sábado, 19 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN ÁRBOL





Querida Mariana: ¡Te mando un árbol! El árbol de Pau. Te cuento: El otro día, Pau y yo fuimos al parque central, y cuando ella vio este árbol dijo: “¡Ese es el árbol que más me gusta, tío! Me gustan sus barbitas”.
En efecto, el árbol tiene algo que es como pashte, como heno, y que los expertos biólogos podrán decir su nombre científico.
He caminado por ahí cientos de veces y nunca lo había visto con atención. He visto con detenimiento el árbol de chío y el árbol en el que el artista Eugenio Hernández realizó una talla y que está al lado del busto de Rosario Castellanos, pero nunca había visto con atención el árbol de Pau, un árbol que creció hacia un lado, como si pegara de gritos exigiendo un columpio para que los niños jueguen y sean felices.
Y digo que te mando un árbol, porque eso fue lo que hizo Damián Corzo (personaje de la novela “Antes que el pájaro duerma”, de Edmundo Anzón). En la novela de Anzón, Damián, eterno enamorado de Lucrecia, una joven bellísima, le envía un árbol como obsequio del día de su cumpleaños. Damián, quien pretendía el amor de Lucrecia, le pregunta una tarde cuál es la flor que más le gusta. Lucrecia entrecierra los ojos y, en actitud de pensar, pega sus labios como si se besara y dice que le encanta el cerezo japonés. Así lo dijo. No dijo la flor del cerezo japonés, ¡no! Ella, como si estuviera en un parque de Kioto, dijo que le encantaba el cerezo japonés. Damián se desabrocha el botón superior de la chamarra, porque siente un ligero calor, y le pregunta a la chica si se refiere a la flor del cerezo japonés y ella dice que no, que una flor o mil no tienen sentido, que la armonía está en el todo, por eso, a ella le gusta (y vuelve a entrecerrar los ojos) ¡el cerezo japonés! Damián se da cuenta que sería una imprudencia insistir. Se desabrocha el siguiente botón de la chamarra al pensar que, tal vez, la chica (su amada chica) se refiere a todo un campo lleno de cerezos. Pero ¡no! Dice que si así hubiese sido ella habría dicho la palabra en plural. La dijo en singular. Dijo ¡cerezo japonés!; es decir, se refirió a un árbol. Y es cuando piensa que, como regalo de cumpleaños, le dará ¡un árbol!
¿Qué hará para obtener tal árbol? No sabe qué hará, lo único que sabe es que él le dará ese gusto a Lucrecia.
La novela, sencilla, bellísima en su descripción, con figuras literarias enormísimas, cuenta la historia de cómo Damián logra su objetivo, hasta que el día del cumpleaños, un mensajero toca el timbre, Lucrecia abre y firma la libreta de la mensajería. ¿Un envío? ¿Es para mí?, pregunta ella. Sí, dice el empleado de DHL y le señala el cerezo japonés, que va envuelto como en un capullo negro, y está sobre la plataforma de un camión. ¡El árbol es inmenso, bellísimo, lleno de flores color vino seductor y discreto! Ella no puede creerlo. Alguien le ha enviado un cerezo japonés. El mensajero le roba su arrobamiento y le pregunta en dónde quiere que dejen el árbol. ¿Es una broma? ¿Qué no ve que su casa es de interés social? ¿No sabe que su casa tiene un baño completo pequeñísimo y dos habitaciones, también del tamaño de un dedal, la cocineta, una estancia comedor y un patio trasero en donde cuelgan la ropa para que se seque, pero que no tienen espacio para ese árbol inmenso que está sobre la plataforma del camión? Ella se acerca a la plataforma, eleva la mirada, ve, extasiada, la belleza del árbol que tanto le gusta. No puede creer que esté ahí, frente a ella; no puede creer que ese cerezo japonés sea de ella, sólo de ella, pero ¿en dónde lo sembrará? Es como si le hubiesen obsequiado un elefante.
La historia es simplemente sensacional, porque demuestra que un acto grandioso puede acarrear grandes tragedias.
Digo que, ahora te mando un árbol, el árbol que está cerca del palacio municipal, el árbol abuelo barbón, el árbol con brazo para colgar columpios, el árbol favorito de Pau. Pero, por supuesto, para que no esto no sea tragedia, te lo mando a través de una imagen, de una fotografía.
Te pregunto, ¿qué harías, si el día de tu cumpleaños, tu novio, con tal de agradarte, te regala una jirafa, que es el animal que más te gusta? A ver, ¿qué harías? ¡Uf! Un verdadero aprieto, ¿verdad?
Un día, en el colegio donde laboro, un muchacho le regaló a su novia un peluche enormísimo, del tamaño de una casa (bueno, no, tal vez exagero), pero lo que sí puedo asegurar es que era más grande que la chica, de ancho y de largo. Era un oso, un oso con cara de ternura artificial. Era tan ancho que no pasó por la puerta del salón, cuando la chica quiso meterlo. Cuando la chica recibió el obsequio (envuelto en papel celofán, con un moño gigantesco y una tarjeta espectacular que decía: “Te amo como diez vueltas al mundo.”), vi que la chica se emocionó, pero esta emoción se convirtió en desasosiego al no saber qué hacer con tal montaña de peluche. Sus amigas, que has de entender tenían el innegable color de la envidia y que se amontonaron a ver el obsequio, se ofrecieron a ayudarla a cargarlo, una lo tomó de un brazo, otra metió las dos manos debajo de las nalgas del oso, y una más trató de rodear con ambos brazos la enorme panza. Sí, tenés razón, lo bueno es que era de peluche y no de otro material, pero la incomodidad no era propiciada por el peso sino por el volumen. Total, para no hacer largo el cuento, diré que el oso se quedó fuera del salón, interrumpiendo el paso franco de los alumnos en el pasillo, y que, a la hora de la salida, fue necesario que el papá de la chica acudiera al llamado de su hija y treparan el obsequio en la parte trasera de una camioneta, que el papá tuvo que conseguir. No seguí la huella de la historia y ya no supe qué sucedió en su casa. ¿En dónde, la chica, guardó el regalo? Un día, meses después, vi a la chica tomada de la mano de otro chico, ya no el del peluche. Sí, lo mismo que estás pensando vos, pensé yo.
Te mando este árbol con un único interés (digo, para que no vaya a pensar tu novio que ando con coqueteos de viejo libidinoso). El interés es que veás con atención este árbol y me digás si estás de acuerdo con Pau. ¿De verdad es el árbol más bonito del parque central? A mí me gusta porque creció sólo en uno de sus lados, no es un árbol que haya seguido la armonía ni la proporción. ¡No! Este árbol, desde pequeño, se fue hacia un lado, como si algo nos estuviera diciendo. Si mirás con atención los árboles de atrás de esta fotografía vas a ver árboles más o menos armónicos que abrieron sus ramas en posición de abrazo; árboles cuyos troncos se mantuvieron, más o menos, derechitos. Pero éste es un árbol rebelde, es como árbol que ejemplifica aquella consigna que dice que árbol que crece torcido jamás su rama endereza. ¿Para qué va a enderezar sus ramas? ¿Para qué? ¿Para parecerse a los otros? Este árbol (el árbol de Pau) decidió ser el ejemplo viviente del poeta Fabio Morábito, quien (ya te conté en una ocasión) me dijo que es bueno que los seres humanos crezcamos un poco torcidos, porque si no después ¿qué contamos? Los seres humanos no pueden, ¡no deben!, crecer totalmente enhiestos, es bueno tener ciertas torceduras que le dan alegría al cuerpo y a la vida, Macarena. Bueno, con decirte que ni los santos son perfectos, los muy verticales tienen el peligro de quebrarse al primer ventarrón.
Si alguien me preguntara, pero nadie me está preguntando, recomendaría que jamás obsequien peluches enormísimos: osos, perros, elefantes o jirafas. No, incluso recomendaría que no obsequien peluches, ni siquiera pequeños: ratoncitos, gatitos, arañitas, dinosauritos.
Cuando fui joven (hace como mil años) hubo una campaña que recomendaba lo siguiente: “Regala afecto, ¡no lo compres!”. Es difícil que los muchachos comprendan que el mejor obsequio es la envoltura que se llama vida. ¡Claro! Damián (el compa de la novela) exageró, pero hizo lo que pocos hacen. Quienes se atreven a historias casi imposibles son los apasionados. ¿Recordás la película Fitzcarraldo, que cuenta la historia del tipo, amante de la ópera, que se obsesiona en construir un teatro a mitad de la selva? ¿Mirás qué prodigio? Las personas apasionadas hacen las grandes realizaciones. Los grandes descubrimientos, las grandes pinturas, las grandes obras literarias, las grandes historias deportivas son fruto de los apasionados, incluso, las grandes tragedias pasionales (recordemos, sólo como un ejemplo, la historia de Romeo y Julieta). Peluches los regala todo mundo. Uno debe dar algo que nunca nadie más haya dado, algo que no se compre, algo que no se venda.
Comitán ¡es un árbol! ¡Un árbol enormísimo! La pasión de grandes comitecos ha permitido que siga conservando su brillo y encanto. No permitamos que la apatía de unos pocos ensucie la grandeza de nuestro pueblo. Comitán es un árbol, no ha crecido enhiesto. ¡Dios nos libre! Pero que Dios también nos libre de que sus raíces se vayan deteriorando. Comitán, ha sido como el árbol de Pau, con ramas bellísimas, torcidas, que invitan al juego del columpio.

