viernes, 28 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA LLENA DE BESOS




La historia es sencilla. Puede pasar en cualquier calle del mundo globalizado. La mamá llevaba a la niña de la mano. La niña veía a una mujer vendiendo mango. La vendedora estaba sentada en el dintel de la puerta de un negocio de telas. Ella ofrecía bolsas de mango colocadas en un canasto. Un hombre se acercó y pidió una bolsa, la mujer abrió la bolsa, le echó limón, sal y preguntó si con polvojuan o con salsa. El hombre pidió polvojuan. La vendedora tomó una cuchara y regó el polvojuan de manera generosa sobre los trozos de mango maduro. A la niña se le escurrió un hilo de saliva por las comisuras de la boca. Su mamá la apuraba. Algún pendiente tenía por resolver, porque parecía una locomotora jalando un vagón sin carga. Para no tropezar, la niña vio el piso, lleno de lajas y de besos. ¡Qué! ¿Besos? Sí, justo donde iban a pasar, varios kisses estaban regados por el suelo. La mamá jaló a la niña, pero ésta se paró en seco y dijo: “Mira, mami, besos regados”, y luego preguntó: “¿Los puedo levantar?”. Los besos estaban regados como si a alguien, apenas segundos antes, se le hubiesen caído de la bolsa sin darse cuenta. La dueña de los besos no había reparado en el accidente y había continuado su camino como si nada. Y ahora la niña, con su mamá apurada, se había parado frente a esos besos caídos.
La historia es sencilla, pero uno (humano al fin) puede complicarla. Puede ser que la historia no sea la del accidente, sino la del acto a propósito. Puede ser que el pretendiente llegó ante la muchacha y le entregó la bolsa de kisses con la mejor sonrisa y ella, la muchacha bonita, pero descorazonada, haya abierto la bolsa, tomado un puño y arrojado al suelo, un poco como para que el muchacho termine de entender que no quiere nada con él. Ahora bien, puede que no sea la historia boba y común de una telenovela, sino que los besos hayan caído del cielo, como si ocurriera una lluvia sin aviso, como si el cielo nevara o soltara una catarata de granizo. Y la historia puede ir más porque cualquiera puede imaginar que una diosa del Olimpo riega, como si regara pétalos, besos para que los mortales sepan reconocer el dulce sabor. Aunque también puede ser la misma historia telenovelera pero divina, porque se sabe que los dioses griegos también tienen la propensión a repetir los sentimientos de ira, odio y despecho, que los humanos; y alguna diosa, en lugar de abrir la palma de su mano de manera bondadosa, tomó un montón de kisses y los aventó a la tierra (como si ésta fuese un basurero) junto con palabras altisonantes dedicadas a su dios infiel, qué te estás creyendo, que con un montón de chocolates, vas a hacer que olvide tus leperadas con la diosa Tetis (y bueno, si la diosa se llama Tetis debe ser por algo bueno).
Lo cierto es que la niña está parada y pide permiso a la mamá para levantar algunos de esos besos caídos. La petición es correcta. La mamá le ha enseñado a su hija que cuando algo de comer se le caiga al suelo ya no lo levante, pero acá, los besos están forrados por un papel plateado que impide que la tierra y demás polvos de la banqueta contaminen el chocolate. La mamá nada dice, sólo jala a la niña quien, sin querer, en el rebumbio del jaloneo pisa un beso. ¿Vieron? ¡Oh, qué pensarían las diosas del amor y de la pasión! Un beso (acaso el más reconocido acto de afecto) fue pisoteado, como si fuese una simple cáscara de lima o un montoncito de caca de una mascota. Pero la niña ya no tiene tiempo para arrepentirse o para reflexionar qué símbolo marca su futuro de amante, de muchacha deseada. La mamá ya la jalonea y deja atrás los besos. La mamá no puso atención a esos besos caídos. Se sabe que las mamás, después del noviazgo infinito y de la esperanza dulce del parto, dedican todos sus afanes a cuidar a sus crías y, tal vez, esta mamá apresurada va camino a casa a ver a los otros dos críos menores que quedaron al cuidado de una sirvienta desobligada.
La historia es sencilla y acá puede ponerse punto y aparte. No eran más que unos chocolates tirados. Los kisses tienen la forma de un pequeño cono, como si fuesen volcanes a punto de hacer erupción. Cuando alguien, de manera cuidadosa, los coloca sobre la mesa, siempre los asienta en la base circular y deja hacia arriba el cono eruptivo, los labios que dan razón de ser a su nombre. ¡Ah, es tan sugerente obsequiar una bolsa de kisses a la muchacha amada! ¡Ah, es tan seductor que ella tome uno de los chocolates, quite la cubierta plateada y ponga el chocolate en su boca y sin decir algo incite a su amado a quitárselo con sus labios! ¡Ah, es el pretexto perfecto para darse un beso! Acaso la muestra más sublime del deseo y del amor. Y acá, en esta banqueta de Comitán, alguien (¡Dios mío!) tiró unos besos al piso y la gente pasó por encima de ellos, de esos besos que la niña sabe que fueron besos pisados, extraviados, desperdiciados. ¿Alguna señal le envió el cielo para decirle que cuando niña se topó con una serie de besos tirados como si fuesen pordioseros durmiendo a mitad de la plaza, expuestos al viento y a la lluvia?

miércoles, 26 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON CELULAR INTEGRADO




Rodrigo tiene un cuaderno con los misterios del mundo. Anota, con letra clara y manuscrita, cada uno de los grandes misterios. El número mil trescientos cuarenta y dos es: ¿por qué las mujeres cargan el celular en la bolsa trasera? El misterio doscientos veintiocho: ¿por qué los hombres cargan la billetera en la bolsa trasera del pantalón?, ya se ha respondido por sí misma: los hombres, carentes de volumen en el trasero, tratan, a manera de implantes, de dar turgencia a esa parte, aun cuando al final, todas las mujeres, como si participaran en un grupo de porristas, mueven de un lado a otro los pompones y exigen que se pare el partido para encontrar un par de nalgas extraviado.
¿Por qué las mujeres portan el celular en la bolsa trasera del pantalón? ¡Ah, gran misterio! Pero el misterio no termina ahí, la parte más misteriosa es: ¿qué sucede a la hora que se sientan y qué sienten a la hora que el celular suena?
Los hombres un poco perversos, a quienes les encanta andar viendo un par de nalguitas (no me queden viendo a mí), ya tienen pretexto. Si el novio regresa enojado y pregunta: “´¿Qué le ves a mi novia, idiota?”, el voyerista, con cara de experto responde: “Me encanta el nuevo Samsung Galaxy S6”. El novio queda desarmado y el voyerista emprende la graciosa huida. Lo que el novio no sabe es que los hombres voyeristas ya tienen todo un catálogo para identificar las diferentes formas de las nalgas de las muchachas que llevan celular detrás. El lector ya descubrió que el Samsung Galaxy S6 se refiere a un par de nalgas con un diseño audaz que se activa de manera táctil y posee una cámara trasera con un lente de gran ángulo. El inconveniente, pero a la vez la gran ventaja, es que debe recargarse cada veinticuatro horas. ¿Cuál es el “celular” más corriente? Son los Nokia antiguos, que no vibran ni hacen vibrar; son aparatosos y no tienen pantalla táctil, su tono de llamada es como el de una vaca desafinada; y tiene carcasa intercambiable, un poco como si dijésemos que, constantemente, se hacen implantes para verse un poco más decentes.
Ante tal misterio, don Armando Pijas se sentó en una banca del parque y observó. Pasó la primera muchacha, con el celular atrás y vio que se llevó una mano a la nalga derecha (obvio, para sustraer el celular). Don Armando se hizo la pregunta: ¿Vibró o sonó? Y de ahí coligió la siguiente reflexión: Si vibró, seguro que la muchacha sintió bonito, como si la mano de su amado insistiera en decirle que la curvatura de su trasero es digna de los mayores elogios; si sonó, entonces, ¿cuál es el tono adecuado, sobre todo, si se sabe que cerca existe un orificio especialista en sonidos diversos?
El tema no es menor. Se sobreentiende que cuando una muchacha toma asiento, lo primero que hace es llevarse la mano a la nalga derecha y sacar el celular, un poco como si un vaquero desenfundara la pistola. El celular, entonces, pasa de la nalga a la mano. Antes, en tiempos anteriores al celular, el movimiento era al revés, la mano pasaba a la nalga.
El misterio del celular en el trasero tiene muchas explicaciones, desde la más sencilla, que es la de que la muchacha no puede llevar el celular en la bolsa delantera, porque es incómodo con los pantalones ajustados que hoy son moda; hasta la más complicada, que alude a ese coqueteo infinito de las mujeres que las lleva a pintarse los labios, a ponerse aretes y, cada vez que caminan frente a un cristal o un espejo, a verse en el reflejo. ¿Qué se ven? Ah, misterio mil ochocientos veintidós.

