sábado, 20 de septiembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY DÍAS AZULES





Querida Mariana: sueño, a veces sueño. Sueño dormido. Mi mamá se acuerda de todos sus sueños. En la mañana, mientras calienta café, cuenta su sueño de la noche anterior, lo cuenta con gran fidelidad. Yo no. Sólo a veces recuerdo retazos de mi sueño.
Como todo mundo, cuando fui adolescente deseé programar mi sueño. En la noche, ya con el pijama puesto, me sentaba en la cama y pensaba en la muchacha que me gustaba. Pensaba que convocándola, en la noche la soñaría. Nunca funcionó el método. Al contrario, cuando programaba mi sueño ¡tenía pesadillas!
Mi tío Romeo decía que la gente sueña cosas comunes, por esto, a veces, él pensaba que sería bueno escribir un libro con ideas para sueños. Aclaraba que no sólo para soñar dormido, sino también para soñar despierto. Me llamaba la atención esto que decía porque, en efecto, la palabra sueño la usamos para describir la actividad mental mientras dormimos, pero también la usamos para describir los ideales que tenemos. Hay mucha gente que dice que no debemos cancelar los sueños, que debemos seguirlos con ahínco.
De joven soñé. Soñé dormido y también soñé despierto. Ahora, ya casi viejo, sueño poco cuando duermo y ya no sueño despierto. Un día, hace tiempo, cancelé mis sueños de alcanzar un sitio privilegiado. Hoy desconfío de aquellos que me impulsan a no abandonar mis sueños. Desconfío porque no tengo ningún interés en seguir alentando sueños guajiros. Como todo adolescente soñé en lograr grandes alcances. Conozco amigos que sueñan con tener autos de lujo y grandes mansiones. Hay algunos que sueñan con ser grandes deportistas y ganar medallas en Juegos Olímpicos. Hay otros que sueñan con exponer sus pinturas en el Museo de Arte Moderno y que gente millonaria compre sus cuadros. ¿Yo? ¡Ya no sueño! Ya no gasto energías en perseguir algún sueño. Soy feliz. Vivo al día y vivo el día, sin pensar en lograr algo el día de mañana. Joaquín me pregunta: “pero ¿de veras no anhelás alcanzar algo?” De veras, le digo, nada pido. Él me queda viendo con cara de que no me cree, pero yo insisto en que es cierto y ¡es cierto! Hace tiempo soñé con llegar a exponer mis pinturas en algún gran museo. En ocasiones, mientras estaba sentado en el parque central, y comía un elote asado, con limón y polvo juan, imaginaba que mis cuadros eran expuestos en el Museo de Arte Moderno, de Nueva York. Dejaba que mi imaginación alentara mis sueños y pensaba que me sucedería una historia similar a la de Botero. Alguna vez leí que Botero fue al taller de un amigo en Nueva York, llevaba un cuadro suyo y lo colocó en el piso. Esa mañana, el director del Museo de Arte llegó al estudio del amigo para ver su obra y vio el cuadro de Botero en el piso, reclinado sobre la pared, el director se acercó, revisó la obra y dijo que ese cuadro debería estar en una sala del MOMA. De ahí ya todo fue un ascenso infinito. Botero se volvió famosísimo y ganó toneladas de dinero. Pero, mientras más emocionado estaba en mi sueño, la carrera de algún niño tras las pompas de jabón “me despertaba”. Mi sueño, como pompa de jabón, se esfumaba, porque veía que seguía en Comitán y no en alguna galería importante de Nueva York o de París o de Florencia.
Los sueños son bonitos, pero (dicen los que saben) despertar es frustrante. Los empecinados en perseguir los sueños dicen que es necesario insistir, tocar en mil puertas, hasta que una se abra. ¡Ay, qué fastidio! Conozco gente que se pasó la vida tocando mil puertas y nunca logró su sueño. En Comitán conozco dos o tres que nunca alcanzaron la fama que siempre buscaron. Los veo, un poco tristes, un poco frustrados, con la cara siempre de “merezco más”. No alcanzaron sus sueños. Los veo, ya viejos, cansados, persiguiendo aún los mismos sueños, persiguiendo los reflectores que, ¡pobres!, iluminan a otros. No se dan cuenta que reciclan sueños y que ya la vida no les alcanzará para llegar a donde desearon.
A veces pienso en el tío Romeo. Él ya murió. Coincido en que la mayoría de los sueños de las personas son comunes y corrientes. Casi casi la gente sueña lo mismo. Hubo una temporada en que tenía un sueño de esos llamados recurrentes. Soñaba que manejaba en una carretera, veía los árboles y los sembradíos de maíz, en una curva no podía controlar el carro y éste abandonaba la carretera y se iba al precipicio, cerraba los ojos y soltaba el volante, pero un segundo después abría los ojos y veía que el carro, en lugar de estrellarse, ¡volaba! En ese instante despertaba y lo hacía con una sonrisa de satisfacción dentro del temblor provocado por el miedo a la muerte. A lo largo de mi vida me he topado con muchas personas que cuentan el mismo sueño. Varía muy poco. Esto demuestra lo que mi tío decía: soñamos cosas muy comunes y corrientes. Sería emocionante que soñáramos acciones menos comunes. ¿Por qué nunca el carro, a la hora que se lanzaba al precipicio, cambiaba de forma y adoptaba la de un animal imaginario? Hubiese sido un sueño alucinante salir disparado en la curva y ver que el auto se convertía en una luciérnaga y yo, encima, como si fuese más pequeño que Pulgarcito, agarrara las riendas y lo dirigiera hacia el pueblo llamado noche para iluminarlo por primera vez. Descender en un aro de luz, mientras todas las personas del pueblo aplaudían el prodigio de tener luz por primera vez.
Entiendo que el tío Romeo trataba de hacer que la gente tuviera ideas diferentes. ¿Cuáles son los sueños de los jóvenes de hoy, sus deseos de vida? Son los mismos sueños que tuvimos los jóvenes de mi generación. Sus variaciones son pocas. Tengo alumnas que siguen soñando en casarse con un joven que tenga una buena profesión, mucho dinero, una casa hermosa y que las ame, las respete y, cada periodo vacacional, las lleve a viajar a Europa. Hay otras que sueñan con ser grandes pintoras, con ser grandes cantantes, con salir en la tele, con trabajar en la ONU, con ser fotógrafas del New York Times, con actuar al lado de Brad Pitt. Hay algunas (las conozco) que sueñan con ir al África y hacer misiones allá, se piensan unas Madres Teresa cualquiera. Pues sí, ¿qué más se puede soñar? Hay niños que, todavía, contestan: ¡Presidente de la República!, cuando alguien les pregunta qué serán de grandes.
Joaquín dice que tal vez yo soy el típico conformista que, como no tengo talento, mejor me hago tacuatz y no aliento más sueños. Probablemente tenga razón. Alguna vez, vos lo sabés bien, soñé con ir a París, no sólo viajar como turista, sino vivir en París, vivir París. Pero un día abandoné mi sueño y quedé tranquilo. Quedé tranquilo porque supe que mi lugar era Comitán. Comitán (Dios no lo permita jamás) no es el lugar que elegí porque no me quedó de otra. ¡No! De manera muy consciente dije que me gustaría vivir mi pueblo al máximo. Joaquín, quien ya vive en Monterrey, dice que si no me da flato pensar que no saldré de este pueblo, ¿qué, acaso, no tengo ilusión por conocer más mundo? Me da pena confesarlo, pero le respondo que no. Sé que hay más mundo, pero yo tengo mi mundo concentrado en este pedacito de tierra. “¿Y en Comitán vas a vivir hasta que murás?”, me pregunta Joaquín, con una cara de “Señor, qué limitado su mundo”. Pues sí. Ayer me encontré con Paco, en Soriana, en Tuxtla (fui de rapidito, pero más rapidito regresé), y me dijo una frase simpática que quiere inmortalizar. En Comitán la gente que se hace vieja dice: “Cada vez estoy más cerca del libro”. Es una frase, dijera Armando Alfonzo Alfonzo, sólo para comitecos, porque sólo los comitecos saben que “el libro” está en la subida que conduce al panteón. Esto lo saco a colación porque, si Dios me lo permite, acá deseo pasar mis últimos días, el número de días que el destino me tenga reservado.
¿Moriré sin conocer París? Puede que sí. Millones de seres en el mundo se morirán sin conocer Comitán. Es lamentable, porque se perderán una buena oportunidad de vivir, pero pueden compensarlo si viven con intensidad en el pedazo de tierra que les correspondió nacer y crecer. Tal vez yo muera sin conocer París, pero, ahora, ya no “muero” por eso. Sería muy frustrante que algún día tuviese que reconocer que morí sin vivir Comitán con intensidad. Eso sí sería un desperdicio de vida. Por eso, para que tal despropósito no ocurra, procuro vivir al máximo este pueblo. Me gusta sentarme en una banca del parque o en las gradas y comer esquites, mientras los niños hacen pompas de jabón y las persiguen, tratando de atraparlas antes de que se deshagan en el aire. A pesar de que ya es peligroso andar por estas calles de Dios, procuro caminar a buena hora y en lugares concurridos. Cuando las autoridades cierran una calle, porque hay un acto especial o porque viene el Gobernador, no me enojo, camino a la mitad de esas calles, doy gracias a Dios, porque, aunque sea por unas horas, tales calles las convierten en andadores y esto es una bendición. Los automovilistas se enojan cuando hay cierre parcial del centro, aducen que pierden mucho tiempo. Yo comparo esta ciudad con la ciudad de México y me boto de la risa. Cualquier automovilista puede bajar dos o tres cuadras y tomar una vía alterna. Los grandes embotellamientos de Comitán nos “roban” diez o quince minutos. ¿Qué tanto es tantito? ¿Qué tanto son diez minutos en comparación con la gloria de vivir en un pueblo que todavía es muy habitable?
Abandoné mis sueños de grandeza y retomé mi vida modesta. Ahora sé que la grandeza está en la sencillez. Soy feliz porque puedo caminar mi pueblo y disfrutar el aún lento transcurrir del tiempo. Joaquín dice que en Comitán “nada pasa”. Sí, le digo, por eso me gusta esta ciudad. Ya no persigo sueños como de película norteamericana con mil efectos especiales. ¡No! Ahora vivo una realidad sencilla, casi simple.

