sábado, 27 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON LUZ DE CIELOS COMITECOS

Querida Mariana: ¿identificás el personaje de este busto? ¡Claro! Es el doctor Belisario Domínguez. El busto es una creación del escultor comiteco Luis Aguilar. Hace dos o tres días, Luis fue mencionado por dos relevantes paisanos: Óscar Eduardo Ramírez Aguilar, presidente del Senado de la República, y Leticia Bonifaz Alfonzo, integrante del Comité para la Eliminación de la Discriminación Contra la Mujer, de la ONU. El senador Ramírez Aguilar publicó en redes sociales una fotografía donde aparece él en su oficina y sostiene entre sus manos una de estas obras. Óscar Eduardo escribió: “Este busto de Belisario Domínguez fue esculpido por el maestro Luis Aguilar, talentoso artista chiapaneco al que agradezco esta obra que entregué con mucho orgullo en manos del presidente de Argentina Alberto Fernández”. ¿Mirás qué triada tan llena de luz comiteca? El actual presidente del Senado es comiteco, él le entregó al presidente de Argentina el busto de un héroe, quien nació en nuestro pueblo; y el busto es creación de un artista comiteco. ¡No puede pedirse más prueba de nota excelente! La obra de Luis no llega a los sesenta centímetros de alto. Es una obra para escritorio, para un nicho especial, para un pedestal de oficina. ¿En dónde colocará esta obra el presidente argentino? No lo sabemos. El senador abrió la ventana, la luz es una paloma alegre que se posa en mil espacios. Y digo que Luis también fue mencionado por Leticia Bonifaz, en una charla que Lety compartió en redes sociales, donde habló de la escritora comiteca Blanca Lydia Trejo, a quien definió como una comiteca universal. Sí, querida niña, una paisana relevante hablando de otra paisana talentosa. ¡Uf! ¿Más prueba de luz comiteca? En la plática, así como de refilón, Lety dijo: “…vamos a ver si más adelante nuestro escultor comiteco Luis Aguilar se anima a hacer algo sobre Blanca Lydia…” Y acá hubo otra unión de hilos comitecos de oro, porque Luis fue mencionado, en la plática donde Lety habló de Blanca Lydia en compañía de Gina Jaramillo, quien es hija de la comiteca Coco Mandujano y nieta de don Enrique Mandujano. ¡Ah, los cielos del mundo están llenos de la luz que sale del fogón comiteco! Gina es historiadora del arte y conduce el programa “Así las cosas”, en la W, de la Ciudad de México. ¡En la XEW, mi niña! ¡Pucha! ¿Más luz? Comitán es un pueblo grande, por vocación. Los tiempos actuales sólo reafirman la grandeza del pasado. Nuestra sociedad fue construida con cimientos fuertes. Somos herederos de una enormísima tradición cultural. Nos sentimos orgullosos de lo que somos y pepenamos gajos luminosos de sus grandes personajes. El senador Ramírez entregó con mucho orgullo una obra artística de un comiteco que representa a un comiteco del que nos sentimos chentos todos. Ya te conté que en algún momento la figura de Belisario Domínguez se diluyó en el parque central de Comitán, el corazón de nuestro pueblo. Por ahí hay fotografías donde aparece una columna con un busto de Belisario, luego, en los años sesenta no sólo hubo un busto de Belisario sino una gigantesca estatua (la que ahora está en el bulevar). ¡Ah! Medio Comitán tenía frente a su mirada la figura del héroe comiteco. Pero un día la estatua fue llevada a otro sitio y en el parque central hubo una réplica de la estatua que existe en el Senado de la República, una de tamaño natural y con la mano izquierda sobre el estrado y el brazo derecho en actitud de gran dignidad con el índice flamígero, que dicen los políticos. Pero otro día, este símbolo maravilloso lo retiraron del parque central y fue llevado al patio central del palacio municipal, que es casa de todos, la casa del pueblo. Y ese día el parque central del pueblo que se llama Comitán de Domínguez, quedó sin Belisario Domínguez. Es cierto, a media cuadra está su casa museo y en el interior del palacio su estatua, pero, ya no está al paso de los ciudadanos de a pie. El palacio municipal y la casa museo no siempre están abiertos. Si un amigo tuyo viene de la Ciudad de México en un día que la casa museo y el palacio municipal están cerrados y tu amigo pregunta por Belisario Domínguez no hay manera de contarle parte de su grandeza con el agregado del estímulo visual. ¡No! El palacio municipal no abre sus puertas en día de asueto, y los policías que tienen el resguardo del edificio no dejan pasar a cualquier persona. Entiendo que así lo manda el protocolo de seguridad. Pero, ¿cómo explicarle a ese digno representante de la ley que ahí adentro está la figura del héroe y que tu amigo quiere verla y tomarse una fotografía a su lado, porque si es difícil entrar al palacio municipal de Comitán, es mucho más difícil entrar al Senado de la República? El parque central de Comitán se quedó sin la presencia de Belisario. ¿No es hora de regresarlo? En el parque está Mariano N. Ruiz, Benito Juárez, Pantaleón Domínguez y Rosario Castellanos. ¿Y nuestro máximo héroe, orgullo comiteco? Los espacios públicos son los sitios emblemáticos del pueblo. Si un niño va con su papá y mira el busto de Benito Juárez y pregunta: ¿quién es ese señor? El papá puede acercarse a la placa, leerla en voz alta y decirle a su hijo que Benito fue un oaxaqueño que de niño era pastor de ovejas y llegó, gracias al estudio y a su dedicación, a ser presidente de la república. ¡Pucha! Eso es una gran lección de civismo, de historia de México. Si el espacio está vacío, pues el vacío se instala. ¿No es hora de regresar la dignidad de un hombre digno al parque central de Comitán? Vi el busto que el senador Ramírez entregó al presidente de la república argentina y pensé que esa obra debería, en el tamaño que tiene el busto de Rosario, estar en una esquina del parque central. Lety deslizó la idea de que Luis realice un busto de la escritora Lydia Trejo. ¡Sí! Maravillosa idea, que esté cerca de Rosario. ¿Imaginás la clase de identidad cultural que esto propiciaría? La niña preguntaría: ¿quiénes son estas dos mujeres? Y la mamá le diría que son dos escritoras comitecas muy famosas. Ahora, gracias al entusiasmo de talentosas mujeres, como Lety, Gina y la poeta comiteca Clara del Carmen Guillén, la presencia de la escritora Lydia Trejo aparece en el horizonte de nuestro espíritu. Y la niña, en ese instante, recibiría un rayo de luz, sabría que la literatura es agua fresca y que mujeres comitecas han bebido del mejor pozo, y que es posible, como decía Rosario, otro modo de ser. La presencia de Belisario Domínguez en el parque central de su pueblo, del pueblo que lleva su apellido, era un acto de dignidad. Belisario debe regresar a ese espacio público, para que todo mundo se topetee con su imagen, para que los niños y jóvenes y visitantes pregunten quién es y los mayores cuenten la historia, pasen la estafeta. Es la forma de mantener viva la tradición histórica de un pueblo grande. Pensé que esa creación de Luis no sólo debería estar en la oficina del presidente de la república de Argentina sino también en el corazón de Comitán, a la vista de todos. El legado de Belisario Domínguez es como una bocanada de aire. Sus actos son lección permanente para la sociedad, sobre todo para la sociedad de su pueblo. El genio de Luis honró a dos mujeres comitecas anónimas. En una esquina del parque central de este pueblo existe una obra en bronce que obtuvo el reconocimiento principal en Japón. Esa obra se llama Día Marcado. Al otro día que lo inauguraron, la gente dijo que eran Las dos Lolas (Lolita Guillén y Lolita Albores), y muy pocos lo llaman por su verdadero nombre, la mayoría lo llama Las canasteras. Cuando la palabra canastera aparece, todo un racimo de identidad asoma en nuestra ceiba. Los espacios públicos nos identifican, ahí compartimos parte de la vida con los otros. Los espacios privados se llaman así, porque están vedados para los otros. Mi casa no es pública. A mi casa no entra medio mundo (bueno, vos sabés que soy tan ish, que casi nadie más entra). Pero, digo, en las casas de personas que son muy amigueras y sociables, de todos modos no entra medio mundo. Son espacios privados. El palacio municipal es de todos, pero, en días de asueto, permanece cerrado y para ver a Belisario hay que poner las manos en la reja para saludarlo a distancia. No, ya nada diré de la simbología que esto alimenta. Lo ideal sería que la figura de Belisario volviera a estar cerca del pueblo; que esté al paso de la mujer que va a misa; de quien corre para llegar a su trabajo o para la escuela; del señor que va al mercado a comprar un vaso de atol de granillo; de la pareja que, sentada en una banca, platica, se da besos y planea su porvenir. Que la presencia de Belisario esté a la mano, que su rostro nos recuerde los pasajes más luminosos de sus actos heroicos. ¿Para qué Lety sugirió un busto de Lydia Trejo? Para que su presencia esté en este pueblo, así como está, contra esquina del Teatro de la Ciudad, la figura perpetua de Rosario. Bustos de Rosario están en la biblioteca de su nombre y en la casa de la cultura, pero estos espacios, a pesar de que son del pueblo, para el pueblo, hay días que permanecen cerrados. Nadie baja la cortina del aire que alimenta el parque central de nuestro pueblo. El busto de Rosario que está en el parque siempre está visible. Y de eso se trata la vida, ya nos lo dijeron los expertos, de reconocer cada árbol bueno. Sí, que regrese Belisario al parque central de su pueblo.

viernes, 26 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN REGALO DEBAJO DEL ÁRBOL

