miércoles, 30 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL SOL ES LA VIDA




Un lugar común dice que la fotografía congela instantes. Si un niño juega en el parque central, el fotógrafo detiene la carrera del niño y la inercia de la pelota. Un segundo después de la toma el niño se cae a mitad de la plaza y la pelota rueda y queda debajo de un carro. Esta es la magia de la fotografía: detener instantes y preservarlos.
En esta fotografía ¡todo está detenido! En el extremo inferior izquierdo se alcanza a ver un hombre, con una playera a rayas, que mira hacia su izquierda. ¿Qué ve en ese instante? Si ahora mismo le preguntáramos tal vez no sabría responder, tal vez su memoria no congeló el instante. En primer plano se aprecia una fuente de piedra, un reflector que no genera luz y un tubo que no suelta agua. En el fondo, en la pared amarilla hay un nicho que nada conserva y una bandada de sombras que no vuela, están detenidas en su vuelo.
Todo pareciera congelado. Sin embargo, las franjas de luz nos dicen que ¡hay vida! Si el sol no estuviese presente todo estaría muerto. Se sabe que el Sol es el único elemento de nuestro sistema solar que no puede congelarse. Ni siquiera la fotografía del más avezado científico de la NASA puede congelar al que se llama Astro Rey (¡por algo será!).
Aun cuando es una obviedad, debo decir que la luz es la diferencia en esta fotografía. Gracias a la luz podemos imaginar el segundo después en que se congeló esta fotografía. Un segundo después, el empleado del Ayuntamiento prendió el reflector, porque al rato la luz de la tarde se escondería; el mismo empleado llegó hasta un registro colocado en el piso, lo levantó y echó a andar la bomba que accionó el mecanismo para que el agua fluyera de manera singular. El tubo comenzó a vomitar cantidades generosas de agua limpia y la fuente ¡tomó vida! El hombre de la camiseta a rayas volvió la mirada y vio el agua de la fuente y respiró hondo, como si ese chorro le recordara alguna catarata del Iguazú o un simple verso de aquella famosa canción del chorrito que se hacía grandote y se hacía chiquito. Este recuerdo, también pudo impulsarlo hasta el recuerdo de una tarde en que, de la mano de su abuela, estuvo en un acto cívico escolar y vio un grupo de niños, vestidos con bombín y traje oscuro, bailar la canción. Y cuando todo tomó vida, el aire de Comitán voló y con este vuelo también volaron esas sombras que no son más que sombras de cientos de papelitos colocados frente al atrio para significar día de fiesta. Y al vuelo de estas sombras que no lograron alcanzar el vuelo porque estaban detenidas en lazos, también voló el sonido del papel abrazado por el viento. Como un coro de mil ronrones estos papeles aletearon en el aire de Comitán. ¡Todo tomó vida! Y todo fue gracias a que el Sol iluminaba la plaza esa tarde, la iluminaba de manera pródiga, como siempre lo hace, incluso en los días más nublados.
Mariana dijo que sólo faltaba que en el nicho apareciera un monje. Entonces enfocamos nuestra vista hacia ese hueco y esperamos el momento en que alguna sombra de las banderitas de plástico tomara forma de un rostro o de una mano o de un corazón. Después de todo, un instante después que un cuerpo regresa de la hibernación, es posible que el milagro de la vida aparezca de nuevo.

domingo, 27 de julio de 2014

DESPUÉS DE LA VIDA, HERMANO, DESPUÉS DE LA VIDA




Todo mundo dice que debe ser en vida; que los homenajes deben ser en vida del homenajeado. La gente dice: después de muerto ¡ya para qué!
El sábado 26, amigos de Juan Manuel González Tovar ofrecieron un homenaje en su memoria. Fue una reunión de amigos, como si estuviesen en el patio de la casa y bebieran un poco de comiteco en una lata de jumex y movieran los pies debajo de la mesa y botanearan y el cielo se derramara encima de ellos, porque la noche era fresca, no presagiaba lluvia y el cielo estaba lleno de estrellas.
Juan Manuel falleció hace poco tiempo. Algunos amigos quisieron ofrecerle un homenaje, todavía en vida, pero otros amigos dijeron que no, que se esperaran tantito, en las caras de estos últimos brillaba la esperanza de su recuperación y de que él asistiera pleno y declamara y cantara “My way”, su canción preferida, su línea de vida.
La noche del 26 fue una noche llena de estrellas, como si el patio se inundara de luz. Bastaba levantar tantito la mirada para ver y oír el canto de esos maravillosos grillos saltarines que se llaman Pepe Román, Lili Escamilla, Gil mendoza, Trío Rubí, Cothy Soto y muchos más.
Alguien comentó: “es una pena que no esté Juan Manuel”. Sí, fue una pena, no sólo que no estuviera presente, sino que, una mañana cualquiera, hubiese muerto. Pero, se sabe, la vida tiene fronteras infinitas y éstas no las puede cruzar el hombre mortal. Para alcanzar el infinito, se entiende, el hombre debe volverse infinito, también, polvo de estrellas y revolverse con el Universo.
Pero, ¿de veras para nada sirve hacer un homenaje a quien ya no puede presenciarlo? ¿De veras? ¡Es una idea falsa! La noche del 26, quienes estuvieron presentes en el homenaje a Juan Manuel, pudieron comprobar que los homenajes después de la vida, son maravillosos.
Si los amigos se hubiesen conformado con saber que no le hicieron su homenaje en vida, todo hubiese caminado con la cara boba que siempre tiene la grieta. Haber hecho un homenaje a Juan Manuel después de muerto alentó el llanto de muchos y la sonrisa de más. Fue una descarga de energía vital que, igual que lo hizo el espíritu de Juan Manuel cuando respiró por última vez, se unió a ese torrente infinito que se llama eternidad. ¿Quién puede decir que ese ritmo de bongó, a la hora que Francisco Torres tocó las percusiones, no se unió al polvo que ahora es Juan Manuel? ¿Quién puede afirmar que la voz de Alejandro Morales no tocó una de las garras del Puma?
¿Juan Manuel está en el cielo? No lo sé. En todo caso sería el primer puma con alas. Lo que sí sé es que Juan Manuel es una mota de luz infinita y tal vez, tampoco lo sé, tal vez, lo que sucedió la noche del 26 no fue más que una línea de luz para la luz.
¡Qué bueno que existan los homenajes en memoria! ¡Qué bueno que se haga después de la vida! No todo mundo soporta estar sentado en medio de una hoguera, mientras todos los demás queman incienso por el homenajeado. En cambio, después de muerto, el muerto ni se entera. Quien sí se entera es el infinito y, como el homenajeado ya forma parte de ese hueso duro de roer, la luz da más luz.
¡Cómo no va a ser bueno que se haga homenajes después de muerto si ese homenaje permite escuchar la maravillosa voz de Andrea González Jiménez (sobrina nieta del Puma) y del talento a ras de tierra y a punto de ala de Martín González Jiménez (hermano de Andrea)!
Que Dios bendiga a los amigos de Juan Manuel que usaron el mejor pretexto para compartir, para llenar de luz el Teatro de la Ciudad, para decirnos que los homenajes después de la muerte sirven no para regar agua bendita en el cuerpo del ausente, sino para prender la esperanza en el corazón de los vivos, de quienes caminan por la ladera azul del recuerdo y de la emoción.
La noche del 26 muchos hombres y mujeres, como si lo hicieran al derredor de una hoguera, cantaron, bailaron, declamaron y bebieron a la salud de un hombre: ¡Juan Manuel! A mitad de la noche, en plena selva, un rugido se trenzó en las lianas, un grito que dijo: “¡Sí, señor!”.
(Fotografía: Claudia González).