Posdata: ¿qué sueños deberíamos soñar para hacer más agradable el mundo, nuestro mundo? Lo que es un hecho es que todo mundo sueña con alcanzar mejores estadios de vida. No hay nadie que sueñe con ser miserable o vivir en la miseria, ¡por el amor de Dios! ¡No! Todo mundo sueña con alcanzar cosas grandes, pero si le hacemos caso al tío Romeo, los sueños tienen un límite, porque los seres humanos hemos puesto límites a nuestros deseos. Nadie ve más allá de lo evidente, del mundo material. Todo mundo sueña con sacarse la lotería. Todo mundo ambiciona poseer. Tal vez pensamos que la vida está concentrada en yates, grandes recepciones, mansiones majestuosas, viajes y demás lianas para colgarse de la fama.
Tal vez estamos muy influidos por las historias comunes que exhiben en la televisión. Muchas telenovelas refieren a la muchacha humilde que logra escalar a las altas esferas sociales. ¡Dios mío, cuánto daño nos hizo la Thalía y sus Marías del barrio! La historia de la periodista que laboró en Guadalajara y conoció al Príncipe y ahora es la Reina de España es una historia entre millones y millones de historias comunes. Pero, no falta que alguna comiteca, bonita y preparada, sueñe con tener una historia similar. ¡Ay, mi prenda! A lo más que alcanzan a llegar acá es a Reina de la feria del barrio. Un orgullo, por supuesto, pero algo muy alejado de lo que es la historia de las verdaderas reinas. A las reinas de acá les dura el gusto sólo un año y nadie hace reverencias ante sus augustas majestades; al contrario, cuando la reina de la feria llega a un espacio, medio mundo comienza a criticarla: “Ish, mirá qué fiero su vestido”; “Ah, la mera verdad, que ni está tan bonita, mirá, su nariz la tiene media volteada”.
Pero ahí está la gente hipotecando su vida en la consecución de los sueños. Sueños a los que les hemos impuesto límites en un absurdo, porque se supone que los sueños no tendrían más límite que la imaginación. Se dice que los grandes soñadores de la humanidad son los que han conseguido las grandes transformaciones, pero estos grandes soñadores han sido pocos en la historia de la humanidad. Por esto, tal vez, el tío tenía razón, deberíamos comenzar a hacer una relación de sueños inéditos, sueños que rompan esos límites impuestos, sueños que vislumbren una manera diferente de sociedad. Del sueño personal, parece, tendríamos que saltar al sueño general. Tal vez nos conviniera soñar en ciudades habitables, dignas; sociedades donde la miseria no fuera el pan de todos los días. Tal vez debiéramos soñar en ciudades donde el auto no fuera nuestro Dios; ciudades donde los andadores fueran la senda correcta. Tal vez nos conviniera soñar en blanco y negro. Dejar por un momento el tecnicolor y los espectaculares efectos especiales. Tal vez nos conviniera soñar con ríos de agua limpia, de árboles llenos de pájaros y en viviendas sustentables. Tal vez nuestros sueños deberían cimentarse en la posibilidad de vuelo y de imaginación.

viernes, 19 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA LUZ ESTÁ SUSPENDIDA





Cuentan que hubo un dedo que indicaba el orden del universo. Si se doblaba como gusanito indicaba que sí; si se hacía para uno y otro lados, como péndulo, indicaba que no. También poseía la facultad de indicar el sendero o, más importante aún, el destino. Este dedo era como una rama del árbol mayor. A veces algún ave se posaba sobre él, cantaba y luego seguía su vuelo. El dedo era, también, el gran elector. Decía quién sería el elegido para cualquier encargo. Cuentan que incluso, el origen del universo no fue más que el dedo apretando un botón virtual. Todo comenzó con el dedo. El dedo, para distinguirse de los demás dedos, los dedos insulsos, los que sólo sirven para hacer cosas comunes, tenía pintada la uña de rojo, el color (todo mundo lo sabe) que simboliza la pasión por la vida. Los demás dedos son dedos comunes y corrientes, sólo son soporte para que alguien sostenga un pincel y pinte murales vacuos como los que pintó Diego Rivera, en la Secretaría de Educación, o el que pintó Rufino Tamayo, en el Palacio de las Bellas Artes. Los dedos comunes sirven para cosas sencillas como para que Arthur Rubinstein tocara el piano. Los dedos simples, a veces, sirven para acompañar la mano a la hora de la caricia. Hay gente que tiene el don de provocar chispas en la piel de las amadas. Son contados, pero existen. Los que saben dicen que esos dedos son parientes cercanos del gran dedo, del dedo mayor, del que creó el universo.
Los dedos comunes sirven para minucias, para rascarse el oído, para matar hormigas en las mesas, para reunir las migas (también en mesas), para quitarse la cerilla, para limpiar cristales, para mover los ratones de las computadoras, para escribir sobre teclados y para, qué pena, hacer caso a los malcriados que, molestos, mandan a sus contrincantes a “meterse el dedo en el culo y a olerlo durante todo el día”. Los dedos no aspiran a más, se quedan siempre en la superficie. Por esto, todo mundo, alaba el gran dedo, el que tiene la uña pintada de rojo, de magma, de esencia de corazón.
En la fotografía (¡momento sublime!) se aprecia el instante (¡irrepetible!) en el que el grifo de la luz abre sus alas. El lector atento observará que la luz platica con el dedo. El dedo escucha. El oficio del dedo mayor (después de haber creado el universo) es oír los pasos de su creación. Su oficio eterno es escuchar los ruidos y silencios. ¿Ven cómo la luz, apenas suspendida sobre el dedo, platica sus deseos? Si alguien aguza el oído escuchará cómo la luz alada cuenta un cuento con palabras sencillas, con palabras líquidas. Le cuenta que el camino es uno y que la luz no espera.
La luz alada solicita quedarse para siempre junto al gran dedo, pero éste, inflexible, le recuerda que la sombra no es buena consejera. Si se quedase con Él, ¿quién iluminaría los millones de galaxias? La luz insiste, pero el gran dedo, como péndulo de reloj de pared, va de un lado a otro, diciendo no. La luz platicó con el gran dedo, por un instante. ¡Qué privilegio! A veces, en la vida, sucede lo mismo, alguien (no tan alado, ni tan lleno de luz) se topa con el creador, platica con Él y luego (es la vida) debe emprender el vuelo.

(Fotografía: Fefe Martínez).

