lunes, 17 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, CON LAS MANOS MANCHADAS DE LUZ




Querida Mariana: ¿Qué es cerámica? Mirá, para no meterme en problemas, a partir del día de hoy, emplearé la definición que dio Mireya Elizabeth Toledo, la tarde del 10 de junio, en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. Mireya compartió la experiencia vivida en el taller de cerámica que impartió el artista de Yalumá: Manuel de Jesús Aguilar, y entre otras cosas dijo: “La cerámica es como magia”, y sus compañeros, al compartir sus testimonios, dieron sustento a esa definición, porque todos coincidieron en decir que hacer piezas en cerámica no es labor sencilla, pero es apasionante. De hecho, todos agradecieron la oportunidad de participar como alumnos en este taller convocado por el Centro Cultural Rosario Castellanos y por el museo de arte.
El maestro Manuel de Jesús expresó su satisfacción por el taller impartido y dijo que es esencial que la cerámica retome el camino que siempre definió el arte de esta región. ¡Sí, Comitán y pueblos circunvecinos tienen una tradición de ceramistas que abarca siglos! Basta ir a un museo para observar las piezas que permanecen en vitrinas bajo reflectores y que fueron colectadas por los arqueólogos en sitios de culturas prehispánicas.
La presencia de Manuel en este pueblo es de importancia vital. Ya, en una carta anterior, te conté cómo él construye en su comunidad (Yalumá) un espacio que tiene la pretensión de ser sede de estancias artísticas que ofrecerá para creadores de todo el mundo. ¡Ah!, será prodigiosa la experiencia que vivirán esos artistas al desplazarse a la montaña para obtener el barro que modelarán y cocerán en el horno donde Manuel prepara su obra, obra que ha sido expuesta y reconocida en varios lugares de la patria.
Pero Manuel no sólo pretende sembrar en patios ajenos, está sembrando en el patio de casa. Hay antecedentes de talleres de cerámica que se han impartido en el Museo de Arte, pero lo han tomado niños en cursos de verano, mas nunca (entiendo) se había dado un taller para adultos, para gente que, por vez primera, se acercó a modelar la tierra de nuestra tierra.
Estos talleres (tanto los ofrecidos a niños como los que toma gente adulta) son de gran importancia. En Oaxaca, hace años, se creó un movimiento generoso para convertir a esa tierra en una ventana creadora para la pintura. La tradición así lo exigía. De ahí son Rufino Tamayo, Rodolfo Morales y Francisco Toledo (el artista plástico vivo más importante de México). ¿Y en Comitán? Ya se dijo, el pueblo tiene alma de barro. En los patios de las casas comitecas antiguas siempre hubo una olla de barro que contuvo el agua que preservaba la vida. Esos objetos utilitarios seguían la huella de las ollas que usaban los mayas, pero en algún momento, se extravió el hilo artístico, porque los objetos utilitarios de los mayas cumplían además con un sentido ritual que exigía la decoración. Los objetos utilitarios han sido reconocidos como elementos artísticos sin parangón en la cultura del mundo. Ahora, ya se dio el primer paso en Comitán. Lo que buscan los creadores de este taller es que el juego del barro se convierta en una urna de luz. ¿Puede el mundo volver la vista a Comitán? ¿Puede Comitán convertirse en una ciudad de cerámica? Si los creadores comienzan, como los infantes juegan plastilina en los jardines de niños, a jugar con el barro y a soñar con las manos, la región puede recuperar el prestigio de la cultura maya para prestigio de esta tierra.
Quince alumnos acudieron a este taller. Mireya Elizabeth Toledo, Maira Paola Ramos, Alejandra Coronado, Emiliana Hinojosa, Sofía A. Ramírez, Alejandra Constantino, Alexis López, Isela Ruiz, Alberto Altuzar, Silvia Mairany Rivera, Luis Eduardo Cancino, Juan Carlos González, Nancy Joany Aguilar, Diana Elizabeth Bermúdez y María de los Ángeles Ortega, jugaron en el patio del museo, sintieron en sus manos el corazón de la tierra y lo moldearon. La tarde del 10 de junio, tarde en que se inauguró la muestra de los trabajos realizados, el director del Centro Cultural Rosario Castellanos, el poeta Arbey Rivera, se mostró feliz por el logro inicial de este camino que han comenzado a abrir. Bien dijo el poeta español que no hay caminos, éstos se hacen a la hora que, descalzos, los creadores enlodan sus pies con el barro y con el agua.
Posdata: Somos hijos del barro, de barro está hecho nuestro corazón

sábado, 15 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE REZAMOS POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS




Querida Mariana: Viví la historia de Armando como si hubiese sido mía. Armando se había hecho novio de Ye, una de las chicas más bonitas del Colegio, una niña esbelta, con ojos color de bosque y aroma de agua limpia. Todo mundo de la escuela se burló al principio, las íntimas de Ye le preguntaban qué le había visto a él, rechonchito cuya única gracia era ser gracioso, pero ingenuo. Armando no podía sostener los pantalones en la cintura, porque su cintura era ancha, así que sus pantalones dejaban ver la línea de su trasero.
Ye, ante todas las puyas, decía que se la pasaba bien con él. Armando era el novio número tres de Ye y ésta aseguraba que los otros dos habían sido un fiasco: Romeo, hijo único de uno de los hombres más ricos de la región, había resultado un pedante; y Francisco, el chico más deseado, bruto, fuerte como un bisonte y con ojos azules en medio de un rostro que parecía haber sido esculpido en alguna playa de La Riviera, había resultado eso: ¡un bruto! Armando era un gordito sin malicia, atento, y Ye lo tenía comiendo alpiste de la mano.
Los tres estudiábamos segundo grado de preparatoria; es decir, teníamos diecisiete años, más o menos. Ye era tres meses mayor que Armando.
Admiré a Ye, admiré su capacidad de ignorar los comentarios malsanos de la mayoría de estudiantes. Me enteré que, una tarde, cuando Ye tomaba un helado con sus amigas en la cafetería del Colegio, ella se había puesto de pie y, de manera ecuánime, pero enérgica, señaló con su índice a Martha y, en voz baja (que escucharon todas las que estaban en la mesa, pero no tuvo eco en mesas contiguas), le dijo: “Si volvés a hablar mal de mi novio ¡te parto tu madre!”. Ese día ella y mi amigo cumplían cuatro meses de novios.
¡Cómo no admirarla! La admiré con intensidad, con la misma intensidad con que dos meses después la odié. Sí, pienso que la odié más que Armando, porque sé que Armando, en este momento en que escribo (cuatro y media de la madrugada, al lado de un té de limón, con el silencio caminando de puntillas en la calle y con el esporádico ladridos de perros) duerme tranquilamente al lado de su esposa (que, por supuesto no es Ye). Estoy seguro que cuando Armando se levanta y se arregla para ir al trabajo ¡no se asoma la tal Ye!, como sí se me asoma a mí, en la ventana que da al patio o en el espejo retrovisor del auto, cuando espero el verde del semáforo. Es una estupidez, pero la historia de Armando y Ye está más presente en mí que en ellos, quienes fueron los protagonistas.
Tengo (a veces me incomoda) una propensión a vivir muchas cosas del pasado que, sin duda, no tienen sustento real en el presente y menos en el futuro.
Hablo de una época que ocurrió hace más de cuarenta años. ¡Dios mío, cuarenta años! Por qué entonces ahora que escribo y tomo un sorbo del té siento un cosquilleo a mitad del estómago, que tiene mucha semejanza con el sentimiento que me produce cuando veo una fotografía donde un niño perdió un brazo en mitad de la guerra de Palestina o cuando escucho que alguien comenta que atropellaron a un perro a propósito, porque cuando lo vieron a mitad de la carretera imprimieron mayor velocidad al auto. Y esto es así, porque fui el primero que los vio. Fue un día después del festejo del sexto mes. Salí de la biblioteca cargado de libros, porque debía preparar una exposición para la materia de Química. Caminé por el parque y ahí los vi. Era Ye con Humberto. Sí, Humberto, el deportista más destacado de toda la preparatoria. Todo mundo admiraba a Humberto, las niñas se deshacían por él, corrían para estar a su lado, se sentían privilegiadas cuando platicaban con él. ¡Uf, muchas de ellas soñaban con ser la elegida! Pero un tipo como él sólo podía andar con una chica como Ye, la niña más bonita de la escuela, así que esa mañana Humberto dio el primer paso y Ye (que recién había cumplido seis meses de novia con mi amigo Armando) cayó redondita.
Digo esto, querida Mariana, por vi cómo ella veía a Humberto, mientras éste, sentado sobre el respaldo de la banca y con los pies arriba del asiento, lo seducía con su encanto natural. Porque vos sabés (lo sabe medio mundo) hay chicos que seducen con su simple mirada, con su manera de ser. Las chicas adolescentes no se fijan en otra cosa. Mi amigo Armando, rechonchito, atento, una verdadera nulidad para el deporte y para el baile, cuya única fortaleza era la lectura, resultaba un individuo común y corriente que jamás era motivo de atención por parte de las chicas. Por esto, repito que toda la escuela se sorprendió cuando Ye y Armando se hicieron novios. ¿Cómo ella se había fijado en tan poca cosa? El poca cosa se sintió privilegiado, vivió una época fascinante, pero yo siempre pensé que una tarde la grieta se abriría y fui testigo del día en que la tierra se abrió y Ye se aventó en el pozo oscuro al lado de Humberto.
Supe que a partir de ese día en que los vi platicando en el parque, Ye se distanciaría de Armando y terminaría diciéndole lo que le dijo dos días después.
Encontré a Armando en la cafetería con un refresco tibio. Vi su mirada y supe que tenía la ansiedad del hombre que colocan ante un pelotón de fusilamiento. Cuando me vio me invitó a acompañarlo. Tomá algo, me dijo, y yo pedí otro refresco, pero pedí un vaso con hielo. Nada dijo durante dos o tres minutos. Cuando la mesera sirvió el vaso con hielo y yo vertí un poco de refresco, él levantó la cara, me vio y dijo: ¿Por qué no me dijiste? Yo insistí en hacerme tacuatz, le dije que no sabía a qué se refería (pero bien que sabía, estaba seguro que él reclamaba no haberle dicho que había visto muy acaramelados a Ye y a Humberto). Él sonrió con una sonrisa de avestruz a punto de esconder la cabeza en un hueco, tomó un sorbo de su refresco, hizo una cara como si el refresco, en lugar de tener el rico sabor del durazno, fuera un medicamento para deshacer los bichos del estómago. Se estrujó las manos y me dijo, con un tono que parecía una alberca a punto de desbordarse: “¿Por qué no me dijiste que debía evitar esta relación?”, y dijo que yo debía haberle advertido que Ye jamás lo iba a tomar en serio, que él (así lo dijo y cuando lo dijo me dio mucha pena) no era hombre para ella, que él era un pichito, un gordito estúpido, que jamás debió volar papalotes por ese cielo tan alto, tan bello.
Yo no sabía qué hacer. Estaba en una posición muy incómoda, pero cuando menos, pensé, ya había servido como olla para que mi amigo vomitara su desilusión. Mientras decía lo que decía yo miraba que él iba distendiendo su frustración.
¿Así que no le molestaba que no le hubiera dicho que había visto a Humberto y Ye juntos? ¿Lo que le dolía es que yo, desde el principio, no le hubiera advertido que la relación terminaría como estaba terminando?
No sé qué hubieras hecho vos, querida mía. No sé qué hubiera hecho cualquier amigo. Al principio yo lo vi emocionado, pensé que era bueno que él viviera esa especie de triunfo, ese éxito que apareció en el momento que Ye lo defendió a capa y espada ante sus amigas. Y entonces esto fue lo que le dije, lo tomé de la mano y repetí lo que el maestro de filosofía había dicho en clase, que nada es para siempre, que todo (como en canción de José José) tiene un principio y un fin, y terminé con una bobera: Lo que importa en la vida no es el destino sino el trayecto, y como vi que él me escuchaba dije que lo bello es que había tenido una pausa hermosa en su vida, que no debía guardar rencor a Ye, porque ella había sido muy cariñosa con él y, antes que fijarse en su físico, había estimado sus valores morales y su integridad de hombre, porque eso era él, un verdadero hombre, un pichito hermoso.
En ese momento, él sonrió y luego rio con todos los dientes. ¡Sos una mierda!, me dijo. Sos una mierda, repitió, y dijo que eso era lo que me reclamaba, no haberle advertido que el camino tenía un final.
Y luego dijo que no podía sentir algo menos que rencor hacia Ye, porque el hecho de que ahora estuviera con Humberto significaba que, por encima de los valores espirituales, privilegiaba el físico hermoso del deportista, pero, luego, vi que algo como un aura de conformismo doraba su rostro, dijo: “Pero, bueno, los libros ahí están. Ellos son mis mejores amigos.” Y yo dije que sí, que tenía razón, que ahí estaban los libros, los únicos amigos fieles. Sí, dijo él, lástima que los libros no besen como sí me besó hace cuatro días esta mujer de cuyo nombre no quiero acordarme.
Posdata: Y mientras fuimos amigos, Armando jamás volvió a pronunciar el nombre de Ye. Por esto digo que él, ahora, cuarenta años después de la historia vivida, no debe acordarse de ella, pero yo (tonto) a cada rato los recuerdo y pienso en qué debe hacer un amigo en tal situación. ¿Se debe advertir que el amor es una grieta oscura o debe dejar que el amigo camine ese trayecto breve en que la luz es como una brasa que entibia el corazón?

miércoles, 12 de junio de 2019

TARDE EN LA TRINITARIA




La directora del museo de Historia Natural, de La Trinitaria, me invitó a participar en un foro, celebrado el 11 de junio. Fue mi privilegio estar en la mesa de honor al lado del licenciado Benito Vera Guerrero, cronista de La Trinitaria; del licenciado Rigoberto Nuricumbo Aguilar, cronista de Chiapa de Corzo; licenciado Romeo Duvalier Peña, cronista de Pijijiapan; del licenciado Alejandro Vera Galindo, investigador de Quetzaltenango, Guatemala; y del doctor Fernando Limón Aguirre, investigador, radicado en Comitán. El acto cultural fue parte del programa de feria de La Trinitaria, 2019
Paso copia del textillo que leí.
Buenas tardes.
Cuando la directora del museo me invitó a participar en esta mesa, pensé ¿qué puedo decir de La Trinitaria ante expertos del tema? Hablar de este pueblo, ante personas conocedoras de su cultura, es, como dicen los clásicos, querer enseñarle a hacer chiles a Clemente Jacques, o enseñarle a hacer caramelitos de miel a los zapalutecos.
Decidí apoyarme en el conocimiento de uno de los grandes para compartir una sencilla reflexión. Así que tomé el libro “Apuntes monográficos del municipio de La Trinitaria”, del maestro Benito Vera, libro que me obsequiaron el día que el maestro recibió el nombramiento de Cronista Municipal, encomienda que ya celebré en su momento y que ahora vuelvo a reafirmar en mi emoción.
Abrí el libro, perdón, por la última página, sí, la última, y hallé en el glosario la definición que el maestro da a la palabra “Rompimiento”, palabra que, por fortuna, en estas tierras abandona su carácter agresivo y toma un rostro de alegría. Para mi sorpresa y feliz conmoción hallé que el maestro dice lo siguiente: “Rompimiento: Festividad en la madrugada de la celebración del día de la Santísima Trinidad, patrono de la Trinitaria, consistente en quema de cohetes, repique de campanas, música de marimba.”
¡Ah, el rompimiento, sin duda, es algo muy festivo! Ustedes acaban de experimentar esta tradición.
Llamó mi atención que el maestro Benito sintetizara el rompimiento en tres acciones: quema de cuetes, repique de campanas y música de marimba. Sé que esto no es casualidad, esto es una feliz propuesta. Si la celebración se debe a la Santísima Trinidad, por supuesto que todo debe estar referido a la divina tercia. El maestro hizo un ejercicio de síntesis y eligió, como si fueran los frijoles a la hora de escoger los mejores para la mesa, los tres elementos culturales que resumen el acto celebratorio del rompimiento. Imaginé los tres instantes prodigiosos: el primer instante aparece cuando alguien acerca la brasa a la mecha del cuete y éste toma vida propia y, como si fuese un ave encadenada, se suelta de los dedos que lo sostienen y camina rumbo al cielo para, metros después, abrirse en una flor ruidosa, luminosa y, hay que decirlo, apestosa. ¡Ah, el cielo zapaluteco se llena de deslumbres y de ligeras nubes que se difuminan!
El segundo instante sucede cuando los campaneros echan a volar esas palomas de bronce, palomas que, en lugar de zurear en forma lenta, cantan como si fuesen cenzontles, vuelan como si fueran águilas y danzan como si fueran un solo güet.
Y el tercer instante aparece cuando el maestro del grupo musical, con el bolillo, golpea la marimba y hace el conteo para que todos los demás ejecutantes somaten amorosamente la madera de hormiguillo. El ritmo, igual que el cuete, busca las alturas del cielo para volverse plegaria gozosa y, posteriormente, bajar como lluvia que incendia los oídos y amamanta el corazón de los fieles.
Sí, pensé, qué habilidad del maestro Benito para darnos la imagen precisa del rompimiento.
Y fue cuando pensé que todo debería seguir esa sabia disposición. Cuando los habitantes de La Trinitaria hablen acerca de las riquezas culturales de su pueblo deben hacerlo formando esa figura clásica que refiere a la proporción divina: ¡la trinidad!
Y pensé en los tres personajes de este pueblo que han marcado mi historia personal (cada uno tendrá su triduo especial). Digo que esta tarde honro a Flavio Guillén, porque alguien me dijo que él designó a Comitán como Comitán de Las Flores, y este nombre, no oficial, aún sigue en el corazón de muchos comitecos; esta tarde honro a la licenciada María Trinidad Pulido Solís, intelectual zapaluteca comprometida con la investigación; y honro la memoria de Fedro Guillén. Don Fedro fue un personaje que impulsó el intelecto de muchos estudiantes chiapanecos en los años setenta del siglo pasado.
Y también pensé en los tres espacios naturales que me proporcionaron un hilo que continúa enredado en mi espíritu: El arco, de la región de los Lagos, lugar al que acudimos un grupo de preparatorianos para hacer prácticas de dibujo y de pintura; San José Coneta; y la cueva de los murciélagos, porque el 1 de enero de 1994, mi mamá, mis hijos, mi esposa y yo, estábamos de excursión en ese espacio, cuando alguien comentó que neo zapatistas habían declarado la guerra al gobierno de México.
Y pensé en Yuria, ranchito del poeta Jaime Sabines; y pensé en un ranchito que tuvo el maestro Jorge Gordillo, cerca de la zona de los lagos y que bautizó con el nombre de Yalnajtic (voz tojolabal que significa “Nuestra casita”), donde, en más de dos ocasiones, tomé una o dos cervezas con mi maestro y amigo; y, por supuesto, pensé en el ranchito “Mónaco”, propiedad del poeta, escritor y cronista Óscar Bonifaz, en cuya extensión llena de pinos y orquídeas se respira el aire que bendice estas tierras.
Y pensé que había sido bueno aceptar la invitación, porque me permitió, en este breve sendero hacer un recorrido que me dijo que yo, mero comiteco, tengo grandes ligas con este pueblo, con esta tierra que es santificada porque está hecha con el agua del padre, con el aire del hijo y con la flama del espíritu santo.
Muchas gracias.