DEL SIGLO PASADO




Luis Armando Suárez Argüello, Director del Centro Cultural Rosario Castellanos, me invitó a presentar el libro “Recopilación cronológica de datos sobre Comitán de Domínguez”. Paso copia del textillo que leí:
Esta es la presentación de un libro singular. Se presenta en Comitán muchos años después que fue escrito y de que circuló por la ciudad. El libro original era tamaño carta y estaba encuadernado. Entiendo que circularon pocos ejemplares. En un país donde se lee poco, en una ciudad donde, de igual manera, se lee poco, llamó mi atención que un hombre, con un morral al hombro, ofrecía el libro por las calles de Comitán. Un libro choncho, con mucha información. Daba la impresión de que el legajo de hojas, empastado en pasta roja, eran fotocopias. No sé cuántos libros se vendieron en aquel entonces, pero uno de mis amigos sí lo compró. Me dijo que le parecía muy interesante el contenido.
El libro que hoy se presenta, tiene un tamaño media carta, ya tiene una portada, aun cuando sigue llamando mi atención, el hecho de que pareciera como un trabajo de facsímil de la versión original. ¿Por qué digo esto? Porque en la ficha de Raúl Garduño, por ejemplo, hay anotaciones hechas con lápiz, anotaciones que complementan la información que en un principio no hubo.
El libro, ya ustedes lo saben, es una recopilación de datos sobre nuestro pueblo. La compiladora es María Magdalena del Carmen Argüello Díaz.
¿Qué encuentra el lector en este libro? Un legajo de documentos que, de manera cronológica, nos da información de la historia de nuestro pueblo. La autora se dio a la tarea de buscar documentos históricos que dieran luz al origen y evolución de este pueblo. Así, en este libro hallamos datos desde la fundación de Comitán hasta el movimiento de revolución.
¿Cuáles han sido los nombres que esta ciudad ha tenido? Acá lo hallamos. ¿Quiénes han obtenido la Medalla Belisario Domínguez? Acá está la relación. ¿Quiénes han sido los presidentes municipales de Comitán? Acá está el chorizo de nombres. Esta información no está actualizada. Todo termina con el año en que, como ya dije, fue editado por primera vez: 1981. ¿Qué nos dice este tope? Tal vez nos señala que es momento en que María Magdalena se aboque a concluir el puente que, por ahora, no llega a la orilla de este siglo XXI en que vivimos. O ¿alguien más debe hacerlo o ya lo está haciendo o ya lo hizo? Los cronistas de Comitán están metidos en estos ajos y parece que le dan duro a esta labor.
Debemos reconocer que de los primeros intentos de aportar datos para conformar nuestra historia es el logro de este libro.
Una buena parte de esta recopilación la constituye la sección de personajes destacados. Las fichas biográficas de disímbolos personajes nos ayuda a entender parte de la historia de Comitán, nos aporta datos de quienes, alumbrados por reflectores, contribuyen (o contribuyeron en caso de los fallecidos) para hacer el Comitán que hoy nos cobija.
Esta última sección fue, en su tiempo, la más polémica del libro. Un día me topé con el maestro Ernesto Cifuentes, Presidente Municipal en ese momento, y, molesto, me dijo que él no aparecía en el libro, “cuando menos como Presidente debía aparecer”, dijo. El maestro no entendió que ya su periodo no estaba incluido. Ahora, acá lo recordamos, y es como si estuviese incluido. Como en toda selección de personajes acá sí son todos los que están, pero no están todos los que son. El libro está lleno de guiños misteriosos. En esta edición algunos nombres de destacados están tachados. ¿Por qué Elba Gordillo Morales, educadora, tiene una raya que pareciera eliminarla de la lista, sin borrarla del todo? No lo sé. El libro, ya lo dije, al principio, es un libro singular. Pareciera tener el sello Argüello, la huella de don Antonio Argüello, papá de María Magdalena, y quien es un personaje polémico, que oscila entre un inmenso amor a este pueblo y un coraje no disimulado.
Hoy, la autora cumple con su compromiso moral. Viene a Comitán y presenta su libro que fue dictado por amor a esta tierra. No puede entenderse de otra manera. Es un haz de flores que forman un ramo para que las nuevas generaciones sepan de dónde provienen.
Gracias.
(Fotografía: Susana Argüello Díaz).

sábado, 26 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL FLATO TIENE SEMEJANZA CON LA SAUDADE




Querida Mariana: la palabra saudade es portuguesa. Hernán Becerra, quien ha estado en Portugal, dice que se pronuncia “saudaye”. Dice que designa un sentimiento muy cercano a lo que en Comitán llamamos “flato”. En otras partes de México el flato es una acumulación de gases que produce dolor estomacal. En Comitán, el flato no tiene algo que ver con los gases. Es casi imposible de definir, es una mezcla entre la tiricia y la gutzera. Es como una acumulación de niebla que produce un dolor espiritual.
El tío Enrique insiste que el flato es lo que ahora llaman estrés, pero tía Juanita dice que no. A veces, sin motivo ni razón aparentes, aparece el flato. Llega así como llega el otoño. Un día, todo lo que estaba lleno de hojas verdes se pone seco. ¡Eso es el flato! ¡Un árbol seco que recibe la embestida brutal del invierno!
¿Cómo se quita el flato? No existe medicina de patente que lo remita. Ah, sería muy bonito tomarse una pastilla y decir “¡next!”. No, no hay remedio terapeuta. Tal vez, por esto, desde hace siglos, los comitecos buscan sucedáneos para paliar tantito el efecto. El tiempo (todo mundo lo sabe) es el único que pone un curita en el corazón enflatado. Pero, mientras el tiempo hace su labor, los hombres y mujeres enflatados deben buscar caminos menos oscuros.
¿Qué hacen los portugueses para evitar la saudade? Hernán dice que la saudade está emparentada con la nostalgia (algo de esto también sucede con el flato comiteco, pero el flato es más complicado todavía. ¡Dios mío!). Hay nostalgia por un amor distante o por un país abandonado.
Una vez, hace muchos años, entré al departamento donde vivíamos siendo estudiantes universitarios en la ciudad de México y hallé a Enrique sentado en un rincón de la sala con las luces apagadas. “¿Ydiay?”. Los demás compas habían ido al cine. “¿Qué tenés?”. “Tengo flato”, me dijo. Claro, cómo no, en Tuxtla estaban sus papás y en Comitán estaba la novia. Acababa de hablar con ella, por teléfono. (Las llamadas eran escasas porque salía muy caro una llamada de larga distancia. Benditos tiempos estos donde los muchachos hablan por “skipe”. Parecía que la llamada en lugar de acercarlo a ella, le había cortado los lazos del puente colgante.) Me senté a su lado y (¡santo Dios!) esa niebla me comenzó a abrazar, la vi llegar como llegan las nubes en lo alto de la montaña y sentí su mano fría y dulzona. La gran jodida, el flato es contagioso. “Vonós al cine”, le dije, en intento de animarlo y de evitar que yo cayera en el pozo de la saudade (en ese tiempo no conocía el término). “No”, dijo, y siguió ensimismado. Yo no tenía novia, pero sí tenía a mis papás en este pueblo, ¡en este pueblo! Los dos elementos fundamentales de la nostalgia estaban amarrados para jodernos la vida: el amor y la patria distantes. En ese momento hubiésemos querido tener el poder de teletransportación y llegar a mitad del patio de casa para correr a la cocina donde mamá calentaba el café y luego a la sala donde papá veía el juego de béisbol, en esas transmisiones que daba TRM (Televisión Rural de México), en la televisión en blanco y negro que teníamos sobre una mesa de madera. Pero, estábamos en un departamento de México, con las luces apagadas, sólo iluminados por la penumbra del patio que se colaba por el enorme ventanal de la sala. Estábamos solos, Enrique y yo, y él estaba enflatado y yo a punto del contagio, porque nuestro Comitán y nuestras personas amadas, estaban lejos, muy lejos. Pero, la verdad, quien estaba más enflatado era él, porque extrañaba de más a su novia. Minutos antes de que yo llegara había hablado con ella y en cuanto colgó la sintió más distante. Así sucede. Luego supe que ella, esa noche, iría a un baile al Club de Leones. ¡Cómo Enrique no iba a estar enflatado! Entonces pensé que debíamos intentar desasirnos de esa mano peluda enflatadora y le dije a Quique que pediría una botella de trago. Fui al cuarto, saqué el número del taxista que, por una lana, nos hacía el servicio de entrega a domicilio y pedí una botella de Don Pedro, de tres cuartos, un queso, dos bolsas de papas, cacahuates, tres tehuacanes y dos cocas gigantes. Prendí la luz, abrí el refrigerador y saqué unos cubos de hielo. Cuando los demás compas llegaron del cine nos encontraron bebiendo nuestras cubas, escuchando marimba, abrazados, cantando “Comitán, Comitán de las Flores, donde están mis amores…”. Habíamos vuelto a apagar la luz, estábamos abrazados, llorando. Enrique por su novia, por sus papás, por su Chiapas; yo, por mis papás y por este pedazo de tierra que era como el comal donde ponía a calentar mi corazón. Los amigos llegaron, prendieron la luz, se sentaron y nos acompañaron. La botella no iba a alcanzar para todos. Rodolfo entró al cuarto, sacó la tarjeta del taxista y pidió otra botella y más botana. Tres horas después habíamos ahogado el flato. Ya no llorábamos. Sólo algo como un chal de niebla seguía enredado en el cuello de Enrique, pero se desintegró a la hora que subimos a la azotea y nos botamos sobre el piso y vimos el cielo (aún estrellado en esos años setenta, años sin mucho smog todavía). Al lado de los lavaderos de cemento, junto a los tinacos de asbesto, un grupo de comitecos, medio bolencones ya, miraba el cielo y sentía que la vida estaba concentrada en ese instante y que era una bobera gastarlo en enflatamientos. Era la madrugada. Cantábamos, tirados en el piso, cantábamos: “…siempre tendré presente este recuerdo…”. La lucecita de un avión se movía lentamente hacia el Sur, hacia donde estaba Chiapas. Tal vez era un avión que se dirigía hacia Sudamérica.
En los años de estudiantes universitarios, con trago hacíamos el contraconjuro. Muchos comitecos siguen atarantando el flato con trago. Es como si con un periódico le dieran un guamazo a la mosca que, insistente, regresa a la mesa, porque el flato no se muere. Queda ahí, medio atontado, recuperándose para volver en cualquier instante.
Si los científicos aún no hallan la cura del SIDA, los comitecos tampoco hemos logrado dar con la cura del flato. Sólo lo paliamos, de vez en vez.
Un grupo de estudiantes salió a las calles de Comitán a realizar un estudio acerca del flato y una de las preguntas de la encuesta fue: “¿cómo se cura del flato?”. Las respuestas fueron de un extremo al otro, desde el que dijo que se embolaba dos días seguidos hasta el que dijo que tomaba un avión y viajaba a París. Como la mayoría de los comitecos no tiene paga para treparse a un chapulín de Air France busca otras alternativas.
Rosy dice que el flato es como un canario encerrado. En apariencia el canario es feliz porque “canta” todo el día y trepa al palo a cada rato (sin albur, por favor), pero está encerrado. ¿Qué le sucede al canario cuando ve que en el cielo un pato pasa como avión? ¿Qué piensa a la hora que ve que un loro camina por el patio, trepa al aro y, con toda la libertad del mundo, grita: “Sonia, mi comida, Sonia, mi comida”, y Sonia le lleva un plato con galletas remojadas en leche? El flato se acerca un poco a la pérdida de libertad, porque quien extravió el territorio es un extranjero permanente. Quien padece el mal no “se halla”, existe una opresión en su corazón que le impide respirar. Quien tiene flato se convierte en mosca y queda atrapado en una gigantesca telaraña, en una esquina oscura. Poco a poco, el enflatado entra en un estado de indefensión donde, en apariencia, lo único válido es enredarse más y más en ese laberinto de hilos. Pero eso no es todo, a la hora menos pensada ¡aparecen espacios y afectos desaparecidos!
El flato se intensifica a la hora que estamos en el corredor de la casa y un aroma de café nos alcanza. Ese aroma nos retuerce el espíritu, porque a esa misma hora de la tarde aparecía la mamá (ya difunta) con la taza de café y el plato con pan. Ella se sentaba junto al pilar de madera, ahí donde está la maceta con “colas de quetzal”. La mamá dejaba que la tarde se apagara. Cuando la noche aparecía, ella iba a la pared del fondo y cubría la jaula de la cotorra australiana con el paño verde. “Buenas noches, mi chiquita, buenas noches”, decía ella y la cotorra algo le respondía, mientras iba de un lado para otro de la jaula. El flato se hace más grande, porque nos abofetea de manera cruel con los más intensos recuerdos.
Mi tía Lorena reza; mi tío Poncho juega billar; mi primo Andrés bebe trago; y mi prima Marina come paletas de chimbo. Éstas son algunas formas de jugarle la vuelta al flato. No es sencillo erradicarlo. Si el enflatado va al parque de San Sebastián no debe sentarse a mirar las parejitas que ahí juegan manita sudada y se besan. ¡No! La persona enflatada debe pararse frente al templo y, en lugar de ver el interior, debe levantar la vista y observar el campanario y el cielo. El enflatado debe seguir parado por un buen tiempo hasta que se canse. Luego debe dar dos vueltas al parque e ir a comprar una paleta de chimbo. Una vez que ya tiene la paleta, entonces sí le es permitido sentarse en una banca y puede, si así lo desea, mirar los pájaros que se paran en las ramas de los árboles añejos. Es entonces cuando debe jugar el juego de los espejos imaginarios. Debe pensar que frente a él hay un espejo y que alguien (él mismo) está frente a él. Entonces el personaje imaginario pregunta: “¿Qué comés?” y él debe abrir la boca y chupar la paleta. El personaje imaginario dice: “¡Ya, ya, no me digás, estás comiendo una paleta de chimbo!”. En ese instante, como si fuese un ritual antiguo, el chupa paleta verdadero debe levantar el brazo y dar un puñetazo al espejo imaginario. El espejo se hará trizas y, de igual manera, el personaje imaginario se hará cachitos. ¡Santo remedio! El hombre que estaba enflatado ya no existirá más. El hombre se parará, alzará los brazos, respirará profundo y sentirá que la vida está a su lado, que está en cada resquicio de su cuerpo y de su espíritu.
Mi prima Marina dice que la receta de la paleta de chimbo le hace bien. José dice que es una bobera, dice que Marina nunca ha estado realmente enflatada, porque nunca ha tenido novio ni nunca ha salido de Comitán, con excepción de una vez que viajó a Cancún y regresó a los dos días porque su piel no resistió la tremenda bronceada que se pegó en la playa. José dice que si la Marina se hubiese quedado en Cancún dos o tres días más le hubiese agarrado “el golpe” de la nostalgia y se hubiera enflatado y ni Dios padre la hubiese curado, como sí la curó el doctor García de la quemada de piel.

