jueves, 21 de septiembre de 2017

ELOGIO PARA MARICRUZ




Medio mundo, ya lo he dicho, me pregunta ¿Quién es Mariana? Pero ayer, en un desayuno, Memo cambió la pregunta: “¿Oí, compa, quién es Maricruz?”.
Ambos sonreímos. Yo sabía porqué lo preguntaba. Sucede que Maricruz es primer lugar, tiene la medalla de oro.
Espero que ahora no suceda como cuando un comentarista de fútbol elogia a un jugador y un minuto después el merecedor del elogio recibe el balón y, justo frente a la portería, lo vuela, lo manda por encima del marco y el balón va a dar a las tribunas, provocando la rechifla de los aficionados. El espléndido jugador hace el peor “oso” de su vida y lo hace precisamente un minuto después que el comentarista se había deshecho en loas y aplausos.
Espero que no suceda así. Espero que esta Arenilla, que es un agradecimiento para Maricruz, sea compartida en las redes sociales, primero antes que nadie, por ella, por Maricruz. Porque, Maricruz tiene el primer lugar por compartir las Arenillas. ¿Cómo le hace? No sé. Cuando, en las mañanas, subo la Arenilla del día, advierto, con satisfacción, que uno o dos minutos después ya fue compartida y, casi siempre, quien lo hace ¡es ella! (Mariana, un poco celosa, me dijo el otro día que ella no compartía mis textos, porque -lo dijo con tono irónico- “Ahí estaba la famosa Maricruz compartiéndola”).
Sí, debo confesar que me siento chento (en comiteco, la chentura es orgullo). Una vez alguien en el Facebook preguntó qué era más significativo: ¿Qué alguien le diera Me gusta a la publicación o la compartiera? Soy de los que piensan que es más relevante compartir, porque eso es como partir una manzana y repartir cachitos entre los amigos, porque la manzana está rica y es buena para la salud y debe compartirse con los afectos (el abuelo de Jorge, don César, siempre repetía el dicho popular: “Manzana y miel de abeja ¡la muerte de tu cuerpo aleja!; es decir, la manzana le hace bien al cuerpo y al alma). Maricruz, por lo regular, un minuto después que subí mi texto lo comparte en su muro y en el muro del grupo Imágenes Históricas, Leyendas y Personajes de Comitán (página que tiene más de once mil seguidores). Entiendo a la perfección que Maricruz parta la manzana y la comparta con los amigos de su muro, pero me sorprende mucho que lo comparta en la página creada por Francisco Domínguez (quien radica en San Luis Potosí). Me sorprende porque la página de Francisco fue creada para compartir ¡imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán! Mis textos no son históricos, ni rescatan leyendas, ni se refieren a personajes del pueblo. Las Arenillas, Maricruz lo sabe muy bien, son meros divertimentos que juegan con la palabra y la imaginación. En ocasiones tocan de manera tangencial el corazón de Comitán, pero en otras ocasiones vuelan por otros territorios, muchos de estos ¡fruto de la invención! Por esto, cuando hace ya algún tiempo vi que Maricruz compartía la Arenilla en la página del grupo pensé que los administradores de la página eliminarían el texto porque no cumplía con el fin para el que fue creada la página, pero grande fue mi sorpresa al comprobar que el texto se quedó ahí y, conforme pasó el tiempo, fue admitiendo las Arenillas que Maricruz compartía. Tal vez, un administrador se preguntó al inicio: ¿Por qué Maricruz comparte los textillos de Molinari? ¿Por qué? Igual que Memo se preguntó: ¿Quién es Maricruz?
Recuerdo a Maricruz en la secundaria. Yo estudiaba en la prepa, en el mismo edificio y, de igual manera que topábamos con decenas de compañeros, de vez en vez me topaba con Maricruz. Ella era una niña (una muchacha bonita) muy perseguida por muchos admiradores. Así la recuerdo. Ella y yo jamás hablamos, porque nada teníamos que hablar. No fuimos amigos. Fuimos conocidos.
Pero ahora, desde que subo mis textos en las redes sociales ella comparte las Arenillas en primer lugar. Ella (tal vez Francisco Domínguez no se ha dado cuenta) también es primer lugar en la página del grupo, porque ha sido fiel “colaboradora” de la página donde, imagino, uno o dos paisanos leen mis textillos (esto lo compruebo cada vez que el propio Francisco o Hugo Fritz escriben algún comentario). Debo decir que Maricruz ha hecho que las Arenillas sean ya como una laja en la banqueta maravillosa de la comunidad Imágenes históricas.
La otra noche me topé con Maricruz en el Museo de la Ciudad. Mi Paty y yo estábamos sentados detrás de ella. Le dije a mi Paty que iría a saludar a Maricruz. Me acerqué y le dije que le agradecía por compartir mis textillos en la red, le dije que ella me estaba haciendo famoso. Ella rio. Fue entonces cuando le dije que era el Primer Lugar en compartición. Un segundo después, la güerita María Antonieta Villatoro (quien estaba sentada a su lado) dijo: “Yo también las comparto, Alex”, lo dijo con vehemencia, como reclamando un mérito que le estaba negando. Sonreí, puse mi mano en el hombro de María Antonieta y dije que sí, que le agradecía también su generosidad, pero que Maricruz era ¡el primer lugar! Me sentí muy chento. La güerita quería subirse también al podio donde suben los campeones compartidores de las Arenillas. ¡Ah, era un sobrado homenaje! ¡Sobradísimo!
Hay muchos lectores generosos que comparten las Arenillas. A cada uno de ellos les agradezco su dadivoso obsequio. Miguel García Callejas, por ejemplo, quien vive en Nopala de Villagrán, Hidalgo, comparte mis Arenillas cada mañana. Imagino que él piensa que alguien de sus amigos puede encontrar alguna idea interesante en mis textillos. ¿Nopala de Villagrán? Sí, así se llama su pueblo y ahora, gracias al Internet y a mi amistad virtual con Miguel, he entrado a ver algunas fotografías de su lugar de residencia. Muchos amigos comparten mis textillos. Agradezco su generosidad, pero que quede claro (y que nadie se moleste, por favor), el primer lugar le corresponde a Maricruz Aguilar Gordillo, quien ha exagerado su generoso gesto y comparte mi texto un minuto después que subió. La Maricruz me está haciendo famoso. Ella es primer lugar en compartir Arenillas y primer lugar en subirlas al grupo de Imágenes Históricas de Comitán.
Si yo fuera más embelequero, si no fuera tan escaso en relaciones sociales, procuraría una ceremonia que reconociera la embelequería de Maricruz. En el Museo de la Ciudad, el mismo donde la saludé, convocaría a medio Comitán para que fuera testigo del acto donde Francisco Domínguez (invitado de honor) hiciera entrega del premio “Embelequerías” a Maricruz. Pero soy muy escaso, soy muy ish, y no tengo más para dar, sólo esta Arenilla, que pretende ser un elogio por hacer algo que nada lo obliga a hacer, sólo la complicidad entre lectora y escritor, sólo un guiño de amistad. Ella piensa que mi texto es como una manzana que hace bien y, generosa, lo comparte con los demás. Ha compartido tantas Arenillas que éstas ya formaron un grano de arena. ¡Gracias!
Espero, entonces, que Maricruz no falle. Que ahora no mande el balón a las tribunas. Espero que ella sea la primera en compartir este textillo en el que le envío un abrazo con mucho afecto.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

UNA TARDE EN PARÍS




La tarde del domingo me quedé en casa. Me senté en el sofá y leí a Vila-Matas. Luego me paré y vi a través de la ventana las plantas que ha sembrado mi mamá y que, por la lluvia, están soberbias. Pensé que sería bueno ir a un museo. ¿A cuál ir? Me latía ir al Louvre, pero no. Decidí ir a un museo que no conociera. ¿Cuál? ¿El museo de la música, en el edificio que tiene la Filarmónica de París? ¿Por qué no? Fui a la cocina, partí una papausa que compré en el mercadito, en la mañana, y me senté frente a la computadora. Me bastó abrir el Google Maps y “entrar” a la avenida Jean Jaurés. La avenida es amplia, con banquetas anchas, sin ambulantes. La tarde era luminosa. “Caminando” con atención descubrí la entrada del edificio que alberga al museo. Logré entrar a cuatro salas de exhibición y una de conciertos. ¡Ah, qué bonita sala! Imaginé cómo se llena en tardes de concierto y la gente disfruta la música.
Caminé tranquilamente por las salas de exhibición, mientras comía la papausa que estaba dulce, muy fresca. Me sorprendió ver el orden y el cuidado con que están presentadas las colecciones en el museo. En los paneles vi pinturas colgadas con personajes que ejecutan algún instrumento, para dar contexto, y, en vitrinas con cristales transparentes, colecciones bien distribuidas de instrumentos musicales: trompetas por allá, toloches más acá; timbales y tambores africanos; pianos de cola, como si estuviesen en una sala de un palacio francés; arpas, flautas, violines y ¡una marimba! Sí, una marimba, solita, como si fuese una estrella especial. Casi casi escuché su sonido. Como estaba en la Ciudad de la Música, al lado de la sala de conciertos, escuché el sonido delicado de la marimba en manos de Límbano Vidal, interpretando alguna sonata de Bach; pero luego, un rato después la escuché en manos de la Perla Chiapaneca, interpretando un son y luego, ¡faltaba más!, a mitad del patio de una casa comiteca, debajo de un manteado, en un piso lleno de juncia fresca, reventándose la del Tacuatzín.
¡Ah, qué disfrute esa sensación de reconocimiento!, como si cuando estuve caminando por la Avenue Jean Jaurés me hubiese topado con un grupo de comitecos y estos al verme hubieran gritado ¡Cotz!, sólo como símbolo de identidad. ¡Una marimba en París!, bien podría ser el título de una novela, título que sería como esos títulos admirables que García Márquez acostumbraba poner a sus novelas. Apenas ayer me enteré que una novela inédita e inacabada de Gabo se llama “En agosto nos vemos”. ¡Ah!, es un título que abre ventanas, un título lleno de aire.
Conforme recorrí el museo pensé en la variedad de materiales que las personas emplean para construir instrumentos musicales. Pensé en que esa marimba (hecha de madera de hormiguillo) tiene en la parte baja de los cajones un pedazo de cera que cubre pequeños huecos y que, de igual manera, tiene una telilla que sacan del intestino de cerdo. No sé cuál es la función de la cera ni de la telilla de cuch, pero advierto la conjunción de diversos materiales, todo en aras de lograr un sonido vibrante. Pensé en los materiales que emplean los constructores de violines, de flautas, de tambores, de cornetas.
Busqué un par de piedras, porque Juan, cuando ya estaba medio bolo, levantaba dos piedritas y mientras Rodrigo tocaba la guitarra y los demás hacíamos el coro para cantar esa de: “Pueblo mío que estás en la colina, tendido como un viejo que…”, Juan, con sus manos, hacía chocar las piedritas y provocaba un sonido que engrandecía el ritmo y nos daba enjundia para cantar con más emotividad.
Salí emocionado del museo. Regresé por donde había caminado. La tarde seguía impecable, como si no hubiera pasado el tiempo. La gente caminaba tranquila, el tráfico fluía con precisión. No me topé con ningún vendedor ambulante. No sé cómo le hacen en París para mantener limpias y ordenadas sus avenidas. Debe ser porque allá no hay organizaciones sociales como las de acá; debe ser que allá la democracia no funciona de manera clientelar.
Salí del Google Maps, terminé de comer la papausa. Me levanté y fui a tirar las semillas al basurero de la cocina. Cuando regresé a la sala me acerqué al ventanal y miré las plantas que ha sembrado mi mamá. Pensé que, cuando menos, en casa hay orden, hay armonía. En la avenida de París lo que vi era una alfombra de hojas secas, de ahí en fuera, todo era muy limpio. Hasta los grafitis del paso a desnivel por donde caminé se veían llenos de luz.