martes, 11 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA CUENTA DE UN PROYECTO EDITORIAL




Querida Mariana: Te cuento que en Comitán apareció un nuevo proyecto editorial. A mí, lo sabés, me da gusto este tipo de acciones. Las publicaciones son como alas de papel para el vuelo de la inteligencia.
“Anecdotario” se llama la publicación y, en la parte inferior de la portada, dice cuál es su objetivo: “Rescate de los episodios de la vida de nuestros pueblos a través de la narrativa de nuestros abuelos.” ¿Mirás? Se trata de preservar episodios de vida mediante la voz de los mayores. ¡Que no se pierda la esencia! ¡Que la vida se recuerde, por siempre!
El directorio es sencillo, como sencilla es la publicación, consigna a Hugo Campos, como Director General, y a Miguel Medellín, como Director Editorial, y ¡punto! ¿Sólo ellos dos? Parece que sí, parece que cuando hay voluntad, talento y cariño bastan dos para lograr un proyecto. La revista está impresa en interiores en blanco y negro, en modesto papel revolución, con redacción limpia.
Imagino, sólo imagino, que los editores se reunieron una tarde y, en medio de la plática, apareció el proyecto de hacer una revista de estas características. Y pusieron manos a la obra y, la tarde del 25 de mayo de 2019, cumpleaños 94 de Rosario Castellanos, repartieron, en el parque central, el primer número de “Anecdotario”, con un tiraje de tres mil ejemplares de distribución gratuita.
Como toda publicación, ésta también consigue el prodigio de ampliar el conocimiento. Las voces de los abuelos entrevistados alcanzan resonancia, una resonancia sorprendente, porque lo que ahí se cuenta da para muchos comentarios.
Miguel Ángel Contreras Santiago contó recuerdos del Comitán de los años sesenta, contó que un día se cayó el techo de la primaria Fray Matías de Córdova, “que estaba en la tercera sur, donde hoy está José de Tuxtla, enfrente”. ¿De verdad se cayó el techo? Uf. Tal vez de algún salón.
Doña María del Carmen Guillén Meza recordó cómo era la vida en Las Margaritas “hace muchos años”. Dijo que los domingos “íbamos a misa, al cine y al parque a dar vueltas, a tomar “chocomil” y comer chalupas de la Chana.”
Roberto Campos Gordillo recordó un suceso ocurrido en Argovia, la Laguna, una comunidad de la Selva, en que se secó la laguna: “Al bajar el nivel de la laguna, la gente corría y en los charcos que quedaban, comenzaban a sacar pescado con sus manos y lo ponían en sus canastas.”
Jorge Antonio Domínguez Gordillo dio su testimonio acerca de la manzana de la discordia, que fue derruida: “Hubo un capricho del gobernador, y más que del gobernador, del papá del gobernador que era un señor de los viejos hacendados de acá de Comitán, que su sueño era ver que el parque se ampliara y que se tirara esa manzana.”
Y, por último, Alejandro Delgadillo Velázquez, compartió la historia de un tronco que un grupo de muchachos quiso utilizar para una fogata, pero que don Memo (dueño del tronco inservible) no se los dio, porque el tronco de ahuehuete era parte de un árbol especial: “Preferiría darles mis sillas para su fogata que este trozo de historia.”
Como ves, querida Mariana, este número contiene cinco historias, cinco testimonios que revelan la riqueza que existe en las mentes y corazones de los abuelos, y que nos hablan de la importancia de rescatar esos tesoros y preservarlos para consolidar la identidad.
Por ley natural, los viejos se irán un día para siempre. Sin estos esfuerzos editoriales el árbol de la historia se queda trunco, sin ramas importantes. Las anécdotas de los abuelos son la savia que nutre a las sociedades.
En la presentación de la revista se advierte la riqueza de este trabajo editorial: “Anecdotario es una revista mensual que, como contenido troncal, se abocará al rescate de la narrativa de nuestros abuelos.”
Hugo y Miguel fortalecen el hilo de la tradición. Su trabajo editorial vuelve a convocar a los lectores a reunirse en torno al árbol donde el abuelo cuenta anécdotas de tiempos ya idos.
Posdata: El título del testimonio de Miguel Ángel Contreras es: “Oí, vos amigo, luego venís para que sigamos platicando.” Dicho título es como la promesa que debemos hacernos todos, editores y lectores: Reunirnos cada mes para escuchar la voz de la experiencia, para conservar esas joyas de vida. ¡Felicidades!

