sábado, 3 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, ESCRITA DESDE UNA MESA DE CAFÉ




Querida Mariana: Augusto dijo que cerraron el Café Sanfer’s. En cuanto lo leí me preocupé y pensé “¿Dónde tomará café ahora mi compadre Javier?”. Dos horas más tarde respiré tranquilo, porque vi a Javier en el Café Tenokté, de la Casa de la Cultura.
¿Cuál es la función social que representan los cafés en las ciudades y pueblos? En el Facebook vi la fotografía de dos muchachos que, a su manera, rindieron un homenaje al Sanfer’s, se sentaron en la grada del local cerrado y tomaron cafés, de esos que venden en el Oxxo. Ellos extrañarán ese lugar que, sin duda, los recibió durante algunas tardes.
Yo nunca he sido afecto a acudir a cafés. Una vez lo intenté acá en mi pueblo. Me senté, abrí el moleskine y comencé a escribir un cuento. El mesero se acercó y me ofreció la carta. Pedí un té. El mesero se retiró. X (así la llamaré) se acercó y me tendió la mano:
―¿Qué hacés?
―Acá tomando té. (Quise jugar con ella. Lo dije con intención de que recibiera el doble sentido de la frase: tomando té)
―No, bobo, pregunto qué estás escribiendo.
―Ah, un cuento.
―Leémelo, por favor.
―No puedo.
―¿Te comió la lengua el loro? (Quiso bromear.)
―Apenas comienzo.
―¿A tomar el té? (Bromeó de nuevo.)
En este momento sentí que la conversación tomaba derroteros que no me convenían. Ella se había sentado y ya levantaba la mano para llamar al mesero.
Cuando me hizo otra pregunta pensé que no me dejaría escribir. Yo había ido al café para escribir un cuento. Por eso había elegido la mesa del fondo, para que yo pasara inadvertido. Intentaba hacer el experimento (que hacen muchos escritores) de escribir tomando como modelo de personaje a una de las personas que por ahí deambulan. De hecho ya había elegido a mi personaje: una muchacha que, en una mesa al lado del ventanal, leía un libro y, ocasionalmente, pero con fruición, revisaba su celular y tecleaba. Imaginé que debía inventarle una historia a esa chica.
El mesero se acercó, X pidió un café.
¿Cómo salir de esa trampita? X llevaba una blusa con escote y un brasier color rojo. La chica de la mesa al lado del ventanal ya levantaba la mano y pedía la cuenta.
―Me gusta lo que escribís―dijo X―No me pierdo ni una de tus Arenillas. Mi mamá compra el diario, todos los sábados, sólo para leerte.
Nada dije. Ella me halagaba y yo trataba de escabullirme. Me sentí un ingrato.
Cuando vi que el mesero se acercaba a la mesa (donde estábamos X y yo), saqué mi celular y respondí una llamada inexistente:
―Bueno… ¿Cómo? Sí, sí, decile que voy ahora mismo.
Colgué. El mesero dejó el café sobre la mesa. Saqué un billete de cincuenta pesos, le dije al mesero que agregara el café de ella.
―¿Qué pasó?―preguntó X.
Le dije que mi jefe quería verme, era una urgencia.
―Luego te leo el cuento―dije. (Lo dije con la misma malicia del principio, pero ella no festejó el doble sentido.)
Cerré mi moleskine y le tendí la mano. Ella se quedó ahí, con el café caliente.
Salí. Salí decidido a ir a la casa para escribir allá el cuento que no pude escribir en el café, pero, di dos pasos y vi que la chica estaba sentada en una banca del parque central. Seguía leyendo. Había prendido un cigarro. Tal vez por eso había salido, porque el café era un espacio libre de humo. Vi que la chica me vio, levantó el brazo, como si saludara y movió la mano haciendo una señal para que me acercara. ¡No! No podía estarme llamando. ¿Por qué lo haría? Vi para todos lados, sobre todo busqué a mi espalda, busqué al muchacho al que ella se dirigía. Volví a verla. Ella había regresado a su lectura. Esperé a que se acercara su muchacho. Esperé uno, dos, tres, cuatro minutos. Nadie. Ella no separó su vista del libro. Pensé, entonces, que sí, que el saludo era para mí, pero que yo había ignorado su petición. ¿Pero, por qué ella me iba a llamar? No me conocía. Pensé entonces (¡qué bobo!) que leía una novela mía. No, no, era una estupidez lo que imaginaba. Pensé entonces que ella había salido de su casa para leer, para tener un espacio íntimo donde nadie la molestara. No podía cometer la misma imprudencia de X. Así que puse el moleskine debajo de mi axila, metí ambas manos en la chamarra y caminé con rumbo a mi casa.
Nunca más he ido a un café. Sé que es un espacio donde la vida se concentra, es un espacio riquísimo para cualquier escritor. Hay mil historias aglutinadas. Mi papá decía que nunca pondría un café, decía que los clientes se sentaban, pedían un café (de a peso, en ese tiempo) y se estaban ahí horas y horas sin consumir otra cosa. No lo veía como un negocio viable. Ahí mi papá se equivocó, porque ahora un café es un local muy rentable.
¿Por qué cerró el café Sanfer’s? No lo sé.
Cuando supe la noticia del cierre, pensé en Javier, pero cuando, horas después lo vi, muy quitado de la pena, en el café de la Casa de la Cultura supe que él no extrañará el Sanfer’s. A final de cuentas, durante mucho tiempo Javier y sus amigos fueron clientes consuetudinarios del café de la Casa de la Cultura. Javier regresó a sus orígenes, al corredor donde estudió la prepa. Además, recordé que la mente de Javier es muy especial, dice que la felicidad está en la alternancia. Lo dijo con respecto al amor, pero ahora yo lo aplico a los lugares. Acá está una enseñanza para quien la quiera pepenar: No depender de un amor o de un espacio, un poco como decir: En la variedad está el gusto, y yo lo vi muy a gusto en la nueva cafetería.
Los cafés han sido lugares importantes en la vida de muchos escritores. En París es famoso el Café de Flore, un mítico café al que iban Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, entre otros grandes escritores.
Acá en Comitán hay periodistas que acuden a los cafés. Por ahí he encontrado a Amín Guillén y a su tío Marco Tulio. Amín siempre anda con su cámara; Marco Tulio prepara ahí sus notas periodísticas. ¿Escritores profesionales? No. Nunca he visto a alguno pergeñando un cuento o el esbozo de una novela. Debe ser porque en Comitán no estamos educados para respetar el territorio del escritor. En cuanto alguien ve a un amigo se aproxima, se sienta, pide un café y le entra al arguende sabroso y aleccionador.
Una vez, en Puebla, me senté en una mesa de un café al aire libre. En la misma manzana donde está el palacio municipal hay restaurantes con mesas en los portales. Pedí una cerveza. El mesero me llevó una cerveza Bohemia (marca que pedí en memoria de mi papá, quien, en un tiempo, fui distribuidor de la marca Carta Blanca, en Comitán). La abrió ante mi vista, llenó el vaso, y dejó un plato con cacahuates. Abrí mi libreta y comencé a escribir una especie de crónica de lo que veía en ese momento en ese espacio. Tomé un sorbo de cerveza y, con una servilleta, me quité la espuma que quedó en mi boca. Iba a continuar escribiendo cuando sentí un aleteo fresco frente a mi cara: era una paloma que voló hacia mi mesa y se posó en ella. ¡Los cacahuates la habían convocado! Dos señoras (turistas) que estaban en la mesa de al lado me dijeron que eso era un prodigio y una de ellas, la más gordita, comenzó a dialogar conmigo, que eran de Veracruz, que ya habían ido al Parián, que pensaban ir al Africam Safari, que, el sábado, viajarían a la Ciudad de México e irían a la Basílica de Guadalupe y a Chapultepec, porque (dijo la más gordita, la que parecía un osito), cuando niñas, su mamá las había llevado al zoológico y guardaban recuerdos maravillosos de ese viaje, porque su mamá les había comprado algodones de París y les había dicho que los elefantes eran animales fantásticos que, en las noches, recuperaban la lozanía de su piel, porque en las mañanas la tenían toda llena de pliegues, de arrugas, como si fuera una camisa sin planchar. Y la otra señora me preguntó si yo creía que los elefantes recuperaban la lozanía de su piel durante la noche.

Posdata: Sé que en los cafés está concentrada la historia. Por eso, a veces, camino frente a uno de esos lugares y, desde lejos, miro cómo se desenrolla esa sábana que llamamos vida. Ahí se dan citas amorosas, desencuentros, negocios; ahí fluye la anécdota sabrosa, el chisme. Ahí, cuando se agota la plática, los amigos miran al personaje que camina frente a ellos (puedo ser yo o vos o cualquiera) y tijeretean su honra, porque ellos son como esos taurófilos que miran la vida desde la barrera, desde la barrera de un café. Les cuesta aventarse al ruedo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

¿EN DÓNDE QUISIERAS ESTAR?





