sábado, 28 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE JAMES BOND



Querida Mariana: la tía Ansiedad insistía en ir a ver a Bond. Se enteró por medio de la televisión que James Bond estaría en el Centro Histórico. Jaime (su hijo mayor) le dijo que no hablaban del Centro Histórico de Comitán sino del de la Ciudad de México. Pero ¡hacele entender! No dio vuelta. No entendió que la manifestación frente a palacio municipal era reclamo de una organización. “¡No, no! -dijo- D’echo que son los extras”.
Vos sabés que la tía Ansiedad tiene tres hijos: Jaime, Bonda y Martín. Pero, estoy seguro, no sabés porqué se llaman así. Muy fácil. La tía es fanática de James Bond. ¿Mirás? Jaime, por James; Bonda, por Bond; y Martín, por Martini, que es la bebida favorita del investigador inglés.
La tía cree, desde siempre, que no hay personas en el mundo más inteligentes que los ingleses, porque James es inglés.
Desde niña se aficionó a leer libros de Bond y a chutarse todas las películas. En su casa puso un timbre adentro de un zapato. Así que cuando llegás a su casa y querés tocar el timbre, debés tomar el zapato, levantar la suela y tocar el timbre. A mí me encanta platicar con ella. Me pasa a su sala, toca una campanilla y cuando aparece Rosita (la muchacha que le ayuda en el servicio), ella sube sus manos y palmea dos veces. Ello indica que es hora de servir el té. No importa que no sean las cinco de la tarde.
La tía tiene, en su oratorio, una imagen de la Virgen de La Misericordia, cuenta que se la regaló un chapín que venía a venderle perrajes. La imagen está en el centro del altar, la flanquean dos imágenes más: una, la Virgen de Juquila y otra, San Martín de Porres. El otro día, mientras estábamos tomando el té de las “once” de la mañana, me dijo que la acompañara. Fuimos primero a la cocina y le pidió a Rosita el trasto donde había puesto agua a hervir y la tomó con dos servilletas de tela gruesa. En el altar, en penumbra, apenas iluminado por dos veladoras, la tía colocó la olla con el agua sobre un mechero y esperó a que el agua llenara de vapor la estancia. Cuando salimos me explicó que la Virgen de La Misericordia toma un color rosado cuando habrá niebla en Comitán. La tía, sobre todo en invierno, le pide a la virgen que le haga el milagro de que aparezca la niebla para que nuestro pueblo parezca Londres.
¿Pero cómo? Nuestro Comitán tiene un clima templado, que es chentería de todos. La página del Facebook que se llama “Arriba el cotz” publicó el otro día algo que es inherente a nuestra idiosincrasia: “Si así está el calor aquí, ¿cómo estará en Tuxtla?”. Pobre la tía, quisiera que nuestro clima fuera como el de Londres, pero no es posible y ¡qué bueno!
Lástima que Bond no venga a Comitán, se sentiría a gusto. A diferencia de mi tía Ansiedad no he visto todas las películas de Bond, pero sí he visto algunas. Reconozco que el interés de mi tía le ha permitido adoptar algunas buenas costumbres. Por ejemplo, que siempre sirva té se me hace un logro. En Comitán la mayoría ofrece café, pero los invitados siempre completan: “pero con pan”. Esta costumbre provoca un cierto grado de obesidad en la población. El papá de Jorge salía a correr todas las tardes, se aventaba como dos o tres kilómetros, en trote. Se vestía con un traje hermético, se forraba el cuerpo con plástico para sudar más. Cuando volvía a la casa, todo sudado y con las mejillas chapeteadas, se sentaba en una poltrona y dos sirvientas le servían una taza de café, bien caliente; entonces todo mundo veía cómo él hacía un supremo esfuerzo para evitar decir lo que decía: “pero con pan”. Las cuatro piezas de pan que comía compensaban con creces los pocos gramos que bajaba con la carrera.
Otro logro de mi tía es ¡la puntualidad! Ah, cómo extrañamos a doña Lolita Albores, quien siempre propugnó porque fuésemos puntuales, porque los actos comenzaran a la hora que estaba señalada. El jueves asistí a un acto programado para las once que comenzó a las once y veinticinco. Fui tolerante y esperé. Lo hice porque deseaba escuchar a dos de los contadores de anécdotas de Comitán: Mónica Baca Castellanos y Raúl Espinosa Mijangos. En este caso valió la espera, porque el acto fue muy jocoso e ilustrativo. Raúl mencionó que cada vez que los jóvenes estudiantes (de la Universidad del Sureste en este caso) revitalizan el lenguaje comiteco nuestra cultura toma bocanadas de oxígeno. Pero ¿y la falta de puntualidad? Más tarde fui al bar 500 noches para presenciar la presentación de un libro de Alejandro Aldana. Ahí sí ya no fui tolerante, porque estaba anunciado para las seis y media de la tarde y comenzó mucho después. Vos sabés, mi niña bonita, que me acuesto temprano, así que calculé que ya no iba a permitirme llegar a tiempo, como dijera Topo Gigio, a “mi camita, a mi camita”. Mi tía Ansiedad se ha contagiado de la puntualidad inglesa y cumple con exquisitez en citas y compromisos.
El otro día me llamó en voz baja y me dijo: “Fijate que a veces pienso que en una vida pasada viví en aquel país”, y me quedó viendo esperando algún comentario. ¿Qué podía decirle? Como vio que hacía silencio, ella agregó: “¿No creés que pueda yo haber sido bisabuela de la reina?”, y volvió a verme en espera de mis palabras. Yo no supe qué decir y dije que a mí también Inglaterra me llamaba la atención. Entonces ella pareció olvidar sus reencarnaciones y me preguntó si yo, igual que ella, usaba papel bond para escribir. Reí, entendí la alusión a su personaje predilecto y recordé el chistorete que Andrés contaba en la primaria. Cuando el papá de Andrés le preguntó, enojado, porqué había sacado siete, él dijo: “Es que usted siempre me compra cuadernos con hojas de papel Bond, el agente 007”. Sé que es un chiste barato, de otros tiempos, pero la tía aún lo saca a relucir, de vez en vez.
¿Qué hilo me une a Inglaterra? ¿Los Beatles? ¿Shakespeare? Tal vez quien nos unió sin que lo quisiéramos o lo pidiéramos fue don Charles Darwin, cuando dijo que descendemos del mono, pues ni cómo hacernos tacuatz, ¡somos mono!
Uno de los hilos es, sin duda, don Carlos Dickens, famoso escritor. Mi papá me regaló un libro donde venía un “Cuento de navidad”, de Charles Dickens. Ah, desde entonces, siempre que es navidad lo releo, rápido, pasando las hojas a la velocidad del colibrí. Lo hago porque muchos dicen que me parezco al famoso personaje del Señor Scrooge, quien es un viejo que no soporta la navidad. Fue uno de los primeros cuentos que leí, de niño, y me emocionó el entorno de aquel espacio que tenía diferencias con el Comitán cotidiano donde yo vivía. Bastaba imaginar las ventanas llenas de escarcha, donde las personas que caminaban por la calle, en medio de la nieve, limpiaban el cristal para ver el interior de las casas, iluminadas con quinqués. En mi Comitán también había quinqué, pero sus ventanas jamás estaban con el vaho de la nieve. Acá la navidad era con clima afectuoso, como si siempre nos cubriera una colcha cálida.
Ya, en los últimos tiempos, mi contacto con Inglaterra fue a través de una novelilla bien bonita, escrita por Silvia Molina: “La mañana debe seguir gris”. Es una novela autobiográfica donde narra cómo conoció al poeta tabasqueño Carlos Becerra, quien andaba por Londres. La protagonista va a aquella ciudad para perfeccionar el inglés y conoce a Carlos. La pareja camina por los pasillos y salas de la Galería Nacional de Arte Británico, la famosísima TATE, y entran a la casa que habitó Charles Dickens. La novelilla cuenta cómo ellos se enamoran. Cuando Carlos se despide de ella para ir a Italia, la chica hace lo imposible para alcanzarlo. Pide dinero a su mamá (quien está en México), dice que es para el boleto de avión, para regresar a su país, pero, en realidad, ella piensa usar el dinero para ir tras el amado. Pero, ¡oh, Dios mío, qué tragedia!, en la embajada le informan que el famoso poeta tabasqueño falleció en un accidente automovilístico, en Brindisi, Italia. Uf. Cuando leí la novelilla, algo del clima londinense apareció en mi cara y, como si mis ojos fuesen las ventanas de las casas de allá, tuve que frotarlos para evitar la escarcha.
Sé que a la tía nadie la convencerá. Ella insistirá en ir a ver a Bond. Ella, de veras, cree que Bond estará en el Centro Histórico, filmando una película. Me gustaría hacerle su gusto. ¿Pero cómo hacer que la niebla aparezca en este territorio donde los días claros e iluminados son como el pan nuestro de cada día? (Chin, ya volví a poner el pan “sobre la mesa”).
Si un día, alguien me dijera que Julio Cortázar ha vuelto a la vida y estará en el Centro Histórico a mí me gustaría que alguien me llevara para que, aunque fuera de lejos, yo viera su carita de niño juguetón.

