lunes, 21 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON UN MAR DE BARRO





Las Sagradas Escrituras no lo dijeron, pero Dios no sólo al hombre hizo de barro, también el mar, también las olas.
En esta fotografía el cielo, como siempre, enmarca el instante. No reflexionamos en ello, pero cada instante del hombre y de la mujer tiene la bendición del cielo. Puede desaparecer todo el entorno, puede (en un temblor) desaparecer la tierra, pero el cielo siempre estará ahí, como si fuese el ángel de la guarda del hombre.
Acá, el fotógrafo está sobre una barca que boga sobre un mar tranquilo. Las olas de barro recalan sobre una isla donde se aprecian dos árboles por encima de un bosque. Porque este mar no es el mar de Cancún, no es el mar de Acapulco. Este mar es un mar de clima frío, de clima donde, en lugar de palmeras, en las islas sobresalen los pinos.
Las olas de barro, igual que las olas de agua, tienen comportamientos azarosos. Cuando el clima es como una mesa de cumpleaños, las olas se comportan tranquilas. Como si fuesen niñas de escuela marchan uniformes. Levantan la pancita y luego deslizan la comba en un tobogán seductor. ¡Una, dos, tres!, dicta el viento y las olas suben y bajan, como si fuesen juego en parque infantil. El barco apenas se mueve. El marino disfruta el clima frío, el espejo de niebla que asoma encima de esa isla que es un bosque. El marino no tiene necesidad de usar los remos. Las olas de barro conducen la barca a buen puerto.
En esta fotografía también el horizonte está hecho de barro. Es una línea sinuosa que recuerda el origen del hombre, la costilla de Adán, la duna donde Anthony Quinn interpretó El León del Desierto. Este horizonte recuerda el polvo que maltrata el ojo del hombre, el polvo con que las mujeres de Amatenango tejen sus sueños.
Este mar está empinado, es como una ladera del Himalaya. Es sólo para recordar que la vida es un continuo ascenso; sólo para recordar que el hombre es polvo; sólo para decirnos que Ítaca es una isla donde no hay palmeras, sino pinos y zanates. Las gaviotas viven en medio de las olas de agua; en medio de las olas de barro sólo los azulejos llevan la esperanza en sus picos recios.

domingo, 20 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE SEÑALA LA RUTA DE EVACUACIÓN





Siempre fue motivo de broma. Ahora se volvió realidad. La ruta de evacuación está perfectamente señalada: en una puerta van los “caballeros” y en otra van las “damas”.
Si el lector reflexiona tantito verá que el letrero (¡oh, paradoja!) no funciona para los casos de emergencia en que debería funcionar. El letrero funciona en tiempo de sosiego. ¡Bendito Dios! Cuando es un día común, pero algo en el cuerpo indica que debemos usar el “común”, el letrero funciona a las mil maravillas, es como si dijese: “no te preocupes, acá está la ruta de evacuación ideal. Entra, bájate el pantalón y haz lo que tengas qué hacer”. ¡Ah, qué alivio! Alivio para el espíritu, pero, sobre todo, para el cuerpo. Pero (Dios eterno) en tiempo de contingencia sísmica el letrerito confunde. A la hora que la señora gorda sale, con los brazos en alto, gritando como chachalaca: “¡está temblando, está temblando!”, por favor, que nadie haga caso de tal letrero. ¿Qué pasaría si algún caballero o dama se mete a estos privados?
Hubo un tiempo en que las rutas de evacuación no existían. La gente sabía lo que tenía qué hacer, si tenía retortijones en la panza, iba al sitio y buscaba el común. En Comitán había baños con cuch integrado para hacer una limpieza completa. Si aparecía un temblor, la gente se hincaba, alzaba los brazos e imploraba a Dios para que el movimiento telúrico cesara. A nadie se le ocurrió pintar letreros con rutas de evacuación. Y nadie lo hizo porque todo mundo sabe que en el instante en que ocurre un imprevisto, de los primeros o de los segundos, nadie hace caso de letreros. Lo que importa en ese momento es evacuar de inmediato, donde sea. A mí, perdonen mi insolencia y mal gusto, me ha tocado ver a gente que cuando le ocurre un imprevisto de los primeros evacua al lado de la carretera, detrás de un camión de redilas o, juro que en una ocasión me tocó, a mitad de una sala. Se entiende, son contingencias. Cuando ocurre un imprevisto, de los segundos, la gente corre hacia donde su temor lo jala. El pánico oculta la lección aprendida que sugiere no correr, no empujar, no gritar. He visto, lo juro, gente que corre, se baja el pantalón y puja y grita y grita (perdón, esto último se refiere a las contingencias primeras).
Pero, si el lector ve con atención, observará que la ironía está presente. El letrero superior indica Baños y en la primera puerta aparece el letrero de “Leros”, leros candeleros. ¿Quiénes son los leros? ¿En estos tiempos aún existen caballeros? Muchas de mis amigas juran que los caballeros ya no existen, que ahora todos son unos patanes. Pero, esta bola de patanes (tal vez en desagravio) jura que quienes ya no existen son las damas. ¡Ay, mundo! Parece que sólo en los sanitarios sigue existiendo ese concepto. Cosa que debemos agradecerle a los rotulistas. Ahora hay una tendencia donde los sanitarios ostentan letreros de Hombres y Mujeres (en un restaurante de Mérida vi una tercera opción que decía: “Ni uno ni otro”. Era un letrero simpático).
Hubo un tiempo en que las rutas de evacuación no estaban señaladas. La gente las encontraba como podía, como Dios le ayudaba a entender.