Querida Mariana: la navidad es época sublime. Cuando fui niño no se acostumbraba el árbol de navidad que ponen en este tiempo. En ese tiempo, los regalos los hallaba al lado del nacimiento que hacíamos en casa. Ahora, los regalos se encuentran en la base del árbol. Esta imagen es genial. Por lo regular, los frutos están siempre en lo alto del árbol. Los chiquitíos tienen que trepar al árbol para cortar los jocotes. En cambio, en época navideña, los frutos que hacen la delicia de los niños no están en lo alto del árbol sino en la base. ¡Ah, genial! Los niños no hacen más que sentarse en el piso, con las piernas cruzadas, y quitar las envolturas y hallar los carros, los celulares, los muñecos, las muñecas, las tabletas, los videojuegos y la ropa. La navidad es una época genial. Muchos celebramos con emoción el nacimiento de Jesús (quien, también, gracias a la generosidad de Reyes Magos, recibió oro, incienso y mirra. En ese tiempo no había celulares ni tabletas). Cuando somos niños nos toca recibir juguetes y cuando somos mayores nos corresponde jugar el papel que en mi infancia jugaba el Viejito de la Nochebuena, y que ahora juega el llamado Santa Clos. De niño disfruté los juguetes. En casa no esperábamos que llegara la madrugada del veinticinco. Bueno, sí la esperábamos, pero en la cama, durmiendo. Temprano, muy temprano, como a las seis de la mañana del veinticinco, me paraba, todavía en pijama, y corría a la sala para abrir los regalos que me había dejado el Viejito de la Nochebuena. El veinticinco de diciembre de 2020 me levanté y prendí el celular. Este año mi mamá y mi Paty hicieron un pequeño nacimiento, con los niños Dios de mi madre y con los amigurumis que teje mi Paty. No hubo regalos. Pero yo sí recibí un regalo. Digo que prendí el celular y hallé la imagen que ahora comparto con vos. Jesús Pedrero Guillén, el actual director de cultura, me la envió como regalo de navidad. ¡Ah, genial! El trazo artístico lo hizo Grisell Herrera Hernández, quien es la directora del Museo de la Ciudad, de Comitán. Grisell es licenciada en Artes Visuales. Ah, qué detalle tan bonito. Calenté un poco del ponche de frutas que preparó mi mamá y mientras disfrutaba sorbo a sorbo el ponche, disfruté, asimismo, sorbo a sorbo, mi regalo. Grisell colocó en un extremo la portada del primer número de la revista Arenilla. La silueta es de doña Angelita Gordillo Mora, una comiteca de excelencia, que hacía (o hace, no lo sé) fideítos exquisitos. Doña Angelita es una más de las grandes personas que han hecho famosa la gastronomía comiteca. Me encantó este regalo inesperado. La tecnología hizo que ni siquiera tuviera que inclinarme para buscar en la base del árbol. ¡No! A mi edad eso es un riesgo, capaz que me quedo torcido y ya no puedo pararme. Por esto, el director de cultura de mi pueblo y la directora del museo de la ciudad, de mi pueblo, decidieron mandarme el regalo a través del celular. Me bastó prender el chunche para hallarme, así, muy seriecito, con traje, con suéter, con las manos entrelazadas, como si, en verdad, fuera tan que no mato ni una mosca. Pero, y esto es un logro de la artista, miré mi rostro. Siempre he dicho que los demás dicen que tengo cara de piedra, que casi no sonrío y menos rio. Bueno, acá está la prueba, mi rostro adquirió el semblante de las figuras que están en museos, figuras hechas por artesanos prehispánicos. No estoy diciendo que tengo rasgos del Dios Chac, no, lo que digo es que acá está mi cara de piedra. Cuando me vi, pensé que sería bueno que esa mirada tan plácida me acompañara por el resto de mis días. Grisell me pintó como espíritu ecuánime. Recordé que amigos artistas me han honrado con retratos. Por ahí está el retrato que me obsequió el caricaturista mayor de Chiapas, Enrique Alfaro; por ahí está el retrato que me obsequió el caricaturista de Comitán, Raúl Espinosa Mijangos; por ahí está el retrato que mi sobrina Pau hizo cuando ella tenía cuatro o cinco años de edad. Tengo también uno o dos autorretratos. En diciembre de 2020, el retrato que Jesús y Grisell me obsequiaron pasó a formar parte de ese álbum. Posdata: A veces boto mi cara de piedra, ahora no puedo hacerlo, porque ya Grisell me inmortalizó con ese rostro. Su pincel electrónico hizo el prodigio de esculpir mi rostro sobre una nube de La Nube. Ella me colocó al lado de doña Angelita y esto es mi privilegio.

jueves, 25 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON DOS ÁRBOLES

Querida Mariana: acá hay dos árboles. La fotografía es de febrero de 2020. Esa mañana estuve en San Cristóbal de Las Casas, lugar de nacimiento de mi papá. Estuve en el patio posterior del edificio que fue la presidencia municipal y ahora es un museo. En medio de una plancha de cemento hay dos árboles. No sé si estos árboles son sobrevivientes en ese espacio. Un día, imagino, los arquitectos diseñaron esta plaza y llenaron el piso con cemento y con agua. Digo agua, porque justo enfrente de los arcos del museo hay un espejo de agua, donde las palomas llegan a beber y, con su aleteo, forman una cortina de gotas afectuosas, y dejaron los dos árboles o los sembraron. Los habitantes de esa ciudad fantástica saben bien si son árboles sobrevivientes. Sólo dos árboles están en esta fotografía, pero bastan para dar aire, para dar luz. ¿Por qué veo flores moradas en lo alto de la fronda del primer árbol? ¿Es acaso una jacaranda? Esta plaza obtuvo un premio a la excelencia, concedido por el CNU (Congress for the New Urbanism), asociación cuya sede está en Washington, USA. En esta fotografía no se aprecia el espejo de agua, sólo se ven los dos árboles. Digo que estuve en febrero de 2020, antes que la pandemia me obligara al confinamiento, a no trepar a un autobús para viajar al pueblo mágico donde nació mi padre. Siempre que voy a San Cristóbal, cuando paso por la plaza Fray Bartolomé de Las Casas, veo el cielo y pienso que ahí caminó mi padre, cuando fue niño, cuando fue adolescente, porque su casa (así me lo contó el papá de Memo) estaba cerca del templo de Santa Lucía; y recuerdo que Santa Lucía es patrona de los invidentes; y recuerdo que el tío Joaquín repetía: “Que Santa Lucía te conserve la vista”. Por eso invoco con mi pensamiento a mi padre, y pido que haga que mis caminos no sean oscuros y que yo tenga la suficiente visión para tomar la senda correcta. ¿Cómo le hizo él para caminar por el camino preciso, aunque no hubiese senda? Los coletos saben si el primer árbol es jacaranda. Pienso que sí, digo que estuve en ese lugar en febrero de 2020, antes de que la primavera asomara. Recuerdo con precisión el árbol de jacaranda de la escuela primaria Matías de Córdova, en mi pueblo, Comitán; lo recuerdo con emoción, porque a una cuadra estaba mi casa y, en primavera, antes de Semana Santa, el árbol se llenaba de flores de color violeta que iluminaba el siempre azul plumbago intacto del cielo. Tal vez, desde casa, deliro y ese árbol no sea jacaranda. ¿Por qué no detuve al señor que, con paso de ganso feliz, pasó a mi lado? Como buen sancristobalense llevaba suéter en medio del solazo. Perdón, le hubiese dicho, soy de Comitán, mi papá fue de San Cristóbal, ¿puede decirme qué árbol es el que está detrás de usted? El primero. Sí, acá la toma es engañosa, parecería que sólo es uno, pero no. Son dos árboles sembrados en ese espacio. El de adelante, digo yo, es una jacaranda, ¿estoy en lo correcto? El señor hubiese dicho, con el tono de voz tan característico de los habitantes de ese pueblo y al estilo del conejo blanco de Alicia, la del País de Las Maravillas: “Dios mío, voy a llegar tarde”, y me hubiese dejado con esta duda que me ha perseguido durante todo este año de pandemia. Hoy, ya en febrero de 2021 sigo pensando que, tal vez, este árbol es una jacaranda, y ahora, como ya está por llegar la primavera, comienzan a brotar sus dedos violetas. Esa mañana de febrero de 2020 me sentí pleno. Miré caminar al señor del suéter azul. Vi a los muchachos que estaban sentados en la sombra de las sombrillas. Esa mañana todo el cielo era el marco perfecto para las motas violetas de las jacarandas. Esa mañana no sabía que un mes después la pandemia llegaría con su color oscuro y comenzaría a teñir de gris los cielos del mundo. Posdata: siempre he sido gato casero. Me cuesta mucho salir de casa. Pero cuando viajé lo hice como si fuera Marco Polo y llegara hasta la China (ay, en los tiempos de Marco Polo, China no era la cuna maligna de este maligno bicho). Digo que siempre he viajado con la mirada atenta, con el espíritu dispuesto, siempre asombrándome ante el nuevo territorio o renovando el territorio cien veces caminado. Siempre le he pedido a Santa Lucía que me conserve la vista asombrada del niño. Siempre he invocado el alma de mi padre. Siempre he visto flores sobre los árboles y, aunque no sean árboles de navidad, les he colocado una estrella en la punta más alta.

miércoles, 24 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON AIRE VIVIFICANTE

Querida Mariana: ¡Mirá qué foto más bella! Es una fotografía tomada por mi amigo Ricardo Castro. Ricardo, en forma regular, me envía fotos de aves. Es, digo yo, muy respetuoso y amigable con el medio ambiente. Vos y yo y medio mundo sabemos que las fotografías de animales son las más difíciles de conseguir. Se necesita mucha paciencia y un ojo adiestrado para captar fotografías de animales posados en ramas o en pleno vuelo. ¿Cuánto tiempo dedica Ricardo en la “caza” de un ave? Sólo él sabe, pero quienes admiramos su arte, también admiramos su paciencia. Admiro mucho al fotógrafo que, como si fuera la cosa más sencilla, me envía una fotografía donde aparece un colibrí frente a una flor. ¿Cómo, Dios mío, logra tal prodigio? Si el colibrí es una shuta tataratera en el aire. Ricardo dice que es un aficionado a la fotografía de las aves. Yo digo que ya está en la grada superior. No es un simple aficionado, es un genial apasionado. Su afición, desde siempre, fue pasión y esta pasión lo ha llevado a ser el mejor fotógrafo de animales de la región. Cuando en mi teléfono celular veo un mensaje de Ricardo me alegro, me alegro mucho. Casi siempre me envía mensajes positivos, casi siempre me manda copia de sus fotografías. Ahí están las aves, algunas en vuelo, otras posadas sobre una rama. Ahí están con sus prodigiosos picos, con sus delicadas patas, con sus soberbias alas, con sus maravillosos colores. Casi puedo escuchar sus cantos, sus murmullos, su canto a la vida. Sí, cada vez que Ricardo me envía copia de sus fotografías la vida se para frente a mi ventana y aletea. Sus fotografías son tan dignas, que casi casi las veo ilustrando reportajes del National Geographic. Ricardo comparte. Dice, y hace bien, que estas bocanadas de aire las comparte con sus amigos. Yo tengo el privilegio de estar en esa relación especial. Sé que Ricardo no se molestaría si se enterara que te estoy enviando copia de esta fotografía, porque él sabe que vos sos como el postigo derecho de mi ventana, vos también sos aire fresco, aire limpio para lavar mi rostro. Digo que escucho el canto de estas aves. Ricardo, experto en estas vainas del vuelo, dice que el nombre científico de estos pajaritos es: Ptiliogonys cinereus. Ah, genial. Claro, en la región deben ser conocidos con un nombre menos de nube altísima. Entré al Internet (mirá qué maravilla) y hallé que este pajarito es nativo de Guatemala y México. Sólo vuela por nuestros cielos. Le llaman capulinero gris o papamoscas sedoso gris. Y vi fotografías tomadas por otros fotógrafos del mundo y vi que la foto que me envió Ricardo es sublime y me sentí chento de su arte, de su ojo, de su talento. Y luego reproduje un video con el canto del papamoscas y escuché que es muy similar al pajarito azul del twitter, porque manda una sola emisión y luego calla, pero, a veces, manda dos o tres mensajes seguidos: tuit… tuit, tuit. Y volví a agradecer a Ricardo su envío. Agradecí que comparta, que no se quede sólo con su arte, con ese cuenco de agua fresca que él toma cuando está en el bosque y camina sigiloso, con su cámara entre las manos y los ojos entre la burbuja de aire. Ricardo se une a los grandes fotógrafos de este pueblo. Carlos Gordillo hace retratos sensacionales de personas, sobre todo, en su estudio o en la calle; Leticia Bonifaz realiza unas espléndidas tomas de paisajes urbanos o naturales; Hugo Nandayapa es el gran fotógrafo de la vida cotidiana del pueblo; Roberto Chávez es el fotógrafo de la sensibilidad y, con su dron, juega a ser primo hermano del capulinero y nos obsequia fotografías subimes; Ángel Gabriel es el número uno de las fotografías de las más bellas chicas del pueblo y de puntos circunvecinos; Amín Guillén Flores también nos regala fotografías geniales de animalitos que juguetean en su jardín o en otros jardines de este pueblo genial; Ari Peralta tiene fotografías soberbias de deportistas en acción. Hay más fotógrafos, muchos más. Por ahí están los trabajos de mis amigos Jorge Arturo Quevedo y César Guillén Cota. También hay trabajos de Daniela Quintero y del grandísimo César Canales. Antonio Álvarez Torresvalle tiene fotografías excepcionales. Es maravilloso constatar el genio de los artistas de la lente. Los artistas nos comparten importantes testimonios gráficos. Hay instantes que se convierten en momentos excelsos, gloriosos. Muchos de esos instantes salen de las manos y ojos y espíritu de Ricardo. Hace dos días, Ricardo me compartió la escena soberbia donde están posados dos capulineros. Sé que mis amigos comitecos, los que están acostumbrados a caminar por nuestros bosques tienen el nombre de esta ave. ¿Capulinero se llama este pájaro en el pueblo? Puede ser, pero puede ser que tenga otro nombre. Posdata: siempre que veo las fotografías de Ricardo mi corazón se llena de gotitas de ámbar. Lo mismo me sucede cuando veo fotos de Carlos, de Hugo, de Ari… y mi corazón toca rumba de más cuando veo una fotografía de Ángel Gabriel. Ah, con qué cuerda tan fina nos obsequia fotos de las muchachas más bellas del pueblo. Sus fotos son de tal perfección que casi casi las veo en portada de Vogue. Gabriel tiene seda en su mirada. ¡Dios bendiga los ojos de estos miradores soberbios! Vos sabés que dibujo animalitos. Juan, un poco molesto, me dijo que está hasta la coronilla de ver mis dibujos, porque siempre dibujo lo mismo. Nada le dije. Mientras decía lo de la repetición yo pensaba en el sol al iluminar el bosque y miraba cientos de animalitos brincando por la sabana, por la estepa, por la selva, por el bosque, corriendo por encima de los tejados de Comitán.