Posdata: hay gente más propensa al flato. La gente melancólica tiene propensión al mal. Los que son hijos de la calle, los que son teflón y nada se les pega, ellos no se enflatan. Hay algunos bolos que a la mañana siguiente despiertan con “un gran flato” por no saber qué hicieron durante su bolera. Hay otros, más bolencones, que les vale un cacahuate lo que hicieron o dejaron de hacer. Estos últimos se levantan a las doce del mediodía, abren el refrigerador, se preparan una michelada y hablan a los amigos por teléfono, para seguir el guateque. Esta clase de personas no extraña a alguien. Si una novia los corta o les pone el cuerno, doce minutos más tarde ya están llamando a otra muchacha bonita y la invitan al antro. Estos compas nunca extrañan su patria, porque su patria son ellos mismos. Su territorio está donde ellos están. Cuando viajan no sienten nostalgia por la tierra abandonada. De inmediato edifican nuevas amistades y construyen nuevos cielos donde echan a volar sus pasiones.
El que viaja siente cierta nostalgia por lo que abandona, pero quien se queda es quien más resiente la despedida. A la hora que el viajero sube al avión se enfrenta a un mundo lleno de novedades, entra a una dimensión donde todo presagia misterio y aventura. Por el contrario, quien se queda en el aeropuerto no le queda más que subir a su auto, conducir por esa carretera llena de baches y de niebla. Y esta niebla que, en apariencia, es como una bufanda que enreda las montañas y el paisaje exterior, poco a poco penetra por las hendijas de las ventanillas del auto y cuando los pasajeros vienen a ver ya los está abrazando con ese abrazo frío que es como ala de paloma muerta. El flato comienza a aparecer a la hora que llegan a casa, abren el portón, entran, encienden la hornilla y ponen a calentar el agua para el café. Todo es tan rutinario. Ahora más, porque quien viaja en el avión ya no está. Ya vuela lejos. El flato proviene de ese pozo donde la ausencia es como una luz permanente. Hubo un tiempo que extrañé mucho a Comitán y despertaba enflatado en otra ciudad. Una mañana pensé que la única manera de evitar esa nostalgia era evitar pensar en Comitán. Y para dejar de pensarla era necesario no pensar sus calles y sus plazas sino vivir sus plazas y sus calles. Subí a mi auto y regresé a mi lugar. Al llegar fui al mercado Primero de mayo y pedí un vaso de jocoatol. Al probar el primer trago sentí que una piedra llamada saudade se deshacía y se hacía polvo, se volvía nada.

viernes, 25 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON “SERVICE ROOM”




