domingo, 24 de mayo de 2015

LOS CHUCHOS DE LA CALLE




Mariana dijo que el perro estaba extraviado. Llamó a la Asociación Protectora de animales. Como su teléfono lo puso en altavoz escuché que un médico veterinario decía lamentarlo, pero “nosotros no levantamos perros de cartón”. Mariana, con disgusto, colgó el aparato. Se paró, fue a la ventana, vio la calle y, como si fuese un toro a punto de salir al ruedo, ¡bufó! Afuera llovía, el sonido de los cláxones era como un racimo de ladridos.
Mariana es una niña muy ecuánime. Sólo en dos ocasiones la he visto alterarse: una, hace como dos años, cuando un niño tomó a un gato por la cola y, como dicen en Comitán, lo “jondeó”; la otra, la tarde en que el veterinario dijo que no atendían a perros de cartón. Me vio y dijo que los de la Asociación tenían el cerebro untado con mantequilla y el culo (¡Dios mío!, mi Marianita no usa estas palabras), y el culo untado con mierda. Bueno, sólo dijo una certeza, pero sonó como si hubiese sembrado un árbol de alambre de púas en medio de un macollo de buganvilias en un jardín comiteco.
A Mariana le propuse que lo adoptáramos, pero luego ella me dijo que en su casa era imposible. Ya tienen tres gatos, dos perros, cuatro loros y dos tortugas. Le dije que en casa también tenemos varios animales: una perrita, un gato, dos tortuga y una cotorrita australiana, pero como Paty ama los animales no creía hubiese oposición de su parte. Mariana se iluminó como se ilumina la plaza en día de fiesta.
Fui a casa. Paty dijo que sí, que el perro estaba hermoso, que le gustaba el color de su piel y el contraste de sus orejas. Mariana, mientras tanto, había conseguido un diccionario y buscaba una palabra radiante para bautizar a la perrita (porque al final resultó que era hembra). ¿Cómo Mariana lo supo? Por el color de la mirada, dijo y sonrió.
La Pigosa, al principio, ladró y se hizo para atrás. Poco a poco salió debajo de la mesa del comedor, lugar donde se escondió y comenzó a oler a la perrita. Olisqueó las tres patas que apoya en el piso y se levantó en sus patitas traseras.
“¿Qué comen los perros de cartón?”, preguntó mi mamá, mientras le daba una migas a La Pigosa. “¿Cómo ven que se llame Rocallosa?”, preguntó Mariana, mientras dejaba el libro sobre uno de los brazos del sillón. “Sueños de papel”, dijo mi Paty. Sí, dijo Mariana, está bonito el nombres. “No, yo decía que los perritos de cartón comen sueños de papel”, dijo Paty, mientras iba a la cocina y traía un trapo para limpiar una vasija de metal que bien podía servir para la comida del nuevo integrante de la familia. “Sí”, dijo mi mamá, quien ya se había sentado en el sillón y sacaba un bollo de hilo para bordar. “Sí”, dijo Mariana. Todos estuvimos de acuerdo en que la perrita de cartón se llamara “Sueño”. “¿Pero qué comen?”, insistió mi mamá, abrió la despensa y sacó la bolsa de croquetas.
¿Qué comen los perros de cartón? ¿Qué comen aquéllos que tienen las orejas como si fuesen calcetines de dandy del siglo XIX?
Paty buscó la casa de madera (que había pertenecido a La Tasha) y la colocó en la pared de colindancia, en la cochera (Quique dice que no le gusta la palabra cochera, que debía escribir garaje). Mi Paty, con su mano derecha, descolgó algunas nubes que pasaban a esa hora y las puso sobre un plato. “Sueño” movió el rabito, sonrió, como si fuese un niño que recibe una paleta. Mariana, entonces, metió a “Sueño” a la casa y, de igual manera, sonrió. Ya no recordaba lo que el veterinario estúpido había dicho.
Los perros de cartón pueden llamarse sueños y alimentarse de nubes. Además, tienen la ventaja de que no necesitan árboles para orinar ni salir a la calle para cagar.
Desde ayer, en la casa tenemos a Sueño en casa y estamos contentos. Paty decidió que no durmiera en el patio. Todas las noches, antes de acostarse, va al patio, lo saca de la casa de madera y lo lleva hasta la orilla de su cama. Mariana está feliz. Yo también sonrió. Mi Paty tiene un sueño al lado de su cama. Que Dios siempre le prodigue nubes limpias para que alimente a “Sueño”.

sábado, 23 de mayo de 2015

CARTA A MARIANA, PORQUE A VECES HAY PARQUES




Querida Mariana: a veces me topo con Marirrós y platico con ella (bueno, ella platica conmigo). Nos topeteamos en espacios públicos. A mí me gustan los parques. Los parques están llenos de luz. La luz me encanta. La oscuridad me apabulla, me da temor. Me gustan los seres que están como llenos de luz. Me gusta platicar con Marirrós.
Jorge Antonio me invitó a desayunar con él. Jorge Antonio maneja códigos de adulto. Por lo regular, los grandes se reúnen en restaurantes, hacen negocios en bares y, por las noches, acuden a lugares donde bailan con muchachas bonitas, en medio de la penumbra. A mí no me gustan los lugares cerrados. A Javier le gusta ir a “La casa rosada”. Toma una cerveza con gusto. Le agrada la botana: la lengua baldada, el caldo de mollejas y el chile al pastor. Javier tiene razón: estos guisos son exquisitos, como si la pimienta y el clavo fuesen granitos de luz. Pero, el local (perdón) es claustrofóbico. Cuando voy a ese restaurante siento una opresión. No puedo evitar imaginar una escena cinematográfica donde las paredes avanzan contra mí, llega el instante en que siento que las paredes me oprimirán y me dejarán como carro apachurrado con esas máquinas que tienen dientes de hierro.
Me gustan los parques porque siempre están a cielo abierto, donde los pájaros vuelan con total libertad y se paran donde se les antoja. Sólo un espacio cerrado tolero y no solo tolero sino lo busco: una sala cinematográfica. A pesar del aparente encierro, la sala logra el privilegio de abrir una ventana en la pared de enfrente. En cuanto la función comienza, la sala se convierte en un gran espacio público donde, a semejanza del pájaro, vuelo, ¡vuelo!
Marirrós y yo fuimos compañeros en la preparatoria. Los corredores de lo que hoy es la Casa de la Cultura fueron nuestros senderos. Como venados sosegados los recorríamos todas las mañanas. En ese tiempo, Marirrós y yo no platicábamos. Platicamos ya en la Ciudad de México, cuando estudiábamos allá en la Universidad Nacional Autónoma de México. A veces, ella y yo nos topeteábamos en la entrada de la Biblioteca Central (¡ah, prodigioso edificio, lleno de ventanales que permitían el paso de la luz alegre y desenfada del cielo mexicano!). Ahora (es mi privilegio y el privilegio de Comitán), Marirrós vive en esta ciudad y nos topeteamos a menudo y platicamos. Ella y yo no somos uña y carne, por lo tanto no nos vemos en su casa o en la mía. No. Tampoco “quedamos en vernos” ni nos citamos en un restaurante para desayunar, tal como es la costumbre de Jorge Antonio. ¡No! Marirrós y yo nos topeteamos en cualquier banqueta o en el parque central y platicamos cinco o diez minutos. ¡Es suficiente! Lo sabemos. Como ella es un ser de luz, siempre que nos despedimos quedo con la misma sensación que tiene la nave central de un templo después que la luz pasa por los vitrales emplomados.
El principal problema del acto educativo es que se realiza en espacios cerrados. Al inicio de la humanidad, la educación fue a cielo abierto. Era más vivencial, más llena de nubes y de aire. En la universidad que laboro hay un bosque, pequeño, lleno de sombras, de luces y de aire más o menos limpio. A veces, algún grupo sale del aula y se tira debajo de los árboles y ahí tiene la clase. Ese acto es un acto sublime, revive el acto que realizaron los pintores impresionistas, que mandaron a la fregada los encierros del atelier y salieron a captar la luz, impresionados con el cambio instantáneo. Me gustan los espacios abiertos, la calle, el parque, la banqueta, porque ahí la luz no es una piedra, como si lo es en los espacios cerrados, donde la sombra coquetea de manera descarada.
Me gustan los parques, en la misma medida que me gustan las salas de cine. El cine posee el prodigio divino de ¡hacer la luz! donde solo sombras.
Me gustan los parques porque ahí la luz se matiza con las sombras, porque ahí caminan las muchachas bonitas de pechos lindos. Sería imposible estar en un lugar donde el sol funde todo. Es preciso el contorno de la sombra para delinear la forma. Me gustan los parques porque me gusta observar el grado de vida que ahí se concentra. Maimónides, que le dicen así no porque tenga semejanza con el filósofo del siglo sepa qué, sino porque es medio maimón, dice que le gustan los lugares públicos porque ahí todo es de todos (claro, ya adivinaste, Maimónides es grafitero). Maimón tiene razón: el espacio público, por definición, es de todos, pero, por lo mismo, exige un respeto común. Si en el parque hay una planta dicha planta exige el cuidado de todos. Nadie tiene el derecho de quitarle pétalos para hacer el experimento cursi de “me quiere, no me quiere…”; nadie tiene el derecho de llevársela a su casa o de orinarla. Al contrario, la comunidad debe abonarla, regarla y mimarla, porque es de todos. Esto es el derecho al bien común. Cuando el espacio público se lleva a un nivel macro entendemos que Comitán es nuestro espacio común, el espacio que debemos cuidar, porque es nuestra casa.
Sólo el cine logra el prodigio de abrir ventanas en un espacio cerrado. Me encanta el instante en que, en medio de la oscuridad, el proyector abre una puerta llena de luz y de claridad. En esa ventana suceden mil actos milagrosos, uno de éstos es la posibilidad de soñar con los ojos abiertos. ¿Quién inventó el cine? Por ahí, en libros, están los nombres de quienes lograron esta quimera. Ojalá que Dios haya pavimentado sus caminos infinitos. Estos hombres lograron uno de los mayores milagros: hacer luz ¡con la luz!, que es como decir bordar hilos de luz con hilos de sol.
A mí no me gustan los juegos de adultos, donde los hombres y mujeres se reúnen en salones, en cafeterías, en bares. No, ya pasé esa etapa. Ya fui adulto alguna vez, hace muchos años. Ahora he vuelto a ser niño y lo disfruto. Por eso disfruto enormidades cuando voy al parque, cuando voy a las ferias (no esas donde todo mundo toma trago, sino aquéllas en donde la rueda de la fortuna sigue siendo la invitación eterna para alcanzar una nube que es como un algodón de París). Me gustan los juegos que se juegan a la luz del día, como esos en donde los niños se trepan a columpios o juegan canicas o a la comidita. Claro, mi niña bonita, vos lo sabés, también me gusta jugar a las escondidas. Esto pareciera contradecirme, porque las escondidas no me gusta jugarlas en el patio luminoso, sino en espacio en penumbra. Pero no es contradictorio, no lo es, porque el juego de las escondidas genera luz. He visto cómo cuando un niño bonito encuentra a la niña debajo de la cama o adentro del ropero algo como una hendija divina se abre y genera luz, mucha luz, una luz que no molesta el ojo, una luz que no hiere por su brillo. Esa luz es una luz tenue, sensual, casi divina.
Me gusta ir al cine. Acudo a las salas desde los cuatro o cinco años; desde que mis papás me llevaban cargado al Cine Comitán. Amaba ese momento en que mi mamá me cargaba en su regazo y mi papá le quitaba el papel estraza a la torta comprada en la Lonchería Yuly y miraba el cine y le daba una mordida a la torta de pierna. Mientras yo comía, no despegaba la mirada de esa pantalla prodigiosa donde Tarzán (en glorioso blanco y negro) pasaba de una liana a otra y luchaba contra un enorme león africano. Ah, recuerdo, como si ahora mismo lo estuviera viendo, esas enormes cataratas de agua que se descolgaban con la misma facilidad con que Chita se descolgaba de lo alto de los árboles enormísimos; recuerdo el estruendo del agua que caía a borbotones sobre un acantilado de cientos de metros y luego, kilómetros más abajo lograba una placidez donde los cocodrilos dormitaban a la orilla de ese río tan ancho como el Río Grijalva. Mientras yo disfrutaba los brazos de mi mamá, sentada en una butaca de un cine en Comitán, también disfrutaba los increíbles paisajes de un país tan lejano que costaba trabajo pensar que estaba en otro continente.
Tolero muy pocos espacios cerrados: el ropero donde te escondés cuando jugamos escondidas, mi cuarto a medianoche cuando es mi espacio para meditar, la sala cinematográfica a la hora que el Dios del cine dice “Hágase la luz” (puede ser Woody Allen o Fellini o Kubrick o Kieslowsky o Kurosawa). La mente es otro espacio cerrado que genera luz, mucha luz, tal vez el espacio que más luz genera en el universo.