lunes, 10 de junio de 2019

RAMAS ALTAS




Imaginemos que no conozco a los integrantes de la familia que aparecen en la foto. Imaginemos que no sé, que el más alto (en estatura) se llama Roberto y es el Director Comercial de ARENILLA-Revista y Director General de MIRA QUIÉN; imaginemos que no sé, que la niña del pantalón oscuro se llama Patricia y es Editora Ejecutiva de ARENILLA-Revista y Premio Estatal de la Juventud; imaginemos que no sé, que la mujer de en medio es mamá de Roberto, Patricia y de la niña del vestido rojo, Cielo, quien, la mañana de la fotografía, asistió para recibir la documentación que la acredita como licenciada en Administración, al auditorio Belisario Domínguez, del Centro Cultural Universitario Rosario Castellanos, de la UNACH; imaginemos que no sé, que el más alto (en experiencia y en gratitud hacia la vida) se llama Abelardo y es, junto a su esposa Gloria (la mujer que acá abraza a los otros cuatro) el sostén de este edificio moral. Imaginemos, pues, que nada sé de ellos; que, por azar de la vida, estuve frente a ellos esa mañana y me detuve porque el aro de luz que los rodea llamó mi atención. Y estuve ahí y pensé que estas imágenes son como una bendición para este país, porque en estos tiempos, en México, se celebran cientos de actos en que alumnos egresan de todos los niveles escolares, desde preescolar hasta superiores (¡ah, qué desplante tan de nube alta cuando los pichitos se visten con toga y birrete, como si fuesen universitarios!)
Fotografías similares a ésta son el pan nuestro de cada día, un pan que huele a recién salido, que tiene el aroma de la tradición.
Imaginemos que nada sé de este aro de luz en que la alegría es como una mariposa que aletea; imaginemos que desconozco el motivo de su satisfacción. Entonces, juguemos a imaginar que nuestra patria está hecha de esta sustancia, de integrantes de familias bien avenidas, que, a diario se abrazan y alimentan sus espíritus y se toman fotografías (mil fotografías, muchas más), para infundir esperanza y para agradecer las bendiciones. Porque esta fotografía bien puede sintetizar la armonía de la unidad.
Pero lo cierto es que sí conozco a los integrantes de esta familia, por lo mismo sé que cada una de sus acciones están dedicadas a agradecer las bendiciones del Dios en el que creen. Sé que son ramas que no están derechas, porque la perfección no existe en los árboles hechos de carne, pero soy testigo del camino que siguen día a día, senda en la que fortalecen su unidad y en donde cada acción está dirigida a enaltecer su espíritu, tratando de no ofender al prójimo.
Sé que ellos son una familia modesta, pero altísima en valores; sé que su principal blasón es ser hijos buenos del universo; sé que ellos habitan en una comunidad rural modesta, pero altísima en cielos encumbrados y limpios; sé que ellos son lo que acá se muestra: rostros puros de corazón transparente. Todas las mañanas se levantan y, por la ventana, observan los árboles llenos de pájaros y las plantas llenas de flores que convocan colibríes, mientras un coro de mil aves (más, muchas más) nutren la tierra con sus cantos.
Imaginemos que esta familia es una más de los miles de familias que, en esta temporada, acuden a auditorios, salones, canchas de básquetbol o improvisados escenarios en el patio terregoso de la escuela, para celebrar el término de un ciclo escolar, sea éste el que sea, y se fortalecen, en unidad, por haber contribuido a que un eslabón de esa cadena alcanzó un objetivo, ancla para el ulterior sueño. Este tipo de fotos celebran el éxito y la unión.
Imaginemos que ese universo de fotografías sea la imagen del México que deseamos, un México unido, feliz, lleno de esperanza, esperanza que se fortalece con el trabajo diario, con el diario alimento que es la buena acción.
Imaginemos que imaginamos un país donde la sonrisa satisfecha es el alimento para el alma y el mejor deseo para un país lleno de imaginación y pleno de satisfacciones.
Imaginemos que no conozco a los integrantes de esta familia, que no conozco el río de agua limpia que son; imaginemos que nunca me he topado con ellos a mitad del camino. No obstante, sin conocerlos advierto un aura de luz que me motiva a acercarme a ellos y desearles, de corazón, que les vaya bien y, de paso, agradecerles que nos regalen una estampa de una familia integrada, como deben ser todas las familias de esta, en ocasiones, desintegrada patria.

sábado, 8 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, CON CARA DE ÁRBOL EN PRIMAVERA




Querida Mariana: Soy muy de casa, pero me encanta la calle. En la calle, más que en cualquier otro espacio, encuentro deslumbres. Fijate que el otro día iba rumbo al parque central, caminaba por la calle de El Calvario, venía del barrio de la Cruz Grande, pasé por la casa donde vivió doña Lolita Albores, por Megacable, crucé la calle y sentí el aroma agradable que emana del Café Comitlán y cuando llegué a la papelería Santa Lucía miré un letrero que decía lo siguiente: “Servicio de clase mundial, ahora en Comitán ¡con precios comitecos!”. Por supuesto que llamó mi atención. Era un anuncio de “Diagnostícate. Grupo médico”
Desde la banqueta de enfrente vi el edificio de dos plantas que alberga esta institución.
¿Mirás qué llamó mi atención? El concepto “Servicio de clase mundial”, y el concepto “precios comitecos”. Así que crucé la calle y entré por un pasillo, muy limpio, muy claro, hasta llegar al módulo de atención. Entonces (ya me conocés) me presenté y pregunté qué significaban esos dos conceptos. ¿Tenemos en Comitán un servicio de clase mundial, con precios comitecos? El contador estaba a punto de ofrecerme una explicación cuando escuché una voz a mi espalda. ¡Esa voz era la de mi amigo, el doctor Joaquín Ramírez Aguilar!
¿Vos conocés al doctor Joaquín? No lo sé. Lo que sé es que sí has escuchado hablar de él (vivimos pues en Comitán, pueblo comunicativo) o has escuchado su voz a través de la radio, porque él conduce el programa “Salud sin fronteras”, desde hace catorce años, ¡catorce años! En ese programa realiza una campaña ejemplar de prevención, en el tema de salud. Lo ha hecho sin otro interés que orientar a la población. Los expertos han explicado que en materia de salud lo más importante es la prevención. ¿Para qué esperar enfermarnos si podemos evitar la enfermedad? Bueno, pues el doctor Joaquín, una vez por semana, usa los micrófonos de la radio pública mexicana para enviar su mensaje alentador. ¿Cuántos le hacen caso? ¡Ah, esa ya es otra historia! Decía la tía Inés, que miramos el hueco y, en lugar de alejarnos, nos acercamos para curiosear, con el riesgo de caer en él.
Reconozco la labor meritoria que realiza el doctor, pero mi admiración hacia él no sólo se reduce a su trabajo en la radio, sino que se extiende al afecto que le guarda mi mamá, porque mi madre me cuenta que el doctor laboró en la Cruz Roja en el tiempo que ella también destinó su tiempo y cariño a esa institución como presidente de las damas voluntarias. Mi mamá, muy orgullosa, me cuenta que el doctor corre a abrazarla siempre que se la topa en la calle o en algún otro lugar. Esto fortalece mi espíritu.
Así pues me dio gusto escuchar su voz y enterarme que “Diagnostícate. Grupo médico” es una institución que él creó. Ya no hizo falta que el contador me narrara en qué consisten los dos conceptos, porque fue el doctor Joaquín quien (el día de su cumpleaños) me dio la explicación, ahora sí que, como dicen, los clásicos “in situ”, porque hicimos un recorrido en el cual me explicó con generosidad la función de cada uno de los departamentos, para que comprendiera por qué dice que en Comitán tenemos ya un servicio de clase mundial.
¿Precios comitecos? Cuando vi que era el doctor Joaquín quien me atendía, de inmediato pensé en su papá, quien durante muchos años fue comerciante en el pueblo y cuyo negocio se llamaba “El baraterito”; es decir, sin duda que en el lema hay un reconocimiento al nombre de la negociación paterna. Eso de precio comiteco es muy decidor, alude a un precio afectuoso, a un costo que tiene mucho qué ver con el modo de ser de los habitantes de esta ciudad. Hay también, así lo percibí, un reconocimiento a paisanos, un poco como decir: ¡seamos candiles de la casa y de la calle, alumbremos a todos, pero, de manera privilegiada, a los nuestros!
El doctor Joaquín, en su programa de radio, tiene una amplia audiencia, no sólo en Comitán, sino en toda la región, abre la mano, de manera generosa, y reparte sin distingo, como por lo regular sucede con todos los programas radiofónicos. La radio es un medio de comunicación muy generoso, no hace diferencias ni regatea, en esto radica su poder. Por esto, cuando la radio comercial nos atiborra con reggae nos volvemos reguetoneros, y muchos se convierten aficionados al jazz cuando la radio pública siembra este género musical. La radio injerta lo bueno y lo malo, porque es un medio de gran penetración (sin albur, sin albur, por favor).
El doctor ha sembrado buena semilla y ahora lo sigue y lo seguirá haciendo. Ahora nos está diciendo que, si hay pacientes que necesiten un servicio médico, que lo hagan con servicios de clase mundial y a bajo costo, que paguen ¡precios comitecos!
Muchos amigos han insistido que los comitecos reconozcamos nuestros valores y que cuando hagamos algo bueno digamos que lo hicimos ¡a la comiteca!; es decir ¡bien hecho! Nuestro pueblo es un pueblo que proviene del trabajo de gente sabia y buena. Medio mundo reconoce que somos una sociedad privilegiada, que no debe permitir que sus valores esenciales se degraden.
Eso de ¡precios comitecos! nunca lo había hallado en nuestro catálogo de valores. Ahora pienso que esto debe estar en concordancia con todos nuestros actos, que hinquemos más la idea de vivir ¡a la comiteca!; es decir, con armonía, con integridad, con ética, con felicidad.
Durante muchos años, los comitecos apreciaron los valores esenciales con que estaba conformada cada patio de nuestro espíritu. Doña Lolita Albores recordó, en memorable crónica, que cuando era temporada de Día de Difuntos, los comitecos tenían una tradición ejemplar: la del quinsanto, y que consistía en el reparto de bocaditos entre vecinos y amigos. Una persona llevaba un platito con pan, calabaza en dulce y fruta, y, al día siguiente, quien había recibido el presente regresaba el plato con otro bocadillo. En este simbólico intercambio había un reconocimiento del hilo de la amistad, que está conformado, de igual manera, por otro hilo, pero invisible, lleno de luz. Los comitecos reconocían que conformaban una sociedad en convivencia y que, si todos estaban en armonía, el pueblo crecía en medio de una burbuja gentil.
Advertí, en los consultorios de “Diagnostícate. Grupo médico” la calidad de los equipos, que corresponden a la más alta tecnología, con lo que se comprueba el lema de que, ahora, en Comitán contamos con servicio de clase mundial, la tecnología aplicada al servicio de la medicina. Por ejemplo, el doctor me dijo que el equipo de elastografía es el primero que hay en nuestra ciudad. Si buscás en el Internet (como lo hice yo, en cuanto llegué a la casa), encontrarás que la elastografía es “una técnica de exploración novedosa, no invasiva”, que diagnostica, por ejemplo, cómo anda eso que llaman hígado graso. Ni vos ni yo somos expertos en el tema, pero sabemos que un hígado que ya acumuló grasa de más puede derivar en cirrosis. Si alguien se hace el estudio elastográfico podrá determinar cómo anda su hígado. Recordá que el traguito, en cantidades inmoderadas, ocasiona problemas al hígado y, la mera verdad, los comitecos, en ocasiones le metemos de más al charrito y al güisqui en las rocas (ahora me acordé del chistorete de tío Pancho que siempre bebió su güisqui sin hielo, pero que lo bebía sentado en una piedrota de Uninajab para que dijeran que tomaba güisqui ¡en las rocas!).
Agradecí la gentileza del doctor Joaquín que me destinó más de una hora de su valioso tiempo para enseñarme los cubículos de ultrasonido, densitometría, mastografía digital (este aparato, me dijo, es de última generación) y demás servicios médicos. Cuando estábamos en la visita llegó el doctor Ruiz que llevaba a su papá para que le hicieran un estudio de sangre. En cuanto ellos salieron entramos nosotros (sólo para que yo conociera) y el doctor Joaquín me mostró cómo, para evitar el doble o triple piquete que a veces nos dan los “sacasangre” en laboratorios, acá tienen algo como un escáner donde ponés el brazo y el aparato amplifica la imagen para ver con precisión en qué lugar está la vena donde debe picar el químico, porque, debo decirlo, los responsables del departamento de muestras sanguíneas son dos químicos, y no técnicos. Esto garantiza la calidad de los estudios.
En fin, querida niña, salí contento de la visita guiada, porque entendí la importancia de que en nuestro pueblo existan instituciones de clase mundial, con precios ¡comitecos!
Posdata: Nos despedimos. El doctor se preparaba a trabajar. Pucha, ni en su día de cumpleaños descansó. Espero que a la hora de la comida haya bebido una su copita de comiteco reposado. Digo. Me encanta estar en mi casa, pero reconozco que es en la calle donde, con frecuencia, me topo con asombros.