martes, 23 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON GENIALIDADES

Querida Mariana: hay personas que con las palabras hacen genialidades, estimulan la imaginación. El gato Félix, de la casa, ha crecido, y como mi Paty lo alimenta bien, ya tiene una pancita rechoncha. Mi Paty le canta: “Tengo una vaca lechera…” El gato ronronea, se tira en el piso y se pone a jugar tierra, en su espacio predilecto. Como Félix está gordito, mi Paty lo compara con una vaca. Ya, la simple comparación, a mí, que soy tan simple, se me hace una genialidad. Luego me entran ganas de dibujar un gato vaca o una vaca gato. El otro día, escuché con atención lo que mi Paty cantaba y me di cuenta que esa canción es una genialidad de la imaginación. Resulta que, como vos y medio mundo sabe, la vaca de la canción no es una vaca cualquiera, ¡no!, la bendita vaca da leche condensada. ¿Mirás qué prodigio? En cuanto lo oí busqué en el Internet cuál es la diferencia entre la leche que dan las vacas que sí son vacas cualquiera y la leche que da esta vaca. Hallé que el proceso de la leche condensada consiste en quitarle agua y agregarle dulce. Pucha, toda una ciencia. Pues la vaca de la canción es tan especial que hace ese proceso y a la hora que la ordeñan da leche condensada. Directo para el pastel de tres leches. Cuando escucho estas genialidades pienso que el buen Gabriel García Márquez, a quien se considera el padre del Realismo Mágico, no fue tan imaginativo como sí lo son los creadores de canciones infantiles, porque es cierto que en “Cien años de soledad”, la realidad está relacionada, en forma sutil y genial, con elementos fantásticos, pero no hay algo tan soberbio como una vaca que dé leche condensada. Cuando escuché lo de la vaca recordé que mi amigo Pedro, en la secundaria, cantaba la famosa canción infantil de los elefantes que se columpiaban sobre la tela de una araña. Imaginá el tamaño de la tela de araña para que los rotundos elefantes se balanceen en ella. Es una imagen fantástica genial. Sabemos que la tela de araña es muy resistente, tan resistente que dos, tres, cuatro, cinco elefantes, y más, se columpian conforme avanza la canción. He escuchado el canto de niños que llegan a diez elefantes, se columpiaban, sobre la tela de una araña. Acá hay que quitarse el sombrero ante la imaginación del autor y ante la soberbia capacidad de la araña para tejer una tela tan resistente. Pucha, imaginá, a diez elefantes colgados de la tela, las trompas como garfios, y la tela, botada de la risa, diciendo: échenle más, échenle. ¿Y qué me decís de doña Blanca que está cubierta con pilares de oro y plata? En la novela del Gabo, el coronel Aureliano Buendía se dedica a hacer pescaditos de oro. Lo imagino como cualquier orfebre comiteco haciendo pescaditos de cinco o diez centímetros, máximo. Oficio prodigioso, pero que nada tiene que ver con doña Blanca que está cubierta con pilares de oro y plata. Pucha. Por más chaparrita que sea doña Blanca los pilares que la cubren son más grandes que los pescaditos del coronel. Sí, en las canciones infantiles hay un manantial de realismo mágico, porque mezcla elementos reales con elementos fantásticos de otro nivel. Hay vacas, arañas, elefantes, pero con toques que los convierten en animales prodigiosos. Ya quisiera la compañía Nestlé tener en sus haciendas a diez de esas vacas que dan leche condensada; ya hubiese querido el famoso diseñador Gianni Versace tener una araña, no más, que tejiera esa tela tan resistente. Ah, su ropa habría sido eterna, como eternos son sus diseños. Posdata: las ranas de las novelas croan, como croan las ranas en las lagunas de todo el país. Bueno, pues en el muestrario de canciones hay una rana que cantaba cu cú. ¡Pucha! En todo el mundo hay relojes cucú donde el que canta es un pájaro. ¡Jamás se le hubiese ocurrido al creador de los relojes Rolex poner una ranita dando la hora! Pues la canción dice: “Cucú cantaba la rana, cucú debajo del agua…” Ah, estoy seguro que esta línea la leíste cantando. Sí, Cucú cantaba la rana, cucú debajo del agua. ¿Cómo -digo yo- la rana puede cantar debajo del agua? Ah, dejá eso. ¿Cómo -digo yo- se puede escuchar en la superficie lo que la rana Cucú canta debajo del agua? Cualquiera diría que ese canto lo escuchan los peces y los mulututes que bucean en la laguna, pero no, ¡no!, el autor de la canción escuchó el canto de la rana y escuchó que cantaba cucú. No decía el común y fastidioso croac-croac. No. Decía cu-cú. Ah, qué bendición.

lunes, 22 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTOGRAFÍA EXCEPCIONAL

Querida Mariana: esta fotografía es de los años treinta del siglo pasado. Y, ¡albricias!, es un documento histórico para la memoria colectiva de Comitán. ¿Sabés quiénes son? ¡No! ¡Qué vas a saber! Muchos comitecos no los reconocerán a la primera, pero si digo sus nombres, muchos se sorprenderán, al principio, y luego sonreirán, con la satisfacción del reconocimiento de dos personas que son parte fundamental de la cultura de este pueblo. Él, serio, de tres cuartos de perfil, con traje bien planchado, es don Julián Martínez Martínez; y ella, viendo al frente, directamente a la cámara, con un cabello de cascada espectacular, pulcro vestido y zapatillas con tacón discreto, es doña Caritina Constantino Guirau. Las dos pichitas que están sentadas sobre la mesa son sus dos primeras hijas. ¡No! Seguro que vos seguís ignorando la presencia de estos personajes. Pero, ahora, en la siguiente línea estoy a punto de escribir el nombre afectuoso con que fue conocido este personaje, y vos, que jamás los conociste, que jamás los tuviste frente a frente, dirás que sí, que, por supuesto que sí son parte de tu álbum personal, porque hay personas que, sin ser nuestros familiares o amigos, pasan a formar parte de nuestro hilo sentimental. Él es Tío Jul. Ah, ya miré tu carita, con ojos de ratoncito emocionado al ver un pedazo de queso. Sí, él es Tío Jul, el famoso Tío Jul, y ella es su esposa, doña Cari. Ellos llegaron a Comitán en los años treinta del siglo pasado. Él, originario de San Cristóbal de Las Casas, y ella, originaria de Chilón. Llegaron como muchos más a aportar esencias buenas a este pueblo. Acá se quedaron a vivir y acá incrementaron su familia y acá sembraron gajos nobles. Elsita, su nieta, hizo favor de pasarme copia de esta fotografía sensacional, y yo te la comparto, porque sé que te dará mucho gusto conocer a quien dio nombre a platillos sensacionales. No hay en la historia de nuestra gastronomía local alguien que, sin proponérselo, tenga platillos que lleven su nombre, que estén indisolublemente unidos, como unidas, en el tamal, están la masa y la manteca de cuch. ¿Quién no ha probado y saboreado un hueso de Tío Jul? Estos huesos (chamorros) se popularizaron con este nombre y muchos años después de su creación siguen llamándose así. No conozco otro platillo comiteco que lleve el nombre de su creador. ¡No! Los tacos que ellos inventaron también son famosísimos. Y digo ellos, porque quien era la gran cocinera era doña Cari. Ella tenía una sazón exquisita y le daba el toque mágico, el especial, a todos los platillos. Ella fue quien le dijo a su esposo que el hueso debía acompañarse con la salsa de chile ancho. Los tacos preparados con masa y con relleno de frijoles refritos, carne y papa, ahora son servidos en varios locales que se apropiaron de la receta, pero (nobleza obliga) cuando los ofrecen siempre lo hacen diciendo: tacos, estilo Tío Jul. Pucha. Tío Jul fue un hombre con estilo. Bueno, con decir que el eterno mesero del restaurante de Tío Jul, Tavito, fue nombrado en vida (y ahora en muerte) como Tavito, de Tío Jul. La mamá de Tavito, doña María Utrilla, llevó a su hijo con doña Caritina y lo dejó ahí para que trabajara. Tavito creció en la casa de Tío Jul y de doña Cari. Primero sirvió para mil oficios y luego se volvió el mesero oficial, siempre estaba con una franela roja en el brazo, pendiente de lo que solicitaba la clientela. El tufo del cigarro nunca lo abandonó, porque él nunca abandonó el vicio del cigarro. Todo el día andaba con el cigarrito en la mano. Sí, Elsita dice que Tavito de Tío Jul falleció de enfisema. Ah, si don Julián Martínez Martínez hubiese tenido visión empresarial más abusiva habría registrado su nombre comercial: Tío Jul, y ahora sus herederos amasarían fortunas, porque el nombre y las delicias de Tío Jul no sólo son vendidas en los locales de la familia, sino en muchos otros negocios del pueblo y de otros pueblos de Chiapas. Pero él fue generoso. Me encantó recibir esta fotografía. ¡Sí, acá está el famosísimo Tío Jul! El de los huesos, el de los tacos de masa, el de Tavito; el hombre que logró la gloria de que sus platillos lleven su nombre por siempre, para siempre. El cronista Cuauhtémoc Alcázar Cancino recuerda una lámina que existía en el local de Tío Jul: “Señor Fiado se murió, mala paga lo mató”, para que no llegaran a pedirle fiado. Posdata: una tarde estaba platicando con mi prima Amelia y, a la hora que sirvió los panes compuestos y las chalupas, compradas en el local Tío Jul, Amelia mencionó lo que ahora te cuento, que era un caso singular el de tío Jul, porque un platillo llevaba su nombre. ¿Hay otro caso similar?, preguntó, mientras le dábamos una mordida a una chalupa. Su esposo, muy serio, dijo: “Pues, yo he probado los chiles rellenos que hace don Alonso, pero no he oído que alguien diga, ¡qué bueno está el chile de Alonso””. Nos paramos de inmediato, porque Amelia, de la risa, tuvo un ahogo. Ahora recuerdo que en la casa de húespedes de Doña Rome, en la Ciudad de México, ella, a propósito, no servía el agua cuando servía chiles rellenos. Cuando El Chato pedía agua, doña Rome, con sonrisa de tiuca contenta, decía: “¿Qué? ¿Ya se te atoró el chile?”

