sábado, 18 de febrero de 2017

CARTA A MARIANA, CON DOS O TRES PREGUNTAS




Querida Mariana: En esta carta anexo una fotografía. La foto muestra un torreón del templo de El Calvario. ¿Lo habías visto en alguna ocasión? ¿Ya viste que la celosía es la tradicional celosía comiteca que utiliza ladrillos y forma triángulos? Todos los demás lados utilizan otra celosía. El lado posterior de este torreón es el único que tiene esta celosía. ¿Por qué? Los otros extremos están hechos con columnillas. El sentido común indica que también este lado tenía esas columnillas, pero, en algún momento, por causa ignorada, se deterioraron y fueron cambiados por este material arquitectónico tan nuestro.
Estas celosías son un disfrute a la vista y un reconocimiento al diseño sobrio. A alguien, en algún momento, se le ocurrió hacer este diseño, diseño sencillo y agradable. ¿Recordás que en alguna ocasión hicimos este diseño en papel? Tomamos una tira de papel e hicimos dobleces y colocamos la tira sobre la superficie de la mesa, imitando la estructura que usan los albañiles. Y luego ¡apareció el prodigio! Vos tomaste la tira, uniste sus extremos y me enseñaste que formaba una estrella y dijiste que era una de las nueve estrellas, uno de los nueve guardianes de nuestro Balún-Canán.
Ayer caminé por esa calle y cuando vi el torreón con esta celosía pensé que fue hecho en memoria de Rosario Castellanos, nuestra escritora comiteca, autora de la novela “Balún-Canán”. ¿Por qué lo pensé? ¡Ah, pues muy fácil! Porque ella vivió, mientras vivió en Comitán, a media cuadra de este templo. Vos ya viste que, ahora, en dos fachadas de casas hay placas que señalan que ahí vivió Rosario, cuando fue niña. La primera casa es una que está casi al frente de la salida del Pasaje Morales. La segunda es una casa que está mero enfrente del módulo turístico, del edificio del palacio municipal.
Aparentemente -mirá bien lo que digo- la primera casa donde Rosario vivió fue la que está frente al módulo turístico y luego pasó a vivir a la que está frente al Pasaje. Y esto es así, por dos razones: la primera es que doña Lolita Albores, la cronista de Comitán, cuenta en una entrevista que le realizó Luis Armando Suárez Argüello, actual director de la Casa de la Cultura, que ella pasaba al frente de la casa y miraba a Rosario y a Minchito en el balcón. Minchito fue el hermano que falleció; y la segunda es que Armando Alfonzo, compañero de secundaria de Rosario, en su libro “Comitán 1940” expone un croquis de la casa donde vivió Rosario, croquis cuyas referencias de ubicación corresponden a la casa frente al pasaje. Armando Alfonzo explica que su dibujo tuvo como modelo un trabajo escolar que Rosario realizó.
Como ves, Rosario vivió “siempre” a media cuadra del templo de El Calvario. Este templo fue un referente auditivo supremo. ¿Imaginás cuántas veces escuchó el repique llamando a misa, o para el rosario, o, con ese tono lúgubre, con que se llama a muerto?
Entrecomillé el “siempre”, porque, en apariencia (mirá bien lo que digo: en apariencia) la familia de don César Castellanos habitó tres casas comitecas, mientras vivió en Comitán. El medio hermano de Rosario, Raúl, en una entrevista que le realizó la investigadora Andrea Reyes, corrobora que la primera casa fue la que está entre el parque y el templo, pero, además, sostiene que vivieron en tres casas. ¡Tres! Si esto es cierto (no tendría por qué no serlo), hace falta que los investigadores y cronistas nos den luces acerca de la otra casa.
El maestro Jorge Gordillo parece confirmar el dicho de Raúl cuando cuenta que su cuñado, Armando Alfonzo (quien, ya lo dije, fue compañero de Rosario, en la secundaria), le contó que la escritora vivió en la casa que fue propiedad de los papás de doña Lolita Albores. Y si recordamos que doña Lolita siempre contó que la familia de Rosario fue muy amiga de la familia de ella, pareciera que uno de los hilos de ese puente podría ser esa tercera casa. Raúl dice, en el libro de Andrea Reyes: “… mi padre nunca quiso comprar, tenía para comprar las tres, podía hacerlo, pero no, porque le caía mal ya el vecindario, dijo: mejor voy a rentar.”
¿Mirás qué interesante? En Comitán medio mundo sabe que el papá de Rosario tenía muy buena lana, era el clásico rico hacendado. Ahí están los nombres de las dos fincas de su propiedad: Chapatengo y El Rosario. ¿Por qué, entonces, él y su familia vivieron en casas rentadas? Bueno, parece que la declaración de Raúl da una explicación: “Le caía mal ya el vecindario”. Y si recordamos que el vecindario era la zona habitada por gente de su misma clase social, porque en el centro de Comitán estaban las residencias de los hacendados, de los apellidos ilustres, puede decirse que don César no vivía muy a gusto en el pueblo. La lógica indica que quien está a gusto en una ciudad y no tiene pensado cambiar de lugar aspira a poseer una casa; por el contrario, quien renta una casa pareciera que tiene en mente la posibilidad de ser un eterno nómada.
¿Por qué en la Ciudad de México, don César sí compró una casa de inmediato? ¿Le gustó ser uno más de ese maravilloso enorme conglomerado? ¿Ser uno más de los miles y miles de seres que pasan de manera casi inadvertida, en lugar de lo que era en Comitán: uno de los señorones reconocidos y venerados por todos? Una amiga mía, comiteca, se casó y se fue a vivir a la gran Ciudad de México, un día (dos o tres años después que se fue), por no sé qué asunto, le hablé por teléfono y en medio de la conversación salió el tema de la nostalgia por el pueblo dejado. No, me dijo, yo no extraño a Comitán, acá soy feliz. Dijo que amaba salir a la calle, ir temprano al mercado y saber que nadie la estaba “juzgando”, así me lo dijo. En nuestro pueblo, ella se sentía “juzgada”. En Comitán usamos el término juzgar como sinónimo de criticar, decimos: “El fulano de tal es muy juzgón”. Esto que pareciera un exceso es una realidad: En el pueblo nos erigimos como jueces y hacemos juicios acerca del comportamiento del otro. ¿Con qué calidad moral lo hacemos? ¿Qué nos da derecho a “juzgar” la conducta del prójimo?
No miento. En el título de esta carta dije que te haría preguntas, no para que me los contestés, sino solo como un mero juego de supuestos, porque la verdad verdadera, en el caso de Rosario, ya parece imposible de abarcarla. Las personas que convivieron con Rosario ya están desapareciendo físicamente. Hizo falta que más gente diera sus testimonios. La obra de Rosario ahí está para todos los análisis que los estudiosos quieran realizar, pero los detalles finos de su vida poco a poco van quedando ocultos detrás de esa niebla implacable que se llama olvido.
Lo que sí podemos casi asegurar es que el templo más cercano a Rosario, no sólo físicamente sino también afectiva y creativamente, fue el templo de El Calvario. En la novela “Balún Canán”, Rosario dice: “Nuestra casa pertenece a la parroquia del Calvario”. Uno entiende que esto es una simple referencia, pero si uno va un poco más allá advierte el sentido mágico: “Nuestra casa pertenece a la parroquia del Calvario”. En primer lugar se advierte ese sentido de posesión de la casa, a pesar de que es rentada, todo aquel que renta se “adueña” del espacio, por eso hay algunos abusivos que luego ya no quieren abandonarla y, como los “paracaidistas”, aducen derecho de permanencia y se erigen en propietarios; en segundo lugar llama la atención que la protagonista de la novela (recordemos que tiene tintes autobiográficos) dice que la casa pertenece a la parroquia, como si esta entidad religiosa determinara los límites. En esta desviación ligera, en apariencia intrascendente, hay un simbolismo. Ahora cualquiera define los límites de pertenencia a través de los barrios o colonias. Si uno revisa la credencial del INE advierte que la referencia es un código postal que depende de la nomenclatura oficial. Vos pertenecés al barrio Centro (pucha, qué bonita imagen) y yo al barrio de Guadalupe. Nadie, en estos tiempos, diría que la casa pertenece a la iglesia de Santo Domingo o a la iglesia de la Virgen de Guadalupe; y en tercer lugar, la lectura advierte que si la casa pertenece a la parroquia y, lo sabe medio mundo, nosotros somos las casas que habitamos, el personaje de la novela pertenece a El Calvario. Ningún otro templo marcó a Rosario como sí lo hizo el templo de El Calvario. Su vida pareciera que fue eso, estuvo signada desde el principio. ¿Rosario fue católica? ¿Iba a misa? Tal vez sí, en la misma novela, hay una referencia al interior del templo. Recordemos que su mamá, doña Adriana, era del barrio de San Sebastián y esto, perdón, casi casi indicaría que ella era una mujer asistente a misa diaria. ¿Don César asistía al templo?

