lunes, 31 de marzo de 2014

LOS ÁRBOLES QUE BROTAN A MITAD DEL PATIO





Querida Mariana: siempre me pregunté: ¿cómo cesa el deseo? De niño creí que el deseo cesaba en el instante en que el deseo se cumplía. Cuando ya tenés el juguete que tanto deseabas, ¿para qué seguir deseando el objeto si ya es tu posesión? Pensé que la posesión mataba el deseo. Cuando tuve quince o dieciséis años, el tío Gur se puso malo. Yo llegaba a su casa y todo lo veía triste. Las mismas flores risueñas que colgaban de las paredes del corredor se veían oscuras. Mis primas me recibían también con su cara de ramos marchitos. Con sus mandiles blancos se secaban las manos mientras me decían cómo había amanecido su papá. Cada amanecer era más desalentador el informe. El tío se estaba muriendo. Mientras mis primas me ofrecían una taza de café o un vaso con atole de granillo, yo veía cómo las sirvientas corrían de un lado a otro. Todo era tan inusual, tan vago. Parecía como si los corredores de la casa se hubiesen convertido en pasillos de hospital. Mi tía me abrazaba y lloraba tantito. No podía darse el lujo del desahogo, porque ya una u otra sirvienta le demandaba una venda o una palangana con agua caliente. Dentro de la tragedia, era simpático ver cómo las sirvientas se sentían celosas ante la presencia de un ajeno y soltaban amarras al barco de la tía para que ésta se echara de nuevo al mar y abandonara el puerto donde estaban los jodones de buena fe que nunca faltan en las enfermedades. Pero yo no era un jodón ni era un extraño, así que, después de tomar el vaso de atole, les decía a mis primas que quería entrar a ver al tío. Sí, decían ellas, volvían a limpiarse las manos y daban vuelta al pomo. La estancia (la imaginarás) estaba en penumbra, olía a alcohol y ruda. En la esquina del cuarto se advertía un bulto sobre la cama que respiraba como si fuese una ballena varada en una playa. Las chamarras de cuadros rojos y azules y un barbiquejo de color amarillo apestaban con la misma peste que apestaba la carnicería de don Emiliano, a las seis de la tarde. Al lado del buró estaba una bacinica tapada con un pedazo de cartón, pero yo la imaginaba llena de orines y de caca. El tío respiraba con mucha dificultad, como si fuese un viejo tronco de árbol al que le quitaron todas las ramas. Le faltaban los pájaros y los renuevos de primavera. Entraba un minuto, lo veía y salía. No soportaba más tiempo esa peste de toalla vomitada. Afuera, mis primas me esperaban. En cuanto salía del cuarto, ellas soltaban dos o tres lágrimas que se limpiaban con los mandiles blancos y me invitaban a desayunar. Nos sentábamos ante la mesa, con mantel impecable, y me servían chorizo con huevo, frijolitos de la olla, un pedazo de queso crema, salsita hecha en molcajete; mientras en otro platito colocaban dos o tres panes de yema y en una taza servían chocolate espumoso, caliente. Entonces me repetían la historia de siempre: una mañana entraron al cuarto del tío, abrieron la cortina, pero él, sentándose con dificultad en la cama, exigió con un manoteo que no abrieran la cortina. Papito, dijeron ellas, así no se curará, necesita que entre aire, que entre un poco de sol a la recámara, pero él, con un acceso de tos interrumpido por sus palabras dijo que no, que no quería ya nada más, que sólo quería morir. Ellas corrieron, lo abrazaron y llorando le dijeron que no, que no se muriera, pero él les dijo: “ustedes no saben lo que yo estoy sintiendo” y les pidió que se retiraran, llevó sus manos al estómago y volvió a recostarse. Supe entonces que en ese instante el pájaro del deseo del tío había volado, pero supe, de igual manera, que otro deseo se había instalado. Abandonó el deseo de vivir, pero se aferró, como hombre a punto de ahogarse, al deseo de la muerte. Supe entonces que hay hombres que, por diversas causas, desean la muerte. Sólo el que “sufre” el deseo sabe lo que siente. El deseo es insano, perjudicial, pero es la válvula que desatora la inercia. ¿En qué momento cesa el deseo, mi niña querida? Yo no te poseo, nunca te poseeré, por eso ¡te deseo! ¡Te desearé hasta el infinito!

domingo, 30 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁN DOS FIGURAS





Es la cima de una loma. Al fondo hay un bosque, suspendido en medio de la tarde, abrazado por un cielo lleno de nubes. En primer plano se alcanza a ver los postes de un alambrado que delimita un terreno, donde pacen dos animales, que, como figuras recortadas, permanecen sobre la cima de una loma. Enfrentados ambos animales (el de la izquierda es vaca) como si estuviesen en un duelo o en un diálogo. Sólo los expertos pueden indicar, así a distancia, si el animal de la derecha es vaca o toro. Los animales no están amarrados, subieron por su propio pie (¿así se dice?) a la cima. Un animal lo hizo por la izquierda y el otro lo hizo por la derecha, apenas sintieron estar sobre la cumbre se pararon y se observaron, como si jugaran un juego inexplicable. ¿Esperan algo? Ahí estuvieron horas y horas sin dar un mugido siquiera, como si fueran seres de otro planeta y esperaran la aparición de una luz o la abertura del cielo. Permanecieron inamovibles, como si su destino eterno fuese ese destino temporal.
Si se mira bien sólo se integraron al paisaje. Los árboles del fondo hicieron lo mismo que ellos, una vez colocados en su posición se quedaron erectos sin respirar, como si también esperaran algo. Sólo las nubes se movían, como si presintieran que ellas no estaban invitadas a jugar ese juego de estatuas.
No es una fotografía común, porque no es usual hallar dos animales sobre la cima de una loma jugando a las estatuas. Pero esta fotografía dice más. Habla del instante en que estaba a punto de ocurrir algo. Los animales siempre presienten los momentos en que el movimiento uniforme del Universo se fractura. Hay instantes sublimes en que la energía sufre una alteración. Si el lector observa con atención advertirá que el silencio es tan pesado que incluso puede oírse como se arrastra lentamente. El viento suspendió su carrera y también quedó expectante al momento en que algo alteraría la inercia de los engranes. A veces, en el bosque, todos los animales se paran, se callan, porque advierten un lazo invisible a punto de enredarse en el cuello del mundo. Todo queda en suspenso, tal como está en esta fotografía. Por eso, acá se siente esa piedra de algodón que está suspendida sobre este para de animales que se enfrentan, que dialogan a través de esa línea silenciosa que va de un lado a otro, como si fuese una pelota de tenis.
La fotografía hubiese sido más sencilla, casi simple, si el animal de la izquierda, en lugar de ser vaca hubiese sido toro. Porque, entonces, cualquiera podría decir que estaban jugando a ser el Toro que anuncia el brandi en todas las lomas que circundan las carreteras en España. Hubiese sido tan fácil decir que era un casting para representar ese papel. Pero, ¡no!, acá hay un misterio que será imposible develar, a menos que el lector pueda sentir esa niebla que grita y que no se alcanza a distinguir bien qué es lo que grita, qué es lo que dice.

sábado, 29 de marzo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE LAS TEMPORADAS





Querida Mariana: cuando fui niño la gente acostumbraba ir a Uninajab, únicamente en la temporada. Nunca supe bien a bien cómo se definía esta temporada. Parece que tenía relación directa con el tiempo de la Semana Santa. Hoy, todo mundo va a Uninajab en cualquier fecha. En aquellos tiempos poca gente acudía y esos pocos se consideraban como legítimos herederos del Paraíso. Asimismo, en la escuela éramos testigos de las temporadas de juegos. Ernesto recordó el otro día que, sin aviso previo, un buen día alguien llegaba con una bolsa de canicas y con ello “inauguraba” la temporada de canicas. De igual manera, un día alguien llevaba un trompo y la temporada de trompos ¡iniciaba! Ricardo me cuenta que en Inglaterra existe una temporada que llaman Temporada de Ópera y todo mundo la espera con gran expectativa. Tal vez con la misma expectativa con que los batanecos esperaban la temporada de Uninajab. Porque, tampoco sé muy bien por qué, siempre relacioné Uninajab con los habitantes de San Sebastián. Recuerdo que Enrique me contaba que una poza famosa de allá la denominaban “La poza de doña Mariana”, casi casi como si fuese propiedad de doña Mariana, la abuela de mi amigo Carlos Conde. La misma doña Mariana que atendía la tienda frente al parque de San Sebastián, lugar a donde mandaban a comprar “un kilo de puntería” a todos los chambones que no podían encestar en los encuentros de básquetbol.
Entiendo que la temporada de volar papalotes se diera en tiempo de ventarrones; pero lo que no entiendo es cómo, de un día a otro, se daba la temporada de trompos. Un buen día llegábamos a la escuela y medio mundo llevaba los trompos adentro de las bolsas de su pantalón que eran como mejillas infladas. Ahí, a resguardo de la vista de los maestros, estaban los trompos con ¡clavos de asiento! Los trompos con clavos de asiento eran los papás de los pollitos. Esos trompos sólo los usaban los expertos, quienes contaban que en el barrio de San Sebastián (¡otra vez aparece!) en un lateral del templo, vivía un señor que los hacía.
En la novela “Balún-Canán”, Rosario Castellanos menciona la temporada de papalotes. Ella dice que usaban los campos de Nicalococ, lugar mítico donde ahora escenifican la crucifixión, el Viernes Santo.
Pero las temporadas no sólo se dan en lugares de descanso o en juegos de niños o en los deportes, también se dan en las personas. Mi Paty tiene “temporadas” de antojos. Un día llegó a casa con una bolsa de “negritos” (ahora ya ni se llaman así. Ahora se llaman “nitos”. Alguien los tildó de racistas). Ese día supe que en casa siempre habría negritos. ¿Recordás esos pastelitos cubiertos de un betún negro? Bueno, pues esos negritos los comía tarde y noche, todos los días. “¿Me compras unos negritos?”, me decía cuando salía de casa. A veces jugaba en la imaginación con esa recomendación. Me trasladaba a un campo de cultivo de algodón, en el Sur de Estados Unidos, y compraba una “camionada” de negros esclavos; tocaba en casa, Paty abría y yo le daba la cuerda para que metiera la caterva de “negritos”. Cuando mi mente terminaba de hacer su travesura, yo me sentía mal. ¡Era un absurdo pensar en esclavos cuando lo que Paty había solicitado era una bolsa de pastelitos! Estos cabrones de Bimbo nos robaron el nombre, porque un día supieron que en Comitán llamamos “Africanos” a esos maravillosos dulces que son “sus padres” de esos pinches “negritos” tan comunes, tan plásticos, tan de cartón.
Un día, así como terminaban los juegos en la primaria, Paty abandonó la temporada de “negritos” y pidió que le comprara una bolsa de “mantecadas”. Supe que se había inaugurado la temporada. Por un lapso largo ella consumió sólo pastelitos con papelito rojo. Yo (ya me conocés) jugaba imaginariamente con esa petición. Imaginaba un viaje al taller de ese maravilloso pintor colombiano, Botero, y compraba a dos o tres de sus modelos gordas. Ernesto siempre ha dicho que esas gordas son las “mantecadas” y las ha comparado con esas latas de manteca que usan las panaderas. La cosa es que durante muchos días, mi Paty le entró a las “mantecadas” como si fuera manda. Así ella toma las cosas, como si las ofreciera en agradecimiento a la vida.
Por ahora vivimos en el barrio de San Sebastián (¡Dios mío, qué barrio tan prodigioso!). Paty ya abandonó su temporada de mantecadas y entró (mucho antes que la primavera) a la temporada de “las canelitas”. Sólo “canelitas” come. Cuando vamos a dejar a Dora Patricia (La Cajcam), Paty me dice que detenga el carro, en la tienda “del viejito”, frente al templo de los testigos de Jehová, y compra un paquete de “canelitas” (sí, mi niña bonita, yo imagino que “las canelitas” son las hijas de La Canela, aquella mujer que vivió en Comitán por el barrio de la Cruz Grande y que le pusieron así porque así llamaba a sus hijas. Para pedirles cualquier cosa les gritaba desde el sitio de la casa: “Canelas, vengan rápido”, y las tres canelitas corrían. ¿Por qué les decía así? Nunca se supo. Tal vez porque los nombres de éstas comenzaban con c: Carmela, Concepción y Caritina. Los comitecos, que siempre hemos sido muy molestosos, decían que la más alzada era Caritina, que porque era la más cara).
¿Cuánto tiempo durará la temporada de las canelitas? ¡No lo sé! Sólo Dios. Pero ahora, Paty agregó una variante a su temporada. Ahora descubrió, al lado de la pensión para autos, un local pequeño, con un horno pequeño y una vitrina pequeña. Ahí, por las tardes, como a las seis, dos muchachas bonitas ofrecen pizzas (hay una que se llama “carnívora”, ¡Dios mío!). En tres tarimitas de madera de pino, con una pendiente de cuarenta y cinco grados para que las charolas puedan verse, ellas ofrecen pedazos de pizza a diez pesos. Una noche de éstas, Paty las descubrió. Me dijo que se le antojaban porque se veían ricas e higiénicas: “las acaban de hacer, son del día”. Tal vez el comentario fue pertinente, porque luego veo en las ferias que ofrecen pizzas al aire libre y se ve que fueron hechas un día anterior y son sobrantes. ¡Qué cosa más detestable! Así pues, mi Paty pidió un pedazo “para llevar”. En casa, limpiándose la boca con una servilleta, ya llena de salsa cátsup, me dijo que estaba buena. ¡Dios mío!, pensé yo, eso era como las palabras inaugurales de temporada. ¡Así fue! Ahora, cada noche que vamos a guardar el carro, Paty baja antes y, como si hiciese la v de la victoria, pide dos pedazos, porque ahora son dos pedazos los que come. “Dos de hawaiana”, pide. A veces, pasamos y ya la muchacha bonita le dice: “¿Le doy sus dos?”. Ya he decidido no imaginar cosas, porque ese ofrecimiento de “le doy sus dos” me retuerce la mente.
A veces pienso que no reflexionamos en ello, pero parece ser que la vida del hombre está programada en “temporadas”. Un buen día, ya en bachillerato, alguien llevó una cajetilla de cigarros y me ofreció uno. Yo (como todo adolescente estaba en busca de caminos) acepté y, sin darme cuenta, declaré inaugurada la temporada de fumador. Temporada que duró muchos, muchísimos años. Otro día (no muy retirado del inicio de la temporada de fumador) apareció alguien con una botella de brandi, echó un chorro en un vaso, agregó coca, agua mineral, y me lo ofreció. Acepté y declaré inaugurada la temporada de borrachín. Temporada que duró muchos, muchísimos años. Por fortuna, una tarde, sin saber bien a bien cómo, terminó la temporada de fumador y luego la de borrachín. Desde entonces estoy muy atento al momento en que alguien lleva una cajetilla de cigarros o una botella de ron y me ofrece. ¡No, gracias!, digo. Para mí ya fue suficiente. Ahora añoro las temporadas de juego de canicas (la timbirimba maravillosa, donde un compa colocaba cuatro canicas muy juntas y las coronaba con otra canica. Era una casita mágica). Nunca he añorado la temporada del cigarro y del trago.
Una tarde, en Comitán, se suelta un “pencazo de agua”, como dice Paco, y la temporada de lluvias queda inaugurada. Una mañana, las caritas de los árboles llamados tenoctés se llenan de luz y la temporada de “la calentura de las muchachas bonitas” queda inaugurada. Cuando inicia la temporada de lluvias inicia también la temporada del tzizim. En el mercado vemos a mujeres con canastos llenos de esas hormiguitas para paladares refinados. Y digo refinados porque quien no sabe comerlos se “refina” el cogote con las tenazas de las hormigas. Por esto, Ernesto siempre recomienda comer “sólo los culitos”, y termina albureando: “pero antes me das permiso de darte un empujón” y hace como que empuja con ambos brazos. ¡Es un alburero de primera!

