domingo, 23 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY DESPOJOS





Eran las once con veinte de la noche. Mariana y su primo caminaban con rumbo a casa. A Mariana le gusta caminar por la noche. Llegaron a la esquina y de pronto ella vio una cuerda de lado a lado y sobre la cuerda dos despojos. La penumbra daba forma a los dos despojos, podían ser deshechos de cualquier cosa.
El primo se hizo para atrás, en una reacción instintiva. Luego rio, rio porque al principio pensó que eran despojos de fantasmas. Despojos, porque, se sabe, los fantasmas no existen, pero la humanidad los ha nombrado tanto que, a veces, algo como un trapo roto queda flotando a mitad del patio.
Hay gente que cuenta historias de fantasmas, se aparecen en todos los lugares: en los patios (a medianoche), en los cuartos (a la hora que el reloj del parque da las doce campanadas). Marcos jura que en el patio de su casa se aparece un fantasma, sobre todo cuando es día de luna llena. En la pared colindante con el vecino hay una enredadera que cubre casi casi toda la pared. Ahí se aparece el fantasma, es el fantasma de una niña, con vestido blanco, sucio, deshilachado. La niña tiene una mirada como de pozo, nada dice, nada hace, sólo se aparece y luego, como si alguien la jalara, se desaparece en medio de la enredadera. Marcos dice que el otro día halló un pedazo de tela, podrida. Corrió a la cocina para decirle al tío que ahí estaba la prueba de la existencia de la niña, pero cuando llegaron nada había. Marcos dice que fue el aire el que desintegró el pedazo de tela. ¿Por qué el fantasma de la niña no se desintegra al contacto con el aire? Marcos dice que por esos los fantasmas no pueden permanecer mucho tiempo en esta dimensión, se aparecen sólo por instantes, ven cómo está la vida de acá y luego regresan a su mundo de allá. Cuando lo cuenta yo pienso en los astronautas que no pueden sobrevivir en atmósferas sin aire.
A Mariana le gusta caminar de noche. Dice lo que dice todo el mundo, que hay que tenerles miedo a los vivos no a los espantos. Mariana dice que esa noche los despojos se movían casi de manera autónoma. Estaban sobre una cuerda, pero esta cuerda casi no se notaba en medio de la penumbra. Los despojos se movían como si fuesen fantasmas desplazándose a través del aire.
Una vez que pasó el asombro de la primera impresión, Mariana le preguntó a su primo por qué estaban esos plásticos a mitad de la calle. Era una cuerda tendida de poste a poste, con dos plásticos miserables colgados de él. Los plásticos eran como dos vestidos puestos a secar sobre un tendedero, como dos sacos de fantasmas que ya estaban cansados de tanta humedad. Si uno hace caso a la historia de Marcos, las niñas fantasmas visten como si se presentaran a su primera comunión, una ceremonia que jamás se cumplió. Las historias de fantasmas nunca los presentan desnudos, siempre llevan una ropa, una ropa que, por lo regular, corresponde a la época en que vivieron. Los empleados de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, juran que han visto el fantasma del Doctor, viste traje sobrio y un bombín.
Por ello, Mariana rio y dijo que esos despojos a mitad de la calle eran los sacos de dos fantasmas que por ahí habían pasado. Los dos hicieron una apuesta. Acudirían al mismo sitio al día siguiente para ver si los despojos seguían ahí. Si ya no estaban, dijo Marcos, era señal de que los fantasmas se habían vestido para un baile de etiqueta. Mariana rio. Regresaron al día siguiente, ya con pleno sol, y tomaron la foto que acá se muestra. Los despojos seguían ahí. Marcos dijo que los fantasmas seguían desnudos. A la hora que lo dijo, Mariana sintió que alguien le tocaba el brazo y pensó en el hombre invisible. Un aire helado, proveniente de La Ciénega, levantó las hojas secas y movió los dos despojos de plástico. Mariana, hasta entonces, se fijó en las dos flechas pintadas sobre las paredes: una flecha negra y otra roja (flechas que indican la preferencia para los automovilistas). El aire cesó. Todo quedó inmóvil. Marcos dijo: “no podemos ir hacia el poniente sur”. Rio. “No”, dijo Mariana.

sábado, 22 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO NO ES DE MAL GUSTO DOBLAR LAS HOJAS DE LOS LIBROS





