viernes, 31 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE DOS NIÑOS VIAJAN EN PRIMERA CLASE

Los niños viajan, siempre viajan. Viajan a la hora que sus papás los cargan en brazos; viajan a la hora que la mamá los tapa con la colcha y les da las buenas noches.
Los niños siempre viajan, por esto siempre tienen cara de asombro. Todo es novedoso, por esto, los turistas saben que deben adoptar una mirada de niño cuando caminan por calles de otros pueblos. ¿Cuáles son los requisitos para adoptar una mirada de niño? Basta abrir la alacena interior.
Los niños de esta fotografía ¡viajan! Viajan en gabinetes de primera. Por esto, no tienen los pies en el suelo. Saben que el viaje los hace volar. Viajan en libros de primera. Se acercaron con la misma tranquilidad con que los trasatlánticos se acercan a los puertos. Se sentaron y vieron los libros, los tocaron, los husmearon. El capitán del barco los recibió como los piratas recibían a las orillas y a los cielos en el siglo XVII. Un poco al estilo de Brozo, el capitán del barco preguntó: “¿Quieren que les cuente un cuento?”. Y ellos, contraviniendo la respuesta que siempre dan los fanáticos de Brozo, dijeron “¡sí, sí, sí, sí queremos!”. Los niños son los mejores vientos para navegar en altamar. Y el capitán del barco les contó el cuento del hombre que tenía mucho miedo. Y los niños, tan valientes como piratas al abordaje, no tuvieron miedo, pero sí asombro. Por esto, la carita del niño con camisa blanca está asombrada y su imaginación construye los edificios que el cuentacuentos coloca en los cimentos de su corazón. El otro niño, por si las moscas, busca, con mirada también asombrada, el compartimiento donde están los salvavidas. Nunca se sabe cuándo puede asomar un tsunami o un monstruo de Ness. Pero, insisto, por si las moscas, el niño de la playera color melón calza sandalias, por si el capitán del barco tocara la campana y gritara: “desalojen el barco, mujeres y niños, primero”. Porque sabemos que siempre debe ser así: las mujeres y los niños deben ir delante de todo, delante de la mesa, del campo y del árbol. Por delante de los hombres, de los pájaros, de los monstruos, de los dulces y de los troncos, siempre los niños y las mujeres. Porque ellas y ellos, niños bonitos, son los que pueden salvar al mundo de todos los peligros. Ningún monstruo puede más que un niño. Por esto, los dos niños que viajan en este trasatlántico (nave espacial) lleno de libros ¡están asombrados! Porque asombro es lo que asoma siempre que alguien abre un libro, siempre que alguien vuela en las alas de los pájaros más hermosos. Es tan sencillo ir hacia el pasado o hacia el futuro; es tan simple dar la vuelta a la llave que dice: “había una vez”. Una vez es todas las veces del mundo y del tiempo. ¡Una vez! es la misma calceta que usa el futbolista y el escritor; ¡una vez! es la distancia mínima entre la rutina y la novedad.
El cuentacuentos hincha su garganta para dar paso al grito del fantasma o a la asfixia del viento. El niño de la camisa blanca está sorprendido. Está viviendo un mundo diferente al que, como vieja cansada, camina por el pasaje. El pasaje permite el paso hacia otro mundo. Basta caminar en el presente, sentarse en esos banquitos, abrir un libro y viajar por otras estancias. El pasaje, por definición, es el paso para ir de una mancha a otro baúl. Estos niños entraron a un sendero donde hay fantasmas que sólo son como lluvia para el árbol de la imaginación. Veo en sus ojitos que miran otros cielos, otras nubes modelarán sus pies para el vuelo.

miércoles, 29 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN BARQUITO SE MUERE DE SED

Quedó tirado a mitad del camino. Le faltaba poco para llegar al mar. El último lastre que tiró fue un chicle, pero no fue suficiente. Por esto, se le ve “boqueando”. Quedó justo en el dintel de la puerta, a mitad de una banqueta. Se confundió, el pobre barquito se confundió. Pensó que las rayas de cemento eran brazos de río y que, de acuerdo con el apotegma científico, llegaría al mar, porque todos los ríos van a dar a la mar, aún cuando algunos necios insisten que todos los caminos llevan a Roma.
Quedó tirado como cualquier borracho. Ya nunca llegó a su destino. Si el lector mira con atención verá que en uno de los costados hay algo como un mensaje. Ya nunca se sabrá si el capitán del barco mandó a pintar un letrero con algún mensaje amoroso, para que a la hora que llegara a puerto su amada, su fiel Penélope, leyera lo que él quería decirle, tal vez un poema de amor, tal vez una petición de matrimonio. Nunca se sabrá si, tal vez, no era un mensaje sino un grafiti que algún Barba Roja pintó creyendo que La Santa María era una simple La Pinta. Nunca se sabrá si el paquebote era como una botella al mar. Nunca se sabrá. Los barcos que zarpan jamás se saben si regresarán o, como borrachos, se hundirán a mitad de una simple tormenta.
El barquito quedó tirado a mitad de una banqueta. Nadie podrá decir que resbaló en la piedra de laja, nadie podrá decir que un tsunami lo alejó de su destino. Tal vez cayó de una mochila de una niña estudiante de cuarto grado de primaria; tal vez la niña lo hizo en la clase de manualidades y lo conservó para la primera lluvia. Tal vez ella, la niña anónima, acostumbra quitarse los zapatos cuando ve que el cielo amenaza lluvia y sale a la calle y cuando la lluvia asoma, ella mete sus pies en la corriente de agua que baja por la calle y luego de chapotear un rato saca el barquito de su bolsa y lo coloca a mitad de la corriente y ve cómo el barquito hace piruetas sobre la corriente y ve cómo el barquito juega a desafiar la fuerza que lo hace parecer frágil, como frágil la sonrisa del hombre ante la miseria y ante el terror. Porque todos los hombres somos como barquitos. A veces nos quedamos a mitad de la calle, a veces no llegamos a conocer el mar. Hay algo que se llama destino y, dicen los sabios, viene escrito en nuestros faldones. Seremos lo que la letra dice a menos que una mano Divina pueda usar un borrador y deje los faldones como pizarrones sin estrenar.
El barquito quedó triste, apenas acompañado por un chicle verde. Quedó solo porque los barcos son los chunches que más se parecen a los hombres. Los aviones, a veces, vuelan en formación, como si fuesen patos migrantes; asimismo, los carros acostumbran acompañarse en las grandes supercarreteras, pero los barcos, así sea un modesto pesquero o un trasatlántico, acostumbran viajar solos. Este barquito viajaba solo, con apenas un mensaje en su costado izquierdo. Ya nunca, el barquito, tendrá el gusto de humedecerse y hacerse nada a mitad de un río; ya nunca, el barquito, llevará su mensaje al destinatario. El mensaje se quedará como esas nubes que se deshacen a mitad del cielo antes de que lluevan sobre un terreno. ¿De qué sirve un barquito hundido a mitad de una piedra laja? ¿Desvió su destino?

lunes, 27 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA QUE ES COMO UN CUENTO

Su biografía (falsa) dice que nació en Tuxtla Gutiérrez. ¡Eso es una ficción! Laco (creador del Laconismo) nació en Laconia. El otro día llegó a Comitán. Laco lacónico cónico y cúbico, cuadrángulo de la palabra. Llegó para decir que por ser Zepeda ¡es Jolote! Jolote es un apodo comiteco que tienen todos los que llevan el apellido Zepeda. Entonces él es Lacojolote, ajolote de Xochimilco, Copilco, oriundo de Laconia, ajolote primo de cronopio. Lacónico cónico y cúbico suelta las palabras como si fuesen paquebotes en rebotes. Ah, cómo brinca la palabra en su boca, en su pico de jolote, en su tsijnij. La palabra, dijera Paz, rebota en los muros de frontón, en los tzompantlis. Laco trepa, baja, como si su única misión en el mundo fuera alborotar el gallinero (guajolotenero) corre de un lado a otro del cerco y aúlla, porque también viejo lobo de mar al mar, aúlla sin que haya luna de una. Ah, cómo alborota el galliguajolotenero. Cómo se alborotan los muchachos y las muchachas, cuando la palabra de Laco lacónico hipersónico juega en sus galaxias, en sus aros de Saturno, Neptuno, uno por uno.
Laco llegó y convocó a cientos de estudiantes, de los de ahora, no de los de antes. Lacojolote ya usa bastón, que tiene la veta de un ciempiés, por esto, algunos televisos creen que Laco es Tío Filito “cuando digo que no hablo es porque ¡no hablo!”; pero Lacofilo habló en Comitán, ¡habló mucho y bien! No cualquiera mantiene atento a un auditorio universitario durante una hora. Lacoviento ¡viento! ¡viento!, invocó al ídem, guardián de Balún Canán, según el decir de la nana de la niña protagonista de Balún Canán, y desarmó las lianas del aire, del fuego, del agua y de la tierra. Laco llegó sin Elva. Elvasolo Abasolo por las calles de Comitán, Balún, cachún cachún. Se apoya en el bastón (bordón, dirían en Comitán) y quienes lo ven dicen: “ya se mira cansadito, el maestro”, pero él no camina, vuela, vuela en el ala de la palabra abracadabra y las teje al vuelo y, como en telar de cintura, pura anchura, Laco lacónico hipersónico, ¡qué arrechura! Jolote que no se raja en el primer Día de Acción de Gracias, porque sus “gracias” son muchas, tantas que no alcanza el corazón para pepenar todas sus palabras, por esto, cuando Laco habla parece que el cielo borda estrellas en el suelo, en el vuelo.
¿Laco ajolote? ¿Ajo? ¿Olote? ¿Otelo? “Ya se mira cansadito”, dijo el hombre. ¿Se mira? Él nunca se mira. En esta ocasión ve hacia donde estaba el de la cámara. Él, Sentado al lado de alguien, con su chamarra azul y su bastón que tiene “mango” de ciempiés, con veta de tigre de Bengala, de gala, galán, Laco patatín patatán, los maderos de San Juan, piden agua, no les dan. Es Laco Lacónico pidiendo viento, ¡viento! Él es viento, viento que levanta polvo, que desoxida las bisagras del aire. Laco sentado en una butaca del auditorio Roberto Cordero Citalán en Comitán, tan, tan. Laco sonriendo, con sonrisa de tuiter, de no más de ciento cuarenta caracteres.
Lacojolote, Lacomitán. Dicen que nació en Tuxtla. ¡Mentira! Laco es de Laconia, por eso, aún, la palabra exacta. Quiere ganas mantener atento un auditorio pleno de jóvenes durante una hora, quiere ganas. Sólo algunos, tal vez Lacorazón de melón, uno de los cuentistas y cuenteros más relevantes de habla hispana cuando le gana la gana. Laconsentido de muchos; Lacornucopia de antaño, sin engaño; Lacostera del mar al amar sin desparramar. Laco estuvo en Comitán y quienes lo vieron y escucharon coincidieron: es agua, es fuego, es tierra, ¡viento es!

sábado, 25 de mayo de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO ES UNA REPETICIÓN.