lunes, 24 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA EN MOVIMIENTO




El hombre camina y yo escucho: “¡Corre, Forrest, corre!”. Como si fuese la escena de la película “Forrest Gump”, como si mi mente fuese Jenny y el hombre que camina frente a mí fuese Forrest.
El hombre de la fotografía apareció un día en Comitán. Ahora es una presencia casi permanente. Él camina sin cesar. A veces pienso si se detiene en algún momento, para hacer alguna necesidad fisiológica: comer, evacuar, dormir. A veces pienso que no lo hace, camina sin cesar. Llega a una esquina, se detiene, como si pensara qué ruta seguir y continúa caminando. ¿Por qué camina sin descanso? ¿Qué busca, Dios mío, qué busca?
Acá sorprende la coincidencia de las sombras. La sombra de la lámpara está al borde de la reja del albañal. Conforme el sol camine, la sombra de la lámpara caminará y casi casi será tragada por ese hueco en el piso que, a semejanza de los hoyos negros en el universo, se traga toda la luz a su derredor y también, ahora lo entendemos, también traga todas las sombras. ¿Y la sombra del caminante? ¿Qué o quién la traga?
El hombre camina sin cesar, se detiene a veces, levanta la cara y, como si pensara, como si decidiera, da vuelta a la esquina o regresa por sus pasos. Camina como si su encomienda divina no fuese más que eso, caminar, caminar, como si fuese un tren sin vías, como si fuese un pájaro sin alas.
Hay una escena en la película donde Forrest, quien ha corrido por todo el territorio americano y lleva un grupo de seguidores detrás de él, se detiene de improviso, como si hubiese recibido un rayo. Forrest ha corrido por un lapso de más de tres años. Al final de su recorrido lo acompañan decenas de seguidores. Medio mundo le pregunta por qué corre, ¿por la paz mundial?, ¿por el medio ambiente? ¡No! Nadie puede creer cuando él asegura que corre sin motivo, corre porque tenía ganas de correr. ¿Por qué camina el Forrest de Comitán? ¿Por qué este hombre sí no tiene seguidores? La mañana que Forrest se detiene, el grupo de seguidores hace silencio, espera que, como si fuese el Mesías, les diga las palabras que justifiquen tanto tiempo de carrera; Forrest les dice que está cansado y que irá a su casa. Algún día, lo sabemos, el caminante de Comitán detendrá su obsesiva caminata y pensará que está cansado. ¿A qué casa irá? ¿En dónde duerme?
El caminante comiteco, uf, qué tradición, es de la estirpe de Nacho Loco, quien caminaba sin cesar de Comitán a San Cristóbal y regresaba. Hay hombres así, que caminan, porque, como menciona Forrest Gump en la cinta, hay que dejar atrás el pasado y para tirar el lastre no hay cosa mejor que caminar o correr. La mayoría de seres humanos camina o corre. Corremos para el trabajo, para la escuela, para llegar a la cita. Bueno, con decir que corremos hasta para ir al baño o para tomar el avión que nos llevará al lugar de descanso, donde correremos para alcanzar la fila del Museo del Louvre. Nos la pasamos caminando o corriendo. Si alguien se detiene, se recuesta en una hamaca, toma un libro y lee, no falta quien diga que es un flojo.
Si alguien, a mitad del parque, nos detuviese y lanzara la pregunta: ¿Por qué caminamos? ¿Qué diríamos? La respuesta es casi como de secundaria: para ir del punto A al punto B. ¿Qué hallaremos en B? ¿Por qué hay gente (porque la hay) que no sale de A, porque está muy a gusto en A?
Si alguien pudiese entrar a la mente del Forrest comiteco y hurgar el motivo por el que camina de un lado para otro, ¿qué encontraría?
Camina, camina, casi sin sentido. Camina sin, al parecer, un destino determinado. Es como una hoja seca que el viento levanta. ¿A dónde van las hojas secas? ¿En qué momento la sombra de la lámpara será engullida por esa trampa que, también, engulle el caudal de agua y la basura?

domingo, 23 de agosto de 2015

LA TARDE EN QUE SONÓ EL GONG




La noticia del viernes fue escueta y demoledora: “Las dos Coreas al borde de la guerra”. Al escuchar la noticia pensé inmediatamente en la fotografía que acá se ve: un grupo de niñas coreanas en Comitán.
La tarde en que se presentaron esas niñas, al lado de la fuente, en el parque central, la conductora del acto dijo que era un privilegio para Comitán la estancia de ellas y fue más, dijo que sólo yendo a Corea podríamos ver lo que estábamos a punto de presenciar. Una verdad irrefutable. Las decenas de espectadores así lo entendieron y presenciaron el acto con gran respeto, curiosidad y entusiasmo. Al término de cada actuación los aplausos fueron generosos, como generosa había sido la participación de cada uno de esos jóvenes.
Perdón, yo no entiendo de política internacional ni de límites como líneas de alambre de púas. El arte no entiende de fronteras, el arte es único. Esa tarde, el arte de aquel país asiático se manifestó en plenitud con los trajes coloridos y los rituales de oriente.
¿De qué Corea eran los chicos? Disculpen no sé decir. ¿Es que hay dos Coreas? Por la nota del periódico así es y tal vez, digo sólo que tal vez, es un fenómeno paralelo al que existió hace años en la Alemania que estaba dividida en Alemania Oriental y Alemania Occidental. La división no sólo era política, era tan física y tan degradante que estaba marcada por el obsceno Muro de Berlín. Las historias que se cuentan de ese disparate son demoledoras. Integrantes de una familia quedaron separados por esa ignominiosa pared infinita. ¡Qué bueno que una tarde memorable el Muro cayó y la división cesó! ¿Qué sucede con las dos Coreas? No lo sé, pero en análisis simple entiendo que hay una división política que, sin duda, debe ser un exceso propiciado por políticos en afán de acumular poder.
Los espectadores de esa tarde fue un público que caminaba por el parque y fueron convocados por la alegría de esos muchachos, de esos muchachos que nacieron en aquellas tierras que hoy vuelven a respirar aires de pólvora. ¡Qué pena! ¿Cómo hacer que esos niños conserven la armonía de esa tarde comiteca y que, cada vez que estén en apuros, saquen esa imagen y la froten contra su corazón como si fuera una ramita de mirto como símbolo de vida? Porque lo que están convocando las autoridades de aquellos pueblos magníficos es la rama de la muerte.
Las niñas que acá se ven formaron una flor, elevaron los pétalos y esta flor fue como una rama que emergiera de la torre del templo de Santo Domingo. Uno de los muchachos tocó un gong y eso provocó un silencio magistral, que fue interrumpido segundos después por un ritmo monótono que fue la señal para que estas niñas, con sus zapatos pequeños, con sus pies educados, se movieran como si el aire tenue de Comitán las hiciera danzar como si fuesen un copo de esa flor llamada diente de león, porque ellas tienen algo de ese animal que es símbolo de aquellas regiones. Ah, cuánto nos hubiese gustado decirles a esas niñas que agradecíamos su presencia, que estimábamos mucho esa muestra generosa de su cultura. Vinieron de tan lejos, sólo para regalarnos esa flor que se abrió generosa y recogió los azules de nuestro cielo, sólo para hacer contraste con los verdes y rojos brillantes de sus trajes. Abrían y cerraban los abanicos y cada vez que lo hacían, el movimiento uniforme, provocaba un sonido como de látigo en el aire, como de beso a la distancia.
Cuando escuché la noticia miré un mapamundi y busqué las dos Coreas y vi que están en el extremo de Asia, como si estuvieran en un balcón frente al mar viendo hacia Japón. Ah, cómo quisiéramos que en esa mirada estuviese la esperanza y que Japón fuera la huella de la mano de Dios y ésta se abriera como esta flor que acá ellas formaron y que la flor lleve la luz de la armonía que acá presintieron, que acá bordaron.
Uno no entiende de política internacional ni de conflictos supremos, uno se arroba ante la inocencia de los niños del mundo, ante la belleza, ante el arte.

