miércoles, 22 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA EN FUTURO DEL PASADO




Querida Mariana: “¿Y si tuviéramos dieciocho en este diecisiete?”. Fue la pregunta que Roberto me hizo. Se refería a la posibilidad de que fuéramos unos jóvenes de dieciocho años en este dos mil diecisiete. Era un simple juego, un imaginar que nosotros, viejos de sesenta y sesenta y dos años (yo soy el más joven), pudiéramos regresar en el tiempo. Era un simple juego, pero yo me aterré. Sin saber bien a bien por qué (si solo era un juego) comencé a sudar y, por un instante, imaginé tal posibilidad y sentí miedo, un poco como si el genio apareciera y me preguntara si quisiera volver a ser joven y yo, sin pensarlo, dijera que ¡no!, que ¡no!, por favor, que no me hiciera eso, que ya había pasado esa aduana y que no deseaba regresar al infierno.
Tal vez exagero, pero ahora soy feliz en mi vejez. El juego simple de Roberto me hizo pensar sólo en dos temas y, con ello, reafirmar que estoy viejo y que el sosiego es la única planta que crece en mi jardín. Los dos temas fueron: la música y los libros. A pesar de que nunca he sido aficionado a la música, me dio escozor pensar que crecería escuchando a Arjona, cuando crecí escuchando a Joan Manuel Serrat, por ejemplo. Y con respecto a los libros pensé que fui un afortunado por crecer leyendo a Miguel de Unamuno y Robert Louis Stevenson y no a Carlos Cuauhtémoc Sánchez o a Paulo Coelho.
Ayer, en un texto introductorio de un libro de la Szymborska, poeta enormísima, leí que ella se definía como “una persona anticuada” y creía que “leer es el pasatiempo más bello creado por la humanidad”.
Hay personas que pensamos igual que ella y somos felices siendo personas anticuadas. Un poco, regresando a la música, a tono con la canción del autor brasileño, Roberto Carlos, quien dice: “Yo soy de esos amantes a la antigua” y concluye diciendo: “El amor es para mí siempre lo mismo”.
Creo que la tragedia de la búsqueda de la eterna juventud es la posibilidad de ser joven en tiempos novísimos. Los viejos cargamos la memoria de los años jóvenes y eso es un lastre lleno de nostalgia.
¡No!, le dije a Roberto. No puedo imaginar tener dieciocho en este diecisiete. Yo tuve dieciocho en setenta y cinco y, si Dios lo permite, tendré setenta y cinco en el treinta y dos.
No puedo imaginar, no quiero, tener menos años de los que tengo. Porque a los dieciocho, lo sabemos los viejos, lo ignoran los jóvenes, no hay la capacidad suficiente para discriminar entre lo bueno y lo malo. Los perversos dictan qué camino deben tomar los jóvenes y estos lo toman sin hacerse cuestionamiento alguno. Basta con que el camino esté lleno de luces artificiales y música estridente para que el joven crea que esa es la vida, un poco como si todo mundo fuera un spreen breaker perenne, donde lo que importa es la seducción del cuerpo y no la del espíritu.
¡No! Agradezco haber cumplido los dieciocho años en la década del setenta, cuando, en lugar de escuchar a “Los cuisillos” escuchaba a Barry White y su Love Unlimited Orchestra. Digo, sin ser experto en música, sé que hay un mundo de diferencia.
Agradezco haber cumplido los dieciocho años en la Ciudad de México y haberlo celebrado yendo a la Cineteca Nacional (en el viejo edificio, antes de que se incendiara). Esa tarde, después de recibir la llamada de mis papás desde Comitán con su felicitación, me puse un suéter, salí de la casa de huéspedes, tomé un autobús y fui a Churubusco a ver “Amarcord”, de Fellini.
Si, siguiendo el juego de Roberto, cumpliera dieciocho en este diecisiete no me quedaría más que ir a ver una comedia boba como “Guerra de papás 2”.
¡No! Ni en juego acepto la posibilidad de regresar en el tiempo. Crecí escuchando a Joan Manuel Serrat y viendo películas de Fellini. ¡Así estuvo bien! ¡Muy bien!
Posdata: Ahora vivo feliz mis sesenta años. Sigo escuchando, en Youtube, a Joan Manuel y, en Gandhi, compro películas de Fellini y, como oso despreocupado, me echo en el sofá de mi casa y disfruto este maravilloso dos mil diecisiete, que (debo decirlo) está lleno de prodigios tecnológicos que, cuando teníamos dieciocho años, jamás imaginamos. Son gloriosos estos tiempos. Los disfruto siendo viejo. Me encanta ser como la poeta polaca, “una persona anticuada”, porque, igual que ella, pienso que “leer es el pasatiempo más bello creado por la humanidad”. Si en este diecisiete tuviera dieciocho no leería todo lo que ahora leo; es decir, no fuera tan feliz como ahora lo soy.

martes, 21 de noviembre de 2017

SIN TETAS NO HAY PARAÍSO




Desde que vi un par de pechos en el cine Comitán supe que ahí había una vocación. Una tarde, Armando me dijo, emocionado, enjugándose las manos, que, desde su ventana, miraba a la sirvienta de la casa vecina. “Le miro las tetas”, me dijo y contó que la sirvienta acostumbraba, a la hora que lavaba la ropa de los patrones, mirar hacia todos lados para comprobar que no había nadie cerca, subirse la blusa y lavarse los pechos. Armando no sabía por qué ella los lavaba todas las tardes. Tomaba, con las manos, un poco de agua de la vasija y se la echaba en los pechos y luego se masajeaba las tetas. Tomaba sus pechos por la parte de abajo y se los subía, y los pechos eran como montañas a la hora que el sol se oculta. Armando decía que, sin duda, la sirvienta se lavaba sus pechos porque siempre estaba muy caliente. La sirvienta (que quién sabe cómo se llamaba) era chaparrona, con trenzas, con chamorros casi como columnas y con un par de pechos que eran como tecomates para que el deseo flotara en ríos turbulentos. Armando se paraba al lado de su ventana y desde una esquinita, hincado, con un catalejo miraba lo que hacía la sirvienta de la casa vecina. “¿Querés mirarla?”, me dijo y yo dije que sí, ¡por supuesto! Desde la tarde en que vi los pechos de “La venada”, en la película “Viento negro”, supe que ahí había un camino de vocación y debía seguirlo, aunque fuera preciso ocultarse detrás de árboles o trepar a las azoteas y, con riesgo de ser confundido con un maleante, esconderse detrás de los tinacos de asbesto, con tal de ver a una mujer con el torso desnudo. Los pechos, ya desde entonces, eran como frutos jugosos.
Dos días después del cine, doña Virginita, antes de refregarnos la historia podrida del pecado original, nos había contado el origen del universo y de cómo Dios había dicho que no era bueno que el hombre estuviera solo y, de una costilla del hombre, había formado a la mujer, ¡a la mujer!, con su agregado maravilloso del par de tetas, porque servirían para amamantar a sus hijos y entenados. ¡Ah, qué prodigio! ¡Claro! El cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer eran la mayor creación divina. Estábamos hechos de cuerpo y alma y ambos debíamos consentirlos y apreciarlos y admirarlos y mimarlos. Supe que ahí estaba el nudo para mi vocación: admiraría y glorificaría los pechos de todas las muchachas bonitas: los exuberantes y los mínimos, los redondos y los pupuses, los erguidos y los cabizbajos.
En la casa de don Elpidio había un sitio muy grande, con muchos árboles frutales. Los niños caminábamos por el frente y mirábamos los duraznos, las granadillas, las granadas, los jocotes y las limas de pechito, ¡de pechito! Don Elpidio, parado en la puerta de su casa, fumando su pipa, nos miraba y decía: “Pueden ver, pero no agarrar. Los mirones no pecan, los ladrones ¡sí!”.
Supe que don Elpidio tenía razón, era la mejor definición del deseo. Yo podía ver y con ello no pecaba, no hacía daño a alguien. Todas las muchachas de mi pueblo, las muchachas bonitas que pasaban frente a mí, orgullosas, hamaqueando sus tetas ante mi vista, eran como los frutos del sitio de don Elpidio. Yo miraba esos frutos riquísimos que pendían de los árboles de mis amigas y de los cientos de desconocidas y sabía que podía ver, pero no agarrar, porque los mirones no pecamos, al contrario de los ladrones. Supe, desde entonces, que esa vocación era inocente, audaz pero honesta. Y lo fui descubriendo, poco a poco, cuando miraba que las muchachas bonitas se ponían blusas con escotes generosos para que yo, y la caterva de mirones, nos solazáramos con sus pechos, de igual manera que lo hicimos los espectadores que vimos la película “Viento negro”. ¡Cervatillos asomando su carita por encima del escote!
Tres tardes más tarde sucedió ¡el prodigio! Armando me invitó a su casa, subimos a su recámara y desde el ventanal nos pusimos a esperar el momento en que la sirvienta apareciera con el montón de ropa para lavar. Armando había colocado una cobija en el piso para que nuestras rodillas no se lastimaran y había hecho palomitas. Yo me sentí como en el cine. “Ahí viene”, dijo Armando y me dio el catalejo (que era un obsequio de su abuelo Ramón). Coloqué el catalejo en la esquina inferior izquierda de la ventana y miré. Miré a la sirvienta poner el bulto de ropa en una mesa, sacar una serie de camisetas (tal vez del señor de la casa) y echarles agua en el lavadero. Con una palangana vertía agua en forma generosa. Tal como Armando me había dicho, hubo un instante en que suspendió la labor, miró hacia todos lados y, con la mano izquierda, se subió la blusa y dejó al descubierto un par de pechos magníficos (la sirvienta superaba a la venada. La sirvienta tenía unas tetas magníficas, con areolas luminosas). Tomó un poco de agua con la mano derecha y la vertió sobre sus pechos. Comenzó a hacerse un movimiento circular. Vi que cerraba los ojos. Hice lo mismo, por un momento. Cerré los ojos para conservar esa imagen para siempre. De pronto escuchamos el sonido de una sirena, tal vez de una ambulancia en alguna calle. La sirvienta bajó su blusa y siguió echando agua a las camisetas. Supe que la función había terminado, pero no lo lamenté. Había sido una tarde espléndida. Mis manos y todo mi cuerpo tenían cierto temblor y un calorcito que me hacía pleno. Agradecí que Armando no me pidiera el catalejo para que él también viera, como sucede en muchos casos de amigos envidiosos. Armando, esa tarde, permitió que la escena fuera solo mía. Cuando la mamá de Armando nos llamó para cenar, mi amigo me codeó cuando entró la sirvienta y nos sirvió dos quesadillas a cada uno. A la hora que ella se inclinó mostró sus pechos. No eran tan bellos como los de la vecina, eran más pequeños, pero mostraban una ternura sin igual. Armando se acercó y me dijo: “Lo malo es que María siempre usa brasier”. Fue cuando caí en la cuenta que la sirvienta de la casa vecina los mantenía sin sostén, libres debajo de su blusa, por eso, cuando echó agua a las camisetas se le movían con gracia sin igual.
Desde entonces he recorrido esa senda llena de sugerencias. Lo he hecho de manera limpia, sin absurdos cargos de conciencia, lo he hecho con la alegría del niño que caminaba frente al sitio de la casa de don Elpidio y miraba los jugosos duraznos colgando de las ramas más altas, más sublimes.
Pero, ayer, Elena me puso una trampa. Estábamos en el parque de San Sebastián y ella decía que también disfrutaba ver a las mujeres caminando. “A los hombres hay poco que verles”, dijo y sonrió. De pronto me dijo: “No me vayás a salir con que las dos. Tenés que elegir una y sin pensarlo mucho. ¿Qué elegís: Libros o tetas?”. Y me urgió a responder. En ese momento pasaba una muchacha bonita con una blusa bien ceñida que dejaba ver un par de pechos espléndidos. “Libros”, dije. Elena sonrió. Dijo que sabía que esa iba a ser mi respuesta y agregó: “Para vos, sin libro no hay Paraíso”, y supe que había respondido con la convicción de mi vocación perenne.
Pero, como la vida es generosa, sé que me permite aliar esas dos vocaciones, porque no se contraponen. En el parque abro el libro, leo, y, cuando escucho un taconeo, alzo la vista y pido que sea una muchacha bonita con un par de jugosos frutos. La miro, la disfruto, la huelo, la bebo y, cuando ella se retira, continúo con mi lectura.
Pero, si la encrucijada de Elena fuese la única alternativa; si la vida me obligara a elegir un solo camino ¡no dudaría!, elegiría a los libros, porque en ellos está contenida la vida y ahí hay miles de muchachas bonitas con pechos, que son como el más jugoso fruto para alimentar mi imaginación.

