jueves, 31 de diciembre de 2009

LISTA DE SUGERENCIAS PARA PROPÓSITOS DEL VEINTE DIEZ



- No comer palomitas en el cine, porque puede ser que una de ellas sea el Espíritu Santo.
- Conformarse con lo que toque. Si se está en la cima no mirar con desprecio a los de la sima; si -por el contrario- se permanece en el fondo aceptar con humildad los orines de todos los de arriba (para no mojarse de más conviene no ir a estadios cuando jueguen los pumas o las chivas; con los orines de los compañeros de trabajo y amigos es más que suficiente).
- Regalar afecto ¡no comprarlo! Sobre todo si la destinataria del afecto está como Isabel Madow.
- Construir cielos cada día y no cobrar renta si alguna muchacha bonita quiere habitar en ellos.
- Cuando uno esté en el Vaticano botar el traje de tacleador de fut americano en la Plaza de San Pedro, para no convertirse en basilisco en la Basílica.
- Al estar en la Casa Blanca ¡pintarse de colores!
- Sembrar piedras porque nunca se sabe qué crecerá debajo de ellas.
- Llorar como si el Ganges necesitara de nuestras aguas y reír como si el mundo fuera un árbol de otoño.
- Si uno se vuelve agua no meterse adentro de un bolis ¡porque se ahoga, se ahoga!
- Caminar hacia atrás sólo para sentir qué siente el pasado y comprobar por qué está lleno de equivocaciones.
- Caminar hacia adelante, siempre hacia adelante, sólo para creer que uno define su destino.
- Y, por último, quienes han estado “apersogados” de la mano de Dios no deben soltarse. Los otros, los que nunca han estado al lado de Dios, pueden seguir así. El libre albedrío consiste en ello: los segundos lo ejercen y los primeros sólo juegan a las "Escondidas" con Dios.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

EN EL AÑO DEL HUESO



Termina el año dedicado a Jaime Sabines. Para no quedar en el desconsuelo, don Panfleto PanPrisino ideó nombrar al 2010 como Año del Hueso. Dos o tres políticos se sobaron las manos pensando en que tal propuesta alude a la lotería donde se repartirán diputaciones locales y ayuntamientos chiapanecos; pero, en realidad, debieron relamerse los labios porque el año está dedicado al “Hueso de Tío Jul”, un platillo delicioso, típico de Comitán.
Hace muchos, muchos, años, un señor llamado Julián abrió una cenaduría donde ofreció “huesos”, que no son más que chamorros cocidos con hierbas de olor y se sirven acompañados con una salsa roja dulce, picles y tostadas fritas. El platillo se hizo famoso y la gente lo bautizó como “Hueso de Tío Jul”. Todos los comitecos que emigraron a tierras distantes se convirtieron en eternos “añoradores” de los huesos; por esto, aún en la actualidad, cuando regresan de vacaciones no ven la hora de que llegue la noche para ir a cenar (la modernidad ha provocado que los huesos se sirvan en el desayuno o en la comida, pero originalmente fueron creados como platillo especial para la cena). Los nostálgicos insisten en acudir al lugar original donde aún existe un letrero en lámina que reza: “Don fiado se murió, mala paga lo mató”, con el cual don Julián se lavaba las manos cuando alguien quería pedir fiado. Los emigrantes modernos son más tolerantes y acuden a los nuevos negocios que retomaron la receta original y donde, al decir de los expertos, la han superado. El negocio original ya no tiene tanta demanda. Algunos creen que esta “osteoporosis Juliana” se debe en gran parte a que “Tavito de Tío Jul” ya murió. Tavito fue el eterno mesero y llegó a ser tan, o más famoso, que el propio Tío Jul. Los clientes asiduos recuerdan a Tavito como un tipo severo, muy lejos del mesero atento y servicial. Además siempre estaba impregnado del tufo del cigarro porque fumaba a cada rato y en todo lugar. Pero, bueno, algo de magia tenía su personalidad que Comitán lo recuerda con cariño y, ¡el colmo!, lo extraña.
Los huesos de Tío Jul siguen dominando la “columna vertebral” de la gastronomía local. Doña Lupita y doña Gloria son dueñas de “El Foquito” y de “El Café Gloria”, respectivamente, las dos cenadurías más famosas donde se preparan los ricos huesos. No obstante nadie dice: “Vonós a cenar huesos de Tía Lupita o huesos de Tía Gloria”. Los comitecos han preservado el nombre original. Por esto, 2010 es Año del Hueso, pero de Tío Jul.
Con la experiencia del Año de Jaime Sabines, don Panfleto ha diseñado una serie de festejos. Así está contemplada la participación de Carlos Monsiváis con la conferencia: “Política Mexicana: Arte de agarrar hueso”; asimismo ya está confirmada la presencia de Angelina Jolie para presentar la película “Coleccionista de huesos”. Dentro de las actividades programadas se enviarán a pintar bardas en las ciudades más importantes del estado con la siguiente frase: “Hueso que no has de roer, déjalo comer”. También se entregarán cien medallas a los “Amigos del Hueso de Tío Jul”, tal presea se entregará a destacados periodistas, escritores, poetas, educadores y políticos. Para finalizar el festejo, durante el mes de diciembre de 2010 se inaugurará la exposición de pintura denominada: “Por lo que te debemos: Hueso de Tío Jul”, así como la presentación del libro donde poetas destacados del estado escribirán “Odas al Hueso y al Picle”.
Don Panfleto espera la colaboración desinteresada de instituciones como Coneculta-Chiapas para dar más brillo y relevancia a los actos, así como la solidaridad de todos los comensales fieles al hueso. Esta propuesta, según don Panfle, no tiene más intención que reconocer los valores de los antojitos típicos y propugnar por su defensa ante el embate de las hamburguesas y de los hot-dogs norteamericanos.

martes, 29 de diciembre de 2009

SE VALE


El Internet ha revolucionado nuestra forma de comunicarnos. A veces olvidamos cómo era el tiempo antes de este tiempo. En los años setentas, por ejemplo, enviar una carta de Comitán al Distrito Federal tardaba más de una semana. Los comitecos que estudiaban en la Ciudad de México y tenían novia en el pueblo natal escribían diario, a fin de que la comunicación no cayera en baches. Claro, diario gastaban cinco pesos en timbres postales, cincuenta centavos en papel y pluma, y otro tanto en suela de zapatos.
Ahora la comunicación es instantánea.
Como medio mundo está metido en este chunche, existe gente que busca afectos extraviados en el tiempo.
Este cuaderno de apuntes, a veces, funciona como "buscador". Tal vez no es el medio más adecuado, pero puede ser que alguien, en efecto, consiga lo que quiera. A final de cuentas nadie sabe quiénes entran a este blog y desde dónde lo hacen.
El otro día un compa entró quién sabe desde dónde y escribió lo siguiente:

"Hola, sólo para pedir un favor grande. Si alguien conoce a Guadalupe Ortega que me comunique con ella. Mi correo es osvin1981@hotmail. com. Ella vive en Juncaná. Gracias".

No sé si en Juncaná tengan conexión a Internet, pero estoy seguro que alguien de allá entra a este chunche y puede hallar esta botella que el compa lanzó al mar cibernético.
El Internet sirve para mil cosas. Entre ellas está el de servir de enlace.
Durante algún tiempo Enrique Loubet Jr -maravilloso director de "Revista de Revistas", semanario de Excélsior- publicó mis cartones en dicha revista. Yo enviaba los originales a través de Correo Certificado y lo enviaba con una anticipación de quince días. Hoy, cualquier caricaturista puede enviar su material, casi instantáneamente, a cualquier lugar del mundo.
Se vale que este chunche sirva para buscar Lupitas o Mercedes o Alicias extraviadas en el País de Las Maravillas. ¡Se vale!

lunes, 28 de diciembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA COCINA TRANSFORMÓ UNA VIDA



Querida Mariana, algún día recordarás los guisos que tu abuela prepara hoy. La cocina se convertirá en uno de los más entrañables referentes. Además de las paredes ahumadas y de los molcajetes, serán huellas para tu memoria los sabores y aromas de la naranja agria, del comino, canela, chiles, frijoles, almendras, chocolate y del pan recién horneado. Recordarás algunas palabras que son como el humo que retoza en el fuego.
Las palabras más luminosas de los poetas han pasado por la brasa del fogón. El poeta Pablo Neruda fue un niño que descubrió su vocación en medio de la cebolla y de la sal de mar (un buen cocinero no usa sal común, siempre usa sal de mar).
El niño Pablo jugaba con bolitas de masa cuando la abuela, frente a la mesa llena de pimientos, aceitunas, tomillo, cebollas y jitomates, dijo: “Ahora salpimentaré la carne”. Pablito había escuchado la palabra Salpimentar con anterioridad, sabía que era una palabra compuesta proveniente de la revoltura entre la humedad y el trópico. Por lo mismo, no aceptó esa mescolanza, así como no aceptaba que las gaviotas fueran simples pañuelos blancos; así como no aceptaba que ese sonido de marimba que salía del fonógrafo de la sala fuese un simple aleteo de madera.
Pablito salió al patio. El abuelo estaba sentado en una banca de cemento adosada a la pared blanca, tan blanca como si la espuma de mar hubiese trepado a hacer su nido en ese muro. El abuelo fumaba un cigarro sin filtro, por esto tenía amarillos los dedos de la mano derecha. El abuelo vestía el overol de siempre, llevaba la camisa en mangas y con manchas de aceite de oliva. A lo lejos se oía el parloteo de las olas al deslizarse sobre la arena de la playa.
¿Salpimentar? ¿Y por qué no: Pimentasalar? ¿Por qué siempre lo salado por delante? Pablito estaba harto de que, en la vida, la sal sea un condimento más importante que la pimienta. ¿Por qué Dios insistía en convertir a la esposa de Lot en una estatua de sal y no en una estatua de pimienta? ¿Por qué los escritores mediocres insisten en decir que la risa de un niño es la sal de la vida?
Marianita, en nuestra cultura hay un proceso de “salinización” que opaca a los demás condimentos. Por esto, Pablo Neruda propone “sazonar” la vida con otras esencias, a fin de dejar de estar “salados”.
Por esto, los evangelistas modernos hablan de una mujer que al volver la mirada se convirtió en “Estatua de Ajo”. Unos vecinos evitan pasar por donde está la estatua por el tufo que expele; otros, por el contrario, la visitan con frecuencia y lamen la estatua -sobre todo en el seno- para apropiarse de las propiedades mágicas del ajo.
Pablo Neruda amontonó muchas palabras en su morral, como si fuese rescoldo de ceniza lo barrió con una mano y lo juntó en la palma de la otra y ahora escribe su poesía con ese camino de flama.
P.d. Dos cosas que no tienen nada que ver con la carta. La primera, aclarar que este Pablo Neruda no tiene nada que ver con el Poeta Chileno, nuestro Pablo se llama igual que el Nobel de Literatura, pero vive en un lugar que se llama “La Palmilla” y está cerca de Arriaga.
La segunda, contar que hace muchos años tuvimos en casa un perro doberman. Se lo regalaron a Paty cuando el animal era muy pequeño. El veterinario recomendó cortarle la cola. Mi papá se opuso. Mi papá dijo que los perros manifiestan alegría cada vez que mueven la cola. Paty aceptó la sugerencia de mi papá y así “El Terry” fue de los pocos animales de esa raza que conservaron la cola. Mis amigos decían que se veía raro, que se veía corriente. Hoy sé que mi papá siempre tuvo la razón. Mi papá era sabio, era un buen hombre. Feliz 2010, Mariana. Cuidate.