martes, 19 de septiembre de 2017

AUTORRETRATO




Rosario Castellanos era poeta. Su infancia y parte de su adolescencia las vivió en Comitán. Ella escribía poemas. Escribió uno que se llama “Autorretrato”, donde, como su título indica, hizo un boceto de su carácter para que la conocieran sus lectores.
Se le considera comiteca, por ello, en Comitán la casa de la cultura lleva su nombre. Hay, además, un sitio de taxis que se llama Rosario Castellanos y, en la periferia del pueblo, un fraccionamiento de viviendas de interés social, ¡faltaba más!, lleva el nombre de la escritora. Bueno, la cereza del pastel es el torneo de pesca que se llama Rosario Castellanos.
En una esquina del parque central del pueblo hay un busto que representa a la escritora. El bronce fue realizado por el escultor Luis Aguilar.
El poema “Autorretrato” apareció publicado en 1972; es decir, en este 2017 celebramos cuarenta y cinco años de su publicación. Rafita, quien, según él, es médium (Romeo lo molesta diciéndole que es médium mentirosum), nos platicó el otro día que se comunicó con el espíritu del busto de Rosario y éste le dijo que había hecho algunas modificaciones a su poema. ¿Cómo creerle a Rafita si la vez pasada dijo que había hecho contacto con el espíritu de Maximiliano y don Max le dijo que había metido una demanda contra Del Paso porque en su novela “Noticias del Imperio” asegura que no tenía relaciones con Carlota, cuando la realidad fue todo lo contrario, aseguró que ella estaba “loca” por él. Todo mundo celebró la ocurrencia de Rafita. Ahora sucedió algo similar.
Romeo propuso comprar una caguama antes de escuchar la versión remasterizada del poema de Rosario. Rafita dijo que, por cuestiones de los huracanes, temblores y demás contingencias naturales hubo cierta interferencia y sólo logró grabar unas cuantas líneas de la nueva versión.
Cuando Romeo sirvió la cerveza en vasos de veladora, hizo que todos guardáramos silencio y cedió la palabra a Rafita, quien, emocionado por ser de nuevo el centro de atención de la mesa redonda, dijo, con voz de declamador, las líneas del poema original; es decir, el de 1972: “Vivo enfrente del Bosque. Pero casi / nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca / atravieso la calle que me separa de él / y paseo y respiro y acaricio / la corteza rugosa de los árboles. / Sé que es obligatorio escuchar música / pero la eludo con frecuencia. Sé /que es bueno ver pintura / pero no voy jamás a exposiciones / ni al estreno teatral ni al cine-club. / Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo / y, si apago la luz, pensando un rato / en musarañas y otros menesteres.”
Alicia se emocionó (era la primera vez que escuchaba versos de la Castellanos) y aplaudió a rabiar, luego levantó el vaso vacío y dijo que le sirvieran más, que Rosario era una chingona, que qué fregón su poema. Romeo le dijo que no era para tanto, pero que ahí estaba un poco más (¿de poesía?, preguntó ella. No, dijo él, de cerveza) y sirvió más líquido ambarino en el vaso.
Y ahora, dijo Rafita, daré lectura a la versión remasterizada que me dijo Rosario, en una noche de truenos y rayos.
Yo pensé que todos se habían contagiado de un léxico pedante, aderezado con gotas de limón, e hice silencio para escuchar lo que, según Rafita, eran versos modificados por los tiempos que ahora se viven y por el entorno: “Vivo enfrente del parque. Pero ahora / con tanta carpa no puedo mirarlo. Y nunca / atravieso la calle porque hay mucho cafre. / Y no paseo ni respiro ni acaricio / la corteza del árbol porque apesta a coles. / Sé que es obligatorio escuchar banda / pero la vomito con frecuencia. Sé / que es bueno ver pintura / pero no voy jamás a las exposiciones / porque a los leones ya les quitaron su club. / Prefiero estar aquí, como ahora, durmiendo / y, si apago la luz, oliendo un rato / garnachas y otros culinarios placeres.” ¡Bravo, bravo!, dijo Alicia y pidió que le sirvieran más cerveza. Pero la caguama ya estaba vacía y nadie quiso cooperar para comprar otra.
Aparte de Alicia nadie dijo algo más. Como si una corriente de aire hubiera entrado, pero alguien hubiese cerrado la ventana, la calma volvió al cuarto. Rafita dijo que la noche de contacto había mucha interferencia. Nosotros dijimos que sí, que no se preocupara, que nos quedábamos con la versión original.
Rosario Castellanos era poeta. En su pueblo, Comitán, existe un busto que honra su memoria.

lunes, 18 de septiembre de 2017

PASEO CON NOBLES SIN MUCHA NOBLEZA




A Mariana le sorprende el nombre de esta negociación: “Rey del cochito”. Le sorprende porque dice que se acerca mucho a lo que ella piensa es la nobleza: una clase social que se regodea en chiqueros de oropel.
No sé. A mí lo de la nobleza me atrae como fenómeno social anacrónico. ¿Cómo es posible que en el siglo XXI la realeza siga vivita y coleando? En nuestro país está consignado en la Constitución Política que los títulos de nobleza están proscritos y sin embargo a cada rato (en forma simbólica) vemos que Lupita se convierte en Lupita Primera, porque fue nombrada Reina de la feria de San Sebastián. En Juncaná, por ejemplo, coronan a la “Reina Infantil del Elote”. Mariana dice que a su prima equis, que tiene los dientes salidos, la debían nombrar como la “Reina de la Mazorca”. ¡Ay, Mariana!
En este sentido, Mariana tiene razón. Don fulano de tal se autonombra Rey del Cochito. Por eso, mi querida niña comenzó a jugar en cuanto vio el letrero. Dijo que doña Concha es la Reina de la Gallina de Rancho, porque los caldos que vende en su casa, allá por el rumbo del camino a Yocnajab, es de antología. Pero luego dijo que si eso era así, la nieta de doña Concha, la simpática Aidé, es la Princesa de Los Huevos de Rancho, porque ella es la encargada de ir, cada mañana, a levantar los huevos en el corral.
Coincidimos que era un título muy riesgoso, reconociendo el espíritu alburero de nuestro país. Cuando pensamos esto, Mariana dijo que tampoco era buen título el que tenía don Armando, que la gente lo conoce como el Rey de los Tacos de Tripa, porque los albureros pueden modificar el título y jugar con “La tripa del rey del taco”.
¿Y qué pasa con María, quien, según sus amigos, es la Reina de las Toronjas, porque vende unas hermosas en su puesto del mercado? ¡Ah, qué pena con Rosario que, por el producto que vende, podría ser nombrada como la Reina de La Papaya! ¡Qué pena!
¿Y qué decir de don Rodrigo que vende los mejores chorizos de la región?
Hay productos que permiten los títulos nobiliarios. Por ejemplo, doña Lupita no tiene empacho alguno en ser nombrada “Reina del Pan Compuesto”, pero doña Arminda puede molestarse, con justa razón, cuando alguien la bautizara como la “Reina del platanito”, porque vende puro plátano dominico.
Hay un intento de ingresar a la nobleza, un poco a la fuerza. Esa tarde, Mariana y yo recordamos a José José, a quien la mercadotecnia bautizó como “El Príncipe de la Canción”. Pobre Pepe Pepe. A pesar de ser primogénito ya nunca alcanzó a ser el Rey de la Canción. Fue más importante (visto en términos reales, ¡de realidad y no de realeza!) Javier Solís porque éste sí fue nombrado Rey del Bolero.
Otro mundo fue Rubén Darío, porque este enormísimo poeta fue llamado “El príncipe de las letras”. Y digo que fue otro mundo, porque en la literatura los reyes son inexistentes, con la excepción de Agatha Christie, quien es conocida como la Reina del Crimen, no porque los cometiera, sino porque los narraba de manera exquisita.
Mario, cada vez que se presentaba, hacía una genuflexión y decía: “Mario, Duque de la Cruz Grande”. ¿De dónde sacó tal título? ¡Quién sabe!, pero cuando lo decía se esponjaba como si fuera un cuch real o un real cuch, pero Daniel recordaba que Mario era vecino del barrio de los “Cushes”, así que su título se reducía a un simple “Duque de los Cushes”.
Quique y yo fuimos una vez al burlesque, en la Ciudad de México, y nos emocionamos al ver a las vedetes en el escenario cada vez que nos presentaban la espalda y, lentamente, se destrababan el corpiño e imaginábamos sus pechos liberados. La imaginación la botábamos cuando la respetable audiencia comenzaba a gritar: “¡Pelos, pelos, pelos!”, y la vedete en turno se daba la vuelta y complacía a la excitada perrada; pero cuando Quique y yo nos emocionamos más fue cuando el maestro de ceremonias dijo, con voz de locutor de la XEW: “Y ahora, con ustedes, la única, la inigualable ¡Princesa Lea!”. Paco juraba que había en no sé qué burdel la Reina del Estriptis. Con eso comprobamos que hasta en mujeres del vodevil había niveles y algunas se movían en las alturas de la nobleza. Cuando salimos del teatro, Quique y yo jugamos también con títulos nobiliarios. Quique dijo que a nuestro amigo X se le podría otorgar el título de Príncipe de la gonorrea, porque con tanta visita a los prostíbulos en dos ocasiones había sido “premiado”. Quique se paró de pronto en la avenida San Juan de Letrán y con una gran seriedad preguntó: “¿Y quién en Comitán será la Reina del Cotz?”. Reímos, reímos mientras en la avenida transitaban decenas de vehículos y los anuncios de neón se derramaban en nuestros ojos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

DEFINICIÓN DE BÁSICO




A Romelia siempre le llamó la atención la frase de “Canasta básica”, que, se supone, garantiza el mínimo de alimentos para satisfacer las necesidades de una familia. Y le llamaba la atención porque, decía, a ella jamás le habían preguntado cuál era su necesidad básica. “Lo básico”, entonces, está determinado por el otro y no por el necesitado. Lo básico lo determina quien posee el poder, bien puede ser una autoridad civil o una autoridad familiar. Si una muchacha bonita lee esta Arenilla estará de acuerdo que su papá ha determinado cuál es la cantidad básica para sus gastos. Tal concepto de básico lo lleva al mínimo. Si el papá de la chica está leyendo este texto, ahora mismo está pensando que ¡así debe ser! Ah, sólo faltaba que lo básico lo determinara la hija, ¡sólo eso faltaba! El dinero nunca alcanzaría.
Pero, entonces ¿qué es lo básico? El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que básico es: “Que tiene carácter de base o constituye un elemento fundamental de algo”. ¿De veras eso dice? ¿Qué es entonces la famosa canasta básica? ¿Es la base alimenticia? ¿Es el elemento fundamental de la dieta del mexicano? Si seguimos al “pie de la letra” la definición concluimos que es así. La canasta básica es la base de la dieta del mexicano.
Todo mundo sabe que, en el país, el salario mínimo es impuesto por el poder político y económico. Dicho salario es el mínimo de lo mínimo. Y tal salario no alcanza para adquirir la canasta básica. Lo mínimo no alcanza para lo básico.
Sin saberlo bien a bien, el poder político y económico nos ha reducido la canasta de conceptos, porque nuestra canasta (antes ¡plena y satisfactoria!) se ha visto reducida a palabras miserables. Los poderosos nos han quitado de la canasta básica el concepto de ¡dignidad! Nos han ido robando las palabras que hacían fuerte a este país.
Los poderosos, en su eterna trampa, nos han engañado. Alguien nos dijo que los poderosos lo son porque son los dueños de los medios de producción. Medio mundo acepta tal verdad. Pero, nadie nos dijo que son los obreros, los dueños de la mano de obra, quienes echan a andar las máquinas. Cuando un grupo de obreros se resiste a trabajar, las máquinas se paran; es decir, la verdadera fuerza productiva reside en las manos de los obreros, en su voluntad, en su capacidad. Nadie nos dijo que la sociedad es la que, verdaderamente, mueve el país; nadie nos dijo que los poderosos se apropian de las frases más íntimas del pueblo y pregonan que ellos “Moverán a México”, cuando quien mueve a México es la sociedad que, con su entereza, hace que este país no se deshaga en las manos.
Nadie nos dijo que lo básico de una nación es la gente. La fuerza de esta república está dada por la base de la pirámide del Sol y de la Luna que está conformada por millones de estudiantes, maestros, amas de casa, jardineros, ingenieros, médicos, enfermeras, científicos, artistas, cineastas, artesanos, albañiles… Lo básico de México está en los millones de jornaleros que están condenados a recibir, mes a mes, un miserable salario mínimo. ¿Qué sucedería si esta base se opusiera y dijera cuáles son sus necesidades mínimas y usaran su fuerza productiva en lograr un salario que satisficiera el costo de la canasta mínima?
Nos han robado nuestra canasta mínima de palabras, de conceptos; la canasta que nos hizo humanos, que nos hizo grandes como nación. Ahora, los poderosos han llenado nuestra canasta con palabras como hambre, desidia, estulticia, violencia, corrupción y demás mierda de su mundo. Estas palabras no eran las nuestras, las nuestras eran las palabras como trabajo, luz, entrega, solidaridad, paz… Nuestras palabras eran luminosas y eran lo básico de nuestro carácter y de nuestra personalidad.

