sábado, 21 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, PARA CELEBRAR LA AMISTAD




Querida Mariana: Tengo muchas preguntas acerca del mundo, pero dos son las que más me intrigan: la primera es: ¿Cómo Einstein logró determinar la fórmula de la relatividad del tiempo?, y la segunda es: ¿Cómo mis amigos se hicieron mis amigos?
Como mirás, la primera interrogante está en el terreno de lo inabarcable, en cambio, lo segundo pareciera más cercano a encontrar una posible respuesta.
Y lo digo, porque hoy es cumpleaños de una amiga. Y yo, que soy tan escaso de amigos (y de amigas, sobre todo), celebro esta relación, la celebro con cuetes (virtuales, para no joder el oído de los perritos y de los gatos) y con una copa de comiteco (también de manera virtual, porque vos sabés que hace años que no bebo ni una gota de alcohol).
Einstein dice que la Energía es igual a la masa de un cuerpo por la velocidad al cuadrado. ¡Dios mío! ¡Qué complicado! No sé qué pensaría mi abuelita Esperanza, quien, siempre que me servía un vaso de chocolate frío, decía: “Pa’que tengás harta energía, hijo”. En física, con el maestro güero, aprendí (no sé si lo aprendí bien) que la unidad de la energía es el julio (Quique siempre bromeaba diciendo que agosto era la unidad que medía la hueva. Lo decía porque era el mes de vacaciones). Es decir, el cuerpo que tiene dos julios posee más energía que el que posee un julio. Complicado, pero simpático. Dicha unidad se presta al cotorreo. La mujer que está casada con Julio ¿tiene más energía que la que está casada con Miguel? Si una mujer está casada con Julio y tiene un amante que se llama igual que el esposo ¿tiene más energía que la mujer fiel? ¿Cómo yo podía determinar cuántos julios me daba mi abuelita en ese vaso de chocolate? ¡Imposible!
Por esto, digo que es más sencillo tratar de averiguar en qué momento, por ejemplo, Javier se hizo mi amigo. Aunque, ya lo dije al principio de esta carta, también es imposible determinarlo. No hablo de los demás, no hablo de vos, hablo de mí. Tal vez vos sabés en qué momento un amigo se hizo tu amigo, pero yo, que soy tan despistado y tan oscuro para cosas prácticas, me resulta un misterio determinar el instante en que la luz de la amistad se hizo, como un día se hizo la luz del universo. Ahora mismo recuerdo que en una ocasión, un poco en broma, Javier me dijo que fuéramos a tomar una cerveza a “La Jungla”, que era nuestro paradero más recurrente, y yo, no sé por qué, tal vez por algún compromiso, le dije que no podía. Javier, con su modo de trapecista caminando sobre el piso, dijo: “Ten cuidado, no permitas que se extinga la llama de nuestra amistad”. Es el Javier y sus frases de etiqueta.
¿En qué momento Javier se hizo mi amigo? ¿En qué momento me hice amigo de él? Esta es la primera interrogante. ¿Quién tira la primera piedra de la amistad? Y (todo mundo lo sabe) el que tira la primera piedra (virtual) es porque está libre de culpa; es decir, la amistad es una relación sin pecado.
¿En qué momento me hice amigo de mi amiga que cumple dos años ahora? No lo sé. Lo único que sé es que mi amiga nació adulta, nunca fue bebé. Qué raro, ¿verdad?
Sí, vos sabés de quién estoy hablando, de la Librería Lalilu, local que hace dos años abrió sus puertas en Comitán y que se ha convertido en un espacio lleno de luz. He intentado, así como me sugirió Javier una tarde, procurar el afecto de ese espacio a fin de que “no se extinga la llama de nuestra amistad”.
Sé que ahora vos me estás mirando con cara de güet desorientado y te estás preguntando ¿cómo un hombre puede ser amigo de un espacio físico? Yo digo que sí es posible, porque si reviso las características que me unen a Lalilu encuentro muchas semejanzas con las que Javier me ha procurado.
A Javier lo conocí (o debiera decir que él me conoció) cuando entré al Colegio Mariano N. Ruiz para estudiar la secundaria. Javier tenía, digamos, derecho de posesión, porque él estudió su educación primaria en dicho colegio. Yo, como sabés, estudié mi primaria en la gloriosa Fray Matías de Córdova. Cuando llegué al colegio llegué a un espacio donde Javier ya había vivido más de seis años. ¿Mirás? ¡Seis años! Una gran parte de vida. Entiendo que Javier, entonces, había hecho varios amigos en ese tiempo. ¿Cómo, entonces, yo, que llegué de fuera, que no tenía mayor conocimiento de quién era él, me convertí (no sé cómo) en uno de sus mejores amigos? Este es el misterio que me acompañará toda mi vida, porque sé que jamás podré solucionarlo. El caso de Javier es un ejemplo, porque, de igual manera, no sé cómo Quique, Jorge, Miguel y Pedro se hicieron mis amigos.
No te enojés, pero con vos me pasa lo mismo, no podría decir cómo vos y yo nos hicimos amigos. Ethel Beautelspacher, narradora chiapaneca, dice que las amistades se forman en la coincidencia de espacios. A mí me llamó la atención una historia de 1968, cuando se efectuaron los Juegos Olímpicos en México. Un deportista de no sé qué país conoció a una edecán mexicana, se hicieron novios y se casaron. Creo que ambos no olvidan el instante, porque estuvieron colocados en un momento histórico único. Esta historia confirma la teoría de doña Ethel, pero ¿qué sucede ahora que vivimos inmersos en una realidad virtual? Hay historias (he visto películas y leído libros que aluden al tema) donde un compa que vive en Japón conoce a una chica mexicana a través de las redes sociales, se hacen amigos y luego él o ella viajan al país del otro y se casan. La coincidencia de espacios se ha expandido, ya no es preciso que Alejandro entre al Colegio Mariano para conocer a quien será uno de sus grandes amigos, sino que ahora basta una pantalla para “entrar” al mundo completo.
Los cronistas comitecos dan cuenta del instante en que la historia de Comitán se modificó, dicho acto ocurrió cuando se construyó la carretera internacional, en 1950. Algunos de los ingenieros y camineros que llegaron a Comitán se casaron con mujeres de acá, por la famosa coincidencia de espacios. Es decir, para que una amistad surja debe de existir esa coincidencia de espacios y de tiempos. ¡No, no! No es cierto, los lectores sabemos que es posible tener amigos ya muertos. Los escritores no tienen fecha de caducidad. Yo tengo pocos, muy pocos amigos reales, pero tengo muchos virtuales. Cientos de escritores son mis mejores amigos. Ahora leo a Dazai Osamu, escritor japonés que se suicidó en 1948. Lo tengo acá a mi lado. Mientras escribo esta carta veo la foto de portada de su libro “Recuerdos”, está sentado sobre un banco de madera frente a una barra de alguna cantina japonesa. Tiene los pies subidos a otro banco, de tal suerte que pareciera un niño malcriado que nunca estuvo con los pies en la tierra mientras vivió. En la introducción hay una declaración de Dazai que dice: “Pronto comprendí que el alcohol, el tabaco y las prostitutas eran un método excelente para librarme del miedo a los seres humanos”. ¿Mirás? Hay seres humanos que encuentran a sus mejores amigos en personas, objetos o espacios insólitos. Cuando la amistad es con otra persona no hay tanta sorpresa, el asombro comienza cuando alguien tiene a objetos o espacios como amigos entrañables. ¿Qué pensar de alguien que diga que su mejor amigo es un libro? ¿Qué de alguien que diga que su mejor amiga es una biblioteca? ¿Qué pensás de mí cuando digo que me alegro por los dos años de vida de mi amiga, la librería Lalilu?
En estos tiempos, de nuevo por la maravilla del Internet, es posible que entremos al portal de la librería Gandhi y pidamos libros que nos llegan por mensajería (dos o tres días después) o que, ¡maravilla de maravillas!, compremos un libro electrónico y cinco minutos después tengamos en nuestro dispositivo el libro en cuestión. ¡Nunca imaginé, en los años sesenta, años en que conocí a Javier, que viviría tiempos en que en un chunche electrónico, del tamaño de una libreta, podría tener más de cinco mil libros! ¡Más de cinco mil! Ahora podemos hacer eso, pero en cuestiones de amistad siempre será precisa la cercanía. Nunca seré tan amigo de la librería Gandhi como lo soy de la librería Lalilu. La amistad necesita de la presencia del otro. Julio Cortázar, uno de mis mejores compas, siempre está a mi lado.

