miércoles, 16 de agosto de 2017

FOTO DE UNA TARDE CUALQUIERA




Imagine que decide ir a un parque; imagine que está en Comitán y elige ir al parque de San Sebastián, parque lleno de historia, porque en ese lugar inició el movimiento de Independencia de Chiapas. Imagine que les dice a sus hijas (niñas bonitas, con sonrisa de aire limpio, que su mamá siempre peina con colitas). Sus hijas brincan felices y van a su recámara y piden a su mamá que las peine, porque papá dijo que las llevará al parque y ahí correrán y mirarán los pájaros que brincan en los árboles y comprarán paletas de chimbo y las comerán sentadas en una banca del parque, mientras escuchan las campanas del templo que dan el primer repique para misa.
Pero, lo que usted no sabe (porque hace rato que no va al parque) es que el espacio poco a poco lo vamos perdiendo, porque está lleno de teporochos y de prostitutas. Los borrachos beben ahí sus botellas de charrito y cuando las terminan van con los paseantes y comienzan a fastidiar pidiendo una moneda para seguir la borrachera, hasta que, agotados por tanto alcohol, se recuestan como iguanas bobas, en medio del parque, del parque que, antes, era un espacio para la convivencia familiar.
¿De dónde llegan estos borrachos y estas prostitutas? Llegan de una zona miserable que está apenas a dos cuadras del parque. En una zona que se supuso rescate de espacios públicos, pero en el que los borrachos se reúnen desde temprano para beber. Por ahí también caminan las prostitutas que cuando consiguen cliente ocupan cuartos que ahí rentan. La zona (apenas a dos cuadras del parque) es una zona sucia y miserable. Quien camina por ahí tiene la sensación de pasar por esas orillas del río Grijalva donde los cocodrilos se asolean. Hombres cocodrilo están tirados, en medio de ríos de orines.
Las niñas, ya peinadas y con vestidos impecables, entran al estudio y le avisan que ya están listas. Usted se para, deja de escribir y le pregunta a su esposa si ya está lista. Ella dice que sí. Salen los cuatro de la casa, se despiden del perro que se sube al sofá y desde ahí ve cómo suben al auto y van con rumbo al parque, un espacio público que es un remanso. Los cuatro van felices, la tarde es tranquila en Comitán.
Pero cuando llegan, lo primero que usted ve es lo que en la fotografía se muestra. En otro pasillo se encuentran con el mismo espectáculo de dos borrachos que, impertinentes, agresivos, piden monedas a una pareja que llegó al parque porque creyeron que podían platicar tranquilamente.
En otras bancas están sentadas dos prostitutas (una con vestido rojo y la otra con vestido amarillo); ambas tienen los labios pintados con color rojísimo y se ofrecen a los hombres que por ahí caminan. Saben con quién hacerlo. Cuando usted pasa con su esposa y sus dos hijas, las prostitutas miran al suelo y no levantan la vista hasta que ustedes han pasado.
Usted lleva a su esposa e hijas al negocio de doña Estelita, donde venden las mejores paletas de chimbo de todo el pueblo, y pide cuatro paletas y una botella de agua. Paga y regresan al parque. Buscan una banca disponible frente al templo de San Sebastián, porque, usted deduce que ahí, frente al templo, será difícil que se acerquen los borrachos. Cuando se sientan están más o menos tranquilos, pero una inquietud aparece cuando usted ve que en la parte superior del edificio donde están los cuartos de las monjas encargadas de cuidar el santuario del Niñito Fundador hay una serpentina de alambre de púas, de esos serpentines que ahora se colocan para evitar que los delincuentes trepen a las casas particulares. Y usted piensa que algo malo está sucediendo en ese entorno. Los teporochos y prostitutas se están adueñando de espacios de convivencia familiar y, además, parece que también la delincuencia, así es la lectura que hace cuando ve que el edificio que habitan las monjas está protegido por serpientes de alambre de púas. Eso es un signo alarmante de que los delincuentes están rondando por ahí.
En lugar que la autoridad reafirmara la línea divisoria ha dejado que ésta, como si fuera la línea fronteriza entre Chiapas y Guatemala, se vuelva vaporosa y los malvivientes han subido y se están asentando en espacios que la dignidad de un pueblo honesto les habría vedado. ¿Cómo es posible que ahora, en cualquier momento, los teporochos estén tirados sobre las bancas o sobre los corredores que, antes, eran territorios donde las familias convivían de manera alegre y pacífica?
Pero no sólo es eso. También el parque central de Comitán se volvió zona donde la convivencia sana cada vez es más difícil. Las organizaciones sociales se han ido apoderando poco a poco de espacios públicos y ahora se comportan como si ellos fueran los propietarios y el pueblo fuera un extraño.
¿En qué momento Comitán fue perdiendo la tranquilidad de sus espacios públicos? Parece que la autoridad (que no es propietaria del espacio sino simple comodatario) se ha excedido en su permisividad y no pone freno a tal fenómeno de expansión de la violencia y de la miseria.
Hace apenas unos cuantos años escribí que cuando veía a los estudiantes preparatorianos en la fuente del parque central, jugando, platicando, descansando, me sentía bien, porque ellos estaban a resguardo de los peligros, pero cambié de opinión en el momento que supe que alguien había sido detenido en ese espacio porque vendía drogas. ¿Drogas en pleno parque central?
Sí, poco a poco, ¡qué pena!, nuestra ciudad va perdiendo las zonas de sana convivencia. Los indeseables se van apoderando poco a poco de esos espacios, en una historia que pareciera sacada de un cuento de terror.
Las autoridades no están pensando en la conveniencia de la mayoría, de la gente de bien, de la gente honesta, de la gente trabajadora, sino que está cediendo espacios (por desidia y por intereses políticos) a grupos de malvivientes.
Usted se siente intranquilo y, en cuanto terminan de comer la paleta, decide que mejor irán a cenar a casa, pedirán una pizza. Las niñas brincan de gusto y su esposa entiende el mensaje y dice que sí, que es lo mejor, que cenarán en casa y mirarán una película de caricaturas. Y cuando llegan a casa y el perrito los recibe con machincuepas y movimientos desenfrenados de cola, mientras su esposa pide una pizza hawaiana, usted piensa si será hora de colocar serpentines de alambres de púas sobre la barda limítrofe y el solo pensarlo le provoca un malestar indecible.

martes, 15 de agosto de 2017

DE CUANDO ANDUVIMOS DE CHALEQUEROS EN UNA COMIDA DONDE ESTABA ENOCH CANCINO CASAHONDA




Era otro Comitán. Caminábamos por el parque de San Sebastián, a las once o doce de la noche. Habíamos comenzado la parranda a las dos de la tarde. Quique, Javier, Jorge y yo dábamos vueltas al parque, abrazados (abarcando todo el pasillo). Alguien sugería que fuéramos a tocar la puerta de doña Mariana y si alguien respondía adentro, pidiéramos “Un kilo de puntería”. Era una broma local, porque en la cancha Pantaleón Domínguez, cuando alguien no encestaba un aficionado al básquetbol gritaba: “Andá a comprar un kilo de puntería con doña Mariana”. Pero alguien de nosotros (el menos bolo) decía que no, que no molestáramos, y comenzaba a cantar la canción de José Feliciano que siempre cantábamos: “Pueblo mío, que estás en la colina, tendido como un viejo que se muere…” Nos gustaba la canción y el pueblo de ella la convertíamos en el nuestro, aunque, en ese tiempo no pensábamos que estaba tendido como un viejo que se muere. En realidad, a Comitán lo mirábamos como un pueblo que estaba en la colina y si estaba tendido era porque se había agotado de tanta pachanga. Porque, ¡Dios mío!, a cuánta pachanga íbamos. Pedro se tiraba y colocaba una oreja sobre la calle y ubicaba en dónde estaba sonando la marimba y para allá íbamos y entrábamos de chalequeros a la fiesta. Nunca faltaba un amigo o amiga que nos conocía y, diez minutos después, ya estábamos sentados y los dueños de la casa nos atendían con afecto, porque Alejandro era hijo de don Augusto, Javier, hijo del notario Aguilar, Quique, del notario Robles y Jorge, hijo de don Jorge Pérez. Los papás eran reconocidos en la sociedad y ésta nos recibía, aunque, al final, alguien de nosotros terminara haciendo desfiguros porque insistía en bailar con la quinceañera pero ella se resistía porque miraba que el compa ya se mecía como barco en alta mar y más que bailar terminaría recargado sobre el pecho de ella, con el riesgo de que el vestido impecable terminara manchado de vómito.
Caminábamos por el parque de San Sebastián, cantábamos. Quique (motivado por lo que habíamos vivido a la hora de la comida) se paró y nosotros lo rodeamos y, como si fuera Manuel Bernal, el declamador famoso, levantó un brazo y dijo: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente…”. Ahí hizo una pausa, tal vez disfrutaba nuestro silencio, nuestra atención, porque los demás seguíamos abrazados, columpiándonos. Una luz ambarina iluminaba nuestras miradas un poco extraviadas. Luego, Quique levantó el otro brazo y repitió el verso de Neruda, pero ya con un tono diferente, con un tono bromista: “Digo que me gusta cuando callás, pero me gusta más cuando hablás de vos” y rio y nosotros con él. Neruda se había vuelto comiteco y nosotros lo disfrutamos.
A la hora de la comida habíamos estado en una gran mesa en el restaurante Tono Gallos. Habíamos convivido con los organizadores del Concurso Nacional de Oratoria. Esa vez nos colamos porque, tal vez, Quique era amigo de los muchachos oradores. En esa ocasión había estado Enoch Cancino Casahonda presidiendo la mesa (creo que era jurado del concurso). Ya todo mundo sabía quién era él, porque a mitad de la comida, alguno de ellos (pudo ser Benjamín o Cuati Bonifaz o el mismo Mario Uvence) se paró, pidió silencio, el mismo silencio que tanto ponderaba Neruda, y, con voz emocionada, dijo que declamaría El Canto a Chiapas, de Enoch Cancino Casahonda, y todo mundo aplaudió y dos o tres tintinearon los vasos llenos con las cucharas y el poeta, quien echaba traguito bien sabroso, levantó su vaso y dijo ¡Salud! y todos tococheamos los tragos y una manta de silencio nos cubrió, porque el declamador había comenzado a decir, en forma magistral: “Chiapas es en el cosmos”, y todos nos emocionamos y, en lo interno, cada uno admiró al poeta. ¿Cómo había escrito esa pieza casi perfecta, que nos hablaba de nuestro más íntimo sentimiento chiapaneco?, y admiró al declamador que, con voz de agua sencilla, cantaba el prodigio de Chiapas y cuando llegó a la última parte y sentenció que “…Cuando viejo, solo y abatido, se aproxime el final de mi existencia, he de besar tu tierra para siempre…”, yo vi a mis compas aguárseles los ojos, a través de mi aguada mirada. Porque, años después, cuando bebíamos en el departamento de estudiantes, en la Ciudad de México, nos abrazábamos y pensábamos en el parque de San Sebastián y ellos, mis amigos, pensaban en sus novias (yo pensaba en mi amor platónico) y gritábamos cotz, mientras Quique decía “Chiapas es en el cosmos lo que…” y diez minutos después se aventaba el momento esperado, levantaba un brazo y decía: “Me gusta cuando callás pero me gusta más cuando hablás de vos” y reíamos y decíamos ¡salud! y la nostalgia nos ganaba y terminábamos chillando, añorando a nuestro querido Comitán.