sábado, 19 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL VINO Y DEL PAN




Querida Mariana: en los relatos bíblicos aparece con frecuencia el vino y el pan. Recomiendan, incluso, llamarle pan al pan y vino al vino. ¿De dónde el pan? ¡Del trigo! ¿De dónde el vino? ¡De la vid! (de la vid y del trabajo del hombre).
En estas tierras chiapanecas todo mundo come pan, pero no todo mundo bebe vino. Cuando el tío Eusebio se para, lo primero que hace es abrir su ventana, oler la madrugada y luego pone a calentar el café que tomará con pan.
Pedro es un hombre frondoso, casi tan frondoso como una ceiba. Él, desde hace años, tiene la costumbre de beber vino. A pesar de ser un hombre rubicundo y comer generosas porciones de carne, con su correspondiente “gordito”, no tiene un solo gramo de colesterol o de triglicéridos. Los médicos dicen que es porque bebe vino. Así imagino a los franceses, bien dados y sanos. Mi Paty dice que cuando fue a Europa, hace ya muchos años, costaba más una coca cola que un vaso de vino. Así como acá tenemos la costumbre (el costumbre) de tomar café con pan antes del desayuno, en Francia acostumbran beber vino a la hora de la comida. Allá también le entran con fe al pan, pero no son rosquillas ni cemitas, allá comen baguetes. Es una postal común ver a gente caminando en la orilla del Río Sena cargando una bolsa de papel donde sobresale la punta de una baguete, enorme pan con que acompañan el queso roquefort.
Y no tenemos la costumbre de beber vino porque acá no hay viñedos. Acá sobran los plantíos de jitomate (algunos regados con agua de caca del Río Grande y rociados con kilos de “gramoxone”). Acá, en los patios de las casas, hay tapescos donde cuelgan los chayotes y árboles de limón y de lima de pechito. Por esto, a la hora de la comida, las familias tradicionales y gente que sabe de la buena vida, en lugar de arrempujarse un enorme botellón de coca cola preparan una sabrosa limonada o un agua de lima de pechito.
¿Por qué la recomendación de llamar pan al pan y vino al vino? Porque somos muy dados a no llamar a las cosas por sus nombres, somos dados, como dicen los especialistas, a buscar eufemismos; es decir, palabras que sean como papel higiénico, “más suavecitas”. La recomendación sugiere que usemos los mejores términos, sin querer adobar la carne insípida.
Y si seguimos la recomendación, entonces al pan lo llamaremos pan. En Comitán somos mitoteros y argüenderos. ¿Alguien se molesta? Nadie debe hacerlo, porque estos son rasgos culturales que nos definen y que nos otorgan carácter y personalidad. Si no fuésemos como somos no seríamos lo que somos. El otro día, el maestro Julio me explicó que la palabra “mitote” proviene del náhuatl. ¿Lo sabías? Pucha, es una palabra hermosa, que viene de siglos, de tiempo antes que los españoles llegaran con su idioma. Así que, cuando decimos que los comitecos somos mitoteros estamos hablando de una herencia de siglos que aún conservamos. El maestro Julio dice que “mitotiqui” quiere decir danzante. Es decir que cuando decimos que alguien es mitotero decimos que anda metido “en la fiesta”. Y vaya que los comitecos somos amantes del guateque. Por todo hacemos bulla. Que si el niño terminó su educación primaria ¡va fiesta! Que la niña cumplió quince años ¡metale trago! Ahora que vivo temporalmente en el barrio de San Sebastián me han tocado muchos festejos religiosos. Apenas el pasado miércoles 16, a las 6 de la mañana (como dirían los clásicos) hubo “atronadora cohetería”. Dios mío, El misha estaba en el patio, pero entró a la casa con carita de diluvio universal a la hora que comenzó la quemazón de triques. Como si el mundo estuviese en guerra cientos de estallidos retumbaron en el cielo de Comitán. ¡Pobre gato! Paga las consecuencias de los mitotes que arman los comitecos. ¡Pobre gato! Él no lo sabe pero cuando regresemos a la casa, al barrio de Guadalupe, se volverá a topar con mitoteros guadalupanos.
El argüende tiene que ver con el chisme, con la “sana” costumbre de participar a los demás los acontecimientos del día. El chismorreo se asemeja al juego infantil del teléfono descompuesto. Una persona se entera de algo, va y la cuenta con agregados que le dan sabor al caldo. Cuando el acontecimiento llega a su versión número 10 ya está remasterizada y cuenta con mil efectos especiales. Se entiende esa modificación, ¿quién cuenta chismes sin agregarle un poquito de “polvojuan”? Si a las cosas hay que llamarlas por su nombre, los comitecos (Dios me perdone) somos mitoteros y argüenderos. Pero que nadie se sorprenda, porque eso es práctica común en todos los pueblos del mundo, es una condición humana. A la gente le gusta la fiesta y el chisme.
En Comitán, de vez en vez, en el Teatro de la Ciudad, organizan encuentros de contadores de anécdotas. Los comitecos acuden con gusto y se divierten con la simpatía de los participantes. ¿Por qué llama tanto la atención? Porque lo que ahí se cuenta, se cuenta con gracia. No cualquiera puede contar una anécdota, así como no cualquiera puede contar un chiste. La anécdota se diferencia del chiste en que es un suceso real divertido. “Los cuenta anécdotas” las atesoran y luego las van soltando como si fuesen palomas mensajeras. En la anécdota está sintetizada la personalidad del comiteco, ahí está nuestro lenguaje, nuestras costumbres y nuestros personajes más queridos. ¿Y qué son los pueblos sino lenguaje y costumbres? Las casas, patios, plazas y mercados nada serían sin el corazón del hombre. El hombre descubre lenguajes e inventa modos de hacer menos tediosa la vida. Y en las anécdotas vemos que el pueblo comiteco, gracias a Dios, es mitotero y argüendero. A los habitantes de este maravilloso pueblo les encanta el guateque. Hemos perdido tradiciones, ya no se hacen los festejos en los patios de las casas, ya no se adornan con festones de juncia, ya no se cuelgan los manteados, ya no se reparten “lechitas”, ya no se pierde la llave, ya no se contrata marimba. Bueno, algunos todavía lo hacen, pero la mayoría prefiere la renta de un salón y, en lugar de marimba, contratan a un DJ y, en lugar de “lechitas” o un pitutazo de comiteco, ofrecen un “muppet”. Hemos perdido la costumbre de la puntualidad. Si la invitación a la comida dice a las dos de la tarde, todo mundo comienza a llegar a las tres. Los tiempos han cambiado, lo único que permanece inalterable es el buen humor de los comitecos. Apenas se sientan comienzan con el chismorreo (cotorreo, le llaman ahora los chavos) y, sin darnos cuenta, aparecen las anécdotas; es decir, sucesos chuscos que les suceden a los compas de este pueblo. Y dentro del chismorreo brinca, como chapulín sobre comal, el apodo. Porque puede contarse una anécdota sin apodo (para no ofender), pero si se da el apodo del personaje, la anécdota brilla como si fuese una esclava de oro.
Acá en Comitán procuramos llamar pan al pan y vino al vino. No buscamos sucedáneos. Pero, en ese ánimo estéril de convertirnos en pueblo del siglo XXI, también vamos dejando la tradición del pan y del vino. Dirás que miento porque líneas arriba escribí que en Comitán no tenemos la costumbre de beber vino. Bueno, por lo que respecta al pan, cada vez más comemos de esos panes artificiales y sosos de la compañía Bimbo. Por fortuna aún consumimos las roscas chujas, pero, en lugar de prepararnos una buena torta con pan comiteco, hacemos sándwiches con pan de caja. ¿A qué hora perdimos el buen gusto? Y respecto al vino, lo digo porque cada vez hay menos acólitos en los templos católicos, y esto es comprensible porque cada vez hay menos católicos. Los acólitos de los años sesenta sí tomaban vino, el vino de consagrar que tomaba el cura.
De acuerdo con la tradición católica, el vino de consagrar, después del ritual, se convierte en “la sangre de Cristo”. Los fieles presencian el momento en que el sacerdote levanta el cáliz, lo ofrece al espíritu y luego ya convertido en la sangre del Hijo de Dios ¡lo tocochea! A los acólitos (de siete a nueve años de edad, más o menos) les encantaba ese oficio porque les permitía recibir algunas monedas que ofrecían los padrinos (bolo, padrino, bolo) y, a escondidas, tocochear de las botellas de vino de consagrar. La tía Eduviges (siempre inocente) decía que su Carlitos regresaba transformado de la iglesia, como si “el Espíritu Santo estuviera encarnado en él”. Dios mío, la mirada turbia del tal Carlitos, como de agua del Río Grande, era porque junto a sus amiguitos abrían las botellas de vino y se la pasaban de mano en mano y de boca en boca. ¿Cuál Espíritu Santo? Era el Espíritu de Baco el que se apoderaba de sus cuerpos y de sus mentes. Por eso, Carlitos, en cuanto llegaba de misa, se metía a su cuarto y dormía la siesta. ¡A las ocho de la mañana! Ya ni el bolo de tío Agenor.
Ya te conté que durante un tiempo fui acólito en el templo de Santo Domingo. Mi papá rentaba una casa a media cuadra del parque central. El parque era como mi patio de juegos y el templo era como una extensión del oratorio de casa, pero más emocionante, porque, en algunas tardes, subía al campanario a tocar las campanas. Cuando había bautizos me acomedía a recoger las velas de los padrinos y los seguía hasta que ellos, condolidos por mi insistencia, metían la mano en la bolsa y sacaban una o dos monedas. Vas a decir que soy un mentiroso o un tonto, pero esas monedas no las guardaba. Al término del oficio se las daba a mi compañero acólito, un simpático negrito que me recordaba mucho a Memín Pinguín, el ídolo de las revistas de monitos que leíamos. Le daba las monedas porque los papás de mi compañero eran de condición modesta. Mi papá me daba mi domingo cada domingo, él me contaba que su papá no le daba. Tal vez me mentía y me miraba la cara de tonto. Nunca tomé vino de consagrar ni aproveché comer hostias. Pensaba, en realidad lo pensaba así, que la hostia, después de la bendición, era como el cuerpo de Cristo y el vino era su sangre. Ambas sustancias eran sagradas. No podíamos cometer el sacrilegio de robar algo tan místico.
Y digo que así fue, porque el momento en que hice la primera comunión (en el templo de Guadalupe) fue un momento importante para mí. No recuerdo algún guateque realizado por mi cumpleaños, pero sí recuerdo el desayuno que mis papás prepararon el día que hice mi primera comunión. Ese día, muy formalito, me vistieron de traje y zapatos boleados. Por ahí tengo una fotografía donde estoy en un reclinatorio, sosteniendo en la mano una vela prendida, y el sacerdote me pone la hostia sobre mi lengua. Lo más emocionante fue después, cuando fuimos a casa y nos sentamos en una mesa larga en compañía de muchos amigos. El desayuno fue el clásico de los festejos comitecos: tamales, chocolate y pastelitos de manjar. En los corredores de la casa pegaron unos adornos hechos con palma y regaron juncia. Sólo faltó la marimba. Recuerdo con afecto ese desayuno, si cierro los ojos aún puedo recordar el aroma que brotó del tamal a la hora en que, ayudado con un tenedor, quité las hojas y vi el recado de mole y el corazón oscuro de la ciruela pasa; si cierro los ojos, tantito, aún puedo escuchar cómo el delicado hojaldre del pastelito de manjar cruje a la hora que lo muerdo y unos gránulos de azúcar manchan el mantel y mi pantalón azul; puedo sentir el aire de esa mañana llena de luz.
A veces imagino hacer un festejo por nada. Sabés que no me gusta festejar mi cumpleaños o que amigos me lo celebren, pero a veces imagino hacer un festejo por nada, sólo por el gusto de la vida. Poner una gran mesa en el parque central (que fue el patio de juegos de mi infancia) y servir (que yo sea el sirviente), servir tamales, chocolate y pastelitos de manjar a la gente que por ahí pase. Imagino a las personas sentándose frente a esa mesa con mantel blanco y los veo abrir los tamales de hoja y saborear el corazón oscuro de la ciruela pasa. Imagino que mueven los pies al ritmo de la marimba, porque ahora sí no puede faltar la marimba. Los veo satisfechos, con sus rostros plenos, viendo hacia el cielo azul, tomándose fotos (de esas llamadas selfies) con el templo de Santo Domingo como fondo.