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PARA EL QUE NO CREE EN UNA PATRIA INDEPENDIENTE





México conmemoró doscientos cuatro años de independencia. Miles de mexicanos dieron el grito, pero no de independencia, sino de enojo porque, aducen, nada hay que festejar. México no es independiente, gritan. Sinónimo de independiente es autónomo. En esta era de globalización es difícil que un país sea autónomo. Todos los países dependen en mayor o menor medida de otro. Nuestro país no es la excepción. Ser plenamente autónomo significaría cortar relaciones con los demás países, algo así como imponernos un bloqueo total.
Un día, nos cuenta la historia, México se independizó de España. ¿Para abandonar nuestra dependencia debimos, entonces, dejar de hablar español, idioma que nos fue impuesto? ¿Debimos adoptar un nuevo idioma, el tzomayanáhuatl, para demostrar nuestra independencia? ¿No es mexicano aquel compa que habla una lengua extranjera, el inglés, por ejemplo?
¿Nada hay que conmemorar?
Lo cierto es que esos miles de mexicanos se enojan por una falta de total independencia, en tiempos en que no existe ningún país independiente. Un primo mío, hasta el día de su muerte, siempre despotricó en contra de los Estados Unidos y manejaba un auto Ford.
En este siglo XXI ¿qué significa el concepto de independencia? Quienes saben dicen que el movimiento de independencia fue iniciado por un grupo de criollos. Mi compadre Armando luego se aventaba un chistorete cuando alguien preguntaba quiénes eran los criollos. Él decía: “Crio yo que son aquellos que nacieron en América pero con origen europeo”. Es decir, la independencia de México no la logró algún grupo de nativos, herederos naturales de esta tierra. Si hacemos caso a los detractores de la independencia, veremos que tienen razón: México sigue gobernado por descendientes de aquellos americanos con sangre española. ¡Dios mío, qué embrollo! ¿Qué debo hacer con mi apellido español, Torres, que me habla de un linaje que proviene de alguna región de España? ¿Para ser totalmente independiente debo cambiar mi apellido por un Tehuatezintli, por ejemplo? ¿Qué hacer con el italiano Molinari? ¿Ya no debo leer a Cervantes? ¿Debo mandar por la borda la literatura de Vila-Matas?
En el plano literario, todo mundo sabe que España es quien dicta el canon en nuestra América Latina de estos tiempos. En términos esenciales seguimos dependiendo de España, porque el lenguaje es uno de los elementos de mayor influencia.
Quienes gritan en contra de nuestra independencia lo hacen con palabras castellanas. ¡Chin! ¡Qué contradicción!
Parece que el proceso de colonización es más complejo de lo que nos cuentan. En Estados Unidos hablan inglés porque Inglaterra los colonizó; Brasil habla portugués porque Portugal los colonizó; decenas de países latino americanos fueron colonizados por los bárbaros españoles. Así fue la historia, no podemos modificarla ni un ápice. ¿Brasil es independiente de Portugal? Parece que sí, en la medida en que los demás países latinoamericanos son independientes de sus propias coronas avasallantes; pero Brasil sigue hablando una lengua que le fue impuesta. El lenguaje sigue siendo un vínculo imposible de romper.
Tienen razón quienes se rasgan la vestidura al decir que no somos independientes. En donde no tienen razón es en querer ser totalmente independientes. ¿A qué aspiran? Respeto sus gritos y su derecho a vomitar su coraje, pero no justifico su comportamiento casi totalitario. ¡Nada hay que celebrar!, dicen. Yo digo que sí. En estas fechas conmemoramos el hecho de que un grupo de criollos luchó (a punta de madrazos) para dar paso a una nación independiente de España cuyo nombre es México. La Nueva España ya no existió. Renació en un país independiente de la corona española. Claro, habrá que decir que el nuevo gobierno estuvo conformado por hijos de españoles. El movimiento de Independencia no fue promovido por algún Cuauhtémoc Xolospintli Atenahuac, sino por un compa que tenía los siguientes apellidos: Hidalgo y Costilla. ¡Va, pues, en el nombre de Dios! En la primaria tuve un compañero con el apellido Costilla y en mi vida me he topado con una caterva de Hidalgos; pero también me he topado con muchas personas con apellido Pacheco. Si alguien me dijera que el primer Virrey de la Nueva España fue don Antonio de Mendoza y Pacheco, ¿qué debo pensar? ¿Qué debo hacer? ¡Dios mío, en este país hay millones de “pachecos”!; es decir, millones de hombres que no son independientes al ciento por ciento.
México conmemoró el Día de la Independencia. ¿Por qué no?

sábado, 13 de septiembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA VIDA ES UNA CARRETERA LLENA DE BACHES





Querida Mariana: en muchas ocasiones he respondido “¡nada!”. Cuando alguien ha preguntado qué cambiaría de mi vida, he dicho ¡nada! Pero cuando lo digo, algo como un nopal se queda trabado en mi garganta. Quisiera tener el valor para decir: “¡muchas!”. Cambiaría muchas cosas, muchos actos. Podrás decir que es un deseo absurdo, porque ni una línea puede modificarse del trazo pasado. Tal vez por esto la gente dice que nada cambiaría y justifica cada acción diciendo que todo acto de vida es una experiencia. Pero, la verdad es que cargo ese fardo de que si volviera a nacer cambiaría muchas cosas que han jodido mi vida.
Cambiaría a mi maestro de Educación Física de la secundaria. En ese tiempo era un niño gordo, el típico gordo tímido que sale en las películas norteamericanas y que es el blanco perfecto de todas las puyas de compañeros y compañeras. No me gustaba la escuela, porque ahí sucedían actos desagradables. Mi maestro de Matemáticas, un sacerdote iracundo, se pasaba todo el día de enojo en enojo, su coraje se traducía en un rostro rojo, lleno de sangre como de lava de volcán. Cuando algún alumno hacía alguna travesura que lo sacaba de sus casillas, el sumo sacerdote llenaba de sangre su rostro rojo rojo rojo y le aventaba el borrador. El simpático sacerdote tenía una puntería digna del mejor pitcher de Ligas Mayores y siempre atinaba a la cabeza del alumno que deseaba lastimar. A menos que, el alumno se quitara. Entonces el borradorazo le tocaba al de atrás. (En dos ocasiones el de atrás fui yo.)
Vos sabés que en Comitán se dice con frecuencia el siguiente dicho: “Se topó la piedra con el coyol”. Esto se aplica cuando se encuentran dos personas que tienen espíritus férreos. Hay gente que tiene el alma de piedra (o de coyol) y no tiene problema con la vida. Tuve unos compañeros en la escuela cuyos espíritus eran de hierro. Yo sabía que esos compas no tendrían problema en desenvolverse en la vida, pero había niños que eran como briznas, como nubes transparentes y frágiles, yo siempre fui de estos. Esto lo digo porque hay gente que está a gusto con todo lo que le ha sucedido en la vida y cuando dice que nada cambiaría lo dice con emoción y certeza. Hay gente que recibe con un rostro de arco iris todo lo que le sucede en la vida, tanto lo que sus propios actos definen, así como todo lo que le llega, como rayo, del exterior. Dichosos ellos, bienaventurados los que están a gusto con su vida pasada y su presente y esperan con valentía los ríos que les depara el futuro. Jodidos los que salimos a la calle con temor, pidiendo que el día sea halagüeño y que no nos enfrente a monstruos tan malvados como esos compas que a cada rato aplican el bullying, sólo porque sí, sólo porque así son felices, porque, como vampiros, se alimentan de la sangre de los más débiles.
Cambiaría a mi maestro de Educación Física de la secundaria. El único espacio amado era mi casa. Cuando las clases terminaban, la mariposa de la armonía regresaba a mi espíritu. En compañía de los amigos caminaba por la subida de San Sebastián. Antes de subir entrábamos a la tienda de doña Petra y comíamos unas tostadas riquísimas. Ya luego cada uno tomaba su rumbo y yo llegaba a casa. Dejaba la mochila en uno de los asientos de la sala y corría a buscar a mi mamá y a mi papá, quienes, invariablemente, ya me esperaban sentados ante la mesa del comedor. En mi casa de ese tiempo había dos mesas, una estaba reservada para fechas especiales y tenía espacio para diez personas. La otra mesa era más modesta, era la de las comidas diarias, para cuatro personas. En ese momento de la comida yo platicaba las cosas que habían ocurrido en la escuela. ¡No, no! ¡Mentira! No contaba todas las cosas que sucedían. No tenía valor para decirles que a mí no me gustaba la escuela. Ahora que recuerdo, también cambiaría a mi maestro de la primaria. El maestro que siempre nos pegó con una regla de madera por no aprender de memoria todas las capitales del mundo. El maestro, desde su escritorio de madera, llamaba a cada alumno y pedía que recitáramos de memoria los nombres de todas las ciudades capitales del mundo. ¿Alemania? Berlín. ¿Francia? París. ¿Bélgica? ¡Dije Bélgica! ¡Por última vez, capital de Bélgica! Entonces debía alargar las manos con las palmas hacia abajo y el “geógrafo perfecto” me soltaba dos reglazos con toda la furia que exigía que yo, niño de diez años, debiera saber el nombre de la capital de Bélgica. Tal vez sólo contaba dos o tres cosas de las muchas que a diario sucedían en la escuela, porque me daba miedo quebrar la armonía familiar. La armonía es como un vaso de cristal muy frágil. Mi papá y mi mamá me querían mucho, pero a veces les salía algo como un vapor de albañal y se convertían en personas enojonas, no tanto como el sacerdote que me impartía matemáticas, pero sí tomaban un color diferente al de la piel de durazno que tenían la mayoría de veces. Y a mí no me gustaba que mi casa perdiera ese tono de nube ligera a punto de sonrisa. Mi casa era el único lugar cálido en ese tiempo, era como un corazón forrado con madera de cedro.
Claro, como soy un convenenciero, hay muchos actos que no modificaría, a muchas personas las seguiría teniendo al lado de mi corazón. Si la vida me hubiese dado la posibilidad de elegir, creo que mi vida habría sido más plena, más agua limpia, porque habría eliminado mucha caca. Pero la vida no da muchas posibilidades de elegir, a veces suelta ladrillazos desde arriba y uno no puede evitarlo. A mí me hubiese gustado que en la escuela me hubieran permitido elegir a mis compañeros y a mis compañeras y en cuanto yo pintara mi raya el cupo se cerrara. Me hubiese gustado pertenecer a un grupo hecho a mis deseos. Y no sólo la posibilidad de elección con los compañeros, sino también con maestros y maestros. Así hubiese sido feliz. ¿A poco no es esto el fin supremo de la vida? ¿A poco no estamos en “este valle de lágrimas” para ser felices? ¿Entonces, por qué suceden tantos sucesos desagradables? ¿Por qué aparece siempre la caterva de asquerosos que parecieran tener como fin supremo el de estar jode y jode al prójimo?
Cambiaría a mi maestro de Educación Física, de la secundaria. Estudié tres semestres de Arquitectura, en la Universidad del Valle de México, en la Colonia Roma, del Distrito Federal. Ahí, después de “mil” años, conocí a la maestra que fue reveladora para mi vida. Por fin, después de tanto tiempo, el destino me envió lo que a algunos no les es otorgado jamás. A ella sí no la cambiaría en mi vida. A veces pienso, tratando de justificar la acción de los demás maestros, que éstos fueron la preparación para toparme un día con la luz. Pero, luego digo que no, ¿qué aportó en mi vida el sacerdote avienta borradores? ¿Qué quien me golpeó sobre las manos una y otra vez por no saber cómo se llamaba la capital de Sudáfrica? Dios mío, ahora me doy cuenta que sigo sin saber el nombre de la capital de Zambia. ¿Qué cosa les sucede a los hombres que no saben los nombres de las capitales del mundo del derecho al revés? ¿Cometen traición a la patria? ¿De veras ese conocimiento es esencial en la vida como lo consideraban los maestros que tuve en la primaria? Pero no solo cambiara al maestro de Educación Física, de la secundaria, sino también a los cabrones compañeros que en la universidad, en la Facultad de Arquitectura de la UVG, colocaban un bonche de papel debajo del asiento de un estudiante. No sé por qué los asientos de esa antigua universidad eran metálicos. Los malcriados prendían fuego al bonche de papeles y cuando ya el asiento estaba como comal para echar tortillas llamaban al compañero y lo invitaban a sentarse, él, cándido, casi primo hermano de Homero Simpson, se sentaba y se quemaba las nalgas, mientras los demás reían y, como monos, se hamaqueaban en sus asientos. A mí me daba ganas de colocar las mejillas de cualquiera de los abusivos sobre el tablero hirviente, pero nada hacía. No celebraba sus excesos, pero tampoco hacía algo por impedirlos. ¿Era un cobarde? Sólo pensaba que tales comportamientos infantiles y abusivos abundan en todos los espacios.
Conozco amigos a quienes no les gusta estar en su casa y aman la calle con todas sus circunstancias. Yo no soy de ellos. A mí me encanta mi casa. Ahí me siento a salvo del mundo. Siempre que estoy en la calle, no importa la hora, siento como si caminara por callejones solitarios a las dos de la madrugada y un grupo de maleantes comenzara a caminar detrás de mí y mientras yo acelero el paso, temeroso, ellos también lo aligeraran para darme alcance. Siento su presencia ya muy cerca de mí y camino más de prisa, tropezando, porque la luz cada vez es más débil. A punto de que los maleantes me den alcance, una puerta se abre y alguien, con rostro afectuoso, me dice que entre, lo hago y me apoyo contra la puerta y siento sosiego. Este sentimiento final es el que siento cada vez que llego a mi casa y abandono la calle. La calle es como un barco y no me gusta el bamboleo de las olas ni las tormentas que de pronto parecen anunciarse.
Cambiaría a mi maestro de Educación Física, de la secundaria. No me enamoraría de la niña estúpida de quien estuve enamorado más de cinco años. ¿Quién es el tonto que se enamora de una niña que nada siente por él? ¿Qué afán masoquista existe en quien pasa por la casa de la amada y piensa en ella, con un gran suspiro, intuyendo que adentro ella escucha discos con el otro? Porque, estuve tan enamorado que pensé que el otro era el otro, sin saber que no había otro porque yo no existía. Para ella sólo hubo uno y ni siquiera alcancé a ser el otro. Ella se burlaba de la cara de foca embobada que ponía siempre que pasaba frente a mi lado. Mi pulso se aceleraba y mi rostro tomaba una coloración roja cada vez que veía cómo ella se acercaba al lugar en donde yo estaba. Esperaba (en el fondo así era) que ella se acercara y algo me pidiera. Yo estaba dispuesto a cumplir todos sus deseos. Si ella me pedía que me pusiera debajo de las llantas de un camión yo no dudaría. Pero, ella ni siquiera eso pedía. Parecía que mi sufrimiento tendría que ser más extenuante que el que sufrió Cuauhtémoc. Ella (tal vez sin pensarlo, porque ya dije que le resultaba inexistente) no se daba cuenta de que su indiferencia no sólo me obligaba al tormento de quemarme los pies, sino también me adobaba el hígado, el corazón y el culo. Yo siempre tenía la cara de vejiga desinflada mientras ella, yo lo veía, pasaba rozagante al lado del “otro”.
Cambiaría la lluvia. Lo siento, de veras lo siento. No me gusta la lluvia, porque no me gustaba mojarme. Mi mamá nunca permitió que yo caminara descalzo o que me mojara. Ella siempre me cuidó (lo sigue haciendo con una entrega absoluta y total). Así que, desde niño, odié las tardes de lluvia, porque no podía salir al patio a jugar y porque (nunca supe por qué) la lluvia provocaba que mi casa se convirtiera en un espacio casi triste. Ver la lluvia desde el balcón no era un espectáculo agradable. La calle se quedaba sola y, de vez en vez, alguien pasaba corriendo cubriéndose con un plástico. Las personas no se veían satisfechas, al contrario, si pasaba un auto y los mojaba al caer en un charco, las personas mentaban madres y somataban los pies contra los charcos. La gente (pensaba yo) no tenía por qué enojarse si ya de por sí estaba empapadísima como zanate. ¿Qué importaba dos latas más de agua? Sin embargo, la gente se enfadaba y esto yo lo atribuía a que la gente, igual que yo, también odiaba la lluvia.