Querida Mariana: los libros son amigos. Se dice que los amigos soportan casi todo. Recordá que todos los seres humanos tenemos defectos y virtudes. Los amigos valoran las virtudes y perdonan los defectos. ¿Cómo inician las amistades? Es cuestión de afinidad. Pero no sé bien a bien cómo inician; no sé cuál es el mecanismo emocional que hace que alguien se convierta en uña y carne de otro. Ethel Beutelspacher, narradora chiapaneca, sostiene que siempre tomamos lo que está cerca de nosotros. Así debe ser. No tengo un amigo de Tokio porque no vivo allá, ni tengo un amigo de Bagdad porque mi entorno es Comitán. Sé que si hubiese crecido en otro pueblo del mundo de ahí serían mis compas. Mis amigos más entrañables los conocí en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz. El destino me colocó en ese grupo y de ahí formamos amistades. No recuerdo cómo nos hicimos amigos, pero un día ya formábamos una palomilla, una palomilla que se ha tolerado todo o casi todo, por espacio de más de cuarenta años. ¡Cuarenta años! ¡La gran pucha! Porque tampoco se trata de pasarse de la raya. La amistad es un valor que reconoce el respeto, ante todo. Es valor fundamental respetar el modo de ser del otro. El amigo, a diferencia del afecto que se convierte en pareja, tiene un sentido de pertenencia muy bien definido; es decir, el amigo permite más amistades, cosa que no permite la pareja, porque en la pareja el sentido de pertenencia pasa al extremo de la posesión. Es una regla impuesta por la sociedad y aceptada por todos. Así como los sacerdotes hacen juramento de celibato, los que forman una pareja juran pertenecer en espíritu y cuerpo al otro. Los sacerdotes y los casados se autoimponen una argolla difícil de sobrellevar, pero así es el ritual. Los amigos, en cambio, son libres como el aire y como si fuesen chinchibules se reúnen en grandes parvadas. Por esto, los amigos jamás se divorcian. A veces se acaban amistades, porque uno de los dos extravió el valor del respeto.
Los libros son amigos, porque andan con nosotros por todos lados. Cuando estaba en bachillerato andaba con mis amigos (de carne y hueso) por todas las calles de Comitán (bueno, también andaba con ellos en cantinas, en parques, en bailongos, en ranchos (en “El Salvador”, en “Argelia”, en “Quita calzón” y en “Santa Lucía”) y, de vez en vez, en lugares lúgubres, pero seductores). Ya para ese entonces, tenía incluido dentro de mi escaso abanico de amigos cercanos y fieles ¡a los libros! Cuando los amigos iban a sus casas, yo regresaba a la mía, saludaba a mis papás, me sentaba en la sala y mientras mis papás veían la televisión (en blanco y negro) yo tomaba un libro de la Colección Salvat y lo disfrutaba. Así pues, mis mejores amigos vienen de mi adolescencia: los de carne y hueso y un pedazo de pescuezo, y los libros. Puedo decir que muchos momentos intensos de mi vida los he pasado con mis amigos. ¿Quiénes me han dado más? ¿Los de carne y hueso o los libros?
Todo mundo dice que a la amistad, como cualquier relación, hay que alimentarla. Los optimistas recomiendan regar la plantita todos los días. La amistad no cesa con la distancia, pero lo cierto es que no se fortalece. La distancia abre grietas que son insalvables. Me tocó el caso de un amigo que se fue a vivir a otro pueblo. Una tarde lo encontré en el parque, estaba de vacaciones en Comitán. Nos saludamos con gran emoción, fuimos a tomar un café, quedamos de vernos al otro día, pero me fue imposible por cuestiones de trabajo. A la hora que debía verlo me llamaron de urgencia. No pude eludir el compromiso y me disculpé con mi amigo, él me dijo: “No te preocupes, ya nos quedaba muy poco para platicar”. Lo dijo un poco molesto. No hemos vuelto a vernos. Una vez, Ramiro me dijo que no tengo arraigado el verdadero sentido de la amistad. Él vive en Huatulco y yo lo estimo mucho, pero cuando viene a Comitán tampoco puedo verlo. Si lo veo es un rato porque al siguiente ya debo hacer otra cosa. Me da pena admitirlo, pero mi oficio demanda casi todo mi tiempo. Algunos compas me preguntan cómo le hago para escribir tanto. Bueno, la respuesta es simple: dedico la mayor parte de mi tiempo a la lectura y a la escritura. ¡Es lo que me toca hacer y lo hago con devoción! Pero, como no poseo el don de la ubicuidad, cuando elijo estar con un libro amigo debo renunciar a estar con el amigo de carne y hueso. La vida no es una elección, la vida es una constante renunciación.
Debo admitir que en los últimos años, los amigos que más frecuento son los libros. A veces la vida no me alcanza para estar con los amigos de carne y hueso. Mi trabajo actual demanda toda mi atención. El tiempo se agota y debo aprovecharlo. Un buen día me dirán, como Terminator: “Hasta la vista, baby”, y terminará la oportunidad de sembrar un poco de palabras a mitad del desierto. Tal vez algún otro tiempo será para regar esas plantas, con la esperanza de que tengan renuevos.
Es una pena que no frecuente más seguido a mis amigos que han sido importantes en mi vida. Pero no sólo soy yo, ellos también están metidos en sus vainas personales. De los integrantes de la palomilla yo soy el más escaso (ya sabés, por ser hijo único). Ellos son amigueros por naturaleza, así que han hecho otras amistades. Los veo en comidas, en bailes, en cenas y en tertulias diversas. Me da gusto ver que socializan, que siguen apostando por la línea donde baila la amistad.
El tiempo nos ha cambiado. Es lógico. Cuando éramos plebe en la prepa teníamos pocas obligaciones, el tiempo era nuestro mejor aliado. Los que trabajaban eran nuestros papás y nosotros sólo extendíamos la mano para pedir dinero porque necesitábamos comprar un libro de Química I. Pedíamos dinero para ir al cine; para un par de zapatos; para un pantalón de terlenka; para una cajetilla de cigarros; para una cerveza o para una botella de trago con su botana, en la mítica cantina de “La jungla”, que estaba rumbo al Club Campestre. (Claro, no pedíamos paga para los cigarros, la cerveza y el trago. A veces nos las ingeniábamos para robarles algunos billetitos. Javier entraba de puntillas al cuarto donde su papá dormía la siesta y con una gran habilidad sacaba dos o tres billetes del saco colgado. Yo entraba a la oficina de mi papá y llenaba mis bolsillos con monedas de diez pesos que él tenía en una bolsa de tela gruesa, de esas que usan para la mensajería, que siempre estaba en el piso.)
Así como no entiendo una vida sin amigos de carne y hueso, no puedo entenderla sin libros. Cuando alguien me dice que no lee ¡me sorprendo! A veces estoy a punto de preguntar si no le gusta tener amigos, pero luego lo veo platicando y tomando una cerveza en medio de una plebe bien alegre y sé que no hay un solo hombre y una sola mujer en el mundo que no tengan amigos. Sólo los anacoretas viven solos. Pero estos compas son un mito, ¿quién vive ahora en la montaña, dedicado a la contemplación? ¡Nadie! Todo mundo anda en el guateque, social o político. ¿Por qué mucha gente no tiene libros amigos? ¿Cómo pueden vivir sin esa bendición?
Digo que los libros son mis mejores amigos, porque los tengo a la mano a la hora que deseo. Mis amigos de carne y hueso no siempre están ahí. Los libros los tengo en mi buró, los llevo debajo del brazo. Cuando los demás creen y dicen que me miran solo en el parque, les respondo que no es cierto, siempre estoy acompañado.
Con mis amigos iba a ranchos. En temporada de Semana Santa nos trepábamos en la parte trasera de una camioneta, al lado de cartones de cerveza, cajas con chorizos y huevos, y dos o tres “damas juanas”. Jorge, quien era el de la experiencia, nos repartía chamarras para que no sintiéramos frío en la carretera. A las ocho de la noche (nunca entendí por qué el viaje era de noche), el chofer de don Jorge, enfilaba hacia la tierra caliente, hacia el rancho “El Salvador”. A mí me encantaba ver el cielo lleno de estrellas, las siluetas oscuras de las montañas, el ocasional paso de un pájaro despistado. El frío calaba. Nos acercábamos y tratábamos de conjurar el frío con nuestro calor. Nadie hablaba. Todo era un silencio interrumpido por el monótono ruido del motor de la camioneta en plena bajada. Después de pasar por la Nariz del diablo el clima cambiaba, el calor de tierra caliente aparecía y nosotros, como iguanas, abandonábamos nuestra posición fetal y nos atrevíamos a sentarnos en la góndola. Todo el cielo era nuestro.
Siempre fui el de la cámara. Desde niño me gustaron las cámaras fotográficas. Por esto, en los recuerdos de la juventud casi no aparezco en fotografías. Desde entonces ya estaba definida mi vocación, en los últimos años me he dedicado a dejar constancia del paso de la vida de otros. Un famoso escritor dice que los escritores no vivimos, somos quienes nos dedicamos a plasmar las vidas ajenas. Es lógico, alguien tiene que tomar la foto (bueno, a veces está el mecanismo automático o las selfies que ahora están tan de moda). En ese tiempo (años setenta), mi camarita era muy elemental y no permitía tomas automáticas. A mí me tocó ser quien escribe la crónica del instante. Quique dice que Javier debió ser el escritor y no yo, porque él es un tipo que construye imágenes y frases ingeniosas, alejadas del lugar común. Pero, la vida es así. ¿Quién elige ser escritor? ¡Nadie! Ser escritor no es una elección, ¡es una vocación que viene de la eternidad! Ser escritor es una maldición, una bendición. No imagino a Javier “perdiendo su tiempo”, malgastando horas y horas en la escritura. Él dedica su tiempo a construir aulas o a pavimentar calles; es decir, dedica su tiempo a un oficio productivo que le deja paga. ¿Yo? Ya lo dije, invierto cientos de horas y horas en redactar un libro; luego debo tocar puertas para que alguien lo publique; y, al final, termino con dos o tres libros debajo del brazo, regalándolos a los amigos que, en el mejor de los casos, me harán “el favor” de leerlo, porque les da cierta pena no hacerlo. En el peor de los casos me dicen que les gustó, pero cuando, como si fuera su mamá cuando regresaban de misa, estoy a punto de preguntarles de “qué trató el sermón”, se despiden y me dicen que a ver cuándo nos reunimos para comer juntos.
“No te preocupes, ya nos quedaba muy poco para platicar.”, fue lo que mi amigo dijo. Era como la despedida para siempre. A veces, una amistad o una relación mueren porque ya no hay mucho que decirse. Me molestan los silencios que se dan entre los amigos. Cuando estoy en una cantina miro cómo a los amigos se les va la boca. ¡Hay tantas cosas de qué hablar! Los silencios son como el preludio de una muerte en vida.
Todos los libros que he leído están por siempre. Ahí siguen. Ahora, en estos tiempos de libros digitales no es tarea muy difícil hallar los primeros libros que leímos de niños o de adolescentes. Con los amigos de carne y hueso no sucede lo mismo. Varios amigos se me quedaron en el camino. En un recodo se quedaron los que se molestaron por algo o hallaron amistades más enriquecedoras. Sólo de vez en vez los veo de lejos, nos saludamos, intercambiamos una o dos palabras y seguimos con nuestro camino. En un pozo se me quedaron aquéllos que murieron. Miguel nos dejó una mañana. Su sonrisa de pájaro recién salido del nido nos abandonó. Se fue sin decir adiós, sin mover el ala; se fue sin que sus amigos supiéramos cuál era el próximo sueño. Por eso (perdón) me gustan más los libros. Si algún libro se moja y sus hojas se pegan, siempre existe la posibilidad de hallar otro ejemplar. No sucede lo mismo con los amigos de carne y hueso. Cuando éstos se van se van para siempre, son ediciones agotadas que jamás vuelven a recuperarse.
A veces, la mayoría de veces, prefiero andar solo. Me siento bien conmigo mismo. Me tolero. Dispenso mis fallas y valoro mis virtudes. Soy mi mejor amigo. Cuando viajo siempre vuelvo a casa, vuelvo a mí. Por esto (perdón) amo los libros, mis mejores amigos. Siempre los tengo a la mano. Jamás me han traicionado. Jamás me han obligado a cambiar, a no ser yo (a pesar de que muchos cambios en mi vida los han propiciado). Los libros amigos tienen una gran capacidad de seducción; sin métodos dictatoriales sugieren cambios en paradigmas, cambios que ayudan a recuperar la senda perdida.
Estoy con libros amigos desde los diez años, más o menos. Cuando fui a vivir a Puebla, regalé muchos “amigos”; cuando regresé a Comitán regalé ¡todos! Uno no puede andar de mudanza en mudanza cargando tantos amigos. Los libros pesan mucho. El papel pesa mucho. Cuando llegué a Comitán llegué sin amigos, pero (¡oh, maravilla!), ahora vuelvo a tener “toneladas” de amigos, algunos llegan solos, me los envían los amigos o los compro en librerías. Los libros amigos abundan y no hacen daño alguno. Todos son, como chuchos, fieles hasta la médula.