viernes, 7 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN DOLOR COMO DE ESPINA A MITAD DEL PECHO




Querida Mariana: Ya no iré a ver al tío Rubén. ¡Ya no! Me apena decir esto. Antes disfrutaba verlo, platicar con él, pepenar las piedritas de sabiduría que botaba sin pretensiones, así como si regara arroz para las palomas, pero las dos últimas veces que lo vi me causó un gran desasosiego.
No debía decir esto y sin embargo lo digo con certeza: Ya no quiero volver a ver al tío Rubén. ¿Qué le pasó a su cuerpo? ¿Por qué nunca había visto la degradación que, como lapa, ha trepado en sus piernas? La última vez que fui a su casa lo hallé en el corredor, sentado en un sillón, con el pantalón arremangado, doblado como gancho, en intento de untarse ungüento en sus piernas. Vi que sus piernas tenían una serie de erupciones que hacían verlas como si fueran extensiones de un cocodrilo de pantano. Sus venas, de un color azul oxidado, parecían a punto de abrirse como toro en canal. Mi tío, encorvado, hacía esfuerzos por sobarse las rodillas, era como una rama torcida a punto de quebrarse.
¡Oh, querida mía! Mientras lo veía y pensaba lo que pensaba me daba cuenta que las palabras “a punto de” era lo que su imagen me injertaba en mi mente a cada instante. Todo parecía a punto de quebrarse, de romperse, de hincharse, de explotar.
Me dolió mucho ver la silla vieja, a punto de irse al suelo; ver el árbol de durazno, ya casi anciano, doblado (porque nunca creció erecto). Me dolió ver cómo ni siquiera el sol se acercaba al tío, el sol, estúpido, había pintado su raya y su sombra era lo que bañaba a mi tío.
¡No! Ya no iré a ver al tío, porque, ahora, todo a su alrededor parece tener el mismo óxido que paraliza sus movimientos. Esa mañana vi cómo sostenía el pomo de ungüento con árnica con su mano izquierda y con los dedos medio e índice de la mano derecha tomaba un poco de esa pasta y la untaba en la rodilla con movimientos irregulares, como si fuera el trazo de un niño de preescolar que no puede dibujar el círculo perfecto. Hubo un momento que se quedó como estatua, su respiración era como de fuelle cansado. Todo estaba a punto de la inmovilidad total.
Y entonces sentí la bofetada del aroma de viejo, el olor de la iglesia anciana de puertas mohosas, del cuarto húmedo, de los huaraches olvidados, de las colchas y sábanas de hospitales tristes; ese olor me llegó concentrado, porque todo estaba a punto de la pudrición.
¿En qué momento el tío dejó de exudar vida y comenzó a soltar el aroma de las flores secas, del agua estancada? ¡Dios mío! Hace apenas tres meses lo había visto como un árbol enorme, viejo (por supuesto), pero todavía con capacidad para sostener nidos y pájaros brincadores. Pero el último domingo lo hallé torcido, como gancho de carnicería, con herrumbre y con la peste de la sangre seca.
¡No, ya no iré a su casa! Me dolió mucho verlo deshacerse como si fuese una pared de adobe cuando la lluvia arrecia. ¡No, ya no iré a su casa! No iré, porque cuando me acerqué y quise ayudarlo a ponerse su pomada, él apartó mi mano con violencia, como si fuera una araña ponzoñosa, y dijo, sin alzar la vista, sin verme a los ojos: “Yo puedo solo”, pero su voz sonó débil, como si fuese de agua a punto de desaparecer en las grietas de la tierra.
Me dolió mucho. Ahora no puedo dejar de ver a los viejos en las calles del pueblo, por cada joven veo dos viejos. ¿Por qué es así? Las estadísticas han demostrado que México es una nación de jóvenes, y, sin embargo, a mí se me asoman los viejos a cada rato: los veo sentados en sillas de madera, con cobijas, calentándose con el sol de las nueve de la mañana; los veo detrás de los mostradores, en sus tiendas donde las botellas y cajas y canastos de mimbre están llenos de la misma nata que apelmaza sus pieles. Ahora, los viejos me producen un dolor como de aguja en medio del ojo. ¡Ay, niña! Ya no quiero ir a casa de mi tío Rubén, no quiero volver a verlo nunca, nunca más, nunca más.
Ahora, cuando estoy frente al espejo del baño evito ver mi rostro, si me peino lo hago con los ojos cerrados, si me afeito lo hago al tacto. No quiero ver cómo la misma garra que aruña la cara de mi tío hace lo mismo con mi cara.
Ahora quiero ir al campo y mirar una mariposa, un colibrí abriéndose a mitad de una flor, un renuevo en el árbol de lima; quiero oler el jazmín, mirar el vuelo de una garza; quiero sentarme a la orilla de una laguna y ver cómo los patos acuatizan y quiero mirar a los sapos que se avientan desde el trampolín de tierra.
Ahora quiero ver correr a un niño detrás de las palomas en el parque, ver los muslos de una muchacha bonita y oler el aroma de un mango verde y meter mi mano en un estanque de agua limpia.
Quiero estar a tu lado y ver cómo tu mano da vuelta a la página de un libro nuevo, tu mano, como rama de árbol nuevo.
Ya no quiero ver a mi tío, en su casa todo está a punto de derrumbe, de hediondez, de grieta, de horno oscuro.
Posdata: No quiero pensar que todo está a punto de…

jueves, 6 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE PARECE QUE LO LIGHT NO LE HACE BIEN AL MUNDO