Posdata: ahora que termino esta carta, me doy cuenta que no he dicho por qué cambiaría a mi maestro de Educación Física. Creo que el sistema educativo mexicano es de una carencia absoluta de valores y de tacto. ¿Cómo le explicáramos al Secretario de Educación que no todo mundo está hecho para el deporte? Hay gente que disfruta mucho el ciclismo de montaña, hay otras personas que son felices si practican el alpinismo; hay unos más que “se mueren” de las ganas de aventarse a las albercas y nadar de un extremo al otro. Pero, ¿cómo puede alguien que no sabe nadar disfrutar de la idea de aventarse de un trampolín de diez metros? Lo que hacía mi maestro de Educación Física era dar por sentado que a todo mundo de su clase le gustaba correr detrás de un balón o hacer veinte “lagartijas”. Ya te dije que fui un niño gordo, un niño a quien le gustaba jugar juegos sencillos. Tuve amigos que iban al campo a cazar lagartijas. Yo nunca fui. Le tengo pavor a las lagartijas, una vez, en el campo de fútbol, de San José Obrero, mientras estaba en la línea viendo el partido, una lagartija subió por mi pierna, adentro del pantalón. A la hora que sentí ese relámpago frío, el miedo me obligó a atrapar el animal que en ese momento no sabía qué era y atenazarlo con mi mano y exprimirlo con todas mis fuerzas. Cuando vi, después de varios minutos, que ya no se movía el animal liberé mi mano y vi cómo el animal caía muerto sobre el piso de tierra roja. Fue la vez que estuve más cerca de una lagartija. Odié las lagartijas. ¿Cómo yo, niño gordo, iba a hacer veinte “lagartijas” en la cancha de básquetbol? Cambiaría a mi maestro de Educación Física y también cambiaría los campos de fútbol que no son de uso exclusivo de humanos sino también son espacio para que las pinches lagartijas se metan en los pantalones y suban por las piernas de los niños temerosos. Cambiaría a todos los maestros piedra y a todos los maestros coyol.

viernes, 12 de septiembre de 2014

HAY CIELOS QUE NO LLUEVEN





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como nubes sin agua y mujeres que llueven hasta en temporada de secas.
La mujer cielo que llueve no entra a Oxxos ni a tiendas departamentales. Sabe que la lluvia se prodiga en las parcelas que cultivan los hombres con vocación. La diferencia fundamental entre el hombre del siglo XXI y el hombre del siglo XXIII es que éste será un hombre con el corazón de metal que necesitará aceite para acelerar su ritmo.
La mujer cielo que llueve va al mercado y se inclina ante las mujeres que ofrecen verduras sobre canastos en pisos. Hay un acto de humildad en el instante en que la mujer coloca sobre un plástico el producto de la cosecha. Uno imagina que las mujeres del campo se alzan tantito sobre el suelo y alcanzan los frutos en las ramas de los árboles. No se escucha, pero hay algo como un pequeño quejido a la hora que la mano de la mujer tuerce el cordón umbilical que une el fruto al árbol.
La mujer cielo que llueve es deseada por cientos de hombres que saben que la tierra necesita del agua para dar la cosecha. La mujer cielo es repudiada sólo por aquellos hombres tímidos y ñoños que odian el agua de lluvia. Hay muchos hombres que le temen al agua, hombres cuyos logros máximos son pararse debajo de la regadera y bañarse con agua caliente. Odian el agua fría. No están acostumbrados a pararse a mitad del bosque y recibir la bendición del agua de lluvia.
La mujer cielo que llueve habla mil idiomas, todos los idiomas que entienden los hombres. Hay pocas sustancias en el mundo que puedan ser comprendidas a la primera impresión, al primer chubasco. Los expertos saben que hay hombres que no entienden el lenguaje de ciertas mujeres; sin embargo, la mujer cielo que llueve es comprendida a las mil maravillas. Basta que el hombre se despoje de sus ropas, abra los brazos y reciba la bendición de la lluvia. ¿Cómo se reconoce a la mujer cielo que llueve? Basta salir de casa, subir a un colectivo y ver si la mujer, en lugar de alas, tiene nubes pegadas a la espalda. Algunos despistados la rehúyen porque creen que es sudor, pobres tontos, no saben que la mujer cielo que llueve no suda, ni por temor ni por emoción; es húmeda por naturaleza, por eso su entrepierna huele a nardos; huele a árbol con renuevos en primavera.
La mujer cielo que llueve siempre está dispuesta a la vida. Se sabe que el agua es la bendición mayor. Basta que el amado se sienta tierra o cauce seco y pida, con todas sus fuerzas, que la lluvia bendiga el lado izquierdo de su corazón.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un vacío a mitad de la grieta y mujeres que son como el cielo a mitad del día.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LAS AVES JUEGAN EN EL PISO