viernes, 18 de enero de 2019

PARA QUITAR EL FRÍO




Imaginá que te llamás suéter. Imaginá que sos un suéter contempóraneo. Recordá que en la Edad Media los guerreros usaron armaduras, que en su propio nombre está contenida la dureza de su condición. ¡Qué feo usar un suéter que está hecho de metal! ¡Qué feo usar un chaleco blindado! Vos, si imaginás que sos un suéter, estarás hecho de estambre, de estambre delgado o grueso, pero serás alguien que emocionará a todas las muchachas bonitas. Todas éstas se acercarán y te tocarán y colocarán su mejilla en tu pecho y dirán: ¡Ah, qué sabrosito! Y, como gatitas, se frotarán en tu entrepierna y dirán: ¡Qué peludito, qué sabroso! Y vos sentirás bonito.
¡Ah, pero no te emocionés de más! Tampoco significa que siempre serás tan deseado, tan querido. ¡No! Desde ahora debés aceptar que serás alguien de temporada. Serás muy buscado en temporada invernal. En primavera serás ignorado, casi despreciado. ¡Que no se te ocurra salir en día caluroso! ¡No, por favor! Si lo hacés, si sos bobo, verás cómo todo mundo se aleja de vos, como si fueras leproso, como si fueras un apestado, como si tu olor fuera el de un albañal. ¿Qué muchacha quiere estar cerca de alguien que es como un suéter peludo, caluroso, asfixiante? ¡Ninguna! En temporada de verano todas las chicas bonitas te dejan en el closet y van en busca de aquéllos que juegan a imaginar que se llaman bermudas o short. Los torsos buscados, los deseados, son los descubiertos, los desnudos, los bronceados, los que se llenan de gotas de sudor.
Imaginá que sos un suéter y que aceptás tu condición de ser deseado sólo en ciertas temporadas, cuando los árboles se bambolean y tiran las hojas, cuando los árboles se llenan de escarcha blanca, cuando se despeinan por el aliento feroz del huracán, cuando la lluvia cae como si fuera promesa de político en campaña.
Imaginá que sos un suéter y que podés elegir entre mil clases de estambre y entre mil colores y entre mil diseños. Porque, ¡hay que admitirlo!, los suéteres son prendas de gran colorido que, incluso, contienen el negro que es muy útil para que usen los delincuentes para confundirse con la noche o para ir a dar el pésame porque el negro tiene el rostro caído, la esencia del dolor y del misterio.
Sí, tenés razón, podrás usar, ¡ah, qué privilegio!, suéteres al estilo de César Costa, ese famoso actor y cantante de los años sesenta, con carita de yo no fui, que puso de moda los suéteres que usó y que tenían muchas rayas y que las muchachas de aquel tiempo relacionaron con la época del rock and roll.
Los suéteres tuvieron, en algún momento de la historia, complejo de animal y usaron cuello de tortuga.
Y esto fue así, porque el suéter (hay que admitirlo) es una prenda de vestir que también es una prenda para ocultar la vergüenza. Cuando alguien comete un acto pecaminoso, con sus dos manos, agarra el cuello del suéter y lo sube hasta ocultar su cara, como si fuese, en efecto, una tortuga o un avestruz. El suéter tiene vocación de animal, porque los suéteres de César Costa tenían rayas como si fueran de cebra o de burro encarcelado.
Imaginá que sos suéter, que sos una prenda erótica, porque sos experto en dar calor, en mantener calientita a las muchachas. Sos una prenda que está cerca del corazón y que, siempre, a diferencia del pantalón, estás besando los pechitos de las chicas bonitas, acariciándoles el pezón.
Imaginá que sos suéter, que sos la prenda más sensual y la más sincera, la más honesta, porque la mujer bella que te usa no puede ocultar un par de tetas soberbias, dulces, sublimes. Vos, siempre, le das más consistencia, sos como un aparador para mostrar la rotundez de un par de pechos soberbios; y de igual manera, sos tan auténtico que con vos el tipo panzudo no puede ocultar su vientre de rotoplás, como sí lo hace cuando se desfaja y viste la camisa por fuera del pantalón.
Imaginá que sos un suéter. Que las chicas tocan tus pelitos, que juegan con tus hilos con los dedos pulgar e índice, que acercan sus mejillas, las pegan y dicen: “¡Ah, qué sabrosito!”.

jueves, 17 de enero de 2019

LA CELEBRACIÓN




No sólo son los cuetes. Hay más cosas fastidiosas. Cuando hay fiesta en el barrio (de esas fiestas comunitarias tan frecuentes en México), muchos vecinos sufren con la música estruendosa de los puestos que colocan alrededor del parque.
En nuestro país hay celebraciones sacras todo el año. ¡Tenemos fiestas para repartir! ¿Cómo será en Inglaterra? ¿Qué harán los ingleses cuando es día de Nuestra Señora de Walsingham? ¿Quemarán cuetes? ¿Echarán traguito? ¿Orinarán las calles?
Cuando el tiempo del festejo se acerca los vecinos se dividen, de forma tajante, en dos grupos: Los que celebran que la fiesta ya esté cercana y los que odian tal cercanía. Los del primer grupo preparan su vestido y camisa nuevas, pintan la fachada de su casa, colocan festones con rosas hechas con papel crepé, ven en qué pueden ayudar a la celebración y los días de la fiesta gozan la rueda de caballitos, los algodones, los encurtidos, el tiro al blanco, el juego de las canicas, la rueda de la fortuna, el chingolingo, la mistela en botellas de plástico, que quién sabe si estuvieron bien lavadas. Los del segundo grupo lamentan la molestia, la peste de los ríos de orines, la imposibilidad de guardar los carros en las cocheras, el olor de los tacos de quién sabe qué carne, el tufo del aceite quemado, la música que vomitan las enormes bocinas del puesto que vende discos piratas, las enormes carpas de los puestos que dejan en penumbras las entradas a las casas, la inseguridad, los borrachos que duermen en las banquetas, las prostitutas que son como un enjambre de abejas y los cuetes que todas las noches quiebran el vaso de la tranquilidad.
Los vecinos se dividen en dos grupos: Los que piensan ¡Ah, qué hermosa es la fiesta de la virgen!; y los que piensan ¡Ah, qué joda con estas fiestas tercermundistas!
Los vecinos se dividen en dos grupos antagónicos: Los que disfrutan la fiesta y los que la odian. ¿Qué pasa con los animalitos que tienen su casa en los árboles del parque del festejo? ¿Qué sucede con todas las mascotas de los vecinos? ¿Qué con los pajaritos que a diario revolotean a las seis de la tarde en las copas de la tarde para buscar el sosiego de la noche? ¿Qué con los pajaritos que a diario a las seis de la mañana hacen su festín coral para ir a buscar gusanitos para alimentar a sus polluelos? ¿Qué pasa con los gatos viejos que han acompañado por tantos años a sus dueños? ¿Qué les sucede a los perritos, a los chihuahueños, a los dálmatas, a los poodle, que son la compañía de los niños de la casa? Todos los animales son del segundo grupo. Si uno llegara con el micrófono y le preguntara al señor gato, al animal que, como maharajá, está tendido en su cojín, él respondería: “¡Es un tormento!”
Ya nos han explicado que los animalitos tienen más desarrollado el sentido del oído. Oyen lo que el oído del ser humano no detecta, por esto, cuando la cuetería asoma en el cielo, el sonido se magnifica y les molesta y les produce un profundo estrés. Si a los humanos les incomoda el ruido de los cuetes, a los animales les provoca temor. Debe ser como cuando los niños de Jordania escuchan el bombardeo en las guerras que se dan con frecuencia en su país. Los niños se cubren los oídos, se acuclillan en un rincón, en sus caritas hay temor, el temor de la muerte. Sus papás les han explicado que esa grieta enorme es la guerra, que esas explosiones son bombas que destruyen edificios y ocasionan la muerte de miles de seres humanos. Los papás han explicado a sus hijos los horrores de la guerra. Pero, ¿quién ha explicado a los animalitos que esa cuetería es un festejo humano? ¿Que sólo es una fiesta? ¿Quién les ha explicado que esa bulla infernal es dedicada al santo o a la virgen que celebran?
Es imposible explicar qué sucede con los pajaritos que llegan a buscar su casa y despiertan con el tremendo rebumbio de la cuetería? ¿Qué pasa con las crías? ¿Emigran las aves, buscan otros parques, otros árboles? ¿En dónde se esconden los gatos y perros de las casas vecinas? Como niños de Jordania ¿se arrinconan y ponen la cara del miedo? ¿Por qué tiemblan? ¿Qué sucede con sus oídos? ¿Por qué no se cubren sus orejas?
Mientras tanto, en las calles de la periferia del parque, las bocinas están a todos los decibeles que dan y el cielo se llena de destellos y de explosiones de cuetes para celebrar al santo o a la virgen que, adentro del templo, está inmovible, indiferente en apariencia. En el cielo, los cuetes se abren en flores de fuego, se deshacen en pétalos pestilentes, como si fueran bocas de cañones. Y los borrachos orinan detrás de los puestos, frente a las puertas de las casas y ahí defecan y ahí besan a las prostitutas que fingen abrazar a los tipos mientras les buscan la cartera.
Todo es un festejo humano, un ritual eterno; todo es en honor a la virgen o al santo de la devoción; todo es como una farsa teatral, que a veces se convierte en tragedia.
Mientras tanto, los animalitos, los pájaros y las ardillas del parque, se confunden. Brincan de una rama a otra, no saben qué hacer en la guerra, nadie les ha explicado.
Los vecinos se dividen en dos grupos: Los que gozan el festejo y los que odian la celebración. Los animalitos conforman un solo grupo: el de niños confundidos, temerosos.