viernes, 15 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN NIÑO SE ASOMA DETRÁS DE UN MOSTRADOR




Querida Mariana: Te anexo una fotografía. La foto, como mirás, es muy sencilla. Está tomada en el parque central de Comitán. Ahí se aprecia parte de la escultura que los comitecos bautizaron como “Las Lolas”, un hombre que sube la escalinata y la presidencia municipal (ya con adornos de las fiestas patrias y, como señaló una amiga en el Facebook, “el reloj que tiene cuatro días que marca dos minutos antes de las doce”, porque no le dan mantenimiento).
La foto es sencilla. La mañana es fresca (si observás con atención, en la base de la escultura se distinguen reflejos provocados por la escarcha matutina).
La foto podría pasar como un mero testimonio, a manera de postal del centro de Comitán. Pero si te digo que es un momento afortunado y único por el hombre que aparece ahí, la foto toma una relevancia especial. ¿Sabes quién es ese hombre? Es Luis Aguilar, el escultor de “Las Lolas” (que en realidad se llama “Día Marcado”, y es una obra en bronce que fue premiada en Japón). ¿Mirás en dónde? ¡En Japón! ¡Un comiteco premiado en la tierra del escritor que tanto te gusta leer: Yasunari Kawabata, premio Nobel de Literatura!
Ahora que sabemos que el escultor Luis Aguilar es quien aparece en la fotografía ¡todo cambia! Cambia porque el artista pareciera seguir a las canasteras que ahí están representadas y que él concibió en su mente, en su corazón, y le dio forma con sus manos. Es Luis (con barba, con chamarra por el frío, sonriente) que, como niño asombrado, va detrás de esas mujeres que cargan canastos tejidos con palma y ofrecen su mercancía en las calles del pueblo.
Un día Luis me regaló una vez una imagen sublime: Me contó que sus papás tenían una tienda, una tienda de aquellas que en los años sesenta tenían un mostrador de madera que era como una aduana, porque de un lado permanecía el propietario que atendía al cliente que estaba del otro lado. El mostrador era una barrera, pero permitía el intercambio, no sólo de mercancías sino también de afectos. Ahí, el niño Luis, pequeño, permanecía de un lado del mostrador, escuchaba lo que los mayores platicaban; oía a la canastera que ofrecía chayotíos o manía; escuchaba a la comadre que llegaba a platicar lo que en la tarde previa había sucedido en casa de doña Tencha. Pero Luisito fue creciendo y una mañana, ¡prodigiosa!, colocó sus manos en el mostrador, se paró en puntas y logró ver, por encima de la tabla que era su línea del horizonte, a la mujer que cargaba el canasto y supo que esa imagen era un símbolo de identidad. La mujer llevaba sobre su cabeza un yagual y sobre éste un canasto con su mercancía. La mujer sostenía el canasto con una mano.
Amín Guillén recuerda, siempre, que su abuela fue una canastera que, desde su comunidad, llegaba a ofrecer su mercancía a las personas del pueblo. Amín la ha rememorado caminando por la subida de La Pila, Amín caminó con ella y ha seguido a su lado en el recuerdo, en el orgullo. Lo mismo ha hecho el escultor Luis Aguilar. Él no tuvo necesidad de salir de casa, él, como si fuese visitado por el Ángel Gabriel, recibió la visita de las mujeres que ofrecen los duraznos que crecen en los sitios de Yalumá. Ahí, la sensibilidad del niño Luis recibió la luz y, desde entonces, su asombro no ha tenido sosiego.
Luis, como antes se sorprendió con el azul del cielo comiteco, ahora se sorprende con el azul del Caribe. Radica en Ciudad del Carmen, Campeche. Ahora, su línea del horizonte ya no es la cubierta del mostrador de madera (un poco apolillada), su línea del horizonte ahora es la del mar infinito, ahí donde los caribeños buscan las gaviotas en el cielo como si fueran comas o puntos de un texto supremo.
Una vez, querida mía, un adolescente, ferviente lector, me preguntó cómo se escribía una novela. Si ahora algún comiteco preguntara cómo se hace una escultura, como las que Luis hace, le diría lo que Luis me confío una mañana: Un niño se paró en puntas y alcanzó a ver, por encima del mostrador, a una canastera. Ese es el principio de todo. Lo mismo se aplica para la vocación literaria; es decir, el creador debe pepenar lo que vivió de niño.
¿De dónde los huecos que son propuesta estética en las esculturas de Luis? ¡Del aire comiteco! ¡De los papalotes! ¡De las rejas de papel de china! ¡De las celosías triangulares que los albañiles comitecos colocaban en las bardas! Del mismo aire que respiró Sabines cuando escribió ese poema tan bonito que, en algunas líneas dice: “¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? / ¿En mayo, en la quietud, en la frescura, en el aire? / ¿Cómo amanecer en el aire? / ¿Qué es el aire?”.
¿Qué es el aire?, se pregunta el poeta. Y, sin duda, en ese instante de escribir la línea, al momento que tomaba un trago de su trago y fumaba su cigarro, aspiraba la humedad del cuarto y vislumbraba el aleteo de una mariposa llamada Comitán. Porque Sabines, igual que Amín, igual que Luis, caminó el pueblo en la mañana fría y húmeda, en una mañana similar a aquella en donde me topé con Luis en el parque central del pueblo. Sabines, desde lo alto de Guadalupe, vislumbró el valle y se lo bebió, mientras el aire acariciaba su cuerpo y le decía: “Siéntete vivo, Jaime, ¡vive!, ¡vive!”.
La vida está envuelta en las esculturas de Luis. Por ahí juega el viento, como si el aire fuera el papalote, como si fuera el hueco de la ventana, como si fuera el intersticio entre los dedos, como si fuera el caracol de mar que espera el divino soplido.
¿Cómo se escribe una novela? ¿Cómo se hace una escultura? ¿Cómo se pinta un cuadro? Parándose en puntas y viendo el entorno; cerrando los ojos y escuchando los sonidos que hacen los talabarteros, los que rezan en los templos, los que corren en los patios, las que besan a sus amados, los que beben en las cantinas, los que se acuestan en las camas de burdeles, los que corren y gritan en los campos mientras patean una pelota.
¿Cómo se invoca el acto creativo? Yendo al parque central de Comitán y parándose frente a Las Lolas o frente al busto de Rosario (obra también de Luis) o saltándose la minúscula reja que resguarda el arriate para ver de cerca los árboles que tienen manchas de humedad que son como huecos invisibles en los troncos. Ahí en esa pátina de la naturaleza está sugerida la pátina del bronce de la creación.
Por eso digo que esta fotografía es como un instante único, un instante que registra el momento en que el autor va detrás de las imágenes que creó y que comparte con todo el mundo. Porque esto y no otra cosa es lo que hace el artista: compartir una mirada que está un poco más arriba de la línea del horizonte que vemos los mortales comunes y corrientes. Acá Luis es un niño, tiene una mirada pícara, como si al llegar con las canasteras fuera a hacer una travesura. Debe ser la emoción de volverlas a ver, porque en Ciudad del Carmen, ahora se topa con otros personajes. Ahora su mirada abarca el mar infinito, la mano que lleva el hato de pescados y de piguas, el brazo que se extiende para aventar la red, para tomar el remo del cayuco. Pero, así lo advertí esa mañana que me topé con él en Comitán, su corazón sigue latiendo al son de esa canción que dice: “Comitán, Comitán de las flores, donde están mis amores…”
¿Qué pensará Luis al observar que el parque central de Comitán está modificado por su mano y por su talento? ¿Qué pensará cuando camina por el corredor que contiene en una esquina a Las Lolas y en la otra el busto de La Chayo? Ahí, en el parque, también hay esculturas que realizaron diversos artistas del mundo en los simposios que él alentó.

Posdata: ¿Cómo se escribe una novela? ¿Cómo se hace una escultura? ¿Cómo se pinta un cuadro? ¿Cómo se realiza una partitura? ¿Cómo se educa un actor? ¿Cómo se convierte uno en un bailarín como el mexicano Isaac Hernández, quien es primer bailarín del Ballet Nacional del Reino Unido? Se para uno de puntas y mira por encima de la línea del horizonte. Pepena todo lo que los sentidos pueden abarcar y más allá. Luego, se hace lo que el maravilloso flautista mexicano, Horacio Franco, recomienda: “Con pasión y talento no se hace nada. Hay que ponerse a trabajar”.
Caminaba muy temprano por el parque central de Comitán cuando me topé con Luis. Fuimos al mercado Primero de Mayo, pedimos dos vasos de atol, él pidió de granillo y yo pedí un jocoatol. Vimos, asombrados, cómo la mujer metía el cucharón en la gran olla, lo sacaba y luego, en movimiento prodigioso con el brazo y la mano dejaba caer el líquido sobre el vaso. Luis dijo que ese movimiento era muy parecido al que realiza el escultor a la hora de manejar el cincel. Yo pensé que también tenía mucha semejanza con el que realiza la pintora. Primero ver sobre el mostrador de madera y luego ¡ponerse a trabajar!

jueves, 14 de septiembre de 2017

CHAYOTE COMITECO




En algunas regiones del mundo no hay chayotes. Como en muchas regiones de México, en Comitán ¡sí hay chayotes! Los viejos recuerdan que las canasteras pasaban por el frente de las casas ofreciendo: “¿Merca’sté chayotíos?”; es decir, en Comitán (¡ah!, pueblo maravilloso) el chayote se llama chayotío, así, en diminutivo, para reafirmar nuestra condición de cositías, de llevar al extremo del afecto a toda persona u objeto con el que nos topamos.
Por eso no nos extrañó que la tía Argucia (sí, así se llama), cuando miró esta construcción dijo: “Miren, qué cosa tan chulita. Bien que se mira que ese chayotío es comiteco”.
Bueno, a decir verdad, Florencia sí se extrañó con el dicho de la tía, porque preguntó: “¿Por qué decís que se mira que es comiteco? ¿Cómo lo notás?”. La tía, frunciendo la nariz como si oliera un aroma desagradable, dijo: “¡Ah!, pues porque es bien argüendero. Ve cómo se estira para mirar lo que pasa en la calle”.
En efecto, parte del carácter comiteco está sintetizado en la clásica imagen de una mujer (sobre todo) que se asoma en la ventana para ver qué sucede en la calle. Por supuesto que nadie lo hace con el total descaro de esta mata de chayote. Por lo regular sucede un “cortineo”, donde la chismosa (o chismoso) ventanea con un ojo.
Es proverbial el hecho de que una persona llega a tocar la puerta de una casa y quien abre tantito la ventana es la vecina que argüendea. Si quien toca se mira que es persona “decente”, la vecina entreabre la ventana, saca la cabeza y dice: “No está doña Esperancita. Salió hace como una hora. Llevaba una morraleta, “decho” que fue al mercado”.
Después que la tía explicó la razón del porqué este chayote es bien comiteco, Arturo comentó que, sin duda, la construcción estaba deshabitada. Sí, dijo Florencia, se ve que no tiene techo, ya no siguieron construyéndola. Pero Emilio se acercó a la barda y, como buen comiteco, husmeó en el interior. Dijo que en el interior había una casa, en buen estado, se veía habitada. En el patio estaba un cordel con ropa secándose y más allá una pequeña caseta para un perro. La tía dijo que tuviera cuidado, no fuera a venir el chucho y éste fuera rabioso.
Fue entonces cuando Florencia preguntó el motivo de la ventana en la pared exterior. ¿Para qué el hueco? Dijo que si no fuera por el chayote ese hueco sería una invitación permanente para la delincuencia. Arturo dijo que con o sin chayote ese hueco era un contrasentido. ¿A quién se le ocurría, en estos tiempos de tanta inseguridad, dejar esos espacios abiertos por donde pueden colarse los malhechores?
Entonces la tía contó por qué a don Jacinto, el de la tercera, le decían “Jolote tierno”. Contó que la casa de don Jacinto tenía un murete de piedra, de esos chaparritos, que delimitaba el predio y la calle. Esos muretes dejaban ver todo lo que había en el interior y cualquiera podía saltar al otro lado. En esos tiempos, Comitán era un pueblo tranquilo. La casa estaba a mitad del predio y el cuarto de don Jacinto daba al frente de la entrada. Los vecinos caminaban por la banqueta y, en muchas ocasiones, saludaban al viejo de bigote espeso, que se encontraba en su recámara y desde esa ventana respondía al saludo. Una tarde el viejo fue al parque y regresó ya pardeando la tarde. A punto de meter la llave en la puerta de calle oyó un ruido, se asomó por el murete y vio una sombra en su cuarto. “Chingar -dijo- ya se metió un ladrón”. Se quitó el cinturón, lo amarró a su puño izquierdo y, para no hacer ruido, en lugar de abrir la puerta, se trepó en un piedrón para saltar el murete, pero, como los años no son de balde, calculó mal, no logró abrir en tijera sus piernas y uno de los pies se trabó con una de las piedras sobrepuestas y esto ocasionó que don Jacinto fuera a dar al suelo, junto con un montón de piedras encimadas. La ruidazón fue de antología. Los vecinos salieron a ver el argüende y tres llegaron a auxiliar al viejo que gritaba: “Te voy a agarrar, cabrón”. Mientras dos lo levantaban y lo auxiliaban de sus heridas, el otro vecino empujó la puerta de la casa, entró a la recámara y salió cargando un guajolote que se había metido al cuarto por la ventana. “Ya agarré al cabrón”, dijo el vecino, y don Jacinto, con la mano en la sien, dijo: “¡Ah!, y resultó jolotío tierno”.
Desde entonces, don Jacinto fue conocido como don Jolote Tierno. Cuando se casó, con doña Eulalia, tenía ya más de sesenta años. En el pueblo, en medio de risas, los pobladores dijeron que el jolote ya no estaba tan tierno y no se cocía al primer hervor.
En el libro “Anecdotario de lo real”, aparece una mención de don Jacinto y le ponen como apodo: Don Jolotío Tierno, para reafirmar el trato afectuoso que los comitecos siempre dispensan a sus personajes más queridos.
La tía nos urgió a seguir caminando, tenía que ir al mercado. A mitad de la cuadra se paró y dijo: “Pero nada mudo el dueño: Si alguien se brinca ¡que se espine el culo con los chayotes!”

