un salvadillito?”. Mario abrió los ojos y dijo que sí, que ese era su primer Ferrari, se levantó y, sin despedirse, cruzó el parque y se fue por la subida de San Sebastián. “¿Por qué se enojó éste?”, preguntó Romeo. Nadie dijo algo. Yo sabía, pero nada dije, tampoco.
Ayer estuve en el parque de San Sebastián y vi un carrito de raspados, con sus llantas de bicicleta y con su toldo de plástico. Recordé el Ferrari y sonreí. Arturo tiene una camioneta Ford, modelo dos mil cinco, ya medio viejona; Rafael (quien ahora es gerente de la fábrica que le heredó el papá) tiene un BMW y una tarde que comimos en el restaurante “Tono Gallos” me dijo que esa era una buena marca y recordamos la anécdota del Ferrari; a Romeo lo veo de vez en vez, lo veo caminando o sobre el autobús urbano, desde la ventana me dice adiós y sonríe. Hablando de autos yo tengo un Tsuru, modelo 2002, aún da batalla (Como nunca tuve predilección por los autos, digo, en descargo, que tengo cientos de libros, miles). ¿Qué pasó con el del Ferrari? Mario se inscribió en la Facultad de Ingeniería, en la UNAM; y luego supimos que fue a hacer un posgrado en una universidad de los Estados Unidos de Norteamérica, cuando María nos dijo que había obtenido una beca todos dijimos que ya estaba cerca de la NASA. Ahora busco su nombre en la computadora, pongo NASA en el buscador y me paso las horas de las horas viendo si por ahí aparece. ¡Nada! Pregunto con los amigos y todos me dicen lo mismo: Se lo tragó la tierra. Nadie sabe algo de él. Ni con quién preguntar. Si ahora me lo topara le preguntaría si consiguió su sueño, pero cuál, de verdad, fue su máximo sueño: ¿El Ferrari o la NASA?

lunes, 25 de enero de 2016

ARENILLA PARA DOÑA PIEDAD ALBORES DE RUIZ



Con un abrazo respetuoso para
la familia Ruiz Albores.


