miércoles, 26 de abril de 2017

MICHE




¡Está de moda! Beber micheladas es lo cool. Yo no entiendo esta moda. ¿Será porque ya no bebo cerveza? Hace años que no bebo cerveza, bebo agua, sólo agua. ¡Qué aburrido!, dicen mis compas. Cuando bebía cerveza me gustaba tomar Tecate. Cuando el mesero pasaba la cerveza (helada, como nalga de muerta, decía Mario), yo tomaba una servilleta, limpiaba la tapa del bote, lo destapaba y luego le echaba unas gotas de limón y un poco de sal. ¡Ese era el ritual! El primer trago de cerveza se mezclaba con ese poco de limón y sal, que también exigía el tequila que, en mis tiempos de bebedor, se bebía solo, sin esos agregados de refrescos de cola o de toronja que hoy son moda.
No entiendo lo de las micheladas. Antes predominaba el sabor de la cerveza, que los alemanes (me cuentan algunos amigos que ya conocieron aquel país) toman a temperatura ambiente, no la meten en refrigeradores o en hieleras. Los alemanes saben cómo debe ser el verdadero disfrute de esa bebida tradicional. En Alemania nada de nalgas de muerta. ¿Qué sabor puede tener ahora la cerveza si le añaden una serie de agregados súper condimentados?
Romeo me invitó el otro día a tomar una michelada. Le dije que sólo lo acompañaría, porque… (Bueno, ya todo mundo sabe). Nos sentamos en una mesa con tablero metálico y él pidió una michelada, de camarón. ¿De camarón?
Desde donde estábamos sentados vi que un señor, con un mandil rojo, colocó sobre la barra un vaso de plástico (¡de plástico!), grande, con boca generosa. Destapó una cerveza Indio y sirvió la mitad en el vaso, luego el hombre le echó un poco de salsa picante, magui, y dos o tres líquidos oscuros más; partió un limón y exprimió el jugo de las dos mitades, agregó sal, más salsa picante. A esa hora el vaso ya era un tachilgüil de sabores. Nada dije y si ahora lo digo es porque fue lo que pensé: era un vomitivo con hielo, porque el señor (siempre con sus manos que no sé si estaban limpias) le agregó dos cubos de hielo.
Romeo me contaba de su viaje a Veracruz, yo lo escuchaba, pero sin mucha atención, ponía más al hombre que, detrás de la barra, seguía emocionado preparando la michelada de camarón. Abrió un frasco de cristal y, con una cuchara (gracias a Dios), sirvió un poco de líquido (después el mesero me explicó era jugo de ostiones. ¿Jugo de ostiones?) y luego abrió una botella de clamato y le echó un chorro generoso.
A estas alturas pensé que todo cabe en un vasote sabiéndolo acomodar, porque, en seguida, el hombre del mandil rojo y bigote de morsa, con un cucharón removió todo el contenido para que los jugos y polvos se incorporaran.
¿Quién toma esa cerveza con tantos sabores mezclados? ¿En dónde queda el sabor de la cerveza? El barman le agregó dos rodajas de naranja, chile piquín y una montaña ligera de camarones. Los camarones eran como la cereza en el pastel salado. Más chile en polvo, más magui, más salsa de soya, más limón, más sal y otro chorro generoso de salsa. Al final tres pedazos de aguacate, un poco (pensé yo) como para que no faltara el detalle patriótico: el rojo de la salsa, el blanco de los camarones y el verde del aguacate.
A la hora que a Romeo le sirvieron la michelada rebosante de camarones y de mil menjurjes, yo, como si fuera clásico comercial de televisión, pregunté: “¿Y la cerveza, apá?”.
Yo no entiendo estas modas. Creo que en mis tiempos de adolescente, de bebedor de cerveza, los amigos y yo hubiésemos pedido una cerveza Tecate y un cóctel de camarones. Hubiésemos limpiado la superficie del bote, le habríamos agregado unas gotas de limón y un poco de sal. Hubiésemos abierto la bolsa de galletas saladitas y habríamos probado una cucharada del cóctel. Lo habríamos hecho así, porque si alguien hubiese servido la cerveza en un vaso gordo y hubiera volcado el cóctel de camarones en el vaso nos habríamos molestado mucho. ¿Quién iba a tomar ese revoltijo con sabor e imagen vomitivos?
Pero, ahora, así lo comprobé, la gente disfruta esos talchilgüiles. No entiendo estas modas que van contra el más elemental sentido del buen gusto culinario.

martes, 25 de abril de 2017

REGLAMENTO PARA PARQUES PÚBLICOS




¿Cuáles son los derechos de quienes acuden a un parque público? ¿Existe un decálogo? Debiera haberlo, y exigir su cumplimiento a cabalidad. Porque, respetado lector de estas Arenillas, usted debe estar de acuerdo en que asistir a un parque público se ha convertido en un acto calamitoso. Por ello, en intento de salvar una carencia, acá va la relación de Derechos de Visitantes de Parques Públicos.
El visitante tiene derecho a:
1.- No hallar bellos durmientes en las bancas; bolos que, como si estuviesen en su casa, se tienden en la horizontalidad de su borrachera y ocupan toda la extensión de la banca.
2.-No ser abordado por suripantas que ofrecen sus miserables servicios y muestran vientres grasosos por encima de sus faldas rabonas y debajo de las camisetas que algún político obsequió en busca del voto.
3.-No tener que soportar la presencia de teporochos que piden una moneda para seguir la borrachera y que, con sus alientos fétidos, provocan arcadas.
4.- No permitir que pordioseros invoquen a Dios para ablandar corazones a fin de contribuir con una moneda para la curación de la supuesta hija que tiene un inventado cáncer.
5.- No ser cagado por los pájaros que, gozosos, disfrutan de las frondas de los árboles.
6.- Ignorar la presencia de los testigos de Jehová que insisten en llevar agua a su divino molino.
7.- Que el auxilio policiaco obligue a apagar la radio a la mujer que insiste en escuchar música de banda a todo volumen, o para que los acosadores sexuales no molesten a las mujeres que caminan tranquilamente.
8.- Que si es un parque cercano a un templo, los fieles y sus pastores eviten hacer actos religiosos al aire libre, con alabanzas incluidas.
9.- Que el parque no sea punto de inicio de desfiles, de marchas de índole diversa y de manifestaciones a favor de grupos políticos o de candidatos, y que no se tapen sus andadores con carpas gigantescas o con vallas cuando acude el gobernador, porque esas vallas asfixian a los parques y vulneran un derecho inalienable: el de caminar libremente por los espacios públicos.
10.- Que los propietarios de mascotas limpien la caca que hacen sus animales y que provocan corajes innecesarios al visitante a la hora que camina en terrenos minados.
Hasta acá. Por supuesto que la lista sería interminable, porque, cada vez más, los parques públicos son empleados para actos que molestan la tranquilidad que debiera ser derecho de todos los visitantes.
¿Por qué, cuando una pareja de enamorados, a la hora que, tomados de la mano, platican y se dan besos, aparecen los chavos que ofrecen collares hechos con alambres de pewter? ¿Por qué a la hora que un papá lee un libro a sus hijos, aparecen las beatas que, interrumpiendo la lectura, piden cooperación para la festividad de la Virgen del Rosario? ¿Por qué a la hora que los abuelos toman una paleta de chimbo, los encargados de la entrada de flores dan la orden para que quemen los cohetes? ¿Por qué cuando alguien desea descansar un rato halla bancas metálicas con listones metálicos doblados y a veces huecos que hacen imposible el acto de sentarse? ¿Por qué en algunos templos colocan altavoces en las fachadas con lo que los sonidos de la naturaleza son cancelados con los rezos del sacerdote? ¿Por qué algunas avenidas de los parques están llenas de vendedores ambulantes que inundan con olores desagradables?
Los espacios públicos han perdido su esencia. Las banquetas ya no se emplean sólo para caminar, muchas son extensiones de tiendas que sacan maniquíes y colgajos llenos de pantaletas y brasieres. Los parques públicos se han convertido en madrigueras para malandrines y hombres malos.
Los mismos pájaros se han vuelto inclementes y juegan a ser primos hermanos del que soltó la primera bomba nuclear. A la hora menos pensada abren su culito y sueltan su cagada líquida, blancuzca, hedionda, que cae sobre la camisa de los visitantes. ¿No sería posible que las aves, en ánimo de convivencia sana, delimitaran un área, encima de un arriate, para que funcionara como sanitario? Así, cada vez que quisieran cagar cagarían sobre un territorio donde su caca no mancharía a ningún mortal ni a ninguna estatua de prócer y serviría como abono para que las rosas y amariles crecieran con más intensidad.
Hace falta un decálogo, y su estricto cumplimiento, para que la decencia retorne a los parques públicos de Chiapas.