miércoles, 13 de septiembre de 2017

UNA LECCIÓN DE KARLSSON




El escritor sueco Adam Karlsson da un ejemplo de cómo se escribe una novela. Dice que para cautivar a los lectores, el escritor debe elegir una escena que vaya en contra de lo que el lector imagina. Por ejemplo, dice, imagine que un hombre de camisa azul camina por un puente de esos que se ven en las películas norteamericanas, puente con tirantes, enorme. Los autos avanzan mientras el hombre de camisa azul camina por la lateral donde también caminan hombres y mujeres y niños, los niños con globos. Algunas mujeres, vestidas con pants y zapatillas de jugador, trotan, mientras abajo, el agua de mar pasa por debajo del puente. Algunos peatones se recargan en la baranda de protección y ven el mar. En el cielo algunas gaviotas vuelan, se suspenden en el cielo, parecieran mirar a los que caminan por el puente o conducen los autos que avanzan en velocidad moderada. Debajo del puente pasa una lancha conducida por un hombre que lleva una gorra blanca y un gazné también blanco. El hombre de camisa azul está decidido a suicidarse. Ha decidido hacerlo en el puente. No importa, dice Karlsson cuál es la razón que lo orilla a suicidarse. El lector supondrá que el suicida se matará arrojándose al mar, que, a mitad del puente, subirá a la barra de protección, se asirá de un cable y, mientras los peatones a su lado gritan ¡No, no lo haga!, y tratan de detenerlo, el suicida se arrojará al vacío hasta chocar, metros abajo, con el agua. El conductor de la lancha mirará una sombra en el cielo, se dará cuenta que algo ha caído desde la altura, creerá que es un costal, que alguien aventó un costal desde el puente, imaginará que en el costal va un cadáver. Avisará por teléfono a la guardia costera y parara el motor para esperar la llegada de la policía. Pero ¡no! El escritor ha decidido que el suicida no se arroje desde la baranda, porque eso sería narrar lo más obvio, lo que espera el lector. ¡No! El escritor ha colocado en la bolsa de la chamarra del hombre una pistola, una pistola calibre treinta y ocho. En este instante, el lector imagina la manera en que el hombre se suicidará. Por esto, el escritor debe cambiar la atención y decir que el suicida deja de caminar por la orilla, al lado de la baranda, y camina por el otro extremo, al lado de la autopista, al lado del flujo de los autos que avanzan. El suicida siente la corriente del aire cada vez que un auto pasa a su lado, piensa que sería tan fácil echar a correr en dirección contraria, en medio de los autos que avanzan. El automovilista que le tocara en suerte (en desgracia) toparse con el suicida frente a su auto frenaría de golpe, provocaría que los automovilistas que conducían tranquilamente detrás de él, escuchando música de jazz, no lograrían evitar el golpe contra el carro delantero, se impactarían. El suicida quedaría debajo del auto, porque ante el impacto volaría dos o tres metros adelante, pero el auto, por la inercia seguiría avanzando, marcando una huella de llantas en el derrapón y haría el alto total sobre el cuerpo del suicida que habría muerto a la hora que su cuerpo chocara contra el piso y su cabeza estallara. El escritor con esta digresión habrá enviado al lector por otro camino, porque el escritor regresará a narrar que el personaje toma la pistola, la lleva aprisionada en su mano derecha, aún dentro de la chamarra, espera un momento sublime para sacarla. El suicida se para frente a donde se dirige un hombre con chamarra de cuadros, de una edad aproximada de cincuenta años y lentes. Le pregunta: “Hermano, ¿usted es católico?”. El hombre de la chamarra duda, sonríe, dice que sí, que sí es católico y pregunta por qué. El suicida le pregunta si estaría dispuesto a hacer un acto de caridad en nombre de Dios. El hombre de los lentes se quita éstos y dice que por Dios estaría dispuesto a todo, lo ha dicho con tal seguridad que parece que estuviera en el templo respondiéndole al Papa. Entonces, el suicida sonríe, saca la pistola con calma y la ofrece al hombre, dice: “Entonces, ¡máteme, por el amor de Dios, máteme!”. El hombre de la chamarra se retira, como si hubiese visto al demonio, grita: “¡No, no!”. El suicida, como si ofreciera un caramelo a un niño, extiende la pistola al hombre y suplica: “¡Máteme, en nombre de Dios!”. Los peatones se retiran, gritan, alborotan, levantan los brazos, corren. Una patrulla pasa en ese momento. El agente que va en la ventanilla del copiloto observa el movimiento, ve que un hombre tiene una pistola, obliga a su compañero a detenerse, ambos bajan. El piloto se acuclilla sobre el cofre, levanta su arma con las dos manos y grita al suicida que tire el arma. El hombre de la chamarra se ha hincado frente al suicida y pide que no lo haga. El suicida insiste: “Máteme, por favor”. El otro policía corre, está a punto de alcanzar al suicida, de detenerlo, de quitarle la pistola, pero el suicida se vuelve hacia el guardia y, ya cegado, le extiende la pistola y pide: “Máteme, por el amor de Dios”. El otro guardia ve la escena, ve que el suicida trata de levantar la pistola para apuntar a su compañero y dispara. El tiro entra directo en la sien del suicida que, ante el impacto, cae muerto, al lado del hombre de la chamarra.
Karlsson dice que pocos lectores podrían, al principio, imaginar que así terminaría el suicida. El escritor debe darle una torcedura a la historia común.
¡Así se escribe una novela!

martes, 12 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON LISTADO DE NOMBRES INCORREGIBLES




Querida Mariana: Me preguntan por qué no uso el Benito. Mis nombres son Alejandro Benito. En las portadas de los libros que escribo uso sólo el nombre de Alejandro y mi apellido paterno. Por esto, alguien me preguntó, en pregunta clásica, si no tenía madre. Sí, tengo dos nombres y dos apellidos y, por supuesto, en respuesta clásica, tengo mucha madre.
¿Por qué sólo Alejandro Molinari? ¿No suena muy snob decir que es mi nombre artístico? Porque (perdón por la comparación) así lo usan escritores y artistas famosos: Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, José José y más ejemplos. Ya se ha dicho que García Márquez tuvo que emplear los dos apellidos porque el García es muy común en Latinoamérica. Yo (perdón) puedo usar sólo el Molinari porque no es un apellido tan común como sí lo es en Italia o en Argentina. En México no hay muchas personas que tengan el apellido Molinari.
Conocí a un señor que siempre firmaba como César C. y es que la C era de Caralampio y tal nombre no le gustaba. Lo mismo pasó con mi amigo Jorge M. porque la M era de Maximiliano y todos sus amigos bromeaban diciéndole que su nombre significaba “El máximo culo”. Yo no tengo problema con el Benito.
Al principio no sé quién de la familia dijo que me bautizaron con el nombre de Benito porque mi papá era descendiente de italianos y admiraba la figura del Duce Benito Mussolini (todo mundo sabe que Mussolini llevó el nombre de Benito porque su papá admiraba la figura del mexicano Benito Juárez). Así que durante mucho tiempo conté tal versión. Yo era Benito por Mussolini. Un día mi mamá escuchó mi versión (mi papá ya había fallecido) y me dijo que era una versión falsa, mi papá admiraba la figura de San Benito (el maravilloso santo cuyo ideario de vida era “Ora et labora”, reza y chambea). Y entonces me sentí más orgulloso y trato de llevar a la práctica dicho ideario: Oro y laboro. Oro como un canto de agradecimiento por la bendición de la vida y laboro como un canto de agradecimiento por la bendición de la vida. Sí, una cosa es parte de lo otro y viceversa.
No me molesta el nombre. Cuando alguien me dice “Benito” me siento bien. Pero, como ya dije, empleo mi primer nombre y mi apellido paterno como una forma de reducir el esfuerzo de pronunciación de la otra persona. Entiendo que los mexicanos hacemos lo mismo cuando mencionamos a Benito Juárez, pocos (sólo los pedantes) lo señalan con sus nombres y apellidos completos: Benito Pablo Juárez García. Lo mismo sucede con Maximiliano de Habsburgo, ¿quién menciona sus tres nombres: Ferdinand Maximilian Joseph?
Rebeca me dijo un día que Vargas Llosa no tuvo empacho en usar sus dos apellidos, y agregó “Él sí tuvo madre y lo reconoció”. Le dije que sus dos apellidos sonaban eufónicos, pero él tuvo que elegir uno de sus tres nombres. Vargas Llosa se llama Jorge Mario Pedro. Le dije a Rebeca que si me hubiese llamado así mi “nombre artístico” hubiera sido: Jotaemepe Vargas.
Edgar Allan Poe no sufrió para elegir su nombre de batalla. Lo que ya no supo es que, en la actualidad, los millones de lectores que lo mencionan sólo dicen Poe y con eso es suficiente.
Sucede un poco lo mismo con los nombres de las ciudades. Si un compa dice que vive en Tuxtla nadie pregunta si es Tuxtla Gutiérrez o Tuxtla Chico. Se sobreentiende que vive en la capital chiapaneca. Lo mismo sucede con el compa que dice que es de San Cristóbal, o el más chavo in que dice que vive en San Cris. Pocos comitecos decimos que vivimos en Comitán de Domínguez. La mera verdad es que, orgullosos, decimos que somos de Comitán y con eso está dicho todo. No se trata de que a Comitán no le guste el Domínguez. Es algo más sencillo: se trata de un ahorro de palabras, de colocar una sola nube en el cielo, para hacerlo más diáfano, más hermoso.
Posdata: Vos sos una privilegiada, porque tus papás tuvieron el tino de ponerte un solo nombre, uno de los nombres más hermosos del mundo: Mariana (Claro, si hubieras sido varón, no faltarían los maldosos que dijeran que eras una contracción de agua y desechos). Aunque, si lo mirás bien, tu nombre son dos nombres: Mar y Ana. ¡Pucha, sos dos en una y valés por mil!

