sábado, 30 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, EN BLANCO Y NEGRO





Querida Mariana: ¿Sabés cuál es el pasatiempo favorito de tío Chano? ¡No, no! Toma cerveza todos los días, pero eso no es su pasatiempo, eso es como su oficio. Su pasatiempo es ver fotografías. Todas las tardes (ya con su dotación de dos caguamas entre pecho y espalda) saca una silla al corredor y sobre la mesa de madera deja los álbumes que ha ido conservando a través de sus setenta y dos años de vida.
Antes no todo mundo podía tomarse una fotografía, porque o no tenían paga para ir a un estudio fotográfico o no tenían paga para comprar una cámara y revelar el rollo.
Antes, mi querida niña, era una odisea el proceso de revelado de un rollo. Yo tuve una cámara que mi papá me regaló, era una cámara muy modesta (marca kodak). Mi papá me la obsequió una mañana que, con mi mamá, fui a La Trinitaria. Mi mamá y yo esperábamos el camión en la esquina donde ahora está la Casa de la Cultura, cuando mi papá llegó casi corriendo y me entregó una cajita que abrí y descubrí, asombrado y contento, que era una cámara. La había comprado en la “Tocris”, que era una relojería que atendía don Polo Torres, cuyo local estaba al lado del Hotel Delfín; es decir, frente al parque central. Mi papá me ayudó a colocar el rollo de doce exposiciones (sí, mi niña, los rollos que podían comprarse tenían doce exposiciones o veinticuatro o treinta y seis, ¡no más! Hoy, cualquier persona con su celular toma cientos de fotos). Mi papá abrió una ventanita que el chunche tenía en la parte posterior, colocó el rollo y dijo ¡listo! Me recomendó que no abriera la ventanita. Lo único que debía hacer era tomar la primera foto, darle vuelta a una palanquita (que servía para enrollar la película) y cuando hiciera un ¡trac! significaba que la otra toma estaba lista. Debía recordar que el rollo sólo brindaba posibilidad para tomar doce fotografías. En otra ventanita, muy pequeña, la cámara mostraba qué número de exposición estaba lista. Cuando llegara el número doce debía guardar la cámara y, al regresar a casa, entregarla a mi papá para que él sacara el rollo y lo llevara a revelar con don Polo Torres o con el maestro Hermilo Vives Werner.
En ese momento llegó el camión (debe haber sido el más viejo de los que aún siguen yendo de Comitán a Trinitaria y viceversa, el más joven de ese tiempo). Mi mamá y yo subimos. Dirás que es una bobera, pero yo iba fascinado, primero porque viajaría con mi mamá y luego por tener entre mis manos ese objeto que era casi mágico, porque permitía congelar los instantes de vida. Era fascinante ver cómo en un cuadro de papel estaba una imagen que daba constancia de la permanencia de los amigos, los parientes, mi papá y mi mamá. Era maravilloso sacar las fotos reveladas del sobre y mirar con los amigos el monte de arena sobre el que estábamos. Pepe reía porque todavía se miraba la huella de sus nalgas donde se había dado un sentón; Alfredo señalaba el papel y decía que le daba mucha risa su cara (sí, su cara parecía la del jorobado de Nuestra Señora, porque uno de sus ojos estaba cerrado y el otro muy abierto). Todo era un canto a la vida. Era bonito cuando todos estábamos vivos. Ahora, la otra tarde, el tío Chano me llamó y me dijo que me sentara a su lado. “Mirá -dijo- acá estás”, y sí, ahí en esa foto estaba yo, y en esa foto también estaba tía Chilita y ahora, Dios mío, la tía ya no está. En la foto está como estaba aquella tarde de diciembre. Tiene el chal sobre su cabeza, entre las manos lleva el niño Dios, porque esa tarde iba a “nacer”. Chayito carga una muñeca que ya casi no tiene cabello, casi casi está pelona (era la muñeca que el Viejito de la Nochebuena le había dejado la navidad anterior). La tía Chilita sonríe, con una sonrisa de tiuca. Se le alcanza a ver el hueco que tenía entre los dientes centrales y que hacía que cada vez que hablaba el viento saliera como si fuera una olla de presión. El niño Dios está encuerado. En una silla, al lado de la tía, se alcanza a ver un gancho y un bollo de estambre delgado, con los que la tía tejía el vestido que en la sentada del niño le colocaría. Porque el mundo tiene sus rituales: cuando el niño nace apenas muestra el calzón que siempre trae la imagen y ya cuando es la sentada todo mundo lo viste y sirve mistela en pequeños vasitos de cristal y ofrece los “pañalitos” regados con miel o con temperante (en Comitán llamamos pañalitos a las hojuelas). Sí, dije al tío, acá estoy y me señalé. Vi que mi tío se limpiaba los ojos con una mano. Tal vez él, igual que yo, pensaba que la vida es triste, porque cuando vemos fotografías antiguas algunos que ahí aparecen ya no están. Ver fotografías recientes es muy bonito, porque siempre (bueno, casi siempre) los que ahí aparecen aún siguen trepando a los árboles, jugando a los carritos, bebiendo cerveza, bailando a la hora que la marimba toca.
Ir a la Trinitaria era un viaje maravilloso. Pegaba mi cara al cristal de la ventanilla y miraba las casas de tejamanil, los árboles llenos de pájaros, los pastizales donde pacían las vacas y toros. Me encantaba el momento en que llegábamos a San Rafael (donde ahora está la planta de gas) y advertía cómo el viento jugaba entre los pinos que formaban un bosque encantado. Como has de imaginar, querida niña, la carretera era de dos carriles (no era tan ancha como lo es ahora). El camión avanzaba despacio y tosía como si tuviera tuberculosis. De vez en vez se detenía porque una señora con dos bolsas de arpillera bajaba y daba gracias al chofer. Éste le pedía a la señora que empujara la puerta, porque el mecanismo que la abría y cerraba ya no funcionaba bien. Mi mamá decía que era porque le faltaba grasa, pero yo reía, porque pensaba: qué iba a saber mi mamá de grasas. Ella sabía (sabe) de estambres y de ganchos y ganchillos. Mi mamá se ha pasado no sé cuántos años de su vida en medio de estambres, ella es muy linda, ahora, a sus ochenta y seis años de edad, imparte un curso de tejido en el geriátrico de Comitán, un curso de verano. Me da gusto que, en lugar de estar recluida en el geriátrico, ella es maestra y todas las tardes regresa a casa donde, ¡bendito Dios!, mientras ve la televisión sigue haciendo labores de tejido que luego vende. Cada año, el primer día, vamos a la Trinitaria y ella entra al templo del Padre Eterno, da gracias por el año concluido y pide la bendición para el nuevo.
En aquella ocasión, después de un viaje prodigioso, bajamos en el parque. Yo, como si fuese un turista japonés frente a la Torre Eiffel, hice mi primera toma fotográfica: la fachada del templo. Le di vuelta a la palanquita y miré que, en la ventanita, apareció una línea horizontal y, al dar la otra vuelta, apareció el número dos. Como mi papá había dicho el rollo estaba preparado para la segunda toma. Le dije a mi mamá que camináramos hacia donde estaba la biblioteca (donde ahora está la plaza del palacio), ella sonrió y yo tomé la otra foto. ¡Ah!, era tan sencillo ser fotógrafo. Imaginé que cuando el rollo estuviera revelado, a la hora de la cena llamaría a mis papás, a Sara (que era la sirvienta que dormía en casa y que casi era de la familia) y a Víctor (hijo de Sara) para que yo les enseñara cada fotografía que daba cuenta del viaje que habíamos realizado mi mamá y yo. Y supe que ellos sonreirían y que, como cada vez que alguien ve fotografías, viajarían tantito a nuestro lado. Víctor preguntaría si había subido a un árbol y yo no dudaría en decirle que sí, pero que como mi mamá no sabía tomar fotografías no había quedado constancia, porque no todo mundo podía tomar fotografías. Mi mamá es muy lista para hacer chalecos, cuellos, manteles y colchas que cubren las camas, pero no sabe de fotografía, no sabe como sí sé yo, porque yo, desde que tuve ocho años tuve una pequeña kodak.
Como mi mamá tardaba mucho en sus rezos, le dije que saldría al parque a tomar más fotos. Ella dijo que estaba bien, me recomendó que no caminara más allá del parque. Yo lo prometí. Bajé los escalones y caminé por el parque. En la manzana frente al templo había una tienda donde una señora con canasto ofrecía chayotes. Yo, como si ya advirtiera que un día todo eso sería historia, tomé mi cámara y como si fuese yo un fotorreportero del periódico Excélsior (el periódico mexicano más importante de ese tiempo) inmortalicé la imagen de aquella mujer. (Esa manzana ahora ya no existe. Lo mismo que en Comitán la demolieron para ampliar el parque.)
Tomé muchas fotografías. En menos de diez minutos vi que la ventanita mostraba el número doce. Eso significa que el rollo ya había terminado. ¿Qué me había recomendado mi papá?

Posdata: Ya has de imaginar el resultado de esta aventura, mi niña. Regresamos a Comitán. Mi papá preguntó cómo nos había ido, mientras tomábamos la limonada con hielo que Sara nos ofrecía. Mi mamá contó y yo, atolondrado, emocionado, conté todo lo que había visto y lo que había imaginado. ¿Tomaste muchas fotos?, preguntó mi papá y yo, casi saltando, dije que sí, que había tomado muchas, bueno, doce. Metí mi mano en la bolsa del pantalón y le di el rollo. Veinte días después, mi papá me dijo que el rollo se había velado.
Todas las tardes, el tío toma dos caguamas y luego se sienta en el corredor de la casa y mira fotografías antiguas donde está la tía Chilita y Eugenio, el hijo que se le murió en un accidente de camión. Alguna tarde él también será solo recuerdo en fotografía. La vida es bonita, pero también, muchas veces, es muy triste. Y de la belleza y de la miseria, las fotografías dan cuenta.

viernes, 29 de julio de 2016

LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS




Leonardo Da Vinci nunca lo imaginó. Tal vez (no sé la historia) alguien le encargó que pintara un mural con la representación de la Última Cena. Leonardo, que se sabía de la a a la z todo lo referente al mundo de la pintura, hizo un boceto del mural con un fondo en perspectiva. Todos saben que la perspectiva es el gran hallazgo del Renacimiento.
Pero digo que Leonardo no imaginó que dicha pintura iba a estar en tantos hogares del mundo católico. Él sí imaginó (estaba seguro de la grandeza de su genio) que el mural iba a ser admirado por miles de personas que llegaran al lugar donde está pintado (no sé dónde es), pero jamás imaginó que iba a estar en las paredes de las salas y de los comedores de millones de hogares.
¿Cuál es la magia de tal mural? Quiero imagina (tal vez estoy equivocado) que el ochenta y dos por ciento de los poseedores de una réplica de La Última Cena la compró por el tema y no por el arte; es decir, perdón Leonardo, si Botero pintara su versión de la última cena (no es mala idea, se la paso por si quiere aventársela) muchos también colgarían una réplica en su casa. Porque (hay que decirlo) medio mundo sabe la historia de esa famosa cena en que Jesús dijo que alguien de ese grupo lo iba a traicionar; todo mundo recuerda esa famosa frase de: “¿Seré acaso yo, maestro?”; pero medio mundo ignora el nombre del artista que la plasmó. El otro día hice la prueba, estaba en la casa de mi tía Elenita y vi, a mitad de la pared del comedor, al lado de la vitrina de madera de cedro llena de platos chinos y vasos italianos (reservados para fiestas muy especiales), el cuadro de Leonardo. A Rodrigo le mencioné la profundidad del cuadro (otorgada por la perspectiva) y también mencioné cómo al fondo de la pintura se ve una cadena montañosa llena de luz que contrasta con la penumbra del salón donde celebran la cena. Luego dije que Leonardo había mentido porque, sin duda, que el salón donde ocurrió la última cena no tenía tal lujo. ¿Cómo un hombre que había nacido en un pesebre cenaba en un comedor que parece salón del Hotel Ritz, o de cualquier otro de cinco estrellas? Yo siempre imaginé que la última cena se había desarrollado en una casa humilde, con piso de tierra, iluminada con velas. Jesús estaría sentado sobre una silla de madera y los apóstoles lo rodearían haciendo un semicírculo. La mesa larga, con mantel, que aparece en la última cena, de Leonardo, me provoca una sensación de lejanía. Quienes están sentados a un extremo están como fuera del círculo favorito de amigos (tal vez esa fue la intención de Leonardo al pintarla así). Porque, parece (no lo sé) quien está cerca de Jesús es el traidor.
Si nos atenemos a lo que Leonardo pintó deducimos que en ese frente de mesa no caben las trece sillas, por ello se ve un ligero amontonamiento de personajes. La lógica dicta que, en ese tipo de mesas, más hombres se sentarían en el frente; es decir, en un lado (tal como parece ser) estaría sentado Jesús y a su lado izquierdo estarían tres apóstoles y a su lado derecho otros tres; los seis restantes se sentarían frente a ellos. ¿Quién frente a Jesús? Pero, claro, Leonardo no podía pintar eso, porque, entonces, los espectadores veríamos las nalgas de seis apóstoles.
Rodrigo se paró, miró el cuadro y dijo que jamás había puesto atención a lo que yo decía. Dijo que creció con ese cuadro, desde pequeño lo vio colgado en la pared, pero no puso interés en él. ¿Quién, decía yo, había pintado el cuadro? Leonardo, dije. No, no lo conozco, dijo. Y mencionó que sí se sabía la historia y luego bromeó porque dijo que la mesa era muy pobre y comparó con la que teníamos nosotros enfrente, que rebosaba en frijoles refritos, chicharrón de hebra, costillas adobadas, tostadas, picles, quesillo y butifarras (en un plato había satz, que Hermisenda había llevado de Ocosingo. El satz es un gusano que doran y tiene un sabor exquisito). Elena, quien estaba al lado de Rodrigo, se inclinó hacia nosotros y dijo que ese cuadro representaba el momento previo en que la mamá de Jesús se acercó y le dijo que no había trago, que, por favor, convirtiera el agua en vino. ¿Ya vieron?, dijo Elena, cómo todos los hombres parecen reclamarle a Jesús que sólo pan les dio y no hay ni una botella de trago. “Ni siquiera de Charrito”, dijo Armando y dijo ¡salud! y bebió de su cerveza, porque eso sí, en casa de la tía Elenita no hay pobreza y siempre la mesa está rebosante de comida y bebida. Me encantó la confusión de Elena. ¿Cómo era posible que aliara dos momentos diferentes?
Creo que, como Armando, hay millones de hombres y mujeres en el mundo que crecieron con ese cuadro colgado en la sala de la casa, pero no se han parado más de diez minutos a observar la grandeza de su realización. Conocen la anécdota (un poco tijereteada y pegada con chicle), pero no aprecian la maravilla de la perspectiva que, años antes de ese instante, era un conocimiento oculto. Leonardo nunca imaginó que réplicas de su mural iban a estar colgadas en millones de hogares católicos en todo el mundo.