Querida Mariana: los enamorados se dicen “te quiero” mil veces, mil veces te quiero. Ella o él exigen, de frente o en el teléfono, que el otro o la otra lo digan a cada rato. A veces acompaño a alguna muchacha bonita que responde una llamada telefónica. “Sí, yo también”, dice casi al final de la llamada, pero luego de una pausa escucho que dice: “Sí, te quiero”. Nada digo, pero sé que el otro (o la otra) exigió que lo dijera. La muchacha bonita siente pena decirlo en público, pero, bueno, ante la exigencia del amado (o de la amada) no le queda más que ceder. A final de cuentas, el juego de los amados se concreta en ceder. Cuando uno de los dos deja de ceder ¡todo se tuerce!
La repetición, parece ser, es esencial en la vida. Luis Felipe Martínez, talentoso músico, dijo una vez que todo éxito reside en “el ensayo”; es decir, en la constante repetición. Por esto, los amados “necesitan” decirse a cada rato que se quieren, que se aman. Mientras lo dicen, el amor es como brasa de fogón. Vos y yo hemos visto a los muchachos enamorados. Debajo de un framboyán lleno de flores -pétalo de fuego-, se toman de las manos, ponen los ojos como pepa de chayote a medio salir, y se dicen te quiero, te quiero mucho. “¿Cuánto me querés?”, dice ella. “Mucho”. “¿De acá hasta dónde?”. “Hasta el infinito, de ida y vuelta”. “¿Tan poquito?”. ¡Pucha!, así son ustedes las mujeres, no les alcanza el infinito. ¿De ida y vuelta? Quieren más, siempre más. Quienes llevan más de veinte años de casados ya no están con esas “cursilerías” (dice él). Ya no se ven a los ojos, ya no están todo el día de manita sudada, ya no se dicen “te quiero”, por esto sus brasas son como piedras de la Era del Hielo. Dejaron de decírselo, dejaron de ser fuego. Elena Poniatowska (quien acaba de cumplir 81 años) dice en uno de sus cuentos (“El recado”): Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas, en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…”
La repetición hace que nuestro cerebro se convierta en un trapiche. La mula que da vueltas y vueltas logra sacar el jugo que se injerta en la conciencia. ¡Estamos hechos de repeticiones! El Maestro Cuauhtémoc Alcázar me explica que los músculos tienen “memoria”. Ante tanta repetición en el gimnasio, el músculo aprende, el corazón aprende a decir “te quiero”.
Los comitecos estamos hechos de repeticiones. Y éstas pasan de generación a generación. La única fórmula para vencer el olvido ¡es la repetición! A veces, cuando me reúno con amigos, alguien pregunta: “¿Van a ir al rancho?” y otro, cualquiera, dice, en automático: “¡Como dijo el padre Naty!”. No hay necesidad de decir más. Medio mundo sabe qué cosa dijo el padre Naty. Lo hemos repetido tantas veces que ya forma parte de nuestro ser. Yo no conocí al padre Naty. El otro día que vos y yo fuimos a La Trinitaria y entramos al Museo donde están las fotografías de los personajes importantes de ese pueblo vimos una foto del padre Naty; pero sí sé qué cosa dijo el padre Naty, porque desde siempre, en las fiestas, en las reuniones de amigos y en la calle, he escuchado la famosa frase del padre.
Pero no sólo estamos hechos de repeticiones locales. Mucho de nuestro carácter se ha fundido con lo que nos endilga, a todas horas, la televisión. Algún día tendremos que sentarnos en la mesa de un café (puede ser en el 500 noches) para hablar acerca de Chespirito. Tal vez, sólo digo que tal vez, es el personaje televisivo que más frases nos ha injertado. No sé si esto sea bueno o sea malo. A final de cuentas, también los versos repetidos forman parte intrínseca de nuestro ser y no sé si sea bueno que todo mundo sepa cómo sigue el verso Nerudiano de “Puedo escribir los versos…” o el de Sor Juana Inés de la Cruz que a cada rato mencionamos: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin…” (no, no, no es “sin calzón”, como decía tío Armandito, es “sin razón”). Ahora que el país no anda muy bien, medio mundo pregunta: “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”. ¡Todo mundo sabe la respuesta! Somos (perdón, mi niña) como los perritos de Pavlov y reaccionamos en automático.
La publicidad, lo sabés, funciona precisamente con un mecanismo semejante. En los partidos de fútbol, a cada instante nos endilgan mensajes subliminales que, mediante el proceso de la repetición, van entrando a nuestra mente, como cuchillo en mantequilla (y si digo esta frase sobadísima y común de “como cuchillo en mantequilla”, es porque la he oído cientos de veces).
La repetición funciona a la perfección. Bueno, bueno, ni tanto. Una vez presencié cómo la repetición puede causar tragedias. Pepe, mi compañero de quinto de primaria, llegó hasta donde estaba Armando (que le decían Armando broncas) y le mentó la madre. “A que no me repetís eso”, dijo Armando. El bueno de Pepe se sintió muy machito y repitió la mentada. ¡Ay, Marianita, no te cuento cómo quedó mi amigo!
Nuestros movimientos se vuelven mecánicos cuando repetimos una y otra vez dicho acto. Ahora que escribo en la computadora lo hago con gran pericia. Vos sabés que escribo rápido. Lo hago así porque el acto de escribir lo hago cientos de veces durante el mes.
En el noticiario que dirigía Jacobo Zabludowsky, casi al final, aparecía un comediante que hacía una parodia de Ignacio López Tarso. Cuando terminaba su participación, que era un corrido, Jacobo decía: “Buena rima, Tacho, buena rima”. Esta frase repetida se insertó en el imaginario colectivo y cuando algunos aspirantes a poetas se aventaban sus versos alguien podía parafrasear diciendo: “Mala rima, Tacho, mala rima”.
Los personajes de televisión saben que una frase repetida mil veces hace famoso a quien la dice. Ahora, el payaso Brozo, a cada rato, avienta esa de ¡Órale!, y esta palabra lo identifica.
En Comitán (no sé en otros pueblos) repetir se emplea como sinónimo de eructo. Por esto, nuestras mamás siempre decían que “repetir” era señal de mala educación. Era muy mal visto que alguien, sentado ante una mesa, después de comer un buen cocido, ¡repitiera! “No repitas”, decía mi mamá. Mi primo Pedro, quien vivía en la ciudad de México, y de vez en vez venía de visita a casa, se sorprendía y preguntaba “¿Yo tampoco puedo repetir, tía?” y extendía su plato en intento de que mi mamá le sirviera otra porción. Un amigo me contó que en países árabes es buena costumbre “repetir” después de comer, quiere decir que uno quedó satisfecho.
Mencioné que Chespirito ha modelado buena parte de nuestro léxico. Sus personajes, siempre, hacen uso de la repetición. “Es que no me tienes paciencia”, dice el Chavo. “Si serás, si serás”, dice don Ramón. Y, ya instalados en la línea del colmo, sabemos que el “pi, pi, pi, pi, pi, pi” es el llanto de El Chavo. Sólo los espíritus exquisitos, aquéllos que jamás prenden el televisor, están vacunados contra este virus.
¿Lo anterior es bueno o es malo? No sé. No soy sociólogo, ni sicólogo. Lo que hago es contarte cómo la repetición logra insertar una personalidad en el imaginario colectivo. En los años sesenta hubo un famoso cantante, Pedro Vargas, que al terminar su canción decía: “muy agradecido, muy agradecido”. Los compas de mi generación (y más cascaritas) lo identifican de inmediato. ¿Vos sabés quién decía? “No lo sé, no lo sé, puede ser, puede ser”. Sí, atinaste. Era Capulina, comediante famoso del cine y de la televisión mexicanos.
No me hagás caso, pero parece que esto de la repetición habla de lo elementales que somos los seres humanos. A veces, las muchachas bonitas exigentes, se cansan de escuchar una y otra vez el “te quiero” de sus amados. ¿Qué no es posible que lo digan de otra manera? Las letras de las canciones de ahora son elementales. El vocabulario es reducidísimo, siempre dicen las mismas cosas. Los amantes de la poesía reconocen en ella la más alta nube de la comunicación. Toda poesía renueva el lenguaje, descubre nuevos cielos. Por esto, los Nerudas y los Sabines estarán siempre muy por encima de los Juan Gabrieles y de los Ricardo Arjonas. Pablito Neruda, por ejemplo, en su poema diez dice: “A veces como una moneda se encendía un pedazo de sol entre mis manos…”, mientras don Ricardito Arjona dice: “después de echarme un chapuzón entre tus labios”. Yo sé que vos, bonita, linda, reconocés la diferencia. ¡El mundo de diferencia! Y hay compas que en la radio llaman a Arjona ¡poeta! No mameyes en tiempo de mangos.
Si repetimos es porque se nos agota la imaginación. “Dígame licenciado. ¡Licenciado! Gracias, muchas gracias. No hay de queso nomás de papa”. Parece que nuestra imaginación se reduce a la papa. Nos hemos olvidado del queso, hemos olvidado que hay cientos y cientos de variedades de quesos, que es como decir que hay mil modos de decir te quiero. Los poetas (benditos sean) logran decir te quiero de otros modos. Por esto, fusilándome a Sabines, puedo decir que vos, niña de mi vida, sos “la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy”. Si, niña querida, hay amantes que le dicen a su amada que ella es como su manantial, como su pétalo más tierno, y las niñas se emocionan, tanto como si estuviesen tocando luciérnagas a mitad de la noche. Esto, lo que hacen los poetas, es otro modo de decir te quiero, es otro modo de nombrar la piedra.

Posdata: y sin embargo, después de todo el rollo, los hombres, a la hora en que miramos a la amada, no nos sale más que un “te quiero”. Y ella, la amada, a la hora que escucha esto, no sabe decir más que: “¿Cuánto? ¿Hasta dónde me quieres?”. Somos elementales, mi niña. Después de todo, parece que la naturaleza también tiene sus fórmulas de repetición. Es cierto que cada amanecer es diferente. Desde que el universo nació cada amanecer ha sido único e irrepetible, pero, habrá que admitirlo, después de todo, un amanecer no es más que la salida del sol. Nunca (qué jodido) habrá algo diferente, algo que sea como el asombro de Dios. A mí me gustaría que una mañana, cualquiera, en lugar del sol redondo redondo apareciera un sol cuadrado, por ejemplo, o en lugar de un sol colorado apareciera un sol negro. ¿Imaginás un sol negro que generara una luz azul, azul como el color del vestido que usaste la otra tarde que fuimos al café bar 500 noches? Esto nunca será, porque (qué pena), la naturaleza también agota su reservorio imaginativo.
¿Y qué querés que yo haga? Soy elemental, soy simple, soy como una hoja seca a mitad del camino. Por esto, porque soy como soy y no aspiro a ser más, o ser otro, es que cuando te veo miro en tus ojos como un universo, pero no puedo decir más que un sencillo “te quiero”. Quisiera tener la capacidad de un Sabines (el poeta, el poeta), pero Dios me mandó a ser un simple viajero que no viaja, un simple hombre que, desde la orilla, mira cómo el mar juega con los barcos.
En la escuela nos enseñan a ser simples “repetidores”, por esto hay muchos alumnos que repiten año; por esto hay muchos alumnos que, a la pregunta de cuánto es dos más dos, no les queda más que repetir la respuesta que desde siempre se ha dado. ¿Alguien se atreve a cambiar paradigmas y decir cinco o seis? ¡Nadie! Nuestro mundo no está hecho para los hombres que se atreven a pensar de modo diferente. Todo tiene que ser como debe ser y no como quisiéramos que fuera. Disculpá, soy un simple que no encuentra otro modo de decir te quiero, más que con un simple ¡te quiero!

viernes, 24 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SETENTA Y CINCO O CIEN AÚN NO SON VEINTE