Posdata: no tenemos la costumbre de tomar vino. Nos lo perdemos. En la casa de mi papá, en el sitio, no sé cómo brotó una vid. Mi papá mandó a construirle un tapesco y, en temporada, las uvas verdes colgaban como si fuesen chayotes chiquitíos. No creo que eso sea lo mejor para la vid, pero en la casa de mi papá así se daba. Él se paraba al lado de la vid y me decía que se sentía en Italia, en la tierra de nuestros ancestros. Yo sonreía. Pensaba que mi papá estaba cerca de Palermo y el sol del Mediterráneo iluminaba su cara. Yo también sentía iluminado mi corazón. Hace tiempo que no estoy al lado de un viñedo; hace tiempo que no estoy al lado del sol que era mi papá.

jueves, 17 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UNA PUERTA ES COMO EL PARAÍSO




“¡Mirá, mirá, un tzucumo sobre la pared!”, dijo la niña. Su mamá vio lo que la niña señalaba, hizo un mohín y luego jaló a la niña que llevaba de la mano. La niña, antes de dar vuelta en la esquina, aún alcanzó, con la cara hacia atrás, a ver el tzucumo sobre la pared.
En Comitán, a una clase de gusanos les llaman tzucumos. ¿Quién sabe qué significa esa palabra? Acá la gente no canta: “nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito”. Acá cantan así: “Todos me quieren, todos me adoran, hasta los tzucumitos”. Porque, según se ve en esta fotografía, los tzucumos andan por todos lados, incluso en las entradas de las casas.
Muchos insectos tienen la capacidad del camuflaje. Andrés insiste en que este macollo de hojas camufla una cámara de vigilancia de esta residencia. Según la niña es un hermoso gusano adentro de un capullo que, alguna tarde de lluvia, se convertirá en una mariposa. ¿De veras los tzucumos se convierten en mariposas?
Los elementos de la fotografía son muy simples: un medidor de luz adentro de una jaula (según la niña, el medidor, en realidad, es un canario), una puerta de dos hojas y la pared coronada con una cinta de tejas.
Si el lector ve con atención observará que la puerta de metal tiene dos dibujos en la parte superior. El herrero cumplió con las indicaciones del dueño. Si el peatón camina con prisa no observará que el dibujo de los dos elementos superiores representa una mariposa (la niña diría que son dos papalotes a punto de alzar el vuelo).
La casa está llena de elementos de la naturaleza, casi casi como si fuese un bosque. Un macollo de hojas tzucumo inmenso (de color verde agua estancada), un canario medidor y dos mariposas que protegen la casa.
Alguien, sólo por joder, pintó el número 34 sobre la puerta. Tal vez es el número oficial de la casa. ¿Por qué lo repitió en la misma hoja? ¿Acaso un número le corresponde a una mariposa y el otro le corresponde a la otra mariposa? ¿Son mariposas participantes de maratón?
Hay un elemento que puede pasar desapercibido. En la hoja sin marcas, en el extremo junto a la pared, hay un nudo que cubre un hueco. Ese nudo es la manija de un lazo atado al pasador. Cuando alguien acciona el mecanismo, jala el cerrojo y la puerta se abre. En estos tiempos de inseguridad es un elemento insólito. ¿Cómo es posible que cualquier peatón pueda jalar ese lazo para abrir la puerta? Por eso, Andrés insiste en que el macollo de hojas verdes camufla una cámara de vigilancia que está conectada directamente a la Central de Policía. Cuando algún tunante jala el lazo para abrir la puerta, el dispositivo electrónico detecta la huella digital, la envía (en nanosegundos) al Registro de Detección y si la huella no es reconocida como elemento confiable, del macollo (tzucumo, diría la niña) sale un ejército de abejas asesinas que se va contra el insurrecto y lo ataca. Por eso, esta casa tiene una placidez difícil de hallar en otras casas, se sabe protegida por este sistema de vigilancia.
La niña siempre pide caminar por esta calle. Le encanta ver el tzucumo trepado sobre esta pared. A veces imagina que es un tzucumo desorientado que sueña con el Sueño Americano. Sabe que las tejas alineadas son vagones del tren llamado La Bestia. A las siete de la noche, el tzucumo trepa rápido sobre la pared, agota el breve tramo que lo separa del tren y sube al lomo de uno de esos vagones y mira el cielo y sueña con una vida mejor. A la mañana siguiente, ya deportado, el tzucumo vuelve a aparecer sobre la pared amarilla y roja de esta casa. Se sabe que los sueños de los tzucumos mueren cuando la transformación ocurre, cuando la mariposa vuela sin límites. Los gusanos dejan de arrastrarse cuando el universo les injerta alas.

lunes, 14 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL SOL ESTÁ DELANTE DEL SOL





Un verso de Sabines dice: “estamos haciendo un libro”, es apenas la línea de un poema, la línea que contiene unas cuantas palabras. Pero estas cuatro palabras encierran una grandeza infinita, porque indica que hombres y mujeres trabajan para hacer un libro que contendrá miles de palabras. La palabra libro es grande porque logra atrapar miles de destellos. Los libros son como cajitas donde se guarda la luz infinita.
“Estamos haciendo un libro” implica el aporte de muchos. Acá, en esta fotografía, están dos mujeres talentosas y bellas. Angie, la modelo, es una de las ejecutantes de danza más destacadas de la región y Ana es una de las mejores fotógrafas. Una tarde coincidieron, una tarde llena de luz. Coincidieron porque estaban “haciendo” una fotografía para el libro que estamos “haciendo”, el libro dedicado a Armando Alfonzo Alfonzo. Pero Angie es más, Ana es más. Angie tiene un rostro bello, su piel es de una perfección que se acerca a la pureza del agua. Su piel está hecha de café, de un atardecer que se prodiga en el valle; su piel es como una bendición para antes de la oscuridad, como el último reflejo antes de cerrar la puerta.
Ana, enormísima fotógrafa, hinca su rodilla izquierda como si ofrendara su mirada a la luz de Angie. Ana revisa su cámara y mueve chunches para dilatar más el ojo, para hacerlo más intenso, para que el registro fotográfico pueda captar la esencia del instante. Porque, esa tarde, todo estuvo dispuesto a modo para que fuese una tarde sublime. El aire que llegaba, directo, desde la Ciénaga, jugaba con el cabello y con el vestido de Angie. Ese aire inflamaba de luz cada resquicio, cada arista. La calle, transitada por decenas de vehículos, hizo una pausa y permitió que Ana tuviera todo el tiempo para captar la sonrisa de pájaro sobre rama de cristal que Angie posee.
Una tarde, de hace muchos años, Armando Alfonzo Alfonzo hizo un boceto de esa misma calle. A mitad de la calle aparece una mujer bellísima que sostiene sobre su cabeza un canasto lleno de flores; ahora, Ana, ya no con el pincel sino con la cámara, capta una muchacha bellísima que sostiene un ramo de flores. Ana se postra ante la luz para captarla en toda su intensidad. No sólo es una rodilla la que hinca sobre la calle, hubo un instante en que hincó las dos rodillas y llegó a más: ¡se tiró a mitad de la calle! Los verdaderos fotógrafos están dispuestos a subir a lo más alto, a descender a lo más profundo, sólo para lograr la mejor fotografía. Los artistas saben que ese instante no volverá. El viento de esa tarde era único, acariciaba la seda de la falda de Angie, la seda de su piel. Angie, esa tarde, sobre su cabeza llevaba un canasto imaginario donde la luz se arracimaba. Ella ofrecía luz y Ana captó la luz. Todo, porque, como dijera Sabines, “estamos haciendo un libro” en homenaje a un comiteco lleno de luz: ¡Armando Alfonzo Alfonzo! Ana y Angie, de manera generosa, ofrecen su luz para hacer un homenaje a don Armando. ¡Todo es por Comitán!