Posdata: Javier dice que a veces escribo Arenillas muy largas y que él se aburre y no las lee. Yo digo que dice eso porque en su juventud fue un gran lector, pero de historias de vaqueros. Él siempre compraba en la Proveedora Cultural (la maravillosa librería de nuestra juventud) libros vaqueros, que eran escritos por un tal Marcial Lafuente Estefania. Nunca le he preguntado por qué le gustaban tanto esas historias de vaqueros del viejo oeste.
Nunca entenderé cómo Einstein dio con la fórmula, ni sabré cómo las amistades aparecen de pronto. Lo único que sí sé es que el tiempo es relativo, cuando uno está con amigos la vida sonríe apacible, cuando estoy con vos todo fluye como verso de Walt Whitman. De igual manera, cuando voy al jardín de mi amiga Lalilu o camino viendo los cientos de libros que están en sus libreros siento como si el mundo de afuera, casi siempre agresivo y apresurado, perdiera esencia y me siento bien. A final de cuentas uno hace amigos para sentirse bien. ¿Hacer amigos? ¿Cómo se hacen? ¿En qué momento hice amigos? ¡No lo sé!

jueves, 19 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ MI FOTO DE CARITAS



Querida Mariana: Hubo un tiempo en que los papás llevaban a sus hijos bebés a los estudios fotográficos, los llevaban para que el fotógrafo profesional tomara una serie de fotografías que luego, como en un collage, daba como resultado una impresión de formato mediano que se colgaba en la pared principal de la sala de la casa.
Digo que hubo un tiempo, porque ahora los papás (con los celulares) toman mil fotos de sus hijos, sin necesidad de recurrir a los profesionales.
Aquellas fotografías eran llamadas Fotografías de caritas.
Muchas de esas fotografías aún pueden verse en las paredes de las salas. En dos o tres caritas, el bebé está sonriente, en otras aparece serio y, en una más, está llorando. Todas estas expresiones se lograban en una sesión. Colocaban al niño en un respaldo, el papá lo detenía y la mamá, detrás del fotógrafo, le hacía “caritas” para que él sonriera, para que él se pusiera serio; le daba una paleta para que estuviera feliz y, sin avisarle, se la quitaba para que el niño llorara. El fotógrafo le colocaba un par de lentes para que apareciera como intelectual o, tal vez, como una premonición de que más grande tendría presbicia. Jamás entenderé por qué los papás permitían que sus hijos fueran obligados a llorar frente a la cámara para luego colgar el retrato como prueba de esa torpeza o tortura. Siempre me provoca un sentimiento agrio pensar en la paridad de términos: cámara fotográfica y cámara de gases, como sinónimos de tortura.
Yo, igual que miles de niños, también tuve mi fotografía de caritas. Es una fotografía que está arrumbada, porque en mi casa no hubo la costumbre de colgar las fotografías familiares en las paredes de la sala. Tal vez porque la familia era escasa, fue como en la Sagrada Familia: Padre, madre e hijo. Tal vez en casa creímos que bastaba una foto familiar colgada en el oratorio, porque la imagen que presidía el recinto era precisamente la de María, José y Jesús.
Ahora, sólo para vos, te mando copia de un collage que hice con fotografías que me fueron requeridas para documentos oficiales. Este ejercicio me permitió observar dos cosas a simple vista: una, que perdí mi sonrisa precisamente por obligaciones burocráticas; y dos, que la vida es un paseo donde hay sol y lluvia, luz y oscuridad, terrenos tersos y caminos empedrados.
Aunque no lo creás, la primera fotografía corresponde a mi certificado de primaria. Ahí sonrío (tal vez porque creí que ya regresaría a casa, no sabía que días después entraría a otra escuela y que los molestosos, como alergia, me seguirían). Parece que las normas de las fotografías para documentos oficiales no eran tan estrictas, porque ahora las fotos deben ser con la vista de frente y con la frente descubierta. No lo expresa, pero tal postura militar, obliga a no sonreír, a permanecer ante la cámara como si uno estuviera en un presidio. Estar ante un fotógrafo profesional es estar ante un pelotón de fusilamiento.
Hay instantes en que no me reconozco. En todas las fotos ¡soy yo! Soy lo que fui. Este ejercicio de foto de caritas me pone ante la realidad del tiempo. Puedo recordar, con alegría, con temor, con desidia, con pánico, la altura que había alcanzado en cada momento. Digo altura porque la vida es un constante subir hacia algo que pensamos que es la cima de una montaña. La subida no es sencilla, en el trayecto, los seres humanos nos topamos con elementos naturales que parecieran puestos a propósito para evitarnos la subida. Hay gente amable que nos ofrece un vaso de agua porque mira que vamos escalando como si fuésemos cuches tratando de subir por un tobogán; pero, también, hay cabrones que nos toman de la mano y nos llevan a los abismos y nos avientan. Por fortuna, la naturaleza es sabia y provee ramas donde podemos detener la caída o, si caemos, hace camas de juncia para que el golpe no sea tan duro.
Ahora, cuando alguien, de manera afectuosa, toma su cámara y me dice que yo sonría ¡no lo hago! No lo hago porque imagino que él es un fotógrafo profesional que espera el momento en que yo comience a llorar y ahora, no puedo evitar pensarlo, sentirlo, no está mi papá para que me detenga por detrás.

Posdata: Sólo es una foto, me dice el fotógrafo, e insiste en que yo me relaje, porque se nota que estoy tenso y pongo una cara de piedra ante la cámara, pero yo sé que ahí está concentrada la vida y quisiera que ese instante revelara un soplo armonioso, que fijara el momento en que han aparecido manos sencillas para ofrecerme un vaso de agua limpia, pero no puedo hacerlo porque, insisto, veo al fotógrafo como un cruel ejecutor.

martes, 17 de enero de 2017

¿GIRL SCOUT?




Si el lector ve con atención mirará que Rosario Castellanos no puede volver la cabeza. No puede ver qué sucede en su lado izquierdo, ni en el derecho, ni, mucho menos, volver la cabeza para ver qué pasa en la parte posterior. Tiene como tortícolis, como si hubiera dormido mal. Tiene el cuello tieso, tieso, como si fuese un pedazo de carne salada. Por eso, siempre mira hacia el frente, hacia donde está el Teatro de la Ciudad. Rosario no puede girar la cabeza y ver qué provocaba tanto alboroto, tanto ruido a su lado. Algo intuyó cuando escuchó que los pájaros que, por lo regular, arman borlote sano en las frondas de los árboles y en su cabeza, volaron como si un avión de guerra volara muy cerca de sus cielos. Rosario no alcanzó a ver que varios hombres y mujeres levantaron la carpa que acá se ve.
¿Será que esa incapacidad física no le permitió a Rosario advertir el instante en que su rostro era taladrado por el aire? ¿Será por eso que no se dio cuenta a qué hora el aire, poco a poco, se fue llevando partes de su rostro? ¿Para qué el aire se llevó el bronce? ¿A poco el aire hace nidos para sus polluelos con trozos de bronce? Bueno, tal vez el bronce del rostro de Rosario Castellanos tiene la levedad de la poesía, la ligereza de la luz, y esto permite que sus trozos sean como nubes para nido de las crías del aire.
¡Qué bueno que Rosario esté en la inmovilidad total! Qué bueno, porque así no se dio cuenta del instante en que colocaron esa tienda a su lado. Porque su casa debería solo estar llena de flores, de pájaros, de buenas intenciones, de sonrisas con aroma de juncia. ¿A quién se le ocurrió colocar este adefesio en el entorno de la comiteca más universal? Este tipo de tiendas son más propias de lugares donde el hacinamiento es la regla. Estas tiendas de campaña son para lugares donde las mariposas no hacen su santuario; estos adefesios son para lugares donde construyen túneles o los conscriptos son enviados para aprender la técnica de pecho a tierra. Estas carpas son más propias para festejos a mitad de la calle. Uno, con un poco de imaginación, puede imaginar que adentro hay mesas, hieleras, desechos de comida, catres donde algunos hombres, con camiseta a mitad de los prominentes vientres, duermen con la baba escurriendo, porque ellos atienden una cenaduría que abre sus puertas (¿cuáles?) en la tarde de festejo patrio, ya que esta carpa se colocó un día de celebración tricolor, porque por ahí, en el cielo, se escurren unas banderas mexicanas de plástico, de esas que hacen en China.
Cuentan que el pueblo donde creció Rosario Castellanos y donde bebió todo el numen de su producción literaria está considerado como un pueblo mágico; es decir, un pueblo que respeta sus tradiciones y se distingue de los demás pueblos que son pueblos planos sin gracia. ¿Qué pensaría Rosario al enterarse de esto y ver que su casa, el lugar donde está su ermita, huele a fritangas, a chorizo lleno de grasa, a humo?
Parece que en el pueblo de Rosario todo es confuso. Hay personas que la confunden. Algunos concesionarios del transporte se unieron y crearon un Sitio de Taxis Rosario Castellanos; un grupo de empresarios de la construcción le impuso el nombre de Rosario Castellanos a un fraccionamiento de casas de interés social; deportistas aficionados a la pesca celebran cada año un Torneo que lleva el nombre de la escritora.
Ahora, según se ve en esta fotografía, la confundieron de nuevo. Creyeron, tal vez, que Rosario Castellanos fue integrante de las Girl Scouts y levantaron una casa de campaña en el patio de su casa.
Esto es como si un grupo de personas levantaran una tienda de campaña al lado de la gruta de la virgen de Lourdes.
¿Por qué hay personas que insisten en colocar basura al lado de arroyos de agua limpia?