Posdata: un bobo me dijo alguna vez que los libros deben cuidarse mucho, me dijo que nunca me atreviera a subrayar una hoja; me sentenció a nunca doblar la esquina de una hoja como marca de dónde dejé la lectura. ¡Bobo! Los libros son amigos y son para llenarlos de mole o de algún moco que nos sacamos a la hora de leer; los libros son para llenarlos con marcas; son para dibujar en los márgenes. Cada vez que doblo la esquina de una hoja es como si le dijera a mi amigo: “nos vemos luego. Esperame acá”. Y mi amigo me espera siempre. Por esto (perdón) amo a mis amigos libros. Los amigos de toda mi vida. ¡Nunca los cambio!

viernes, 21 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE APRECIA LA SENTENCIA DEL ÁRBOL QUE CRECE TORCIDO





Es una calle común en Comitán. Un hombre se detiene el sombrero que amenaza volar con el viento. Es una calle de “voy y vengo”. Las banquetas son escasas. Por esto, el hombre camina por el arroyo vehicular. El hombre se expone. De igual forma se exponen los automovilistas que van de un lado hacia el otro.
El hombre acaba de pasar por debajo del árbol. ¿Se fijó en la forma del árbol? No. Al hombre le preocupa llegar a su destino; le preocupa que el viento no se lleve el sombrero. El sombrero le resulta imprescindible. Hay hombres que no pueden vivir sin sombrero. Se acostumbraron a vivir con él, desde que iban al campo a calzar las milpas.
Todo pareciera detenido. Lo único que da cierto espíritu de vida es la presencia del hombre. Lo demás pareciera congelado. Congelado el vehículo naranja que se aleja; congelado el vehículo rojo que se acera. Sólo el hombre que camina y se detiene el sombrero da cuenta de que la vida está presente.
¿Por qué la forma tan inusual del árbol? ¿Por qué se tendió hacia el centro de la calle? Uno puede imaginar que el árbol creció normal, pero un día, el tendido de cables eléctricos obligó a un equipo de hombres a mocharle una rama, la rama que crecía vertical y sólo quedó esa rama que, más inteligente, le dio la vuelta al cablerío (río de cables). Así, el árbol tomó una forma sui géneris, estiró un brazo a la hora de desperezarse y quedó congelado en este arco.
Acá no se advierte, porque, ya se dijo, pareciera que sólo el hombre del sombrero otorga vida a la imagen, pero la vida también estaba instalada en la fronda de este árbol. En la punta más alta, un par de pájaros jugaba y cantaba. Mariana, quien me acompañaba a la hora del recorrido, dijo que le daba vértigo. ¿Qué?, pregunté. Eso, dijo ella, y vi que, en efecto, los pájaros parecían estar al borde del precipicio. Era una idea tonta, pero así se veía, como si dos niños jugaran en la azotea de un edificio de diez pisos y se acercaran, detrás de una pelota, al borde y olvidaran el juego del balón y subieran al pretil y jugaran al equilibrista. Si este árbol fuese un árbol común, sin la fronda chueca, Mariana no hubiese tenido la impresión de que los pájaros corrían peligro. Dijo, ya temblando, que si ahí arriba los pájaros eran pareja y habían formado un nido, las crías caerían en cualquier distracción y se aplastarían a mitad de la calle y un carro (naranja o rojo) los despanzurraría, los haría mierda. Y entonces, Mariana lloró. Se llevó las manos a la cara y ocultó su llanto. Yo la abracé, le dije que nada ocurriría, que viera a los pájaros contentos, sin preocupación jugando sobre esa rama torcida, pero a Mariana ya le había agarrado el mal del llanto y no paraba. Tal vez lloraba ya por otras cosas, por otros recuerdos. Tal vez esta imagen le recordó que “árbol que crece torcido ya jamás su rama endereza”. No hay forma de remediar este entuerto. ¿Quién sabe hasta dónde crecerá esta rama? Tal vez un día crecerá mucho y subirá vertical hasta tocar una nube y entonces servirá como escalera para que esas aves jueguen con más seguridad y no estén al bordo del pretil, ahí donde todo es tan inestable, tan a mitad de la calle.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

MI VERSIÓN





Rubén me pidió le dijera las características de Comitán. Estaba a punto de hacerlo, mientras platicábamos sentados en una banca del parque, a la sombra del árbol de chío, cuando me di cuenta que no era posible generalizar.
Comitán no es uno, Comitán son miles y miles, son tantos, como comitecos han vivido y viven acá. A veces, señalamos generalidades, como si todos viésemos lo mismo: antojos, dulces, paisajes, edificios, modos de hablar. Esas son coincidencias. En realidad, cada comiteco tiene un Comitán diferente. Es como si cada ciudadano se enamorara y hablara de esa relación que no permite la infidelidad. Porque si algo caracteriza al amante es su sentido de propiedad. Con frecuencia se menciona un verso escrito por Mirtha Luz Pérez Robledo: “No soy de Comitán, Comitán es mío”. ¿Cuál es el Comitán de Mirtha? Sin duda que es uno exclusivo y diferente de los miles y miles de pueblos que llevan los demás en su corazón. Armando Alfonzo Alfonzo, a través de sus libros, nos habló de su Comitán especial. Las coincidencias son las que fomentaron simpatía por sus obras. Lo cierto es que si sus paisanos hubiesen escrito del Comitán de esos tiempos tendríamos otras imágenes, algunas, incluso, diametralmente opuestas y no por ello menos válidas. Hay gente que ama tanto a Comitán que elude sus defectos y sólo menciona sus virtudes. Hay otros, en cambio, cuyas miradas son más objetivas y hablan acerca de la luz que acuna a este pueblo, así como del cordón de sus grietas y de sus vacíos.
He llegado a la conclusión que Comitán es un río y sus aguas siempre son distintas, cambiantes. El otro día vi una fotografía del centro de Comitán de 1940. Ahí está lo que se llamó “manzana de la discordia”. Ese espacio era fundamental para quienes vivimos los años sesenta en este pueblo. Quienes viven el Comitán actual no tienen referentes sentimentales con dicho espacio. Pero, quienes vivimos esa época vivimos un Comitán único y exclusivo. El Comitán que yo recuerdo nada tiene que ver con el Comitán que ha vivido mi vecino del barrio de Guadalupe.
He dicho que gran parte de mi vida la he vivido en el interior de casas. Por lo tanto, no tengo acercamiento alguno con las tradiciones más emblemáticas de este pueblo. Jamás viví la experiencia de una entrada de velas y flores, a partir de las siete de la noche. Nunca tomé entre mis manos una vela envuelta en un “farol” de papel de china. Jamás esa luz de ámbar iluminó mi corazón. No puedo hablar de la entrada de velas si jamás he estado en una. Doña Luz ha participado en no sé cuántas entradas de velas y flores. Ella sabe cómo es el modo y la forma de hacerlo. Ella ha caminado las calles, desde que eran empedradas, hasta ahora en que el sonido de cien cláxones confunde los cantos. El Comitán de doña Luz tiene pocas coincidencias con mi Comitán. Sin embargo, las dos visiones son ciertas y valiosas, así como valiosas las versiones de miles y miles de más comitecos.
Todo lo he visto a distancia; todo lo he percibido como si estuviera en un balcón y la gente, en un nivel más bajo, bordara la vida.
Pero, también advierto que existe un Comitán que se pasea por las casas. La casa de mi infancia era una casa con cuatro corredores, un patio central y un sitio. Era una casa realmente comiteca, con sus pilastras de madera y sus corredores con ladrillos que las sirvientas humedecían y barrían en las mañanas.
Por esto, cuando Rubén me pidió dar características únicas del pueblo le dije que le daría mi Comitán. Mi mamá podría darle otro y así cada uno de los habitantes de la ciudad. Entendió y pidió que hiciera un esfuerzo de síntesis, porque, dijo, era imposible armar tantas fichas para un rompecabezas.
Pero, ¿de qué vale hacer un intento de síntesis cuando la vida tiene tantas parcelas? Pienso en el Universo, pienso en su expansión y digo que esto es la vida y digo que eso es Comitán. El otro día, mi jefe me dijo que Comitán ha crecido mucho. Si vemos el crecimiento de Las Margaritas o el de La Trinitaria o el de Teopisca, vemos que es moderado. Caso contrario es el de Comitán. Comitán ha crecido de manera desorbitada y desordenada.
El Comitán de 1960 ya casi es una mera ficción. Existe en la memoria de quienes vivimos esos tiempos, pero en cada uno existe de manera diferente.
El otro día leí que en el París de los años ochenta había más de cuatrocientas salas cinematográficas. En ese tiempo, en nuestro pueblo ya no contábamos con ninguna. ¿Puede alguien imaginar una ciudad sin una sala de cine? Imagine Comitán. En los años sesenta tuvimos dos: el Cine Comitán y el Cine Montebello. Estoy seguro que nadie podría atreverse a sintetizar a París. Y si bien, Comitán no es París, es una pedantería tratar de dar las características de un pueblo tan único y tan cambiante. Ya no somos lo que éramos en los años sesenta, pero seguimos siendo un pueblo que tiene un nombre tan sonoro: ¡Comitán! Pero, jamás podrá existir alguien que pueda poner en una sola caja todo lo que este pueblo significa. Es labor imposible reunir miles y miles y miles de testimonios. Y sin embargo, es importante que cada uno dé su testimonio. Comitán es único, pero no es único. Comitán es miles y miles y miles de nubes y de piedras.
Nunca me abrogaré el derecho de decir cómo es Comitán. Lo que sí puedo hacer es tratar de balbucir mi Comitán, el que he vivido, el que vivo, el que sueño.
No, Rubén (le dije) no puedo hacer el esfuerzo de síntesis. Comitán no lo merece, porque Comitán es como un Universo, siempre en constante expansión. Su extinción será dentro de miles de millones de años luz.

lunes, 17 de noviembre de 2014

ARENILLA PARA ROBERTO GORDILLO GORDILLO





Roberto es un artista. No todo mundo puede ostentar tal título. Roberto escribe canciones y las interpreta. Su nombre artístico oscila entre su nombre verdadero y el de Roberto Rojo. Su amor por Comitán oscila entre la luz y la penumbra. Roberto voló un día. Comitán le quedaba chico. Pero el rojo de esta tierra lo persigue. Por esto, para no deshacer ese nudo, de vez en vez, compone canciones a Comitán, su tierra, su tierra de color rojo.
Roberto es un artista. Esto lo saben los cientos y cientos de personas que lo han escuchado cantar, ya en un gala en hotel de Villahermosa; ya en un programa de televisión, en canal 10, de Chiapas; ya en un concierto en el teatro. Ha estado a punto de dar el gran salto, lo busca con ahínco, con pasión. Roberto es rojo, es rojo pasión.
Acá un cuestionario que respondió.

