viernes, 23 de junio de 2017

DEFINICIÓN DE TÍTERE




Eugenio protesta con vehemencia, dice que el lenguaje no debería ser tan permisivo. ¿Por qué -dice- se aplica el término títere a una persona dependiente, que se deja manejar por otra? Es injusto, porque el término títere debería emplearse de manera exclusiva para esos maravillosos muñecos del teatro.
Los títeres auténticos son seres casi autónomos, seres cuya esencia radica en la magia del titiritero. Por eso, cuando el término títere se aplica a una persona cuya voluntad está cancelada pierde su capacidad de asombro. Los títeres verdaderos poseen el encanto de asombrar a los espectadores y, con sus formas inertes, ¡provocan vida!
El títere verdadero es como un libro: existe en el momento que su dueño lo toma entre las manos. Mientras el títere permanece colgado de un clavo o adentro de un baúl es un simple muñeco, pero cuando el titiritero lo coloca en el escenario el títere es como una flor que se abre y danza y recibe el agua de la luz y ésta la reparte en mil confetis, en mil arcoíris; es decir, el títere auténtico necesita de la mano sutil y prodigiosa de su manejador. ¿Qué sucede con el tipo apocado que se deja manejar por otro y que llaman títere? En las manos del otro se oscurece, es como una hoja seca; es decir, el cobarde no toma vida, al contrario, es como un cable pelado que provoca cortos circuitos. Por esto, Eugenio protesta cada vez que alguien dice que fulano es un títere, para significar que es un timorato. Esta clase de individuos son como muñecos muertos, sin cabeza, con las ropas roídas; son muñecos incapaces de generar sonrisas o de provocar entusiasmo en los espectadores. Estos individuos son zombis o momias de Guanajuato. Su piel es una costra de pescado seco, un mero abismo.
Yo coincido con Eugenio. No se vale que empleemos la palabra títere con tanta libertad. Dicho término debería destinarse exclusivamente a esos muñecos prodigiosos que hicieron tan feliz mi infancia. Recuerdo que en la feria de Agosto, en mi pueblo, llegaba una compañía de títeres que colocaba su carpa al lado del edificio que, actualmente, alberga la casa de la cultura. Cuando veía que la carpa ya estaba instalada, llegaba a casa, aventaba la mochila sobre el sillón de la sala y corría a la cocina para avisarle a mi mamá que los títeres habían llegado. Ese aviso equivalía a decir que una cuerda de alegría y de felicidad estaba disponible para abrazarnos con emoción. Mi mamá, a la hora de la comida, como si deslizara un papel por debajo de la puerta, comentaba que los títeres habían llegado y mi papá, siempre con las mangas de camisa arremangadas, tomaba un trago de limonada y declaraba que esa misma tarde iríamos. No importaba que fuera lunes o sábado o domingo. La fiesta había llegado a Comitán y con los títeres había llegado el instante más sublime. A las siete de la noche, con mi abrigo de lana, color gris con azul, de la mano de mis papás, entraba a la carpa, caminaba por en medio de las sillas plegadizas, y me sentaba al lado de ellos, en la primera fila, porque sabía que la cercanía era esencial para disfrutar ese soberano espectáculo. Cuando el telón rojo, con ribetes dorados, se abría, como una ventana mágica, yo era feliz. Ahí, apenas suspendidos por hilos delgadísimos, un títere se inclinaba y, como si fuese el más grande actor de Hollywood, saludaba a la concurrencia y decía que presenciaríamos el espectáculo más grande del mundo: el circo. Yo, alelado, respiraba despacio, en intento de no alterar lo que en el escenario ocurría, porque en el escenario aparecían payasos; luego perritos amaestrados; trapecistas que hacían el triple salto mortal, y, al final, salía el domador con dos leones africanos. ¡Ah, qué milagro! Los títeres cobraban vida gracias a las manos prodigiosas que los manipulaban. Sin esas manos ellos eran nada. ¿Cómo, entonces, llamar títeres a seres sin voluntad que se dejan manipular por perversos? El mundo actual está instalado en la miseria intelectual, precisamente porque los términos se confunden. Devolvamos un poco de dignidad al lenguaje y nombremos títeres sólo a esos fantásticos muñecos que nos injertan savia, savia exquisita, dúctil, genuina.

miércoles, 21 de junio de 2017

GODZILLA SIEMPRE GANÓ




Borges sabía mucho de animales fantásticos. Pau me preguntó el otro día cuál era el animal más poderoso de la Tierra. Dudé. Pienso que muchas personas dudarían. Por tamaño, alguien podría mencionar al elefante; por rapidez y astucia, alguien elegiría al tigre; pero, Alonso dijo que hay animales poderosos que no son tan espectaculares: ¿Cómo contrarrestar el poderío de una araña viuda negra? Alicia dijo que el potencial peligroso de un animal radica en la cercanía y no en la potencia; es decir, ella le tiene más miedo a una cucaracha que vuela que a un elefante, porque a la cucaracha se la topa en cualquier repisa de su casa; en cambio, el elefante es un animal tan lejano a su entorno que es como si no existiera.
Borges podría haber dicho cuál es el animal fantástico más poderoso de la Tierra. Yo, que nada sé de esto, me asombré cuando de niño, en algún cuento infantil, descubrí el poderío del dragón. ¡Ah, qué animal más bello! ¡Qué genialidad de diseño! ¡Qué fragua voladora tan impresionante!
Tres meses más tarde de esta impresión, en mi carta al viejito de la nochebuena, pedí ¡un dragón! El viejito no me falló (mi papá nunca me fallaba). En la mañana del 25, al lado del nacimiento, encontré una caja que contenía un muñeco de plástico duro que representaba a un dragón, con alas bellísimas y una lengüeta que simulaba una flama. Mi amigo Armando recibió, junto con una bicicleta, un muñeco de plástico que representaba a Godzilla (monstruo japonés de moda).
De igual manera que en la navidad anterior, cuando él recibió un muñeco que representaba a Blue Demon y yo recibí un muñeco de Santo, el enmascarado de plata, Armando y yo jugamos a “las luchas” entre su Godzilla y mi dragón, que bauticé como Kaz. Armando, siempre ventajoso, golpeaba a mi Kaz con su Godzilla y se declaraba vencedor. (Lo mismo había sucedido con Blue Demon y mi Santo. Su muñeco siempre vencía y él gritaba como loco diciendo que Blue había derrotado al Santo, en dos de tres caídas sin límite de tiempo, y al final le había quitado la máscara a mi luchador favorito. Con el tiempo, por tanta refriega, en efecto, mi muñeco se descascaró y terminó sin máscara. Compré, en la Proveedora Cultural, un frasco de pintura Vinci plateada, pero mi muñeco ya nunca tuvo la gallardía de cuando al abrir la caja descubrí al luchador en medio de un ring.)
Yo dejaba que Armando se declarara vencedor en todos los juegos: en los que él hacía de ladrón y yo de policía, en los que él representaba la selección de fútbol soccer de México y yo la selección de Brasil; en los que él le atinaba a dos botes con el rifle de diábolos y yo le atinaba a tres. Él era de esos niños que eran felices cuando humillaban al otro, de esos niños que no toleran perder.
Pienso que si Borges hubiese estado con nosotros, ahí en el sitio de la casa, habría hallado más elementos de poder en el dragón que en el otro animal fantástico. Si el divino ciego hubiese sido orillado a apostar por alguno de los dos animales, sin duda habría apostado a favor del dragón. De igual manera, cualquier verdadero aficionado y conocedor de la lucha libre hubiera apostado a favor de Santo, el enmascarado de plata.
¡El dragón! ¿Por qué tío?, me preguntó Pau cuando, por fin, me atreví a decir que consideraba al dragón como el animal más poderoso. ¡Ah!, porque el dragón tiene alas. La gran ventaja del dragón, aparte de todas las demás virtudes innegables, es su capacidad de volar. ¿Por qué los humanos creen que los ángeles están en un nivel superior? ¡Por las alas! Sin alas, los ángeles son semejantes a los hombres. La gran diferencia está en el vuelo.