domingo, 13 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE FALTA UNA E




El carpintero estuvo a punto de tocar la gloria, pero “mexican curios” al fin “regó el tepache”. Tal vez el carpintero es un hombre que nació en los años setenta; tal vez tuvo el gusto de escuchar a ese grupo norteamericano de cantantes que se llamó “The carpenters” y que fue muy famoso en ese tiempo; tal vez, hace poco regresó a Comitán proveniente de los United States y pensó que él es un sencillo carpintero, como el papá de Jesús (el hombre más grande del mundo), pero con los antecedentes debía anunciarse en inglés. Buscó una pared y, encima de un grafiti, pintó su anuncio, con pintura verde, ya que era mucho usar neón para hacerse promoción; tal vez pensó que Comitán no merecía un anuncio de esos que él (cuando anduvo de mojado) vio en las grandes avenidas de Las Vegas o de Nueva York. La pregunta que ahora todo mundo se hace en Comitán es si el carpintero cobra en pesos mexicanos o en dólares.
A su anuncio le faltó una e, o más bien dicho faltó que a esa i le colocara los tres palitos horizontales que hacen que una simple i se convierta en una maravillosa e. Su estrategia publicitaria tenían todos los ingredientes de la mercadotecnia moderna, pero le faltó la e. Pintó su anuncio en una esquina muy transitada, en el lugar donde los vecinos llegan a colocar la basura antes de que pase el camión. Mientras las señoras y uno que otro hombre esperan que el camión pase, ellas y ellos platican de los sucesos del día pasado, de que si en el mercado se acabó el tzizim, de que si en la esquina de San José (the carpenter) aún no abren el paso donde explotó el tanque de gas, de que en la feria vendrá Joan Sebastian y de que la Mireya, la hija de doña Pancha, ya metió la pata y anda con la panzota por todos lados. Mientras las pláticas se suceden, sus miradas pasan y repasan el anuncio del carpintero. De manera subliminal entra a sus mentes y cuando, en casa, la pata de la silla se hace para un lado o la puerta de madera se hincha por tanta humedad y son necesarios los servicios de un carpintero, la mente se ilumina y de inmediato pone las luces en acción y la señora recuerda que en la esquina de la basura está anotado el número telefónico de un carpintero y esto es así, porque al hombre (bendito sea), en el último momento se le ocurrió hacer la “traducción” y ya con lápiz, sobre la flecha (en blanco y rojo) escribió en español el nombre de su oficio: carpintero. Apenas se distingue, pero la mente sí recoge esos mensajes subliminales.
El anuncio funciona, pero si el hombre hubiese escrito en inglés correcto ¡habría alcanzado la gloria! ¡The carpenter! Ah, como si el caminante anduviese por la Quinta Avenida. De caché, con opción a cobrar en dólares. Pero se equivocó y su anuncio está champurrado, está de “so, so, so, so”.

sábado, 12 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS CUENTOS TRAEN HADAS INCLUIDAS