1.- ¿Qué le pasa al agua cuando resbala sobre una teja de barro?
Se convierte en una lágrima del cielo, embarrada.

2.- ¿Qué pensás cuando el nevero te ofrece nieve de nube?
Me preguntaría si es de agua o de leche.

3.- Si la música es un hilo, ¿qué bordado alimenta un acorde Rojo?
Un bordado de corazón.

4.- ¿Por qué parece contradictorio decir: cabezas de coliflor?
Porque son cola y flor.

5.- ¿Por cuáles senderos camina la moral?
Por los caminos donde los demás siempre equivocan.

6.- Si la música tranquiliza a las bestias, ¿qué tranquiliza a una semifusa confusa?
La tranquiliza una difusa.

7.- ¿Qué se refleja en el espejo de la oscuridad?
La soledad no buscada, la tristeza y el desánimo.

8.- ¿Con qué lápiz dibujás la hora del sueño?
Con uno que pueda encontrar cuando despierte.

9.- Si tu amada se llama indiferencia, ¿qué carácter tiene?
No le interesa si tiene o no carácter.

10.- El pepenador de notas musicales, ¿a qué basurero debe acudir?
A uno donde diga: “Aquí no hay basura de música de banda ni de música norteña”.

domingo, 16 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA VIDA TOMA UN RECESO





¿Qué define a la vida? ¿Tienen vida los títeres? ¡Por supuesto que no! Acá está la prueba: un grupo de títeres permanece inerte sobre una mesa. El muñeco de los ojos saltones ni siquiera puede dormir. ¿Cómo dormir con los ojotes abiertos? Debajo de su mano derecha está otro títere, un muñeco amorfo, de guante. Por ahí se ve una cabellera de lazo, pertenece a una muñeca. Son títeres, no tienen vida. Es necesario que el titiritero los tome entre las manos para que los títeres cumplan con su función, que es la de divertir al público. Nacieron para divertir al público. Bueno, no sólo divierten. Recordemos a Rosario Castellanos y a su títere Petul. Este muñeco cumplía la función didáctica de enseñar buenos hábitos a los niños de los Altos de Chiapas.
¿Qué define a la vida? El titiritero tiene vida cuando sube a un escenario, pero también está vivo cuando baja. Esto no sucede con los títeres. Los títeres parecen tomar vida en el escenario, pero en cuanto termina la función tal “ánima” desaparece.
Parece que la vida, así tan simple como se ve, tiene rangos. Parece que la vida no siempre está en plenitud. Parece que los hombres y mujeres que tienen pasión por algo cuando realizan tal oficio es cuando están más plenos, más llenos de vida; es decir, la vida depende, en mucho, de lo que se hace y cómo se hace.
El titiritero de vocación se siente pleno cuando está en el escenario, cuando, a través de sus manos, de sus gestos y de su voz, le da vida a un simple muñeco. Antes, los titiriteros manejaban a sus muñecos ocultos del público. Se trataba de hacer que la gente, de veras, creyera que los muñecos tenían vida propia. Ahora no es así. Los titiriteros modernos no tienen algún empacho en mostrarse frente al público manipulando los títeres. Esto es así porque saben que, en efecto, el muñeco toma vida propia y llega el momento en que los niños espectadores olvidan las manos de los manipuladores y se concretan a ver la actuación del muñeco. (En la vida real también ocurre esto con frecuencia, la gente olvida a los que manipulan la vida desde arriba.)
Pero, ¿de veras los títeres fuera del escenario están inertes? ¿Son como piedras? Uno puede imaginar que los títeres son como aquellas muñecas que jugaron las niñas en la infancia, como los muñecos (soldados, luchadores, héroes) que jugaron los niños en la infancia. Mientras los niños juegan en el sitio a la guerra con los soldados de plomo o de plástico, los muñecos parecieran vivir. En cuanto las mamás llaman a comer, los soldados quedan tirados en el piso. ¿Qué sucede con ellos? Cualquiera dirá que son objetos olvidados, pero eso no es cierto. Cuando ocurre el juego, ocurre algo. Romeo dice que si en el mundo ocurren tantas guerras reales es porque los niños de todo el mundo las convocan a través de los juegos. Esta es una idea perversa, pero no deja de tener sentido. Cuando las niñas juegan a las muñecas, algo amoroso siembran en el Universo.
Acá los títeres parecen dormir. ¿Cómo no? Están cansados después de haber actuado. Mientras ellos “vivieron” los cientos de niños y papás que abarrotaron el teatro también vivieron con ellos. Ahora ya parecen olvidados. Se irán a la maleta y viajarán a otras ciudades. ¿Son simples objetos dentro de las cajas? ¿De verdad no tienen vida? Los humanos, quienes se congratulan de ser seres vivos no retornan a la vida cuando son encajonados. Los títeres, en cambio, seres inertes, recobran vida cada vez que un titiritero los saca del cajón y se vuelven plenos, llenísimos de vida, cuando actúan en el escenario. Su pasión es tanta que la vida los rebosa.

sábado, 15 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL CRISTAL ES TRANSLÚCIDO Y NO TRANSPARENTE