Fue coincidente. Fui a dejarle un libro a Raymundo. No estaba. Su hermana Rocío veía una película argentina. En el instante que entré a la sala, el personaje preguntaba a los que estaban sentados en la mesa: “¿Qué quisieran ser?”. Eran diez personas, más o menos, la abuela no hizo caso a la pregunta, siguió comiendo el espagueti.
En la mañana le había hecho la misma pregunta a Gina. Había hecho la pregunta sin mayor trámite, como cuando alguien tira un anzuelo para ver si hay respuesta, sólo como un tema de conversación. Y ella, casi sin dudar, me dijo que le gustaría trabajar en un santuario para animales. Yo, sólo para cerrar el círculo, dije que ahora hay una tendencia que exige la apertura de más santuarios y el cierre de zoológicos (lugares de espacios estrechísimos donde los animales son sometidos a estrés permanente).
Y yo también pensé en la pregunta. Me gustaría un santuario para mí. La sociedad, en muchas ocasiones, parece un zoológico. Yo no soy un animal maltratado, pero, a veces, me siento como un animal acosado. En ocasiones, este moverme en sociedad me disgusta.
Ahora pregunto a mis lectores: ¿No sienten a veces que son observados y acosados, como si estuviesen en una jaula? A veces, hay personas que, por vocación, son jodonas. A veces, estas personas se paran y somatan los barrotes, sólo por joder. Se paran frente a las otras personas y les tiran cacahuates, como si los otros fueran changos. A veces, igual que Gina, me gustaría estar en un santuario, pero no para ayudar a animales maltratados, sino para hallar el refugio ideal para leer, escribir, pintar y caminar por el bosque para entender a los animales.
Uno de los cuentos más recientes que escribí fue el de un león que quería volar. Las cajitas que pinto tienen muchos animales en relación con personas (con mujeres, sobre todo). Ahora entiendo que es un poco como el ideal de Gina: la convivencia con animales en un santuario, donde los animales, de igual manera que las personas, vivan en armonía.
No sé bien cómo es el comportamiento de los animales, pero veo cómo un pájaro vuela, consigue alimento para su cría y regresa, sin mayor complicación; es decir, sin joder al otro pájaro que está en busca de lo mismo, pero en otro territorio. Hay, así lo advierto, un respeto por el espacio del otro. En la sociedad no sucede así, en muchas ocasiones. Hay personas que no respetan los territorios.
Según la Biblia, hubo un tiempo en que este zoológico fue un paraíso, un santuario, donde las especies y todo lo que existía era respetado, incluso las piedras. Y digo las piedras, porque ahora vemos edificios que son patrimonio de la humanidad que son sujetos de vandalismo. ¡Patrimonio de la humanidad!; es decir, la herencia de todos.
Acá en Comitán, muchas voces ciudadanas lo han manifestado, el río grande ya es una sucursal del albañal. ¿Qué esperanza puede florecer si el agua, el recurso más importante de la humanidad, es tratada con tal saña y estupidez?
El paraíso sería el ideal. Se sabe que no es posible retornar al origen, pero, sería deseable que la Tierra no fuera la cloaca que ahora es.
A Gina le gustara vivir en un santuario. Gina es amorosa con los animales, es respetuosa con el entorno. Ella, a diferencia mía, le encanta la convivencia con los humanos y se da con medio mundo, de manera generosa, pero sueña, así me lo dijo, con estar en un santuario donde pueda alzar el brazo y permitir que un ave se pose sobre él.
¿No sienten, a veces, que este zoológico se ha vuelto muy estresante? ¿No creen que deberíamos volver a los tiempos en que se respetaba a los ríos, a la tierra, a las aves? Ahora, parece, hay ya muchos cazadores, muchos depredadores, muchos jodedores.

Un santuario, donde pudiera caminar por en medio de los árboles, sentarme a la orilla de un río limpio y abrir un libro y leer y escuchar, como fondo, un coro de aves que interpretara esa canción que ilumina el corazón cuando el aire es puro, como puro el deseo de la mujer buena.
Rocío me dijo que me sentara a ver la película, pero yo tenía prisa. Dijo que le entregaría el libro a su hermano. Le pregunté qué quisiera ser. Se hizo para atrás en el sillón y, subiendo las piernas, me dijo: “Me gustaría ser un oso, para dormir todo el invierno”.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

MUERTA LA LIBRERÍA, ¡VIVA LA LIBRERÍA!





¡Ah, no! ¡A mí no me queden viendo! Yo sólo pregunto. ¿En dónde quedó la librería Óscar Bonifaz? Para quienes no son de Comitán comento que esta librería estaba ubicada, hasta hace poco tiempo, en el interior del Centro Cultural Rosario Castellanos. Algún director -o directora- decidió abrir una librería que honrara el nombre del escritor comiteco y ahí permaneció hasta que destinaron el espacio para abrir otra librería (una más grande y más coqueta): la librería Porrúa.
¡A mí no me queden viendo! Yo sólo digo que el otro día hallé que la librería Óscar Bonifaz ya no existe, cuando menos en el lugar que estaba.
En realidad, la librería que ostentaba el nombre del autor comiteco era un espacio triste. La oferta editorial era casi inexistente. Había una serie de estantes de madera que contenían una serie de libros viejos que no estaba en venta. Era como un acervo para consulta. Las portadas de estos libros estaban húmedas y torcidas, torcidas por la misma humedad.
Los libros que estaban en venta (Dios me perdone) eran libros de desecho. Si alguien dijera que eran libros obtenidos en saldo o que habían sacado de una bodega cancelada, no me costaría mucho trabajo creerle.
En realidad, la librería era más bien el comedor de algunos empleados del Centro Cultural. A las nueve de la mañana era el punto de reunión. Tres o cuatro empleados sacaban su desayuno del toper azul y lo colocaban en el centro del escritorio, como si estuvieran en un picnic. A mí me encantaba verlos desayunar ahí, al amparo de una fotografía del escritor cuyo nombre tenía la librería.
Yo sólo digo que la librería Óscar Bonifaz ya no está. Sólo digo que Comitán reafirma una vez más su proclividad a lo insólito, a lo maravilloso. Se cierra una librería para abrir otra. Habrá que reconocer que la catafixia, en esta ocasión, fue espléndida, porque de una librería-comedor triste se pasó a una librería con un catálogo muy amplio. Todo mundo reconoce ahora que la librería Óscar Bonifaz nada tenía qué hacer frente a la librería Porrúa. Esta librería es muy digna y la otra, ¡Dios mío!, daba pena ajena.
Comitán, entonces, salió ganando con el trueque. Lo único que sí se perdió fue el nombre de la librería. Imagino que cuando al director -o directora- del Centro Cultural se le ocurrió abrir la librería pensó en honrar a Óscar y tal vez, imagino, el día de la inauguración fue un día espléndido. La gente reconoció el gesto y el escritor debió estar muy chento y debió sonreír mucho y, sin duda, sacó las mejores anécdotas de su repertorio e hizo reír a todos los asistentes. Se debió cortar un listón, de color rojo, y existe la probabilidad de que se haya invitado a un brindis de honor acompañado con los antojitos comitecos tan exquisitos. Hubo vino blanco y charolas llenas de panes compuestos minúsculos.
Tal vez algunos amigos de Bonifaz dijeron que ese homenaje era más que merecido y los periodistas le pidieron al escritor que se parara al lado del letrero en madera que decía: “Librería Óscar Bonifaz”, y, al día siguiente, en la prensa apareció la nota que dio cuenta del acto cultural que, antes que el acervo en oferta, privilegió la presencia de las autoridades y de los socialité comitecos.
Fue, ese día de inauguración, un día especial. Al día siguiente todo Comitán olvidó la librería y sólo algunos turistas despistados pisaron su espacio y solicitaron algún libro especial (la librería era tan pobre, tan pishcul, que ni siquiera ofrecía obras de Rosario Castellanos). Así pues, con su cierre no se perdió mucho. Tal vez los empleados, que acostumbraban desayunar ahí el chorizo con huevo y los frijolitos refritos, extrañarán su espacio; tal vez las arañas extrañarán la placidez con que tejían sus redes en las esquinas de los estantes.
No se perdió mucho, salvo el reconocimiento que algún día un grupo de ciudadanos le hizo a Óscar Bonifaz. ¿Ya murió la librería Óscar Bonifaz? Así pues, alguno dirá: “Muerto el rey, ¡viva el rey!” (Muerta una librería muerta, ¡viva una librería viva!). ¿Y la cheyene, ‘apá?