sábado, 20 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON MODIFICACIONES

Querida Mariana: inició la cuaresma. Los católicos reconocen esta fecha, pero muchas personas no. A los ateos ni les viene ni les va. Ahora, según el Censo 2020, hubo un incremento de ateos en el país. De una población de ciento veintitantos millones de mexicanos, más de 10 millones son ateos, y 3 millones dijeron que son creyentes, pero que no practican religión alguna; es decir, más de diez por ciento de la población total anda por la orilla. Tres millones creen en Dios, pero no van a templo alguno. Ellos son de los que piensan que la comunicación debe ser en forma directa, sin intermediarios, y que, como dice la clase de catecismo: Dios está en todas partes, sobre todo en el espíritu. Dios está presente en cada rama de este árbol enormísimo que llamamos Universo. Y digo esto porque los católicos tienen un ritual con una ventana amplísima: el miércoles de ceniza, día que marca el inicio de la cuaresma. Este año, qué simpático, el cumpleaños de Vicente Fernández, el famoso cantante, “cayó” en miércoles de ceniza. ¿Es católico el gran Chente? ¡Quién sabe! Lo que sí puedo decirte, porque lo anunciaron en programa de farándula, es que él celebró su cumpleaños en su rancho de “Los tres potrillos” y ofreció una comida para sus íntimos. ¿Sabés qué comieron? ¡Barbacoa! ¡Ah, qué rico! Ya imagino la gran mesa debajo de los árboles, con tortillas recién salidas del comal, con carne que se deshacía de tan bien cocida, y con una salsa verde molcajeteada. ¡Salud, Vicente! ¡Salud! Y los brazos en alto con las copas de mezcal o de tequila, con salita y limón. No sé si Chente es católico, pero, por la coincidencia de la fecha, no cumplió con un precepto que es obligatorio para los practicantes del catolicismo: el miércoles de ceniza no se come carne. Ahora recordé cuando un indígena, al oír que el miércoles de ceniza estaba prohibido comer carne, le preguntó al padre Naty: “¿Ni jígado (hígado), tata padre?”, y el padre, que era malhablado, le respondió con tono agresivo: “Ni mierda, indio pendejo”. En el país, según el censo 2020, aún existe una mayoría católica y religiosa, pero las estadísticas demuestran que el porcentaje de católicos va en descenso. ¿Por qué? Ah, no sé. Y otra certeza es que avanzan las demás religiones y crece el número de ateos. Digo que los católicos tienen un ritual que permite la reflexión. Recuerdo que de niño mis papás me llevaban al templo de Santo Domingo, hacíamos fila en el pasillo central y cuando llegábamos frente al cura, éste nos colocaba una cruz de ceniza en la frente y decía, con voz cansada, pero firme: “Recordá que polvo sos y en polvo te convertirás”. ¡Uf! Una sentencia dramática, pero real. Polvo somos y en polvo nos convertimos. La frase es de esas frases geniales. El concepto “polvo” es el elemento esencial de la frase y nos recuerda la fragilidad de la vida. Ese día, la iglesia católica deja de lado la sustancia espiritual y se refiere al cuerpo. El cuerpo tiene fecha de caducidad. El papelito tiene letras invisibles, pero ahí están. Cada uno de nosotros tiene una fecha de nacimiento y otra que cerrará el ciclo de la vida. El miércoles de ceniza nos lo recuerda. Digo que, de niño, iba con mis papás, para que el cura nos hiciera ese recordatorio. El cura, con su dedo pulgar, pintaba sobre nuestra frente una cruz con ceniza. Ni me preguntés en dónde conseguían esa ceniza. Aún existe una hondonada en el pueblo que se llama El cenicero; antes, muchas personas iban a tirar ahí la ceniza de los fogones. Me cuentan que esa ceniza era empleada por los artesanos que hacían el famoso jabón de bola, que los comitecos usaban a la hora del baño. ¡Qué Palmolive ni qué jabón perfumado! Los comitecos se bañaban con un jabón que, como ingredientes principales, tenía la grasa del cerdo y la ceniza del Cenicero. “Polvo sos y en polvo te convertirás”. ¡Uf! Qué frase tan contundente, tan certera. La Biblia cuenta que el primer ser humano (el buen Adán) fue hecho de barro. El mito es genial, ¿no? Dios fue el primer gran artesano del universo. Acá sí no hay confusión, nada de preguntar qué fue primero, como se hace con el huevo y la gallina. Acá tenemos certeza, la ciencia lo confirma, de que antes que el ser humano fue el barro. Dios hizo primero todo el universo y luego, al final, realizó su máxima creación. Así lo consigna la Biblia. Entonces, el origen es el barro, la modesta tierra, el simple y sencillo polvo, de ahí venimos y a la tierra volveremos. La imagen que tuve del origen bíblico fue las manos de Dios tomando una pella de barro y, con un poquito de agua, dando forma al primer hombre. Ah, el gran escultor. Miré sus manos benditas modelando cada una de las extensiones del cuerpo, refinando las orejas y alargando los deditos, prodigiosos dedos que nos sirven para tanto. Pero esta imagen cambió cuando fui a estudiar a la UNAM. Ya te conté que un día fui a escuchar al científico ruso Oparín, el autor del famosísimo libro “Origen del universo”, y ahí supe que sí, que somos polvo, pero que somos polvo estelar. ¡Pucha! Nada de que provenimos del polvo de los Zanjones. ¡No! Somos parte intrínseca del universo y el universo es el Dios que, en su respiración infinita, se expande cada día. Somos polvo y al polvo regresamos, pero somos polvo estelar y regresamos al universo, a Dios. Sí, en esta época de pandemia, estoy seguro, que el ritual del miércoles de ceniza fue más contundente. Hemos vivido, ¡qué pena!, un tiempo donde hemos presenciado la fragilidad de nuestro cuerpo. ¡Ah!, cuántos amigos se han ido por contagio del bicho maligno. Ninguno de nosotros tiene la certeza de la sobrevivencia. En realidad, la vida siempre ha sido una cuerda sobre un abismo profundo. El gran escritor francés Víctor Hugo definió a la vida como un abismo. Los seres humanos siempre, como equilibristas, caminamos sin la certeza de que al alzar el pie para dar el siguiente paso no ocurrirá un ventarrón que nos hará perder el equilibrio y nos mandará al más profundo silencio. Ahora, la pandemia nos ha dado una bofetada en la cara, en el espíritu, y nos ha repasado esa frase dramática: somos polvo y en polvo nos convertiremos. Por eso, muchas personas han tomado conciencia de la belleza sencilla del momento. No poseemos más que este instante, este momento en que te pienso y escribo, este momento en que vos leés mi carta. ¡Somos frágiles! Somos hojas secas de un árbol vigoroso que siempre (no nos habíamos dado cuenta) vive en eterno otoño. La vida es polvo. Pero, desde que fui estudiante universitario comprendí que la vida está hecha de polvo universal. El cigoto salió del polvo de estrellas. ¿Cuántos católicos siguen sin comer carne el miércoles de ceniza? ¿Cuántos le entran con emoción a la barbacoa y a las ricas carnitas, estilo Michoacán? Recordé, hace algunos años, que cuando era miércoles de ceniza, doña Cholita Guillén, quien atendía una de las tienditas escolares del Colegio Mariano N. Ruiz, preparaba sus tortas con atún y los taquitos dorados los rellenaba con papa. Los estudiantes querían sus tortas con pollito o con jamón. ¡No! Ese día, doña Cholita obligaba a los muchachos a respetar la cuaresma. Entiendo que la cuaresma recuerda los cuarenta días donde Jesús ayunó. ¡Cuarenta días! Y nada de tortita de atún. ¡No! Jesús, hombre maravilloso, ayunó en forma total. Era un espíritu grande. Doña Lolita Albores, nuestra amada cronista, cuenta que hace años, los comitecos católicos (que eran mayoría) respetaban el ayuno el miércoles de ceniza. ¡Nada de choricitos, o de barbacoa, o de carnitas! ¡No! Doña Lolita dice que los católicos comían “pescado seco baldado, tortas de plátano, tortaditas de papas, palmito asado o en ensalada, aguacates, chiles en vinagre, frijoles blancos con camarón, sardinas de lata o salmones”. ¡Pucha! Igual que vos, pensé que ese era un ayuno de lujo. ¡Genial! La dieta de los comitecos era sabrosa y nutritiva. ¿A poco no le entrarías con ganas a este menú? ¿Y qué bebían? ¿Con qué acompañaban los frijoles blancos con camarón? No sé si todos eran como el tío Efraín, quien decía que el mejor acompañamiento de la comida era la sangre de Cristo y se embolaba con el vino de consagrar que le enviaba su hermano Elías, quien era sacerdote en Nayarit. Posdata: Somos polvo y en polvo nos convertiremos, mi niña querida. No es agradable pensar en esta realidad, pero tal reflexión nos debe servir para aquilatar la riqueza del instante presente. Lo único que poseemos es este momento, momento donde celebro la vida, tu compañía, la bendición de compartir este tiempo con los amigos y familiares, aunque sea a la distancia, aunque nos veamos en forma virtual. Don Pepe insiste: “Es mejor estar encerrado, que enterrado”. En 2020, los católicos comitecos fueron a los templos para el ritual de la ceniza. Este año de pandemia, ese ritual se modificó. La ceniza fue virtual y no real. Real sigue siendo la frase contundente. Sí, somos polvo estelar y al universo volveremos.

viernes, 19 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, A RITMO DE ROCK