Querida Mariana: confieso ¡no soy de la calle! Soy de casa, de interiores. Mis juegos siempre han sido los del patio central, los del sitio de la casa, los de debajo de la mesa. Cuando voy al parque veo a los boleros y a los hijos de quienes venden chicharrines o esquites. Estos niños son los niños de la calle, los que crecen en esos espacios de libertad, donde la vida se muestra con toda su crudeza. Lo que se vive en casa es una ficción; la calle es la cara violenta de la vida. No sé a qué hora llegan al parque los niños de la calle, pero intuyo que regresan a su casa ya a “deshoras” de la noche. Intuyo que a las diez u once de la noche aún corren por el parque. Los niños de la calle se forman con el aire que enreda las hojas de los árboles; se mezclan entre gente de prosapia, así como con gente de la prole (diría la hija del Presidente de la República). Se entremezclan y aprenden a defenderse de la lluvia que siempre moja la calle. Esa lluvia, a veces, es una lluvia ácida.
¿En dónde el cristal es más puro? ¿En la calle o en la casa? El cristal de la calle es translúcido y no transparente. No sé las estadísticas, pero quiero pensar que en la calle hay más violencia que en el interior de las casas. Es más la gente que sufre un asalto en plena calle que aquéllas que son sujetos de algún robo en sus domicilios. ¡Es lógico! Los asaltantes no necesitan forzar cerraduras en las calles. Ahí todo les es dado de manera natural. Basta que se escondan en un entremetido, brinquen y saquen el cuchillo para despojar a un muchacho de su laptop o de su celular o de su cartera. Basta una carrera para ocultarse en la penumbra de la siguiente calle. Es pues en la calle en donde los maleantes y malvivientes caminan como Pedro por su casa. En las casas los malhechores aparecen de vez en vez, en cambio, en la calle están a todas horas. Los niños de las calles se codean con ellos y, ocasionalmente, aprenden trapacerías.
No soy de calle, soy de casa. Por esto, le entiendo poco a la vida, a la vida que pasea, oronda, por todas las plazas públicas. Desde niño me acostumbré al calor del fogón, a la luz íntima del quinqué, a la protección de un alero o de un corredor. Cuando la lluvia amenazaba me bastaba entrar a mi cuarto para protegerme. En la calle, Dios mío, no es posible hallar un resguardo eficiente. Si uno camina a la hora de la comida, a la hora que los negocios están cerrados, y la lluvia asoma, es difícil hallar un lugar para protegerse. Por lo regular uno termina mojándose. Esto es mi definición de calle: lugar donde uno, siempre, termina mojado. Y a mí, lo sabés, no me gusta mojarme. Me cuesta mucho trabajo salir a la calle. Ahí no está mi mamá (en casa aún encuentro a mi papá, quien falleció en 1990).
Juan Carlos San Esteban, escritor de Panamá, tiene un texto que cuenta la historia de un niño que tenía temor de salir a la calle. Su mamá, para quitarle el miedo, le decía que debía enfrentar sus temores, pero el niño decía que no, por favor, no, que no lo sacaran de casa. ¿Qué había afuera que tanto lo obligaban a salir? La mamá no hallaba un elemento para justificar su deseo que saliera. Allá afuera está la vida, le decía, y el niño preguntaba si ahí en su casa no estaba también la vida. Afuera harás amiguitos y el niño decía que también en casa los encontraba, sus amiguitos eran los pájaros, las gallinas y Jaimito (un amigo imaginario). Así, a cada justificación, el niño hallaba una contraparte. Una mañana la mamá lo tomó de la mano y lo llevó a la esquina, pero antes de llegar, el niño comenzó a temblar como una gelatina. Hay hombres malos, mami, dijo, hay hombres malos, y señaló la ventana del café de la esquina. Ahí dos hombres, con chamarras negras y paliacate alrededor del cuello, platicaban al lado de las mesas, donde unos muchachos universitarios se arremolinaban ante una computadora personal y más allá dos niños jugaban en el piso al lado de la mesa donde sus papás tomaban café. ¡Vámonos, mami, vámonos!, dijo el niño, e insistió: hay hombres malos. La mamá, al ver que el temor de su hijo iba más allá de lo tolerable, porque apenas podía hablar, lo regresó a casa. Al abrir la puerta de casa oyeron el estruendo, como si un alud de piedras cayera desde una montaña. Un amontonamiento de ruidos brotó del silencio y luego una bocanada de fuego. La mamá alcanzó a ver ese infierno, antes de meter al hijo a la casa. Cerró la puerta del zaguán y comenzó a temblar, igual que el hijo había temblado antes. Vio al hijo y lo vio tranquilo, sereno. El niño la abrazó y le dijo: No tengas miedo, mamita, ya todo está bien. Los hombres malos quedaron afuera. El último párrafo da cuenta de los destrozos en el café. Los hombres detonaron la carga de explosivos que llevaban debajo de las chamarras. Lo único reconocible era el carrito que jugaba uno de los niños sentados en el piso al lado de los papás. El carrito era de plástico. Parecía una ironía de la vida que eso sí se salvó, mientras los hombres y mujeres que estaban en el café terminaron desmembrados y calcinados.
Un cuentito cruel, ¿verdad? Cuando lo leí me cimbré. Pero fortaleció mi idea de que los hombres malos están en la calle. En casa está la brasa del fogón, una brasa que no quema, una brasa que es como una caricia sencilla.
¿Sabés por qué me gusta el cine? Porque es como mi casa. Los hombres malos están en la pantalla y no pueden hacerme daño. El cine es el mejor cristal transparente. Ahí, como en la calle, está concentrada la vida, lo mejor y peor de ella se proyecta en la pantalla. Cuando, como en el cuento de San Esteban, un atentado ocurre, ocurre siempre en la esquina de la casa, ahí donde no puede hacerme daño. Por eso, bendigo estos tiempos de devedés, porque si la mañana no me tiende un hilo de sosiego y prefiero quedarme en casa, puedo adentrarme al mundo del cine sin correr algún riesgo. Me encanta la intimidad de la casa. Ahí todo es como cuando fui niño.
El juego más divertido era cuando llegaba una vecinita y se metía debajo de una mesa y se bajaba la pantaleta y me mostraba “su cosita”; luego me urgía a que yo hiciera lo mismo, que me bajara el pantalón y le mostrara “la mía”. Todo era un juego sencillo. ¿Qué maldad existe en este juego maravilloso? No sé (algún científico podría explicarme) cuál es la motivación que existe en los niños para sorprenderse ante todas las cosas del mundo y verlas con una naturalidad que los hace felices. Los niños salen al patio de su casa y juegan con hormigas y con arañas. ¿Advierten algún riesgo? ¡Nada! Todo es natural, como si todo fuese El principio del universo y todo estuviera a punto de nombrarse. ¿En dónde está la frontera entre lo bueno y lo malo? Los niños son traviesos, no advierten maldad. Cuando era niño jugábamos a la guerra. ¡Por el amor de Dios! Cuando los adultos juegan a la guerra ¡la tragedia es incalculable! Las guerras en el sitio de la casa no pasaban de algunos moretones y de un regaño de las mamás por la ropa llena de polvo. Todo lo curaban las mamás, bastaba un curita en la herida. (Me encanta la palabra “curita”, dice todo lo que debe decir. Creo que es una palabra afectuosa, la simple mención ya hace bien.) Vos sabés que siempre llevo un curita en el dedo índice de la mano izquierda, es mi recordatorio de Dios. Ay, me desamarro a cada rato. La vida cotidiana (esta vida de adulto) me obliga a meterme en parcelas muy terrenales y dejar de lado a Dios. Benditos Los lamas que, en su Tibet, se alejan del “mundanal ruido” y se acurrucan en la sábana de Dios. Cuando fui niño (niño sin obligaciones) viví en mi Tibet: mi casa. Ahí todo transcurría sin desasosiegos.
Hubo un tiempo en que, junto a amigos, nos metíamos debajo de una gran mesa que estaba colocada en el corredor (nunca supe qué función cumplía). Sacábamos colchas de los cuartos y las colocábamos de tal manera que formábamos una casa de campaña, con una abertura por donde entrábamos. Ahí también jugábamos. La duda es eterna. El juego era maravilloso, hasta que un adulto, metía su cabeza, como tortuga vieja, y decía: “¿Qué hacen ahí adentro? Salgan, muchachitos cabrones”. Luego, con ánimo conciliador, nos decía que los juegos debían hacerse a la luz del día. Que era malo que nos escondiéramos en los cuartos, debajo de la cama o de una mesa. Nosotros decíamos que sí, entonces cambiábamos los juegos. Porque, todo mundo sabe, hay juegos para salón y juegos para aire libre; hay juegos para la luz del sol y juegos para la oscuridad. El problema es que (quién sabe en qué momento) los juegos también entran a una categoría insana: los juegos prohibidos y los juegos permitidos. Me gustaba jugar en mi casa. Me gustaba ser niño.
El descubrimiento está sustentado en el juego. Los que juegan ¡descubren! Por esto, quienes van al cine y leen novelas o cuentos, tienen gran cercanía con los meandros que conforman la vida; pero, el cine y la literatura se quedan cortas (esto es cierto) ante la vida que se da en la calle. Por esto, quienes más saben de la vida, no son los que se encierran a leer o ver cine, sino quienes se atreven a partirse la madre a mitad de la calle. Los niños de la calle se acercan al misterio de la vida desde temprana edad. Para ellos no hay misterios profundos, todo está expuesto a la luz del sol. La inocencia se les acaba muy pronto. ¡Qué pena!
Ya te conté que en primaria tuve un compañero que era mucho mayor que la mayoría de niños. Un sábado llegó, brincó la barda y entró al patio de la escuela donde cinco alumnos estudiábamos para una prueba especial que se realizaría el lunes siguiente. Él llegó con una pelota de básquet y con el clásico pretexto nos dijo que jugáramos, que ya bastaba de estudio. Nosotros dijimos que no. Debíamos estudiar, el maestro regresaría pronto a comprobar que cumplíamos con la encomienda escolar. Resistimos hasta cierto momento, porque al final terminamos haciendo lo que él nos provocaba. Antes, en las escuelas, había una mescolanza de edades. Ahora (gracias a Dios) las edades son cercanas. Los mayores de edad sabían más cosas que nosotros. Además, había niños que habían crecido en la calle. Sabían cosas que nosotros ignorábamos. Los papás nunca supieron, cuando, alegres, emocionados, nos llevaron de la mano al primer día de clases, que nos aventaban a un mar infestado de tiburones, y lo hacían sin ponernos un tecomate que sirviera de salvavidas. Las escuelas (perdón) son espacios donde nos quitan las vendas de los ojos, nos dicen que la vida no es el aire tibio que se respira en el interior de las casas. La escuela hace daño a los niños sencillos, simples, a los que son frágiles como cristal transparente.
De niño me gustaban dos espacios: mi casa y el cine. ¡Eran otros tiempos! Nunca tenía temor de salir a la calle para ir al cine, porque, en primer lugar, la casa que habitábamos estaba a media cuadra del parque y el cine estaba, a su vez, a media cuadra del parque. Bastaba entonces dar unos pasos para llegar al parque, siempre luminoso, y luego otros para entrar a la maravilla donde se proyectaba la vida, sin temor a que me hiciera algún daño; y en segundo lugar, no tenía temor porque siempre iba a acompañado de mis papás. En una mano llevaba la tierna mano de mi mamá y en la otra la generosa de mi padre, de mi amado padre. El Cine Comitán y el Cine Montebello eran como otros cuartos de la casa, de esa grandísima residencia que tenía muchas habitaciones.
En el cine aparecía Alain Delon (quien acaba de cumplir años, setenta y tantos), con una gabardina con el cuello levantado, y en una esquina, debajo del cono de luz de un farol, un tipo se acercaba y le disparaba. ¡Dios mío, Alain, el gran Alain, caía muerto! El asesino corría, se perdía en un callejón en penumbra, mientras se escuchaba el sonido de una sirena a lo lejos. La cámara se alejaba y nosotros, los espectadores, veíamos cómo Alain era una mancha en medio del aro de luz. Alain había muerto. Alain, que gustaba tanto a tantas mujeres en el mundo. Pero, meses después, entrábamos al cine, con el piso húmedo porque Caro Bibi había regado agua y luego pasado la escoba, y cuando nos sentábamos en las butacas de color rojo y la luz se apagaba y comenzaba la proyección ¡Alain Delon aparecía en otra película! El gran Alain, vivito y coleando. Ahí entendí que lo que ocurría en la pantalla era el cristal transparente que había en mi casa.
Odio el cristal translúcido, aunque, siempre me seduce. Son fascinantes esos cristales que colocan en los baños de las casas, esos cristales que dejan pasar la luz pero no permiten ver más que las sombras, la sombra de Eugenia, la hermana de Martín que se bañaba todas las noches, justo a las siete, justo a la hora que la mamá servía el café y nos invitaba a cenar tostadas con crema. Yo me levantaba de la mesa y pedía permiso para ir a lavarme las manos, Martín también se levantaba y decía que me acompañaría (eso, todas las noches). Hacíamos como que subíamos al segundo piso, pero dos escalones después bajábamos en puntillas y corríamos (es un decir) al baño donde su hermana se bañaba. Martín quitaba el pedazo de algodón que cubría el hueco de la pared que nos permitía ver, al fondo, el cristal translúcido que ocultaba el cuerpo desnudo de su hermana. Él primero y luego me dejaba ver un rato. Yo acercaba mi ojo al agujero y veía. Veía cómo su hermana se enjabonaba las piernas, la entrepierna, los pechos (apenas levantados, apenas lunitas llenas). Ese instante era la síntesis de la vida ideal. Había un cristal que la defendía a ella de las miradas perversas y nos permitía imaginar, como si jugáramos a las adivinanzas, cuál era el misterio más grande de la vida. Desde entonces prefiero ver el mundo así: a través de un hueco, en donde yo esté protegido de los hombres malos que viven en las calles.

