jueves, 31 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN PÁJARO EN LO ALTO DEL ÁRBOL

Querida Mariana: ¿ya miraste el pájaro en la punta del árbol? El sol asoma detrás de la montaña, pronto la niebla desaparecerá. El pájaro mira todo desde arriba, puede ver los cuatro puntos cardinales. Lo único que le impide llegar más allá es la montaña, el bosque y la niebla concentrada. Por el momento, sus alas le permitieron llegar hasta donde está: la punta, es como la estrella del árbol de navidad, como la flor espléndida del árbol del deseo. Si alguien me preguntara qué hice todo este año, respondería sin dudar: ¡viajé, viajé mucho! Lo hice, por supuesto, sin salir de casa. Viajé a través de muchos libros que leí, de muchas películas que vi y, sobre todo, viajé a través de un espléndido chunche que se llama google maps. ¡Ah, qué instrumento tan genial! ¿A quién se le ocurrió que podíamos viajar de esta manera? ¡A google, por supuesto! Como viejo que no sabe a qué oficina dirigirse, ahora digo: Gracias, míster Google, gracias por darme una herramienta prodigiosa. Es tan sencillo, casi simple, viajar como nunca se había hecho. Entro a mi cuenta de Gmail y busco, en google maps, el lugar al que deseo viajar y, en cosa de segundos (pobres los aviones supersónicos, tan lentos) ya estoy por encima de la ciudad elegida. En la parte baja de la pantalla aparece un muñequito (que soy yo, mi niña, yo, viajero inagotable) y con el cursor me “pongo” en la esquina que deseo y la pantalla, prodigio digno de los mejores trucos de Aladino y la lámpara maravillosa, se transforma y me muestra el lugar donde estoy y a partir de ahí puedo caminar hacia donde yo quiera. Como soy un travieso no camino por la banqueta sino a mitad de la calle (este chunche virtual me permite ese gozo: caminar a media calle. Siempre que, antes de la pandemia, había un cierre temporal de una calle en Comitán, aprovechaba a caminar por en medio de la calle.) En el google maps camino donde los autos pasan y veo los edificios de ambos lados. El otro día “bajé” en el Ángel de la Independencia, en Reforma, de la Ciudad de México y caminé por donde los carros transitaban, con rumbo a Chapultepec. ¡Ah, qué disfrute! Llegué hasta el parque Tamayo y luego a la entrada del Museo de Antropología, estuve frente al gran monolito del Dios Tláloc y pedí que no lloviera y no llovió. Luego, “salí” de ahí y fui a Coyoacán y ahí caminé por la avenida Francisco Sosa y llegué a la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles. ¡Ah, qué paz tan armoniosa la de esa avenida! Recordé que cuando estudiaba arquitectura en la UVM, en los años setenta, acudí a dibujar una serie de bocetos de esa avenida que conserva la belleza provinciana del barrio. Pero no solo he viajado por la Ciudad de México; no, un día se me ocurrió viajar a una ciudad de Sudáfrica; y, por supuesto, he paseado en varias ocasiones por París. El otro día anduve caminando en la calle donde está la Galería Vivienne, la del cuento “El otro cielo”, de mi amado Julio Cortázar. En homenaje a Juan Carlos Gómez Aranda viajé a Murano. Juan Carlos recuerda que cuando estuvo en Venecia viajó a Murano, porque recordaba a don Enrique Constantino, que en su puesto de lotería de la feria de agosto decía que el florero, premio mayor del juego, era de cristal de Murano; es decir, proveniente de aquella isla italiana. Sí, viajé a Murano y caminé por los maleconcitos y por las calles y me sorprendí al ver que en todas las casas, todas, las ventanas tienen postigos (bien de madera o de herrería). Muchas ventanas (el día que fui) estaban cerradas. ¿Para qué los postigos? Pensé que es la forma como protegen los cristales cuando asoma un clima torrencial. Y me maravillé por los chunches que ponen, al lado de balcones llenos de flores, en algunas fachadas para secar la ropa: un sistema de cuerdas que permite a los habitantes colgar las toallas y los vestidos, desde una ventana. Digo toallas, pero también vi playeras, camisas, pantalones, vestidos y (¡ah, maravilla!) calzones rojos de muchacha bonita. Caminé las callecillas de Murano, isla armoniosa, tranquila, pétalo de clavel. Sí, ¡todo el año viajé! Mientras Dios lo permita, seguiré haciéndolo. Gracias míster Google por esta genial herramienta virtual. Caminé por el centro de Puebla, por calles conocidísimas de San Cristóbal de Las Casas, estuve en Lisboa y en calles del Estambul de Pamuk. Posdata: he preferido caminar por barrios simpáticos, para conocer la esencia de los pueblos. Sólo el día que viajé del Ángel de la Independencia al Museo de Antropología lo hice como si fuera en un camión turístico, apenas deteniéndome en algún detalle. De ahí en fuera, he caminado a gusto, me he detenido en una esquina y si algo llama mi atención a la derecha voy hacia ahí. ¡Ah, burro, cómo he disfrutado el viaje desde casa! Sí, si me preguntás qué hice este año, mi respuesta es: ¡he viajado! Yo, que soy tan escaso para salir de casa, he estado en Guatemala, en la Antigua; he estado en Buenos Aires y también en Comitán. Sí, en ocasiones he puesto el muñequito en el parque central de mi pueblo y he caminado (sin riesgo) la calle que baja a La Pila. ¡He viajado, mucho! Mientras Dios lo permita seguiré haciéndolo. Cada vez que pongo el muñequito en una calle me siento un ángel que baja para gozar de la vida terrenal. Las imágenes de París están más o menos actualizadas, caminé hasta llegar a la explanada del Louvre y todo París estaba vacío, era sólo para mí, me sentí privilegiado, en medio de un sentimiento de desolación. Ahora quiero que las plazas de todo el mundo estén llenas de gente que platique, que se abrace, que se siente sin temor en los cafés al aire libre y se beba la vida, en total libertad. Mi niña querida, deseo que tengás un buen año veinte veintiuno. Que Dios siembre en tu jardín la flor de la salud; que siempre tengás las alas del pájaro que alcanza la parte más alta del árbol, para ver el porvenir, no para ensoberbecerse. Abrazo, siempre, ¡siempre!

miércoles, 30 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DEL TEMPLO DE SAN CARALAMPIO

Querida Mariana: el documento es del 2 de septiembre de 1909, tiene más de cien años. Fue enviado a don Manuel Morales Dávila, de la ciudad de Comitán. Es la respuesta a una carta que don Manuel envió a “El Louvre”, de Puebla, empresa de Y. Couttolenc e hijos, negociación que estaba en la esquina Portal Hidalgo y Pasaje del Teatro, en el mero corazón de la ciudad de Puebla, contra esquina de la majestuosa Catedral. El documento, redactado con términos propios de inicio del siglo XX, da cuenta del costo de una serie de objetos que don Manuel solicitó. El Louvre más famoso es el museo que está en París, pero el señor Couttolenc, tal vez con ánimo nostálgico, bautizó así a su negocio, especializado en “telas para iglesia”. Los Couttolenc, cuenta la historia, junto con más inmigrantes, llegaron a Puebla, provenientes de una región francesa llamada Barcelonnette, por lo que a ese grupo se le conoció con el nombre de Los barcelonnettes. Acá vemos cómo la historia, a través de un documento, liga la historia de Puebla, ciudad de gran impulso textil, con la historia del templo de San Caralampio, en Comitán, porque el pedido que acá se detalla estaba destinado para dicho templo. Para los historiadores e investigadores, cada párrafo de la carta es digno de estudio, pero mi atención fue atraída por el primer párrafo, que dice: “Tenemos a la vista su siempre estimada 24 del finado, la que con el gusto acostumbrado pasamos a contestar…” ¿Mirás qué elegancia la de Francia? “Su siempre estimada 24 del finado…” Deduzco que don Manuel fechó su carta el 24 de agosto, mes ya finado en septiembre. ¡Ah, qué manera tan decente de matar al mes ya ido! También deduzco, pero esto ya es cosa de historiadores, que don Manuel había tenido ya tratos comerciales con el señor Couttolenc, por eso, dice: “con el gusto acostumbrado…” Es una carta comercial y, sin embargo, se advierte un trato respetuoso, casi afectuoso. Como parece que el espacio de la hoja terminaba, la rúbrica del barcelonnette está en el margen izquierdo, con tinta sepia, y con trazos firmes y elegantes, al modo de aquellos tiempos. En estos tiempos hay firmas que recuerdan a aquéllas y que se contraponen a unas que son como patas de araña. La firma de un amigo tiene una carita, como dibujo de niño de kínder. ¡Dios mío! Antes, la rúbrica tenía los nombres y los apellidos y terminaba con una línea que era como el final del movimiento de un patinador sobre el hielo. La carta establece que sus productos son de calidad en la factura de “galones, forros” para ornamentos, y de “la clase del metal de las demás piezas de bronce”. ¿Qué objetos pidió don Manuel Morales Dávila? Casullas (ya busqué en este chunche, es la vestidura que se pone el sacerdote para dar misa), dalmáticas (que, según este chunche, es la vestidura de los diáconos), capas (bueno, eso sí lo entiendo) y paños. Los otros objetos son candeleros, incensarios, luminarios y ramilletes. El señor Couttolenc expresa que si el pago es al contado les hará un descuento del cinco por ciento y que si es a plazos les dará seis meses. ¡Ah, qué tratos tan de gente bien! La despedida es: “En espera de ser favorecidos por sus gratas órdenes, las que procuraremos atender lo mejor posible, nos repetimos de Ud. afmos atentos y SS. SS.” Seguros servidores, genial. Posdata: parece ser que la Y que aparece en la firma corresponde al nombre de Isidoro. Pero, digo, eso corresponde a tarea de investigadores e historiadores. Me asomó la duda: ¿las casullas las venden por tallas? Pensé en un sacerdote alto, de más de dos metros, y en uno chaparrito. No sé. Lo más que hallé fue que hay medidas estándar: góticas, semi góticas y monásticas. La monástica es de 1.30 m de largo. Pensé que si Fellini hubiese empleado a un enano como sacerdote en una de sus películas, la casulla le hubiese cubierto los zapatos. Pero esto ya corresponde al terreno de la ficción.

martes, 29 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, ANTES DE QUE ACABE EL AÑO

