domingo, 31 de enero de 2016

SIN BANQUETAS




Veo fotos antiguas y veo banquetas libres. Las calles tienen pocos automóviles, mucha gente camina. Las fotos actuales tienen muchos carros. Esto es comprensible, la población aumentó y muchas personas adquirieron sus autos. Esto es normal. Lo que se me hace fuera de lógica es la invasión de las banquetas. Las fotos actuales de ciudades mexicanas más o menos grandes y de las grandes urbes están llenas de contaminación visual por la proliferación de vendedores ambulantes. ¿En qué momento, las personas de estratos sociales menores se apropiaron de este bien común: la banqueta? Que no se malinterprete mi comentario, que nadie vea en esta pregunta una intención clasista. Que se vea, por favor, como un reclamo a las autoridades que no han sabido, primero: planificar los espacios urbanos para esta realidad que ya se advertía desde los años setenta; y, segundo: implementar políticas sociales que contrarresten tal situación lamentable.
Si uno mira fotografías de ciudades extranjeras, con desarrollo social sostenido, advierte que las plazas y banquetas no están invadidas. Las banquetas y andadores están libres y la gente camina sin estorbos.
Se advertía que las plazas y banquetas serían inundadas. Todo mundo dice que las personas que ponen sus puestos de venta en los andadores tienen derecho a buscar un modo de agenciarse dinero para sobrevivir. Sí, las estadísticas señalan que el país pare cada vez más pobres. ¡Dios mío, qué pasará dentro de diez, quince o veinte años!
Emilio Torija, escritor jarocho, tiene un cuento que se llama “La tarde que no quisimos vivir”. En dicho cuento narra cómo en una navidad, las autoridades permitieron que ambulantes se posesionaran de las calles centrales del pueblo, para instalar casetas provisionales y vender juguetes, pirotecnia, ropa, alimentos, imágenes religiosas, escarcha y series de focos. Las calles fueron invadidas. Los peatones nunca advirtieron que en el interior de esas barracas, los hombres abrieron hoyos y se conectaron a la red de drenaje. Entonces fue muy fácil que colocaran tazas y regaderas para hacer sus necesidades y asearse. Días después se introdujeron por la red subterránea y salieron a los patios de las casas circunvecinas. Como todas las calles estaban invadidas, los compradores ya no caminaban por las banquetas sino por el callejón del medio de la calle, así nadie advirtió que (un día) levantaron bardas con madera y unieron sus barracas con las casas, porque los vendedores habían asesinado a los propietarios de las casas. El cuento es apocalíptico: los vendedores se adueñan de las calles y de las casas. Cuando termina la temporada navideña, las autoridades ya no pueden sacar a los ambulantes de esa zona. El cuento termina en el momento en que los ambulantes se reúnen y dicen que para la próxima temporada de Semana Santa harán lo mismo en las calles aledañas a la catedral.
En Comitán, la sociedad ha ido perdiendo espacios comunes. En los portales del centro, los comerciantes exponen su mercancía en el paso de los peatones; en el parque central, integrantes de organizaciones populares se han adueñado de ciertos espacios que impiden que los paseantes caminen de manera franca. Poco a poco, las banquetas tienen más obstáculos. De manera sutil los ambulantes se adueñan de los espacios públicos, sin darnos cuenta perdemos el bien común.

sábado, 30 de enero de 2016

CARTA A MARIANA, CON JAULA INCLUIDA




Querida Mariana: Existe una escritora que admiro. Es simpática y penosa mi admiración por su escritura ya que sólo he leído una novela de ella. Pero, en mi descargo digo que esa novela ha bastado para descubrir su talento. La escritora se llama Joyce Carol Oates. He visto fotografías de ella y la miro con su carita de canario translúcido, como si fuera mujer de otro siglo y no hubiese nacido en 1938. Mi tía Eugenia decía que hay personas que nacieron en otro tiempo del que viven. Así explicaba la presencia de su esposo, quien siempre se comportaba, en efecto, como si hubiese nacido en el siglo XIX. Ella decía que, a veces, le mostraba fotos antiguas y de lugares diversos en intento de que él, señalando con su dedo índice, dijera: “Acá, acá viví”. Me confesaba que era una locura, pero albergaba esa esperanza. Decía que temía que algún día sucediera lo que pensaba. “¿Qué voy a hacer, hijo, el día que resulte que tu tío no nació cuando nació sino que nació en otra época y en otro país?”, me decía. Luego, cuando miraba mi cara de espanto, ella echaba la carcajada y repetía que era una locura, pero la duda la mantenía.
Joyce Carol Oates nació en un pueblo de no más de quince mil habitantes, en el estado de Nueva York, en los Estados Unidos de Norteamérica. Cuando imagino su pueblo lo imagino como La Trinitaria, que es un poco un pueblo como jaula de canario. Mi Paty dice que no soportaría vivir en un pueblo tan tranquilo, demasiado tranquilo. Ella lo dice porque sabe que a mí me encanta el ritmo de ese pueblo, donde el tiempo parece estar siempre recostado en una hamaca, con los brazos debajo de la nuca y meciéndose con un pie en el piso.
El carácter de la mayoría de las personas, digo yo, tiene cierta influencia por el lugar donde nace cada una de ellas. Quien nace, por ejemplo, en la Ciudad de México tiene una forma de ser muy diferente a quien nace en Comitán o en La Trinitaria o en una comunidad indígena de la selva lacandona. El entorno nos marca y nos modela. Por esto, la misma tía Eugenia decía que ella había nacido en un pueblo jaula, porque el pueblo donde nació era como el pueblo donde nació Joyce Carol. ¿Por qué mi tía llamaba pueblos jaula a los pueblos pequeños? Ah, hijo -me decía- porque ahí vivís feliz, tenés tu comida, cantás todo el día y, por lo mismo, a pesar de que está abierta la puerta, estás tan contento, que no salís y no volás.
A mí siempre me aterró esa descripción de la tía, un poco como si los habitantes tuviesen alas, pero no supieran para qué sirven. Es cierto, hay muchas personas que nacen en un lugar, lo llegan a amar e ignoran al mundo exterior. ¿Esto es bueno? ¿Es bueno ser canario por siempre? A veces le digo a Paty que el canario debería estar volando de manera libre, pero ella me dice que si el canario saliera de la jaula se moriría días después, porque es un pájaro que nunca potenció sus capacidades y no sabe proveerse de su alimento. Los canarios, cotorritas australianas y demás primos son aves dependientes.
Alfonso (admirador de la literatura de Joyce Carol) se atacó de la risa cuando comparé La Trinitaria con el pueblo donde ella nació. Dijo que nuestro país está a mil años luz de Estados Unidos. ¿La Trinitaria? ¡A cien mil años luz! Además, me dijo, pero ya como chanza: “Allá hablan inglés”. Sí, no comparo el avance industrial o tecnológico, comparo el aire que se mueve en los pueblos pequeños. La escritora nació en un pueblo muy diferente a la ciudad de Nueva York, por ejemplo; y los compas de La Trinitaria viven en un pueblo que nada tiene que ver con la Ciudad de México. A mí me imponen las grandes ciudades; por el contrario, me seducen los pueblos con casas con sitios grandes. Cuando viajo a La Trinitaria, a visitar a los amigos de Radio Brisas de Montebello o a comprar caramelitos con doña Margarita o entro al templo del Padre Eterno siento algo como una cobija que me dice que todo está bien, que si el mundo se acaba, los demás pueden irse a Mérida, pero yo agarro mis chivas y me voy a La Trinitaria. Y digo esto, porque la literatura demuestra que las grandes historias no sólo están concentradas en las grandes ciudades. Las historias más grandes también están en los pueblos pequeños.
La escritora Rosa Beltrán ingresó el jueves pasado a la Academia Mexicana de la Lengua (es la décima mujer que lo logra). Ella sostiene que ahora debe darse atención especial a dos géneros literarios un tanto olvidados: la crónica y el testimonio. ¿Mirás? ¡El testimonio! Claro, ahora todo mundo vuelve la mirada a la gente común, desde que la periodista Svetlana Aleksiévich obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Los escritores de todo el mundo saben lo que ahora está de moda: la literatura está hecha con lo que le sucede a las personas; y a todas las personas les suceden hechos. Por supuesto que son la experiencia y la malicia literaria las que hacen los grandes libros, pero todo está hecho de ese sustrato. ¿Imaginás la cantidad de historias que han sucedido en el mercado Primero de Mayo, en los colegios, en el interior de las casas de todos los habitantes de Comitán? ¿Imaginás las historias que se bordan en los moteles y en las casas de huéspedes? La pregunta ahora es: ¿lo interesante sólo se da en Nueva York? ¿Es una fórmula matemática decir que a mayor cantidad de habitantes mayor cantidad de historias interesantes? En literatura no es cierto que la cantidad esté relacionada con la calidad.
Imagino a Joyce Carol, de niña, caminando por su pueblo de no más de veinte mil habitantes, la imagino recorriendo, una y otra vez, los caminos empolvados o llenos de nieve; la imagino viendo los pájaros en vuelo de emigración; yendo a templos; visitando parques donde los niños (igual que en La Trinitaria) juegan carreras o saltan la cuerda. La imagino, sobre todo, jalando la silla pequeña para sentarse al lado de la abuela y, mientras ésta teje un suéter o una bufanda, Joyce Carol escucha atenta las historias que la mamá grande cuenta. ¿Recordás qué decía García Márquez? Que las más grandes historias de sus libros le fueron dadas por su abuela. Doña Lolita Albores (quien fue cronista vitalicia de nuestro Comitán) decía que algunas historias que Rosario Castellanos puso en sus libros las contaba su mamá Adriana.
¿Qué pasa en los pueblos jaula, ahí donde el tiempo es un niño que juega en la arena? La gente tiene más tiempo para contar historias. Siempre se ha dicho que en los pueblos pequeños nada pasa. Pero, los escritores saben que ahí están pasando muchas historias detrás de los muros y adentro de las habitaciones, por ejemplo.
En la Ciudad de México no alcanza la vida para sentarse un rato y disfrutar de una buena plática tomando café con pan. Los habitantes de las grandes ciudades malgastan sus horas en traslados de un lado a otro. Quien vive en Satélite, ¿a qué hora llega a la UNAM para recibir sus clases? Los universitarios corren para alcanzar un vagón del metro que va lleno (Margarita me dice que cuando sube a un vagón se siente como papa frita adentro de una bolsa bien sellada). ¿Cuántas horas destinan los habitantes de la Ciudad de México para ir de su trabajo a la casa? ¿A qué hora llega a su casa la mujer que sale de la oficina a las ocho de la noche? ¿Y qué pasa con el pueblo de nuestro ejemplo? ¿Qué sucede en La Trinitaria? Los niños que van a la escuela deben ir pateando un bote para hacer tiempo y no llegar tan pronto, porque los niños de La Trinitaria caminan las calles sin prisa. Cuando alguien perdió el tiempo limpiando las plantas del jardín, sale a la calle, hace la parada y sube a un moto taxi y, con cara de apremio, dice: “Dios santo, ya se me hizo tardísimo”, pero diez minutos después, cuando mucho, ya está en su lugar de destino.
La novela que leí de Joyce Carol se llama “La hija del sepulturero” y, por la dedicatoria, uno deduce que mucho de esa historia le fue legada por su abuela Blanche.
Las ciudades del centro de la república mexicana brindan más oportunidades de asistir a salas de cine, a buenos restaurantes, a museos y a un sinfín de actividades recreativas. Es una de las ventajas. Los pueblos olvidados no pueden competir con esa oferta cultural. Del 10 al 14 de febrero, en San Miguel Allende, Guanajuato, se celebrará el Festival Internacional de Escritores y Literatura y ¿qué creés? Pues nada, que doña Joyce Carol estará por ahí para brindar una conferencia. Ahí estará ella con su mente privilegiada y su cuerpo de canarito, como a punto de hacerse agua, de hacerse aire. Ahí estará también Rosa Beltrán (casi estrenando su inclusión en la Academia Mexicana de la Lengua) y estará el amigo de Samy y de Malena: Juan Villoro.