miércoles, 27 de julio de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE ECHA ABAJO EL MITO DE QUE LOS GATOS SON IGNORANTES





Acá el término ignorante se emplea en el término de ignorar y no de ser metido en la ignorancia; es decir, todo mundo sabe que los gatos ignoran a sus amos mientras no necesitan algo. Los perros, por el contrario, siempre están pendientes de sus amos. Acá está la historia de dos animalitos peludos. Les pongamos nombres, digamos que el gato se llama Misha (como algunos célebres personajes de la literatura rusa) y la perrita de primer plano se llama Pigosa (como algún célebre personaje de las Arenillas). El Misha y la Pigosa conviven en la misma casa. Es tal la convivencia que la Pigosa come croquetas de gato y el gato, de vez en vez, pero en menor proporción, come croquetas de perro. La dueña de los animalitos dice que en algún momento el gato se olvidara que es gato y comenzará a maullar ladriditos y la perra se olvidará que es perra y ladrará maulliditos. ¡Qué complicado! Pero parece que tal teoría no está tan desencaminada, porque acá se ve que la perra el quien ignora al lector (alguien les leía un cuento en voz alta) y el gato (“ignorador” permanente) es quien pone atención como si fuese alumno de primera fila y de diez.
El lector los llamó a ambos animalitos. Como era hora de comida, Misha salió de su caja de cartón, donde se duerme todos los días (la caja está llena de pelos) y se refregó en las piernas del lector, con ligeros maullidos; la Pigosa se paró en sus patas traseras, dio vueltas, tantas como vueltas le dio a su cola, con ladridos que parecían ser de alegría, de contento. El lector, como si fuese domador de circo, les dijo a ambos animalitos que se acercarab, para lograr tal prodigio, les puso una dotación generosa de croquetas (mitad de gato y mitad de perro). Ambos animalitos comieron con entusiasmo. Cuando las raciones terminaron, el lector se enfrentó a la prueba máxima, en voz baja y melosa les dijo a ambos animalitos que se echaran al piso. ¡Milagro, milagro! El gato se hizo para un lado, como si fuese camión de redilas en curva, y se echó sobre el piso; y la perrita, como si fuese camión con las llantas ponchadas, bajó las patas y quedó sobre las losetas. Viendo el logro, el lector se atrevió a dar el siguiente paso en la hazaña. Se sentó en una silla baja y, en voz muy de pájaro joven, dijo que les contaría un cuento. ¿Les gustaría oír un cuento? Les contaría el cuento “El león que quería volar” (cuento que ya conocen muchos lectores de estas Arenillas) y, para su sorpresa, el gato puso la cara que acá se ve y no dejó de hacerlo hasta que el lector terminó el cuento. ¿Cómo fue posible que el gato (“ignorador” permanente) puso atención al lector y la perrita (atenta por naturaleza) ignoró la lectura? Esta sí es una pregunta que no tiene respuesta. Viendo el logro que había conseguido, el lector (ya en el delirio total) guardó las hojas y preguntó: “¿Les gustó el cuento?”. El gato se dio vuelta y se echó a dormir; mientras la perrita se paró, dio de brincos, ladró y movió la cola decenas de veces.
La reacción final fue la comprobación de que el mundo seguía su trazo normal: el gato volvía a ser el “ignorador” de siempre, y la perrita regresaba a la normalidad.
El gato había puesto atención, pero tal vez no entendió el cuento o simplemente no le gustó. En cambio, la perrita, casi siempre fiel, pensó: “Pobre este lector. Su cuento es malísimo, pero debo darle un poco de ánimo”, y caminó con sus patas traseras e hizo otras gracias, sólo para que el lector no se decepcionara.

martes, 26 de julio de 2016

CUANDO VOY EN CARRO




¿Me perdonarán los peatones? Tal vez no saben que lo hago por su bien. Me da mucha pena, pero cuando manejo mi auto ¡no cedo el paso cuando a mí me toca!
Hubo un tiempo en que era muy amable (es mi natural). Si llegaba a una esquina y algún peatón (conocido o no) esperaba pasar, yo hacía alto total, esbozaba una ligera sonrisa y movía la mano como si fuera mesero sin charola y cedía el paso. En muchas ocasiones cedí el paso no sólo a peatones sino a automovilistas.
Ahora no lo hago. Me da mucha pena, pero cuando voy en auto soy el tipo más individualista y egoísta del mundo.
Digo que antes no era así. Puedo, a la manera clásica, decir que los demás me hicieron así.
Resulta que en una ocasión iba en mi carro, por la bajada hacia San Sebastián, en la calle que están las peleterías y, al llegar a la esquina, media cuadra antes del Gimnasio Cuauhtémoc, me topé con una señora que cargaba una olla tapada con papel metálico. Se veía en la cara de la mujer que la olla estaba pesada. Sus brazos estaban extendidos y se notaba la tensión de sus músculos, ya un poco flácidos por la edad. La mujer me vio y yo, de inmediato, sonreí y moví mi mano, como torero, en un signo inequívoco de que le cedía el paso para que llegara más pronto a su lugar de destino, porque yo iba apoltronado en mi carro y ella caminaba; porque yo iba con las manos sobre el volante y ella las llevaba en la base de la olla pesada. La mujer trató de sonreír. Ya por el cansancio no alcanzaba ni a mover los labios, pero dio un paso y bajó de la banqueta. La vi pasar frente a mí. Diez pasos más, pensé, y alcanzará la otra banqueta y yo podré continuar con mi viaje; pero un segundo después vi en el espejo lateral que un bicicletero venía detrás de mí y pedaleaba a todo lo que daba. Como vio que yo estaba parado, el bicicletero (es comportamiento normal en ellos) me rebasaría por la izquierda. ¿Ya dije que era una bajada? El bicicletero estaba recargado sobre el manubrio y no le vi intenciones de frenar, ni para ver si venía carro en la calle transversal. Nosotros (uf) llevábamos preferencia. El movimiento presagiaba que la señora, la olla y el contenido de ésta terminarían a mitad de la calle. La comida se echaría a perder, la olla quedaría despeltrada y la señora, ¡Dios mío!, tendría dos fracturas, una en un brazo y la otra en la cabeza. Así que no me quedó más que aventarle tantito el carro, tantito, apenas centímetros y tocar el claxon como loco. La mujer, tuvo la reacción natural, volteó a verme, se paró, colocó la olla sobre el carro y comenzó a golpear (también como loca), el cofre del auto. Pateó dos veces la defensa delantera y me mentó la madre (también dos veces), una vez doblando el brazo y la otra con un grito que espantó a todos los peatones. Sentí el aire del bicicletero que pasó a mi lado como locomotora desenfrenada. ¡Mi movimiento le había salvado la vida a la señora! Sonreí. La señora, como nunca se enteró de que yo era su salvador, dio la vuelta al frente del carro y se paró frente a mi ventanilla y comenzó a tirar golpes con su mano derecha. Yo me hice para atrás, tratando de explicarle. Ella, al ver que sus golpes no me alcanzaban, acumuló saliva y me aventó el escupitajo que, gracias a Dios, no me alcanzó en la cara. El gargajo quedó embarrado en la chamarra azul que ese día estrenaba. Como dice la canción, la mujer no entendería razones, así que pensé poner primera y arrancar, pero vi que sobre el cofre permanecía la olla. ¿Y si arrancaba importándome poco que la olla y su contenido quedaran en el suelo, a mitad de la calle? ¡No! Don Caralampio, talabartero que me conoce desde siempre ya me había identificado. Así que no me quedó más que bajarme del auto y colocar la olla sobre la banqueta, mientras la señora descargaba su coraje contra mi cuerpo que, al final, quedó tan adolorido como el de ella. El de ella por cargar la olla y por hacerla de Canelo Álvarez durante casi un round y yo por ser el costal que recibió toda la golpiza. Al final logré subir a mi auto. Vi que una larga fila de autos se había formado detrás de mi carro y dos o tres automovilistas se pegaban al claxon y no se desprendía y otro automovilista más me gritaba que avanzara, que era yo (sí, ya adivinaron) hijo maltrecho de mi madre.
Por esto, ahora, soy el chofer más egoísta del mundo. Me da pena. A veces llego a una esquina y veo a mujeres cargando bolsas pesadas o a viejos con bastón o a muchachas bonitas con faldas a mitad del muslo. Todos, invariablemente, me sonríen, en un intento de que yo, caballeroso, les ceda el paso, pero yo, ¡qué pena!, me hago tacuatz y miro hacia otro lado, meto primera y sigo mi camino. Ellos, lo sé, deben mentarme la madre en su pensamiento, pero yo hago todo en intento de salvarles la vida, sobre todo de salvar que los traseros de esas lindas muchachas terminen empolvándose a mitad de la calle ante el empellón de un bicicletero audaz e inconsciente.

lunes, 25 de julio de 2016

¿ES TODO?





