miércoles, 10 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON EL MUNDO DEL SIGLO XXI
Querida Mariana: nunca imaginé decir lo que dije, pensar lo que pensé. ¿Sabés qué dije? “No quiero hablar con usted, quiero una máquina”. ¡Dios mío! Esto lo dije en un teléfono fijo. ¿Mirás? No quería hablar con una persona sino con una máquina. Lo dije con toda mi convicción. Al estilo de Juan Villoro ¡no soy un robot!, pero quería que un robot atendiera mi llamada.
A ver, te cuento: sucede que cada fin de mes marco a un cero uno ochocientos para pagar la línea telefónica de Telmex. Cada mes (ya me acostumbré) me responde una máquina. “Si estás hablando del número al que está registrado tu servicio, marca uno”. Me dice cuánto debo, qué día es el límite para el pago; me pregunta si quiero pagar y luego me da instrucciones: anota el número de tu tarjeta, la fecha de vencimiento y demás nimiedades hasta que dice: “tu pago fue exitoso” y me confirma el número de transacción, da las gracias por el pago y cuelga. Así cada mes. Tomo la libreta de mis pagos y anoto que ya cubrí lo del mes y quedo tranquilo. En realidad, no hago uso del teléfono fijo, ¡para nada! Ese teléfono era de uso exclusivo de mi mamá, ahí recibía las llamadas de sus amigas y comadres, ahí ella hacía sus llamadas. En casa, mi Paty y yo sabíamos que si sonaba el aparato era una llamada para mi mamá. Desde que falleció mi amada mamacita el teléfono suena muy de vez en vez, nosotros no respondemos. Sigo pagando la mensualidad de Telmex porque es mi proveedor del Internet que sí usamos en casa. El teléfono es ya como una pieza de museo, ahí está sentado sobre su negro trasero, de vez en vez aúlla, pero no le hacemos caso porque sabemos que es un fantasma, es del tiempo donde mi mamá vivió, de cuando lo utilizó para hablar con sus amistades, fue el medio por el cual se comunicaba con los demás, el medio con el que se ponía de acuerdo para ir a los desayunos quincenales con sus amigas. Ya nunca más. Lo empleo sólo para hacer el pago mensual, porque no sé cómo maniobrar con el teclado del celular (también vengo de otros tiempos, de tiempos donde el teléfono se marcaba en un circulito con agujeros, era muy bonito, metías el dedo (sin albur) y esperabas que el círculo regresara a su lugar, este movimiento hacía un sonido agradable).
Sucede que marqué al 01 800 y me respondió la máquina de siempre, hice lo que me ordenaba, de pronto, algo sucedió, escuché la voz de un hombre que preguntó qué deseaba, expliqué, pidió que le diera mi nombre y el número de mi teléfono, lo hice, dijo que me comunicaría al departamento de cobranza, esperé la comunicación y, en lugar de la máquina escuché una voz femenina que pidió mi nombre y número de mi teléfono, un poco molesto, respondí a lo solicitado, preguntó qué deseaba, le dije, comentó que me comunicaría con el departamento de cobranza, escuché sonidos cibernéticos y apareció otra persona, quien me preguntó mi nombre y mi número de teléfono, fue cuando dije, sin pensar, que no deseaba hablar con ella sino que esperaba hablar con la máquina. Colgué. En cuanto colgué pensé en lo ocurrido. ¿Mirás? Pedí un robot, no quería una persona de carne y hueso. Jamás de los jamases pensé decir eso, escuchar eso. Dios mío. ¿Cómo fui a pensar eso, decir eso? Fue como si frente a Eva y Adán esperara la aparición de un robot de la Guerra de las Galaxias. Recordé un textito que escribí hace muchos años (en los noventa del siglo pasado) donde los seres humanos habían cancelado su facultad de habla y se comunicaban exclusivamente con códigos cibernéticos.
Que Dios me perdone, lamenté escuchar una voz humana. Sé que, con el contexto que te di, estarás de acuerdo que yo esperaba la máquina de siempre, la que está programada para bajar mi paga. Nunca había dado tantas vueltas para un simple pago. Eso fue el motivo de mi enervamiento, tres veces pidieron mi nombre y mi número de teléfono. La máquina jamás hizo esto.
Posdata: digo que colgué, saqué mi tsurito, trepé y fui a la oficina y, en lugar de hacer fila, ante una caja atendida por un ser humano, fui al cajero, tecleé, metí un billete de quinientos en la boca de la máquina, recibí mi cambio y el recibo. Me sentí bien. Ah, bendita máquina, pensé.
Sé que las máquinas hacen travesuras de vez en vez y no hay cómo reclamar, pero cuando la máquina cumple con su cometido todo transcurre como viaje en el Tren Bala de Japón.
¡Tzatz Comitán!