Posdata: ¿Qué tan grande es San Miguel de Allende? Los que conocen dicen que es como Comitán. ¿Por qué, entonces, allá llega Joyce Carol y acá jamás llegará, a menos que llegue empaquetada en un libro? Ah, ya lo dije: la cantidad no está siempre aliada a la calidad. Hay, mi tía Eugenia siempre lo dijo, pueblos que son como jaulas. Nosotros somos, hay que admitirlo, un pueblo jaula, tenemos alas, pero a veces, no sabemos para qué sirven.

viernes, 29 de enero de 2016

UNA MARIMBA HUNDIDA




“¡Oí, oí!”, dijo Mariana. Me paré y oí: por encima del piar de dos pájaros que peleaban en la fronda de un ciprés, la marimba sonaba. Era la marimba, más las trompetas, más las congas, más los palitos, más la batería y, por encima de ellos, el saxofón. Caminábamos por una calle, distante tres cuadras del centro de La Trinitaria. Hacía frío, la niebla nos cubría como una tela de cortina. Mariana dijo: “La niebla está bajando. También quiere bailar con la marimba”.
Entonces le conté a Mariana que cuando fui joven, la plebe de amigos tenía la costumbre de hacer silencio para escuchar si en algún lugar había marimba. Dejábamos de hablar y aguzábamos el oído para ver si por el rumbo de San Sebastián asomaba el guateque. En muchas ocasiones escuchamos el rebumbio a distancia. Decíamos: “Es por el rumbo de la Pila” y hacia allá nos enfilábamos para entrar a la fiesta de chalequeros. “¿De chalequeros?”, preguntó Mariana. Sí, dije, de chalequeros, de colados.
A un lado del parque central (un parque que los habitantes de La Trinitaria llaman El parque hundido), en un local pequeño, casi en penumbra, estaba la marimba. Los integrantes de la marimba municipal ensayaban: Uno, dos, tres, cuatro. El bolillazo marcaba el inicio y la batería sonaba con un ritmo ritual que, de inmediato, mandaba a los pies a moverse, como si la marimba y demás instrumentos tuviesen hilos que, como instrucción de marioneta, jalara los pies, ahora uno, ahora otro y con el movimiento de los pies todo lo demás, porque cuando un pie se mueve jala la cadera para un lado, pero el otro pie hace lo mismo y la cadera adopta un movimiento de vagón de tren bamboleante, y en las muchachas bonitas el movimiento se vuelve como de tornado suave, que apenas levanta las hojas del piso, pero levanta el espíritu del mundo hasta arriba, por encima de las nubes. Y la marimba que ensaya en un cuarto hundido del parque hundido, parecía levitar por encima de todo lo existente de ese pueblo que, por lo regular, camina con pasos lentos y quedos, en puntas.
Mariana me dijo que nos sentáramos, que oyéramos un rato ese sonido que era como de agua nadando en un río acompasado, ahora para un lado, ahora para el otro. Así, sentados sobre el filo de la banqueta, con los pies estirados, pies que se movían como árboles en medio de un viento cálido, vimos aparecer a dos turistas, con mochilas en las espaldas, se pararon en la esquina y, de igual manera que lo habíamos hecho nosotros, pararon las orejas en intento de ubicar la procedencia del sonido. Ella, con camiseta roja y pechos generosos, señaló el local y hacia allá se dirigieron. Cuando pasaron frente a nosotros (que estábamos casi enfrente del local) dijeron Hola y sonrieron, hicimos lo mismo. Mariana dijo Hello y rio. Ella soltó su mochila, la dejó en el piso y se acercó hasta la puerta con cristales del local, husmeó, regresó hasta donde estaba él, quien, también, ya había dejado su mochila en el piso y lo tomó de las manos y lo invitó a bailar. Vimos que la pareja de turistas comenzó a bailar, primero junto a la banqueta, pero como no pasaba auto alguno por la calle (porque La Trinitaria aún goza de ese privilegio, donde las calles aún no están saturadas de autos), por pura inercia, por el movimiento de pirinola que tenían, se fueron desplazando hasta el centro de la calle. Ambos reían, como niños. Ella era la que más se movía y, por momentos, ¡qué maravilla!, lograba algunos pasos que hacían olvidar que era anglosajona, parecía una mulata de Cuba o del África, su cadera iba de un lado para otro y sus pechos, generosos, se movían con la cadencia sabrosa de un péndulo, con la exquisitez de las campanas convocando a misa. Un barrendero se acercó, jalaba su depósito de basura. El barrendero puso sus manos sobre el extremo superior de la escoba y vio a la pareja, se dio una pausa en su labor; los dos pájaros (quiero pensar que eran los mismos) se posaron en el techo de una casa y los vimos ir de un lado a otro, como si siguieran el ritmo sabroso que salía de las manos y de las bocas y de los pies de los integrantes de la marimba. A dos casas del local están los baños públicos. Mariana me codeó cuando vio que una mujer entró al sanitario de damas y dijo: “Orinará contenta”. Mientras tanto, los turistas ya habían tomado confianza, se desplazaban por toda la calle como si estuvieran en un salón de baile. Ella tenía el rostro colorado, sudaba, se le notaba en la camiseta, reía; a veces levantaba la cabeza y miraba al cielo, como si agradeciera algo; bajaba la cabeza y miraba el piso, sus pies, que se movían como sapos en medio de brasas.
Nosotros no lográbamos ver el interior del local. Desde donde estábamos sólo veíamos a un hombre con saxofón que, igual que nosotros, movía los pies al ritmo de las tarolas, de los bolillazos y del sonido agudo de las trompetas.
Todos, gracias a la marimba, nos habíamos dado una pausa. Cuando los integrantes dieron fin a la pieza, con un redoble de tambor, los bailadores se tiraron sobre la banqueta, al lado de sus mochilas, pusieron sus manos sobre la nuca y, agotados, pero satisfechos, como si hubiesen hecho el amor, cerraron los ojos. Sus respiraciones hacían que sus pechos se inflaran como si fuesen un fuelle de vulcanizadora.
La niebla, también, ya volaba, igual que los pájaros, a otro cielo. Se había disuelto, con la misma discreción que se había disuelto el sonido. Ahora todo estaba en silencio, apenas se oía los pasos de una mujer que, en la esquina, cargaba una bolsa. El barrendero abandonó su posición de descanso y comenzó a barrer un tramo de la calle, movía su escoba de un lado a otro. A Mariana le dije: “¡Oí, oí!” y Mariana dijo que sí, el barrendero silbaba, la misma tonada que hace rato había sonado magistralmente en la marimba.

miércoles, 27 de enero de 2016

EL HOMBRE QUE AMA LOS BACHES




Mariana dijo que sólo un ignorante o desequilibrado mental puede amar a los baches. Me puse frente a ella y le dije: “Te presento a un desequilibrado”, y luego le conté una historia: En un pueblo con cara de ponche calientito había un tramo con calles de doble sentido, como de cuatro calles en línea recta, cada calle tenía varios baches (de tres a cuatro cada calle). Los peatones se molestaban, porque, a veces, un auto caía en uno de esos baches llenos de agua y los salpicaba. Los peatones levantaban el brazo derecho y somataban la mano izquierda sobre el bíceps a la hora de la flexión. Sólo algunos peatones se enojaban, pero la totalidad de automovilistas manifestaba su enojo y coraje, porque, en temporada de lluvias, el agua ocultaba los cráteres y los autos caían dañando quién sabe qué piezas mecánicas. Así pues, el reclamo general era que la autoridad municipal rellenara esos baches, que no los rellenara con piedrín y arena, sino con algún material duradero a fin de que los autos no sufrieran averías. Porque, además, el tiempo de recorrido se duplicaba. Cuando el automovilista recorría el trayecto varias veces comenzaba a aprenderse de memoria el lugar de los hoyancos y debía, maniobra muy peligrosa, eludir los baches e invadir el otro carril por donde transitaban los autos que iban del poniente al oriente, lo que causaba uno que otro “laminazo”. Fue tanto el coraje de los automovilistas y vecinos que una tarde cerraron las calles, colocaron piedras y una manta que sentenciaba que no sería abierto el tramo hasta que la autoridad compusiera esas calles con cara de muchacho lleno de acné. A la autoridad no le quedó más que ceder a los reclamos y enviar una cuadrilla de chalanes para rellenar los baches y dejar las calles como nalga de niño. ¡Ah, fue día de fiesta el día que terminaron las obras! El presidente llegó, junto con todos los integrantes de su cabildo, levantó las manos, sonrió, recibió los aplausos y vítores de la ciudadanía y ésta manifestó su alegría bebiendo dos o tres cervezas, acompañadas con una barbacoa que sirvieron en las mesas de manteles blancos que pusieron en las calles recién arregladas.
Al día siguiente, los automovilistas notaron la diferencia, no había necesidad de ir con precaución para no caer en algún bache, porque no había baches, toda la superficie de las calles era tan tersa como el vuelo de un chinchibul. Si alguien les hubiese quitado el freno a sus autos no habrían protestado, porque era tan bonito aplastar el acelerador y sentir la felicidad del vértigo de la velocidad. Ah, era como tener una pista de Le Mans. Si algún automovilista despistado viajaba con velocidad moderada, los seguidores de Checo Pérez los rebasaban y sentían la misma felicidad que siente el corredor de fórmula uno cuando deja atrás al conductor de un McLaren. Los peatones y vecinos comenzaron a sentir una especie de cosquilla de clavo. Un señor dijo: “Niños, vean a ambos lados antes de cruzar la calle, ¿no ven que estos animales manejan como bestias?”. Sí, los automovilistas manejaban como bestias, a una velocidad de crucero. Olvidaron que transitaban por calles y no en súper carreteras.
Por esto digo que amo los baches. Recuerdo que antes viajaba a Tuxtla por la carretera vieja de Tzimol, era una carretera que no estaba asfaltada. Los pocos automovilistas que por ahí transitaban viajaban con cuidado y a velocidades más que moderadas. Una vez ocurrió un accidente con un camión cargado y fue la noticia en toda la región. Esa vez se quebraron cientos de botellas de refresco, pero, por fortuna, el chofer salió ileso, con dos o tres raspones, pero ileso. Ahora, esa carretera está asfaltada. Ya no hay necesidad de que los automovilistas viajen a velocidades moderadas.
Antes, para viajar de San Cristóbal a Tuxtla Gutiérrez había que hacerlo por una carretera peligrosísima, que tenía cientos de curvas. Todos los automovilistas debían manejar con mucha precaución, en cada curva debían bajar la velocidad y tener cuidado de los barrancos que se despeñaban como lágrima en velorio. Ahora, el viaje de San Cristóbal a San Cristóbal se hace en una carretera sin curvas, casi como en bajada de tobogán. El trayecto es de pocos minutos. He escuchado el comentario de amigos que hacen el trayecto en tales minutos (muy pocos) y a velocidades equis (superiores a ciento veinte kilómetros).
No tengo a la mano las estadísticas de años recientes de accidentes de las carreteras de Tzimol, de San Cristóbal a Tuxtla y de las calles de voy y vengo sin baches, pero tengo el suficiente sentido común para decir que son muy superiores a cuando esas carreteras y baches obligaban a manejar con sentido de responsabilidad. ¿Cuánta gente ha muerto en accidentes automovilísticos en la carretera de San Cristóbal a Tuxtla, en el último año?
Perdón, soy un desequilibrado, amo los baches y amo las carreteras que no son súper carreteras. Tengo nostalgia por aquellas carreteras donde se necesitaban horas para llegar a los destinos, pero uno, todo empolvado y con dolor de cintura por tanto brinco, ¡llegaba!
A veces sueño que voy a las calles y, con una barreta, abro hoyancos para que los automovilistas se detengan y manejen con precaución porque ellos, siempre, están muy pendientes de que sus autos no se deterioren con tanto bache.

martes, 26 de enero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN FERRARI