Leo “Vida de un escritor”, de Gay Talese. Llegó a una página que catapulta mi memoria al taller de Nico, el carpintero que hizo las puertas de cedro de la casa de mi papá. Y esto es así porque Gay dice que John Phillips Marquand, “primer amante de una hermosa debutante”, le contó que cuando hicieron el amor por primera vez, la hermosa debutante le preguntó, sorprendida: “¿Eso es todo?”.
Me he topado con amigas que me cuentan cómo fue su primera vez (no sé por qué me tienen confianza y me cuentan esas intimidades). Mientras me lo cuentan, yo, al estilo del padre que, en el confesionario le suplica a Chabelita que no cuente detalles, pero un segundo después le dice: ¿Qué más?, a mis amigas les pido que me cuenten todo, todo. Y ellas, generosas, lo hacen. Así, pues, me entero que la mayoría quedó insatisfecha ante los resultados de la primera vez. ¿Por qué? Yo lo atribuyo a dos cuestiones principales: a las fantasías exageradas que ellas han bordado y a la inexperiencia de los compañeros.
La mayoría de muchachas bonitas cree -de veras lo cree- que el acto amoroso será con fuegos de artificio y efectos especiales estilo Hollywood.
Una tarde que estaba en el taller de Nico (yo tendría dieciséis o diecisiete años) entró un señor de traje azul con rayas, zapatos de charol y sombrero panamá. Saludó, se quitó el saco que colgó en el respaldo de una silla y dijo que entraría. Abrió una puerta al fondo del taller, se arremangó la camisa y desapareció detrás de la puerta. A mí (lo han de imaginar) me ganó la curiosidad, le pregunté a Nico qué hacía allá adentro el señor (llegué a pensar que Nico tenía muchachas bonitas). Nico se puso un dedo en la boca para que yo hiciera silencio y me llamó. Caminé con él, abrió una mirilla y vi que el señor estaba sentado en una silla y acariciaba, con ambas manos, una escultura informe de madera perfectamente pulida. El señor tenía los ojos cerrados y, como si estuviese en un sube y baja, se impulsaba hacia adelante y luego hacia atrás, en un movimiento de gran cadencia; sus manos repasaban la madera como si él la estuviera modelando, dando la forma pulida del contorno. Como si rezara decía algunas palabras en voz bajísima, sólo para que el tronco lo escuchara. Recordé la imagen de una mujer artesana en Amatenango que, mientras la humedecía y daba forma a una olla de barro, rezaba en su lengua; eso sonaba como un murmullo de grillos.
Gay Talese dice que la “hermosa debutante” era, nada más y nada menos, Jackie Bouvier, años después conocidísima en todo el mundo como la esposa de John F. Kennedy, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica que fue asesinado en Dallas, Texas. Jackie después se casó con el magnate naviero Aristóteles Onassis.
Se antoja hacer una pregunta boba: ¿Lograría Jackie, con el tiempo, tener un juego más satisfactorio? La pregunta boba la he deslizado a mis amigas confidentes. Todas dicen que sí, que ha mejorado, pero que, en realidad, no se han topado con aquel amante que las haga ver estrellas y las haga volar por galaxias lejanas.
Mucho tiempo después vi la película “Karate Kid” y recordé al viejo de traje y sombrero, cuando el maestro le dice al alumno que pinte una barda. El alumno, cuyo deseo es aprender karate, no comprende qué relación tiene pintar una barda con dominar un deporte. Tiempo después comprenderá.
Una vez (yo tendría veinte o veintiuno) le platiqué a una amiga la historia del taller de Nico y ella, dramatizando un poco, casi jugando, se hincó frente a mí y me pidió que le presentara al hombre. Cuando dejó de jugar dijo que estaba segura que ese hombre la haría ver estrellas, porque, sin duda, era un amante experto. Me obligó a ir al taller de Nico. Lo hice. Nico me pasó una silla y me senté al lado de un montón de aserrín. El aroma del taller me remontó a aquellas épocas en que Nico me enseñó a lijar las tablitas que luego pintaba con acrílicos. Me dijo que el señor era de San Cristóbal y llegaba a su taller cada mes, cada vez que venía a Comitán por negocios. Pero que el deseo de mi amiga ya no se cumpliría porque el viejo había fallecido. Nico dijo que mi amiga estaba bien encaminada, porque el viejo tenía mucho éxito con las mujeres.
Tal vez Jackie hubiese sido feliz con un hombre como el viejo de San Cristóbal. Cuando le dije a mi amiga lamentó la muerte de quien no conoció. Yo, un poco jugando el mismo juego de ella, me hinqué y le dije que me esperara, que todas las tardes iría a aprender a acariciar la escultura sin forma, pulidísima, que estaba en el taller de Nico. Ella me dijo que me parara, que dejara de hacer el ridículo y sentenció: “Se mira que vos sos torpe con las manos” y tomó su mochila y se fue cantando esa que dice: “Amor chiquito, acabado de nacer…”
Hace años que le perdí la pista a mi amiga. ¿Conocería a alguien como el viejo de San Cristóbal?

sábado, 23 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CANTA UNA CANCIÓN DE CUNA




Querida Mariana: ¿Sabés que en España se llama nana a la canción de cuna? Las mamás jalan una silla y, al lado de la cuna, mientras la luna entra por la ventana, acostumbran cantar nanas a sus criaturitas. Acá, en Comitán, como en muchos lugares de Latinoamérica, le decimos nana a la cuidadora de niños. Es famosa la nana que aparece en la novela “Balún-Canán”, de Rosario Castellanos; bueno, con decir que es famosa la nana Rufina que cuidó a la escritora cuando ésta era chiquitía. En nuestro pueblo, las nanas ya son especie en extinción. De igual manera, los nenes nos están abandonando. Una de estas tardes murió el famoso Nene, del barrio de Guadalupe.
¿Conociste al Nene? Te anexo una fotografía que le tomé una tarde en el atrio del templo de Guadalupe. Él se molestaba cuando alguien quería tomarle una fotografía. Había necesidad en los otros de tomarle una foto para completar el registro de los personajes ilustres de Comitán, pero él no lo sabía, él, como pichito remolón, se ocultaba. Por eso, esta fotografía es simpática, por decir lo menos. Alguien le obsequió una cámara inservible que usaba cuando alguien estaba al frente con otra cámara. Un poco como si jugara el juego de los espejos. La imagen (dije que es simpática, por decir lo menos), en realidad, es una imagen maravillosa, porque muestra al Nene tal como era: un espíritu infantil. No es casual que alguien, en algún momento, le haya puesto el mote de El Nene. Mucho, muchísimo antes que el mundo tuviera al nene consentido de la serie televisiva de Los Dinosaurios, Comitán tuvo su nene consentido, el nene del barrio de Guadalupe.
Doña María Elena, vecina afectuosa del barrio, avisó en el Facebook del fallecimiento de este personaje entrañable. Si alguien, en el futuro, decidiera investigar más acerca de la vida de El Nene, tal vez, tendría que recurrir a doña María Elena para que ella contara. Yo lo que puedo decir es que El Nene fue de esos personajes que dan carácter a los pueblos. Siempre recuerdo a ese maravilloso personaje de la película “Cinema Paradiso” que se creía dueño de la plaza y, en la noche, corría a todos los que ahí estaban para quedarse solo con su espacio. El Nene hizo suyo el parque de Guadalupe. Florecita Albores dijo que era una leyenda del barrio.
Medio mundo de acá lo conoció por el mote, que se le decía de cariño. Doña María Elena consignó su nombre: Reneiro Velázquez (¿Reneiro? Sí, así ella lo dijo). ¿Quién le decía Reneiro? Sólo sus amigos, tal vez algún vecino y sus familiares. El círculo donde su nombre fue pronunciado fue muy estrecho. En compensación, medio Comitán lo conoció por su mote.
Hay hombres y mujeres que dejan olvidado su nombre y brillan con los sobrenombres que les otorga la comunidad. El Nene fue uno de ellos.
Digo que a Reneiro no lo conocí bien. Yo caminaba por el parque y lo veía con frecuencia. Pienso (debe ser un pensamiento errado) que él no caminó más allá de un espacio delimitado: su casa, el parque y el templo. Él vivió en una casa que siempre tiene la puerta abierta (con excepción de estos últimos días en que ha permanecido con la puerta cerrada); casa que está frente al parque de Guadalupe. A Reneiro le bastaba cruzar la calle para llegar al parque. Lulú Guillén escribió en el face: “De Chicos nos corría y mucho tiempo. Tocó las campanas de la iglesia”. Quiero pensar que ese “nos corría, y mucho tiempo” se refiere a que él (niño, después de todo) iba detrás del grupo de chiquitíos que corrían en intento de que él no los atrapara; tal vez él quería integrarse al grupo, porque (así lo vi siempre) él fue un hombre árbol, de esos en donde los pájaros van de una rama a otra, pero que hay instantes en que lo dejan solo. Solo, solo, el pichito caminaba, mientras los niños jugaban en su derredor. ¿Él, qué jugaba? Tal vez al correr detrás de los niños se sentía parte de ese grupo.
Quienes lo conocieron hablan de él como si confirmaran mi creencia de que no fue más allá de ese espacio delimitado por su casa, el parque y el templo (tal vez llegaba a una esquina y eso era como la gran aventura, como el atrevimiento supremo). Quienes lo conocieron hablan de que los corría en el parque, de que tocaba las campanas del templo de la Virgen de Guadalupe, de que le gustaba escuchar la marimba (la que tocaba en el atrio en alguna celebración religiosa) y de que se creía novio de una hermosa mujer (casada) de ese barrio. Ella (la novia) celebró tal recuerdo, como si dijera que fue un privilegio ser elegida por el nene más lindo del barrio.
Reneiro se movió en un espacio muy breve; sin embargo, su nombre trascendió ese espacio y fue conocido por gente de Yalchivol, por gente de San Sebastián, de La Pila y por gente de Los Riegos y de muchos más barrios y ejidos; y por gente que venía de otras partes de la república en las tradicionales antorchas (este año lo extrañarán).
Reneiro, niña mía, fue de esos personajes que se convierten en celebridades sin moverse mucho. Estos personajes no tienen necesidad de hacer alharaca ni de buscar reflectores ni de hacer declaraciones rimbombantes, ¡no!, a estos personajes les basta ser y (no lo percibimos bien, pero así es) tienen una luz que los rebasa. Así como sus sobrenombres ocultan sus nombres, de igual manera sus modos sencillos de ser brincan las bardas de los mínimos espacios y se multiplican como si fuesen hongos en tiempo de lluvia.
Lo que voy a decir es una bobera (bueno, ¿qué otra cosa hago si no boberas?), pero estoy seguro que si hiciéramos un experimento en el cabildo al Nene no le iría mal. Y digo cabildo porque ahí hay una galería con fotografías de muchos expresidentes de este pueblo. El experimento consistiría en colocar una fotografía de él al lado de las demás. Si borráramos los nombres de los políticos, muchas personas dudarían en decir los nombres de expresidentes recientes (ya no digamos de expresidentes antiguos), pero a la hora de llegar frente al retrato de este hombre casi todos, señalándolo con el dedo índice y esbozando una sonrisa, dirían: “¡El Nene!”. Esto, que, en apariencia, no tiene importancia, dice mucho de cómo se constituye la identidad de un pueblo. El ejercicio de imaginación que propongo es un exceso, pero imaginá que sí se diera. Algún extraño podría preguntar: “¿Y él que hizo?”. Tal vez la respuesta sería: ¡Nada! No hizo nada, nada más que salir de su casa y pararse al lado de un poste en el parque o sentarse en una banca, no hizo más que correr detrás de niños en el parque, subir al campanario y hacer los repiques, pararse al lado de la marimba y mover los pies y sonreír a la hora que los ejecutantes interpretaban esa canción que dice: “Quisiera ser pescadito chiquitito y nadador / para alcanzar esa barca donde se embarcó mi amor…”, porque Elsa Villafuerte dijo que esa era su canción favorita. ¿Qué le removía la letra y música de esa canción? ¿Quién sabe? ¿Alguien se lo preguntó? ¿Alguien se acercó alguna tarde, se sentó a su lado y preguntó cuáles eran sus sueños, aparte de estar parado en el parque viendo cómo el viento de la Ciénega llegaba como caballo desbocado para jugar con su cabellera enredada y sucia?
¿Qué hizo El Nene? Nada. No hizo más que ser un niño que, un poco al estilo de Oskar Matzerath, personaje entrañable de la novela “El tambor de hojalata”, decidió no crecer. Oskar se instaló en la edad de tres años, ¿en qué edad se estacionó Reneiro?
Reneiro murió uno de estos días. El parque se quedó solo, como solo era él, como solo, después de todo, es el camino del hombre. Reneiro no caminó mucho. La gente fue la que se acercó a su territorio, a su plaza.
¿A qué hora, Reneiro regresaba a su casa? Le bastaba cruzar la calle, apenas veinte o veinticinco pasos.
Las campanas que él tocó para llamar a misa, la otra tarde tocaron para él, para honrar su memoria. Para decirle al mundo que hay hombres y mujeres que no tienen necesidad de ir más allá de su territorio para transformar el mundo. Porque El Nene, niña mía, nunca hizo nada, sólo se dedicó a ser árbol donde jugaban los pájaros; sólo se dedicó a ser árbol para dar sombra a los niños que jugaban rondas; sólo ser árbol donde los amados, con una navaja, trazaron un corazón con sus nombres. Reneiro, al estilo del personaje de “Cinema Paradiso”, era el dueño de la plaza y se convirtió, tal vez sin quererlo, sin buscarlo, en el dueño del corazón de este pueblo, porque su círculo de caminata era de radio muy breve, pero su recuerdo es un círculo que abarca más, mucho más.
¿Alguien se acercó, una tarde, ahí donde una muchacha bonita vende elotes asados, y le preguntó al Nene si sabía que su verdadero nombre (según doña María Elena) era Reneiro?