Querida Mariana: ¿Y si nos despedimos de este 2020 con una imagen del Comitán de antes? El cuadro es de Armando Alfonzo, quien no sólo nos legó textos, dibujos, fotografías, sino también cuadros que son testimonio gráfico de un Comitán que fue, pero ya no es. ¡Salve, maestro! Armando Alfonzo fue un comiteco enamorado de la ciudad que lo vio nacer y, con una capacidad formidable, registró la cultura de este pueblo. Gracias a él tenemos un prontuario de cómo era el Comitán que él vivió en la niñez. Su biografía dice que Armando nació en 1926 en Comitán, lugar donde realizó sus estudios de primaria y secundaria (fue compañero de Rosario Castellanos, en la Secundaria del Estado. Rosario le llevaba (así se dice en Comitán) 9 meses.) Puede decirse que el trabajo creativo de Armando nos devuelve el Comitán de los años veinte, treinta y cuarenta. De hecho, uno de sus libros se llama “Comitán 1940”. Acá, en este cuadro hallamos una imagen idílica del Comitán de ese tiempo. ¿Mirás las banquetas de laja y las calles perfectamente empedradas? En medio de las piedras crece la hierba en forma desordenada; cuando llovía, las hendiduras entre piedra y piedra permitían que el agua fuera “chupada” por la tierra. No sé con certeza, pero pienso que no había los problemas de inundación de las partes bajas que ahora Comitán padece. ¡Cómo no! Ahora, todo es cemento, el agua no tiene “chupaderos” naturales, por eso, cuando hay una lluvia torrencial, el agua crea ríos que bajan e inundan las partes bajas de la ciudad. ¿Ya viste el espejo de agua que hay al fondo, al pie de las montañas? Sí, es la Ciénega (donde ahora está el Orquidiario). Sí, la imagen es idílica, porque Comitán jamás se vio así, con las paredes tan limpias, con esos tonos tan pastel de quinceañera. ¡No! El ojo del artista así lo recordó y así nos lo regaló y ahora atesoramos esta imagen como un pétalo de la rosa que algún día creció en este jardín. Es una imagen idílica, pero los mayores aseguran que desde el centro de la población se veía el espejo de agua de la Ciénega. ¡Ah, qué bendición para la mirada! Sí, Comitán nunca se vio así en la realidad. Si hacemos caso a la sombra que se proyecta en la calle diríamos que el sol ya cruzó la línea del meridiano y se dirige al poniente; es decir, son las dos o tres de la tarde, por eso, la ciudad se ve casi desierta, porque medio mundo ya está en su casa, preparándose para la comida o para la siesta. ¿Tuvo alguna vez ese color el edificio de la presidencia municipal? ¿Tuvo alguna vez esta armonía cromática el centro de este maravilloso pueblo? Yo digo que no, pero luego tengo que recular en mi apreciación y decirme, con energía: ¿Qué no lo estás mirando, animal? ¿No ves que ahí está el Comitán de entonces con esa paleta de colores que habla de la grandeza de este pueblo? Sí, acá está Comitán, con el cielo que es como un espejo ampliado de la plenitud de la Ciénega. En esos años, tal como acá se ve en la torre, el templo de Santo Domingo estaba pintado de blanco, y el parque central era un jardín que daba sustento al nombre nunca oficializado de Comitán de Las Flores, nombre genial. Ya te conté en otra carta que antes de 1925, las calles del centro tenían nombres de flores, la calle que pasa frente al Teatro de la Ciudad y la tienda Elektra se llamaba Clavel, la flor favorita de mi papá. La armonía cromática que acá se aprecia fue consecuencia lógica de la armonía arquitectónica. Si vos mirás una fotografía de esos años, hallarás que la mayoría de casas comitecas estaban techadas con teja, sin duda, tejas hechas por los artesanos maravillosos del barrio de Yalchivol. Por ahí hay una foto a vuelo de pájaro que (¡bendición!) subió Ramón Folch al Facebook. Ramón dice que la imagen corresponde al Comitán de los años cincuenta. Se observa que el noventa por ciento de las casas tiene tejas (las excepciones son el techo de la presidencia y de dos o tres edificios de la hoy inexistente manzana de la discordia.) No es aventurado decir que el espíritu de los comitecos también mantenía esa armonía. La personalidad del pueblo comiteco es proverbial, todos los visitantes hablan de nuestro carácter luminoso, tan esplendente como esta imagen que Armando nos regaló. ¡Salve, maestro, salve por siempre! Posdata: el año 2020 ha sido un año difícil. La mayoría de seres humanos asegura que será un año inolvidable, pero nadie lo recordará con agrado. Por eso, cuando vi el cuadro de Armando Alfonzo Alfonzo pensé compartirlo contigo, colgarlo en nuestra galería comunitaria, como augurio de mejores tiempos, de tiempos plácidos, armoniosos, llenos de luz y de colores que son ungüento para el alma comiteca.

lunes, 28 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, EN MEDIO DEL CONFINAMIENTO

Querida Mariana: en el 2020 pronunciamos palabras que no estaban en nuestro diccionario de todos los días. En el 2019 nadie pronunciaba Coronavirus ni Covid-19, y el término pandemia sólo era dicha en congresos médicos o en novelas o en películas apocalípticas. De pronto, la realidad nos introdujo estas palabras y muchas más en la mente y las pronunciamos durante todo el año. Muchos las dijeron con temor, otros las pronunciaron con ira y no faltaron los que bromearon con ellas. De todo hay en la Viña del Señor. Pero no sólo llegaron palabras, también actitudes. Las autoridades sanitarias nos dijeron que para evitar contagios debíamos, en forma frecuente, lavarnos las manos con agua y jabón, debíamos evitar llevarnos las manos a las caras y mantener una sana distancia, pero, sobre todo, si podíamos, había que confinarnos en casa. La palabra confinamiento la pronunciamos a cada rato y muchos entramos a vivir la realidad de evitar la calle, en lo posible. Muchos comitecos permanecieron en sus casas; muchos continúan en confinamiento. Ha sido una realidad compleja. Pero, ayer recordé que, en el verano de 2016, en una edición de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, apareció mi novela breve “El día que Julio Cortázar llegó a Chiapas” y ahí hay un personaje que, tal vez, es el comiteco que más tiempo ha permanecido en confinamiento, en un confinamiento voluntario. Don Caralampio Guillén Alcocer permanece confinado en su casa desde que era un chiquitío hasta la edad de cuarenta y nueve, momento en que se mete en una gran aventura: viajar a Buenos Aires y a París. ¿Lo imaginás? Un comiteco que jamás había salido a la calle, que siempre había permanecido en su casa, de pronto, sale a la calle y no sólo eso, sino que trepa a aviones y viaja a Europa y luego a Sudamérica, lo hace en busca de Julio Cortázar, un joven pintor mexicano, homónimo del famoso escritor. El hilo que une esta historia está amarrado con un cuento genial de Julito que se llama “El otro cielo”. En el cuento de Julio hay un personaje que lleva una vida anodina en Buenos Aires, vive con su mamá y tiene una novia. A veces sale a caminar y le encanta hacerlo por el Pasaje Güemes. En ocasiones (acá la palabra pasaje dice más de lo que dice), cuando viene a ver, ya no camina en el Pasaje Güemes, de Buenos Aires, sino en la Galería Vivienne, de París. ¡Ah, genial! Bueno, mi novelita, entonces, cuenta la historia de don Caralampio que, cuando crece, abre un café en su casa y ahí, un día, llega el pintor Julio Cortázar y lleva un libro de su tocayo, el famoso escritor, libro donde, por supuesto, está el cuento de El otro cielo. Y bueno, por ahí se va la historia, historia que ahora sintetizo. No sólo en época de pandemia ha habido comitecos confinados. ¡No! Como en cualquier lugar del mundo, en nuestra ciudad, han existido personajes que han permanecido en sus casas, sin salir a la calle, por diversos motivos. Algunos por enfermedad, otros porque se han escondido de la justicia, otros porque son borrachos consuetudinarios y sus familiares no les permiten salir, los mantienen en cautiverio, ahí les dan su pachita todos los días y así mueren. Sí, hubo épocas donde niños que tenían síndrome de Down los recluían y no salían jamás de sus hogares. Por fortuna, estos últimos casos ya no se dan con la frecuencia de antes, ahora, niños discapacitados acuden a las escuelas y conviven con otros niños (bueno, convivían, antes de la pandemia.) Don Caralampio, el personaje de mi novelilla, dice que su mamá se dio cuenta, cuando lo cargaba en brazos, que en casa el niño era feliz, cuando le daba el aire de la calle se ponía a llorar; al regreso a casa sosegaba y sonreía como iluminado. Cuando cumplió tres años de edad, como a todos los niños, lo llevaron al kínder. El primer día fue desastroso, regresó a casa y no volvió a salir sino ya con cuarenta y nueve años de edad. ¿Mirás? Permaneció confinado ¡cuarenta y seis años!, siendo feliz, muy feliz. ¿En dónde aprendió las leyes de la vida? No lo hizo en la calle, sino en el cine. Se volvió adicto a ver películas mexicanas. De hecho, su café se llama “Los olvidados”, como un homenaje a esa maravillosa película de Luis Buñuel. De niño, en las mañanas, ayudaba a su papá en la carpintería, y en las tardes su mamá le enseñó a leer y escribir. Don Caralampio es un gran cinéfilo, casi no lee. Decidió que su vida sería ver cine, todo el cine mexicano. Posdata: ¿Quién es el comiteco que ha permanecido confinado en su casa más tiempo, y que, además, lo ha hecho con una gran felicidad? Don Caralampio Guillén Alcocer, propietario del café “Los olvidados”, quien, un buen día, sale a las calles comitecas, trepa a un auto, viaja al aeropuerto chiapaneco y, en avión, llega a París y ahí toma otro avión y vuela directamente a Buenos Aires, Argentina. ¡Ah! Sí, don Caralampio se mueve en esas dos ciudades como pez en el agua, nadie podría pensar que durante cuarenta y seis años no salió a la calle. El conocimiento del mundo lo logró a través de ver cientos de películas mexicanas, una y otra vez.

sábado, 26 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON EPIFANÍA

Querida Mariana: Martín me envió un mensaje y al despedirse dijo: “Y todavía falta Día de Reyes, la Epifanía.” He escuchado la palabra epifanía en varias ocasiones, pero, en realidad, no sé bien lo que significa. El sonido es bellísimo: Epifanía. Ah, qué sonido tan lleno de aire. Busqué en este chunche. Hallé: “Epifanía: aparición o revelación. Festividad que celebra la iglesia católica el 6 de enero.” Martín tiene razón, falta la Epifanía, instante glorioso para el mundo católico. Vos sabés que en la Ciudad de México celebran el Día de Reyes con gran alegría. Los niños reciben muchos regalos, tantos como recibieron en Noche Buena. El 6 de enero, entiendo, los Reyes Magos celebraron la revelación del Niño Dios. Y digo que he escuchado la palabra en varias ocasiones, en boca de mis amigos, que dicen, por ejemplo: “Tuve una epifanía”. Moisés decía eso cuando conoció a Martha, su actual esposa: “Es una epifanía”. Ah, el buen Moisés, siempre tan enamorado de su Martha. ¡Cómo no! Desde el primer momento la vio como si ella fuera la Virgen María. Pero no sólo hay Epifanías en el mundo, también hay Epifanias, así, sin tilde. Yo conocí en la Ciudad de México a una compañera en la UNAM, que tenía el nombre de Epifania. Le faltó una tilde para ser una aparición o revelación. Epifania era de Veracruz y contaba que sus amigos le decían Epi. A Epi no le disgustaba la apócope de su nombre, a mí, también, me agrada el nombre recortado. En varios textos que he escrito aparecen personajes con ese nombre: doña Epi. Suena simpático, ¿no? No sé si vos has conocido a alguien que se llame Epifanio, que es como la versión masculina del nombre. En este caso, caso simpático, la apócope suena igual para ambos géneros. Acá sí hay paridad. Epi se llama el hombre y Epi se llama la mujer. No en todos los casos es así. Por ejemplo, en Comitán tenemos Caralampios y Caralampias, los nombres afectivos conservan su género: hay Lampas y Lampos, Lampitos y Lampitas. Pero en el caso de los hombres y mujeres que se llaman Guadalupe sucede lo mismo que con los Epi: Lupe es el hombre y Lupe es la mujer. Recuerdo que en mi casa de infancia trabajó con nosotros un muchacho, de pecho y brazos de fisicoculturista, que, en forma afectuosa, todos le decíamos Chayo. Sus amigos bromeaban con él, decían que debía demandar a sus papás porque le habían puesto nombre de mujer: Rosario. Pero él era feliz con el nombre de Chayo, término que hoy está empolvado, porque se utiliza para designar las dádivas que de los gobiernos reciben algunos periodistas enlodados. En casa tuvimos un Chayo muy eficiente, alegre y buen hombre. Como todo se modifica, el tío Hermilo decía, con sonrisa de rama torcida, si ya las viejas iban a rezar el Chayo, cuando veía a las tías reunirse en el oratorio de su casa, un oratorio que tenía en el nicho principal una imagen de la Virgen del Rosario, y en un nicho lateral una litografía que no es muy frecuente en el registro de todos los días: un nacimiento, con la cuna de Jesús, los papás del pichito: María y José, y los tres Reyes Magos. Moisés (¡nombre bíblico!) tuvo su instante de revelación suprema cuando conoció a su Martha. ¿Vos has tenido momentos de revelación? No me refiero a los grandes instantes, que a pocos les es concedido. ¡No! Me refiero al instante donde la vida se desnuda y nosotros, simples mortales, tenemos la capacidad de admirar el mínimo prodigio, el milagro. El instante donde la hija dice papá, por primera vez. Ese instante contiene su alta dosis de epifanía. Es la revelación de la cuerda divina iluminada por la bendición del lenguaje. El otro día, mi mamá, mi Paty y yo nos trepamos al auto y dimos una vueltita por Cajcam. De pronto, como si fuese una ventana prodigiosa, se nos reveló un campo sembrado con florecitas amarillas, flores del campo, modestas. Ante nuestros ojos y ante nuestros espíritus se desnudó la vida y nos mostró una alfombra divina, plena. Ese campo es cosa de todos los días, pero esa mañana, a nosotros, se nos reveló como una escena impresionante en un año tan de alambre de púas. Sí, fue como una epifanía, milagro de todos los días. Posdata: Y como dice Martín: Todavía falta el 6 de enero. Lo dijo como colofón de que en este diciembre agobia tanto festejo, porque no es recomendable la reunión con los amigos. ¡Y todavía falta el 6 de enero! Sí, en México tenemos la feliz costumbre de partir la rosca con amigos y celebrar la Epifanía. Este año, la prudencia recomienda dejar la partida de rosca, para mejores tiempos, para que no sea fatal augurio de una partida eterna. ¡Uf! Y cualquier otro amigo diría: “¡Y todavía falta el día de La Candelaria!”, día de febrero donde nos reunimos con los amigos y familiares a comer tamalitos, galantería de quienes, al momento de partir la rosca, sacaron ¡muñequito! ¡Uf!