Estábamos en el parque de San Sebastián. Ellos, mis amigos, hablaban de carros. Yo (un poco sintiéndome mujer, de esas que odian el fútbol, autos y todo lo demás que apasiona a los hombres) leía una página de “Los cachorros”, de Vargas Llosa. Mario lanzó la pregunta, en general: “¿Cuál es la mejor marca?”; Romeo bromeó, dio una fumada a su cigarro y dijo que Raleigh. Ah, pues sean serios, dijo Mario, ya, sin bromear, ¿cuál creen que es la mejor marca? Rafael se paró y dijo que Ferrari. Todos estuvieron de acuerdo. Como yo estaba sin estar, Mario me dijo: “Vos, ¿qué decís?”, dije que sí, que era obvio, llevé mis manos al cuello de la camisa e hice un movimiento de guajolote esponjado y dije que no podía ser de otra manera, Ferrari era una marca italiana y, por si no lo sabían, Molinari era un apellido italiano, de caché, no como el Pérez (y quedé viendo a Romeo) que es meramente mexicano (estas dos últimas palabras las dije con tono de Pedro Infante en la película Tizoc). Ah, qué mudo, sos, dijo Mario, pero luego dijo que sí, que el mejor auto del mundo era un Ferrari y que él no iba a tener otro auto que no fuera de esa marca. “¿Y con qué ojos divina tuerta?”, bromeó Arturo. Ah, pues, por eso voy a ganar en dólares. Y lo vimos cerrar los ojos e imaginar su sueño, que nosotros sabíamos bien cuál era: trabajar en la NASA. Era un sueño, pero él no lo veía inalcanzable y nosotros lo apoyábamos porque sabíamos que era un genio para la matemática y un experto en mecánica. Mario aún tenía cerrados los ojos cuando el vendedor de raspados de nantze y salvadillos con temperante estacionó su carrito a nuestro lado y ofreció sus productos. Mario abrió los ojos y Arturo, poniendo las manos al frente como si fuese un monje, dijo: “¡Es una señal! Dios ya te mandó tu Ferrari comiteco”. Todos reímos. Yo acababa de leer, en el libro de Vargas Llosa, la siguiente frase: “Todavía llevaba pantalón corto ese año”. Y pensé que nosotros éramos como protagonistas de su novela, porque, si bien no llevábamos pantalones cortos, éramos muy jóvenes, con todo el porvenir a la distancia. Nadie tenía asegurado el futuro, ni sabíamos bien a bien qué estudiaríamos, la única certeza es que era el último año de la prepa y queríamos irnos a México (en ese tiempo todo mundo estudiaba en la Ciudad de México. Aún no había la retahíla de universidades que existen hoy). Soñábamos con dejar la casa y volar por otros cielos. ¿Qué estudiaríamos? No lo teníamos muy claro. Con excepción de Mario, todos los demás andábamos en la cuerda de la indefinición. Yo leía, leía mucho, pero no sabía que eso podía ser una profesión. No lo sabía. Qué pena.
Por lo regular, los de la palomilla siempre andábamos chanceando, pero esa tarde del salvadillero, noté (no sé cómo, ni por qué) que algo cambió en nosotros. De pronto, el silencio se hizo, fue un silencio como de templo en viernes santo. Nadie dijo algo. Mario volvió a cerrar los ojos; Romeo sacó de la bolsa de la camisa la cajetilla de cigarros y buscó uno, como si eligiera uno entre todos, sabiendo que todos eran iguales; Arturo me vio y alzó los brazos como si me hubiese preguntado algo y yo no supiera qué decir. Mi reacción fue regresar mi vista al libro y hacer como que leía. No pasé de la frase: “Todavía llevaba pantalón corto ese año”. Quien, como si aventase una piedra, quebró el cristal del silencio, fue el salvadillero: “¿Entonces, qué, jóvenes? ¿Un salvadillito?”. Mario abrió los ojos y dijo que sí, que ese era su primer Ferrari, se levantó y, sin despedirse, cruzó el parque y se fue por la subida de San Sebastián. “¿Por qué se enojó éste?”, preguntó Romeo. Nadie dijo algo. Yo sabía, pero nada dije, tampoco.
Ayer estuve en el parque de San Sebastián y vi un carrito de raspados, con sus llantas de bicicleta y con su toldo de plástico. Recordé el Ferrari y sonreí. Arturo tiene una camioneta Ford, modelo dos mil cinco, ya medio viejona; Rafael (quien ahora es gerente de la fábrica que le heredó el papá) tiene un BMW y una tarde que comimos en el restaurante “Tono Gallos” me dijo que esa era una buena marca y recordamos la anécdota del Ferrari; a Romeo lo veo de vez en vez, lo veo caminando o sobre el autobús urbano, desde la ventana me dice adiós y sonríe. Hablando de autos yo tengo un Tsuru, modelo 2002, aún da batalla (Como nunca tuve predilección por los autos, digo, en descargo, que tengo cientos de libros, miles). ¿Qué pasó con el del Ferrari? Mario se inscribió en la Facultad de Ingeniería, en la UNAM; y luego supimos que fue a hacer un posgrado en una universidad de los Estados Unidos de Norteamérica, cuando María nos dijo que había obtenido una beca todos dijimos que ya estaba cerca de la NASA. Ahora busco su nombre en la computadora, pongo NASA en el buscador y me paso las horas de las horas viendo si por ahí aparece. ¡Nada! Pregunto con los amigos y todos me dicen lo mismo: Se lo tragó la tierra. Nadie sabe algo de él. Ni con quién preguntar. Si ahora me lo topara le preguntaría si consiguió su sueño, pero cuál, de verdad, fue su máximo sueño: ¿El Ferrari o la NASA?

lunes, 25 de enero de 2016

ARENILLA PARA DOÑA PIEDAD ALBORES DE RUIZ



Con un abrazo respetuoso para
la familia Ruiz Albores.


Amanda me reclamó un día: “Vos, ni chiste tenés, sólo del pasado escribís”. Fue una temporada en que escribí una Arenilla con la participación de un comiteco en la segunda guerra mundial, y otra Arenilla en que hablaba de mi tía Elena, quien había muerto recientemente.
¿Sólo del pasado? ¿Quién es el escritor que “sólo” del futuro escribe? Por ahí, Vargas Llosa y Piglia, entre otros, dicen que los escritores escriben con base en sus experiencias.
Hoy, qué pena, volveré a escribir del pasado, pero con referencia al futuro. Sucede que, antier, me enteré que falleció usted, doña Piedad.
En Comitán somos dados a llevar al extremo nuestro cariño, no por algo nos dicen cositías. A usted muchos le decían Piedacita, en el colmo del trato afectuoso.
Una noche, hace ya varias lunas, mientras preparaba la cena, mi mamá me dijo: “Hoy me encontré a la mamá de Glorita Albores y me dijo que no mira la hora que sea sábado para leer tus Arenillas”. Creo que usted, sin duda, fue lectora, igual que su esposo, que en gloria de Dios esté. Don Carlitos tenía una suscripción al “Excélsior”. Recuerdo que todas las tardes iba a la “Proveedora Cultural” por el ejemplar del día anterior, porque a Comitán no llegaba el periódico del día. A veces, incluso (sobre todo en temporada de lluvias), llegaba con dos o tres días de retraso. Era proverbial ver a don Carlitos, cargando un tambache de ejemplares del “Excélsior”, para ponerse al corriente de las noticias del mundo.
Hace como diez días, otra vez, mi mamá, mientras cortaba la manzana para mi cena, me dijo que a usted la habían internado. Había tenido una dolencia, pero ya estaba en su casa. Mi mamá dejó de cortar la manzana, puso el cuchillo sobre la mesa y me dijo: “Verónica dice que ahora que estaba de nuevo en su casa te mencionó”. ¿A mí, por qué? “Verónica dice que ella dijo: que venga Molinari, para leerme una Arenilla”. Dejé de escribir e imaginé una escena imposible: imaginé a don Carlitos leyendo la columna política del “Excelsior” y a usted leyendo la Arenilla en el “Diario de Comitán”, en la sala de su casa (Sí, perdón, doña Piedad, esto es un tachilgüil de tiempos, por eso dije que imaginé una escena imposible, un poco como para no sólo escribir del pasado, sino de un futuro hipotético). Don Carlitos dejó el periódico sobre la mesa de centro y dijo: “A Echeverría no lo recibieron muy bien en la UNAM, acá dice que los alumnos le dieron una pedrada”. Entonces usted dejó su ejemplar del “Diario de Comitán” encima del “Excélsior” y dijo: “¿No leíste la Carta a Mariana de hoy? Dice que el mundo es ancho”. Don Carlitos tomó una rosquilla chuja, la sopeó en la taza de café y comió un pedazo. Levantó la mirada y dijo: “Alejandro tiene y no tiene razón, más que ancho, el mundo es largo, como si fuese un pasaje, de esos que hay en Buenos Aires. ¿Te acordás de esos pasajes?”. “Sí -dijo usted- así como recuerdo la avenida 9 de julio”. “Ah, sí -dijo don Carlitos- considerada como la avenida más ancha del mundo”. “¿Mirás cómo Alejandro tiene razón? El mundo es ancho”.
¿Cuándo murió don Carlitos? Antier murió usted. Le cuento que mi mamá fue a velar y cuando volvió a casa me dijo que Verónica le contó que usted murió muy tranquila. ¿De verdad murió así como lo cuentan? Estaba en su cama y dijo que rezaría, tomó el rosario, se persignó. Como si entrara a un pasaje, pasó del primero al segundo misterio, después de diez padres nuestros y diez aves marías; luego pasó del segundo al tercer misterio y, como si fuese un rayo de luz, dio vuelta en el cuarto misterio y ya no volvió. Yo creo que fue a comprobar que el mundo, es efecto, más que largo, como un pasaje, es ancho. Porque ancho, también, el recuerdo que deja con todos. Su hija Gloria escribió en el Facebook: “Alejandro, no sabes cómo te admiraba mi madre. Espero que tus Arenillas le lleguen al cielo”.
Por eso, esta Arenilla es para usted, es para decirle que le agradezco su complicidad. Me da gusto que los sábados esperara con ansias el periódico para leer la Arenilla.
Las arenillas (todo mundo lo sabe) están regadas por el piso, a veces joden el paso tranquilo de quienes caminan descalzos, pero, ahora sé, gracias a usted, que también pueden servir como ungüento. Doña Piedacita (¡ah, con qué cariño, la trataron siempre sus afectos!): esta Arenilla ya no la leerá, ya no se enterará que, con su complicidad lectora, ha puesto un rayito de sol en mi corazón.
Ahora, algunos dicen que usted, doña Piedad está al lado de don Carlitos. Yo no sé cómo sea el misterio de la muerte, usted sí ya camina por ese sendero. En caso de que sea así como lo dicen, en caso de que ahora esté al lado de don Carlitos, dígale que, en efecto, el mundo es largo como un pasaje, pero también es ancho, como ancho el corazón de toda la familia que ustedes formaron. Gracias, doña Piedacita, por darse a su familia y darme a mí el gusto de saberme consentido en sus lecturas. Y ahora, deje que ponga el reproductor de discos, y la invite a bailar, mientras oímos la canción de Agustín Lara, que dice: “Piedad para el que sufre, / piedad para el que llora. / Un poco de calor en nuestras vidas / y un poquito de amor / en nuestra aurora.”
¿Sabe qué? Si Lara la hubiese conocido, la letra de su canción dijera: “Piedacita para el que llora”. Hoy, Amanda no podría reclamarme algo: escribí para usted, que es un poco decir que escribí sobre la línea del futuro.