martes, 20 de junio de 2017

CARTA A MARIANA, CON UN CAFÉ SIN AZÚCAR




Querida Mariana: Diana, una amiga de la universidad, tenía un novio al que le decía “Azuquitar”. Azuquitar estudiaba Pedagogía y soñaba con dar clases en la Selva. Cuando tomábamos un refresco en la cafetería al aire libre de la universidad, sentados en una mesa que estaba debajo de un árbol, le preguntaba a Diana qué iba a hacer cuando su novio lograra su deseo de trabajar en la Selva. “Voy a ir con él, por supuesto”, decía, con gran convicción.
Yo miraba los árboles llenos de mangos y escuchaba, al lado del rebumbio de los estudiantes que estaban en otras mesas, los pájaros que, argüenderos, se arracimaban en las frondas. Pensaba: “¿Qué hará metida en la Selva?”. No imaginaba a mi amiga, siempre tan bien vestida, con modales de princesa, acostumbrada a su casa de zona residencial de lujo (ella era de San Cristóbal y estudiaba literatura en la facultad de humanidades, en Tuxtla). ¡No, no! Ella no soportaría vivir en una casa construida con tablas, en un lugar donde no había supermercados ni plazas comerciales, ni cines con aire acondicionado, ni restaurantes donde sirven salmón y vinos blancos. Yo casi dudaba que ella comiera frijoles, ella, así la veía, estaba acostumbrada a comer caviar. Aunque, luego pensaba que por alguna razón ella estudiaba en universidad pública, porque la situación económica de su familia le permitiría estudiar en la mejor universidad privada del país (Tecnológico de Monterrey) o en cualquier universidad del extranjero (en Londres, en París o en Cambridge). En realidad ella no era la típica niña nice. Se había enamorado del Azuquitar, un muchacho muy bello (piel color cedro y ojos de agua limpia) de familia clase media, de Tonalá. Diana era una princesa, pero no adoptaba tufos de rancia nobleza. Pero, cuando platicaba (con frecuencia) los sueños de su novio, a mí me costaba trabajo verla caminando por senderos llenos de lodo, debajo de la lluvia pertinaz y frecuente (ella vestida con un impermeable y botas de hule), escuchando el aullido de los monos saraguatos. Pero, luego, pensaba que tal vez podría ser posible, porque ella no soñaba con vivir en Barcelona o en Nueva York (que, insisto, bien podía hacerlo, con los pies bien puestos en la tierra y no como sueños guajiros). Terminé la carrera profesional y regresé a Comitán. No volví a ver a Diana, pero, ¿qué creés?, ayer fui a San Cristóbal y la encontré en el parque central. Bajó de un auto lujoso y subió al parque (iba a comprar un periódico), en cuanto me vio corrió a abrazarme. Le hizo una seña a su chofer para que se estacionara y me jaló a una banca. Dijo que tenía una cita importante que atender, pero que platicáramos aunque fuera unos minutos. Dijo que había leído mi novelita “Yo también me llamo Vincent” y me preguntó si tenía más libros publicados. Le dije que sí. Abrió su bolso y me dio su tarjeta personal, pidió que le enviara los demás libros (autografiados, ¿vale?). Guardé la tarjeta en la bolsa de mi camisa y cuando miré un resquicio en su caudal de palabras emocionadas, le pregunté: ¿Y vos, qué te has hecho? Respiró fuerte, hizo una pausa y como si su mirada fuera un pájaro la vi instalarse por encima de los techos de los edificios que circundan el parque de aquella maravillosa ciudad. Y me preguntó si recordaba al Azuquitar y sus sueños. Sí, dije, claro que sí. Pues, ya a punto de terminar la carrera, encontró otro café para endulzar y me mandó a volar, dijo. ¡No podía creerlo! Bueno, sí, tal vez el famoso Azuquitar, pensó lo mismo que pensaba yo: ella interrumpiría su sueño, porque no estaba hecha para ese entorno. Tal vez buscó a alguien más acostumbrada a la blusa bordada, al huarache, al frijol, a la carne salada, a la hamaca, al lodazal, al bullicio de las chachalacas, al cayuco. Eso fue lo que pensé. Diana sonrió, dijo que ella había ido a hacer un posgrado a París y allá se había casado. ¡Claro!, pensé, con alguien de su misma posición social. Su esposo era un experto en arte y tenía dos galerías en Francia, una en París (en la Rue de l’Amiral de Coligny, cerca del Museo de Louvre) y otra en Niza. Ella dirigía la galería de París. Bueno, dijo, ya debo irme. Dijo que le daba mucho gusto verme, que me deseaba mucha suerte, que no olvidara enviarle mis otras novelas, que fuera a verla. La acompañé a comprar el periódico y luego para que subiera a su auto. Antes de despedirnos le pregunté por qué le decía Azuquitar a su novio. Ella sonrió, dijo que porque era el complemento ideal de su cafecito. Subió al auto, sacó la mano por la ventanilla y, en francés, gritó: “Au revoir”.
Posdata: ¡Ya, ya! Sé que estás preguntándote cómo, yo de memoria tan endeble, sé el nombre de la calle de París donde está su galería. Muy sencillo, saqué la tarjeta que me dio y ahí hallé esa dirección; es decir, Diana no vive en San Cristóbal, ella vive en París. Tal vez el día que la hallé en San Cristóbal había llegado a pasar algunos días con sus padres.
¿Qué hubiese pasado si el Azuquitar no hubiera cambiado su taza de café? ¿Diana en la Selva? Me es mucho más fácil imaginarla caminando en la Plaza de La Concordia que en un sendero debajo de una torrencial lluvia, en medio de árboles llenos de saraguatos.
Sí, le enviaré mis otras novelitas, la de “Triste historia de un cuentahistorias”, la de “La tarde que conocí el cine” y la de “El día que Julio Cortázar llegó a Chiapas”. Pienso que será emocionante que ella lea esta novelilla en la misma ciudad donde Julio Cortázar vivió.

lunes, 19 de junio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE HAY ALGO COMO UN HILO DE NOSTALGIA