domingo, 27 de diciembre de 2009

LA BALLENA


¡Una ballena varada!
¿Cómo una ballena llega hasta la playa y queda atrapada entre la arena? Esos maravillosos animales se mueven "como pez en el agua" a mitad de la bañera, pero se vuelven inútiles cuando llegan a la orilla.
¡Una ballena varada! fue el grito que el otro día se oyó en Comitán. Imaginé que era una broma, pero no lo era, un enorme animal estaba varado a mitad del campo de fútbol.
La gente (ya saben cómo son los comitecos) comenzó a bromear. Que la ballena no era tal, sino que era fulano (que es tan gordo y bonachón como un manatí); que si la ballena era la suegra de zutano. En fin, todo se volvió chacoteo.
Como siempre sucede tuvo que llegar un hombre ajeno a este pueblo para decir que si no hacíamos algo ¡el animal moriría!
¡Debemos regresarlo al mar!, dijo un compa, pero cuando miró alrededor y vio sólo tierra, subió a su carro y se alejó.
Fue hasta entonces que algunos compas comenzaron a preguntarse cómo había llegado ese animal hasta la mitad del campo.
Algunos dijeron que lo había traido el circo que hace pocos días dio función; otros dijeron que hace dos noches un ovni anduvo rondando por el cerro del Junchavín. "Es un extraterrestre disfrazado de ballena", dijo don Pánfilo, mientras doña Jovita, su mujer, se persignaba una y otra vez.
El hombre ajeno trató de organizar brigadas para mojar a la ballena, mientras solicitaba ayuda al gobierno municipal para conseguir un helicóptero "Hércules" para trasladar al animal al mar.
Un "pipero" se acercó y quiso vender cada pipa de agua a dos mil pesos; el encargado de SOAPAP dijo que no podía enviar ninguna pipa porque "estamos pué en tiempo de estío". Mientras tanto, la piel del animal se fue arrugando hasta quedar como la de un elefante.
"Se los dije -comentó don Pánfilo- es un animal de otra galaxia". Y agregó que ya se estaba pareciendo al ET de la película. Doña Jovita sólo movía la cabeza y se persignaba implorando el perdón de Dios.
A los dos días, la procesión que se había formado para ver el animal se extinguió. Sólo quedó el hombre ajeno cubriendo con trapos húmedos al animal moribundo.
El hombre ajeno hizo un último intento. Llamó a Comunicación Social del Ayuntamiento para que los medios de comunicación difundieran la noticia a fin de que algún organismo ecologista internacional pudiera intervervenir, pero Comunicación Social no pudo hacer nada porque su Director estaba en Tuxtla Gutiérrez, cubriendo la final de La Academia, organizada por TV Azteca.
Ayer brilló la esperanza. Un movimiento inusitado se presentó alrededor del estadio. Cientos de hombres llegaron con cuerdas y arneses. El hombre ajeno trató de coordinar los movimientos a fin de que el ya escuálido animal no fuera maltratado, pero la turba lo empujó y pasó encima de él. Los cientos de hombres -vestidos como Chabelo- tiraron cuerdas por encima y por debajo del cuerpo del animal y, sin ninguna precaución, lo jalaron hasta un extremo del estadio y lo empujaron hasta dejarlo reclinado en la barda. Se limpiaron las manos, aventaron el balón y sonrieron satisfechos por haber quitado el estorbo de la mitad de la cancha. Jugaron, como siempre.

sábado, 26 de diciembre de 2009

SE TRATA DE COMPARTIR


¡Ya sucedió! Una nota de prensa dice que el inventor pasó la cena de navidad con su creación: ¡un robot!
Muchos escritores de ciencia ficción han imaginado así el futuro.
Actualmente hay jugadores de ajedrez que se avientan una partida con la computadora. He visto fotos donde el jugador está frente a una computadora y hace los movimientos. La ventaja de estos chunches es que tienen niveles de juego; así alguien acostumbrado a ganar puede elegir un nivel de principiante para que el contrario pierda siempre; a quienes les gusta el reto pueden elegir un nivel elevado y enfrentarse a "alguien" parecido a Karpov.
La imagen no deja de ser apabullante. Siempre es impactante una foto donde el hombre "convive" con su soledad.
Cada vez más los hombres "dialogamos" con máquinas.
Hoy la gente "habla" todo el día con su celular. Por suerte todavía hay otro humano del otro lado, pero, un día de éstos tal situación se modificará.
Ya el inventor pasó la noche con su robot. No está lejos el día que el robot se quede pendiente de la casa y el inventor chatee con él (o ella) a través de la computadora y le envíe mensajes para corroborar que en casa todo va bien.
Quienes estamos acostumbrados a la soledad, quienes somos hijos únicos, estamos más cerca de ese universo.
Los que somos hijos únicos nos acostumbramos a jugar solos o a inventar personajes que nos acompañaban en nuestros juegos infantiles (nos acercamos mucho al concepto de inventor).
Yo, por ejemplo, jugaba maravillosos torneos de fútbol. Colocaba una pequeña silla en un extremo (las patas delanteras eran la portería) y con una pequeña pelota realizaba "El Mundial de Fútbol". Yo siempre era la selección mexicana, pero, a la vez, era todas las demás selecciones. Una vez le tocaba a México y otra al equipo contrario. Era: todos los jugadores del mundo; y también era el cronista, pues a medida que se desarrollaba cada encuentro iba haciendo la crónica del encuentro. "Y ahora el Cuate Calderón despeja, el balón llega hasta la mitad del campo donde el jugador de Francia trata de quitarle la pelota a Chava Reyes, pero el jugador mexicano lo dribla y avanza...".
Los niños de ahora ya casi no juegan "cascaritas" en el parque. La inseguridad y los juegos electrónicos han hecho que la convivencia sea cada vez más difícil. Los niños de ahora casi casi juegan como lo hicimos los niños hijos únicos.
Tal vez en el futuro estos niños tengan más compañía. Siempre será más estimulante la presencia de un robot que tiene más o menos los rasgos físicos de los hombres.

viernes, 25 de diciembre de 2009

NACIMIENTOS DEL MUNDO

La familia González De la Vega fue entrevistada en el noticiario de Carlos Loret de Mola. El motivo fue exponer la colección de "nacimientos" que posee.
Si desean echarle un vistazo al programa pueden verlo en youtube.
Seleccionen la siguiente dirección y luego pinchen en la carpeta de Internet. Los enviará directamente al video:
http://www.youtube.com/watch?v=z5eW8LH95OA

AL QUE MADRUGA...LE LLUEVE


Mis afectos me critican. El veinticinco de diciembre y el uno de enero me levanto a la misma hora de siempre (5 de la mañana). "¿Cómo es posible que estés levantado a la hora que todo mundo duerme?", me dicen.
No es cierto que "todo mundo" duerma. Los fiesteros no saben que más de la mitad del mundo está despierta a esa hora en estos días. Los fiesteros no lo saben porque la pachanga tiene ese ingrediente fundamental que hace olvidar al mundo exterior.
Basta decir que el 25 una caterva de niños ya le anda por ir a ver los regalos que dejó el "viejito de la noche buena". A esta hora (5:53) ya muchos chiquitíos están abriendo los regalos. ¿Qué reciben los niños de hoy? Imagino que celulares y videojuegos. Los niños de mi tiempo eran felices con pistolas y cuchillos de plástico con los que jugaban a los apaches; eran felices con una pelota con la que soñaban ser como Pelé o como "El Cuate Calderón"; eran felices con un carrito de plástico o con un juego de muñecos verdes y grises que eran soldados de algún ejército indescifrable. Por desgracia, los juegos de siempre han tenido que ver con la guerra y la violencia. Pocos niños han jugado con nubes y con castillos al aire. A la mayoría le encanta jugar a vencer al otro. Por esto, cuando los niños crecen se dedican a joder al prójimo con toda pasión. Todo como si fuera un juego infantil.
Me levanto a la hora en que la mitad de los fiesteros sigue en el festejo; a la hora en que miles y miles de hombres y mujeres ya se levantaron para continuar con la rutina del trabajo. Digo, alguien tiene que manejar el taxi al que se suben "los bolos"; alguien tiene que estar al pendiente de que tengamos luz en las casas, cablevisión en la televisión e Internet en la computadora; alguien tiene que estar de guardia en el hospital a donde va a dar el compa que se quebró la cabeza en un accidente vehicular.
Alguien tiene que actualizar los blogs porque hay otro alguien que, muy temprano, se levantó y prendió la computadora.
¿Las calles están vacías? Bueno, lo están en la medida que algunos caminantes lo permiten. Ahora mismo escucho un automovilista que quema llantas a dos o tres cuadras de la casa y escucho el rumor de los pasos menudos de una mujer que ya se enfila al mercado o al templo.
Miles y miles de espíritus están alertas ya a estas horas.
Mis amigos, que son muy fiesteros, creen que todo es tiempo de fiesta, pero ¡no es así!
Hay millones de personas en el mundo que no celebran la navidad. Millones de personas tienen una religión distinta a la católica. Estos millones están despreocupados del nacimiento de Jesús.
Hace rato leí que miles de filipinos fueron obligados a salir de sus casas por el temor de una erupción volcánica. Ahora mismo están en un albergue. ¿Cuántos de ellos siguen durmiendo ahora? ¿Cuántos ya están despiertos?
Acá en casa "La Tasha" duerme sobre el sofá, pero "El Misha" ya salió al patio a ver qué de novedoso trajo la mañana. Yo, igual que el gato, ya ando husmeando el mundo.
¡Feliz navidad a todos los visitantes de este cuaderno de apuntes!

jueves, 24 de diciembre de 2009

LIMONADA SIN AGUA


Los árboles secos tienen su magia. Son como apergaminadas actas de nacimiento. Cada vez que voy a la Universidad paso por una casa que tiene un árbol seco. La dueña (imagino que es la mujer de la casa) lo tiene lleno de macetas. ¡Es un árbol seco lleno de vida!
Ayer fui a la casa de Carlos Rojas. Él vive en una casa hermosa, de esas casonas comitecas de los años cincuentas. La casa tiene un corredor con arcos y pilares de madera, un patio central y un "sitio" en la parte trasera.
En el sitio de su casa, Carlos tiene un árbol seco. Es como un cristo con muchos brazos que se recorta sobre el blanco de la pared. Carlos dijo: "Es un árbol de limón". Lo imaginé lleno de limones. Sólo como broma comenté que lo había agotado por tantas cervezas tecate que se había empujado.
¿Por qué se secan los árboles? ¿Sus ramas sabias olvidan beber la savia?
La verdad es que nunca había estado tan cerca de un árbol seco. Son como viejos que siguen estando sin estar. Ya están muertos y sin embargo siguen cumpliendo ciclos "vitales". Es cierto que el limonero de Carlos ya no da limones, pero en compensación sigue recordando algo a los habitantes de esa casa y a los visitantes ocasionales.
Sé que no todo mundo tiene el privilegio que yo tuve ayer. En la vida sólo se nos está permitido entrar a ciertas casas y a ciertos espacios. Carlos -generoso- me permitió ir hasta el "sitio" y acercarme a ese árbol de limones sin limones. Cualquiera puede pensar: ¿Para qué sirve un limonero que no da limones? ¿Para qué sirve un duraznero que no da duraznos? Tal vez para lo mismo que sirve un terreno que no da milpa porque está lleno de piedras; tal vez para lo mismo que sirve un arroyo que ya no lleva agua.
Los árboles secos no viven y sin embargo dan vida a los otros. Algunos hombres viejos son así, ¡árboles secos maravillosos!