NI PÍO DIJO




Pensé que era sólo cosa de novelas, cuentos y películas. ¡No! Ayer descubrí que, en muchas ocasiones, la pantalla es una pared de la casa. ¿Pueden creer que existió una persona que se creía pájaro? Con toda la seriedad del mundo.
Mi compa Hermilo me invitó a su casa, a celebrar el cumpleaños del tío Macario. ¡Ya te conozco!, me dijo Hermilo, sé que no te gusta ir a guateques, pero hacé una excepción. Llegá un rato y luego te vas. Dije que sí, que con gusto iría a su casa.
Hermilo me conoce, sabe que soy escaso, sabe que no me gustan los tumultos, las manifestaciones y las tertulias; pero me encanta oír la marimba; ver los manteados y las mesas con manteles blancos, llenas de platos con botanas de chicharrón, sangrita, tostadas con carne tártara. No me gusta sentarme a mirar las caras de los de enfrente, pero sí me gusta sentarme debajo del árbol de durazno que tiene en su casa y mirar cómo los niños corren, los perros dormitan, las señoras bailan y las muchachas bonitas pasan la mano debajo de la mesa para acariciar la pierna de sus muchachos. Esto estimula mi imaginación, sobre todo lo de las manos por debajo de las mesas. Me gusta, ya en la tarde, oír las risas de los que tienen dos o tres entre pecho y espalda, me gusta ver cómo la comadre (como si fuese un simple juego) toma de la mano al compadre y se pierden detrás de los tapescos de chayotes; me gusta ver cómo regresan ya chapeados, riéndose, como queriendo pasar inadvertidos; me encanta ver la cara del esposo de la comadre, también roja, pero de coraje. Por esto, porque las fiestas en la casa de Hermilo están llenas de elementos maravillosos, fui un rato a su casa.
El tío Macario estaba sentado en el centro de la mesa, cubierto con una cobija de cuadros rojos y grises, dormitaba, de vez en vez abría los ojos, levantaba su vaso y decía salud, salud, sin que nadie le hiciera coro, porque todo mundo estaba en su propio mundo. A Hermilo le pregunté si tenía caso homenajear a su tío, quien, con noventa y ochos años encima, parecía ya estar con el pie en otro patio. Hermilo dijo que sí, que su tío aún estaba lúcido y aunque los demás de la familia pensaban que ya padecía demencia senil no era así. Entonces fue cuando Hermilo me dijo que el tío Macario (¡Qué nombre! Siempre remite al personaje de Juan Rulfo) era feliz afuera de su jaula. ¡Qué!, dije, y me eché a reír. Pero, en ese momento, Herlinda y Helena se acercaron al lugar donde estaba el tío y lo pararon y vi que su cobija cayó al piso. Hermilo corrió para levantar la cobija. Vi que el tío tenía un par de alas pegadas a la espalda, unas alas hechas con petate. Las dos hermanas de Hermilo le colocaron la colcha al viejo y lo llevaron a su cuarto. A Hermilo le pregunté si el cuarto era lo que él llamaba jaula, pero Hermilo nada dijo, me jaló del brazo y me llevó a la ventana del cuarto, me dijo que subiera por ese montón de ladrillos y mirara y miré y miré que el viejo lo acostaban en un camastro que estaba adentro de una jaula inmensa, una jaula que brillaba por los barrotes de latón. La jaula estaba en medio del cuarto, Hermilo me dijo que ahora mantenían la puerta abierta, porque el tío ya estaba viejo, pero que, cuando era joven, era necesario mantenerla con candado porque a toda hora quería escaparse, volar. Cuando vio mi cara de asombro y enojo porque me quería hacer tonto, dijo que su tío se pensó pájaro la primera vez que leyó el cuento de Laco Zepeda, el de Don Chico que vuela. Dice que fue un acto totalmente consciente, que no fue producto de un juego o de una desviación mental. El tío pensó que sería bonito ser pájaro y que si los seres humanos éramos producto de la evolución y de mono habíamos pasado a ser personas, bien podían las personas transmutar en aves o peces o animales de cuatro patas. Herlinda dijo que era un síntoma de locura y lo llevó con el médico general, pero el doctor dijo que el tío estaba en sus cabales y sólo expresaba un deseo inconsciente de todo ser humano: la posibilidad del vuelo. ¿Qué no Leonardo, el gran Leonardo, también había soñado con volar, lo mismo que Don Chico, lo mismo ahora que el tío Macario? Hermila exigió medicinas, pero el doctor recetó un té de tila, pero para ella y no para él. El tío cada vez manifestó más interés por la vida de los pájaros y compró una enciclopedia especializada en la vida de las aves. Un día inventó un arnés de cuero y le agregó un par de alas hecho con petate. Hermila se cansó de insistir y adoptó la actitud de los demás de casa: ignorar al tío y dejarlo en su “locura de chinchibul”. Poco a poco, el tío se creyó pájaro, al grado de que sólo comía alpiste y lombrices. Comenzó a perder peso en forma sorprendente, pero cuando llamaron al médico y éste llegó a la casa, lo auscultó y dijo que estaba muy sano y que su condición permitiría que tuviese menor resistencia al aire y podría volar mejor. El tío invitó un poco de alpiste al médico y le preguntó, tal como había visto su condición física, hasta donde podía llegar volando sin agotarse demasiado. El médico no dudó y respondió de inmediato: ¡Hasta la luna! Hermila dijo: ¡Hasta la luna!, ¡Hasta la luna! Ahora resulta que también el doctor es un lunático, dio la media vuelta y le pidió a su hermana que pagara y despidiera al doctor.
Debo decir que era una imagen triste ver al tío adentro de la jaula, recostado en su cama, con un buró de madera lleno de frascos con pastillas (para humanos) y un orinal de cerámica. Ahora, cada vez que entro a una casa y veo jaulas en los patios y miro los canarios gorjeando y saltando de un lado a otro, pienso en el tío de Hermilo y reflexiono acerca de la teoría de la evolución del mono al hombre y de la posibilidad del paso lógico del hombre a ángel.
Yo pensé que estas historias sólo aparecían en las novelas o en las películas, pero ¡no! El tío Macario se soñó pájaro. Lástima que logró su deseo justo en el instante de su muerte. Hermilo dice que ya no alcanzó a decir algo, sólo torció su cabeza como pajarito y se quedó ahí a mitad de su jaula, con sus alas de petate sin abrir.

domingo, 24 de enero de 2016

EL COLETO QUE LLEGÓ A PUEBLA




Una tarde, Luis Alberto Flores Mason llegó a mi casa de Puebla (él, que, sus amigos afirman, no le gustaba viajar). Ayer me enteré que Luis Alberto falleció. En el muro del Facebook de Rolando Villafuerte me enteré de su muerte. Qué pena.
Cuando alguien radica fuera de su tierra natal, extraña todo lo que dejó. Así me sucedió el tiempo que viví en Puebla. Por eso, cuando alguien de mi tierra asomaba su cara en la puerta de mi casa era como un día de fiesta.
En 2005, una tarde, un mensajero de Estafeta tocó mi puerta. Abrí, firmé y volví a abrir (primero la puerta y luego el empaque). Un amigo me había enviado, generosamente, un libro: “Chiapas en la literatura del siglo XX: visión de sus narradores”, una antología preparada por mi amigo Paco Mayorga.
Ahí, junto a Rosario Castellanos, Óscar Palacios, Roberto López Moreno, Leopoldo Borrás, Héctor Cortés Mandujano y muchos destacados narradores, estaba Luis Alberto, con un cuento llamado “La Cornada”.
Nunca había leído algo de él. Digamos que la referencia más cercana fue la opinión del mismo Francisco Mayorga: “Un excelente cuentista que se ha difundido poco”. Mayorga agregaba: “Cabe la posibilidad de que sea con los más jóvenes, entre quienes destacan Luis Alberto Flores Mason, Héctor Cortés, Alejandro Aldana Sellschopp, Karla Morales, María Luisa Armendáriz, Nadia Villafuerte y Fernando Domínguez, que se den los pasos a seguir para que el cuento pueda tomar el camino hacia la posmodernidad del cuento mexicano actual”. Mayorga no escatimaba el monto de la apuesta por la literatura de Luis Alberto.
Ayer que me enteré de su muerte, fui al librero y busqué “Chiapas en la literatura…”. Lo hallé. Estaba entre una antología del cuento cubano y “La puerta de la luna”, un libro choncho que reúne muchos cuentos de Ana María Matute.
Releí el cuento del escritor coleto, un poco siguiendo la sabia recomendación que dice que el mejor homenaje a un escritor fallecido es releer su obra.
La anécdota del cuento es sencilla, narra la muerte de un sacerdote, cornado por una vaca que escapó del rastro. El narrador cuenta a su hermano menor los pormenores de la empitonada, lo cuenta (se presupone) en presencia de la mamá de ambos, quien sanciona el lenguaje irrespetuoso que puede darse en la narración y que el autor contiene. Con ello logra un juego verbal agradable. Luis rescata palabras onomatopéyicas que se emplean en los Altos de Chiapas (“La vaca de repente levanta la cabezota, le clava los ojos al padre Julián, rasca el suelo y ¡tucutún, tucutún! (…) y ¡prangam!, hasta allá fue a dar el pobre”), así como expresiones populares (tal vez algo excesivas); entrelazadas con alusiones literarias universales. Ejemplo de esto último es cuando el narrador dice que el padre Julián murió a las cinco de la tarde y pone entre paréntesis “(Como diría Federico)”, todos los lectores sabemos a qué Federico nos remite. Todo el cuento es un guiño al mundo de Federico, porque la empitonada tonta de una vaca corriente, tiene guiños al mundo del toreo. Basta decir que el hermanito se llama Fermín.
Sí, disfruté el cuento en mi casa de Puebla. Hallé que su virtud era la anti solemnidad. Está narrado con desparpajo.
Sé que el maestro Rolando Villafuerte extraña la ausencia física de su gran amigo. Por ello no entenderá (así como yo no entiendo su dolor) que ayer Luis estuvo, de nuevo, en mi casa, ahora en la casa de mi pueblo natal. Y volví a saludarlo y volví a gozarlo. Estuve a punto de decirle que lo estaban buscando en su pueblo, que volviera, pero supe que él ya caminaba por otras veredas y que, de paso, había hecho una escala en mi casa.
Ahora, maestro Villafuerte, como vivo en mi pueblo, ya no extraño las cosas de Chiapas, me basta alargar la mano para tocar las nubes, los pájaros y los árboles. Pero, eso sí, cada vez que estiro la mano siento algo como una fiesta en mi corazón. Es mi manera de agradecer a la vida la oportunidad de vivir acá, de estar junto a mi gente, de tener la dicha de volver, sin regateos, a Luis.
Paco escribió acerca de Luis: “Un excelente cuentista que se ha difundido poco”. Tal vez es cierto. “La cornada” es un cuento agradable. ¿En dónde están sus demás libros de cuentos? Es una pena que los autores de Chiapas tengan tan poca difusión en su estado; es una pena que los lectores tengamos escaso conocimiento de nuestros autores chiapanecos. Tal vez ahora (más vale tarde que nunca) las autoridades culturales de su pueblo reediten sus obras y el nombre de Luis camine con la misma naturalidad con que el escritor camina en esta fotografía, que, por cierto, robé del muro de Rolando.
Una vez, un coleto llegó a mi casa de Puebla. Ahora está acá, en mi casa de Comitán. ¡Luz infinita para él!

sábado, 23 de enero de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE YALCHIVOL