lunes, 14 de agosto de 2017

LOS PRINCIPIANTES





¿Rius era dibujante? Parece que no, porque nunca aprendió a dibujar bien. ¿Rius era monero? Parece que sí, porque sus personajes están más cerca del chango que del humano; es decir, Rius no dibujaba monos, más bien moneaba los dibujos. Pero gracias a este don particular logró que sus libros (más de cien) y sus revistas fueran leídos por miles y miles de lectores, porque Rius, con su obra creativa, se colocó en la cima donde están los mayores moneros de este país.
Ahora que las cifras millonarias son cosa de todos los días y se han vuelto irrelevantes (dicen que el ex gobernador de Veracruz desfalcó más de treinta y cinco mil millones de pesos y que el video de Despacito, de Luis Fonsi, ha sido visto por más de cuatro mil millones de usuarios) hay que decir que México (país de ciento veintisiete millones de habitantes) es un país que no lee mucho, pero que sí leyó a Rius.
De ahí pues que miles y miles de lectores pueden dar un testimonio de su relación con Rius. ¿En qué forma influyó en su forma de ser? El personaje principal de la novela “La vida nueva”, de Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura, dice: “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. La obra de Rius fue modificadora de vidas. Esto lo sabía muy bien el padre Carlos J. Mandujano, por lo que cuando apareció el libro de Rius con el título de “Cristo de carne y hueso”, el padre corrió a la Proveedora Cultural a comprarlo y, como el experto lector que siempre fue, lo diseccionó y retomó los fragmentos donde Rius más le tiraba al mito católico y en su programa de radio, “La hora de la paz”, de la XEUI, rebatió, con fundamento cristiano, las ideas que, según el padre Carlos, estaban infundadas. A final, el debate no era más que el eterno debate: el padre defendía la imagen divina del hijo de Dios y el caricaturista la bajaba de las alturas y la aterrizaba y la trataba como un humano de excepción; es decir, un ser humano de carne y hueso, con ideas revolucionarias. El padre andaba en su negocio y Rius también. Uno trataba de fortalecer la fe de su grey (recordemos que fe es creer a ojos cerrados) y el otro trataba de quitar la venda de los ojos del sufrido pueblo mexicano. Yo admiré (y admiro) a ambos personajes: al padre Carlos y a Rius. Porque supe que ni Rius ni el padre tenían la verdad en su mano. Al final no fueron más que simples mortales. Y Rius no tenía la verdad en su mano, porque yo había leído su libro “Cuba para principiantes” y, al principio, le creí todas las bondades que el caricaturista decía de aquella nación. La revolución era el camino para hacer más digna la vida. Cuba era una nación que, poco a poco, lograba mejores niveles de desarrollo social. ¡Ah!, pero muchos años después apareció “Lástima de Cuba” y ahí, el mismo Rius se encargó de tirar el mito revolucionario y lo que había alabado lo tiró al cubo de basura. ¡Qué pena! Cuba había convertido su proceso revolucionario en una miserable dictadura. Sí, ya también había leído el maravilloso cuento de Senel Paz: “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, donde dejaba ver la intolerancia del gobierno cubano respecto a la diversidad sexual; ya un amigo que había viajado a Cuba me había hablado del gran fracaso cubano respecto a la prostitución, pues me contó que, como en cualquier país sudamericano, en las playas de Varadero se paseaban tranquilamente preciosas chicas cubanas (con esos cuerpos maravillosos que poseen) ofreciendo servicios sexuales (son las llamadas jineteras); es decir, el socialismo había fracasado. Cuba no era lo que en “Cuba para principiantes” me había dicho Rius, más bien era, lo que años más tarde, el mismo Rius decía en “Lástima de Cuba”.
Rius entendió que si algo leía el pueblo de México eran las revistas de monitos. “Lágrimas y Risas”, “Kalimán”, “Memín Pinguín”, se vendían por millones, cada semana. Rius puso en el otro platillo de la balanza el mismo producto y pronto comenzó a ser consumido, de igual manera, por miles y miles de lectores. Sus Supermachos jamás alcanzaron los tirajes millonarios de Kalimán, pero sí lograron hacer conciencia en muchos espíritus. Rius comprendió que este país era un país mayoritariamente de principiantes. Nadó contra corriente, remó contra corriente. Hizo un supremo esfuerzo para llegar a la orilla donde está el conocimiento, la semilla del desarrollo. ¡No lo logró! No lo logró, porque el sistema político está tan bien cimentado que sus raíces no se queman con simple tinta china.
Miles de lectores pueden dar testimonio de su amistad con Rius, amistad lograda a través de sus libros. Claro, hay testimonios más cercanos, como el del caricaturista chiapaneco, Enrique Alfaro (el monero mayor de Chiapas, quien sí es un excelso dibujante), ya que él tuvo una relación más estrecha con Rius, un día subió a las redes sociales fotografías donde el famoso caricaturista está en su casa de Tuxtla; de igual manera, el testimonio de mi amigo Rubén Rodríguez es especial, porque cuenta que una tarde quedó varado en el aeropuerto de Guadalajara y mientras esperaba que la aerolínea anunciara su vuelo se puso a dibujar una tira cómica en su moleskine. Iba avanzado en su dibujo cuando oyó que su vecino le decía que dibujaba bien. Rubén vio al vecino y casi se cae del asiento al darse cuenta que era el propio Rius, de carne y hueso. Rubén le extendió el moleskine y le pidió el autógrafo, Rius tomó la libreta y dibujó un cuadro, continuando la historia que Rubén dibujaba. Ahora, Rubén tiene en la pared principal de su sala el cuadro donde aparece la tira cómica dibujaba por él y por el gran Rius.
México es un país de principiantes. Chiapas lo es más aún. Gracias a Rius, miles de lectores dieron un paso hacia arriba, hacia la cima donde está el análisis, la reflexión.
Hacen falta más libros para principiantes. Hace falta el libro “Chiapas para principiantes”. También falta el libro “Oposición a los corruptos por parte de principiantes chiapanecos dignos”. Pero, ¿quién los escribe? Rius ya no. Rius ya es río de otra dimensión.

sábado, 12 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, CON TORTILLA SIN SAL