Porque no sólo de pan vive el hombre. Aunque algunos ilusos y románticos (jodones y asquerosos capitalistas) insisten en que el aplauso es el alimento del artista, éste necesita (igual que cualquier mortal) hacer sus tres comidas al día.
Cuentan que un día, un artista callejero, con su aparato musical al hombro (sin albur) caminaba por las calles de Comitán. El día era espléndido. Todo era cotidiano: la gente corría por llegar al trabajo, los automovilistas esquivaban baches, los peatones tenían cuidado de no resbalar con las lajas, de las veterinarias salía un olor de perro. Por encima de todo esto, un cielo azul se ufanaba en mostrar su mejor cara.
El artista caminaba cuando se topó con letreros sobre la pared. Uno anunciaba zona de “café y botanas” y el otro anunciaba “video juegos”. Como el artista andaba de pata de chucho desde muy temprano le dio hambre. Hizo caso al ciento por ciento de lo que decía el primer letrero. A la mujer que cargaba bolsas con empanadas le pidió una orden. El artista (callejero, después de todo) colocó la silla plegable sobre la calle, hizo lo mismo con el instrumento, se amarró la servilleta al cuello, levantó la mano y demandó el servicio. Las mujeres, con premura, abrieron la bolsa, sacaron un plato desechable (usted dispensará, patroncito, pero no tenemos más que platos de unicel) y le sirvieron una orden de empanadas, con hartos picles por encima. El artista (callejero, pero no tan chucho) se sentó al lado de la banqueta, para permitir (muchas gracias, qué amable) que los autos pasaran, a fin de que los automovilistas no lo confundieran con esos integrantes de Organizaciones que por cualquier paja hacen bloqueos. El artista comió, porque ya se dijo, los artistas no viven del aire, aun cuando el aire de Comitán vivifica. Pagó a las dos mujeres que se protegían del sol con unas cachuchas (el artista hubiese querido que la comida fuera de gorra, pero tuvo que pagar. Y es que el artista está acostumbrado a que los demás le pidan audiciones de “gorra”. ¡Qué poca!).
Cuando todo mundo pensó que el hombre ya se había saciado, que guardaría su silla, que cargaría su instrumento y caminaría (como medio mundo) por la banqueta, el artista hizo un movimiento inusual, sublime. Como ya estaba tan cómodo, casi casi a mitad de la calle, abrió el estuche, sacó el instrumento (me refiero al musical) y comenzó a tocar. Ahí, a mitad de la calle. Las mujeres lo escucharon con atención. Los automovilistas se paraban tantito, lo veían y luego seguían su camino. El artista sacó el sombrero y, mientras con una mano tocaba, con la otra pedía una cooperación. Un automovilista se detuvo, escuchó con atención (no más de diez segundos, porque la fila de automovilistas le reclamó, con bocinazos, el avance), extendió el brazo y depositó una moneda en el sombrero. Cuando el artista terminó, guardó el instrumento y cargó el estuche y la silla plegable de metal. Una de las mujeres, la de la gorra roja, abrió su monedero y le dio una moneda. Lo dicho, no sólo de pan vive el hombre.

lunes, 21 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON UN MAR DE BARRO





Las Sagradas Escrituras no lo dijeron, pero Dios no sólo al hombre hizo de barro, también el mar, también las olas.
En esta fotografía el cielo, como siempre, enmarca el instante. No reflexionamos en ello, pero cada instante del hombre y de la mujer tiene la bendición del cielo. Puede desaparecer todo el entorno, puede (en un temblor) desaparecer la tierra, pero el cielo siempre estará ahí, como si fuese el ángel de la guarda del hombre.
Acá, el fotógrafo está sobre una barca que boga sobre un mar tranquilo. Las olas de barro recalan sobre una isla donde se aprecian dos árboles por encima de un bosque. Porque este mar no es el mar de Cancún, no es el mar de Acapulco. Este mar es un mar de clima frío, de clima donde, en lugar de palmeras, en las islas sobresalen los pinos.
Las olas de barro, igual que las olas de agua, tienen comportamientos azarosos. Cuando el clima es como una mesa de cumpleaños, las olas se comportan tranquilas. Como si fuesen niñas de escuela marchan uniformes. Levantan la pancita y luego deslizan la comba en un tobogán seductor. ¡Una, dos, tres!, dicta el viento y las olas suben y bajan, como si fuesen juego en parque infantil. El barco apenas se mueve. El marino disfruta el clima frío, el espejo de niebla que asoma encima de esa isla que es un bosque. El marino no tiene necesidad de usar los remos. Las olas de barro conducen la barca a buen puerto.
En esta fotografía también el horizonte está hecho de barro. Es una línea sinuosa que recuerda el origen del hombre, la costilla de Adán, la duna donde Anthony Quinn interpretó El León del Desierto. Este horizonte recuerda el polvo que maltrata el ojo del hombre, el polvo con que las mujeres de Amatenango tejen sus sueños.
Este mar está empinado, es como una ladera del Himalaya. Es sólo para recordar que la vida es un continuo ascenso; sólo para recordar que el hombre es polvo; sólo para decirnos que Ítaca es una isla donde no hay palmeras, sino pinos y zanates. Las gaviotas viven en medio de las olas de agua; en medio de las olas de barro sólo los azulejos llevan la esperanza en sus picos recios.

domingo, 20 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE SEÑALA LA RUTA DE EVACUACIÓN





Siempre fue motivo de broma. Ahora se volvió realidad. La ruta de evacuación está perfectamente señalada: en una puerta van los “caballeros” y en otra van las “damas”.
Si el lector reflexiona tantito verá que el letrero (¡oh, paradoja!) no funciona para los casos de emergencia en que debería funcionar. El letrero funciona en tiempo de sosiego. ¡Bendito Dios! Cuando es un día común, pero algo en el cuerpo indica que debemos usar el “común”, el letrero funciona a las mil maravillas, es como si dijese: “no te preocupes, acá está la ruta de evacuación ideal. Entra, bájate el pantalón y haz lo que tengas qué hacer”. ¡Ah, qué alivio! Alivio para el espíritu, pero, sobre todo, para el cuerpo. Pero (Dios eterno) en tiempo de contingencia sísmica el letrerito confunde. A la hora que la señora gorda sale, con los brazos en alto, gritando como chachalaca: “¡está temblando, está temblando!”, por favor, que nadie haga caso de tal letrero. ¿Qué pasaría si algún caballero o dama se mete a estos privados?
Hubo un tiempo en que las rutas de evacuación no existían. La gente sabía lo que tenía qué hacer, si tenía retortijones en la panza, iba al sitio y buscaba el común. En Comitán había baños con cuch integrado para hacer una limpieza completa. Si aparecía un temblor, la gente se hincaba, alzaba los brazos e imploraba a Dios para que el movimiento telúrico cesara. A nadie se le ocurrió pintar letreros con rutas de evacuación. Y nadie lo hizo porque todo mundo sabe que en el instante en que ocurre un imprevisto, de los primeros o de los segundos, nadie hace caso de letreros. Lo que importa en ese momento es evacuar de inmediato, donde sea. A mí, perdonen mi insolencia y mal gusto, me ha tocado ver a gente que cuando le ocurre un imprevisto de los primeros evacua al lado de la carretera, detrás de un camión de redilas o, juro que en una ocasión me tocó, a mitad de una sala. Se entiende, son contingencias. Cuando ocurre un imprevisto, de los segundos, la gente corre hacia donde su temor lo jala. El pánico oculta la lección aprendida que sugiere no correr, no empujar, no gritar. He visto, lo juro, gente que corre, se baja el pantalón y puja y grita y grita (perdón, esto último se refiere a las contingencias primeras).
Pero, si el lector ve con atención, observará que la ironía está presente. El letrero superior indica Baños y en la primera puerta aparece el letrero de “Leros”, leros candeleros. ¿Quiénes son los leros? ¿En estos tiempos aún existen caballeros? Muchas de mis amigas juran que los caballeros ya no existen, que ahora todos son unos patanes. Pero, esta bola de patanes (tal vez en desagravio) jura que quienes ya no existen son las damas. ¡Ay, mundo! Parece que sólo en los sanitarios sigue existiendo ese concepto. Cosa que debemos agradecerle a los rotulistas. Ahora hay una tendencia donde los sanitarios ostentan letreros de Hombres y Mujeres (en un restaurante de Mérida vi una tercera opción que decía: “Ni uno ni otro”. Era un letrero simpático).
Hubo un tiempo en que las rutas de evacuación no estaban señaladas. La gente las encontraba como podía, como Dios le ayudaba a entender.