Querida Mariana: Esta fotografía la tomé del libro “El rincón más suave de mi patria”, de Armando Alfonzo. Alguien me dijo que está tomada en el parque de Guadalupe. Tal vez alguien del barrio pudiera reconocer las losetas que acá se ven y que ya no existen en el parque actual. La inexistencia de las losas de esta fotografía se debe a alguna de esas acostumbradas remodelaciones y no porque las losetas se hayan agotado por el uso. De hecho, el pavimento actual está todo deteriorado. Tengo la certeza de que si estas losetas continuaran, el parque tendría un piso menos agrietado. Si alguien hiciera un recuento de los pisos de los parques actuales llegaría a una conclusión: ¡están en pésimas condiciones! ¿Viste el otro día, que fuimos al templo de San Caralampio, cómo está el piso de laja del parque de La Pila? Bueno, ¿qué decir de las condiciones del parque central de Comitán? ¡El parque central!, parque que es como el corazón del pueblo, que debería ser como el patio principal de la casa. Resulta que dicho parque muestra una cara toda sholca, cacariza. Yo recuerdo, niña mía, el piso del parque en los años setenta y presentaba una cara más digna, más adecuada a lo que los comitecos nos merecemos. El parque de esos tiempos tenía un piso de losetas hechas en los talleres comitecos. Además, en ese tiempo, las autoridades no colocaban esas aborrecibles carpas gigantescas que ahora se han vuelto costumbre. Y hablo de las carpas, porque cada vez que las instalan clavan en el piso grandes tornillos para soportar cables. Cuando los “instaladores” retiran sus armatostes dejan esos clavos y tornillos, lo que provoca dos situaciones vergonzosas: que un peatón tropiece y que la laja quede toda quebrada. Es una verdadera pena caminar por el parque; es vergonzoso que ese espacio, también, al igual que las calles, esté lleno de topes y baches. Cuando caminamos por el parque central, como si fuésemos autos, se desajusta nuestra carrocería. ¿Quién se responsabiliza por los daños a nuestros sistemas de amortiguación? ¿Quién paga los gastos de alineación y balanceo de nuestra columna vertebral? ¿Quién es culpable de las caídas y fracturas? ¡Nadie! ¡Nadie se responsabiliza! Sería tan fácil que los encargados del mantenimiento de los parques, de vez en vez, con frecuencia regular, caminaran por el parque central y quitaran los obstáculos que impiden caminar con tranquilidad. ¿Qué tanto costo puede ser cambiar las lajas rotas por lajas nuevas?
Ya en alguna ocasión (en varias) comentamos el yerro que cometieron quienes decidieron (en mala hora) colocar laja en banquetas y en espacios públicos. Esta foto de Armando Alfonzo demuestra que los pisos con losetas (fabricadas en Comitán, en “El Terrazo” o en la fábrica de don Enrique Cancino) eran muy dignos.
El otro día pasé por el local que, frente al parque central, ofrece bebidas, que se llama “Central” y me dio gusto constatar que en la remodelación reciente le colocaron losetas con la factura tradicional y con un diseño novedoso.
Ya platicamos también cómo en Oaxaca existen muchos talleres tradicionales que están recuperando la fabricación de losetas artesanales, con diseños contemporáneos. Esto es un reconocimiento que indica que (valga la rima) lo anterior ¡era superior! Ahora, mucha gente cae en la trampa de las campañas publicitarias novedosas y cambian su piso por los modernos (brillosos) que son resbalosísimos.
Así como me dio gusto ver lo que hicieron en el piso de “Central”, lamenté muchísimo ver que en el templo principal de La Trinitaria cambiaron el piso y le colocaron losetas brillosas, resbalosas, jodidísimas. ¿A quiénes se les ocurrió instalar losetas resbalosas en un espacio donde los fieles acostumbran pegar sus velas de cera en el piso? Parece que ahí no invocaron la bendición de la Santísima Trinidad, porque ese cambio fue un desacierto.
Posdata: Sé que vos pensaste que hablaría de los demás elementos fantásticos de esta fotografía. No comenté lo obvio en esta ocasión, porque sé que vos tenés tu propia lectura de lo que acá juegan estos niños.
Cuando vi la foto pensé en que la diversión de estos niños tenía mucho que ver con la tersura del piso, con ese espacio que era como una pista pulcra.
Ahora, vos lo has visto, cuando remodelan una calle, colocan cuadros pequeños de laja en los bordes de las banquetas. ¡Dios mío! ¿Acaso los constructores no ven que las llantas de los autos pegan en la orilla de las banquetas y quiebran y tiran esos cuadros? Por fortuna ya esas banquetas no están forradas con laja, pero los constructores aún siguen cometiendo el error de colocar esas mínimas muestras de carencia de sentido común.
Un amigo me explica que las compañías constructoras lo hacen a propósito, porque de esa manera garantizan que sus trabajos se deterioren pocos días después de la inauguración, para que así, cada vez que “arreglen” los desperfectos, vuelvan a embolsarse toneladas de dinero. ¿Será así?
¡Ay, niña, qué país! ¡Qué estado! ¡Qué ciudad!

sábado, 17 de junio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE HAY UNA PARED SIN PUERTAS