Posdata: querida mía, a veces he soñado que, en Comitán, inauguramos la “Temporada de la luz”. Sueño que un comiteco de bien saca un foco de su bolsa, lo coloca en el frente de su casa y lo prende todas las noches. Sin saber bien a bien cómo, el mundo sabe que ha iniciado la temporada de luz y todos juegan el mismo juego. Todos sacan un foco, lo colocan en el frente de su casa y lo prenden todas las noches. Sueño que las calles de nuestro pueblo están iluminadísimas.
¿Has caminado alguna noche de domingo por el centro de la ciudad? Como los negocios están cerrados, basta caminar a las ocho de la noche para comprobar la semioscuridad en que vivimos. Si a esto le agregamos que muchas luminarias públicas están fundidas ¡ya nos amolamos! Todas las calles en penumbra invitan a ser refugio de malvivientes. Las bacterias de la inseguridad encuentran en la oscuridad su mejor caldo de cultivo. Si tuviésemos una ciudad iluminada tendríamos más seguridad. ¿Qué tanto puede costar un foco prendido durante todas las noches? No sé, pero creo que de esta manera, la sociedad entera podría contribuir a tener una mejor ciudad. Pienso en el cambio de horario (cambio de la jodida). Pienso en los muchachos de secundaria y de bachillerato que deben salir de sus casas a las seis y media de la mañana (las cinco y media, en el horario de Dios). Pienso y escucho sus pasos apresurados en esas calles desiertas y en penumbras. Me da pavor pensar en que algún malandro, oculto en algún remetido oscuro, los asalta. Pienso en que hemos dejado en manos de la delincuencia las calles de nuestra ciudad. Recordás lo que hizo un alcalde, en Madrid, cuando la gente ya no salía de sus casas porque la delincuencia se había apoderado de los territorios. Invitó a medio mundo a salir por las noches, los invitó a llenar las calles con gente de bien. Logró que los malandros se retiraran. ¿Qué pendejo ladrón se atreve a entrar a robar en una casa llena de gente, bien iluminada? Por esto, a veces sueño en que alguien de la sociedad civil inicia un movimiento maravilloso para inaugurar, en Comitán, la temporada de la luz. ¡Que todas las fachadas de las casas se llenen de focos y se prendan en las noches a fin de tener calles iluminadas al ciento por ciento! ¿Qué tanto puede costar? ¿Qué vale más: el pinche dinero o la seguridad de nuestros hijos? Quien piense: “que el gobierno ponga más lámparas” puede sentar esperado. La sociedad la conformamos todos y todos debemos velar por nuestra seguridad.
Alguien llevaba un trompo a la escuela. Sabíamos que la temporada de trompos había quedado inaugurada. Al día siguiente todos los niños llevaban trompos y el patio se llenaba de juegos a la hora del recreo. Eran cientos de niños jugando el trompo, riendo, recibiendo los hilos dorados del sol. ¡Éramos felices! ¡Ese patio era el patio más seguro del mundo! Los cabrones se olvidaban de molestar y de andar metidos en pleitos. Todo mundo jugaba.
Alguien debería poner el primer foco en la fachada de su casa. Alguien que nos diga que ya comenzó la temporada de la luz en las calles de Comitán. Que al día siguiente (a la noche siguiente) todos prendan los focos de las fachadas de sus casas y que nuestras calles se llenen de luz. Que se llenen de luz para que los malandros murciélagos se retiren. Ya viene, otra vez (¡qué chinga!), el horario de verano. Nuestros muchachos caminarán por las calles de Comitán en medio de la oscuridad. ¿Haremos el prodigio en Comitán? ¿Quién dice yo y da el primer paso?

viernes, 28 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON AROMA A ÁRBOL





¡Vaya conjunción de elementos! Tal vez, jamás se había dado tal confluencia. ¿Ya vieron con atención? Un letrero de esos arcaicos donde aparece la leyenda “¡Viva Cristo Rey!”; otro letrero donde se alerta que esa cochera está en uso; uno más que dice “correo”; y el último (que tal vez, como menciona la cita bíblica, será el primero) donde se lee lo siguiente: “Por favor no se orinen aquí apesta mucho -gracias-” (respetamos la redacción, sólo agregamos una tilde, por cuestión de eufonía).
Cuando Mariana y yo analizamos los elementos, ella me dijo que no debíamos obviar las hojas en relieve del cristal de la puerta. ¡Por Dios -dije yo- quién se fija en ese fondo! Mariana dijo que eso hacía la diferencia. La gente, dijo, se orina en esta puerta porque es como un árbol y recordá que los perros orinan los árboles. Los hombres, recalcó, son como chuchos.
Pero, Mariana fue más allá. Dijo que la redacción del letrero era correcta. No, dije yo. Sí, dijo ella. Entonces me explicó que el dueño de la casa es un hombre muy generoso, el letrero alerta a los orinones, no es amenazante, del tipo de esos que dicen: “Respete mi entrada y yo respeto su carro” o “Se ponchan llantas gratis”. ¡No! Es un letrero orientador, que se preocupa por el hombre (sobre todo, pero no excluye a alguna dama) que ya le anda por hacer del uno. Advierte: “Respetado orinón, no orine acá, ¡apesta mucho!, no se vaya a ofender su sentido del olfato”. Esto fue lo que Mariana dijo. Es un poco como si alguien dijera: “No tiren basura en este lugar porque está contaminado. No les vaya a causar un problema de piel”. Algo así.
Aunque yo, que soy perverso, imaginé una escena diferente. Si los lectores observan con atención verán que el buzón está a una altura mediana, un poco casi a la altura de la vejiga del hombre, así que imaginé a un orinón travieso o al revés, un travieso que lleva ganas de orinar, saca su instrumento de viento, lo coloca en el hueco del buzón y ahí se hace de las aguas, por esto ¡la pestilencia! Porque si el orinón se orinara en la banqueta, bastaría una cubeta llena de agua con unas gotas de cloro para aliviar el malestar, pero ¡no! Ahí apesta mucho. Algún bolito se orinó adentro del buzón, casi casi como si fuera Entrega Inmediata, con acuse de recibo.
Aunque, digo yo, qué bolito con ganas de orinar va a estar leyendo letreros con advertencias tales. Tan no hace caso que ni siquiera echa vivas a Cristo Rey.
Los elementos de esta fotografía son simples, pero, apuesto doble contra sencillo, que jamás se habían unido como acá lo hicieron.
Después del letrero en cartulina, el letrero que sorprende es el de Correo. ¿Quién recibe ahora cartas?
Mariana respetó la estructura del letrero en cartulina. Por favor, no se orinen. Aquí apesta, ¡mucho! Gracias. Yo sonreí, sonreí porque, entonces, cualquiera podría preguntar: ¿qué causa la pestilencia? Pestilencia que es mucha, a tal grado que el dueño alerta a los posibles orines no lo hagan para que su nariz no se ofenda.
Cuando nos retiramos, Mariana dijo que nada dijimos de las hojas, que nada dijimos de ese árbol verde, verdísimo, con ramas cafés y transparencia de aire, que da frutos hexagonales.