Posdata: me gustan los parques. Me gusta platicar con Marirrós. Me gusta ir al parque central de Comitán y ver las esculturas de Luis Aguilar y las placas de los árbolibros y los niños y niñas que ahí juegan; me gusta sentarme en una banca (nuestra banca, mi niña) y mirar a las muchachas bonitas que caminan como si todo fuera una cinta de luz. Marirrós es como un ave que vuela libre en los cielos de nuestros parques. Su plática está llena de aire. Me gusta platicar con ella.

miércoles, 20 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN ATRIO




El atrio del templo de Santo Domingo es atípico, es mero comiteco, pues. En los años setentas se derruyó una manzana para ampliar el parque y se pudiera observar la magnificencia de la fachada del templo. Pero una avenida donde circulan autos se interpone entre el templo y el parque. Lo ideal hubiese sido que tal avenida fuese un andador para que la gente, como si fuese agua limpia, fluyera de manera natural del interior del templo al “interior” del parque y viceversa. No es así. El atrio del templo de Santo Domingo parece un brazo del bulevar donde a cada rato circulan camiones viejos que vomitan humo enrarecido.
Este espacio ha visto pasar los mejores tiempos de Comitán. Cuando los cines Comitán y Montebello existían aún, un hombre repartía los programas de la función dominical; asimismo, cuando es el festejo del santo, la marimba se coloca al lado de esa placa de cobre que acá se observa y que consigna los nombres de los primeros dominicos evangelizadores.
En esta fotografía vemos un canasto con bolsas transparentes. ¿Qué hay en esas bolsas? Panes, panes similares a esos que en Comitán se llaman “costras” y que son muy ricos, porque son delgados, tan delgados que muchas costras se quiebran a la hora que la mano inexperta, ayudada con una pinza, las toma del estante de la panadería.
Los comitecos (todos) identifican a Sarita, una mujer que, pareciera, no tiene más oficio que visitar templos. No hay día de Dios que deje de ir al templo de San José, que es el templo de su barrio, pues su casa está a media cuadra. Pero igual, como acá se ve, acude a Santo Domingo, a San Sebastián o a San Caralampio. Si tiene oportunidad de rezar un rosario en voz alta ¡lo hace! Los fieles, entonces, deben ofrecer el sacrificio a Dios, porque ella reza sin descanso, durante minutos y minutos y minutos que forman horas y horas.
¿Por qué este canasto aparece en la foto? Tal vez un vendedor, igual que el empleado de los cines, pensó que es el punto más estratégico. Los domingos, a la salida de misa, la gente aprovecha para repartir su mensaje, así sea invitación para una obra de teatro que para una campaña de labio leporino. El limosnero se pone a mitad de la puerta, extiende sus brazos, con las palmas hacia arriba y pide: “Una limosnita, por el amor de Dios; una limosnita, por el amor de Dios”. Los fieles están casi casi purificados, por lo que no tienen empacho en sacar alguna moneda y dejarla en manos del limosnero (que cuenta la leyenda ¡es riquísimo!, y da dinero al premio). Directivos de universidades particulares mandan a sus empleados a entregar volantes con información de las carreras profesionales que ofrecen: “Estudia tu maestría en un año”. Mi prima Roselia cuenta que hace tiempo había un limosnero, ciego, que, en lugar de tener las palmas abiertas, las ponía en posición de tacteo. Pedía: “Una limosnita, por el amor de Dios”, pero tacteaba los pechos de las muchachas bonitas que salían de misa. La leyenda cuenta que no era ciego, que se hacía, que miraba a la más tetoncita y sobre ella se abalanzaba.
Como en la Viña del Señor, en este atrio ha habido de todo. Doña Eugenia cuenta que una madrugada los primeros fieles hallaron a la señora que cuidaba el templo envuelta en su propio vestido. Un grupo de bolos la rodeó a la hora que ella metía la llave en la puerta para abrir. “¡Eh, eh, eh, eh!”, gritaron a su derredor, en corralito. Uno de los malvados le subió el vestido hasta cubrir su cabeza y, como si fuese tamal de bola, la amarraron de la parte superior. Cuando los fieles llegaron para misa primera la encontraron amarrada, pidiendo permiso y mentando madres a los jóvenes bolencones que le hicieron la travesura. Ya la leyenda agrega que su fondo estaba todo lleno de hoyos y que eso fue lo que más vergüenza le dio.
De todo ha habido en este atrio. Ahora, los sacerdotes han colocado una bocina que da al exterior. Mi tío Armando ya no entra al templo, se sienta en la fuente y desde ahí “escucha” su misa. Dice que eso le permite cumplir con su religión y, además, le permite alegrar su ojito con la presencia de las muchachas bonitas que caminan despreocupadas por el parque. Me da risa cuando oye que el padre ordena que todos se den la mano en señal de paz. El tío da un brinco de la fuente al piso y a la primera muchacha que encuentra le extiende la mano y dice: “La paz sea contigo”. Algunas veces lo ignoran, otras veces las aludidas lo toman con simpatía y le dan la mano y ríen, tolerantes.