miércoles, 23 de diciembre de 2009

COMO "LA TASHA" O COMO LAGARTIJA AZUL


Durante estos días ha hecho frío. En gran parte de la república existen temperaturas bajas. Acá en Comitán nunca se da una temperatura por debajo de los ceros grados, pero como estamos acostumbrados al clima templado y al calor moderado, nos pega duro cuando hace una temperatura de menos de quince grados. Además acá (ya lo dijo el dicho aquel de: Comitán, lugar de subidas y bajadas y un viento de la chingada) el viento se infiltra hasta en lo más íntimo.
Estoy de vacaciones, no obstante sigo levantándome a las cinco de la mañana (reviso el trabajo que debo entregar a la UNACH para titularme). Antier, como también es su costumbre, "El Misha" comenzó a maullar y a sobarse por mis piernas para que yo le abriera la puerta y saliera al patio. Por el amor de Dios, pensé, ¿qué vas a salir a hacer? ¡Hace mucho frío afuera!. Llovía ligeramente. Como estaba duro y duro alrededor del trapiche de mi pierna, ¡le abrí! Dio un brinco, casi podía decir de alegría, y salió orondo.
Media hora después, "La Tasha" (una perrita salchicha que ya está medio viejona) tuvo necesidad de salir a orinar al patio y con su pata rascó la puerta. Me levanté y le abrí. La perra sacó tantito la cabeza, husmeó, sintió el fogonazo de frío, vio la llovizna y decidió no salir. De un brinco volvió a treparse al sillón que funciona como su cama.
Al rato insistió con su pata sobre la puerta, hice el mismo movimiento y la perra también.
A la tercera vez, cuando creo que ya no se aguantaba, salió al patio -de carrerita- y regresó a su camita echo la mocha.
Soy como "La Tasha". La mayoría de mis compas son como "El Misha". Mis compas son intrépidos, les encanta salir a la calle, ir a ranchos, disfrutar del sol, de la lluvia y del viento. Les encanta andar en mangas de camisa o en playera. Caminan descalzos, toman su trago con harto hielo y echan machincuepas sobre la alberca o adentro del río.
Yo soy de aquéllos monigotes que casi casi se deshacen al contacto con el agua; soy como hoja de árbol que al menor soplido de viento se desprende de la rama.
Esto se debe a que fui un niño príncipe al que nunca se le permitió pisar el suelo con el pie desnudo.
Mis afectos se sorprenden cuando me ven con dos suéteres a la hora que el resto de las personas anda en playera.
Aparte de ser como "La Tasha" debo ser también pariente de los dinosaurios y de las lagartijas (más de éstas que de los primeros).
Sólo salgo a la calle si hay sol (y hasta eso si no es como el sol de Tuxtla o de Arriaga).
Cuando voy al campo no me acuesto sobre el césped, no trepo a los árboles ni camino por hondonadas. Procuro no manchar mi ropa (aunque mi ropa tenga cuatro días que no la cambio).
No sé sentarme en el suelo. Si voy al campo procuro llevar una silla.
No sé comer sin cubiertos. Me desespera no tener una servilleta (puede ser de papel, pero mejor si es de tela blanquísima).
¡Dios mío, qué hombre más complicado! ¡Lagartija sangrona, pero de sangre fría!

martes, 22 de diciembre de 2009

EL TAMBOR DE HOJALATA


Hace dos años me regalé un libro en navidad. Este año no "me regalaré" algo. Pensé que mi aguinaldo podría ayudar a darme un caprichito, pero se atravesó mi operación y mi aguinaldo voló como vuelan los años después de los cincuentas.
Por fortuna, un día llegó Pedro Ortiz a la Universidad Mariano N. Ruiz y donó un buen bonche de libros para la Sala Universitaria de Lectura.
Los alumnos y los maestros nos hemos favorecido. Ayer tomé "El tambor de hojalata" de Günther Grass y lo traje a casa.
Toda la tarde de ayer me la pasé metido en el mundo de Grass. No es casual que en la contraportada diga que este libro está considerado como "una obra magna de la narrativa moderna alemana".
La palabra "magno" es de uso riesgoso. Mucha gente la emplea como si fuera billete de veinte pesos. Pero acá el término está empleado de manera adecuada. La narrativa de Grass es magna.
Pedro se adelantó. De igual manera, Socorrito Román Sobrino, una destacada intelectual comiteca, ha donado a la Universidad un buen bonche de libros.
Dicen que la crisis nos está pegando duro, pero aún hay comitecos que hacen obras ¡magnas!
Que Dios bendiga los corazones de los hombres magnos y generosos.
Sigo con Grass.

lunes, 21 de diciembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA CALLE ES UNA MONTAÑA



Querida Mariana: sucede a menudo. Caminás por las calles de Comitán y de pronto, sin que exista un motivo, entrás a una calle poco transitada, casi silenciosa. Cuando te das cuenta, tratás de regresar por tus pasos, pero mirás a una mujer sentada en la banqueta que vende cacahuates recién dorados en comal (¡te gustan tanto los cacahuates, que la tentación te vence y continúas de frente!).
La mujer tiene los cacahuates adentro de un canasto. Una lata de tamaño mediano y otra lata pequeña le sirven como “medidas”. La medida grande a diez y la chica a cinco. Las bolsas pequeñas donde tiene cacahuates ya pelados, listos para comer, las vende a diez. A su lado dormita un perro.
La mujer carga un bulto detrás de la espalda. Pensás que es su hijo, pero luego desechás el pensamiento porque la mujer tiene más de setenta años. La delatan sus arrugas de surco de estío. Tal vez es su nieto, corregís. Casi casi podés oír la respiración del crío, debe estar enfermo porque suena como un venado perseguido; suena como si algo le apretara el cogote. Algo te aprieta también a vos. Quisieras sentarte a platicar con la mujer, preguntarle si la podés ayudar en algo. Te acordás que tenés amigos en la Cruz Roja, pero no le decís nada, porque el silencio de la mujer ¡impone! Además, la mujer tiene un tufo de muela podrida. Pero algo más fuerte que tu asco te hace seguir ahí.
Te agachás para tomar un cacahuate y probar si está bien dorado (comprobás lo que siempre has pensado: ¡los cacahuates de Comitán son mil veces más ricos que los Mafer! Los cacahuates de Comitán son los más ricos del mundo. ¡Ah, si en Comitán existiera un James Carter ya hubiera hecho una gran industria!). Le pedís una medida de diez pesos. No comprás de los que están pelados, porque te da asco pensar que la mujer peló los cacahuates con esas manos sucias que son como ramas secas llenas de moho.
Nunca sabés por qué entrás a esas calles que son como cajas misteriosas. Es como si una mano superior te guiara. Esto no tiene nada que ver con Dios –lo sabés-, más bien tiene que ver con eso que llamamos azar. Son calles alejadas del bullicio de las plazas, de los parques, de los mercados; calles ajenas a las carreras y risas de los niños; túneles sin las prisas de los adultos, sin aparadores ni puestos de tacos de barbacoa.
En esas calles, digamos casi tristes, nunca se miran globos trabados en los postes o en los alambres, ni se escuchan cantos de pájaros. Son calles canarios con enfisema.
La mujer te da la bolsa con los cacahuates y a la hora que te parás ¡ves el bulto de su espalda y descubrís una cola peluda en un pliegue del chal! ¡No es un niño, es un animal! La mujer descubre que la descubriste y se acomoda el bulto para que no mirés de qué animal se trata. Pagás y salís huyendo, casi casi como si te alejaras de una selva llena de bestias malignas. El perro despierta y hace el intento de ladrar, mientras el animal de la espalda se remueve como si despertara de un sueño de siglos. Sabés entonces que el olor nauseabundo viene de ese engendro.
Cuando llegás al parque central buscás un basurero, tirás los cacahuates y te prometés no entrar jamás a esas calles que huelen a bosque podrido. Aunque no estás segura si cumplirás.
P.d. ¿Qué sería de nosotros si no entráramos a esos espacios que parecen vedados al sol y a la luz de lo apacible? Estoy seguro que si Julio Cortázar caminara por Comitán se metería en todos esos lugares increíbles a donde vos te jala eso que llamamos Caos. Por esto a veces creo que tus desvíos son algo como un homenaje al Cronopio y a esos callejones patafísicos?

domingo, 20 de diciembre de 2009

EN EL TREN DE LAS SEIS


Supe que algo andaba mal cuando me pidió que la acompañara a comprar un boleto de tren. Acá entre nos, en Comitán no hay vías de tren. Nos pasa lo mismo que con el mar, sabemos de él sólo de oídas. Esto es un decir porque tampoco logramos escuchar el sonido del mar (aunque a veces no falta el compa que nos trae una concha de mar y nos dice que la peguemos al oído para escuchar cómo "bufa" el mar).
Pero como no me gusta contradecir a la gente acepté acompañarla. Abrió un viejo mueble y -de una caja metálica, también matizada por los años- sacó un fajo de billetes. Se puso una chalina sobre sus hombros, se arregló tantito la blusa frente al espejo, se puso un poco de saliva en los dedos, se alisó las cejas y dijo: "¡Listo!".
Caminamos con rumbo a La Pila. Me dijo que le gusta esta temporada donde hay muchos foquitos, listones dorados e imágenes de renos. Como si adivinara mi pensamiento me dijo que en Comitán a los renos sólo los conocemos de oídas (es un decir).
De pronto parece que en este pueblo todo lo conocemos a través de fotos.
Llegamos a la farmacia de don Manuelito y entramos. La farmacia de don Manuelito tiene muchos años de funcionamiento. Su estantería todavía muestra muebles de madera y pomos franceses de cristal. Sobre el mostrador aún existe un mortero con el que don Manuelito preparaba los mejunjes.
Mi tía colocó su monedero sobre el mostrador y pidió dos boletos para Arriaga. La dependiente (de bata blanca y lentes que colgaban de su cuello y estaban colocados sobre su pecho como si éste necesitara aumento para leer) le dijo que ya no tenía boletos. "Ahorita se fue doña Carmelita con los dos últimos que teníamos". Y explicó que en esta temporada se agotan todos los pasajes. "Tendrá que ser hasta el próximo año doña Milita", dijo. Mi tía guardó su monedero en medio de su seno y dijo que era una lástima, que -otra vez- se quedaría sin ir al mar ahora en diciembre. "Cada vez mis huesos resienten más el frío", dijo. La dependiente abrió una puerta abatible y abrazó a mi tía, a mí me dio la mano y nos deseó un feliz año.
Salimos. En la calle de enfrente estaba el sastre planchando. Sobre el mostrador de madera tenía un "burro" chaparrito y una plancha de esas antiguas de carbón. Planchaba un pantalón. Mi tía levantó la mano y saludó al sastre. Éste dejó la plancha sobre una base de metal y corrió hasta la banqueta donde estábamos y abrazó a mi tía. "¿Vas a viajar este año, Milita?", le preguntó y mi tía explicó que los boletos estaban agotados. Sí, dijo el sastre, y agregó que era una pena que en Comitán sólo tuviéramos tren. Algún día (puso cara de esperanza) habrá camiones y barcos, mientras tanto nos tenemos que acostumbrar a viajar en tren o en carreta.
Entonces mi tía dijo que ella sí no viaja en carreta. Con el traqueteo se le desacomodan sus huesos y la reuma se hace más intensa.
Se despidieron con un abrazo. El sastre me sonrió y me dio una palmada en el hombro.
De regreso a casa le pregunté a mi tía por qué no viajaba en camión. "Dichoso vos -dijo- ¿cuál camión?". Ya no dije nada.
Sólo para no quedarme con la duda le pregunté cada que tiempo salía "la corrida" del tren hacia Arriaga. Ella me señaló que me callara y se llevó un dedo a la boca. Por encima de los tejados de las casas y de los ruidos de la calle oí el silbato de un tren. "¿Oíste? Esta es la corrida de las seis".
Supe que algo andaba mal, pero no sabía bien a bien ¡qué!
Nunca lo sabré.