Una escalinata con losetas de laja. La lógica indica que uno debe andar con cuidado, para no resbalar. Pero acá nadie resbala. Todo mundo está con el sustento correcto. Si se ve bien existe algo como una mezcla inédita, algo que convoca a la vida y a la reflexión. Todo mundo ve hacia las cámaras, porque es preciso dejar constancia del instante. ¿Cuál es la “gracia” del instante? ¡No, no se precipiten en responder! Vean la fotografía con atención. Tienen todo el tiempo del mundo, porque acá, en apariencia, está concentrado todo el tiempo del mundo. El señor que está al centro, el del traje oscuro, se llama Abelardo y tiene más de cien años de edad. Tiene un traje conmemorativo porque está celebrando setenta y cinco años de matrimonio. Ahí, a su lado, con un vestido color marfil, lo acompaña su esposa, ella tiene menos años (coqueta), se llama Lesvia. Las mujeres que visten modelos floreados y los hombres con el pantalón oscuro son sus hijos. Abelardo y Lesvia tienen varios hijos y un titipuchal de nietos y bisnietos. Cuando alguien intenta hacer un árbol genealógico debe tener presente este asombro: ¡la semilla que se abre y forma un fragmento de universo!
Los muchachos que están al frente no tienen parentesco alguno. Ellos, chavos maravillosos, estaban sentados un poco más a la izquierda. Por lo regular, en esta escalinata de laja, escalinata del parque central de Comitán, los chavos del Cbtis o de otra escuela se reúnen (en este caso, la playera es del cbtis). Ellos estaban ahí, riendo, platicando, viendo cómo la tarde se empeñaba en seducir el cielo. Estos muchachos vieron cómo el conglomerado de festejantes se acercó para “la foto oficial” y dos muchachas se acercaron a tomar la foto. Alguien, quién sabe quién, les dijo que la foto estaba incompleta si ellos no se sentaban al frente. Entonces, ellos, llenos de pétalos de viento, en bola, como marabunta, manifestaron su contento y corrieron a sentarse al frente. Y acá está una foto insólita. Como siempre sucede, ellos, los muchachos bonitos, jamás pensaron que esa tarde verían alzarse un árbol enorme frente a ellos. Un árbol que dio su primer renuevo hace setenta y tantos años. Ellos, los muchachos, pertenecen a otros árboles. Todos (viejos y chavos) forman el árbol más hermoso del mundo: ¡Comitán! Cada rama es importante, porque cada rama puede sostener un columpio o prestar su mano para acunar un nido. Ellos, muchachos alegres, se acercaron al árbol y fueron como nidos o como columpios. Por esto se les ve radiantes. Doña Lesvia ríe, ríe igual que ellos y ellas (ah, qué bonita sonrisa la de los jóvenes, qué hermoso mar tan extendido la sonrisa de la niña de lentes o la de las trencitas o la que sostiene la mano de su pareja. Ah, qué delicia de horizonte la sonrisa de la niña que viste el pantalón negro y el calzado rosa. Qué coqueta). Las niñas más niñas sonríen apenas, están como contenidas. Esto es así, porque las niñas más niñas aún no saben bien a bien lo que significa estar a la sombra de un enorme sabino. El árbol que forman Abelardo y Lesvia es tan alto como la ceiba de La Pila y tan grueso como el Tule de Oaxaca. Las niñas más niñas apenas son una espiga; las muchachas y muchachos preparatorianos ya son árboles llenos de nubes y de esperanzas.
La muchacha bonita del pantalón negro y de la cabellera que se descuelga como lianas oscuras sobre el cielo de su pecho está sentada sobre la cauda del vestido de ella. Su mano la apoya sobre el tul, la apoya como si el tul fuera el cielo y ella una galaxia. Sí, qué bellas ambas: doña Lesvia y la niña bonita del pantalón negro. Entre ambas hay una distancia de muchos años, como ventana entre dos cometas. Los muchachos estudiantes recibieron la bendición de los mayores esa tarde; y los viejos, los mayores, recibieron una bocanada de aire, de vida. Los muchachos siempre son como la lluvia, como el sol, como la luna. Por eso, esta fotografía está llena de luz. Los muchachos corrieron y se pusieron al frente de esta fotografía. Cuando los muchachos se acercan, los viejos reciben algo como un aire de molino de viento. Cuando los muchachos se acercan, los viejos extienden su mano y algo como una arruga acaricia el rostro fresco de los jóvenes. Hace ochenta y tantos años, don Abelardo tuvo la misma sonrisa que tiene el muchacho de la camisa a cuadros. La vida es un instante. Por esto es bueno que los muchachos se acerquen a los mayores y éstos reciban la sonrisa de agua donde navega la niña bonita del pantalón negro. Porque un día ellos, los mayores, ¡no estarán! y los muchachos ya no lo serán, ya serán mayores, ya serán árboles enormes con renuevos. La vida es un instante, apenas un abrir y cerrar de ojos.

miércoles, 22 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LOS TRONCOS CAMINAN

El cielo y las montañas de fondo. Lo único visible del progreso es el asfalto de la carretera, las llantas vulcanizadas de la carreta y, por desgracia, una moto sierra que lleva el “leñador”.
Todo pareciera intocado; todo pareciera estar como en el Primer Día. Pero no, la presencia del hombre modifica su entorno. Hay una mancha de grasa en el camino; hay un cerco con alambre de púa. Sí, hay algo que lastima el tronco del hombre. ¿El mismo hombre?
El paso de los bueyes es lento, el hombre tiene una mano en la cintura, como si todo hubiese sido sencillo. Y parece que así fue. Le bastó tomar su moto sierra (ahí se ve, al lado de los troncos, con ese color naranja que es como flama de infierno); le bastó echarla a “andar”; le bastó colocar la sierra sobre la espina dorsal del árbol (un árbol endeble, como pichito). Le bastó partirlo en dos, tres, cuatro, cinco trozos.
Un buey negro, un buey blanco, un buey con camisa café, constituyen la yunta. Caminan con paso lento, como midiendo las huellas que no son las comunes. Los bueyes, desde siempre acostumbran caminar sobre la tierra; están acostumbrados a arar. El poeta dice que es posible arar en el mar, lo que es imposible es arar sobre el concreto. ¿Qué surco puede hacerse sobre una vía que no admite pausas, cuya vocación es la prisa? Un contrasentido aparece en esta fotografía: la carreta, llena de trozos, viaja de manera lenta en una vía rápida. El hombre (leñador) no puede meter segunda ni tercera velocidades, deja que la inercia del tiempo haga su labor.
Todo es bucólico, menos la marca del talador. ¿Para qué le sirve a este hombre los trozos de madera que lleva? ¿Hará carbón? ¿Los hará pedazos más pequeños para el horno de leña? No sabe, el hombre no sabe el daño que ocasiona, porque se ve que no sólo ramas cortó. Su labor fue truncar el crecimiento de un árbol. ¿De dos árboles? ¿De tres? ¿Cuántos hombres taladores existen en esa región? Si el lector ve con atención mirará que en las montañas del fondo hay zonas que parecen tener vitíligo, son las zonas donde los árboles han sido derrumbados. Por esto, tal vez, a la derecha del tala montes aparece un árbol erguido que se sostiene para decir que el mundo sería mejor con ellos y sin ellos; es decir, con ellos, los árboles, y, sin ellos, los tala montes.
Tal vez el hombre no se da cuenta del daño que causa al mundo. Si en ese instante alguien, con oficio de caza nubes, apareciera con su red y cazara una de las nubes que cruzan este cielo no advertiría el daño causado. ¡Son tantas nubes!, pensaría. Hay gente cabrona que hace daño a propósito; hay otros, pobres, que son ignorantes. ¿Este tala montes sabe el daño que provoca? ¿Es del tipo de gente que dice: “No, no, malos los que en tráileres o camiones de seis toneladas transportan los grandes trozos de madera de cedro, de caoba, de Guanacaste”? Unos u otros van, como hormiguitas, al paso de esta carreta, dejando pelonas las montañas. Algún día todo será como esta carretera donde sólo crece la desolación o el desánimo. Todo, dicen los futuristas, sea por el desarrollo. ¡Qué pena!

lunes, 20 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN POLLITO PLATICA CON UNA NIÑA

El pollito está encerrado. La niña se desplaza con libertad. Por esto, el pollito, en un piso de aserrín, aserrán, los maderos de Comitán, le pregunta cómo se hace para estar libre. Ah, la niña bonita dice que las cosas no son como parecen. Ella pone carita de pollita azul y dice que ahora puede caminar libremente porque su mamá está con ella, su mamá (quien está sentada en una banca) la cuida y ve que no se aleje demasiado. Ah, dice el pollito, qué bonita palabra dijiste. ¿Cuál?, dice la niña. Esa, la de libremente. Ah, dice la niña, ¿te gusta? Sí, dice el pollito. ¡Libremente! ¡Mente libre! Y entonces el pollito dice la frase sobada de que podrán mantener su cuerpo en cautiverio, pero su mente ¡jamás! Ah, dice la niña. Es una bobada, piensa. Es una bobada, porque de nada sirve una mente libre en un cuerpo cautivo; ni un cuerpo libre en una mente cautiva.
¿De veras eres un pollito?, pregunta la niña bonita. Tal vez no, dice el pollito, que ahora ya no parece pollito. Tal vez soy cría de gavilán, dice el animalito; tal vez soy cría de águila. Ah, no, no inventes, dice la niña. No estoy segura de que seas un pollito, pero de lo que sí estoy segura es que no eres cría de águila. ¿Por qué no? No sé, te ves tan débil. Bueno, dice la cría, tú también te ves muy frágil y, sin embargo, conforme crezcas puedes ser tan grande como, no sé, una escritora famosa o una actriz de telenovela. Y entonces, la cría le pregunta a la niña si ella ve telenovelas, porque yo sí, dice la cría. En casa, en las tardes, mi dueña mira las telenovelas y yo las veo con ella. ¿Tú?, pregunta la niña. Sí, claro, no ves que como soy pequeña me mantiene en esta caja, dentro de la sala. Algún día, espero, podré ir al gallinero y correr de manera libre. Bueno, no tan libre, porque he visto a mis tías que no pueden ir más allá de la frontera donde está una cerca con malla metálica.
A mí me sucede lo mismo, dice la niña. No puedo ir más allá del patio, nunca más allá del árbol de jocote. Mi mami no me deja salir a parte alguna. Tú y yo estamos condenadas a no ir más allá de ciertos límites, dice la niña. Sí, dice la cría, estamos jodidas.
En este momento, la niña coloca el brazo sobre el borde de la caja de madera y mira con atención a la cría y le pregunta: ¿cómo sabes que eres niña? No lo sé, responde la cría. ¿Tú cómo sabes que eres niña? Bueno, dice ella, porque tengo nombre de niña. Ah, dice la cría. ¿Tú cómo te llamas?, pregunta ella y la cría dice que no tiene nombre. ¿Me puedes dar un nombre? Sí, sí puedo, pero no sé si deba, no eres mía (o mío). No importa, dice la cría, por favor, ¡bautízame! Está bien, dice la niña, déjame pensar, hmmmm, te llamaré, a ver, a ver, te llamaré ¡Llamarada! ¿Llamarada? Me gusta, pero, ¿no se te hace un nombre muy extraño? ¡Tontita, no importa cómo te llames, lo importante es que ya sabemos que eres una niña! Sí es cierto. Me llamo Llamarada. Sí, me gusta, Llamarada. Gracias, gracias, por bautizarme. ¿Quiere esto decir que eres mi mamá? ¡No, no, cómo puedes pensar eso! ¡Yo soy una niña, no puedo ser madre, y mucho menos de una Llamarada! ¿Y cómo se llamará la mamá de una Llamarada? ¿Se llama-hada?
El pollito está encerrado. Ahora está contento, porque no tiene la certeza de ser un pollo o un águila. Lo único que sabe es que es niña. Por eso está contenta. La niña dice: ya debo irme, ya me llama mi mamá. Ah, qué bonito debe ser tener una mamita, dice Llamarada. Tal vez mi mamá sea Fuego. No lo sé. Lo único que sé es que ahora tengo nombre. Gracias. Oye, oye, ¿cómo te llamas? Pero la niña ya no la escucha, ya corre al lado de su mamá, quien se levanta, se arregla la falda y la toma de la mano. Mami, mami. ¿Qué, hijita? ¿Sabes cómo se llama el pollito? No, ¿cómo? Llamarada. Ay, qué nombre tan raro. ¿Verdad que sí? ¿Y cómo sabes que así se llama? Platiqué con ella. Ah, bueno. ¿Me compras un refresco? No, porque luego no quieres comer. Te prometo que…

sábado, 18 de mayo de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL TIEMPO ES UN PANTALÓN CORTO