viernes, 25 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, EN DICIEMBRE DE 2020

Querida Mariana: Comitán también tiene instantes de calma. Acá está una imagen para que la prendás en tu espíritu. Es la calle que va hacia el templo de San José. La serie de balcones corresponde al Hotel Casa del Marqués de Comillas. A fines de un año quebradizo, te invito a que mirés esta imagen y la conservés para siempre en el lago de las más hermosas de tus niñas: las de tus ojos. No la soltés jamás. Ya mirás que los papalotes son hermosos en su vuelo, pero, tarde o temprano, se van, como se van los hijos, o se caen, como sucede con los abuelos. Retené esta imagen para siempre, volvela canario y guardala en la jaulita de cristal de tu alma. La imagen fue tomada en este 2020. Sí, en un instante de confinamiento total. No la metás en el álbum de los recuerdos o en el llamado baúl de los recuerdos. ¡No! Como si fueras el señor Crócker, en su cuarto oscuro, ponela en la bandeja donde está el fijador, para que permanezca por siempre. Es un instante luminoso. Mirá cómo la sombra del poste de luz, con transformador incluido, se vuelve enredadera y trepa por el muro; mirá cómo los alambres de luz nos recuerdan que la vida de los seres humanos es frágil, que siempre andamos como los trapecistas del circo Atayde; mirá cómo la vida no sólo tiene blancos y negros o grises o momentos en tecnicolor, también hay instantes en sepia. En el instante de la fotografía nadie caminaba por ahí, sólo el sol volaba y, con él, las sombras avanzaban paso a paso. ¿Mirás? A veces no nos damos cuenta que a la hora que el sol camina también lo hace la sombra. Justo al mediodía hay un instante de pausa, pero en seguida la sombra, ¡la sombra!, avanza y cuando llega la noche, los seres humanos debemos prender la lámpara para alejar la oscuridad. El acto mínimo de prender una lámpara y ¡hacer la luz!, nos recuerda que el genio humano es capaz de alejar las sombras, mientras el sol vuelve a hacer el milagro de alumbrar al mundo. La fotografía es de 2020. La armonía del Comitán de los años 50 sigue presente. La vida ha caminado con rapidez y el pueblo en medio de su anarquía arquitectónica aún conserva estos momentos de sepia luminoso. El genio de los comitecos ha logrado evitar que la telaraña de las sombras se adueñe de sus pretiles. Aún tenemos balcones, todavía se mantienen vivas las construcciones que nos avientan un baldazo de luz infinita. Mi niña amada, bañá a las niñas de tus ojos con agua sepia; igual que el agua sedativa hace brotar al sarampión, el agua sepia hace brotar los renuevos de esperanza. El sepia es un instante de pausa en la paleta de colores. No es el rojo fuego ni el verde sapo, ni el amarillo huevo. El sepia es el prodigio que atempera el negro y el blanco. Es la opción luminosa que nos regresa a los tiempos de los abuelos, de las casas con techos altos, patios llenos de helechos y balcones que son los ojos de las paredes maestras. No soltés esta imagen. En los años 60 del siglo pasado, los comitecos acostumbraban enviar postales para desear parabienes para el año por venir. Yo te envío esta imagen, de 2020, en sepia, para decirte que la vida tiene pausas y tiene balcones de finos herrajes y tiene calles luminosas por donde solo caminan el sol y las sombras. Te mando un cachito de Comitán en sepia. El señor Crócker, a mitad del siglo pasado, daba color a las fotos en blanco y negro, con un pincel tomaba una pizca de color carne y matizaba el rostro de una muchachita, con vestido y cabello largos. Así vos, por favor, iluminá esta imagen con los colores que deseés. Recordá que las combinaciones de colores son infinitas, como infinitos tus deseos. Te mando una serie de balcones en sepia. Son diez, contalos bien. Uno para cada uno de los dedos de tus manos; uno para cada uno de los dedos de tus pies. Para que, a la hora de acariciar, tus dedos recuperen la armonía de los años en que tus abuelos iban al parque de San Sebastián, se sentaban en una banca, comían un salvadillo con temperante y escuchaban la campana del templo; para que, a la hora de caminar, tus pies recuperen el milagro de Cristo a la hora que caminó sobre el agua. Posdata: Te mando un Comitán en sepia, un Comitán prodigioso, un Comitán del 2020. Te mando un instante no más. Prendelo en tu pecho, ahí cerca de esas fuentes donde tu novio bebe el agua de la vida, la vida que no sólo tiene blancos y negros; también tiene momentos en sepia.

jueves, 24 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON EL 2021 EN EL HORIZONTE

Querida Mariana: el 2020 ya tiene un pie en la puerta de salida y el pichito 2021 asoma su carita. Hay que prepararse para el nuevo año. Si como dice el maestro Jorge (quien radica en Tapachula) el año que fenece fue un año de aprendizaje, debemos recibir el nuevo año con una nueva actitud. ¡Nada de que vuelta a la página y a otra cosa mariposa! Si aprendimos algo debemos mantener abierto el libro del 2020 y, como hacen los escritores, ver las acciones ya escritas para continuar escribiendo y que el texto, ¡la vida!, no pierda continuidad. Porque los seres humanos somos la suma de instantes y jamás debemos relegar los instantes pasados, porque (lo han dicho los expertos) corremos el riesgo de olvidar los hechos y cometer los mismos errores. En primer lugar, muchos que ya aprendieron la lección deberán modificar hábitos y deseos. ¿Fuiste del grupo de mujeres que la noche del 31 de diciembre salían con una maleta a dar vuelta a la manzana para invocar muchos viajes en el año nuevo? ¿Fuiste de ellas? Pues ahora tal vez tengás que sosegar tus deseos, porque, en estos tiempos, viajar al extranjero no es la mejor forma de celebrar la vida. Martha, quien sí fue una del grupo, dice que no saldrá, dice que ha salido todas las mañanas, con careta y cubrebocas y zapatos especiales, a dar una vuelta a la manzana, pero no para pedir viajes, sino para estirar los músculos y distraerse tantito del encierro que lleva por más de nueve meses. Lo hace rapidito, cambiándose de banqueta cuando ve que viene un tipo sin cubrebocas; lo hace con cierto temor, porque sabe que algún delincuente la puede enfrentar y pedirle su celular o dinero. La pandemia ha traído mucha necesidad, mucho despido laboral. Martha sale sin celular (uf, se incomunica) y lleva veinte pesos por si algún teporocho la persigue. Ella lanzaría el billete y echaría a correr. ¿Fuiste de las que cada fin de año estaba con su familia en la cena y después de comer las doce uvas y pedir doce deseos salías para reunirte en otras casas con amigos? Tal vez este año te convenga no hacerlo, tal vez te convenga sosegar en casa. Además, disculpá que me meta, pero tal vez te convenga también modificar tu lista de doce deseos. Parece que el año 2020 nos enseñó (si es que aprendimos algo) que la extensa relación de deseos se resume en dos o tres, no más. Los demás se han vuelto irrelevantes, porque la situación mundial nos ha devuelto una imagen más sencilla, menos ostentosa, menos vanidosa. ¿Para qué querés viajar a todo el mundo si exponés, más que nunca, tu salud? El viaje (es parte de la vida, por supuesto) siempre entrañó riesgos, pero fueron riesgos que no eran motivo de la imprudencia. Ahora, la posibilidad de contagio hace que todo sea como caminar sobre un estanque congelado, en cualquier instante se quiebra esa delgada capa helada. ¡Nada de dar vuelta a la página! ¡No! Que la página, ahora más que nunca, esté abierta, para que, como si fuese lección de escuela, releamos los párrafos que escribimos en el año incruento, año que no advertimos, que llegó de sopetón con su máscara de diablo panzón. ¿Fuiste de las que el año pasado hizo lista de buenos propósitos? No sé. Nunca he hecho una lista semejante. Son piedras auto impuestas. ¿Qué necesidad de cargar piedras pesadísimas? Tal vez, digo sólo que tal vez, este año convenga modificar la lista. Quien tiene la página abierta tal vez ya se dio cuenta de que su propósito de ir a París se canceló. Tenía la paga que había ahorrado, pero cuando asomó la pandemia, esta serpiente lo obligó a modificar planes. Posdata: ¿Vuelta a la página y a otra cosa mariposa? No. Este año nos enseñó que la cosa es la misma, la de siempre y que no podemos dar vuelta a la página, porque corremos el riesgo de olvidar lo aprendido. Repasemos la lección ¡una y otra vez!, hasta que nos quede bien claro que hay cosas esenciales, que la vida no se focaliza en los deseos vanidosos de antes. Que el libro esté abierto. No le demos vuelta a la página. La tengamos abierta y dejemos que nos hable al oído, muy cerca. Algo bueno nos dejará. Cuando menos vos y yo y, gracias a Dios, millones de seres buenos, seguimos leyendo el libro de la vida. Pero, tal vez lo que más te convenga en el 2021 es no hacerme caso. Ay, cada año me vuelvo más viejo. Esta carta no abandonó su tono de viejo mandón. Lo siento. Sí, mantené abierta esta página, para recordar que vos debés hacer lo que querás, lo que tu conciencia bien te dicta. Tal vez tenés razón y más de siete mil millones de personas en el mundo escribirán en su lista de buenos propósitos el propósito de ser más responsables, más positivos, más respetuosos del entorno, y con ello el rostro del 2021 será otro, uno más afectuoso, menos incierto. Tal vez a mí me convenga hacer, por primera vez, lista de buenos propósitos, y escribir: No me meteré en vidas ajenas, menos en asuntos de mi niña querida. Mientras tanto te deseo una buena noche buena. Cuidate mucho y cuidá a los tuyos. Ahí va el burro otra vez. Pero ¡qué necio! Perdón. Hacé de cuenta que borro esta línea y sólo digo que te deseo una buena noche buena.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON SONIDO DE CAMPANAS