Posdata: ¿Jugamos a que soy Bond, ¡James Bond!? ¿Llego a tu casa a las 007?

viernes, 27 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA LUZ REPOSA EN EL PISO





Como si brotara de la laja ¡la juncia! La juncia que, por designio natural, está colgada de los árboles acá aparece tendida como alfombra para bendecir el suelo que pisan los pies de estos hombres y mujeres que, año con año, llegan puntuales a la cita. La fotografía fue tomada a las siete de la mañana con cincuenta y dos minutos, del día viernes veintisiete de marzo de dos mil quince. La mañana era limpia como cristal, fresca como agua de chilacayote, afectuosa como corazón de quetzal.
Como si brotara del piso ¡el aroma! El aroma de la palma y de la juncia. Las mujeres y hombres son como seres de copal. En medio de los aromas más naturales de la tierra tejen las palmas. Tejen cruces que serán usadas para la bendición del día domingo. Sentados, muy formalitos, al amparo de los arcos del Centro Cultural Rosario Castellanos, como si pasaran las cuentas de un rosario, entrecruzan las líneas de la palma. Tejen cruces, porque ese es su destino. Cualquiera podría imaginar que ellos estarían señalados para bordar otro tipo de formas, acaso nubes o pájaros. Pero no, el destino los marcó y ellos aceptan ese sino.
Como si brotara del fuego ¡la tierra! Porque ellos son herederos de los hombres primeros, de quienes, con sus manos, llenas de tierra, han modelado el fogón donde el hombre y la mujer calientan sus penas, miserias y anhelos. Esta mañana de viernes, ellos comenzaron una labor que es herencia de siglos. Vuelven a tejer los sueños de otros, de quienes (con regateo encima, ¡cabrones!) adquieren esas maravillas bordadas.
Como si brotara de la nada ¡el prodigio! Porque antes de que pasen por sus manos sabias, la palma no es más que un bonche de tiras. Cuando la palma comienza a desgajarse en rayos, aquélla comienza a tomar la forma de un haz de luz. Las manos dóciles y experimentadas van dando forma a las tiras y se convierten en trenzas que iluminan la frente del mundo. Ah, qué hermosas esas colas trenzadas, son como caireles en la cabellera del universo.
Como si brotara agua del templo ¡el camino de luz! Un camino de luz es lo que forman estas personas, estos hijos de la niebla. ¡Qué diferencia con la mierda que provocan los integrantes de organizaciones! Acá hay un tendal de mirtos, un revoltijo de aire que forma un viento de piedra.
Gladys Bonifaz dice que el Centro Cultural está bañado en piedra, bañados en nubes estas personas que, año con año, vienen a dejarnos un río de agua limpia.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PALABRAS ABRACADABRANTES




La palabra accidente me provoca escozor. Al escucharla quedo, durante un segundo, en pausa. Cuando alguien comentó que Rosario Castellanos nació “de manera accidental” en la ciudad de México preví que dicha palabra era como una piedra a mitad del camino. Me causó desazón saber que los nacimientos ocurrían, también, de manera accidental. Pensé entonces en aquellas muchachas bonitas que, sin desearlo, quedan embarazadas una noche después de asistir al antro. Es un absurdo que el acto de amor termine en un “accidente”.
Mi mamá me recomienda que lleve en mi pantalón un frasco de pegamento para placas dentales, me dice que por si ocurre algún accidente; lo mismo escucho que la tía Romelia le dice a mi prima Rosaura y le da una toalla sanitaria. Pienso que estos sucesos no tienen mayor relevancia, pero la palabra está presente. En Comitán se cuenta del caso de un maestro que pasó al pódium y comenzó a leer un discurso y, a mitad de éste, se le cayó la placa (por esto mi mamá insiste); igual (¡qué pena!) he visto a muchachas bonitas que manchan el pantalón. Pero, bueno, estos “accidentes” no pasan de ruborizar a los que tienen la infortuna del suceso. Al final se quedan como meras anécdotas para que algún Molinari del mundo las ventile.
Pero, en la vida diaria y a lo largo de la historia, hay accidentes que sí transforman el rumbo de lo cotidiano. A veces, cuando escucho la palabra me cimbro al pensar que en el universo hay fenómenos que, tal vez, entran en la categoría de accidente. No sé si el famoso Big Bang fue uno de éstos. Quiero pensar que no. Los accidentes son sustancias que se salen de control.
Hoy en la mañana escuché que hubo un accidente aéreo, en los Alpes. Tal accidente provocó la muerte de más de ciento cincuenta personas. Es en estos casos cuando pierde relevancia el accidente de la placa o el del pantalón manchado de la muchacha.
¿Y si todo es un accidente? ¿Es un accidente nuestra existencia? El tío Eugenio, cuando está medio bolo, se pone de pie, levanta los brazos para que todos hagan silencio y cuando éste ya está instalado a mitad del patio, dice: “Vinimos a la vida para hacer grandes cosas”. Los amigos y compadres asienten y abren la boca ante tan profunda revelación filosófica, pero acto seguido el tío levanta el tarro de cerveza y bota de un tajo el pedestal de gloria: “Por eso ¡chúpenmela!, golosas”, y comienza a tentalear a las comadres que están cerca, quienes lo toman a broma, ríen y lo esquivan. En la mayoría de veces el tío cae como regla al tropezar con las sillas plegables. Por ello, en una ocasión, la tía Elena le reviró una rima que hizo que medio mundo se carcajeara. “¿Que te la chupe? ‘Caso soy tu perra, mejor, ¡borracho, chupa tierra!”.
A la hora que el tío cae al piso se produce el accidente. Hasta la fecha tal acto no ha pasado de moretones en los brazos y en la cara, pero una vez, en una reunión familiar, Martincito (nieto de tío Cándido) estaba sentado en una silla a la orilla de la mesa; para alcanzar el plato de sangrita, se subió a la silla y puso una pierna sobre la mesa, a la hora de extender el brazo, la pierna que tenía sobre la mesa resbaló y cayó al piso. Varios rieron, la mamá brincó a levantarlo, pero se dio cuenta que el niño tenía un hilo de sangre en la boca. El niño cayó sobre el filo de una banqueta. El guateque se convirtió en una tragicomedia, por la borrachera de algunos amigos y compadres que, en intento de ayudar, tiraron una de las ollas que estaba en el corredor. La comadre Eulogia resbaló con el frijol derramado, a la hora del resbalón abrió las piernas y muslos como si fuese un compás. Uno de los niños que estaba frente a ella gritó: “Mamá, mamá, ya se cayó mi tía y está mostrando su paloma”. Ella trató de cerrar las piernas, pero todo mundo vio que no llevaba ropa interior. Desde entonces, cuando hay un festejo, el tío Chinto rasga su guitarra y dice: “Con todo respeto, para mi comadre Eulogia, le dedico esta bonita canción…” y canta ¡Paloma negra!
Hay accidentes mínimos, pero hay otros que cambian el sentido de las vidas o del mundo. Algo se sale de control. Hay algo, como una mancha jabonosa, que hace que, de pronto, el rumbo cotidiano resbale y modifique todo. Por favor, no me pregunten qué pasó con Martincito.
Me causa escozor la simple mención de la palabra. No me gusta pronunciarla. En la medida de lo posible ¡la evito!

martes, 24 de marzo de 2015

85




Mi mamá cumplió ochenta y cinco años de vida. Yo tengo 57 años de conocerla. Cincuenta y siete en que ella ha sido mi casa. Cada vez que mi cielo se oscurece y la gente canta aquello de “Parece que va a llover, el cielo se está nublando” corro y me protejo bajo su techo. Ella ha sido mi casa, el techo de mi casa, es como el cielo.
Veo su carita y la veo sin arrugas. Su carita es como una tierra sin grietas. Todas las mañanas se sienta en su cama, abre un bote y, como si fuese una madre amorosa, unta en su rostro una crema que ella prepara. Sus comadres le preguntan por qué no tiene arrugas y le piden la receta secreta, casi casi como si ella poseyera el secreto de cómo hacer “la macharnuda”, que es una bebida alcohólica que sólo preparan por estos lugares.
El otro día, a la hora de la comida me contó de su bisabuela. Mi mamá come con mucha dignidad, como si fuese un pajarito o un pollito. No le gustan los platos copeteados de comida; cuando la veo la imagino en el Maxim’s, de París, degustando uno de los famosos platillos que contienen una porción breve a mitad del plato. ¡Ah, ni cómo comparar con los restaurantes generosos de Comitán que llenan los platos! Ella come despacio, toma breves sorbos de agua. Llama mi atención su comportamiento ante los programas televisivos de gastronomía. Ya sabe el horario en que trasmiten los programas de comidas. Se sienta, toma una libreta (ya gastada en sus hojas y en su portada) y escribe los ingredientes de la receta (lo hace con una letra manuscrita un poco garrapateada, un poco como la huella de la carrera de una gallina atolondrada. Es herencia materna, mi abuela Esperanza también escribía jeroglíficos hermosos). Termina el programa, cierra la libreta y va a la cocina a pelar las papas para ponerlas a cocer. Nunca he visto que haga una receta de esas que copia con tanta emoción por las mañanas. Tal vez de ahí heredé la afición de conservar muchas libretas, porque ella tiene varias que contienen recetas de todo el mundo.
Decía que la otra tarde me contó de su bisabuela materna. Descubrí que tengo contacto con mi pueblo, desde antes de nacer, porque la bisabuela se casó con un comiteco de apellido Alfaro. El bisabuelo era un vendedor de aguardiente comiteco, llegaba con su patache de mulas a la costa. Ya dije, alguna vez, que mi papá nació en San Cristóbal y mi mamá en Huixtla, siempre le digo que soy amigo de su paisano, el poeta Roberto López Moreno. Ella sonríe y me dice que no sabe quién es, entonces yo tomo un libro de Roberto y le leo un fragmento de uno de sus poemas y ella dice: “suena como si una nube bajara del cerro”, y entonces soy yo quien sonríe. Su bisabuela (mi tatarabuela) murió a la edad de 120 años. ¿De veras?, pregunto. Sí, dice mi mamá y cuenta que el doctor dijo que su corazón se cansaría y una mañana ella cerraría los ojos. ¡Así sucedió! Mi tatarabuela tenía dos comportamientos inusuales para alguien de su edad: caminaba mucho y leía más. Tal vez de ahí recibí la herencia del gusto por la lectura. ¡Que Dios bendiga el recuerdo de mi tatarabuela! Su bisabuela caminaba dentro de casa y le gustaba salir a la calle, pero por su edad, le impedían esto último, así que aprovechaba cuando llegaban visitas a la casa. De pronto ella ya no estaba. Salía a la calle y caminaba con una escudilla debajo del brazo, una escudilla de barro. La gente de Huixtla ya la conocía, le abría la puerta de su casa y la invitaba a pasar. Ella se quejaba de su hija, decía que era una ingrata, que no le daba de comer, así que extendía la escudilla para que le regalaran algo de comida. La gente de Huixtla, generosa, le daba un poco de guisado. Por la tarde, esa misma gente generosa llegaba hasta la casa y dejaba a la bisabuela. Entonces, ella llamaba a los bisnietos (una parte de ellos, porque la otra la consideraba como “rica”), los encerraba en su cuarto y les daba de comer. Mi mamá dice que la mayoría de sus primos estaba siempre con dolor de panza, porque comían dos veces al día. Una vez hecho esto, ella jalaba una silla y se sentaba en el corredor de la casa, abría un libro y leía, leía, leía hasta que ya la luz del sol se agotaba. Metía la silla, llegaba a la cocina y pedía su café. Ahí contaba las historias que leía. Tal vez de ahí me viene el gusto por las historias. Tal vez.
Mi mamá acaba de cumplir sus ochenta y cinco. Sé que ella es un río. Cuando hay sequía, ella se extiende como acordeón y riega las tierras agrietadas. La carita de mi mamá no tiene arrugas. Todas las mañanas se unta, amorosamente, su crema mágica. Yo la conozco desde hace cincuenta y siete años. Todos estos años ha sido el ave que llega al nido y me da de comer en el pico. A veces quiero preguntarle si ya será tiempo de que me eche a volar (mi papá me enseñó a hacerlo), pero, como los jóvenes dicen, me doy cuenta de que ahí estoy tan contento, de que esa vida es tan sosegada, tan llena de la mano divina, que me olvido del vuelo y sigo a su lado. Mi mamá es mi casa y el techo de mi casa. Tal vez por esto soy escaso y no me gusta la calle. Prefiero, siempre, toda la vida, estar en casa. Doy gracias a Dios por ello, por hacer que el techo de mi casa no tenga filtraciones ni grietas, y cuando llueve, con truenos y rayos, ella es mi refugio eterno.