jueves, 27 de marzo de 2014

VISITA DIARIA





Todo comenzó como una broma. El tío Vale, como para expiar culpas, decidió dedicar los últimos años de su vida a visitar enfermos. Los domingos iba a misa de siete y, a la salida, saludaba a quienes formaban grupos en el atrio, se acercaba, escuchaba las conversaciones y cuando se hacía una pausa, él preguntaba por la salud de tíos, papás y primos. Nunca faltaba la persona que decía: “mi papá está un poco malito”, entonces, tío Vale aprovechaba y se ofrecía a visitar al enfermo, con el argumento de que los enfermos necesitan compañía, se sienten tan solos, tan abandonados. El pariente dudaba tantito, pero terminaba diciendo que sí, que podía llegar, cuando quisiera. Esa misma tarde, el tío Vale se presentaba con una botellita de agua, envuelta en una bolsa de plástico. La botella contenía agua bendita. El pariente ofrecía una silla y un vaso de limonada, el tío Vale, con las manos sobre el regazo, esperaba el momento en que lo pasaban al cuarto del enfermo. Pedía que cubrieran la lámpara de mesa con un trapo y se sentaba al lado de la cama. El enfermo, en medio de la penumbra (del cuarto y de su espíritu), preguntaba quién era, ¿era acaso su primo Hermisendo, que vivía en Laredo? No, decía, el tío Vale, la pregunta importante es quién eres tú, querido mío y, con un hisopo, mojaba los labios del enfermo con agua bendita.
Todo comenzó como una broma, porque luego fue rumor popular que se tornó dramático: un día después que el tío visitaba al enfermo, éste moría. No faltaron los que, en la cantina o en el billar, sentados frente a una mesa llena de cervezas, dijeron que era una mera coincidencia. El tío Vale visitaba enfermos terminales. Pero, en las mesas de cafeterías y restaurantes, los grupos de damas, a la hora que se limpiaban los labios con las servilletas de tela, decían que el tío Vale había tomado un color más lleno de vida, como que a los enfermos (ya difuntos) les robaba el último aliento.
Fue tal el rumor que la gente decidió evitar al tío. A la salida de misa, corrían y subían a sus autos sin detenerse. Incluso, la mayoría instaló puertas automáticas en sus cocheras. El mismo sacerdote corría, con la sotana levantada, para cerrar la puerta del templo, en cuanto terminaba la misa.
Fue tan evidente el desprecio, que al tío Vale no le quedó más que pararse en la banqueta del frente de la casa de algún enfermo y, mientras rezaba un Padre Nuestro, rociar la calle con el agua bendita. Los más escépticos comenzaron a dudar cuando comprobaron que los enfermos morían al día siguiente que el tío había estado al frente de la casa. La gente comenzó a temerle. Cuando él caminaba por una calle, se oía el azote de las puertas y ventanas. Él caminaba como si viviese en un pueblo desierto, pues toda la gente huía al verle. Quienes tenían un enfermo en casa contrataron el servicio de guardias privados que, con cadenas y toletes, impedían se acercara el tío. Fue tal la psicosis que lo acusaron de ser el causante de todas las muertes del pueblo. En alguna cantina, alguien deslizó la idea de que, en la sala de su casa, tenía un plano de la ciudad y sembraba alfileres en las intersecciones de una red impresionante que había construido con hilos. Si alguien moría atropellado en el bulevar decían que el tío Vale había provocado tal accidente, desde su casa. El sacerdote, el día de la boda de Elena y Ramirito, gastó una broma que no fue del agrado de la concurrencia. A la hora de dar la bendición, en lugar de decir: “…hasta que la muerte los separe”, dijo: “hasta que tío Vale no pase frente a su hogar”.
La animadversión llegó a tal punto que brotaron grupos de ataque directo. Comenzaron tirando huevos podridos y quebrando los cristales de la fachada de su casa, hasta que una noche se reunieron, a media noche, en una bodega de las afueras de la ciudad. Los casi veinte conspiradores estaban dispuestos a terminar con el poder del tío. Reunidos en torno de una mesa iluminada por quinqués plantearon diversas alternativas para terminar de una vez con ese mal. Después de razonar por varias horas estuvieron de acuerdo en seguir el plan de Manuel, que era el menos comprometedor y, al parecer, efectivo. Le darían una sopa de su propio chocolate. Manuel había sugerido que iría a su taller y tallaría una máscara que sería una réplica de la cara del tío Vale. Al día siguiente que estuviera lista la máscara la colocarían sobre un muñeco; le enviarían una carta al tío suplicándole que pasara a visitar al enfermo y cuando el tío llegara se toparía con su propia imagen. Todos apostaron porque el viejo apenas alcanzaría a llegar a su casa. Tal como había sucedido con los demás enfermos, él moriría al día siguiente de la visita. Así lo hicieron. Manuel tomó la máscara y la colocó sobre un muñeco, apenas le dio tiempo para cerrar la puerta y ocultarse en la parte posterior, porque ya Eufrosia abría la puerta y daba paso al tío Vale, quien, con la botellita de agua bendita, adentro de la bolsa de plástico, entró con una sonrisa. Eufrosia lo condujo por el corredor y lo dejó solo con el “enfermo”. Tío Vale cubrió la lámpara con un pañuelo de tela y, con un hisopo, le dio de beber agua bendita al “moribundo”, mientras rezaba un Padre Nuestro. Salió, dio las gracias y caminó de regreso a su casa. Algunos se atrevieron a abrir tantito los postigos para cerciorarse de que había llegado a toparse con su imagen tallada. Al día siguiente, todo el pueblo se levantó más temprano que de costumbre para oír la noticia. A las seis con treinta y dos de la mañana la noticia comenzó a regarse por todo el pueblo: Manuel había muerto de un paro cardiaco.

lunes, 24 de marzo de 2014

NOVEL-ANDO





Me gusta conocer títulos de novelas. A veces entro al Internet y veo las portadas de las novelas y me sorprendo ante algunos títulos. Imagino a los escritores en el instante en que deciden bautizar a sus libros. Es uno de los momentos más sublimes de la creación. No sé qué pensó Dios cuando terminó su obra. ¿Pensó intitular su máxima obra? ¿Han pensado los buscadores de Grandes Misterios del Universo en dilucidar cuál es el título de la más grande novela que Dios escribió? Si algún día un sabio llegara a descubrir tal enigma eso sería el primer dato para descubrir, a la vez, el motivo y el objetivo de la Creación.
Los padres de familia (los menos imaginativos) compran libros donde aparece una relación extensa de nombres para hijos. Sabemos la importancia que tiene el hecho de nombrar a un hijo. La responsabilidad del escritor ¡es mayor! No existen catálogos que ayuden a imponer el nombre a una novela. Aunque no estaría mal que, como un mero ejercicio juguetón, a un escritor se le ocurriera escribir un libro que se intitulara: “Sugerencias para intitular novelas”. Así, como una mera sugerencia, a fin de no herir susceptibilidades. Se sabe que los escritores son como tacitas de porcelana y les provoca rasquiña el simple hecho de ver su nombre en la relación de mortales, ya que la mayoría se cree digna heredera de Zeus.
Me gusta conocer títulos de novelas. Hay algunos que son medio albureros; otros son románticos; hay algunos que son filosóficos; muchos que son como simples lugares comunes elevados a lugares no frecuentes. Me gusta el título de una novela de Juan Carlos Estrada: “Pájaros a la hora de comer papaya” (no es alburero, es casi pornográfico por lo explícito). Claro, cuando ya mi mente cochambrosa hizo su labor, me doy cuenta que el título alude a una novela juvenil y trata de simples pajaritos y de frutas, sin alusiones albureras.
Algún día, a alguien debiera ocurrírsele hacer un concurso del mejor título de novela. En una ocasión, en España, hicieron un concurso de la palabra más bella. A mí me sorprendió que la palabra Comitán no ganara. Esta palabra es tan bonita, tan eufónica, tan tan tan. Si el Concurso del Mejor Título de Novela se hiciera yo votaría por “Si una noche de invierno un viajero”, novela de Ítalo Calvino. ¡Dice tanto ese título! ¡Abre tantas puertas y ventanas que el aire se desenreda como si fuese un bollo de hilo de oro!
Me gusta conocer títulos de novelas. A veces entro al Internet y busco títulos. Como si fuese un coleccionista de mariposas prendo los papeles con alfileres. Los prendo en un enorme mural que tengo en casa. Cada mañana, al levantarme entro al cuarto de los títulos de novelas, prendo la luz, cierro los ojos y, tentaleando la pared, avanzo hasta el muro, abro los ojos y leo el primer título que se me aparece. Esa es como mi oración matutina, como mi amuleto para comenzar el día. En cuanto salgo del cuarto, entra Mario y mueve los papelitos, como si fuesen fichas de dominó, para que al otro día yo me sorprenda con un nuevo título. A veces me toca un título que linda lo erótico y sé que el día me deparara una sorpresa cachonda; a veces me toca un título triste y descuelgo las nubes grises que penden sobre mí. A veces el título es como una carcajada y me lleno de luz, por “si una noche de invierno un viajero”.

domingo, 23 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL SOL EN UNA ESQUINA





La parte más atractiva de una calle ¡es la esquina! La esquina está llena de misterio y de nostalgia. Al recorrer una calle todo es diáfano. Sólo la esquina posee la sorpresa y algo como una rosa de niebla. En mis tiempos de niño, las prostitutas se paraban en las esquinas. Mi mamá me alertaba: no debía cruzar la calle, debía esperar a la sirvienta. Por esto, me paraba al lado de una prostituta que era una mujer flaca que pintaba sus labios y sus mejillas con pintura roja. Siempre pensé que era un payaso, siempre la vi así. Tal vez por esto, ahora no me gusta ir a circos ni ir a prostíbulos. No me gusta ir porque en ambos lugares encuentro a payasos con las caras pintadas de rojo, hombres y mujeres que siempre tienen una sonrisa pintada en su rostro pero que acusan una gran tristeza en sus ojos.
El otro día caminaba por la calle del Teatro de la Ciudad y a punto de llegar a la esquina una mano apareció. Una mano con la palma hacia arriba, como si mostrara un puño de vacío y lo ofreciera a algún Dios. Apareció detrás de la esquina, como, según mi mamá, también aparecían manos con cuchillos y con cuerdas que raptaban a los niños. Por esto, mi mamá me instruía a que debía pararme en la esquina, no debía dar un paso de más en aquella frontera invisible. Debía esperar a la sirvienta, tomar su mano y cruzar la calle. La mano miserable del hombre miserable se extendió como un gajo de piedra salido de la piedra. Cuando apareció la mano me detuve, me detuve con el temor del niño. Volteé pero no hallé a la sirvienta, caminaba solo. Oí una voz: “una limosna, por favor”. Busqué una moneda en mi bolsa, la busqué con fruición, con el temor contenido. Pensé (¡qué tonto!) que con esa moneda podía conjurar el temor de esa mano que algo buscaba; pensé que si esa mano tenía una moneda hallaría sosiego y no tendría porqué seguir buscando cuellos para ahorcar. Porque la mano era la síntesis de todo el misterio que puede encerrar una esquina.
Si el mendigo está tumbado a mitad de calle la gente pasa casi sin verlo. Algunos se agachan tantito y dejan una moneda sobre la palma que se extiende pedigüeña, lo hacen para tratar de lavar sus culpas. Pero, por lo general, los caminantes ignoran a los miserables que están como gárgolas caídas. Pero, cuando el mendigo se coloca detrás de una esquina y tiende la mano como anzuelo, como cuerda de horca, la gente duda en seguir caminando. Esa mano no tiene rostro. No hay peor cosa en la vida que toparse con un rostro enmascarado. Miento, más que un rostro enmascarado, un rostro sin rostro es más terrorífico.
Iba a colocar la moneda sobre esa mano inquietante, pero detuve mi marcha, tomé la foto (sólo para que mi mamá la viera) y volví sobre mis pasos, di vuelta a la manzana y desde la otra esquina traté de ver al mendigo, pero nada había ya. Cuando llegué a casa, prendí la cámara y mostré la foto a mi mamá, ella me vio y dijo: “Por eso siempre te he dicho que no cruces solo la calle. Nunca se sabe.”, y siguió tejiendo.

sábado, 22 de marzo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS CIELOS TAMBIÉN SE QUIEBRAN