martes, 15 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE CÓMO UNA PALABRA COMIENZA A GANAR CARTA DE NATURALIZACIÓN




Querida Mariana: Ahora todo mundo usa la palabra chido. ¡Se siente bien chido decirla! No sé en qué momento comenzó a usarse. En los años sesenta, los niños comitecos no la empleábamos. Acá, en Comitán, todo era mero lek, pero un día (quién sabe en qué instante) botamos nuestro modismo y nos apropiamos de esa palabra chida, bien chida.
Por esto, ahora que escucho la palabra huachicol me da gusto saber que ha sido en los últimos tiempos de estos tiempos que comenzó a emplearse con profusión; es decir, por primera vez en mi vida, puedo dar constancia del momento en que aparece una palabra novísima en el horizonte de mi diccionario personal. Porque yo, igual que medio mundo, empleo ya la palabra huachicol.
Acá en Comitán (¡Ah, se habían tardado!) ya inventaron la ensalada huachicol. Dicen que la ensalada huachicol contiene dos sencillos ingredientes: güash y col. Dicen que esta ensalada es muy buena como vermífugo. ¡Andá a saber!
Judith dice que el verbo huachicolear se emplea ya en toda la república y se aplica en diversas circunstancias. Dice que el otro día, en una cantina, escuchó que alguien decía que a la fulana le encantaba huachiculear (ya con u), por lo que cuando un chavo le dice a su chava que vayan a huachiculear le está sugiriendo que vayan al motel y no a la escuela, le está sugiriendo que vayan a perforar el ducto.
Claro que, como siempre ha sido en este país, hay niveles (y no me refiero a niveles de medir aceite, sino a niveles culturales). Dicen que algunos, los fifís, no huachicolean, ni huachiculean, ¡no!, los chavos nice ¡huachicoolean!, porque para ellos todo es cool.
Como dije ¡hay niveles!, quienes están en el último lugar de la escala social, a los compas que son barrio lleno de lodo, les dicen huachiculeros. Pero, al contrario, cuando los fifís se ven acosados por estos huachiculeros, los fifís se huachiculean; es decir, se les frunce el cicirisco.
En el momento en que, en alguna reunión de chavos, alguien ya se está pasando de rosca en sus discursos, no falta el que se pone de pie y grita: “¡Ya, güey, deja de hacerle al huachicoleo!”; es decir, “¡Ya, deja de succionar el tubo!”.
Rodrigo de La O, quien es un destacado sociólogo, explica que el huachicoleo ha existido no sólo en los ductos petroleros, sino en muchas actividades sociales y artísticas. Si entendemos por huachicoleo el acto de sustraer gasolina de los ductos, vemos que la sustracción (o robo, más bien dicho) de un bien común es práctica común en este país. Dice que muchos (bastantes) políticos han sido unos grandes huachicoleros porque se han dedicado a sustraer el dinero del ducto presupuestal. ¿Huachicoleros intelectuales? ¡Uf, abundan! Hay cientos de escritores que practican el huachicoleo creativo. Como buenos intelectuales han empleado el eufemismo de plagio, pero lo que hacen se llama huachicoleo mental.
Posdata: Ahora, el término se ha popularizado y todo mundo hace mofa de él. Pero, muchos han hallado en la palabra la gran posibilidad para aplicarla en lugar del verbo chingar que la empleábamos para todo, según nos explicó Octavio Paz. Ahora, cuando algo va mal, va ¡del huachicol!, pero, de igual manera, cuando alguien pregunta cómo estuvo la fiesta, se dice: ¡Mejor ni el huachicol! Si alguien, de la noche a la mañana, se convierte en millonario, dicen: “Se sacó el huachicol” y si otro, por desgracia, pasa a mejor vida, dicen que ¡ya se lo cargó el huachicol!