martes, 29 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA: DONDE SE CUENTA CÓMO A VECES ESTOY A MITAD DE LA CALLE





Querida Mariana: hay personas que siempre están preparadas para el encuentro o para el reencuentro. Hay otros que siempre son tomados por sorpresa, como si caminaran tranquilamente y, de pronto, se abriera un hueco frente a ellos, un abismo.
El otro día, después de muchos años, me topé con Óscar Wong. No fue algo inesperado. Yo estaba en la librería Porrúa, del Centro Cultural Rosario Castellanos, para ser presentador de un libro del maestro Wong; es decir, sabía que él llegaría de uno a otro momento. Platicaba con Luis Armando. Yo le daba la espalda al espacio donde estaban ubicadas las sillas, espacio por donde Óscar llegó. Así que yo no me di cuenta de su llegada. Luis Armando lo vio y dio dos o tres pasos y lo saludó. Me volteé y lo vi. Nos abrazamos. Cuando nos separamos, él, Óscar, quedó con los brazos abiertos y luego, con su mano derecha (pequeña, regordeta, como pececito) hizo una serie de movimientos frente a mí, como si tomara pétalos del aire y los esparciera por toda la sala. Yo me quedé como si estuviera frente a un chamán y dejara que éste acomodara los chacras del universo. Óscar me seguía abrazando, sin el candado de los brazos y yo sentí su afecto. Era una forma simpática de bordar un reencuentro. Las personas que ya estaban sentadas en la sala presenciaron este ritual. Óscar rio, tal vez al ver mi cara de asombro, y dijo: “Te quito las arenillas” y siguió con su movimiento, ahora ya comprensible, donde un hombre deshoja el árbol del aire. Develado el misterio del ritual sonreí y dije que tal parecía que estaba quitándome la polilla y reímos.
Hay personas que están preparadas para los reencuentros, hay otros que nunca sabemos de qué lado da vueltas la rueda de la fortuna.
Yo sabía que Óscar estaría en la casa de la cultura, de Comitán, pero nunca me preparé para el reencuentro, porque mi lógica dictaba que nos encontraríamos, nos daríamos un abrazo y él preguntaría algo acerca de Comitán y yo algo acerca de sus hijos, a quienes conocí cuando eran jóvenes, por ejemplo. Por lo regular así son los reencuentros. Los que se encuentran preguntan algo para completar vacíos. Pero, ¿qué hace alguien cuando el otro, después del abrazo, comienza a hacer movimientos de mago? Más tarde, ya en la presentación de su libro, Wong dijo que sabía que era el primer acto de presentación que se efectuaba en la recién inaugurada librería y que auguraba que él le daría suerte al espacio (en realidad fue el segundo acto de presentación, porque una noche anterior ya había sucedido un acto similar). Estaba preparado, tal vez, para encontrarme con Óscar hombre, Óscar escritor, pero no para encontrarme con Óscar demiurgo. Esa noche, el poeta no sólo hizo hechizos con su palabra, sino (al menos conmigo) con sus manos. “Te quito las arenillas”, dijo y movió sus manos como si la arenilla fuera polvo de siglos, que estropeara un mueble, mi cajón de secretos. Por eso sólo alcancé a decir que me quitaba la polilla, para que, como contra conjuro, dejara intactas las arenillas que vuelan por mi cuarto. Pensé (¡qué bobo soy!) que sin Arenillas mi playa sería como un páramo, un pantalón despintado con cloro.
Nunca estoy preparado para encuentros o reencuentros, así como desencuentros. Cuando camino y me topo, en la banqueta paralela, con un conocido, levanto la mano y le deseo buen día, él hace lo mismo y sigo mi camino. Así pienso que es la vida. A veces, en la banqueta paralela camina un amigo que hace años no veo, entonces cruzo la calle, lo abrazo, le pregunto cómo está, qué ha hecho de su vida, él hace lo mismo y, dos minutos después, nos despedimos, regreso a la banqueta donde caminaba (porque ahí hacía sombra) y sigo mi camino. Así la llevo. Por eso digo que nunca estoy preparado para que alguien modifique el protocolo que dictaba Carreño. Pero, a veces, el cariño se desborda y alguna tía me dice Alejandrito y comienza a acariciar mi rostro, con sus manos temblorosas, como si todavía fuera el niño que ella abrazó hace muchos años. Me quedo parado, sin hacer más, sin decir algo. Así me quedé cuando el hechicero Wong comenzó a quitar arenillas de mi pecho, como si sus manos fueran un plumero y mi cuerpo un radio viejo lleno de polvo.
No todos los días se topa uno con un mago. Esa noche no estaba preparado para toparme con uno. Es decir, sí estaba preparado para toparme con un mago de la palabra, pero no con el hechicero que hace limpias de espíritu con sus manos. Su movimiento fue afectuoso, con el mismo afecto de hace muchos años en que en un encuentro de escritores, organizado por el maestro Luis Alaminos, director de Extensión Universitaria, de la UNACH, Óscar levantó la mano y me llamó: “Molinari, vente con nosotros.” y subí a la combi que nos trasladó al auditorio donde sería la lectura de los participantes en ese encuentro de escritores y fuimos platicando acerca del misterio de la literatura.
Ahora sólo me queda una certeza: los encuentros y reencuentros que siguen el protocolo que dicta la etiqueta social se olvidan pronto. Jamás olvidaré el encuentro con Óscar, el encuentro donde las manos del demiurgo lanzaron buenas vibras al espíritu del arenillero y al espacio de la librería recién inaugurada.

Posdata: Nunca sé qué hacer cuando vos y yo nos reencontramos y me abrazás sin abrazarme; cuando vos me abrazás con todos tus ojos, con todos tus labios, con todos tus deseos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

MUCHOS PLANETAS





Me gustan los plurales. El singular siempre señala a uno. Yo tengo un pez, dice mi sobrina Pau. Jorge dice: Yo tengo peces. Cuando Jorge lo dice no se sabe cuántos peces tiene. Los plurales siempre son indeterminados, pueden ser varios o muchos. Me acerco a la pecera que tiene en su cuarto y veo que Jorge tiene muchos peces, suben y bajan por la pecera como si fuesen muchas hojas de árbol moviéndose al viento. Tengo un peso, dice el pobre. ¡Pobre! Tengo pesos dice el rico, y cuando lo dice uno sabe que pueden ser varios pesos o muchos pesos. Nunca se sabe.
Me gustan los plurales, por indeterminados, pero no los soporto. Yo tuve una abuela y un abuelo, papás de mi mamá. A mi abuelo y abuela paternos no los conocí. Uno murió cuando yo no era anteproyecto de vida y la otra murió cuando yo apenas recién había nacido. Me gustó la vida que me dio el destino. Mis abuelos fueron singulares, por maravillosos y por ser únicos. Tuve una abuela, que se llama Esperanza, y tuve un abuelo, que se llama Enrique. Desde entonces me acostumbré a amar lo singular. Me gustan los plurales, pero los veo de lejos. No sé qué hubiese hecho con dos abuelos y dos abuelas. ¿A quién elegir?
Pau ama a su pez. Jorge está repartido en cariños. Imagino que (la vida es así) muera el pez de Pau, ésta lo llorará mucho, mucho. Cuando se muere un pez en la pecera de Jorge, éste mete la red, saca el cadáver (bueno, bueno, el pescado) y lo tira en el basurero. Tal vez cuando muera el pez de Pau, mi sobrina lo entierre al lado de la buganvilia del patio. Lo llorará. El Principito, del libro de Saint-Exupéry, sólo tiene una rosa en el único planeta que le corresponde. Nosotros los terrícolas sólo contamos con la Tierra. Me resulta incomprensible (pero lo admiro) la obsesión de algunos mortales por poseer muchas casas. En Comitán tengo amigos que acumulan posesiones. No lo entiendo. Sólo habitan una. El pez de Pau es como la rosa de El Principito. El Principito protege con una campana de cristal a su rosa. Me gusta cuando alguien se apropia de algo, en singular. “Me gusta mi casa”. Me agrada más que cuando escucho que alguien dice: “Todas estas casas son mías”. El plural es indeterminado. Como dijera mi abuela: “No tiene llenadero”, porque quien acumula casas, sabe que mientras más casas tenga más poderoso será. Conozco amigos que son felices con “su” casa.
Igual que tuve un solo abuelo y una sola abuela, tuve un solo padre y una sola madre. Y digo esto, porque cuando mi papá murió (lo lloré mucho, lo sigo llorando, así son las ausencias de rotundas) tiempo después alguien deslizó la idea que fulano de tal no veía con malos ojos a mi mamá, pero ésta (no esperaba menos) hizo como que no oyó y siguió caminando con la dignidad que la caracteriza. Mi mamá pensó, sin duda, que ella, igual que yo, era una mujer singular y que sólo tendría un esposo en la vida. No sé qué hubiera hecho con dos padres o con dos madres.
Tengo un amigo que ahora vive con su tercera esposa. Parece que a este amigo le gusta lo plural. A mí me gustan los plurales. Me encanta saber que hay mil modos de ser, que hay mil ideas, que hay mil sueños, pero, como soy hijo único, me place saber que fui el más amado de mi padre y que soy el más amado de mi madre.
Una mañana, el destino me bendijo con dos peces. No dudé. Los coloqué en peceras diferentes.
Cuando veo fotografías del universo (de la parte que la ciencia nos entrega) veo que el universo es plural, tiene millones de millones de galaxias. Tales imágenes me seducen, me apabullan. Hago lo mismo que hice con mis peces, lo mismo que El Principito hizo con su rosa, los separo y los pongo adentro de peceras individuales. ¡Qué bonito entonces es el universo!
No sé qué hubiera hecho con dos padres o con dos madres. Una vez (yo tendría cinco o seis años) mis papás se disgustaron. Mi mamá decidió salir de la casa e ir a la Ciudad de México, donde vivían mis abuelos Enrique y Esperanza. Cuando mi papá vio las maletas en la puerta de la casa, me llamó y me pidió que me quedara con él. ¡Dios mío! ¿Sabían mis papás lo que estaban haciendo? Yo tenía que decidir. Si decidía quedarme con mi papá mi mamá se iría sola (pero si decidía quedarme, tal vez mi mamá ya no se iba, porque no me dejaría); si decidía irme con mi mamá mi papá se quedaría solo (pero si decidía irme, tal vez mi papá haría hasta lo imposible por retenerme). ¿Qué hacer? Con la vista en el piso enladrillado le dije a mi papá que iría con mi mamá. Ya no sé qué hizo mi papá para convencer a mi mamá para que no se fuera (para que no nos fuéramos). Mi mamá desarregló las maletas y nos quedamos en casa y yo tuve para siempre a mi papá y a mi mamá. Y fui la rosa de ellos y ellos me protegieron con una campana de cristal, para que el viento no me tirara los pétalos, para que los gusanos no comieran ni una sola de mis hojas.
Me gustan los plurales, por indeterminados, pero no los soporto.

