lunes, 24 de julio de 2017

UN MIÉRCOLES CUALQUIERA




Juan me cuenta historias extrañas. Ayer me contó una que él tituló: “El hombro del hombre”, aunque (jura) la espalda que ahí aparecía era la espalda de una mujer.
El lunes pasado fue a casa de X (se reservó el nombre de su amiga). Hace tiempo, en una exposición de pintura, habían quedado de verse para tomar un café y ella le llamó el pasado lunes para decirle si podía llegar a su casa, estaba sola, sus papás habían salido (Juan no es muy del agrado de los papás de X). Juan dijo que sí, estaba en La Pila tomando unas fotografías del interior del templo, buscaba una imagen diferente para el álbum que ahora integra para una exposición individual que quiere proponer al Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. De hecho, me dijo, respondió la llamada en el interior del templo, su voz sonó como si estuviese adentro de una cueva y sus palabras bucearan en el agua interior.
Juan subió al parque central, compró dos elotes asados, con su correspondiente polvojuan y caminó por la subida de Guadalupe para llegar a la casa de su amiga. Ella abrió la puerta, le dio un abrazo, recibió los dos elotes y dijo que buscaría unos platos. Entró a la cocina, se asomó a la puerta batiente y, como si fuese una actriz de cine norteamericano, dijo: “Ponete cómodo”, claro, con el tono de comiteca bonita. Él cumplió la sugerencia y se despatarró sobre el sofá. Pero más tardó en hacerlo que en reincorporarse pues una fotografía en blanco y negro que estaba sobre la mesa de centro llamó su atención. Se sabe que un aficionado a la fotografía muerde el anzuelo cuando ve una fotografía en blanco y negro. Juan dice que la fotografía era de un tamaño casi enorme, abarcaba gran parte de la mesa. ¿Cómo no la había visto antes? No la había visto, porque no había tenido tiempo de hacerlo. En cuanto entró saludó a X, le entregó los elotes, la siguió con su vista cuando ella entró a la cocina (en este lapso dio dos o tres pasos hacia el sofá) y cuando ella le dijo que se pusiera cómodo él se había dejado caer sobre el sofá, pero en ese instante fue que, como si el asiento estuviera hecho con resortes, él se había reincorporado para ver la fotografía que mostraba la espalda de una mujer. La foto era muy extraña, porque lo visible era apenas una parte de la espalda. Juan pensó que la idea del fotógrafo había sido que el espectador, como un voyeur, viera un cuerpo femenino a través de una ventana muy pequeña. Era como, si a mitad del universo, se abriera una ventana. Pensó que, a pesar de su rareza, la foto tenía su encanto, porque la modelo se había pegado al marco para que no se viera más que eso, pero el espectador voyeur podía imaginar que, en algún momento, la mujer de la fotografía caminaría hacia el frente y, a través del ventanillo, podría verse cómo su espalda se ampliaba hasta llegar al instante en que toda la espalda aparecía, con el agregado de la vista de un trasero, que Juan imaginó sería bello, armónico.
X regresó con los elotes en platos, los colocó al lado de la fotografía y le preguntó a Juan si le gustaba la foto. Él dijo que sí. Es la espalda de un hombre, dijo X, mientras tomaba su elote y le daba un mordisco. Juan me dijo que le sorprendió lo que X dijo, se sintió como si hubiese estado, emocionado, viendo a través del ventanillo el trasero de la modelo y de pronto ella se hubiera dado la vuelta y mostrara un pene.
¡No!, se defendió Juan. X se sorprendió ante la respuesta airada de su amigo. ¡No!, repitió, no es espalda de un hombre, ¡es de una mujer! En realidad, el ventanuco era tan breve que, incluso, algún otro espectador podría confundir la parte del cuerpo. Alguna mirada inexperta hubiese dudado y, tal vez, habría preguntado a su amigo qué era eso. Juan no había dudado: Era una espalda, porque (así me dijo) se dibujaba perfectamente los dorsales y la línea central estaba bien definida. Además (me dijo) estaba seguro que era la espalda de una mujer. Estaba tan seguro que había imaginado cómo la modelo se separaba del ventanillo, caminaba hacia el frente y, conforme se retiraba, mostraba toda su espalda y sus nalgas. Él la había visto casi completa, había visto la cabellera de la chica, cayendo en forma desordenada y generosa sobre su hombro y cubría su cuello.
Y la tarde plácida tomó un color violento de discusión. Ella decía que era espalda de un hombre y él arremetía asegurando que era de mujer. ¡Hombre! ¡Mujer! ¡Hombre!
X se paró molesta. Juan se recostó en el sofá, colocó sus manos detrás de su cuello y cerró los ojos. Inhaló fuerte. Trató de calmarse. Era una estupidez que ella insistiera en lo de la espalda de hombre, sí, era obvio que ese fragmento de cuerpo era de una mujer. ¡Era una estupidez! Era una estupidez una discusión de ese tamaño entre él y su querida amiga. Pensó en pararse, llamarla y ofrecerle una disculpa. El pleito no tenía razón de ser. Decidió que le diría que ya había visto bien la fotografía y, en efecto, era la espalda de un hombre. Abrió los ojos, se reincorporó y estaba a punto de pararse cuando X apareció envuelta en una bata blanca con tela de toalla. No se había amarrado el cordel de la cintura, por lo que Juan vio dos semicírculos. Eran unos pechos bellos, generosos. X se quitó la bata y quedó desnuda frente a él. Juan apenas alcanzó a ver su pubis. En este momento de la narración le pregunté a Juan si X tenía pelo ahí o lo tenía rasurado como estilan las chicas de ahora. Juan me ignoró. Siguió contándome. Dijo que su amiga se dio vuelta y le exigió a Juan que pusiera sus manos como acostumbran los fotógrafos para hacer un encuadre y viera su espalda. Juan, con las manos temblorosas, hizo un marco y, en lugar de enfocar la espalda de X, enfocó sus nalgas, su hermoso trasero. Ni en sus más alocados sueños hubiese imaginado tener así a su amiga, al alcance de su mano, al alcance de su deseo. X le preguntó qué veía y Juan cerró tantito sus ojos porque hubiese deseado decirle que veía el culo más hermoso del mundo. Dijo que sí, que ella tenía razón, que la espalda de la foto era de un hombre, que se le notaba en los hombros. X se volvió, tomó la bata que había dejado en una silla y se la colocó. Pero, dijo ella, si en la foto no aparecen los hombros. Juan dijo que cualquiera podría imaginar que tenía los hombros muy cuadrados, hombros de hombre. Sí, ¿verdad?, dijo ella y se sentó a su lado. A la hora que se sentó, se abrió más la abertura de la bata. Ella untó la tapa de limón sobre el elote, le echó un poco de polvojuan y le dio una mordida a la mazorca.
Por un instante, Juan vio sus muslos, su pubis y uno de sus pechos. Yo le pregunté a Juan si ella tenía el pubis rasurado, como lo tienen muchas chicas actuales; le pregunté de qué tamaño eran las areolas de sus pechos, si eran grandes, bellos, pero Juan ignoró mis preguntas, cerró tantito los ojos y me dijo que la foto era espléndida, era como si en medio del universo se abriera una ventana. Yo le comenté que eso ya lo había dicho antes. Juan me vio, sacó su celular y me enseñó la foto que le había tomado a la foto y me preguntó mi opinión: ¿Era espalda de hombre o de mujer? Vi el calendario que estaba en la pared y caí en la cuenta que era miércoles.
Juan siempre me cuenta historias extrañas.

sábado, 22 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, SIN TECOMATES




Querida Mariana: Dije que fui un niño temeroso, y Quique escribió: “En el fondo eras un aventurero. Yo te vi cruzar el río Lagartero para ir a Argelia y sin saber nadar”. Sí, una mañana, Quique, Jorge, Memo, Javier, Miguel y yo cruzamos el río, río ahora desaparecido por la construcción de la presa La Angostura.
Debo decirte que Argelia era el nombre del rancho del papá de Jorge, rancho al que íbamos de vez en vez a pasar las vacaciones. El otro rancho al que íbamos (también del papá de Jorge) era uno llamado El Salvador. De los dos ranchos yo prefería este último. No había necesidad de cruzar ríos para llegar a su casa grande, al lado de una poza, donde, lo que llamaba mi atención, era una barda que hacía las veces de represa y cuya agua servía para mover un molino que generaba energía eléctrica con la que se prendían los focos de la casa.
Quique dijo que me vio cruzar el río sin saber nadar, y pensé que eso es la vida: Todo mundo cruza ríos sin saber nadar, porque nadie está preparado para nadar en esas aguas que se llaman vida. Esto de vivir es como si alguien llegara por detrás y te aventara a la alberca, sin que vos, en efecto, sepás nadar.
Como tengo una memoria endeble, tal vez no recuerdo si en prepa hubo una materia que se llamara Orientación Vocacional. Tal vez sí la hubo. No lo recuerdo. Y como no lo recuerdo, sé que nadie me orientó. Por ello, muchos no supimos qué hacer con nuestra vida profesional. Hubo (todo mundo lo sabe) compañeros que tenían bien definido qué iban a estudiar. En ese tiempo (los años setenta) todo mundo estudiantil de Comitán soñaba con ir a estudiar a la Ciudad de México, de preferencia a la UNAM, la universidad pública más importante del país, y con gran prestigio en toda Latinoamérica. Claro, algunos, los menos, soñaban con entrar al Politécnico Nacional. Lo que sí era una certeza es que la Ciudad de México era la meta. Ya hemos platicado que ahora los estudiantes van a Guadalajara, a Xalapa o a Puebla, y pocos, poquísimos, van a la Ciudad de México a presentar examen de admisión para la UNAM.
Hace dos días leí en La Jornada que el Tecnológico de Monterrey aparece mencionado por encima de la UNAM, en las listas de las mejores universidades de Latinoamérica. Así es, pero el Tec es institución para gente de paga. La UNAM sigue siendo la universidad pública que brinda oportunidades de crecimiento intelectual a cualquier mexicano que presente examen de admisión y lo pase. Ahí no importa el dinero sino la capacidad intelectual.
Y digo esto porque yo fui alumno de la UNAM. Una madrugada hice fila para obtener mi ficha de examen de admisión, estudié el temario, cuatro o cinco horas al día, y luego presenté el examen en el Estadio Azteca. ¡En el estadio Azteca! Y esto fue así, porque los solicitantes éramos multitud. A la hora que terminé el examen regresé al departamento de la tía Anita, donde vivía, y esperé, días y días y más días, a que llegara la notificación. Me dijeron que si el cartero llevaba un sobre grande significaba que me regresaban mis documentos de preparatoria y no había sido aceptado; por el contrario, si recibía un sobre pequeño ¡ahí estaba la carta de aceptación! Por fin, una mañana escuché el silbato del cartero, bajé corriendo, abrí y, entre la correspondencia, había un sobre pequeño, con el escudo de la UNAM al frente y mi nombre como destinatario. La carta decía, entre otras cosas, que había sido aceptado como alumno en la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cual era un honor y debía poner toda mi capacidad y todo mi esfuerzo para corresponder a tal distinción que la patria me brindaba a través de nuestra máxima casa de estudios. Había sido aceptado como alumno de la carrera de Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica. ¡Qué! ¿Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica? Sí, esa había sido mi elección. ¿Qué no había en la universidad licenciaturas en literatura, en cine, en teatro, en artes plásticas? Claro que había, pero como yo no tenía bien definidas mis aptitudes y mis fortalezas, no sé en qué momento elegí ingeniería. ¡Cómo si había reprobado matemáticas en la clase del maestro Hermilo! ¡Cómo si la clase de electricidad, que impartía el papá de Amelia Albores, me causaba sarpullido! Yo era un magnífico lector desde la secundaria, me encantaba dibujar y adoraba ir al cine. ¡Nadie me dijo que esas eran cualidades que debía fomentar! ¿Quién, en ese tiempo, en Comitán? ¡Nadie! Vivíamos casi en el interior de una gruta. Dichosos aquellos compañeros que sí tenían muy claro su destino. Yo me ahogué cada semestre en la Facultad de Ingeniería. Al final de semestre, alguien me jalaba del pelo, me sacaba del fondo del agua, me tiraba en la playa y, con denuedo, hacía que yo volviera a la vida, que desalojara el agua que comprimía mis pulmones y mi cerebro y, al inicio de semestre, me volvía a aventar a ese mar turbio, lleno de tiburones. Así tardé cinco años, al término de los cuales no finalicé satisfactoriamente mi carrera profesional. Y no lo hice, porque (¡claro, tontito!), durante esos cinco años fui a la Universidad a leer cuentos y novelas en la Biblioteca Central, asistí a muchas conferencias y pláticas dictadas por grandes escritores y pensadores de México y fui a todos los auditorios de las facultades, donde realizaban ciclos de cine de arte.
Ahora me encanta ir a las Siete Esquinas, acá en nuestro pueblo. Me encanta caminar la ruta, pasar por el parque central donde algún viejo tira tortillas secas para que coman las palomas; entro al mercado primero de mayo y pido un vaso de jocoatol. Me encanta caminar por la calle donde las mujeres, con sus canastos colocados en la banqueta, ofrecen chayotes y flor de calabaza. Soy feliz cuando me detengo ante los chorros de La Pila y miro a los indígenas que han subido a la ciudad y se lavan los pies calzados con caites. Miro a los limosneros, sentados en las gradas del templo, extendiendo la mano en espera de que todo caiga del cielo. Bajo a las Siete Esquinas y escucho los ruidos que salen de los patios donde trabajan los herreros y escucho el zumbido de las moscas que se paran en los dulces expuestos sobre el mostrador de madera donde dormita el tendero. Y no puedo menos que pensar que ellos no lo saben, pero viven sin saber nadar. Han vivido muchos años adentro de esas burbujas de agua sin tener idea de cómo han sobrevivido, porque (no lo saben) no saben cómo debe hacerse la brazada para avanzar sin peligro, para llegar a la isla donde todo es felicidad. Veo a todo mundo en medio del mar abierto, sin tener idea de hacia dónde deben dirigirse.
Cuando llego a las famosas Siete Esquinas me siento bien, porque ahí encuentro la reafirmación de mi idea. Todo en la vida es una infinita encrucijada. A cada instante se nos plantea la disyuntiva de hacia dónde ir. Hay personas que tienen siete esquinas, pero hay otras (¡Dios mío!) que tienen decenas de posibilidades y no saben cuál es el camino correcto. He visto amigas, con las caras transformadas, que se embarazan sin haberlo deseado y ven mil posibilidades para atenuar su tragedia. Las veo a mitad del mar abierto, las veo braceando, pataleando, hundiéndose, volteando a todas partes, orando para vislumbrar algún asidero. He visto muchos jóvenes que no saben qué hacer con su vida; los he visto hundiéndose en el alcohol, en las drogas, en la delincuencia. Algunos bracean desesperados, otros ven que los tiburones los acosan y dejan de hacer el intento por llegar a una isla.
Ahí, en las Siete Esquinas, veo a muchos indígenas que suben con los atados de flores que venderán en el mercado. Suben con paso firme. Están acostumbrados a las caminatas largas. Pero, una vez que han subido, entran al templo de San Caralampio, se postran y ahí sueltan sus amarras. Los veo bajar la cabeza, hundir el mentón en el pecho y los escucho rezar. Admiten (aunque sea un momento) que no saben nadar, por eso piden que el santo más querido del pueblo les dé un par de tecomates para que, cuando menos, puedan flotar y seguir sobreviviendo en intento de alcanzar una orilla, que nunca se sabe bien a bien en dónde se encuentra y qué contiene.
No tenemos guías, no existen manuales que nos enseñen a nadar en el agua de la vida. Todo es (¡Qué pena! ¡Qué absurdo!) un aventarse sin saber nadar. Escucho a amigos, ya grandes, hacer un acto de contrición y aceptar que no supieron cómo comportarse como padres. Todo fue un ensayo y error. Y yo pienso que eso es un contrasentido. Los maestros dudan si hacen lo correcto dentro del aula, si eso es lo que sus alumnos necesitan para crecer intelectualmente; y los alumnos son como hojas a la deriva. No tienen una conciencia real del porqué están en el aula. Así se les ve perder el tiempo y celebrar cuando, por algún motivo, hay cancelación de clases. ¿Cómo, alguien que desea superarse, celebra que no tenga la oportunidad de acrecentar su conocimiento?

