lunes, 6 de julio de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE UN CAMIÓN REPARTIDOR



Cuentan que en Comitán, las “gaseositas” de don Jorge Soto eran repartidas en burritos. Los burreros conducían a los burros por las calles empedradas. Cuentan que el trote de los burritos por las calles empedradas obligaba a que las botellas chocaran e hicieran un sonido peculiar.
Ya para finales de los sesenta, el camión que acá se ve servía para el reparto de la coca cola. Muchas calles ya estaban pavimentadas. Los burritos repartidores habían desaparecido. De hecho, las famosas “gaseositas” habían cedido terreno ante el embate de la bebida trasnacional. Comitán ya estaba metido de lleno en esa etapa de transformación y cambio que aún continúa. Tal vez, digo que sólo tal vez, este camión fue el que atropelló a “El Deley”, un borrachito que siempre andaba “toreando” los autos y camiones, y que cuando le decían que dejara de beber porque el trago lo iba a matar, él defendía su bebida y le echaba la culpa al refresco que acompañaba la cuba: “El trago no mata, la coca sí”; y como si hubiese vaticinado su muerte, un mediodía “toreó” al camión repartidor y el chofer no pudo esquivarlo y lo aventó, provocándole la muerte.
El cambio de los burritos a los camiones repartidores fue señal de que los tiempos sosegados habían terminado. A partir de ahí, los cambios se fueron desarrollando de manera vertiginosa. Pasar de la máquina mecánica (que usaban en el Registro Civil) a la máquina eléctrica (que comenzaron a usar las secretarias de los colegios) llevó tiempo; pero pasar de la máquina eléctrica a la computadora y ahora a la Tablet requirió lo que un parpadeo.
Este camión repartidor me llevó a conocer una “casa mala”. En temporada de vacaciones yo subía al camión y acompañaba a los trabajadores a repartir el refresco. Me gustaba esa dinámica de ir de tienda en tienda ofreciendo el producto. El ayudante (que iba colgado de un pescante en la parte trasera) bajaba en carrera a ver qué hacía falta en el tendejón. La dueña de la tienda le decía que le dejara dos docenas y buscaba el importe en la gaveta. En ese tiempo, la mayoría de transacciones se hacía con monedas. Pagar con billetes significaba una compra mayor. Toda la mañana acompañaba a los repartidores. Yo iba en el asiento del copiloto, apoyaba mi brazo en la ventanilla y desde ahí veía el movimiento que se daba en las calles de Comitán: la señora que medía el metro de manta sobre el mostrador; el hombre que tocaba el silbato ofreciendo el afilado de cuchillos; las canasteras que llevaban flores al mercado; el mapa invisible que trazaban las moscas en la carnicería. Veía todo, oía todo, olía todo. Por encima del olor penetrante de la carne (¿fresca?) aparecía el aroma de los chicles motita, sabor plátano, o el aroma del atol de granillo.
Una de esas mañanas, el chofer se estacionó frente a una casa y me dijo que esperara. Me sorprendió la prohibición, porque yo bajaba a todas las tiendas para argüendear y ver lo que había en los estantes de madera. Él agregó: “Es una casa mala”. Quedé como estatua, no tanto por su negativa, sino por lo que había dicho. Mucho tiempo después (pero mucho tiempo después) me enteré que esa casa era la casa donde funcionaba el burdel de la famosa Tía Lola.
A mi papá nunca le comenté lo de la casa mala. Pensé que si hablaba sí sucedería algo malo, tal vez mi papá me prohibiera salir con los repartidores y eso sería desastroso. Nada dije. Tampoco, al otro día, dije algo al chofer. Subí como todas las mañanas, bajé a todos los tendejones, miré lo que había sobre los estantes de madera o sobre los mostradores. Pero jamás olvidé ese concepto. Hoy sé que no hay casas malas. Todas las casas de mi pueblo son casas buenas, en todas entra el sol sin hacer distingos; en todas la lluvia baila como si fuese una danzarina de Mozambique, de un lado para otro sin descanso. Otra cosa es hablar de quienes habitan esas casas. ¡Ah, esa sí es otra historia!
El camión bajaba temerario por las calles empinadas del pueblo. Si el tendejón estaba en una bajada, el chofer, al apagar el motor, daba vuelta al volante de tal suerte que la llanta delantera topara contra la banqueta. El ayudante, más previsor aún, colocaba una piedra en la llanta trasera. En una ocasión, el ayudante olvidó quitar la piedra y cuando el chofer movió el volante y creyó que podía avanzar de manera libre, el camión saltó como chapulín y las botellas chocaron entre sí. Un sonido de botellas en burrito apareció.

domingo, 5 de julio de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN POLLO PORNÓGRAFO




“¡Mamá, mamá, ese pollo está desnudo!”, dijo Martha, desde la ventanilla del carro. El tío Lucas sacó la cabeza y dijo: “Es cierto, pero no es un pollo, es una polla, desde acá le miro su culito”. “¡Cállense! No digan boberas”, dijo la abuela, que iba en el asiento trasero y comía pistaches. Ramiro detuvo el carro, pero ya el animal había desaparecido detrás de una malla de gallinero y se había incorporado a sus demás hermanos. Buscaron el pollo sin plumas, pero ya no apareció. Todos los demás pollos y gallinas sí estaban emplumados.
Martha dijo: “¿Por qué sus papás no le compran un suetercito de plumas?”. La abuela, dejando la cáscara de un pistache sobre su regazo, dijo que esos animalitos crecían así, por alguna deficiencia genética. Vivían encuerados. “¿Y no tienen frío en las noches?”. Sí, sobre todo en noches de invierno. La abuela dijo que una vez tuvo un pollo con esas características y que lo envolvía con trapos por las noches. El tío Lucas dijo que esa polla, porque era polla, era una descarada que con esas tácticas impresionaba a los gallos. Ah, dijo el tío, con diez de esas pollas me hago millonario, monto un espectáculo “sólo para gallos”, con tubo y toda la cosa. La abuela le pegó un coscorrón al tío y le dijo que se callara, que puras burradas decía, que tuviera cuidado que ahí estaba la niña escuchando. El tío rio, se sobó la cabeza y dijo que esa polla parecía sacada del “Play boy”. La abuela estiró de nuevo el brazo para golpearlo en la cabeza, pero el tío se hizo a un lado y soltó una gran carcajada.
Mientras tanto, Ramiro había vuelto a poner en marcha el auto. Ante la novedad del paisaje, olvidaron al pollo desnudo. Cuando llegaron a casa, Martha bajó del carro, corrió a la cocina y le contó a Ricarda que había visto un pollo sin plumas. ¿Como si estuviera listo para la cacerola?, preguntó la sirvienta y Martha dijo que sí, que era como si ya estando sobre una tabla de madera, a punto de ser desguanzada, el pollo, llamado Lázaro, se hubiese levantado y echado a correr. Martha preguntó entonces si el pollo no se quemaba con el sol y Ricarda le contó que una vez un tlacuache (tacuatz le dicen en Comitán) andaba por el gallinero viendo cuál era la gallina más gorda y más sabrosa para echársela al plato. Vio a una zarada que estaba ya a punto de subir al palo para dormir, cuando, de abajo del gallinero, apareció un pollo sin plumas. El tlacuache jamás había visto un animal sin plumas, pensó: “Ah, este pollo ya está listo para la cena”. El tlacuache bajó del árbol y, escondiéndose detrás de los postes, avanzó poco a poco hasta estar a dos o tres metros del animal sin plumas. Iba a lanzarse tras el animal cuando escuchó un lamento: “Ay, ay, ay, no sean malos, devuélvanme mi abrigo”. El tlacuache se intrigó y preguntó: “¿Quién te robó tu abrigo?”. “Ay, no sé, señor, pero ahora iba a ir a una fiesta que ofrece doña Reina, la gallina más gorda de este reino, y mire cómo estoy. Así no puedo ir. Mi abrigo lo tienen en aquel galpón” y señaló una bodega. El tlacuache se relamió la trompa al escuchar que el pollo iba a ir a una fiesta que ofrecía la gallina más gorda del reino. “¿Dices que vas a la fiesta de doña Reina? ¿Por casualidad no sabes a dónde queda su residencia?” y mintió: “Yo también estoy invitado”. “Ah -dijo el pollo sin plumas- si usted me ayuda a recuperar mi abrigo, yo lo guío”. El tlacuache dijo que esperara, que él iría al galpón y le traería su abrigo de plumas. El tlacuache caminó decidido y entró a la bodega. Cinco minutos después, un ejército de gallinas salió cargando el cadáver del tlacuache. El pollo se dejó abrazar, feliz de haber cumplido con la misión. Su abuela salió del gallinero y le dijo que se pusiera su suéter porque ya hacía frío. Los mayores dicen que la moraleja de esta fábula es que toda mujer desnuda es un riesgo para cualquier hombre que se cree gallo con espolones.
A Martha no le gustó el cuento de Ricarda, así que mejor pidió su café con pan y pensó en el pobre pollo de la granja del camino y juró que, a la mañana siguiente, le pediría a su mamá que tejiera un suéter, color azul, para que protegieran al pobre pollo sin plumas.