lunes, 16 de enero de 2017

CUANDO EL CARIÑO SE PASA DE TUESTE




Mi padre se llama Augusto. En Comitán, algunos le decían Agusto, unos más le decían Tito. ¿De dónde el Tito? ¿De Augustito? Si a todo mundo se aplicara esta idea, entonces a Armandito, bien podrían decirle Dito. ¿Cómo, de manera afectuosa, le dicen a Emerenciano? ¿Emerencianito? ¿Y si lo llevan al colmo del afecto le dicen Anito?
Puede ser que así sea, porque a Roberto, también le dicen Tito, por lo de Robertito.
Algunas tías, ya en exceso de cariño, le decían Guto a mi papá; y había una tía, en especial, que derramaba miel y le decía Agutito, en una maravillosa combinación de Augusto y Tito.
Hay personas que aceptan lo empalagoso del cariño. Algunos no. Mi papá siempre recibió con manos abiertas todo el cariño de sus cariños.
Mi amiga Esperanza se enerva cuando su madrina Catalina le dice Lancha y la mamá de la madrina, ya en grado extremo de empalago, le dice Lanchita. ¿Cómo -grita Esperancita- se le ocurre compararme con una lancha?
Juan, que también es conocido como Juanito, dice que a él sí le molesta ese trato en diminutivo. Dice que los Franciscos deberían firmar una petición para que el Congreso decrete la prohibición de llamarles Pacos. ¿Cómo Pacos?, pregunta. En Comitán es tradicional hacer unas “dobladas” con frijol o chorizo con huevo para los “días de campo”, que se llaman paques o paquitos. Los paquitos son tortillas dobladas. Juan dice que le molesta escuchar que a don Francisco le digan don Paquito, como si fuera una doblada de chorizo con huevo. ¡Que el Congreso decrete que, cuando menos en Comitán, el nombre de paquito se aplique, única y exclusivamente, a esas delicias gastronómicas y no a las personas que son tocayas del de Asís!
¿Y a las Patricias?, insiste Juan. Pocas personas las mencionan con su nombre completo, porque ante el diminutivo Paty, el Patricia suena agresivo. Pero el colmo está cuando alguien llama Patita a la Paty. ¿Patita? ¿Como si fuese hembra del pato, del patito? Además, agrega Juan, pata también designa a la extremidad inferior de los animales. ¿Qué de cariñoso puede tener que alguien le diga extremidad inferior de animal a una mujer?
Mi tía Josefa se infartaba cada vez que su mamá la regañaba y le decía ¡Pepa! En Comitán, sin duda en muchos otros pueblos de América, la semilla de algunos frutos se llama pepa y, algunas mentes perversas y juguetonas, llaman pepa a la vagina de la mujer. ¡Ah, mi tía Josefa, hacía corajes de antología! Pero eso no quedaba ahí, porque tenía una amiga, muy afectuosa, que también era como un chimbo de dulce y empalagoso, y le decía: Pepita.
¿Cuántas Pitas existen? Miles, miles. Las Pitas vienen de las Lupitas y de las Pepitas.
¿Y Pitos? Menos mal que estos no están tan difundidos. En Comitán a los Caralampios les llaman Lampos o Lampitos. Si se aplicara la misma lógica, terminarían, en el extremo del cariño, siendo llamados Pitos.
Algunos comentan que los excesos son malos. El dicho popular menciona que ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. En cuestión de cariños pareciera que debería aplicarse esa norma. A veces el exceso de cariño puede resultar empalagoso, casi ofensivo.

sábado, 14 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE SUEÑA UN SUEÑO





Querida Mariana: Yolanda me dijo que en un libro de autor japonés halló una receta para el insomnio: “Colocar una hoja del árbol del sueño debajo de la almohada”. Yo, como vos, sin duda, pensé de inmediato en el poema de nuestro paisano Jaime Sabines que en unos versos dice: “Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver”.
¿Cómo se llama esa coincidencia universal? Existe algo como una memoria colectiva que tiende puentes entre la cultura japonesa y la chiapaneca. Claro, hay una diferencia sutil, abismal. El autor japonés habla de un elemento cultural real: hay un árbol que se conoce como el árbol del sueño cuyas hojas, colocadas debajo de la almohada, ayudan a ahuyentar al insomnio tan jodón. En el caso del poema de Sabines, un elemento irreal (la hoja tierna de la luna) sirve para mirar lo que uno quiere. En ambos casos, eso sí, se trata de invocar al sueño, en el caso japonés el sueño real y en el caso chiapaneco ¡el sueño que ayuda a soñar!
En Japón hay un árbol que le llaman el árbol del sueño; en México, los artesanos realizan unas obras bellísimas que se llaman Árboles de la vida.
Siempre que escucho mencionar al árbol de la vida recuerdo un cuentito de Adrián Armenta, autor bajacaliforniano. El cuentito de Adrián (creo que el cuento se llama, precisamente, Árbol de la vida) narra, en síntesis, la historia de una mujer que, después de dos años de casada, no logra embarazarse, por más que hace la tarea todos los días, con gran emoción. En el vestíbulo de su casa (que en realidad es casa de su mamá, doña María) hay un crucifijo antiguo de madera que, en un conato de incendio que no pasa a mayores, se quema. La mamá se apesadumbra más de la cuenta, en cuanto ve que el crucifijo no tiene remedio, porque quedó como un fragmento de carbón, le pide a su hijo Armando (quien espera el resultado de las becas para hacer un posgrado en Londres) que le compre un nuevo “árbol de vida”. Armando no sabe que, para su mamá, Cristo es como el árbol de la vida, así que interpreta de manera literal la petición y, a través de Internet, compra un árbol de la vida en una tienda de artesanías de la Ciudad de México. Cuando el servicio de mensajería le avisa que ya llegó esa maravillosa artesanía que hacen los artesanos del centro del país, Armando va a la oficina, firma el registro de entregas y al regresar a su casa coloca el árbol de la vida sobre una mesa de cedro, en el vestíbulo, en el mismo lugar donde estaba el crucifijo. Doña María casi se infarta cuando Armando le quitó la venda de los ojos que le había puesto para revelarle la sorpresa. “¿Dónde está el Señor?”, preguntó ella y después de varios minutos se desenredó el malentendido.
A mí siempre me sorprende la fastuosidad barroca de los árboles de la vida. Tienen mil representaciones hechas en barro y pintadas a mano, con un colorido indescriptible. Los árboles de la vida tienen muchos elementos de la fauna mexicana (venados, conejos, tapires, cerditos y cuches pasmados), tienen figuras que representan elementos de la flora (claveles, hojas, muchas hojas, margaritas, y árboles en miniatura); asimismo tienen figuras de juguetes populares (ruedas de fortuna, máscaras como las que usan los chiapacorceños en la fiesta grande, trompos, canicas, dados, pirinolas y mil objetos más); y, por último, tienen figuras humanas que representan a hombres, mujeres y niños. Una vez, en Puebla, vi un árbol de la vida que tenía elefantes, jirafas, ballenas, sirenas y muertes. Me llamó la atención que un árbol de la vida contuviera la muerte, pero un segundo después supe que era lo más certero: La muerte es parte esencial de la vida. No sé, pero no creo que en Japón exista una representación tan bella como esos árboles de la vida que hacen los ceramistas prodigiosos del estado de México.
En el cuento de Adrián, Armando corrige el error y compra (de nuevo por Internet) un crucifijo lo más parecido al que se consumió en el breve y tonto incendio. Pero para que el vestíbulo de la casa no esté vacío, doña María permite que el árbol de la vida quede ahí. Apenas han decidido esto cuando suena el teléfono fijo. Armando fue a levantar el aparato, su rostro se iluminó, apareció algo como una mariposa llena de colores. Colgó y le dijo a doña María que le habían concedido la beca. Por la costumbre, doña María se persignó ante el árbol de la vida, creyendo que aún estaba el Cristo. Se sonrojó cuando se dio cuenta del error. De ahí en adelante, como una coincidencia extraña, las buenas noticias comenzaron a aparecer, como si (así lo pensó Miriam) la llegada del árbol de la vida hubiese sido un amuleto de buena suerte. Cuando el crucifijo llegó, después que Miriam retiró el árbol de la vida, doña María fue la encargada de colocarlo en el clavo que seguía en la pared y que había desaparecido temporalmente detrás del árbol. Doña María estaba contenta. Iba a persignarse cuando el teléfono sonó, le dijo a Miriam que respondiera. Miriam levantó el aparato y conforme los segundos transcurrieron su rostro comenzó a congestionarse, como si fuese una autopista con un gran embotellamiento. Colgó. Doña María se acercó y preguntó cuál era la novedad. Miriam estaba conmocionada. Dijo que había llamado alguien del Instituto y que, por los recortes que se daban en el país, habían cancelado becas del programa de posgrado. ¿Cómo se lo diremos a Armandito?, preguntó doña María, pero Miriam no escuchó la pregunta, pensaba que lo sucedido con las llamadas había coincidido con el cambio de las figuras del vestíbulo. Tomó a su mamá de los hombros, con ambas manos, la vio fijamente y le pidió algo inusual. ¿Podían colocar de nuevo el árbol de la vida sobre la mesa? Doña María no entendió, seguía pensando cómo recibiría Armando la noticia tan demoledora. Al ver el titubeo de su mamá, Miriam tomó el árbol de la vida, inspiró profundamente y, como si fuese una reliquia antigua, colocó el árbol de la vida sobre la mesa. En ese instante, ambas mujeres oyeron el sonido de la llave en la cerradura de la puerta de calle: era Armando, quien entró, dejó el suéter en el perchero, abrazó a su madre, saludó de beso a su hermana y, con el brazo en alto, les mostró un papel: era su confirmación para la beca, explicó que su alegría radicaba en que hubo un recorte de becarios, pero él, gracias a la calidad de su propuesta, no había sufrido modificación alguna. Miriam vio a su mamá, quien se limpió las lágrimas que no habían aparecido por la emoción de la última noticia, sino por el fango de la previa. Miriam pidió la hoja, la leyó y, al terminar, le dijo a Armando que confirmara el dato, porque… y le explicó lo sucedido. ¡Nada! Nada había pasado, Armando llamó al Instituto y ahí le confirmaron que su beca no había sufrido modificación con el recorte, la encargada del departamento insistió en que era un afortunado.
En la noche prepararon una cena especial para festejar la beca de Armando y la noticia del embarazo de Miriam. “¿Cómo se dio el milagro?”, le preguntaron a Luis, el esposo de Miriam, y él, viendo a su esposa, dijo que ella era la del prodigio. Entonces todos volvieron la mirada hacia donde Miriam, con un mandil impecable, cortaba los trozos del pastel a servir, y repitieron la pregunta, Miriam dejó el cuchillo sobre la mesa, se limpió las manos sobre el mandil y dijo: “No sé si me lo crean, pero yo le pedí a Dios con mucha fe y lo hice frente al árbol de la vida”. Todos aplaudieron.
A la hora que todos los invitados se habían retirado, doña María y Miriam limpiaron la mesa, dejaron los platos en dos torres, al lado de los vasos sucios y de la botella de vino que sólo quedó con un rescoldo. La señora le dijo a su hija que se sentaran, se sobó los muslos y dijo: “Estuvimos muy contentos, pero me cansé”. Miriam asintió, iba a servirse el resto de vino en un vaso, pero luego se arrepintió. “Lo que dijiste en la mesa fue una broma, ¿verdad?”, dijo doña María. Miriam puso cara de inocente. “No te hagás, lo que dijiste del árbol”, insistió la mamá. Miriam dijo que no y sonriendo dijo que ella se refería también al Cristo, ¿qué no árbol de la vida, llamaba ella al Cristo? Doña María dejó de sobarse las piernas, subió sus brazos a la mesa y comenzó a barrer con su mano derecha las migajas de pan. Quedaron en silencio. Miriam interrumpió esa burbuja y, como si la cortara con una hoja de papel, dijo que tenía un mes de embarazo. “¿Cuándo hiciste la petición?”, preguntó su mamá. Miriam sonrió, dijo que antes que el cristo se quemara. Entonces doña María modificó su rostro, como si una mariposa de piedra apareciera ante sus ojos, contrajo sus labios y entrecerró los ojos. Miriam se paró, la abrazó y dijo que recordara el incendio que acabó con las imágenes de la iglesia de El Carmen, en San Cristóbal. La señora colocó sus manos en el regazo y sonrió.
Y ahí acaba el cuento. Bueno, la última línea dice que Miriam pensó que había mentido. En realidad había hecho su petición a la divinidad el día que Armando puso el árbol de la vida sobre la mesa de cedro.