Querida Mariana: todos los seres humanos llevamos en el espíritu el registro de campanas. Claro, hay de campanas a campanas, todas son como pájaros que “cuando cantan” miramos hacia el árbol. Tuve una amiga que se llama Ana y siempre me dijo que ella, en realidad se llamaba campana, pero que sus padres sólo pronunciaban el eco. Eso me gustaba, era como si sus papás estuvieran al fondo de la cañada y ella estuviera en la cima y pronunciara su nombre y los padres decían: Ana, Ana, Ana. En el Imaginá que te llamás, el juego de ARENILLA-Video, participó Maximiliano Domínguez Mayorga. Maximiliano es un joven estudiante de bachillerato y un excelso pianista. Su oído está acostumbrado a escuchar. No todos los seres humanos, a pesar de disfrutar del sentido del oído, sabemos apreciar los sonidos de la naturaleza, los naturales y los artificiales. Maximiliano sí sabe reconocer si el sonido que proviene del fondo del escenario es el de un oboe o de una viola. Por eso, cuando lo invitamos a jugar le hicimos la siguiente pregunta: Imaginá que te llamás campana, ¿qué sonidos podría Mozart sacar de vos? Los que saben dicen que en las salas de concierto, a veces asoman campanas. ¿De veras? Sí, pero son campanas tubulares. Cuando son tocadas dan un sonido similar a las campanas que cuelgan en los campanarios de los templos. Las campanas son chunches especiales, por eso, los arquitectos saben que es el único instrumento que tiene nichos especiales: los campanarios. Por eso, las campanas son prodigiosas. ¿Cuál fue la respuesta del joven músico comiteco? Él estaba frente al piano y antes de responder tocó tantito para dar el contexto y luego dijo: “Imaginá que te llamás. Mozart fue un compositor austriaco, del periodo clásico. Él podía escuchar la música en una orquesta sinfónica o en una campana, en cualquier lugar que hubiese sonido. Si yo me llamara campana, él hubiera escuchado un sonido alegre, que le trasmitiera positivismo, ya que él fue conocido por su música bastante alegre, y sus sinfonías bastante particulares, y en lo personal me hubiese gustado que él hiciera una pieza en mí, considerando la alegría.” ¡Ah, genial respuesta! ¿Mirás todo lo que provoca este juego? Maximiliano dice que le gustaría que Mozart compusiera una campanera sinfonía alegre. Digo que, tal vez, el sonido de la campana es el que más ha tocado al género humano. Acá en Comitán las escuchamos convocando a misa o avisando que llega el camión de la basura. Pero, las campanas de la iglesia, a veces, no suenan tan alegres, a veces avisan que hay misa de difunto o, en ocasiones, ¡Dios nos libre!, avisan sucesos nefastos, como un incendio. Sí, los camiones de bomberos llevan campanitas, como también los lleva el amigo que vende helados. Por eso, la siguiente pregunta a Maximiliano fue: Imaginá que te llamás campana, ¿en dónde elegís estar: en un templo o en una escuela? Acá va la respuesta del talentoso Maximiliano: “Si yo fuese una campana me gustaría estar en una escuela, ya que ellas anuncian la entrada, el regreso al aula, pero al final sé que siempre son las mismas que anuncian el recreo y la vuelta al hogar.” Posdata: La respuesta de Maximiliano nos pone lo evidente frente al rostro. ¿Mirás todo lo que significa un sencillo sonido de campana? A mí me gustó eso de que es símbolo del retorno al hogar. Ahora, en tiempos de pandemia, muchos sonidos de campanas se han extraviado. En las escuelas ya se habían extraviado desde antes. Las campanas fueron sustituidas por chicharras eléctricas. Las chicharras tienen sonidos más estridentes. ¡Ah, sería maravilloso que, como en una sinfónica, las chicharras fueran sustituidas por campanas tubulares! Más de un estudiante tomaría el hilo vocacional y decidiría estudiar música.

martes, 22 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA HISTORIA QUE SE CERRÓ EN LOS AÑOS SETENTA

Querida Mariana: Esta fotografía ha provocado muchos comentarios en las redes sociales. Es una fotografía del centro de Comitán. Quienes nacieron en los años ochenta ya no conocieron esta manzana. Es la llamada manzana de la discordia que fue derruida en los años setenta. Al fondo podés mirar un edificio con arcos, que ostenta el letrero Escuela Secundaria y Preparatoria. Sí, donde funcionó la prepa, ahora es el Centro Cultural Rosario Castellanos. Entonces, para ubicarte bien del lugar donde estuvo esta manzana, lo que tenés que hacer es quitar todos los edificios y poner el parque actual, ponele parte de la plataforma superior, bancas de hierro, gradas y la fuente, sí, también ponele los puestos donde venden taquitos dorados y chalupas, porque en todo ese espacio estaban estas casas y locales comerciales. En esta ocasión te contaré algo del edificio de dos plantas que está en la esquina, que fue conocido como Casa Yannini. En realidad, este edificio lo mandó a construir mi papá, en los años cincuenta. Él compró la casa que estaba en la esquina, una casa modesta y construyó este edificio. Cuando el edificio ya casi estaba terminado, don Vicente Yannini, que tenía el negocio a la vuelta de la manzana, digamos frente a donde ahora está el Restaurante 500 noches, platicó con mi papá para pedirle el edificio en renta. Mi papá dijo que sí, que en cuanto estuviera terminado se lo rentaba. Así fue. Don Vicente mandó a colocar las cortinas para el sol, el nombre de su negocio “Casa Yannini” y nombres de algunos artículos que vendía: radios, tocadiscos, discos, refrigeradores, estufas, refacciones y piezas para estos chunches. Don Vicente rentó las dos plantas. Como acá mirás, la planta baja fue para exhibición y venta, y la planta alta la usó como bodega. En un extremo del edificio estaba la escalera para subir a la planta alta. ¿Mirás un gran letrero de la Carta Blanca? Ah, es que mi papá era el distribuidor de esa cerveza acá en Comitán. Su hermano Manuel, quien tenía la distribución de dicha marca cervecera en Huixtla, consiguió que le concedieran la distribución de la Carta Blanca, en Comitán. Mi papá, con el espíritu empresarial que lo caracterizó aprovechó la azotea de su edificio, para que la marca de la cerveza que vendía estuviera en lo alto y lo viera todo el pueblo. Un año, en los años sesenta, don Vicente levantó su negocio, y se llevó sus letras y todos los chunches. Mi mamá, que tenía una tienda con venta de sombreros, donde ahora está el Súper del Centro, ayudó a don Vicente los últimos meses de la Casa Yannini, porque su secretaria ya había renunciado. Mi mamá, siempre comerciante, comenzó a vender estambres. Cuando don Vicente levantó su negocio en forma total, mi mamá mandó a construir estantes y mostradores y se dedicó a la venta de estambres, sobre todo, de la marca “El gato”, por lo que así fue conocido el negocio: Estambres El gato, o la tienda de doña Hildita. Uf, cientos de mujeres compraron sus estambres ahí, muchas llegaban en las tardes para que mi mamá les enseñara algún tejido en especial. Bueno, no sólo mujeres, yo conocí a Cristóbal, que era un indígena de por la zona de Yerbabuena, rumbo a San Cristóbal, que era un gran tejedor de suéteres y compraba estambres con mi mamá. Era un espectáculo verlo por las calles de Comitán, porque mientras caminaba iba tejiendo. Poseía una gran habilidad para el tejido con dos agujas. Jamás he visto a alguien más tejer a la hora de caminar. Veo a muchas mujeres tejer cuando van de copilotos en el auto o mientras esperan en los consultorios o cuando están en las salas de sus casas, pero jamás he visto a alguien más hacer lo que Cristóbal hacía. Quienes vivieron el Comitán de los años setenta recuerdan que en la planta alta estuvo el Café Intermezzo. Óscar A. Gordillo recordó que Rigo, Carlos y Mary (chica muy linda) de apellido Rivera rentaron la planta alta y pusieron su café, que había iniciado en un local que estaba a media cuadra de donde está el Teatro de la Ciudad, un poquito más allá de donde estuvo el Consultorio y que es residencia del doctor Rodríguez. Ah, ese café se volvió el lugar favorito de los jóvenes, porque Rigo, Carlos y Mary tenían un grupo de rock y tocaban en vivo. ¡Era un lugar sensacional! Jaime Tovar recordó que el grupo se llamó “The Rivers”, que en sentido estricto significa Los ríos, pero que sonaba como Los Rivera. En fin, muchos jóvenes de los años setenta recuerdan con emoción ese espacio. Paty Vera dijo que Rigo tenía el cabello largo y a Carlos, el más chico, le decían Charly. Emilio Cruz recordó que el grupo tocaba la canción: “Fue en un café”: “Fue en un café donde yo la dejé / fue en un café donde la abandoné…” Pucha. Pero así decía la canción que fue éxito nacional de un grupo que se llamó Los Apson. El Internet informa que la citada canción la lanzaron en 1966. En Comitán la escuchábamos en los setenta. Paola Morales recordó que The Rivers también tocaban la de Ángel de mi vida, una canción que cantaba el aún vigente Enrique Guzmán, papá de la Alejandra Guzmán: “Hay algo extraño en tu mirar / que adivino en tus ojos. / Tus labios quieren musitar / algo lleno de rencor.” Uf. Pura canción de desamor. ¡Y bueno! Un día, los Rivera abandonaron Comitán y don Caralampio Morales, quien tenía el billar “El casino Fronterizo” casi enfrente del edificio (más o menos donde ahora está la Farmacia del Ahorro, en el portal) le pidió a mi papá el local en renta, y don Lampo pasó sus mesas a ese local, pero a don Lampo se le hizo pequeño el espacio e improvisó una escalera hacia la azotea y, con madera, construyó una galera donde servía traguito y los clientes jugaban baraja. Un día, mi mamá estaba muy tranquila detrás del mostrador esperando a la clientela, cuando entró una abeja y confundió la mano de mi mamá con una planta y le picó. De inmediato el piquete comenzó a crecer como volcán, mi mamá, en lugar de subir las gradas bajó a la calle y desde ahí le gritó a don Caralampio: “¡Don Caralampio tráigame una copa y un cigarro!” Dice mi mamá que untándose el tabaco y el alcohol contrarrestaría el veneno de la abeja. Al mediodía se botaban de la risa, porque don Caralampio contó que al oír eso le dijo a uno de sus empleados: “La señora ya se enojó con don Augusto, corré, llevale rápido su copa para que no le vaya a hacer mal el encabronamiento.” Y a mediados de los años setenta corrió el rumor: derruirían la manzana para ampliar el parque, para que la vista no se topara con el irregular tachilgüil constructivo; para que la vista, como sucede en la actualidad, volara como paloma hasta llegar a los aleros del templo de Santo Domingo y del Centro Cultural Rosario Castellanos. Y una mañana, que lamentaron todos los propietarios y comerciantes y muchos comitecos de ese tiempo, una cuadrilla de albañiles comenzó a tirar las paredes y a bajar las ventanas y a arrancar las puertas. Y desapareció la manzana que fue un referente sentimental de muchas personas de este pueblo. Ahí terminó la historia de la manzana y de ese edificio en la esquina que albergó a la Casa Yaninni, a la tienda de estambres de mi mamá, al mítico Café Intermezzo y al alborotador billar de don Lampo. Posdata: Una vez conté esta historia y la amiga a quien se la dije comentó que mi papá debió hacer lo mismo que don Rafa Morales, que bautizó al Pasaje de su propiedad como Pasaje Morales, acto que también realizó don Fernando Tovar, quien bautizó como “Casa Tovar” a su negocio, que fue lo mismo que hizo don Hernán cuando bautizó a su negocio como “Casa León”, dijo que el edificio debió llamarlo Casa Molinari. Pero no fue así y la historia común lo sigue llamando con el nombre que ostentó durante los años cincuenta y parte de los sesenta: Casa Yaninni. Y esa es la historia. Ahora sólo queda el recuerdo y las fotografías que son testimonio de tiempos que se modificaron en la cuerda de la vida.

lunes, 21 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE ACEPTADOS Y CORRIDOS