Amanda me reclamó un día: “Vos, ni chiste tenés, sólo del pasado escribís”. Fue una temporada en que escribí una Arenilla con la participación de un comiteco en la segunda guerra mundial, y otra Arenilla en que hablaba de mi tía Elena, quien había muerto recientemente.
¿Sólo del pasado? ¿Quién es el escritor que “sólo” del futuro escribe? Por ahí, Vargas Llosa y Piglia, entre otros, dicen que los escritores escriben con base en sus experiencias.
Hoy, qué pena, volveré a escribir del pasado, pero con referencia al futuro. Sucede que, antier, me enteré que falleció usted, doña Piedad.
En Comitán somos dados a llevar al extremo nuestro cariño, no por algo nos dicen cositías. A usted muchos le decían Piedacita, en el colmo del trato afectuoso.
Una noche, hace ya varias lunas, mientras preparaba la cena, mi mamá me dijo: “Hoy me encontré a la mamá de Glorita Albores y me dijo que no mira la hora que sea sábado para leer tus Arenillas”. Creo que usted, sin duda, fue lectora, igual que su esposo, que en gloria de Dios esté. Don Carlitos tenía una suscripción al “Excélsior”. Recuerdo que todas las tardes iba a la “Proveedora Cultural” por el ejemplar del día anterior, porque a Comitán no llegaba el periódico del día. A veces, incluso (sobre todo en temporada de lluvias), llegaba con dos o tres días de retraso. Era proverbial ver a don Carlitos, cargando un tambache de ejemplares del “Excélsior”, para ponerse al corriente de las noticias del mundo.
Hace como diez días, otra vez, mi mamá, mientras cortaba la manzana para mi cena, me dijo que a usted la habían internado. Había tenido una dolencia, pero ya estaba en su casa. Mi mamá dejó de cortar la manzana, puso el cuchillo sobre la mesa y me dijo: “Verónica dice que ahora que estaba de nuevo en su casa te mencionó”. ¿A mí, por qué? “Verónica dice que ella dijo: que venga Molinari, para leerme una Arenilla”. Dejé de escribir e imaginé una escena imposible: imaginé a don Carlitos leyendo la columna política del “Excelsior” y a usted leyendo la Arenilla en el “Diario de Comitán”, en la sala de su casa (Sí, perdón, doña Piedad, esto es un tachilgüil de tiempos, por eso dije que imaginé una escena imposible, un poco como para no sólo escribir del pasado, sino de un futuro hipotético). Don Carlitos dejó el periódico sobre la mesa de centro y dijo: “A Echeverría no lo recibieron muy bien en la UNAM, acá dice que los alumnos le dieron una pedrada”. Entonces usted dejó su ejemplar del “Diario de Comitán” encima del “Excélsior” y dijo: “¿No leíste la Carta a Mariana de hoy? Dice que el mundo es ancho”. Don Carlitos tomó una rosquilla chuja, la sopeó en la taza de café y comió un pedazo. Levantó la mirada y dijo: “Alejandro tiene y no tiene razón, más que ancho, el mundo es largo, como si fuese un pasaje, de esos que hay en Buenos Aires. ¿Te acordás de esos pasajes?”. “Sí -dijo usted- así como recuerdo la avenida 9 de julio”. “Ah, sí -dijo don Carlitos- considerada como la avenida más ancha del mundo”. “¿Mirás cómo Alejandro tiene razón? El mundo es ancho”.
¿Cuándo murió don Carlitos? Antier murió usted. Le cuento que mi mamá fue a velar y cuando volvió a casa me dijo que Verónica le contó que usted murió muy tranquila. ¿De verdad murió así como lo cuentan? Estaba en su cama y dijo que rezaría, tomó el rosario, se persignó. Como si entrara a un pasaje, pasó del primero al segundo misterio, después de diez padres nuestros y diez aves marías; luego pasó del segundo al tercer misterio y, como si fuese un rayo de luz, dio vuelta en el cuarto misterio y ya no volvió. Yo creo que fue a comprobar que el mundo, es efecto, más que largo, como un pasaje, es ancho. Porque ancho, también, el recuerdo que deja con todos. Su hija Gloria escribió en el Facebook: “Alejandro, no sabes cómo te admiraba mi madre. Espero que tus Arenillas le lleguen al cielo”.
Por eso, esta Arenilla es para usted, es para decirle que le agradezco su complicidad. Me da gusto que los sábados esperara con ansias el periódico para leer la Arenilla.
Las arenillas (todo mundo lo sabe) están regadas por el piso, a veces joden el paso tranquilo de quienes caminan descalzos, pero, ahora sé, gracias a usted, que también pueden servir como ungüento. Doña Piedacita (¡ah, con qué cariño, la trataron siempre sus afectos!): esta Arenilla ya no la leerá, ya no se enterará que, con su complicidad lectora, ha puesto un rayito de sol en mi corazón.
Ahora, algunos dicen que usted, doña Piedad está al lado de don Carlitos. Yo no sé cómo sea el misterio de la muerte, usted sí ya camina por ese sendero. En caso de que sea así como lo dicen, en caso de que ahora esté al lado de don Carlitos, dígale que, en efecto, el mundo es largo como un pasaje, pero también es ancho, como ancho el corazón de toda la familia que ustedes formaron. Gracias, doña Piedacita, por darse a su familia y darme a mí el gusto de saberme consentido en sus lecturas. Y ahora, deje que ponga el reproductor de discos, y la invite a bailar, mientras oímos la canción de Agustín Lara, que dice: “Piedad para el que sufre, / piedad para el que llora. / Un poco de calor en nuestras vidas / y un poquito de amor / en nuestra aurora.”
¿Sabe qué? Si Lara la hubiese conocido, la letra de su canción dijera: “Piedacita para el que llora”. Hoy, Amanda no podría reclamarme algo: escribí para usted, que es un poco decir que escribí sobre la línea del futuro.