lunes, 14 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN AUTORRETRATO




Querida Mariana: El pintor José Luis Cuevas hacía autorretratos todas las mañanas. Se sentaba frente al espejo y, con tinta china diluida, copiaba su rostro en un papel. El artista veía la transformación que a diario se daba en su cara.
El acto que Cuevas realizaba le permitía la perspectiva necesaria para apreciar los cambios físicos, cambios que se manifiestan conforme pasa el tiempo.
Todo mundo se ve en el espejo muy de mañana. Algunos (los que no acostumbran bañarse en la mañana) se echan un poco de agua en la cara y en el cabello, se quitan las lagañas de los ojos, se secan la cara con una toalla y luego se peinan. Conforme realizan todos estos mínimos actos ven su cara, la ven sin buscar huellas, la ven sin asombro. Nadie se asombra de la sombra propia. Quienes se bañan temprano hacen lo mismo que los otros, lo único que los diferencia es que no se echan agua. Pero, de igual manera, miran su rostro a la hora que se rasuran, los hombres, o se pintan las sombras en los ojos y dan brillo a los labios, las mujeres.
Todo mundo se ve, muy temprano, en el espejo. El acto, con ligeras variantes, se repite después de la comida, para lavarse los dientes, y en la noche, antes de acostarse.
No sé cuál es tu experiencia, pero yo me veo todas las mañanas sin cambios notables. Soy yo y me veo con la misma indiferencia con que veo el cielo cada mañana. No me doy cuenta que el cielo también cambia, pero, en su inmensidad, lo miro como si fuera el mismo espejo azul de siempre.
Como no tengo conciencia plena de las transformaciones que se dan en mi cara cada día, no advierto las grietas que aparecen como raíces de árboles.
Pero basta que, en el parque central, o en La Pila, o en San Sebastián, me tope con un ex compañero de la prepa, después de diez o doce años de no verlo, para que me cueste trabajo reconocer su rostro. Me ha sucedido en ocasiones reiteradas que me topo con un ex compañero y debo hacer un ejercicio rotundo de memorización para comenzar a distinguir el rostro conocido y así logro identificar al viejo amigo. Sé que lo mismo le sucede a él. El otro me ve y, en lo interno, piensa: “Qué viejo está”.
No tenemos conciencia del cambio diario, porque se da de manera muy sutil. ¡Claro! Si el cambio fuera brutal ¡no lo soportaríamos! La naturaleza es tan sabia que cincela los vacíos poco a poco, como si fuera aire y removiera ligeramente la corteza de nuestro tronco.
El otro día, alguien me tomó una foto por detrás, de tal forma que se ve, con claridad, mi cabeza. Descubrí que, como si fuese un fraile, tengo una inmensa isla sin cabello. ¡Qué! ¿A qué hora se me cayó el cabello? A la misma hora que se me fue cayendo en el frente y fue haciendo tremendas entradas. Pero no lo vi, porque cada mañana me veo al espejo y no advierto el milésimo de terreno que es talado por el tiempo inclemente. La caída de mi cabello ha sido tan tenue que no la he advertido. Ese día busqué en Internet un video que había visto donde están Joan Manuel Serrat, Eduardo Galeano y el cantante Joaquín Sabina. Y vi a Joan Manuel con la misma isla en la coronilla y vi a Galeano con entradas como si su frente se anchara para ser un campo de labranza. Lo hice para darme ánimos, para decirme que al enormísimo Serrat y al grandioso Galeano la vida también se las fue cobrando (nada digo de Sabina, porqué él, tacuatzón, se cubría la cabeza con un sombrero). Supe que Serrat y Galeano también, viejos como yo, habían perdido parte de su cabello porque ya el tiempo había pasado por ellos como un tren, pero los vi luminosos, llenos de vida, como si fuesen una cascada de agua limpia y generosa; y supe que la vida tiene sus compensaciones: Cuando el cuerpo se arruga, el espíritu se extiende como sábana recién planchada.
Ahora lamento mucho no haber hecho el ejercicio de Cuevas. Si hubiese pintado mis autorretratos ahora tuviera un archivo veraz de cómo mi rostro (y en general mi cuerpo) ha ido sufriendo estragos.
Porque no me vengás con esas patrañas de que la juventud es “sólo una palabra”. ¡No! La juventud es la edad en que mi rostro estuvo lozano, sin arrugas, y mi cabeza permitió tener una cabellera hermosa y larga, tal como lo exigía la moda de los años setenta. Ahora soy un viejo de sesenta y un años y tengo arrugas, ya se me cayeron los dientes, tengo, por lo tanto, prótesis dentales, y en mi coronilla tengo una gran isla lisa, que me acerca al grupo de monjes benedictinos.
Si bien no tengo el tiempo para hacer lo que Cuevas hacía todas las mañanas, he decidido hacer lo que estas chicas bonitas hacían en el parque central de Comitán: Me tomaré selfies cada mañana. Lo haré después de bañarme, ya que me haya peinado (para no salir tan ish). Lo haré como un ejercicio de reconocimiento, para que sepa que la naturaleza es sabia, para que admita que el tiempo hace su labor como si fuese el más hermoso escultor. Lo haré para reconocer, con humildad, que los mortales nos deterioramos en cuerpo. Que lo único que poseemos como bien preciado sin deterioro es el espíritu que se llena de luces prodigiosas. Lo haré para decirme que debo cuidar esa parcela física que se hace débil cada día, cada minuto, cada segundo.
Los sabios han dicho que el secreto de la vida es compensar la balanza, en la medida que el platillo del físico se degrada, el platillo del alma debe enaltecerse.
¡Benditos tiempos de cámaras digitales! ¡Benditos tiempos de selfies!, en los que, con una mano en la cintura y la otra en el obturador, podemos tener conciencia de los cambios casi imperceptibles que se dan en nuestro rostro, en nuestro cuerpo.
Posdata: Cuando le conté esto a Luna, me dijo que ella no lo hará; dijo que no soportaría ver cómo su mata de cabello adquiere una tenue línea plateada un día y luego otra; dijo que no le gustaría admitir que su rostro (bellísimo) comienza a adquirir el tono de un tronco seco.
Yo sí lo haré. Abriré en la computadora una carpeta que diga: “Rastros del tiempo”, y ahí guardaré las selfies que me tome cada día.

sábado, 12 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN ELOGIO A LA LECTURA




Querida Mariana: Lo que escribiré a continuación ya lo he copiado anteriormente. Lo reescribo porque es un elogio a la lectura. Lo dijo la poeta polaca Wislawa Szymborska: “…creo que leer es el pasatiempo más bello creado por la humanidad.”
Acá, en esta fotografía está una niña en el acto de leer. ¿Es una mera pose? ¡No! Yesica es una buena lectora. La conozco, ella estudia en el colegio donde laboro, estudia el quinto semestre de bachillerato y es una niña bella, inteligente y, como mojol, es oriunda de ese pueblo que se llama La Trinitaria, pueblo que tuvo un nombre más auténtico: Zapaluta. He dicho que en el mundo hay muchos pueblos que se llaman La Trinitaria, pero Zapaluta sólo uno, ¡sólo uno! Es tan simbólico el nombre que hace días me enteré que el poeta Balam Rodrigo usó el nombre de Zapaluta como seudónimo del autor de la obra que sometió a concurso y con la cual obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018. Vos sabés que el Premio de Poesía Aguascalientes es el premio más prestigioso de nuestro país. ¡Balam lo obtuvo! A mí no me sorprendió que lo ganara, porque Balam es una de las voces mayores de la poesía nacional, lo que sí me sorprendió (debo reconocerlo) es que usara como seudónimo el nombre de Zapaluta.
Sé que cuando Yesica se entere le dará gusto, porque ella es una de los pétalos más tiernos de esa tierra.
Digo que Yesica es una buena lectora, acá le tomaron la foto leyendo el número ocho de ARENILLA-Revista, que, como sabés, editamos en Comitán cada bimestre y se distribuye de manera gratuita en Huehuetenango, Guatemala; así como en Comitán, San Cristóbal de Las Casas, Tzimol, Las Margaritas y en Zapaluta.
Yo, de manera modesta, pienso lo mismo que la poeta polaca, leer es ¡el pasatiempo más bello creado por la humanidad! Me encanta que Wislawa diga que es un pasatiempo, porque eso es. Si mirás con atención la fotografía donde está Yesi verás que ella decidió, esa tarde de color de ámbar, pasar su tiempo leyendo. En ese momento muchos otros decidieron pasar su tiempo realizando otras actividades, todas muy válidas, porque los pasatiempos deben ser por decisión y no por obligación. Unos deciden pasar su tiempo jugando videojuegos, otros jugando fútbol en una cancha, otros juegan básquetbol o platican con la novia; otros, los más adelantados, pasan su tiempo tomando una cerveza en las cantinas donde escuchan las canciones de Juan Gabriel y de José Alfredo Jiménez, que sale de las rocolas; otros, los adelantadísimos, pasan su tiempo echando trago y, ya bolos, caminan tatarateando con rumbo a su casa. No todos los bolos alcanzan a llegar, a veces, la marea del alcohol los atrapa y los tumba y los hace dormir a media banqueta. En fin, cada persona decide pasar su tiempo realizando alguna actividad.
Mi abuela Esperanza, sin decirlo, pensaba que el mejor pasatiempo creado por la humanidad es la oración. Ella, todas las mañanas y todas las tardes destinaba casi una hora a pasar su tiempo en el oratorio. Mi viejita se hincaba en un reclinatorio, tomaba un folletito con la novena a San Judas Tadeo y leía con devoción. Desde afuera yo la veía, con su cara llena de arrugas, iluminada por la luz apacible de las veladoras; desde afuera yo la escuchaba rezar con una voz que caminaba en puntillas; desde afuera yo presentía que ella era feliz pasando su tiempo en esa actividad. En la tarde, antes de acostarse, hacía lo mismo. El folletito era la novena al milagroso San Caralampio. Cuando se acostaba y apagaba la luz yo miraba que una lucecita, como de luciérnaga, seguía prendida en su cuarto. Sabía que era el reflejo de su espíritu. Porque no sé si vos has visto que cuando las personas realizan su pasatiempo favorito se llenan de una luz indecible.
Mirá, por favor, el rostro de Yésica en esta fotografía. ¿A poco no tiene una luz que parece iluminar el parque de La Trinitaria? Los que se apasionan con un pasatiempo y lo hacen con la claridad del día y con la rotundez del deseo son iluminados. Iluminado es Messi cuando anota un gol con su equipo Barcelona; iluminada es Shakira cuando aparece en el escenario y canta y baila como solo ella sabe mover sus caderas de canoa arrecha; iluminado es Plácido Domingo cuando canta un aria en el escenario del Palacio de Bellas Artes; iluminado es Baldomero Gutiérrez cuando compite a nivel internacional; iluminada era mi abuela cuando oraba al Tata Lampo y a ciento ochenta santos y doscientas treinta y dos vírgenes más. Iluminados son todos los hombres y mujeres que desarrollan su pasatiempo con pasión. Te conté que el otro día me topé con Fer (el Aluxe), ya bolito, en una esquina, moviendo los brazos como colibrí, diciendo en voz alta, una oración de ángel inocente: “¡Estoy volando, estoy volando!”. El pasatiempo de Fer no es el más recomendable, bebe charrito todos los días, está molestando su hígado de manera irreversible, incluso sus neuronas, pero él (por elección) decidió que su pasatiempo es echar traguito. El ideal de la humanidad es que cada hombre y mujer del mundo decida en qué pasar el tiempo del tiempo de su vida.
Yo, lo sabés, igual que Yésica, igual que vos, igual que Samy, igual que Ornán, igual que Rocío, igual que Paloma, igual que millones de personas en el mundo, he decidido que uno de mis pasatiempos favoritos es la lectura (mis otros pasatiempos son la escritura, el dibujo y la pintura. También, creaciones maravillosas de la humanidad.)
Y como soy feliz en mis pasatiempos me encanta hallar espíritus afines. Soy feliz, de igual manera, compartiendo mis gustos. Siempre que es posible comparto mis dibujitos, mis pinturitas, mis textos. Me encanta estar con grupos de niños y leerles cuentos y ver cómo sus caritas se iluminan con la misma luz que brota de aquellos seres que pasan su tiempo en realizaciones productivas.
Por esto, gracias a la generosidad de amigos patrocinadores, podemos, cada bimestre compartir ARENILLA-Revista. En cada número publicamos artículos interesantes que hablan de la grandeza de los comitecos, de la ciudad y de la región. En cada número publicamos un cuentito, dedicado especialmente a los niños lectores y a los papás lectores, para que compartan la lectura con sus hijos, para que se rescate la hermosa tradición de leer cuentos a los niños antes de dormir, para que los niños puedan soñar con imágenes lindas, formuladas en su mente, a través de la imaginación.
Sí, mi querida niña, ya lo dijo la poeta Szymborka (ganadora del Premio Nobel de Literatura) la lectura es el pasatiempo más bello creado por la humanidad.
Posdata: Mencioné al poeta Balam Rodrigo, dije que él empleó el seudónimo de Zapaluta en el trabajo poético que presentó ante el jurado del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018, y dije que el jurado consideró que su obra era la que debía recibir el premio. Dije que Balam Rodrigo es una de las voces mayores de la poesía nacional. Lo que no dije es que Balam nació en Villa de Comaltitlán, población de la costa chiapaneca; no dije que él estará en Comitán el miércoles 23 de enero, para presentar el libro que obtuvo el Premio Aguascalientes: “Libro centroamericano de los muertos”; no dije que la presentación será en el Centro Cultural Rosario Castellanos, a las cinco y media de la tarde, del miércoles 23 de enero; no dije que Balam es un hombre maravilloso, que es un iluminado, que cada vez que comparte su talento con la audiencia el espacio se llena de ríos de luz que forman mares prodigiosos.
No he dicho que en este país, amado país, los índices de lectura son muy raquíticos. Quienes han decidido dedicar su tiempo al galano arte de leer son pocos en comparación con quienes pasan su tiempo viendo el fútbol por televisión, o con quienes han hecho de la bebida de cerveza su mejor pasatiempo en la vida, o con quienes afirman que el mejor pasatiempo del mundo es rascarse los huevitos y se dedican, todo el día, a la contemplación infértil.
No he dicho que la diferencia, que la tan cacareada Cuarta Transformación, sólo se logrará en la medida que los mexicanos elijamos pasatiempos que contribuyan al desarrollo positivo de la patria. Los sabios que han elegido a la investigación como su mejor pasatiempo ¡hacen más luminosa a la patria! Los artistas que han elegido a la creación sublime como su mejor pasatiempo ¡hacen más radiante a la patria! Los lectores que eligen a la lectura inteligente, lúcida, reflexiva, como su mejor pasatiempo ¡construyen una patria más digna, más humana, más llena de luz!
Vos sos mi amiga, porque, igual que la Szymborska, has hecho de la lectura tu pasatiempo más cercano, el más afectuoso.
¡Ah, qué mejor manera de pasar el tiempo que viendo el tiempo pasar!