Querida Mariana: ¿en qué momento se pierde el gusto por oír cuentos infantiles? Era tan sabroso entrar al cuarto con esa luz de oro que salía de la lámpara colocada sobre el buró, ponerse el pijama y dejar que nuestras mamás acomodaran las colchas para que durmiéramos como “tamalito”, sin un resquicio para que entrara el frío de la madrugada. Era tan bonito ver cómo ellas abrían el libro de cuentos infantiles y leían con voz de ala de mariposa. En nuestra imaginación aparecían bosques encantados y hadas que vencían a los espíritus perversos. Poco a poco nuestros ojos se iban cerrando, hacíamos el esfuerzo por permanecer despiertos, pero no lo lográbamos, las voces de nuestras mamás eran el mejor sedante. Era tan sencillo pasar del mundo fantástico de los cuentos al mundo fantástico de los sueños. Era el paso natural. Ahora, me cuenta mi prima Sofía, su hijita se duerme viendo películas de terror. ¡Dios mío, qué clase de sueños tendrá su hija! ¿Qué clase de pesadillas pavimentará su senda? No me preocupan las imágenes de terror, sino el terror de saber que ella no alimenta su imaginación pues ya todo está dado a través de las imágenes procesadas por computadora. Los tiempos actuales ya no alimentan la imaginación de los niños, ya todo está dado para que los niños no hagan el menor esfuerzo. Nosotros teníamos que imaginar las acciones, ahora los diseñadores gráficos ya han pensado por nosotros. No es bueno que alguien piense por uno, no es bueno porque ese proceso mental se asemeja mucho a la imposición de ideas incrustadas en dictaduras.
¿En qué momento de nuestras vidas las mamás decidieron dejar de contarnos cuentos porque ya estábamos grandes? El otro día alguien, muy alterado, me contó que a fulanita de tal aún le dan pecho. La niña tiene más de tres años. Quien me lo contó lo dijo con ojos de plato hondo, lo dijo horrorizada, como si fuese un pecado de los más gordos el hecho de que una mamá siguiese dando pecho a su hija ya mayorcita. ¿En qué momento la madre debe destetar a su criatura? Yo no sé, no sé si la mamá aún sigue generando leche después de tanto tiempo de nacida su criatura, pero imaginar a la mamá abrazando a su hija (ya mayorcita) y dándole el sostén de su pecho no se me hace una imagen absurda, al contrario, se me hace una imagen bella, como para que existiera siempre. ¿Qué daño le provocará esta madre a su hija por seguir dándole de mamar a tan “grande” edad? No lo sé. Pero ahora lo escribo, porque algo similar debe suceder con los cuentos. En algún instante las mamás deben pensar que sus pichitos ya crecieron lo suficiente como para seguir contándoles cuentos y dejan de hacerlo. Los libros se extravían, dejan de estar en la fila del buró. Los niños entran al cuarto, se ponen el pijama, prenden la televisión y miran películas de terror. ¡Ah, qué pena! En el instante que las mamás deciden que ya es edad de “destetar” a los hijos y dejan de contarles cuentos, los niños se quedan sin ese mundo lleno de afecto, se vuelven huérfanos del árbol que alimentaba la imaginación. La belleza del instante no sólo estaba dada por la narración, sino por todo el entorno, era la calidez del cuarto, era la gloria de sentir cerca a las mamás, el prodigio de escuchar sus voces de aleteo de colibríes.
A mí me gustaba mucho el cuento de “La montaña interminable”. Como si fuese el principio del cuento de Caperucita Roja, una niña sale de su cabaña, muy temprano, para ir a cortar flores a la montaña. Camina por un sendero a cuyos lados crecen flores bellísimas. Cuando está a punto de iniciar la subida a la montaña, una mujer, con nariz de cáscara de aguacate, se le aparece detrás de un árbol. “Me asustaste, tonta”, dice la niña, quien es muy valiente y no les tiene miedo a las brujas. La bruja, con ojos de avispa juguetona, juega con el titipuchal de pulseras que lleva en su brazo izquierdo y le pregunta por qué no corta las flores tan bellas que están en ese sendero; la bruja le dice a la niña: “Tonta tú. ¿Qué necesidad que subas hasta la montaña si acá hay flores bellas?”. La bruja, con sus manos de dedos torcidos, corta un ramo de flores y se lo ofrece. La niña, que sabe que esas plantas están hechizadas con un hechizo muy malo, aparta el ramo y sigue caminando, cantando, saltando por la vereda, con rumbo a lo más alto de la montaña. La bruja, molesta, levanta las manos, hace un conjuro a espaldas de la niña y sentencia que en la cima de la montaña la niña encontrará una flor azul, hermosa, la más hermosa de todas las flores del mundo, y que a la hora que ella se acerque a cortarla se pinchará el dedo con la espina maldita y de inmediato se convertirá en un cerdo. La niña sigue subiendo por la ladera, cantando, bailando, disfrutando del rocío de la mañana que es como el aliento de Dios.
¿A poco no está bonito el inicio del cuento, mi niña? Ah, yo era feliz cuando mi mamá entraba al cuarto, abría el libro y comenzaba a leerme el cuento de “La montaña interminable”. Era un tiempo con aroma de eucalipto. Yo sabía que los monstruos y fantasmas existían, los había visto en las páginas de los libros de cuentos y en los corredores de la casa; pero, los monstruos y fantasmas de los cuentos eran hechos polvo por los encantamientos de las hadas y de los héroes; y los fantasmas que aparecían en la casa a medianoche eran desintegrados por la luz de las mamás. Los niños sabíamos que el mundo era cruel, pero esta crueldad se diluía en cuanto las mamás llegaban al cuarto, prendían la luz y se sentaban en el borde de nuestras camas y decían que todo estaba bien, que nada malo nos ocurriría y nosotros les creíamos y como creíamos lo que decían ¡la oscuridad desaparecía! Nuestras mamás eran tan fuertes que todos los muros caían cuando ellas soplaban y el sol calentaba nuestros corazones.
Al fin, la niña llegó a la cima. Dejó la canasta sobre el césped, cerró los ojos y aspiró el aire que olía a hierbabuena y a menta. Abrió los ojos y vio, en medio de un macollo de rododendros una flor azul tan luminosa como la vía láctea. La niña no lo pensó dos veces, caminó hasta el macollo y cortó la flor. A la hora que dobló el tallo algo como un rayo la hizo perder el sentido, la niña se desgajó como una fruta madura y quedó tendida sobre el suelo. Poco a poco recuperó el sentido, quiso levantar los brazos para desperezarse pero no pudo hacerlo, era como si sus brazos hubiesen engordado, se llevó las manos a la cara para frotarse los ojos, pero vio, horrorizada, que en lugar de sus manos tenía pezuñas. ¡Estaba convertida en una cerda! ¿Imaginás la impresión de la niña al percatarse que era una cucha, una cucha güera, como esas que tiene la tía Romelia en los chiqueros de por Los Sabinos? Era una cucha, pero por dentro seguía siendo la niña. Ese fue el mayor castigo que le infligió la bruja, porque si la hubiera convertido en una cucha por completo no habría mayor problema, porque no hubiese tenido conciencia del cambio. Por fuera era una cucha, pero en su corazón sabía que era una niña transformada en cucha. Olió sus pezuñas y sintió asco, ¡ish!, olía como cucha, olía a caca. Ese olor nauseabundo lo había sentido cuando quedaba a dormir en casa de la tía Romelia, cuando abría la ventana y un tufo de albañal abofeteaba sus narices. Sintió ganas de vomitar, pero no lo hizo, porque, después de todo, los cuches no vomitan por su propio olor y ella, ella, era una cucha, una cucha güera.
Dirás que por qué me gustaba un cuento tan asqueroso. Me gustaba porque sabía que después de esto algo hermoso sucedería y el embrujo no sería más y la mujer mala tendría un castigo y la niña volvería a tener los cabellos como de oro y su aroma sería como el aire de la montaña que olía a hierbabuena y a menta. La vida, lo sabés, es miserable. Los cuentos de mi infancia me decían que a pesar de la podredumbre de la vida, por instantes podía ser como una olla llena de oro (no tanto por el valor monetario sino por el halo de luz dorada que emite). Hoy, esos tiempos están lejanos. La vida es miserable y sus finales también son patéticos. Yo, por esto, me sigo refugiando en los cuentos (ya no infantiles). La literatura es como una barda que me protege de la maldad de los hombres y mujeres de estos tiempos. El otro día (ya a mis cincuenta y siete años de edad) estaba en mi cama, leía la más reciente novela del maestro Heberto Morales, “Zotz-choj”, que me envió mi amigo Carlos Gutiérrez, cuando entró mi mamá al cuarto. Dejé el libro sobre la cama y le pedí a mi mamá que se sentara. Ella apartó tantito las colchas y se sentó en el borde de la cama. Le dije: “contame un cuento”. Ella sonrió y dijo “ya no me acuerdo. Antes les contaba cuentos a los niños -se refería a mis hijos-. Ya no me acuerdo”. Pero, entonces, después de un instante de silencio, tomó mi mano y la acarició. Se paró y fue a la sala a tejer. Yo seguí con la lectura del libro de don Heberto.
La niña cerdo lloró, llevó sus pezuñas a sus ojos y se limpió. Los rododendros eran hadas. Hasta la fecha no sé bien a bien qué clase de flores son los rododendros, pero de niño me gustaba la palabra y más me gustaba cuando sabía que salían volando y se colocaban cerca de la niña cuch y bailaban para que ella no se agüitara de más. La niña cuch las vio y sonrió. ¡Por fin! Después de tanta tragedia ¡sonrió! El hada mayor le dijo: “No te preocupes, Adrianita (así se llamaba la niña, las hadas sabían su nombre. Bueno, se sabe, las hadas saben todo de todos). Nosotras te regresaremos a tu condición original”. Cuando mi mamá leía estas palabras yo, bien calientito, debajo de las colchas, sobaba mis manos sobre mis piernas de la emoción. Sabía que el prodigio estaba a punto de hacerse. El bien estaba a punto de vencer al mal, como siempre había sido.
El hada mayor le dijo que pronunciara aquella palabra que le había enseñado su abuela, cuando era más niña. ¿Se acordaba? Claro que se acordaba: la palabra era eerruu y la debía pronunciar como si fuera un carretón en bajada. La niña pronunció la palabra pero le salieron chillidos de cuch: ih ih ih ih. ¿Qué haremos?, preguntó el hada mayor. En ese momento un hombre campesino pasaba por ahí llevando una piara de cuatro cerdos pequeños. Los cuatro cerdos, en cuanto vieron a la niña cuch se acercaron, creyendo que era su hermanita. El hada mayor dijo: “ya sé qué haremos”. Hizo un conjuro y convirtió a los cuatro cerdos en cuatro hermosos niños y les explicó la situación de su “hermanita”. Los niños dijeron, a coro, que estaban dispuestos a ayudar a su hermana. Como ellos sabían el lenguaje de los cuches se comunicaron con ella y le dijeron que la ayudarían, entonces la niña cuch dijo ih ih ih ih y los niños hicieron la traducción y gritaron eerruu. Así la niña cuch recobró su condición de niña. Todos estaban felices, menos el campesino que, cubriéndose la cara con sus manos se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. “¿Qué te pasa?”, preguntó el hada mayor y el hombre dijo que en ese momento había perdido a sus cuches y contó que la bruja, hacía tiempo, convirtió a esos cuatro niños en cerdos, porque ella tenía una deuda con él, pero ahora, que los había visto recuperar su condición de niños felices no tenía corazón para volver a pedir un conjuro. El hada le pasó una mano sobre el hombro y le dijo que no se preocupara, que dejara de llorar, pero el hombre siguió llorando, lamentándose de su suerte. “¿Y ahora, de qué viviré?”, se preguntaba sin dejar de llorar. El hada tomó su varita mágica y la colocó sobre la cabeza del campesino, dijo unas palabras y el campesino se convirtió en un hermoso cuch moreno. ¡Solucionado! El campesino había dejado de ser hombre y se sabe que los cuches no se preocupan por asuntos de hombres. Tan tan.

Posdata: yo era feliz. Sabía que siempre había rododendros cerca de mí. Sabía que las brujas malvadas no podían hacerme daño. Las hadas nos protegían a todos los niños, ellas -siempre cariñosas- nos protegían de todos los peligros. Si ellas fallaban ahí estaba el ángel de la guarda, quien también era un fregón para evitar maldades. Y si, al final, las hadas y los ángeles de la guarda fallaban ¡ahí estaban las mamás!
Mi mamá (tiene ochenta y cuatro años) ya no me cuenta cuentos, pero aún se sienta en el borde de mi cama y exorciza los fantasmas cuando acaricia mi mano. Como ella ya no me cuenta cuentos ¡leo libros! Nunca he caído en la tentación de cambiar la lectura de cuentos por la visión de películas de terror. Soy feliz, como un niño, porque los cuentos siguen alentando mi imaginación. A mí me gustaría que las mamás siguieran leyendo cuentos infantiles a sus hijos, que siguieran diciendo que el mundo es tan atroz como lo que sucede ahora en Palestina, pero que puede tener otra cara, una más amable, una más hilo de luz, una menos olor a chiquero. Me gustaría que las mamás sigan diciendo que ellas, junto a las hadas y a los ángeles de la guarda, pueden exorcizar a los monstruos y fantasmas del mundo.

viernes, 11 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL DIÁLOGO ESTÁ A TODO LO QUE DA