Posdata: Cuando Yolanda me dijo lo del árbol del sueño me preguntó si yo conocía algún árbol que fuera el árbol del deseo. No, le dije. Tal vez existe. Tal vez los árboles del deseo son los libros de poesía. Tal vez las hojas con poemas deben colocarse debajo de las almohadas para soñar con la brisa que aparece cuando una pareja se acaricia y toca el árbol de la vida, el árbol que invita a soñar más allá o más acá del sueño real.

viernes, 13 de enero de 2017

DEFINICIÓN DE OFICIO





¿Todo mundo tiene oficio? La tía Alondra siempre dijo que su marido “No tenía oficio ni beneficio”. Él, todas las mañanas, leía el periódico y, en la tarde, iba al billar a jugar carambola.
Cuando a Pancho Pitirijas le preguntaron cuál era su oficio, él, con voz de barítono cansado, dijo: “Verijero”, cuando el juez preguntó en qué consistía tal actividad, el viejo sonrió y dijo que era “La hermosa actividad de rascarse la verija todo el día”, y soltó una carcajada que provocó el llanto de todos los niños que habían llevado a apuntar al registro; es decir, para Pancho, rascarse la zona cercana a los testículos era un oficio tan relevante como el de astronauta, por decir lo menos.
De acuerdo con el diccionario de la RAE, oficio es: “Ocupación habitual”. El diccionario dice que beneficio es: “provecho”.
Si la tía Alondra supiera lo anterior caería en la cuenta que su marido tenía un oficio (bueno, varios, cuando menos dos) y por ejercerlos obtenía beneficios.
De ahí concluimos pues que todo mundo tiene un oficio y recibe un beneficio por practicarlo. Pancho Pitirijas, el famoso verijero, dedicaba la mayor parte del tiempo a estar en la hamaca rascándose la parte cercana a los huevos (no dudo que, en momentos sublimes, casi gloriosos, la mano de Pancho se deslizaba a los testículos y se los acariciaba con mano experta).
Claro, uno entiende que hay de oficios a oficios. Esto desde la perspectiva de la sociedad capitalista. Para las élites está más bien visto el oficio de un alto jerarca de la iglesia católica (digamos el arzobispo) que el oficio de un modesto herrero. No importa que el alto prelado sea un prepotente discriminador que se tiende como alfombra a la hora que lleva la comunión a la mamá de un gobernador y desprecia al indígena que solicita la bendición de una imagen religiosa. La sociedad considera que el oficio del arzobispo genera más beneficios que el del herrero. Pero, ¿qué sucede cuando la lectura se hace a partir del interés personal?
Pancho Pitirijas nunca hubiera cambiado su oficio por otro. El esposo de la tía Alondra tampoco habría aceptado un canje, así hubiese sido el de presidente de la república. El tío Doberdaín (así se llamaba) era feliz, como pocos en el mundo. Uno entiende que la tía se refería a que los oficios de su esposo no reportaban beneficios económicos a la casa y ella era la que tenía que trabajar (haciendo pasteles y gelatinas) para soportar los gastos de la casa. El tío no aportaba un solo centavo. A veces, mientras la tía preparaba la masa, compartía sus dudas conmigo: ¿Cómo le hacía el tío a la hora que, sin duda, los amigos se prorrateaban para pagar el juego de billar o la ronda de cervezas con botana? ¿De dónde el tío agarraba dinero para ir todos los domingos a la matiné del Cine Comitán? ¿De dónde el gasto que, cada domingo, daba a sus dos hijos? ¿De dónde? La única posible respuesta es que la mamá, que era maestra pensionada, le daba dinero a su huevón consentido, porque, eso sí, el tío era el hijo favorito de la mamá y ésta justificaba su desidia hacia el trabajo diciendo que su Doberdaín había nacido con los pies planos. ¿Y?, preguntaba la esposa.
Los sabios dicen que la felicidad está en relación directa con el beneficio que se obtiene al ejercer un oficio y que tal beneficio está imbricado con la satisfacción espiritual y no con los beneficios materiales recibidos.
Cuando llegaba a casa de tía Alondra, veía al tío Doberdaín sentado en un sillón, con las piernas estiradas, leyendo el periódico. Siempre lo miré sosegado. La noticia más impactante, la más terrible, sólo le provocaba una sonrisa. Su dicho era: “Todo pasa por algo y esto también pasará”. A las tres de la tarde se peinaba, se cubría con su chamarra de Chiconcuac, se ponía el sombrero y caminaba con rumbo al billar donde ya lo esperaba la palomilla de amigos. Ahí tomaban cervezas y jugaban carambola. La vez que entré al billar corriendo para darle la mala noticia de que la tía se había caído en las gradas y se había golpeado en la cabeza, él, con calma, dijo a sus amigos que se verían mañana, tomó su sombrero y su chamarra, me tomó del brazo y dijo: “Todo pasa por algo y esto también pasará”.
El tío, al menos durante los últimos treinta años de su vida (murió a los sesenta y dos), no tuvo más oficios que el de leer periódicos y jugar carambola por las tardes. Bueno, también fue a la matiné del Cine Comitán hasta que cerraron el cine.
Todo mundo ejerce oficios en la vida.