sábado, 26 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL CUENTO DEL CUENTO





Querida Mariana: cuando era niño, los compañeros de la escuela, a la hora del recreo, se divertían diciendo una adivinanza: “Tenderete en un petate, levantarete el camisón, meterete un cuenterete, que te hará revolución. ¿Qué es?”. Cuando Romeo lo decía todos reíamos, las niñas se molestaban, porque los niños le hallábamos el doble sentido que está implícito, pero Juan, muy serio, daba la respuesta: “La lavativa”.
No sé si ahora los niños y jóvenes tienen el referente y saben qué es una lavativa. Antes lo usaban como un método de sanación. No era muy simpático porque se introducía líquido en el ano, a través de una manguera delgada; es decir, el cuenterete era la manguera que hacía “revolución” en los intestinos, para sanar el organismo. Desde entonces se sabía que un intestino limpio evitaba dolencias mayores. Nosotros, niños curiosos e ignorantes, le dábamos otra connotación al cuenterete.
Víctor y yo, cuando menos, teníamos una noción diferente, porque los domingos, él y yo nos sentábamos en una grada que había en el corredor de la casa y decíamos que leeríamos “cuenteretes”, lo decíamos con gran inocencia y sólo como juego, porque en ese entonces lo que hoy se conoce como cómics les llamábamos cuentos. Por esto digo que yo crecí leyendo cuentos, primero en las revistas de monitos y luego (ahora y siempre) cuentos literarios, de grandes autores. Y un día decidí (en buena hora) que también escribiría cuenteretes para lectorcetes. Esto puede sonar un poco mamoncete, pero lo digo porque el cuento, como género literario, no está lejos de la función que la lavativa hace. El cuento limpia los meandros de la mente, evita que sus arterias se obstruyan con los triglicéridos y se dé un colapso.
He vivido de cuenteretes y he leído muchos, muchos, en el transcurso de mi vida. He sido feliz, gracias a los cuentos.
En la librería Porrúa, de la Casa de la Cultura, se programó para ayer viernes la presentación del libro: “El cuento. Caracol luminoso del lenguaje. (Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de narrativa)”, de Óscar Wong, poeta, narrador y ensayista, Premio Chiapas 2015, en el área de artes. Recibí invitación para ser uno de los presentadores. Escribí un textillo a propósito. Acá te paso copia.
Buenas noches. Agradezco la invitación para estar de este lado de la mesa. Es un honor.
Doña Lili Pulido celebra hasta la fecha un haikú que, una noche de bohemia, Enrique García Cuéllar dijo: “Paso a pasito / subes al Himalaya / caracolito”. Hasta que recibí el libro del maestro Wong, que hoy presentamos, no volví a escuchar la palabra caracol, shuti, diríamos acá en Comitán.
Doña Lily celebró el haikú porque ahí están aliados, de manera genial, los términos humildad y grandeza. En el libro que hoy presentamos “El cuento. Caracol luminoso del lenguaje” están presentes ambos conceptos: está la erudición de un atento ensayista, practicante y estudioso de los entretelones de la creación del cuento, un poco como si dijéramos que nos habla desde el Himalaya de la creación, pero está dado, no desde la atalaya del sabio, sino del que, con humildad, reconoce que no se puede dar certezas sino apenas insinuaciones. ¿Quién puede pararse en una cima y decir: “¡Yo poseo la verdad verdadera acerca de la creación!?”. Nadie. Bueno, no falta, en el mundo, el pedante que sí eslabona discursos mesiánicos. No es el caso. Óscar nos ha legado su obra, como el caracolito: paso a pasito.
Óscar Wong es reconocido, en su oficio creativo, como ensayista, como poeta y como cuentista. Una mañana de hace muchos años, tantos que aún los carteros visitaban mi casa y tocaban el silbato para que yo supiera que me había llegado correspondencia, abrí la puerta y recibí un sobre amarillo con un envío especial que Óscar hizo: el libro “La edad de las mariposas”. Con este libro, el maestro Wong obtuvo el Premio Nacional de Cuento. Platico esto para confirmar que nuestro autor no sólo es un convencido y exitoso practicante del cuento sino, además, un atento estudioso de los abismos radiantes de la creación.
Debo decir que me da gusto que Óscar haya escrito este manual, porque, en tiempos donde las grandes editoriales privilegian la impresión de novelas, es necesario reafirmar la vitalidad del género, un género que, antaño, tuvo toda la atención de creadores y de lectores. ¿Cómo Óscar define al cuento? A través de un caleidoscopio Cortazariano dice que es un “Caracol luminoso del lenguaje” y esta definición es como la síntesis exacta de lo que han dicho los analistas, creadores y críticos del cuento. Este género literario, lo sabemos todos, requiere de un gran talento narrativo para “dar en el clavo”.
Celebro, con cohetes, marimba, juncia y un buen pitutazo de comiteco, la aparición de este libro. Es así porque he sido un ferviente lector de cuentos durante gran parte de mi vida. Confieso que en los últimos tiempos he caído en las redes de la mercadotecnia y me he vuelto un apasionado lector de novelas, pero no dejo mi amor inicial. En estos últimos días, como feliz coincidencia de lo que en esta noche se habla, he leído tres libros de cuentos. El libro que lleva por título el sugerente de: “Mágico, sombrío, impenetrable”, de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates, el libro “Madres y perros”, de Fabio Morábito, un excelente escritor, que nació en Egipto, creció en Italia y radica, desde hace muchos años, en nuestro país, y el libro “Diferencias”, de Goran Petrovic, autor serbio. Por cierto, Goran, en un texto dice: “Quizás los cuentos son lo único que, desde la creación del mundo a la fecha, hemos logrado encontrar y redondear”. En este momento alguno de ustedes podrá pensar que ya me desvié del camino que nos convocó esta noche, pero, no, no lo he hecho, estoy caminando por la misma senda donde Wong nos convoca a caminar: por el camino del cuento. Digo que, junto con Wong, talentosos narradores insisten en decirnos que el cuento es importante para el movimiento expansivo del universo. Tal vez nuestra misión en el mundo, de autores y lectores, es continuar encontrando y redondeando cuentos.
Ya dije que me causa placer la aparición de este manual, porque, vuelve a colocar en primer plano, el plano que le corresponde, el interés por el cuento. Pero, además, porque, atrevido como soy, desde hace seis años coordino un taller donde, cada semana, practicantes del cuento llegan a hablar de este género y a compartir sus intentos literarios. Wong pensó, estoy seguro, en ambos conceptos, en decir al mundo que, contra lo que las grandes editoriales dictan, el género del cuento está más vivo que nunca, tanto en creadores que lo siguen practicando, como en lectores que lo siguen disfrutando, y que, con la experiencia personal, era necesario dar un legado a todos aquéllos que coordinan la labor. Mi maestro de cuento, Rafael Ramírez Heredia, el famosísimo Rayo Macoy, que ya vuela en otros cielos, decía que un escritor se hace “con taller, sin taller o a pesar del taller”, pero quienes hemos asistido a talleres literarios o coordinado algunos sabemos que el taller tiene un ingrediente esencial en el proceso de creación: fortalece la disciplina.
El libro que hoy presentamos no es más que fruto del talento y de la disciplina de Óscar Wong. Qué bueno que, por fin, Chiapas le hace justicia. Por ahí le cumplieron un anhelo que buscó con afán y en 2015, por fin, fue merecedor del Premio Chiapas, y ahora, Coneculta, publica sus libros. El Premio Chiapas fue para su corazón, para su ego y para su bolsillo (aunque a cada rato, los premiados se quejan que el gobierno no les cumple con el pago, ni en tiempo ni en forma, y las hojas que deberían destinar para la creación, en caso de los escritores, las emplean para quejarse del trato abusivo que reciben nuestros mejores intelectuales por parte de la clase política); pero lo segundo, es decir, la publicación de sus libros es más para nosotros. Es su legado. Los lectores sabemos que los autores nos heredan horas y horas de trabajo, de disciplina y de talento. Óscar, con este libro, nos da su legado a todos los practicantes, estudiosos y lectores gozosos del cuento.
La pregunta que me hice en cuanto tuve el libro en mis manos fue: ¿Es sólo para responsables de talleres o asistentes a talleres? Porque así pareciera indicarlo el subtítulo de Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de narrativa, pero no es así, este libro es como una brújula para espíritus adolescentes que no tienen gran experiencia en el género. Acá hay un mapa por donde caminar. Acá está el gusto del autor y, lo sabemos, siempre es bueno que alguien con experiencia sirva de guía. Este manual es un buen faro para identificar aquellos rasgos importantes en el proceso de creación. Acá están imbricados el Himalaya y el caracolito, metáfora sublime de la espiral como identidad de vida. Acá está la ventana que Wong ha abierto para que el mundo sepa que el cuento sigue, sigue, sigue, sigue, paso a pasito.
Que el aplauso sea para Óscar Wong.