Posdata: En la foto que te envío se ve que hay faldones del torreón que ya desaparecieron. Sin duda, lo que falta es la celosía de columnillas. ¿Por qué estos vacíos totales? ¿Por qué ya nunca se completó el espacio? Poca gente advierte este detalle, porque la mayoría observa el frente del templo. Siempre es así. Nuestras lecturas son de los espacios más visibles. En la vida se aplica no solo a las estructuras arquitectónicas, sino, también, a las lecturas que hacemos de nuestros semejantes. Yo diría que esta construcción es mero comiteca: en el espíritu (lo menos visible) existe una celosía de triángulos, formada con ladrillos hechos en Yalchivol. ¡Ah, qué bonita palabra! ¡Yalchivol! Casi tan bella como las palabras ¡Balún Canán!

viernes, 17 de febrero de 2017

DEFINICIÓN DE MENTADA




Tía Eduviges usaba el término de manera prestigiosa. Ella decía que doña Arminda era muy mentada. Doña Arminda era la declamadora principal del pueblo, participaba en todas las veladas literarias que se realizaban. Muchos elogiaban el trabajo de doña Arminda, otros decían que no era declamadora sino reclamadora, porque había instantes en que alzaba la voz como si fuese una placera.
Y digo que tía Eduviges empleaba el término de manera prestigiosa, porque, en este país (lo sabe todo mundo), el término “mentada” tiene un tono ofensivo. La mayoría de veces, dicho término, es empleado en tono despectivo.
La gente lanza mentadas, como si éstas fuesen piedras. La mentada (en México) se emplea para mentar la madre; es decir, si fuéramos un poco más decentes, la mentada la emplearíamos con toda la dignidad del mundo, porque la madre estaría colocada en el mismo pedestal en el que tía Eduviges colocaba a doña Arminda. Si doña Arminda era muy mentada, cualquier madre de cualquier político ratero podía enorgullecerse, de igual manera, de ser muy mentada.
Porque hay algunos diccionarios que explican que ser mentado significa que uno es famoso. Mientras más mentado ¡más célebre!
Pero, ya nos explicaron las feministas que nuestro lenguaje tiene una rotunda carga machista. Cuando un hombre es muy mentado pareciera que ya se está colocando sobre un pedestal. Podemos acá, como un mero ejercicio, hacer la prueba: Si mil ciudadanos mientan al presidente de la república, cualquier estudioso del fenómeno concluirá que dicho político es conocido. Mientras más mentado sea más relevante será su personaje. Al contrario, si esos mismos mil ciudadanos mientan a su madre, la mentada será un trato ofensivo e indigno para la señora.
Pero (ya se sabe) el lenguaje no es tan simple. Cualquier estudioso puede advertir que esta conjugación verbal tiene una cercanía muy simpática (casi peligrosa) con el verbo mentir. Los estudiosos de la lengua española se confundirían. Si Donald Trump, como un mero ejemplo, decidiera aprender español, su maestro podría, perfectamente, escribir en el pizarrón de la Casa Blanca la siguiente oración: “Cuando los mexicanos mientan usted lo notará en el semblante de ellos”. Y míster Donald no sabría decidir si el término “mientan” se refiere al verbo mentir o al verbo mentar. De esta manera, Trump puede malinterpretar el enardecimiento del rostro de México y creer que el país le está lanzando una mentada, cuando, simple y llanamente, le está mintiendo, o viceversa. Una soberana mentada puede interpretarla como una sencilla mentirilla. De acá, podemos, entonces, lanzar la pregunta que se desliza en este tobogán: Al pueblo de México ¿qué le afecta más: que le mientan, de mentar, o que le mientan, de mentir?
Yo crecí usando el término de tía Eduviges. Cuando aparecía una mentada yo, de manera inmediata, creía que la madre mencionada era tan o más famosa que doña Arminda que subía al escenario con paso majestuoso, siempre con una estola de armiño enredada al cuello. Cuando ella comenzaba a declamar la famosa poesía de Ramón López Velarde, con un movimiento estudiado, tomaba la estola con la mano izquierda y esperaba el momento exacto para hacer algo que yo miraba como un fino pase de torero. En mi espíritu resonaban las palabras maravillosas de López Velarde: “Yo que solo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro / alzo hoy la voz a mitad del foro…”, y a la hora que decía la palabra foro aventaba la estola, justo a mitad del foro.
Doña Arminda siempre fue muy mentada en Comitán. Bueno, no tanto como la mamá del presidente de la república.
Claro, como yo crecí con el concepto fino de tía Eduviges, me enorgullezco de que la mamá del presidente sea tan mentada.

jueves, 16 de febrero de 2017

POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como una orilla sin río, y mujeres que son como el origen del universo.
La mujer origen del universo es un prodigio, porque en su vientre y en su espíritu se inicia la vida cada día. Es una mujer que confunde al neófito, porque hay un instante en que pareciera un ser de sombra y de silencio, tal como estaba el universo antes del Big Bang. Por eso, puede confundirse con esas mujeres que son bipolares y que, en un instante están como guacamayas trepadas en algún árbol de cedro, y al siguiente instante son como un chango que, desde lo alto de una palmera, avienta cocos a medio mundo que camina desentendido.
¿Qué hace la diferencia entre una mujer ambigua y una origen del universo? ¡El hilo de luz que lleva siempre amarrada en sus pechos y en sus caderas! Cuando un hombre se topa con una mujer origen del universo está en presencia del instante en que la luz se hizo. Porque, ya todo mundo entendió, esta mujer no emana la luz que siempre acompaña a las demás. Porque las otras, perdón, despiden luces como de bengala, o como de cohete, o como de veladora, o como de foco de 60 watts, o como foco ahorrador (que tarda segundos en calentarse y dar su luminiscencia total). Las otras, perdón, son como irregulares luciérnagas, como antorchas que pueden apagarse en medio de la lluvia o ante el embate de un huracán. La luz de la mujer origen del universo (es comprensible, para cualquier profano) está por encima de todas las leyes de la física, porque la luminosidad universal, en término estricto, tiene su origen en el terreno de lo sobrenatural, casi de lo divino.
¿Cómo explicar, de manera llana, esa luz que no se agota, esa luz que es infinita y que va más allá del tiempo de los humanos, del tiempo de las demás mujeres? La mujer origen del universo (ya lo advirtieron los lectores, sobre todo, los varones) es una mujer que es inagotable, que es una lámpara que seduce e ilumina a sus amantes en forma ilimitada. Con ella, la oscuridad no existe (salvo en esos instantes que ya se comentó), con ella, todo es como un paseo en una plaza plena de soles y de lunas. La vida al lado de una mujer de este tipo es una eterna fiesta, donde el juego del tiro al blanco consiste en disparar a figuras de latón que representan el hartazgo y la podredumbre. Quien vive al lado de una mujer universo está presenciando constantemente el prodigio del inicio y (todo mundo lo sabe) no hay cosa más exquisita en la vida que la primera sonrisa del hijo, que la primera vez que un amado siente la caricia de la mano experta de una muchacha bonita; no hay cosa más privilegiada que las primeras gotas que caen sobre el terreno lleno de grietas; no hay elemento más seductor que la danza que realiza una muchacha bonita después que sube al cuerpo de su hombre; no hay emoción más excitante que la mano que toca un pecho femenino como si fuera un pie entrando al agua.
La mujer origen del universo también puede llamarse mujer por los siglos de los siglos. Está signada que su nombre permanecerá por siempre y sus obras serán recordadas por los hijos de los hijos de los hijos.
Igual que el universo su gracia está en constante expansión y cuando, al paso de los siglos, llegue al límite y comience a contraerse, sólo será para que, como en reverse motion, el mundo recuerde la luz de su gloria infinita.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un lápiz sin punta y mujeres que siempre echan punta.