Querida Mariana: no podemos evitarlo; a veces, la nostalgia se convierte en la mejor y más odiada amiga. Todo el día andamos envuelta en ella. Como si fuese real ¡la tocamos! La tocamos como tocamos una mesa o la nalga de una muchacha bonita (y ésta, ofendida, se voltea y, con sus uñas, nos toca las mejillas hasta dejarlas como jaula de canario). Ernesto sostiene que la nostalgia es la madre de las mejores creaciones del hombre, dice que un artista tocado por la nostalgia crea obras imperecederas. El hombre de todos los tiempos debe a la nostalgia los mejores cuentos, las mejores novelas, las mejores canciones, los mejores poemas, las mejores películas, las mejores fotografías y las mejores esculturas.
Pero, la nostalgia hace daño. Es como una cuerda de luz que ahorca, poco a poco. La nostalgia tiene su nido en el pasado. ¡Nadie puede ver con nostalgia el futuro! La nostalgia nos hace recordar a la abuela, bordando en su silla; nos hace pensar en nuestro papá, recargado en una columna del portal. La nostalgia nos hace llorar sin darnos cuenta. De pronto, los ojos sienten “nostalgia” del agua y se abren como llaves de lavamanos. Lo bueno de la nostalgia es que no es huésped permanente. Una mañana desaparece. Y digo una mañana, porque, por lo regular, ella llega en las tardes de lluvia o con niebla. Es casi pariente de Drácula, porque no tolera la luz. Es un poco pariente del murciélago, de la luciérnaga y de la cucaracha. ¿Imaginás que sería de nosotros si la nostalgia fuese un estado permanente? ¿Imaginás a todo Comitán instalado en el flato infinito? Porque el flato es primo hermano de la nostalgia y de la saudade. Antes, cuando una persona andaba “gütz” y se le preguntaba la causa de su tristeza decía: “es que no me hallo”. Cuando alguien es atacado por la nostalgia no puede encontrarse, parece estar en un territorio ajeno.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española tiene dos acepciones para la palabra nostalgia. La primera dice: “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o de los amigos”; la segunda dice: “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. ¡Dios mío, qué fuerte! La nostalgia es, a la vez, la peor maldición y bendición. Una leyenda tojolabal menciona que cuando los Dioses hicieron la Tierra crearon dos ríos, a uno, el más caudaloso, lo llamaron “alegría” y al otro, el más calmado, lo llamaron “tristeza”. Los Dioses vieron su obra, se mostraron complacidos y se retiraron. Pero (nunca falta el pero) uno de los demonios escapó de la prisión eterna, se dio una vueltita por la Tierra y creó un tercer río, que en realidad no era un río sino un cauce pedregoso. El demonio, que era muy hábil, hizo un conjuro y sentenció que ese río sería más caudaloso que los otros dos. Al día siguiente, los moradores de la Tierra se metieron al río de la alegría y nadaron horas y horas, en medio de risas y cantos. De pronto, alguien levantó las manos y alertó: ¡los niños se estaban ahogando! Un segundo después, otro hombre dijo que los ahogados estaban apareciendo en el río de la tristeza. La multitud salió del río de la alegría y corrió para el río de la tristeza, pero al llegar a éste vieron que los niños habían desaparecido. Alguien dijo que los había visto en el cauce seco y la multitud corrió hacia allá. Nada hallaron en el cauce vacío, pero como estaban tan cansados se recostaron en el cauce. Los hombres sintieron una congoja muy intensa y lloraron. El caudal del río fue tan impetuoso que todos murieron ahogados. Desde entonces ese río fue llamado el río de la nostalgia y los viejos recomiendan no estar mucho tiempo adentro de su cauce pues se corre el riesgo de morir ahogado.
Si hacemos caso al diccionario, la nostalgia es una “pena por verse ausente de la patria”. Sí, todo mundo ha sentido eso. La nostalgia nos atrapa fuera de nuestra ciudad. ¡Quién sabe cómo sobreviven los millones y millones de hombres y mujeres que viven en el destierro por causas políticas, económicas y sociales! Tengo un amigo que, por cuestiones de estudio, vive en Tuxtla. Es tanta su nostalgia que, el viernes, a las cinco de la tarde toma el autobús que lo trae a casa. Acá va al parque central y se sienta en una banca, cierra los ojos y respira hondo; camina hasta “El foquito” (el de Bingo) y compra panes compuestos. A la mañana siguiente sube al mercado Primero de Mayo a comprar chinculgüajes, con la señora de Quijá; camina por San Sebastián, va al parque de la Pila y moja sus manos en los chorros de agua. A veces sube a su bicicleta y pedalea hasta llegar al Río Grande. Le duele regresar a Tuxtla, el día domingo, por la tarde. Se siente infeliz, casi pobre.
La nostalgia, Marianita mía, es una gran tirana. Como si lo hiciese al vacío, nos empuja al destierro y nos manda, derechito y sin pasaporte, al pasado. Y el pasado es una tierra árida donde sólo crecen las piedras y el musgo. Ahí están nuestros afectos ausentes. ¡Qué pinche paradoja! ¿Mirás? ¡Ahí “están” nuestros ausentes! Esa es la gran incógnita, la gran aflicción, la enorme cuerda. La nostalgia no tiene puerta, la entrada es un hueco que siempre está abierto; por esto, sin mayor trámite, entramos de “romplón”. Ahí están nuestros ausentes, los que ya no están con nosotros en los territorios cotidianos. ¡Ahí están!, pero no de carne y hueso. ¡Son entidades abstractas! Imposible tocarlos, imposible escucharlos hablar, cantar o silbar. Pero están ahí más contundentes que cuando fueron reales. ¿Cómo no llorar si la nostalgia es una gran cabrona?
Por esto, Ernesto sostiene que la nostalgia es la madre de las más grandes creaciones. ¿Hay comitecos en todo el mundo que sienten nostalgia por su pueblo? ¿Les hacen falta sus cielos, sus calles, sus plazas, sus antojitos? ¿Les hace falta escuchar el cantadito de nuestro modo de hablar? ¿Quisieran sentarse en una banca del parque para escuchar la marimba interpretando “Comitán, Comitán de las flores, donde están mis amores, los que…”? ¿Cómo envolverles el aire en una bolsita y hacérselas llegar hasta allá donde están? ¡Tan lejos, Dios mío! ¿Cómo hacerlos volver a su tierra? A veces, ¡qué mierda!, los paisanos que están lejos regresan a Comitán porque llegan a enterrar a su mamá que murió en la víspera. ¿Mirás qué trampas tan ingratas tiene la vida? Y luego, estos pobres huérfanos vuelven a desterrarse y, en lugar de llevar la luz de nuestro pueblo, llevan más piedras para aventarse en el cauce de la nostalgia. ¿Imaginás qué tardes de lluvia pasan estos paisanos? ¿Los imaginás en sus casas de otros pueblos, viendo llover, con cristales empañados, recordando a sus mamás ya muertas?
María Elena Walsh escribió una canción que se llama: “Serenata para la tierra de uno”, que la interpreta la gran Mercedes Sosa (a mí me encanta la versión de Melo Herrera León, una muchacha bonita que tiene una voz de agua sin grietas). Cuando estaba lejos de Comitán el nudo de piedras era un dique en mi garganta, oía esta canción y el dique se rompía y el llanto afloraba como si las lágrimas fuesen hojas de un árbol cimbrado por un ventarrón. Mirá cómo comienza la cancioncita: “Porque me duele si me quedo, / pero me muero si me voy, / por todo y a pesar de todo, / mi amor, yo quiero vivir en vos…”. Miles y miles de comitecos han tenido esta desazón. Los jóvenes estudiantes preparatorianos no miran la hora de volar, no miran la hora de ir a otros lugares, más modernos, con más oportunidades de desarrollo. “¿Qué futuro me espera en este pinche pueblo donde no hay industrias?”, dicen como justificación y ¡vuelan! Vuelan, porque se mueren “si se quedan”. Pero, como dijera nana Pilita, ¡hay un Dios! Estos muchachos crecen, crecen lejos de su tierra y el día menos pensado se sientan sobre una piedra y la nostalgia los atrapa. Un día lluvioso, con los impermeables puestos, deteniéndolos con ambas manos sobre el cuello, resguardados bajo la solera de una calle que no les pertenece, piensan qué chingados están haciendo ahí, en esa ciudad metálica que nada les dice porque nada tiene que decirles. Su lenguaje y sus historias las posee otro pueblo, un pueblito jodido, sin industrias, que se llama Comitán. Entonces, sin que se den cuenta, las lágrimas se confunden con la lluvia y no se nota que están llorando, sólo están acumulando más agua para el caudal del río seco llamado nostalgia. Lo bueno es que la lluvia cesa y ellos deben correr para llegar a los estacionamientos donde dejaron sus carros o correr para alcanzar los urbanos que van llenos de gente que, tal vez, también son exiliados, a la fuerza, por necesidad. En sus casas se les olvida todo. Sus mujeres les ayudan a quitar los impermeables y les dicen que llegaron “todos empapados”. Sí, ellos nada dicen, saben que así como están empapados del cuerpo están empapados del alma. La nostalgia los atrapó por un ratito y desearon estar en Comitán, aventando barquitos de papel en la bajada de San Sebastián o levantando los brazos al lado de la fuente, mojándose en el atrio del templo central.
A veces basta entrar a casa y mirar la mecedora vacía donde acostumbraba sentarse el abuelo ya muerto para que la nostalgia nos atrape. Algo similar le sucedía a mi tía Eulogia cuando entraba a su departamento de soltera vieja, prendía la luz y miraba la jaula donde su canario acostumbraba retozar. Una tarde la hallamos prendida a los barrotes del balcón de la sala, miraba hacia la calle. Nosotros, sus sobrinos, entramos, como siempre, echando relajo, pero ella no volteó para vernos, como siempre. Conforme nos acercamos supimos que algo pasaba. Margarita, quien era la más perspicaz, señaló la jaula vacía sobre el sofá. Supimos que algo le había pasado al canario, sentimos en nuestra garganta el cuchillo de la ausencia. Llegamos hasta donde estaba la tía y la abrazamos de las caderas. Ella lloraba, quedito, como si fuese un canarito con catarro. Margarita se asomó a la calle y vio al pájaro tendido a mitad de la banqueta. Entonces, la tía dijo: “quise echarlo a volar, quise que fuera libre, pero ya no sabía cómo hacerlo”. Después supimos que la tía llegó del mercado, colocó las bolsas sobre la mesa y, extrañada porque Jacinto no había cantado, se acercó a la jaula. El pajarito estaba con las patitas tiesas para arriba. La tía llevó la jaula al sofá, abrió la puerta y sacó el cadáver del canario. Lo tomó con ambas manos y lo sopló, lo hizo como si fuese Cristo y pudiese insuflar vida a la muerte. Mojaba al pajarito con su llanto. Caminó hacia el balcón, abrió las manos como si ofreciera algo al Universo y aventó hacia arriba el cuerpo del ave que siguió sin falta las leyes de la física y cayó como piedra a mitad de la banqueta. ¡Ahí quedó! Cuando salimos de la casa, Margarita preguntó si lo levantábamos, si lo llevábamos a casa, abríamos un hueco y lo enterrábamos. Manuelito y yo nada dijimos, seguimos caminando, pateando un bote. Margarita nos alcanzó. “Sí, ya para qué”, dijo y se unió a nuestro juego. La tía Eulogia, cada año, ofrecía una misa por el alma de su canario. Como el nombre del ave era Jacinto, la tía no tuvo empacho en ponerle sus apellidos para que el sacerdote no tuviera remilgos a la hora de decir que debíamos rezar por el alma de Jacinto Pérez Torres. Nosotros reíamos bajito y pensábamos: ah, si el cura supiera. Y digo que la nostalgia es cabrona, mi niña querida, porque Margarita nunca se perdonó no haber levantado el cuerpecito de Jacinto. Cuando, ya mayores, tomábamos unas cervezas a mitad del patio, debajo de una sombrilla y con botanas de chicharrón, frijolitos molidos con chile de Simojovel, guacamole y tostadas de manteca, ella se colocaba las manos en la cara y soltaba dos o tres lágrimas. “Ah –decía Manuel- ya le agarró su mal”. Su mal era la tenaza de la nostalgia. ¿Mirás? Muchos años después nos acordábamos del jodido pájaro. Si eso nos pasaba a nosotros, ¿imaginás lo que sentía la tía? Jacinto era su única compañía. Cuando el tío Azuceno quiso darle otro pajarito, como en sustitución de Jacinto, ella se negó, dijo algo que a nosotros nos sonó como “él era mi único y más grande amor de la vida, no hay quien lo sustituya”. Y era un ave. ¿Qué no ocurre con las personas amadas?

Posdata: el miércoles entré al cuarto y sentí olor a alcohol. Le pregunté a mi Paty para qué había usado el alcohol. Ella dijo que nada había usado. La botella, me dijo, está en el baño. Así fue. Luego vi el calendario y supe que era día diecinueve. Un diecinueve murió mi papá. Lo último que hizo (porque estaba solito en la casa) fue ir al baño, abrir la botella de alcohol y echarse un poco en el cuello, en la cara, en la cabeza, antes de caer fulminado por el rayo de un paro cardiaco.
Una tarde lluviosa, mi papá (que ya estaba malito) me dijo: “siento que ya me voy a morir”. No, le dije, no te mueras, y me abracé a él. Esa tarde del diecinueve, ¡mi papá murió! Estaba solo en la casa.

viernes, 21 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CERCA DEL CIELO





El dicho era muy simple. Una canción lo rescataba: para subir al cielo, bastaba “una escalera grande y otra chiquita”. Los niños la cantábamos, sin pensar muy bien en lo que ello significaba. Un día, Martha preguntó cómo se agregaba la chiquita a la grande. Y todo mundo comenzó a hacer bocetos del diseño. ¿Cómo se agregaba la pequeña a la mayor? ¿Qué tan grande la grande y qué tan chiquita la chiquita? Después de mucho tiempo todos dejaron el lápiz y el papel y mejor se pusieron a hablar de otras cosas. Martha concluyó que para subir al cielo era preciso otro objeto. No era tan fácil subir al cielo.
Acá, en esta fotografía, se observa a una niña que toca marimba. La pequeña marimbista es tan pequeña que no alcanza la marimba. Ha sido necesario que alguien (¿su mamá o ella misma?) coloque una pequeña silla para que suba. Esta imagen no es cotidiana, pero tampoco es inusual. Don Cliserio Molina, destacado marimbista chiapaneco, también usó un banquito para alcanzar la marimba cuando inició el aprendizaje, siendo muy pequeño.
Ahora que Martha vio esta fotografía dijo que, tal vez, es la forma más conveniente de subir al cielo. ¡Basta una marimba y una silla pequeña! Para subir al cielo basta “una marimba grande y una silla chiquita”. Martha dijo más, dijo que cada país tiene su forma de trepar al cielo. A veces (dijo) no hay necesidad de la silla pequeña. En Francia conoció a una niña de siete años que tocaba el acordeón de manera sublime. Cargaba el instrumento con dificultad, pero lo ejecutaba con una gran destreza. Martha dice que esa niña, cada vez que tocaba el acordeón, tocaba el cielo. Así que, según Martha, para subir al cielo basta ¡tocar un instrumento musical!
Acá, la niña (trepada sobre una sillita) está en total armonía. La silla permite que su cuerpo tenga el equilibrio perfecto. Sus manos se deslizan tenues, como dedos de viento, sobre las teclas de madera de hormiguillo. Ella no deja de ver las teclas de madera. Su concentración es total. Dicen los que saben que éste es el secreto: quienes desean conocer el cielo deben concentrarse, antes que en las nubes, en el suelo. Los que alcanzan a levitar no piensan en el cielo, se concentran en la posibilidad de despegarse del suelo. Luis Felipe me enseñó que el maratonista no piensa en la meta. El maratonista se concentra en un punto cercano: un poste, un árbol, un señalamiento. El corredor se impone metas a plazo cercano, piensa en llegar lo más pronto a ese objetivo que está a cien metros, cuando lo alcanza se fija otra meta. Así, cuando viene a ver, ya alcanzó el final. Luis Felipe dice que siempre aplica la teoría del maratonista en los actos de su vida: se fija metas a corto plazo, cuando consigue su objetivo, piensa en ir más adelante. Tal vez éste, también, es un método práctico de alcanzar el cielo.
Esta niña bonita ya comenzó a subir. Primero tuvo que aprender a subir a la sillita; ahora debe aprender a levitar. Para lograr esto ya tiene dos instrumentos en las manos: dos bolillos; ya tiene una senda, donde no hay piedras, sólo cantos de mirlos y de cenzontles. Algún día, esta niña volará muy alto, tan alto que no habrá cielo que la detenga. Volará con las alas de la marimba, las alas que tienen la pluma del quetzal y la del águila.