Querida Mariana: Hay comitecos que dudan entre escribir Yalchivol con v de vaca o con b de burro. No sé con precisión cómo deba escribirse, pero por sentido estético a mí me gusta escribirlo con v de viento, con v de viejo; porque ahí, en ese barrio, el viento se ha hecho viejo de tanto bailar por encima de los tejados. Es un barrio viejo, pero lleno de vida, ¡sí, de vida! Por esto, yo, escribo Yalchivol con v de vida.
José Manuel Ortiz subió esta foto en el Facebook, la compartió con todos nosotros, la lanzó al mundo, para que las personas vieran cómo era Yalchivol en los años treinta, del siglo pasado. ¿Identificás el lugar? Claro, es muy fácil. Al fondo está el templo de la Virgen del Rosario; la calle amplia es ahora un bulevar. No, no, no me quedés viendo así. Sé que en esta fotografía se ve un Yalchivol amplio, generoso. El cielo parece derramarse sobre la calle. Tal vez por esto, en el barrio, mucha gente se dedicó al oficio de hacer ladrillos y tejas. ¡Cómo no! El sol se derramaba sin regateos, bañaba todos los patios y los corazones de los vecinos.
José Manuel dice que halló esta fotografía en el baúl de los objetos de su abuelo. La encontró y decidió no guardársela. A la hora que la subió al Facebook realizó uno de los actos actuales más prodigiosos: la compartió con todo el mundo. A la hora que la vi, de inmediato subí a mi auto y fui al barrio. Traté de colocarme en el mismo lugar y supe lo que ahora vos me decís: la modernidad quitó un poco de patio al sol para que jugara, pero (hay que decirlo) el bulevar actual no es feo, tiene árboles, está cuidado. Los vecinos del barrio se han caracterizado (espero que siempre sea así) por ser solidarios y buenos vecinos, siempre están unidos. Esto de la inseguridad no es cosa de ahora, hubo un tiempo en que los habitantes del barrio de Yalchivol fueron sometidos a una serie de asaltos que los preocupó. Recuerdo que en una asamblea decidieron montar guardias nocturnas. Los vecinos, en autos, recorrían las calles del barrio, en busca de algún maleante. Debo decirte que los maleantes, cuando vieron la unión del barrio huyeron como cucarachas. ¿Qué hicieron los vecinos? Hicieron lo mismo que Tierno Galván, el presidente de Madrid, España, propuso hacer. Hubo un tiempo (Dios mío, las cucarachas están por todas partes) en que Madrid se vio asolada por una ola de delincuencia, fue tal la proliferación de ladrones que la gente dejó de salir a la calle, por las noches se guardaba en sus casas, echaba tres llaves y, con temor, esperaba que amaneciera para que las cosas caminaran con la protección de la luz del día. Pero, una buena tarde, el presidente Tierno Galván (que, en efecto, era tierno, pero estaba galvanizado) convocó a los habitantes de Madrid a que no dejaran la ciudad en manos de la delincuencia, los convocó a dejar la televisión por las noches y los conminó a salir, a inundar las calles, a convertirlas en ríos humanos. Los madrileños le hicieron caso, por toneladas (permíteme el término) salieron a las calles y las cucarachas gachas que estaban en los arremetidos de las esquinas tuvieron que replegarse y salir huyendo como lo que eran: cucarachas. Yalchivol se asemeja a Madrid.
¿Ya viste la actitud del muchacho que está en el centro de la fotografía, en primer plano? Está justo en el centro. Su actitud (perdón) es como si retara al porvenir, como si dijera que todo está mero lek y que estará mejor, que nuestro pueblo seguirá conservando lo esencial de su identidad: su voseo, su cantadito, sus chinculguajes y sus huesos estilo Tío Jul.
El muchacho está apartado de los grupos, de quienes, sobre caballos, reciben todo el sol; de quienes, en el fondo algo esperan que suceda en el templo; de quienes están cerca de un cobertizo con techo de madera. Todo parece suspendido en una burbuja limpia. Ahora los habitantes de Yalchivol siguen recibiendo el mismo sol en sus patios, patios en donde todavía (¡qué bueno!), siguen creciendo los árboles que dan tejas y ladrillos; pero, en cambio, sus aires están contaminados, porque ahora (qué pena) el canal que pasa por el frente del atrio del templo lleva aguas hediondas.
¿Quién es el que está al centro? ¿Es el abuelo de José Manuel? Lo importante ahora es que este muchacho representa el centro, el centro de mil novecientos veintitantos, porque acá no hay más. Todo lo demás es como la escenografía que se coloca en una obra de teatro o en la filmación de una película. El actor principal de esta puesta en escena es este muchacho de sombrero, camisa blanca y pantalones de color. Si lo ves bien, querida Mariana, él no adopta una posición de soberbia o sobreactuada, él está con los brazos a los lados, como si posar para una fotografía fuese lo más común del mundo, fuese como un juego más. El fotógrafo le dijo que se colocara al centro (¿Mirás? ¡Al centro!) y él se paró ahí sin ninguna pose, sin saber que en el siglo XXI iba a representar el espíritu de Yalchivol. Porque a la hora que José Manuel compartió la foto con medio mundo, medio mundo vio la plenitud de esa tarde en que el sol doraba los techos y fachadas de las casas que limitaban esa calle generosa en longitud y en anchura. Si ves con atención, querida mía, el muchacho del centro tiene la misma gallardía que la fachada del templo que se recorta a la distancia.
Cuentan que acá se efectuaban carreras de caballos, se improvisaban carriles, la gente se colocaba a los lados (casi repegados a las fachadas de las casas) y, a la orden del juez, los jinetes (uno a cada lado de los carriles) alentaban a sus cabalgaduras y la carrera comenzaba. La gente aplaudía, gritaba, levantaba sus brazos con los sombreros en las manos y los de más adelante sacaban las cabezas para ver en dónde venían los contendientes; en las barracas que colocaban al fondo, los hombres bebían cerveza y ahí eran pagadas las deudas del juego que eran deudas de honor.
Así era la diversión de esos tiempos, tiempos sencillos, alejados de las vainas complejas de hoy.
Si a los personajes que están en esta fotografía los colocáramos en otro contexto los lugares de privilegio se modificarían. El muchacho (perdón) no tendría ningún peso específico ante uno de esos señores que montan caballo. La ropa que viste el muchacho es una ropa modesta; por el contrario, el señor que monta el primer caballo viste ropa de caché y porta un sombrero que nada tiene que ver con el sombrero sencillo que tiene puesto el muchacho. Basta decir que ser propietario de un caballo es signo de estatus. El muchacho no tendría mayor relevancia en una fotografía donde los de “clase” estuvieran posando para el retrato de una boda o de un festejo social de relevancia. Y sin embargo, como si dijésemos que muy pocos recuerdan el nombre del Papa que mandó a pintar la Capilla Sixtina, pero todo mundo sabe y reconoce el nombre de Miguel Ángel y lo repite con emoción. Así (valga la comparación) esta fotografía logró privilegiar la figura del muchacho que está en el centro y difuminó a todos los demás personajes. Esto es un mérito indiscutible del fotógrafo, quien, como si fuese un sencillo Miguel Ángel, privilegió lo que realmente importaba: ¡La calle anchísima y generosa!, ¡la magnificencia del templo!, ¡el horizonte claro e impecable!, y ¡la figura del muchacho que le otorga la grandeza a esta fotografía!
Cuando José Manuel subió la foto respiré profundo y sentí que una mano me jalaba y me transportaba hasta ese lugar, hoy apenas identificable. La vida cambia a cada instante; la vida es un parpadeo. Así nos lo demuestra esta fotografía. Si vamos a Tenam-Puente nos emociona la rotundez de las pirámides y nos desalienta saber que quienes las idearon y construyeron ya no existen. Los hombres alimentan sueños, éstos crecen mientras los inventores se deshacen y se vuelven polvo.
Acá nos queda esta fotografía. Tal vez sólo el templo permanece erguido. Todo lo demás se ha caído, todo lo demás ya está enchuecado para siempre. Tal vez el muchacho del centro ya no vive (si vive tiene más de noventa años), pero acá está, con la fortaleza de las torres del fondo, con la fortaleza del espíritu indeclinable del barrio de Yalchivol. Si tuvo descendencia, sus descendientes son como los rayos del sol que siguen iluminando los patios donde se secan los ladrillos y las tejas. Tal vez el muchacho es el abuelo de José Manuel y hoy está más vivo que nunca.

Posdata: Hay decenas de fotografías en baúles. Todo mundo debería hacer lo que José Manuel hizo, sacarlas del polvo y airearlas, dejar que les dé la luz. Estas piezas son fundamentales para armar nuestro rompecabezas. Cada recuerdo completa nuestro ramo de luz. Todo mundo debería seguir el consejo del alcalde de Madrid: ¡Salgamos a las calles, las inundemos de recuerdos! Así, las cucarachas del desaliento se irán hacia otros huecos.

viernes, 22 de enero de 2016

LECCIONES NO APRENDIDAS




Nunca lo aprendí, nunca entendí las lecciones que la vida me ponía frente a mi cara todos los días. ¿Por qué a Juan, que era un niño rico grosero y prepotente, Santa Clos le traía una retahíla de juguetes y a Mario, que era un niño bien portado, humilde y servicial, el tal Santa nada le traía la noche buena?
¿Por qué Alfonso, quien siempre fue el más bobo de la clase, ahora trabaja en la Secretaría de Salud en una Dirección y Josué, quien siempre sacó dieces en todas las materias y obtuvo la beca de excelencia durante toda la secundaria, ahora, ¡con qué trabajo!, tiene un puestecillo de segunda?
Nunca lo entendí. Así como ahora mi esposa no entiende por qué yo no tengo un mejor trabajo. Ella dice que hable con Juan José, quien fue uno de mis mejores amigos en la infancia y ahora es Diputado Federal. “¿Por qué no le pides que te ayude? ¿No ves que a Miguel sí lo apoyó y ahora Miguel tiene una casa bien bonita y un carro del año? El otro día, Malena me mostró las fotografías de su último viaje a Disneylandia. ¿Y nosotros? Tiene muchos años que no salimos de vacaciones. Ya nuestros hijos se hicieron grandes y jamás les cumpliste la promesa de llevarlos a la playa. Me da coraje que seas tan sin ambiciones. Lo vuelves chiste cuando dices que no pasas de Chacaljocom, pero es cierto: ¡no pasamos de Chacaljocom, porque nunca tenemos dinero!”. Y cuando vomita su rencor y coraje, cambia el tono y, como si fuese súplica, me dice que deje a un lado mi soberbia y que pida una cita con el Diputado, que le lleve una bolsa de café y, sobre todo, que le lleve el álbum de fotos donde aparecemos durante los viajes que hicimos a Los Lagos, viajes a los que nos llevaba mi papá, en la vieja Willys que tenía. Ella recuerda que en ese tiempo, Juan José con trabajo tenía para un par de tenis. “Tu papá le daba para que fueran al cine, tu mamá lo invitaba a cenar casi todos los días”, insiste. Y cuando estoy a punto de preguntarle cómo ella sabe todo eso, me dice que mi mamá le ha contado que la mamá de Juan José trabajaba como sirvienta en la casa de mi madrina Herlinda, que, en varias ocasiones, mi mamá tuvo que prestarle para que ella comprara los útiles escolares de Juan, porque ni para eso tenía. ¿Cómo, si su papá era un pobre albañil? Claro, dice que yo no debo recordarle nada de eso. Cuando él me dé un abrazo y me diga que me siente en el sillón de cuero, en su oficina, yo debo decirle que le tengo un regalo y darle el álbum donde debo llevar copias de todas las fotos (debo poner al principio, dice ella, la foto donde estamos él y yo, abrazados y tenemos como fondo el Lago de Montebello). Poco a poco, me dice, debes bajarle sus defensas de político y hacer que renazca el afecto que se tuvieron, seguro que conforme vea las fotografías se irá sintiendo cómodo y verás que cuando menos lo pienses, ya están riendo y él diciéndote que tú fuiste su mejor amigo y que tus papás siempre lo atendieron bien. En ese momento, debes contarle de tu situación y, como amigos que son, pedirle que te apoye, en recuerdo de los buenos tiempos y en recuerdo de éstos, en los que te sientes orgulloso de lo que él ha logrado. Ella dice que debo decirle dos o más veces que me siento orgulloso de su amistad y de que basta una palabra suya para hacer que mi (nuestra) situación económica cambie. ¿No quieres que tus hijos, igual que los de él, estudien en una buena escuela?, me pregunta y yo no sé qué contestar. ¿Cómo decirle que no soportaría un rechazo de parte de él? ¿Cómo decirle que el otro día lo hallé en un mitin político y, contra mi costumbre, me deslicé entre la multitud hasta alcanzar la primera fila y él me vio y cuando yo vi que me veía alcé la mano y sonreí y él alzó también el brazo y saludó y vi que venía hacia mí y yo, feliz, esperé su llegada, pero él se acercó a saludar a una muchacha que estaba dos lugares a mi derecha? El diputado estiró su pescuezo y saludó de beso a la muchacha que, igual que todos los demás, estaba detrás de la valla que siempre ponen en el parque cuando viene algún político de relevancia. Yo cambiaba de colores, pero nadie se dio cuenta. Cuando el diputado terminó de saludar a la muchacha, vio hacia la muchedumbre, alzó el brazo y sonrió. En ese momento (pero esto no puedo decírselo) dije: ¡Juan José!, y él me vio. “¿Alejandro?”, dijo él, con cara de asombro. “¿Alejandro, eres tú?”. ¿Qué iba a decir? Dije que sí, sí, soy yo y sonreí. “Alejandro, es increíble”, dijo él y volvió la mirada hacia el palacio, alzó el brazo, como si alguien lo llamara y dijo, ya caminando, ya corriendo: “Llámame”. Iba a decirle que sí, pero escuché que la muchacha que estaba a mi derecha, recargada sobre el barandal de la valla, dijo: “Sí, te llamo en la noche”. La multitud levantaba unas banderitas de papel de china.
Nunca lo aprendí. Jamás he entendido las lecciones que la vida me pone frente a mi cara. Juan José, igual que Alfonso, siempre fue el más bobo en el salón de clase.