lunes, 23 de marzo de 2015

EL LEÓN QUE QUERÍA VOLAR




Un día, en la plaza del pueblo, el vocero real leyó un edicto: a partir de ese instante, deberían ser proscritos los animales en actos circenses. Los dueños de los circos se alarmaron y no tuvieron más opción que llevar a sus animales al bosque y abandonarlos a la buena de Dios, del Dios de los animales, claro. Ellos no supieron qué hacer. Acostumbrados, como canarios en jaula, al cautiverio se sintieron extraños en la libertad. ¿Cómo un animal que está acostumbrado a que le sirvan, todos los días, un kilo de carne a la hora de la comida, desarrolla su sentido para la caza? Los animales se echaron debajo de los árboles o adentro de las cuevas y enflaquecieron a tal grado que las jirafas fueron confundidas con ramas secas de árbol y los leones parecían gatos de esos que, por las noches, van de tejado en tejado iluminados por la luna.
Un león, que había hecho la delicia de los niños y de los adultos que asistían al circo, cuando él brincaba a través de un aro con fuego, caminó, con paso de tortuga, hacia la primera casa que encontró en medio del bosque. Llevaba un bolso colgado, un bolso que su domador le había regalado. Un bolso de piel de jaguar (un jaguar que había muerto a la hora que resbaló de un trapecio). Un búho, con bufanda, lentes y un libro entre las alas, abrió la puerta y preguntó:
-¿Qué quieres, buen león? Acá no consumimos carne.
-Perdón, me siento muy mal, mire cómo estoy.
-Sí -asintió el búho y alargó una de sus alas y tocó la melena-, pareces un trapeador sucio.
El búho, que es un animal sabio, se condolió del animal maltrecho, lo pasó a su casa, le sirvió un poco de leche y, cuando llegó la hora de dormir, lo asiló en un gallinero que estaba vacío, en el sitio de la casa. Ahí, el león aprendió a comer la misma comida que el búho servía a las gallinas todas las mañanas. Poco a poco le agarró el gusto al maíz y volvió a tener la fuerza y virilidad que tanta fama le dio en el circo. El búho, que ya se dijo es un animal sabio, mandó a construir una jaula con barrotes de acero, porque advirtió que el león adquiría una fortaleza que se alejaba mucho de la condición esmirriada de gallinas y gallos. “Humm -pensó el búho- un día de éstos el león puede hacerse un estofado con todas mis gallinas. Eso sería desastroso”. Pero el león, contra todos los pronósticos, disfrutaba sus tres comidas de maíz molido. A tal grado que una mañana, con la alegría de los gallos, en lugar de rugir le salió un grito aflautado que sonó como quiquiriquí. Cuando el búho le llevó el desayuno y las gallinas y gallos se amontonaron, el león se acercó a los barrotes de su jaula, sacó una mano y con su garra, en movimiento parecido al arado, jaló un par de granos.
-¿Por qué estás triste? -preguntó el búho, mientras seguía regando el maíz en medio del círculo de plumas.
-Quiero volar, quiero tener alas -dijo el león-. Siempre he estado solo, encerrado en jaulas. Veo cómo las gallinas y los gallos vuelan.
-¡Las gallinas no vuelan! ¡Yo sí vuelo!
-Sí, sí -dijo el león-, pero yo me conformo con ser gallina, bueno, con poder volar poco, así como las gallinas vuelan del piso al palo donde duermen. ¿Imaginas que yo pudiera volar como tú lo haces? No, no, eso ya es un exceso. Ayúdame, tú que eres sabio. ¡Dame un par de alas!
-Hmmmm, no sé. Es complicado, altera las leyes de la naturaleza. Nuestros dioses no te mandaron alas, pero, en compensación, ¡te hicieron el rey de la selva!
El búho ya no pudo detenerse, hundió la cara entre sus plumas y llamó a las gallinas y aunque ya no tenía más granos, metió el ala en el cuenco e hizo como que les seguía regando maíz.
-Ja, bonito rey. Mírame.
Y el búho lo vio. Su mirada tenía la misma tristeza de la planta que se seca por falta de agua; la misma soledad que tiene el callejón a mitad de la noche.
-¡Dame un par de alas! -pidió de nuevo. Metió la mano en el bolso que siempre cargaba en su pecho y sacó una fotografía.
-¡Mira! Ella es mi bisabuela -dijo y extendió la foto.
El búho tomó la foto. Mostraba el desierto y a mitad de éste: la escultura de una esfinge. Una hermosa escultura con rostro y busto de mujer, cuerpo de león y alas de pájaro.
-Ya entiendo -dijo el búho-. Tienes el pretexto perfecto.
-No es un pretexto. Mi bisabuela tuvo alas. Alas perfectas, casi tan perfectas como las tuyas. Yo no te pido tal maravilla. Basta que yo tenga alas para volar del piso al palo donde duerma.
El búho prometió que haría lo posible por conceder el sueño alado del león. Dejó el trasto vacío sobre una repisa y voló hacia su laboratorio. Durante dos noches, el león enjaulado escuchó golpes de martillo, siseos de taladros y ladridos de oboes (esto último porque el búho puso música de Beethoven). Dos días después, el búho salió al patio y, desde el porche de la casa, dijo:
-Mira, león, mira.
El león se desperezó y caminó con paso veloz, agarró los barrotes y vio un par de alas soberbias.
-¡Qué belleza! ¿Son para mí?
-Sí, para que cumplas tus sueños.
El león quiso gruñir de felicidad, pero (ya se dijo) le salió una seguidoña de quiquiriquís, como de gallina clueca.
El búho le pasó el par de alas por en medio de los barrotes y el león la tomó como si recibiera el don más preciado que animal alguno hubiese recibido en toda la historia de la animalidad. Con cuidado pasó una mano por en medio del arnés, luego hizo lo mismo con la otra mano y con sus garras, ya un tanto desgastadas, cerró los broches. Las gallinas y gallos rodearon la jaula y emitieron un ¡oh! de emoción al ver el porte de esas alas que parecían iluminar todo el patio. El león paseó (ahora sí que como león enjaulado, pero con una mirada inspirada) por el breve espacio que apestaba a león. Caminó como si estuviese a mitad de la jungla. Las gallinas cloquearon y batieron sus alas, esmirriadas en comparación con las del león.
-¡Vuela! -gritó una gallina, una zarada que siempre cacaraqueaba cada puesta de huevo.
-¡Sí, vuela! -dijo un gallo que tenía enormes espolones.
-Sí, que vuele -dijeron todos a coro. Y batieron sus alas y despertaron a los micos de noche y a los changos y éstos, desde lo más alto de los árboles, brincaron sobre las ramas y gritaron como si fueran chachalacas-. ¡Sí, que vuele! Y el león abrió las alas como si fuese un pavo real, dio unos brincos para emprender el vuelo, pero una de las alas se le trabó en los barrotes.
-No, no -dijo un gallo- ahí adentro no puede volar el león.
-Puej no -dijo un peje que estaba en un estanque-. Ejo ej una bobera.
-Sí, sí -dijo un pollo, que apenas comenzaba a emplumar-. Sáquenlo de la jaula.
-No, eso no es posible -dijo el búho que, ya se dijo muchas veces en este cuento, era un animal sabio. Llamó por aparte a todos los animales del gallinero y dijo: El león debe estar en la jaula. En su naturaleza está la fiereza y puede atacarnos.
-Adió, jodido -dijo el peje, recostado en el estanque-. ¿No ven que ya éjte je acojtumbró a comer maijito? ¿Por qué no hajemos una encuejta para ver ji jacamos al león para que vuele? ¿Imaginan el ejpectáculo de ejte león volando por todoj loj cieloj de ejte reino?
El búho puso cara de fastidio. Sabía que la democracia no es buena consejera en medio de un círculo de ignorancia.
-¡Sí, sí, votemos por el sí o por el no! -dijo el gallo con espolones. Todas las gallinas ponedoras estuvieron de acuerdo e inflaron sus cuerpos como si fueran guajolotes.
El resultado fue una votación a favor de que abrieran la puerta para que el león pudiese volar. De nada sirvió la aclaración del búho sabio:
-Pero, ¿quién puede asegurar que el león volará? El león me pidió alas y yo le otorgué un par de alas preciosas, pero de eso a que vuele ¡hay una gran distancia!
Pero ya todo el gallinero iba hacia la reja y abría la puerta de la jaula. El león titubeó, jamás había estado libre. Caminó con recelo. Todos los animales hicieron un silencio tan profundo como si las piedras rezaran. El león salió y abrió sus alas. Un ¡ah! de expectación se posó sobre el piso después de salir de los picos y las trompas de todos los animales. El búho se sintió orgulloso. El par de alas era hermoso.
-¿Puedo volar? -preguntó el león con timidez, como si fuese un niño pidiendo permiso para no levantarse temprano.
-¡Que vuele, que vuele! -gritaron todos los changos, brincando sobre el piso.
El león abrió sus manos y las sacudió como si limpiara una mesa con un trapo. Las alas hicieron viento y éste una polvareda y ésta mandó a los pollos contra la cerca, casi como si fuesen hojas secas en medio de un huracán. Las gallinas volaron contra los árboles. Gritaron que el león dejara de batir las alas, pero el sonido también fue aventado contra las rocas y no hubo eco, porque el eco fue apenas otra brizna que quedó segada. El león, feliz, batía y batía las alas y brincó como si fuese un ratoncito. Se preparaba para el vuelo. El búho voló antes y se escondió en el hueco de su árbol.
-¡Oh, qué hice! ¡Dios de los bosques, perdóname!
La tolvanera ya era como un alud de piedras de viento. El caos se había apoderado del patio. Al gallo con espolones no le quedó más que arriesgarse. Se amarró un paliacate y avanzó por en medio de la tormenta de arena. Llegó hasta donde el león insistía en aletear como colibrí. El gallo se subió a una de las alas del león y, yendo de acá para allá, le gritó al león, quien pensó que ya estaba volando y confundió al gallo con ¡un águila! Así que le dio más fuerte al aleteo pues pensó que era increíble que en su primer vuelo volara por encima de las aves más fuertes. Imaginó que su bisabuela se sentiría orgulloso de él. El aleteo fue tan intenso y tan fuerte que el gallo ¡sí salió volando! y fue a dar al techo de la casa, donde quedó como un fardo maltratado.