Querida Mariana: Alf Moran subió esta foto al Facebook. Es una foto genial. Alf dice que está tomada en el parque de San Sebastián y corresponde al año 1956. Yo tengo ciertas dudas, pero no me hagás caso. Yo diría que, por el entorno, corresponde al parque central, de Comitán, y tal vez sea de los años sesenta. Pero, ¡no me hagás caso! Le hagamos caso a Alf. Él subió la foto. Pero (¡ah, qué necio!), mirá al fondo. Hay un anuncio de pilas Eveready y, donde está la base de la lámpara, veo un edificio de dos plantas. En los años cincuenta no había un edificio de dos plantas en el barrio de San Sebastián. En fin. Estos son mínimos detalles, que ya los expertos revisarán. Lo que sí debo decir es que cuando vi la fotografía pensé que era una fotografía genial. ¡Cómo no! Si la foto corresponde al año que Alf dice debe registrarse en la historia del rock nacional. ¿Mirás? En 1956, en nuestro pueblo había un conjunto que se llamaba “Los magos del rock”. ¡Pucha, nadita! La historia del rock mexicano ubica el principio de ese género musical a mediados de los años cincuenta. Pucha. Apenas estaban llegando las pilas Eveready a Comitán y ya estos geniales artistas tocaban rock (por eso, insisto, la foto es de los años sesenta, pero no me hagás caso.) Y digo que la foto es genial, porque este conjunto no usa chunches eléctricos, que es como condición indispensable en grupos que tocaban el rock. No, los comitecos, tocaban las rolas sin bajos eléctricos, sin guitarras eléctricas. Ah, qué maravilla de grupo musical. En el lado izquierdo se ve un saxofón en el piso, luego el intérprete del acordeón (Alf dice que es Octavio Alfaro), luego está el papá de Alf, José Gilberto Moreno Villatoro, toca la marimba. Luego, qué belleza, Alf dice que Rubén Estrada toca el sax (en realidad el sax lo tiene enredado al cuello y lo que está tocando es el clarinete. Tiene los ojos cerrados.) Luego, con sombrero bien cuco está José Palacios, y en la batería Caralampio García. Qué pulcritud de artistas. Al final, tocando el tololoch (mirá la mano, como ganso, dispuesto al vuelo) Manuel Argüello. Alf identificó a Hortensia García, quien, muy seriecita, está sentada y vio hacia otro lado a la hora que el fotógrafo hizo el conteo de ¡uno, dos y…! Quiero pensar que en este momento glorioso, los integrantes del conjunto “Los magos del rock” no tocaban sino que posaban. Todos, como se dice, hacen la finta. Pero antes y después de la fotografía sí interpretaron, como decían los clásicos de la locución: unas bonitas melodías. ¿Ya miraste cuántas personas están sentadas en las bancas? Disfrutan de una tarde comiteca llena de armonía. Sí, aunque la foto no sea de 1956, este grupo debe pasar a formar parte de la historia del rock nacional. Como bien dijo Alf, llama la atención el slogan del grupo: “Ritmo y alegría”. ¿Qué buscan quienes contratan a un grupo musical? En cualquier parte del mundo, la gente quiere ritmo y alegría en sus guateques. Imagino que el sonido de este grupo era bello. Cerrá los ojos y escuchá el sonido de la marimba acompañada con el tololoch, el acordeón, el clarinete y la batería. Sin duda que fue un sexteto sensacional. Ah, benditos artistas musicales. Ah, benditos quienes tuvieron la oportunidad de escuchar a los Magos del rock. Sé que hay paisanos que los escucharon, que pueden decirnos cuál era su repertorio. ¿En qué momento a alguien se le ocurrió bautizar a su grupo musical con el nombre de “Los magos del rock”? Se me hace una genialidad. Lo que diré a continuación no quiero que suene irrelevante, quiero rendir un reconocimiento a estos paisanos. Por lo regular, los grupos de rock eran chavos. Así pues, estos paisanos mayores rindieron homenaje a la juventud, con lo cual se comprueba, una vez más, que el arte no tiene edad, es eterno. Posdata: Gracias a Alf por compartir esta joya. Gracias a todos los comitecos que están compartiendo las fotografías que tienen en sus hogares. Juntos vamos construyendo la memoria colectiva de este pueblo. Hay tantos elementos que sirven de reflexión. Estos documentos ayudan a investigadores, historiadores, expertos, y, además, refrescan el corazón de todos los que amamos este pueblo. Otra vez, mi niña, me dan ganas de gritar: ¡Que viva Comitán!

jueves, 18 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN BOSQUE

Querida Mariana: ¿hace cuántos años apareció el hombre sobre la Tierra? ¡Saber! Pero es poco tiempo, en comparación con la existencia de la Tierra. Sin embargo, la presencia del hombre ha hecho que los bosques se vayan extinguiendo poco a poco (bueno, a pasos acelerados en los últimos tiempos.) El otro día, mi amigo Roberto Augusto Fg mandó el siguiente mensaje: “Alguien debería de preservar especies de árboles que se están perdiendo en Comitán, como el chulul, el nantserol, el nochí (zapote amarillo).” Su mensaje es puntual, certero. Yo agregaría que, al lado de la preservación de esas especies, deberíamos (los amantes del lenguaje y todo mundo) preservar los nombres de esos árboles. Por ahí hay especialistas que pueden rastrear los orígenes de nombres que fueron tan cercanos a los comitecos de hace apenas treinta años. Un día, en el Colegio Mariano N. Ruiz, llegó el ingeniero Octavio Galindo (ex alumno y ahora padre de familia de la institución) y me llevó al huerto y propuso hacer lo que Roberto Augusto sugiere. Pero, ¡ay!, llegó la pandemia y el proyecto se suspendió. El ingeniero Galindo sembraría árboles endémicos y les colocaría un letrero con su nombre y características, para que los alumnos fueran a la huerta y se familiarizaran con dichos nombres. Hay varias escuelas que tienen sus jardines botánicos y eso ayuda a preservar el conocimiento. Los lectores sabemos que no es lo mismo leer una novela que describa un camino en medio de árboles, que un camino en medio de pinos y flamboyanes. Esta última imagen es más rica, más plena, olemos el aroma del pino y nos regodeamos en los naranjas de las flores del flamboyán. ¡Sí!, así como cada uno de nosotros tiene un nombre propio y nos gusta que así nos llamen, es bueno que llamemos a las cosas por sus nombres. Jodido el Molinari que a todo le llama chunche. ¡No! Cada chunche tiene su nombre. En el sitio de la casa de mi infancia recuerdo un árbol de aguacate y un arbolito de limón. Como crecí al lado de ellos los recuerdo y recuerdo sus nombres. El sitio era grande, pero no tenía más árboles, porque había jaulas con conejos y corrales para gallinas y gallos. Pero, en casas de otros amigos, los sitios estaban llenos de árboles, árboles que yo nunca identifiqué con sus nombres. Roberto Augusto mencionó el chulul. El chulul sí lo identifico. ¡Ah!, tan sabroso el fruto que da. Pero es probable que muchos jóvenes no identifiquen a este árbol. Conocí el famoso chulul, que estaba sembrado en el patio central de la casa de doña Lupita, en la calle que sube al templo de Guadalupe. Ese árbol, que fue referente para muchos comitecos, ya no existe. Existe todavía, por fortuna, el chulul del XXV y el chulul de la casa de mi amiga Zoraida y hay más, muchos más, pero no tantos como había antes. Es comprensible, las casas enormes del Comitán de antaño han desaparecido y con ellas los sitios y con éstos los árboles y con la desaparición de los árboles ¡los nombres! ¿De veras hay un árbol que se llama nochí? Roberto Augusto dice que es el nombre del árbol que da el zapote amarillo. ¿De verdad hay un zapote amarillo? ¡Uf! Sólo conozco el zapote negro, mi mamá lo compra cuando va a Socoltenango (bueno, iba, antes de la pandemia). Le quita la pulpa y le agrega jugo de naranja y un poco de miel de abeja y es un delicioso postre. Los lingüistas, biólogos, y demás fauna amante de la cultura comiteca, pueden aportar mucho. La sugerencia de Roberto Augusto coincide con la intención fabulosa de Octavio. Los comitecos debemos recuperar esos árboles propios de la región. He leído en textos que hablan del Comitán de mediados del siglo pasado de un árbol característico de los sitios del pueblo: Matasano. ¡Qué nombre tan genial! ¡Tan apabullante! De niño me habría dado temor, pero, sin duda, cuando un tío me explicara la gracia del árbol quedaría tranquilo y ahora lo identificaría a la primera. Hay matasanos en Comitán todavía. Los malcriados dicen que algunos médicos son matasanos. ¡Groseros simpáticos! ¡No! El matasano es nombre de un árbol. Mi mamá dice que el matasano es el árbol que da el zapote blanco. El zapote blanco es un fruto comestible que, además, empleaban para curar muchas dolencias. Los que saben dicen que su sabor es parecido al de la papaya. Posdata: Perdón, pero mi cabeza no entiende. ¿Por qué un árbol cuyo fruto ayuda a curar enfermedades se llama matasano? No mata lo sano, mata lo enfermo. En fin. En los años cincuenta, muchos chiquitíos comitecos, se treparon a estos árboles y comieron el zapote blanco y las mamás lo usaron para casos de insomnio. Cuando la tía Petronila le quería dar un tecito de zapote blanco a su marido, el tío Pancho se negaba, escondía su cabeza debajo de la cobija y decía que no lo tomaría; según el tío, consumir zapote blanco le restaba potencia a su vigor sexual. Ponía a dormir a su pajarito. Andá a saber. Por eso, digo yo, que los expertos nos ayuden a descubrir los misterios, que los biólogos nos señalen los nombres de los árboles y que los lingüistas nos revelen datos de nombres tan extraños, pero simpáticos, entrañables.

miércoles, 17 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UNA CASA

Querida Mariana: ¡ah, cuántas cosas no sabemos! Yo no sabía cuál fue el embrión de la novela “Balún-Canán”, de Rosario Castellanos. Ayer, leyendo uno de sus libros me enteré que, en 1950, publicó el cuentito “Primera revelación”, que narra parte de la novela. ¡Ah!, fue una gran revelación para mí, que nada sé de todo. Llamó mi atención que describe algunos sitios de la casa donde habitó de niña. Para hacer un comparativo te mando copia de un croquis que dibujó Armando Alfonzo. Como explica, este croquis lo tomó de un dibujo que, como prueba final, presentó Rosario en la materia de Dibujo Técnico, en la secundaria. Es un documento valiosísimo, por los trazos de Alfonzo y porque es la representación de la casa donde vivió de adolescente nuestra gran paisana. ¿Advertís que he dicho casa donde vivió de niña y luego casa donde vivió de adolescente? ¡No quiero hacerte bolas! El dibujo que acá se ve es el croquis de la casa que está en el frente de la salida del Pasaje Morales; y la casa que aparece en el cuentito es la casa donde ahora está el restaurante Ta’Bonitío. Ahora verás por qué. En el cuentito aparece Rosario al lado de su hermanito Benjamín (Mario en la ficción). Hay dos datos que corroboran lo que digo: el primero es lo que contaba doña Lolita Albores, nuestra cronista, quien decía que cuando caminaba por la calle donde ahora está el Ta’Bonitío miraba a Rosario y a su hermanito paraditos en el balcón; y el segundo dato es lo que Rosario dice en el cuentito, en un momento mira por la ventana el letrero que dice: Ministerio Público. ¿Dónde más estaba el Ministerio Público? Pues en el edificio del Palacio Municipal, que está frente al Ta’Bonitío. Hecha la aclaración, entonces ya tenemos dos descripciones de las casas donde vivió Rosario. Tenemos el maravilloso croquis dibujado por Armando Alfonzo y tenemos algunos datos que nos legó la propia Rosario. William Faulkner el gran escritor norteamericano, Premio Nobel de Literatura, centró su obra narrativa en un espacio llamado Yoknapatawpha, que, según él, era del tamaño de “un sello de correos”. ¡Ah, qué exagerado! Qué bonita comparación. Yoknapatawpha, territorio del tamaño de un timbre postal, es una de las tierras más enormes en la literatura mundial. Bueno, pues, Rosario, en el cuentito, dice algo similar, algo genial: “…la casa en la que vivíamos era mucho más grande, incomparablemente más grande, que el pueblo donde estaba la casa…” ¡Ah, cuánta semejanza! ¡Qué exagerada la Rosario! Pero, sí, las casas de los años veinte y treinta en Comitán eran enormes. Rosario vivió en una de esas casas grandes, casas señoriales. Rosario dice que esa casa tenía un patio “con un jardín cuadrangular (…); a los lados, los corredores anchos, de ladrillos (…) siempre recién lavados, frescos. Desembocaban en ellos los cuartos: el costurero en el que mi madre platicaba, cosiendo, con sus amigas; el comedor, con sus muebles oscuros, su vajilla detrás de la vidriera, sus dos sillas altas para que nosotros alcanzáramos la mesa; la sala y el ajuar de mimbre y los retratos de mis abuelos; los dormitorios con nuestras camas de latón (…) y separado del resto de las habitaciones, en una ala independiente, del otro lado del zaguán, el oratorio con sus muros tachonados de imágenes: la Santísima Trinidad…”; y también describe que, en la parte de atrás, había “un patio rumoroso de árboles”, el llamado sitio. ¡Ah, genial! Acá, mediante palabras, está la casa que Rosario habitó de niña; y, mediante trazos, la casa que habitó ya cuando estudiaba la secundaria. Posdata: llama mi atención que en la segunda casa ya no existe un espacio que fue determinante en la primera: el oratorio. No me estás preguntando, pero yo viví mi infancia en una casa con traza similar a la casa de la infancia de Rosario. Tenía el zaguán en penumbra, luego un gran patio central, corredores, cuartos que daban al patio central, baño en una esquina, sitio, en la parte de atrás y, bendito Dios, un oratorio. ¡Ah! Cuánto por aprender, por descubrir. Nunca había leído ese cuentito que fue el germen para que luego Rosario escribiera su gran novela “Balún-Canán”.