sábado, 4 de julio de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE UNA CASA ASOMA




Querida Mariana: ¿te acordás del cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar? Es un cuento que aparece en una gran cantidad de antologías; es uno de los mejores cuentos del siglo XX. Hay una línea que dice: “Cómo no acordarme de la distribución de la casa” y luego el autor da cuenta de cómo estaban distribuidos los cuartos.
A veces releo dicho texto. La historia está muy bien planteada, pero ya descubrí porqué dicho cuento me seduce: porque habla de una casa. Desde siempre las casas de nuestro pueblo me han gustado. Cuando logro entrar a una casa del centro de Comitán, de esas con corredores, pilares de madera, patio central y sitio, algo blando aparece en mi espíritu, algo como un calor tibio de fogón.
Esto no podrá entenderlo un habitante del Distrito Federal, por ejemplo. Una casa de cuatro corredores no dice mucho a quien creció en un departamento de los multifamiliares de Tlatelolco. Quienes crecieron en un departamento de la ciudad de México se sienten canarios; nosotros, los que crecimos en casas generosas, con patios llenos de luz y de sol, tenemos el alma llena de aire. Si yo entrara a un pent-house frente a Central Park, en Nueva York, si entrara a un lujoso departamento, me deslumbraría; me acercaría al cristal y vería, allá abajo, asombrado, los senderos de gravilla por donde las personas corren; asimismo (si ya el otoño estuviera próximo) disfrutaría el color amarillo y rojo quemado de las hojas de los arces, que nada tienen que ver con nuestros modestos ocotes; pero, una vez pasada la emoción primera, diría que eso de andar, como chango o como pájaro, trepado en las alturas no es lo mío. ¡No! Lo mío es el piso, el piso enladrillado, recién regado con agua limpia. Lo mío es la abuela que, con regadera en mano, riega las macetas que están colgadas de las paredes; lo mío es el abuelo que, en su mecedora, lee el periódico, mientras el perro roe un hueso. Lo mío, lo sé bien, no es el edificio alto sino la casa que está, como maceta, sembrada en la tierra y se levanta como bonsái, sin alardes de crecer más que el árbol de chulul. Los multifamiliares padecen el mal de la soberbia. Quienes habitan en pent-houses tienen la pretensión soberana de creerse por encima de los demás. Los simples habitantes de las casas que son de una planta son como hongos, satisfechos de estar cerca de las hojas secas.
¿Cuáles son los sonidos que escuchan quienes viven en departamentos? Escuchan las ráfagas que avientan los aviones y helicópteros; escuchan los ecos que suben desde la calle: las ambulancias, los cláxones y los gritos de los vendedores. Los que viven en entrepisos escuchan los ruidos que hacen los vecinos de arriba: los platos que caen, las aspiradoras sobre las alfombras, los pasos del que va de la cocina al comedor, los jadeos y los resortes de las camas. Los que viven en los departamentos no escuchan los grillos ni el rumor descalzo de la noche que camina y baila en los patios.
“Cómo no acordarme de la distribución de la casa”, dice Julio Cortázar. La mayoría de personas puede recordar la casa de su infancia y la distribución. Vos tenés el privilegio de seguir viviendo en la casa donde creciste. ¡Yo no! Ahora vivo en una casa muy diferente de la que habité de niño. Si aún viviera ahí, podría decir con precisión la distribución de la casa. Mi memoria es endeble. Hay cuartos que no sé para qué servían. Recuerdo (no sé si la palabra recuerdo es correcta en este caso) un cuarto grande, al lado de la sala. Dicen que siempre estaba cerrado, ocasionalmente se abría. Recuerdo, entonces, un cuarto en penumbras, húmedo y con una historia anexa. Sara, la sirvienta, me contaba historias en la tarde, a la hora que me sentaba al lado del fogón y comía una tostada que ella me daba. Sara decía que en ese cuarto había muerto una señora, hace muchos años. Sara juraba que el fantasma de la mujer se le había aparecido en varias ocasiones, decía que cuando iba de la sala a la cocina, la mujer (fantasma al fin) traspasaba la puerta cerrada, extendía la mano y algo le ofrecía. Sara decía que el miedo la impulsaba a correr hasta llegar a la cocina, lugar donde, con un poco de ceniza en el dedo, se persignaba. Ahora que lo escribo pienso que ella creía que la ceniza que tomaba del fogón era bendita, por aquello del miércoles de ceniza. Cuando yo le preguntaba qué era lo que el fantasma le ofrecía, ella cerraba los ojos y decía no saber, pero juraba que, a veces, estaba a punto de pararse, enfrentar su miedo y tomar lo que la mujer le ofrecía. ¿Y si es la llave de algún baúl lleno de monedas de oro?, decía, emocionada, pero un segundo después decía que no, que tal vez era la moneda del diablo, la que servía para comprar las almas de los niños. Cuando decía esto último abrazaba a Víctor, su hijo, y decía que por nada del mundo permitiría que el diablo se apoderara del alma de su niño y éste, con las mejillas aplastadas, decía que no, que no quería ser hijastro del diablo. Todo esto oía yo. A la hora en que mi mamá me llamaba para ir a cenar y debía pasar por el zaguán donde estaba el cuarto del fantasma de la muerta, caminaba con los ojos cerrados, abrazado a la cintura de Sara.
Quienes viven en un departamento pueden recordar casi con precisión la distribución de los espacios. Quienes viven en una casa tradicional de Comitán se les dificulta decir qué árboles habían en el sitio de su infancia. Del sitio de la casa recuerdo un espacio donde estaba el gallo y los conejos; pero no sé decir por qué el gallo no estaba en jaula como sí lo estaban los conejos. El gallo se escondía cuando yo llegaba. En cuanto pasaba frente a las jaulas, el gallo aparecía, casi casi como el fantasma de la señora, y se subía a mi espalda, yo corría, lloraba, levantaba las manos tratando de ahuyentarlo, pero él, necio como hierba mala, seguía trepado. ¿Acaso me veía cara de gallina ponedora? A los demás niños que llegaban a la casa ¡los ignoraba!
Recordar la distribución de un departamento no tiene gracia. Es de lo más fácil. El departamento de Adrián y de Alfredo, en la colonia Roma, era de lo más sencillo. Igual de simple es el departamento de San José Mayorazgo, en Puebla: una sala comedor con cocineta incluida, un baño y dos recámaras a los lados.
Hubo un tiempo en que deseé vivir en una casa de dos pisos. Las ventanas de los pisos superiores siempre me han seducido por su posibilidad de ver sin ser visto. Y para poder ver bien se precisa cierta altura. Quien vive en un departamento ubicado en el quinto piso de un multifamiliar puede ver todo lo que sucede abajo. Imaginá un edificio construido frente al parque de San Sebastián, al lado de la casa de doña Mariana. Imaginemos que vivís en un departamento del quinto piso y que el gran ventanal de la sala da a la calle, al parque y, desde ahí, podés ver todo lo que sucede. Si te acercás al ventanal mirás el campanario y el tejado del templo; mirás cuando la gente se arremolina porque habrá un matrimonio; y basta mirar a la izquierda para ver todos los árboles del parque y los niños que ahí corren, las parejas que platican o, más noche, fajan. Esta visión no la permite la casa de una sola planta. A ras de piso, no queda más que abrir el ventanillo de la puerta y husmear (práctica muy común en Comitán); no queda más que correr tantito la cortina y fisgonear. Las casas amplias, de cuatro corredores, tienen balcones y desde ahí la gente “come” vecino.
Los departamentos permiten pasar desapercibidos. ¿Quién eleva la vista para ver lo que sucede en el departamento del cuarto piso? ¡Nadie! En el cuarto piso, los moradores argüenderos pueden, perfectamente, instalar telescopios que sirven, más que para ver estrellas, para ver lo que hacen los vecinos. Hay un morbo natural. Siempre llama nuestra atención el comportamiento del otro.
¿Cómo era la distribución de mi casa de infancia? No lo sé. Recuerdo, con cierta nitidez, la otra casa, la que construyó mi papá y que habité desde los ocho a los cuarenta y dos años. ¡Toda una vida! Ahora que lo escribí me doy cuenta que viví treinta y cuatro años en la casa que mandó a construir mi papá. Es la casa, a la fecha, donde he vivido más tiempo. Mi papá la construyó para nosotros, para mi mamá, para él y para mí. En la familia no fuimos más. Ya luego la habitó mi Paty y mis dos hijos. En la familia no fuimos más. Hoy, la casa que habito con mi mamá y mi Paty, es pequeña. La distribución es sencilla, casi simple. En un pasillo, el que va de un cuarto que funciona como bodega a lo que será el oratorio, tengo un librero de madera, con libros y devedés.