domingo, 19 de noviembre de 2017

ESCRITORES DE CHIAPAS




Cuentan que Carlos nació en Comalapa; cuentan que su ficha biográfica así lo consigna. Dicen que, de niño, viajaba a Comitán. Se maravillaba ante la tienda que vendía revistas de monitos, los hoy llamados cómics. Dicen que, de ese tiempo, conserva una imagen que nunca olvida: la de su tía, leyendo, en su casa del barrio de San Sebastián.
De igual manera cuentan que, ahora, aquel niño es un excelente poeta. Los que saben ¡lo corroboran!
Una tarde de noviembre de 2017 estuvo en Comitán y participó en el Festival “Escritores de Chiapas”, que organizó el director del Centro Cultural Rosario Castellanos.
En la charla que ofreció, Carlos recordó aquel pasaje de su niñez. Uno, si agrega una pizca de imaginación, puede imaginar el arrobo del niño Carlos ante la oferta de revistas ilustradas y el encantamiento ante la imagen de la tía, sentada en el corredor de la casa comiteca, con un libro entre las manos.
Pero las personas no sólo cuentan los viajes de Carlos niño. También cuentan que una tarde, el poeta Efraín Bartolomé llegó a Comitán en viaje de avioneta, desde Ocosingo. Niño también, en tránsito hacia San Cristóbal. Efraín niño también bebió los cielos y el aire comitecos.
Pero no sólo fueron Carlos y Efraín. La gente dice que una tarde, Sabines (¡el poeta!) anduvo por estas tierras y bebió, junto al trago compartido con amigos, la esencia de las madrugadas de este pueblo.
Y no sólo fueron Carlos, Efraín y Jaime. Los que saben dicen que también en las calles comitecas anduvieron, de arriba para abajo, de abajo para arriba, Rosario Castellanos y Raúl Garduño. Ellos, con la misma disciplina y pasión de Carlos, pepenaron las piedritas lingüísticas que la gente de a pie siembra en las calles empedradas.
Ante tal evidencia, los mayores cuentan del prodigio de este pueblo que ha cobijado a Carlos, a Efraín, a Jaime, a Rosario, a Marirrós, a Raúl, a Óscar y a muchos poetas más; cuentan que en este pueblo, que es como orilla del río de Dios, la gente siembra palabras en la piedra y ellas, semillas benditas, crecen tan alto como el más alto cielo.
Y Carlos regresó a Comitán y recordó a la tía leyendo. Leyendo, yendo de acá para allá, como papalote, en el aire fresco de la palabra. Y, tal vez, puso en la balanza lo que el destino colocó en sus manos: en un platillo la imagen de la revista ilustrada y en otro platillo el vuelo de la palabra en los ojos y corazón de la tía.
Los mayores cuentan que en Comitán no hay poetas debajo de las piedras, en este pueblo, los poetas caminan al lado de Juan y de Elisa, lectores. En Comitán, los poetas son como flor en los jardines, pero no flor de un día, sino flor perenne.
Los comitecos dicen que, desde un balcón, han visto a Óscar, Raúl, Marirrós, Rosario, Jaime, Efraín y a Carlos, caminar las calles de Comitán. Los han visto cuando, en las tardes floridas, han detenido tantito su lectura y han dejado el libro sobre su regazo. Han detenido su lectura porque escuchan un ligero rumor de olas de mar, de relinchos, de pies en puntillas, de palabras abriendo huecos en la pared del alma. Los lectores, desde sus mecedoras, han visto cómo ellos, los poetas, hurgan a través de los ventanales de las casas comitecas. ¿Ahí está la luz? Cuentan que sí. Porque “yo no lo sé de cierto”, pero Sabines nunca escribió un poema especial para su ciudad natal como sí lo hizo con Comitán al preguntar “¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán?, ¿en mayo, en la quietud, en la frescura, en el aire?”
Carlos llegó una tarde de noviembre y respiró el mismo aire donde nadaban las palomas de la fuente. Llegó y recordó que, de niño, viajaba con sus papás desde su natal Comalapa y corría a comprar revistas de monitos e imitaba a la tía que, en su mecedora, en el corredor lleno de helechos, leía libros. Y Carlos soñaba que, un día, también sería un pájaro cantando mil poemas, un delfín saltando sobre el mar del tiempo, un caracol subiendo con lentitud hacia la montaña más alta.
Carlos estuvo en Comitán. Y refrendó la vocación de este pueblo donde los poetas caminan de día y noche, de noche y día y siembras palabras en las piedras y estas piedras florecen a mitad del amanecer, según el agua del vaso de Sabines.

sábado, 18 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE UNA LECHERA TRAMPOSA




Querida Mariana: Doña Lolita Albores contaba que muchos niños, en los años sesenta, jugaban canicas con los chíos que caían del árbol sembrado en el parque central. Entiendo que ese árbol aún existe. Está más o menos frente al restaurante “Acuario”, que atiende don Alex. Los llamados chíos son las semillas de la ¿frutita? que da el árbol y que son redondas.
Recuerdo que muchos niños jugaban canicas cuando estudié la primaria en la Matías de Córdova (en el viejo edificio, por donde ahora está el Museo Rosario Castellanos, que, ¡por fin!, qué bueno, ya está abierto). Recuerdo que los más aventajados en el juego tenían una canica especial que le llamaban “su tiradora”, era como una especie de amuleto que, según ellos, les permitía ganar las partidas. Un compa podía tener cien canicas, pero su “tiradora” era la canica más valiosa, un poco como si dijéramos la consentida.
Los niños de hoy juegan canicas, pero no con la frecuencia de aquellos años. Es comprensible, en aquellos tiempos no había juegos electrónicos ni celulares. Los niños se divertían con juegos sencillos que permitían la convivencia. Uno de los juegos más recurridos era, precisamente, el juego de canicas. Juego que, como todos los juegos, tenía sus reglas.
Aparte de la “tiradora”, a mí siempre me llamó la atención una en especial: “La lechera”. Este tipo de canica era de cristal, de un color sólido, que tenía semejanza con el color de la leche de vaca. Las lecheras eran como exclusivas de los niños ricos. Los pobres jugaban con canicas “morrocas” o con chíos.
Una mañana, a la hora del recreo, salimos al patio y, mientras unos jugaban básquetbol o carreras, otros nos dirigimos al fondo de la cancha y, al lado de la pared, Juan instaló su changarro, porque (¡ah, qué maravilla!) él montaba la “Timbirimba”, que era un prodigio de equilibrio. Aquella mañana sería recordada, tiempo después, como una mañana especial. Con sus manos, Juan reunía cuatro canicas, que no sé cómo se mantenían reunidas, y luego, en un movimiento de magia, colocaba una encima de ellas, justo al centro, con lo cual hacía un montículo de cinco canicas. Juan caminaba con pasos de garza pata larga y al dar el cuarto paso pintaba una raya con el gis que había robado del salón y, como si fuese un merolico de feria, invitaba a jugar: “¡Tiren, tiren! Si le dan a la timbirimba, se llevan cinco canicas.” Todos metían las manos en las bolsas del pantalón y sacaban las canicas “morrocas” (porque morrocas eran las que Juan colocaba en sus montículos) y, con un ojo cerrado, apuntaban hacia la pirámide y tiraban. La distancia de los cuatro pasos era como de tres metros y a esa distancia era difícil atinar. Creo que no hay necesidad de decir, querida Mariana, que cada vez que un jugador no atinaba, Juan corría para tomar la morroca y la metía en la bolsa de tela de color gris que siempre llevaba y que era donde conservaba su caudal de canicas. Los que participaban en el juego sabían que el anzuelo era precisamente ese: Si le atinaban a la timbirimba ganaban las cinco canicas. Juan siempre, como un sagaz comerciante, decía: “Cinco por una”, lo que no decía es que él, de una en una, les bajaba las canicas a todos los chambones que no le atinaban al montículo.
Digo pues entonces que esa mañana fue especial, porque se acercó Matías, se abrió paso entre la bola de muchachitos que miraban el juego de la timbirimba y dijo que quería jugar. Juan le dijo que sí, que le entrara. Matías metió la mano a la bolsa y sacó una canica lechera, dijo: “¡Con mi tiradora!”
La tiradora servía para jugar el juego normal, el del óvalo o el del hoyito, pero jamás se empleaba para jugar a la timbirimba, porque (como ya dije) en este juego el dueño del changarro (Juan en este caso) tomaba la canica y ya era suya. Todo mundo jugaba timbirimba con canicas morrocas.
Cuando Matías sacó su tiradora y apuntó a la timbirimba, Juan se paró frente a él y le dijo lo que ya todo mundo sabía: “Oí, pero si fallás, tu tiradora será mía”. Todos los que estábamos ahí vimos a Matías, esperando que guardara su tiradora y sacara una morroca. “Ya lo sé”, fue la respuesta contundente de Matías. Levantó el brazo, cerró un ojo y apuntó al montoncito de cinco canicas. Juan pensó que Matías no había comprendido bien e insistió: “Es a un tiro”. “Ya lo sé”, volvió a decir Matías y, moviendo las manos, le indicó a Juan que se hiciera a un lado para que tirara. A estas alturas más muchachitos se habían acercado al círculo que, expectante, esperaba el momento en que Matías ejecutara esa hazaña, dictada por su intrepidez o por su seguridad de jugador de excelencia, porque todo mundo de la escuela reconocía que era un jugador excepcional, pero jugar su “tiradora” en un lance que podía fallar era un reto que rebasaba las expectativas, a tal grado que Ramón le pidió que detuviera el tiro para hacer una apuesta. Matías dijo que estaba bien, se metió las manos a las bolsas del pantalón y esperó que Ramón comenzara lo que no estaba contemplado: Apuestas de lechera contra lechera. Ramón apostaba a favor de que Matías fallaría el tiro, ¿había alguien dispuesto a apostar lo contrario? Muchas manos se levantaron, Ramón abrió la mano y pidió que pusieran ahí las lecheras como señal de apuesta. Después de uno o dos minutos, Ramón contó y dijo que tenía doce lecheras y, como si estuviese en el palenque de gallos, dijo: “Apuestas cazadas” y, con la mano, le indicó a Matías que podía hacer su tiro. Ya para este momento la noticia, como si fuese balón de basquetbol, había corrido por todo la cancha y el partido se había suspendido y todos los jugadores se habían reunido en torno al changarro de Juan y, mordiéndose las uñas algunos, otros retorciéndose las manos, esperaban el desenlace. Todos sabían que Matías se jugaba más que su tiradora. Si él fallaba en el tiro, perdería su canica especial y echaría al basurero su prestigio de jugador de excelencia. El trato era totalmente desigual. Juan sólo perdería cinco canicas morrocas, en caso que Matías atinara. Pero, si el tiro de Matías fallaba, él, como si tomara entre sus manos la copa Fifa, levantaría entre sus manos la tiradora del campeón. Era un trato desigual, pero Juan no tenía culpa alguna, Matías, de pronto, había dicho que jugaría y Juan le había dejado muy en claro lo que pasaría en caso de fallar y Matías había aceptado.
Matías apuntó y antes de hacer el tiro se escuchó el sonido de la campana que tocaba el maestro en el patio central, indicando el final del recreo. Algunos muchachos se inquietaron, como gallinas al llamado del reparto del maíz, pero el maestro Beto, que era el titular del tercer grado y que se había incorporado al círculo de mirones, dijo que no se preocuparan, que él autorizaba dos o tres minutos más a fin de que la jugada se realizara y pidió a todos los niños que hicieran silencio. Apenas se escucharon las carreras de los demás niños que no estaban en el círculo de las canicas y que se apuraron a entrar a los salones o a ir al baño a desahogar la vejiga antes de entrar al aula. En el círculo de las canicas se hizo un silencio pesadísimo, como de piedra lunar. Matías se acuclilló, apuntó con su tiradora y soltó la canica con un movimiento veloz del pulgar derecho que lanzó la canica con dirección a la timbirimba. La canica, en un segundo, salvó la distancia de tres metros, más o menos, y se impactó a dos centímetros del lugar donde estaba el montículo. Algunos aplaudieron, otros se acercaron a Matías y le colocaron una mano en el hombro, como si le dieran los pésames. Había perdido ¡su tiradora! Juan se agachó, tomó la tiradora de Matías y la levantó como si fuese un trofeo. Sólo un muchacho dijo: ¡Puta madre!, fue uno de los que habían apostado con Ramón. Ramón elevó la mano y mostró las doce canicas que había ganado.
A mí el nombre de tiradora no me llamaba tanto la atención. A mí me gustaba la palabra lechera. Lo de tiradora parecía estar acorde con lo que significaba esa canica: Era la canica favorita del jugador para hacer el tiro. Pero, ¿de dónde los niños habían sacado la idea de bautizar con el nombre de lechera a una canica de cristal opaco? Siempre pensé (lo sigo haciendo) que la leche no podía condensarse a tal grado que tomara la consistencia que tenían aquellas canicas. Sí, al contrario, pensaba que el tío Eugenio había bautizado muy bien a aquella vaca suiza que tenía en su ranchito de Pamalá y que llamaba “La lechera”.