lunes, 11 de septiembre de 2017

EL ASOMBRO DE TÍO HERMILO




Marina, nieta de tío Hermilo, lo llamó y le enseñó una página en Internet que permite escuchar, en vivo, estaciones de radio de todo el mundo. Muchos conocen la página (radio.garden). El tío vio el mundo en la pantalla y se asombró al ver que Marina colocaba el puntero en un punto verde de Estados Unidos y se escuchaba una estación (con buena fidelidad) y luego Marina señalaba una estación de Madrid, España, y se escuchaba; y luego una de las islas Azores; y luego una de Rusia; y luego una de Rumania y así ¡hasta el infinito! El tío tuvo que sentarse, pedir un té de limón, para recuperarse de la impresión. ¿Era posible eso? Marina le dijo que sí, ¿a poco no lo estaba viendo, oyendo? El tío pidió escuchar una estación de Japón y, de inmediato, Marina buscó Japón en el mundo de la pantalla y sintonizó una estación de Osaka. El tío estaba fascinado. Dijo que, en su niñez, le gustaba jugar a sintonizar estaciones en onda corta, en el viejo radio de su padre, que era un aparato de dos bandas. Y ahora, ¿qué era esto? ¿Se podía escuchar estaciones de todo el mundo, en vivo? Sí, dijo Marina, y sintonizó una estación de la India.
El asombro de tío Hermilo era compartido por Elena. Marina puso una estación de Missoula, Montana, Estados Unidos. Era una estación de música clásica, pero el locutor estaba leyendo un poema de William Blake. ¡Era increíble! A Elena le gusta la poesía de Blake. Había sido una hermosa coincidencia.
Tío Hermilo le pidió a Marina que sintonizara una estación de Brasil. Y cuando la locutora presentó una samba en portugués, todo mundo vio que el tío Hermilo se emocionaba de más. Elena se acercó y le preguntó si se sentía bien. El tío levantó la mano y la movió como si quisiera alejar una mosca molestosa, dijo que todo estaba bien, pero su cuerpo tenía un temblor como si una corriente de aire hubiera entrado al cuarto con la misma fuerza con que entran los toros a las plazas. Sí, el tío Hermilo estaba emocionado. Algún recuerdo había atenazado su garganta. Marina se acercó a Elena y le dijo, en voz baja, que el tío había tenido una novia que sabía hablar portugués. Tal vez eso le había originado la conmoción.
Elena salió al corredor, prendió un cigarro, se recargó en un pilar de madera y fumó. Marina también salió. Dijo que el tío le había pedido quedarse solo. Pero, ¿está bien?, preguntó Elena. Marina dijo que sí, dijo que le había dejado Radio Garden en una estación de Salvador Bahía y el tío había convertido su emoción contenida en una emoción de niño ante una resbaladilla.
Marina preguntó a Elena si ya anteriormente había conocido la página de Radio Garden y Elena, fumando y deslizándose sobre el pilar hasta el piso, dijo que no. También estaba asombrada. Dijo que era una maravilla poder tener todo el mundo al alcance de la mano, a través de la radio. Sí, dijo Marina y dijo que ella esperaba que algún día sucediera lo mismo con el cine. Elena no entendió. Sí, dijo Marina, que así como podemos escuchar lo que las radios del mundo transmiten, podamos ver lo que las salas cinematográficas del mundo proyectan. Pero ¡eso es imposible!, dijo Elena. ¡No!, contradijo, Marina, yo pienso que es posible, todo es posible ahora. Pero ¿cómo?, insistió Elena, reafirmando su negativa ante la posibilidad.
¡Es imposible! No, todo es posible ya. Sería fantástico que en la pantalla de la computadora apareciera el mundo, con cientos de puntos verdes y cada punto verde fuera una sala cinematográfica y que el usuario colocara el puntero en una sala de París y, ¡oh, maravilla!, en la pantalla de la computadora apareciera la pantalla cinematográfica y se pudiera ver la cinta que estuviera exhibiéndose en ese instante.
¡No, no! ¡Es imposible! No, todo es posible ya. Y algún día, así como ahora podemos escuchar, en vivo, qué transmite una estación de Boston, en Estados Unidos, o una estación en Praga, en la República Checa, los usuarios podrán ver qué se exhibe en una sala cinematográfica de Lecce, en Italia o en una sala de Ras Al Khaima, en los Emiratos Árabes.
¡No, no!, eso sí no será posible nunca. ¿Cómo crees? No, no, todo tiene un límite.
Todo es posible ahora. Algún día. Y ese día será un día maravilloso. Ojalá el tío Hermilo pueda verlo todavía. ¡Ah!, será extraordinario ver qué cara pone cuando entre a una sala de Brasilia y mire una cinta donde una chica se sienta en un café al aire libre y saluda, en portugués, a un amigo que baja de un taxi que salió del aeropuerto Presidente Juscelino.
¡No, eso es una locura! No. Ahora todo es posible.
¡No! Diría que sí si dijeras que esto sucederá con las imágenes de la televisión. Un día habrá un mundo con puntos verdes y se colocará el puntero en alguno de ellos y podremos ver la programación televisiva de muchos canales del mundo, pero lo de las salas cinematográficas es una locura.
No. Ahora todo es posible. Algún día.

domingo, 10 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA INCLUIDA: ¿EN DÓNDE TE AGARRÓ EL TEMBLOR?




Querida Mariana: Por primera vez no es un chiste. Vos sabés que en México la pregunta “¿Dónde te agarró el temblor?” se hace en forma chusca. El 7 de septiembre no fue así. Por primera vez fue una pregunta sensata. El 7 se lanzó la pregunta en intento de que la respuesta sirviera para reafirmar la idea de que habíamos vivido, y sobrevivido, el temblor de mayor intensidad en el país, en el lapso de cien años. Por primera vez tuvo sentido la pregunta. Todo mundo de acá debe conservar en su mente el instante vivido, porque no fue cosa simple. En las redes sociales aparecieron los memes con bromas al estilo del que decía que Chabelo no se había espantado tanto con el temblor como sí se espantó cuando, hace sesenta y cinco millones de años, el gigantesco meteorito impactó la tierra y extinguió los dinosaurios. Pero por encima de esos chistoretes estuvo presente la emoción de haber presenciado un fenómeno supremo que, como siempre, mueve a la reflexión de la fragilidad humana.
La abuela Vicenta contaba dónde estaba la tarde en que cayó ceniza en Comitán a inicios del siglo XX, con la erupción del volcán Santa María, en Guatemala. Todos los nietos la rodeaban y oían el emocionado testimonio de la abuela. Ella levantaba las manos y la mirada y decía que el cielo, como si alguien tendiera una sábana oscura, había sido cubierto por un velo de ceniza. Ella recordaba con precisión exacta el momento en que su mamá la jaló hacia dentro de la casa y le cubrió la boca y nariz con un paliacate, le dio una cacerola y la mandó a recoger ceniza en el patio. Vicenta obedeció, pero nunca entendió la orden. ¿Por qué su mamá la había mandado al patio a recoger ceniza, cuando los demás de la casa se protegían y rezaban y prendían veladoras, sorprendidos y temerosos, ante ese fenómeno natural? ¿Para qué usaría la ceniza su mamá? La abuela contaba que salió al patio y se sorprendió al ver que sus pies se hundían en la capa de ceniza y ahí quedaban impregnadas sus huellas. No avanzó más. En la orilla del patio se acuclilló y comenzó a llenar el trasto. Cuando el recipiente estaba lleno, Vicenta se paró y regresó a la casa, pero la mamá, que la veía desde una ventana que daba al corredor, le dijo que no entrara, que antes se limpiara la ceniza del cuerpo. Y Vicenta, como si sus manos fueran plumeros, comenzó a retirarse la ceniza que tenía en sus brazos, cabeza y sobre su vestido rosa, que ya se había vuelto gris. Pero por más intentos que hizo, no logró eliminar el polvo. Su mamá, quien seguía viéndola a través del ventanillo, le dijo que no podía entrar así, que iba a manchar todo el piso y los muebles. Le pasó una batea y le dijo que la llenara de agua, que se desnudara y que se limpiara. Vicenta cumplió la orden, quedó desnuda y se metió al agua que estaba helada. Su mamá le pasó una toalla y le dijo que entrara, que ya le tenía preparada su ropa. La abuela lo contaba con risas, en intento de restarle dramatismo a la historia, porque no lograba asimilar el comportamiento de su mamá el día que cayó ceniza en Comitán. La niña entró a la casa y le entregó la vasija con ceniza a su mamá, ésta la tomó, la llevó al oratorio y la colocó al lado de una imagen de San Jenaro, quien, según la tradición cristiana, es protector de los destrozos que causan los volcanes. Hamaqueándose de la risa, la abuela contaba que su mamá colocó la vasija, se persignó ante la imagen y dijo: “Acá está tu ceniza. Aplacá tu furia”. Se hamaqueaba de la risa, porque en ese momento entró el papá de Vicenta y le dijo a su mujer: “¿Para eso mandaste a la niña a encenizarse? De haberlo sabido te traigo ceniza del horno de la tía Lampa”.
Así como la abuela Vicenta, medio mundo de aquel tiempo tenía alguna anécdota ocurrida en el momento de la caída de ceniza. Así ahora. Medio mundo tiene testimonio del instante que vivió la noche del temblor de ocho punto dos. En el plano superior, medio mundo habla de la fragilidad del ser humano. El papá de una amiga estaba en medio de un campo cuando ocurrió el fenómeno y, por encima del temor natural, le subyugó el sonido que hacía la tierra, sonido que era una respiración alebrestada, porque la tierra avisaba que está viva; pero en el plano inferior, aparece la anécdota graciosa.
Hay personas que no soportan el humor ante sucesos trágicos. Pero hay otros, muchos, que no pueden evitar la mirada tangencial. En afán de recoger algunos testimonios de este temblor pregunté a varios conocidos: ¿En dónde te agarró el temblor? Uno de mis alumnos universitarios contó que dormía en casa de una familia. A él le gusta dormir completamente desnudo. A la hora que comenzó a tronar la casa se paró, prendió la luz y comenzó a buscar su ropa. No la hallaba. Me dijo: “Me dio pena salir encuerado”, así que se quedó en el cuarto, apoyándose en una pared. Con lo que no contaba es que el papá del amigo, preocupado, entró al cuarto para ver por qué no salía y lo halló en pelotas.
A mi prima fulana de tal (si pongo su nombre me mata) el temblor la agarró en la cama de un motel. Botándose de la risa (igual que la abuela Vicenta) me contó que en el momento del temblor ella estaba sobre su amado y se movía con cadencia (movimiento sensual de cadera, movimiento oscilatorio). Como el amante estaba en la cama boca arriba vio que la lámpara del cuarto comenzó a hamaquearse de uno a otro lado, de manera violenta. Gritó: “Tiembla, tiembla”. Mi prima creyó que su amado le pedía que intensificara el movimiento, dejó de moverse en forma circular e inició un movimiento penetrante hacia arriba y hacia abajo (movimiento trepidatorio), como si cabalgara en medio de un bosque. El amado seguía gritando: “¡Tiembla, tiembla!”, y ella le imprimía más fuerza a su movimiento, echaba hacia atrás su cabeza, con los ojos cerrados y, motivada por el entusiasmo de su pareja, comenzó a gritar: “Sí, sí, tiembla, ¡tiembla!”. Cuando me lo contó lo hacía botándose de la risa, dijo que, de puro milagro, el amante no la había tirado, porque lo que ella creyó era una cara de éxtasis a punto de orgasmo era un rostro de terror, porque su miedo se intensificó con la misma fuerza que se intensificó el movimiento telúrico. Me dijo que luego ambos estuvieron de acuerdo en que había sido el encuentro sexual más espectacular.
Posdata: No sé si mi prima se atreverá a contar la verdad, cuando, dentro de varios años, alguna de sus futuras hijas le pregunte: “¿En dónde te agarró el temblor?”.
Cada uno de los sobrevivientes tiene un testimonio. Algunos contarán la experiencia llevándola al plano de lo superior, otros lo aterrizarán y se botarán de la risa contando alguna anécdota chusca, pero todos, en lo íntimo se reconocerán como sobrevivientes de un movimiento telúrico sorprendente y sabrán que hubo un instante en que, debajo del marco de una puerta o al lado de un castillo o a mitad de un patio, cargando a su hijo o a su perrita, pidieron: “Ya, por favor, Dios, que ya pare”.

sábado, 9 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE EL NÚMERO DIECISIETE PUEDE SER UN PÁJARO