sábado, 22 de agosto de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO YA ESTÁ DICHO



Con un abrazo respetuoso para la familia Rojas Irecta,
por las ausencias físicas de mi querido amigo Jorge Luis y de su hermano Víctor.



Querida Mariana: ayer fui al mercado Primero de mayo. Caminaba por donde están las mujeres que, en la banqueta, venden las manías (cacahuates) cuando escuché que una mujer, con chal negro y una bolsa del mandado, le decía a otra: “Sí, así es la vida, a veces son tiempos buenos y a veces son tiempos malos”, lo dijo con la certeza bíblica que anuncia: “hay tiempo de sembrar y tiempo de cosechar”. ¿De veras es así la vida? ¿De veras tiene que haber tiempos buenos y tiempos malos?
Mi tía Elena contaba la fábula del burro y del sapo. A nosotros (toda la primada) nos encantaba que la tía nos repitiera una y otra vez la fábula. Esto era así porque cuando le tocaba hablar al burro, la tía imitaba el rebuzno con tal fidelidad que pensábamos que, en efecto, el burro estaba ahí. Esta fábula tenía que ver con lo de los tiempos buenos y tiempos malos.
A mí la frase me cimbró. ¿Los seres humanos debemos conformarnos con vivir una vida que ya está predestinada? Doña Lily siempre dice que los años nones son años de dones y que los años pares son de pesares. Yo siempre pensé que esto era nada más un juego de rimas, pero, esa mañana me sorprendí ante la certeza del dicho de la señora del chal negro (¡pucha!, para acabarla de amolar. ¡Ah, hubiera sido tan bonito un chal de color amarillo o azul!).
La primada se reunía para jugar en el patio de la casa de la tía Elena. Teníamos prohibido ir al sitio en donde estaban los tanques de agua, sobre todo los que no sabíamos nadar. Durante la mañana, los boleritos bajaban a la casa de la tía y pagaban un peso por nadar en los tanques. En la tarde, la casa se abría para que todos los primos llegáramos a jugar en ese patio enorme, debajo de la fronda de un árbol gigantesco que daba una sombra que abarcaba todo el patio. ¿Qué jugábamos? A los quemados o a las escondidas. A mí me encantaba el juego de las escondidas, porque el de los quemados implicaba una actividad. Uf, había que estar muy pendiente de que la pelota no te tocara y yo, la verdad, no era muy hábil, ni en la carrera ni en esquivar los pelotazos que llegaban con la velocidad y fuerza de un granizal. Me gustaban las escondidas. Sobre todo me gustaba ser quien buscaba. Yo debía reclinarme contra el árbol, colocar mi cabeza sobre el brazo y contar hasta veinte. Ah, no se valía hacer trampa, así que, como si fuera el reloj del parque central, contaba: una, dos, tres… El conteo debía hacerlo en voz alta para que los demás supieran cuánto tiempo les quedaba para esconderse. Los demás, desde el instante en que yo cerraba los ojos y comenzaba el conteo corrían para todos lados, buscando dónde esconderse. Cuando terminaba de contar, abría los ojos y, como si fuese un zorro, aguzaba mis sentidos para ver dónde se habían escondido mis primos. En realidad a mí no me movía encontrarlos, lo que me encantaba era acercarme donde ellos estaban y escuchar sus respiraciones cortas y sus cuchicheos. A mí me encantaba imaginar qué hacían, porque ese juego tenía cierto misterio, un misterio que difícilmente se encuentra en otro juego. ¿En dónde se escondían? A pesar de que la casa era grandísima, había cierto límite. Ya te conté que el sitio donde estaban los tanques estaba prohibido, así que no quedaba más que la huerta, los corredores o los cuartos. Por lo regular se escondían adentro de los roperos, debajo de la cama o debajo del tapesco de la mata de chayote. No había más. Una vez (como de caricatura) un primo gordo se escondió detrás de un pilar de madera. Por ambos lados del pilar rebosaba su rechoncho cuerpo. Yo me hice tacuatz y pasé a su lado. Cuando terminó el juego me preguntó si de verdad no lo había visto, le aseguré que no, él sonrió. Supe entonces que, a veces, era necesario mentir para que el otro se sintiera bien.
Cuando terminábamos de jugar la tía nos llamaba al comedor. Nos lavábamos las manos y luego nos sentábamos ante esa mesa siempre cubierta con un mantel de plástico, con flores amarillas. Ah, era tan alegre esa mesa, toda la primada platicaba de mil cosas, mientras la tía, hacendosa, servía el café en tazas blancas y nos ofrecía pan de Las Torres. Las manos de la primada se abalanzaban en pos de una rosquilla chuja o de una semita. Yo siempre esperaba que todos se sirvieran (siempre he sido así). Si al término de la avalancha el plato quedaba vacío, mi tía reprendía a la bola de “chuchos” y, consentidora, me servía un pedazo de rosca de naranja. ¡Ah, era yo privilegiado! Un poco como si la tía confirmara aquella cita bíblica que dice que “los últimos serán los primeros”. Sí, Marianita de mi corazón, era muy alegre esa mesa llena de chiquitíos con los cachetes colorados por tanto juego. En el patio central la bulla de las chinitas se confundía con la algarabía de toda la primada, éramos como una parvada de chinitas. A las siete, mi papá llegaba por mí. Me despedía, con tristeza. Era tan alegre estar con ellos. Al llegar a mi casa, el pájaro de la soledad volvía a atraparme. Mi mamá tejía en la sala, mi papá (en la oficina) terminaba de hacer el corte del día. Buscaba refugio en la cocina, donde Sara ponía a hervir los frijoles en una olla de barro. El glu glu del hervor era el único ruido que se escuchaba y la brasa del fogón la única línea de luz.
No recuerdo bien a bien la fábula que nos contaba la tía. Un burro que cargaba un altero de leña se topó con un sapo que estaba nadando a mitad de un charco con agua sucia. Cuando el burro se detuvo tantito para beber agua, el sapo dijo: Croc, croc, ¡qué burro sos! Iiiia, iiia, rebuznó el burro y preguntó por qué. Croc, croc, porque en lugar de cargar ese altero debías jalarlo. El burro entonces, iiiia, uh, dijo que era más burro el sapo porque se bañaba en agua sucia. ¡Ah, es lo que vos creés!, dijo el sapo, croc, croc, esta agua es un agua mágica, quien se baña acá se vuelve invisible, y diciendo y haciendo, dio un salto y desapareció. Croc, croc, se escuchó detrás de un matorral. ¿Me mirás o no me mirás?, preguntó el sapo y el burro, iiiia, dijo que no. ¿Ya lo viste?, me volví invisible. Ahora -dijo el sapo, croc, croc- metete vos al charco para que te volvás invisible, así tu patrón no podrá hallarte y no cargarás esa carga tan pesada. El burro no terminó de oírlo, metió sus dos patas delanteras en el charco y no pudo más. Entonces el sapo salió del matorral y dijo: “Ah, qué burro sos, ahora sólo se volvieron invisibles tus cascos. Qué pena”, y como sus cascos estaban adentro del agua sucia, en efecto, no logró verlos y creyó lo que el sapo le decía en medio de carcajadas. Iaaa, iaaa, uh, lloró el burro. La tía nos preguntaba la moraleja y como todos nos quedábamos viendo sin hablar, ella concluía: “El burro, ¡burro siempre será!”. Todos aplaudíamos, pero a mí me daba tristeza saber que el pobre burro no podía eludir su destino y cuando estaba ya en casa, después que me despedía de Sara e iba a mi cuarto a rezar, pensaba qué clase de animalito era yo. ¿Qué destino me había impuesto Dios? ¿No podía cambiar la naturaleza? ¿Siempre tendría que ser una pobre chinita? Pero luego me alegraba, porque pensaba que había algunos con destino más cruel. ¿Ser un tzucumo no era acaso un destino más miserable?
Sé que la vida no es una línea recta. Sé que a veces la vida nos endilga algunos cuerazos con ortiga, como si todo se resumiera en el poema “Los Heraldos negros”, escrito por César Vallejo, y que en sus primeros versos dice así: “Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma. ¡Yo no sé!” Yo si sé que eso se da. Mucho de la vida está más allá de lo que, como humanos, podemos hacer. Una persona no puede hacer algo ante un temblor, ante un tsunami, ante una bala perdida, ante un rayo. El hijo de un amigo murió mientras jugaba fútbol en una cancha llanera. Cuentan que levantó la mano para pedir el balón, estaba en posición adelantada, cuando un rayo asomó en medio del cielo y lo fulminó. Era una de esas tormentas eléctricas en seco. Levantó la mano y, en lugar de recibir el balón, recibió un rayo fulminante. ¿Qué hacer ante eso? ¡Nada!
Sé que hay instantes difíciles, pero me resisto a aceptar que en la vida hay tiempos buenos y tiempos malos. No lo acepto porque esta división me obliga a pensar en periodos de tiempo muy largos. ¡No! La vida tiene instantes negros, que nos caen como la lluvia, pero podemos cubrirnos con paraguas hasta en tanto la misma vida no nos mande el último rayo, el que, cuando alzamos la mano para pedir el balón, se convierte en una línea quemante que baja del cielo. Todo lo que baja del cielo no puede evitarse, ni siquiera una hoja seca o una cagada de chinita.