Posdata: Quique tiene razón después de todo: He sido un intrépido. Sin saber nadar crucé el río Lagartero. Sin saber nadar, cada día me aviento a esta infinita alberca que se llama vida.

viernes, 21 de julio de 2017

LOS REPIQUES




Fui niño temeroso, pero subí, en varias ocasiones, al campanario del templo de Santo Domingo. En ese tiempo, los niños acólitos subíamos a través de escalones de piedra hasta un espacio donde había una escalera de madera, enorme. Si como decía la canción: “Para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita”, yo estaba seguro que esa era la escalera grande, inmensa. Subir por los escalones de piedra era como un juego simpático, porque era una escalinata donde no había mayor riesgo. La escalera ascendía por los muros de la torre y tenía huecos por donde pasaba el viento y la luz, pero al final, se llegaba a una estancia vacía (la recuerdo con piso de tierra), que nos recibía con su enorme y endeble escalera de madera. Era el último tramo para acceder a lo más alto de la torre, lugar en donde estaban las campanas que debíamos tocar para que los fieles supieran que ya era hora de ir a misa de seis de la tarde. La escalera medía cinco o seis metros.
Los compañeritos no eran temerosos. Ellos estaban acostumbrados a trepar sobre bardas o subirse a árboles para cortar jocotes, pero yo, ¡por el amor de Dios!, con trabajo subía a una silla para bajar la caja con galletas de la alacena. Yo estaba acostumbrado (hasta la fecha) a ver las frondas de los árboles y maravillarme ante sus alturas, viéndolas desde tierra firme. Desde abajo levantaba la vista y decía: ¡Ah, qué grandes!
En una ocasión llegó a la casa una delegación de norteamericanos. No sé qué llegaron a hacer a Comitán ni sé qué llegaron a hacer a la casa (como la corresponsalía del Banco Nacional de México estaba en casa, tal vez llegaron a cambiar dólares y, tal vez, era una delegación de arqueólogos que andaba haciendo estudios en alguna zona arqueológica). Víctor, que era el hijo de la sirvienta, los vio entrar a la casa y, corriendo, fue a llamarme al sitio, donde yo jugaba con los soldaditos de plomo que mi papá me había traído de Puebla. “Vení, vení”, me apuró Víctor. Casi no podía hablar de la impresión. Yo dejé los soldaditos en la arena y corrí hacia donde Víctor me indicaba. “Gigantes, gigantes”, decía Víctor y alzaba los brazos indicando la altura infinita de los seres que había visto. En efecto, los gringos eran altísimos. Yo me paré en seco, me apoyé en un pilar del corredor y miré al güero que estaba a escasos dos metros de distancia. Sí, medía más de dos metros. Era enorme. Estuve seguro de que si levantaba sus brazos podía alcanzar el foco que pendía del techo. ¡Ay, los trabajadores de la casa necesitaban subir a una escalera cuando cambiaban el foco! A pesar de que el techo de mi casa de infancia era altísimo (como en la mayoría de casas tradicionales de Comitán) yo vi que el gringo podía fácilmente alcanzar el foco, sin necesidad de subir a una silla o usar una escalera. ¡Era como un árbol de jocote, de jocote güero!
Mientras subíamos por la escalinata de piedra del templo yo era feliz. A veces me acercaba a uno de los huecos que daba a la calle y sentía el aire y me sentía pájaro porque estaba por encima de las frondas de los árboles, pero conforme nos acercábamos al espacio donde estaba la escalera de madera comenzaba a sentir una sensación de frío en todo mi cuerpo. No escuchaba las bromas de los demás acólitos, pensaba en cómo subiría por esa escalera enorme. Yo, por supuesto, no podía subir al principio, pero tampoco era bueno quedarme al final. Procuraba ponerme a la mitad de la fila. Pensaba (qué tontería) que los que ya habían subido podían, en un momento determinado, ayudarme a subir tendiendo sus manos, y los que se quedaban atrás, me detendrían en caso de que yo resbalara (¡qué tontería!). Por lo regular cuando yo colocaba las manos en los primeros travesaños ya los niños de adelante habían llegado a la parte superior y corrían hacia las campanas. Yo comenzaba a subir, temblando, haciendo caso a la recomendación de no ver hacia abajo para no marearme. Pero los de atrás me apuraban: “¡Ora totozón! ¡No tenemos tu tiempo!” y yo sentía que conforme subía, la escalera se movía como barco en medio de una tormenta y escuchaba el crujido de la escalera que se quejaba por la cantidad de muchachitos trepados. La escalera se pandeaba y a mí me entraba un pánico que casi me obligaba a detenerme. Pero no podía hacerlo, porque ya estaba a mitad del ascenso y los de atrás gritaban que yo me apurara.
¿Cómo lograba subir hasta arriba? Hasta ahora no lo sé. Tal vez el Espíritu Santo se apiadaba de mí y me ayudaba a trepar. Una vez arriba olvidaba mis temores y me acercaba al resto de la muchachitada y los miraba tocar las campanas. Ellos disfrutaban ese sonido. Movían sus brazos con fuerza y le daban con todo a la cuerda que movía el badajo. Yo miraba el cielo desde esa altura y me sentía bien. Me sentía bien, siempre y cuando no comenzara a pensar en la bajada. Una vez hice el experimento de bajar viendo hacia el frente y sentí la muerte hablándome al oído. Javier (que era el líder de los acólitos) me dijo que no llorara (yo lloraba y estaba apersogado de tal manera que no podía desprender mis manos). Javier hizo que subieran dos de los niños que ya habían bajado para que me ayudaran. Esos dos niños lograron hacerme bajar. Uno de ellos, como chango, subió por detrás de la escalera y rodeó a ésta y me abrazó, para que yo me sintiera seguro, y el otro niño destrabó mis manos y fue guiando cada uno de mis pies. Así llegamos al piso. Yo no podía dejar de temblar.
Yo era un niño tímido y temeroso. ¿De dónde tomaba valor para subir al campanario del templo de Santo Domingo?

miércoles, 19 de julio de 2017

IMAGEN MEXICANA




Los alemanes nunca entenderán esta imagen. Entre los bibliófilos se dice que hay dos ferias de libros importantes en el mundo: la alemana y la que se realiza en Guadalajara. Los mexicanos nos llenamos de orgullo cuando decimos que en todo el mundo, la feria del libro que acá se realiza está apenitas por debajo de la feria alemana. Es como si esto nos colocara en el primer mundo en el plano cultural. Como si dijéramos que somos más cultos que los franceses, que los japoneses, que los norteamericanos, que los holandeses. Ya ni hablamos de los países latinoamericanos. Decimos que ellos, pobres, nunca tendrán una feria como la FIL. Pobres peruanos, pobres argentinos (¡argentinos!), pobres colombianos, pobres, pobres chapines. En México tenemos la feria del libro más importante del mundo hispanoamericano. Pobres españoles, pobres. Ellos que poseen las editoriales más importantes y que, prácticamente, han cooptado a todas las editoriales mexicanas, no tienen una feria tan importante como la nuestra.
Pero digo que los alemanes no entenderán esta imagen, porque acá no se ven libros, tal como sería lo deseable al leer que esta estructura funciona como “Para libros”. En lugar de libros lo que acá se observa es una serie de candados que impiden el acceso a los libros. En México sabemos que así tiene que ser. ¡Ay, padre, no le ponemos candados y al otro día los libros desaparecen! Qué digo al otro día, a media noche. Y digo a media noche, porque, hace tiempo, colocaron un “Para libros” semejante, en el parque de San Sebastián. ¡No duró mucho! Algunos vivales (como dicen los clásicos), al amparo de la noche, sustrajeron la estructura metálica que sirve como asiento. Empleo la palabra sustrajeron por respeto a los lectores alemanes que se acerquen a este texto, para que no se lleven la impresión de que los mexicanos (no todos, pero sí muchos) son raterillos de poca monta. ¿No entienden que esta estructura ayuda a que los índices de lectura no sean tan magros? ¡No, no entienden! Porque, la verdad es que tenemos la feria del libro más importante de Latinoamérica, pero ocupamos uno de los últimos lugares en las estadísticas de índice de lectura. ¡Qué paradoja! ¡Qué absurdo!
Y digo que los alemanes no entenderán esta imagen, porque en el Internet observé la otra tarde una fotografía que mostraba una ventana abierta con libros. Empotrada en la pared había un contenedor que daba la idea de una ventana y los lectores podían, libremente, acercarse, tomar un libro y leerlo en una banca. Después de la lectura, el lector regresa el libro para que otro lector, algún otro día, pueda disfrutarlo. Cuando le mostré a Miguel la foto alemana me dijo que eso sería imposible en México. Le di la razón. No fue necesario que hiciera algo más que mostrarle esta foto: todo tiene que estar, como decimos en Comitán, bajo siete llaves.
¿Y la silla de plástico? Debe ser el asiento del encargado. Para no guardarla todas las tardes, se le hizo más fácil encadenarla a la protección de la ventana. Así garantiza que al otro día la hallará. En realidad se ha salvado. Los preparatorianos no la han visto, de lo contrario, ya le hubieran cortado las patas a la silla, ya la hubieran enlodado, ya la hubieran quemado.
Cuando Miguel vio la fotografía me dijo que esta acción era incorrecta. Como el “Para libros” está en el Pasaje Morales, en el mero corazón de la ciudad, esta imagen da muy mala impresión a los turistas. Pero Daniel no estuvo de acuerdo, dijo que esta imagen no hace más que dar la imagen real de los pueblos de México. Daniel dijo que, al contrario del cuento de García Márquez que se llama “En este pueblo no hay ladrones”, en todos los pueblos de nuestro país ¡sí hay ladrones! Si las vitrinas quedaran abiertas una mañana, a disposición de los lectores, muchos libros se perderían porque los muchachos (por travesura) se los llevarían para dejarlos como prenda en los billares.
México es un país donde la lectura no es el pan de todos los días, pero tenemos la feria del libro más importante de Hispanoamérica y tenemos el extraño fenómeno en donde la gente roba libros, y el surrealista comportamiento en que las sillas se encadenan a las contraventanas del palacio municipal de Comitán.