martes, 16 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON DOS O TRES CABALLOS

Querida Mariana: nunca tuve un caballo; nunca tuve un caballerango. Ayer, decía en mi carta que hallé en un libro de Armando Alfonzo la palabra tayacán. Tayacán, según Bonifaz, significa caballerango. Nunca tuve un caballo, pero una vez, en el rancho de Quique, me tocó cabalgar sobre un caballo. Cuando lo cuento me siento como integrante de la selección ecuestre. ¿Podés imaginarme trepado sobre un caballo? Yo no. Pero, con la palomilla trepé sobre caballos, en Santa Lucía, rancho del papá de Quique, o en El Salvador, rancho del papá de Jorge. El caballo de El Salvador nunca tuvo nombre, pero el caballo de Santa Lucía ¡sí! No era el nombre real, pero Quique, cuando me vio trepado en ese caballo dijo que se llamaba Filósofo, porque cada vez que daba un paso se detenía y parecía pensar en el origen del relincho o en la existencia o no de cielo para caballos. Me encanta saber que, cuando menos, por un momento, tuve un caballo y ahora pienso que el nombre fue certero y doy gracias, después de tantos años, que me hubiese tocado ese caballo intelectual, que intuía que quien iba sobre él era un inútil en cuestiones caballunas. Acá, en esta fotografía que te envío, está la mamá del Arenillero, cuando era niña. Está en Acapetahua, al lado de un pozo. Ese caballo, con orejas atentas y mirada atenta, en espera de que Hilda le ordene avanzar, se llamaba El Sapo. ¿Sapo? Sí, así se llamaba. Es cosa simpática saber que un caballo es sapo. Segurísimo que lo contrario no existe en la naturaleza, un sapo que se llame caballo. ¡No! Mi mamá sonríe, pero sé que en el fondo piensa: “bobo mi hijo, bobo, yo sí tuve caballo y él no.” Lo piensa cuando le digo que mi Filósofo era mejor nombre que su Sapo. El Filósofo abre más ventanas. Pero luego pienso que mi caballo no tenía la posibilidad de croar, como sí lo tuvo el caballo de mi mamá. Ya te conté que Rosario Castellanos tenía su caballo. El nombre de su caballo tampoco era muy literario. Rosario me vería como cucaracha e ignoraría mi comentario de que, de igual manera, el nombre de mi caballo, Filósofo, era superior al del suyo: Barril. ¿A quién se le ocurrió llamar Barril a un caballo? De igual manera, perdón, en todo el universo no hay un barril que se llame caballo. No cabe duda que El Quijote tuvo un caballo con un nombre genial: ¡Rocinante! Ese sí es un nombre bien puesto. Tiene algo de rocío y de ante. El rocío es el beso húmedo que recibe a la madrugada, y el ante es una piel de tacto de aire. Una vez tuve una chamarra de ante, de color café oscuro. Ah, era mi chamarra consentida, cuando la vestía y caminaba por el antiguo parque de Comitán me sentía un Alain Delon (un actor muy bello, de mis tiempos; hacé de cuenta un Antonio Banderas de este tiempo.) Sin duda que Rosario también tuvo un tayacán. Mi mamá me cuenta que esta palabra no la usaban en Huixtla o en Acapetahua. Allá, en las fincas, usaban la palabra que es más común, la de caballerango. Ella recuerda que su caballerango era de Chicomuselo y en algún momento llegó a trabajar a la Costa Chiapaneca. Muchos años después, ya casada mi mamá, ya con la tienda de estambres en el Pasaje Morales, ella caminaba por el parque cuando un hombre se paró a su lado y le preguntó si ella era Hildita. Sí, dijo mi mamá, soy Hilda. Ay, Hildita, no se acuerda de mí y le dio su nombre y le dijo que él era el caballerango de la Finca Esther, finca donde mi abuelo Enrique, papá de mi mamá, trabajaba como administrador. La niña Hilda trepaba sobre El Sapo y el caballerango chicomuseleño jalaba la rienda del caballo y la llevaba a pasear por las avenidas donde estaban los plantíos de plátano y de tabaco. ¿De qué años es esta historia, esta fotografía? Mi mamá, primero Dios, el próximo mes cumplirá 91 años. ¿Cuántos años tenía en esta foto? ¿Cinco, seis? Era una pichita, una pichita linda. Así pues, la historia que te cuento es, más o menos de 1935 o 1936. Sí, ya corrió agua por el río Grijalva; ya pavimentaron la calle ancha, hermosa, que, en Yalchivol, lleva a la iglesia de la Virgen del Rosario; ya botaron el árbol de Chulul de doña Lupe, en la subida de Guadalupe, que era referencia en Comitán; ya llovió muchas veces y el agua anegó la zona baja del pueblo. Posdata: mi mamá cuenta que en su casa de Huixtla había un pozo como el que acá se ve. En ese tiempo no había agua entubada. En muchas casas abrían pozos en los sitios. En su casa de infancia había un pozo, un pozo para el servicio de su abuela y para el de su mamá. En la casa materna, entre la servidumbre, había una mujer gorda, nativa de Veracruz. Se llamaba María, pero, de afecto, la nombraban Marillona. La tal Marillona estaba acostumbrada a levantarse a las cuatro de la madrugada para ir al pozo y sacar agua para preparar el baño de los niños y para preparar el café y los frijolitos. Cuando la abuela de mi mamá se levantaba iba a pelear con la Marillona, porque ya no le había dejado agua suficiente. La Marillona reía, colocaba sus puños en la cintura de rueda y decía: “No se enoje. Debo estar pendiente de mis niños.”, y regresaba a sus labores. Dice mi mamá que la Marillona era muy alegre. Cuando iban al rancho ponían un disco en la vitrola y la mujer sacaba a bailar a los hermanos de mi mamá. En medio de la sala movía sus caderas como si fueran oleajes del mar de su tierra natal.

lunes, 15 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UNA PALABRA CASI EN DESUSO

Querida Mariana: anoche busqué un libro para leer. El libro que me hizo un guiño fue el de Armando Alfonzo: “Por amor a Comitán”. Leí “Comitecadas en verso” y en la comitecada que se llama “Blanco Comitán” me topé con el siguiente cuarteto: “Blanca es la cabellera de la abuela Blancos los arabescos de su fustán Blanco es el blanquillo de la polluela Y blanco es el sombrero del tayacán.” Sí, tenés razón, hay varias palabras que ya no son de uso común en el pueblo. Dos o tres muchachos ya no sabrán qué es un blanquillo, ahora la palabra que se emplea en lugar de blanquillo es huevo. ¿Fustán? ¿Quién usa fustán ahora? No sé bien, pero tu abuelita tal vez pueda decirte bien qué prenda era. Entiendo, no me hagás caso, que era una prenda de vestir que las abuelas usaban debajo del vestido, como lo que llaman “fondo”. Ay, ahora todas las chicas usan pantalón y calzoncito hilo dental. ¡Adiós fustán! Pero, la palabra que más llamó mi atención fue la de tayacán. Dice Alfonzo: “Blanco es el sombrero del tayacán”. ¿Quién era el tayacán? Bonifaz, en su libro de modismos, dice que tayacán es un caballerango. Los que están acostumbrados a palabras que se usan en la hacienda saben bien quién es un caballerango. Yo, de nuevo, fui al diccionario y hallé que un caballerango es un mozo que cuida y ensilla caballos en las haciendas. ¿Mirás? Tayacán, en nuestro pueblo, se usaba (o se usaba) para designar a un mozo. Sí, por derivación, yo escuché que algún señor llamaba tayacán a algún empleado; es decir, todos los mocitos eran tayacanes, aunque el patrón no tuviera caballo para ensillar. Entonces busqué si la palabra sólo se usaba en Comitán, y hallé que no. El diccionario dice que la palabra tayacán proviene de una palabra náhuatl: Teyancanqui, que se usaba para nombrar a quien cumplía funciones de director. ¡Ah!, con razón en Nicaragua la emplean para designar a una persona que es valiente, que no le tiene miedo al trabajo; y en Honduras la usan para nombrar a un guía o tutor de otra persona. Parece, entonces, que sólo en nuestro pueblo le restamos el valor intrínseco. Me sorprendió hallar que tayacán es una palabra que proviene del náhuatl. Bueno, sabemos que varios vocablos de nuestro dialecto comiteco vienen del náhuatl. ¿Vos sabés que el nombre actual de nuestra ciudad tiene su origen en una voz náhuatl? ¿Sí? Ah, qué viva sos. Yo no sabía. Don Ramón me dijo que cuando los aztecas llegaron a estos territorios, en mil cuatrocientos y feria, sometieron al poblado y le llamaron Komitl-tlan. Sí sabía que el sufijo tlan significa lugar o sitio. Ahí está como ejemplo Tenochtitlan. ¿Qué significa komitl? ¡Pucha! Menos sé, pero en el Internet hay una definición que tiene mucho sentido. Según este diccionario náhuatl, Komitl significa olla. ¡Ah, qué bonito! Komitl-tlan significaría entonces Lugar de ollas. La cerámica es oficio que, por fortuna, siguen practicando muchas personas. El otro día hubo un tianguis donde personas de San José Obrero ofrecieron sus productos de barro, que fueron hechos en el horno que tiene Manuel, el ceramista de Yalumá. Asimismo, el otro día, Ramón Folch comentó en redes sociales que había adquirido tres tinajas de barro, con artesanas de la comunidad Canalum, que son ollas bellísimas. Canalum es un poblado que está un poco más allá del Polideportivo, en una carretera asfaltada. Todos estos artesanos son prodigiosos herederos de quienes, antes de la llegada de los españoles, ya trabajaban el barro. Por eso, cuando llegaron los aztecas y vieron las bellezas que hacían dijeron: que este pueblo se llame Lugar de ollas. Y, capaz, que luego las llevaban como tributo. Posdata: toda esta vuelta para decir que anoche encontré la palabra tayacán en un libro de Armando Alfonzo. Tayacán era una palabra que yo escuchaba de niño. Era empleada como sinónimo de mozo. Los hacendados tenían a sus tayacanes, los señores del pueblo tenían a sus tayacanes, hombres que estaban para servirles. Me dio gusto hallar que el tayacán del cuarteto de Alfonzo tenía el sombrero blanco. Por lo regular los señores usaban bombines y los tayacanes sombreros de palma todos sucios, todos carcomidos por la hormiga gigante que se llama sol.

sábado, 13 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON PALABRA SIMPÁTICA