Querida Mariana: Me encanta comer tortillas recién salidas del comal. En los Lagos de Montebello hay fondas, con techos de lámina de zinc y paredes de madera, donde las mujeres echan las tortillas al comal. ¡Ah!, es un disfrute mirar cómo les crecen las pancitas (hablo de las tortillas no de las muchachas bonitas), se van inflando y, ya en la servilleta, quedan planas de nuevo. Raquel dice que quedan con su bolsita, como si fuesen panzas de canguro hembra. A Raquel también le encanta comer de esas tortillas calientes, siempre les echa un poco de salsa roja molcajeteada o un poco de queso panela o le unta crema o frijol molido o… Siempre le pone algo. Si no hay salsa ni queso ni frijol, le pone un poco de sal. Hace taco la tortilla y pone cara de gorrión arrecho cuando se la lleva a la boca. Cuando la veo comer esas tortillas pienso en la diferencia que hace un poco de sal. La tortilla recién salida del comal es genial, pero un poco de sal le da un sabor diferente, como que magnifica el sabor del maíz. La sal siempre es así, activa sabores escondidos. Por eso, la tía Chepa siempre decía que al día de todos los días había que agregarle un poco de “salero”. Esto lo aprendió de su mamá que amaba todo lo proveniente de España, y es que en aquel país, además de referirse al contenedor de la sal, el término salero se aplica a una persona que tiene una gracia especial en su comportamiento. Tal vez vos, igual que yo, has escuchado que alguien dice: “Aquella chica tiene mucho salero”; es decir, tiene una chispa especial, es arrecha. La sal es esencial para darle sabor a la vida. Claro, todo debe ser con medida, porque si se le echa mucha sal a la vida puede subir la presión. Aunque ya sabés que muchas personas dicen que fulano de tal está “muy salado”, porque tiene muy mala suerte. Con lo que se reafirma lo que digo al principio: Todo debe usarse en la justa medida, ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.
Y digo esto, porque, en días pasados, el licenciado Segundo Guillén, que vos sabés es presidente de la asociación de hoteles de Comitán, solicitó, en nombre de los ciudadanos, la apertura del museo Rosario Castellanos. Comitán (así lo veo) es un pueblo que tiene las virtudes de las tortillas recién salidas del comal. Los turistas que llegan a nuestro pueblo admiran sus calles con subidas y bajadas y se extasían ante los ramos de buganvilia que se descuelgan desde los altos de las bardas y que parecieran dar la mano a los caminantes. El otro día una señora de todos mis respetos (quien tiene años viviendo en este pueblo) me dijo: “Ya me quedé a vivir acá. Me encanta su clima”, y yo pensé que en ese momento que estábamos sentados en la sala de su casa, los tuxtlecos estaban sude y sude y nosotros disfrutábamos una tarde sencilla y fresca, tan fresca como la limonada que me había ofrecido y que yo tomaba agradecido con ella y con Dios por todas las bendiciones. ¿Y la sal? ¿Y el salero comiteco? ¡Ah!, eso está en su gente, en la gracia de sus muchachas, en los modos de ser de nuestro pueblo, en las costumbres.
Entiendo que la solicitud del licenciado Guillén va en ese sentido, que le demos valor agregado a la vida de este pueblo, con un ingrediente esencial: el rasgo cultural. Porque (todo mundo lo sabe) Comitán contó con el don especial de cobijar en su seno a la gran escritora. Los comitecos hemos dicho hasta la saciedad que Rosario colocó el nombre de Balún-Canán en boca de medio mundo. Ella es uno de los grandes valores. Muchos lectores de la obra de Rosario llegan a nuestro pueblo para beber los mismos cielos que Rosario bebió de niña y de adolescente. ¿Qué encuentran los turistas? Si me permitís seguir con el símil de la tortilla, encuentran lo esencial. Digo que acá hallan la tortilla recién salida del comal, bien calentita, bien panzudita, sabrosa, única. Por algo, quienes conocen Comitán se enamoran sin oponer resistencia. Los amantes de la obra de Rosario Castellanos encuentran el pueblo que fue su inspiración: ¡Comitán!, pero, la mera verdad, muy poco encuentran de ella. Los visitantes encuentran más de Belisario Domínguez que de Rosario y (también se ha dicho en muchas ocasiones), don Belis es reconocido como un gran héroe mexicano, pero sólo es conocido por los paisanos y (en ocasiones) ni siquiera por éstos. En Baja California hay muchos compas que no saben quién fue tío Belis, pero puede ser que si se pronuncia el nombre de Rosario la reconozcan como una escritora. El otro día comentábamos que en Japón, difícilmente, algún compa de aquel país puede saber quién fue don Belis, pero sí hay más de tres que saben quién fue la Chayo, porque la novela Balún-Canán tiene su traducción en aquel idioma. Belisario Domínguez tiene su casa museo (remodelada a lo calash, pero ahí está para gloria de él y para vanagloria de este pueblo). Y ahora, Rosario también ya tiene su museo. Dicho museo se llama MUROC. Hugo Fritz comentó que el museo debe ostentar el nombre completo y no el simple MUROC, cuyas siglas sólo siguen un patrón muy de moda. De acuerdo con un video que el licenciado Segundo compartió en las redes sociales, el museo ¡ya está listo! ¿Por qué no se abre entonces? El licenciado Guillén dice que: “… por algún tema político… esta obra sigue sin inaugurarse”. ¿Esto es así? De ser así ¡Es el colmo!
De lo que se comenta se colige que el museo (construido con dinero público) sigue cerrado porque existe una rebatinga de egos, de colores, que está pasando por encima del interés colectivo, del interés nacional. Tal parece que el licenciado Segundo, con su petición de apertura y su denuncia de intereses egoístas, ha colocado un letrero, con letras grandes, en la fachada del museo de Rosario Castellanos que dice: “Este programa es público, ajeno a cualquier partido político y queda prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa”. ¡Ah! Muy bien dicho: “Este museo es de Comitán y los comitecos. Honra la memoria de nuestra destacada escritora y está prohibido, terminantemente prohibido, que se use para fines políticos”. Todo muy claro. Entonces, ¿por qué no se inaugura? ¿Por qué este granito impecable de sal nos lo están presentando como un grano que está salando la sopa?
El licenciado Segundo ha insistido. Recordemos que su terquedad hizo que nuestro pueblo consiguiera la denominación de pueblo mágico. En las mismas redes sociales le escribió al secretario general de gobierno, el licenciado Juan Carlos Gómez Aranda, pidiéndole lo siguiente: “Ayúdenos a que el museo sea abierto. Tiene años cerrado”. El licenciado Juan Carlos, un comiteco distinguido y siempre bien intencionado, respondió: “Me introduciré en el tema”. Tal vez esto anuncia ya una pronta solución a la exigencia ciudadana.
Todo mundo entiende que estos mojoles culturales hacen que nuestro pueblo sea único. Cuando un visitante encuentra una rica oferta cultural se siente complacido y disfruta su estancia. Comitán es una ciudad con “salero”, con gracia especial. Cuenta con la ya citada casa museo y con el museo de arte, el de la ciudad y el arqueológico. Dicha oferta se incrementará con la del museo dedicado a Rosario.
Creo que todo mundo apoya la solicitud del licenciado Segundo. Muchos comitecos están ansiosos por conocer el interior del museo.
Una tarde, la maestra Lina Hall Kapeloff dio una charla que se llamó: “La vida de Rosario Castellanos”. Fue una charla espléndida. La maestra Hall demostró un gran conocimiento acerca del tema. De manera sencilla y clara logró eliminar muchas inexactitudes que enturbian la vida de Rosario. Entiendo que la maestra Lina fue una de las encargadas de la museografía de este recinto, lo cual, entonces, garantiza la exactitud y precisión de los datos que ahí se muestran.
Todo apunta pues a que el museo tendrá el “salero” comiteco que dará prestigio a la región.
El director de Coneculta, Juan Carlos Cal y Mayor, anunció, como dicen los clásicos, con bombo y platillo que el museo se inauguraría en enero de 2017. Esto lo declaró en diciembre de 2016. Pues ya se le constipó la inauguración al director de Coneculta, porque ya andamos en la primera quincena de agosto y no hay señas de lo que prometió. ¡Ay, don Juan Carlos! Según el licenciado Segundo, el retraso se debe a un estira y afloja que tiene tintes políticos. ¡Ah, qué pena! Están revolviendo el agua limpia con aguas de lavadero.

Posdata: Veo muchos restaurantes que anuncian, como cosa excepcional, que ahí ofrecen tortillas hechas a mano. Tienen razón, las tortillas recién sacadas del comal son una delicia. El Museo dedicado a Rosario Castellanos ofrece lo mismo: la historia limpia de una mujer hecha con maíz, de la misma sustancia con que estuvo hecho el libro de los mayas.
Si, como lo prometió, el licenciado Juan Carlos (Gómez Aranda, no Cal y Mayor) ya anda introduciéndose en el tema, es de augurar que muy pronto se cumpla la exigencia que hizo el licenciado Segundo, en nombre de los hoteleros y de la sociedad en general. ¡Ojalá!