Posdata: Soy de casa, de interiores. Los libros son el hueco por donde me asomo a ver las muchachas bonitas que se bañan detrás de cristales translúcidos. El cine sigue siendo, también, el espacio que me aleja del peligro de la calle. Ahí sigue Alain Delon vivito y coleando. Ahí su paisana Brigitte Bardot. ¡Ah, la mujer más bella del mundo! Ahí sigue ¡vivita y coleando!

viernes, 14 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE EXPLICA POR QUÉ TODO CRECE





¿Crecen las piedras? Roberto dice que no, dice que sólo crecen los seres vivos y que las piedras no crecen. ¿Nacieron muertas las piedras?, pregunto. Roberto no contesta, sigue bajando música en su computadora. Roberto siempre se comporta así. Hay un instante en que se desentiende de las preguntas, como si éstas lo fastidiaran, como si el mundo estuviera bien sin preguntas. Los adultos, se sabe, terminan por fastidiarse cada vez que los niños andan pregunta y pregunta: ¿Por qué el sol no es azul?, ¿por qué los ratoncitos no tienen alas?, ¿por qué el azúcar no es salada? ¡Ya, ya, ya, ya basta!, dicen los adultos alzando los brazos y elevando la mirada hacia el cielo, como pidiendo clemencia a un Dios que creen los entenderá, porque creen que es adulto. ¿En algún momento intuirán que Dios es un niño, el niño más bonito de éste y de los demás universos?
Por eso, a Roberto no le pregunto si este árbol creció porque quería hacerse amigo de la buganvilia que asoma, coqueta, sobre la parte alta de la barda. Yo vi cuando sembraron el árbol. No sé cómo se llama el árbol, pero no pregunto, porque Roberto se molestará. Él sigue bajando música de U2. Le gusta mucho escuchar música.
No sólo vi cuando sembraron el árbol. Vi cuando un albañil comenzó a hacer el macetero al aire libre, con ladrillos y cemento. Una mañana cualquiera, el hombre preparó la cuchara y, al lado de la banqueta, ahí donde se supone que ya es territorio de la calle, hizo una extensión para que ese espacio no estuviera tan gris, tan lleno de cemento, tan color de mar en temporada navideña. Y luego, otra mañana, vi a una mujer plantar dos o tres gajos que eran como un hilo tierno de vida. Y, como dijeran los cuentos clásicos, “la vida caminó sin prisa” y una tarde, el gajo se convirtió en un adolescente estirado, tan flaco como liana, y creció, creció hasta alcanzar las manos de la buganvilia que, trepada en la barda, había visto lo mismo que vi yo; es decir, la plantación y su crecimiento.
La pregunta es: ¿por qué crecemos? Si le hago caso a Roberto, las piedras no crecen, pero los perros, los gatos, los niños y los árboles sí crecen, crecen porque pareciera que es ley natural contravenir la ley de gravedad. Parece que el Universo dispuso que si la ley física indica que todo tiene que ir al centro de la tierra (como las piedras, inertes, tontas, cuando caen desde un segundo piso), lo que tiene vida debe ir hacia arriba, hacia donde, como lagartijas, las buganvilias se tienden al sol y juegan.
Ahora (esta foto es fiel testigo) la fronda del adolescente alcanza las piernas de la buganvilia. ¡Ah, qué bonito juegan todas las mañanas que paso por la banqueta del frente! A veces escucho su plática y oigo como los pajaritos se divierten con los cuentos que ellos se cuentan. Es tan bonito verlos así, unidos. El otro día oí que la buganvilia le decía que cuando crezca más le permita subir a su lomo y ascender junto a él. El adolescente dijo que sí, que nunca se dejarán, que todo en la vida está dispuesto para que siempre estén juntos.
Las piedras no crecen. Los árboles y las buganvilias sí. Éstos crecen hasta donde la mano de Dios lo permite. Hay árboles que crecen mucho como si fuesen varillas para un edificio de treinta pisos; hay otros (mexicanos tenían que ser) que, en lugar de crecer a lo alto ¡crecen a lo ancho! Esos osos obesos tienen troncos que son como patas de elefante. Todo crece. Todo habla de vida. Menos las piedras. Las piedras sólo sirven para que la gente tropiece. Las piedras ¿con quién juegan? Los niños que juegan con piedras, los que hacen bordos de presas en el sitio de la casa, los que las usan para aventarlas contra los pajaritos ¿platican con ellas?

miércoles, 12 de noviembre de 2014

MATARILE RILE RO





“Círculo” propone un juego: “¿Qué nombre le pondrías a esta foto?” Se trata de nombrar, como si el mundo estuviera como en El principio y nada tuviese nombre. Se trata de hacer una lectura y luego ponerle un nombre, sin más justificación que el atrevimiento de ver. “Círculo” nos recuerda que todo (en verdad) está por nombrarse. La gente camina por la banqueta y ve y recuerda. Todo lo que vemos ¡ya tiene nombre!, por esto pasamos sin detenernos. La mesa siempre se ha llamado mesa y el pan (que aparece sobre la mesa) se llama pan. Asimismo, la mano que se ahueca como nido de pájaro sin huevos, sin plumas, sin hojas, se llama mano de mendigo. Todo ya está nombrado, en apariencia. “Círculo”, un poco en consonancia con Cortázar, cree que no debemos aceptar lo ya dado. En medio del juego nos plantea más interrogantes: ¿Sirve de algo poner nombres a las fotos? ¿Sirve de algo renombrar al mundo, borrar lo que nos han dado? Todo mundo sabe que lo que se ve en esta foto es una sombra (uno no sabe bien a bien cuál es la sombra más importante, no sabe si lo que cuenta es la sombra del torso de un hombre o la sombra que se mete en cada baldosa o la sombra de alguien que parece ser una mujer? Parece que el único punto de luz es la mano, la mano que se ahueca como un nido de pájaros, el nido que no tiene crías con los picos abiertos, que no tiene pedazos de ramas o hilos de hierba seca. ¿Cómo se hace un nido? ¿De verdad esa mano que se ahueca es la mano de un pordiosero que pide una moneda o es un nido donde la luz engendra? Porque, todo mundo puede verlo, ese hueco está lleno de luz. Todo lo demás es sombra, una sombra que tiene el mismo rostro de un cielo lleno de smog, de un camino enlodado. ¿Ya vieron cómo la sombra más nítida es la del busto del hombre? Es tan evidente que uno puede completar la imagen, uno puede colocar el resto del cuerpo; uno puede imaginar que el resto se curva hacia adelante, hacia donde está el espectador de esa foto, y el resto, lo sabemos, también es pura sombra, porque sólo sombra somos los seres humanos, sombra alrededor de esos cuencos de luz. Si algo nos salva de la miseria y de la fragilidad son esas manos que tienen la posibilidad de formar un nido para decirnos que ahí, en medio del aire está la vida. La mujer con el paliacate también es una sombra, sombra son sus ojos, sus pies que apenas, como ratones, salen de su madriguera.
El juego propuesto es sencillo, tan sencillo como inventar una palabra o buscar diez ya inventadas y unirlas en un enlace insólito, porque nada vale si usamos las mismas naranjas que siempre han hecho el jugo de nuestra cotidianidad. ¿Qué nombre ponerle a esta foto? ¿La podemos llamar “Todos los juegos que usan la pelota del árbol”? ¿La podemos nombrar como “El río que se tiende en busca del papalote”? ¿Podemos llamarlo Castrodienarto, en donde esta palabra significa: “Sombra que no resiste la luz que abre el pico”? ¿Podemos nosotros, también, cambiar nuestro nombre y rebautizar cada una de nuestras partes corpóreas? ¿Podemos llamar Insos a nuestra mano triste y limitada que no aprendió jamás a ser como esta mano que es como un nido de luz? ¿Podemos llamarnos Urbest o Silerts? ¿De qué sirve poner nombre a una foto? ¿De qué sirve rebautizarnos como si todo fuera como en El principio? ¿Ayuda en algo leer, con ojos nuevos, la misma mierda del mundo?

domingo, 9 de noviembre de 2014

¿QUIÉN LO MERECE?