Es una fotografía de estos tiempos. Es una fotografía tan obvia que querer dar una interpretación es como meter un estropajo en el hielo.
Es un escenario donde está una mesa de honor, una ponente, butacas del segundo piso de un teatro, butacas y muchachas bonitas que son público. En el escenario ocurre una disertación, los integrantes de la mesa de honor ponen atención a lo que la ponente explica, al lado de maceteros llenos de flores. A mitad de la mesa de honor cuelga un tejido hecho con telar de cintura. Las flores de los maceteros tratan de competir en belleza con los diseños bordados. Difícil igualar a estos últimos. ¿Qué sucede entre el público? ¿Cuál es la reacción ante lo que la ponente dice? ¡Nada! Nada porque ellas, las muchachas, como decía mi tío Arsenio, están pero no están.
La ponente habla para los integrantes de la mesa de honor, pero también, sobre todo, para el público. Si no fuese así, hubiese sido más sencillo y más práctico reunirse en un café y dialogar. Pero ¡no! Decidieron hacerlo en un espacio más abierto a fin de que el público se enterara del contenido de la charla.
¿De qué hablaba la ponente? De nada. Ésta sería la respuesta si les preguntáramos a las muchachas bonitas que están ajenas a lo que sucede en el escenario. Ellas están embebidas en lo que sucede en las pequeñas pantallas de sus celulares.
Es tan obvia la lectura de esta fotografía que es ocioso insistir. Las muchachas de estos tiempos se desconectan de la realidad real, de la realidad inmediata. No sucede lo que sucede en el escenario, lo único que sucede es lo que está en el plano virtual de la pantalla. El colmo es que las muchachas toman fotografías del acto (tal vez una selfie) y la suben al Facebook de inmediato, un poco como para significar que estuvieron ahí. La gente ahora acude a museos y se toma la foto al lado de la Gioconda. Ya no va a ver la Gioconda, va a tomarse la foto junto a la Gioconda. Todo se ha vuelto un mero registro fotográfico. La gente acude a la playa y toma la fotografía del atardecer, ya no se sienta sobre la arena y deja que su corazón se empape con el atardecer. Ahora todo queda registrado en la bitácora de la computadora y no en la bitácora del espíritu. Hemos perdido contacto con la realidad inmediata y nos gana la inmediatez de las redes sociales.
No hubo algo que sucediera en el escenario y llamara su atención. Ni siquiera comentaron entre ellas algo que sucediera en la realidad real o en la virtual, cada una estaba inmersa en su propio mundo. Cada una de ellas sostenía (sin duda) diálogos intensos con los amigos virtuales, con las parejas virtuales.
Hoy, todo mundo se sorprende ante la fotografía de una flor en la pantalla. Nos hemos olvidado de apreciar la flor en el jardín de la casa. Hoy, todo mundo platica con medio mundo a través de las redes sociales. Nos hemos olvidado de platicar con la abuela, en el patio de la casa.
En esta fotografía aparecen dos mundos. Uno es el que sucede en el escenario y que fue dispuesto para que el otro mundo, el de la butaca, se enterara. Se trataba de compartir, pero un muro invisible impidió el acercamiento del uno con el otro. Siempre existió una brecha generacional que impidió el acercamiento pleno de los viejos con los jóvenes; en la actualidad, la brecha en insostenible. Los viejos no saben qué hacer con pantallas, qué hacer con esos inmensos mares cuando no se sabe nadar y no hay barca que alcance el viaje.

miércoles, 9 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE ESCONDE UN PANAL DE INFORMACIÓN




Los elementos son sencillos, casi simples: una oficina al fondo, la pantalla de una laptop en primer plano y una avispa caminando, muy oronda, sobre la pantalla. Como los lectores ya apreciaron, el elemento insólito es la avispa, la avispa sobre la pantalla. Porque la aparición de una avispa en un espacio determinado no es inusual, lo inusual es que se pare en el filo de la pantalla, le haga de equilibrista y, sin aviso, baje y camine sobre la pantalla. Se sabe que las avispas tienen un aguijón y en éste un veneno activo que produce hinchazón en la piel del tipo que pican. Los que saben dicen que las avispas no son agresivas, no atacan si no ven que su espacio es ultrajado. Pero, en este caso ¿no es ella la que ultraja un espacio ajeno? Se supone que ella debería andar volando como mi compadre Javier, de flor en flor, haciendo su labor de polinización, pero ¡no!, necia, hija bastarda de Snowden, se atrevió a buscar archivos top secret en esta computadora. Al principio se hizo la mosca muerta y caminó sobre el borde, como si, en realidad, estuviese extraviada y buscara el camino para ir al campo a polinizar amapolas, pero sólo fingía, porque en cuanto vio la pantalla abierta, bajó y caminó sin recato alguno. ¡Bonita cosa! Además de entrometida ¡cínica! Bueno, qué otra cosa podía esperarse de un integrante del FBI o del FMI. ¡Todos son iguales! Se hacen pasar por hijas de la Madre Teresa y resultan unas hijas de la Tierra Podrida.
Si el lector ve con atención, verá que la avispa espía camina sobre la Carpeta de sistema y se dirige, directito, al punto en donde están Todos los archivos. Ese molinillo que tiene en la cola y que hace pasar como su culito inocente, pintado con franjas negras y amarillas, como si fuese un mero paso peatonal sobre un par vial, es en realidad un dispositivo electrónico que envía toda la información a un satélite.
No se aprecia en la fotografía el instante en que la avispa llegó a la tecla Todos los archivos y una mano (enguantada con una toalla) la tomó de la brevísima cintura, la llevó a la ventana y, con un movimiento de ala en vuelo, la mandó a volar los cielos del patio. El propietario de la laptop estuvo satisfecho por su comportamiento: regresó a la avispa a su entorno y salvaguardó la información y con ello la seguridad de la patria; pero, un segundo después pensó en que la avispa, tal vez, tenía un escáner en las patas y mientras caminaba por la pantalla “chupaba” toda la información del disco duro. Salió entonces como si fuese un enjambre de abejas africanas en busca de la espía. ¡Y la halló! La halló en el pretil de una ventana. Bastó un periodicazo. La entenada de la CIA quedó tendida al lado de la pared. El propietario de la laptop la levantó y revisó el culito de la avispa y vio, en medio de una pasta viscosa una red de líneas, a modo de tendido de cables. Un zapatazo segó la transmisión. El mundo estuvo a salvo gracias a la decisión de eliminar los espías.

lunes, 7 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN TAMAYO PLATICA CON UNA PERALTA




¡Lo vi! Ella, la del sobretodo rojo vino, habló con el hombre pintado por Tamayo. Le hizo una pregunta. Cualquiera dirá que un diálogo es lo que sucede cuando alguien ve un cuadro en un museo. Pero esto no es cierto del todo. Por lo regular, los hombres de los cuadros no responden preguntas. Acá, ella, la muchacha bonita que es una Peralta, llegó y le preguntó algo (yo estaba lejos, no escuché bien la pregunta, pero vi la sonrisa del hombre del cuadro). Él, el hombre del gorro amarillo, le respondió. Ella entonces abrió su celular y mandó un mensaje. Me acerqué. Dejé la esquina donde estaba y me acerqué. No podía creerlo. ¡El hombre del cuadro había hablado! Todavía alcancé a verlo con la boca abierta, un segundo antes de pronunciar la última palabra. Esperé, esperé que ella se volviera e hiciera otra pregunta, deseaba meterme en su diálogo y escuchar la voz del hombre pintado por Tamayo, pero ella, joven al fin, no volvió a ver al hombre del cuadro. Ella se concentró en su celular. ¿Qué le preguntó ella al hombre del cuadro? ¿Siempre se comporta así? ¿Hay gente que hace lo mismo? Las personas se paran, en el Louvre, frente a la Gioconda y ¿le preguntan algo en voz alta? ¿La Gioconda responde? Tal vez la mayoría de personas frente a la Gioconda le pregunta el típico lugar común de por qué sonríe. Esta muchacha bonita (del sobretodo rojo vino) ¿qué le preguntó al hombre de Tamayo?
Ella, la Peralta, es periodista. Tal vez por esto su reacción fue instantánea, a botepronto. Llegó frente al hombre del cuadro y preguntó, preguntó como si el hombre del gorro amarillo fuese Romario o un aficionado al fútbol que camina en el túnel B una mañana de domingo en el Estadio de CU. Por ello, cuando obtuvo la respuesta, de inmediato escribió el texto en su celular y lo envió a la redacción. Sí, esto debe ser. Mañana o pasado mañana aparecerá en el periódico la declaración del hombre del gorro amarillo.
Y el hombre quedó en silencio. Ajeno a su grandeza. Tal vez quedó apabullado, balón desinflado, a la hora que la muchacha se acercó y sin decir agua va le lanzó la pregunta. Yo, detrás de una escultura de madera en el centro del Museo, esperaba que ella se volviera y lanzara otra pregunta; esperaba oír la voz del hombre pintado por Tamayo. Esperaba oír su voz de aficionado, en medio del bullicio de la multitud del estadio. Porque, a medida que el hombre avanza por el túnel del estadio, el chachalaqueo se intensifica: hay trompetas, tambores, gritos de “hay cerveza”, gritos de “dame dos”, cantos de “¡cómo no te voy a querer!”. El hombre, solitario, con un color hepático en su piel y en su espíritu, camina decidido. Ella lo detuvo, apenas un instante, le hizo la pregunta, escuchó la respuesta y luego lo dejó solo de nuevo. Él, ajeno a su grandeza, se quedó mudo, de nuevo. Todo volvió a ser lo que siempre ha sido: el monólogo intenso de un espectador ante un cuadro de Museo. ¿Qué preguntó ella? ¿Desperdició la pregunta única o fue como un deslumbramiento? A veces imagino que estoy frente a Cristo y pienso en qué le pregunto. Sólo tengo una oportunidad, antes de que él entre al foro donde los romanos mandan a los cristianos a la muerte segura de los leones. Ella, la Peralta, ¿qué le preguntaría a la Gioconda si la tuviese enfrente? ¿La clásica de por qué sonríe?
Cuando ella, la del sobretodo rojo vino, se alejó de la sala, me acerqué al hombre pintado por Tamayo y vi que sonreía. Era una sonrisa de tzizim a punto de ser abandonado en el comal, pero era una sonrisa. Ya no supe si Tamayo lo había pintado así, desde el principio, o esa sonrisa era por la pregunta hecha por la Peralta. A veces hay periodistas que dejan una sonrisa al terminar de responder la pregunta; a veces la sonrisa se convierte en un hilo de albañal, por la acidez de la pregunta. Si yo estuviese frente a la Gioconda ¿qué le preguntaría? Si estuviese frente a la muchacha del sobretodo rojo vino ¿qué le preguntaría? ¿El lugar común o trataría de hacer común su lugar?
Lo vi. Esa noche estuve en el Museo. Ella, la Peralta, se acercó al hombre del gorro amarillo y lanzó la pregunta. Él respondió, como si fuese un aficionado caminando por el túnel B, del estadio de CU.