Posdata: Yo soy mi casa, las casas que he habitado. ¿Cómo es la distribución de mi casa interior? Aún estoy por descubrirla, pero reconozco, a primera vista, un espacio lleno de luz que bien puedo llamar: cuarto de meditación. ¿Cómo estás distribuyendo la casa de tu espíritu, mi niña?

viernes, 3 de julio de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY PASIONES QUE DESBORDAN LOS LÍMITES




Querida Mariana: dicen que Gabriel García Márquez dijo: “El periodismo es el mejor oficio del mundo”. ¿Por qué lo diría? Muchos, por el contrario, parafrasean tal dicho y escriben: “El periodismo es el más arriesgado oficio del mundo”.
El otro día, Sandra de los Santos, periodista fundadora de “Chiapas Paralelo”, el portal más leído del estado, compartió su cumpleaños número quince de ejercer el periodismo. ¡Ah, qué bonita quinceañera! ¡Pensante, propositiva, apasionada, entregada!
¿Cuál es el encanto que posee el periodismo para que tantos oficiantes se entreguen en cuerpo y alma? Sandrita, lo sé, lo he visto, se desvela y se desmañana (más desvelos que desmañanadas) para escribir una columna, un reportaje o una entrevista. Uf, desde los tiempos de “El Heraldo” en que a lado de la Valeria Valencia armaban “Paralelos 21”. Por cierto, Vale también debe andar cumpliendo los quién sabe cuántos.
No sólo ella. Hay cientos de periodistas que andan en la talacha, de arriba para abajo. Sé de la pasión de ellos, porque, igual que Sandra, también he andado metido en el ajo desde hace ya treinta y dos años.
Esta credencial da cuenta de un “intento honesto de periodismo” que iniciamos en el año 1982. Uf, vaya que han corrido ríos de tinta debajo de los puentes. En 1982 nos reunimos varios amigos en la casa y decidimos iniciar un semanario que cubriera el vacío informático que había en nuestra ciudad. Los lectores comprenderán que eran otros tiempos. Hoy, nuestra ciudad tiene más de diez propuestas editoriales, ¡más de diez!, y cientos en el ciberespacio. En aquel, ni tan lejano, 1982 la noticia circulaba por el tradicional sendero en que también corría el chisme; el análisis político no pasaba de la mesa de café; y la crítica y propuestas eran palomas mensajeras que se agotaban antes de llegar al palacio.
“Ensayos” lo hicieron Roberto Álvarez Solís (quien ahora anda metido en el ajo político y aspira a ser Presidente Municipal); Miguel González Alonso (quien es un destacado periodista en el estado de Chiapas); Juan Manuel González Tovar (destacado catedrático y conductor de programas radiofónicos, quien, por desgracia, ya falleció); Artemio Torres Figueroa (destacado maestro, quien sigue siendo un hombre honesto que aporta mucho a nuestra sociedad); Luis Felipe Gómez Mandujano (quien sigue en la brega docente, impartiendo clases especiales a alumnos que desean mejorar su preparación); y Marco Tulio Guillén Barrios (quien no ha parado, porque escribe una columna política en “Código Sur”).
De ese semanario de 1982, Miguel, Marco Tulio y yo nos dejamos seducir por el oficio y si bien nunca hicimos votos de castidad sí declaramos nuestro voto de fidelidad. Hemos sido fieles al oficio y si bien nos dedicamos a otros afanes, jamás hemos torcido la ruta.
En mi caso he publicado en el “Este Sur”, del recordado Pepe López Arévalo; en el periódico “La Voz del Sureste”, del buen Don Roberto Coello (ahí publiqué las caricaturas de Don Piedra, que luego el Instituto Chiapaneco de Cultura convirtió en libro; asimismo dirigí el suplemento “Viernes”, donde aparecieron las primeras Arenillas, que eran entrevistas a destacados intelectuales de Chiapas); publiqué una columna en “El Avante”, de San Cristóbal de Las Casas; asimismo, el maestro Enrique García Cuéllar publicó mis colaboraciones en un periódico digital que dirigía. ¿Qué más? Bueno, durante años publiqué la columna Arenilla en “El Heraldo de Chiapas”, y actualmente, con mucho orgullo lo digo, publico las cartas que te escribo en el “Diario de Comitán”. Pero no sólo en Chiapas he publicado. Cuando viví en Puebla trabajé en el periódico “Síntesis” uno de los dos periódicos más importantes del estado. Ahí fui el cartonista político e ilustré “La entrevista del martes” que el periodista Jesús Ramos publicaba, y donde aparecieron los más importantes políticos poblanos.
Hoy publico, gracias a una invitación de Sandra (la quinceañera), en Chiapas Paralelo. Y, por supuesto, escribo en este muro, en donde, cada semana, escribo tres Arenillas. Las herramientas tecnológicas que hoy poseemos permiten que los periodistas cumplamos con nuestra vocación. Desde enero de 2010 publico también “Diez, la Revista Digital de Comitán”. Esta semana publicamos la revista número 288.
Sí, querida Mariana, ríos de tinta brotan de las manos de los periodistas. El compromiso es el lector. Sandra y yo, y los demás periodistas del mundo, dedicamos nuestros afanes para el que nos lee. Tendemos un puente. Hoy no sé hasta dónde llegan mis palabras, pero estoy seguro que siguen siendo hilos que fortalecen ese tejido que un día, en 1982, inicié con un grupo de amigos, a quienes hoy les reconozco su indeclinable vocación en intento de hacer una mejor sociedad.
¿El mejor oficio del mundo? ¡La escultura! Sí, el oficio de bordar palabras en el aire para volverlas bronce, bronce eterno.