sábado, 19 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL VINO Y DEL PAN




Querida Mariana: en los relatos bíblicos aparece con frecuencia el vino y el pan. Recomiendan, incluso, llamarle pan al pan y vino al vino. ¿De dónde el pan? ¡Del trigo! ¿De dónde el vino? ¡De la vid! (de la vid y del trabajo del hombre).
En estas tierras chiapanecas todo mundo come pan, pero no todo mundo bebe vino. Cuando el tío Eusebio se para, lo primero que hace es abrir su ventana, oler la madrugada y luego pone a calentar el café que tomará con pan.
Pedro es un hombre frondoso, casi tan frondoso como una ceiba. Él, desde hace años, tiene la costumbre de beber vino. A pesar de ser un hombre rubicundo y comer generosas porciones de carne, con su correspondiente “gordito”, no tiene un solo gramo de colesterol o de triglicéridos. Los médicos dicen que es porque bebe vino. Así imagino a los franceses, bien dados y sanos. Mi Paty dice que cuando fue a Europa, hace ya muchos años, costaba más una coca cola que un vaso de vino. Así como acá tenemos la costumbre (el costumbre) de tomar café con pan antes del desayuno, en Francia acostumbran beber vino a la hora de la comida. Allá también le entran con fe al pan, pero no son rosquillas ni cemitas, allá comen baguetes. Es una postal común ver a gente caminando en la orilla del Río Sena cargando una bolsa de papel donde sobresale la punta de una baguete, enorme pan con que acompañan el queso roquefort.
Y no tenemos la costumbre de beber vino porque acá no hay viñedos. Acá sobran los plantíos de jitomate (algunos regados con agua de caca del Río Grande y rociados con kilos de “gramoxone”). Acá, en los patios de las casas, hay tapescos donde cuelgan los chayotes y árboles de limón y de lima de pechito. Por esto, a la hora de la comida, las familias tradicionales y gente que sabe de la buena vida, en lugar de arrempujarse un enorme botellón de coca cola preparan una sabrosa limonada o un agua de lima de pechito.
¿Por qué la recomendación de llamar pan al pan y vino al vino? Porque somos muy dados a no llamar a las cosas por sus nombres, somos dados, como dicen los especialistas, a buscar eufemismos; es decir, palabras que sean como papel higiénico, “más suavecitas”. La recomendación sugiere que usemos los mejores términos, sin querer adobar la carne insípida.
Y si seguimos la recomendación, entonces al pan lo llamaremos pan. En Comitán somos mitoteros y argüenderos. ¿Alguien se molesta? Nadie debe hacerlo, porque estos son rasgos culturales que nos definen y que nos otorgan carácter y personalidad. Si no fuésemos como somos no seríamos lo que somos. El otro día, el maestro Julio me explicó que la palabra “mitote” proviene del náhuatl. ¿Lo sabías? Pucha, es una palabra hermosa, que viene de siglos, de tiempo antes que los españoles llegaran con su idioma. Así que, cuando decimos que los comitecos somos mitoteros estamos hablando de una herencia de siglos que aún conservamos. El maestro Julio dice que “mitotiqui” quiere decir danzante. Es decir que cuando decimos que alguien es mitotero decimos que anda metido “en la fiesta”. Y vaya que los comitecos somos amantes del guateque. Por todo hacemos bulla. Que si el niño terminó su educación primaria ¡va fiesta! Que la niña cumplió quince años ¡metale trago! Ahora que vivo temporalmente en el barrio de San Sebastián me han tocado muchos festejos religiosos. Apenas el pasado miércoles 16, a las 6 de la mañana (como dirían los clásicos) hubo “atronadora cohetería”. Dios mío, El misha estaba en el patio, pero entró a la casa con carita de diluvio universal a la hora que comenzó la quemazón de triques. Como si el mundo estuviese en guerra cientos de estallidos retumbaron en el cielo de Comitán. ¡Pobre gato! Paga las consecuencias de los mitotes que arman los comitecos. ¡Pobre gato! Él no lo sabe pero cuando regresemos a la casa, al barrio de Guadalupe, se volverá a topar con mitoteros guadalupanos.
El argüende tiene que ver con el chisme, con la “sana” costumbre de participar a los demás los acontecimientos del día. El chismorreo se asemeja al juego infantil del teléfono descompuesto. Una persona se entera de algo, va y la cuenta con agregados que le dan sabor al caldo. Cuando el acontecimiento llega a su versión número 10 ya está remasterizada y cuenta con mil efectos especiales. Se entiende esa modificación, ¿quién cuenta chismes sin agregarle un poquito de “polvojuan”? Si a las cosas hay que llamarlas por su nombre, los comitecos (Dios me perdone) somos mitoteros y argüenderos. Pero que nadie se sorprenda, porque eso es práctica común en todos los pueblos del mundo, es una condición humana. A la gente le gusta la fiesta y el chisme.
En Comitán, de vez en vez, en el Teatro de la Ciudad, organizan encuentros de contadores de anécdotas. Los comitecos acuden con gusto y se divierten con la simpatía de los participantes. ¿Por qué llama tanto la atención? Porque lo que ahí se cuenta, se cuenta con gracia. No cualquiera puede contar una anécdota, así como no cualquiera puede contar un chiste. La anécdota se diferencia del chiste en que es un suceso real divertido. “Los cuenta anécdotas” las atesoran y luego las van soltando como si fuesen palomas mensajeras. En la anécdota está sintetizada la personalidad del comiteco, ahí está nuestro lenguaje, nuestras costumbres y nuestros personajes más queridos. ¿Y qué son los pueblos sino lenguaje y costumbres? Las casas, patios, plazas y mercados nada serían sin el corazón del hombre. El hombre descubre lenguajes e inventa modos de hacer menos tediosa la vida. Y en las anécdotas vemos que el pueblo comiteco, gracias a Dios, es mitotero y argüendero. A los habitantes de este maravilloso pueblo les encanta el guateque. Hemos perdido tradiciones, ya no se hacen los festejos en los patios de las casas, ya no se adornan con festones de juncia, ya no se cuelgan los manteados, ya no se reparten “lechitas”, ya no se pierde la llave, ya no se contrata marimba. Bueno, algunos todavía lo hacen, pero la mayoría prefiere la renta de un salón y, en lugar de marimba, contratan a un DJ y, en lugar de “lechitas” o un pitutazo de comiteco, ofrecen un “muppet”. Hemos perdido la costumbre de la puntualidad. Si la invitación a la comida dice a las dos de la tarde, todo mundo comienza a llegar a las tres. Los tiempos han cambiado, lo único que permanece inalterable es el buen humor de los comitecos. Apenas se sientan comienzan con el chismorreo (cotorreo, le llaman ahora los chavos) y, sin darnos cuenta, aparecen las anécdotas; es decir, sucesos chuscos que les suceden a los compas de este pueblo. Y dentro del chismorreo brinca, como chapulín sobre comal, el apodo. Porque puede contarse una anécdota sin apodo (para no ofender), pero si se da el apodo del personaje, la anécdota brilla como si fuese una esclava de oro.
Acá en Comitán procuramos llamar pan al pan y vino al vino. No buscamos sucedáneos. Pero, en ese ánimo estéril de convertirnos en pueblo del siglo XXI, también vamos dejando la tradición del pan y del vino. Dirás que miento porque líneas arriba escribí que en Comitán no tenemos la costumbre de beber vino. Bueno, por lo que respecta al pan, cada vez más comemos de esos panes artificiales y sosos de la compañía Bimbo. Por fortuna aún consumimos las roscas chujas, pero, en lugar de prepararnos una buena torta con pan comiteco, hacemos sándwiches con pan de caja. ¿A qué hora perdimos el buen gusto? Y respecto al vino, lo digo porque cada vez hay menos acólitos en los templos católicos, y esto es comprensible porque cada vez hay menos católicos. Los acólitos de los años sesenta sí tomaban vino, el vino de consagrar que tomaba el cura.
De acuerdo con la tradición católica, el vino de consagrar, después del ritual, se convierte en “la sangre de Cristo”. Los fieles presencian el momento en que el sacerdote levanta el cáliz, lo ofrece al espíritu y luego ya convertido en la sangre del Hijo de Dios ¡lo tocochea! A los acólitos (de siete a nueve años de edad, más o menos) les encantaba ese oficio porque les permitía recibir algunas monedas que ofrecían los padrinos (bolo, padrino, bolo) y, a escondidas, tocochear de las botellas de vino de consagrar. La tía Eduviges (siempre inocente) decía que su Carlitos regresaba transformado de la iglesia, como si “el Espíritu Santo estuviera encarnado en él”. Dios mío, la mirada turbia del tal Carlitos, como de agua del Río Grande, era porque junto a sus amiguitos abrían las botellas de vino y se la pasaban de mano en mano y de boca en boca. ¿Cuál Espíritu Santo? Era el Espíritu de Baco el que se apoderaba de sus cuerpos y de sus mentes. Por eso, Carlitos, en cuanto llegaba de misa, se metía a su cuarto y dormía la siesta. ¡A las ocho de la mañana! Ya ni el bolo de tío Agenor.
Ya te conté que durante un tiempo fui acólito en el templo de Santo Domingo. Mi papá rentaba una casa a media cuadra del parque central. El parque era como mi patio de juegos y el templo era como una extensión del oratorio de casa, pero más emocionante, porque, en algunas tardes, subía al campanario a tocar las campanas. Cuando había bautizos me acomedía a recoger las velas de los padrinos y los seguía hasta que ellos, condolidos por mi insistencia, metían la mano en la bolsa y sacaban una o dos monedas. Vas a decir que soy un mentiroso o un tonto, pero esas monedas no las guardaba. Al término del oficio se las daba a mi compañero acólito, un simpático negrito que me recordaba mucho a Memín Pinguín, el ídolo de las revistas de monitos que leíamos. Le daba las monedas porque los papás de mi compañero eran de condición modesta. Mi papá me daba mi domingo cada domingo, él me contaba que su papá no le daba. Tal vez me mentía y me miraba la cara de tonto. Nunca tomé vino de consagrar ni aproveché comer hostias. Pensaba, en realidad lo pensaba así, que la hostia, después de la bendición, era como el cuerpo de Cristo y el vino era su sangre. Ambas sustancias eran sagradas. No podíamos cometer el sacrilegio de robar algo tan místico.
Y digo que así fue, porque el momento en que hice la primera comunión (en el templo de Guadalupe) fue un momento importante para mí. No recuerdo algún guateque realizado por mi cumpleaños, pero sí recuerdo el desayuno que mis papás prepararon el día que hice mi primera comunión. Ese día, muy formalito, me vistieron de traje y zapatos boleados. Por ahí tengo una fotografía donde estoy en un reclinatorio, sosteniendo en la mano una vela prendida, y el sacerdote me pone la hostia sobre mi lengua. Lo más emocionante fue después, cuando fuimos a casa y nos sentamos en una mesa larga en compañía de muchos amigos. El desayuno fue el clásico de los festejos comitecos: tamales, chocolate y pastelitos de manjar. En los corredores de la casa pegaron unos adornos hechos con palma y regaron juncia. Sólo faltó la marimba. Recuerdo con afecto ese desayuno, si cierro los ojos aún puedo recordar el aroma que brotó del tamal a la hora en que, ayudado con un tenedor, quité las hojas y vi el recado de mole y el corazón oscuro de la ciruela pasa; si cierro los ojos, tantito, aún puedo escuchar cómo el delicado hojaldre del pastelito de manjar cruje a la hora que lo muerdo y unos gránulos de azúcar manchan el mantel y mi pantalón azul; puedo sentir el aire de esa mañana llena de luz.
A veces imagino hacer un festejo por nada. Sabés que no me gusta festejar mi cumpleaños o que amigos me lo celebren, pero a veces imagino hacer un festejo por nada, sólo por el gusto de la vida. Poner una gran mesa en el parque central (que fue el patio de juegos de mi infancia) y servir (que yo sea el sirviente), servir tamales, chocolate y pastelitos de manjar a la gente que por ahí pase. Imagino a las personas sentándose frente a esa mesa con mantel blanco y los veo abrir los tamales de hoja y saborear el corazón oscuro de la ciruela pasa. Imagino que mueven los pies al ritmo de la marimba, porque ahora sí no puede faltar la marimba. Los veo satisfechos, con sus rostros plenos, viendo hacia el cielo azul, tomándose fotos (de esas llamadas selfies) con el templo de Santo Domingo como fondo.

