viernes, 1 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON MANDADOS
Querida Mariana: ¿a poco no es hermoso el lenguaje? Acá en Comitán, entiendo que en más partes del mundo hispano, decimos: “iré a hacer mandados”, así lo decimos: mandados. Se entiende que alguien mandó a hacer tal diligencia (otro día hablaremos del término diligencia).
¿Ya te diste cuenta de que, con el paso del tiempo, los mandados han cambiado? Ayer, en la tarde, como a las cuatro, me tocó ver una escena que debe repetirse en muchos lugares, un niño, un poco panzudito, con playera y pantalones de mezclilla llevaba tortillas, envueltas en el tradicional papel blanco, caminaba con lentitud, porque en la otra mano llevaba el celular e iba mirando quién sabe qué imágenes, qué videos. Si la mamá, la mandona, lo hubiese cachado habría hecho un coraje disimulado, porque todos en casa esperaban que el mandadero llegara con las tortillas, porque ya todos estaban sentados ante la mesa y las tortillas no llegaban porque el niño iba absorto en la pantalla de su celular.
Pensé que es una gran ventaja, todavía, vivir en este pueblo, donde un niño de ocho años, más o menos, es mandado a comprar tortillas. Hay lugares donde los niños ya no salen solos a la calle, porque hay muchos riesgos.
Te voy a caer mal, pero debo decir que de niño nunca fui a hacer mandados, a mí, como dice el dicho de los envalentonados: “a mí me hacían los mandados”, porque en casa había varias personas al servicio. Sara, la sirvienta, hacía los mandados en el mercado, desde temprano. Ya sabés que la casa de mi infancia estaba a media cuadra del parque central, así que Sara caminaba media cuadra, cruzaba el parque, pasaba frente a la manzana derruida y bajaba una cuadra por la pendiente (donde caminó la niña protagonista de la novela “Balún Canán”, de Rosario Castellanos) y entraba al mercado a comprar las verduras, los atoles, la carne y demás hierbas de olor. Si el niño Alejandrito necesitaba algo, alguien de la bodega iba a hacer el mandado. ¿Sabés qué es lo único que hacía personalmente? Mis gustos, no los mandados. Iba a la Proveedora Cultural a comprar las revistas de monitos y en la tienda de Doña Angelita (contra esquina del templo de El Calvario) a comprar juguetes. De ahí en fuera, a mí me hacían los mandados. Nunca tuve la dicha que sí tuvieron mis amiguitos, de tomar una llanta y conducirla con un alambre que tenía algo como un rodillo giratorio en un extremo. Cuando la mamá le pedía al niño que hiciera un mandado (cualquiera, ir por las tortillas o llevar un “bocadito” a la comadre Esperanza), el niño tomaba su llanta y el chunche para conducirlo, salía a la banqueta y echaba a rodar la llanta (delgada, de bicicleta) y emprendía la carrera, iba feliz, era un mandadero feliz.
Dije que muchos niños decían a cada rato: “fulano de tal me hace los mandados”, era una manera de decir que el fulano era como su sirviente y que, en caso de pleito, el fulano no tendría el valor de enfrentarlo. Y es que quien hace los mandados (desde siempre) es una persona que está en un rango inferior al mandamás. Siempre ha sido así, se ve perfectamente en un organigrama de cualquier empresa o de una dirección de gobierno o de alguna institución. Los organigramas sirven, en efecto, para definir los diversos estamentos, todo aquel que se encuentra en un nivel inferior tiene la etiqueta de que le hace los mandados al que está arriba, el más jodido es el que está en la línea de hasta abajo, porque todos los de las líneas superiores están por encima de él y pueden mandarle, con la mano en la cintura, “mandarlo” a hacer un mandado.
Los estamentos sociales no son más que la división entre los que mandan y los que hacen mandados. Los mandaderos son, para que salga la rima, majaderos y se extralimitan en sus funciones. Hoy, la ley garantiza que si alguien es acosador sea denunciado. En los años donde los niños salían con llantas de juego a hacer mandados, los acosadores abusaban.
Posdata: llamó mi atención la imagen, el niño panzudito, con paso muy lento porque miraba la pantalla del celular. Alguien mayor lo mandó a hacer un mandado y él cumplió, aunque no supo que debía hacer el mandado con rapidez. Pienso ahora que fue su manera de protestar ante el papel que le tocó representar. Los niños están en el nivel más bajo del organigrama familiar. Bueno, parece que ahora ya no es así. Ahora los niños no son respetuosos como sí lo fuimos los niños comitecos de los años sesenta, ahora se ve a niños que chantajean al papá y a la mamá, casi casi como si estuvieran en la línea más alta del organigrama familiar.
¡Tzatz Comitán!
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