domingo, 17 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UNA PLANTA




Germán Dehesa, famoso periodista, montó un teatro-bar que llamó Planta de Luz. Cada una de estas palabras son luminosas por sí mismas; aliadas abren más ventanas. Una planta de luz genera energía. ¿Hay acaso algo más prodigioso?
La otra mañana escribía parte de la novela breve que ahora acometo. Escribía entusiasmado en el teclado de la computadora; al lado de la pata de la mesa la Pigosa me acompañaba. Era el quince de mayo (Día del Maestro). Sin aviso, la perrita comenzó a ladrar y fue a rasguñar la puerta. Sé que es aviso de que alguien toca. Bajé el volumen a la computadora (escuchaba música de las películas de Woody Allen). Sí, alguien tocaba la puerta. Vi el reloj, eran las siete con veinte, de la mañana. ¿Quién podía ser?
Germán ya murió. Era un escritor inteligente y mordaz. Siempre escribía con humor. Los escritores inteligentes son como plantas de luz: generan energía. Una energía que mueve el mundo.
Abrí la puerta y salí a la cochera. “¿Quién?”, pregunté a la usanza comiteca. Una voz femenina me dijo que abriera, que me llevaba un regalo. ¿Un regalo? Bueno, como era Día del Maestro, todo era posible. Vi por el ventanillo y miré que era una de mis vecinas. Abrí de inmediato. En la banqueta estaba la maceta de barro y la planta. Mi vecina me dijo el nombre de la planta y miré sus florecitas.
¿Por qué Germán bautizó como planta de luz su teatro? Tal vez porque el arte abre una hendija en la cara del ignorante. Cuando un niño escucha un cuento, cuando acude a una sala de museo o escucha el sonido de un violoncelo algo como un hilo de luz asoma.
Cuando mi vecina me vio con cara de vaso sin agua me explicó. Mi cara entonces recibió un rayo de luz que ayudó a despejar la sombra.
Mi vecina, hace ya casi un año, sembró unas plantas en su banqueta. Ahora, me explicó, tiene la pretensión de que los vecinos sembremos plantas en toda la calle. Como sabe que los vecinos no tenemos la misma energía que ella, se dio a la tarea de regalar las macetas y las plantitas. No me lo dijo, pero es un poco como si me hubiera dicho que lo único que debo hacer es ponerle tierra a la maceta, sembrar la planta y regarla y cuidarla.
¿Qué logró Germán Dehesa con sus escritos y con su planta de luz? Sin duda contribuyó a hacer más afectuoso este mundo. Cuando alguien escribe con humor y con inteligencia, el mundo cambia su rostro permanente de miseria y de abandono.
Tal vez lo que mi vecina pretende es lo mismo. La maceta que me obsequió es como el contenedor de la vida; la planta que me obsequió es como una planta de luz, como una planta de aire, como una planta de energía. Una energía que hará más afectuosa nuestra calle. Cuando agradecí el obsequio (así es mi de por sí) no oculté cierto pesimismo. No faltará el que pase a orinar la planta, no faltará el que dañe la maceta. Este mundo está plagado de cucarachas. Se sabe que las cucarachas viven felices en la podredumbre y en la fetidez de las alcantarillas.
¿Y ahora? Me siento comprometido. Veré que un albañil, ahogue a la mitad la maceta en la banqueta (para que no se la roben), le pediré a mi mamá que consiga tierra negra con un poco de abono y que siembre esa planta bonita que tiene flores blancas, tan pequeñas como ilusiones, como botones de esperanza.
Nuestra calle se verá más iluminada, más afectuosa. Sí, imagino lo que mi vecina quiere crear: ¡un mundo más cordial desde una pequeña parcela del universo! Ella comulga con aquella sentencia que dicta hacer lo que se pueda hacer desde el breve espacio que nos toca habitar.
Cuando mi vecina se despidió y metí la maceta a la cochera pensé en el acto prodigioso y mínimo que me había ocurrido. A las siete con veinte de la mañana, alguien había pensado en mí y pensado en nuestra calle; alguien, desde muy temprano, había pensado en Comitán y, por ende, en el mundo. Así que yo pensé en ella, mi vecina que, generosa, piensa en los demás, porque, tal vez, ella es como una planta de luz que genera energía.
Hay muchos (pero pocos) seres así en el mundo. Gracias a ellos, el mundo, a veces, pierde su cara de albañal.

sábado, 16 de mayo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA UN CUENTO DE HACE TIEMPO




Querida Mariana: la escritora Lupita Olalde dijo el otro día, en Comitán, que no recomienda regresar a los lugares de infancia. Y contó una anécdota de su esposo. Éste anhelaba volver a su pueblo natal (después de muchos años de no hacerlo), recordaba la belleza del río donde se bañaba y los escalones magnificentes del templo. Cuando llegaron al pueblo, Lupita le preguntó: “¿Y el gran río?”, el río era apenas un hilo de agua y los escalones, que de niño los veía como si fuesen la entrada al Templo de Salomón, sólo fueron unos simples escalones sucios y resbalosos. Lo que fue su casa estaba convertida en un mercado. El esposo de Lupita fue mencionando: “Acá estaba mi cuarto” (ahora es una carnicería, donde están expuestos, para su venta, hígados, cuetes, bistecs y cáscaras de chicharrón); “acá estaba la sala” (ahora ahí están los sanitarios, con un torniquete oxidado para controlar la entrada y salida de quienes ya van con las ganas a mitad del pantalón). Lo que fue su casa (la imagino con un patio lleno de luz, de pájaros y de flores), ahora es un lugar lleno de aromas de incienso y de hedores de pescado ya echado a perder.
En nuestra mente llevamos grabados lugares míticos. Los lugares de nuestra infancia están llenos de hilos de luz. Quique, al igual que el esposo de Lupita Olalde, está acostumbrado a decir: “Acá estaba mi cuarto”. Se para al lado de la fuente del parque central de Comitán y señala el graderío que lleva a la parte superior. La casa de Quique estuvo en la manzana que derruyeron y que sirvió para hacer la ampliación del parque. Porque, querida niña mía, hubo un tiempo en que, igual que en el cuento, una bruja ofreció una manzana a esta ciudad. Era una manzana dulce, suave, armoniosa. Era tan suculenta a la vista que, Comitán, la tomó sin pensar en las posibles consecuencias. La ciudad mordió la manzana y se sumió en un manso sueño. Dormir es la placidez total. El durmiente o la durmiente no tienen más misión que caminar por entre nubes. ¿Qué es lo difícil del sueño? ¡El despertar! Es muy difícil darse cuenta que todo fue una pausa; es brutal abrir los ojos y descubrir que la podredumbre sigue ahí, en el camino que camina el corazón. Una tarde, Quique descubrió, con azoro, que su manzana ya no estaba, que su casa había desaparecido ¡para siempre! Se refregó los ojos y trató de imaginar que todo era como un espejismo. Pero ¡no! Todo era cierto. Su casa, igual que el pueblo de La Concordia, había sido arrasada por el agua del tsunami más cruel: el del sueño de otro hombre.
Sí, es cierto, la manzana, que los comitecos llamamos de la discordia, ya, para el tiempo del derrumbe, era una manzana podrida. El gobernador de ese tiempo consideró (al estilo del Padre Carlos) que era necesario quitarla del frutero a fin de que no echara a perder a las demás. Muchos rezamos: “¡Señor, por qué nos has abandonado!”. La mitad de la población aplaudió la decisión del gobernador, dijo que ese amontonamiento de casas había crecido de manera caótica y daba una mala imagen al centro de Comitán, ¿qué iban a decir los turistas -pocos en ese tiempo- que llegaban acá? ¿Qué imagen íbamos a dar? ¡Comitán no era un mercado!, adujeron. ¿Pero qué dijo la otra mitad, la mitad que reconocía ese espacio como un espacio entrañable? Para muchos (Quique incluido) esa manzana era una manzana definitoria en su crecimiento, era como la abuela que, con olores a orines y con una dentadura ya escasa, siempre los recibía en el patio de la casa, en el corazón de la casa. Ahí estaban lugares míticos, lugares que hicieron marcas en el espíritu de los niños, adolescentes y viejos de aquellos años. Ahí, los niños llegaban a comprar las revistas de monitos en La Proveedora Cultural, llegaban a echar volados para intercambiar las figuritas con que llenaban los álbumes; ahí las parejas de novios (ellos con pantalones acampanados, camisas floreadas y cabelleras de Tarzán; ellas con minifaldas y cinturones dorados) tomaban un refresco en el Café “La pantera rosa”, que sacaba las mesas y sillas a mitad de la calle, porque su corazón (antes de que a Jesús Pedrero se le ocurriera organizar El peatonarte) les decía que Comitán era una ciudad para caminarla, para disfrutarla. En esa manzana, los viejos con sombrero y bastón entraban a la cantina “La marina” (propiedad del mítico Tío Tavo) a tomarse una cerveza o, los más osados, una macharnuda. Ahí, en la manzana de la discordia estaba el consultorio del doctor Gordillo, las telas de las Ancheyta, los trajes de Novedades Cecilia, los discos y bicicletas de “La casa del ciclista”, los pulsos de oro de la joyería Escobar, los estambres que vendía mi mamá, los billares del Nevelandia, los embrujos de “El rincón brujo”, las salas de la Casa Tovar y ¡la casa de Quique!
Una tarde cientos de albañiles llegaron, amarraron cuerdas a las paredes de las fachadas y, como si fuesen esclavos en el antiguo Egipto, con las cuerdas al hombro y en fila india, hicieron fuerza, una, dos, tres, gritaron y avanzaron en dirección contraria hasta hacer que las paredes cayeran de manera estrepitosa, con el mismo estrépito con que cayeron nuestros sueños. El despertar fue un despertar lleno de polvo, lleno de un aire enrarecido, como si un terremoto hubiese acabado con el corazón de Comitán, como si un clavo gigante hubiese hecho una grieta para siempre.
Ahora, dice la mitad que aplaudió la decisión del gobernador, tenemos un parque más grande que permite ver la fachada del templo y la fachada de la casa de la cultura (que, ya muy bien lo dijo Gladys Bonifaz, está bañada en piedra). ¿Y la otra mitad qué dice? Nada dice. Aún sigue enmudecida, aún sigue con las telarañas en los ojos, aún continúa pidiendo a Dios que todo sea un sueño, un mal sueño, una pesadilla. Los otros, los que ahí sembraron su infancia, los que sabían que esa manzana era intocada porque Dios había dicho que podían tocar de todos los frutos menos los del árbol del conocimiento del bien y del mal, callaron para siempre, como si fuesen cenzontles convertidos en simples zanates. El gobernador de ese tiempo había decidido ofrecer la manzana, la misma que le fue ofrecida a la Bella Durmiente.
Hoy, los comitecos gozan de un parque más amplio, más para enredarse en el chal del viento. Hasta fuente tenemos, una fuente (ahora un poco carcomida), que es como el lugar de cita favorito: “Nos vemos en la fuente”, dicen los muchachos a sus muchachas y los vemos reunirse ahí, platicar y pepenar los gajos del atardecer. Sólo como un mero ejercicio mental te pregunto: “¿Qué dirías si una tarde de éstas ya no encontraras tu fuente?”. Sí, estoy seguro que sería impactante. Cada vez que se modifica un espacio público algo le quitan al corazón de quien vivió ese espacio. Mi mamá recuerda con gran cariño y emoción el parque de Huixtla, el parque que caminó en su niñez. Me dice que muchos árboles tenían formas de animales, los jardineros de ese tiempo habían hecho prodigios con sus tijeras y todo era como un bosque encantado. Mi mamá, con sus primas y primos, corrían por los pasillos e imaginaban que eran héroes y heroínas, con espadas por lo alto, que tenían como misión acabar con esos animales gigantes, míticos. A veces cierra los ojos, yo dejo que camine los caminos de su infancia. Cuando los abre se pregunta: “¿Cómo será ahora el parque?”. Nada digo. ¿Qué puedo decir? A ella, también, el tsunami de los setenta, le arrebató su tienda donde vendía estambres. Nunca lo ha dicho, pero bien podía decir, al estilo de Quique, “Acá estuvo mi tienda”.
El derrumbe de la manzana de la discordia provocó la diáspora civil más impresionante de Comitán. Como si un falso Moisés les hubiese prometido una mejor tierra, los vecinos de la manzana reunieron sus cosas y caminaron por el desierto. Carretas llenas de libros, de joyas de oro, de discos, de bicicletas, de estantes viejos, de camas (la cama de Quique), de platos, de trajes, de vestidos, de tornos de dentista, de botellas de licor y de mil chunches más, se desplazaron por las calles de Comitán. Cada negocio, cada casa, debió buscar otro espacio. Como arrieras, las personas de esa maravillosa vecindad, buscaron otros huecos, otros nidos. Se esparcieron, como granos de arroz y quedaron desintegrados. ¿Oís el término? Lo que había sido la comunidad indisoluble de una manzana, de la noche a la tarde, quedó reducida a gránulos repartidos por toda la ciudad. ¿Adónde fue la Proveedora Cultural? Ya no recuerdo, porque los niños ya no volvieron a ir a comprar figuritas. Todo se perdió. Es como si ahora la fuente la trasladaran a mitad del Polideportivo. ¿Qué pareja se citaría ahí? ¡Ninguna! Bueno, tal vez sí, tal vez una pareja calenturienta para aprovechar la lejanía y la soledad.