domingo, 6 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON TOQUE DE QUEDA




¿Por qué este virtual toque de queda? Hay comunidades en Chiapas donde se prohíbe andar por las calles después de las diez de la noche. ¿Será porque hay delincuentes que roban a los transeúntes? ¿Alguien robó las tildes que faltan en público y en después o la h que le falta a prohíbe? Alguien comenta que la prohibición es por otra razón. Lo cierto es que hay comunidades donde está prohibido caminar después de cierta hora. ¿Hasta qué hora termina la prohibición? ¿A qué hora la gente vuelve a pensar que todo es normal y que es como en los viejos tiempos donde se podía andar a cualquier hora del día? Uno entiende lo que sucede en días de festejo. Las personas deben quedarse en las casas hasta el amanecer, hasta la hora en que ya es permitido “andar” por las calles. En las fiestas de Comitán existía la costumbre de “perder la llave”. Tal vez esta costumbre advertía ya tiempos en que no se podría salir de las casas por las noches. Sin duda que esta prohibición está dictada por los tiempos de inseguridad que se viven. Estos virtuales toques de queda alertan y alarman. A la vuelta de la esquina está una prohibición mayor. ¿Qué castigo reciben las personas que son sorprendidas andando en las calles más allá de las diez de la noche? Tal vez más que una prohibición en sí este aviso es un mensaje preventivo. Un poco como decir: “si sales después de las diez de la noche es bajo tu riesgo”. Tal vez conviene dormir temprano e ignorar lo que sucede en las calles durante la medianoche. Tal vez no es tan severo el anuncio. Se sabe que en las comunidades rurales la gente acostumbra dormir temprano. La mayoría de personas se levanta a las cuatro de la madrugada para iniciar labores, para tomar café con pan y luego ir al campo a ordeñar la vaca.
Este aviso no lo toleraría el compadre Juan o la sobrina Irma que tiene dieciocho años y quien sale todos los viernes va al antro y sale a las dos o tres de la madrugada y camina las calles de Comitán con el suéter como bufanda.
Algo hemos perdido. Ya no somos los animalitos que habitaron El Paraíso. Ya somos la generación posterior a la prohibición de “no tomarán frutos del árbol del bien y del mal”. Los pájaros se resguardan a las seis de la tarde, con su alharaca de fans de estadio buscan una fronda y se resguardan, pero si alguien los invitara a una fiesta, a una pijamada, no tendrían impedimento para volar y regresar a su árbol a media noche. Los hombres y mujeres de este tiempo ya no tienen esta libertad. Hay comunidades donde el toque de queda está vigente y la gente debe resguardarse temprano para dejar solitarias las calles. Algo hemos perdido y no es precisamente la tilde de público ni la hache de prohíbe ni la tilde de después.

sábado, 5 de julio de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL FÚTBOL ES MÁS QUE UN BALÓN



Con un abrazo respetuoso para el Licenciado Walter Castañeda,
por la ausencia física de su papá: don Guillermo Aguilar Albores.