Posdata: Muchos años después me enteré que Ramón y Matías eran unos cabrones. La canica lechera que Matías usaba para jugar timbirimba no era “su” tiradora, era una canica lechera común y corriente. Su juego perverso consistía en lo que Ramón conseguía a través de las apuestas. Aquella mañana inolvidable, de un solo tiro, Ramón y Matías consiguieron doce lecheras, mientras Juan ganó más canicas, pero todas eran morrocas. La única lechera que consiguió no fue la tiradora que todos creyeron.
Nunca vi que alguien aceptara chíos en los juegos de las timbirimbas. Los chíos servían para jugar hoyito en el parque central.
Hoy ya nadie juega ahí, a pesar de que el árbol de chío sigue ufano, al lado de donde los boleros hacen su chamba.

viernes, 17 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE MOTEL





Inocencia era lo que su nombre indicaba. Cuando su novio Casto, que era todo lo contrario de lo que su nombre revelaba, le dijo que la llevaría a un “Cinco letras” ella se emocionó, lo abrazó y le dijo que sí, que eso era lo que había deseado toda su vida. Inocencia se sorprendió tantito cuando Casto puso la direccional del auto y entró a un corredor donde había una serie de cortinas de plástico de color rojo. Al principio, todavía con la sonrisa que tiene la niña cuando recibe una paleta de dulce, pensó que eran los vestidores de la playa, pero la plancha de cemento no era presagio de arena. El lector ya intuyó que cuando su novio Casto le propuso ir a un “cinco letras” ella interpretó: Playa, y no Motel como era la sana intención del inmaculado perverso.
En México la palabra motel halló su sinónimo en la acepción “Cinco letras”. Elena siempre se ha molestado con tal tratamiento pues insiste que su nombre tiene cinco letras y nunca ha servido para lo que sirve el “cinco letras mexicano”. ¡Qué tonto!, dice, y remarca el tonto, como para indicar que también esta palabra tiene cinco letras.
El maestro Jorge diría que el nombrar como cinco letras al motel es un eufemismo, dictado por el complejo del mexicano que no se atreve a llamarle pan al pan y vino al vino.
Es que cuando no hay la suficiente confianza, a los mexicanos les cuesta trabajo sugerir, a la chica en turno, ir a retozar un poco en ese espacio.
La definición que aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española emplea más de cinco letras, lo cual demuestra que la sabiduría popular usa una lógica más rotunda. El diccionario dice que motel es: “Un establecimiento público, situado generalmente fuera de los núcleos urbanos y en las proximidades de las carreteras, en el que se facilita alojamiento en departamentos con entradas independientes desde el exterior y con garajes cobertizos para automóviles, próximos o contiguos a aquéllos”. ¿Qué? Estoy seguro que el lector ahora se hace la pregunta: “¿De verdad esto dice el diccionario?”. El diccionario aclara todo menos lo que debe aclarar. En realidad, los moteles no sólo están fuera de los núcleos urbanos, en la actualidad están en pleno centro urbano; además, el diccionario no indica cuál es el uso que ahora se le da al motel. ¿Por qué los académicos no mencionan que los “cinco letras” se emplean para que los Castos del mundo jueguen juegos de cama con las Inocencias?
Es maravilloso constatar que el simple cambio de una letra provoca una diferencia abismal. Las parejas “decentes” se hospedan en hoteles; las “indecentes” se hospedan (por horas) en moteles. La hache es honrosa, la eme es maléfica.
Un diccionario más realista debería decir que motel es sinónimo de “cinco letras” y que un cinco letras es sinónimo de relación ocasional y que relación ocasional es sinónimo de aventura y aventura es sinónimo de peligro y…
La palabra motel tiene mil sinónimos, con excepción de la palabra inocencia y de la palabra casto. Inocencia lloró, dijo que estaba decepcionada, pero, después que Casto la abrazó, dijo que no era el acto sino el lugar. Casto entendió, salieron del motel y fueron a su departamento y ahí Inocencia abandonó su castidad en un acto glorioso, lleno de murmullos y jadeos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA FOTOGRAFÍA INUSUAL




Querida Mariana: Jorge llegó a Comitán para hacer un reportaje de la comida regional. Conocí a Jorge cuando estudié en la UNAM, en los años setenta. Ahora se dedica, de manera profesional, a realizar videos. Estuvo sólo una mañana. Un día antes me avisó, dijo que deseaba verme, que yo le diera mi novelita más reciente. Le llevé un ejemplar autografiado. Por teléfono le pregunté en dónde estaba. Dijo que había hecho una visita a la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y me esperaría en la entrada. Ahí te veo, le dije. Salí de la oficina y dejé el auto en el estacionamiento que funciona donde fue mi casa de infancia, casa hermosa que antes que mi papá la rentara albergó el Colegio de Niñas que, en este 2017, cumple setenta y cinco años de fundado (Hoy se llama Colegio Regina y es una institución educativa de gran prestigio en la región. Setenta y cinco años se dice rápido, pero es toda una vida de servicio. Me encantó saber que, como parte de los festejos, eligieron, entre las ex alumnas, a la Reina del septuagésimo quinto aniversario).
Caminé por el parque. Hacía un poco de frío (ya comenzó el viento helado que viene de La Ciénega), pero había un sol generoso. Eran las once de la mañana. Desde la esquina del Teatro de la Ciudad vi a Jorge, parado en la puerta. En uno de los balcones del Teatro estaba parado Óscar Bonifaz, veía el movimiento del parque central. Ramiro dijo en una ocasión que Óscar sale para ver el busto de su amiga Rosario, porque sueña con tener uno de él al lado del de ella, para que los amigos estén en un diálogo eterno.
Jorge me abrazó y yo le dije que me daba mucho gusto verlo y le extendí mi librincillo. Dijo que lo leería. Lo dijo con esa sonrisa que es, desde siempre, como un hilo de luz en su rostro.
¿Y?, le pregunté. Siempre me cuesta trabajo iniciar una conversación (continuarla también me provoca un cierto sarpullido mental). Entonces él señaló hacia la banqueta de enfrente y, como si me estuviera enseñando un río de oro, dijo: “Me encanta tu pueblo. Esta es una maravillosa instalación artística a mitad de la calle”. Volví la mirada y encontré un grupo de maniquíes (bustos, no de bronce como el que Óscar sueña, sino hechos de fibra de vidrio). Mientras los comitecos pasábamos al lado del grupo de maniquíes sin hacerle mayor caso, mi amigo Jorge lo consideró como una genial instalación artística que abría una serie de interpretaciones. Dijo, por ejemplo, que cuando una instalación se coloca en la calle, es como si el arte le diera la mano al peatón, al que, de manera ocasional, acude a un museo.
Cuando vio mi cara de auto descompuesto, dijo que comprendía que el propietario de la tienda de ropa no había sacado los maniquíes con la intención de provocar una mirada estética, pero, me explicó, el objetivo de una instalación artística es tomar un objeto cotidiano, sacarlo de su entorno y presentarlo de manera novedosa, de tal suerte que sea como un diálogo inusual. Y me explicó que el genio de Gabriel Orozco, uno de los artistas mexicanos más reconocidos a nivel mundial, toma objetos normales (como bicicletas, por ejemplo) y los presenta de una manera novedosa. Sólo a Orozco pudo ocurrírsele hacer una mesa de billar en forma circular, cuando el sentido común y práctico indica que las mesas de billar deben tener la forma que tienen: rectangular.
Jorge había hecho una serie de tomas fotográficas y en video de esa “instalación” que estaba expuesta sobre una banqueta comiteca.
Me obligó a que viera la serie de bustos y que considerara el motivo por el que estaban ahí. Jorge tuvo razón. Vi que uno de los bustos veía hacia afuera, como si fuera el único que no había sido castigado, porque los demás, como clásicos niños malcriados, veían hacia la pared. Pero luego reí. ¿Qué veían si ninguno de los maniquíes tenía rostro? Jorge dijo que ahí había una senda por explorar. Los maniquíes, como los clásicos tres monos sabios, no podían hablar, ni ver, ni escuchar. ¿No era acaso un símbolo de la sociedad actual? Jorge fue un poquito más allá, dijo que esa instalación artística era como un grito de protesta frente a la casa donde vivió el héroe Belisario Domínguez, el hombre que halló la muerte al decir su palabra valerosa. Frente a la casa que recuerda uno de los actos más patrióticos que confirma el valor de la palabra libre, una serie de maniquíes recordaba cómo la mayoría de la sociedad civil da la espalda a la realidad y prefiere mirar la pared, donde sólo hay humedad y sombra.
Le dije que eso que decía era una genialidad, estilo Gabriel Orozco. Dijo que no era para tanto, pero que eso era la pretensión de las instalaciones artísticas y que, aunque esta serie de maniquíes había sido colocada en la banqueta, tal vez para evitar la humedad, era una posibilidad de lectura.
Bueno, dijo, llegó el momento de despedirnos. Me abrazó y volvió a decir que leería con atención mi novelilla. En ese instante se detuvo una camioneta blanca frente a nosotros y, en voz alta, dijo: “Les presento a mi amigo Alejandro” y dos muchachas que estaban en la parte de atrás me saludaron (una de ellas tenía unos labios gruesos, maravillosos) y el chofer dijo: Hola, mucho gusto. Jorge subió a su camioneta y, con el brazo en la ventanilla, dijo: “Tu pueblo es genial. Ya te avisaré cuándo se exhibe el documental”. Me quedé en la banqueta, viendo cómo se alejaba la camioneta. Vi la serie de maniquíes y supe que sí, que esa mañana, fuera de su entorno, habían provocado un estímulo diferente. Recordé lo que dicen del efecto mariposa y reí. Esto era el efecto busto. Caminé hacia el estacionamiento. Vi hacia arriba, Bonifaz ya no estaba en el balcón. Sólo el busto de Rosario parecía hablarme esa mañana, porque, a diferencia de los maniquíes, ella sí tiene rostro, un rostro con vacíos donde juega el aire, porque, supe muy bien, los artistas provocan miradas inusuales, inéditas. Si Luis hubiese moldeado un bronce completo, el rostro de Rosario no permitiría la innumerable serie de caminos que provoca en los espectadores.
Posdata: Cuando entré a la casa donde dejé mi auto y que fue mi casa de infancia, cerré tantito los ojos y traté de escuchar las voces de las niñas que ahí, antes que yo, corrieron y jugaron por esos corredores. ¡Setenta y cinco años del Colegio Regina! ¡Qué felicidad! ¡Qué lujo para Comitán!

miércoles, 15 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE DAN LOS BUENOS DÍAZ