Querida Mariana: Marco Antonio me regaló copia de una fotografía de los años setenta. Ahora que escribí años setenta lo hice muy rápido, como si fuese en vagón de un tren, y me dio vértigo. Por ello, ahora me siento y reflexiono en lo que significa hallar una foto de hace más de cuarenta años. ¡Cuarenta años! Vos apenas tenés veinte, así que esta foto fue tomada veinte años antes de que vos nacieras. Como dice un compa mío: “ha corrido agua debajo del puente”. Esta fotografía tiene ¡dos de tus edades! Es una bobera lo que digo, pero lo expreso sólo para tratar de enmarcar el paso del tiempo, aún cuando sé que el tiempo no admite marcos (ni siquiera Marcos Antonios). El tiempo es lineal y progresivo. Por esto, celebré la fotografía. Los tres de la fotografía vivimos actualmente en Comitán y los tres aún celebramos en grande la vida. A veces me topo con Jovita acompañada de su esposo; a veces me topo con Marco Antonio tomando café junto a Javier; a veces me topo conmigo frente a un espejo. Ahora me topé con mi cara de hace cuarenta años. ¡Dios mío!
Marco Antonio me amenazó y me dijo que no subiera esta foto al “face”, lo dijo como si tal cosa fuese la cosa más simple. Pero yo caí en la cuenta que hace cuarenta años nunca imaginamos que Marcos diría eso. Nuestra maestra de Inglés, la Maestra María Antonieta Alonso de González, nos habría explicado que “face” significaba “cara” y nosotros habríamos ido a comprar un “boing” de fresa, en empaque tetrabrik piramidal, que en ese tiempo era la última moda (Pedro siempre fue ingenioso con las palabras y a una compañera que estaba bien dotada de la parte del frente le decía la “tetabrik”).
En la foto estamos Jovita Briones (en el centro), Marco Antonio García Aranda (a la derecha) y yo (a la izquierda). Y parece que es un mero orden de aparición y no una tendencia política. En ese momento, en la ciudad de México, ya había ocurrido la matanza de estudiantes del 68 y estaba por ocurrir la del 71. Es decir, era un momento donde los jóvenes se manifestaban y los gobernantes los reprimían. En Comitán ¡todo fluía sin mayor desasosiego! Nuestros gobernantes pasaban sin vernos y nosotros hacíamos lo mismo con ellos. Los dejábamos hacer y ellos nos dejaban hacer. Tal vez porque no hacíamos mayor arguende. Los jóvenes comitecos de ese tiempo éramos como chinchibules de árbol en árbol. Algunos de prepa ya le entraban al trago y dos o tres de ellos le entraban a la mota, pero de ahí no pasaba. Nosotros ¡ni bebíamos ni fumábamos yerba! Sólo algunos compañeros comenzaban a fumar “de a manojito” o “alas azules” o “delicados”. Cada vez que fumaban, con pose de Cary Grant, terminaban haciendo el ridículo, pues el humo los obligaba a toser como si fuesen ollas de presión mal diseñadas.
Los tres estudiábamos la secundaria, en el Colegio Mariano N. Ruiz. La foto fue tomada en el parque de San Sebastián, que era como nuestro patio de recreo. Ya te conté que sólo dos escuelas en Comitán tuvieron el privilegio de tener a parques públicos como sus patios de recreo: nuestro Colegio y la escuela Preparatoria. Nuestro patio era luminoso, lleno de árboles y de aves. Comprábamos refrescos en la tienda de doña Mariana y “gorditas” (rellenas de carne molida) en la “tienda” de las madres encargadas de velar al Niño Fundador (luego, las gorditas se hicieron famosas con el nombre de “las gordas de Cirito”, porque Cirito ayudaba a prepararlas. Tal vez algo nos dijo que no fuéramos irreverentes, porque siendo así les hubiésemos llamado “las gordas de las madres” y no faltaría el molestoso que dijera que las gordas sabían a madres).El patio de recreo de los de la prepa era el parque central. Ahí tenían más restaurantes y muchos más locales comerciales para divertirse. Ahí, los hombres tenían el agregado del billar de “Nevelandia” (en ese tiempo las muchachas bonitas no entraban a esos lugares de “perdición”). ¿Podés imaginar El Paraíso? Bueno pues esto era lo que vivían los chavos preparatorianos a la hora del recreo. Vos, que estudiaste en el Cbtis tenías que pelarte de clase para ir, con tus compas, al parque central. Los de aquel entonces jugaban ahí, sin necesidad de “volarse” clase alguna. ¡Los chavos de esos tiempos fuimos privilegiados!
Si ves una foto de Los Beatles hallarás que Ringo o Paul tienen mucha semejanza con Marcos. Estábamos a punto de dar el gran salto en la moda. Yo porto el uniforme de nuestro Colegio. Cuando un alumno se inscribía en la dirección del Padre Carlos, éste, de inmediato, nos enviaba con el Maestro Guillermo Villatoro, un sastre de primera, papá de mi amiga Coco Villatoro Pérez. El maestro tenía las telas para el saco y el pantalón sobre una mesa de madera, al lado de escuadras, también de madera, y un chunche blanco que era como un gis. Nos tomaba medidas y nos decía que para tal día estaría listo el uniforme y nosotros llegábamos con nuestra paga el día señalado y ese día estaba listo el traje. Los años setenta todavía eran años de formalidad, de palabra. Los comitecos de bien eran personas honorables, como honorable el maestro Memo. Digo que estábamos a punto de dar el gran salto, porque dos días después que fue tomada esta fotografía, mis compañeras usaron la falda más corta. ¡Ah, los tiempos de la minifalda fueron fantásticos! (fue famoso el chiste medio sangroncito de que a doña Fulvia, quien para ese entonces ya tenía más de ochenta años, le decían “La minifalda” porque “cada vez estaba más cerca del hoyito”). Las modas son inexplicables. Años después, a la minifalda le siguió la “maxifalda” y fue como el Polo Sur de lo que había sido el Polo Norte. Los chavos de tiempos de la Maxi tuvimos que hacer uso de toda la imaginación para imaginar cómo eran los muslos de las mujeres. Fue el tiempo que más revistas de Playboy se vendieron en Comitán. Si no veíamos fotos de encueradas corríamos el riesgo de olvidar cómo era una mujer. Y junto con las minifaldas llegó el tiempo en que los hombres usamos el cabello largo (los peluqueros odiaron esos tiempos). No sé si Marcos usó el cabello largo, pero yo sí lo hice. El otro día vi una foto de mis tiempos de preparatoriano y hacé de cuenta que todos éramos primos hermanos de Tarzán, el hombre mono. Nuestras cabelleras eran largas y debíamos cuidarlas con champús especiales (tal vez fuimos mensajeros de que un día habría metrosexuales). Claro, no faltaba el compa que descuidaba su “melena” y la tenía como de león (con la misma pestilencia de león de circo sin bañarse).
Y Marcos me amenazó con nunca volver a prestarme una fotografía si ésta la subía al face porque, me dijo, “los pantalones los tenemos de brinca charcos”. Claro, ¿qué esperaba? Fue una etapa de crecimiento físico (más que intelectual). El pantalón bien medidito que nos hizo el maestro Guillermo comenzó, dos días después, a quedarnos cortos. Mi mamá decía que yo estaba “estirándome”. No hay pantalón que se estire de igual forma.
He decidido, Marianita de mi corazón, subir la foto al “face”. No por hacer rabiar a Marcos. Lo haré para decir que fue un tiempo en que crecimos y anhelábamos crecer más. Hoy, cuarenta años después (tal vez un poco más) Marcos, Jovita y yo ya llegamos a la edad en que dejamos de crecer. Estamos en la parte más alta de nuestros faros. Ya se terminaron los escalones. Por más que Marcos y yo quisiéramos, los tubos de nuestros pantalones no se achiquitarán. Al contrario. Nuestros pantalones permanecen en el mismo horizonte. Si Dios lo permite, algún día sucederá lo contrario: nosotros nos haremos pequeños y arrastraremos los pantalones. Publico la foto para decirle a Marcos que acá éramos como arbolitos en busca de cielos para extender nuestras ramas y nuestras frondas. Éramos la promesa de renuevos. Hoy ¡ya somos! Ni más ni menos. Alcanzamos la altura que debíamos alcanzar. La bendición de Dios es que estamos juntos y vivimos en Comitán. Los tres tenemos vidas modestas, sosegadas. Parece que vencimos todos los tsunamis y tormentas. Estamos en puerto y podemos decir sin temor: “¡Tierra a la vista!”. Estamos en buena tierra. Por esto, Marianita de todos mis tiempos, estoy a punto de invitar a Jovita y a Marcos a ir al parque de San Sebastián para repetir el instante glorioso. Sí, a punto de decirle a Marcos que no se enoje. Invitarlo a tomarnos una foto con nuestras hormas de hoy. Sé que sólo Jovita se verá bella como acá aparece. Javier a cada rato me dice que me dio el mal del burro: “bonito de niño y fiero de viejo”. ¿Qué le puedo decir a Javier? El tiempo es así, nos barniza de polvo. Acá éramos arbustos. Hoy tenemos la rugosidad de los troncos y todos pueden ver nuestra “costera”. La bendición es seguir jugando y haciéndolo en nuestro pueblo. Si Marcos y Jovita aceptan la invitación hoy todo será diferente, bueno, casi todo. Nos tomaremos la foto con una cámara digital, vestiremos otra ropa, seremos cuarenta y tantos años más viejos (no se enojen, Jovita, Marcos), los carros del fondo serán otros, la pintura de la fachada de la casa ya no será la misma, el piso del parque de San Sebastián será diferente. Tal vez sólo la luz de la mañana tendrá la misma edad del infinito. ¿Nuestra mirada habrá cambiado? ¿Nuestro corazón?
Estábamos a punto de dar el gran salto. Mientras tanto, Marcos y yo, muy formalitos, cada uno con las manos entrelazadas, como diciendo que no quebrábamos ni un plato. Jovita, muy formalita, sonriente, con ojitos de gota de cristal, parece decirnos que todo está bien, que seguiremos viéndonos y que siempre estaremos así.

Posdata: Marianita de todos los árboles, no me gustan los eufemismos. No me cae bien ese término de “tercera edad”. En tal caso, Jovita, Marcos y yo estamos en la “segunda edad” y no lo acepto. Tengo una sola edad, tengo cincuenta y seis años, ni uno más ni uno menos. Me siento bien con mi edad, disfruto lo que debo disfrutar a mi edad, la luz de una vida sosegada. Ya no tengo el impulso de un joven de veinte años, ni tengo el óxido de un viejo de ochenta. Tengo la placidez de un árbol que se sabe refugio para nidos y para que los niños cuelguen sus columpios.
Marcos nunca lo sabrá, pero la foto llegó en el instante preciso. Desde hace “mil años” me prometió esta foto y nunca me la envió, hasta hoy. En los últimos tiempos releí algo de la literatura de “la onda”. Leí “Gazapo”, de Gustavo Sáinz y el principio de “La tumba”, de José Agustín. Asimismo recibí la revista “Dos filos”, que desde Zacatecas, el escritor José de Jesús Sampedro tiene la gentileza de enviarme. En este número, Gerardo de la Torre, escritor oaxaqueño, escribe acerca de Parménides Saldaña (el otro “grueso” de “La onda”). ¿Por qué asomaron estos escritores justo ahora? Porque mientras Jovita, Marcos y yo escuchábamos las brillantísimas cátedras de literatura del padre Carlos y leíamos El Cid Campeador y la Divina Comedia, los lectores jóvenes de México conocían los escritos de los Sáinz, los Agustines y los Saldañas, las desmadrosas novelitas que darían cuenta de los tiempos de los sesenta, en la ciudad de México. Los chavos, por la represión del gobierno y por la esperanza de tiempos más justos, se refugiaban en el alcohol, en la mota y en el amor libre. México estaba a punto de dar el gran salto que prometía mejores horizontes. A final de los tiempos todo fue como saltar al vacío sin red de protección. Por esto, Marcos, por esto, subiré la foto, para decir que nosotros, gracias a Dios, pudimos llegar a la otra orilla y anhelamos que los chavos de estos tiempos sí logren construir el puente que nosotros no alcanzamos a diseñar.
Publico la foto porque sé que ahora otros chavos también están creciendo. Ojalá que sus faros den luz, ¡mucha luz!

viernes, 17 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE TODO ESTÁ DETERMINADO

El fondo es rotundo, es un macizo de bosque. Si el observador ve con atención mirará cómo es una nube de árboles que se mezclan formando un todo. En primer plano, sobre una calle de tierra, se aprecia un perro y un niño. Ambos están en el proceso de levantar el pie y la manita izquierdos para avanzar, porque se ve que los dos avanzan, casi casi al mismo ritmo. Los dos tienen un encargo que realizar, por esto, el perrito, con la cola parada, como debe ser, va con la mirada al frente; el niño, con los brazos a los lados, como debe ser, también mira al frente. Ambos caminan con la vista al frente, como debe ser. Porque, habrá que decirlo, hay veces en que los hombres y los perros se entretienen en otras ventanas y con esto pierden de vista el objetivo. Conozco muchas historias donde los hombres por ver hacia otro lado perdieron su camino y no volvieron a hallarlo (también sé historias de perritos que perdieron su rumbo por andar metiéndose en rumbos de otras perritas).
¿Qué hay en lo rotundo del bosque del fondo? Tal vez no mucho. Tal vez lo de siempre: taladores, culebras, uno que otro venado (ya hay tan pocos); tal vez algo como una leyenda se descuelga de los árboles, tal vez por esto siempre, a la distancia, se ve como se ve acá: en medio de una niebla que impide el paso de la luz de manera franca. En esta calle de piedra, al contrario, la luz juega como si fuese un sencillo hilo de luz. Las buganvilias que sacan sus caras por las ventanas de las casas están llenas de luz, como llena de luz la hoja del fondo, la que se abre como se abren las bocas que chupan el agua de los surtidores.
¿Qué hay en la rotundez de la luz sobre esta calle? Tal vez esta luz está encargada de guiar los pasos del perrito y del niño. Tal vez el niño va por un encargo de la mamá a la tienda, tal vez va a comprar un kilo de azúcar o una pierna de pollo o un refresco de cola de tres litros. Tal vez el perrito lleva un encargo del cielo y no tiene más misión que ayudar a la luz de la vida. Porque si se mira bien, el perrito se mueve sin prisa (el paso del niño es más apresurado, así lo indican sus manos). El perrito no tiene prisa alguna. Camina como si su vocación no fue más que esa: caminar para decir que el mundo no se detiene ni un instante.
Tal vez el observador no alcanza a ver, pero el perrito camina por un sendero marcado, el niño también. Son como caminitos casi inadvertidos. Tal vez el perrito va en la avanzada y le dice al niño por dónde debe caminar. Hay leyendas que cuentan que los perros son los mejores guías en cuestiones de destino. Basta recordar cómo en El Hades el Can Cerbero guiaba a las almas en la oscuridad de la vida y de la muerte. Tal vez el cometido de este perrito sea guiar al niño para que no se desvíe de su camino natural; tal vez sea recordarnos, a quienes estamos de este lado de la fotografía, que el camino es uno, no más de uno y que tratar de recorrer más veredas sólo hace más difícil y complejo nuestro destino. Tal vez el perrito sólo intenta recordarnos que el hilo es uno y que todo lo demás es tarea de arañas y de lianas.
Tal vez por ello, el perrito camina sin mostrar fatiga, casi casi podría decirse que camina contento, por esto, como debe de ser, lleva la cola en alto y, a cada paso que da, la mueve como si fuera el punto de apoyo que tanto solicitó Arquímedes.