martes, 18 de julio de 2017



CARTA A MARIANA, DONDE HAY UN TEJADO MUSICAL

Querida Mariana: Pau y su mamá se cambiaron de casa. Bueno, eso de casa es un decir, porque dejaron la casa que habitaron durante mucho tiempo y ahora viven en un departamento. Los que saben dicen que la tendencia a futuro son las construcciones verticales. Ya no tendremos esas maravillosas casas que tuvimos antaño en Comitán, con patio central y sitio, un sitio enorme donde los niños jugaban y trepaban en los árboles de jocote y de durazno.
Pau me envió un mensaje de texto: “Tío, tenés que venir a mirar la marimba”. Como soy un tío consentidor le respondí de inmediato: “Llego en la tarde”. Imaginé que su mamá le había comprado una marimba. Nunca imaginé lo que Pau me mostraría: Un copete de barda con teja.
En cuanto llegué, Pau me tomó de la mano y me llevó corriendo a su cuarto, abrió la cortina y, como si fuese una maestra de ceremonias en un teatro, movió las manos y brazos al estilo de una torera y dando un pase dijo: “Con ustedes, ¡la marimba del sitio!”.
El departamento está contiguo a una casa tradicional comiteca. Como Pau dice, la casa vecina tiene un sitio. Ya que el departamento que rentó su mamá es del mismo propietario de la casa, el arquitecto no tuvo empacho en colocar una ventana que da al sitio vecino (se sabe que en arquitectura está prohibido abrir ventanas que den a predios contiguos). La recámara de Pau está muy bien ventilada y llena de luz, precisamente por esa ventana, donde, a la hora que quiere puede ver lo que ella llama “la marimba del sitio”.
Nada dije. Vi el copete de la barda limítrofe y coincidí con Pau: es como una marimba larguísima, bellísima. Estaba extasiado viéndola, sorprendido por la capacidad de imaginación de mi sobrina, cuando ésta dijo: “En días muy soleados suena despacito, pero se oye cómo el sol toca valses, con sus manitas doradas y quemantes. Pero, lo más bonito es cuando llueve, tío. Ayer llovió en la tarde. Ah, la hubieras oído, es como si mil palomas aletearan sobre la marimba. Se oye bien bonito”. Ya no es a ritmo de vals, ¿verdad?, le comenté. “No, no, cómo creés, la lluvia toca bien fuerte y alborotado. Igual que el sol son como mil marimbistas que tocan igualito, pero la lluvia, como es más ruidosa, toca a ritmo de banda”. Pau me vio y agregó: “Pero no vayás a creer que como esas bandas feas de ahora, no, yo digo de las bandas que escucha mi abuelito, bandas norteamericanas”. Quedé más sorprendido. Volví a ver la marimba de la barda. Imaginé el sonido de la lluvia cayendo sobre el tejado, imaginé a las gotas chocando y luego saltando al vacío del patio, cayendo sobre el pasto, formando otra melodía en medio de los charcos, imaginé un gran concierto que bien podía llamarse Lluviata número nueve (por aquello de los nueve guardianes de Comitán).
Pensé que yo jamás hubiese imaginado una marimba al ver esa columna vertebral encima de la barda. No es común que un remate se forme así. De hecho, pensé, ese “doble teclado” no es casual en Comitán. Lo que sí era común observar antes en Comitán era el gusano superior, ese tren maravilloso que remataba la barda (había otros más pedestres que el remate lo hacían con pedazos de cristal, para ahuyentar a los delincuentes y a los muchachitos malcriados que se brincaban para cortar los nísperos).
Le pregunté a Pau y me dijo que en cuanto llegaron al departamento, su mamá la llevó a lo que sería su recámara y ella no tardó ni un segundo en correr a la ventana, abrir la cortina y descubrir la marimba del sitio. Dice que, emocionada, había escuchado una melodía: era una parvada de chinitas que picoteaba sobre las tejas. Llamó a su mamá y le dijo que viera esa maravilla. Su mamá la abrazó y dijo que era un buen augurio para conservar la identidad. Pau, sin sorprenderse mucho por las palabras de su mamá, le advirtió: “Pero no se vale cambio de cuarto. No me vayás a salir después que querés este cuarto para oír las serenatas”. Pau dice que su mamá rio fuerte, con risa de guajolote cruzando el sitio para ir a comer.
Posdata: ¡Una marimba! Nunca lo hubiera imaginado. Ahora, cuando veo la fotografía que tomé, pienso en ir al departamento de Pau una tarde que esté nublado por Margaritas, para asegurarme que caerá un aguacero de Dios padre, y le pediré a Pau que vayamos a su recámara, que abra la cortina, que abra las ventanas, para que escuchemos un concierto. Seguro que el espíritu de don Límbano Vidal, como ratón travieso, correrá por ahí.

sábado, 15 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY POLVO TODAVÍA




Querida Mariana: En pleno siglo XXI aún hay polvo de otros tiempos. Los patios de hoy ya están más limpios, pero aún están empolvados. Se entiende, el polvo es necio, como ratón se esconde en las junturas y en los rincones. ¡Ah, qué majadero el polvo!
¿Por qué digo esto? Porque aún existe cierta tradición que nos perjudica como sociedad. Cuando yo era muchachito, muchos papás y abuelos (de esos hombres que habían vivido la época de la revolución) ordenaban a todos los niños que no debían llorar, porque “sólo las mujeres chillan”; es decir, el llanto se tomaba como un acto propio del género femenino. ¿De veras es así? ¡Ay, es un absurdo! El llanto es natural e inherente al ser humano, y no sólo a éste, hay algunos videos donde hay animalitos que lloran por alguna circunstancia.
Rosario Castellanos, en su poema autorretrato, dice: “…el llanto es en mí un mecanismo descompuesto / y no lloro en la cámara mortuoria / ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe. / Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo / el último recibo del impuesto predial.” Si mirás bien, en este poema está esa ironía característica de nuestra paisana, pero hay un sustrato verdadero. Yo, ya te conté en una ocasión, cuando falleció mi papá (hombre bueno al que quise muchísimo y sigo amando profundamente) no solté ni una sola lágrima. Mi papá falleció en febrero, en abril cumplía años, así que el día de su cumpleaños todo el caudal sostenido, como si fuese una presa a la que abrieran compuertas, se volvió una catarata. Lloré la muerte de mi padre, dos meses después de ocurrida. ¡Ay, mi Dios, cuánta falta me hacía mi querido padre! Como todos los hijos sigo extrañando su presencia, su risa, su modo de andar, de hablar, su característica presencia con las mangas arremangadas de la camisa. ¿Por qué en su entierro, a la hora que vi que colocaban su ataúd en el hueco y lo llenaban de tierra, no afloró el llanto? No lo sé. Yo diría, a la manera de Rosario, que “el llanto es en mí un mecanismo descompuesto”. Lloro. No soy mujer y lloro, lloro mucho, lloro por nimiedades. Tal vez, igual que Rosario (¡ay, qué insistencia!), no lloro frente a la catástrofe. Lloro, ¿sabés cuándo?, en el instante que, en una película, la chica se aleja y le dice adiós a su amado; lloro cuando algún alumno se despide del colegio; lloro cuando veo que un perrito fue hallado en un basurero; lloro cada vez que releo el Quijote y éste, después de muchas aventuras donde se batió a duelo con monstruos fantásticos, muere recostado en su lecho. Lloro la muerte del Quijote porque se me hace una muerte que no correspondía a su grandeza. El Quijote debió morir en un campo como han muerto los grandes héroes: en batalla. ¡No fue así! El Quijote murió como mueren los viejitos chochos, como mueren los sin quehacer, como mueren los que no sueñan con grandes lances. Como mirás, lloro por nimiedades. Recuerdo un día que acababa de terminar la novela y un amigo se acercó y me preguntó por qué lloraba. Iba a decirle que por la muerte de El Quijote, pero supuse que sería objeto de sus burlas más acervas, así que le dije que porque me había acordado de la muerte de mi gato. ¿Cuándo murió tu gato?, preguntó él. Yo dije: Como cuatro o cinco años. ¡Qué pendejo sos! ¿Cómo vas a llorar por un gato que murió hace tanto tiempo? ¿Por un gato? ¡Qué mudo sos!, me dijo. Sí, pensé, si le hubiera dicho que lloraba la muerte de El Quijote se habría burlado cuatro meses seguidos, sin pausa.
No soy mujer y lloro. Mi papá lloraba cuando veía algún final dramático en una película, colocaba su codo en el descansabrazos y con su mano tapaba su rostro, para que nadie lo viera llorar. Lo que él hacía es lo que hago yo también cuando voy al cine. Me da pena llorar en público. Aún hay resabios de esa prohibición tonta en que un hombre no debe llorar, porque el llanto sólo le está permitido a las mujeres. Si una muchacha bonita llora hasta se ve bien, ¡ah!, pero si es un hombre el que llora no falta el tipo que lo acusa de cobarde. ¡Qué idea tan tonta! A los hombres no les está permitido mostrar sus sentimientos de dolor y de pena.
Y digo que aún quedan resabios de ello, porque el otro día presenté una fotografía del Niñito Fundador, de Comitán, y más de dos personas se inquietaron porque estaba vestido con un ropón. Preguntaron por qué lo visten con ropa de niña si es niño. Aún pensamos (en estos tiempos en que se aboga tanto por la inclusión y por eliminar ideas de exclusión) que la vestimenta “hace al santo”. Aún se determina que el color azul es para los varoncitos y el color rosa para las hembritas. Lo escribo así porque así lo dicen: varoncitos y hembritas; es decir, niños y niñas. Si un niño viste una camisa de color rosa le hacen bulling, lo maltratan y alertan al papá, porque el hijito puede “amamparse”. Qué triste que un color determine la virilidad o la feminidad.
¿Y qué pasa con las faldas de los escoceses? Juan, quien vivió un año en Escocia dice que la falda que visten los hombres en ceremonias especiales es un símbolo de libertad. Los compas de allá comenzaron a usarlo por una necesidad utilitaria, algo que tiene que ver con el clima.
¿Y con los lacandones? ¿Qué pasa? Ellos son sabios, usan una túnica blanca, de manta, hombres y mujeres sin distinción. Los hombres (¿desde siempre?) usan cabelleras largas. ¿Alguien pregunta por qué los hombres tienen cabelleras largas “como si fuesen mujeres”? Querida niña mía, no quiero ser impertinente, pero Jesús (el mero mero) casi casi vestía como lacandón: vestía una túnica y tenía cabello largo. ¿En dónde está el problema?
Ya casi no hay personas que critiquen el hecho de que las mujeres vistan pantalón. Esto es así porque ahora son millones y millones de mujeres que visten pantalón, prenda que, anteriormente, se consideraba exclusiva de los hombres. ¿Quién otorgaba tal “exclusividad”? ¡Ah!, pues vos sos niña lista y sabés. Antes, las personas decían que una mujer era “marimacha” si usaba pantalones. Por fortuna, tal resabio se está erradicando. ¡En buena hora!
En estos ejemplos ha quedado claro (así lo espero) que la forma de la ropa y el color no determinan un rol sexual. Los seres humanos vestimos para protegernos de las inclemencias climatológicas, y hay diferencias culturales dependiendo si alguien vive en una montaña o vive en una costa. En Comitán, las muchachas bonitas usan shorts muy de vez en vez, pero en Tonalá, las niñas siempre caminan por las banquetas mostrando el palmito. En Comitán, todo mundo masculino se alebresta cuando, en el parque central, aparece una chica con short y con una mínima playera. He visto en fotografías tomadas en la playa de Copacabana, en Brasil, cientos de mujeres bellas en traje de baño, la mayoría en bikini. ¿Qué pasa en Uninajab? Es una pena, pero muy pocas chicas visten bañadores bellos, la mayoría se mete a las albercas con unas grandes camisetas que provocan lástima. Dicen que así se bañaba doña Mariana, con una gran túnica que, al contacto con el agua, se convertía en algo así como un paracaídas todo chueco. ¡Son rasgos culturales, mi querida niña! Mientras sea chiste y broma no hay problema. El problema inicia cuando se toma como una posición a ultranza de prohibición. “Los hombres no lloran”, decían los muy machos. ¡Ah, pucha! Que cada quien demuestre sus sentimientos como bien le vayan. Los sanadores dicen que es bueno llorar a moco tendido, de vez en vez, para soltar todo lo negativo y erradicar la carga nociva. ¿Cómo una persona vive el duelo de la pérdida de un ser querido? Debe llorarlo, llorarlo mucho, para recuperar la resignación ante el destino fatal del hombre. Hay ocasiones (todo mundo lo ha sentido) que algo está trabado en la garganta, es una cuerda invisible, pero pesada, lastimosa. ¡Hay que botarlo! ¿Cómo? Llorando.
El ropón que vestía el Niño Fundador de la fotografía era una bellísima túnica, con bordados realizados a la usanza chiapaneca. Era un traje artesanal de gran factura. Pocas personas repararon en la hermosura del traje. Lo que llamó la atención fue: ¿Por qué lo visten de niña si es niño? Hay, sin duda, un desconocimiento de las culturas pasadas y una visión muy parcial de lo que significa la inclusión y la equidad, materias que el Nuevo Modelo Educativo tiene como prioridad. Qué bueno que los niños y jóvenes de estos tiempos se eduquen de manera diferente, para que sean tolerantes. Yo recuerdo que en muchas fotografías del siglo pasado (fotos en sepia, bellísimas) aparecen niños, ¡varones!, muy dignos, con ropones porque estaban vestidos para una ocasión especial.
Catalina dice que antes que hombres y mujeres somos seres humanos y esto nos hace iguales a todos. Dice que es el principio básico de la equidad. Los derechos humanos no hacen distinción entre varones y hembras, son principio esencial de los seres humanos. ¿Cómo debemos vestir? Como queramos. Mi papá repetía a cada rato aquellos versos de Góngora: “Ándeme yo caliente / ríase la gente”. Ah, que sabiduría Gongoriana tan de lujo; ah, que sabiduría de mi padre a la hora de decirlo y ejercerlo. En comiteco podría decirse: “Yo visto como quiera, cotz para los demás”.