miércoles, 19 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ CUNJAMÁ





Digo Cunjamá como decir Picasso. Si hablo de Pablo digo ¡Picasso!; si hablo de su obra digo ¡es un Picasso! Así cuando veo la obra de Cunjamá digo ¡es un Cunjamá! (Mireya dice ¡uta ma!, porque a ella le gustan los cuadros de Cunjamá y con esa eufonía demuestra su admiración). Ella, ¡qué atrevida!, dice uta ma, como quien dice Cunjamá.
Un viernes, por la tarde, el artista estuvo en Comitán. Acudió a la inauguración de una exposición de pinturas donde hay obras de él. Igual que Picasso, Cunjamá es un niño travieso, su mirada de danta emocionada así lo demuestra. Por esto, sólo como un mero juego, el artista se colocó delante del cuadro y jugó al espejo invertido e imitó al modelo del cuadro, el artista que está sentado sobre una piedra y hace un apunte. ¿Un apunte del águila arpía? ¿Un apunte del entorno? ¿De la luz que se desprende del acantilado? ¿Cómo puede hacerse un apunte de un pozo de luz? Cunjamá jugó. La mano izquierda la colocó como si fuese un cuaderno o un papel e imaginó que, con la mano derecha, hacía un apunte. ¿Un apunte de qué? Sólo el artista sabe qué vio en ese instante en que la tarde asomaba en el parque central de Comitán. Tal vez vio un zanate buscando la fronda para descansar. Un zanate. ¡Qué simpático! El Cunjamá del cuadro miraba de reojo a un águila y el Cunjamá de la realidad miraba, de frente, a un zanate. Aunque, tal vez, él no veía al zanate. Tal vez veía una muchacha bonita que por ahí caminaba. Tal vez, en su imaginación la “apuntó” y, en alguna obra posterior, aparecerá al lado de una línea de luz. Porque (Mireya insiste), la obra de Cunjamá está llena de líneas de luz. La sombra, ¡qué prodigio!, aparece como mero pretexto para dar balance al Universo. El color es el pie que camina sobre el agua. Ahora sé de dónde toma la madeja: ¡del pozo de luz que se ve a mitad de este cuadro! De ahí salió el blanco del águila, el amarillo de farallón extraviado, el reflejo de plata del agua, el oro de su mirada.
El artista estuvo apenas medio minuto delante de su obra. Cuando vine a ver ya había desaparecido entre la multitud que veía la exposición. Quise detenerlo para ver qué había dibujado sobre la palma de su mano izquierda, pero él ya estaba en otro lado. Entonces regresé a donde estaba el cuadro. Tuve un instante de alucinación. ¿Y si todo había sido un mero juego de percepción? ¿Y si, en realidad, Manuel no había estado ahí? ¿Era posible que Manuel hubiese “bajado” del cuadro y, un minuto después, hubiese regresado? ¿Acaso el cuadro era su lugar original? ¡No! Dije que no. La prueba de que Manuel estuvo, de carne y hueso, en Comitán es esta fotografía. Acá están ambos. Uno hace un boceto dentro del cuadro y el otro bocetea en el aire. ¿Es posible hacer esto? No lo sé. Si al menos me hubiera quedado con el boceto que dibujó en la palma de su mano ¡no dudaría! Dudo, dudo porque veo que el águila mira a Manuel, como si el pintor del cuadro (¿quién de los dos?) hubiese intuido que una tarde, en Comitán, el otro iba a estar ahí, al alcance de su mirada, de su garra.
¿De verdad Manuel desapareció en medio de la multitud? ¿Ya llegó a su casa? ¿No el águila levantó el vuelo y con sus garras, como si atrapara a un lince, lo llevó al pozo de luz? ¡Dios mío, estoy a punto de enloquecer! Todo en la vida inicia como un juego, pero luego toma avenidas insospechadas. Estoy a punto de remedar al autor de El Principito y decir a los lectores: “si algún día, viajando por Comitán, cruzan por el parque central, no se apresuren y deténganse un poco. Si un artista llega hasta ustedes y juega como si tomara un apunte sobre la palma de su mano izquierda, sean amables con él y comuníquenme que ha regresado, porque Mireya está muy triste, y enojada conmigo, porque no le avisé que Manuel Cunjamá iba a estar en Comitán”.

lunes, 17 de marzo de 2014

SENSACIÓN EXTRAÑA (II de II)





Rosario trató de olvidar la historia, subió a su estudio y se sirvió un ron con hielos, cola y dos gotas de limón. Miró la calle desde la ventana, dos niños corrían y uno más montaba bicicleta, un auto se estacionaba. Los niños, al ver el auto, abandonaron la orilla. Rosario volteó y vio el reloj de pared: seis de la tarde. Sin una causa justificada tuvo necesidad de salir. Como que si la hora del reloj le recordara alguna cita que nunca hizo. Pensó ir a La Plaza, pero iría solo, no llevaría a sus hijos. Pensó (no supo por qué lo hacía) que subiría a su carro y manejaría hasta llegar al bulevar para dirigirse al lugar elegido. ¿Cuántos kilómetros eran de la gasolinera hasta la Plaza? ¿Dos? En ese tramo no era infrecuente hallar individuos caminando a la vera, a veces a contraflujo, a veces con la misma dirección de los autos. A Mario le venía la idea loca de atropellarlos cuando los hombres y mujeres venían a contraflujo. ¿Por qué? Tal vez porque el asesino quería gozar el instante en que los atropellados se alarmaban ante el choque frontal. Rosario cerró los ojos, por primera vez había empleado la palabra asesino. Imaginó la escena: vio a dos muchachos caminando a contraflujo, platicando, chanceando, hasta que una camioneta, vieja, se les venía encima. Vio las caras de horror de ambos, cómo se hacían para un lado, sin lograr ponerse a salvo, casi casi los oyó gritar y los vio llevarse las manos a los rostros que, en cámara lenta, se deformaban por el susto. Vio, también, la cara del chofer, alucinada, casi emocionada, fuera de sí. Y vio que el chofer era su amigo. ¡No!, pensó, Mario nunca ha atropellado a alguien. Él no es un asesino. Se llevó las manos a la cara en intento de despejar esa idea loca. Regresó a la mesa de las bebidas y se sirvió un poco más de ron, lo hizo ya sin hielo, sin coca y sin las gotas de limón. Apuró su contenido y dejó el vaso sobre la mesita. ¿Por qué, Dios mío, tenía esa sensación de salir de casa, de subir a su auto y manejar con rumbo a la Plaza?
Tomó las llaves del auto y dijo a su esposa que volvería pronto. Rosario (la esposa) preguntó a dónde iría y él dijo que a La Plaza. “Compra café y jamón”, dijo ella. Rosario (el hombre) subió a su carro y enfiló hacia el bulevar, una vez ahí, espero el verde y tomó rumbo a la Plaza. El trayecto de la gasolinera hasta la colonia Miguel Alemán es un tramo muy transitado, lleno de luz y con banquetas; pero una vez pasando la colonia, la luz y las casas escasean, aparecen los terrenos baldíos y no hay banquetas. Ahí, la gente camina a la vera del asfalto. Los autos se desplazan a mayor velocidad de la permitida, como si el bulevar no fuese tal sino una supercarretera. Rosario llegó al crucero rumbo a Zapata y, sin pensarlo, dio vuelta a la izquierda, abandonando el trayecto que inicialmente había elegido. Esa carretera casi casi puede decirse que es de terracería, siempre está en penumbra, no es muy transitada por vehículos, pero sí por gente que vive en esa zona. Cuando llegó a la esquina, vio, en medio de una polvareda, un camión viejo sobre la cuneta. Vio al hombre que bajó, llevaba una camisa a cuadros, igual a la que ese día llevaba Mario. Vio al hombre caminar, trastabillando, se diría que estaba borracho. Lo vio avanzar con dificultad, ¡a contraflujo! Y pensó que él nunca había tenido esa sensación tan boba y absurda que, de vez en vez, se apoderaba de Mario. Sí, era él, su amigo, que trastabillaba, a contraflujo, solo, en medio de la penumbra. Rosario cambió la velocidad a segunda y puso las dos manos en el volante. Aceleró. Cuando llegara a su casa diría que olvidó su cartera y por eso no compró el café y el jamón que Rosario le reclamaría.

domingo, 16 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DE A PAISAJITO





El fotógrafo no podía creerlo. Tenía en sus manos la primicia. Nunca imaginó que podría ver el instante de la inauguración de esta nueva posada. Un día, el fotógrafo, caminó por esta misma calle, lo hizo a la hora en que los niños y niñas salían de la escuela. En medio de la algazara vio el letrero pegado en esta estructura de metal. El fotógrafo iba acompañado por una muchacha bonita que comía unos esquites en un vaso de unisel. Platicaban, el fotógrafo y la muchacha bonita, platicaban del libro más reciente de Vila-Matas. Cuando ambos leyeron el letrero de “Se rentan cuartos” rieron. Ella dijo que eso podía ser motivo para que Vila-Matas escribiera un cuento, él dijo que sí. Todo era tan irreal. Al final, ambos aterrizaron la idea y estuvieron de acuerdo en que alguien (listo) había usado la estructura para hacer promoción de los cuartos que renta en alguna otra parte. Había un número teléfono, entonces ella propuso hablar y preguntar. A él se le ocurrió bromear. Marcaron el número y preguntaron acerca de los cuartos. “¿Por día o por mes?”, preguntó la voz femenina del otro lado. Se escuchaba una voz gruesa y cansada, como de una mujer que a la hora de recibir la llamada estaba viendo su telenovela favorita y quisiera colgar de inmediato. Por hora, dijo el fotógrafo. “Cómo se atreve, cochino”, dijo la mujer del otro lado y colgó. Ella rió (la muchacha bonita) y él también rió. Caminaron y siguieron platicando acerca de la novela de Vila-Matas.
Por eso, el fotógrafo no podía creer lo que miraba cuando vio al hombre durmiendo sobre la estructura metálica. Tomó la foto (esta foto), sacó el teléfono y le habló a ella, le habló para decirle que lo anterior había sido un equívoco. La realidad es que la posada no existía en otra parte. El cuarto era al aire libre y costaba nada el alquiler, porque el fotógrafo vio a la hora que el hombre, tembloroso y mareado, colocaba sus manos sobre la estructura, levantaba una pierna y hacía el esfuerzo de subir una pierna y luego la otra hasta acostarse y recostarse de un lado, no del lado de la pared, sino del lado de la calle, como si quisiera que a la hora de despertar tuviese a la vista el paisaje de una calle y de una banqueta. La calle llena de autos estacionados y la banqueta llena de muchachos y muchachas que, con mochilas en las manos o en las espaldas, regresaban a casa después de clases.
El fotógrafo se sintió bendecido porque vio cómo el hombre se recostó y se cubrió el cuerpo con la sábana del aire. A veces hay noches y días en que cualquier espacio puede ser un cuarto; a veces hay tardes en que cualquier espacio puede ser un sanitario, porque al hombre ya le gana hacer del uno; a veces hay instantes en que cualquier banqueta se convierte en el mejor restaurante y el hombre come de pie. A veces, lo he visto, hay tardes en que una nube es un espejo y un gato es la sombra del hombre. Hay veces en que la calle se convierte en el mejor lugar para jugar. Hay veces.