Posdata: Sé que el próximo diciembre, cuando la marimba toque para celebrar a la virgen, alguien, sólo para recordarlo, pedirá a los marimbistas que toquen esa canción de cuna para hombres mayores que dice: “…ya con ésta me despido, ahora sí encontré a mi amor / aquí se acaban los versos del pescado nadador”.
En memoria de El Nene, que es un pez infinito que nada y nada y nada y nada.

viernes, 22 de julio de 2016

PARA CUANDO NO HAY TIEMPO QUE PERDER




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como un libro adentro de un refrigerador y mujeres que son como un libro en el corazón.
La mujer libro en el corazón huele al aire que juega por las tardes en las plazas del mundo. Esta mujer, a diferencia de las demás, ha viajado por todo el mundo, sin necesidad de salir de su casa. Siempre que tiene un tiempo libre saca el libro de su mochila, lo abre y, como si se subiera a un galeón español, se echa a la mar. No sabe si se topará con un nuevo mundo; en realidad su objetivo no es hallar nuevas tierras y, mucho menos, conquistarlas. Le basta y le sobra con el viaje, con la sensación que tiene todo viajero que sube a un tren y se repega a la ventanilla para ver los hilos de humo que salen de las casas donde preparan las tortillas en el comal.
La mujer libro en el corazón tiene a sus autores favoritos. Por lo regular, esta mujer no se echa a volar con alas chuecas y endebles. La experiencia le dicta que hay algo que se llama clásico, porque este concepto no pasa de moda ni es la moda. La moda, lo sabe todo mundo, es aquello que, pasado un tiempo, se desecha. Lo clásico, también lo sabe todo mundo, es aquello que se conserva para siempre, y lo que es bueno se conserva para siempre en el corazón. ¿Por qué en el corazón si éste es un órgano que nada tiene que ver con el viaje? ¡Ah!, eso es lo que creen los tontitos que siempre relacionan al corazón con el amor y no con la inteligencia. El corazón es el sol, el agua, el aire y el fuego del espíritu, porque es el que riega la vida. Y la mujer libro en el corazón lo que hace cada vez que lee es regar vida, no sólo en su parcela donde florecen los pensamientos, sino también en los corazones de los cercanos, terrenos donde crecen los nomeolvides. Porque pensamientos y nomeolvides son los que crecen en los tejados de las casas de las mujeres que son como libro en el corazón.
Basta un minuto para que ella confirme su vocación. Así como muchos hombres no salen sin ella (es decir, sin su tarjeta de crédito o sin el chunche que llevan en la entrepierna), porque no se sabe a qué hora necesitarán crédito; así ella, la mujer libro en el corazón, no sale sin llevar uno en su bolso. El corazón lo lleva siempre, no lo deja; de igual manera, no deja el libro, porque sabe que es casi casi como su corazón. Lo abre cuando viaja sobre la combi, para sentir ese sabor inolvidable de viajar dos veces; lo abre cuando va a hacer pis al baño; lo abre cuando se sienta en la sala y mira que los demás ven la televisión; lo abre cuando viaja en avión, en barco, en tren, sobre caballos o sobre elefantes que vuelan por encima de las estepas rusas; lo abre (¡bendito Dios!) a la hora que su amado le cuenta historias de piratas y le besa los muslos y la abre. Sí, la mujer libro en el corazón es tan plena que no tiene algún empacho en darse completa al viaje. Como si fuese la luna se mete, a medianoche, en las habitaciones de la gente amada y cuenta las experiencias de sus viajes; como si fuese una mamá que cuida a sus pichitos, prende la lámpara del buró y lee poemas para niños, poemas que cuentan la historia de unicornios que se perdieron en la selva y fueron hallados en el templo.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que sueñan con hombres volando sobre el Sena y mujeres que sueñan con hombres enlodándose a mitad del drenaje.