Es un grupo debajo de árboles. Realizan alguna actividad. Son como aves alrededor de alpiste. Son como un grupo de codornices. Por lo regular, las codornices se ven en fila india. Se sabe que las codornices son las aves favoritas de los militares, porque, muy aplicadas, y con paso ligero, van de un lado a otro, hasta que reciben la orden de volar y hacer un vuelo de reconocimiento por los campos sembrados de trigo.
Acá, este grupo de muchachos está sentado como cuentan que se sentaban los dioses cuando comenzaron a pensar cómo construir el mundo. Se sabe que el inicio del universo se debió a una reunión de Dioses. No es cierto que haya sido uno solo el creador. Si así hubiese sido el universo sería perfecto. Las imperfecciones se debieron a que hicieron una plenaria y, como en toda reunión, hubo colados, hubo algunos infiltrados que son los que acostumbran “romper” las sesiones.
Acá, el grupo de muchachos se ve pleno. Están contentos. La convivencia es esencial. Nunca se ha visto en la historia de la humanidad una codorniz sola, siempre van en grupo, saben que cuando el viernes llega es esencial que la banda se reúna y vaya a tomar la cerveza, en grupo, siempre todo es mejor en grupo. Claro, nunca falta el onanista que disfruta la vida en soledad. Pero estos últimos son los raros, los “exclusivos”, los que creen que el mundo se forma con un solo pensamiento.
Cuando los dioses se reunieron para hacer el Universo, uno de ellos dijo que sería necesario hacer un universo perfecto en donde la gente no envejeciera, en donde todo mundo tuviera las mismas capacidades y los mismos privilegios; un poco, como si Marx dijera que el mundo tendría que ser más justo e igualitario. La mayoría de dioses estuvo de acuerdo, incluso dijeron que no estaría mal que los seres humanos fueran como dioses. No, dijo uno, eso sí no es bueno. ¿Por qué no?, dijeron los demás. Pero, insistió, el dios inconforme, entonces perderemos poder. Todo mundo de los dioses rio, porque sabían que el dios era un impostor, un dios patito, porque el verdadero dios no se preocupa por perder o ganar poder, el verdadero dios es el poder absoluto.
Estos muchachos, así como están, saben que son una brizna de la misma planta de Dios, por eso no tienen cara de preocupación, por esto, hasta el mismo sol se descuelga sabroso de los árboles y se bota en el piso, al lado de ellos, donde, gozosos, disfrutan el instante. Si el espectador ve con atención observará que estos muchachos no tienen alguna botella, ni botanas; es decir, no llegaron para hacer un picnic, tal vez están en una sesión de trabajo, pero decidieron (en buena hora) no hacerlo en los encierros de los salones. Tal vez algo del espíritu de los Impresionistas se adueñó de su corazón y de su ánimo y mandaron a la mierda el encierro de los ateliers y salieron al bosque, ahí en donde el aire es como un conejo, donde la vida es como un columpio.
Están enredados en el aire, son un poco codornices, son un poco venados, un poco aliento de Dios. Todo refleja armonía, todo es como un cuento donde los cuervos son inexistentes. ¡Ah, qué maravilla cuando los jóvenes recuerdan que son de la tierra! ¡Qué bendición cuando los muchachos saben que la vida está a ras de piso, en la posibilidad del vuelo!

domingo, 7 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA MARIMBA SUENA Y SUENA





La idea es muy sencilla. Así como la gente barre el tramo de banqueta que le corresponde; así como saca su auto y lo estaciona frente a su casa; así este hombre saca la marimba al lado de la calle. Es para que la luz del sonido ilumine a los caminantes, para que el hombre que carga bolsas y la mujer de la sudadera rosa sonrían tantito, para que el hombre de la playera azul se siente sobre esas piedras que aún, bendito Dios, siguen como bancos para descanso del fatigado.
La idea es muy sencilla. Mientras los caminantes caminan presurosos, el músico, en compañía de sus hijos, toca la marimba. Lo hace con el mismo descaro y la misma alegría con que el sol saca sus rayos a la calle. Los hijos los trepa sobre bancos de plástico (de color azul para que se alíe al color del cielo y todo sea como la gran metáfora de la vida).
Mientras las personas van de acá para allá, mientras corren por sus afanes diarios, este hombre saca la marimba, al frente de su casa y, sin aviso previo, comienza a tocarla. La marimba suena y suena, a todo lo que da, mientras no se sabe si el ritmo lo impone el paso del caminante o éste camina al ritmo que le impone la marimba. Si el marimbista toca un vals ¿la gente camina como si estuviese en un baile de quince años? Si el marimbista toca una rumba ¿las mujeres mueven más el bote y vuelven la mirada para ver si el de la playera azul les mira las nalguitas?
Todo pareciera tan sencillo. Así, dice Mariana, debería ser la vida. Si el espectador observa con atención verá que en un extremo de la marimba está un pedazo de cartulina. Con trazos despreocupados, casi casi con letra a ritmo de mambo trasnochado, el letrero invita a contribuir con una moneda para que los ejecutantes, más tarde, puedan comprarse una torta y un refresco. Sobre la silla plegable está un tzolito que recibe las aportaciones voluntarias. ¡Ay, padre! El tipo que carga las bolsas tiene el pretexto perfecto para no meter la mano en la bolsa del pantalón y sacar una moneda de cinco o de diez. A veces la gente lleva tanta prisa que olvida lo esencial. A veces la gente que esto es cosa de todos los días y que el marimbista lo hace por amor al arte, sólo para que la calle esté alegre. Porque, nadie lo duda, la calle se alegra cuando la marimba sale y comienza a sonar. La calle, en día común, se llena de aromas de juncia y de recuerdos de vestidos blancos de primera comunión. Pero, la vida impone ritmos frenéticos y mucha gente no alcanza a quitarse los audífonos del iphone. Mientras escucha la más reciente de Julión Álvarez (perdón por la cara de vómito que hace el escritor) deja que los marimbistas sigan siendo una imagen virtual en su camino.
Mariana dice que así debería ser la vida. Que en todas las calles de las ciudades debería haber marimbas (hablando de las ciudades de Chiapas, porque si fueran calles de algún estado norteño, la banda debería instalarse con toda propiedad). Dice que los caminantes deberían hacer lo mismo que hace el hombre de la playera azul: sentarse sobre un piedrón y hacer una pausa y embarrar un poco de vida sosegada en su corazón. Mariana dice que todo mundo debería mover los pies y los hombros al ritmo de una marimba. Dice que si esto ocurriera a menudo, toda la gente tendría el espíritu de hormiguillo y a la hora que durmiera el pueblo se escucharía algo como una serenata infinita. Tal vez los ronquidos y las pedorreras de las personas se modificaran y tomaran un ritmo más agradable; tal vez el silencio del Universo tendría una cara menos rotunda, menos dramática.

sábado, 6 de septiembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE AYFONS, DE AYPADS Y DE IBUKS