lunes, 24 de abril de 2017

DE VIDAS A TRAVÉS DE LA LUZ




¿Por qué casi no te dejás ver? Porque estoy escribiendo. ¿Y a qué hora vivís, entonces?
Cuentan que, una vez, a la escritora Josefina Vicens le preguntaron: ¿Por qué no escribes más, peque?, y ella respondió: “Porque estoy muy ocupada ¡viviendo!”.
Otro escritor dijo que mientras los demás vivían él se encargaba de consignar esas vidas; es decir, pareciera que en los diálogos anteriores hay una coincidencia: los escritores casi no tienen vida.
¿En qué momento aparecen los escritores que, como respuesta, dicen: “Mi vida es la escritura”?
En periodo de vacaciones, medio mundo va a las playas, a las montañas, a otras ciudades. Los que se quedan en casa, en sus ciudades, gimen la mala fortuna por no poder salir. En muchos de los que se quedan hay algo como un lamento, como si, en lo íntimo, dijeran: ¡Los otros sí están viviendo!
¿Es así? Josefina no escribió más, porque se empeñó en vivir. Bueno, ni mucha falta le hizo. Amiga íntima de Juan Rulfo, igual que éste, la Vicens no necesitó más que dos novelas para tener un lugar de privilegio en la literatura mexicana. Los críticos dicen que es una pena que sus libros no tengan más difusión; es una lástima que estén encaramados en estantes de bibliotecas y no haya reimpresiones para que el público masivo pueda acceder a ellos.
En la declaración de Josefina hay una certeza: Quienes están en la tertulia (como ella lo estuvo en los últimos años de su vida) no puede concentrarse en la escritura, porque la escritura exige una disciplina. ¿A qué hora se escribe una novela si esa hora se destina al jolgorio? Josefina escribió dos novelas, para poder hacerlo tuvo que disciplinarse, alejarse del “mundanal ruido” y concentrase en el acto creativo. Después de esto decidió abandonar la escritura y ponerse a vivir, según su dicho; es decir, a vivir con otro estilo, con otra pasión.
Tampoco es justo encasillar la vida a una forma de disfrutarla. La vida tiene múltiples opciones. Lo que la vida no permite es que alguien se vea forzado a vivir una vida que no desea. La vida, dicen los sabios, debe vivirse a plenitud, porque la sabiduría popular señala que la vida no retoña y es única e individual. Nadie puede vivir la vida de otro.
¿Por qué casi no te dejás ver?, me preguntó Pepe. Yo coloqué mi mano sobre su hombro izquierdo, en señal de afecto, y respondí: “Porque estoy escribiendo”. Pepe sonrió y, con malicia de gato sobre una cómoda, preguntó: “¿Y a qué hora vivís, entonces?”. Lo dijo en broma, pero en serio. Porque mucha gente cree que no puede ser una vida digna estar encerrado en una habitación escribiendo, día y noche. Pareciera que la etiqueta de vida está en aquél que sale a la calle, que va al café, que acude a bailes y a fiestas de cumpleaños; pareciera que la vida está colocada en toboganes gigantescos en albercas, en restaurantes llenos de bebidas con hielo y orquestas al aire libre. La vida, pareciera, exige el viento del exterior, el agua del mar, el aire de la montaña sobre los pinos, el fuego de las fogatas en las lunadas del bosque.
¿Qué hace el que se queda en su casa y ve la televisión o lee o escribe? ¿Acaso este individuo no vive? Si este anacoreta se queda en casa contra toda su voluntad y deseara estar en la playa o en la montaña, vive, pero de manera equivocada. Lo mismo sucede con aquél que está en un parque de juegos y deseara mejor estar en su casa. Todo mundo vive, pero hay algunos que eligen mal.
Josefina Vicens escribió dos espléndidas novelas y luego ya no escribió más porque, así lo dijo, estaba muy ocupada ¡viviendo! Viviendo no la escritura, sino lo que la vida ofrece a quien no lo destina a la disciplina de la literatura. Tal vez no escribió más, porque decidió, igual que Rulfo, que ya había dicho todo, y lo había dicho de manera espléndida, de acuerdo con lo que dicen los críticos. Yo apenas he leído fragmentos de su obra, fragmentos que me han parecido brillantes.
Así pues, cuando Pepe me preguntó: “¿Y a qué hora vivís, entonces?”, yo respondí que a toda hora, porque la escritura, así como la lectura, son la médula de mi vida. Por decisión elijo estar en mi casa ¡viviendo la escritura! Si voy al bosque, vivo el bosque, pero, también ¡leo y escribo! Si voy a otra ciudad, la camino y la bebo, pero no dejo de escribir. En un parque o en un café al aire libre saco mi moleskine y dibujo bocetos y escribo borradores de textos. Mi vida es la escritura y la lectura. Vivo mi vida a plenitud, con la misma emoción con la que lo hacen quienes van a la montaña o a la playa o al antro o al museo.
¿Por qué casi no te dejás ver? Porque estoy escribiendo, porque estoy leyendo, porque, igual que vos, le dije a Pepe, ¡estoy viviendo!