Posdata: no tenemos la costumbre de tomar vino. Nos lo perdemos. En la casa de mi papá, en el sitio, no sé cómo brotó una vid. Mi papá mandó a construirle un tapesco y, en temporada, las uvas verdes colgaban como si fuesen chayotes chiquitíos. No creo que eso sea lo mejor para la vid, pero en la casa de mi papá así se daba. Él se paraba al lado de la vid y me decía que se sentía en Italia, en la tierra de nuestros ancestros. Yo sonreía. Pensaba que mi papá estaba cerca de Palermo y el sol del Mediterráneo iluminaba su cara. Yo también sentía iluminado mi corazón. Hace tiempo que no estoy al lado de un viñedo; hace tiempo que no estoy al lado del sol que era mi papá.

jueves, 17 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UNA PUERTA ES COMO EL PARAÍSO




“¡Mirá, mirá, un tzucumo sobre la pared!”, dijo la niña. Su mamá vio lo que la niña señalaba, hizo un mohín y luego jaló a la niña que llevaba de la mano. La niña, antes de dar vuelta en la esquina, aún alcanzó, con la cara hacia atrás, a ver el tzucumo sobre la pared.
En Comitán, a una clase de gusanos les llaman tzucumos. ¿Quién sabe qué significa esa palabra? Acá la gente no canta: “nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito”. Acá cantan así: “Todos me quieren, todos me adoran, hasta los tzucumitos”. Porque, según se ve en esta fotografía, los tzucumos andan por todos lados, incluso en las entradas de las casas.
Muchos insectos tienen la capacidad del camuflaje. Andrés insiste en que este macollo de hojas camufla una cámara de vigilancia de esta residencia. Según la niña es un hermoso gusano adentro de un capullo que, alguna tarde de lluvia, se convertirá en una mariposa. ¿De veras los tzucumos se convierten en mariposas?
Los elementos de la fotografía son muy simples: un medidor de luz adentro de una jaula (según la niña, el medidor, en realidad, es un canario), una puerta de dos hojas y la pared coronada con una cinta de tejas.
Si el lector ve con atención observará que la puerta de metal tiene dos dibujos en la parte superior. El herrero cumplió con las indicaciones del dueño. Si el peatón camina con prisa no observará que el dibujo de los dos elementos superiores representa una mariposa (la niña diría que son dos papalotes a punto de alzar el vuelo).
La casa está llena de elementos de la naturaleza, casi casi como si fuese un bosque. Un macollo de hojas tzucumo inmenso (de color verde agua estancada), un canario medidor y dos mariposas que protegen la casa.
Alguien, sólo por joder, pintó el número 34 sobre la puerta. Tal vez es el número oficial de la casa. ¿Por qué lo repitió en la misma hoja? ¿Acaso un número le corresponde a una mariposa y el otro le corresponde a la otra mariposa? ¿Son mariposas participantes de maratón?
Hay un elemento que puede pasar desapercibido. En la hoja sin marcas, en el extremo junto a la pared, hay un nudo que cubre un hueco. Ese nudo es la manija de un lazo atado al pasador. Cuando alguien acciona el mecanismo, jala el cerrojo y la puerta se abre. En estos tiempos de inseguridad es un elemento insólito. ¿Cómo es posible que cualquier peatón pueda jalar ese lazo para abrir la puerta? Por eso, Andrés insiste en que el macollo de hojas verdes camufla una cámara de vigilancia que está conectada directamente a la Central de Policía. Cuando algún tunante jala el lazo para abrir la puerta, el dispositivo electrónico detecta la huella digital, la envía (en nanosegundos) al Registro de Detección y si la huella no es reconocida como elemento confiable, del macollo (tzucumo, diría la niña) sale un ejército de abejas asesinas que se va contra el insurrecto y lo ataca. Por eso, esta casa tiene una placidez difícil de hallar en otras casas, se sabe protegida por este sistema de vigilancia.
La niña siempre pide caminar por esta calle. Le encanta ver el tzucumo trepado sobre esta pared. A veces imagina que es un tzucumo desorientado que sueña con el Sueño Americano. Sabe que las tejas alineadas son vagones del tren llamado La Bestia. A las siete de la noche, el tzucumo trepa rápido sobre la pared, agota el breve tramo que lo separa del tren y sube al lomo de uno de esos vagones y mira el cielo y sueña con una vida mejor. A la mañana siguiente, ya deportado, el tzucumo vuelve a aparecer sobre la pared amarilla y roja de esta casa. Se sabe que los sueños de los tzucumos mueren cuando la transformación ocurre, cuando la mariposa vuela sin límites. Los gusanos dejan de arrastrarse cuando el universo les injerta alas.

lunes, 14 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL SOL ESTÁ DELANTE DEL SOL





Un verso de Sabines dice: “estamos haciendo un libro”, es apenas la línea de un poema, la línea que contiene unas cuantas palabras. Pero estas cuatro palabras encierran una grandeza infinita, porque indica que hombres y mujeres trabajan para hacer un libro que contendrá miles de palabras. La palabra libro es grande porque logra atrapar miles de destellos. Los libros son como cajitas donde se guarda la luz infinita.
“Estamos haciendo un libro” implica el aporte de muchos. Acá, en esta fotografía, están dos mujeres talentosas y bellas. Angie, la modelo, es una de las ejecutantes de danza más destacadas de la región y Ana es una de las mejores fotógrafas. Una tarde coincidieron, una tarde llena de luz. Coincidieron porque estaban “haciendo” una fotografía para el libro que estamos “haciendo”, el libro dedicado a Armando Alfonzo Alfonzo. Pero Angie es más, Ana es más. Angie tiene un rostro bello, su piel es de una perfección que se acerca a la pureza del agua. Su piel está hecha de café, de un atardecer que se prodiga en el valle; su piel es como una bendición para antes de la oscuridad, como el último reflejo antes de cerrar la puerta.
Ana, enormísima fotógrafa, hinca su rodilla izquierda como si ofrendara su mirada a la luz de Angie. Ana revisa su cámara y mueve chunches para dilatar más el ojo, para hacerlo más intenso, para que el registro fotográfico pueda captar la esencia del instante. Porque, esa tarde, todo estuvo dispuesto a modo para que fuese una tarde sublime. El aire que llegaba, directo, desde la Ciénaga, jugaba con el cabello y con el vestido de Angie. Ese aire inflamaba de luz cada resquicio, cada arista. La calle, transitada por decenas de vehículos, hizo una pausa y permitió que Ana tuviera todo el tiempo para captar la sonrisa de pájaro sobre rama de cristal que Angie posee.
Una tarde, de hace muchos años, Armando Alfonzo Alfonzo hizo un boceto de esa misma calle. A mitad de la calle aparece una mujer bellísima que sostiene sobre su cabeza un canasto lleno de flores; ahora, Ana, ya no con el pincel sino con la cámara, capta una muchacha bellísima que sostiene un ramo de flores. Ana se postra ante la luz para captarla en toda su intensidad. No sólo es una rodilla la que hinca sobre la calle, hubo un instante en que hincó las dos rodillas y llegó a más: ¡se tiró a mitad de la calle! Los verdaderos fotógrafos están dispuestos a subir a lo más alto, a descender a lo más profundo, sólo para lograr la mejor fotografía. Los artistas saben que ese instante no volverá. El viento de esa tarde era único, acariciaba la seda de la falda de Angie, la seda de su piel. Angie, esa tarde, sobre su cabeza llevaba un canasto imaginario donde la luz se arracimaba. Ella ofrecía luz y Ana captó la luz. Todo, porque, como dijera Sabines, “estamos haciendo un libro” en homenaje a un comiteco lleno de luz: ¡Armando Alfonzo Alfonzo! Ana y Angie, de manera generosa, ofrecen su luz para hacer un homenaje a don Armando. ¡Todo es por Comitán!