jueves, 12 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE BRINCA EL SEUDÓNIMO




Querida Mariana: A Pancho Pitirijas le encanta hacer comparaciones. La más reciente es: “Así como se dice que si no vas a La Villa y a Xochimilco no fuiste a la Ciudad de México, así se dice que si no comés pan compuesto y no tenés apodo ¡no sos de Comitán!”. La comparación es inexacta, pero el Pitirijas lo dice con gran emoción, como si hubiese inventado una frase al estilo Octavio Paz.
Todo mundo está de acuerdo con lo que Pancho dice, sobre todo en lo segundo. Comitán tiene una gran fama por ser un pueblo poneapodos. Ya en dos o tres ocasiones conté que Enoch Cancino Casahonda, poeta autor del conocidísimo Canto a Chiapas, dijo que en Chiapa de Corzo el apodo era ofensivo y en Comitán era ingenioso. Bueno, algunos piensan lo mismo que Enoch, pero otros dicen que en nuestro pueblo hay apodos que se pasan de ingeniosos y caen en lo ofensivo.
No sé si vos ya te diste cuenta de una característica del apodo comiteco: Tiene relación directa con los estratos sociales, mientras más encumbrando en la escala social el aludido menos tolera el apodo. No es una regla, pero pongo dos ejemplos que dan constancia de esta singularidad.
Se cuenta (Laco Zepeda lo contaba botándose de la risa) que a Comitán llegó un abogado que se encargaría de una oficina pública y conociendo la fama de los comitecos buscó al encargado de poner los apodos más certeros, se apersonó en su casa y le pidió que, por favor, dada la “relevancia de su cargo” no le fuera a poner apodo. El poneapodos le dijo: “Ah, llegaste tarde bolocoy”. ¡Ya le había trabado el apodo de Bolocoy! El abogado pensó que por la trascendencia del puesto burocrático no era conveniente que le trabaran un apodo. Los que ostentan una profesión creen que se denigra su actividad con la imposición de un apodo. ¿Qué puede pensar el otro cuando le recomiendan que vaya a ver al doctor cazueleja, al licenciado coymut, al contador enchilada, al ingeniero caite?
En cuanto a lo segundo te pongo un ejemplo de pueblo: En un programa de radio que conduzco me pidieron, los dos invitados, que no dijera su nombre de pila, porque “nadie los iba a conocer”, casi suplicaron que los mencionara por sus apodos. A mí no me gusta mencionar los apodos, pero en esa ocasión debí aceptar su petición, dije a la audiencia que estaban con nosotros ¡el ventarrón! y ¡el avión! Los dos sonrieron, sabían que la audiencia comiteca los identificaría de inmediato. Lo mismo me sucedió con un destacado bailarín comiteco: “No vos, no escribás mi nombre, poné Pistache, si no nadie me conocerá”. Va, pues. A petición del paciente: ¡no damos pastillas, recetamos inyección!
¿Cómo calificar este suceso? La única explicación que le encuentro es el estatus social. Los ricos creen pertenecer a una raza diferente y consideran una altísima falta de respeto que alguien se refiera a ellos a través del apodo; por el contrario, el pueblo que ejerce oficios más modestos no tiene ningún empacho en jugar con los motes, aceptarlos, prohijarlos y enaltecerlos, a tal grado que, en muchos de los casos, el apodo sustituye al nombre, como en el de los ejemplos que anoté arriba.
¿Te has dado cuenta que en los deportes más populares es donde brinca la mayor cantidad de apodos? En el fútbol soccer abundan (basta mencionar que uno de nuestros más famosos futbolistas mexicanos, calidad de exportación, se conoce más por su apodo que por su nombre. A mí me produce risa cuando escucho su apodo pronunciado por cronistas deportivos ingleses: “Chicharrito”). En la lucha libre y en el boxeo abundan los apodos: “¡Pelearán a diez rounds! En esta esquina: Rubén Olivares, “El Púas”… (Tenía, bueno, tiene, un cabello que parece alfombra de puerco espín).
Los sociólogos no concordarán con lo que digo, tampoco los exquisitos intelectuales que encuentran clasismo en una opinión similar, pero de algo estoy seguro: El apodo no nació en los interiores de los palacios; el apodo creció, como una mata fresca, en la villa, y es usado por los villanos (no en el sentido peyorativo, sino en el sentido original de habitante de una villa, de un pueblo).
En lo que sí estarán de acuerdo los sociólogos y los exquisitos intelectuales es en que el apodo es digno de un análisis más a profundidad. Nos ayudará a entender por qué somos como somos.
Posdata: Traicionaría el espíritu de esta carta si la suscribiera como Alejandro. La firmo como El Molcas, o con alguno de los mil doscientos treinta y dos apodos que me han puesto los alumnos y ex alumnos que han compartido aula conmigo.
Y vos, querida Mariana, ¿tenés apodo? ¿Lo heredaste de tu papá, de tu mamá? ¿Te molesta que te digan apodo? El Pancho Pitirijas se siente orgulloso de su apodo. A veces ya no recuerda cuál es su apellido.