Posdata: Nunca he dejado los cuenteretes. Ahora ya no me siento con Víctor en la grada del corredor de la casa. Víctor murió hace años. La casa que hoy habito no tiene corredores, es una casa pequeña, pero los libros siguen teniendo el mismo encantamiento de entonces, de siempre. Ayer escribí un cuento. ¿Querés que te muestre mi cuenterete?

viernes, 25 de noviembre de 2016

CULEBRAS DE VIENTO





Estábamos en el sitio de la casa de Carlos. Estábamos debajo del árbol de jocote. Fumábamos. No teníamos edad para hacerlo. Digo que no teníamos edad para fumar, para estar debajo del árbol sí. También teníamos edad para trepar al árbol. Teníamos 8 o 9 años de edad. Fumábamos. En un instante, a la hora que pasó una corriente de aire y levantó las hojas secas y nosotros nos tapamos los ojos, Raymundo dijo: “Una vez, en casa de mi mamá, pasó una culebra de viento”.
Estábamos los tres: Carlos, Raymundo y yo. Ya dije que estábamos en el sitio de la casa de Carlos. A veces ellos dos llegaban a mi casa (la casa que rentaban mis papás) y, de igual manera, jugábamos en el sitio de la casa. A la casa de Raymundo nunca íbamos, por la simple razón de que él no tenía casa. Su mamá era sirvienta en la casa de las Pérez. Nosotros sabíamos que ellos, Ray y su mamá, dormían en un cuartucho de madera y techo de lámina que estaba en un esquinero lejano del sitio. Las Pérez eran dos niñas odiosas que siempre las vestían igual, con vestidos y calcetas blancas y con moños en las colas del cabello. El papá de las Pérez era dueño de una finca muy grande donde, contaban los papás, tenía más de mil cabezas de ganado. Era, pues, un hombre rico. Las Pérez eran niñas ricas. El papá de Carlos y el mío no eran dueños de haciendas, pero, como alquilaban las casas donde vivíamos, nosotros decíamos que sí teníamos casa, a diferencia de Ray, que vivía de “arrimado” en la casa de las Pérez. Eso de arrimado lo decían todos los del grupo de clase.
Por eso, cuando Raymundo dijo que en su casa había aparecido una culebra de viento nosotros nos cubrimos las bocas para que no viera que la risa nos ganaba. Al otro día, Carlos revivió la anécdota y, como Ray no estaba, los dos nos reímos, ahora sí con toda libertad. Abrimos nuestras bocas y dejamos que la risa se esparciera por todo el campo y chocara contra las paredes y nos regresara como bumerang en forma de eco. Ray no tenía casa. Pobre. Su mamá era sirvienta en la casa de las Pérez, por eso siempre andaba con un mandil a cuadros, siempre húmedo. Cuando la encontrábamos en la calle ella nos saludaba de lejos, tenía un tic, a cada rato se limpiaba las manos sobre el mandil, por eso, cuando daba la mano en señal de saludo, siempre la tenía húmeda, mojada.
Yo tenía diez u once años de edad cuando abandonamos la casa que mis papás alquilaban y nos mudamos a la casa que habían mandado a construir en un terreno adquirido muchos años antes. Carlos también se mudó. No solamente se mudó de casa sino de ciudad. Un día nos dijo que habían comisionado a su papá a otra plaza: Coatzacoalcos. Nunca más volvimos a verlo. Quién sabe adónde vive ahora. El único que no cambió de casa fue Ray.
Aquella tarde, cuando el viento cesó y nosotros nos limpiamos la cara y volvimos a abrir los ojos, Ray dijo que la ocasión en que la culebra de viento pasó por “la casa de su mamá” había levantado el techo y las láminas habían volado como si fuesen gaviotas. Las láminas habían caído muy lejos. Lo bueno es que habían caído en terrenos despoblados, porque de lo contrario pudieron haber causado una desgracia; entonces, Ray nos dijo que su mamá le había contado que, en una ocasión, en el pueblo donde vivía de niña (una comunidad rural, cerca de Amatenango) la culebra de viento había arrancado los techos y una de las láminas había volado con tal fuerza que se impactó contra una niña que corría a esconderse. La niña corría a mitad de la calle, oyó que algo volaba detrás de ella, el ruido era como el de un trompo gigante que estuviera “privado” en sus vueltas. La niña dejó de correr, se paró y volteó. Apenas tuvo tiempo para levantar las manitas en intento de detener la lámina que, como hoja de sierra eléctrica, partió en dos su cuerpo.
Nosotros nada dijimos. Ray se paró, se limpió su pantalón, siempre remendado, y dijo que ya se había hecho tarde, que tenía que pasar a comprar panela en la tienda de doña Rome. Carlos y yo también nos paramos. Dije que también debía irme. A mitad del sitio, Ray levantó la mano y dijo: “Sí, ya me voy, a casa de mi mamá”. Oímos que remarcaba la última frase.
Ahora no sé dónde vive Carlos. Yo vendí la casa de mi papá y ahora vivo en una casa que es de don Francisco y que yo alquilo. ¿Ray? Ray vive aún en la casa de “su” mamá. Cuando murió el papá de las gemelas Pérez, éstas vendieron todas las propiedades heredadas y fueron a vivir a Londres. Ustedes no se preocupen, le dijeron a la mamá de Ray, pueden seguir viviendo acá. La mamá de Ray murió hace dos años, pero él sigue viviendo ahí. Ya no vive en el cuarto del fondo del sitio. Ocupa el cuarto que fue la recámara de las Pérez, desde el que, a través de un balcón, se ve el sitio de la casa.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA BANQUETA ES UN PALCO