Posdata: Hay tiempos buenos y tiempos mejores. Siempre que me topo con Óscar Bonifaz y le pregunto cómo está, me responde: “A toda madre”. Sí, hay tiempos madre y tiempos padre. Y estos tiempos son para siempre, son tiempos infinitos.

viernes, 21 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE UN ANUNCIO PERMANENTE





El reclamo de la tía Edelmira fue puntual: “Alejandro, en todas tus Arenillas recientes has mostrado sólo cuerpos de muchachas”. Yo estaba frente a la computadora y en la pantalla aparecía la fotografía que acá se ve. Quise bajarla de inmediato para que mi tía no corroborara su dicho, pero ella ya estaba en la cocina, silbando, lavando los trastos. Quien sí vio la foto fue el tío Abelardo: “¡Ah, qué foto tan bella!”, dijo y fue al refrigerador a sacar una cerveza. Cuando regresó me dijo que era un buen anuncio: “Es bueno saber que el cielo está abierto las veinticuatro horas” y prendió la televisión. A lo lejos oí la voz del comentarista del partido de fútbol y, de vez en vez, un eructo de satisfacción del tío.
Cuando el tío pasó con rumbo al refri para sacar la segunda cerveza lo llamé y le pregunté por qué le había llamado la atención el letrero y no la chica Sol. Como si algo se estuviese incendiando en la cocina corrió hacia el refri y fue por la segunda cerveza, la abrió (era de bote), tomó un trago y, ya junto a mí, me explicó que la gente se cansa de ver a las muchachas, en cambio ¡nunca se cansa de ver el cielo! Me puso el ejemplo de Zipolite, la famosa playa nudista oaxaqueña. Me contó que la primera vez que fue a Zipolite, apenas vio que muchas chicas estaban desnudas, sus ánimos adquirieron los mismos grados de calentura que la arena de la playa, pero al día siguiente todo comenzó a tomar un rostro de normalidad y, al tercer día, las muchachas nudistas habían perdido su rostro de novedad y se habían integrado al paisaje cotidiano. Vio entonces lo que es una realidad: todo mundo camina sin poner atención al otro. Los nudistas caminan sin ropa porque eso les permite integrarse a la naturaleza de una manera cómoda y relajada. Ninguna chica ve las miserias en los hombres ni se burla de aquéllos que, en lugar de tener ostras preciosas, poseen caracolitos.
La muchacha sol que aparece en esta fotografía muestra un par de pechos soberbios. Su intención es precisamente que los humanos (hombres y mujeres) pongan su vista en ese par que se desborda en el minúsculo sostén. Se trata de que una persona piense: “Pobres, los tienen tan encerrados. Ah, si yo pudiera liberarlos, si yo pudiera aplicarles respiración de boca a pezón”. Y el tío dijo que esa mañana de desfile vio a esas mujeres que se contoneaban al ritmo de la música moderna y movían sus nalgas como si fuesen barcos a mitad del mar, pero, jamás detuvo su vista más de lo normal, porque su vista, digamos, ya es una vista acostumbrada. Después de estar en la gloria de Zipolite todo lo demás es como ver talguates en un mercado de tercera categoría.
En cambio, dijo el tío, el cielo siempre es cambiante. Y contó que cuando estuvo en la multicitada playa, todo mundo, a las cinco y media de la tarde, tendía tapetes sobre la arena y se tiraba a ver la puesta de Sol. ¡Ah, qué fenómeno! Cada tarde era una tarde diferente, llena de sugerencias, tanto en formas como en colores, lo que le provocaba una marejada de sentimientos que alborotaba su corazón como jamás lo ha alborotado el cuerpo de una mujer. La mujer más hermosa del mundo provoca taquicardias, bolsazos de parte de la mujer del espectador, babas más grandes que las Cataratas del Iguazú y paros cardiacos, pero eso es en el primer instante, cuando la novedad es como un chubasco, pero cuando la sorpresa pasa, la mujer comienza a mostrar ciertas irregularidades en la piel y en el espíritu. Si no tuvo el suficiente cuidado un moco aparece en una de las ventanas de su nariz como si fuese un pequeño tzucumo; si no fue lo suficientemente cuidadosa a la hora de depilarse la axila, un macollo de pelitos aparece como si fuese un hermano mayor del tzucumo de la nariz. Ah, y si no fue cuidadosa a la hora de depilarse la línea del biquini, ¡Dios mío!, el papá de los dos tzucumos hace acto de presencia.
Tiene razón la tía, también el tío tiene razón. Es bello saber que el cielo está abierto las veinticuatro horas y podemos volar cuanto queramos, casi casi como si fuésemos papalotes (Perdón, tía, ahora que escribí la palabra papalote vi la chica y pensé que es una chica que… perdón).