Querida Mariana: en muchas casas del mundo se sustituye “la sopa de letras” por “la sopa de fútbol”. Mientras el Mundial de Fútbol se desarrolla en Brasil, en decenas de países los aficionados desayunan, comen y cenan balones. De niño jugaba a formar palabras con las letras de la sopa que la sirvienta me servía. Tomaba una letra con la cuchara y, sobre el borde del plato hondo, la colocaba y volvía a meter la cuchara, como si fuese un anzuelo en busca de otra letra, hasta formar palabras. Mi mamá me regañaba, mientras abría una despensa empotrada en la pared y sacaba los vasos para servir el agua de limón, me decía que se enfriaría la sopa. Pero yo no le hacía caso, porque el juego de formar palabras era muy intenso. Como era un niño tímido no escribía el nombre de alguna niña, como luego sí lo hice en paredes y en cuadernos cuando ya era un adolescente y me enamoré como sapo destripado de una muchacha bonita. Recuerdo una palabra que formaba con las letras de la sopa: “Esperanza”, que era el nombre de mi abuela materna. Tal vez lo escribía como conjuro para provocar su visita. Ella vivía en la colonia Tacubaya, en la ciudad de México, y a mí me encantaba que mi abuela viniera a Comitán. Se quedaba con nosotros una larga temporada de tres a cuatro meses.
Pero no sólo jugué a formar palabras, también jugué fútbol. ¿Qué niño no ha jugado pelota alguna vez en su vida? Jorge usaba muletas porque le dio poliomielitis, pero cuando Mariano y Alfredo iban por él jugaba fútbol. Ahí se le veía por la cancha de la escuela corriendo detrás del balón impulsándose con ambas muletas. No recuerdo verlo patear la pelota, pero sí recuerdo su carrera como de avión sobre la pista.
Jugué fútbol porque, ya lo dijo el mítico cronista de fútbol, Ángel Fernández, el “fútbol es el juego del hombre” (empleada acá la palabra en sentido genérico que abarca al hombre y a la mujer). ¿Mirás qué definición tan avasallante? ¡Es el juego! Como diciendo que los demás juegos son meros sucedáneos de esa maravilla llamada fútbol. Claro, ya me conocés, como no tengo la capacidad de relacionarme bien con los demás, por ser hijo único, me acostumbré a jugar solo. Esto parece un contrasentido porque el fútbol exige el juego de conjunto, pero estoy seguro que hay millones de niños en el mundo que juegan solos en las grandes ciudades, adentro de sus departamentos. Los hijos únicos juegan solos. No jugué la “cascarita” en la calle llena de polvo y de hoyancos o en la cancha improvisada de un campo al lado de enjambres de borregos que, mientras son llevados al hoyo para la barbacoa, le entran con fe al pasto. Jugué el fútbol de burbuja en el que un solo niño representa a los dos equipos. Si es prodigiosa la sentencia de “tres personas y un solo Dios verdadero”, era más prodigiosa la de “veintidós jugadores en un solo jugador”.
Jugué fútbol en los años sesenta. Lo jugué en un lugar llamado Comitán. No lo jugué en los campos de Los Zanjones, ni lo jugué en la cancha de la escuela, donde Jorge sí jugó, impulsándose con muletas como si fuese una barca con maravillosos remos. No lo jugué en conjunto, porque nunca he podido jugar con los otros. Lo jugué solo, en un corredor de la casa.
Ahora, con cincuenta y siete años de edad, sigo jugando a formar palabras, pero ya no juego fútbol. Y tal vez por esto ¡soy feliz! Los intelectuales y sabios del mundo no han estudiado a profusión el tema del fracaso en el fútbol. Si lo hicieran hallarían estadísticas impresionantes. El escritor Juan Villoro dice que la realidad es imperfecta, por esto, el hombre (hombre o mujer) necesita la compensación del arte, del sueño, del amor o del juego. No sé qué pensés vos, pero yo pienso lo mismo que Villoro. Los hombres inventamos pasatiempos mientras pasa nuestro tiempo de vida. Y digo que soy feliz porque mi juego no depende del juego de otros. He visto amigos a punto del colapso cada vez que pierde su equipo favorito: el Cruz Azul, el América o los Pumas. Mis amigos fans decidieron compensar sus infelicidades con el deslumbre del fútbol. Así los veo, cada vez que hay partido en la tele, preparar las botanas y las cervezas para recibir los amigos y ver el partido. Los veo felices, llenos de energía. Se sientan al borde del asiento, se paran, se jalan los cabellos, se limpian la boca llena de cerveza con la manga de la camisa, brincan patalean, mientan madres y gritan ¡gol, gol, gol, gol!, como si en ello se les fuese la vida. Y la vida se les va en ello. Cuando su equipo gana, ellos tienen puesta la playera todo el día. Salen a la calle y exhiben su orgullo. Cuando su equipo pierde hacen corajes y el hígado se les pone como panal lleno de abejas africanas. ¡Son felices! Por un instante ¡son felices! Pero, asimismo, los veo como gallinas desorientadas cuando no hay partido. ¡No saben qué hacer! Son infelices cuando un torneo acaba. Algo en su vida les dice que les falta algo y están como relojes descompuestos porque la batería se agotó. No existe estudio alguno que indique qué sucede con el síntoma de frustración cuando el equipo de un fan desciende a la segunda división. No puede saberse qué efectos negativos provoca la sensación de fracaso en quienes colocan su vida en los pies de los jugadores. En apariencia, los frustrados superan la etapa y vuelven a creer en su equipo, pero no es así. Algún rescoldo amargo debe quedarles. ¿Qué sucede con los fans del Cruz Azul que les llaman Alcohólicos Anónimos porque hace muchos años que no saben qué es tener la copa en las manos?
Con excepción del arte, todas los demás entretenimientos dependen de la vida del otro. Y, se sabe, no hay peor cosa en la vida que depender de alguien más para ser feliz. ¿Qué pasa con el amor? ¿Qué sucede cuando alguien abandona a su pareja? He visto cientos de casos de muchachas bonitas que lloran porque quien las abandonó era “casi casi su vida”. Es muy jodido poner en manos de otro la felicidad propia. Es muy jodido, porque el otro, siempre (oílo bien), ¡siempre!, hará polvo la rosa que le ponemos en la mano. Los amados hacen talco la rosa que las amadas colocan en su corazón. Vos y yo conocemos historias de amor que terminan en tragedia porque uno de los dos fue desleal. Cuando ocurre un acto de infidelidad el afectado se apachurra y su corazón se llena de niebla. Hay gente que, incluso, piensa en cortarse las venas. ¿Por qué? Pues porque pusieron su felicidad en manos de otro. ¡Es una estupidez permitir que la felicidad propia dependa de otro, pero así es la vida! Y esto es así, porque en el fútbol y en el amor, todo es una promesa de vida. En la literatura ¡todo ya está formulado, por siempre y para siempre!
Por esto, tal vez, el fútbol no se me hizo un entretenimiento para hipotecar mi felicidad. Ni el fútbol ni algún otro deporte. El amor tampoco fue una buena opción. Las muchachas bonitas siempre buscan la emoción y la adrenalina de los efectos especiales y yo soy muy malo para provocar fuegos. Los solitarios no sabemos encender fogatas en estancias ajenas, apenas iluminamos nuestro espíritu con luces de luciérnaga. Los solitarios nos acostumbramos a vivir con nosotros mismos y nos cuesta mucho trabajo la convivencia con el otro. En mi caso todo se complica cuando debo estar con otro. Y vos sabés que el mundo exige la convivencia en sociedad.
Los verdaderos aficionados tienen el gol pegado a la garganta, es como un guajolote trepado en el árbol, siempre están a la espera de vomitar esa piedra llena de plumas y de alas. Por esto, cuando un gol cae en la portería contraria, ellos gozan y su cuerpo y espíritu sienten el mismo río de energía que cuando alguien tiene un orgasmo. Pero, ¿qué sucede cuando un partido termina cero cero? ¿En dónde queda esa sensación de mediocridad? Parece que el fútbol no es el mejor entretenimiento para compensar lo plano de la vida. Es el único deporte donde un partido puede terminar empatado a ceros, quedar “tablas”. La FIFA debería, por el bien de su deporte y por el bien de las próximas generaciones de seres humanos, decretar que los partidos que terminen empatados se desempaten mediante una ronda de penales. Esto haría que los aficionados vomiten su frustración y los ganadores sientan el maravilloso sabor de la victoria. Que a partir de este día exista un decreto mundial que exija serie de penales cuando un partido termine cero cero. Que los aficionados vivan la emoción del gol y vomiten esa carga que, como tacuatz, se agazapa adentro de su garganta. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Por qué los aficionados no se han manifestado en la sede de la FIFA para exigir que el gol sea el protagonista principal de un partido? Por esto, querida Mariana, por la apatía de los fanáticos que, durante años, han permitido que cientos de partidos terminen cero cero es que nunca elegí al fútbol como divertimento de mi vida.
Elegí la literatura para pasar mi tiempo. Para llenar de luz la miseria de la vida ¡elegí la lectura! Si dejás que lo diga, diré que los cuentos y novelas jamás terminan “tablas”. Hay cuentos tan atractivos que son como un partido del deporte ráfaga, a cada vuelta de hoja hay un enceste, a cada vuelta de hoja se mueve el marcador y no sabe uno quién ganará porque la emoción es tan intensa que no permite un respiro.
Jugué fútbol y lo hice solo. Ahora que lo veo a distancia se me hace una imagen triste. No puede ser una imagen muy atractiva la de un niño, a las cinco de la tarde, que coloca una silla pequeña contra la pared de un cuarto y juega a que es la selección de México y, a la vez, la selección de Brasil. El niño coloca una pelota pequeña a veinte pasos de la silla que hace las veces de portería. El niño pita y la tanda de penales inicia. Porque el niño, un poco gordo, se saltea el previo, para (como Jaimito, el cartero) evitar la fatiga. El niño comienza el juego a la hora que el estadio Maracaná está a reventar y el público espera el desenlace porque la final del Mundial de Fútbol terminó empatado y ahora, para obtener el campeón del mundo, debe realizarse la serie de penales. El niño juega, pero lo hace de manera leal. Su corazón no se inclina hacia México como lo dictaría la razón. El árbitro imaginario pita y el niño da dos pasos y, con el pie derecho, patea la pelota que, obediente, más al azar que al tino, choca en la pata de una silla. Los aficionados aplauden, patalean y el marcador sigue intacto: México 0 – Brasil 0; pero ahora toca el turno a Brasil, el niño va por la pelota, la coloca, de nuevo, en el manchón de penal (que es una raya roja pintada sobre un mosaico) y patea. El balón se desliza lentamente y pasa en medio de las patas de la silla. ¡Gol, gol! El niño levanta los brazos, pero no grita. Su festejo es un festejo mudo. Levanta los brazos por todo el cuarto. Esa es su manera de festejar el gol. Ahora sí se mueve el marcador: México 0 – Brasil 1. El estadio Maracaná es como un volcán a punto de hacer erupción, matracas y pitos suenan con más intensidad a la hora que el niño (ahora por la selección de México) va a patear. Los cabrones brasileños lo hacen para confundir al seleccionado mexicano.

Posdata: me pierdo la emoción que hace que millones de mexicanos brinquen como tzizimes sobre comal caliente cada vez que su selección mete un gol. Me pierdo la frustración de millones de mexicanos cada vez que su selección vuelve a “caer con la cara al sol”. Estoy más allá del bien y del mal de una cancha. Mi cancha está hecha de palabras; mi balón es la literatura. No debo esperar cuatro años para sentir la emoción de un Mundial. Las mejores selecciones las tengo al alcance de mi mano y mi corazón a cada instante. Sigo escribiendo la palabra Esperanza en el plato, sigo viendo a Jorge, con muletas, corriendo de un lado para otro en la cancha de la primaria, pero ya no juego fútbol en el cuarto o en el corredor.
Pero una tarde, tarde prodigiosa, en un corredor dorado por tanto sol, el jugador de Brasil falló el último penal. Faltaba el tiro de México, si éste anotaba, por primera vez en la historia, se convertiría en Campeón del mundo. El niño colocó el balón, dio dos pasos al frente y pateó. El balón rodó, rodó y pasó en medio de las dos patas de la silla. El estadio no podía creerlo. Se había repetido el “Maracanazo” y ahora había sido porque un jugador llamado Alejandro Molinari había anotado el último penal. Ya podés imaginar lo que sucedió en Comitán cuando la noticia se supo. Ya podés imaginar lo que sucedió cuando el famoso jugador regresó a su tierra. ¡Marimbas en todas las esquinas! ¡Festones de juncia, confeti! Igual que yo, millones de niños, hijos únicos, han hecho el prodigio de que su selección gane el Mundial de Fútbol. Y lo han hecho jugando solos, siendo veintidós personas en una sola.
Soy feliz porque un día decidí no poner mi felicidad en manos (o en pies) de otros. Mi vida está concentrada en un libro y los libros jamás juegan mal. Los libros son los mejores jugadores del mundo y siempre anotan, jamás dejan un partido empatado a ceros.