miércoles, 15 de febrero de 2017

COMPORTAMIENTOS ENAJENADOS





Comparto mi CCC (Código de Comportamiento Cabrón). En los últimos tiempos, mis acciones se sustentan en dichos preceptos, preceptos que van contra lo que sería mi deseo, pero que, en vista de la realidad circundante, me obliga a actuar como un soberano egoísta y como un estúpido irredento.
El primer precepto indica: “Si conduces un auto ¡no des paso al peatón!”. Y no lo hago ya más (hubo un tiempo en que lo hice) porque puedo ocasionar una tragedia y no quiero cargar una culpa por el resto de mi vida. Explico: Antes, al ver a un peatón en la esquina, deseoso de pasar a la acera contraria, detenía el auto y, con una sonrisa de mojol, movía mi mano, por encima del volante, de derecha a izquierda, como en pase de torero, para indicarle a la persona que había detenido el auto a fin de que él caminara con tranquilidad. ¡Ya no lo hago! No lo hago desde una mañana en que detuve el auto, sonreí e hice el pase de torero a fin de que la señora cruzara de uno a otro lado. La señora también sonrió y agradeció el gesto amable, bajó un pie, luego el otro, y pasó por enfrente del auto, instante en que vi, en el retrovisor, que un motociclista movía el volante hacia la izquierda a fin de rebasar mi auto. Casi vi el momento en que ambas trayectorias se cruzarían: el motociclista atropellaría con brutalidad a la señora que caminaba tranquilamente. Por fortuna, el motociclista se dio cuenta, en último instante, de que la señora cruzaba y frenó, causando un ruido ensordecedor a la hora del derrapón. Yo sudé frío, la señora también, y el motociclista, que quedó tirado al borde de la banqueta, ¡igual! ¿Qué necesidad? Desde entonces decidí no volver a ceder el paso a un peatón. Esa mañana pudo ocurrir una tragedia y yo (soy muy dado a cargar con culpas ajenas) me habría sentido culpable. ¿Cómo vivir con una carga semejante? Ahora prefiero que los peatones piensen que soy un desgraciado y nada digo cuando veo que sus labios se mueven en el clásico movimiento de mentar la madre.
El segundo precepto indica: “Si eres peatón ¡ignora la indicación del automovilista al cederte el paso!”. Una tarde estaba en una banqueta del parque central, iba a cruzar para ir a la farmacia Del Ahorro, a poner una recarga al celular. Un amigo venía en su auto y, al verme, muy amable, detuvo su auto y me cedió el paso. Con el antecedente de lo ocurrido con la señora, agradecí su gesto y me aseguré que detrás no viniera un motociclista o un ciclista. ¡No! Detrás venía un auto, que conducía una señora. Pensé que era imposible que ella intentara rebasar por la izquierda o derecha, porque el espacio no lo permite, así que bajé un pie, luego el otro y comencé a caminar. Lo que no pensé (¡qué tonto!) es que la mujer podía venir revisando su celular y respondiendo un WhatsApp (como venía haciéndolo) y se fue a incrustar contra la defensa del auto de mi amigo, golpe (más o menos enérgico) que provocó que el auto de mi amigo se hiciera para delante y yo pensara que él quería atropellarme pues su carro se impulsó hacia donde yo caminaba. Moví mi brazo izquierdo, casi casi como si fuera yo Supermán para detener el impulso. Mi amigo, con el rostro blanco, abrió la portezuela de su lado y bajó, primero, a encarar a la conductora (que también tenía la cara transparente), y, segundo, corrió para ver si yo estaba bien, deshaciéndose en disculpas y dejando en claro que él no había tenido la culpa.
Ah, yo que sé bien de culpas ajenas, de inmediato le hice saber que no había mayor problema; no había pasado del pequeño susto. Desde entonces, siempre que estoy a punto de cruzar de una a otra banqueta, me hago tacuatz. A veces (nunca falta el amigo o la persona decente) escucho que un auto se detiene y, de reojo veo que desea cederme el paso. Yo miro hacia abajo, a veces hago como que tengo sueltos los cordones de los zapatos y me acuclillo y hago como que los amarro, tardo eternidades a fin de que los detenidos continúen con su trayecto.
Cruzo cuando advierto que en la calle no transita vehículo alguno. Veo a ambos lados de la calle, aunque sea sólo de un sentido, porque nunca falta el ciclista que conduce en sentido contrario, sin ninguna precaución, porque así son sus modos incivilizados, de quienes, alguna amiga mía, llama bicicleteros.
Perdón, mi CCC es un código antisocial, un código perverso, pero lo llevo con precisión de cabo a rabo, a fin de no acabar con el rabo deshecho.

martes, 14 de febrero de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE APARECE UN ÁRBOL A MITAD DE UNA CALLE





La presencia del árbol es insólita. Todos los demás elementos de la fotografía son comunes: una muchacha camina por la banqueta, cargando la bolsa del mandado; y dos personas, sentadas sobre un pretil, ven cómo pasa el tiempo sin prisa. Aunque Mariana dice que lo enigmático es lo que la muchacha lleva en la bolsa, y que el misterio está en lo que el par de personas hace. ¿Platican? ¿De qué platican? ¿Descansan? ¿De dónde venían? Mariana siempre ha insistido en que las historias maravillosas aparecen donde hay seres humanos. Ella dice que la presencia de este pedazo de árbol sobre la calle, si bien no es común, es algo intrascendente, ella dice que ese pedazo de tronco está ahí, porque los vecinos lo colocaron para evitar el paso de autos, ya que el barrio de San Sebastián celebraba al Niño Fundador y, se sabe, que en pueblos de países tercermundistas no se aplican protocolos profesionales. En nuestro Comitán, explicó Mariana, estos fueron los elementos que usaron los vecinos y las autoridades para desviar el tráfico.
Y esto fue lo que llamó mi atención: en Comitán (lugar prodigioso y surrealista) se utilizan pedazos de troncos y piedras como elementos restrictivos de vialidad.
Si algún automovilista no se detiene y daña la parte inferior de su auto, porque queda encima del tronco o de la piedra, ¿de quién es la culpa? ¡Del automovilista, por supuesto! Porque indica que es un tipo que ignora, de cabo a rabo, la tradición cultural de este pueblo mágico.
Imaginemos que hubiera un automovilista acostumbrado a las costumbres de primer mundo; imaginemos que, ante una desviación vial, espera encontrar letreros luminosos preventivos o restrictivos; imaginemos que conduce a mitad de la noche, que da vuelta y se topa con estos elementos; imaginemos que ya tuvo la experiencia de hallar bloqueos en las carreteras que lo condujeron a Comitán. Lo menos que puede pensar es que este pueblo es cuna de alguna organización social, cuyos integrantes, embozados, con palos y machetes, detienen el tráfico libre y exigen una cuota voluntaria de cien pesos para franquear el paso.
Y si escribo lo de cuota voluntaria es para que algún lector de primer mundo no vaya a creer que, como de hecho es, nuestra sociedad es una sociedad anárquica, muy lejana del estado de derecho.
Mariana insistió en que nuestro primitivismo no queda ahí, sino que ese pedazo de tronco tiene una explicación aberrante de su origen. Sucede que, como se aprecia, fue utilizada una motosierra para talar un hermoso árbol que estaba sembrado en la esquina. Después de tumbar el árbol, el talador, como si fuese un médico asesino, desmembró el árbol.
¿Con permiso de quién el talador derribó el árbol que daba sombra, proporcionaba oxígeno y era un sedante para la vista por el colorido de sus flores? Con permiso de nadie. Porque ya se dijo que en sociedades tercermundistas la ley que impera es la del abusivo y, ante tales comportamientos, la conciencia ecológica es un espíritu helado y frío.
Mariana dice que, sin duda, la muchacha no advierte este comportamiento erróneo, no lo advierte porque ella es comiteca y está acostumbrada a nuestros rituales y a nuestros modos de ser. Si alguien le preguntara, sin duda, ella diría que “Como es fiesta del niñito, no dejan pasar carros”, y agregaría que eso es bueno, porque la tradición es voz mayor y que, para celebrar en grande al pichito, las calles se llenas de tiendas armables, donde ofrecen nanches y jocotes curtidos o discos de la Trakalosa o películas de Eugenio Derbez. Las calles se tapan porque ahí colocan la rueda de caballitos, con tubos oxidados y figuras despintadas. Dirá que la tradición es importante para sostener la identidad de pueblo mágico.
Y Mariana lamentará el derribe del árbol y se apenará por el grado de educación vial al que nos hemos acostumbrado.
La foto muestra elementos muy sencillos: una pareja de hombre y mujer que descansan sentados en un pretil; una muchacha que camina con rumbo a su casa, después de hacer el mandado; un pedazo de tronco a mitad de la calle y dos piedras que impiden la libre circulación de vehículos. Como se ve son elementos comunes en pueblos tercermundistas.

