domingo, 10 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN PISO COMO DE NUBES

Querida Mariana: en casa había una tarima. Las tablas estaban colocadas en forma precisa. Ahí jugábamos los niños. Los carritos, acostumbrados a trepar en montañas de arena, se deslizaban gráciles. Nunca supe para qué era la tarima. Cuando crecí ya estaba en el sitio. No tenía una utilidad práctica. La habían construido en algún momento y ahí quedó, expuesta a las inclemencias del tiempo. Los amiguitos y yo casi estuvimos seguros que la habían construido para que jugáramos carritos. ¿Cuánta distancia del piso? No más de treinta centímetros. Los niños subíamos con rapidez y absoluta seguridad. Mi mamá jamás dudo de la dureza de esa estructura. Eso fue hasta el día que nosotros sentimos que la tarima se inclinó hacia un lado, hacia el lado que estaba cerca de la barda divisoria. Una pata se enterró. Alguien de los amigos dijo que la pata había encontrado un hueco y se había enterrado; alguien más dijo que ahí estaba el tesoro; mi mamá corrió ante el grito que dimos unánime, vio la tarima un tanto inclinada y nos dijo que bajáramos. Lo hicimos. Jugamos en el piso de tierra. Los carritos dejaron de deslizarse uniformes, la arena y las piedritas eran obstáculos para el libre tránsito. El juego cambió su vocación, en la tarima jugábamos carreras, como si estuviéramos en uno de esos circuitos donde la velocidad imprime emoción a los cuerpos; en la tierra regresamos a los juegos de salto de montañas. Ayer, como a las siete de la mañana, entré al Facebook y leí una desagradable noticia: falleció la presidenta del DIF de La Trinitaria. Lamenté enterarme de ello. Conocí a distancia a la presidenta del DIF de aquel hermoso municipio, era una mujer sencilla, agradable, muy cariñosa; era una mujer linda. Tres días antes había saludado a la directora de esa institución y pregunté por la salud de la presidenta, la directora me dijo que estaba delicada, que estaba cansadita, por eso no había acudido a la reunión de directoras de la región que se realizó en La Independencia. Sabía de la enfermedad de la presidenta del DIF de La Trinitaria, pero pensé que podía superarla. No fue así. Me dio tristeza. Le pedí a Dora Patricia Espinosa, editora ejecutiva de Arenilla, que, por favor, hiciera una etiqueta donde el equipo editorial manifestara su pesar. Así lo hizo. Subimos la etiqueta de condolencia a las redes sociales. Mi mamá nos advirtió que ya no subiéramos a la tarima, que si queríamos jugar lo hiciéramos en el lado opuesto del sitio, nos advirtió que la tarima podía caerse por completo, nos podía lastimar en su caída. Nosotros, niños obedientes, obedecimos sus indicaciones. La tarde siguiente fuimos al extremo del sitio y desde ahí vimos la tarima, algo nos estrujaba el ánimo, había sido tan placentero jugar ahí, ver cómo se deslizaban los carritos con facilidad sobre los planchones de madera. ¿Qué había pasado? ¿Cómo la pata se había sumido? Nosotros éramos cuatro o cinco niños, no pesábamos tanto. Habíamos jugado muchas tardes sobre la tarima, pero una mañana la tarima se dobló y se inclinó. Ya no podíamos jugar ahí. Había la incertidumbre, podía asentarse. Alguien de nosotros dijo que nada pasaría, porque si la tarima se asentaba, no pasaría del piso de tierra, bajaría no más de cinco centímetros, pero alguien más dijo que si una de las patas había encontrado un hueco, podía ser que el hueco fuera enorme, un hueco enorme y profundo, profundísimo. Mi mamá escuchó ese posible desenlace. Días después mandó a quitar la tarima. Los niños suspendimos el juego, dejamos los carritos olvidados sobre la montaña de arena, nos sentamos sobre ésta y vimos cómo tres empleados de la casa desmontaban la tarima de madera. Los lienzos los fueron apilando en diferentes mazos. Al final, se los llevaron, los subieron a un camión y los pedazos de la tarima fueron a dar a una carpintería, lugar donde mi papá había hecho trato. Cuando dos empleados cargaban el último lienzo de madera, corrí con mi mamá y le dije: “que nos quede este, que nos quede”. Mi mamá me vio con sus ojos de colibrí iluminado que siempre tenía y ordenó que colocaran la tabla en el lugar donde estaban nuestros carritos. Los niños bajaron de la montaña de arena y vieron, con satisfacción, que un pedazo de madera volvía a ser una pista para que los carritos se deslizaran en forma veloz, como si estuvieran en el gran circuito de Le Mans. Eso fue todo lo que nos quedó de la tarima. Posdata: el sábado, Dora Patricia y yo fuimos a dar el pésame, a acompañar a la familia del profe Denis y de la maestra Rocío. Ahí estaban sus hijos: el chico de veintitantos años de edad y la niña de dieciséis años, ahí estaba la mamá de la maestra. Recordé la tarima y cómo, sin advertirlo, una tarde una pata se inclinó hacia un lado porque se había sumido. En el velorio, mientras escuchábamos los murmullos en voz baja y entraban personas con ramos de flores, con coronas, una amiga dijo: además de la ausencia para siempre, tienen el dolor de enterrarla el diez de mayo, los hijos enterrarán a su mamá y la mamá enterrará a su hija. El recuerdo es la única tabla. Pedí, con todas mis fuerzas: ¡que nos quede este, que nos quede este! ¡Tzatz Comitán!