miércoles, 15 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE UN FAUNO CONTEMPORÁNEO

La mitología cuenta que el fauno poseía el don de predecir el porvenir; cuenta que moraba en los bosques y seducía a las ninfas; es decir, las muchachas bonitas. Las ninfas eran veneradas en oráculos (tal vez, la nínfula más venerada en los últimos tiempos es Lolita, la de Nabokov). Acá, en esta fotografía, vemos un fauno y una muchacha bonita. Ambos ríen, porque los bosques oscuros ya no existen en los muchachos de estos tiempos, ahora la vida es más sencilla y se descuelga como liana de sol. Ambos disfrutan el instante y él, vidente con pantalón de mezclilla y camiseta color azul, carga a su muchacha bonita, como si jugara al “caballito”, al fauno generoso. Porque todo es un juego. Estos tiempos contemporáneos le han quitado la careta de misterio al bosque profundo. Ahora, los muchachos bonitos juegan y no temen. Ahora, el bosque tiene árboles de piedra que forman arcos y el vacío de los arcos es la sustancia que otorga a los muchachos la visión del porvenir. El futuro de ellos, cuando menos el de esta pareja, es un futuro lleno de cielos sin ramas de espinos. Su porvenir es el mismo que ellos definen en este instante: un árbol con fronda y nubes llenas de sonrisas al estilo del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Porque maravilla es el té para sus ansias, para su sosiego y para su curiosidad. Porque si algo tiene este fauno y esta Lolita es la capacidad del asombro, del juego y de la curiosidad. ¿Qué pareja de viejos haría esto? Ninguna. Los viejos ya no podemos jugar a que somos faunos y ninfas; ya no podemos hacerlo, porque nuestra imaginación está limitada y porque los huesos se quiebran como se quiebran los palillos a la hora de picar el queso o la butifarra. Los viejos somos frágiles. Los jóvenes, ¡al contrario!, están hechos con madera de bosques afrutados, con nubes rosas (rosas, como el color de los tenis de ella), y con aires azules (como azules, los muslos de ella).
No hay ni un solo asomo de confusión, porque están fundidos. Son uno. Esta es la característica de un fauno verdadero: el encuache perfecto. Si el observador ve con atención mirará que el cabello de ella parece fundirse en el rostro de él (¿o es al revés?). Sí, están fundidos, como si fuesen uno solo. ¡Ah, instante magnífico! Mientras todos los demás jugaban a ser uno dentro de su unicidad, ellos (el muchacho fauno y la muchacha Lolita) jugaban a ser uno dentro de dos o dos dentro de uno. Sí, están fundidos. ¡Qué maravilla! Juegan a que él lo conduce, pero que ella le ordena por dónde debe caminar. ¿Es éste el prodigio de las verdaderas parejas?
Él ríe, está contento y ella hace lo mismo, por esto se abraza con emoción y se deja llevar como si fuese una hoja de papel y él fuese un viento suave. Ojalá que siempre fuera así, ojalá que los muchachos bonitos siempre cargaran nubes en su espalda y ellas, las muchachas bonitas, siempre eligieran las mejores montañas para soltar sus cuerpos y espíritus. Él es una montaña (una montaña como las que circundan a Comitán: tenue, leve, apenas alzada del horizonte). Ella es un cielo (un cielo como el que acá se aprecia: rotundo, con nubes con forma de bosques sin niebla). Ellos son una sonrisa en medio del viento, a mitad del instante supremo. Ellos, sin titubeos, signan su destino: un porvenir donde todo es sencillo, donde todo está alejado de formalismos y solemnidades. Me gustan estos faunos y estas ninfas modernos. Se ven tan bien en medio de sus bosques luminosos. ¡Que Dios bendiga por siempre sus caminos!

lunes, 13 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE TODO ES SENCILLO

No hay un solo color que desentone. Todo está como a propósito para que el café de los vestidos de las niñas bonitas ¡resalte! Cuatro de ellas ven directamente a la lente de la cámara, son las niñas que en cuanto vieron al de la cámara dijeron, casi casi a coro: “Una foto, para el periódico”. Bueno, pensó el de la cámara, que su deseo sea concedido. Entonces ellas, como si fuera un ensayo coreográfico, se unieron, se colocaron de costado y sonrieron.
Esa mañana, ellas estaban en el parque central de Comitán porque asistieron al acto que dio inicio a la celebración por el ciento cincuenta aniversario del natalicio de Belisario Domínguez. Ellas, entonces, fueron parte de un instante histórico. Tal vez por esto, el framboyán del fondo y los demás árboles tienen una sonrisa en su fronda.
Esa mañana todo parecía estar dispuesto al festejo. Por eso las niñas bonitas sonríen, sin preocupación. Dos de ellas usan bolsos de un color que combina con el café de sus uniformes; otras dos tienen moños sobre el cabello, como si dijeran que sus cabezas son bosques donde las mariposas de la imaginación pasean satisfechas. Si el espectador ve la fotografía con atención percibirá cómo en la mirada de estas niñas todo es agua clara. Asimismo, sus sonrisas se extienden con la misma placidez con que se extiende la línea de horizonte en el espíritu de los hombres buenos.
En primer plano hay una niña que no posa. Ella observa cómo sus compañeras se pararon frente al de la cámara como si estuviesen en una pasarela o en una alfombra roja. Las cinco niñas están en armonía, como si fuesen la fronda del framboyán, como si supiesen que el tronco que las soporta es un tronco con tradición.
Los hombres que están al fondo ignoran el suceso de la fotografía. Esos del fondo darán su versión del momento, pero será una versión diferente a ésta. Ellos, casi seguro, no hablarán del cielo de esa mañana; tampoco hablarán del aire que pasaba por los huecos de la escultura que está en lo alto de la escalinata; ni hablarán de las niñas que, sin saberlo, bebían esos cielos y ese aire que, juguetón, se regodeaba en los vacíos de la obra de Luis Aguilar, enormísimo escultor comiteco.
Dentro de cincuenta años, una mañana similar, más niños y niñas acudirán a celebrar los doscientos años del nacimiento de Belisario Domínguez. Esa mañana, estas niñas, ya grandes, recordarán este momento. Yo las convoco a que, en ese momento futuro, se coloquen en esta misma posición y hagan eternos todos los instantes. ¿Quién de ellas estará casada? ¿Quién será una gran escritora o fotógrafa o médico o chef? ¿Quién de ellas escribirá la crónica de éste y de aquel instante?
Esa mañana no hubo un solo color que desentonara. Todo estuvo dispuesto para que fuera una mañana celebratoria. El verde, blanco y colorado de nuestra bandera hizo juego con el uniforme de la Banda del Ejército Mexicano y con el naranja del framboyán. El café de las tejas sólo era un tono más discreto para resaltar el café del uniforme de estas niñas bonitas que, jugando, jugando, posaron para hacer eterno el instante en que Comitán celebró con orgullo y mucho respeto los ciento cincuenta años de Belisario Domínguez. Estas niñas, junto con sus compañeros y maestros, acudieron a ser testigos del acto y ya se volvieron protagonistas inmortales del mismo. ¡Qué coquetas, ellas! ¡Qué alegres, qué llenas de vida!

sábado, 11 de mayo de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS DEFECTOS SON COMO UN ÁRBOL