viernes, 11 de enero de 2019

PARTIDO O ENTERO




Me gusta jugar a los contrarios. Elegir entre blanco o negro; dulce o salado; mar o desierto; niño o niña.
Me gusta que el juego sea cerrado a dos posibilidades, que no permita más opción.
No todo mundo sabe jugar el juego. Algunos piensan en un término medio o en más posibilidades. No saben elegir entre isla o continente, entre grande o pequeño (trátese de lo que se trate).
No sé por qué a muchos se les dificulta este juego. Yo me recuerdo jugando este juego en la preparatoria: Beso o cachetada. La pareja se colocaba de espaldas y si ambos coincidían en ver hacia el mismo lugar les tocaba beso, ver hacia lados opuestos significaba cachetada. La cachetada también estaba sujeta al juego: Fuerte o despacio; lo mismo sucedía con el beso: en la mejilla o en los labios.
Todos jugábamos y nadie hallaba impedimento entre elegir uno u otro.
Pregunta o cachetada, era otra versión del juego. Muchos elegían pregunta, pero algunos se iban por la cachetada. Cuando aparecía alguien que prefería la cachetada sabíamos que estábamos frente a un tipo que tenía mucho qué esconder. ¿Cómo -decía alguien- equis prefiere recibir un cachetadón a responder a una pregunta inocente? Sabíamos que la cachetada era menos explosiva que la pregunta, porque ésta ubicaba al tipo casi casi frente a un pelotón de fusilamiento. Todo mundo tiene preguntas incómodas. No se sabe qué responder para ocultar la verdad, porque la verdad puede ser letal. La cachetada es un simple juego de manos, lo otro es un juego de conciencias y ya se sabe que la conciencia es el peor verdugo, es inclemente.
Los juegos, nos han dicho los que saben, revelan mucho de la realidad que vivimos. Todo juego es como un espejo.
Arriba o abajo, es otro de los juegos. Adentro o afuera, es uno más. Caliente o frío. Por adelante o por detrás.
Me gusta este tipo de juegos, los juegos que no permiten más opciones, que nos colocan ante una disyuntiva en que sólo hay de dos sopas: la de fideos y la de jodeos.
Hay momentos en la vida que ésta se nos complica porque abrimos muchas ventanas. La vida es más sencilla cuando sólo elegimos entre luz u oscuridad, entre abierto o cerrado, entre Comitán o Nueva York, entre Cortázar o Villoro, entre villano u honrado.
Todo es más simple cuando tenemos qué elegir entre voy o vengo, entre recto o circular, entre juego o trabajo, entre sigo durmiendo o me levanto.
Hay muchas personas que caminan con desgano, ellas deberían elegir entre vivir o morir, entre pesadumbre o alegría.
Los médicos comentan que la depresión (la famosa depre) es una carencia de serotonina, sustancia que mantiene en equilibrio el estado de ánimo. Los depresivos se mantienen en uno de los extremos, han agotado su capacidad de juego. De nada sirve presentarle alternativas: triste o contento. Si deciden jugar y optan por lo segundo; es decir, por estar contentos, la carencia de serotonina los enviará directamente al polo opuesto y verán el mundo de color gris, como de pato en estanque sin agua.
Cuando el depresivo está en estado avanzado, el juego entre vida y muerte pierde su capacidad de juego. Si el depresivo extremo decide por la vida, la carencia de la famosa sustancia lo azotará en la pared contraria.
¿Qué pasa entonces con el juego? El juego pierde su hermosa capacidad de juego, se convierte en un balancín que ya perdió su capacidad de resorte, es un simple columpio que tiene rotas las cuerdas.
Por esto, a mí me gusta jugar los contrarios, los extremos, porque me permite aún elegir entre nube o tierra, entre alcohol o jugo de limón sin azúcar.
El chiste de la vida es elegir entre uno o dos, entre mujer u hombre, entre niño o viejo, entre bicicleta o auto, entre cama o hamaca.
El juego pierde su capacidad de juego cuando no hay posibilidad de elegir entre izquierda o derecha. Es triste admitir que no hay más sopa que la de fideos o la de jodeos, sólo una. No es malo elegir la sopa de jodeos. ¡No! Ya lo dijo Borges: A nadie puede obligársele a ser feliz. Lo jodido es no poder decidir entre vida o muerte, entre árbol o fruto, entre azul o buenas noches, entre Roma o París, entre leer o dormir, entre despertar o no despertar.
Me gustan los juegos de contrarios, en los que no hay más opción que luz u oscuridad.