domingo, 13 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE FALTA UNA E




El carpintero estuvo a punto de tocar la gloria, pero “mexican curios” al fin “regó el tepache”. Tal vez el carpintero es un hombre que nació en los años setenta; tal vez tuvo el gusto de escuchar a ese grupo norteamericano de cantantes que se llamó “The carpenters” y que fue muy famoso en ese tiempo; tal vez, hace poco regresó a Comitán proveniente de los United States y pensó que él es un sencillo carpintero, como el papá de Jesús (el hombre más grande del mundo), pero con los antecedentes debía anunciarse en inglés. Buscó una pared y, encima de un grafiti, pintó su anuncio, con pintura verde, ya que era mucho usar neón para hacerse promoción; tal vez pensó que Comitán no merecía un anuncio de esos que él (cuando anduvo de mojado) vio en las grandes avenidas de Las Vegas o de Nueva York. La pregunta que ahora todo mundo se hace en Comitán es si el carpintero cobra en pesos mexicanos o en dólares.
A su anuncio le faltó una e, o más bien dicho faltó que a esa i le colocara los tres palitos horizontales que hacen que una simple i se convierta en una maravillosa e. Su estrategia publicitaria tenían todos los ingredientes de la mercadotecnia moderna, pero le faltó la e. Pintó su anuncio en una esquina muy transitada, en el lugar donde los vecinos llegan a colocar la basura antes de que pase el camión. Mientras las señoras y uno que otro hombre esperan que el camión pase, ellas y ellos platican de los sucesos del día pasado, de que si en el mercado se acabó el tzizim, de que si en la esquina de San José (the carpenter) aún no abren el paso donde explotó el tanque de gas, de que en la feria vendrá Joan Sebastian y de que la Mireya, la hija de doña Pancha, ya metió la pata y anda con la panzota por todos lados. Mientras las pláticas se suceden, sus miradas pasan y repasan el anuncio del carpintero. De manera subliminal entra a sus mentes y cuando, en casa, la pata de la silla se hace para un lado o la puerta de madera se hincha por tanta humedad y son necesarios los servicios de un carpintero, la mente se ilumina y de inmediato pone las luces en acción y la señora recuerda que en la esquina de la basura está anotado el número telefónico de un carpintero y esto es así, porque al hombre (bendito sea), en el último momento se le ocurrió hacer la “traducción” y ya con lápiz, sobre la flecha (en blanco y rojo) escribió en español el nombre de su oficio: carpintero. Apenas se distingue, pero la mente sí recoge esos mensajes subliminales.
El anuncio funciona, pero si el hombre hubiese escrito en inglés correcto ¡habría alcanzado la gloria! ¡The carpenter! Ah, como si el caminante anduviese por la Quinta Avenida. De caché, con opción a cobrar en dólares. Pero se equivocó y su anuncio está champurrado, está de “so, so, so, so”.

sábado, 12 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS CUENTOS TRAEN HADAS INCLUIDAS