viernes, 11 de agosto de 2017

DEFINICIÓN DE VINCENT




Y resulta que don Joaquín era un admirador de la obra de Vincent Van Gogh. Nunca le alcanzó su cochinito para viajar a Amsterdam y conocer la pinacoteca donde están expuestos muchos cuadros del genio pintor. Pero sí le alcanzó para que su sobrino Abraham le comprara en la Ciudad de México (en un bazar) reproducciones de los cuadros de Van Gogh. Estas reproducciones las colgó en las paredes de su casa. Y era tal su pasión por el pintor que no se conformó con una reproducción de cada cuadro, sino que le pidió a Abraham que le comprara dos, cuatro, seis y hasta doce cuadros con la misma imagen. Así, el cuadro “La noche estrellada” estuvo colgado en la recámara, en la sala, en la cocina, en el comedor, en el baño (al lado del cuadro “El doctor Paul Gachet”), en el corredor y en la cochera. Lo del baño era muy simpático (a mí me tocó verlo una vez que fui a casa de don Joaquín). Uno se sentaba en la taza y tenía enfrente los dos cuadros, el de “La noche estrellada” daba una sensación de tranquilidad y ayudaba a hacer lo que uno tenía que hacer, pero lo de “El doctor Paul Gachet” era una imagen un poco gacha, porque (los lectores recordarán el cuadro) el personaje del cuadro apoya su cara sobre su mano y su mirada es triste. El tío (creo que por pura casualidad) colocó el cuadro de tal manera que quien estaba sentado en la taza se sentía observado por el doctor Gachet. El doctor parece curiosear qué hace uno ahí y, al estilo de Armando Jiménez -el del gallito inglés-, preguntar: “Si pujas y pujas y no puedes defecar, ¿por qué no te levantas y vas a trabajar?”.
Don Joaquín brincó, como chivo feliz en el pasillo del hospital, cuando su esposa (doña Pirina) le enseñó el ultrasonido que mostraba que su primer hijo era varón, ¡varón! En casa nadie dudó, el nombre de ese pichito sería Vincent y ¡así fue! Vincent se llamó y, con el tiempo, cuando don Joaquín inscribió a su criatura en el primer grado de preescolar, la directora, en voz alta, leyó el documento de inscripción y al hacerlo dijo: “Niño Vicente López Arrazola”. No, no, dijo el papá, mi hijo se llama Vincent, no Vicente. “Ah -dijo la directora-, es común, las secretarias del registro civil se equivocan al apuntar a los niños”. No, no, insistió, el papá, no se equivocaron, mi hijo se llama así, Vincent. “Ah, dijo, la directora, entonces usted fue el que se equivocó”. Don Joaquín entendió que de nada servía agregar que se llamaba Vincent como Van Gogh, porque, sin duda, la señora directora no sabía quién era el tal Van Gogh; así como medio pueblo lo ignoraba, porque todos los del barrio y los familiares le decían Vicentito al niño o Tito, de cariño. Nadie lo llamaba por su nombre verdadero. Don Joaquín comprendió que ese nombre le significaría problemas al hijo, supo que medio mundo lo llamaría Vicente y él no quería eso para su hijo. Entendió que había un universo de diferencia entre decir Vicente o Vincent. Cualquiera podría decir: ¡Ah!, se llama Vicente, como Vicente Guerrero. O: ¡Ah!, se llama Vicente, como Vicente Fox. Y esto era colocar a su hijo en un lugar poco prestigioso.
Por ello, un día acudió al registro civil e inició un juicio para cambiarle de nombre a su hijo. Después de mil vueltas (se conoce el laberinto de los organismos públicos del país), logró que su Vincent se llamara Pablo. Tuvo la esperanza de que algún día alguien dijera: ¡Ah!, como Pablo Picasso. Los Pablos del mundo no están tan devaluados como el Vicente. Sólo de pensar que a su hijo, en lugar de compararlo con Van Gogh, lo compararan con Vicente Fernández le causaba urticaria a don Joaquín.
Cuando alguien le preguntaba por qué había bautizado con el nombre de Pablo a su hijo, don Joaquín decía: “Porque se llamaba Vincent”, y entonces, los compas sí pronunciaban de manera correcta el nombre: “¿Vincent? Pucha, qué nombre tan jodido” y agregaban: “Seguro que la del registro se equivocó y en lugar de escribir Vincent escribió Vicente”, y abundaban en la ineficiencia del servicio del registro en México.

jueves, 10 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, CON BARANDAL DE MADERA




Querida Mariana: Las tiendas de mi infancia tenían un barandal de madera. A mí me encantaba ir a las tienditas. Me fascinaba ver los estantes de madera, apolillados, llenos de mercancía. Recuerdo rollos de lazo, gaseositas (paradas como si fueran figuras del stand del tiro al blanco en la fiesta de Santo Domingo), ollas de barro, servilletas bordadas, frascos de cristal llenos de canicas (marmoleras y lecheras) y mil objetos más.
Me acodaba en el barandal y miraba todo lo que ahí había. Cuando iba con Sara (la sirvienta), ella no me dejaba que me recargara sobre el barandal. Tenía y no tenía razón. En apariencia el barandal se veía muy frágil, pero, en realidad, era muy resistente.
Sé que el barandal tenía un nombre. No recuerdo el nombre. Era, por supuesto, un nombre genérico.
Cuando iba a la tienda de doña Pila, tocaba la puerta de madera y decía: “Buenos días, doña Pila”. Esperaba. Tocaba de nuevo y volvía a gritar: “Doña Pila”. Le quitaba el saludo, porque ya había saludado y sabía que a doña Pila no le importaba el saludo ni lo demás, porque era medio sorda. Siempre estaba adentro de su casa, en el patio, regando las begonias y los helechos.
Me gustaba ir a la tienda de doña Pila, porque quien, a veces, salía a abrir era su nieta: La nena. La nena era una niña de mi edad, más o menos, siempre tenía un vestido lleno de manchas. Yo imaginaba que era muy atrabancada y se le caía el chorizo con huevo a la hora del desayuno y el café en la cena. Pero, a la nena ya le estaban creciendo los pechitos. Siempre que quitaba el barandalito, ella alzaba los brazos y yo veía, a través de su playera, manchada con mango y con mole, los limoncitos que comenzaban a crecer en el valle de su pecho. Ya Artemio me había dicho que le crecerían como a la Matilde, quien, cuando la veíamos bañarse, a través de un hueco que Artemio había abierto en medio de las tablas, mirábamos cómo se enjabonaba los pechos. Artemio, en voz baja, siempre decía: “Qué rica” y se relamía como gato goloso. Artemio juraba que la hija de la Matilde llegaría a tener las mismas tetas que su mamá y repetía: “Ricas”. Sí, yo le creía a Artemio, cuando la nena quitaba la reja de madera de la tienda de doña Pila yo veía sus limitas y me emocionaba y más me emocionaba cuando miraba que la nena sonreía, porque estaba segura que yo le veía esos volcancitos que estaban a punto de abrirse como una flor hermosa.
Yo pensaba que los pechitos de la nena eran como el barandal. Sara me prohibía que yo me acodara en el barandal, porque, decía, ¿no mirás que se puede quebrar? Estoy seguro que si Sara me cachara viendo los pechitos de la nena me prohibiría que yo extendiera la mano para tocarlos, porque parecían tan frágiles, como un durazno que, sin haber madurado lo suficiente, se cayera en el primer ventarrón. Pero yo sabía que el barandalito era resistente y sabía que los pechitos de la nena también eran duritos, porque ya había visto las mamas de su mamá y ellas eran bellas, duras, hermosas. A veces, Artemio me jalaba y, en voz baja, me decía que mirara, que mirara qué hacía la Matilde y yo ponía mis manos en las maderas y acercaba mi ojo en el hueco. Y miraba que la Matilde, a la hora de mojar sus tetas para quitarse el jabón, ponía sus manos debajo de ellas y las hacía hacia arriba, como si fueran balones. Sus pechos brincaban como cervatillos felices. Subía sus manos una y otra vez y sus pechos brincaban alegres. Y Artemio me hacía a un lado y él pegaba el ojo al hueco y, en voz baja, decía: “Qué ricas” y se emocionaba y yo me emocionaba. A veces, cuando estábamos sentados en la banqueta, leyendo revistas de Memín Pingüín, le decía a Artemio que las tetas de la Matilde eran bellas. Yo sabía que esto era como el botón que accionaba su lujuria, Artemio dejaba la revista sobre la banqueta, entrecerraba los ojos (estoy seguro que imaginaba los pechos de la mamá de la nena) y decía: “Sí, las tiene ricas”, y yo también entrecerraba los ojos. Me gustaba oír cómo decía las palabras, cómo le daba una entonación que las hacía sonar diferentes, como si a esas palabras les adosara un badajo y sonaran como campanas que despertaban nuestros deseos.
Pero, ahora debo confesar, que más que las mamas de la Matilde, me encantaba ver los renuevos de la nena. Yo los imaginaba como florecitas que estaban a punto de abrirse. E imaginaba que sus pechitos serían tan bellos y duros como los de su mamá y pedía a todos los santos que me permitieran verla desnuda, completa, porque ella, como todas las mujeres, también conservaba otro gran misterio. Misterio que nunca descubrimos al ver a Matilde, porque ella (andá a saber porqué, mi niña), siempre se bañaba con pantaleta. Cuando enjabonaba su misterio, metía la mano adentro de su calzón y cuando se quitaba el jabón se ponía debajo del chorro y, con ambas manos, retiraba la tela para que el chorro le cayera sobre el misterio. Artemio decía: “Mirá, mirá, ya le está dando de beber a su pescadito”.
Mientras yo gritaba: “Doña Pila”, pedía que quien llegara a abrir fuera la nena. Era feliz, tan feliz como a la hora que ella quitaba el barandal y yo me ponía frente al mostrador de madera (también apolillado) y comenzaba a elegir los dulces que compraría entre las mocas, los turuletes, el maíz de guineo, los chimbos, los higos, las tabletas de manía, los laurelitos y las obleas. Las obleas eran mis favoritas. Me encantaba abrirlas y meter mi lengua por en medio del turrón. Artemio hacía lo mismo y decía que así era el pescadito de la Matilde, que igual era el pescadito de la nena y yo entrecerraba los ojos y recordaba los pechitos de ella, traviesos ratoncitos que miraban mi contentura de gatito inocente.