Querida Mariana: el futuro nos rebasa por la derecha. Nací en 1957. Tengo 57 años de edad. El otro día asistí a un desayuno celebratorio por cuarenta años de haber egresado de la preparatoria. Todos mis compañeros de generación tienen cincuenta y siete años o más. En la mesa pregunté si alguien había vislumbrado el futuro. ¿Alguien imaginó la maravilla del Internet? ¡No! ¡Nadie! Pero el futuro nos queda debiendo, porque muchos sí imaginaron que a estas alturas el mundo iba a tener carros voladores y que podríamos viajar al espacio, con la misma tranquilidad con que viajamos a Chacaljocom. Las caricaturas de los Supersónicos y (el supuesto) viaje a la luna que hicieron los norteamericanos en 1969 nos dio elementos para pensar que en el siglo XXI viajaríamos a Marte como si fuésemos a Uninajab. Y resulta que en este 2014 no hay carros voladores y los viajes espaciales son una mera utopía. Pero, en cambio, el futuro nos obsequió este presente maravilloso de teléfonos celulares y de tabletas electrónicas con Internet incluido.
En prepa fui un alumno menos que regular, mis calificaciones eran de seis o siete (reprobé matemáticas), pero, en compensación para mi espíritu, ya era un lector voraz de cuentos y de novelas, me gustaba dibujar y ya escribía pequeños cuentitos. (La única materia que me gustaba y a la cual ponía atención era Ejercicios Lexicológicos, que impartía el recordado Maestro Rey Avendaño.) Nunca imaginé cómo sería el libro del futuro; nunca imaginé algo semejante a la maravilla que hoy significan los libros electrónicos y no lo hice porque el libro, desde la época de Gutenberg, tuvo pocas variaciones. Hoy, las personas seguimos disfrutando los libros impresos en papel, algunos más bellos que otros, pero todos con la misma vocación democrática de hacer accesible el conocimiento a todo aquel que lo desee y sepa leer. Los libros son los más eficaces sembradores del árbol que se llama imaginación y, se sabe, el futuro se construye a través de imaginar posibilidades. Estas maravillas tecnológicas que hoy vivimos tuvieron su origen en la mente de alguien que las imaginó. A pesar de que muchos futurólogos advierten que el libro en papel desaparecerá en próximos años, muchos otros creen que el libro en papel seguirá existiendo por los siglos de los siglos, al lado de los e-books.
Hoy, medio mundo tiene acceso a las redes sociales. Medio mundo puede externar sus opiniones, subir fotografías y videos que son vistos en cualquier parte del mundo, casi casi al instante. Los novios se envían besitos y medio mundo se entera de sus desavenencias y de sus cachonderías. Se llega a excesos. He visto muros en el Facebook donde una muchacha le dice a su novio que lo desea. ¡Por el amor de Dios! Cualquiera pensaría que estas intimidades las deberían decir por “inbox”, pero ¡no!, les encanta compartirlo con todos, como si aplicaran aquello de que “si lo sabe Dios ¡que lo sepa el mundo!”. Medio mundo puede “bajar” fotos de los otros. El otro día “bajé” a mi computadora una fotografía que tomó Gonz Gurguha, a quien conocí como caricaturista. La foto casi casi es perfecta. Se ve a una muchacha bonita que apoya su cabeza sobre el descansabrazos de un sofá de piel, lo hace con los pechos y el pubis sobre el sofá. Ella tiene levantadas las piernas y los pies cruzados. La cruz de las palmas de sus pies está casi a diez centímetros de su trasero. Tiene puesta una playera y lleva una pantaleta que, se nota, jaló para dejar visibles sus nalgas. Ella duerme o simula que duerme. La imagen es una mezcla de ternura y deseo. ¿Acaso el germen de la pasión no es esto? La lectura que puede hacerse de esta fotografía es múltiple. Si vos pudieras ver el rostro de agua limpia de la muchacha bonita (apenas un poco mayor de veinte años) coincidirías conmigo en que es la imagen de una niña que sueña con un bordado de nubes. “Bajé” la fotografía y la tengo en mi computadora. A veces, abro la carpeta y veo la foto. Nunca, en mi adolescencia, pensé que iba a tener esta posibilidad. Gurguha subió la fotografía para compartir. Si alguien publicara la fotografía en una revista, por ejemplo, sin autorización del autor, probablemente el fotógrafo pudiera reclamar derechos de autor, pero ¿qué puede decir ante un comportamiento como el mío? La bella durmiente tampoco sabe que conservo su imagen en mi computadora. ¿Cómo se llama ella? ¿Cuáles son sus deseos? ¿Sus pasos a donde los encamina? En la fotografía nada puede saberse de ella. Ella “duerme” y mientras duerme despierta y alerta los sentidos de los otros. Por esto la “bajé” en mi computadora, para agradecerle que, sin pensar en mí, es como un cauce para mis aguas.
Todo esto lo cuento porque los viejos no teníamos ni la más remota idea de que estos chunches electrónicos nos acercarían el mundo. Nosotros, en ese tiempo, vivimos en una isla, para conocer el mundo debimos salir de Comitán.
Sabés que vivo emocionado por estos tiempos del Internet. ¡Cómo no! Hubo un tiempo en que enviaba caricaturas a “Revista de Revistas”, el semanario del periódico Excélsior. Uy, el envío era por correo certificado, tardaba no sé cuántos días en llegar. Hoy, si enviara esta carta a un periódico de Francia, lo haría por correo electrónico o por Facebook y llegaría en menos que canta un gallo. Gracias a una invitación de la periodista Sandra de los Santos colaboro con “Chiapas Paralelo”, el portal cibernético más importante del estado. Escribo mi columna, la envío y dos minutos después recibo un correo de confirmación. Y esto de los dos minutos es porque Sandrita, sin duda, toma un sorbo de café, le da una vueltita a mi colaboración y ya luego me manda un abrazo. ¡Todo es instantáneo!
¿Qué habría pasado si los muchachos de aquel tiempo hubiésemos tenido estos chunches electrónicos maravillosos? Tal vez la pregunta importante no es qué hubiese pasado sino preguntarse qué nos depara el futuro. Lo importante es saber cómo, los chavos de hoy, los preparatorianos, advierten el porvenir. Y esto lo digo porque en las manos y mentes de los muchachos está el barro de lo que el mundo será en el 2040. Marirrós Bonifaz, Directora de IMPLAN, diseña cómo será el Comitán dentro de treinta años. Ya entendimos que no podemos improvisar. De igual manera, la tecnología comienza a definirse. Cuando leo que existen impresoras de tres dimensiones me quedo con el ojo cuadrado. Me cuesta trabajo entender el proceso. El otro día vi un video donde un diseñador dibujó una torre en la computadora, mandó a impresión y, como acto de magia, la torre apareció sobre el escritorio (no sé con qué material). Pienso (sólo pienso) en que si esto puede ser el principio de la posibilidad de la teletransportación. Pienso en un pan compuesto. ¿Podrá un comiteco radicado en París “imprimir” un pan compuesto, en el futuro? ¿Suena muy loco? Sí, pero si alguien me hubiese dicho, hace veinte años, que podría imprimir en mi casa chunches en tercera dimensión habría dicho que ese alguien estaba loco. Y hoy eso es posible. Digo que mi mente no alcanza a comprender todo lo que estos avances significan. Un amigo me dice que algún día podrán “hacer” corazones para implantes. ¡Dios mío, qué maravilla! Y todo este mundo increíble lo diseñaban las mentes brillantes de aquellos tiempos. Mientras yo, bachiller en Comitán, jugaba billar en “Nevelandia”; tomaba trago en “El Apolo”; fumaba en el parque central; reprobaba matemáticas, con el maestro Hermilo; compraba libros en la “Proveedora Cultural”; caminaba por el rumbo de “La primavera”; leía el libro de cuentos “Los muchachos”, de Ana María Matute, en la inolvidable colección de libros de Biblioteca Básica Salvat; y cenaba un hueso en la cenaduría de tío Jul, mentes universitarias diseñaban el futuro, advertían la posibilidad de miniaturizar los chunches electrónicos y, así como nosotros jugábamos con las botellas de cerveza, ellos jugaban con chips. Ahora, ya el otro día vino a decirnos el doctor Joel Villatoro Bernardo que el gran chunche actual es la fibra óptica. El prodigio de las telecomunicaciones actuales es posible gracias a esos cables que son tan delgados como un cabello.
El mundo ha cambiado. Mi mundo, como el de millones de seres en el mundo, ha cambiado. La tecnología actual es sorprendente, pero el mundo nos queda debiendo, sobre todo en lugares como Chiapas. A pesar de tanto avance existe mucho retraso. Parece que el futuro nos rebasa por la derecha, pero lo sigue haciendo en un carro viejo, sobre todo en las comunidades rurales. Ahí el futuro sigue siendo el pasado. Casi nada ha cambiado. En comunidades alejadas, sus habitantes siguen viviendo en inicios del siglo XX. Nadie les dijo que ya estamos en el siglo del Internet y de la fibra óptica.
A veces, en la madrugada, despierto y trato de oír los ruidos del exterior. El que no falla es el perro que habita en la casa del vecino, ladra, ladra con un ladrido como si tuviese enfisema, ladra con tristeza. En cuanto el perro calla el silencio vuelve a caminar, casi nada escucho. Sólo, de vez en vez, se escucha el rechinido de llantas de algún auto conducido por un muchacho pasado de copas. Si alguien me dijese que estoy viviendo en el año 1974 ¡lo creería!, los sonidos del exterior han cambiado muy poco. Tal vez uno de los sonidos que en el 74 no era cosa de todos los días era el sonido de las ambulancias. Ahora, en pleno 2014, el lago del silencio es interrumpido por el ladrido de esa jauría que advierte de alguna tragedia, de algún atropellado o de alguien que, en la madrugada, sufrió un paro cardiaco. Pero cuando el día avanza me meto más y más en el día real y no puedo evitar pensar que vivo ya en el segundo decenio del siglo XXI.
¿Cómo será el mundo del 2050? Por desgracia sí lo sé y ¡no lo sé! Aun cuando suena a discurso barato el mundo seguirá siendo el mismo mundo miserable, en las comunidades rurales los niños seguirán desnutridos y, salvo algunos casos excepcionales, tendrán muy pocas posibilidades de desarrollo intelectual. El mundo seguirá siendo la misma mierda que ha sido siempre. Pero, en compensación, la tecnología seguirá brindando sorpresas. No puedo imaginar cómo serán las telecomunicaciones. No sé si alguien, en alguna ciudad de China podrá “imaginar” un pan compuesto y, como por arte de magia, lo tendrá en su mesa. ¿Es una pendejada lo que digo? Como decía Capulina: no lo sé, puede ser, a lo mejor, tal vez, quién sabe. Insisto, mi niña de todos los siglos, si alguien, en los años de la prepa, nos hubiese dicho que en lugar de entrar a esa bodega de libros húmedos que funcionaba como biblioteca podríamos tener un lector de libros electrónicos en nuestra mano con capacidad para “almacenar” ¡cinco mil libros!, no lo hubiésemos creído, hubiésemos pensado que quien nos lo decía se las “tronaba”. ¡Mentes brillantes! ¡Mentes “tronadoras” son las que se atreven a imaginar el futuro con todas sus posibilidades! En la película “Lucy” un científico dice algo que sabe todo mundo: el ser humano apenas emplea el diez por ciento de su capacidad neuronal. Somos tan primitivos y, sin embargo, los genios han logrado prodigios como el Internet o como los teléfonos celulares que son una maravilla. Si en este país los celulares funcionan de manera tan jodida ya no es culpa de la tecnología sino del voraz y desmedido afán de enriquecimiento del famoso Carlos Slim. Ya lo decía al principio: el futuro llega con pies de plomo en algunas partes, en México apenas estamos saliendo de los primeros años del siglo XX. ¿Chiapas? ¡Ay, mi prenda! Basta ir a cualquiera de las comunidades indígenas de la Selva para darse una idea de cómo el pasado sigue botado en un petate sin dar muestras de querer levantarse.
Los libros dieron un salto espectacular. Los libros electrónicos son la gran revelación. No obstante ¡los libros siguen iguales! El televisor en blanco y negro que mi mamá compró en 1970 lo tiramos un día, por obsoleto; un día de éstos se dará el “apagón analógico” y todo mundo tirará a la basura las teles que durante tanto tiempo llenaron de lágrimas y sonrisas a las telespectadoras del país. Pero, los libros, gracias a Dios no sufren “apagón” alguno. Los mismos libros que tuve en 1974 siguen llenando de luz, de gracia, de emoción y de pasión mis instantes de hoy. ¡Y así seguirá siendo! No tiene porqué ser de manera diferente. Mis compañeros de prepa (ya lo dije) no imaginaron el futuro tecnológico, ellos hicieron algo más (aunque suene medio mamila) imaginaron un mundo más justo. Un poco como si dijeran que todo vale sombrilla si el desarrollo tecnológico no trae aparejado el desarrollo de una sociedad más justa. A veces veo en sus rostros algo como una brizna de frustración. No lograron completar todos sus sueños. El mundo, sobre todo en Chiapas, sigue siendo un espíritu en suspenso. Lo único bello de este presente es la posibilidad de “bajar” muchachas bonitas como las que Gurguha “sube”. Mientras el perro ladra, mientras el viento levanta las hojas secas del parque de Comitán, yo, tomando un sorbo de té de limón, abro la carpeta y miro la fotografía donde la muchacha duerme. Es mi privilegio verla. Apenas respiro. No deseo despertarla. La fotografía casi casi es perfecta, ella, la bella durmiente, también casi es perfecta.