lunes, 29 de junio de 2015

MÁS QUE UN COLOR




A, B y yo somos amigos desde hace muchos años. Los tres nacimos en Comitán, pero vivimos en rumbos diferentes y, por supuesto, en casas distintas. Yo viví mi infancia (lo he dicho hasta la saciedad) a media cuadra del parque central; B vivió también en el centro y A vivió en donde hoy es la ampliación del parque. La diferencia entre A, B y yo es que ellos vivían en casas que eran propiedad de sus papás, casas que, probablemente, habían heredado de sus ancestros. Yo vivía en una casa rentada. En 1965, más o menos, mis papás y yo nos mudamos a una casa propia que había mandado a construir mi papá. Dejé el Centro y fui a vivir al barrio de Guadalupe. Esta mudanza no modificó mi amistad con A y B, como no la había roto el hecho de que ellos vivieran en casas propias y yo en una rentada. Nada modificaba el hecho de que las familias de ellos tuviesen ranchos y mi familia no. La amistad es tan sólida que no importa si uno es católico, el otro budista y uno más agnóstico.
¿Por qué digo esto? Porque A, B y yo hemos tenido gustos diferentes y hemos caminado por senderos distintos, que han sido paralelos. Cuando A tuvo su novia nosotros lo entendimos y, en la tarde, cuando ella llegaba al parque sabíamos que él se iría y no nos veríamos hasta horas más tarde. B y yo íbamos al Cine Comitán. A veces (hubo ocasiones) B decidía entrar al Cine Montebello, porque siempre ha preferido el cine norteamericano (le encantan las series gringas que exhiben en la televisión). En esas ocasiones (raras) yo iba al Cine Comitán, compraba mi boleto en la taquilla, compraba una orden de tacos y un refresco en la dulcería, buscaba una butaca desocupada y disfrutaba las películas mexicanas de los años setenta, esas en donde aparecían Meche Carreño, Isela Vega, Hugo Stiglitz y Santo, el enmascarado de plata.
Digo esto porque A, B y yo hemos sido tan amigos desde siempre que andábamos encuachados todo el tiempo. La tía de A bromeaba y decía que yo era como su despertador, porque, los domingos, llegaba a las ocho de la mañana, ya urgiéndole a levantarse para que fuéramos a ver el partido de fútbol en el estadio. Ahora, A sigue siendo un gran aficionado al fútbol (le va al Jaguares) y yo veo fútbol en la televisión, esporádicamente. Si alguien me urgiera a mostrar mi afecto por algún equipo diría que le voy a Las Chivas y esto no modifica en algo mi amistad con quien le va al otro equipo.
Cuando llegó el momento de elegir una carrera profesional, A decidió por Derecho, B por arquitectura y yo por una Ingeniería (¡Dios de mi vida, qué absurdo!). Esto no modificó nuestra amistad, no tenía porqué hacerlo. Cada persona es una individualidad y la amistad está por encima de las diferencias naturales y se sostiene por alguna que otra coincidencia. A B no le gusta la lectura, ya dije que se apasiona por el cine; a A sí le gusta la lectura (frecuentemente me obsequia libros); a mí me gusta la lectura y la escritura. A escribe, de vez en vez; B no lo hace. Yo no bebo trago desde hace mucho; A y B siguen tomando un güisqui en las rocas y no desprecian una buena botana de chicharrón y frijoles refritos. A, durante muchos años, fue cazador; B iba de cacería de vez en vez; y yo sólo los acompañaba, porque siempre he sido muy respetuoso de la vida de los animalitos.
Es decir, A, B y yo tenemos gustos y pensamientos diferentes. Ellos disfrutan una carraca o una pierna de venado, yo soy vegetariano. Estamos bendecidos por el mismo cielo, pero montamos sobre nubes diferentes. Siempre es así.
Digo esto porque el otro día Pepe Constantino, en plan de broma, preguntó: “¿Cuántas amistades se habrán perdido ya en estas elecciones?”. Entiendo el sarcasmo de Pepe, entiendo el desborde tonto e inútil de las pasiones. A le va a Jaguares y Z le va al América, pero, igual que nosotros, A y Z han sido amigos de toda la vida y no por el desenlace de un partido cortan esos hilos de luz que tejen el bordado fino de la amistad. Sería una estupidez que por una elección y porque alguien de la palomilla le fuera a otro partido político diferente al mío yo perdiera su amistad. Esto de la política es tan irrelevante como un juego de fútbol.
Hay intentos (los hay, de veras) por polarizar las acciones, por empujar a alguien a la pasión desbordada y desconocer al otro. ¡Qué tonto! A, B y yo hemos sido amigos de toda la vida y lo seguiremos siendo hasta que Dios nos envíe a otra dimensión. ¿Perder la amistad porque tenemos preferencias políticas diferentes? Quienes piensan eso están tontos.
En cuanto terminaba la película B y yo salíamos de los Cines Comitán y Montebello e íbamos al restaurante del Hotel Internacional, pedíamos un sándwich y una malteada de fresa y seguíamos siendo tan amigos. Ahí A nos alcanzaba, después de dejar a la novia en su casa.
Lo que sucede en estos tiempos es lo mismo: ahora estamos viendo películas diferentes, pero cuando termine la exhibición nos reuniremos de nuevo y seguiremos siendo los amigos de siempre. ¿Separados por un color diferente? Tontos los que lo piensan, los que lo creen, los que lo alientan. Tontos los que lo permiten.

domingo, 28 de junio de 2015

ANTES DE DAR EL OTRO PASO





¿Quién es esta muchacha tan modosita, tan tapadita del pecho? ¿Quién esta muchacha tan de raya en medio? Debo hacer caso al sello que dice “Rosario Castellanos”. Sí, es Rosario de mil pumpos, Rosario de mil tortillas de comal, de mil misterios.
¿Quién es esta muchacha con apenas cierto brillo artificial en los labios? ¿Quién esta muchacha que no ve de frente, sino así, de manera sesgada, como si lo importante no estuviese en el centro de la lente, sino en la periferia, en el aro que lo rodea y que le da forma?
Llama mi atención esta fotografía de Rosario. Si alguien me diera a elegir una de las tantas fotografías que le tomaron elegiría ¡ésta!
El cuello de su blusa está abotonado; su cabello cae con una certeza de equilibrio, como si cada mazo (a partir del camino) se desperdigara generoso sobre el plato de la balanza para que todo esté en equilibrio. Armonía, equilibrio, pueden ser palabras que definan este instante. Sobre la blusa lleva algo como un saco de dril, como una bata de trabajo. Si no conociera la historia de su vida diría que este uniforme es semejante al que usan las presidarias. Pero ¡no! Si no conociera su historia de vida diría que es una bata de pintora, pero ella no fue pintora. ¿Dibujaba o sólo llenaba los muros del aire con su palabra?
Se ve tan modosita, tan que no mata una mosca. Se ve tan frágil, tan muñequita de sololoy. Su rostro, terso, parece a punto de quebrarse. Como si toda ella fuese de porcelana y alguien, algún cabrón, llámese Ricardo, llámese Tormenta, estuviese a punto de aventarle una piedra, desde la lejanía, desde la otra orilla.
¿Y por qué me gusta esta fotografía? Porque parece revelar el lago de agua estancada que ella fue. Ella ahí, en medio de las montañas, sola, en medio de la lluvia, ve cómo el aguacero mueve sus aguas. Las gotas chocan contra su cristal, le provocan un movimiento como de olas de mar. Esto es lo que los otros miran, pero ella, ella es un simple charco de agua estancada. Se mueve porque los otros meten sus manos para ver si está tibia el agua, si está fría. Las gaviotas, desorientadas, llegan hasta el espejo de su superficie y buscan peces, peces de mar; lo mismo hacen los pelícanos. Todos buscan peces en su interior, pero ella nada lleva, nada posee; salvo oscuridad, silencio, reclamos.
Me gusta esta fotografía por un detalle casi irrelevante: tiene cejas. ¡Dios mío, qué pensaba a la hora de los otros retratos! ¡A la hora en que muestra un rostro severo, artificial, como piedra, en que se pinta, repinta, una y otra vez, las cejas con un lápiz negro! Uno de los retratos más conocidos de Rosario es donde aparece con un puño cerrado sobre el marco de su barbilla. Ella ve hacia el cielo, hacia donde está el foco de luz, abstraída, como si la vida no estuviese en la Tierra sino en alguna constelación a millones de años luz de esta vida. Sus ojos buscan, está a punto de hallar la fórmula de algún misterio, pero sus cejas repintadas, curveadas, trazadas como si fuesen alas de cuervo, le otorgan al retrato un carácter de payaso, de caricatura. Todo su rostro es alterado por ese aleteo incruento. La armonía del rostro es rota como si mil piedras, en alud, reventaran contra un valle.
¡Dios mío! ¡Qué rostro tan sin rostro el de Rosario! La gran feminista no tuvo un rostro propio. Disimuló su timidez y fragilidad debajo de una máscara de tronco de árbol. Pero el tronco, se advierte, por más que intenta esconderlo, es un tronco enfermo por alguna plaga.
Qué rostro tan oscuro el de la mujer que pretende dar luz.
El rostro que muestra esta fotografía es el rostro de una tacita de té. Está a punto de decir algo, sus labios a punto de abrirse para pronunciar la palabra. Su cabello cae sin ataduras. Es la fotografía de una muchacha modosita, cubierta. Lleva el cuello abotonado. Hace frío. En el corazón de Rosario siempre hay un árbol sin hojas que recibe el viento que viene del Sur, de lo más profundo.

sábado, 27 de junio de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY UN MAL QUE SE LLAMA CARAMONÍA