domingo, 23 de abril de 2017

ANOCHE MATARON A MI NAHUAL - NOVELA DE ORNÁN GÓMEZ



El escritor Ornán Gómez me invitó a presentar su novela “Anoche mataron a mi nahual”. Paso copia del textillo que leí la tarde del 21 de abril.
Buenas tardes.
¿Me permiten que inicie con una pregunta? Bueno, con dos, porque la primera ya la hice y asumo que sí me dan permiso. Pregunto: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Una que, ya todo mundo sabe, se llama “Anoche mataron a mi nahual” y que recibió el premio internacional de novela breve Marco Aurelio Carballo 2016. Estos son datos, digamos bibliográficos, que acompañan un libro. Una novela siempre es más que el título. Por ello, perdón, insisto en la pregunta: ¿Qué novela nos entrega Ornán? La respuesta es sencilla: Nos lega una novela que el sentido común y el saber milenario exigen a los escritores chiapanecos contemporáneos: escribir acerca de las cosas de este pueblo.
Ornán cuenta una historia que sólo él pudo contarla. Gabriel Martín, en texto introductorio, dice que nuestro autor “ha vivido en carne propia la magia que nos comparte”; es decir, Ornán, con respeto, nos entrega los saberes y los conocimientos que ha pepenado en los caminos que su profesión le imponen. ¿Recuerdan que hay un lápiz que se llama bicolor? Son lápices muy bellos, porque sirven para delinear con tinta azul y con tinta roja. ¡Ah, qué prodigio! A Ornán lo veo como un bicreador, se mueve en el mundo por caminos donde caminan los maestros de aula y por caminos donde el aula es el maestro.
Cuando conocí a Ornán me conmovió saber que había impulsado la edición de un libro llamado “En busca de la palabra”, que reunía textos escritos por estudiantes de escuelas rurales. Además de la propuesta generosa había algo que parecía confirmar el destino que ya había moldeado en su espíritu: él era, ¡es!, un buscador de palabras, un eterno pepenador de esas piedrecillas que la mayoría usa para rezar, para cantar, para invocar, para decir te quiero o para proferir amenazas o maldiciones. Sí, Ornán ha contado que, de niño, se maravillaba ante la lectura que su abuelo hacía de los textos bíblicos. Su vocación no la ha modificado: Sigue maravillándose ante el deslumbre de las palabras. Por eso es un lector apasionado, por eso, más que hablar, escucha. Como buen pepenador deja que los contenedores se colmen y rebosen. Él recoge todas las palabras que caen al suelo y las que, como polluelos, intentan levantar el vuelo.
Pregunté: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Una novela que confirma su responsabilidad histórica. Ha recibido un legado, en su trabajo, en su caminar. Lo ha recibido como un don y lo ha calentado, como brasa, en su corazón y luego ¡nos lo ha devuelto! Ya decantado, ya burilado, ya pulido, para decirnos que la palabra es el agua del pozo donde todos, sedientos, podemos calmar la sed.
Gabriel Martín sabe lo que dice: Ornán “ha vivido en carne propia lo que nos comparte”. Porque, parece, Ornán vive cada una de las palabras que llegan a su parcela, por eso, las consiente, por eso, con un cayado, abre huecos y las siembra, y las riega, y las desbroza y las abre como frutos cuando están maduras y nos las comparte. Porque Ornán, aparte de sembrador, también es un árbol que se ofrece a manos llenas.
¿Qué novela nos entrega Ornán? Una novela que habla de lo nuestro, de lo que está frente a nosotros, pero que no alcanzamos a ver. Y no vemos, porque somos incapaces o porque sabemos que él, Ornán, está ahí para ponernos ese tesoro frente a nuestra frente.
¿Qué nos lega Ornán? Nuestras propias palabras, pero limpias, decantadas, cantadas. En su trabajo, Ornán nos recuerda un principio ético: los escritores chiapanecos deben escribir de Chiapas y de las cosas que saben. No es fácil. Es complejo vencer la eterna tentación de intentar escribir de culturas que se antojan más chic. Mas debemos reconocer que venimos de la tradición. Los escritores chiapanecos deben retomar ese cántaro lleno de agua clara y deben agregarle el toque que, cualquier chef internacional, le daría a un platillo regional. Se trata, perdón, de agregarle altura al guiso, de añadirle el agregado gourmet. Ornán está en ese camino.
Termino con la insistente pregunta: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Ahora que ustedes la lean podrán dar su propia respuesta, que es una respuesta para todo acto de vida: ¿Qué vida estamos modelando para la vida?

sábado, 22 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE ALGUIEN QUE VIVE CERCA DEL CHULUL




Querida Mariana: El otro día bajé por la calle de Elektra y me topé con una cenaduría que se llama El chulul. Ah, esto activó mi emoción. Te cuento. Yo, que en mi infancia comí muchos chulules, en mi adolescencia, cuando estudiaba en la UNAM, entré a un teatro a ver “Electra”, con la participación de la gran actriz Ofelia Guilmain. ¿Mirás que la Electra del teatro se escribe con c y la del negocio que hay en Comitán, y en muchísimas partes de la república, se escribe con k?
A ver, parece que me estoy haciendo bolas. Digo que esta carta hablará de Elektra y del chulul y, de refilón, de Electra. Digo que los dos primeros nombres son como la síntesis de lo que ha sucedido en el pueblo. En los años sesenta, en Comitán, era muy famosa doña Lupe, que le decíamos doña Lupe, del chulul, porque en el patio de su casa tenía un árbol de ese fruto riquísimo. En ese tiempo no existía Elektra. Si alguien necesitaba comprar un televisor o una plancha iba a la Casa Tovar o a la Casa Yanini. ¿Mirás?, estos negocios tenían como razón social los apellidos de sus dueños, que eran don Fernando Tovar y don Vicente Yanini. Punto. De igual manera, el negocio de doña Lupe (quien se dedicaba a vender comida) era conocido como El chulul. Actualmente son escasos las negociaciones que tengan como razón social los apellidos de sus dueños. Ahora tenemos Sam’s (franquicia estadunidense), The Italian coffee (franquicia que crearon algunos poblanos). En lugar del cine Comitán y del cine Montebello (nombres muy cercanos a nuestra identidad), tenemos a Cinépolis (empresa que creó un michoacano).
Ya te he contado en varias ocasiones que el famoso chulul servía como referencia, así como ahora Elektra sirve de referencia. Alguien puede preguntar ahora: “Oí, vos, ¿en dónde se pasó la Relojería Sánchez?” Y otro, bien tranquilo puede responder: “A la vuelta de Elektra”.
La Relojería Sánchez, igual que la Casa Tovar o la Casa Yanini, debe su razón social al apellido de su propietario, Don Guadalupe Sánchez, quien fue un exitoso comerciante y gran promotor de un deporte que era casi inexistente en Comitán cuando él llegó: ¡el tenis!
Has de comprender que, para mí, fue un deleite haber presenciado a la gran actriz Ofelia Guilmain, representando a la reina Clitemnestra, en una tragedia basada en antiguo mito griego. La obra, así de rapidito, cuenta que la mamá de Electra mata a su marido, el rey, y después entrega a su hija a un campesino para que, si tiene hijos, los hijos sean plebeyos y no nobles. Como la mayoría de cosas en la vida, se trata de la ambición de poder. Si Electra llegara a tener hijos nobles, éstos podrían reclamar el trono. Así pues, Electra es enviada al exilio del campo, borrada del campo real. El campesino, que representa la sencillez de la gente del campo, no tiene relaciones con la tal Electra, pues (dicen los críticos literarios) es un hombre honesto e impoluto. De esta manera, Electra permanece intocada. Un día aparece en casa del campesino, un hermano de Electra, que quiere vengar la muerte del padre y le pregunta a su hermana si está dispuesta a matar a su madre. Ella entra en conflicto, pero al final dice que sí y ambos hermanos matan a la madre. Tan tan. Una gran tragedia.
Vos sabés que quien padece el Complejo de Edipo es alguien que siente un amor desmedido por la madre y no la lleva muy bien con el papá. Pues el Complejo de Electra es lo contrario, se aplica a quien odia a la madre y se identifica más con el papá. ¡Pues cómo no! Viendo la historia de Electra entendemos perfectamente el complejo con su nombre; así como entendemos el complejo de Edipo si le damos una vuelta al mito griego donde, en historia semejante a la de Electra, el rey Layo se entera, por medio del oráculo, que será asesinado por su propio hijo, Edipo. Para tratar de evitar este designio, el rey ordena a un sirviente que se deshaga del pichito. Pero el sirviente desobedece al rey y entrega la criatura a un pastor, quien se hace cargo de él. La historia llega al clímax cuando Edipo mata a su padre, en un final predestinado. Bonitas historias, ¿no? ¡Tremendas!
La obra Electra me impactó. La actuación de la Guilmain era sensacional. Si podés mirá la película “El jardín de Tía Isabel”, una película que dirigió Felipe Cazals. En esa película actúa doña Ofelia Guilmain. ¿Sabés quién actúa ahí también? Ah, ya sé que sabés, porque te lo he dicho varias veces: ahí actúa Javier Esponda, actor comiteco. En ese tiempo, Javiercito era jovencísimo, un muchacho bello. Ahora, Javier Esponda es productor de esa serie televisiva que se llama “La rosa de Guadalupe”. Te lo digo, porque el otro día mencionaste que tu prima Alondra sueña con ser actriz, pues no sé, pero tal vez alguien de acá sea amigo de Javiercito o pariente y pueda ser el enlace para que Alondra conozca al destacado productor y chance un día de éstos veamos a Alondra actuando en la televisión. No sé quién me contó que Javiercito logró incursionar en el cine mexicano gracias a que doña Irma Serrano lo presentó con un productor de cine mexicano en los años setenta. No sé si esta historia sea cierta, pero puede ser. Alondra es muy bella y muy talentosa, así que por capacidades físicas e histriónicas no paramos. Lo único que le falta es que alguien lo relacione con el medio.
En el letrero que anuncia la Cenaduría El Chulul, hay un agregado que dice: “Recuperamos lo tradicional de la cocina comiteca con las recetas de doña Lupita”. ¡Ah, qué maravilla! No sé qué platillos ofrecen. Algún día de éstos me daré una vuelta. Lo que sí sé es que no sólo logran el prodigio de recuperar las recetas de doña Lupita, sino, también, ¡oh, maravilla!, rescatan la identidad. Ahora, los comitecos podemos decir: “La Lavandería El Chulul, está a la vuelta de la Cenaduría El Chulul”. Un día el chulul del patio de doña Lupita fue tumbado. Hoy, sus familiares han vuelto a sembrar gajos mentales de ese enormísimo árbol.
No sé, pero creo que esta fruta de sabor riquísimo no se encuentra en muchas partes del mundo. Parece que sólo en esta región hallamos el chulul, por ello, la importancia de treparse a las azoteas de todas las casas y gritar a todo pulmón esa palabra que, al escucharla, de inmediato nos otorga recuerdos, sabores y aromas indecibles.
Espero que esa cenaduría exista de acá en adelante, que los sabores de la cocina tradicional se recuperen, que exista una atención meramente comiteca; es decir, atenta y afectuosa. Espero que mucha gente acuda a cenar y salga satisfecha. Lo espero, de veras, para que el nombre del chulul siga subsistiendo con la misma fuerza que subsisten otros nombres tan cercanos a nuestra identidad comiteca. ¿Qué hay al lado de la Cenaduría El Chulul, ah, pues una sucursal de la famosa Panadería Las Torres? ¿En dónde hay un árbol de chulul? ¡En el patio de la tienda El Veinticinco!
¿Mirás este prodigio? Los nombres son esenciales para la preservación de nuestros valores culturales. Disfruto mucho cuando escucho que el Diario de Comitán está al lado de “La esquina blanca”, un negocio que, además de ofrecer una comida riquísima, conserva, como en un alhajero, el nombre con que desde hace muchos años es conocido ese lugar. La esquina blanca es tan famosa como Las siete esquinas. Estos nombres son nuestras referencias geoposicionales. Nuestro GPS interior así los señala en el mapa de nuestros afectos.
Cerca de la Cenaduría El Chulul hay una florería que se llama “El Paraíso”. Perdón, pero paraísos hay en todo el mundo, bueno, con decirte que Adán y Eva vivieron en un lugar que así se llamaba. Pero, pregunto: ¿En qué otro lugar del mundo hay un lugar que se llame Paraíso Chichimá? En ninguna otra parte del mundo. Sólo en Comitán, en Comitán de los tomates, como decía doña Lolita Albores, porque acá te dicen tomate una, tomate dos, tomate tres.
Me gusta que un restaurante se llame “Comitán lindo y qué rico”. ¿Dónde comiste? En Comitán lindo y qué rico. Me encanta que exista un barrio que se llama Nicalococ. ¡Ah, qué bonita suena la palabra! ¡Nicalococ! Esa terminación es muy eufónica: ¡Coc!
Disfruto cuando escucho en la radio el anuncio de la veterinaria del “Cuch grande, afuera”.
Con todo respeto digo que a mi corazón suena más alegre cuando alguien menciona que estuvo en el templo de San Caralampio que cuando otro dice que estuvo en el templo de la Virgen de Guadalupe. Y lo digo porque en pocas ciudades de México hay templos dedicados a nuestro santo consentido.