viernes, 5 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL HUMO ESTÁ PEGADO A LA PARED





Los Bohemios y los Elegantes eran con boquilla. Los Delicados eran sin boquilla. Son anuncios de cigarros de quién sabe qué tiempo. Como dicen los clásicos, el tiempo ha hecho estragos en las láminas. Todo está lleno de óxido. Quienes se dejaron vencer por el embrujo de los anuncios ¿sufrieron estragos en sus pulmones? ¿Los tienen ya todos oxidados? ¿O ya son láminas que flotan en el río de la inmortalidad?
Mariana dice que le gusta el juego que hace este grupo de láminas, casi casi como si fuesen tipologías de hombres: existen los elegantes, los delicados y los bohemios. ¡Ah, los fumadores siempre están relacionados con actividades sibaritas que, en exceso, son perjudiciales! ¿Quiénes son los elegantes?, los que llegan al salón de té, se sientan y escuchan a la pianista que, en un esquina con penumbra, toca aquella de “Humo en tus ojos”; los delicados son quienes a la hora de salir de su casa se colocan un gazné de seda y revisan la hora en su reloj de leontina; los bohemios son quienes, irredentes, acuden a las terrazas de los bares, piden un Martini y, al final, juegan con el palillo que tiene ensartada una aceituna.
En realidad, la vida real no es tan seductora como ella lo ve. En realidad, quienes consumen estos cigarros son gente de escasos recursos económicos o gente con tendencias comunistas y socialistas. Los estudiantes del 68 le entraban con fe a los delicados (ovalados), sin filtro. Bueno, se sabe que también le entraban con mucha pasión a los churritos de cannabis, que también carecían de filtros. Quienes fuman Delicados son todo menos delicados, son gente con morraletas de lazo, con huaraches, que también le entran, con generosidad, a los hongos alucinógenos, a la par que comparten textos de Lenin y de Marx.
Alguna mañana estas láminas fueron rozagantes como nalgas de adolescente. Ahora, contaminadas con el mismo descuido de la pared sólo sirven para alimentar el óxido de la memoria. Porque, dicen los que saben, los fumadores no sólo oxidan sus pulmones, también oxidan su neuronas. Para refrescar aquellos tiempos ¡siguen vigentes estas láminas que promueven a los elegantes, a los delicados y a los bohemios!
Si la tipología de Mariana fuese correcta, todas las mujeres podrían decir qué tipo de hombre les gusta fumar. La mayoría tiene preferencia por los Elegantes; una minoría se decide por los Delicados (y es una minoría porque los delicaditos son buenos compañeros en la vida de día, pero escasos para las aventuras de la noche). El Bohemio ¿es un término medio? ¿Es un amante aceptable?
Los hombres, igual que los cigarros, hacen daño a los pulmones de las mujeres. He conocido algunas que han terminado con enfisema, cargando su tanque de oxígeno, porque fumaron hombres en demasía. Así como hay ninfómanas, también hay “cigarromaniacas”, creen que la vida está instalada en un cilindrín, tanto lleno de tabaco, como lleno de esperma.
Los “elegantes” ya son seres en vías de extinción. Los “bohemios” se mantienen. Los “delicados” cada vez son más. Todos, sin excepción, aun cuando no queramos admitirlo ya son seres oxidados. El nuevo hombre todavía no nace. Estos tiempos de confusión han parido sólo clones mal armados.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UNA SIMPLE RAYUELA ES COMO UN TRASATLÁNTICO





Los dos adultos esperan. El niño está a punto de abordar algo como un trasatlántico. Los adultos saben que el juego que está sobre el piso es una rayuela. Juego centenario donde el jugador lanza el tejo y salta sobre los espacios, con uno o dos pies, hasta llegar al cielo. Es un juego maravilloso. El jugador, por ratos, debe convertirse en un ave zancuda, un flamenco, por ejemplo, y saltar en un solo pie. ¡Ah, qué prodigio de equilibrista!
Los dos adultos recuerdan. Recuerdan, cuando niños, jugaban rayuela. Con una vara pintaban la rayuela sobre la arena y ¡jugaban! Es un juego tan sencillo, casi simple y, sin embargo, entraña el misterio del universo, porque basta ir de casilla en casilla para llegar al cielo. Es un juego que contradice la teoría de que para llegar al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita. Acá se advierte que basta este entramado para llegar a lo más alto. Tal vez no hay juego más revelador que la rayuela. Todos los demás juegos no tienen la puerta para llegar al cielo. Quien salta la cuerda apenas tiene idea del vuelo, pero sólo es un instante en el que se despega del piso. ¿Damas chinas? ¿Ajedrez? ¿Fútbol? ¿Básquetbol? ¡Todos los juegos son terrenales! Sólo la rayuela permite volar, casi casi como si el espíritu del jugador se convirtiera en papalote.
Uno de los hombres, el de sombrero y manos en las bolsas, duda. Lo mismo hace el otro adulto. Por esto, éste último se lleva la mano a la barbilla. ¿Y el niño? El niño, con su cara de asombro, está a punto de iniciar el viaje más fantástico que hombre alguno puede tener. Basta que coloque un pie sobre la casilla número uno para que la aventura inicie; para que el trasatlántico viaje por todos los mares del mundo y del espacio.
A veces no pensamos en ello, pero es sorprendente la capacidad de este juego. Basta que un niño pinte una rayuela sobre el piso para que el prodigio asome. Es tan difícil jugar al cojito sobre un piso sin marcas. La rayuela forma el universo. Tal vez, la idea del universo no es más que este simple juego; tal vez Dios (o como se llame el creador) no ha hecho más que una rayuela sobre el espacio y los seres jugamos al cojito en esos cuadros. Tal vez la vida no es más que una rayuela en tres dimensiones y el juego consiste en pasar de un cubo al otro; tal vez esto sea la vida y la muerte. La muerte ocurre en el cubo 1 y la vida recomienza en el cubo 2 y así hasta la eternidad, hasta confundirse en el último cubo que es el cielo.
Los apasionados al fútbol soccer dicen que su principal virtud es que sólo se necesita un par de piedras y un balón para jugarlo. La rayuela nada necesita. Una persona, cualquiera, con su dedo pinta una rayuela sobre la arena y ¡juega!, juega y llega al cielo. Todos los demás juegos del mundo necesitan de chunches externos: cuerdas, baleros, trompos, canicas…
La rayuela es el juego más sencillo del mundo, casi simple, y, a la vez, es el juego más sublime del universo. Por esto, por esto, los dos adultos tienen cara de duda. No se explican cómo un simple juego alienta tal espíritu de fuego.
El niño está a punto de comenzar el gran viaje, el maravilloso viaje que lo llevará hasta el cielo, desde el suelo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN GUSANITO