Querida Mariana: ¿Y si estamos equivocados? ¿Y si en afán de hacerlo sencillo lo hemos vuelto simple? He visto en aulas de bachillerato a maestros que emplean técnicas didácticas que tienen el objetivo de hacer sencillo el conocimiento. A la hora de hacer su planeación deben hacerse la pregunta: ¿Cómo logro que mis alumnos comprendan, sin fastidio, el pensamiento de Sócrates? Entonces elaboran loterías para jugar en el aula o mapas conceptuales o cuadros sinópticos que aligeren el pensamiento denso del filósofo. ¿Leer a Sócrates? ¡No! No es opción de estos tiempos, ahora los muchachos, piensa el maestro, no tienen la costumbre de leer, ahora están acostumbrados a enviar y leer tuits; es decir, mensajes cortos, brevísimos. Por esto, ahora los maestros, parecen pensar, es necesario pasar Sócrates al lenguaje de tuit. Son tiempos de Sócrates tuiteros.
¿Y si estamos equivocados? ¿Y si ya cortamos ese hilo generacional que imperó en la antigüedad y que distinguió a la raza humana de la raza animal? Porque, la historia consigna, Sócrates fue maestro de Platón y éste fue mentor de Aristóteles. ¿Mirás lo que yo miro? El pensamiento de Sócrates estimuló el pensamiento de Platón y éste inyectó savia a la mente de Aristóteles. ¿Qué pasa ahora? Visto a distancia, desde el cuarto con una ventana donde estoy metido, observo que el mundo se ha quedado sin el estímulo del maestro para los alumnos dispuestos, por ello, ahora el único platón que existe es el que se utiliza para servir las botanas, las carnes frías o el chicharrón de hebra.
¿Y si estamos equivocados? ¿Y si en afán de hacerlo sencillo lo hemos vuelto simple? ¿Y si entendimos en forma literal la frase que atribuyen a Sócrates: Yo sólo sé que no sé nada? ¿Por eso ahora conformamos una sociedad que nada sabe?
¿Y si todo el planteamiento filosófico lo convertimos en materia light y, por esto, a la hora que estoy en la orilla de la alberca digo: Yo sólo sé que no sé nadar?, y todo mundo disfruta el chascarrillo y bebe cerveza y baila al ritmo de banda?
Y si, para que nuestros muchachos no carguen piedras, hemos convertido a éstas en nubes de algodón, para que no hagan el mínimo esfuerzo, para que no suban al Everest, porque ¡qué hueva llegar tan alto sólo para ver todo desde arriba y luego, qué doble hueva, tener que bajar!
¿Y si estamos equivocados? ¿Y si en afán de hacerlo sencillo lo hemos vuelto simple? Porque he visto cómo, en el aula, los muchachos no escriben lo que el maestro redacta en el pizarrón, sino que le toman fotografías en el celular. ¡Pero, por supuesto! Es el privilegio de estos tiempos cibernéticos: los muchachos ya no escriben.
La pregunta, entonces, es: ¿Cómo estructuran su pensamiento si no redactan, si no saben redactar?
Los maestros se han vuelto permisivos, consentidores, apapachadores. Las grandes obras literarias se han vuelto pequeñas cápsulas sintéticas. Los muchachos de hoy ya no se bañan en los ríos, apenas meten sus pies en charcos de la literatura. No es casual que ahora se hable de tuiteratura. Hay concursos de cuentos escritos en no más de ciento cuarenta caracteres.
¿Y si estamos equivocados? ¿Y si equivocamos el sendero que antes contenía obstáculos y ahora improvisamos sendas sin piedras a fin de que nuestros muchachos no se lastimen las plantas de los pies al caminar? A cada rato escuchamos esto: “Que mis hijos no tengan las carencias que yo tuve de niño”, y ahí está todo mundo proveyéndolos de objetos materiales.
¿Y si aceptamos que estamos equivocados, qué debemos hacer para revertir el equívoco? ¿Alguien se atreve a sugerir otro camino a los muchachos? ¿Alguien puede revertir el abrumador y tendencioso mensaje de las sociedades capitalistas?
Posdata: ¿Sócrates en tuit? ¿Platón en tuit? ¿Aristóteles en tuit? ¿García Márquez en tuit? ¿La Divina Comedia y El Quijote en tuits? Pucha, ¡qué filosofía y literatura tan tuiteras!

miércoles, 5 de junio de 2019

CUANDO LA ELE SE VUELVE ESE




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que son como pulgas en una alberca, y Mujeres que son como una copa de vino a medianoche.
La mujer copa de vino a medianoche es una mujer que, si se enoja, mancha el mantel blanco de la mesa de festejo; ella puede permanecer años y años en la oscuridad de una cava, pero cuando despierta en los labios de su amado fortalece la idea de que su sabor mejora con la edad. Por esto, ella no necesita de afeites ni de cirugías para ocultar las arrugas, éstas las presume como caminos de luz, como surcos donde la semilla germina.
Cuando viaja, como copiloto en un auto, abre la ventanilla y, con los ojos semicerrados, recibe el viento en su rostro, un viento que es como un esquiador que desciende desde el Himalaya. A ella le encanta poner un disco en el reproductor y cantar y alzar los brazos, mientras su pareja conduce el auto. A ella le encanta recargarse en el cristal, abrir los ojos como niña sorprendida, y ver cómo los pinos pasan frente a ella como si desfilaran, como si fueran soldados dirigiéndose a un campo de paz.
A ella le encanta desayunar en terrazas, sentirse paloma en el pretil de una ventana; a ella le encanta disfrutar el momento que los comensales levantan la copa y brindan y prueban el vino, blanco si es pescado, tinto si es un sirloin. A ella le encanta recibir la lluvia en las terrazas, sentir cómo su cuerpo se ablanda con la bendición del agua.
La mujer copa de vino a medianoche le encanta ver cómo aparece la luna detrás de la montaña, cómo abre su ojo de cuervo, cómo, en luna llena, es un globo a punto de expandirse por la manta oscura del cielo.
De las estaciones del año, ella prefiere el verano, cuando los cuerpos de los seres humanos se vuelven hojas de piel en el árbol de las playas. Le encanta ver los cuerpos que se desnudan, que se muestran como son en lo más íntimo. Ella asegura que si las personas se mostraran desnudas en público con más frecuencia, la música tendría otro ritmo, las cintas de los zapatos serían transparentes y las sonrisas volarían a las ramas más altas. Si las personas se desnudaran más a menudo, el mundo sería como una exposición de cuadros impresionistas en el museo del sueño.
El vino, se sabe, ha sido protagonista de los actos más relevantes del mundo. Todo mundo conoce la anécdota donde la madre de Jesús le pide que convierta el agua en vino, para que el jolgorio de la boda sea un continuo. El vino aparece en las presentaciones de libros, en las alfombras rojas, en el bautizo del pichito, en la exposición de pinturas, en la noche de luna de miel, en la miel de la noche y de la luna. El vino se aprecia en la transparencia de la copa de cristal. Por esto, la mujer copa de vino a medianoche abomina que el vino sea servido por manos torpes en vasos de unicel.
A ella le encanta ver películas donde los grandes actores y actrices llevan una copa de vino en su mano y la llevan a sus labios de dioses. Ella disfruta el instante que el vino aparece como una consagración, el instante que Javier Barden, recargado en una columna, vestido con camisa de color vino (qué coincidencia) ve hacia el fondo del salón y tiene una copa de vino en las manos.
Cualquier chica advierte la destreza del amante en la forma que agarra la copa. Hay una gran diferencia entre el chico que toma la copa con ambas manos y el chico que toma la copa del pie; hay una gran diferencia entre el chico que toma la copa del cáliz o de la pierna. Hay una gran diferencia entre el chico que sostiene la copa con una mano que parece un manto divino o una mano que es como la garra de un león despanzurrado.
A la mujer copa de vino a medianoche le encanta estar en estancias que son iluminadas con luces de ámbar, luces que provienen de lámparas discretas, como si caminaran en medio de callejones donde niñas juegan lotería sobre las banquetas. A la mujer copa de vino a medianoche le encanta saberse deseada con el gusto que el faro avisa al barco que hay un farallón frente a él, con el mismo gusto con que la niña mete su pie en la piscina y disfruta que los peces la besen como si estuviera en una manifestación de alondras o en un mitin de abejas arrechas.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como rodillos para pintar azucenas, y Mujeres que son como Penélope Cruz a la hora que se sube la falda y se acurruca para orinar.