Posdata: ¿Es bueno regresar al lugar de la infancia? ¿Qué piensa Quique cuando está al lado de la fuente y escucha el rumor lejano de las sonrisas infantiles mezclado con el estrépito de la caída de su casa? ¿Qué piensa un hombre que vivió el horror de la guerra y mira que su casa es un montón de ladrillos empolvados?

domingo, 10 de mayo de 2015

DÍA DE LA MADRE


(Textillo dedicado a las dos pichitas más importantes de mi vida.)

Rosy, mi sobrina de siete años, le dio un ramo de doce rosas a su mamá. En cuanto mi prima Elena tuvo el ramo en su regazo, Rosy se paró de puntillas y, con el dedo pulgar y el índice, le quitó una de las rosas. “¿Me la regalas?”. La abuela Elvira dijo que el que da y quita con el diablo se desquita, pero mi prima no hizo mayor caso y le dijo que sí, por supuesto que sí, hijita. El tío Joaquín preguntó a quién entregaría esa rosa y Rosy dijo que a la abuela. Fue hasta el sillón donde estaba sentada la abuela Elvira, tomando un vaso de limonada, la abrazó, le dio la rosa y dijo: “Por ser mamá de mi mamá”. Todos los que estábamos en la sala aplaudimos y sonreímos. Rosy fue saltando hacia donde estaba mi prima, volvió a hacer lo mismo y preguntó: “¿Puedo tomar otra?”. El tío Joaquín, tosió, fue hasta el balcón y miró la calle. Todos vimos que hacía esfuerzos por no soltar la carcajada. “Sí, hijita, las que quieras”, dijo Elena y le entregó una rosa más. Rosy salió de la sala, se fue brincando, cantando una canción de Maroon 5: “Sugar, yes please”. Mi prima tomó un florero de la mesa de centro, sacó las flores secas que ahí estaban, pidió un poco de agua fresca y colocó las diez rosas restantes. Rosy regresó: “Sugar, yes please”, brincoteando, como pajarito bañándose en arena del camino. “¡Ya!”, dijo. Todos deseábamos preguntar. Mi prima se acercó y preguntó a quién le había entregado la flor: “A Tina, va a ser mamá”. Todos nos quedamos viendo. ¿Tina? Pero si Tina, la sirvienta, tiene apenas catorce años. “No, no puede ser”, dijo la abuela Elvira, pero Elena dijo que sí, que era cierto, Tina tiene tres meses de embarazo. “Pero, ¿cómo?, ¿quién?”, preguntó la abuela. El tío Joaquín tosió, tosió varias veces, en movimiento automático corrió la cortina. “¿Por qué cierras las cortinas?”, preguntó la abuela. El tío salió de la sala. Oímos cómo seguía tosiendo, mucho, ya en el patio. Todos nos quedamos viendo. Rosy regresó la armonía, preguntó: “¿Puedo tomar otras, mami?”. “Sí, hijita, claro, todas son tuyas”. Rosy volvió a brincotear, feliz: “Todo lo tuyo es mío, ¿verdad, mamita?”. “Claro, hijita”. Elena se sentó al lado de su mamá, la abrazó, ambas sonrieron. La abuela, en voz baja, insistió: “¿Es cierto lo de Tina?”. Mi prima asintió, le acarició las manos y le dijo que no se preocupara, ya Dios se encargaría de todo. Rosy tomó el haz de rosas, dijo que estaban mojadas, seco los tallos con un trapo y, como lo había estado haciendo toda la mañana, salió brincoteando. Oímos que abría la puerta de calle. La abuela le dijo a Elena que fuera a ver: “Ahora, ya no es como antes”, dijo y apuró a que fuera a ver a la niña. Yo caminé hasta el balcón, corrí las ventanas y desde ahí vi que mi sobrina detenía a doña Rosa, la vecina, que regresaba del súper, cargando dos bolsas llenas de jitomates, cebollas, cebollines, plátanos y una papaya roja. Doña Rosa dejó las bolsas sobre la banqueta y besó a mi sobrina. Luego le tocó a la mujer que, en la esquina, tenía puesto el anafre para asar los elotes. La mujer, con un soplador, echaba aire a las brasas para que sus cachetes se llenaran de achiote ardiente. Se sorprendió cuando la niña le extendió una rosa. No lo escuché, pero vi que mi sobrina abrió los labios y dijo: “Para usted, por ser día de la madre”. La mujer, dejó el soplador sobre la banqueta, al lado del costal lleno de elotes tiernos, y recibió la flor. No lo escuché, pero vi que abrió sus labios y dijo: “Gracias, niña, nunca alguien…”. Ya para esa hora, mi prima había tomado de la mano a su hijita y, juntas, brincoteaban sobre la banqueta y buscaban más mujeres para ofrecerles una rosa por el Día de la Madre. No lo escuché, pero vi cómo abrían sus bocas y, al dar pequeños saltitos, cantaban la de Maroon 5: “Sugar, yes, please”. Abandoné el balcón. Fui hasta la mesa de centro donde habían quedado las flores secas que antes estaban en el florero. Dudé. ¿Las volvía a colocar o las llevaba al basurero? Supe que mi sobrina es una niña sabia. Si las rosas hubieran quedado en el florero, mañana lunes ya estarían comenzando a marchitarse. En cambio, habían echado renuevos en las manos de Tina (que en noviembre tendrá su pichita, porque será niña), en las manos de doña Rosa, en el corazón viejo de la abuela y en los patios de las demás mujeres. La flor que no se siembra en el corazón se marchita en el agua de un florero. Los corazones deben brincotear siempre como gotas de lluvia sobre el patio y cantar una de Natalia Lafourcade o una de Maroon 5: “Sugar, yes, please…”