sábado, 19 de diciembre de 2009

EN EL AÑO DEL POETA


Hubo una denuncia de un supuesto fraude en el Premio de Poesía Jaime Sabines 2009. Alguien "demostró" que la poeta ganadora había incurrido en una violación a las reglas de la convocatoria: carencia de anonimato.
Coneculta Chiapas, institución convocante, creó una Comisión que "supuestamente" se dedicó a verificar la denuncia y a sancionar.
En días pasados la poeta recibió el premio en una ceremonia efectuada en el Ex Convento de Santo Domingo, en la ciudad de Chiapa de Corzo.
La Comisión jamás dio a conocer el resultado de sus investigaciones.
Alguien, entonces, ahora, tendría que hacer una denuncia del comportamiento soberbio de doña Jane Guadalupe (directora de la institución mencionada) y de su gente.
Actúan como lo que creen ser: dueños del poder omnímodo.
Pero tal vez dicha demanda no prosperariá porque la Comisión creada (quién sabe por qué instancia) repetiría el procedimiento. Así funcionan las cosas en este país.
Ahora bien, ¿la denuncia fue estéril?
No lo creo.
Sin demostrarse (porque no se creó una Comisión Investigadora), el denunciante original tomó "prestado" un nombre, un oficio y una nacionalidad. Dijo ser Colombiano y parecía que es de casa. Esto creó confusión y diluyó la seriedad de la denuncia.
No obstante, los hechos que denunció tuvieron rasgos de verosimilitud; es decir, la obra de la poeta ganadora no tenía el carácter de anónima. Esto propició que mentes perspicaces llegaran a decir que el jurado conocía perfectamente la obra de la ganadora y, por lo tanto, premiaba a la "autora conocida" en lugar de premiar una obra poética.
El premio fue entregado sin conocer un informe público de la famosa Comisión Investigadora. Lo correcto hubiese sido mencionar los resultados del informe antes de la entrega y haberlo hecho a través de boletines de prensa y, sobre todo, en la página electrónica de Coneculta Chiapas.
Pareciera entonces que la denuncia y los escritos a favor fueron irrelevantes, pero ¡no fue así!
Quedó constancia, cuando menos, de la actuación de las autoridades.
Ahora queda propugnar por una revisión a la Convocatoria para que el Premio, en lo futuro, tenga más seriedad. Un día de estos doña Jane Guadalupe se diluirá como el agua y -la esperanza dicta- nuevos vientos correrán.
Por el momento el espíritu de Jaime Sabines descansará de todos los atropellos que, en su memoria, se cometieron durante este año dedicado al poeta.
Lo que quiso ser un acto generoso se convirtió en una afrenta. Baste mencionar las bardas pintadas en todas las ciudades de Chiapas con versos del poeta. La profusión de errores de ortografía sólo logró "maleducar" a la niñez del estado.
"Que Dios bendiga a Dios" porque ya terminó el año.

viernes, 18 de diciembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO REGRESÉ DE UN VIAJE QUE NO HICE



Querida Mariana: ¿conocés a alguna mujer que no haya salido nunca ni a la esquina? Rosy era una de estas mujeres extrañas. Jamás salió de su casa, que era una casa hermosa de cuatro corredores y un patio lleno de sol. La casa la construyó su papá, quien llegó a Comitán en la década del sesenta. La mamá de Rosy era, también, una mujer extraña. Ella sí salía de su casa, pero siempre lo hacía escondida detrás de una máscara de carnaval veneciano. Don Robert, que así se llamaba el papá de Rosy, contaba que conoció a doña Evelyn precisamente en Venecia. Como nadie del pueblo logró verle la cara, los comitecos inventaron historias. Una de estas decía que el rostro de doña Evelyn era como el rostro de ese personaje de Los Cuatro Fantásticos que se llama La Mole; otra historia mencionaba que el rostro de la señora tenía dos huecos por donde le salían gusanos. El día que doña Evelyn falleció de muerte natural, a la edad de ochenta y nueve años, medio mundo de Comitán se presentó al velorio. Don Robert, en el momento en que la sala estaba a reventar, anunció que retiraría la máscara por unos cuantos minutos para que la gente saciara su curiosidad. La gente se arremolinó en torno al cajón y miró -¡sorprendida!- el rostro de la mujer. Era un rostro limpísimo. La anciana tenía un cutis de niña virgen.
Rosy jamás salió de su casa hasta la tarde del 8 de abril de 1978 en que un personaje extraño se presentó en su casa. Esa tarde Rosy celebraba su cumpleaños número treinta y tres. El personaje tocó y cuando don Robert abrió la puerta, el extraño se quitó el sombrero, hizo una reverencia y chasqueó los dedos para que el sirviente que lo acompañaba ofreciera un pastel de dos pisos. “Vengo a desearle un cumpleaños feliz a su hija”, dijo y, sin que el dueño de la casa lo invitara a pasar, el extraño dio dos pasos adentro de la casa y se quitó el saco en espera de que alguien de la servidumbre se hiciera cargo. Con pena, don Robert tuvo que hacerla de mayordomo y colocó el saco en su brazo que puso en escuadra.
Cuando corrió el rumor de que Rosy había huido con el extraño, medio mundo de Comitán escuchó una historia fantástica: el extraño vestía con un traje negro, un fistol rojo en la solapa y emanaba un olor singular; es decir, sin rodeos, era el mismo demonio personificado.
El extraño resultó un personaje tan importante y encantador que don Robert y su hija se rindieron ante su influjo, y el primero no tuvo ningún empacho en autorizar de inmediato el viaje que su hija -¡encantada!- emprendió por todo el mundo.
Si Rosy había sido la comiteca que jamás salió ni a la esquina de su casa, se convirtió en la mujer que más viajó durante los siguientes treinta años.
Hace cuatro días una mujer con cutis de hoja de trébol caminó por estas calles. Mi tía Eusebia dijo que ella era doña Rosy. “Velo, pué -dijo doña Arminda- con razón tiene la mirada de quien ya está de regreso de todo”.
En efecto, querida Mariana, la mujer era una mujer muy bella, como esas vírgenes que reciben la visita de un arcángel que dan una buena nueva.
Mi tía Eusebia dijo: “¡Mudencos que fuimos los comitecos! No era el chamuco, más bien era un ángel”.
P.d. Fijate, Marianita, que una vez llegó una mujer muy bella a mi casa y me ofreció viajar con ella por todo el mundo. Yo, que conocía la historia de Rosy, no dudé ni un instante. Entré a mi cuarto y llené mi maleta con ropa y algunos libros. Cuando regresé a la sala ya no estaba la mujer que yo confundí con ángel. Hallé una carta sobre la mesa de centro. La carta decía: “¡Perdón! Yo habría jurado que no aceptarías la propuesta, porque siempre dijiste que no abandonarías Comitán. Perdí la apuesta. Ahora debo ir a pagar”.
Ayer me escribió. Está en Madagascar.

jueves, 17 de diciembre de 2009

ENTREGA A HOMBRES HUMILDES


El gobierno del estado entregó el Premio Chiapas. Vi la entrega por la televisión. Dos personajes obtuvieron el premio en la rama de Artes y un médico en la rama de Ciencia.
Encontré una coincidencia en los mensajes de agradecimiento de los tres premiados: la convicción de que la obra de un hombre es el fruto de la convivencia.
Los tres galardonados agradecieron a los hombres y mujeres que, a lo largo de su vida, han estado en su entorno. Así, el maestro Peña Ríos (marimbero de mil sonidos) agradeció a sus padres, esposa, hijos y nietos. Contó que su mamá no deseaba que él se dedicara a la música, pero su papá siempre lo alentó.
En tanto el doctor Brindis hizo un ídem por sus maestros, por su esposa, hijos y por sus compañeros de generación. Ponderó la amistad como un valor eterno.
Y la maestra Maza (dancera de mil pasos) privilegió, de igual manera, el valor familiar y la presencia eterna de sus maestros de danza, así como el valor insustituible de los integrantes del ballet.
Es decir, sin la presencia de los "otros" ellos no hubieran logrado jamás el éxito.
Fue un reconocimiento a la labor de grupo. Nadie se construye solo.
En la vida es necesario el aliento de un padre o de una madre (o incluso el rechazo que sirve como estímulo contrario). ¿Quién navega por los mares sin la guía de los maestros?
Los hombres somos frágiles. Es la mano del otro que nos levanta para el vuelo. Una vez que aprendemos a volar los cielos se nos hacen pequeños.
Los tres galardonados nos dieron una lección de verdadera humildad. Ninguno de ellos alardeó con su obra personal. Por el contrario, todos reconocieron una labor donde los más cercanos quitaron malezas, sembraron, regaron y podaron los retoños.
Fue una entrega humanística, fue como un cielo sin nubes, pero con mucho viento alrededor. ¡Larga vida a los tres premiados!
Qué bueno que el arte y la ciencia tuvieron coincidencia con el humanismo.
Los tres premiados hablaron sin poses, lo hicieron de manera natural, como si el escenario del Teatro hubiese sido el patio de la casa y sacaran su silla y platicaran de la vida.
La vida, después de todo, es un simple riachuelo donde todos metemos la mano y, a veces, bebemos un poco de orines de los "simpáticos" que se orinan río arriba. Por suerte, la noche de la entrega del Premio Chiapas todo mundo bebió agua limpia. ¡Qué bueno!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