sábado, 15 de marzo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO ESPACIO TIENE UNA VOCACIÓN





Querida Mariana: en los pueblos antiguos, los barrios se distinguían por oficios. Los plateros ejercían el oficio en el barrio fulano de tal. Así, las mujeres se colocaban un chal en la espalda, salían de su casa y caminaban hasta llegar a ese barrio donde buscaban al platero de su confianza para recargarse en el mostrador de madera y encargar un rosario. ¿Cómo un barrio hallaba su vocación? ¡No lo sé! Eso es chamba de los cronistas. En Comitán, por ejemplo, el barrio de la Cruz Grande (me cuentan) era famoso porque era barrio de matanceros de cuch. Me cuentan que en la madrugada se oía el quejido de los cerdos en el momento que los matanceros les metían el cuchillo para abrirlos en canal. Una compañera de la preparatoria que vivía por ahí me contaba que ella sufría al oír cómo la madrugada se abría en canal, igual que los cerdos, a la hora que el silencio era cortado en dos. A veces, cuando íbamos a cenar, ella no soportaba el más mínimo olor del cerdo. ¿Taquitos de maciza o de surtida o de orejita o de lengua? ¡Qué risa! Ella los abominaba. Con solo oírlos mencionar se llevaba la mano a la boca para evitar el asco.
Pero no sólo los barrios tenían su vocación, también las ciudades. ¿Quién no ha oído decir que León es la capital del calzado y Taxco la capital de la plata? El otro día alguien me dijo que Amsterdam, en Holanda, es considerada una ciudad cuya vocación es el sexo. El primo de un amigo me dijo que en las calles hay vitrinas donde, como si fuesen aparadores de una tienda comercial, las muchachas alegres muestran sus encantos que pueden ser admirados por todos los peatones. ¿Lo imaginás? Yo sí, ya sabés que soy un perverso. Debe ser bonito pasar frente a esos aparadores donde están las chicas que ofrecen sus servicios sexuales. Acá no es Holanda, pero, si bien no estaban en aparadores, las chicas buenas ofrecían sus servicios en plena calle. Ese espacio (los viejos deben acordarse) se conocía como la calle de Tía Maty, porque ella era la mandamás del lugar. Ahí las prostitutas (con vestidos a mitad del muslo y labios pintados de rojo achiote) esperaban en las puertas de los cuartos. Cuartos en penumbras, apenas iluminados por las veladoras de un pequeño altar. La gente caminaba por esa calle: niños del barrio que jugaban, vecinas que iban por el pan y el kilo de café, y hombres que iban a darle sosiego a su calentura. En ese tiempo no se conocía el Sida ni era costumbre el uso de condones (preservativos se llamaban). Cuando alguien contraía una enfermedad venérea iba a la Farmacia de Cirito y con una pomada o una inyección se curaba de los chancros. La calle estaba muy lejos del glamour de las calles de Amsterdam. En Amsterdam se ven los canales llenos de flores y de agua limpia. Acá el único canal era el de la unión de calle con banqueta que permanecía siempre llena de orines. Era una calle empedrada, paralela a la parte posterior al templo de San Caralampio. La tía Godofrina nunca le creyó al tío Epigmenio cuando éste, como justificación por llegar a las nueve de la noche, decía: “es que pasé a ver a Tata Lampo”. “¡Pendejo -decía la tía- a la Nana Lampa fuiste a ver!”. La ventaja de nuestro barrio era que acá las muchachas no estaban detrás de un cristal. Ellas estaban a la vista y a la mano de todos, con sus gorduras que rebasaban por encima de la cintura del vestido. Eran gordas, chaparras, morenas, mal habladas; reían como si fuesen chachalacas. Javier se acuerda mucho de una chaparrita que cuando le preguntaron qué hacía respondió: “acá, bajando calzón para tus compadres”. Los hombres caminaban por la calle empedrada, iban de un lado para otro, viendo, atreviéndose. Algunos se paraban y platicaban con la mujer, hacían el trato, entraban al cuarto. La mujer, antes de cerrar por completo, asomaba la cabeza y cerraba. Adentro, el cliente hallaba una cama bien tendida, con colchas remendadas y una mesa que servía de oratorio, con la ya citada veladora, un rollo de papel higiénico y una palangana con agua. Tal vez, en la pared de la cabecera estaba el famoso cristo que tanta polémica causó en una ocasión cuando un “persignado” se alarmó porque en la novela “Aura”, de Carlos Fuentes, se hace mención. El “persignado” solicitó a la Secretaría de Educación que el libro no fuese material de lectura para alumnos de secundaria y bachillerato. Cuando un periodista preguntó a Carlitos su opinión al respecto, éste contestó que la mayoría de mexicanos, por tradición católica, coloca un cristo en la recámara principal, ahí donde los hombres y mujeres duermen, ahí donde sueñan, ahí donde hacen sus travesuras de cama. ¡Claro! ¿Quién va a estar tapando el cristo a la hora del cuchi-cuchi? Pues en esos cuartos miserables de aquella calle, la gente cogía frente a imágenes de santos que las prostitutas tenían siempre sobre una mesa apolillada. Ya te conté que a los diecitantos años bajamos a la calle y, como ya estaba en edad, el grupo de amigos me alentó a entrar. Dios mío, no sé cómo se dio el movimiento, pero cuando vine a mirar, ya Javier le decía a la gordita que era mi primera vez y le pedía que me tratara bien. Ella dijo que sí, que no se preocupara, y cuando vine a ver ya estaba a mitad del cuarto diciendo sin luz, como respuesta a su pregunta: “¿con luz o sin luz?”. Intuí que los amigos se habían agolpado en la puerta para ver, por la cerradura, qué hacía. ¡Nada hice! ¿Qué iba a hacer, Marianita de mi vida, si estaba aterrado, paralizado? (bueno, al contrario, estaba aterrado porque no se me había “paralizado”). La mujer hizo sus intentos, pero después de unos minutos se dio por vencida. ¿Y yo? Ya podés imaginar cómo estaba. Fue una experiencia ingrata. Le pagué los quince pesos que cobraba y le pedí que nada dijera a mis amigos. Ella recibió los billetes, los guardó en su pecho, me dijo que no me preocupara, caminó y abrió la puerta. Salí. Los amigos me preguntaron cómo había estado y yo dije bien, bien. Sabía que ellos sabían que había sido una tragedia. Y si no lo volví Tragedia Griega, fue porque años después una muchacha bonita que me quería mucho, cuando conoció la historia que ahora te cuento, me dijo que no preocupara, que a muchos muchachos les ocurría lo mismo y me acariciaba y me besaba; cuando vine a ver ya estaba dentro de ella y ella sonreía y yo me sentía el hombre más feliz del mundo. Porque, tal vez, la pena más grande es que el pene no se haga ídem. “Ay, pena, penita mía”, dice la canción. “Ay, pene, penito mío”, dice la oración del que no puede. Y es que en eso de las vocaciones, entendí que no sólo se manifiesta en barrios y ciudades, sino, sobre todo, en los humanos. Hay compas que nacieron con la vocación de tener su primera vez en un burdel, hay otros que nacieron con la vocación de hacerlo con muchachas bonitas. ¡Dios mío, hasta la fecha me da calosfrío cada vez que me acuerdo de aquella vez! Esa chaparrita era una soberana desconocida para mí. ¿Cómo podía hacer un acto tan íntimo, tan cachondo y tan bello con ella? Así, como dijera el del chiste: “sin un besito”. Porque, has de saber, mi niña bonita, las prostitutas no besan ni se dejan besar. Me cuentan que con ello evitan enamorarse. Es comprensible, ellas están en su negocio. ¿Mirás qué cosa tan simpática y rara? Las muchachas de allá por La Pila no besaban, pero sin ningún empacho “bajaban el calzón para los compadres”. Era más íntimo el beso que el acto sexual.
Ya en una ocasión te conté que la noche de mi “Waterloo Pileño” fuimos luego a una cantina que se llamaba “El Camechín” (nunca he sabido qué significa Camechín), porque más noche, Javier llevó serenata a su muchacha bonita. Yo que andaba todo gütz renové mi espíritu a la hora que el camión de Manuel Hijo se paró frente a la ventana de la muchacha y oí el latido de la marimba: el desplazar de colibrí de los bolillos de un marimbista que, como quien camina de puntillas, comprueba la afinación; el ruido seco del plug a la hora que conectan el bajo con el combo; el leve sonido metálico de una tarola. Todo preparado para que Javier se acercara y diera a conocer la relación de trece melodías que los marimbistas debían ejecutar. Ya no sé qué canciones Javier dedicó aquella noche, solo recuerdo una, “celos”. Tal vez esta melodía estaba de moda. Ahora, me cuentan, los jóvenes ya no llevan serenatas con marimba, ahora todo es más simple. Los compas se suben a un carro, llegan a la casa de la novia, abren las puertas del auto y ponen el estéreo a todo volumen. Los chavos ya ni siquiera se bajan del carro. El copiloto hace el asiento para atrás, estira las piernas y coloca la botella sobre el tablero. En mis tiempos, nos sentábamos en la banqueta y colocábamos la botella en el piso, al lado. Desde ahí oíamos la serenata. Los vecinos no se molestaban (apenas, tantito), porque despertar a las dos de la madrugada con el suave sonido de la marimba no es una afrenta. ¿Pero ahora? No sé. Doy gracias a Dios por no tener vecinas en edad de merecer. No sé qué haría siendo despertado por el tum tum tum de las bocinas a todo lo que dan. No sé qué haría a las dos de la madrugada oyendo a Alejandro Fernández decir: “qué será de mí cuando tus pasos atraviesen el umbral / qué será de mí cuando me llames y ya no me escuches más”. ¡Que el Padre Eterno nos dé su protección!
Ahora los jóvenes ya no llevan serenata con marimba a sus muchachas bonitas. ¡Es muy caro!, dicen algunos. ¡Ya no es la onda!, dicen otros. Siguen dando serenata (el mundo se acabará el día que el romanticismo sea un lago seco), pero lo hacen con el estéreo del auto o con un tecladista (¡es más bara!, dice la mayoría).
Y yo, que no estoy ya en edad de andar dando serenatas, no sabía que el tradicional barrio de la Cruz Grande cambió su vocación, de ser un barrio de matanceros de puerco se convirtió en el tradicional barrio de los “estudios musicales”. ¿Cómo?, le pregunté a Mario y éste me dijo: “Sí, ¿no sabés? Mudo, date una vueltecita por el barrio y verás”. Y eso hice, me despedí de Mario, lo dejé lustrándose los zapatos en el parque central y caminé, pasé por El Calvario, por la Ferretería de mis primos Bermúdez, por donde antes estaba la Tienda Tovar, por la casa de la difunta doña Lolita Albores, por el local de las Tortas Hipocampo, subí una esquina más y torcí a la izquierda y caminé por una calle pavimentada (ya no empedrada), llena de cuartos donde los músicos ensayan y ofrecen sus servicios musicales. Di gracias a Dios por no vivir en esa calle. No sé qué haría todo el día a la hora que los músicos ensayan y el cantante, una y otra vez, repite aquello de “¡cómo se mata el gusano! ¡Cómo se mata el gusano! El gusano se mata así”. No sé qué haría a la hora que el cantante estuviese, dale y dale, cantando una de Arjona o de Julión Álvarez.
Los tiempos han cambiado, así como los barrios y espacios han cambiado su vocación, la gente también ha cambiado. Dicen que nuestro pueblo ha cambiado mucho. Que ya no somos los de antes. Puede ser que esto sea cierto. Ahora ya no damos serenata con marimba. Es una pena. Las muchachas de estos tiempos se lo pierden. Ahora despiertan con tamborazos a diestra y siniestra, ya no despiertan con el suave murmullo de un teclado de madera. ¡Hay una gran diferencia entre somatar un teclado plástico o acariciar un teclado de madera de hormiguillo! Es como si tu novio, en lugar de acariciarte con su mano desnuda y seductora, te acariciara con un guante de esos que usan los electricistas.
Ya te dije que Tía Maty regenteaba muchachas humildes. Las muchachas de más caché las tenía Tía Lola. Pues resulta que el otro día pasé por la casa donde antes estaba el burdel de Tía Lola y hallé que la casa está convertida en un local de Alcohólicos Anónimos. ¿Cómo podés creer? En un lugar donde corrieron ríos de trago, ahora corren ríos de café y sirve para que la gente deje de beber trago. ¡Eso sí es un cambio brutal!