Posdata: Ahora, vos lo sabés, las tiendas ya tienen rejas. La tienda de doña Pila ya no existe. La nena huyó, cuando tenía catorce años. Vino un ranchero y la enamoró y se la llevó al rancho. Nunca volví a verla. Sólo el ranchero descubrió el misterio completo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿CÓMO TE GUSTA?




“¿Te gusta despacito?”, preguntó la chica. Yo pasaba por ahí, ella y su amigo estaban sentados en una banca, cerca del kiosco del parque central. Por lo regular soy una persona alejada de argüendes, pero cedo a la tentación cuando algo me mueve el morbo natural que acompaña a todos los seres humanos.
Me senté en la banca de al lado y traté de escuchar qué respondía el muchacho que tenía un tatuaje en el brazo y tenía un pie sobre el asiento de la banca.
Mis lectores ya encontraron cuál fue la respuesta de él. Fue ¡sí!, le gustaba despacito. En ese momento caí en la cuenta que la pregunta de la chica había sido de lo más ingenua, de lo más sencilla. Ella, ¡por supuesto!, se refería a la canción que está de moda: ¡Despacito!
Sí, confieso que pensé que la pregunta se refería a otra cosa y no a la canción. La muchacha bonita lo había preguntado con un tono sensual que me impulsó a otro territorio, casi casi la vi entrecerrar los ojos, parar la boquita y hacer la pregunta de manera pausada: ¿Te gusta des – pa – ci – to? Casi la vi reafirmar con la mano derecha la última palabra y darle énfasis a la pregunta al pasar su mano izquierda sobre su muslo.
Pero ¡no! La pregunta era sencilla, casi inocente. Su amigo, con una gran sonrisa, respondió de inmediato que sí y comenzó a tararear la canción, como para ratificar su respuesta.
Poncho, el otro día, sorprendido, pero con cara de botana, preguntó por qué tanta alharaca si la canción era viejísima y la tarareó: “Despacito, muy despacito, se fue metiendo en mi corazón”. La cantó imitando a Pedro Infante. Poncho tiene razón, lo de despacito es viejísimo. Por esto caí en la trampa que yo mismo me tendí. Y es que recordé los tiempos de la universidad, en la Ciudad de México, cuando estudiaba arquitectura; recordé el departamento de Xóchitl y las fiestas del sábado por la noche, cuando convocaba a sus amigas de Irapuato (ella era de allá) y bailábamos y bebíamos y escuchábamos canciones de Roberto Carlos y de José José, y Juan, después de las doce, sacaba un pastel de la cocina y lo colocaba en el centro de la mesa del comedor y todos se alebrestaban y aplaudían y dejaban de bailar y de tomar y comían del pastel y la música cambiaba, porque entonces todos bailaban al ritmo de los Rolling Stones. La primera vez que llegué a los festejos, Xóchitl me alertó, dijo que no comiera del pastel, porque Juan le ponía hierbitas que yo no acostumbraba. Desde entonces siempre desprecié el pastel, bebía ron y fumaba cigarrillos, mientras los amigos del grupo comenzaban a disfrutar los efectos de la marihuana del pastel.
Me encantaba verlos bailar, levantando los brazos y piernas como si estuvieran en cámara lenta; disfrutaba el instante (esperado) en que Roxana se acercaba, se recostaba a mi lado, sobre la alfombra verde, y, con voz arrastrada, me preguntaba: “¿Te gusta despacito?” y sus manos, siempre niñas obedientes, comenzaban a jugar sobre mi cuerpo.
Pero esos eran ¡los años ochenta! Están tan lejos. No sé qué juegan ahora los jóvenes que se reúnen en departamentos a celebrar la vida. Tal vez siguen fumando cigarros malboro, tal vez escuchan música de Café Tacuba o de Michel Bublé; tal vez preparan algunos cocteles con otras sustancias que los adultos ni imaginamos. Creo que siguen jugando los juegos que Roxana jugaba tan bien. En aquellos años, mientras las luces permanecían apagadas y el departamento sólo se iluminaba con las luces de la calle que pasaban por las ventanas, mientras los sonidos de ambulancias y de algún claxon reclamaba el avance del auto delantero, nosotros escuchábamos a los Rolling Stones y todos jugábamos juegos que daban respuesta a la pregunta que contiene más misterio: ¿Cómo te gusta? A Roxana le gustaba despacito, disfrutaba ese ritmo donde el movimiento del universo parecía hacer una pausa, porque (decía) la prisa nunca ha sido buena consejera.
Me dio pena descubrir que la chica preguntaba por la canción, pero luego me repuse, porque supe que su pregunta me había catapultado al recuerdo de mis años adolescentes y agradecí ese hilo. Ella no lo supo, pero su sonrisa me recordó el rostro de agua caliente de mi amiga Roxana.

lunes, 7 de agosto de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL CRONISTA DE VENUSTIANO CARRANZA





Quien está en primer plano, quien eleva la vista al cielo comiteco, es Jorge Eduardo Coello Avendaño, cronista de Venustiano Carranza, Chiapas. Los demás son marimbistas, excelentes ejecutantes de la marimba de aquel lugar. ¿El fondo? El fondo es un maravilloso mosaico de papel de china que fue la escenografía del encuentro de marimbas que se realizó en el parque central de Comitán el 4 de agosto, para conmemorar a Santo Domingo de Guzmán. ¿De veras es papel de china? Parece plástico, pero como decimos en Comitán: ¡Da el gatazo!
¿Y qué hace ahí, trepado en el templete, el cronista? ¡Ah, él siempre acude (desde hace cinco años, manifestó) a hacer la presentación de la marimba de su lugar de origen!
La marimba orquesta municipal de Venustiano Carranza estuvo en Comitán en el tradicional encuentro de marimbas y Jorge vino con los ejecutantes.
Este año, lo dijo, tenía un pesar, no obstante cumplió con su encomienda. ¿Por ello miraba hacia el cielo? Él, como persona sensible, sabe que un buen bálsamo es mirar la amplitud del cielo, entrecerrar tantito los ojos, para descubrir que el universo se concentra en ese instante. El universo infinito es inalcanzable, como inalcanzable es el tiempo del ser humano, pero si se apresa un instante, ese instante puede valer toda una eternidad.
Jorge Eduardo, ese día, bebió los cielos azules e infinitos de Comitán y aspiró el aroma de la juncia que adornaba el patio común donde hombres y mujeres bailaron con emoción las canciones que interpretó esa maravillosa marimba. Casi estoy seguro que su pesar fue atenuado por el cielo comiteco que, como si fuera un rayo sutil, bajó su mano y acarició su corazón.
Por ello, Jorge, esa tarde, en reciprocidad, soltó una gran lección. Dijo que los investigadores investigan de más. En los libros de la historia de la marimba se lee que los orígenes de tal instrumento están enredados en el continente africano, dicen que allá nació esta herramienta que sirve para aceitar el espíritu del ser humano. ¡Ah, qué ganas de enredar los hilos! ¡Qué vocación para torcer lo derecho! Ya, tranquilos, dijo Jorge: ¡La marimba nació en Chiapas y su cuna fue Bartolomé de Los Llanos! Lo dijo con tal convicción que nadie dijo algo en contra. Todo mundo aplaudió y cuando los ejecutantes de la marimba comenzaron a tocar, las personas ahí reunidas (cientos de personas) miraron que la música levantó su mano y acarició el cielo de Comitán.
¡Claro! Jorge tiene razón. Ya no le demos más vueltas al armonio, ya no le rasquemos de más al tolochoch, ya no soplemos inútilmente el trombón: ¡La marimba es chiapaneca!
Y si es cierto que nació en alguna región de África, ella vino joven a Chiapas, casi muchachita, hermosa, sensual, niña cachondísima, y decidió quedarse a vivir acá. Se naturalizó chiapaneca y ahora no la cambiamos por nada. Porque todo mundo de acá (y decenas de visitantes) reconocieron que si algo valió la pena en la feria de Comitán fue el tradicional encuentro de marimbas que, desde 2011, se celebra en el mero corazón del pueblo. ¡Ah, cómo lo disfruta la gente! Yo estaba sentado en las gradas del parque y vi cómo los comitecos sonreían, palmeaban, movían los pies, se paraban a bailar y, por ratitos, elevaban la vista y miraban el cielo azul, profundísimo. Ese cielo azul, que es bálsamo para el espíritu. ¿No vino Bronco? ¡No hay bronca! ¿Qué perdimos? ¡Nada! Al contrario, ganamos en buen gusto musical. Vino la marimba orquesta municipal de Venustiano Carranza y esto sí fue un disfrute verdadero.
Sí, Jorge tiene razón: la marimba ¡es chiapaneca! He escuchado marimbistas japoneses, estadounidenses, guatemaltecos y hasta un senegalés. Todos ¡ejecutantes brillantes! Pero el ritmo más contagioso, el más embelequero, es el sonido de la marimba chiapaneca.
Todos los 4 de agosto de cada año hay fiesta en el patio central del pueblo. Lo que del diario es espacio para que la gente camine apresurada para ir a misa, al trabajo, a la escuela, al banco o a la cita amorosa, el cuatro de agosto se convierte en el espacio para que las personas escuchen esos fantásticos sonidos y se paren a bailar.
No conozco África (y como dijera don Teofilito: ¡Ni lo conocerás!), pero estoy seguro que allá no hay un convivio así, donde la marimba preside el acto. Sólo en Chiapas se dan estas manifestaciones. ¿A poco en Sudáfrica existe un parque de la marimba, como sí lo hay en Tuxtla? No lo creo. Por eso digo que Jorge tiene razón, esa tarde nos la vino a decir sin ambages: La marimba es de Chiapas y yo le creo que la cuna estuvo en su pueblo natal: San Bartolomé de Los Llanos, porque, ¡ah!, qué bárbaros, cómo tocan de bonito sus paisanos.
Pero lo que a Jorge le hizo falta decir es que Comitán inventó el grito más sabroso y picante: ¡Cotz para los marimberos! Este grito de batalla sólo confirma el dicho de Jorge: En ningún lugar de África tienen tan sonora exclamación.
Ya no le demos vuelta a la cuerda. Cuando alguien pregunte de dónde es la marimba, sin dudarlo un solo instante, digamos: De Chiapas. Y quien no esté de acuerdo ¡que escuche la marimba de Venustiano Carranza o la de La Trinitaria! ¡Ah, qué maravilla!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, CON NOBLEZA INCLUIDA