Querida Mariana: mi tía Eulogia siempre dijo que su esposo era el hombre con más defectos del mundo. A mí siempre me sorprendió tal afirmación. El tío era apocado (un defecto), pero no pasaba de ahí. No tenía vicio alguno, era chambeador a morir, ahorrativo, amoroso y responsable con sus hijos, generoso con sus semejantes y no se le conoció algún amorío. Casi casi puedo asegurar que, haciendo a un lado el apocamiento, no tenía defecto alguno.
Hay cosas en el mundo que me sorprenden en su rotundez, sentencias que parecieran cerrar todas las puertas del discernimiento. El tío Pedro siempre asegura que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. ¡Adió! Esto es una exageración, sacada quién sabe de dónde. ¿Cómo lo puede asegurar? ¿No hubo otro oficio antes? De igual manera creo que la afirmación de la tía era un exceso. El tío era un alma de Dios. Incluso, mi afirmación en el sentido que ser apocado es un defecto también es exageradita. El tío siempre usaba colores oscuros en su vestimenta, llevaba las manos en las bolsas del pantalón y caminaba con parsimonia. Antes de ir a su peluquería pasaba a la casa a tomar una taza de café. Entraba y, sin decir algo, tomaba el pocillo con ambas manos y disfrutaba el café caliente. Lo más que se atrevía a decir era un “¡ah!”, cada vez que tomaba un sorbo del café calientito. Dejaba la taza vacía sobre la mesa y salía de casa, sin despedirse, como metido en sus pensamientos, que nadie sabía cuáles eran. El tío fue de esas personas que son ignoradas a la hora que entran a un restaurante y deben pasar varios minutos hasta que un mesero, con pocas ganas, les tiende la carta. No obstante, hoy puedo decir que tenía una luz especial. Nunca lo vi en un estadio de futbol o en una cantina. Siempre estaba atendiendo las dos pasiones que lo mantenían vivo: su trabajo de peluquero y la colección de sellos postales. Cuando lo conocí ya tenía problemas de visión, así que para su segunda pasión usaba una lupa tan grande como un plato y tan pesada como la caricia de un hipopótamo. Si algún record del mundo podría haber alcanzado no sería el que pregonaba la tía, del hombre con más defectos, sino el de “el peluquero más callado del mundo”. ¿En dónde se ha visto un peluquero casi mudo?
Conmigo sólo habló una vez. Porque un rasgo de su apocamiento era su incapacidad de comunicación, por esto nunca se le vio con amigos. Vos sabés que uno de mis defectos (sic) es la poca memoria que poseo, así que lo único que recuerdo de aquella conversación fue que él me señaló el asiento al lado suyo (él miraba unos sellos postales japoneses) y luego dijo: “todo pasa”. Eso fue todo. Esto es todo lo que recuerdo y no recuerdo que haya dicho algo más. Sí, recuerdo, en cambio que me pasé varios minutos a su lado, tal vez quince o veinte, y no habló más. Esas dos palabras las grabé de tal modo que la tarde de su entierro, a la hora que me despedí de la tía, quien lloraba como llave de agua sin agua, la abracé y le dije: “todo pasa”. Desde entonces, a cada rato invoco la memoria de mi tío pues ante cualquier suceso digo “todo pasa”. Y por esto digo que, tal vez, el apocamiento de mi tío no era un defecto, al contrario, ahora lo veo como rasgo supremo de virtud. Los locuaces y llenos de vida ¡hablan mucho! (tal vez esto sea más defecto). Al tío “apocado” le bastaron dos palabras para hacerme su legado permanente. En cambio, he tenido tíos hablantines de los que ya no recuerdo ni cómo se llamaban.
La Paty siempre me dice: “No te fijas en la colota tan grande que te pisas”, un poco para decirme que estoy lleno de defectos. Bueno, quien esté libre de defectos que tire la primera virtud.
Ahora que escribo, ahora que son las cinco con dos minutos, de la mañana; ahora que sólo la música de Barry White me acompaña, creo que los defectos también son grandes virtudes y viceversa. Por ejemplo, se dice que los comitecos somos bien chismosos y bromistas, esto, algunos, lo consideran como los grandes defectos de nuestro pueblo. Bueno, digo yo, ¿qué pueblo no es chismoso? ¿Qué pueblo no es bromista? ¿No pueden ser nuestras grandes virtudes? ¿De dónde (pregunto) las historias de Rosario Castellanos, de Omar Ruiz y de Óscar Bonifaz? ¿No algo viene de esos defectos virtuosos de nuestro pueblo? Todo lo que aparece en las novelas y cuentos es un poco rama de ese árbol que se llama chisme y broma. Si sigo parafraseando puedo decir: que tire el primer silencio solemne el que esté libre de chismes y bromas (creo que el tío sería el único libre de estas piedras. Nunca lo vi reír). Todos, en mayor o menor medida, andamos metidos en el ajo y nos encanta regodearnos en él. Sinónimo de chisme es el rumor o la murmuración y, para bien o para mal, nuestro barco diario se mueve en las aguas del rumor, que, involuntariamente, da paso a la broma. A mí (lo juro) me ha tocado ver cómo morían tres personas que seguían vivas. Una mañana fui a la tienda de estambres que mi mamá tenía en el Pasaje Morales y oí que una señora decía: “¿Saben que murió don fulano de tal”?, mi mamá y otras dos señoras pusieron cara de ventana sin cristales. Dos segundos después, antes de que llegaran las demás preguntas, don fulano de tal pasó, bien orondo, caminando por el pasaje. A mi mamá y demás acompañantes no les quedó más que echar la carcajada como gorgoteo de guajolote. Las otras dos ocasiones han sucedido a través del teléfono. Una tarde el teléfono de casa sonó, mi Paty contestó. La voz del otro lado dijo: “Fulanito se murió”. Paty me dio la infausta noticia y procedió a marcar el número de otro amigo para ver en dónde iba a ser el velorio. ¿Cuál velorio?, dijo el otro. ¡Mentira! El fulano sigue vivito y coleando. Paty, entonces, dio gracias a Dios. ¿De dónde sale el rumor? ¿De dónde el infundio? ¡Adió!, no me preguntés, yo ¡qué voy a saber! Ya luego, en las fiestas, cuando se recuerda el hecho, el “muertito”, junto con los demás, se “mata” de la risa.
La literatura, que es el espejo más bello de la vida, está plagada de historias donde el rumor y la broma encuentran sus territorios naturales. De esto estamos hechos los hombres y mujeres: ¡de defectos y virtudes!
Siempre he estado a punto de preguntarle a mi tía Eulogia si ella leyó, en algún momento de su vida, el cuento de Gabriel García Márquez que se llama: “El hombre con más defectos del mundo”. El cuento cuenta la historia de un hombre que vivía en un pueblo pequeño, con calles polvosas, llenas de framboyanes, y que tenía tantos defectos (el hombre, no el pueblo) que fue de casa en casa solicitando firmas para ser propuesto como el hombre más “defectuoso” del mundo. El director de la escuela primaria le explicó que el término no era correcto, pero el hombre insistía en decir que si tenía todos los defectos a que pudiera “aspirar” un hombre era ¡un hombre defectuoso! El hombre, que se llamaba Leónidas del Puente y de la Torre, se enorgullecía de todos y cada uno de sus defectos. Era mentiroso, ladrón, embustero, lujurioso, sátrapa, desleal, enojón, perezoso, comía con las manos todas sucias y no cerraba la boca a la hora de masticar, era como un cerdo. Si a esto agregamos que era tan gordo como un hipopótamo, veremos que, en efecto, se había esmerado en poseer todos los vicios y defectos existentes. Cuando terminó de hacer acopio de todas las firmas, la dueña de la tienda de la esquina le dijo que sólo le faltaba una firma, la de don Eurípides, que era el viejo ermitaño que vivía en una cueva, en lo alto de la montaña. ¡Cómo!, dijo el defectuoso, si don Eurípides no sabe leer ni escribir. La mujer le dijo que no importaba, bien podía colocar su huella digital y le prestó un cojín entintado. El defectuoso caminó con rumbo a la cueva y dos o tres metros antes de la entrada, se puso las manos como bocina y dijo: “¿Hay alguien en casa?”. Un viejo con el cabello blanco, que le llegaba hasta mitad de la espalda, se asomó y dijo: “Yo soy alguien. ¿Qué quieres?”. El hombre se acercó y dijo que se llamaba El Defectuoso y explicó su cometido. El viejo rió, se puso las manos en el estómago, en intento de calmar el ataque de risa. “¡Ja! Qué estúpido. ¿Tú dices ser el hombre con más defectos en el mundo?”, entonces dejó de reír y puso una cara como de corteza de árbol. “¡Qué estúpido! Estás frente al hombre que tiene el primer lugar mundial. Ven, ven, estúpido, te demostraré que soy tu padre, ven, ven”, y lo cogió de la camisa y lo llevó hasta la punta del cerro. “Mira. ¿Qué ves?” El defectuoso vio el valle y dijo: “veo el valle”. “Sí”, dijo el viejo y le pasó el brazo sobre el hombro. “Es el valle sin nombre”. ¿Así se llama? “Así se llamaba, a partir del día de hoy se llama El Valle del Defectuoso” y movió su brazo, como si fuese un émbolo, y empujó al hombre que, como piedra, rodó y rodó hasta el fondo. Los huesos del defectuoso quedaron como popote masticado, por niño de ocho años. “¿Ves? -dijo el viejo como si le hablara al montón de huesos fragmentados- soy tu padre, tengo más defectos que tú”, y regresó a su cueva.

Posdata: el cuento de Gabriel García Márquez explica, al final, que, en efecto, el viejo ermitaño vivía en lo alto de la montaña porque asesinó a su esposa y dos hijos años antes. Parece que al defectuoso le faltaba ese defecto.
No creo en la rotundez de las sentencias, del mismo modo que no creo que exista un hombre que reúna todos los defectos del mundo o tampoco un hombre que aglutine todas las virtudes. Ambos hombres (o mujeres) serían seres malévolos. ¡Sí, ambos! Sería una piedra filosa toparse con un hombre ciento por ciento virtuoso (¡Dios mío, sería tanto como toparse con un ángel intocado en la tierra, y esto, querida mía, niña de mi corazón, es imposible! Los ángeles también deben tener alguna mancha para que sean creíbles en sus propios cielos).
Ahora que he recordado al tío sí puedo ver que su defecto no era el apocamiento, sino su exagerada propensión al silencio. No es bueno que el hombre sea tan callado. Una virtud teologal es no exagerar y él exageraba, por eso, ahora digo, que eso era como un defecto. Un defecto enorme, enormísimo. El otro día hablé con uno de sus hijos y cuando le pregunté qué recordaba de su padre, él, tomando un trago de ron, haciendo una cara a la hora que el licor raspaba su garganta, dijo que no recordaba nada de él. ¿Qué -agregó- podría recordar de un hombre que salía y llegaba a la casa sin decir algo? Mi viejo -dijo y vi los ojos de mi primo llenarse de agua- era como un canario sin voz, siempre estuvo como encerrado en una jaula, como si la vida fuese cruel con él, como si, ¡chingados!, tuviera atravesado un muro en su garganta. ¿Cómo, cabrón, quieres que yo tenga un recuerdo de él? ¿A poco uno se acuerda de los pozos sin agua?
Marianita de mi corazón, quise decirle a mi primo Elías que yo sí recordaba algo de su papá; quise decirle que a mí, sobrino en segundo grado, me había hecho un legado; que a mí, me había dejado algo como una piedrita de luz; que me había injertado dos palabras. Sólo dos. Pero no lo hice, Marianita de aire, porque pensé que se pondría celoso y entonces la veneración a su padre sería como un murete de viento, como un hato de cabellos sin luz. ¿Ser callado es una virtud o un defecto?
Igual que mi tío, confieso -lo sabés- soy apocado. ¿Esto es un defecto? ¿Puedo convertirlo en una virtud? Te quiero, no lo olvidés jamás, te quiero. Son las dos palabras que injerto en tu corazón. ¡Te quiero!

viernes, 10 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UNA NIÑA BONITA LEE

La niña calza tenis (con puntos, como si fuesen estrellitas y ella calzara el cielo, ¡el cielo!). La niña lleva una mochila (que ahora dejó en el suelo. La mochila también tiene puntos y el azul es más azul que el de sus zapatos; así, es más universo la mochila que los tenis. Por esto, la niña bonita se ve tranquila, porque cuando se coloca la mochila sobre la espalda es como si cargara un universo liviano, lleno de galaxias). La niña lee, con las piernas cruzadas, concentrada, ¡lee! Por esto digo que siempre tiene cerca el cielo y el universo. A veces, como en esta ocasión, lo tiene entre las manos y lo lleva a su corazón.
Al lado del sillón aparece un mueble de madera (con el barniz ya un poco deslavado). ¿Para qué sirve este mueble? Si se ve bien tiene un florero invisible, con flores, también invisibles. Se sabe que cuando las niñas bonitas leen entran a universos alternos donde todo es posible. Detrás de ella, la niña lectora, aparece un muro de piedras y un balcón, hermosísimo, con los postigos abiertos. La niña lectora, de igual forma, es un balcón con las ventanas abiertas. Por esto, se ve, su cabello, negro, hermosísimo, es, de igual manera, un muro de agua. ¿Agua negra? Sí, se sabe que en la tierra el agua negra es como una mancha, pero, en los universos alternos, el agua negra es la plena manifestación de vida. ¡Ah, es tan hermoso pararse en la playa, frente al mar y ver cómo las olas de los mares negros se avientan como recuas de corceles azabaches! ¡Ah, es tan bello ver cómo, en las noches de luna llena, el mar negro se convierte en un mar rojo por el reflejo!
La niña salió de la escuela, caminó por las calles, llegó al parque central y, de pronto, ¡oh, prodigio!, halló que en un corredor había un librero y un sillón, especial para ella. Se acercó al librero, tomó el libro y se sentó y realizó el acto más sublime del universo: ¡la lectura! Por esto, si el espectador ve con atención mirará que la niña parece estar en otra dimensión. Nunca vio al fotógrafo, tampoco vio a los caminantes; nunca escuchó el ruido de los carros, ni el barullo de la calle. Ella está concentrada en un punto distante del universo. ¿Qué leía? ¿Con qué historia estaba empapando su corazón?
Si todas las ciudades estuviesen tapizadas con estas salas de lectura al aire libre, otro aire nos cobijara. La niña bonita, cuando salió de su casa, no imaginó que se iba a topar con este prodigio. Ella, muy temprano, tomó un licuado de plátano, comió un trozo de pan, se lavó los dientes, le dio un beso a su mamá y abrió la puerta para salir a la calle. Tomó un colectivo y llegó a su escuela, donde platicó con sus compañeros, en el pasillo al lado de su salón. Entró a clases y cuando salió (sin saber lo que le esperaba) llegó al parque central. Ahí se topó con este corredor y el libro lo sedujo, extendió la mano y tomó el libro. Fue como si, a media banqueta, se topara con un amigo y se pusiera a platicar con él. Por esto, ella se ve tranquila, conversa. Mientras a su alrededor sucede el mundo, ella ¡construye otro mundo! El mundo de afuera, el de siempre, es simple, ¡no tiene más! El que ella tiene en las manos siempre tiene otras posibilidades. El libro, en sus manos, es como ese balcón, hermosísimo, de puertas abiertas. El libro orea el aire, le da más fuerza, lo ayuda a jugar. Ella, la niña bonita, juega, por esto se ve tranquila.
Ella viste toda de azul, azul la camisa de pana, azul el pantalón, azul su corazón. Dicen los que saben que el azul es el color que domina en éste y en los demás universos. Azul el deseo, azul la pasión, azul el viaje.
Las cintas de la mochila son como culebras. Reptan por el suelo rojo, como buscando la linealidad de los caminitos grises. Por definición, las culebritas no pueden adoptar la linealidad. ¡No son varas! Ella, la niña bonita, también busca la linealidad. Por esto ha dejado el celular por un rato. ¿Ven el celular? Está sobre el sillón, al lado de sus muslos. El acto fue sencillo, ella colocó el celular ahí y tomó el libro. Fue como si dijese: dejo lo cotidiano y me sumerjo en un mundo con menos deslumbres tecnológicos pero más intenso. La niña lee. Lo hace en el corredor de la Casa de la Cultura de Comitán. ¡Ah, qué prodigio! Cuando las salas de lectura están al aire libre, ocurren prodigios. Prodigios de una intensidad que es difícil predecir hasta dónde pueden llegar.