miércoles, 20 de julio de 2016

REGALO DE BODA




A la hora que se bañaba, Romeo recordó la boda de Armando y Elena. ¿Era el próximo sábado? Después de vestirse buscó la invitación sobre el escritorio de su estudio. Ahí estaba el sobre con filos de oro y flores en relieve. Desde que recibió la participación hubo algo que llamó su atención y, sin duda, la de todos los invitados: la mesa de regalos estaba en Liverpool, pero, a renglón seguido decía que otra opción era el rancho El Dorado.
Sólo por compensar su curiosidad marcó el número de El Dorado. Una voz femenina, joven, un tanto rasposa, respondió y, ante la pregunta de Romeo, dijo: “Sí, señor. Un presente está disponible: un león adulto”. Sin duda que la joven estaba ya acostumbrada al silencio del otro lado de la bocina, porque después de una pausa agregó: “Es un animal que estuvo en cautiverio en el Circo Atayde. Fue decisión de la señorita Elena que si algún invitado lo adquiere, ella lo cuidará en su hacienda, donde ya mandó a construir una jaula tan grande como una cancha reglamentaria de fútbol soccer, a fin de que el animal no se sienta humillado”.
“¿Le interesa verlo?”, preguntó la joven. Romeo indagó antes cuál era el precio del animal. Ella dijo que veinte mil pesos.
Desde el principio, cuando Armando le dijo que se casaría con Elena, Romeo se preguntó qué podía regalarles. ¿Qué se puede regalar a dos amigos que tienen todo? Pensó en obsequiarles un grabado de Toledo que recién había adquirido en su viaje a Oaxaca el pasado mes de abril, pero, cuando supo que los recién casados vivirían en la hacienda pensó que no sería un obsequio ad hoc. ¿Por qué no obsequiarles el león? Romeo dijo que sí, que estaba bien. Llegaría a las doce para ver el animal.
Antes de tomar la carretera para ir al rancho, Romeo pasó a la librería a comprar el libro que su sobrina René le había pedido. Entró a la librería y preguntó por “El sueño de Elías”, del escritor Juan Gabriel Vázquez. El dueño subió a una escalerilla de tres peldaños y bajó un ejemplar. Romeo se sorprendió al ver que el dibujo de portada era un león. El viejo, con pantalones detenidos con tirantes, dijo que Elías era el nombre del león. Romeo dijo que estaba bien. Pagó y marcó al celular de René para decirle que ya tenía su libro. “Gracias, tío”, dijo ella. “¿Me lo traerás ya?”. Romeo le explicó que iría a un rancho, pero prometió que a su regreso pasaría a su casa. René le pidió acompañarlo, “mi mamá fue a un desayuno y me dejó sola en casa, por favor, tío, ¿sí?”. Romeo miró la hora en el frente de su BMW y dijo que estaba bien.
René se despidió de la asistente de la casa y subió al auto de su tío, le dio un beso y tomó el libro. Lo abrió y comenzó a leerlo, mientras Romeo tomaba la carretera con rumbo al rancho. Llegó al desvío donde estaba un letrero de madera pintado con letras azules, ya deslavadas, tomó el camino de terracería. René cerró el libro y suspiró. El tío preguntó cómo estaba el libro, ¿le había gustado? ¡Sí!, dijo ella, pero es muy triste. Elías era un viejo león que había vivido toda su vida en un circo, pero como ya estaba viejo, el dueño lo había subido a un camión con jaula y lo había enclaustrado en una vieja bodega. Ahí le llevaban un poco de comida en las mañanas, cuando el viejo cirquero se acordaba. Elías adelgazó mucho, ya no tenía fuerza para pararse, se pasaba todo el día echado en un esquinero, donde el viejo lo había encadenado. Un día, la nieta del cirquero acompañó a su abuelo, porque luego irían al centro deportivo donde participaría en una competencia de natación. La muchacha ayudó a cargar la cubeta con carne, empujó la puerta de madera apolillada y pinchó el encendedor de energía eléctrica. Vio en una esquina al animal que parecía un montón de huesos más flacos que los que llevaba en la cubeta. “Abuelo, este pobre animal se morirá”. El viejo dijo que sí, el león ya no servía para el número circense. La nieta se acuclilló y, sin temor, acarició la melena sucia y enredada del león. El abuelo la tomó con ambas manos y la retiró, le dijo que era muy peligroso estar cerca de un animal cuando comía. Pero, el león vio la carne y la ignoró, colocó su cabeza sobre la mano y cerró los ojos. La nieta volvió a acercarse y en voz baja le preguntó al león: “¿En qué sueñas?”. El abuelo dijo que ya era hora de irse, levantó la cubeta y caminó hacia la puerta. La nieta se paró, movió la mano en señal de adiós, frente a la cabeza del animal y ya había comenzado a caminar detrás del abuelo cuando oyó una voz delgada, como si fuera el murmullo de un grillo: “Sueño con ir a mi casa para ver a mi mamá”. Ella se paró. No podía ser cierto, el animal no podía estar hablándole. “¿Qué dices?”, se dirigió al león, mientras el abuelo la apuraba. El animal seguía con los ojos cerrados, con la trompa echada sobre el piso, pero la nieta oyó una voz como de gota de agua corriendo sobre un canal en desnivel: “Quiero ir con mi mamá”.
“¿Y qué más?”, preguntó Romeo.
La sobrina no dijo más, sólo señaló el portón del rancho, que era una sólida reja con un blasón dorado en la parte superior central. Una joven, con una carpeta entre las manos, se acercó, y preguntó si podía subir. Se presentó, dijo que se llamaba Alondra y ella les enseñaría al león. A Romeo le dijo que siguiera por el sendero de piedra bola delimitado por una fila de pinos que terminaba en un viejo galpón. Ahí estaba encerrado el león. Alondra dijo que el animal estaba en muy mal estado, que prácticamente lo habían llevado ahí para morir. El carro derrapó en la arena y levantó una nube de polvo que, a la hora que René bajo, la cubrió haciéndola estornudar. Alondra se adelantó, empujó la puerta, accionó el interruptor y dijo: “Ahí lo tienen: el viejo Elías”. Romeo volteó a ver a su sobrina. ¡Qué coincidencia! Se llamaba igual que el león del cuento de Juan Gabriel Vázquez. La niña se acercó, el animal respiraba con dificultad, apenas abrió los ojos cuando sintió la presencia de la niña. Su piel estaba pegada a los huesos. ¿Ese era el rey de la selva? Romeo se acercó a Alondra y le preguntó si el animal podría resistir el traslado. Alondra puso la carpeta contra su pecho, como si fuese una escolar, y dijo que el veterinario había hecho milagros con el animal. “Lo hubiera visto cuando lo recibimos, apenas caminaba. Si usted lo compra, es posible que sobreviva con el cuidado de la novia”, agregó. René preguntó si podía acercarse. El tío la jaló y dijo que no. La niña, cogida de la mano del tío, vio al león y, como había hecho la muchacha del cuento, con voz muy baja, le preguntó al león: “¿En qué sueñas?”.
Romeo dijo que compraría al animal. Él le haría el gusto a Elena: su regalo de bodas sería ese león maltrecho. Ojalá, dijo, pueda sobrevivir. Sin duda que Elena logrará que los últimos años del animal, o meses o días, no sean tan miserables. Sacó su cartera y entregó una tarjeta VISA.
“¡No!”, gritó René. “Por favor, no, tío. No. Este león es mi regalo de quince años”. Romeo rio. Tomó a su sobrina del talle y la cargó. Le preguntó si no se le hacía muy adelantada la petición: “Apenas tienes siete años”. “Por favor, tío, no te pediré más de acá en adelante. Este leoncito es mi regalo de quince y mi regalo de bodas”.
Al ver que la niña no bromeaba, Romeo la puso en el piso, se acuclilló y, viéndola directamente a los ojos, en medio de la penumbra del galpón viejo y húmedo, le dijo que no podía hacer eso. ¿En dónde pondría a ese animal? ¿Había pensado, acaso, en lo que significaba su cuidado y manutención? Además, dijo, ya un poco molesto, no tengo más para obsequiarles a Elena y Armando. Sí tienes, dijo la niña, poniendo sus manos en la cintura, dijo que podía regalarles el reloj antiguo de la abuela, el que tenía la base de marfil, labrada e insistió: “Por favor, tío, por favor, que el león sea mío”. ¿Un león de mascota, Dios mío? Romeo le dijo que si él les obsequiaba el león a los novios, ella podría ir a ver al león los fines de semana y podría cuidarlo como si fuese de ella. Pero René se opuso, dijo que no y se volteó. Romeo volvió a acuclillarse y abrazándola le recordó que ella era su niña consentida y, como siempre le había dicho, él estaba dispuesto a hacer por ella lo que fuera con tal de verla feliz, pero que eso era un exceso.
“No, tío, no es un exceso. Elías quiere ir a ver a su mamá y yo debo llevarlo con ella. Elena lo cuidará, pero Elena no puede oírlo como lo oigo yo”.
A ver, a ver, dijo Romeo, no te confundas. Elías, el del cuento, es uno y este león es otro. Este león no quiere ir a ver a su mamá.
“¿Ves? -dijo René- tú tampoco lo crees. Ahora que le pregunté cuál es su sueño, Elías me dijo que es ir a ver a su mamá. Cómpramelo, tío, cómpramelo. Tú me cumplirás mi sueño y yo le cumpliré su sueño”.
Romeo pensó que se había equivocado al aceptar que su sobrina lo acompañara. ¡Ahora resultaba que el sueño de René era tener el león para llevarlo con su mamá! ¡Qué absurdo! Seguro que jamás había tenido ese deseo, ¡era un capricho pasajero!
“Por favor, tío, por favor”, volvió a suplicar René.
¡No!, dijo Romeo. Firmó el voucher y preguntó cuándo enviarían al león. Alondra explicó que, de acuerdo con el protocolo firmado, ellos trasladarían al león una noche antes de la boda, para que los novios, después del brindis y en medio de una valla con los invitados, caminaran hacia la jaula donde hallarían al león.
René, durante todo el camino de regreso, nada dijo. Permaneció con los brazos cruzados y con la mirada hacia el cristal. Romeo pensó que ya se le pasaría. Ella, por el contrario, iba pensando qué haría para estar en el rancho el día del traslado de Elías. Pensaba que bajaría al desván y rompería la alcancía de barro con forma de cuchito. Llevaba dos años ahorrando, religiosamente, lo que le daban su tía, su madrina y su tío Romeo. El cuchito estaba lleno. Sin duda que ya era una cantidad muy decente. Así fue. Cuando con el martillo rompió la alcancía y la niña contó el total se dio cuenta que había superado, por trescientos veintidós pesos, el dinero que Romeo había gastado en el león: su ahorro era de ¡veinte mil trescientos veintidós pesos!
La tarde del día previo a la boda le explicó a la asistente cuál era su plan, le pidió que la acompañará, remató con un: “Recuerda, Pilita, que yo también extraño mucho a mi mami, pero algún día la visitaré en el cielo”. Llamaron al sitio de taxis. La asistente cedió. René no salía sola, por ningún motivo. La mujer y la niña subieron al taxi y René ordenó al chofer que las llevara al rancho El Dorado. René iba feliz, puso sus manitas en la ventanilla y miró el arroyo que corría al lado de la carretera y los sembradíos de maíz que eran sobrevolados por decenas de zanates. La mujer tomó su celular y le comunicó a la tía que había llevado a la niña al cine. Regresarían por la noche.
Bajaron del taxi, pagó y le dijo al chofer que no era necesario que las esperara. Ellas se quedarían ahí. Caminaron por el sendero de grava y llegaron hasta la casa principal. René tocó y, cuando un joven con mandil blanco le abrió, preguntó por Alondra. Ésta la recibió con un abrazo, las pasó a la cocina y les ofreció un vaso de temperante con hielo.
“¿Puedo ver a Elías?”, preguntó. Alondra dijo que sí, dijo que ya preparaban el traslado. En la puerta del galpón, René vio una camioneta con una jaula especial en la góndola, donde sería trasladado el león. René preguntó quién era el chofer. Alondra llamó a Esteban y lo presentó: “Acá, esta niña bonita, pregunta quién es el chofer que trasladará a Elías”. El chofer, con las manos en las bolsas del pantalón, dijo: mucho gusto. Entraron al galpón. Elías estaba en la esquina más lejana, estaba sujetado por una cadena que habían enrollado en un poste de madera de medio metro de alto. René se acercó, dijo: “¡Hola, Elías! ¿Qué sueñas?”. La niña oyó una voz como de una canica rebotando sobre una nube de algodón: “Quiero ir con mi mamá”. Estaba segura que ni la asistente de su casa ni Alondra habían escuchado esa petición triste de Elías. Entonces, la niña salió del galpón, se sentó sobre un murete de piedras, sacó su celular, marcó y, cuando su tío contestó, ella le preguntó si quería saber cómo terminaba el cuento de Juan Gabriel Vázquez. El tío que, inclinado sobre el restirador, dibujaba el proyecto de la casa del ingeniero Rodríguez, dijo que en ese momento no podía atenderla. Más tarde pasaría a su casa, le llevaría un libro sorpresa y un pedazo del pastel de tres leches que tanto le gustaba.
René bajó del murete y se acercó con el chofer. Del bolso sacó un fajo de billetes y le dijo al chofer: “Son diez mil. ¿Los quiere? Son para usted, para que le compre juguetes a sus hijos, para que le compre ropa a su mujer, para que usted se compre lo que quiera”.
Entonces, René, como si estuviera en el auto, al lado de su tío Romeo, terminó de contar el cuento “El sueño de Elías”, del escritor Juan Gabriel Vázquez.
El abuelo dijo a su nieta que se apurara porque se hacía tarde para llegar al centro deportivo. La nieta corrió hacia el abuelo y le dijo: “No lo vas a creer, el león habla. Me dijo que quiere ver a su mamá”. Sí, dijo el abuelo, tienes razón, no lo creo. Lo que creo es que llegaremos tarde y perderás tu lugar en la prueba. “¿No te das cuenta de lo que digo? Digo que este animal te puede hacer millonario”, dijo la muchacha. El abuelo dejó la cubeta en el suelo y le dijo a su nieta que no entendía, ¿podía explicarle? “Estoy viendo los grandes espectaculares en toda la ciudad: ¡La gran atracción, Elías, el león que habla!”. El viejo dijo que era una tontera, el animal no hablaba. La nieta lo jaló, lo paró frente al león y preguntó: “¿En qué sueñas?”. El viejo nada oyó. Ah, son boberas, dijo, vámonos ya. Pero la nieta oyó, como si un vaso de cristal fuera acariciado por el viento, una voz que dijo: “Por favor, niña, quiero ir con mi mamá”.
La nieta pensó que su abuelo era igual que todos los adultos, no oía la voz de los animalitos. No lo había convencido, por más que picó su amor propio y le puso por delante la posibilidad de ganar dinero con el león en su circo. Pensó entonces que debía hacer algo para cumplir el deseo de ese pobre león moribundo.
Al otro día, muy temprano, salió de la tienda de campaña y, con pasos medidos, subió a la camioneta que tenía la jaula en la góndola, puso en marcha el motor y se dirigió a la vieja bodega.
“Vamos, viejo Elías, vamos, vamos a ver a tu mamá”, dijo la nieta cuando estuvo frente al león. El animal, como si fuese un anciano al que le prometen un pedazo de su pastel favorito, se paró con dificultad pero con el rostro iluminado, y siguió a la nieta que lo condujo a la camioneta del abuelo y lo metió a la jaula.
Antes de abandonar la bodega, marcó a su abuelo y le dijo que ella había tomado la camioneta. Estaba bien. No debía preocuparse. Colgó. La nieta condujo durante trece horas seguidas. Sólo se paró en una estación de gasolina para recargar y comprar un jugo de naranja. No tardó, porque dos personas se acercaron a ver qué había en la jaula, a pesar de que había puesto una manta para evitar el morbo.
Llegó al zoológico a las diez con treinta de la noche. El zoológico ya estaba cerrado. Ella bajó y, con una ganzúa y una lámpara de mano, logró abrir la puerta. Corrió el cerrojo de la jaula y bajó al león. “Vamos, Elías, vamos a ver a tu mamá”. El animal lo siguió por el camino central. Todos los animales parecieron tomar vida. En la jaula de los monos, éstos se agolparon contra la reja, gritaron y dieron de vueltas al ver al animal. Muchos pájaros salían de las frondas de los árboles y sobrevolaban el paso de la nieta y el león. Ella lo había puesto a su lado y los dos caminaban como viejos amigos. El león había dejado su paso cansino, parecía haber regresado de la muerte y caminaba lleno de vida, a pesar de su condición física miserable. No arrastraba la cola, la llevaba erguida. Cuando llegaron a la zona de los animales grandes, la nieta le dijo a Elías: “Huele, Elías, huele, reconoce a tu mamá y llévame a ella”. El león levantó la cabeza, olisqueó y torció a la derecha, caminó más rápido. La nieta se quedó atrás y dejó que el animal buscara su querencia. Ella se recargó en una protección metálica y vio que, en la jaula de los leones, una hembra se paraba de manos sobre la malla y lamía al recién llegado, que, podía decirse casi feliz, se frotaba contra la malla y emitía sonidos como cuando el aire se acomoda en una sala. La nieta oyó que el león hablaba, como si fuese un bebé repetía una sola palabra: “Mamá, mamá, mamá…”
En ese momento las luces del zoológico se prendieron y la nieta oyó carreras y voces de los guardias. Ella también corrió y buscó la salida. Aún alcanzó a cerrar la puerta y subió a la camioneta, prendió el motor, puso primera y la echó a andar a velocidad moderada. En una gasolinera bajó, pidió una taza de chocolate caliente en la cafetería y llamó al abuelo, le dijo que ya había logrado que adoptaran al león, ya no debía preocuparse por llevarle comida. El abuelo dijo que regresara de inmediato, pero la nieta ya no lo escuchó porque había colgado.
Romeo quiso demandar a los propietarios del rancho, pero René le dijo que no lo hiciera, ellos no habían tenido la culpa. Elías ya estaba, feliz, con su mamá. Ese había sido el regalo de sus quince. Romeo no pudo creer lo que pasó. La tía reprendió a la asistente cuando supo la verdad, pero ella dijo que lo había hecho porque el león quería ver a su mamá, porque René tampoco tenía mamá.
Al chofer sí lo amenazaron con que a la otra se iba de patitas a la calle. Los propietarios del rancho no se molestaron demasiado, porque ellos habían vendido en veinte mil pesos al animal.
¿Qué pasó con el obsequio de boda? Un mes después, Romeo, en compañía de René, llevó a Armando y Elena al zoológico. Elena, como niña, preguntó si ese león era Elías. Sí, dijo René, ahora está con su mamá. Los veterinarios del zoológico también habían hecho milagros con el animal que ya se miraba muy repuesto. Romeo abrió una caja que había llevado cargando y, enfrente de la jaula de los leones, les entregó su regalo: el reloj antiguo de la abuela.
René se acercó a la barra de contención, vio a Elías, éste pareció observarla con atención. René, con voz baja, le preguntó: “¿En qué sueñas?” y oyó una voz como de una hoja seca cayendo en otoño: “Sueño en Dios”.