miércoles, 11 de enero de 2017

LA CENA




Lupita se paró, molesta, hizo a un lado la silla y dijo: “Son unos estúpidos”. Lo dijo sin aspavientos, casi como si colocara un mazo de flores en el florero, pero molesta. Se dirigió a la puerta de salida. Romeo, desde su silla, gritó (él sí con aspavientos): “Estúpida tu madre” y se echó a reír. Juan sólo había levantado la vista a la hora que Lupita se paró, luego había continuado comiendo la torta con ambas manos, la salsa le escurría por la boca.
Ahora estoy seguro que era la primera vez que Lupita llegaba a nuestras cenas. Sí, nunca antes había llegado, por eso ella no sabía cómo eran los modos de la palomilla.
Por eso ahora sé que cuando Alfredo entró al comedor con la charola llena de tortas, Lupita abrió los ojos como si viera un elefante entrar a un oratorio. Alfredo era el sirviente de la casa de Romeo y aceptaba la broma sin reparos. Lo vestíamos con una minifalda. Juan y Ramiro eran quienes más lo molestaban, pero Alfredo no hacía caso. Era una broma juvenil. Siempre que entraba todos reíamos. Nunca nos cansábamos de festejar su vestuario de sirvienta de casa de millonarios. Alfredo servía la cena siempre con el uniforme que le poníamos: zapatos tenis, calcetas blancas, minifalda que casi llegaba al inicio de sus nalgas, camisa azul, corbata blanca y un moño rojo en la sien derecha. Como eran los años setenta, Alfredo usaba cabello largo. Esto le daba un aire de muchacha proveniente de alguna región tojolabal, porque el color de su piel era del mismo color de la tierra negra del Señor del Pozo. Todos nos pasmábamos de la risa cuando lo veíamos entrar al comedor con sus piernas todas peludas.
Sí, esa noche fue la primera vez que Lupita llegó. No sé quién la invitó. La única que no faltaba a nuestras cenas del viernes era Romina, que, en ese tiempo, era la novia de Romeo. Romina iba a todos lados con nosotros. Los demás del grupo no teníamos novia de planta, así que ella era la única mujer en la palomilla, entraba al billar, iba con nosotros a la cafetería, jugaba dominó y cuando teníamos partido en las canchas donde ahora está la ETI, ella se sentaba en el suelo y era la encargada de cuidar nuestras ropas.
A mí me sorprendió la primera vez que vi a Romeo orinar frente a Romina. Habíamos salido del Club de Leones, de alguna fiesta de quinceaños (porque ese año acudimos a muchas fiestas, ya que las compañeras de la escuela cumplían esa edad. Nosotros teníamos dieciséis, con excepción de Romeo que ya estaba a punto de cumplir los dieciocho). Digo que esa noche salimos del Club y en el poste donde estaba la lámpara, a la puerta de la cenaduría de Tío Jul, Romeo se paró, bajó el cierre de su pantalón, sacó su pene y orinó frente a nosotros. A mí me sorprendió porque llevaba abrazada a Romina con el brazo izquierdo. Todo el acto para orinar lo hizo con la mano derecha. Mientras orinó no dejó de abrazar a Romina. Mientras Romeo soltaba el chorro yo desvié mi mirada y vi a Romina. ¿Qué pensaba ella? ¿Cómo permitía que su novio la tratara así? ¿Cómo dejaba que sacara su miembro frente a ella? ¿Ya se había acostado con él? Digo que eran los años setenta y los modos eran otros. Las novias apenas dejaban que los novios las tomaran de la mano y, de vez en vez, y muy en lo oscurito se dejaban besar o que les tocaran los pechos. ¿Dejar que el novio bajara la mano y que les jugara la panocha? ¡Imposible! Bueno, eso era lo que yo creía, lo que yo pensaba. Seguro que Romina dejaba que Romeo la toqueteara por todas partes, seguro que ella también tocaba a Romeo por todas partes. Cuando Romeo terminó de orinar vio a Romina y le dijo: “Dale sus tres sacudiditas” y rio. Yo, que no había dejado de verla, miré que ella sonrió y luego me vio. Yo desvié la mirada, vi hacia el piso. Romeo se guardó el pene. Todo era como muy natural. Yo dejé de ver el piso y, casi colorado (qué bueno que era de noche) comprobé que Romina seguía viéndome.
Sí, había sido la primera vez que Lupita llegaba a la cena. Se había sentado a mi lado. A mitad de la cena se inclinó hacia mí y me preguntó dónde estaba el baño. Yo, apenas levantado el dedo índice, indiqué que estaba ahí, a la derecha (era un medio baño que estaba al lado de la sala). Lo vio y me dijo, en voz bajísima, que la acompañara. Pensé: Pero, ¿por qué, si está ahí nomás? Vi su carita como de cenzontle asustado. Supe que no se sentía cómoda, intuí que pensaba había sido un error haber aceptado la invitación. ¿Quién la había invitado? ¿Por qué no estaba a su lado? La acompañé al baño. Antes de entrar me dijo que me quedara ahí en la puerta, por favor, que viera que nadie entrara. ¿Quién iba a entrar? ¿Qué pensaba que éramos nosotros?
Cuando Alfredo entró con su minifalda todos reímos, menos Lupita. Juan, como siempre, le dio una palmada en las nalgas y todos reímos, bueno, menos ella. Romina estaba sentada al lado de Romeo, quien tomó la botella de coca cola y le dio un trago generoso. Al final se paró y, desde la cabecera de la mesa, se colocó las manos como bocina y eructó. Todos reímos. Vi a Lupita, la vi dejar sobre el plato la torta que apenas había mordido y se llevó la servilleta a los labios. Ya no volvió a probar la torta. Cuando Romeo, desde la cabecera, le preguntó si no le había gustado, ella dijo que estaba indispuesta. Sí, pensé, Lupita está indispuesta. Romeo se echó para atrás, rio, con una carcajada de guajolote y movió su cuerpo hacia la izquierda y se echó un pedo sonoro. Todos reímos. Fue cuando Lupita se paró, molesta, y dijo que éramos unos estúpidos y fue cuando Romeo dijo que la estúpida era su madre.
Yo esperé a que alguien de nosotros se parara para ir detrás de Lupita. ¿Quién la había invitado? Nadie se paró. Juan siguió comiendo. Romina dijo algo de que Lupita era una rara, presumida. Santiago se inclinó sobre la mesa y le aventó a Romeo unas servilletas, dijo: “Para que te limpies la trompa, estúpido” y todos reímos.
Yo me paré. Pensé que iría detrás de Lupita. Romeo hizo a un lado la silla, puso sus manos sobre la mesa y me preguntó: “¿Adónde vas?”. Al baño, dije. “¡Ah, bueno!”, dijo Romeo. Entré al baño. Nadie más había entrado después de Lupita. Ahí estaba su bolso, ahí estaba el aroma de su perfume, sutil, discreto. Tomé el bolso y lo guardé debajo de mi chamarra. Volví a la mesa.
Al otro día fui a casa de Lupita. Toqué. El perro ladró, se paró en la puerta y rascó. Oí la voz de Lupita: “Suki, tranquila”. Casi oí el instante en que se hincó y abrazó a su perrita french. Abrió. Hola, dijo. Pasá, insistió. Dije que no, así estaba bien. Le di su bolso. Gracias, dijo ella. Bueno, dije yo, nos vemos. No, esperá, dijo y, con la misma voz tranquila, pero molesta, dijo que yo debía cambiar de palomilla. Romeo, dijo, no tiene la culpa, él es un puerco. El culpable sos vos, ¿cómo permitís que él…, y la interrumpí: Bueno, dije, gracias, ya me voy. Sí, dijo ella. Yo caminé. No escuché que cerrara la puerta. Después de diez pasos volví la mirada. Ella seguía ahí, me veía. Tenía cargada a su perrita. Levanté la mano y ella sonrió. Sí, pensé, Romeo es un puerco. Di la vuelta en la esquina y miré a Juan que salía de su casa. Me vio. ¿Adónde vas?, preguntó. Dije que a la casa. Vonós al billar, dijo. No, le dije, me siento indispuesto. Él bromeó, me empujó, afectuosamente, dijo: “Ay, la señorita está indispuesta”. Reímos, pero él dio media vuelta con rumbo al billar. Todavía escuché que dijo: “Hey, pendejo, tu casa está para este lado”, pero yo seguí caminando de frente, de frente.

martes, 10 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN NOMBRES




Querida Mariana: Hace tiempo, la Coca Cola lanzó una exitosa campaña publicitaria. La campaña consistía en ofrecer latas y botellas con nombres propios. Por ahí todo mundo anduvo buscando la botella con su nombre. No faltó el que buscó una lata con el nombre de su novia y se la obsequió. Las ventas del refresco se incrementaron.
¿Por qué a la gente le llama la atención ver su nombre impreso en un objeto? Los sicólogos deben conocer los impulsos a los cuales respondemos, pero, sin duda, un elemento que justifica tal comportamiento es el sentido de pertenencia. A los seres humanos les gusta sentirse incluidos, incluso, saberse especiales. Yo debo confesar que la primera vez que vi mi nombre en una revista me sentí chento. Compré la revista y se la enseñé a mi mamá. Mi prima Rome dijo que recortáramos la página, que la colocáramos en un marco y éste lo colgáramos en una pared de la sala. En el momento que lo escuché casi vi el cuadro a mitad de la pared, pero un segundo después la cordura volvió a mi espíritu y deseché la idea de inmediato. Desde entonces dejé de ensoberbecerme ante mi nombre. Sonrío cuando veo que el periódico donde aparece una Arenilla sirve para limpiar los cristales de las ventanas; recuerdo que en una ocasión que fui al mercado y pedí cinco chorizos, la muchacha los colocó sobre una hoja donde aparecía mi foto. Ella vio la foto y luego me vio a mí, dijo: Ah, es usted, y terminó de envolver los chorizos. Sin duda mi cara quedó llena de grasa de cuch.
La campaña de la Coca Cola no fue algo inusual. Los expertos en mercadotecnia dicen que los publicistas de la empresa refresquera retomaron la idea de Starbucks, pues en esta empresa tienen la costumbre de personalizar los vasos de café. Pero, en México sabemos que, mucho antes que el Starbucks, los taxistas, traileros y choferes de transportes públicos pintaban en los parachoques o en lugares visibles del automóvil los nombres de sus hijos. Padres orgullosos pintan los nombres de sus hijos para que ellos sean visibles y permanentes. Si (tal vez) sus nombres nunca aparecerán en periódicos o revistas, que sus nombres ¡estén en los autos y se muestren por todos los caminos!
El conductor de este camioncito tiene dos hijos: Diego y Alex. Por ello, una tarde fue al taller de un rotulista y le pidió que pintara esos nombres en la parte superior del cristal delantero. Le pidió que pintara una franja blanca (que también sirve para evitar el deslumbre) y colocara, en medio de dos angelitos negros (porque no se vale que sólo existan ángeles blancos), los nombres de sus hijos; pero, luego, cuando colocó un pescante superior, fue con el mismo rotulista y le pidió que pintara el rostro de Cristo y debajo los nombres de sus hijos. ¿Los de siempre? Sí, pero ahora píntelos con su nombre completo, porque Alex ya creció, ¿sabe? Que diga Alejandro y Diego. Pero, al rotulista se le olvidó preguntar si Alejandro iba con jota de jalea o con ge de gato y pintó Alegandro.
Quincho Vázquez, poeta enormísimo, juguetón del lenguaje, me decía Acercandro para no decirme Alejandro. ¿Qué decir ante el rotulista que dice Alegandro en lugar de Alejandro?
Fue un error del rotulista, porque ¿no se llama Alegandro el hijo del conductor, verdad? Un nombre semejante tiende un puente de inmediato con la palabra alegar. Si Quincho me decía Acercandro para acercar lo que estaba alejado, ¿fue intencional el juego del rotulista?
Los políticos también tienen su corazoncito y les encanta ver sus nombres en los puentes que se construyeron durante su administración; en los mercados, en las unidades habitacionales, en calles, avenidas, en aeropuertos, en medallas, en premios, en reconocimientos. Hay un intento por transcender, por inscribir sus nombres para la posteridad, para la eternidad. Sólo porque el exceso también tiene límites, no ha habido algún presidente de la república que rebautice lagunas, ríos o mares que recalan en las playas mexicanas.
Posdata: Fue un error de brocha, ¿verdad?, querida Mariana. Cuesta trabajo pensar que alguien se llame Alegandro. ¿Hay alguien que se llame Acercandro?