Rosy y yo fuimos al parque. La tarde era afectuosa, como aroma de pan recién salido del horno. En esta fotografía se aprecia cómo el sol se tiende generoso sobre las lajas, sobre las espaldas de estas muchachas bonitas. El sol se mostraba tan sutil que colocaba reflejos, como manchas de tigre, sobre la fachada del templo de Santo Domingo.
Estábamos en el parque esa tarde, porque Rosy me pidió comprarle unos esquites. A ella le gustan los esquites sin mayonesa ni queso. Ella los come (igual que yo) sólo con limón y polvojuan. ¿Por qué los pedís así?, le pregunté la primera vez y ella me dijo que no le gusta la revoltura de sabores. Así, me dijo aquella tarde en que lloviznaba y ella tenía puesto un impermeable rojo que su mamá le compró en un viaje que hicieron a Cancún, el sabor del elote tierno no se perdía entre el sabor plomizo de la mayonesa. Me dijo, como si fuese una experta sibarita, que el polvojuan (tostada con chile) y el limón sólo le daban más cuerpo al sabor de los granos de maíz.
La tarde luminosa de la fotografía, mientras comíamos los esquites, sentados en una banca frente a la fachada del templo, Rosy me dijo, asombrada, casi excitada: “Mirá, tío, un gusano”. ¿Dónde?, pregunté, al tiempo que me levantaba de un salto y ella reía con tal fuerza que algunos granos de maíz cayeron del vaso de unicel.
Rosy señaló hacia el piso, hacia el lugar donde estaban sentadas las dos muchachas bonitas. Tuve que entrecerrar los ojos para ver que, en efecto, un gajo seco estaba tirado. En Comitán, los niños les llaman gusanitos a estas tiras que, secas, caen de los árboles. Son como limpiapipas, enrrolladitos, suaves al tacto. Los niños los levantan y luego se los avientan. El juego es sencillo pero divertido, porque es el único instante en que los gusanos ¡vuelan! Claro, también hay algunos muchachos, ya crecidos, que juegan con estos gusanos y los emplean como objetos para acariciar el brazo de sus amadas. Esta clase de gusanos no hace daño alguno. Si nadie los levanta, ellos se pudren y se vuelven quebradizos. Algún caminante los pisa y se desintegran, pero si un niño los levanta con tiempo puede jugarlos y hacer carreteras sobre el suelo o imaginar que son como trenes que llevan carga a países de Sudamérica.
Mi sobrina dijo que los esquites, esa tarde, estaban en su punto. Pero luego dijo que tenía miedo. ¿Por qué?, pregunté, y ella dijo que el gusano se había movido. Dijo que podía subir a la espalda de una de las muchachas. Yo, no sé por qué, pensé en que el gusano elegiría la espalda de la muchacha de la blusa azul. “¿Les avisamos?”, preguntó Rosy. No, le dije, no hay necesidad. El gusano parece muerto, dije, pero ya no pude comer los esquites con calma. Algo como una desazón se apoderó de mí. ¿Y si el gusano subía por la espalda de alguna de las muchachas? Pensé que no era bueno sentarse en las gradas. En el suelo siempre hay muchas alimañas: hormigas, gusanos, cucarachas. A veces hay ratones y víboras coralillo.
A Rosy le dije que era hora de marchar, que ya debía llevarla a casa. Ella dijo: “¿por qué, tío, si todavía es temprano?”. No pude decir más. Sabía que el “gusano” era un simple gajo seco retorcido, pero en mi mente algo me decía que no quería ver el instante en que subiera por la espalda de la muchacha de la blusa azul.
La luz seguía desparramándose como si fuese agua limpia, sobre la plaza, sobre la fuente, sobre los caminantes, sobre la fachada del templo, sobre la espalda de las muchachas bonitas.

domingo, 31 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA MESA ES EL CENTRO DEL UNIVERSO





Es una mesa con una carpeta de lámina. No es una mesa común. No lo es, porque es una mesa especial para recibir las charolas (también metálicas) que salen del horno. La mesa está colocada en el patio de la casa donde está una panadería de gran tradición en Comitán. ¿Cuántos años tiene la mesa? ¿Cuántos años las charolas? ¿Cuántos años la tradición de esta casa en la manufactura del pan? Es maravilloso pensar cómo, en las tardes, la mesa comienza a llenarse con estas charolas. Imagino, sólo imagino, que esto es como la sala de enfriamiento, antes de que el pan se coloque en los canastos sobre los estantes. La gente que entra a la panadería no reconoce la existencia de esta mesa, mesa que, en lugar de oler al metal y al óxido, huele a pan. Tal vez esta sea la mesa más llena de aromas gratos; tal vez sea así porque cuando un caminante pasa por la panadería lo primero que asoma es el olor a pan. El olor a pan, se sabe, es el aroma que más remueve recuerdos. Los viejos recuerdan el pan que hacía la abuela, los niños también lo recuerdan. Basta imaginar lo que detonó el recuerdo de Marcel Proust para entender cómo escribió esa cascada de palabras que se llama “En busca del tiempo perdido”. Es famosa la parte en donde el protagonista recuerda un episodio de su infancia mientras remoja (“sopea”) una magdalena en el té. Las magdalenas (cuentan quienes saben) son como los panquecitos.
Todos los hombres y mujeres del mundo tienen una cercanía con el pan. Pan y vino fue lo que Jesús repartió la noche de la última cena. Llama la atención cuando alguien, afectuoso, agradece a los amigos haber compartido “la sal”, cuando, tal vez, lo compartido va más allá del mar y se cuela en los campos llenos de trigo. Los enamorados jamás preguntan a las muchachas bonitas “a qué hora van por la sal”, todo mundo pregunta “a qué hora van por el pan”. Y es que una de las costumbres más arraigadas en los pueblos es la de ir por el pan, en la tarde. La gente sale de su casa con una canasta de mimbre, llega a la panadería y elige las diversas variedades. “Acaba de salir del horno”, dice la panadera. “Se vendió como pan caliente”, dice el comerciante que acabó con su mercancía en un santiamén.
En Comitán es costumbre tomar café ¡pero con pan! Los viejos que son como ceibas acostumbran levantarse, preparar el café y tomar éste con una pieza de pan.
En esta fotografía se ven muchas charolas llenas de “pan francés”, pan que sirve para preparar uno de los antojos más cercanos a la identidad de Comitán: el pan compuesto. Tal vez se llama compuesto porque no se come tal como sale del horno, sino que, como si fuese primo hermano de la telera, se parte por la mitad y se rellena con frijol, hebras de carne y picles (que son verduras encurtidas en vinagre). Los mejores panes compuestos del mundo los preparó Tío Tavo. Quienes vivieron los años sesenta y setenta pudieron saborear los panes compuestos de su cantina. La diferencia principal estribó en que estaban “compuestos” con crema y delgadísimas lonjas de chicharrón de hebra.
Las semitas acompañan a los panes franceses. La combinación de aromas es inigualable, como inigualable el matiz que se logra entre ambos colores. Quién sabe en qué momento, estos panes pasan a los canastos y son expuestos en los estantes de madera.
Esta famosa panadería comiteca termina su venta antes de las ocho de la noche. ¡El pan vuela! Vuela porque su aroma está por encima de su sustancia. Mi papá, cuando era niño (una vez lo conté), compraba una semita los domingos, la metía en la bolsa derecha de su chaqueta, con la mano la espolvoreaba, se sentaba en las gradas del parque de San Cristóbal, y comía el polvito poco a poco. Una vez que le pregunté cuál era un recuerdo feliz me dijo que ese. Mi papá, sin ser Proust, también tenía su “magdalena” particular. Debe ser así con todos los hombres y mujeres.
Algunos nombres de panes se prestan a albur. El más solicitado es “concha”, porque esta palabra es un nombre propio, pero en algunos lugares si un hombre pide la concha a una mujer le está pidiendo casi casi la chilindrina. Todo mundo ha comido una rosca y, sin duda, todo mundo se ha hecho ídem.
Acá, en esta fotografía, se ve una mesa, una mesa que pareciera ser síntesis de la parábola bíblica de la repartición de los panes. Hay panes blancos (como si estuviesen encalados) y panes del color de la tierra. De la tierra viene el pan, pero luego adquiere alas y vuela, a las ocho de la noche ya no hay pan.