miércoles, 20 de enero de 2016

UN HOMBRE LLAMADO DOMINGO




El otro día me dijeron que Domingo ya no está en Comitán. Se fue. Era su deseo, su gusto. Ojalá que le vaya bien, ojalá que llegue hasta donde quería llegar.
Domingo se paraba a mitad de la cantina, con su pantalón de mezclilla a mitad de la cadera, como si imitara a Cantinflas, levantaba las manos y decía: “Me llamo Domingo y ¿qué creen? ¡Nací en sábado!” y echaba la carcajada como si fuese un chorro de agua.
La gente quiere a Domingo. Muchos lo van a extrañar. Siempre estaba pendiente de las señoras que cargaban las bolsas en el mercado, siempre solícito ofreciendo sus servicios que le retribuían con una moneda de diez y con alguna fruta que él pedía y sacaba de las bolsas.
Yo lo recuerdo en la cantina, porque después de estar toda la mañana cargando bolsas, más o menos a la una suspendía su labor, se sentaba en la entrada del templo de Santo Domingo y contaba las monedas que había recibido. Una vez le pregunté por qué se sentaba en la puerta del templo y él dijo que nunca faltaba el que pensaba que estaba ahí pidiendo limosna y le aventaba una moneda más. Hecha la labor de contabilidad, caminaba por la segunda y bajaba hasta la tienda de doña Elpidia, quien, como se sabe, vende trago de Tzimol, de ese que le llaman hinchapié. “¿Qué hay, Mingo?”, preguntaba doña Elpidia, mientras se agachaba por detrás del mostrador de madera para sacar la botella de cuarto que era costumbre. Lo mismo, pero diferenciado, decía Domingo. Cuando escuché por primera vez esa frase pensé que era una genialidad: Lo mismo, pero diferenciado. Sí, eso que algunos llaman cotidianidad no es más que la misma historia, pero con sutilezas.
Ya con la botella adentro de su chamarra (una chamarra tejida en Chiconcuac, a la que Domingo le había costurado una bolsa por dentro para que llevara su botella), se despedía de doña Elpidia con su clásico: “Si no nos vemos, nos escribimos” y soltaba la carcajada.
Subía por la segunda y llegaba hasta la cantina “La última”, se sentaba en la mesa del rincón y esperaba que Manuel le sirviera la caguama de siempre, la de todos los días. Cuando alguien le reclamaba a Domingo que tomara entre semana, él decía: “Adió, jodido, caso soy albañil para tomar sólo los sábados”.
Debo acá decir que Domingo jamás fue ofensivo. Nunca molestó a nadie, él tomaba tres caguamas y salía tatarataeando con rumbo a su casa. Jamás dio un grito de más o una exclamación de esas que es costumbre en los borrachos malcriados. Lo más que hacía era pararse a mitad de la cantina, subirse con dos manos su pantalón y decir: “Me llamo Domingo, nací en sábado y ¿qué creen? Me casé con una mujer que se llama Primavera” y echaba la carcajada como si fuese un guajolote en medio del campo y volvía a sentarse.
El otro día me dijeron que se fue. Pregunté por su familia y me dijeron que ellos quedaron acá, que Domingo les dijo que si logra pasar al otro lado, les enviará muchos dólares, para que los guarden y cuando reúnan lo de un terrenito lo inviertan. Cuando le digan que ya tienen el terreno él les mandará para que paren una casita y cuando la casita ya esté parada, que le avisen para que él trabaje más y ahorre para que cuando regrese abran una tienda y él no tenga que seguir cargando bolsas en el mercado. Me dijeron que dijo que ya se siente cansado, pero que allá dará el último estirón.
Lo más que hacía en la cantina era cantar. No gastaba su paga en la rocola, no. Dejaba que alguien de otra mesa se parara y pusiera alguna y si se la sabía (si era de sus tiempos) la cantaba, así quedito, como si no quisiera ofender, como si quisiese pasar inadvertido. Cuando Manuel le pasaba la cuenta, Domingo, sin chistar, metía la mano en la bolsa y pagaba lo de las tres caguamas. Ponía los billetes sobre la mesa con una dignidad como si estuviese pagando en la notaría las escrituras del terreno donde levantaría su casa. Se levantaba ya un poco nublado y se despedía de Manuel: “Si no nos vemos, nos escribimos”, y caminaba por en medio de las mesas, apoyándose en las sillas, tatarateando.
¿No te molesta que te molesten?, le pregunté un día. Me dijo que no, que para él no era molestia que los comitecos lo molestaran, decía que nosotros así somos de por sí, jodones. Me dijo que no podía enojarse si era cierto lo que decían, por eso, ya con una caguama se paraba a mitad de la cantina y decía: “Me llamo Domingo, nací en sábado. Me casé con una mujer que se llama Primavera y ¿qué creen? Tengo dos hijos: uno se llama Julio y la otra Abril. Así entonces, tengo nombre de día, estoy casado con una estación del año y mis hijos son meses”, y echaba la carcajada como si fuese una piedra en medio de un alud.
Me dijeron que se fue. Fue a intentar su sueño. Ojalá que lo logre. Como es seguro que no nos vemos, ojalá nos escribamos.

lunes, 18 de enero de 2016

NOTA PARA VIAJEROS




Si algún día (ojalá) llegan a Comitán, hallarán este letrero. Lo hallarán en el portal que está frente al parque central. Está colocado en la parte superior de la puerta de acceso al local. Corresponde al anuncio de un restaurante de tradición en el pueblo: “Acuario”. Su propietario es Alex, que tiene más de mil años en el oficio (es una exageración que pretende ser un elogio). Cualquiera de ustedes podrá pensar que al letrero (con letras de madera) se le cayeron las dos letras finales (o una, en caso de que la palabra deseada fuera Restaurant). ¡No! No es así, permítanme decirles que en Comitán, en muchos casos, a los restaurantes se les nombra así: Restaurán. (En todo caso, ya se dieron cuenta que le falta la tilde); hay, incluso, algunas personas que dicen: Restorán. Los jóvenes juegan con esta palabra y la convierten en sinónimo de “Un resto” (que se aplica, ¡ay, Dios mío!, cuánta vuelta, como sinónimo de bastante). Por ejemplo, si la muchacha bonita, en el parque de San Sebastián, comiendo una paleta de chimbo, pregunta: “¿Me querés?”, el chavo, comiendo un jocote encurtido, dice: “Clarines, te quiero un restorán”.
Para los comitecos este letrero es cotidiano. La gente pasa y no lo ve con atención; la gente entra al restaurante, pide la carta y elige un platillo. Nadie (¡Por el amor de Dios!) piensa por qué ese restaurante se llama Acuario. Perdón, hay alguien que sí reparó en tal detalle: mi sobrina Pamela. ¿Les cuento? Ella y yo íbamos al Teatro de la Ciudad, íbamos a ver una función de títeres (a ella le encantan los títeres, bueno ¡a todos los niños les encantan!). Caminábamos tomados de la mano. Platicábamos ya no recuerdo qué, pero sí recuerdo que íbamos contentos, apresurados porque ya estaba por iniciar la función, pero contentos. De pronto, ella se paró (¿Cómo, Dios mío, vio hacia arriba? No lo sé) y me preguntó: “Tío, ¿qué pasa con los pececitos cuando restauran un acuario?” Iba a preguntarle a qué venía esa pregunta, porque era como si, un segundo antes, platicáramos de dinosaurios y luego pasáramos a platicar de delfines, pero yo también vi hacia donde ella había mirado y entendí. Claro, ella había leído de manera correcta el letrero: Restauran Acuario. ¡Nada!, dije, los pececitos siguen en sus jaulas de cristal, porque los llevan a otra parte, mientras terminan de hacer las adecuaciones al local. “¿Este acuario tiene pirañas, tío?”. No, no creo (pensé que tal vez sí tenía mojarras, pero me dio pena decirle a Pamela que las sirven fritas con rodajas de cebolla), no, pirañas ¡no! Ya habíamos llegado a la puerta del teatro, una señorita con blusa roja me pedía los boletos para dejarnos entrar; ya habíamos entrado al vestíbulo, cuando mi sobrina siguió con sus preguntas: “¿Tiene delfines?” No, ¡cómo crees! “¿Entramos al acuario cuando salgamos de la función de títeres?”. No. Si lo están restaurando no hay nada qué ver. “¿Entonces, por qué había gente adentro?”. De pronto no supe qué decir, el juego estaba entrando a un terreno pantanoso. Me sentí como un bobo. Era tan fácil decirle que el letrero estaba mal escrito y que eso era un restaurante. Pero, a la vez, me sentía contento, porque ella y yo jugábamos con la ilusión de que, como en lugares cercanos al Sena, en París, en Comitán había un acuario frente al parque central. Ya habíamos elegido nuestros lugares y esperábamos (junto a cien personas más) el inicio de la función; ya habían dado la segunda llamada, segunda. Pamela me preguntó si yo había estado junto a un delfín alguna vez en mi vida (Quise bromear, pero no lo hice, porque cuando estudié en la Ciudad de México había una serie de autobuses urbanos que se llamaba “Delfines”, pero no lo hice porque era un chiste para viejos). No, dije, nunca. Pamela me contó que ella sí había estado en un acuario, en un viaje que hizo a Miami y que había estado frente a un delfín, que éste había pegado su trompa al cristal y que ella había avanzado su mano para tocarlo. Había tocado el cristal, pero el animal sonrió, como si hubiese sentido la calidez de la mano de ella. “Los delfines son muy inteligentes”, dijo, me vio muy seria y luego agregó: “Tú eres inteligente, pero muy bobo. ¿Qué no ves que el letrero tiene errores?”, y rio. Yo me ruboricé. Ya una voz en off decía: ¡Tercera llamada, tercera, comenzamos!

domingo, 17 de enero de 2016

AL CÉSAR LO QUE ES DE PÉREZ




Mario siempre repetía frases y refranes comunes, pero todo mundo se las celebraba. A veces entraba al salón, levantaba los brazos y decía: “Al que madruga, le toca la pechuga”. Las sonrisas asomaban en las caras de todos, luego completaba: “Aunque no por mucho madrugar, se cuece el pollo más temprano”.
En esta fotografía aparece, entre otros, César Pérez. Amín dice que es el mejor fotógrafo de Comitán. César no es de Comitán, pero radica en esta ciudad, desde hace algún tiempo. Siempre que veo a César recuerdo a Mario cuando repetía ese lugar común que dice: “Al César lo que es del César y a Dios… adiós, que te vaya bien”.
Lo que Amín dice ¿es un poco dar al César lo que es del César?; es decir, ¿otorgar el valor que tiene su oficio? Creo que lo que dice Amín es un exceso, pero sí puedo asegurar (junto con él) que las fotografías que toma César rayan en la exquisitez.
Esta fotografía (apenas balbuceo visual) muestra la imagen de un desfile. ¿16 de septiembre? ¿Inicio de la feria de agosto? Por lo que se aprecia en los rostros de las filas, grupos de personas pasan por el frente y todo el campo visual está completo. Los rostros muestran una laxitud cercana a la armonía, a la tranquilidad. Si nos exigiesen hacer una lectura de esos rostros diríamos que, las personas, están disfrutando el instante, a pesar del sol, a pesar de la cercanía de cuerpos que, siempre, provoca un malestar no definible. Basta ver al muchacho de lentes, con playera azul, y a la muchacha de playera roja que está delante de él, para saber que hay un disfrute. No es la manifestación del aficionado cuando el delantero de un equipo anota un gol, no, no es la catarsis plena. Acá, se advierte que nadie espera que suceda un acto sorprendente. Es, apenas, el paso de contingentes, muy cercano a cuando alguien se sienta en la banqueta y mira el paso de la gente. La diferencia de este acto es que son contingentes convocados para hacer un paseo especial. ¿Es acaso el día en que se celebra la entrada de flores en honor a San Caralampio?
En primer plano está César, con su cámara. A pesar de que en estos tiempos todo mundo tiene un teléfono celular con cámara, sorprende que nadie más está preparado para tomar una fotografía, como sí lo está César. Se advierte, es notorio, que César está -¿se vale el símil?- como águila esperando “la presa”. Su mirada está concentrada en los contingentes que avanzan. Estos instantes son prodigiosos, porque su experiencia de años le está dictando el instante exacto en que debe levantar la cámara, enfocar y accionar el obturador, para dar paso a la luz. ¿Ven cuál es el oficio de César? ¡Dar paso a la luz! Todo mundo hace lo mismo cuando toma una fotografía, pero lo sabemos (por eso Amín dice lo que dice) no todo mundo tiene el ojo que tiene el experto fotógrafo, el que se acerca a la perfección. No todo mundo posee la genialidad de un Manuel Álvarez Bravo, de un Gabriel Figueroa. Pocos, en el mundo, tienen mirada de águila; la mayoría, tiene mirada de curguatón. Tal vez por esto Mario decía “El que nace para maceta, del cielo le cae la tierra”, y todos sonreían en el salón.
Ahora que escribo y veo esta fotografía donde está César, pienso que si Mario no les hubiese dado esa pequeña torcedura a todos los dichos y refranes, probablemente ahora no lo recordáramos. Los seres humanos recordamos, siempre, los actos y personas que son sorprendentes, que se alejan de lo común. Mario repetía lugares comunes, pero les daba una pequeña torcedura, con lo cual adquirían un brillo instantáneo que no existía antes. Mario entraba al salón y soltaba los refranes, con la misma facilidad con que el cohetero lanza una bengala al cielo que, de pronto, se ilumina sin más. Amín dice que César no es un simple convocador de la luz, dice que hace la luz de manera permanente.
Siempre que veo a César lo imagino como el águila que está pendiente de lo que sucede “allá abajo”, porque, uno debe entender que los artistas no están en el mismo banquillo de los demás mortales. Es comprensible, los fotógrafos, como César, se suben en escaleras para hacer tomas desde lo alto o vuelan en helicópteros o se tiran debajo de las mesas o en las trincheras que abren los guerrilleros. Los fotógrafos tienen un imperioso oficio: accionar el obturador para hacer ¡la luz! Por eso ahora recuerdo cuando, a las siete de la noche, Mario entraba al salón, gritaba “Hágase la luz” y accionaba el apagador y nos dejó en la oscuridad. César, dice Amín, y yo doy fe, hace lo contrario: ¡Exorciza la oscuridad!