La foto es sencilla. Es una tarde cualquiera. Los autos pasan con su ritmo de bachata o de reguetón, mientras dos amigos, sentados en la banqueta, platican. No hay más. El sol lo sabe, por eso pinta su raya y no inunda la calle, sólo se tira sobre los tejados de un barrio mítico: la Pilita Seca.
En este país y en otros de América Latina la acera se le llama banqueta, cuando el diccionario exigiría que se llamara banqueta a un banco pequeño, sin respaldo ni descansabrazos, un poco como los bancos que usaban los primeros banqueros en la Italia de fines de la Edad Media. La mayoría de hablantes usa banqueta como sinónimo de acera.
Acá en Comitán sólo quienes se creen hijos putativos del maestro Bernardo Villatoro dicen acera. Todo mundo habla de banquetas, todo mundo recomienda a las mujeres caminar con cuidado por las banquetas de laja, porque son muy resbalosas (las lajas).
Pero acá, como en muchos otros lugares de este país, el sustantivo banqueta lo hemos convertido en verbo y decimos que no hay cosa más agradable que “banquetear” en las tardes. Muchas palabras las convertimos en verbos, un verbo reciente es escanear: yo escaneo, tú escaneas. La palabra escáner la convertimos en verbo. De igual manera, hace tiempo, al sustantivo petate también lo volvimos verbo y lo aplicamos para la vida y para la muerte. Si fulano murió decimos que se petateó, pero, si fulana se acuesta con el compadre, decimos que la fulana petateó con su amante.
Así pues, en Comitán existe la sana costumbre de “banquetear”; es decir, sentarse en la banqueta para platicar con los amigos. Si hubiese que nombrar el barrio más banquetero de Comitán sería el barrio de la Pilita Seca.
En la esquina de mi casa hay dos señoras que banquetean los domingos, por la tarde. Salen de su casa (que está a la mitad de la calle), caminan a la esquina y ahí se sientan hasta que la noche llega. Si ellas vivieran en Tuxtla, por ejemplo, abrirían la puerta de su casa y sacarían sillas. En Comitán no se banquetea sacando sillas a la banqueta, acá, la gente es más sencilla, se sienta sobre la banqueta. Desde la banqueta, los banqueteros se dedican a ver cómo pasa la vida en forma de mujeres que saludan, de jóvenes que caminan tomados de la mano, de mujeres que llevan a sus mascotas, de niños que van abrazados o de jóvenes que, con la música a todo lo que da, manejan sus autos recién lavados. En la Pilita Seca se da el fenómeno social con gran elegancia. Como a las cuatro de la tarde alguien se sienta y revisa su celular; un minuto después llegan dos amigos (una muchacha bonita y un muchacho que viste pantalón de mezclilla). Poco a poco la banqueta se llena de amigos que platican y beben refrescos (cerveza, alguna vez). Las señoras que preparan los panes compuestos y las chalupas sacan sus mesas a la banqueta, prenden el foco y esperan que los antojadizos lleguen a comprar. La calle se llena de vida. Todo lo convoca ese hábito maravilloso de banquetear.
En esta fotografía se ve a dos amigos que banquetean, alejados de toda la prisa que parece pasar frente a ellos. Los automovilistas llevan prisa, su destino es otro. Ellos, los banqueteros, platican, toman un refresco. No hacen más. Ya trabajaron durante toda la mañana. Ya ganaron el derecho de banquetear y se sientan en el palco principal del mayor teatro del mundo. Todo sucede en la calle. Esto lo saben los banqueteros, por eso no se quedan encerrados en sus casas viendo televisión. Salen a la calle y ven el único canal que resume la vida de manera espléndida.
Nunca se ha sabido de un accidente en el que un auto pase a arrollar a los banqueteros. Todos los automovilistas saben que la Pilita Seca es territorio para banquetear, ello los obliga a moderar su velocidad y conducir con precaución. No existe el letrero de advertencia, pero éste diría: “Precaución: Comitecos banqueteando”.

martes, 22 de noviembre de 2016

A MITAD DEL BOSQUE





Digamos que nada sabemos de física. Estamos en el corredor de la casa, tomamos café, sentados en butacas. El cielo es un lienzo oscuro, como un telón de teatro. De pronto, en la lejanía, aparece un rayo en el cielo, una raya de luz que se abre por instantes y se difumina; luego escuchamos el trueno, un estruendo fastuoso que nos abraza como si fuese una sábana ruidosa. Luego, igual que el rayo, el trueno se diluye en el agua del aire. Son instantes en que la armonía del cielo se interrumpe. Un chisguetazo de luz y una palmada escandalosa. Y luego, de nuevo, la oscuridad. Seguimos tomando café, sentados. Del jardín suben aromas frescos, de jazmines. De la calle asoman ladridos y, de vez en vez, aullidos de alguna ambulancia.
Digamos que nada sabemos de física. Estamos en el bosque. Sentados al lado de un pino que prodiga una sombra agradable. De pronto, el cielo se oscurece, un hato de nubes se desparrama como ovejas en busca de resguardo. Gotas de lluvia se desgajan como frutos maduros, golpean las frondas, humedecen el pasto, convierten la tierra en lodo. Quienes estábamos sentados frente a un mantel que hacía las veces de mesa corremos a resguardarnos, buscamos un parapeto que nos cubra de la bofetada del agua. Nos protegemos debajo de las frondas de los árboles, pero, dos segundos después, alguien alerta: “Cuidado, con los rayos”. Sabemos que un rayo puede, como espada de Damocles, caer sobre nuestros cuerpos.
Digamos que nada sabemos de la vida. Estamos en casa, sentados frente al televisor. Los hijos juegan. Los dos niños están sobre el sofá. Juegan a que están en un cohete que se dirige a Marte. Los vemos, mientras tenemos un libro en las manos, mientras la radio toca una canción de Juan Gabriel. La abuela se acerca y se tapa los oídos con las manos, dice que hay mucho ruido. ¿Cómo es posible que soportemos el sonido de la televisión, el parloteo de los loros, el ladrido desaforado de Kurdo (que ladra como si un delincuente quisiera entrar a la casa) y la música que expulsa la radio? Los niños dicen que ya están a punto de “aterrizar”. La mamá les dice que no se dice así, se aterriza en la tierra, pero luego ya no sabe decirles cuál es el término correcto para decir que “bajarán” en Marte.
Digamos que nada sabemos de la vida y que no sabemos por qué la abuela no incluyó en su extensa relación de ruidos, el ruido de la nave interplanetaria donde viajan los nietos, porque si algún ruido supera al parloteo del loro, a la campana que avisa la cercanía del camión de la basura, el chancleteo irregular de los pies de la abuela y la voz delgada de Juan Gabriel es, precisamente, el estruendo de los motores de la nave en que viajan los niños que, con sus voces de hojas tiernas, se emocionan ante la visión del paisaje marciano.
Digamos que nada sabemos de la vida y no sabemos por qué nosotros tenemos la certeza de que no hay vida en Marte, cuando los niños que ahora bajan del sofá y ponen los pies sobre el planeta rojo comienzan a gritar que allá, detrás de aquel montículo, hay hombres y mujeres que, temerosos, se esconden. Es como si estos marcianos fueran aztecas y los nietos de la abuela fueran Hernán Cortés y la Malinche.
Digamos que nada sabemos de la vida en la tierra, nada sabemos de rayos, truenos, lluvias. Digamos que sólo sabemos que hay nubes que saben a algodones de París, que existen árboles para hacer nidos y que hay niños para subir a los columpios que colgamos en nuestros brazos abiertos, dispuestos al abrazo.