miércoles, 19 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE UN LOGOTIPO




El logotipo es como la firma del artista, en este caso de Ángel Gabriel, que es el encargado de dar las buenas nuevas. Lo que sobresale del logotipo son las dos letras o, ¡ah, qué sugerencia de curvaturas! Las o son las vocales más deseadas, porque son las que sintetizan la forma perfecta. ¿No acaso la palabra mundo termina con o? El logo es perfecto, ¡ah, sublime!, porque las dos o enmarcan una te. ¿Si alcanzan a ver la te, que parece como cosida y divide en dos ese deseo? La te parece dividir el mundo, como si éste no fuese más que una fruta jugosa repartida en dos gajos sublimes.
Este logotipo es soberbio (en la acepción de divino y no de petulante). Es soberbio porque en el centro está una mira telescópica y en el foco visual el punto donde debe concentrarse la mirada. Ese punto es como un signo más, siempre que hay un logotipo con signo positivo el espectador quiere más, más, mucho más. Quiere más tiempo para observar la simplicidad de los trazos, la magnificencia que estimula todos los sentidos. ¡Ah, qué logotipo más bello, el logotipo de Ángel Gabriel, uno de los mejores fotógrafos de Chiapas!
Si alguien diera a elegir entre las letras del logotipo, todo mundo elegiría las dos o en medio de esa t que es como la línea que indica la ruta a seguir. Es hermoso comprobar que este camino, a pesar de esas curvas de durazno, tiene un destino preciso y exacto. Para no errar está la mira telescópica y el signo más que sirve para indicar que esta senda es una senda certera.
El fondo de la fotografía está difuminado. El espectador sabe que lo importante no es el entorno sino el punto nodal; es decir, el logotipo. Los griegos nos legaron dos ideas fundamentales del pensamiento: la belleza y el logos. En esta fotografía, ¡ah, qué genialidad del artista!, ambos conceptos se conjuntan. El logos es la unidad y totalidad de lo real y acá está plasmado de tal manera que bien podemos decir que es uno de los logotipos más bellos jamás visto. ¿En qué momento el diseñador logró tal proeza? ¡Qué síntesis tan bella! Le bastó unir el PH con la t enmarcada por dos o soberbias. (Ya se dijo que acá la soberbia no es engreimiento, sino la total sencillez.) El PH es la medida de alcalinidad. Cuando se dice que algo es potable se refiere al balance de alcalinidad. Acá (perdón por la insistencia) el logo de Ángel es potabilísimo; es decir, es el agua más recomendable para los que, a mitad del desierto, tienen sed, no sed de justicia, sino sed de esperanza.
¿Qué otro elemento tiene esta fotografía? Parece que no más: el logo y la profundidad de campo son los elementos importantes. Sí, no más. La profundidad de campo está dada como una sugerencia. ¿Qué encontrará el espectador que se atreva a ir más allá? Parece que, como si Dante se dejara guiar por Virgilio, el individuo caminará, no por los círculos de infierno, sino, por los círculos del goce infinito, porque ese entorno, semejante a una escena captada por Manuel Álvarez Bravo o por Tina Modotti, habla de que quien se atreve logra hallar el misterio indescifrable de la vida.
Ah, qué logotipo tan bello, tan bien colocado. Bastan cinco letras para hacer que la firma de Ángel Gabriel sintetice la Vía Láctea. ¿Qué otra palabra reúne cinco letras? ¿Deseo? ¿Ágora? Ágora también es herencia griega, simboliza el espacio público de reunión, el lugar donde se grita, a los cuatro vientos, la cuerda de la pasión. ¿Y el deseo? Ah, el deseo es el impulso supremo, el camino que hace que el viajero salga del encierro y se sumerja en el aire que da la vida.
Perdón, ahora que termino este textillo advierto que, en la fotografía, también hay algo como una cámara fotográfica. Perdón, no la había visto.

lunes, 17 de agosto de 2015

PARA QUE ME QUIERAN




Tal vez, sólo digo que tal vez, la peor respuesta a la pregunta: ¿por qué escribes?, la dio Gabriel García Márquez; sí, el sonadísimo y amadísimo Premio Nobel. Todo mundo sabe lo que él escribió al respecto: “Escribo para que me quieran”. En realidad nadie le lanzó la pregunta, él, motu proprio, lo expresó. Y digo que es un comentario de a peso el kilo, porque ningún otro oficiante se atrevería a expresar que ejerce su oficio para que alguien lo quiera (ni siquiera la madre por atender a su hija). Ya imagino al carpintero diciendo que hace sillas para que sus clientes lo amen. Claro, acá, algún lector dirá que comparar una silla con un libro es patético, porque el escritor construye nubes y el carpintero sólo fabrica objetos con madera. Sí, este hipotético lector tiene razón, el escritor usa materiales no tangibles. Ah, qué diferencia con el plomero, con el que fabrica autos BMW, con el mismo compa que edita libros. El escritor nada tiene que ver con el metal, con el algodón, con el papel. El escritor emplea líneas de luz y éstas no se pueden medir ni pesar. Las líneas de luz están en el aire, como papalotes, casi casi al alcance de todos, pero sólo los elegidos pueden bajarlas, porque, debemos decirlo, la mayoría de gente no necesita esas líneas para descolgarse de sus techos. La mayoría de oficiantes, como dice Alfonso, anda tras la chuleta, tras el billullo. La gente ejerce sus oficios para ganar dinero. El carpintero construye la silla y la mesa no para que lo quieran, sino para que, a cambio del producto, le entreguen unas monedas y billetes que le permitan satisfacer sus necesidades mínimas. Lo mismo que hace el carpintero hace el constructor de autos. El constructor de los Ferrari los construye para que un millonario haga el trueque: suelte los millones de pesos y se lleve un carrito que será como su juguete.
¿De verdad Gabo escribió para que sus lectores lo quisiéramos? ¿No hubo algún otro interés? Ahora dudo de mis palabras iniciales, tal vez Gabo sí escribió para que lo quisieran y lo quisieron tantos (millones en el mundo) que todo lo demás, como dice la Biblia, le llegó por añadidura. Y entonces se comprobó que quien da, de manera desinteresada (¿como en su caso?), recibe compensaciones del universo. Ahora que Estados Unidos y Cuba reanudaron relaciones no es ocioso decir que Gabo recibió del gobierno socialista de Cuba una hermosa residencia. Pero, ¿qué importaba tales compensaciones materiales si él sólo deseaba ser querido?
No todo mundo logra sus deseos. Son muy pocos mortales los que cumplen sus anhelos. Todo mundo quiere ser millonario, pero sólo apellidos como Slim y Trump lo logran (perdón, por mezclar tales apellidos en estos tiempos). Todo mundo quiere ser famoso, pero, ¡ay, mi Señor!, sólo gente como Madonna y el Negro Iñarritu lo consiguen. Y si Gabriel García Márquez llegó a ser famosísimo y escritor con harta paga, sólo fue, ya se dijo, confirmación de la cita bíblica.
¿Para qué escriben los jóvenes escritores? ¿Para ser queridos? Ojalá que sea por eso; es probable que algún día, en efecto, como Gabo, sean amados en medio mundo. Pero si escriben para ser famosos o para ser millonarios, me da mucha pena decirlo, pero se frustrarán. ¿Quieren ser famosos? ¡Métanse al cine! (no como espectadores sino como actores). ¿Quieren ser millonarios? Lean las memorias de Slim y éntrenle a la chamba con toda su pasión.
¿Por qué escribo? No lo hago para ser millonario, ni para ser famoso. Sería un iluso si creyera que la escritura me catapultará a las primeras planas de la prensa mundial y me dará toneladas de pesos (ahora, cada vez más devaluados). Tampoco escribo para que me quieran. No. En realidad (soy hijo único) escribo porque tal actividad me provoca placer, es un caso de onanismo intelectual. Escribo porque ya se me hizo vicio; escribo porque, después de todo, es mi puente con el otro, con el que lee mis textillos. Escribo porque no sé hacer sillas ni sé construir autos BMW, y bueno, en algo debía dedicar mi vida y decidí dedicarla a tratar de descolgar lianas de luz.