Querida Mariana: ¿por qué el corrido se llama corrido? Ah, no sé. Pero recuerdo que en una ocasión, Emiliano, como respuesta a la pregunta de por qué no seguía en la universidad, dijo que lo habían corrido, dijo: “Fui corrido”. Andrés, siempre muy sagaz, dijo: “¿Fuiste corrido? Bueno, yo, de joven, fui vals, pero ahora soy bolero.” Todos reímos, menos Emiliano. Siempre me llama la atención la posibilidad de juego con el lenguaje, juego sencillo, como el que jugó Andrés o el más complejo que juegan los albureros. La palabra es una fuente inagotable, de su pozo obtenemos agua para calmar la sed. Los poetas, ¡Dios los bendiga siempre!, no hacen más que jugar con las palabras. Claro, su juego no es tan sencillo como un mero juego de matatena, ¡no!, ellos juegan como si lo hicieran frente a un tablero de ajedrez, su juego es más sublime, por eso, cuando leemos un poema, escrito por un verdadero poeta, nuestro espíritu levita, nuestros pies dejan tantito el piso y son mariposas volando sobre flores. ¡Ah, el jardín de las palabras! Hay personas que son como colibríes que hacen la labor de polinizar el jardín, para que el lenguaje crezca como crecen las Esperanzas, las Famas y los Cronopios, de Cortázar. El buen Julito era un juguetón de palabras, no por algo inventó el glíglico, que era un lenguaje cachondón y simpático con el que los amantes se comunican en un código que sólo ellos pueden descifrar. Los que saben dicen que el corrido es hijo del romance español. ¿Mirás? Eso sí lo aprendí en la universidad, los maestros (sobre todo el maestro Pepe, experto en estas vainas literarias) explicaban que la métrica del corrido es octosílaba: “…pero habrá estrellas y flores / y suspiros y esperanzas…” Esto es fragmento de un romance escrito por Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura. Si querés podés cantar los dos versos al ritmo del corrido de La Cucaracha: “…ya se van los carrancistas / ya se van por el alambre…” ¡La misma métrica! ¡Genial! ¡Ah, la genialidad de la palabra! Hay personas que escuchan una palabra y encuentran otros caminos. Emiliano dijo que fue corrido y Andrés jugó: “Ah, pues yo fui vals y ahora soy bolero” ¡Genial! Y el juego pudo continuar con los ritmos de ambos géneros musicales o con la palabra bolero, que aparte de nombrar canciones como esa que dice: “Adoro la calle en que nos vimos / la noche cuando nos conocimos…”, nombra al que limpia zapatos. El bolero “Adoro” es creación del genial yucateco: Armando Manzanero. No sé si el apellido de don Armando proviene del que come muchas manzanas, porque el término manzanero se aplica, sobre todo, a los animales que tienen a las manzanas como su fruto predilecto. El nombre de Manzanero también se presta al juego porque es como el gerundio de armar. Los que se llaman Armando siempre son objeto de bromas: Armando broncas, Armando líos… El lenguaje da posibilidades infinitas. Por eso, algunos lectores dicen que los poetas verdaderos escriben Poe-más y los jodiditos escriben Poe-menos. El gran poeta Efraín Huerta era un gran juguetón de la palabra. Escribió unos Poemínimos geniales. Acá va uno: “Por ahora / no puedo ir / a San Miguel / de Allende. / No tengo / ni para / el / paisaje.” ¡Qué genialidad! Lo que hace la diferencia es la última palabra, la que cierra algo que, de común y soso, abre una ventana luminosa. Sé que te quedaste con ganas de más. Acá va otro del gran Cocodrilo: “Como / buena / oveja / descarriada / que soy / me vendo / bien / al mejor / pastor.” ¡Ah, la palabra, abra cadabra! ¿Imaginás lo que piensan los españoles cuando un mexicano los invita a cenar tacos “al pastor”? El lenguaje es maravilloso. Acá en Comitán, uno de los guisos más exquisitos es uno que se llama “Olla podrida” Pucha, sólo a nosotros se nos pudo ocurrir incluir la palabra “podrida” en un alimento. Cualquier bon vivant pondría cara de Ish al oír dicha palabra, pero su rostro adquiriría sonrisa de mazapán al degustar ese guiso. Posdata: el tío Cicerón, en paz descanse, también era juguetón. Cuando alguien estaba frente a él, en el billar, se acodaba en el mostrador, y decía: “Decime una palabra”, el otro respondía: “Casa”. El tío somataba el mostrador con su puño, en actuación genial: “¡Qué pendejo sos! ¿No oíste lo que te pedí? “Decime: una palabra.”, y soltaba la carcajada. Sí, mi niña, había algunos que no entendían el juego y preguntaban: “Pero qué clase de palabra” y el tío volvía a somatar el mostrador y repetía la instrucción, ya cambiándole: “Te estoy pidiendo que digás: ¡U-na pa-la-bra! A ver repetí: U-na pa-la-bra, y soltaba la carcajada.

sábado, 19 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON SILBIDOS Y CANTOS

Querida Mariana: ayer caí en la cuenta que no silbo. Lo supe porque leía “Registro. Mapa e inventario de uno mismo”, el libro más reciente de Federico Reyes Heroles, y hallé esto: “…simplemente voy caminando y de pronto me percato de que hace varios minutos vengo silbando.” Federico dice que el canto y el silbido proviene del alma, del alma que así se manifiesta. Mi papá siempre silbaba, silbaba a la hora que trabajaba, mientras hacía cuentas en su escritorio, o cuando regaba los claveles (su flor favorita) o cuando iba en su auto o cuando quería algo y yo estaba en el sitio. Él se paraba en la puerta y emitía el silbido que me correspondía. ¿Mirás? Mi papá había inventado un silbido especial para llamarme, tenía otro silbido para llamar a mi mamá. Mi jefe, el maestro Hugo, silba. A veces a mitad del patio veo que él se para en el dintel de su oficina y le silba a Fernando y éste escucha el silbido y sabe que el Rector solicita su presencia. Desde mi oficina veo que Fernando corre. Yo no silbo ni canto. Canté mucho, de niño lo hice, con gran emoción. Como se dice popularmente: No cantaba mal las rancheras. Me gustaba cantar. Si como Federico Reyes Heroles menciona el silbido y el canto son manifestaciones del alma, mi alma infantil se manifestaba como tiuca feliz. Ya no silbo y ya no canto. ¿Algo le pasó a mi alma? ¿Extravió esa cuerda divina? Cuando era niño tenía mis canciones favoritas. Mi tía Emelina me trajo un disco desde la Ciudad de México, era un disco pequeño de 45 revoluciones. Tenía sólo dos canciones, una de cada lado. En una cara estaba el Corrido del Caballo Blanco y en la otra cara el Pescado Nadador. No recuerdo quién interpretaba las dos canciones que escuchaba una y otra vez, hasta que las aprendí de memoria. “Señores, pido licencia / para cantarle a mi amor. / Y decirles lo que siente /el pescado nadador.” Ahora sé que la canción del Pescado Nadador la escribió Miguel Aceves Mejía y que la del Caballo Blanco la escribió el gran José Alfredo Jiménez. La canción del Caballo Blanco comienza así: “Este es el corrido del caballo blanco / que en un día domingo feliz arrancara, / iba con la mira de llegar al norte / habiendo salido de Guadalajara.” Por ahí leí que José Alfredo relata un viaje que hizo en auto; es decir, el caballo blanco, en realidad, fue un auto modelo 1957 (año de mi nacimiento). Asimismo, ahora llama mi atención la canción de Aceves Mejía, porque habla de un pescado nadador. Ah, ya estoy escuchando a mi maestro de Lexicología decir que era imposible que un pescado nadara, porque el pescado ya está muerto, en todo caso iría flotando. Sí, escucho la voz de mi maestro: “Los que nadan son los peces, ¡los peces!, los pescados no nadan, porque ya están muertos. ¿Capisci?” El capisci que usaba era una palabra italiana que más o menos significa ¿captas?, ¿entiendes? La imposibilidad de que el pescadito nadara era intrascendente, la trascendencia estaba en que yo cantaba. Ahora no canto. Cantaba y mi papá era feliz cuando lo hacía. A veces, llegaba el tío Manuel de visita, llegaba desde Huixtla, mi papá lo recibía y tomaban algunos tragos con botana en el comedor, ahí los escuchaba reír, carcajearse, brindar y, en algún momento, oía el silbido de mi papá. Yo corría a su lado. Él me subía a una silla y pedía que cantara, mi tío hacía silencio y yo, bien parado, cantaba: “Este es el corrido del caballo blanco…” Veía la cara de satisfacción de mi papá cuando el tío aplaudía y sacaba la cartera de su pantalón y me premiaba con un billete de cien pesos. ¡Cien pesos! Dios mío, era todo un capital. Mi papá, en ese tiempo, me daba diez pesos de domingo. El billete que me daba el tío Manuel Molinari significaba diez domingos. Ah, qué maravilla. Mi alma cantaba y esa manifestación divina hacía que alguien me diera dinero. Sí, así como le dan dinero a Luis Miguel cada vez que canta, yo ganaba dinero por cantar la del pescadito nadador y la del caballo blanco que un día domingo salió de Guadalajara. Algo se torció porque ahora ya no canto. Nunca hice lo que mi papá, jamás inventé un silbido especial para mis hijos. No tuve esa capacidad. Todavía seguí cantando en mi adolescencia. Lo hacía con la palomilla. Cuando íbamos al rancho del papá de Jorge, o al del papá de Quique o al del papá de Miguel tomábamos unos tragos frente a la fogata y Memo sacaba la guitarra y, abrazados, cantábamos: “Pueblo mío que estás en la colina / tendido como un viejo que se muere. / La pena, el abandono, son tu triste compañía. / Pueblo mío te dejo sin alegría.”, canción de José Feliciano. Y yo pensaba en Comitán, pueblo mío que está en la colina, pero luego decía que no, porque mi pueblo no estaba tendido como un viejo moribundo; ¡no! Estaba tendido para que el sol acariciara sus brazos y sus manos, sus afectuosas manos que nos acariciaban. Cuando estudié la preparatoria seguí cantando. Me inscribí con el maestro Beto Gómez, director de la Estudiantina y formé parte del coro y, con el uniforme que tenía una capa con cintas amarillas, me movía al ritmo del oleaje que los demás imprimían mientras las guitarras sonaban. Sí, ¡cantábamos! Ya te conté que una vez viajamos a Tuxtla Gutiérrez, a Casa de Gobierno, para cantar en el cumpleaños de la esposa de Manuel Velasco Suárez, el gobernador. Llegamos temprano, caminamos por un jardín bien cuidado, y la señora nos recibió en una estancia amplia. Ella se sentó frente a nosotros, como una reina, y nosotros le ofrecimos el repertorio, iniciamos, por supuesto, con las mañanitas. Al término, ella se paró, nos dio la mano a cada uno, nos felicitó y, Dios mío, pidió que la complaciéramos con una última canción: ¡Comitán! Uf. Cómo decirle que no la teníamos incluida en el repertorio. Ella pensó (con razón) que siendo una estudiantina comiteca sabíamos la canción pedida. ¡Con la pena! No la teníamos ensayada. ¡Ay, comitecos! Por fortuna, Ramiro Domínguez, excelso guitarrista dijo que se la ofrecería en concierto y Ramiro lavó nuestra honra que andaba ya por el suelo, por el suelo pulcro de Casa de Gobierno. Pero, luego algo pasó y dejé de cantar. Ahora pienso que no sólo yo quedé mudo. El pueblo también enmudeció. En el Comitán de los años sesenta, los compadres también tenían un silbido especial para decir ¡ya llegué! Se paraban frente al balcón de la casa del compadre y silbaban el clásico sonido y el compadre salía echo la mocha e iban a beber la cerveza en el Rincón Escondido, que no estaba escondido, porque se asomaba con sus chillantes colores a una cuadra del parque central. Sí, Comitán también silbaba y cantaba, cantaba mucho a la hora de hablar. Por eso el poeta dijo que cuando Comitán habla, no habla ¡canta! Pero hasta ese cantadito hemos extraviado. Ahora ya muchos hablan con el modo de hablar de los del centro de México. Dejamos de silbar y de cantar. Si le hacemos caso a Federico quiere decir que nuestra alma está rasgada, se ha quedado sin aire. Pocos silban, pocos cantan. Que la vida bendiga a todos los cantores, a todos los chifladores. A esta vida le hace falta el canto, el silbido. Recuerdo mucho a mi amigo René Silva. En la escuela lo molestábamos, los maldosos nos poníamos de acuerdo y cuando lo veíamos cruzar el patio le gritábamos: René ¡silba!, él se acercaba y uno de nosotros le decía: “Si no te llamamos, pendejo, te dijimos que silbaras, ¡silba!” Ah, qué jodones. Leí esa página en el libro de Reyes Heroles y supe que algo me sucedió, en algún momento. De niño yo cantaba, silbaba, era feliz. Mi papá silbaba y me alentaba para cantar. Todas las mañanas colocaba un disco con música de acordeón francés y, con la camisa arremangada, lo veía regar las plantas, mientras silbaba, le hacía compañía al acordeón. Ahora que escribo esto, mi niña bonita, digo que jamás he escuchado silbar a mi mamá. No. Ella sí canta, sigue cantando. Ahora, en tiempos de confinamiento, todas las tardes, a las cinco, sintoniza el canal de la televisión que transmite la misa y la oigo cantar: “Aleluya, aleluya, aleluya; aleluya, aleluya, aleluya…” Esto lo cantaba en misa de doce, en Santo Domingo, en compañía de cientos de fieles, antes de la pandemia. Ahora, ella, sola, lo canta en casa, sigue el canto de la misa. Mi madre sigue cantando. Sé que hay amigos que cantan y silban. No hablo de los cantantes profesionales, como el hijo de mi amigo Daladier, o como Lupita Guillén, la soprano. No, hablo de los que a la hora que caminan lo hacen silbando. Tengo un vecino que atiende una fonda y mientras arregla las mesas para recibir a los comensales ¡canta! Todas las mañanas canta. Posdata: ¿Vos cantás? ¿Silbás? A la hora que enjabonás tu cuerpecito ¿cantás debajo de la regadera? En una ocasión, mi papá realizó un viaje a la Ciudad de México y yo le pedí que me trajera un disco de Los Beatles. Cuando regresó, al abrir su maleta me entregó lo que le había pedido. Rasgué el plástico del forro y puse el disco en la consola y canté: “She loves you, yeah, yeah, yeah”, y, mientras cantaba, movía mis brazos y piernas: She loves you, yeah, yeah, yeah. Mi alma cantaba, y lo hacía en inglés o en español cuando cantaba la del pescadito nadador. ¡La gran pucha, mi alma era bilingüe! Miento, era trilingüe, porque, a veces, cuando mi papá ponía un disco con música francesa, yo me sentaba en una silla de mimbre y cantaba: “…je vois la vie en rose”. Ah, qué alma tan sublime. ¿Qué pasó? No lo sé. Ya no canto. De aquel chorro de alma, sólo quedó un chisguete.