Posdata: Las minifaldas que vestían las chicas de mi adolescencia eran bellas. Pero igual de bellas son las chicas que ahora usan pantalones bien ajustados y los llenan de manera sin igual.
Limpiemos bien la casa de todos. Aún hay polvo de tiempos ingratos.

viernes, 14 de julio de 2017

DEFINICIÓN DE PEÑA





Puede ser un monte con peñascos o un apellido. El apellido (intuyo) puede provenir de la primera acepción; es decir, los primeros Peña del mundo castellano vivieron en un monte con peñascos. Así, alguien pudo decir: “Ayer saludé a los de la peña” y, como se forman los apodos, les quedó el mote de la peña y esta palabra tomó, por derecho, su mayúscula inicial.
Ayer leí el libro “Los presidentes dan pena”, del caricaturista Rius. Es sorprendente la capacidad de este famoso caricaturista. A sus 83 años sigue dando palos certeros (sin albur, por favor). “Los presidentes dan pena” es el más reciente título de su muy extensa, extensísima obra pedagógica. El tal Rius ha sido (de manera involuntaria voluntariosa) maestro de miles de mexicanos (y de lectores de otros países latinoamericanos), ya que su forma para exponer temas (forma sencilla, desenfadada, con gran tendencia izquierdista) lo hace muy comprensible para los lectores. Él no miente. Desde los prefacios (incluso desde los mismos títulos) advierte que sus textos no son para expertos, aunque los expertos (contra su deseo) también los leen. ¿Qué nos dice el título “Marx para principiantes”? Que es un texto sin mayores pretensiones, bueno, con la pretensión de llegar a las masas populares, a los lectores que no han tenido mayor contacto con la ideología Marxista. ¡Vaya que Rius ha formado a generaciones de lectores! ¡Vaya que ha sido el gran maestro de México! Y lo ha sido por las virtudes que ya se mencionaron: humor, desenfado, argumentos que acorralan a las mentes. Rius es un escritor liberal, un caricaturista en contra de todo aquello que atenta contra la dignidad del hombre, en contra del poder irracional de los conservadores. Rius ha sido el Zapata de los caricaturistas, quien ha sostenido que “La patria es de quien la trabaja”; es decir, la patria no puede ser para el capitalista sino para el obrero, quien es el que se jode el lomo en la fábrica, en el aula, en el campo. La obra de Rius está colocada en lo más alto del monte, en lo más alto de la peña.
Ahora, en su libro más reciente, vuelve a mostrar su amplio conocimiento de la historia mexicana y deshace, como si fuese un diestro carnicero, el cuerpo corrupto de los presidentes mexicanos. En la contraportada (como un mero juego lingüístico) aparece el título con una ligera desviación. Dice una línea: “Los presidentes dan Peña”. Todo mundo entiende que acá, los editores colocan a la palabra pena como sinónimo de Peña y (todo mundo sabe) esto es porque la izquierda (y una mayoría mexicana) considera que la obra del actual presidente de la república es para dar pena.
No obstante, este tipo de juego va más allá de la intención primaria y pasa a joder a gente indemne. Como en cualquier guerra provoca daños colaterales. Y digo esto porque, ¿qué culpa tiene el hombre o la mujer que ostentan, con orgullo, el apellido Peña? ¿Por qué hacer que tal apellido sea sinónimo de pena?
En Tonalá (y en Chiapas en general) hay un orgullo al nombrar al maestro Peña Ríos (un marimbista de excelencia). ¿Cómo puede decirse que Peña (por culpa del presidente) es sinónimo de pena, cuando, al contrario, Peña Ríos provoca chentería al nombrarlo?
La generalización es dañina. En este caso, la excepción es el presidente. ¿Los presidentes dan peña? La generalización afecta, porque no puede decirse que el mandato de Juárez, por ejemplo, fue penoso. ¡No! Pareciera que el mandato de Peña es el que da pena y si el de Santa Ana también fue de gran pena debiera de circunscribirse a ese territorio.
El apellido Peña debe venir del monte. Hay cabras que pastan felices en el monte y hay cabrones felices que del monte pastan. Va pues.

jueves, 13 de julio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE HAY UNA SUCURSAL DE FARMACIA GENEROSA




Hay personas generosas y personas mezquinas. La cita bíblica que todo mundo repite dice que “De todo hay en la viña del Señor”. Así pues, no extraña saber que hay pueblos generosos y pueblos mezquinos.
Ramón vino un día a Comitán, lo hizo de paseo. Justo a las doce del día, que caminábamos con rumbo al templo de Guadalupe, por la empinada subida, hizo un alto en la fatigosa caminata, se colocó debajo de una marquesina y dijo que Comitán era un pueblo generoso. Agregó: “Tonalá es un pueblo cabrón, buscás a esta hora dónde protegerte del sol y es imposible, es imposible, porque aunque hallés una sombrita, el calor te siga atizando. En cambio, acá…”, y sonrió, contento de recibir una agradable bofetada de aire que llegaba volando desde la Ciénega.
Y es tan generoso que los números son más que simples números. Si alguien quiere comprar un refresco o un paquete de galletas o una bolsa de Sabritas, los comitecos sugieren: “Andá al 25”, y es que en el pueblo se sabe que en el veinticinco hay una tienda de abarrotes, muy famosa, atendida por doña Lupita. Pero, la generosidad va más allá, porque con doña Lupita hay que sacar la paga de la bolsa, porque ella vende abarrotes, ¡los vende! Pero, ¿qué sucede en el 83? Ahí es gratuito el algodón, esto se observa en esta fotografía, basta que el peatón levante la mano para cortar el algodón (sí, sí, estimado lector, este algodón no está esterilizado, ¡ah!, eso ya sería el colmo de la generosidad).
Así pues, cuando alguna muchachita se pincha un dedo con una espina, la mamá ordena: “¡Manuel, Manuel!, andá rápido al 83”. Ya todo mundo de acá sabe que Manuel debe ir a cortar un poco de algodón para que, con alcohol, le limpien la herida leve a la muchachita traviesa que se pinchó el dedo, en el sitio.
¿Alguien tiene antojo de granada? Ah, pues debe ir al 222. Ahí hay un árbol cuyas ramas brincan por encima de la barda y dejan a la vista de los peatones sus colorados frutos. Los antojos mínimos se cumplen en Comitán de manera gratuita, porque, ya se dijo, Comitán es un pueblo generosísimo, es un pueblo de manos abiertas.
Hay excesos, porque (ya también se dijo) hay personas mezquinas; es decir, cabroncillas. Nunca falta el abusivo que no se conforma con cortar una granada, sino que se trepa a la barda y, desde la altura, con las piernas abiertas como si cabalgara, corta una, dos, tres… un chingo de granadas; es decir, este cabrón muchacho ya comete un hurto.
Y entre los excesos está el comportamiento de doña Y (vieja cabroncilla) que, en lugar de darle paga a su hija X para que, cada mes compre toallas sanitarias, la manda al 83 (omito los nombres para no herir susceptibilidades). ¿Cómo es eso? La pobre X debe treparse a una silla plegadiza, de madera, y cortar los pedazos de algodón más chonchos, para que sean más absorbentes. La pobre niña les da forma, los “plancha” con sus manitas virginales, y se los coloca en la entrepierna. ¡Burra, doña Y!
Algún día, los comitecos lo sabemos, nuestro pueblo dará no sólo algodón en las calles, sino también algodones de París. Será como uno de esos pueblos mágicos que aparecen en los cuentos fantásticos donde los árboles dan paletas de chocolate y de las fuentes brotan atoles de fresa y de vainilla.
Ya comenzamos con los árboles de algodón. (La vieja burra lo convirtió en árbol de toallas sanitarias. ¡Burra!)

martes, 11 de julio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, CON AROMA DE DOMINGO