lunes, 13 de febrero de 2017

UN APARECIDO




Nos gustaba que Espety llegara a cenar. Espety era un fantasma. Siempre había un asiento vacío, especial para él. Ese asiento había correspondido a Romeo, quien, hasta que sucedió la desgracia, venía a casa desde los Estados Unidos, para pasar con nosotros el año nuevo.
Nunca sabíamos con exactitud cuándo Espety se aparecería. Y acá el término de aparecer es el más adecuado, porque Espety, sin aviso, se aparecía de pronto. Sentíamos, antes de advertir su presencia, algo como una corriente de aire helado que removía las servilletas de papel sobre la mesa. Sabíamos entonces que Espety había llegado.
El abuelo fue el primero que notó la presencia del fantasma. En la noche del treinta y uno de diciembre de dos mil trece, cuando la abuela y mamá estaban en la cocina preparando la ensalada, la sopa fría de fideos y el pavo horneado; y papá y yo estábamos en la recámara colocándonos la corbata frente al espejo, el abuelo nos llamó con apuro, con gritos. Romy se bajó del sofá donde dormitaba y ladró con fuerza. La abuela y mamá asomaron su cabeza por el quicio de la puerta y preguntaron qué pasaba, mientras veían hacia todos lados buscando algún ratón trepado en la repisa. Papá y yo bajamos los peldaños de dos en dos y al entrar al comedor, el abuelo nos dijo que había un fantasma sentado en el lugar favorito de Romeo y que tenía hambre. La abuela, creyendo que era una broma pesada del abuelo, le dijo que era un tonto y, luego, en intento de continuar con la broma dijo que lamentaba mucho que él (el abuelo) se fuera a quedar con hambre, ya que la abuela le daría la mitad de su cena al fantasma. “Espety”, dijo el abuelo, dijo que se llamaba Espety y tomó una servilleta y se la dio a papá que ya había terminado de anudarse la corbata y se servía un poco de vino tinto. Papá tomó la servilleta y leyó: “Soy el fantasma Espety. Tengo hambre.”. La abuela se sentó de golpe y quedó impávida, como si, de verdad, hubiese visto un fantasma. Papá me mostró la servilleta y, en voz baja, acercándose a mí, me dijo: “Es la letra del abuelo”.
Esa noche papá siguió la broma. Con el cuchillo rebanó un trozo de pechuga y lo sirvió en el plato que estaba delante de la silla de Romeo, el ausente, y, abriendo las manos, le dijo a Espety que se sirviera con toda confianza.
Mamá también se burló de la idea del fantasma. Dijo que la broma se caía como un castillo de naipes ante la más leve corriente de aire, porque los fantasmas no comen (lo dijo riendo con desparpajo, propiciado por las dos copas de vino que había bebido). Papá asintió. Yo nada dije. Nada dije, porque vi que el trozo de pechuga que papá había servido ya no estaba en el plato. Pero, pensé que el abuelo había continuado con la broma y sin que nos diéramos cuenta había bajado el brazo y lo había tirado debajo de la mesa para que Romy lo comiera. Levanté el mantel y busqué por debajo de la mesa, pero nada había. Busqué a Romy y vi que estaba echado en el sofá, con la cabeza recargada en el descansabrazo, con los ojos cerrados. Tranquilo.
Cuando dieron las once con cincuenta minutos y papá repartió las uvas yo estuve pendiente del plato de Espety. Igual que en los otros platos, papá había puesto doce uvas en el del fantasma. Cuando todos tuvimos las uvas en la mano para engullirlas en el instante en que las campanadas se comenzaran a escuchar, volví la mirada hacia el plato del fantasma y lo vi vacío. No pude decir algo, sólo señalé el plato y todos, todos, abrimos los ojos como si en nuestra vista una ciudad se hundiera en el mar. “¡Dios mío!”, dijo la abuela, se santiguó, abrió las manos, las uvas, ¡sus uvas!, cayeron sobre la mesa y luego sobre el piso. Romy bajó del sofá y llegó a ladrar desaforadamente frente al asiento vacío. El abuelo, después del sobresalto, pronunció: “Se los dije. Espety tenía hambre.”, se puso de pie, abrazó a la abuela, y, atacado de la risa, mostró su mano: ahí estaban las doce uvas. La abuela quiso zafarse del abrazo, pero el abuelo comenzó a hacerle cosquillas. La abuela no resistió, también se puso a reír, y le dijo al abuelo: “Bobo, me vas a matar de un susto”. Pero yo supe que esas uvas eran las de él.
Esa noche, después que brindamos con las copas en alto y abrazamos a los demás deseando un feliz año, vimos a la abuela sentarse en su mecedora, tomar la novela que leía y, meciéndose, como si fuera un temblor apenas imperceptible, llamar a mamá y decirle: “Este año nadie extrañó a Romeo”. Mamá la abrazó y fue como si accionara un mecanismo que las hizo llorar muy quedo.
¡Era cierto! Nadie había extrañado a Romeo. Fue como si la presencia de Espety suplantara la ausencia. Papá se acercó al abuelo, quien en ese momento apagaba la televisión y prendía la radio, y le preguntó cómo había hallado la servilleta con el mensaje. El abuelo se sentó en el sofá, llevó sus manos detrás de su nuca, exhaló y dijo: “¡No hay como la marimba!”, cerró los ojos y escuchó la canción en marimba que sonaba en la radio. Papá me vio, levantó los hombros y me dijo: “Tiene razón el abuelo”, se recompuso y fue a jalar a mamá para bailar a mitad de la sala. La abuela comenzó a palmear. Sonreía. ¡Nadie había extrañado a Romeo!
Nos gustaba que Espety llegara a cenar. Estábamos ya en la sobremesa cuando sentíamos una ligera corriente de aire que levantaba tantito las servilletas de la mesa. Las puertas y ventanas estaban cerradas. Todo mundo sabía que Espety había llegado. Mamá se paraba, servía chocolate caliente en una taza y, sobre un plato, ponía dos pastelitos de manjar de piña, hechos por la abuela. La plática continuaba. A veces nos parábamos de la mesa y los pastelitos y el chocolate quedaban intocados. Abuela decía que Espety estaba destragado, sonreíamos. Pero, invariablemente, a la mañana siguiente, descubríamos que nuestro fantasma nada había dejado. No quedaba ni una sola miga de los pastelillos. Abuela decía que a Espety le encantaba lo que preparaba. Sonreía. Levantaba el plato y la taza vacíos, los lavaba y los guardaba en una servilleta. Eran los trastes de Romeo que, ahora, por decisión de la abuela, Espety había heredado.
Las últimas noches de dos mil catorce y dos mil quince Espety estuvo con nosotros. El abuelo le sirvió sus doce uvas y se sentó frente a la silla vacía y platicó en voz alta, contó cómo era el patio de la escuela federal, donde había estudiado de niño. La abuela, después de los abrazos, se acercó a la silla vacía y, como si fuese un caballero, extendió la mano y lo invitó a bailar. Todos nos sentamos y vimos cómo la abuela bailaba, como en sus mejores tiempos. Tenía los brazos levantados y abiertos, como si, realmente, abrazara a alguien.
A la hora que subimos a las recámaras oí que papá decía que los abuelos eran geniales. Mamá, mientras apagaba la veladora eléctrica frente a la fotografía de Romeo, dijo que sí, que eran geniales y luego, como si una brizna de luz llegara a su mente, preguntó: “¿Pensás que Espety es el espíritu de Romeo?”. Papá, de inmediato, dijo que no, que Espety no era un espíritu, era ¡un fantasma! Y, como no tenía idea exacta de lo que decía, precisó: “Los espíritus no son fantasmas”. Mamá me vio, pero yo dije buenas noches y entré a mi cuarto. Cerré la puerta y pensé lo mismo que papá: Espety no era el espíritu de Romeo, pero sí era un fantasma afectuoso que había suplantado el recuerdo ingrato del ausente, porque, en la cena de fin de año de dos mil doce todo mundo había estado triste y todo mundo vio cómo la silla de Romeo permanecía desocupada.
Una tarde le pregunté a papá por qué abuela había aceptado que Espety se sentara en la silla que correspondía a Romeo. Papá, sin pensarlo mucho, dijo que como la silla seguía sin ocuparse no había visto mayor problema o, se rascó la cabeza, tal vez pensó lo mismo que tu mamá, que Espety era el espíritu de Romeo que había llegado a acompañarnos. Por eso, hasta lo sacaba a bailar.
El treinta y uno de diciembre de dos mil dieciséis ¡Espety ya no llegó! ¿Espety se había enterado de la llegada de Irma y de Jimmy? Sin duda, los fantasmas saben todo.
El treinta de diciembre tuvimos una grata experiencia en casa: Irma y Jimmy llegaron de los Estados Unidos. Llegaron para quedarse. Dijeron que la situación estaba muy complicada en aquel país y habían vuelto para quedarse a vivir con nosotros. Abuela preparó el cuarto que había sido el cuarto de Romeo, antes de que se fuera a Estados Unidos, y ayudó a Irma a desempacar, mientras el abuelo llevó a Jimmy a comprar panes compuestos para la cena. Mamá preparó la mesa y papá arregló la cama de Romeo. Serviría para que durmieran Irma y Jimmy. La cama estaba un poco tembleque. Papá la reforzó con dos pedazos de madera de cedro. Hizo que yo me acostara con él, para probar la resistencia; hizo que saltáramos como si estuviéramos en un brincolín. Cuando papá comprobó que había hecho un buen trabajo, colocó sus manos detrás de la nuca y miró el techo del cuarto. Yo hice lo mismo. Quedamos en silencio un rato. Entonces hizo la apuesta: “¿Cuánto a que Espety no viene a cenar mañana?”. Yo me senté en la cama, vi a papá y dije: “¿Cuánto a que no?”. Nos paramos y salimos.
La noche del treinta y uno, papá puso discos de marimba, sacó a bailar a Irma. Jimmy bailó con la abuela y con mamá. El lugar de Romeo fue ocupado por Jimmy. Lo había hecho desde la noche anterior, a la hora que comimos los panes compuestos. Papá colocó otra silla, al lado de la abuela, para que Irma se sentara. Comimos las uvas, nos abrazamos y tomamos una copa de champaña. A la una, más o menos, nos dimos las buenas noches. Al subir a mi recámara oí que mamá, abrazada a papá, decía: “Extrañé a Espety”. Papá nada dijo. Sabía que habíamos ganado la apuesta: Espety no había llegado a cenar y casi casi estaba seguro que no volvería a presentarse en los años subsecuentes.
Yo puse mi mano sobre el pomo de la puerta y miré hacia donde estaba la foto de Romeo. Ya nadie lo había extrañado. Pensé que el abuelo era, en realidad, un genio. Su invención del fantasma Espety había logrado el prodigio de que las cenas del último día del año fueran menos dramáticas, que fueran casi apacibles, agradables. Y ahora, con la presencia de Irma y de Jimmy todo había sido más luminoso.
Abrí la puerta del cuarto y sentí una corriente de aire helado. ¿Era Espety? ¿Siempre sí había llegado? Bajé corriendo y puse dos pastelillos en un plato. El plato lo coloqué en el marco de la ventana, como si dejara leche a un gatito.
A la mañana siguiente, me levanté a las seis y, en pijama, descalzo, bajé a ver el plato. Hallé a Jimmy, quien volvió la mirada al escuchar mis pasos. Tenía la boca llena, estaba comiendo los pastelitos. Se puso colorado, como si lo hubiese atrapado haciendo una travesura. Dijo que la abuela se los había regalado y luego, con una mirada azul, dijo: “Ella sabe que a mí me gustan mucho sus pastelitos de piña”. Yo quedé impávido. Jimmy nació en Estados Unidos y jamás había venido a casa. Caminé a la mesa, tomé una servilleta y, acercándome, se la acerqué a Jimmy. Le pregunté: “¿Vos conocés a Espety?” y Jimmy, como si siguiera un juego, dijo: “Es un nombre bien bonito”. Y luego me preguntó: “¿Así se llama el perrito?”. No, le dije, el perrito se llama Romy y le expliqué que lo bautizamos así en recuerdo de Romeo. “Ah -dijo él-, mi papacito”. Sí, dije yo. Y él agregó, con la boca llena: “Yo también quiero un perrito, le pondré por nombre Espety, en honor del fantasmita”. ¿Alguien le había dicho que Espety era un fantasma?