martes, 19 de julio de 2016

LECTURA DE FOTOGRAFÍA, DONDE ESTÁ UN CUARTETO




Los Beatles nos enseñaron que el número correcto es el cuatro. Claro, en México, Los Panchos insistieron en el número tres, y Pimpinela apostó por el número dos. Los sobraditos, nunca faltan, hacen a un lado a los demás y, como Luis Miguel, se hacen solos. Pero, habrá que reconocerlo: los cuartetos son los que han trascendido. Me refiero a los nombres, porque alguien puede decir que en los años setenta Paul Muriat o Ray Coniff hicieron historia, pero, ¿quién recuerda el nombre del trompetista número cinco de esas grandes orquestas? ¡Nadie! Paul y Ray sí se llevaron las palmas, pero ¿los demás? En cambio, cuando el número de integrantes de una banda no es excesivo los nombres de cada uno trasciende, pero ninguno supera a los nombres de Paul, Ringo, John y George. Ningún cuarteto en el mundo ha dejado más huella. Por supuesto que los melómanos pueden mencionar nombres de otros cuartetos famosos, pero éstos no son tan reconocidos a nivel mundial. Porque, por ejemplo, en Comitán, muy alejado del glamour de Londres, hay un cuarteto de marimbistas que no canta mal las rancheras e interpreta muy bien los boleros y los zapateados. Acá está la foto de este cuarteto inolvidable de Comitán. Esta foto, hay que reconocerlo, tampoco será tan famosa como es aquella donde Paul, Ringo, John y George caminan por una cebra de protección en una calle cualquiera de Londres; digo que era una calle cualquiera antes de que estos genios la colocaran en la portada de un disco, porque un día después se había convertido en una calle celebérrima y ahora, los viajeros, aprovechan a tomarse la foto en ese espacio. Ah, tomarse una foto donde caminaron los cuatro Beatles debe ser como tomarse una foto en el lugar donde nació Jesús, y pongo este ejemplo, porque un día John dijo que ellos eran más célebres que Jesús de Galilea.
“La lira de oro” no necesita más que cuatro integrantes, porque hay marimbas como Águilas de Chiapas que tienden a ser como la Paul Muriat del pueblo, porque, de marimba sencilla, pasaron a ser marimba orquesta. Los conocedores dirán que la modesta Lira de Oro queda muy por debajo de la conocidísima Águilas de Chiapas que, en los tiempos de su director Límbano Vidal, fueron a tocar hasta Japón. Sí, los de la Lira son más de pueblo y esto es lo que hace la diferencia, porque quienes han tenido la oportunidad de escucharlos sabe que cuatro es el número perfecto. Acá no hay metales, acá está la marimba casi en su estado más puro, es una marimba simple, una batería y un bajo. No conozco nada de música, pero puedo decir, por mi experiencia de escucha, que los dos marimbistas tienen funciones bien definidas, uno de ellos lleva la melodía y el otro sólo (este sólo no es un solo simplista) apoya con los bajos. Y digo que aparece en su estado casi puro porque la batería es un agregado que sirve de apoyo, lo mismo resulta con el bajo eléctrico que bien se pudiera eliminar, pero le da un poco de brillo a la ejecución. Si hiciéramos un ejercicio sencillo de imaginación bien podríamos decir que Ringo es el maestro de bigotito que ejecuta la batería. El baterista es el único que está sentado, los demás deben permanecer parados para realizar el oficio maravilloso de dar vida a esos instrumentos que son unos armatostes cuando no reciben la bendición del sonido. La marimba, dicen los que saben, es un instrumento de percusión, para provocar sonido, el ejecutante debe somatarla (acariciarla) con bolillos. El que lleva la melodía en este grupo (llamémosle Paul) sostiene cuatro bolillos en sus manos y quien tenga la fortuna de escucharlo y verlo en plena ejecución comprobará que es un maestro brillante. A cualquier melodía le agrega arpegios (¿se vale el término?) que la convierten en prima hermana del agua y del arco iris. El otro marimbista es quien lleva la armonía, al igual que quien toca el bajo eléctrico. ¡Cuatro, no más! ¡Cuatro, no menos! Igual que los Beatles. Acá, en Comitán, no son Ringo, Paul, George y John. ¡No! Acá, los cuatro de la Lira de Oro son Víctor, Ramón, Antonio y Emilio. En esta fotografía están en el atrio del templo de San Sebastián, que ya es famoso por ser el espacio donde se gestó la independencia de Chiapas.
Cuatro es un número emblemático. Acá está la muestra. Estos compas nunca alcanzarán la fama de aquellos cuatro de Liverpool, pero sí alcanzan el aplauso de quien sabe que la vida está enredada en las lianas de la marimba tradicional.

lunes, 18 de julio de 2016

REGALO DE BODA





A la hora que se bañaba, Romeo recordó la boda de Armando y Elena. ¿Era el próximo sábado? Después de vestirse busco la invitación sobre el escritorio de su estudio. Ahí estaba el sobre con filos de oro y flores en relieve. Desde que recibió la participación hubo algo que llamó su atención y, sin duda, la de todos los invitados: la mesa de regalos estaba en Liverpool, pero, a renglón seguido decía que otra opción era el rancho El Dorado.
Sólo por compensar su curiosidad marcó el número de El Dorado. Una voz femenina, joven, un tanto rasposa, respondió y, ante la pregunta de Romeo, dijo: “Sí, señor. Un presente está disponible: un león adulto”. Sin duda que la joven estaba ya acostumbrada al silencio del otro lado de la bocina, porque después de una pausa agregó: “Es un animal que estuvo en cautiverio en el Circo Atayde. Fue decisión de la señorita Elena que si algún invitado lo adquiere, ella lo cuidará en su hacienda, donde ya mandó a construir una jaula tan grande como una cancha reglamentaria de fútbol sóccer, a fin de que el animal no se sienta humillado”.
“¿Le interesa verlo?”, preguntó la joven. Romeo preguntó antes cuál era el precio del animal. Ella dijo que veinte mil pesos.
Desde el principio, cuando Armando le dijo que se casaría con Elena, Romeo se preguntó qué podía regalarles. ¿Qué se puede regalar a dos amigos que tienen todo? Pensó en obsequiarles un grabado de Toledo que recién había adquirido en su viaje a Oaxaca el pasado mes de abril, pero, cuando supo que los recién casados vivirían en la hacienda pensó que no sería un obsequio ad hoc. ¿Por qué no obsequiarles el león? Romeo dijo que sí, que estaba bien. Llegaría a las doce para ver el animal.
Antes de tomar la carretera para ir al rancho, Romeo pasó a la librería a comprar el libro que su sobrina René le había pedido. Entró a la librería y preguntó por “El sueño de Elías”, del escritor Juan Gabriel Vázquez. El dueño subió a una escalerilla de tres peldaños y bajó un ejemplar. Romeo se sorprendió al ver que el dibujo de portada era un león. El viejo, con pantalones detenidos con tirantes, dijo que Elías era el nombre del león. Romeo dijo que estaba bien. Pagó y marcó al celular de René para decirle que ya tenía su libro. “Gracias, tío”, dijo ella. “¿Me lo traerás ya?”. Romeo le explicó que iría a un rancho, pero prometió que a su regreso pasaría a su casa. René le pidió acompañarlo, “mi mamá fue a un desayuno y me dejo sola en casa, por favor, tío, ¿sí?”. Romeo miró la hora en el frente de su BMW y dijo que estaba bien.
René se despidió de la asistente de la casa y subió al auto de su tío, le dio un beso y tomó el libro. Lo abrió y comenzó a leerlo, mientras Romeo tomaba la carretera con rumbo al rancho. Llegó al desvío donde estaba un letrero de madera pintado con letras azules, ya deslavadas, tomó el camino de terracería. René cerró el libro y suspiró. El tío preguntó cómo estaba el libro, ¿le había gustado? ¡Sí!, dijo ella, pero es muy triste. Elías era un viejo león que había vivido toda su vida en un circo, pero como ya estaba viejo, el dueño lo había subido a un camión con jaula y lo había enclaustrado en una vieja bodega. Ahí le llevaban un poco de comida en las mañanas, cuando el viejo cirquero se acordaba. Elías adelgazó mucho, ya no tenía fuerza para pararse, se pasaba todo el día echado en un esquinero, donde el viejo lo había encadenado. Un día, la nieta del cirquero acompañó a su abuelo, porque luego irían al centro deportivo donde participaría en una competencia de natación. La muchacha ayudó a cargar la cubeta con carne, empujó la puerta de madera apolillada y pinchó el encendedor de energía eléctrica. Vio en una esquina al animal que parecía un montón de huesos más flacos que los que llevaba en la cubeta. “Abuelo, este pobre animal se morirá”. El viejo dijo que sí, que ya estaba viejo, ya no servía para el número circense. La nieta se acuclilló y, sin temor, acarició la melena sucia y enredada del león. El abuelo la tomó con ambas manos y la retiró, le dijo que era muy peligroso estar cerca de un animal cuando comía. Pero, el león vio la carne y la ignoró, volvió a colocar su cabeza sobre la mano y cerró los ojos. La nieta volvió a acercarse y en voz baja le preguntó al león: “¿En qué sueñas?”. El abuelo dijo que ya era hora de irse, levantó la cubeta y caminó hacia la puerta. La nieta se paró, movió la mano en señal de adiós, frente a la cabeza del animal y ya había comenzado a caminar detrás del abuelo cuando oyó una voz delgada, como si fuera el murmullo de un grillo: “Sueño con ir a mi casa para ver a mi mamá”. Ella se paró. No podía ser cierto, el animal no podía estar hablándole. “¿Qué dices?”, se dirigió al león, mientras el abuelo la apuraba. El animal seguía con los ojos cerrados, con la trompa echada sobre el piso, pero la nieta oyó una voz como de gota de agua corriendo sobre un canal en desnivel: “Quiero ir con mi mamá”.
“¿Y qué más?”, preguntó Romeo.
(Continuará y concluirá el próximo miércoles).

sábado, 16 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, CON VACACIONES INCLUIDAS