sábado, 9 de mayo de 2015

REGRESO AL RATO



¿Qué sucede con los que no están en casa? ¿Qué pasa con quienes están lejos, muy lejos de casa? Pienso en esas palomas que extraviaron el vuelo de su cielo. En esos hombres que, como Nacho Loco, van de un pueblo a otro sin reconocer el aroma de su querencia.
Rodolfo tenía la costumbre de decir “Qué lejos están de casa” cuando veía en Comitán un auto con placas de Baja California Norte o de Chihuahua.
Pienso en los choferes de tráileres que viajan por las noches, llevando mercancía de Veracruz al Distrito Federal. ¡Están lejos de casa! Mientras ellos trabajan, sus hijos se reúnen en la mesa, cenan y terminan de hacer la tarea que deberán entregar al otro día en la escuela. Me pregunto: ¿qué sentido tiene una vida así? Aunque sea una ausencia temporal, de dos o tres días, quienes están lejos de casa no cumplen con su destino de vida.
A veces no solo es una ausencia física, a veces es una ausencia dentro de la presencia. El tío Eugenio, quien ya está a punto de cumplir los noventa, es como un bulto en casa. Una tarde comenzó a perder la memoria. Rosario bromeó: “Ay, a mi abuelito ya le dio el alemán”. Y el alemán, como un buldócer, avanzó tronchando todos los recuerdos hasta dejar su mente como un territorio desguarnecido. Ahora, los de casa lo ignoran. Sólo a la hora de las comidas es que riegan su planta. De ahí en fuera, el tío está “lejos de casa”. ¿En dónde anda? ¿Quién puede decirlo?
A veces, a las cuatro de la madrugada, a la hora que escribo, oigo el ruido de los camiones que frenan con motor al bajar por el bulevar. ¿Quién sabe desde dónde vienen? ¿Quién sabe hacia dónde van? La única certeza es que están lejos de casa. A las diez de la noche hicieron una pausa, se estacionaron en el terreno descampado junto al restaurante con amplios ventanales y luces de neón, que atiende las veinticuatro horas. Ese restaurante está abierto todo el tiempo, todos los días del año, porque sabe que debe atender a decenas de automovilistas, pasajeros y choferes que están lejos de casa.
A veces pienso en quienes están lejos de casa y algo como una niebla pasa por mi corazón. No sé. Pienso en que los traileros, por ejemplo, van pepenando globos llenos de Alzheimer en cada kilómetro recorrido. Van olvidando lo que dejaron. Así sucede con los marineros. Mi abuela Esperanza repetía lo que muchos dicen: “Los marineros tienen un amor en cada puerto”. Ahora entiendo por qué es así: los marineros olvidan lo que dejan en casa. Es tan larga la ausencia que, de pronto, se reconocen en otros espejos.
¿Qué sucede con los que no están en casa? Sí sabemos qué pasa con los que se quedan. Extrañan mucho las ausencias. Cuando alguien de casa muere todos los que quedan ven la silla donde acostumbraba sentarse el difunto y sienten un ahogo como si el humo de un fogón interrumpiera el simple acto de respirar. Duelen las ausencias, duelen como si fuesen hoyos negros chupando toda la luz al derredor.
A veces, cuando voy a casa de tío Eugenio, lo veo como si fuese un barco en altamar. Su mirada está perdida en busca de un horizonte al que ya nunca llegará. ¿Qué piensa? Un amigo médico quiso explicarme el otro día el proceso de degradación de esa enfermedad. Nada entendí. No quise entender. Sé que quienes tienen Alzheimer son como esas palomas que extraviaron su vuelo, esas palomas a las que (como cuenta del Paso, en su novela “Palinuro de México”) les extirparon el cerebro y siguen volando eternamente y mueren de agotamiento. Así veo al tío, es un pajarito que aletea y aletea quién sabe por qué cielos, quién sabe para qué.
Igual que el tío, algo similar, en menor cantidad, sucede en las mentes y corazones de quienes están lejos de casa.
Por eso, yo procuro no viajar, no ir al Oxxo a comprar un refresco, no salir a la esquina a botar la basura. Me gusta estar en mi casa. Me da tanto miedo extraviarme y terminar como Nacho Loco yendo de un pueblo a otro sin reconocer mi horizonte. Me da tanto miedo el olvido, el olvido de los objetos que en casa me dan identidad y me recuerdan que soy de ese espacio.

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO CONTAMOS LO QUE A VECES NO CONTAMOS




Querida Mariana: un saludo frecuente en Comitán es “¿Qué contás?”. Esto nos viene de herencia. Desde los tiempos en que los abuelos se sentaban a la sombra de un árbol y contaban historias. La respuesta invariable es: “Nada. Lo que vos contés”. Nunca falta el mamila que, ante la pregunta ¿qué contás?, responde: “Uno, dos, tres…”
Los historiados dicen que contar fue uno de los primeros actos culturales que el hombre realizó. En cuanto adquirió la capacidad de habla ¡el hombre contó! Desde entonces, millones de historias se han contado.
Ahora releo “Palinuro de México”, una novela de Fernando del Paso. Entre otros senderos, este libro cuenta la historia de Palinuro y Estefanía. El pasado abril, Fernando del Paso cumplió ochenta años de vida. Todo México celebra el cumpleaños de este gran escritor. Yo lo celebro con la relectura de este maravilloso libro.
No sé si el maestro Beto Gómez, mi maestro del tercer grado de primaria, en la Matías de Córdova, fue un buen lector. Tal vez sí, porque recuerdo con emoción el instante en que sacaba un pequeño libro de la gaveta de su escritorio y nos leía fragmentos de la historia de Chiapas. Nunca he sido un fanático de la historia, pero me gustaba cómo el maestro Beto nos leía un libro que se llama “Los cuentos del abuelo”, de Ángel M. Corzo. Dicho libro narra la historia de Chiapas. Los hechos históricos están presentados de manera anecdótica. Tal vez estoy equivocado, pero recuerdo que el libro tenía una portada de color verde, era una portada sencilla, como sencillo su contenido. Alejado de la suntuosidad del académico, don Ángel escribió el libro con la pretensión de que fuesen pequeñas historias contadas bajo la sombra de un árbol. Tal vez por ello, en mi recuerdo veo al maestro Beto como un abuelo contando historias al grupo de muchachitos latosos de la Matías.
No todo mundo tiene la capacidad de contar historias, así como no todo mundo es un buen lector. Hay gente que tiene esa gracia. Apenas el pasado miércoles anduvo por el Auditorio Belisario Domínguez, el cuenta cuentos Mario Iván Martínez. Los niños y adultos que estuvieron presentes disfrutaron la capacidad histriónica de este actor. En nuestro pueblo también tenemos un gran cuenta cuentos, ya varios periodistas lo han señalado: el maestro Florio es un destacadísimo cuenta cuentos, porque posee el don de un registro impresionante de voces, llega incluso a imitar la voz de Pedro Infante. He sido testigo de la capacidad de Florio. Los niños están pendientes de todo lo que dice, de todo lo que hace. Florio es un árbol joven, pero ya apunta a ser una ceiba. Si él se decidiese a montar un espectáculo infantil a la manera de Mario Iván podría cautivar a audiencias de todo el mundo.
¡Contar, contar! ¡Ah, qué prodigio! Hay personas que, en las tardes, después de la chamba, sacan sus sillas a la mitad del patio de la casa, se sirven un café y disfrutan contar y escuchar historias. Mi oficio de escritor es un oficio de contador de historias, pero igual que Borges, disfruto más cuando escucho una historia bien contada a través de un libro. Por eso, ahora releo “Palinuro de México”, porque es una sorprendente historia. El otro día me enteré de algo que es como una paradoja brutal: Palinuro de ¡México! se editó por primera vez en ¡España! Los editores mexicanos creyeron que era una novela muy compleja y no vieron lo que sí era: ¡una gran historia! Los grandes escritores de todo el mundo han sido, de niños, ¡grandes escuchas de historias! García Márquez cuenta cómo su abuela le contaba historias. De grande, lo único que hizo Gabo fue pasar al papel esas historias deslumbrantes. Somos lo que nos cuentan los abuelos. Por ello, en Chiapas fue determinante oír las historias sacadas del libro “Los cuentos del abuelo”.
Disfruto cuando alguien me cuenta una historia. Disfruto cuando, alguna tarde de lluvia, mi mamá, mientras teje, me cuenta la historia de su vida en su natal Huixtla. Me cuenta de la Nana mía, de cómo ella jalaba una silla hasta llevarla bajo la sombra de un platanar, abría un libro y leía hasta que la luz de la tarde ya era un simple mushkac; me cuenta de una vez que se quedó a dormir en el cuarto de una tía y cómo ésta, a medianoche, se incorporó sobre su cama, se sentó, alzó el brazo derecho y, como si guiara un avión en un hangar, decía: “Adelante, caballero, adelante”. Mi mamá, joven, se espantó mucho, se puso las pantuflas y corrió hacia el cuarto de su mamá. Mi mamá me cuenta de cómo iba a la estación de trenes y jugaba en las vías.
Disfruto cuando estoy con los amigos y oigo las historias que cuentan. Algunas son recuerdos que tienen que ver con nuestras aventuras comunes; otras son historias que a ellos les han ocurrido. Me cuentan viajes a otros países y, mientras pedimos otra ronda de cervezas u otro plato de chicharrón de hebra, viajo con ellos.
Vos sabés que las historias que más disfruto son las que están en los libros. Los más grandes escritores del mundo las han escrito para que yo las conserve por siempre. Javier se queja porque no estoy más tiempo con él. Es difícil coincidir. Él, todas las mañanas va al Café Sanfer’s y cuenta y oye historias. Es un grupo de amigos que chismea bien sabroso. Por supuesto que yo no puedo hacer lo mismo que él hace. A la hora que Javier platica con amigos yo debo trabajar. A Javier lo veo poco. Él se queja y reclama. Por ello, porque es difícil dedicar tiempo especial a los amigos a la hora que debo laborar, amo los libros. Los libros están disponibles a cualquier hora y poseen el don de la tolerancia y de la discreción.
Todo mundo tiene cosas qué hacer. Yo mismo tengo muchas cosas qué hacer. Los libros parecieran pertenecer a otra dimensión: la dimensión de los siempre disponibles. Los escritores se fregaron años y años para escribirlos, pero cuando los libros ya están impresos ¡no hay instante del día en que no estén disponibles! Es una pena que Javier no ame los libros. No tendría mayor problema en conversar siempre con ellos.
Desde la primera vez que tuve contacto con un libro supe que ahí estaba mi vocación: oír historias, historias apasionantes, historias inteligentes, historias de todo el mundo. El libro es como un telescopio que permite ver otros planetas, que nos acerca el universo. Vos lo sabés, no he viajado más allá de Chacaljocom. Pero, gracias a los libros, he caminado muchas calles de Barcelona, de París (¡ah, París!) y de Florencia. He estado en ciudades de Sudáfrica, he entrado a casas de madera donde los ventiladores cuelgan del techo y las moscas andan por todas partes. He estado en calles de Buenos Aires y me he sentado al lado de muchachas bonitas que, con abanicos y polleras amplias, beben mate. He estado al lado de ellas, he aspirado el aroma de sus cuerpos sudorosos; he visto cómo abren sus piernas para que un poco de aire suavice el calor de más de treinta y ocho grados. Las he visto limpiar sus cuellos con paños de seda. He conocido las historias de todos ellos. Palinuro ahora cuenta cómo él y el Molkas caminan las calles del México de los años sesenta del siglo pasado; cuenta, también, cómo su prima Estefanía es juguetona y permite que él se hunda en el mar de su cuerpo, como si el agua más dulce fuera la que mana del árbol más cercano.
Me cuesta trabajo adentrarme en las historias de estos tiempos, las que suceden a mi alrededor y en mi entorno. Pareciera que mi mente insiste en que las imágenes tengan un color ocre o color sepia para que me digan algo. A veces camino el Comitán actual, el de las prisas, el de los bloqueos, el de las marchas, el de las pintas, el de los celulares y de los autos con computadora y me resulta imperante entrar a casas donde el tiempo se ha detenido. Adoro esas casas que han convertido en restaurantes y cafés. En medio de mesas, sillas, sombrillas y meseros, los patios centrales me dan un abrazo que huele al pueblo de mi infancia. Ahí están los corredores con ladrillos, con helechos, con pilares de madera; ahí están los cielos siempre luminosos. Ahí, ¡ah, qué bendición!, están las historias de las tías y de mi abuela materna.