lunes, 9 de enero de 2017

CONCURSO GLORIA TREVI




La Trevi, siempre aTrevida, dijo que la ortografía sólo sirve para joder. García Márquez, en un Congreso en Zacatecas, realizado hace muchos años, aceptó que tenía una ortografía pésima, pero justificó su ignorancia diciendo que sus textos los corregían los correctores de la editorial.
La Trevi dijo lo que dijo cuando muchos le recriminaron haber escrito vamos con b de burro; es decir, a la Trevi no le molesta que le digan que es una burra y la palabra esté escrita con v de vaca.
De vez en vez el debate acerca de la importancia de la ortografía aparece en diversos foros. La cantante no tiene argumentos sólidos para justificar su ignorancia; por eso únicamente tuvo la ocurrencia de decir que la ortografía sólo sirve para joder a los niños.
Cualquier persona con mínimo conocimiento de la biografía de la Trevi ignoraría su comentario pues proviene de una persona con escasa preparación académica; pero dicha opinión tiene el peso de un mujer que es ídolo de miles de jóvenes. Lo que expresan los personajes públicos tiene resonancia en muchas mentes juveniles. Los dioses contemporáneos son falsos, pero muchos fieles se hincan ante ellos y les rinden pleitesía.
Si un joven lee (o escucha) la opinión de la Trevi estará de acuerdo y la incorporará a su propio código moral, ético y profesional.
¿Es un lastre la ortografía? ¿Es sólo un elemento para joder?
Cuando el Premio Nobel de Literatura, en Zacatecas, dijo lo siguiente: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna” se puso al nivel de la Trevi. ¿Cómo un escritor de tanto prestigio como Gabo se atrevía a asegurar que la ortografía era algo terrorífico? Sólo hay una explicación: Él era un ignorante que nunca logró domeñar la materia prima esencial del escritor: la palabra. Esto es como si un carpintero ignorara cómo clavar un clavo para que no se vaya torcido. No está de más recordar que la etimología de la palabra ortografía nos indica que orto significa correcto; es decir, la ortografía ayuda a no escribir de manera torcida. El premio Nobel de Literatura era un escritor torcido. Sus textos tenían que ser corregidos por los correctores de la editorial. El día que recibió el máximo galardón debió ser humilde y reconocer que sin la ayuda de los correctores de estilo sus textos serían árboles chuecos.
Hay algo en lo que yo creo: en la memoria visual; es decir, en la capacidad del lector de apropiarse de una buena ortografía con la lectura de textos redactados de manera impecable. Gracias a esos correctores que enderezaron los textos del Gabo, los lectores hallamos escritos de manera correcta y esto permite que aprendamos a escribir con corrección. Cuando una palabra está escrita de manera incorrecta “brinca” de inmediato. Creo en la memoria visual, pero, como todo en la vida, hay excepciones. Gabo fue una excepción. A pesar de que fue un lector más o menos disciplinado no logró aprehender la esencia de la ortografía y era un burro en la aplicación de la norma. Por ello, igual que la Trevi, se aTrevió a expresar que la ortografía era un terror.
A mí me gustan algunos cuentos de Gabo, de igual manera pienso que “Cien años de Soledad”, novela que este año cumple cincuenta de haberse publicado, es una novela magistral. Pero, es sublime, porque ya pasó por las manos del corrector. Un día soñé (fue un sueño demencial) que era amigo de Gabo y éste ponía en mis manos el original de su novela; me sentí halagado, preparé una limonada y me senté en el corredor de la casa a leer ese libro inédito; diez páginas después tomé el manuscrito y se lo devolví diciéndole que corrigiera todos los errores ortográficos y después, si quería, me lo diera. Creo que este sueño lo tuve días después que leí lo que dijo en el Congreso de Zacatecas.
Si de por sí es complicado redactar un texto más o menos entendible, es penoso leer un texto plagado de errores ortográficos. Estos textos son como carreteras llenas de baches y de topes. Llega un instante que, no obstante la belleza del paisaje, el conductor termina enfadándose por tanto escollo.
Tolero que un escritor exprese ideas complejas o incluso absurdas, lo que sí no tolero es que un escritor no domine la ortografía, en términos aceptables. Nadie escribe un texto perfecto, sublime, pero sí es una responsabilidad redactar un texto más o menos limpio, decente, por respeto al lector.
La Trevi ha hecho mucho daño a la juventud. No es el mejor ejemplo de ética. Ahora, qué pena, para justificar su ignorancia se atreve a decir que la ortografía existe sólo para joder a los niños. Bueno, ya un día un escritor que obtuvo el máximo galardón de la literatura a nivel mundial se atrevió a decir que la ortografía era algo terrorífico. ¡Par de ignorantes!

sábado, 7 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, CON LIBRO ENVUELTO



Con un abrazo respetuoso a la familia De León,
por la ausencia física de don Raúl.


Querida Mariana: hay edificios llenos de historia. Uno de estos es la Casa de la Cultura. Dicen los cronistas que inicialmente fue parte del convento dominico (dicen que cuando aparecieron las leyes de Reforma, todos los monjes fueron expulsados del edificio); en tiempos más recientes (hablo del siglo pasado) muchos cuartos fueron usados como oficinas de gobierno; luego, esos cuartos burocráticos, tuvieron su época de esplendor al convertirse en aulas de la escuela secundaria y preparatoria. Cuando la secundaria y la prepa (gracias al movimiento estudiantil de los años setenta) tuvieron su propio edificio, Óscar Bonifaz casi se adueñó del edificio y fundó la primera casa de cultura del estado. Es decir, el edificio en tiempos recientes ha tenido una vocación eminentemente educativa y artística.
Siempre que entro a la Casa de la Cultura escucho una serie de sonidos que suenan como un tachilgüil insólito: teclas que aplastan las secretarias en las máquinas mecánicas, manos que acarician muslos por debajo de las faldas de las preparatorianas, cornetas, tambores, hojas de libros pasando como aves en vuelo, teclas de piano, de marimba, risas infantiles, carreras en los corredores, versos de poemas de Rosario y de Jaime, escalas que hacen los cantantes, silencios que hacen los actores antes de subir a escena, piezas oratorias, pies que brincan al bailar El Alcarabán, la voz del maestro Rey, siempre vestido de traje, que dice: Ejercicios lexicológicos, ejercicios lexicológicos, ejercicios lexicológicos, y la voz del malcriado que pregunta: ¿Lo escribimos tres veces, maestro?
Siempre que estoy adentro de un salón de ese recinto pienso en los monjes que ahí habitaron. Las imágenes de ellos caminando con parsimonia por los pasillos llegan con puntualidad; escucho sus pasos medidos y el sonido de las cuentas de los rosarios que chocan a la hora que caminan y se dirigen a la capilla donde se celebra el ofertorio.
Pienso, también, que en una época ahí estuvo la cárcel (donde ahora está el archivo histórico). Y recuerdo la historia que contaba tío Chilo que, en una ocasión, una alumna vio que su libreta se manchó de una gota de sangre, y luego otra y otra, elevó la vista y vio que una de las tablas del tapanco se movía y una mano ensangrentada aparecía. Un grupo de presos intentaba escapar por uno de los salones de la secundaria.
Pienso que en ese edificio, como en cualquier sitio del mundo, se desenvuelve la vida, de manera cotidiana, y se formula la historia. Ahora, en uno de esos salones hay una librería. Está instalada de manera muy digna. Como debe ser, en ese espacio, recién inaugurado, ahora se realizan presentaciones de libros. Como se sabe que a las presentaciones de libros no acuden las multitudes que sí acuden a conciertos de rock o encuentros de fútbol soccer, el espacio es muy adecuado para recibir las treinta o cincuenta personas que acuden a escuchar la palabra del poeta o del narrador (tal vez con la misma intensidad con que los monjes escuchaban en ese espacio la palabra o el silencio de Dios).
A fines del año pasado y principios de éste (apenas el 5 de enero) tuve la oportunidad de fungir (pucha, qué palabra tan pinchurrienta) como presentador de libros. El primero fue un libro del poeta Óscar Wong y el segundo un libro de la poeta Marvey Altuzar (¡entre poetas te veas!). Te paso copia del textillo que leí la tarde en que se presentó el libro de Marvey, comiteca que nació en un rancho maravilloso de la zona de La Trinitaria y que, actualmente, radica en la tormentosa y maravillosa Ciudad de México. Acá va el textillo:
¿Cómo se llama el libro que hoy presentamos? Se llama “Confesión de orfandad”. Hay una persona que reconoce una ausencia y que, como dicta el manual de sobrevivencia, debe trascender su duelo y aceptar el vacío. ¿Con qué se llena el hueco? Tal vez nunca se llena y esto es bueno, porque, a final de cuentas, las grietas que deja la vida permiten que se vea a través de ellas y, ¡prodigio!, permiten que la luz, esa luz tan deseada, se filtre a través de sus columnas vertebrales todas chuecas. Porque quien se confiesa huérfano reconoce que el porvenir ya siempre será como una torre de Pisa.
La grieta mayor en este libro de Marvey es la búsqueda del sucedáneo de la ausencia. Una tarde, la poeta pensó cómo llenar el vacío y supo que la argamasa para hacerlo tenía que ser la mezcla exacta entre la materia prima fundamental, ¡la palabra!, y algo que fuera como la caricia de la divinidad. ¿Dónde hallarla? ¿En los terrenos de la mística, donde las monjas sublimes tratan de llenar sus huecos espirituales? ¡No! Marvey, es terrenal, es mujer, antes que espíritu. Por ello, la poesía de Marvey, desde siempre, es una poesía que linda en los terrenos de lo erótico. Su siembra es en la tierra del hombre, en el cuerpo que, como desierto, está ávido de su agua.
De ahí entonces que ella, en el poema intitulado Plegaria uno, se confiesa perdida, pero se somete a la voluntad del Señor y promete su palabra. En una primera lectura puede, un lector crédulo, pensar que ella, la poeta, al mencionar el vocativo Señor, escrito con mayúscula, se refiere al dador supremo de vida. No, el señor a que se somete la poeta es el amante. Ante esta declaración el lector sabrá que, a diferencia del hijo de Dios que proclamó que su reino no era de este mundo, el tejido de Marvey está bordado con hilos de este mundo, un mundo real, un mundo tangible, que se mide con las manos y con toda la piel. Es como si la poeta dijera que la ausencia física sólo puede compensarse a través del tacto, como si, hija de Santo Tomás, tuviera que meter la mano en todos los huecos del amado para comprobar que la vida sigue, a pesar del vacío.
Dichoso el amado que es destinatario de estas palabras, porque de él será el reino de los deseos, de la vida que corre por las venas de una mujer que, sin falso pudor, exige la savia de su amado para que la alimente. Mujer solitaria, humilde, sencilla, frágil, escurridiza como agua, como vuelo de cenzontle, se sabe indemne, se reconoce sólo en el abrazo de mar del otro.
En la plegaria de Marvey aparece Dios hecho cuerpo. Dios no es el dios de las alturas, es el dios que, hecho hombre con todas sus agravantes, pero con todas sus cualidades, es capaz de reconvertir el falso principio del Edén. Acá hay un intento sublime por tirar al cesto de basura la historia bíblica donde el acto amoroso fue pecado. En la poesía de Marvey la palabra es como agua bendita capaz de exorcizar el paradigma de pecado. Acá, en este libro, el acto amoroso tiene la misma placidez e ingenuidad que tiene la sonrisa de un niño que su mamá mece en una hamaca, la misma emoción que existe cada vez que el sol, insistente, se oculta por detrás de la montaña y derrama su esperma de oro por todas las habitaciones del mundo. Acá está el intento de decir que los vacíos se pueden llenar con luz, sólo con luz, con la luz de la palabra.
Escuchemos a Marvey: “¿Has probado las moras? / Ven, Señor / cuéntame tus penas / quédate acá. / En el corredor de ladrillos / colgué una hamaca para ti. / Miremos las tejas / las cornisas / la buganvilia / y la capilla blanca. / Te invito un café / escuchemos el poema aquel de Sabines / en el que te alaba. / Ven, quédate, aquí juntito. “