Posdata: Tuve el privilegio de ser espectador de la puesta en escena de Electra, en la que participó doña Ofelia Guilmain; tuve el privilegio de asistir, en el Cine Comitán, a la premier de la película “El jardín de Tía Isabel”. Jorge Saborío anunció, desde temprano, que en la pantalla estaría “El actor comiteco Javier Esponda”. El cine se llenó. Recuerdo con emoción el instante en que Javiercito, bonito, apareció con su tambor y, a la hora que la horda de tipos, de manera violenta, aventó a la Guilmain para tener relaciones sexuales, Javiercito, con su vocecita de niño tamborilero, dijo: “Si es de todos ¡que me toque mi parte!”. Por el amor de Dios, la escena era tierna por ilógica. La Guilmain era una mujer lobo y Javier era un muchacho ratita.
Tuve el privilegio de nacer en este pueblo, así como vos. Por esto, me encanta cuando alguien dice que bebió una macharnuda y luego fue, con su novia, a echar cotzito lindo y jacarandoso.

viernes, 21 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE GOLFO




Arturo no entendía por qué el Golfo de México se llamaba así. Siempre que el maestro Luis, con una regla de madera, señalaba esa región en el mapa, colgado a mitad del pizarrón, Arturo se volvía, colocaba el brazo en mi pupitre, y me decía que no entendía.
Creo que Arturo tenía razón. Era una mala señal la que el mapa enviaba. La maravillosa capacidad polisémica del lenguaje, en ocasiones, hace daño. La palabra golfo es una de ellas. Lo mismo se usa para designar una extensión de mar semi encerrada, que para nombrar a un granuja, a un muchacho que, como diría la abuela Jacinta, no tiene oficio ni beneficio.
En clase de geografía, el maestro Luis también había señalado, con su regla de madera, el Bolsón de Mapimí, una zona desértica que existe en el estado de Durango.
Cuando Arturo vio la gran región que constituía el Bolsón volvió a sorprenderse. Y esto fue así porque el tío Eulogio decía que su hermano Antonio era un bolsón y esto lo aplicaba como sinónimo de flojo, de “comecuandohay”.
Las dos palabras confundían a mi compañero, porque él había aprendido que bolsón era sinónimo de huevón y golfo era sinónimo de lo mismo. Entonces, ya jugando, decía que el tío Antonio era el golfo de México, porque tenía el primer lugar en hacerse tacuatz a la hora del trabajo, y cuando alguien, en la familia, hablaba del tío, Arturo, botándose de la risa, decía que estaban hablando del bolsón de Mapimí.
Arturo y yo crecimos. Una vez viajé a Veracruz y lo encontré en un restaurante. Yo estaba sentado adentro del restaurante y él se sentó en una mesa que estaba en un andador, debajo de una sombrilla. Había pedido una cerveza. Llamé al mesero que lo atendió y le pedí que le llevara una servilleta de papel al señor de la camisa a cuadros rojos y azules. El mesero tomó la servilleta y cumplió con mi petición. Arturo recibió la servilleta, la desdobló y leyó. Desde donde estaba (detrás de una vidriera) lo vi levantar la vista y mirar hacia todos lados, buscando al autor de la nota. Cuando se dio por vencido, llamó al mesero, yo me cambié de mesa, miré que el mesero señalaba mi mesa (ya vacía). Me paré y, a la distancia, grité su nombre, él sonrió, se paró y abrió sus brazos para recibirme, como si yo fuera un buque en alta mar y entrara al Golfo de México.
Después de ponernos al día acerca de lo que habíamos hecho en los últimos veinte o veinticinco años, desde que nos dejamos de ver, Arturo rio y desdobló la servilleta. Yo había escrito: “¿Hallaste, por fin, al Golfo de México?”. Arturo dijo que sí, parecía mentira, pero el salón de la primaria le había marcado su destino. Cuando estudiaba en la UNAM se apuntó para un proyecto ecológico en la zona y, desde entonces, se había enamorado del entorno y trabajaba en una empresa dedicada a la conservación del medio ambiente. Levantó la mano y le pidió al mesero que nos sirviera dos cervezas más. Dijo que ahí había hallado a la gente más trabajadora de toda la república. Bromeó: “Creo que para contrarrestar al mayor golfo de México se necesitan miles de manos trabajadoras”.
“¿Supiste que el Bolsón de Mapimí murió hace como dos años?”. No, dije, no sabía. Tomé un trago de cerveza. El viento de Veracruz a esa hora era como un aleteo fresco de gaviota. ¿De qué murió? Arturo rio, rio con libertad, dijo: “Pues de qué otra cosa, de lo que mueren los bolsones, ¡de orquitis!”. Era un chiste, por supuesto. Orquitis es la enfermedad que ocasiona la inflamación de los testículos. “Sí -dijo- se le hincharon de tanto rascárselos”. Volvió a reír. Pidió otra ronda de cervezas. Se puso serio. Se limpió la frente con su pañuelo de seda. Me vio y dijo: “El Golfo de México es maravilloso”. Sacó su celular y me enseñó algunas fotografías del mar, de cuando iba en barcos a realizar acciones en favor del medio ambiente, porque ahí hay constantes derrames petroleros que afectan a la fauna marina. Lo vi satisfecho. Al oírlo bromear supe que había vencido su confusión.