La foto es sencilla, pero regia. Es sencilla, porque sólo contiene dos personajes; y es regia, porque ambos personajes son míticos.
Sí, quien aparece en la fotografía en blanco y negro es Domingo Soler, reconocido actor del cine mexicano, con ligeras incursiones en la cinematografía de Hollywood. El rostro a todo color es del escritor Óscar Bonifaz, quien, en 2014, obtuvo el Premio Chiapas.
Domingo, tal vez, es el menos reconocido de la dinastía Soler, pero, sin duda, era el mejor actor de todos los hermanos. Uno de sus hermanos fue nominado al Ariel durante cuatro ocasiones, pero nunca lo alcanzó; por el contrario, Domingo sí salió con su domingo siete y obtuvo el premio en una ocasión; lo mismo sucedió con don Fernando que, también, en una ocasión, levantó la añorada estatuilla que lo reconocía como el mejor actor del año. De los cuatro Soler, Julián es el menos recordado. Fernando y Andrés actuaron en muchísimas películas populares, lo que hizo que el imaginario colectivo los tenga frescos en la mente de los cinéfilos. ¿Quién no recuerda a don Fernando Soler en la cinta “Cuando los hijos se van”? ¡Ah!, más de diez cinéfilos llorosos lo acompañaron en su tragedia. Por otro lado, don Andrés participó en más de ciento noventa películas. ¡Ah, pucha! ¿No había más actores? Ya ni los Bichir se adueñaron de tal manera de las pantallas grandes.
Pasé a saludar a Óscar Bonifaz en su oficina del Teatro Junchavín, en Comitán. Todo mundo de acá sabe que las paredes de la oficina están tapizadas con fotografías (en blanco y negro) de actores del cine mexicano. Como si yo viera figuritas de un álbum infantil, le pregunté al maestro si esa fotografía de Domingo Soler era una adquisición reciente, porque no la había visto. Bonifaz ignoró lo que le pregunté y me dijo que su bisabuelo tuvo el apellido materno Pardavé. ¿Ah, sí?, dije yo, mientras él señalaba la fotografía donde está el actor Joaquín Pardavé. Luego le pregunté si tenía relación familiar con el famoso actor, pero Bonifaz (de nuevo) ignoró mi pregunta, abrió una gaveta de su escritorio, sacó su novela “Cuando florecen las espinas” y, mientras buscaba unas líneas, me dijo que en ocasiones no recuerda con precisión lo que escribe, porque su proceso de creación lo abstrae de tal modo que luego no sabe de dónde salió lo que aparece publicado. No halló en su novela lo que buscaba. Pregunté qué cosa era y, ¡por fin!, respondió mi pregunta. Dijo que en el texto aparece una anécdota de un condón, y me la contó. Al final, como siempre sucede en un encuentro con Bonifaz, terminé riendo a carcajada limpia. No cuento la anécdota porque perdería todo su encanto. Sólo hay dos posibilidades de hallar la gracia de tal historia: una, escucharla en voz del propio Bonifaz (privilegio de quienes lo saludan); y dos, leerla en su libro.
Sé que la segunda pregunta se quedará en el limbo y nunca hallará respuesta: ¿Su familia tuvo algún nexo sanguíneo con Pardavé? El apellido Bonifaz, aparentemente, procede de Génova, Italia, tierra donde nació Colón, el descubridor de este continente. ¿Y Pardavé? San Google dice que es un apellido de origen árabe, pero que, en nuestro país, está relacionado con el arte teatral. ¿Qué decir del maestro Óscar? Decir que ha sido un Colón de los dos últimos siglos, porque ha sido un permanente descubridor de anécdotas, y ha sido un Pardavé, porque ha dedicado su vida a la representación teatral, tanto la que se realiza en el escenario como la que se desarrolla en la escena de todos los días.
En la calle, en la sala de la casa, en el patio y en cualquier lugar, él representa un papel: el papel de contador de anécdotas. He presenciado cómo, en presencia de algún político renombrado, él se convierte en el centro de la atención y, como si cortara un durazno, descuelga una anécdota que logra destellos y las carcajadas del político más serio y más escurridizo. Bonifaz mete los políticos a la bolsa y ahí los apelmaza como si fueran semitas. La anécdota ha sido su mejor arma de seducción. La comparte en la charla diaria o a la hora de recibir un premio (cuando le otorgaron el Chiapas compartió su texto jocoso que se llama “Vuelo nupcial” y que, como si fuese Luis Miguel en concierto, muchas personas le piden que lo comparta, lo solicitan con una frase como: “Maestro, echesesté la del zancudo”). La anécdota la comparte en sus libros o en la intimidad de una cena familiar. La anécdota la avienta con la misma certeza con que el niño avienta la canica para darle a la timbirimba; con la misma inocencia perversa con que el tahúr avienta los dados sobre el tapete verde del casino.
La mañana que pasé al teatro a saludarlo, el maestro se colocó (a petición mía) al lado de la fotografía de don Domingo y se puso en la misma (pero no) posición del actor. Domingo sostiene su barbilla con la mano izquierda y posa con rostro de divo; el maestro Bonifaz usó la mano derecha y posó con su siempre rostro de domingo lleno de jacarandas. Y digo domingo, porque los domingos son días plenos, donde los niños van al parque y corren detrás de las palomas que se amontonan en la banca donde un viejo les da comida. Los domingos son días en que el bullicio de entre semana se esconde y da paso a una armonía que camina con la tranquilidad de un gato sobre un sofá. El rostro sonriente que acá se ve es como de árbol lleno de pájaros, de tiuca alborotadora, de niño travieso, de eterno contador de anécdotas picantes y escandalosas.

lunes, 10 de julio de 2017

DEFINICIÓN DE DIVERTIMENTO




Hay palabras que son exclusivas de un arte o de un oficio o de una profesión. El maestro Rodolfo Armenta dice que el concepto metalenguaje es aquel que usamos para hablar de la misma lengua; es decir, cuando alguien emplea la palabra metalenguaje la usa (perdón por la reiteración) en el terreno del lenguaje. Pero, a veces, tales palabras juegan en otros territorios. Ejemplos de estas últimas son la palabra rondó y la palabra divertimento. Estas dos palabras parecieran ser exclusivas del terreno musical: la palabra rondó se aplica a una composición musical que se repite varias veces; y la palabra divertimento fue inicialmente empleada en música para designar una composición musical ligera y divertida.
Ambas palabras también las hallamos en otros campos del arte. Por su vocación de niñas traviesas, de vez en vez, estas palabras brincan la barda y juguetean, por ejemplo, en terrenos literarios. He hallado cuentos donde la palabra rondó aparece en el título, porque dicho texto repite historias, como si la aliteración literaria fuera prima hermana del rondó musical. De igual manera (¡quién puede ignorarlo!) Julio Cortázar escribió una novelilla que le puso el título de Divertimento; es decir, un texto ligero y divertido. Aunque, en realidad, la novelilla es un poco pedante (habrá que recordar que fue su primera novela). Quien lee el Divertimento Cortazariano halla la simiente de lo que posteriormente (ahí sí de manera magistral, brillante, única) aparecerá en su novela Rayuela, una novela inmensa, en contenido y en estructura.
Conocí a una amiga que repetía a cada rato la palabra divertimento, la usaba como su ideario de vida. Si, por ejemplo, yo le decía que tenía examen de psicología, por lo tanto no podía ir con ella al café, ella, con su sonrisa de tren en bajada, decía que no me preocupara, que todo era un divertimento. Yo insistía en que no diría lo mismo al recibir las calificaciones, pero ella también, necia, me preguntaba qué podía pasar si, en realidad no aprobaba el examen. ¡Cómo qué!, decía yo. Sí, ¿qué? Yo, un poco desarmado, decía que mis papás me matarían. ¡No, no!, decía ella, bien sabés que tus papás no te matarán, ellos te aman demasiado. Y ya, con carita de ratón arriba de una despensa, me volvía a preguntar si íbamos a ir al café y repetía eso de que la vida era un divertimento, que nunca debíamos colocarle una máscara de púas.
Al final terminaba yendo con ella al café y la vida tomaba su mejor cara, la del divertimento. Cuando volvía a casa (por desgracia) la tragedia, como mascota fiel, se paraba en mi cuarto y entonces yo comenzaba a temblar y tomaba el libro de psicología y me ponía a estudiar, con la conciencia de que había perdido horas valiosas y no alcanzaría a terminar los temas que vendrían en el examen. En ese momento la palabra divertimento se llenaba de lodo y era como una charola oscura.
Al siguiente día, después de salir como perro con la cola entre las piernas, mi amiga, con su sonrisa de libro nuevo, me preguntaba cómo me había ido, yo, con cara de libro deshojado, le decía que mal, había obtenido seis. ¿Seis? ¡Qué maravilla!, decía ella, ¡pasaste!, y me invitaba a ir, de nuevo, al café. Pero mi papá se enojará por el seis. ¿Por qué?, decía ella, vos no serás psicólogo, ¿verdad? No, decía yo. ¡Mirás, pasa nada! ¡Todo es un divertimento! Y visto desde ese plano, en efecto, todo era un divertimento. Si reprobaba un año, ¿qué podía pasar? ¡Nada!, decía ella. Nada pasa, todo pasa, ese era su lema.
La definición de la palabra divertimento se ha ampliado. Ya no sólo engloba al mundo de la música, ahora es más general. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice: “Obra artística o literaria cuyo fin es divertir”. La pretensión es sencilla y compleja: Divertir. ¡Ah, qué difícil lograr una obra que sea un sencillo divertimento! Mi amiga hubiese definido divertimento como “Vocación permanente de una vida plena”. No hubiese sido mala definición; no hubiese sido un mal ideario de vida o, por el contrario, ¿era un himno “permanente” a la mediocridad, al dejar pasar, a la irresponsabilidad? No lo sé. Pero ella vivía de manera muy plena, sin ambiciones desmedidas, sin afanes desproporcionados. Lo sigue haciendo. Cuando me topo con ella me pregunta: “¿Cómo va la vida?”, y yo, sonriendo, digo: “Ahí, tratando de volverla un divertimento”. Ella también sonríe y me invita al café, pero yo digo que no puedo, debo escribir mi novelilla. Ella dice que está bien y se aleja. La veo feliz y yo me quedo con mi carpeta llena de responsabilidades por cumplir.

sábado, 8 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ UNA VENTANA QUE DA SOSIEGO