Querida Mariana: El lenguaje es cruel. Cuando una mamá le dice a su hijo que es un inútil, es peor que si le pegara con el cinturón. Me sorprendo cuando una persona dice que hay “muros ciegos”. Me sorprendo porque jamás he escuchado que alguien hable de “muros videntes”. Acá uso la palabra vidente en su acepción de ver y no de capacidad adivinatoria. Digo esto porque en la historia de la humanidad muchos ciegos han sido excelsos videntes, grandes encantadores.
De igual manera, me sorprende la capacidad del hombre para abrir puertas y ventanas en un muro ciego. Basta que alguien tome un pico para abrir compuertas para que pase el aire y la luz. Pocos hombres han poseído la capacidad de abrir ventanas en las paredes de los ciegos. Jesús fue uno de estos hombres prodigiosos. La Biblia cuenta que Jesús escupió e hizo lodo con la tierra y la saliva y untó esa mezcla en los ojos de un ciego, y cuando el hombre se lavó la cara con agua limpia de un estanque, el ciego ¡miró! Se advierte que el prodigio no está en el agua del estanque, ni en la tierra, sino en la saliva del hijo de Dios.
Aurelio dice que la imaginación logra el prodigio de hacer que los ciegos ¡vean! Claro, niña mía, se refiere a la ceguera intelectual, porque hay millones de personas cuyas mentes son como muros ciegos. En algún momento, quién sabe por qué, sus ventanas se cancelaron y ahora ya no logran ver qué hay del otro lado de la pared.
Hace dos días, Pau, su mamá y yo fuimos a comprar pan en la panadería de Las Torres, allá por la Pilita Seca. Subimos al auto y apenas habíamos avanzado dos cuadras cuando se “soltó” el aguacero. Eso fue lo que mi prima dijo: “¡Ay, ya se soltó el aguacero!”. Pau, quien viajaba en el asiento posterior, se adelantó, colocó sus manos sobre los respaldos delanteros y, por en medio de éstos, asomó su carita y preguntó quién amarraba los aguaceros. Cuando lo dijo pensé en los aguaceros como perros encadenados en las nubes. El perro que ahora se había soltado era un doberman o un pit bull, porque era un “pencazo” de agua. El cristal del auto comenzó a empañarse, mi prima dijo que lo más conveniente era detenerse y esperar que el aguacero amainara. La lluvia era tan intensa que el agua bajaba de manera torrencial por las calles empinadas. En el pueblo hay algunas calles que se convierten en caudalosos ríos, porque en la parte alta de la ciudad confluyen todas las aguas, se entrechocan y hacen pequeños remolinos que, en algunos casos, son tan intensos que mojan el sistema eléctrico de los autos, haciendo que éstos se apaguen y queden como barcos varados a mitad del río.
El genio humano ha levantado muros inmensos para contener el agua. ¡Es maravilloso pararse en la orilla de una presa, como La Angostura, y advertir cómo el agua ha sido domeñado! El galope desbocado del río Grijalva se contuvo y se volvió un espejo de agua, inmenso, poderoso, pero dócil ante el genio del Moisés moderno que, en lugar de abrir el mar, apaciguó las aguas rebeldes.
Pero cuando el agua fluye sin obstáculos es como una niña malcriada que no respeta la negativa de sus padres y se brinca por las ventanas. Así es cuando llueve en Comitán, el agua de las partes altas forma aludes de piedras líquidas que, juguetonas, rebeldes, se meten en los patios de las casas, tiran repellos en paredes de adobe, y, en algunas ocasiones, les dan revolcones a los autos. Por ello, esa tarde, cautos, estacionamos el auto en la calle y vimos el agua desbocándose en la avenida. En esas estábamos, esperando que la lluvia cesara y el agua se calmara un poco, cuando Pau, muy atenta a la corriente de agua, dijo: “El agua es una desobediente”, su mamá preguntó por qué decía eso. Pau respondió: “Porque se mete en sentido contrario”. En efecto, vimos que la flecha del sentido vial señalaba que esa avenida (con preferencia) era hacia arriba y el agua fluía, feliz, en sentido contrario.
¿Qué decir a eso? ¡Nada! Mejor hacerse tacuatz o preguntar (como en el anuncio televisivo): ¿Las saladitas son horneadas?
Lo que Pau dijo, con gran imaginación, propició que comenzáramos un juego. Jugamos a que un agente de vialidad, de esos que usan botas hasta la rodilla, se detenía y bajaba de su motocicleta. La mamá de Pau dijo que el agente sonaba su silbato y obligaba a una gota de agua a detenerse y “orillarse a la orilla”. Con el clásico desplante del poderoso mínimo, subió el pie sobre la banqueta mojada y le pidió sus papeles a la gota. Le comunicó las faltas incurridas: “Por conducir en sentido contrario y por exceder el límite de velocidad”. En ese momento Pau sonrió y dijo que el agente era un bruto, ¿cómo le pedía sus papeles a la gota? ¿No veía que se iban a mojar?
La mamá siguió el juego, dijo que la gota protestó, dijo que ella no hacía otra cosa que seguir el texto del artículo 24 de la Declaratoria de los Derechos del Agua, que dice: “En casos de contingencia ambiental o de confinamiento ilegal, el agua tiene derecho a buscar una salida natural”. ¿No sabía el agente que la ley de gravedad es absoluta? Pau dijo que, sin duda, el agente era un ignorante y tampoco conocía la Declaratoria Universal de los Derechos del Sueño. Su mamá, siguiendo el juego, le dijo que ya no recordaba el artículo 8 de la Declaratoria del Sueño, ¿podría Pau recordárselo? Pau abrió su mano derecha como horqueta y la llevó a su barbilla, en esa posición de pensadora dijo: “El artículo 8 de los Derechos del Sueño dice que cuando un sueño aún tiene cuerda está en todo su derecho de obligar a su dueño a quedarse en la cama cinco minutitos más”.
Así, jugando, como si fuésemos gotas traviesas brincando sobre las tejas o saltando la cuerda a mitad del patio, dejamos que la lluvia se agotara y que la corriente disminuyera. Media hora después, con un canasto y pinzas en la mano, escogíamos el pan francés, las rosquillas, los moldecitos y diez salvadillos (mi prima, traviesísima, dijo que era para meterles el dedo, abrirles un hoyito y meterles el chorro de temperante).
El lenguaje es cruel, como si fuese una piedra, a veces, causa grietas en el espíritu. Pero, de igual manera, el lenguaje es como una balsa que ayuda a salir del mar proceloso y llegar a islas iluminadas. En Comitán hay muchas personas que usan la palabra como zapapico para abrir huecos en los muros ciegos del alma y dejan que pase la luz de la anécdota. ¡Ah, qué sabrosa la convivencia con esas personas que, en la sobremesa o en la reunión nocturna, cuentan, con gracia sin igual, los sucesos cotidianos del pueblo! No hay problema o situación alarmante a la que el comiteco no le encuentre el lado simpático, la arista pícara, el hueco gozoso.
En la anécdota, la palabra es como el agua limpia. Jamás se desborda, jamás inunda los territorios. En este caso, el lenguaje sirve para regar y alimentar la planta de la alegría, del instante jocoso.
Comitán ha sido un pueblo pleno de imaginación. Ésta se desborda y riega todas las parcelas donde crece el humor y la gracia, dones divinos que son propios de pueblos elegidos.
Posdata: La imaginación logra el prodigio de hacer que los ciegos ¡vean! Los escritores, creativos e imaginativos, logran que la palabra abra huecos en los muros ciegos. Cada vez que un niño abre un libro y lee un cuento infantil, su imaginación crece como un globo y éste vuela por mil cielos. Cada vez que una mujer borda una anécdota recupera el brillo de la anécdota contada por doña Lolita Albores, quien fue una mujer que, como cántaro lleno de agua, llevó al límite el artículo 24 de la Declaratoria de los Derechos del Agua: Construyó cauces para que el agua bendita de la palabra alegre fluyera con intensidad. Nunca dejó que la palabra fuera un pájaro con las alas cortadas, nunca permitió que la metieran en jaulas. Por eso, en sus labios, la palabra fue un pájaro libre, sin cortapisas. Si había necesidad de usar la palabra con aroma sacro ¡lo hacía!, pero, de igual manera, si la anécdota precisaba la palabra alburera, picaresca, para darle el preciso tono al chiste colorado, ella no dudaba, la volaba con la misma destreza con que el niño lanza el trompo.
Cuando alguien, a la hora del amigo, teje una anécdota simpática, recupera el genio de Armando Alfonzo, quien, como mago, tuvo el don de contar de manera magistral la más íntima esencia de nuestro pueblo. Él, Armando, que cuentan sus amigos era muy formalito, casi tímido, a la hora de escribir las boberas de nuestro pueblo no tuvo empacho alguno y llamó pan compuesto al pan y cotz al acto alegre de retozar en camas o petates.
Cuando alguien emplea la palabra como arco iris para iluminar los cielos es como si abriera ventanas y puertas en los muros ciegos.