jueves, 20 de abril de 2017

UNA TARDE CUALQUIERA




“¿Qué ves?”, preguntó Julio. Agua, pensé. Estábamos en la orilla de un lago. ¿Qué otra cosa podía ver? Si alzaba más la vista podía ver, en el horizonte, una franja de montañas, pequeñas, apenas niñas, que se alzaba para evitar la monotonía del agua que se movía lenta con el viento, porque el viento era dócil. Yo tenía las manos adentro del pantalón y miraba cómo el agua llegaba, con ligeras ondas, hasta la orilla donde estábamos.
Pensé decir agua, pero nada dije. Yo conocía bien a Julio, cuando le respondía una pregunta con una o dos palabras, él se enojaba, porque como que siempre esperaba una respuesta brillante. Era muy difícil su carácter. Así que, a veces, prefería ignorar su pregunta y quedarme callado. Él se enojaba, me regañaba, decía que yo era un tonto. ¿Cómo no se me ocurría decir algo a su pregunta? Yo seguía callado y cuando miraba que comenzaba a enfurecerse más, le decía: “Prefiero que vos me enseñés”. Así se calmaba. Era como un perro doberman que cuando le aventaba un hueso cesaba su furia.
La tarde del lago esperé su regaño de siempre, pero nada dijo. Dejé de ver el agua y lo vi a él. Su mirada estaba ausente, se había perdido, tal vez más allá del horizonte. Como zombi volvió a preguntar: “¿Qué ves?”, pero cuando lo dijo no me vio. Supe que esa pregunta no me la estaba haciendo, era como si se la hiciera a un fantasma y estuviera atento para escuchar la respuesta, o, tal vez, la pregunta se la hacía él mismo.
Esa tarde fue como un perro manso. Y no sé qué sucedió, pero Julio cambió su carácter. Como si algo supremo le hubiese arrebatado su coraje y su furia, Julio dejó tirado ese collar con chinchetas que siempre lo atosigó. A partir de entonces me volví su acompañante fiel. Tal vez a él le gustaba estar conmigo, porque yo no molestaba, como sí lo hacían sus primos Adolfo y Joselín. Éstos eran muy dados a ir al campo a matar pajaritos, con tiradora. A Julio no le gustaba eso, le gustaba ir al campo, pero le gustaba caminar, buscar piedritas o escuchar el quejido de las hojas secas debajo de sus zapatos.
“¿Qué ves?”. Esta pregunta se volvió como el amuleto, como el pan de todos los días. Julio silbaba desde la banqueta de enfrente, yo abría la ventana y con las manos le indicaba que salía pronto. Bajaba a la cocina, tomaba el licuado que mi mamá me había preparado, cogía un suéter y salía corriendo hacia donde Julio me esperaba. ¿Ahora adónde?, le preguntaba y él me decía que era una sorpresa y colocaba un brazo sobre mi hombro, mientras caminábamos sin pisar raya.
Una tarde, subimos a lo que se conocía como Mirador, en la cima de una montaña. Desde ahí se veía toda la ciudad desparramada en el valle. Yo, con las manos adentro de las bolsas del pantalón, me subí en una barda enana de treinta o cuarenta centímetros de alto que rodeaba a la plaza, abrí los brazos, sentí el viento y miré la ciudad. Esperaba la pregunta clásica de Julio, pero ella no llegó. Volví la mirada, Julio estaba sentado en una piedra que los constructores no habían eliminado de la plaza, al contrario, la habían ahogado en cemento, para que la parte visible sirviera para lo que Julio la usaba, ¡como asiento! Vi que la mirada la tenía clavada en el piso. Entonces caí en la cuenta que yo nunca le había hecho “su” pregunta. Siempre había esperado que él la hiciera y yo, como ya conté, la mayoría de veces no le respondía. Di un brinco, me acerqué a Julio y le pregunté: “¿Qué ves?”, él alzó la cara, sonrió, se paró y me abrazó. “¡Las hormigas!”, me dijo. Y me llamó para que yo viera, también, el ejército que, en tumulto, iba de un lado a otro, cargando hojitas verdes.
Entendí que Julio, antes, se molestaba conmigo no tanto porque no respondiera sino porque no preguntaba. Él, más que respuestas, ¡quería preguntas!
Desde la tarde del mirador, llevé siempre conmigo la pregunta de él. Cuando salía de casa y atravesaba la calle y me reunía con él en la banqueta de enfrente de la casa, le preguntaba adónde iríamos, él me abraza y me llevaba a lugares insospechados. En cuanto calculaba que llegábamos al lugar elegido yo preguntaba: “¿Qué ves?” y él era feliz respondiéndome. Ese era su juego.
Entendí que este es el juego perfecto para comunicarse con alguien. La simple pregunta: “¿Qué ves?”, implica un preocuparse del otro, es como decir: Me preocupo por vos.
Nunca le pregunté qué sucedió la tarde del lago, que hizo cambiar su carácter como si volteara un calcetín. Nunca supe qué había visto esa tarde. A veces, en la vida, ocurren instantes que hacen que las personas cambien, porque ven algo que jamás habían intuido y esa mirada no es superficial, es muy profunda y no está en el exterior sino en el interior del hombre.
Hoy, en memoria de mi querido amigo, a veces pregunto a alguien: “¿Qué ves?” y la mayoría me responde con emoción. A la gente le interesa lo que ve y le interesa que alguien le pregunte qué ve.