sábado, 11 de febrero de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE UNA FLOR CON PISTILO ILUMINADO





Querida Mariana: La maestra Carmelita nos daba la clase de biología. Eso fue en la secundaria. En la prepa nos tocó el doctor Macal, que siempre iniciaba sus cursos con el siguiente dictado: “Bios, vida; Logos, tratado”.
Caralampio, quien es muy puntilloso, reclamaba por qué el doctor nunca nos dijo que eran raíces griegas. Alfonso preguntaba si Caralampio exigía el agregado para establecer la diferencia entre palabras del español que provienen de raíces latinas. ¡No! Caralampio decía que el origen no era tan importante como sí lo era precisar que la palabra provenía de ¡raíces! ¿Cómo -preguntaba Caralampio, un tanto alterado- el maestro de ¡biología! no hablaba de las raíces? Caralampio siempre vio a la biología como el gran árbol de la vida; Esther decía que era una definición poética.
Esther, que era una muchacha muy perseguida, porque tenía un cuerpo delgado, pero muy bien repartido, era dada a escribir. Usaba lentes y tenía un cabello que le llegaba a la cintura. Cuando corría era seductor ver cómo su cabello se convertía en una cascada que iba de un lado a otro, como péndulo, sin perder la unidad.
¿Qué escribía Esther? Ella decía que escribía pensamientos. Era muy celosa de sus textos y a nadie los mostraba. A Caralampio le causaba risa que ella dijera que escribía pensamientos. Decía que era tonto que alguien escribiera eso, porque todo mundo, al escribir, ¿qué hace sino escribir lo que su pensamiento dicta?
¿Por qué Esther decía que escribía pensamientos? Porque es costumbre decir que cuando alguien redacta un texto breve escribe un pensamiento. Esther era escritora de pensamientos; es decir, nunca redactó un texto mayor que pudiera incluirse en alguna relación de géneros literarios.
Cuando Esther decía que escribía pensamientos lo decía como si tales escritos no tuvieran alguna importancia, como si su labor fuera esparcir semillas sobre una franja de cemento.
Caralampio, cuando íbamos a Nevelandia, a tomar un helado, le preguntaba a Esther en qué se inspiraba para escribir sus pensamientos. Él lo hacía para molestarla, porque, sin fallar, ella se ponía colorada, como si fuera una de esas flores que se llaman bastón de emperador. Se sonrojaba y, en acto reflejo, bajaba sus manos y las metía en medio de sus muslos, como si éstos fueran una cartera. Y nosotros sabíamos por qué se ponía nerviosa, porque sus pensamientos estaban inspirados en lo que Caralampio llamaba El gran árbol de la vida. Todos sus pensamientos (cuando menos los que logramos ver) tenían flores y frutos incluidos en sus líneas.
Y esto lo supimos porque una tarde, cuando jugábamos billar, Caralampio llegó y nos dijo que tenía una libreta de Esther. Ella lo había dejado olvidado en una banca del parque y Caralampio, como si fuese un vulgar delincuente, tomó la libreta y se la guardó en la espalda, debajo de la chamarra. Miguel y yo dejamos los tacos de madera sobre la mesa de carambola y nos sentamos a los lados de Caralampio para ver los escritos. En la primera hoja, como era presumible, hallamos un corazón, pintado en rojo, atravesado por una flecha, justo a la mitad. En la mitad superior estaba dibujada una C y en la mitad inferior una E. Miguel y yo le picamos la panza a Caralampio y le dijimos que esa C era la inicial de su nombre. Sí, le dijimos, Esther está enamorada de vos. Así que, dedujimos, los pensamientos de Esther tenían a él como destinatario.
Comenzamos a leer. Recuerdo que nos hamaqueábamos de la risa, que molestábamos a Caralampio por las cursilerías que, suponíamos, estaban dedicadas a él. La libreta era nueva, porque sólo tenía escritos cinco pensamientos. Todo el resto de la libreta estaba limpio. En la última página había una anotación con lápiz que parecía algo como un recordatorio: “Vi a C en S”. Caralampio jugó con él mismo, dijo que era: “Vi a Caralampio en Sabroso”, como si el sustantivo sabroso fuese un territorio, y pasó su lengua por el labio inferior, de uno a otro lado, como si fuese un toro lamiendo sal.
Muchos años después, en un café de la Ciudad de México, viendo la Alameda, a través del ventanal, Miguel y yo recordamos la libreta de Esther. Miguel dijo que Esther escribía aforismos, no simples pensamientos. Yo estuve de acuerdo. Miguel tomó un sorbo de café, dijo algo del cielo con smog y luego, muy serio, dijo que eran aforismos sublimes, casi místicos, así que, con toda seguridad, el motivo de su inspiración no era el tonto de Caralampio, sino la propia divinidad. Yo, viendo también los árboles de la Alameda, recordé el pensamiento (aforismo) que aprendí de memoria: “Quien prueba las frutas de su árbol, sacia la sed infinita”. Nada le dije a Miguel, pero reconocí (hasta entonces) que Esther no escribía aforismos místicos, sino, con toda probabilidad, aforismos eróticos. Aquella tarde del billar, Miguel y yo habíamos molestado a Caralampio diciéndole que ella quería probar sus frutas, sus jocotitos, sus colconabes. Y habíamos reído mucho. Habíamos estado equivocados. La C no era de Caralampio, la C correspondía, sin duda, a un nombre femenino. Y digo esto porque, igual, muchos años después, me topé con Esther en la presentación de un libro de cuentos en la sala Manuel M. Ponce, en el palacio de Bellas Artes, y al verme corrió a abrazarme. Cuando soltó el abrazo se volteó, llamó a una chica y me la presentó. Me la presentó diciendo: “Carmen, mi pareja”. No sé si esa Carmen correspondía a la C de nuestra adolescencia, quiero pensar que no, quiero pensar que era una feliz coincidencia, pero no dudé en pensar que la C de aquel tiempo no era de Caralampio sino que correspondía al nombre de una chica. Entendí por qué ella nunca tuvo novio; entendí el mensaje del aforismo, por eso no decía frutos sino frutas. Estas frutas no eran jocotitos ni colconabes. El árbol era femenino, siempre había sido femenino. Tal vez por eso, cuando Caralampio le preguntaba quién era el motivo de su inspiración, Esther se sonrojaba y, en automático, colocaba sus manos entre sus muslos.
Aquella tarde de la Alameda, Miguel dijo que habíamos convivido, casi sin saberlo, con dos escritores: Esther y Caralampio, porque la definición que éste daba a la biología era mil veces más bella que la del doctor Macal. Y Miguel, como si estuviese sobre el estrado del aula, preguntó: “¿Qué es Biología?”, e imitando la voz de un niño iluminado dijo: “El gran árbol de la vida”, y dijo que por ahí corría la savia del conocimiento y luego recordó las clases de la maestra Carmelita y cómo bromeábamos cuando ella nos enseñaba las partes de una flor: “Niños, las florecitas tienen pistilos.”, y luego preguntaba: “¿Qué tienen las florecitas?”, y nosotros, como si fuéramos integrantes del coro de niños, de Viena, casi cantábamos: “Pistilos”. Y así seguía la maestra recitando las partes de una flor: pétalo, sépalo (acá todo mundo se mataba de la risa. Bromeábamos y decíamos, imitando la voz de la maestra: “Niño, sépalo de una vez, las florecitas tienen sépalo”. A veces separábamos la palabra y albureábamos: Sé palo.). Pero donde más disfrutábamos la descripción de la maestra era cuando llegaba a nombrar la parte que une la flor con el tallo: “Niños, las florecitas tienen pedúnculos” y preguntaba: “¿Qué tienen las florecitas?”. Malcriados como éramos, dividíamos la palabra en dos. La primera parte la pronunciábamos en voz baja, bajísima, y la segunda parte la gritábamos: “Pedún - ¡culos!”. El salón se llenaba de reverberaciones y sólo se escuchaba la segunda parte: “¡Culos, culos, culos!”. Reíamos. La maestra Carmelita hacía como que no escuchaba y continuaba con la siguiente parte de la flor. Y cuando terminaba la clase seguíamos bromeando y decíamos que Esther se había echado un pedún y ¿de dónde había salido ese pedún?, ¡de su culo!
Lo que diré parecerá un absurdo, pero ese relajo obsceno nos permitía aprender. Cuando teníamos examen de biología con la maestra Carmelita, todos, ¡todos!, respondíamos correctamente la pregunta de cuáles eran las partes de una flor. Miraba a alguno de mis compañeros reírse a la hora de responder el examen, casi podía asegurar que estaba escribiendo pedúnculo o sépalo o pistilo.
Yo no tenía a la biología dentro de mis materias favoritas, pero disfrutaba mucho esas travesuras lingüísticas. Mis materias favoritas eran las materias que tenían que ver con la literatura y con el lenguaje, y las materias que estaban relacionadas con las artes plásticas.