Querida Mariana: ¿vos sabés que es el mal de caramonía? La otra tarde, el doctor Rubén Álvarez hizo la pregunta. Hacía añísimos que no escuchaba la palabra. No creo que sepás qué es caramonía. Vos sos muy joven. Mi tía Romelia decía que el tío Romeo había amanecido con el mal de caramonía cuando el tío tardaba en levantarse. Acudí al libro de modismos de Óscar Bonifaz y encontré que caramonía es “un mal inventado”; un poco como decir que nada tiene.
¡Uf, a cada rato me topo con gente que inventa enfermedades con tal de no cumplir con sus obligaciones! Tengo alumnos en la universidad que, para justificar sus retardos, renguean, dicen que les duele la cabeza. “Me duele mil”, dice una de ellas y pone la misma cara que pondrá dentro de algunos años cuando no quiera tener contacto sexual con su esposo. ¿Le duele mil? ¿Qué forma de expresión es esa?
A mí me encanta el sonido de la palabra caramonía. ¡Quién sabe de dónde la sacaron! Tal vez la sacaron de la misma caja de donde obtienen las demás palabras que empleamos en Comitán. ¿De dónde sacaron la palabra guateque? ¿De dónde la palabra tococh tococh? De pronto un experto me explica que tambor es una palabra onomatopéyica y viene del sonido tam tam y eso tiene lógica, pero ¿de dónde la palabra lek? Si busco en un diccionario etimológico encuentro el origen, pero no quedo satisfecho, porque el diccionario no me explica bien a bien la punta del hilo. Uno de los mayores asombros de la humanidad ¡es el lenguaje! Hemos convenido en que la silla la llamamos silla y todos tan contentos. A veces, en el grupo o con mis afectos, juego a cambiar los nombres de las cosas, “convenimos” en llamar mesa a la silla y el juego se vuelve una fiesta de risa. Ya te conté en una ocasión que los comitecos preparatorianos hacen travesuras a las compañeras que llegan de otros países en plan de intercambio académico. Agarran un bolígrafo y dicen que eso se llama pene. “Pene, pene” repiten, una y otra vez, y la muchacha francesa o portuguesa se atreve a decir: “Pene”. Todos ríen y ríen más cuando la extranjera necesita escribir y dice: “Préstame tu pene”. Somos traviesos. Bueno, a mí me encanta la posibilidad que el lenguaje otorga para el juego. Algunas personas se disgustan con el albur, pero, si lo mirás bien, el albur es uno de los juegos más sublimes y absolutos. Se necesita una gracia especial para alburear y para dar un sentido contrario al símbolo.
Me encanta, asimismo, el sonido de las palabras que empleamos en Comitán y el sentido que le otorgamos. ¿En qué momento le cambiamos el sentido a la palabra flato? Todo mundo sabe lo que flato significa, pero pocos extraños reconocen que en Comitán le otorgamos un sentido misterioso. Cuando un comiteco dice: “Tengo flato” está diciendo que tiene una intranquilidad en su corazón que no sabe de dónde proviene. El flato no es una dolencia del cuerpo es una alteración del alma.
¿Mal de caramonía? No creo que exista otro pueblo del mundo en el que exista tal mal. En Comitán era muy frecuente tener ese mal, en los años sesenta, sobre todo. Asimismo, estar enflatado (es decir, tener el espíritu alterado y lleno de hojuelas de hielo), es marca registrada de los comitecos.
¿Con qué se cura el mal de caramonía? ¿Con qué se cura el flato? No hay médico que sepa la respuesta. Quienes padecen tales males no pueden explicar bien a bien en qué consisten sus dolencias ni saben en qué momento y con qué conjuro los males se revierten. Una buena mañana el tío amanece contento, toma la regadera y riega las plantas del patio, silba. La tía, desde la cocina lo oye y dice que el tío ya está bien. De igual manera, una tarde llena de sol, Margarita se enchina las pestañas con una cuchara, se pinta los labios con un color melón subido, toma su bolso y sale a la calle, llena de vida. Llena de vida ella y llena de vida la calle. Todo tiene un aroma a chulul, todo tiene un color de chicozapote maduro. El flato ¡ha desaparecido! Desaparece de la misma manera en que aparece.
El maestro Bonifaz y mi primo Pepe González hicieron una magnífica labor de rescate y de preservación de palabras comitecas. El libro de Pepe ya no se consigue, pero el del maestro Bonifaz sí. La Unicach acaba de reeditar el libro “Modismos, regionalismos y arcaísmos de Comitán, Chiapas”. Es una pena que tenga algunas erratas que distorsionan el sentido original de las palabras, pero es un acierto que aún tengamos a la mano ese tesoro. Los modismos que empleamos en Comitán son como pequeñas joyas de orfebrería que dan brillo a nuestro lenguaje. El otro día, en el programa “Crónicas de adobe”, de radio IMER, Alex Hiram comentó algunas palabras tomadas del libro de Bonifaz y concluyó diciendo que esas palabras hacen la diferencia en este mundo globalizado que intenta uniformar todo, incluso el lenguaje. Ah, qué mundo tan perverso. Hubo un tiempo, siglo XV, en que los españoles llegaron a estas tierras y casi casi enterraron las lenguas nativas. Se sabe que un signo de dominación es, precisamente, la implantación de otra lengua, la lengua del conquistador. Va. Las nuevas generaciones crecieron con el uso de esa lengua, la lengua maravillosa que aún hablamos. Ahora, dicha lengua se ve alterada porque cada vez se reduce más. Ah, qué mundo tan jodido. Los nuevos conquistadores quieren limitar nuestro pensamiento y nuestra capacidad de expresión. Hoy, los jóvenes poseen un acervo limitado de la lengua española y una carpeta casi vacía de palabras comitecas. Los nuevos conquistadores quieren que enmudezcamos. Te digo, el mundo es perverso. Los viejos nos damos cuenta de esa perversión, los jóvenes ¡no!
Los jóvenes comitecos de hoy son propensos a “la depre”. ¡Por el amor de Dios! Están confundidos. La tía Eugenia les diría que no jodan, que lo que tienen es un simple flato. Que no se preocupen, que tomen su mochila, que preparen unos “paquitos” de frijol y de chorizo con huevo y que caminen por el rumbo de Yalchivol. Cuando vengan a ver el flato estará olvidado. ¡Pero no! Los jóvenes de hoy tienen un “trastorno maniaco depresivo” y deben ser atendidos por un especialista que los atiborra de medicamentos antidepresivos. A ustedes, los chavos, les da “la depre”. ¡Valgame Dios! Nosotros simplemente nos enflatábamos. A nosotros se nos quitaba el flato bebiendo estos cielos; ustedes no salen tan fácil de sus estados emocionales y, a veces, caen en estados depresivos neuróticos. ¿Y todo por qué? Todo porque olvidamos nuestras palabras comitecas y sus conceptos. Antes, muchas calamidades del mundo se remediaban con un draque, que era una infusión con un chorrito de trago.
¿Has visto cómo una simple luxación de dedo se convierte en toda una tragedia? Antes, la mamá llevaba al niño con el huesero y éste, después de un par de buenos sobones, entablillaba el dedo con dos pedacitos de madera. Había conciencia del significado de las palabras: entablillar significa sujetar un miembro con tablillas. Ahora, los médicos colocan una férula hecha con aluminio y algún otro metal que proviene de Marte, son chunches que parecen sacados de una película de Robocop. ¿Cuánto costaba la entablillada del huesero? ¿Cuánto cuesta la férula del siglo XXI? Férula es sinónimo de tablilla, pero como férula suena más “nice” el costo se incrementa. Ahora está de moda cotorrear con los nombres de platillos gourmets. En un restaurante de Polanco te sirven: “Laminillas crocantes cilíndricas, rellenas con tiras de poulet, aderezadas con crème la maison de Francoise”; que es el mismo platillo que sirven en la fonda y que se llama: “Tacos dorados de pollo, con crema del rancho de don Pancho”. En la fonda, la orden de tres tacos cuesta veinte pesos; en el restaurante de Polanco el plato, con dos tacos, vale trescientos veinte pesos.
Antes, la gente iba al hospital por alguna necesidad suprema. Hoy, acuden hasta por un “váguido” o por un entumecimiento de tutís. Y apenas le asignan habitación al paciente, éste se toma una selfie para subir al face. Hoy, la gente se hospitaliza por un simple mal de caramonía. La gente no lo sabe, porque las enfermedades modernas tienen nombres raros. Antes, la gente sólo se enfermaba de corrimiento o porque se entapiaba. Río, río mucho cuando alguien me dice que tiene una cefalea insoportable. Lo dice como si descubriera el secreto del Movimiento Continuo. La universitaria va más allá y dice: ¡me duele mil! ¿Cefalea? ¡Ah, ya, es un simple dolor de cabeza!

Posdata: Óscar Bonifaz y José Luis González Córdova ya cumplieron con su misión de rescatar esos modismos que nos son tan cercanos y que nos otorgan identidad. Ahora toca a los demás comitecos poner a volar esas palabras, ¡darles aire! Los comitecos debemos sentirnos chentos de nuestros rasgos culturales.