Veo que ya hay nominaciones para el Premio Chiapas de este año. Del amplio abanico de candidatos una Comisión determinará al elegido para el 2014. Difícil encomienda. Difícil porque, sin duda, los nominados son poseedores de méritos destacados. ¿Quién lo merece?
Esta distinción es la más querida de Chiapas. Grandes personajes de nuestro estado lo han recibido y esos nombres le han otorgado un prestigio impar. En los últimos años, todo mundo de acá lo sabe, el Premio no recayó en quienes ostentaban mayores méritos. La distinción perdió prestigio.
Los merecedores del Premio del año pasado fueron muy bien recibidos por la comunidad en general. Se aplaudió la decisión de retornar a los orígenes y premiar a los más altos valores de esta entidad. Por la rama de artes fue nominado y posteriormente elegido un intelectual valioso: Javier Espinosa Mandujano. ¿Quién puede rebatir los méritos de este académico? ¡Nadie!
Y digo que esto no siempre ha sido así. Cuando, también en la rama de artes, fue electo el artista Arturo Aquino, llamado El piano de México (pésimo lema donde se toma el objeto como sujeto), muchos protestaron tal decisión. Porque, si bien es cierto que el artista Aquino es un ejecutante valioso, sus méritos en la rama de artes están por debajo de las excelsitudes y logros de otros personajes chiapanecos que han honrado y honran a este jirón.
La decisión del año pasado alentó esperanzas. El renuevo ya se convirtió en árbol y ahora es momento de fortalecerlo. La Comisión dictaminadora debe continuar dando lustre y brillo al Premio. Este año debe elegirse a un hombre o mujer que tenga los suficientes méritos y que dé prestigio al, por un lapso, desprestigiado Premio Chiapas.
¿Quién lo merece? Ya dije que los nominados, sin duda, serán hombres y mujeres con méritos suficientes. En mi posición muy personal declaro mi simpatía y toda mi emoción por un hombre, un hombre cabal: el Doctor Heberto Morales Constantino.
Entiendo que la propuesta oficial de su candidatura ya está hecha ante el Comité. Este textillo sólo es una muestra de adhesión a tal propuesta.
Ahora que se cumplen cuarenta años de la creación de la UNACH, sería de justicia premiar a un distinguido universitario. La Universidad ha representado el más alto avance académico y cultural de los últimos tiempos. Con sus altibajos, la UNACH cumple con su compromiso de universalidad. Uno de los más preclaros Rectores de dicha universidad fue el Dr. Morales, quien es un verdadero humanista.
Fuera de reflectores, alejado de los templos donde el incienso, en muchas ocasiones, arde sin decoro, el doctor Morales sigue creando y fortaleciendo las artes de Chiapas.
¿Quién merece el Premio Chiapas 2014? Sin duda que hay muchos hombres y mujeres merecedores de tal distinción, pero, tal vez, este año no existe un candidato con más luz que el Doctor Heberto Morales Constantino. Estoy seguro que si él es merecedor de tal distinción no habrá un solo chiapaneco que no aplauda tal decisión.
Concluyo diciendo que el Doctor Morales puede perfectamente prescindir de tal distinción. Él no la busca. La pregunta es: ¿el Premio Chiapas puede prescindir del nombre del Doctor para seguir fortaleciendo su prestigio?
Nota: robo la foto de revistauniversa.com.

EL JUEGO DE DIOS





Una vez (ya lo dije) decidí no participar en presentaciones de libros (como presentador). ¡Dios mío, no he cumplido! A veces me invitan y me apena decir que no. Contra mi voluntad digo ¡sí! Y ahí ando trepándome a mesas de “honor”, mientras las personas del público bostezan, cuchichean, checan sus celulares, leen mensajes, responden, piensan en la inmortalidad del cangrejo o ven cómo está vestida la autora del libro.
Cada día, al despertar, como si fuese alcohólico anónimo, digo: “sólo por hoy diré no a las presentaciones”, pero cuando vengo a darme cuenta ya volví a decir que sí, ya volví a agarrar la botella. ¡Ah, qué poca fuerza de voluntad!
Marirrós Bonifaz, igual que yo, se aleja de tales tentaciones. ¿Para qué sirven las presentaciones de libros? Pareciera una total falta de respeto a los lectores. Es como si pensáramos que ellos no tienen capacidad para tener sus propias opiniones y para establecer un juicio propio acerca de la obra en cuestión.
Pero, ahora sí ya me decidí: ¡no aceptaré ser jurado de concursos! ¡No, no y no! No habrá poder humano que me convenza de participar como jurado. He participado en concursos de oratoria (Dios mío, si luego medio mundo no sabe que es un exordio); he participado, asimismo, en concursos de cuento y de ensayo (ay, Señor, qué desfachatez). Sólo faltó que me invitaran a ser jurado en un concurso de belleza o en un concurso de mascotas o en un concurso de “vencidas”. Ricardo siempre dijo que era yo un milusos, un todólogo, un sabiondo, un engendro del demonio de las siete cuerdas.
Sí, ahora me doy cuenta que pequé, pequé de obra. Ahora seguiré pecando, pero será por omisión. No aceptaré ya nunca más.
Jamás he estado de acuerdo en ese sistema de competencias donde alguien desplaza al otro. Eso de los primeros lugares está bien para los deportistas, para quienes, en una carrera de cien metros, llegan unos antes que otros. El deporte exige que haya un ganador. ¿Cuál selección gana? La que encesta más, la que mete más goles, la que llega en primer lugar. Hay una correspondencia perfecta entre el que hace más con el que debe merecer la gloria de la corona de oliva. Pero, ¿en literatura, en danza, en pintura, en música? ¿Cómo alguien puede determinar quién es “el primer lugar”? Hago ejercicios de imaginación e imagino que me exigen decir quién es el mejor escritor del mundo. ¿Cómo determinar esto, salvo el gusto y el conocimiento personales? ¡Es una tarea imposible y, además, estéril, tonta! ¿Cortázar, Dostoievski, Zola, Poniatowska, Modiano, Joyce Carol Oates, Joyce, Vargas Llosa, Kawabata? ¿Quién llega primero a la meta? ¡No, no y no! El arte no es una carrera de caballos ni es una competencia física. El intelecto y la obra de creación no tienen elementos de medición objetivos. Todo es tan a modo del color del cristal con que se hace la lectura del mundo. Y hay millones de lecturas, todas válidas.
Por esto, para no volver a jugar al perfecto, para no usurpar las funciones que sólo le corresponden a Dios (porque el arte es la mano izquierda del Creador), a partir de hoy, de este instante, digo que no volveré a aceptar una invitación para ser jurado del concurso equis o zeta. Con la pena del mundo diré que no a toda invitación. Les diré que me volví anoréxico de la mente y que tal enfermedad es contagiosa y que, por lo tanto, busquen a otro que juegue estos juegos perversos donde alguien (¡Dios mío!) se erige en el máximo juez y determina quién sube al peldaño de la gloria y quien resbala hasta los más profundos vacíos.

sábado, 8 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EN LOS LIBROS SE ABRE UNA VENTANA





Querida Mariana: usamos lugares comunes. Y no me refiero a que usamos los baños públicos cuando las ganas nos ganan. ¡No! Me refiero a que medio mundo repite frases que el otro medio mundo dice. Así ha sido siempre. Siempre hemos sido simples mortales, pero en estos tiempos nos estamos convirtiendo en mortales ¡bien simples! No se trata de ser un Octavio Paz y vomitar frases célebres a cada rato, pero no sería malo algo de originalidad en el uso del lenguaje. Corremos el riesgo de convertirnos en meros loros repetidores de sentencias bobaliconas. ¿A qué se debe que nuestro lenguaje sea más pobre cada vez? Carencia de buena lectura y exceso de programas bobos de la televisión. Si ahora en este momento dijera una frase de célebre comediante de televisión estoy seguro que ocho de diez personas la terminarían con éxito. Va un ejemplo: “¿Y ahora quién podrá defendernos? ¡El…!” ¿Verdad que sí la terminamos? A ver, ahora, un verso de Sabines: “La luna se puede…”. Ah, ya no fue lo mismo. Varios ya tataratearon. ¡Falta lectura! Falta acercarse al menos común de los lugares: la poesía.
Hay mucha gente que siente un cactus atorado en la garganta cuando alguien dice la palabra poesía. Se cree que la poesía es aburrida, ininteligible. No siempre es así. Hay poetas que escriben como si las palabras fuesen agua limpia, de esa que se bebe directo de un manantial. ¿Conocés algún poema de Fabio Morábito? A ver qué te parece este texto de este poeta que nació en Egipto, creció en Italia y, desde hace años, vive en México:

A tientas

Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.