Querida Mariana: Me gusta la palabra “bandada”. ¿Te confieso algo? Cuando era niño pensaba que significaba “Grupo de bandidos”, tal vez porque en esa época jugaba en el sitio de la casa el juego de “Policías y bandidos”. En quinto de primaria, el maestro Juanito (papá de la poeta Mirtha Luz) nos citó en el parque central a las cinco y media de la tarde. La bola de muchachitos estuvimos ahí desde las cinco, jugamos a escondernos detrás de los árboles y luego, los más atrevidos, jugaron chinchinagua, que era un juego muy divertido, pero al que no todo mundo se atrevía, porque era para osados. Yo jugué escondidas, pero no chinchinagua. El maestro llegó y nos dijo que nos sentáramos debajo de un árbol; dijo que viéramos, que oyéramos. Y vimos y oímos, ¡vimos una parvada de zanates que hacía una bulla de cien mil tambores, de cien mil trompetas! El maestro, cuando el sosiego llegó, dijo que eso era una bandada. Ahí entendí el sentido de la palabra. Desde entonces me gusta mucho escucharla. La otra tarde, Pau la mencionó: Señaló el cielo y dijo: “Tío, mira la bandada”. En el cielo, a lo lejos, apareció un grupo de aves. “¡Las contemos, las contemos!”, dijo Pau y, con su dedito señaló y comenzó a decir: “Una, dos, tres…”. Me emocioné. ¿Alcanzaría Pau a contar los pájaros antes de que desaparecieran? “…nueve, diez…”, siguió contando, mientras ya los pájaros (eran garzas que volaban hacia la Ciénega) pasaban sobre nuestra cabeza. “…doce, trece, ¡trece!, tío”, dijo Pau, satisfecha de haber cumplido su misión. “¡Trece! ¿Las miraste?” Sí, dije.
En la clase del día siguiente, el maestro Juanito nos dijo que la palabra “bandada” se empleaba para nombrar un conjunto de aves, tal como lo habíamos vivido la tarde anterior y dijo que sacáramos nuestro cuaderno de dibujo y dibujáramos una bandada. Todos dibujamos a los zanates encima de los árboles del parque central de Comitán. ¡Ah! Las dos experiencias fueron magníficas.
Ayer busqué la palabra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y hallé que, en su primera acepción, bandada significa lo que el maestro nos explicó: “Grupo numeroso de aves u otros animales alados que vuelan juntos”; es decir, tan es bandada el grupo de garzas como el de zancudos o el de tsizimes. En una tercera acepción, la Real Academia dice que puede aplicarse la palabra bandada a “Tropel o grupo bullicioso de personas”. ¿Mirás? No sólo se aplica a aves, sino también a grupos de personas argüenderas, aunque no vuelen. No andaba yo tan mal. Un grupo de bandidos trepados en caballos, entrando en tropel a un pueblo de madera, puede llamarse bandada, y de igual manera se puede llamar bandada a un grupo de cirqueros que llegan a los pueblos y marchan por las calles, con tambores y tarolas, anunciando su presentación en la tarde.
Vos sabés que me encanta el cine. Con mi Paty acudo frecuentemente a las salas de Cinépolis. Me encantan tres espectáculos: el cine, el teatro y el circo. El cine, por fortuna, está de manera permanente en Comitán; el teatro, de vez en vez; y el circo casi es inexistente. ¿Recordás el párrafo de la novela “Balún-Canán”, donde la niña protagonista cuenta su experiencia de la llegada del circo a Comitán? ¡Ah, es sensacional! Copio algunas líneas para que las recordemos juntos. Acá va: “Hoy recorrieron Comitán con música y programas. Una marimba pequeña y destartalada, sonando como un esqueleto, y tras la que iba un enjambre de muchachitos descalzos, de indios atónitos y de criadas que escondían la canasta de compras bajo el rebozo. En cada esquina se paraban y un hombre subido sobre un cajón y haciendo magnavoz con las manos decía: Hoy grandiosa función de circo. El mundialmente famoso contorsionista, don Pepe. La soga irlandesa, dificilísima suerte ejecutada por las hermanas Cordero. Perros amaestrados, payasos, serpentinas. Todo a precios populares, para solaz del culto público comiteco”.
Dicen que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Un partido político creó una iniciativa para evitar el maltrato de animales en los circos. Cuando la iniciativa se convirtió en ley, los circos comenzaron a desaparecer por falta de audiencia, y los animales, que se suponían ya no serían maltratados, terminaron abandonados y muchos de ellos murieron, debido a que la “genial idea” no contempló qué pasaría con esos animales que ya no estarían en los circos. Por eso, ahora es muy difícil que en Comitán tengamos la maravilla del circo que, en mis épocas de niño, en una ocasión se instaló en terrenos cercanos donde actualmente están las instalaciones de Telcel, al lado del bulevar.
Por fortuna, el teatro aún respira en Comitán. La tradición de las obras escenificadas que, en los años sesenta y setenta, montaban doña Leonor Pulido y Óscar Bonifaz, y en los años ochenta, Lupita Alfonzo, sigue viva. Sigue viva gracias a los esfuerzos de Joel Sánchez, de Elvira Hernández, de Ángel Medina y, sobre todo, de Rosa Hortensia Aguilar, quien, por estos días, celebra diecisiete años de su compañía “Escudo Jaguar Teatro”. Rosa Hortensia comenzó con el siglo. Tiene diecisiete años de sostenerse, contra viento, marea y huracanes. Porque la empresa no ha sido fácil. Dedicarse al arte en este país no es labor sencilla. Muchos menos sencilla en Chiapas y no se diga en Comitán. Rosa Hortensia ha mantenido a su compañía a pesar de los obstáculos naturales con que se ha topado, además de vencer los obstáculos artificiales y artificiosos que le han colocado.
Rosa Hortensia hace propuestas interesantes, como una adaptación teatral que hizo a un cuento de Rosario Castellanos, “Lección de cocina”, donde ella se muestra prodigiosa en escena. Pienso que uno de sus mayores logros son los monólogos. En la adaptación del cuento de la Castellanos, Rosa Hortensia logra momentos prodigiosos. Esta obra, con una mejor producción, podría perfectamente presentarse en los mejores teatros de Hispanoamérica. Pero, además, Rosa Hortensia abona al teatro de comedia. Son muy disfrutables sus puestas en escena donde realiza representaciones de anécdotas comitecas. Tiene dos o tres adaptaciones de anécdotas de Armando Alfonzo que son muy simpáticas y que abonan para conservar nuestra identidad a través de nuestros modismos.
Comitán no tiene una propuesta de teatro de vanguardia. Nos quedamos inmersos en un teatro costumbrista. No sabemos (no podemos saberlo) qué tipo de propuestas se hace, por ejemplo, en Londres o en Barcelona. Pero, cuando menos, tenemos un teatro que continúa con la tradición y esto no es malo.
Hace algunos años le hice una entrevista a Rosa Hortensia, ahí, entre otros conceptos, le pregunté: “¿Cuál es la palabra que más te excita?”, y ella respondió: “¡Vida!”. Vida es lo que Rosa Hortensia le ha dado a Comitán a través del teatro, porque, vos lo sabés muy bien, el teatro condensa la vida y es un arte que provoca al ser humano a verse en un espejo. Ahí, en escena está representada la vida. De esto, Rosa Hortensia sabe bastante.
Diecisiete años, se dice fácil. ¡Es toda una vida! Rosa Hortensia lleva mucho más tiempo en el teatro. Comenzó cuando era estudiante de bachillerato. Desde entonces nunca lo abandonó, siempre ha estado presente el teatro en su mente y en su corazón. En el año 2000 decidió iniciar el siglo con su compañía “Escudo Jaguar Teatro”. Ya llevamos diecisiete años de este siglo y ella continúa sembrando. Digo que no ha sido fácil. He sido testigo de los escollos que ella debe eludir. Pero ahí sigue, necia, terca (¡bendito Dios!). Si no fuera por ella, y por los mencionados, Comitán estaría en un campo yermo respecto a la actividad teatral. Comitán tendría que ser agradecido con ella, porque sin su “Escudo Jaguar Teatro” la actividad teatral sería un fantasma, un mero recuerdo de lo que hizo Ernesto Carboney, Óscar Bonifaz, Leonor Pulido, Lupita Alfonzo y demás apasionados del teatro en Comitán.
Por fortuna, el circo no ha muerto del todo. Existe ahora un movimiento de renovación. Hoy, los circos realizan propuestas donde lo tradicional queda atrás, porque ya no hay domadores de leones y de tigres, porque ya no hay focas que jueguen con la pelota o perritos que hagan piruetas o elefantes que, como niños en escuela, entren formaditos tomados de la trompa y de la cola. Ya no hay osos que bailen al ritmo de un pandero que toca el húngaro, con barba y saco de color rojo. Lo mismo debe suceder con el teatro en Comitán para que no perezca.

Posdata: Comitán tendría que estar agradecido con “Escudo Jaguar Teatro”. Contra todas las adversidades cumple diecisiete años. No es cosa simple cumplir tantos años en un país como México, en un estado como Chiapas, en una ciudad como Comitán.
Digo que me gusta la palabra bandada. Se aplica a grupo de aves o a grupo bullicioso de personas. Me gusta lo que hizo Pau, al contar las garzas en vuelo: “…trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete”. ¡Diecisiete años de esta ave que se llama “Escudo Jaguar Teatro”! ¡Felicidades!

viernes, 8 de septiembre de 2017

DEFINICIÓN DE OLVIDO




Comienzo escribiendo esta Arenilla con duda. ¿No ya escribí la definición de Olvido? No puedo asegurarlo. Podría recurrir a mi archivo de Arenillas especiales para Chiapas Paralelo, pero ello me colocaría en el territorio de la certeza y la certeza es el territorio más resbaloso. Tendría la seguridad, pero sé qué algo perdería. Si todo mundo tuviera certezas, el mundo sería muy aburrido. Quienes no dudan, quienes no están permanentemente en el territorio de la confusión, son los que aseguran que el reino de los cielos será de ellos. ¡Pobres!
El olvido es la mayor virtud de los mortales. Los dioses no olvidan, pero los mortales deben olvidar muchos instantes vividos para poder sobrevivir con dignidad. Si un mortal no olvidara se convertiría en dios y eso le restaría emoción a su vida. ¿Puede alguien imaginar convertirse en dios de la noche a la mañana? ¿Para qué? La vida es asombrosa por su capacidad de ser humano, por su capacidad de olvido.
La tía Esperanza dice que nunca ha podido olvidar a su hijo muerto hace treinta y dos años. Lo dice con certeza rotunda. ¿Es así? No, no es así. Por instantes veo que ella olvida a Rodolfo, lo deja al lado de su silla y soy yo quien recuerda a Rodolfo al ver que su mamá lo olvida. Vi a la tía reír como río cuando su nieta Elena cumplió sus quince años. Elena es hija de Aurora, hermana de Rodolfo. Esa tarde de guateque la tía bailó y bebió dos o tres copas de tequila. La vi quitarse los zapatos y con los pies desnudos macerar los ladrillos del patio, como si fuera de esas benditas mujeres que maceran las uvas en tiempo de vendimia. La vi brincar de a poquito, como si el aire fuera la cuerda para saltarla. Claro, cuando la fiesta terminó la vi nostálgica. ¡En ese momento recogió el recuerdo de su hijo! Tal vez recordó algún momento de la vida de Rodolfo en una fiesta y suspiró como si necesitara llenar con piedritas sus pulmones. Pero, a mí no me engañan, hay instantes en que la tía olvida a su hijo. Si no fuera así, estoy seguro que la tía ya habría muerto también. Ante las ausencias ¡la vida compensa con píldoras de olvido!
Si revisamos un diccionario elemental hallamos que olvido es: “No recordar algo concreto”. De acá colegimos que el olvido tiene que ver con el recuerdo. Recordamos algunas cosas y otras no; de igual manera, olvidamos algunas cosas y otras no. Los científicos han explicado el mecanismo por el cual recordamos algunos hechos y otros los mandamos al basurero, un basurero que sigue estando en nuestra mente. Cortázar, el escritor, estimulaba su mente para tratar de recordar hechos olvidados, hechos que seguían trepados en su memoria, pero estaban en lo más alto de su árbol nemotécnico y por lo tanto le era muy difícil acceder.
No olvidamos aquello que nos toca en forma más directa. El amante no olvida el nombre de su amor imposible, siempre lo lleva en su mente (dice que también en su corazón, aunque está demostrado científicamente que el corazón nada tiene que ver con el amor que es un proceso netamente mental). Por esto, cuando algún amante dice que lleva a su amada en el corazón, casi casi le está diciendo que no la recuerda, porque si así fuera la llevaría día y noche en su mente.
La tía Esperanza recuerda a su hijo fallecido. Pero su organismo le hace la travesura de aislarlo por instantes. La mente de la tía ayuda a que ella sobreviva. Si todo el día estuviera anclada en el recuerdo ya se habría muerto. Ningún mortal puede respirar adentro de la burbuja del olvido, porque esta burbuja es como una cámara vacía, donde el oxígeno está ausente. Tío Ausencio decía que moríamos en el instante que nos olvidábamos de respirar. Siempre el olvido está presente en la vida del ser humano, pero no siempre, a veces recordamos que la vida está compuesta de presencias y no de ausencias.