viernes, 26 de junio de 2015

UN DÍA PARA VIAJAR




Rofu, el gato, miró la mesa. Desde el piso pareció calcular la altura y, con las manos en posición de ataque, dio el salto. Quedó justo en el borde de la mesa, pero ya a salvo. Caminó sobre la mesa, como si caminara por un sendero del parque, y llegó al extremo. Desde ahí, de igual manera que lo había hecho en el primer salto, pareció calcular la altura hasta el borde superior del mueble donde la abuela conservaba la cristalería y las vajillas de porcelana japonesa. Se impulsó y, uf, de nuevo, alcanzó la altura y quedó al borde, como si fuese un hombre que, en el pasamano de un puente, viera el río. Y eso fue lo que el gato pareció hacer: vio hacia abajo, como si viera el lento caminar del agua. Luego, caminó sobre la tabla superior del mueble y llegó hasta el borde. De nuevo repitió la operación y saltó hacia el candelabro. Logró sujetarse de una bombilla y luego, como si fuese un malabarista, se instaló a mitad de la lámpara. En menos de dos minutos había logrado pasar del piso al techo, a través de movimientos magistrales y calculados. ¡Ah!, pensó Martín, ¡quién fuera gato! Había acabado de pensarlo cuando vio que Rofu, con sus cuatro patas blancas, como calcetines, y su cuerpo negro, se preparaba para otro salto, pero ¿adónde? Ya el gato estaba en la parte más alta. Después del candelabro sólo estaba el techo de madera de cedro: el plafón. Martín vio que el gato repitió el cálculo y saltó. Vio que, sin problema, cruzó el techo y desapareció. Martín, confundido, se paró, abrió la puerta y salió al jardín, llegó hasta donde estaba el árbol de durazno, se paró en puntillas y vio el techo, buscó al gato. ¡Ahí estaba! El gato caminaba orondo, soberbio, movía la cola de uno a otro lado, se acercó al límite izquierdo, hizo el mismo cálculo y saltó, saltó a la parte más alta del árbol de mango, ahí quedó balanceándose como si fuese un cuervo. El gato se mecía, de izquierda a derecha, parecía un barco en alta mar. Martín se reclinó sobre el tronco y esperó a ver el siguiente movimiento del gato. Ya no había más, pensó Martín, pero cuando vio que el gato, en medio del movimiento de metrónomo, se preparó a dar un salto dejó de respirar y abrió los ojos como si fuese el hueco de un bambú. El gato, igual que lo había hecho en el primer salto, puso sus manitas al frente y se impulsó. Quedó en el borde y, como si fuese un niño travieso, subió una pata y luego, con cierto trabajo, subió la otra. Caminó sobre la nube y se acostó en el centro. Era una nube pequeña, apenas un poco mayor que el gato. El gato parecía agotado, pero, después de dos o tres minutos, se paró, caminó al borde, vio hacia abajo, como si estuviera en un puente y mirara el río. ¡Saltará!, pensó Martín, pero el gato hizo un mohín, como hacen las señoras de la alta sociedad, se dio la vuelta y caminó al otro extremo de la nube, repitió la operación, dio el salto y desapareció a mitad del cielo. Martín pensó que el gato, una de dos, había entrado a uno de esos que llaman hoyos negros o a la burbuja de otra dimensión. Todo en menos de diez minutos. Hubo movimientos normales, casi anecdóticos: el salto a la mesa, a la vitrina, incluso el salto hacia la lámpara, si bien no es un movimiento común en el común de los gatos, sí fue un salto anecdótico, pero ¿qué decir del salto hacia el techo de la casa? ¿Qué decir ante el salto hacia el infinito? ¡Nada!, pensó Martín. Mejor nada qué pensar. Abandonó el jardín y regresó a la casa, fue a la cocina, abrió el refrigerador, tomó una cerveza de bote, jaló una bolsa de frituras que estaba sobre la mesa y entró a la sala. Ahí, echado sobre el sofá, estaba Rofu. Martín abrió la cerveza, dio un trago largo, duradero, y acarició al gato que ronroneó. Martín pensó que todo lo había imaginado, pero luego pensó en la posibilidad segunda: si Rofu había entrado a otra dimensión ¿qué estaba haciendo ahí en la sala, al lado de él, ronroneando como siempre? Martín pensó en la posibilidad y pensó que entonces él había cambiado a otra realidad. Recordó que a la hora que había vuelto a casa, a la hora de abrir la puerta, sintió algo como una corriente de aire, un aire tibio, pero no le dio mayor importancia porque siempre al entrar a su casa, después de estar en la calle, sentía una sensación de alivio, como si el aire de la casa fuera el suéter que le ponía su mamá cuando él iba a la escuela. Vio al gato, echado sobre el sofá, parecía un suéter enorme, tibio, recuperado. Martín, entonces, dejó el bote sobre la mesa de centro y, temeroso, fue hacia la puerta y, antes de abrirla, cerró los ojos y pidió que todo estuviese como siempre, que en el árbol de durazno siguiera el crío, con el pico abierto, esperando que la mamá mirlo llegara a darle de comer, que el árbol de mango tuviera sus ramas llenas de fruto, inclinadas de tanto fruto. Martín, entonces, abrió los ojos y luego la puerta y vio un profundo vacío, lleno de luz. Martín llegó al borde de la puerta y vio hacia abajo, como si fuese un hombre en un puente y viese el lento paso del río allá abajo, muy en el fondo, casi infinito. En el sofá, el gato lamía su pata y luego se acicalaba.

miércoles, 24 de junio de 2015

AL FINAL DE LA CALLE




Se trata de llegar a la esquina. Mientras uno camina por la calle no hay muchas opciones. Apenas detenerse a ver un aparador o entrar a comprar un refresco y unas papas en el tendejón o atreverse a entrar a una vivienda. Hay casas que son como vecindades, como multifamiliares, con un patio común. Esas son las excepciones, la mayoría de casas son privadas, tienen ventanas con cortinas y puertas con una o dos cerraduras. Cuando caminamos por una calle no nos queda otra opción que llegar a la esquina. Las esquinas sí plantean más opciones, son como una encrucijada, permiten que uno se detenga un instante y decida si avanza a la otra calle o da vuelta a la izquierda o a la derecha. Si uno es peatón ocasional y no tiene bien definido el trayecto, si no tiene bien determinado el destino, puede jugar tantito con las posibilidades. Es bonito plantearse ese dilema de no saber a dónde ir.
En Comitán, como en cualquier lugar del mundo, hay esquinas a cada final de calle, pero hay una opción que permite alargar el juego. Quien llega a La pila puede, perfectamente, caminar hacia abajo y llegar a un entrecruzamiento de calles que se llama “Las siete esquinas”. ¡Ah, qué maravilla! Es como una mano de siete dedos, de siete posibilidades. El caminante tiene mil caminos para elegir. Dependiendo de la elección puede llegar al Cenicero, al Cedro, a La pilita Seca, a la Ciénega, a la casa de Mariano Penagos Tovar (Premio Chiapas de algún año) o al Terrazo o cerca de El trompo.
Se trata de llegar a la esquina. Las calles están delimitadas por paralelas, con como esas avenidas por donde corren los caballos en las carreras de ferias de pueblos miserables. La gente debe caminar por la banqueta y no le queda más opción que avanzar o, sólo como juego, detenerse y cruzar la calle para llegar a la otra banqueta, como si fuese un zigzag de sastrería. En cambio, al llegar a la esquina se advierte que las posibilidades se ensanchan, como si uno fuese un barco y el mar mostrara mil islas para encallar o para volar por mil cielos.
No es casual que María, la putita de la cuadra, se pare en la lámpara de la esquina todas las noches. Ella, aburrida de su vida que era tan sosa como una calle, decidió una tarde vender su cuerpo. Lo hizo sin mucha conciencia, colocó un cartel en su espalda: “Se vende”. Un amigo cercano, afectuoso, la llamó y le quitó el cartel y, sólo por broma, le dijo: “Te compro”. Pensó que otro compañero le había hecho la broma, jamás pensó que ella misma se había puesto el letrero. “Por mil, hago lo que quieras”, dijo ella, tenía catorce años. Dijo lo que dijo, porque así lo había visto en la televisión. El amigo titubeó, se hizo para atrás, se apoyó sobre el escritorio del maestro. Los demás compañeros se burlaron, pero Jaime, quien era el más grande del grupo, quien era el cabrón, sacó dos billetes de quinientos y los pasó por la cara del amigo. Luego, Jaime, se acercó a María, le tomó una de sus manos, la abrió, puso los dos billetes en su palma y, tomando de la barbilla a su compañera, dijo: “¿Así que estás dispuesta a hacer lo que yo quiera?”. María, quien ya había decidido ser una putita, metió los dos billetes en su pecho (lo hizo así, porque así lo había visto en la televisión) y como si fuese Andrea Palma en película en blanco y negro, entornó los ojos y dijo que sí, que su boca era la medida, lo tomó de la mano y lo llevó al sanitario, al de hombres. Desde entonces, María es conocida como la Putita de la esquina.
Llama mi atención que es la única que no tiene más opciones en la vida. Parece que la esquina no es tan sabia como a primera vista ofrece. A veces, la vida es una encrucijada y cancela las demás opciones. Ella tiene cuatro años de ejercer el oficio y aún no decide atreverse a desafiar las otras opciones. Su destino es simple: recibe los billetes, los guarda en su pecho y sube las escaleras del departamento, se acuesta, abre las piernas y deja que el hombre camine por ella, como si fuese una calle, una calle sencilla, sin aparadores ni viviendas con patios comunes.

