lunes, 31 de diciembre de 2012


CARTA PARA EL QUE SE SIENTE SOLO

No pongo nombre de destinatario porque tu soledad es del tamaño de tu olvido. Sé que ni nombre tenés. Por eso la carta está dirigida a un hombre que se siente solo. Porque este sentimiento te llena. La soledad no es tu compañera, ella está dentro de vos y la soledad está en cada pasillo de tu casa. ¿Por qué entonces te escribo? Lo hago sólo para decir que te admiro. Es admirable la condición de un hombre que, en medio de tanto borlote, de tanto pavo al horno, de tanto güisqui, de tantas luces de neón, de tanto arbolito, de tanto paisaje de nieve en medio de un clima caluroso, pueda sustraerse a esa avalancha y tenga la capacidad de decir: “me siento solo”. Esto te hace ser un hombre admirable, casi casi un héroe. Admiro tu capacidad para decir no a todo lo plástico. Lo que hace auténtico a un hombre ¡es su soledad!, y vos has logrado tal hazaña. Nacemos solos, crecemos solos y morimos solos. Aunque estemos en medio de la multitud no somos más que espigas a mitad de un terreno árido. Por esto te escribo esta carta. Estas líneas son para expresar mi admiración por tu valor de enfrentarte a las masas.
Los demás, lo sé, te ven como un ser desdichado. La niña que camina con sus papás o con su novio te mira y dice: ¡pobrecito, está solo, se siente solo!, y si pudiera elegiría una moneda para decirte: Ten, para que te compres un helado. ¡Tontita! ¡Tontitos todos los que se conduelen de tu soledad! ¿Qué no miran que vos sos el hombre más valiente del universo?
¿Te sentís solo? No sólo es un sentimiento ¡es una realidad! ¡Estás solo! Claro que estás solo, más solo que una piedra en el desierto, más solo que un árbol a mitad del agua, más solo que Jesús en un pesebre de oro. Estás tan solo que sólo de vez en vez alguien voltea a verte. Porque todos, ¡pobres ellos!, rehúyen ese sentimiento y buscan, con denuedo, la compañía de los demás. La plaga de “los que se sienten solos” le hace mucho daño a la sociedad, dicen ellos. Por eso van a los supermercados y compran botanas y pasteles y botellas de vino y series de foquitos y champaña y pavos rellenos y cohetes y gorros rojos y van a las casas llenas de luces y se sientan en mesas donde caben multitudes y levantan la copa y gritan ¡diez, nueve, ocho…! hasta llegar a la última campanada y se atragantan con las uvas y sacan maletas y dan vueltas a la manzana para que el próximo año sea un año de viajes a medio mundo. Y cuando viajan están en las salas de espera en medio de cientos, miles de hombres que, igual que ellos, sueñan con estar en lugares donde la muchedumbre sea la bandera de todas las astas. ¿Quién elige una isla desierta como destino? ¡Nadie! Medio mundo elige las playas con mil personas, los antros atacados, los templos con manifestaciones de cientos de fieles.
Por esto, permití que diga que te admiro, que, como dice mi amigo Javier, cuando sea grande quiero ser como vos. Sentirse solo significa sólo una cosa: la posibilidad del verdadero encuentro con uno mismo.
Admiro el valor con que enfrentás la vida. Mientras todo mundo es agua del mismo río, vos sos el agua a contracorriente. Sos el aire en medio del vacío.
Admiro que no tengás nombre y que no tengás que andar explicando a alguien por qué ese sentimiento de soledad. Vos sabés que vas bien. Estás a punto de lograr el ideal de los sabios: el conocimiento interior. Y lo hacés en esta temporada en que todo es un avasallante juego de nintendo, una relación de buenos deseos, de labios pintados, de cejas delineadas, de cucharas llenas de crema de maní. Te admiro. Admiro tu capacidad de pararte en la carretera y no hacer la señal de autostop. Admiro tu capacidad de caminar solo, en la orilla del río. Te admiro. Por eso esta carta que sé te servirá para limpiarte el culo. Te admiro.

sábado, 29 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL PONCHE ES INFUSIÓN DE TEMPORAL

Querida Mariana: existen compas comitecos que deja uno de ver porque viven en otros lugares. En temporada de vacaciones asoman. Lo mismo ocurre con las palabras. Hay palabras que se esconden por un tiempo y luego aparecen. El otro día, el doctor Pepe Alfonzo Pinto llegó al programa de radio “Crónicas de Adobe” y soltó la palabra “chinaj”. Pucha, hacía años que no la escuchaba.
Pepe dijo que “chinaj” se aplica a una persona intolerante. Puso un ejemplo: “Mi abuelito ya está chinaj, todo le cae mal”. La edad hace que la gente se vuelva más intolerante. Bueno, no en todos los casos. Hay jóvenes y hombres de mediana edad que son chinajes. Yo, por ejemplo, no tolero eso que se llama “espíritu navideño”. Se me hace falso. Ahí tenés a todo mundo convertido casi casi en reencarnación del Espíritu Santo ¡deseándote amor y paz! La temporada de navidad y año nuevo me vuelve “chinajudo”. Me cuesta mucho trabajo recibir abrazos de medio mundo. Menos mal que el cuerpo no se desgasta con tanto abrazo, si no terminaríamos como vaca de desierto.
Lo bueno de esta temporada es que muchos comitecos y amigos regresan a casa. Uno entiende el gusto que sienten en su cuerpecito y en su espíritu al estar de nuevo en su tierra. Uno entiende el abrazo suspendido. Lo que uno no entiende, y menos justifica, es que los que te estuvieron jode y jode todo el año te abracen y te deseen una feliz navidad.
Sí, ya lo entendí. Soy “Chinaj”, tengo espíritu de Grinch, que es, por antonomasia, un espíritu antinavideño (debe ser porque el Grinch, personaje de ficción, apareció por primera vez en un libro publicado en 1957, año en que nací).
No me gusta el personaje de Santa Clós. No lo tolero. En lo personal no tolero a los que se ríen por cualquier cosa, con una risa fingida. No tolero a los que cuentan chistes sin chiste y se ríen; tampoco tolero a los que festejan a los que cuentan chistes sin chiste, sólo por compromiso. Me gusta la risa franca, espontánea. Disfruto mucho con la presencia de aquéllos que tienen la gracia para contar chistes. El doctor Pepe Alfonzo llegó como invitado al programa de radio y contó muchas anécdotas donde nos botamos de la risa. Pepe tiene la chispa, la gracia natural para contar anécdotas simpáticas. Uno advierte cuando el agua es como agua de río que fluye de manera natural y libre, y cuando el agua es agua estancada. Hay gente que cuenta los chistes como si fuese agua de represa. ¡No lo tolero! ¡Que Dios me perdone, pero no lo tolero!
Entiendo entonces que hay gente que se vuelve “chinaj” y que todo le molesta. Hay muchas cosas en el mundo que ¡son intolerables!
Por el contrario, celebro la vida natural. Celebro al amigo que, de manera franca y sincera, te da un abrazo, sin fecha especial, sólo porque quiere decirte que te quiere. Ah, qué bonita la vida cuando vuela como globo en el cielo. Me cae mal el Santa Clós con su risa boba de jojojojojó. ¿De qué se ríe? ¿Por qué? Es un comportamiento extraño que alguien ande a toda hora riéndose sin motivo aparente. Y encima de todo, aparece esa indefinición en su tratamiento. ¿Cómo decirle Santa a un hombre? En todo caso debería ser Santo. ¿Por qué santa? Y luego ¡su gordura! En naciones como Biafra su imagen suena a insulto; y en naciones como México, primer lugar mundial en gordura, suena a ¡insulto, también!
Esa tarde de programa radiofónico, Pepe recordó que los niños comitecos de los cincuenta y de los sesenta -y de años anteriores- no conocieron a Santa. Los niños de esos tiempos tuvieron al “Viejito de la Nochebuena”. Este viejito era el personaje mítico que dejaba los regalos en las casas. Era, poné vos, una versión tomada del Santa Clós, pero era más cercana a nuestros ideales. A mí siempre me pareció maravilloso que El Viejito no tuviera una imagen generalizada. Cada niño hacía su representación mental de tal personaje. Yo nunca lo imaginé gordo, ni cachetón. Ni tenía necesidad de andar volando por los cielos, acompañado de renos, metiéndose (como delincuente) por las chimeneas. ¿Cómo, si en Comitán nuestras casas no tienen chimeneas? Mi Viejito era un hombre con saco a cuadros, delgado, algo encorvado, con andar lento y con una bolsa llena de juguetes a la espalda. Nunca me pregunté cómo le hacía para recorrer todo Comitán y que le alcanzara el tiempo. ¡Ese era el prodigio de Dios, esa era la magia! Le daba tiempo para ir a todas las casas porque el día veinticinco en las casas de todos mis amigos amanecían juguetes. Juguetes sencillos. Pepe recordó que El Viejito le dejó pelotas, aviones hechos con hoja de lata y carritos de fricción. ¡Ah, qué prodigio! En esos tiempos no necesitábamos las pilas Duracel. Los carritos los jalábamos con un cordel, o los movíamos con las manos o, ¡maravilla de maravillas!, los impulsábamos con fricción. El carrito lo tomábamos con una mano y lo “repasábamos” sobre el piso, una, dos, tres, cuatro, cinco veces y luego, ya sobre el suelo, lo “soltábamos” y el carrito salía disparado a topetearse contra un pilar o quedaba llantas para arriba por haber encontrado una montañita a mitad del patio. ¿Cómo el carro guardaba la energía al friccionarlo sobre el piso? ¡No lo sé! La vida me sorprende y me maravillo ante ella, pero nunca preguntó cómo le hace el agua para correr sin tregua en el río. Me paro en la orilla y disfruto de ese movimiento. Incluso creo que un día el hombre descubrirá el secreto del Movimiento Continuo y no necesitará gasolinas y boberas para impulsar aviones y carros. Los seres de otros planetas (muy distantes del nuestro) accionan sus naves interplanetarias con la energía infinita del Movimiento Continuo. Bueno, nosotros, niños de antes, tuvimos el privilegio de manejar nuestros carritos sin necesidad de baterías.
Me da mucho gusto cuando encuentro a un amigo que vino a disfrutar de su familia y de las calles de su pueblo. Hay muchos comitecos que viven lejos de estas tierras. Un día, por cuestiones de estudio o de trabajo se trasladaron a otras ciudades y por ahí conocieron a su pareja, se casaron y se quedaron a vivir allá. Son felices, pero, de vez en vez, alguna niebla aparece en su corazón. No pueden evitarlo ¡extrañan a su pueblo! Lo extrañan mucho. Caminan otras calles, con gusto, pero algo en su interior les dice que les gustaría estar, en ese instante, recorriendo las calles de su pueblo. Por esto, cuando es temporada de navidad, aprovechan, trepan chunches a sus autos, camiones o aeroplanos y llegan a Comitán. Sé lo que se siente pasar por Chacaljocom y comenzar a bajar por la carretera y vislumbrar el Valle donde está suspendido nuestro pueblo: ¡Comitán! ¡Ah, el corazón brinca de más! Una sonrisa aparece en el rostro del viajero y pinta un sol en medio del pecho. Esto, digo yo, querida mía, es un espíritu navideño auténtico. Lo de ir a la Plaza de compras, lo de andar enviando postales a medio mundo deseando amor y paz ¡suena a falsedad! Está bien que a nuestros familiares y afectos les deseemos lo que siempre les deseamos: las tres cosas que recomienda el autor de la canción: ¡salud, dinero y amor!, pero, la mera verdad, ni modos que por andar con espíritu cristiano, andés prodigando mensajes de amor al cabrón que, durante tres veces en el año, estacionó su carro frente a tu cochera e impidió que sacaras tu carro. ¡Que se joda! ¡Que se le ponchen sus llantas! Sólo falta que yo saque una botella de sidra y le convide una copa. No, no, Marianita, creo que el espíritu cristiano pregona ser congruentes y amar a nuestro prójimo como a uno mismo. ¡El prójimo, Marianita! Al cabrón que durante todo el año te critica, te avienta lodo y te atraviesa el pie para que tropecés ¡no puedo andarlo abrazando de manera hipócrita! No le deseo mal, Dios me libre. Simplemente debo ignorarlo. Como ignoro esos cánticos y villancicos que durante toda la temporada nos embuten las casas y radios comerciales. Ya lo dijo el maestro Robert: “Recuerden que quienes beben y beben y vuelven a beber ¡son los peces!”. El padre Carlos J. Mandujano también era medio chinajito: ¡no soportaba esta cancioncita! Y es que, la neta, ¿quién es el guapo que tolera esa letra tan sosa? “… pero mira cómo beben por ver al Dios nacido…”. Dios mío. Deberíamos prohibir la pinche cancioncita. Tal vez por esto medio mundo anda bien bolo en esta temporada. Claro, hemos crecido con esta letra y para alabar al Dios nacido le metemos duro y tupido al trago. “¿Por qué bebés, ingrato?”, pregunta la madre llorosa, limpiándose los mocos con el chal. Y el hijo, cínico, butul de bolo, puede responder: “Lo hago por ver al Dios nacido”. ¡Pucha!
Disculpá, soy un chinaj. Y no es por la edad. Desde siempre lo he sido. No tolero El Día del Amor y de la Amistad; no tolero el Día de la Madre. No tolero esos cánticos navideños. “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor…”. ¡Por el amor de Dios, qué absurdo! No sé por tu casa, pero por la mía “nada duerme en derredor”. Mis pobres animalitos se pasan despiertos e inquietos toda la noche porque el desmadre de los triques y de los cohetes está a todo lo que da. A las dos o tres de la madrugada sigue el jolgorio. ¿Cuál noche de paz y de amor? Si a las tres o cuatro de la madrugada los primos ya se están surtiendo de golpes porque esa noche vomitan todos sus complejos y sus rencores.
No, no. No lo tolero. Disculpá. Bien lo sabés, soy un chinaj. Como dice el padre de la iglesia de Santo Domingo, olvidamos el motivo esencial. Cuando Cristo nació nadie echó trago ni hizo el desmadre. Entonces, ¿por qué hemos vuelto pagano lo sagrado? Bueno, lo mismo pasa en Semana Santa. Pucha, qué pocamadrez. El nacimiento de Cristo lo volvemos un guateque desenfrenado y su muerte ¡otro igual! Pucha, parece que don Jesús fuera Don Pedro. ¿Cómo no vamos a ser chinajes grinches los que lo somos? ¿O pinches chinajes?, diría el otro.