Posdata: Miguel tuvo razón: convivimos con dos escritores en ciernes. Caralampio, actualmente es periodista, en la Ciudad de México, sus columnas están salpicadas de buen humor y de baldazos de inteligencia sutil; Esther radica en Barcelona, España, imparte talleres literarios para niños.
Miguel vive en una comunidad del estado de Michoacán. Estudió ingeniería en la UNAM, pero no ejerce su profesión, dirige una pequeña empresa que fabrica esos dulces riquísimos que se llaman Morelianas.
¿Yo? Bueno, yo soy tu amigo que te escribe cartas, acá en Comitán, Comitán de las flores. ¿Querés que juguemos a que te diga cuáles son las partes de tu flor?

viernes, 10 de febrero de 2017

DEFINICIÓN DE MAGA





Los lectores saben que no hay más maga que La maga, de Cortázar, de Rayuela; la maga de los puentes de París, la despistada mamá de Rocamadour; es decir, la maga es un prodigioso personaje sacado de la chistera del mago.
Pero, cualquier mortal lo sabe, hay más magas en el mundo. A través de los siglos, como los genios, algunas magas han brotado sin que se sepa bien cómo es el nacimiento. La maga (lo dice el más elemental diccionario) “realiza cosas extraordinarias, gracias a la ayuda de seres o fuerzas sobrenaturales”. ¿Cómo se establece ese puente? ¿Por qué? Lo importante en la definición es admitir que la maga está por encima de lo natural; por eso asombra, por eso es diferente y sobresale entre millones y millones de mujeres que son “naturalitas”, que no miran más allá de los pañales del hijo o de la computadora en la oficina.
Perdón, no puede haber magas en las oficinas de gobierno, simple y sencillamente porque en estos espacios la magia no se da (bueno, parece que los directores y secretarios sí saben realizar el conocido truco pedestre de desaparecer el dinero de las arcas públicas, pero de ahí en fuera no hay otro prodigio).
La maga verdadera no se conforma con hacer trucos de cartas o con sacar conejos de sombreros, ni con aparecer monedas de oro en las bolsas de los incautos. ¡No! La maga hace que sus amados, por ejemplo, sueñen ríos de deseo y siembren varas de incienso en el cuerpo de ella.
La magia, lo sabe medio mundo, sirve para que la vida terrenal realice un guiño a lo sobrenatural. Lo que está por encima de lo cotidiano, entra en el terreno de los dioses. El campo donde la maga crece es el Olimpo.
Se dice que la vida sería insoportable si no, de vez en vez, un prodigio de maga modificara la rutina. Ya se dijo que las magas se dan muy de siglo en siglo, pero se debe admitir que toda mujer, aún la más liviana, la más hoja seca de otoño, posee en su ADN la simiente del prodigio; es decir, toda mujer lleva, como hijo no nato, la posibilidad de lo sobrenatural.
A veces, no sé ustedes, veo en los ojos de mi mamá algo como una luz que no es terrenal, que nada tiene que ver con el brillo del sol o con el reflejo de un lago; es una luz casi sobrenatural, una luz que mora en distancias más allá de lo inmediato. Sé, entonces, que en ese momento, cuando mi mamá de ochenta y seis años de edad abraza a su hijo de cincuenta y nueve, algo accede al otro lado de la grieta elemental. Mi mamá, como si fuese una niña, brinca y corre por campos donde lo milagroso es lo cotidiano.
Las magas poseen el don de la intuición. Se sabe que la intuición no corresponde a las leyes de la aburrida física. ¡No! Ese elemento (no me pregunten cómo se da) tiene un hilo con vasos comunicantes, con lo que está más allá de lo cercano, de lo tangible, de lo mensurable.
Por eso, tal vez, la definición de maga debería incluir la palabra ala, porque la maga es una mujer que sueña, pero no lo hace con los pies en la tierra, ya que su mundo, como el mundo de Cristo, no es de este mundo.

jueves, 9 de febrero de 2017

LETREROS





Romeo dice que le gustaría llevar un letrero en su carro con la leyenda: “No soy yo, es el de atrás”. Con letra grande, bien visible.
Tiene razón. A veces, cuando uno queda en medio de dos autos y el automovilista de atrás se prende al claxon, el conductor que va delante (y que no avanza, por vaya usted a saber qué causa) cree que uno es el que toca y toca.
Un día, Romeo vio la siguiente escena: En la esquina estaba detenida una camioneta grande, con vidrios polarizados; detrás estaba un Volkswagen sedán y más atrás un taxista. Éste se desesperó porque el de la camioneta grande no avanzaba y se prendió al claxon, con tal insistencia que parecía chofer de ambulancia con urgencia. El conductor de la camioneta, en lugar de avanzar, abrió la puerta y se bajó a encarar al del vochito. El señor del vochito, con el miedo embarrado en su cara, sólo alcanzó a señalar, con su mano izquierda, al carro de atrás. El hombre (por fortuna) entendió que el de atrás era el escandaloso. El taxista, al ver el coraje del hombre de la camioneta grande, puso reversa y, como si estuviera en Le Mans, aceleró hasta quedar a mitad de la calle. El hombre se guardó su coraje, regresó a su camioneta, se subió y arrancó. El conductor del vochito avanzó tantito y se orilló a la banqueta de la derecha. Estaba pálido. Colocó ambas manos en el volante y apoyó su cabeza. Se quedó así por un tiempo larguísimo. Todos los que vieron la escena supieron que la historia pudo terminar en tragedia y si el hombre de la camioneta grande no hubiese actuado con prudencia pudo bajar a golpes al chofer del vochito que no tenía culpa.
Rocío, hermana de Romeo, dice que hay playeras que tienen letreros que van en ese sentido, pero faltan letreros para defenderse de los abusivos. Cuenta que su sobrino Armandito agradecería mucho un letrero en playera que dijera: “No acercarse, por favor, tengo lepra”. Y dice que esto sería porque su sobrino es uno de los niños más hermosos de la región y todo mundo femenino se acerca y lo besa. Aborrece, sobre todo, el beso de una maestra de la escuela primaria donde estudia, dice que la maestra se rasura y cuando le da el beso siente lo rasposo como si fuera un pedazo de lija.
Romeo dice que los letreros deberían ser en un tono muy decente, porque cuando alguien dice, por ejemplo: “¡Ay, qué gorda estás!”, siempre suena muy agresivo. Ante la ofensa se impone la decencia. “Gracias por admirarme, soy una de las modelos de Botero”. Ante este letrero, los malintencionados no tendrían otra alternativa más que tragarse sus comentarios abusivos, porque, quien está gorda, no necesita que alguien diga algo respecto a su físico. Lo mismo sucede con los delgados. Y esto es así, porque toda persona sabe que, igual que cualquier gente, los gordos, flacos, pelones y peludos tienen espejos en sus casas y se ven en ellos a diario.
¿Qué sucede con las bellas que a diario escuchan piropos estilo albañil? Rocío dice que ahí los letreros no funcionarían, porque muchos albañiles malcriados no saben leer, pero para quienes sí saben leer, Romeo dice que el letrero en la playera que funcionaría a las mil maravillas sería el siguiente: “Sí, soy la de rojo, pero no cojo”. ¿Y la decencia, dónde quedó? Ah, dice Romeo, según el sapo es la pedrada. Los piropos de albañiles son mil veces más ofensivos.
Los letreros (se advierte) representarían escudos ante eventualidades peligrosas (como la de los autos o como cuando alguien pide dinero prestado) o banales, como cuando alguien dice: “¿Es cierto que estuviste en los quince de Rubí?”.
Rocío sostiene que el letrero que hay en las tiendas evita muchos malos entendidos: “Hoy no se fía, mañana sí”. Dice que todo mundo debería llevar un letrero similar para evitar a los amigos que sólo nos buscan cuando necesitan dinero. ¿Cómo sería este letrero? Algo que, más o menos, dijera: “Yo también soy un damnificado del huracán gasolinazo” o “Vos, ¿me prestarías a tu hermana? ¿Sí? ¡Yo no!”.