sábado, 16 de enero de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE TÍO BELIS




Querida Mariana: Los comitecos somos respetuosos. Con el tiempo (qué pena) hemos perdido un poco los valores de antaño. Por esto, cuando vemos fotografías de tiempos pasados vemos ríos más limpios. Ver una fotografía de la Ciénega, de los años cincuenta, por ejemplo, es ver un espacio lleno de aves y de árboles. Ahora, cuando vamos al Río Grande, vemos agua sucia, contaminada, que expele un olor a caca insoportable. Bueno, ¿qué otro olor puede expedir, si muchos albañales descargan en su lecho?
En Comitán, muchas personas (con excepción de quienes son protocolarios o que ostentan un cargo político muy importante), cuando se refieren en plano coloquial a la figura del doctor Belisario Domínguez, dicen: “Tío Belis”. ¿Quién no ha escuchado hablar del Cerro de Tío Belis? Este cerro no es otro que el cerro Nehuestic y mucha gente sigue llamándolo así, porque hubo un tiempo en que ahí estuvo la estatua de Belisario Domínguez (que hoy está en la entrada de nuestra ciudad).
Los comitecos somos respetuosos de la imagen y de la historia de Belisario Domínguez. Reconocemos en él a uno de los mexicanos que nos legó una lección de valor cívico. Tuvo el arrojo de señalar las trapacerías y atrocidades que cometía Victoriano Huerta en contra del pueblo de México. Se quería mucho valor para decir lo que dijo, y él lo hizo. Entonces, decirle Tío Belis no es una falta de respeto, es la manera que tenemos los comitecos de acercar su imagen a nuestra identidad. Acá en Comitán le decimos tío a don Rami que vende raspados; le decimos tía a doña Elenita, que atiende la tienda escolar; le decíamos tía a doña Petra, que vendía las tostadas más ricas, allá por la subida de San Sebastián; le decíamos tía a doña Lolita, quien proveía de muchachas bonitas a toda la bola de viejos y muchachos calenturientos en los años setenta. ¿Por qué tío o tía? Porque es el trato afectuoso hacia quienes consideramos nuestros más cercanos. Después de los padres, los tíos son quienes están más cerca de nosotros.
El otro día escuché a un político molestarse porque alguien dijo: “Allá está la casa donde vivió tío Belis”. Ah, cómo se enronchó. Pareciera que le hubiera salido sarpullido porque su cara se puso como un tomate, del coraje. Tranquilo, le dijo otro amigo (que no es tan entregado) y le explicó que es más irrespetuoso escuchar a un político hablar del legado de Belisario Domínguez, cuando con sus actos desdice mucho del ejemplo de nuestro héroe. Y no se quedó ahí, fue más allá, dijo que era una total falta de respeto lo que había hecho el Senado (atendiendo las órdenes del Presidente de la República) al otorgarle la medalla Belisario Domínguez a un oligarca. ¿Cómo premiar a quien está del lado de los opresores, cuando Belisario luchó por los desposeídos? El tipo, muy molesto, se quedó callado, dio la media vuelta y se retiró del patio donde platicábamos.
Por eso, querida mía, comencé diciendo que los comitecos somos respetuosos de la memoria de Belisario Domínguez. Darle el trato de tío no hace más que hacerlo nuestro. Algunos políticos han usado (mal usado, abusado) su memoria y lo ponen de ejemplo, cuando en la realidad estos políticos ensucian a cada rato su legado.
El otro día hallé en el Facebook esta fotografía que te anexo. Es la fotografía de portada de un disco de la Internacional Marimba Orquesta Águilas de Chiapas (que tanto prestigio ha dado a nuestra región). La fotografía la encontré en la Fan Page de “Comitán, personajes, sociedad y cultura”. Es una fotografía que me hizo reflexionar en dos vertientes; la primera: el recuerdo imperecedero de don Límbano Vidal, creador de este grupo musical; y la segunda: el hecho de que la figura en bronce que ahora está en el interior del palacio municipal estaba en el parque, más o menos, por donde está el asta de la bandera.
¿En qué momento se trasladó la escultura de tío Belis al interior del palacio? ¿Por qué? Sin duda que la autoridad que realizó el cambio pensó que el lugar más digno era el interior. Tal vez pensó que si seguía expuesto al paso y mirada de todos, podría terminar grafiteado (hazaña de algún chavo artista urbano) o pintarrajeado por un integrante embozado de alguna organización. Sí, adentro del palacio, la figura de don Belisario está más protegida, pero tiene un pero. ¿Cuál es el pero? El hecho de que no está a la vista de todo el mundo, como sí lo está, por ejemplo, el busto de Rosario Castellanos que está frente al Teatro de la Ciudad. El hecho de que esté resguardado, pero semi oculto, es desventajoso, porque impide la cercanía. Se dice que el palacio municipal es la casa del pueblo y todo mundo puede entrar, pero esto no es así en el plano de la realidad. Como cualquier edificio público del mundo, éste también tiene restricciones y permanece con puertas cerradas durante algunos días y por algunas horas. Tío Belis está sujeto a este encierro.
Digo que, al paso del tiempo, el respeto ha perdido el brillo anterior. Seguimos siendo respetuosos, pero ya sin la cortesía de antes. Ahora, los alumnos siguen siendo respetuosos ante los maestros, pero de manera más distendida; lo mismo sucede con los hijos y los padres, aquéllos siguen siendo respetuosos, pero ahora, más relajados.
No lo percibimos a cabalidad, pero nuestra relación con tío Belis también ha cambiado y esto no es bueno. Hay intentos de los poderosos por levantar muros y por apropiarse de la figura en intento de eliminarle el polvo de pueblo que le da la pátina gloriosa. Los jóvenes de ahora no lo saben, pero hubo un tiempo en que la estatua de don Belisario (antes de que la llevaran al entronque de la carretera internacional con la carretera a Tzimol y luego al cerro y luego la bajaran al lugar en donde ahora está) estuvo en el parque central, en el corazón de la ciudad, en el mero centro del parque. Ahí, todo mundo veía ese gigante, porque su altura era desproporcionada con la arquitectura circundante. El lugar original fue ese: el centro del parque. Ahí todo mundo lo veía, todo mundo se cobijaba ante esa figura imponente. Cuando algún visitante llegaba al parque central de Comitán lo primero que asomaba (un poco como si fuese la Torre Eiffel, en París) era la figura de tío Belis (todo mundo le decía así). Nos valía madres que algún político frunciera el ceño, porque esa figura era nuestra, era de Comitán y Comitán, también, era nuestro. Un mal día quitaron la estatua del parque y la llevaron volanteando por todos lados (Hubo un tiempo, qué pena, que estuvo tirada, ¡sí, tirada!, en el entronque de la carretera. Eso sí era falta de respeto).
En esta fotografía se ve que, de igual manera, la réplica de la imagen en bronce que está en el Senado de la República, también estuvo a la vista de todos, pero, ¿quién sabe en qué momento?, algún poderoso decidió “guardarla y protegerla” en el interior del palacio donde ahora está. De hecho, ahora, cuando hay un homenaje en su memoria no todo mundo tiene acceso. Se adueñaron de dicha imagen. Y no satisfechos con eso, no falta el político que para la nariz cuando un comiteco dice: Tío Belis.
Nadie debe enojarse cuando el mundo dice que este pueblo es conocido y reconocido, más por Rosario que por Belisario. Siempre se pone el ejemplo de Japón, ¿quién en aquel país conoce a Belisario Domínguez? ¿Dos, tres? ¿Quién conoce a Rosario Castellanos? Muchos. ¿Por qué? Fácil, porque “Balún-Canán” está traducido al japonés. Pongo las manos al fuego cuando digo que conocí a más de dos japoneses que visitaron Comitán porque habían leído la novela de Rosario. Y ahora, más a nuestro favor, porque Rosario sí está en una esquina del parque central y don Belisario Domínguez ya desapareció. Esto, que pareciera una intrascendencia es de suma importancia, porque los niños y jóvenes se quedan sin referentes. Ya no hay héroes cercanos, ya no hay historias de civismo, ya no hay valores ni ejemplos a seguir. Las calles se llenan de pendones que invitan a ir a conciertos donde se presenta “La Trakalosa” o “Julión Álvarez”. Poco a poco nos van quitando la patria, que era nuestra; poco a poco nos van quitando los paisanos ilustres que nos eran tan cercanos. Los poderosos se enojan cuando, al referirnos a Belisario Domínguez, decimos Tío Belis. Hasta esa cercanía nos quieren quitar.
El logotipo de la nueva administración usa la imagen de Belisario. Cuando fue presentado nadie dijo algo en contra, todo mundo pensó que era bueno usar la imagen, nos acercaba de nuevo hacia la figura del héroe comiteco. Los niños, probablemente, preguntarán quién es ese señor y los mayores explicarán. Ahora es deseable que, con sus actos, las autoridades honren y respeten esa imagen. ¡Que así sea!

Posdata: Deberían sacar diez los alumnos que, ante la pregunta de quién escribió “Balún-Canán”, respondieran: ¡Tía Chayo! ¿Quién dirigió la mejor marimba de la región? ¡Tío Límbano!

viernes, 15 de enero de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON MORALEJA INCLUIDA