-¡Ay, ay! -se quejó el gallo.
Las gallinas y demás gallos oyeron el lamento y, como no sabían dónde estaba, la más ponedora dijo:
-Se los dije, el león está comiendo a nuestro amigo.
Al oír eso, la comunidad de animales se alebrestó más y todos corrieron hasta el árbol donde estaba el búho.
-Búho, ¿qué hacemos? -preguntó la zarada, mientras, con una de sus alas hacía una casita para proteger a sus pollitos.
-Se los dije -dijo el búho-. Ahora ya no hay nada qué hacer. Al león le regresó su naturaleza carnívora y nos hará polvo.
-No, no, no, no queremos morir -piaron los pollitos y lloraron.
Mientras tanto, el león, a pesar de su emoción y de su fortaleza, comenzó a agotarse. En medio de la nube de polvo, el león pensó que debía dejar de aletear tantito porque, sin duda, ya estaba muy alto y debía dejar ese banco de nubes para ver en dónde iba a aterrizar de nuevo. “Uf, pensó, mis amigos gallos, gallinas, chachalacas, changos, micos y el búho estarán muy orgullosos de mí”. El león dejó de aletear y con ello la nube de polvo se diluyó. Cuando el león vio hacia abajo se dio cuenta de que seguía en el suelo y se lamentó:
-Oh, mi dios. No alcancé a despegar.
En el piso se veía una serie de huellas que marcaban, a la perfección, la trilla que había dejado el león en su intento de vuelo.
El búho voló hacia el techo, donde estaba el gallo maltrecho.
-¡Ay, ay, mis plumitas! ¡Ay, ay, mis patitas! -se quejaba el gallo.
El búho vio que el gallo no había sufrido mayor daño, porque había caído sobre el techo de láminas de cartón y eso había amortiguado el golpe.
El león se sentó sobre la tierra y vio sus alas llenas de polvo. La perfección de las alas había cesado y ahora eran como un par de camisas arrugadas. Buscó a los animales pero no los halló. Aguzó el oído y oyó un lamento como si alguien se quejara en un cuarto de hospital.
-Ay, ay, mis plumitas.
-¿Quién se queja? -preguntó.
-Ay, ay, mis patitas.
-¿Quién habla?
El búho dejó al gallo y se posó sobre la rama del árbol de jocote, a cuya sombra estaba el león, en posición de loto, jugando con la arena. El león lo vio y, con tristeza, le reclamó:
-Me diste las alas, pero no puedo volar.
-Eso no está en tu naturaleza. Entiende que eres un león.
-Sí, pero tú viste la fotografía.
-Claro, claro. Pero a tu bisabuela los dioses le concedieron las alas y al hacerlo también le dieron la capacidad del vuelo.
Cuando los demás animales vieron que el búho charlaba tranquilamente con el león comenzaron a salir de sus escondites. Los pollos y gallinas sacaron las cabezas por debajo de una tarima de madera; los changos asomaron y se colgaron de las ramas. El búho abrió las alas y los alertó:
-¡No, no, no se acerquen! El león está fuera de su jaula.
-¿Y eso qué? –preguntó el león, mientras tiraba, con enojo, un puño de arena sobre el piso.
-Ya te lo dije: la capacidad de vuelo no está en tu naturaleza, pero sí lo está el hecho de que te gusta comer carne.
-¿Carne? ¡Qué tontería! Tiene meses que no como más que maíz. Todos ustedes son mis amigos.
-Sí, pero debes entender que la naturaleza no falla. Nosotros somos herbívoros y tú ¡carnívoro! Está en ti. Esa es tu verdadera herencia.
-No, no. Yo estoy encantado con el maíz y encantado con ser amigo de ustedes. Mi naturaleza diría que debería estar ahora al lado de pumas, de panteras y de tigres.
A medida que el búho y el león platicaban, los demás animales se habían ido acercando más y más hasta estar ya casi al lado del león con sus alas maltrechas. El búho volvió a pedirles que se alejaran. Les dijo que era una tentación para el león el hecho de tenerlos cerca, al alcance de sus garras.
-No, no, no se vayan -suplicó el león.
Pero, las mamás cargaron a sus pollos y los llevaron detrás de los árboles, algo en su corazón las alertaba. Cuando el león vio la actitud de todos, comenzó a sentir cierto escozor en su corazón, como si de pronto descubriera que nunca había tenido amigos en la vida, con excepción del domador que, en una ocasión le obsequió el bolso hecho con piel de jaguar. Se sentó de nuevo y le dijo al búho:
-Tal vez tengas razón. El único que me quiso fue el domador y éste fue tragado de dos tarascadas por un primo mío, una noche en que el domador le dio dos latigazos de más. El domador tenía la cabeza dentro de las fauces de mi primo y éste aprovechó. Tal vez tengas razón, pensé que tú eras mi amigo y mira cómo me pagas. Me diste asilo, me hiciste un par de hermosas alas, pero ahora deseas regresarme al encierro, donde apenas puedo moverme, donde me pudriré en vida. Tal vez tengas razón. Ahora mismo debería usar un truco contigo para hacerte bajar y devorarte a la hora que te tenga a mi alcance, pero no lo hago porque tú eres un sabio y conoces todas las fábulas del mundo, además, te diré: no me gusta la carne con plumas. Así que, por eso no tienen de qué preocuparse.
-Nos preocupamos. La fiereza es parte de tu naturaleza.
-Claro, está en mi naturaleza ser el rey -y diciendo esto, como si fuese un toro de lidia, rascó la tierra. Se puso en pie y, después de mucho tiempo, ¡rugió! Lo hizo con tal potencia que, de nuevo, levantó una tolvanera que movió todas las hojas de los árboles. Quienes hubiesen presenciado tal rugido habrían dicho que las hojas se movieron por temor, por temor de caer en las fauces del león. El búho voló a lo alto del techo, y abrigó al gallo que seguía quejándose, pero ahora ya con una voz casi inaudible.
-No sé porqué permití que abrieran la puerta de la jaula. Mira lo que hemos propiciado.
Y ambos animales vieron hacia abajo, donde el león, de pie, con las manos hacia adelante y el cuerpo tenso, olisqueaba y se mantenía en posición de ataque.
Las gallinas y gallos echaron a correr, moviendo las alas a todo lo que daba. Los monos, desde la altura, se movían con cautela y sin hacer ruido alguno. Parecía que, en lugar de caminar sobre las ramas, levitaran. Eran unas sombras deslizándose silenciosamente. El león vio el árbol más pequeño, el que estaba junto al techo, calculó que tenía siete metros de alto y pensó: “¡Lo alcanzaré! Soy el rey de la selva, soy bisnieto de la leona con alas más famosa de la humanidad. ¡Lo alcanzaré!”. Y diciendo y haciendo. Se impulsó y se paró en sus dos patas, así permaneció durante varios segundos, como un enorme oso, como la bestia más sanguinaria, casi casi como un hombre bajo el efecto de algún enervante, volvió a rugir y se aventó contra el piso para impulsarse con sus patas traseras e ir hacia el árbol de las lagartijas y los changos. “¡Lo alcanzaré!”, gritó y luego con un potente rugido se aventó, alcanzó el tronco y, como si fuese una ardilla, trepó uno, dos, tres, cuatro metros. Le bastó un salto para caer sobre el techo que se cimbró, la estructura de madera se pandeó y las láminas de cartón se abrieron a la mitad, una de sus manos cayó en un hueco, logró el equilibrio sobre una viga y la otra mano, la que le quedó libre, la extendió con tal largueza que cualquiera hubiese pensado que era de elástico, el búho apenas tuvo tiempo para reaccionar, se hizo a un lado, pero el pobre gallo, herido como estaba, no tuvo tiempo de hacer más. El león lo atrapó con su garra y al cerrarla, el gallo torció el pico, como si hubiese sido gallo de pelea y su contrincante le hubiera dado un navajazo de muerte. El búho se hizo más hacia atrás, voló, se sostuvo tantito en el aire, como si fuese un gavilancillo. Vio cómo el león, antes de que la viga se rindiera ante el peso, logró engullir de una sola tarascada al gallo. La estructura se venció y el techo cayó junto con el león. Antes de caer como fardo al piso, el león alcanzó a deglutir, por completo, al pobre gallo.
El estruendo obligó a todos los animales a huir. Las mamás tomaron a sus pollitos entre sus alas y corrieron a todo lo que daba.
A la mañana siguiente, el patio de la casa era como un campo de batalla, con escombros del techo y árboles rasguñados y cercas tiradas. Parecía que había pasado la marabunta. Del búho sólo se le veía un ojo en el hueco del árbol, veía el desconcierto y se culpaba por los sucesos.
El león volvió a la jaula, entró con paso cansino y se echó sobre el rincón de la esquina. Ahí se quedó, revisando sus garras dobladas por el golpazo. A cada rato eructaba. Lo había dicho: no le gustaba la carne con plumas. Poco a poco se quitó el arnés y dejó las plumas en el piso. Volvía a ser un león común y corriente.
El éxodo de animales es interminable. Se alejan de su casa. Los gallos van en la retaguardia, de vez en vez miran hacia atrás para comprobar que el león no los sigue. Los pollos pían, tienen hambre y sed. Las gallinas cuchichean entre ellas y los changos brincan como si lo hicieran en un camino de brasas. Todos lamentan el instante en que abrieron la jaula para que el león saliera. No saben hasta dónde llegarán, lo único que les importa es alejarse de ese lugar.
Ahora, los pocos habitantes que pasan por el lugar, aseguran que la puerta de la jaula sigue abierta, que el león tiene la mirada perdida y que, como si fuese la llorona; grita, con un grito como de grillo afónico: “Ay, mis alas, ay, mis alas”. Alguna tarde de éstas, se echará por completo sobre la tierra, posará su cabeza en el piso lleno de polvo, cerrará los ojos y se dejará morir.