miércoles, 8 de febrero de 2017

LAS MESAS LARGAS





Hay publicaciones con una advertencia: “Esta publicación puede ofender a lectores sensibles”. Hay muchas Arenillas que bien podrían contener tal advertencia. Mi amigo Juan insiste en que soy un cae mal y que a todo le pongo peros; dice que ese no es el problema, el problema está en que lo escribo y lo lanzo a los cuatro vientos. Le dije que procurara no juntarse conmigo y, por supuesto, que ignorara mis publicaciones, pero seguido llega a verme y sigue leyendo los textillos que publico. “No quería venir, pero acá estoy -me dijo el otro día que llegó a la oficina-. Soy como esas mujeres bobas que dicen: ‘Pégame, pero no me dejes’”. ¿Qué puedo decir ante eso? Si le gusta sufrir ¡pues que me siga visitando y que siga leyendo las Arenillas!
Miento, sí puedo decir algo: Juan tiene razón. De niño era escaso y tímido, pero procuraba ser agradable. Conforme he ido envejeciendo me he vuelto más escaso, más tímido y menos complaciente.
Hubo un tiempo en que me gustaron las mesas largas, esas mesas que, en Comitán, colocan en los patios, los días de fiesta. Me gustaban las mesas que se forman en un dos por tres. Dos personas son suficientes para colocar los soportes a mitad del patio, que son unas tijeras que se llaman burros, tal vez porque su misión es cargar, y sobre los cuales van las tablas que forman la mesa. Son mesas frágiles. A nadie se le ocurriría treparse en esas mesas para bailar un zapateado, como sí lo hacen algunas amigas ya bolas en mesas formales de comedor.
Me gustaban las mesas largas. Ahora no las soporto.
Me gustaban las mesas largas que, una vez colocadas en el patio, servían para festejar la primera comunión de los amigos. Las mamás se acomedían en colocar manteles blanquísimos y luego colocar sobre las mesas platones llenos de tamales de hoja o de bola, chile en vinagre, pastelitos de manjar, gelatinas, pastel y tazas con chocolate, bien caliente y espumoso. Los niños nos sentábamos muy seriecitos, todos vestíamos camisas blancas y pantalones de vestir. Al final del desayuno, las camisas estaban manchadas de mole o de chocolate. También el mantel estaba manchado. Había perdido su blancura. Pienso que el cambio de las manchas cambió mi percepción, porque esas mesas de primera comunión ya están muy lejanas.
Los horarios cambiaron. Las mesas largas que luego frecuenté ya no fueron matutinas sino vespertinas. Ya no celebrábamos una primera comunión sino el cumpleaños del amigo que llegaba a los treinta años de edad.
El ritual continuó, pero con notables diferencias: colocaban las mesas hechizas a mitad del patio, pero llenas de platones con chicharrón, frijoles refritos, carnitas, cervezas bien frías y vasos desechables, llenos de güisqui, con hielo. Los comensales no vestían camisas blancas. Nadie se sentaba seriecito. La tónica era estar muy alegre, tal vez demasiado, mejor si se llegaba al exceso. Por esto, la dueña de la fiesta, apenas comenzaba la celebración, repartía puritos (de tequila). Una vez, creo que ya lo dije en alguna Arenilla, como no acepté la bebida, la dueña de la fiesta hizo el intento de echarme el contenido del vaso en la cabeza, quiso bañarme con tequila.
Sé que el amargado soy yo, yo, como dice Juan, soy el cae mal. Los que están en la fiesta están contentos. Yo soy el escaso, el raro. Veo las mesas largas con los manteles manchados y esas manchas me provocan asco.
Nunca las manchas de las mesas largas que miré cuando niño me provocaron algún inconveniente. Los manteles se manchaban con mole del tamal y con el líquido del chocolate derramado.
Los manteles manchados de ahora están sucios con mole y con el ron o el güisqui derramado.
Es la mezcla infame de olores la que hace que odie a las mesas largas de ahora, porque, a veces, perdón (lo anticipé en el primer párrafo), hay manchas de vómito de borrachos excesivamente pasados de copas.
Ya no me gustan las mesas largas. Procuro no verlas, porque interfieren en mi recuerdo alegre de cuando las mesas de manteles blancos eran presagio de una mañana iluminada, luminosa.
No me gustan las mesas largas. Y no me cuesta mucho decirlo, aunque Juan se moleste. El cuadro de la última cena de Leonardo me produce escozor. Se ha reproducido tantas veces y está en tantas casas del país que se me hace como uno de esos pendones que usan los políticos para promocionarse. La mesa larga de la Última Cena ya me produce hartazgo.
¡Miento! Aún me gustan las mesas largas. El otro día pasé por un taller de dibujo y pintura. Miré, a través de la ventana, a un grupo de muchachitos, manchando los papeles que tenían enfrente. Vi que el mantel (que en algún momento fue blanquísimo) estaba lleno de manchas, de manchas de mil colores. Quedé fascinado.
Advierto que Juan leerá esta Arenilla y dirá que soy un cae mal, pero ahí seguirá leyendo mis textillos. ¡Ah, qué espíritu tan masoquista!

martes, 7 de febrero de 2017

POR UNA CONVIVENCIA DIGNA




Marco Antonio estaba en un café cuando dibujó este croquis. Se nota que, en lugar de usar la servilleta para secarse los labios, la usó para hacer un dibujo.
Las servilletas, por lo regular, después que se usan ¡se tiran! Hay excepciones. Picasso tomaba las servilletas del restaurante Maxim’s, en París, y dibujaba sobre ellas. Esas servilletas, se entiende, no eran de papel, sino de tela. Por ahí, en algún museo, debe haber alguna servilleta de Picasso.
Esta servilleta de Marco Antonio no se compara con las de Picasso. Es una sencilla servilleta de papel que no aspira a estar en algún museo de arte, pero (ojalá) algún día puede estar en el museo de la historia comiteca.
Este dibujo (me gusta pensarlo así) será histórico. Porque es la propuesta para que dos calles del centro de Comitán se hagan peatonales. Y digo que será histórico porque su idea y propuesta son necesarias para que la convivencia de los comitecos tenga dignidad.
Un día, María del Rosario Bonifaz me dijo que la recuperación del centro no era para los turistas, era ¡para los comitecos!
Esta propuesta de Marco Antonio tampoco es para que nuestro pueblo mágico dé una cara bonita al turismo. ¡No! Es para que la gente de acá pueda vivir en armonía. Ya de pasada, por supuesto, el hecho de que en esas calles la gente pueda caminar de manera tranquila, ayudará a que los turistas gocen este maravilloso pueblo, de igual manera que lo harán los peatones comitecos.
No creo que Marco Antonio haya estado con alguien cuando hizo este croquis, cuando quiso dar forma a su idea. Imagino que estaba solo, que tomaba un café y, de pronto, comenzó a plasmar sobre una servilleta su propuesta. Una propuesta que recoge el anhelo de muchos ciudadanos.
Claro, como es una idea a vuela pluma, la propuesta deberá ser apuntalada por gente experta: ambientalistas, urbanistas, juristas; y por la gente que vive el entorno: los boleros, los vecinos, los comerciantes, automovilistas y, sobre todo, peatones (que somos todos).
¿Cómo hacer que algunas calles del centro se conviertan en espacios para la convivencia familiar sin afectar, por ejemplo, los espacios destinados para los automovilistas con alguna discapacidad? ¿En dónde destinar un espacio para el estacionamiento de camiones de turistas que nos visitan? ¿Cómo dejar libres los espacios para los estacionamientos que sirven (y servirán) para los automovilistas que visitan el centro?
El licenciado Segundo Guillén, accionista de una importante línea de autobuses urbanos, dijo, en una ocasión que participó en un programa de radio, que ellos están dispuestos a que los urbanos no pasen por el centro, siempre y cuando exista un plan integral que beneficie a la colectividad.
Pienso que lo dicho por el licenciado Guillén es el punto medular para llevar a cabo la idea de Marco Antonio: se necesita la buena voluntad de todos los involucrados. Es necesario que alguien, con conocimiento, explique a los comerciantes de la zona, las bondades de peatonalizar las calles del centro.
Porque, la propuesta de Marco Antonio está basada en un acto noble, sin dobleces, ni torceduras. La idea del contador Moya no persigue mayor fin que las familias caminen con tranquilidad; que los niños no corran peligro de ser atropellados a la hora que juegan cerca de la fuente; que los ancianos asistentes al templo caminen sin apuros y que ese espacio sea como el atrio natural de la iglesia de nuestro santo patrono.
¿Cómo hacerle con el servicio de limpia? ¿Cómo los proveedores de cerveza, por ejemplo, pueden surtir el producto a los bares de la zona? ¿Cómo convencer a esos automovilistas que van a comprar tortillas y se estacionan justo al frente de la tortillería, porque no toleran caminar dos pasos? Son muchos puntos finos que deben analizarse y darles solución; pero esto, como dijera el padre Carlos, es “peccata minuta”, que puede subsanarse siempre y cuando impere el ideal de hacer de nuestra ciudad, como muchos expresan, una ciudad donde el peatón sea primero.
Se necesita la colaboración decidida de la autoridad. El presidente municipal debe, a través de sus colaboradores expertos, abonar a favor de esta demanda que piensa en el Comitán del futuro. ¿Qué deseamos para Comitán? ¿Los amontonamientos de autos en el corazón de la ciudad o el armonioso fluir de los pasos tranquilos? ¿La contaminación ambiental generada por decenas de autos que avanzan penosamente o el aire incontaminado del vuelo de los pájaros y de los pasos de los muchachitos al correr?
El arquitecto Roberto Trujillo, director de desarrollo urbano, y el arquitecto Luis Javier Flores, director de IMPLAN, deben analizar la viabilidad de esta propuesta. Ambos son comitecos de raigambre y aman a su pueblo. Saben que Comitán es para siempre y no para el tiempo que dura una administración.
Una tarde me topé con el contador Moya a media cuadra del parque central, lo felicité y dije que apoyaba su propuesta. Ahora, en este espacio, reafirmo mi apoyo.
Cientos de pueblos y ciudades en el mundo están recuperando sus espacios. No podemos seguir rindiéndonos ante el automóvil. ¡Recuperemos el bienestar que siempre caracterizó a nuestro Comitán! Vayamos haciéndolo poco a poco. Comencemos con hacer peatonal la calle del templo. Ganaremos mucho con ello. ¡Todos!
Este croquis será histórico. Basta impulsar la idea para que se haga realidad. Y esta realidad hará que vivamos con dignidad.
Será maravilloso constatar cómo una sencilla servilleta siembra una esperanza y ésta fructifica.
Si algún lector llegó al final de este textillo y apoya la propuesta del contador Moya, bien puede darle un like.