Querida Mariana: Vos y yo somos pueblo, como millones de personas. Pero hay un sector, mínimo, que pertenece a la nobleza.
En las artes hay también esas diferencias. Miles y miles de escritores no pasan de ser glorias locales. Muy pocos son los que alcanzan el privilegio de la fama mundial.
Ayer vi un video donde aparece la reina de la feria de Comitán de este año, una niña bonita que, gracias al protocolo de elección, pasó de ser pueblo a ser soberana. Sé que ella sabe que esto es pasajero, que, en realidad, su sangre roja no se convirtió en azul. No obstante, ella debe cumplir con las encomiendas que su cargo trae adosadas.
Nuestra reina de feria 2017, Gricely I, debe estar en los actos más relevantes del festejo. Repartió sonrisas y saludos desde su carro alegórico, el día del desfile; luego debió estar en el corte del listón oficial de inauguración de feria y también, ni modos, en el corte de listón de la exposición ganadera. Ella, generosa, sonriente, caminó al lado del secretario general de gobierno, del diputado local, del presidente municipal de Comitán, viendo las vacas y los toros que ahí se exhiben. Quien ha visitado esa zona sabe que el olor no es el más agradable. Pero, Gricely, chica espléndida, se prodiga con gusto y es tolerante. Tolerante, porque también estuvo al lado de los comediantes en la conferencia de prensa. Esto fue como si caminara por el fango de la exposición ganadera. Todo mundo sabe que los artistas (perdón, por los verdaderos artistas) que conforman el espectáculo llamado “Guerra de chistes” son lo más burdo que la televisión comercial ha parido en los últimos tiempos. Pero bueno, ellos, como dijeran los clásicos, ¡no tienen la culpa! ¡La culpa la tienen los que disfrutan su espectáculo de quinta categoría! Y cuando vi a Gricely al lado de estos chistosos sin chiste pensé en que las verdaderas reinas aparecen al lado de artistas sublimes. Los responsables de la feria deberían cuidar como una joya exquisita a nuestra reina, deberían seguir los protocolos que la nombran como la representante de nuestra ciudad.
Nuestra reina reparte su tiempo generosamente. Hace dos meses, Gricely disponía de su tiempo. Desde que entró al concurso de elección supo que su tiempo ya no le pertenecía, debió repartirlo en presentaciones a medios de comunicación, en ensayos, en sesiones fotográficas y demás responsabilidades a que se ven sometidas las participantes. Igual que sus demás compañeras soñó con ganar la corona, deseó convertirse en reina. Y supo que si, como sucedió, ella ganaba su tiempo debería destinarlo de manera abierta a cumplir con los múltiples compromisos. ¿Hay cuadrangular de básquetbol? Pues debe ir y apreciar los encuentros. Y así con cada uno de los actos del festejo supremo. Si a ella le gusta el pop tuvo la dicha de estar al lado de Carlos Macías y se tomó la foto con el cantante; pero no creo que haya sido muy satisfactorio estar al lado de Radamés en la conferencia de prensa que los supuestos comediantes ofrecieron antes de su participación en el escenario del teatro del pueblo. No lo creo. Tal vez me equivoque, pero no lo creo. Radamés se sentó a su lado, el tipo (con camiseta) colocó sus manos detrás de su cabeza y dejó expuestas sus axilas. Lo bueno es que nuestra reina ya había pasado por los pasillos donde estaban expuestos los toros y las vacas. Nuestra reina siempre fue tolerante, siempre se portó con gran dignidad. Supe que los tiempos han cambiado. Lejos quedó el año en que Charles Chaplin (él sí un verdadero comediante) fue nombrado Caballero del Imperio Británico por la Reina Isabel II de Inglaterra. ¿Cómo Gricely podía nombrar Caballero a Radamés si él es un patán? Gricely lo abrazó, lo trató bien. Ella (¡bendita!) supo que debía tratar con cortesía a los visitantes, sin importar que ellos fueran unos groseros que basan su humor en la pura leperada.
Y digo que su tiempo, durante este tiempo, no es ya su tiempo, porque se volvió famosa. Todo mundo de Comitán sabe que ella se convirtió en parte de la nobleza del protocolo de feria. De igual manera, los escritores que se ven tocados por la gloria del Premio Nobel dejan de ser ellos por un tiempo y aceptan ceder su espacio a presentaciones de libros, conferencias de prensa o conferencias magistrales en universidades de todo el mundo. Ellos, igual que nuestra reina, llegan a un restaurante y siempre se ven acosados por admiradores que les solicitan un autógrafo o tomarse una foto con ellos. Se convierten en figuras públicas que deben ser tolerantes con los otros, con los que, siendo pueblo, se sienten orgullosos de estar al lado de estos nobles caballeros y reinas sin par.
Cuando un escritor recibe el Nobel de Literatura su mundo se transforma. Deja de escribir, porque los compromisos sociales son imperativos. Vi fotos donde Mario Vargas Llosa después de recibir el premio debió asistir a recepciones con integrantes de la nobleza. Todas las revistas y televisoras del mundo lo asediaron para obtener la primicia de una entrevista. Debe ser maravilloso para la gente común toparse con alguien de la nobleza literaria. Cuentan que (también después de recibir el Nobel) Gabriel García Márquez entró a un restaurante en compañía de su esposa y cuando los comensales vieron que el famoso Gabo entraba todos comenzaron a aplaudir. ¡Ah, qué gloria tan disfrutable! El desasosiego llegó después cuando cada comensal quiso tomarse la foto con el autor o recibir el autógrafo. No lo dejaron comer a gusto. A veces, cuentan las crónicas de sociales, la admiradora no tiene un papel donde recibir la firma del famoso. No hay inconveniente, puede ser en la servilleta de papel o de tela o, ya en el último de los casos, en la playera o en el sostén. Ya imagino el sostén de la chica bonita colgado a mitad de la sala porque tiene el autógrafo de Juan Villoro.
¡Ah, la nobleza! No cualquiera. En Comitán hay miles y miles de muchachas bonitas, pero pocas son las que pasan a formar parte de la nobleza pueblerina, del ramillete de reinas que conforman el abanico de las ferias.
Yo, mi querida niña, no es por nada, pero de vez en vez paso a formar parte de la nobleza y me siento bien. Por eso, me gusta ir al mercado primero de mayo donde una muchacha bonita, empleada de uno de los merenderos que hay ahí, en cuanto me ve me dice: “¿Va’comer mi rey?”. ¿Mirás cómo me dice? ¡Mi rey! Ah, yo me siento más importante que Vargas Llosa a la hora que, en Estocolmo, recibió el Nobel de Literatura. Me siento a la altura del Rey de España.
Cuando la muchacha del mercado me dice “Mi rey” yo permanezco en las nubes como unas dos horas, no me bajo, no quiero bajarme. Si me topo con algún amigo sé que él nota que mi trato no es el de siempre. ¡Que me perdone mi amigo! No puedo tratarlo igual, porque yo soy de la nobleza y él es un simple plebeyo. Rocío dice que la muchacha del mercado trata así a todos. Yo no lo creo. No quiero creerlo, porque ella, sonriente, me ve a los ojos y se dirige a mí: “Mi rey”. ¡Soy su rey!
Pero la bobera no me tarda más de dos horas. Algo pasa en el mundo (la vida es maravillosa) que me baja de las nubes y me vuelve a colocar en el plano de la realidad donde no soy más que un peatón, un hombre de a pie, uno más entre los millones de plebeyos.
Las reinas europeas tienen tratos diferentes. He visto fotografías en la revista española “Quién”, donde la Reina de España toma té en jardines de palacios de ensueño, o acude a conciertos de música clásica, o va a exposiciones a museos y posa al lado de los artistas que participaron en alguna ópera.
A nuestras reinas locales no les queda más que ir a conciertos donde la Banda MS hace las delicias de la audiencia. Nunca están frente a un Goya o un Picasso; ni nunca tienen la oportunidad de educar sus sentidos con lo mejor de la ópera.
Una vez, ahora un ex presidente municipal, alcalde en ese momento me dijo que no pidiéramos cultura para la feria, para eso estaba ya el Festival Rosario Castellanos, remató diciendo: “Ahora en la feria habrá música para el pueblo”. Nada dije. ¿Qué iba a decirle? ¿Decirle que toda la música es cultura, pero que hay niveles culturales y las autoridades deberían procurar emplear los recursos públicos para elevar el nivel cultural de su pueblo?
Las personas consumen lo que se les da. Si les dan banda ¡banda consumen!, si les dan conciertos de música culta, poco a poco notarán la diferencia y su espíritu se volverá más exquisito. Los niños y jóvenes leen lo que se les da. Muchos consumen a Paulo Coelho porque eso es lo que encuentran en las manos adultas, pero muchos otros, poco a poco, van al encuentro de mejores escritores.