Posdata: Cuando alguien, en el parque central, me da la mano y me pregunta: “¿Qué contás?”, siempre estoy a punto de decirle que nos sentemos debajo de una sombra. Me gustaría tanto compartir las historias que leo, me gustaría tanto motivarlos a que también ellos abran el libro de Palinuro y beban esas historias fascinantes, la del general con ojo de vidrio, que una noche, llega medio bolo a su cuarto, se quita el ojo y lo pone en un vaso con agua. Me gustaría que supiera cómo al día siguiente, con una enorme cruda, el general se sienta al borde de la cama y toma el agua que está en el vaso sobre el buró. Tarde se da cuenta que, como huevo crudo, se tragó su propio ojo. Pero nada digo, porque tengo muchas cosas por hacer y no puedo, perdón, perder mi tiempo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN ANIMAL HACE UNA PREGUNTA




Los elementos de la fotografía son sencillos: un animal, un cielo, pasto, tierra, árboles y piedras. El animal no mira la cámara, mira las piedras. Este acto es el que lo impele a preguntar ¿cómo el hombre construye este murete de piedras?
Todo lo demás está provisto por la naturaleza. El cielo está pasivo, lo mismo sucede con el pasto, la tierra y los árboles. Lo único que se mueve, que pareciera tener vida es el animal. Un estupendo cuento de mi infancia tenía como personaje a un pollito que corría de un lado a otro gritando que el cielo se caía, porque la hoja de un árbol había caído sobre su colita. Las hojas caen, los cielos no. A pesar de que mi tía Eugenia, cada que llueve, alarmada, como si fuese el pollito del cuento, va de un lado a otro de la casa gritando que el cielo se cae.
Nada se cae. Ni siquiera el murete de piedra. Es preciso que haya un movimiento telúrico o que un auto choque contra el muro o que muchachos maldosos lo pateen para que el murete se venga abajo. ¿Cómo -¡Dios mío!- se logra este equilibrio? En la primaria había un juego de canicas que se llamaba timbirimba. El juego consistía en armar algo como una pirámide con cinco canicas. La pericia de un niño lograba reunir cuatro canicas y coronar ese túmulo con una quinta. Era un juego sencillo. Desde una raya pintada en el piso otro niño levantaba el brazo, cerraba un ojo y apuntaba. Si lograba atinarle al montón y éste se fragmentaba en sus cinco piezas originales se embolsaba las cinco. De lo contrario, el dueño de la timbirimba (del changarro) se embolsaba la tiradora. Yo no jugaba, me concretaba a ver lo que sucedía. Me fascinaban esas construcciones fugaces, que se deshacían con la misma facilidad con que se armaban. Todo era como una lección de vida, todo era tan inconsistente.
Pero basta ir a la periferia de Comitán, ir a una comunidad rural, para encontrar estas timbirimbas hechas con piedras, que sirven para delimitar terrenos. ¿Cuál es el prodigio que emplea el constructor para que estas piedras encuentren un acomodo natural? ¿Cómo es posible que las piedras, sin argamasa alguna, puedan sostenerse en el aire y formar columnas? Uno camina al lado de estos muretes y se sorprende ante su verticalidad. Las piedras sólo están encaramadas. Es como si un niño hubiese jugado a hacer torres. No hay un solo gramo de pegamento. Todo está como dejado al azar, como si una mano más poderosa hubiese soltado las piedras de igual forma que una tarde, hace millones y millones de años soltó los planetas y las galaxias.
Los muretes de piedra son las construcciones más prodigiosas. Cuando alguien construye un arco (otro prodigio de la arquitectura) debe colocar, al centro, una dovela que se llama Clave. Acá, en los muretes, todas las piedras parecieran ser la clave, contener la clave, ¡el secreto!
Por ello, el animal ve las piedras y se pregunta en dónde está el misterio. El animal respeta su entorno, procura no recargarse sobre el murete, sabe que su cuerpo puede hacer que las piedras pierdan su encanto de aves y caigan al suelo.
Nada de lo que acá está pierde su esencia. El cielo permanece inmarcesible, eterno. Asimismo los árboles viejos, el piso que no se cansa de estar tirado sobre su propio cuerpo. De igual manera la cuerda que ata el animal al árbol no pierde su tamaño, su elongación siempre es la misma. Todo permanece inalterado. El viento corre por encima de ellos y no logra alterar sus perfiles. Todo está detenido, como si alguien jugara Encantados. Un encantamiento es lo que logra el constructor de estos muros que son exactos en su altura. Estos muretes de piedra delimitan los terrenos, pero no delimitan la vista. La mirada puede extenderse como una sábana limpia sobre una cama. Tienen la altura precisa, no pueden ir más allá porque no quieren ser cielo, una piedra más y caerían al suelo. Son una lección permanente de cómo andar en la vida sin perder el piso, sin llegar a las alturas que, se sabe, son propiedad de espíritus de material más noble y liviano que contradicen con la dureza de la piedra.