Posdata: Te quiero. Te quiero todos los instantes. Dios me concedió la gracia de no necesitar fechas especiales para decirte que te quiero y que deseo lo mejor para vos. Todos los días, cuando se levanta mi mamá la abrazo y le canto las mañanitas. Ella pone su carita medio remolona, como diciendo: ¡ahí vas otra vez!, pero me tolera. “Estas son las mañanitas que te canta el Rey David…”, le canto. No sé qué pitos tocó el Rey David, pero lo hago sólo para decirle a mi mamá que celebro estar con ella. “¡Bueno, bueno, ya!”, me dice ella. Y entonces dejo de abrazarla y cada uno se pone a hacer sus cosas. Ella a cortar la fruta para mi desayuno y yo a preparar las cosas para ir a la chamba. En ese instante pareciera que todo entra en suspenso y “todo duerme en derredor”. Los animalitos comen sus croquetas. El Misha, trepado en la máquina de coser, nos mira desde su altura, y la Pigosa mueve la cola mientras yo, simple mortal, con una bolsa de plástico levanto su caca y pongo una hoja de periódico en el lugar que orinó (no lo vayás a decir, pero a veces, coincide que un periódico donde aparece mi foto sirve para secar esos orines. Ese día soy feliz, porque me recuerda que todo es pura vanidad). Que en el 2013, Dios envíe bendiciones sobre vos y sobre tu familia. Cuidate.

viernes, 28 de diciembre de 2012


LA PREGUNTA DE SIEMPRE

“¿Hacia dónde vas?”, dijo el hombre a la mujer que caminaba a mitad de la calle. Ella caminaba a mitad de la calle porque tenía temor. En una ocasión ella iba por la banqueta cuando un hombre salió de un remetido y la asustó. Por fortuna, en aquella ocasión, el hombre, como si fuese un niño, abrió los brazos y dijo: “¡Buh!” y volvió a esconderse. Pero, ella supo la historia de Alicia donde un hombre desnudo había salido de un remetido. El pene lo tenía erecto y el hombre lo agarraba con ambas manos, como si fuese una manguera de bombero. Alicia lo contaba con emoción, cuando lo hacía se limpiaba la frente y el cuello a intervalos frecuentes. Siempre mostraba una sonrisa de ardilla tan esquiva que no se sabía si su emoción era porque se excitaba o porque estaba a punto de soltar el llanto por el temor que le causaba el recuerdo. Nunca terminaba la historia. Cuando alguien del grupo le preguntaba ¿qué había hecho ella, qué había hecho el hombre?, ella se paraba, iba a la cocina, se servía un poco de güisqui y regresaba a la sala sin decir algo. Si alguno del grupo insistía ella metía un dedo en el vaso y movía los hielos y hacía comentarios absurdos como: “¿Irán a traer el gas?”.
“¿Hacia dónde vas?”, insistió el hombre y caminó a la par. Paso que daba la mujer ¡paso que daba el hombre! La mujer caminó más rápido y el hombre hizo lo mismo. Él vestía un saco que le llegaba a medio muslo. La mujer pensó en las historias que leía de niña, de cuando un hombre se abría el chaquetón y mostraba su pene a las incautas doncellas. ¿Qué satisfacción obtienen esos depravados que no hacen otra cosa más que mostrar sus penes? El final del callejón aún estaba lejos. Ambos caminaban a la mitad. La mujer vio que el hombre bajó de la banqueta y se acercó más a ella. No supo por qué pero decidió hacer una jugada inesperada. ¡Se paró! Encaró al hombre. Éste titubeó tantito, pero luego retomó su aplomo y dijo, por tercera ocasión: “¿Hacia dónde vas?”. Ella alzó la cara, lo vio a los ojos y le dijo: “Voy a mi casa, ¿por qué?”. El hombre metió la mano en el chaquetón, sacó una caja de cerillos, prendió uno y, como si fuese una tea, alzó la mano y dijo: “¿Puedo acompañarte?”. El cerillo se apagó. El hombre quedó con el brazo alzado, como una estatua de la libertad. En el número 18 se prendió la luz de una ventana del segundo piso. El hombre volvió la mirada. La mujer aprovechó el desconcierto y, como se lo había enseñado su papá, levantó la rodilla y golpeó al hombre en los testículos. El hombre se agachó y llevó sus manos a la parte golpeada. Se retorció tantito y luego se dejó caer. Quedó en el piso en posición fetal, sin decir nada, sin un lamento. La mujer vio hacia la ventana iluminada y vio un hombre desnudo asomarse al pretil. Ella pateó al hombre tirado en el piso, lo hizo sin ganas, casi casi como si matara una cucaracha, lo hizo sólo como reflejo condicionado de las enseñanzas del padre, y echó a correr en busca del final del callejón. Corrió a mitad de la calle. Lo hizo sin volver la mirada. Casi a punto de llegar sintió un piquete en el estómago, como si un dardo la alcanzara. Nada fue. Pensó que, para la próxima reunión de compañeros de trabajo, aceptaría la compañía de Alfonso. Él siempre tan atento, tan enamorado de ella. Nunca volvería a caminar sola por la calle a las once de la noche. Hay tanto desadaptado por las calles de Dios. Llegó al final del callejón, miró a un lado y a otro de la avenida donde la luz de neón daba una sensación de cierto alivio. Vio las torretas azules y rojas de una patrulla que se acercaba a donde ella estaba. Levantó las manos, como si fuese un naufrago, y corrió a la patrulla, colocó sus manos sobre la ventana del chofer y pidió ayuda. El oficial bajó el cristal y dijo: “¿Hacia dónde vas?”.
Alicia nunca terminaba la historia. Siempre que alguien insistía, ella bajaba la vista y hacía comentarios absurdos como: “¿Vendrán por la basura?”.

miércoles, 26 de diciembre de 2012


IMÁGENES SIN DUEÑO

¿La niñez? Cuando recuerdo mi niñez ¡levanto piedras! No todos los hombres siguen este trayecto. Muchos pepenan aguas negras, árboles secos, cuerdas para ahorcados, vasos de unisel carcomido. Levanto piedritas, porque mi infancia fue un patio soleado, una taza de chocolate calientito, un triciclo, la mano de mi madre y el agua limpia de ese río sin grietas que fue mi padre. Tal vez por esto ahora vivo sin alambre de púas.
Cuando a mis amigos les cuento que levanto piedras, ellos creen que soy un Pípila y me palmean la espalda como en señal de duelo, como compadeciendo esa espiga que imaginan quebrada. Quien es fotógrafo sí me entiende. El oficio de pepenar piedritas sólo es comparable a la experiencia sublime de fotografiar la naturaleza. ¿Existe algo más emocionante que sentarse a la orilla del lago y “pescar” el instante en que el pato se impulsa, muestra el culito con peinado de punketo y se hunde en el agua?
Mi niñez fue como esa lluvia fina de hojas que cae al mínimo pretexto de viento. Mi papá y mi mamá trabajaban en casa. Mientras yo jugaba carritos en el corredor con piso de ladrillos, mi papá, detrás de su escritorio, en mangas de camisa, atendía a la gente. Mi mamá tejía un suéter, mientras yo pedaleaba el triciclo. La bola de estambre, aturdida, iba de un lado a otro del canasto de mimbre. Me gustaba ver cómo el hilo se desprendía de la bola ateperetada y se convertía en una flor de estambre, una flor bellísima que nacía en las manos de mi madre.
Digo que ahora levanto piedritas porque mi casa fue como un templo, de esos que se ven en las fotografías del Tibet, de esos donde el silencio es como una lagartija asoleándose en un muro, de esos donde la brasa del fogón calienta la estancia.
Recuerdo al tío Amadito sentado en el corredor, con una cobija sobre las piernas. Lo recuerdo siempre con un libro, dormitando, despertando a la hora que pasaba por ahí. No hagás tanto ruido, decía mi mamá, pero ¿cómo no hacer ruido, si a las llantas del triciclo les sonaban las rodillas? Una tarde, llegó el tío (lo llevaron y lo dejaron como se dejan las cajas vacías). Estaba enfermo. Su dolencia le provocó una lesión en la garganta y había perdido el habla. Por esto, cuando yo pasaba a su lado, él despertaba y moviendo la mano me llamaba. Yo sabía qué quería. Señalaba con el dedo y me mostraba dónde había quedado pendiente la lectura. Yo, sentado en mi triciclo, tomaba el libro y le leía. No recuerdo qué libro era. Sólo una imagen guardo en mi memoria. Una niña se perdía en un bosque y un lobo la encontraba. ¿La llevó a su casa, la comió, se hicieron amigos? No lo sé. No recuerdo. Pero, desde entonces, siempre que veo a niñas pienso en los lobos y en todo lo que éstos pueden hacer con ellas. Cuando lo pienso siento escalofríos, como si alguien me aventara a ese bosque de la niña y del lobo y no tuviera suéter y fuera temporada de frío, de mucho frío.
Recuerdo otra cosa: la niña tenía los ojos verdes y las manitas como de leche. Esto recuerdo y este recuerdo es como una mancha en mi infancia. Todo lo demás fue como agua limpia.
Un día dejé de ver al tío en el corredor. Fui a la cocina y pregunté a Sara por él. Sara, que era la cocinera, se limpió las manos en el mandil y, sin verme, dijo que no sabía. Fui con mi mamá y cuando vi que ella se limpiaba las manos con una toalla supe qué me diría.
Es la única mancha de mi infancia. A veces la evado y no quiero recordar, porque todo lo demás fue como un día de campo con el viento en la cara y el cielo limpio, sin mancha.

lunes, 24 de diciembre de 2012


Con un respetuoso abrazo al Arquitecto Héctor Castellanos Rovelo,
por la ausencia física de su mamá.