miércoles, 8 de mayo de 2013




LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EXISTE UN ATRAPAMIENTO

Hubo un tiempo que el alma pudo moverse en libertad. A pesar de que era un alma en pena vagaba por todos los callejones. Algo sucedió y quedó presa. ¿Ya vieron el alma en pena que acá se muestra? Observen las líneas, con atención. Estas líneas están sobre una banqueta de cemento, en la ciudad de Comitán. El albañil hizo la mezcla; al cemento y a la arena le agregó piedritas de río (¿si las ven?). Están en los caminitos, en la flor de las líneas. Pero ahí, en medio de los caminos ¡está un alma en pena, detenida para siempre!
Me produce cierta “pena” ver el alma en pena ¡detenida! Ella lo sabe, ella sufre. Sus manitas las tiene en su regazo, en forma de nudo. Sus ojos y su boca se abren como si fuesen pozos profundos, como si quisieran beber algo de libertad. Pero no es posible. ¿Quién sabe cómo ocurrió este atrapamiento? El término atrapamiento lo emplea un amigo médico, lo usa cuando hay un nervio atrapado. Este atrapamiento causa dolor y puede provocar una parálisis. El alma que acá está atrapada tiene dolor y acusa parálisis.
¿Quién sabe cómo quedó atrapada en el cemento de esta banqueta? Tal vez se confundió con el absurdo cambio de horario. Tal vez, a la hora que debía estar oculto detrás de una tumba continuó vagando por la calle y el albañil, a la hora que echó el cemento, con ayuda de la cuchara, lo atrapó para siempre. El alma quiso volar, pero ya no pudo. Por eso su rostro muestra el terror del encierro. ¿Qué penas estará purgando?
Por lo regular, el alma pena porque dejó un pendiente en la vida, uno o varios. Por esto, los que tienen insomnio escuchan ruidos en los cuartos cerrados o en los callejones oscuros. Esos ruidos provienen de los pasos “silenciosos” de un alma en pena. El alma no encuentra sosiego hasta que alguien se apiada de él y reza tres padres nuestros, a mitad del patio, justo cuando son las doce de la noche. El piadoso debe prender, asimismo, tres velas: las dos grandes quedan en los extremos y la pequeña en medio. Cuando la vela de en medio se consume por completo, las otras dos deben seguir alumbrando el camino por donde el alma encontrará el camino del descanso eterno. Pero, ¡Dios mío!, esta alma banquetera, fraguada en el cemento, ¿cómo podrá hallar el sosiego? Miles de pies lo han pisado, refregado más contra el suelo. Esta es una de las penitencias que tiene que cumplir. Pero, de acuerdo con lo que se ve, está condenado a pagar sus culpas por toda la eternidad. Ahí se quedará hasta el fin de los siglos.
Ethel me preguntó: “¿No es posible que le ayudes?”. Dije que no sabía cómo. “¿Por qué no agarras una barreta y abres un hueco en el cemento?”. No, no creo que esto sea la solución. Podría dañar parte de su cuerpo (perdón, de su etérea forma) y entonces, tal vez, ello complicaría la situación. ¿Qué sucede cuando un alma queda fragmentada? Pienso, a veces pienso, que las grietas existentes se deben a almas que están, como trozos de carne en carnicería, desmembradas en el infinito.
Ahora, cada vez que paso por esa banqueta, rezo un padre nuestro por el alma encerrada. Veo cómo me ve con esos ojos de agujeros negros; escucho su lamento. Me detengo y espero que dejen de pasar los carros y pego mi oído a la banqueta para tratar de oír qué es lo que pide. Tal vez ahí está el secreto, tal vez él posee el conjuro para lograr que su celda se abra. ¿Qué tal que, como pajarito, basta que se le ponga alpiste? ¿Qué tal que, como presidiario, basta un vaso de agua y un pedazo de pan? ¿Le ayudará el ritual de las tres velas prendidas?
A veces, a la hora que me acuesto, la figura de la banqueta se asoma en mi memoria. “¿Qué?”, pregunto en voz alta. Paty me ve y pregunta si me pasa algo. “No, nada”, digo. Pero ella sabe que sí pasa algo. “¿Es lo del alma, verdad?”, pregunta y yo cierro los ojos. Soy tan frágil que, cuando me siento atrapado, cierro los ojos y dejo que Dios actúe. Tal vez ese es designio de Dios y yo debo acatar el encierro del alma que ni mi pariente fue. Aunque, ¿quién puede asegurar que no fue algo mío y que por esto Dios lo puso en mi camino?

lunes, 6 de mayo de 2013



Con un abrazo para Guillermo del Castillo,
por su cumpleaños del pasado 4.

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE TODO ES PARTE DE UN MURAL

“Zapata vive”. Sí, el mural así lo confirma. No sólo Zapata, también Villa, también Madero, Pino Suárez y, por supuesto, Belisario Domínguez (quien anda chento por cumplir ciento cincuenta años de nacimiento). Tal vez por esto, en el centro de la fotografía aparece una botella con agua; tal vez por esto, en el primer plano está una muchacha bonita (árbol de vida).
Todo pareciera un juego de espejos, porque si el lector ve con atención, mira que Zapata observa a la muchacha de la cámara. Tal vez se sorprende por el chunche moderno que ella tiene entre manos. ¡Ah (debe pensar) qué diferencia con los chunches de mis tiempos! Debe pensar: “debíamos posar sin movernos y esperar días y días hasta que la fotografía se revelaba”. ¿Revelar? ¿Rebelar? Sí, instantes de rebelión son los que acá están consignados. Villa, Zapata, Belisario, Madero, Pino Suárez y demás ¡fueron unos rebeldes con causa! Todos, sin excepción, pensaron en el otro, antes que en sí mismos. Tal vez por esto aparecen en el mural. Un mural donde, de fondo, al lado de la palabra de Belisario, vuela un águila, como símbolo de libertad. Por esto, el muralista pintó a Belisario ¡desnudo! Porque la palabra vuela como el águila y es transparente como un hombre sin vestidos.
Hay diferentes modos de ser rebelde. Zapata sostiene en la mano izquierda un rifle y una espada en la mano derecha. Belisario sostiene en la mano izquierda un pergamino, sostiene ¡la palabra! La muchacha del Siglo XXI sostiene una cámara digital. Es su arma. Con la fotografía puede, igual que los otros, atreverse a marcar los instantes de rebelión.
Si vemos las miradas de los hombres del mural advertimos que la de Zapata es la más profunda, la más inquisidora. No es casualidad, entonces, que la muchacha bonita esté parada frente a esa mirada (¿o debo decir lo contrario? ¿Decir que Zapata “se puso” frente a la muchacha para observarla con detenimiento?). Tampoco es casualidad que ella, en este Siglo donde se alardea tanto de la “equidad de género”, complete el mural con la presencia femenina. Sí, se sabe, las mujeres lo dicen a cada rato, la Historia, también, es machista. ¿En dónde quedaron las mujeres que, igual que los hombres, se rebelaron ante las injusticias? (¿Permanecen en el cuarto de revelado, en el cuarto oscuro?).
Ella, la muchacha bonita, parece haberse contagiado de la misma mirada de Zapata. Su mirada tiene la misma intensidad, es como si el horizonte no fuese más que un canto de tierra y libertad. Pero ¡no! Miento. La mirada de ella también está llena de cielos. Porque, ahora lo sabemos, no sólo de tierra vive el hombre. Es necesario que los jóvenes de este siglo vean más allá de donde vio Zapata. Porque los sueños son territorio del cielo. Los chavos de estos tiempos también deben ver hacia donde los hombres del siglo XIX y del siglo XX no vieron. Por esto, es bueno que ella, en lugar de un fusil o de una espada, enarbole una cámara fotográfica, instrumento para revelar la rebeldía.
Zapata la ve, ella ¿a quién ve? ¿Se prepara para subir la cámara y tomar una fotografía o, al contrario, ya bajó la cámara y comprueba que su objetivo era el que consiguió? Ella tiene los labios cerrados, no porque tema decir su palabra. ¡No! Parece que ella habla por su mirada, por eso tiene la misma intensidad de la de Zapata.
Un instante después ella dejó el espacio. Dejó a los rebeldes en su espacio. Por eso era necesario que el otro, el de la cámara de enfrente, consignara el instante. El instante en donde la muchacha bonita completó el mural. Ahora esta escena ya quedó para siempre. Ahora sirve para la reflexión. Para que las demás (las muchachas bonitas de este Siglo) reflexionen y piensen que, en los próximos murales, una palabra volará los “cielos” de la tierra y de la libertad.
¿Y la botella de agua? ¿Quién la dejó ahí? ¿Por qué? ¿Acaso era Día de Muertos y la dejaron por si ellos, Zapata, Belisario y los demás, regresaban del más allá? ¿Acaso ella, entonces, la muchacha bonita, es el camino de luz? Tal vez los campesinos y luchadores sociales tengan razón y Zapata esté vivo. No al estilo de Pedro Infante que, dicen, vive en el corazón de todos los mexicanos; sino en la sustancia de otros cielos.

domingo, 5 de mayo de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO CORTÁZAR LLEGÓ UN DÍA A COMITÁN