Querida Mariana: los seres humanos nos comunicamos a través de las palabras, bien en forma oral o en forma escrita. Vos y yo lo hemos hecho de las dos formas (me refiero al lenguaje). Antes de la pandemia nos mirábamos y platicábamos, y luego yo, apasionado del lenguaje, llegaba a casa y te escribía cartas. Ahora, por la pandemia, no nos vemos frente a frente, pero sí platicamos vía zoom o en llamadas por video y sigo enviándote cartas. Seguimos empleando las palabras para sembrar luz en nuestros patios. Las cartas pasaron de moda. Antes, los amigos, los enamorados, los esposos, los hijos y los padres se comunicaban a través de cartas. Las cartas fueron el gran medio de comunicación y, en ocasiones, alcanzó tales alturas que pasaron a formar parte de la literatura. A la fecha tenemos grandes ejemplos del género epistolar. Porque, estarás de acuerdo, no era lo mismo recibir una carta comercial de don Equis, gerente de una negociación, que recibir una carta escrita por uno de los grandes escritores del mundo. La carta de don Equis cumplía con su cometido: cerrar un trato. La carta que el gran escritor Julio Cortázar enviaba a una de sus muchachas bonitas contenía otra especie de nubes. Las cartas, lo han dicho los expertos, permiten que la comunicación entre personas adquiera otros matices. El papel en blanco (ahora la hoja blanca de la pantalla) permite una cercanía que no se da en otros espacios. En estos tiempos, vos lo sabés, está de moda el twitter, todo mundo manda palabras a través del pajarito azul. Este medio de comunicación es como enviar un telegrama. Los telegramas de antaño, de preferencia, se circunscribían a enviar mensajes en diez palabras. ¡Ah, eso exigía una capacidad de síntesis! Ahora, el twitter permite enviar mensajes con 140 caracteres. Exige una gran capacidad de resumen, también. Así como antes hubo el género literario epistolar, ahora hay el género literario tuitero. Muchos escritores escriben textos breves, con 140 caracteres, máximo. Pero vos y yo no podemos comunicarnos a través de tuits. ¡No! Nuestro afecto no puede sintetizarse. La vida es generosa, por lo tanto, la comunicación debe ser como el río Grijalva. El río es ancho, impetuoso, brama a la hora que se desplaza, se precipita por cascadas y da vida a peces, a cocodrilos y a serpientes. Nuestro afecto no permite corsés, nuestra amistad se apuntala en una palabra simpática: vos y yo tenemos un especial maridaje. ¿Las personas ya no escriben cartas? ¡Ah, nosotros somos excepción! Sigo alentando esa cuerda divina: el género epistolar. Claro, ahora aprovecho los chunches tecnológicos y te escribo en un teclado de computadora y te envío mis cartas a través del correo electrónico. Así, al instante, te llegan mis cartas. Es una bendición. No importa que estés en tu casa de Comitán o en la pensión de estudiante, en Guadalajara, vos recibís mi carta en forma inmediata. El servicio postal de antes sí pasó de moda. El noventa y tantos por ciento de la humanidad que tiene acceso a los chunches tecnológicos, se comunica a través del Internet o por medio de WhatsApp. ¿Verdad que la palabra maridaje es simpática? Tengo amigos que son de espíritu exquisito, que disfrutan la vida a cada instante. Esos amigos, a la hora de la comida, se sientan ante la mesa y, dependiendo de la comida, así eligen el vino que tomarán. La palabrita simpática aparece: ¡maridaje!; es decir, ¿cuál es el vino que realza el sabor de un platillo? Hay vinos que potencializan el sabor de una determinada carne, por ejemplo. Yo, que nunca he sido un bon vivant, sé lo mínimo, sé que el vino blanco sirve para acompañar al pescado, y que las carnes se acompañan con vino tinto. Mis amigos de gusto refinado no se quedan ahí, saben que hay cientos de vinos y que cada uno tiene un sabor especial y que hay uno que se lleva más con cierto tipo de comida. Cuando se sientan ante la mesa eligen el mejor y miro cómo sus caras se iluminan cuando dan un bocado y luego degustan un sorbo de vino. ¡Ah, sibaritas infinitos! Pues digo que vos y yo, a través del tiempo, hemos descubierto que hacemos un buen maridaje amistoso, porque el maridaje, dicho en buen comiteco, significa ser encuache perfecto. Nosotros somos los amigos perfectos, así como con tu novio formás la pareja perfecta. De niño y de joven nunca escuché esta palabra, pero supe, desde entonces, que había alimentos que se llevaban bien con cierta bebida; es decir, que había maridajes, encuaches perfectos. Te he platicado que casi casi todas las tardes iba al cine. Ni me preguntés a qué hora hacía la tarea o estudiaba. Por eso siempre pasé de panzazo las materias difíciles. Iba al Cine Comitán o al Cine Montebello, y mi mamá, bendita mi madre, me daba paga para la entrada y para alguna chuchería. Resulta que la chuchería era una orden de tacos dorados del Cine Comitán con un vaso de Pepsi Cola. Mi papá era distribuidor de la Coca Cola, en Comitán, pero los cines tenían la venta exclusiva de la Pepsi. Así, mi gusto se habituó a comer tacos dorados acompañados con Pepsi. El sabor de ambos refrescos de Cola tiene una ligera variante. En casa, a la hora de comida, no tomaba refresco embotellado, en casa tomaba el agua de limón que Sara preparaba. Pero, qué cosas de la vida, cuando era hora del recreo en la escuela primaria Matías de Córdova, mi gasto lo usaba para comprar cinco galletas saladas (las que ahora les llaman crackets) y una Coca. Y eso fue el maridaje perfecto. De ahí no me sacaban. Esos fueron mis maridajes de niño: tacos dorados con Pepsi y crackets con Coca. En la secundaria, el panorama culinario cambió. Siguió imperando la Coca Cola, pero ahora era acompañada con una gorda, que preparaba Cirito, el sacristán del templo de San Sebastián. La gorda era rellena con picadillo y papa y adornada con repollo y salsa roja. Pero, a la hora de salida, el menú se modificaba. Con todos los amigos entraba a la casa de la tía Elena, quien ponía una mesita con mantel y nos ofrecía vasos de temperante con cazueleja. Sí, ah, ¡qué encuache tan exquisito! Ahora me doy cuenta que mi niñez fue una niñez alejada de la tradición culinaria comiteca. Sí, mis amigos tenían otros maridajes en sus casas. Muchos recuerdan el atol de granillo acompañado con chinculguajes, o el café de olla con un pan comiteco. En casa no teníamos esta tradición. Yo nunca tomé café, hasta la fecha. Digo pues que fue en la secundaria, en el patio de la casa de tía Elena, donde hallé un excelente maridaje local: agua de temperante con cazueleja. Pero, acá entre nos, si ahora me ofrecieras este maridaje o el maridaje que nos ofrecía tía Petra, con algo de pena, digo que preferiría las tostadas que preparaba tía Petra. No, no, esas tostadas no tenían nada de espectacular, eran pasadas al comal y luego la tía les ponía un poco de frijol molido y le espolvoreaba queso y, el toque mágico, un chorrito de caldo de chile jalapeño. El caldito tenía que ser del bote grande y debía ser la cantidad precisa, ahí estaba presente la mano mágica de tía Petra. Sí, el maridaje de una sustancia con otra tiene mucho que ver con la mano de quien prepara un platillo. Los cocineros tradicionales del mundo conservan el secreto. Cuando estudié en la Ciudad de México, ¡qué bobo!, descubrí un maridaje perfecto entre las Sabritas clásicas y la cerveza Caguama. No sabía igual la cerveza de bote o de botella pequeña, ¡no! Es una bobera, pero la mezcla perfecta tenía que ser una Sabrita y vaso de caguama. Si esto lo supieran mis amigos sibaritas se botarían de la risa. Mis maridajes han sido maridajes modestos, casi de país tercermundista. Mientras ellos disfrutaban caviar con champaña (lo digo por decir, no sé si el caviar hace maridaje con la champaña) yo disfrutaba un vaso de caguama con Sabritas. Uf. Qué medianón. Ahora ya no bebo cerveza, ni aguas con dulce o gasificadas. ¡No! Ahora bebo agua con limón, sin azúcar. Y, en esta época de confinamiento, he aprendido a hacer pan con harina integral, agua, bicarbonato, miel y aceite de oliva. Este panito lo adorno con cubitos de ciruela pasa. Y he aprendido, también, que este pan hace maridaje con jalea de pera que prepara mi mamá. Tal vez mis amigos de gusto exquisito le hallarían el gusto de este pan, como postre, y lo acompañarían con algún vino de sabor dulce. No lo sé. Lo digo sólo para confirmar que cada sabor tiene su encuache. Por eso digo que vos y yo hacemos un buen maridaje. Nuestro afecto es un encuache perfecto. Como perfecto, gracias a Dios, es el hilo de luz que envuelve a tu novio a y vos. Sabés que siempre pido a Dios que te mande gajos de felicidad para que los saboreés a cada rato. ¿Con qué vino se lleva bien el gajo de felicidad? Posdata: mis amigos sibaritas podrían decirme cuál es el vino que se lleva bien con el tzisim. Sé que acá lo comemos acompañado con una cerveza o con una copa de tequila o de comiteco. Pero, quiero pensar que también puede tener maridaje con un buen vino. Alguien debería enseñarnos para luego compartir este conocimiento con el mundo. Ah, eso colocaría al tzisim en la misma mesa donde aparece el caviar.

viernes, 12 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN DIEZ DE FEBRERO ATÍPICO

Querida Mariana: el 10 de febrero de 2021 fue atípico. Esta palabra se incorporó recientemente a mi diccionario personal. No es una palabra brillante, con luz. ¡No! Es una palabra que no uso en forma frecuente, porque no es una palabra bonita, sin embargo, dice lo que ahora quiero decir. Si consulto el diccionario encuentro que atípico es algo que “por sus caracteres se aparta de los modelos representativos o de los tipos conocidos.” ¡Ay! Este año no hubo la tradicional Entrada de Flores, en honor a San Caralampio. La pandemia hizo que este año la celebración fuera atípica, porque las calles donde caminan los participantes (fieles de comunidades rurales y de la ciudad) no se llenaron de banderitas, juncia, marimbas, tecladistas, gente bebiendo cerveza o haciendo tsilín tsilín con los vasos llenos de traguito; o platicando, bailando, echando confeti, abriendo las puertas de sus casas con altares dedicados a San Caralampio, estrenando vestido. La foto que te mando es de febrero de 2020. Lo que acá se ve era parte de la tradición, muchas personas sacaban sus sillas para apartar lugar y presenciar la Entrada de Flores. ¡Que nadie se atreviera a ocupar el lugar de la banqueta que les correspondía! Desde temprano, la gente sacaba las sillas y con eso apartaban su lugar. Ya a las diez comenzaban a ocupar esos asientos y la plática se desenrollaba sabrosa, esperando el paso de la Entrada de Flores. Esta forma de apartar lugares es una de tantas genialidades de la celebración. Una celebración de fama nacional. Muchos célebres fotógrafos de Chiapas y de otras partes acudían el 10 de febrero de cada año para hacer un registro de esta celebración, celebración típica, que fue pepenando variantes y adaptándose a los tiempos modernos. El archivo de imágenes sirve para abonar la cultura. Grandes fotógrafos comitecos compartieron este 10 de febrero de 2021, en redes, las tomas que hicieron el año pasado. Quedó constancia de ese suceso cultural relevante de la sociedad comiteca. De igual manera, sin duda, por ahí comenzarán a aparecer fotografías de los actos íntimos de este 2021, porque si bien no hubo la Entrada de Flores, muchos comitecos realizaron celebraciones espirituales en honor a Tata Lampo. Este año no hubo festejo, pero, primero Dios, el próximo año habrá mejores condiciones y el 2022 será un año donde la vida volverá a cantar sus mejores arias. Sí, este año fue atípico. No hubo la celebración. Imperó la prudencia. Estos tiempos exigen sensatez. Las autoridades determinaron suspender el festejo, para evitar las aglomeraciones de personas. Las autoridades sanitarias insisten que debemos guardar sana distancia, usar cubrebocas y evitar festejos multitudinarios. Digo que la foto fue de febrero del año pasado, año donde los comitecos, como los años anteriores, gozamos el festejo, y los fieles manifestaron su fervor por el santo consentido del pueblo: San Caralampio. Segundo Guillén, el día 10 de febrero de 2021, escribió: “Brillar de alegría es el significado griego de Caralampio (…) Comitán no tiene tradición más profunda que la que celebraríamos hoy con un desfile que tiene magia popular, que levanta corazones e incentiva el alma de los comitecos (…) no nos dejemos vencer por el estrés, el miedo o la tristeza (…) hay que ¡brillar de alegría!” ¡Ah, qué bien dicho! Los comitecos siempre hemos brillado de alegría. Nuestras celebraciones están llenas de luz. Me uno al llamado de Segundo: ¡No nos dejemos vencer por el estrés, el miedo o la tristeza! ¡No! Actuemos con sensatez, nos protejamos, pero sigamos brillando de alegría. El 10 de febrero de 2021, las sillas no salieron a la calle, no estuvieron sobre las banquetas, esperando el momento de ser levantadas y ocupadas por sus propietarios. El 10 de febrero de 2021 ni siquiera el bebé ocupó su silla para, con su sonaja y su cara llena de papilla, unirse al regocijo que era tradicional. La tía Elena me llamó por teléfono y casi al final me dijo: “Extrañé hasta los malcriados que se visten de mujer”. Ella me dijo que le rezó a la imagen de San Caralampio que tiene en su casa desde hace muchos años y luego, solita, le echó sus vivas y le aplaudió: ¡Viva San Caralampio! ¡Viva! Lo hizo con su rostro lleno de lágrimas. Sí, la tía Elena iba todos los 10 de febrero y, desde el corredor de la Casa de la Cultura, miraba el paso de la procesión: los fieles con sus ramos de flores y velas, las marimbas, los camiones alegóricos con la imagen de San Caralampio, los grupos de disfrazados y, casi al final, los malcriados, “los intensos”, que le daban la nota grotesca a la celebración, pero que es, al final, nota también llena de vida. Posdata: Sí, mi niña, este año fue atípico, pero, como dice Segundo, debemos seguir brillando de alegría. Que el sonido del pito y del tambor siga resonando en nuestros espíritus y el aroma de la juncia y del copal estén siempre presentes.