CON PIQUETE O SIN PIQUETE

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como árbol de navidad y mujeres que son como nacimiento de niño Jesús.
La mujer árbol navidad sueña con series de foquitos y con pashte y con cascarones de huevos en forma de estrellas. Puede ser plástica o puede ser de ciprés natural. Por supuesto, el lector inteligente ya se dio cuenta, la mejor mujer es aquélla que tiene nidos en sus pechos y deja que los pájaros retocen en su fronda y en sus ramas. Porque es posible, los lectores lo saben, es posible que un columpio se enrede en sus deseos y en sus juegos.
Como se sublima en temporada de frío, ella deja que su amado juegue a que es ponche y la caliente; deja que su amado juegue a que es pista de hielo y patine las manos sobre su cuerpo; deja que él la haga su regalo y le quite la cinta y el papel plateado y la desnude y la bese en cada límite del territorio intocado.
Lenguajes de montaña busca; lenguajes de nieve regala; lenguajes donde el trineo es como un tren del deseo.
Prepara, con antelación, el intercambio de regalos. En medio de velas encendidas y de olor a muérdago, ella deja que su amado juegue con sus esferas.
Deja que todas las noches le preparen el chocolate; deja que el extranjero sopee sobre su café caliente. Siempre pide que sea con pan de yema, con ese pan que preparan en San Cristóbal o en Comitán.
No tiene más línea del horizonte que sus sueños; no tiene más nubes que aquellos labios que son de sus cielos; no tiene más fuegos artificiales que aquellos que destellan en sus manos y en medio de su entrepierna; no tiene más muslos que aquellos que son navíos y bogan en los baúles del fuego.
Le gusta ganar en todos los juegos. Le gusta que un niño se acerque ingenuo y abra el regalo como si fuese un adolescente que abre las piernas de su niña amada. Le gusta el olor a nochebuena, el aroma a felizmadrugada.
Le gusta ser cómplice de todo aquello que huele a luz, a ventana abierta. Por esto se “encuacha” con aquellos que son como bolsa generosa de pantalón de mezclilla, que son como arena para el pie desnudo, que son como barquito para tarde de lluvia.
Le gusta ser cómplice de todo aquello que huele a abrazo, a sol sobre cuarto de hotel. Por esto se “encuacha” con aquellos que son como pétalo de viento, que son como almohada para el sueño, que son como un “no te vayas” o un “te echo de menos”.
Sabe que en una vida pasada fue un pedestal del sueño, torre del bosque más alto. Sabe que en una vida futura será un libro o un leño para el fuego.
Corre, corre como si sus pies fuesen una ventana sin cancel, como si el labio fuese el reflejo para el beso.
Al contrario del pavo ella siempre está dispuesta al festejo de navidad y del año nuevo; al contrario de la duela que se tiende sobre el suelo, ella siempre odia el momento en que es olvidada en el basurero.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como la niña más hermosa de mis tardes y mujeres que son como mis tardes en donde la niña de mis ojos extravía el tiempo.

sábado, 22 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL FIN DEL MUNDO QUEDÓ EN LA ESTACIÓN DE ATRÁS

Querida Mariana: dijeron que el mundo acabaría, pero no fue así. Acá seguimos. Al estilo de Galileo Galilei y de los salseros podemos decir: “¡el mundo se mueve, cachondo y guapachoso!”.
Uno es el mundo de afuera y otro el interior. El mundo de afuera es donde están los demás, es el mundo de las calles, del relajo, de los amigos, de las comidas debajo de los árboles de aguacate o debajo de manteados en días de fiesta. El mundo de afuera es donde Yo-Yo Ma toca su chelo o donde Miguel Bosé canta una rola. Es el mundo de imágenes de Woody Allen y de Orson Wells, de Julio Cortázar y de Mario Benedetti. Otro, lo sabés bien, es el mundo que llevamos dentro. Nuestro mundo interior vive de todas las imágenes del inconsciente colectivo. ¡Ah, qué mundo más generoso! Al lado de ángeles nos adosa demonios. A mí me gusta el mundo exterior, pero me encanta el de adentro.
Nunca he viajado más allá de Chacaljocom, pero, gracias a los libros, tengo imágenes de La India, de Nepal, de Australia, de Nueva York y de muchos más lugares y mil imágenes de París. Y esta ciudad va al final de mi relación porque la última será la primera. ¡Ah, París! Es una ciudad donde la gente es feliz como una lombriz sin rascarse el tutís. ¿Cuál es el encanto de la ciudad luz? En su nombre lleva el prodigio. Hay mujeres que en la frente llevan la señal de maravillosas, lo mismo sucede con las ciudades. París, igual que Comitán, lleva en la frente la letra I de iluminada, imaginada, impoluta, ¡inmaculada!
En los libros he pepenado miles y miles de imágenes que conforman mi mundo. Como si fuese un inventario distribuyo las cajitas en estantes de madera de cedro. Acá (junto a la ventana) está el estante de las cosas más agradables; allá (junto al perchero) está el estante de los paisajes más sublimes; más allá (frente al buró) el estante de los prodigios; y al final, en el rincón más oscuro, el estante de las cosas desagradables. Está de más decirte que en el de prodigios estás vos y tu sonrisa que es como cierre para abrir las madrugadas. Vos estás, también, en el estante de las cosas agradables y en el de los paisajes más sublimes. Porque, ¡de veras!, ante el paisaje de las montañas de Nepal o de la cascada del Chiflón prefiero las dunas de tu cuerpo. Ah, qué espectáculo resulta ver cómo el sol se oculta detrás de tus pechitos.
En los libros he pepenado miles de imágenes del mundo que, según la NASA, ya tiene fecha de caducidad. Sí, mi niña bonita, el mundo, en efecto, ¡acabará! Pero no te preocupés, porque ni vos ni yo lo veremos. El fin del mundo está pronosticado para dentro de cuatro mil millones de años. ¡Pucha! Tal vez el fin llegue un poco antes, ya mirás qué necios y ateperetados somos los seres humanos. Con tal de colgarse medallitas no falta el loco que inicie la Tercera Guerra Mundial. Pero, como dice mi compadre Javier, si el mundo va acabar hay que “jimbirutzear”. ¿No sabés qué es “jimbirutzear”? Preguntale a tu papá qué significa Jimbirituz. ¡Uy, te caerá en gracia el término! Es casi casi sinónimo de cotzear. Bueno, ya no digo más porque luego te enojás, porque decís que soy muy prosaico.
El otro día anduve en la radio, en el programa de Iván y de la Chica Ye Yé. Iván dijo que un día antes del fin del mundo leería todos los libros que tiene pendientes. Lo haría solo (como debe ser el acto amoroso de la lectura) y acompañado con una buena botella de ron o de güisqui. Ya bolo dormiría y al despertar, con la boca como llena de arena, bebería un poco de agua y continuaría con el trago y la lectura hasta que las bolas de fuego cayeran sobre la tierra y ésta se abriera como se abren los terrenos que no reciben lluvia. La chica Ye Yé también dijo que le daría vuelo a la hilacha.
Fijate que mi estadística personal concentra un noventa y dos por ciento de actitudes displicentes. Sólo el ocho por ciento restante de mis encuestados dijo que prendería velas y oraría. Mi tía Eugenia se persignó en repetidas ocasiones, mientras me dijo que convocaría a todos sus hijos para que estuvieran juntos. Sacarían sillas al patio y, como si vieran una película, mirarían cómo el mundo se iba desgajando.
¿Y vos qué harías una noche antes del fin del mundo? Por lo poco que te conozco, tal vez buscarías un refugio agradable en una playa desierta y prenderías una fogata. Sé que harías un ritual especial con tus papás y tus hermanitos. ¿Qué música elegirías? Tal vez pondrías el disco de “Claro de luna”, que tanto te gusta. Mirarías el cielo, verías la luna y quién sabe en qué vainas pensarías. Es imposible predecir qué tipo de pensamiento acude en la mente del hombre que sabe que el final ya está cerca. ¿Pensarías en mí? Por lo poco que te conozco, tal vez, antes de reunirte con tu familia me mandarías un mensaje diciéndome que, como el mundo está a punto de agotarse, quisieras que nos viéramos aunque fuera un ratito. Sólo para despedirnos. ¡Dios mío, qué alegoría tan funesta, tan de cadáver congelado!
¿Vernos? ¿Para qué? Tal vez Iván sea un sabio y su decisión sea la más sublime y correcta: ¡beber trago y leer! Esperar solo el fin del mundo. La compañía siempre hace más terribles los instantes últimos. Los hombres que en la montaña mueren como mueren los árboles a los que les cayó el rayo ¡son más felices! La compañía hace que el último gesto no sea auténtico. El tipo que se muere en la cama siempre está incómodo ante la presencia de la nieta que lo mira como si viera un bloque de hielo en el desierto. Hay gente que quiere acercarse al misterio de la muerte y desea presenciar qué gesto hace el moribundo a la hora que recibe la última carretada de aire. ¡Qué estupidez! ¡Qué fastidio para el pobre desahuciado!
Acudiría pronto al encuentro. Si supiera que en pocas horas el mundo ¡puf, plof!, iría a verte y te miraría a los ojos. Y, mientras el cielo se llenara de algo como un vómito de color rojo inflamado, te diría lo que los amados repiten desde siempre. Elegiría algún verso de un poeta y lo plagiaría (a esa hora ya no habría inconveniente en apropiarse de los billetes y de los chunches de los demás. Aunque ¿quién sabe? No faltaría el émulo de Slim que abrazara el baúl con monedas de oro).
¿Qué palabras untaría a tu corazón? ¿Para qué? ¿Qué poeta elegiría? Tal vez, en ese momento, lo único que queda es alargar la mano y coger lo que esté más cerca.
Y luego dirías: “Alejandro, debo irme”, y esas palabras sonarían como si apagaras la lámpara de mesa. Y caminarías por el caminito de piedras y no volverías la mirada. Yo hubiese querido que, diez o veinte metros adelante, te pararas y volvieras tu mirada. Hubiese deseado correr para decirte: “No te vayás, mi niña”. Pero eso sonaría absurdo, porque de todas maneras ¡el mundo se lo llevaría la chingada a la mañana siguiente! Y con el mundo nos iríamos nosotros.
¡No, no! El mundo no se acabó. Porque Dios no puede enviarnos un castigo semejante. Por esto nos morimos de poco a poco. Hoy se muere alguien y mañana se muere otro. Así, sin plazos definidos. Dios es generoso con sus hijos y nos envía el fin sin calendario.
En la vida real he acumulado muertos, pero es en los libros donde la cuenta ha sido más extensa. He pepenado tantas piedras en los libros que mis muros literarios tienen buen cimiento. Mi vida real es endeleble, pero mi vida imaginada es tan certera como el palio donde cargan al Papa. Por esto, tal vez, haría un poco lo que Iván sugiere (dejando afuera el trago). Me despediría de mis seres amados, metería mi mano adentro del agua, tomaría un vaso de atole agrio y luego, con el alma llena de golondrinas, me sentaría a la sombra de un árbol de durazno y leería, leería mucho. De vez en vez levantaría la vista para ver cómo el cielo se llenaba de presagios funestos en medio de la vida, en medio del canto de las aves. Me dolería ver que el mundo se acabara. Después de todo no tenemos más que esta mierda de mundo que hemos hecho. Lamentamos su degradación, pero lo amamos. En mi estadística particular tengo más del noventa por ciento de afirmaciones por la vida. Es una minoría la que lamenta haber nacido y propugna porque la muerte llegue pronto.
Tal vez, en el último instante del fin pensaría en París, pensaría en la tarde en que mi papá me llevó al Cine Comitán y, antes de entrar, compramos unas tortas de pierna en el restaurante “Yuly”. Tal vez pensaría en el día que Dios fue el hilo para mi sosiego y me mandó a mi mamá para que fuera mi madre. Pensaría en mi Paty y en mis hijos y en mis afectos. ¿Qué más? No sé. El mundo no se acabó. Ahora te escribo esta carta y sé que la recibirás y más tarde me enviarás un mensaje y nos veremos en nuestra banca del parque y platicaremos y veremos correr a los niños y el aire tendrá el mismo rostro de ventana abierta que siempre tiene cuando estoy con vos.