Querida Mariana: Hoy quiero contarte que una vez vi un letrero. He visto miles de letreros en mi vida. Me he topado con ellos en las cantinas, en las terminales de tren o de avión o de autobuses; me he topado con cientos de letreros en las calles. Los letreros, vos lo sabés, son de mil formas y están hechos sobre diversos materiales.
Cuando espero un camión o cuando viajo en él es cuando más letreros veo. Hoy se habla de un término que en los años setenta no era común: Contaminación visual. Hoy, todas las ciudades del mundo están plagadas de anuncios. Los anuncios, lo sabe medio mundo, les sirven a los publicistas para vendernos algo, para crearnos necesidades. Cuando espero en la parada de los autobuses me dedico a leer los anuncios; cuando voy arriba del autobús veo decenas de letreros, de anuncios. Ahora existen los llamados espectaculares, que son letreros gigantes que, como elefantes, están sentados en las azoteas de los edificios.
En el Comitán de los años setenta era muy común hallar pintado un letrero en las paredes de las casas y de las negociaciones que decía: “Prohibido anunciarse aquí”. Con tal letrero, los propietarios casi exigían que se respetara la propiedad privada. Como en aquellos años todo mundo se conocía, la gente era respetuosa de tal aviso, porque pegar algún anuncio en esa pared significaba dejar una huella digital del atrevido.
Pero decía al inicio de la carta que te contaría de un letrero especial. El letrero estaba colgado en la entrada del restaurante. Era una tabla de madera de pino, pintada con fondo rojo y letras negras. Las letras estaban escritas con letras mayúsculas, lo que le daba una rotundez al mensaje, difícil de no ver. El letrero estaba muy bien escrito, con una letra bellísima, como si hubiese sido pintado por uno de esos monjes copistas que, en el siglo XV, realizaban, con hoja de oro, las ilustraciones de los libros. Pero, ¡oh, Dios mío!, parecía un letrero con las infaltables faltas ortográficas, que tan a menudo aparecen en los letreros realizados por rotulistas que apenas terminaron el tercer año de primaria. El letrero servía como anuncio de bienvenida en aquel restaurante que era muy visitado porque servían riquísimos tacos de canasta. A mi amigo Alfredo (con quien había ido esa mañana) le encantaba comer ahí, siempre pedía tacos de papa y tacos de chicharrón. ¡Ah!, pedía cinco de chicharrón y dos de papa. Era obvio que prefería los de chicharrón.
Esa vez fue la primera vez que entraba y me sorprendió el letrero que decía: “BUENOS DÍAZ”. Alfredo sabe que si algo me molesta son las faltas de ortografía en los textos. Los odio, como decía el ratón Crispín, que interpretaba Luis de Alba, ¡con odio jarocho!
Le dije que ya se me habían ido las ganas de desayunar.
Alfredo dijo que no era para tanto.
Sí, dije yo. Cuando empiezo a leer un texto y hallo un error ortográfico ¡dejo de leer!
Pero no dejes de comer, dijo él.
Alfredo rio, me jaló hacia la mesa, llamó al mesero y pidió: “Cinco de chicharrón y dos de papa, para mí, y lo mismo para mi amigo, el escritor que odia los errores de ortografía”. Volvió a reír. Yo estaba serio (Cuando me propongo echar a perder mi día lo hago con mucha pasión).
“Los Buenos Díaz se refieren a los hermanos que crearon el negocio”, me dijo Alfredo y me enseñó la carta. Ahí explicaba el origen del letrero. En redacción especial para los “quisquillosos del lenguaje” explicaban que los hijos de los creadores rendían un homenaje a sus papás: Los buenos Díaz.
Me paré y regresé a ver el letrero. Al lado estaba una fotografía donde aparecían Carlos, Eduardo y Martín Díaz, fundadores de la famosa taquería.
Cuando volví a la mesa, Alfredo ya comía los tacos de chicharrón, me dijo: “Te pedí un agua de tamarindo. ¡Está riquísima!”. Sí, los tacos y el agua estaban deliciosos. En un momento, Alfredo levantó su vaso y brindó: “Por los buenos Díaz”. ¡Por ellos!, dije yo y tomé un sorbo del agua de tamarindo.
Posdata: Desde entonces me volví un poco más tolerante con los letreros. A veces me topo con algunos que, en apariencia tienen un error, pero que, viéndolos con atención son propositivos.

martes, 14 de noviembre de 2017

ASÍ ERA




Admiro al maestro Heberto Morales Constantino. Lo conocí cuando dio un taller de preceptiva en el Centro Chiapaneco de Escritores.
Sé que ahora radica en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, ciudad que se honra en tener a uno de los más prestigiados intelectuales de Chiapas.
Ayer me topé con el nombre del maestro Heberto. Curioseaba en los anaqueles de la biblioteca “Maestro Jorge Gordillo Mandujano”, del colegio Mariano N. Ruiz, institución donde laboro; curioseaba y hallé un libro prodigioso: “¡Así era Chiapas!”, editado por la Universidad Autónoma de Chiapas, durante el periodo en que Morales Constantino fue rector. ¡Ah, esa fue una época brillante de la máxima casa de estudios del estado!
Pensé que ese prodigio de libro no podía ser editado en otra época. Tenía que ser en el lapso que el maestro fue rector. Esa alianza de nombres señeros: Miguel Álvarez del Toro (autor del libro “¡Así era Chiapas!”) y del maestro Heberto no es mera casualidad, es la reafirmación que los grandes honran a los grandes, porque la publicación del libro de Álvarez del Toro fue un reconocimiento a su genio y al aporte que dio a Chiapas.
Recordemos que el zoológico de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez lleva el nombre de Álvarez del Toro también en reconocimiento a la herencia que nos dejó.
Digo que desde el taller de preceptiva comencé a admirar la obra y el genio del maestro Heberto. Cuando, en 2014, recibió el Premio Chiapas pensé que el maestro honraba al premio y no al contrario; es decir, el Premio Chiapas era concedido a un humanista de excepción. El maestro Heberto bien pudo seguir caminando sin ese flotador, pero el Premio recibía un puñado de oxígeno para caminar con más dignidad. Ese acto de dignidad duró poco, porque ahora, las instituciones convocantes (el gobierno del estado, a través de la Secretaría de Educación y del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas) de un plumazo borraron ese hilo que tanto prestigio daba al estado (bueno, debe uno reconocer que hubo épocas negras, como cuando le concedieron el premio a un pianista ejecutante de melodías populares, pero debe reconocerse que hubo un tiempo en que el premio fue concedido a personas de la talla de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Andrés Fábregas Puig, por sólo mencionar a tres grandes intelectuales). Es una pena que este gobierno, además de mil desaciertos más, será recordado por eliminar el Premio Chiapas, ya que en 2016 no se entregó y en lo que va de este 2017 no hay humo blanco aún.
La tarde que el maestro recibió el premio me dio gusto y con alegría acudí al Auditorio Belisario Domínguez (en mi pueblo) para darle un abrazo y para escuchar, maravillado, el mensaje que leyó esa tarde, una pieza oratoria de excelencia, que sirvió para refrendar lo atinado de su designación.
Desde esa tarde no he vuelto a ver al maestro. Pero ahora, bendita coincidencia, hallé el libro de otro chiapaneco grande (por adopción, ya que nació en Colima, pero realizó una obra generosa en Chiapas) y tal hallazgo fue como si me topara con el maestro Heberto. Lo recordé con su palabra mesurada y con la mirada atenta a las cosas del mundo.
Por fortuna, el libro de Álvarez del Toro ya fue reeditado, porque la primera edición, la que se hizo en tiempos que el maestro Heberto fue rector de la UNACH, se agotó. Y digo que es una fortuna la reedición, porque el libro es muy disfrutable. De la mano de don Miguel hacemos un recorrido impresionante por las selvas de Chiapas. El título no es casual. Cuando don Miguel nos dice que “¡Así era Chiapas!”, nos habla de un bosque y de una selva que se fueron agotando, así como se está agotando el valle de nuestra historia actual.
Chiapanecos inteligentes como don Miguel y don Heberto hacen que este árbol aún tenga renuevos, a pesar de la tala inmisericorde que han hecho los políticos de estos tiempos. La estulticia de los políticos recientes ha quitado ramas al alto árbol del espíritu chiapaneco, pero confío en que gente de la talla de los nombrados hará que esa poda permita el renacer de la grandeza de este pueblo.
“¡Así era Chiapas!” refiere también a la grandeza de otros tiempos, cuando hombres y mujeres luminosos abonaban a la tierra fértil y hacían crecer la altísima planta de maíz de donde provenimos y a la que nos debemos.
Ayer me topé con el libro de don Miguel y cuando leí el nombre del rector fue como saludar a don Heberto y hallarlo como es: un hombre limpio y excelso, envuelto en la sencillez más diáfana.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE IMPRESORA




Cambiaron los tiempos. Los abuelos no pudieron saber que, en el siglo XXI, existiría un chunche electrónico que serviría para hacer impresiones y que el mundo llamaría impresora.
Los abuelos llamaron impresora a aquella mujer que se dedicó a hacer folletos, revistas y libros en una imprenta. La mujer impresora era una mujer sublime, porque sublime fue el oficio de impresor.
En la actualidad, cualquier persona piensa en “un dispositivo electrónico que imprime”, cuando escucha la palabra impresora.
¿Dónde quedó la oficiante de la imprenta que ejercía el oficio de impresora?
Los chiapanecos reconocemos la figura de María Hernández Zarco, porque ella imprimió el memorable discurso de Belisario Domínguez, donde, con valor civil, dio cuenta precisa de la situación lamentable que guardaba la nación, bajo la presidencia del chacal Victoriano Huerta.
Los chiapanecos reconocemos que ella fue la impresora de tan valioso documento; es decir, hubo un tiempo en que la palabra impresora remitía a la mujer que ejercía el oficio.
La biografía de María Hernández Zarco (una de las seis mujeres mexicanas que han merecido la medalla Belisario Domínguez) narra que ella aprendió el oficio de “cajista de imprenta”; es decir, ella colocaba las letras de plomo en las cajas, que servían para imprimir los textos en las hojas. Era una labor delicada, porque se colocaban las letras con el sistema de espejo.
Cambiaron los tiempos. Ahora, nadie piensa en el oficio de la impresora. Cuando alguien menciona la palabra la relaciona con el objeto que, conectado a una computadora, imprime hojas a una velocidad que nunca imaginaron las impresoras de aquellos tiempos.
¿Cuánto tiempo empleó doña María Hernández en imprimir el discurso de Belisario? La impresora contó que Belisario Domínguez se acercó al jefe de Zarco para pedirle que le imprimiera el discurso, pero el impresor se negó, al ver de qué se trataba. Fue cuando María Hernández se acercó al senador y le dijo que ella, a escondidas, le haría el favor. Dijo que lo imprimiría en la noche y que a la mañana siguiente ya lo tendría listo.
Del testimonio histórico se entresaca que el documento fue impreso en no más de doce horas, pero, tampoco, en menos tiempo. Uno puede imaginar a la mujer eligiendo las letras de plomo y colocándolas en la caja, para luego colocar ésta en la prensa y hacer el tiraje en plena madrugada. ¿Cuántos ejemplares tiró la impresora? Tampoco se sabe.
Si algún lector ha llegado a esta línea puede comprender el acto de grandeza que tuvo la impresora. Sin duda que el discurso de Belisario no hubiera logrado la trascendencia si el documento no hubiese sido impreso.
Reconforta tantito acercarse al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y leer en la segunda acepción que impresora es “una persona que imprime o realiza esta actividad como oficio”, y es en la cuarta acepción que se menciona al chunche. Pero (debemos ser realistas) en la vida cotidiana ya hay poquísimas mujeres impresoras y cada vez el mundo se inunda de dispositivos electrónicos.
Llegará algún día que la palabra impresora dejará de existir para nombrar a las mujeres que, en imprentas, se dedicaban a componer las cajas para impresión.

