miércoles, 12 de agosto de 2026
CARTA A MARIANA, CON LIVIANDADES
Querida Mariana: asomó la palabra liviandad, llegó como a veces llega la lluvia, como a veces asoma un torbellino sencillo, una culebrita de viento, levantó polvo, el aire siguió su camino y la palabra se quedó. Liviandad. Se sentó a mi lado, la vi, como una invitada de honor. No deliro, vos me conocés, sabés que no me gusta la exageración, pero casi pensé que esa palabra se había sentado como un gatito sobre el sofá. Casi casi quise acariciarla, pasar mi mano sobre su lomo, pero sabés que soy muy respetuoso de los animalitos y no me gusta interrumpirlos. El gatito de la casa, Félix, sólo lo acaricio cuando se soba en una de mis piernas, porque sé que me pide que lo sobe. Un día, en la casa de Charly, me atreví a acariciar a un perro hermoso que tienen en su casa, casi nunca lo hago, pero la mamá de Charly me dijo que podía hacerlo con toda confianza, lo hice, en efecto, el perrito es dócil, una bendición de animal. La mayoría de animales son dóciles, hay una minoría que saca su condición animal y ataca, los expertos dicen que es el ser humano el que invade su territorio, ahora, la ley de la naturaleza es sabia, el pez grande se come al chico, es cuestión de sobrevivencia. Los seres humanos sobrevivimos gracias a la palabra. La palabra es la que nos da la savia. Hasta los mudos, los que no poseen el don de la palabra, buscan la forma de comunicarse, aprenden el lenguaje en donde la palabra deja su condición de aire y se convierte en seña manual o visual. Las personas que no escuchan tienen el don de leer los labios de los otros. ¿Mirás lo que digo? Qué bendición, leen labios, de ahí obtienen las palabras y entienden los mensajes de los otros. Todo es palabra. La Biblia dice que primero fue el Verbo; es decir, la palabra. Los expertos en lingüística estudian el origen de las palabras. En Comitán tenemos la palabra que nos define: cotz. Nadie puede explicar el origen, nadie puede definir el porqué en el pueblo lo usamos como sinónimo de acto sexual. Pero todos los niños malcriados de los años sesenta del siglo pasado lo mencionábamos como cosa prohibida, sabíamos que era algo que no debíamos pronunciar, lo hacíamos en voz baja, con un bolígrafo repintábamos la palabra en el pupitre de madera, para que ahí quedara impresa. Desde siempre, el ser humano ha tenido esa propensión: bajar del aire las palabras y consignarlas en alguna superficie. Lo hacemos sobre cuadernos, sobre piedras (dice la Biblia), sobre papiros (nos explicó Irene Vallejo, en el maravilloso libro “El infinito en un junco”), sobre códices (en los museos del mundo hay muestras de lo que hicieron los habitantes de esta región en tiempos prehispánicos). Dicen, ¡oh, qué prodigio!, que una mañana Cristo escribió sobre la arena. ¡Cristo! ¿Qué escribió? Todos estamos formados de palabras, mentira que venimos del barro, del maíz, ¡mentira!, todos estamos hechos de palabras, por eso éstas nos seducen, nos maravillan, por eso cuando estamos con amigos en la cantina, vuela con la misma intensidad con la que en la mesa adjunta vuela el envase de cristal cuando alguien pelea con otro. La palabra es un bálsamo y es una pedrada, siempre está en movimiento, a veces corre, a veces camina, a veces está trepada en una rueda de la fortuna, sobre un caballito, sobre un carrito chocón. La palabra siempre está de feria, tiene el sabor de un algodón de azúcar o de un vaso con esquites o un pedazo de pizza todo frío o está en un vaso de agua fresca, como si fuera el pececito más soberbio del universo. No tengo duda que existe vida extraterrestre, no dudo, tengo la certeza, lo único que no sé es cuál es la palabra que emplean para comunicarse, no es esta forma arcaica que poseemos nosotros, ¿toda comunicación es mental? Mi cabeza de terrícola envejecido no da para más, pero estoy seguro que el lenguaje de otras civilizaciones, más allá de nuestra galaxia, no es numérica, también posee palabras, la palabra amor, con otra variante, significa lo mismo, aun cuando se pronuncie en forma diferente.
Posdata: digo pues que la palabra liviandad apareció en mi mente, así, de la nada. A veces la palabra que busco no llega a mi mente y llega otra, inadvertida, inesperada. Las palabras son juguetonas, he escuchado a algunos oradores que, de pronto, sin ellos advertirlo, dicen una palabra que no tenían pensado, la avientan como si fuera un alud extraordinario. La mente es juguetona, la palabra también lo es. Muchas discusiones diarias inician porque algo dijimos, algo que, un minuto antes, no hubiéramos pronunciado. Se aparecen las púas y las lanzamos. Después queremos disculparnos, pero el daño ya está hecho. Fue una simple palabra, decimos. Eso fue, la palabra más simple encierra una serie de significados. Dicen los expertos que depende de la intensidad de la voz, de la intención. Entre amigos en la plaza se puede decir casi todo; entre esos amigos en la cantina la palabra toma un disfraz solemne y, en ocasiones, mortal.
Cuando vine a ver, la palabra liviandad ya no estaba. Me di cuenta que bien a bien no sé el significado de tal palabra. No le di importancia, ya se había ido, sólo me quedé con el sonido perfecto: liviandad, ah, qué bonito suena.
¡Tzatz Comitán!