Posdata: No se acabó el mundo. Que Iván y la Chica Ye Yé dejen el pretexto y comiencen a cumplir sus propósitos. Que Iván beba, beba mucho, y lea, lea mucho. Que la Ye Yé le dé vuelo a la hilacha, mucho, mucho. Y que vos y yo caminemos siempre juntos. A final de cuentas pesa más el mundo interior que poseemos que lo que en la calle camina triste y apesadumbrado. ¡Más libros significan más imágenes! ¡Y más imágenes son igual a más vidas! Tenemos muchas vidas por delante. Las vivamos juntos, porque, uno de estos días, se puede cumplir el pronóstico y el mundo se va mucho a la chingada, y no estoy hablando del rancho de Andrés Manuel, sino del hoyo donde la profecía tiene su cuerda. Te quiero. Te quiero mucho. Más allá del fin del mundo.

viernes, 21 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AIRE NO SÓLO INFLA GLOBOS

Querida Mariana: Romeo me invitó a ir a Nueva York. Me sedujo la idea de estar dos días en su departamento del piso dieciocho. Has de entender que en Comitán los edificios más altos apenas tienen cinco o seis pisos. En nuestro pueblo todo está a ras del suelo. A veces pienso que los Estados Unidos son poderosos porque siempre están cerca de las alturas. A veces pienso que el entorno influye más de lo que imagino. Pienso que por eso las cubanas son tan cachondas y los esquimales, en lugar de besarse como la gente decente, se frotan las narices. El frío los ha vuelto frígidos. Por eso, las paisanas de Gabriel García Márquez son tan cachondas, tan muslo de trópico. Por cierto, querida niña, ¿qué has sabido de Gabo? ¿Seguirá perdiendo la memoria? Los que viven en lo alto de un rascacielos no olvidan. Los que olvidan son los hombres que están cerca de las cloacas. Yo, por ejemplo, tengo mala memoria. A veces pienso en la causa. ¿Será que tengo mala memoria porque, de niño, no necesité nunca recordar en dónde estaban los objetos? Siempre hubo gente que hizo las cosas por mí. Incluso cuando aquella niña se enamoró de mí, dejé que fuese Pepe quien le tomara la mano y le diera el primer beso. Siempre crecí con la convicción de que, para vivir, no era necesario subir al Everest o a un globo aerostático; siempre pensé que, para vivir, bastaba con salir a la calle, cruzar a la otra banqueta, entrar a la tienda de doña Angelita para comprar un carrito de juguete e ir a la plaza a mirar cómo los neveros gritaban “ñeve, ñeve”.
Sé que los grandes escritores van a otros lugares porque necesitan estar en contacto con el cielo. Mario Vargas Llosa tiene apartamentos en otros países. Sus departamentos, lo intuyo, deben estar en pisos superiores. Dicen que John Lennon vivía en un departamento que daba a Central Park. Desde su ventana miraba a los caminantes como hormigas, como granos de arroz blanco; y miraba las copas de los árboles y miraba que el vuelo de los pájaros era como una línea del horizonte.
Estoy seguro que si a Gabo lo llevaran a vivir a un departamento de piso doce recuperaría la memoria de inmediato. Las nubes del cielo le recordarían que un día fue escritor y que nombró todos los objetos habidos y por haber. Es una pena (además de una estupidez) reconocer que un hombre que juega con palabras comience a extraviarlas. ¿Qué no el oficio de Gabo fue ensartar palabras día y noche? Dicen, dicen, no lo sé bien, que los mejores escritores son los que escriben de noche. Dicen que es porque desarrollan un talento especial para, como si fuesen ciegos, ensartar en medio de la oscuridad. Dicen (yo qué voy a saber), dicen que los mejores amantes son los que, antes del amanecer, como si fuesen pescadores, tiran la atarraya a mitad del río.
¿Entonces qué, vas o no vas?, dijo Romeo. No tengo visa, dije. El tomó un sorbo de café y dijo que sabía que no iría. Y no es por la visa, lo sabés, me dijo. Y yo dije que tenía razón. No me gusta salir de mi pueblo. Pensé que me emocionaría la idea de estar en un piso dieciocho. Sólo una vez subí al mirador de la Torre Latinoamericana (piso cuarenta y feria). En cuanto me asomé al pretil sentí nausea y debí cerrar los ojos. Así que nada miré. Tal vez por esto soy un hombre muy terrenal y nunca seré como Gabo o como Vargas Llosa. Tal vez si me llevaran a un piso doce entonces escribiría mejor. Pero tal vez no. Tal vez sintiera nauseas y cerrara los ojos y escribiría nada. Prefiero seguir viviendo muy pegado al suelo. Cuando menos acá escribo estos intentos de textos.

miércoles, 19 de diciembre de 2012


CUANDO APARECE LA TARDE

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como sombreros colgados en paredes y mujeres que son como el labio cuando humedece la piel.
La mujer sombrero colgado en la pared disfruta del silencio que es como un destello a la hora del sueño. Su esencia está en la capacidad para hacer sombra, para ignorar la vuelta en el parque; para descifrar la curva en el camino. No recuerda los instantes en que la lluvia asoma por encima de los cielos de madera; no contabiliza el momento en que el artista levanta el brazo en intento de alcanzar la estrella.
Si su pie encima del pedal, entonces ella cumple el sueño de viajar sobre bicicleta o ser la conductora a mitad de la noche en una carretera llena de niebla. Le fascina viajar a través de un bosque donde los lobos son el vestido para la piel desnuda, el granizo para el fastidio de una tarde sin niebla.
Ella tiene primas que llevan banderas o cintas alrededor de la cintura. Algunas son de palma, otras son de cuero, unas más tienen el ala tan ancha que se confunden con sombrero de charro o con la cabellera de alguna medusa de carnaval o con el vaso lleno de polvo del sediento.
Existen tardes en que ella adormece al viajero del tren de las diez; a veces ella levanta el dedo como si fuese colegiala y pide permiso para ir al cuarto del fondo a la derecha, porque ella adora el acto sencillo que se llama vida, el acto donde su amado es como un toro a mitad de la plaza. Le encanta que la desvistan y que luego la embistan, a la hora en que el polvo de la tarde se convierte en el ave que traza una línea en el cielo. En el suelo, ahí deja que sus tardes se conviertan en nubes sobre montañas, en viento que cabalga sobre su cuello de pez vela, de ardilla sobre rama.
Existen tardes en que ella avienta flechas como si la nostalgia fuese sólo una piedra sacudiéndose el polvo del fuego.
No tiene más afrenta que el árbol del miedo con nidos de urracas y salto de gacela. No tiene más portal que el miserable del pasillo, el que consume sus tardes en medio del cigarrillo y de la taza de chocolate con churros.
A veces se sabe sola. Se siente perro en medio del árbol sin hojas, se siente costal sin huesos para hacer la columna que soporte el techo. A veces se siente sola. Se sabe paso sin puente para construir vacíos. A veces recupera la inocencia del aire, la flor que no tiene momento para la mano, para la ofrenda del muerto o para la dádiva del amoroso.
A veces cuenta el cuento donde un hombre corre tras el viento porque algo extravió, porque algo de la piel no reconoce el tacto, el dedo, el labio, el muro para dividir el territorio.
“¿Me compras un árbol navideño?”, pregunta el amado y ella, con la escarcha del tedio, dice que sí, que irá mañana para deshojar el cielo. “No, en serio”, dice él y ella abre el bolso y halla un árbol para el sueño. Pero él, tontito, no puede reconocer que en el desván también un tren asciende como pájaro, como avión, como ángel sin dueño.
Cruza la calle como si ésta fuese un pantano y ella el famoso ave del plumaje inmaculado, sin tacha, sin párpado abierto.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un cuaderno para el recreo, y mujeres que son como un autobús sobre la carretera de un cielo.

lunes, 17 de diciembre de 2012


CLAVÓ UN CLAVITO

¿Existe algún mortal en la tierra de habla española que desconozca el verso que dice: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”? Hay poetas que son al hombre como el polvo para el camino. Para Hispanoamérica uno de esos poetas es Neruda. Como sucede con los grandes poetas la mayoría de las personas no ha leído mucho de su obra, pero reconoce, de inmediato, alguno de esos versos inmaculados, transparentes e infinitos. En ocasiones ni siquiera se sabe el nombre del autor, porque esas palabras son como agua a mitad del desierto. “Pablito clavó un clavito” y desde entonces se volvió referente popular. Sus versos son como atado de tostadas en mercado.
Mario Nandayapa estudió y vivió una temporada en Chile. De ahí, sin duda, le brincó la piedra de hacer el libro: “La Serenata Épica de Neruda a México”. ¿De qué trata este libro? El autor dice que es “un catálogo de poemas, textos en prosa e imágenes” de Neruda. Porque Pablo desclavó un clavo que estaba hundido en la conciencia de América, el poeta es conocido y reconocido en todo el continente, pero nunca el acercamiento al todo será mucho. Siempre habrá posibilidades no recorridas y ventanas no abiertas. Este libro es una ventana que ayudará al lector profano y al estudioso a acercarse a la obra del autor chileno a través de otra mirada.
Mario me envió el libro en su versión digital de pdf. Quiero pensar que fue la versión primera, la que luego fue corregida, porque advertí, asombrado, algunas incorrecciones sintácticas. Estoy seguro que estas piedritas fueron corregidas en la versión final y el texto debe ser impecable, como impecables y luminosas las nubes de Neruda; como impecable y luminoso el interés de Mario por acrecentar el acervo literario para el pueblo de Chiapas y del mundo. ¡Pucha, cómo ha crecido el horizonte de este investigador! Ya están distantes los tiempos en que coincidimos en el Centro Chiapaneco de Escritores.
El presentador dice que la biobliografía Nerudiana rebasa los veinte millones de sitios en todo el mundo. Al leer sitios quiero pensar que se refiere a espacios virtuales. Esto da una idea del interés que el mundo ha concedido al estudio y difusión de la obra de don Pablo. ¿Por qué, entonces, Nandayapa destinó esfuerzos y tiempo para la factura de este libro? Ya dije: nunca el Todo humano será mucho. Parece que los caminos de los poetas y narradores así como los caminos de quienes desglosan las ramas de esos árboles aspiran a alcanzar el Todo. ¡Nadie lo logra! Y esto es así porque el Absoluto está por encima de los intentos humanos. Por ello, los investigadores y estudiosos se trepan al árbol por ramas novedosas. A veces alcanzan alturas insospechadas, otras veces las ramas se quiebran y el zapotazo que se dan es de antología.
Mario trepó por una rama fuerte. El autor dice que eligió la rama Ecdótica. ¡Dios mío!, sólo para rimar digo: qué palabra tan exótica. Pero cuando nos acercamos a la definición vemos que la palabreja en cuestión no es tan complicada, se refiere a editar textos de la forma más fiel al pensamiento del autor. Ah, bueno, con esto nos queda claro que la Ecdótica será más cercana y objetiva en la medida que el texto no deba pasar por el tamiz de la traducción. Mario no tuvo problema: domina la lengua española ya que, desde hace años, se ha dedicado al estudio amoroso de ella.
¿Cuál el aporte de Mario con este libro? ¡Es inmenso! Mario se dio a la tarea de compilar todas las palabras que Neruda enhebró en el portal llamado México. Mario nos entrega la casa de Pablo en México, el corazón, su brasa.
Sólo, para terminar, diré que mi emoción más grande fue toparme con el texto donde Pablo, pabilo de fuego, narra cómo conoció “al más original y poderoso compositor de México: Silvestre Revueltas”. Neruda llegó a su casa y ahí encontró a Revueltas que ya había tomado varias botellas de vino chileno. Revueltas le dijo: “Se me ocurrió pensar esta mañana que puedo morirme un día de estos sin haberte conocido. Por eso estoy aquí. Es malo que los hermanos no se conozcan”. Neruda cuenta que Silvestre quedó en su casa varios días (tres), el poeta salía para hacer sus quehaceres y el músico, tan tranquilo, bebía vino chileno. Un día (el cuarto) como llegó ¡desapareció! Los dejo con el relato de Neruda: “Se había ido a dirigir los ensayos de su Renacuajo paseador, ballet clásico de nuestra época contemporánea.
“Algún tiempo después, la noche del estreno, estaba yo en un palco. En el programa se acercaba el momento en que debía presentarse Silvestre a dirigir su obra. Pero ese momento no llegó. Sentí que desde la sombra me tocaban el hombro. Miré hacia atrás. Su hermano José Revueltas me susurró:
“-Vengo de casa. Acaba de morir Silvestre. Eres el primero en saberlo.”
Por eso ahora digo que Mario nos toca en el hombro y nos dice: vengo de casa. Acabo de ver a Pablo Neruda. Acá os lo entrego. Son de los primeros en saberlo.