sábado, 11 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DEL MEMBRILLO



Querida Mariana: Vos conocés a Cheno, sabés que es alburero, un juguetón de la palabra. Siempre que escucho la palabra membrillo, recuerdo cuando de chicos albureaba a sus primas diciéndoles: “¿Quieren ate de miembrillo?”. Lo decía así: miembrillo, como referencia al miembro masculino. No faltaba la inocente prima que, gozosa, decía que sí, que sí quería un pedazo del ate que Cheno ofrecía. Las risas no se hacían esperar, brotaban como tsizim en temporada de lluvia. El Cheno sigue igual, nada ha cambiado, sigue siendo un molestoso, un exquisito juguetón con la palabra.
El otro día recordé a Cheno y le llamé por teléfono. Él agradeció que le llamara, dijo que se henchía de gusto por la llamada y antes que le comentara que había leído la palabra membrillo en el libro más reciente de Amín Guillén, el muy canijo me dijo: “Mi miembrillo espiritual se hincha de gusto al escucharte”. Te digo, el Cheno sigue siendo un molestoso.
Una de estas tardes fui a la casa de Amín y le pedí que me vendiera un ejemplar de su libro más reciente: “Cántaro y yagual”. Él me invitó a pasar al patio lleno de luz, entró a su estudio y salió con un ejemplar. Me lo obsequió.
Tuve un interés personal en conseguir un ejemplar de su libro desde que me enteré, tal como lo menciona el subtítulo, que trataba de “Apuntes para la historia del agua en Comitán”. Intuí que iba a ser un libro muy importante para nuestro legado cultural. No me equivoqué.
Amín ya tiene una extensa bibliografía. Los últimos años los ha dedicado a estudiar documentos antiguos para atar hilos de la identidad comiteca. Su labor ya es fundamental para la historia local. Como siempre sucede, hay algunos libros que son más brillantes que otros. Aún no termino de leer el de “Cántaro y yagual”, pero puedo decir que es, al momento, el libro más interesante, porque el tema así lo impone. Uno de los problemas más severos de los tiempos recientes es el del agua. Los comitecos padecen una escasez que se ha recrudecido a tal grado que hay colonias y barrios que tienen meses de no recibir el agua entubada. Ya no se trata de recibir agua potable, se trata, cuando menos, de recibir un pringo de agua entubada para satisfacer las necesidades mínimas (no la del consumo, porque el agua tiene un grado alto de contaminación).
Siendo así un tema que toca de manera directa al ánimo de los comitecos, el libro de Amín se convierte en un referente histórico de importancia. ¿Qué rollo con la historia del agua en Comitán? ¿Cuál ha sido la traza cultural, desde los orígenes del pueblo que están contenidos en la leyenda del león de la pila, hasta estos días en que la autoridad municipal no logra resolver el problema del abasto? El libro de Amín da un puntual seguimiento a esas huellas del mítico león.
La otra mañana me topé con Amín (después de un mes que me obsequió su libro, en el patio de su casa, donde uno de sus nietos tocaba en guitarra una canción de un grupo norteamericano). Me topé con él en el auditorio de la Casa de la Cultura, donde se efectuaba un foro de periodistas chiapanecos. Le dije lo que ahora te digo. Cuando termine de leer completo su libro haré un comentario más en extenso, pero que no variará en mi opinión: es, hasta el momento, su mejor libro, porque es como un arcoíris en medio de la lluvia, en medio del agua que, desde siempre, ha bendecido el suelo comiteco.
El próximo encargado del sistema de agua potable de Comitán (¿Potable? ¡Qué buen chiste!) deberá, antes de sentarse en la silla, leer con atención este libro de Amín. ¿Y el próximo presidente municipal? Sin duda. Ojalá no nos salga como Peña Nieto. Es más, creo que todos los suspirantes deben conseguir desde ya el libro de Amín y darle una vuelta muy atenta para tener los antecedentes de la historia del agua en Comitán y de porqué es un problema que requiere una atención inmediata, inteligente y definitiva.
Sería una bobera insistir en lo que los grandes pensadores han dicho acerca de que las próximas guerras a nivel mundial serán por la posesión del agua. Pero tal vez no sea ocioso decir que esas guerras iniciarán en las localidades. Las personas pueden unirse y reclamar el derecho que tienen a recibir agua. Todo mundo sabe que el Senado de la República aprobó una reforma que dice: “toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible”. Está muy claro, ¿no? ¿Qué pasa en Comitán con este derecho constitucional? Pucha, pareciera que la autoridad lo entendió al contrario, en nuestro pueblo el agua es insuficiente, insalubre, inaceptable y nada asequible.
En fin, digo que en otra carta te contaré las bondades de la investigación de Amín, a quien ya felicité, por la atingencia de su estudio. Ya contaré de qué habla el libro de Amín. Sólo para que te dé curiosidad diré que nos habla de la cueva de Tío Ticho, del Tanque de los Caballos, del Plano Hidráulico, del Reloj Hidráulico, del Río Grande (que ahora está casi seco), en fin, el libro está lleno de jícaras que, juntas, llenan la olla hasta el desborde y mojan las orillas de nuestra historia común.
Pero decía que, en la primera página del libro, Amín (con su estilo a veces barroquísimo) dedica este trabajo a las mujeres que llevan sobre sus cabezas el cántaro y el yagual y escribe: “Las encontramos en esas calles enlodadas, donde dejaron tanta historia. Memoria de caites junto a las del jumento cabizbajo, amagado con vara de membrillo…”. Cuando leí eso de vara de membrillo recordé al Cheno y recordé cómo antes, en las escuelas, había maestros que tenían, al lado de sus escritorios, una vara de membrillo, con la que castigaban a los alumnos mal portados.
A mí no me tocó algún maestro de esos, pero tengo amigos de mi generación que cuentan recibieron castigos cruelísimos a punta de varazos. ¿Por qué la vara de membrillo? No sé, pero según entiendo, la vara de membrillo es flexible, difícil de quebrar y aguantaba cientos de varazos en las piernas o en las nalgas de los estudiantes. Hoy, cuando es imposible que un maestro toque con un pétalo a algún estudiante, sorprende saber que antes era práctica común. De ahí el dicho: “La letra con sangre entra”.
¡Ah!, tan sabroso el ate de membrillo (el de membrillo, no el del miembrillo del malcriado del Cheno). Lástima que para muchos, la palabra membrillo remite al castigo escolar desmesurado. Por eso, también es una pena que dicha madera sea recordada de tan fea manera. ¡Qué no diera el árbol de membrillo en tener el prestigio que tiene la ceiba!, por ejemplo, que es considerado el árbol sagrado de los mayas. ¡Ah!, qué no diera el árbol de membrillo de tener el ascendente que tiene el hormiguillo que es el árbol que da la madera para la marimba. El membrillo también sacaba notas, pero de dolor. Los niños, por más que deseaban evitarlo, gemían y lloraban a la hora que los maestros les metían sus varazos sin compasión. Qué diferencia de las notas que regala el hormiguillo, notas que invitan a mover los pies y a aventarse al patio para echar un bailongo sabroso.
De esto me acordé cuando leí lo que Amín escribió en la dedicatoria de su libro. Él dijo que el burrito que trotaba cabizbajo era amenazado con una vara de membrillo para que le echara julepe a su trote. Los burritos de los años sesenta eran azotados con vara de membrillo. Por esto, tal vez, los burros de los maestros azotaban a los alumnos “burritos”.
Por fortuna, yo nunca recibí azotes con vara de membrillo. Y no porque fuera aplicado, sino porque no me tocaron maestros membrilleros. Lo que sí me tocó, ya en sexto grado de primaria, fue dos o tres reglazos en las manos. Creo que dolían igual que aquellos azotes. En secundaria lo que me tocó fue un borradorazo que esquivó el compa al que iba destinado. El compa hablantín vio que el borrador volaba y se agachó, como yo estaba sentado detrás de él, me tocó el borradorazo, sin deberla. Todos los compañeros rieron, a mí no me quedó más que sobarme y agacharme para recoger el borrador y entregarlo al maestro victimario. Eran tiempos en que los alumnos éramos dóciles.

Posdata: En el libro de Amín, ¡faltaba más!, hay mención de los burritos de La Pila; de los tiempos en que los habitantes del centro compraban el agua que ofrecían los burreros en barriles. Cuentan que en los patios de las casas había enormes ollas de barro donde los burreros volcaban el agua contenida en los barriles.
Juan fue burrero. Hace años me contaba anécdotas de su oficio. Un día le pregunté si sabía leer y escribir, si había ido a la escuela. Me dijo que no. Su familia era pobre, por lo tanto, desde niño tuvo que trabajar. Lamenté que no hubiera ido a la escuela, dije que, probablemente, su situación hubiese sido diferente, dije que, tal vez, con el estudio pudo dedicarse a un oficio menos difícil. Juan dijo que sí, que tal vez con estudio su vida hubiese sido diferente, pero un minuto después me sorprendió al decir: “Aunque, la verdad es que estuvo mejor que no fui a la escuela, mi compadre Armando me contó que la escuela era muy aburrida y que el pinche maestro los cuereaba y los vareaba”. Lamenté escuchar eso. Así era la vida, antes, en tiempos de Cheno.

viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA FOTOGRAFÍA TRISTE





A Elisa no le gusta ver fotografías familiares. Es de las pocas personas que conozco que asume tal comportamiento. Ella cuenta que una tarde, cuando era niña, su mamá la llamó para que viera un álbum de fotografías familiares. Era una tarde espléndida, el sol se estiraba como gato en el patio. Elisa había regresado del parque, donde, con sus primas, había jugado en los columpios. Estaba chapeada, sentía un agradable calorcito en su cuerpo. Su mamá comenzó a pasar las fotografías, en blanco y negro, y a comentar cada una de ellas: Acá está mi abuelita Irene, acá está el tío Porfirio. Suspiraba al hablar. Hubo un instante en que se colocó una mano en el pecho y dijo: Acá está mi mamita, yo soy la niña que tiene en brazos. Elisa vio que su mamá dejó de ver la fotografía, miró hacia la ventana y se soltó a llorar. ¿Qué te pasa, mamita?, preguntó Elisa. ¡Nada, nada, hija, nada!
A Elisa no le gusta ver fotografías familiares, dice que aquella tarde se impactó. Su mamá había llorado, se había puesto triste, en una tarde espléndida, cuando minutos antes había estado feliz, cantando, preparando la masa de los pastelitos que metió al horno, para la cena. Elisa dijo que, a partir de ese día, odió a las fotografías, así como odiaba a su papá cuando llegaba borracho y hacía llorar a su mamá. Su papá y las fotografías hacían llorar a su mamá y eso a ella le molestaba mucho.
Elisa cuenta que su mamá le echó la culpa a la sirvienta, la tarde que salió huyendo de casa, llevándose la cajita de madera donde guardaba sus joyas. “¡India cabrona!”, gritó la mamá de Elisa cuando descubrió el hurto de las joyas y de los álbumes de fotografías. Elisa nunca confesó la verdad, que ella había tomado las fotografías y las había ido quemando poco a poco, y los álbumes los había guardado en una bolsa negra de plástico y los había tirado en la basura.
Por eso, Elisa no tiene cuenta de Facebook. Dice que hay parientes y amigos que suben fotografías familiares y ella no quiere recordar los momentos ingratos que vivió su mamá. Cuando el borracho de su padre los abandonó, su mamá lloró mucho. Lo mismo hizo cuando una amiga de ella le enseñó una fotografía donde estaban los papás de Elisa recién casados.
Por eso yo no le enseño fotografías familiares a Elisa. A veces le muestro algunas fotografías de Comitán, del parque de La Pila o de la Pilita Seca y ella sonríe y dice que esas fotografías sí le hacen bien. Pero cuando tomé esta fotografía en la carretera que va a San José Obrero pensé que no se la enseñaría, porque es como una foto triste, muy triste. Sé que ella no vería ese platanar que es como una corona verde a mitad del campo, que es como un pájaro enormísimo con sus alas abiertas, que es como el corazón de la tierra que abre sus dedos para tocar el viento. No. Sé que ella vería lo que está en primer plano, ese fragmento de murete que ya está todo chimuelo, que es como un sobreviviente de épocas pasadas. Porque, si bien este fragmento no tiene parentesco con alguien, sí es como un hilo para jalar la memoria, ese hilo cruel que sirve para atar el recuerdo del abuelo que lo construyó, ese abuelo que, por las tardes, se sentaba en un butac a ver cómo estaba de grande ya el platanar que sembró con su padre.
Las selfies son fotos prodigiosas, que capturan el instante glorioso de vida. Pero sé que estas instantáneas, al paso del tiempo, se volverán fotografías tristes. Lo sé, así como lo sabe Elisa. El otro día, Romeo me mostró una fotografía donde aparecen tres muchachos en la playa, debajo de una sombrilla. Los tres están con sus trajes de baño, están bronceados, tienen cervezas en la mano, sonríen. Romeo me dijo que los conoció. Cuando le pregunté por qué hablaba en pasado, me contó que esa fotografía la subieron a sus muros, antes de dejar Acapulco, antes de subir al auto, antes de chocar con la parte trasera de un tráiler. Estaba triste cuando dijo que esa fotografía la habían subido al Facebook dos o tres horas antes de morir.
Sé porqué Elisa odia las fotografías familiares. Le remueven recuerdos ingratos, que son como brazos que lanzan a la mente al vacío, ahí donde, a diferencia de trapecistas de circo, no hay redes de protección.
Pero yo tomé la fotografía porque sé que uno de estos días, más temprano que tarde, este pedazo de murete caerá y nadie tendrá un referente para la memoria colectiva. Yo pienso que es bueno, de vez en vez, que haya registro de fotografías tristes, porque, después de todo, la vida está llena de esas cuerdas que aprietan los cogotes del alma.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL ORIGEN DEL UNIVERSO