jueves, 7 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE HIJOS PUTATIVOS




Querida Mariana: El oficio de escritor es un oficio ingrato. Así lo dicen los escritores. Los lectores creen lo contrario, sobre todo si son amigos del escritor. El fenómeno se recrudece más en provincia. Cuando el lector se entera del nuevo libro escrito por el amigo avienta la pregunta: “¿A ver cuándo me regalás tu libro para que yo lo lea?”. ¡El oficio de escritor es un oficio ingrato!
Y digo que es ingrato, porque aparte de lo anotado líneas arriba sucede que ningún colega ha pensado en escribir un libro que se llame: “El gran libro de los nombres para tu bebé”, como sí existe para padres. Así como las personas bautizan a sus mascotas, a sus autos y demás chunches, muchos escritores tienen la costumbre de bautizar los objetos que emplean en su oficio.
Una de las encrucijadas más dramáticas aparece cuando mamá y papá se enteran que tendrán una criaturita. La mamá se hizo la prueba y cuando le dio la noticia al papá, ambos corrieron con el médico especialista para que le hiciera el ultrasonido a la mamá y determinara si sería niño o niña. A partir de ese instante, los papás comenzaron a pensar en el nombre de la criatura. “¡No, no! -grita la esposa-. No permitiré que nuestro hijo siga la tradición del abuelo y de tu papá. ¡No! Nuestro hijo no se llamará Agapito”. Salvado el primer escollo buscan, entonces, el libro: “55,000 nombres para bebés”. A veces terminan eligiendo un nombre de moda y, en lugar de llamarse Roberto, el niño termina llamándose Braian.
Los escritores no cuentan con ese soporte. Ya lo dije: ¡No hay libros que sugieran nombres para bautizar cuadernos, plumas o computadoras personales!
Cuando cumplí dieciocho años, mi madrina Cari me obsequió una pluma fuente, marca Sheaffer. ¡Ah, fue mi lujo! En ese tiempo escribía una especie de diario, donde dejaba consignados los actos más relevantes ocurridos en el día (dos años después lo quemé. ¡Qué tonto! Lo quemé, porque pensé que el diario podía llegar a manos ajenas me comprometieran, porque los escritos, en su mayoría, hablaban de la chica de la cual estaba profundamente enamorado). Decidí que el diario tenía que ser escrito sólo con esa pluma especial, por lo tanto, si al cuaderno ya lo había bautizado con un nombre, debía hacer lo mismo con la pluma. ¿Qué nombre ponerle? Juro que me pasé una tarde completa buscando un nombre apropiado. Y, por fortuna, en ese momento mi mente recibió la visita del Espíritu Santo, me iluminó y me sopló el nombre: Sí, se llamaría “Celestina”, porque era la aliada de mis amores platónicos. (Lástima que sólo cumplió con su oficio de pluma y no, como yo deseaba, que funcionara como maga a fin de hacer conjuro que lograra que mi amor platónico se enterara de la pasión que me consumía, que me tenía como rata después de un proceso de fumigación). ¿Cómo se llamaba mi cuaderno? ¡Ah, su nombre lo había plagiado de un poema de Neruda! Lo bauticé con el nombre de “Juntos nosotros”. Está de más aclarar que en mi mente y en mi corazón el nosotros se reducía a ella y a mí. Ah, me parecía el más espectacular nosotros del mundo. Lo real (lo sabe el lector, lo intuye) el nosotros se reducía, por mi parte, a un mí solitario, y por su parte a un amplio abanico de amigos y pretendientes, más su novio oficial. ¡Oh, Dios mío!
Una tarde de fines del siglo pasado, como casi medio mundo en Comitán, comencé a escribir en una ¡computadora de escritorio! Las novelillas, los cuentos y las Arenillas abandonaron los cuadernos. Lejos estaban los tiempos del “Juntos nosotros” y de mi inútil “Celestina”, digo inútil por lo que ya saben, porque debo reconocer que su oficio de redactora lo cumplía con creces.
En los primeros años de este siglo cambié a una laptop. El día que la estrené pensé, románticamente, en que antes necesitaba de dos chunches (la Celestina y el Juntos nosotros) y ahora me bastaba un solo objeto. Lamenté el extravío de aquellos chunches amados, pero luego pensé que mi relación no necesitaba intermediarios (de Celestinas ingratas); ahora mi relación era directa, de mí para ella (la compu). Así comencé a pensar en qué nombre le pondría, matarile rile ro. Comenzó un periodo de angustia. Hubiese agradecido un libro que se llamara “Nombres para las computadoras favoritas de los escritores”. Pensé que debía, como en aquellos tiempos juveniles, piratearme algún título de poema, de escritor consagrado. Podría servir como buen augurio y como un mantra para invocar buenas vibras. Al pensar en mantra, el Espíritu Santo volvió a aparecerse y me sopló el siguiente mantra: “Om”; pero luego, como estudié algunos semestres de ingeniería electrónica, pensé que al pronunciarla sonaría como ohm, que es una unidad de resistencia eléctrica, así que me resistí.
Fui al librero, abrí un libro de Sabines (el poeta) y busqué. Hallé el título de “Tía Chofi”. ¡No, no, era buen nombre para mi compañera! “Tarumba”, tampoco sonaba bien. “¿Qué putas puedo?”. No, no, era una invocación muy pobre. Capaz terminaba diciendo la misma medianía de políticos panistas: “De que puedo, ¡puedo!”. Cuando hallé el poema “Tú tienes lo que busco”, dudé, pero un segundo después lo deseché. Mi compañera no tiene lo que busco, porque no busco teclas, busco iluminación, busco el don de la creación. Después de darle mil vueltas al asunto, llegué a la conclusión de volver a los tiempos cálidos. Sí, mi compu se llama “Juntos nosotros”.

Posdata: Te anexo foto de mi “Juntos nosotros”. Como mirás, en el extremo derecho ya tiene una cicatriz. El oficio de escritor es un oficio ingrato. Mi compu lo sabe. Ha resistido mil batallas, a todas horas.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

DE LIBROS DE AUTOAYUDA Y OTROS TEMAS




“Harto libro ha’sté de vender. ¡Harta paga ha’sté de ganar!”, eso me dijo Sebastián. No, dije. Vendo muy pocos. Entonces me pidió ver algunos libros míos. Y entré a mi casa y bajé varios ejemplares del librero y salí para enseñárselos. Estábamos sentados en la banqueta. Las personas pasaban casi sin vernos. Nosotros sí los veíamos, porque éramos como espectadores.
“¿De qué trata este su libro?”, preguntó Sebastián y yo le conté. “¡Ah!”, dijo. Luego preguntó por la trama del otro y del otro y del último. “¡Ah!”, dijo cada vez que yo ponía punto final a la síntesis.
“Por eso no vende’sté sus libros. Son muy complicados”, dijo y rio y mostró sus dos dientes de oro, en la parte superior de su boca.
Sebastián se paró, dijo que ya se le había hecho tarde, que todavía tenía que tomar un colectivo para llegar a su trabajo (es velador). Me dio la mano y se fue. Yo estuve a punto de ofrecerle los libros y decirle que se los regalaba, pero Sebastián no sabe leer y, por lo que había dicho, entendí que no le gustarían, había dicho que eran muy complicados.
Cuando entré a la casa pensé que debía dejar de escribir novelas breves y escribir libros de autoayuda, de esos cuyos autores venden millones de libros. El otro día fui al cine y vi una película cristiana basada en un libro del cual se han vendido más de catorce millones de ejemplares.
Una vez en Puebla, una señora me compró un libro porque conocía las Arenillas que publicaba en una página electrónica. Ella dijo que a su hija le gustaban dos autores: Paulo Coelho y yo. En ese momento no me sentí halagado. Me sentí más halagado cuando alguien dijo que mi obra estaba emparentada con la literatura de Vila-Matas. Pero luego pensé que si yo fuera un Paulo Coelhito vendería miles y miles de libros, así como él vende millones de ejemplares en todo el mundo.
¿Y si escribiera libros de autoayuda, del estilo de “¿Quién se ha llevado mi queso?”? Sin duda sería un éxito mi libro “¿Quién se ha llevado mi chinculgüaj?”.
Hay un libro que se llama “Sopa de pollo para el alma”. Yo podría escribir “Sopa de gallina de rancho para el chulel”. ¿Y si escribiera libros como los que escribe Carlos Cuauhtémoc Sánchez?, quien, según el google, es un destacado escritor, conferenciante y empresario mexicano; es decir, ¿por qué no escribo libros con mentalidad de empresario y escribo best sellers, cuya fórmula es escribir temas sencillos?
Don Cuauhtémoc escribió el libro “Un grito desesperado”, que pronto se convirtió en un éxito de ventas. Ya me veo escribiendo el libro “¡Cotz!, un grito emocionado” y ofreciendo conferencias en Argentina y en Costa Rica, a multitudes de padres de familia y adolescentes.
¿Hay un libro que se llama “El monje que vendió su Ferrari”? Por supuesto que sí. Los maestros de secundaria y bachillerato (universidad, incluso) lo dejan como tarea para sus alumnos. ¿Y si escribo “El cositía que vendió su mula”? Porque, la mera verdad, acá nunca he visto un Ferrari circulando por las calles de Comitán. Y qué bueno, porque un Ferrari quedaría como vocho sesentero después de circular por las calles llenas de baches.
Los autores de libros de autoayuda tienen la fórmula en las manos. Es una fórmula muy sencilla, casi más simple que la receta de las quesadillas que no lleva más que queso y tortilla. Los autores de esos libros reputados no hacen más que escribir párrafos donde motivan a darle importancia al ser más que al tener. Circula un libro muy vendido que se llama: “¡Cómo hacerse millonario en un dos por tres!”. El libro se ha vendido por millones; es decir, el autor sí logró ser millonario. Los pobres lectores no han logrado ser millonarios; al contrario, más pobres se hicieron al gastar su paga en comprar libros utópicos.
Ya me vi escribiendo el libro “¡Cómo convertirse en candidato en tres fáciles lecciones!”, con prólogo del político que, en Chiapas, tiene un millón de amigos.

martes, 5 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DANDO UNA VUELTITA POR JAPÓN, POR ESPAÑA Y POR ARGENTINA