Cualquier lector advierte la trampa inocente. La autora le habla al Señor y lo invita a escuchar el poema aquel de Sabines en el que lo alaba. Ah, qué perversa la autora, de qué manera quiere despistarnos, en el sentido de sacarnos de la pista y dejarnos en el vacío, en ese vacío del cual ella ya se alejó. Ya, acá, podemos apreciar de manera clarísima que el Dios de Sabines es otro muy diferente al Dios de Marvey. El de Sabines es el Dios que mora en los cielos, el de Marvey es el que camina en los corredores de la casa, es hijo del hijo, hijo de la carne, del deseo. El Dios de Marvey es el hombre que, con sus manos, borda un camino de luz por cada una de las partes de su cuerpo, porque el cuerpo, para Marvey, es la autopista que conduce al territorio infinito que se llama espíritu.
Mil veces bendito el Señor al que la poeta se entrega con total voluntad; mil veces bendita la palabra de Marvey que nos recuerda que el cielo está más cerca de lo que imaginamos, a veces está a la vuelta del deseo, del deseo carnal, del deseo cumplido. Hágase la voluntad del Señor en los caminos del cuerpo de la poeta.

Posdata: En los corredores y salones de la Casa de la Cultura anduve en el lapso de 1971 a 1974. Siempre que entro ahí recuerdo a mis compañeros de aula. Eran los tiempos de los pantalones acampanados, de la sicodelia, de la imagen del Che, del cabello largo en hombres, del billar Nevelandia, de la cafetería Intermezzo, de las misas de avanzada del padre Joel, de la hora del aficionado en la XEUI, de las serenatas con marimba, de las borracheras con brandy Delfín.
De mi generación de prepa, dos o tres ya fallecieron. La mayoría sigue viva, gracias a Dios. Entre mis compañeros hay de todo; es decir, se dedican a oficios y profesiones maravillosas. Pero, como dijera Nana Goya: ¡Esa es otra historia! Algún día de estos te la cuento.

viernes, 6 de enero de 2017

DEFINICIÓN DE INOCENCIA




¿Existe este concepto? ¿De veras? Si uno acude a un diccionario encuentra la siguiente definición: “Estado del alma limpia de culpa”. ¡Qué! Cualquier persona, al escuchar eso tomaría del inventario popular la siguiente frase bíblica: “El que esté libre de culpa que aviente la primera piedra”. Esta sentencia borra de un brochazo la definición de inocencia, porque, ya lo dijo la Biblia (¡ah, qué ganas de joder el espíritu!), desde que Adán y Eva cometieron el pecado original, todos los demás mortales debemos cargar con el pecado; es decir, nadie es inocente. Esto es un absurdo, pero es algo de llamar la atención.
Uno, romántico e idealista, quisiera definir a la inocencia como un estado mental ideal, pero la realidad se contrapone. ¿Quién, Señor mío, puede sobrevivir en un mundo donde la inocencia está considerada como un sinónimo de candidez? Los cándidos canarios no sobreviven en territorios donde los gatos están al acecho.
Según los católicos a los pichitos hay que bautizarlos para borrarles el pecado original. Esto significa que las criaturas nacen con el estigma de la no inocencia. ¡Qué tonto! Los niños que deberían ser la encarnación de las almas puras, resulta que vienen, “de fábrica”, con la mancha del pecado que cometieron los primeros padres. ¡Qué bobera tan más grande! Así, pues, para la cultura occidental, dominada por la religión católica, todos son unos impuros y no existen inocentes. Perdón, ¡qué estúpidos!
¿Por qué no tomamos el origen de la palabra y partimos de ahí? Los que saben dicen que la palabra inocencia deriva del latín innocens, así, con doble ene, una ene es de in y la otra es de nocens. Medio mundo reconoce, aún sin tener mucha conciencia de ello, que el prefijo in significa negación. Cuando decimos ingrato, por ejemplo, sabemos que decimos que algo no es grato, así pues, decir in nocens significa decir que algo no es dañino, porque nocere es algo nocivo. De acá podemos colegir que los latinos cuando hablaban de la inocencia decían que algo no era dañino.
El origen salva el absurdo. Digamos que no existen los “estados del alma limpia de culpa”, porque para eso está la cita bíblica de que quien sí lo tuviera “que arroje la primera piedra”. Pero, lo que sí podemos asegurar es la existencia de personas que no dañan. Y estas personas son, gracias a Dios, los que se acercan al estado de pureza donde pueden proclamarse como inocentes. Es decir, será inocente todo aquel que no jode al otro; es inocente el creador que procura brindar una muesca de arte al prójimo, para hacerle más llevadera su estancia en este mundo que está plagado de cabrones impuros. Dicho esto, los pichitos, los recién nacidos, son inocentes porque no dañan al prójimo. ¿Qué daño pueden hacer cuando berrean reclamando un poco de leche materna? Así pues, los cabrones son los otros, los que armaron esa historia del pecado original y echaron lodo a las caritas de los inocentes limpios de culpa. Por eso, pues, decimos que la definición de inocencia es un desatino, dado que existe una carga semántica que es como una lápida.
Digamos que son inocentes todos aquellos que no dañan. Los miserables, los malandros, los irracionales no son inocentes, ¡claro que no!
La definición de inocencia pareciera ser un acto innoble; es decir, sin nobleza, con ganas de joder.