domingo, 16 de agosto de 2015

DESFAJADO




No sé si era moda, pero hubo un tiempo en que andaba con la camisa fuera del pantalón. Era cómodo ponerme la camisa y sólo abotonarla. La camisa quedaba con caída libre, sin nada que la oprimiera.
Mi tía Elena (quien era chilanga), bajaba sus lentes sobre la nariz, dejaba su labor de bordado y me decía: “Ya estás desfajado otra vez”. Yo sonreía, me acercaba y le daba un beso en la frente. Mi mamá, se limpiaba las manos en el mandil a cuadros, me miraba y decía: “Métete las faldas de la camisa”. Yo sonreía, me acercaba, la abrazaba, la besaba dos o tres veces y le pedía dinero para ir al cine Comitán.
Mi mamá es de Huixtla; mi tía era del Distrito Federal, por eso, ante un mismo suceso empleaban voces distintas, pero que significaban lo mismo: desfajado y desfaldado, si puede usarse este último término.
No sé si era la moda, pero a mí me gustaba andar con las “faldas” de la camisa de fuera. Pero, cuando mi mamá usaba el término algo no me gustaba. Ahora sé que era el término falda. Se supone que la falda es una prenda de uso exclusivo para las mujeres. ¿A qué hora, a alguien, se le ocurrió emplear el término “con las faldas de fuera” para designar una camisa no sujeta al cinturón? Porque, es obvio (no debería ni siquiera decirlo), mi mamá no inventó el término. Escuché a mamás de mis amigos decir lo mismo: con las faldas de fuera.
¿Y lo de desfajado? Claro, esto es más comprensible. La camisa no está sujeta al cinto, por lo tanto no está fajada.
El empleo de ambos términos sólo habla de nuestra riqueza idiomática. Los mexicanos empleamos el término fajar para decir que algo puede ceñirse o para decir que una muchacha bonita está dispuesta a recibir abrazo, beso y agregados. Mario siempre catalogó a las muchachas en dos secciones (pucha, qué machista agregarían las feministas a ultranza): las fajables y las no fajables. En la primera categoría entraban las buenonas y dispuestas; y en la segunda categoría las flacas (odiaba a las esqueléticas) y a las que eran “apretadas”, así lo decía. Mario nunca hizo distingos entre bonitas y feas, decía que si alguien estaba buenona y dispuesta ¡era fajable! Y el estar buenona no significaba que tuviese medidas de miss universo, no, buenona era lo que acá en Comitán se llama galana. Estela, con quien mantuvo una relación de varios años, era una gordita simpática, que usaba blusas bien apretadas, por cuyos bordes rebosaban sus lonjas y pechos. Mario, cuando tomábamos una cerveza en “La Jungla” confesaba que Estela siempre estaba dispuesta a jugar con él. Eso a Mario le encantaba.
¿Qué debía pensar cuando mi tía Elena me decía que otra vez estaba “desfajado”? ¿Pensar que no tenía novia que me fajara? ¿Qué debía pensar cuando mi mamá me decía que, otra vez, estaba “con las faldas de fuera”? ¿Pensar que debía “meterlas”? Uf, qué complicado.
No sé ahora cómo son las modas. No sé cómo usan las camisas los muchachos. Advierto sí, que a una mayoría de jóvenes le gusta estar con muchachas guapas, 90-60-90, o con las bulímicas. Lo único que advierto, porque eso no está sujeto a modas, es que a medio mundo de jóvenes les gusta usar el término fajar, en su segunda acepción.

sábado, 15 de agosto de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE ALGO COMO UN ATARDECER