lunes, 21 de noviembre de 2016

CUANDO LOS INTERESES FUNDEN LAS LÁMPARAS VERSALLESCAS




Las lámparas versallescas siempre están cerca del cielo, siempre están por encima de nuestras cabezas. Son las encargados de iluminar los salones donde se realizan las grandes conmemoraciones. Pero, ¿para qué sirve una lámpara con las bujías fundidas? Para nada, bueno, sirve para acumular polvo y telarañas.
Por intereses malsanos, hay ocasiones en que las lámparas versallescas no iluminan. Como ejemplo están dos actos recientes, los dos están relacionados con el reconocimiento de hechos relevantes. Uno de estos actos es la entrega del Premio Nobel de Literatura, el otro es la entrega de la Medalla Belisario Domínguez.
Dichos reconocimientos fueron creados para afirmar la dignidad de ciertas personas. El Nobel reconoce a quienes, según el entendimiento de los integrantes del jurado, son los escritores que han creado una obra literaria relevante; y la Belisario Domínguez reconoce a las personas mexicanas que se han distinguido por realizar acciones en favor de la patria.
La medalla Belisario Domínguez desde años anteriores ha dejado de lado su vocación original y se usa para intereses aviesos de grupos particulares. El Nobel de Literatura perdió su vocación este año.
Se sabe que ahora la entrega de la medalla Belisario Domínguez queda en manos de grupos políticos. Cada año, un partido político tiene la decisión en sus manos. Un año es el PRI, otro el PAN y luego el PRD y así consecutivamente. Ya no es el Senado quien decide y sino un grupúsculo, esto habla de una fractura que deshonra la imagen de la institución política y denigra el objetivo puntual de la entrega de la medalla que lleva el nombre de un comiteco relevante.
Algo similar ocurrió este año con la entrega del Nobel. Jamás el grupo de notables encargado de designar al escritor merecedor de tal distinción había caído en terrenos que lo desviaron de su función esencial. Muchos admiradores de Bob Dylan (el elegido) han hablado bondades de las letras de sus canciones y no dudan en reconocerlo como un poeta de excepción. Sin duda que esto es cierto, de lo contrario los integrantes del Comité Sueco no lo hubiesen elegido, pero -y esto es lo grave- Bob es más intérprete que escritor. Los millones y millones de personas que admiran a Bob lo conocieron a través de un acetato, de un casete, de un disco compacto o de un dispositivo electrónico musical reciente. Su letra tiene el complemento de la música. Si Bob sólo “dijera” sus letras muchos de sus admiradores se sentirían frustrados. Este año, el grupo de notables se equivocó. No privilegió el libro sino el disco.
Desde siempre (pensar lo contrario sería ingenuo) la entrega de reconocimientos responde a una serie de intereses particulares, pero, por lo regular, dichos estímulos se realizan siguiendo el espíritu que creó el galardón, pero este año las dos instituciones ¡se volaron la barda! Es más sorprendente la decisión de la Academia Sueca, porque del Senado ya puede esperarse todo.
Muchos críticos han señalado que la entrega de la medalla contiene un agregado perverso. Cuando alguien pregunta cuáles fueron los méritos de Fidel Velázquez para recibir la presea se dice que fue el secretario perpetuo de la central obrera del partido oficial. ¡Ah, bueno, dice el curioso! ¿Cuál fue el mérito de Carlos Fuentes? Fue un importante escritor mexicano (que nació en Panamá). ¡Ah, bueno, dice el curioso! Cuando alguien (en el futuro) pregunte: ¿Cuál fue el mérito del ingeniero Gonzalo Rivas?, la gente dirá: “Fue un héroe que ofrendó su vida al cerrar las válvulas de una gasolinera en medio de un incendio provocado por estudiantes de Ayotzinapa”. Este último agregado es de una perversión tal que contradice el espíritu liberal que siempre animó las acciones de Belisario Domínguez. El héroe comiteco dijo: “Cumpla con su deber la representación nacional y la patria estará salvada”. La patria está a punto de la asfixia, porque la representación nacional no cumple con su deber. No cumple con el deber máximo de honrar a la patria ni con el mínimo deber de elegir a personas con virtud en grado eminente para recibir la medalla.
Bob ya comunicó que no acudirá a la ceremonia de premiación. Ahora la Academia Sueca informa que el cantante acudirá a Estocolmo a brindar un concierto en 2017 y ahí, dice la Academia, el artista “puede” dar su mensaje. Da pena ajena esta declaración. No obstante que Bob ignora a la Academia al no acudir porque tiene cosas más importantes qué hacer, la institución mendiga unas palabras de parte del divo.
Este año, la lámpara de la Academia Sueca tuvo las bujías fundidas, lo mismo ocurrió con el candelabro del Senado Mexicano. Nadie, qué pena, tuvo la capacidad de arrimar una escalera para limpiar esas luminarias, para eliminar el polvo, las telarañas y los focos. Todo está fundido, confundido.

sábado, 19 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO SE PESCAN LAS NUBES




Con un abrazo para la familia Aguilar Carboney,
por la ausencia física de doña Blanquita Carboney.

Querida Mariana: Vos ya no conociste a Jaime. Ahora digo que es una lástima que no lo hayás conocido. Te hubiera gustado conocerlo. Era un niño de cabellos ensortijados (colocho, diríamos en Comitán), ojos verdes y manos pequeñas. Sus manos no correspondían al tamaño de su cuerpo que, digamos, era normal. Sus manos eran la mitad del tamaño de las manos de sus amigos. Jaime nunca se sintió mal por ello, al contrario, eran su orgullo. ¿Sabés cuál era su gusto mayor? Ir a pescar al rancho de su tío Eugenio, que estaba en la Tierra Caliente. Esperaba con ansias que llegara el viernes, para salir corriendo de la escuela, llegar a su casa, comer rápido, casi parado, preparar su maleta y esperar que el tío llegara con su camioneta Ford, pintada de verde. Se sentaba sobre la maleta y cuando escuchaba el claxon salía corriendo y detrás de él su perro Spuki.
Jaime era un niño bello. Un día todo mundo se alarmó: Jaime se había ahogado en el mar. Nadie podía creerlo, todos decían que no era posible. Jaime era un gran nadador. Tal vez quienes lo decían no comprendían que hay una gran diferencia entre un río, así sea el más caudaloso del mundo, y el mar. El mar tiene secretos y misterios que no corresponden a los que son propios de los ríos. Parece una bobera, querida mía, pero un agua es dulce y la otra es salada. Jaime murió en agua salada.
La gente muere. Dicen los que saben que es la única certeza de la vida. El otro día murió doña Blanquita, quien, igual que el tío Eugenio, tuvo un rancho en Tierra Caliente. Su rancho (el rancho de su esposo, de su familia) se llamaba Tzipal. La tierra aún está ahí, tal vez sigue conservando ese nombre, ahora que ya pertenece a otra familia. Siempre me he preguntado si los ranchos cuando cambian de propietario pueden, a gusto del nuevo poseedor, cambiar de nombre o existe una restricción en el registro de la propiedad. Los pueblos son los que no deberían cambiar de nombre, pero éstos sí quedan al capricho de los poderosos. Un día, en mala hora, a un gobernante se le ocurrió que la villa de Zapaluta debería llamarse La Trinitaria y emitió un decreto que borró de un plumazo (de gallinazo) aquel mítico y eufónico nombre. A muchos pobladores les gustó el cambio, porque creyeron que ser trinitarenses les daba más caché que ser zapalutecos. El nombre de la trinitaria es un nombre común para poblados, organizaciones e iglesias en el mundo entero. El nombre de Zapaluta era único, ¡es único!
Por eso me gusta el nombre del rancho de doña Blanquita: Tzipal. Quique cuenta una anécdota graciosa del día de la venta del rancho. El precio de venta era de tantos miles de pesos sin chucho y de tantos miles de pesos con chucho. ¿Por qué era más caro con el chucho? Ah, porque el chucho avisaba cuando la tranca quedaba abierta. Quique lo cuenta con una gracia especial, porque los ladridos parecen ser palabras desaforadas o éstas ladridos de aviso. En fin, tendrías que escuchar la anécdota en voz de Quique para tener idea exacta de lo que digo: Tzipal tenía un chucho que hablaba.
El papá del güero Becerril bajaba a Tierra Caliente todas las madrugadas y pasaba a los ranchos de la región para levantar los contenedores de aluminio con la leche recién ordeñada. Doña Blanquita ya tenía dispuesta una mesa de madera, de color verde, en uno de los corredores de su casa y hasta ahí llegaban los compradores con sus ollitas. No te he dicho que doña Blanquita es la mamá de mi compadre Javier, así que, en muchas ocasiones, cuando iba a ver a mi amigo, encontraba a su mamá vendiendo leche. Llamaba mi atención cómo ella tenía dos vasos de aluminio, con asa, que eran los vasos medidores, uno era de a litro y el otro de medio litro. Ella los usaba para despachar la leche que le solicitaban. Metía el vaso de a litro en el contenedor y depositaba el líquido en la olla de peltre del comprador.
La gente se muere. Es una pena. Los sobrevivientes lamentan la ausencia de los cercanos. En este momento en que vos leés esta línea están muriendo miles de personas en el mundo. A veces, la muerte nos toca muy de cerca, casi en el lado izquierdo del corazón. Me dolió la ausencia de Jaime y ahora me duele la muerte de doña Blanquita. Ambos eran seres llenos de luz. Sé muy bien qué le gustaba a Jaime, le gustaba ir a pescar al rancho del tío Eugenio. Ya nunca supe qué le gustaba a doña Blanquita. En estos últimos tiempos, ella pidió que la sacaran del hospital y que la regresaran a su casa. Ya estaba malita, pero no quería estar en un lugar ajeno. Sus hijos cumplieron su voluntad y Javier me contó que comenzó a mejorar en cuanto reconoció su territorio, casi casi como si el río de Tzipal iluminara sus orillas. ¿Qué hizo los últimos días? Uno de los actos más sublimes fue, dice Javier, escuchar la misa por televisión. Escucharla, porque no la veía ya que cerraba los ojos. Tal vez cerraba sus ojos para imaginar, para soñar.
Digo que Jaime pescaba. El tío Eugenio, antes de llegar a Comalapa tomaba un camino de terracería, que siempre tenía un lomo verde en medio del sendero. Jaime se quitaba el suéter, sacaba la cabeza por la ventanilla y sentía el soplo caliente del viento. Me contaba que sentía el mismo vaho que cuando entraba al cuarto de su mamá y ésta planchaba. Al llegar al rancho, el tío ordenaba que preparan el café y la cena, porque ya llegaban pardeando la tarde. Mientras lo llamaban a cenar, Jaime se sentaba a la orilla de la poza, se descalzaba y metía sus pies en el agua, que estaba tibia. Sentía cómo los peces pequeños se acercaban a sus pies y los besaban. Así Jaime me lo contaba, era como si decenas de pececillos acercaran sus bocas y lo acariciaran, lo reconocieran, como si pensaran que era Jaime, el pescador de agua. Porque, no te lo he dicho, pero a Jaime le encantaba pescar, pero nunca pescaba peces. Podrá parecer una bobera, pero Jaime pescaba agua, sólo agua, ese era su delirio, ese era su gusto supremo: pescar agua.
Doña Blanquita vertía la leche en las ollas de sus clientes (mujeres en su mayoría). A mí me tocó verlas hacer fila, desde temprano. A veces yo llegaba a las nueve de la mañana y las mujeres platicaban en el patio, en espera de que llegara el señor Becerril con el contenedor, con la leche recién obtenida de las tetas de las vacas. Una leche pura, sin bautizo. Porque, doña Lolita Albores contaba que en otras casas bautizaban la leche con agua, para que rindiera un poco más. Decía que una señora se molestó cuando una clienta le reclamó, pero se puso colorada cuando la compradora le demostró que la leche que llevaba en su olla tenía mulututes. Llegaba a las nueve de la mañana a la casa de Javier, porque una noche antes habíamos ido a los quince años de una amiga y habíamos tomado trago y la resaca era fuerte y había que ir a descrudar al restaurante “El Viajero”. Después de tomar una cerveza bien fría y un caldo de mollejas con chile al pastor cesaba el malestar físico. En ese tiempo no se acostumbraba tomar micheladas. Estos son hallazgos recientes. Lo más que hacíamos era ponerle sal y limón al bote de cerveza.
Me gustaba la afición de Jaime, no pescaba peces, pescaba agua. Él amarraba una cesta de mimbre a un lazo y lo echaba a la poza, la iba jalando poco a poco, cuando estaba casi al ras del agua veía que estaba llena de pececitos, entonces sacaba los pedazos de tortilla que llevaba en su chamarra y los esparcía al lado de la cesta. Los peces nadaban como si fuesen una multitud saliendo de un estadio y salían del aro para comer la tortilla. Ni un solo pez quedaba adentro de la cesta. Jaime daba el jalón final con su mano derecha y ponía su mano izquierda a treinta centímetros de la base de la canasta y atrapaba el agua que caía. Le gustaba sentir las gotas cayendo sobre la palma de su manita. Le gustaba pescar agua. Sonreía.
Es una bobera, querida mía, pero pienso que doña Blanquita hacía lo mismo. Metía el vaso medidor al contenedor y pescaba la leche. Vertía el vaso en la olla de la compradora (casi como si fuera la palma de la manita de Jaime) y yo la veía sonreír cuando esa leche hacía espuma. La espuma es un prodigio. Basta verter una sustancia líquida pesada para formar algo que no existía segundos después. La espuma está hecha de burbujas.
Doña Blanquita también era una pescadora. Ahora que murió lo comprobé. Todo mundo habló cosas bonitas de su vida.
Yo veía a doña Blanquita mientras esperaba que Javier saliera de su cuarto. Yo me sentaba en una grada del corredor y miraba cómo la fila de compradores agotaba el contenido del tambo lechero. Llegaba el momento en que ya no había más leche para vender. Había que esperar al día siguiente. A mucha gente le gustaba comprar esa leche porque “hacía” nata.
La pesca de Jaime parecía que nunca se agotaría porque en el río siempre fluía el agua, pero un día su agua interior se secó. Murió en el mar, en medio de un mar de agua salada. Doña Blanquita murió en un río de agua dulce, porque dulce fue su vida.