domingo, 22 de marzo de 2015

UN CANDIDATO QUE NO ALCANZA LA ESTATURA




El escritor Murakami es candidato para el Nobel de Literatura. En los últimos tiempos siempre aparece como posible elegido. El japonés vende millones de libros en todo el mundo. ¿De veras es tan bueno? Los conocedores de su obra dicen que al principio era un autor de culto. Un autor de culto es un compa que sólo es seguido por una serie de incondicionales. Estos seguidores son tan apasionados que organizan veladas literarias donde leen fragmentos, al amparo de la luz de teas, en bosques o en casas deshabitadas. Convierten al acto de lectura en todo un ritual. De autor de culto (sólo para minorías) se convirtió en un fenómeno de masas. Ahora, cada uno de sus libros es esperado con gran expectación por millones de lectores.
Los que saben de cinematografía cuentan que las películas de Santo, el enmascarado de plata, se volvieron películas de culto. Las películas del Santo son tan simples en su escenografía y en sus guiones que los puristas las abominan, pero hay miles de cinéfilos en el mundo que ¡las adoran! Es un fenómeno contrario al de Murakami; el Santo primero fue un prodigio para multitudes (todo mundo recuerda el griterío de los espectadores en el cine: ¡Santo, Santo, Santo!, y ahora es un ídolo sólo para iniciados).
Nadie podría decir cuál es la riqueza que provoca el portento del cine del Santo. ¿Acaso es un portento el que los vampiros, por ejemplo, sean muñecos forrados con peluche y se vean los hilos de donde cuelgan? Uno podría preguntarse: ¿cuál es la riqueza de la literatura de Murakami? Daré una opinión muy personal. En primer lugar diré que me daría mucha pena (por la literatura) enterarme una mañana, por medio de la prensa o del Internet, que, en efecto, al buen Haruki Murakami le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Me dará pena por la literatura. El otro día, Pepe llevó un libro de Harold Bloom, un gran crítico literario. Entré al Internet para saber un poco más de Harold y me topé con una declaración donde dice que, con frecuencia, muchos lectores le escriben diciendo que ahora sólo leen basura, hablando de la literatura que se hace en estos tiempos. Esta declaración no puede generalizarse. Yo digo que la literatura actual tiene dos o tres buenos escritores pero dentro de éstos no está (perdón) Murakami.
¿Han leído los cuentos de Haruki? El libro más reciente: “Hombres sin mujeres” no satisface al lector acostumbrado a leer los cuentos de los grandes escritores. Este libro es un libro de variaciones sobre un mismo tema, lo cual no es malo; lo que sí es malo es la viga que no alcanza a dar la nota suprema. Murakami queda debiendo a quienes son lectores exigentes, a quienes saben que la literatura no es una mera armazón plástica. Me gustó su novela: “Kafka en la orilla”, donde se presenta como un escritor con capacidad para fabular más allá de lo evidente y de lo simple. Pero me queda debiendo mucho como narrador de cuentos. El cuento no es lo suyo, pareciera que todo está a punto del desborde y que como si fuese agua necesita el río de la novela para poder abrir ventanas.
Si un día Murakami obtiene el máximo galardón literario el mundo editorial estará dando razón a todos los lectores que le escriben a Bloom: los tiempos contemporáneos estarán jodidos.
Ya Mario Vargas Llosa nos alertó acerca de estos tiempos donde la cultura es un mero espectáculo. Cada vez tenemos más propuestas light; todo se banaliza; todo se hace más digerible, para evitar esfuerzos intelectuales.
Ya, también, los grandes críticos nos han advertido de esa campaña perversa donde todo está encaminado a que las personas ya no piensen, no razonen.
He leído tres cuentos que están contenidos en el libro “Hombres sin mujeres”; antes leí (hablando de cuentos) “Sauce ciego, mujer dormida” y la impresión que tengo es que Murakami no logra la circularidad que exige el cuento, no hay la suficiente contención; es decir, la suficiente habilidad literaria para bordar un texto inolvidable.
Los lectores sabemos que el Nobel está rodeado de intereses alejados del arte, basta mencionar la mercadotecnia para entender por dónde van las decisiones. Es comprensible. El orden del mundo capitalista obedece a grandes dictados. Pero uno pensaría que estos dos mundos no necesariamente tendrían que estar en polos opuestos.
Si se tratara de elegir elegiría a Joyce Carol Oates, mil veces por encima de Murakami. En fin, no soy nadie para tratar de colgar estrellas en el árbol. A veces, lo sabemos, hay gente que tala árboles y siembra postes plásticos para simular que hay un bosque. Los editores de Haruki han sembrado mil árboles que parecieran no ser naturales; es decir, no producen oxígeno.

sábado, 21 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO MUNDO SE VA DE PINTA




Querida Mariana: una noche entrevisté al poeta Jorge Esquinca, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Jorge es uno de los grandes poetas de Iberoamérica. Esa noche, en la calle, frente al edificio del Instituto Chiapaneco de Cultura (hoy Rectoría de la UNICACH), entre otras, le solté la pregunta: “Si fueras pez, ¿por quién te gustaría ser pescado?”. Jorge no dudó, abrió los brazos en señal de que no había elección: “Por Nastassja Kinski, definitivamente”, dijo. Yo, imitándolo, abrí los brazos en señal de que, en efecto, esa era la mejor elección.
Yo también recibí el deslumbre de Nastassja una mañana de 1979, en un cine de la Ciudad de México. Me había ido de pinta con un grupo de compañeros universitarios. En ese tiempo estudiaba en la Escuela de Arquitectura, de la Universidad del Valle de México.
¿Quién es Nastassja? ¿Por qué Jorge no dudó en nombrarla? No sé si vos has visto alguna película donde ella haya actuado. Yo la vi aquella mañana en una cinta que se llama “Cosi com sei” (en su traducción al español la podés encontrar como “Así como eres”). Nastassja actúa al lado del enormísimo Marcello Mastroianni.
Todo aquel que fue estudiante recuerda haberse ido de pinta. ¿Vos te has ido de pinta? ¡Claro que sí! Hay escuelas que tienen bardas altísimas para evitar la fuga de los alumnos, pero no faltan los atrevidos que encuentran el modo de saltarlas, como si fuesen experimentados habitantes de un penal. No recuerdo haber ido de pinta cuando estudié en la primaria ni en la secundaria. Mis pintas comenzaron cuando entré al bachillerato. Por fortuna, estudié en el edificio donde hoy está la Casa de la Cultura; un edificio sin bardas y con la puerta abierta de manera permanente. Hoy valoro mucho ese sistema educativo, en el que no había restricción. La prepa de Comitán nos mandaba la señal maravillosa de que éramos libres de entrar o no entrar. Con mis compas, en una o dos ocasiones nos fuimos de pinta. Tal vez una vez al billar de Nevelandia y otra, tal vez, al bar “El apolo”, que estaba a cuadra y media de la escuela. Y digo que sólo en dos o tres ocasiones, porque las demás veces que fuimos al billar o a sentarnos al parque o a tomar un refresco en el Café Intermezzo lo hicimos porque el maestro no había llegado y teníamos clase “libre” y en lugar de apoltronarnos en el patio o en el salón salíamos “como Pedro por su casa” y aprovechábamos esa hora. Ya dije que nosotros, preparatorianos afortunados, no sólo tuvimos el privilegio de estudiar en una escuela de puertas abiertas sino que también tuvimos la bendición de tener al parque central como nuestro patio de recreo. A veces me topo con Marirrós en alguna reunión de trabajo, nos citan a las diez y nosotros llegamos un minuto antes de la diez, ella me dice: “No aprendemos, Alex”. No, mi querida Marirrós, no entendemos que ahora las citas comienzan una hora después, cuando la cosa va bien. No aprendemos, porque nosotros estudiamos en una escuela donde ninguna puerta nos impedía salir o entrar, aprendimos a respetar el recinto aun sabiendo que éramos pájaros y podíamos volar a la hora que se nos pegara la gana.
Nastassja es hija del actor Klaus Kinski. En Comitán tenemos la costumbre de decir “el peor cuch se queda con la mejor mazorca”, cuando alguien medio fiero se hace novio de una muchacha bella; bueno, en el caso de Nastassja y Klaus algo similar podríamos decir, porque si hubiese un concurso del actor más fierito, el buen Klaus se llevaría el primer lugar o, ya con generosidad del jurado, el segundo lugar. Lo mismo sucedería con Nastassja si hubiese un concurso de la actriz juvenil más bella: Nastassja, si el jurado fuese medio estúpido, le concedería el segundo lugar, pero si el jurado fuese honesto se deslumbraría con la belleza de ella y le daría el primer lugar, con la misma velocidad que Jorge dijo que a él le gustaría ser pescado por ella. Esa noche imaginé a Jorge a mitad de la laguna, chapaleando al lado de bagres y de pirañas, y vi a Nastassja, sin caña de pescar; la vi meter sus manos en el agua y tener a todos los peces rendidos ante el brillo de su mirada. ¿Cómo un hombre tan feo engendró una mujer tan bella? Ah, es cuando se comprueba que el milagro, si bien no es cosa de todos los días, es una posibilidad cercana a quienes tienen fe. Porque Nastassja tiene tantos creyentes como si fuese la Virgen del Rosario. Ah, qué mujer más hoja de mirto, qué mujer tan bruja blanca para perder a los hombres de buena voluntad. Aquella mañana yo también caí rendido ante la belleza de esa chica alemana. La cinta fue filmada en 1978 y ella nació en 1961; es decir, tenía diecisiete años cuando se recostó en una cama y se desnudó y tomó la mano de Marcello y comenzó a darle pequeños besos como si su boca fuese una mariposa que diera saltitos y en cada saltito sembrara flores de luz. Marcello quedó iluminado e iluminados los miles y miles de espectadores que, con la respiración entrecortada, vimos cómo ella, con un simple movimiento de su cuerpo, levantaba el polvo de nuestro deseo y dejaba a éste expuesto como si fuese una madrugada o una playa dispuesta a amarrar al mar para siempre.
Durante los cuatro años que estudié en la Facultad de Ingeniería de la UNAM nunca falté. Todas las mañanas, de lunes a viernes, salí de la casa de doña Rome, con la bufanda enredada al cuello y caminé las calles que debía caminar hasta llegar a la Avenida Universidad para tomar el autobús; todas las mañanas miré desde la ventanilla cómo los departamentos se iluminaban y las mamás preparaban el desayuno del papá que debía salir para el trabajo y para los hijos que debían ir a la escuela. Sentí el olor de aquella ciudad, un olor que es como una bofetada dulce y agria para quienes madrugan. Nunca falté. Siempre llegué temprano y caminé por las islas y pasé frente a Arquitectura hasta llegar a Ingeniería. Nunca me fui de pinta de la escuela, pero sí de los salones. La mayoría de veces no entré a Electrónica y no lo hice porque a esa hora Juan José Arreola estaría en la Facultad de Filosofía y Letras o en el auditorio de Leyes exhibirían una película de Fellini, y, la mera verdad, yo catafixiaba, con una mano en la cintura, los circuitos electrónicos por la magia de la palabra de Arreola o la magia de la imagen de Fellini. A mí me encantó “estudiar” en la UNAM porque era como mi escuela preparatoria: una escuela de puertas abiertas. Así deberían ser todas las escuelas del mundo: ¡que entre quien quiera y salga quien quiera!; que el sentido de responsabilidad se vuelva una decisión personal y que cada quien asuma las consecuencias de sus actos (hablo, por supuesto, de niveles superiores. No imagino a niños de preescolar decidiendo por sí mismos).
Si todas las pintas tuvieran el mismo resultado que tuvo la pinta que hicimos los cuatro estudiantes de arquitectura, de la UVM, el mundo estaría de acuerdo en institucionalizar las pintas. Hoy, Nastassja Kinski es una mujer que tiene más de cincuenta años. Al ver una foto de ella se comprueba que no se ha hecho ninguna cirugía del rostro. Cuando la veo recuerdo el rostro lleno de grietas de Brigitte Bardot, otra actriz que fue bellísima en su juventud. Respeto esos modos de tomar la vida; así como respeto a quienes, como Jorge, recuerdan la imagen de un instante de luz. Alguno de los compañeros tuvo la idea de irnos de pinta e ir al cine a ver esa película, porque alguien le había dicho que una niña de diecisiete aparecía desnuda. (Hoy, está claro, el mundo protestaría porque una niña de diecisiete hiciera un desnudo total. Se sabe que los pederastas abundan.) Dijimos que sí, dejamos el edificio que está en la colonia San Rafael, nos subimos al carro de Humberto (una lancha enorme, de color azul que también nos sirvió para ir a las colonias más populares de la ciudad, cuando entrábamos a las fiestas y jugábamos a ser “Judiciales”. Dios mío, no nos atreveríamos a hacerlo en estos tiempos, pero en aquéllos lográbamos atención especial cuando el dueño de la fiesta se enteraba que nosotros…) y fuimos (no lo sabíamos) a recibir la bendición de la niña más hermosa y convertirnos, igual que el poeta, en eternos seguidores de su religión. Sí, igual que Jorge, miles y miles de espectadores en todo el mundo nos convertimos, dejamos de lado nuestra religión materna y, por decisión propia, nos hicimos seguidores de esa virgen que nos conducía al terreno espiritual por el mejor camino que existe en el mundo: el camino de la carne, de la piel de durazno.