Posdata: son muchos los “estudios musicales”, muchos los nombres, muchas las ofertas, muchos los sueños. Porque, sin duda, esos muchachos tecladistas sueñan con llegar a ser famosos. Manuel Hijo nunca tuvo ese sueño. Los marimbistas siempre fueron más humildes en sus sueños, por esto Límbano Vidal llegó a ser tan grande. La relación de estudios musicales tiene de todo: “Viento Cálido”, Grupo Musical Caribe, Chaín y sus teclados, Grupo Musical Venus y su solista, el Komando norteño (así, con k) y muchos más. Quien se lleva las palmas de la semana es: Pichirilo y su sorpresa musical. Ya imagino la pregunta: “¿Y con quién te llevó serenata tu novio?”, y la respuesta: “Con Pichirilo y su sorpresa musical”. ¿Cuál será la sorpresa de Pichirilo? No puedo, ni quiero imaginarla.

viernes, 14 de marzo de 2014

SENSACIÓN EXTRAÑA (I de II)





Mario levantó el tarro, bebió, se secó la boca con la manga de la camisa e insistió en la pregunta. Rosario (le molestaba que le dijeran Chayo) también tomó un sorbo de su cerveza y repitió la pregunta que Mario le había hecho a la hora que pidieron la primera ronda de cervezas: “¿Si nunca he tenido ganas de atropellar a alguien?”. “Sí -dijo Mario- es una sensación rara que a mí me persigue cuando voy en la carretera”. Y volvió a contarle. Le dijo que, con mucha frecuencia, cuando manejaba en la carretera y veía a grupos de personas caminando a contraflujo, de pronto le llegaban unas ganas de torcer tantito el volante y, como si fuesen bolos de boliche, empujarlos tantito y aventarlos sobre la cuneta. Era una sensación extraña y no sabía por qué aparecía. Rosario (siempre renegó del nombre y maldijo a sus papás por imponerle tal nombre) dijo que no, que nunca había tenido tal pensamiento. Mario terminó la cerveza y pidió otra, le dijo al mesero que le cambiara el tarro, porque ese ya estaba tibio. Rosario ya no quiso seguir bebiendo, pidió la cuenta. Cuando el mesero llevó la nota, Mario la arrebató, vio el total y sacó unos billetes de su cartera. Mario y Rosario se despidieron. Mario subió a su carro y Rosario caminó con dirección a su casa que estaba a dos cuadras de la cantina. Cuando entró vio a sus dos hijos en la mesa del comedor. Ya habían terminado de comer. Su mujer estaba de espaldas, preguntó si quería comer algo. No, dijo Rosario, comentó que había tomado unas botanas con el compadre Mario. Rosario no vio la mueca que hizo la mujer cuando oyó el nombre del compadre. Ella (también Rosario de nombre) pensaba que Mario era un tipo raro, siempre contando unas historias alucinadas. Varias veces le había preguntado a su esposo si Mario consumía drogas. Rosario no sabía, pero no creía que así fuera. Era un tipo raro, sí, pero no creía que se drogara. Rosario estuvo a punto de contarle a su esposa lo que Mario le había confesado, pero creyó que no era prudente. Imaginó la cara de su esposa cuando Rosario le contara esa historia tan rara. A él nunca le había pasado eso por la cabeza, ¡qué locura! ¿Por qué a Mario le atacaba esa sensación? Él mismo dijo que no tenía explicación, era algo que, de pronto, lo asaltaba, como si se tratase de un condicionamiento motivado por quién sabe qué y por quién sabe desde cuándo. Un poco como si un alcohólico sintiera deseos de beber al mirar una botella de ron. Pero, Mario nunca había techo tal cosa. Era una mera idea, pero Rosario tuvo miedo porque un día, quién sabe, Mario pasaría del mero hecho imaginativo al hecho real. ¡Qué fuerte, qué raro! Quiso desechar la idea, pero ésta se había instalado en su mente. ¿Qué pasaría si alguna tarde, conduciendo, le asaltara la misma idea? Su esposa dejó de lavar, se limpió las manos con un trapo y se volteó; vio a su esposo ensimismado. Le preguntó si le pasaba algo y entonces Rosario no pudo evitar que el agua de su dique rebosara. ¡Le contó! Ella dijo que no era extraño, ya le había dicho muchas veces que Mario era un tipo raro, un desadaptado, ¿no acaso era una rareza que tres mujeres lo hubiesen abandonado? ¿No era una rareza que saliera todas las noches en esa camioneta vieja? ¿Qué hacía a altas horas de la madrugada en las calles olvidadas de Dios? Rosario estaba de acuerdo con lo que su esposa decía. Sí, Mario, ¡no iba a saberlo él que llevaba tantos años de ser su amigo!, era un tipo raro.

miércoles, 12 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL MEJOR AMIGO



Agradezco a Hiram el envío de la foto.



Los elementos son sencillos: una cortina de árboles que protege la barda y la tribuna con algunos espectadores, una portería con red, parte del campo reglamentario, un hombre y un perro. El hombre (nadie puede dudarlo) es portero. Los espectadores parecen preguntar ¿por qué el hombre va con la cabeza gacha y el perro con la vista al frente? No saben que si, en realidad, el perro es el mejor amigo del hombre lo es porque es el faro que guía a los marinos en medio de la tormenta. Y los faros nunca pueden estar con la vista hacia abajo. ¿Han visto que los perros jamás andan hacia atrás sin motivo? Cuando los perros reculan es porque un hombre o un semejante los amedrenta. Los hombres también se hacen para atrás cuando un perro o un semejante los ataca, pero, además (¡qué pena!) lo hacen como mera diversión. He visto (juro que sí) a parejas que, por juego, caminan hacia atrás; los he visto en parques y en habitaciones, lo hacen como un mero juego. Dan pasitos para atrás. No saben que con eso invocan ortigas y vacíos. Esas parejas no saben que si las tribunas tienen espacios entre peldaño y peldaño es porque el aire jamás camina hacia atrás. Nunca he visto un huracán que se eche para atrás; nunca he visto que el aire corra hacia atrás (si el aire se desfoga a la hora que un globo se pincha no se echa para atrás, siempre es hacia adelante).
Acá el portero camina hacia adelante, pero las miradas de los espectadores indican que (¡oh, paradoja!) va hacia atrás, su actitud así lo demuestra. Puede ser porque el encuentro ya terminó y el hombre dejará de vivir esa experiencia inigualable del juego. Una cosa es caminar hacia el frente para entrar a una cancha y otra caminar hacia adelante para dejar la cancha. Ese territorio que se llama cancha es como la síntesis del Universo. Hay hombres que viven sólo para estar un rato en ese espacio. Todos los demás actos que realizan lo hacen pensando en el instante en que se dirigirán a la cancha. Todo es fútbol, la plática con amigos, la lectura, lo que ven en la televisión, lo que practican a diario.
El hombre necesita terrenos delimitados, los perros no. Pareciera una imagen sórdida y grosera, pero los perros cogen a sus perras en cualquier espacio, porque cualquier espacio es su espacio. Los hombres, al contrario, necesitan espacios delimitados. Los hombres necesitan canchas reglamentarias para jugar el fútbol, necesitan cuartos de motel para jugar con sus amadas. El hombre confundido es aquel que hace actos obscenos a mitad de la calle, como si fuese un chucho cualquiera.
En esta foto, el perro y el hombre mantienen el mismo paso, un paso decidido, casi armonioso. Pero, la actitud del hombre es una actitud triste, la misma actitud del marino que no desea abandonar su barco, la del pájaro que no quiere dejar su vuelo. A este hombre, tal vez, sólo lo mantiene alerta la posibilidad del retorno; la esperanza de que pronto será domingo y estará ejerciendo su vocación de can-cerbero. ¿Y el can? Éste seguirá retozando por todos los territorios que también son sus territorios. Tan es así que acá (cualquiera lo diría) está trotando en un territorio vedado, en un territorio que se supone especial para humanos deportistas.
Los elementos de esta fotografía son sencillos, podríamos decir: rutinarios de domingo, pero el espíritu que derrama está por encima de las tribunas, de las frondas; está ¡muy cerca del cielo!

martes, 11 de marzo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN PAÍS ES NADA Y TODO