NI PÍO DIJO




Pensé que era sólo cosa de novelas, cuentos y películas. ¡No! Ayer descubrí que, en muchas ocasiones, la pantalla es una pared de la casa. ¿Pueden creer que existió una persona que se creía pájaro? Con toda la seriedad del mundo.
Mi compa Hermilo me invitó a su casa, a celebrar el cumpleaños del tío Macario. ¡Ya te conozco!, me dijo Hermilo, sé que no te gusta ir a guateques, pero hacé una excepción. Llegá un rato y luego te vas. Dije que sí, que con gusto iría a su casa.
Hermilo me conoce, sabe que soy escaso, sabe que no me gustan los tumultos, las manifestaciones y las tertulias; pero me encanta oír la marimba; ver los manteados y las mesas con manteles blancos, llenas de platos con botanas de chicharrón, sangrita, tostadas con carne tártara. No me gusta sentarme a mirar las caras de los de enfrente, pero sí me gusta sentarme debajo del árbol de durazno que tiene en su casa y mirar cómo los niños corren, los perros dormitan, las señoras bailan y las muchachas bonitas pasan la mano debajo de la mesa para acariciar la pierna de sus muchachos. Esto estimula mi imaginación, sobre todo lo de las manos por debajo de las mesas. Me gusta, ya en la tarde, oír las risas de los que tienen dos o tres entre pecho y espalda, me gusta ver cómo la comadre (como si fuese un simple juego) toma de la mano al compadre y se pierden detrás de los tapescos de chayotes; me gusta ver cómo regresan ya chapeados, riéndose, como queriendo pasar inadvertidos; me encanta ver la cara del esposo de la comadre, también roja, pero de coraje. Por esto, porque las fiestas en la casa de Hermilo están llenas de elementos maravillosos, fui un rato a su casa.
El tío Macario estaba sentado en el centro de la mesa, cubierto con una cobija de cuadros rojos y grises, dormitaba, de vez en vez abría los ojos, levantaba su vaso y decía salud, salud, sin que nadie le hiciera coro, porque todo mundo estaba en su propio mundo. A Hermilo le pregunté si tenía caso homenajear a su tío, quien, con noventa y ochos años encima, parecía ya estar con el pie en otro patio. Hermilo dijo que sí, que su tío aún estaba lúcido y aunque los demás de la familia pensaban que ya padecía demencia senil no era así. Entonces fue cuando Hermilo me dijo que el tío Macario (¡Qué nombre! Siempre remite al personaje de Juan Rulfo) era feliz afuera de su jaula. ¡Qué!, dije, y me eché a reír. Pero, en ese momento, Herlinda y Helena se acercaron al lugar donde estaba el tío y lo pararon y vi que su cobija cayó al piso. Hermilo corrió para levantar la cobija. Vi que el tío tenía un par de alas pegadas a la espalda, unas alas hechas con petate. Las dos hermanas de Hermilo le colocaron la colcha al viejo y lo llevaron a su cuarto. A Hermilo le pregunté si el cuarto era lo que él llamaba jaula, pero Hermilo nada dijo, me jaló del brazo y me llevó a la ventana del cuarto, me dijo que subiera por ese montón de ladrillos y mirara y miré y miré que el viejo lo acostaban en un camastro que estaba adentro de una jaula inmensa, una jaula que brillaba por los barrotes de latón. La jaula estaba en medio del cuarto, Hermilo me dijo que ahora mantenían la puerta abierta, porque el tío ya estaba viejo, pero que, cuando era joven, era necesario mantenerla con candado porque a toda hora quería escaparse, volar. Cuando vio mi cara de asombro y enojo porque me quería hacer tonto, dijo que su tío se pensó pájaro la primera vez que leyó el cuento de Laco Zepeda, el de Don Chico que vuela. Dice que fue un acto totalmente consciente, que no fue producto de un juego o de una desviación mental. El tío pensó que sería bonito ser pájaro y que si los seres humanos éramos producto de la evolución y de mono habíamos pasado a ser personas, bien podían las personas transmutar en aves o peces o animales de cuatro patas. Herlinda dijo que era un síntoma de locura y lo llevó con el médico general, pero el doctor dijo que el tío estaba en sus cabales y sólo expresaba un deseo inconsciente de todo ser humano: la posibilidad del vuelo. ¿Qué no Leonardo, el gran Leonardo, también había soñado con volar, lo mismo que Don Chico, lo mismo ahora que el tío Macario? Hermila exigió medicinas, pero el doctor recetó un té de tila, pero para ella y no para él. El tío cada vez manifestó más interés por la vida de los pájaros y compró una enciclopedia especializada en la vida de las aves. Un día inventó un arnés de cuero y le agregó un par de alas hecho con petate. Hermila se cansó de insistir y adoptó la actitud de los demás de casa: ignorar al tío y dejarlo en su “locura de chinchibul”. Poco a poco, el tío se creyó pájaro, al grado de que sólo comía alpiste y lombrices. Comenzó a perder peso en forma sorprendente, pero cuando llamaron al médico y éste llegó a la casa, lo auscultó y dijo que estaba muy sano y que su condición permitiría que tuviese menor resistencia al aire y podría volar mejor. El tío invitó un poco de alpiste al médico y le preguntó, tal como había visto su condición física, hasta donde podía llegar volando sin agotarse demasiado. El médico no dudó y respondió de inmediato: ¡Hasta la luna! Hermila dijo: ¡Hasta la luna!, ¡Hasta la luna! Ahora resulta que también el doctor es un lunático, dio la media vuelta y le pidió a su hermana que pagara y despidiera al doctor.
Debo decir que era una imagen triste ver al tío adentro de la jaula, recostado en su cama, con un buró de madera lleno de frascos con pastillas (para humanos) y un orinal de cerámica. Ahora, cada vez que entro a una casa y veo jaulas en los patios y miro los canarios gorjeando y saltando de un lado a otro, pienso en el tío de Hermilo y reflexiono acerca de la teoría de la evolución del mono al hombre y de la posibilidad del paso lógico del hombre a ángel.
Yo pensé que estas historias sólo aparecían en las novelas o en las películas, pero ¡no! El tío Macario se soñó pájaro. Lástima que logró su deseo justo en el instante de su muerte. Hermilo dice que ya no alcanzó a decir algo, sólo torció su cabeza como pajarito y se quedó ahí a mitad de su jaula, con sus alas de petate sin abrir.