Querida Mariana: se terminan las vacaciones. Los viajantes regresan a Comitán. Muchos fueron a Europa, otros visitaron las playas mexicanas y algunos más fueron a Uninajab o a Los Lagos. Lo último no tiene sentido peyorativo. Tan importante es conocer Londres o la Riviera Francesa que conocer la poza de Uninajab.
Quienes fueron a lugares donde hay mar, como Huatulco, Acapulco o Cancún, se botaron en la arena, tomaron una cerveza fría, acompañada por un cóctel de camarones y, en la tarde, a la hora que el sol se ocultaba, disfrutaron de la puesta de sol. Sí, es bello ver cómo se oculta el sol en la línea del horizonte. El mar permite ese enfoque, imposible de apreciar en ciudades o en ranchos. En las ciudades, los edificios no permiten ver la puesta de sol sin barreras, lo mismo sucede en los ranchos, donde las montañas alteran la visión. Ni siquiera en el desierto se da una puesta de sol a plenitud. En el mar, la línea de horizonte se traga el sol como si éste fuese una moneda entrando a una alcancía (perdón, mi niña, por la comparación tan pobre, pero el sol lo veo como una moneda de oro, precisa y exacta).
Eugenia fue una vez a Mazatlán. A su regreso me contó que su impresión mayor había sido una puesta de sol. Me dijo: “El sol era como una medallita que se resguardaba en mi corazón”. Me gustó esa comparación.
Los hombres comparamos los objetos y las personas. En Comitán sintetizamos esas comparaciones con los apodos. “El tacuatz” tiene ese apodo porque se parece al tlacuache. He escuchado que algunas personas comparan la vida de los seres humanos con el ciclo de los días. Algunos dicen que la juventud es como la primavera; otros comparan a la vejez con el atardecer. Me gustaría platicar con quienes hacen esta última comparación, me gustaría preguntarles ¿por qué comparan la vejez con la puesta de sol? ¿Cuál es el símbolo? ¿Qué nos quieren decir a quienes ya nos acercamos a la última etapa? Yo tengo cincuenta y ocho años, ¡cincuenta y ocho años! Si los Dioses me permiten vivir, dentro de tres obtendré mi credencial del INAPAM. Ah, los eufemismos. Antes el INAPAM (Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores) se llamaba INSEN (Instituto Nacional de la Senectud). Como sonaba un poco fuerte eso de que alguien entrara a la senectud lo cambiaron por el de adultos mayores. Lo cierto es que quien obtiene su credencial ya entra al cuarto en donde sólo entran los viejos. Dentro de tres años seré un viejo; es decir, entraré al invierno de mi vida. Por ello llama mi atención la comparación con el atardecer, porque (insisto, si vivo) estaré en mi atardecer. Ah, es bonito imaginar que vos te sentarás en una silla en el corredor y me mirarás como si yo fuese un sol ocultándome en la línea de horizonte, de manera lenta, sosegada, apacible. Ya dejé atrás el fulgor del amanecer y el deslumbre del mediodía. ¡Ah, qué años tan intensos! La primaria y secundaria fueron discretas, casi detrás de la esquina, pero la preparatoria fue como subirse a un carretón sin frenos. Así comparo mi adolescencia, alguien (no sé quién ni por qué) me subió al carretón y, desde la cima más alta, me aventó. ¡Dios mío, qué inercia de aparato! Conforme bajé, la velocidad se intensificó. Yo levanté los brazos, sentí el viento en mi cara y gocé el descoyuntamiento del aire. Claro, todo mundo sabía el resultado. Llegó el instante en que el juego no fue divertido, quise bajarme, pero la velocidad era tal que no quedaba más que el descarrilamiento y así sucedió. El choque fue tan intenso que quedé con el espíritu lleno de polvo y de escoriaciones. Estos últimos años (el otoño, dijeran algunos) no ha sido más que un tratar de resanar huecos por donde, en lugar de colarse la luz, se colaron girones de oscuridad.
Mi niña, estoy a punto de entrar al cuarto en donde hay árboles desnudos y donde las ramas no tienen más traje que un vestido húmedo, frío, lleno de nieve.
Pucha, pero así como lo digo, pareciera que es una imagen dantesca, algo que es como un congelador donde todo será una simple hibernación. Por ello, porque no creo que la vejez sea un invierno eterno es que pregunto: ¿por qué comparan la vejez con el atardecer? Los atardeceres son serenos, bellos. ¿Cómo entonces tener una vejez digna como un atardecer en Zipolite? Y digo Zipolite porque esa playa oaxaqueña (todo mundo lo sabe) es una playa nudista. Ah, debe ser maravilloso sentarse en la arena a ver la puesta de sol en medio de muchachas bonitas que están encueraditas, dispuestas a recibir los últimos rayos de sol del día y las miradas de los viejos querendones como yo. Sí, si llego a vivir el atardecer de mi vida, me gustaría ser un atardecer en Zipolite.
Si hago caso a la comparación de la vejez con la puesta de sol, entonces, este periodo previo debo aprovecharlo para llegar en un estado óptimo; es decir, que mi atardecer no sea en medio de grandes edificios ni recortado por el lomo de las montañas. ¡No! Mi atardecer debe ser sin barreras, sin obstáculos. Que todo mundo (es una exageración) pueda sentir esa bofetada tenue que recibe el que se sienta en una playa a ver un atardecer.
Todos los viajantes, cuando regresan, hablan maravillas de lo que vieron, de lo que conocieron. Imagino a las muchachas bonitas, con sus bikinis azules, con sus pieles bronceadas, sentadas frente al horizonte; imagino sus nalguitas recibiendo la caricia de la arena tibia de las seis de la tarde; las imagino con las piernas dobladas, y sus brazos rodeando sus rodillas. Imagino a esas muchachas llenándose de ese color ámbar y guardándolo en su corazón, para siempre. ¿Cuántos colores aparecen en el cielo a la hora de una puesta de sol? Los colores son amarillos, rojos, azules y naranjas, en todas sus tonalidades. Creo que tienen razón los que comparan la vejez con el atardecer. En la niñez, los colores imperantes son el blanco y el verde (alguno que otro gris); en la adolescencia hay morados fuertes, rojos violentos y azules compensatorios. En la vejez, lo que fue una policromía enardecida se convierte en un tapete difuminado que es como una caricia de Dios.
Vengo de regreso, mi niña. Ya viví todo lo que debí vivir en su momento. Ahora dedico mis días (desde el amanecer al anochecer) a actividades mesuradas. Ya no bebo trago, ahora bebo cielos tenues; ya no como carne, ahora devoro libros; ya no bajo a grutas húmedas, ahora camino por campos donde los pájaros picotean el césped.
Javier pasó a saludarme el otro día. Javier, a sus casi sesenta años, está lejos de ser un viejo. Siempre pasa a contagiarme de emoción por la vida. Ahora está a punto de mudarse a una nueva casa que construyó, una casa que diseñó pensando en su vejez (“si llegamos”, acotó). Cada uno de los espacios está pensado para que lo habite alguien que llegará a tener ochenta años y más. Sí, Javier vivirá muchos años y los vivirá con la pasión que demanda ese dicho que dice: “El cuero es el que se arruga”. Porque él y yo coincidimos en que el cuerpo resiente el paso de los años, ahora él, por una caída que tuvo, renguea. Ah, Dios mío, si esa caída la hubiese sufrido cuando tenía doce años al otro día estaría como si nada. Pero, la vida nos desgasta, nos va quitando hojas verdes y nos va dejando como ramas secas. Pero, eso sí, debo reconocer que el ánimo de Javier, su optimismo y emoción por la vida, son infinitos y eternos. Llega a la oficina y contagia con su buen humor. La pena es una teja, una simple teja. Él, a cada rato, manda a trastejar, para que el agua no se cuele a la hora de la tormenta.
Por ahí, los sabios indican que cuando ya entendimos la clave de la vida es hora de partir. Dios es generoso. Me permite recorrer este vislumbre de atardecer en mi pueblo, recorriendo mis calles, comiendo chinculguajes, escuchando marimba, bebiéndome sus cielos; me permite estar al lado de mi Paty, de mi mamá y de mis afectos; me permite (de vez en vez) recibir a mi hijo Fernando en casa. Este atardecer es como un puente para la otra orilla, para la puerta final; pero es un puente lleno de lianas fuertes. A mis cincuenta y ocho años, el día de hoy soy el hombre más sano del universo y hago lo que me gusta: escribo, pinto y leo, leo mucho.

Posdata: te extrañará recibir las líneas de esta carta, porque vos no pensás en la carrera que echa el tiempo. Cuando era joven escuchaba con regularidad que los viejos decían que el tiempo volaba y que el año ya había pasado. Apenas ayer era abril y ya estábamos en septiembre. Dios mío, para mí el tiempo era un tren viejo que tardaba siglos en llegar a la estación de diciembre, a la estación donde el Viejito de la Nochebuena me dejaría regalos. Y ahora, ahora mi niña, ya llegué a la edad en que el tiempo se pasa volando, cuando vengo a ver ya terminó el año y comienza el otro. ¿Qué sucede con el tiempo que vivimos los viejos? Debe ser que como el tiempo es eterno no acusa el paso de él sobre él mismo.