jueves, 10 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA




Querida Mariana: ¿Qué notás de especial en la fotografía de esta calle? ¿Que la lámpara parece estar chueca? No, eso no es lo especial. ¿Que la zapatería no es zapatería 3 hermanos, sino cuatro? No, tampoco. ¿Que no se ve persona alguna caminando? No. ¿Que? ¡Ah, ya basta!, dirás.
Bueno, ya basta. Te mando esta fotografía porque tiene dos elementos especiales: las macetas y los letreros. A ver, te cuento. Si mirás con atención verás que en las banquetas hay macetas con flores y plantas. Los vecinos de esta calle han tratado de hacerla más llena de vida. A iniciativa de una vecina (una mujer sensacional) los vecinos han sembrado plantas en las macetas que ella (inicialmente) comenzó a obsequiar. Tocaba la puerta y, con una maceta de barro, entre las manos, la ofrecía como un obsequio y sugería que se colocara en la banqueta, que se sembrara flores y que éstas fueran cuidadas.
Al principio fueron pocas macetas, pero, poco a poco, el número se incrementó. A pesar de lo predecible: que algunos maldosos empleen las macetas como basureros o que se roben las plantas, la iniciativa ha continuado. ¿Se roban las plantas? Los vecinos vuelven a sembrar. ¿Llenan las macetas con bolsas de plástico y con botellas vacías? Los vecinos las limpian. Ante la estulticia de la mano oscura, la esperanza de la mano generosa.
Una vecina comenta que una noche vio, desde su ventana, a un tipo que orinaba justo en la maceta, como si ésta fuese el mingitorio. Bastó que la mujer abriera la ventana y gritara para que el tipo comenzara a correr. Ojalá, pensó la vecina, que termine con el pantalón todo orinado. La vecina comentó que nada hubiera hecho si el tipo estuviera orinando, como chucho, en el poste o en la pared, pero ¿en la maceta? Ya era un exceso.
La acción no ha sido sencilla, pero la iniciativa ha crecido. Ahora, varios caminantes sí aprecian el cambio. Se sabe que todo es un proceso educativo. Muchos caminantes no disfrutan la vista, caminan sin darse por enterados de ese obsequio de la naturaleza y de espíritus humanos sensibles. Pero el cambio ahí está. La iniciativa ciudadana ha demostrado que es posible humanizar las ciudades, hacerlas más afectuosas.
Pero no sólo macetas tiene esta calle, también tiene letreros. En la casa de color naranja hay un letrero que dice: “No te olvides de ser feliz”. Muchas personas, las que sí aprecian los buenos actos, se detienen un instante, leen la frase, sonríen, se toman la selfie y continúan su camino. Esa pausa hace diferencia. En la pared de la casa rosa está escrito un fragmento de la canción “Comiteca”, de Ernesto Núñez, la que dice: “Comiteca, de ojos lindos, y de labios de coral, es tu voz tan melodiosa, como el canto de un turpial…” (El turpial es un pájaro que, dicen, canta muy bonito). Como el ejemplo arrastra, en la otra calle, a la vueltecita, hay dos letreros en fachadas diferentes, uno dice: “Sonríe para la vida, no sólo para la foto”, y el otro dice: “La vida es bella”, que es como un homenaje para aquella película italiana que ganó el Óscar como mejor película extranjera; y también es, sin buscarle mucho, un homenaje a la vida misma.
¿Hacen diferencia estas acciones? Sí, hacen diferencia. Pero, ¿cuál es la diferencia entre un bello proyecto y una mera utopía? ¡La realización! La vecina soñó un día una calle que estuviera llena de flores, que dignificara el entorno y que fuera un remanso para los caminantes. Así que salió a regalar macetas con los vecinos y éstos respondieron.
Posdata: ¿Imaginás lo que serían las ciudades de Chiapas si esta iniciativa se realizara en cada cuadra de cada barrio? ¿Imaginás lo que sería Comitán con sus calles llenas de plantas? Cuando todo el pueblo estuviera inundado de macetas, el pueblo lograría reportajes periodísticos a nivel nacional y esto haría que el mundo volviera la mirada hacia esta tierra de Dios.
En algún tiempo, Comitán se llamó Comitán de Las Flores, era un nombre bello. Hubo un tiempo en que las calles tuvieron nombres de flores, era una bella iniciativa. Ahora, en una calle del barrio de Guadalupe, poco a poco, sus banquetas se llenan de flores y sus paredes ostentan letreros bellos.
¿Hace diferencia? Sí, hace una calle más digna, más humana.
¿Imaginás si todas las calles de Comitán tuvieran una ciudadana que comenzara a prender la mecha de embellecer el entorno? ¿Que todos los vecinos respondieran con generosidad a esa iniciativa y que todo el pueblo se transformara? Los niños y jóvenes educarían su mirada y su sensibilidad y comenzarían a ser mejores ciudadanos. Los cabrones tendrían que desmayar en sus intentos destructivos. Recordemos aquella Teoría de las Ventanas Rotas. En entornos sucios, oscuros, la delincuencia encuentra motivos para sembrar su odio y rencor. Por el contrario, en paisajes resplandecientes ¡crece la planta de luz!
Acá, en esta calle, no sólo hay flores sembradas, también comienza a crecer el árbol de la esperanza y de la dignidad.
Ha pasado tiempo desde el principio de la iniciativa. Los vecinos no han cedido, al contrario, siguen sembrando luz. Que los dioses del buen universo los sigan guiando y protegiendo y que su ejemplo cunda con la misma intensidad con que el tsizim cunde con la primera lluvia.

miércoles, 9 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON AROMAS DE POMADAS




Querida Mariana: Lo dicen con una gran suficiencia. Me encantan las mujeres que dictan recetas para todo mal. No hablo, ya se dieron cuenta, de recetas de cocina, ¡no! Hablo de recetas médicas. Estas mujeres no necesitaron pasar por un aula universitaria, ¡no! Les basta haber pepenado la tradición. Las mamás, quienes recogieron la tradición de las abuelas, les trasmitieron un conocimiento elemental, pero preciso, acerca de qué menjurje debe emplearse para tal enfermedad.
El otro día, la maestra Elena dijo que se pusiera una compresa de árnica. Se lo dijo a Alejandra, quien se quejaba de un dolor en la muñeca (la de la mano, porque hay otra clase de muñecas). La maestra Elena lo dijo con una gran suficiencia, y así lo hace cada que alguien se queja de una dolencia. Tranquilamente, como si cortara una flor o sembrara la planta para que creciera esa flor, dijo: “Ponete una compresa de árnica”. ¿Compresa? Cuántos jóvenes saben qué es una compresa. ¿Árnica? Pucha, qué palabra tan más enigmática, tan más sonora: Árnica, ¡ah!, qué palabra tan bonita. Es una bobera lo que diré, pero las palabras esdrújulas suenan bien esdrújulas, bien antibióticas.
El otro día, la tía Margarita (que tiene nombre de flor) pidió, por favor, que fuera a conseguirle un poco de árnica. ¿En dónde lo consigo?, fue lo primero que pregunté, ya trepado en el carro. Ella dijo que era tiempo de la flor y que podía conseguirla por el barrio de Los Sabinos, “ahí por donde está la universidad donde trabajás”, completó. Y dijo que, por encima de las bardas bajitas se pueden ver las flores amarillas, bien bonitas. “Comprá unos diez o veinte pesos de flor, que traigan hojas.” Y hacia allá me dirigí. ¡Ah, qué hermosas flores amarillas! Las vi, desde lejos, por encima de una barda de tablas. Ahí estaba la famosa árnica. Bajé del carro, toqué, una muchacha (desde adentro) me dijo qué quería. Para estar seguro le pregunté si esa flor era árnica, ella dijo que no. ¿Qué flor es?, le pregunté. Es ortiga, dijo. ¡La gran pucha! Me había topado con una Molinari. Yo, que soy un inútil, sabía que la ortiga es otra planta, ¡no da flores amarillas! Fernando me contó que su mamá, cuando él se portaba mal, siendo chiquitío, lo azotaba con hojas de ortiga en las piernas. La ortiga (medio mundo lo sabe, menos esa muchacha, es una planta que produce erupción en la piel, produce sarpullido.) Ya estaba a punto de subir a mi carro cuando salió una señora con mandil, secándose las manos. Preguntó qué quería. Volví a hacer la pregunta. Ella dijo que esa flor amarilla era árnica. ¡Sí!, había estado en el lugar preciso en el momento indicado. Le pregunté si podía venderme diez pesos. Sí, dijo, cortesté lo que quiera, y abrió la puerta (todo lo que hasta acá he contado lo vi a través de las hendijas de las tablas.) La señora, muy amable, cortó una y otra y otra flor, con su mojol de hojas. Pensé que si hubiese sido ortiga, la mujer ya estaría con las manos todas coloradas, llenas de granitos.
Cuando llegué a casa de tía Margarita conté lo sucedido y me dijo que la ortiga provoca sarpullido (ya lo sabía), pero un segundo después me dio la receta: “No te lo vayás a tocar, porque harás que más se meta el veneno, vas al baño y te lavás con harta agua y con jabón y luego te ponés un poco de cera para depilar y cuando esté seca lo jalás, así como saca los pelos de más, así quita el veneno. Santo remedio.”
Eso es, admiro a las mujeres que tienen las fórmulas de los “santos remedios”. Tienen la cura para todo mal. ¿Para qué vamos a hacer fila en el consultorio del doctor Simi o de las farmacias del Ahorro? Basta ir a la casa de la maestra Elena o a la casa de tía Margarita para recibir una receta, que proviene del conocimiento ancestral.
¿Siempre funcionan sus remedios? No lo sé. En la casa de Panchita siempre hay una serie de frascos, sobre el estante. De esos frascos donde viene la mayonesa. Ahí, ella tiene una serie de “aguas milagrosas”, la mayoría contiene una serie de hierbas mágicas diluidas en alcohol. Cuando ella abre uno de esos pomos, el aroma del alcohol con la ruda, por ejemplo, entra al cuerpo y el espíritu siente un gusto como de colibrí aleteando en el aire del bosque. Desde ahí comienza la cura. A la casa de Panchita llegan muchas personas que tienen una infinidad de dolencias. Panchita las cura de espanto y les da rameadas. A mí me encanta mirarla trabajar, toma la botella de las siete potencias, se la empina, y luego rocía el rostro de la paciente, lo hace tres veces, su boca es como uno de esos aspersores que riegan las plantas para que no se sequen. Luego agarra un ramo de hierbas, con olor a alcohol, y las pasa por el cuerpo de la doliente, mientras le dice: “doña María, no se quedesté, vengasté, vonós a casa; doña María, no se quedesté, vengasté, vonós a casa”, y cuando la Panchita termina su labor de sanación, doña María se cubre el cuerpo con una toalla y dice que se siente muy bien, y Panchita, riendo con su boca sin dientes, dice: “Sí, pue, ya estasté curada”. Y doña María mejora día a día. ¿Qué le pasó? ¡Saber! ¿Se curó? Sí, doña María se curó totalmente, sin necesidad de ir con el doctor Simi.
Posdata: A mí me encanta ese conocimiento ancestral para curar, la solidez de argumentos con que las mujeres dan los remedios. Lo hacen con gran sapiencia y con gran suficiencia, como si fueran egresadas de la Facultad de Medicina Humana, de la Universidad de Yale. Para todo mal, tienen un remedio.