viernes, 18 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO

Querida Mariana: Julio Palacios de León subió esta fotografía en redes sociales. Dijo que es una fotografía de la primavera de 1973. Trepado sobre el jeep, haciendo la señal del amor y paz con la mano derecha, va el Rey Feo de ese año, Cándido Alfaro Pulido, quien, lamentablemente, falleció esta semana en la Ciudad de México. Cándido fue mi compañero en la preparatoria, estudió en la Ciudad de México y, ya odontólogo, se quedó a radicar allá, ciudad gigantesca donde falleció. Cuando se supo la noticia, Cothy Soto recordó que hace cosa de uno o dos años, Cándido estuvo en Comitán, ella lo saludó en el patio central del Centro Cultural Rosario Castellanos, lugar donde anteriormente estuvo la preparatoria. Cándido llegó a recordar los tiempos de los años setenta, años donde los jóvenes usábamos el cabello largo, hacíamos el símbolo del amor y paz, calzábamos zapatos con plataforma, vestíamos camisas con impresos sicodélicos y pantalones acampanados. Sí, Cándido era quien usaba los pantalones más acampanados, al caminar era como si esas campanas avisaran que ahí iba él. La fotografía, entonces, fue tomada hace cuarenta y siete años. Uf. Toda una vida. Las dos chicas bonitas que caminan al frente son Zoraida Rivera y María del Rosario Bonifaz. Zory es, hoy, una destacada maestra que hace y enseña exquisitos trabajos de deshilado; y la poeta María del Rosario es la secretaria del Medio Ambiente e Historia Natural, del gobierno del estado de Chiapas. Julio también identificó a las muchachas bonitas que visten calcetas blancas: Kena Gómez Pinto y Rosita Gordillo Argüello. Sí, querida Mariana, eran, también, tiempos de minifaldas. Kenita usa un vestido muy por encima de la rodilla. ¡Ah, eran tiempos prodigiosos! Acá se ve que al paso del contingente, quienes estaban en sus casas o en sus tiendas salieron a ver el argüende. Las chicas mencionadas van muy tranquilitas, pero ya donde está el auto con altoparlante, se ve a dos estudiantes trepados en caballos. Julio recordó que salían a hacer “captura” de burros para usarlos en el desfile. Sí, atrás venían los muchachos que hacían más relajo, que tiraban harina para empanizar a los espectadores. Todo, eso sí, en un ambiente de fiesta, sin causar mayores disturbios. Cuando compartí la publicación, alguien me preguntó qué calle era. No di a la primera, pero luego puse atención al letrero que está en la casa de la esquina y alcancé a leer: “Casa Lucha”. Le llamé por teléfono al maestro Temo Alcázar, cronista de lujo de nuestro pueblo, y él corroboró lo que Francisco Domínguez, creador de la página Imágenes Históricas, Leyendas y Personajes de Comitán, escribió el 19 de octubre de 2016: “Yo compraba casi todo en “Casa Lucha”, que era la tienda de doña María y de don Roque, en la esquina de mi casa, en el barrio de El Calvario.” El maestro Temo aclaró que así se llamaba, porque Lucha se llama una de las hijas de don Roque y de doña María. Ahora, tengo que darte la referencia, es la primera avenida poniente norte, frente a donde está EXA FM 95.7. Ahora la “Casa Lucha” es la “Zapatería 4 Hermanos”, de la familia Pérez García. Cuando Francisco Domínguez era muchachito esta avenida era la quinta avenida, la famosa quinta avenida donde vivió la tía de Francisco, nuestra querida cronista vitalicia, doña Lolita Albores. Gracias al recuerdo de Francisco y del maestro Temo no hay pierde y acá, qué bueno, gracias a Julio Palacios, tenemos un registro fidedigno de cómo era la “Casa Lucha”, en los años setenta. Ahora esas tres puertas tienen cortinas y, en el interior, aparadores que exhiben calzado. Posdata: Sí, yo también, de niño acompañé a mi papá a la “Casa Lucha” a comprar abulón y latas de anguilas que nos encantaba comer. Incluso, en una ocasión, él me compró unos cuadernos engrapados para la escuela. Como muchos comitecos, lamenté la noticia del fallecimiento de mi ex compañero de la preparatoria, el doctor Cándido Alfaro Pulido. Su sobrina Karina me comentó que estuvo en nuestro pueblo en fecha reciente, en octubre de 2020, vino a hacer arreglos a una casa que posee en Comitán. Ya jubilado, pensaba regresar a vivir al pueblo que lo vio nacer. La dolencia física que padecía le impidió cumplir su sueño. ¡Que viva nuestro Rey Feo de la Primavera comiteca de 1973!

jueves, 17 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE BUSCA LA PALABRA QUE DEFINA AL 2020

Querida Mariana: ¿Ya viste el ejercicio mental que hacen en todo el mundo? ¡Buscan una palabra que defina este año! Las respuestas han ido de un extremo a otro, de la luz a la sombra. Por ahí han aparecido palabras ominosas: muerte, pesar, dolor, miseria, ingratitud, castigo, infierno y demás palabras oscuras; pero también han aparecido las palabras esperanza, aprendizaje, fe, paciencia, Dios. Las palabras confabulación e incertidumbre también han aparecido. Hay personas que consideran que este virus fue originado en un laboratorio, en forma artificial, por mentes perversas; otras personas apuestan por un virus de origen natural. Por eso, la palabra incertidumbre tiene preponderancia. En algunos países ya comenzaron a vacunar contra el virus. De igual manera que la población mundial se divide en quienes apuestan por la teoría de conspiración y otros por la teoría natural, hay quienes celebran la aparición de la vacuna y esperan que la vacuna llegue a sus países para recibirla, y otros descreen de la efectividad. Sí, la palabra del año es ¡incertidumbre!, por encima del dolor, de la miseria, de la muerte, de la esperanza y de la fe. Nadie tiene la respuesta correcta al suceso del año, del siglo. Quien, con fe, deposita su vida a su Dios, también ve que algún conocido suyo cae presa del virus y padece. Los creyentes unen sus manos y oran: Que se haga la voluntad de Dios, pero, en lo íntimo, piden que, ojalá, la voluntad divina coincida con sus peticiones: que el virus no entre a su cuerpo ni a los cuerpos de sus afectos, de sus cercanos. Que se cumpla la voluntad de Dios, pero que sea la misma del deseo humano. ¡Duele, cuando la voluntad divina es ajena a la petición! Quienes han padecido el mal en forma cercana y han perdido familiares por el virus, además del dolor tienen en mente la palabra incertidumbre, porque no saben qué sucederá en el porvenir. Ya murió un hermano, ¿quién sigue? La pandemia es una serpiente venenosa que repta por todos los espacios. Antes, alguien enfermaba o padecía un accidente mortal, y los familiares lamentaban el suceso, pero se levantaban al día siguiente, con la certeza de que el mal ya había pasado. Ahora, la situación es diferente. La ponzoña que inyecta la incertidumbre es letal. El coronavirus ha traído en su diccionario personal una serie de términos que ha vomitado en nuestras casas y en nuestros espíritus a través de las ventanas. Incertidumbre es la palabra de este año incruento. ¿Alguien sabe si la vida tomará su cara afectuosa de antes? ¿Alguien sabe si en el futuro, en algún momento, podremos abrazarnos de nuevo, sin temor? ¿Llegará el momento que, como asegura el cantante argentino Charly García, esto parará, porque “siempre que llovió ¡paró!”? O todo será como dice don Gregorio, en respuesta a la frase de Charly: Sí, pero siempre volvió a llover. El coronavirus, además de toda la cadena de desgracias, nos obsequió, ¡vaya obsequio!, la palabra incertidumbre, envuelta en un papel celofán miserable. Nuestras certezas se escabulleron, se perdieron en los albañales. ¿Quién se atreve a bajar al colector de aguas sucias a rescatar la palabra certeza? La palabra certeza se volvió humana; es decir, se volvió frágil. La pandemia nos refregó en la cara la fragilidad humana. ¡Ah, el ser humano es quebradizo! ¡Se hace polvo ante cualquier ligero golpe! Nunca la palabra del año se había movido de un extremo a otro con tal velocidad. En el término medio de la escala está la incertidumbre, porque, en efecto, no sabemos en qué momento la palabra esperanza se convertirá en la palabra dolor; no sabemos en qué instante la palabra paciencia tomará el rostro de la impaciencia, de la pinche incertidumbre. Posdata: Jugábamos el juego de la palabra, decíamos: ¿Qué palabra te define? Y con gran certeza buscábamos una que nos definiera como seres humanos. Y era un juego simpático, porque era un simple juego de palabras, algo que podía modificarse. Una vez, vos y yo lo jugamos y vos dijiste que yo era Escaso y yo dije que vos eras Genial. Y reímos. Buscábamos una palabra que fuera la síntesis de nuestra personalidad, buscábamos esa palabra en el costal de palabras luminosas. Ahora, el juego de buscar la palabra que defina al año 2020 no es un mero juego, es como elegir el cuchillo que, no sabemos, puede servir para cortar el trozo de pastel para compartir con los afectos o la herramienta que cortará para siempre ese delgado hilo que llamamos vida. ¡Uf! No sabemos, la incertidumbre es la espada que pende sobre nuestras cabezas.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RASGO DE IDENTIDAD