LLAM - HADA



Sonó el teléfono. Dejé el libro de Vargas Llosa sobre el sofá y fui a contestar. “Buenos días, ¿es usted Alejandro Molinari?”, dijo una voz femenina, como de veintidós años, cabello oscuro, pechos generosos, falda negra con abertura en el lado derecho, piernas cruzadas y cigarrillo con filtro entre las manos. “Depende -respondí- si es para decirme que gané una camioneta todo terreno ¡no soy!”. La chica hizo una mueca, apagó el cigarrillo sobre el cenicero, colgó y siguió comiendo el sándwich de pollo que se preparó en su departamento antes de salir para el trabajo. Regresé a la lectura de la nueva novela de Adolfo Vargas Llosa.
Apenas me había sentado cuando volvió a sonar el teléfono. Pensé que era la misma chica del sándwich con pechugas generosas e ignoré la llamada. Seguí con la lectura. Sonó mi celular, lo busqué en la chamarra que había dejado sobre la silla cuando regresé del trabajo. Vi que era M (baste la inicial para no revelar identidades). “¿Por qué no me contestas? Te estoy marque y marque”, dijo, y guardó el silencio clásico en ella cuando quiere aparentar enojo. Yo aparenté tolerancia y le conté la historia de la pechugona. Ella, con la misma voz de abeja a punto de clavar el aguijón, me dijo: “¿Cómo es posible que no puedas diferenciar entre mi voz y la de una cualquiera?” y colgó. Como si fuese una fruta prohibida desgajó con coraje la hoja donde recién había escrito unos versos dedicados a mí. Aventó la hoja en el cesto de basura y luego, como si fuese una niña, la escupió.
Volvió a sonar el teléfono. Aventé el libro al suelo y corrí a contestar. Pensé que era M, pero ¡no! Era la chica del sándwich. “Buenos días, ¿es usted Alejandro Molinari?”. Decidí cambiar la estrategia y respondí: “Sí, yo soy, ¿en que puedo servirla?”. “Felicidades, don Alejandro. Le comunico que ha sido elegido para disfrutar de un viaje al Caribe todo pagado”, dijo ella, abrió una lata de pepsi y le metió un popote con franjas blancas y rojas.
Entonces le pregunté si veía el programa de Chabelo. Ella se sorprendió tantito, dejó el sándwich al lado de la computadora y tomó un sorbo de la pepsi. Le pregunté si no podía catafixiarme el premio. “Sucede que estoy recién operado y no puedo viajar”.
Expliqué que dos noches antes una compañera suya me había ofrecido un viaje al África, con todos los gastos pagados, pero decliné por aquello de que en plena sabana me topara con un león o con un ñu. “Su compañera -dije- fue muy amable y me catafixió el viaje por la novela Crónica de una vida anunciada, del escritor tuxtleco Adolfo Vargas”.
La niña de los pechos generosos volvió a poner el popote entre sus labios y dio otro sorbo al refresco. “No -me dijo- nosotros somos una empresa seria y no podemos modificar el premio. Debe entender que es usted un privilegiado. Únicamente dos chiapanecos, entre millones, obtuvieron este privilegio”.
Le pregunté el nombre del otro agraciado, pero la muchacha de ojos verdes pistache, mordió un lápiz (ya había terminado el sándwich) y me dijo: “No, cómo cree. Eso es un dato confidencial”.
Supuse que lo mismo repetía en cada llamada (imaginé que la pobre pechugona debía hacer cientos de llamadas al día, pobre). Decliné el ofrecimiento, agradecí y colgué.
Sonó mi celular. Era M. En cuanto contesté oí su voz, en el mismo tono de pantera a punto de desollar a una oveja: “Ni se te vaya ocurrir decirme que no, me acaban de hablar de una compañía de viajes diciéndome que nos ganamos (así me lo dijo) un viaje al África con todos los gastos pagados”. ¡Era demasiado! Fui discreto, ¡no le dije que no!, simplemente colgué. Retomé la lectura de la novela.
No está mal la novelilla de Adolfo. Cuenta la historia de una mujer que trabaja como telefonista en una empresa que defrauda a cientos de incautos con el manido cuento de que ganaron camionetas nuevas o viajes con todo pagado.

POSTAL NAVIDEÑA DE ARIEL SILVA, FOTÓGRAFO PROFESIONAL, MERECEDOR DE LA BECA DEL PECDA-CONECULTA

martes, 15 de diciembre de 2009

SUEÑO DE CAPARAZÓN


La mujer tenía rasgos japoneses, pero me dijo que vivía en los Estados Unidos. Estaba de vacaciones en Puebla. No hablaba español. A pesar de que no hablo inglés, ella "insistió" en contarme una leyenda japonesa.
Me dijo que en Japón adoran a las tortugas, son como animales sagrados (la cajita que me compró tenía dos o tres tortugas pintadas). La leyenda decía que una niña encontró una tortuga que, en realidad, era un mago. Un día, la tortuga se perdió en medio del mar y la niña nadó hasta hallarla. Se agotó tanto que casi casi estaba muriendo. La tortuga le preguntó por qué había arriesgado su vida por ella y la niña le contestó que no había arriesgado nada porque estaba segura de que la tortuga no la dejaría morir.
Debe ser que algo de mago existe en cada tortuga que nos acompaña en el mundo. La leyenda que la mujer me contó justificó la emoción desbordada al ver la cajita (me sugirió que tratara de vender mis cajitas en los Estados Unidos, me dijo que serían un éxito).
Una señora de Puebla, dueña de un restaurante cercano al bazar Los Sapos, me encargó un cuadro con tortuguitas.
No sé por qué existe esta afición desmedida hacia estos animalitos. A mí me sucede lo mismo. De todas las mascotas del mundo las tortugas son los animalitos que se me hacen más sabios. Por lo tanto, su compañía es ¡la ideal!
La vida de los humanos tendría que ser un poco como la de las tortugas. Seguro que no habría guerras ni enfermedades ni hambruna.
¿Se enferman las tortugas? Tal vez sí, pero a mí nunca me ha tocado ver un animalito enfermo. ¿Se mueren de hambre las tortugas? Tal vez sí, pero yo siempre he visto a estos animalitos andar sin mayor problema. ¡Comen tan poco! ¿Será esto último la clave del prodigio?
En la casa se han muerto conejitos, canarios, loros, perritos y cotorritas australianas, pero jamás ¡las tortugas!
Ahora viven en casa cuatro tortuguitas. A veces, en la madrugada, escucho que se mueven y rascan la cajita donde están. Viven con nosotros desde hace más de veinte años y ahí están tranquilas. Nos acompañan con la discreción del viento, del agua, de la luz. No se hacen notar, no ladran, no cantan, no saltan de un lado para otro, no se refriegan en los pantalones, no mueven la cola. ¡No hacen algo! Sólo están ahí, solidarias. Son como las nubes, como los recuerdos.
Una de las tortugas se llama "Toledo" porque más pequeña tenía unos toques azules maravillosos sobre el caparazón. Dos más se llaman "Las Chiapanecas" por obvias razones. ¿Y la otra? "No tiene nombre". ¡Así se llama!
Los hombres deberíamos ser como las tortugas. Viviríamos mejor.

lunes, 14 de diciembre de 2009

LOS PREMIOS



En el mundo contemporáneo abunda la entrega de premios. A cada rato vemos por la televisión entregas para gente del cine, de música y demás flautas transversales. Esta profusión de premios ha generado confusión, a tal grado que el Premio Nobel de la Paz se entregó al Presidente Obama, un hombre que, con el envío de tropas, fomenta la guerra.
Como vivimos en tiempos de globalización, en Chiapas no pudimos evitar el contagio y nos dio el mal de la Premiofilia. Ahora resulta que medio mundo se cree merecedor del Premio Chiapas y está apuntado en la lista del 2009. Por esto, para evitar pugnas estériles -entre los cientos de candidatos- y para consolidar la repartición democrática (signo ineludible de estos tiempos), don Sabino de La Vega propuso ante la Secretaría de Educación que -mientras el Premio Chiapas vuelve a retomar su carácter honorable- se instituyan premios alternos, los cuales se denominarán: “Tenga para que se entretenga”, en homenaje al escritor José Emilio Pacheco, quien recientemente fue distinguido con el Premio Cervantes (el autor de esta Arenilla espera que los escritores chiapanecos no comiencen a soñar con el Cervantes y con el Nobel).
Don Sabino de La Vega (primo en tercer grado de don Jorge) dice que su propuesta retoma el ideal con que el Barón Pierre de Coubertin creó los Juegos Olímpicos. “Lo importante no es ganar sino competir” advierte el noble ideal olímpico (claro, no faltan los maldosos que insisten en decir que lo importante no es ganar sino hacer perder al otro).
Los “Tenga para que se entretenga” serán premios “tolerantes”; es decir, todo aquel que se inscriba como postulante recibirá el Premio. Con ello los postulantes evitarán la pena de ser “simples” candidatos al Chiapas, pasando a ser orgullosos poseedores del Premio “Tenga para que se entretenga”.
Don Sabino propone que la entrega coincida con el Teletón, a fin de que la ceremonia sea televisada. Igual que el Teletón, el premio alterno subirá cada año en su “recaudación”, pues se espera que más postulantes se inscriban cada año (este pronóstico se hace en base a la cantidad de “creadores” que -en la actualidad- se cree con méritos suficientes para pertenecer al círculo de la Gloria y de la Fama).
Como el lector inteligente ya apreció, la propuesta de don Sabino pretende regresar al Premio Chiapas la seriedad y honorabilidad que un día ostentó.
Llegará el momento en que los “Tenga para que se entretenga” se volverán tan comunes que será más prestigioso no ser premiado.
La convocatoria del Premio Chiapas debe estipular ciertos requisitos mínimos para que alguien pueda ser postulado; de lo contrario corre el peligro de continuar en un tobogán de desprestigio. ¿Mario Nandayapa, Premio Chiapas? Mario tiene un lugar en la literatura y en la investigación, pero debió ser humilde y declinar la honrosa propuesta que la UNACH hizo a su favor, reconociendo con ello la existencia de creadores que han realizado una obra más importante para el desarrollo cultural de este sufrido estado.

domingo, 13 de diciembre de 2009

CADA MAÑANA


A veces despierto cerca de un río. Como no sé nadar me mantengo alejado, trepado sobre un montículo. Desde ahí veo los niños que se descuelgan de lianas; mujeres -con el torso desnudo- que lavan ropa; hombres que -completamente desnudos- nadan y tratan de impresionar a las mujeres que sonríen y "cuchuchean" entre sí; garrobos tirados al sol; alguno que otro cocodrilo que duerme; y el agua que no cesa de fluir.
¡Es la vida! -pienso- por eso estoy acá. Desde mi atalaya observo la vida, mientras las hormigas llevan su carga verde por un camino bien trazado; mientras las mariposas revolotean a mi alrededor; mientras el sol cae a plomo.
En otras ocasiones despierto al lado de una carretera amplia, como una autopista. Los carros fluyen como si fueran un borbotón de agua incansable. A orillas de la carretera hay puestos con artesanías, con fruta, con frascos de encurtidos; hombres y mujeres que persiguen a los carros ofreciendo dulces típicos. Adentro de los carros los niños se fastidian, piden refresco y a cada rato preguntan si ya van a llegar. Los niños no entienden -nunca lo entenderán- que el viaje de la vida no es el destino sino el trayecto. Se aburren en el trayecto y cuando llegan a ser viejos se preguntan si ese aburrimiento fue la vida. ¿Esto fue todo?, preguntan y no hallan respuesta.
A veces despierto en mi casa. Entonces me levanto y disfruto de la vida sosegada, sin carros y sin ríos.

sábado, 12 de diciembre de 2009

EL MILAGRO


Le pregunté al Maestro Jorge: "¿Por qué la Virgen -en cualquiera de sus advocaciones- nunca se ha aparecido en La India, por ejemplo?". El Maestro sonrió y me dijo: "Eso habría que preguntárselo a la Virgen".
¿Por qué la Virgen no se apareció en este territorio antes de la conquista? Parece que el fenómeno de las apariciones está ligado a la llegada de los conquistadores con la evangelización.
Marcelo asegura que si Inglaterra nos hubiera conquistado, la Virgen de Guadalupe no nos hubiera bendecido con su aparición.
Pero nadie, nadie, puede negar el milagro. Ayer me asomé a la calle y vi a cientos de peregrinos portar la imagen de la Virgen.
La Virgen de Guadalupe aparece en todas partes y a todas horas. A veces recorro el pueblo y me topo con decenas de imágenes en talleres, interiores y exteriores de casas y en mil lugares más.
¡La aparición de la Virgen de Guadalupe es el milagro más visible del universo! Nunca, en ningún lugar, se ha dado una manifestación igual.
Millones de mexicanos llevan una imagen en su cartera o estampada en la playera o en una cinta en la cabeza. Ahí, enredada entre su vestimenta, va siempre el color de la bandera nacional.
¿Quién puede negar lo evidente?

viernes, 11 de diciembre de 2009

INVITACIÓN - FUNDACIÓN CULTURAL MARIO UVENCE

INVITACIÓN

El Consejo Estatal para la Cultura y las Artes y el Centro Cultural Rosario Castellanos, a través de la Coordinación de Talleres Culturales Multidisciplinarios, invita a usted y a su apreciable familia al evento:
"ENTRE POETAS"
que se llevará a cabo el martes 15 de los corrientes a las 5 de la tarde en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, alusivo al libro "Antología de Poetas Comitecos".