martes, 8 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON TOQUES DE CAMPANA




Querida Mariana: A mi jefe le gusta recordar el dicho: “Dan, darán, dicen las campanas”. En México todo mundo sabe qué significa la frase y muchos la emplean para reafirmar la reciprocidad y el agradecimiento.
El ingenio popular es exquisito. A veces no reflexionamos en ello, pero los mexicanos crecemos envueltos en sonidos de campanas, desde las del templo que llaman a misa (me encanta el nombre de una de las campanas: Volteadora) hasta las del nevero, pasando (¡me pongo de pie!) por el sonido de la campana que toca, todos los días, el campanero que anuncia la proximidad del camión de la basura. ¡Ah, qué trabajo tan pesado el del campanero de la basura! A las seis de la mañana escucho, desde la tranquilidad de la mesa del comedor de mi casa, el sonido del campanero. Afuera, en la calle pasa el campanero caminando de prisa, como si fuera un campeón de marcha olímpica. Desde la tranquilidad de mi casa, cómodamente sentado, tomando un té de limón, bien calientito, escucho los pasos apresurados del campanero que va por delante del camión de la basura. No importa que haga frío o que llueva o que -a las doce del día- caigan del cielo rayos achicharrantes del sol. Todos los días, el campanero pasa con el sonsonete de “dan, darán, dan, darán, dan, darán”.
Cada campanero tiene su ritmo. Algunos siguen el dictado del dan, darán, pero hay otros que le cambian tantito, hay algunos monótonos: “tan, tan, tan, tan, tan, tan” y hay otros que suenan “tacatataca, tacatataca, tacatataca”. El campanero del rumbo de La Pila, en Comitán, tiene un sonsonete de fiesta, baja al parque, con un paso ligero. Mueve los brazos como si fuese un remero del aire, y con la misma fuerza del brazo izquierdo, que va hacia adelante y hacia atrás, mueve el cencerro que avisa que las personas pueden sacar la basura porque el camión ya está por llegar. Es impresionante el sonido que hace el campanero.
Antes que pase el campanero, en el interior de las casas hay ligeros rumores: el borboteo de la olla de los frijoles, el pespunte de la aguja a la hora que la abuela cose o la respiración tranquila del niño que duerme en la cuna, de pronto, el perro levanta las orejas y la trompa, se levanta y comienza a ladrar, como si avisara que algo sucede en la calle. Sus ladridos anuncian: “Ya viene el campanero de la basura”, instantes después el oído humano detecta el “dan, darán, dan, darán” de la campana. La mamá amarra la bolsa de plástico, negra, cruza el patio y sale a dejar la basura en la esquina. Ella escucha el sonido del campanero en toda su plenitud. El hombre saluda y sigue su carrera. ¿Cuántos kilómetros recorre cada día? No sé, pero yo jamás he conocido a un campanero obeso, jamás. Todos mantienen una condición física inalterable. Quienes, en su relación de propósitos de año nuevo, escribieron: Bajar de peso, les convendría considerar este oficio.
Los mexicanos crecemos en medio de sonidos de campana. Los campaneros son como cenzontles que abren la flor del sonido en el aire. Pero, hay que decirlo, nadie de los campaneros es tan fiel, tan necio, tan terco, tan constante, como el que avisa la cercanía del camión de la basura. El campanero del templo de San Caralampio toca el primer repique, se sienta en el pretil de la torre y admira el caserío que se desparrama en el cerro de Comitán, será hasta que se cumplan quince minutos cuando se ponga de pie para volver a tocar la campana del segundo repique; lo mismo sucede con el nevero, llega al parque central con su carrito y toca la campanita para que los niños adviertan su presencia, toca la campanita de vez en vez, conforme aprecie que debe llamar la atención. Pero, el campanero de la basura sabe que es la voz que debe llegar a cada casa. Su toque de campana es casi como si su mano tocara cada puerta, por esto, su toque es constante, infinito.
Posdata: Poco reflexionamos en ese oficio. “Ahí viene el camión de la basura”, piensan los habitantes de la casa en cuanto escuchan el sonido de la campana. La relación que hacemos es: campana-camión. Cuando el sonido metálico de la campana se agota aparece el sonido tuberculoso del camión. Pocos hacen la relación campana-campanero; pocos piensan en que ahí, en la calle, a la hora de la lluvia, hay un hombre que no desmaya en su oficio. ¿Cuántos kilómetros recorre el campanero cada día? ¿Qué piensa a la hora que, como maratonista, recorre las calles creando cantos como de pájaro de bronce?