viernes, 16 de junio de 2017

DEFINICIÓN DE DINERO



A Jorge le encanta jugar juegos de apuesta (de a mentiras, confirma). Cuando lo encuentro, puede ser a medio parque, en el corredor de la casa de la cultura o en algún café donde está con su palomilla, me llama y me lanza uno de sus juegos de apuesta. Como sabe que soy escritor siempre me lanza preguntas relacionadas con las palabras: “¡A ver, a ver, vos!, ¿cuál es la palabra que más se menciona en el mundo a diario?”. Y apenas lo lanza sus amigos se enfrascan en una sabrosa dinámica. “Muerte”, dice uno, mientras pone cara de entierro. “No, no -dice Samuel- la palabra más mencionada es Sexo” y pone también cara de entierro, porque es muy alburero.
Como llevo prisa me despido y los dejo enfrascados en su juego que nunca lleva a alguna conclusión, pero que, como cualquier juego de palabra, es como una ventana que oxigena el cuarto.
Cuando ya di diez o doce pasos escucho detrás de mí: “Dinero, dinero, es la palabra más mencionada”. Esto lo dijo Raquel. Ya no veo qué cara pone.
¿Cuál será la palabra más mencionada en el mundo, a diario? ¿Cuál la más mencionada en México? ¿Corrupción? ¿Sangre? ¿Violencia? ¿Esperanza?
Cuando subo a mi auto pienso en la palabra que dijo Raquel, puede ser que la palabra dinero sea una de las más mencionadas, porque (a diferencia de lo que piensa Samuel) no todo gira en torno al sexo, pero sí casi todo gira alrededor del dinero. Por eso Juancho, quien es taxista, desde hace más o menos veinte años, siempre dice que anda detrás de la chuleta, porque en la chuleta, dice, viene pegado el billete.
Algunos dicen que todo se parece a su dueño. En algunas ocasiones esto es real: la palabra dinero se parece a su dueño; es decir, al concepto que representa. La palabra es casi metálica, apesta a moneda oxidada, suena como si fuera un eructo de lobo, sin embargo, todo mundo la invoca. Los políticos nefandos tienen un dicho perverso: “No me den, pónganme donde haya dinero”; es decir, ya ellos se encargarán, por ejemplo, de que parte del presupuesto destinado para asistencia social pase a la oficina de asistencia personal.
Los gringos, que de esto saben mucho, siempre dicen: “Time is money”, para responder a aquellos románticos que sostienen que el tiempo es lo más valioso en el mundo. De ahí, los gringos concluyen: si el tiempo es lo más valioso, el tiempo es ¡dinero!
Muchos analistas sostienen que ahora el Dios más venerado es el dinero. Cuando alguien es poderoso económicamente se dice que es “Hombre de dinero” es decir, hay una gran diversidad de hombres. Hay hombres de palabras, hay hombres de imágenes, hay hombres de poder. Los que saben dicen que Hank González sostenía que “Un político pobre es un pobre político”. Con esto daba a entender que el poder político debe sostenerse en el poder económico. Por eso, todos los compas que entran a la política buscan por todos los medios perversos hacerse de un caudal millonario.
El dinero huele a cloaca. Es una pena que en los billetes aparezcan los rostros de héroes y heroínas de la patria. Es una pena porque los rostros de los hombres y mujeres que han luchado por este país deberían estar en los parques donde corre el aire libre o en los brazos de las nubes. Pero no, el dinero se camufla de vehículo cívico, siempre usa la máscara de piedra de Benito Juárez o el rostro agrietado de José María Morelos y Pavón. ¡Señor mío! ¡De Morelos! El llamado “Siervo de la nación”. Morelos nunca imaginó que su cara andaría en manos de medio mundo y serviría tanto para la compra de un litro de leche en manos de una madre miserable o para la compra de un voto en manos de políticos deshonestos.
El dinero, dice mi compa Arturo, no compra la felicidad, pero bien que sirve para comprar todo lo demás y cuando alguien tiene “todo lo demás” no piensa en la felicidad. De lo que se trata es de pasarla bien, de pachanguearla, de beber buenos vinos, de tener las mejores viandas, de poseer yates, de volar en jets privados, de tener residencias lujosas, de ser admirado por mujeres bellas (en caso de ser hombre) o ser deseada por miles de hombres (en caso de ser mujer). ¿No se compra la felicidad? ¿Qué hombre de dinero quiere comprar esa utopía? Los hombres de dinero dicen: “Que los infelices busquen ser felices”.
¿Cuál será la palabra más mencionada en el mundo, a diario? No lo sé. Nadie puede saberlo. Sólo sabemos que la palabra dinero es una de las palabras más invocadas.

jueves, 15 de junio de 2017

QUEMA DE LIBROS




Vi y escuché a Julio Patán en la televisión. Patán (quien no es lo que su apellido dice) comentaba el libro “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. Libro que, como todo mundo sabe, cuenta la historia de un bombero cuyo trabajo es quemar libros. En la charla televisiva, Patán dijo que “Fahrenheit 451 es una novela distópica”. ¿Qué? A ver, más despacio: ¿Distópica? ¿Qué significa esta palabreja? Me paré y consulté en un diccionario. ¿Qué es distopía? “Antiutopía, sociedad ficticia indeseable en sí misma”. ¡Ah, ya!
Cualquier persona sabe que la quema de libros es un absurdo. Los libros de historia consignan quema de códices durante la evangelización. Asimismo, Carlos recordó el otro día que en El Quijote, nada más y nada menos que en El Quijote, aparece una fantástica quema de libros. Cervantes (quien era cuchillito de palo) quema, a través de los juicios del cura y del barbero, libros de autores que a él no le gustaban, por lo que sus obras las mandó a la hoguera. Canijillo el Cervantes, por decir lo menos.
Ya muchos intelectuales han criticado el hecho actual de que, en las universidades, al término de los estudios, los graduandos celebran un acto casi irracional que, tradicionalmente, se llama Quema del libro. A mitad de la plaza colocan un libro gigantesco hechizo y le prenden fuego. Los alumnos, en ritual bestial, danzan alrededor del libro condenado a la hoguera. No se justifica tal acto. Resulta un mal ejemplo en un país donde sus jóvenes casi no leen.
Aunque, si uno lo piensa bien, tal acto brutal no es más que el reflejo de la sociedad actual, donde las personas, a sabiendas de que algo les hace daño ¡lo siguen haciendo! Todo mundo está de acuerdo en que el consumo de coca cola afecta al organismo. ¡No importa! Millones consumen dicho refresco todos los días. Todo mundo sabe que el acto de fumar es dañino para la salud. ¡Les vale! Millones de fumadores consumen toneladas de cigarros cada minuto. Todo mundo reconoce los beneficios de la lectura. ¿Qué sucede? Millones de personas ignoran la lectura olímpicamente. Cada potencial lector, ¡qué pena!, se comporta como el personaje de la novela de Ray Bradbury: de manera inconsciente “quema” libros al ignorarlos, al no concederse la oportunidad de expandir sus horizontes de imaginación, de creatividad, de análisis, de reflexión, de goce. Estos actos individuales afectan a la sociedad. Porque, es cierto, cada persona puede hacer lo que se le venga en gana y si su gana es no leer está en su derecho de no acercarse a la lectura; pero su decisión afecta al desarrollo de la sociedad. Cuando una mayoría es analfabeta, la minoría pensante y reflexiva poco puede hacer para mejorar el entorno. Esto queda demostrado cada vez que las mayorías acuden a votar.
Es lamentable reconocer que el ideal de que la mayoría de mexicanos lea es una utopía, algo inalcanzable. Es más factible alcanzar las antiutopías (la distopía). Nietzsche decía que el hombre está más inclinado al mal. Todas las mañanas hay alguna noticia que pareciera comprobar tal teoría.
En un país con altos índices de deserción escolar, es mínimo el porcentaje de alumnos que alcanzan llegar a la universidad. Es lamentable, por lo tanto, que sus escasos profesionales no sean lectores convencidos sino lectores vencidos. Al llegar al término de la carrera no ven la hora de botar los libros para jamás volverlos a tomar, un poco como si ellos fueran los enemigos a vencer. Por esto, al final de la carrera, se reúnen en la plaza y realizan, en medio de gritos frenéticos y algarabía desbordada, la quema del libro.
Patán deslizó la idea de que vivimos ya en una sociedad distópica. No quisiéramos vivir en ella, pero todos los días vemos a la mayoría caminando hacia el abismo. Mientras esas muchedumbres caminan hacia la grieta, lo hacen en medio de cantos (tipo Arjona), con vasos de refresco en la mano (coca cola), sin reflexionar en el hecho del movimiento. La cosa (ya nos lo dijeron los políticos perversos) es que México se mueva, no importa que la ruta no tenga un destino claro. A moverse, a quemar libros, a consumir desechos, a ser bomberos que, en lugar de apagar incendios, los provoquen. ¡Qué pena!

miércoles, 14 de junio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DE CUANDO EL MUNDO ESTÁ AL REVÉS





