martes, 6 de octubre de 2026
CARTA A MARIANA, CON LA TIGRESA (última parte)
Querida Mariana: quedamos donde Irma Serrano dice que su libro no lo dedica ni a su padre ni a su madre porque: “…según mi madre, soy un tumor con patas; y según mi padre soy una chingona…”
Y si hablé de Rosario, es porque Irma también habla de ella, en un párrafo dice: “me recordé con gran claridad en una escuela de inglés, donde mi prima, Rosario Castellanos, me inscribió haciéndose cargo de mi colegiatura…” ¿Mirás?
El nombre completo de La Tigresa es Irma Consuelo Cielo Serrano Domínguez. Un día estuve en casa de mi amigo Jorge De la Vega Domínguez y me contó que, en efecto, Irma decía que también era pariente de él.
Bueno, entre famosos te veas, dice el dicho. Jorge De la Vega también es un comiteco conocido y reconocido en muchos lugares, no tanto como Irma ni como Rosario. Estas dos mujeres, ya lo dije, superan a todos los paisanos habidos y por haber.
Irma cuenta historias de miseria y de grandeza. Su papá era un bohemio, pero su mamá, Doña María Domínguez, era “una mujer muy distinguida, poseedora de diecisiete haciendas…” Pucha, en cuestión de tierras, La Tigresa también le ganaba a la Chayito, pero ésta era generosa, porque Irma dice que le pagó la colegiatura de clases de inglés, que según yo, no aprendió mucho.
Irma cuenta que su papá y su mamá se divorciaron cuando ella tenía siete años de edad. Irma se quedó a vivir con su mamá, quien se casó de nuevo. El padrastro llegó con dos hijos. Irma se molestó.
Quienes vivimos en el pueblo sabemos que la hacienda donde vivió Irma se llama La Soledad, está en el municipio de Las Margaritas, por eso mucha gente dice que ella nació allá, que es tzejebera, en realidad es cositía, pero eso es una minucia, es un orgullo de Chiapas. La gente que dice que no, es porque les da cierta muina que haya sido tan entrona, tan fuerte, tan salida de los cánones de las mujeres sumisas.
En este libro dice que la hacienda era ¡majestuosa! En realidad, lo sigue siendo. El actual propietario, pariente de Irma lo mantiene muy bien conservada, ya le agregó una alberca, que en tiempo de Irma no existía. Irma se bañaba en “un riachuelo que pasaba por ahí”.
Venía a Comitán, lo hacía a caballo: “me gustaba ir a caballo hasta Comitán, se hacían cuatro horas a buen paso”.
Irma siempre empleó palabras altisonantes, dice que “además de los juegos típicos, aprendí las leperadas que profieren los chiapanecos con toda la hidalguía de que son capaces”.
Muchas veces he platicado que conocí al padre Carlos y tuve trato con él. Fue el fundador del Colegio Mariano N. Ruiz, colegio donde estudié la secundaria y años después fui director, por obra y gracia del padre. Como Irma era una chica muy atrabancada, la mamá mandó a llamar al padre para ver si hacía el milagro de que la futura tigresa se convirtiera en una gatita sumisa. Cuando llegó el padre Carlos, Irma lo empujó y soltó un sermón de leperadas. “Al padre Carlos le salió lo chiapaneco y discutió acaloradamente con mi mamá. Como las cuentas de un rosario, ella le relató las diabluras y los castigos a que había recurrido. Pero el sacerdote concluyó que una mujer con una hija como esa, no podría permanecer más dentro de la Santa Madre Iglesia” y la excomulgó. Excomulgó a la madre y no logró salvar el alma de Irma. Ah, si el padre Carlos hubiese sabido entonces que estaba frente a quien iba a ser la gran artista de México, tal vez hubiera rectificado el camino.
Hablé del licenciado Jorge De la Vega. ¿Querés saber un secreto que Irma contó? Acá va: “Debo confesar algo de lo más importante en mi vida. Desde los siete años estaba enamorada. El príncipe de mis ilusiones era un primo de cabellos dorados, tez de porcelana, nariz respingada y ojos azules, azules (…) Jorge me ama. La frase estaba escrita en la mayoría de los árboles de la hacienda, en las paredes…”
Posdata: sale, niña mía, ya compartí fragmentos del libro de la paisana de lustre. Malcriada como ella sola. ¿Qué pasó con el ex presidente Díaz Ordaz? Pues que fue su amante y que… Un día de estos, te lo cuento.
¡Tzatz Comitán!