Posdata: bastó ver el instante en que Marcello llega al jardín y se acerca a Nastassja y ésta levanta su rostro y, con un ligero movimiento de mano, hace para atrás su cabellera, para saber que estábamos irremisiblemente perdidos y hallados en su infinito misterio.

miércoles, 18 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN LEÓN QUE ES COMO CUYO




Querida Mariana: el león no es como lo pintan. Antonio tampoco es como lo pintan. El león y Antonio son ¡como son! A veces, en cuentos infantiles el león aparece tan frágil como un gato que lleva días sin comer su ración de talguate. El león, en el zoológico, también aparece como una rata enorme, gigante, temerosa. Pero, imagino (sólo imagino) a un león a mitad de la selva y lo imagino como el rey. ¿Alguna vez has estado cerca de un león? El Gumersindo dice que él se pasó la adolescencia frente a leones y, según él, los dominó a todos. La prima Engracia se botaba de la risa cuando él nos decía eso y nosotros abríamos los ojos llenos de asombro. Ya luego nuestra admiración se convertía en burla cuando nos enterábamos que el Gumersindo fue un borracho y lo que tenía sobre la mesa, todos los días, a todas horas, eran esas famosas cervezas yucatecas, de color ámbar oscuro, cervezas “León”. Cuando la Engracia le quitaba a la historia el aura de misterio, el Gumer decía lo que dice todo el mundo: “el león no es como lo pintan” y reía a carcajadas, mientras levantaba la mano y pedía otra ronda de cervezas (ya para el tiempo en que conocimos a Gumer él tomaba cerveza Carta Blanca).
Esto sale por lo que me dijiste ayer, mientras leíamos el cuento de Anastasio Hernández, sentados en una banca del parque central. Leíamos tranquilos cuando Antonio apareció y se sentó a nuestro lado. Hicimos una pausa en la lectura y comentamos una línea donde el autor cuenta que el león de Hipólito (un león que tenía prisionero en una jaula en la parte posterior de su casa) se echó en la esquina de la jaula y comenzó a llorar. Vos dijiste que no creías esa línea, que el cuento carecía de verosimilitud porque los leones no lloran. Supe que lo dijiste por Antonio, que estaba sentado a nuestro lado. Dijiste que suspendiéramos la lectura, porque era una pérdida de tiempo continuar con una historia truculenta, pero sé que fue por Antonio, porque él se permitió una broma también, dijo que había visto llorar a varios leones cuando perdieron ante las águilas (te enojaste, porque cuando él te explicó que era un chistorete acerca de jugadores de equipos de fútbol mexicano dijiste que era una broma tonta). (Por eso, cuando Antonio se fue, me dijiste que no te gusta que más gente esté con nosotros cuando leemos.)
De verdad, ¿los leones no lloran? ¿Ni siquiera los leones de los cuentos? Sé que te molestó la intromisión. Parece, mi niña bonita, que también los Antonio no son como los pintan. Hay Antonio que es como cuicuil (el cuicuil es el animalito que jode a la ladilla); hay Antonio que es como un cuchillo de palo, que no corta, pero cómo jode. Abundan los Antonio en el mundo. A mí me apena mandar a jondear gatos a los metiditos. Pero, lo hago. Esa tarde, lo siento, no sé porqué no pinte la raya a la hora que Antonio se acercó, nos saludó y se sentó a nuestro lado. Usando su ejemplo futbolístico, siempre he insistido que, en un estadio, nadie se baja a mitad del partido a platicar con Chicharito. ¿Por qué, entonces, cualquier mortal llega e interrumpe un partido de lectura? Los metiditos ¿no se dan cuenta que ahí hay un encuentro entre el lector y el autor? ¿No se dan cuenta que el acto de lectura es un acto sagrado, casi casi como si estuviésemos en un ritual religioso?
El león no es como lo pintan. En Puebla conocí al Mil amores, un vidente que era muy visitado por políticos para que aquél les dijera si iban a ser diputados o senadores o gobernadores. Claro, el Mil amores también atendía a gente común. Le dicen así porque ha tenido muchas mujeres. Tiene su casa en Cholula. En una de las entradas de su casa mandó a construir una jaula y ahí encerró a un león. La gente que caminaba por la banqueta podía ver al animal enjaulado. Cuando lo conocí era un león talguatudo, como si fuese una marioneta y sus patas fuesen alambres forradas con peluche deslavado. Era una imagen muy triste. Tan Triste que días después un grupo de personas elevó una petición ante el gobierno para que el león fuese liberado. La petición fue exitosa y dos o tres semanas después, la prensa dio la noticia de que el león del Mil amores había sido trasladado a otra estancia, no tan miserable, no tan inhumana.
Con esto que te cuento, parece, mi niña, que el ser humano tampoco es como lo pintan. Hay seres humanos que son como loros sin plumas; hay otros que son como leones trasquilados; hay otros que son como cuervos vestidos de pavo real; y hay pavorreales que son simples guajolotes. Antonio, ¿qué clase de ser humano es?
La gente dice que el león no es como lo pintan. Esto es cierto en el plano de la realidad. Pero, en la literatura, en el mundo de la imaginación, el león sí es tal como aparece. Ese león del cuento que te disgustó se echó en una esquina de la jaula y lloró porque quería tener alas. ¡Todo esto es creíble! Si querés, mañana vamos al parque, nos sentamos en una banca y terminamos de leer el cuentito. Estoy seguro que te gustará. Tendré cuidado de ahuyentar a arañas que echan a perder una tarde de lectura; tendré cuidado de no permitir la intromisión de alimañas con nombres raros como Antonio o Caca.