Querida Mariana: ¿Y este año adónde irás de vacaciones? ¿De nuevo a Cuernavaca a casa de tus tíos? Cuando estudié en la Ciudad de México, mis amigos y yo íbamos casi cada fin de semana a Cuernavaca. Hoy sé que fuimos privilegiados. Jorge le pedía la llave de la casa a su abuelo, casa que tenía muchos cuartos, un jardín generoso y una alberca que mis amigos llenaban a la mitad para que yo pudiera meterme, sin riesgo de terminar ahogado. Colocábamos una red de voleibol y, adentro de la alberca, jugábamos. Si existe el waterpolo, ¿cómo se llama el volei que se juega en el agua?
Sé que vos adorás esta temporada. A mí ni me preguntés, sabés que no disfruto tu lejanía. Yo preferiría que descansaras en tu casa, que fueras a Uninajab por las mañanas y que regresaras por la tarde, para que nos viéramos un ratito y, como lo hacemos en forma regular, compartiéramos lecturas. No pensés que me gusta mucho recibir tus inbox contándome cómo te va en los lugares donde vacacionás. ¿Vas sola o va contigo el innombrable de tu novio?
Quique estuvo el martes pasado en el programa “Crónicas de Adobe”, de radio IMER-Comitán. Platicó sus recuerdos de cuando viajaba a Uninajab en los años sesenta. Entre paréntesis debo decir que su plática fue sensacional, vos sabés que él está ya considerado como uno de los grandes contadores de anécdotas de la región. A mitad de la plática hizo un reclamo tan aireado que hizo que su bigote se retorciera como tzucumo en medio de una tormenta: “¿Por qué las muchachas que se bañan en la poza de Uninajab no usan traje de baño y se meten con ropa de vestir?”. Nada dije, pero estuve de acuerdo con Quique. Ahora, muchas niñas bonitas agarran un pantalón de mezclilla, le cortan las piernas; toman, apresuradamente, una camiseta tamaño extra grande, un sostén de color rojo y ¡listo! No hay visión más triste que ver a una de ellas a la hora en que salen de la alberca, la camiseta se les pega en el cuerpo y son como zanates mojados llenos de estrías. Ricardo dice que cuando menos deberían usar camisetas strech para que la lozanía de sus pechos hiciera olvidar el short jodidito y deshilachado (claro, dice Ricardo, siempre y cuando la muchacha tenga dieciocho años y no treinta y dos caídos).
Quique no hizo la pregunta, pero yo sí la hago: ¿No saben estas muchachas que hay un bañador que se llama bikini? ¿No saben que esta prenda cumple ya setenta años? El mundo tiene setenta años de disfrutar de tal prenda y acá, por estos rumbos, hay muchachas que no lo usan y, sin pudor ni pena, usan shorts de mezclilla, como si fuesen obreras que no tuvieron la suficiente paga para comprar unos pantalones completos.
Ya las quisiera ver en una piscina de hotel de cinco estrellas en Cancún. Ya las quisiera ver caminando al lado de esas muñecas bronceadas que parecen estrellas de Hollywood, con sus esculturales cuerpos sin gramo de grasa. Ahora sí que como dicen ustedes los jóvenes: ¡Qué oso!
Quique y yo venimos de una generación que fue privilegiada con el sentido de la vista, por eso cuando vemos a una muchacha meterse a la alberca con un batón nos da pena ajena. Nosotros crecimos bajo la bendición de mujeres que usaban bikinis con gran orgullo. Me caen mal los que muestran fotografías actuales de Brigitte Bardot y se burlan del cambio con respecto a fotografías cuando era joven. Brigitte, ahora, tiene mil surcos en su rostro. ¿Qué esperaban? Ella dejó que el tiempo pusiera su marca indeleble. Ahora los jóvenes ignorantes se burlan de sus arrugas y de sus pliegues. No saben que ella es una de las viejas más hermosas del mundo. ¿Saben acaso que ella, la muchacha más linda del cine francés, es una defensora del medio ambiente, sobre todo, del trato inhumano que los humanos les dan a las focas de regiones polares? Ha gastado buena parte de su paga para subvencionar campañas en contra del maltrato animal. Los que crecimos en los años sesenta recordamos a Brigitte con un bikini en las playas de la Costa Francesa. Ella sabía para qué habían inventado esta prenda maravillosa.
Pero no sólo tuvimos a Brigitte y a Ursula Andrews en la pantalla, también tuvimos la gloria, en los años setenta, de convivir con amigas que, niñas preciosas (Dios las bendiga siempre), se atrevieron a usar la minifalda en un Comitán puritano, conservador e hipocritón. Si los papás pegaron el grito en el cielo cuando vieron que sus hijos usaban pantalones acampanados, camisas floreadas y cabelleras largas, podés imaginar que sus gritos fueron más allá de la estratosfera cuando vieron a sus hijas usar las minis. Las minis más conservadoras llegaban a la mitad del muslo y las “normales” al límite de la entrepierna. Cuando una muchacha bonita comiteca daba vueltas al parque y usaba la mini “normal” se le podía ver, por detrás, la línea que marcaba la base de las nalgas. Si la mini era de color blanco, ella usaba un calzoncito del mismo color para que nada desentonara. Ellas se sentían muy bien al ser admiradas y nosotros nos sentíamos muy bien al admirarlas. Era el grito de protesta que los jóvenes aventaban ante un mundo conservador que les arrebataba su aire.
No quisiera que fueras de vacaciones, pero, bueno, entiendo que debés descansar y que vos esperás con ilusión el verano para cambiar de ambiente. Así que me conformo, pero, en nombre de la estética y del buen gusto, me uno al reclamo de Quique y pido que, por favor, llevés tu bikini y apantallés a medio mundo de allá. Caminá como garza por la orilla de las albercas y al lado de donde las olas llegarán a besar tus pies. Es más, sé la embajadora de este grito que debe escucharse en todas partes: “Cuerpos del mundo ¡uníos! ¡Sí al bikini en las playas y albercas, no a los batones y shorts de mezclilla!”. Las mujeres que se meten vestidas a las albercas son como esas fodongas que, empijamadas, sacan su basura. ¿En dónde quedó el buen gusto? Si una mujer cree que no tiene un cuerpo escultural y parece un vocho con llantas gordas, bueno, que use un traje de una sola pieza, pero, por favor, que usen lo adecuado a la ocasión. El verano es ocasión para broncear el cuerpo, para recibir la bendición del sol y del aire, para volverse uno con la naturaleza. Si van a andar enfundadas en batas y batones más les valiera quedarse en su casa, ir de paseo a un convento o a las catacumbas donde están las momias de Guanajuato. Por eso, ahora, los expertos en turismo han clasificado a éste en diversas ramas: hay rutas históricas, rutas religiosas y el turismo de playa. Hay gente que prefiere ir a esquiar a los Alpes Suizos (éstos deben usar trajes apropiados al clima frío); hay gente que prefiere ir al bosque (deben usar botas especiales); hay quienes son felices visitando templos (ahí sería una falta de respeto entrar con bikini). Todo lugar exige una vestimenta especial. Los corredores no pueden ir enfundados en armaduras estilo Rey Arturo, así como los astronautas no pueden ir vestidos a la moda casual. De igual manera, entonces (por favor, San Caralampio), que los turistas que lleguen a las playas y albercas de todo el mundo usen los trajes de baño convenientes. Que los muchachos anden con el pecho descubierto y con sus bañadores discretos, pero sugerentes; y que las muchachas bonitas usen ese maravilloso traje de dos piezas que se llama bikini. Si la chica es lo que los argentinos llaman mina; es decir, que tiene un cuerpo maravilloso, bien puede usar pantaloncillo de hilo delantal; de lo contrario, bastará con un buen triángulo que cubra lo que debe cubrir. ¿Para qué sirve el periodo vacacional? Para botar la rutina del espíritu y del cuerpo. Así, pues, las muchachas deben botar los pantalones de todos los días y tomar los bikinis que permitirán recibir la caricia del aire y la bendición del viento, del sol y del agua. ¿Qué bendición puede recibir una mujer que se mete al mar vestida con un short de mezclilla? ¡De mezclilla, Dios mío! ¿Una tela gruesa hecha para el trabajo pesado? Una mujer que no consiente su cuerpo con telas sutiles debiera estar condenada a tatemarse en los infiernos. ¿Cómo puede recibir la bendición del agua de Uninajab si su cuerpo está envuelto en telas duras?
Vos, tal vez, irás a Cuernavaca; otros irán a la Ciudad de México. Pedro y Rocío, por fin, cumplirán su sueño y ya preparan su viaje para ir a Venecia. Ah, qué bendición. Muchos otros irán a Cancún, a Acapulco y muchos (así lo esperamos, si los bloqueos lo permiten) vendrán a vacacionar a Chiapas. Irán a Los Lagos, a Agua Azul, a Palenque, a San Cristóbal y a nuestro Comitán, para comer panes compuestos, paletas de chimbo y llenarse con la luz tibia de sus cielos. Por el amor de Dios, lo único que se pide es que la gente vaya y venga dispuesta a empaparse de vida. Los que no estén dispuestos a sufrir raspones que se queden en su casa, por bien de ellos y de los demás.

Posdata: No me estás preguntando, pero yo no tengo vacaciones. Seguiré con mi rutina, mi deliciosa rutina. Por las mañanas iré a la universidad y en las tardes pintaré, leeré y escribiré mucho. Todos los días me levantaré a las cuatro de la madrugada y me acostaré a las ocho de la noche. Cuando me gane la nostalgia y piense en vos y piense en que estás recostada en el césped al lado de la alberca, mientras tu novio te ofrece una limonada con hielo, saldré de casa e iré al parque central y me beberé el cielo de Comitán para embriagarme y ya bolo gritar que todo está bien, que pasa nada, que lo que sucede en Cuernavaca se queda en Cuernavaca y que una mañana de agosto volverás más llena de vida, más llena de aromas, los mismos aromas que descubrí viendo a Brigitte Bardot, en bikini.

viernes, 15 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE EXISTE UN ÁRBOL QUE SE LLAMA LIBRO





Querida Mariana: Según el periódico “La Jornada”, la AAP (Association of American Publishers) dio a conocer que en los Estados Unidos de Norteamérica, en el año 2015, se vendieron 557 millones de libros de pasta blanda y 997 millones de ejemplares de bolsillo. Esto corresponde a un porcentaje mínimo de la población, pero habla de que en el mundo hay millones y millones de lectores. Es falso, entonces, el dato de que no se lee. Se lee y se lee mucho y se lee bien. ¿Cómo estarán las estadísticas en nuestro país? Los porcentajes de lectores, con respecto al total de la población, no deben ser muy alentadores, si los comparamos con los fanáticos del fútbol soccer, por ejemplo. No sería justo hacer un comparativo con la cifra que dio el periódico, porque en nuestro país el poder adquisitivo es jodido; es decir, la gente que compra libros es mucho menor a la cifra de lectores. Pero, en este país, la gente lee, por supuesto que sí. Claro, el porcentaje es pishcul (pishcul, vos lo sabés, significa ínfimo, mínimo, poquitío), porque -no podía ser de otra manera- el índice de lectura es representativo de la situación social del país. La pregunta que te haré es simple y boba, pero, a final de cuentas, puede dar una idea de cómo anda la patria: ahora que los maestros andan en paros, luchas y bloqueos en contra de la Reforma Educativa, ¿qué sucede a la hora que descansan, a la hora que están dentro de sus tiendas de campaña? Ningún periodista ha hecho un reportaje al respecto; es decir, alguien que nos diga, como dijera la famosa canción, “a qué dedican el tiempo libre”. He visto fotos, de ahí deduzco, que muchos duermen, otros comen, otros meditan, otros llenan crucigramas, hojean periódicos, consultan su celular (su Facebook), y muchos (de veras, muchos) juegan cartas o ven televisión y pocos (de veras, pocos) leen libros. ¿Miento acaso? ¿No, verdad? Si hablo, entonces, del sector magisterial, que es el encargado de promover la lectura dentro del aula, caigo en el lugar común que dice que la mejor práctica educativa es el ejemplo. Yo no podría (ni me atrevería) a pontificar acerca de las ventajas de practicar el fútbol soccer, puesto que soy incapaz de patear de manera correcta un balón. Por esto, me dedico a lo que me gusta, a lo que practico desde que era un adolescente: la lectura. ¿Los maestros pueden promover la lectura si son escasos practicantes de la misma?
Recuerdo con emoción la tarde que vi, en el Cine Comitán, la película que contaba la vida de Pelé, el más grande futbolista de todos los tiempos. La película es en blanco y negro. En una escena muestra una calle polvosa, con casas que tienen cristales quebrados. Un grupo de niños, incluido Edson, se reúnen para aventarse una cascarita de fut. A la manera clásica, las porterías las improvisan con piedras y la pelota es una bola hecha con calcetines viejos y roídos. ¿Qué hacía a estos niños reunirse todas las tardes para jugar fut? Algún gen heredado corría por sus venas. Bueno, así como hay miles de millones de niños que juegan algún deporte, de igual manera (en menor cantidad) hay millones de niños que prefieren el mundo de la lectura. Ambos mundos no son excluyentes, por supuesto, pero la pasión es la pasión y ésta sí domina a las otras. Los lectores preferirán mil veces leer a jugar y los jugadores botarán el libro a la hora que aparezca el balón.
¿Cómo inicia el gusto por una determinada afición? Los que saben dicen que mucho tiene que ver con el entorno en que uno crece. Los niños franceses que caminan de la mano con el papá por la orilla del río Sena y ven, una y otra vez, las librerías que ahí se encuentran (bouquinistes) pueden llegar a enamorarse de los libros; los niños argentinos que caminan de la mano con la mamá por las grandes avenidas de Buenos Aires y se topan, una y otra vez, con las decenas de librerías que ahí existen, pueden llegar a ser grandes lectores. Los que saben dicen que mucho se da por contagio, por feliz contagio. ¿Qué sucede en nuestro país cuando los niños caminan de la mano de sus papás y miran que la mayoría de sus maestros juega cartas, ve televisión o duerme y pocos leen libros?
¿Cuántas librerías existen en el país? Pocas, poquísimas. Las librerías son locales en vías de extinción. En Comitán somos privilegiados porque hace un año, más o menos, Sol y Samy abrieron la librería Lalilu, que es un espacio lleno de luz y de imaginación. Pero, la verdad es que los niños mexicanos tienen pocas oportunidades de andarse topeteando con libros. A pesar de ello hay millones de lectores en el país y esto es halagador.
Medio mundo se apena cuando menciona el nombre de Vicente Fox (ex presidente de la república), porque es un hombre de inteligencia limitada. Él, en el delirio del poder, dijo que sería bueno hacer de México un país de lectores. ¡Dios mío, qué desacierto! He dicho que sería tanto como aspirar a hacer de México un país de futbolistas. Hay millones y millones de futbolistas y esto es bueno; hay millones de lectores y esto da esperanza, porque (esto lo sabe todo mundo, incluso los millones y millones de futbolistas) la patria se construye aplicando la inteligencia y la imaginación; no se construye a base de patadas. Aunque, al hacer una revisión histórica de los últimos años vemos que este país pareciera más tratado con las patas que con la luz de la inteligencia. Por esto, por esto, mi niña, es bueno que haya intentos por hacer de este país no un país de lectores, sino procurar que existan lectores que hagan la lectura correcta del país, del país que somos y del país que deseamos ser y esto, insisto, sólo se logra a través de una juventud y una niñez que no sólo jueguen fútbol, sino que también lean y lean bien. ¿Cómo se logra esto? Ah, es muy complejo, pero un buen inicio es a través del feliz contagio, del ejemplo. Leamos más, leamos mucho, en plazas, en parques, en aulas y, si se puede, en medio de los plantones y de los paros. Con el buen ejemplo también se construye la patria, desde la lucha y del reclamo ante la tozudez y carácter impositivo de las autoridades educativas con su Reforma Educativa.