viernes, 14 de diciembre de 2012


PARA MIRAR UN CUADRO DE FRIDA KAHLO

Imaginá que entrás a un museo, a la hora de la comida, a la hora que el guardia come una torta de pollo, con frijol y aguacate. Imaginá que llevás un bolso de marca, de esos donde caben todos los chunches que las mujeres usan: lipstick, polvera, celular, Ipod, cartera, un condón con sabor a fresa, lápiz para pintar la raya del ojo y monedas para pagar el viaje de la chamba a tu casa.
Imaginá que sos una mujer frustrada, porque siempre deseaste ser artista plástica y ¡mirá en qué terminaste! Imaginá, entonces, que no laborás en esa fábrica de ocho a cuatro de la tarde.
Imaginá que sos otra, que no sos la que todas las noches empuja la puerta, tira el bolso, prende la cafetera y se cambia las zapatillas por el par de tenis. Imaginá que tu destino no es una arruga sino la raya del camino. Imaginá que las ardillas también son saltos para las ramas de tu cuerpo y de tu espíritu.
Cerrá los ojos y regresá al museo. A esas estancias donde las paredes sirven para colgar obras de arte y no, como en tu casa, para colgar calendarios con figuras de vírgenes de Guadalupe o carteles de Luis Miguel o del vómito que se llama Ricardo Arjona.
Entregá el ticket al guardia que se limpia la boca llena de frijol y aguacate. Caminá por la primera sala, ahí donde está la exposición que Armando te recomendó, porque no sabés qué prodigio es la pintura de Frida. En cada uno de sus cuadros está todo el terror que paraliza la voz y el sueño.
Evitá la tentación de sacar las donas Bimbo de tu bolso; detené el movimiento instintivo de tu mano que ahora busca el chicle. Recordá, por favor, que no sos vos, mujer de vecindario; recordá que estás en un museo y ahora, al lado de esa pareja de jóvenes que huelen tan a bosque, tan a boutique de Quinta Avenida de Nueva York, mirás un cuadro de Frida Kahlo, la mujer que hizo del sueño la tragedia del río a la hora que detiene su vocación de nube debajo del puente.
Imaginá que no abandonaste el primer curso de la Universidad, ahí donde aquella maestra maravillosa te enseñó los principios del color y del diseño. Imaginá que seguiste recorriendo los pasillos de la universidad, con las libretas abrazadas a tu pecho. Era tan bonito sentarse en grupo en la mesa de la cafetería y apreciar cómo los rayos del sol se tumbaban en el suelo. Se tumbaban sin rastro de cansancio, como satisfechos de haber recorrido tantas leguas luz.
Y ahora bebé ese cuadro de Frida, ese donde un venadito con cuernos es como un San Sebastián mártir lleno de flechas que manchan de rojo su cuerpo que parece levitar en medio de una avenida de árboles tristes y húmedos. Bebé la mancha del tronco verde. Mirá el fondo del cuadro, ahí donde una nube no tiene la placidez de la tarde sino la miseria de ese rostro.
Ahora imaginá que ese venadito es una venadita, porque así debe ser. Ahora, por favor, eliminá el diminutivo porque la miseria nunca ha sido miserable cuando llueve. Ella, Frida es una venada. ¿Mirás cómo has llegado a la síntesis perfecta? Ese animal que levita es un animal ciego a mitad de un túnel donde los trenes viajan; es una ventana a mitad del suelo; es un aerosol que sueña con el aire de su luna.
Ahora, satisfecha y llena de más piedras para tu trauma, hacé favor de salir del museo. Sentate en esa banca llena de hojas secas, abrí tu bolso de yute y sacá las donas de tu almuerzo.
Imaginá que no sos vos, la mujer que, mañana domingo irá al parque a dar de comer a las palomas de la plaza.
Imaginá que sos como un venadito, pero sin flechas. Un venadito que parece levitar a mitad de un sueño.

miércoles, 12 de diciembre de 2012


GRIETAS QUE SON COMO BEBIDAS SIN HIELO

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como una raya azul en camiseta y mujeres que son como una grieta en la pared.
La mujer grieta en la pared se camufla como si fuese lagartija. Sus hendiduras le vienen de una alfombra roja a mitad del desierto, de un nido sobre una rama rota. Sus hendijas le vienen de una mujer que vende Esperanzas envueltas en papel de estraza.
Cuando baja la niebla ella la usa como bufanda, la usa como lipstick para conjurar el gris del alma. Las piedras le sirven como almohada, como rasgueo de guitarra para un solo de sax.
Le encanta asistir a conciertos donde la voz es como un par de notas sobre la banqueta. A veces, ¡qué pena!, se echa como vaca en los callejones, abre la mano y pide limosma. Pide un poco de sol, un poco de pie para la marcha, un poco de agua para el estío y para la hora del frío en la madrugada.
Sabe que la palabra “conocimiento” es como una mano que tentalea la oscuridad y el miedo. No hay certezas, en el mundo ¡no hay certezas! Apenas lámparas para la hora en que el dedo busca el timbre o el pomo de la puerta.
Si cierra los ojos piensa en la sangre que recorre sus carreteras, piensa en la montaña que deshace el cristal del sol, piensa en las vías del tren de las piernas de su amada, piensa en las palmeras que son como casas para el calor y para la playa.
Si cierra la posibilidad del deseo piensa en los tambos de basura de un parque de diversiones, piensa en las llantas que pierden su vocación y terminan siendo columpios, piensa en las cabelleras que se extraviaron en los años setenta.
Si cierra la puerta antes de abrirla piensa en las estaciones de gasolina a mitad del desierto, piensa en las manos que no encuentran el deseo, piensa en cómo los postes tienen vocación de alambre, de cuerda para guitarra del cielo.
Si cierra la boina que enamora al sombrero piensa en el perro que mueve la cola, piensa en el cinturón que ciñe la mitad del mundo, piensa en los arbustos que delimitan los predios.
Sabe que, como dice la Biblia, hay un tiempo para todo. Hay un tiempo para prender las luces; un tiempo para subir las escaleras de incendio; un tiempo para poner series de luces a los árboles; un tiempo para bailar a mitad de la calle; un tiempo para cerrar el ojo a la pasión; un tiempo para tomar el café en la cafetería favorita de Julio Cortázar, de Joyce o de la Yourcenar.
Usa lentes oscuros porque, también, el alma necesita cubrirse del sol o pasar de incógnito a mitad de la plaza.
Usa blusas escotadas porque sus pechos son como esponjas que necesitan la humedad de los tejados. Cuando los hombres la ven sueñan que ella se abre la blusa y ofrece sus cervatillos a la boca del lobo y de la mano que es como una luciérnaga.
Odia a los hombres que tienen el carácter de tubos sobre cabellera de mujer de vecindad a las seis de la mañana; odia los hombres que saltan como si fuesen chapulines o como si midieran los pasos para cobrar en ventanilla de un asilo o de una tienda de raya.
Por el contrario, le encantan los hombres que son como un lunar al lado de los labios, que son como una hamaca para la hora del sueño.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como la mano que extraña el pie y mujeres que son como el nudo que nunca llegó a ser parte de la corbata.

lunes, 10 de diciembre de 2012


POLVO, PURO POLVO

Amín Guillén Flores me invitó a presentar la novela “En Tierra Ajena”, de Elsa de Solórzano. Paso copia del texto que leí.
La novela de Elsa de Solórzano se llama “En Tierra Ajena”. Tierra es un concepto femenino que alude al origen. Los hombres, pensamos, somos de la tierra.
La lectura de esta novela me provocó la siguiente reflexión: ¡todos vivimos en tierra ajena! Quienes vivimos en nuestro lugar de origen también lo hacemos en una tierra que, de origen, nos resulta ajena. Ajena en el tiempo y en la circunstancia. Meditemos en el acto que nos reúne esta noche en este espacio. Acá donde estamos fue el despacho del propietario anterior de esta casa. En este instante es un espacio nuestro, pero, en esencia, no nos corresponde, no nos corresponde porque desconocemos la historia, desconocemos las huellas de sus paredes y de su techo. Pero, igual forma, el propietario anterior nunca pudo advertir el futuro de este espacio. Espero que su espíritu esté en calma al saber que sirve como un espacio cultural. Yo, igual que ustedes, he conocido espacios que, con el tiempo, han cambiado su vocación. En Comitán, por ejemplo, donde estuvo el Cine Comitán ahora es una tienda de ropa. Cuando entro a la tienda trato de reconocer un espacio donde disfruté lo mejor del cine mexicano, pero no puedo aprehenderlo a cabalidad. Me siento, como el personaje principal de esta novela, en tierra ajena. Y esto que digo es sólo un ejemplo, si me siento y tomo una taza de té y reflexiono en ello y voy más allá caigo en la cuenta que todo espacio me resulta tierra ajena, a pesar de la cercanía, a pesar del afecto de mis afectos. No somos de esta tierra, tal vez somos, como aseguran muchos estudiosos: la nostalgia del polvo de las estrellas.
Pero no sólo se trata de los espacios exteriores. También vivimos en una tierra ajena en nuestro interior. No nos conocemos a profundidad. Los seres humanos no sabemos quiénes somos. Por esto, la vida es un constante tratar de conocernos. Y cuando la vida cesa, ¿quién lo sabe?, tal vez mudamos a tierra ajena o regresamos al lugar primigenio, el verdadero espacio nuestro.
La novela de Elsa alude a esta territorialidad que no nos corresponde. Los personajes femeninos de esta novela bullen en esa búsqueda. ¿Cómo apropiarse de un espacio desconocido? ¿Cómo entender que cada sector tiene sus propios códigos, impulsados a través del tiempo?
Cada personaje se mueve bajo paradigmas impuestos. Una mujer que nació en el Norte de la República tiene semejanzas con una mujer que nació y creció en el Sur de la Patria, pero, por encima de esas semejanzas, existe un muro difícil de escalar construido con ladrillos impecables que llamamos diferencias.
¿Qué papel juega una mujer indígena en el contexto de su territorio de origen, territorio que parece no corresponderle? La mujer indígena que vive en Chiapas, igual que la mujer nacida en Monterrey, también vive en tierra ajena. El desprecio del otro así lo demuestra. Los dueños originales han sido desplazados y, a pesar de vivir en territorios que le son conocidos y reconocidos, habitan como fantasmas confundidos en medio de la niebla.
La novela “En Tierra Ajena” es el reconocimiento de la otredad. Siempre somos otros y vivimos en espacios que nos son extraños.
Las historias que acá se desarrollan se mueven en territorios que nos son reconocidos, pero, a la vez, nos resultan ajenos. Ajenos porque la vida diaria nos pone un velo. ¿Quién está pendiente de la vida de la sirvienta, por ejemplo? ¿A quién le interesa saber qué historia existe detrás de ese aparente conformismo cotidiano?
¿La mujer tiene más conciencia de esa confusión? La aparente extraterritorialidad espiritual le es más cercana porque ella, la mujer de todos los tiempos, tiene la naturaleza de lo ajeno en su entraña. ¿Qué sucede cuando una mujer tiene un crío? ¿Qué sucede en su interior al saber que la carne de su carne se desprende para siempre de ella? Si la mujer tiene en sus hijos la conciencia de lo propio es apenas una utopía, porque nueve meses después todo vuelve a ser ajeno.
La novela de Elsa abre una ventana para esta reflexión, para este camino que no tiene un destino fijo. Es un poco como si el lector, desde el principio, supiera que no llegará a ninguna parte porque la literatura también es un territorio vedado para la certeza.

sábado, 8 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN ÁRBOL HACE UN BOSQUE