miércoles, 19 de abril de 2017

FELICIDAD SIN REMIENDOS




Era cumpleaños de X. El salón, al aire libre, estaba lleno de mesas y de conocidos. Los meseros, casi al ritmo de la música en marimba, iban de un lado para otro llevando vasos con güisqui y platones llenos de chicharrón de hebra, tostadas y frijoles molidos con chile de Simojovel. En el sector de mesa donde yo estaba sentado, R preguntó: “¿Y con qué palabra definirían ustedes a la felicidad?”. Z, con cara de no-se-la-acaban, dijo: “Ah, pues con la propia palabra felicidad”. Mientras los demás buscábamos alguna palabra que definiera a la felicidad (los demás éramos cuatro o cinco que formábamos el grupito), B dijo: “Ni le busquen. ¡Rico!, rico es la palabra”.
Y dijo que la palabra rico era la que la había hecho feliz toda su vida. Y contó. Contó que siendo niña, en casa de su abuela, al sentarse a la mesa para recibir el plato con gelatina de leche, sabor nuez, ella tomaba un pedazo con la cuchara, se lo llevaba a la boca y, mientras la gelatina se derretía en su boca, miraba a su prima, sentada frente a ella, hacer lo mismo, cerrar los ojos y decir: ¡Hmm, qué rico! Ella, B, dijo que eso la hacía feliz. Era tan lindo ver la cara de su prima, sublimada. La gelatina, que era deliciosa, no la hacía tan feliz como el escuchar esas palabras en labios de su prima.
Mientras los de más allá, levantaban los vasos, brindaban y reían a carcajada limpia, con las anécdotas que contaban, nuestro grupo casi dejó de respirar, pendiente de lo que B contaba.
Dijo que, una vez, en el cine, un noviecito se le acercó a su cuello y, con voz temblorosa, dijo: “Hueles muy rico”, y ella sintió sabroso el aliento de él cerca de su oído. El noviecito no dijo más, se quedó así, como estatua, oliéndola, aspirando su aroma. Ella se dejó oler, como si él fuese un lobo y ella no debiera moverse para no alterar su ánimo.
La palabra rico ha estado presente en los instantes más emotivos de mi vida, en los que recuerdo como más felices, dijo, mientras C rechazaba la invitación a bailar que le había hecho un señor que se había parado a su lado. C rechazó la invitación de manera atenta, pero puntual. No quería perderse la narración de B.
Otra vez, ya mayor, mientras veía una película en un cine enorme, acompañada de L, B sintió una mirada penetrante, en medio de la penumbra, dejó de ver la pantalla y volvió la mirada al lado contrario de donde estaba sentada L y vio que una mujer, abrazada a quien B dedujo era su novio o su amante, la miraba fijamente a ella, con ojos de búho, mientras decía, con voz sensual, casi para que, en lugar de que él la escuchara, la escuchara ella: “¡Qué rica la tienes!”. B sintió que su cara se ponía roja y si no se perturbó fue porque en medio de esa opacidad, nadie la miraba, salvo esa mujer. B, de inmediato, volvió a ver la pantalla, pero ya no pudo concentrarse en la película. B deseaba, en lugar de ver la pantalla, mirar hacia donde la mujer acariciaba a su hombre.
B dijo que la palabra rico siempre brincaba cuando algún sabor o algo táctil eran agradables y producían sensaciones cercanas a la felicidad. Eran instantes apenas, porque la felicidad son apenas destellos. Pero también la mirada recibía esas sensaciones. Contó que en un viaje a Italia, sentada en una plaza de Florencia, tomando un té, en un café al aire libre, en compañía de M, ésta le dijo: “Mirá” y señaló, con sus ojos, a una joven que, caminaba por el andador y se dirigía hacia donde ellas estaban. La chica era bella, con una cabellera que flotaba en el aire y vestía un suéter ajustado. M completó: “¡Qué ricas cositas!”. Se refería a los pechos de la chica italiana que, como si fuesen cabritos saltaban entusiasmados, casi dichosos, mientras la chica caminaba como venadito.
B tomó un pedazo de butifarra y se lo llevó a la boca, no lo comió, se quedó así, con el pedazo entre sus labios, apenas tocando su lengua. Dijo: “¡Rico!” y nosotros, todos, nos reacomodamos en las sillas, unos tomaron el vaso con güisqui y otras hicieron lo mismo que B, tomaron un pedazo de butifarra, pero lo comieron. Algo como una chispa nerviosa brincó sobre la mesa.
“¿Qué dicen?”, preguntó ya casi al final. Nadie dijo algo. Hace apenas dos días, dijo B, volvió a sucederme. Estaba dando mi clase y les leía a mis alumnos de la universidad el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, de García Márquez, y cuando leí la parte que dice: “…Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido…”, una alumna, quien tiene unos ojos bellos y un cuerpo de diosa, dijo en voz alta: “¡Qué rico!”. Todos sus compañeros rieron, pero ella no reía, ella tenía los ojos cerrados y pasaba su lengua por el labio superior. Supe que estaba en un momento sublime y con esas palabras había definido la felicidad del instante que vivía.
“¿Tienen una mejor palabra para definir la felicidad?”, dijo. Cuando lo dijo fue como si pinchara la burbuja en la que nos había metido. Volvimos a escuchar la marimba, las carcajadas y vimos a varias parejas bailando sobre las tarimas colocadas a mitad del patio.

martes, 18 de abril de 2017

EN EL VUELO




Como decía Saturnino, uno quisiera que “Todo fuera vertebral”. Lo decía en intento de que el mundo no perdiera la columna. Pero no. A veces el mundo no es vertebral. Tiene que recostarse. El otro día el mundo de acá se recostó y me enteré del fallecimiento de Óscar Domínguez.
Óscar nunca conoció al escritor Xavier Velasco, ni éste conoció a Óscar. Óscar era comiteco y Xavier chilango. Andaban por caminos diferentes. Sin embargo, a Óscar le hubiese sorprendido saber que Xaviercito escribió lo siguiente de un personaje que está temeroso por algo: “Lleva los testículos de amígdalas”, se le subieron del temor. Ah, si Óscar lo hubiese sabido, pero no, a Óscar le falló el corazón la semana pasada y se detuvo como se detienen esos motores que se quedan sin diésel. Y le hubiese dado gusto a Óscar saber lo que escribió Xavier Velasco, Premio Alfaguara de novela, porque antes, antes que el connotado escritor lo dijera, Óscar me contó que una o dos o tres veces, el presidente municipal de Comitán lo llamaba por teléfono y le decía: “Órale, tío, nos vamos a Tuxtla”. Óscar en ese tiempo era primer regidor del ayuntamiento comiteco. Óscar se cambiaba la camisa, vestía una guayabera blanca (“Ya me disfracé de monaguillo”, decía, botándose de la risa) y su chofer lo llevaba al campo de aviación donde el presidente ya lo esperaba para subirse a una avioneta que los llevaba a Tuxtla. “No, hombre, era fatal. Al sentarme en la avioneta sentía que me sentaba sobre el piso, mi trasero casi tocaba el suelo. Y ahí íbamos, y la avioneta como papalote, de un lado para otro, y el presidente, bien quitado de la pena, señalando que allá está la presa, que allá el rancho de fulano de tal, y yo pensando a qué hora esa máquina voladora iba a trincar el pico, yo, con los huevos hasta arriba, en las orejas, como aretes” y cuando lo contaba yo lo disfrutaba y cuando él miraba que estaba yo disfrutando su anécdota remataba: “Pero luego pensaba, si esta cosa se cae mi entierro será espectacular y saldré en todos los periódicos, porque moriré al lado del presidente municipal”, pero luego cambiaba su cara, reía y decía: “¿Y si el presidente se salva y sólo yo quedo embarrado en el suelo? Todo mundo hablará de él y yo pasaré desapercibido.”
Y así era Óscar, siempre dicharachero, espontáneo. Yo recuerdo a su papá, que se llamaba igual. El papá tenía una tienda de electrónicos en el portal donde ahora está la Farmacia del Ahorro, del centro. La tienda de don Óscar estaba casi enfrente de la Proveedora Cultural, que se hallaba en la manzana que derruyeron (la manzana de la discordia). Yo pasaba por el portal y siempre volvía mi mirada en busca de don Óscar. No sé por qué (o tal vez sí sé), a don Óscar le encontraba parecido con un gran artista del cine nacional. A veces pensaba entrar y pedirle un autógrafo, pero luego (por mi carácter introvertido) pensaba que no valía la pena, porque, primero, don Óscar se iba a sorprender por mi petición y, segundo, si accedía escribiría su nombre en la libreta y yo hubiese deseado que él firmara con el nombre del reconocido actor.
Sí, Óscar era como hijo de un actor, por eso era tan ocurrente. En alguna reunión, si no hallaba al doctor Alfonzo (conversador de primera, que sabe mil anécdotas de Comitán), yo buscaba a Óscar, un poco como si éste fuera el bateador emergente. Pero, el problema es que Óscar (como ya lo dije) era el regidor primero, la mayoría de veces estaba sentado en la mesa de honor, al lado del presidente. Los cercanos a Óscar, sin duda, podrán decir que lo mejor de él estaba en el árbol de la amistad, donde se prodigaba de manera generosa, simpática.
Una vez, de esas en que me tocó estar cerca de él, me contó de un lapsus que sufrió. “Ahí estaba yo, bien trajeado, dándole una última vuelta al discurso.” El presidente lo había nombrado orador oficial en un acto cívico en memoria de Belisario Domínguez, con la presencia de altas autoridades del gobierno del estado, en el patio central de la presidencia municipal, frente a la estatua. “El maestro de ceremonias me anuncia, yo camino, muy garboso en medio de todos. Oía los aplausos. La presidencia estaba a reventar. Coloqué mi discurso en el pódium, saludé a las personalidades y comencé a leer. Todo iba muy bien. La gente estaba pendiente de cada una de mis palabras, pero en un momento, una letra se me movió, ¡una letra!, y, en lugar de decir La Sorbona, dije La Soborna.” Me lo contaba y lo contaba botado de la risa.
Así era Óscar. Aunque andaba metido en el ajo de la política, le costaba un poco cumplir con protocolos. Como que se sentía mejor en una mesa rodeada de amigos, contando, con gracia especial, anécdotas sin fin. Se tenía que poner la guayabera blanca o el traje, pero prefería, mil veces, la camisa común.
Supe que le falló el motor y su corazón ya no dio más. Lamenté la noticia. Él, que era nieto de un hombre maravilloso que arreglaba cualquier motor, no alcanzó a limpiar el suyo.
Le hubiese gustado leer las líneas escritas por Xavier Velasco (la cita está en su más reciente novela “Los años sabandijas”). Algunas palabras graciosas hubiera dicho. Lo menos: “Me copió”.
Como decía Saturnino: Uno quisiera que todo fuera vertebral, pero no siempre es así. A veces la columna se mueve. Una pena el fallecimiento de Óscar.