Querida Mariana: Te anexo una fotografía. La tomé en el bulevar. Puedo decir que quien ahí aparece es mi compañero de trabajo. Él es voceador y vende el periódico donde colaboro: DIARIO DE COMITÁN – NOTICIAS A DIARIO. Cuando alguien me pregunta cuál es el mejor diario de nuestra ciudad no dudo en decir que el DIARIO DE COMITÁN. Algunos amigos ponderan características de otros diarios, que si tienen color, que si ahí no hay tanta nota roja, que si no publican nalgas de mujeres, que si… No sé, yo opino igual que Pau. Ella, cuando le preguntaron: ¿cuál es el mejor diario de Comitán?, respondió: El chiquito, porque ahí escribe mi tío.
La cadena de producción de un periódico es muy interesante. Siempre pienso en la calle de Bucareli, de la Ciudad de México. En una ocasión, cuando estudié en la UNAM, pasé por esa calle, a las cinco de la mañana. Esa madrugada iba en el auto de mi tío Romeo, íbamos a casa de otro tío para viajar a Acapulco. Bucareli, en ese tiempo (tal vez lo sigue siendo) era una calle que se llenaba de voceadores que preparaban los periódicos para su venta. Esa madrugada vi cómo, sobre grandes mesas, había montones de papel con las diversas secciones de periódicos. Los voceadores estaban “armando” los periódicos porque salían por secciones de las rotativas. Yo sabía que la sección de sociales salía mucho antes que la sección de noticias, porque éstas se imprimían al final. Con una gran agilidad, como si sus manos fuesen cuchillas cortando el aire, los voceadores metían la sección de deportes en medio de la sección de política, luego la sección de espectáculos. Así hasta que lograban que todo quedara en uno, un periódico choncho que ya ofrecían a los lectores. Pero eso era el último eslabón de la cadena. En aquellos tiempos (mil novecientos setenta y ocho, más o menos) no había computadoras ni los recursos tecnológicos que ahora hay. Los reporteros hacían una llamada telefónica y dictaban sus notas. Ya en la sala de redacción alguna secretaria muy hábil se dedicaba a transcribir el dictado. Muchos periodistas llegaban a las oficinas para escribir sus notas y reportajes. Jorge me cuenta que, incluso, en un diario donde él trabajó había un cuarto de revelado, en el que los fotógrafos revelaban los rollos.
No sé qué sucede acá en Comitán. Los periódicos no son tan gordos en secciones como los de la Ciudad de México, pero de todas maneras entiendo que las páginas extendidas salen separadas y luego alguien debe, como si repartiera cartas de póquer, encartar, para que el periódico esté listo con las páginas que contiene cada número.
No sé cómo se llama el voceador que aparece en la fotografía, pero, sin duda, que vos lo reconocerás, igual que cientos de comitecos. A él me lo topo, casi siempre, de lunes a sábado, a la hora que, en el auto, voy a mi trabajo en la universidad Mariano N. Ruiz. No topo sólo con él, sino también con otro voceador, que usa sombrero y que vende el diario MERIDIANO. A éste último señor me lo topo cuando bajo por la calle del jardín de niños Francisco Sarabia. Yo bajo y él sube por esa calle. Cuando paso por ahí son las seis cincuenta más o menos. Él ya subió desde una zona baja de la ciudad, por eso, cuando me lo topo, con su brazo izquierdo sostiene el paquete de periódicos, pero, con su brazo derecho, se abanica con el sombrero. Este movimiento de abanico lo hace con parsimonia, la misma con la que da los pasos sobre la empinada calle, es apenas un movimiento que revolotea el aire como el aleteo de una parvada sosegada.
Pero si de sosiego debo hablar es del amigo voceador que vende el diario en el que colaboro, el DIARIO DE COMITÁN – NOTICIAS A DIARIO. Porque con él me topo, casi siempre, en una cuadra antes de la Esquina Blanca, esquina donde están las oficinas del periódico. Entiendo que el periódico se imprime en esa misma calle, así que, deduzco, este voceador llega quince o veinte minutos antes de las siete para recoger el periódico que ofrecerá en las calles del pueblo. Lo que me sorprende de él es que lo veo a las seis con cincuenta y cinco de la mañana ya con su paquete de periódicos y puedo volverlo a topar a las seis de la tarde del mismo día, aún con cierto número de ejemplares; es decir, él labora más de doce horas.
Estoy seguro (sin haberlo comprobado) que el voceador del MERIDIANO termina antes. Llega al bulevar, porque para allá se dirige cuando me lo topo y, en cuanto llega, un poco agotado, con sudor, comienza a ofrecer el diario a los automovilistas. Debe tener algún punto fijo en donde los compradores usuales de dicho periódico ya saben que ahí lo encontrarán. Casi estoy seguro que antes de las doce de la mañana ya terminó el bonche que a diario expende.
¿Qué pensás que hace mi amigo voceador del DIARIO DE COMITÁN? ¡Ah, es un hombre maravilloso! Uno debía tener esa capacidad, dejar que el mundo fluya con ritmo de vals y no con ritmo de lambada. ¿Sabés qué hace mi amigo en cuanto recibe su “potz” de periódicos? Camina (siempre camina con lentitud, como si fuese una tortuguita sin apremios) y en una banqueta alta, que está en el remetido de una casa (insisto, a media cuadra de la oficina del periódico) coloca el altero de ejemplares y se recuesta, apoya su cabeza sobre una pared y ¡lee el periódico! ¡Ah, me encanta saber que es uno de los primeros lectores del periódico! El maestro Jorge siempre me ha dicho que uno no puede realizar un trabajo si no está convencido de lo que hace. Cuando trabajé en la biblioteca pública, siempre que llegaban cajas desde la Ciudad de México, conteniendo libros para acrecentar el acervo, me encargaba de abrir las cajas, cotejar la nota de envío para comprobar que no hubiera faltante y luego, una vez que los montones de libros estaban sobre las mesas, me sentaba y le daba una ojeada ligera a todos los libros, para enterarme (aunque fuera de manera somera) del contenido de todos. Parte del oficio del bibliotecario es saber qué contiene cada libro por si algún lector necesita alguna información específica. Bueno, pues así veo a este amigo. Él no puede ofrecer un producto si no sabe cuál es el contenido del ejemplar del día, pero no lo hace como si “escaneara” el diario, sino que, con toda la calma del mundo y con cierta comodidad, lee el diario. No debe haber algún otro voceador que haga lo que él hace en este pueblo. Esa imagen es de antología, es una imagen bella. Recostado sobre la banqueta, con el paquete de diarios a su lado, él lee con gran placer. Antes que ofrezca el periódico se entera de la reciente gira del gobernador, sabe que el aguacero de la noche anterior causó destrozos en la parte baja, mira que el presidente municipal inaugurará un día de éstos la remodelación del gimnasio Roberto Bonifaz. No sé cuál sea el ritmo con el que lee, pero creo que debe estar en consonancia con el ritmo que usa para caminar y para ofrecer los ejemplares; es decir, lo hace con todo el tiempo del mundo, porque él sabe, como decía Clavillazo, un famoso cómico del cine mexicano, que “la cosa es calmada”. No hay prisa. A final de cuentas, uno no puede desgastar la vida corriendo de un lado para otro. Por el momento, su destino es ofrecer periódicos en las calles del pueblo, pero esto no significa que tenga que hipotecar su vida al Dios de la Prisa. En ocasiones me ha tocado detener el auto y pedir un ejemplar. Casi casi me apeno al hacerlo. Me apena molestarlo. Pienso que debería esperar a que terminara, esperar a que se levantara (lentamente) y entonces sí preguntarle si me puede vender un ejemplar. Pero no puedo hacerlo, porque debo llegar temprano a la oficina. El destino me ha impuesto tal horario y no debo faltar. Él (¡bendito hombre!) no tiene horario, por esto camina con calma, se detiene en las esquinas. El otro día lo encontré (como a las doce de la mañana) en la esquina donde aún existe el comercio “El ciclista”. Había dejado el montón de periódicos sobre una jardinera que ahí hay y, con calma, se ponía un poco de vick en una fosa nasal. Sé que él se atiende. No sé qué hace cuando llueve. Casi podría asegurar que hace lo que vi hacerle el otro día, cerca del teatro de la ciudad: sentarse en una banca y tomar un poco de agua, de una botella de plástico que había comprado en la Farmacia del Ahorro. Esta fotografía la tomé a las seis de la tarde en el bulevar. Se ve que acá revisa la moneda que recibió de un automovilista que, ¡a esa hora!, le compró un ejemplar. No sé a qué hora termina su labor. No sé qué hace después. Lo único que sé es que al otro día, antes de las siete de la mañana, va a las oficinas del periódico para recibir el bonche de ejemplares que ofrecerá y se recuesta en la banqueta para leer.

Posdata: Casi puedo asegurar que no hay en todo el mundo un voceador que, en cuanto recibe su dotación, se recueste a leer el periódico del día con la calma y la dignidad con que él lo hace. Su destino actual es ofrecer periódicos, pero su destino eterno es el de ser un hombre tranquilo, que no hipoteca su vida al Dios de la Prisa, sino que convive muy de cerca con la Diosa de la Tranquilidad. Es un personaje maravilloso de este maravilloso pueblo.

jueves, 6 de julio de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UNA PLANTA DE MAÍZ




En primer plano una planta de maíz y ramas y hojas de una ceiba; al fondo, el mítico templo de San Caralampio, en Comitán.
Tres elementos de identidad comiteca. La ceiba, que es el árbol sagrado de los mayas y que quién sabe desde qué tiempos existe en el parque de La Pila; el maíz, que es como la columna vertebral de nuestra cultura; y San Caralampio que (se ha dicho muchas veces) es el santo consentido del pueblo.
Acá, como si existieran resabios de los tiempos de la Conquista, perviven elementos prehispánicos donde los conquistadores levantaron sus templos católicos. Aunque, en este caso, los cronistas e historiadores comentan que San Caralampio no es un santo católico romano, sino un santo católico ortodoxo, que vayan ustedes a saber qué significa esto último.
Según Armando, una de las diferencias fundamentales es que la iglesia católica cree (y así lo pregona) que la virgen María concibió al hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo, sin intervención humana; en cambio, los ortodoxos creen que el hijo de Dios nació fruto de una relación carnal entre San José y la Virgen. Eso es lo que Armando dice, pero yo como no sé y no le creo mucho, porque siempre ha sido muy mitómano, mejor me hago tacuatz y camino por la sombrita para que no me dé el sol en plena cara.
En una clase de Historia de la Arquitectura aprendí que los conquistadores españoles edificaron sus templos evangelizadores sobre las pirámides (hay muchos ejemplos en todo el territorio nacional). Lo hicieron así, dijo la maestra Elva, para que las procesiones continuaran el flujo natural que los indígenas hacían al hacer ofrendas a sus dioses. Martha cuenta que la antigua basílica de la Virgen de Guadalupe fue construida sobre una pirámide donde los naturales adoraban a la diosa Tonantzin. ¿Es así? Las luchadoras de igualdad de género siempre ponen el ejemplo de que los aztecas eran más civilizados que los españoles, porque en su catálogo divino incluían a dioses y diosas; en cambio los españoles sólo tenían un dios varón, uno solo y ¡varón!
Acá, entonces, alguien sembró una semilla de maíz, en la rotonda donde se levanta la ceiba majestuosa. Llegó, se hincó (viendo hacia el templo), abrió un hueco y soltó la semilla. El agua de lluvia hizo el prodigio de que la semilla germinara en buena tierra (que ni se ve tan buena) y se alzó con la misma dignidad que el árbol de los mayas (claro, un poco más esbelta, menos rotunda). La planta se alzó como si fuera un géiser de aire y destrenzó su cabellera en lo alto (por eso acá se le ve un poco monterona).
Los indígenas acuden al templo de Tata Caralampio a pedir por la salud de sus hijos, para que sus chivos y vacas no se enfermen, para que la cosecha se dé bien; llegan a pedirle que prodigue la lluvia en sus milpas, en esos campos donde el maíz (herencia infinita de los antiguos) es promesa de vida. Le piden que llueva, pero que tampoco se exceda, que llueva tanteadito, porque si llueve poco la milpa se seca y si llueve de manera torrencial los sembradíos se pudren. Piden que él, santo milagroso, dosifique su bendición. Por esto, alguien llegó y sembró (en el patio de su cara) una planta de maíz, para que sea como recordatorio permanente de la petición; un poco para agradecer el milagro, como si esta planta fuera una de esas manitas o de esos corazoncitos que los fieles pegan en retablos para agradecer las bendiciones de los santos consentidos. ¡Qué importa que sean romanos u ortodoxos! Esas diferencias no abonan en el terreno de la fe; esas diferencias son como semillas estériles que no “pegan” en la tierra. Si Jesús fue obra del Espíritu Santo o fue obra divina del esperma de San José no importa. Lo que importa es que fue el Hijo de Dios y San Caralampio (mártir) hace muchos milagros a los comitecos porque ofrendó su vida en defensa de su fe, que es como decir que creyó sin duda en la divinidad de Cristo.
Quienes tuvieron el privilegio de presenciar esta imagen saben que ahí, por un instante, estuvo concentrado el mestizaje creyente. Acá está el hombre de maíz y el hombre de barro; acá está la mano húmeda de Chac y el espíritu infinito del Dios único y todopoderoso.
El templo de San Caralampio no está erigido sobre pirámide alguna, pero los constructores lo hicieron en altito para que los peregrinos no dudaran de que estaba levantada sobre territorio sagrado de los mayas, hombres de maíz y adoradores de la ceiba.

miércoles, 5 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, CON SERENATA INCLUIDA