Querida Mariana: te cuento: “vení”, decía mi abuela Esperanza, y me llevaba debajo del árbol de durazno y me contaba de su vida en la finca de Huixtla. Cuando me lo contaba, la canción “Mi árbol y yo”, de Alberto Cortez, se oía a todas horas en los radios de Comitán.
Mi abuelo Enrique fue administrador de una finca, por los rumbos de Huixtla, de Acapetagua. En esa finca, me cuenta mi mamá, la bisabuela “Nana mía”, en las tardes calurosas, se sentaba debajo de unas matas de plátano y leía, leía mucho.
No sé vos, pero ahora que escribo esto me doy cuenta que mi vida ha estado ligada a los árboles. Tal vez esto sea una constante de todos los hombres. Uno de los árboles más famosos del mundo es el Árbol de la Noche Triste, donde, cuenta la historia, don Hernán Cortés se puso a batzear (batzear es una palabra bonita que usamos en Comitán y que significa llorar). Yo, gracias a Dios, sólo he tenido Árbol de la Mañana Alegre y Árbol de la Tarde Sosegada. Recuerdo con afecto el árbol de durazno. Mi abuela se sentaba en una silla tejida con plástico verde y estructura de fierro negro. Yo me sentaba en el suelo y me repegaba a sus piernas.
Ahora recuerdo los árboles de Los Lagos de Montebello. Cuando íbamos de paseo, en una camioneta Willis, color verde, buscábamos la sombrita de los árboles para entrarle con fe a los paquitos y al dulce de zapote negro que, con jugo de naranja, preparaba mi mamá. Siempre he estado cerca de árboles.
¿Te acordás cuando jugamos a decir cuál era el árbol más cercano a nuestro corazón? Como si tuviésemos naipes fuimos abriendo la memoria y desechando. Vos dijiste que un árbol muy cercano a tu memoria es aquél donde tu novio de prepa te besó. Ah, cuando lo dijiste me dio un retortijón en la panza y me puse colorado del coraje, pero nada mencioné, porque era parte del juego. Era, dijiste, uno de los árboles del Río Grande, el Árbol Quemado. Contaste que un rayo cayó sobre él y lo dejó chamuscado. Era viernes (¡chin, hasta el día exacto tiene registrado tu memoria!), era viernes el día del faje con tu novio, no el día que el rayó chamuscó al árbol. Habían ido con otra pareja, bajaron del auto y se separaron. Ustedes caminaron por la orilla del río y llegaron hasta el Árbol Quemado. Vos, no sé porqué, llevabas un vestido azul con florecitas amarillas (vos, que siempre usás pantalón de mezclilla). Estaban solos. Saber dónde estaban los otros dos. Pero, sin duda, hacían lo mismo que ustedes. Él, con su mano izquierda, te acarició el cuello y acomodó tu cabello, te besó cerca de tu oreja. ¡Ah, qué coraje! Él sabía, vaya que sabía, que vos sentís bonito cuando alguien besa tu cuello y juega con el lóbulo de tu oreja. Vos cerraste los ojos y dijiste que lo amabas. ¡Ah, qué coraje! Dejaste que sus manos jugaran con tu cintura. Estabas recargada contra el Árbol Quemado. Tus manos también jugaron con su cuerpo.
Yo, inocente, dije que uno de los árboles más cercanos a mi corazón fue el del sitio de la casa de la tía de Carlos Robles. Los niños íbamos a las sesiones de la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) en una casa de color amarillo que estaba casi enfrente donde ahora da servicio el restaurante La Casa Rosada. Nos sentábamos ante una mesa de madera, larga, tan larga como el corredor lleno de helechos. La tía, con un librito en la mano y un rosario, nos decía que Dios está en todas partes y yo, sin dudar, sabía que eso era cierto, porque al final de la sesión, cuando la tía nos daba una galleta como señal de que la sesión había terminado y podíamos ir en paz, los más cercanos a Carlos íbamos al sitio de la casa y nos columpiábamos en las ramas de dos enormes árboles. Los más intrépidos subían a la casa del árbol y jugaban a Tarzán. Pucha, yo los envidiaba y los admiraba porque tenían grandes aptitudes para treparse sin ninguna dificultad. Yo, que siempre he sido tutuldioso, aplaudía sus maromas, pensando que eran como changos; que eran como esos trapecistas que, de vez en vez, llegaban en los circos a Comitán.
La canción de Cortez cuenta que él y su mamá plantaron el árbol que su papá llevó. Luego dice: “…fue a la sombra de mi árbol, una siesta de verano, donde perdí mi inocencia…”. ¡Pucha, qué prodigio! Vos no perdiste la inocencia en el Árbol Quemado, pero como tu novio se emocionó de más terminó manchando el pantalón y, de paso, manchando tantito tu vestido azul. ¿Qué dirías en tu casa cuando vieran la mancha? ¿Qué dirían sus compas a la hora que subieran al auto? ¡Fácil! Fueron al río, en medio de risas, se pusieron en cuclillas y se echaron bastante agua, lo refregaron y ¡listo! Cuando sus compas preguntaron, ustedes, con cara de inocentes, dijeron: “Es que jugamos a guerritas de agua”. Los papás se hacen de la vista gorda, pero los preparatorianos juegan, juegan el misterioso juego de aprehender el misterio. ¡Qué bonito! Bueno, ni tanto, cada vez que lo recuerdo siento en mi panza algo como un tapete de alfileres. Soy tan masoquista que, a veces, voy al Río Grande y busco el Árbol Quemado sólo para hacer más intenso ese placer doloroso de recibir punzadas en medio de la panza y del corazón. ¿Por qué lo hago? ¡Quién sabe! Tal vez algún día acuda a un sicólogo para que me dé razones de esa costumbre de treparme a la cruz a cada rato. Y es que la cruz es prima hermana del árbol. Te digo ¡mi vida está ligada al árbol!
No recuerdo haber sembrado algún árbol en compañía de mi mamá, pero sí lo hice al lado de mi papá. Hace varios años (más de veinticinco), una tarde de diciembre, fuimos a un terreno de su propiedad y sembramos unos pinos y unos eucaliptos. “Muchos años han pasado y por fin he regresado a mi terruño querido, y en el límite del patio ahí me estaba esperando como se espera a un amigo. Parecía sonreírme, como queriendo decirme Mira, estoy lleno de nidos, ese árbol que plantamos, hace como veinte años, cuando yo sólo era un niño”, dice la canción de Cortez. Los árboles que plantamos mi papá y yo, gracias a Dios, siguen creciendo. El terreno ya es de otra persona, pero, por coincidencias del azul del cielo, esos verdes “llenos de nidos” siguen creciendo. En diciembre me pongo una chamarra, camino y paso por ese terreno, elevo la vista y los veo con sus ramas principales apuntando hacia arriba, siempre hacia arriba y pienso que apuntan a lo más sublime.
Este recuerdo brota porque ahora en el parque central tenemos un árbol. El árbol más grande que jamás tuvimos. Nuestro Presidente Municipal, el Licenciado Luis Ignacio, plantó un árbol. Lo hizo para que los niños, jóvenes y adultos de este pueblo tengamos un referente. Lo hizo, sobre todo, para que los chiquitíos comitecos se empapen de luz en esta navidad. Dos o tres compas han protestado (los pocaspulgas de siempre, los eternos talamontes del alma), pero la mayoría (¡qué bueno!) ha recibido el árbol como se reciben las cosas buenas, con el corazón abierto. He visto a la gente tomarse la foto, pero, sobre todo, he visto a la gente acercarse, entrecerrar los ojos y ver cómo los ángeles que están trepados en el árbol parecen levitar. Sí, este árbol está “lleno de nidos” que cobijan ángeles. ¿Podemos tener un mejor augurio, una mejor señal para nuestros espíritus? No lo creo. El Licenciado Alex Albores, Director de Economía y Turismo, puso todo su entusiasmo para que este árbol llegara a Comitán. Hasta mero arriba del árbol ¡una estrella! La estrella, vos lo sabés, ha sido permanente guardián de nuestro pueblo. Dicen los que saben que Balún- Canán significa “Nueve estrellas”. Ahora, una de éstas corona el árbol. ¿Y las demás? Ah, las demás están en los corazones de los comitecos.
El árbol es primo hermano del libro: tiene hojas y da vida. El árbol es el padre de nuestra esperanza: porque siempre apunta hacia el cielo. El árbol es el río que siempre va a dar al mar de nuestros sueños. La oración del agradecido dice: “Árbol, hermano mío, deja que mi raíz sea la fronda de mis deseos”. No hay, niña verde, niña hoja, mano más afectuosa que el árbol. Los enamorados tasajean el tronco sólo para grabar un corazón; los niños cuelgan los lazos para columpiarse en ellos; los amantes se recargan sobre los árboles viejos y ahí esconden las caricias pendientes, las que siempre están por cumplirse. Los árboles están sin estar. La mayoría de las veces no nos damos cuenta que son nuestros prójimos más próximos. A veces, los seres humanos somos como chuchos y sólo nos damos cuenta del árbol a la hora que levantamos la pata y orinamos.
Algo de Cosimo tenemos en nuestro espíritu. ¿Te acordás de Cosimo? Es el personaje maravilloso de una novela de Italo Calvino que decide, adolescente, trepar a un árbol y no bajar jamás. Una tarde brinca del balcón de su casa a un árbol y ahí queda a vivir para siempre. Brinca de un árbol a otro a otro y a otro. Uno espera que un día brinque de la fronda de un árbol a una nube. Las nubes están tan cerca cuando estamos en las alturas. Carlos Robles y los demás compas de infancia siempre estuvieron cerca de las nubes, les bastaba alzar la mano para sentir la barba de ellas. Yo, siempre niño tutuldioso, los miraba desde el suelo. Ahora, ya viejo, aún sigo parado a mitad del patio, al lado de las hormigas. Veo cómo la mayoría de mis compañeros continúa en el juego. Como Tarzanes se impulsan a través del tiempo y pasan de una fronda a otra, felices, emocionados. Tienen tan cerca las nubes. Yo, yo no soy más que un pepenador de piedritas. En el suelo no hay nubes. Cuando los pájaros bajan sólo lo hacen para levantar gusanitos que sirven como alimento para sus crías que están en los nidos, en las frondas de los árboles, cerca del cielo.

Posdata: Héctor Cortés Mandujano, escritor chiapaneco, cuenta que cuando fue funcionario dibujaba arbolitos mientras transcurrían “las aburridas reuniones de trabajo”. Siempre dibujaba árboles. Una sicóloga le dijo que el árbol era una representación paterna por lo que su manía significaba que extrañaba a su padre. ¿De veras? No, no. La onda es más simple: Héctor ¡ama los árboles! Ahora yo también confieso que amo a los árboles. Extraño a mi papá, por supuesto, pero siempre que camino por fuera del terreno donde sembramos más de diez y miro cómo se alzan orondos y se mueven al ritmo del viento pienso que algo de él está ahí y algo de mí también se mueve. Entonces sé que, en mi breve dimensión y a mi estilo, también soy un árbol y soy primo hermano del libro: tengo hojas y doy vida. Hinco mis raíces en el cielo y, a pesar de que soy un tutuldioso, miro hacia arriba, siempre hacia arriba, hacia donde está tu corazón, hacia donde están tus deseos, mi niña bonita, mi eucalipto.
Los papás se hacen de la vista gorda. No quisieran saber que sus hijos, cuando están enamorados, juegan el infinito juego del misterio y juegan con sus cositas. Yo, ahuehuete de más de mil años, sé que así es y los veo con ternura. Sólo pido a Dios que los bendiga y los cuide y que haga que sus territorios estén llenos de árboles y de oxígeno.

viernes, 7 de diciembre de 2012


A LA HORA DE QUITARSE LOS CALCETINES

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como un piano de cola y mujeres que son como una lámpara encendida.
La mujer lámpara encendida siempre toca los muslos de la oscuridad, lo hace como si fuese a pleno día, como si las manos diseñaran, por primera vez, el teclado de la madrugada.
Cuando dice adiós es como si se apagara, como si la puerta se volviera muro o alambrada.
Le gusta saberse reconocida y tener una planta de cabecera. Los despistados le obsequian plantas de pie, no saben, ¡tontitos!, que ella desea siempre una planta de luz.
Cuando da la mano para despedirse es como si diera la vuelta en el parque o moviera las manos sobre una esquina.
Cuando recibe una señal de Dios mueve las manos como si bailara una danza árabe.
Se tira sobre la arena; se recuesta sobre una hamaca donde las cuerdas son como cuerda de guitarra a la hora de la fiesta.
Le gusta usar pulseras de oro. Sus enemigas dicen que es porque Sade es su autor favorito. El color rojo es el color de las tardes en que toma el té. No porque se crea de la nobleza, sino porque su mirada está más allá del patio donde los niños tocan el labio y la pestaña.
Le gusta abrir los ojos cuando los demás los cierran. A la hora en que el desierto sueña con ser mar, a esa hora ella se sueña oso polar cerca de una chimenea.
Le gustan los juegos de mesa, no los simples de damas chinas o de ajedrez o de monopoly. ¡No, no! Le gustan los juegos donde una pareja convierte a la mesa en una frazada; donde la mesa se convierte en una tela para disimular el vuelo de una montaña fría, de una gota de mar.
Sí, le gusta el frío. Lo prefiere ante el cordel de la templanza, ante el dedo caliente. No soporta el calor que provoca el sudor de las cortinas ni la humedad pegajosa de la mirada extraviada.
Le gusta el frío porque le provoca un aroma de árbol con esferas, un destello de ponche con piquete.
Le gusta el frío porque debe usar mantas para cubrirse el cuerpo. Y el cuerpo descubierto, ella piensa, es la mayor miseria porque nos recuerda que el álbum sólo es una brasa en sepia. Por esto, cuando hace el amor ¡lo hace vestida! Sólo deja un hueco, un mínimo hueco, para que el miembro de su amado sea la barca que navega en El Sumidero. ¿Por qué tal comportamiento? Ya lo dije: porque el lago no es callejón ni árbol con hojas.
¿Cuál es la palabra más amada? ¿Cuál la hoja que no mueve el viento? Su palabra es “buró”, porque, cree, la madera de cedro sufre a la hora que se convierte en clóset para guardar trapos viejos y sufre a la hora que se convierte en mesa para soportar el vino que tiran los borrachos. En cambio, ¡ah, qué prodigio!, la madera de cedro encuentra su vocación a la hora que se convierte en buró. El buró es como el café caliente para la mano que, en madrugada, apaga el despertador; para la hora que la mano toma el vaso de agua; para la hora que el ladrillo comienza a tejer el sueño donde el árbol se vuelve pie y recorre los ladrillos de la fragua.
¿Cuál es el límite de su cielo? ¿Cuál el límite de sus nubes? ¿Es acaso el pico del halcón? ¿El ojo a mitad del agua?
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como la escalera de una alberca, y mujeres que son como el parasol del jardín.