Querida Mariana: ¿en qué momento se pierde el gusto por oír cuentos infantiles? Era tan sabroso entrar al cuarto con esa luz de oro que salía de la lámpara colocada sobre el buró, ponerse el pijama y dejar que nuestras mamás acomodaran las colchas para que durmiéramos como “tamalito”, sin un resquicio para que entrara el frío de la madrugada. Era tan bonito ver cómo ellas abrían el libro de cuentos infantiles y leían con voz de ala de mariposa. En nuestra imaginación aparecían bosques encantados y hadas que vencían a los espíritus perversos. Poco a poco nuestros ojos se iban cerrando, hacíamos el esfuerzo por permanecer despiertos, pero no lo lográbamos, las voces de nuestras mamás eran el mejor sedante. Era tan sencillo pasar del mundo fantástico de los cuentos al mundo fantástico de los sueños. Era el paso natural. Ahora, me cuenta mi prima Sofía, su hijita se duerme viendo películas de terror. ¡Dios mío, qué clase de sueños tendrá su hija! ¿Qué clase de pesadillas pavimentará su senda? No me preocupan las imágenes de terror, sino el terror de saber que ella no alimenta su imaginación pues ya todo está dado a través de las imágenes procesadas por computadora. Los tiempos actuales ya no alimentan la imaginación de los niños, ya todo está dado para que los niños no hagan el menor esfuerzo. Nosotros teníamos que imaginar las acciones, ahora los diseñadores gráficos ya han pensado por nosotros. No es bueno que alguien piense por uno, no es bueno porque ese proceso mental se asemeja mucho a la imposición de ideas incrustadas en dictaduras.
¿En qué momento de nuestras vidas las mamás decidieron dejar de contarnos cuentos porque ya estábamos grandes? El otro día alguien, muy alterado, me contó que a fulanita de tal aún le dan pecho. La niña tiene más de tres años. Quien me lo contó lo dijo con ojos de plato hondo, lo dijo horrorizada, como si fuese un pecado de los más gordos el hecho de que una mamá siguiese dando pecho a su hija ya mayorcita. ¿En qué momento la madre debe destetar a su criatura? Yo no sé, no sé si la mamá aún sigue generando leche después de tanto tiempo de nacida su criatura, pero imaginar a la mamá abrazando a su hija (ya mayorcita) y dándole el sostén de su pecho no se me hace una imagen absurda, al contrario, se me hace una imagen bella, como para que existiera siempre. ¿Qué daño le provocará esta madre a su hija por seguir dándole de mamar a tan “grande” edad? No lo sé. Pero ahora lo escribo, porque algo similar debe suceder con los cuentos. En algún instante las mamás deben pensar que sus pichitos ya crecieron lo suficiente como para seguir contándoles cuentos y dejan de hacerlo. Los libros se extravían, dejan de estar en la fila del buró. Los niños entran al cuarto, se ponen el pijama, prenden la televisión y miran películas de terror. ¡Ah, qué pena! En el instante que las mamás deciden que ya es edad de “destetar” a los hijos y dejan de contarles cuentos, los niños se quedan sin ese mundo lleno de afecto, se vuelven huérfanos del árbol que alimentaba la imaginación. La belleza del instante no sólo estaba dada por la narración, sino por todo el entorno, era la calidez del cuarto, era la gloria de sentir cerca a las mamás, el prodigio de escuchar sus voces de aleteo de colibríes.
A mí me gustaba mucho el cuento de “La montaña interminable”. Como si fuese el principio del cuento de Caperucita Roja, una niña sale de su cabaña, muy temprano, para ir a cortar flores a la montaña. Camina por un sendero a cuyos lados crecen flores bellísimas. Cuando está a punto de iniciar la subida a la montaña, una mujer, con nariz de cáscara de aguacate, se le aparece detrás de un árbol. “Me asustaste, tonta”, dice la niña, quien es muy valiente y no les tiene miedo a las brujas. La bruja, con ojos de avispa juguetona, juega con el titipuchal de pulseras que lleva en su brazo izquierdo y le pregunta por qué no corta las flores tan bellas que están en ese sendero; la bruja le dice a la niña: “Tonta tú. ¿Qué necesidad que subas hasta la montaña si acá hay flores bellas?”. La bruja, con sus manos de dedos torcidos, corta un ramo de flores y se lo ofrece. La niña, que sabe que esas plantas están hechizadas con un hechizo muy malo, aparta el ramo y sigue caminando, cantando, saltando por la vereda, con rumbo a lo más alto de la montaña. La bruja, molesta, levanta las manos, hace un conjuro a espaldas de la niña y sentencia que en la cima de la montaña la niña encontrará una flor azul, hermosa, la más hermosa de todas las flores del mundo, y que a la hora que ella se acerque a cortarla se pinchará el dedo con la espina maldita y de inmediato se convertirá en un cerdo. La niña sigue subiendo por la ladera, cantando, bailando, disfrutando del rocío de la mañana que es como el aliento de Dios.
¿A poco no está bonito el inicio del cuento, mi niña? Ah, yo era feliz cuando mi mamá entraba al cuarto, abría el libro y comenzaba a leerme el cuento de “La montaña interminable”. Era un tiempo con aroma de eucalipto. Yo sabía que los monstruos y fantasmas existían, los había visto en las páginas de los libros de cuentos y en los corredores de la casa; pero, los monstruos y fantasmas de los cuentos eran hechos polvo por los encantamientos de las hadas y de los héroes; y los fantasmas que aparecían en la casa a medianoche eran desintegrados por la luz de las mamás. Los niños sabíamos que el mundo era cruel, pero esta crueldad se diluía en cuanto las mamás llegaban al cuarto, prendían la luz y se sentaban en el borde de nuestras camas y decían que todo estaba bien, que nada malo nos ocurriría y nosotros les creíamos y como creíamos lo que decían ¡la oscuridad desaparecía! Nuestras mamás eran tan fuertes que todos los muros caían cuando ellas soplaban y el sol calentaba nuestros corazones.
Al fin, la niña llegó a la cima. Dejó la canasta sobre el césped, cerró los ojos y aspiró el aire que olía a hierbabuena y a menta. Abrió los ojos y vio, en medio de un macollo de rododendros una flor azul tan luminosa como la vía láctea. La niña no lo pensó dos veces, caminó hasta el macollo y cortó la flor. A la hora que dobló el tallo algo como un rayo la hizo perder el sentido, la niña se desgajó como una fruta madura y quedó tendida sobre el suelo. Poco a poco recuperó el sentido, quiso levantar los brazos para desperezarse pero no pudo hacerlo, era como si sus brazos hubiesen engordado, se llevó las manos a la cara para frotarse los ojos, pero vio, horrorizada, que en lugar de sus manos tenía pezuñas. ¡Estaba convertida en una cerda! ¿Imaginás la impresión de la niña al percatarse que era una cucha, una cucha güera, como esas que tiene la tía Romelia en los chiqueros de por Los Sabinos? Era una cucha, pero por dentro seguía siendo la niña. Ese fue el mayor castigo que le infligió la bruja, porque si la hubiera convertido en una cucha por completo no habría mayor problema, porque no hubiese tenido conciencia del cambio. Por fuera era una cucha, pero en su corazón sabía que era una niña transformada en cucha. Olió sus pezuñas y sintió asco, ¡ish!, olía como cucha, olía a caca. Ese olor nauseabundo lo había sentido cuando quedaba a dormir en casa de la tía Romelia, cuando abría la ventana y un tufo de albañal abofeteaba sus narices. Sintió ganas de vomitar, pero no lo hizo, porque, después de todo, los cuches no vomitan por su propio olor y ella, ella, era una cucha, una cucha güera.
Dirás que por qué me gustaba un cuento tan asqueroso. Me gustaba porque sabía que después de esto algo hermoso sucedería y el embrujo no sería más y la mujer mala tendría un castigo y la niña volvería a tener los cabellos como de oro y su aroma sería como el aire de la montaña que olía a hierbabuena y a menta. La vida, lo sabés, es miserable. Los cuentos de mi infancia me decían que a pesar de la podredumbre de la vida, por instantes podía ser como una olla llena de oro (no tanto por el valor monetario sino por el halo de luz dorada que emite). Hoy, esos tiempos están lejanos. La vida es miserable y sus finales también son patéticos. Yo, por esto, me sigo refugiando en los cuentos (ya no infantiles). La literatura es como una barda que me protege de la maldad de los hombres y mujeres de estos tiempos. El otro día (ya a mis cincuenta y siete años de edad) estaba en mi cama, leía la más reciente novela del maestro Heberto Morales, “Zotz-choj”, que me envió mi amigo Carlos Gutiérrez, cuando entró mi mamá al cuarto. Dejé el libro sobre la cama y le pedí a mi mamá que se sentara. Ella apartó tantito las colchas y se sentó en el borde de la cama. Le dije: “contame un cuento”. Ella sonrió y dijo “ya no me acuerdo. Antes les contaba cuentos a los niños -se refería a mis hijos-. Ya no me acuerdo”. Pero, entonces, después de un instante de silencio, tomó mi mano y la acarició. Se paró y fue a la sala a tejer. Yo seguí con la lectura del libro de don Heberto.
La niña cerdo lloró, llevó sus pezuñas a sus ojos y se limpió. Los rododendros eran hadas. Hasta la fecha no sé bien a bien qué clase de flores son los rododendros, pero de niño me gustaba la palabra y más me gustaba cuando sabía que salían volando y se colocaban cerca de la niña cuch y bailaban para que ella no se agüitara de más. La niña cuch las vio y sonrió. ¡Por fin! Después de tanta tragedia ¡sonrió! El hada mayor le dijo: “No te preocupes, Adrianita (así se llamaba la niña, las hadas sabían su nombre. Bueno, se sabe, las hadas saben todo de todos). Nosotras te regresaremos a tu condición original”. Cuando mi mamá leía estas palabras yo, bien calientito, debajo de las colchas, sobaba mis manos sobre mis piernas de la emoción. Sabía que el prodigio estaba a punto de hacerse. El bien estaba a punto de vencer al mal, como siempre había sido.
El hada mayor le dijo que pronunciara aquella palabra que le había enseñado su abuela, cuando era más niña. ¿Se acordaba? Claro que se acordaba: la palabra era eerruu y la debía pronunciar como si fuera un carretón en bajada. La niña pronunció la palabra pero le salieron chillidos de cuch: ih ih ih ih. ¿Qué haremos?, preguntó el hada mayor. En ese momento un hombre campesino pasaba por ahí llevando una piara de cuatro cerdos pequeños. Los cuatro cerdos, en cuanto vieron a la niña cuch se acercaron, creyendo que era su hermanita. El hada mayor dijo: “ya sé qué haremos”. Hizo un conjuro y convirtió a los cuatro cerdos en cuatro hermosos niños y les explicó la situación de su “hermanita”. Los niños dijeron, a coro, que estaban dispuestos a ayudar a su hermana. Como ellos sabían el lenguaje de los cuches se comunicaron con ella y le dijeron que la ayudarían, entonces la niña cuch dijo ih ih ih ih y los niños hicieron la traducción y gritaron eerruu. Así la niña cuch recobró su condición de niña. Todos estaban felices, menos el campesino que, cubriéndose la cara con sus manos se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. “¿Qué te pasa?”, preguntó el hada mayor y el hombre dijo que en ese momento había perdido a sus cuches y contó que la bruja, hacía tiempo, convirtió a esos cuatro niños en cerdos, porque ella tenía una deuda con él, pero ahora, que los había visto recuperar su condición de niños felices no tenía corazón para volver a pedir un conjuro. El hada le pasó una mano sobre el hombro y le dijo que no se preocupara, que dejara de llorar, pero el hombre siguió llorando, lamentándose de su suerte. “¿Y ahora, de qué viviré?”, se preguntaba sin dejar de llorar. El hada tomó su varita mágica y la colocó sobre la cabeza del campesino, dijo unas palabras y el campesino se convirtió en un hermoso cuch moreno. ¡Solucionado! El campesino había dejado de ser hombre y se sabe que los cuches no se preocupan por asuntos de hombres. Tan tan.

Posdata: yo era feliz. Sabía que siempre había rododendros cerca de mí. Sabía que las brujas malvadas no podían hacerme daño. Las hadas nos protegían a todos los niños, ellas -siempre cariñosas- nos protegían de todos los peligros. Si ellas fallaban ahí estaba el ángel de la guarda, quien también era un fregón para evitar maldades. Y si, al final, las hadas y los ángeles de la guarda fallaban ¡ahí estaban las mamás!
Mi mamá (tiene ochenta y cuatro años) ya no me cuenta cuentos, pero aún se sienta en el borde de mi cama y exorciza los fantasmas cuando acaricia mi mano. Como ella ya no me cuenta cuentos ¡leo libros! Nunca he caído en la tentación de cambiar la lectura de cuentos por la visión de películas de terror. Soy feliz, como un niño, porque los cuentos siguen alentando mi imaginación. A mí me gustaría que las mamás siguieran leyendo cuentos infantiles a sus hijos, que siguieran diciendo que el mundo es tan atroz como lo que sucede ahora en Palestina, pero que puede tener otra cara, una más amable, una más hilo de luz, una menos olor a chiquero. Me gustaría que las mamás sigan diciendo que ellas, junto a las hadas y a los ángeles de la guarda, pueden exorcizar a los monstruos y fantasmas del mundo.