Querida Mariana: ¡Ah, la anécdota! Los comitecos gozamos la anécdota. Cuando las autoridades presentaron las virtudes de Comitán para recibir la distinción de Pueblo Mágico, la anécdota fue uno de los elementos a considerar. En este pueblo, como en los demás pueblos del mundo, hay grandes contadores de anécdotas. La singularidad de la anécdota comiteca es que está aderezada con ese otro ingrediente maravilloso que es el voseo con sus modismos y con su cantadito especial. Sí, la anécdota comiteca es única en todo el universo. En una ocasión, hace años, una delegación de la Rial Academia de la Lengua Frailescana vino a Comitán para realizar un encuentro con representantes de Comitán. El acto fue en el Teatro Junchavín, que se llenó al tope. El acto fue prodigioso, porque en el escenario estuvieron presentes varios de los mejores contadores de anécdotas del estado de Chiapas. Los compas de la Rial son grandes promotores de su identidad cultural y poseen una inteligencia y picardía geniales. Igual que los nuestros. Los compas de Villaflores le quitan la ese última a la palabra, nosotros le agregamos canto a la palabra. Para el juego de ARENILLA-Video invitamos al doctor José Antonio Alfonzo Pinto, destacado odontólogo de la ciudad y uno de los mejores contadores de anécdotas de Chiapas. Por supuesto que le preguntamos algo relacionado con ese maravilloso hilo de nuestro bordado cultural. Le preguntamos: Imaginá que te llamás anécdota comiteca, ¿cuál es la que más te gusta contar? José Antonio respondió así: “Si me llamara anécdota comiteca quisiera estar en labios de muchas, pero de muchas personas, para que a través de mí conocieran a todos los personajes que intervienen en mí, porque ¡soy anécdota!, y las historias que de mí emanan. Les voy a contar una anécdota comiteca cien por ciento: aquí por el Tanque de los Caballos vivían tres viejitas, ya estaban grandes las viejitas, pero con ellas vivía la mamá de las viejitas, y a cada rato tenía dolores, y se paraba una, se paraba la otra, se paraba la otra, entonces, una tuvo una magnífica idea: “Miralo, vos, Teresita, cómo lo ves que a mamita le compráramos una su campanita y en lugar que nos levantemos todas, que nos estamos desvelando todas, toca la campanita mamita, y una noche le va a tocar a cada una.” “Ah, qué buena idea tuviste, así no nos vamos a desvelar.” Bueno, confiadas las viejitas se duermen y se duermen pero a morir. La viejita tenía dolor de estómago y empieza a tocar su campana, como le habían indicado las hijas, y estaba tilín tilín tilín, tilín tilín tilín, tilín tilín tilín, y se despierta una y dice: “Oí, vos, Chabelita, ¿por qué ‘tará pasando tan temprano la basura?” Ya se habían olvidado que era la señal.” Por supuesto que la gracia de la anécdota es, aparte de la voz, la imagen. La anécdota se disfruta cuando todo es en vivo, en la relación directa en la charla de café, en la sobremesa, en la cantina, en la sala de la casa, en el patio. Pero, en estos tiempos de pandemia todo debe ser en forma virtual y ahora yo te paso copia en forma escrita. Pierde encanto, pero preserva el instante glorioso. La siguiente pregunta fue: Imaginá que te llamás anécdota comiteca, ¿cuáles son los elementos que forman tu espíritu? Y la respuesta del doctor fue: “El espíritu de la anécdota lo conforma principalmente personajes comitecos, que deriva de un hecho raro, pero eso sí ¡auténtico!, poniéndole la gracia a cada acontecimiento, a cada anécdota, poniéndole la gracia, pero eso ya depende de cada quien que cuente la anécdota. Algunos le ponen mucha sal y pimienta, otros nada más le ponen la pimienta, otros más la sal, pero, de todas maneras son hechos verídicos. Eso sí quiero que sepa la gente que nos está viendo, que es cierto, que son anécdotas verídicas, que no son invento. Les voy a contar otra anécdota de las mismas viejitas. Me agarré el tema de las viejitas. Como ya dijimos, vivían las tres, pero una de ellas dice: “¿Sabés qué?, me voy a ir al mercado. Ahí voy a venir.” Se va, pero quedan dos de las viejitas, pero cuando al rato le dicen: “¿Qué cree’sté? El muchacho de enfrente se murió, mire’sté” “¿Y qué le pasó?” “Pues dicen que se ahorcó.” “¿Cómo que se ahorcó? Qué pena.” Bueno, en ese momento va entrando la que se había ido al mercado, a comprar. Al entrar, ella no sabía nada, y le dicen: “Florecita, ¿qué creés? Ve. El muchacho de enfrente, ve…” (y el doctor, imitando a la viejita, inclina su cabeza, cierra los ojos y saca la lengua). “¡Cómo!, ¿qué cosa?” “El muchacho de enfrente, ve…” (y el doctor vuelve a imitar el gesto que hizo la viejita). “Pero, ¿qué le pasó?” “Se ahorcó.” “¿Cómo? Oíte, y ya no desayunaría, ay, pobrecito.” Posdata: La anécdota rescata el instante luminoso, el que tiene un cierre inusual, chispeante, lleno de gracia.

martes, 15 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN ÓSCAR QUE ABANDONÓ SU WONGNASTERIO

Querida Mariana: el poeta Óscar Wong falleció. El domingo 13 de diciembre entré al Facebook y hallé la noticia desgraciada. Óscar vivía en la Ciudad de México, pero, en los años ochenta, vivió en Comitán y, en los últimos tiempos, manifestó su deseo de regresar a esta tierra. Vivió en Comitán junto a sus hijos Guiomar y Fernando. Los muchachos estudiaron en el Colegio Mariano N. Ruiz durante su estancia en el pueblo. Una vez saludé a Óscar en su departamento. ¿Sabés dónde vivían? En un departamento del edificio de tres plantas que está entre la Farmacia Luz (de Cirito) y el Supermercado San Luis (de Víctor, que en paz descanse). Óscar vivió en un departamento del número 52, de la 2ª. avenida oriente sur. Le gustaba Comitán, le gustaba caminar sus calles, le gustaban las muchachas bonitas de este pueblo. Por eso manifestaba su deseo de regresar a vivir a este pueblo. El primer día de diciembre de este 2020 envió saludos a través de las redes sociales. Por ahí está la evidencia: “Saludos hasta Cotzitán de las Flores”. Sí, travieso del lenguaje, llamaba Cotzitán a Comitán. Quienes no saben preguntarían por qué llamaba así al pueblo. Ah, bueno, todos los comitecos saben que la palabra cotz es parte intrínseca de la personalidad del pueblo, él sólo le agrega el tan de la campana sonora del nombre y, por supuesto, le añadía el maravilloso apelativo de las Flores. Ahora, ¿quién le dirá Cotzitán a Comitán? Óscar ya se fue, ya no cumplió su deseo de regresar a vivir al pueblo, de caminar sus calles, de mirar a las muchachas bonitas que tanto le gustaba mirar; ya no cumplirá el deseo de muchos de oír de su voz el nombre de Cotzitán. Para quienes no lo saben, la palabra cotz es una palabra que significa guajolote, pero que también tiene el significado de acto sexual. Cuando alguien invita a otro a echar cotz debe preguntarse en cuál de las dos acepciones emplea el término: ¿comer una pierna de guajolote o llevarse la pierna del mencionado a la cama? El himno nostálgico de Comitán dice en sus primeros versos: “Comitán, Comitán de las Flores, donde están mis amores, donde quieren de verdad…” Ah, parece que estoy escuchando cantar a Óscar, parado frente a la ventana, mirando el cielo azul, azulísimo: “Cotzitán, Cotzitán de las Flores, donde están mis amores, donde quieren de verdad…” Una noche de 2016, Marvey Altuzar, Luis Armando Suárez y yo acompañamos al poeta Óscar en la mesa de honor, en la presentación de su libro: “El cuento. Caracol luminoso del lenguaje.” La presentación fue en la Librería Porrúa, en el Centro Cultural Rosario Castellanos. En 2011, ¡uf, hace nueve años!, invité a Óscar a responder un cuestionario con diez preguntitas traviesas. Como muchos otros intelectuales de Chiapas, de México y de otros países, Óscar aceptó el juego. Ahora que falleció busqué en mi archivo esa entrevista y, como él siempre enviaba saludos desde su Wongnasterio, hallé esta pregunta y su respuesta: ¿Cuántas celdas existen en tu Wongnasterio y a qué hora es la hora del Angelus? “El Wongnasterio es más herético que cristiano. Más cátaro y templario que todos los mitos y mitotes que en el mundo han sido. La hora del Ángelus se presenta todo el día, porque la comunicación celestial es directa: simplemente te pones en posición de flor de loto y emites el máximo mantra que se ha generado en el mundo: Wooooong.” Posdata: Óscar dijo que la hora del Ángelus se presenta todo el día y, orgulloso, dijo que debemos repetir el máximo mantra que se ha generado en el mundo: ¡Wooooong!” Era un juguetón de la palabra, era un juguetón de la vida. Ahora, Óscar ya se fue, ya no se parará frente a la ventana y cantará: “Cotzitán, Cotzitán de las Flores, donde están mis amores, los que quieren de verdad…”; por eso, en su nombre, los que pueden se ponen en posición de flor de loto (yo lo hago sentado en un sofá) y dicen (decimos) el mantra: Woooong, Woooong, Wooooong…

lunes, 14 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON SENTIDOS CON SENTIDO