“¡Mirá, mirá!”, me dijo Pau, señalando la estructura metálica. Su mamá hizo una cara de Bendito Dios. En voz baja, la mamá me dijo que los del ayuntamiento eran unos inútiles. Pero Pau parecía no compartir la idea, porque se acercó al contenedor y vio que la parte superior tenía agua: “Es para que tomen agua los pajaritos”, dijo, llena de vida, y completó: “La fuente de allá es para personas, ésta es para las palomas”.
La estructura, se ve, está bocabajo. Lo que acá se ve como parte superior, en realidad, es la base de un contenedor que soporta un basurero, pero acá, por vayan ustedes a saber qué causa, quedó así en uno de los pasillos del parque central de Comitán.
Pau dijo que la otra era la fuente para las personas y ésta la fuente para que los pajaritos tomaran agua. En efecto, el platillo de la base estaba lleno de agua, debido a que la noche anterior había llovido de manera torrencial.
“¡Mirá, mirá!”, volvió a decir Pau y señaló hacia el platillo. Y yo vi que una chinita (uno de esos pajaritos modestos que sobrevuelan el parque) se había parado en el borde del platillo y tomaba agua, ¡tomaba agua!
Sólo faltaba, pensé, que el pajarito se metiera en el agua y se diera un baño y moviera las alitas para secarse.
¿Quién tenía la razón acá? ¿Pau o su mamá? Acá las dos estaban en lo correcto. La mamá de Pau había dicho que los del ayuntamiento eran unos inútiles, remarcando el error de los encargados del mantenimiento del parque al permitir que una estructura metálica estuviera obstaculizando el paso peatonal y diera un mal aspecto en el corazón de la ciudad; pero Pau (con su mirada inocente, con su sonrisa de hilo de agua limpia) también tenía razón, porque esto, visto desde su óptica era de una proverbial belleza. Si un turista llegara y pusiera atención a lo que la mamá de Pau decía se llevaría la impresión de que Comitán es una ciudad descuidada al máximo, pero si pusiera atención a lo que Pau señalaba diría que Comitán es una ciudad fantástica, una ciudad amiga de las aves (¡Ay, si supieran que algunos residentes, con pistola de diábolos, matan palomitas! ¡Ay, si supieran que una tarde mataron a las palomas que estaban en el interior del templo de San José! ¡Ay, si supieran que una tarde envenenaron a palomas que estaban cerca de este andador!).
Pau, su mamá y yo nos sentamos a comer esquites, cerca de donde estaba esta estructura. Vimos cómo los pajaritos se acercaban a picotear en los arriates, buscando alguna lombriz y luego los vimos volar hasta “su” fuentecita y beber del agua fresca que ahí había.
A veces, como en este caso, el descuido puede generar luz. Una vez, el jardinero de la casa del tío Eulogio se enfermó y dejó de cortar el césped durante muchos días. El césped estaba altísimo ya, parecía un bosque sembrado con bambú. Alicia, hija del tío, descubrió que era lugar ideal para jugar escondidas con su perrita chihuahueña. La perrita tardaba mucho en hallar a su ama, porque cuando entraba al terreno era como si entrara a un laberinto. Alicia salía con sus mejillas rojas de la emoción y la perrita toda húmeda de rocío. Cuando el jardinero regresó se halló con una petición especial: un terreno de cuatro por cuatro no debía podarse jamás. Alicia quería ver hasta dónde llegaba el césped, ¿subiría hasta el cielo? Ella, como en cuento infantil, ¿podría subir por una de esas varas para tocar las nubes?
A veces es necesario una mirada infantil, una mirada sencilla, ingenua, como la de Pau para no enojarse a la primera por los descuidos de los encargados del mantenimiento del parque central de Comitán.

martes, 13 de junio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE HAY UN MOÑO NEGRO




Caminaba por el barrio de La Pila, en Comitán. Por una calle que todavía es de aquellas calles empedradas del Comitán de los cuarenta. Caminaba cuando vi esta enorme mariposa negra, colgada como murciélago sobre lo alto de la puerta, también negra.
La puerta estaba clausurada, con una doble clausura. Pensé que cuando esa casa no está de luto mantiene, cuando menos, la reja abierta. Ya en la noche es que los propietarios cierran la reja y luego la puerta metálica, de color negro. Caminaba a medio día, pero en esa casa, así lo pensé, había llegado la noche.
Se alcanza a ver dos letreros, también pegados como mariposas: uno permanente y otro pasajero, como hilo de agua de los chorros de La Pila. El permanente dice: Familia García Morales; el de hilo negro daba cuenta del fallecimiento de “Dn Jorgito”, así lo decía. Luego abundaba en datos prácticos, como el lugar en donde velaban su cuerpo y la hora del entierro.
He visto moños en los frentes de las casas, sobre las puertas. En Comitán (entiendo que de igual manera en muchos otros lugares del mundo), cuando una niña cumple quince años, en el dintel de la puerta colocan un moño de color rosa; si hay boda colocan un moño blanco. Todo es un ritual fabuloso que sirve como conjuro para evitar la aparición de mariposas negras.
Murió don Jorgito. Yo no supe algo más de su vida, excepto algo que circuló en un pequeño opúsculo: Don Jorgito fue el penúltimo sobreviviente conocido de los ex alumnos del sabio Mariano N. Ruiz. Ahora el único sobreviviente es el profesor Javier Flores Torres, quien fue mi maestro en el cuarto grado de primaria, en la escuela Fray Matías de Córdova, y mi maestro de Historia de México, en la preparatoria.
Nunca platiqué con don Jorgito. Me hubiese gustado hacerlo. Un rato, cuando menos. Sólo para pedirle que me contara cuál era su sensación al abrir la doble puerta y hallar que su calle seguía siendo la misma de cuando niño: ¡calle empedrada! Su calle, la misma de cuando iba a la escuela de don Mariano, ¡nada menos que don Mariano!
Una vez estudié en la unidad Iztapalapa, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y tuve como maestro al doctor Carlos Graef Fernández. Él era experto en teorías de la gravitación. El doctor Graef conoció a Einstein. El famoso científico dijo que Graef era un rebelde, pero no un rebelde sin causa, ¡no!, un rebelde con causa científica. Einstein le deseo mucho éxito al científico mexicano. Esto habla del reconocimiento que el científico universal le brindó a nuestro científico.
Don Jorgito y yo tuvimos la increíble oportunidad de recibir cátedra de dos eminencias. Algunas personas insisten en decir que Mariano N. Ruiz intercambiaba correspondencia con don Albert Einstein. Muchas otras personas dicen que todo es un mito, porque no hay la comprobación física de tal acto, como sí lo hay en el caso del doctor Graef. Pero eso sí, nadie pone en duda el espíritu de investigación que rodeó a don Mariano, espíritu que es el requisito indispensable para que la ciencia, como ratón en madriguera, saque la cabeza.
Murió don Jorgito. Cuando pasé por su casa y miré la nefasta mariposa negra sobre su puerta, pensé que su cuerpo lo sacaron de ahí adentro de un cajón. La carroza se desplazó como una carreta cansada sobre la calle empedrada. Ya nunca más don Jorgito abriría su doble puerta para caminar media cuadra y observar los árboles del parque de La Pila; ya nunca más sus oídos escucharán el canto líquido de los chorros que, éstos sí, están desde antes que don Jorgito naciera y seguirán mientras la esperanza de vida siga floreciendo, mientras haya más mariposas blancas que negras.

lunes, 12 de junio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE APARECE EL PORTAL MÁS MODESTO