Querida Mariana: ¿Con qué comparás el sonido de la marimba? Esta fue la pregunta que Romeo le hizo a su nieto, un niño de escasos doce años.
Ah, pensamos todos los que ahí estábamos, qué iba a saber el nieto, si los niños de hoy sólo escuchan instrumentos electrónicos y ritmos alucinantes.
El sonido de la marimba es una liana muy débil que está a punto de romperse. Los niños ya no escuchan este instrumento, con la profusión que se oía en los años cincuenta.
Es muy difícil que ahora algún enamorado lleve una serenata con marimba. En Comitán las serenatas las ofrecen con mariachi. De pronto, los viejos nos confundimos. Sentimos que ya no estamos en nuestro pueblo sino en otra región del país, como si estuviésemos, por ejemplo, en Jalisco. Y esto es así, porque en las fiestas ya no se ofrece una copita de comiteco, sino un caballito con tequila. Esa bebida que fue orgullo del pueblo, el comiteco, también se consume como si fuera agua entre los dedos.
No nos hemos dado cuenta, pero el instrumento que dio identidad a esta región del país se escucha muy poco.
En estos tiempos, pocos comitecos amenizan sus festejos con marimba. Ahora es tan sencillo, y tan simple, contratar a un tecladista. Hace falta el contagio feliz. Los niños de antes crecían escuchando la marimba cada vez que había un guateque cerca de casa. De pronto, a las dos de la tarde se escuchaba el sonido de la marimba, porque en la casa de don Panchito celebraban el bautizo del pichito. La palomilla se reunía y se deslizaba por el zaguán de la casa, como meros chalequeros. Ahí, en medio del aroma de un tapiz de juncia, los marimberos tocaban la diana diana conchinchín y las mañanitas. Cuando la tarde avanzaba y las copas de comiteco habían hecho su prodigio de iluminar el espíritu festivo, nunca faltaba el bolo que, recargado en un pilar de madera adornado con festones, gritaba: “Cotz para los marimberos”.
En ese tiempo no se hacía la distinción que algún despistado, creyéndose muy docto, enseñó al señalar que los constructores de marimbas son los marimberos y los ejecutantes son los marimbistas. En realidad si uno investiga en el diccionario de la Real Academia encuentra que marimbero es un músico que toca la marimba; y marimbista es sinónimo. A mí me gusta usar la palabra marimbero, porque, insisto, el famoso grito estaba dedicado a ¡los marimberos! Nadie, en la alegría del festejo, trataba de invocar el nombre del constructor de la marimba, ¡no!, el grito estaba dedicado, con toda intención celebratoria, a los que la tocaban, a los que estaban ahí en un esquinero del patio y, como si fuesen titiriteros, movían sus manos para hacer mil figuras sonoras. ¡Ah, qué sabroso ritmo! Qué fragor de batalla donde los pies, como soldados, dejaban su posición de firmes y se ponían en descanso, moviéndose debajo de la mesa de uno a otro lado. “…a bailar la bala y la tienes que bailar, porque si tú no la bailas te la pueden disparar…”, interpretaba el cantante, con su chaleco negro, camisa negra y diente de oro. ¿Bailar la bala? Nadie ponía atención en esa letra absurda. Todo mundo se paraba a bailar a mitad del patio: Los hombres con la corbata deshecha y las mujeres, ya descalzas, con las zapatillas en las manos, sobre el tapete de juncia.
En Oaxaca impulsan proyectos donde decenas de niños constituyen bandas de música, la banda tradicional que los oaxaqueños emplean para sus festejos y para sus ceremonias más importantes.
En Chiapas hay intentos por darle transfusión a este instrumento que, desde siempre fue flaco, huesudo, pero que ahora acusa un rostro lívido.
Parodiando a Borges, quien decía que el libro es la extensión de la memoria, bien podemos decir que la marimba es la extensión del espíritu.
Los marimberos extienden sus manos que sostienen los bolillos y hacen bailar a éstos sobre la fina duela de madera. ¡Ah, pero qué sabroso es el conjuro que da vida a la madera inerte! Porque la marimba, igual que cualquier instrumento, precisa del corazón y de las manos precisas de los ejecutantes para transfundir vida.
Mi jefe, el maestro José Hugo Campos, siempre ha impulsado la enseñanza de la marimba, en el Colegio Mariano N. Ruiz. Él disfruta su existencia al ritmo de este maravilloso instrumento. Acá te anexo una fotografía donde aparece el grupo de marimba, de la secundaria del colegio. El maestro Roberto Abadía, ejecutante privilegiado, transmite su saber a este grupo de jóvenes que, sin olvidar los ritmos de su época, continúan la tradición. El maestro Hugo sabe que es en las manos de los jóvenes donde florecen los renuevos.
Posdata: Cada vez que estos artistas interpretan una melodía en marimba, los demás compañeros se contagian de luz. ¡Ahí está la siembra!

martes, 4 de julio de 2017

TREINTA AÑOS




El director de la biblioteca Rosario Castellanos Figueroa, de Comitán, me invitó a participar en un acto de celebración. Paso copia del textillo que leí:

Comitán conmemora treinta años de la apertura de la biblioteca Rosario Castellanos Figueroa. Hoy, estoy antes ustedes por amable invitación del actual director para hablar un poco acerca del origen. Y esto es así porque me cupo el honor de ser el primer director de esta biblioteca.
Entiendo que los cronistas (que ahora son muchos y diversos en nuestro pueblo) son las personas indicadas para dar a conocer los sucesos históricos que marcan el desarrollo de las sociedades. Yo no soy cronista, por lo tanto no compartiré con ustedes más que mi experiencia personal, los recuerdos que puedo tener de tal periodo.
Si tengo sesenta años, significa que tenía treinta cuando fui nombrado director.
Ahora, muchos estudiantes ven sin asombro el sistema de estantería abierta. Por ello, tal vez sea bueno recordar que, antes que esta biblioteca existiera, las demás del pueblo (si es que habían) eran de estantería cerrada.
Recuerdo, en mis tiempos de estudiante, una biblioteca pública que estaba en el palacio municipal. Donde ahora está la entrada principal, en los años setenta, más o menos diez o quince metros a la derecha había una puerta de dimensiones regulares que era el acceso a la biblioteca de estantería cerrada. Esto de estantería cerrada significaba que los lectores al entrar nos topábamos con un mostrador de madera que era una división tajante entre el territorio de los lectores y el de los libros bajo el resguardo de una señora de mirada severa. Los estudiantes, tímidos, casi temerosos, nos acercábamos sin saber bien a bien cómo funcionaba ese sistema que era como un tendejón. La diferencia entre el tendejón que vendía azúcar, café, frijol, atados de tostadas, chile seco, gaseositas, mole, y mil esencias más, y la biblioteca era que ésta tenía libros y que éstos, a diferencia de las tostadas, no se vendían, sólo se prestaban. Digo pues que nos acercábamos y buscábamos en la libreta el título del libro que, por encargo del maestro de literatura, debíamos leer para hacer un resumen. Buenas tardes, tiene usted el libro “Las cartas de relación de Hernán Cortés”. La encargada de la biblioteca nos miraba por encima de sus lentes, no respondía al saludo y, como si estuviese condenada a realizar un trabajo forzoso, hacía para atrás su silla, se levantaba como si fuera un elefante artrítico e iba directamente al estante en donde se hallaba el libro solicitado. Llená la ficha, ordenaba y deslizaba un papel sobre la superficie del mostrador. Escribíamos el título del libro, nombre del autor, nombre del lector y fecha del día. Y el trueque se hacía, ella, la encargada, daba el libro mientras nosotros dábamos la ficha llena y la credencial. Hasta ahí todo más o menos bien. No se nos fuera a ocurrir la brillante idea de solicitar otro libro para consulta. Esto era como prender un cohete en la oreja derecha de la encargada. Lo menos que recibíamos era una regañada del siguiente tipo: ¿Otro libro? Pero, ¿para qué quieren otro libro? Tienen dos ojos, sí, pero es imposible, óiganlo bien, imposible que un ojo les sirva para leer un libro y el otro para leer otro. No se puede, muchachitos. Confórmense con leer uno. A ver si lo entienden. Después de la regañada ella volvía a sentarse en su escritorio y seguía pintándose las uñas.
Se sabe que el hábito de la lectura no es muy frecuente entre la juventud estudiosa de este país. Siempre ha sido así. Las multitudes prefieren la imagen que da la televisión, que otorga el cine. La mayoría de estudiantes que, en aquel tiempo, se acercaba a la biblioteca oscura y húmeda, lo hacía porque el maestro fulano de tal había dejado una tarea. No quedaba más que acercarse a aquella biblioteca resguardada por una estricta mujer que tenía cierta semejanza con las mujeres que cuidaban penales y que, sin duda, hubiese sido más feliz detrás de un mostrador de tendejón, ya que esto le permitiría platicar a gusto con señoras que llegaran a comprar un kilo de arroz y una penca de plátanos. Así pues, después de las regañadas, era difícil que algún joven lector intentara acercarse a la biblioteca para leer algún libro. El mostrador era (como lo sigue siendo hasta la fecha) una línea divisoria que no podía traspasarse. Ah, acudir a la biblioteca pública era un suplicio. Lo mejor era no acercarse, lo deseable era permanecer lejos de esa mujer que hacía todo lo posible para ser comparada con las integrantes del ejército alemán, en tiempos de Hitler.
Permitan que en este momento haga una digresión y comparta una pregunta con ustedes: “¿Cuál creen que la causa del éxito de las tiendas de conveniencia que se llaman Oxxo?”. Que venden casi de todo. ¿Quieren condones? Hay condones. ¿Azúcar? Venden azúcar. ¿Trago? Venden trago en oferta, una botella de ron con dos cocotas. Bueno, con decir que no sólo venden hotdogs sino también tamales chiapanecos. ¡Bendito Dios! Pero, la gran ventaja es que no es de estantería cerrada, sino de estantería abierta. Los consumidores entran, caminan por los pasillos y tienen la “libertad” de elegir lo que desean. Una muchacha bonita se siente más cómoda si toma la bolsa de toallas íntimas que si tiene que pedirlas al señor que atiende detrás del mostrador.
Bueno, pues esto, que pertenece al terreno de la mercadotecnia moderna, fue lo que sucedió con nuestra biblioteca que este mes celebra treinta años de fundada.
En el sexenio del presidente Miguel de La Madrid, una mujer de nombre Ana María Magaloni propuso que se creara la Red Nacional de Bibliotecas Públicas. La meta era ambiciosa: que cada municipio del país contara con una biblioteca de estantería abierta; es decir, que se eliminara, para siempre, el mostrador que separaba a los lectores de los libros.
Así como en los Oxxo los compradores salen con productos que al entrar no llevaban anotados en su agenda, de igual manera, la biblioteca pública de estantería abierta permite que los lectores conozcan a autores que no habían contemplado anteriormente.
Una mañana, en Comitán comenzó a circular el rumor de que abrirían una biblioteca pública. En ese tiempo, el general Absalón Castellanos Domínguez era el gobernador de Chiapas y el licenciado Gonzalo Ruiz Albores era el presidente municipal de Comitán. No sólo se abriría la biblioteca, también comenzaría a funcionar la oficina del DIF regional cuyas oficinas estarían en el complejo arquitectónico que construían en las inmediaciones del panteón municipal. La esposa del presidente municipal me llamó y dijo que le daría gusto que yo fuera el director del DIF regional. Dos minutos después de la reunión con la señora Lucely ya medio Comitán sabía el chisme y muchas personas comenzaron a llegar al pasaje morales donde mi mamá tenía una tienda de estambres para recomendar a sus hijas que eran licenciadas en administración o que eran secretarias a fin de que yo les diera una plaza, porque, en efecto, lo que la esposa del presidente me ofreció fue una camioneta para mi traslado personal, un chofer, un salario atractivo y elegir a cuarenta personas que integrarían la nómina inicial de tal complejo de servicio social. Cuando la señora Lucely terminó de ofrecer la dirección del DIF yo le pregunté si era cierto que abrirían una biblioteca pública. Sí, dijo ella. Entonces le catafixié su generoso ofrecimiento: en lugar de ser director del DIF regional le pedía ser director de la biblioteca. Al día siguiente me dijo que el presidente había aceptado la propuesta, pero, ¿yo lo había pensado bien? El pago del director de la biblioteca saldría del erario municipal, en cambio el de director del DIF regional era un pago que salía del erario estatal. El pago del director de la biblioteca era pishcul, el otro era choncho. ¡No dudé! Mi vida, desde siempre, había estado ligada con los libros. Era un lector empedernido desde que tenía once años; es decir, llevaba diecinueve años enredado en el mundo de los libros. Así fue como recibí el nombramiento de director de la biblioteca.
El presidente municipal me llamó y dijo que pensaba que el nombre más idóneo era el de la escritora comiteca, pero que me encargaba que fuera el nombre completo. Fue una idea muy atinada, que el nombre fuera el de Rosario Castellanos Figueroa, para rescatar el apellido materno que se escapa en muchos ambientes literarios e intelectuales.
De igual manera, el presidente me dijo que además del director, de acuerdo con los lineamientos de la red nacional de bibliotecas, debía contratar a cuatro personas que se encargaran de la sala de consulta, de la sala infantil y del registro. Esa mañana me presentó con las cuatro muchachas bonitas que habían sido contratadas: Charito, Rosita y dos Lupitas. Con ellas nos trasladamos a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas en donde recibimos un curso de capacitación inicial.
Como en ese tiempo, la presidencia municipal estaba en remodelación, las oficinas funcionaban en el edificio donde actualmente están las oficinas de Megacable y de Videocentro. El presidente determinó que la planta baja de dicho edificio se destinara a la biblioteca, comprometiéndose a acondicionar otro espacio para que cuando el palacio municipal estuviera listo, la biblioteca tuviera un lugar permanente.
Una mañana llegó un tráiler a Comitán con decenas de cajas de cartón conteniendo todo el acervo bibliográfico, señalamientos, estantes metálicos y demás aditamentos. El ayuntamiento comiteco tenía el compromiso de proporcionar mesas y sillas (las que actualmente existen, ya un poco deterioradas) y el local para el funcionamiento. Como ya mencioné, el gobierno municipal se encargaría de pagar los salarios del personal, como creo que hasta la fecha así sucede. Ah, esa mañana fue un día de fiesta para muchos. Era emocionante abrir las cajas y oler el aroma de los libros nuevos, libros de ciencia, de tecnología, de historia, de geografía, de literatura, de fotografía, de cocina, de cuentos infantiles, de arte, de… ¡uf, de mil asuntos que interesan al ser humano! Fue emocionante ver el mobiliario especial para la sala infantil, sillas y mesas chaparritas que estaban en espera de que los chiquitíos comitecos se acercaran para descubrir la magia indescriptible de la imaginación.
Por fin quedó lista la biblioteca. Muchas personas caminaban por las banquetas y pegaban sus rostros a los cristales para ver qué había en el interior y nosotros, que estábamos adentro, ultimando detalles, sabíamos que ese espacio, más que ningún otro, era un espacio lleno de luz. La intención de los gobiernos federal, estatal y municipal era precisamente esa, que los mexicanos tuvieran acceso al conocimiento y a la diversión a través de los libros, en forma gratuita y cercana.
En mayo ya estaba lista la biblioteca. ¿Cuándo abrimos?, fue la pregunta que le hice al presidente. La respuesta fue que debíamos esperar una fecha que estuviera disponible en la agenda del gobernador, porque don Absalón quería venir a la inauguración oficial. Pero, ¿cuándo sería esa fecha? El presidente, ya molesto, me quedó viendo con cara de ¡no estés molestando! Pero yo molesté, porque sugerí que abriéramos ya y que la inauguración oficial se hiciera cuando desearan. Se acercaba la época de exámenes finales. La biblioteca serviría para reforzar el estudio. El presidente dijo que era buena idea. De esta manera, la biblioteca se abrió antes de su inauguración. Al principio de esta charla dije que compartiría mi experiencia personal. Dos días antes de la apertura fui a la estación de radio XEUI, al programa noticioso que conducía Juan Manuel González Tovar, y lancé la noticia de que se abriría la biblioteca pública y di a conocer las características de su funcionamiento. El día que abrimos, durante la mañana llegaron veinte o treinta personas adultas para conocer el espacio y felicitarnos por ese logro para Comitán, pero la locura estuvo en la tarde. Cuando llegamos a abrir (quince minutos antes de las cuatro) el amontonamiento de jóvenes estudiantes era impresionante. ¡Cientos de muchachos estaban arremolinados en la entrada! Como las indicaciones de la red nacional era que cada usuario firmara el libro de registro con su nombre, edad y lugar de procedencia (escuela, en este caso) pedí que los muchachos hicieran una fila, fila que abarcó una cuadra y dio vuelta. ¡Ah, ese fue un momento prodigioso para Comitán!
Lejos había quedado el recuerdo de las bibliotecas con estantería cerrada. La modernidad había llegado a Comitán. Esos estudiantes fueron el eslabón de la transición. Ahora, insisto, todos los usuarios que llegan a la biblioteca lo ven con la mayor naturalidad. Es normal, esta historia ya tiene treinta años.
Estoy seguro que en estos treinta años se han dado muchísimas anécdotas. Las bibliotecas no sólo son lugares para leer, son lugares, también, para el encuentro.
Una semana después que abrimos, llegó a mi oficina la encargada de la sala infantil y me dijo que solicitaba su cambio. ¿Estaba a disgusto con su labor? No, dijo, todo está bonito, menos el viento. ¿El viento? Sí, me dijo, venga usted a ver y fuimos a la sala infantil que se había colocado al lado del espacio con ventanales que da mero enfrente al valle que termina en la Ciénega. Los cristales se columpiaban, dijo ella. En efecto, el viento que chocaba contra los cristales provocaba un ligero movimiento en los mismos y el sonido que hacía era como de cien elefantes agripados. Fue necesario que llegara un arquitecto y la tranquilizara diciendo que no ocurriría lo que ella pensaba: que la pared de cristal se derrumbara. Hasta la fecha, el edificio se mantiene muy orgulloso de haber sido uno de los primeros edificios con tal altura.
Dos semanas después de la apertura, la encargada del registro me llamó y dijo que viera al muchacho que estaba sentado cerca de la sección de libros de Historia. Lo vi, eran las once o doce de la mañana. ¿Ya lo vio usted bien? Sí, le dije. ¿Ya miró usted cómo está vestido? Sí, volví a afirmar. ¿Por qué? No, por nada, me dijo. En la tarde, como a las cinco o seis, me llamó y me dijo que viera al muchacho que estaba sentado cerca de la sección de libros de literatura. Sí, dije, es el mismo muchacho de la mañana. Ella dijo que no era el mismo, porque estaba vestido de manera diferente. ¿Y eso qué tiene de raro?, dije. Es un muchacho que va a su casa, come, se baña y se cambia de ropa. No, dijo ella, yo pienso que son gemelos. Ah, qué maravilla, dije, pero eso nada tiene de raro, hay muchos gemelos en el mundo. Lo raro, dijo ella, es que ellos dicen que no tienen hermanos. ¿Cómo? Sí, cada uno de ellos se cree hijo único.
La historia, estarán de acuerdo, se tornaba interesante. La encargada del registro había detectado los nombres diferentes de los muchachos que eran como una gota de agua. El que llegaba en la mañana era idéntico al que llegaba en la tarde. Yo dije que era imposible que, en el Comitán de hace treinta años, nunca se hubieran topado en la calle ambos y se hubiesen reconocido con sus rostros iguales. Parece que así es, me dijo la encargada de la sección de registro. Así siguió la historia por varios días hasta que el espacio hizo su magia: los dos se toparon frente a frente. Fue como si alguien se viera en un espejo, con otra ropa, pero con los rasgos idénticos. No había duda. ¡Eran gemelos! Nunca nos adentramos en sus historias. A veces los veo caminar por las calles del pueblo. ¿Cuál era la verdadera historia? Quién sabe.
Digo que las bibliotecas son espacios de encuentros y desencuentros, lugares donde la vida se concentra con su luz y su sombra.
En Comitán ya nunca más bibliotecas con estantería cerrada.
El proyecto no alcanzó lo programado. A nivel federal hubo un recorte presupuestario y no se logró la meta de que cada municipio contara con una biblioteca similar a la nuestra. En este momento no sé cuántas bibliotecas en el país constituyen la red nacional.
Otro fallo del proyecto de la Magaloni fue que, en muchas ocasiones (no es el caso de esta biblioteca, por fortuna) los encargados no son personas amantes de los libros. Como los presidentes municipales tienen el poder de mover a los empleados de las bibliotecas con la misma facilidad con que el jugador de ajedrez hace un gambito, en ocasiones, no colocan a personas con el perfil adecuado sino a gente que solicita una chamba de lo que sea.
Acá en Comitán somos afortunados. Fuimos de los elegidos para contar con una biblioteca pública y hemos tenido personas que han permanecido durante varios años realizando una labor encomiable, porque, en un país donde la lectura no es el pan de todos los días, es necesario que existan verdaderos sembradores para que los árboles de la imaginación crezcan en los niños y jóvenes. Acá puedo mencionar a Raúl Espinosa, quien, durante varios años, ha hecho una labor con conciencia.
Hasta acá mi recuerdo de lo que sucedió hace treinta años, hasta acá un comentario breve acerca de este proyecto generoso con la patria.
Agradezco la gentileza del director Roberto Durán por invitarme a compartir con ustedes estas líneas que no son más que hilos sueltos de una historia común. Falta, estoy seguro, los testimonios de los demás actores. Estoy seguro que el actual director estará en el festejo de los cincuenta años y dará su testimonio. La biblioteca bien merece una página completa en nuestro libro común.
Muchas gracias a todos ustedes por su atención y complicidad.