miércoles, 5 de diciembre de 2012


SIN HORARIO DE INVIERNO NI DE VERANO

Hay de Decretos a ¡Decretos! El de hace cinco meses fue aceptado a regañadientes, pero el de hace dos días es un absurdo.
Hace cinco meses corrió el rumor que el Presidente de la República Bananera prohibiría el uso de sostenes, en mujeres. Yo estaba en la estética cuando don Pancho dobló el periódico y dijo que ya el Presidente había enviado el Decreto a la Cámara de Diputados. ¡En efecto, tres días después apareció publicado en el Diario Oficial! Ante el júbilo de la mayoría de hombres, el desencanto de ciertas mujeres y la marcha de protesta de dos fábricas de sostenes, ¡el mundo acató la orden! El argumento de la incidencia de cáncer de mama provocado por el uso de ceñidores de tetas fue el hilo que sustentó la prohibición y atenuó las protestas a nivel mundial.
Pero lo de hace dos días es un exceso. ¿Por qué se Decreta la desaparición de relojes? ¡Fue en la peluquería, otra vez, cuando me enteré de esta aberración! Desde el Decreto de los sostenes, don Sóstenes (qué coincidencia), dueño de la barbería, colocó las sillas de tal modo que los clientes vemos la calle mientras él con tijera corta las puntas del cabello y rebaja el largo de las cejas. La decisión de don Sóstenes permite que todos veamos a las mujeres que pasan por ahí. Don Sóstenes sostiene (¡ah, qué coincidencia!) que desde el invento de la minifalda no se había dado un espectáculo tan agradable a la vista del hombrererío. Dice que un par de pechitos bamboleándose al ritmo de los pasos lentos o apresurados es lo más cercano al gozo que siente cuando le saca la lengua al cura y recibe la hostia.
Hoy en la mañana, a la hora (Dios mío, me da pena usar este término) que pasé por el parque vi que el brazo de una grúa levantaba el reloj municipal que durante tantos años, desde 1962, adornó la parte central del edificio neoclásico de la Presidencia. El hombre de la grúa, mientras movía la palanca con la mano derecha, con la otra mano se limpiaba el rostro con un pañuelo. María dijo que lloraba. Yo dije que se limpiaba el sudor. Pero, tal vez, ambos teníamos razón, porque cuando don Pancho dobló el periódico y dio la noticia sus ojos se llenaron de una niebla conocida. ¡Cómo no! Nuestra vida ha estado regida por los relojes. Mi mamá guardaba en un paño rojo el reloj de leontina que le obsequió su abuelo. El clásico reloj de ferrocarrilero. Y la tía Eugenia, todas las mañanas, después de sus rezos en el oratorio sacaba un paño verde, lo empapaba en un líquido y limpiaba la carátula del reloj de péndulo que compró en la Lagunilla.
¿Cómo aceptar un Decreto que decreta la muerte imperturbable de la medida del tiempo? Don Carlitos dice que el Presidente está obsesionado. Sus Decretos suben en la escalera de lo ilógico y de lo perturbador. ¿Adónde vamos a llegar?
Y pensar que cuando nos enteramos del cambio de horario ¡todos protestamos! ¡No sabíamos lo que nos esperaba! A partir de hoy, ¿cómo le hará el maestro para anotar los retardos de sus alumnos? ¿Cómo sabremos a qué hora (¡Dios mío!) abordaremos el tren? ¿Qué le vamos a decir a la hija que va al antro con sus amigos cuando nos pregunte hasta qué hora tiene permiso para regresar? ¿Cómo, mi mamá, sabrá en qué instante sacar el pan, si la receta dice que el horno debe estar precalentado a ciento diez grados y tardar diez minutos dentro?
No sabemos bien a bien a dónde nos conducirá esta decisión, pero mientras tanto, para evitar la multa de diez mil dólares y la mutilación del brazo derecho, por reincidencia, todos hemos llevado los relojes a la plaza pública, donde un buldócer los ha convertido en talco. Lo estúpido del Decreto fue que decía: “…y todos deberán llevar los relojes a la plaza pública para que sean destruidos. Tal acto se efectuará a las doce del mediodía…”. ¡Bah!

lunes, 3 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO, A VECES, EL CORO DE ÁNGELES OFRECE UN CONCIERTO EN LA ANTESALA DE LA OSCURIDAD (Segunda y última parte).

Querida Mariana: ¿en qué nos quedamos? Ah, ya recordé. La tía Elena remojó unas tortillas secas en agua y las ofreció al cenzontle. Vos sabés que el prodigio es como la enfermedad: ¡asoma sin aviso! Así sucedió con el pájaro. El informe realizado en la UNACH, en 2011, acerca del caso de 1934, habla de un cenzontle que se creyó burro. ¿Por qué tal comportamiento? El Doctor Alfredo De la Rosa, investigador de la Facultad de Veterinaria, escribió: “…y el comportamiento atípico del ave, según la opinión del Doctor Ernesto del Clavel, con especialidad en psicología inductiva, se debe a que, los dos primeros años de su vida, convivió con aves de corral y con dos bueyes, un loro y un burro. Se cree que, por alguna extraña mutación, el ave en cuestión adquirió el don del loro y confundió su canto e imitó el rebuzno madrugador…”. El informe no aporta más datos. ¿Qué pasó con “Angelito”? Tal vez, digo yo, fue descendiente directo del cenzontle de 1934, porque al leer el informe del Doctor De la Rosa, encontré que ambos pájaros provienen de la misma región de los Lagos de Montebello.
Sea por peras o por manzanas, la cosa es que una mañana la tía despertó con taquicardia. Dios mío, un rebuzno había retumbado en su conciencia. ¡Fue una pesadilla!, dijo, se levantó, se puso el chal negro y bajó a la cocina a prepararse un té de tila. Se sentó ante la mesa del comedor y, mientras soplaba el borde de la taza, trató de recordar el sueño. En ese instante el cenzontle, contento, brincaba de un palito a otro y “cantaba”, feliz de la vida. ¡Dios mío!, se paró la tía. Dios mío, eran unos rebuznos del demonio, como si alguien azotara a un burro por no aceptar una carga de leña o de barriles llenos de agua. Sonaron en el patio de la casa. La tía fue hasta la ventana y, movió tantito la cortina. Buscó alguna presencia extraña. Buscó casi casi segura de que encontraría una imagen diabólica, con cuernos, cola y pezuñas. Sí, pensó, en medio de la niebla del miedo ¡el diablo debe rebuznar como burro! Se persignó tres veces, porque en su imaginación, además de las pezuñas, los cuernos y la cola, apareció un miembro viril del tamaño del que tienen los burros cuando montan a las burras. Dios mío, volvió a persignarse. Nada vio. El patio estaba desierto, sólo el cenzontle brincaba de un palito a otro.
Cuando el pueblo supo la noticia, como si fuese una procesión, comenzó a visitar el patio de la casa. Tío Eugenio, primo hermano de la tía, sugirió que cobrara. La tía no aceptó la propuesta. Al contrario, la mañana que comprobó que era el pájaro quien rebuznaba, volvió a santiguarse y pidió a María, la sirvienta, que lo llevara muy lejos, allá por el rumbo de Los Sabinos y que abriera la jaula y lo soltara. Pero, a la hora que María, envuelta en su chal negro, abrió la puerta de la casa para cumplir el encargo, su patrona la jaló del chal y le dijo que no, que esperara, que tal vez esa era una prueba de Dios. ¿Por qué la mujer se había equivocado y había dicho que era un canario cuando era un cenzontle? ¿Por qué ahora esta equivocación? Alguien, ¿quién?, le había dicho a este animalito que era un burro cuando, a vistas, era un cenzontle. ¡Era una prueba de Dios! No, dijo la tía, no lo soltés. María regresó el ave a la jaula.
El tío Eugenio supo del informe de la UNACH y convenció a la tía para que fueran a buscar al Doctor De la Rosa. Una secretaria que se abanicaba detrás de su escritorio les dijo que él falleció a principios del 2012. El tío, en el patio de la Facultad de Veterinaria, secándose el sudor de la frente, se permitió una ironía: “el doctorcito se creyó “angelito””, en ese momento la tía tiró el paliacate rojo con que se limpiaba el cuello, se santiguó y dijo: ¡Dios mío, no digás eso! Y todo el trayecto de Tuxtla-Comitán no dejó de pensar en esas coincidencias que Dios le estaba enviando. ¿Por qué Eugenio había mencionado el nombre del cenzontle-burro para consignar la tragedia-felicidad cristiana del investigador?
Desde entonces, como ya dije, los comitecos aceptan el hecho como algo cotidiano. En las mañanas y en las tardes los vecinos de la tía oyen los rebuznos y nadie, nadie, piensa en que es el canto confundido de un cenzontle.
El otro día, la tía me dijo: vos que conocés a más gente, porque escribís en el periódico, vieras el modo de que algún investigador de Europa venga a mirar este caso. El “Angelito” está envejeciendo y un día parará las patas y se perderá la historia de este animalito de Dios. Sí, pienso yo. Pero ¿a quién le puedo pedir me ayude? Tal vez, pienso, a veces, sería bueno que le abriéramos la jaula para ver si vuela. Los pinches burros ¡no vuelan!, pero luego detengo mi pensamiento porque ¡si vuela!, Dios mío, la torcedura sería mayor y, cuando menos en mí, aparecería la confusión total: ¡un burro que se cree cenzontle!

sábado, 1 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO A VECES CAMBIAMOS ORO POR PIEDRITAS