Esta fotografía fue tomada desde la lateral más modesta del parque central de Comitán. No siempre fue así. Hubo un tiempo que esta lateral fue una de las más concurridas.
Ahora, las personas que se sientan en los restaurantes de la lateral donde está el Hotel Delfín ven a los niños que corren por el parque y a los boleros que dan brillo a los zapatos de los visitantes. Quienes se sientan en el pretil del palacio municipal, de igual manera, disfrutan lo que ocurre frente a ellos, los jueves y domingos escuchan la marimba del ayuntamiento y ven a los bailarines que, con mucha enjundia, siguen el ritmo de la canción que se llama Tacuatzín: “Adelante va la iguana / más atrás el tacuatzín, / todo aquél que no se baña / tiene olor a calcetín”. ¿Y qué decir de quienes se sientan en la grada del corredor o en las sillas del café de la casa de la cultura? Ellos son testigos de las citas amorosas que ocurren alrededor de la fuente.
El portal donde está la Farmacia del Ahorro es el menos visitado, porque no hay posibilidad de sentarse para, desde ahí, observar el parque. Este portal es el patito feo. ¡No siempre fue así!
En los años setenta, este portal tenía mucha vida. Como estaba a una altura superior de la calle, las gradas servían para que niños y jóvenes se sentaran ahí y vieran lo que frente a ellos ocurría. ¿Qué pasaba? ¡Mucho! Casi todo. Era el camino obligado de los alumnos de la escuela secundaria y preparatoria (que ocupaba el edificio donde hoy está la casa de la cultura); además, enfrente estaba la Proveedora Cultural. Cuando era temporada de “figuritas”, decenas de niños se concentraban ahí para intercambiarlas o para echar volados “de paquete”. La calle era un hervidero de niños y muchachos y, por lo consiguiente, ese portal era uno de los más embelequeros.
Cuando la manzana fue derruida, este portal perdió su espacio de privilegio. Las escuelas secundaria y preparatoria tenían sus propios edificios y, como sucedió en la Ciudad de México con la construcción de Ciudad Universitaria, los estudiantes dejaron de transitar por las calles del centro. Los niños dejaron de agolparse en la banqueta de la Proveedora Cultural.
Si algún despistado se para en este portal (es casi imposible sentarse) ve una imagen no muy grata. Desde el portal del Hotel Delfín, el palacio municipal y la casa de la cultura, el parque se muestra diáfano, lleno de árboles. ¿Qué se ve desde este portal? Series de escalinatas y muros tapizados con laja.
Cuando algo desaparece queda un vacío difícil de llenar. Cuando la manzana fue derruida también cayó el privilegio de este portal. Ahora la gente camina por ahí, pero no se detiene como antes lo hacía.

miércoles, 7 de junio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE LA TARDE DE TODOS LOS DÍAS




Querida Mariana: Hermila le da una vuelta al dicho mexicano. Hermila dice que “Cada quien habla según le mueve la tarde”. Y esto es así, dice Hermila, porque Juan, por ejemplo, dice, mientras fuma un cigarro sin filtro: “Pues ya lo ve, acá ando, esperando que caiga la tarde”. Para Juan, la tarde cae, como si fuera un fruto maduro o como si fuera cagada de paloma. Por el contrario, Romelia dice, mientras toma una taza de café endulzado con panela: “Ya no tarda en llegar la tarde”. Para Romelia, la tarde llega, como si fuese un enamorado, o como si fuese el camión de las seis de la tarde. Hay diferentes modos de abrir los ojos ante el telón de la tarde.
Por esto, Hermila dice que cada quien habla según le mueve la tarde; es decir, Hermila también tiene su modo y, según ella, la tarde mueve a las personas, como si ella fuese una marimba destartalada o un acorde de guitarra gitana.
Tal vez el modo de advertir la tarde está en relación directa con el carácter de la persona. No es lo mismo saber que la tarde llega a creer que la tarde cae.
Quienes creen que la tarde llega, intuyen que ella es como una mujer de pies descalzos, que, sin pedir permiso, accede a las habitaciones y, orgullosa, se recuesta a mitad del patio. Este comportamiento nos habla de una tarde modosa, casi niña inquieta, que, como si saltara la cuerda, llega con su sonrisa de árbol destrenzado.
Quienes creen que la tarde cae, saben que ella es como el destino: inflexible, rotunda, ajena a los deseos del hombre. Puede caer como roca o como nube niña.
Cuando la tarde se asoma, con ella también llegan los actos más íntimos, los más sencillos. Porque las personas, durante la mañana, se avocan a despeñarse como piedras en alud, bien para ir al trabajo, bien para ir a la escuela o al mercado. En la mañana, casi nadie puede hacer lo que la tarde invoca. Las tardes traen, en su alforja, el sosiego de la abuela que se sienta a cocer o a escuchar las canciones de Pedro Infante; es una mano que riega la posibilidad de malgastar las horas viendo las telenovelas o la posibilidad de redimir el tiempo asistiendo al rosario en el templo o en la penumbra del oratorio que huele a juncia.
La tarde convoca al café, al dominó, al movimiento preciso en que unas manos cierran los postigos de las ventanas que permanecieron abiertas todo el día. La tarde es la pausa en que el niño saca los juguetes del cajón de madera, porque, jura, ya hizo los deberes de la escuela.
La tarde es la muchacha que se peina con peine de carey, que deshace la cuerda del viento, que juega a la ruleta de la insistencia.
Pero todo depende del cristal con que la tarde se mira: ¿cae o llega? ¿Cae como si fuese una maldición? ¿Llega como si fuese la amiga proverbial?
Posdata: Vos, ¿a qué equipo le vas? ¿Sos de las que le van a las chivas o de las que le van al América? ¿A qué gajo te arrimás: al de las que esperan la llegada de la tarde o al de las que esperan que la tarde caiga? Que caiga llena de naranjas vaporosas o que entre como si ensayara un pas de deux.
Yo no sé si llega o cae. Sólo sé que la tarde es la hora en que la tía se coloca el chal y toma, entre sus dedos de tapesco de chayote, el rosario que, desde siempre, ha estado en el oratorio de la casa. La tarde es la niña que corre, sonriente, en los pasillos del parque central, con un globo en sus manos. La tarde es el anafre donde se asa el elote, acompañado de limón y polvojuan; es la palabra que se siembra en mitad del patio vacío de la escuela que estuvo lleno en la mañana. La tarde es una muchacha bonita que se baña a mitad del río y cuyos pechos se abren como se abre la flor más tierna.
Hermila dice que cada quien habla según le mueve la tarde. Tal vez lo dice porque la tarde es, también, como un papalote que baila a mitad del cielo.

martes, 6 de junio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE PARECE “QUE VA A LLOVER”