martes, 4 de junio de 2019

NIVELES




Jafra (medio mundo lo sabe) es una empresa que fabrica productos de belleza y perfumería. En esta fotografía se ve una caja de tales productos, pero que no contiene chunches perfumados, o sí, pero no de perfumes agradables. En realidad, alguien recicló la caja y la usó como contenedor de basura, ¡ah!, pero eso sí de manera muy pulcra, como si fuera niña bonita, sentada sobre una silla de plástico. Si alguien hiciera una lectura de esta imagen podría decir que ¡hasta en basura, hay niveles!, porque la pobre bolsa del piso se ve esmirriada en comparación con la que está sobre la silla. ¡Hay categorías sociales!
Claro, a la hora que pase el encargado de la basura hará caso omiso de tal distinción, tomará con sus dos brazos la caja y la bolsa y echará a ambas al mismo basurero. Ya, si queremos ir a más, podríamos decir que es toda una alegoría: esta escena simboliza la vida, los ricos y los pobres, los que se sientan en sillas o se botan en el piso van a dar al mismo basurero cuando se mueren. Hay individuos que insisten, después de la muerte, en marcar las diferencias y reposan en mausoleos hechos con mármol para estar por encima de los que duermen el sueño eterno en una modesta tumba con lápida a ras de suelo y una cruz de madera que se pudre con el paso del tiempo. ¡Ay, vanidad de vanidades!
Y para resaltar las diferencias podemos imaginar que en París no hay cajas de cartón de Jafra. ¡No! Imposible. En cuestión de perfumes también ¡hay clases! Y uno debe entender que la raíz madre también es privilegiada. Si los franceses fueron los inventores del perfume, es lógico comprender que Jafra es apenas una brizna de lo que puede ser Chanel. Por algo, la novela “El perfume” tiene como entorno a aquellas tierras y no éstas, porque éstas huelen a mercado de Juchitán, huelen a sudor, a camarón seco, a alga podrida.
Allá, en París, no dejan bolsas de basura a mitad de la banqueta. ¡No! Allá, en las avenidas hay contenedores que reciben los desechos, contenedores que son levantados por brazos mecánicos que los depositan en los camiones. Porque, de igual manera, en servicio de recolección de basura ¡también hay niveles!
Cuando vi lo que aparece en la imagen me pregunté si la silla era parte del paquete. Respondí que sí, que la silla también estaba ahí para ser depositada en la boca del camión sanitario. Y entonces pensé, de nuevo, que podía ser una alegoría de la vida, porque esta silla se veía entera, pero, sin duda, ya estaba vieja. Lo mismo sucede con los viejos de las casas.
Y también pensé que la silla, tal vez, había sido olvidada por algún enamorado que una noche anterior había despertado a su muchacha bonita con alguna serenata; y luego (¡oh, qué fastidio!) pensé que en cuestión de amores y de serenatas también hay niveles. Javier daba serenata con Manuel Hijo, pero tío Armando lo hacía con Águilas de Chiapas. Ahora, los muchachos llevan serenatas con mariachi o con algún sonidero que se encuentran en cualquier plaza.
Para todo hay niveles, clases. Algunos, me queda claro, colocan su basura en cajas de cartón y otros lo hacen en bolsas de plástico; algunos, me queda claro, tiran ramas y hierbas del jardín, otros tiran botes vacíos de Tecate o de jugos Jumex; porque en cuestión de bebidas también hay diferencias, hay personas que beben champaña y personas que se embrutecen con Charrito; hay mujeres que se bañan con jabones de Avon y mujeres que se bañan con burbujas Claus Porto. Revisar la basura de cada vecino da una idea del nivel social que poseen, la clase social a la que pertenecen.
Hay niveles de vida y de muerte; hay niveles de lectores; niveles de nivel.
Algunos tiran su basura en cajas de cartón y la echan al basurero del barrio; otros tiran su basura en cajas de metal y la depositan en el panteón municipal.
Hay niveles de vida y niveles de muerte y niveles de resurrección y niveles de reencarnación.

lunes, 3 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, CON EL ESPÍRITU EN UN HILO




Querida Mariana: Vi la fotografía de Roberto Chávez y pensé en una fotografía de Marilyn Monroe. Nada tienen en común ambas fotografías, salvo el instante. Roberto y Antonio captaron instantes prodigiosos. Un segundo antes o un segundo después hubiesen sido fotografías comunes y no imágenes que alimentan mil historias. En fotografía, lo sabe todo el mundo, el instante hace la diferencia entre una foto común y una foto extraordinaria. No sé qué digás vos, pero yo digo que esta foto de Roberto es una de las más sublimes de lo que va de este 2019, en Comitán.
¿Te cuento el instante de la fotografía de Marilyn? Un día de 1962 la actriz llegó a México y, en el Hotel Hilton, ofreció una conferencia de prensa. Entre los fotógrafos asistentes estaba Antonio Caballero, quien estuvo “en el lugar preciso, en el momento correcto”, porque bastó un cruce de piernas de la actriz para que el fotógrafo oprimiera el botón de su cámara y captara lo que nadie más captó. Había decenas de fotógrafos, pero sólo Antonio logró la toma insólita, la reveladora, la de mil historias. Los biógrafos de Caballero comentan que en su estudio tenía más de un millón de negativos. ¿Mirás? ¡Más de un millón de fotografías!, muchas de ellas, fotografías de diez, pero la que lo catapultó a la fama fue la de Marilyn, por tratarse de quien se trataba y porque captó lo que nadie logró esa mañana: ese día, la güera no llevaba ropa interior, y Antonio Caballero captó su entrepierna. Si los hombres las prefieren rubias, ese día quedó demostrado que la Monroe no era tan rubia de todas partes. Fotografía en la que el azar ayudó al ojo certero, en la que el instante se sublimó.
Por esto digo que la fotografía de Roberto no tiene mayor relación con la de Antonio, salvo porque ambas poseen el secreto de haber sido tomadas en el instante preciso. Acá hay sutileza, hay algo como una línea de agua clara. Insisto, querida mía, un segundo antes o un segundo después la toma hubiese sido una imagen común.
Igual que aquella mañana de 1962 en el Hotel Hilton, la mañana de 2019, en el Hotel Marqués de Comillas, de Comitán, había muchos fotorreporteros, todos ubicados en forma estratégica para captar los rostros y cuerpos de chicas bellísimas. Pero, Roberto hizo lo que hacen los verdaderos creadores, se apartó de la línea y buscó el instante que nadie espera, ni siquiera el personaje retratado, y logró esta fotografía donde la chica no posa. La sutileza de la fotografía es tal que resulta de mal gusto tratar de describirla, basta ver la posición de la mano y la placidez del rostro; basta ver esos labios entreabiertos, la luz indecible de la piel de su sugerente pecho y la cinta del cuerpo debajo del chaquetín. ¿Mirás cómo los dedos se curvan tantito para arreglar el bolero? Es de tal fragilidad el instante que uno duda si decir que la mano está a punto de retirarse o aún hará un último pliegue para que la tela tome la forma deseada.
La chica de la fotografía de Roberto es una de las chicas participantes del Concurso Miss México 2019. La fotografía, ya lo dije, fue tomada en el patio del Hotel Marqués de Comillas, en Comitán; es decir, en un espacio público. La chica está al lado de sus compañeras, frente a muchas personas y muchos fotógrafos. Sin embargo, Roberto la captó en soledad, parece que estuviera en un espacio íntimo. La fotografía la muestra en un momento de abstracción eminente. Ella, en este instante, se prepara para la sesión fotográfica, donde debe posar y pararse frente a las cámaras como si fuese un flamenco. Un instante después de esta fotografía, como si regresara del viaje más íntimo, sonreirá y se mostrará para los otros. Acá, como dijera el filósofo español, es ella y su circunstancia, es un cielo intocado, aire libre.
Roberto la captó un segundo antes de salir a la pasarela. Como si fuese una actriz, Roberto la captó en el instante previo de dar el salto al escenario lleno de luces y reflectores. Ella, con un movimiento de mariposa, se arregla el cuello del bolero, su mirada está dirigida hacia su pecho. Su mano da un ligero aleteo, es el aire sutil. Ella no posa. Roberto la captó en su magistral belleza, en el instante que la vida es como una oración divina.
Posdata: Bendito el instante en que ella hizo ese movimiento de hilandera del aire, bendito el instante en que el ojo de Roberto lanzó la red para pescarla. Bendito el instante fotográfico en que la vida fue un guiño en alabanza a Dios. Benditas todas las Marilyn del mundo.