Programa:

.Bienvenida a cargo de la Lic. Angélica Altuzar y Mtra. Cothy Soto Crócker.
.Actuación especial del grupo de guitarra popular de la Casa de la Cultura.
.Prólogo: Profr. Jorge Melgar Durán
.Presentación y lectura de poemas en la voz de sus autores.
.Participación libre de declamadores.

Esperamos contar con su grata presencia.

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA CALLE ES TERRITORIO LIBRE



Querida Mariana: Alfonso fue un niño diferente. Mientras sus amigos soñaban con ser toreros, bomberos o sacerdotes, él soñaba con ser perro. Por esto, cuando su mamá le compró una mochila para que llevara sus cuadernos y libros a la escuela, él la usó para cargar las cartas.
Alfonso quería ser un perro, pero como era humano pensó que su oficio debía ser el de cartero, porque (así lo pensó) los carteros son tan libres como los perros.
Para lograr su deseo comenzó a practicar desde pequeño. Durante las noches escribía cartas y las guardaba en su mochila para repartirlas al día siguiente, en el camino de regreso de la escuela a casa; asimismo, justo a las diez de la noche, abría la ventana de su cuarto, buscaba la luna y, como si fuera un lobezno, aullaba en diversas escalas musicales.
Lo que Alfonso deseaba más en la vida era estar en la calle. Le parecía absurdo el sueño de sus compas. Los toreros, bomberos y sacerdotes se encuevan para ejercer su oficio. ¿Hay algo más claustrofóbico que encerrarse en una plaza de toros o adentro de un confesionario? A Alfonso le llamaba la atención el aire, las nubes y la plática con la gente de cara al Sol.
La gente del vecindario vio con afecto el oficio de Alfonso. Cuando don Pancracio -dueño de la panadería- debía enviarle un recado a don Moisés -dueño del molino- lo hacía a través de Alfonso, quien cumplía el encargo como si fuese la encomienda más importante del mundo.
Alfonso ejerció su vocación con gran responsabilidad. Jamás dejó de entregar una carta. Los chubascos y el viento huracanado nunca fueron pretexto para incumplir.
“¡Ese mi cartero!”, fue el grito que comenzó a escucharse por todo el vecindario. Alfonso levantaba la mano y sonreía. Pero, ya se sabe que en la vida nada es fácil. Los compañeros de la escuela sintieron envidia y comenzaron a gritarle: “¡Cartero, culero, culero!”. Alfonso se enojó.
Ya para este tiempo, el cartero había potencializado su capacidad de ser perro (se había especializado en ser doberman). Una noche peleó con un rottweiller rabioso y lo dejó ciego.
La gente no lo sabía, pero Alfonso lo tenía muy claro. Él ejercía el oficio de cartero para acercarse a ser lo que en realidad deseaba: ¡un perro!
Cuando la gente lo saludaba él movía la cola, y cuando recibía un hueso él se paraba en dos patas y movía las manitas. Cuando debió delimitar su territorio de entrega él alzó la pata con gran alegría. Asimismo cuando entregaba una carta él aullaba en un tono tan agudo que parecía un silbato; y cuando él se enojaba ¡brincaba el perro rabioso que llevaba adentro! (omito contarte qué hacía cuando se topaba con una perra bonita).
Sus compañeros de la escuela lo molestaron tanto que, una mañana, el perro afloró. Un grupo de niños le gritó “¡Cartero, culero, culero!”, desde una banca del jardín de la escuela. Alfonso tiró su mochila y brincó hasta quedar al frente del grupo. Con las manos al frente, les mostró los colmillos y la baba (como sé que sos amante de los perritos, omito los detalles de los destrozos).
La policía llegó a la escuela, pero cuando vio el problema se declaró incompetente y llamó al Antirrábico. Cuatro guardias debieron usar dos redes para controlar al rabioso animal.
Por fortuna, querida Mariana, esta historia no tuvo un final dramático. Dos especialistas trataron a Alfonso y, aún cuando no lograron eliminar el deseo de ser perro, lograron que cambiara de doberman a french poodle. Sus compañeros de trabajo dicen que Alfonso es gay, porque gasta su dinero en la estética y usa trajes blancos y cintas rojas.
Hace dos meses el Circo Atayde estuvo en el pueblo. Una tarde, el domador del circo llegó a la casa de Alfonso y le ofreció un contrato millonario. Alfonso no aceptó. Ayer me dijo que sería traicionar a sus principios; sería como meterse adentro de un confesionario. ¡No, no! Él ama la calle, la libertad. Es, por así decirlo, un perro callejero.
P.d. Ayer, mientras me servía una taza de té, me confió un secreto: “Me ven con trajecitos blancos y moños rojos, pero vieras qué divertidas me pego con todas las french del pueblo”. Alfonso es un perrito travieso.

jueves, 10 de diciembre de 2009

EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA EN TUXTLA GUTIÉRREZ

DE BÉISBOL Y OTRAS BASES


Me dijo que no siempre son 9 entradas. Cuando los equipos están empatados se van a "Extrainnings".
Este juego cumple hoy sus ¡900 entradas!
De mi parte ha sido un juego apasionante y entiendo que si las entradas continúan es porque ¡estamos empatados!
El juego del béisbol termina cuando uno de los dos equipos ¡pierde!
En apariencia este juego del Blog no tiene ganador ni perdedor.
Las entradas se prolongarán hasta que uno de los dos participantes se agote.
En el caso de los lectores, entiendo que existen algnos que se fastidian y se retiran, pero llegan otros; asimismo existen algunos que -por causas desconocidas- de pronto llegan al estadio, entran, conocen y siguen su camino porque no hallaron un juego entretenido; hay otros que permanecen fieles y cada vez que hay juego "compran" boleto y ¡entran!
Existen los fanáticos; quienes -igual que aquéllos que le van a los "Diablos Rojos de México"- no se pierden ninguno de los partidos. Llegan a tanto estos fanáticos que recuerdan con gran emoción algunas "entradas". A veces narran -con bates y señales- algún encuentro memorable donde el pitcher lanzó "juego perfecto".
Por lo que a este blog respecta, mientras Dios lo permita, seguiré abriendo las puertas del estadio, porque acá juego a gusto; porque la estructura es moderna y no se interrumpe el juego por lluvia o por nevada. Si en ocasiones he colocado el letrero de "Hoy no hay juego" ha sido porque Dios me ha enviado a otros lugares. Pero la temporada no se ha suspendido jamás. Desde el día de inauguración he cumplido con este oficio maravilloso. Acá es mi espacio favorito para el juego. Y sé de dos o tres lectores que también encuentran gusto en mirar los juegos que acá se realizan.
Pido a Dios que este juego se prolongue hasta el infinito y que tenga miles y miles de entradas.
Hoy cumpimos ¡novecientas entradas!
A los lectores que se mantienen fieles les digo ¡gracias!
Un hombre jugando en un estadio vacío es una estupidez. Si juego es porque sé que en las tribunas hay alguien que, comiendo una torta y echándose una chela fría, encuentra algo sobre "el diamante".

miércoles, 9 de diciembre de 2009

DIBUJO PARA TARDE LLUVIOSA



A veces pienso en el dibujo que dibujó Antoine de Saint-Exupèry, en “El Principito”. Los adultos no se asustaron al ver ese dibujo. “Es un simple sombrero”, dijeron. Pero no era un sombrero, era una serpiente boa que digería un elefante.
Estoy tranquilo en mi casa, dibujo el boceto para una cajita, la perrita duerme sobre el sofá y el gato lo hace sobre el toldo del carro, en la cochera. Mi mamá prepara las verduras al vapor; las nubes -como el gato- duermen por encima del techo de la casa. Todo es como una sábana armoniosa. Los ruidos están escondidos, por esto escucho el segundero del reloj. Oigo cómo una semilla se abre camino por en medio de la tierra, en una maceta del patio. ¡Un día de estos la semilla se convertirá en una flor! Las semillas son como esos gusanos horribles que luego se convierten en mariposas.
Pienso en la boa y en el elefante. Recuerdo que la boa tragó al elefante por completo. Lo jaló de la trompa y así, como si la boa fuese una de esas aspiradoras Koblenz, se lo tragó completo. Recuerdo que la trompa quedó en el extremo final de la boa, por esto cuando la serpiente quiere reptar hacia adelante y el elefante avanzar de frente no se mueven ni un centímetro. Si el elefante camina la serpiente se deja arrastrar y viceversa. Recuerdo que el elefante tiene una mirada nerviosa, como de canario enjaulado.
Yo no era adulto, pero cuando vi el dibujo de Antoine, por primera vez, tampoco me asusté. Se sabe que las serpientes viven de tragar animales y uno que otro humano. Los dentistas no me asustan, sé que su oficio es quitar muelas con instrumental de tortura.
Elijo un color para el boceto, a veces es rojo o amarillo. Cuando mojo el pincel en el agua, ahí es donde pienso en el dibujo de Antoine. Tal vez lo hago porque las serpientes tienen horma de manguera o porque la trompa del elefante tiene la misma horma (sólo que la manguera de la serpiente es como para jardín y la del elefante ¡para camión de bomberos!).
Recuerdo que la serpiente tiene una mirada de duda, como si pensara: “Ya me lo tragué, pero mi mamá nunca me explicó cuál era el siguiente paso”. La serpiente nunca imaginó que tragar un elefante es cosa seria.
Cuando pienso en el dibujo de Antoine sufro, tantito, pero sufro. Pobre boa. Qué incómodo para ella tener que vivir con un elefante en la panza. Entonces recuerdo la primera vez que fui a un circo y fui al patio donde estaban los elefantes. “¿Qué es eso?”, le pregunté a mi mamá y ella me dijo: “Es la popó de los elefantes”. Yo abrí los ojos, tal vez, como los abrió la serpiente cuando el elefante cagó una montaña de mierda por primera vez. Y digo primera vez porque ésta es la que nos impacta. Luego todo se convierte en costumbre.
Sufro por la boa y también sufro por el elefante. Tal vez sufro más por este último animal. Si bien es cierto que la piel de la boa se distendió hasta hacerse casi transparente, el elefante no mira por dónde camina. Hace tantos años que está enjaulado. Pienso: ¿cuántos años le quedarán de vida? ¿Su prodigiosa memoria lo auxiliará para encontrar el camino del cementerio de los elefantes?
Entonces elijo un color azul y pinto las plumas de un pájaro. Cuando hago esto recuerdo de nuevo el dibujo y pienso en la pobre boa. Si ya murió el elefante, ¿cómo le hace para irlo arrastrando?
Nunca me asustó ese dibujo, siempre lo vi con un aire de saudade, como armonía de una milonga, como patio de juegos sin niños, como una marimba en fiesta de pueblo lleno de polvo y tierra.