lunes, 4 de mayo de 2015

UNA, DOS, TRES, POR LOS PATIOS DE COMITÁN




¿Qué es mejor: encaramar los recuerdos o colocarlos en fila, como si fuesen soldaditos de plomo? Si uno encarama los recuerdos se puede formar torres. Por el contrario, si se colocan en fila se quedan al ras del piso. Los recuerdos como torres tocan las nubes y se colocan por encima de los árboles, se hablan de tú con los pájaros y, de vez en vez, sienten la fuerza del rayo y del trueno.
He vivido en tres diferentes casas en Comitán. Tres calles de Comitán me han visto salir y entrar por la puerta. Siempre al ras del suelo, pero, también siempre, con la vista en el cielo.
La primera calle fue la Central Poniente Benito Juárez (la casa que rentaba mi papá estaba a media cuadra del parque central, éste fue mi patio de recreo, en la infancia y luego en la prepa, porque la Escuela Preparatoria también estaba a media cuadra del parque); la segunda casa estuvo en la Tercera Calle Norte Poniente (a media cuadra de la escuela primaria Fray Matías de Córdova, escuela donde estudié, así que para llegar a la escuela salía cinco minutos antes de la hora y caminaba); y la tercera casa está en la Quinta Avenida Poniente Sur (avenida que lleva el nombre de Dolores Albores Albores, cronista eterna de Comitán).
Mi casa actual es la más pequeña en dimensiones. La primera casa que habité tenía cuatro corredores, un patio central, muchos, muchísimos cuartos y un sitio donde jugaba a los vaqueros y a los soldaditos de plomo; la segunda casa (la que construyó mi papá) era más grande que la primera: tenía tres corredores, una bodega enorme (donde se apilaban las cajas de refresco, que era el negocio de mi papá), menos cuartos, pero un sitio que era un deleite, porque no era el sitio descuidado, sino un sitio que era como un jardín francés, con arriates bien cuidados y los senderos pavimentados. Ahí, mi papá sembraba claveles (tal vez una de sus flores favoritas), pero también había un árbol de aguacate (de cuyas ramas colgaban ollas porque era escaso y no daba frutos); árboles de níspero, de guayaba, un tapesco con chayotes y flores, muchas flores.
Mi casa actual es pequeña. No tiene “sitio”. No hay árboles. Mi mamá improvisa un jardín breve en la cochera. Ahí florecen las orquídeas. No obstante, es una casa que también irradia luz. Aunque sea como por una pequeña claraboya, la luz del sol se filtra y alegra las mañanas. En las otras casas, las que habité de niño, de adolescente y los primeros años de adulto, el sol era como una pantera trepando a todos los árboles. Ah, qué generosos esos patios llenos de refulgencia. Cuando el aburrimiento asomaba en mi cuarto, me bastaba caminar por el corredor lleno de colas de quetzal y llegar al sitio para hallar un mundo. Muchos amigos me cuentan que ahí jugaban luchas, improvisaban circos, se colgaban de bejucos y jugaban escondidas con las primas con caritas de mojigatas.
Los recuerdos, como si fuesen cubos, pueden encaramarse hasta formar una torre alta o colocarse en fila india. Los recuerdos, a final de cuentas, también son materia de juego. Yo recuerdo con afecto las casas que habité porque ellas siguen habitándome. Soy esas casas. Esas casas con patios llenos de luminosidad.
Las dos primeras casas siempre estuvieron llenas de gente. En la primera llegaba medio Comitán a la Corresponsalía del Banco Nacional de México. En los años sesenta no había sucursales bancarias en el pueblo. Mi papá atendió al Corresponsalía. Mucha gente entraba y salía a la casa. Cambiaban cheques, hacían depósitos y transferencias. Yo veía cómo mi casa era como un mercado, como una plaza. Montado en un carro de pedales que el Viejito de la nochebuena me había dejado miraba a las personas, con maletines, vestidos de traje, saludando al entrar y despidiéndose al dejar el zaguán. En la segunda casa, siempre entró gente a comprar refrescos o a comprar triplay (otra de las actividades que mi papá realizó). Desde las siete de la mañana había el rumor de los motores de los camiones repartidores.
Ahora, la casa es sosegada. Nada vendo, por lo tanto, la gente nada compra. Ahora (ahora mismo) estoy “solo” en casa. Mi mamá y Paty han ido a un desayuno. Yo escribo. Y entrecomillo la palabra solo, porque ahora (ahora mismo) la Pigosa está a mis pies. No me abandona. Sabe que soy un niño desvalido y solo que necesita su compañía. Somos tan frágiles los seres humanos. En la jaula, el guazú anda de un lado para otro en su columpio y de vez en vez dice: “pichito, pichito, pichito”, como si fuese un trenecito subiendo por la subida de La Pila. El Misha no sé dónde está. Los gatos son también escasos. Debe estar en el cuarto de los trebejos. Ahí hay un ropero viejo que le sirve de resguardo. Se echa sobre una colcha y duerme. Sólo sale cuando escucha el rebumbio que se hace a la hora que mi mamá y mi Paty regresan. Entonces unta su cuerpo peludo en las piernas de Paty para pedirle sus croquetas.
Nunca estoy solo. Mis recuerdos (como si fuesen la Pigosa y el Misha) me acompañan. A cualquier hora se refriegan en mis piernas y en mi corazón. A veces los pongo en fila india, a veces (como ahora) los encaramo hasta formar una torre. Me gusta que nunca caen. Son como la Torre de Pisa, se hacen para un lado, como si el aire los inclinara, pero no se caen. Los recuerdos nunca caen. Nunca llegan al piso.
Hace rato salí al patio, que es cochera, y hallé un tzisim. Fue el primero de la temporada. Por eso cuando digo que estoy solo lo entrecomillo. Siempre hay presencias que me acompañan.

domingo, 3 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL GUGGENHEIM DE COMITÁN




Marcos es presuntuoso. Al regreso de su viaje a Estados Unidos me presumió su visita al Museo Guggenheim, de Nueva York. No lo hizo con humildad, lo hizo con soberbia, como si él estuviese parado sobre el Everest y yo estuviera fundido en un pozo húmedo. Quería que yo lo viera desde abajo, desde mi condición de comiteco que no ha pasado de Chacaljocom. Lo escuché.
¿Cómo decirle a Marcos que yo, sin salir de casa, estuve dos días antes en el Museo más hermoso del mundo? No lo hice. Lo escuché, comí cacahuates mientras él presumió los Picasso que vio. Otro mundo, me dijo, nada comparable con el arte de nuestro Comitán, tan mediocre, terminó. Yo abría los cacahuates, metía la cáscara en una bolsa de plástico y decía sí a todo lo que Marcos me contaba y comía los cacahuates. Los cacahuates de esta región son riquísimos. Claro, diría Marcos, en Nueva York él había comido otro manjar, un manjar de otro mundo.
Lo escuché. ¿Cómo decirle que yo había estado frente a obras únicas?
Ahora, que Marcos está en Europa; ahora que sé que un día de éstos, a su regreso, llegará a la Universidad donde trabajo y me presumirá lo que vio en el Guggenheim, de Barcelona, lo escucharé, como siempre, con atención y no le diré que yo, poquita cosa, estuve en el museo más hermoso del mundo. No lo haré, porque él es tan alabastro, tan mármol, que no tendrá la capacidad para acercarse a lo altísimo del arte.
El Guggenheim, de Comitán, está a pocos minutos del centro. Desde la sala principal del museo, al aire libre, se ve cómo el pueblo, a lo lejos, se desparrama en un alud de casas llenas de color. Este museo está al lado de un camino de terracería, un camino poca cosa (diría Marcos). Para llegar a él es preciso subir al auto o a la motocicleta o, de preferencia, a la bicicleta, en el centro de la ciudad. A pocos kilómetros, después de una curva peraltada, al lado de unos árboles llenos de flores luminosas, el muro principal del museo aparece. Es tan simple, tan poca cosa (diría él). Es como cualquier pared, construida con tabiques y con malla de gallinero, en su primer tramo; y con tabique en el tramo final. Esto le da una profusión de texturas maravillosas. En el primer tramo, el aire pasa de un lado a otro, así como la mirada juega con la profundidad; en el siguiente tramo, el muro impide que el aire y la vista vayan a otra parte, “obliga” al espectador a concentrarse en las formas que se recortan en el cielo. Nunca nadie sabrá quién es el artista que colocó, en cada “castillo”, las piedras que cuentan mil y una historias. Este Piccaso comiteco ha caminado todos los caminos y en cada uno de éstos ha pepenado las piedras que, como nubes, como manchas en las paredes, aluden a formas geométricas o sombras de animales, sombras hijas de la luz. Cada piedra tiene una forma especial y cada forma especial impulsa la imaginación del espectador. Y es el mejor museo del mundo porque, a diferencia de los demás (controlados con la luz artificial), éste juega con la luz del día, de la tarde y de la noche. He acudido muchas veces. En cada ocasión la luz me ha dado una lectura diferente. Una tarde, mientras estaba frente a la obra número doce (la colección contiene treinta y un piezas) cayó una ligera llovizna. Esos pétalos de agua le dieron una tonalidad diferente y hallé una forma inédita. Mi sobrina María ha disfrutado junto conmigo sus visitas al museo. A veces ella encuentra formas que yo no alcanzo a percibir; a veces, cuando las nubes están rosadas por la caída del sol, María encuentra diálogos increíbles entre las piezas del museo y las nubes que se extienden en el cielo que acaricia a nuestro Comitán.
Voy constantemente. Subo a mi auto, dejo el asfalto del centro de Comitán y circulo por donde los pájaros vuelan como si nadaran en un infinito mar de aire. Esos mismos pájaros también se solazan en las obras del museo. Por ello (Marcos no lo entendería) digo que es el mejor museo del mundo. Es un espacio pleno de libertad. En los museos de grandes ciudades los letreros de “No tocar” son como moscas o como cucarachas. Acá, en el Guggenheim, de Comitán, los espectadores pasan por el camino de polvo y miran cómo los pájaros se detienen sobre una de las obras, la picotean y, tal vez, le echan una cagadita. Nadie se enoja. Se sabe que la lluvia limpia todo, incluso el espíritu.
Nunca a Marcos le diré lo del museo de Comitán. No lo entendería. A veces creo que el vuelo de América a Europa lo llenará de polvo como lo hizo el viaje a Nueva York. Es un polvo tan denso, tan soberbio.

sábado, 2 de mayo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL MEJOR DESPERTADOR ES UNA MANO