Posdata: Entre la nobleza también hay niveles. Existen los nobles que se consumen en la banalidad de la “socialité” y los nobles de espíritu selecto.
Mario Vargas Llosa, durante el año posterior a la recepción del premio, no tuvo tiempo para escribir. Debió ir a decenas de convivios. Su vida cambió de tal manera que, supongo, en uno de esos convivios “convivió” de más con Isabel Preysler y rompió con su Patricia de muchos años y se hizo amante de la gran socialité de Europa.
Las vidas cambian para los verdaderos nobles. Los demás tienen que volver a sus vidas comunes y corrientes. Gricely, un día de éstos, volverá a su rutina. Su reinado es efímero, tarda un año, no más. Cuando estuvo como candidata pidió apoyo. Ahora que es reina ¡la apoyemos!

viernes, 4 de agosto de 2017

DEFINICIÓN DE VIP




Todo mundo sabe que es un anglicismo (Very Important People), por eso la emplean sintiéndose muy snobs. La pronuncian como si fueran personas muy importantes.
Se ha convertido (¡qué pena!) en un territorio de exclusión. En los espectáculos existen las zonas VIP para, obviamente, “gente muy importante”. Estas zonas, por supuesto, son exclusivas para gente bonita, de piel blanca y con dinero.
En Comitán se celebra, en agosto, la feria más importante del pueblo, la dedicada al santo patrono: Santo Domingo. En las instalaciones de la feria realizan masivos (así les llaman ahora a los conciertos). En dichos masivos hay segregaciones. La zona cercana al escenario es zona VIP; es decir, una zona exclusiva para quienes pagan el derecho y para los funcionarios del gobierno municipal y sus familiares. Es simpático constatar que el funcionario del ayuntamiento se convierte, por designios de estas democracias surrealistas, en gente muy importante y sus familiares, por gracia revolucionaria, ¡también!
Así pues, las personas de a pie, los del pueblo, los que con sus impuestos pagan los costos de dichos festejos tienen que conformarse con estar en “gayola”; es decir, en la zona más retirada. Son relegados. Es un fenómeno de discriminación evidente, ya que el acto se realiza en un festejo popular. Si fuese un festejo privado, los VIP tienen todo el derecho de reservarse el derecho de admisión y permitir el acceso sólo a la gente bonita de su condición, pero ¿en un festejo del pueblo?
Hubo un tiempo (hace muchos años) en que todos los comitecos fuimos especiales, sin exclusiones de especie alguna. En ese tiempo el concepto de VIP no se conocía por estas tierras, pero acá todo mundo era atendido como gente muy importante.
Un ejemplo de ello era el Cine Comitán. Bastaba pagar el boleto de entrada para ingresar a ese mundo de atenciones especiales. En el Cine Comitán existía la luneta y el anfiteatro (la famosísima gayola). Había una diferencia de costo, porque la luneta tenía butacas individuales, y en gayola los asientos eran tablas corridas. Pero, una vez adentro todo mundo era considerado VIP porque había servicio “a domicilio”. Muchachitos, diez minutos después de iniciada la función, caminaban por los pasillos ofreciendo refrescos, cargaban las botellas de Pepsi Cola (en ese tiempo la Pepsi aún no era “colotop” y ostentaba la Cola, como la Coca. Ahora es que ya la Pepsi perdió la cola. En Comitán “colotop” significa “sin cola”). De manera muy discreta, un espectador pedía un refresco, el muchachito, entonces, destapaba el refresco con un destapador metálico y depositaba el líquido en un vaso encerado desechable. Si el espectador ya tenía un poco de antojo (también en voz baja) pedía una orden de tacos y el muchachito volaba (es un decir) a la dulcería y regresaba con la orden de tacos servida sobre un pequeño pedazo de papel estraza. Todo mundo sabe que esos tacos eran los tacos dorados más sabrosos del mundo y de puntos intermedios. Eran simples tacos dorados de papa, con salsa roja y queso espolvoreado, pero tenían un sabor que no ha sido igualado jamás. (Muchos peatones pedían permiso al boletero para entrar al cine y comprar órdenes de tacos).
¡Ah, qué privilegio! Los espectadores no se perdían nada de la película, porque había un servicio especial que los atendía en sus asientos. ¿Zona VIP? ¡No! Todo mundo era atendido de manera exclusiva.
Juan me cuenta que en un cine de Tuxtla el servicio era semejante, sólo que allá (¡qué maravilla!) ofrecían cervezas, bien frías. ¿Ofrecían carraca, camarones secos en caldito de chile güero? Eso era servicio VIP, lo de ahora son zonas de exclusión, líneas absurdas que pintan los que se creen integrantes de una nobleza sin blasones ni educación. Como dice Polo Borrás: ¡Que con su pan se lo coman!

jueves, 3 de agosto de 2017

LOS QUE NO SON DE ACÁ




Un día llegan los que no son de acá. Llegan en tráileres. Bajan decenas de estructuras metálicas y plásticas. Los que no son de acá se convierten en propietarios temporales del parque central de Comitán, espacio común, propiedad de los comitecos. Se les ve trabajar con denuedo. Levantan gigantescas carpas. Los espacios comunes se convierten en espacios exclusivos. Los que no son de acá impiden que los comitecos caminen por la plaza. Advierten que es peligroso. Colocan cintas que delimitan los espacios donde trabajan. Los de acá ven a los que no son de acá con recelo. Algunos se preguntan: ¿Y ahora de qué se trata? Las carpas gigantescas sirven para colocar pistas de hielo, para hacer ferias del empleo, para colocar escenografías donde se muestran dinosaurios de tamaño descomunal.
Por eso, los que no son de acá ven a los de acá con cara de ¿Por qué no agradecen? ¿No ven que les hacemos favor de traerles diversión gratuita? ¿No entienden que sin nosotros no supieran lo que es patinar sobre hielo? Por favor, comitecos, ustedes ¿cuándo habían estado frente a la figura de un dinosaurio de tan monumental tamaño? Y siguen con su cara de Ustedes sólo conocen el tsizim. Y, orgullosos, continúan con su labor.
Y los de acá acuden a patinar sobre la pista de hielo; hacen fila (debajo del inclemente sol o de la pertinaz llovizna) para que los chiquitíos vean a los dinosaurios; llenan decenas de formularios para ver si logran una de las plazas que ofertan con salarios de miseria y responsabilidades de excelencia. Los de acá esperan con paciencia infinita que llegue el gobernante y haga entrega de una despensa. Un día, los que no son de acá recogen sus bártulos. Se suben a lo alto de las estructuras y desmontan las gigantescas carpas. El sosiego regresa. Algunos comentan que ojalá no vuelvan a colocar esas carpas en el corazón de la ciudad. Insisten en asegurar que existen otros espacios en donde colocar las pistas de hielo, los museos itinerantes, las ferias de empleo, las entregas de despensas. Exigen respeto por el espacio común. Es inútil, los que no son de acá vuelven y se posesionan temporalmente del parque.
Cuando se van los que no son de casa no se llevan todo, como se aprecia en esta fotografía. Levantan sus estructuras metálicas, sus cuerdas, sus cadenas, sus lonas y demás elementos. Pero algo dejan: clavos y tornillos que metieron en las lajas del parque. Ahí donde caminan a cada rato los que sí son de acá. Y los de acá, entonces, se tropiezan a cada rato por los clavos y tornillos que dejaron los que no son de acá. Porque los que no son de acá no entienden que este espacio es el espacio de todos y ahí caminan los ancianos que llegan al parque a escuchar la marimba, no entienden que en este espacio los bailarines y turistas bailan con la marimba de los jueves y domingos, no entienden que por ahí corren los niños con sus globos y las niñas con sus muñecas. Ellos no tienen la culpa. Esta casa no es de ellos, nada les dice. Ellos no tienen su corazón enredado en los aires de este pueblo.
Por eso dejan su tiradero de clavos que detienen el paso libre de un anciano, anciano cuyo pie choca con ese tornillo y que le provoca un dolor de cintura, una afectación de columna.
Los que no son de acá provocan que los de acá se lastimen. Y esto pareciera un contrasentido. Los que no son de acá llegan a la casa de los que acá y les tiran su basura. ¿En qué otro lugar del mundo se permite que un extraño deteriore el bien común de los habitantes de un lugar? Una mayoría de los de casa cuidan sus jardines, sus salas, sus sitios, pero, a veces, tal esfuerzo de conservación no es suficiente cuando los de afuera llegan, con su prepotencia de siglos, a dañar el bien común.
Ahí están los clavos y tornillos sin que autoridad alguna piense en los que caminan por ahí todos los días.
Estos clavos y tornillos son como huellas de los que no son de acá. Uno puede caminar por ahí y decir: “Por acá pasaron los bárbaros, los que no aman esta tierra, los que no son de acá”.
¿Y si no son los de afuera? ¿Y si son los de casa los que dejan sus desechos? Porque a veces (de manera muy frecuente) algunos de casa levantan sus tiendas de campaña y también clavan sobre las lajas para amarrar las cuerdas endebles. ¿Y si son de casa los inconscientes? ¿Los que, por ahora, viven en, y de, la casa del centro del pueblo? No creo que sean de casa, porque éstos sí saben que por ahí caminan sus madres, por ahí juegan sus nietos, por ahí flirtean y se enamoran sus hijas. Sería el colmo que los de casa dejaran esos campos minados que afectan los esqueletos de los pobres viejos que por ahí caminan y tropiezan con esos pequeños objetos tan dañinos, tan temerarios.
Rocío dice que no importa quién deja esos adminículos (así lo dice, ¡adminículos!, pucha qué palabra tan del medioevo). Rocío dice que el presidente municipal debería, hoy o mañana, mandar una brigada del palacio para que elimine esos obstáculos. ¡Es tan simple y sencilla la solución! Pero, bueno, eso es lo que Rocío dice, porque ella sí es de casa y ama este pueblo. Entonces, Ramiro le voltea el chirrión por el palito y le dice que por qué no ella, con sus amigos, hacen tal encomienda ciudadana. Pero Rocío se molesta, dice que el otro día, un grupo de jóvenes quiso pintar la ciclopista de la séptima y la autoridad llegó a impedirlo. Rocío dice que las autoridades ni pichan ni dejan pichar. ¡Uf!
Mientras tanto ahí siguen esos “adminículos” provocando accidentes a los de casa.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LOS QUE ESCRIBEN DÉCIMAS EN CUMPLEAÑOS