lunes, 6 de febrero de 2017

LAS COMUNIDADES SELECTAS




¿Por qué se dan tantas fricciones en la sociedad? ¿Es porque no estamos acostumbrados a las mezcolanzas y anhelamos las comunidades empáticas?
Parece que Cristo también advirtió que algo nebuloso existe en la calle de todos los días. Medina advierte que, en Colosenses 3:13, aparece lo siguiente: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.”; es decir, uno tiene que vivir soportándose y perdonándose. ¡Ay, qué triste modo de vivir!
A mí siempre me gustó ser parte de la comunidad que formábamos los cinéfilos de la Muestra Internacional de Cine, en la cineteca, de la Ciudad de México. Era una comunidad homogénea. Una comunidad que no ofendía.
La calle, por el contrario, es una comunidad dispersa, heterogénea. La calle y las oficinas son como ollas de tamales, que contienen de dulce, de manteca y de chile, y de chiles con picante suave hasta los que pican como habaneros.
Quien acude a una sala de concierto para escuchar a un cantante de música culta sabe que pasa a formar parte de una comunidad especial, porque acude a escuchar a Plácido Domingo; lo mismo sucede con quien acude a un masivo, en un foro abierto, donde acude a escuchar a Arjona, en ese momento pasa a formar parte de una exclusiva comunidad arrabalera. A quien le gusta el cantante chapín sabe que los otros miles de fans que están en el estadio adoran al mismo dios. No se antoja que un fan de Plácido Domingo acuda al foro donde se presenta el cantante guatemalteco, ni viceversa. Es maravilloso saber que hay comunidades donde el agua no se mezcla con el aceite; es maravilloso saber que los de Arjona están en un espacio y los de Domingo en otro. Así debería ser todo en la vida. Como decía el simpático Chico Che: “Los nenes con los nenes y las nenas con las nenas”; es decir, los Arjona con los Arjona y los Domingo con los Domingo.
En los estadios de fútbol sucede lo mismo. La multitud se reconoce. Si acá se genera la violencia es porque el deporte exige la competencia. En un encuentro entre América y Jaguares, los amarillos se reconocerán como integrantes de una comunidad, mientras los otros (¿verdes? ¿anaranjados?) se sabrán integrantes de esa hermandad, que es contraria a la amarilla. Se pelean porque son dos comunidades en el mismo espacio. Un poco como meter en un mismo jarro a los Arjona y a los Domingo. Los Domingo no soportarán las rimas de vómito del chapín, y los Arjona no soportarán los berridos asfixiantes de Domingo. Por eso, en el estadio se pelean, porque los amarillos no soportan que los verdes anaranjados los insulten en su propia cara a la hora que su equipo pierde. Así es la exigencia del deporte. Claro que, en deportes, también hay clases. Los fanáticos del tenis tienen comportamientos diferentes de los fans del soccer, porque aquél es deporte de príncipes y, perdón, el fútbol tuvo sus orígenes en los llanos. Los aficionados al tenis también son contrarios, unos le van a Nadal y otros le van a Federer, pero ningún Nadalista ofende a un Federerista, porque, ya lo dije, el tenis es deporte de príncipes y los príncipes son, perdón, finos y educados.
Cuando, en los años setenta, iba a la cineteca a ver, por ejemplo, “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa, sabía que ahí había cinéfilos con gustos refinados, un poco como si fueran parte de la nobleza de la fanaticada. Me sentaba en una silla y me sentía bien, casi orgulloso, colocaba mis brazos sobre los brazos de la butaca y miraba hacia todos lados de la sala: había jóvenes que leían libros, o viejos que leían periódicos; si yo aguzaba el oído escuchaba los diálogos de universitarios que comentaban la más reciente conferencia de Oparín o la esperada novela de Carlos Fuentes. Todo era como un mar tranquilo que apenas ondeaba. Ahí no había gente aficionada a ver películas de La India María. Los aficionados a las películas de Mario Almada estaban en otras salas, en otras colonias. Me encantaba saberme integrante de esa comunidad exquisita: la de los cinéfilos que caían bajo el influjo del cine de arte del mundo, el cine inteligente. Nunca presencié una disputa entre los cinéfilos asistentes. Al término de la función veía que todos salían con rostros iluminados.
Entendí, entonces, que la sociedad podía, perfecta e idealmente, dividirse en compartimentos, como si fuera un mueble de una ferretería con muchas gavetas y en cada gaveta hubiera la selección de objetos sin mezclarse. En una gaveta sólo habría tornillos; en otra, tuercas; en una más, pijas; y así, sin posibilidad de confusión. Pero la realidad es absurda en inclemente y todo lo vuelve un revoltijo. En la calle o en las oficinas de trabajo (sobre todo en las oficinas gubernamentales) los clavos están mezclados con las rondanas y con los cautines y con las brocas y con las púas.
La cineteca era como un palacio donde los príncipes estaban reunidos con sus pares. Era una comunidad prodigiosa.
En las oficinas (si se toma como ejemplo el gusto cinematográfico) hay personas que disfrutan el cine de Fellini o de Woody Allen, pero hay personas que son fanáticas a ver películas con narco historias o pornográficas de sexo duro; de igual manera hay inocentes que son felices viendo las caricaturas de Pixar o los musicales de los años sesenta. ¿Cómo un admirador del cine de Orson Welles puede congeniar con un fanático del cine estilo “La risa en vacaciones”?
Es difícil imaginar a un melómano que le gusta la ópera, en un ambiente donde, todo el día, hay música de banda; es tarea ardua imaginar a un cinéfilo, acostumbrado al cine de arte, viendo, todo el día, películas donde actúe Ninel Conde. Sería casi casi como si un ángel fuera condenado a vivir en el infierno o un demonio condenado a estar en un monasterio. Y sin embargo, en la vida real es lo que sucede. Los selectos tienen que soportar la convivencia con los patanes y estos deben soportar a espíritus exquisitos. Y es horrible, porque los muy “machos” no soportan a los “delicados” y éstos padecen la presencia molestosa de aquéllos.
Tienen razón los que dicen que el infierno está en la tierra. Está en la mescolanza que se da en la convivencia forzosa de los espíritus refinados con los entes maliciosos y perversos.
Alguien podrá decir que esto es pensamiento clasista. Sí, hay clases. Hay gente que espera con ansia el advenimiento de la Muestra Internacional de Cine y gente que se muerde las uñas por la urgencia de asistir al estreno de la película más reciente de Eugenio Derbez. Los espíritus de ambas comunidades son irreconciliables.
¡Ah!, me gustaba saberme integrante de la comunidad de los cinéfilos que asistían a ver cine de arte. Me gustaba pensar que las revolturas sólo se daban cuando César le ponía frijol a los corn flakes con leche que desayunaba.
Sí, parece que los unos tienen que soportar a los otros. Parece que no es una bonita manera de vivir, pero así es la vida, así que debemos andar perdonándonos los otros a los unos.