lunes, 22 de junio de 2015

TARDE LEJOS DE CASA




No lo creí al principio, pero Mariana insistió que había un bicho gigante en el parque. Cerré la computadora y dije que iríamos a verlo. Caminamos por el parque de Guadalupe, pasamos por donde anteriormente estaba sembrado el chulul y subimos por la lateral del Hotel Río Escondido. Al llegar a la esquina del parque central, ella puso sus manos sobre sus caderas y dijo: “¿Ya mirás que es cierto?”. Sí, frente al módulo turístico estaba estacionado El Bicho, un autobús, Mercedes Benz, modelo más para allá que para acá. Nos acercamos a curiosear. El camión procedía de Argentina y pertenece a un grupo de trashumantes que andan por toda la América.
Por lo regular, los bichos son pequeños. Tal vez, para hacer contraste, los dueños del autobús lo bautizaron con ese nombre, para que, como sucedió con Mariana, los niños que van de la mano de su mamá lo señalen y digan: “Mirá, mamá, mirá, qué bicho tan grande”.
Este autobús, ya se dijo, tiene años de traqueteo, quién sabe cuántas carreteras ha recorrido, quién sabe cuántos países ha visitado. Es un bicho travieso y paseador, le gusta ir de un lado a otro.
Los grupos de trashumantes son atractivos. Cuando era niño, grupos de húngaros llegaban a Comitán. Los niños rodeábamos sus casas de campaña y nos sorprendíamos antes esos modos diferentes de vida. Romeo dice que invento, pero no. Una vez, los húngaros trajeron un oso negro, que caminaba en dos patas y bailaba al ritmo de un pandero. El hombre sostenía con la mano izquierda una cadena que sujetaba al oso de una de sus patas y con la mano derecha tocaba un pandero contra su muslo derecho. El ritmo del pandero era sostenido, como si un campanero llamara a misa de seis. El oso se movía como un árbol mecido por el viento. Era imponente verlo en su gran altura, sometido como un perro pequeño y con cara de temor. Los osos no eran así, cuando menos, en las revistas de monitos que leíamos, los osos negros eran terroríficos, si un cazador se topaba con uno de ellos y el oso se paraba en sus dos patas traseras, el cazador se convertía en un mínimo bicho, asustado, indefenso. Los osos de las revistas tenían garras que eran como cuchillos, como hachas que podían trozar ramas de árboles gruesos o partir en dos los pechos de leñadores carnosos. El oso de Comitán se movía lento, al ritmo del pandero, un ritmo que era como una gota de agua cayendo tímida sobre una tarja. Todos los espectadores formamos un círculo para ver el espectáculo, sin valla protectora de por medio. Los niños, cogidos de las manos de sus mamás, chupaban paletas de dulce y miraban cómo el oso movía sus patas como si pesaran, como si tuvieran artritis. El baile del oso no duró más de dos minutos. El oso se puso en cuatro patas y se echó sobre el piso, a mitad del círculo que formábamos los espectadores. Una mujer húngara, con vestido holgado y con pulseras en ambos brazos, tomó el pandero del hombre y lo pasó pidiendo una moneda. Algunas mamás abrieron los monederos, escarbaron en el fondo y echaron una moneda en el pandero. El sonido de las monedas al caer era un sonido diferente al que hacía el dedo entrenado del hombre al rasgar la superficie del pandero. Por esto, el oso ya había cerrado los ojos y descansaba. El oso, igual que los húngaros, venía de lejos, de quién sabe qué territorios. Los osos negros no son comunes en estas regiones de quetzales, de venados y de tigrillos. Cuando la mujer agotó el círculo, el hombre agradeció y dijo que el espectáculo del oso había terminado. Todos los espectadores se desperdigaron. El hombre se acercó al oso, le hizo una caricia sobre la cabeza y, jalando la cadena, obligó al animal a pararse en cuatro patas. Pasó cerca de mí, era un bicho gigante, parecía estar cubierto con un abrigo completamente negro.
Siempre llama mi atención los grupos de trashumantes, están tan lejos de sus casas. Los habitantes de El Bicho no tienen hogar, su casa es la panza del autobús en el que viajan, en el que comen, en el que duermen, en el que hacen el amor, en el que sueñan. Están tan lejos. Por ello necesitan transportarse en animales que no sean frágiles. Por ello, este grupo de trashumantes argentinos viaja en la panza de un bicho gigante. El oso que una vez vi era más grande que diez gatos juntos, pero parecía tan frágil, como si no supiera que era oso. Bailaba con el entusiasmo de un niño que es obligado a participar en un festival de fin de curso; bailaba como si fuese un viejo que tenía que sostenerse de un bastón para levantarse e ir al baño.
Mariana insistió: “¿Ahora sí me creés?”. Sí, dije, este bicho es enorme y es una pena que esté tan lejos de casa, tan lejos de sus papás.
Y entonces, Mariana y yo, caminamos, felices, porque estábamos en casa.

domingo, 21 de junio de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UNA BANCA



Hay muchas películas, novelas y cuentos que tratan el tema de la ausencia de vida en la Tierra. Por algún motivo todas las personas y animales mueren y la Tierra se queda deshabitada. Hay instantes en que la Tierra hace ensayos. Cuando una montaña, como gato, se despereza y aparece un alud y cubre casas y arrasa con todo lo que tiene vida, hay un instante en que hasta el silencio deja de respirar y todo es como un hueco donde falta el aire. Todo es asfixiante.
Esta fotografía pareciera corresponder a uno de esos instantes. El Sol sigue columpiándose en las frondas de los árboles y jugando rayuela sobre el piso; las sombras siguen encaramándose en las paredes y untándose en el suelo, pero todo vestigio de vida está ausente. Apenas se escucha el paso del aire en esa losa de silencio. Las aves no hacen su acostumbrada ronda de bulla ni las hormigas juegan a que son soldaditos y forman filas como en desfiles.
En estos instantes es cuando lo que nos enerva toma un rostro de niño sonriente. Extrañamos las vendedoras de empanadas en el parque, los gritos de los boleros y los pregones del hombre que ofrece comprar colchones viejos. Extrañamos, ¡vaya que sí!, el rebumbio de los mercados con el zumbido jodón de las moscas. Extrañamos el serrucho de la carpintería, el claxon agobiante de los autos, la música estridente que sale del cuarto de la hija universitaria.
Cuando la Tierra hace el ensayo del primer segundo del fin del mundo, extrañamos todos aquellos ruidos que nos hacen saber que la vida es una cuerda por donde saltamos.
A veces recuerdo la escena donde un viejo golpea el piso de su departamento (piso que es el techo del departamento donde vive La maga, protagonista de Rayuela, la novela de Cortázar), golpea con su bastón, exigiendo el cese del ruido que hacen los del Club de la Serpiente. El jazz es ¡tan ruidoso para los viejos! Recuerdo la escena porque medio mundo se queja del ruido que hace el otro medio mundo. ¡Ah, imagino el día en que todo ruido cese! ¡Imagino la confusión de la última persona con vida! Sí, tienen razón los científicos, cuando el sonido cese cesará todo vestigio de vida. El último pájaro quedaría sordo de tanto silencio. El silencio ensordecedor sería como un tsunami que botaría todas las palmeras de nuestras playas.
A veces, la vida hace ensayos del fin del mundo. Es apenas un instante, pero la Tierra parece quedar en suspenso. Ni siquiera la nube que pasa por nuestras cabezas hace su acostumbrado ruido de tren que avanza sobre una vía de algodón.
Esta fotografía también ensaya. Ensaya a dejar sin citas a los viejos que se sientan en las bancas y dan de comer a las palomas; ensaya a dejar sin citas a los enamorados que, ávidos de vida, buscan debajo de sus blusas y camisas los mejores frutos del árbol del bien y del mal; ensaya a dejar sin citas a los pordioseros que convierten en camas las bancas solitarias.
Cuando aparece una fotografía así, algo como una tenaza aprieta los cogotes y hace que pidamos, casi a gritos, que la lluvia asome, que asomen los truenos; que los cohetes de las ferias estallen como estallan las granadas en la guerra.
El silencio es bueno, pero a veces es como el pie de la dictadura, como la presión en el fondo del mar. A veces, las personas nadan en el aire y buscan salir a la superficie, ahí donde el sol hace piruetas y canta una canción que recuerda el sonido de la vida.

sábado, 20 de junio de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE UN BARRIL EXTRAVIADO