Querida Mariana: el maestro Rubén con las palabras, una vez, en un pasillo de la universidad me detuvo, me dio un abrazo y me dijo: “De todos los sentidos, ¿cuál es tu consentido, el que, para vos, tiene más sentido.” ¿Mirás qué genialidad? En ese momento, mientras dos compañeras esperaban que el maestro dejara de abrazarme y siguiéramos nuestro camino hacia la cafetería, titubeé y dije que su pregunta era una pregunta con mucho sentido y que, en ese instante, apreciaba el sentido del tacto, por su abrazo, el sentido de la vista, por verlo, y el sentido del oído por oír su pregunta muy cerca de mi oído. Laura rio y dijo que el sentido del gusto nos esperaba en la cafetería, el maestro Rubén me soltó de su abrazo, sonrió y dijo que en la cafetería también gozaríamos del sentido del olfato y me dio una palmada en la espalda y nos dijo: Buen provecho, muchachos, y siguió su camino. Lo vi alejarse con su camisa a rayas, su pantalón color ostión y sus zapatos cafés. Hoy recordé esa pregunta, porque en el Imaginá que te llamás estuvo con nosotros la maestra Martha Aurora Avendaño Román, mera comiteca, del barrio de San Sebastián (ahora tiene su consultorio en el barrio de Nicalococ). Aurorita tiene una maestría en Audición y Lenguaje y es directora general de Auditivos de Comitán, institución que se encarga de atender a todas las personas con problemas de audición. Sí, Aurorita atiende uno de los sentidos del ser humano: el oído. Por eso, cuando ARENILLA-Video invitó a Aurorita a jugar el Imaginá que te llamás, pensamos que debíamos hacer una pregunta con sentido, con su sentido consentido, y le preguntamos: Imaginá que te llamás oído, ¿en dónde te gusta estar para oír el argüende? En cuanto Aurorita escuchó nuestra pregunta, nosotros, gracias a ese genial sentido, oímos su respuesta. Acá está, querida Mariana, oíla: “Antes de la pandemia me gustaría estar en los parques, en el de Santo Domingo, en el de San Sebastián, para escuchar la plática de las personas mayores que se sientan en las bancas a contar sus historias, a recordar su época, así también a los enamorados que se dicen palabras agradables y bonitas; también la sonrisa y la alegría de los niños jugando, ahí es en donde me gustaría estar, en la salida de las iglesias, cuando las familias se encuentran y los amigos y las amigas y platican y se saludan. Antes de la pandemia, porque después de la pandemia me gustaría estar en el Facebook, en Tik Tok, en Youtube, donde podemos estar al tanto de las noticias, de lo que pasa en nuestra ciudad, acá en Comitán y en todo el mundo; además de escuchar el piano de Arturo Aquino, nuestro paisano, y enterarme que Lety Bonifaz, también nuestra paisana, ha sido nombrada como integrante del Comité contra la Discriminación de la Mujer. ¡Ahí me gustaría estar!” Sí, el juego que Aurorita jugó, nos permite abrir la ventana y reconocer la bendición de la naturaleza del maravilloso sentido del oído. ¡Ah, cuántos prodigios podemos vivir gracias a ese bendito don de escuchar! Quienes poseemos, gracias a Dios, ese don podemos escuchar la música genial que creó un genial músico que perdió el don de escuchar, pero no el don de crear: Ludwig Van Beethoven. La segunda pregunta para Aurorita fue: Imaginá que te llamás oído, ¿cuál de todos tus elementos es el más importante? Y esta fue su puntual respuesta: “Uno de los elementos más importantes en mí, como oído, es que, a través de mí, el ser humano adquiere su lengua materna. Todos los sonidos entran por mí, el oído, y desde el exterior que tengo, la aurícula, que comúnmente le llaman oreja, capta como una antena parabólica los sonidos y pasan a través del conducto auditivo moviendo el tímpano, los huesecillos y el sonido llega hasta el oído interno, y de inmediato, a través del medio auditivo al cerebro, que es donde se procesan los sonidos que se escuchan; es como a partir del quinto mes, en el seno materno, que un bebé escucha a través de mí, y así es como va aprendiendo el lenguaje oral, éste es muy importante porque también va enriqueciendo el aspecto cognitivo de las personas. A través de mí podemos disfrutar del sonido de los pájaros, de las voces, distinguir el timbre y el tono del sonido, distinguir las voces de nuestros familiares, de extraños y un sinfín de conocimientos podemos adquirir a través del oído, por eso es muy importante que lo cuidemos, que no metamos objetos, como ganchitos u objetos extraños que puedan dañar al oído, así también debemos cuidarnos, ante cualquier molestia o dolor, pues acudir al médico, en este caso el especialista en el oído, que es el otorrinolaringólogo, y si empiezo a detectar que ya no estoy oyendo bien, la persona debe ir de inmediato a hacerse un estudio audiométrico, con un audiólogo o un audioprotesista que le pueda orientar qué hacer para prevenir problemas en su comunicación. Así que soy una parte muy importante del ser humano.” Posdata: ¡Qué bonito jugó Aurorita! Me encantó eso de que la oreja es como una antenita parabólica que detecta todos los sonidos y, a través de un proceso admirable, llegan a nuestro cerebro donde adquieren sentido. Sí, gracias al oído escuchamos el maravilloso sonido del agua al fluir por un arroyuelo y, también, algunas pendejadas que nos cuentan amigos lejanos o cercanos. ¡Genial!

sábado, 12 de diciembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON LUZ DE DICIEMBRE

Querida Mariana: como dice la canción: “Llegó diciembre y sus posadas…” Sí, este año, lo sabés, es un año de emergencia sanitaria. Las autoridades y el sentido común recomiendan, ¡exigen!, ser cautos y no celebrar como años anteriores. El virus circula en todo el mundo, debemos ser cuidadosos con nosotros mismos para cuidar a nuestros cercanos, a nuestros familiares. Celebremos, pero lo hagamos en casa, sólo con los nuestros. Este año no demos abrazos en vivo, los enviemos de manera virtual. La salud es lo prioritario. Si este año nos cuidamos, casi garantizamos que nos seguiremos abrazando durante mucho tiempo más. Dicen que las vacunas ya están listas, que tienen un porcentaje de más del noventa por ciento de efectividad; es decir, ya estamos, ¡gracias a Dios!, en la puerta de un retorno a una vida más tranquila. Seamos pacientes. Este año, celebremos, pero no hagamos las posadas comunitarias. Como dicen las autoridades católicas: los creyentes, este doce de diciembre, recibirán la visita de la Virgen de Guadalupe en sus casas. No es recomendable acudir a los templos. ¿Cuándo se había visto que los días once y doce de diciembre, permaneciera cerrada la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México? No había ocurrido en tiempos recientes. Si ahora tomaron la determinación de que permaneciera cerrado ese recinto religioso fue por la emergencia. Mi Paty siempre recuerda la sentencia: Dios dice: cuídate y yo te cuidaré. Así es. Este año debemos ser muy responsables y cautos. La seguidoña de festejos debe suspenderse. Uf. ¿Imaginás lo que sucedería si nos reunimos con amigos, compadres y chalequeros en la cena de nochebuena, en la cena de fin de año, en la partida de la rosca y en la cena de tamalitos en Candelaria? Uf. Basta que uno de los asistentes esté contagiado para que contagie a tres y estos tres… ¡Es cuento de nunca acabar! En fin, llegó diciembre y sus posadas. En este 2020 dejemos que pase, para que estemos en otras navidades y posadas durante años venideros. Pero, bueno, este mes es un mes de esperanza, de alegría, de paz, de hermandad. Las plazas y calles de todo el mundo se iluminan y en el interior de las casas ponemos el arbolito de navidad y hacemos los tradicionales nacimientos. ¡Ah, qué bendición poder estar con los hijos fortaleciendo la célula básica de la sociedad: la familia! Los papás y los abuelos hacen figuritas y realizan el nacimiento en un rincón de la sala, ahí, la abuela hace figuritas de corderitos con algodón y palillos y tejen suéteres y chalecos para los hombres y mujeres que pastan sus ovejas en el campo que está todo verde y se simula con aserrín pintado. Sí, acá, en esta región del mundo no tenemos nieve como en muchos otros países, nuestras navidades son frías, pero no heladas, no nevadas. En algunas otras partes del mundo los techos de las casas y los árboles y las banquetas se llenan de nieve. Acá no. Sí tenemos frío y vestimos nuestras chamarras y nos colocamos bufandas alrededor del cuello y tomamos ponche bien calientito con piquete, acompañado con buñuelos regados con miel de abeja o con el tradicional temperante o azúcar con canela en polvo, pero no pasa de ahí. Y, como dicta la tradición, con todas las medidas de seguridad, con cubrebocas y manteniendo la sana distancia, el presidente municipal de Comitán y su esposa, acompañados por algunos integrantes del Cabildo y de directores de áreas municipales, prendieron las luces del tradicional árbol de navidad, que, en esta ocasión, ¡en buena hora!, fue encargado a artesanos de nuestra población. El adorno navideño del parque se complementa con un bello nacimiento que elaboraron en las gradas frente a la fuente. Una idea muy creativa. El árbol no es un árbol monumental, ¡no!, es un árbol discreto, pero bello. Y envía un mensaje solidario: En año de contingencia, la autoridad piensa, antes que todo, en el pueblo. Que la paga invertida vaya directamente a las manos de los artesanos de Comitán. Durante todo este 2020 el mundo ha hecho la invitación de comprar con el comercio local e incentivar la producción local. Este año, la autoridad comiteca repartió los recursos entre nuestra gente, para reactivar un poco la economía que ha sido dañada a nivel global por la contingencia. No sólo eso. Del 18 al 20 de diciembre se realizará el XX Festival Internacional de las Culturas y las Artes Rosario Castellanos y, por primera vez, el Honorable Ayuntamiento Constitucional de Comitán de Domínguez, a través de la Dirección de Cultura Municipal, lanzó una convocatoria a nivel local para que los artistas comitecos enviaran propuestas para conformar el programa que se transmitirá en forma virtual. ¿Mirás? Lo que siempre ha pedido el pueblo y los propios artistas, que no se relegue el talento local, ahora será una realidad. Sí, claro, ya miro a dos o tres que protesten, que digan que cómo es posible que el Festival del 2020 no cuente con los grandes artistas del pasado cuando, por ejemplo, acudió Lila Downs. De acuerdo, este año no habrá una cartelera que integre la Sinfónica de Londres, ¡no! (es una exageración lo que digo, la Sinfónica de Londres nunca ha estado en Comitán). ¡No! En este año de solidaridad, de humanismo, la autoridad comiteca dijo: Invertiré cien mil pesos en artistas, ¡que sea para los artistas locales!, así colaboramos con su economía familiar y reconocemos su talento. ¡Qué bien! Estoy seguro que los artistas locales recibieron la noticia con agrado. Serán participantes de un festejo internacional que honra a nuestra destacadísima paisana, Rosario Castellanos, y recibirán algo de paguita. Todo se hizo bien. Ojalá así siga. Las autoridades culturales invitaron a destacados integrantes de la intelectualidad chiapaneca y nacional para que seleccionaran a las mejores propuestas: Argelia Rossana Arreola Núñez, licenciada en danza contemporánea; Roberto Ramos Maza, destacado intelectual y promotor cultural chiapaneco; Arturo Paniagua Castillo, con maestría en artes visuales; Ernesto Falconi Castillejos, licenciado en artes visuales y director de documentales; Guadalupe Calvo Guillén, con maestría en letras mexicanas; Omar Armando Paredes Crespo, licenciado en comunicación, por la UNAM; y Alexis Fabián Tovilla Martínez, licenciado en jazz y música popular; eligieron 16 de las 23 propuestas recibidas. Todo legal, todo limpio, todo con buena intención. Y del 18 al 20 de diciembre de 2020, quienes tengan ánimo y gusto por conocer el trabajo de nuestros artistas locales podrán disfrutar de su actuación en las redes sociales del Ayuntamiento y de CONECULTA. ¿Querés saber quiénes fueron elegidos? Acá va la lista, con el título de su propuesta. Veremos. En música (que se escuchen fanfarrias, para ir a tono): Andrés Limón Benítez: “Recorriendo la historia de la música, desde composiciones contemporáneas.”; Fernando Javier Nucamendi Ramírez: “Lula Ayábu y Los Sobrevivientes del 20.20.”; Fidel Sánchez Ávila: “Poemas musicalizados.”; Ludwig Roberto Zárate Núñez y José Zárate: “Un viaje por la música.”; Pascual Emilio Ramos Gordillo: “Versadas para Rosario Castellanos.”; y Yigal Francisco Ramos Vázquez: “Música flor de muerto -música popular latinoamericana-, un canto por Rosario.” En danza (que se escuche zapateo): Elsa del Rosario López Flores: “Cencalli, danza folclórica. Memorias de la abuela.”; Roberto Junior Martínez Frausto: “Art Passion. Luces en el cielo.”; y Rubén Escandón Garcia, Compañía Artística Tenam: “De Sur a Norte, el color de mi México.” En artes plásticas (que se escuche el pincel sobre la tela): Angélica del Rocío López García: “Sobre el placer femenino.” En teatro (que se escuche ¡tercera llamada, comenzamos!): Ángel David Medina Avendaño: “Monólogo: El León de La Pila.”; Ángel Ismael Vives Sánchez: “Cenizas.”; y Rosa Hortensia Aguilar Trujillo: “Epaminondas (hija mía).” Y en literatura (que se escuche la palabra): Angélica Guadalupe Altuzar Constantino: “Cinco poemas de El rescate del mundo, de Rosario Castellanos, para compartir con la infancia.”; Arturo Novelo González: “Recital de Manantial, grupo literario.”; y Fabián García Gómez: “Lectura del poemario El libro de la culpa.” Tan tan. ¿Cómo lo ves? Llegó diciembre y sus posadas y la piñata, tal vez por primera vez en la vida (ojalá siempre), se rompió y sus dulces y frutas han sido para disfrute de los artesanos y artistas comitecos. ¡Ah, qué bonitas piñatas hacen nuestros oficiantes comitecos! Posdata: Cierto, no tuvimos el árbol de navidad que pusieron en Manhattan o en París; cierto, no tuvimos a Plácido Domingo cantando ópera. No, pero tenemos a los nuestros. En tiempos de pandemia nos apoyamos, ¡nos apoyemos, de verdad!