lunes, 3 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UNA VENTANA




Querida Mariana: Una mañana apareció una estructura liviana en el corredor exterior de la casa de la cultura, en Comitán. Acá en la fotografía se ve dicha estructura, hecha con listones delgados de madera. Es una estructura fina, casi frágil. Ahora se entiende cuál es el objetivo de tal chunche, pero la mañana que apareció ahí, sin más, la gente no supo para qué iba a servir. “Como siempre sucede cuando algo sucede”, algunas personas se acercaron a la estructura y comenzaron a plantear dudas: “Va a ser un teatro de títeres”, dijo una persona. No, respondió otra, está muy pequeña. Pero la primera persona insistió en que le pondrían un telón y un titiritero (de esos fantásticos hombres y mujeres que manipulan muñecos de guante) se colocaría adentro y presentaría funciones gratuitas.
A mí siempre me llamó la atención uno de los objetivos de las universidades que se designan con el nombre de “Extra muros”; es decir, aquellas actividades científicas, deportivas y artísticas que los alumnos realizan fuera del campus universitario. La gente se desplaza a la periferia y amplifican su labor social.
En mis épocas de niño asistí, en varias ocasiones, a funciones de cine que se realizaban en la calle. La Coca Cola (como estrategia de mercadotecnia) hacía una labor extra muros. Desde un camión especial, que tenía un proyector, se exhibía una película en blanco y negro sobre el muro de una casa comiteca. La gente se enteraba del suceso y acudía llevando una silla plegadiza. Ahí, en forma mágica, se improvisaba a media calle una sala cinematográfica al aire libre. La función, por supuesto, era gratuita y la empresa refresquera promovía concursos y obsequiaba vasos de cristal o llaveros con una pequeña botella.
Yo, igual que varias personas, también me pregunté cuál iba a ser la función de este chunche en una lateral de la entrada a la casa de la cultura. Ahora entiendo que no es más que un chunche protector de la pantalla, como la famosa raya que colocaban los merolicos, para que nadie interrumpiera su espacio.
Ahora lo sé, esta estructura sencilla sirve para que nadie afecte la pantalla que funciona durante la mañana y la tarde. El director, Luis Armando Suárez Argüello, destinó una banca en el frente para que los peatones se sienten y disfruten lo que ahí se trasmite. Los restaurantes y bares también tienen pantallas en sus locales, sobre una pared las colocan en soportes que las mantienen fijas. Entiendo que esta pantalla de la casa de la cultura es colocada en la mañana y retirada en la noche. Así tiene que ser para que no desaparezca.
Vivimos tiempos donde la imagen tiene una influencia determinante. Las pantallas de restaurantes y cantinas proyectan los encuentros de fútbol. En la casa de la cultura (gracias a esta inteligente iniciativa) proyectan ballet, música culta, danza, conferencias y demás vainas de alta cultura.
Esta pantalla, mínima en tamaño, pero inmensa en vocación, es una gran sembradora de luz, en su sentido más excelso.
He sido testigo presencial del acto maravilloso donde algunos peatones detienen su marcha, se paran frente a la pantalla (porque lo que ahí se proyecta llamó su atención), se hacen tantito para atrás, encuentran la banca especial y se sientan. ¡Ah, qué maravillosa lección! Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Y es que la cultura, lo sabemos, es grande como una montaña, pero es de difícil digestión, porque (ni modos) este país se ha acostumbrado a ver más fútbol que a ver ópera. Por esto, el fútbol (práctica que no requiere mínimo esfuerzo intelectual) es admirado por millones de espectadores, y el ballet (práctica que exige una pizca de sensibilidad que se adquiere en la niñez) tiene tan pocos seguidores. Esta pantalla es una actividad extra muros de la casa de la cultura: en el interior se produce el acto cotidiano de los talleres donde los asistentes bailan, tocan marimba o piano, pintan, aprenden tojolabal y muchas actividades lúdicas más, pero acá, en este hueco luminoso mínimo, el arte extiende su mano.
Esta ventanita hace diferencia en un mundo plagado de pantallas gigantescas que proyectan sustancias insulsas.
Te anexo esta fotografía para que mirés lo que presencié la otra tarde. Esta niña estaba sentada con su mamá y veía la proyección. Cuando la danza inició ella se paró y comenzó a duplicar los movimientos que los niños hacían con su maestro en la pantalla. ¿Mirás? La lección del interior se hizo más amplia.
Será natural (digo yo) que esta niña pase del corredor al salón con duela y espejos donde recibirá una clase impartida por expertos; será natural (digo yo) que esta niña pase de ese salón al entablado del teatro de la ciudad; será natural (digo yo) que esta niña (ya adolescente) pase del modesto escenario comiteco a la gran sala del mundo.
Posdata: Hay ocasiones en que Mahoma mueve montañas para que la gente se tope con ellas.