lunes, 16 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE UN CONDOMINIO




En 2014, la noticia apareció en los diarios principales y se proyectaron reportajes por televisión: en la ciudad se había inaugurado un nuevo complejo residencial, en la zona más exclusiva de la ciudad. El complejo consistía de seis torres, dos con cuatro bloques, una de tres y tres de dos. Cada una de las torres tenía apipuerto. El punto de aterrizaje estaba simbolizado con un círculo rojo, al que le daban mantenimiento todas las mañanas. Un equipo especializado de técnicos regaba suficiente azúcar de color rojo. De esta manera cuando alguna nave aterrizaba podía abastecerse del combustible suficiente para retornar al panal mayor.
El complejo residencial contaba con lo más sofisticado de los avances tecnológicos: sistemas de video vigilancia y celdillas solares que ayudaban a mantener la textura de la cera, el polen y la miel.
En cuanto la noticia se supo en todo el reino, muchas abejas obreras acudieron a las oficinas del Infonavit para solicitar créditos y adquirir los departamentos para consentir a las reinas y a algún zángano que nunca falta en las familias.
¿Qué sucedió y por qué dicho complejo fue atacado de manera brutal la noche del 12 de marzo de 2015? Las imágenes que la televisión exhibió en los noticiarios fueron brutales y devastadoras. Todo mundo desayunaba y se preparaba para ir a la escuela o al trabajo, cuando, todos los canales de televisión interrumpieron su programación normal y dieron paso a imágenes tremendas: las torres de “Hiper colmena” se quemaban y acusaban derrumbe. Las personas dejaron de hacer lo que hacían, se quedaron con el bocado del cereal en la boca o detuvieron de golpe sus autos sobre el bulevar y vieron en las pantallas cómo un grupo de abejas, en lugar de aterrizar sobre los apipuertos se dirigían contra las estructuras, chocaban, estallaban en mil fragmentos y provocaban incendios de proporciones volcánicas. Las autoridades, de inmediato, enviaron a aviones caza para delimitar el espacio y evitar que más avejas (se escribe con v porque son las que pertenecen al grupo de violentas) impactaran contra las torres. No obstante, el atentado fue tan bien planeado que el daño ya estaba hecho. A medida que pasaba el tiempo, las estructuras amenazaban con derrumbarse. Toda la ciudad estaba conmocionada. La reina mayor de la colmena gubernamental dio un mensaje brevísimo a todo el país. Con el rostro como de auto recién chocado se dirigió a la nación diciendo que eso era no un ataque a su país sino a todo el mundo libre, a las instituciones democráticas, por lo tanto, decretaba tres días de luto nacional e instruía a las abejas reales a iniciar una contraofensiva en contra de las fundamentalistas abejas africanas.
El día de hoy se sabe que tropas imperialistas han invadido territorios africanos donde están las principales minas de diamante. Algunos analistas políticos de Venezuela dan pruebas de que el ataque de las torres fue un auto atentado para justificar la invasión de países africanos.
La noticia más reciente es la del Departamento de Desarrollo Urbano donde se prohíbe la construcción de edificios que excedan la altura de un bloque.
El sueño más grande de la comuna fue cortado de tajo. Las grandes torres que eran símbolo de la riqueza del país más poderoso del mundo cayeron como caen los niños que apenas comienzan a caminar.

domingo, 15 de marzo de 2015

EL POSESIVO MI




En Comitán usamos con frecuencia el posesivo mi. Si vamos al Foquito decimos: “deme’sté un mi pan compuesto y un mi hueso”. Nos apropiamos del objeto antes de que sea nuestro. Óscar Bonifaz cuenta que pidió a un grupo de alumnos evitar el uso de ese posesivo ahora que iban a representar la obra teatral a otro estado. Estuvo muy atento a la hora que entraron al restaurante de aquella ciudad y les recordó: “No digan: demes’té una mi taza de café. Basta que pidan una taza de café. ¿Entendieron?”. Sí, dijeron los muchachos. Cuando el mesero se acercó, comenzaron a pedir de forma correcta, hasta que le tocó el turno a Rafa, quien, miró la carta, vio al mesero y, acordándose de la petición del maestro, muy propio dijo: “A mí, deme’sté una “lanesa””. Sí, le quitó el mi.
Tal vez por esa herencia, yo tengo el vicio de apropiarme de lo que está a mi alrededor. Sé que no sólo yo padezco tal mal. Mirtha Luz, la poeta, ya dijo: “Yo no soy de Comitán / Comitán es mío”. Ah, bonito asunto.
Mi mal se agrava porque, como soy hijo único, me acostumbré de niño a que me cumplieran mis caprichos. No acostumbro compartir las cosas, porque éstas son mías. En el rancho dicen que no se debe prestar la mujer, la pistola y el caballo. ¿Ven? Hay muchos que padecen el mal. No se prestan porque son propiedad exclusiva. Sé que ahora muchas feministas ya se están agarrando del chongo porque en el dicho ranchero hay una carga machista impresionante. Se toma a la mujer como un objeto del cual puede disponerse. Se pone a la mujer a la misma altura del caballo (de la yegua) y de la pistola. Ahora las oigo echando sus gritos a mitad del parque peleando su derecho a la libertad. Pero, no todo mundo piensa igual. Hay, también, muchísimas mujeres que tienen en mente el posesivo y dicen: “Él es mi hombre”, y no lo prestan.
Yo no tengo pistola ni caballo, pero cuando me refiero a la Paty, mi compañera de más de treinta años, digo: mi Paty, como para dejar claro que es ella y no otra. No presto libros. Si alguien, ya a punto del desborde, me pide prestado un libro de “mi” propiedad, no lo presto ¡se lo regalo! Porque sé que ese libro ya no regresará a mis manos. Aplico el otro dicho que se dice con frecuencia: “Quien presta un libro es un tonto y es más tonto el que lo regresa”. Qué dicho tan tonto. Se entendería que los lectores son gente decente y que respetarían la propiedad ajena, pero no es así. El que recibió el libro, casi con orgullo, muestra el libro de mi propiedad y dice que él no es tan tonto como para regresarlo.
Pareciera que en el párrafo anterior me contradigo. Al principio dije que no presto mis objetos, dije que tengo el mal de la posesión, y ahora digo que, en caso extremo, no presto pero sí regalo. Esto lo hago con mis objetos más queridos. Porque no tengo empacho en regalar un pantalón o una camisa. Estos son objetos secundarios en mi vida. Los libros son la esencia de mi existencia. Pero, en los últimos tiempos trato de aplicar cierta teoría del desapego. Porque la vida es tan fregona que devuelve todo. A punto de regresar a mi Comitán, después de vivir en Puebla durante 9 años, decidí que no podía pagar una mudanza para transportar el librerío, así que llamé a Fito y le dije que si quería los libros de mi biblioteca. Al otro día estaba ahí, acompañado de su Paty, para cargar todos “mis” libros en “su” camioneta. Cuando dije adiós a Fito, dije adiós, para siempre, a mis libros, y como La Llorona, grité: “¡Ay, mis libros!”. Me sequé una lágrima que apareció en mi cara y cuando mi Paty preguntó si estaba triste dije que sí, que me daba tristeza la partida de Fito. Me vio con cara de decir “mentiroso”. Cinco o seis meses después, ya laborando en la Universidad Mariano N. Ruiz, llegaron Socorrito Román y luego Roberto Ortiz Gutiérrez, quienes, en un acto de desprendimiento generoso, donaron gran parte de sus bibliotecas personales. ¡Pues nada! Que muchos de mis libros estaban ahí. ¡Regresaron! Volvieron con la misma tranquilidad que regresan los aguaceros cada año y con la misma abundancia con que sale el tzizim.
Ya soy un poquito desapegado, pero si puedo evitar en mi persona “ese acto generoso” de prestar (regalar) un libro de mi propiedad ¡lo evito! Adió jodido, llevo más de cincuenta y siete años consintiendo ese mi posesivo que me regaló la cultura comiteca. No lo puedo echar por la ventana así como así. No me gusta que jueguen con mis juguetes; no soporto ver que rayen mis cuadernos; no dejo que los otros, con cualquier pretexto, me quiten mi tiempo; me jodan mi vida.
Trato de aplicar en los otros lo que pido para mí: “no joder”. Procuro no joder a sus madres, porque no les hago su gusto de joder a la mía cuando así me lo ordenan.
Sí, lo confieso, poseo el mal del mi posesivo. Cuando entro a una sala cinematográfica de la plaza y no hay nadie más, sonrío, porque sé que esa película será exhibida especialmente para mí. Cuando, a la hora que apagan las luces, entra más gente cargando sus combos de palomitas y de refresco, hago un ligero mohín, pero ya no me enojo. Estoy aprendiendo a ser un tantito tolerante. ¡Le doy chance al mundo de meterse con “mi” mundo!

sábado, 14 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO SE INVENTA UN JUEGO PARA ELIMINAR DISTANCIAS