Querida Mariana: Antes de la época de lluvias aparecen los hombres en los tejados de Comitán. Son gatos livianos. Las señoras preguntan: “¿Nunca se caen?”. Los hombres responden con un simple no. ¿Qué hacen esos hombres en las alturas de las casas? Están trastejando, dice el abuelo Elías. Él sabe, ha vivido más de ochenta años de lluvias en el pueblo. Su casa tiene la techumbre hecha con tejas.
Luis Armando Suárez, gato intelectual, se puso a trastejar antes de la aparición de las lluvias. Igual que el gato culto de Taibo, Luis anda trepado en las alturas, porque desde ahí vislumbra el horizonte, que a veces pierde la raya, que a veces se torna indefinible.
Los hombres suben a trastejar. Ellos, los gatos equilibristas, no saben de cuotas de género. Es raro, rarísimo, ver a una gata trepada en los techos de Comitán haciendo la labor de cambiar las tejas quebradas. ¡No! Las gatitas esperan que los hombres bajen, los esperan con tortillas en el comal, con frijoles en el fogón. Ahí está el agua de limón con hielos, servidos en vasos de cristal. Las gatitas, cuando menos en Comitán, no tienen la perversa costumbre de subir a los techos. Ellas ven la luna desde la ventana de la habitación, donde siempre hay una flor de tenocté en el florero de la mesa.
Luis Armando, antes de la temporada de lluvias, dio a Comitán su revista ENTRETEJAS, Revista Cultural de Chiapas (segunda época). En la revista de Luis Armando (cuando menos en este primer número) tampoco hay cuotas de género. En el techo de esta casa sólo hay nombres de hombres, sólo tejas de gatos machos, sólo textos de los siguientes autores: Samuel Gordon, Sergio Nicolás Gutiérrez, Óscar Wong, Rafael de J. Araujo, Roberto López Moreno, Carlos Gutiérrez Alfonzo, Octavio Gordillo y Ortiz y Pablo Rodríguez Gordillo.
Todos los textos publicados tienen su encanto, pero el que más llamó mi atención es el texto de Samuel Gordon (alumno de Rosario Castellanos, en la Universidad de Jerusalén). Llamó mi atención porque da una revisión general de los cursos que nuestra paisana impartió en Israel y luego (inevitable) da la versión que el chofer de la embajada le contó acerca de la muerte de la escritora, hecho que, como sabés, ha levantado mucho polvo. No sé por qué hay versiones tan distintas. Esta proliferación de interpretaciones ha movido el morbo natural. Óscar Bonifaz, en su libro “Una lámpara llamada Rosario”, dice: “Salía descalza de su baño en su casa de Tel Aviv y cuando se disponía a conectar una lámpara sobre la pequeña mesa que acababa de adquirir fue fulminada por una potente descarga eléctrica…”. Wikipedia dice: “Falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a consecuencia de una descarga eléctrica provocada por una lámpara cuando acudía a contestar el teléfono al salir de bañarse…”. Se sabe que Wikipedia no tiene bases científicas sólidas, pero es una página muy recurrida, por lo tanto, esta imprecisión daña el conocimiento de la historia más o menos exacta de Rosario. Y digo imprecisión porque lo que cuenta Samuel Gordon contradice lo que Óscar Bonifaz, Wikipedia y muchos más narran. Muchas biografías dan como hecho que Rosario se bañaba y que recién había comprado la lámpara.
Gordon cuenta que el día de la muerte de Rosario habló con ella al mediodía, y dos horas y media más tarde recibió una llamada de Israel (el chofer) comentándole el lamentable accidente. Gordon se trasladó a la residencia de la escritora, luego fue al hospital donde no lo dejaron entrar y le notificaron que la embajadora de México en aquel país había fallecido ya. Gordon le pide a Israel que le cuente su versión de los hechos y es lo que Samuel cuenta en este texto que aparece en la revista de Luis Armando. La lógica dicta que la versión más cercana a la realidad es la que cuenta Gordon. Todo lo demás es como un teléfono descompuesto, descompuestísimo. En la versión de Israel, a través del relato de Samuel, Rosario no sale del baño. Esta versión parece ser un agregado para justificar el hecho de que estaba mojada y, por ello, la descarga fue brutal. Se sabe que la combinación de energía eléctrica y el agua es letal. Este número de ENTRETEJAS reproduce el texto de Gordon que fue publicado con el título “Rosario Castellanos: catedrática de la Universidad Hebrea de Jerusalén”, en la revista SIEMPRE, con fecha del 22 de junio de 2013, y que su autor leyó en junio de 2015, en un acto celebratorio por el nonagésimo aniversario de la escritora, que Luis Armando, director de la casa de cultura de Comitán, junto con directivos de otras instituciones, como el Fondo de Cultura Económica, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, entre otras, organizó en la Ciudad de México.
Lo que Gordon cuenta dice: “El 7 de agosto de 1974, día del infausto accidente, cuando aún no recibíamos las calificaciones del que habría de resultar el último curso impartido en la Universidad de Jerusalén, tuve el raro y triste privilegio de hablar, telefónicamente, con ella por última vez. Generosa, como siempre, había promovido mi presencia en El Colegio de México, entonces bajo la dirección de Víctor Urquidi, para impartir un seminario de lo que en esos tiempos era mi especialidad -en tanto consolidaba mis estudios latinoamericanos y mexicanos-, la historia política del Medio Oriente. La comunicación, efectuada al filo del mediodía, fue breve, unos diez minutos. Me dijo que no podía verme porque debía trasladarse a la ciudad vieja de Jerusalén, en la zona amurallada, para recoger unas mesas de bronce repujado encargadas desde Siria las cuales, después de largos meses de espera, acababan de arribar. Me informó que mi traslado a México sería para el próximo semestre lectivo. Después de los saludos de rigor nos despedimos.
“Dos horas y media más tarde recibí la llamada de su chofer, de nombre Israel, de origen búlgaro, quien hablaba ladino, y la llamaba siempre “señora embaxatriz”. Lloraba desconsoladamente. Me dijo que la señora embaxatriz había sufrido un accidente y rogó me trasladara de inmediato a Herzlía Pitúaj, sede de la residencia de la embajadora de México. En menos de una hora estuve allí y le pedí me transportara al hospital adonde la habían conducido. Inútil. No nos dejaron ingresar porque ya la habían declarado muerta y debido a su estatuto diplomático, el acceso fue totalmente restringido. Regresamos a la residencia. De manera pormenorizada, Israel reconstruyó aquellos últimos minutos antes del accidente. Era un día calurosísimo en que soplaba el “jamzín”, vocablo en árabe que significa “cincuenta”, utilizado para hacer referencia a la cantidad de días en que más duramente golpea un viento abrasador desde el desierto. El Mercedes de la embajada no tenía aire acondicionado. Rosario descendió de prisa, descalza por el inmenso calor, empapada de sudor, con urgencia de colocar sus mesas metálicas repujadas. Había un hueco esquinado entre dos sofás, el cable de una lámpara lo cruzaba en diagonal, desde el enchufe hasta la mesa de centro de la sala donde estaba colocada, ese espacio era el destinado para ubicar la mesa de mayor diámetro. La lámpara metálica estorbaba, estaba mal aislada, es un país con corriente de doscientos veinte voltios, al moverla Rosario quedó pegada, agónicamente. El chofer estacionaba el carro en la cochera, en reversa. Tardó varios minutos en ingresar a la residencia con las mesas para recibir instrucciones. Al entrar se encontró con la terrible escena a duras penas, con el pie, logró desconectar el cable. Inevitable, ridículo, increíble. Por ello, siempre, tantas absurdas conjeturas…”
¿Cómo lo mirás? Ah, qué pena. Rosario se murió porque olvidó que era embajadora. ¿Cómo ella se atrevió a desenchufar la lámpara? Ella debió esperar que llegara Israel para ordenarle qué hacer con la lámpara, qué hacer con las mesas; olvidó que ella debía ordenar. Debió dejar que el empleado hiciera el trabajo pesado. Ah, Rosario se olvidó que era una diplomática. Olvidó lo que su papá le había enseñado: el trabajo pesado lo hacían los indios en la hacienda. Olvidó su posición de privilegio.
Posdata: Luis Armando oxigena el ambiente intelectual en la región. Ojalá que esta nueva época de ENTRETEJAS tenga larga vida, que los cables de su lámpara estén bien aislados.