Querida Mariana: hubo un tiempo en que bebí cerveza de barril. La anunciaban como “la crema de la cerveza”. En Sudamérica, al papalote lo llaman barrilete. Y digo lo del papalote porque Jorge siempre decía: “Te invito una de barrilete”. Entrábamos al local donde ahora está el restaurante “Cancún”, ahí estaba la cantina que vendía cerveza de barril. Sobre el mostrador estaba colocado un barril con llave. El cantinero abría la llave y colocaba un tarro debajo. Una vez lleno el tarro veíamos cómo sobre la superficie quedaba una franja de espuma. El primer tarro lo disfrutábamos, ¡cómo no!, estábamos bebiendo la crema de la cerveza. Pero, a partir del segundo tarro todo se volvía cotidiano y nos embolábamos igual que si hubiésemos bebido de ese trago que llaman “hinchapie”.
Hoy, ya no bebo cerveza. No sé si en algún bar venden cerveza de barril. Los barriles han desaparecido. Existe una fotografía de Comitán, que data, más o menos, de los años cuarenta del siglo pasado, donde se ve un grupo de burreros en el barrio de La Pila. Cuentan los cronistas que una actividad cotidiana era la venta de agua. Los burreros jalaban a sus burros y los llevaban a la pila donde cargaban barriles con agua. La fotografía en cuestión muestra una multitud de burreros. Si uno aguza el sentido de la vista logra también potenciar el sentido del oído, se escucha el barullo de decenas de hombres que, mientras los barriles se llenan, cuentan chanzas, chistes y anécdotas. Brincan los apodos con que se nombran, saltan las risas que se mezclan con el agua que cae de los chorros. Es un Comitán en blanco y negro, que mueve a nostalgia.
Mi papá tuvo un barril, pequeño. Le servía para hacer sus preparados con trago. En el oratorio de la casa había un entremetido, como una alacena, que siempre estaba en penumbra. Ahí, mi papá conservaba el barrilito con trago. De vez en vez íbamos a Los Lagos de Montebello. El domingo, muy temprano, subíamos a la vieja Willis verde y Jorge, el chofer, nos internaba por un camino de terracería que avanzaba a mitad de un bosque. Al llegar, mi mamá nos ofrecía los paquitos de frijol y de chorizo con huevo. ¡Ah!, es imposible describir la sensación de comer frente a un lago con agua limpísima. Los cielos eran altísimos, mucho más altos que los más altos pinos; mucho más altos que las más altas orquídeas, que los más altos vuelos de los pájaros. Todo parecía intocado, sólo el espíritu era tocado por la mano de la naturaleza, una mano húmeda pero tierna; después de comer, nos internábamos en el bosque y cortábamos moras. A mí me gustaba exprimir los frutos, me encantaba llenarme las manos con ese color rojo que brotaba de cada mora. Me fascinaba la forma de ese fruto, porque me recordaba la forma redonda de los animalitos con que jugaba en el sitio. En Comitán llamamos cochinillas a esos animalitos cuyo caparazón es un prodigio de diseño. Los tocaba con un palito y como si fuese un acto de magia el animalito se hacía bolita. Hay lugares en México donde le dicen bicho bolita. Imaginaba que la mora era un amontonamiento casi perfecto de cochinillas y cuando aplastaba la mora pensaba que todas las cochinillas sangraban. ¿Por qué las cochinillas se hacen bolita? Gustavo decía que era la forma de protegerse cuando se sentían amenazadas. Tal vez sea cierto, porque yo los amenazaba con una ramita. En cuanto sentían el extremo del palo sobre su “caparazón” ellos se convertían en pelotita. Gustavo jugaba con esos bichos al fútbol sobre la mesa del comedor. Eso era prodigioso. Con un dedo los “pateaba”, los bichos rodaban, pero había un instante en que recuperaban su forma original y era como si una transformación milagrosa ocurriera. Nunca pude imaginar qué harían los aficionados si vieran, en un estadio, la transformación de un balón. A veces, en el corredor de la casa, pensaba que a mí me gustaría tener un “caparazón” como esos bichos, me ayudaría a protegerme cuando me sintiera amenazado. Fuera de casa muchos me amenazaban: me amenazaba el cabrón que me exigía darle la moneda que mi papá me entregaba para comprar un refresco y unas galletas a la hora del recreo; me amenazaba el maestro con golpearme con una vara si no aprendía los nombres de las capitales de todos los países del mundo; me amenazaba el perro negro que vivía en la casa de Nacho. Me hubiese gustado, fuera de casa, ser un bicho bolita.
¿Por qué mi papá tenía el barrilito de sus preparados en el oratorio? A veces entraba al oratorio y mi mamá no sabía (nunca pudo saberlo) si mi papá entraba a rezar un rosario o a meterse dos pitutazos de ese trago de mora que preparaba.
En la década del setenta, del siglo pasado, una canción de Carlos Mejía Godoy, cantautor nicaragüense, se escuchó en todas las radios: “Quincho barrilete”. Hablaba de un niño que “por un chelín hacía cometas prodigiosos”. Entonces, a Joaquín, que vendía pan en el mercado le pusimos “Quincho barrilete”. Cuando, muchos años después, ya como becario del Centro Chiapaneco de Escritores, conocí al enormísimo poeta ¡Joaquín Vásquez Aguilar!, nada le dije pero pensé que él también era Quincho barrilete, porque sus palabras volaban como el más alto papalote de estos cielos. Cuando alguien mencionaba a Quincho yo, en lo íntimo, así con voz de ratón, decía: ¡Quincho barrilete!, y lo veía elevarse como dicen que se elevó Remedios, la bella, en “Cien años de soledad”, novela escrita por Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura.
¿Por qué en Sudamérica llaman barrilete al papalote? ¡Andá a saber! Nosotros, Jorge y yo, y Quique y Javier, y Miguel y Pedro, y Armando y Carlos, volábamos cada vez que entrábamos a ese bar y bebíamos (como Jorge decía) “una de barrilete”. Claro, el problema era que después de seis o siete tarros bebidos terminábamos como papalote a mitad de un huracán, papaloteábamos de una a otra banqueta, de una a otra pared. Algunas veces, como cometa desorientada, terminábamos enredados en las ramas de un árbol inexistente y quedábamos botados como bultos de maíz. Volábamos, pero sólo al principio; al término éramos como camionetas viejas sin gasolina.
Nunca volé un papalote. ¡Qué envidia de los niños que iban a los llanos a volar papalotes en la temporada de ventarrones! ¡Qué envidia al ver los papalotes encumbrados en el cielo! Los miraba desde el patio de mi casa. Yo estaba parado en el centro del patio y veía cómo un papalote, igual que las gaviotas, se asomaba por encima de los tejados. Los papalotes volaban muy lejos, tan lejos como las manos del niño que detenía el cordel y que le daba más cuerda, más, más, para que el papalote volara más alto. Nunca tuve esa satisfacción, pero tampoco nunca tuve la desgracia de perder un papalote. No sé qué pensaba el niño que perdía un papalote. A veces cuando salgo a la calle veo un papalote enredado en un árbol o en los alambres de los postes de luz. Miro las caras deshechas de los papalotes e imagino las caras de los niños que lo perdieron en intento de que volaran más alto. Todo, querida niña, todo es un mero sueño. Le damos cuerda a los papalotes en intento de que vuelen muy alto, sabiendo que en cualquier instante se vendrán a pique y terminarán deshechos en el suelo. Así son los sueños, todos terminan en el piso, botados como si hubiesen tomado cerveza en tarro y terminara embriagados.
Tomábamos cerveza. Gastábamos nuestra paga y nuestro tiempo sentados alrededor de una mesa. Alzábamos los tarros y brindábamos, por la amistad o por las muchachas bonitas que, o no nos hacían caso o nos iban a dejar en la orfandad cuando se fueran con otros. Te digo, todo es como un papalote. Las relaciones humanas también deseamos que vuelen, pero todas, todas, oílo bien, terminan en el suelo. Es tan difícil dar cuerda, más, más y evitar que el hilo se rompa. Uno no lo advierte bien a bien, pero todo termina rompiéndose: los sueños, la vida misma.
No sé si algún bar de este pueblo vende cerveza de barril. No lo creo. Vivimos tiempos en que lo desechable impera. Cuando voy a casa de un amigo, no falta el que abre el refrigerador y saca tarros del congelador. Cuenta que los compró en Oktoberfest (la gran feria de la cerveza que realizan en Alemania). Los tarros los coloca en la mesa de centro de la sala y los rellena con cerveza de bote. No da para más nuestro pueblo. Cuentan que en Alemania hay miles y miles de empresas familiares que fabrican cerveza casera y la guardan en barrilitos y de ahí la sirven en tarros. Acá también se acabaron los barrilitos que conservaban el comiteco. Los barriles ya sólo existen en algunas empresas que insisten (en buena hora) en el rescate de esa bebida alcohólica tradicional que tanta fama nos procuró y nos sigue procurando.

Posdata: Nunca volé papalotes. Aspiro, ahora de viejo, a lograr que alguna de mis palabras vuele, que revolotee por tu cielo y que vos, embriagada, volés a la par.