Querida Mariana: Quique se vio en una disyuntiva el otro día: Veía, por televisión, un partido de fútbol o un partido de tenis. Optó, ¡por supuesto!, por el tenis, deporte de príncipes. Me dio gusto su elección, porque eligió el caviar por encima del frijol. Fue un poco como si a mí me dieran a elegir entre ver un partido de tenis o leer una novela de Vila Matas. Claro, elegiría a Vila, aunque en la cancha estuviera Vilas, el famoso tenista argentino. (Vilas ya no debe jugar, no sé cuántos años tiene, pero ya anda más allá de los sesenta.) Siempre elegiré a los Vila del mundo literario por encima de los Vilas del mundo deportivo. Cada uno elige lo que le gusta. Los millones de fanáticos que prefieren ver el fútbol antes que la lectura tienen todo el derecho de hacerlo. Quique usó su derecho de elección. Los millones de lectores en el mundo hacemos lo mismo: elegimos las nubes que nos hacen volar, ser felices.
Uno de los dones de la lectura (lo sabe todo mundo) es su capacidad de ubicuidad. A mí me sigue sorprendiendo esa gracia divina: mientras estoy en Comitán (o en cualquier lugar) estoy en otro, al mismo tiempo. La historia literaria estimula mi imaginación y la lleva al territorio donde aquella sucede.
Como mi memoria es muy endeble, este año llevo una puntual relación de libros que he leído. Ayer en la tarde, mientras llovía, me paré frente a la ventana y leí la relación. Comprobé que este año (sin salir de Comitán) he estado en muchos países, gracias a la lectura.
Los lectores sabemos que no hay mayor deleite que viajar, desde casa, a muchos lugares estimulando nuestra imaginación. Esto hace que cada país tenga una parte importante de nosotros, que cada país sea un poco un país creado por nosotros, con la guía del autor.
El año lo comencé en Japón, porque en los primeros días de enero leí una novelilla de Kitamura, y como siempre me ha gustado este país le seguí con cuentos de Dazai. De ahí, como andaba en cuentos y siempre me han gustado los cuentos seguí en este país y leí cuentos del mexicano Rafael Pérez Gay.
Ahí fue cuando me topé con el ya citado Vila Matas, con un relato autobiográfico que se titula: “París no se acaba nunca”, que tiene cierta semejanza con la famosa “París era una fiesta”, del no menos famoso Ernest Hemingway. De París (sin escalas) volé hasta Argentina al leer cuentos de Mariana Enríquez (quien es amiga de Samy, el dueño de la librería Lalilu).
¿Mirás qué maravilla? ¡Ah!, el prodigio: Un pie en el parque central de Comitán y el otro pie en alguna calle de Buenos Aires o en un bulevar de París.
Andaba en esas cuando recibí un envío de parte de mi admirado amigo David Tovilla, era su libro más reciente: Bragadicto, que, como su título advierte, cuenta historias de hombres que, como dijera el vulgar encantador de Mario, “les encanta el olor a pantaleta”.
Luego le entré a un libro que reúne la mayoría de cuentos escritos por Roald Dahl, escritor que llevó a la práctica la teoría en la que yo también creo: “Los escritores deben escribir textos que no sean aburridos”. Este libro lo disfruté mucho, así como disfruté el de Vila Matas. ¿Recordás que en la contraportada de mi novelilla “Yo también me llamo Vincent”, el comentario editorial fue que estaba escrita al más puro estilo Vila Matas y ni vos ni yo habíamos leído jamás al tal Vila? Bueno, si me acerco a tal estilo lo entiendo como un elogio.
Seguí con los cuentos. Ahora fueron los de una chilena que Bolaño alabó: Alejandra Costamagna.
Y seguí caminando por la misma senda. Leí cuentos de la mexicana Cristina Rivera Garza, quien se me hace una autora medio inflada por la crítica. Sus cuentos no me inspiraron como sí lo hicieron los cuentos de Dahl, por ejemplo.
Y luego llegó a mis manos una novela sensacional: “El museo de la inocencia”, de Orhan Pamuk, Premio Nobel. ¡Ah!, un deleite la novela.
Y, para que se entienda que no sólo en Estambul hace viento, llegó a mis manos el libro de un autor chiapaneco, mi amigo Héctor Cortés Mandujano: “Mapaches. Campos de maíz, campos de guerra”. Ya sugerí su lectura en los videos que subo semana a semana en este chunche, porque es un libro que da cuenta puntual de este movimiento chiapaneco histórico. Y ya encarrilado leí la novela: “Piedras, polvo: la película”, del mismo Héctor.
Luego le entré a la novela “Los años sabandijas”, de Xavier Velasco. De Xavier más que la novela que obtuvo el Alfaguara (“Diablo Guardián”) me gustó la novela “La edad de la punzada”, donde hace un recuento de su vida adolescente, con gran desenfado y con humor.
Y en este camino apareció Murakami, el tal Haruki, que considero no tiene la categoría para ser considerado constante aspirante a recibir el Nobel. Tal vez algún día se lo concedan, pero en tal concesión prevalecerá más el sentido de mercadotecnia que el sentido estético. Pero, como mi goce literario también es mi oficio leí “De qué hablo cuando hablo de escribir”, así como leí “De qué hablo cuando hablo de correr”. Así como en el de correr habla de su gusto por la carrera, en el otro habla de sus obsesiones por la escritura.
Cayó en mis manos una novela de Carson McCullers, la autora de la gran novela breve “La balada del café triste”. Cuando “La balada” llegó a mis manos (hace muchos años, de manos de mi maestro Pepe Martínez) supe que estaba frente a una obra maestra. ¡Ay, padre mío! La novela que leí este año, “Reflejos en un ojo dorado”, es malísima. No podía creer que una autora genial pudiera escribir tal bodrio.
Para tratar de quitar el mal sabor, leí “Carthage”, novela de mi admirada Joyce Carol Oates. “Carthage” no alcanza las dimensiones de “La hija del sepulturero” que sí me deslumbró, pero, cuando menos, no estuvo tan mal como la de la McCullers. Por favor, querida mía, no vayás a leer nunca, ¡nunca!, “Reflejos en un ojo dorado”. La McCullers nunca supo que Dahl sugería que los libros fueran atractivos, entretenidos, inteligentes, seductores.
Luego, Carlos Silva Camacho pasó por Comitán y me obsequió su novela “Laguna verde” y anduve por Veracruz, en la región donde está aquella nucleoeléctrica.
Continué con un libro de otra Premio Nobel, Doris Lessing: “El quinto hijo”. Novela intensa, abrumadora.
La novela de la Lessing fue como el preámbulo para que leyera otra novela espléndida de Pamuk: “Me llamo Rojo”. Este ejemplar me lo obsequió Malena Jiménez. Lo tenía entre los pendientes y apareció y fue un deslumbre su lectura.
Luego Óscar Palacios me envió su novela “El factor Karamazov”. La leí y fui uno de los comentaristas la noche en que la presentó en Comitán, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
De ahí me brinqué a leer el más reciente (y parece que último) libro de Rius: “Los presidentes dan pena”. Un libro flojo. Libro que quedó muy lejos de otros que son lectura obligada de los seguidores de este fantástico caricaturista que falleció recientemente.
¿Qué más? ¡Ah, sí! Una novelilla infantil: “El libro salvaje”, de Juan Villoro. Autor que no termina de convencerme; autor que también pienso está colocado un peldaño arriba del lugar que le corresponde. Pero, bueno, querida Mariana, es cosa de gustos. Conozco amigos que admiran todo lo que Villoro escribe. Yo creo que es como el Carlos Fuentes de estos tiempos y, sin duda, María Félix estaría de acuerdo conmigo.
Luego leí una novela de un autor español que desconocía: Juan Gómez Bárcena. La novela “Kanada” no me desagradó. Trata un tema interesante: ¿Qué pasó con los sobrevivientes de la gran guerra?
Luego me trasladé a la tierra de mis ancestros: Italia. Leí “La banda de los Sacco”, de Andrea Camilleri. Una ficción basada en un dramático hecho real: La historia de los Sacco, una familia honesta y trabajadora que, de pronto, se ve inmersa en una situación desastrosa cuando la mafia irrumpe en su vida armoniosa y la transforma de manera brutal.
Luego compré la novela “Fuego 20”, de Ana García Bergua. Escritora que tiene toda mi admiración por los escritos que publica, cada quince días, en el suplemento cultural de La Jornada, pero cuyas novelas y libros de cuentos siempre me dejan con un sabor medio amargo. Ésta no fue la excepción, comencé emocionado, pensando que ahora sí había logrado una buena novela, pero al final me decepcioné. No supo cómo amarrar un elemento que introdujo y quedé lamentando su genio creativo.
Para tratar de compensar la decepción compré dos de Pamuk: “La casa del silencio” y “La vida nueva”. ¡No! No tuvieron la grandeza de “El museo de la Inocencia” y de “Me llamo Rojo”, pero hubo párrafos que sí lograron iluminar el instante. Soy un convencido de que el grande cuando no logra superar la medianía es más grande que el mediocre cuando tiene algún atisbo de grandeza.
Quique eligió el tenis ese día. En muchas ocasiones elige leer. Él es un gran lector. Elige el tenis o la lectura porque, así lo intuyo, es feliz mientras el tenis o la lectura duran. Creo, entonces, que la felicidad mayor es la lectura porque el partido de tenis tiene una duración finita y la lectura es goce infinito.

Posdata: Y ahí la llevo. Enamorado de este oficio, de este disfrute, de este gozo, de este destino maravilloso que la vida me concedió. Cada libro es una hermosa expectativa. A veces encuentro libros de siete punto seis que suben a ocho; en ocasiones, ¡maravilla!, libros sensacionales, de esos que los lectores llaman ¡inolvidables! Como yo tengo memoria muy endeble, sé que los olvidaré, pero lo que siempre me llevaré es el instante glorioso que sentí a la hora de leerlos.
Un día elegí ser lector y desde ese día mi vida ha sido un deslumbre. Los libros han sido mi elección. Tío Licho escribió dos libros de cuentos que nunca se publicaron, por ahí se perdieron sus originales. Él decía: “Escribo, porque mis manos abiertas tienen forma de libro”.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON HISTORIAS DE COINCIDENCIAS




Querida Mariana: El libro “El cuaderno rojo”, de Paul Auster, estaba en mi mesa de trabajo cuando escuché la noticia que Paul recibirá la medalla Carlos Fuentes de la FIL-Guadalajara. Se me hizo una coincidencia, porque el libro (lo saben quienes ya lo leyeron) narra anécdotas, precisamente, de coincidencias.
Paul no descubre el hilo negro. Todo mundo sabe que la vida está llena de coincidencias y de experiencias azarosas. Algunas son coincidencias divertidas, otras son misteriosas y algunas más son tremendas. Hay coincidencias, lo sabemos, que modifican vidas, de manera brutal.
El hecho que un libro de Paul estuviera sobre la mesa cuando dieron la noticia del galardón fue una coincidencia de arcoíris, de cuando llueve tierno y vemos en el horizonte esa parábola luminosa. Fue una coincidencia feliz, tal vez irrelevante para muchos, sin importancia. En mi caso me llenó de gozo algo tan simple, fue como el instante en que, en una noche cerrada, vemos una raya en el cielo y sabemos que fue una de las llamadas estrellas fugaces, instante que difícilmente volverá a repetirse.
Romeo no esperaba las coincidencias, él ¡las provocaba! Martha, muchacha bonita a la que amaba en secreto, siempre se topaba con él a la salida de su casa. Ella, por supuesto, durante las primeras ocasiones se sorprendió, luego comenzó a creer que Romeo la vigilaba, la perseguía. Romeo no se inmutaba, siempre que se topaba con Martha le decía: “Ve, ¡qué coincidencia!”, y le ofrecía una paleta de dulce o una galleta o un helado, que llevaba en un bolso que cargaba por todas partes, y sin preguntar la acompañaba dos o tres cuadras y se despedía. Martha, al principio, aceptaba el obsequio, pero luego comenzó a rechazarlo. Pensó que si aceptaba siempre era como abrir la puerta para que Romeo fuera tomando confianza y, con ello, abrogándose derechos que no le correspondían. Si Martha salía para ir a hacer tarea en casa de Rosy ¡ahí estaba Romeo! Y lo mismo cuando salía para comprar el pan, para ir a la papelería o para ir al ensayo de la estudiantina, en el auditorio de la escuela (donde ahora está el auditorio de la Casa de la Cultura). Siempre Romeo.
Claro, hay coincidencias que no son provocadas, sino que las otorga la vida. La tía Bety fue amiga de Rosario Castellanos. Una tarde, Pepe, hijo de la tía, llegó con la noticia de que el maestro de español (no sé si Pepe estudiaba la secundaria o la preparatoria en ese momento) les había dejado de tarea leer la novela “Balún-Canán”. La tía fue al librero donde tenía un ejemplar de la novela que había escrito su amiga de la infancia y se lo dio al hijo con la advertencia: “Me lo cuidás mucho”. Pepe leyó la novela, hizo una síntesis y regresó el libro. La tía colocó la novela en el librero. Diez o doce días después, mientras trapeaba la sala, la tía halló tirada la novela. Ella se sorprendió. Levantó el libro, recargó el trapeador en la pared, se sentó en un sofá y leyó algunas páginas de la novela. En la tarde llegó doña Estelita y, en medio de la plática, dijo que en la radio habían dicho que Rosario Castellanos había muerto un día antes en Israel.
Hay coincidencias misteriosas, pero hay otras que son dramáticas. Paul Auster cuenta algunas simpáticas, otras llenas de misterio y algunas que son trágicas.
En el libro “Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro”, del periodista Rafael Cabrera, éste dice que Elena, en un texto escribió una fecha, fecha que al paso de los años coincidió con una fecha fatídica en su vida personal. En la ficción también aparecen historias que coinciden con la vida real.
Las coincidencias que provocaba Romeo eran tan constantes que, una tarde, Martha salió de su casa para ir al ensayo de la estudiantina, llevaba una guitarra. Abrió la puerta, la tarde era bella, fresca. Martha cerró con llave y comenzó a caminar sobre la banqueta, llegó hasta la esquina donde una señora vendía elotes que asaba sobre un anafre. Martha vio hacia la derecha y luego a la izquierda, comprobó que Romeo no aparecía. ¡Lo extrañó!
Cuando Romeo me lo contó dijo: “Cuando vi que ella me buscaba, que me esperaba, pensé que ya había chingado. Ya extrañaba mi presencia”. Esa tarde, Romeo se había escondido detrás de un carro y desde ahí vio el comportamiento de su muchacha bonita. Al día siguiente, Romeo salió de su casa para ir a la de Martha y cuando abrió la puerta halló a Martha en la puerta de la tienda de enfrente. Martha sonrió y cuando Romeo se acercó, ella dijo: “Ve, ¡qué coincidencia!”.
Posdata: Sí. Martha y Romeo se hicieron novios.