INVITACIÓN

martes, 8 de diciembre de 2009

INVITACIÓN - CASA DEL ARTE - COMITÁN

MODOS DE MATAR PULGAS


Vargas Llosa habló de la literatura de Onetti. Lo hizo en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. Dijo que Onetti se sorprendió cuando él le confesó su método de trabajo.
Óscar Bonifaz llegó a mi casa ayer. Me confesó que él trabaja de la misma manera que Onetti: escribe cuando tiene algo qué decir. Así transcurre un lapso en el que no escribe absolutamente nada. Este tipo de escritores como que se va llenando y cuando ya tiene el "cántaro" lleno entonces se "vacía". Tal vez Cortázar era un poco así, porque él habla de que escribía cuando le llegaba "la cosquilla del cuento".
Vargas Llosa es un escritor instalado en el extremo opuesto: escribe diario, con una disciplina férrea.
Yo puedo decir que tengo la misma disciplina de Vargas Llosa. Procuro escribir diario. Además, me enfrento a la página sin saber bien a bien qué escribiré. Siempre me sorprende ese chisguete de luz que brota cuando termino de escribir un cuento. ¿De dónde salió? ¡Misterio!
Estoy convencido -ya lo escribí en una entrada anterior- de que una obra es fruto de la constancia y de la disciplina.
Si no tengo un horario estricto como lo tiene Vargas Llosa es porque, a diferencia de él, no me dedico de manera profesional al oficio. Tengo que realizar otras actividades para obtener el pan nuestro de cada día. Pero, igual que miles y miles de escritores, me gustaría dedicarme de tiempo completo a la escritura. Pero, la vida no siempre otorga concesiones tan generosas. Por esto aprovecho el tiempo libre y, en lugar de dedicarlo a otra actividad, lo dedico a la escritura.
Escribir me sirve para descifrar el mundo, para tratar de entenderlo; para entenderme un poco. Si de paso al lector le sirve de algo, ¡es ganancia!

lunes, 7 de diciembre de 2009

PALABRAS DESCOMPUESTAS



Todo como juego. Arcadio era un niño con ojos color de menta; cabellos negros, ensortijados. Era un niño como cualquier otro. Pero un día, en clase de español, escribió la palabra que la maestra dictó y ¡apareció la primera señal!
Arcadio, con su mejor letra, escribió: Ll-ave. La chicharra sonó. Arcadio no tuvo tiempo para reflexionar por qué había escrito la palabra con un guión. Minutos después comenzaría a entender. Los alumnos cerraron sus libretas, tomaron su lonchera y salieron al patio. Arcadio (cosa rara) sintió necesidad de ir al baño. Caminó por el pasillo, en medio de lockers y alumnos que chanceaban. Se paró frente al espejo del lavabo y abrió la ll-ave del grifo. Como si éste fuese una cueva llena de murciélagos, en lugar de agua brotó de él una “cascada” de aves, pequeñas, como amuletos. Las aves hacían ligeras piruetas, patinaban sobre la superficie cóncava y luego se iban por el desagüe. Arcadio -por la sorpresa- tardó varios segundos en reaccionar. Cerró el grifo y se hizo para atrás, justo a la hora que entró Mariano. Arcadio iba a decirle que no abriera el grifo, pero Mariano ya lo había hecho y se lavaba la cara con el agua limpia.
Los meses pasaron y Arcadio olvidó el incidente. Creyó que había sido algo como un sueño. Recordó que un día antes del suceso se había desvelado. ¡Eso era, había sido una alucinación!
Pero una mañana, muchos años después, otra señal apareció. Arcadio entró a la biblioteca y buscó a Alicia. La vio en una mesa del fondo. Se acercó a Alicia y la saludó de beso, jaló una silla, se sentó y -en voz baja- le preguntó qué leía. Alicia se llevó un dedo a la boca y le enseñó el título del libro: “La vent-ana del alma”. Algo como un alfiler le pinchó en la sien. Supo que, en la portada, la palabra vent-ana no llevaba el guión que su mente insistió en colocar. Sus manos se llenaron de un sudor frío. Jaló a Alicia, le dio un beso en la mejilla y le dijo que acababa de recordar un compromiso. Caminó rápido sobre el frío piso de mármol de la nave de la biblioteca. Al llegar a su casa apenas saludó a sus papás, quienes ya estaban sentados en el comedor. Arcadio subió los escalones de dos en dos; cerró la puerta de su cuarto, con seguro; y, con un temblor como de aleteo de mariposa, abrió la vent-ana de su cuarto. La vent-ana que, desde siempre, abría al jardín de la casa, ahora abrió a una estancia en donde Ana estaba recostada sobre un sofá con un tapete bordado. Ella estaba desnuda. Dormía. La luz que se colaba por el vitral se posaba sobre el cuerpo de Ana, como si quisiera anidar ahí, para siempre.
A partir de ahí, Arcadio comprendió que poseía un don y, después de intentarlo mil veces, también descubrió que no podía controlarlo a voluntad. El don aparecía, quién sabe por qué prodigio, sin que él interviniera.
Se puso en ánimo a esperar con emoción la tercera señal. A veces sentía el piquete en la sien, pero la palabra aparecía sin fracturas de por medio.
Una mañana despertó con una sensación rara. Algo le oprimía el pecho dificultándole la respiración. Se levantó, abrió la cortina y vio el jardín. Arcadio apenas vio los árboles porque el jardín estaba lleno de niebla. En medio de esa nata apareció uno de los dos venados que Arcadio recién había adquirido. El animal oteó hacia uno y otro lado, alzó la cabeza con su magnífica cornamenta, vio a Arcadio y le habló. Arcadio lo oyó como si el animal estuviese a su lado y no detrás de la ventana a cuarenta o cincuenta metros: “Soy un fant-asma”.
Arcadio se alejó de la ventana y fue hacia el espejo, se vio y ¡su imagen no se reflejó! ¿Estaba alucinando? Era una sensación rarísima, sentía su cuerpo, pero no podía verlo ni tocarlo. Algo le oprimía el pecho, como si sus pulmones estuvieran sujetos a la presión de una prensa. Respiraba con dificultad.

domingo, 6 de diciembre de 2009

MEMÍN PINGUÍN JUGABA EN "EL CALLEJÓN DEL SAPO"


En un cuento de Joyce aparece un callejón sin salida. Los tiempos han cambiado tanto que, incluso, los callejones ya no tienen la magia de antes.
Mis abuelos maternos vivían en la ciudad de México, en Tacubaya. Recuerdo un barrio donde los carros casi no pasaban. Al lado de la casa de mis abuelos había un callejón (éste sí tenía salida, pero yo nunca supe hacia donde conducía). El suelo era de tierra compactada y no medía más de tres metros de ancho, sin banquetas. Por ahí caminaban perros y personas. No recuerdo haber visto jamás un amontonamiento de basura; por el contrario, siempre olía a tierra mojada porque los vecinos del callejón lo barrían temprano.
Mis abuelos jamás me platicaron de algún atraco o un acto violento. El callejón era como una línea de luz.
Uno de los cuartos de la casa "daba" al callejón. Cuando me quedaba a dormir en casa de mis abuelos me tocaba dormir en ese cuarto. Los pasos de la gente se escuchaban con nitidez. Bueno, en realidad, todos los sonidos, incluso el del silencio, se escuchaban como si estuviesen sucediendo adentro de la casa.
Una vez desperté y vi que el cuarto estaba iluminado. Vencí los temores que siempre me acompañaron de niño, me levanté y fui a la ventana que abría al callejón. Hice un lado la cortina y una saeta de luz plateada recortó el piso del cuarto. Había luna llena. Aún no era tarde porque mucha gente caminaba por el callejón. Desde mi lugar de privilegio presencié ¡la vida! Unos niños jugaban algo tirados en el suelo, más allá una pareja platicaba y, cerca de la esquina, un grupo de personas cenaba tamales alrededor de una vaporera.
Recuerdo los sonidos del callejón y las luces. Las luces siempre estaban acompañadas de una cierta niebla. Ahora que escribo esto pienso que esta niebla debió provocarla la suciedad de los cristales. No recuerdo que mi abuelita haya limpiado alguna vez los cristales por fuera. Todas las mañanas se llenaban con el polvo que levantaba la gente al barrer.
Un día mis abuelos dejaron de vivir en la ciudad de México. Mi abuelo fue a vivir de manera permanente con uno de mis tíos a Baja California, y mi abuela se dedicó a estar "por temporadas" con los hijos y sobrinos. A mi casa llegaba dos o tres meses y yo disfrutaba mucho su permanencia. Mi abuela, adentro de su maleta, llevaba dos o tres velas, cada una de éstas la prendía al inicio del mes (mi mamá aún tiene esta costumbre). Si llevaba tres velas significaba que se quedaría en casa tres meses. A veces yo hacía trampa y le metía dos o tres velas más. Mi abuela descubría la trampa, sonreía y la aceptaba. ¡Se quedaba dos o tres meses más! Yo era feliz.
¿Quién sabe qué sucedió con la casa de Tacubaya? ¿Qué sucedió con el callejón? Tal vez los cristales de la ventana se llenaron de polvo hasta el grado de que se convirtieron en algo así como ladrillos y la ventana fue una pared.
Tal vez ahora ese barrio es un eje y encima del callejón pasa un "segundo piso".

sábado, 5 de diciembre de 2009

HE ESTADO EN CASA. PINTO, DIBUJO, ESCRIBO, MEDITO, ORO, LEO, ESCUCHO MÚSICA Y VEO TELEVISIÓN. EL OTRO DÍA "ME DIO LA COSQUILA DEL CUENTO". ¡ACÁ ESTÁ!