sábado, 1 de junio de 2019

CARTA A MARIANA, CON TROMPETAS Y FANFARRIAS




Querida Mariana: Rosario Castellanos cumplió 94 años. En Comitán se celebró con bombo y platillos, y tubas y violines, porque estuvo la Orquesta Sinfónica de Chiapas.
Esa tarde, en el escenario móvil de la fuente del parque central, muchísimas personas asistieron y disfrutaron la actuación de la Orquesta.
Recordé, querida Mariana, que una noche de noviembre de 2012, la orquesta, bajo la dirección del maestro Roberto Peña Quesada, se presentó en el mismo lugar, gracias a la iniciativa del licenciado Héctor Flores, gerente general de la tienda de ropa San Marcos. En un acto inédito, un empresario comiteco correspondió a la fidelidad de su clientela con un acto cultural de relevancia. Los comitecos aquilataron el esfuerzo del empresario y llenaron el espacio, y, como si aventaran flores al escenario, desgajaron aplausos para los ejecutantes de la Orquesta y para la familia Flores.
La noche de noviembre de 2012, el maestro de ceremonias, profesor Roberto Gordillo, al término del concierto, después que los músicos interpretaron la canción Comitán, dijo: “Esta es la primera vez, pero no será la última”. ¡Ah, palabras proféticas! La noche del 25 de mayo de 2019, la orquesta volvió a colocar compresas de albahaca en el espíritu de todos los asistentes.
El licenciado Héctor Flores, en 2012, platicó que había visto en el Youtube un flashmob europeo. Cuando escuché el término flashmob me quedé de a cuatro, vos sabés que no spik inglish, pero como ahora todo está en el Internet busqué información y entendí. Un flashmob es un acto inesperado que se realiza en espacios públicos, como calles y plazas. La gente camina y de pronto encuentra algo que llama su atención, se detiene y se cautiva. El flasmob europeo mostraba la plaza de una ciudad en la que un muchacho, vestido con frac, abría un estuche y sacaba un violín y se ponía a tocar. Dos o tres peatones se detenían a verlo y a escucharlo. Un minuto después, dos muchachas, vestidas con trajes largos, de color negro, muy guapas, se unían al primer ejecutante, que abandonaba su condición de solista y se agregaba al trío de violinistas. Como comprenderás, en este instante, apenas dos minutos después, el público que observaba a los ejecutantes había pasado de dos o tres a más de treinta que se detuvieron y sonreían y comentaban esa grata sorpresa. Cinco minutos después el trío de violinistas se convirtió en una orquesta, muchos muchachos (todos de frac y con vestidos largos) se habían incorporado con violas, trompetas, flautas, oboes, tarolas, tambores, contrabajos y demás chunches de percusión y de viento. Los peatones habían suspendido su caminata rutinaria, habían hecho un alto y disfrutaban esa novedad inesperada. En el día a día hay sucesos ingratos en calles y plazas, sorpresas desagradables. Por eso todo mundo celebra que, de pronto, aparezca una parvada de palomas, se pare en plena plaza e interprete música de Bach o de Debussy.
El licenciado Héctor, meses antes, pensaba qué hacer para retribuir la confianza de todos los clientes y amigos de su empresa en la celebración de un aniversario más de su tienda, y pensó que debería traer una sinfónica al parque, a ese espacio que ha sido desde siempre el entorno de su negocio. Y comenzó a darle forma a ese sueño, a hacer los contactos y a preparar la logística (complicada) para darle a Comitán la oportunidad de que, en pleno parque central, la gente se sentara y, bajo el manto sublime del cielo comiteco, escuchara música clásica. ¡Y lo logró!
La noche de presentación de la orquesta el espacio se llenó de gente amante de la buena música, bueno, con decir que algunos hasta cargaron con sus mascotas. Yo vi cómo dos muchachas abrazaban a sus chuchitos Chihuahua, como si fuesen bebés amarrados con un chal.
Las personas, por supuesto, establecen la diferencia de una banda tocando corridos y una orquesta que interpreta la música creada por los grandes genios de todos los tiempos. El oído detecta de inmediato los escalones de los géneros musicales. La música ranchera nos da el sentón sobre la tierra, en cambio, la música selecta nos hace levitar tantito, nos eleva al cielo. Cuando escuchamos música de mariachi, bebemos tequila y gritamos ¡Viva México, cabrones!, cuando escuchamos música de Beethoven, nuestro espíritu se embriaga de una luz indecible y, sin alzar la voz, grita: ¡Viva la vida, sin aberraciones!
Sembradores de luz son los ejecutantes de las orquestas de música selecta, sembrador de espigas de oro es el director de la Orquesta Sinfónica de Chiapas, sembradores de semillas de vida son las autoridades que propician estos encuentros, y sembradores de agua limpia son los empresarios de San Marcos. En 2012, gracias al esfuerzo de empresarios comitecos, el parque central se llenó de notas armoniosas, de esas notas que dan sosiego al alma. En 2019 regresó la orquesta y celebró los noventa y cuatro años del natalicio de Rosario Castellanos, mujer que, de igual manera, sembró semillas de letras en los campos del mundo, semillas que germinaron en suelo fértil y que ahora son enormísimos árboles donde las aves del pensamiento hacen sus nidos.
Estoy seguro que aquella noche de 2012, dos o tres niños abrieron sus manos y, como si estuviesen debajo de una piñata, recibieron la semilla del arte musical. Y digo esto, porque ahora en el 2019, mientras la orquesta tocaba escuché que una niña le decía a su papá, que estaba sentado a su lado: “Quiero tocar el violín”. ¡Sí, todo es por contagio! Si los niños caminan por espacios en donde se topan con ejecutantes de música clásica tal vez comiencen a soñar en ser músicos y tocar en los grandes escenarios del mundo; si los niños crecen en ambientes donde la música de banda es la dominante ese será el modelo a seguir.
En este 2019, el gobierno del estado, a través de CONECULTA, del Centro Cultural Rosario Castellanos, y del Ayuntamiento de Comitán, trajo a Comitán a la Orquesta Sinfónica de Chiapas, para que amenizara el festejo donde se celebró el cumpleaños noventa y cuatro de la paisana. Feliz pretexto para tener la oportunidad de escuchar buena música en el mejor escenario del mundo: el parque central de Comitán, lugar en el que Rosario vivió de niña y parte de su adolescencia, lugar en el que pepenó la semilla de la creación y que luego volcó en sus libros.
En ese espacio del parque central se han presentado muchos actos culturales, como danzas, obras de teatro, pantomima, títeres, presentaciones de libros y muchas actividades más, pero (hay que decirlo) lo que se extiende como círculos concéntricos en el agua ¡es la música! Lo he comprobado en las dos ocasiones que relato: la noche de noviembre de 2012 y la noche de mayo de 2019. La música, como si fuese un tsunami afectuoso, sube por los árboles y por las gradas y llega hasta el cielo y hasta la parte alta del parque, se enreda en las bancas, en el quiosco, en los portales y rebota en los muros del palacio municipal. Tal eco alcanza a todos los oídos de quienes por ahí caminan, de los que platican sentados en las bancas, de los que comen esquites, de los que corren detrás de las palomas y de los niños que van en sus carriolas, con los ojos bien abiertos, sorprendidos ante la maravilla de la vida.
Esto lo saben bien los creadores del flashmob: Hay que seducir a las audiencias, hay que seguir la sentencia musulmana: Si la montaña no viene a Mahoma, ¡Mahoma va a la montaña! Acá en nuestro pueblo (hay que decirlo) la gente no está acostumbrada a acudir a teatros. Imaginemos que el acto se hubiese realizado en el teatro de la ciudad, difícilmente se hubiese llenado. Está bien, niña mía, está bien, ¡sí se habría llenado!, pero ¿cuántas personas admite el cupo del recinto? Ni siquiera quinientas. En cambio, en el parque, la actuación de la Sinfónica tocó el corazón de muchos más, ¡muchos más! No me atrevo a dar una cifra, pero yo contabilicé, a las cuatro y media de la tarde (a la hora que comenzaba a llegar el público) quinientas sillas, mismas que fueron ocupadas en su totalidad a la hora que comenzó el concierto, pero a esto hay que agregarle todo el público que aprovecha las gradas y está sentado como en palco VIP, y el resto de la explanada y la parte alta del parque. Más de mil quinientas personas, más, muchas más.
Estoy seguro que, como en la vez anterior, más de dos o tres niños fueron tocados y se maravillaron ante lo que vieron y escucharon. La magia es por contagio.
Posdata: Yo celebro ambos actos. Celebro que las autoridades le cumplan a la sociedad y siembren gajos de alta cultura; asimismo celebro lo que realizó la empresa privada. Ambas entidades demuestran su compromiso. ¡Más actos como éstos!
Posdata: En el festejo de 2019 hubo una mancha: un retraso de hora y media. ¡Uf! La directora de CONECULTA ofreció disculpas. Estoy seguro que para la próxima no tendrá necesidad de ello y velará porque todo inicie de manera puntual.
¡Felicidades a la cumpleañera! ¡Felicidades a Comitán!