miércoles, 13 de julio de 2016

VEINTE MINUTOS ANTE UNA PARED




Rodrigo me obligó a sentarme en la banqueta de enfrente. Acepté con gusto. Se trataba de ver, un rato, la pared.
Como si fuese un maestro me preguntó qué era lo primero que veía. Las piedras, dije, el amontonamiento de piedras. Él, maestro generoso, dijo que sí, que era correcta mi apreciación. Y, ya instalado en el papel de sabio, dijo que era la primera diferencia con respecto a las paredes que hoy se construyen. Yo, ya instalado en mi papel de alumno aplicado, dije que ahora, los albañiles deben acomodar los ladrillos con un orden inalterado. Lo que nosotros veíamos era un amontonamiento de piedras y pedazos de ladrillos. Un caos que ha permitido que esa pared siga venciendo a la ley de gravedad. ¿Cómo, los antiguos constructores, lograban este prodigio? Ahora, entiendo en mi ignorancia, una pared se sostiene, además del cimiento, gracias a que, a determinada distancia, hay columnas que amarran el tejido de ladrillos y, no puede concebirse el muro sin el aglutinante del cemento. ¿Cuál era la argamasa que empleaban antes que la Cruz Azul comenzara a inundarnos de plastas de cemento?
Esta pared tiene un alto de más de dos metros. Los muretes que servían para delimitar los sitios de las casas alcanzaban una altura de no más de un metro y su singularidad se caracterizaba porque no tenía pegamento alguno. Aún es posible observar esta clase de muretes en las rancherías cercanas a Comitán. Igual que la pared carcomida de esta fotografía, esos muretes tienen años de haber sido construidos y siguen cumpliendo su función, son viejos muy arrechos, porque siguen parados como si nada. ¿Cómo, Dios mío, logran permanecer inalterados? ¿Por qué no se caen? ¿Cuál es el secreto de ese acomodo? Chiapas (ya nos han explicado los científicos) es una zona de alta sismicidad. Por fortuna, los movimientos no son de gran intensidad, pero sí son muy frecuentes. A cada rato nos avisan que ocurrió un temblor, apenas perceptible. Las piedras de esos muretes no resienten dichos acomodos de tierra. A veces (qué tonto) imagino el sistema de sustentación que tiene la Torre Latinoamericana, cuya cimentación está colocada sobre pilotes en agua y creo que los muretes de piedra se sustentan en camas de aire, porque se me antoja imposible que se mantengan de pie sin la ayuda del cemento. Cuando ocurre un temblor en la Ciudad de México, la torre se mueve de uno a otro lado, pero no se cae. (Bueno, siempre y cuando los temblores se mantengan en el rango de cinco a seis grados.)
¿Qué más?, exigió Rodrigo. Dije lo obvio, que el repello sí ya dio su brazo a torcer. Las costras de repello se han disuelto con el tiempo y han dejado visible el esqueleto que a mí me sorprende. Porque no es el repello lo que detiene el muro, ¡no!, es el amontonamiento de piedras lo que le da consistencia.
Rodrigo extendió sus piernas y dijo que él también se asombra ante este prodigio pegado con lodo. ¿Y el poste del esquinero?, pregunté. Rodrigo dijo que no era un elemento integrado al muro, dijo que era un elemento ajeno, que servía para amarrar los animales: caballos, burros y mulas. Sonrió. Pensé que no tenía el conocimiento preciso. Dudé entonces de mi maestro. Supe que ambos estábamos tanteando un terreno ajeno. Ninguno de los dos sabía mayor cosa de elementos constructivos. Todo era mera especulación. Fue entonces cuando seguí su primera instrucción: me dediqué sólo a ver la pared, me dediqué a seguir sorprendiéndome ante tal alarde de método de construcción. ¿Era ésta una de las llamadas “paredes maestras”? Pared anchísima que nada tiene que ver con las paredes esbeltas de estos tiempos. Pensé que estas paredes eran paredes Rubens, paredes Botero; las paredes de hoy son paredes Giacometti.
Cuando Rodrigo palmeó sus piernas y dijo que ya era suficiente, yo, como niño remolón, me resistí tantito, ¡estaba tan bien ahí! Imaginando cómo los constructores de antes iban colocando las piedras de tal manera que siempre tuviesen una vertical que aún es como el sueño de un árbol que se dobla, pero no se quiebra.

martes, 12 de julio de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN POZO




Esta fotografía es de hace un año. Es un espejo circular. Es la manualidad que realizó un estudiante de primaria. ¿Es de la cultura huichol? Es una estructura hexagonal, hecha con madera y bordada con hilos de diversos colores. Por lo regular, dicho espejo, es colgado en una pared de la casa por la mamá orgullosa del niño que lo realizó. Pero, en esta ocasión, el espejo parecía haber quedado olvidado sobre la mesa de la biblioteca. Vi a dos niños que se acercaron al espejo, como si fuesen Narcisos asomándose a la orilla del lago para ver sus rostros. Todo era muy común, dentro de lo normal. Todo era así hasta que uno de los niños dijo: “Es un pozo”, y las caras de ambos se transformaron. ¿Qué prodigio sucedió? Bastó que uno de ellos, al poner sus manos sobre la mesa y acercar su cabeza al espejo, dijera que era un pozo para que el acto cotidiano e intrascendente tomara otro matiz. El amiguito se acercó y dijo que sí, que era un pozo, que era el pozo de los deseos, así que preguntó al otro cuál era su deseo. El niño de cabello rubio y ensortijado cerró los ojos y dijo que deseaba un pastel de chocolate. El otro niño, de pestañas como de persiana, no cerró los ojos, al contrario, los abrió más, y dijo que el pedía un hermanito. Yo, que estaba leyendo “Mamá”, novela de Joyce Carol Oates, imaginé la reacción de la mamá si hubiese estado a mi lado; asimismo pensé en la personalidad de ambos niños, uno había pedido un postre y el otro había pedido un hermanito. Los vi diferentes desde entonces, al niño rubio le vi un rostro más resplandeciente, el niño de las pestañas largas tenía una sombra que era como un pájaro triste. Una señora entró y llamó a los dos niños, quienes levantaron sus cuadernos y llevaron a un carrito los libros que habían consultado. Cuando oí que los dos niños reían en el corredor exterior me levanté y fui a mirar el pozo. No me acerqué demasiado, porque las alturas siempre me producen vértigo. Si imagino que estoy en la orilla de una azotea a diez metros de altura del piso me altero de tal forma que, instintivamente, me hago hacia atrás, como si apareciera una araña al lado de mis pies. Así que me quedé en una orilla, pero alcancé a ver lo que en esta fotografía se ve: libros sobre un estante. Los libros, por supuesto, se ven de cabeza, pero, entonces, igual que los niños pensé que estaban así, porque no era un pozo común y corriente, sino un pozo de otra dimensión, una en la que la gravedad es inexistente, así que si yo me acercaba y, sólo por una intrepidez, me aventaba, podía flotar, alargar la mano y tomar uno de esos libros. ¿Cómo regresaría a mi dimensión? Dejé que los libros siguieran ahí y yo no me atreví a hacer lo que se antojaba un viaje fantástico. Me retiré, guardé la novela en mi mochila y salí de la biblioteca.
Ayer volví a la biblioteca. Llevaba el libro “Infiel”, libro de cuentos de la misma Oates. ¡Sí, una feliz coincidencia! Me senté en una mesa cercana a la entrada y comencé a leer. Quince o veinte minutos después oí un murmullo cercano a mi mesa. Miré que eran dos niños. ¡Eran los mismos niños! Ya crecieron. El niño de pestañas largas se estiró. Noté que su mirada había cambiado. El güero engordó, ahora está como más cachetón. ¿Estaban ahí a la hora que entré? Sí. Pero habían estado callados, haciendo un trabajo de español. El niño de pestañas largas había interrumpido el silencio para decirle a su amigo que lo invitaba a ir a cenar a su casa y el gordito había llamado a su mamá para pedir permiso. Cuando el niño rubio colgó dijo que su mamá le había dado permiso y el niño de pestañas levantó el pulgar y sonrió. Una mujer, con un embarazo de seis o siete meses, entró a la sala y llamó a los dos niños que, como hace un año, guardaron sus cosas, dejaron los libros en el carrito y abrazaron a la mujer. El niño de pestañas largas dijo que había invitado al güero para cenar. Ella dijo que estaba bien. Supe entonces que la mujer era la mamá del niño de pestañas largas. ¿Era él quien había pedido un hermanito ante el pozo de los deseos? Sí, era él. Entonces supe que el pozo había cumplido el deseo de ambos niños, porque el niño rubio había engordado. Claro, el pastel de chocolate tiene muchas calorías.
Los niños y la señora salieron. Me quedé solo en la sala. Me paré y busqué en las mesas. No, nadie había olvidado un espejo, un pozo.
Lamenté no haber pedido un deseo aquella vez.

lunes, 11 de julio de 2016

HACETE TACUATZ





En Comitán, al tlacuache le decimos tacuatz. Esta palabra es muy cercana a nuestra cultura. Desde siempre ha estado presente en el imaginario colectivo. No es raro saber que a alguna persona le pusieron tacuatz de apodo (de cariño, los más cercanos, le dicen tacuatzín). En el pueblo, a cada rato, las personas emplean el dicho: “No te hagás tacuatz”, para decir que dejen de estar de flojos, por ejemplo. Y esto es así, porque, explican los que saben, el tlacuache es un animal que cuando se ve en peligro se tira al suelo y simula estar muerto.
Cuando alguien “se hace” tacuatz se anda haciendo tonto y no colabora con el trabajo en equipo. Ejemplos hay muchos en las oficinas, en las escuelas, en el gremio de maestros, con los alumnos, en los restaurantes y en mil lugares más. Ernesto dice que en la burocracia abundan los que se hacen tacuatz (en las oficinas de gobierno hay mil ejemplos y más). Para no trabajar se echan al suelo y no se mueven (como Jaimito, el cartero, para “evitar la fatiga”).
Durante toda mi vida he escuchado la frase, empleada en sentido negativo, pero ahora llama mi atención un cambio de paradigma que a mí se me hace fantástico.
Queda claro, pues, que hacerse tacuatz es hacer como que la virgen le habla a uno y se desentiende de todo lo demás.
Un día, de no hace mucho tiempo, el concepto tuvo un ligero cambio. Estephanie, en plan simpático, dijo que corría en Caña Hueca con “pasito tacuatzero”, así, sin esforzarse demasiado, con paso desganado. La frase se hizo famosa. Víctor, tomando un café en la casa de la cultura, en Comitán, me dijo que era un cambio positivo. Estephanie no usaba la expresión en el sentido de siempre, ella no se hacía tacuatz en el sentido tradicional; al contrario, removía al tlacuache y, sin importar que era con paso flojo, ella corría varios kilómetros. Era apenas un ligero matiz, pero ya cambiaba el sentido. Un pasito tacuatzero es un paso sostenido que, al final, lleva a la meta. A partir de ahí, la frase de hacerse tacuatz dejó su sentido peyorativo y asumió un sentido más prometedor. Prometedor, porque la palabra tacuatz se la apropiaron los jóvenes y esto demostró que ellos son quienes continúan con nuestra identidad. Esthephanie bien pudo decir que llevaba un paso de tortuga, un paso de conejo cansado, un paso de venado desganado, pero ¡no lo hizo! Usó a nuestro animal paradigmático.
Y ahora, qué maravilla, un grupo de corredores se llama “Tacuatz team”. Y acá, dice Víctor, está una conjunción maravillosa: una voz dialectal y una voz extranjera; es decir, el joven comiteco hace una alianza sensacional que habla de una fusión de culturas que abre el panorama de nuestro lenguaje. Pero, lo fantástico, está en su slogan: “No nos hacemos, ya somos”. Con esto le dan una gran torcedura a nuestra tradición, pero es una vuelta que dignifica y que hace más agradable el modo de ser del comiteco.
No hay, en ninguna otra parte del mundo, un grupo de corredores que se llame como se llama el grupo comiteco. Eso es hacer patria, patria chica; eso es afirmar los valores culturales auténticos. El slogan juega de manera sencilla con la costumbre. Si alguien dice ahora: “No te hagás tacuatz”, cualquiera de ellos responde: “No me hago, ¡ya soy!”. Ahora, ser tacuatz no es sinónimo de abulia; al contrario. Un pasito tacuatzero significa movimiento; ser equipero del “tacuatz team” significa participar en carreras, hacer ejercicio, aspirar a ser una persona saludable, reconocer la riqueza idiomática de nuestra cultura.
Es importante que los jóvenes comitecos retomen elementos de nuestra identidad y le añadan su ingenio y coloquen su huella posmoderna.
Una ingeniosidad ha logrado treparse al nivel de genialidad. Si los jóvenes se apropian de los elementos comitecos, los que nos hacen diferentes, el futuro está asegurado. Porque, a partir de hoy, existe la esperanza de que no sólo es el pan compuesto el que tiene asegurada su pervivencia, sino también el término tacuatz y el término cotz.
Bien por estos jóvenes orgullosos de sus raíces, jóvenes que, en medio del juego, preservan lo nuestro.