viernes, 14 de agosto de 2015

DESFILE DE FERIA




En los desfiles de feria caben todos los excesos. Ahí se concentra la vida, y la vida es la suma de mil manifestaciones. Las personas se reúnen para ver el paso del desfile. Los espectadores aplauden, rechiflan, critican, alaban, sancionan y, algunos, avientan globos llenos de agua. En el paso del desfile está la vida y en las vallas humanas ¡también!
Esta fotografía da cuenta de un desfile. Acá se ve un carro alegórico. ¡Ah, qué bonita palabra la palabra alegoría! El diccionario dice que es la representación artística de un hecho simbólico. ¡Sí, toda manifestación humana es simbólica!
El día de esta fotografía, muchos carros alegóricos se presentaron. Unos eran carros especiales para la Reina y para las princesas. Otros eran carros de a dos por el peso, con globos y tiras de papel crepé. La gente arremolinada miraba con sano morbo, con entusiasmo, con alegría.
Este carro, ¿qué representa? Es un grupo de muchachas y muchachos que llevan letreros, de color rosa. Acá se alcanzan a ver algunos letreros con estas palabras: “Familia”, “Inclusión”, “Gracias” y “Esperanza”. La muchacha bonita que lleva el letrero de “Familia”, la muchacha del pantalón con respiradero en el muslo, ríe, ríe como si con su gesto aceptara el mensaje de inclusión que su compañera porta. Este carro fue un carro propositivo, alegórico al ciento por ciento. ¿Qué simbolizaba? ¿Qué simboliza el color rosa? Rosy me dijo, esa mañana del desfile, que un listón de color rosa es el símbolo de la lucha contra el cáncer de mama. ¡Ya entiendo!, pensé.
Claro, por eso, Xavier está sobre la tarima del camión (Xavier es quien está con la gorra rosa y con la cámara en mano).
Para quienes no saben quién es Xavier les diré que él, en compañía de Lourdes, su esposa, crearon e impulsaron el boletín “Imaginarte”, un boletín que es parte fundamental de la historia de Comitán; pero, además, Xavier es un impulsor incansable de acciones sociales. Mucho de ese entusiasmo por la vida debe haber sido contagiado por su papá, don Héctor. Yo recuerdo que don Héctor, cuando los amigos adolescentes teníamos un equipo de béisbol, llegó una tarde al campo de entrenamiento, sacó unas hojas y nos enseñó cómo llevar un score profesional. Las hojas tenían un formato para anotar las jugadas de cada entrada. ¡Ah, qué prodigio! Esa tarde, un poco húmeda, entendimos por qué el beis era un deporte más inteligente que el fútbol soccer. El soccer no necesitaba de esas hojas. Don Héctor llegó y, de manera generosa, como si abriera una manopla de beis, nos regaló el conocimiento estadístico aplicado al deporte.
Así, de igual manera, esa mañana de desfile, Xavier (trepado en el camión) abrió las manoplas y regó pétalos, pétalos de color rosa, del mejor color para la prevención.
Xavier es un convencido de la prevención y de la detección a tiempo. Él insiste que todas las mujeres deben tener suficiente información acerca de ese problema. Si el cáncer de mama se detecta a tiempo es curable. Por ello, entonces, esa mañana había que aprovechar, enviar el mensaje a los cientos y cientos de personas que acudieron a ver el desfile. El mensaje era: que todas las mujeres que ahí estaban presentes siempre se hagan presentes.
Ah, qué sabrosa la feria, qué sabrosa la vida. En las ferias caben todos los excesos. Lo digo porque, dos o tres o cuatro o cinco camiones atrás, otro alegórico llamaba la atención: el carro de la cerveza Sol, con chicas en short y sostenes oscuros y cintas plateadas. Ah, qué desborde de piel. Los shorts (su nombre lo indica) se quedan cortos ante la generosidad de las nalgas; y los sostenes, ¡ni se diga!, todos son rebasados por pechos espléndidos y magnánimos. “Ah, qué ganas de ser niño”, comentó un señor que estaba a mi lado y que, con la baba a punto de yoyo, miraba esos prodigios de la naturaleza.
Y pensé que la acción de Xavier era igual de generosa. Que las mujeres, todas, estén orgullosas de sus pechos; que las mamás amamanten a sus críos en el abrazo más desprendido; y que las amantes dejen que sus amados jueguen con ellas el juego más espléndido. Que las mujeres, todas, vivan plenas. Y para que esto suceda, las mujeres deben reflexionar en los conceptos que los muchachos, de color rosa, enarbolaban: “Familia”, “Inclusión”, “Gracias” y “Esperanza”.
En los desfiles caben todos los excesos, caben todas las posibilidades. En el desfile de feria de este año, un carro alegórico hizo la diferencia: el carro de la Esperanza y de la Inclusión. Gracias Xavier, Gracias a esa Familia y a todas y todos los que alimentan esta lucha en contra del cáncer de mama.

miércoles, 12 de agosto de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECEN CUATRO ÁRBOLES




El patio y los corredores del Centro Cultural Rosario Castellanos siempre están iluminados. Algo tiene ese espacio que es como un cernidor divino. No es casualidad que lleve el nombre de Rosario; tal vez los espacios se contagian con los nombres que los nombran.
Los visitantes que llegan a este lugar quedan encantados, se paran en los corredores y observan el campanario del templo de Santo Domingo, las tejas de los corredores y los murales pintados, uno por Manuel Cunjamá y otro por Rafael Muñoz. Pero no sólo eso imprimen en su espíritu, ¡no!, los visitantes también aprecian el cielo azul que se recorta en un espléndido rectángulo superior. Es un poco como si el viajero estuviese frente a una mesa y pudiera elegir un trozo de cielo; un poco como si al marchante le preguntaran: “¿Para llevar o para comer acá?”. Por eso, los comitecos dicen que los cielos de Comitán ¡se beben!, se paladean.
La mañana de esta fotografía era un día común, lleno de luz, pero sosegado; las palomas volaban de un lado a otro, sin prisa. De pronto, el corredor tomó una luz especial, un murmullo, como de chisquirines, interrumpió el sosiego cotidiano. Óscar Bonifaz, Juan Carlos Gómez Aranda, Gabriel Guerra Castellanos y Sabrina Villaseñor aparecieron, casi como si fueran chisquirines que, en lugar de pedir agua, regaban luz.
Los encuentros pueden darse en cualquier lado, en cualquier esquina, pero cuando se dan en espacios especiales el instante toma otro color, un color ambarino. Este color parece ser el que domina este encuentro. Juan Carlos abraza a su maestro (maestróscar, le dice), mientras Gabriel y Sabrina ríen. Debe ser que ya Óscar contó una anécdota. A veces es difícil que cuatro hilos conformen un tejido. Por lo regular, los seres humanos (ya lo dijeron los sabios) andan como islotes, en el trabajo, en la escuela, en el anzuelo cotidiano; pero a veces (¡prodigio!), la carnada los seduce y pican y entran a la pausa que los incorpora a ese lienzo que es la línea universal. Entonces dejan el encierro y salen a la luz y visitan esos espacios que son como La Meca o como Jerusalén. Y cada uno pepena pepitas de luz para engarzarlas y hacer los rosarios que sirven para cuando la luna enseña el otro lado. Esa mañana sucedió ese milagro: Óscar, Juan Carlos, Gabriel y Sabrina eran una cinta de luz, amarrada a la cintura de Rosario Castellanos. Sabrina pepenaba colores para los cuadros que pinta; Juan Carlos untaba afecto en las ventanas de sus afectos; Gabriel botaba los análisis internacionales y, como hormiguita, levantaba hojas verdes en ese patio que recuerda a su mamá; y Óscar, ¡ah, el maestro!, se abría como se abren los cielos cuando la tormenta cesa y el sol reparte su luz.
¡Árboles! Eran cuatro árboles plantados a mitad del corredor. Y ahí estuvieron por un rato, mientras las chinitas revoloteaban a su alrededor, sobre sus frondas, a mitad de su corazón.
Para cuando el kiosco de la tarde, para cuando la playa de la madrugada, para esos ladrillos donde duerme la esperanza, las sombras de estos cuatro árboles seguirán iluminando el mediodía.