Querida Mariana: ¿alguna vez jugaste a “Los países”? ¿Jugaste a que vos sos un país y un amigo te visita? ¿Nunca? ¡Es muy sencillo! Mi abuelita Esperanza me enseñó este juego. Una tarde, ella me llamó, me pidió que me sentara a su lado, donde bordaba una mantita estirada y sujeta por un aro de madera. Me dijo que jugáramos a “Los países”, lo dijo como si fuese una niña y en lugar de ser mi abuelita fuese mi prima. Yo dije que sí. Entonces ella dijo que era España y que me esperaba. Esto ya lo pronunció con un ceceo, como si, en efecto, fuese el país que había elegido: “Arza, hijo, vamos”, me alentó. Y entonces yo debí viajar hasta Veracruz para tomar el barco. Me despedí de mi papá y de mi mamá, quienes, contentos porque iría y volvería la misma tarde, alzaron la mano y, en el andén de Arriaga, me desearon buen viaje. Me senté en un banco de madera y, desde la ventanilla del vagón, les dije que los quería mucho y ellos sacaron un pañuelo, pero no lo hicieron para despedirme, sino para limpiarse el sudor caliente que mojaba sus frentes.
¿Ya viste en qué consiste el juego? En imaginar que el otro es un país y vos sos un viajero. Me gusta el juego porque, a final de cuentas, la vida es un juego y es un camino. Claro, a medida que uno crece, el camino se hace más complicado. Alguien (¿quién sabe quién?) siembra árboles de esos que llaman espinos o coloca brasas ardientes a mitad de la senda, sólo por joder, sólo para que sintamos nostalgia por el pasado. Cuando uno es chiquitío, el camino es amable. Recuerdo que a la hora que el cansancio llegaba a mi cuerpo, mi papá me abrazaba y me llevaba cargado. Yo reclinaba mi cabeza sobre su pecho y dormía. Él caminaba por mí. Ahora ya no es posible. A veces, cuando estoy cansado debo buscar una piedra para sentarme. No sé por qué ahora las rocas son tan puntiagudas.
Me divertí tanto con el juego, que luego, en ocasiones reiteradas, pedí a mi abuelita que jugáramos de nuevo. Ella siempre aceptó, siempre fue como una prima condescendiente. Las primeras tardes eligió países centroamericanos o sudamericanos (nunca sabré por qué el primer país elegido fue España). A veces yo no sabía dónde quedaba el país y me extraviaba al subir a trenes o a barcos, pero ella, me guiaba, me hacía bajar en la primera estación y me obligaba a subir a otro tren. Estaba prohibido viajar en avión, así que para llegar a Argentina, yo debía pasar primero por Guatemala, El Salvador y demás países encuachados hasta que llegaba a La Pampa. Mi abuelita imitaba los modos de hablar de cada uno de los países y yo me divertía mucho. “Bienvenido, che, parate bien para que yo revise tu visa”, decía, por ejemplo, cuando ya estaba en la terminal de Buenos Aires. Yo, como si fuese un condenado, levantaba los brazos y dejaba que ella me hiciera cosquillas debajo de las axilas. Cuando ya no podía más, ella, también sonriente, decía: “¡Podés pasar, tu visa es correcta! ¡Bienvenido a la Argentina, tierra de Borges!”, y sacaba un libro de poemas que siempre tenía al lado de su mesa de noche y leía algo de Borges. Recuerdo mucho un poema que iniciaba así: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto. / Quedan el hombre y su alma. / Vivo entre formas luminosas y vagas / que no son aún la tiniebla”.
Mi abuelita era una mujer sencilla, sin mucho conocimiento enciclopédico. Sabía una o dos cosillas, pero les sacaba mucho jugo a las varas de caña que Dios le había concedido. Así que cuando yo visitaba Argentina, ella buscaba entre los discos de mi papá alguno de tangos y hacía que yo bailara a mitad de la sala. Yo me movía de un lado para otro, en intento de llevar el ritmo del bandoneón y de la guitarra. Lleno de sudor me tiraba a su lado y ella, entonces, me invitaba a tomar mate. Hacía como si agarrara el contenedor con la pajilla, echaba la hierba y luego vertía agua hirviendo. Me contaba que Borges tenía una predilección por las dagas y cuchillos y me decía que en Argentina también se le llama facón a la daga. Entonces, cuando yo jugaba en el patio con los pocos amiguitos que tenía aprovechaba y sacaba mi facón y ellos se quedaban mudos de la impresión, porque yo usaba otra palabra para designar al cuchillo. Cuando ensartaba el cuchillo en la panza del delincuente (que casi siempre era Víctor) le decía: “Meta facón nomás” y me sentía importante. Ellos (¡tontitos!) no podían saber que esas palabras habían sido escritas por Borges, gran escritor argentino. El mate me sabía amargo.
Desde pequeño intuí las posibilidades que tenía el juego de “Los países”. Así que un día, ya más grande, le propuse a mi prima X que jugáramos el juego (ahora sí sostengo el anonimato por lo que a continuación leerás). Estábamos en la casa de X (no en Comitán), una casa a mitad de un terreno que no tenía barda, sino un simple enmallado. La casa era de madera, como la mayoría de casas de ese pueblo cercano al río y caluroso como estancia de infierno. Para calmarnos el calor bebíamos limonada que había preparado mi tía y nos secábamos el cuello y la frente con pañuelos de seda. Ella, la X más maravillosa que conocí, sentada, con las piernas semiabiertas, movía su falda para hacer un poco de aire y refrescarse. Yo, sentado frente a ella, en una poltrona hecha con barrotitos de madera, jugaba, con ambas manos, con el vaso de cristal. A veces metía un dedo y sumergía uno de los hielos. Mi dedo salía mojado, casi helado. Adentro de la casa se oía un radio. Mi tía preparaba la cena. El sol estaba a punto de ocultarse, ya los zanates habían cesado en su griterío y se acomodaban sobre las ramas de unos enormes árboles que daban sombra al inmenso patio. X me vio y gritó: “Mamá, ahora venimos, vamos al río”. A lo lejos se oyó un sí opaco. X me tomó de la mano y me jaló. Caminamos con rumbo al río; caminamos por la calle llena de polvo, llena de un calor reseco que subía del piso. Llegamos a la orilla del río y nos sentamos sobre un tronco. X dijo: “¿Jugamos?”. Era la oportunidad de estrenar con una muchacha bonita el juego de “Los países”. Sí, dije, juguemos a Los países, dije. Ella, un tanto decepcionada, cerró los ojos y dijo: no, juguemos a otra cosa. No, insistí, juguemos a los países y le conté de qué juego se trataba. Le dije que abuelita Esperanza me lo había enseñado. Conforme conté, ella se entusiasmó, subió las piernas sobre el tronco y me interrumpió en dos o tres ocasiones. “¿Seré un país y tú viajarás por mi territorio?”, preguntó al final. Sí, dije. “¡Juguemos!”, dijo.
¡Jugamos! X se sentó a horcajadas sobre el tronco, subió tantito su falda y me preguntó si ya podía elegir el país. Yo dije que sí. Ella se puso un dedo en la boca, vio hacia el cielo y dijo: “hmmm, ¡soy el último país del mundo!”. Yo, Marianita de mi corazón, iba a protestar, iba a decirle que debía decir el nombre de un país conocido, pero callé. Callé porque vi que el juego abría una ruta novedosa y vos sabés que los juegos que amplían sus territorios son los más divertidos del mundo. Ella comenzaba a poner reglas al juego y yo dejé que lo hiciera. Entonces yo también me senté a horcajadas sobre el tronco. X dijo: “acércate más”, y yo me acerqué, me acerqué tanto que casi sentí su aliento de fruta madura. X habló en voz baja: “en mi país todos se comunican con señas”. En ese instante supe que me encantaría su país. ¡Así fue! Me gustó tanto recorrer cada una de sus montañas, de sus ríos y de sus plazas que hasta hoy, Marianita de mi vida, hasta hoy sigo enamorado de ese país, el último país del mundo. Es triste reconocer que a veces el viaje termina. ¿Por qué estaba en casa de X? Había ido una semana de vacaciones. En ese tiempo yo estudiaba en la Universidad Nacional Autónoma de México y sólo tenía una semana de vacaciones, así que opté por ir a casa de X, en lugar de venir a Comitán. Una semana era muy poco tiempo para viajar a Chiapas.
El día que me despedí no quería hacerlo. X se encerró en su cuarto y no la vi. Tomé mi maleta, me despedí de mis tíos y les pedí que le dieran un abrazo a X. Cuando llegué a la ciudad de México fui directo a casa de mi abuela. Ella abrió la puerta, me pidió la maleta, la dejó en el centro de la sala, abrió los brazos y me abrazó como si yo fuese una nube y ella el agua. Cuando nos separamos del abrazo, puse mis manos sobre sus hombros y le pregunté: “¿A qué no sabés a qué jugué?”. Ella sonrió y dijo: “Quieres mucho a X, ¿verdad?”. Yo nada dije. Hasta la fecha no salgo de mi estupor. Te dije que mi abuela no era una mujer de conocimientos enciclopédicos, era una mujer sencilla, pero tenía dones maravillosos.
El otro día quise proponerte que jugáramos el juego, pero luego pensé que ya estoy viejo para tanto traqueteo. Me cansan los preparativos y luego me agota subir a trenes y correr por los andenes llenos de viajeros para tomar el otro que me llevará a mi destino. Además sé que vos sos un país muy joven. Vos sos como un país que apenas emerge del mar, como una isla. En caso de que decidieras jugar, no sé qué país elegirías. Tal vez, digo sólo que tal vez, elegirías Francia, porque París es la ciudad más bella del mundo. Me gustaría conocer el Museo del Louvre; cenar en el Restaurante Julio Verne, de la Torre Eiffel; y sentarme a la orilla del Sena para ver pasar los botes llenos de turistas que abren la boca al ver la Catedral de Nuestra Señora. Tal vez me leerías algunas líneas de Víctor Hugo o un poema de Verlaine. Y vos serías el vino más transparente del mundo, el más rojo sangre, el más línea del atardecer. Pero esto sólo permanece en mi imaginación. Sabés que no me gustan los viajes y ya me canso al subir los escalones.
Me da cierto coraje proponerlo, pero te propongo que jugués el juego de “Los países” con tu novio. Elegí ser Francia y que él tome un barco en el puerto de Veracruz. No estoy diciendo que deseo que se maree y tenga que inclinarse sobre la baranda para vomitar sobre el mar. ¡No! Digo que las reglas que puso la abuela siguen inmutables: no se vale viajar en avión. A veces siento un tantito de celos cuando te veo sonriente con tu novio. Pero, un segundo después entiendo que con él podés esquiar, bucear, montar caballos e ir a Uninajab en Semana Santa. Con él tu destino es un viaje con dosis de adrenalina. Eso es lo correcto. Los viajes que, a través de la lectura compartida, hacés conmigo son viajes sosegados, casi casi sin riesgo. Y vos sabés que la emoción del viaje radica en el enigma, en la posibilidad y en el riesgo. Viajé, Marianita de mi vida, un día ¡viajé! Y lo hice en el último país del mundo, el país más bello, el más enigmático, el más sugerente. Subí por sus montañas apenas sugeridas por encima del horizonte y me bañé en las aguas limpias de su lago. ¡Viajé! Y fue el viaje más hermoso. Tal vez por esto ahora ya no viajo. Sé que no hallaré ese aire con olor a mar ni esos valles que olían a juncia fresca. Quien conoció París se siente miserable cuando camina por calles de ciudades miserables, con olor a tacos y a cebolla, con paredes llenas de grafitis y con casas que hieden a albañal.

Posdata: mi abuela siempre fue el país. Generosa abandonó el deseo de viaje que posee todo hombre. Canceló sus sueños con tal de que yo, su nieto, viajara por muchos países. Soy hijo único, por esto soy consentido. Tal vez, ahora que estoy viejo, convenga cambiar paradigmas y volverme un poco menos envidioso. Tal vez me convenga no pensar en ser viajero sino pensar en ser un país. Así, tal vez, vos podrías decidirte y tu novio no se pondría sulfuroso porque jugaras conmigo. Podrías preparar tu maleta; colocar tu traje de baño de dos piezas y la pantaletita roja con encaje blanco. Te despedirías de tu novio y él te acompañaría a la terminal para tomar el autobús de las diez y media de la noche.
Prepararía una hamaca para que estuvieras contenta. Como soy un viejo sin mucha imaginación cuando llegaras y preguntaras ¿qué país soy?, diría: “soy el último país del mundo”. Cuando recorrieras cada uno de mis callejones y plazas me sentiría contento porque, por fin, alguien reconocería que soy un país viejo lleno de historia y de nostalgia. Sé que en cualquier esquina de una de mis ciudades te sentarías a contemplar a las gaviotas que, como pañuelos blancos, trazan líneas de gis sobre el cielo limpio de nubes. Sé que en cualquier esquina te toparías con una mujer bellísima y, en tu bitácora, escribirías: “hoy, en la tarde, conocí a X, es tal como Alejandro me la describió, es la mujer más bella del último país del mundo”.

lunes, 10 de marzo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DE UNA LUCHA SIN LÍMITE DE TIEMPO



Agradezco a Hiram el envío de la foto



“¡A dos de tres caídas sin límite de tiempo!”. Este fue el grito que escuché al pasar por la calle. Vi para arriba y vi los dos balcones y los dos luchadores. Cada uno de ellos estaba en su esquina. Deduje que era “máscara contra máscara”. No podía ser una lucha de máscara contra cabellera, porque ambos contendientes estaban pelones al rape. Ahora que escribí la palabra “contendientes” pensé que eso fue lo que me provocó nostalgia y tristeza a la hora que los vi. Era una pena que tuvieran que luchar para descubrir, al menos, uno de los rostros. Pensé que, tal vez, la lucha se debía a que nunca se habían visto el verdadero rostro, a que siempre habían permanecido cada uno en su balcón, como si dijésemos “cada uno en su mundo”.
El mundo sabe que toda relación implica tender puentes, hacer que la esquina no sea un refugio individual sino un nido para sembrar árboles y nubes que den sombra y lluvia a ambos.
Ver a la pareja separada por el vacío me provocó tristeza, los vi como canaritos sin la luz del canto. Me dio pena porque ambos eran muy bellos, casi podía decir que parecían ángeles a punto de iniciar el vuelo hacia la luz, pero, en realidad, eran dos seres vacíos, casi plásticos, casi inertes. Hay un instante de ruptura en que la sangre parece abandonar los ríos y todo se convierte en una transparencia estilo Drácula.
Si el lector observa con atención verá que hay una lámpara debajo del balcón de ella. Es una pena reconocer que la luz está en el subsuelo, que, como se sabe, es territorio de lo oscuro, de lo irremediable. Irremediable la relación, por esto, el hombre mira hacia el otro lado, un lado donde ella no es ni siquiera sombra. ¡Pobres! Los vi como dos margaritas sembradas en un desierto. Ellos no apreciaron aquella famosa frase de Saint Exupéry que, más o menos dice que los amantes no a la fuerza deben verse a los ojos, pero sí deben ver hacia un mismo punto. Bueno, si no es de Saint Exupéry, cuando menos habrá que reconocer que la frase tiene su lógica. El gran descubrimiento del Renacimiento fue la perspectiva, donde todas las líneas coinciden con un punto de fuga.
Vi a estos amantes del balcón y los vi adentro de jaulas. Ellos, con su indiferencia y por el rostro enmascarado, construyeron el complemento de los barrotes. Donde la mirada pareciera perderse en el horizonte tienen barrotes invisibles de aire que congelan su “perspectiva”.
Pobres, pudieron llegar a ser tanto. Si se hubiesen dado cuenta de la cercanía de sus balcones, hubiesen convertido ese vacío en un puente como el que tendieron los amantes del Callejón del Beso, en Guanajuato. Pero, pensándolo bien, tal vez conocieron la leyenda y optaron por la vida y no por la muerte. Tal vez (¡qué bobo soy!) esto es una mera apariencia. Tal vez salen al balcón para que uno crea que, en efecto, ellos son una pareja desavenida. Tal vez la verdad verdadera es que cuando ellos dejan el balcón y entran a la estancia se quitan las máscaras y se reconocen como amantes. Él, sin prisas, le quita la blusa, le besa las tetitas, que son como dos cervatillos a punto de saltar, y le dice lo que todos los amantes dicen: “te quiero, te emplumo el oxímoron, te apergujo la blondea, te garapasco la inertua”, y ella coloca sus manos en la tendorera y le afrexia el doscorte y la inezca, y se tienden sobre la cama como si fuesen pájaros tendiéndose en el aire y ríen como si fuesen mamuts sobre cables y saben que el Everest no es más que un pretexto para subir, siempre subir para ver el horizonte.
Caminaba y los vi, solos, cada uno en su balcón. Los vi cerca del barandal, a punto de reclinarse, a punto de ver el vacío. Los vi indiferentes, con el rostro cubierto y sentí pena. Ahora sé que sentí pena, no por ellos, sino por nosotros, los que caminábamos muy lejos de esas alturas. Yo iba con mi “ella” y no nos tomábamos de la mano y no mirábamos hacia el mismo punto. ¡Qué pena!