lunes, 7 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON DRIBLE




Querida Mariana: mi amiga Paloma Bello preguntó, en redes sociales: “¿Con la lectura de qué libro comienzas el año?”. Yo comencé el año con “Vértigo horizontal”, de Juan Villoro. ¿Es un libro recomendable para su lectura? Sí, lo es. Acá encontré al mejor Villoro. En este libro habla (escribe) acerca de la Ciudad de México, de ahí el título del libro.
Anexo una fotografía del forro del libro, que, a su vez, es una fotografía aérea de una zona de la Megalópolis. La fotografía que te anexo es opaca, confusa, pero quise enviártela, porque, si bien la fotografía es más clara, la confusión urbana es idéntica. Acá, por algún simbolismo extraño, la ciudad parece cubierta de una nata que impide verla con luminosidad.
El año pasado leí un libro escrito al alimón por Juan Villoro y por Martín Caparrós, escritor argentino. El libro se titula: “De ida y vuelta” y es un compendio de cartas que se enviaron ambos escritores, donde el tema central era el fútbol soccer. Cuando sucedió el Mundial de 2012, Caparrós y Villoro intercambiaron cartas en las que trataban lo que en la cancha ocurría. Todo intercambio de cartas tiene el ingrediente del morbo natural que hace que los lectores se acerquen con interés. Cuando leí este libro no pude evitar establecer una comparación entre la calidad narrativa de ambos escritores. Me caigo mal, porque sé que las comparaciones son odiosas, pero a veces no puedo evitarlas. En esa ocasión caí en la tentación. Pensé que si este intercambio de cartas hubiese sido un partido de fútbol entre México (representado por Villoro) y Argentina (representado por Caparrós) el marcador final hubiese sido cuatro a cinco, a favor de Argentina. Sí, con pena, debí admitir que me había entusiasmado más el estilo del escritor argentino, que se mostraba de manera inteligente y natural. Pensé en ese momento que Villoro se mostraba un poco pretencioso, como queriendo hacerse muy inteligente, sin necesidad de ello. Me dio la impresión de qué Villoro había tomado el intercambio de cartas, un simple juego, en un reto donde él debía ser mejor que el otro.
Pero ahora que leí el libro “Vértigo horizontal”, hallé un Villoro inteligente y muy disfrutable. En términos futbolísticos entendió que ¡iba solo!, ¡la tenía!, ¡era suya!, y metió la de gajos en el lugar donde las arañas tejen sus redes. Con gran pericia escribe acerca de su ciudad: la Ciudad de México.
Hace varios días comenté que, por el fallecimiento de Amos Oz, entré a leer una entrevista que José Gordon le hizo al escritor israelí. En una parte de la entrevista, Amos dijo que los lectores llegan a espacios en los que los viajeros de países extranjeros no pueden ingresar. Villoro, en este libro, demuestra la teoría de Amos, Villoro nos lleva a los lectores a un alucinante viaje por espacios en los que un viajero no ingresa tan fácilmente. Por ejemplo: un viajero da una vuelta por el popular barrio de Tepito, pero sabe que tiene espacios vedados, por la peligrosidad de la zona. Villoro, gracias a que fue amigo de Felipe Ehrenberg, artista plástico que un día fue a vivir a la zona, nos lleva de la mano por callejones a los que un turista difícilmente se atreve a entrar.
A mi amiga Paloma le digo que comencé el año 2019 leyendo a Villoro. Comencé bien el año. Juan narra con maestría, con la sencillez de quien posee el conocimiento puntual, lo hace sin pretensiones de grandeza. Sus crónicas son de gran precisión. No es su intención, pero, a través de anécdotas y de datos históricos llanos, nos conduce por un atajo turístico que supera en mucho lo que un viajero logra pepenar en un recorrido turístico conducido por un guía, en el plano real. Acá se comprueba lo que Amos Oz predijo: La literatura entra a lugares donde la realidad se topa con una cortina. Los simples mortales cuando van a La Casa Blanca no pueden entrar a lugares en los que el cine y la literatura caminan a sus anchas.
Villoro nació en 1956 y estudió en la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana. Yo, lo sabés, nací en 57 y estudié un trimestre en esa misma unidad de la UAM. Estas coincidencias hicieron que hallara una proximidad muy cercana con lo que Villoro narra, porque él habla, sobre todo, de un tiempo que es también un tiempo mío. Yo recorrí muchas calles de la Ciudad de México (Distrito Federal en ese entonces) de 1974 a 1980, tiempo en que estudié en la UNAM.
Posdata: La fotografía que ilustra el libro de Villoro es lo que el título señala: Un vértigo. Sobre los cerros, los habitantes de aquella ciudad han encaramado calles, casas y edificios, en cuyos patios sobreviven algunos árboles que sacan la cabeza tratando de respirar en medio de un caos de cemento y de fierro, pero no lo logran a cabalidad, porque una nata de smog los asfixia. ¿Cómo ser sobreviviente de esa caótica ciudad? Pues como se ve en la fotografía: en medio del amontonamiento, del abigarramiento, de lo churrigueresco. La respuesta está en la vida de millones de habitantes, quienes, igual que Villoro, se enfrentan cada día a ese monstruo bendito y maravilloso que se llama Ciudad de México y que tiene en Juan Villoro a un bello, leal, infalible, inteligente y severo hijo. En este libro, Villoro demuestra que no sólo es grande en estatura física, también es grande en estatura literaria.
Este libro me reconcilia con Juan. Si él estuviera, de nuevo, jugando contra Caparrós, estoy seguro que al argentino le costaría mucho llevarse el triunfo. Estoy casi seguro que el réferi terminaría dando el triunfo a ambos, como debe ser siempre en la literatura, siempre que no aparezca un Molinari metiendo con calzador la horrible comparación.

viernes, 4 de enero de 2019

DEFINICIÓN DE VÉRTIGO




Es una palabra espiral, palabra que siempre desciende, no tiene posibilidad de vuelo. En cuanto la palabra vértigo asoma en la ventana de una persona ya no deja de caer. Su territorio natural es la oscuridad y conforme va en caída libre incrementa su velocidad, pero, ¡como todo en la vida!, llega el instante que llega al fondo y todo vuelve a tomar su cara hipócrita de tranquilidad. Los seres humanos no nos damos cuenta, pero el vértigo, así como la muerte, es una esencia que camina siempre a nuestro lado.
El vértigo seduce, por eso aparece en todos los lugares en que las personas caminan. Una de estas tardes fui al parque e hice un ligero sondeo, me acerqué a una chica que comía esquites y le pregunté en qué momento había sentido el vértigo, ella dejó de comer, se relamió los labios, sonrió con picardía y, con prontitud, dijo que una noche… pero luego calló, cerró tantito los ojos, volvió a relamerse, abrió los ojos y dijo que en la Ciudad de México, una tarde, arriba de un carro en caída de la Montaña Rusa, sí, dijo, ahí tuve la sensación máxima de vértigo. Agradecí su respuesta, ella dijo que era nada y siguió comiendo los esquites, aunque pensé que en su mente estaba la imagen de una noche que ya no me platicó, imagen que a mí me quedó dando vueltas en la cabeza, como pájaro frente a la ventana de una recámara. Caminé y dos bancas más allá encontré a un señor que tenía su sombrero en las manos, miraba a una pareja que se daba arrumacos frente a él. Me senté, saludé y le solté la pregunta. El, sin dejar de mover el sombrero, me vio y dijo que tuvo sensación de vértigo una vez que viajó a Guatemala y subió a un autobús, dijo que los choferes de allá son intrépidos, que manejan de manera impetuosa por las bajadas de los Cuchumatanes, él iba agarrado del asiento delantero, rezando, mientras el chofer, con la radio a todo volumen, esquivaba carro tras carro en una bajada con velocidad superior a cien kilómetros por hora. La sensación de vértigo se había potenciado al ver que la carretera serpenteaba al lado de un abismo en cuyo fondo se veía un riachuelo que como culebra plateada fluía en medio de enormes rocas.
En las dos respuestas descubrí la relación con el descenso. Es más visible la sensación de vértigo en el descenso que en la subida, aunque a mitad de la montaña lo mismo da desbarrancarse en la subida que en la bajada.
Seguí sentado al lado del hombre del sombrero. En esas estaba cuando apareció Macaria. Ella me vio, me saludó de beso y se sentó. ¿Y qué?, preguntó. Yo le conté. Ella respiró hondo, vi cómo echó para adelante sus pechos generosos. Cuando exhaló, puso su brazo sobre la parte superior de la banca y dijo que ella había vivido en un vértigo apabullante cuando sostuvo una relación de esas que ahora se llaman tóxicas (y no por ingerir pastillitas). El chavo, al principio, me contó Macaria, fue como uno de esos carritos a los que subimos en una montaña rusa (llamó mi atención que empleara el mismo símil de la chica come esquites). Yo me sentía maravillosa, dijo Macaria, alzaba los brazos y miraba cómo ese ascenso me enseñaba lo mejor del valle, los árboles, los cielos, el aire. Todo era genial. Me sentía volar, flotar, dijo Macaria. Pero cuando llegamos a la cima (y acá la cara de Macaria se transformó, sus labios parecieron echarse hacia abajo, como si una fuerza superior los impulsara hacia el vacío) todo cambió, todo fue en caída, todo fue caer en un pozo oscuro. Yo quería bajarme del carro, pero si lo hacía me mataría contra el pavimento. Él comenzó a celarme de más, comenzó a insultarme, a agredirme y, al final, me golpeó. ¡Esa fue la peor sensación de vértigo que tuve, Alejandro!, me dijo. Su charla había tenido la misma línea de vértigo, había ascendido de manera tranquila y en la bajada había sido de forma vertiginosa. Cuando terminó de contarme vi que su cara retomaba, poco a poco, la tranquilidad. A mí me espantó ver cómo ella había llegado contenta y en pocos minutos, por la pregunta que le había hecho, la había metido en un verdadero vértigo en sus recuerdos.
La sola mención de la palabra puede despertar el propio monstruo que carga sobre sus espaldas. La palabra vértigo es vertiginosa, puede llegar a ser tóxica.
Nos despedimos. El hombre del sombrero siguió sentado. Había escuchado el testimonio de Macaria. Vi que seguía arrugando las alas del sombrero.