Querida Mariana: Vi esta fotografía y pensé que si alguien dijera que la abuelita Maty bordó el mar ¡lo creería! Lo creería porque este bordado no tiene principio ni fin. ¿Mirás cómo esta colcha desborda los límites de la fotografía? No fue a propósito (muchas cosas no lo son), pero la sensación que da es de un mar con un oleaje armonioso, casi quieto, como si la abuelita Maty hubiese ordenado: “Niñas, niñas, estense quietas”, y las olas, dóciles, sencillas, le obedecieran.
Vi la fotografía y quedé asombrado. ¿Cuántas horas dedicaba la abuelita de mi amiga Lulú a cada colcha? No puedo imaginarlo, porque mi imaginación es escasa hablando de horas dedicadas a una labor tan concienzuda, tan de abeja libando miel, tan de hormiga llevando hojitas al hormiguero, tan de Dios formando el universo.
Vi la fotografía y supe que las manos de la abuelita Maty fueron manos poseedoras del don. He visto manos semejantes, he visto manos de bordadoras zinacantecas que, con telar de cintura, se pasan las horas de las horas bordando las blusas; he visto manos de talladores de madera repasar una y otra y otra vez el trozo hasta dejar la pieza para museo. Imagino que así es el proceso que realiza el escultor Luis Aguilar, cada vez que moldea la plastilina para que luego, por el método de la cera perdida, sus obras tomen la solidez del bronce.
Vi la fotografía y me sorprendió la sencillez de la estancia. Sólo aparece la pared del fondo y la silla al lado del sofá donde está sentada la maravillosa bordadora. Imaginé, querida Mariana, que la abuelita Maty está a punto de terminar con la labor; imaginé que, al estilo de los albañiles que impermeabilizan un techo y quedan atrapados en una esquina, ella comenzará a quedar por debajo de ese mar bordado y dirá, satisfecha: “¡He cumplido!”, y cerrará los ojos y se irá a otra parte del universo a seguir con su labor, porque, ¡sí!, ella cumplió. Ella legó estos mares bordados y, lo más importante, dejó como herencia la lección de la paciencia y de la pasión.
¿Cuántas horas dedicaba a cada colcha, a cada laguna bordada, a cada mar entretejido? Ella, al contrario de Moisés, no abrió el mar, porque no estaba en el destierro. ¡No! Ella, al contrario, se dedicó a unir las olas para formar un enormísimo mar, ella siempre fue una mujer sedentaria, porque la Biblia dice que Dios descansó al concluir su labor de formar el universo. Lo mismo hizo la abuelita Maty, vio que el mundo era bueno, estaba lleno de flores, de pájaros y de borregos, pero le faltaba el agregado de la belleza utilitaria, entonces cardó la lana del borrego, se sentó y comenzó a bordar un tapete para abonar la imaginación del ser humano.
¿Mirás cómo cae la cabellera blanca, como queriendo unirse a las olas del bordado? Su cabellera es una cascada. ¿Mirás cómo ella está a punto de jalar el gancho para que el hilo forme la greca? ¿Imaginás cómo era el espíritu de la abuelita Maty?
Cuando vi la fotografía traté de escuchar. ¿Oís lo mismo que oí yo? Yo escuché el sonido del mar a la hora que, sugerente, besa la orilla de la playa; escuché el sonido de una bandada de gaviotas; escuché el sonido del silencio que, apresurado, movía los pies y caminaba por encima del mar, en intento de imitar a Jesús. Escuché la respiración de la abuelita Maty, vi cómo su pecho se alzaba como se alza el buche del gorrión cuando canta.
Nada interrumpía ese concierto de silencios y de murmullos.
En el instante de la fotografía, la abuelita no suspendió su labor. Así la hallaron, así la dejaron, bordando. Así continúo hasta la tarde en que el bordado se confundió con su cabello, se entrelazó y la cubrió de manera permanente.
¡Qué vida tan intensa, tan llena de guiños luminosos! Ella no fue enterrada, ella descansó debajo de un mar bordado.

martes, 7 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA CHARLA CON ALICIA TORRUCO




Querida Mariana: El 28 de octubre, Daniel Saborío pidió que les regalara una entrevista para “Lengua de calle”, un canal de videos en las redes sociales. Daniel siempre es muy amable conmigo. De inmediato contesté que sí, por supuesto, dije que lo consideraba un honor. Él agregó que la charla sería con “una entrevistadora muy simpática”. Ella se pondría en contacto conmigo. Así fue. Alicia Torruco me dijo que hiciéramos la entrevista el viernes tres de noviembre, a las once de la mañana. ¿En dónde? ¿La hacíamos en la casa o en un café? Sugerí que lo hiciéramos en el parque de San Sebastián. Aceptó.
La charla (ya la viste en el Facebook) resultó muy agradable. Alicia condujo la plática de manera sutil. Me sentí muy bien. Platicamos de los dos proyectos más recientes: mi novelilla breve “Siempre aparece un elefante llamado Doko” y ARENILLA-Revista.
Ahora recuerdo dos cosas de la plática. Alicia dijo que no preguntaría lo que mucha gente, sin duda, pregunta: ¿Quién es Mariana?, pero dijo que sí preguntaría por qué sólo le escribo a Mariana; es decir, por qué sólo te escribo a vos.
La otra cosa que recuerdo es que Alicia (Daniel tuvo razón, es una entrevistadora muy simpática) pidió, en un momento de la charla, que yo le hablara de vos (no de vos, vos, sino que empleara el voseo, como una muestra del modo de hablar comiteco).
Agradecí que Alicia no saliera con el sobado tema de quién sos vos, porque siempre que lo preguntan no puedo decir más que sos el motivo de estas cartas, sos el pretexto ideal (así se lo dije a Alicia) para apuntalar dos de mis modestas pretensiones: Uno: rescatar un género literario que ya es escaso y que dio tanta luz a la literatura mundial: el género epistolar; y dos: usar el lenguaje coloquial comiteco que, de igual manera, ya no usan muchos jóvenes paisanos, que prefieren el tuteo y no el voseo.
¿Sólo te escribo a vos? No, pero vos sos el motivo de la mayoría de mis cartas. Esto es muy sencillo, así como ya pocas personas escriben cartas, pocas personas tienen la paciencia y el amor que vos tenés para leerlas completas. Los tiempos actuales exigen la brevedad, pero la brevedad llevada al extremo. Ahora ya apareció un nuevo género literario: La tuiteratura; es decir, los textos que se escriben en el twitter, con un máximo de ciento cuarenta caracteres (Sonia dice que ya duplicaron el límite y que ahora son doscientos ochenta caracteres). Es la tendencia: los mensajes deben ser breves, porque el tiempo exige un menor esfuerzo. Samy, el espléndido librero de Lalilu, cuenta que una vez un ocasional comprador le pidió un libro de cien páginas, no más. Ya no importa el tema, ni el autor, importa que el libro no sea de esos ladrillos al estilo de “Guerra y Paz”, de Tolstoi.
Para hablar de vos debe existir un lazo de comunión; es decir, el voseo más intenso se da entre amigos, entre camaradas, entre afectos. Si el trato es de usted (como fue en el caso de Alicia; ella me trató de usted y yo hice lo mismo) el voseo íntimo no se da. Si, por el contrario, el trato es de tú, el voseo aparece como un rayo de sol e ilumina la conversación. Por esto, cuando Alicia pidió que le diera un ejemplo de voseo, boté el muro del usted y me dirigí a ella como lo hago con vos, tendiendo el puente amistoso.
Si ahora Alicia me preguntara por qué elegí el parque de San Sebastián le diría: Ah, lo hice porque vos, Alicia, sabés que en ese parque se gestó la independencia de Chiapas, pero lo que no sabés es que acá fue el patio donde los estudiantes de secundaria del colegio Mariano N. Ruiz teníamos nuestra media hora de recreo. Vos, Alicia, no sabés que este privilegio lo han tenido muy pocos alumnos en el mundo. En Comitán también fueron privilegiados los estudiantes de la secundaria y de la preparatoria en los años setenta, cuando la escuela estaba ubicada en el edificio que ahora ocupa la casa de la cultura. Aquellos muchachos salían a su recreo al parque central.
Nosotros, alumnos del colegio del padre, dábamos vueltas en el parque de San Sebastián. Las demás personas ya sabían que a las once salíamos media hora a nuestro recreo. Por eso, el nevero se acercaba, lo mismo hacía el que vendía los salvadillos con temperante, y Cirito ofrecía las gorditas que vendía en un local que estaba frente al parque, en el edificio del Niñito Fundador. También, qué pena, lo sabía el depravado que se paraba detrás de un árbol y se masturbaba mirando a mis compañeras que en ese tiempo usaban la falda a mitad del muslo y cuando se sentaban dejaban ver más. El depravado (miserable) jugaba su miembro por encima del pantalón, mientras miraba a lo lejos a mis compañeras, que eran bien bonitas. En varias ocasiones yo vi al tipo que manchaba su pantalón a la hora que no podía contener su excitación.
Querida Mariana, esto le contaría a Alicia, así, hablándole de vos, para que viera que ese parque es simbólico y, para mí, tiene una carga histórica personal que va más allá de Fray Matías de Córdova y de Josefina García. El parque de San Sebastián me regala el recuerdo del padre Carlos; el del padre Raúl; el de la madre Sara; el de Rosa Elena dando vueltas al lado de su novio de entonces; el de los hermanos Barrios llorando desconsoladamente el último día de clases, porque ya dejarían el colegio y tendrían que cambiar de escuela, los hermanos Barrios eran muchachos con fama de ser los más fuertes del salón, pero el último día de clases, abrazados con los demás compañeros daban vueltas en el parque, con el llanto sin contener. Porque, has de saber Alicia, en la secundaria del colegio hice los mejores amigos que, hasta la fecha, son el bálsamo de mi corazón. Ahí conocí a Eva Morante que, desde Guadalajara, lee las cartas que le escribo a Mariana.
Mi niña mía, no sé si Alicia comprendió que apoderarnos del parque de San Sebastián esa mañana era una gran hazaña. Colocamos una mesa al centro del kiosco, con un mantel verde, y encima dispusimos ejemplares de ARENILLA-Revista y un ejemplar de mi novelilla. La gente caminaba sin prisa, muchos estaban sentados en las bancas, tomando vasos de aire fresco, tomándolo sin popote. Alicia no lo vio, pero ahí también estaba parte de mi corazón y del corazón de todos mis compañeros de la secundaria de la escuela del padre Carlos. Ahí estaba la sonrisa de mi amigo Miguel, quien falleció cuando ya era todo un ingeniero egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero al que conocí en esos salones donde el doctor Robles nos enseñaba los principios de la química, y el padre Carlos nos hacía escuchar música clásica y la maestra Virginia Avendaño nos daba dibujo de imitación y el maestro Güero nos impartía clases de modelado con plastilina, materia que cimentó la vocación de Luis Aguilar, el famoso escultor.