lunes, 17 de abril de 2017

LOS LUGARES QUE SON DE UNO




“Nadie te dará la bienvenida. Cuando vuelvas a casa no habrá nadie para recibirte.” Estas fueron las palabras que dijo la muchacha de la película un minuto antes que apareciera la palabra FIN.
En la última escena de la cinta se vio al muchacho, con su mochila al hombro, caminando hacia la terminal de autobuses. Tal vez no oyó lo que la muchacha dijo, y si lo oyó lo ignoró.
Ahí terminó la historia contada en una hora y media de proyección del cine. Cuando las luces de la sala se prendieron, los espectadores se removieron en sus asientos, se levantaron y se pusieron los sacos; otros levantaron los brazos, cual gatos, como si, en lugar de estar en un cine, hubieran estado en sus cuartos y se levantaran después de haber dormido. Porque, habrá que decirlo, cuando yo era niño de nueve o diez años, muchos espectadores acudían al cine a dormir. ¿Por qué no lo hacían en su casa? Puede haber muchas respuestas y todas serían válidas.
Mientras la cinta se exhibía, pocos ruidos se escuchaban en la sala, algún reacomodo de un espectador sobre la butaca, el sonido del papel de envoltura de un dulce, el ruido de las palomitas en las bocas de los niños, los pasos de alguien que regresaba del sanitario, el arrastre de la cinta sobre el proyector de 35 milímetros. Pero cuando las luces se prendían al final del cine, el ruido se intensificaba, era como el sonido de una parvada buscando árbol a las seis de la tarde o como si una ola se acercara a la playa y la bañara generosamente, porque, si bien el proyector callaba, la gente comentaba la película, mientras se paraba y caminaba entre las butacas para alcanzar el pasillo y luego la salida.
A mí siempre me ocurría lo que la muchacha de la película había presagiado. Nadie me daba la bienvenida. Cuando volvía a casa no había nadie para recibirme.
Pido a mis lectores que no se confundan. No hablo de mi casa donde sí me esperaban mis papás, donde, al llegar, iba a la cocina y pedía una taza de café y Sara me servía una tostada de manteca y un plato de frijol con crema y queso espolvoreado. En mi casa siempre había alguien para recibirme. A veces me recibían con reclamos, porque, en lugar de ir directo del cine a casa, pasaba a cenar un pan compuesto, en el local de Tío Jul.
No, no hablo de esa casa que, a pesar de que era una casa que rentaban mis papás, reconocía como mía, porque ahí transcurrían mis tardes jugando en el sitio. La reconocía mía porque ahí estaban mis juguetes y los árboles donde cortaba los duraznos y los cordeles, de poste a poste, donde ponían a secar mi ropa. Ahí, en esa casa, llegaban los tíos a visitar a mis papás; ahí llegaban mis amigos a jugar carritos y a indios y vaqueros. Ahí estaba el oratorio donde, cada fin de semana, mis papás y yo nos hincábamos en reclinatorios forrados con tela de terciopelo rojo para rezar el rosario.
No, no hablo de esa casa. Hablo de la sala cinematográfica, que también era mi casa, porque no había tarde de Dios que yo no entrara a ver las películas que ahí exhibían.
En mi casa cinematográfica ¡nadie me daba la bienvenida! Porque, a diferencia de miles y miles de niños en el mundo, yo nunca hice amistad con el boletero o con el señor que, en la entrada, recibía los boletos de ingreso. Mi timidez fomentaba dos cosas: que no intimara con la gente y que, por encima de cualquier diversión, prefiriera el cine, porque éste no exigía trato con alguien. Nunca nadie me dijo mi nombre o preguntó cómo estaban mis papás. Nunca nadie me dijo: “Bienvenido, Alejandro, qué bueno verte de nuevo”. No me importaba, yo me paraba frente a la taquilla, pedía un boleto, pagaba y entraba al cine cuando entregaba el boleto al hombre que metía el boleto en una urna de madera, con forma de alcancía.
Cada vez que volvía a mi casa cinematográfica no había nadie para recibirme y esto no me creaba conflicto alguno. Al contrario, era feliz, porque todo mundo parecía ignorarme y yo lo que más deseaba en el mundo era eso precisamente, ¡pasar inadvertido!
Tal vez por eso, mientras todos los demás cinéfilos lamentaron que el muchacho de la película se retirara sin empacho alguno, yo entendí que él se había ido feliz de casa, sin importar que la muchacha, en la última escena se llevara las manos a la cara, como una cortina, para disimular el borbotón de agua que brotaba de sus ojos.
El muchacho de la película, igual que yo, regresaría al siguiente día y entraría a su casa, aunque nadie le diera la bienvenida, aunque nadie lo recibiera.
La definición de casa debería ser: Lugar donde, sin importar que no haya nadie para recibirte y darte la bienvenida, se reconoce como el lugar que es ¡tu lugar!
Mi casa fue el lugar donde mis padres me recibían y el otro lugar adonde llegaba tarde a tarde a ver películas.
Cuando la muchacha de la película dijo: “Nadie te dará la bienvenida. Cuando vuelvas a casa no habrá nadie para recibirte.”, muchos se secaron los ojos y lamentaron el final triste de la historia. Pero, yo estoy seguro que cuando llegaron a su casa y abrieron la puerta y fueron recibidos por quienes, sentados ante la mesa con tamales y tostadas, preguntaron: “¿Cómo estuvo la película?”, ellos olvidaron la otra historia y se sintieron bien con su propia historia, la de su casa.