Querida Mariana: ¿quién es tu escritor favorito? A veces, cuando salgo a la calle, hago esta pregunta. Algunos responden, otros me quedan viendo como si fuese un bicho raro. Cuando sucede esto último pido perdón y corrijo: “perdón -digo- ¿cuál es tu equipo favorito?”, y entonces veo cómo se relajan y dicen Pumas o Chivas o Águilas o Xolos. Sí, así es el fútbol mexicano y así es la afición. A veces no falta la niña snob quien, con cara de niña hija de funcionario de Profeco a nivel federal, dice que su equipo son los “Raiders” y muerde sus uñas como lo hacen las niñas de Polanco. A veces no falta el muchacho de mundo que dice: “El Barsa” o el “Gatasaray”, aunque bien a bien no sepa de qué país es este último equipo.
En este ejercicio descubro que son infinitas las posibles respuestas a la primera pregunta; por el contrario, las respuestas a la segunda pregunta son limitadas. No hay más sopa en qué ahogarse: o le vas al Cruz Azul o (¡Dios mío, qué pena!) le vas a los Jaguares de Chiapas. De igual forma (disculpá que lo diga) las posibilidades de caminar por caminos novedosos son más amplias en el terreno del libro que en el terreno del balón. El fútbol poco ha variado desde su invención. ¿Los caminos de la literatura? Parece que son un poco más insólitos y sorprendentes.
Aunque debo reconocer que hay más pedantes entre los que son lectores que entre quienes son aficionados al fútbol. En los aficionados a la pelota hay más pasión. ¡A cada rato leo notas donde los fans del Puma se desgajaron la mandarina con los fans del Águila! Nunca, lo juro, he visto a un lector que se pelee con otro por algún escritor favorito (sería noticia de primera plana ver que un lector fan de Cortázar golpeara a un lector fan de Eraclio Zepeda). En literatura cada quien tiene a sus autores favoritos y es tolerante con el gusto de los demás. En el fútbol ¡la tolerancia queda noqueada por la pasión! Pero los aficionados al fútbol no son pedantes, bueno, no tanto como algunos lectores mamilas.
En Comitán conozco a un gran lector que es ¡un pedante! (¡Nombre, nombre, nombre!, dice mi conciencia jodona, a la cual le encanta amarrar navajas). Dicen los sabios que toda regla tiene su excepción, él es la excepción a la regla que dice que la lectura hace más sabios a los hombres y mujeres. La sabiduría tiene aparejada la humildad y este compa es soberbio. Pareciera que la lectura sólo le ha servido para lograr su objetivo: creerse un Dios, caminar como un Dios. Cuando miro cómo se comporta es cuando descreo de los beneficios de la lectura y quisiera ser fanático del fútbol e irle al Morelia o, ya de perdida, al Santos. Los fanáticos del fútbol tienen una vida más sencilla: esperan con ansia el domingo (día de partido), compran cuatro caguamas, una charola de botanas y se arrellanan en un sillón. Toda su emoción se desborda a la hora en que alguien como Negrete se tiende en el aire y, de chilena, mete el balón donde “las arañas tejen su red”. Se levantan, elevan los brazos y gritan ¡gol, gol, gol, gol! (algunos corren por todo el patio, se hincan, dan gracias a Dios). Es más simple la vida de un fan del fútbol. Y es más simple porque el fanatismo futbolero exige la compañía, al contrario del fanático de la lectura que es, por definición, solitario. No hay imagen más triste que ver a un compa fanático del fútbol sentado solo frente al televisor. ¡Como que le falta un complemento vital, se ve como una bolsa de “papas sin cátsup”! El estadio exige la multitud. ¡Ah, es tan bonito ver un estadio lleno de aficionados! ¡Es maravilloso escuchar a cientos o miles de aficionados corear un gol! Ese grito es como una grieta luminosa. De igual manera es maravilloso ver a un lector solitario inserto en el mundo fantástico de la lectura. Ese encuache es como un hilo de aire renovado. El lector no necesita más que un libro.
Hubo un tiempo en que me gustó ir al fútbol, bueno, ¡dos tiempos! Uno fue cuando tenía catorce o quince años y el otro cuando estudiaba en la ciudad de México. Ahora casi no veo fútbol. Mis tiempos de lector han sido permanentes, desde que tenía catorce o quince años hasta la fecha. ¡Sí, lo confieso, soy un adicto a la lectura! Y en mi caso la lectura es una bendición progresiva, incurable e inmortal. En Comitán, de joven, caminaba hasta el estadio “Dr. Roberto Ortiz Solís”, pagaba mi entrada y, en medio del polvo, llegaba hasta la gradería. Ahí compraba una bolsa de papas fritas y esperaba, solo, que el encuentro iniciara (solo, pero al lado de decenas de aficionados, un poco como si dijera “juntos pero no revueltos”, y no por pedantería sino porque, lo sabés, niña puma, soy tímido y me resulta muy difícil acercarme a la gente). En esos tiempos los equipos más famosos de Comitán eran “El Internacional” (que patrocinaba el dueño del Hotel Internacional) y el “Maderas de Comitán”, junto con “Los electricistas”. El maderas estaba integrado por compas que trabajaban en “el aserradero” y el de Los electricistas conformado por compas que laboraban en la Compañía de Luz. ¿Mirás? Todo era más sencillo. Era tan sencillo que teníamos equipos con nombres sencillos, cercanos (el otro día miré un partido de fútbol en el campo de una ranchería y uno de los equipos se llamaba “Barcelona”, pucha, dije, ¡ya nos pegó de lleno la globalización!).
La primera vez que entré al Estadio Azteca quedé estupefacto, como cuando conocí el mar. Ese día jugaban Las chivas contra el América. ¡Un clásico! El estadio estaba lleno de banderas, de gritos, de cervezas, de brazos que se levantaban, de un murmullo que era como de un mar a mitad de una tormenta. Sí, el mar verdadero de Veracruz era muy cercano a este mar deslumbrante de fanáticos. Éstos se movían de un lado a otro y estaban en espera de la salida de los jugadores. Cuando los equipos salieron a la cancha todo fue como una explosión de emociones contenidas. ¡Dios mío, estaba en el templo supremo! Enrique levantó el brazo y pidió tres vasos de cerveza, vi cómo el hombre, con un destapador, abrió la cerveza y, con gran pericia, soltó el líquido en vasos encerados. Esta maravilla del estadio no tenía nada que ver con los aficionados que se sientan frente a un televisor, acá estaba la vida en pleno. Yo quería que ganaran Las chivas, Miguel y Enrique ¡le iban al América! Todo era contagioso. Ahí cada uno perdía su unicidad y se integraba a una masa informe pero deslumbrante. ¿Has visto cómo, a la hora que todos los que están en un templo rezan el padre nuestro, parecen un coro monumental? Lo mismo sentí cuando el primer gol cayó. Más de la mitad del Estadio Azteca se paró, levantó los brazos y gritó ¡gol! Algunos que estaban cerca de nosotros se abrazaron, vi en sus caras un deslumbre inédito, como si el doctor saliera y les dijera ¡fue niño! ¿Qué magia tiene el fútbol que propicia tal emoción? ¡Ni me preguntés! ¡No sé! ¡No lo entiendo! Yo estoy acostumbrado al sosiego que da la lectura. Los lectores no estallan con la misma intensidad con que sí lo hacen los cohetes futboleros. Los lectores sonríen, ríen, cierran los ojos y lloran, lloran mucho, pero lo hacen sin deslumbres, sin el resplandor de la campana de la basura o del fuego de artificio. Las emociones de los lectores se sueltan con la misma suavidad con que el marino suelta el amarre para que su barco se encamine a mar abierto.
A veces salgo a la calle y pregunto: ¿quién es tu escritor favorito? Una vez (creo que fue en el parque de San Sebastián) un muchacho, de pantalón de mezclilla y con el cabello largo, dijo ¡Galeano!, y antes de que otra cosa pasara, agregó, porque le gusta el fútbol. Muchos escritores (igual que los lectores de que hablé) se pasan de soberbios y vomitan cuando escuchan algo relacionado con el fútbol. En México pocos escritores gustan de este deporte, Villoro, por ejemplo.
A pesar de que el fútbol es un deporte de equipo, tal vez debería preguntar ¿quién es tu jugador favorito? Tal vez entonces hallara una respuesta más cercana a la del escritor favorito. Yo, sin ser un fanático del deporte, sí tengo algunos referentes personales. No puedo dejar de admirar a Pelé, por ejemplo (Pelé fue una estrella del fútbol brasileño). Una vez, en el Cine Comitán, exhibieron una película con la vida de ese maravilloso jugador. Recuerdo una escena donde él y sus compas, con los pies descalzos, hicieron una pelota con pedazos de tela y jugaron en un callejón barnizado con el sofocante sol brasileiro. Años después, Pelé jugaba en los mejores estadios y sorprendía a medio mundo con su drible y con su emoción para jugar. Este hombre, sin duda, fue inspiración de muchos niños que, en los sesenta, desearon ser como él.

Posdata: el otro día me miré al espejo y me hice la pregunta: ¿quién es tu escritor favorito? Mi respuesta fue inmediata (vos lo sabés): Cortázar. La literatura de Julito se me hace prodigiosa. Me seduce su manera de jugar con el papel. Hay hombres que hacen pelotas con pedazos de trapo; hay otros que hacen cielos con pedazos de papel. Me gustan los juegos de estos últimos hombres. Mientras Pelé hacía prodigios con sus pies, Cortázar hace prodigios con sus manos. Siempre he preferido los oficios que demandan la complicidad de las manos. Respeto todas las actividades que hacen los hombres honestos, pero más que el maratonista reconozco la luz del ceramista. Si un futbolista mete la mano no sucede una tragedia, a lo más que llega es a recibir una tarjeta amarilla o, si es necio y reincide, una roja; pero si un escritor escribe con los pies da una torcedura brutal al universo.
El otro día entré al Café-Bar Quinientas noches y hallé a Cortázar. Juro que es la primera vez que veo una foto de él en Comitán. Me dio gusto. Sé que alguien colocó ese retrato en una esquina del Café. Pero cuando lo vi imaginé que él había llegado y, en juego de cronopio, había trepado a esa esquina para hacerme un guiño. Porque, la mera verdad, en ese espacio pudo estar cualquier otro escritor: Saramago, Fuentes, Paz o Pamuk. Pero no. El destino hizo la travesura suprema y colocó a Cortázar. Imagino que él sigue buscando a La Maga, por esto, tal vez, está en Comitán.
Llamó mi atención la presencia de él en un bar. Cualquiera hubiera apostado encontrarlo en una pared de la biblioteca pública o del Centro Cultural Rosario Castellanos o de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Comitán. Pero ¡no! Los escritores son universales y bien pueden encontrarse en cualquier espacio. Acá, tal vez, mientras un grupo de muchachas bonitas toma un daiquirí o un Martini seco, una de ellas mira hacia donde está una lámpara y descubre la carita de Julito. Tal vez entonces una sonrisa asoma a su rostro y se ilumina como si fuese agua del Sena o línea del Pont des Arts. Y entonces el prodigio se realiza, porque esa agua se funde con el aire de Comitán y esto es una mezcla inédita y fabulosa. ¿Cortázar en Comitán? Sí, anda por acá, en la tierra de Rosario Castellanos, en la tierra donde, igual que en Argentina, también se habla de vos.
La mañana que entré al café y lo vi, pensé en un tren y en el vagón donde está el restaurante. Vi a Julio (juro que lo vi) al lado de Carlos Fuentes y de Gabriel García Márquez, los vi tomando cerveza y escuchando cómo Julito contaba una historia de vampiros. Afuera vi la noche y las montañas pasando veloces por la ventana. Supe que Cortázar vino a Comitán para tocar dos o tres corazones comitecos. Es buena su presencia. Tenemos por delante ¡más de quinientas noches!

viernes, 3 de mayo de 2013



LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON UN POCO DE SAUDADE

La fotografía me la envió Israel, quien es de México y está en Portugal. ¿Cómo sobrevive un hombre que tiene nombre de país? Tuve una amiga que se llamaba Italia y, cuando jugaba en su territorio, me encantaba regodearme en Palermo, porque sabía que todos los caminos conducían a Roma.
Por las sombras puedo decir que son casi las doce del día. Israel está sentado en un extremo de la mesa que se aprecia en primer plano. ¿Por qué ninguna bebida? ¿Por qué tan pulcra la mesa? ¡Ni un cenicero, ni un servilletero, ni una portuguesa ofreciendo un té! Imagino que Israel es quien tomó la foto, cubierto con el parasol que permite ver la calle con amplitud. ¡Qué calle tan amplia, tan armoniosa! Al fondo se aprecia un arco. Un arco delimitado por una serie de edificios armoniosos, como hechos con una perspectiva Renacentista. De los balcones cuelgan tapetes que son como banderas. Un poco para decirle a Israel que en cualquier parte del mundo hay fronteras y límites. Pero, ahora, en este instante, Israel es un país lleno de nubes, sin límites.
La silla del frente está vacía. ¿Espera a alguien? Llama mi atención que los caminantes más cercanos se alejan. Ninguno de los tres paseantes camina en dirección a Israel. Ellos caminan hacia el arco. Caminan en un andador generoso. ¡Ah, qué diferencia con la tierra que, por lo regular, abona los pasos de Israel! Acá se ve un hombre con playera blanca y gorro de marino. ¡Claro, la fotografía corresponde a Lisboa! ¡La Lisboa de Pessoa! Lisboa, dicen los que saben, es una ciudad que siempre está naciendo después de las tres de la tarde, su rostro tiene un sabor a puesta de sol, a preludio de marea. ¡Ah, cómo marea el mar a quienes no están acostumbrados a izar la vela más ancha en la verga más oronda!
Israel sabe que hay escritores que mueren en lugares muy distantes. Pessoa nació y murió en esta ciudad. Esta ciudad acumuló sus primeros y sus últimos pasos. Por esto, Israel, ahora, sentado frente a una mesa, frente a un andador, frente a un arco, ve cómo la tarde comienza a renacer en la flor de su mano. “A veces, y el sueño es triste…”, dice Pessoa. Sí, a veces, la vida es triste, tiene un rostro sin ventanas. A veces, la vida se arracima después de las tres de la tarde, por esto, el marino camina con rumbo al mar. Porque en el mar está el cordel y el lastre.
Los negocios que están en las plantas bajas de estos edificios parecieran cerrados. Pero no es así, ¡están abiertos!, sólo que tienen un aroma de saudade. Todo, el cielo mismo de esta ciudad, está lleno de saudade. Por esto, nadie corre, nadie se atropella. Los andarines caminan como si nada tuviese urgencia. Israel, con su cámara, tampoco tiene prisa. Él espera. En algún instante se parará y caminará al lado del marino (a la hora que el marino ya no estará ahí); caminará al lado de la pareja que lleva bicicletas y se sentirá raro, porque en México no estamos acostumbrados a esta armonía, a este cielo sin smog, a este dejarse ir sin prisa.
La mujer que camina en el centro mismo de la fotografía, en el centro mismo del andador, en el centro mismo del cielo, pareciera, muy decidida, encaminarse hacia donde Israel está, pero sé (lo sé) que dos metros antes se detendrá y quedará petrificada como si fuese una estatua de sal, porque, en ciudades que son brazos de mar, todo tiene el prodigio de quedar en suspenso. Porque, si se ve bien, esta fotografía está en suspenso. Todo mundo se quedó quieto cuando el dedo de Israel dio la orden. ¡Que nadie se mueva!, fue el ordenamiento. Y todo quedó en suspenso. El mismo aire de Lisboa se detuvo ante el deseo de Israel. Todo fue para pepenar algo como el canto de un fado. El mismo sol se detuvo y sólo dejó constancia de su paso en la sombra discreta que los caminantes poseen.
Pocos caminan en las banquetas, la mayoría lo hace en la calle. ¿A dónde los autos? ¿Adónde los barcos? Los barcos están en el mar y los autos también. Acá, todo es tierra a la vista, lugar exclusivo para hombres y mujeres que saben vivir. Por esto, Israel se detuvo y no hizo más que ver esos balcones. Balcones y calles que Pessoa vio. “A veces, y el sueño es triste…”. A veces.
Tuve una amiga que se llamaba Italia. Cuando jugaba en sus mares ¡un sol me calentaba! Era un sol tibio, un sol lento.