Querida Mariana: en apariencia, las distancias no han variado. Teopisca está a 60 kilómetros de Comitán. Pero hubo un tiempo (antes de los años cincuenta del siglo pasado) en que el viaje debía hacerse a caballo y ello implicaba una jornada larga de viaje. ¿Cuánto tiempo tardaba el viajero en llegar a Teopisca? Ahora, ya existe la Carretera Internacional y el tiempo de viaje se ha reducido. Aunque el tío Armando, enojado, somata el puño sobre la mesa y dice que eso es mentira; dice que ahora lleva más tiempo llegar a Teopisca por los topes interminables y por los frecuentes bloqueos de maestros y de organizaciones.
¿Se han eliminado distancias? No, las distancias físicas siguen siendo las mismas, Teopisca está en el mismo lugar que estaba en 1950 y Comitán también, así que la distancia es la misma. Lo que ha cambiado es el tiempo que invertimos para llegar, porque ahora, en lugar de viajar a caballo viajamos en autos que alcanzan velocidades de cien kilómetros. París está tan lejos de Comitán como estaba el día que el doctor Belisario Domínguez partió, en barco, para estudiar allá. Pero, ahora, ¡ay, criatura!, para llegar a París ya no tarda uno semanas, basta treparse a un avión en el aeropuerto de la Ciudad de México para, después de un viaje placentero, viendo una película acompañada con una copa de champaña, llegar a la Ciudad Luz doce horas después.
Si bien de manera física es imposible modificar los 60 kilómetros de Teopisca a Comitán, las redes sociales, por ejemplo, permiten que esa distancia se acorte, se vuelva casi casi nada.
Cuando Rosaura se despidió de nosotros, en 1975, para ir a estudiar a Madrid, organizamos un guateque en su honor. Esa noche arreglamos la casa de Mario y ahí fumamos, platicamos, bebimos, bailamos y lloramos (no hicimos más porque la banda de ese tiempo era muy modosita). Como a las dos de la madrugada, Rosaura se despidió de cada uno de nosotros. Ahí lloramos. Ella se colgaba de cada uno de nosotros y parecía que iba, no a Madrid, sino al fin del mundo. ¿Cuándo regresarás?, le preguntábamos y ella decía que no antes de un año. Madrid estaba tan lejos y además el boleto de avión era muy caro. Todos salimos a la calle, la vimos subir al carro de su papá y la vimos desaparecer. Al día siguiente viajó a la ciudad de México y dos días después trepó al avión que la llevó a España. Nosotros, quince días después, dimos por terminado nuestro periodo de vacaciones y volvimos a la ciudad de México y nos reincorporamos a los estudios de la UNAM, universidad donde estudiábamos.
Mes y medio después, más o menos, recibí una carta de Rosaura. Le había dado mi domicilio del Distrito Federal. Estaba contenta, sorprendida por todo lo que estaba viviendo, hablaba maravillas de su carrera y de su universidad, contaba que había conocido un chavo con el que la llevaba bien, muy bien, y que, por el momento, no eran novios, pero ya él la había llevado a la casa de verano que tenían sus papás y la había presentado con ellos y éstos la habían tratado muy bien. Me contaba que la casa de verano de su amigo, Javier, estaba en un barrio que se llamaba Ventas y ella me contaba que jugaba con Javier a las ventas y a las compras (ya no me decía más, pero yo intuí que ella y él habían inventado un juego bonito y, por eso, Rosaura estaba fascinada con su amigo). Al final de la carta, después de frases llenas de sol, una nube gris apareció. Confesó que, por las noches, a la hora que se sentaba en la cama y se quitaba la ropa para ponerse el pijama, la nostalgia por Comitán aparecía, para intensificarla ponía en el aparato reproductor un casete de marimba, suspiraba y se echaba para atrás con los brazos detrás de la nuca. Al final me preguntaba cómo estaba, me decía que, por favor, le contara de mi universidad, de los amigos de la banda y de Comitán. En la posdata me pedía que le hiciera un favor muy especial, que cuando fuera a Comitán de vacaciones (las de navidad estaban a la vuelta de la esquina) le grabara sonidos de nuestra ciudad y que se la mandara a Madrid, que le dijera el costo del envío y que ella le diría a su mamá para que me diera el dinero. (Muchos años después recordaríamos cómo en la película “El cartero de Neruda” el cartero le envía una serie de sonidos al poeta que está lejos de Chile. Javier, Jorge y yo, mucho antes hicimos lo mismo para complacer a Rosaura.)
¿Qué me pedía Rosaura? Me pedía que le acercara a Comitán; me pedía que eliminara distancias. Ella estaba del otro lado del mar, pero sabía que si yo le enviaba sonidos de Comitán, ella -de forma imaginaria- podía tender un puente que eliminara esa distancia brutal que existía (y existe) entre Madrid y Comitán. Así que, cuando llegué a Comitán les dije a Javier y a Jorge que debíamos grabar sonidos. Memo me había vendido una grabadora de carrete que, si bien no era profesional, servía para el pedido de nuestra amiga. Jorge dijo que estaba bien, pero que debíamos hacer una relación de los sonidos más representativos, entonces, como tampoco se trataba de ser muy seriecitos, nos subimos a un taxi y fuimos a “La jungla”, una cantina que estaba rumbo al Club Campestre, caminamos por el piso de tierra recién humedecido, nos sentamos en la mesa del rincón y pedimos tres cervezas; mientras el mesero servía el pedido, junto con la botana que incluía unas tortaditas de frijol con queso, crema y salsa roja que eran una delicia, saqué una libreta y pluma y comenzamos a hacer la relación. No recuerdo bien, pero no creo que esa tarde hayamos comenzado a hacer las grabaciones, lo más seguro es que esa tarde pedimos una ronda más y otra y otra y luego pedimos una botella a consumo. Tal vez, lo más seguro, es que al día siguiente, con una cruda de Dios padre, tampoco hayamos grabado uno o dos sonidos, lo más seguro es que al otro mediodía, hayamos ido a la cantina de tío Tavo Penagos para tomar dos cervezas bien frías para mitigar la cruda. Entonces, debió ser al tercer o cuarto día de estar en Comitán cuando cumplimos con el encargo.
Rosaura dice que nunca recibió la caja con la cinta grabada; Javier jura que fuimos a casa de la mamá de Rosaura y pedimos dinero para hacer el envío por correo; Jorge dice que no recuerda que hayamos ido a la oficina de correo para hacer el envío, es más, pregunta si no recuerdo que, al final, la calidad de grabación era tan mala que decidimos no enviar la cinta. ¿Yo? Ya me conocés, los cables se me entrecruzan y no recuerdo el final de la misión. Sí recuerdo que fuimos a algunos lugares para grabar sonidos, que Jorge sostenía el micrófono (con una rodilla en el piso y con el brazo extendido) y que Javier daba vuelta a la perilla para dejarla en el espacio que decía “Record”. Recuerdo que nos sentíamos importantes, porque las personas que pasaban, invariablemente, veían qué hacíamos y no faltaba alguna que preguntaba qué hacíamos. Acá, de la historia debo creer la versión de Rosaura, si ella dice que jamás le llegó ¡eso es lo cierto!, pero Javier insiste en que sí hicimos el envío y que, tal vez, el paquete se extravió, como entonces solía acontecer. Hay tantas historias de envíos postales que nunca llegaron a sus destinatarios o llegaron muchísimos años después. Javier dice que tal vez sí llegó, pero como Rosaura, al cumplir el año, ya no aguantó más en España y regresó a Comitán, sin dar mucho detalle de tal determinación, ya no estaba en Madrid cuando el paquete llegó. ¿Quién sabe? Lo cierto es que sí hicimos una serie de grabaciones y que Rosaura nada recibió. Pero acá, lo importante, mi niña querida, es decir que Rosaura buscaba eliminar la distancia a través de sonidos reconocibles.
Recuerdo que una mañana, Jorge abrió el balcón de su casa y aventó pétalos de rosa. Grabamos ese sonido (tal vez inaudible), pero al final, Javier decía: “sonido de pétalos de rosa al caer sobre banqueta de la tercera calle sur poniente, con fondo de vendedor de paletas”, porque, precisamente a la hora que grabamos el sonido de los pétalos, apareció el vendedor con su carro de paletas. Este vendedor era muy simpático, porque tenía una voz como de agua que cae en un albañal y gritaba: “Paletas, paletas, paletas de vainilla, fresa, chocolate y rábano”. ¿Paletas de rábano? Ahora pienso que era su estrategia de mercadotecnia porque cuando alguien le pedía una de rábano, sólo para salir de la duda, él quitaba la tapa del carrito, la sostenía con la mano izquierda y con la cabeza casi adentro del carro buscaba. Segundos después emergía, como buzo a mitad de un arrecife, y decía: “Se me acaban de acabar”, y ofrecía de los sabores que le quedaban: fresa, vainilla y chocolate.
Otra mañana, Jorge colocó el micrófono sobre el tronco de un tenocté. Dijo que era para que Rosaura escuchara el corazón del árbol.

Posdata: ¿Cómo se aligera el barullo de la distancia? ¿Abriendo puertas en el piso?

viernes, 13 de marzo de 2015

PARA CANTAR UNA CANCIÓN AL PUEBLO DONDE NACISTE




“¡Vengan, vengan!”, dice tío Chinto al muchachitaje. Todos los niños corren como si estuviesen en la hora de recreo o fueran a recibir un regalo. “Vengan, vengan”, dice el tío y todos corren a la orilla del río, por el lado donde está una banqueta de cemento, que como orla de vestido, sigue todo el cauce del río. Nadie sabe hasta dónde termina la banqueta, nadie sabe hasta dónde termina el río. Los más viejos, los que hace años corrieron también por la banqueta dicen que ésta no tiene fin, lo mismo dicen del río, pero algunos otros, más viejos, que ya casi no tienen muelas, ni tampoco hilos de memoria, de pronto, a la hora que abren los ojos, aseguran que el río termina en el mar, pero, eso sí, sostienen que la banqueta continúa. Hay incluso algunos que se atreven a decir que por eso Jesús caminó sobre el mar.
“¡Vengan, vengan!”, dice tío Chinto y el muchachiterío corre por la banqueta, con como bandadas de gaviotas. Los niños abren los brazos y corren detrás del tío, corren como si fuesen conejos o venados, lo hacen a saltitos; abren los brazos y se creen golondrinas, se creen aviones. Hacen ruido con sus bocas. Las lagartijas que descansan sus panzas sobre el cemento caliente por haber recibido el sol toda la mañana se alebrestan ante la ruidazón de la multitud y corren y se esconden detrás de las piedras. Las lagartijas más viejas ya están cansadas de este laberinto. Saben que también sus abuelos vivieron esta peregrinación atolondrada. A los humanos les da por correr a lo loco. Las lagartijas son más cautas, igual que a los garrobos les encanta asolearse, sin prisas ni amontonamientos. Pero, los niños ahí van detrás del tío que los jala, como el famoso flautista, y les dice ¡vengan, vengan!
Allá van los niños, son decenas y decenas, casi todos los que viven en el pueblo; ahí van corriendo sobre la banqueta, a la orilla del río. Siguen el flujo del agua. Se sabe que, igual que nadar contra corriente, correr en sentido contrario hace que el pensamiento se cambie. Los loquitos que andan en el pueblo se volvieron así porque una tarde, el bisabuelo de tío Chinto los llamó y les dijo que corrieran sobre la banqueta, pero como el bisabuelo ya era más viejo se olvidó y los hizo correr en sentido inverso. Ah, pobre pueblo. En la tarde medio mundo de criaturas estaba loco.
“¡Vengan, vengan!”, dice el tío y la chiquititada carrerea detrás de él. Hacen una bulla como si fuesen mil loros, como si fuesen mil chachalacas. Ah, con qué alegría avanzan. Lo hacen en el mismo sentido en que corre el agua, esa agua que no se sabe de dónde viene, de dónde nace y hacia dónde va. Todas las generaciones han caminado, corrido por esa banqueta de cemento, que algunos (tontos) se atreven a llamar malecón; todas las generaciones han visto el mismo río, a veces más caudaloso, a veces más tranquilo, pero el mismo río. Lo que no es lo mismo es el agua que corre, el grupo de niños que avanza como si fuesen gallinas y la abuela los llamara para comer. Todo es lo mismo: sólo cambia el agua y los niños.
¡Vengan, vengan!, y todos corren en el mismo sentido del río. ¿Hasta dónde llega la banqueta? ¿Hasta dónde el agua del río? ¿Hasta dónde llegarán los niños que corren sin descanso? Los viejos del pueblo los despiden desde la terminal del tren, saben que nunca volverán, porque si regresaran caminarían en sentido contrario al flujo regular y esto provocaría la locura en ellos.
Allá van los niños, detrás del tío. Corren, corren con gran alegría, como si se fuesen de pinta de la escuela. ¿Hasta dónde llegarán?