Querida Mariana: nunca he sido “cascarero”. Jamás he jugado en la calle, con desconocidos. Admiro a quienes lo hacen. Admiro a quienes suben el pie sobre la pared y, cuando otro compa (un desconocido) se acerca a invitarlos a jugar, tiran el cigarro, lo aplastan, se suben las mangas de la camisa y le entran a la “cascarita” de básquet. Lo que sí admito es que, a veces, no sólo con vos juego. A veces la tentación me vence y acepto jugar con otras amigas (¿no te enojás, verdad? Bueno, no mucho). No lo hago por venganza, no lo hago como desquite porque vos jugás con tu novio y nada digo. Lo hago porque me gusta jugar a las palabras y, a veces, insisto, aparecen muchachas bonitas que me invitan a jugar.
Sé que no debería contarte lo que te contaré, pero al final de esta carta entenderás por qué lo hago. La otra tarde, cuando no contesté tus dos llamadas, jugaba con X.
“Nos pongamos apodos”, dijo ella. Y yo dije que sí. Lo dije emocionado. Estábamos en la sala de su casa. A mí me gusta ir a su casa porque es una casa antigua de Comitán. Tiene cuatro corredores y como mil cuartos (¡es una exageración!). La casa donde crecí de niño, ya lo sabés, tenía cuatro corredores. ¡Ah me encantan esas casas con patio central, corredores de ladrillo, llenos de helechos alrededor de las columnas de madera! ¡Ah, la casa de X es una casa espuma llena de aire; es una casa como novela de Murakami! Este tal Murakami es un escritor japonés que escribe bien bonito. Sus novelas son como ríos que corren por un lado y, dos páginas después, ya andan por otras riberas, iluminando otros soles. Así es la casa de X, una casa llena de agua para la sed.
Le dije que sí, que jugáramos a ponernos apodos. Pero que no sean apodos comunes, dijo ella. “Tenés carota de costal para cargar piedras”, dijo, se paró de la poltrona de madera y fue por un libro que tenía en la mesa de centro. Sí, dije, ese es un apodo común, “cara de costal” parece apodo de cargador de La Merced, de la ciudad de México.
El juego consistía en ponernos apodos con palabras comitecas. ¡Sale!, dijimos ambos. X se sentó en el piso, se recargó sobre el sofá, estiró las piernas y puso el libro sobre sus muslos. El libro era “Glosario. Habla popular comiteca”, que escribió mi querido primo José Luis González Córdova (qepd). X me ofreció una pastilla de menta, abrió el libro y dijo: “Sos un jocotío tierno”. ¿Por qué?, pregunté. “Porque sos verde para mi esperanza”. ¡Ah, qué bonito!, dije. Lo siento, mi niña de agua, me encanta el juego de la palabra y si alguien me dice que soy el verde para su esperanza me siento como hoja de árbol, como pedazo de tela de bandera mexicana, como globo. Sonrío y soy feliz. ¡No lo puedo evitar!
Ahora te toca a vos, dijo X. No dudé. Puse mi mano sobre la de ella (sin otra intención más que decirle que estaba contento) y dije: “Sos un chinculguaj calientito, recién salido del comal”. Ella, con su otra mano, acarició la mía (la mano, niña, la mano) y dijo: “Decime porqué”. Porque tu corazón está relleno de luz, de agua bendita, dije. Ella apretó mi mano, como si tratara de evitar que el agua de ese instante se diluyera. Sonrió.
¿Qué?, X preguntó. Nada, dije. Sólo que me acordé de doña Chusita, la señora que en el mercado Primero de Mayo vende chinculguajes, dije. Contame, dijo ella y yo hice el chiste malo de uno, dos, tres, cuatro…
El otro día, niña de olla de tierra, doña Chusita y su hija Tránsito llegaron al programa de radio “Crónicas de Adobe”. Ah, fue un programa lleno de viento. Ellas viven en Quijá. Tránsito baja todas las mañanas a vender sus chinculguajes.
Ahora que te escribo pienso en el juego con X. Cuando ella propuso que jugáramos a ponernos apodos con palabras comitecas entendí que estábamos jugando un juego de identidad. ¡Bien bonito! Ahora sé que doña Chusita es una bendición para este pueblo. Todos los hombres y mujeres que tienen oficios únicos ¡son una bendición! ¿Qué otra cosa, sino bendición, es la presencia del hombre que hace los festones de juncia? ¿Qué otra cosa, sino bendición, es la mujer que prepara los pastelitos de manjar, la que diseña las rejas de papel de china, la que hace las ollas de barro, el que construye los aldabones? ¡Pura bendición para este pueblo bendito! ¡Magos que hacen que este pueblo sea mágico! Ellos son los que preservan lo que somos. ¿En París comen chinculguajes? ¡No, allá comen baguetes con chucrut! Acá comemos Chanfaina. ¿Te cuento que doña Chusita también juega con las palabras? Su dicho más recurrente es: “No se vale llorar”. ¿De veras no se vale? No le hice caso, porque lloré al final del programa. Me conocés, lloro hasta porque a mi tía Elena se “le va la media”. Y lloro por esto, porque siempre me da mucha nostalgia cuando algo se va. No importa que sea la media la que se va. Pienso que cuando una “media se va” un hueco aparece y los huecos hacen daño. Vi la carita de doña Chusita, vi la carita de Tránsito. En sus caritas algo como un ligero hueco les pone una hoja de niebla. ¡Dios mío, cómo no llorar! ¿Cómo no llorar a la hora que doña Tránsito alzó su dedito y pidió un minuto para decirles a sus hijitas que las ama? ¡Me emocionó ver la emoción en su carita, ver el rayo de luna que la iluminó a la hora que mencionó el nombre de sus hijitas en la radio! Pero doña Chusita insiste: “No se vale llorar”. ¿De veras? ¿De veras debo contener esa agua en esta presa endeble? No, no le hice caso. Me emocioné y lloré. Lloré por todos los corazones que tienen grietas. ¡Dios mío! Pero no era esto lo que quería contarte. Quería contarte lo que ahora cuento: doña Chusita, cuando le dije que era muy conocida, dijo: “Yo no me pierdo ni en chanfaina”. ¿Mirás qué prodigio? Así como lloré al final porque pensé en la grieta, así lloré de alegría a la hora que oí esto. ¿Has comido la chanfaina? ¿Has hecho una cucharita con la tortilla y comido el caldito de la chanfaina? La tía Amparo decía que una buena chanfaina tiene el color de la tierra y la consistencia de la nube de algodón. Vos sabés que la chanfaina está hecha con las “menudencias” de carnero. Todo hecho en cuadritos como confeti. ¿De qué parte del carnero es este cuadrito? ¡Saber! Bueno, doña Chusita es tan conocida que ni en chanfaina se pierde. ¡Ah, qué maravilla! Pero dijo más. Hubo un momento de la plática en que recordó a una de sus hijas y dijo que ella es muy inteligente, pero que hizo una bobera, a veces “la viveza se baja a los carcañales”. Pucha, qué manera de definir la bobera. Mucha gente (me incluyo) metemos la patota y terminamos con la inteligencia en el calcañal.
¿Sabés a qué hora se levanta doña Tránsito para bajar a tiempo al pueblo? ¡A las cuatro de la mañana! Pienso en todos los hombres y mujeres que cuando nosotros dormimos, ellos trabajan. Pienso en los choferes de la ADO, en los locutores, en los que venden chicles y dulces en los andenes; pienso en los taxistas, en los meseros de restaurantes al lado de las carreteras; pienso en las muchachas bonitas que trabajan en antros. ¡Dios mío, qué chambas tan pijama deshilachada! Doña Tránsito, mujer “cañacastía”, se levanta de madrugada, prende la brasa y calienta los chinculguajes, para que vos y yo, y medio Comitán, a la hora del desayuno los probemos con un café bien calientito. Que Dios bendiga a doña Chusita y a doña Tránsito y a todas las mujeres que madrugan sólo para que vos y yo, y todo el mundo, pueda darle cuerda a la vida de manera amable.
“Sos mi marquesote”, dijo X y me dio un beso en la mejilla. “Sos mi marquesote, porque sos dulce y sos el complemento ideal”. Sonreí. Supe que, en ese momento, ella era mi agua de temperante, mi “encuache” perfecto.
Pero, niña de viento, sólo fue un juego. Lo sabés. En realidad, quien es mi chimbo bañado en miel ¡sos vos! Vos sos mi “mecapal” para cargar mis nubes; vos sos mi “palpanichim”, porque sos un racimo de campanitas que protege mi corazón.
Vos, niña melcocha, sos el sosiego de mi embelequería.
Ahora siento una opresión en mi corazón. Sí, me siento un desleal. No debí jugar con X. Como Cortázar le decía a Alejandra Pizarnik (poeta argentina): “Acá los juegos”. A veces, qué pena, salgo de nuestro espacio y, como cualquier mortal, caigo en la tentación. Soy un simple mortal, con mil defectos. ¡Qué pena! Todas las mañanas le pido a Dios que no deje que yo caiga en la tentación, pero…
Dije al principio de esta carta que en esta línea comprenderías porque te cuento esta deslealtad. Lo hago porque creo que esta es una manera de decirte que me siento mal y que prometo hacer todo mi esfuerzo para no volver a caer en la tentación. Todos los juegos, de acá en adelante, serán con vos. No importa que vos jugués con tu novio. Sé qué con él jugás otras palabras, no las que salen de nuestro fogón. ¿Me perdonás? ¿Volvés a dejar que, de vez en vez, unte un poco de menta en tu espíritu? ¿Entendés que soy un gatito y olvido que soy de casa y, de vez en vez, trepo a tejados vecinos? Ah, mi niña, me siento como una cruz olvidada en medio de la montaña. ¿Me perdonás?

Posdata: tal vez no lloré en la radio por lo que dijo doña Tránsito, ni por lo que contó doña Chusita. Tal vez lloré porque desde la tarde anterior tenía esa piedra en medio de mi cogote. Cuando salí de la casa de X comenzó mi opresión. ¿Cómo le digo a mi niña bonita que anduve jugando a las palabras con otra niña? ¿Se lo digo? Cuando llegué a la esquina del templo de San José, me senté en una banca del Jardín del Arte y pensé que no te lo diría, pero, un segundo después, pensé que debía hacerlo. Ahora, hincado frente a vos, enredado en el canto triste de un tristísimo cenzontle, te digo: ¿me perdonás? Fue un simple juego de palabras y ya no tengo apodo. Soy el Alejandro de siempre, tu Alejandro. Nunca he sido “cascarero”, pero a veces caigo en la tentación. Perdoname. ¿Vale?

viernes, 30 de noviembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO, A VECES, EL CORO DE ÁNGELES OFRECE UN CONCIERTO EN LA ANTESALA DE LA OSCURIDAD (Primera parte de dos).

Querida Mariana: la Universidad Autónoma de Chiapas sólo consigna un caso, en 1934. Es, por lo tanto, muy raro que un cenzontle se crea burro. Burro se creía el cenzontle de la casa de la tía Elena. ¡Ah, qué burro!, decía todo mundo, porque para la gente es más sencillo criticar que consignar el asombro. El pueblo entero miraba con cierta resignación y con total aroma cotidiano el hecho de que “Angelito” se creyera burro y, por las mañanas, trepado en el palito de su jaula rebuznara a todo lo que daba. Incluso no faltaba el perverso que se permitía bromas con el tamaño de su sexo.
La tía Elena compró el cenzontle en el Mercado Primero de Mayo. Lo compró con doña Ausencia que, de vez en vez, cuando la crisis económica la ahoga, en lugar de vender tamales de bola (con su chilito de Simojovel), vende pájaros. Un complejo de culpa asoma, porque cree que los pajaritos deben volar en total libertad por todos los cielos. Pero, las panzas de sus dos nietos son más convincentes y debe llenárselas. Por esto, cuando no tiene para comprar la manteca para hacer tamales, muy temprano se pone un chal y sale a la montaña. Por en medio de “espinos” camina y levanta la mano mientras silba. Algún don posee porque las aves despiertan y, atolondradas, vuelan hasta posarse en su mano, como si fuesen halcones entrenados en cetrería. La mujer mete en un bolso de mimbre todos los pájaros que atrapa. Le basta caminar un trecho de cien o doscientos metros para llenar el bolso. Al final tiene que espantar los pájaros que, necios, bobos, insisten en posarse en su mano. Baja de la montaña y mete a las aves en jaulas. Ya, pichitos, dice a sus nietos que también duermen en jaulas, ya, ya tenemos para comer toda la temporada. Por lo regular, estas crisis de dinero asoman en temporada de diciembre. La mujer piensa que es porque el dinero también siente frío. ¡Qué raro proceder!
Bueno, así, elevando la mano como si firmara una oración, consiguió al cenzontle que, dos días después, compraría la tía Elena. Esa mañana, la tía decidió que compraría un canario. Tomó su bolso y una jaula pequeña, de color cetrino, con algunas manchas de óxido. Pensó que después de comprar el kilo de jitomate y el manojo de cilantro iría a la Veterinaria del Doctor Hernández y compraría el canario amarillo que había visto la tarde que fue al rezo de la Panchita, en el templo de Jesusito. Pero, a la hora que elegía los jitomates para colocarlos en la bandeja oxidada para el pesaje, doña Ausencia apareció y le dijo: ¿compras’té un canarito? Ah, qué muda, esta mujer, pensó la tía Elena al ver que lo que la mujer ofrecía no era un canario. Pero, ¡Dios mío!, pensó, de nuevo, la tía. ¿No sería una señal de alguna almita en pena reencarnada en esa ave? ¿Cuánto?, preguntó. Dos mil, dijo doña Ausencia. Es bien cantador, dijo, y retiró totalmente la manta blanca que cubría la jaula. Mirelos’té, dijo. El cenzontle, todavía pequeñito, brincó sobre la jaula y emitió un pitido como de tren recién nacido. ¿Ya miros’té qué chulito?, insistió la vendedora. La tía abrió la jaula que llevaba y dijo: metelo acá. Abrió su bolso y le pagó a la mujer y, como si espantara un mal sueño, movió las manos y le dijo a la mujer: andate ya, antes de que me arrepienta. Doña Ausencia se santiguó, porque era su primera venta. Se retiró y, en la puerta del mercado, metió la mano a su bolso y encontró un “Guardabarranco” y lo metió a la jaula y comenzó a ofrecerlo a los que pedían un vaso de jocoatol.
La tía Elena colocó la jaula en el clavo de la entrada. Remojó unas tortillas secas en agua y le dio de comer al cenzontle.
¿Cuándo la tía se dio cuenta que el cenzontle se creía burro? Te lo contaré en otra carta, ahora tengo que ir al Súper San Luis a comprar croquetas para mi gato que, gracias a Dios, se cree lo que es. Un beso, mi niña canario.