EL BALCÓN DE MADERA AZUL

Desde lejos, la casa parecía como cualquier otra de Chiapas. Su fachada tenía una puerta imponente; un techo que era como un copete de pájaro con teja de barro; y dos regios balcones de madera, finamente labrados. Pero era una casa excepcional porque sus balcones tenían nombres: el de la izquierda se llamaba Macbeth, y el otro balcón se llamaba Las Tres Brujas. Sus nombres eran esos porque don Ausencio Arcadia, dueño de la casa, quiso hacer un homenaje al escritor inglés William Shakespeare.
- Velo, qué alzado este mudenco – dijo, don Anselmo, el dueño de la casa de junto-. Pucha, entonces yo bautizaré con los nombres de Adán y Eva a mis dos ventanas para homenajear a la Palabra de Dios. Pero don Anselmo no lo hizo porque le pareció un acto de soberbia; para celebrar a su Dios bautizó el jardín de su casa con el nombre de Abraham porque los árboles más prominentes eran unos ahuehuetes. Abraham, en primavera, era el jardín más bello del vecindario y los colibríes lo preferían porque estaba lleno de unas flores amarillas que producen un néctar único; pero en otoño e invierno se convertía en un bosque gris.
La gente del pueblo denominaba a la casa como la “Casa del Balcón de Las Tres Brujas”. Pero a las brujas esto no las satisfacía (todas las brujas son gruñonas), porque la casa la tenían que compartir con Macbeth.
Macbeth, siempre cándido, desde pequeño se imaginaba descendiente de bosques regios escoceses y veía a todos con desprecio desde “su altura”. Las Tres Brujas gozaban al imaginar el momento en, que por fin, eliminarían a Macbeth. ¡Ah, soñaban con que una mañana la fachada de la casa apareciera como rostro de pirata y ellas fueran El Ojo! Por esto, a diario insistían:
- Buenos días, su alteza -decían Las Tres Brujas-. ¿No tiene su Eminencia algún deseo para que le cumplamos esta hermosa mañana?
Se sabe que los deseos son el viento de la esperanza. Cuando una bruja (o un hada) cumple el deseo de un hombre o de una mujer el deseo desaparece y con él desaparece la esperanza. Las Tres Brujas gozaban al imaginar el momento en que, por fin, fastidiarían a Macbeth.
A Las Tres Brujas les llegó la oportunidad por azar. Una mañana, la piedra trescientos dos de la banqueta del frente platicó con la puerta de la casa.
- ¿En dónde naciste?, preguntó la piedra.
- Soy del mismo lugar de Macbeth.
- ¿De Escocia? – abrió los ojos como búho.
- ¡No, no, qué Escocia ni qué nada! Nosotros estamos hechos de madera de pino de acá de por la zona de Los Lagos de Montebello. No sé de dónde a Macbeth le dio por creerse de madera azul.
El balcón se hinchó, pero no de orgullo, sino de coraje. Su madera crujió, como si fuese un hueso de pavo en temporada invernal. Macbeth ya sabía que su madera era modesta, pero su nombre le imponía algo de gloria; por esto pensó que en algo debía diferenciarse de la puerta. ¿Podía creerse? ¡La puerta plebeya se le estaba sublevando! Así que escondió su orgullo, tantito, y decidió pedir a Las Tres Brujas le concedieran su deseo: ¡una corona para ceñir su capitel!
- ¡Hey, Brujas! ¡Concededme una gracia!
Lo dijo como si en realidad fuese un Noble. Las Tres Brujas se rieron, pero una de ellas, la de los seis dedos, calló a sus hermanas con un gesto. Macbeth, por fin, estaba pidiendo un deseo.
- ¿Qué se le antoja a su majestad? –dijo la bruja que tenía los ojos y el cabello de color piedra de desierto, y asfixió la risa detrás de su mano. *
Macbeth dudó en responder. Sabía, por las historias y leyendas que contaban los dueños de la casa, que las brujas eran mujeres perversas (aunque no entendía a cabalidad el concepto de lo perverso, intuía que convertirse en sapo después de haber sido un príncipe bello era una maldad soberana).
- ¡Concededme una corona!
- Sus deseos son órdenes - dijo, la bruja más narigona, mientras las tres se frotaban las manos. El deseo de Las Tres Brujas estaba por cumplirse. - ¡No se preocupe, su Alteza, le haremos la corona más bella del mundo!
Las Tres Brujas formaron un triángulo y le concedieron a Macbeth el deseo en un instante.
- ¡Moronga de mona / mona de tonga / tanga moronga / aparece la corona! -gritaron las malvadas al tiempo que señalaron a Macbeth, con sus dedos torcidos de rama vieja. El balcón sintió algo como una descarga eléctrica. Tuvo miedo, pero subió sus manos y palpó su cabeza con emoción. ¡Su deseo le había sido concedido! Pensó que así, sin duda, el Rey Macbeth lucía en su castillo.
Por lo regular los Nobles no agradecen nada, así que Macbeth bajo sus brazos con la dignidad de quien repasa la seda de su vestimenta real y, sin ver a las brujas, dijo:
- ¡Os debo una!
Las Tres Brujas sostenían sus panzas flácidas y gelatinosas por el ataque desmedido de risa.
-No nos debes nada, nada, nada- dijeron Las Tres Brujas a coro.
- Ahora su Majestad debe dar el paseo triunfal -dijo una bruja, mientras caminaba como si ella fuese una reina de trapo-. Todos sus súbditos claman por su presencia en el Jardín Real.
- ¡Sí, sí! -apoyaron las otras dos brujas-. Baje su Majestad y reciba el saludo de la plebe.
Macbeth oyó las trompetas y los gritos de la multitud reclamándole (en realidad, qué pena, lo que Macbeth escuchaba como fanfarrias eran sonidos agudos que Las Tres Brujas producían con trompetillas y con pedos).
Macbeth cerró los ojos e imaginó que sus súbditos regaban con pétalos de rosa su camino; imaginó que lo vitoreaban como el máximo Rey Escocés de Chiapas (claro, este término es inadecuado, pero Macbeth, en su delirio de grandeza, así lo imaginó). No dudó más. Con un ligero movimiento de hombros se desprendió de la pared que lo alojó durante tantos años.
La tarde en que Macbeth bajó a recibir el saludo de su pueblo, no supo que se despedía para siempre de su condición de altura. Más tardó en poner los barrotes sobre el suelo, que Las Tres Brujas en hacer un pase mágico para cubrir el vano. ¡Por fin, las malvadas habían logrado su objetivo! Para celebrarlo se pedorrearon con más ganas. Y Macbeth, rumbo a Abraham, creyó que eran cohetes y fuegos artificiales en su honor. Pero apenas entró al jardín sólo halló una alfombra de hojas secas que crujió con dolor ante su paso. La tarde era fría. El jardín era como la colcha triste de un mendigo. Macbeth sintió una opresión en su pecho, como si su corazón fuera una esponja húmeda y alguien se la exprimiera.
A pesar de que, como ya se dijo, Macbeth era cándido se dio cuenta de la trampa que le tendieron las brujas. A lo lejos vio la fachada de su casa y halló que su lugar ya no existía.
La gente del pueblo no se percató de la ausencia. A la casa la siguieron llamando Casa del balcón de Las Tres Brujas, y cuando alguien decía: “Oí, vos, ¿no había otro balcón en esa casa?”; el otro decía: “Pero, ¡qué mudo, sos! Si así hubiera sido la casa se hubiese llamado La Casa de Los Dos Balcones”. “¡Tenés razón!”, aceptaba el primero y con esto ponían punto final al comentario.
El dueño de la casa nunca se enteró de la ausencia permanente de Macbeth, porque las brujas hicieron un hechizo, con el cual, desde el interior de la casa, todo parecía inalterado. La mañana en que don Ausencio salió a la calle y creyó que algo le faltaba a la fachada de su casa, su amigo oftalmólogo le confirmó que su ojo izquierdo había perdido la visión.
Después de la operación, don Ausencio continuó con su rutina. Todas las mañanas abría los postigos de ambos balcones, luego, colocaba sus manos sobre el barandal del balcón izquierdo y veía la calle; en seguida, hacía lo mismo en el balcón derecho. Los niños que pasaban por la calle lo veían en el balcón de Las Tres Bujas y decían, en voz baja: “Mirá, mirá, ahí está el pirata Arcadia”, y se alejaban corriendo porque sus mamás les habían dicho que don Ausencio se quedó tuerto por el embrujo que unas malvadas brujas le hicieron.
¿Qué pasó con Macbeth? Cuando don Ausencio lo bautizó con ese nombre le marcó su trágico destino. No hay peor cosa para un Noble que convertirse en lo que Macbeth se convirtió: un balcón de piso. ¿Qué sentido tiene ser un balcón si no está en lo alto? Con resignación se acercó a un ahuehuete, el más viejo, y le pidió permiso para descansar en él.
- ¡Qué bonita corona! ¿Es usted un Rey, acaso? -preguntó el ahuehuete, mientras, con sus ramas llenas de arrugas, ayudaba a Macbeth a recargarse sobre él.
-No -contestó Macbeth- soy un simple balcón.
-¿Simple? ¡No, qué va! Usted es uno de los balcones más bellos que he visto y vaya que conozco muchos (el ahuehuete, en su juventud, había sido un árbol hippie).
-¿Usted cree? -preguntó Macbeth. Sin saber por qué comenzaba a sentirse bien.
-Sí, usted es un balcón bello.
-Soy bello -dijo en voz baja-, un “ple-bello”.
Macbeth se encogió tantito y buscó acomodo en un hueco del tronco y ahí se quedó para siempre.
A veces, cuando los nietos de don Anselmo llegan a casa, juegan en el jardín. Arturito, que es el nieto más pequeño siempre se acerca a ver el balcón (que ya está integrado perfectamente al tronco, tanto que parece que su lugar hubiera sido ese desde el principio). Arturito repasa sus manos sobre los barrotes e imagina que es un Rey, sube al balcón y desde ahí presencia el desfile de los ejércitos de su reino.


*Si el lector piensa que en el desierto no hay piedras, ya puede imaginar perfectamente de qué color tenía los ojos y el cabello.

viernes, 4 de diciembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO BALCÓN TIENE ALGO DE AVE



Querida Mariana: ¿Te gustan los balcones?
A veces entro al Internet y busco imágenes de balcones. Me encantan los balcones peruanos, son como filigranas de madera y cristal cortado.
La puerta es como la boca de la casa y las ventanas son como sus ojos coquetos. ¿Qué son los balcones en el rostro limpio de la casa? ¿Son como esos hoyitos que se forman al lado de los labios de las niñas bonitas cuando ríen? ¿O son, acaso, algo que tiene que ver con el espíritu concentrado en el patio?
No todos los pueblos del mundo tienen balcones. En Comitán ¡sí tenemos! Por esto, los comitecos crecemos viendo esos como nidos de pájaros adosados a las fachadas de nuestras casas; por esto nuestra personalidad tiene algo de voyerista.
Nuestros balcones están hechos con hierro forjado o maderas preciosas (en casas de ricos) o con madera de pino (en casas más modestas). Me gustan los balcones modestos. La mayoría ya perdió la simetría entre sus barrotes. Algunos están quebrados, por el vendaval de una mano de comiteco jodón o por la sierra de la polilla. Me gustan estos balcones porque son como la boca de mi tía Eduviges cuando se carcajea por algo gracioso que digo.
Los barrotes de los balcones comitecos ayudaban a los niños de mis tiempos a mirar el interior de las casas (las ventanas son envidiosas. Los niños deben brincar como canguros enanos y la visión tarda el tiempo que ellos tardan suspendidos en el aire; es decir, un segundo).
A mí no me interesaba curiosear en los interiores de las salas o de los cuartos, a mí me gustaba columpiarme para convertirme en Tarzán (el cabrón del Mario decía que más bien “en Chita”).
El ritual era más o menos sencillo. Alzaba mis brazos y, con mis manos, cogía barrotes equidistantes (en ese momento convertidos ya en lianas de alguna Selva Africana); luego, subía ambos pies a la pared (y, bueno, hay que admitir que Mario no estaba muy lejano de la imagen real). En este momento iniciaba la verdadera aventura, porque al estar colgado así imaginaba estar suspendido de la rama enorme de un árbol que, como un puente inacabado, se tendía sobre un río infestado de cocodrilos gigantes que abrían sus fauces queriendo tragarme.
Mi juego tardaba el tiempo que mis fuerzas alcanzaban (no más de un minuto). Ponía mis pies en la banqueta y soltaba los barrotes. ¡Ahí acaba el juego! Yo me sentía realizado. Esto era como si hubiese yo logrado subir al Everest.
Mario siempre se burlaba de mí. Decía que mis juegos eran tontos (lo decía con otra palabra). Por esto, cuando lo invitaba a jugar a la casa casi nunca aceptaba.
Desde entonces, los balcones son, para mí, puertas a la imaginación.
Cuando alguien observa la calle desde un balcón lo veo como si estuviera en el cabús de un tren, o en la proa de un yate, o en la cabina de un Boeing y yo puedo convertirme en un revolucionario, en un delfín o en un ovni. El otro día supe que un ladrón en el vecindario había robado la “c” de un balcón por lo que al otro día éste amaneció siendo un simple balón, cuando los niños de la cuadra regresaron de la escuela “lo descolgaron” y jugaron una “cascarita”. En el espacio del balcón quedó algo como un hueco de esos que aparecen en las caras de los tuertos.
P.d. Hace cuatro días me paré en la banqueta frente a una casa con balcones, una que está a media cuadra del parque central. Estaba a punto de imaginar algún juego cuando decidí (por una vez en la vida) sofrenar a mi animal imaginativo. Por una vez en la vida quise estar en contacto con la realidad. El dueño de la casa se acercó al balcón, corrió la cortina y husmeó la calle. Yo bajé la mirada. Él abrió las puertas y colocó sus manos sobre el barandal. Levanté la mirada y lo saludé. El sonrió, me preguntó cómo estaba y yo dije que estaba bien. ¿Y Usted?, dije en reciprocidad. “¡Hace buen tiempo!”, gritó y se puso en cuclillas. Algo como una bandera blanca apareció en el fondo, era una parvada de palomas que pasó volando por encima de la cabeza de él. Las palomas formaron una figura de flecha a la hora que pasaron frente a mí. No pregunté qué misión iba a cumplir ese comando. El señor se paró y me dijo que, por favor, yo no abriera la boca para decir lo que había visto. Y yo sigo con la boca cerrada.