Sucedió al mismo tiempo. Los dos pájaros (pequeños) volaban juntos y se posaron al mismo tiempo en el árbol, pero como si buscaran enviar moralejas y lecciones cursis al mundo lo hicieron en lugares diferentes. En esta foto se aprecia el pájaro que decidió (quién sabe por qué) posarse en la mera punta, un poco como si fuese de esos focos rojos que alertan a los aviones en la parte más alta de las antenas. ¿Y el otro? Ya dije que los pájaros volaban juntos, pero hubo un instante en que se separaron, de igual forma que lo hacen los aviones cuando sobrevuelan un desfile militar; uno siguió volando en línea recta y el otro se fue en picada a posarse en una rama, en medio de la fronda. Lo hicieron al mismo tiempo, como si esa sincronización estuviese ensayada.
Y digo que todo pudiera ser como una fábula con moraleja incluida y los lectores se preguntaran por el destino del pájaro de arriba y del que se paró a mitad del árbol. Un poco como si se deseara decir que todo mundo tiene la capacidad para decidir si se queda en la medianía o alcanza la cúspide, que es un poco como decir alcanzar el éxito y la fama, prendas tan ambicionadas.
Pero ya Erich Farmerin demostró que todas las moralejas de las fábulas son inoficiosas y (lo dijo botándose de la risa) tal vez funcionan a las mil maravillas en el mundo animal, pero en el humano tales recomendaciones no encuentran cabida. ¿Puedo acá copiar un ejemplo de Farmerin? Pues la fábula de Esopo que cuenta cómo un día la zorra vio unos deliciosos racimos de uvas, pero como no los alcanzó, dijo: “Ni me agradan. Están muy verdes.” La moraleja va en el sentido de que como no pudo alcanzar su deseo buscó un pretexto que justificara su desidia. ¿Debió insistir? ¿Buscar una escalera y hacer malabares? Parece que Esopo esa lección quiso enviar, pero Farmerin dice que la zorra actuó de manera astuta (cualidad que representa) porque dejó que las uvas maduraran, cayeran de tan maduras y luego las recogió del suelo e hizo un vino de gran calidad.
Así pues, quien hiciera una lectura apresurada, probablemente haría una equivocada. Estuve pendiente de ver qué sucedía con ambas aves. La que se quedó a la mitad del árbol se posó en una rama fuerte, brincó de un lado para otro y luego la vi picotear algo, pensé que había hallado comida; en cambio, el ave de arriba, con el remesón del viento se hacía para uno y otro lado, como si fuese una botella arremolinada por el oleaje del mar o fuese el pasajero inexperto de un barco azotado por una tormenta.
Pero, cuidado, tampoco se trata de decir que el ave de en medio tomó la mejor decisión. Ya dije que las fábulas funcionan sólo con los animales. Porque, al menos en este caso, los animales tienen alas y (perdón) aún no se ha registrado el caso de un ser humano con alas, en toda la historia de la humanidad. Los cuentos donde aparecen ángeles sólo funcionan con los seres que no son terrenales. Los terrícolas no tenemos alas, no podemos volar, así que no podemos realizar lo que las aves de esta historia hicieron. Los seres humanos caminamos, nos cuesta trabajo despegarnos del suelo y nadie podrá lograr lo que sí logró el ave de la cima, porque el ave de hasta arriba, a la hora que el viento alcanzó más fuerza, abrió sus alas y voló. Voló al árbol de al lado, ahora su ruta no fue en línea recta, hizo una ligera parábola y se posó sobre una rama fuerte, donde, igual que hizo su anterior compañera, brincó de un lado para otro, como si fuese una niña y saltara la cuerda.
¡No!, por favor, no, tampoco se trata ahora de buscar moralejas y decir que quienes están en la altura reconocen que tal sitio no es el más adecuado para los sueños de las personas y pueden rectificar el camino y ser más humildes. No, ya se dijo que los relatos de animales no son aplicables a los seres humanos. Ningún político arribista desea abandonar la cúspide. Saben que desde allá arriba pueden, al estilo de Rodrigo de Triana, gritar: “¡Tierra, tierra!”, sólo para confirmar su estulticia, sólo para comprobar que de nada les sirvió estar arriba (en el cielo) porque siguen viendo hacia abajo, sobajando a quienes, como gusanos, se arrastran en el suelo.
Ahora sí, estas últimas líneas sí pueden servir para hacer una reflexión, porque se habló de seres humanos.

miércoles, 13 de enero de 2016

ELENA, ÚNICA, PONIATOWSKA




Elena de carne y hueso es amada por medio México; Elena autora también. A mí no me acaba de agradar la de hueso (traumas de juventud que puede sanar un sicólogo, tal vez), pero Elena autora me cae bien. Su libro más reciente “Dos veces única”, confirma mi gusto por su escritura.
Quique fue a México y, como siempre -o como casi siempre-, me mandó un mensaje: “¿Qué libro querés?”. Quique, como siempre (bueno, como casi siempre), me obsequia libros, desde los años ochenta, cuando él seguía en la Ciudad de México y yo ya andaba enraizado en Comitán. Le dije que una novela de Santiago Gamboa (de quien la crítica dice que es el mejor escritor de Colombia, ya muerto Gabriel García Márquez), pero, dos minutos después (vayan ustedes a saber por qué), cambié de decisión y le dije que mejor me obsequiara el más reciente de la Poni. Y Quique cumplió y yo cumplí con leerlo y la Poni cumplió con mis expectativas.
Raúl dice que soy un tonto cuando digo que “tal libro estuvo sabroso”, dice que un libro no es un plato de enchiladas, pero yo sigo empleando el término. Ahora digo que “Dos veces única” es, a mi parecer, un libro sabroso. Tal vez insisto porque creo que hay libros que, igual que las butifarras y los panes compuestos y los huesos de tío Jul, son nutritivos y disfrutables.
El libro de la Poni puso ante mis ojos la vida de la “única” mujer con quien Diego Rivera se casó por la iglesia. ¿Diego Rivera, el pintor que escribió en un mural: “Dios no existe”, casándose por la iglesia? Pues sí, Elena, en este libro, cuenta que Lupe Marín le dijo que regresaría a vivir con él al Distrito Federal si aceptaba casarse por la iglesia. El gordo enorme (por su físico y por su talento) dijo que no, cómo él, siendo agnóstico, iba a hacer tal acto. Lupe le dijo que por eso, porque como él no creía en esos actos éste no tenía mayor relevancia. Y la Poni dice que Diego se convenció de tal argumento y se casó por la iglesia con esta mujer fuera de serie.
Este libro está sabroso porque está lleno de chismes. La Poni (como todo buen escritor) se revela como una gran contadora de anécdotas, de esas que se cuentan a la luz del día, y de las que es necesario prender un quinqué para contarlas en voz baja y fuera de oídos indiscretos. Pero, la maravilla de la literatura es que lo prohibido se muestra con todas sus facetas en medio de un rayo de luz absoluto.
Por este libro asoman las trapacerías de Diego, junto con sus genialidades; las mariguanadas que Frida se mete en la Casa Azul en compañía de muchos amigos, así como su petición a Lupe -genio único en la gastronomía- para que le pase las recetas y ella le prepare un molito a su sapo. En estas páginas aparecen todos los del grupo de Los Contemporáneos, con sus genialidades, ambiciones y derrapes. Acá nos enteramos que el segundo marido de Lupe Marín fue Jorge Cuesta, uno de los integrantes de ese grupo literario. ¿Qué más? Ah, pues vemos cómo era el comportamiento de Salvador Novo (Nalgador Sobo): genial, irreverente, desfachatado, pueril, asqueroso y ruin. Octavio Paz dice que don Salvador (cronista de la Ciudad de México) escribía con caca, y con su caca salpicaba a medio México.
¿Cómo era Lupe Marín? Basta decir que cuando nació Antonio, el hijo que tuvo con Jorge Cuesta, lo nombraba como “El individuo”. ¿Qué madre hace esto? Pues ella, Lupe.
De esto y mil cosas más nos enteramos en las páginas de este libro sabroso, bien escrito. Elena (como buena escritora) no establece juicios, se concreta a darnos un boceto maravilloso de este tronco que se alimentó de Diego. Los juicios los externan los lectores. Acá está puesta sobre la mesa una vida con todas sus luces y con todas sus sombras, unas luces deslumbrantes, unas sombras desgarradoras.
Lupe fue muy diferente a Angelina Beloff (mujer de Diego), quien fue la encarnación de la ternura y de la sumisión; de igual manera no tuvo el talento de Frida, pero tuvo una belleza animal que aturdía la mente de muchos hombres.
Acá, en este libro, la Poni nos lega otro gajo importante de nuestra historia: la vida intensa de una intensa mujer.
¿Podemos imaginar cómo habrá sido vivir al lado de uno de los personajes más importantes del siglo XX, en México y en el mundo? Es difícil imaginarlo. Ya no hay necesidad de ello, basta abrir las hojas de este libro para tener un acercamiento casi de cirujano, porque la Poni con un delicado escalpelo hace disecciones por aquí y por allá y nos muestra que los seres humanos estamos hechos con la misma caca con que don Salvador escribía, pero también hechos con la misma luz con que Diego (en no pocos cuadros) pintaba.
La Elena de carne y hueso no me cae tan bien como la Elena autora. A ella esto le tiene sin cuidado. Pero, en intento de exorcizar demonios digo que una vez Elena estuvo en Comitán, en el auditorio de la Casa de la Cultura. En esa ocasión dio una conferencia acerca de la obra de Rosario Castellanos, en un momento dijo que no se sabía más de nuestra escritora porque ella era un poco reacia a hacer declaraciones de su vida. Al término de la conferencia me paré y le pregunté qué opinaba acerca de una declaración elogiosa que Rosario había hecho de su novela “Hasta no verte Jesús mío”, y la Poni dijo que no era momento para hablar de ella, que estábamos hablando de Rosario. Yo, entonces (en contra de mi carácter tranquilo) levanté el brazo y dije que por eso, después, teníamos huecos, porque ella estaba haciendo lo mismo que Rosario, negarse a hablar. Y, como si fuese un gran torero con el miura echado, me di la vuelta y salí.
No me cae muy bien la de carne y hueso, pero me gusta cuando escribe libros sabrosos, tan sabrosos como el pan compuesto.

martes, 12 de enero de 2016

CÁSCARA DE MANDARINA




El coco ¿es fruta? Su cáscara es, tal vez, una de las más duras. Doña Chencha, que tiene su negocio en una lateral del bulevar, usa un machete para cortar la cáscara y ofrecer agua de coco.
El tío Eugenio decía que le encantaba el invierno porque, en todos los mercados, aparecía la mandarina.
El tío Eugenio fue juguetón. Por las mañanas iba al mercado Primero de Mayo y, en medio de los amontonamientos de personas, elegía a una sirvienta y se colocaba detrás de ella; decía que aprovechaba cuando la sirvienta se agachaba a escoger los ramos de cilantro o los chiles siete caldos.
“¿Sabés por qué me gustan las mandarinas?”, me preguntaba. Cuando le decía que no (lo hacía para que me lo volviera a decir), él decía que por la facilidad con que se pelaban. De él aprendí que hay muchachas que son como las mandarinas, “fáciles de quitarles la ropita”, decía y echaba la risa de pícaro.
Era un tipo sencillo, calenturiento, desparpajado. Cuando lo conocí ya estaba jubilado, no hacía otra cosa que ir al mercado, temprano, y en la tarde ir a sentarse al parque a platicar con los pocos amigos que aún se conservaban con vida, y en la noche entrar al billar, sentarse en una silla y ver a los jugadores de carambola, mientras dormitaba.
La primera vez que el tío me confió su preferencia por la época navideña y su gusto por la mandarina, yo le dije que también el plátano era una fruta fácil de pelar, porque él había mencionado una serie de frutas con la cáscara gruesa que eran difíciles de pelar, había mencionado al coco, a la naranja, la sandía, la piña, el melón, la granada y otras más; incluso decía que el pistache (acá nos metíamos en una gran discusión de si era fruto o no). Él juraba que la mandarina era una fruta amigable, porque se dejaba pelar sin problema. Se enojó cuando dije plátano, me dijo que eso estaba bien que lo dijeran las mujeres, pero no los hombres. “No, no, yo estoy hablando de las frutas hembras”. Entonces también aprendí que hay frutos machos y frutos hembras. Claro, pensé, el plátano es un fruto macho, tal vez demasiado macho. El tío explicaba que la mandarina se abría con una gran facilidad, “así como se abren las muchachitas cuando les hablás bonito”. Luego decía que la mandarina estaba llena de jugo, pero era muy decente, porque no se desparramaba, como sí sucedía, por ejemplo, con el mango. Pelar un mango significa mancharse las manos y la camisa. La mandarina, decía el tío, trae una telita como la tienen las muchachas que no han sido tocadas por varón. Yo lo escuchaba maravillado.
Una tarde, Juanita llegó muy apurada a la casa, preguntó por mi mamá y cuando ésta se asomó por la ventana de la cocina, Juanita se echó a llorar y dijo que su papá estaba muy malo, que estaba agonizando. Yo vi todo desde el corredor, entré a mi cuarto, me puse un suéter y salí con rumbo a casa del tío. En efecto, llegué y todos estaban afuera de su recámara, mi tía lloraba recostada en el pecho de mi primo Hermilo. Se está muriendo, dijo Hermilo, cuando vio a mi mamá. El tío agonizaba. Adentro estaba el sacerdote, dándole la extremaunción. Yo, dentro de mi dolor, pensé que mi tío preferiría que sus últimas imágenes fueran la de una muchacha mandarina y no la del sacerdote pelón y panzudo.
El otro día alguien me preguntó cuál era la época que más me gustaba: dije que eran dos, la de los festejos patrios, cuando México se llena de banderitas y matracas, y la de la navidad, porque (así lo dije) es la época en que aparece la mandarina, fruto con el que rellenan las piñatas. Cuando lo dije recordé a mi tío Eugenio y coincidí con él que las muchachas coco no son de mi agrado, tampoco las muchachas plátano (Dios nos libre). Tal vez las muchachas más hermosas del mundo, son las muchachas mandarina, quienes, como decía el tío, son jugosas y no manchan.