Posdata: Alicia Torruco llegó a Comitán hace como año y medio y ahora platica con escritores comitecos y Daniel Saborío sube esas entrevistas al canal de “Lengua de calle”. Por eso, desde ahora, cuando camine por el parque de San Sebastián, a todas las imágenes de mis amigos y compañeros de la secundaria, así como de las de cientos de alumnos que he tenido, se agregarán las de Dany y las de Alicia, quien un día llegó de Las Choapas, Veracruz, y que ahora, poco a poco, habla de vos.

lunes, 6 de noviembre de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Acá están: El caricaturista mayor de Chiapas, una serie de caballetes que sostienen cartones, una puerta, un corredor y un marco con un bordado chiapaneco.
¿Puede cambiarse el orden? Es difícil, pero es posible. Antes hay que hacer notar que el caricaturista mayor de Chiapas está parado entre Velasco Coello y Donald Trump. ¿Ya distinguieron a estos dos personajes? ¿Ya vieron en dónde está el gobernador de Chiapas y el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica? ¡Si, atinaron! Están en los cartones dibujados por el caricaturista: Velasco está a su derecha, casi a un costado; y Trump está a su izquierda, detrás de él, casi en su espalda. Se alcanza a distinguir el tupé de Trump.
Luego habrá que hacer notar que el caricaturista está en un corredor de la Casa de la Cultura, en Comitán. Así, como de paso, el caricaturista me dijo que a su esposa le gusta Comitán, yo (¿qué más podía decir?) dije que su esposa tiene muy buen gusto. El caricaturista rio, tal vez pensando que por eso ella anda con él, desde hace más de veinte años, muchos más.
Se nota que el muro a su espalda es un muro comiteco, porque la parte inferior está cubierta con discretos mosaicos de laja. Doña Esperancita dijo que esto sí le gusta, lo que le enoja mucho es que esas lajas las coloquen en el piso para que la gente resbale. Doña Esperancita dice que Dios es sabio, porque hizo la Tierra de tierra y no de laja. Dice que sólo a urbanistas tontos se les ocurre colocar lajas en el piso.
Lo que doña Esperancita no sabe es que los caricaturistas inteligentes y sabios, como el compa que aparece en esta fotografía, sí tienen la capacidad de poner laja en el piso de los políticos; porque de esto se trata su chamba: de que éstos resbalen, para que los lectores abonen su sentido crítico.
El cartonista mayor de Chiapas dibuja en tinta china, pero cada línea es como una laja donde las malas acciones de los políticos quedan expuestas en el ridículo del más alto humor.
En esta fotografía, el caricaturista mayor de Chiapas sonríe. Nunca logré saber qué era lo que tenía en su mano derecha. Él acá anda todo entacuchado -como si fuera muy seriecito-, porque (respetuoso) se vistió de fiesta para presentar su exposición en Comitán.
Mencioné que el caricaturista está delante de un muro donde está colgado un marco con un bordado chiapaneco. Y mencioné que, en sendos cartones, están Velasco y Trump, que han sido (hasta hoy) como dos muros para los aires de libertad y de progreso (sin importar el orden de los factores, ellos han impedido que el mundo -el enormísimo de allá y el sencillísimo de acá- puedan alzar el vuelo que corresponde a sus pueblos.) Por eso digo, que el caricaturista es quien está delante de ellos, quien sonríe, quien tiene un pie hacia adelante, como para significar que siempre avanza, en sus ideas y en sus trazos.
El caricaturista mayor de Chiapas me confesó una tarde que admira el trabajo de Naranjo, cartonista mayor de México, que en la realización de todas sus obras dibujó ocho millones trescientas treinta y dos líneas con tinta china (esta cifra es aproximada, porque después del conteo de ocho millones, el encargado de hacer el estudio, con la ayuda de una lupa, comenzó a volverse loco, por lo que la Asociación de Conteo de Líneas Creativas, determinó dar por terminada su labor. Así que las trescientas treinta y dos líneas es un agregado del que no puede darse fe de su veracidad).
¿Cuántas líneas ha dibujado el caricaturista mayor de Chiapas? ¿Alguien se atreve a comenzar tal empeño? ¿Cuántas galaxias existen en el universo? ¿Cuántos políticos han tenido que apoyarse en muros para no resbalar con las lajas que el caricaturista les tiende en cada publicación?
Al principio de esta lectura de fotografía enumeré los elementos más visibles: el caricaturista mayor de Chiapas, los caballetes, los cartones, la puerta, el corredor y el marco con un bordado chiapaneco y pregunté si podía cambiarse el orden. Pienso que sí, porque los caballetes son como Velasco y Trump; porque los cartones pueden ser dos de Indio o de Superior con botana de carraca o de chicharrón con hebra (ya no supe si el caricaturista fue a echarse una cerveza en la cantina que se llama “El ángel” (de manera oficial), pero que en Comitán todo mundo lo conoce como “La tablazón”. El mayor caricaturista de Chiapas puede ser la puerta que renueva la esperanza de un periodismo crítico e inteligente, con la misma sutil emoción con que las bordadoras de Chiapas (de Socoltenango) realizaron este bordado que permanece en un marco de madera y que es como un espejo de lo que Chiapas es.
¡Ah!, por cierto, el caricaturista mayor de Chiapas se llama Enrique Alfaro y nació en el fogón de Arriaga y, como dirían los clásicos, adoba su numen creativo en la brasa de Tuxtla. ¡Salud!

domingo, 5 de noviembre de 2017

LAS TRES A




“¡Estoy harto!”, dice el tío Eusebio. Se refiere a esos conceptos empresariales que hablan de las cuatro p, de las tres c y demás número de letras. Dice el tío Eusebio que cualquier emprendedor de segunda se adorna diciendo que él aplica en su empresa la teoría de las tres c: Concepto, cliente y cambio. Más tarda en decirlo, cuando un compa experto en mercadotecnia dice que él aplica la de las cuatro p: Producto, promoción, plaza y precio.
Cuando el tío está de malas, recomienda aplicar a los compas teóricos la de las tres t: Tenés tutís tilibriz; pero cuando está de buenas, juega con la idea, toma un sorbo de cerveza, se limpia la boca con una servilleta y ríe. Dice que antes la vida era más simple, en los guateques también se aplicaba la teoría de las tres c, pero sin tanta alharaca: Comían, cantaban y cogían.
El tío dice que esas teorías novedosas son engañabobos. ¡Ah, qué novedad decir que los empresarios deben tener en cuenta el concepto, el cliente y el cambio! El tío dice que antes el cambio era cabal (se refiere a las monedas que se regresaban después de una compra). ¿Qué tal ahora?, dice, los cabrones de los supermercados, en lugar de darte tu cambio en monedas, te dan chicles.
Claro, el tío bromea. Sabe que cuando el empresario habla del cambio se refiere a la posibilidad de adecuarse a los tiempos. Pero él dice que sólo un comerciante muy bobo no sabe cuáles son las leyes del mercado. Dice que todo se resume a la temporada: Si llueve hay que vender paraguas; si hace sol hay que vender parasoles. ¿Mirás?, dice, vendés lo mismo, pero le cambiás nombre.
Cuenta que un día, en la pastoral que realiza con un grupo de católicos, llegó un sacerdote con la bobera de que Jesús había recomendado la teoría de las tres m: Mansedumbre, misericordia y misión. ¡Ah, pucha! ¡Qué gran descubrimiento! El tío insiste en que estas reglas son una verdadera jalada.
En Comitán hay un compa que juega con el nombre de las personas. Si, por ejemplo, la muchacha se llama Elena, el compa dice que tiene la E de la elegancia, la E de la esperanza, la E de la emoción, la E de la empatía, la E del encuentro, la E del entendimiento. La muchacha ya no sabe dónde meterse, ante el prodigio de lo que escucha. ¡Una bobera!, dice el tío. Así como dice cosas bonitas podría decir: Tu nombre, Elena, tiene la E de la estulticia, la E de la envidia, la E de la erisipela, la E de la enfermedad, la E de enana, la E de encorvada. ¡Una bobera! El tío dice que lo mismo sucede con las teorías de la mercadotecnia.
¿Qué necesita Comitán para tener un desarrollo sostenido? El tío juega y dice que Comitán debe aplicar la teoría de las tres N: Nueve, nudo y necedad; es decir, alimentar la leyenda de los nueve guardianes para que nos protejan; desatar el nudo de la indiferencia para que el hilo de luz fluya de manera sutil; y fomentar la necedad para decirnos que somos un pueblo con grandeza singular. ¡Listo!, dice el tío. Ahora ya estoy listo para dar conferencias en todos los foros.
¿Cuál es el chiste? Ninguno. Por eso dice que está cansado de esas famosas teorías de mercadotecnia, porque todo mundo empresarial se desvive en aplicarlas, descuidando la esencia de la vida: ¡el ser humano! Toda teoría mercadológica olvida lo principal y convierte a las personas en mero objeto de interés comercial.
La vida será más placentera, cuando la mercadotecnia comprenda que el bienestar de las personas debe ser el único objetivo de toda empresa humana. No verlas como meros proveedores de dinero sino como seres a quienes debe satisfacerse sus necesidades de la mejor manera; es decir, toda empresa debe contemplar la teoría de las tres a: Amor, afecto y aprecio.
Todo lo demás, insiste el tío, es una pura teoría de las tres j: Juglaresca, jodona y jalada.

sábado, 4 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA TANTITO DE LA FIL