No vi el momento en que se acercó, pero cuando vine a ver el muchacho estaba frente a mí y me preguntaba: “¿Tú eres el que escribe las Arenillas, verdad?”. Estaba sentado en el parque, leía, mientras la gente caminaba por los pasillos interiores y los pájaros bajaban a picotear en el pasto de las jardineras. Alcé la mirada y lo vi. Era un muchacho con lentes azules, cabello casi al rape, pantalón de mezclilla y una playera negra con un estampado en blanco que decía: “I’m just here”. No sé hablar inglés, pero mis clases de primer nivel me ayudaron a traducir: “Sólo estoy aquí”.
Sí, estaba justo delante de mí y me preguntaba si yo era quien escribía las Arenillas. Sonreí. Dije que sí. Me dijo que le daba mucho gusto, tomó su celular y tomó una selfie donde él estaba en primer plano y yo (creo) aparecí detrás de él. “Mucho gusto”, repitió y levantó la mano en señal de despedida. Yo dije lo mismo, mucho gusto, y volví a mi lectura.
¿Volví a mi lectura? ¡No, mentira! Ya no pude seguir leyendo “Kanada”, de Juan Gómez Bárcena. Novelilla que no está mal, habla de un personaje que regresa a casa al final de la segunda guerra mundial, en 1945.
Y no pude continuar con la lectura, a pesar de que la tarde era linda y el cielo estaba azul y las campanas del templo de Santo Domingo anunciaban el primer repique para misa de seis, porque el muchacho del pantalón de mezclilla y camisa a cuadros me había metido el estilete. ¿Yo era el de las Arenillas? Sí, yo era. Lo que el muchacho había dicho parecía confirmar la teoría de Rocío quien dice que seré conocido siempre como el escritor de las Arenillas. Tal vez corro ese riesgo.
Muchos lectores me identifican como el escritor de esa columna periodística que aparece en el DIARIO DE COMITÁN – NOTICIAS A DIARIO, en CHIAPAS PARALELO, en MIRA QUIÉN COMITÁN y en las redes sociales.
Hace tiempo, no sé, quince años o tal vez un poco más fui al cumpleaños de un amigo. A la hora de los brindis leí una décima que había escrito especialmente para él. Como la décima era simpática fue recibida con entusiasmo y jolgorio. Un mes después recibí una llamada telefónica, era la esposa de otro amigo, me invitaba al cumpleaños de él. Al despedirse me dijo: “No olvidés escribirle su décima”. ¡Uf! Presentí que corría el riesgo de volverme el infaltable lector de décimas en los cumpleaños. Con la pena no acudí a la invitación. Lo hice para cortar de tajo con eso que pretendía convertirse en una insana costumbre.
La tarde de la pregunta del muchacho del pantalón de mezclilla, una pareja de muchachos bonitos se sentaron frente a mí y se abrazan y comían esquites, botados de la risa por las cositas que se secreteaban. Ella tenía una blusa que mostraba los hombros y el cuello, él tenía un tatuaje en el brazo izquierdo. Yo pensé (en juego de imaginación) que si Gabriel García Márquez se sentara en la banca de al lado, los muchachos dirían: “Mirá, ahí está Gabo, el escritor de Cien años de soledad”; y si en lugar de Gabo fuera José Emilio Pacheco, los muchachos lo señalarían discretamente y dirían: “Mirá, mirá, ahí está Pacheco, el autor de Las batallas del desierto”; es decir, nadie, ¡nadie!, los reconocería por sus columnas periodísticas. Nadie diría de Gabo: “Mirá, ahí está el escritor de La jirafa”; nadie diría de Pacheco: “Mirá quién está ahí: el escritor de Inventario”.
¡Qué paradójico y qué complejo el mundo de la escritura! Estoy seguro, cuando menos en el caso de Pacheco, que más lectores han leído sus columnas periodísticas que sus libros de poesía o sus libros de cuentos o sus novelas. Gabriel García Márquez se cuece aparte. Él vendió (sigue vendiendo) millones de libros en todo el mundo. Nuestro Pacheco jamás alcanzó tales cifras. Pacheco es milenario, Gabo ¡millonario!
Mi obra, igual que la de Pacheco, ha sido conocida, más por lectores de la columna que por mis libros. Por eso, el muchacho del piercing en la ceja izquierda, me preguntó si yo era el escritor de las Arenillas. ¿Sabe él que he escrito libros de cuentos y novelillas breves? Si ha sido un lector atento de mis columnas periodísticas tal vez sí se ha enterado, pero lo más seguro es que no ha leído alguna de ellas. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque no están a la venta en las grandes cadenas comerciales. Mis novelillas no alcanzan a llegar a Gandhi o a El sótano. Apenas alcanzan vuelo para llegar a la librería Lalilu, de nuestro Comitán, librería bellísima, pero que no tiene el impacto de aquéllas. Comitán es un pueblo de cien mil habitantes, la Ciudad de México se estira hasta llegar a los veinte millones.
De mis novelillas apenas alcanzo a vender treinta o cuarenta ejemplares cada vez que hago una presentación. Sé que las Arenillas son leídas por muchos lectores cada día. Por eso (optimista) cuando hago la presentación de una de mis novelillas espero que las decenas de admiradores de las Arenillas se hagan presentes y compren ejemplares. Pero no es así. Sólo llegan pocos amigos y admiradores incondicionales.
Rocío dice que debo entender que en México así es el modo. Dice que leen las Arenillas porque son gratis y porque son ligeras (casi light, insiste). La novelilla exige otro tipo de lectura, otro tipo de acercamiento, y, además, cuesta paga. Y las personas no invierten en libros. Gastan en cosas que les satisface más: celulares, cigarros, trago, ropa y demás maravillas del mundo moderno.
¿Y entonces -pregunto- por qué millones de lectores en el mundo compran las novelas de Murakami? Y digo Murakami para no escribir el nombre de Gabriel García Márquez y que algún lector pueda interpretar que estoy colocando mi obra a la par del Nobel de Literatura.
Murakami no es un gran escritor, cómo, entonces, logra que sus admiradores se acerquen a él y le pregunten: ¿Tú eres el escritor de Tokio blues?
Sé que los libros de Murakami están a la venta en todas las librerías importantes del mundo. Yo estoy consciente de que nunca llegaré a tales canchas, pero sería genial que alguna tarde, se acercara una muchacha bonita (de esas que usan las blusas con escote que muestran los hombros) y me preguntara: ¿Vos sos el que escribió la de Yo también me llamo Vincent?
Ese día compraré una playera negra y me la pondré. El estampado dirá: “I’m just here”. Sólo loco aspiraría a tener millones de lectores, tampoco aspiro a los miles de lectores que Pacheco tiene. Mi gusto sería que una muchacha bonita se acercara y me identificara como el autor de la novelilla El día que Julio Cortázar llegó a Chiapas.
Pero Rocío insiste en molestarme. Dice que llegará la chica, me preguntará si yo escribí tal novelilla y cuando yo, orgulloso, diga que sí, ella me reclamará, dirá que la novela es malísima, porque uno de los personajes se parece a…