Querida Mariana: a veces pienso intrascendencias. Bueno, casi siempre. El otro día, como a las doce del día, entré al mercado primero de mayo y miré, en el zaguán de entrada, un puesto donde venden mil cosas: resorteras, calcetines, baterías doble A, pañuelos, y relojes despertadores. De esos chinos, color verde fluorescente, que son del tamaño de un ratoncito de casa (porque los ratones del mercado son tan grandes como tacuatzes de rancho, bien galanotes). Pensé, entonces, ¿cuándo fue la primera vez que el hombre usó un reloj despertador? Pensé en un Comitán lejano, en que no había relojes despertadores. Nuestros mayores se levantaban con auxilio de su reloj biológico o con la ayuda del canto de un gallo.
Ya te conté que durante el tiempo que viví en Puebla no escuché el quiririquí de un gallo. Acá, en la casa, sí oigo los cantos del gallo. Hay un despistado (le llamo el gallo jodón) que comienza a cantar con voz de tísico a las cuatro de la madrugada. A la hora que me levanto ya está el jodón dándole cuerda a su campanario. Otro, el más digno, canta a las cinco y media, una hora decente para levantarse. Imagino a éste trepado sobre un promontorio de cajas de madera, de esas que usan para entregar tomates, bien erguido, papaloteando sus alas, enderezando su pescuezo y lanzando sus notas al viento como si fuese un Pavarotti. Los gallos, benditos gallos, son los mejores despertadores del mundo.
No sé si la historia de un hombre pudiera sintetizarse a través de esas señales que nos indican que ya es hora de dejar la cama y ponerse en activo. ¿Mi primer despertador? Ah, el más hermoso del mundo: ¡mi mamá! La recuerdo entrando a mi cuarto, caminando casi en puntillas, y, amorosamente, poner su mano sobre mi cuerpo (por lo regular uno de mis hombros) y remecerme como si meciera una cuna. “Ya, ya, hijito, ya es hora de levantarse”. Recuerdo que yo me hacía para el otro lado, remolón. Apenas balbuceaba: “Otro ratito” y volvía a dormirme. Mi mamá, quien representaba el papel de despertador tolerante, salía de nuevo, porque había tenido la precaución de entrar diez minutos antes de la hora que debía levantarme. Luego, era como una segunda llamada escénica y desde la puerta, con una voz de cenzontle joven, a media voz, recordaba: “Ya, Alejandro, ya es hora de levantarse”. ¿Mirás, cómo el hijito de la primera vez se convertía en un Alejandro a secas? Yo nada decía, sólo volvía a dar una vuelta sobre la cama y regresaba a los brazos de Morfeo. ¡Ah, son tan sabrosos esos minutos robados al sueño! Mi papá decía que el diablo ponía un brasero debajo de las camas, para que los flojos siguiéramos durmiendo y completaba la sentencia diciendo que las horas perdidas los santos las lloraban. Pero, flojear es el deporte favorito de medio mundo. No por algo se dice que la pereza es la madre de todos los vicios. ¿Cuáles son los vicios que adopta el güevoncito que se queda botado en la cama? Ah, son varios. Lo dejo a tu imaginación. En fin, cinco minutos después de la segunda llamada, mi mamá entraba al cuarto, ya con paso de coronel de ejército en tiempo de batalla, y, como si se convirtiera en un cabo y tocara el clarín, desde la puerta anunciaba: “Ya, ya a levantarse”, luego caminaba hasta mi cama y ponía su mano sobre mis muslos y los comenzaba a mover como si amasara la masa del pan, cada vez con un movimiento más intenso. Yo decía: “Sí, ya, ya”, pero no abría los ojos. El movimiento se intensificaba. Yo comenzaba a enojarme, rezongaba. “Ya, ya voy”, y seguía con los ojos cerrados. Entonces, mi mamá hacía el movimiento estratégico y ganaba la batalla, de un solo tirón me quitaba las chamarras, yo, de manera instintiva, como si fuese combatiente en Waterloo, al sentir el frío de la mañana, me encogía y me ponía en posición fetal. El frío entraba en cada uno de mis poros y yo sentía cómo miles de hormigas se metían y colocaban pequeños gránulos de granizo. Abría mis ojos para buscar mis colchas, pero éstas ya las tenía abrazadas mi mamá. ¡Ahí perdía! Ya había abierto los ojos, ya entraba de lleno al día. Mi mamá, como general, no se movía de su lugar y volvía a decirme que ya debía levantarme. Entonces, con gran trabajo, me sentaba en la orilla de la cama, buscaba las pantuflas y, con ayuda de mi mamá, como si fuese un inválido, me levantaba. Y ahí terminaba el oficio de despertador que ejercía mi mamá y se cambiaba de camiseta porque debía servirme el desayuno mientras yo me vestía. (En esos días mi mamá me bañaba en las noches.)
¿Cuándo tuve mi primer reloj despertador? Mientras estudié en la primaria y en la secundaria mi mamá siguió ejerciendo el oficio de gallo, pero un día renunció, pensó que ya estaba lo suficientemente grande como para responsabilizarme acerca de tal acto y me dio un despertador. Era uno enorme (lo compró en la Línea). Tenía dos campanas en la parte superior y a la hora programada, algo como un martillo golpeaba ambas campanas. El martillo era como un péndulo que iba de un lado a otro golpeando inclemente las tarolas. El despertador no lo colocaba en mi buró sino en una silla a diez pasos de mi cama. Esto obligaba que para apagar el despertador, que no se cansaba de darle duro al campanario, debía pararme y extender el brazo. Esto lo hacía así porque la primera vez, acostumbrado a los mimos de mi mamá, pensé que cuando ella viera que no me había levantado llegaría a mi cuarto. Dejé el reloj nuevo en el buró, sonó y yo, con los ojos cerrados, di un manotazo para apagarlo y volví a dormirme (otros diez minutitos). Cuando desperté el sol ya estaba en lo alto. Fui al comedor a reclamarle a mi mamá. Ella nada dijo, sólo señaló mi desayuno. Tapado con un plato estaba lo que había preparado. Ya eran las diez de la mañana. Los frijoles refritos ya estaban fríos, de igual manera el huevo estrellado; asimismo las tortillas ya estaban duras y ni qué decir del café con leche. Sólo el pan (bendito pan) estaba delicioso. No me quedó más que comer ese guiso que sabía a papel mojado. Entendí la lección, ya mi mamá se había desentendido de su oficio de despertador y de ahí en adelante todo dependía de mí. Después de desayunar, me lavé la boca, tomé una libreta y corrí para ir a la escuela. Aún alcancé la última clase. Eran tiempos de la prepa. Esa noche dejé el despertador sobre la silla de madera, retiré ésta lo más que pude, para que, como ya dije, al día siguiente debiera levantarme para apagar el despertador.
Cuando fui a la Ciudad de México a estudiar la profesional, mi mamá metió en mi maleta un despertador más discreto, pero igual de efectivo. Era pequeño, era como una ostra. En la noche debía abrirlo para que su carátula quedara expuesta. En los números que marcaban las horas tenía rayas fluorescentes, así que en la noche yo podía ver qué hora era, aún en la oscuridad del cuarto, porque las manecillas también tenían una fluorescencia verde. ¡Ah, qué prodigio! El despertador funcionaba a la perfección. Todas las mañanas a las cinco y media me despertaba y yo, con un movimiento similar al que hacía mi mamá en la tercera llamada, aventaba las colchas para que las agujas frías del Distrito Federal hicieran la función de picotearme todo el cuerpo obligándome a levantar. Bueno, funcionaba muy bien, siempre y cuando yo no llegara a las doce a la casa, con una docena de cervezas encima, porque, en estos casos, me tiraba en la cama, a veces sin quitarme la ropa, dormía como cuch y olvidaba abrir la ostra y ésta no repiqueteaba adentro de su concha.
Siempre deseé un reloj despertador que fuera eléctrico, de esos que habían en la casa de mi tía Sonia, en la Ciudad de México, y que traían integrado un radio con a.m. y f.m. Una mañana mandé una carta a mi papá y, como si escribiera al Viejito de la Noche buena, pedí mi deseo. A los diez días recibí, puntualmente, un giro telegráfico que cambié por el dinero que mi papá me envió para comprar ese despertador deseado. El reloj marcaba la hora con números rojos y cambiaba cada minuto. Yo prendía el radio en el 590, Radio La Pantera, lo programaba para que se callara a las once de la noche y para que se prendiera a las cinco de la mañana. ¡Ah, qué prodigio! A veces, despertaba con el rugido de una pantera, a veces con una rola de los Rolling Stones. Un locutor decía: “Comunícate panterizadamente”. ¡Pucha!
Posdata: un día platiqué con Romeo acerca de este tema y él cerró los ojos y recordó los despertadores que había tenido en la vida. Sonrió cuando recordó un despertador inolvidable. Pidió dos cervezas más, colocó las manos sobre la mesa, como si se apoyara sobre la baranda de un trasatlántico y el aire de alta mar lo acariciara, y contó que su mejor despertador fue la muchacha bonita que durante un año lo acompañó en sus noches y madrugadas. Ella, puntual, a las cinco de la mañana, ponía su mano sobre cada parte del cuerpo de mi amigo. Ah, dijo, era una gallinita, pero fue el mejor gallo del mundo.