jueves, 11 de febrero de 2021

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA

Los advenedizos no lo advertirán, pero la luz que ilumina al hijo con la madre proviene de un cielo de los años sesenta. ¿Qué tanto ha cambiado la luz del cielo con el tiempo? ¿La luz del siglo XXI es la misma que iluminó a los aztecas antes de la Conquista? Pregunto si el sol sigue siendo el mismo. No lo sé. Los expertos dicen que el Calentamiento Global ha transformado esa luz, y que la luz que ahora cae como sábana al mediodía es más rotunda, más agresiva, menos afectuosa. La luz que acá se desparrama y besa a la pareja del niño y de la mujer es afectuosa, nunca agresiva, se nota, porque la mujer lleva un suéter oscuro, con cuello extendido. Los advenedizos tampoco podrán descubrir que ella y él están en un corredor generoso de un hotel de la ciudad de Tehuacán, Puebla, ni intuirán que quien tomó la foto es el esposo de ella y el papá de él. No sabrán que el padre y esposo les dijo que se pusieran ahí y corrió hacia el otro extremo para tomar la fotografía. Sin ser experto en fotografía, para darle profundidad, buscó que el visor de la cámara contuviera una maceta y el fragmento de una rotunda columna y, sin ser experto, colocó en el otro extremo un colgajo de hilos de enredadera. Con ello logró algo como un círculo, un círculo verde, de sombra húmeda, que enmarcó la figura del niño y de la mujer adentro de una burbuja plácida, llena de luz. Los advenedizos no sabrán jamás que ese viaje corresponde a un viaje de placer. Los tres fueron de vacaciones. Una mañana subieron a un camión de la Cristóbal Colón y haciendo diversas pausas llegaron a la ciudad de Puebla y de ahí viajaron a Tehuacán y se hospedaron en este céntrico hotel. El niño se recargó sobre la baranda de hierro forjado, pintado de color claro; la mujer, detrás de su hijo, apoyó una mano sobre el barandal. Y el padre de él y esposo de ella les dijo que vieran al frente y oprimió el botón que eternizó este instante. Al fondo se ve un espacio oscuro, corresponde a la puerta del cuarto que les asignaron. A esa hora la luz caminaba oronda por el patio, el sol se descolgaba en las lianas del aire del patio central. Los advenedizos no tienen interés en saber que, según cuentan los que saben, la palabra Tehuacán proviene de dos vocablos nahuas y significa Lugar de Dioses. Esa mañana de los años sesenta, tres chiapanecos que salieron de la Ciudad de Las Nueve Estrellas llegaron al Lugar de Dioses. ¿Qué tanto han cambiado los cielos desde el tiempo que vivieron los aztecas y los mayas? Una mañana, un sabio nombró el pueblo y lo llamó Tehuacán: Lugar de Dioses; otra mañana, un sabio nombro el pueblo y lo llamó Balún-Canán: Lugar de Nueve Estrellas. Y es que los nombres luminosos provienen del cielo, lugar donde juegan las estrellas y habitan los dioses. Los advenedizos no tienen la costumbre de ver hacia el cielo, ellos siempre ven al frente o miden las huellas que dejan en el suelo. Y, después de todo, todos somos advenedizos. Esa mañana de los años sesenta, en este prodigioso corredor de un prodigioso hotel de Tehuacán, Puebla, tres chiapanecos fueron advenedizos en ese territorio. Mayas en territorio náhuatl. ¿Era la misma luz que iluminaba el corredor de la casa comiteca? ¿Era el mismo cielo? ¿Qué tanto ha cambiado la luz del cielo de todos los días? Los advenedizos no podrían asegurar que el patio de este hotel sigue intocado. Este patio, que se admira generoso en plantas, ahora, tal vez, está techado con micas transparentes y donde había árboles y plantas ahora existe un restaurante con sombrillas de tela y los huéspedes comen ahí el inolvidable mole poblano o los riquísimos chiles en nogada y beben una copa de mezcal y, como postre, toman un helado rosa de piñón. La luz se ha modificado. No sé si así, el tiempo, ha colocado techos transparentes a los cielos de México y ahora la luz no es la misma que iluminaba los rostros de los aztecas y de los mayas. El papá del niño y esposo de ella apretó el botón de la cámara y volvió eterno el instante. Jugó con la luz, oficio de los fotógrafos, oficio también favorito de los dioses y de las estrellas. La luz, escondida en ese cuarto que acá se advierte oscuro, se regodeó esa mañana en el corredor del hotel, en el patio y en los rostros de la mujer y del niño. ¿Qué tanto ha cambiado la luz en estos tiempos? ¿Qué cielo alumbra ahora el Lugar de los Dioses? ¿Qué luz incendia el corazón del pueblo llamado Balún-Canán?

miércoles, 10 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON TÍTULOS

Querida Mariana: Amanda me dijo: escribo un libro. Me lo dijo en una charla vía zoom. Ella estaba en su estudio. La vi a ella y vi su entorno, la vidriera de atrás, la que da al jardín. Esa tarde llovía, un rosario de gotas escurría por los cristales. Amanda vestía una blusa con cuello de tortuga (en los años sesenta, esos cuellos se llamaban Mao, no sé si en alusión al mandatario chino. Ahora que lo escribo pienso que hay ropa de aquel país asiático que tiene el cuello levantado.) Escribo un libro, me dijo Amanda. Me sorprendió saber que su escritura fluía como río en tiempo de lluvia. Cuando me lo dijo, dijo que ya llevaba más de trescientas cuartillas; asimismo me sorprendió lo que dijo luego: lo que más me costará será poner el título. Ella escribe su libro con gran facilidad. Su libro es una novela. A Amanda no le preocupa la escritura ni la publicación, ni la portada del libro, le preocupa el título. Me dijo que ella siempre está pendiente de los títulos, que hay novelas que tienen títulos bellos, que le gustaría que su novela tuviera un título bello, inolvidable. Estuve de acuerdo. Hay títulos bellos. Amanda dice que uno de los peores títulos de una novela exitosísima es “Cien años de soledad”. Dice que ella jamás hubiese comprado una novela con ese título, de no saber que era una novela brillante, escrita por un brillante narrador. Me dijo que imaginara que no sé quién escribió Cien años de soledad y que, por primera vez la encuentro en un estante de librería. ¿Comprarías ese título? Le dije que la literatura va más allá del título. Coincidí que si el cuerpo del texto coincide con un título genial el arco iris aparece, pero no siempre se da esa relación. Y siguiendo su ejemplo le dije que si no supiera nada de Cervantes ni de la genialidad de su obra tampoco compraría una novela que se llamara “Don Quijote de La Mancha.” No es un título atractivo y, sin embargo, sucede lo mismo que con “Cien años de soledad”. Son novelas cuya narrativa es altísima y pone en las nubes sus títulos. Entonces le pregunté qué título le gusta. Y me dijo que, por el momento, no piensa en títulos para no contaminarse. Que dedica buena parte de las tardes a pensar en el título de su novela, un título que sea como una mano que atraiga la mano del lector, que sea como un par de labios que todos deseen besar, que sea como un mar al atardecer para que moje las orillas de todo el mundo. Me encanta la pasión de Amanda. La conocí por su afición a la lectura, siempre (igual que yo) llevaba un libro debajo del brazo o adentro de su mochila. Una vez, en el parque central, se acercó y me dijo que si yo era fulano de tal, dije que sí. Ella se presentó y me dijo que también era una gran lectora, sacó un libro de Ezra Pound de su mochila y me preguntó si ya lo había leído. No, dije, y casi estiré mi mano, porque pensé que me lo prestaría, pero ella, sin verme, metió el libro y dijo que a ella le encantaba. Yo le enseñé la portada del libro que leía (no recuerdo cuál era) y dijo que sí, que ya lo había leído, que le gustaba, se acercó a mí, puso su mejilla junto a la mía, escuché el chasquido de sus labios besando al viento y dijo que le había dado mucho gusto, que esperaba coincidir otro día conmigo. La vi caminar por el pasillo al lado del kiosco. Movía sus nalguitas como paloma contenta. Nos hicimos amigos. Y ahora, querida mía, dijo: escribo un libro. En muchos lectores pasar de la lectura a la escritura es como una consecuencia natural. Ella ha pepenado ya los principios elementales de cómo contar historias y ahora, qué bueno, se decidió a contar una, extensa, espero que la mejor novela del mundo. Posdata: no le preocupa la hoja en blanco, como a muchos, dice que su narración fluye como vuelo de garza. Le preocupa (bueno, tampoco debe ser preocupación, sino deseo); desea hallar un título que sea como barco sobre nubes. Hace tiempo, vos y yo comentamos esto de los títulos. A mí me encanta el título de una novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez: “El ruido de las cosas al caer”. Es como una gran ventana, da para mucho. La novela también es buena. Juan Gabriel es buen narrador. Nunca, por eso me va como me va, me quiebro mucho la cabeza con los títulos. Por lo regular, qué extraño, pienso en un título y de ahí escribo la novelita. Pucha, camino al revés de los demás. En fin. En un momento, Amanda se puso de pie, tomó la taza que tenía en su mesa y fue hacia el ventanal. Los troncos de los árboles parecían deshacerse detrás del cristal, pero, un instante después, asumían el grosor de su cuerpo. Amanda dejó de ver la pantalla de la computadora, vio hacia el jardín donde llovía. Nada dije. Dejé que esa intimidad la abrazara. Pensé que por ahí, tal vez, asomaba el título genial, el imperecedero, el infinito. Me desconecté.