Querida Mariana: Los aficionados al fútbol americano esperan con ansia, cada año, la llegada de septiembre, mes en que, entiendo, inicia la temporada.
De igual manera, qué bueno, muchos lectores esperan con ansia el mes de noviembre, porque es el mes en que se celebra la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara.
Estoy casi seguro que Samy, el propietario de la librería Lalilu, ya comenzó a preparar sus maletas para viajar a Guadalajara, durante la segunda quincena de noviembre.
Vos sabés que a mí me encanta leer. En los libros hallo, desde que estudiaba secundaria, un mundo maravilloso. Pero nunca he ido a la FIL y si ahora me preguntás si deseo ir, digo que no, la verdad no me atrae mucho la idea. Y no me atrae porque implica viajar.
Soy escaso para las relaciones interpersonales y soy más escaso, aún, para la cuestión de los viajes. Soy feliz en Comitán. ¿Qué puedo encontrar en otros pueblos que no tenga acá? En realidad me cuesta mucho, por ejemplo, dormir en otra cama que no sea la mía. El otro día viajé a la ciudad de San Cristóbal (ciudad bellísima, que quiero mucho) y cuando me acerqué al mostrador de registro del hotel, la señorita preguntó por celular si ya estaba lista la recámara 216, le dijeron que no, ella apremió para que se apuraran porque ya iba a darla. Yo dormiría en la 216, habitación que acababa de ser desocupada, ¿por quién? Pensé en el compa que había dormido en la misma cama que yo dormiría y pedí a todos los santos que la encargada de limpieza usara sábanas limpias, que trapeara bien, que cambiara las fundas de las almohadas, que limpiara, con extremo cuidado, el lavabo y la taza, la taza del baño, sobre todo. Cuando entré a la recámara (dos horas después, ya que la habitación había sido limpiada) pensé en las decenas de personas que han dormido en el 216, pensé en sus hábitos y en sus manías, pensé en todo lo que se hace en un cuarto de hotel.
Sí, por esto no me gusta viajar. Bueno, en realidad esto que digo no es cierto, porque, como ya dije, viajo muchísimo, a todas horas, desde que estaba en la secundaria; es decir, desde que tenía trece años, más o menos. Si ahora tengo sesenta significa que he sido un viajero riguroso y constante durante más de cuarenta y siete años. ¿Mirás? Si ahora llegara a una empresa a solicitar empleo y me preguntaran en qué tengo experiencia, diría, con mucho orgullo: “En ser lector”.
¿Has pedido pizza alguna vez y te la han llevado a domicilio? El servicio a domicilio tiene grandes ventajas. En los años sesenta, en Comitán sólo había una farmacia en turno que atendía durante las noches. En la presidencia municipal colocaban un letrero de madera con el aviso de cuál farmacia estaría de turno durante la semana. Las personas que tenían alguna urgencia a las doce de la noche, salían a la calle con una lámpara de mano, subían las escaleras de la presidencia y, con la lámpara, alumbraban el letrero para saber el nombre de la farmacia en turno, para caminar apresurados, tocar en la puerta de madera y esperar que el propietario (o el empleado) abriera un ventanillo y preguntara qué quería. Ahora (por fortuna) hay más de dos farmacias que despachan las veinticuatro horas y, además, hay servicio a domicilio. El afligido toma el teléfono, da la relación de medicinas que necesita y media hora después escucha el rugido de una motocicleta que indica que un compa lleva el pedido. ¡El servicio a domicilio tiene muchas ventajas! ¿Verdad? Bueno, pues en secundaria descubrí que los libros, también, funcionaban como mensajeros a domicilio. Y digo también, porque muchos años antes había descubierto que el cine funcionaba de igual manera. En el Cine Comitán y en el Cine Montebello, desde mi pueblo, podía viajar a cientos de países y conocer su cultura. Bastaría decir que en el cine descubrí la maravilla de la Selva y el encanto del desierto y la belleza del mar. ¿Dónde en Comitán algo de eso? ¡Ni en sueños! El cine daba imágenes a mis más sublimes sueños.
Lo mismo sucedía con los libros, con la gran ventaja de que éstos estaban en mi buró. El cine implicaba caminar, pagar y entrar a la sala y luego (a veces en medio de la lluvia pertinaz) salir para regresar a casa. Con el libro todo era más sencillo: Bastaba ir a la Proveedora Cultural, platicar con don Rami, elegir el libro, pagarlo, regresar a casa y comenzar a viajar sin moverse, más que de la sala al cuarto o a la cocina para preparar un té.
Desde secundaria comencé a viajar, gracias a que los libros funcionaban como agencias de viajes y de aventuras ¡a domicilio! Como si su slogan fuera: “No salgas. Nosotros te llevamos todo el mundo hasta tu casa.” ¡Ah, qué privilegio! Y todo sin gastar los miles de pesos que gastan los viajeros y sin las incomodidades de dormir en cuartos de hotel, donde una noche anterior durmió una pareja que tomó licor y que hizo cochinadas sabrosas.
Pero digo que el otro día viajé a San Cristóbal y debí quedarme a dormir una noche en un hotel, porque así lo exigía el compromiso que debí cumplir. Viajé temprano. Subí al ADO a las diez de la mañana y antes de las doce ya estaba en San Cristóbal. Fui a La Enseñanza, mítico edificio que albergó una institución educativa en los años cuarenta y del cual maestro Jorge me habla constantemente. La Enseñanza fue restaurada, con mano mágica, porque se respetó su entorno histórico. Bastó entrar al zaguán para hallar un hilo de luz que, de inmediato, me puso a pensar en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, considerada la feria más importante de Iberoamérica. ¿Mirás lo que digo? ¡La feria del libro más importante de Iberoamérica! ¡Pucha, nadita! Y digo que pensé de inmediato en la FIL, porque en la entrada del edificio de La Enseñanza me topé con una fotografía de la querida María Luisa Armendáriz, quien, lamentablemente, falleció en 2015, un poco antes de que continuara con la obra cultural que había emprendido de manera brillante. ¿Por qué está expuesta su fotografía en La Enseñanza? Ah, pues porque ella fue una de las principales promotoras del rescate de esa histórica casa que andaba en el abandono total. ¿Y por qué digo que al ver su fotografía pensé de inmediato en la FIL? Porque ella, María Luisa, fue directora general de dicha feria. ¡Todo un orgullo! La FIL inició en 1987, por lo tanto estamos hablando de que este año cumple ya ¡treinta años! María Luisa hizo que la FIL caminara con buenos pasos. Cuando ella renunció (en 2003) Raúl Padilla, a través de testaferros, mandó a decir que María Luisa había tenido “un desempeño poco afortunado en su gestión del año pasado (2002)”. María Luisa, por su parte, se defendió diciendo que la principal discusión con Raúl Padilla (presidente de la FIL) se había dado “en relación con la necesidad de crear una asociación civil que manejara de manera transparente los recursos, a lo cual el ex rector de la UdeG no accedió”.
María Luisa renunció. En la Ciudad de México organizó el Festival de la Palabra donde continuó con su pasión de promover la lectura. Ella, en una ocasión, declaró: “La demanda urgente de este país es de lectores y esto lo tenemos que revisar bajo el tamiz de que sin lectores tampoco contamos con el aparato crítico natural para construir la sociedad que requerimos”.
Entiendo, querida Mariana, que si no hubiese viajado a San Cristóbal no hubiera entrado a La Enseñanza y, tal vez, nunca me hubiera topado con la fotografía de María Luisa. Pero también entiendo que, en la vida, ningún mortal puede abarcar todo. No obstante, yo, gracias a la lectura, he podido viajar a cientos de lugares, algunos tan distantes como Estambul, a través de los libros de Pamuk, escritor al que admiro, sobre todo por dos de sus novelas: “El museo de la inocencia” y “Me llamo Rojo”.
Ahora ando viajando por Nueva York, porque leo “4 3 2 1”, la novela más reciente de Paul Auster, escritor norteamericano, que será honrado con la Medalla Carlos Fuentes, en la edición de este año de la FIL. Auster, igual que Pamuk, es un gran narrador. Ahora estará en Guadalajara. ¿Llama mi atención esta noticia? Pues hasta acá; es decir, no me gana la gana por ir a verlo. ¿Para qué? Ahora lo tengo acá en mi buró y me está contando cosas maravillosas.

Posdata: Nunca conocí a María Luisa Armendáriz, digo, así en vivo. Pero la conocí a través de una novela que escribió “Amores de selva y sombra”. El maestro Óscar Bonifaz me prestó su ejemplar y yo viajé con María Luisa. Uf, he viajado en tren, en avión, en cayuco, en globo, en auto, en caballo a muchos países de la mano de gente interesantísima. He caminado miles de kilómetros al lado de Cortázar, por ejemplo, y digo que su compañía por nada la cambio.
Mi amiga Rocío Hernández viaja a Guadalajara para asistir a la FIL y siempre me comparte fotografías. Una vez se tomó una fotografía con un ejemplar de mi novelilla “Historia triste de un cuentahistorias” y me dijo: “Molinari ¡acá estás!”. Mi amiga Eva Morante vive en Guadalajara y acude a la FIL y siempre me comparte su experiencia. En una ocasión, mi amiga Coco Villatoro me dijo que ella haría un viaje de descanso con su familia y que yo podía estar en su casa sin pagar un solo centavo, con tal que fuera a la FIL.
Todo lo agradezco. Todo lo vivo, desde acá, desde mi pueblo; desde mi casa, donde duermo a pierna suelta en mi cama.

viernes, 3 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE FIESTA




Por lo regular, la definición de Fiesta no contempla la tragedia, pero, por lo regular, la tragedia es invitada especial de las fiestas.
No existen estadísticas al respecto, porque es imposible registrarlas, pero un buen porcentaje de fiestas termina en tragedia.
Cualquier diccionario contempla a la diversión o regocijo, como sinónimos de fiesta; es decir, fiesta es echar la casa por la ventana para que la gente se divierta.
La tragedia nada tiene de divertida. ¿Cómo es posible, entonces, que muchos festejos terminen de fea manera? Pancho dice que es porque la fiesta reúne lo oscuro y la luz que siempre están presentes en la vida. La fiesta, dice Pancho, sublima el acto de vivir y lo potencia al máximo, por eso, en la fiesta, la carcajada es más ventana y más hueco la miseria.
Alfonso me contó que tuvo su primera experiencia de esa dualidad cuando tenía cinco o seis años de edad. Estaba parado sobre una silla, su mamá le arreglaba la corbata, porque portaba un traje debido a que una sobrina de su papá se casaba e irían al templo y luego a la casa de ella, donde se celebraría la fiesta. Y escribo celebraría porque, Alfonso me contó que nunca se celebró. Su mamá se retiró tantito y dijo que estaba listo, se acercó de nuevo, le dio un beso y lo bajó. Él se vio en el espejo. Sí, estaba listo: sus zapatos bien lustrados, impecables su pantalón y saco, la camisa blanquísima y la corbata con el nudo perfecto. Ahora, dijo su mamá, poniéndole una toalla sobre los hombros, ve a peinarte. Fue al baño, subió al banco que tenía, se echó agua en el cabello y, con el peine, trató de hacer una raya derecha, aunque al final, dijo sonriendo, terminó como la carretera vieja de San Cristóbal a Tuxtla.
Oyó la voz de su papá. El carro ya había llegado. Que se apuraran. Bajó del banquito y caminó por el corredor lleno de helechos. Su papá y su mamá también estaban listos. Ella vestía un vestido color naranja y llevaba un bolso nuevo entre sus manos; su papá estaba entacuchado, igual que Alfonso. Los tres (la sagrada familia) estaban listos, bellos.
Llegaron al templo. Ya muchos amigos de la familia estaban en la entrada, platicaban, los señores fumaban y las señoras se quitaban motas de polvo en sus chalinas. Fue entonces cuando Alfonso escuchó la palabra fiesta. La dijo su padrino Ramiro. Se acercó al grupo donde estaba su papá, el padrino interrumpió la plática, abrió los brazos, como si quisiera abarcar todo el pueblo y dijo: “Ya está comenzando la fiesta, está comenzando con el pie derecho”, y soltó su carcajada de olla exprés. Había terminado de decirla cuando el campanero comenzó a tocar el segundo repique. El jolgorio de las campanas se unió al jolgorio de la multitud y las campanadas volaron por todo el aire. “Qué raro”, dijo doña Carmen: “El campanero ya no dio el segundo repique”. Todos afirmaron, dijeron que el campanero había olvidado dar los dos toques finales que indicaban que era el segundo repique, que ya la misa estaba por empezar. La multitud siguió en la charla, muchos ya habían entrado al templo para tomar su lugar, pero muchos otros seguían afuera, en espera de que la novia llegara, ya los papás de ella habían llegado con anticipación, ya muchos los habían abrazado y habían deseado lo mejor para la hija. De pronto, un hombre llegó al grupo donde estaba el papá de Alfonso, donde estaba él, y como si hubiese visto un fantasma o como si corriera detrás de un venado, dijo, casi gritó: “Don Queno, no respira, ¡parece muerto!”. Don Queno era el papá de la novia, era el primo del papá de Alfonso. ¿Cómo?, preguntaron todos. ¿En dónde está? ¡Arriba! ¿Arriba, dónde? En el campanario. Pero, ¿qué está haciendo allá? Y todo mundo echó a correr. El papá de mi amigo le dijo que se quedara. Subieron por la escalera de piedra. Luego contaron que hallaron a don Queno tirado sobre el piso de tierra del campanario, debajo de la campana mayor; luego contaron que don Queno había subido para tocar el tercer repique, porque estaba muy contento por la boda de su hija. El campanero contó que don Queno le dijo que bajaría en cuanto comenzara el primer repique para llegar a tiempo a entregar a su hija en el altar. El campanero contó que don Queno no había tocado campana alguna, que cuando él terminó de tocar la volteadora e iba a dar los dos toques finales vio que la cara de don Queno se transformó, hizo una mueca de madera apolillada, se llevó las manos al pecho y cayó fulminado, como si un rayo lo hubiese empujado. Cuando las personas subieron ya lo hallaron muerto. Comenzaron a bajarlo, justo a la hora que la novia, sonriente, bellísima, bajaba del carro y se sorprendía tantito al ver que nadie había esperándola.
Ya no hubo la fiesta. La misa sí se realizó, pero fue como una celebración doble: misa de boda y misa de cuerpo presente. Todos lloraban. La fiesta había comenzado con el pie izquierdo. El cuerpo del papá lo sentaron, mientras los de la funeraria llegaban con el cajón.