Posdata: Duelen las ausencias. Lamenté mucho la muerte de Jaime. Lamento mucho la muerte de doña Blanquita. Lamento la ausencia de pescadores de vida. Hacen falta en medio de tanta niebla.

viernes, 18 de noviembre de 2016

DEFINICIÓN DE VAMPIRO





No se sabe en qué momento el vampiro cayó en la confusión. Esta especie de animal no era lo que se considera actualmente. En realidad, el vampiro era ¡vampira! Caso raro en la tierra, de un animal que no tenía machos. Las vampiras vivían en colonias, como si fuesen abejas y como éstas tenían una vampira reina, todas las demás eran obreras. Como ya se dijo, lo único que hacía diferentes a las vampiras era que no tenían zánganos y, ¡por supuesto!, que en lugar de libar miel se dedicaban a libar sangre.
Tampoco se sabe la fecha exacta en que las vampiras (animales con cuatro patas y cuatro alas y colmillos, no en la trompa, sino en la parte baja del cuerpo) pasaron de extraer la sangre de los animales a chupar la sangre de los humanos. Según Friedrich Horman (destacado investigador alemán de animales hematófagos) esto ocurrió la noche en que, en un castillo de Transilvania, el conde Von Heurones ofreció una cena para celebrar la independencia del país Urtesio. Mientras la orquesta interpretaba valses vieneses y la champaña circulaba entre los esófagos sedientos de nobles vestidos de frac y princesas que portaban vestidos de tafetán de colores intensos y brocados con hilos de oro, un enjambre desorientado de vampiras se parapetó en uno de los balcones de palacio. Estas vampiras habían salido muy de madrugada a libar sangre de pajaritos y de alguno que otro conejo en la campiña, pero, por desgracia, el radar de la vampira guía se apagó y su vuelo de regreso fue irregular y, ya en la tarde, se convirtió en tragedia porque chocaban contra los árboles en la penumbra de la tarde, lo que ocasionó que los depósitos de sangre se rompieran y la sangre conseguida se diluyera. El estado de las vampiras era lamentable, todas ensangrentadas, con los pelos lisos, parecían zanates expuestos a un chubasco brutal. En el dintel del balcón se estacionaron (Horman sostiene que, según las investigaciones realizadas de las huellas sanguinolentas, los estudiosos pueden asegurar que el grupo de vampiras despistadas era no mayor a diez animales). La música de los violines sublimó a una vampira. Acostumbradas a escuchar sólo el rumor del viento y del agua al desprenderse de lo alto de una cascada, las vampiras comenzaron a sufrir una especie de nostalgia que las obligaba a emitir una serie de suspiros que las movía como fuelles, de abajo hacia arriba, hasta chocar contra los cristales emplomados de las ventanas. Horman asegura que una princesa, con vestido ampuloso y escote que hacía resaltar sus blancos pechos se acercó a la ventana y vio a la vampira sublimada, recostada contra el cristal, como si estuviese en un estado profundo de ensoñación. La princesa abrió uno de los postigos y, con extremo cuidado, tomó con su mano enguantada al animal ensangrentado. En ese momento, el príncipe Brostew se acercó a la princesa para ofrecerle ir al jardín para refocilarse al amparo de la luna, pero en cuanto vio que ella tenía el guante ensangrentado creyó que el animal que ella sostenía en la mano estaba realizando la labor de transfusión sanguínea, gritó, alarmó a todos los contertulios, y, sin pensarlo dos veces, tomó al animal y lo partió en dos de un tajo exacto con su espada. El grupo de vampiras, a pesar de la fatiga y de la extrema confusión, escuchó el lamento de su compañera y, por el natural sentimiento de solidaridad animal, los ocho animales restantes (número dictado por Horman) se precipitó en el salón de los espejos y chocando contra éstos volaron hacia donde la princesa se cubría la boca con el guante ensangrentado. Los animales, presos del odio, no hicieron distingos y chuparon la sangre de la princesa, como si ésta fuese una simple vaca o un toro capón. Los cronistas narran que la celebración se convirtió en un holocausto, ya que el príncipe, en intento de salvar a la princesa del ataque de las vampiras, blandió su espada como si fuese un sacudidor y, en un movimiento infausto, le cortó una oreja a la princesa, quien, desde entonces, fue conocida con el sobrenombre de “La princesa tacita”.
Del grupo de vampiras, sólo dos lograron regresar con vida a su “panal”. Cuando la vampira reina se enteró del suceso, en lugar de enfadarse o de romper a llorar por la pérdida de las demás obreras, pidió que las dos vampiras exudaran la sangre de la princesa y como este elíxir aventajó el sabor y la consistencia de la sangre de los animales cuadrúpedos, la reina exigió que, en adelante, sólo llevaran sangre de bípedos, mejor si era de princesas.
¿En qué momento la historia se modificó y apareció el vampiro como figura central de la historia de las vampiras? El doctor Horman continúa con sus investigaciones, pero, en el número 359 de “Science for the past”, deslizó la idea de un acto machista que intenta cancelar la importancia de la mujer en la historia de la humanidad.