sábado, 15 de abril de 2017

CINCUENTA Y CINCUENTA




Ronaldo, el caperuza, no podía creer lo que leía. El titular del periódico deportivo decía que, por equidad de género, los equipos de fútbol, a partir del siguiente torneo, debían integrarse por un cincuenta por ciento de hombres y un cincuenta por ciento de mujeres. Ronaldo dejó el ejemplar sobre la mesa de centro, echó limón en el bote de cerveza y tomó un sorbo. Pensó que era una estupidez. Llamó a su esposa a gritos, ella sacó la cabeza por la puerta de la cocina y preguntó qué quería, en el mismo tono que su esposo había hablado. “Vení, vení”, dijo Ronaldo. Ronaldiña, con cara de “¿No mirás que tengo que preparar las mamilas de tus hijos?”, salió de la cocina, con una mamila entre las manos y preguntó qué quería (en el mismo tono con que el marido le había dicho Vení, vení).
Cuando Ronaldiña leyó el titular del periódico, se sentó, arrebató el ejemplar a Ronaldo y leyó la nota completa, cosa que su esposo no había hecho, porque en cuanto leyó la noticia de ocho columnas pensó que no podía creer tal determinación de la Federación Nacional de Fútbol Soccer.
Ronaldiña y Ronaldo siempre habían discutido acerca del tema de cincuenta y cincuenta, ella decía que estaba bien ese equilibrio, y que poco a poco las mujeres lograrían mayor porcentaje hasta ocupar los más altos puestos de la industria, de la política y (esto lo remarcaba) los primeros lugares en los podios deportivos. Ronaldo respondía a Ronaldiña (cuando se molestaba le decía Roñaldina y ésta se vengaba diciéndole Roñaldo) que el cincuenta y cincuenta impulsado por las leyes era una estupidez ya que los cargos de cualquier índole debían repartirse por capacidades y no para cumplir un absurdo equilibrio.
Habían decidido no tener más hijos. Al principio, cuando supieron que Ronaldiña esperaba gemelos le pidieron al médico que no les dijera el sexo de ambos. Que la naturaleza obrara. El día del parto programado, cuando la enfermera buscó en la sala de espera al señor Ronaldo Dos Santos López para decirle que todos estaban bien y supo que los gemelos eran varones no cupo en su alegría, dio saltos de canguro por todo el pasillo y repartió los puros que, de manera subrepticia, había escondido en su saco. “¡Soy papá, soy papá de dos varoncitos!”, gritaba, mientras abría la ventana que daba a la calle y, desde el quinto piso del sanatorio, repetía que era papá de dos gemelitos varones.
La naturaleza nada sabe de decisiones tontas de equidad. Si así fuese todo mundo tendría hijos al cincuenta y cincuenta.
Ronaldiña dejó el periódico sobre los muslos de su esposo, sonrió, tomó un sorbo de la cerveza y dijo: “Me da gusto. Será muy lindo ver cómo se llevan a la hora de los partidos.” ¡No!, dijo Ronaldo, ¡será un desmadre! Y lanzó la pregunta que se había trabado en su mente y en su garganta: “Cinco y cinco hacen diez, ¿quién será el onceavo jugador?” Ronaldiña tomó otro sorbo de cerveza, dejó el bote ya vacío. Ronaldo se paró, abrió la ventana de la sala que daba a la calle y dijo: “No pueden jugarlo a un volado, porque se rompería el equilibrio”.
Ronaldiña se puso a su lado, lo abrazó y dijo que eso no lo decía la nota del periódico. ¿Quién iba a ser el onceavo jugador? Sin decirlo, los dos pensaron lo mismo: Tendría que ser alguien del llamado tercer sexo.
“¿Tenés alguna objeción de ver partidos donde los de uno y otro equipo sean mujeres y hombres?”. Ronaldo dijo que no, que, después de todo, podían ser partidos interesantes. Pero, dijo, la bronca estará en las concentraciones. “¿Por qué?”, preguntó Ronaldiña, yendo a la cocina para sacar dos cervezas del refrigerador. Ronaldo la siguió: “Si debe cumplirse lo de cincuenta y cincuenta debe cumplirse con rigor”, dijo Ronaldo, mientras recibía la cerveza que le ofrecía su esposa y abría el bote para darle un trago sostenido. “En los cuartos del hotel deben dormir uno y una en cada recámara”. Ronaldiña abrió su cerveza y sonrió.
“¿Tenés alguna objeción de que duerman mujer y hombre en una habitación?”. No, yo no, dijo Ronaldo. Pero ambos guardaron silencio, porque en sus mentes asomó la pregunta: “¿Y qué pasa con el portero?”. Ronaldiña dijo que tal vez la Federación debía ir más allá y cambiar las reglas y, en lugar de once, debían integrarse los equipos con doce jugadores, para cumplir con cabalidad lo de cincuenta y cincuenta. Pero Ronaldo no estuvo de acuerdo, porque ello abría la puerta para rechazar al jugador número once (el del tercer sexo que ya habían incluido ellos).
“Es complicado”, dijo ella. “Te digo que eso del cincuenta y cincuenta es una pendejada”, dijo él. Alzaron las cervezas y dijeron ¡Salud!
Ella caminó hacia la mesa de la cocina y siguió preparando las mamilas para sus gemelos. Él fue al cuarto para preparar la bañera de sus varones.

viernes, 14 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE SEMANA




A Ricardo le disgustan los ciclos temporales, como semana, mes o año. Ricardo disfruta los ciclos numéricos, donde una secuencia puede ir del uno al infinito. De todos los ciclos temporales, la semana es el que se le hace más absurdo. Dice que el día tiene veinticuatro horas (¡veinticuatro!); un mes puede tener treinta y un días (¡treinta y uno!); y un año contiene doce meses (¡doce!); pero la semana no tiene más que siete días, ¡siete miserables días!
Ricardo dice que de esos siete, son pocos los que se salvan del hastío, del hartazgo. Él conoce a muchas amigas que odian los lunes. De ahí concluye que la semana es un ciclo perverso. ¿Cómo es posible que un día provoque un sentimiento de odio que se repite semana a semana? El domingo (supuestamente un día de descanso) se convierte en un martirio, porque es la antesala del lunes. Muchas personas, cientos, ¡miles!, no disfrutan la tarde del domingo porque comienzan a pensar en que el siguiente día ¡es lunes!
¿No hay algún día que se salve del fastidio, de la melancolía, de los rayos? ¡El viernes! Millones de personas han adoptado el dicho de “Gracias a Dios ¡es viernes!”, porque alude al fin de semana laboral y abre la puerta del ocio liberador. A Ricardo le da risa tal declaración, porque dice que el viernes es un día laboral como cualquiera; es decir, si quien dice tal frase es una secretaria, su viernes esperado se reduce, cuando mucho a cuatro horas; es decir, de ocho de la noche a las doce. Quien, con los brazos en alto, bailando por la oficina, grita: “¡Gracias a Dios es viernes!”, está celebrando apenas una sexta parte del día, día que, la mayor parte, debió trabajar como cualquier martes o miércoles. ¿Por qué agradecen que llegue el viernes, si sólo disfrutarán cuatro horas de dicho día? Ricardo dice que son como perritos que permanecen encerrados todo el día y sus amos los sacan a dar una vuelta para que busquen un árbol y orinen.
Margarita trabaja en una oficina. Ella es del club de odiadores del lunes y, faltaba más, también de odiadores del sábado, porque este día debe destinarlo a limpiar la casa y a lavar la ropa sucia, porque trabaja de lunes a viernes.
Y Ricardo remata diciendo que la carga es pesada, porque, gracias a la institución católica llamada iglesia, de las cincuenta y dos semanas del año, hay una que se llama Santa. ¿Y las otras cincuenta y un semanas qué son? Doña Flor decía que de sus dos hijos, uno era un santo y el otro un diablillo. Si de las cincuenta y dos semanas del año sólo una es santa, significa que las restantes ¿son semanas diabólicas?
¿Quién puede vivir en medio de un ciclo temporal donde el uno punto noventa dos porcentual de un año tiene rasgos de santidad y el noventa y ocho punto cero ocho es diabólico? Y esto es más confuso cuando vemos que, según el calendario litúrgico, la semana comienza el domingo y finaliza el sábado, mientras que, según el calendario civil, la semana comienza el lunes y termina el domingo.
La semana es caótica de origen. Ricardo dice que Javier le cae bien, porque una vez llegó a su oficina, le tocó en el cristal de la división y lo invitó a tomar unas cervezas. Ricardo salió y le dijo a Javier que cómo se atrevía a hacerle tal propuesta, no se había dado cuenta que era lunes, ¡lunes! ¿Qué?, dijo Javier, no somos albañiles, los albañiles sólo toman los sábados, porque es día de raya.
Esto, aparentemente intrascendente, da cuenta cómo el sistema capitalista diseña los modos de comportamiento. La oficinista debe laborar de lunes a viernes, el viernes por la noche debe ir al antro, el sábado lavar su ropa y limpiar la casa, y el domingo, conforme avanza la tarde, lamentar la llegada del lunes. Y así todas las semanas.
Tal vez por esto ahora la semana santa ya no es lo que doña Flor conmemoraba. Para doña Flor, la semana santa era una semana de “guardar”. Ahora la gente va a la playa y toma alcohol en exceso y va al antro y baila y hace cositas de cama, también en exceso. Tal vez es una manifestación de rebeldía, un poco como decir que si las semanas tienen un rostro de aburrición, pues que, cuando menos, todas sean semejantes; es decir, que no haya santas, sino que todas sean diabólicas, traviesas.