¿Qué te pareció? ¿Bonito? La poesía usa las mismas palabras que usamos todos los días, pero el acomodo es tan sutil, tan de árbol en medio del desierto que se convierte en algo novedoso, en algo jamás escuchado. Los jóvenes de hoy emplean la palabra “güey” para todo y comienzan sus diálogos diciendo: Lo que pasa es que…
Fabio dice: “escribo en contra de mis pensamientos y en contra del ruido de mis hábitos.” “En contra del ruido de mis hábitos.” La costumbre, dicen, es mala consejera. Es mala consejera porque impide ver lo novedoso en cada acto. Cuando la gente alienta la capacidad de asombrarse, ante el espectáculo prodigioso que es la vida diaria, evita esa costra que se llama costumbre y todo lo convierte en algo inédito. Así, inédita, tendría que ser la palabra; inédito el acto de nombrar los objetos y las cosas. Hay gente (vos sabés) que juega con la palabra, que no la ve como la cárcel en donde se guardan los actos, sino que la ve como la gran posibilidad de jugar. De ahí el albur y el doble sentido tan sabroso y tan juguetón.
Hay personas que se molestan con el albur. No entienden que es un juego que da una torcedura maravillosa a la palabra. ¿Sabías que en Pachuca, Hidalgo, año con año, realizan el Concurso de Albures? Ah, cuentan que el teatro se llena y la gente disfruta del ingenio y mordacidad de los mejores albureros del país. Se requiere una gran agilidad mental para dar respuesta a un albur “bien sembrado”. Cuando la gente está dispuesta hasta la más mínima acción conduce a un juego verbal. Alguien invita a tomar té (de manera inocente) y el otro responde: “Sí, té tomo, todas las noches”. Las mentes puras no le dan el sentido que sí le dan las mentes medio perversas y juguetonas. Hay palabras y conceptos que son albureros por definición. Chile es una palabra muy alburera. “Compadre, ¿quiere’sté un chilito para su caldo?” “Sí, comadrita, pero siéntese, yo lo sirvo.” ¡Mirás cómo en dos frases comunes aparece el doblaje de la palabra! (Dudé en escribir la palabra doblaje porque ante la palabra chile se convierte, también, en alburera.)
El juego de la palabra se da en la convivencia, a la hora de tomar té (bueno, bueno), en la sobremesa, a la hora de tomar la cerveza con los amigos. Por eso, en estos tiempos en que los celulares, Ipads, Ipods y demás pantallas nos hacen perder el contacto íntimo con las personas hemos extraviado ese hilo de luz que era la palabra inteligente y sabrosa. La palabra ha perdido su lugar de preeminencia, que ahora es ocupado por la imagen. Tío Rómulo dice que corremos el riesgo de volvernos mudos. No lo creo, no lo creo, digo, pero luego veo las estadísticas que indican el número de palabras que emplean los jóvenes a la hora de conversar y pienso que no es tan loco el supuesto del tío. Cada vez empleamos menos palabras para darnos a comunicar.
Se habla del peligro de la pérdida de lenguas en el mundo, nos dicen que en cada lengua que se extingue es como si se apagara un universo. De igual manera debemos comenzar a hablar de la pérdida de palabras. Se están extraviando palabras que antes eran de uso común ¡y corriente!
Pánfilo dice que nuestra pobreza de lenguaje es porque ahora la gente no lee. Nuestro acervo de palabras es muy limitado. Si a esto le agregamos que medio mundo escucha las letras absurdas de las canciones de Arjona ¡pues ya la amolamos! Acá en Comitán volvimos chiste la manera rebuscada de hablar que tenía el maestro Bernardo Villatoro. “Abre el madero andante y deja que pase el céfiro blando”. (Lo que quiso decir: “¡Abrí la puerta para que entre aire!”). Y es que el maestro Bernardo era un experto en el uso del lenguaje y, en su afán de hablar con corrección, empleaba culteranismos medio arriba de las nubes. Pero, si lo analizamos con detenimiento, vemos que el maestro daba clases permanentes de alta cultura. ¿Céfiro? Ah, pues Céfiro es el Dios del viento, en la mitología griega. Es decir, el maestro Berna, en nuestro Comitán, hacía lo que hizo José Vasconcelos, a nivel nacional: dar a conocer a los clásicos griegos.
Era tan hábil el maestro Bernardo que ya te conté que él llamaba turrupes a los cohetes. ¿Por qué turrupes? Porque decía que los cohetes dafan TUfo, causaban RUido y eran PEligrosos. ¿Ingeniosito el maestro, verdad? Además de ingenioso lleno de sabiduría. Los cohetes causan cientos de accidentes; llenan de hediondez y de humo los espacios, molestan a las mascotas y provocan incendios de incalculables proporciones. ¿Cuál es nuestro gusto por echar “cuete” en todos los actos religiosos, incluidas las fiestas patrias y de año nuevo y de navidad? Somos pueblos coheteros. Vos sabés lo que significa decir eso. Significa decir que somos pueblos con reacciones primarias. La tía Rosita decía que era una tontería quemar dinero para llenar de polvo y ruido los cielos limpios de Comitán.

Posdata: el otro día estaba en el mercado, comprando veinte pesos de chinculguajes. Mientras la señora colocaba los chinculguajes en una bolsa de plástico cerré tantito los ojos y escuché el rumor de las voces de la gente, era como un mar iluminado; era como un oleaje afectuoso que llegaba a mi corazón. La palabra comiteca volaba con el clásico cantadito. ¡Ah, disfruté esos segundos que la vida me ofrecía de manera generosa! Creo que hace falta recuperar las sesiones donde hijos y padres se reunían a platicar. Hace falta dejar de lado, un tantito, las pantallas y recuperar los cielos donde la palabra volaba gozosa.
Ramón dice a cada rato: “Yo nací en tiempos en que la palabra se respetaba” y cuenta que antes los tratos se hacían “de palabra”. No era necesario firmar un documento para regresar un dinero prestado. Hoy, ese concepto está extraviado. (Hay ocasiones en que ni con papel el fulano cumple con su compromiso.)
Por ello, me dio gusto ver cómo cientos de alumnos acudían al teatro. Vos sabés que se presentó en Comitán la Muestra Internacional de Teatro. El teatro, dicen los que saben, es una de las artes más completas, la que sintetiza la vida. Ahí están reflejados todos los sentimientos y emociones del hombre. El teatro se encarga de preservar la palabra legada por los griegos, por los latinos; el teatro revive el pensamiento de Ibsen y de Shakespeare. Ahí, en el teatro, ¡la vida! La vida envuelta en un maravilloso diseño de papel de china.
Me dio gusto ver cómo cientos de alumnos de la Universidad Mariano N. Ruiz, del Conalep, del Colegio Regina, de la Universidad Autónoma de Chiapas y de la Universidad del Sureste, se sorprendían ante la luminosidad de la palabra dicha, con propiedad y profesionalismo, por actores de excelencia. Las compañías de Chiapas, del Distrito Federal (¡ah, qué belleza de propuestas de los actores y directores chilangos!), de Colombia, y de Tamaulipas hicieron las veces de surtidores de aguas limpias y empaparon de luz los corazones de los jóvenes espectadores.
Me dio gusto ver cómo, al final de las obras, dos o tres muchachos agradecían a los actores la oportunidad de acercarse a la maravilla del teatro.
Los padres de familia y directivos de esas instituciones son personas inteligentes, por permitir que los muchachos se acercaran a ese surtidor de agua clara. Saben que en el diálogo inteligente está la semilla del árbol de la palabra. Porque la palabra, lo sabés, es el mayor legado del hombre. Por esto, cuando en el Teatro de la Ciudad se presenta un acto con los mejores contadores de anécdotas comitecas ¡el teatro se llena! Se llena porque ahí los comitecos se reconocen, recuperan el tiempo en que se sentaban al lado de sus mayores y se botaban de la risa con la picardía que contienen esos gajos. En el albur (perdón), en la anécdota, en el testimonio, en los cuentos y en las historias ¡está la esencia de la cultura!
Corremos el riesgo de volvernos mudos si dejamos a la palabra inteligente de lado. Corremos el riesgo de convertirnos en simples loros repetidores si sólo aprendemos las frases bobaliconas de los actores mediocres de la televisión abierta. Es necesario acercarnos más a los papás y a los abuelos y conversar con ellos; es necesario acercarse más a las propuestas teatrales inteligentes (como fueron las que se presentaron en la Muestra Internacional de Teatro); es necesario acercarse a la literatura -a la buena literatura-, a la poesía, al cuento y a la novela.
A partir de mañana domingo, y hasta el miércoles, el teatro vuelve a llenarse de ese aire liberador que es la propuesta inteligente. En estos cuatro días se realizará el Festival Nacional de Títeres. Ahí estará la semilla. Los papás (inteligentes) llevarán a sus hijos al teatro (la entrada es libre) y los niños (inteligentes) llevarán a sus papás al teatro. ¡Todo mundo irá! La función del domingo es a la una de la tarde; las funciones de lunes, martes y miércoles serán a las seis de la tarde.
No me gustan las paredes. Sus ladrillos son tan planos, tan iguales, tan comunes. Pero sí me encantan las ventanas. Las ventanas permiten ver hacia afuera, ver cientos de mundos. El teatro es una ventana; el libro es una ventana grandísima, llena de aire, llena de vida. Vos también, niña amada, sos como una ventana.